Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (4 Viewers)

El lunes amaneció distinto, aunque por un segundo no supe por qué.
Abrí los ojos a las cinco de la mañana, como siempre.
Ni siquiera necesitaba despertador: veinte años de rutina me habían dejado programado por dentro.
El silencio de la casa era el mismo de todos los días… pero yo no era el mismo.

Me senté en la cama por inercia, frotándome la cara.
Recién cuando vi el reloj, cuando vi ese 5:00 a.m. exacto, recordé.
No tenía empleo.
No tenía oficina.
No tenía un lunes.

Sentí un vacío extraño, no un golpe fuerte, sino una especie de hueco que me atravesó el pecho.
Como si la vida hubiera perdido un poco de forma.

A los pocos minutos, Nadia abrió los ojos.
Giró lentamente hacia mí.
Tenía el pelo enredado, la voz dormida, esa suavidad que solo tenía al despertar.

—Amor… —murmuró—. Ven… acuéstate conmigo. No te levantes tan temprano hoy.

Su mano buscó mi espalda, como si quisiera traerme de regreso a un lugar seguro.
Me acosté unos segundos a su lado.
Sentí el calor de su cuerpo, la respiración lenta, la ternura que últimamente brotaba sin filtros.
Me hizo bien, mucho más de lo que pensé.

Pero a los pocos minutos me incorporé.

—Igual me voy a levantar —le dije—. No puedo quedarme quieto. Le di un beso y me levanté de la cama.

Nadia asintió, sin reproches.
—Haz lo que necesites… pero no cargues más de lo que puedes, ¿sí?

Caminé por la casa sin rumbo.
Encendí luces, apagué otras.
Abrí la ventana de la sala.
Respiré el aire frío de la mañana.
Ese era el horario en el que normalmente ya estaría duchado, revisando correos, organizando la mañana con mi equipo.
Y ahora estaba ahí, dando vueltas como un hombre que no sabía dónde poner las manos.

Desayunamos juntos, un ritual que rara vez compartíamos.
Nadia estaba tranquila, dispuesta a llenar los silencios sin que pesaran.
Yo respondía despacio, con el café templando un poco la ansiedad.

Llevé a mi hijo al colegio.
El camino era el mismo de siempre, pero esta vez no tenía que acelerar para llegar a la oficina, no tenía pendientes urgentes esperándome, no tenía reuniones que preparar.
Lo dejé en la puerta, le di un beso, y cuando él entró al colegio me quedé un momento en el carro, con el volante entre las manos, preguntándome qué hacer con el resto del día.

Volver a mi casa no me llamaba.
Ir donde mi madre, menos.
Ella se iba a angustiar, se iba a sentir responsable, iba a querer resolverlo todo… y nada de eso ayudaría.

Tomé el celular.
Llamé a Angie.

Me contestó en un tono rápido, típico de estar en su oficina, entre papeles y llamadas.

—¿Primix?
—Angie… no sé qué hacer con mi día. No sé ni por dónde empezar.
—Mi amor —dijo, con esa mezcla de dulzura y calma que solo ella tiene—, descansa. Aprovecha. Vas a conseguir empleo pronto, pero tu mente ahorita necesita aire.
—No puedo estar sin hacer nada.
—Entonces lee, camina, duerme, no sé… pero no te tortures. Hoy no.
—¿Y lo del abogado?
—Voy a llamarlo en un rato —dijo—. Te aviso cuando tenga hora. Vamos a hacer esto bien, ¿sí?

Esa frase —“vamos”— me alivió más que cualquier promesa.

Volví a casa.
Tomé un libro que tenía abandonado en la mesa de noche y me tiré en el sofá.
Las primeras páginas me costaron.
La mente se me iba a ese sobre, a esa sala de juntas, al vacío del futuro.
Pero luego, poco a poco, la lectura empezó a absorberme.
El tiempo se volvió liviano.

Por momentos, me olvidé del peso en el pecho.
No del todo, pero sí lo suficiente para respirar.

Cerca del mediodía sentí hambre.
Fui a la cocina.
Corté verduras, puse agua a hervir, preparé algo sencillo para el almuerzo familiar, aunque sabía que nadie llegaría hasta más tarde.

Era como si necesitara demostrarle a la casa —o a mí mismo— que todavía podía ser útil en algo.

Al terminar, me quedé un momento mirando la olla humeante, con el silencio envolviendo todo.
Ese fue el instante en que realmente lo sentí:
el primer día de una nueva rutina que aún no sabía cómo construir.
El peso real de no tener empleo.
De no tener respuestas.
De tener que empezar otra vez.

Y aun así, había algo dentro de mí —pequeño, frágil, pero real— que comenzaba a moverse.

Un anuncio de que algo nuevo iba a emerger.
Y que, aunque todavía doliera, no estaba solo.


 
Feliz navidad🌲
 
Feliz Navidad Conejo y dale un fuerte abrazo a toda tu familia.
 
El martes me desperté un poco más tranquilo que el lunes, pero con esa sensación rara en el pecho, como si mi cuerpo aún esperara un correo de “buenos días equipo” que ya no iba a llegar.

A las 7:12 a.m. sonó el teléfono.
Angie.

Contesté de inmediato.

—Buenos días, Primix —me dijo con esa mezcla de dulzura y seriedad que reservaba para cuando había noticias importantes—. Ya tengo la cita con el abogado. Hoy día, cinco de la tarde.

—Tan rápido…

—Sí. Le expliqué tu caso a grandes rasgos. Está muy interesado. Dice que es un caso claro de despido arbitrario y que la indemnización debería ser completa. Me pidió que vayas con toda la documentación que tengas.

Asentí, aunque ella no podía verme.

—Gracias, Angie… no sé cómo agradecerte esto.

—No tienes que agradecerme nada. Esto lo hacemos juntos —su voz bajó un poco—. Tú me sostuviste en mis peores momentos. Ahora me toca sostenerte a ti.

Cerré los ojos.
Sentí que me aflojaba el alma un poco más.

—¿Y qué hago hasta la tarde? —pregunté, medio en broma, medio en serio.

—Haz algo que te distraiga. Sal. Arregla algo en casa. Anda al gimnasio. Lo que sea. Pero no te me quedes sentado en el sofá viendo el techo, ¿sí?

Me reí.

—Está bien, jefa. Haré caso.

—Eso quiero —respondió con una sonrisa audible—. A las cinco nos vemos. Te paso la ubicación.

Colgamos.

Y por primera vez en dos días sentí que había un plan, una dirección, una luz que podía seguir.


Busqué algo que hacer.
Necesitaba sentirme útil, mover las manos, distraer la mente.

Caminé por la casa, revisando cada luz, cada foco, cada rincón donde había una bombilla antigua.
Abrí cajones, anoté modelos, tomé fotos, medí espacios.
Sentía que reorganizar el hogar era la única manera de ordenar mis pensamientos.

Hice una lista:

  • Cambiar los focos amarillos del pasillo por LED fríos.
  • Reemplazar tres lámparas del techo que parpadeaban.
  • Poner interruptores nuevos en la sala y en el dormitorio del niño.
  • Comprar un tester nuevo, cinta aislante de mejor calidad y conectores modernos.
Luego fui a Sodimac.

El ruido de la tienda, el olor a madera cortada, la gente comprando cosas sin saber que yo estaba atravesando un terremoto interno… todo eso me tranquilizó inesperadamente.
Había algo terapéutico en caminar entre herramientas, elegir lo que me faltaba, comparar precios, revisar tornillos y cables como si estuviera reforzando mi propia estructura interna.

Compré lo necesario.
Guardé todo en la maletera.
Y por un momento, al manejar de regreso, sentí una chispa de normalidad.
 
MARTES POR LA TARDE: LA REUNIÓN CON EL ABOGADO

A las 4:50 llegué al edificio.
Angie me estaba esperando en el lobby, vestida de oficina, impecable como siempre.
Me dio un abrazo fuerte, corto, pero lleno de presencia.

—Vamos —me dijo—. Ya está listo para recibirnos.

Subimos al sexto piso.
El estudio jurídico tenía una sala de espera sobria, paredes gris arena y diplomas colgados en marcos de madera.
El abogado salió a recibirnos:
un hombre de unos cincuenta y tantos, cabello canoso, lentes delgados, presencia firme pero cordial.

—¿Usted es Xxx?
—Sí.
—Pase, por favor. Tome asiento. Angie me adelantó algo de su caso.

Nos sentamos.
Yo con mis papeles ordenados, Angie a mi lado, seria, profesional, apoyándome con la mirada.

El abogado abrió una carpeta nueva.

—Cuénteme exactamente qué pasó.

Le relaté todo:
la hora, el correo, la reunión, la oferta insuficiente, la negativa a negociar, los años de servicio, la compra por la transnacional, las salidas silenciosas de otros compañeros.

El abogado tomaba notas rápidas, asentía, hacía preguntas puntuales.

—¿Le dieron carta de preaviso?
—No.
—¿Le ofrecieron renuncia incentivada?
—No. Despido directo.
—¿La suma planteada cubre su indemnización legal?
—Ni la mitad.
—Perfecto —dijo él—. Entonces esto es un despido arbitrario puro. Tienen que pagarle todo. No hay discusión jurídica posible.

Sentí que me soltaba un poco la respiración.

Angie me miró como diciendo te lo dije.

El abogado continuó:

—Mi recomendación inicial es presentar un reclamo formal ante SUNAFIL. Esto les pone presión, deja un antecedente y sirve como sustento para luego interponer la demanda judicial si no quieren conciliar.
—¿Cuánto demora eso?
—Entre dos y tres meses, dependiendo de la carga.
—¿Y el juicio?
—Un juicio laboral puede tomar de ocho meses a un año y medio. Pero normalmente las empresas no quieren llegar hasta el final. Suelen negociar después de la inspección o después de la primera audiencia.

Asentí.
No era rápido.
No era fácil.
Pero al menos había un camino.

—Sobre los honorarios —dijo él—. Yo trabajo con un honorario fijo pequeño por la presentación en SUNAFIL, y un honorario de éxito para la demanda.
—¿Cuánto sería?
—El estándar es entre 10% y 15% del monto recuperado.
—Está bien —respondí.

Angie intervino:

—Yo cubro el fijo —dijo con seguridad profesional—. Y del éxito se ocupa Xxxx.

Yo la miré, sorprendido.
Ella simplemente me apretó la mano debajo de la mesa.

Terminamos de firmar el contrato de servicios.
El abogado nos dio instrucciones claras:

—Reúna toda la documentación, contratos, boletas, correos, cualquier evidencia de buena conducta o logros. Mañana mismo preparo la queja.

Salimos del estudio casi a las 6:30.



 
Queríamos escribir estas líneas juntos —Angie y yo— porque lo que sentimos también es compartido.

Cuando empezamos con este proyecto, con la simple idea de contar nuestras aventuras, jamás imaginamos hasta dónde iba a llegar. Pensamos, con toda modestia, que serían unos 15 o 20 entregas. Algo corto, casi anecdótico. Luego empezaron a aparecer más recuerdos, más escenas, más momentos que pedían ser contados… y dijimos: bueno, lleguemos a 40 o 50.

Hoy estamos en más de 350 entregas.
Y lo más increíble es que todavía queda material como para 80 o 100 más, si es que no seguimos recordando nuevas anécdotas —especialmente las del último año, que siguen golpeando la puerta de la memoria.

Llegar a 100.000 lecturas nos deja, sinceramente, sin palabras.
Nos emociona, nos sorprende y nos obliga a detenernos un momento para agradecer.

Gracias a quienes nos leen en silencio.
Gracias a quienes comentan.
Gracias a quienes dejan un like, un mensaje, una palabra de aliento.
Gracias a quienes nos acompañan capítulo a capítulo, incluso desde el inicio.

Que tantas personas se hayan detenido a leer nuestra historia es algo que jamás dimos por sentado. De verdad: es impresionante.

Gracias, muchas gracias, por seguir ahí.
La historia continúa… y nos alegra profundamente que sigan caminando con nosotros.
Muchas gracias Conejo Loco. La verdad es que es increíble su historia. Soy miembro hace mucho tiempo del foro, pero nunca tan activo, me gustan los relatos y vi el título de Sobrina - amante varias veces, pero dudaba que tan bueno era y no le daba Click, hasta que un día entré a leer tus relatos y no paré jaja. Aquella vez que me amanecí leyendo tus relatos fue bastante profunda, la etapa de España muy emocional. Y bueno desde ahí no me he despegado de este tema.

Que genial que tengan más entregas por dar, ya esto se ha vuelto como una novela esperando el próximo capítulo.

Espero que hayan tenido una bonita navidad y que tengan un excelente año nuevo!

Saludos a los dos!
 
Muchas gracias Conejo Loco. La verdad es que es increíble su historia. Soy miembro hace mucho tiempo del foro, pero nunca tan activo, me gustan los relatos y vi el título de Sobrina - amante varias veces, pero dudaba que tan bueno era y no le daba Click, hasta que un día entré a leer tus relatos y no paré jaja. Aquella vez que me amanecí leyendo tus relatos fue bastante profunda, la etapa de España muy emocional. Y bueno desde ahí no me he despegado de este tema.

Que genial que tengan más entregas por dar, ya esto se ha vuelto como una novela esperando el próximo capítulo.

Espero que hayan tenido una bonita navidad y que tengan un excelente año nuevo!

Saludos a los dos!

Muchas gracias por tus palabras @the . Nos animas a seguir publicando y compartiendo las emociones y sentimientos, los buenos y los no tan buenos, que hemos vivido.
 
Nadia estaba en la clínica esa tarde; no podía acompañarme.
Así que Angie y yo caminamos unas cuadras y nos metimos a un café tranquilo, de mesas pequeñas y luz tenue.

Pedimos capuchinos.
Angie cruzó las piernas y me miró con ese gesto suyo que combina ternura y lucidez.

—Primix… —dijo—. No te quedes congelado. Tú vales más que cualquier cargo.

—No sé qué voy a hacer ahora —admití.

—Yo sí sé —respondió—. Eres un hombre lleno de experiencia. Puedes asesorar. Puedes entrenar equipos. Puedes trabajar independiente mientras aparece algo. Y tenemos las tierras en Ica… no te olvides de eso.
—Las pecanas —sonreí.
—Exacto. Siempre dijimos que algún día le íbamos a meter fuerza. Quizá ese día llegó.

Hablamos de alternativas, de proyectos, de contactos.
Ella tenía ideas.
Yo tenía ganas, aunque mezcladas con miedo.
Pero esa conversación… esa conversación me devolvió algo que había perdido desde el viernes:
dirección.

Angie tomó mi mano sobre la mesa.

—Hoy ganaste más de lo que crees —dijo, mirándome directo—. Hoy empezaste a recuperar lo que te quitaron. No el trabajo. El control.

Salí de ese café distinto.
Todavía golpeado, sí.
Pero con un mapa en el bolsillo.
Y con la certeza —profunda y luminosa— de que no estaba caminando solo.
Angie se veía contenta, casi orgullosa, como si el avance legal le devolviera a ella también un poco de estabilidad emocional. Para mí, en cambio, era una mezcla extraña: alivio, rabia, cansancio y esa pequeña chispa de esperanza que recién empezaba a encenderse.

Después del café, la acompañé al taxi que la llevaría a su oficina.
Me dio un abrazo cortito, profesional hacia afuera, íntimo hacia adentro.
—Te veo mañana —me dijo.
—Sí —respondí—. Y gracias por todo.
—No me des las gracias. Esto recién empieza.

Cuando regresé a casa, Nadia ya estaba preparando la cena.
Se le notaba el cansancio en los hombros, pero no en la mirada. Me recibió con un beso, con esa dulzura madura, tranquila, que solo ella podía darme.

—¿Cómo te fue con el abogado? —preguntó mientras servía arroz en un bowl.
—Bien. Muy bien, en realidad. Como dijiste, es un caso claro.
—¿Y qué va a pasar ahora?
—Primero SUNAFIL. Luego la demanda. Será largo.
—Entonces —dijo dejándome cubiertos y mirándome con firmeza—, vamos organizándonos. Tú no vas a cargarte solo con esto. Yo tengo sueldo fijo en el laboratorio y puedo hacer más turnos en la clínica si es necesario.

Me senté frente a ella, sintiendo cómo poco a poco el miedo se transformaba en organización.

—¿Sabes qué me gustaría? —le dije—. Que revisemos todo el presupuesto juntos.
—Claro —respondió sin dudar—. Lo hacemos hoy mismo.

Terminamos de cenar, bañamos y acostamos a nuestro niño y nos sentamos en la mesa de la sala. Sacamos una libreta y un Excel que ella había hecho semanas atrás. Fuimos revisando:

  • colegio
  • seguro médico
  • luz, agua, internet
  • comida
  • medicamentos
  • gasolina
  • tarjetas
Nadia tenía una claridad impresionante.
Quizá nunca la había visto tan contenida y tan eficiente al mismo tiempo.

Cuando terminamos, respiré profundo.

—Gracias, amor —le dije.
—Somos un equipo —respondió ella—. Tú has estado conmigo en momentos peores. Ahora me toca a mí sostenerte.

Sentí una emoción rara, como si se me juntaran los años vividos con ella en un golpe único.
La abracé fuerte.

Y por primera vez desde el viernes, lloré un poco.
Muy poco.
Pero lloré de emoción de saberme tan amado por las dos.
 
Más tarde, ya solo en mi escritorio leyendo los documentos que el abogado me había pedido juntar, sentí un pinchazo de inquietud.

El cheque.
No le había preguntado si podía cobrarlo o no.

Miré la hora.
7:45 p.m.
Angie debía haber salido ya de su oficina.

La llamé.

—¿Primix? —contestó rápido.
—Amor… olvidé preguntarle algo al abogado: ¿puedo cobrar el cheque o tengo que devolverlo? ¿O qué se hace?
—No, no cobres nada sin preguntar. Te arriesgas a que digan que aceptaste la liquidación. Llama ya mismo al abogado.

La llamada duró treinta segundos.
Llamé al abogado de inmediato.

—Doctor, buenas noches, soy Xxxx. Olvidé preguntarle algo importante: ¿qué hago con el cheque?
—Cóbrelo —respondió él sin titubear—. Es suyo. Ese dinero corresponde a conceptos reconocidos. No afecta la demanda. Lo que falta, lo reclamaremos todo.
—Perfecto. Gracias.

Volví a llamar a Angie.

—Ya está. Me dijo que lo cobre. Que no pasa nada.
—¿Viste? —respondió ella—. Mejor así. No regales nada.
—Sí… pero te llamo por otra razón.

Hubo un silencio pequeño, de esos donde ella siempre sabía que venía algo íntimo.

—Necesito que me ayudes a organizar mis finanzas —le dije—. Siempre has sido buena con eso. Yo ya avancé con Nadia la identificación de todos los gastos de la casa, pero quiero ahora proyectarlos contigo. Quiero poner todo en blanco y negro… ver cómo hacer durar el dinero el máximo posible.

Angie se rio bajito, con esa ternura picara que siempre tenía conmigo.

—Me encanta que me pidas eso.
—Bueno pues, te estoy dando poder sobre mi vida económica —bromeé—. No te aproveches de mi fragilidad.
—Ay, ya cállate, Primix —me dijo entre risas—. Te organizo la vida financiera en dos horas.
—Lo sé —respondí sonriendo—. Pero quiero hacerlo contigo, paso por paso.
—Listo, pero con una condición.

Me hice el indignado.

—¡Oye! ¡No te aproveches de mí en estos momentos!
—No seas payaso —respondió con ese tono amoroso suyo—. Mi condición es que tú hagas caso. Nada de orgullos tontos. Nada de “yo puedo solo”. Mañana lo vemos todo.

Me quedé callado un instante.
No porque dudara, sino porque me emocionó más de lo que esperaba.

—Gracias, Angie.
—No tienes que agradecerme nada, Primix. Tú me enseñaste a estudiar, a pensar en mi futuro, a ser responsable con mi dinero. Esto… —hizo una pausa suave— …es solo devolverte una parte de todo lo que sembraste en mí.

Colgué con un nudo en la garganta.
Uno bueno. Uno que no dolía, sino que acomodaba cosas adentro.

Esa noche me sentí distinto.
Golpeado, sí.
Pero sostenido, acompañado, iluminado por dos mujeres que, cada una a su manera, me querían con una lealtad que yo no sabía si merecía… pero que agradecía con el alma.

Mañana comenzaría la reorganización.
Hoy, al menos, ya no estaba perdido.
 
MIÉRCOLES – EL DÍA QUE VOLVIÓ A TENER FORMA

El miércoles desperté distinto.
Ya no con la angustia punzante del lunes, ni con el mareo existencial del martes.
Desperté… con propósito.
Uno pequeño, doméstico, sencillo, pero propósito al fin.

Pasé toda la mañana revisando la lista de pendientes eléctricos que había anotado el día anterior.
Saqué las herramientas nuevas, ordené los destornilladores, el tester, las cintas aislantes.
Me puse unos audífonos y dejé que la música llenara los silencios que todavía dolían.

Cambié el foco del pasillo.
Reemplacé la lámpara del dormitorio del niño.
Arreglé un enchufe que llevaba meses flojo.
Puse un interruptor nuevo en la sala.
Todo funcionó.
Todo me quedó perfecto.
Y esa sensación —esa mezcla de autosuficiencia y concentración— me hizo bien.

Como a las 3pm, cuando llegaron Nadia y mi niño, almorcé con ellos.
Ella estaba de buen humor.
Me vio moviendo cables, escaleras, cajas de herramientas, y me dijo:

—Te hacía falta un día así. Se nota que te calma.
—Me ayuda a no pensar tanto —respondí.
—Pues sigue —añadió sonriendo.

Pero a las cuatro de la tarde, me enfrenté a un problema que no sabía cómo resolver:
la excusa.

A las seis había quedado con Angie en el hotel.
Pero… ¿qué le decía a Nadia?

Ya no tenía reuniones.
Ya no tenía clientes.
Ya no había noches de oficina.
Ni eventos.
Ni cenas corporativas.
Mi agenda estaba vacía.

Y ella, naturalmente, estaba más pendiente.

Caminé por la casa ensayando respuestas hasta que se me ocurrió la más lógica, la más útil y la más inofensiva:

—Voy a juntarme con unos amigos —le dije cuando ella salió de la ducha—. Networking. Hace tiempo que no los veo. Y ahora lo necesito más que nunca.

Nadia sonrió, convencida.

—Perfecto. Anda. Recupera ese círculo. Los contactos valen más que los anuncios en LinkedIn.

Me sentí culpable un instante.
No por la mentira —que era inevitable— sino porque ella me lo decía con buena intención, con verdadero deseo de que me vaya bien.
Pero tenía que mantener la estructura que había construido:
el puente entre mis dos vidas.


A las seis en punto entré al hotel.
El corazón me latía raro: mezcla de deseo, culpa, necesidad, alivio.

Angie ya estaba ahí.
Apenas cerré la puerta, me tomó del cuello con ambas manos y me besó como si quisiera arrancarme el dolor que todavía llevaba pegado al cuerpo.
Su beso era profundo, cálido, lleno de intención.
No había prisa, pero había fuego.
Ese fuego suyo —propio, íntimo, exclusivo— que siempre sabían despertar únicamente para mí.

Me empujó suavemente hacia la cama y se sentó sobre mis piernas, inclinándose para besarme otra vez.
Sus manos recorrían mi espalda con la precisión de quien conoce cada tensión, cada miedo, cada grieta.
No buscaba solo encenderme; buscaba sostenerme.

Su cuerpo se acomodó sobre el mío con delicadeza, con una entrega silenciosa que hablaba más que cualquier palabra.

Ella me iba desnudando mientras me llenaba de besos, cuando finalmente quedé como vine al mundo, se paró y colocando sus piernas a los mis costados empezó a denudarse. Lo que yo veía desde abajo, echado en la cama era delicioso, se sacó todo y se puso nuevamente parada sobre mí, con sus pies apoyados a mis lados. La visión de su papita depilada, ya algo brillante por su lubricación y sus pechos aun firmes, vistos desde abajo, hicieron que mi erección no esperara permiso, el muchacho ya estaba listo para la batalla.
 
Ella comenzó a bailarme, se movía sensualmente, desde mi posición echado debajo de ella, se veía espectacular. Después de dos o tres minutos, se colocó en cuclillas sobre mi pene y tomándolo suavemente se lo introdujo en su vagina, pero no llegó a sentarse del todo, solo se movía de arriba abajo sin llegar a tocarme, lo que veía me excitaba más aún. Mi pene perforando su Conchita mojada y depilada era para volverse loco.
En un momento se sentó y se lo metió hasta el fondo, un gemido delató que había entrado profundo dentro de ella, se movía ya no de arriba a abajo, sino de atrás para adelante y viceversa, se inclinó sobre mí y comenzó a besarme la cara y el cuello, mientras una de mis manos exploraba su trasero y la otra jugaba con sus tetas. Sentía el calor de su piel, la respiración acelerada contra mi cuello, el roce suave de sus caderas marcando un ritmo íntimo, intenso, controlado.
No necesitábamos desbordes:
necesitábamos vincularnos, afirmarnos, reencontrarnos.

Fue un encuentro profundo, de cuerpos que se atraen y se entienden, de piel contra piel, de deseo mezclado con ternura, de alivio envuelto en pasión contenida. Unos minutos después ella estalló de placer, quedándose tendida sobre mí. Cuando su respiración se volvió irregular y sus manos me apretaron más fuerte, supe que ese momento la estaba sosteniendo tanto como a mí.

La tomé de la cintura y la puse boca abajo, la penetré piernas al hombro, en cada embestida, sentía que la punta de mi pene se estrellaba contra la entrada de su útero, arrancándole gemidos de placer que se iban convirtiendo en gritos de puro éxtasis, aguanté varios minutos a ese ritmo, dándole duro, hasta que sentí que mi leche salía incontrolable para rellenarla de mí.

Y cuando todo se calmó, cuando su pecho subía y bajaba pegado al mío, Angie se recostó a mi lado y me acarició el rostro con la yema de los dedos.

—Primix… tú estás aquí. Y eso significa que sigues de pie.

No dije nada. Solo la abracé.

Después, cuando ya estábamos más tranquilos, saqué el cuaderno, el Excel, los recibos, el cheque, la libreta de ahorros.
Ella se puso sus lentes, se cruzó de piernas y tomó el control como si fuera su propia oficina. Era un espectáculo ver ese cuerpo desnudo que minutos antes había vibrado de placer debajo y encima mío, ahora tomar una actitud profesional, que, si no fuera por los pezones erectos y su vagina brillante por su lubricación y mi semen, nadie diría que acabábamos de hacernos el amor.

—A ver, vamos a ponerlo todo —dijo—. Sin miedo. Los números no muerden.

Calculamos:

  • gastos fijos
  • gastos variables
  • posibles recortes
  • ahorro actual
  • ingreso de Nadia
  • cheque cobrado
  • liquidación pendiente
  • escenario optimista
  • escenario realista
  • escenario pesimista
Angie era rápida.
Eficiente.
Metódica.
Y profundamente cariñosa en su forma silenciosa de ordenar mi caos.

—Primix… —dijo finalmente, mirando la pantalla—. Tienes para un año de vida tranquila. Tranquilito.
—¿Segura?
—Segurísima. Y si logramos que te paguen lo que te deben, sumas mínimo dos años más.
—¿Dos años…?
—Tres años en total para elegir bien. No para correr. No para agarrar lo primero. Para elegir lo que mereces. Pero estoy segura de que no demoras más de dos meses en encontrar algo que te guste.

Me quedé mirándola.
Con una mezcla de orgullo, gratitud, amor y esa sensación que siempre volvía cuando ella hacía cosas por mí:
esa certeza interna de que estaba donde tenía que estar.

Comencé a revisar sus cálculos en la pantalla de laptop, había marcado en rojo los gastos que debía dejar de hacer, en naranja los muy eventuales y en verde los necesarios y si, me di cuenta de que las cuentas cuadraban. Lo único en lo que protesté, fue en que el lado de Hotel, marcado en rojo, había escrito “Angie”.

—Qué es esto? Protesté

—Yo pago los hoteles desde ahora, me respondió

—Ni hablar, siempre los he pagado yo

—Por eso mismo, ya me toca, no seas machista, ¿o acaso solo tu vienes a gozar?

—Pero me corresponde a mí, argumenté

—Donde está escrito eso?

Me dejó callado unos segundos.

—Ok, mientras dure esta situación, una tu y una yo

Ella me miró con ojos de mala, pero con una sonrisa encantadora.

—Está bien, pero eso no solo será mientras estes sin trabajo, eso será de aquí en adelante y no es negociable.

No me quedó más que aceptar, en el fondo ella tenía razón.

Angie cerró la laptop, se sentó sobre mis piernas de nuevo y apoyó su frente en mi pecho.

—Primix… —susurró—. Te dije que no ibas a caer. Míranos. Ya estamos haciendo camino.

La abracé fuerte.
No tenía empleo. No tenía rumbo claro.

Pero tenía a dos mujeres que me sostenían desde lugares distintos, desde amores distintos, desde fuerzas distintas.

Y por primera vez desde el viernes, sentí que el mundo dejaba de ser un abismo
y empezaba a parecer un terreno donde yo podía volver a caminar.
 
Noviembre se me fue como un mes extraño, suspendido entre la incertidumbre y esa necesidad casi obstinada de no quedarme quieto. Mientras Angie seguía con sus rutinas —trabajo, su niña, su casa— yo entraba en una etapa rara, silenciosa, donde cada día parecía una mezcla de trámite, reparación doméstica y búsqueda personal.

Tuve varias reuniones con el abogado; reuniones breves, tensas, cargadas de papeles y palabras que yo escuchaba con la mitad del cuerpo aún en la oficina que acababa de perder. Presentamos la queja en Sunafil, la admitieron, y me citaron a una audiencia a la que la empresa, por supuesto, no se dignó a aparecer. Volví igual a la entidad un par de veces más, casi por testarudez, solo para asegurarme de que el trámite caminara y no se durmiera en algún escritorio sombrío. Era mi forma de recordarme que no estaba dejando que nada se me caiga de las manos.

En casa, en cambio, me descubrí distinto. Empecé a hacer arreglos que había postergado por años: cambiar focos, enchufes, cables viejos. No sé si fue terapia, ansiedad o simplemente necesidad de estar ocupado, pero terminaba cada tarde sintiendo que recuperaba algo de control sobre mi vida. Y un día, sin pensarlo demasiado, armé un pequeño taller en la terraza del tercer piso. Un banco de trabajo improvisado, unas maderas que tenía guardadas y un par de herramientas que compré casi con culpa. La carpintería me atrapó desde el primer intento: había algo de armonía en lijar, en medir, en hacer calzar piezas que antes eran solo retazos. Me daba una calma que ni sabía que necesitaba.

En paralelo, claro, me lancé a buscar trabajo. Actualicé documentos, envié mensajes, moví contactos que llevaba años sin activar. No era fácil—había días en los que me sentía útil, decidido, y otros en los que me invadía esta especie de vacío que no sabía dónde acomodar. Pero seguía. Cada mañana me proponía que el día fuese productivo. Que noviembre no se convirtiera en un agujero negro entre lo que había perdido y lo que aún no llegaba.

Y Angie… Angie estaba ahí. No todos los días, pero siempre en ese punto exacto donde su presencia me equilibraba. Cuando hablábamos por la noche, con su voz cansada pero dulce, sentía que todo lo que estaba construyendo —mi taller improvisado, mi caso legal, mi búsqueda de trabajo, mi propia paciencia— tenía un sentido que todavía no podía nombrar, pero que intuía que se acercaba.


Quizá lo peor de noviembre no fue la incertidumbre laboral ni los trámites que parecían no avanzar, sino lo poco que pude verme con Angie. Apenas dos veces en todo lo que quedaba del mes. Dos encuentros que se sintieron como gotas en un desierto. Antes, las excusas eran parte natural de nuestra rutina secreta: la oficina, las reuniones eternas, las visitas a clientes, esas “cenas de trabajo” que me inventaba para quedarme con ella hasta las once o doce de la noche. Pero ahora, sin el paraguas de mi horario laboral, todas esas maniobras se desmoronaron.

Podía improvisar una reunión de networking por ahí, o mencionar alguna entrevista de último minuto, pero cada vez era más difícil. Y ella lo sabía. Angie era comprensiva de una manera casi dolorosa: nunca reclamó, nunca me reprochó nada. Pero ambos nos moríamos de ganas de juntarnos. No solo por el cuerpo —aunque también— sino por esa necesidad emocional, urgente, de sentirnos cerca, de confirmar que seguíamos siendo nosotros en medio de todo lo que se estaba moviendo alrededor.

La última semana de noviembre llegó casi como un ultimátum silencioso. Era miércoles, el mes se nos escapaba entre los dedos y nosotros seguíamos sin encontrarnos como queríamos. Hubo un momento, después de una mañana especialmente larga y vacía, en el que ya no pude más.

Le escribí.

—Tengo que verte hoy día sí o sí —le dije. No era un pedido; era una confesión.

La respuesta llegó rápida, como un latido que se apura.

—Yo también quiero verte, amor.

—¿Y cómo te escapas? —pregunté, ya imaginando cualquier complicación posible.

Ella se quedó unos segundos en silencio. Esos segundos donde yo podía ver sus pensamientos acomodarse, calcular, decidir, desear.

—¿Tú podrías salir como a las cuatro de la tarde? —preguntó.

—Sí —respondí sin pensarlo—. Yo me arreglo.

—Perfecto —dijo ella, como si hubiese soltado el aire que llevaba todo el mes conteniendo.

—Cuatro y media —propuse.

—Cuatro y media estoy ahí —me respondió.

Esa certeza fue como encender una luz en un cuarto cerrado por demasiado tiempo.
Lo que fuera que diciembre trajera después, ya no importaba.
Ese día, por fin, íbamos a reencontrarnos.



 
Llegué al hotel a las cuatro y veinte, con ese aire de hombre que va a una entrevista importante: terno azul impecable, camisa recién planchada, zapatos lustrados y una corbata sobria que me daba un porte que hacía tiempo no necesitaba… y que, sin embargo, me devolvió algo de mí mismo. En casa había dicho que salía a una entrevista, así que la coartada tenía que sostenerse hasta el final. No podía dar un solo paso fuera del papel.

Cuando crucé el lobby, sentí esa mezcla de adrenalina y serenidad que me provocaba verla después de muchos días. Ella ya estaba en la habitación. Golpeé suavemente la puerta. Apenas abrió, su cara fue un poema.

—¡Guau, Primix!… —dijo llevándose una mano a la boca—. Estás churrísimo. ¡Qué elegante! ¡Hace muchísimo tiempo que no te veía así!

Se quedó mirándome como si hubiese entrado un hombre nuevo. O tal vez uno viejo, uno que ella recordaba, ese que llegaba impecable de una oficina elegante, antes de que la rutina, los horarios y la doble vida fueran desdibujando detalles.

Y en un segundo, sin que yo hiciera nada más que sonreír, se volvió sensual. Su mirada cambió, como si la ropa que llevaba fuese un detonante y ella reconociera algo que había extrañado más de la cuenta.

—Me encanta cómo vienes… —murmuró, acercándose—. De verdad me encanta.

Cerró la puerta. Y en esa distancia mínima, su cuerpo entero habló antes que sus palabras.

—No te vayas a sacar todo de golpe —dijo, tocándome la corbata con la punta de los dedos—. Quiero verte así un rato.

—Y tú tampoco te me tires la ropa por ahí —le respondí con una sonrisa—.

Se rio, esa risa dulce que me partía el pecho.

—A ti te encanta mandarme —susurró.

—Solo cuando te veo así —le dije, acercando mi frente a la suya.

El primer beso fue lento, profundo, de esos que no tienen prisa porque saben que ya ganaron. Sentí su respiración acelerarse contra mi cuello, sus manos recorriendo mi espalda por encima del saco, como si la tela le quemara los dedos. Y yo también la necesitaba, hace semanas la necesitaba; había un hambre acumulada que no se podía disimular.

Con calma —la misma calma que se tiene cuando algo es demasiado valioso para tratarlo con torpeza— me fui sacando el saco, doblándolo con cuidado sobre la silla. Ella hizo lo mismo: se desabrochó la blusa sin apuro, casi con ceremonia, como si el simple acto de quitarse la ropa frente a mí fuese parte del reencuentro.

Cuando finalmente quedamos piel con piel, no hubo espacio para dudas. Era un abrazo que venía de días sin tocarnos, de voces que se dijeron “espérame” demasiadas veces, de noches en las que el cuerpo llamaba y la realidad no permitía.

Nos encontramos con hambre, sí, pero también con gratitud, con ternura, con ese alivio profundo de saber que por fin habíamos llegado.

Esa tarde, más que desnudarnos, nos reconocimos.

Nos besamos como si hubiéramos estado semanas respirando a medias. No hubo prisa; hubo necesidad. Cada movimiento era un reencuentro, una comprobación, un “estás aquí”, un “no me sueltes todavía”. Ella se aferró a mí con una mezcla de urgencia y alivio, como si mi cuerpo fuera la única forma de apagar la tensión de todo noviembre.

Su piel, tibia y suave, encajó contra la mía como si hubiéramos sido hechos para volver a encontrarnos siempre. Mis manos recorrieron su espalda con la misma cautela con la que uno toca algo que extrañó tanto que duele; ella me besó el cuello, la mandíbula, la boca, con una intensidad que solo se alcanza cuando el deseo estuvo demasiado tiempo detenido.

Hubo un momento en que simplemente nos quedamos allí, abrazados, respirando fuerte, como si necesitáramos calibrar que lo que pasaba era real.

—Cómo te he extrañado —me dijo ella con la voz ronca, apoyando la frente en mi pecho.

—Yo también, amor… —respondí acariciándole el cabello—. Ya era demasiado.

Ella sonrió con esa sonrisa pequeña que siempre anuncia que está por abrirme el corazón.

—¿Y ahora qué hacemos con diciembre? —preguntó, levantando la mirada.

—Primero —dije mientras la llevaba despacio hacia la cama—, hacemos que hoy cuente.

Nos recostamos sin perder el contacto. Ella se acomodó sobre mí, besándome lento, suave, casi como si estuviera memorizando cada gesto. Mis manos se deslizaron por su cintura, y ella arqueó el cuerpo con un suspiro largo. El tiempo se suspendió. Lo que siguió no fue solo deseo: fue necesidad emocional, esa que no se puede suplir ni explicar, solo vivir.

Me dio una mamada memorable que me hizo perder la noción del tiempo. Luego me cabalgó intensamente, regalándome sus tetas por momentos, para que mi boca le succione los pezones, eso la excitaba aún más. Luego la puse en perrito, ella se agarraba con fuerza de las sábanas gimiendo de placer. Su trasero rebotaba a cada embestida y mi pene le llegaba hasta el fondo. Así la tuve buen rato hasta que llegó al orgasmo. La deje disfrutar el momento y luego la jalé al filo de la cama, donde la penetré piernas al hombro, bombeándole con furia, gozando de cada embate, ella tenía los ojos en blanco y solo repetía que quería más entre gemidos. así seguí hasta que la llené con mi leche.

Después del clímax, y de la calma que siempre nos dejaba enredados en sábanas y respiraciones desordenadas, quedamos acostados uno frente al otro, con las piernas entrelazadas. Ella jugaba con mi corbata, todavía tirada a un lado, como si fuera un símbolo de algo que le había gustado más de lo que quería admitir.

—Amor… —dijo, dándole vueltas con los dedos—. ¿Qué vas a hacer en Navidad?

—No sé —respondí sincero—. Depende de cómo se muevan las cosas en casa. Y depende también de cómo esté mi mamá. Pero… —tomé su mano— yo quisiera verte. Aunque sea un ratito. No sé cómo, pero quisiera.

Ella suspiró, apoyando la cabeza sobre mi hombro.

—Yo también —murmuró—. Este año ha sido tan pesado que… no sé… me gustaría tener un momentito para nosotros. Algo chiquito, pero real.

—Veremos cómo lo hacemos —le dije, besándole la sien—. No quiero que pase diciembre sin tenerte un día para mí.

Ella no dijo nada, pero su silencio fue un “sí” clarísimo.

Después se incorporó un poco, mirándome con curiosidad.

—¿Cómo van tus dos procesos, amor? El laboral y… lo otro.

—El laboral, ahí va. Moviendo contactos, reactivando cosas. Hay un par de opciones, pero nada concreto. Igual noviembre me sirvió para ordenar la casa, la cabeza… y la cochera —me reí.

Ella sonrió.

—Sí, ya me contaste lo de tu taller. Me encanta.

—Me hace bien —le dije—. Me desconecta.

—Y lo otro… —susurró, bajando la voz.

—Sunafil aceptó la denuncia —respondí—. Hubo una audiencia, pero la empresa no fue. Igual el expediente avanza. Va a tomar tiempo.

Ella frunció el ceño, como quien quiere protegerte del mundo entero.

—Te juro… —dijo acariciándome el rostro— que quisiera que todo esto se resuelva rápido. No mereces este estrés.

—No te preocupes —le respondí—. Lo estoy tomando con calma. Lo que importa es que estoy bien. Y que hoy estamos acá.

Ella me abrazó más fuerte, pegando su cuerpo al mío.

—Sí… hoy estamos acá —dijo casi en un susurro—. Y eso me basta.

Nos quedamos así, envueltos en esa mezcla de piel tibia, cariño, cansancio y alivio. Hablamos un poco más, nos besamos un poco más, nos quedamos callados un buen rato. Era un silencio cómodo, íntimo, de esos que solo existen cuando dos personas ya se conocen en todos los niveles.

Esa tarde de noviembre, casi al cierre del mes, no fue solo un encuentro.
Fue una recarga.
Un recordatorio.
Un “seguimos”, pese a todo.
 
Queridos lectores,

Hacemos un pequeño paréntesis porque mañana nos vamos de viaje. Ese viaje que yo traté de evitar por mucho tiempo… pero que al final Angie y Nadia terminaron saliendose con su gusto y lo concretaron.

Sí: nos vamos todos.

La misma casa de playa donde estuvimos el verano pasado, comenzando el 2025, en Tumbes. Esta vez, para rematar, la conseguimos más barata, así que ya no había mucha excusa para seguir pateándolo. Y acá estamos: maletas, logística, niños emocionados, y yo con esa mezcla de “qué lindo” y “¿en qué me metí?”.

Vamos: Nadia con mi niño, yo, Angie con su niña y su mamá, y… sí… también va la amiga resbalosa y su hijo de la última vez.

Nadia me preguntó si yo tenía algún inconveniente con que ella fuera. Y la verdad, ¿qué le iba a decir? No es una persona que me caiga especialmente bien, pero tampoco es que me caiga mal. En este momento, lo único que quiero es que Nadia esté tranquila y disfrute. Así que le dije que no, que normal.

Ahora… seamos sinceros: todos sabemos cómo fue la dinámica la última vez. Yo no tengo ningún interés en entrar en historias raras, menos con “tetas al aire” y actitudes de adolescente con calor. Si la señora decide volver a “resbalarse”, yo no le voy a dar ni la hora. Punto.

Lo único que espero —y esto sí lo digo con total honestidad— es que Angie también lo tome bien. Ya la advertí. Ya le conté. Ya sabe quién es quién y por dónde suele venir el show. Así que, en teoría, vamos preparados.

No sé qué va a pasar. Lo único seguro es que, cuando regresemos, probablemente habrá mucha historia que contar.

Sobre las publicaciones: voy a intentar seguir escribiendo, pero no prometo el mismo ritmo. Estar en una casa con tanta gente, con niños, con planes, con idas y venidas… y encima cuidando siempre el tema de la discreción… no es precisamente el ambiente más “inspirador” para sentarme a teclear tranquilo.

Si en algún momento desaparezco unos días, les pido paciencia. Nosotros estamos regresando recién el 9 de enero.

Les mando un abrazo grande, y gracias —como siempre— por estar ahí, por leer, por seguirnos, por acompañarnos en esta historia que a veces parece novela… pero es nuestra vida.

Primix & Angie
 
Regresamos.

Anoche llegamos bastante tarde a casa. Cerca de las doce y media. Con ese cansancio que no es solo del viaje —es de haber vivido demasiadas horas en pocos días—, pero también con una sonrisa terca que no se va ni con ducha fría.

Hubo de todo.

Y cuando digo de todo, no es frase hecha. Fue intenso. Fue bonito. Fue incómodo a ratos. Fue divertido. Fue… peligroso en el sentido exacto de la palabra, ese peligro que no siempre explota, pero que se siente en la nuca como una mano caliente.

No quiero quemar la película. No quiero hacer spoiler.

Solo voy a decir esto: fueron días de calor extremo, sí, y de disfrute, sí… pero también pasaron cosas que yo jamás pensé que podrían suceder con ese reparto completo, en esa misma casa, en ese mismo escenario donde uno cree que ya conoce las reglas.

Y lo peor —o lo mejor, depende de cómo lo mires— es que no fue una sola cosa. Fueron varias. En cadena. Como cuando empujas una ficha de dominó chiquita y resulta que atrás había un dominó gigante esperando su turno.

Por ahora estamos de vuelta. Reacomodando la casa. Haciendo que el cuerpo entienda que ya no hay brisa de mar, que ya no hay niños corriendo en patio ajeno, que ya no hay miradas cruzadas en momentos raros… aunque, siendo honestos, esas miradas todavía siguen viajando con nosotros en la cabeza.

Pronto seguimos con el relato.

Porque sí: hay material. Hay páginas. Hay escenas que todavía tengo que ordenar mentalmente para contarlas como se debe, con calma, sin traicionar el detalle… y sin olvidarme de algo importante: lo que sentimos por dentro mientras todo pasaba por fuera.

Denme un poco de aire.

Y volvemos.
 
Y retomamos nuestra historia.

Ochenta y siete – LA LUCHA INTERNA

ANGIE

Cuando salimos del hotel, ya estaba cayendo la tarde. Él se vistió primero, despacio, con ese cuidado que tiene cuando sabe que debe volver a su otra vida sin un hilo fuera de lugar. Me quedé sentada en la cama mirándolo ponerse la camisa, abotonar la manga, acomodarse el cuello. Era un ritual que siempre me dolía un poquito… porque significaba que el tiempo se nos había acabado otra vez.

Yo también comencé a vestirme, pero más lento. No por coquetería, sino porque quería grabarme cada segundo final. Quería retener ese olor suyo en mi piel, esa sensación de haberlo tenido entero después de semanas de ausencias forzadas.

Él se acercó, me tomó del rostro y me dio un beso pequeño, suave, de esos que dicen “cuídate” y “te quiero” al mismo tiempo.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Asentí. Aunque no era del todo cierto. No mal, pero… removida. Porque esas tardes eran hermosas, sí, pero también eran una especie de respiración prestada: profundas, necesarias, pero que siempre venían con su fecha de vencimiento.

Bajamos juntos por el ascensor. Yo todavía llevaba el cabello ligeramente desordenado por sus manos, y él tenía esa expresión serena que siempre le queda después de amarme: una mezcla de calma, ternura y algo más… algo que se me pegaba en el pecho como un eco. Caminamos por el pasillo hacia la salida sin decir mucho, porque a esa hora las palabras suelen sobrar y doler al mismo tiempo.

Afuera, la tarde estaba tibia. Él debía irse, por un lado; yo por el otro, como dos líneas que se tocan apenas y luego vuelven a su distancia natural.

—Te escribo cuando llegue —me dijo.

—Ya —respondí, acomodándole la corbata con una sonrisa que no pude ni quise esconder.

Me miró como si quisiera agregar algo, pero se contuvo. Solo me dio un beso que me supo a gloria. En ese silencio hubo una mezcla de felicidad y pena, una emoción que se me clavó hondo, como si en la despedida también hubiera un pedacito de promesa.

Lo vi alejarse.

Y ahí… me cayó todo.

Caminé despacio hacia el Mazda —ese auto que un día fue suyo y que ahora llevaba mi nombre, aunque para mí siempre tendrá algo de él—. Abrí la puerta, dejé mis cosas en el asiento del copiloto y me quedé un instante quieta, respirando hondo, tratando de ordenar lo que me estaba pasando por dentro.

No era culpa. No era arrepentimiento.
Jamás lo había sido.

Yo siempre había vivido tranquila con nuestra situación, incluso cuando duele. Desde el principio entendí cuál era nuestro lugar en el mundo: él estaba con Nadia; yo formé pareja en España; nuestras vidas se habían separado por decisiones, por tiempos, por distancias. Y aunque lo amaba, sabía —y lo acepté— que nosotros no podíamos ser una pareja formal. La familia, la historia, lo que pasó cuando me fui… todo eso marcó un límite claro que aprendí a respetar sin sufrirlo.

Pero esa tarde… algo cambió.

Mientras manejaba, todavía sintiendo en mi cuello el calor de sus besos, me asaltó un pensamiento que no había tenido nunca. Un pensamiento que me sorprendió tanto que casi frené en seco en un semáforo.

¿Y si finalmente le pido que se quede conmigo?

¿Y si le digo que se divorcie?

¿Y si nos vamos juntos a otro país y empezamos de cero?


Fue un destello, un impulso… pero me estremeció. Porque nunca lo había pensado así, tan frontal, tan irracional y tan honesto al mismo tiempo.

Seguí manejando, tratando de sacudirme esa idea. Me repetí que no era posible, que no estaba bien, que yo había aceptado nuestra relación tal como era desde el primer día. Que por qué, justo ahora, aparecían esos deseos que no me correspondían, que no debía tener.

Pero la verdad… es que esa tarde lo sentí más mío que nunca.

Y esa sensación —esa necesidad profunda de tenerlo más tiempo, de tenerlo entero, aunque sea por un día, por un rato, por un espacio más grande del que la vida nos permitía— me acompañó durante todo el camino.

Luché contra el pensamiento. Lo discutí conmigo misma.
Me dije mil veces que no debía ilusionarme con algo imposible.

Pero, aun así, ahí estaba.
Instalado. Molesto. Dulce. Peligroso.

Cuando por fin llegué a casa, apagué el motor y me quedé un rato en silencio dentro del Mazda, mirando mis manos sobre el volante, sintiendo una mezcla de ternura y miedo.

En el fondo sabía que lo amaba igual que siempre, pero esa tarde… descubrí que el amor puede cambiar de forma, pedir más, empujar más, exigir más espacio.

Y esa idea —esa pregunta que no debía existir— me acompañó como una sombra cálida y triste durante el resto del día:

¿Y si esta vez sí lo quiero para mí?

Los días siguientes a aquel encuentro… fueron extraños. Desconcertantes.
Como si algo hubiera despertado dentro de mí sin mi permiso.

Iba manejando camino al trabajo y, sin querer, me sorprendía imaginando cómo sería si estuviéramos juntos de verdad. No esta vida a medias que yo había aceptado siempre con tanta serenidad, sino juntos: compartiendo mañanas, rutinas, decisiones… como dos personas que se eligen todos los días.

Sacudía la cabeza, como quien espanta un mosquito molesto, y me decía en voz baja:

No, Angie. Eso no es posible. Tú sabes cómo son las cosas. Lo has aceptado toda la vida. ¿Por qué ahora te pones a soñar tonterías?

Y, sin embargo, el pensamiento volvía.

Volvía cuando me estaba maquillando y veía mi cuello todavía sensible.
Volvía cuando miraba el Mazda desde la ventana y recordaba que ese auto había sido suyo y que habíamos hecho el amor más de una vez dentro y sobre él.
Volvía cuando leía sus mensajes de buenos días.
Volvía cuando, sin querer, venían recuerdos de nuestros primeros años juntos, cuando solo debíamos escondernos de la familia, pero viajábamos juntos, íbamos a hoteles sin cuidarnos de nada, cuando caminábamos por la playa de la mano….

Mi mente lógica, mi yo consciente —el que siempre ha sido fuerte, correcto, práctico— intentaba frenarlo:

Él tiene un hijo.
Él pasó por una tragedia enorme, por la muerte de su bebé.
Nadia está siendo buena con él, está más cariñosa, más cercana.
No puedes destruir algo que por fin está encontrando paz.
¿Qué haces pensando estas cosas?


Pero mi corazón… mi corazón no obedecía.
Y eso fue lo que más me asustó.

Porque yo siempre había llevado esta relación con una tranquilidad casi peligrosa: sabía el papel que tenía, sabía mis límites, sabía que lo nuestro era hermoso y profundo, pero no era un cuento tradicional. Nunca lo exigí, nunca lo soñé, nunca lo reclamé.

Hasta que esa tarde de noviembre me desarmó.

Esa tarde dejó una grieta abierta, una pequeña luz que se coló y no dejó de prenderse en los días siguientes.
 
ANGIE



Una noche, mientras me lavaba los dientes, me miré en el espejo y me vino un recuerdo nítido: yo, adolescente, imaginándome a mi “novio limeño”, ese chico mayor, protector, dulce, que me quería con fuerza y pasión. Y me quedé quieta porque lo que pensé fue:

María santísima… al final sí fue él.
Al final sí terminé teniendo al hombre que soñaba de adolescente.
Mi novio. Mi amante. Mi amor.


Esa idea me golpeó.

Y con ella, otra más peligrosa:

¿Y si ahora también pudiera cumplirse la otra parte del sueño?
¿Y si ahora sí puedo tenerlo solo para mí?


Me apoyé en el lavadero, respirando hondo.
La fantasía era tan dulce… y tan injusta.

Porque inmediatamente después venía la otra voz, la sensata, la que me ha salvado toda la vida:

No puedes pedirle eso. Él no puede dejar a su hijo.
Él no puede partir otra vez su vida.
Él está reconstruyéndose.
Nadia ha sufrido demasiado.
Tú no eres así.
Tú no vas a destruir algo que al fin está funcionando.


Y yo asentía.
Yo lo entendía. Yo lo sabía.

Pero minutos después… la otra parte volvía.

La parte irracional. La parte enamorada. La parte que lo extraña más de lo que debería. La parte que siente su olor en mis manos todavía.
La parte que recuerda cómo me miró al salir del hotel.

Y esa parte susurraba:

¿Y si sí?
¿Y si no es tan imposible?


Todas esas semanas caminé como si tuviera dos voces peleando dentro de mí.
Mi cerebro, duro, firme, ordenado:
No sueñes. No pidas más. Sé agradecida. Sé consciente.

Y mi corazón, terco, valeroso, casi infantil:
Pero yo lo amo. Yo lo quiero más. Yo lo quiero cerca.
Yo quiero su vida junto a la mía.


Por momentos me daba vergüenza conmigo misma.
Por otros, me emocionaba imaginándolo.
Y a ratos me dolía, porque sabía que esas ideas no tenían dónde crecer.

Pero ahí estaban. Persistentes. Insistentes. Vivas.

La lucha fue agotadora, silenciosa, íntima.
Un debate constante entre dos mitades que, por primera vez en muchos años, no querían lo mismo.

Yo había aceptado nuestra historia desde el día que regresé de España.
Había aceptado que él tenía su mundo y yo tenía el mío.
Había aceptado que lo nuestro era una maravilla que no necesitaba nombre ni contrato.

Pero esa tarde… esa bendita tarde en el hotel… me cambió algo por dentro.
Me abrió una ventana que yo no quería abrir.
Me mostró un posible que no debía existir.

Y durante todas esas semanas, desde ese día hasta mediados de diciembre, viví atrapada entre la cordura y el deseo, entre lo correcto y lo que el corazón me pedía con una fuerza que me daba miedo:

¿Y si esta vez sí lo quiero para mí?

Los días pasaron… y esa idea, en vez de apagarse, se volvió más insistente.
Yo seguía con mis rutinas, llevaba a mi hijo al colegio, iba al trabajo, almorzaba con mis compañeras de trabajo, regresaba a casa, hacía mis cosas… y, sin embargo, cada momento de silencio era un golpe directo a mi pecho.

En el carro, en los semáforos. En la ducha.
Cuando guardaba los platos. Cuando me sentaba en el sofá un ratito antes de dormir.

¿Y si lo quiero para mí?
¿Y si esta vez sí lo quiero completo?


Fue una pelea constante entre lo que sabía y lo que sentía.

Mi parte lógica me hablaba como una madre severa:

No, Angie. No destruyas nada. Él tiene un hijo. Él tiene una esposa que también está intentando sanar. Tú tienes tu hija, tu propia vida. Ustedes han encontrado una forma de amarse que funciona. No la rompas.

Pero la otra voz… esa que nace del corazón y no entiende de límites… esa voz me decía:

Pero lo amo. Lo extraño. Lo quiero más conmigo.
Quiero despertarme con él un día entero, sin relojes, sin miedos.
Quiero saber cómo sería caminar de su mano por la calle sin escondernos.
Quiero saber cómo sería si esta vez no lo pierdo.


Era agotador.

Lo peor no era desearlo… lo peor era sentir que ya no podía callarlo.

Porque nosotros nunca nos mentíamos, nunca nos guardábamos nada.
Siempre fuimos dos personas que se contaban hasta lo que dolía.
Y ahora yo estaba cargando ideas que no sabía si eran un error… o un anuncio.

Una noche, mientras doblaba la ropa limpia, me detuve en seco. Sentí un nudo en la garganta, uno de esos que te obligan a sentarte para no quebrarte.

Me dije, bajito, como confesándoselo al aire:

No puedo manejar esto sola. Él tiene que saberlo.
Él es la única persona con la que puedo hablar de esto sin miedo.
Si no se lo digo, me voy a enfermar.


Fue ahí cuando tomé la decisión.

Respiré profundo, recogí el cabello en una cola y me quedé mirando el celular.
Lo pensé una vez. Lo pensé dos.
Y lo llamé.

—Amor… —dije apenas escuché tu voz—. Tengo que hablar contigo.

—Dime, mi vida.

—No puedo decirlo por teléfono —respondí, sintiendo un temblor extraño—. Es algo… importante. Muy importante. Y… necesito… —tragué saliva— necesito hacerlo piel a piel.

Hubo un silencio breve.
Uno de esos silencios en los que tú procesas cosas rápido, como siempre haces.

—Perfecto —dijiste al fin, con esa calma que me sostiene—. Mañana busco un pretexto. En la tarde, después del mediodía. ¿Tú puedes?

Sentí un escalofrío desde el pecho hasta la boca del estómago.
Esto ya no era solo un pensamiento.
Esto iba a existir en palabras.

—Sí —respondí—. A las tres, en el hotel.

—Listo —dijiste—. Ahí nos vemos.

Colgué.

Y me quedé mirando el teléfono como si fuera un espejo.
Mi corazón latía demasiado rápido, como si acabara de cruzar una línea invisible.

Sabía que al día siguiente algo iba a cambiar. No sabía si para bien o para mal.
Pero sí sabía esto:

No podía seguir callándome. No podía seguir peleando sola contra ese deseo.
No podía seguir pretendiendo que nada había pasado en mí desde aquella tarde de noviembre.

Necesitaba verlo. Necesitaba sentirlo. Necesitaba hablarle con la verdad desnuda.

Porque él era mi amor imposible… que se había hecho posible. Era real, él era el hombre de mi vida, el único al que amé verdaderamente y al que sigo amando, cada día más y más. Y, aun así, también era la única persona ante la cual yo podía desarmarme sin miedo.

Mañana, a las tres en el hotel. Piel a piel.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo, sin saber qué iba a pasar… pero lista para enfrentarlo.



 
YO

Llegué al hotel unos minutos antes de las tres.
El simple hecho de que Angie me hubiera pedido vernos “piel a piel” ya me tenía el estómago revuelto. Ese código entre nosotros no fallaba: cuando ella decía eso, no era solo por deseo —que siempre estaba—, sino porque necesitaba hablar de algo que golpeaba directamente en su corazón.

Cuando apareció en el pasillo, vi su cara antes de que ella viera la mía.
Y se me clavó de inmediato una inquietud dulce: venía seria, intensa, con una mirada que no sabía si era de angustia o de determinación. Cuando finalmente me vio, sonrió… pero era una sonrisa cargada, profunda, como si llevara varios días sin poder soltar el aire.

Entramos a la habitación.
Apenas cerré la puerta, ella se me lanzó encima.

Un abrazo largo, fuerte, apretado… uno de esos que yo identificaba al instante: no era solo amor, no era solo deseo. Era necesidad. Era ella queriendo desaparecer en mi pecho un ratito, queriendo que yo la sostuviera entera.

Su boca buscó la mía sin esperar palabras.
Besos largos, con la respiración alterada, de esos que tiemblan un poco al principio porque vienen arrastrando días de pensamientos no dichos. Sentí sus manos rodearme la nuca, su cuerpo pegado al mío, una intensidad que me atravesó por completo.

Yo también me entregué, claro.
Porque cuando ella me besaba así, cuando parecía querer meterse dentro de mí, yo recordaba por qué era imposible no pertenecerle, aunque fuese a medias, aunque fuese en secreto, aunque fuese en instantes robados.

En algún momento, entre caricias y urgencias calladas, ella susurró:

—Primix… antes de hablar… hazme el amor.

Era parte de nuestra forma de comunicarnos.
Las conversaciones importantes siempre empezaban después de que el cuerpo decía lo que la voz no podía.

Nos desnudamos despacio, con esa mezcla de ternura y ansiedad que solo aparece cuando el alma también está abierta. Ella estaba distinta: más intensa, más apasionada, más entregada que otras veces. Cada gesto suyo tenía una carga emocional que me atravesaba; la sentía tan cerca, tan sobre mí, tan mía y tan vulnerable, que entendí que ese encuentro no era como los otros.

Hicimos el amor de manera lenta, romántica, profunda.
No hubo apuro. No hubo fuerza desatada. Hubo conexión.
Un sabernos, un necesitarnos, un aferrarnos.

Mientras me cabalgaba, ella apoyaba la frente en mi cuello, respirando hondo, como si quisiera memorizar cada latido. Yo la rodeé con los brazos y la dejé guiarse por lo que sentía. No hablamos. No hicimos falta. Ese silencio lleno de piel lo dijo todo. Me pareció que su vagina apretaba más, como si estuviese contrayéndola para aprisionar mi pene dentro de ella, sus movimientos eran intensos.

Luego la puse boca arriba y la penetré con las piernas al hombro, pero al poco rato ella me jaló hacia si, abrió mucho las piernas para que mi cuerpo entre ellas, mientras le seguía dando duro y parejo. Sus gemidos eran muy intensos y sus brazos que rodeaban mi espalda me jalaban hacia ella. Podía sentir sus senos apretados contra mi pecho.

Nuestros orgasmos fueron casi simultáneos, sentí que mi pene estalló dentro de ella pocos segundos después de que ella se estremeciera con gritos de placer.

Al terminar, se quedó pegada a mí, respirando fuerte todavía, con la mejilla sobre mi pecho. Yo le acaricié el cabello, esperando. Sabía que estaba buscando fuerzas.

–Amor —le dije suave—, ¿de qué querías hablar?
Estoy aquí.
Tú sabes que puedes decirme todo porque siempre vas a encontrar en mí amor, escucha y comprensión.

Ella se incorporó despacio, todavía desnuda, todavía temblando un poco. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas y me miró a los ojos… con una honestidad que casi me quebró.

Se tomó unos segundos.
Respiró hondo.

Y entonces, con la voz baja, frágil y al mismo tiempo firme, comenzó:

—Primix… llevo días pensando cosas que no debería pensar… sintiendo cosas que no debería sentir… peleando conmigo misma…

Ella me lo contó todo.
Pero esta vez, con una profundidad que no había escuchado jamás en su voz.

Me dijo que desde aquella tarde en el hotel —esa tarde en la que se fue con mis besos aun latiéndole en la piel— apareció un pensamiento que al principio le pareció una tontería. Una chispa fugaz. Algo que iba a esfumarse con el cansancio o el sueño.

Pero no. Ese pensamiento creció. Cada día.
Cada mañana en que se levantaba.
Cada minuto de silencio.
Cada vez que manejaba el Mazda que alguna vez fue mío.
Cada vez que recordaba cómo la abracé, cómo la miré, cómo la toqué.

—Primix… —me dijo con la voz quebrada— al inicio pensé “qué ridículo, Angie, deja de soñar”. Pero no se fue. Creció… creció tanto que ya no puedo con él. Me atormenta.

Yo la miraba sin interrumpirla, sintiendo cómo algo en mi pecho se tensaba.

Ella tomó aire, se secó una lágrima que le escapó demasiado rápido, y siguió:

—Yo sé cuál es mi lugar —dijo, despacio, con la voz temblando, pero firme—. Yo sé que tú me amas… sé que tú eres mío… sé que soy tuya. Siempre lo he sabido. Y también sé que tú tienes una familia. Y sí… también sé que es culpa mía, por haberte dejado cuando me fui a España. Lo sé. Sé todo eso. Y lo acepté… siempre lo acepté…

Yo asentí. No para que siguiera por compromiso, sino porque esa verdad entre nosotros siempre había estado ahí, sin máscaras.

Pero entonces vino lo más duro, lo más profundo, lo más inesperado:

—Primix… —susurró casi sin voz— no puedo dejar de pensar en… en estar contigo todo el tiempo. En tenerte de verdad. En pedirte… —se tapó la cara con las manos— en pedirte que te divorcies… e irnos juntos… a otro país si es necesario.

Ahí fue cuando entendí la dimensión del tormento.
Cuando comprendí que no era un capricho ni un impulso.
Era una herida abierta.
Un deseo que peleaba con todas las reglas de su vida.

Me incorporé también.
Algo en mí ya no podía permanecer recostado mientras ella se desmoronaba ante mis ojos.

Me acerqué. La tomé por los brazos. La miré con un amor que podía haber iluminado la habitación entera.

Ella apoyó la frente en mi pecho. Y en un segundo… se quebró.

Un llanto tremendo, desgarrado, salido de un lugar tan profundo que parecía que estaba llorando años de silencios acumulados.
No podía hablar. Apenas podía respirar.

Yo la abracé como si abrazara a una niña perdida.
Le acaricié la espalda con suavidad.
Con paciencia. Con ese amor grande que solo ella podía despertar en mí.

—Angie… —le dije al oído— yo soy tuyo. Tú eres mía. Eso no ha cambiado nunca. Pero lo que estás pensando… amor… no es posible. Hay muchas implicancias, demasiadas vidas involucradas. Y no sé si… si destruir todo eso nos haría felices al final.

Ella lloraba más fuerte al escucharlo, como si cada palabra la atravesara.
Pero no me soltaba.
No quería soltarme.

—Lo sé… —dijo entre sollozos— lo sé, Primix… por eso me siento tan mal… porque sé que no es posible… pero… pero solo tú me puedes entender. Solo tú puedes ayudarme a salir de todo esto…

La abracé aún más fuerte. La cobijé.
La apreté contra mí como si pudiera absorberle el dolor.

Y pensé, solo para mí:

Qué mujer tan increíble tengo en mis brazos. Qué fuerza la suya. Qué valentía. Qué ternura.
Ella, que allá afuera dirige equipos, maneja proyectos, toma decisiones duras…
aquí, conmigo, era una palomita suave que solo quería un refugio.
Y yo era ese refugio. Siempre lo había sido.

Mis ojos también se llenaron de lágrimas.
No pude evitarlo.

Verla así…
verla romperse por amarme demasiado…
Cuando finalmente se calmó, levantó la mirada.
Tenía los ojos rojos, la voz gastada, las manos temblorosas.

Yo la acaricié con ternura y le hablé despacio, como si cada palabra tuviera que caer en su corazón sin hacerle daño:

—Angie… tú eres lo mejor que me ha pasado. Eres la mujer que me acompaña desde hace tantos años… tú llegaste antes que nadie en mi vida. Y tú sabes que yo las amo a las dos… pero cada una en su lugar. Y tú, amor… tú tienes un lugar privilegiado. No necesitas que te repita lo que siento, porque te lo demuestro siempre. Pero lo que estás pensando… no es posible. Si lo hubiera visto factible, hace mucho te lo habría propuesto yo.

Ella me tomó la mano, todavía con las lágrimas pegadas a las pestañas.

—Lo sé, Primix… —susurró— solo necesitaba decírtelo. Y… ahora que te lo he contado… me siento liberada. Me siento… en paz. Sé que no es, sé que no. Tú y yo ya somos una pareja… que vive un amor más intenso que muchas que viven juntas. Pero… necesitaba decirlo así. Necesitaba que tú me escuches. Necesitaba que me dijeras que todo va a seguir bien… aunque no estemos juntos.

Yo la abracé con una fuerza que no sabía que tenía.
La apreté contra mi pecho. La besé en la frente.
Y la amé —en ese momento— más que nunca.

Porque tenía en mis brazos a una mujer extraordinaria.
Exitosa, brillante, fuerte ante el mundo…

Y al mismo tiempo, la mujer más tierna, más vulnerable, más mía que yo había conocido.

La mujer que, en mis brazos, desnudaba su alma sin miedo.
La mujer que confiaba en mí con todo lo que era.
La mujer que me amaba con una intensidad que me hacía temblar.



 
Nos quedamos abrazados largo rato.
Mucho más de lo normal.
Como si después de todo lo dicho y llorado, el silencio fuera el único lugar donde nuestros corazones podían descansar.

Sentía su respiración sobre mi pecho, suave al inicio, luego más calma, más acompasada con la mía.
Y en ese abrazo —ese abrazo que parecía infinito— nos supimos privilegiados.
No por las circunstancias, sino por la intensidad con la que nos amábamos, pese a todo lo que no podíamos ser afuera.

Ella levantó la cabeza, me tomó el rostro con ambas manos y me miró con esos ojos en los que caben veinte vidas.

—Primix… hazme sentir que soy realmente tuya.

La frase cayó sobre mí como un latido.
Tan suave… y tan devastadora.

—Lo eres, mi ángel —le dije—. Por supuesto que lo eres.

—Sí… —susurró—. Lo sé.
Pero hazme sentirlo.
Hazme sentir tu amor… tu pasión… aquí.
Ahora.

La besé.
Un beso lento al inicio, profundo luego, de esos que borran todo alrededor.
Ella se aferró a mí con una fuerza dulce, como si quisiera unir su cuerpo al mío sin dejar un solo espacio entre nosotros.
Y yo la tomé suave, con esa mezcla de ternura y deseo que solo ella despierta. Mis besos pasaron de su boca a su cuello, de su cuello a sus senos, donde me quedé largo rato lamiendo, succionando, besando, su respiración se aceleraba cada vez más.

Luego bajé por su vientre hasta llegar al tesoro que tenía entre las piernas. Lamí con paciencia, busqué el clítoris con mis labios y su vagina con mi lengua. Nuestro sabor estaba ahí. Luego le introduje un dedo, luego otro y cuando le introduje tres, sus gemidos delataron el placer.

—¡¡Métemelo, métemelo!! Gritaba entre gemidos

Yo seguía lamiendo y haciendo que mis dedos exploraran el interior de su vagina, hasta que ella me jalo con fuerza sobre sí.

—Métemelo hasta el fondo!, me dijo mirándome a los ojos con una expresión de placer extrema.

Se lo metí, de un solo empujón se comió todo mi pene, se arqueo, se estremeció y comenzó a moverse debajo mío.

—¡¡Así amor, soy tuya!! ¡Soy tu mujer! ¡¡¡Házmelo así rico!!! Gritaba entre gemidos.

Un buen rato después la puse piernas al hombro y seguí bombeándole fuerte, ella no paraba de Gemir y jalarme hacia su boca. Estaba dándole cuando sentí que se venía, su vagina apretó más mi pene y su cuerpo se estremeció bajo mío, mientras sentía como su vagina se mojaba más.

Unos segundos después, su cuerpo se laxo, sus brazos cayeron de mi espalda y cerró los ojos. Se quedó casi inmóvil. Solo sus pechos subiendo y bajando rápidamente delataban que seguía ahí.

—Angie? ¿Amor? ¿Estás bien?

No hubo respuesta

—Angie? Volví a preguntar mientras acercaba mi riostro al suyo para sentir su respiración.

—Aquí estoy amor… Esto fue muy intenso… estoy disfrutándolo todavía…

Pasaron un par de minutos, yo aún estaba dentro de ella, mi erección estaba aún muy fuerte, pero no me movía, solo contemplaba esa paz que se dibujaba en su rostro.

—Alcanzas a mi cartera que está en la mesita? Me preguntó

— Si

—Adentro hay un tubo de lubricante

Me estiré para sacar el tubo, sin salirme de ella. El mensaje estaba claro.

Nuestras caricias se fueron volviendo más intensas, más necesitadas, más sinceras.
Era como si, después de lo que había confesado, cada gesto fuera una forma de decirse: “aquí estoy, aquí seguimos, aquí te pertenezco”.

En un momento, ella me tomó del rostro, me miró con esa determinación hermosa que aparece solo cuando se entrega sin reservas, y me dijo en un susurro cargado de confianza:

—Quiero darte todo de mí…
Todo.
Como antes. Como siempre.

Su intimidad, su entrega, ese pedido… no era físico.
No era cuerpo. Era alma. Era su forma de decirme que confiaba en mí más que en nadie, que yo era su refugio, su lugar seguro, su verdad profunda.

Paré el movimiento que había reiniciado con las caricias. Retiré mi pene de su vagina, sin bajar sus piernas de mis hombros. Le puse una buena cantidad de lubricante en el ano y otro tanto en mi pene.

Y la amé.
Con el cuidado que merecía.
Con el respeto que ella siempre me inspiró.
Con la pasión que venía acumulando desde noviembre.
Con la emoción de saber que estábamos cerrando una herida, no abriéndola.

Puse mi pene en la entrada de su culito, ella que había estado con los ojos entreabiertos, los abrió y mirándome como una gata en celo, me dijo:

—Entra y toma lo que es tuyo

Tomé mi pene con una mano, jalé el prepucio para dejar el glande expuesto y lo puse en la entrada de su culito. Fui empujándolo suavemente. Ella estaba muy excitada y con todo el gel que le había puesto, mi pene entro suave abriéndose paso en su apretado trasero. Se lo enterré hasta el fondo, cuando levanté la vista, la vi con los ojos cerrados y una expresión que no supe identificar.

—Duele? Pregunté

—No, solo que creo que ha engordado desde la última vez que entro ahí…

—Lo tendré que poner a dieta, dije sonriéndome

—Ni se te ocurra, se siente riquísimo

Comencé a moverme dentro de ella, primero a un ritmo suave. Mi pene resbalaba con facilidad dentro de su culo, a pesar de estar apretado, el lubricante hacia bien su trabajo. Poco a poco fui aumentando la velocidad y el ritmo se volvió más impetuosos. Mi pelvis chocando con sus nalgas ya aplaudían nuestra faena.

Angie comenzó a gritar mi nombre, ya no gritaba Primix, decía mi nombre, como invocándolo para un ritual de placer, en medio de sus gemidos. Seguí dándole en esa posición por varios minutos, mientras mi boca le besaba las piernas, los pies, mis manos acariciaban sus senos y mi pene le perforaba el culo.

Llegó un momento en que sentí que la leche se venía con todo, ese culo era muy cerrado como para ignorar como estimulaba directamente mi glande, traté de bajar un poco el ritmo para prolongar el placer, pero ella gritaba que no parara, que le siga dando… retomé el ritmo y menos de un minuto después mi semen estalló dentro de su culo, pude sentir como el calor de mi esperma la inundaba.

Me quedé ahí dentro, sintiéndola, mientras que Angie, con los ojos cerrados, acariciaba mi cabello.

—Te amo Primix, murmuraba con una voz apenas audible.

—Y yo a ti mi Angie, le respondía tratando de hablar en medio de la respiración agitada que me había dejado el esfuerzo.

Habré estado en su culo no más de 5 o 6 minutos, pero no importaba si había sido mucho o poco, porque lo que importó fue la intensidad con la que nos encontramos. El temblor de su voz. La manera en que me dijo mi nombre. La cercanía absoluta. La entrega sin miedo.

Cuando nos quedamos acostados otra vez, ella apoyó su rostro en mi pecho y me abrazó como si quisiera quedarse ahí toda la vida.

—Gracias… —murmuró—. Por escucharme… por amarme… por sostenerme cuando me quiebro.
Necesitaba sentirte así. Necesitaba que fueras mío… como solo tú sabes serlo.

Yo cerré los ojos y la abracé aún más fuerte.

Y en ese momento, sentí que éramos uno solo, que mientras estuviéramos juntos, nada podría contra nosotros. la amé más que nunca.



 
Seguíamos abrazados, envueltos en ese silencio tibio que solo aparece después de un encuentro así, cuando el cuerpo se calma, pero el alma sigue vibrando. Ella respiraba tranquila sobre mi pecho, ya sin lágrimas, como si por fin hubiera soltado un peso que llevaba días apretándole el corazón.

Después de un rato, levantó la cabeza, con los ojos más limpios que antes, y me preguntó en voz bajita:

—Primix… ¿cómo van las cosas con Nadia?

No había tensión en su tono. Era una pregunta honesta, de esas que ella me hacía porque nuestra relación siempre había sido así: transparente, sin secretos, sin zonas prohibidas.

Le acaricié la espalda antes de responder.

—Bien… —dije—. Bastante bien, diría. Estamos casi… normales, supongo. Más tranquilas las cosas. Ella está más cariñosa, más cercana. Hablamos más. Está muy comprensiva con mi situación de desempleo. Me apoya, me escucha… está… amorosa.

Angie asintió con suavidad, como procesando.

—¿Y están teniendo sexo? —preguntó con cuidado.

La miré, y por un segundo decidí aflojar la densidad del momento. Así éramos también: drama profundo mezclado con ese humorcito que siempre nos salvaba.

—¿Y si te dijera que lo hacemos todos los días? —le dije con una sonrisa ladeada.

Ella abrió los ojos y luego soltó una carcajada deliciosa.

—Ay ya, Primix… —me pegó una palmada suave en el pecho—. Si me dices eso, te diría que eres un superhombre. Porque si lo haces todos los días con ella y luego me haces esto a mí… —me señaló con los labios mordidos— ¿de dónde sacas fuerzas?

—Soy Superman —respondí, inflando el pecho de broma.

Ambos nos reímos.
Ese tipo de risa que limpia el alma.

—No, amor… —continué—. Eso sigue siendo una anécdota. Creo que hace más de tres meses que no lo hacemos. Y eso que a veces se mete a la ducha conmigo, nos acariciamos… incluso me toca el pene… —me reí bajito— pero de ahí no pasamos. Es como si… como si estuviera cerrada aún para eso.

Angie quedó pensativa unos segundos.
Sus ojos se suavizaron.

—Sí… —dijo—. Lo entiendo. No puedo imaginar lo que es perder un hijo. Ese dolor debe cambiarte… para siempre. Y cuando he conversado con ella… siempre me ha dicho que está agradecida con la vida. Que no la hayas dejado… a pesar de todo lo que te hizo pasar. Sus rechazos, su distancia, sus silencios… Imagino que después de lo que han vivido, es comprensible que el sexo no sea prioridad.

La miré con gratitud. Porque ella veía mi mundo con una empatía que pocas personas tienen.

—¿Y eso qué te parece? —le pregunté.

Angie sonrió… esa sonrisa suya que mezcla picardía y amor.

—Bueno… —se encogió de hombros— en el fondo… me gusta un poquito. Así tienes más energía para mí.

Nos echamos a reír como dos adolescentes.
Me acerqué y la besé largo, suave, agradecido por esa luz que ella les ponía incluso a las situaciones más complejas.

—Ven… —me dijo después— vamos a darnos una ducha.

Era nuestra tradición.
Nuestro ritual antes de despedirnos.
Una manera de cerrar el encuentro con ternura, con juego, con esa intimidad que solo nosotros entendíamos.

Entramos a la ducha juntos.
El agua tibia cayendo sobre nuestros cuerpos, sus manos en mi cuello, las mías en su cintura, nuestras risas mezcladas con el vapor… Todo ese pequeño universo que siempre nos perteneció.

Y sí, como siempre…
en la ducha nos volvimos a encontrar una vez más.
No por costumbre, sino por amor. Por conexión.
Por esa forma nuestra de reafirmarnos, de decirnos sin palabras:

Aquí estoy. Aquí sigues.
Somos imposibles… pero somos.


Cuando salimos, ella me abrazó por detrás mientras nos secábamos, apoyó la mejilla en mi espalda y dijo:

—Gracias, Primix. Por escucharme… por sostenerme… por amarme así.

Me giré, la abracé y cerré los ojos.

Porque en ese momento, yo también sentí que la vida me daba un regalo que no todo el mundo tiene:
la posibilidad de amar a una mujer que era fuego y ternura a la vez.
Una mujer que lloraba en mi pecho…
y me hacía reír en la ducha.
Una mujer invencible afuera… y completamente mía adentro.

Bajamos las escaleras de la mano, como dos enamorados.
Porque eso éramos: dos personas que se amaban con una profundidad que no cabía del todo en la vida real, pero que encontraba siempre su espacio en esos pasillos silenciosos, en esos encuentros que eran un paréntesis y también una verdad.

Ella se apoyó un instante en mi brazo, feliz, más liviana después de todo lo que había llorado y dicho.
Y de pronto, mientras descendíamos hacia el sótano del estacionamiento, me soltó una idea que me sacó una sonrisa inmediata.

—Primix… ¿y si organizamos algo para Navidad como hace unos años?
Tu mamá, mi mamá, los chicos… por ahí tus hermanos se animan, algunos de los míos también. Y así estamos todos juntos… tú y yo también.

La miré sorprendido y encantado a la vez.

—Me encanta la idea, Angie.
¿Por qué no se nos ocurrió antes?
¿Por qué tenemos que vivir Navidades separadas… escondiendo nuestros ratitos para vernos?
Claro que sí. Yo me encargo.

Ella rio bajito, esa risa dulce que me quiebra.

—Voy a llamar a Nadia. A ella le va a gustar. Le propongo yo, ¿te parece?

—Perfecto.
Ustedes ya tienen la confianza para organizar todo.

Se quedó callada unos segundos.
Ya estábamos a pocos pasos del sótano, cuando me miró con un gesto casi tímido.

—¿Esa confianza… te incomoda?

—No, mi Angie —respondí sin pensarlo—. Ya te dije que no.
Al comienzo sí, claro. Me causaba una sensación rara.
Pero ahora… hasta me da tranquilidad.
Nadia te cuenta cosas que a mí no me cuenta.
Y si algún día sospechara de mí por alguna de mis salidas… seguro te comentaría.
Así que más bien creo que somos equipo, ¿no?

Ella soltó un no sequé de risa mezclada con complicidad.

—Eso sí… aquí no se te vaya la boca, ¿ya?

—¿Cómo crees?
Ni hablar. Tengo más cuidado que nadie.

—Entonces no pasa nada —dijo—.
Son amigas.
Esto es raro, claro… pero funciona, ¿no?

—Funciona —respondí.

Ella me dio un beso cortito, pero lleno de gratitud.

Llegamos a los autos. Mi camioneta estaba a unos metros de su Mazda.
Ella abrió la puerta, pero antes de subir me jaló de la mano para darme un último beso.
Un beso largo, suave, más amor que fuego.
Un beso de esos que sellan algo.
Que dicen “aquí estamos, seguimos, no nos soltamos”.

Ya sentada en el Mazda, bajó la luna, me miró con esa ternura que solo ella tiene y dijo:

—Tú sabes que te amo mucho, ¿no?

—Sí, mi Angie… lo sé —le respondí acercándome a la ventana—.
Y yo también te amo. Te adoro. Eres mi amor. Y nunca dejaste de serlo.

Ella se le humedecieron los ojos, pero de felicidad esta vez.
Yo me acerqué un poco más, metí la cabeza por la ventana y le dije bajito, casi en su boca:

—Yo quiero más.

Ella se río, esa risa que me derrite.
Luego encendió el auto.

La vi avanzar unos metros, salir lentamente del sótano.
Y mientras caminaba hacia mi camioneta, sentí algo parecido a un triunfo silencioso: la certeza de que, a pesar de todo lo que habíamos atravesado, de sus miedos, de sus ideas imposibles, de su tormenta interior… seguíamos siendo nosotros.

Seguíamos siendo un amor a prueba de balas. Un amor que se sostenía incluso en los lugares más frágiles. Un amor que, no podía ser “formal”, pero que era más real que el de muchas parejas que duermen juntas todos los días.

Ella se fue más tranquila. Yo también.

Sabía que esos pensamientos que la habían atormentado no se borrarían de un día para otro.
Pero también sabía que Angie se había ido segura. Segura de mí. Segura de nosotros. Segura de que la amaba. Segura de que ella seguía siendo mía… y yo seguía siendo suyo.

El reloj marcaba casi las seis y media cuando salí del estacionamiento del hotel.
Había prometido recoger a nuestro niño en casa de mi madre.
Él pasaba las tardes ahí desde que la señora Celia lo recogía del colegio junto con la hija de Angie, ambos iban al mismo colegio, a pocas cuadras de la casa de mi madre.
Nadia estaba de guardia, así que me tocaba a mí.

El tráfico estaba pesado, esa hora en que Lima parece respirar con dificultad.
Cuarenta minutos, quizá un poco más. Y en todo ese trayecto, las imágenes de la tarde me iban cayendo encima como olas.

No eran solo las caricias, ni el ardor, ni la entrega.
No eran los cuerpos ni el deseo desatado.
Lo que más me tenía suspendido era la confesión, ese nudo que Angie llevaba semanas arrastrando y que por fin se atrevió a soltar entre mis brazos.

Me impresionaba pensar cuántos días había vivido atormentada, luchando contra ese deseo imposible de tenerme para ella, de imaginar una vida juntos,
de pelear con lo que sabe, lo que quiere y lo que nunca podrá ser completamente.

Yo no tenía en mis planes dejar a Nadia, ni separarme de mi hijo. Eso era un eje inamovible.
Quizá suene cómodo, pero la verdad es que —como estaban las cosas— sentía que podía sostener a las dos. Y que me repartía de manera justa entre ambas.
Sin culpas. Sin máscaras.

Y aun así… me venía esa pregunta inevitable:

¿Qué habría pasado si Angie nunca hubiese ido a España?

¿Nos habríamos atrevido a enfrentarlo todo?
¿La familia, la sociedad, los prejuicios?
¿Habríamos vivido juntos?
¿Habríamos tenido hijos?
¿O quizá, en la convivencia diaria, ese amor tan intenso se habría gastado,
disminuido, convertido en costumbre?

Nunca lo sabría. Eran solo fantasías. Posibilidades que se pierden en los caminos que no tomamos.

También pensaba:

¿Y si Nadia hubiese sido como tantas mujeres que pasaron fugazmente por mi vida antes de ella?
¿Y si no me hubiera atrapado esa mirada calma, segura, que tuvo desde el primer día?
¿Y si Angie hubiera vuelto de España con su hija, y yo hubiese estado soltero…?
¿De qué forma se habría reescrito nuestra historia?

Los pensamientos daban vueltas como un carrusel sin fin… hasta que me encontré ya frente a la casa de mi madre.

Respiré hondo.

“Todo eso queda en el terreno del quizá,” me dije. “Esto es lo que es. Y hay que vivirlo, disfrutarlo…”

Abrí la cochera.

Apenas entré, mi hijo gritó mi nombre. Sabía que no debía cruzar la puerta hasta que el carro se detuviera, así que esperó como un campeón.
Cuando me bajé, se lanzó a mis brazos. Ese abrazo simple… me desarmó más que todas las reflexiones del camino.

Entramos juntos. Mi madre estaba en la sala con la señora Celia. Las saludé, conversé un rato. Mi hijo jugaba entre mis piernas, feliz, seguro, querido.

Casi una hora después, recogió sus juguetes —como mi madre le había enseñado— y nos despedimos.

Llegamos a casa cerca de las nueve. Le preparé la ropa, le di un baño,
y estábamos en eso cuando llegó Nadia.

Entró cansada, pero con el rostro sereno, luminoso. Nos dimos un beso.
Me preguntó:

—¿Qué tal tu día?

—Muy bueno —le dije, contándole solo lo que podía contarle.

Jugamos un rato los tres hasta que el niño se quedó dormido, rendido.

Fui a la ducha por rutina más que por necesidad. Nadia se metió conmigo, como solía hacerlo últimamente. Nos besamos, nos acariciamos… pero una vez más, no pasó de ahí. Y entendí. No necesitaba más explicación.

Al acostarnos, ella me abrazó por detrás,
apoyó su rostro en mi espalda y me dijo:

—Te amo.

—Yo también te amo —le respondí.
Y era verdad. Me dormí con una paz profunda. Una paz que pocas veces había sentido.

Porque, en ese momento, la vida me había puesto —con todas sus contradicciones, enigmas y paradojas— en los brazos de dos mujeres maravillosas, cada una amándome a su manera, cada una ocupando un lugar distinto, cada una sosteniéndome en un pedazo de la existencia.

Y yo, esa noche, agradecí. Agradecí por sentirme querido, acompañado, deseado, comprendido. Agradecí por el amor que recibía, y por el amor que era capaz de dar.

Cerré los ojos. Dos mundos. Dos historias. Un solo corazón intentando equilibrarlo todo.

Y me dormí así: en paz, completo, agradecido.



 

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