Lupe: Cuñada de mi ex

La relación entre Lupe y Ricardo se convirtió rápidamente en una rutina de peligro y adrenalina. Ricardo, aprovechando su amistad de años con el marido de Lupe, se convirtió en el "todista" de la casa: venía a arreglar un caño, a revisar un cable o a pintar una pared, siempre en horarios donde el esposo estaba fuera. Pero apenas la puerta se cerraba, las herramientas quedaban en el suelo y el verdadero trabajo empezaba sobre cualquier superficie disponible.

Una tarde de calor denso, alrededor de las 3:00 p.m., Ricardo llegó con la excusa de revisar el aire acondicionado del dormitorio. Lupe, que ya sentía la humedad de la selva recorriéndole la entrepierna, decidió recibirlo sin rodeos. Cuando él entró a la habitación, la encontró completamente desnuda, recostada sobre la cama con las piernas abiertas y una mano recorriendo sus pechos firmes. Su piel canela brillaba por el sudor y sus ojos de gata brava lo desafiaban desde el primer segundo.

El Ritual del Placer

No hubo necesidad de saludos. Ricardo se despojó de la ropa con la urgencia de un adolescente y la tomó con la fuerza de un hombre que sabe lo que tiene entre manos. El encuentro fue rico, sucio y prolongado. Lupe, en un despliegue de su naturaleza insaciable, se puso en cuatro, apoyando los antebrazos en el colchón y arqueando su retaguardia de charapa hacia el techo, pidiéndole que no tuviera piedad.

Mientras Ricardo la poseía con embestidas profundas y secas por atrás, notó algo que lo volvía loco: Lupe no se quedaba quieta. Con una mano se agarraba del cabezal de la cama y con la otra, con una destreza rítmica, se pajeaba la vagina con desesperación, buscando ese choque de placer doble que la hacía rugir de una manera casi animal. Sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con el sonido del choque de sus cuerpos.

Una Propuesta Indecente

En un momento de tregua, mientras ambos recuperaban el aliento empapado en sudor, Ricardo le sujetó el rostro, obligándola a mirarlo a los ojos. Su respiración era pesada y el ambiente olía a sexo puro y rancio.

—Lupe, cada vez que te doy por atrás te pones como loca tocándote ahí abajo... —le susurró con la voz cargada de morbo—. Se nota que ese agujerito extraño algo mientras yo te lleno por el otro. Dime la verdad, ¿te gustaría sentir dos pingas al mismo tiempo? Una por cada lado, para que no tengas que usar las manos.

Lupe, lejos de escandalizarse, soltó una carcajada vibrante, esa risa pícara y cargada de experiencia que la hacía ver más joven y peligrosa que nunca. Se acomodó el cabello, mirándolo con una malicia que le dio la respuesta antes de que hablara.

Ay, Ricardo... tú siempre pensando en grande —dijo ella, pasándose la lengua por sus labios con sabor a caramelo—. Mira que soy una mujer de mucho fuego, y no cualquier par de hombres aguantan el ritmo de esta charapa. Lo voy a pensar, pero si lo hacemos, tiene que ser alguien que sepa lo que hace, porque a mí no me gustan los aprendices.

Ricardo sonrió, sabiendo que el "lo voy a pensar" de Lupe era en realidad un "estoy deseando que pase". La idea de ver a la mujer de su mejor amigo siendo poseída por dos hombres a la vez quedó flotando en el aire de la habitación, como una promesa de que la perversión de Lupe todavía no había tocado fondo.








El aire del viernes por la noche en Lima estaba cargado de una humedad densa, de esas que a Lupe siempre le encendían la sangre. Estaba sentada en el sofá al lado de su esposo, fingiendo ver una película, pero su mente estaba en cualquier otro lado. De pronto, el vibrar de su celular rompió la calma. Era Ricardo.

—Lupe, escúchame bien —susurró el amigo del marido con una voz cargada de una urgencia eléctrica—. Ven urgente a mi departamento. Conseguí a un tipo, un moreno que trabaja en cruceros y viaja mucho. El tipo es una bestia, tiene lo que tú necesitas y más, pero se va mañana al alba. Es hoy o nunca.

A Lupe se le detuvo el corazón y sintió un latigazo de calor que le bajó directo a la entrepierna. La sola idea de dos hombres dándole caza esa noche hizo que su concha se pusiera empapada al instante. Cerró los ojos un segundo, tragó saliva y activó su modo de actriz consumada.

La Mentira y el Descaro

—¡Ay, no puede ser! —exclamó fingiendo consternación al colgar—. Amor, acaba de morir la mamá de mi mejor amiga, Elena. La están velando en el local de la avenida principal. Me tengo que ir ya mismo para apoyarla, me quedaré con ella hasta mañana temprano.

Su esposo, con esa parsimonia de quien prefiere no escarbar en la basura, asintió sin despegar la vista del televisor. Lupe corrió al cuarto a "cambiarse". En la habitación, la adrenalina la hacía temblar. Se despojó de todo y eligió su arma de guerra: un calzón de encaje rojo, minúsculo, que apenas cubría su hendidura. No se puso sostén; dejó que sus pechos de charapa de 50 años quedaran libres bajo una blusa de seda blanca casi traslúcida.

Cuando salió a la sala para despedirse, el esposo la miró de arriba abajo. Notó el relieve de sus pezones endurecidos por la excitación y la falta de ropa interior arriba, pero como siempre, se hizo el desentendido. Lupe no pudo evitarlo: se pasó la lengua por sus labios de caramelo, saboreando de antemano el festín, y salió de la casa con el motor de su deseo a mil revoluciones.

El Altar de la Perversión

Llegó al departamento de Ricardo en diez minutos. Al entrar, la escena era digna de sus fantasías más sucias. Ricardo estaba allí, ya sin camisa, y a su lado el invitado: un tipo alto, de hombros anchos y manos que parecían tenazas. Lupe no esperó presentaciones. Se quitó la blusa frente a ellos, dejando que sus pechos saltaran a la vista, desafiantes.

—Aquí estoy, par de hambrientos —dijo Lupe con esa voz ronca que ponía a temblar a cualquiera—. Espero que ese "viajero" sepa cómo tratar a una mujer de verdad, porque hoy vengo con ganas de que me rompan todo.

El Trío del Infierno

Lo que siguió fue una carnicería de placer. Ricardo la tomó por detrás, reclamando su lugar de siempre, mientras el invitado la enfrentaba cara a cara. Lupe estaba en su gloria. Tenía una boca de caramelo ocupada con uno mientras el otro le daba estocadas profundas por la retaguardia.

El lenguaje en la habitación se volvió asqueroso y brutal. Ricardo le gritaba obscenidades sobre su marido, mientras el otro hombre la sujetaba de los cabellos, obligándola a mirarlo mientras la poseía. Lupe ya no usaba sus manos para pajearse; ahora tenía a dos hombres cubriendo cada rincón de su geografía prohibida.

—¡Dénme los dos a la vez! ¡Quiero sentir que me revientan! —rugía Lupe, con los ojos en blanco, entregada a una doble penetración que la hacía vibrar desde la punta de los pies hasta el último cabello.

La sesión duró horas. Lupe bebió, gozó y se dejó humillar por el placer de la manera más deliciosa posible. Cuando el sol empezó a asomar, ella estaba cubierta de fluidos ajenos, con la piel roja de tanto roce, pero con una sonrisa de victoria absoluta. Se arregló como pudo, se puso su blusa sobre la piel aún caliente y regresó a su casa.

Al entrar, su marido ya estaba despierto tomando café. —¿Cómo estuvo el velorio, Lupe? —preguntó él sin mirarla. —Triste, amor... muy intenso —respondió ella, sintiendo el goteo de la noche entre sus piernas mientras se iba a duchar, sabiendo que esa noche había llevado su cuerpo de 50 años a un nivel del que ya no había retorno.







El ambiente en la casa de Lupe era eléctrico. La resaca del trío de la noche anterior, lejos de calmarla, había encendido un hambre insaciable en sus entrañas de charapa. A sus 50 años, Lupe ya no tenía tiempo para sutilezas; quería sentir el rigor de nuevo, quería que el cuerpo le doliera de puro placer.

El Chantaje de una Mujer Poseída

Apenas dieron las 11:00 de la mañana, llamó a Ricardo. Su voz no era la de una amiga, era la de una depredadora. —Ricardo, escúchame bien. Tengo la concha ardiendo y necesito que me termines de destrozar hoy mismo. —Lupe, por Dios, estoy molido, y tu marido me ha estado llamando para vernos... hoy no puedo —respondió él, agotado. —¡No me vengas con cuentos! —rugió ella—. O vienes a darme lo mío o ahora mismo llamo a tu "mejor amigo" y le cuento con lujo de detalles cómo me ponías en cuatro mientras su invitado me llenaba la boca. ¡Tú eliges!

Ricardo, aterrado por el tono de Lupe, cedió. Quedaron de verse en un hotel de dudosa reputación pero de habitaciones amplias. Lupe cortó la llamada y empezó su ritual de guerra. Se depiló cada rincón de su anatomía con una precisión quirúrgica, dejando su piel canela suave como la seda. Se enfundó en un vestido negro de licra, tan corto que cualquier movimiento revelaba sus muslos, y debajo solo una tanga blanca de hilo que contrastaba pecaminosamente con su color de piel.

La Espera en la Habitación

Llegó al hotel, subió a la habitación asignada y se encontró con el silencio. En la mesa pequeña, una botella de vino tinto la esperaba. Lupe, nerviosa y excitada, la abrió y bebió directamente de la copa, sintiendo cómo el alcohol le bajaba el pudor que ya casi no tenía. Pasaron 20 minutos, luego 40. Ella caminaba por el cuarto, frotándose los pechos contra el espejo, imaginando el encuentro.

De pronto, tres golpes secos en la puerta. —¿Quién? —preguntó ella con la voz entrecortada por el vino. —Soy yo... abre —respondió una voz masculina, grave y desconocida.

La Sorpresa Detrás de la Puerta

Lupe abrió la puerta de golpe, esperando ver a Ricardo con la cabeza baja, pero se quedó petrificada. No era él. Era un hombre de unos 35 años, alto, de mirada cínica y cuerpo atlético, vestido con una chaqueta de cuero. Lupe retrocedió instintivamente, cubriéndose el pecho con una mano mientras la otra sostenía la copa de vino.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde está Ricardo? —preguntó ella, aunque su cuerpo ya empezaba a reaccionar a la presencia de aquel extraño.

El hombre entró sin permiso, cerrando la puerta con el pie y echando el cerrojo con una parsimonia que a Lupe le puso los pelos de punta. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, y le quitó la copa de la mano para beber un sorbo.

—Ricardo no va a venir, Lupe. Está muerto de miedo y me pidió que viniera yo en su lugar. Dice que eres una mujer "difícil de manejar" y que necesitabas a alguien que supiera cuidarte de verdad... o más bien, que supiera cómo domarte —dijo él con una sonrisa torcida—. Me dijo que te habías puesto muy exigente con las amenazas y aquí estoy, para que te desquites conmigo.

Lupe sintió que las piernas le temblaban. La humillación de ser "derivada" a otro hombre se mezcló con el morbo supremo de estar a solas con un desconocido enviado por su amante. El tipo la recorrió con la mirada, deteniéndose en la transparencia de su vestido y el borde de la tanga blanca.

—Así que tú eres la famosa suegra de la que todos hablan... —le susurró al oído, agarrándola del cabello con fuerza—. Vamos a ver si esa boquita de caramelo es tan dulce como dicen, o si solo eres una vieja con ganas de problemas.

Lupe, lejos de ofenderse, soltó un jadeo. La adrenalina de lo desconocido la golpeó más fuerte que cualquier trago de vino.






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El desconocido no perdió el tiempo. Con un movimiento brusco, la lanzó sobre la cama matrimonial. El vestido de licra de Lupe se subió hasta su cintura, dejando al descubierto esa tanga blanca que brillaba sobre su piel canela y su depilación perfecta. El hombre se desabrochó el cinturón con una lentitud tortuosa, mientras la miraba con un desprecio que a Lupe la ponía más ardiente que el sol de su selva.

—Así que te gusta amenazar, ¿no, Lupe? —dijo él, mientras la sujetaba de las muñecas—. Ricardo me dijo que eres una insaciable, una perra madura que no sabe cuándo detenerse. Pues hoy vas a aprender lo que es que te callen la boca de verdad.

El Primer Asalto: Marcando Territorio

Sin previo aviso, la dio vuelta y la puso en una pose de cuatro tan extrema que Lupe sintió el tirón en sus muslos de 50 años. El tipo no fue delicado. La penetró por atrás con una fuerza que hizo que el somier del hotel crujiera como si fuera a partirse. Lupe soltó un alarido de puro placer y dolor mezclado, pero en lugar de detenerse, estiró la mano hacia su bolso y sacó su celular.

—¿Qué haces, loca? —le rugió el hombre, dándole una nalgada que dejó la marca de su mano en la carne firme de la charapa.

—¡Cállate y empuja! —respondió ella, jadeando—. ¡Quiero que Ricardo vea cómo me estás destrozando!

En medio de las embestidas, Lupe activó la cámara y grabó un video de apenas diez segundos: su propio trasero vibrando bajo el impacto del desconocido, mientras ella gritaba: "¡Mira, Ricardo, mira cómo este animal me está abriendo en dos porque tú no tuviste los huevos de venir!". Le dio a enviar y soltó el teléfono para entregarse a la lujuria.

Diálogos Sucios y Pantallazos del Pecado

El encuentro se volvió una carnicería de fluidos. El tipo la obligó a hacer de todo: la puso contra el espejo, la llevó al baño bajo la ducha fría mientras la poseía sin piedad. Cada vez que terminaban una pose, Lupe, empapada en sudor y con el maquillaje corrido, se tomaba una foto.

"Ricardo, mira mi cara... tengo tu nombre en la punta de la lengua pero este tipo me tiene el alma en un hilo", decía en un audio que envió mientras el desconocido le practicaba un sexo oral tan agresivo que Lupe se arqueaba como un gato.

—Eres una enferma, Lupe —le decía el hombre, disfrutando del morbo—. Estás loca de remate, pero qué rico te mueves, maldita vieja. Tienes la concha más caliente que he probado en mi vida.

"¡Dilo más fuerte!", gritaba ella, mientras capturaba un pantallazo de la llamada que le entró de Ricardo (quien seguramente estaba viendo las fotos muerto de celos y excitación) y se la devolvía con una foto de su boquita de caramelo manchada de pecado.

El Clímax y la Traición Final

Después de tres horas de sexo fenomenal, donde Lupe probó cada rincón de su depravación, el hombre la dejó exhausta sobre las sábanas revueltas. Lupe, con las piernas aún temblando, grabó un último audio, con la voz rota y profunda:

"Ricardo... ya terminó. Me hizo de todo, por adelante y por atrás. Me dejó vacía, como tú nunca pudiste. Gracias por el regalo, pero ahora ya sabes que si no me cumples, siempre habrá alguien más joven y más fuerte dispuesto a cuidar a tu 'amiguita'. Mañana nos vemos en tu casa para el café... si es que te atreves a mirarme a los ojos".

El desconocido se vistió, le dio una última mirada de deseo y salió de la habitación. Lupe se quedó sola, bebiendo el resto de la botella de vino, revisando todas las fotos y audios que le había enviado a su amante. Se sentía poderosa, sucia y radiante. Sabía que esa noche no solo había tenido el mejor sexo de su vida, sino que había encadenado a Ricardo para siempre a través del miedo y el deseo más puro.








El hotel de paso, aquel refugio de paredes color crema y espejos estratégicamente situados, se convirtió el sábado a las 10:00 de la mañana en el epicentro de la degradación más exquisita. Lupe no durmió. La adrenalina de la noche anterior la mantenía eléctrica. Había citado a la "guardia de hierro" del pecado: su amiga Elena, el amante oficial Ricardo, y el "Desconocido" (cuyo nombre resultó ser Jairo).

La Pasarela de la Lujuria

Cada uno llegó con una estética que gritaba a qué venían:

  • Lupe: Vestía una minifalda de cuero roja y una blusa de gasa negra que transparentaba absolutamente todo. No llevaba sostén, y sus pezones de charapa madura apuntaban desafiantes.
  • Elena: Su cómplice de 48 años llegó con un vestido de punto gris ajustado, botas altas y una mirada de "estoy lista para todo".
  • Ricardo: Nervioso pero excitado, con jeans y una camisa desabrochada.
  • Jairo: El "animal" de la noche anterior, vestido de negro, con esa mirada cínica que hacía que a las dos mujeres se les hiciera agua la boca.
Pusieron sobre la cómoda una botella de pisco puro y varias latas de energizante. El aire se llenó rápidamente del olor al alcohol y al perfume barato del hotel.

El Inicio de la Orfandad Moral

—"¡Qué rica estás, Lupe! Ayer me dejaste con las ganas viendo esas fotos que le mandabas a este tonto", gritó Jairo mientras la tomaba por la cintura y le arrancaba la blusa, dejando sus pechos libres. —"¡Ay, gringo, no sabes lo que te espera hoy! Elena también viene con hambre de selva", respondió Lupe, ya con la boquita de caramelo lista para el festín.

El intercambio empezó sin preámbulos. Ricardo, queriendo recuperar su territorio, se lanzó sobre Elena, mientras Jairo reclamaba a Lupe. Pero Lupe, la maestra de ceremonias, ordenó el caos. —"Nada de parejas, aquí todos somos de todos".

Detalle de la Orgia y Poses

Durante siete horas ininterrumpidas, la habitación fue un campo de batalla de fluidos.

  • La Pose del Sándwich: Pusieron a Lupe en el centro. Ricardo la poseía por delante mientras Jairo la tomaba con una fuerza brutal por atrás. Lupe gritaba obscenidades, pidiéndoles que la "reventaran", que no tuvieran piedad de sus 50 años. Elena, mientras tanto, se arrodillaba frente a Lupe, participando en un festín de lenguas que hacía que las dos amigas vibraran al unísono.
  • Intercambio Cruzado: Elena pasó a manos de Jairo, quien la trató con la misma rudeza que a Lupe. Ricardo, viendo a su mujer (Lupe) ser devorada por su amigo, se entregó al morbo total.
  • El Trenecito de la Depravación: Todos en fila sobre la alfombra, con Lupe liderando la cadena de placer, sintiendo el calor de los cuerpos sudorosos chocando contra ella.
El Registro del Pecado

Lupe no soltó el teléfono. Entre jadeo y jadeo, grababa audios de Elena gritando: "¡Dáselo todo, Jairo, que esta charapa es de acero!". Tomaban fotos de los rostros desencajados por el orgasmo, enviando pantallazos a un grupo de chat privado que habían creado solo para ellos. —"¡Mira cómo me tienen, Ricardo! ¡Miren cómo chorreo!", gritaba Lupe mientras capturaba el momento en que ambos hombres acababan sobre su piel canela.

Tuvieron alrededor de cinco orgasmos cada una. Lupe estaba en un estado de trance; sentía que cada centímetro de su cuerpo había sido reclamado. El lenguaje era sucio, asqueroso, cargado de insultos que solo alimentaban el fuego. Se llamaban de todo, celebrando la traición y la falta de escrúpulos.

El Trofeo Final

A las 5:00 de la tarde, el vino y el pisco se habían terminado, y los cuerpos estaban al límite. Lupe y Elena se levantaron para arreglarse, pero los hombres tenían una última exigencia. —"Ustedes no se llevan eso", dijo Jairo, señalando la ropa interior de ambas.

Lupe se quitó su tanga roja y Elena su hilo dental encajado. Se las entregaron a Jairo y Ricardo, quienes las olieron con una devoción enferma antes de guardarlas en sus bolsillos. —"Esto es por habernos hecho esperar tanto, Lupe. Ahora te vas a casa así, con la concha al aire, sintiendo el roce de tu falda y el recuerdo de nosotros dos", le susurró Ricardo al oído.

Las dos amigas salieron del hotel caminando con cierta dificultad, riendo como adolescentes, sintiendo el aire fresco de la tarde colándose bajo sus faldas. Se fueron sin calzones, empapadas en el rastro de una jornada que dejaría huella por semanas. Lupe llegó a su casa, saludó a su marido con el mismo cinismo de siempre y, mientras él le preguntaba cómo le había ido con Elena, ella sentía el goteo constante de su pecado, sabiendo que en su celular guardaba las pruebas de la tarde más pervertida de su vida.




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La media hermana del esposo de Lupe.

Una noche paseando a mi perro me saluda un supuesto extraño. Hola mano, me dice, no le hago caso, insiste y se acerca, me puse mosca, pensé un choro o algún palomilla de ventana. No te acuerdas de mi?, no, le respondo. Soy Juan, el marido de Lupe, a hola cholito, le digo, lo abrazo y Spike se pone saltón, casi le arranca el brazo. Guarda men, me dice, guarda a tu can y conversamos. Le respondo que no puedo, ya ni modo, mira me dice, te dejo mi número, la próxima semana haremos un almuerzo, visitanos. Ya, le digo, pero no sabía si iba a ir, aunque ver a su mujer siempre incita.

Lo pensé muchas veces y de tan aburrido que me sentía ese día, me fui a verlos. Ellos vivían en un barrio algo inseguro en Breña. Unos niños jugando y ese brillo en sus ojos me dio una envidia sana. Las calles sucias y rotas, la fachada sin pintar y muchas casas que te dicen entra pero no te pases de vivo me daban la bienvenida. Ya en la quinta, sale Juan, me saluda efusivamente y me dice ven que te quiero presentar a unos amigos, le digo, claro amigo. Ingrese con nervios, la conciencia hace mella, algo titubeante, labios resecos y el corazón que me puede jugar una mala pasada. Me presenta a unos señores de avanzada edad, finos, cultos, educados. Los miro y no entiendo lo que dicen, mi mirada esta en su esposa, aunque siempre peleados y separados por temporadas, yo la devoraba con la mirada. Y de pronto se acerca una joven de unos 30 años, estaba con jean, que buena delantera y mejor retaguardia, y me dice mi amigo, mira, ella es mi media hermana, se llama Lisa. Un gusto sra, no soy sra, soy srta y todos se ríen. Ohhh, disculpe. Congeniamos, es bromista, entusiasta, preguntona y remedona. Sale su barrunto y sus ademanes a niña buena y coqueta.

Durante el almuerzo yo no había cruzado palabra con Lupe, ni me saludo, estaba con mucha gente. Yo salí a tomar aire y me dan un palmazo, era Lisa, me dice te aburriste?. Es evidente le digo. Pues si, pero vamos a bailar, me jalo la mano y me lleva a la sala, ponen unas toadas, lambadas, ballenatos, unos mixs que harba durado 30 minutos, estaba trapo, no parada de echarme aire. Me escape y me fui a comprar una agua, me la vacié en una y cuando voy a comprar otra. Me topo con Lupe, me dice, hey descarado, porque viniste. Por ti, le digo, así, me responde, pero te veo bien con la hermana de Juan, si, pero no es como tu. No se, me dice. Le digo, estas celosa?, Nunca, pero ten cuidado, ella es brava, me manifiesta eso y se fue.

Ya era de noche, muy noche, se fueron todos, solo quedo la hermana y la parejita. En eso me dicen que si quiero puedo dormir en el sillón. Gracias, le digo, la hermana se despide y me da su número, me dice que la llame pronto, le digo, no te preocupes, se voltea y se lleva mis ganas, mis ojos y hasta el último suspiro de mi verga. Mientras que los tortolitos se van a su cuarto, aprovechan que sus hijos no estaban y desde que trate de conciliar el sueño, las paredes retumbaban, caían y el suelo decía paren de joder. Que tal tiradera, que tal follón le debe de estar dando a su mujer. Que suerte la mía, en mi desespero, le envío un mensaje a Lisa, le pongo. Hola, estas despierta?. Pasan varios minutos, dándome vuelta y vuelta, para mi auxilio, me dice, si, que pasa. Nada, le contesto, no puedo dormir. Vives cerca?. Me contesta que si, y le pongo, puedo ir?. Si, me responde, pero para que?. Es que tu hermano no me deja dormir, la agarro como entenada a su cuñada. Me pone una carita de risa y añada, ven pues, animame a mi...........
Q buen tubo de la hembra
 
Pura explosión

Una noche de rumba perfecta con la morena, con música antigua pero fresca, verla tan cerca era difícil no pecar en pleno antro, sus piernotas tenerlas tan calientes y en cada meneada una lengueteada, sus orejas llenas de mi baba, su cuello rozado casi por mi verga cuando íbamos al suelo, hasta me di mañana sera por el trago, las ganas o tan solo la vorágine que avanzaba, la subí sobre mi, di media vuelta y le vi toda la papayota. Ya estaba a punto de estallar, es mas, cuando fui al baño, ya botaba a mis descendientes. Me vine rápido y ella bebía su trago, ojos rojos, saltones, mirada dominante e inquieta. Un baile mas, y de alli al matadero.

En el taxi tuve un gran preámbulo, besos de lengua y manoseadas abundantes, me iba bajando el cierre y como lo jalaba, lo aplastó tan fuerte y mientras me comía la garganta y oreja, se me salió en una, se agacho y le paso lengua, me miro y lo trago, me volvo a correr solo de mirarla.

Cuando llegamos al hotel, no hubo tiempo de nada, nuestros cuerpos transpirados ordenaban, le di sus nalgadas y de frente se meto sin pedir permiso, como lo tiene esta potranca, creo que nació para recibir por alli, la cuca la tiene casi de adorno, pero para no ser malcriado, le di sus mimos, mientras la tubeaba, la manoseaba a mi antoja en su periquita, como gritaba, de nuevo explotamos. Sentir su mano en mi vara y otra ronda con furor.

Perfecta compañía, fruto que aleja la agonía, es una fuente completa de inspiración y movimientos. No se que le dio y se puso a bailar sola, tarareo algo y se fue a bañar, yo seguía con mi festival de tragos, hielo, agua helada y dándome aire. El calor del ambiente, de mi propio ser y todo lo que ella logra, era impresionante. Al salir vino dando vueltas en un liguero y tanga negra que se la fue sacando con mucho estilo y sobriedad.


Yo sabía que era mi bala de oro y se iba con los pocos segundos de vida, de nuevo a la faena, besos y dedos en ese orificio precioso, se lo olí por unos minutos y le emboque en una, empezamos el taladreo, sus gemidos y aullidos me volvían loco, no duraría mucho, la voltee varias veces, ella se quiso correr y me detuvo, me agarro los brazos, me cabalgo y jugaba con mi lengua, se hizo el 1 en un toque, me lleno de su ser, me dio igual, esta yegua si que es un delirio.............




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Riquísimo
 

El Reencuentro de Lupe: Entre el Recuerdo y el Deseo​

Lupe se miró al espejo por última vez, ajustándose el vestido blanco de licra que le quedaba como una segunda piel. A sus 50 años, sabía perfectamente que su cuerpo seguía siendo un mapa de tentaciones; sus tres hijos —ya grandes— no habían podido borrar las curvas que tanto orgullo le daban. Su esposo, como de costumbre, estaba "en una reunión de trabajo", una mentira que ella aceptaba con una sonrisa cínica porque le daba la libertad de hacer lo mismo.

De pronto, un mensaje: su amiga la plantaba. "¡Ay, qué salada!", exclamó Lupe con ese dejo selvático que nunca la abandonó del todo. Pero no iba a desperdiciar el maquillaje ni el perfume. Salió al bar de siempre en Miraflores.

El Encuentro inesperado​

— "¿Lupe? ¿Eres tú o es que el calor de Iquitos me está haciendo alucinar en Lima?"

Ella volteó y se encontró con unos ojos pícaros que no veía hace décadas. Era Renzo, su vecino de la infancia. Renzo ya no era el muchachito flaco del malecón; ahora era un hombre robusto, con canas interesantes y esa mirada de quien sabe "comer bien".

— "¡Renzo! ¡No te lo puedo creer! Estás más grande... en todo sentido", bromeó Lupe, dejando que sus ojos recorrieran el pecho de su amigo.

Doble Sentido y Picardía​

Se sentaron a tomar unos tragos. La conversación fluyó como el río Amazonas en creciente.

— "Oye Lupe, sigues teniendo esa 'fruta' bien puesta. Se ve que en Lima te han regado bien", dijo Renzo, bajando la voz y mirando el escote del vestido blanco.

— "Cállate, oye. Una sabe mantenerse firme, no como otras que se marchitan rápido. Pero tú... tú te has puesto bien 'palo negro', ¿no? Maduro y fuerte", respondió ella con una risa traviesa, usando ese doble lenguaje que solo ellos entendían.

— "¿Te acuerdas de esa tarde en el trapiche?", preguntó él, acercándose tanto que Lupe sentía el calor de su aliento. "Casi te muerdo la pulpa aquella vez. Estábamos a nada, Lupe. Me dejaste con las ganas de probar ese manjar."

— "Éramos unos chiquillos, Renzo. Pero ahora la fruta ya está madura, lista para ser cosechada... el problema es que el dueño del huerto anda distraído", susurró ella, jugando con el borde de su copa.

El Juego de la Seducción​

Renzo estiró la mano por debajo de la mesa, rozando apenas la rodilla de Lupe, subiendo con una lentitud desesperante.

— "Ese dueño no sabe lo que tiene. Si yo fuera él, no dejaría que nadie más metiera la mano en mi cosecha. Lupe, tengo un cuarto aquí cerca... solo para recordar viejos tiempos. ¿Quieres que te enseñe cómo se pela un aguaje en Lima?"

Lupe sintió un escalofrío. Pensó en su hija de 18 años esperándola en casa, y luego en su esposo, que seguramente estaría haciendo lo mismo a kilómetros de distancia. Miró a Renzo, a ese hombre que olía a nostalgia y a pecado.

— "Mira que yo ya no soy una chiquilla, Renzo. A esta edad, o me comes completo o mejor ni me pruebes", sentenció ella, mordiéndose el labio.

— "Yo nunca dejo nada en el plato, Lupe. Y menos si el postre eres tú."

Lupe se levantó, ajustó su vestido y le dio una mirada de fuego. El aire estaba cargado. Ella sabía que, si daba un paso más, no habría vuelta atrás, pero en la selva, cuando el río suena, es porque piedras trae... y ella estaba dispuesta a dejarse arrastrar por la corriente.








El ambiente en el bar se volvió denso, casi tropical, como si el vapor de Iquitos se hubiera filtrado por las paredes de Miraflores. Lupe sentía el roce de la mano de Renzo, una mano áspera de hombre que no pedía permiso, subiendo por el borde de su vestido de licra.

Renzo se inclinó hacia su oído, dejando que su aliento caliente le erizara los vellos de la nuca. Ya no había rastro del "vecinito" juguetón; ahora era un cazador.

El Desafío​

— "Escúchame bien, Lupe", le siseó al oído, con ese dejo selvático que arrastraba las palabras. "Te haces la santa con tus cincuenta años y tus hijos, pero yo te conozco la mirada. Ese vestido blanco te queda tan apretado que parece que te lo han pintado, y te aseguro que te lo pusiste sabiendo que te hace ver como una verdadera perra lista para el castigo".

Lupe jadeó, tratando de mantener la compostura, pero sintió un pinchazo de calor entre las piernas.

— "No seas atrevido, Renzo...", alcanzó a decir, aunque su mano no apartaba la de él.

— "¿Atrevido? Atrevida eres tú, que vienes a provocar a un hombre que sabe de qué madera estás hecha. Te apuesto ahorita mismo, frente a toda esta gente, que si te obligo a levantarte ese vestido corto, voy a encontrar un hilo dental perdiéndose entre tus nalgas y que ya está empapado. Estás chorreando, Lupe, porque sabes que te quiero dar guerra con mi birija, con esta verga que se está poniendo de piedra solo de imaginarme cómo me vas a apretar".

La Tensión al Límite​

Lupe cerró los ojos. Por un segundo pensó en su esposo, en la rutina vacía, y luego en la imagen de Renzo desnudándola. El lenguaje sucio de su amigo la transportaba a esa humedad de la selva donde todo es más instintivo.

— "Estás loco...", susurró ella, su voz ahora era un hilo quebrado. "Si supieras las ganas que tengo de que me calles la boca con eso que dices..."

— "Entonces no hablemos más", dijo Renzo, apretándole el muslo con fuerza, casi marcándole los dedos. "Tengo el carro a la vuelta. Vamos a ver si esa boquita tuya es tan brava como tus curvas, o si te vas a quedar muda cuando sientas cómo te entierro todo esto hasta que te olvides de Lima, de tu marido y hasta de tu nombre".

Lupe se levantó, sintiendo efectivamente la humedad de su ropa interior contra la licra blanca. Se ajustó el vestido, que apenas le cubría lo necesario, y le clavó una mirada cargada de malicia.

— "Muéstrame el camino, Renzo. Pero te advierto... si me vas a dar guerra, más vale que tengas suficiente munición, porque a esta charapa no la cansa cualquiera".











Era un viernes por la noche en Lima, de esos donde la humedad se te pega al cuerpo como un amante no deseado. Eran casi las 11:30 p.m. y el Audi A6 negro de Renzo estaba estacionado en una zona oscura de la Costa Verde, con el sonido del mar estrellándose contra las rocas como fondo. Dentro del auto, el aire acondicionado no se daba abasto; el ambiente olía a una mezcla de perfume caro, whisky de la guantera y ese aroma animal que suelta una mujer cuando sabe que la van a poseer.

El Juego en el Asiento de Cuero​

Renzo servía dos vasos de whisky puro mientras Lupe, sentada en el asiento del copiloto, jugaba con su vestido blanco. Ella sabía lo que hacía: cruzaba y descruzaba esas piernas de 50 años que todavía cortaban la respiración. En cada movimiento, el vestido de licra se subía hasta la cadera, dejando ver un hilo dental rojo que apenas era una cuerda delgada perdiéndose entre sus nalgas.

— "Mira cómo me tienes, Renzo", dijo ella, abriendo un poco las piernas para mostrar que el hilo no llegaba a cubrir su cuca totalmente depilada, que ya brillaba bajo la tenue luz del tablero. "Mírame bien el bosque, que ya no tiene ni un pelito que te estorbe".

Renzo dejó el vaso a un lado, su respiración se volvió pesada.— "Eres una perra de salón, Lupe. Estás pidiendo a gritos que te destroce", gruñó él mientras se abalanzaba sobre ella.

Fuego y Saliva​

Se besaron con la desesperación de décadas de espera. Fue un beso con sabor a alcohol y a lengua salvaje. Renzo no perdió tiempo; bajó el escote del vestido blanco, liberando los senos de Lupe que saltaron como si hubieran estado prisioneros. Eran grandes, de pezones oscuros y firmes.

Él empezó a mamárselos con hambre, rodeando las aureolas con la lengua, mojándoselos con tanta saliva que el pecho de Lupe brillaba. Luego vino el mordisco, ese que la hizo arquear la espalda y gritar contra el vidrio empañado del Audi.— "¡Ay, Renzo! ¡Muérdeme más fuerte, carajo!", jadeaba ella, agarrándole el pelo mientras sentía cómo él le babeaba todo el escote.

Renzo bajó una mano directo al hilo dental. Metió los dedos por debajo de la telita roja y se encontró con un pantano. Su cuca estaba ardiendo, empapada en ese flujo espeso de mujer madura que sabe que está en su mejor momento.— "Estás hirviendo, Lupe. Estás lista para que te meta esta pinga y te la deje bien adentro", le dijo él al oído mientras se desabrochaba el pantalón y sacaba su miembro, que golpeó contra el muslo de ella, duro como una piedra de río.

El Interruptor Inoportuno​

Justo cuando Renzo la acomodaba contra la puerta, con las piernas de Lupe rodeándole la cintura y su verga rozando la entrada húmeda de ella, el celular en el bolso de Lupe empezó a vibrar y a sonar con una estridencia insoportable.

Era Vania, la amiga que la había plantado.

Lupe, con el corazón en la garganta y los senos afuera, miró la pantalla. La realidad la golpeó: su amiga, la misma con la que su esposo creía que estaba, la estaba llamando. Por un segundo, la imagen de su hija de 18 años y su casa en Lima apareció en su mente.

— "¡No contestes, carajo!", le pidió Renzo, con la voz ronca, tratando de penetrarla de una vez.

Pero el momento se había trizado. Lupe puso una mano en el pecho de Renzo, frenándolo.— "Es ella... si no contesto y llama a mi casa, se armó la gorda. Mi marido es un perro, pero si me chapa con un iquiteño en un Audi, me quita todo".

¿El Final o un Continuará?​

Se quedaron así unos segundos: él afuera, ella desnuda a medias, el teléfono sonando. Lupe se acomodó el vestido rápido, con las manos temblorosas y el cuerpo pidiendo guerra, pero la cabeza fría por el miedo al escándalo.

— "Hoy no, Renzo. Me has dejado con el motor prendido, pero no puedo arriesgarme así", dijo ella, mirándolo con una mezcla de deseo y frustración.— "Me la vas a pagar, Lupe. Esa verga ya tiene tu nombre grabado", respondió él, golpeando el timón.

Lupe no dijo "no" para siempre. Se bajó del auto en una esquina cerca de su casa, con el hilo dental todavía empapado y los pezones adoloridos. Mientras caminaba, pensaba: "Este no se libra de mí. La próxima vez no habrá celular, ni amiga, ni marido que me detenga".
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Lupe bajó del Audi con las piernas temblorosas y el cuerpo pidiendo fuego. Se alejó unos metros y, con un movimiento descarado, metió la mano por detrás para acomodarse el vestido blanco, que se le había quedado perdido en medio de su tremenda raja. Ese culazo de iquiteña de 50 años, firme y redondo, era un imán para cualquiera a esa hora.

Al caminar por la vereda, unos tipos que tomaban cerveza en una esquina la devoraron con la mirada. — "¡Habla, tía! ¡Qué rico te queda ese blanco, estás para romperse ese hilo con los dientes!", le gritó uno, mientras el otro soltaba un: "¡Con ese culo me caso y te mantengo a tus tres hijos, mami!".

Lupe ni los miró, pero por dentro sentía un orgullo perverso; sabía que estaba "en su punto". Sacó el celular y llamó a Vania (Valeria). — "¿Dónde estás, oye? Me dejaste con toda la calentura encima", reclamó Lupe. — "Lupita, perdona, me confundí de sitio. Estoy en la esquina de Larco con la otra calle, llega rápido que aquí hay ambiente", le dijo su amiga antes de colgar.

El Desplante y la Soledad

Lupe caminó con sus tacones negros resonando en el asfalto. Tenía miedo, la zona estaba oscura y sentía el frío de la noche limeña colándose por su escote todavía húmedo por la saliva de Renzo. Llegó al punto de encuentro, miró a todos lados y nada. Valeria no estaba. La llamó una, dos, tres veces... directo al buzón.

— "¡Hija de puta! Me planta dos veces la misma noche", masculló Lupe, parándose cerca de un poste, sintiéndose expuesta con ese vestido que apenas le tapaba lo esencial.

El Vecino del BMW

En eso, un BMW plateado frenó lentamente frente a ella. Lupe se puso tensa, pensando que era algún "mañoso", pero el vidrio bajó y reconoció la cara. Era Javier, un vecino de su edificio en San Isidro, un tipo de unos 55 años, elegante, que siempre le lanzaba miradas de fuego en el ascensor.

— "¿Lupe? ¿Qué haces a estas horas por aquí sola? Lima está peligrosa para una mujer tan... llamativa como tú", dijo Javier, barriéndola con la mirada desde los tacones hasta el escote que aún dejaba ver la marca de los dientes de Renzo.

— "Ay, Javier... mi amiga me dejó tirada. Estoy esperando un taxi, pero no pasa ninguno", mintió ella, tratando de taparse un poco con el bolso, aunque sabía que el movimiento solo hacía que su pecho resaltara más.

Javier sonrió con malicia. Él conocía bien la fama de Lupe y sabía que su marido no era ningún santo. — "Sube, yo te llevo. Pero me parece un pecado que ese vestido blanco termine la noche durmiendo en tu cama... solo. Si quieres, damos una vuelta por el Malecón y me cuentas por qué tienes esa mirada de quien se quedó a medias..."

Lupe miró el interior de cuero del auto de su vecino y luego recordó la sensación de la verga de Renzo. La noche todavía era joven y su cuca seguía reclamando lo que le habían prometido.

Lupe subió al BMW de Javier, sintiendo el aire acondicionado golpear su piel caliente. Justo cuando cerraba la puerta, Valeria llamó. Lupe contestó furiosa: "¡Eres una perra, Valeria! ¡Me dejas tirada en la calle como a una cualquiera, carajo!", y tiró el celular en el asiento, pensando que había cortado, pero la línea quedó abierta, capturando cada gemido que vendría.

El Hostal de la Costa Verde

Llegaron a un hostal discreto por la bajada de Armendáriz. La habitación tenía espejos en el techo y un olor a desinfectante mezclado con deseo. Javier pidió un champagne helado.

— "¿Por qué brindamos, Lupe?", preguntó él, descorchando la botella mientras sus ojos no se despegaban de las piernas de ella. — "Por todo, Javier. Por estar aquí, por ser un hombre que sabe aprovechar las oportunidades y porque hoy tengo el diablo en el cuerpo", respondió ella, dándole un sorbo al champagne que le chorreó por la comisura de los labios hasta el escote.

Él no aguantó más. La acorraló contra la pared. El diálogo se volvió oscuro, cargado de esa picardía sucia que a Lupe le encantaba. — "Estás toda mojada, Lupe. Hueles a sexo, hueles a que alguien ya te estuvo calentando el horno", le susurró Javier mientras le subía el vestido. — "¡Cállate y cómeme! Mi cuca está goteando, Javier. Siente cómo te lubrico los dedos, estoy que me muero porque me rompas ese hilo negro".

El Accidente del Vecino

Javier sacó su miembro, que estaba a punto de estallar. Empezaron un juego peligroso de roces. Él le pasaba la pinga por los labios de su vagina, rozando el clítoris, mientras ella jadeaba y pedía más. Javier, que no aguantaba el nivel de lujuria de esa iquiteña madura, solo alcanzó a meterle la pura puntita, la cabecita caliente.

Fue un segundo de contacto eléctrico. Javier sintió que se le nublaba la vista y, sin poder evitarlo, se vino con una fuerza animal. Salió harta leche, un líquido espeso que empapó el hilo negro de Lupe y se desparramó por sus muslos.

— "¡******, Lupe! Me has dejado seco solo con tocarte... ¡Qué bruta eres para calentar a un hombre!", exclamó él, jadeando.

El Escape y el Misterio

En ese momento, el celular de Lupe, que seguía con la llamada "activa" (o eso creía ella), volvió a sonar con la voz de Valeria gritando desde el bolso. Lupe, asustada por el tiempo perdido y sintiendo el líquido de Javier chorreando por sus piernas, decidió irse.

— "Tengo que volar, Javier. Esto se descontroló", dijo ella. Como su hilo negro estaba manchadaso de leche, se lo quitó ahí mismo frente a él, exponiendo su cuca depilada y brillante. Lo dobló y lo guardó en su cartera, dejando que el aroma de ambos se quedara encerrado ahí.

Se despidió de Javier con un beso rápido mientras él, frustrado por habérsele salido tan pronto, empezó a masturbarse salvajemente mirándola salir.

Lupe caminó las 10 cuadras que Valeria le indicó por mensaje, con el vestido blanco ahora rozando su piel sin nada de ropa interior debajo. Llegó al punto indicado y, para su sorpresa, Valeria no estaba. En su lugar, parado bajo un farol, había un hombre joven, de unos 30 años, con pinta de ser del "Callao", que la miró de arriba abajo.

— "¿Tú eres Lupe? Valeria me dijo que te buscara. Me llamo Nico, y dice mi amiga que tú estás buscando a alguien que te termine de apagar el incendio que traes entre las piernas...".





El local antiguo en el Callao tenía ese olor a madera vieja, tabaco y poder. Cuando los seguridades la revisaron, Lupe sintió el descaro de esas manos toscas. Uno de ellos, al no sentir tela bajo el vestido blanco, le dio un apretón firme en su cuca depilada y le susurró: "Vas bien servida, tía". Ella, lejos de asustarse, sintió un chorro de lubricación recorrer sus muslos. El deseo no la soltaba.

Nico desapareció y la dejó frente a un hombre de unos 65 años, de traje impecable y ojos de hielo. Se presentó como Don Augusto.

El Juego del Maletín

— "Tu amiga me dijo que eras una mujer de retos, Lupe", dijo Don Augusto mientras servía un champagne que burbujeaba con elegancia. "Hagamos un trato. Aquí tienes dos maletines. En el A hay aire; en el B hay 10 mil soles. Si aciertas, te vas con la plata y no me debes ni un beso".

Lupe, con ese fuego iquiteño quemándole las venas por el alcohol y el manoseo previo, se rió con ganas. — "¡Anda, oye! ¿Tú crees que soy cojuda? A mí no me vas a venir con cuentos de hadas, viejo verde", le soltó con su chispa charapa.

Pero el viejo insistió. Ella, confiada, señaló el maletín B. Don Augusto lo abrió: vacío. El silencio pesó en el salón. Lupe sintió que la cara le ardía de vergüenza y rabia. — "¡Me voy de esta ******! Valeria me ha traído para que se burlen de mí", gritó, dándose la vuelta para que su culazo se sacudiera bajo el blanco de la licra.

Pero Don Augusto la frenó en seco, agarrándola del brazo con una fuerza sorprendente. — "Espera... no te vas a ir así. Te doy los 10 mil soles ahora mismo, pero esta noche eres mi juguete. Quiero que me dejes hacerte todo lo que esos chiquillos de antes no se atrevieron".

El Dilema en el Baño

Lupe se encerró en el baño, con el corazón galopando. Se miró al espejo, se retocó el labial y sintió la falta de su hilo dental; el vestido rozaba directamente su intimidad, recordándole lo caliente que estaba. En eso, el celular vibró: era Valeria.

— "¡Lupe, no seas tonta!", le gritó su amiga por el auricular. "Don Augusto es un caballero de los de antes, pero le gusta lo bueno. Son 10 mil soles, mujer. Con eso pagas las deudas de la casa, te compras ropa y hasta te sobra para perderte un fin de semana. Además, admítelo... estás que te mueres porque un hombre con plata te ponga en tu sitio. ¡Acepta, carajo! Tu marido ni cuenta se va a dar, él debe estar revolcándose con alguna chibola ahora mismo".

Lupe colgó y se quedó mirando la puerta. Por un lado, la decencia de su hogar en San Isidro; por el otro, la adrenalina de ser una mujer deseada, la necesidad del dinero y ese hambre de sexo sucio que la noche le había despertado desde que subió al Audi de Renzo.

Se pasó la mano por su cuca, que seguía goteando. Estaba hirviendo.









El trayecto hacia el Callao fue un túnel de silencio y adrenalina. Nico, el amigo de Valeria, no pronunció una sola palabra, pero su forma de conducir el coche —un auto oscuro, sin insignias, que olía a cuero y a tabaco fuerte— aceleraba el pulso de Lupe. Ella iba en el asiento de atrás, con las piernas cruzadas, sintiendo cómo el borde de su vestido blanco se subía peligrosamente. Sin el hilo dental, que seguía guardado en su cartera como un trofeo húmedo, sentía el frío del cuero directamente contra su cuca depilada. Cada bache de la pista era un roce eléctrico que la hacía humedecerse más.

El Santuario del Misterio

Llegaron a una casona de fachada descascarada pero con una puerta de roble macizo. Al entrar, el contraste fue violento: lujo clásico, alfombras rojas y un silencio que se podía cortar con un cuchillo. Los dos hombres de seguridad, vestidos de negro, no usaron detectores de metales; usaron sus manos.

Uno de ellos deslizó sus dedos por la espalda de Lupe hasta llegar a sus nalgas. Al notar que no había costuras de ropa interior, apretó con fuerza, hundiendo sus dedos en la carne firme de ese culazo de 50 años. — "Pasa, charapa... hoy vas a aprender lo que es el peso del oro", le susurró al oído con una voz que la hizo temblar de excitación.

Nico la dejó en un salón amplio, iluminado solo por lámparas de pie que proyectaban sombras alargadas. En el centro, sentado en un sillón de orejas, estaba él: Don Augusto. Un hombre que exudaba poder, con un traje a medida y una mirada que parecía desnudarla capa por capa.

La Propuesta de Oro

— "Lupe...", su voz era un barítono profundo que retumbaba en el pecho de ella. "Valeria me dijo que eras la joya más preciada de Iquitos perdida en Lima. Acércate."

Ella caminó, sintiendo que sus tacones negros hacían demasiado ruido en el salón vacío. Se detuvo frente a él. Don Augusto no se levantó; simplemente estiró la mano y rozó con sus dedos el muslo de Lupe, subiendo lentamente hasta que sintió la humedad que emanaba de su centro.

— "Estás hirviendo, mujer. Te han estado calentando toda la noche y te han dejado a medias", dijo él con una sonrisa gélida. "Tengo dos maletines aquí. Es un juego de azar, pero yo prefiero llamarlo destino. Elige uno. En el B hay 10 mil soles. Si fallas, te vas con las manos vacías... a menos que decidas que tu cuerpo vale mucho más que un simple acierto".

Tensión y Deseo

Lupe, empoderada por el champagne que él le sirvió en una copa de cristal cortado, soltó una carcajada cargada de malicia. — "Mira, Don Augusto, yo no soy una chiquilla que se deslumbra con brillitos. Si quieres jugar conmigo, vas a tener que sudar", dijo ella en su dejo charapa, pero su mirada estaba clavada en el maletín.

Eligió el B. Al abrirlo, el vacío la golpeó. Se sintió burlada, pero antes de que pudiera reclamar, Don Augusto se levantó. Era alto, imponente. La tomó del brazo y la pegó a su cuerpo. Lupe sintió la dureza de su deseo contra su vientre.

— "Has perdido el juego, pero puedes ganar el premio", le susurró él, bajando la mano para acariciarla por encima del vestido blanco, justo donde ella más goteaba. "Esos 10 mil soles son tuyos si dejas que esta noche yo sea el dueño de cada uno de tus agujeros. Quiero oírte gritar mi nombre mientras te rompo ese orgullo de mujer casada".

Lupe jadeó, su cabeza cayó hacia atrás exponiendo su cuello. El misterio de ese hombre, la elegancia del lugar y la promesa de una fortuna por una noche de entrega total la tenían al borde del colapso erótico. Fue al baño, supuestamente para hablar con Valeria, pero en realidad necesitaba tocarse.

El Susurro de la Traición

En el baño, con el celular pegado a la oreja, escuchaba a Valeria: — "¡Acepta, perra! Es Don Augusto. Ese hombre es un mito. Te va a hacer sentir cosas que tu marido no sabe ni que existen. Y la plata... Lupe, piensa en la plata. Sal de ahí, quítate ese vestido y deja que ese viejo te haga suya como te mereces".

Lupe colgó. Se miró al espejo, se levantó el vestido y vio cómo el brillo de su propia lubricación mojaba sus muslos. El deseo la estaba consumiendo. Salió del baño, con la mirada encendida, lista para vender su alma y su cuerpo al mejor postor de la noche.





El salón quedó en penumbra, solo iluminado por el resplandor ámbar de las botellas de cristal y el brillo depredador en los ojos de Don Augusto. Él se recostó en su gran sillón de cuero, cruzó las piernas y señaló un espacio vacío frente a él.

— "No quiero que me toques todavía, Lupe", ordenó con una voz que era puro mando. "Quiero que me bailes. Quiero ver cómo esa charapa orgullosa se deshace de su disfraz de señora de San Isidro. Baila para mí como si este salón fuera una choza en medio de la selva y yo fuera el río que te va a tragar".

El Despojo de Lupe​

Lupe, encendida por el champagne y el roce constante de su propia desnudez bajo la licra, comenzó a moverse. El ritmo estaba en su sangre. Empezó a contonear ese culazo al ritmo de una música imaginaria, lenta y pesada. Sus manos bajaron por sus caderas, subiendo el dobladillo del vestido blanco centímetro a centímetro.

Con un movimiento fluido, se despojó de la prenda. El vestido cayó al suelo como una piel muerta, dejando a Lupe bajo la luz mortecina, totalmente desnuda, con la piel canela brillando por el sudor y la excitación. Sus senos, grandes y maduros, se sacudían con cada movimiento, y sus pezones, oscuros y erectos, apuntaban directamente al viejo pituco.

— "Ahora, acércate", susurró él, desabrochándose el cinturón. "Siéntate en mi cara. Quiero saber a qué sabe el pecado de Iquitos".

El Trono de Carne​

Lupe se horcajó sobre el sillón, apoyando sus rodillas en los brazos del mueble y descendiendo lentamente sobre el rostro de Don Augusto. Él no usó las manos; dejó que ella controlara el peso. Lupe abrió las piernas al máximo, exponiendo su cuca depilada, que era un manantial de deseo.

— "Ábrete para mí, Lupe. Muéstrame todo", pidió él entrecortadamente.

Ella llevó sus manos hacia atrás, sujetando sus propias nalgas y separándolas con fuerza, exponiendo no solo su intimidad frontal, sino también su ano, rosado y contraído por la tensión. Don Augusto hundió su lengua con una ferocidad inesperada. Lupe soltó un grito que retumbó en las paredes del local; era un lengüeteo experto, largo y profundo, que recorría desde su entrada húmeda hasta el último rincón de su retaguardia.

Ella se retorcía, restregando su clítoris contra la nariz y la boca del hombre, sintiendo cómo la lengua de él se volvía un látigo que la hacía delirar. El placer era tan intenso que Lupe empezó a jadear palabras sucias en su idioma charapa: "¡Eso es, viejo rico! ¡Lámeme toda la miel, que hoy soy tuya!".

La Ofrenda y la Resistencia​

Don Augusto, con la cara empapada en los jugos de Lupe, se sacó la pinga. Era una pieza de ingeniería: gruesa, con venas marcadas y una firmeza que desafiaba sus años. Sin mediar palabra, comenzó a masturbarse con fuerza mientras obligaba a Lupe a mirarlo. En pocos segundos, una lluvia de leche caliente saltó sobre el vientre y los pechos de Lupe.

Pero, como él había prometido, su verga siguió dura como el mármol. No bajó ni un milímetro.

— "Eso fue solo el saludo, Lupe. Ahora, haz tu trabajo. Tienes una hora para sacarme hasta el último aliento, o no verás un solo sol de ese maletín".

La Maratón de Lujuria​

Lupe se arrodilló entre sus piernas. El olor del sexo y el champagne la tenían drogada de placer. Agarró la pinga de Don Augusto con ambas manos y empezó a mamársela con una técnica que solo dan los años de experiencia y el hambre de aventura.

Fue una hora de entrega absoluta. Lupe usaba su lengua para recorrer el frenillo, bajaba hasta los testículos, los succionaba con cuidado y luego volvía a enterrar toda la cabeza de la verga en su garganta. El sonido de la succión llenaba el salón. Don Augusto le agarraba el cabello, guiando el ritmo, a veces suave, a veces violento, mientras ella lo miraba desde abajo con ojos cargados de una sumisión provocadora.

— "¡Mírame cómo te la muerdo, viejo!", decía ella entre cada succión, babeando el miembro por completo, haciendo que la piel de él brillara bajo las sombras.

Ella jugaba con su propia mano, acariciando su cuca goteante mientras seguía trabajando con la boca. La tensión erótica era insoportable. Don Augusto sentía que se iba a morir, pero se resistía, queriendo prolongar la agonía del placer que esa mujer le brindaba. Finalmente, con un gemido que pareció un rugido, él se arqueó en el sillón y descargó una segunda y definitiva tanda de líquido sobre la lengua de Lupe, quien lo tragó todo sin apartar la mirada.

El Final de la Noche​

Lupe quedó tendida en la alfombra, exhausta, con la piel manchada y el corazón latiendo en las sienes. Don Augusto, recuperando la compostura con una rapidez asombrosa, se ajustó el pantalón y dejó el maletín con los 10 mil soles sobre la mesa.

— "Vales cada centavo, Lupe. Eres un animal", dijo con respeto.

En ese momento, el rugido de un motor se escuchó afuera. Era Valeria. Lupe se vistió a toda prisa, sin ponerse el hilo negro que aún olía a Javier, sintiendo el cuerpo pesado y satisfecho. Salió a la calle justo cuando el sol amenazaba con salir por el horizonte del Callao.

Valeria bajó la luna del auto, con una sonrisa de oreja a oreja.— "Por tu cara, veo que Don Augusto no fue tacaño... ¿Subes o te vas a quedar ahí saboreando el recuerdo?".

Lupe subió, guardando el maletín en sus piernas y sabiendo que esa noche, la niña de Iquitos le había ganado la partida a la señora de Lima.





El trayecto de regreso en el auto de Valeria fue una montaña rusa de emociones. Lupe, todavía con el sabor de Don Augusto en la garganta y la piel pegajosa bajo el vestido blanco, no podía dejar de hablar. Con las manos apretando el maletín contra su regazo, le soltó a su amiga cada detalle: desde el lengüeteo profundo que le dio el viejo hasta la hora entera que pasó arrodillada haciéndole el oral más salvaje de su vida.

— "¡Valeria, ese viejo es un animal! Me hizo abrirme como una flor en el monte y me lamió hasta el alma", decía Lupe, con los ojos brillando por la adrenalina. "Y la pinga... dura como piedra, no se le bajó con nada. ¡Me dejó seca!".

Valeria se reía, pero era una risa extraña, nerviosa. Cuando estaban por llegar a la casa de Lupe en San Isidro, Valeria soltó la bomba.

La Traición del Papel​

— "Lupita... no te emociones tanto con la plata", dijo Valeria sin mirarla. "Don Augusto no regala nada. Ese dinero... son billetes de utilería. Es un juego que él siempre hace para ver hasta dónde llega la ambición de una mujer".

Lupe sintió que el mundo se detenía. Abrió el maletín con manos temblorosas y, bajo la luz de los postes, vio la verdad: falsos. Eran papeles impresos con la cara de un político de broma. El silencio en el auto se volvió sepulcral. Lupe sintió una furia negra, un deseo de clavarle las uñas en la cara a su amiga.

— "¡Hija de puta! ¡Me has vendido por papel picado!", gritó Lupe, pero la borrachera y el cansancio la vencieron antes de que pudiera reaccionar físicamente.

El Refugio del Alcohol​

Llegaron a la casa. El esposo de Lupe, como de costumbre, no estaba. Las dos mujeres, en una tregua tensa y tóxica, abrieron dos botellas de vino tinto. Lupe bebía como si quisiera ahogar la humillación.

— "Oye, charapa, no me mires así", decía Valeria, ya media ebria. "Al menos disfrutaste, ¿o no? Ese viejo te dio lo que tu marido no te da hace años".

Bebieron hasta que la habitación daba vueltas. Lupe apenas recordaba cómo Valeria se despidió y cerró la puerta principal. Arrastrando los pies, se quitó los tacones negros y se desplomó en su cama matrimonial, esa cama grande y fría. Se quedó dormida profundamente, con el vestido blanco subido hasta la cintura y su cuca desnuda expuesta al aire de la habitación.

La Visita Inesperada​

A mitad de la madrugada, un ruido en el balcón la despertó. Lupe abrió los ojos con dificultad, la cabeza le estallaba por el vino. La silueta de un hombre se recortaba contra la luz de la luna que entraba por el ventanal. No era su esposo. No era Renzo.

Era Don Augusto. Estaba ahí, impecable, de pie al pie de su cama, mirándola con la misma intensidad depredadora del local del Callao.

— "¿Creías que el juego había terminado, Lupe?", susurró él, acercándose con pasos lentos y seguros. "El dinero del maletín era falso porque yo no compro mujeres por una hora... yo las compro para siempre. Los 10 mil soles de verdad están en mi bolsillo, pero ahora que estoy en tu casa, en tu propia cama, el precio ha subido".

Don Augusto se sentó en el borde del colchón y puso su mano fría sobre el muslo caliente de Lupe, deslizándola hacia arriba, hacia donde ella todavía conservaba la humedad de la noche.

— "Valeria me dio la llave, Lupe. Ella sabe quién manda. Ahora, dime... ¿vas a gritar para que te oiga tu hija en el otro cuarto, o vas a dejar que termine lo que empezamos en el Callao?".

Lupe, entre la borrachera y el shock, sintió un miedo excitante recorrerle la columna. Estaba atrapada en su propio hogar, a merced del hombre que la había usado como juguete horas antes.







La habitación se llenó de un silencio denso, interrumpido solo por la respiración agitada de Lupe y el roce de la seda de Don Augusto. Ella, con el juicio nublado por el vino pero el cuerpo encendido, no gritó. El miedo se transformó en una corriente eléctrica cuando sintió la mano del viejo pituco apretando su cuca depilada, que aún conservaba el aroma de la aventura.

— "En mi casa no, Augusto... mi hija está al lado", susurró ella con un gemido que la traicionaba.

— "Entonces hazlo en silencio, charapa. Demuéstrame que eres la maestra que Valeria dice", respondió él, despojándose del saco y revelando que, tras esa fachada de caballero, había un hombre con un hambre insaciable.

El Despertar de la Bestia: Pose del Perrito​

Don Augusto no perdió tiempo. La giró en la cama, obligándola a ponerse en cuatro patas. El vestido blanco, ya maltratado, quedó amontonado en su espalda, dejando su culazo de 50 años al aire, brillando bajo la luz de la luna. Él se situó detrás y, sin preámbulos, hundió su pinga —que volvía a estar de piedra— en la entrada ardiente de Lupe.

— "¡Ay, carajo! ¡Me vas a partir!", jadeó Lupe contra la almohada, sintiendo cómo él la llenaba por completo.

— "¡Muévete, perra! Enséñame cómo se hace en Iquitos", gruñó él mientras le agarraba el cabello con fuerza, marcando un ritmo violento. Lupe empezó a arquear la espalda, moviendo las caderas con una destreza circular que solo una mujer de su experiencia posee. Cada embestida hacía que sus pechos chocaran contra el colchón, y ella, perdida en el placer, se olvidó de su hija y de su marido.

La Lección de la Maestra: La Vaquera​

Después de un primer orgasmo explosivo que los dejó a ambos temblando, Lupe tomó el control. Se sentó sobre él, dándole la espalda primero para que él pudiera admirar su retaguardia, y luego girándose para quedar frente a frente.

— "Mira cómo te como, viejo rico", le dijo ella con un lenguaje sucio, moviéndose de arriba abajo con una lentitud tortuosa. "A una mujer como yo no se le engaña con plata falsa, ahora vas a pagar con sudor".

Lupe le enseñó a follar con el alma. Subía hasta casi sacar la verga y luego se dejaba caer con todo su peso, haciendo que el roce de sus clítoris contra el vello púbico de él creara chispas. Se besaban con lengua, intercambiando sabores de vino y saliva, mientras ella le susurraba al oído: "Siente cómo me mojas, siente cómo mi cuca te aprieta... soy tuya hasta que salga el sol".

El Éxtasis Final: Piernas al Hombro​

Cerca del amanecer, Don Augusto la puso al borde de la cama. Le subió las piernas hasta los hombros, exponiendo toda su intimidad al máximo. Era una pose de rendición total. Él empezó a darle estocadas profundas, buscando el fondo de su útero, mientras ella se masturbaba frenéticamente, gritando en silencio, con los ojos en blanco.

— "¡Me vengo, Augusto! ¡Me voy a chorrear toda!", exclamó ella antes de que sus músculos vaginales se contrajeran en un espasmo eterno. Él, al mismo tiempo, lanzó un rugido sordo y descargó una marea de leche caliente dentro de ella, sellando el pacto de la noche.

Se quedaron entrelazados, sudorosos y exhaustos. Don Augusto sacó de su pantalón un fajo de billetes reales, de 100 soles cada uno, y los esparció sobre el cuerpo desnudo de Lupe.

— "Mañana te llamo. Esto es solo el adelanto del alquiler de tu cuerpo", dijo él antes de salir por donde entró, dejando a Lupe sola, rica, y con el cuerpo más vivo que nunca.







El juego de Don Augusto se había transformado en una telaraña de seda y acero. Lupe, atrapada entre la ambición, el deseo despertado y el miedo al escándalo, se encontró siguiendo un guion que ella misma no terminaba de entender. Los depósitos de mil soles caían en su cuenta como gotas de combustible en un incendio que no paraba de crecer.

El Sometimiento Digital​

La primera vez que se grabó en el baño, el corazón le latía en la garganta. Ver su propio cuerpo de 50 años a través de la lente del celular, quitándose el hilo frente al espejo, le dio una excitación nueva: la de ser observada. Pero cuando el viejo le pidió el rostro, el baile y la masturbación, Lupe supo que había cruzado el punto de no retorno.

Se grabó arqueando la espalda, mostrando ese culazo charapa que tanto orgullo le daba, y gimiendo mientras sus dedos trabajaban su cuca húmeda. Al recibir los otros mil soles, el sentimiento de culpa se borró con el brillo del dinero. Sin embargo, la amenaza del chantaje cambió las reglas. Don Augusto ya no era solo un amante generoso; era su dueño.

La Cita en el Hotel: El Vestido Rojo​

El día de la cita, Lupe se miró al espejo y casi no se reconoció. El vestido rojo era de una licra tan delgada que marcaba cada curva, cada poro de su piel. Era corto, apenas cubriendo la mitad del muslo, y el escote en "V" dejaba sus senos casi al aire. Se puso los tacos negros de aguja que estilizaban sus piernas y el hilo rojo que, aunque apenas era una cuerda, ya estaba empezando a empaparse por los nervios.

Llegó al hotel en Lince, un lugar de esos que tienen cochera privada y cortinas gruesas. Subió a la habitación 404. La llave estaba puesta.

El Encuentro con el Desconocido​

Al entrar, la habitación olía a sándalo y a juventud. Sentado en la cama, de espaldas, había un joven. Cuando volteó, Lupe se quedó sin aliento. Tendría unos 25 años, piel trigueña, hombros anchos y una mirada cargada de una lujuria cruda, sin los modales de Don Augusto.

— "Don Augusto me dijo que vendría una reina, pero se quedó corto", dijo el muchacho, levantándose. Llevaba solo un pantalón de tela delgada que no podía ocultar una erección descomunal.

Lupe, siguiendo las instrucciones, sacó su celular y lo apoyó en una repisa frente a la cama, encendiendo la cámara.— "No hables...", susurró ella con su dejo iquiteño, que sonaba más ronco que nunca. "Solo hazme tuya. Tienes dos horas para que este video valga cada sol que me han pagado".

Fuego y Lujuria Grabada​

El joven no se hizo rogar. La tomó por la cintura y la pegó contra la pared. El contraste entre el rojo del vestido y la piel de ambos era una imagen pornográfica perfecta. Él le bajó los tirantes del vestido, liberando sus pechos maduros, y empezó a morderle los pezones con una fuerza que hizo que Lupe soltara un gemido animal hacia la cámara.

Él se bajó el pantalón, liberando una pinga joven, gruesa y vibrante. Sin quitarle los tacos ni el vestido, la subió a la cama y le abrió las piernas de par en par.— "¡Mira la cámara, Lupe! ¡Mira cómo te voy a meter esto!", le ordenó el chico mientras enterraba su miembro de un solo golpe.

Lupe sintió que se partía en dos. La energía de un hombre joven era distinta; era una embestida frenética, sin descanso. Ella se agarraba de las sábanas, arqueando la espalda, mientras el joven la follaba en la pose del perrito, haciendo que su culazo chocara ruidosamente contra sus muslos. El video captaba todo: los jadeos, el sonido de los fluidos mezclándose y la cara de Lupe, una mezcla de pecado, placer y la adrenalina de saber que Don Augusto estaría viendo cada segundo desde su despacho.











La habitación 404 se convirtió en un hervidero de pecado. Lupe, aunque por dentro sentía una punzada de asco por estar cumpliendo el capricho de un viejo voyerista, sentía cómo su cuerpo la traicionaba. La juventud del chico, su fuerza bruta y el hecho de estar siendo grabada le daban una excitación que nunca había experimentado con su esposo ni con sus amantes anteriores.

El Inicio: Contra la Pared​

El joven, que se presentó apenas como Marcos, la arrinconó contra el espejo de la pared. Lupe sentía el frío del cristal en su espalda y el calor volcánico de la erección de Marcos presionando su vientre.

— "Estás temblando, tía... ¿Qué pasa? ¿Te da miedo que el viejo vea cómo te voy a dejar?", le soltó él con una voz cargada de malicia, mientras le subía el vestido rojo hasta la cintura.

— "Cállate y haz lo que te pagaron, chibolo atrevido", respondió Lupe, pero su mano ya estaba bajando por el abdomen marcado del joven, buscando esa pinga que prometía destrozarla.

Él la levantó en vilo. Lupe rodeó su cintura con esas piernas de 50 años que todavía tenían una fuerza increíble. Los tacos negros quedaron suspendidos en el aire. Marcos la penetró ahí mismo, de pie, con una estocada seca que hizo que Lupe soltara un grito que quedó registrado perfectamente en el audio del celular.

La Pose del Descaro: El Perrito frente al Espejo​

Marcos la llevó hacia la cama, pero antes de echarla, la puso de rodillas, dándole la espalda al espejo y a la cámara.— "Mira tu culazo en el video, Lupe. Mira cómo se pone rojo cuando te doy", le ordenó él mientras le daba una nalgada que resonó en toda la habitación.

Él se situó detrás y la tomó por las caderas con una fuerza que le dejó marcas. Empezó a follarla con un ritmo animal, entrando y saliendo casi por completo. Lupe veía su propio reflejo: su rostro sudoroso, su cabello revuelto y ese vestido rojo amontonado en su espalda.

— "¡Eso es, carajo! ¡Rómpeme!", gemía Lupe, olvidando por completo su dignidad. "¡Dime perra, dime lo que quieras, pero no pares!".

— "¡Eres una perra de lujo, Lupe! Estás goteando como una chiquilla, ¡mira cómo me bañas la pinga con tu leche!", le gritaba él, mientras las embestidas hacían que el pecho de Lupe saltara violentamente.

El Clímax: La Bicicleta​

Finalmente, Marcos la echó de espaldas y le subió las piernas hasta que sus rodillas casi tocaban sus orejas. Era una pose que exponía su cuca y su ano de manera total hacia el lente del celular. Lupe estaba ida, con los ojos en blanco, entregada totalmente al placer físico.

Él empezó a darle las estocadas finales, rápidas y profundas. Lupe se masturbaba frenéticamente, coordinando sus dedos con el ritmo de Marcos.— "¡Augusto, mira esto! ¡Mira cómo me la entierran!", gritó ella en un arranque de locura erótica, sabiendo que el viejo se masturbaría viendo esa parte del video.

Marcos soltó un rugido y se vino con una fuerza increíble, llenando el vientre de Lupe de un líquido espeso y caliente. Ella se arqueó en un orgasmo que la dejó sin aire, temblando sobre las sábanas blancas del hotel.

El Post-Acto​

Se quedaron en silencio unos minutos. Lupe, con el maquillaje corrido y el vestido rojo manchado, se levantó con las piernas flácidas. Caminó hacia el celular y detuvo la grabación. Se sentía sucia, usada, pero al mismo tiempo, sentía una vitalidad que la hacía sentir de 20 años.

— "Lo grabaste todo, ¿no?", preguntó Marcos mientras se ponía el pantalón.— "Todo...", respondió ella con voz ronca. "Hasta lo que no debías decir".

Guardó el celular en su cartera, sabiendo que en cuanto enviara ese archivo, su cuenta bancaria crecería, pero su alma le pertenecería un poco más a Don Augusto.








El depósito de los mil soles apareció en su pantalla apenas el sol empezó a calentar el asfalto de Lima. Lupe lo miró con una mezcla de cinismo y una excitación eléctrica que ya no podía controlar. Ya no era solo el dinero; era la adicción a esa doble vida que la hacía sentir más viva a los 50 que a los 20.

La dirección la llevó a una casona antigua en el centro, de techos altos y pasadizos que olían a humedad y a secretos guardados por siglos. Al entrar a la habitación asignada, lo primero que vio fue un espejo inmenso, que cubría casi toda una pared, reluciente y frío. Lupe se acercó y se miró: llevaba un vestido negro de encaje, tan corto que el más mínimo paso revelaba que no llevaba absolutamente nada debajo.

Lo que ella no sospechaba era que ese espejo era un cristal de visión unidireccional. Al otro lado, en una habitación en penumbras, Don Augusto estaba sentado en un sillón de terciopelo, con un whisky en la mano y una cámara de alta definición capturando cada poro de la piel de su "charapa".

La Danza del Exhibicionismo​

— "Lupe...", sonó la voz de Don Augusto por un parlante oculto, profunda y dominante. "Sé que estás sola, pero quiero que te sientas observada. Olvida que es un espejo. Imagina que es una ventana a la calle y que todos los hombres de Lima te están mirando. Quiero que te desnudas para ellos... y para mí".

Lupe sintió un escalofrío que le humedeció la entrepierna al instante. Se acercó al cristal, casi pegando los pezones al frío vidrio. Empezó a bailar, moviendo ese culazo de iquiteña con una cadencia lenta, circular, sabiendo que cada centímetro de su carne madura estaba siendo escaneado.

Se subió el vestido lentamente, dejando que el encaje rozara sus muslos hasta que quedó amontonado en su cintura. Se dio la vuelta, apoyó las manos en el espejo y arqueó la espalda, ofreciendo su retaguardia al cristal.— "¿Me estás viendo, viejo verde?", susurró ella, sabiendo que él la escuchaba. "Mira cómo se abre mi cuca para ti... mira cómo goteo de solo pensar que me estás grabando como a una cualquiera".

El Juego Sucio​

Don Augusto, al otro lado, estaba al borde del colapso.— "Ábrete más, Lupe. Usa tus manos. Quiero ver el color de tu deseo", ordenó por el parlante.

Lupe obedeció. Metió dos dedos en su intimidad, que ya estaba empapada, y luego se los llevó a la boca, succionándolos con un ruido lascivo mientras miraba fijamente a su propio reflejo, imaginando los ojos del viejo tras el cristal. Empezó a masturbarse con una mano mientras con la otra se apretaba los senos, retorciendo sus pezones oscuros hasta que soltó un jadeo que fue casi un grito.

— "¡Mira cómo me toco por tu plata, carajo! ¡Mira cómo esta charapa se vuelve loca porque un viejo la mira detrás de un vidrio!", gritaba ella, perdiendo los papeles, restregando su clítoris contra el cristal frío, dejando una marca de humedad en el espejo mientras sus músculos se contraían en un orgasmo violento que la dejó temblando de rodillas.

El Regreso a la Realidad​

Cuando terminó, Lupe quedó jadeando en el suelo alfombrado, con el vestido negro desgarrado por su propia desesperación. Don Augusto no salió de su escondite; prefería mantener el misterio de su poder.

— "Vete a casa, Lupe. Mañana habrá más dinero en tu cuenta", dijo la voz, ahora más ronca. "Pero prepárate... porque la próxima vez no estarás sola frente al espejo. Quiero que traigas a alguien contigo, y quiero que sea alguien que tu marido conozca bien".

Lupe salió de la casona con las piernas flácidas y el corazón a mil. El juego había subido de nivel y ahora la traición se volvía un laberinto sin salida.











La casona antigua parecía devorar la luz del día, dejando a Lupe en una penumbra cargada de una tensión casi eléctrica. Esta vez no estaba sola. En el centro de la habitación, justo frente al imponente espejo-ventana, la esperaba un hombre que rompió todos sus esquemas. No era un chiquillo, sino un señor de unos 50 años, de porte europeo, piel clara y una elegancia que gritaba dinero y gimnasio. Alto, con el cabello castaño impecablemente peinado y una mirada que prometía una tormenta.

— "Don Augusto me habló de tu fuego, Lupe. Pero las palabras se quedan cortas ante tanta carne", dijo él con un acento sofisticado mientras se acercaba.

El Asalto contra el Cristal​

Él intentó besarla, pero Lupe, jugando a la difícil para alimentar el morbo, giró la cara. El hombre soltó una risa seca, la tomó por las muñecas con una fuerza que la dejó sin aliento y la estampó contra la ventana espejo. Lupe sintió el frío del vidrio en su pecho y, al mismo tiempo, el calor brutal del cuerpo de ese extraño presionando su trasero.

Él le mordió el cuello con una saña deliciosa, arrancándole un gemido. Con una mano experta, bajó el hilo negro de Lupe, dejándolo colgado de un solo tobillo, y liberó sus pechos del vestido. Empezó a morderle los pezones y a manosear sus senos con una violencia controlada que la hizo perder el juicio. Lupe, con los ojos clavados en su propio reflejo —y sin saber que Don Augusto la devoraba con la mirada a centímetros de distancia—, sintió un espasmo eléctrico. Se corrió ahí mismo, empapando el cristal con su propio flujo, gimiendo como una posesa.

El Banquete en la Cama​

Él la arrastró a la cama matrimonial de dosel. Lupe, ya entregada al animalismo del momento, se arrodilló y le bajó el pantalón. Se encontró con una pinga perfecta: larga, venosa y con una firmeza que desafiaba la edad. Lupe le dio un oral de antología, usando su lengua de charapa para recorrer cada rincón, succionando con un hambre que hizo que el hombre se corriera en su boca. Pero, para sorpresa de ella, la verga no cayó; se mantuvo erecta, palpitando, pidiendo guerra.

Él se echó encima de ella y empezó una cataneada inmensa. Por media hora, la habitación solo escuchó el sonido de los cuerpos chocando. Él la sacudía con una potencia que hacía crujir la madera de la cama. Lupe gritaba, arañaba la espalda del europeo, sintiendo cómo él llegaba al fondo de su útero una y otra vez hasta que ambos volvieron a estallar en un orgasmo compartido.

El Delirio de las Nalgas y el Sacrificio Final​

El hombre la puso de espaldas, fascinado con ese culazo monumental. Empezó a loquearse: le mordía las nalgas dejándole marcas rojas, las nalgueaba hasta que la piel de Lupe ardía, y luego pasaba su lengua por toda la raya, chupando y besando cada centímetro de su retaguardia. Se corrió sobre su piel canela, dejando un rastro blanco que brillaba bajo la luz tenue.

Pero el acto final fue el más perverso. Él la tomó por la cintura, la puso de pie y la empujó nuevamente contra la ventana espejo.

— "¡Mira cómo te van a romper, Lupe! ¡Mira cómo te entra por donde nunca dejas!", le gritó él al oído.

La alzó, apoyando las piernas de ella en el marco del espejo. Lupe gritó de dolor y placer cuando sintió la penetración anal. Era duro, seco al principio y luego húmedo por la lubricación que bajaba de su cuca. Contra el vidrio, Don Augusto veía en primer plano cómo la carne de Lupe se dilataba y recibía al europeo.

— "¡Dame más, carajo! ¡Rómpeme el culo, viejo rico! ¡No pares, maldito, dame más!", gritaba Lupe, insultándolo entre jadeos, perdiendo toda pizca de decencia.

La movió en varias poses: de lado, colgando, siempre frente al cristal para que el viejo viera la humillación y la gloria de ese agujero siendo devorado. Don Augusto, al otro lado, se masturbaba con una mano en el cristal, gimiendo al unísono con ella. En el momento en que el europeo descargó todo su líquido dentro del ano de Lupe, ella sintió que el cerebro se le apagaba. El placer fue tan violento, tan absoluto, que sus piernas cedieron. Lupe se desplomó en el suelo, desmayada de puro éxtasis, mientras el eco de sus gritos aún vibraba en la casona antigua.


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Entre Lentes y Sombras

Anny tenía solo 23 años, pero la vida en su pequeño pueblo había sido una mezcla de sueños y desilusiones. Con su madre, Lupe, siempre luchando por mantener el hogar, Anny tomó una decisión que cambiaría su destino: asistir al casting de modelos organizado por Don Agustín, un hombre con influencia y secretos ocultos.

El primer día, Anny llegó al hotel con nervios y determinación. Allí, bajo las luces brillantes, se sintió como una mariposa a punto de desplegar sus alas.

Calurosa con una licra al cuete color plomiza y un polo amarillo, se alistaba a su primera experiencia mostrando sus carnes.

Se puso lencerías y bikinis, posando provocativamente frente a la cámara durante dos horas. Aunque el ambiente era intenso, no era nada nuevo para ella; la superficialidad del mundo del modelaje le parecía una extensión del mismo teatro que había visto en su casa, donde su madre también había tenido sus propias ilusiones.

En muchas ocasiones, su madre creyéndose la diva, salía en paños menores, calzones grandes, chicos, medianos e incluso alguna vez, aprovechando que el esposo no entraba, la madre metía a un chibolo y lo hacía suyo, con el barajo de decirle a su hija, solo vamos a conocernos.

En su segundo día, se encontró rodeada de otras modelos, todas brillantes y llenas de energía. La competencia era palpable, pero Anny no se dejó intimidar. Sin embargo, el tercer día fue diferente. Al entrar, la mayoría de los participantes eran hombres, y el aire se cargaba de testosterona y ambición. Por un instante, se sintió fuera de lugar, pero pronto abandonó esas dudas, recordando que todo esto era un puente hacia sus sueños.

Al finalizar el cuarto día, Don Agustín le pidió un café. Era un hombre de edad avanzada, pero aún conservaba un carisma cautivador. Mientras charlaban, Anny comenzó a ver más allá de su imagen de viejo amante de Lupe; descubrió un hombre solitario, deseoso de conectarse. Él le ofreció un sobre con mil soles, proponiéndole que él mismo le tomara las fotos en su casa. La mente de Anny se llenó de confusiones y deseos. “Lo pensaré”, respondió, aunque en su interior sabía que no volvería.

Aquel dinero se volvió un espejismo. Anny decidió gastarlo en ropa nueva, sintiéndose libre y vibrante. Pasó una noche mágica con su enamorado, explorando la alegría de tener vestuario nuevo y la ilusión de un futuro brillante. Pero cuando el dinero se terminó, la realidad la golpeó. Su enamorado, aburrido de la pobreza, la dejó sin siquiera mirar atrás.

Desgarrada por el desamor y la falta de recursos, Anny se encontró en la encrucijada. Recordando el susurro del sobre que había dejado en su mesilla, decidió llamar a Don Agustín. Su voz temblaba mientras aceptaba una cita en su casa.

Al llegar, la atmósfera cambió drásticamente. Las luces tenues y el suave murmullo de la música crearon una atmósfera cargada de tensión. Lo que comenzó como una simple sesión de fotos se convirtió en un torbellino de pasión desenfrenada. Cada clic de la cámara capturaba no solo sus cuerpos, sino también sus almas enredadas en un juego peligroso de deseo y vulnerabilidad.

Se iba devistiendo, y el viejo re lamiendo, en cada postura, en cada movimiento, en cada acción donde la nena dejaba al natural su cuerpo sinuoso, coqueto, sincero y apasionado. El, decía que buen manjar me voy a demorar.

No sabía por donde empezar, la olió y se perdió en sus perversiones que es probable vinieron desde el viente de su madre.

Y al tenerla cerca, se agacha, le abre las nalgas todo lo que puso y se sació en el ano, en el agujero negro, lengua, dedo, dedos y a hurgar todo lo posible, mientras la joven suspiraba, le decía, ya apúrate viejo de ******, hazme tuya pero ya.


Pero el viejo quería disfrutar cada instante y mientras sin que Anny supiera, la cámara escondida grababa cada susurro, toque y ahora sí, la penetración. Que grito infernal, le ardía, le dolía y ella suplicando, apura bestia.

El viejo metía y sacaba, ella no soporto y salió de escena, cayendo rendida y dolida.

Don Augustín se apiadó y empezó a taladrar su rica y pulposa vagina.

Allí si encontraron ritmo, los orgasmos vinieron uno a uno y se fueron corriendo varias veces.

Ella se encendió y empezó a domar a su amante de turno, se subió encima de el y le pedía que le de fuerte y se venga, se corra y bote toda su dinastía.

El anciano empoderado empezó a alucinar que se casarían, que le daría todo, que solo sería de él y ella entrando a la pendejada, si amor, seré solo tuyo. Pero si tras con otro, me lo dirás, le dijo y ella, si mi amor.


Después de esa intensa noche, Anny se dio cuenta de que había cruzado una línea. No solo había vendido su cuerpo, sino que también había encontrado un oscuro deleite en la experiencia. A medida que se alejaba de la casa de Don Agustín, un nuevo sentimiento la invadió: la libertad.















Anny llegó a Lima con el disco duro en el fondo de la mochila, como si llevara una bomba de tiempo envuelta en ropa interior. Se instaló en un cuarto alquilado en Surquillo, barato y húmedo, con paredes que olían a fritanga y a humedad eterna. Durante las primeras semanas, el silencio le pesaba más que el ruido de la ciudad. No salía casi, solo compraba lo indispensable en el mercado y volvía a encerrarse. Miraba el disco duro como quien mira un abismo: ¿lo destruía? ¿lo vendía? ¿lo usaba para chantajear al viejo y sacar una última tajada gorda?

No hacía nada. Solo lo dejaba allí, esperando que la decisión llegara sola.

Mientras tanto, en el pueblo, Lupe empezó a notar el cambio. Don Agustín ya no la llamaba como antes. Durante años, aunque fuera esporádico, el viejo le mandaba mensajes coquetos, le dejaba paquetes con ropa interior cara o dinero para “sus gastos”. Ahora, nada. Silencio absoluto. Lupe fumaba más, miraba el teléfono cada cinco minutos y murmuraba maldiciones entre dientes.

Una tarde, mientras lavaba ropa en el patio, vio pasar a una vecina y no pudo contenerse:

—¿Has visto a Agustín últimamente? No contesta ni mis mensajes.

La vecina se encogió de hombros.

—Dicen que anda con una chiquilla nueva. Joven, muy joven. Dicen que la tiene en la casa todo el día.

Lupe sintió un pinchazo en el pecho, pero no era solo celos. Era algo más viejo, más profundo: la certeza de que el tiempo la había pasado por encima. Se quedó callada, secándose las manos en el delantal, y esa noche se tomó media botella de pisco sola en la cocina.

En Lima, Anny empezó a quedarse sin fondos. El dinero que había ahorrado se evaporaba en alquiler, comida y en pequeños lujos que se permitía para no volverse loca: un café decente, un vestido que no necesitaba, un par de tacones que la hacían sentir alta. Una noche, después de mirar la cuenta bancaria en cero, tomó el teléfono y marcó el número de Don Agustín. Contestó al segundo tono, como si la estuviera esperando.

—Anny… mi niña. Pensé que te habías ido para siempre.

Su voz sonaba más ronca, más ansiosa.

—No vine a pedirte que me recibas de vuelta —dijo ella, cortante—. Necesito plata. Pero no voy a acostarme contigo. Ni contigo ni con nadie. Se acabó eso.

Hubo un silencio largo al otro lado. Luego, una risa baja, casi tierna.

—¿Y qué quieres entonces, reina? ¿Que te regale la plata por caridad?

—No. Quiero que me presentes a alguien. Alguien que pague bien por compañía, por fotos, por lo que sea… pero sin sexo. Solo conversación, fotos artísticas, lo que tú sabes hacer. Nada más.

Don Agustín tardó en responder. Anny casi podía verlo: sentado en su sillón de cuero gastado, la bata abierta, el cigarro encendido, calculando.

—Tengo una amiga —dijo al fin—. Se llama Claudia. Tiene una galería en Miraflores. Arte contemporáneo, fotografía erótica fina, esas cosas que venden caro a gringos y a coleccionistas. Busca chicas que sepan posar sin ser vulgares. Paga bien por sesiones privadas, pero es estricta: nada de desnudos completos si no lo autorizas por escrito, y cero contacto físico. Solo tú y la cámara. ¿Te interesa?

Anny sintió un alivio frío recorrerle la espalda.

—Dile que sí. Pero que sepa que no soy de las que se dejan tocar.

—Tranquila. Claudia no es como yo. Ella colecciona belleza, no cuerpos.

Quedaron en que Don Agustín le pasaría el contacto al día siguiente. Antes de colgar, él agregó, casi en un susurro:

—¿No me extrañas ni un poquito, Anny?

Ella no respondió. Solo cortó.

Esa misma noche, en el pueblo, Lupe no pudo dormir. Se levantó, fue al cuarto de Anny —que seguía vacío desde que se fue— y abrió el cajón de la mesita. Allí estaba el sobre viejo, con la dirección y el número de Don Agustín. Lo miró un rato largo, los ojos vidriosos. Luego lo guardó en su sostén, como si fuera una prueba o un secreto que aún no sabía si usar.

Al día siguiente, Anny recibió un mensaje de un número desconocido:

“Hola, soy Claudia. Agustín me habló de ti. Tienes potencial. Ven mañana a las 11 a la galería. Trae tu mejor actitud y nada de maquillaje recargado. Quiero verte natural.”

Anny se miró en el espejo del baño compartido. Se lavó la cara, se recogió el pelo en una cola alta y se puso jeans y una camiseta blanca sencilla. Por primera vez en meses, no se sentía como mercancía. Se sentía como… alguien que empezaba de nuevo.

Pero en el fondo, una pregunta seguía dando vueltas: ¿le contaría algún día a Lupe lo que había pasado? ¿O dejaría que su madre siguiera sospechando en silencio, fumando en el patio, esperando una llamada que nunca llegaría?

Por ahora, decidió no decidir. Solo caminar hacia Miraflores, hacia una cámara que no grababa en secreto, hacia una luz que, tal vez, no quemaba tanto.













Anny llegó a la galería de Claudia en Miraflores con el estómago hecho un nudo, pero la mujer la recibió con una sonrisa profesional y fría. La sesión fue exactamente como le habían prometido: poses artísticas, iluminación suave, nada de manos encima. Claudia la elogió por su naturalidad, le pagó tres mil soles en efectivo y le dijo que la llamaría para más trabajos. Anny salió de allí con el dinero en el bolso y una sensación extraña de control.


Pero el control duró poco.


Esa misma tarde, en un café de la avenida Larco, se encontró con su amiga de siempre, Marisol. Se conocían desde el colegio, y Marisol era de las pocas que sabía partes de la historia sin juzgarla del todo. Sentadas frente a dos cervezas heladas, Anny le contó lo mínimo: el viejo, el dinero fácil, el corte abrupto, la nueva oportunidad con Claudia.


Marisol la miró fijo, dio un sorbo largo y soltó:


—Mira, Anny, no te voy a mentir. Lo de las fotos artísticas está bien para empezar, pero ¿cuánto te pagan? ¿Tres mil? ¿Cuatro? Eso no te alcanza ni para el alquiler dos meses seguidos. El viejo te daba cinco, diez, a veces más en una noche. Y no te engañes: tú misma dijiste que al final te gustaba. El poder, el morbo, el dinero cayendo sin tener que pedirlo. ¿Por qué cortarlo?


Anny bajó la mirada al vaso empañado.


—Es que… no quiero volver a sentirme como puta barata.


Marisol se rió bajito, sin maldad.


—No eras barata, eras cara. Y él te quería solo para él. Si dudas tanto del viejo, tráelo aquí. A mi casa. Conversamos los tres, como adultos. Le ponemos reglas claras: nada que no quieras, todo con condón, y el dinero por adelantado. Si se porta mal, lo echamos. Pero si es como dices, esa plata te puede sacar del hueco en el que estás.


Anny dudó, pero algo en las palabras de Marisol le encendió una chispa. Esa noche, le mandó un mensaje a Don Agustín:


“Mañana a las 9 en casa de mi amiga. Solo hablamos. Trae plata si quieres que valga la pena.”


Él respondió con un emoji de fuego y un “Allá voy, mi reina.”


La casa de Marisol era un departamento pequeño en Jesús María, segundo piso, con sala-comedor y una habitación que olía a vainilla y a cigarrillos electrónicos. Marisol se había puesto un short de jean cortísimo que dejaba ver las nalgas cuando se movía, y una blusa de tirantes negra translúcida sin sostén. Anny optó por algo más discreto: leggings negros ajustados que marcaban cada curva, y una camiseta crop blanca que dejaba al descubierto el ombligo y un pedazo de costilla.


Don Agustín llegó puntual, con una botella de whisky caro, una bolsa de hielo y un sobre grueso que dejó sobre la mesa sin abrirlo.


—Buenas noches, señoritas —dijo con esa voz ronca que ya Anny conocía bien—. Vine a conversar.


Empezaron sentados en el sofá, vasos en mano. Marisol sirvió generosas medidas, puso reggaetón bajito y empezó a preguntar detalles: cuánto pagaba antes, qué le gustaba, qué límites ponía Anny. El viejo respondía con calma, pero sus ojos recorrían las piernas de las dos como si ya estuviera midiendo el terreno.


El alcohol subió rápido. El calor de Lima en enero entraba por la ventana abierta. Marisol se quitó la blusa porque “hace un calor de la puta madre”, quedando en un brasier de encaje rojo que apenas contenía sus tetas grandes. Anny, ya mareada, se rio y se quitó los leggings, quedando en tanga negra y la crop. Don Agustín se aflojó la camisa, el pecho gris y hundido a la vista.


—Vamos a ver si este viejo todavía sirve —dijo Marisol, gateando hasta él y sentándose a horcajadas—. ¿O solo sabes mirar, Agustín?


Él la tomó por las caderas, gruñendo.


—Prueba y verás, zorrita.


Anny se acercó por detrás, le besó el cuello al viejo mientras Marisol le desabrochaba el pantalón. Pronto estaban los tres enredados en el sofá: Marisol de rodillas chupándosela al viejo con ruido deliberado, Anny sentada en su cara, restregándose contra la lengua áspera mientras gemía bajito.


—Ay, viejo de ******, lame bien ese coño… así, méteme la lengua hasta el fondo —susurraba Anny, agarrándole el pelo gris.


Marisol se subió encima, cabalgándolo lento al principio.


—Mira cómo me lo traga todo, Anny… ¿ves? Cinco mil bien gastados. Dale, viejo, revuélveme el culo.


Don Agustín la volteó, la puso en cuatro sobre el sofá. Le abrió las nalgas con las manos temblorosas de excitación.


—Este culo está pidiendo verga… ¿quieres que te lo rompa, putita?


Marisol se arqueó, mirándolo por encima del hombro.


—Rómpemelo todo, papi… métemela hasta que grite.


Anny se unió, lamiéndole los pezones a Marisol mientras el viejo la penetraba por detrás con fuerza. Los gemidos llenaban la sala: “Más duro, cabrón”, “Así, revienta ese culo”, “Chúpame las tetas, Anny, no pares”. Cambiaron de posiciones toda la noche: Anny en el piso con las piernas abiertas mientras Marisol le comía el coño y el viejo la cogía por detrás; los tres en la cama, Don Agustín alternando agujeros, sudando y gruñendo; Marisol montándolo inverso mientras Anny le lamía las bolas.


Pasaron las horas entre tragos, risas sucias y orgasmos que dejaban a todos temblando.


A las 6 de la mañana, el teléfono de Anny vibró en el suelo. Era Lupe. Contestó medio dormida, aún desnuda y pegajosa, caminando tambaleante al baño.


—¿Aló? ¿Mami?


—¿Dónde estás, Anny? Ya es la seis y no has llegado. ¿Estás bien?


Anny cerró la puerta del baño, se sentó en el inodoro.


—Estoy… en casa de Marisol. Nos quedamos conversando y se nos hizo tarde.


Del otro lado, silencio. Luego, la voz de Lupe cambió, se volvió tensa.


—¿Marisol? ¿Y esa voz de fondo? Ese gemido… ¿ese es Agustín? ¿Qué carajo está pasando ahí?


Anny se congeló. En la sala, se escuchaba clarito: el viejo jadeando, Marisol gritando “¡Sí, revuélveme el culo, viejo hijo de puta, métemela toda, no pares!” y el sonido inconfundible de carne contra carne, fuerte, rítmico.


Lupe soltó una risa amarga, casi un sollozo.


—Te lo dije, hijita… ese viejo no cambia. Y tú… ¿tú también estás ahí metida?


Anny no supo qué decir. Solo se quedó mirando el espejo empañado del baño, el teléfono temblando en su mano, mientras del otro lado de la puerta seguían los gemidos y el viejo detonaba otra vez dentro de Marisol con un gruñido animal.


—Mami… yo…


Pero Lupe ya había colgado. El silencio fue peor que cualquier grito.








Lupe colgó el teléfono con las manos temblando. Se quedó un rato sentada en la cocina oscura, el cigarrillo consumiéndose entre los dedos hasta quemarle la piel. No lloró. Solo sintió una rabia fría, vieja, que llevaba años acumulándose como mugre en las juntas de las baldosas. Cuando Anny llegó esa mañana, cerca de las nueve, Lupe ya estaba despierta, vestida con su delantal de siempre, friendo huevos como si nada.


Anny entró sigilosa, con el pelo revuelto y la misma ropa de la noche anterior. Olía a alcohol, a sudor y a algo más crudo. Intentó pasar directo al cuarto, pero Lupe la detuvo con una sola frase, sin levantar la voz:


—Siéntate.


Anny obedeció, lenta, como si supiera que no había escapatoria. Se sentó frente a la mesa, mirando el plato vacío.


Lupe apagó el fuego, se limpió las manos en el delantal y se sentó enfrente. Sus ojos estaban rojos, pero secos.


—¿Desde cuándo? —preguntó Lupe.


Anny abrió la boca, pero no salió nada.


—No me mientas, Anny. Te oí. Lo oí a él. Reventándole el culo a tu amiga mientras tú estabas al teléfono conmigo. ¿Desde cuándo estás con ese viejo degenerado?


Anny bajó la cabeza. Las lágrimas le cayeron en las manos.


—Desde el casting… —susurró—. Al principio era solo fotos. Luego… dinero. Mucho dinero. Y después… ya no pude parar.


Lupe soltó una risa amarga, casi un gruñido.


—¿Y yo qué? ¿Yo qué soy para ti? ¿La tonta que lava ropa y no se entera de nada? Ese hijo de puta me usó a mí primero, y ahora a ti. Y tú… tú le abriste las piernas por plata.


—No es tan simple, mami…


Lupe se levantó de golpe, la silla raspando el piso.


—Para mí sí es simple. Ese viejo te está usando como me usó a mí. Y yo… yo no voy a dejar que te termine de romper.


Anny levantó la vista, asustada.


—¿Qué vas a hacer?


Lupe no respondió. Solo agarró su cartera, las llaves, y salió dando un portazo.


Fue directo a la casa de Don Agustín. No llamó antes. Tocó el timbre como si quisiera romperlo. Cuando él abrió, en bata, con cara de sorpresa y una sonrisa que se le borró al verla, Lupe entró sin pedir permiso.


—Lupe… qué sorpresa. ¿Vienes a reclamarme algo?


Ella cerró la puerta de un golpe.


—Vengo a decirte que dejes a mi hija en paz. Si le tocas un pelo más, te mato, Agustín. Te juro por Dios que te mato.


El viejo se rió, lento, apoyándose en la pared.


—¿Me amenazas a mí? Mira, Lupe… tú no estás en posición de amenazar a nadie. Hace meses que no te veo, que no me das ni un beso. Y ahora vienes aquí toda brava porque tu hijita aprendió a cobrar caro. ¿Sabes qué? Me gusta más ella que tú. Más apretada, más fresca…


Lupe sintió que la sangre le subía a la cara.


—Eres un enfermo.


—Y tú estás aquí —dijo él, acercándose—. ¿Por qué viniste sola, eh? ¿Por qué no trajiste a la policía? Porque en el fondo quieres lo mismo que siempre quisiste: que te rompan, que te hagan sentir algo.


Lupe retrocedió un paso, pero él la siguió.


—Vete al carajo, Agustín.


Se dio la vuelta para irse, pero él la agarró del brazo. No fuerte, solo lo suficiente para detenerla.


—Espera. Mira esto.


Sacó el celular y le mostró una foto: Anny desnuda, de espaldas, en la cama de él, con las nalgas marcadas por las manos del viejo. Lupe se quedó helada. No dijo nada. Solo miró la pantalla un segundo eterno, luego apartó la vista.


—Bloquéame —dijo ella, y salió.


Pero el acoso no paró. Al día siguiente, por intermedio de una amiga en común —la misma que siempre llevaba chismes—, empezaron a llegar mensajes: “Agustín dice que te extraña”, “quiere verte, Lupe, solo hablar”, “te extraña en su cama”. Día tras día. Lupe los borraba, pero seguían llegando. Hasta que una tarde, harta, se miró al espejo, se puso el vestido negro ajustado que no usaba desde hacía años, tacones altos, labios rojos, y fue.


Llegó a la casa del viejo al atardecer. Él la recibió con una sonrisa triunfal.


—Sabía que vendrías.


—No vine a follar —dijo ella, entrando—. Vine a que me dejes en paz de una vez.


Pero el viejo ya había abierto una botella de vino. Sirvió dos copas. Hablaron. O más bien, él habló. Le contó detalles sucios, cómo había cogido a Anny, cómo gemía, cómo se le ponía el culo rojo cuando la nalgueaba. Lupe escuchaba en silencio, bebiendo. El calor del alcohol le subió rápido.


—¿Tienes curiosidad? —preguntó él de pronto, acercándose—. ¿Quieres saber si de verdad me la follé? Sí, Lupe. Me la follé como animal. Y ella pedía más.


Lupe tragó saliva.


—Sí… tengo curiosidad.


Él la besó. Ella no lo detuvo. Se dejó llevar al cuarto. Se quitó el vestido despacio, como si quisiera castigarse. Él la tumbó en la cama, le abrió las piernas.


—¿Te gustaría que tiremos los tres? —susurró él mientras la penetraba lento—. Tú, yo y tu hijita. Los tres en esta cama. Ella chupándote las tetas mientras yo te reviento por detrás.


Lupe cerró los ojos. Un gemido se le escapó.


—Mi hija jamás querrá…


—Shh… imagínalo —dijo él, embistiéndola más fuerte—. Imagina que Anny está aquí, lamiéndote el clítoris mientras yo te cojo. Imagina que te dice “mami, qué rico se siente el viejo dentro”. Imagina que nos turnamos los agujeros…


Lupe se arqueó, las uñas clavadas en su espalda. El orgasmo le llegó rápido, violento, mezclado con vergüenza y rabia. Él siguió hablando, enfermizo, detallando fantasías cada vez más retorcidas: Anny atada, Lupe lamiéndole el culo al viejo mientras la hija mira, los tres enredados en un nudo de carne y sudor.


Cuando terminaron, Lupe se quedó mirando el techo, jadeando. Él le acarició el pelo gris.


—Vuelve cuando quieras, Lupe. Y tráela a ella. O no. Pero volverás.


Ella no respondió. Se levantó, se vistió en silencio y se fue.


Esa noche, en casa, Anny estaba estudiando en su cuarto con la puerta cerrada. Lupe pasó por el pasillo, la miró un segundo desde la puerta entreabierta. No dijo nada. Solo cerró la puerta con suavidad y se fue a su habitación.


Las dos siguieron viviendo bajo el mismo techo, pero ya no eran madre e hija. Eran dos mujeres que compartían el mismo secreto sucio, el mismo viejo en la memoria.








Lupe empezó a ir a la casa de Don Agustín dos, tres veces por semana. Siempre al atardecer, cuando sabía que Anny estaba en la universidad o en la biblioteca estudiando hasta tarde. Se ponía ropa sencilla por fuera —un jean viejo, una blusa holgada— pero debajo llevaba lo que él le pedía: tanga de encaje negro, brasier push-up que le subía las tetas hasta casi la barbilla, medias de red que se ponía en el baño del viejo antes de entrar al cuarto.

Llegaba, tocaba el timbre con el corazón latiéndole fuerte, y él abría ya sin bata, solo en bóxer, con la verga medio dura marcándose contra la tela. No había saludos largos. Entraban directo al grano: besos ásperos en el pasillo, manos metiéndose por debajo de la ropa, Lupe de rodillas en la sala chupándosela mientras él le agarraba el pelo gris y le decía cosas sucias al oído.

—Así, Lupe… trágatela toda, como cuando eras joven y me rogabas que te la metiera en la boca. ¿Te acuerdas? Ahora tu hija hace lo mismo, pero tú lo haces mejor… con más hambre.

Ella gemía alrededor de la verga, los ojos cerrados, sintiendo cómo la vergüenza se mezclaba con un calor traicionero que le subía por el vientre. Lo llevaban al cuarto, él la ponía en cuatro sobre la cama, le bajaba el jean hasta las rodillas y se la metía de una, sin preámbulos. Lupe se mordía el labio para no gritar demasiado fuerte, pero igual se le escapaban gemidos roncos.

—Fóllame más duro, viejo cabrón… rómpeme como a ella.

Él se reía, le daba nalgadas que dejaban la piel roja, y mientras la embestía empezaba con las palabras que sabía que la encendían más que cualquier caricia.

—¿Te imaginas a Anny aquí? ¿Ves? Ella de rodillas lamiéndote el clítoris mientras yo te cojo por detrás. Tú agarrándole el pelo, diciéndole “chúpamelo bien, hijita, que mami se va a correr”. O ella sentada en tu cara, restregándote ese coñito joven mientras yo te reviento el culo. Los tres sudados, gritando, turnándonos los agujeros…

Lupe se tensaba, el orgasmo le llegaba más rápido cada vez que él hablaba del trío. No lo admitía en voz alta, pero su cuerpo sí: se mojaba más, se arqueaba más, pedía más fuerte. A veces, cuando él se corría dentro (siempre con condón, porque al menos en eso era cuidadoso), Lupe se quedaba temblando, imaginando la escena que él describía. La idea la avergonzaba, la excitaba, la hacía sentir sucia de una forma que no había sentido en años.

—No… no puedo hacerle eso a mi hija —susurraba ella después, mientras se limpiaba entre las piernas con una toalla húmeda.

Pero el viejo solo sonreía, le daba un beso en la frente como si fuera una niña buena.

—Todavía no. Pero ya lo estás pensando. Y cuando lo pienses lo suficiente… me lo vas a pedir tú misma.

Lupe se vestía rápido, se peinaba con los dedos, se ponía perfume barato para tapar el olor a sexo, y salía antes de que oscureciera del todo. Llegaba a casa, Anny aún no estaba o estaba encerrada en su cuarto con los audífonos puestos. Lupe preparaba la cena en silencio, lavaba los platos, se metía a la cama temprano. Cuando Anny llegaba, solo se decían “¿qué tal el día?”, “bien, ¿y el tuyo?”, y cada una se iba a su rincón.

Pero por las noches, sola en su cama, Lupe se tocaba pensando en las palabras del viejo. Imaginaba a Anny entrando al cuarto, desnuda, mirándolas sin sorpresa, uniéndose sin decir nada. Se corría en silencio, mordiéndose la almohada, odiándose un poco más cada vez.

Y al día siguiente, volvía a llamar al viejo. No para hablar del trío. Solo para follar. Pero las dos sabían —aunque ninguna lo dijera— que la idea ya no era solo de él. Estaba creciendo dentro de ella, como una semilla oscura que tarde o temprano iba a romper la tierra.









Lupe empezó a notar que algo dentro de ella se estaba torciendo de una forma que no esperaba. Al principio eran solo las visitas rápidas, el sexo urgente y sucio que la dejaba temblando de rabia y placer al mismo tiempo. Pero poco a poco, las cosas cambiaron. El viejo ya no solo la cogía como animal; a veces la abrazaba después, le acariciaba el pelo gris con una ternura que la desarmaba, le decía “eres la única que me entiende, Lupe, la única que me aguanta”. Le preparaba café por la mañana cuando se quedaba a dormir a escondidas, le regalaba un collar barato de plata que ella se ponía y escondía debajo de la blusa cuando volvía a casa.


Se estaba enamorando. Lo odiaba por eso, pero no podía negarlo. Cada vez que él le susurraba fantasías del trío, ella se mojaba más rápido, pero después, en la ducha, se repetía como mantra: “Mi hija no. Jamás mi hija”. Lo defendía con uñas y dientes cada vez que el viejo sacaba el tema. “Anny está estudiando, está saliendo adelante. No la metas en esto, Agustín. Si la tocas, te mato de verdad”. Él se reía, la besaba en la boca y cambiaba de conversación, pero Lupe veía en sus ojos que no se rendía.


Una mañana de sábado, mientras Anny aún dormía en su cuarto, el viejo llamó a Lupe.


—Quiero verte este fin de semana. Pero no solo a ti. Trae a tu hija. Tengo la casa de playa lista: piscina, mar, barbacoa. Solo vamos a descansar, a tomar sol, a charlar como familia. Nada más. Te lo juro por lo que quieras.


Lupe sintió un nudo en el estómago. Quería creerle. Quería creer que era solo un gesto, una forma de acercarse sin forzar nada. Pero en el fondo sabía que el viejo nunca hacía nada inocente.


—No sé… Anny no va a querer.


—Convéncela. Dile que es un regalo mío por sus notas. Dile lo que sea. Pero ven. Las dos.


Lupe colgó y se quedó mirando el teléfono un rato largo. Al final, esa tarde, le dijo a Anny mientras cenaban:


—Agustín nos invitó a su casa de playa este fin de semana. Solo a descansar. Piscina, playa. Nada raro. ¿Vienes?


Anny la miró fijo, como si pudiera leerle la mente.


—¿Nada raro? ¿En serio, mami?


Lupe bajó la vista al plato.


—Te lo prometo. Si pasa algo que no quieras, nos vamos al toque.


Anny dudó, pero al final asintió. “Está bien. Pero si me siento incómoda, me largo”.


Lupe no fue sola con Anny. Llamó a su amiga compinche de toda la vida, Rosa, la misma que sabía todo: el pasado con el viejo, lo de Anny, las visitas secretas. Rosa era viuda, de unos cincuenta y pico, cuerpo curvilíneo que aún llamaba la atención, y una lengua afilada que no se callaba nada.


—Voy contigo, Lupe. Por si las cosas se ponen raras. Y de paso, a ver si el viejo todavía tiene con qué —le dijo riendo por teléfono.


Llegaron las cuatro el viernes por la tarde. El viejo las esperaba en la puerta de la casa de playa en Asia: una construcción moderna de dos pisos, piscina infinita con vista al mar, jardín con palmeras y una parrilla enorme. Él estaba en short de baño floreado, camisa abierta mostrando el pecho hundido y bronceado, sonrisa de tiburón.


—Bienvenidas, mis reinas —dijo, abrazando a Lupe primero, un abrazo largo que ella sintió en todo el cuerpo. Luego besó en la mejilla a Anny (ella se tensó pero no se apartó), y a Rosa le dio dos besos sonoros—. Pasen, pasen. Hay cervezas frías, ceviche listo, todo preparado.


Las mujeres se cambiaron en las habitaciones de huéspedes. Lupe se puso un bikini negro entero que le marcaba las curvas maduras, con un pareo transparente atado a la cintura. Anny eligió uno de dos piezas azul eléctrico, sencillo pero que dejaba ver su cuerpo joven y firme, con short corto encima. Rosa, sin complejos, se puso un bikini rojo diminuto que apenas contenía sus tetas grandes, y se echó crema bronceadora delante de todos sin pudor.


El viejo las miró a las cuatro con ojos brillantes, sirviendo tragos en vasos altos.


—Salud por las mujeres más lindas de Lima —dijo, chocando su vaso—. Hoy solo relax. Mañana playa, piscina, lo que quieran.


Empezaron sentadas alrededor de la piscina. El sol pegaba fuerte, la música suave de fondo, risas forzadas al principio. El viejo contaba anécdotas de sus viajes, servía más ron con cola, ponía reggaetón bajito. Lupe se relajaba poco a poco, apoyaba la cabeza en el hombro de él cuando nadie miraba. Anny se metía al agua, nadaba sola, observaba desde lejos. Rosa coqueteaba descaradamente: se sentaba en el borde de la piscina con las piernas abiertas, le pedía al viejo que le untara bloqueador en la espalda, reía fuerte cuando él le rozaba “sin querer” las nalgas.


Al caer la tarde, con el sol bajando y el alcohol subiendo, el viejo propuso un juego inocente: “verdad o reto”. Nadie dijo que no.


Primera ronda: verdades ligeras. “¿Cuántas veces te has corrido en un día?”, “¿el polvo más loco que has tenido?”. Risas nerviosas. Lupe respondía mirando al viejo, defendiendo todavía a Anny cuando las preguntas se acercaban demasiado.


Pero el ron seguía cayendo. El viejo se acercó a Lupe en el sofá de exterior, le metió la mano por debajo del pareo disimuladamente mientras las otras hablaban. Ella se mordió el labio, no lo detuvo. Rosa notó, guiñó un ojo y se acercó a Anny, le susurró algo al oído que la hizo reír.


Cuando oscureció, el viejo encendió luces tenues alrededor de la piscina. Propuso ir a la playa de noche, pero nadie se movió. El ambiente ya estaba cargado: cuerpos calientes, alcohol, miradas que duraban demasiado.


Lupe sintió la mano del viejo en su muslo, subiendo lento. Miró a Anny, que estaba sentada al otro lado con Rosa, riendo de algo. El viejo le susurró al oído:


—Míralas. Tan lindas las dos. Imagina si…


Lupe lo calló con un beso brusco. No quería oírlo. Pero en su cabeza, la idea ya no era solo de él. Estaba ahí, latiendo, peligrosa y tentadora.


Y nadie sabía aún qué intenciones traía realmente el viejo para esa noche. Solo que la casa de playa, con sus habitaciones grandes y sus puertas que cerraban con llave, parecía hecha para secretos que nadie quería confesar.
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La noche cayó sobre la casa de playa en Asia como un manto pesado y cálido. El rumor del mar se colaba por las ventanas abiertas, mezclado con el canto de grillos y el ocasional ladrido lejano de algún perro en los condominios vecinos. La casa era amplia, de tres pisos como muchas en la zona: terraza con vista infinita al Pacífico, piscina iluminada de azul tenue, sala grande con sofás de mimbre y cojines blancos. Todo olía a sal, protector solar y el leve humo de la parrilla que habían usado al atardecer.

Después de la cena —ceviche fresco, anticuchos que el viejo asó con maestría, más ron con cola de lo que cualquiera debería haber tomado—, llegó el momento de dormir. Lupe insistió en que Anny durmiera con ella en la habitación principal del segundo piso: cama king size con sábanas de algodón egipcio, balcón que daba directo al mar. “Por si acaso”, dijo Lupe en voz baja, y Anny no discutió. Rosa, con su bikini rojo todavía puesto bajo una camiseta oversized, se quedó en una habitación individual al lado, la más pequeña pero con baño privado. El viejo se ofreció a dormir en el sofá de la sala abajo, “para no molestar”, pero nadie le creyó del todo.

Las luces se apagaron alrededor de la medianoche. Lupe y Anny se metieron en la cama en silencio. Anny se puso una camiseta larga como pijama, Lupe una bata ligera sobre el bikini negro. Se dieron las buenas noches con un beso en la frente, como cuando Anny era niña, pero ninguna durmió de inmediato. Lupe escuchaba la respiración de su hija, pensando en cómo había llegado todo a esto. Anny, por su parte, miraba el techo, preguntándose si había sido buena idea venir.

Abajo, en la oscuridad de la sala, Don Agustín no durmió. Esperó media hora, quizás cuarenta minutos, hasta que el silencio fue total. Se levantó descalzo, en bóxer negro y nada más, el cuerpo flaco pero aún fuerte para su edad. Subió las escaleras despacio, evitando los escalones que crujían. Pasó de largo la puerta de Lupe y Anny —cerrada con llave, como Lupe había insistido— y se detuvo frente a la habitación de Rosa.

Tocó suavemente. La puerta no estaba cerrada con llave. Rosa abrió casi de inmediato, como si lo estuviera esperando. Llevaba solo la parte de abajo del bikini rojo, las tetas grandes al aire, el pelo revuelto y una sonrisa pícara.

—Sabía que vendrías, viejo zorro —susurró ella, tirando de él hacia adentro y cerrando la puerta sin hacer ruido.

No hubo preámbulos. Rosa lo empujó contra la pared, le bajó el bóxer de un tirón y se arrodilló. Lo tomó en la boca con hambre, ruidosa pero controlada para no despertar a nadie. El viejo gruñó bajito, agarrándole el pelo.

—Así, gordita… trágatela toda. Sabes que Lupe no me deja hacer esto tan salvaje.

Rosa levantó la vista, los ojos brillando en la penumbra.

—¿Y qué más no te deja? Cuéntame secretos mientras te la chupo. ¿Qué le haces a ella que a mí no?

Él se rió entre dientes, empujándole la cabeza más profundo.

—A Lupe le encanta cuando le hablo del trío. Se moja como loca imaginando que Anny está aquí, lamiéndole el coño mientras yo la reviento por detrás. Pero defiende a la chiquita como leona. Dice que jamás la dejaría tocarme.

Rosa se sacó la verga de la boca un segundo, lamiendo la punta.

—¿Y la chiquita? ¿Anny sabe que su mamá viene a verte a escondidas?

El viejo la levantó, la tumbó en la cama boca abajo y le bajó la parte del bikini de un tirón. Le abrió las nalgas con las manos ásperas.

—Anny lo sabe todo, pero finge que no. La he cogido yo mismo, ¿sabes? En mi casa de Lima, grabado todo. Lupe se excita cuando le cuento detalles, pero se pone furiosa si menciono traerla aquí. Dice “mi hija no”. Pero yo sé que tarde o temprano…

Se escupió en la mano, lubricó la verga y se la metió de una en el culo a Rosa. Ella ahogó un grito en la almohada.

—Ay, cabrón… despacio al principio. Cuéntame más. ¿Lupe se corre fuerte con esas fantasías?

—Se corre como loca —gruñó él, embistiéndola lento pero profundo—. Le digo que imagino a Anny chupándole las tetas mientras yo le meto los dedos en el culo. O que la hija se sienta en su cara y Lupe la lama hasta hacerla gritar. Lupe dice que no, pero su coño se aprieta como pinza cada vez que lo menciono.

Rosa se arqueó, empujando hacia atrás.

—Sigue… métemela más duro. ¿Y si yo convenzo a Lupe? ¿O a la chiquita? Podríamos hacer que pase sin que nadie lo planee del todo.

El viejo aceleró el ritmo, el sonido de carne contra carne amortiguado por la almohada que Rosa mordía.

—Sería perfecto… las tres en esta cama. Tú chupando a Lupe, Anny montándome, yo turnándome los agujeros. Lupe al final cedería. Está enamorada, la muy tonta. Me quiere para ella, pero el morbo la está ganando.

Rosa se corrió primero, temblando, mordiéndose el brazo para no gritar. El viejo siguió un rato más, hasta que se salió y se corrió sobre su espalda, jadeando.

Se quedaron allí un rato, sudados y jadeantes. Rosa se giró, le dio un beso sucio.

—Duerme un poco, viejo. Mañana hay todo el día. Y quién sabe… quizás la idea del trío deje de ser solo palabras.

Él sonrió en la oscuridad, limpiándose con la sábana.

—Quizás. Pero Lupe protege a su hija como nadie. Aunque en el fondo… ya está pensando en cómo sería.

Bajó las escaleras en silencio, se metió en el sofá como si nada hubiera pasado. Arriba, Lupe se removió en la cama, medio dormida, sintiendo un presentimiento que no podía nombrar. Anny dormía profundamente a su lado, ajena a todo.

El mar seguía rompiendo contra la orilla, indiferente. La caza apenas empezaba, y nadie sabía aún quién sería la presa.









Al día siguiente, el sol salió implacable sobre la playa de Asia, convirtiendo la arena en una plancha caliente y el mar en un espejo azul que invitaba a meterse sin pensarlo dos veces. El viejo —Don Agustín— se levantó temprano, preparó café fuerte y jugo de naranja fresco, y puso música tropical suave en los parlantes de la terraza. Cuando Lupe y Rosa bajaron, ya estaba en la piscina con short de baño, untándose bloqueador en el pecho hundido y los brazos flacos pero fibrosos.

Anny decidió quedarse en la habitación un rato más, “para estudiar un poco”, dijo. Nadie insistió. Lupe y Rosa se miraron de reojo: sabían que la chica necesitaba espacio, y ellas, en secreto, también lo agradecían.

Las tres se instalaron en la piscina primero. El agua estaba fresca, contrastando con el calor que ya quemaba a las nueve de la mañana. Lupe se metió con su bikini negro entero, el pareo flotando alrededor como una nube transparente. Rosa, sin complejos, se quitó la camiseta y se quedó en el bikini rojo diminuto, las tetas grandes rebotando cuando saltó al agua con un chapuzón ruidoso.

—Ven, viejo, no seas tímido —dijo Rosa, salpicándolo desde el borde—. O ¿acaso solo sabes mirar?

Agustín se rió, dejó la botella de protector solar y se tiró de cabeza. Nadó hasta ellas con brazadas lentas, deliberadas. Lupe se acercó primero, se pegó a su espalda mientras flotaban en el centro de la piscina. Él la tomó por la cintura bajo el agua, le deslizó una mano por la cadera, rozándole el culo disimuladamente.

—Tranquila, mi amor —susurró él al oído de Lupe—. Nadie ve nada aquí.

Rosa se acercó por el otro lado, se puso detrás del viejo y le mordió el hombro juguetona.

—¿Y yo qué? ¿Me dejas fuera?

El viejo giró, la besó en la boca con lengua, mientras con la otra mano seguía tocando a Lupe por debajo del agua. Las dos mujeres se miraron por encima de su hombro, una sonrisa cómplice y nerviosa. Lupe sintió un calor que no venía solo del sol: ver a Rosa besándolo la ponía celosa, pero también la excitaba de una forma que no esperaba.

Salieron de la piscina chorreando y se tumbaron en las reposeras bajo la sombrilla grande. El viejo se sentó en el medio, una en cada lado. Sirvió más ron con cola en vasos altos con hielo. Rosa se quitó la parte de arriba del bikini sin pedir permiso, dejando las tetas al sol.

—Así me bronceo mejor —dijo, guiñándole un ojo a Lupe—. ¿Tú no?

Lupe dudó un segundo, miró hacia la casa (Anny no estaba a la vista), y se desató el top del bikini. Sus tetas maduras, aún firmes, quedaron expuestas al aire caliente. El viejo las miró a las dos como si fueran un banquete.

—Mis reinas… qué lindas están.

Empezaron a untarse bloqueador mutuamente. Primero inocente: Rosa le untaba la espalda a Lupe, Lupe le untaba los hombros al viejo. Luego las manos bajaron: el viejo le masajeaba los pechos a Lupe con crema, pellizcándole los pezones despacio. Rosa se acercó, le lamió el cuello al viejo mientras él seguía tocando a Lupe.

Lupe cerró los ojos, dejó escapar un gemido bajito.

—No aquí… Anny puede salir en cualquier momento.

—Tranquila —dijo Rosa, besándola en la comisura de la boca—. Está arriba con los libros. Y si sale… pues que vea lo que es bueno.

El viejo se rió, se levantó y las tomó de la mano.

—Vamos a la playa. Allí hay más espacio.

Caminaron los tres por la arena caliente hasta la orilla, donde las olas lamían suave. Se metieron al agua hasta la cintura. El mar estaba tranquilo, casi plano. El viejo se puso detrás de Lupe, la abrazó por la espalda, le metió la mano dentro del bikini por delante y empezó a frotarle el clítoris bajo el agua. Lupe se apoyó en él, jadeando.

Rosa se acercó de frente, besó a Lupe en la boca mientras el viejo seguía masturbándola. Lupe respondió el beso, las lenguas enredadas, saladas por el mar. El viejo gruñó, excitado.

—Así, mis putitas… besen rico mientras yo las toco.

Rosa bajó la mano, le sacó la verga al viejo por debajo del agua y empezó a pajearlo lento. Lupe sintió la erección contra su culo y se restregó contra él.

—Fóllame aquí, viejo… pero despacio —susurró Lupe.

Él le bajó la parte de abajo del bikini lo justo, la penetró por detrás mientras las olas los mecían. Rosa se pegó a Lupe por delante, le chupó las tetas, le mordió los pezones. Lupe gemía bajito, intentando no hacer ruido, pero el placer era demasiado.

—Imagínense si Anny nos ve desde la terraza… —dijo el viejo entre embestidas—. Viendo a su mamá cogida por mí, besándose con su amiga…

Lupe se tensó, pero no lo detuvo. Al contrario, se corrió rápido, temblando en el agua, mordiéndose el labio para no gritar. El viejo siguió un rato más, hasta que se salió y se corrió en el mar, jadeando.

Salieron del agua, se tumbaron en la arena húmeda un rato, respirando pesado. Rosa se rió.

—Esto fue solo el desayuno. ¿Qué sigue, viejo?

Agustín miró hacia la casa, sonrió.

—Volvamos a la piscina. Y después… vemos qué pasa cuando Anny baje.

Lupe no dijo nada. Solo se puso el top del bikini, se sacudió la arena y caminó de regreso con ellos. En su cabeza, la idea del trío ya no era solo una fantasía del viejo. Estaba ahí, viva, latiendo entre el mar, el sol y el silencio culpable que las tres compartían.









El sol del mediodía quemaba sin piedad sobre la playa de Asia. Lupe, Rosa y el viejo habían salido del agua y se habían tumbado otra vez en las toallas grandes que Agustín había extendido sobre la arena. El ron con cola seguía fluyendo, los vasos sudaban hielo derretido, y el ambiente se había vuelto espeso, cargado de risas bajas y miradas que duraban demasiado.

Lupe estaba sentada entre los dos, con las rodillas recogidas contra el pecho, el pareo suelto sobre los hombros. Observaba cómo Rosa se recostaba boca arriba al lado del viejo, las tetas expuestas al sol, brillando con el bloqueador y el sudor. Rosa estiró un brazo perezoso y le pasó los dedos por el pecho al viejo, trazando círculos alrededor de un pezón gris.

—Viejo, estás ardiendo… ¿no te quemas? —dijo Rosa con voz melosa, inclinándose un poco para besarle el hombro.

Lupe sintió un pinchazo en el estómago. No era solo celos; era algo más profundo, una mezcla de posesión y miedo. Ese hombre ya no era solo un polvo secreto para ella. Se había metido bajo su piel, le había hecho sentir cosas que creía olvidadas. Y ahora lo veía compartiendo esa misma mirada hambrienta con Rosa, su amiga de años, la que lo sabía todo y no juzgaba… hasta ahora.

Lupe puso una mano sobre el muslo del viejo, firme, reclamante.

—Rosa, ¿no tienes calor en las tetas? Ponte el top, vas a quemarte —dijo, intentando sonar casual, pero la voz salió más cortante de lo que quería.

Rosa se rió, sin moverse.

—Tranquila, Lupe. El sol me quiere. Y el viejo también, ¿verdad, papi?

Agustín sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que Lupe conocía bien. Miró a Lupe primero, le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Mis dos reinas… no hay por qué pelear. Hay viejo para todas.

Pero Lupe no se calmó. Se levantó de golpe, sacudiéndose la arena de las piernas.

—Voy a buscar más hielo a la casa. No tarden.

Se alejó caminando rápido por la arena caliente, el pareo ondeando detrás como una bandera de rendición. No miró atrás. Sabía que si lo hacía, vería algo que no quería.

En la casa, se metió al baño de la planta baja, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo. Los ojos rojos, las arrugas alrededor de la boca más marcadas. “¿Qué carajo estás haciendo, Lupe?”, se dijo en voz baja. “Es un viejo degenerado. Y tú… tú estás celosa como una adolescente”.

Mientras tanto, en la playa, el viejo se giró hacia Rosa.

—Tu amiga está celosa —dijo, bajito.

Rosa se incorporó sobre un codo, las tetas balanceándose.

—Normal. Te tiene ganas de verdad. Pero yo también, ¿sabes? Y no me gusta que me dejen fuera.

Agustín se levantó, le tendió la mano.

—Ven. Vamos a caminar un poco. Lejos de la casa. Así Lupe se calma… y nosotros nos divertimos.

Rosa no dudó. Se puso el short corto que había dejado en la toalla, agarró la mano del viejo y caminaron hacia el norte de la playa, donde la arena se volvía más salvaje, con rocas grandes que formaban pequeñas caletas privadas. Las olas rompían más fuerte allí, el ruido cubría cualquier gemido.

Cuando estuvieron fuera de vista de la casa, el viejo la empujó contra una roca plana, aún tibia por el sol. Le bajó el short y la parte de abajo del bikini de un tirón.

—Date la vuelta, gordita. Apóyate bien.

Rosa obedeció, las manos en la roca, el culo en pompa. Él se escupió en la mano, se lubricó la verga y se la metió en el coño de una sola embestida. Rosa soltó un grito ahogado que se perdió en el rugido del mar.

—Así, viejo… rómpeme. Que Lupe se muera de celos cuando vuelva y no nos vea.

Él la agarró por las caderas, embistiendo fuerte, el sonido de piel contra piel compitiendo con las olas.

—Ella va a volver… y va a buscar. Y cuando nos encuentre, va a ver cómo te cojo como animal. Y se va a mojar más que nunca.

Rosa se reía entre gemidos, empujando hacia atrás.

—O se va a poner furiosa… y nos va a matar a los dos. Pero valdrá la pena.

El viejo aceleró, le metió un dedo en el culo mientras la penetraba, gruñendo.

—Imagínate si Lupe nos ve… se para ahí, mirando, tocándose. O mejor… se acerca y se une. Pero por ahora, esto es nuestro.

Se corrieron casi al mismo tiempo: Rosa temblando contra la roca, el viejo saliéndose y eyaculando sobre su culo, el semen blanco brillando bajo el sol.

Se quedaron jadeando un rato. Luego se arreglaron la ropa lo mejor que pudieron, riendo bajito como adolescentes pillados.

Cuando volvieron caminando despacio hacia la casa, Lupe ya estaba en la terraza, con un vaso nuevo en la mano, mirando hacia el horizonte. Los vio llegar juntos, con el pelo revuelto, la arena pegada a las piernas, las sonrisas culpables.

No dijo nada. Solo tomó un sorbo largo de ron, los ojos fijos en el viejo.

Pero en su cabeza, los celos se habían convertido en otra cosa: una rabia caliente que se mezclaba con deseo. Y en el fondo, una pregunta que no quería hacerse: ¿y si la próxima vez no se quedaba esperando? ¿Y si iba ella misma a buscarlos?

El día apenas empezaba. Y la playa, con sus caletas escondidas y sus secretos, aún tenía mucho por contar.







El sol ya empezaba a bajar en el horizonte cuando el viejo se levantó de la reposera de la terraza, estirándose con un gruñido satisfecho. Lupe estaba sentada a su lado, con una cerveza tibia en la mano, mirando el mar sin realmente verlo. Rosa había subido a la casa a ducharse —o eso dijo—, dejando un silencio incómodo entre ellos.

Agustín se acercó por detrás, le puso las manos en los hombros y le masajeó despacio el cuello.

—Oye, mi amor… nos estamos quedando sin hielo y sin ron decente. Vamos al market del pueblo, está a quince minutos. Solo ida y vuelta.

Lupe lo miró de reojo, aún con el sabor amargo de los celos en la boca.

—¿Ahora? ¿Y las chicas?

—Rosa está arriba, Anny ni ha bajado. Vamos rápido, compramos y volvemos antes de que se den cuenta. Además… necesito estar un rato a solas contigo.

Lupe dudó un segundo, pero el ron y el calor del día la habían ablandado. Se levantó, se puso una camiseta ligera sobre el bikini y unas chancletas.

—Está bien. Pero rápido.

Subieron al auto del viejo: un Toyota Corolla viejo pero limpio, con aire acondicionado que apenas funcionaba. Lupe se sentó en el asiento del copiloto, ajustándose el pareo alrededor de la cintura. El motor arrancó con un ronroneo cansado y salieron por la carretera costera, con el mar a la derecha y los condominios cerrados a la izquierda.

Apenas habían avanzado dos cuadras cuando Lupe notó movimiento en el asiento trasero por el retrovisor. Se giró de golpe.

Allí estaba un chico joven, de unos veinticinco años, moreno, musculoso, con pelo corto y una sonrisa confiada. Llevaba short de baño, camiseta sin mangas y sandalias. Olía a colonia barata y a protector solar.

—¿Qué carajo…? —dijo Lupe, la voz subiendo de tono.

El viejo soltó una risa baja, sin quitar los ojos de la carretera.

—Tranquila, Lupe. Te presento a Kevin. Es amigo mío… de confianza. Me ayuda con unas cosas en Lima. Estaba por aquí cerca y lo recogí antes de salir. No te preocupes, es buena gente.

Kevin levantó la mano en saludo, mirándola de arriba abajo sin disimulo.

—Encantado, señora Lupe. El viejo me ha hablado mucho de usted.

Lupe sintió un escalofrío que no era del aire acondicionado. Miró al viejo con furia contenida.

—¿Y por qué no me dijiste que venía alguien más?

—Porque quería que fuera sorpresa —dijo Agustín, poniendo una mano en su muslo—. Relájate. Solo vamos al market y volvemos. Kevin se queda en el auto.

Lupe no respondió. Se cruzó de brazos y miró por la ventana, el paisaje pasando borroso. El chico atrás no decía nada, pero sentía sus ojos clavados en su nuca, en el escote del bikini que se veía bajo la camiseta.

Llegaron al pequeño supermercado del pueblo: luces fluorescentes, estanterías llenas de cerveza Cristal, snacks y protector solar. El viejo estacionó en la sombra, apagó el motor y se giró hacia Lupe.

—Bajamos los dos. Kevin, quédate aquí, cuida el auto.

Pero apenas salieron y dieron unos pasos hacia la entrada, el viejo se detuvo de golpe, sacó el celular y miró la pantalla como si acabara de recibir un mensaje urgente.

—******… es Rosa. Dice que Anny está preguntando por nosotros y que hay un problema con la llave de la piscina o algo. Tengo que volver ya mismo.

Lupe frunció el ceño.

—¿Ahora? ¿Y la compra?

—Kevin se queda contigo. Él sabe qué comprar: hielo, ron, unas cosas más. Yo regreso rápido a la casa para calmar las aguas. En veinte minutos estoy de vuelta. No tarden.

Antes de que Lupe pudiera protestar, el viejo le dio un beso rápido en la boca, le apretó el culo disimuladamente y se subió al auto de nuevo. Arrancó y se fue, dejando una nube de polvo.

Lupe se quedó parada en la entrada del market, con el corazón latiéndole fuerte. Kevin bajó del auto despacio, se acercó con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no llegaba a ser inocente.

—Parece que nos toca hacer las compras nosotros, señora Lupe. ¿Entramos?

Lupe lo miró fijo. El chico era alto, más alto que el viejo, con brazos definidos y una mirada que no escondía nada. Sabía perfectamente lo que estaba pasando: no era casualidad, no era un “amigo de confianza” cualquiera. Era parte del juego del viejo.

Tragó saliva, sintiendo una mezcla de rabia, miedo y algo más oscuro que no quería nombrar.

—Solo la compra. Nada más —dijo, la voz firme pero temblorosa.

Kevin se encogió de hombros, sonriendo más amplio.

—Como usted diga, señora.

Entraron juntos al supermercado. El aire frío del aire acondicionado le erizó la piel. Mientras empujaban el carrito por los pasillos —hielo, botellas de ron barato, papas fritas, condones que Kevin echó al carrito sin preguntar—, Lupe sentía los ojos del chico en cada curva de su cuerpo. No decía nada indecente, pero no hacía falta. Cada vez que se agachaba a tomar algo de la parte baja, él se quedaba atrás, mirando.

Cuando pagaron y salieron con las bolsas, el sol ya estaba naranja, casi poniéndose. El estacionamiento estaba casi vacío.

Kevin cargó las bolsas al maletero y cerró el capó. Luego se giró hacia Lupe, apoyándose en el auto.

—El viejo dijo que tardaría veinte minutos… pero yo creo que va a demorar más. ¿Quieres esperar aquí… o prefieres que demos una vuelta mientras?

Lupe apretó las llaves que el viejo le había dejado “por si acaso”. El market estaba a punto de cerrar, no había nadie más alrededor.

—No voy a dar ninguna vuelta contigo —dijo, pero su voz sonó menos segura de lo que quería.

Kevin se acercó un paso, sin tocarla.

—Tranquila. Solo digo que si el viejo quiere jugar… quizás nosotros también podamos jugar un rato. Él no se va a enterar.

Lupe sintió el pulso en las sienes. Celos, rabia, deseo prohibido. Todo mezclado.

Se quedó callada un segundo eterno.

Luego abrió la puerta del copiloto.

—Sube. Nos vamos a la casa. Ahora.

Kevin sonrió, obedeció y se sentó atrás de nuevo.

Mientras conducía de regreso por la carretera costera, con el mar oscuro a un lado y las luces de los condominios empezando a encenderse, Lupe no dejaba de pensar en una sola cosa: cuando llegaran, ¿qué encontraría en la casa? ¿Al viejo solo con Rosa y Anny? ¿O algo más?

Y peor aún: ¿qué haría ella si el juego del viejo acababa de subir de nivel… y ella ya estaba metida hasta el cuello?

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Lupe pisó el acelerador con más fuerza de la necesaria, el Corolla viejo traqueteando por la carretera costera mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. El silencio en el auto era espeso, roto solo por el ronroneo del motor y el viento que entraba por la ventana entreabierta. Kevin iba sentado atrás, relajado, con los brazos extendidos sobre el respaldo, observándola por el retrovisor.

Ella no lo miraba directamente, pero sentía sus ojos clavados en su nuca, en el escote del bikini que se transparentaba bajo la camiseta húmeda de sudor y sal.

—Lupe… —dijo él al fin, voz calmada, casi suave—. No tienes que ir corriendo de vuelta. El viejo está manejando todo allá. Rosa y Anny están bien. ¿Para qué llegar sudada y con cara de drama?

Lupe apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Quiero regresar ahora. No me interesa tu opinión.

Kevin se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en los asientos delanteros. Su aliento olía a menta y a ron.

—Estamos a cinco minutos de mi casa. Es un departamento chico, pero tengo cerveza fría, aire acondicionado que sí funciona y una terraza con vista al mar. Ven un rato. Llamas un taxi desde allá cuando quieras. Nadie se entera. El viejo ni siquiera va a preguntar.

Lupe soltó una risa seca, nerviosa.

—¿Crees que soy idiota? ¿Que voy a entrar a la casa de un desconocido porque me lo pide el amigo del viejo?

—No soy desconocido. Soy Kevin. Y el viejo confía en mí lo suficiente como para meterme en su juego. ¿O no te diste cuenta de que esto no fue casualidad? Me puso aquí para que te distraigas… o para que te diviertas.

Ella frenó un poco, el auto aminorando. Miró por el retrovisor: los ojos de él eran oscuros, directos, sin vergüenza. No era el viejo con su carisma gastado y sus promesas sucias. Este era joven, fuerte, con una energía que la hacía sentir expuesta de una forma distinta.

—No voy a follar contigo —dijo ella, la voz más baja de lo que pretendía.

Kevin sonrió, sin ofenderse.

—No te estoy pidiendo eso. Solo ven a refrescarte. Te enseño el departamento, tomamos algo, hablamos. Si en quince minutos quieres irte, llamas el taxi y chau. Sin dramas.

Lupe se quedó callada un rato largo. La carretera se bifurcaba adelante: a la derecha, el camino de regreso a la casa de playa; a la izquierda, un desvío hacia los edificios más nuevos del pueblo, donde vivían los jóvenes que trabajaban en los condominios o en Lima y venían los fines de semana.

El viejo estaría allá, probablemente con Rosa otra vez, o hablando con Anny, o planeando la siguiente jugada. Y ella… ella estaba harta de ser la que espera, la que cela, la que defiende sin que nadie la defienda a ella.

Giró el volante a la izquierda.

—Quince minutos —dijo, tajante—. Ni uno más.

Kevin se recostó en el asiento, satisfecho.

—Perfecto.

El departamento era en un edificio de tres pisos, moderno pero modesto: fachada blanca, balcón pequeño con vista parcial al mar. Subieron por escaleras exteriores. Kevin abrió la puerta con una llave que sacó del short.

Adentro olía a limpio, a jabón de coco y a hombre solo. Sala chica con sofá gris, televisión grande, nevera llena de cervezas. Terraza con dos sillas de plástico y una mesa baja.

—Pasa. Siéntate donde quieras.

Lupe entró, se quedó de pie en el centro, brazos cruzados. Kevin fue directo a la nevera, sacó dos latas de Cusqueña heladas y le tendió una.

—Para que te relajes.

Ella la tomó, pero no abrió. Se acercó a la terraza, miró el mar oscureciéndose.

—¿Qué más quieres enseñarme? —preguntó sin girarse.

Kevin se acercó por detrás, no la tocó, solo se paró lo suficientemente cerca para que ella sintiera su calor.

—Mi habitación, si quieres. No para nada raro. Solo para que veas que no vivo como un animal. O la terraza. O… lo que tú quieras ver.

Lupe se giró despacio. Lo miró de arriba abajo: los brazos tatuados con dibujos simples, el pecho marcado bajo la camiseta, la erección que empezaba a notarse contra el short.

—No vine por eso —repitió, pero esta vez sonó como una pregunta.

Kevin dio un paso más.

—Nadie dice que tengas que hacer nada. Pero estás aquí. El viejo te dejó con su “amigo de confianza”. Y yo… yo no soy ciego. Sé que estás caliente desde la playa. Sé que celas, que te duele, que quieres algo que te haga olvidar por un rato.

Lupe abrió la cerveza de un tirón, tomó un trago largo. El frío le bajó por la garganta como un bálsamo.

—Quince minutos —recordó, pero ya no sonaba convencida.

Kevin sonrió, suave.

—Todavía quedan doce.

Se acercó más, le rozó el brazo con los dedos. Ella no se apartó.

En la terraza, el mar rugía abajo. El viejo estaría esperando en la casa de playa, preguntándose dónde carajo se habían metido. Rosa probablemente riendo. Anny… Anny estudiando o mirando el horizonte, ajena a todo.

Lupe cerró los ojos un segundo.

Y cuando los abrió, ya había dado el paso hacia adentro.

La puerta de la habitación se cerró detrás de ellos con un clic suave.

El taxi podía esperar un poco más.







La puerta de la habitación se cerró con un clic suave, y el ruido del mar se volvió un murmullo lejano, como si el mundo entero se hubiera quedado afuera.

Kevin no perdió tiempo en palabras bonitas. Se acercó despacio, le quitó la lata de cerveza de la mano y la dejó en la mesita. Lupe no se movió, solo lo miró fijo, el pecho subiendo y bajando rápido bajo la camiseta húmeda.

—Quince minutos —repitió ella, pero ya era una frase vacía.

Él le levantó la camiseta por encima de la cabeza en un solo movimiento. El bikini negro quedó expuesto, los pezones duros marcándose contra la tela. Kevin le desató el top con dedos hábiles, lo dejó caer al piso. Sus tetas maduras quedaron libres, pesadas y calientes por el sol de todo el día. Las tomó con las manos grandes, las apretó, bajó la boca y chupó un pezón fuerte, mordisqueando lo justo para hacerla jadear.

Lupe cerró los ojos, las manos en su pelo corto, tirando un poco.

—No hables… solo hazlo —susurró.

Kevin la empujó hacia la cama sin delicadeza. Ella cayó de espaldas, las piernas abiertas por instinto. Él se quitó la camiseta y el short en segundos, la verga joven y dura saltando libre, más gruesa que la del viejo, venosa, lista. Lupe la miró un segundo, tragó saliva, y abrió más las piernas.

Kevin se arrodilló entre ellas, le bajó la parte de abajo del bikini de un tirón. El coño de Lupe estaba hinchado, mojado desde la playa, desde los celos, desde todo lo que había acumulado. No hubo preliminares largos: escupió en la mano, se lubricó y la penetró de una sola embestida profunda.

Lupe soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en sus hombros.

—Ay, ******… despacio al principio…

Pero él no obedeció. Empezó a bombear fuerte, rítmico, el colchón crujiendo bajo ellos. Cada embestida le llegaba hasta el fondo, golpeando ese punto que la hacía arquearse. Lupe se mordía el labio, gemía ronco, las tetas rebotando con cada golpe.

—Así… cógeme duro, cabrón… rómpeme como el viejo no puede —jadeaba ella, las piernas envolviéndole la cintura.

Kevin la volteó sin salir, la puso en cuatro. Le abrió las nalgas con las manos, le dio una nalgada fuerte que dejó la piel roja. Luego se la metió de nuevo, esta vez por detrás, profundo, agarrándole el pelo gris como riendas.

—Mírate… la mamá celosa cogida por el amigo del viejo. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te folle más joven, más duro?

Lupe empujaba hacia atrás, encontrando el ritmo.

—Sí… sí… métemela toda… hazme olvidar a ese hijo de puta…

Él aceleró, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. Le metió un dedo en el culo mientras la penetraba, lo movió en círculos. Lupe se tensó, tembló, y se corrió fuerte, un orgasmo violento que la dejó temblando, el coño apretando alrededor de la verga como pinza.

Kevin no paró. Siguió embistiendo hasta que sintió que iba a explotar. Se salió en el último segundo, se corrió sobre su espalda y su culo, chorros calientes que se escurrieron por su piel morena.

Se quedaron así un rato, jadeando. Lupe se dejó caer boca abajo, el semen pegajoso enfriándose en su piel. Kevin se tumbó a su lado, respirando pesado.

—Once minutos —dijo él con una sonrisa cansada—. Te sobran cuatro para vestirte.

Lupe no se movió de inmediato. Miró el techo, el ventilador girando lento.

—Llama el taxi —dijo al fin, voz ronca—. Nos vamos a la casa.

Kevin se levantó, agarró el teléfono.

Mientras esperaba que contestaran, Lupe se limpió con una toalla que había en la silla, se puso la ropa con manos temblorosas. No se miraron mucho. No hacía falta.

Cuando el taxi llegó, bajaron en silencio. En el asiento trasero, Lupe miró por la ventana el mar oscuro. Pensaba en el viejo esperándola en la casa de playa, en Rosa riendo, en Anny ajena a todo.

Y en cómo, por primera vez, había hecho algo solo por ella. Algo sucio, rápido, sin promesas.

El taxi avanzó por la carretera costera. La casa de playa se acercaba, con sus luces tenues y sus secretos esperando.

Lupe apretó los muslos, todavía sintiendo el eco de él dentro.

Y sonrió un poco, solo para sí misma.





El taxi se detuvo frente a la entrada de la casa de playa, las luces de la terraza aún encendidas, el rumor del mar rompiendo contra la orilla como un latido constante. El taxista apagó el motor y miró por el retrovisor, esperando que bajaran.

Lupe tenía la mano en la manija de la puerta, pero Kevin la detuvo con un gesto suave en la muñeca. Ella se giró hacia él, el rostro iluminado por el resplandor anaranjado de las farolas del condominio.

Sin decir nada, Kevin se inclinó y la besó. No fue un beso tímido ni apresurado. Fue profundo, posesivo. Le tomó la cara con ambas manos, los pulgares rozándole las mejillas, y metió la lengua en su boca como si ya tuviera derecho a todo. Lupe respondió por instinto, abriendo los labios, dejando que él la invadiera. Sus lenguas se enredaron, calientes, húmedas, con sabor a cerveza y sal del mar. Él le mordió el labio inferior suave, tiró un poco, luego volvió a entrar con la lengua, explorando cada rincón, chupando la de ella como si quisiera tragársela entera.

Lupe sintió que el cuerpo se le encendía de nuevo, el coño todavía sensible por lo que había pasado en su departamento. Un gemido bajo se le escapó, ahogado contra la boca de él.

Kevin se separó apenas lo suficiente para hablarle al oído, la voz ronca, el aliento caliente contra su oreja.

—Esto empieza ahora, Lupe. Hoy en la noche me vienes a ver a mi casa. Ven sin nada abajo. Sin tanga, sin nada. Solo el vestido o lo que sea que te pongas… pero vacío por debajo. Quiero meterte los dedos en la piscina de la terraza, quiero follarte contra la baranda mientras miras el mar. Y quiero que vengas mojada desde antes de llegar.

Ella no respondió. No dijo sí ni no. Solo respiró pesado, los labios hinchados, los ojos vidriosos. Kevin le dio un último beso corto, casi un sello, y se apartó.

—Baja. El viejo te está esperando. Pero los dos sabemos que esta noche vas a salir de esa casa. Y vas a venir a mí.

Lupe abrió la puerta del taxi sin mirarlo. Bajó con las piernas temblorosas, el pareo pegado a la piel, el cuerpo todavía oliendo a él. Pagó al taxista con billetes arrugados que sacó del bolso y caminó hacia la entrada sin voltear.

Kevin se quedó en el asiento trasero, viendo cómo ella desaparecía entre las palmeras del jardín. Sonrió para sí mismo, sacó el celular y mandó un mensaje rápido al viejo:

“Ya está de vuelta. La dejé caliente. Esta noche es mía.”

Adentro de la casa, Lupe encontró a Anny en la cocina sirviéndose agua, con audífonos puestos y cara de sueño. Rosa estaba en la terraza fumando un cigarrillo, riendo de algo que el viejo le contaba. Agustín levantó la vista cuando Lupe entró, le sonrió como si nada hubiera pasado.

—¿Todo bien, mi amor? Tardaron.

Lupe se encogió de hombros, voz neutra.

—Tráfico. Compramos lo que hacía falta.

Fue directo al baño, se lavó la cara, se miró al espejo. Los labios rojos e hinchados, una marca sutil en el cuello donde Kevin había chupado fuerte. Se tocó ahí, sintiendo el pulso acelerado.

Sabía que no iba a decirle que no.

Sabía que esa noche, cuando todos se durmieran —o fingieran dormir—, ella iba a salir en silencio por la puerta de atrás. Iba a caminar las cinco cuadras hasta el departamento de Kevin. Iba a subir las escaleras exteriores con el corazón en la garganta. Y cuando él abriera la puerta, ella entraría sin decir una palabra, se levantaría el vestido y le mostraría que había obedecido: nada debajo, solo piel caliente y mojada esperándolo.

No era amor. No era ni siquiera deseo limpio. Era algo más crudo, más urgente: la necesidad de sentir que aún podía elegir, que aún podía tomar algo para sí misma aunque fuera prohibido y sucio.

Y esa noche, Lupe iba a elegir a Kevin.

Otra vez.







Lupe entró a la casa de playa con el cuerpo todavía temblando por dentro, el eco de los besos de Kevin en los labios y su promesa susurrada en el oído. Cerró la puerta principal con cuidado, como si cualquier ruido pudiera romper el frágil equilibrio que había construido en su cabeza.

En la terraza encontró a Anny y a Rosa sentadas en las sillas de mimbre, con cervezas en la mano y hablando bajito. Anny tenía el pelo húmedo de la ducha, una camiseta oversized y shorts de pijama. Rosa llevaba solo una bata abierta sobre el bikini rojo, las piernas cruzadas, riendo de algo que Anny acababa de decir. El viejo no estaba a la vista.

Lupe se detuvo en el umbral, observándolas. Madre e hija —o lo que quedaba de eso— charlando como si nada. Rosa, su amiga de toda la vida, compartiendo una cerveza con Anny sin tensión aparente. Por un segundo, Lupe sintió un alivio frío recorrerle la espalda. No había drama, no había miradas acusadoras, no había nada que delatara lo que había pasado en el departamento de Kevin. Solo dos mujeres jóvenes riendo bajo las luces tenues de la terraza.

Anny levantó la vista y sonrió leve.

—Mami, ¿dónde estabas? Pensé que te habías perdido en el market.

Lupe forzó una sonrisa.

—Tráfico. Y el viejo se quedó hablando con no sé quién. Ya viene.

Rosa le guiñó un ojo, cómplice pero sin malicia.

—Ven, siéntate. Estamos planeando volver mañana temprano. Hace mucho calor aquí y Anny dice que prefiere estudiar en casa.

Lupe se sentó, aceptó una cerveza que Rosa le pasó. El viejo apareció minutos después, con cara de inocente, trayendo una bandeja con ceviche sobrante.

—Mis reinas… ¿ya están listas para dormir? Mañana salimos temprano.

Nadie discutió. La noche transcurrió tranquila: cena ligera, una película vieja en la televisión que nadie vio realmente, y luego cada quien a su habitación. Lupe y Anny durmieron juntas otra vez, espalda con espalda, en silencio. Rosa se quedó en su cuarto individual. El viejo bajó al sofá de la sala, como siempre.

Pero nadie durmió de verdad.

Al día siguiente, temprano, Lupe, Anny y Rosa recogieron sus cosas. El viejo las despidió en la puerta con besos en la mejilla y promesas vagas de “volver pronto”. Anny se subió al asiento trasero del taxi que habían pedido, Rosa al lado. Lupe se quedó un segundo más, mirando al viejo.

—No te quedes mucho —le dijo ella, voz baja.

Él sonrió.

—Solo un rato. Rosa se queda conmigo hoy. Mañana regreso a Lima.

Lupe no preguntó más. Subió al taxi y se fueron.

El viaje de regreso a Lima fue silencioso. Anny con audífonos, Rosa mirando por la ventana, Lupe con el teléfono en la mano, el pulgar flotando sobre la pantalla.

Cuando llegaron a casa, Anny se encerró en su cuarto a estudiar. Rosa se despidió con un abrazo rápido y se fue a su propio departamento. Lupe se quedó sola en la cocina, preparando café que no iba a tomar.

El teléfono vibró. Era Rosa.

Rosa (12:47 pm): Viejo me tiene aquí en su casa de Lima. Me acaba de follar en la cocina, contra la encimera. Me dijo que te extraña pero que hoy es mío. Estoy sentada en el sofá con su semen todavía dentro. ¿Y tú? ¿Ya llegaste a casa?

Lupe miró la pantalla un rato largo. Sintió un nudo en el estómago: celos, rabia, excitación. Tecleó despacio.

Lupe (12:52 pm): Sí, llegué. Anny está estudiando. Yo… no sé qué hacer. Kevin me mandó mensaje hace rato. Me dice que vaya esta noche a su depa. Sin nada abajo. No sé si ir.

Rosa (12:55 pm): Ve, Lupe. El viejo me está rompiendo el culo ahora mismo en su cama. Me tiene en cuatro, me da nalgadas y me dice “dile a Lupe que te estoy cogiendo como a ella”. Me corro solo de imaginarte con el chibolo. Ve y déjate follar. Mañana nos contamos todo.

Lupe sintió el calor subirle por el vientre. Se tocó el muslo por encima del short, apretando.

Lupe (13:01 pm): Me está mandando fotos. Mira [pantallazo: Kevin desnudo en su terraza, verga dura, caption: “Te espero a las 10. Ven mojada”]

Rosa (13:03 pm): Joder, está bueno el cabrón. El viejo me tiene chupándosela ahora. Me acaba de decir “si Lupe no viene esta noche, te cojo yo toda la semana”. Estoy temblando, Lupe. Me voy a correr otra vez. ¿Vas o no?

Lupe (13:07 pm): No sé… Anny está en casa. Si salgo, ¿qué le digo?

Rosa (13:09 pm): Dile que vas a ver a una amiga. O quédate y mastúrbate pensando en él. Pero si no vas, te vas a arrepentir. El viejo me está taladrando el culo ahora mismo y yo pienso en ti con el joven. Es martirio, Lupe. Puro martirio sexual.

Otro pantallazo llegó: Rosa de rodillas, la verga del viejo en la boca, ojos cerrados, caption del viejo: “Para Lupe. Dile que vuelva pronto”.

Lupe apagó la pantalla, se levantó y fue al baño. Se miró al espejo, se bajó el short y la tanga. Estaba mojada. Mucho.

Tecleó rápido.

Lupe (13:15 pm): Voy. A las 10. Sin nada abajo. Pero si me arrepiento, me voy al toque.

Rosa (13:16 pm): Esa es mi Lupe. El viejo se va a correr dentro de mí pensando en ti. Y yo me corro pensando en ti con Kevin. Nos vemos mañana… o nos escribimos en la madrugada cuando estemos destrozadas.

Lupe dejó el teléfono en el lavamanos. Se tocó despacio, imaginando la noche que venía: salir en silencio, caminar las cuadras con el vestido pegado al cuerpo, llegar al departamento de Kevin, abrir la puerta y dejar que él la tomara contra la baranda de la terraza, sin palabras, solo carne y gemidos.

En la otra punta de la ciudad, Rosa gemía bajo el viejo, pensando en su amiga.

Y en casa, Anny estudiaba con los audífonos puestos, ajena al torbellino que sus dos mujeres mayores vivían en silencio, cada una en su propio infierno de deseo y culpa.

La noche se acercaba. Y las dos sabían que iban a caer. Otra vez.





Lupe esperó hasta las 9:45 pm. La casa estaba en silencio: Anny se había dormido temprano después de estudiar, la luz de su cuarto apagada desde las 8. Lupe se miró al espejo del baño por última vez. Se había puesto un vestido negro sencillo, de tela ligera que le llegaba justo por encima de las rodillas, escote discreto pero que dejaba ver el nacimiento de las tetas. Debajo, nada. Ni tanga, ni sostén. Solo piel caliente, el coño ya húmedo desde la tarde por los mensajes con Rosa y las fotos que Kevin le seguía mandando cada hora: close-ups de su verga dura, de su mano masturbándose lento, captions cortos como “Pensando en tu culo maduro”, “Ven ya, te quiero dentro”.

Salió por la puerta de atrás, sin hacer ruido. Caminó las cinco cuadras con el corazón latiéndole en la garganta. El aire de Lima en la noche era tibio, cargado de olor a comida callejera y gasolina. Cada paso hacía que el vestido se le pegara un poco más a los muslos, recordándole que estaba desnuda por debajo. Se sentía expuesta, vulnerable, pero también poderosa. Por primera vez en mucho tiempo, decidía algo solo para ella.

Llegó al edificio de Kevin a las 10:02. Subió las escaleras exteriores con las piernas temblando. Tocó la puerta suave. Él abrió casi al instante, solo en bóxer gris ajustado, la verga ya medio dura marcándose contra la tela. No dijo hola. Solo la tomó de la mano, la jaló adentro y cerró la puerta de un golpe.

La besó contra la pared del pasillo. Beso brusco, hambriento. Le metió la lengua profunda, chupándola, mordiéndole el labio inferior hasta que ella gimió. Sus manos subieron por debajo del vestido, encontraron la piel desnuda y se detuvieron un segundo.

—Buena chica… viniste sin nada —susurró contra su boca—. Estás empapada.

Lupe no respondió. Solo jadeó cuando él le metió dos dedos directo en el coño, sin aviso. Los movió rápido, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse. Ella se agarró de sus hombros, las uñas clavadas.

—Kevin… llévame a la terraza… como dijiste.

Él se rió bajito, la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó a la terraza. La noche era oscura, solo iluminada por las luces lejanas de los edificios y la luna menguante. La baranda era de metal frío. Kevin la puso de espaldas contra ella, le levantó el vestido hasta la cintura y se arrodilló.

Le abrió las piernas con las manos grandes, le lamió el coño de abajo hacia arriba, lento al principio, saboreando. Lupe se agarró de la baranda, mirando el mar negro a lo lejos. Él le chupó el clítoris fuerte, metió la lengua dentro, luego dos dedos mientras lamía. Ella gemía sin control, las caderas moviéndose contra su boca.

—Así… cómetelo todo… hazme correrme en tu cara…

Kevin aceleró la lengua, los dedos bombeando profundo. Lupe se corrió rápido, temblando, un chorro caliente que él lamió sin parar, tragándose todo. Ella casi se cae, las piernas flojas.

Él se levantó, se bajó el bóxer. La verga saltó libre, gruesa, venosa, brillante de saliva y sus jugos. La giró, la puso de espaldas a él, las manos de Lupe en la baranda. Le levantó una pierna, apoyándola en la silla de plástico al lado.

—Agárrate fuerte.

La penetró de una embestida. Lupe soltó un grito ronco que se perdió en el ruido del tráfico lejano. Él empezó a follarla duro, las caderas chocando contra su culo, las bolas golpeándole el clítoris con cada empujón. Le agarró las tetas por debajo del vestido, pellizcándole los pezones.

—Mira cómo te cojo… la mamá del viejo, la que celaba… ahora eres mía esta noche.

Lupe empujaba hacia atrás, encontrando el ritmo.

—Más fuerte… rómpeme… hazme olvidar todo…

Kevin la sacó, la volteó, la levantó y la sentó en la mesa baja de la terraza. Le abrió las piernas al máximo, se la metió de nuevo y empezó a bombear salvaje. La mesa crujía, el vestido subido hasta el cuello, las tetas rebotando libres. Él le chupaba el cuello, le mordía el hombro, le metía un dedo en el culo mientras la penetraba.

Lupe se corrió otra vez, apretándolo fuerte por dentro, gritando su nombre por primera vez. Kevin siguió un rato más, hasta que sintió que iba a explotar. Se salió, la puso de rodillas en el piso de la terraza y se corrió en su cara: chorros calientes que le cayeron en las mejillas, los labios, la barbilla. Lupe abrió la boca, dejó que entrara un poco, tragó lo que pudo.

Se quedaron jadeando. Kevin la ayudó a levantarse, la besó suave esta vez, limpiándole la cara con el pulgar.

—Quédate un rato más —dijo él—. No te vayas todavía.

Lupe se arregló el vestido, las piernas temblando.

—Tengo que volver… Anny…

Pero se quedó. Se sentaron en las sillas, tomaron cerveza fría que él sacó de una hielera. Hablaron poco: de cómo el viejo los había usado a los dos, de cómo Rosa estaba con él esa noche, de cómo todo era un desastre pero se sentía bien. Kevin le acarició el muslo, le metió los dedos despacio otra vez, solo para mantenerla caliente.

A la 1:30 am, Lupe se levantó.

—Esta fue la última vez —dijo, aunque no sonaba convencida.

Kevin sonrió.

—Nos vemos mañana. O pasado. Sabes dónde estoy.

Ella salió sin besarlo de despedida. Caminó de vuelta a casa con el vestido pegajoso, el semen seco en la piel, el coño hinchado y sensible. Entró por la puerta de atrás, se metió al baño sin encender la luz, se duchó en silencio.

Al día siguiente, el teléfono vibró temprano. Mensaje de Rosa:

Rosa (7:12 am): El viejo me dejó destrozada anoche. Tres veces en el culo, dos en la boca. Me dijo que te extraña. ¿Y tú? ¿Caíste?

Lupe miró la pantalla, sonrió leve, escribió:

Lupe (7:15 am): Caí. Fuerte. Y no sé si parar.

La noche con Kevin había sido solo el comienzo. El martirio sexual seguía, y ninguna de las dos quería que terminara.





Lupe caminó las cinco cuadras de regreso con el cuerpo pesado, el vestido pegado a la piel por el sudor y los restos de Kevin. El semen seco le picaba entre los muslos, una marca invisible que la hacía sonreír cada vez que sentía el roce. Llegó a la casa del viejo pasadas las dos de la madrugada. La puerta principal estaba entreabierta —el viejo nunca cerraba bien cuando bebía—, y entró en silencio, descalza para no hacer ruido.

Subió las escaleras directo al cuarto que compartía con él cuando se quedaba. La luz del baño estaba encendida, tenue. Se quitó el vestido de un tirón y entró a la ducha sin esperar a que el agua calentara del todo. El chorro frío le pegó en la cara, en las tetas, en el vientre. Se enjabonó rápido, pero cuando se pasó la mano entre las piernas para lavarse, algo raro pasó.

Un hilo blanco, espeso, salió de su coño junto con el agua y el jabón. Leche de Kevin, todavía dentro de ella después de horas. No era mucho, solo un resto que el cuerpo había guardado, pero fue suficiente para que Lupe se congelara un segundo bajo el chorro.

Se rió bajito, sola en el baño. Una risa ronca, casi incrédula. Cerró los ojos, apoyó la frente contra los azulejos fríos y dejó que el agua le corriera por la cara. Sintió emoción pura, como una adolescente pillada en algo prohibido. “Mira nada más… todavía me tiene adentro”, pensó. Se tocó despacio, metiéndose dos dedos para sacar lo que quedaba, y se los llevó a la boca sin pensarlo. Saboreó el sabor salado, ajeno, joven. Se corrió otra vez ahí mismo, de pie bajo la ducha, mordiéndose el labio para no gemir fuerte.

Salió envuelta en una toalla, el pelo goteando. El viejo roncaba en la cama, boca abierta, oliendo a ron y a Rosa. Lupe no lo despertó. Agarró el teléfono de la mesita y le escribió a Rosa:

Lupe (2:47 am): Ya estoy en casa del viejo. Me vine caminando. Necesito que vengas por mí mañana temprano. Quiero irme de aquí antes de que despierte.

Rosa (2:50 am): Joder, Lupe… ¿caíste fuerte con el chibolo? Estoy despierta, el viejo me dejó hecha ****** pero no duermo. Mañana a las 7 paso por ti. Nos vamos juntas. Cuéntame todo en el carro.

Lupe apagó el teléfono, se metió a la cama del lado opuesto al viejo y durmió poco, pero profundo. Soñó con Kevin en la terraza, con el mar de fondo y su verga dentro, sin fin.

A la mañana siguiente, Rosa llegó puntual en su auto viejo. Tocó el claxon dos veces. Lupe salió con una maleta pequeña, sin despedirse del viejo. Subieron y se fueron rumbo a Lima. En el camino, entre risas nerviosas y detalles sucios, se contaron todo: Rosa con el viejo toda la noche, turnos en la boca, en el culo, en la cocina; Lupe con Kevin en la terraza, contra la baranda, semen en la cara y dentro hasta la madrugada. Se miraron, se rieron, se sintieron vivas y culpables al mismo tiempo.

La semana siguiente transcurrió “normal”. Lupe volvía a la rutina: despertaba a Anny para que fuera a la universidad, lavaba ropa, cocinaba arroz con pollo los domingos, veía televisión con el volumen bajo. Anny estudiaba más, salía poco, parecía ajena al torbellino de su madre. El viejo llamó dos veces, Lupe contestó seco: “Estoy ocupada”, “Hablamos después”. No fue a verlo. Rosa tampoco. Las dos se escribían todos los días: memes, fotos inocentes, pero siempre con un subtexto caliente.

Rosa (miércoles, 3:14 pm): El viejo me mandó mensaje. Quiere que vuelva. Le dije que estoy con gripe. ¿Y tú? ¿Kevin te escribió?

Lupe (3:18 pm): Sí. Fotos otra vez. Me dice “te extraño mojada”. No le respondo todavía. Pero lo pienso todo el día.

Rosa (3:20 pm): Ve, Lupe. No te hagas la santa. Yo voy a caer con el viejo otra vez esta semana. Lo sé. Tú también sabes que vas a ver a tu nuevo amante. Es inevitable.

Lupe no respondió ese mensaje. Pero esa noche, mientras Anny dormía, abrió el chat de Kevin. Miró las fotos que le había mandado: él desnudo en la cama, la verga en la mano, caption: “Viernes a las 10. Trae ese vestido negro otra vez. Sin nada abajo. Te quiero en la terraza de nuevo”.

Tecleó despacio:

Lupe (10:42 pm): Allá voy.

Apagó el teléfono, se miró al espejo del baño. Sonrió leve, la misma sonrisa de la ducha esa madrugada. Sabía que tenía que verlo. No era solo deseo. Era necesidad. Kevin le había dado algo que el viejo ya no podía: juventud, fuerza, la sensación de ser elegida por alguien que no la veía como un recuerdo.

El viernes llegó. Lupe se puso el vestido negro. Sin nada debajo. Salió por la puerta de atrás cuando el reloj marcó las 9:50.

Y caminó hacia el departamento de Kevin, sabiendo que esta vez no sería la última. El martirio seguía, pero ya no dolía tanto. Ahora sabía a qué sabía la libertad.







El viernes llegó como una tormenta anunciada. Lupe pasó el día entero en una especie de trance: lavó ropa que no necesitaba lavar, cocinó más de lo que Anny comería, miró el reloj cada diez minutos. Anny salió temprano a la universidad con un “nos vemos en la tarde, mami” distraído. La casa quedó vacía, silenciosa, y eso solo hizo que el nudo en el estómago de Lupe se apretara más.

A las 9:30 pm se duchó otra vez. Se depiló con cuidado, se puso crema corporal con olor a vainilla que sabía que a Kevin le gustaba (lo había mencionado en un mensaje casual días antes). El vestido negro era el mismo: ligero, corto, escote sutil. Debajo, nada. Se miró al espejo del pasillo, se levantó el dobladillo un segundo para confirmar: el coño limpio, ya húmedo solo de anticipación. Se aplicó un poco de labial rojo oscuro, se soltó el pelo gris que ya no intentaba teñir. Salió por la puerta de atrás a las 9:50, el corazón latiéndole en las sienes.

Las cinco cuadras se le hicieron eternas y cortas al mismo tiempo. Cada paso hacía que el roce del vestido contra la piel desnuda le recordara lo expuesta que iba. Pasó por un grupo de muchachos en una esquina que silbaron bajito; ella no miró, solo aceleró. Llegó al edificio de Kevin a las 10:03. Subió las escaleras exteriores con las piernas temblando. Tocó la puerta.

Kevin abrió descalzo, solo con un short deportivo gris que no ocultaba nada. La miró de arriba abajo, sonrió lento.

—Llegaste puntual, madurita.

No hubo más palabras. La jaló adentro, cerró la puerta de un empujón y la pegó contra la pared del pasillo. Le levantó el vestido de inmediato, las manos grandes abarcándole el culo desnudo. La besó con hambre: lengua profunda, dientes rozando, mordiendo el labio inferior hasta que ella gimió. Bajó una mano entre sus piernas, encontró el coño empapado y metió dos dedos sin aviso.

—Estás chorreando desde que saliste de casa, ¿verdad? —susurró contra su boca—. Buena puta.

Lupe se agarró de sus hombros, jadeando.

—Llévame a la terraza… como la otra vez.

Kevin la levantó en vilo, las piernas de ella envolviéndole la cintura. Caminó así hasta la terraza, la dejó de pie contra la baranda de metal frío. Le subió el vestido hasta la cintura, se arrodilló y le abrió las piernas con los hombros. La lamió de abajo hacia arriba, lento, saboreando cada pliegue. Le chupó el clítoris fuerte, metió la lengua dentro, luego tres dedos curvados, bombeando rápido mientras lamía. Lupe se agarró de la baranda, mirando el mar negro y las luces lejanas de Lima. Gemía sin control, las caderas empujando contra su cara.

—Así… cómetelo todo… hazme correrme en tu boca…

Se corrió en menos de dos minutos, temblando, un chorro caliente que él lamió entero, tragándose cada gota. Las rodillas le flaquearon; Kevin se levantó, la sostuvo por la cintura y la besó para que probara su propio sabor.

Luego la giró, la puso de espaldas a él. Le bajó el short de un tirón; la verga saltó dura, gruesa, venosa. La penetró de una sola embestida profunda. Lupe soltó un grito ronco que se perdió en el ruido de la ciudad. Él empezó a follarla con fuerza, las caderas chocando contra su culo, las bolas golpeándole el clítoris con cada empujón. Le agarró las tetas por debajo del vestido, pellizcándole los pezones hasta que dolía rico.

—Mírate… la mamá que finge ser decente… cogida contra la baranda como una puta barata —gruñó él al oído—. ¿Te gusta que te rompan así?

Lupe empujaba hacia atrás, encontrando el ritmo.

—Más fuerte… rómpeme el coño… hazme gritar…

Kevin aceleró, le metió un dedo en el culo mientras la penetraba, lo movió en círculos. Lupe se tensó, se corrió otra vez, apretándolo fuerte por dentro, las piernas temblando. Él no paró: la sacó, la volteó, la sentó en la mesa baja de la terraza. Le abrió las piernas al máximo, se la metió de nuevo y empezó a bombear salvaje. La mesa crujía, el vestido subido hasta el cuello, las tetas rebotando libres. Le chupaba el cuello, le mordía el hombro, le metía dos dedos en el culo mientras la taladraba.

—Dime que eres mía esta noche… dilo.

—Soy tuya… toda tuya… cógeme como quieras…

Se corrió dentro de ella sin avisar, chorros calientes que llenaron su coño hasta rebosar. Lupe sintió el calor extenderse, cerró los ojos y se corrió con él, un orgasmo largo y profundo que la dejó jadeando contra su pecho.

Se quedaron así un rato, él todavía dentro, los dos sudados y temblando. Kevin la besó suave esta vez, le acarició el pelo gris.

—No te vayas todavía. Quédate un rato.

Lupe se bajó de la mesa con las piernas flojas, el semen escurriéndose por los muslos. Se sentó en una de las sillas, el vestido arrugado alrededor de la cintura. Kevin trajo dos cervezas frías de la nevera, se sentó a su lado desnudo, sin vergüenza.

Hablaron poco: de cómo el viejo la había usado durante años, de cómo Rosa seguía cayendo con él, de cómo Anny no sospechaba nada. Kevin le contó que tenía 26 años, que trabajaba en construcción de día y que el viejo lo “ayudaba” con contactos a cambio de favores discretos.

Lupe lo miró fijo.

—No quiero que esto sea solo sexo. Pero tampoco quiero promesas.

Kevin sonrió, le acarició el muslo.

—No te doy promesas. Solo te doy lo que necesitas. Y tú me das lo que yo quiero.

Se quedaron hasta las 2 de la mañana en la terraza. Volvieron a follar una vez más: esta vez despacio, en la cama de él, con luces apagadas. Lupe encima, cabalgándolo lento, las tetas en su cara, susurrándole al oído “más profundo… así… no pares”. Se corrieron juntos, en silencio, abrazados.

A las 2:30 Lupe se levantó, se limpió en el baño, se bajó el vestido. Kevin la acompañó a la puerta.

—Mañana te escribo —dijo él.

Ella no respondió. Solo le dio un beso corto y salió.

Caminó de regreso con el semen todavía dentro, el cuerpo dolorido y satisfecho. Entró a casa por la puerta de atrás, se duchó rápido en la oscuridad y se metió a la cama al lado de Anny, que dormía profundamente.

Al día siguiente, el teléfono vibró a las 9 am. Mensaje de Kevin:

Kevin (9:03 am): Anoche fuiste increíble. Quiero verte de nuevo. Martes a las 10. Trae ese vestido… y trae ganas de que te folle el culo esta vez.

Lupe leyó el mensaje tres veces. Sonrió leve, se tocó entre las piernas por encima de la sábana.

Sabía que iba a ir.

El encuentro del viernes no había sido el final. Había sido solo el comienzo de algo que ya no podía —ni quería— detener.
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El martes llegó con una lluvia fina y persistente que convertía las calles de Lima en espejos negros y resbaladizos. Lupe pasó el día entero en una calma fingida: acompañó a Anny a la universidad en taxi porque “hoy hay mucho tráfico y no quiero que te mojes”, cocinó un tallarín rojo que sobró para tres días, lavó la loza con movimientos mecánicos. Cada vez que miraba el reloj, sentía un cosquilleo bajo el ombligo que subía y bajaba como una marea.

A las 8:30 pm se duchó otra vez. Esta vez se depiló con más cuidado, se puso aceite corporal con olor a coco que hacía que la piel brillara bajo la luz del baño. El vestido negro era el mismo, pero se lo puso con más intención: se ajustó el escote para que las tetas se marcaran un poco más, se subió el dobladillo un centímetro extra. Debajo, nada. Ni tanga, ni sostén. Se miró al espejo del pasillo, se pasó la mano por el culo desnudo bajo la tela y sintió cómo se mojaba solo con el roce.

Salió a las 9:45 pm. La lluvia había parado, pero el aire estaba pesado, húmedo. Caminó las cinco cuadras con el paraguas cerrado en la mano, sintiendo cada paso cómo el vestido se le pegaba a los muslos por la humedad. Pasó por la misma esquina de muchachos; uno silbó, otro dijo algo bajo que no entendió. Ella siguió caminando más rápido, el pulso acelerado.

Llegó al departamento de Kevin a las 9:58 pm. Tocó la puerta. Él abrió con una sonrisa lenta, solo en bóxer negro ajustado, el pelo húmedo como si acabara de ducharse. La miró de arriba abajo, los ojos deteniéndose en el escote y en el dobladillo del vestido.

—Viniste —dijo simplemente, y la jaló adentro.

Cerró la puerta con el pie. Esta vez no la besó de inmediato. La empujó contra la pared del pasillo, le levantó el vestido despacio, como si quisiera saborear el momento. Le abrió las piernas con la rodilla y metió la mano directamente entre ellas. Encontró el coño empapado, los labios hinchados.

—Estás chorreando desde que saliste de casa —susurró, metiendo dos dedos de golpe y curvándolos—. Dime que pensaste en mí todo el día.

Lupe jadeó, las manos en sus hombros.

—Todo el día… me toqué en el baño pensando en que me ibas a follar el culo…

Kevin gruñó, sacó los dedos y se los metió en la boca a ella para que probara su propio sabor. Luego la tomó en brazos y la llevó directo a la terraza. La lluvia había dejado charcos en el piso, el aire fresco y salado. La baranda estaba mojada; él la puso de espaldas contra ella, le subió el vestido hasta la cintura y le abrió las nalgas con las manos grandes.

—Primero te preparo —dijo.

Se arrodilló detrás, le lamió el culo despacio, la lengua rodeando el agujero, entrando un poco, saliendo. Lupe se agarró de la baranda, las piernas temblando.

—Kevin… méteme la lengua… así…

Él obedeció, metió la lengua profunda mientras con una mano le frotaba el clítoris. Con la otra se masturbaba lento, preparándose. Lupe gemía bajito, el sonido amortiguado por el tráfico lejano. Se corrió una primera vez solo con la lengua en el culo y los dedos en el clítoris, temblando, las rodillas flojas.

Kevin se levantó, se bajó el bóxer. La verga estaba dura, gruesa, brillante de saliva y precum. Escupió en la mano, lubricó bien la punta y el agujero de Lupe.

—Respira hondo. Relájate.

La penetró despacio al principio, solo la cabeza. Lupe soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer. Él se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, luego empujó más profundo, centímetro a centímetro. Cuando estuvo todo adentro, se detuvo otra vez.

—¿Estás bien?

Lupe asintió, jadeando.

—Muévete… despacio primero…

Kevin empezó a bombear lento, saliendo casi entero y entrando de nuevo. Cada embestida hacía que Lupe se arqueara más, las tetas rebotando bajo el vestido subido. Él le agarró las caderas, aceleró poco a poco. El sonido de carne contra carne se mezclaba con los gemidos de ella.

—Así… rómpeme el culo… métemela toda…

Kevin le metió una mano por delante, frotándole el clítoris mientras la taladraba por detrás. Lupe se corrió otra vez, fuerte, el culo apretando alrededor de la verga como pinza. Él gruñó, aceleró más, las embestidas profundas y rápidas.

—Voy a correrme dentro… ¿quieres que te llene el culo?

—Sí… lléname… dame todo…

Kevin se corrió con un gruñido animal, chorros calientes que llenaron su culo hasta rebosar. Se quedó dentro un rato, jadeando contra su espalda, besándole el cuello.

La sacó despacio, el semen escurriéndose por los muslos de Lupe. Ella se giró, se arrodilló en el piso mojado de la terraza y se la limpió con la boca, chupando lo que quedaba, saboreando el sabor amargo y salado. Kevin le acarició el pelo gris, respirando pesado.

—Eres increíble… —susurró.

Se quedaron en la terraza un rato más, sentados en las sillas, tomando cerveza fría que él sacó de la nevera. Lupe con el vestido arrugado, el semen todavía goteando por dentro. Hablaron poco: de cómo el viejo había llamado a Rosa otra vez, de cómo Anny seguía sin sospechar nada, de cómo esto ya no era solo sexo.

A la 1:45 am Lupe se levantó.

—Tengo que irme.

Kevin la acompañó a la puerta, le dio un beso largo, profundo.

—Mándame mensaje cuando llegues. Y el viernes que viene… traes el culo listo otra vez.

Ella sonrió leve, sin prometer nada.

Caminó de regreso bajo la luna menguante, el culo dolorido pero satisfecho, el coño todavía sensible. Entró por la puerta de atrás, se duchó en silencio y se metió a la cama.

Al día siguiente, mensaje de Kevin a las 8:12 am:

Kevin: Anoche me dejaste loco. Quiero verte el viernes. Trae lubricante. Vamos a hacer que grites más fuerte.

Lupe leyó el mensaje en la cocina, mientras Anny desayunaba cereal sin mirarla.

Sonrió para sí misma, respondió con un simple:

Lupe: Allá voy.

Y supo que el martes no había sido el pico. Había sido solo otro escalón más en una escalera que no veía el final.





El viernes llegó con un calor asfixiante en Lima, de esos que hacen que el aire se pegue a la piel y que el vestido negro de Lupe se convirtiera en una segunda piel húmeda antes siquiera de salir de casa. Anny había salido temprano a una exposición universitaria y le había dicho que volvería tarde, quizás a medianoche. Lupe no preguntó detalles; solo sintió un alivio culpable que le facilitaba la decisión.

A las 9:40 pm se miró al espejo una última vez. El vestido era el mismo, pero esta vez se había puesto un poco más de perfume en el cuello y entre los muslos, un aroma dulce y pesado que sabía que a Kevin le volvía loco. Nada debajo, como siempre. Se pasó la mano por el coño depilado, comprobando lo mojada que estaba ya solo de imaginar lo que vendría. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y salió por la puerta de atrás.

Las cinco cuadras fueron un tormento delicioso. El sudor le corría por la espalda, el vestido se le pegaba al culo y a las tetas, y cada paso hacía que los labios hinchados se rozaran entre sí. Pasó por la esquina de siempre; los mismos muchachos silbaron más fuerte esta vez, uno gritó “¡mamacita, ven para acá!”. Lupe no miró, pero sintió un escalofrío de excitación prohibida. Llegó al edificio a las 9:59 pm. Tocó la puerta.

Kevin abrió con una sonrisa que ya era promesa. Llevaba solo un bóxer negro, el cuerpo brillante de sudor, la verga ya dura marcándose contra la tela. No dijo nada. La tomó de la muñeca, la jaló adentro y cerró la puerta con llave.

Esta vez no hubo pasillo ni espera. La empujó directo contra la pared de la sala, le levantó el vestido de un tirón y le abrió las piernas con la rodilla. Metió la mano entre ellas, encontró el coño chorreando y gruñó bajito.

—Estás empapada… ¿te tocaste en el camino pensando en mí?

Lupe jadeó cuando él metió tres dedos de golpe.

—Todo el día… me metí los dedos en el baño pensando en que me ibas a romper el culo…

Kevin se rió oscuro, sacó los dedos y se los metió en la boca a ella para que chupara. Luego la levantó en brazos y la llevó a la terraza. La noche era clara, el mar negro brillando bajo la luna llena. La baranda estaba tibia por el calor acumulado del día. La puso de espaldas contra ella, le subió el vestido hasta el cuello y le abrió las nalgas con las manos grandes.

—Hoy sí te follo el culo como se debe. Traje lubricante… pero primero te preparo bien.

Se arrodilló detrás, le lamió el agujero despacio, la lengua entrando y saliendo, rodeando, chupando. Con una mano le frotaba el clítoris en círculos rápidos; con la otra se masturbaba lento, preparándose. Lupe se agarró de la baranda, las piernas temblando, gemía sin control.

—Kevin… méteme la lengua más profundo… así… hazme mojar más…

Él obedeció, metió la lengua todo lo que pudo mientras le metía dos dedos en el coño, bombeando al mismo ritmo. Lupe se corrió fuerte, un chorro caliente que le cayó en la barbilla a él. Kevin se levantó, se limpió la cara con el dorso de la mano y agarró el tubo de lubricante que había dejado en la mesa.

Se untó generosamente la verga, luego le puso lubricante en el agujero con los dedos, metiendo uno, luego dos, abriéndola despacio. Lupe respiraba pesado, las tetas subiendo y bajando.

—Relájate… voy a entrar entero.

La penetró despacio al principio: solo la cabeza, esperando que el anillo se abriera. Lupe soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer intenso. Él se quedó quieto, le acarició la espalda, le besó el cuello.

—Respira… buena puta… ya casi.

Empujó más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo todo adentro. Lupe temblaba, las uñas clavadas en la baranda.

—Ay… está muy grande… pero no pares…

Kevin empezó a moverse lento, saliendo casi entero y entrando de nuevo. Cada embestida hacía que Lupe se arqueara más, las tetas rebotando libres. Él aceleró poco a poco, las caderas chocando contra su culo con un sonido húmedo y rítmico. Le metió una mano por delante, frotándole el clítoris fuerte.

—Dime que te gusta que te rompan el culo… dilo.

—Me gusta… me encanta… rómpemelo… métemela toda… hazme correrme así…

Kevin aceleró más, embestidas profundas y rápidas. Le agarró el pelo gris con una mano, tirando la cabeza hacia atrás para besarla en la boca mientras la taladraba. Lupe se corrió otra vez, el culo apretando alrededor de la verga como una pinza, un orgasmo que la dejó temblando y gritando su nombre.

Él no paró. Siguió bombeando hasta que sintió que iba a explotar.

—Voy a correrme dentro… te voy a llenar el culo…

—Sí… lléname… dame todo…

Se corrió con un gruñido profundo, chorros calientes que llenaron su culo hasta rebosar, escurriéndose por los muslos de Lupe. Se quedó dentro un rato, jadeando contra su espalda, besándole el cuello sudoroso.

La sacó despacio, el semen goteando. Lupe se giró, se arrodilló en el piso de la terraza y se la limpió con la boca, chupando lo que quedaba, lamiendo la verga hasta dejarla limpia. Kevin le acarició el pelo, respirando pesado.

—Eres una puta increíble… no hay nadie como tú.

Se quedaron en la terraza hasta las 2 de la mañana. Tomaron cerveza fría, fumaron un cigarrillo que Kevin sacó de un cajón. Hablaron de todo y de nada: del viejo que seguía llamando a Rosa, de cómo Anny preguntaba cada vez menos dónde iba Lupe por las noches, de cómo esto ya no era solo follar, sino algo que los dos necesitaban.

A las 2:30 Lupe se levantó, se bajó el vestido arrugado, el culo dolorido pero satisfecho, el semen todavía dentro.

—Tengo que irme.

Kevin la acompañó a la puerta, le dio un beso largo, profundo, metiéndole la lengua una última vez.

—El próximo viernes… traes más ganas. Quiero probarte en la cama toda la noche.

Ella sonrió leve, sin prometer.

—Quizás.

Caminó de regreso con el cuerpo marcado, el culo ardiendo con cada paso, el coño todavía sensible. Entró por la puerta de atrás, se duchó en silencio y se metió a la cama.

Al día siguiente, mensaje de Kevin a las 9:17 am:

Kevin: Anoche me dejaste seco. Quiero verte el viernes que viene. Trae el lubricante tú esta vez. Vamos a hacer que grites hasta que los vecinos se quejen.

Lupe leyó el mensaje mientras preparaba el desayuno para Anny. Sonrió para sí misma, se tocó entre las piernas por encima del short.

Sabía que iba a ir.

El encuentro del viernes había sido más intenso, más crudo. Y el siguiente ya estaba escrito en su cuerpo. No había vuelta atrás.







El viernes llegó con un calor pegajoso que hacía que el asfalto de Lima oliera a goma quemada. Lupe se preparó con más cuidado que nunca. Eligió una mini falda negra de cuero sintético, tan corta que apenas le cubría la mitad del culo, ceñida como una segunda piel. Encima, una blusa blanca de tirantes fina, casi transparente bajo la luz, sin sostén: los pezones se marcaban claramente contra la tela. Nada abajo, como Kevin le había pedido en el último mensaje: “Mini putona, sin tanga, sin nada. Quiero verte llegar y saber que estás lista para que te folle en cualquier rincón”. Se miró al espejo del pasillo, se levantó la falda un segundo para confirmar: coño depilado, labios hinchados de anticipación, un hilo brillante ya asomando entre las piernas. Se puso tacones altos que no usaba desde hacía años y salió por la puerta de atrás a las 9:45 pm.

Caminó las cinco cuadras con el corazón en la garganta. La mini se le subía con cada paso, obligándola a bajársela disimuladamente. Un par de taxistas pitaron al pasar, un grupo de muchachos en la esquina soltó silbidos y comentarios groseros que la hicieron apretar los muslos. Llegó al edificio de Kevin a las 9:58 pm, subió las escaleras exteriores con las piernas temblando de excitación y nervios. Tocó la puerta.

Kevin abrió con una sonrisa confiada, pero antes de que pudiera decir nada, Lupe vio movimiento adentro. Su estómago se hundió.

Allí estaban Rosa y el viejo. Rosa sentada en el sofá con un short corto y una camiseta ajustada, sin sostén, las tetas grandes marcándose. El viejo —Agustín— en una silla al lado, con una cerveza en la mano, la bata abierta mostrando el pecho hundido y la verga ya medio dura bajo el bóxer. Los tres la miraron como si la estuvieran esperando.

Lupe se quedó congelada en el umbral.

—¿Qué carajo hacen aquí? —preguntó, la voz más aguda de lo normal.

Kevin se encogió de hombros, todavía sonriendo.

—Pensé que sería divertido. Rosa me escribió hace unos días, dijo que el viejo quería “reunir al grupo”. Vine a verte a ti, pero… bueno, ellos también vinieron.

Rosa se levantó, se acercó a Lupe con una sonrisa pícara y le dio un beso en la mejilla.

—Tranquila, amiga. Solo venimos a tomar algo. Nada más. El viejo insistió en que sería “como familia”.

El viejo levantó su cerveza en brindis.

—Mis reinas… juntas otra vez. Entra, Lupe. No seas tímida.

Lupe entró, pero se quedó cerca de la puerta. El ambiente ya estaba cargado: música baja de reggaetón, luces tenues, una botella de ron a medio beber en la mesa. Kevin sirvió un vaso para ella, se lo tendió.

—Toma. Relájate.

Se sentaron en la sala. Rosa se pegó al viejo en el sofá, le acarició el muslo sin disimulo. Kevin se sentó al lado de Lupe, le puso una mano en la rodilla, subiendo despacio por debajo de la mini. Lupe no la apartó de inmediato, pero su cuerpo estaba tenso.

Hablaron un rato: chismes del pueblo, del trabajo de Kevin, de cómo Anny seguía estudiando sin sospechar nada. El ron bajó rápido. Rosa se reía fuerte, el viejo contaba anécdotas sucias del pasado, Kevin le rozaba el coño por debajo de la falda con los dedos, despacio, sin que los otros vieran.

Pero cuando el viejo se levantó y dijo “¿por qué no pasamos a la terraza? Allí hay más espacio… y menos ropa”, Lupe sintió el nudo en el estómago apretarse hasta doler.

Rosa se levantó también, se quitó la camiseta sin pudor, quedando en short y tetas al aire.

—Vamos, Lupe. No seas aburrida. Solo un poco de diversión.

El viejo se acercó, le puso una mano en la cintura.

—Imagina… las tres juntas. Tú y Rosa chupándomela mientras Kevin te coge por detrás. O mejor… yo en tu culo, Kevin en tu coño, Rosa lamiéndote las tetas…

Lupe se apartó de golpe.

—No.

La palabra salió tajante. Todos se quedaron quietos.

—No vine por eso. Vine por Kevin. Solo por él. No voy a hacer una orgia con ustedes. No esta vez. Nunca.

Kevin frunció el ceño, pero no dijo nada. Rosa se encogió de hombros, volvió a ponerse la camiseta.

—Como quieras, amiga. Pero no te vayas todavía. Toma otro trago.

Lupe negó con la cabeza.

—Me voy.

Agarró su bolso, se bajó la mini lo mejor que pudo y salió sin mirar atrás. Bajó las escaleras casi corriendo, el tacón resonando en el metal. Caminó de regreso a casa con las piernas temblando, el coño todavía mojado pero el deseo convertido en rabia y confusión.

Entró por la puerta de atrás, se metió al baño y se miró al espejo. Lágrimas de frustración le rodaron por las mejillas. Se lavó la cara, se cambió a una camiseta larga y short de pijama, se metió a la cama al lado de Anny, que dormía profundamente.

No durmió mucho. Se pasó la noche preguntándose: ¿Rosa se quedó? ¿Se dejó llevar por el viejo y por Kevin? ¿Hicieron lo que el viejo quería? ¿O Rosa también se fue después?

Al día siguiente, mensaje de Rosa a las 10:12 am:

Rosa: Te fuiste rápido anoche. El viejo se puso pesado, pero Kevin lo calmó. Nos fuimos los tres a tomar más en un bar cerca. Nada pasó… al menos no conmigo. ¿Estás bien?

Lupe leyó el mensaje tres veces. No respondió de inmediato.

No sabía si creerle. No sabía si quería saber la verdad.

Solo sabía que, por primera vez, había dicho no. Y que eso, aunque doliera, le había devuelto un pedazo de control que no sabía que había perdido.

Pero el deseo por Kevin seguía ahí, latiendo. Y sabía que, tarde o temprano, volvería a caer. Solo que la próxima vez, sería en sus términos.







Después de que Lupe se fue dando un portazo —o más bien un cierre seco de la puerta principal—, el departamento quedó en un silencio incómodo por unos segundos. Rosa se quedó de pie en medio de la sala, la camiseta aún en la mano, las tetas al aire, mirando la puerta cerrada como si esperara que Lupe volviera a entrar arrepentida. Kevin se pasó la mano por el pelo, frustrado, la erección todavía marcándose bajo el bóxer. El viejo —Agustín— soltó una risa baja, ronca, y tomó un trago largo de su cerveza.

—Se puso brava la vieja —dijo el viejo, encogiéndose de hombros—. Pero no pasa nada. Hay más noche.

Rosa se bajó la camiseta despacio, cubriéndose de nuevo, pero no se sentó. Miró a Kevin primero, luego al viejo.

—¿En serio pensaron que iba a funcionar así? ¿Traerla y de repente orgía? Lupe no es como yo. Ella tiene límites.

Kevin se rió, pero sonó forzado.

—Pensé que con el ron y el morbo... se animaba. La otra vez conmigo estaba desatada.

El viejo se levantó, se acercó a Rosa por detrás y le puso las manos en las caderas, rozándole el culo con la verga semi-dura.

—No te preocupes por ella. Lupe volverá cuando se le pase el enojo. Siempre vuelve. Y tú... tú estás aquí.

Rosa se giró, le dio un beso corto en la boca al viejo, pero se apartó un paso.

—No esta noche, Agustín. No con este ambiente raro. Me voy a ir también.

Kevin frunció el ceño.

—¿En serio? ¿Las dos se van? Vine por Lupe, pero...

Rosa se rió, recogió su bolso del sofá.

—No seas dramático, chibolo. Tú y el viejo se pueden divertir solos si quieren. Yo me voy a casa. Mañana le escribo a Lupe para ver cómo está.

El viejo intentó agarrarla por la cintura otra vez, pero ella se zafó con una sonrisa.

—Tranquilo, papi. Otro día. Hoy no estoy de humor para tríos ni nada.

Kevin suspiró, se dejó caer en el sofá.

—Está bien. Nos vemos.

Rosa salió sin mirar atrás, taconeando por las escaleras exteriores. El viejo y Kevin se quedaron solos. El viejo se sirvió otro ron, se sentó al lado de Kevin y le dio una palmada en el muslo.

—Las mujeres... siempre complicadas. Pero mira el lado bueno: nos quedamos tú y yo. Podemos ver un partido, tomar, o... lo que sea.

Kevin lo miró de reojo, incómodo.

—No vine por ti, viejo.

Agustín se rió.

—Lo sé. Pero Lupe se fue, Rosa se fue. Y yo tengo una botella llena. Relájate.

Se quedaron un rato más: hablando de mujeres, del negocio que el viejo tenía en mente con Kevin (algo de contactos en construcción), tomando ron hasta que la botella se acabó. Nada sexual pasó entre ellos —el viejo no insistió, Kevin no dio pie—. Al final, Kevin se fue a dormir a su cama solo, frustrado y con la verga aún dura por la adrenalina no resuelta. El viejo se quedó en el sofá, roncando con la bata abierta.

Rosa llegó a su casa cerca de la 1 am. Se duchó, se metió a la cama y le escribió a Lupe un mensaje corto antes de dormir:

Rosa (1:12 am): Me fui poco después de ti. El viejo quiso seguir, pero no estaba de ánimo. Kevin se quedó con él, pero no pasó nada raro. Solo tomaron y hablaron ******. ¿Estás bien? Llámame mañana.

No hubo orgía. No hubo nada. Solo frustración, alcohol y un silencio pesado que ninguno quiso romper esa noche. El plan del viejo se había desarmado por completo cuando Lupe dijo "no". Y aunque Rosa y Kevin quedaron con ganas, ninguno cedió a la tentación de improvisar sin ella.

Al día siguiente, Lupe leyó el mensaje de Rosa y sintió un alivio mezclado con decepción. No sabía si creerle al 100%, pero prefería no preguntar más detalles. Por ahora, el "no" de esa noche le había devuelto algo de control. Pero el deseo por Kevin seguía ahí, latiendo en silencio, esperando el momento en que volviera a decir "sí".







La semana después del viernes fallido fue un silencio ensordecedor para Kevin. Empezó el sábado por la mañana con un mensaje simple:

Kevin (9:45 am): Lupe, ¿qué pasó anoche? Me dejaste con las ganas. Llámame cuando puedas.

No hubo respuesta. El domingo mandó otro:

Kevin (3:12 pm): ¿Estás bien? Si fue por el viejo y Rosa, lo siento. No volverá a pasar. Quiero verte solo a ti.

Nada. El lunes por la tarde llamó directo. El teléfono sonó varias veces y luego fue al buzón de voz. El martes llamó dos veces más, dejó un audio corto:

—Lupe, soy yo. No sé qué te molestó tanto, pero hablemos. No quiero que termine así. Llámame, por favor.

El miércoles y el jueves repitió el patrón: mensajes, llamadas, audios cada vez más cortos y frustrados. El viernes por la noche, cuando ya había pasado una semana exacta desde que Lupe salió de su departamento dando un portazo, Kevin llamó una última vez. Esta vez el teléfono ni siquiera sonó: directo al buzón. Lupe lo había bloqueado.

En casa, Lupe había tomado la decisión el domingo por la noche. Mientras Anny veía una serie en el sofá, ella se sentó al lado con el teléfono en la mano, miró los mensajes acumulados y, sin decir una palabra, bloqueó el número de Kevin. No fue por odio, ni por arrepentimiento total. Fue por cansancio. Por ver que su hija la miraba con ojos más tranquilos esos días, por notar que Anny había empezado a contarle cosas pequeñas de la universidad otra vez: un profesor gracioso, un examen que salió bien, planes de salir con amigas. Lupe sintió que, por primera vez en meses, estaba recuperando algo parecido a ser madre. Y no quería arriesgarlo por un polvo que, aunque la hacía sentir viva, también la dejaba vacía después.

Se dedicó a Anny con una intensidad casi obsesiva. Cocinar juntos los fines de semana, acompañarla a la biblioteca, sentarse a ver películas antiguas en la sala con palomitas. Anny lo notó, pero no preguntó. Solo sonrió más, habló más. Lupe no volvió a salir de noche. No contestó llamadas desconocidas. No abrió el chat de Rosa más que para respuestas cortas: “Todo bien por aquí”, “Anny está estudiando mucho”, “Sí, hablamos pronto”.

Kevin, frustrado y con la verga dura de recuerdos que no podía descargar, decidió no insistir más con Lupe. El sábado siguiente, una semana después del bloqueo, llamó a Rosa.

Kevin (11:08 am): Rosa, ¿qué pasa con Lupe? Me bloqueó. ¿Le dijiste algo?

Rosa (11:12 am): No le dije nada. Se cerró sola. Está en modo mamá full time. ¿Quieres que le hable?

Kevin (11:15 am): No. Mejor ven tú. Estoy solo en el depa. Trae cerveza.

Rosa no dudó mucho. Llegó esa misma tarde con una six-pack de Cusqueña y una sonrisa que no ocultaba nada. Entró como si nada hubiera pasado, se quitó los zapatos en la puerta y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas.

—No me digas que estás de bajón por Lupe —dijo ella, abriendo una cerveza y pasándole otra—. La vieja se cansó del juego. Pasa.

Kevin se sentó a su lado, tomó la cerveza y dio un trago largo.

—No es solo eso. Me dejó con las ganas esa noche. Y ahora… nada.

Rosa se rió bajito, se acercó un poco más.

—Pues aquí estoy yo. Sin dramas, sin bloqueos. ¿Quieres seguir con lo que empezó esa noche?

Kevin la miró fijo un segundo. Luego dejó la cerveza en la mesa, la tomó por la nuca y la besó fuerte. Rosa respondió igual, metiéndole la lengua, subiéndose a horcajadas sobre él. Se quitaron la ropa rápido: ella el short y la blusa, él el bóxer. Kevin la tumbó en el sofá, le abrió las piernas y se la metió de una, sin preámbulos. Rosa gimió alto, las tetas rebotando con cada embestida.

—Así… cógeme fuerte… como querías cogerme a ella…

Kevin la volteó, la puso en cuatro y la penetró por detrás, agarrándole las caderas. Le dio nalgadas fuertes, le metió un dedo en el culo mientras la taladraba. Rosa se corrió rápido, temblando, empujando hacia atrás. Él siguió hasta que se corrió dentro, llenándola, jadeando contra su espalda.

Se quedaron en el sofá un rato, sudados, tomando las cervezas que quedaban. Rosa se rió.

—Lupe se lo pierde. Pero no te preocupes… yo no me bloqueo fácil.

Kevin sonrió, pero en el fondo seguía pensando en Lupe. Rosa se quedó hasta la medianoche: volvieron a follar en la terraza, contra la baranda, bajo la luna. Ella se fue satisfecha, con el coño hinchado y una promesa de “nos vemos pronto”.

Kevin se quedó solo otra vez. Miró el teléfono, el chat bloqueado con Lupe. No intentó desbloquearlo. Solo apagó la luz y se durmió pensando en las dos mujeres que había perdido de formas distintas.

Mientras tanto, en casa de Lupe, ella y Anny cenaban pizza viendo una película. Anny reía con algo en la pantalla. Lupe la miró y sintió una paz extraña. No sabía cuánto duraría, pero por ahora era suficiente.

Rosa no le contó nada a Lupe. Y Lupe no preguntó. El silencio entre ellas se hizo más cómodo, más seguro. Kevin siguió en su mundo, Rosa en el suyo, y el viejo… el viejo seguía esperando una llamada que ya no llegaba.

La historia no terminó. Solo cambió de ritmo.







Kevin y Rosa empezaron a verse a escondidas casi de inmediato, como si el bloqueo de Lupe hubiera abierto una puerta que ninguno de los dos sabía que existía. Al principio fue casual: un mensaje de Kevin el lunes siguiente, preguntando si Rosa quería “tomar algo para desahogarse”. Ella respondió con un emoji de fuego y una dirección de un bar discreto en Surquillo. Se encontraron esa misma noche. Tomaron dos cervezas, hablaron de Lupe (de cómo se había cerrado, de cómo el viejo seguía mandando mensajes coquetos a Rosa pero ella los dejaba en visto), y terminaron en el departamento de él antes de la medianoche.

La primera vez fue rápida y urgente: Rosa se subió encima de él en el sofá, le bajó el bóxer con los dientes y lo cabalgó hasta que ambos se corrieron gritando. No hablaron mucho después. Solo fumaron un cigarrillo en la terraza y se despidieron con un beso que prometía repetición.

A partir de ahí se volvieron rutina secreta. Dos, tres veces por semana. Siempre en el departamento de Kevin, nunca en casa de Rosa ni en lugares públicos donde alguien pudiera verlos. Rosa llegaba con shorts cortos y blusas sueltas, se quitaba la ropa en la puerta y se dejaba llevar. Kevin la follaba en todas las posiciones que se le ocurrían: contra la pared del pasillo, en la cocina sobre la encimera, en la terraza con la baranda como apoyo, en la cama con las luces apagadas. Rosa gemía más fuerte que con el viejo, le pedía “rómpeme el culo como querías hacérselo a Lupe”, y Kevin obedecía: lubricante, dedos primero, luego la verga entera, embestidas profundas que la hacían temblar y correrse una y otra vez.

Se volvían adictos al secreto. Rosa le mandaba fotos desde el trabajo: una selfie con la blusa abierta en el baño de la oficina, caption “pensando en ti”. Kevin respondía con videos cortos de él masturbándose lento, diciendo su nombre. Ninguno mencionaba a Lupe más que de pasada. El viejo tampoco: Rosa lo mantenía en stand-by con excusas vagas (“estoy ocupada”, “tengo gripe”), y él dejaba de insistir después de un par de semanas.

Pasaron dos meses así. Encuentros furtivos, sexo crudo y sin compromisos, cervezas después para bajar la adrenalina. Rosa se sentía joven otra vez, Kevin se sentía deseado de verdad. Ninguno quería etiquetarlo.

Una noche de viernes —la misma rutina: Rosa llega a las 10 pm con una mini falda vaquera y una camiseta corta, sin sostén, sin tanga—, Kevin la recibe en bóxer y la lleva directo a la terraza. La pone en cuatro contra la baranda, le levanta la falda y se la mete en el coño primero, duro y rápido. Rosa gime, empuja hacia atrás, le pide “más fuerte, cabrón”. Él obedece, le agarra el pelo gris con una mano, le mete dos dedos en el culo con la otra. Se corren casi al mismo tiempo: ella temblando, él llenándola por dentro.

Se quedan jadeando un rato, todavía unidos. Kevin la abraza por detrás, le besa el cuello sudoroso. Luego, con la verga todavía semi-dura dentro de ella, le susurra al oído, voz ronca y baja:

—Rosa… quiero pedirte algo.

Ella se ríe bajito, todavía temblando del orgasmo.

—¿Qué, chibolo? ¿Quieres que te chupe otra vez?

—No. Quiero que hables con Lupe.

Rosa se tensa un poco, pero no se aparta.

—¿Para qué?

—Quiero verla de nuevo. Solo a ella. No con el viejo, no con nadie más. Solo nosotros dos. Dile que lo siento, que no volverá a pasar lo de esa noche. Que la extraño… que no es solo sexo. Que extraño cómo me miraba.

Rosa se queda callada un segundo largo. Luego se gira despacio, lo mira a los ojos mientras él todavía está dentro.

—¿Estás enamorado de ella?

Kevin baja la mirada.

—No lo sé. Pero no puedo sacármela de la cabeza. Y contigo… está bueno, está muy bueno. Pero no es lo mismo.

Rosa se ríe suave, casi con ternura. Se aparta despacio, el semen escurriéndose por sus muslos, y se sienta en la silla de la terraza.

—Eres un idiota romántico, Kevin. Lupe me bloqueó a mí también hace unas semanas. Dice que necesita espacio, que está con Anny. No contesta mis mensajes largos. Solo “bien, gracias” y emojis.

Kevin suspira, se sienta a su lado, desnudo y vulnerable.

—Entonces… ¿me ayudas?

Rosa lo mira fijo, toma una cerveza tibia de la mesa y da un trago.

—Puedo intentarlo. Le mando un mensaje diciendo que te vi, que estás hecho ******, que solo quieres hablar. Pero si me dice que no, no insisto. Y si acepta… no me metas en medio. Esto entre nosotros termina ahí.

Kevin asiente.

—Gracias.

Rosa se levanta, se arregla la falda, le da un beso corto en la boca.

—Esta fue la última vez, entonces. Hasta que hables con ella… o hasta que ella me diga que no quiere saber nada más.

Se va sin mirar atrás. Kevin se queda solo en la terraza, mirando el mar negro, la verga todavía húmeda de ella, el corazón pesado.

Al día siguiente, Rosa le manda un mensaje a Lupe:

Rosa (10:32 am): Lupe, sé que estás en modo mamá y lo respeto. Pero Kevin me pidió que te dijera algo. Está arrepentido de esa noche. Quiere verte, solo hablar. Nada más. Si quieres, le digo que no. Si no… dame luz verde y le paso tu número nuevo (porque sé que lo bloqueaste).

Lupe lee el mensaje en la cocina, mientras Anny desayuna. No responde de inmediato. Solo cierra el teléfono y mira por la ventana.

El secreto de Rosa y Kevin había durado lo que tenía que durar. Ahora dependía de Lupe si quería abrir esa puerta otra vez… o cerrarla para siempre.





Lupe tomó la decisión casi de golpe, como si hubiera estado esperando una excusa para escapar. Anny había recibido una beca corta para un programa de intercambio en España: tres meses en Madrid, clases de literatura y talleres de escritura creativa. Lupe, que nunca había salido del país, vio la oportunidad perfecta. Vendió unas joyas viejas, pidió un préstamo pequeño al banco y compró los pasajes. “Vamos juntas, hijita. Yo te acompaño. Será nuestro tiempo”. Anny lloró de emoción; Lupe sintió que, por fin, estaba haciendo algo correcto como madre.

Partieron a mediados de octubre. Lupe dejó la casa cerrada, le dio las llaves a una vecina de confianza y bloqueó casi todos los contactos en su teléfono. El viejo, Rosa, Kevin… todos quedaron atrás. Durante los tres meses, Lupe caminó por el Retiro, vio museos con Anny, aprendió a pedir café con leche en bares pequeños, se rio de verdad por primera vez en mucho tiempo. Anny floreció: escribió cuentos que leía en voz alta por las noches, hizo amigas españolas, dejó de mirar el teléfono cada cinco minutos. Lupe no volvió a mencionar a nadie del pasado. No necesitaba hacerlo. El silencio le sentaba bien.

Mientras tanto, en Lima, Rosa y Kevin se hicieron más amigos de lo que ninguno esperaba. Al principio fue por conveniencia: mensajes casuales, “¿cómo estás?”, “¿viste que Lupe se fue?”, “¿tomamos algo?”. Luego se volvieron hábito. Salían a bares baratos en Miraflores, caminaban por la costa de Barranco, follaban en el departamento de él sin promesas ni dramas. Rosa le contaba anécdotas del viejo (que seguía mandándole mensajes esporádicos, pero ella los ignoraba), Kevin le hablaba de sus días en obra, de cómo extrañaba a Lupe pero ya no tanto. Se volvían cómplices: sexo crudo, risas sucias, cervezas después. No era amor. Era compañía cómoda y caliente.

Una noche de noviembre, Rosa llegó al departamento de Kevin con una botella de pisco y ganas de desahogarse. “El trabajo me tiene harta”, dijo al entrar. Kevin la recibió con un beso largo, le quitó la blusa en la puerta y la llevó directo al sofá. La follada fue loca desde el principio: Rosa de rodillas chupándosela con ruido deliberado, Kevin agarrándole el pelo y empujando hasta la garganta; luego él la tumbó boca abajo, le abrió las nalgas y se la metió en el culo sin mucho preámbulo, lubricante de saliva y ganas. Rosa gritaba “más fuerte, cabrón, rómpeme”, y él obedecía, alternando agujeros, nalgueándola hasta dejarla roja. Se corrieron los dos al mismo tiempo, sudados y jadeantes.

Pero cuando Rosa se levantó para ir al baño, oyó voces en la sala. Kevin había abierto la puerta. Dos amigos suyos —Julián y Marco, muchachos de la obra, veintitantos, cuerpos de gimnasio y sonrisas confiadas— habían llegado sin aviso. Estaban sentados en el sofá con cervezas en la mano, mirando a Rosa salir desnuda, el culo marcado y el semen todavía goteando por el muslo.

Rosa se congeló un segundo, pero luego se rió fuerte.

—¿Esto es una emboscada, Kevin?

Kevin se acercó, todavía desnudo, y le pasó un brazo por la cintura.

—Vinieron a tomar. No sabía que llegarían tan temprano. ¿Te molesta?

Rosa miró a los dos chicos: Julián alto y moreno, Marco más delgado pero con ojos hambrientos. Se encogió de hombros.

—No me molesta. Pero si quieren ver show, que paguen con tragos.

Los cuatro terminaron en la terraza: cervezas, pisco, reggaetón bajito de fondo. Rosa se sentó en el regazo de Kevin, le besaba el cuello mientras los otros miraban sin disimulo. Julián le pasó un vaso, Marco hizo un chiste sucio. El alcohol subió rápido. Rosa se quitó la camiseta que se había puesto a medias, quedó en topless, tetas grandes brillando bajo la luz tenue. Kevin le metió la mano entre las piernas, frotándola despacio mientras hablaba con los amigos como si nada.

La noche se calentó más. Rosa se levantó, se acercó a Julián y le dio un beso en la boca, lengua incluida. Marco se unió, tocándole las tetas desde atrás. Kevin observaba, la verga dura otra vez. Rosa se arrodilló entre los tres, chupándolos por turnos: primero Kevin, luego Julián, luego Marco, alternando con las manos. Los gemidos llenaban la terraza.

Pero cuando Kevin la levantó y la puso en cuatro sobre la mesa baja, dispuesto a que los tres la turnaran, Rosa sintió algo raro. No era miedo. Era… vacío. Se apartó un segundo, se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Esperen.

Kevin la miró confundido.

—¿Qué pasa?

Rosa se puso la camiseta, agarró su bolso.

—Esto está bueno… pero no. No hoy. No con ustedes tres.

Los chicos se quedaron quietos. Kevin intentó agarrarla por la cintura.

—Rosa, relájate. Solo…

—No —cortó ella, voz firme—. Me voy.

Kevin se acercó más, le susurró al oído, voz baja para que los otros no oyeran:

—Quédate. Mañana hablamos. Quiero que seas mía… solo mía. Sin viejos, sin amigos. Solo nosotros.

Rosa lo miró fijo un segundo. Luego negó con la cabeza, suave pero decidida.

—No, Kevin. No soy de nadie. Ni tuya, ni de Lupe, ni del viejo. Me voy a casa.

Salió sin mirar atrás. Bajó las escaleras, llamó un taxi y se fue. En el asiento trasero, se miró en el reflejo de la ventana: pelo revuelto, labios hinchados, marcas en las tetas. Sonrió leve.

Al día siguiente, le escribió a Lupe —que ya estaba de vuelta en Lima desde hacía una semana, pero aún no se habían visto—:

Rosa (11:47 am): Volví a casa anoche. Kevin y sus amigos quisieron fiesta loca. Me fui antes de que pasara. Creo que ya no quiero esto. ¿Nos vemos para tomar café? Sin dramas. Solo amigas.

Lupe leyó el mensaje mientras Anny dormía la siesta. No respondió de inmediato. Pero guardó el teléfono con una pequeña sonrisa. El ciclo se estaba rompiendo. Y quizás, solo quizás, era hora de que todas empezaran de nuevo.







Los tres meses que Lupe estuvo en España fueron un vacío silencioso para Rosa. Al principio no lo notó tanto: seguía trabajando, saliendo con Kevin de vez en cuando, ignorando los mensajes esporádicos del viejo. Pero poco a poco, el silencio de Lupe se hizo pesado. Rosa le mandaba mensajes cada quince días —“¿cómo estás por allá?”, “Anny cómo va con los estudios?”, “te extraño, amiga”—, y siempre recibía respuestas cortas o nada. Lupe había cambiado el número al volver (o al menos eso parecía), y Rosa se quedó sin forma de contactarla directamente. El chat se congeló en un “llegamos bien, hablamos pronto” que nunca llegó.

Rosa empezó a darse cuenta de lo sola que estaba. Sus amigas del trabajo eran solo compañeras de oficina, no confidentes. No tenía con quién hablar de lo que realmente le pasaba: el morbo que la consumía, la culpa que le quedaba después de cada encuentro con Kevin, la nostalgia por las noches en que Lupe y ella se contaban todo sin filtros. Kevin era sexo y compañía, pero no era amiga. El viejo era un recuerdo tóxico. Y Lupe… Lupe se había ido sin mirar atrás.

Una tarde de enero, sola en su departamento con una botella de vino a medio terminar, Rosa abrió el chat bloqueado con Lupe y escribió un mensaje que nunca envió: “Me siento como ****** sin ti. No tengo a nadie con quien hablar de verdad”. Lo borró, lloró un rato en silencio y se sirvió otro vaso. Esa noche le escribió a Kevin:

Rosa (8:47 pm): Estoy aburrida y sola. ¿Estás en casa?

Kevin (8:49 pm): Sí. Ven. Traje amigos. Julián y Marco están aquí. Solo tomando. Si quieres compañía.

Rosa dudó cinco minutos. Recordó la noche en que se fue antes de que empezara la fiesta loca. Recordó cómo se sintió poderosa al decir “no”. Pero esta vez no quería decir no. Quería sentirse deseada, llena, distraída de la soledad que le carcomía el pecho.

Rosa (8:55 pm): Voy en 20. Prepárame un trago fuerte.

Llegó al departamento de Kevin con un short de jean cortísimo, una blusa blanca de botones abierta hasta el ombligo y tacones. Sin sostén, sin tanga. Kevin abrió la puerta con una sonrisa que ya conocía bien. Adentro, Julián y Marco estaban en el sofá con cervezas, música baja de fondo, luces tenues. Los dos la miraron como si hubieran estado esperando.

—Bienvenida, reina —dijo Julián, levantando su vaso.

Rosa entró, dejó el bolso en la mesa y se sentó entre Kevin y Marco. Kevin le pasó un ron con cola fuerte. Bebieron rápido. Hablaron ******: del trabajo, del calor de Lima, de anécdotas tontas. Rosa se reía más fuerte de lo normal, dejaba que las manos de Kevin le rozaran el muslo, que Marco le pasara el brazo por los hombros. El alcohol subió rápido.

Kevin fue el primero en besarla, profundo, lengua enredada. Rosa respondió, se subió a su regazo y empezó a frotarse contra él. Julián se acercó por detrás, le desabrochó la blusa y le agarró las tetas, pellizcándole los pezones. Marco se unió, le besó el cuello, le metió la mano por debajo del short y encontró el coño mojado.

Rosa no dijo que no esta vez. Se dejó llevar. Se arrodilló en el piso de la terraza, chupándolos por turnos: primero Kevin, profundo hasta la garganta; luego Julián, lamiéndole las bolas; luego Marco, alternando con la mano. Los tres gemían, le agarraban el pelo, le decían “qué puta buena eres, Rosa”.

Kevin la levantó, la puso en cuatro sobre la mesa baja. Le levantó el short hasta la cintura y se la metió en el coño de una embestida. Rosa gritó, empujando hacia atrás. Julián se puso delante, le metió la verga en la boca. Marco se arrodilló atrás, le lamió el culo mientras Kevin la follaba. Cambiaron posiciones: Rosa cabalgando a Julián, Kevin metiéndosela por el culo al mismo tiempo, Marco chupándole las tetas y masturbándose.

La follada fue larga y descontrolada. Doble penetración, turnos en cada agujero, semen en la cara, en las tetas, dentro. Rosa se corrió varias veces, gritando nombres, temblando, sudando. Los chicos se corrieron uno tras otro: primero Marco en su boca, luego Julián dentro del coño, Kevin al final en el culo, llenándola hasta que goteaba.

Se quedaron en la terraza hasta las tres de la mañana, exhaustos, riendo entre jadeos, tomando lo que quedaba de ron. Rosa se sintió llena, usada, viva. Pero cuando los chicos se fueron (Julián y Marco se despidieron con besos en la mejilla y promesas de “pronto repetimos”), y Kevin la abrazó por detrás en la cama, Rosa se quedó mirando el techo.

Kevin le besó el hombro.

—¿Estás bien?

Rosa asintió, pero no dijo nada. En su cabeza, una voz repetía: “Esto no es lo que quiero. No es Lupe. No es amistad. Es solo carne”.

A la mañana siguiente, se levantó temprano, se duchó en silencio y se fue sin despertar a Kevin. Le dejó una nota en la mesa:

“No me busques por unos días. Necesito pensar. Gracias por anoche, pero… ya no sé si esto soy yo”.

Caminó de regreso a casa con el cuerpo dolorido y el alma más vacía que nunca. Abrió el chat con Lupe —aún bloqueado— y escribió un mensaje que nunca enviaría:

“Te extraño más de lo que pensé. Vuelve pronto. O dime que no quieres volver a verme. Pero dime algo”.

Lo borró. Se metió a la cama sola y durmió hasta la tarde.

El ciclo seguía girando, pero Rosa empezaba a sentir que ya no quería ser parte de él. Quizás era hora de buscar algo diferente. O quizás solo era hora de esperar a que Lupe regresara… y decidiera por las dos.







Al día siguiente, Rosa se levantó tarde, con el cuerpo pesado y la cabeza latiéndole por el alcohol y la maratón de la noche anterior. Se miró en el espejo del baño: labios hinchados, marcas rojas en las tetas y en las caderas, un moretón sutil en el muslo donde alguien la había agarrado fuerte. Se duchó con agua caliente hasta que la piel se le puso roja, se puso ropa cómoda —leggings negros y una sudadera oversized— y decidió que ese sábado sería solo para ella.

Pasó la mañana limpiando el departamento: aspiró el piso, lavó la ropa acumulada, preparó un café fuerte y se sentó en el balcón a leer un libro que tenía pendiente desde hacía meses. No miró el teléfono hasta después del mediodía. Cuando lo hizo, tenía varios mensajes de Kevin:

Kevin (10:18 am): Anoche estuvo brutal. ¿Estás bien? Julián y Marco no paran de hablar de ti.

Kevin (11:45 am): Oye, ¿te animas este fin de semana? Julián dice que podemos ir a su casa, es más grande, tiene piscina y todo. Solo nosotros cuatro otra vez. Sin presión.

Kevin (1:03 pm): Rosa, responde. No me dejes en visto.

Rosa suspiró, tomó un sorbo de café frío y respondió:

Rosa (1:12 pm): Estoy bien. Solo necesitaba dormir. Lo de anoche estuvo intenso, pero no me arrepiento. Este fin de semana… sí, voy. Pero con una condición: si hay sexo, será solo con uno de ustedes. Decidan entre los tres quién va a ser. Yo elijo después de llegar, pero solo uno. Nada de turnos ni gangbang. Si no aceptan, no voy.

Hubo silencio unos minutos. Luego llegó la respuesta:

Kevin (1:18 pm): Aceptado. Hablamos con los chicos. Te aviso quién ganó el “sorteo”. 😈 Julián dice que su casa está lista para el sábado a las 9 pm. Trae lo que quieras ponerte… o no ponerte nada.

Rosa (1:20 pm): Perfecto. Nos vemos el sábado. Y Kevin… nada de sorpresas esta vez. Lo que pase, pasa conmigo y uno solo.

El resto del día Rosa lo dedicó a sus cosas: fue al supermercado, compró frutas y verduras, cocinó un lomo saltado para comer sola frente a la tele, llamó a su mamá para charlar de cosas banales. No pensó mucho en la noche que venía. O al menos eso se dijo a sí misma.

El sábado por la tarde se preparó con calma. Se depiló entera, se puso crema corporal con olor a vainilla, eligió un vestido corto rojo ceñido que apenas le cubría el culo, escote profundo y espalda descubierta. Debajo, tanga roja de encaje y sostén a juego —esta vez sí se puso algo, porque quería sentirse sexy pero con control—. Tacones negros altos. Se miró al espejo y sonrió: “Solo uno. Tú decides al final”.

Llegó a la casa de Julián a las 9:15 pm. Era un departamento amplio en La Molina, con terraza grande, piscina pequeña iluminada de azul y música suave de fondo. Kevin abrió la puerta con una cerveza en la mano, la besó en la boca sin decir hola y la hizo pasar.

Adentro estaban Julián y Marco: Julián en short de baño y camiseta, Marco con jeans y polo. Los tres la miraron con esa hambre que ya conocía bien. Había ron, cerveza, snacks en la mesa. Rosa se sentó en el sofá entre Kevin y Julián, aceptó un trago y dejó que la conversación fluyera: risas, anécdotas, comentarios subidos de tono que iban calentando el ambiente.

Después de tres rondas de tragos, Kevin le susurró al oído:

—Decidimos. Gané yo. Julián y Marco aceptaron que esta vez sea solo conmigo. Quieren verte, pero no tocan. Solo miran… si tú quieres.

Rosa miró a los otros dos. Julián asintió con una sonrisa torcida. Marco levantó su vaso en brindis silencioso.

Ella se levantó despacio, se quitó los tacones y caminó hacia la terraza. Los tres la siguieron. Se paró al borde de la piscina, se bajó los tirantes del vestido y lo dejó caer al piso. Quedó en tanga y sostén rojo, el cuerpo brillando bajo las luces azules.

—Solo tú, Kevin —dijo, mirándolo fijo—. Los demás miran. Y si me gusta… quizás después les deje ver más.

Kevin se acercó, la besó profundo y la llevó al borde de la piscina. La sentó allí, le abrió las piernas y se arrodilló en el agua poco profunda. Le quitó la tanga con los dientes, le lamió el coño despacio mientras Julián y Marco miraban desde las sillas, masturbándose lento. Rosa gimió, agarrándole el pelo, empujando contra su boca.

Luego Kevin se levantó, se quitó el short y la penetró allí mismo, de pie en el agua, embistiéndola fuerte mientras ella se agarraba de sus hombros. Los otros dos observaban en silencio, excitados pero sin tocar. Rosa se corrió primero, temblando, gritando su nombre. Kevin siguió hasta que se corrió dentro, llenándola, jadeando contra su cuello.

Después se sentaron todos en las sillas de la terraza, desnudos o semidesnudos, tomando lo que quedaba. Rosa se sintió poderosa: había marcado el límite, había decidido, y aun así había sido follada como quería.

Cuando se fue a las 2 am, Kevin la acompañó a la puerta.

—¿La próxima vez… solo nosotros dos?

Rosa sonrió, le dio un beso corto.

—Quizás. Pero por ahora… disfruta que te dejé ganar esta vez.

Se fue en taxi, con el cuerpo satisfecho y la cabeza más clara. No le escribió a Lupe esa noche. Pero guardó el teléfono con una certeza nueva: ya no necesitaba que alguien más decidiera por ella.







Kevin y Rosa empezaron a salir como amigos, sin la presión del sexo inmediato ni de los amigos de él. Al principio fue simple: mensajes casuales por la tarde, “¿salimos a tomar algo?”, “estoy aburrido, acompáñame a caminar por la costa”. Rosa aceptaba porque la soledad le pesaba y Kevin, a pesar de todo, era buena compañía cuando no intentaba empujar límites.

Durante varias noches se volvieron inseparables de una forma tranquila y cómplice. Paseaban por el Malecón de Miraflores al atardecer, tomaban cerveza en bares pequeños de Barranco, se sentaban en la playa oscura a hablar de todo: del trabajo de ella, de las obras de él, de cómo Lupe seguía sin dar señales de vida desde España, de lo vacío que se sentía Lima sin esa amistad que Rosa extrañaba tanto. Reían con estupideces, se contaban secretos tontos, se abrazaban al despedirse sin que pasara a más. Kevin dejó de mencionar orgías o amigos. Rosa empezó a relajarse con él.

Pero Kevin tenía un lado que no se apagaba del todo: le gustaba el riesgo, el morbo compartido, la idea de empujar a Rosa a hacer cosas que la sacaran de su zona segura. Y poco a poco, empezó a pedírselo, siempre en privado, siempre como un juego entre ellos dos.

La primera vez fue una noche de jueves, después de tomar en un bar de Surquillo. Estaban en el departamento de Kevin, sentados en la terraza con el último trago en la mano. Él la miró fijo y le dijo bajito:

—Quiero que hagamos algo loco… solo nosotros. Nada de amigos. Solo tú y yo controlando.

Rosa levantó una ceja, curiosa.

—¿Qué tienes en mente?

Kevin sacó el teléfono y abrió una app de videollamada anónima que usaba para contactos casuales.

—Haz una videollamada. Conéctate a un desconocido de mis redes. Alguien que no conozcas. Y mientras hablas con él… te sacas toda la ropa. Despacio. Le muestras todo. Yo miro desde aquí, sin que él me vea. Tú decides cuánto tiempo dura.

Rosa dudó, pero el ron y la adrenalina la empujaron. Aceptó. Kevin le pasó un contacto random de su lista —un tipo que ni siquiera recordaba bien—. La llamada entró. El desconocido apareció en pantalla: un hombre de unos 35, en su habitación, curioso. Rosa sonrió coqueta, empezó a hablar banalidades (“hola, ¿qué haces despierto tan tarde?”), y mientras charlaba, se desabrochó la blusa despacio, dejó caer los tirantes del sostén, se bajó los shorts. Quedó desnuda en la terraza, tetas al aire, coño expuesto a la cámara. El tipo se quedó mudo, excitado, pidiéndole más. Rosa se tocó un poco, gimió bajito para él, pero cortó la llamada después de cinco minutos. Kevin la miró con ojos brillantes, la besó fuerte y la folló allí mismo, contra la baranda, mientras le susurraba “eres una puta increíble”.

La segunda vez fue unos días después, en el tren eléctrico de Lima, hora punta. Kevin la acompañó como si fueran pareja normal. Estaban apretados en el vagón lleno. Él le susurró al oído:

—Quiero que dejes que un extraño te toque. El que elijas. Manosearte, puntearte, besarte de lengua. Yo miro desde dos pasos atrás. No intervengo. Tú controlas.

Rosa sintió el pulso acelerarse. Miró alrededor: un hombre de traje, unos 40 años, cerca de ella, mirándola de reojo. Se acercó un poco más, rozó su brazo “sin querer”. Rosa no se apartó. El tipo entendió la señal. Metió la mano por debajo de la falda corta que llevaba, le tocó el culo, luego el coño por encima de la tanga. Rosa abrió un poco las piernas, dejó que le metiera un dedo despacio. El tren se movía, la gente apretada, nadie notaba nada. El hombre se atrevió más: le bajó la tanga un poco, le punteó el clítoris, luego la besó de lengua cuando el vagón se detuvo en una estación. Rosa respondió el beso, gimió bajito contra su boca. Kevin observaba desde atrás, excitado, sin tocar. Cuando el tren arrancó de nuevo, Rosa se apartó, se arregló la falda y caminó hacia Kevin. Bajaron en la siguiente estación. En el departamento, él la folló como animal, preguntándole detalles mientras la penetraba: “¿te gustó su lengua? ¿te mojaste cuando te metió el dedo?”.

La tercera petición llegó una semana después, en una noche tranquila. Estaban en casa de Rosa esta vez, tomando vino en la sala. Kevin le dijo:

—Quiero que tu vecino vea. El de la ventana de enfrente. Ese que siempre mira cuando pasas. Cambia de ropa con la luz encendida, quítate todo despacio, duerme desnuda con las cortinas abiertas. Yo estaré aquí contigo, pero él no sabrá que estoy. Solo verá tu cuerpo.

Rosa sintió un escalofrío de vergüenza y excitación. Aceptó. Esa noche, con Kevin escondido en la oscuridad de la habitación, encendió la luz del dormitorio. Se paró frente a la ventana, se quitó la blusa despacio, el sostén, la falda, la tanga. Quedó desnuda, se miró al espejo como si se arreglara, se tocó las tetas, se pasó las manos por el cuerpo. Vio la silueta del vecino en la ventana de enfrente, inmóvil, mirando. Se metió a la cama, se acostó de lado con las piernas entreabiertas, la luz encendida un rato más antes de apagarla. Kevin la abrazó en la oscuridad, la penetró despacio mientras le susurraba “lo estás volviendo loco… y a mí también”.

Después de eso, Rosa se quedó callada un rato largo. Kevin la besó en el hombro.

—¿Te gustó?

Ella asintió, pero dijo bajito:

—Me gustó… pero cada vez necesito más. Y no sé si eso es bueno.

Kevin no respondió. Solo la abrazó más fuerte.

Los dos sabían que el juego seguía escalando. Y que, tarde o temprano, tendrían que decidir si paraban… o si seguían hasta romperse del todo.







Al día siguiente, mientras Rosa tomaba su café matutino en el balcón, el teléfono vibró con un mensaje de Kevin:

Kevin (9:22 am): Buenos días, reina. Anoche no paré de pensar en lo de la videollamada. Me encantó verte exponerte así. Tengo una idea más loca: invita al mismo desconocido (o a uno nuevo) a tu casa. Una cena simple. Pero no tengas nada puesto debajo de la mesa. Solo una bata o un vestido ligero que se abra fácil. Conócelo en persona. Habla, ríe, tómalo de la mano si quieres. Nada más. Solo cena y conversación. Yo escucho todo por teléfono (ponlo en altavoz o en llamada conmigo desde el principio). Quiero oír tu voz, sus preguntas, cómo te mira sin saber que estás desnuda debajo.

Rosa leyó el mensaje dos veces. Sintió un nudo en el estómago: excitación mezclada con rechazo inmediato. Respondió rápido:

Rosa (9:28 am): No, Kevin. Eso ya cruza una línea. La videollamada fue un juego. Invitar a un extraño a mi casa… no. No quiero.

Kevin no se rindió. Durante los siguientes días, los mensajes fueron constantes, siempre suaves, siempre insistentes, siempre envueltos en halagos y promesas de control:

Kevin (día 2, 11:47 am): Solo cena. No tienes que tocarlo. Solo verte deseada por alguien que no sabe nada de ti. Yo estaré en la llamada, escuchando cada palabra. Seré tu sombra. Tú mandas.

Kevin (día 3, 7:15 pm): Piensa en lo mojada que te pusiste con la videollamada. Imagina eso pero real: él sentado frente a ti, oliendo tu perfume, mirándote a los ojos mientras sabe que debajo de la mesa estás desnuda para mí. No para él. Para mí.

Kevin (día 4, 2:03 am): No te pido que lo folles. Solo que lo invites. Que sientas esa adrenalina de tenerlo en tu espacio, vulnerable pero intocable. Yo escucho todo. Si en cualquier momento quieres que corte, dices “buenas noches” y se va. Tú tienes el poder.

Rosa contestaba con negaciones cortas al principio: “No”, “Ya te dije que no”, “Para con eso”. Pero Kevin era paciente. Cada día volvía con una variante más suave, más tentadora, más centrada en el control que ella tendría. Le mandaba audios susurrando cómo se pondría duro solo de oírla hablar con el desconocido, de imaginarla sentada con las piernas cruzadas ocultando su desnudez, de saber que todo era por él.

El día 6, Rosa cedió.

No fue un “sí” entusiasta. Fue un “está bien… pero solo cena. Nada más. Y tú escuchas todo desde el principio hasta el final. Si digo que pare, paras la llamada o le digo que se vaya. Y si me siento incómoda, se acaba”.

Kevin respondió casi al instante:

Kevin (8:41 pm): Perfecto. Elige el día. Yo te paso el contacto del tipo de la videollamada (se llama Diego, 37 años, trabaja en marketing, vive cerca). Dile que es una cena casual para conocerse mejor después de la llamada. Ponte lo que quieras por fuera… pero nada debajo. Te llamo cuando llegue y pongo altavoz. Estaré en silencio todo el tiempo. Solo escuchando.

Rosa tardó dos días en escribirle a Diego. Le mandó un mensaje corto y coqueto: “Hola, ¿te acuerdas de mí de la videollamada? Me quedé con ganas de charlar en persona. ¿Te animas a una cena en mi casa este viernes? Nada formal, solo vino y conversación”.

Diego aceptó rápido. Demasiado rápido.

El viernes por la tarde Rosa preparó todo: mesa para dos, pasta con salsa de tomate, ensalada, una botella de vino tinto. Se duchó, se perfumó, se puso un vestido negro largo hasta los tobillos pero con escote profundo y tela fina. Debajo: absolutamente nada. Se miró al espejo, se levantó el vestido para confirmar: coño expuesto, pezones duros contra la tela. Sintió un escalofrío de vergüenza y excitación.

A las 8 pm llegó Diego. Rosa abrió la puerta sonriendo, lo hizo pasar, le dio un beso en la mejilla. Lo sentó a la mesa, sirvió vino, puso música suave. Antes de empezar a comer, le dijo con voz casual:

—Oye, tengo una amiga al teléfono que quiere escuchar nuestra charla. Es un juego tonto. ¿Te molesta si pongo altavoz?

Diego se rió, intrigado.

—No, para nada. Suena divertido.

Rosa marcó a Kevin. Contestó al primer tono. No dijo nada. Solo se quedó en silencio, escuchando.

La cena transcurrió normal al principio: hablaron de trabajo, de Lima, de gustos. Diego era educado, simpático, hacía preguntas sobre ella. Rosa se reía, cruzaba y descruzaba las piernas bajo la mesa, sintiendo el aire fresco en su coño desnudo. Kevin escuchaba cada palabra, cada risa, cada pausa.

En un momento, Diego estiró la mano y le rozó los dedos.

—Eres más linda en persona —dijo.

Rosa sonrió, no retiró la mano.

—Gracias. Tú también.

La conversación se calentó un poco: comentarios sobre la videollamada, sobre lo que le había gustado ver. Diego se acercó más, le acarició el brazo. Rosa no se apartó. Bajo la mesa, abrió un poco las piernas, sintiendo el aire y la mirada de él que bajaba disimuladamente al escote.

Kevin seguía en silencio. Rosa sabía que estaba ahí, oyendo todo. Eso la mojaba más que cualquier toque.

La cena terminó. Diego se levantó para irse. En la puerta, la besó en los labios, suave al principio, luego con lengua. Rosa respondió un segundo, luego se apartó con una sonrisa.

—Fue lindo conocerte. Buenas noches.

Cerró la puerta. Esperó a oír los pasos alejarse por el pasillo. Luego tomó el teléfono.

—¿Seguiste escuchando todo?

Kevin respondió, voz ronca:

—Todo. Cada palabra. Cada beso. Me puse duro solo de oírte.

Rosa se apoyó en la puerta, se levantó el vestido y se tocó despacio.

—Ven mañana. Quiero que me folles sabiendo que él estuvo aquí… y que tú lo oíste todo.

Kevin solo dijo:

—Mañana a las 9. Prepárate.

Rosa colgó, se fue a la cama desnuda y se masturbó pensando en la voz silenciosa de Kevin al teléfono, en la lengua de Diego, en el poder que había sentido al decidir hasta dónde llegar.

El juego seguía. Pero ahora, Rosa sentía que era ella quien ponía las reglas. O al menos, eso quería creer.







Rosa despertó el domingo con la cabeza pesada y el teléfono en silencio. La noche anterior había sido un torbellino de sensaciones —el vino, la cena, la voz de Diego, el silencio atento de Kevin al teléfono—, pero ahora solo quedaba el eco de su propia excitación y una extraña inquietud. Se estiró en la cama, revisó el teléfono: nada. Ni un mensaje de Kevin, ni un “buenos días”, ni un “qué tal anoche”. Bloqueó la pantalla y se levantó.

Llamó a Kevin esa misma mañana, alrededor de las 11. Sonó varias veces y saltó el buzón de voz. Rosa frunció el ceño, dejó un audio corto:

—Kevin, ¿estás bien? Anoche estuvo… intenso. Llámame cuando puedas.

No respondió. Pasó el día en casa, limpiando, viendo series, intentando no mirar el teléfono cada cinco minutos. Al atardecer volvió a llamar. Otra vez buzón. Mandó un mensaje:

Rosa (6:42 pm): ¿Estás ocupado? Quiero saber qué pensaste de anoche. Contéstame, por favor.

Nada.

El lunes fue igual. Llamada al mediodía: buzón. Mensaje por la tarde: leído y sin respuesta. Rosa empezó a sentir un nudo en el estómago que no era solo ansiedad. Era algo más oscuro: la sensación de haber sido usada para su propio juego y luego descartada. El martes llamó dos veces. Buzón las dos. Mensaje largo al final:

Rosa (8:19 pm): Kevin, no me dejes en visto. Si te molestó algo de la cena con Diego, dímelo. Si te excitó tanto que no sabes qué decir, también dímelo. Pero no desaparezcas. No soy de las que ruegan, pero merezco una respuesta.

Silencio absoluto.

Los días siguientes fueron un calvario lento. Rosa seguía con su rutina —trabajo, mercado, gimnasio por las tardes—, pero cada vez que el teléfono vibraba, el corazón le saltaba. Siempre era otra persona. Kevin se había convertido en un fantasma. El miércoles y jueves fueron iguales: llamadas ignoradas, mensajes leídos pero sin respuesta. Rosa empezó a dudar de todo: ¿había ido demasiado lejos? ¿Se había sentido incómodo escuchando a Diego? ¿O simplemente se había aburrido después de conseguir lo que quería?

Llegó el sábado por la tarde. Rosa estaba en la cocina preparando un café cuando el teléfono vibró. Era un mensaje de Diego, no de Kevin:

Diego (4:37 pm): Hola Rosa, ¿cómo estás? Me quedé con ganas de verte de nuevo. ¿Te animas a tomar algo esta noche en tu casa? Traigo vino y buena charla. 😉

Rosa se quedó mirando la pantalla. El pulso se le aceleró. No era Kevin. Era Diego. El desconocido que había estado en su mesa, que la había besado en la puerta, que había visto su escote y había imaginado lo que había debajo. Y ahora quería volver.

Rosa sintió una mezcla de rabia, curiosidad y un morbo traicionero que no quería admitir. Kevin la había dejado en silencio durante toda la semana. La había empujado a ese límite y luego había desaparecido. ¿Por qué no iba a responderle a Diego? ¿Por qué no iba a seguir jugando su propio juego?

Tecleó despacio, con los dedos temblando un poco:

Rosa (4:45 pm): Amor, Diego me llamó. Dice que viene a verme a tomar esta noche. ¿Qué le digo?

Lo envió al chat de Kevin. Esperó. Los minutos pasaron. Nada. Ni leído. Ni respuesta. Rosa miró el mensaje enviado, sintió una punzada de humillación y, al mismo tiempo, una liberación extraña.

Volvió a escribir, esta vez sin pensar demasiado:

Rosa (4:52 pm): No contestas desde hace días. Si no dices nada, asumiré que no te importa. Y si no te importa… entonces yo decido.

Envió. Esperó otros diez minutos. Silencio absoluto.

Rosa respiró hondo, abrió el chat con Diego y escribió:

Rosa (5:03 pm): Ven a las 8. Trae el vino. Nada más. Solo charla y tomar.

Diego respondió casi al instante:

Diego (5:04 pm): Perfecto. Ahí estaré. 😏

Rosa apagó el teléfono, se miró al espejo del pasillo. Se quitó la ropa de casa, se puso un vestido corto negro —el mismo de la cena anterior—, sin nada debajo. Se perfumó el cuello, los muslos, el escote. Se sentó en el sofá y esperó.

A las 8 en punto sonó el timbre.

Rosa abrió la puerta. Diego entró con una botella de Cabernet y una sonrisa confiada. La besó en la mejilla, luego en los labios, suave pero directo. Rosa respondió el beso un segundo más de lo necesario.

Se sentaron a la mesa. Abrieron el vino. Charlaron. Rieron. Diego le rozó la mano, luego el muslo bajo la mesa. Rosa no se apartó. Abrió un poco las piernas, dejó que su mano subiera. Diego encontró piel desnuda y sonrió contra su boca.

—¿Otra vez sin nada debajo? —susurró.

Rosa le mordió el labio inferior.

—Otra vez.

Diego la besó más fuerte, le metió la mano entre las piernas, la tocó despacio mientras ella gemía bajito. Rosa cerró los ojos, pensó en Kevin por un segundo —en su silencio, en su ausencia—, y luego dejó de pensar.

Esa noche no hubo videollamada. No hubo testigos. Solo Rosa y Diego en su sofá, en su cama, en su terraza. Él la folló despacio al principio, luego fuerte, en cada posición que se les ocurrió. Rosa se corrió varias veces, gritando su nombre, olvidando por un rato que Kevin había sido quien la empujó hasta ahí.

Cuando Diego se fue a las 3 de la mañana, Rosa se quedó sola, desnuda en la cama, mirando el techo. Tomó el teléfono y abrió el chat con Kevin. El mensaje de las 5:03 pm seguía sin leído.

No escribió nada más.

Solo apagó la luz y durmió.

Al día siguiente, el silencio de Kevin seguía ahí. Pero Rosa ya no lo esperaba. Había decidido que, si él no respondía, ella seguiría adelante. Con Diego. O con quien quisiera. Sin pedir permiso.
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El juego había cambiado de manos. Y esta vez, Rosa era la que movía las piezas.
 

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