EL PACTO DE LOS AMANTES
La cocina de la casa estaba en penumbra. Lupe, vestida solo con una bata de seda negra que dejaba entrever sus piernas de infarto, preparaba un café mientras Mark bajaba por un vaso de agua. El silencio de la madrugada era el cómplice perfecto. Él la tomó por la cintura, hundiendo su rostro en el cuello de su suegra, aspirando ese aroma a mujer madura y deseo.
—No puedo más, Lupe —le susurró Mark, con la voz rota—. Verte todos los días en la mesa, fingiendo que eres "mamá", mientras tengo el sabor de tu sexo grabado en la lengua... me está volviendo loco. Voy a pedir una semana de vacaciones en la empresa. Diré que tengo un seminario en otra ciudad, pero quiero que te vengas conmigo. Te quiero para mí solo, sin tener que callar tus gritos.
Lupe se dio la vuelta, enredando sus dedos en el cabello del joven extranjero. Lo miró con esa superioridad de quien sabe que tiene el control total.
—¿Una semana entera para que me destroces como tú sabes, gringo? —dijo ella con una sonrisa diabólica—. Ya tengo todo pensado. Elena, mi amiga, tiene una casa de playa en el sur, alejada de todo. Ella nos presta las llaves. Pero tenemos que mover las fichas bien. A mi marido le voy a meter el cuento de que me voy a un retiro espiritual con las señoras de la parroquia en la selva, y a mi hija... a ella hay que darle ocupaciones.
EL AJEDREZ DE LA TRAICIÓN
Los días siguientes fueron un despliegue de manipulación maestra. Lupe comenzó a "trabajar" a su hija. —Hija, estás muy pálida. Mark me dijo que le gustaría que hicieras ese curso de diseño de interiores que tanto querías. Yo misma te lo voy a pagar, pero las clases son intensivas, mañana y tarde. Tienes que aprovechar ahora que él va a estar "de viaje por trabajo".
Al marido, Lupe lo convenció de que debía retomar sus torneos de ajedrez y pesca en el norte con sus amigos. —Gordito, te hace falta un aire. Vete esa semana con tus patas, yo me iré a orar y a limpiar mi alma a la selva. Nos hará bien un tiempo separados.
Mientras orquestaba las mentiras, Lupe no dejaba de calentar el terreno con Mark. En el pasillo, le susurraba cosas que lo hacían temblar: —Prepárate, chibolo, porque en esa casa de playa no vamos a usar ropa. Te voy a enseñar lo que es una charapa hambrienta. Te vas a olvidar hasta de cómo se llama mi hija cuando me tengas en cuatro frente al mar y te pida que me des por donde más te gusta.
—Te voy a dejar sin caminar, Lupe —respondía él, pegándola contra la pared—. Te voy a beber todo el jugo, me voy a asegurar de que cuando vuelvas a casa, cada vez que tu marido te toque, sientas el dolor rico de lo que yo te hice.
EL ESCAPE AL INFIERNO
Llegó el día. Mark salió temprano con su maleta, supuestamente hacia el aeropuerto. Lupe salió dos horas después, despidiéndose de su marido con un beso frío. Se encontraron en un grifo a las afueras de la ciudad. Cuando Lupe subió al auto de Mark, no traía la ropa de "señora de iglesia". Vestía unos shorts cortísimos y un top que apenas contenía sus pechos firmes.
—Dale marcha a este carro, gringo, que tu suegra tiene el motor encendido —le dijo, poniendo la mano de él directamente en su entrepierna, que ya estaba empapada—. No vamos a ser unos amantes cualesquiera. Vamos a ser amantes a prueba de todo. Si el mundo se entera, que se entere cuando ya estemos secos de tanto follarnos.
Al llegar a la casa de playa, ni siquiera bajaron las maletas. Mark la cargó hasta la habitación principal que olía a salitre. —Aquí nadie nos oye, Lupe. Grita todo lo que quieras.
El encuentro fue una carnicería de placer. Lupe se entregó con una saña que asustó a Mark. Lo obligó a usar cada rincón de su cuerpo, cumpliendo todas las fantasías que le había narrado a su amiga Elena. —¡Dime quién es tu dueña! —le gritaba ella mientras sentía que el mundo se acababa en cada embestida—. ¡Dime que mi hija es una sombra comparada con este fuego!
—¡Tú, maldita sea, tú! —rugía él, poseído—. Eres una fiera, Lupe. No sé cómo voy a volver a verla a la cara después de esto.
—No pienses, gringo. Solo empuja. Tenemos siete días de gloria y pecado. Cuando volvamos, seguiremos siendo la familia perfecta, pero tú y yo sabremos que, bajo la mesa del comedor, tú eres el que me llena y yo soy la que te domina.
Esa semana, Lupe no solo confirmó que su cuerpo de 50 años era una herramienta de destrucción masiva, sino que selló un pacto de sangre y fluidos con el esposo de su hija, un secreto que los mantendría unidos en una red de mentiras, fotos sucias y audios prohibidos para siempre.
El destino, o quizás la mala suerte, le entregó a Lupe el escenario que ella habría diseñado en sus fantasías más oscuras. Cuando su hija anunció que había conseguido un puesto gerencial en una ciudad a ocho horas de distancia, Lupe tuvo que morderse los labios para no gritar de alegría frente a toda la familia. El plan quedó establecido: la hija se mudaría, y Mark, por "temas de trabajo", se quedaría en la casa familiar, viajando solo los fines de semana para ver a su esposa.
Lo que nadie sospechaba es que esos seis meses se convertirían en una bacanal ininterrumpida, un descenso a los infiernos del deseo donde Lupe, con sus
50 años de fuego charapa, terminaría por corromper cada rincón de la casa y cada fibra de la voluntad de su yerno.
La Casa del Pecado: lunes a Jueves
Apenas el auto de la hija desaparecía por la avenida los domingos por la noche, la máscara de "suegra respetable" caía al suelo junto con la ropa de Lupe. Esos seis meses fueron una maratón de perversión. Lupe decidió que no habría reglas. Se paseaba por la casa totalmente desnuda, cocinando solo con un delantal transparente o usando tacones de aguja mientras Mark intentaba trabajar en su laptop.
—¿No puedes concentrarte, gringo? —le decía ella, acercándose por detrás y frotando sus pechos firmes contra su espalda—. Deja esa computadora y ven a atender a tu verdadera jefa.
Los encuentros no tenían horario. Lo hacían en la mesa del comedor, sobre la alfombra de la sala y, con especial saña, en la cama que Mark compartía con su hija. Lupe quería marcar territorio; quería que el olor de su piel canela y sus fluidos quedaran impregnados en el colchón. Usaban un
lenguaje sucio y crudo, donde ella lo obligaba a llamarla "perra" o "maestra", mientras él, completamente adicto a la experiencia de la madurez de Lupe, se entregaba a prácticas que jamás se atrevió a pedirle a su joven esposa.
La Maestría de la Charapa
Lupe sacó a relucir toda su sabiduría amazónica. Lo sometió a sesiones de
sexo anal que duraban horas, usando aceites exóticos y masajes que dejaban a Mark temblando. Ella disfrutaba de su dominio; lo miraba desde arriba mientras lo cabalgaba, con esa
boquita de caramelo soltando las obscenidades más grandes que Mark había escuchado en su vida.
—Mírame bien, Mark —le decía ella, apretándole el cuello ligeramente mientras se arqueaba—. Tu mujer allá lejos pensando que eres un santo, y aquí estás, enterrado en la mujer que la parió. ¿Quién te da más rico? ¿Quién te hace sentir que se te sale el alma?
—¡Tú, Lupe! ¡Eres un demonio! —rugía él, perdiendo el sentido mientras ella lo exprimía hasta dejarlo seco.
Incluso llegaron a grabar videos. Lupe quería tener pruebas de su poder. Se grababan en poses acrobáticas, con ella luciendo hilos dentales que desaparecían en su retaguardia perfecta, y luego, durante los fines de semana cuando él estaba con su hija, ella se los enviaba por Telegram con mensajes como:
"Sé que la estás besando a ella, pero todavía tienes mi sabor en la garganta".
El Cinismo de los Viernes
Lo más retorcido ocurría los viernes por la tarde, antes de que Mark partiera a ver a su esposa. Lupe lo preparaba para el viaje de una manera perversa. Lo obligaba a tener un último encuentro "de despedida" en el garaje, contra el auto, un acto rápido y violento que lo dejaba exhausto.
—Anda, ve a cumplir con tu obligación —le decía ella mientras le arreglaba el cuello de la camisa y le limpiaba el semen de la comisura de los labios con un pañuelo—. Ve y dile que la extrañas, mientras tu cuerpo todavía vibra por lo que yo te acabo de hacer.
Durante esos seis meses, el marido de Lupe, el "desentendido", pasaba más tiempo en el club o durmiendo temprano, sospechando quizás que los ruidos que venían de las otras habitaciones no eran precisamente de la televisión. Pero Lupe no tenía miedo. Se sentía invencible. Había convertido al esposo de su hija en su esclavo personal, en un adicto a su piel madura y a su depravación sin límites.
Al final de ese semestre, Mark ya no era el mismo. Tenía la mirada de alguien que ha visto el sol de frente y ya no puede conformarse con la luz de una vela. Lupe, radiante, con la piel más brillante que nunca, sabía que, aunque su hija volviera, Mark ya nunca saldría de la selva que ella había plantado en su alcoba.
La partida de Mark dejó a Lupe con un vacío que no era precisamente sentimental, sino puramente carnal. Cuando su yerno, asustado por las sospechas de su hija y el peso de la culpa, le pidió "un tiempo" para intentar salvar su matrimonio en la otra ciudad, Lupe sintió un golpe en su orgullo de hembra dominante. Pero una charapa de su temple no se queda llorando por los rincones; si Mark no estaba para apagar su incendio, ella buscaría madera nueva para arder.
El escenario para su siguiente conquista fue, irónicamente, el
cumpleaños número 55 de su esposo. Sin la hija ni el yerno presentes, la casa se llenó de amigos de la vieja guardia, música a todo volumen y mucho alcohol. Entre todos, Lupe puso el ojo en
Ricardo, el mejor amigo de su marido desde la juventud. Ricardo era un hombre robusto, de manos grandes y mirada pesada, que no había dejado de recorrer el cuerpo de Lupe con los ojos en toda la noche. Ella, sabiéndose observada, vestía un traje de seda blanco que, con el calor y el sudor del baile, se le pegaba al cuerpo revelando que no llevaba sostén.
El Plan de la "Anfitriona"
Alrededor de las
3:00 de la mañana, la fiesta agonizaba. Ricardo, fingiendo estar más ebrio de lo que realmente estaba, se desplomó en un sillón. Lupe, con una sonrisa de ángel y mente de demonio, se acercó a su marido.
—Ay, gordo, mira a tu amigo Ricardo... está fatal, no puede manejar así. Que se quede a dormir en el cuarto de la niña, total ella no está. No seas malo, que descanse ahí —le susurró Lupe mientras le acariciaba la nuca a su esposo, quien, vencido por el sueño y el whisky, aceptó sin dudarlo.
El Asalto en la Madrugada
Lupe esperó a que los ronquidos de su marido inundaran la habitación principal. Se levantó con la agilidad de una felina, se despojó del vestido y se quedó solo en un
minúsculo calzón de encaje negro. Así, con sus pechos firmes al aire desafiando la gravedad y su piel canela brillando en la penumbra, cruzó el pasillo y entró en la habitación de su hija.
Ricardo estaba despierto, esperándola. El aire se volvió pesado de inmediato. —Sabía que vendrías, Lupe... —dijo él con voz ronca, sentándose en la cama. —Cállate y hazme olvidar que soy una señora —respondió ella, abalanzándose sobre él con una voracidad que lo dejó sin aliento.
Una Sesión de Lujuria Pura
Fue un encuentro
rico, delicioso y cargado de un lenguaje sucio que solo dos personas que se conocen de toda la vida pueden compartir. Lupe no tuvo piedad. Usó su
boquita de caramelo para llevar a Ricardo al límite, dominándolo con la mirada mientras se movía sobre él con la experiencia de sus 50 años.
—¡Dale, Ricardo! ¡Dáme como el gordo ya no sabe! —le pedía ella entre gemidos ahogados, mientras sus uñas se clavaban en la espalda del amigo de su esposo.
En el clímax de la noche, Lupe se puso en una posición de entrega total. Quería sentir el máximo rigor. Se dejó poseer
por atrás, arqueando su espalda de charapa y disfrutando de la adrenalina de estar pecando en la habitación de su propia hija, mientras su marido dormía a pocos metros de distancia. Fue una maratón de fluidos y jadeos contenidos; Ricardo no podía creer la potencia y la flexibilidad de la mujer de su mejor amigo.
Al terminar, Lupe se limpió el rastro del encuentro con una de las toallas de su hija, le dio un beso cargado de cinismo a Ricardo y regresó a su cama. Se acostó al lado de su esposo, quien ni siquiera se movió, mientras ella sonreía en la oscuridad, satisfecha de haber demostrado que, con Mark o sin él, ella seguía siendo la dueña absoluta del placer en esa casa.