Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (2 Viewers)

Como a la una de la tarde recibí un mensaje de Nadia.

“Estoy llevando chifa. No cocines”

Yo ya había sacado pollo del refrigerador con la idea de cocinar algo sencillo. Fui a la cocina. Lo miré unos segundos, lo volví a guardar y guardé los utensilios que ya había sacado. Había algo reconfortante en esa rutina compartida, en saber que pronto estaría en casa.

Me senté a leer un libro en la sala a esperarla. El condominio seguía en ese silencio ordenado del mediodía, apenas interrumpido por algún auto lejano o el murmullo del viento entre los jardines.

Media hora después escuché el sonido de su llave y la puerta se abrió.

Nadia entró con esa energía suya, eficiente, práctica, dejando el aroma del chifa invadir la casa antes incluso de saludar. Nos dimos un beso rápido, cotidiano, se lavó las manos y comenzó a servir lo que había traído con la naturalidad de quien conoce cada rincón de su hogar.

Mientras ella acomodaba los platos, fui al pasillo y toqué suavemente la puerta de Allison.

—Allison, vamos a almorzar.

—Ya voy, tío —respondió desde dentro.

Cuando salió, algo me llamó la atención de inmediato.

Estaba vestida de forma completamente distinta a como había estado toda la mañana. Ropa sobria, cómoda, recatada. Una blusa cerrada, un pantalón sencillo. Ningún descuido. Ninguna ligereza. Su apariencia era la de una joven tranquila, respetuosa, perfectamente ubicada en su rol frente a su tía.

Saludó a Nadia con afecto, con gestos medidos, con esa dulzura impecable que parecía natural en ella.

Pero a mí se me encendió una alerta silenciosa.

El contraste era demasiado evidente.

Conmigo había aparecido en la cocina con ropa mínima, con una naturalidad casi desafiante; con Nadia, en cambio, su presencia era contenida, ordenada, cuidadosamente compuesta. Esa diferencia, sumada a lo ocurrido en la mañana —su desnudez despreocupada en el dormitorio, su forma de moverse por la casa, aquella escena frente a la puerta del escritorio— empezó a generar una inquietud difícil de ignorar.

No era una conclusión.
Era apenas una sensación.

Pero las sensaciones, cuando se repiten, comienzan a formar patrones.

Durante el almuerzo conversamos de temas ligeros: el viaje, el internado, la familia, los planes en Lima. Nadia escuchaba con interés, hacía preguntas, le ofrecía ayuda. Allison respondía con respeto, con cercanía, con esa mezcla de dulzura y seguridad que parecía conquistar a cualquiera.

Todo parecía normal. Demasiado normal.

Y mientras las observaba interactuar —la naturalidad entre ellas, la calma del momento, la aparente armonía— no pude evitar sentir que algo más se estaba moviendo por debajo de la superficie.

Una intuición tenue. Una señal difícil de definir.

Una luz de alerta que, sin hacer ruido, comenzaba a encenderse en mi mente.

Por la tarde, Nadia tuvo que volver al trabajo y la acompañé hasta la puerta. Yo también salía: necesitaba unas fotos formales para el nuevo empleo. Me puse terno, camisa bien planchada, todo en orden, esa versión de uno mismo que se arma para convencer al mundo.

Antes de irme me despedí de Allison.

Fue un instante breve, pero lo sentí con claridad: su mirada recorriéndome de arriba abajo, lenta, evaluando sin disimulo. No dijo nada. Nadia estaba a mi lado y el silencio parecía formar parte del acuerdo implícito entre los tres. Solo sonrió con suavidad.

Ella se quedaría toda la tarde en casa.

Por prudencia había desactivado los sensores de movimiento de las cámaras del primer piso para que ella pueda moverse sin disparar la alerta de movimiento, pero las del segundo y tercer piso seguían activas. No lo pensé demasiado en ese momento.

Horas después, mientras esperaba en el estudio fotográfico a que terminaran de editar las imágenes, mi teléfono vibró con el aviso del sistema de seguridad: detección de movimiento.

Justo estaba revisando Instagram, así que abrí la aplicación de las cámaras de inmediato.

Era Allison.

Subía las escaleras con absoluta tranquilidad, vestida solo con ropa interior, Un conjunto blanco, el hilo se perdía entre sus nalgas que se movían cadenciosas moviéndose mientras subía los escalone. Se movía por la casa con la naturalidad de quien ya siente el lugar como propio. Sonreí para mí mismo, casi con incredulidad.

Parece que a esta chica no le gusta mucho la ropa, pensé.

La observé recorrer el segundo piso. Entró primero en una habitación, luego en otra, después en la tercera. No tocaba nada. No habría cajones. Simplemente miraba. Se detenía, observaba con atención cada rincón, cada mueble, cada objeto, como si quisiera comprender la historia de la casa a través de sus detalles.

Cuando entró al que era el dormitorio de Nadia y mío, permaneció más tiempo.

Casi cinco minutos.

Se movía despacio, recorriendo el espacio con la mirada, deteniéndose en pequeños detalles: fotografías, muebles, la disposición del cuarto, la luz que entraba por la ventana. No había prisa en sus gestos. Solo una curiosidad silenciosa, intensa, casi metódica.

Luego subió al tercer piso.

Repitió el mismo recorrido: el taller, la lavandería, el depósito. Observaba todo con minuciosidad, como si estuviera trazando un mapa invisible, reconociendo el territorio paso a paso.

No había nada invasivo en sus movimientos. Pero tampoco era simple curiosidad.

Había algo más profundo en esa forma de explorar.

Apagué la pantalla del teléfono y me quedé unos segundos pensativo, esperando que me llamaran para recoger las fotos.

Allison no solo estaba conociendo la casa. Estaba entendiéndola.

De regreso a casa, mientras avanzaba entre el tráfico lento de la tarde, no pude evitar la tentación de revisar las cámaras otra vez.
Más por inquietud que por otra cosa.

La única que permanecía apagada era la de su dormitorio. Esa era una línea que no pensaba cruzar. Pero el resto de la casa seguía visible.

La encontré en la sala.

Estaba sentada en uno de los sillones, aún en ropa interior, con una tranquilidad absoluta, como si la casa entera le perteneciera desde siempre. Había tomado una revista del revistero y la hojeaba sin prisa, cruzando y descruzando las piernas con movimientos lentos, casi distraídos. Se acariciaba una de sus piernas, pero de rato en rato, ponía una de sus manos sobre su calzón, al estar manejando y por lo pequeña de la imagen en el teléfono, no podía distinguir si solo se acariciaba o se estimulaba.

Había algo particular en su manera de estar.

No era exhibicionismo. Era más bien una relación muy natural con su propio cuerpo, una forma de habitarse con comodidad, con una sensibilidad evidente hacia todo lo que la rodeaba: la textura del sillón, el aire de la tarde entrando por la ventana, el silencio del lugar.

Por momentos se quedaba quieta, absorta en sus pensamientos, como si se dejara llevar por las sensaciones del instante, ajena al mundo exterior. Era una presencia profundamente sensorial, intuitiva, conectada con lo físico de una manera casi instintiva.

Apagué la pantalla.

No había nada que necesitara ver más allá de eso.
Y mientras conducía los últimos metros hasta la casa, la misma idea volvió a cruzarme la mente:

Allison parecía vivir cada experiencia —el espacio, el tiempo, su propio cuerpo— con una intensidad poco común.

Demoré unos quince minutos en llegar a casa después de haber apagado la pantalla del teléfono. El tráfico era lento, pero mi cabeza iba más rápido que el auto.

Esta vez metí el carro a la cochera. A propósito, aceleré un poco más de lo habitual y dejé la música sonando hasta el último momento. Si Alison seguía en la sala como la había visto en ropa interior, quería que escuchara claramente que había llegado.

La puerta interior de la cochera daba directo a la cocina. Entré haciendo ruido deliberado: abrí cajones, dejé las llaves sobre la mesa con un golpe seco, me serví un vaso de agua, dejé correr el grifo más de lo necesario. Era mi forma de anunciar presencia, de devolver cierta normalidad a la casa.

Cuando entré a la sala, ya no estaba.

Supuse que me había escuchado y había vuelto a su habitación, quizá a cambiarse, quizá simplemente a encerrarse. No le di más vueltas.

Subí al segundo piso, entré a mi dormitorio, me quité el terno, me puse ropa cómoda y me lavé el rostro con calma, dejando que el agua fría ordenara mis pensamientos. Luego bajé al escritorio decidido a concentrarme en los documentos que me había enviado mi amigo para el primer día de trabajo.

Pero recordé algo pendiente.

La base de mi computadora llevaba semanas floja. Un par de tornillos que debía ajustar, nada serio, pero lo había postergado una y otra vez. Supuse que Alison estaría en su cuarto, así que subí nuevamente.

Me detuve en el segundo piso para dejar mi reloj cargando y continué hacia el tercero. La escalera metálica que conectaba ambos niveles solía ser ruidosa, pero cuando uno subía despacio apenas emitía sonido. Lo hice casi por inercia, con pasos medidos.

Al final de la escalera había una puerta con vidrio pavonado que daba a la terraza. La abrí.

Y me quedé inmóvil.

La lavandería quedaba justo frente a la entrada, abierta, bañada por la luz que entraba por las ventanas laterales. Allí estaba Alison, de espaldas, tendiendo ropa recién lavada, completamente absorta en lo que hacía.

Vestía apenas esa prenda mínima, el calzón que ya le había visto antes. Nada más. Se había sacado el sostén, que era una de las piezas que estaba tendiendo y ese hilo, era como si no estuviese ahí, porque se perdía entre sus nalgas. Vi que tenía un pequeño corazón tatuado en una de sus nalgas.

Su cuerpo se movía con naturalidad mientras extendía las prendas, como si siguiera una música que solo ella escuchaba. A ratos parecía balancearse suavemente, casi danzando, silbando algo en voz baja, concentrada en la tarea con una serenidad absoluta.

Había en la escena algo inesperadamente íntimo, cotidiano y al mismo tiempo perturbadoramente bello. La luz de la tarde delineaba sus formas con suavidad, y su presencia llenaba el espacio con una energía tranquila, completamente ajena a mi mirada.

No sé cuánto tiempo habré permanecido ahí.

Quince segundos, quizá menos.

Ella no se percató de mi presencia —o al menos eso pareció— y continuó con sus movimientos pausados, ordenando la ropa como si el mundo entero fuera solo ese instante.

Reaccioné.

Retrocedí el paso que había dado, cerré la puerta con extremo cuidado y descendí aún más despacio de lo que había subido. El corazón me latía con una intensidad incómoda, mezcla de sorpresa y una inquietud que prefería no examinar demasiado.

Regresé al escritorio.

Por un momento estuve tentado de activar las cámaras de la terraza. Había dos instaladas allí. Bastaba un gesto. Pero no lo hice.

Me quedé sentado, en silencio.

Encendí nuevamente los sensores del segundo piso; si ella bajaba lo sabría. No quería volver a encontrarla así por sorpresa. No quería ponerme en situaciones innecesarias.

La tentación era clara.

Y justamente por eso, preferí mantener distancia.
 

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