Los protagonistas de
The Crazies, ya en esta primera versión de 1973, eran el sheriff del pueblo (Will MacMillan) y su esposa, que es enfermera y está embarazada. Pero a George A. Romero no le interesa volver a repetir el esquema de
asedio de
La noche de los muertos vivientes ni tampoco crear un
survival con personajes luchando o escapando de los
infectados. De hecho hay un factor diferencial brutal entre
La noche de los muertos vivientes y
The Crazies: en
The Crazies todo el peso de la trama tiene que ver con la reacción de los militares que tratan de contener la epidemia, al contrario de en
La noche… en donde las patrullas paramilitares sólo llegaban al final. Realmente es de lo que trata
The Crazies: del despliegue tremendo de soldados armados hasta los dientes y ataviados con máscaras y trajes especiales contra amenazas biológicas, que invaden el pueblo e imponen las medidas tan severas como el estado de excepción, la suspensión de todos los derechos civiles, el confinamiento de todos los ciudadanos del pueblo en un campo de concentración como medida cautelar hasta averiguar cuántos pueden estar afectados por el virus, y otras lindezas por el estilo.
Al director (y co-guionista) es lo que más le importa de la película: las consecuencias, reacciones y conclusiones que se pueden extraer de toda esa situación. Dicho más explícitamente:
lo que Romero quiere es construir un comentario social. El mensaje socio-político siempre ha sido una parte esencial (o LA parte esencial) en el cine de George A. Romero. Ya en
La noche los muertos vivientes la crítica encontró un buen número de mensajes de fondo, a pesar de que el director ha admitido que muchos de ellos son interpretaciones que él no buscaba intencionadamente. Pero hay que tener en cuenta que a lo largo de toda su filmografía posterior encontramos el “discurso político” como principal constante. No olvidemos que Romero ha declarado en diferentes ocasiones que para él “
los zombis representan la crisis” y que lo que más le interesa de sus películas de muertos vivientes (y tengamos presente que ha hecho ya
seis: a
La noche de los muertos vivientes le siguió
Zombie/Dawn of the Dead en 1978,
El día de los muertos/Day of the Dead en 1985,
La tierra de los muertos/Land of the Dead en 2005,
El diario de los muertos/Diary of the Dead en 2007 y
Survival of the Dead en 2009) es el modo en que los supervivientes responden y se re-organizan, cómo la civilización se resquebraja y se revela la relatividad del
status quo. Para Romero los zombis son la prueba del algodón con la que nuestra sociedad es testeada y deja al aire sus carencias obligándonos a afrontar activamente dilemas a los que cotidianamente damos la espalda.
De ahí que en
The Crazies de Romero lo importante es el retrato de la actitud gubernamental, de todo menos comprometida con el bienestar de los ciudadanos; el antimilitarismo, ante lo desproporcionada de la respuesta militar; la advertencia científica, si los científicos tienen que estar en nómina de fines como los militares porque es donde hay fondos y no pueden investigar cuestiones a favor de la humanidad menos lucrativas; la burocracia, ya que gobierno y ejército se enredan en interminables reuniones, dires y diretes ineficientes; el bloqueo informativo y la manipulación de los medios, con el consiguiente hurto de democracia; la proliferación de armas en manos de los ciudadanos (recordemos la Segunda Enmienda de la Constitución Americana) permite que los habitantes de Evans puedan “defenderse” de los que en realidad pretenden que la enfermedad no se extienda, y desencadena una auténtica guerra civil (el americano llano, sobre todo el rural, siempre tan presto a apretar el gatillo). En resumen: el título de
The Crazies (en inglés
los locos)
puede ser una alusión tanto a los infectados (se vuelven “locos” peligrosos) como a todos nosotros, a la sociedad en la que vivimos.
Por ello que se puede considerar a
The Crazies una pieza clave en la filmografía de su director, que como se ha dicho anteriormente volvería a insistir una y otra vez en enriquecer (o convertir, según el gusto) sus películas con comentarios sobre el mundo: la religión y la represión sexual (
Martin), el consumismo, el gregarismo la falta de ideas propias, etc (
Zombi), las relaciones entre militares y civiles (
El día de los muertos), las diferencias entre ricos y pobres, la explotación del tercer mundo, la paranoia y la manipulación informativa (
La tierra de los muertos), la sociedad de la información (
El diario de los muertos), etc. Para él, el cine de terror es un contexto perfectamente válido en el que no sólo se puede trabajar y narrar historias, sino también decir cosas importantes. De hecho, mucho me temo que lo de George A. Romero es pura capacidad de adaptación, y que igual que ha sabido acomodarse al encasillamiento como patriarca del cine de zombis (llegado el punto en el que nadie le produce ninguna película que no sea sobre este tema), ha sabido moverse en el marco del cine de nuestro género favorito, que probablemente para él no es vocacional pero al menos sí muy válido.
Claro que tan importante como reconocer lo dicho hasta ahora es el no fabricar falsas expectativas en un espectador que no la haya visto, porque
The Crazies en realidad es un título que no tiene muchos fans, y ni tan siquiera es de las favoritas de los seguidores del cine de Romero. Las carencias presupuestarias, una puesta en escena tosca e incluso mediocre, una fotografía fea, y una planificación al borde de lo profesional, hacen que en general se la considere un film tirando a ramplón, cosa que nosotros (concretamente yo) tampoco vamos a tratar de desmentir.
Es posible que las intenciones discursivas de Romero hayan envejecido mal, ya que a día de hoy esa clase de denuncias resultan muy básicas, y dudamos que le vayan a escandalizar ni mucho menos a abrir los ojos a nadie respecto a nada. Esta clase de cine cobra su sentido contextualizado en su época, tras el asesinato de Kennedy, el Watergate de Nixon, la Guerra de Vietnam y otros escándalos políticos, como un reflejo del despertar del pueblo que pierde su inocencia y deja de creer en sus líderes (el índice de abstención en las elecciones USA, algo mejorado gracias al efecto Obama, ronda habitualmente el cincuenta por ciento, y se eleva al setenta y cinco si hablamos de gente joven). Ahora, me gusta pensar, son sin embargo ideas muy interiorizadas. A cambio, y esto es lo grave, el guión de
The Crazies queda un tanto arítmico y desestructurado. La acción no es lo que prima, y se interrumpe cada dos por tres con escenas de diálogo filmadas en aburridos planos-contraplanos, como en un cutre serie B de ciencia ficción de los años 50. El tomo documentalista y la querencia de Romero hacia el
cinema verite le lleva a filmar con detalle (pero sin gracia) la manera en que los militares se posicionan en el pueblo (con acompañamiento de una banda sonora de música militar), y el espectador echa de menos algo más de gancho, de emoción o de
miedo.
Deslucida, en realidad en ella hay soluciones visuales que recuerdan directamente a
La noche de los muertos vivientes, cuyo presupuesto era tan ínfimo como el de ésta. Pero sería por el providencial blanco y negro, o por la mejor estructura de la historia que se reflejaba también en que en cada momento se veía justo lo que se tenía que ver, hacía que en aquella funcionase muy bien. Y en
The Crazies no. Este film parece visualmente tan sucia y
feista como otros títulos de autocine del mismo año, tales como
Don’t Go to the Basement (de S.F. Browning) o
Children Shouldn’t Play with Dead Thing (de Bob Clark), sólo que carece de sus atmósferas o de sus capacidades para provocar incomodidad.
En síntesis,
The Crazies tiene un buen argumento y es tan interesante en lo que quiere decir como decepcionante en cómo lo dice. Lo cual la convertía en una candidata ideal para tener un
remake, una reformulación que tratase de aprovechar todo el potencial dejado en el aire por Romero.
2010: La nueva versión
El equipo que ha llevado a cabo esta nueva versión de
The Crazies que se acaba de estrenar en España (en USA ya se estrenó hace tres mesecitos), se posiciona en las antípodas de George A. Romero respecto al material, e invierte la situación descrita cuando les hablaba de la película original: a los guionistas Scott Kosar y Ray Wright no les interesan ninguna clase de mensajes socio-políticos, y aquel espectador que pretenda encontrar en su
The Crazies (2010) alguna clase de metáfora sobre la guerra de Iraq, la crisis económica o el caso Madoff… va a tener que ponerle mucho de su parte, porque lo que es en el metraje que vemos no hay nada de eso. Muy al contrario, ellos han tomado el argumento de la película de 1973, y lo han convertido en un
carrusel de sobresaltos y acción, emociones, peligro y persecuciones. De nuevo el virus Trixie se esparce en el agua potable de la tranquila población rural de Evans, y de nuevo los protagonistas son el sheriff y su mujer enfermera y embarazada. También de nuevo llega el ejército con sus máscaras, sus símbolos de
biohazard, sus armas automáticas, y al igual que en la película de Romero instauran un régimen de excepción, confinan a los habitantes del pueblo a campos de concentración, e… incluso no dudan en recurrir al exterminio genocida para contener el virus (la filosofía del m
uerto el perro, se acabó la rabia, o de las
bajas civiles aceptables). Los parecidos entre ambas películas terminan ahí.
En
The Crazies (2010) no hay personajes militares relevantes, sus apariciones no son más que insertos para acentuar el suspense de lo que va a pasarles a los personajes a continuación, y todo se centra exclusivamente en la superviviencia de los protagonistas, atrapados en un emparedado mortal entre los
infectados y los militares. Desde que los acontecimientos que se narran se precipitan, toda la película es un continuo correr. Atrapados en una especie de sándwich mortal entre los lunáticos infectados y los militares, cuando no son los unos son los otros, se van sucediendo las situaciones de alto riesgo, en las que el suspense, la adrenalina y el movimiento perpetuo son las motivaciones buscadas.

Inequívocamente aquí los
crazies son los infectados, y se comportan como perfectos maníacos, mitad zombis mitad salvajes capaces de utilizar armas. La película está sembrada de estupendas
set pieces a costa de esto (la escena en el hospital de campaña con el asesino del trastrillo, o sobre todo la inspiradísima escena en el lavacoches). Respecto a los militares y “sanitarios”, sirven de contrapunto para reforzar la impresión de que los protagonistas no pueden confiar en nada ni en nadie, ni tienen a donde ir o a quien recurrir.