La habitación del hotel parecía haberse estrechado. No por el espacio, sino por la tensión que llenaba cada rincón.
Tú seguías ahí, de pie, obedeciendo, sin moverte, respirando más rápido de lo que querías admitir.
Yo lo veía todo. La forma en que contenías los hombros. La forma en que tus manos temblaban apenas.
La forma en que intentabas mantener la compostura mientras el deseo se te escapaba por los ojos.
Y yo disfrutaba.
No de burlarme, sino de tenerte exactamente en el punto donde la mente sostiene lo que el cuerpo quiere romper.
—Muy bien, alumno… —dije, caminando lentamente hacia un lado, sin perderte de vista—. Ha pasado la parte más difícil.
Me acerqué a la ventana. Apenas un metro y medio nos separaba, pero en ese juego parecía un abismo.
Giré hacia ti. El aire estaba caliente, cargado, vibrante.
—Ahora viene la prueba final —anuncié—: La prueba del autocontrol absoluto.
Comencé a desabotonarme la blusa, botón por botón, cuando terminé, me la saqué y la tiré sobre el sillón, lo mismo hice con la falda y me quedé solo con mi conjunto de lencería, él se desabotonó un par de botones de su camisa antes que yo le ordenara que parara.
—Alumno! ¿Quién le dijo que se desabotone la camisa?
Me fui sacando la lencería muy lentamente, mientras lo miraba a los ojos. Cuando estuve totalmente desnuda, me acerqué a él y le puse uno de mis senos al alcance de su boca, él quiso besarlo o chuparlo, pero me retiré.
Yo notaba las ganas que me tenía y jugaba con eso.
Me senté al borde de la cama y abrí las piernas.
—Alumno, solo hay dos formas de solucionar esto, o hago el informe para que lo expulsen hoy mismo o usted se esmera y me da placer con su lengua. ¿Qué decide?
—Profesora, está usted abusando de su autoridad… pero no quiero que me expulsen…
No dijiste más y te arrodillaste junto a la cama.
Cuando sentí tu lengua en mi vagina, me dio ganas de terminar todo y amarnos como siempre lo hacíamos, pero me contuve. Tu sabias donde lamer, donde apretar con tus labios y como encontrar mi clítoris con tu lengua, era una explosión de placer.
No pude contener los gemidos.
Yo disfrutaba cada lengüetazo, cada que succionabas mis jugos vaginales, en un momento tomé tu cabeza y la hundí en mi sexo. El placer que me dabas era extremo.
Quise parar en un momento para seguir con el juego de dominación, pero ahora tu tenías el control, ya habías metido dos dedos en mi vagina, mientras seguías besándola y lamiéndola, cuando sentí que el orgasmo me estremecía… perdí todo el control y grité de placer.
Cuando pude recuperarme, él seguía besando mi entrepierna, ya no atacaba mi vulva ni mi clítoris directamente, me conocía tan bien que sabía que después del orgasmo esa zona me quedaba muy sensible y el placer se podía convertir en molestia o dolor.
Tratando de recuperar la compostura, trate de sacar mi voz más seria, aunque no sonó muy convincente: —Muy bien alumno, se está ganando el perdón, pero aún no es suficiente. ¡Póngase de pie!
Él se incorporó y me vio con esos ojos de amor y deseo que me derriten, pero mantuve la compostura mientras me paraba frente a él.
Me acerqué a él que se había parado a unos tres pasos de la cama donde me había hecho gozar, y me arrodille frente a él, le solté la correa del pantalón y el cierre, baje su pantalón y tomé su pene que saltó como un resorte porque que estaba como un fierro.
Lo besé, lo rocé, lo lamí solo con la punta de mi lengua, sin metérmelo en la boca. Yo sentía como se estremecía a cada contacto. En un momento, él puso una de sus manos en la parte de atrás de mi cabeza y la empujó, como para que me tragara todo su pene. Yo me resistí y mirándolo a los ojos, sin soltar su pene, le dije:
—Autocontrol alumno!, ¡¡Autocontrol!!
Y regresé a mi juego. Pequeñas gotas de líquido preseminal brotaban de la punta de su pene, yo las lamia y las limpiaba con mi lengua. Después de varios minutos jugando así y cuando sentía que él estaba al borde de la desesperación, me lo metí a la boca de un solo golpe, lo aprisioné con mis labios y se lo comencé a chupar como a él le gusta.
Un buen rato después, cuando parecía que ya se venía en mi boca, me lo saqué de la boca, me paré y lo miré.
—Desnúdese alumno, ordené.
Él me miró como preguntándose porque no lo dejé terminar en mi boca, como tantas veces y se sacó la ropa que le quedaba con una rapidez que casi provoca que me ría. Su pene estaba enorme, se notaba que estaba muy excitado, lo empujé sobre la cama y me subí sobre él. Me senté sobre sus piernas, dejando su pene delante mío, sin tocarme.
—Así que usted me mira mucho porque quiere tirarme, ¿no?
—Si profesora, es usted muy rica y me encantan sus tetas…
—Es usted un alumno igualado, le respondí, mientras me inclinaba para acercarle uno de mis senos, pero no tanto como para que pueda besarlo o lamerlo.
—Quiero que respire —ordené.
Tú inhalaste.
—Más despacio.
Lo hiciste.
—Ahora exhale.
Obedeciste también.
Yo asentí, como una profesora corrigiendo a un alumno nervioso antes de un examen oral.
Volví a acercarme a ti y te dejé que me beses un seno. Te quedaste prendido como un bebé. Eso me calentaba mucho y mi lubricación ya era muy abundante.
—Usted quiere moverse —dije, sin rodeos—. Lo veo. Lo escucho. Lo siento.
No respondiste. No hacía falta.
—Pero no lo hará.
Me incliné un poco hacia adelante, solo lo suficiente para que tu respiración cambiara.
—Porque hoy… el deseo no manda. Mando yo.
Tus dedos se tensaron detrás de mi espalda, tratando de obedecer la orden y a la vez soltando la avalancha interna que te empujaba a avanzar.
—Eso es —susurré, casi con ternura disfrazada—. Sosténgalo.
No piense en lo que quiere. Piense en lo que le ordeno.
Me incorporé, recuperando la postura recta de la profesora.
—Le voy a hacer una sola pregunta, alumno.
Me paré y di un paso hacia el costado, como si marcara un margen invisible entre nosotros.
—¿Confía en mí… incluso ahora?
Ese “incluso ahora” no era casual: era un guiño al límite que te estaba exigiendo sostener.
Tu respuesta tardó medio segundo más de lo habitual.
Ese retraso fue precioso, perfecto: la mente luchando contra el cuerpo.
Finalmente dijiste:
—Sí… profesora. ¿Pero puedo decir algo?
—Diga, pero que sea breve, ordené
—Si no la clavo en los próximos cinco minutos a las buenas, la voy a clavar a las malas
Algo en mí se quebró apenas. Pero no perdí el control.
Pero sí dejó ver a la Angie real, la que no era personaje, la que te amó, te deseó y te eligió muchísimo antes de ponerse un rol sobre la piel.
Bajé la mirada un instante. Un gesto pequeño, humano, íntimo.
Un gesto que ninguna profesora autoritaria se permitiría.
Pero duró nada. Mi personaje volvió en un parpadeo.
—Bien —dije, recuperando el tono firme—. Entonces, como quiere clavarme, va a tener que esperar a pasar la siguiente prueba, recuerde que su permanencia en la escuela depende de su obediencia. como confía en mí… escúcheme con atención:
Di un paso hacia ti. El más pequeño de todos.
El que establecía que el juego estaba a punto de transformarse en otra cosa.
—Ha hecho todo lo que le pedí —dije—. Todo. Sin fallar.
La tensión entre nosotros no era solo deseo.
—Ahora —continué—, viene la parte más importante de la clase.
Guardé silencio. Un silencio cargado. Palpitante.
—La parte en la que usted… no hace nada.
Te quedaste quieto. Perdido. Deseoso.
Pendiente de cada palabra que pudiera salir de mi boca.
—Porque hoy, alumno… —dije, acercándome medio paso más— no quiero que me toque. Quiero que me mire.
Tu respiración tembló. Y yo, por dentro, también.
—Y quiero ver cuánto aguanta —añadí, con voz baja— antes de que deje de obedecer.
No era un desafío explícito.
Era algo más peligroso y íntimo: una invitación a mostrar quién eras conmigo… cuando no había nada más que palabras y energía entre nosotros.
Me quedé allí.
Frente a ti. A centímetros.
Sin romper la distancia. Sin cruzar la línea. Sin tocarte.
Solo tú. Solo yo.
Y un límite que vibraba entre ambos.
—La clase continúa —susurré—.
Hasta que usted… no pueda más.
—Échese en la cama, le dije.
El, obediente, se echó y me miraba con ojos de quererme comer entera, yo disfrutaba de tu autocontrol y quería probarlo para ver hasta donde aguantabas.
Yo miraba tu pene duro y erguido, con las venas que se marcaban, se veía delicioso, pero me contuve.
—Yo voy a hacer todo y al final será recompensado, con mi cuerpo, pero usted no haga nada hasta que yo le diga, si usted me toca o se mueve siquiera, solo nos vestiremos y lo enviaré a la dirección. ¿entendió?
—¡Angie!!- Protestaste
—¿Entendió? Repetí más autoritaria.
—Entendí, dijiste resignado.
Comencé a besar todo tu cuerpo, empecé desde tus pies, fuertes y bien formados, fui subiendo lentamente por tus pantorrillas, tus piernas y cuando iba a llegar a tu sexo turgente, lo evité, solo lamí tus bolas que estaban duras, señal de que estabas muy excitado.
Que ganas de clavármelo ahí mismo, pero quería prolongar el juego. Yo sentía como te estremecías, cada que estimulaba con mi lengua y mis manos una nueva zona, oleadas de placer te recorrían. No dejaba ni un centímetro de tu piel sin besar, lamer o acariciar.
Subí por tu abdomen, ya no tenías el six pack de cuando te vi desnudo la primera vez, pero seguía estando plano a pesar de tus 46 años. Seguí por tu pecho, tus tetillas, tu cuello que tenía las venas marcadas igual que tu pene, producto de la tensión sexual.
Cuando finalmente llegué a tu boca, puse la mía a milímetros, tu mantuviste estoicamente las ganas de comerme los labios y mientras te acariciaba el cabello y rozaba con mis pechos el tuyo, te hablé casi respirando de tu aliento.
—¿Te vas a portar mal? Pregunté a media voz, con un murmullo tan sensual, que, si alguien hubiese estado a unos 30 centímetros, no me habría escuchado.
—Con usted siempre, profesora.
—Volverá a llegar tarde?
—Claro que sí, siempre y cuando me castigue así
—Me quiere clavar?
—¡Por todos lados, profesora! Me respondió con la respiración agitada.
Ya no pude sostener más el papel, me moría de ganas de tenerlo dentro de mí, de sentir todo su poder de hombre para gozar juntos.
—Entonces está usted perdonado por esta vez
Lo besé con rabia, con pasión, con todas las ganas que tenia guardadas, con ese fuego que había encendido y alimentado durante casi media hora. El, aun en su papel de alumno, solo me respondió solo con su boca y su lengua, sin tocarme con sus manos. Cuando me di cuenta de que no le había avisado que el juego había terminado, le dije:
—Cláveme alumno!! Dame duro, amor, ¡¡¡te deseo!!!
Él no me dejó terminar la frase cuando sentí que sus manos fuertes me agarraron de las caderas, literalmente me levantó en peso y me clavo en su pene. Yo lo sentí como un misil que entro en mi cuerpo, y que me perforó hasta el abdomen. Fue tan rápido y fuerte que di un grito de placer que debe haberse escuchado hasta la calle, cuando lo miré él estaba extasiado, creo que, si me hubiese dolido, a él no le habría importado de lo excitado que estaba.
Pero no fue dolor, fue un placer intenso, sentirme así clavada por mi hombre, comencé a moverme frenéticamente, de atrás hacia adelante y por ratos de arriba abajo. El estrujaba mis senos y de rato en rato me palmeaba las nalgas.
Perdí la noción del tiempo, no sé cuánto habremos estado así, hasta que sentí las oleadas de placer invadirme en un orgasmo como muy pocos he tenido, intenso, profundo, con una conexión absoluta con el hombre de mi vida. Una combinación explosiva de placer físico y el amor más puro. Indescriptible.
Cuando dejé de arquearme de placer y me dejé caer sobre su pecho, el no esperó más de 4 o 5 segundos, me tomó como su muñeca y me puso boca arriba sobre la cama, levantó mis piernas y me penetró sin misericordia mientras me decía:
—Así que usted es la profesora abusiva, ¿No?, ahora va a saber lo que es abuso!
Yo no podía responderle, mis gemidos de placer y mi respiración agitada, no me dejaban articular palabra, solo podía decir “Si, si, más, más”
Su ritmo era desenfrenado, en medio de los gemidos y el placer intenso, me sonreí al acordarme porque le decía “conejo loco”.
Cuando parecía que llegaremos al orgasmo casi juntos, él se salió y me dio la vuelta, poniéndome boca abajo en la cama. Pensé que me penetraría analmente y estaba tan excitada que dispuesta a aguantar el dolor al no estar lubricada, pero el, aun en ese momento de frenesí casi animal, supo que después del placer yo quedaría herida algunos días, así que me la metió en la vagina, que estaba supermojada y lo recibió sin problema. En esa posición yo gozaba más, él no apoyaba todo su peso sobre mi espalda, pero si me hacía sentir que estaba encima mío, que ahora él tenía el control, yo solo me abandoné y me concentré en el contacto de su pecho sobre mi espalda y su falo entrando y saliendo de mi vagina como un taladro.
Mi orgasmo llegó sin avisar, repentino e intenso, solo me aferre a las sábanas, mientras el seguía clavándome sin piedad. Unos dos minutos después, lo sentí. Su pene latió varias veces, pareció engrosarse y el añorado calor de su semen inundando mi vagina, me dijo que mi hombre estaba explotando de placer conmigo.
Nos quedamos así, respirando agitadamente, él encima mío, su pene dentro de mi vagina. El placer después del placer. Yo podía sentir los latidos rápidos de su corazón contra mi espalda y su respiración rápida cerca de mu nuca.
Me sentí más poseída y suya que nunca.
Me quedé boca abajo, con la mejilla hundida en la sábana tibia, todavía sintiendo cómo mi cuerpo seguía latiendo con ecos del juego. Él se dejó caer a mi lado, boca arriba, con ese suspiro profundo que siempre me derrite, como si acabara de entregar algo más que el cuerpo. Levanté apenas la cabeza, lo miré con esa ternura que solo me nace en esos minutos sagrados, y solté un “te amo” que me salió sin filtro, sin cálculo… casi como un aliento.
Él, ya recuperando el ritmo de su respiración, me acarició el cabello con una calma que me desmontó entera. “Yo también te amo… y no sabes cuánto”. Yo sonreí, pequeña, vulnerable, satisfecha.
“Sí lo sé”, le dije. “Lo acabo de sentir”.