Los días siguientes, la idea empezó a girar en mi cabeza con una insistencia incómoda. No era entusiasmo puro, tampoco miedo. Era otra cosa. Una mezcla de ganas y cautela.
Escribir sobre nuestra historia con Angie…
Decirlo así ya sonaba grande.
Lo que más me frenaba no era el qué contar, porque material había de sobra. Era el cómo. Cómo escribir sin delatarnos. Cómo narrar sin dejar cabos sueltos. Cómo mantener el anonimato intacto, sin errores, sin detalles que, sumados, pudieran dibujar un mapa demasiado preciso. Yo sabía —porque lo había visto en el foro— que siempre hay alguien que une puntos.
A veces descartaba la idea de plano.
No vale la pena, me decía.
Otras veces, en cambio, pensaba lo contrario. Hemos vivido tanto… Quizá merecía ser contado. No por exhibicionismo, sino por honestidad. Por memoria.
Pero había algo que tenía absolutamente claro: esa decisión no podía tomarla solo. No era mi historia. Era nuestra historia. Y cualquier paso en ese sentido tenía que ser conversado con Angie.
Esa semana habíamos quedado en escaparnos otra vez. Esta vez, al hotel de siempre. Un jueves. Nos gustaba variar los días, no repetir rutinas, no dejar patrones fáciles de leer. Era parte de nuestro cuidado, casi un instinto ya incorporado.
Y decidí que sería ahí.
No por dramatismo, sino porque ese espacio siempre había sido nuestro lugar de conversación honesta. Pensé en entrar al foro con ella, mostrarle el post que me había hecho ruido, contarle lo que había escrito, enseñarle la sección de relatos. Preguntarle, simplemente, qué pensaba.
Sin presión.
Sin empujar.
Porque si algo había aprendido con Angie era que las cosas importantes se deciden mejor cuando se dicen en voz baja, sin apuro, después de amarnos o antes, pero siempre mirándonos a los ojos.
Así que dejé la idea ahí, en pausa.
Esperando el jueves.
Ese jueves habíamos quedado a las seis de la tarde.
El solo hecho de estar trabajando me volvía a dar una coartada cómoda: las supuestas cenas con clientes. En realidad, en esa empresa, esas cosas casi no existían. La dueña no quería gastar, no quería invertir en ese tipo de detalles. Alguna vez había salido a almorzar o cenar con algún cliente, sí, pero pagando de mi propio bolsillo, porque jamás me reconocían el gasto. Pero ese ya era otro tema.
En casa, la historia funcionaba.
“Cena”, decía yo.
Y con eso podía desaparecer algunos días hasta las once o doce de la noche sin levantar sospechas.
Llegué al hotel un par de minutos antes que Angie. Fui directo al baño, me lavé la cara, respiré hondo, me acomodé un poco. Todavía estaba ahí cuando la puerta se abrió.
Apenas me vio, se me prendió del cuello.
El beso fue directo, intenso, sin saludo previo. Venía encendida. Lo sentí en el cuerpo, en la forma en que me apretaba, en cómo buscaba mi boca. Todo lo que decía era una ráfaga de frases entrecortadas, dichas al oído, con urgencia.
—Primix… te tengo unas ganas…
—Primix… tengo muchas ganas de ti…
—Ámame… hazme tuya… hazme el amor… soy tu mujer…
No terminamos de desnudarnos. No hizo falta. Fue todo inmediato, casi desesperado. Nos buscamos así, medio vestidos, como si el tiempo nos persiguiera. Una sola posición, misionero. Nada más. Ella me jaló hacia la cama y se echó, cuando yo me ponía encima de ella, me jalo y busco mi pene con su boca. Yo me sostenía como si hiciera planchas sobre ella, mientras Angie se comía mi pene, lo lamia, lo succionaba…
Después de un rato, lo soltó y me pidió que se la metiera. Ella solo se había sacado el pantalón y el breve calzoncito de una pierna, me coloque sobre ella y le levante las piernas, se la metí sin piedad, ella soltó un fuerte gemido. Fue demoledor. Unos 8 o 9 minutos después, el orgasmo nos atravesó a los dos con una fuerza que nos dejó sin aire, aferrados el uno al otro.
Me quedé unos segundos recuperándome, con ella todavía debajo mío, con mi pene en su vagina, respirando agitados. Y en ese pequeño paréntesis empecé a pensar en cómo plantearle lo del foro. En qué momento decirlo. En qué palabras usar.
No llegué a ordenar ninguna idea.
Angie volvió a buscarme.
Se movió, se subió sobre mí, me besó otra vez con esa mezcla de deseo y cariño que solo ella tiene. Y sin casi transición, estábamos de nuevo ahí. El intervalo entre un encuentro y otro no llegó ni a tres minutos. Empezó a mamármela.
—Que rico está, me dijo, el sabor de tu semen y mi lubricación me encanta…
A mí me costó un poco más volver a estar listo. Lo sentí. El cuerpo ya no responde como a los veinte. Necesita un poco más de tiempo, un poco más de tregua. Justo lo que había leído en ese post del foro me cruzó por la cabeza como una confirmación silenciosa.
Angie fue paciente, me lo mamó como cinco minutos, mientras mi muchacho volvía a ponerse fierro en su boca.
Cuando se aseguró que mi pene estaba bien duro nuevamente, se subió sobre mí, mientras terminaba de sacarse el pantalón y su blusa. Yo me saqué el pantalón como pude y me desabroché la camisa. Mientras ella se movía sobre mí, marcando el ritmo, mirándome con esa sonrisa cómplice, lo entendí con claridad.
Ese iba a ser el gancho.
Ese era el punto de partida.
No el sexo en sí, sino lo que viene después.
El tiempo, la edad, la forma distinta de vivir el deseo.
Y ahí supe que ese sería el momento justo para hablarle del foro.
Cuando terminamos en misionero, Angie quedó recostada boca arriba, todavía con la respiración agitada. Yo me acomodé a su lado después de terminar de sacarme la camisa y el bibidi Angie se había dado la vuelta y estaba boca abajo disfrutando el momento. Empecé a recorrerle la espalda con la palma de la mano, lento, como si quisiera calmar el pulso que aún le latía en la piel.
—Amor… ¿te acuerdas lo del foro? —le dije en voz baja.
—Sí, claro —respondió sin girarse—. ¿Como se llamaba? Me dijiste que me ibas a mostrar.
—Sí, sí… se llama Perutops —le dije mientras me incorporaba y buscaba la Tablet en el maletín—. Te voy a mostrar, pero antes quiero contarte algo.
Encendí la Tablet, entré al foro con el usuario nuevo y fui navegando hasta la sección que tenía en mente. Mientras tanto, le hablaba, sin apuro, como quien va armando una idea con cuidado.
—Hay una sección que se llama Relatos Eróticos Peruanos. La gente cuenta historias. Algunas son fantasías, otras pueden ser reales, otras quién sabe… pero hay de todo.
Ella se dio vuelta y se sentó en la cama, apoyando la espalda en el respaldo.
—¿Y…? —dijo, mirándome.
—¿Qué dirías de poner lo nuestro ahí? —pregunté—. Contar nuestra historia. Siempre con discreción, cuidando el anonimato, claro. Pero es una historia tan nuestra, tan intensa… tan poco común… que sería lindo compartirla. No para exhibirnos, sino para dejarla escrita.
Me miró con atención, procesando la idea.
—¿Poner lo nuestro? —repitió—. ¿Cómo así?
Le acerqué la Tablet.
—Mira tú misma.
Ya estaba dentro de la sección. Angie empezó a leer. Pasaba rápido algunas historias, en otras se detenía, fruncía un poco el ceño, sonreía. El tiempo se estiró sin que nos diéramos cuenta. Yo la observaba mientras leía, cómo cambiaba su expresión según lo que encontraba.
Fueron casi veinte minutos.
Cuando finalmente levantó la cabeza, me miró con una sonrisa ladeada.
—Primix… acá hay historias bien calientes —dijo—. Ya me están dando ganas de hacerlo otra vez.
Sonreí.
—La nuestra no tendría que ser solo sexo —le respondí—. Podríamos contar cómo empezó todo. Lo que sentimos. Lo que somos.
Se quedó pensativa unos segundos, mirando la pantalla apagada de la Tablet.
—Convénceme —dijo al fin.
No hizo falta una respuesta verbal.
Me acerqué, la empujé con suavidad para que volviera a recostarse y empecé a besarla, primero despacio, recorriéndola sin apuro, como si cada gesto fuera una frase que no necesitaba palabras. Ella se dejó hacer, entregada, respirando hondo, reaccionando a cada caricia. Me detuve un buen rato en sus senos, con sus pezones duros, signo evidente de su excitación, luego bajé besándola lentamente hasta su vagina, busqué sus labios vaginales y los jalé con mis labios, metí mi lengua en su coño, ahí estaba el sabor intenso de mi semen y luego, retirándole ligeramente el capuchón, besé y lamí su clítoris. Ella gemía muy fuerte y se arqueaba a cada lamida que le daba en el clítoris, mientras dos de mis dedos exploraban su vagina, llena de mi semen después de dos eyaculaciones.
—Y vas a contar como te comes mi conchita? Me preguntó entre gemidos
—Claro, le respondí, y como te comes mi pinga hasta tragarte todo mi semen…
Ella se excitaba más con lo que hablábamos. Refregaba su coño contra mi cara, hasta que tuvo un orgasmo muy intenso.
Luego el tiempo volvió a perder forma. No había urgencia, solo una cercanía profunda, íntima, hecha de contacto, de piel, de silencios compartidos. Todo fue fluyendo con una suavidad distinta a la de antes, más lenta, más cargada de intención que de impulso.
Cuando finalmente volví a penetrarla, fue con esa mezcla de deseo y ternura que solo aparece cuando la pasión ya no necesita probar nada. Nos movimos juntos, acompasados, sintiéndonos, hasta que mi orgasmo llegó lento pero intenso, sentí que mi semen la inundaba, no con los tres o cuatro chorros intensos de siempre, sino como que salió más lento, pero el placer fue más intenso.
Nos quedarnos otra vez exhaustos, abrazados, sabiendo —sin decirlo— que esa historia que dudábamos en escribir ya se estaba contando sola, en cada uno de esos momentos.
Nuestros orgasmos fueron tan intensos para los dos que, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos abrazados. Tal vez veinte, quizá treinta minutos. Un sueño profundo, placentero, de esos en los que el cuerpo se rinde sin resistencia. Yo sentía su piel pegada a la mía, su respiración tibia rozándome la cara, sus brazos y sus piernas enredados conmigo como si el mundo se acabara ahí.
Fue ella la que despertó primero.
Yo lo supe antes de abrir los ojos, porque sus dedos empezaron a recorrerme la mejilla con una suavidad casi reverente. Me moví apenas, sonreí, y cuando abrí los ojos dije, con la voz todavía dormida:
—Hola, amor.
Ella me respondió con una sonrisa tranquila y un beso corto, de esos que no buscan nada más que confirmar que seguimos ahí.
—Hola —susurró.
Me acomodé un poco, la miré de frente.
—¿Y qué opinas? —le pregunté—. ¿Te animas?
Se quedó en silencio unos segundos. No parecía estar decidiendo entre un sí o un no, sino buscando la manera correcta de decirlo. Al final habló:
—Sí, Primix… me emociona la idea. No sé… me calienta un poquito —dijo, con una media sonrisa—. Pero hay que tener cuidado. No podemos poner todo lo que quisiéramos.
—Claro —le respondí—. Hay que planificar bien.
No terminé de decir la frase cuando noté el cambio en su expresión. La palabra planificar siempre le activaba algo. Se incorporó despacio, se levantó de la cama y fue hacia su cartera. Sacó una libreta pequeña, gastada en las esquinas, y un lapicero.
—A ver —dijo—, vamos viendo.
Volvió a sentarse, cruzó una pierna sobre la otra, lista para trabajar.
—Primero —empezó—. ¿Usaríamos nuestros nombres?
—No, ni hablar —respondí de inmediato.
—Bien —anotó—. ¿Tú cómo te llamarías?
Pensé unos segundos.
—No sé… como me dices siempre. Primix.
—Ese no es un nombre —me corrigió, levantando la vista.
—Está bien así —sonreí—. Y tú…
—¿Yo? —preguntó, divertida—. A ver, dime tú.
La miré con calma.
—Tú eres mi ángel. Podrías llamarte Angie. ¿Qué te parece?
Se detuvo un segundo antes de escribir.
—Me gusta.
Y siguió anotando.
Así empezamos.
Cambiando nombres, ciudades, ocupaciones, detalles mínimos que, juntos, podían delatarnos. Ella hacía preguntas precisas, pensaba escenarios, tachaba, corregía. Yo aportaba recuerdos, ajustaba tiempos, proponía giros. Cuando terminamos, la libreta tenía casi cuatro hojas llenas de apuntes.
—Listo —dijo al fin, cerrándola—. Acá está. Esta es tu pauta.
Se volvió a echar a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro.
—¿Cómo que tu pauta? —le pregunté—. Tenemos que escribirlo juntos.
Negó con la cabeza, sonriendo.
—¿Yo qué sabría escribir? Tú eres el escritor.
Y entonces agregó, mirándome fijo:
—¿Te acuerdas lo que me escribías cuando era niña?
La memoria se abrió sola. Yo adolescente, ella pequeña, escuchando fascinada los cuentos que yo inventaba. Más tarde, ya un poco más grandes, las cartas. Yo contándole cómo me iba, la universidad, la vida en Lima. Ella respondiendo desde Arequipa.
—¿Sabes que yo todavía tengo esas cartas? —dijo—. Las guardé todas.
Levanté una ceja mientras le acariciaba el cabello.
—¿Cómo que guardadas?
—Claro. Tú eras mi “novio de Lima” —dijo riéndose—. No decían nada amoroso, ya sé. Pero para mí tenían algo especial.
—¿Y dónde están?
—En Arequipa. En la casa de mis papás. En un baúl. Algún día te las muestro.
—¿Todas?
—Todas.
La miré, un poco avergonzado.
—Yo… no guardé las tuyas.
Me atacó a cosquillas de inmediato.
—¡¿Cómo no?! ¿Por qué no las guardaste?
—Porque en ese tiempo tú eras mi sobrinita, mi primita —me defendí, riéndome.
Se detuvo, me miró fingiendo severidad.
—Bueno… te perdono. Pero solo esta vez.
Reímos. Y ahí quedó sellado.
Así decidimos empezar. Yo escribiría. La historia iría desde el inicio, sin apuro. En ese momento pensamos que serían quince o veinte entregas, nada más.
—Vamos viendo —le dije—. Si a la gente le interesa, si comentan, si siguen… continuamos. Si no, lo dejamos ahí.
—Está bien, Primix —respondió.
Nos besamos. Hicimos el amor una vez más, suave, lento, como si estuviéramos sellando algo. No hablábamos mucho normalmente, pero esta vez ella me llenaba de besos y, entre caricia y caricia, me susurraba:
—Te amo.
Cada vez que lo decía, sentía que no era solo deseo. Era verdad. Era historia. Era pacto.
Después vino la ducha, como siempre. El agua cayendo, el cuerpo relajándose, la complicidad intacta. Y una vez más el polvo del cierre entre el agua tibia y el jabón de hotel.
Cuando salimos del hotel, sabíamos que no solo habíamos pasado una noche más juntos. Habíamos hecho algo distinto.
Habíamos decidido contar nuestra historia.
Y, sin saberlo, acabábamos de abrir una puerta que ya no se cerraría.