Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (11 Viewers)

A la mañana siguiente, mientras tomábamos café y tostadas en la cocina, Nadia me miró con una chispa de entusiasmo.
—Amor, tengo que contarte algo.
—¿Qué pasó? —pregunté, distraído, revisando el celular.
—El laboratorio me está enviando a una reunión regional en Colombia. En dos semanas viajo por cuatro días.

Levanté la vista, sorprendido. Ella parecía contenta, orgullosa.
—¿A Bogotá?
—Sí, a Bogotá. Es una reunión de directores médicos de la región. Va a ser intenso, pero también me emociona. Hace tiempo no tenía una salida así.

—Me parece muy bien, amor mío —le dije, tomando su mano—. Te lo mereces.

Ella sonrió satisfecha, mientras yo pensaba en lo extraño de todo: la calma con Nadia, la pasión con Angie, y ahora este viaje que seguramente abriría nuevas oportunidades.

Me quedé en silencio, bebiendo el café caliente. En mi mente se superponían las imágenes: Angie bajando de mi auto la noche anterior, y Nadia frente a mí esa mañana, con la ilusión de un viaje de trabajo. Dos mundos paralelos que me contenían y me partían al mismo tiempo.

Cuando se lo conté a Angie, sus ojos se iluminaron con esa chispa que me encantaba. Estábamos en el auto, un martes por la noche, después de haber cenado juntos a escondidas.

—¿Cómo que viaja a Colombia? —preguntó con una sonrisa cómplice.
—Sí, cuatro días, reunión regional.
Ella se quedó pensativa unos segundos y luego me miró directo:
—Eso es una oportunidad, Primix. Podríamos escaparnos nosotros.
Me reí, negando con la cabeza.
—Amor, con Nadia de viaje o sin Nadia de viaje, igual nos escapamos. Tú sabes que lo hacemos.
—Sí, ya lo sé —dijo, mordiéndose el labio—, pero esta vez me emociona más… porque parece que el universo nos acomoda las piezas.

Lo que no imaginaba es que, días después, en una conversación entre ellas, Nadia y Angie terminarían dándole forma a otra idea. Yo no estaba presente, pero Angie me la contó casi de inmediato, con entusiasmo, como una niña que revela un secreto compartido.

Habían salido a tomar un café en Larcomar, las dos abrigadas contra el frío limeño. Entre risas y comentarios sobre los chicos, Nadia mencionó:

—Oye, yo me voy a Colombia en julio por la reunión del laboratorio. Serán cuatro días intensos, pero después quiero hacer algo distinto, relajarme.
—¿Y por qué no hacemos un viaje? —propuso Angie, como tanteando terreno—. Pero no tú y yo, sino todos juntos: los chicos, yo, mi primix…

Nadia sonrió, sorprendida.
—Sería lindo, sí. Para fiestas patrias es complicado, todo está carísimo y lleno de gente. Pero después, ¿por qué no?
—Claro, después de fiestas —afirmó Angie—. Que sea más tranquilo.

Ambas comenzaron a soñar destinos. Nadia lanzó primero:
—Podría ser Colombia, yo ya conocería algo y los llevaría.
—O Punta Cana —dijo Angie, con brillo en los ojos.
—Miami también suena bonito.
—Hasta Cuba, imagínate… —agregó Angie riendo.

Al final, no se decidieron por nada concreto, pero sí en algo: había que hacerlo.

—Yo lo voy a convencer de que pida vacaciones —dijo Nadia con determinación—. Tú tranquila, que yo sé cómo hablarle.
—Hecho —respondió Angie, sonriendo—. Entonces es un plan.



 
Cuando Angie me lo contó, no pude evitar sonreír con incredulidad.
—¿Tú te das cuenta de lo que significa esto? —le pregunté.
—Claro que sí —dijo, tomándome de la mano—. El viaje será con ella, sí, pero en el fondo será nuestro también. Tú y yo sabemos lo que significa compartirlo.

La primera semana de julio llegó con esa humedad densa que parecía colarse hasta en los huesos. Nadia partió un miércoles en la madrugada rumbo a Bogotá. Yo la acompañé al aeropuerto, le cargué la maleta, le di un beso de despedida y le deseé suerte en la reunión regional. Ella estaba contenta, con esa mezcla de nervios y orgullo que le despertaban siempre esos encuentros internacionales.

Cuando la vi entrar al área de migraciones, sentí esa extraña libertad que me invadía cada vez que ella viajaba. El silencio de la casa era distinto, no pesado, sino ligero, como una ventana abierta. Y en mi mente solo había un nombre: Angie.

Me levantaba más temprano de lo normal para preparar el desayuno y la lonchera de mi niño. Apenas amanecía, ya estaba en la cocina, calentando la leche, cortando el pan, poniendo la fruta en el túper. Lo dejaba en casa de mi madre, donde la señora Celia lo recibía con ese cariño sencillo y genuino que siempre la caracterizaba. A veces Angie llegaba un poco antes, a veces un poco después, con su niña en brazos. La rutina se había vuelto compartida, como si nuestros hijos fueran hermanos bajo el cuidado de mi madre y la Sra. Celia.

Pero a media mañana recibí la llamada de mi madre:
—Hijo, es mucho trajín para ti y para el niño. Mira, tráeme su ropita y que se quede en casa hasta el sábado. Aquí yo y Celia nos encargamos. Él estará feliz, y tú descansas un poco.

Me pareció una buena idea. Esa misma tarde pasé por mi casa, junté toda la ropa que pensé que necesitaría mi hijo —pijamas, uniformes, medias, hasta su peluche favorito— y se la llevé a la casa de mi madre.

Al poco rato, Angie llegó para recoger a su hija. Cuando entró, la casa olía a sopa criolla recién hecha. Los niños jugaban en la sala con mi madre y con la señora Celia, riendo, corriendo de un lado a otro. Angie se quitó la chalina y me saludó con un beso rápido en la mejilla.

—¿Cómo estás, Primix? —me dijo con esa voz entre cómplice y cotidiana.
—Bien, amor. Justo iba a contarte lo que me dijo mi mamá —respondí, señalando el bolso con ropa que había dejado en el sillón.

Le expliqué la propuesta de mi madre, y ella asintió.
—Me parece bien, les hará bien a los niños. Y a ti también —agregó, mirándome con ternura.

Nos quedamos toda la tarde ahí, en la cocina, tomando café mientras afuera caía la garúa. El frío se filtraba por las rendijas, y yo me puse un buzo viejo que siempre dejaba en la casa de mi madre. Ella se envolvió más en su chalina. El murmullo de los niños llegaba a ratos desde la sala, mezclado con las carcajadas de la señora Celia, siempre ligera, siempre riéndose de todo.

En un momento, después de hablar de mil cosas —el colegio, el trabajo, hasta lo que había salido en las noticias— la miré fijo y le solté:
—Angie… ¿has reparado en lo que has provocado?

Ella me miró sorprendida, arqueando las cejas.
—¿Qué he provocado, Primix?

—Lo del viaje. —Suspiré, buscando palabras—. Es una locura. Yo con Nadia, tú con la bebé… no sabemos aún si será casa o hotel, pero imagínate. ¿Y qué pasa si Nadia se emociona, como en el viaje al norte, y quiere tener algo conmigo? Y tú… en la habitación de al lado. O en el mismo pasillo. Me parece demasiado moderno, ¿no?

Angie sonrió nerviosa, pero se quedó pensativa.
—Bueno, si lo pones así… sí pues, puede sonar un poco raro. Pero ¿y si lo pensamos como unas vacaciones? Tal vez no pase nada. Y si pasa… —se encogió de hombros— Habrá que manejarlo

Hizo una pausa, se abrazó a sí misma como protegiéndose del frío y murmuró:
—Pensándolo mejor, una cosa es una fiesta, una cena en mi depa, aquí en tu casa… otra cosa es pasar tres, cuatro días juntos, con noches y mañanas enteras.

—Exacto, amor. Eso es lo que me preocupa.

Ella bajó la mirada hacia su taza de café.
—Ay, no sé, Primix. Ya quedamos… pero de repente no fue tan buena idea.

Yo me quedé mirándola en silencio. Sentí que en ese instante la chispa de entusiasmo que había tenido se apagaba un poco. Y aunque traté de tranquilizarla con una caricia en la mano, su mirada me decía que el plan ya no la convencía tanto como antes.
 
Aprovechando mi “libertad” habíamos quedado en escaparnos el jueves por la tarde. Ambos inventamos pretextos para salir de nuestras oficinas temprano.

El jueves en la tarde la recogí de su oficina. Ella salió con una sonrisa cómplice, abrigada con una chalina gruesa. Apenas subió al auto, me besó con fuerza.
—Hola Amor, supongo que traes muchas ganas…
—Muchísimas.
—Entonces, Primix… —me dijo, con esa chispa en los ojos—, esta tarde es nuestra.

La urgencia con la que llegamos al hotel parecía multiplicada por el hecho de que Nadia estaba lejos. Apenas cerramos la puerta, nos besamos como si hubiéramos esperado semanas.

—Hoy sí, Primix —me dijo Angie con la respiración agitada—. Hoy quiero que cumplamos lo que prometimos. Todas las veces.

Me sorprendió con esa determinación. Yo traté de suavizarlo.
—Amor, no es necesario. Ya me lo das todo.
Pero ella negó con fuerza, mirándome directo.
—Sí es necesario, para mí. Quiero que sientas que soy tuya de verdad.

Entonces, con un gesto travieso, sacó de su cartera un tubo grande de lubricante. Lo puso sobre la mesa de noche y sonrió:
—Sabía que lo ibas a olvidar. Prepárate.

Yo no pude evitar reírme.
—Prepárate tú, amor.

Y así comenzó nuestra tarde, besándonos y desvistiéndonos mientras caminábamos hacia la cama, sin soltarnos.

Ella me empujó sobre la cama, terminó de bajarme el pantalón y se prendió de inmediato de mi pene, que terminó de ponerse duro en su boca. Mientras la veía succionar mi falo, terminé de desnudarme y trataba de hacer lo mismo con ella, pero no me fue tan fácil, no soltaba mi pene, lo lamia, lo chupaba, lo besaba…

Cuando ella sintió que mi orgasmo era inminente, ya me conocía lo suficiente para saberlo sin que yo se lo diga, se paró, me miró con esa mirada seductora que me calentaba aún más. Comenzó a desnudarse lentamente, sin dejar de mirarme, era un espectáculo ver su ropa caer y que su cuerpo desnudo vaya dibujándose frente a mí.

La tomé de la cadera y la jalé hacia mí, comencé a besar su abdomen y sus senos, mientras mis manos exploraban sus nalgas y su vagina, que ya estaba muy mojada. En un momento la atraje hacia mí para que se siente sobre mi pene erecto, pero ella, muy grácilmente, se zafó de mis manos y jaló un cojín, para arrodillarse frente a mí y volver a prenderse de mi pene.

Fue una mamada memorable, que no se detuvo, por más que cuando sentí que la lecha estaba por reventar, le dije que parara, ella ni siquiera se detuvo un momento, al contrario, aumento la velocidad y a los pocos segundos mi semen inundaba su boca. Ella no dejó que nada cayera al piso, se tomó hasta la última gota, mirándome a los ojos, mientras lamia mi pene para terminar de limpiar hasta la última gota.

Cuando finalmente lo soltó, se paró y me dio un beso largo, aun con el sabor de mi semen en su boca.

—Hace tiempo que no me tomaba tu leche, creo que está más rica que antes…

—Uff Angie, esa boca tuya me vuelve loco, que rico me lo mamas.

—Solo yo te vuelvo loco?

—Solo tu amor, eres la única, siempre fuiste la única.

Me dejé caer en la cama y ella se echó sobre mí. No dijimos más, solo el contacto de nuestros cuerpos y nuestras manos acariciándonos, eran el lenguaje que necesitábamos.

Después de unos minutos así, Angie, sin levantar la cabeza de mi pecho me dijo:

—Soy tuya, Primix. Solo tuya.

—Lo se amor, claro que lo sé.

—Sí, pero hoy te lo voy a dejar grabado en cada pedazo de tu piel

Solo la miré sorprendido de su determinación, no dije nada, solo la abracé más fuerte.

Habrían pasado unos 15 minutos cuando nos volvimos a encender, los besos y las caricias hicieron lo suyo, pronto yo ya estaba sobre ella, besándole los senos y bajando a su vagina, jugosa con nuestros sabores, comencé a lamerla y besarla, y cuando llegue a su clítoris, ella estallo de placer, se contorneaba, se arqueaba y me apretaba la cabeza contra su vulva y los gritos de placer llenaban la habitación.

Subí a besarla en la boca, mientras con mi pene erecto buscaba la entrada de su vagina, pero solo pude entrar un par de centímetros, cuando ella en un ágil movimiento, me sacó de su vagina.

—Hoy no caballero, hoy esa puerta está cerrada para usted.

Me quedé mirándola sin entender.

—Como que cerrada?

—Así es, solo funciona la puerta trasera, me respondió, mientras me pasaba el tubo de lubricante y levantaba las caderas, para dejarme su culito a la mano.

Solo sonreí y le puse el lubricante en el culo y otro poco en mi pene. La puse piernas al hombro y comencé a entrar lentamente en su trasero.

Cuando estuvo todo adentro comencé a moverme lentamente, Angie solo me miraba a los ojos y me pedía más.

—Así Primix… no pares… dame más… dame duro…!

Pronto sus gemidos y jadeos reemplazaron a las palabras. Solo me jalaba con sus manos apoyándolas sobre mis caderas y jalándome con desesperación hacia ella.

El orgasmo no demoró en llegar, estallé dentro de su culo, llenándola de lecha, mientras soltaba un bufido de placer.

El deseo era tal que terminamos fundidos en una hoguera que nos dejó jadeando, riendo, agotados sobre las sábanas.



 
No pasó mucho tiempo antes de que ella se moviera otra vez hacia mí. La veía decidida, como si el cuerpo no le pidiera descanso sino confirmación.

—No hemos terminado, amor, yo todavía no llego—dijo, tomando el tubo de lubricante y colocándolo en mi mano.

Su mirada era un reto y una entrega a la vez. Nos tomamos más calma, exploramos, nos reímos, probamos lo que tantas veces había quedado pendiente. La confianza era total. Ella buscaba más que placer: buscaba dejar claro que no había frontera que no quisiera cruzar conmigo.

Nos besamos, me puse sobre ella y cuando entré en ella, nuevamente se movió y me salí.

—Es en serio? Le dije en tono de broma.

—Muy en serio, hoy mi conchita está vedada,

Mientras decía esto, se dio la vuelta y quedo boca abajo, provocativamente levantando las caderas para ofrecerme su culo.

Le puse el lubricante y entré nuevamente en su trasero, mientras ella buscaba mi boca, moviendo su cara hacia un lado.

Le di un buen rato así, ella se agarraba fuerte de las sábanas, mientras yo le bombeaba el culo, no paré hasta que ella gritaba de placer pidiéndome que la llenara de mi leche, lo que ocurrió algunos minutos después, su culito apretaba mucho y era difícil resistir las ganas de eyacular.

Terminamos abrazados, sudorosos, con la risa nerviosa de quien sabe que ha ido más allá de lo habitual.

Ya casi anochecía. El frío limeño golpeaba los vidrios empañados, pero dentro de la habitación el calor era nuestro. Pensé que ya estábamos exhaustos, pero Angie me sorprendió otra vez, subiéndose sobre mí con una sonrisa cansada y radiante.

—Una más, amor —me pidió—. Para que nunca olvides esta tarde.

No hubo prisa, no hubo alarde. Fue la más lenta, la más tierna de las tres. La entrega sin urgencias, solo la necesidad de sentirnos completos.

Empezamos por besarnos, mientras le acariciaba los senos y sus manos jugaban con mi pene poniéndolo más duro.

—En serio no va a dejarme entrar en tu conchita?

—¡No, prohibido hoy día! Me respondió mientras se reía

Las caricias pronto pasaron a ser cuerpo a cuerpo, la puse en perrito y le lubriqué una vez más el ano, puse mi pene sobre su nalga derecha y le pregunté una vez más:

—Estas segura que no quieres que entre en tu conchita? Mira que está bien duro, le dije, mientras con mi pene le golpeaba la nalga.

—No, hoy descansa, mi culito está a tu disposición…

Puse mi pene a la entrada de su culo y comencé a empujarlo, entre hasta el fondo y recién comencé a moverme, pero ella se movía más rápido que yo. Poco a poco el ritmo era más rápido y entraba y salía todo mi pene. Algunos minutos después, la tomé de la cintura y la jalé hacia mí, mientras yo me echaba en la cama, ella quedó sentada sobre mí, dándome la espalda y con mi pene totalmente insertado en su culo.

Angie comenzó a moverse primero de adelante hacia atrás, y al poco rato combinaba esos movimientos de adelante hacia atrás, con movimiento de arriba a abajo, haciendo que mi pene la perfore, clavándose hasta el fondo de su culo. Me costaba mucho no eyacular, tuve que pensar en Mickey mouse y cosas así, pues su culito apretaba mucho y yo quería que ella llegue primero.

Un par de minutos de esa cabalgata y la sentí estremecerse de pacer y su orgasmo llegó con un grito que llenó la habitación. Pocos segundos después, yo llegué al orgasmo inundando una vez más su culo con mi semen. Al final, quedó recostada sobre mi pecho, respirando agitadamente, mientras yo le acariciaba los pechos.

—Ahora sí —susurró—. Te lo he dado todo.

Yo la besé y le respondí, con el corazón latiéndome fuerte:
—Y yo ya lo tengo todo, amor.

La tarde había caído por completo y la habitación estaba casi a oscuras, apenas iluminada por la luz anaranjada que se colaba débilmente entre las cortinas gruesas. El aire estaba denso, cargado del vapor de nuestros cuerpos, de ese calor que seguía pegado a la piel después de tanto entregarnos. El silencio solo era interrumpido por nuestra respiración aún agitada, entrecortada, como si todavía nos costara volver a la calma.

Ella estaba recostada sobre mí, su mejilla pegada a la mía, sus labios rozando mi oído cuando hablaba. El roce de sus pechos firmes contra mi pecho desnudo me recordaba a cada segundo la intensidad de lo vivido.

—Amor —le susurré, acariciándole la espalda lentamente—, ¿te das cuenta de lo peligroso y raro que sería irnos todos juntos de vacaciones? Tú, yo, Nadia, los niños… todos en la misma casa o en un hotel. No sé… siento que es demasiado.

Angie se quedó callada unos segundos, respirando contra mi piel. Luego giró apenas el rostro hasta que nuestras bocas quedaron a centímetros, casi rozándose.

—Sí, amor… lo sé. —Su voz era un murmullo grave, cargado de realidad—. Suena demasiado moderno, demasiado retador… y arriesgado.

Yo cerré los ojos, como queriendo borrar la imagen de lo que podría ser ese viaje: las noches compartidas, las miradas escondidas, la posibilidad constante de un descuido.

—No sé si podríamos manejarlo —le dije con firmeza, aunque mis dedos seguían acariciando su cintura, sin poder dejar de tocarla.

Ella me miró fija, sus ojos brillando en la penumbra, y me acarició la cara con suavidad.
—Entonces, déjamelo a mí, Primix. Yo veré cómo lo desvío. Buscaré la forma de que no pase.

Sus labios rozaron los míos en un beso lento, sin urgencia, como si quisiera sellar con ternura aquella promesa.

—Tú tranquilo —añadió—. No voy a permitir que algo tan hermoso como lo nuestro se ponga en riesgo por un plan mal pensado.

Me quedé en silencio, sosteniéndola entre mis brazos. Afuera, el ruido de los autos se escuchaba lejano, como un eco que no pertenecía a ese refugio. En esa cama oscura, con nuestros cuerpos aún calientes y pegados, seguíamos siendo cómplices.

Después de 15 o 20 minutos, vi la hora, casi las 7 de la noche.

—Vamos amor, no podemos recoger a los niños tan tarde.

—Si, ya es tarde, vamos.

Entramos juntos a la ducha y como siempre los besos llevaron a más, en un momento ella se dio la vuelta, dándome la espalda, yo no esperé que ella me diga que su conchita estaba vedada ese día, solo le metí mi pene en su vagina, se un solo golpe hasta el fondo.

—Por ahí no! Protesto ella

—Por ahí sí, le dije —Tu culo me encanta, pero el calor y la humedad de tu vagina, me llama, solo disfrútalo.

Comencé a moverme, ella ya no ofreció resistencia, comenzó a moverse a mi ritmo y a gozar. Le di buen rato por ahí, hasta que reventó de placer. Yo la seguí poco después.

—Ahora si le dije, te llené por todos lados, más mía no puedes ser…

Ella solo me besó y me abrazó muy fuerte.

Salimos de la ducha, nos vestimos y salimos de la habitación de la mano, amándonos cada vez más.

Salimos del hotel ya de noche. El frío limeño nos recibió como un balde de agua helada después del calor que habíamos dejado en esa habitación oscura. Angie se acomodó la chalina, todavía con la sonrisa cansada y satisfecha de quien había entregado todo. Nos besamos una vez más en el auto, un beso largo, con la frente apoyada una contra otra.

—Amor, cuídate —me dijo en un susurro antes de bajarse.
—Tú también, amor mío.

La vi caminar hasta perderse en la penumbra de la calle. Encendí el motor y conduje despacio, con la sensación de llevar todavía su piel pegada a la mía.



 
Asu man que buena semana te pasaste con Angie. Y nunca pensaste que Nadia también podía haber tenido algo en ese viaje. ¿Notaste algo cuando regresó? ¿estaba más cariñosa de lo normal?
 
Asu man que buena semana te pasaste con Angie. Y nunca pensaste que Nadia también podía haber tenido algo en ese viaje. ¿Notaste algo cuando regresó? ¿estaba más cariñosa de lo normal?
Nada, todo tranquilo. Ella tiene una forma de pensar muy particular.
 
En casa, la rutina me esperaba. Me puse el pijama y me dejé caer en la cama. El silencio de la casa contrastaba brutalmente con la hoguera de unas horas antes.

Cuando estaba a punto de quedarme dormido, el celular vibró en la mesa de noche. Era Nadia. Contesté al instante.

—¿Amor mío? —su voz sonaba arrulladora, ligeramente arrastrada.
—Hola, amor. ¿Cómo estás?
—Bien… un poquito alegre, la verdad. Hemos tenido una cena con todos los directores regionales. Brindis, discursos, felicitaciones… creo que brindé de más.

Sonreí en silencio, imaginándola con una copa en la mano, los ojos brillantes de orgullo.
—Te lo mereces, amor. Todo lo que te reconozcan es poco. Estoy muy orgulloso de ti.

Ella rio bajito.
—Me dijeron que mi gestión era de las más sólidas de la región… que soy de las mejores. ¡A mí! —Repitió, como incrédula—. Estoy feliz, amor mío.

—Y yo feliz por ti —respondí, sincero, aunque con un nudo en el estómago.

Hubo un silencio suave. Después, en un murmullo cargado de ternura, me dijo:
—Quisiera que estuvieras aquí, conmigo.

Cerré los ojos. Sentí el contraste como un golpe. Hacía apenas unas horas había tenido a Angie sobre mí, diciéndome que me lo daba todo. Y ahora escuchaba a Nadia, orgullosa y vulnerable, reclamando mi presencia.

—Ya celebraremos cuando vuelvas, amor mío. Los tres juntos —le dije, con voz calma.

Ella suspiró, cansada.
—Sí. Cuando regrese haremos algo especial, ya verás.

Nos despedimos con un “te amo” que sonó cálido, sincero. Colgué, dejé el celular sobre la mesa y me quedé mirando el techo a oscuras. Dos voces, dos mundos, dos amores distintos. Y yo, en medio, sosteniendo el equilibrio frágil de mi vida como si fuera un malabar que podía venirse abajo en cualquier momento.
 
El sábado decidimos llevar a los niños a una sala de juegos en un centro comercial. Era una de esas tardes grises de invierno limeño, con la garúa mojando los parabrisas y el frío metiéndose por las rendijas. Dentro del centro comercial, en cambio, el ambiente era cálido, lleno de luces y el bullicio de familias y chicos corriendo de un lado a otro.

Apenas entramos a la zona de juegos, los niños se lanzaron felices hacia las estructuras de colores, las pelotas, los toboganes. La risa de ambos llenaba el aire, mientras mi madre y la señora Celia se quedaban sentadas en una banca, observando con esa paciencia que solo da la experiencia.

Angie y yo caminábamos detrás, cuidando de que no se alejaran demasiado, pero con esa sensación extraña y hermosa de estar viviendo una vida paralela: parecíamos, realmente, una pareja con sus dos hijos. Nadie alrededor podía sospechar otra cosa. La naturalidad con la que nos movíamos juntos lo hacía parecer tan real como cualquier familia de las que nos rodeaban.

—Míralos —me dijo Angie, señalando a los niños mientras se perseguían entre carcajadas—. Podrían ser hermanos.
—Lo parecen —le respondí, sonriendo.

Ella me miró de reojo, con esa chispa que siempre me atravesaba.
—A veces me asusta lo natural que se siente todo esto.
—A mí también —admití—. Como si fuera la vida que nos correspondía vivir.

Nos sentamos en una banca mientras los chicos desaparecían un rato entre túneles de plástico. Ella se recostó apenas contra mi hombro, cuidando que nadie lo notara, y me habló en voz baja:
—Primix, ¿te das cuenta? Lo nuestro es mucho más que el sexo. Sí, nos amamos con el cuerpo, y es hermoso, pero esto… esto es distinto.

La miré, conmovido.
—Sí, amor. Lo que tenemos es complicidad, es apoyo, es cariño en cada gesto. El sexo es la expresión, pero lo verdadero es esto: estar juntos, mirarlos jugar y sentir que somos familia.

Ella apretó mi mano sobre la banca, sin que nadie lo notara. Su sonrisa era dulce, casi melancólica.
—Me haces feliz. Aunque sea así, a ratos, a escondidas… me haces feliz.

Los niños volvieron corriendo, a pedir algo de agua, se la dimos y los vimos desaparecer entre luces y sonidos electrónicos. Angie me miró entonces con esa mirada que mezclaba ternura y deseo, y yo sentí una certeza poderosa: nuestro amor no era solo pasión. Era mucho más. Era un lazo tan profundo que, incluso disfrazado de salida familiar en un centro comercial, se sentía verdadero, sólido, inevitable.
 
El domingo me levanté temprano, repasando mentalmente lo vivido esos días de “libertad”. La casa estaba ordenada, el niño despierto y entusiasmado porque “íbamos a buscar a mamá al aeropuerto”. Pasé por una florería de camino, escogí un ramo grande de rosas rojas y blancas, sabiendo que a Nadia le gustaban las flores que llamaban la atención.

El aeropuerto Jorge Chávez estaba lleno, como siempre los domingos. Gente entrando y saliendo, maletas arrastrándose, abrazos y despedidas por todas partes. Sostuve a mi hijo de la mano mientras él miraba curioso todo ese movimiento, y en la otra llevaba las flores.

Cuando apareció entre la multitud de pasajeros, la reconocí de inmediato. Traía un saco beige elegante, el cabello suelto y un brillo distinto en la mirada. Caminaba erguida, con paso seguro, sonriendo incluso antes de vernos. Se la veía empoderada, como si Bogotá le hubiera dado algo más que reuniones: le había dado una reafirmación de sí misma.

—¡Mamá! —gritó nuestro hijo, soltándose de mi mano para correr hacia ella.

Nadia lo abrazó fuerte, levantándolo en brazos. Luego me miró a mí y se acercó con decisión. Recibió las flores con una sonrisa amplia, casi juvenil, y me besó en la boca, sin pudor, más provocativa que de costumbre.
—Gracias, amor mío —susurró—. Qué lindo detalle.

Su perfume me envolvió, mezclado con el aire denso del aeropuerto. Noté cómo sus ojos brillaban con orgullo, cómo su cuerpo irradiaba energía. Había brindado, había reído, había sido reconocida. Y ahora regresaba con la fuerza de quien sabe que su esfuerzo había valido la pena.

—¿Cómo te fue? —le pregunté mientras caminábamos hacia la salida.
Ella me tomó del brazo, todavía con el ramo en la otra mano. Yo llevaba a nuestro niño de la otra mano.
—Increíble, amor. Me felicitaron delante de todos. Dijeron que mi área es de las más sólidas de la región. ¡Imagínate! —rio, acariciándome el brazo con la yema de los dedos, en un gesto casi coqueto.

La vi distinta, renovada. Más cariñosa, sí, pero también más segura de sí misma, más provocativa en sus gestos, como si esa validación externa hubiera encendido algo en ella.

En el auto, mientras nuestro hijo dormía en el asiento trasero, se inclinó hacia mí y me besó otra vez, con un fuego que hacía tiempo no veía en ella.
—Prepárate, amor mío —me dijo en voz baja—. Creo que este viaje me ha hecho recordar muchas cosas.

Yo asentí, sonriendo, mientras por dentro sentía la contradicción arder: la mujer que regresaba triunfante y empoderada a mi lado, y el recuerdo fresco de Angie, de su entrega total, latiendo todavía en mi piel.

Ya de regreso en casa, Nadia no tardó en volver al tema del viaje. Estábamos en la sala, nuestro hijo jugando en el piso con sus carritos, y ella, aún con la maleta a medio abrir, se acomodó en el sillón con una copa de vino que había servido apenas llegamos. Se la veía radiante, con el mismo brillo en los ojos que traía desde el aeropuerto.

—Amor mío —dijo, cruzando las piernas y mirándome con esa sonrisa de triunfo—, estuve pensando en lo que hablamos con Angie antes de mi viaje. Creo que este agosto es perfecto para tomarnos unas vacaciones. Tú, yo, los niños… los cuatro.

Tomé aire, buscando las palabras con calma.
—¿Ya pensaste a dónde? —pregunté, como para ganar tiempo.

—Varias opciones —respondió entusiasmada—. Podría ser Colombia, así yo les muestro lo que conocí. O Punta Cana, que está de moda. Angie decía que Miami también sería increíble… hasta mencionamos Cuba. —Rio, alzando la copa—. ¡Imagina, los cuatro juntos en un viaje así!

Me quedé en silencio un instante, sosteniendo su mirada. Sentí la presión, la fuerza con la que ella hablaba, la ilusión con la que lo proyectaba. No podía decirle que no, no de frente, no ahora.

—Voy a ver cómo le hago con las vacaciones —respondí con suavidad—. El trabajo está pesado, pero ya veremos.

Ella sonrió satisfecha, como si la respuesta fuera suficiente.
—Yo sé que lo vas a lograr —dijo, dándole un sorbo al vino—. Confío en ti.

Yo asentí, ocultando el torbellino que me recorría por dentro. Porque en realidad, lo que esperaba, lo que necesitaba, era que Angie desarmara el embrollo que había provocado. Ella lo había reconocido en el hotel: era demasiado riesgoso. Ahora, con Nadia tan convencida, solo ella podía encontrar la forma de desviar la idea sin que nada sospechoso quedara en el aire.

La miré un segundo más. Seguía empoderada, feliz, orgullosa. Y yo, mientras sonreía para no romper el encanto de su momento, solo pensaba en cómo Angie iba a sacarnos de aquella encrucijada que amenazaba con volverse un viaje imposible de sostener.

Esa noche, después de cenar ligero y de acostar al niño, nos metimos a la cama como cualquier pareja que recupera la rutina tras un viaje. Nadia habló casi una hora entera de Bogotá: de las reuniones, de los otros directores médicos que conoció, de las presentaciones que la felicitaron, de las cenas y hasta de lo fría que le resultó la ciudad. Yo la escuchaba en silencio, asintiendo, dejando que su entusiasmo fluyera. La veía distinta: más segura, más viva, como si el viaje hubiera despertado algo dormido.

Ya en pijama, cuando pensé que el sueño nos vencería, ella se giró de pronto y me tomó de los brazos. Con un movimiento inesperado, se subió sobre mí, sus rodillas hundiéndose en el colchón a ambos lados de mi cuerpo. Bajó la cara hasta tener sus labios a milímetros de los míos, y con una voz cargada de determinación me dijo:

—Acá está tu mujer. Creo que ahora sí me doy cuenta del hombre maravilloso que tengo.

No dijo más. Me besó con fuerza, con hambre, y en un gesto rápido comenzó a desabrochar mi pijama. Yo la miraba sorprendido, porque hacía años que no la sentía tomar la iniciativa de esa forma.

Su bata se deslizó fácil por sus hombros y cayó al piso, dejándola desnuda ante mí. Era ella, renovada, empoderada, con un brillo distinto en los ojos. Los años y los golpes de la vida no habían destruido su exótica belleza, sus pechos quizá ligeramente caídos, seguían siendo provocativos y sus pezones aún se erectaban con facilidad. Tomó mi sexo con firmeza, lo acarició con su mano hasta que me tuvo completamente erguido, y sin demora se montó sobre mí, cabalgándome con una pasión que no recordaba de años atrás.

Yo esperaba —quizás por la memoria de otras épocas— que bajara y me regalara sexo oral, como hacía en el pasado. Pero no. Esta vez quiso otra cosa. Quiso controlarlo todo. Y lo hizo. Se movía con ritmo, me miraba fijo, me apretaba los brazos contra el colchón mientras sus gemidos se mezclaban con los míos.

La vi perderse en su propio placer, la sentí llegar, temblar sobre mí con un orgasmo que la sacudió entera. Su cabello cayó sobre mi rostro, y entonces, sin soltarme, me atrajo hacia ella, guiándome con un movimiento de cadera.

—Ahora tú —me susurró, jalándome sobre su cuerpo.

Entré en ella con una facilidad que me recordó viejos tiempos, y entonces el ritmo cambió. Dejé que la pasión me arrastrara, que el reencuentro nos desbordara. Hicimos el amor como hacía muchos años no lo hacíamos: sin prisas, sin miedo, con la sensación de recuperar un lenguaje olvidado entre los dos.

No me sentí mal. Tampoco busqué comparar. No pensé en Angie en ese momento. Cada una tenía lo suyo, cada una era un mundo distinto, con su propia manera de entregarse y de hacerme sentir amado.

Al final, exhaustos, nos quedamos en silencio. Ella se acurrucó en mi pecho, con la respiración aún agitada, y yo me quedé mirando el techo a oscuras. Una vez más, me descubrí dividido. Sentía que amaba a las dos. Con estilos diferentes, con intensidades distintas, pero con el mismo corazón abierto en dos caminos paralelos.

Dormimos desnudos, envueltos apenas en las frazadas, como hacía muchísimo tiempo no lo hacíamos. La tibieza de su cuerpo pegado al mío me hizo dormir profundamente, sin interrupciones, como si aquella entrega nos hubiera devuelto un respiro perdido.

Al amanecer, sentí sus movimientos junto a mí. Nadia se giró, me rodeó con sus piernas y comenzó a besarme el cuello. Su respiración cálida en mi piel me hizo abrir los ojos.

—Amor mío… —murmuró, con esa voz baja que solo usaba cuando estaba excitada—. Quiero más.

La miré, sorprendido, pero también con el deseo inmediato que me despertaba su iniciativa. La sentí acariciarme bajo las frazadas, insinuándose con la misma determinación de la noche anterior. Iba a responder, pero entonces, casi al mismo tiempo, escuchamos el crujido de la puerta del dormitorio adjunto.

El corazón se me aceleró. Ambos sabíamos lo que significaba: nuestro hijo ya estaba despierto, y en segundos aparecería en la habitación.

—¡Rápido! —susurró ella entre risas nerviosas.

Saltamos de la cama, nos pusimos los pijamas a toda prisa, intentando recomponer la normalidad en segundos. Apenas terminamos de acomodarnos, la puerta se abrió y él apareció con su cabello alborotado, arrastrando su manta favorita.

—Papá, mamá, ¿ya despertaron?

—Sí, campeón —respondí, tendiéndole los brazos.

Se lanzó sobre la cama y se metió entre los dos, buscando calor. Nadia lo abrazó con ternura, dándole un beso en la frente. Yo los miré y, por un instante, todo pareció perfecto: una familia normal, recibiendo el día como si nada hubiese pasado.

Por dentro, sin embargo, aún sentía en la piel el eco de la noche anterior, la huella de lo vivido, y la certeza de que algo había cambiado entre nosotros.

El domingo transcurrió con la calma tibia de las cosas sencillas. Desayunamos pan francés con mantequilla y mermelada, café bien cargado para mí y yogurt con fruta para el niño. Nadia —Naya cuando estaba de buen humor— no paraba de hilvanar historias de Bogotá: los salones del hotel, los colegas de Brasil y Chile, la presentación que le salió redonda, los aplausos. Entre anécdota y anécdota dejó caer planes para los próximos meses: módulos de entrenamiento para los representantes, simulaciones de visita médica, un piloto de e-learning.

—Quiero armarlo por bloques, con casos reales. Nada de teoría suelta —decía, moviendo las manos como si ya estuviera dictando el curso.
—Te va a salir perfecto —le respondí, sincero. Se le notaba la chispa.

Después de almuerzo, el niño la arrastró a la alfombra. Jugaron a las pistas de carritos, a construir un túnel con cojines. Ella se soltó el cabello y se rio como hacía tiempo no la veía. Yo aproveché ese hueco diminuto. Me escabullí al balcón con el celular y la garúa golpeando finita la baranda.

Le mandé a Angie un “¿puedo llamarte?” y dos corazones pequeños. Minutos después, sonó.

—Hola, Primix. —Su voz, abrigada.
—Hola, amor. No pude antes… Nadia no se me despegó en toda la mañana.
—Lo imaginé —dijo sin reproche, solo constatando.

Respiré hondo. Le conté lo esencial. Le hablé de la llegada con flores, de su orgullo, de esa seguridad nueva que le había traído el viaje. Le dije que, en la noche, sin vueltas, me buscó. No adorné. Tampoco fui al detalle. Ella escuchó en silencio, dejando que mis frases se acomodaran.

—Ok —dijo al fin—. Era posible que pasara.
—Sí. Y creo que seguirá pasando de cuando en cuando. —Miré adentro, Nadia empujaba un carrito y el niño aplaudía—. Amor… nosotros siempre prometimos decirnos la verdad. Y quiero sostener eso. Pero me doy cuenta de algo: no voy a contarte cada vez. No suma. Te diré lo que importa: que ella está recuperando algo del pasado; que yo te amo y te deseo como siempre; que en mi corazón —y en mi cuerpo— tú sigues siendo mi presente.

Hubo un silencio breve, con garúa.

—Gracias por decirlo así —respondió Angie, bajito—. Me duele un poquito, no te voy a mentir. Pero yo te conozco. Y confío.
—Yo también confío en nosotros.
—Y sobre el viaje… —tomó aire— voy a ver la manera de desinflarlo sin que se note. Una cosa a la vez.

Sonreí sin que se me viera.

—Eres luz, amor.
—Soy tu cómplice —dijo, y pude verla sonreír del otro lado—. Y hoy también soy mamá: la nena está por despertar. Hablamos luego, ¿sí?
—Sí. Te amo.
—Yo también.

Corté. Me quedé un momento mirando el parque desde el balcón: la neblina baja, el árbol del frente goteando, un perro jalando a su dueño con pereza dominical. Guardé el teléfono y volví a la sala.

—¿Dónde estabas? —preguntó Nadia, con el pelo hecho un desastre y el niño subido a su espalda.
—Mirando la garúa —mentí a medias—. ¿Quién va ganando?
—Yo —dijo el niño, serio—. Porque mamá hace trampa.

Nos reímos. La tarde siguió con té caliente y una manta en las piernas, más historias de Bogotá, más ideas para sus entrenamientos. Yo asentía, hacía preguntas, celebraba. Y por dentro, en ese doble piso donde también vivía, sentí que había encontrado un borde: ser honesto sin convertir cada detalle en un alfiler; cuidar a Angie, cuidar a Nadia, cuidar al niño. Cuidarnos.

La noche cayó temprano. Lima se hizo de plomo. Encendimos una lámpara amarilla. Y en ese respiro doméstico, entendí que nuestro amor —el de Angie y yo— era muchísimo más que el cuerpo; era compañía, lealtad, una promesa que no necesitaba contarse minuto a minuto para seguir siendo verdad.



 
El lunes invité a Angie a almorzar. Fuimos al restaurante de siempre, ese escondido cerca de su oficina, con manteles claros y un murmullo de voces que servía de escudo perfecto para nuestras conversaciones. Pedimos lo de costumbre: ella una ensalada con pollo a la plancha, yo un lomo saltado.

Ya llevábamos media hora hablando de cosas cotidianas, riendo de anécdotas del trabajo, cuando me incliné hacia ella y le pregunté en voz baja:

—¿Y has pensado qué le vas a decir a Nadia para desarmar lo del viaje?

Angie alzó la mirada al techo, como si buscara una idea entre las lámparas del restaurante. Se quedó seria, demasiado seria.

—Creo que le voy a decir… —hizo un silencio largo, y de pronto sonrió torcida—. Ya sé, le voy a decir que somos amantes. Eso desarma el viaje al toque.

Casi se me atraganta la bebida.
—Oye, no hables tonterías. En serio. —Le dije medio en broma, medio en serio—. Nos has metido en un embrollo. Tienes que ver cómo lo solucionas. Dime, ¿qué vas a decir de verdad? A lo mejor yo también ayudo.

Ella se rio bajito, tomó un sorbo de agua y apoyó el tenedor en el plato.
—Ya, está bien. En serio. Escucha lo que se me ocurre:

  1. —Le puedo decir que justo en esas fechas hay mucha carga de trabajo, capacitaciones en el trabajo, y que no voy a poder salir de Lima. Suena creíble, porque es cierto que me están llenando de cosas.
  2. —Otra opción: que es mejor no viajar en agosto porque los chicos recién comienzan el segundo semestre escolar. Que no es momento de sacarlos de la rutina. A Nadia esas cosas le importan.
  3. —También le puedo plantear un tema práctico: que todo está carísimo después de fiestas patrias, que es mala época para viajar. Y que mejor planear algo sencillo acá, tipo fin de semana largo en provincia.
  4. —Y si nada de eso funciona… —me miró con picardía— siempre puedo decirle que estoy ahorrando para un proyecto personal, y que no puedo gastar tanto ahora. Eso la hace desistir rápido.
Me miró fijamente, con esa mezcla de seguridad y dulzura.
—¿Ves? Opciones hay. Yo me encargo, Primix. Tú solo hazte el loco, como siempre.

Yo suspiré, aliviado, aunque seguía sintiendo un nudo en el estómago. Ella estiró la mano por debajo de la mesa y apretó la mía, oculta bajo el mantel.
—Confía. Lo desarmo sin que se note.

Un par de días después, Nadia invitó a Angie a tomar un café. Se encontraron en el mismo lugar donde tantas veces se habían visto: una cafetería pequeña de San Isidro, con mesas redondas y el aroma a granos recién molidos impregnando el ambiente. Yo no estaba, pero Angie me lo contó casi palabra por palabra después, y al imaginarlo la escena me resultaba vívida, como si hubiera estado en la mesa junto a ellas.

Después de un rato de charlar de lo de siempre —el trabajo, los niños, la rutina de la casa— Nadia sacó el tema con entusiasmo renovado:
—Entonces, ¿qué me dices del viaje en agosto? Yo creo que sería maravilloso, los cuatro juntos, una experiencia distinta.

Angie la miró con calma, moviendo la cucharita en su café.
—Sí, suena bonito… pero ¿sabes qué no habíamos pensado? Los chicos.

—¿Qué tienen los chicos? —preguntó Nadia, arqueando las cejas.

—Pues que justo después de Fiestas Patrias acaban sus vacaciones. —Angie lo dijo con esa naturalidad que tenía cuando quería sembrar una idea sin sonar confrontativa—. Si viajamos la primera semana de agosto, estaríamos sacándolos del colegio justo al inicio del semestre. Y no es lo mismo para todos.

Nadia se quedó pensativa.
—Mmmm… no lo había visto así.

—En especial por tu hijo —añadió Angie—. Él ya está más avanzado, tiene clases que no se pueden perder. Una semana fuera sería complicado. Ya sabes cómo son los profes, después cuesta que se ponga al día.

Nadia suspiró, dejó la taza en el plato.
—Tienes razón. No lo había considerado.

—Mejor lo dejamos para después —remató Angie, con una sonrisa suave—. No tiene que ser ahora. Habrá tiempo de planearlo con calma, y que no afecte a los niños.

Hubo un silencio breve. Luego Nadia asintió, convencida.
—Sí, mejor después. No quiero que el viaje termine siendo un problema.

El tema cambió a otra cosa y ahí quedó.
 
Esa noche, Angie me llamó para contarme.
—¿Ves, Primix? Listo. Se lo dije con calma, y me dio la razón. Ya no hay viaje en agosto.
Yo respiré hondo, aliviado.
—Gracias, amor. Eres la que me salva siempre de estas.
—Para eso estoy —respondió, riendo bajito—. Para salvarte… y para tenerte.

Me quedé con el celular en la mano, mirando la pantalla oscura después de colgar. Y pensé en lo increíble que era: mientras Nadia me amaba desde la ilusión de un viaje, era Angie quien lo evitaba, protegiendo nuestro secreto y nuestro amor al mismo tiempo.

Esa misma noche, después de cenar, Nadia estaba especialmente conversadora. Mientras nuestro hijo se entretenía con los carritos en la sala, ella y yo nos quedamos en la mesa, las tazas de té todavía humeando.

—Hoy me vi con Angie —me dijo de pronto, con una sonrisa tranquila.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué tal? —pregunté, fingiendo naturalidad mientras le daba un sorbo a mi té.
—Bien, como siempre. Pero ¿sabes qué? Me hizo ver algo que no habíamos pensado.

Se acomodó en la silla, jugando con la cuchara.
—Me dijo que agosto no es buen mes para viajar. Y tiene razón. Justo acaban las vacaciones de los chicos, y sería perder clases. Nuestro hijo ya está en un nivel más avanzado, no se puede dar el lujo de faltar una semana entera.

Me quedé en silencio unos segundos, asintiendo despacio.
—Es cierto… no lo había considerado.
—Yo tampoco —continuó ella—. Me entusiasmé con la idea, pero me hizo ver que no es práctico. Mejor lo dejamos para después, ¿no? Más adelante, cuando no interfiera con el colegio.

—Sí, mejor así —respondí, midiendo cada palabra—. Así lo disfrutamos de verdad.

Nadia se levantó, me abrazó por detrás de la silla y apoyó la barbilla en mi hombro.
—Qué suerte tener a Angie. Siempre tan sensata.

Yo asentí, ocultando una sonrisa amarga. Si supiera la verdad, pensaba, si supiera lo mucho que Angie había hecho para que justamente ese viaje no sucediera.

Ella me besó en la mejilla, ligera, sin sospecha alguna.
—Bueno, ya habrá tiempo de planear algo lindo.

Esa noche, mientras apagaba las luces y me metía en la cama a su lado, pensé en lo perfecto que había salido todo: Nadia contenta, convencida, agradecida incluso con Angie, y yo, en silencio, sabiendo que una vez más era ella, mi cómplice secreta, quien había salvado el equilibrio frágil de mi doble vida.



 
Sesenta y nueve - REFLEXIONES TONTAS

Unos días después de que Angie desarmara el peligro que había creado con Nadia, estábamos en un hotel, como siempre, amándonos con locura.

La habitación del hotel seguía en penumbras cuando, después de ese orgasmo de perrito intenso, Angie cayó de bruces, medio aturdida, el cabello enredado, las manos apoyadas en la sábana como si aún buscara el piso. El silencio fue tan tierno que tardamos un instante en reconectarnos.

Primero fue ella quien rompió el silencio, en un susurro divertido:

—Primix… ¿te imaginas si un día contamos cuántas veces lo hemos hecho? ¿Quién en su sano juicio haría eso?

—No se…. Cientos, ¿miles… quien cuenta eso?, Pero, curiosidad maldita… dicen que un par de tipos en internet bromean con que el 'kilometraje' sexual es proporcional a tu 'penismo' multiplicado por las veces entrando y saliendo y cuántas mañanas mojadas llevas. Así salen kilómetros recorridos, jajaja.

Ella estalló en risas, y yo, entre arrepentido y divertido, la seguí:

—¿En serio? —le dije—. ¿Tú dirías… como, 15 cm por penetración, cada mete y saca son 30 cms de recorrido aproximadamente, cuantas veces sucede eso en un polvo…? digamos cinco polvos por sesión, y… vaya, que no guardamos cuenta… ¡Imagina los kilómetros! Seríamos como sex-maratón runners…

Angie se rio tanto, que hasta el colchón vibró.
—Tontería absurda... pero ¿y si alguien supiera que yo me río pensando cuántos 'sex-kilómetros' tenemos acumulados? —me guiñó un ojo—. Mi idea de locura.

Me acerqué y la besé suavemente.
—Eres genial —susurré—. Lo nuestro no necesita sumas ni contadores absurdos. Nos basta saber que lo disfrutamos hasta sin darnos cuenta.

Ella, con la voz cálida:
—¿Sabes qué dice una encuesta? Que las parejas que se ríen de su vida sexual tienden a estar más satisfechas. —Me sonrió—. Creo que somos el ejemplo viviente de eso.

Y nos quedamos abrazados, cómodos, aceptando esa locura tierna. Esa complicidad que sólo se da cuando puedes hablar de lo más íntimo… y reír como dos idiotas felices después de hacer el amor.

La habitación ya estaba en silencio, apenas el ruido lejano de los autos se filtraba desde la avenida. Angie, todavía desnuda bajo la sábana, jugaba con mi pecho con un dedo distraído. Yo la miraba y no pude evitar soltar, medio en broma, medio en serio:

—Oye, amor… ¿cuántos litros de semen crees que te habré dejado dentro y encima en todo este tiempo?

Ella se echó a reír, se cubrió la cara con las manos y me dio un manotazo suave.
—¡Eres un asqueroso, Primix! —dijo entre risas—. Pero si lo piensas… Uff, seguro que ya llenamos varias botellas.

Yo me reí fuerte.
—Imagínate, deberíamos haberlo ido guardando en un tanque medidor, como gasolina.
—Kilometraje y tanque lleno —añadió ella, muerta de risa—. Si existiera un odómetro sexual, seguro ya lo descompusimos.

Nos quedamos riendo como chiquillos. Después ella se puso seria por un segundo, pero con un brillo picaresco en los ojos.
—¿Sabes qué? Igual es lindo pensar que mi cuerpo ha recibido tanto de ti. Es tonto, sí, pero a la vez me da ternura.

Yo la besé en la frente y seguimos la cadena de tonterías.
—Entonces, si un orgasmo quema, no sé, cien, doscientas calorías… deberíamos estar flacos como modelos.
—¡Pero no! —saltó ella, riéndose—. Porque después siempre nos da hambre y pedimos room service. Engordamos el doble.

—Es verdad —dije—. Es como un gimnasio invertido: entrenamos en la cama, pero compensamos en la cocina.
—Sí pues —rio—. “Crossfit sexual con entrega de pizza incluida”.

Nos miramos y volvimos a reír, ya sin poder parar.

—Otra reflexión tonta —añadió ella, recuperando el aire—. ¿Te has dado cuenta de que nadie nunca se sienta a pensar cuántas horas de su vida ha pasado teniendo sexo?
—Mmm… a ver. Si cada vez son unos 15 a 30 minutos…
—¡Mentiroso! —me interrumpió entre carcajadas—. Con nosotros es como hora. mínimo, ya pues.
—Bueno, está bien, hora y media. Multiplica por las miles de veces que no contamos… oye, Angie, creo que ya tenemos un posgrado en tiempo en la cama.

Ella me abrazó fuerte, apoyando la frente en mi cuello.
—Somos expertos, Primix. Expertos en tonterías, en orgasmos y en reírnos de lo que nadie más se atrevería a decir.

Y así quedamos, abrazados, riéndonos bajito en la oscuridad, con la complicidad que solo da un amor que va mucho más allá del deseo: la confianza de poder hablar de lo más íntimo como si fueran chistes privados que nadie más entendería.

Después de tantas risas y ocurrencias, la miré un segundo, su cuerpo tibio bajo la sábana, y no pude resistirme. Me subí sobre ella, la tomé de la cintura y la penetré despacio, mirándola directo a los ojos.

—Ok —le susurré con una sonrisa—, cuenta cuántas veces entro y salgo para ver qué kilometraje hacemos.

Angie soltó una carcajada suave, moviendo la cabeza.
—Tontín… ¿tú crees que me voy a poner a contar, si sentirte así es tan rico?

Seguí el ritmo, más intenso, besándola en el cuello.
—No, si tú eres la de la idea. Cuenta pues… ¿qué kilometraje tenemos ahí abajo?

Ella me miró con picardía, mordiéndose el labio.
—Uy, ¿y también vas a contar el kilometraje en esta boquita cada vez que te hago ver el cielo?

Su broma me arrancó una risa entre jadeos. La besé fuerte y ella me jaló contra su cuerpo, apretándome con las piernas.
—Dame el amor, tontín —susurró entre risas y gemidos—. Dame todo el kilometraje que quieras, que yo gozo contigo.

El ritmo se volvió más intenso, más profundo. Nuestras risas se mezclaban con los gemidos, con la respiración agitada, con esa complicidad que solo nosotros entendíamos. Nos movíamos como si el tiempo no existiera, como si cada embestida fuera una forma de reafirmar que nuestro amor era tan pasional como cómplice.

La abracé fuerte, sintiendo su cuerpo estremecerse bajo el mío. Ella enterró las uñas en mi espalda, me besó como si quisiera morderme el alma y me susurró, temblando:
—Contar no importa, Primix… lo que importa es que cada vez contigo me siento viva.

Y así, entre risas, jadeos y besos, nos perdimos otra vez en ese torbellino de placer y amor que era solo nuestro, cerrando la tarde con la certeza de que no había kilometraje suficiente para medir lo que nos unía.

Como siempre, la tradición nos llevó a la ducha. Era casi un ritual: terminar enredados bajo el agua caliente, con el vapor llenando el baño como si fuera una nube. El chorro golpeaba nuestras espaldas y el jabón resbalaba entre nuestros cuerpos pegados.

La abracé por detrás, acariciando su cintura mojada, y le susurré al oído:
—Más kilometraje… ven para acá.

Ella soltó una risa traviesa, inclinando apenas la cabeza hacia mí.
—Sí, Primix… más kilometraje. Todo el que quieras.

Nos besamos bajo el agua, con las gotas corriendo entre nuestros labios. Y ahí, entre el vapor y el calor de nuestros cuerpos, volvimos a hacer el amor, intenso y divertido, como si cada risa y cada gemido fueran parte de la misma música. El agua caía sin cesar, borrando el cansancio, limpiando la piel, pero dejando intacta la marca de lo vivido.

Cuando al fin salimos, con el cabello húmedo y el cuerpo enrojecido por el calor, nos vestimos en silencio, todavía riendo de nuestras tonterías. Ella se retocó un poco frente al espejo, yo acomodé mi corbata con la torpeza de siempre. Antes de abrir la puerta del hotel, nos abrazamos fuerte, como queriendo retener el tiempo.

—Hasta la próxima, tontín —me dijo, con una sonrisa cómplice.
—Hasta la próxima, amor.

Y así, como tantas veces, salimos del hotel con el recuerdo fresco de otra tarde que no se podía medir ni en números, ni en cuentas, ni en kilometraje. Solo en lo que realmente era: amor, deseo y complicidad.
 
Setenta – COMO HEMOS CAMBIADO

Con el paso de los años habíamos aprendido a convivir con la idea de que lo nuestro era distinto.

Lo de Nadia y Angie se había instalado en una especie de equilibrio extraño: ellas, cuando coincidían, se les veía amigas. Y eso —aunque a veces me removía la conciencia— nos daba cierta tranquilidad. Era como si el tiempo hubiera tejido un pacto silencioso en el que todo seguía en su sitio, cada uno con su papel bien aprendido.

Pero los años no habían pasado en vano. Dieciséis, diecisiete años juntos… y nuestros cuerpos llevaban escritas esas huellas que no se pueden borrar. Yo lo notaba sobre todo en mí: una ligera pancita que se resistía a desaparecer, arrugas que se asomaban con descaro alrededor de los ojos, una piel que ya no era tan firme como antes. En ella los cambios eran más sutiles, pero estaban ahí: la suavidad de la piel tenía otro tono, la tersura había cedido en apenas lo necesario para recordarnos que el tiempo también la había rozado. Y sin embargo, cada marca, cada trazo, lejos de restarle, parecía sumarle una belleza distinta, más madura, más profunda.

Lo cierto es que la pasión no había disminuido; al contrario, a veces parecía más intensa, como si quisiéramos retar al tiempo cada vez que nos buscábamos. Solo que ahora hacíamos el amor más lentamente, con más detenimiento, disfrutándonos más antes de la penetración. Esa tarde de viernes, con la complicidad de siempre, decidimos escaparnos al hotel. Era nuestra manera de decirle al calendario que no nos vencía.

Y ahí, entre sábanas conocidas y caricias nuevas, surgió aquella conversación que marcaría la tarde…

Un par de días después, Angie y yo nos encontramos para almorzar cerca de mi trabajo. Era algo que hacíamos de vez en cuando: robarle un par de horas a la rutina para sentarnos frente a frente, conversar de otras cosas, reírnos, ponernos al día. No todo era sexo —aunque eso siempre estaba latente entre nosotros—, nuestra relación era sobre todo amor, compromiso, la necesidad constante de saber del otro.

Entre bocado y bocado, retomé el tema de la sesión de fotos. Ella ya lo había olvidado, yo no.

—Ay, ¿verdad, Primix? —dijo, sonriendo con ternura—. La sesión.

—Sí —le respondí—. Mira, se me ocurre algo: ¿qué te parece si vamos a un hotel temático, entramos temprano, un par de horas, hacemos la sesión de fotos… y de ahí nos vamos a una playa? Ahora es invierno, junio, no hay mucha gente. Una playa solitaria.

Ella me miró con los ojos brillantes, como si de pronto el plan le hubiera despertado recuerdos.

—¿Y si alguien nos ve? —me dijo con una risa nerviosa, pero cómplice.

—No, no. Hay muchas playas donde la gente no va en invierno. Playas grandes, casi vacías. Y si toca que pase alguien, pues… ya nos pasó una vez.

Eso la hizo reír a carcajadas. Recordó aquella tarde en la que nos dejamos llevar en el carro, junto al mar, y los pescadores que pasaron nos descubrieron haciendo el amor sobre la arena.

—¡Qué horror! —dijo imitándose a sí misma de aquel día, y los dos terminamos riéndonos como chiquillos.

—Entonces, ¿qué dices? —le insistí.

—Sí… pero mejor al revés —me corrigió con picardía—. Vamos temprano a la playa, así hay menos gente. Y terminamos en el hotel.

Me quedé mirándola, fascinado por su manera de darle siempre la vuelta a todo para hacerlo aún más emocionante.

—Hecho. —le dije, levantando mi copa de agua como si brindara.

Ella alzó la suya y sonrió. Esa complicidad era nuestro verdadero secreto: la capacidad de tramar juntos, de ilusionarnos como si recién empezáramos, aunque ya cargáramos diecisiete años de historia sobre los hombros y en la piel.

Los días siguientes fueron una mezcla deliciosa de deseo y logística. Angie, siempre más práctica que yo, se preocupaba por los detalles:

—Pero va a hacer frío, Primix… ¿y si alguien nos ve? —me escribió una noche por WhatsApp.

Yo le respondí con seguridad, casi como si estuviera diseñando una operación militar:

—Voy a buscar una playa segura. No cualquiera, una donde en invierno no haya nadie. Y llevaré la Canon grande, la Mark II 5D. Vale la pena hacer esto bien.

Ella enviaba caritas nerviosas y risueñas, como si en esas pequeñas imágenes digitales se colara su respiración contenida. Sabía que la idea la excitaba tanto como le daba miedo.

El tiempo nos jugaba en contra. Tenía que ser un sábado, temprano, para poder escapar sin levantar sospechas. Los pretextos eran más complicados para mí que para ella. Y además estaba el hotel: no queríamos cualquier cuarto, sino uno temático, con un ambiente que acompañara lo que estábamos planeando. Yo lanzaba sugerencias, pero ella, con esa mente meticulosa que siempre me deslumbraba, terminaba cuadrando todo.

Así, entre almuerzos juntos y conversaciones robadas por WhatsApp, los planes iban tomando forma. A veces estábamos frente a frente, comiendo, y el tema de las fotos se colaba entre risas y caricias bajo la mesa. Otras veces, en plena mañana, el teléfono vibraba con un mensaje suyo: “Ya encontré otra opción de hotel. Mira esta habitación”. Y yo, en medio del trabajo, terminaba excitado solo con imaginarla desnuda en esos escenarios.

La ansiedad crecía. Tardamos casi dos semanas en afinar cada detalle. Y mientras tanto, nos seguíamos viendo en el hotel de siempre, como siempre los viernes o algún sábado. Era nuestro refugio, el laboratorio de todos los planes. Hacíamos el amor y después, con la respiración aún agitada, retomábamos la conversación:

—Entonces, ¿playa primero y hotel después? —me preguntaba, acariciándome el pecho.

—Sí, temprano a la playa, luego el hotel, sin prisa.

A veces era al revés: nos perdíamos en el deseo, hacíamos el amor de nuevo y, tendidos entre sábanas revueltas, volvíamos a sacar cuentas de tiempos, excusas, rutas. El sexo y la planificación se entrelazaban de tal manera que ya no sabíamos si lo que nos excitaba más era la idea de las fotos… o estar tramando juntos ese secreto que solo a nosotros pertenecía.

Finalmente, una tarde de hotel, un viernes como tantos, entre risas y susurros, dimos por cerrado el plan. Nos miramos a los ojos, sudorosos y satisfechos, y supimos que ya no había marcha atrás: la sesión en la playa era un hecho.
 
Hola, no nos abandones, tus relatos son necesarios.
 
Hola, no nos abandones, tus relatos son necesarios.
Muchas gracias por tus palabras cofra @Eduarditoperu , ya estabamos pensando que a nadie le interesaba que continue la historia.

Angie sufrio un intento de asalto el sabado pasado, al final no pudieron llevarse el auto, pero la golpearon feo. Estuvo en la clinica recuperandose hasta el jueves y sigue en recuperación en casa. Por eso la verdad no habia mucho tiempo ni entusiasmo para continuar la historia, pero ella ya esta casi al 100% recuperada y está revisando los últimos borradores que escribí, antes de publicarlos.
 
Muchas gracias por tus palabras cofra @Eduarditoperu , ya estabamos pensando que a nadie le interesaba que continue la historia.

Angie sufrio un intento de asalto el sabado pasado, al final no pudieron llevarse el auto, pero la golpearon feo. Estuvo en la clinica recuperandose hasta el jueves y sigue en recuperación en casa. Por eso la verdad no habia mucho tiempo ni entusiasmo para continuar la historia, pero ella ya esta casi al 100% recuperada y está revisando los últimos borradores que escribí, antes de publicarlos.
Conejo, tómalo con calma. La verdad la inseguridad en Lima es insostenible y esperemos que el susto no merme el ánimo de ambos. Un fuerte abrazo a la distancia.
 
Cofras, paso por aquí para contar por qué no publiqué nada esta semana.


Como nadie escribió preguntando —y justamente eso fue lo que nos llamó la atención. Con lo activos que solemos estar, pensamos que alguien diría algo… pero no. Recién hoy uno de los cofrades comentó, y bueno, ya tocaba contarles.


El sábado pasado Angie fue asaltada cerca de la frontera entre Lince y San Isidro. Estaba detenida en un semáforo cuando dos tipos se acercaron en una moto, se bajaron, y se acercaron, uno por cada lado. Rompieron la luna del copiloto, abrieron la puerta y la bajaron a la fuerza. En el forcejeo cayó a la pista y se raspó la pierna y uno de los brazos.

Ahí pudo haber terminado, pero no. Los delincuentes intentaron llevarse el carro…
y el carro avanzó unos 20 o 30 metros para luego apagarse, porque la llave electrónica estaba en un bolsillo secreto de su falda. Eso los enfureció. Volvieron, la golpearon peor y la amenazaron con un arma para exigirle la llave. Angie cayó otra vez y se golpeó la cabeza contra la pista.

Lo único bueno dentro de todo fue la reacción de la gente: bocinazos por todos lados y un serenazgo de Lince, que estaba varios autos más atrás, prendió la sirena. Con eso, los tipos salieron corriendo y huyeron en la moto. No se llevaron el auto, solo su cartera. El celular ni lo tocaron.
Pero los golpes sí fueron serios: estuvo internada hasta el jueves por las heridas y por observación por el golpe en la cabeza.

Ahora ya está en casa, recuperándose. Adolorida, asustada, pero fuera de peligro.

Por eso no publiqué esta semana.
Acompañarla, estar ahí, bajar el ritmo… simplemente no había espacio para escribir ni para pensar en publicaciones. Y sí, también nos sorprendió que nadie dijera nada en todos estos días.

La buena noticia: ya retomamos.
Hoy en la tarde–noche, o a más tardar mañana por la mañana, vamos a publicar lo que hemos avanzado.

Gracias por la paciencia.
Un abrazo a todos.
 
Cofras, paso por aquí para contlesar por qué no publiqué nada esta semana.


Como nadie escribió preguntando —y justamente eso fue lo que nos llamó la atención. Con lo activos que solemos estar, pensamos que alguien diría algo… pero no. Recién hoy uno de los cofrades comentó, y bueno, ya tocaba contarles.


El sábado pasado Angie fue asaltada cerca de la frontera entre Lince y San Isidro. Estaba detenida en un semáforo cuando dos tipos se acercaron en una moto, se bajaron, y se acercaron, uno por cada lado. Rompieron la luna del copiloto, abrieron la puerta y la bajaron a la fuerza. En el forcejeo cayó a la pista y se raspó la pierna y uno de los brazos.


Ahí pudo haber terminado, pero no. Los delincuentes intentaron llevarse el carro…
y el carro avanzó unos 20 o 30 metros para luego apagarse, porque la llave electrónica estaba en un bolsillo secreto de su falda. Eso los enfureció. Volvieron, la golpearon peor y la amenazaron con un arma para exigirle la llave. Angie cayó otra vez y se golpeó la cabeza contra la pista.


Lo único bueno dentro de todo fue la reacción de la gente: bocinazos por todos lados y un serenazgo de Lince, que estaba varios autos más atrás, prendió la sirena. Con eso, los tipos salieron corriendo y huyeron en la moto. No se llevaron el auto, solo su cartera. El celular ni lo tocaron.
Pero los golpes sí fueron serios: estuvo internada hasta el jueves por las heridas y por observación por el golpe en la cabeza.

Ahora ya está en casa, recuperándose. Adolorida, asustada, pero fuera de peligro.

Por eso no publiqué esta semana.
Acompañarla, estar ahí, bajar el ritmo… simplemente no había espacio para escribir ni para pensar en publicaciones. Y sí, también nos sorprendió que nadie dijera nada en todos estos días.

La buena noticia: ya retomamos.
Hoy en la tarde–noche, o a más tardar mañana por la mañana, vamos a publicar lo que hemos avanzado.

Gracias por la paciencia.
Un abrazo a todos.
Que bueno cofrade. Que aún siga siendo su soporte, es uno de los mejores Relais que he leído desde la creación de la página.
Y a veces la vida nos hace vivir experiencias únicas y aprender de usted que ha sabido mantener ambas relaciones con la misma intensidad es loable.

Saludos!
 
Cofrade, espero que Angie esté bien. Sigo sus relatos desde el día 1. Día a día esperaba la continuación pero no llegaba. Pensaba que se había dado una encerrona de aquellas y no pensaba interrumpir. Ya pasado el susto, esperamos la reanudación. Saludos!
 
No he participado del foro en mucho tiempo, pero hace unos días entré de curiosa a ver qué novedades había y tu relato me atrapó y desde ahí lo vengo siguiendo.

P.D. Eres mi sucesor en la moderación de este espacio. Me parece muy merecido!
 

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