Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (7 Viewers)

Noventa – ANGIE, LA PROFESORA

ANGIE

Todo el martes se me metió en el cuerpo una inquietud dulce, como si tuviese un examen importante. Trabajé, respondí correos, fui a una reunión… pero por dentro había otra Angie, la de veinte años atrás, la que inventaba juegos y reglas.
Ahora, sin embargo, ya no era un impulso juvenil.
Era una decisión adulta. Un deseo con cálculo, con piel, con historia.

A las seis me puse a arreglarme en el baño del departamento. Cerré la puerta para que mi mamá y mi hija no entraran a preguntarme nada.
Encendí la luz del espejo. Respiré hondo. Iba a transformar cada prenda en un mensaje.

La blusa blanca, planchada con paciencia, se cerró con los botones hasta el cuello. Mientras la abotonaba sentí ese cosquilleo de poder… el que se siente al cubrir más para insinuar más.

La falda lápiz negra subió como una segunda piel, marcando mis caderas.
“Profesora”, pensé.
“Pero profesora peligrosa.”

Me recogí el cabello en un moño alto, dejando algunos mechones sueltos que caían con falsa casualidad.
Los tacones altos cambiaron todo: mi postura, mi ritmo, mi humor.

Me puse los lentes y me miré al espejo.
Allí estaba.
Seria, elegante, firme.
La versión de mí que siempre te había hechizado: la de autoridad disfrazada de calma.

Tomé mi cartera, el labial rojo vino, el cuaderno que usaría como utilería, y salí sin hacer ruido.

Mi madre estaba en su dormitorio con mi niña viendo televisión, me despedí desde la puerta para que no me vea como estaba vestida, porque seguro haría preguntas. Cuando subí a mi auto, la emoción y el deseo se manifestaron, sentí que me mojaba y mis pechos se ponían turgentes…
 
ANGIE

El hotel

Llegué primero. No quería que fueras tú quien me esperara.
Te quería entrando… entrando a mi escenario. Tener el control absoluto,

Pedí la llave. Era el hotel de siempre, ya nos conocían y sabían qué tipo de habitación queríamos, solo pasé mi tarjeta por el POS y subí. El cuarto tenía esa tibieza impersonal típica de los hoteles: cama grande, sábanas impecables, un olor a madera y cloro suave. Un espejo colocado al lado de la cama era un detalle importante para lo que sucedería ahí en unos momentos. Perfecto para empezar desde cero.

Me miré en el espejo, revisé cada detalle, la verdad me incomodaba el sujetador, hace años que no lo usaba, pero me hacía ver más sensual y cuando el viera el encaje negro sobre mi piel, se encendería. Me senté en la silla junto al pequeño escritorio, crucé las piernas y apoyé el cuaderno sobre ellas.
Encendí la lámpara cálida.
La luz me dio un aire más severo todavía.

Miré la hora. 7:33.
Bien. Llegarías entre 7:40 y 7:45.
Justo lo que necesitaba.

Me acomodé los lentes. Hice una marca en el cuaderno con el lápiz, como si estuviera corrigiendo exámenes.
Mi corazón latía fuerte, pero no desde el nervio. Desde el control.

“Hoy mando yo”, pensé. “De principio a fin.”

A las 7:42 escuché tus pasos en el pasillo.
Los reconocí al instante.
Me incorporé un milímetro, solo lo suficiente para que mi columna adoptara esa postura que proyecta autoridad.

La llave sonó. La puerta se abrió.

Y allí estabas.

Cerraste detrás de ti sin hablar.
Tus ojos recorrieron la habitación y luego se clavaron en mí.
Pude ver el cambio: de sorpresa a deseo, de deseo a entrega.
Supe que el personaje había funcionado.

—Buenas noches —dije, sin sonreír—. Está tarde, alumno.

Tu respiración cambió. Fue como ver caer el primer dominó.

—Perdón… profesora —dijiste, bajando la voz, pero con una sonrisa que me decía que estabas disfrutando de lo que veías.

Una corriente me atravesó el cuerpo de arriba abajo.

Hice un gesto mínimo con la mano, indicándote que te acercaras.
Te paraste frente a mí.
Yo permanecí sentada, cruzada de piernas, mirándote por encima de los lentes como si evaluara no tu puntualidad… sino tu conducta.

—Siéntese —ordené, señalando la cama.

Te sentaste.
Yo no me moví.

Abrí el cuaderno, pasé la página lentamente, y dije:

—He revisado su comportamiento… y encontramos varias faltas: distracción constante… falta de atención… obsesión por su profesora…

Tu garganta tragó saliva.
Lo escuché.
Ese sonido siempre me excitó más que cualquier palabra.

Me levanté despacio.
Muy despacio.
Cada paso de mis tacones fue un metrónomo que marcaba tu respiración.

Me paré frente a ti.
Tu mirada se deslizó por mi falda, por mis piernas, por mis manos.
Pero yo mantuve el control. Hoy no eras tú quien tomaba la iniciativa. Era yo.

Me acerqué lo suficiente como para que tu rodilla rozara la tela de mi falda.

—Quiero que me explique por qué llega tarde —dije, con voz suave pero firme—. Y por qué no hace caso en clase.

Tu respuesta fue un susurro. No necesitaba oírlo del todo.
Lo importante era cómo lo decías: entregado, contenido, pero excitado.

—Es que antes de salir de casa, me masturbo pensando en usted profesora…

No pude disimular una sonrisa, me causó gracias tu respuesta tan imaginativa.

Me incliné hacia ti.
Quité tus lentes imaginarios (los que yo veía, aunque no existieran) y los dejé en la mesa. Quedaste expuesto.

—Míreme —ordené.

Lo hiciste. Ese contacto visual fue el verdadero inicio del juego.

Yo, todavía vestida desde el cuello hasta la rodilla.
Tú, sentado… esperando.

Me acerqué aún más.
Puse mis manos a cada lado de tu rostro, como si fuera a corregir tu postura.
En realidad, lo que corregía era tu respiración.

—Hoy voy a enseñarle, alumno —susurré, dejando que mi boca se acercara a tu oído sin tocarlo—. Y usted va a aprender.
Hice una pausa. Lo suficiente para que te ardiera el pecho.

—Pero recuerde la regla —añadí, con un tono apenas más personal—. Si algo no le gusta… usted dice stop.
Me retiré un poco y te miré directo a los ojos.

—¿Entendido?

Tu respuesta fue baja, densa, obediente.
Y cuando la escuché, supe que el juego recién comenzaba.

Caminé hacia el escritorio y dejé el cuaderno.
Me giré.

—Muy bien, alumno.
—Ahora… —dije, desabrochando el primer botón de mi blusa—.
Empieza la clase.

El silencio se volvió más denso.
No incómodo: expectante.
Ese tipo de silencio que hace que un alumno se ponga dos centímetros más derecho, aunque no le hayas dicho nada.

—Muy bien —dije, apoyando la regla sobre mi rodilla—. Si va a estar en mi clase, tendrá que demostrar disciplina.

Tu respiración cambió. Lo escuché. Lo sentí.

Me levanté con precisión calculada.
Caminé hacia ti como si cada paso fuera parte de una coreografía silenciosa.

—Colóquese aquí —ordené, señalando un espacio frente a mí.

Te moviste.
Yo asentí, aprobando, como si fuera un ejercicio bien hecho.

—Postura recta.
Obedeciste.
—Mirada al frente.
La dirigiste.
—Y las manos… atrás.

Se notaba que el gesto te incomodaba un poco.
Eso era exactamente lo que quería: sacarte de tu terreno para que entraras en el mío.

Me coloqué frente a ti, a una distancia exacta: la que te obliga a sentir mi presencia sin permitirte tocarla.

—Voy a hacerle preguntas —dije con la firmeza tranquila de alguien que no deja espacio para el desorden—. Su evaluación dependerá de su honestidad.

Pasé la regla por tu brazo, apenas rozando la tela, sin intención física.
Era una línea imaginaria de autoridad.

—Primera pregunta:
¿Qué es lo que más lo distrae en mis clases?

Tú abriste la boca para responder, pero levanté una mano, deteniéndote.

—Piénselo bien.
—No quiero la versión elegante.
—Quiero… la versión honesta.

Me crucé de brazos. Esperé.

Tu respuesta —breve, directa, un “sus tetas, profesora”— llegó con esa mezcla de sorna y electricidad que era exactamente lo que alimentaba mi personaje.

Incliné la cabeza apenas, como si lo estuviera evaluando.

—Correcto —dije suavemente—. Al menos es sincero.

Di un paso hacia ti. Otro.
Ya estaba muy cerca. Podías sentir mi respiración.
Esa proximidad no era accidental. Era la herramienta principal de la profesora. Comencé a notar como el juego nos calentaba, sentí como me mojaba y vi claramente el bulto en tu pantalón que delataba tu erección.

—Segunda pregunta —continué—:
¿Está dispuesto a seguir cada instrucción que le dé hoy, sin cuestionarla?

Tu parpadeo lento fue la única delación de tu excitación.
Yo sonreí con una esquina de la boca. Era fascinante ver cómo un solo rol podía transformarte.

—Responda.

Dijiste que sí. Suave. Serio. Convencido.

Asentí.

—Muy bien… Entonces pasaremos a la parte práctica.

Tomé la silla y la coloqué detrás de mí.
Me senté con las piernas cruzadas, como si estuviera frente a un alumno que había sido sorprendido copiando en un examen.

—A partir de ahora —dije, señalando el suelo frente a mí—, quiero que se quede justo allí. Ni un paso más cerca… ni un paso más lejos.

Tus ojos se movieron hacia mis piernas, hacia la blusa entreabierta, hacia mis lentes.

—Y no mire donde no lo autorice —añadí, con voz más baja.

Vi cómo luchabas por mantener la vista donde yo quería.
Ese autocontrol tenso era parte de la “clase”.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre las piernas, con la regla entre los dedos.

—Última pregunta de esta fase, alumno… ¿Sabe por qué está aquí?

Tú empezaste a responder, pero yo levanté un dedo, deteniéndote de nuevo.

—No.
—No quiero que me diga lo que cree que su profesora quiere oír.

Me levanté lentamente de la silla. Me paré frente a ti otra vez.
Casi respirando tú mismo aire.

Y con ese tono lento, grave, que sabía exactamente dónde te golpeaba, dije:

—Está aquí… porque yo lo traje. Porque yo lo elegí. Porque yo decido cuándo empieza la clase… y cuándo termina. Y porque usted…

—di un paso más cercano, casi rozando tu nariz— …no sabe negarse cuando yo tomo el control.

Dejé que esas palabras quedaran colgando en el aire, pesadas, intensas, peligrosamente ciertas.

Luego me separé un poco, apenas para que pudieras respirar.

—Muy bien, alumno. Ahora… Vamos con la siguiente instrucción.

El alumno estaba exactamente donde yo lo quería: de pie, tenso, respirando más rápido de lo que pretendía admitir, con la atención clavada en mis palabras como si el aire dependiera de ellas. Él se aguantaba la risa, por momentos sus labios lo traicionaban, pero hacia el esfuerzo por seguirme.

Respiré profundo, dejándome habitar por el personaje.
No era Angie. Era la profesora.

Caminar frente a ti era como trazar círculos alrededor de una fogata: sentía el calor subir, pero no me quemaba.
Era yo quien marcaba la distancia. El ritmo. El juego. El límite.

Me detuve frente a ti.

—Vamos a hacer unos ejercicios —anuncié, con tono neutro, casi académico—.
Sirven para medir disciplina, obediencia… y autocontrol.

Tu garganta se movió.
Ese pequeño gesto me encantó.

—Ejercicio uno —dije—: Quiero que mantenga la mirada exactamente en mis ojos.

Solo eso. Nada más.

Pero pedí lo difícil: no mirar mi boca, no mirar mi cuello, no mirar la blusa entreabierta, a la que ya había soltado un botón más y dejaba ver mi sujetador de encaje negro y la línea entre mis senos.

Y tú… te estabas derritiendo por dentro.

Te miré sin pestañear.
El silencio se tensó como un hilo de nylon.

—Muy bien —susurré después de varios segundos—. No se ha desviado… casi.

Caminé alrededor de ti y detuve mi voz justo detrás de tu oreja.

—Ejercicio dos: No se mueva… pase lo que pase.

Sentiste mi sombra. Mi presencia. Yo no te tocaba.
Pero cada milímetro del aire entre nosotros parecía un roce.

Pasé a tu lado, muy cerca. Después al otro. Luego detrás.
El sonido de mis tacones sobre la alfombra era suficiente para poner tus nervios en una cuerda floja.

Te vi apretar los dedos. No en desafío. En autocontrol. Tu pene era un protagonista más. Ya el bulto en tu pantalón era prominente.

Perfecto.

—Muy bien, alumno —dije, dando un paso al frente—. No ha fallado.

Me paré frente a ti de nuevo, esta vez más cerca, lo suficiente para que tu respiración chocara con la mía.

—Ejercicio tres… Este es más complejo —advertí, bajando la voz hasta volverla un hilo tibio—: Quiero que diga exactamente lo que siente. Pero sin usar la palabra “quiero”.
Tú frunciste el ceño. El reto te descolocó.

—Empiece cuando esté listo.

Esperé. Cruce de brazos. Mirada firme.

Lo intentaste. Respiraste hondo. Volviste a intentarlo.

—Profesora… —dijiste al fin—.
Estoy… castigado, pero necesito verla desnuda.

Sonreí, apenas.

—¿Por qué?

—Porque usted… —Porque usted me controla, pero está riquísima —soltaste, casi sin aire.

La profesora sonrió. Angie… también.

Me acerqué, ahora sí rompiendo la distancia reglada.

—Correcto, alumno —susurré—. Está nervioso porque me tiene cerca. Porque no sabe qué voy a decir. Porque le gusta no saber.

Tus hombros descendieron un poco, rendidos. Tu mirada se volvió más oscura.
Reconocí ese punto: ese instante en que dejabas de actuar y realmente estabas en mis manos.

—Ejercicio cuatro —dije, poniéndote a prueba—: Confíe totalmente… por un minuto.

—¿Cómo hago eso? —preguntaste.

Me acerqué hasta casi tocar tu frente con la mía.
No había contacto, solo una frontera que quemaba.

—Respire! —ordené—. Y deje que yo piense por usted.

Cerraste los ojos.

Yo no. Te observé. Te sentí caer dentro del rol.

Y ese era el verdadero poder: cuando el alumno se entregaba no por obligación… sino por deseo.

—Abra los ojos —dije, suave pero firme.

Los abriste.
Y te juro que por un segundo te vi sin defensas.

Mi personaje podía seguir fría.
Pero yo… yo no era completamente impermeable.

Te sostuve la mirada. Demasiado tiempo.

Ese fue el primer fallo de la profesora. El primer gesto de Angie. Me odié un poco por eso. Pero también me encantó.

Para recuperar el control, me enderecé. Me alejé un paso.

—Muy bien, alumno —dije, recuperando el tono—.
Última fase de la evaluación.

Hice un gesto con la mano, indicándote que te sentaras en el borde de la cama.

—Ahora me escucha con atención.

Me planté frente a ti. Seria. Dominante. Perfectamente compuesta.

—Usted está aquí porque yo lo decidí —dije, sin suavizar nada—.
Porque yo marqué las reglas. Porque yo controlo el inicio… y el final.

Tu respiración se aceleró otra vez.

Inclinándome un poco, añadí: Y porque usted… no sabe negarse cuando yo lo miro así.

Bajé los lentes, despacio. Solo eso. Un gesto pequeño.

Demasiado íntimo. Demasiado Angie.

Tú lo sentiste. La habitación se volvió un recipiente cerrado, cargado, vibrante.

—Alumno —dije, con la voz más baja de toda la noche—.
Hemos llegado al punto decisivo de la clase.

Me acerqué hasta quedar exactamente frente a ti. Ni un centímetro de más. Ni uno de menos.

—Dígame… —susurré—.
¿Confía en su profesora?

Tu “sí” fue suave, rendido, verdadero.

Yo respiré hondo. Sentí que una línea delgada, peligrosamente delgada, se movía bajo mis pies.

Y entonces ocurrió. La profesora debía mantenerse dura.
Fría. Impenetrable.

Pero por un instante, por un solo segundo, mi voz dejó de ser la del personaje y se volvió la mía.

—Yo también confío en ti… —dije sin querer.

Me mordí el labio. Sabía que eso no estaba en el guion.

El alumno levantó la mirada. Reconociste a Angie. A la de verdad.
A la que te amaba desde un lugar que no tenía nombre permitido.

Fue un latido. Nada más. Pero suficiente para romper la perfección del papel.

Me enderecé rápido, recuperando el rol.

—La clase no ha terminado —dije, con firmeza renovada—.
Todavía queda la última instrucción.

Y ahí, con el corazón acelerado y la autoridad intacta, me acerqué un poco más.

—Alumno… Prepárese.
 
La habitación del hotel parecía haberse estrechado. No por el espacio, sino por la tensión que llenaba cada rincón.

Tú seguías ahí, de pie, obedeciendo, sin moverte, respirando más rápido de lo que querías admitir.
Yo lo veía todo. La forma en que contenías los hombros. La forma en que tus manos temblaban apenas.
La forma en que intentabas mantener la compostura mientras el deseo se te escapaba por los ojos.

Y yo disfrutaba.
No de burlarme, sino de tenerte exactamente en el punto donde la mente sostiene lo que el cuerpo quiere romper.

—Muy bien, alumno… —dije, caminando lentamente hacia un lado, sin perderte de vista—. Ha pasado la parte más difícil.

Me acerqué a la ventana. Apenas un metro y medio nos separaba, pero en ese juego parecía un abismo.

Giré hacia ti. El aire estaba caliente, cargado, vibrante.

—Ahora viene la prueba final —anuncié—: La prueba del autocontrol absoluto.

Comencé a desabotonarme la blusa, botón por botón, cuando terminé, me la saqué y la tiré sobre el sillón, lo mismo hice con la falda y me quedé solo con mi conjunto de lencería, él se desabotonó un par de botones de su camisa antes que yo le ordenara que parara.

—Alumno! ¿Quién le dijo que se desabotone la camisa?

Me fui sacando la lencería muy lentamente, mientras lo miraba a los ojos. Cuando estuve totalmente desnuda, me acerqué a él y le puse uno de mis senos al alcance de su boca, él quiso besarlo o chuparlo, pero me retiré.

Yo notaba las ganas que me tenía y jugaba con eso.

Me senté al borde de la cama y abrí las piernas.

—Alumno, solo hay dos formas de solucionar esto, o hago el informe para que lo expulsen hoy mismo o usted se esmera y me da placer con su lengua. ¿Qué decide?

—Profesora, está usted abusando de su autoridad… pero no quiero que me expulsen…

No dijiste más y te arrodillaste junto a la cama.

Cuando sentí tu lengua en mi vagina, me dio ganas de terminar todo y amarnos como siempre lo hacíamos, pero me contuve. Tu sabias donde lamer, donde apretar con tus labios y como encontrar mi clítoris con tu lengua, era una explosión de placer.

No pude contener los gemidos.

Yo disfrutaba cada lengüetazo, cada que succionabas mis jugos vaginales, en un momento tomé tu cabeza y la hundí en mi sexo. El placer que me dabas era extremo.

Quise parar en un momento para seguir con el juego de dominación, pero ahora tu tenías el control, ya habías metido dos dedos en mi vagina, mientras seguías besándola y lamiéndola, cuando sentí que el orgasmo me estremecía… perdí todo el control y grité de placer.

Cuando pude recuperarme, él seguía besando mi entrepierna, ya no atacaba mi vulva ni mi clítoris directamente, me conocía tan bien que sabía que después del orgasmo esa zona me quedaba muy sensible y el placer se podía convertir en molestia o dolor.

Tratando de recuperar la compostura, trate de sacar mi voz más seria, aunque no sonó muy convincente: —Muy bien alumno, se está ganando el perdón, pero aún no es suficiente. ¡Póngase de pie!

Él se incorporó y me vio con esos ojos de amor y deseo que me derriten, pero mantuve la compostura mientras me paraba frente a él.

Me acerqué a él que se había parado a unos tres pasos de la cama donde me había hecho gozar, y me arrodille frente a él, le solté la correa del pantalón y el cierre, baje su pantalón y tomé su pene que saltó como un resorte porque que estaba como un fierro.

Lo besé, lo rocé, lo lamí solo con la punta de mi lengua, sin metérmelo en la boca. Yo sentía como se estremecía a cada contacto. En un momento, él puso una de sus manos en la parte de atrás de mi cabeza y la empujó, como para que me tragara todo su pene. Yo me resistí y mirándolo a los ojos, sin soltar su pene, le dije:

—Autocontrol alumno!, ¡¡Autocontrol!!

Y regresé a mi juego. Pequeñas gotas de líquido preseminal brotaban de la punta de su pene, yo las lamia y las limpiaba con mi lengua. Después de varios minutos jugando así y cuando sentía que él estaba al borde de la desesperación, me lo metí a la boca de un solo golpe, lo aprisioné con mis labios y se lo comencé a chupar como a él le gusta.

Un buen rato después, cuando parecía que ya se venía en mi boca, me lo saqué de la boca, me paré y lo miré.

—Desnúdese alumno, ordené.

Él me miró como preguntándose porque no lo dejé terminar en mi boca, como tantas veces y se sacó la ropa que le quedaba con una rapidez que casi provoca que me ría. Su pene estaba enorme, se notaba que estaba muy excitado, lo empujé sobre la cama y me subí sobre él. Me senté sobre sus piernas, dejando su pene delante mío, sin tocarme.

—Así que usted me mira mucho porque quiere tirarme, ¿no?

—Si profesora, es usted muy rica y me encantan sus tetas…

—Es usted un alumno igualado, le respondí, mientras me inclinaba para acercarle uno de mis senos, pero no tanto como para que pueda besarlo o lamerlo.

—Quiero que respire —ordené.

Tú inhalaste.

—Más despacio.

Lo hiciste.

—Ahora exhale.

Obedeciste también.

Yo asentí, como una profesora corrigiendo a un alumno nervioso antes de un examen oral.

Volví a acercarme a ti y te dejé que me beses un seno. Te quedaste prendido como un bebé. Eso me calentaba mucho y mi lubricación ya era muy abundante.

—Usted quiere moverse —dije, sin rodeos—. Lo veo. Lo escucho. Lo siento.

No respondiste. No hacía falta.

—Pero no lo hará.

Me incliné un poco hacia adelante, solo lo suficiente para que tu respiración cambiara.

—Porque hoy… el deseo no manda. Mando yo.

Tus dedos se tensaron detrás de mi espalda, tratando de obedecer la orden y a la vez soltando la avalancha interna que te empujaba a avanzar.

—Eso es —susurré, casi con ternura disfrazada—. Sosténgalo.
No piense en lo que quiere. Piense en lo que le ordeno.

Me incorporé, recuperando la postura recta de la profesora.

—Le voy a hacer una sola pregunta, alumno.

Me paré y di un paso hacia el costado, como si marcara un margen invisible entre nosotros.

—¿Confía en mí… incluso ahora?

Ese “incluso ahora” no era casual: era un guiño al límite que te estaba exigiendo sostener.

Tu respuesta tardó medio segundo más de lo habitual.
Ese retraso fue precioso, perfecto: la mente luchando contra el cuerpo.

Finalmente dijiste:

—Sí… profesora. ¿Pero puedo decir algo?

—Diga, pero que sea breve, ordené

—Si no la clavo en los próximos cinco minutos a las buenas, la voy a clavar a las malas

Algo en mí se quebró apenas. Pero no perdí el control.
Pero sí dejó ver a la Angie real, la que no era personaje, la que te amó, te deseó y te eligió muchísimo antes de ponerse un rol sobre la piel.

Bajé la mirada un instante. Un gesto pequeño, humano, íntimo.
Un gesto que ninguna profesora autoritaria se permitiría.

Pero duró nada. Mi personaje volvió en un parpadeo.

—Bien —dije, recuperando el tono firme—. Entonces, como quiere clavarme, va a tener que esperar a pasar la siguiente prueba, recuerde que su permanencia en la escuela depende de su obediencia. como confía en mí… escúcheme con atención:

Di un paso hacia ti. El más pequeño de todos.
El que establecía que el juego estaba a punto de transformarse en otra cosa.

—Ha hecho todo lo que le pedí —dije—. Todo. Sin fallar.

La tensión entre nosotros no era solo deseo.
—Ahora —continué—, viene la parte más importante de la clase.

Guardé silencio. Un silencio cargado. Palpitante.

—La parte en la que usted… no hace nada.

Te quedaste quieto. Perdido. Deseoso.
Pendiente de cada palabra que pudiera salir de mi boca.

—Porque hoy, alumno… —dije, acercándome medio paso más— no quiero que me toque. Quiero que me mire.

Tu respiración tembló. Y yo, por dentro, también.

—Y quiero ver cuánto aguanta —añadí, con voz baja— antes de que deje de obedecer.

No era un desafío explícito.
Era algo más peligroso y íntimo: una invitación a mostrar quién eras conmigo… cuando no había nada más que palabras y energía entre nosotros.

Me quedé allí.
Frente a ti. A centímetros.
Sin romper la distancia. Sin cruzar la línea. Sin tocarte.

Solo tú. Solo yo.
Y un límite que vibraba entre ambos.

—La clase continúa —susurré—.
Hasta que usted… no pueda más.

—Échese en la cama, le dije.

El, obediente, se echó y me miraba con ojos de quererme comer entera, yo disfrutaba de tu autocontrol y quería probarlo para ver hasta donde aguantabas.

Yo miraba tu pene duro y erguido, con las venas que se marcaban, se veía delicioso, pero me contuve.

—Yo voy a hacer todo y al final será recompensado, con mi cuerpo, pero usted no haga nada hasta que yo le diga, si usted me toca o se mueve siquiera, solo nos vestiremos y lo enviaré a la dirección. ¿entendió?

—¡Angie!!- Protestaste

—¿Entendió? Repetí más autoritaria.

—Entendí, dijiste resignado.

Comencé a besar todo tu cuerpo, empecé desde tus pies, fuertes y bien formados, fui subiendo lentamente por tus pantorrillas, tus piernas y cuando iba a llegar a tu sexo turgente, lo evité, solo lamí tus bolas que estaban duras, señal de que estabas muy excitado.

Que ganas de clavármelo ahí mismo, pero quería prolongar el juego. Yo sentía como te estremecías, cada que estimulaba con mi lengua y mis manos una nueva zona, oleadas de placer te recorrían. No dejaba ni un centímetro de tu piel sin besar, lamer o acariciar.

Subí por tu abdomen, ya no tenías el six pack de cuando te vi desnudo la primera vez, pero seguía estando plano a pesar de tus 46 años. Seguí por tu pecho, tus tetillas, tu cuello que tenía las venas marcadas igual que tu pene, producto de la tensión sexual.

Cuando finalmente llegué a tu boca, puse la mía a milímetros, tu mantuviste estoicamente las ganas de comerme los labios y mientras te acariciaba el cabello y rozaba con mis pechos el tuyo, te hablé casi respirando de tu aliento.

—¿Te vas a portar mal? Pregunté a media voz, con un murmullo tan sensual, que, si alguien hubiese estado a unos 30 centímetros, no me habría escuchado.

—Con usted siempre, profesora.

—Volverá a llegar tarde?

—Claro que sí, siempre y cuando me castigue así

—Me quiere clavar?

—¡Por todos lados, profesora! Me respondió con la respiración agitada.

Ya no pude sostener más el papel, me moría de ganas de tenerlo dentro de mí, de sentir todo su poder de hombre para gozar juntos.

—Entonces está usted perdonado por esta vez

Lo besé con rabia, con pasión, con todas las ganas que tenia guardadas, con ese fuego que había encendido y alimentado durante casi media hora. El, aun en su papel de alumno, solo me respondió solo con su boca y su lengua, sin tocarme con sus manos. Cuando me di cuenta de que no le había avisado que el juego había terminado, le dije:

—Cláveme alumno!! Dame duro, amor, ¡¡¡te deseo!!!

Él no me dejó terminar la frase cuando sentí que sus manos fuertes me agarraron de las caderas, literalmente me levantó en peso y me clavo en su pene. Yo lo sentí como un misil que entro en mi cuerpo, y que me perforó hasta el abdomen. Fue tan rápido y fuerte que di un grito de placer que debe haberse escuchado hasta la calle, cuando lo miré él estaba extasiado, creo que, si me hubiese dolido, a él no le habría importado de lo excitado que estaba.

Pero no fue dolor, fue un placer intenso, sentirme así clavada por mi hombre, comencé a moverme frenéticamente, de atrás hacia adelante y por ratos de arriba abajo. El estrujaba mis senos y de rato en rato me palmeaba las nalgas.

Perdí la noción del tiempo, no sé cuánto habremos estado así, hasta que sentí las oleadas de placer invadirme en un orgasmo como muy pocos he tenido, intenso, profundo, con una conexión absoluta con el hombre de mi vida. Una combinación explosiva de placer físico y el amor más puro. Indescriptible.

Cuando dejé de arquearme de placer y me dejé caer sobre su pecho, el no esperó más de 4 o 5 segundos, me tomó como su muñeca y me puso boca arriba sobre la cama, levantó mis piernas y me penetró sin misericordia mientras me decía:

—Así que usted es la profesora abusiva, ¿No?, ahora va a saber lo que es abuso!

Yo no podía responderle, mis gemidos de placer y mi respiración agitada, no me dejaban articular palabra, solo podía decir “Si, si, más, más”

Su ritmo era desenfrenado, en medio de los gemidos y el placer intenso, me sonreí al acordarme porque le decía “conejo loco”.

Cuando parecía que llegaremos al orgasmo casi juntos, él se salió y me dio la vuelta, poniéndome boca abajo en la cama. Pensé que me penetraría analmente y estaba tan excitada que dispuesta a aguantar el dolor al no estar lubricada, pero el, aun en ese momento de frenesí casi animal, supo que después del placer yo quedaría herida algunos días, así que me la metió en la vagina, que estaba supermojada y lo recibió sin problema. En esa posición yo gozaba más, él no apoyaba todo su peso sobre mi espalda, pero si me hacía sentir que estaba encima mío, que ahora él tenía el control, yo solo me abandoné y me concentré en el contacto de su pecho sobre mi espalda y su falo entrando y saliendo de mi vagina como un taladro.

Mi orgasmo llegó sin avisar, repentino e intenso, solo me aferre a las sábanas, mientras el seguía clavándome sin piedad. Unos dos minutos después, lo sentí. Su pene latió varias veces, pareció engrosarse y el añorado calor de su semen inundando mi vagina, me dijo que mi hombre estaba explotando de placer conmigo.

Nos quedamos así, respirando agitadamente, él encima mío, su pene dentro de mi vagina. El placer después del placer. Yo podía sentir los latidos rápidos de su corazón contra mi espalda y su respiración rápida cerca de mu nuca.

Me sentí más poseída y suya que nunca.

Me quedé boca abajo, con la mejilla hundida en la sábana tibia, todavía sintiendo cómo mi cuerpo seguía latiendo con ecos del juego. Él se dejó caer a mi lado, boca arriba, con ese suspiro profundo que siempre me derrite, como si acabara de entregar algo más que el cuerpo. Levanté apenas la cabeza, lo miré con esa ternura que solo me nace en esos minutos sagrados, y solté un “te amo” que me salió sin filtro, sin cálculo… casi como un aliento.

Él, ya recuperando el ritmo de su respiración, me acarició el cabello con una calma que me desmontó entera. “Yo también te amo… y no sabes cuánto”. Yo sonreí, pequeña, vulnerable, satisfecha.
“Sí lo sé”, le dije. “Lo acabo de sentir”.
 
Él se incorporó un poco, apoyándose en un codo para mirarme con esa mezcla de picardía y afecto que siempre me enreda.
“Dime… ¿todo este papel de profesora mala lo habías ensayado? ¿Lo habías escrito antes o se te ocurrió mientras jugábamos?”

Me reí, porque la verdad era deliciosa de confesar.
“El esquema lo había pensado… un poquito. Pero nada del diálogo. Todo se me fue ocurriendo en el momento. Tú también ayudabas… tus reacciones”.

“Eres una mala”, me dijo, riendo. “Casi me vuelves loco. No sabes las ganas que tenía de desobedecerte y tomarte ahí nomás”.

Alcé una ceja, todavía con el cuerpo rendido sobre la cama, pero con la lengua afilada como siempre.
“Ah, lo hubieras hecho y te expulsaba, alumno”.

“Bueno… si me expulsabas, tenía que volver a postular, ¿no? Otra prueba, otra entrevista con la directora…”.
Se acercó y me dio un beso lento, suave, de esos que ya no buscan incendiar nada sino abrigar.

Nos acomodamos uno junto al otro, sin prisa, sin máscaras.
Mi espalda rozó su costado y él pasó un brazo por debajo de mí, acercándome hasta sentir cómo nuestros pechos subían y bajaban al mismo ritmo. El cuarto todavía olía a nosotros, a juego y entrega, pero también a algo más profundo… algo que no sabía cómo nombrar sin romperlo.

Ese momento siempre me golpea igual: la certeza de que entre él y yo el amor tiene un idioma propio que no necesita palabras. Que incluso después del sexo más intenso, lo que queda no es vacío, sino una plenitud tranquila, una especie de “hogar” en la piel del otro.

Cerré los ojos, respirando su calor, escuchando su corazón todavía un poco acelerado.

Todo estaba en silencio, pero la verdad es que ahí, en ese silencio, era donde más nos hablábamos.
 
YO

Había quedado rendido. Esa mezcla de agotamiento y lucidez que solo me llega después de un encuentro así, cuando el cuerpo ya no tiene fuerzas, pero el corazón late con una claridad casi feroz. Angie me había llevado al límite —otra vez— con esa manera suya de entrar en su personaje, de empujar mis sensaciones hasta que casi se desbordaran. Y ahora, echados uno al lado del otro, sintiendo cómo nuestras respiraciones iban recuperando un ritmo común, me cayó encima esa certeza que siempre vuelve: por eso hemos durado tanto.

Porque incluso en los años de silencio, de distancia, de vidas paralelas… lo nuestro nunca murió. Solo hibernó. Ahí, tibio, esperando. Y cada vez que regresábamos a este espacio que solo existe entre ella y yo, ese amor despertaba entero, sin rencores, sin esfuerzos. Una unidad. Ese era el término exacto: unidad.
Y lo más extraño —pero también lo más real— era que no sentía que traicionaba nada. Cada amor en mi vida ocupaba su lugar. Este era el de Angie, y conmigo, ese lugar seguía intacto.

Después de un rato, ella se incorporó, caminó hacia el espejo con ese paso suyo, medio distraído, medio consciente de sí misma. Se quedó mirándose, observando cada detalle como quien lee una carta que ha recibido muchas veces, pero siempre revisa una línea más.

—Amor… ¿cómo me ves? —preguntó sin girarse.
—Magnífica —respondí sin pensarlo—. Deliciosamente magnífica. Me encantas.

Ella rodó los ojos, pero la vi sonreír apenas, como quien quiere creer, pero todavía duda.
—Ay, no sé… siento que los años ya me están golpeando —dijo, llevándose las manos a los pechos, levantándolos un poco—. Mira, ya no están como antes. Están un poquito caídos, ¿no? Creo que tengo que volver a usar sujetador.

Hacía años que no usaba. Había sido una pequeña liberación silenciosa en su vida.

—Para mí están perfectos —le dije, acercándome un poco más.

—Ay, Tontín… claro pues. Para ti siempre van a ser perfectos. Tú me miras con otros ojos.

—¿Y quién más te va a mirar? —le dije, medio en broma, medio en serio.

Ella bufó, levantando una ceja.
—Ay, por favor. Todo el mundo mira. Ustedes los hombres no hacen más que mirar las tetas de las mujeres.

Me paré a su lado, mi reflejo apareciendo junto al suyo.
—Amor… para mí estás perfecta. Pero si te sientes más cómoda usando sujetador, úsalo.

—La verdad cómoda no me siento —admitió—. Ahora me lo puse porque quería provocarte, pero ya me había acostumbrado a andar sin él y cómoda no me siento.
Miró su reflejo, dudando otra vez.
—Pero esto tampoco se ve tan bien, ¿no?

Me miré también, y traté de bajar un poco la tensión del momento.
—Mira —le dije, señalándome el abdomen—, yo tengo una ligera pancita.

—No digo nada, tranquilo —respondió rápido, sonriendo—. Además, amor, tú me llevas diez años. Y en los hombres no importa que tengan una pequeña pancita. Eso no se espera. Ya no tienes el six-pack de hace veinte años, pero igual estás bien. A mí me gustas.

—Y a mí tú —le dije—. Es lo mismo.
—¿Yo te gusto aún con esta mis pechos así? —preguntó, suavizando la voz.
—Tú no me gustas… —hice una pausa—. Me encantas. ¿Además, así como? Ni que te llegaran a la rodilla, se habrán caído un par de centímetros, pero aun lucen parados y ricos.

Ella negó con la cabeza, riendo.
—Creo que no somos buenos jueces. Estamos hablando desde lo que sentimos, no desde lo que vemos.

La abracé por detrás, apoyando mi barbilla en su hombro.
Nos dimos un beso suave, de esos que no buscan fuego sino presencia. Y nos quedamos allí, frente al espejo: dos cuerpos desnudos, abrazados, imperfectos, reales… y absolutamente conectados.

Y pensé —no por primera vez— que ese era nuestro verdadero reflejo:
no el del espejo, sino el del nosotros que sobrevivía a todo.

Nos echamos de nuevo en la cama, todavía tibios, todavía envueltos en esa neblina dulce que queda después de darnos el alma. Nos besábamos despacio, como si cada roce fuera una confirmación silenciosa de que seguíamos ahí, intactos. No era sexo —aún—, pero era ese territorio previo donde todo vibra, donde la piel se vuelve lenguaje y el tiempo parece descansar un rato en el borde de la cama.
Sabíamos ambos que una sola vez no bastaba… jamás bastaba. Con nosotros, la calma siempre era apenas una pausa.

Fue en uno de esos silencios abrazados, cuando Angie lo soltó.

—Primix… ¿te das cuenta de que cada cierto tiempo Nadia pregunta, de una u otra forma, si tú y yo tenemos algo? O si alguna vez pensamos en tener algo… O si lo tuvimos…
Hizo una pausa, buscándome los ojos.
—He estado con esa idea en la cabeza hace varios días. ¿No sospechará algo?

Sentí su inquietud como un leve nudo detrás del esternón. Me quedé pensando unos segundos. Sabía que tenía que contarle. No era un secreto… solo era un tema que prefería no tocar demasiado.

—Amor… tranquila —le dije, acariciándole la espalda—. Hablé con ella de eso hace un par de semanas.

Ella abrió los ojos como si me hubiera soltado una bomba.

—¿Cómo que hablaste con ella? —me dijo sin decirlo, porque su mirada era un diálogo entero.

Suspiré y seguí.

—Sí… también había notado que cada cierto tiempo volvía con la pregunta, con la inquietud. Y un día se lo pregunté directo: si sospechaba o pensaba que tú y yo teníamos algo.
Me acomodé un poco para verla mejor.
—Le respondí desde el lugar más lógico: que no teníamos nada, que siempre hemos sido familia, que nos queremos mucho, pero que lo último que quería era que ella se sintiera incómoda o insegura. No merecía cargar con una sombra que no existía.

Angie me miraba como si quisiera regañarme por atreverme, pero también como si necesitara escuchar cada palabra.

—¿Y? —preguntó finalmente.

—Me dijo que no, que en realidad nunca ha pensado que tengamos algo. Que esas ideas tontas le vienen a la cabeza por momentos, porque nos ve tan cercanos, con tanta confianza. Pero que confía en mí… y en ti. Que te quiere mucho de verdad.

Angie soltó una risa bajita, cargada de ironía y ternura a la vez.

—Antes me sentía mal con esa cercanía de ustedes —continué—. Pero ahora ya entiendo que es parte de… esto.
Ella me miró levantando una ceja, divertida.
—De esta relación rara que tenemos —dije.

—Rara… pero maravillosa —respondió Angie, con una sonrisa que me partió el pecho.
—Muy maravillosa —añadí—. Solo hay que ser cuidadositos, pues. No queremos estresar al gato…

Ella se rio de verdad esta vez.
—Ay, Primix… gata será...

—Volviendo al tema —seguí—, lo que ella siente es que sí, pues… tenemos mucha confianza, mucho cariño. Y no piensa que ahora podamos tener algo. Confía en eso. Confía en mí. Me dijo que sabe que soy fiel

Angie apoyó la frente en mi pecho, riéndose.
—Pero si eres fiel —dijo, con ese tono suyo que atraviesa cualquier defensa.

Levanté la ceja.
—¿Fiel?

—Claro. Eres fiel a ti… a mí… y a ella.

Me reí con ella, porque su lógica, torcida y perfecta, siempre me ha ganado.
—Bueno… visto así, sí. Soy fiel.

—Lo eres —repitió, riéndose más fuerte.

Después, ya más seria, añadió:

—Lo que sí a veces sospecha… o pregunta… es si en nuestra juventud pasó algo. Cuando yo iba a Arequipa, o tu venías a Lima… o cuando viví en la casa de mi mamá después de mi separación. Como diciéndome: “No me importa, eso fue antes”.
Me miró con curiosidad.
—¿Y tú qué le dijiste?

—Que no. Que por supuesto que no.
Le acaricié el rostro.
—Y eso la tranquiliza. La deja más en paz consigo misma.

Angie asintió despacio, pensativa.

—Igual —dijo—, tengamos mucho cuidado, ¿sí?

—Sí, amor.
La abracé por detrás, pegando su cuerpo al mío.
—La idea está ahí, dando vueltas… pero mientras no le demos motivos, mientras no vea nada… no tiene por qué crecer.

Ella respiró hondo, se dio vuelta y me besó lento, como si ese beso fuera un acuerdo silencioso entre los dos.

Y en ese beso, en esa piel que se encendía otra vez, sentí lo de siempre:
que nuestra historia, por más rara, compleja o peligrosa que fuera… seguía latiendo con la fuerza exacta para justificarlo todo.
 
No sé cuánto tiempo estuvimos así, envueltos en ese abrazo que no necesitaba palabras. A veces creo que nuestra mejor conversación ocurre en silencio: su respiración en mi pecho, mi mano recorriendo su espalda, ese calor compartido que nos decía todo sin decir nada.

Pero de pronto la sentí moverse… muy despacio.
Un leve ajuste de sus caderas contra mí pelvis.
Un roce intencional, suave, casi inocente… pero no inocente en absoluto.
Era su manera de decir “Primix, ya toca”, sin abrir la boca.

Y claro que lo sabía.

Respondí igual de sutil, deslizando mi mano por su cintura, acercándola un poco más, dejándole claro que la entendía, que la quería, que todavía estaba ahí para ella. No la apuré. No hizo falta. Era un juego callado donde ambos sabíamos hacia dónde íbamos.

Nos empezamos a besar, lento… muy lento.
Esa clase de beso que no busca incendiar de golpe, sino encender una brasa que se alimenta sola.
Ninguno de los dos quería repetir la intensidad voraz del inicio. Ahora era distinto: era un deseo más templado, más profundo, casi tierno. Un ritmo que se construía desde el pecho, no desde la urgencia. Hasta mi pene entendió que este era otro ritmo, porque la erección fue gradual, como si el polvo anterior lo hubiese agotado y recién estaba recuperando fuerzas.

Ella se acomodó sobre mí y nuestras caricias fueron encontrando un compás propio, sin apuros, sin exigencias. Yo sentía cómo su cuerpo se rendía de a pocos, cómo ese contacto piel con piel iba despertando algo que no tenía que ver solo con pasión, sino con pertenencia.

Todo fue lento. Amoroso. Profundo.

Nos movíamos como si estuviéramos hechos para encajar así, despacio, respirando juntos. Su frente apoyada en la mía, mis manos recorriendo su espalda con calma, su susurro tibio contra mi cuello marcando el tempo. Era menos un acto físico que una declaración: estoy contigo, me entrego contigo, sigo aquí.

Ella buscaba lentamente mi pene erecto con sus caderas, hasta que su vulva y mi pene coincidieron, entonces ella empujó suavemente para que mi miembro la penetre suavemente, sentí cada centímetro de su mojada vagina, comerse mi pene.

Sus movimientos suaves y cadenciosos fueron in crescendo, al igual que sus gemidos y mi respiración. Después de un rato su excitación ya era grande y se tomaba del pelo mientras se movía sobre mi pene, mi mano derecha acariciaba su trasero, mientras que con la izquierda buscaba su clítoris atrapado entre nuestras pelvis. Ella paso sus manos de su cabello a sus senos. Cuando finalmente llegó al orgasmo, se dejó caer sobre mí. Esta vez la deje disfrutar de su orgasmo, de nuestras respiraciones y de nuestros latidos.

Después, cuando cambiamos de posición —solo una más, natural, fluida, sin esfuerzo— el mundo pareció reducirse a ese vaivén suave, a su mirada fija en la mía, a la certeza de que ahí, en ese instante, no existía nada más que nosotros dos. Ningún miedo, ninguna duda, ninguna historia ajena. Solo ella y yo, respirando al mismo ritmo, sintiendo que el amor podía tomar forma en un movimiento lento y sostenido.

Fue un encuentro que no necesitó fuego para ser intenso.
Bastó la calma, la ternura, la manera en que su mano buscaba la mía a mitad de ese abrazo más íntimo que cualquier palabra.

Y cuando finalmente nos quedamos quietos, todavía unidos por el pecho, por la piel, por la emoción que seguía temblando en el aire, supe que esa segunda vez —esa vez lenta, suave, amorosa— había sido tan necesaria como la primera.

Tal vez más. Porque ahí no solo hicimos el amor.
Ahí lo confirmamos.

Esa tarde hicimos el amor una vez más. Bueno en realidad dos, con el de la ducha, que ya era como nuestro ritual de despedida.
Era como si nuestros cuerpos hubieran encontrado un término medio perfecto: ni la furia deliciosa del primer juego, ni la calma profunda del segundo. Un ritmo intermedio, vivo, cálido, lleno de pasión, pero sin desbordes. Nos conocíamos tan bien, tan a la piel, que no necesitábamos inventar nada extraño para disfrutar. Bastaba el movimiento natural, la entrega mutua, ese lenguaje silencioso que hacía años dominábamos sin haberlo estudiado jamás.

Terminamos en perrito, agotados y felices, abrazados un buen rato, respirando juntos, dejando que el corazón volviera a su sitio. Cuando miré el reloj supe que ya era hora de partir.
Pero claro… faltaba nuestro ritual.

Nos metimos a la ducha juntos y, como siempre, esa mezcla de agua, calor y cercanía nos llevó a un último encuentro, más breve, más espontáneo, pero igual de nuestro. Ese era el sello final, la tradición que jamás rompíamos: el último abrazo antes de volver al mundo.

Después nos vestimos. Yo estaba ajustándome la camisa cuando sentí que Angie se acercaba por detrás. Me rodeó con los brazos, apoyó su rostro en mi espalda, y con esa voz que siempre me desmonta me dijo:

—Primix… no sabes cómo te amo.

Volteé despacio, la abracé y le respondí mirándola a los ojos:

—Sí, mi ángel… claro que sé cómo me amas. Lo que también sé es que yo te amo un poco más que tú a mí.

—¡Ay, tontín! —dijo entre risas suaves—. Tu cuando no…

—No, en serio, amor —la interrumpí con ternura—. Yo sé que nos une el amor, y que el sexo es solo la cereza del pastel… la forma en que lo manifestamos. ¿Te acuerdas de que hace un rato hablamos de que habíamos durado 20 años por momentos como este?

—Sí —asintió.

—Bueno… no es solo por momentos como este. Estos son la culminación del amor que nos tenemos. Pero en realidad… nosotros nos amamos de tantas formas, en tantas capas, que aquí simplemente lo expresamos en su versión más intensa.

Ella me dio un beso largo, cálido, y murmuró:

—A veces eres medio poeta, ¿no?

—Más o menos —le dije, medio riendo también.

Salimos de la habitación tomados de la mano, bajamos por las escaleras lentamente, como si alargar esos minutos fuera una forma de quedarnos un poco más. Abajo, en el estacionamiento, nos dimos un beso corto pero lleno de todo. Luego cada uno se dirigió a su auto.

—Anda con cuidado, amor —le dije antes de cerrar mi puerta.

—Sí, tranquilo —respondió ella, mirándome con esa complicidad eterna—. No pasa nada. Todo bien.

Y se fue.
Y yo me quedé ahí unos segundos más, respirando hondo, sabiendo que esa tarde quedaría cosida para siempre en algún rincón de mi memoria donde guardo lo que realmente importa.
 
Antes de continuar con el siguiente capitulo, les dejo algunas fotos más que encontré de esta modelo que tiene un nbuen parecido con Angie, para que se deleiten la vista.

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y algunas más atrevidas

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Noventa y uno – EL NUEVO EMPLEO

La tarde anterior a mi debut laboral parecía una escena doméstica suave, casi tierna, pero cargada de una expectativa que se respiraba en el ambiente como ese olor a ropa recién planchada que se pega en el pasillo.

Nadia había tomado el control absoluto del operativo. No me dejó ni acercarme a la tabla de planchar.

Amor, por favor… hoy ni intentes ayudar —me dijo, moviendo la plancha con una precisión quirúrgica—. Los primeros días son decisivos. La gente cree que ve competencia, pero en verdad ve tu corbata.

Yo reí.

—¿La corbata? ¿No exageras?

En lo más mínimo. —Levantó los ojos, seria y dulce a la vez—. La primera impresión no se repite, Amor.

Planchó pantalones, alisó camisas, revisó puños, emparejó cuellos. Hasta cepilló el terno con una dedicación que parecía más de modista italiana que de esposa peruana preocupada.
Incluso eligió los zapatos.

Estos. Los otros son demasiado… sinceros.
—¿Sinceros?
Sí… dicen la verdad sobre cuánto los usas.

Cuando me dio el beso de buenas noches, ya intuía que el día siguiente sería distinto. Había un orgullo silencioso en su mirada, una mezcla entre esposa que protege y mujer que empuja a su pareja hacia algo más grande.


A la mañana siguiente, mientras yo aún trataba de despertar por completo, ella ya estaba en la cocina preparándome un desayuno “perfecto para empezar con el pie derecho”.

Era ligero, pero delicioso: lo justo para no sentir un ladrillo en el estómago ni un vacío existencial a media mañana.

Al despedirme, me abrazó fuerte. Fuerte de verdad.
Como si sostuviera mi pecho con sus manos.

Muchísima suerte, amor. Anda… destrúyelos. Demuéstrales quién eres. Estás guapísimo. ¿Que nadie te ponga el ojo, ok?

El beso que me dio no fue de rutina, ni de apoyo. Fue ese beso que dan las esposas cuando sienten que su marido está por pelear una batalla que podría cambiar algo importante.

Y sí, me gustó. Me empujó. Me ordenó emocionalmente.

Salí con el pecho inflado.

Camino a Miraflores, apenas entre en la avenida, sonó el celular.
La voz de Angie entró con esa alegría que a veces me levantaba más que el café.

Primix… ¿ya estarás camino a tu nuevo trabajo?

—Sí, mi Angie —respondí sonriendo sin querer.

Muchísima suerte, mi amor. Aunque en realidad no necesitas suerte. Anda, demuéstrales lo bueno que eres.

Ese “anda” de Angie era distinto al de Nadia. Más juguetón, más cómplice, más íntimo.
Yo pensé, sin culpa, pero con una ironía tierna:
Mis dos mujeres creen lo mismo de mí. Qué bien.

—Claro que sí, amor. Voy con todas las ganas.
Me cuentas más tarde, ¿sí? Nos vemos en casa de tu mamá en la tarde. Dejas a los chicos y yo caigo.
—Sí. Mi mamá invitó a un lonche. Va a ir Nadia también. Quiere que le cuente del nuevo trabajo… bueno, del “cambio de trabajo”, para ella.

Sí, sí… ya me contaste eso.
Se rio bajito.



 
Llegar a la oficina fue otro tipo de experiencia.

Primero, descubrí que no tenía estacionamiento asignado. Por lo menos no ese primer día, a pesar de que me lo habían ofrecido en las condiciones de trabajo.
Mi presupuesto lloró en silencio.

A siete soles la hora… hice cuentas rápidas.
Carísimo será este primer día, pensé.
Pero bueno, vamos a ver como lo soluciono. pensé.

En la recepción me hicieron esperar veinte minutos.
Me repetí mentalmente: primer día, paciencia… aquí nadie te conoce, no empieces a sufrir antes de tiempo.

Cuando por fin subí, encontré una oficina más pequeña de lo que había imaginado. Todas mis entrevistas habían sido en la consultora. Esta era la primera vez que veía el terreno real.

La dueña —la gerente general— salió a recibirme con un entusiasmo que parecía sobreactuado, pero bueno, se agradece.

Bienvenido, Ingeniero X. Qué gusto tenerte con nosotros.

Me presentó a todos.
Eran pocos. Muy pocos.

Tres administrativos.
Dos de regulatorias.
Un contador que también hacía de recursos humanos.
Dos de servicio técnico.
Y la fuerza de ventas que recién vería la semana siguiente.

Mientras saludaba, yo miraba alrededor buscando, discretamente, mi oficina. Alguna puerta cerrada, alguna ventanita de vidrio… algo que diga “Gerencia de Marketing / Dirección Comercial”.

Nada.

La dueña me llevó a una pequeña área de reuniones. Había dos salas: una grande y una pequeña.

Entró a la pequeña, con mesa para cinco o seis personas.

Aquí vas a trabajar.

Yo levanté la ceja. No pude evitarlo.

—¿En… la sala de reuniones?
Claro. Aquí nadie te molesta.
—Ah, ok… ¿y esto es provisional?
No.

Hubo silencio.

Yo pensé en mis llamadas de trabajo, en mis momentos de análisis, en los documentos confidenciales.

Ella me miró con una especie de… ¿inocencia? ¿desparpajo? No lo sé.

¿Pensabas que ibas a tener oficina? —me dice.

—Sí —respondí con naturalidad—. Normalmente tengo una oficina donde… bueno, hay cosas que uno debe conversar con la puerta cerrada.

Ah, no te preocupes. Nunca cerramos la puerta, pero puedes hacerlo cuando quieras. No pasa nada.

Asentí.
Sonreí.
Respiré.

—Perfecto, muchas gracias.

Por dentro: Bueno… hay que adaptarse. Nuevo empleo, nuevas reglas. Los comienzos nunca son como uno los imagina.

Me senté, encendí la laptop, acomodé mis cosas y me dije:
Vamos. A hacer que todo esto valga la pena. A justificar cada planchado de Nadia y cada llamada de Angie.

La ansiedad estaba ahí, pero también las ganas.
El entusiasmo.
La expectativa.
El orgullo de saber que dos mujeres, desde dos lugares distintos, querían que yo triunfara.

Y yo… yo también quería eso.

En el fondo, lo único que se escucha el primer día de trabajo, por dentro, es una frase simple:
Por favor, que todo salga bien.

Y yo estaba listo.



 
Lonche en casa de mi madre

Nadia y yo llegamos casi a la misma hora.

Angie llegó 10 minutos después.
La casa de mi madre siempre tenía ese aroma a pan recién tostado que, no sé cómo, aparecía incluso cuando no había pan tostándose. Era parte de su magia. Los chicos —mi hijo y la hija de Angie— ya estaban correteando por el pasillo, felices de tener terreno libre y una abuela que nunca decía que no.

Mi madre salió a recibirlos con esa emoción que parece de cumpleaños ajeno, pero vivido como propio. A sus ochenta y algo, todavía caminaba erguida, pero ya más lento que antes.

Hijito, ¿cómo te fue? Cuéntame todo, todo.
Su “todo” siempre incluía desde el color de las paredes hasta la cantidad de gente con la que había hablado.

Nos acomodamos en la mesa del lonche. Una jarra de jugo, café recién pasado, pan con mantequilla, quesito fresco, esas galletitas dulces que nadie admite que le gustan, pero todos devoran.
Nadia se sentó a mi lado. Angie frente a mí. Mi madre en el extremo, como buena directora de orquesta emocional.

—Bueno… —dije, levantando la taza—. Les cuento.

Las tres inclinaron la cabeza al mismo tiempo, como si hubieran ensayado esa coreografía.

—El día estuvo bien —comencé—, pero… sí, me chocó un poco no tener oficina.

Nadia dejó la taza en el plato despacio.

¿Cómo que sin oficina?
—En una sala de reuniones pequeña —expliqué—. Ahí voy a trabajar.

Angie abrió un poco los ojos, no en crítica, sino en sorpresa genuina.

¿En serio, Primix?
—Sí, Angie —respondí con naturalidad, pero bueno, toca adaptarse.

Mi madre asintió con la sabiduría de quien ha visto empresas nacer, morir y renacer desde la mesa del desayuno.

Así es la vida, hijito. Uno empieza y luego se gana su espacio. Ya te van a dar oficina.

Nadia intervino con calma, aunque claramente procesando la idea.

Mientras puedas trabajar tranquilo… supongo que se puede manejar.
—Sí —respondí—. No es lo ideal, pero tampoco es un drama. Lo que sí… —hice una pausa breve— hay un ambiente un poco raro.

Angie ladeó la cabeza.

¿Raro cómo?

Respiré hondo.

—No sé explicarlo del todo… Es como… un ambiente de miedo. No generalizado, pero sí esas miradas de “hay que cuidarse” o “mejor no hablar mucho”. Cosas que uno siente en los pasillos.
Ajá. —dijo Nadia, enderezándose—. Eso no suena tan bien.

Mi madre frunció los labios, ese gesto suyo de “esto me preocupa, pero no lo voy a decir tan dramáticamente”.

—La dueña… —continué— parece saber bastante de ventas, eso sí. Pero del manejo de personal… no estoy tan seguro. Habrá que ver.

Pero la sentiste confiable, al menos. —comentó Angie, con una voz suave, cariñosa.

—Sí, eso sí. Confiable… aunque un poquito impredecible, quizá. Es el primer día. No quiero sacar conclusiones.

Las tres me miraban, cada una desde un ángulo distinto del afecto.

Mi madre con una mezcla de orgullo y nostalgia.
Nadia con amor de esposa que quiere que te vaya bien para que duermas tranquilo.
Y Angie… ay, Angie me miraba con un brillo que tuve que esquivar fingiendo que limpiaba una miguita de la mesa.

Ese brillo no era de sobrina ni de prima.
Era de mujer que sabe lo que me costó llegar ahí, que conoce mis cicatrices laborales, que celebraba mi logro como si fuera suyo. Y lo era. De alguna forma, lo era.

Nadia no lo notó, por suerte.
O quizá sí, pero decidió no interpretarlo.

—Estoy orgullosa de ti —dijo Nadia, y me tomó la mano por unos segundos—. Sabía que ibas a conseguir algo bueno.

Angie sonrió, y su sonrisa dijo yo también lo sabía… pero de un modo más íntimo, más profundo, más nuestro.

Primix… de verdad, me alegra tanto que estés ahí. —dijo, con la voz lo suficientemente dulce para sonar fraternal… pero lo suficientemente suave para rozar la piel.

Me sonrojé un poco.
Mi madre lo notó. Ella siempre notaba todo.

Ay, hijito, ya te emocionaste. —rio—. Pero claro, si todos estamos felices por ti. Te lo mereces.

Yo levanté la taza para disimular.

—Bueno… —dije con humor ligero— si sigo hablando, voy a parecer candidato presidencial.
Sin corrupción, por favor —respondió Nadia, riéndose.
—Y sin oficina —añadió Angie, guiñándome el ojo.

La mesa estalló en risas.

Por un instante, sentí algo que pocas veces ocurre:
un momento donde las tres mujeres más importantes de mi vida estaban felices por lo mismo… por mí.

Y yo solo pedía internamente que el equilibrio no se rompiera.
Que Angie bajara un poquito la intensidad de sus ojos.
Que Nadia no notara nada.
Que mi madre no sacara conclusiones.

Y que este nuevo empleo… valiera la pena.

Porque cuando tres mujeres te miran con orgullo al mismo tiempo, uno siente que fallar no es una opción.



 
Esa noche

Ya en casa, cuando nuestro hijo por fin cayó rendido, la rutina volvió a ser nuestra pequeña ceremonia. Nos metimos juntos a la ducha, como lo hacíamos algunas veces cuando ella quería estar cariñosa, cuando la casa por fin dejaba de exigirnos y podíamos ser simplemente dos cuerpos tranquilos bajo el agua.

El vapor subía suave, empañando el vidrio, dibujando contornos borrosos que hacían que todo pareciera más íntimo. Nadia me enjabonaba los hombros con movimientos lentos, yo la abrazaba por la cintura y le robaba uno que otro beso en la clavícula.

Fue entonces cuando, con una voz demasiado casual para ser realmente casual, lanzó la pregunta:

Mi amor… ¿hay chicas guapas en ese nuevo empleo tuyo?

Me detuve un segundo. La miré.
Esa pregunta en Nadia no era común; no formaba parte de su repertorio.

—¿Chicas guapas? —repetí, casi para ganar tiempo—. Sí… supongo. Hay mujeres, claro.
¿Cuántas? —insistió, ahora sí mirándome directamente.

—A ver… de los siete u ocho que son en esa área, creo que cuatro son mujeres. Ah, y esta semana llega una chica nueva. La que será mi asistente.

¿Y son guapas?

Ahí entendí hacia dónde apuntaba la flecha.

—¿Estás celosa? —pregunté, medio riéndome.

Ella pasó los dedos por mi pecho, dibujando un gesto que era a la vez tierno y posesivo.

Mi esposo es muy guapo. Tengo que cuidarlo.

Ese comentario me derritió un poco.
La abracé, la besé, y sentí que en su tono había un matiz nuevo, una inquietud que no era suya.

—Sí, amor, hay chicas guapas —le dije, sin rodeos—. ¿Y?
¿Y qué tal? ¿No te distraes?

—Nadia… ¿en serio me estás preguntando esto? Tú siempre has sido tan segura.
Ya sé. No sé… se me ocurrió.

Le acaricié la mejilla.

—Tranquila. Mira, hay una chica que sí, pues… digamos que califica como guapa. Otra no tanto. Y dos normalitas. Nada del otro mundo. Pero no te preocupes. Yo no voy a eso. No miro mujeres en la calle, y menos en el trabajo.

Ella sonrió apenas.
Algo en su mirada decía que me creía… pero eso no anulaba la inseguridad que recién había descubierto en sí misma.

Cuando salimos de la ducha, como siempre, recogí las toallas para llevarlas al baño. Al regresar, iba a ponerme el pijama cuando ella me tomó la mano.

Firme. Directa. Como si no quisiera que me moviera un centímetro.

Ven aquí.

Me jaló a la cama, se echó y me volvió a jalar para que me ponga sobre ella. La intensidad de esa noche no fue solamente física. Fue emocional, instintiva, casi territorial. Hicimos el amor como si ella quisiera recordarse —o recordarme— que éramos suficientes el uno para el otro. Que había un nosotros que no necesitaba comparación.

Yo llevaba la iniciativa, como casi siempre, pero ella puso lo suyo, y lo puso con un tipo de entrega que solo aparece cuando hay un temor escondido detrás. Hicimos solo el misionero y en algún momento la puse piernas al hombro, con Nadia más de dos posiciones ya era pedir demasiado.

Cuando terminamos, nos quedamos desnudos bajo las sábanas, respirando juntos, aún calientes, aún enredados.

—¿De verdad estás pensando que alguien puede mirarme? ¿O peor, que yo puedo mirar a alguien? —le pregunté en voz baja.

Ella apoyó la frente en mi pecho.

Tú no, pero ellas sí pueden mirarte.

—Bueno, que me miren. No pasa nada. Yo no las miro. De verdad… me extraña que tengas esa inseguridad. No sé si hice algo para provocarla, pero tú no eres así.

Ella suspiró.

Solamente… me doy cuenta de que tengo un gran hombre a mi lado. Un esposo que descuido mucho… y que gracias a Dios sigue conmigo a pesar de todo. Y ahora sí quiero cuidarte cada día para que sigas mirando solo por mis ojos.

La besé.
No con deseo, sino con amor.
Ese beso que no busca nada, que solo afirma lo que uno siente.

—Yo siempre voy a estar contigo —le dije—. Y no miro a otras mujeres.

Ella cerró los ojos y se acurrucó más.
Yo la abracé, intentando convencernos a ambos.

Porque sí, yo no miraba a ninguna mujer… aunque había una excepción que vivía en otra categoría; un amor prohibido, profundo, que no podía nombrar sin destruirlo todo. Pero a ese amor prohibido, ya no la miraba, la tenía.

Pensé en eso un segundo.
Después me obligué a soltarlo.

Nadia, duerme tranquila.
No me interesa nadie más que tú.


Lo dije hacia afuera.
Me lo repetí hacia adentro, pero completé la frase: Tu y Angie.

Y dejé que la noche nos envolviera en ese silencio donde cada uno esconde lo que debe, para sostener lo que ama.



 
Al día siguiente

El segundo día de trabajo arrancó distinto. No sé si fue el sueño inquieto, el recuerdo del agua caliente con Nadia, o el peso silencioso del nuevo empleo, pero fui manejando hacia Miraflores con esa sensación de que uno está entrando a un mundo que todavía no logra descifrar.

A mitad del camino, sonó el celular.
Era ella.

Hola, amor… ¿cómo estás? —dijo Angie, con esa voz suya que siempre parecía recién salida del sol.

—Yendo a la oficina, mi Angie. Ya casi llego.

Hubo una pausa breve, con una sonrisa detrás.

¿Y cuándo me vas a raptar?

Me reí.
—Ah, caray… la señorita está con ganas.

Yo siempre tengo ganas de ti, Primix.

Esa frase me calentó el pecho, no el cuerpo. Tenía ese tono de mujer que ama, desea y reclama su espacio en silencio.

—Hoy día podría ser… —añadió ella—. Yo salgo a las seis.

Yo hice un cálculo instantáneo.
Segundo día de trabajo.
No podía inventar cualquier cosa.

—Bueno —respondí—, no puedo decir que tengo cena con clientes… segundo día, se vería rarísimo.

Ya pues, no digas eso. Di que tu jefa organizó una cena de bienvenida contigo y con algunas personas de la oficina.

Me quedé callado un segundo.
Era perfecto.

—Buena idea, mi amor. Eso nos da hasta las once o doce de la noche.

Perfecto. —dijo con un tono que me atravesó—. Entonces nos vemos en el hotel más tarde.

Intercambiamos besos por el celular como si fueran monedas secretas.

Colgué sonriendo.



 
Llegué a la oficina y otra vez terminé metido en la pequeña sala de reuniones que ahora, de manera oficial, era “mi oficina”.

La dueña llegó casi una hora después. Entró con paso sereno, pero con esa energía algo errática que ya había empezado a notar.

—¿Cómo será la capacitación? —le pregunté apenas tuve la oportunidad.

Ella levantó la mano mostrando los manuales que me habían entregado el día anterior.
Un buen montón, casi todos mal traducidos del chino, con fotos que parecían de catálogo antiguo.

La capacitación es eso. Lees los manuales. Tú tienes experiencia para entender.

—Sí… —respondí—. Pero igual es bueno tener a alguien de la marca, aunque sea online. Sobre todo, con equipos como estos…

Enumeré mentalmente algunos de los productos que había visto:
equipos de ultrasonido portátil, un brazo digital para radiografías móviles, un monitor multiparámetro más sofisticado de lo normal.

Nada gigante, pero sí lo suficientemente complejo como para no improvisar.
Y, sobre todo, para no cometer errores al explicarle a un médico cómo usarlo.

Ella se quedó pensando cinco segundos… los suficientes para darme esperanza.
Pero no.

No, no, no. No hace falta. Lees los manuales. Y si tienes preguntas, escribimos mal proveedor.
—Claro —respondí, intentando sonar entusiasta—. Otro reto, pensé.

Por dentro, era el segundo golpe del día.
Del empleo. De la realidad.

Luego pregunté por la cochera.

El de RRHH se rascó la cabeza con vergüenza.

Como el puesto estuvo vacante más de dos meses… la alquilamos. Pero justo hoy la están desocupando. Mañana ya puede estacionar aquí.

Otro día pagando más de sesenta soles. Mi billetera lloraba. Yo también, por dentro.

El resto de la jornada fue… leer.
Leer manuales, subrayar, tratar de adivinar qué demonios quería decir la frase “no colocar fusible en cámara cerrada” o por qué un equipo recomendaba “no usar durante el embarazo o bajo tormenta eléctrica”.
Y, claro, memorizar botones que parecían diseñados por un ingeniero que odiaba al mundo.

Cuando por fin terminó el día —larguísimo—, caminé hacia el estacionamiento sintiéndome drenado.

Pero apenas puse el motor en marcha, algo en mí cambió.
Como si hubiese pulsado un interruptor emocional.

Porque iba camino al hotel. Camino a ella.

Ya le había enviado un mensaje a Nadia, contándole lo de la supuesta cena de bienvenida, ella me contesto al poco rato, diciéndome: disfrútala, amor. Claro que la iba a disfrutar.

Y el cansancio dejó de importar.
Las dudas del trabajo quedaron atrás, como papeles en el escritorio. La presión del primer día, el ambiente extraño, la dueña impredecible, la capacitación inexistente… todo se disolvió en el aire limeño de la tarde.

Solo quedaba la promesa.
Esa promesa silenciosa que Angie y yo habíamos construido a lo largo de los años:
vernos al menos una vez por semana. Sin patrón fijo.
Sin horarios repetidos. Sin huellas fáciles de seguir.

Solo amor. Solo cuerpo. Solo nosotros.

Seguí manejando, dejando atrás Miraflores, dejando atrás el mundo.

Iba con el mejor ánimo. Iba a verla.
Iba a amarla con pasión, con calma y con todo lo que ese día de trabajo no pudo quitarme.

Y después, cuando estuviéramos acostados con el cabello aún tibio por el vapor del hotel, le contaría todo lo que había pasado en la oficina.

Pero primero… primero tenía que amarla.



 
Con Angie nunca hubo un patrón. Ni lo buscábamos ni lo hubiéramos tolerado.
Era parte de lo que hacía nuestra relación tan viva, tan intensa, tan… nuestra.

No solo variábamos los días —para evitar sospechas, para que no existiera una rutina rastreable—, sino también la forma en que nos encontrábamos a solas.
Y eso, más que un detalle logístico, era una declaración emocional.

Algunas veces, cuando llegábamos juntos o por separado, entrábamos al cuarto como dos cómplices que necesitan primero conversar.
Nos sentábamos en la cama o en el sillón, abríamos una cerveza, o un vino si habíamos tenido la previsión de llevarlo.
Hablábamos de la vida, del trabajo, de los hijos, de nosotros, de lo que nos pesaba o nos alegraba.
Y recién después, como si el corazón necesitara calentarse antes que el cuerpo, empezábamos a buscarnos.

Otras veces —y esas eran eléctricas— al cerrar la puerta del hotel todo se derrumbaba.
La ropa volaba. Literalmente volaba.
En cinco segundos ya no sabíamos quién había quedado encima de quien, o qué prenda había aterrizado en el velador. Hacíamos el amor como si no hubiese un mañana.
La conversación venía después, como un segundo plato que se disfruta sin prisa porque ya se sirvió el primero con una urgencia que quemaba.

Había también noches intermedias.
Noches o tardes en las que el juego empezaba lento, provocador.
Ella se acercaba, yo retrocedía.
Yo acercaba mis dedos, ella escapaba apenas.
Nos desnudábamos de a pocos, casi como una coreografía de secretos:
un hombro, una cintura, una risa, una mirada larga, un suspiro que delataba demasiado.
Ese tira y afloja nos elevaba siempre. Nunca se repetía igual. Sexo oral, luego miradas, estimulación de sus senos y luego solo caricas en el rostro… era una calentar y entibiar hasta que la presión se desataba.

No era azar. No era improvisación.
Era la forma exacta en que nuestra sexualidad se mantenía viva, poderosa, libre de cualquier sombra de rutina.

Jamás fue una costumbre. Jamás fue mecánico. Nunca existió “lo de siempre”.

Con Angie, cada encuentro tenía un alma distinta.
Un tono diferente.
Una temperatura propia.

Ese misterio —esa falta de guion predecible— era parte del fuego.
Parte del amor. Parte del pacto silencioso que nos convirtió, con el tiempo, en lo que éramos: dos personas que se reconocían incluso antes de tocarse.

Ese es el mundo al que entraba cada vez que abría la puerta del hotel.
Una dimensión paralela donde ella y yo dejábamos de ser quienes debíamos ser… y éramos simplemente quienes éramos el uno para el otro.

Ese día llegué primero.
Subí como si conociera cada milímetro de ese edificio… y era cierto.
A esas alturas, ese hotel era casi un territorio neutral donde ni la vida real ni los miedos cotidiano podían perseguirnos.

La recepcionista me sonrió con esa complicidad silenciosa de quien ya no necesita claves.
Años de vernos entrar por turnos la habían convertido en guardiana involuntaria de nuestra historia. Ella pensaba que éramos esposos que huían de casa para buscar nuevas emociones.

—Seguro su esposa llega en unos minutos —me dijo, entregándome la llave con una mirada que no juzgaba, solo entendía.

Entré al cuarto y me fui directo a la ducha. Quería quitarme de encima el peso extraño del día: la sala de reuniones disfrazada de oficina, los manuales ininteligibles, la sensación de improvisación peligrosa que rondaba la empresa.

Dejé que el agua caliente me golpeara la espalda.
Respiré hondo.
Cerré los ojos.

Cinco minutos después escuché la puerta abrirse.

—Angie —dije desde la ducha, con una sonrisa automática.

Ella, desde afuera, con voz gruesa:
No. Soy un violador.

Yo solté una carcajada.

—Mejor que seas una violadora.

La escuché reír fuerte, esa risa suya que siempre me desarmaba.

Segundos después sentí el aire frío entrar cuando abrió la mampara de la ducha.
Y ahí estaba: desnuda, con el cabello recogido en un moño improvisado, sonriéndome como si el mundo, literalmente, se ordenara solo porque estábamos ahí, juntos.

Hola, amor.
—Hola, mi Angie.

Nos besamos despacio, como si estuviéramos reiniciando un ritual muy propio.
Ella me pasó las manos llenas de jabón por el cuello, por los hombros, bajando con un gesto que era mitad juego, mitad provocación.
Yo le devolví la caricia, no con prisa, sino con esa lentitud calculada que siempre nos encendía.

Ese día era de los que empezaban suaves.
Lo sentí en su respiración, en cómo apoyaba la frente en mi pecho, en cómo se dejaba sostener por un instante largo, como si quisiera que el agua le lavara algo más que la piel.

Al salir de la ducha, envueltos apenas en el vapor, nos fuimos acercando a la cama.
Y ahí, sin urgencia, sin ropa volando, sin ese frenesí que también solíamos tener, hicimos el amor con una ternura intensa, de esas que mezclan piel con emoción.
Ella estaba más entregada de lo habitual.
Esa entrega que no es sumisión, sino confianza pura.

Me buscaba con la mirada.
Preguntaba cosas que no necesitaba preguntar.

¿Así te gusta?
¿Así está bien?
¿Quieres que…?

Ella conocía mis ritmos, mis gestos, mis silencios.
Ese día parecía querer verificarlo todo, como si dudar de sí misma fuera algo nuevo que no sabía esconder.

Cuando terminamos, ella se quedó jadeando sobre mí un rato, apoyada en mi pecho, mientras nuestras respiraciones regresaban al orden.

Luego se sentó sobre la cama, cruzó las piernas y me miró con una sonrisa pícara.

¿Y qué tal tu segundo día?

Yo solté una risa corta, cansada.

—Te cuento…

Le relaté todo:
La capacitación inexistente, la cochera perdida, los manuales chinos, la falta de estructura, el ambiente extraño de la oficina, la sensación de que todo era más frágil de lo que debería.

Ella escuchaba con atención, mirándome como si procesara cada detalle.

Hasta que, de pronto:

¿Y las chicas? Trabajas con chicas, ¿no?

La miré sorprendido. Había sido exactamente la misma pregunta que me hizo Nadia la noche anterior.

—Sí —le dije, sin rodeos—. ¿Y por qué preguntas?

Curiosidad… —dijo con un tono que no era solo curiosidad—. ¿Qué tal son? Todas deben ser unos bombones.

—Así es —respondí, siguiéndole la broma—. Unas mamacitas todas.

Ella me abrió los ojos.

¿De verdad?

—Sí, la mayoría son mujeres, ¿no sabías? —seguí, manteniendo la ironía.

La vi incomodarse apenas.
No por celos… sino por haber caído en su propia pregunta.

—Alguna más guapa que tú… —le dije.

¡Tonto! Me haces creer… ¡cuéntame!

Le expliqué lo mismo que a Nadia: que había una guapa, una no tanto, dos normalitas, una feíta, pero que yo no iba a la oficina a evaluar belleza, sino a trabajar.

Luego la miré a los ojos.

—¿Estás celosa, Angie?

No… no, no, para nada. —respondió demasiado rápido—. Solo quería saber cómo estaban las cosas.

La observé.
Sus dedos jugaban con un mechón de su cabello.
Era la forma más clara que tenía de delatarse.

—¿Sabes qué me sorprende? —le dije.

Ella me miró, alerta.

—Que Nadia me preguntó exactamente lo mismo.

Angie abrió la boca, pero no dijo nada.

—Las dos están celosas —añadí, sonriendo—. No sé qué les he hecho… pero no estoy buscando mujeres en la calle.

Ella bajó la mirada.
Una mezcla de vergüenza y alivio.

Perdóname… es que… no sé. A veces me da miedo que puedas mirar a otra.

Me senté a su lado y le acaricié el rostro.

—Tú sabes lo que eres para mí.
Sabes lo que significas. Y también sabes lo que significa Nadia para mí.
No voy a mirar a nadie más. No existe nadie más en mi mundo.

Ella sonrió.
Una sonrisa lenta, vulnerable, honesta.

Nadia también es bonita —dijo.
—Sí. Las dos son hermosas. Tengo mucha suerte.

Se inclinó y me dio un beso.
Un beso suave, profundo, que llevaba una caricia dentro.
Y esa caricia llevó a otra. Y esa otra a que volviéramos a unirnos, esta vez de una forma más emocional que física, más cercana al alma que al cuerpo.

No necesitábamos prisa.
No necesitábamos fuego.
Ese segundo encuentro fue pura conexión, puro “te quiero”, puro “quédate”. Me pedía que la bese, quería conexión, no solo de mi pene dentro de ella, sino conexión de nuestras miradas, de nuestros sentimientos.

Cuando terminó, ella se quedó abrazada a mí, con la cabeza sobre mi hombro.

Yo cerré los ojos, respirando su olor, y pensé:

Angie y Nadia… si supieran lo parecidas que son en el fondo.

Pero también pensé:

No las voy a perder. A ninguna.

Y la apreté un poco más fuerte, como si el futuro dependiera de esa noche.



 
Los días siguientes

Los días siguientes no hicieron más que confirmar lo que mi intuición ya había captado desde el primer minuto: el ambiente en esa oficina no era sano.

En teoría, yo estaba en “capacitación”.
En la práctica, pasaba ocho horas leyendo manuales mal traducidos, sentado solo en una sala de reuniones que comenzaba a oler a café recalentado y a páginas subrayadas.

Y mientras leía, empezaron a llegar los sonidos.

Primero leves. Luego inconfundibles. Gritos.

No a mí, claro. A los demás.

A los administrativos, a la encargada de regulatorias, al contador que hacía también de recursos humanos, a quien pasara por su puerta en un mal momento.
La dueña tenía la costumbre de gritar primero… pensar después.
Y eso, en una empresa pequeña, se convierte en un veneno que recorre todos los pasillos.

Yo miraba a la gente de reojo. Todos caminaban con un cuidado exagerado, como si cada movimiento pudiera despertar a una bestia dormida.

Y lo más triste: nadie hablaba conmigo.
No por desconfianza personal… sino por miedo.
El “nuevo” podía ser amigo de la dueña. O un infiltrado. O alguien venido a “ordenar la casa”.

No sabían quién era.
Y en ese reino del miedo, el silencio era la moneda.

Por lo menos, el tercer día me dieron la cochera.
Una victoria mínima, pero necesaria.
Porque los más de 60 soles diarios que me costaba dejar el carro afuera ya empezaban a doler.
Incluso pensé —en serio— que habría salido más barato tomar un taxi o un micro.
Pero ya estaba ahí.
Ya había empezado. Había que avanzar.

Lo otro que dolía era la comida.
El menú más barato costaba 25 soles.
Y no hablo de algo espectacular: un arroz blanco, una carne que más parecía una muestra, un jugo redulce.
Pero era lo que había alrededor.
Y aunque aún tenía ahorros, ya no eran los de antes. Me ardía pagar tanto por tan poco.



 
El viernes, a las cinco de la tarde —cuando uno ya tiene la cabeza en el fin de semana—, la dueña me llamó.

Quiero hacer una pequeña presentación para la fuerza de ventas el lunes.

—¿Presentación de qué? —pregunté, sin dejar ver mi sorpresa.

De ti. De tu experiencia. De lo que has hecho. Para que te conozcan. Y de como cerramos el mes anterior.

—Pero recién estoy estudiando los productos, no tengo aún información profunda. No conozco las ventas, no—

Sí, sí. No te preocupes. Yo te voy a pasar en un ratito los resultados del mes pasado. Para que prepares los cuadros de ventas y todo eso.

Me quedé mirándola en silencio.
No dije “no”. No dije “pero”. No dije “esto no es razonable”.

Era mi primera semana. Pelear no era inteligente.

Pero por dentro pensé: Esto significa trabajar sábado y domingo.

Ella no lo vio, por supuesto.
Todos los jefes que piden cosas a las 5 p.m. de un viernes asumen que el tiempo es infinito.

Cuando salí de la oficina, estaba fastidiado.
No por el trabajo en sí —preparar una presentación no me asustaba— sino por la forma. Por la falta de consideración.
Por la cultura que ya empezaba a notarse, como manchas de humedad en una pared recién pintada.



 
Llegué a casa y sentí el alivio inmediato.
Nadia había llegado antes.
Había pasado por donde mi madre a recoger al niño.

Apenas me vio, me sonrió con ese gesto que siempre anticipaba una lectura emocional.

¿Cómo te fue?
—Bien… estudiando —dije, con evidente falta de entusiasmo.

Ella me miró.
No necesitaba más.

¿Qué pasó?

Le conté lo de la presentación pedida al filo de la tarde, el fin de semana comprometido, la desorganización.

¡Qué vieja más fresca! —respondió indignada.

Me reí.
Ni la conocía, pero Nadia ya la había bautizado así.

—No es tan grave —dije—. Lo hago mañana en dos o tres horas. Hoy ya estoy cansado.

Ven aquí.

Nos sentamos en el sillón.
Ella se puso detrás de mí y empezó a hacerme masajes en los hombros, como quien exprime la tensión para sacarla por las escápulas.

En eso, nuestro hijo se lanzó a mis piernas, trepándose como un monito.
Empezó a jugar conmigo, a reír, a jalarme la nariz.

Y ahí… ahí todo se aflojó.
Las quejas desaparecieron.
El estrés se disolvió.
El fastidio se volvió irrelevante.

Porque al final, lo que pasaba en la oficina era solo eso: ruido.
Lo que realmente importaba estaba ahí en casa, tocándome la cara con las manos pequeñas de un niño que dependía de mí para reír.

Y eso bastaba para recordar lo esencial:
Hay batallas que se pelean afuera.
Pero la paz… la paz siempre está adentro.



 
El sábado me lo comió entero la bendita presentación.
Y digo bendita porque si decía maldita, probablemente iba a terminar renunciando antes de empezar formalmente.

No era tan sencilla como yo creía.
Mientras más leía, más dudas tenía.
Y mientras más analizaba las ventas, más claro veía el panorama:

El 90% de lo que vendía la empresa era chino.
Y no “chino bueno tipo Huawei o Xiaomi”, no.
Chino-rechino, del que viene con manuales impresos en una impresora cansada y con traducciones que parecían hechas por alguien que aprobó inglés por lástima.

Había un expediente con reclamos y quejas que parecía biblia apócrifa.
Las dos marcas “grandes”, la norteamericana y la europea, eran más fachada que realidad.

Yo pensaba:
¿Dónde me he metido? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué no hice caso a mi intuición cuando vi la sala de reuniones disfrazada de oficina?

Pero bueno… ya estaba ahí.
Había que sacar el trabajo.

Mientras peleaba con gráficas, subrayados y cifras que no cuadraban, se acercó Nadia.

Amor… ¿te parece si mañana invito a Angie a almorzar con su mamá? Para que los chicos jueguen. Nos relajamos un poco.

Levanté la mirada.
Sentí un alivio casi físico.
De verdad necesitaba ver a Angie.
Aunque fuera en formato “familiar”, sin posibilidad de nada más que miradas, gestos escondidos y ese “estar cerca” que ya era una necesidad.

—Claro, amor —le dije—. Me encanta tu idea.

Ella sonrió, feliz de haber dado con algo que me levantara el ánimo.
Se encargó de todo mientras yo seguía encerrado en mi guerra con PowerPoint y la precariedad china.



 
Esa noche, cuando ya estaba sentado en mi sillón, revisando mis redes con los ojos rojos de tanto número, me llegó un mensaje de Angie:

“¿Nadia me invitó a almorzar mañana? ¡Qué lindo! ¿Fue idea tuya?”

Sonreí.

“No, fue idea de ella.”

Puso el emoticón de carita sorprendida.

“¿Ella?”
“Sí, ella.”
“Guau… ¿estará planeando algo?”


Me reí solo.

“No seas malpensada. Solo quiere que los niños jueguen y que nos relajemos.”

“Bueno… ¿qué llevo?”

“No sé, coordina con ella. Yo estoy muerto, me pasé todo el día trabajando en la presentación.”

“Ok Besos. Te amo. No olvides borrar este mensaje. Chau.”


Cerré los ojos y suspiré.
La presentación estaba lista, por fin.
El lunes ya no sería una improvisación completa, sino una improvisación con diapositivas.

Y el día siguiente prometía ser especial:
una tarde familiar con mis dos mujeres y mis dos hijos.

Mientras me acomodaba para dormir, me dio risa una idea absurda, irreverente y completamente desubicada, pero inevitable:

Carajo… ya parezco Badani.

Ese señor peruano famoso por vivir con seis esposas, diciendo que el amor era expansivo, universal y que él simplemente tenía más ancho de banda emocional que el promedio.

Yo no tenía seis esposas.
Ni quería. Ni podría.
Pero, aun así, en ese instante, con la casa en calma, con Angie escribiéndome “te amo” desde su celular y Nadia organizando un almuerzo familiar para ella…
no pude evitar reírme.

Qué tal descaro el mío —pensé—.
Ni Badani se atrevió a tanto en un domingo con menú casero.

Y así, entre culpa leve, ternura infinita y una fatiga que me borraba los párpados, me dormí más tranquilo.

Al menos por esa noche.



 
El domingo amaneció con ese airecito de día familiar que uno necesita después de una semana pesada.
Nadia estaba activa desde temprano: preparando la mesa, cortando verduras, revisando que la casa estuviera presentable.
Yo, que tenía aún la cabeza medio aturdida por la presentación que había hecho el día anterior, me puse a ayudarla como pude: lavando, pelando, ordenando.
Era lo mínimo después del encierro académico del sábado.

Amor, pásame el bowl grande.
—Este, ¿no?
Ese no… el otro grande.
—¿Este?
No, ese es mediano.

Y así, entre bowls grandes, medianos y existencialistas, íbamos preparándonos.

A las 12 en punto, escuchamos el timbre.

Era Angie, con su hija, su mamá.
Venían cargadas como si trajeran víveres para un mes: un enorme pie de limón, gaseosas, dos botellas de vino… no, tres.

—Tres botellas —le dije apenas entró—. Una para cada uno, entonces.

Ella sonrió con ese descaro suave que solo usaba conmigo.

¿Y no querrás que me las tome sola…?

La miré, sin entender.

Y ella, viendo que Nadia estaba en la cocina con su mamá, soltó en voz baja:

¿No se te antoja hacer un trío?

Me quedé viéndola, incrédulo, divertido, sorprendido:

—¡Loca! ¿Cómo dices esas cosas?

Ella siguió caminando como si hubiera preguntado la hora.
Últimamente Angie estaba cada vez más atrevida con cualquier tema que incluyera a Nadia.
Peligroso y encantador en partes iguales.


El almuerzo fluyó con naturalidad.
Risas, conversaciones cruzadas, historias de los niños.
Yo conté más detalles del trabajo: la informalidad, lo improvisado que era todo, lo incómodo que me sentía con los productos chinos que representaban el 90% del portafolio.

Eso no es serio, hijo —dijo la mamá de Angie.
—Yo también lo siento así —respondí.

Hablé de la presentación del lunes, de mi esperanza de que la fuerza de ventas trajera un poco de estructura o, por lo menos, de aire.

Después de comer, nos instalamos todos en la sala.
Abrimos las botellas de vino.
Una copa.
Otra copa.
Otra más.

Los niños jugaban.
Nosotros reíamos cada vez más fuerte, con ese humor suelto que solo aparece cuando uno está rodeado de personas que ama —aunque no de la forma convencional.

Angie estaba radiante.
Nadia también.
Y yo, en el centro, agradecía que la vida, pese a todo, tuviera estos momentos que parecían fotografías felices.



 

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