Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (22 Viewers)

Los días siguientes en Punta Sal fueron una mezcla de rutina playera y calor sofocante. Los niños se levantaban temprano, como si la energía del sol los arrastrara desde la primera hora. Apenas desayunaban ya estaban corriendo hacia la arena, jugando con los baldes y enterrándose hasta la cintura. Mi hijo se llevaba de maravilla con el hijo de la amiga de Nadia; parecían amigos de toda la vida.

Las mañanas pasaban entre chapuzones en el mar y largas caminatas por la orilla. El calor era un enemigo constante, pero también nos obligaba a vivir afuera, a aprovechar la playa como si la casa fuera apenas un refugio para dormir y cocinar.

A la hora del almuerzo, nos organizábamos como un pequeño campamento: parrilla en el patio alguna vez, arroz con pescado fresco comprado en el muelle otra. La amiga de Nadia cocinaba bien, y Nadia parecía disfrutar de esa complicidad femenina. Yo las veía conversar, reírse, compartir confidencias, mientras yo me hacía cargo de los chicos o de encender el carbón.

Desde esa noche en el balcón, la amiga tomaba sol en Toples, solo la primera vez que lo hizo le dijo a Nadia mientras se sacaba el bikini de arriba:

—Amiga no te importa que me lo saque, ¿no? Total, tu marido ya las vio…

Nadia me miró, yo me encogí de hombros, era la verdad no me importaba.

—Tranquila amiga, imaginaremos que estamos en Saint Tropez.

—Qué bueno, tú también deberías sacártelo, así te bronceas más parejo.

Nadia solo se rio y siguió sin moverse. Yo la conocía, ese no era su estilo.

Era una convivencia sencilla, sin grandes lujos, pero con esa sensación de pausa que dan las vacaciones. Las tardes las pasábamos en la piscina de la casa, o simplemente echados en las hamacas, mirando cómo el cielo cambiaba de azul intenso a naranja quemado.

Pero en medio de todo eso, yo tenía mi propio secreto. Aprovechaba cada momento de silencio —cuando Nadia estaba con su amiga, cuando los chicos se entretenían solos— para enviarle mensajes a Angie. A veces era apenas un “te extraño”, otras veces un recuerdo íntimo de lo que habíamos vivido en la batería antes de viajar. Ella siempre respondía rápido, como si estuviera esperando que sonara mi mensaje. No quise darle detalles de la noche caliente con Nadia o de la amiga resbalosa, se lo contaría, como nos contamos todo, pero en persona.

“Una semana pasa volando, amor, pero me muero por tenerte”, me escribió una tarde en que yo fingía leer un libro en la terraza. Me quedé mirando esas palabras en la pantalla mientras, al fondo, los niños reían en el agua y Nadia hablaba animada con su amiga. Era como vivir dos realidades paralelas: la de la familia, la convivencia, el sol y la arena; y la de Angie, secreta, vibrante, palpitando en cada palabra que cruzábamos.

Y yo, entre el ruido de las olas y el zumbido de los ventiladores en la noche, no podía dejar de pensar que el verdadero regreso no iba a ser a Lima, sino a sus brazos.

Una mañana decidimos volver al muelle cercano a comprar pescado fresco. El mar estaba calmo, y las embarcaciones pintadas de azul y verde se mecían suavemente, como si descansaran después de la faena. Los pescadores ofrecían su mercadería directamente desde las cajas de plástico rebosantes: corvinas, lenguados, hasta un par de meros que parecían bestias marinas. El olor a sal, a redes mojadas y a pescado recién sacado era tan fuerte como auténtico.

Mientras Nadia discutía precios con un pescador y los chicos jugaban cerca con los restos de redes, noté la mirada de la amiga de Nadia. No era una mirada casual: era intensa, fija, con un brillo casi descarado. Sus ojos me seguían como si quisiera devorarme ahí mismo, entre cajas de hielo y escamas brillantes.

Yo hice lo único que podía hacer: fingir indiferencia. Revisé un lenguado, pregunté por el precio de unas conchas, sonreí sin darle importancia. Pero la sensación estaba ahí, tan clara como el sol que nos caía encima.

No dije nada. Guardé silencio y me limité a cargar las bolsas de pescado que acabábamos de comprar.

Mientras caminábamos de regreso a la camioneta, ella todavía me lanzaba miradas de reojo, insinuantes. Yo, por dentro, pensaba en Angie. Si supieras, amor, que incluso aquí, lejos de ti, tu recuerdo es lo único que me sostiene…

Nadia, feliz con la compra, planeaba ya el almuerzo. Los niños corrían delante de nosotros. Y yo, cargando las bolsas húmedas, sentía el peso doble: el del pescado fresco… y el de aquella tensión muda que me rehusaba a reconocer.

Esa tarde preparamos ceviche, pescado frito con ensalada y un poderoso chilcano con los espinazos y un par de cangrejos, que nos dejó satisfechos y relajados

Estábamos en la piscina, descansando después de almuerzo. Los niños chapoteaban divertidos en el agua. Como a las 4pm, Nadia se paró de la poltrona y dándome un beso, me dijo que se iba a recostar a la cama, quería poner los dos ventiladores a funcionar para refrescarse, el sopor en el área de la piscina era fuerte aun a esa hora.

La amiga dormía o fingía dormir en una de las poltronas adyacentes.

Yo decidí entrar la sala a escuchar música con mis audífonos, ahí estaba más fresco y podía ver a los niños a través de las mamparas de vidrio que daban a la piscina. Por rato cerraba los ojos disfrutando una buena canción y de rato en rato los abría para asegurarme que los niños estuvieran bien.

En una de esas, cuando abro los ojos para ver a los niños, encuentro a la amiga parada frente a mí, mirándome fijamente. Estaba con las tetas al aire, como tomaba el sol desde aquella noche en el balcón y un bikini breve en la parte de abajo. Me saque los audífonos.

—Vamos a la playa? Me dijo.

—La verdad no me provoca, además los niños se están divirtiendo en la piscina.

—Los niños se pueden quedar ahí, acompáñame, tengo ganas de mar.

—Ni hablar, siempre hay que echarles un ojo. ¿Porque no vas sola?

—Y quien me va a cuidar, me dijo con voz coqueta.

—Ya estas grandecita para cuidarte sola, además este mar es una taza, casi no hay olas ni corrientes.

Y me volví a colocar los audífonos y cerré los ojos, dando por terminada la conversación.

Cuando escuché que se marchó, entreabrí los ojos y la vi pasar por la piscina rumbo a la pequeña puerta de madera que daba a la playa. Me paré y cuando ella salió, me acerque al muro que daba hacia donde ella había caminado y la observe escondido, quería ver que hacía y asegurarme que el mar seguía tranquilo. La vi poner la toalla en la arena y sacarse el bikini de abajo, así totalmente desnuda se metió al mar, solo un chapuzón breve y luego se echó a tomar el sol sobre la toalla, totalmente desnuda, tal como vino al mundo. A esa hora y en general todo el día era muy raro que pasara gente por ahí. Me pregunté si yo la hubiese acompañado, ¿Habría hecho lo mismo?

Estaba pensando en eso, cuando escuché la voz de mi hijo, llamándome desde la piscina para que me meta con ellos, corrí los 15 o 20 pasos que me separaban de la piscina, me di un clavado y me puse a jugar con ellos. Media hora después yo seguía jugando con los chicos, cuando la amiga regresó, con la toalla envuelta en la cintura, los pechos descubiertos y la breve pieza del bikini en la mano. Solo me miró por un instante y se paró al borde la piscina.

Su hijo le pedía que se metiera con nosotros, ella dudó unos segundos. Luego dejó caer la toalla sin pudor, yo estaba en el agua mirándola, tenía el pubis con un pequeño triangulo de vello, bien cuidado, se puso el bikini de abajo y se lanzó al agua. Claramente más que jugar con su hijo, quería jugar conmigo, me echaba agua, se me acercaba buceando, en una de esas se salió del agua tan cerca mío que quedó a centímetros de su cara, sentí sus pechos rozar el mío, me aparté y desde ese momento no soltaba a mi hijo, jugando con él, enseñándole a nadar o cualquier cosa que se me ocurriera para que la resbalosa no se vuelva a acercar tanto. Diez minutos después, se dio cuenta que conmigo no pasaría nada en esa piscina, salió diciendo que quería darse un baño para sacarse la arena, como si en la piscina ya no lo hubiese hecho y caminó hacia las escaleras que llevaban al segundo piso.

Esa noche en la cena, ya estábamos todos en la mesa. Nadia lucia radiante, el descanso le había caído bien. Todo transcurrió como si nada hubiese pasado, como si ese juego de insinuaciones de la tarde no hubiese sucedido.

Ya era viernes. Habíamos pasado una semana bonita. Nada de roces, nada de tensiones familiares, solo calor, playa y risas. Aunque, claro, yo sí había sentido otra cosa: la mirada insistente de la amiga de Nadia. Sus insinuaciones, sus tetas al aire todo el día. Era descarada, como si quisiera devorarme con los ojos. Se me insinuaba con gestos pequeños, como cuando se echaba de tal forma que dejaba ver más de la cuenta. No sabía si Nadia no lo notaba o si prefería hacerse la desentendida, pero yo sí me daba cuenta.

Esa mañana, mientras yo preparaba el carbón para la última parrilla de la semana, la amiga se me acercó demasiado. Venia como todos los días, solo con una breve ropa de baño en la parte inferior, otro color, otro corte, pero igualmente mínimo para no parecer totalmente desnuda. Las tetas al aire ya era lo cotidiano en ella. Se acercó como para ver lo que estaba haciendo y rozó uno de sus pechos con mi brazo derecho. Lo sentí firme.
—Tienes buenos músculos —me dijo con una sonrisa insinuante—. ¿Vas al gimnasio?

La verdad es que no pisaba uno hacía más de un año, pero recordé las veces en que, al salir con Angie, inventaba que “iba al gimnasio”. Igual seguía pagando la mensualidad para que la coartada no tenga grietas. Sonreí y no respondí mucho, solo le dije que sí, sin mayor explicación. Me aparté, cambié de lugar y la dejé ahí, con su mirada clavada en mí. No pasó de eso, pero supe que, si yo hubiera querido, las cosas podrían haber tomado otro rumbo.
 
Esa noche, la última que pasábamos en la casa, volvió la lluvia. Como casi todas las noches, el aguacero golpeaba el techo como un tambor. Nadia salió de la ducha desnuda, y con un gesto pícaro me dijo:
— ¿Qué calor, ¿no? Yo voy a dormir sin ropa.

La miré. Era hermosa, una belleza madura, exótica, su herencia libanesa por el lado paterno, le daban una belleza especial, que el tiempo parecía haberle incrementado en lugar de quitárselo. Se echó a mi lado, y me pidió que la abrazara. No pude resistirme. La besé, y ella me correspondió con la misma intensidad. Sus manos me recorrieron, tomó mi pene con firmeza, como hacía mucho no lo hacía. Me puse sobre ella y la penetré suavemente. Apenas comenzábamos a dejarnos llevar cuando alguien golpeó la puerta.

Tuve que salirme de ella apresurado, ponerme algo encima y abrir. Era la amiga, con una botella grande de cerveza en la mano. Tenía puesto un shorcito de jean y un polo transparente que dejaba ver sus tetas claramente.
—Oye —dijo sonriendo—, abajo todavía quedan como ocho botellas. No las podemos dejar, y ya no queda vino.

Nos miramos con Nadia, hicimos un gesto como de “qué mala suerte”, y bajamos. Entre los tres acabamos esas cervezas y, después, una media botella de pisco que aún quedaba. Reímos, conversamos, como si el viaje no quisiera terminar.

A las once subimos a las habitaciones. Nadia, media mareada, se desnudó y cayó rendida en la cama. Hacía años que no la veía así, ligera, como si hubiera vuelto a tener veinte. Yo pensé que haríamos el amor continuando lo interrumpido, pero se quedó dormida de inmediato.

Me fui al balcón, solo con un short. El calor era el mismo de todas las noches, pegajoso, denso. De pronto, vi la luz del cuarto de la amiga encenderse. Escuché el cerrojo girar. Estaba a punto de salir al balcón. Por un momento sentí la tentación de esperarla. Pero no. No estaba dispuesto a jugar ese juego. Entré de nuevo al cuarto, me tendí al lado de Nadia y esperé en silencio. Afuera escuché el movimiento de la puerta, y luego nada.

Así acabaron nuestras vacaciones.

El sábado, a media mañana, la camioneta nos recogió como a las 8am y volvimos a Tumbes.

Llegamos al aeropuerto con casi dos horas de anticipación. El calor era sofocante, incluso en la sala de espera el aire se sentía denso. Pasamos rápido los controles y nos sentamos cerca de los ventanales. Los niños comenzaron a pedir agua y refrescos, así que Nadia se levantó con ellos y se fue hacia una de las tiendas de la sala de espera.

Me quedé solo, observando distraído la pista, cuando la amiga de Nadia se acomodó a mi lado. Muy cerca. Demasiado.

—Dime una cosa —susurró inclinándose—, ¿por qué me evitaste toda la semana? ¿No te gusto?

La miré, incrédulo. —¿Eres consciente de lo que estás diciendo? Estoy casado con tu amiga.

Ella sonrió, y sin responderme directamente, buscó mi mano y la tomó entre las suyas. Sentí el calor de sus dedos, y de inmediato la retiré, incómodo. Lejos de ofenderse, se inclinó un poco más, como si quisiera obligarme a mirar dentro de su escote.

—Debes estar muy satisfecho con Nadia —dijo con un tono provocador—, porque lo que yo te ofrezco no es amor. Solo pasarlo bien. Nada más.

Quise contestarle que sí estaba satisfecho, que tenía a alguien que me llenaba en todo sentido, aunque no podía nombrarla. Pero me quedé callado.

Ella siguió, implacable:
—Igual, si en Lima se te antoja… me llamas, y quedamos.

En ese momento vi a Nadia regresar con los niños. Inspiré profundo, miré a la mujer de frente y murmuré:
—Mejor siéntate y espera tranquila.

Ella se apartó, con una sonrisa ladeada, no sin antes dejar caer un susurro que solo yo pude escuchar:

—Igual voy a esperar tu llamada.

Nadia se sentó a mi lado, repartiendo las botellas a los chicos sin sospechar nada. Yo me limité a beber un sorbo de agua, con la certeza de que lo único que esperaba, en realidad, era volver a los brazos de Angie.

Tomamos el vuelo a Lima y llegamos casi a las tres de la tarde a casa, habíamos parado en un restaurante criollo cerca de casa para almorzar. Todos estábamos cansados, pero contentos. Hasta el calor limeño nos pareció leve después de esa semana. Al llegar a casa, noté a Nadia distinta. Más relajada, con otro rostro, como si el viaje le hubiera hecho bien.

A mí también, pensé. Aunque, en mi caso, lo mejor estaba aún por volver: el reencuentro con Angie.



 
El domingo fue de descanso. La familia necesitaba recuperarse del viaje, y Nadia parecía más relajada que nunca, con el rostro distinto, como si la semana de playa le hubiera devuelto una frescura que hacía tiempo no mostraba. Para mí, sin embargo, fue un día de espera. Contaba las horas, los minutos. Habíamos quedado con Angie en almorzar al día siguiente, y esa idea me mantenía en vilo.

Ya entrada la tarde, mientras revisaba la agenda electrónica del trabajo, vi que una reunión con el comité de compras de una clínica se había cancelado. Eso me dejaba libre desde las tres. La oportunidad perfecta.

Abrí WhatsApp y le escribí:

Yo: Se me liberó la tarde desde las 3, ¿te puedes escapar? Te cambio el almuerzo por el hotel.
Angie: Me encanta la idea 😈 Tú serás mi plato principal. Ya veo cómo hago, pero a las tres estoy libre. Estoy ansiosa de verte.
Yo: Yo también, mi amor. Quiero comerte toda.
Angie: No digas eso… que ya me estoy mojando 🙈
Yo: Guárdate las ganas para mañana a las 3, en nuestro lugar de siempre.

Borré los mensajes como siempre y guardé el celular con una sonrisa, tratando de disimular. Pero por dentro, ya estaba contando el tiempo hacia atrás, como si cada minuto me acercara al verdadero regreso después de esas vacaciones: Angie.

El lunes, a las tres en punto, entré al hotel con esa ansiedad que ya me era familiar: la mezcla de anticipación, deseo y alivio. Angie llegó apenas unos minutos después. Apenas abrió la puerta de la habitación, me lancé a sus brazos. Nos comimos a besos como si hubieran pasado meses, no días. Besos intensos, largos, que nos dejaban sin aire.

Su perfume me envolvía, suave y excitante, y sus manos se aferraban a mi cuello como si temiera que la soltara. La fui llevando hacia la cama mientras nuestras bocas no se separaban. Entre beso y beso, se escapaban susurros:
—Te extrañé tanto, amor…
—No sabes cómo conté los días.

Mis manos recorrieron su espalda, su cintura, y ella me acariciaba el rostro con ternura. Fue un despojo lento de ropa, como si cada prenda que caía liberara el deseo acumulado durante esa semana de distancia. Nos acariciábamos con hambre, pero también con delicadeza, mirándonos a los ojos, repitiéndonos cuánto nos amábamos.

Cuando por fin la penetré, lo hicimos con calma, con suavidad. Nada de prisas, nada de urgencias. Era ternura hecha cuerpo, un vaivén acompasado que nos conectaba en cada movimiento. Sus gemidos eran bajos, dulces, como si no quisiera romper la intimidad de ese instante. Yo la besaba en el cuello, en los hombros, y ella me acariciaba la espalda, marcando con sus uñas el ritmo de nuestro amor.

No era solo placer físico, era la sensación de volver a casa. Cada roce de piel, cada mirada, era un recordatorio de que lo nuestro no era solo pasión, sino también refugio.

Después, quedamos abrazados, aun respirando agitados. Ella apoyó su cabeza en mi pecho y me dijo con esa voz suave que siempre me derrite:
—No vuelvas a dejarme una semana así, Primix.

Le besé la frente, acariciando su cabello. —Nunca más, amor. Nunca más.

Ambos sabíamos que eso podría ocurrir nuevamente, trabajo, familia, eran potenciales en viajes en los que no podríamos estar juntos, pero era su momento de engreírse, y la engreí.

Nos quedamos así, en silencio, oyendo el latido de nuestros corazones todavía desordenados, sabiendo que ese reencuentro nos había devuelto la calma que habíamos perdido durante esos días.

Después de ese primer abrazo en la cama, entre risas y besos juguetones, Angie me empujó suavemente hacia el sillón de la habitación.

—Ahora quiero aquí —me dijo con esa mirada traviesa que siempre me desarma.

Nos acomodamos torpemente entre besos y caricias. Yo la tomé de la cintura y la senté sobre mí, y así comenzamos de nuevo, con un ritmo lento, provocador. El calor de su cuerpo y el contacto de nuestras pieles me hacían perder la razón, pero esta vez no queríamos terminar rápido. Yo veía su trasero levantarse y bajar y mi pene aparecer y desaparecer brilloso dentro de su vagina. Luego se dio la vuelta y se sentó sobre mi falo erecto dándome la cara, yo le besaba los senos mientras ella se movía para que mi pene la perforara una y otra vez.

Cada vez que sentíamos que el clímax estaba cerca, nos deteníamos. Ella apoyaba la frente en mi hombro, jadeando, y yo la abrazaba fuerte, conteniendo el impulso. Reíamos entre suspiros, nos mirábamos a los ojos, y volvíamos a empezar. Una, dos, hasta tres veces prolongamos el instante, estirando el deseo como si quisiéramos que nunca se acabara.

La tensión se volvió insoportable. En la cuarta embestida más profunda, ninguno de los dos quiso detenerse. El orgasmo llegó arrollador, intenso, nos sacudió a ambos como una ola que nos derribó al mismo tiempo. Angie me mordió el hombro para no gritar demasiado fuerte, mientras yo la sujetaba con fuerza, temiendo que se escapara en medio de aquel torbellino de placer.

Cuando por fin nos dejamos caer en el sillón, estábamos exhaustos, sudados, con el corazón desbocado. Angie se dejó caer sobre mi pecho, aun temblando, y murmuró entre risas y suspiros:

—Así sí vale la pena esperar una semana.

La abracé, acariciando su espalda húmeda, y cerré los ojos. Sentía que todo lo que había guardado en silencio durante esos días de ausencia se había liberado en ese instante, en ella, en nosotros.

Quedamos en silencio unos segundos, aún con la respiración desordenada y el corazón repicando en la yema de los dedos. Angie, con el cabello pegado a la frente y esa sonrisa que es mitad ternura, mitad travesura, me besó en el mentón.

—Cuéntamelo todo —susurró—. Sin adornos.

Tragué saliva. Me acomodé contra el respaldo del sillón y, con ella envuelta sobre mí como una manta tibia, le narré la semana: el calor que aplastaba, la casa grande frente al mar, las noches de lluvia como tambores, la convivencia tranquila… y, finalmente, la amiga de Nadia, su juego constante, sus bikinis mínimos, sus miradas largas, sus entradas y salidas al balcón como quien deja una puerta entreabierta.

Angie me escuchó sin interrumpir, apretando y aflojando los dedos sobre mi pecho, atenta a cada detalle. Cuando mencioné que con Nadia hubo un acercamiento íntimo, asintió despacio, con una serenidad que me conmovió.

—Lo entiendo —dijo al fin, mirándome a los ojos, firme—. Es tu esposa. Y si ese viaje les hizo bien, me alegro. De verdad.

Se quedó ahí, sosteniéndome la mirada. Luego, al volver sobre la amiga, la expresión le cambió. La mandíbula se le tensó apenas y el brillo de sus ojos viró de dulce a filoso.

—Pero la otra… —soltó, con un gesto breve de desdén—. Qué mujer tan regalada. Irrespetuosa, además. Sabe que estás casado, y se le ocurre tentar. ¿Qué se cree?

—Estoy casado, pero estoy aquí contigo, le dije tentándola.

—Tu estas casado con las dos tontín, me respondió sin acusar el golpe. Con Nadia por la ley y conmigo aquí, tocándome el corazón.

Noté cómo su respiración subía medio tono. Me acarició la cara con el dorso de la mano y volvió a la calma.

—Gracias por decírmelo así, sin rodeos. Me da paz —dijo—. Y también me da ganas de recordarte algo.

—¿Qué cosa?

Su sonrisa se ladeó. Se puso de pie sin soltarme la mirada, se subió a horcajadas sobre mí y me enmarcó el rostro con las manos.

—Que tú y yo tenemos nuestra casa aquí —me tocó el pecho nuevamente—. Y que lo nuestro no compite con nadie.

Se inclinó y me besó despacio, un beso que empezó suave y fue ganando mundo. Sus caderas se movieron con ese ritmo suyo que conoce mi cuerpo como el mapa que se recorre de memoria. Yo la tomé de la cintura, dejándola conducir. No había urgencia; había intención. Me decía sin palabras: estoy aquí, contigo, y esto es nuestro.

Cada vez que el pulso nos empujaba a apurar, ella detenía el vaivén apenas un segundo, me sonreía con picardía y volvía a encontrar un compás más hondo. Me rozaba la frente con la suya, me susurraba “mi amor, mi amor” como si fuera una contraseña, y yo sentía que la habitación se hacía más pequeña para contener tanta luz.

—Esto es por mí —dijo, apoyando las manos en mi pecho—. Y también es por ti.

Hubo un instante en que la risa se nos mezcló con el deseo. Jugamos a llegar y no llegar, a rozar el borde y regresar, una, dos veces, hasta que el cuerpo pidió pista y el alma dijo “ahora”. Entonces dejó de contenerse. Se aferró a mis hombros, marcó el ritmo con una certeza casi feroz y nos lanzó a los dos hacia un final que fue limpio, profundo, inevitable.

Quedó sobre mí, temblando apenas, con los ojos húmedos y la boca entreabierta. Me besó la nariz, como hace siempre cuando regresa desde muy lejos.

—Listo —murmuró, divertida y un punto territorial—. Que la doctora regalada se quede con sus bikinis. Tú estás conmigo.

—Siempre —le dije, y fue verdad en la boca y en el pecho.

Nos reímos bajito, todavía desordenados por dentro. Angie apoyó la cabeza en mi clavícula y dibujó círculos lentos con un dedo, como quien firma un acuerdo invisible.

—La próxima vez que mires un balcón frente al mar —susurró—, acuérdate de que ahí también te voy a buscar. Con viento o con calor. Me da igual.

—Hecho —respondí, cerrando los ojos.

Nos quedamos así, respirando al unísono. Afuera, la tarde limeña seguía su curso sin enterarse. Adentro, en esa habitación que ya era nuestra por derecho de amor y repetición, sentí que el viaje terminaba por fin: no en el aeropuerto ni en la casa, sino en este sillón, bajo el decreto tierno y un poco celoso de Angie, que había sellado —entre risas y piel— su forma de “marcar territorio”.
 
Hermano Conejo, no se porque pero creo que tu esposa tuvo algo que ver con que su amiga se ponga en ese plan. Tal vez ella le comentó que casi no tiraban o algo similar.
Saludos,
 
Hermano Conejo, no se porque pero creo que tu esposa tuvo algo que ver con que su amiga se ponga en ese plan. Tal vez ella le comentó que casi no tiraban o algo similar.
Saludos,
Si, yo sospeche de eso.
Quiza, sabiendo que era una resbalosa, la invitó al viaje para probarme. Nunca lo pude comprobar, pero ahi quedó siempre la duda.
Lo bueno es que salí de la prueba, si lo hubiese sido.
 
Sesenta y cinco – NUESTROS AÑOS

Era un sábado por la tarde, como casi todos los sábados, no habíamos escapado al hotel de siempre, habíamos hecho el amor ya tres veces. La primera casi vestidos, las ganas nos ganaron, ella solo llegó a sacarse el Jean y a correr un poco su calzón, yo me bajé el jean lo suficiente para poder penetrarla en misionero.

El segundo fue a los pocos minutos, solo nos paramos de la cama, después de recuperar el aliento, nos desnudamos y Angie fue al baño por la toalla húmeda que siempre usaba para limpiarme el pene. Estaba en esa operación, cuando se lo metió a la boca, no dijo nada, solo me miraba mientras me lo mamaba, nos encendimos de inmediato, pero lo hicimos más lento y largo, la urgencia inicial dio paso a un polvo con muchos besos y abrazos, primero misionero, piernas al hombro y terminamos con ella montándome.

Nos quedamos dormidos, casi media hora, cuando desperté la vi así totalmente desnuda, sus piernas aún abiertas, me provocó besarla y tomarla nuevamente, ella me recibió con un gemido y colocando su cuerpo como para que entre profundamente. Al principio fue misionero y luego de costado, esa posición le gustaba a ella porque mientras la penetraba, le estimulaba el clítoris con una mano y los senos con la otra. Su orgasmo fue rápido, el mío demoró un poco más, pero el placer fue extraordinario.

Estábamos en silencio, desnudos, mirando la tarde caer desde la ventana. No era una fecha especial, pero a veces la vida te pone en pausa para que mires lo recorrido. Angie fue la que abrió el tema, con esa mezcla suya de ternura y lucidez que siempre me llega al fondo.

—¿Sabes, Primix? —dijo acariciándome la mano—. Si lo piensas bien, lo nuestro es raro. Ya tenemos casi 20 años juntos. Muchas parejas no sobreviven ni la mitad de lo que nosotros llevamos. Se quiebran, se cansan, dejan de respetarse.

La miré, sorprendido por la seriedad de sus ojos. Ella siguió:
—Nosotros peleamos, claro que peleamos… pero nunca nos faltamos el respeto. Nunca dejamos de admirarnos, de tenernos cariño. Y eso hace toda la diferencia. Yo te miro y sigo sintiendo orgullo, no costumbre.

Su voz bajó un poco, más íntima.
—Y también está lo otro… el sexo fabuloso que tenemos. No lo voy a negar, Primix. Eso también nos mantiene unidos, nos mantiene vivos. No todas las parejas pueden decir lo mismo después de tantos años.

Me reí bajito, porque lo decía con la misma naturalidad con la que hablaba de cualquier otra cosa importante. Y era cierto. Lo nuestro, en la cama, había sido siempre fuego y complicidad.

—Sí, tienes razón —le respondí—. Pero déjame agregar algo más. ¿Sabes qué creo que también ayudó? Ese tiempo que estuvimos separados, esos ocho años. Nunca dejamos de estar en contacto, nunca dejamos de querernos. Y aunque dolió, ese espacio evitó que llegáramos a lo que les pasa a muchas parejas que viven juntas: la saturación. Esa rutina que los hace pelear por tonterías.

Ella me miró fijamente, pensativa.
—Tienes razón —susurró—. Quizá ese tiempo nos preparó para valorar cada momento juntos, sin desperdiciarlo en lo pequeño.

En ese instante nos abrazamos, largo, como si el mundo pudiera detenerse en ese gesto. Luego nos dimos un beso profundo, lleno de amor, con la certeza de que no necesitábamos nada más para sentirnos uno.

De pronto, Angie me miró con una mezcla de dulzura y picardía:
—Primix, estás borrando todos los mensajes que te mando, ¿no? No vaya a ser que Nadia o alguien más miren tu teléfono de casualidad.

Me dio pena admitirlo, pero lo hice.
—Sí… los borro. Aunque me gustaría conservar tantas cosas lindas que me escribes. Solo los elimino después de leerlos, te lo juro.

Ella sonrió con travesura, como quien guarda un secreto:
—Ya, está bien. Pero escucha… quiero que nos veamos en mi departamento este sábado. Yo me voy a encargar de que mi mamá vaya a visitar a la tuya con la bebé.

Me guiñó un ojo y yo entendí que ese abrazo y ese beso eran apenas la antesala de lo que vendría.

Cuando la dejé en la puerta de su edificio, nos despedimos como siempre con un beso y un abrazo que comunicaban más que las palabras.

Cuando la vi cerrar la puerta con esa sonrisa que me fascinaba, emprendí la marcha hacia mi casa.

Son casi veinte años, pensé. Veinte años desde que empezamos, desde que ella me miró por primera vez con esos ojos que todavía me desarman. Y sí, han sido veinte años juntos. Porque, aunque la vida nos haya separado físicamente en algún momento, nunca dejamos de caminar uno al lado del otro. Siempre hubo un puente invisible que nos mantenía enlazados.

Qué raro y qué maravilloso es esto. Muchas parejas se desmoronan con el tiempo, se desgastan, se olvidan del respeto, del cariño, del deseo. Nosotros, en cambio, cada vez nos queremos más, cada vez nos amamos más. Es como si el tiempo en lugar de restar, sumara. Como si cada año viniera a confirmar que elegimos bien.

Sentí un nudo en la garganta.
—Nadie entra en este lugar —me dije en voz baja—. Nadie. Porque este espacio que hemos construido, Angie y yo, es solo nuestro. Y ella lo sabe, lo valora, lo respeta.

Recordé su rostro cuando me lo dijo, cuando me habló de la admiración, del cariño, de lo nuestro. Qué mujer tengo al lado, qué suerte la mía. No podía llamarlo de otra manera: fortuna. Era un hombre afortunado, bendecido, porque en ese rincón secreto de mi vida habitaba un amor que no conocía desgaste.

Cuando llegué a casa, me paré un momento antes de entrar, debía limpiar mi mente, ahora me tocaba jugar el papel de esposo, las cosas con Nadia no iban mal y sentí que debía dedicarles toda mi atención a mi esposa y a mi hijo.
 
Sesenta y seis – EL ARCHIVO SECRETO

En esos días, desde que Angie me dijo que ese sábado lo quería pasar conmigo en su departamento, supe de inmediato que algo tramaba. No era solo flojera de ir a un hotel ni ganas de quedarse en casa: la conocía demasiado bien para no darme cuenta. Angie jamás hacía algo así sin un plan escondido detrás.

“¿Qué me estará preparando?”, pensaba mientras manejaba o revisaba algún informe en la oficina. Y las preguntas se me disparaban solas: ¿será un juego de encaje negro? ¿Alguna lencería nueva? ¿Un juguete de esos raros que un día me mencionó riéndose? ¿Alguna posición que leyó en internet o en alguna revista? ¿O hasta una pastillita amarilla para ver cómo reaccionaba? —aunque en eso último dudaba: no hay tiempo, me decía.

La intriga me quemaba, así que intentaba sonsacarle en cada oportunidad.

Un par de noches antes la llamé:
—A ver, dime, ¿qué tienes planeado?
—Nada, amor —me respondió con una calma sospechosa.
—Ya, Angie, a mí no me engañas. Algo me estás escondiendo.
Se rio, bajó la voz y me soltó:
—Lo único que escondo son las ganas que tengo de ti…
Con eso, me desarmaba. Y yo colgaba riéndome, pero más intrigado que antes.

Otro día, le escribí un mensaje: “¿Es lencería? Si me dices que no, ya sé que sí”.
Su respuesta fue inmediata: “Jajajaja, eres un niño curioso. Solo te digo que el sábado no vas a querer irte”.

Mi mente volaba. Ella jugaba a la perfección con esa ambigüedad. No me decía nada, pero con cada sonrisa, con cada frase a medias, me dejaba con la sensación de que había descubierto un secreto enorme y me lo iba a mostrar a su manera.

Yo sabía que, viniera lo que viniera, lo que Angie preparara para mí iba a encantarme. Y, aun así, la curiosidad me mordía como un animalito que no dejaba de moverse dentro.

El viernes por la noche me escribió antes de dormir:
—Primix, mañana llega temprano, ¿sí? Quiero tenerte toda la tarde conmigo.
—¿Temprano tipo…?
—Tipo después de almorzar. No me hagas esperar.
—Ya pues, dime, aunque sea una pista.
—La pista es… que no hay pista —y se rio con esa coquetería que me dejaba sin defensa.

Colgué con el corazón acelerado. Esa mujer me conocía demasiado bien: sabía cómo jugar conmigo, cómo enredarme en su misterio y dejarme contando las horas hasta verla.
 
Finalmente llegó el sábado. Esa mañana, en un arranque de buen esposo, le propuse a Nadia que fuéramos juntos de compras. Normalmente lo hacía yo solo, a las seis de la mañana, yendo primero al Mercado Mayorista de Santa Anita y luego a Macro para los abarrotes. Pero como las cosas entre nosotros se habían calmado un poco, quise darle una sensación de rutina familiar. Pensé: “Bueno, que sienta que estamos funcionando”.

Así que a las nueve salimos juntos. Regresamos cerca del mediodía, preparamos el almuerzo entre los dos, mientras nuestro hijo jugaba alrededor de la cocina. Yo fingía calma, pero por dentro contaba las horas. Quería que ella estuviera tranquila, porque esa tarde yo me iba a desaparecer desde temprano.

Le solté con naturalidad:
—Hoy quedé para jugar tenis con los muchachos. Hace tiempo que no nos vemos.
Ella sonrió, satisfecha. Le gustaba que hiciera deporte, que me mantuviera en forma. Lo que no sabía era que el verdadero ejercicio lo haría, como siempre, sobre y debajo de Angie.

Almorzamos algo ligero. No quería llenarme, prefería estar liviano, listo para lo que viniera. “Si me da hambre, ya pediremos algo con ella después”, pensé. Hacia las dos me puse ropa deportiva: short, polo, un buzo encima. Revisé mis raquetas, el bolso, todo lo necesario para sostener la coartada.
—¿Y hasta qué hora? —me preguntó Nadia, sin sospechar nada.
—Regresaré tipo nueve o diez, después de unas cervezas con ellos.
—Perfecto —me respondió, acostumbrada a mis escapadas “deportivas”, como yo a sus guardias y turnos.

Salí de casa rumbo al departamento de Angie. Mientras manejaba, la ansiedad me aceleraba el pulso. Noté cómo mi cuerpo respondía solo a la idea: apenas pensar en ella, en la sorpresa prometida, me ponía semi-erecto, como si todo mi ser se preparara para lo que vendría.

Llegué. Tenía el control remoto de la cochera, como siempre. Solo estaba el carro de Angie, así que aparqué en el segundo espacio, bajo techo. Subí las escaleras de dos en dos, con esa mezcla de nerviosismo y deseo que me quemaba. Apenas abrí la puerta con mi llave, escuché su voz desde el dormitorio:
—¡Primix, sube!

Esos segundos de subir la escalera fueron eternos. Imaginaba encontrarla desnuda, rodeada de juguetes sexuales, o esperándome con un conjunto de encaje negro. Hasta pensé en la posibilidad de un manual de posiciones exóticas. Me reía por dentro: “Esta mujer me va a matar un día con sus ocurrencias”.

Pero cuando abrí la puerta del cuarto, la escena fue distinta: estaba sentada en la cama, tranquila, con un libro en la mano y un chocolate al lado. Shorts, un polo suelto que apenas disimulaba la forma de sus pezones, el cabello recogido en una cola. Natural, fresca, como si no hubiera nada preparado.

Me acerqué, todavía con la intriga palpitando en el pecho.
—¿Y entonces? ¿Cuál es la famosa sorpresa?
Ella sonrió, alzando la mirada.
—Sorpresa ninguna, Primix. Solo quería estar aquí contigo… en este departamento. Recordar cómo era cuando venías y lo hacíamos hasta parados, porque no había nada más. ¿Te acuerdas?
—Sí… —le respondí, enternecido.

La besé. Ella sostuvo mi cabeza, pidiéndome con ese gesto un beso largo, profundo. Nos sentamos, seguimos besándonos. Y pensé: “Bueno, no hay gran sorpresa. Pero estar con Angie siempre será la mejor sorpresa del mundo”.

La desnudé rápido, como siempre pasaba con nosotros. Nos acariciamos, nos entregamos despacio. Fue un encuentro prolongado, lleno de besos y abrazos, con pausas entre posición y posición solo para volver a besarnos. Veinte minutos de romanticismo y deseo, cambiamos hasta tres veces de posición, pero en cada cambio, trataba de bajar el ritmo, besándonos, acariciándonos, haciéndonos sexo oral, queríamos prolongar el placer, hasta que la pasión nos arrastró a la intensidad: en cuatro, ella se aferraba a las sábanas, gemía con fuerza; yo, un par de minutos después, terminé dentro de ella, cayendo rendido a su lado.

Estábamos todavía con el cuerpo tibio, descansando de la pasión, cuando ella me acarició el pecho con la yema de los dedos y, en voz baja, me lanzó la pregunta que de tanto en tanto volvía a aparecer:
—Primix… ¿tú borras todos nuestros mensajes del teléfono, ¿verdad?

Sentí el peso de esas palabras. La miré a los ojos y asentí.
—Sí… los borro. Apenas los leo.
—¿Segurito? —insistió, como si quisiera leerme por dentro.

Respiré hondo. La verdad era más compleja.
—Los borro, sí. Pero siempre queda rastro, Angie. El registro de que algo se borró, las copias en la nube… esas cosas que uno no controla del todo.

Ella se mordió el labio, pensativa. Lo conocía bien: era ese gesto suyo cuando procesaba rápido una solución.
—Entonces ya no. Ya no más WhatsApp —dijo al fin, resuelta—. Desde hoy, nos instalamos Telegram. Es más seguro, más discreto.
—¿Telegram?
—Sí. No lo vamos a tener en la pantalla de inicio. Y ahí vamos a hablar lo que no puede estar en el chat de dos primos.

Solté una risa nerviosa. Esa mujer siempre iba un paso adelante.
—Eres tremenda… pero tienes razón.

Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos. Ella, con esa mirada traviesa que escondía una determinación férrea.

Yo, entre caricias y suspiros, le confesé lo que me rondaba por dentro:
—Me da pena borrar nuestros mensajes… sobre todo cuando me dices cosas lindas, que me amas, que soy tuyo… o cuando jugamos a calentarnos. Me gustaría guardarlos, Angie. Tenerlos ahí siempre.

Ella sonrió con ternura, pero también con un dejo de resignación.
—A mí también me da pena, Primix. Pero los borro. A veces mi mamá agarra mi teléfono para llamar a mis hermanos, aunque tiene el suyo. Imagínate si un día abre algo… sería un desastre.

Se quedó pensativa unos segundos, y entonces me soltó:
—Pero espera… quiero mostrarte algo.

Se levantó de la cama. Yo la seguí con la mirada, fascinado. Verla caminar desnuda era en sí mismo un espectáculo: sus caderas balanceándose suaves, la piel todavía enrojecida por nuestro encuentro, el cabello recogido en una cola que dejaba al descubierto la línea perfecta de su cuello. Fue hasta la cómoda y tomó su laptop.

Regresó con paso lento, con esa mezcla de naturalidad y sensualidad que solo ella podía tener. Se acomodó a mi lado en la cama, yo me senté junto a ella, curioso y un poco sorprendido.

Mi corazón comenzó a latir más rápido. Ella apoyó el computador sobre sus piernas, lo encendió y me miró con esa sonrisa cómplice, como si estuviera a punto de abrir una puerta secreta solo para mí.

Cuando la máquina terminó de encender, Angie abrió directamente una aplicación en la nube. Se veía su huella digital en la pantalla, y enseguida apareció una interfaz distinta a las habituales. Yo no entendía bien lo que estaba pasando, pero la seriedad con que lo hacía me intrigó todavía más.

—¿Qué es eso? —le pregunté, mientras la miraba escribir.

Ella no respondió de inmediato. Tecleaba rápido, con precisión. Primero entró a una especie de carpeta secreta, y luego apareció un cuadro de contraseña. No era cualquier clave: estaba compuesta por una mezcla interminable de números, letras y símbolos. La observé sacar una pequeña libreta de la cómoda. No estaba escrita de forma lineal; las claves estaban repartidas en tres páginas distintas, camufladas entre apuntes y frases sueltas. Solo ella sabía qué parte leer de cada hoja.

—¿Tanto misterio para qué? —dije en tono de broma, pero por dentro la ansiedad me apretaba el pecho.

Finalmente, tras copiar la combinación exacta, el sistema cedió. En la pantalla aparecieron cinco carpetas, cada una marcada con un número del uno al cinco. No tenían nombres, solo esos dígitos.

Ella me miró, con la sonrisa traviesa de siempre, pero esta vez mezclada con un brillo especial en los ojos.
—Esta es tu sorpresa, Primix.

Me quedé helado.
—¿Qué es esto, Angie?

Ella apoyó suavemente su mano sobre la mía, como si quisiera calmar mi desconcierto. Después, sin decir nada más, hizo clic en la primera carpeta.

Cuando la carpeta se abrió, quedé en shock.
Había más de dos mil screenshots.

Comencé a desplazar la pantalla y reconocí escenas de nuestra propia historia, como si fuera una película de mensajes e imágenes para no perder jamás un detalle de nuestra historia. Estaba prácticamente todo desde que apareció WhatsApp en nuestras vidas.

Ahí estaba yo, cuando ella estaba en España, escribiéndole como un buen amigo, contándole de mi rutina, de mi soledad. Luego, poco a poco, los mensajes se volvían más cálidos, más cercanos, hasta recuperar la confianza que siempre nos unía. Vi cuando ella me contó de los chicos con los que salía allá, de aquel embarazo inesperado, de la pena de sentirse abandonada, y de su decisión de regresar.

Vi reflejado nuestro reencuentro: cómo al inicio jugábamos a ser solo amigos, a contenernos, a resistirnos a lo que en realidad deseábamos. Y después, toda esa ola de mensajes en que ya no podíamos escondernos: los juegos de palabras, los calentones a medianoche, las citas pactadas en un hotel, los planes, las confesiones, las fotos que habían viajado de un lado al otro.

Pasé y pasé pantallas, con la sensación de estar abriendo un álbum prohibido de nuestra vida paralela. Había de todo: lo bueno, lo triste, lo malo… como un espejo secreto de lo que éramos.

—Angie… —murmuré, incrédulo—. ¿Qué es esto? ¿Has guardado todo?

Ella me miró con una mezcla de orgullo y timidez.
—Todo, Primix —respondió con firmeza—. Antes de borrar, siempre tomo screenshot. Después lo guardo en este almacén.

Sentí un nudo en la garganta. Era como descubrir que, mientras yo borraba resignado, Angie había decidido inmortalizar lo nuestro.
 
Angie hizo clic en la segunda carpeta. Y ahí casi se me detuvo el corazón.

Eran fotos. Todas nuestras fotos.

Primero aparecieron aquellas de cuando aún no éramos pareja, los recuerdos compartidos en la casa de mi madre, incluso algunas de Arequipa cuando éramos niños, adolescentes, jóvenes. Al verlas sentí un nudo en la garganta: esas también las guardaba en algún rincón, las atesoraba como testigos de un tiempo inocente que, sin saberlo, nos estaba preparando para todo lo que vendría.

Después comenzaron a desfilar las imágenes de nuestros viajes ya como pareja: caminatas, playas, hoteles, lugares mágicos. Yo había tenido todas esas fotos en un disco duro, escondido con celo, pero cuando me casé y un día quise revisarlas, lo encontré dañado. Había sentido una pena enorme al perderlas. Y de pronto, ahí estaban otra vez, como si Angie hubiera devuelto pedazos de mi vida que creía perdidos para siempre.

Me descubrí sonriendo frente a la pantalla, con un calor en el pecho. Eran nuestros selfies, esas caras juntas que decían tanto sin palabras. Eran las poses improvisadas en lugares maravillosos.

Angie, con naturalidad, abrió una subcarpeta marcada con una simple letra: “X”. Allí estaban esas imágenes que solo nosotros dos conocíamos: su cuerpo desnudo en todas sus formas, mi cuerpo junto al suyo, nosotros explorándonos y retratando sin pudor la pasión que nos unía. Y luego, las otras… las íntimas. Las que yo le había tomado a mi modelo favorita, a esa mujer que no solo era mi amante sino también mi musa.

Había de todos los tonos, su cuerpo desnudo, mi cuerpo desnudo, nuestros cuerpos desnudos… Close up que le había tomado de sus pechos, su vagina, cerrada y prístina, su vagina, semiabierta con mi semen saliendo…ella posando junto a mi pene erecto, como si de un tótem se tratara, pero noté que faltaban en las que estábamos amándonos, yo recordaba haber tomado muchas fotos de ella cabalgándome, haciéndole el perrito, ella me había tomado mientras la tenía piernas al hombro…

—Dios… —susurré, casi sin aire—. ¿Guardaste todo esto también?
Ella sonrió con ese orgullo pícaro que tanto la caracterizaba.
—Claro, Primix. ¿Cómo iba a dejar que se pierda?

—Y las fotos más calientes?

—Aquí están

había una carpeta llamada XX, le dio doble Click y ahí estaban, casi 1000 fotos, de nosotros haciendo el amor, en todas las posiciones posibles, algunas con su cara de placer, otras mi expresión de placer mientras ella me cabalga, sexo oral, perrito, en el espejo… todo estaba ahí.

Al ver esas fotos donde estábamos desnudos, tomados hace tantos años, me invadió una sensación extraña. Nuestros cuerpos ya no eran los mismos, habían cambiado con el tiempo. No tanto nuestros rostros: ahí estábamos, casi iguales, con la misma chispa en los ojos. Angie conservaba esa mirada angelical, ese rostro que para el mundo era el de una ejecutiva firme, segura, en ascenso, capaz de tomar decisiones difíciles. Y, sin embargo, frente a mí, seguía siendo la niña engreída, mi cómplice juguetona, la mujer apasionada que nunca dejó de sorprenderme. Su cuerpo había ganado belleza, me gustaba como había evolucionado, sin perder frescura y sensualidad.

Ese contraste me erizó la piel. Y mientras mis ojos repasaban esas imágenes, empecé a calentarme. Giré hacia ella, la besé con deseo, acaricié sus senos con las manos temblorosas de ansiedad. Mi mano bajó hasta su pubis, buscando el calor húmedo de su sexo.

Ella, sin apartar la sonrisa, me detuvo con suavidad.
—Tranquilo, Primix —me susurró—. Todavía falta lo mejor.

Me quedé mirándola, incrédulo, excitado y a la vez intrigado.
—¿Más? —pregunté con una mezcla de ansiedad y curiosidad—. ¿Qué puede haber más después de todo esto?
—¿No ves? —me señaló la pantalla con un gesto cómplice—. Aún quedan carpetas por abrir.

Me contuve. Respiré hondo, tratando de calmar la urgencia que me recorría el cuerpo. Si había algo que había aprendido de ella era que siempre sabía dosificar el placer. Así que me acomodé otra vez a su lado, curioso, expectante, mirando la pantalla.

Angie tomó el cursor y lentamente lo movió hacia la tercera carpeta.


 
Cuando Angie finalmente abrió la tercera carpeta, la que había llamado VX, sentí un golpe en el estómago. La pantalla se llenó con una lista interminable de archivos: más de doscientos cincuenta videos.

—¡No sabía que teníamos tantos! —exclamé, incrédulo, mientras mis ojos se movían rápido por los títulos numerados. Cada una tenía como nombre, primera la fecha, año-mes-día y luego el lugar donde lo filmamos, Un orden digno de una Administradora de empresas altamente eficiente.

Ella me miró con esa sonrisa suya, entre pícara y orgullosa.
—Siempre te dije que yo era tu memoria.

Los primeros eran cortos, juguetones: Angie desnuda, grabándose sola, provocándome con gestos, con palabras, con su cuerpo. Después aparecían los selfies que nos habíamos tomado en los hoteles, a veces apenas entrando a la habitación, a veces después, con el desorden de las sábanas como testigo.

Vi escenas en la playa, en aquella tarde loca en que la arena y el mar fueron cómplices; en la casa de mi amigo, cuando aprovechábamos cualquier rincón para tenernos; en esos instantes robados que parecían imposibles y por eso mismo eran inolvidables.

Pero lo que realmente me dejó sin aire fueron los otros: los largos, los intensos, los de nosotros filmándonos mientras hacíamos el amor. Eran registros crudos y hermosos de nuestra libertad, de aquellos fines de semana en que desaparecíamos del mundo y vivíamos solo para tocarnos. Encuentros sin preocupación de cuando ambos éramos solteros y nuestra única preocupación era que la familia no se enterara. Días enteros desnudos, entregados, probando, jugando, grabando sin pensar que algún día esos videos serían un archivo secreto de nuestra historia.

Ahí estaba todo: yo sobre ella, ella sobre mí, nosotros enredados en todas las posiciones posibles. Las caricias, los gemidos, los orgasmos, y también esos abrazos tibios después del sexo, cuando la cámara quedaba grabando sin que nos importara nada más que permanecer juntos.

Era erótico y distinto vernos desde fuera, como si de pronto descubriéramos a otra pareja, atrevida, insaciable, feliz. Y, sin embargo, éramos nosotros, con todas nuestras pasiones y con todo lo que siempre nos atamos a guardar en secreto.

Me quedé en silencio, el corazón acelerado, la respiración corta. Angie me acarició la mano y, con un destello en la mirada, me susurró:
—¿Ves, Primix? Nadie tiene un archivo así… solo nosotros.

Ella notó quesos videos había hecho que mi pene estuviese erecto. Me sonrió registrando mi cara, y con la uña me dibujó un círculo lento en el pecho.
—Yo también estoy mojadita, primo… —susurró—. Pero espérate: todavía falta más.

—¿Qué más tienes, Angie? —intenté bromear para bajar el pulso—. ¿Nos has recreado con muñequitos? ¿Con… inteligencia artificial?

Ella se prendió del juego. No abrió nada. Me besó.
—¿Tú qué crees que pueda ser? A ver… prueba, piensa.

Jugamos a adivinar como dos adolescentes a punto de cometer la travesura del año.
—¿Un mapa con todos los hoteles? —pregunté, besándole la comisura.
—Mmmm… caliente, pero no. —me mordió el labio.
—¿Un Excel con KPI del deseo? Frecuencia, intensidad, destinos… —reí.
—Eres insoportable… y me encanta. —me rozó los labios con su lengua, apenas.
—¿Un cómic con nuestras fotos? ¿Un tráiler?
—Casi… pero no. —me besó más hondo, como si cada “no” me apretara más adentro.

Cinco minutos largos así: besos, risas ahogadas, susurros que iban y venían. Yo lanzaba hipótesis, ella respondía con pistas encriptadas:
—Se calienta sin quemar… —me dijo al oído.
—¿Velas?
—Sin ver, igual se siente.
—¿Audio…?
—Te estás acercando, Primix.

Entonces, por fin, movió el cursor… pero no hacia la cuarta, sino hacia la tercera. Me miró con una malicia dulce:
—Para calentar motores —dijo—. La última es la bomba.

Al abrirla, aparecieron decenas de archivos con fechas, horas, emojis mínimos. Le dio play a uno. Su voz, de madrugada, me atravesó desde la bocina:
“Despierta… te extraño. Hoy me dolió el día sin ti. Ven mañana, aunque sea un ratito.”

Otro: mi risa en un auto, un “ya voy” de fondo. Otro más: un “eres mío” dicho con ese acento suyo cuando mezcla ternura y mandato. Había audios cortos de buenos días, confesiones de oficina, promesas en la ruta, y algunos que eran solo respiración, jadeos contenidos, el ruido de las sábanas, nuestras risas después. Nada explícito; puro latido.

Había uno que se llamaba “nosotros” y una fecha.

—¿Recuerdas este? —me preguntó, mirándome con esa chispa traviesa.

Yo levanté las cejas, desconcertado.
—Por el título… no.

Ella sonrió y le dio play. De pronto la habitación se llenó de nuestras voces.

Era su voz primero, excitada, apresurada:
—Ya, ponlo, ponlo… apura, ven, entra…

Me quedé helado, y al instante la memoria me golpeó.
—¡Claro! Sí… hace como dos años, ¿no? —exclamé.

Lo recordaba perfectamente: yo había querido poner el celular para grabarnos, pero ella estaba tan ansiosa que me jaló de golpe y el teléfono quedó apuntando hacia el techo de su dormitorio. No nos filmó a nosotros, solo el techo.

Lo que sí registró fue todo lo demás.

Se escuchaban sus besos urgentes, el choque de nuestros cuerpos, sus gemidos, los míos, el vaivén de las posiciones. El audio transmitía más verdad que cualquier imagen: ella reclamándome que la penetrara, yo respondiendo a su hambre, los jadeos mezclados hasta perderse en uno solo.

En un algún instante fugaz, en medio del sonido, aparecía en la pantalla un pie suyo, apenas la punta de los dedos, tímida, moviéndose a nuestro ritmo, asomando cuando abrió demasiado las piernas para dejarme entrar hasta su fondo. Fue lo único que quedó de nosotros en imagen, lo demás era sonido puro.

Y entonces, su orgasmo: tres, cuatro gritos intensos, desgarrados de placer. Yo seguía dándole, apretado contra ella, hasta que mi clímax explotó también. Después vino el silencio, las respiraciones pesadas, las palabras entrecortadas, las risas breves, y finalmente mi mano apagando el celular.

Me quedé escuchando embobado, conmovido. Angie me tomó la mano y susurró:
—¿Ves, Primix? Hasta cuando nada sale como planeamos, lo nuestro queda guardado.

Me quedé un instante en silencio, todavía con el eco de nuestras voces llenando la habitación. Negué con la cabeza y sonreí incrédulo.

—Wow… yo pensé que como no habíamos logrado filmar nada, lo habías descartado.

Ella me miró con picardía.
—¿No te excita solo escucharnos?

—Sí… —respondí sin dudar—. Realmente es excitante no vernos, imaginarnos. Recordar lo que hacíamos, solo escuchando nuestras voces, nuestros gemidos, el choque de nuestros cuerpos… y de vez en cuando, ver aparecer tu pie ahí, sabiendo que eso era porque te tenía penetrada hasta el fondo… Wow, Angie.

Ella rio bajito, sonrojada, pero con orgullo en la mirada.

—Gracias por haber guardado esto —le dije, tomándola del rostro y besándola con ternura—. ¡Qué recuerdos!

Angie apoyó su frente en la mía, con los ojos brillantes.
—Por eso, Primix, nada nuestro se pierde. Todo queda guardado… para que lo volvamos a vivir.

Sentí que me temblaban las manos. Angie se pegó a mí.
—Las voces no se pierden, Primix —susurró—. A veces la foto engaña; la voz no.

Yo iba a besarla de nuevo, a rendirme, pero ella me sostuvo la barbilla, traviesa y solemne a la vez.
—Ahora sí… —dijo, y el brillo en sus ojos cambió de temperatura—. La última.

El juego se había vuelto un preludio delicioso. Pasamos casi cinco minutos besándonos, acariciándonos, tocando nuestros genitales sin llegar a penetrar. Mis manos recorrían sus pechos con avidez, mientras ella me arañaba suavemente la espalda, encendiendo mi piel. Era un ir y venir de jadeos y risas ahogadas, sabiendo ambos que la verdadera entrega debía esperar.

La laptop seguía detenida en la última carpeta numerada. Todo estaba organizado: uno, dos, tres, cuatro, esperando como un secreto que ardía entre nosotros.

—Si no la abres en este momento —le dije entre mordiscos y caricias—, yo te hago el amor aquí mismo, aunque me mates después.

Angie me detuvo con la mano en el pecho, los labios húmedos, la mirada brillante.
—Espérate, Primix… Ya que no has adivinado, tienes un castigo.

Me reí, incrédulo y excitado.
—¿Y qué castigo va a ser ese?
—No sé… —respondió, mirándome con picardía—. Déjame pensarlo.

Nos incorporamos otra vez, aún con el calor en el cuerpo, y ella tomó la laptop. Yo la observaba con el corazón acelerado, con la ansiedad clavada en el pecho. Por fin, con un clic lento y decidido, se dispuso a abrir esa última carpeta.
 
Finalmente, Angie abrió la última carpeta.

Lo que apareció me dejó sin aire: casi mil videos. Cortos, largos, de minutos, de horas. Todo provenía de las cámaras de seguridad que habíamos instalado hacía más de un año y medio, cuando intentaron forzar la puerta de su departamento. Yo había olvidado que esas cámaras seguían ahí, vigilando en silencio.

Había de todo. La cámara de la sala nos mostraba en el sillón, a veces sentados, a veces echados, a veces de pie, besándonos como si quisiéramos devorarnos. En la cocina, apoyados contra la mesa, riendo, jadeando, improvisando. En la alfombra de la sala, donde alguna vez terminamos exhaustos, abrazados, como si el suelo fuera la cama más cómoda del mundo.

Y por supuesto, el dormitorio: cientos de registros de nuestra pasión desbordada, de cada encuentro que había convertido ese espacio en nuestro santuario secreto. Estaba también su escritorio, donde yo la alzaba para sentarla sobre el mueble; las escaleras, donde la perseguía desnudo, riendo, después de habernos quitado la ropa en la sala. Todo estaba ahí, como si nuestra intimidad hubiera sido filmada por un testigo invisible que nunca dejó de grabar.

Algunos archivos eran solo audio: el eco de nuestros gemidos en la ducha, opacados por el sonido del agua. Ya no estaban nuestros cuerpos en la imagen, pero se oía nuestro placer, convertido en música íntima.

—Angie… —le dije, estremecido—. ¿Hasta esto has guardado?
Ella me miró con esa seriedad tierna que le salía en los momentos claves.
—Claro, Primix. Son nuestros momentos. No podía borrarlos. Hasta tengo otra carpeta con cosas de mi niña, jugando contigo… Ella no tiene por qué tener un archivo secreto, pero yo… yo necesitaba guardar lo nuestro.

Me quedé mudo. La abracé con fuerza, conmovido hasta los huesos. Era demasiado: fotos, mensajes, audios, videos… nuestra vida entera resguardada en su archivo secreto.

Y entonces nos dejamos llevar. Hicimos el amor con una intensidad renovada, como si quisiéramos grabar un nuevo capítulo en esa memoria infinita. Nos decíamos te amo con desesperación, te deseo con hambre. Ella me apretaba contra su cuerpo, me pedía más, una y otra vez. Yo le susurraba que la amaba desde siempre; ella me respondía que jamás dejó de ser mía.

En ese instante, frente a esa evidencia abrumadora de todo lo vivido, entendí que no era de hoy ni de ayer. Lo nuestro venía de siempre. Era la entrega total: cuerpos, corazones, almas.

Lo hicimos una vez más, casi sin pausa. No hubo necesidad de descanso: estábamos encendidos por las fotos, los videos, los recuerdos que acabábamos de recorrer. Yo, con mis cuarenta y tantos, todavía podía responder rápido, aunque no siempre… pero esa vez, con el deseo desbordado, mi cuerpo reaccionó como si tuviera veinte.

La tomé con hambre renovada: primero misionero, con sus piernas alzadas sobre mis hombros, sus gemidos profundos llenando la habitación. Luego ella se subió sobre mí, cabalgando con ese ritmo que me volvía loco, hasta que terminamos en perrito, empujando con furia, buscando juntos la cima. Nos desplomamos después, sudorosos, exhaustos, tomados de la mano.

El silencio que siguió tenía un sabor distinto: no era solo la calma del sexo, era la sensación de haber hecho el amor en diálogo con nuestro propio pasado. Como si esas imágenes nos hubieran recordado todo lo que éramos, lo que habíamos sido siempre.

La miré, todavía agitado.
—Angie… ¿y qué capacidad tienes contratada? Eso deben ser varias gigas… teras, tal vez.

Ella sonrió, satisfecha, orgullosa.
—Sí, primo. He tenido que comprar una versión profesional. Hay casi cuatro terabytes de información… y todavía me quedan seis disponibles. Así que seguiremos guardando, incluyendo lo de esta tarde.

No pude evitar reír y besarla en la frente.
—Te amo. Eres una loca, pero te amo. Eso está seguro, ¿verdad?

Me apretó la mano con fuerza, mirándome con sus ojos brillantes.
—¿No has visto? Huella digital, clave súper compleja, repartida en tres páginas diferentes… Nadie puede entrar. Pero hoy vamos a registrar tu huella también. Y tú te vas a llevar la clave. Tendrás que esconderla de la mejor manera.

La abracé, conmovido.
—Me encantaría tener acceso.
—Por supuesto, Primix —me dijo con la certeza de quien entrega todo—. Eso es nuestro. Tú también debes tener acceso.

Después de volver a hacer el amor, nos quedamos un momento abrazados, todavía con el eco de los gemidos flotando en la habitación. Luego encendimos la computadora e hicimos todos los trámites para darme acceso. Registré mi huella digital y copié la clave en un papel que guardé en la billetera, con el compromiso de trasladarla en casa, como hacía ella: en un cuaderno de trabajo, repartida en páginas distintas, irreconocible a primera vista. Era nuestro pacto silencioso de resguardar el archivo como lo más valioso.

La miré, sonreí, y le dije con picardía:
—Bueno, señora… ya que todavía nos quedan un par de horas, quiero hacerle muchas fotos, desnuda. En este departamento, desde que vives aquí, no tenemos fotos. Solo videos, solo nuestro archivo porno.

Angie soltó una carcajada.
—Ay, pero mira cómo me has dejado… —dijo señalándose en el espejo—. Tengo los pelos en la cara, ¿qué haces conmigo? Siempre me dejas desordenada.
—Estás hermosa —respondí sin dudar.
 
Ella se paró frente al espejo, se arregló un poco el cabello, se retocó la cara con la naturalidad de quien no necesita nada más para ser perfecta. Yo no resistí: me acerqué por detrás, la abracé y la besé en el cuello. Sentirla era más poderoso que mirarla.

Cuando estuvo lista, comenzamos la sesión. Primero en la cama, con las sábanas desordenadas, como un testimonio vivo de nuestra pasión recién desatada. Luego en el balcón, a las seis de la tarde, desafiando el riesgo: Alguien podía verla desde los edificios de enfrente, pero la idea de exponerse la excitaba más. Le hice fotos de frente, de espaldas, inclinada, parada, riendo, seria, deseante.

Pasamos al family room: fotos en los sillones, en el piso, contra la pared. Después bajamos al primer piso: la sala, la cocina, el escritorio… cada rincón convertido en escenario íntimo. Los únicos lugares que respetamos fueron el cuarto de su madre y el de la niña: esos espacios eran intocables.

Finalmente volvimos al segundo piso y en la terraza, con el cielo ya tiñéndose de naranja, Angie posó sin miedo, desnuda, desbordando belleza y entrega.

Esa tarde le tomé más de doscientas fotos con su celular, el mío estaba vedado. Doscientas memorias nuevas que, como todo lo demás, irían a engrosar nuestro archivo secreto.

Cuando terminamos, por fin sentimos hambre. Habíamos hecho el amor varias veces y, aunque yo había almorzado ligero pensando en la “excusa del tenis”, recién en ese momento el estómago se hizo notar.

—¿Pedimos algo? —le propuse.
—Sí —respondió sonriendo—, yo también almorcé ligerito.
—Claro, se suponía que iba a jugar tenis… —dije, y ella soltó la carcajada que tanto me mata.
—El que jugó con las bolas fui yo, no tú —me lanzó, pícaramente.

—Pecadora… —le respondí, riéndome mientras la besaba.

—¿Qué quieres comer?
—Me provoca una carnecita, pero no quiero salir.
—¿Pedimos carne?
—No, llega media fría, por más que la empaquen bien… ¿Mejor una pizza rica?
—Sí, pizza está bien.

Busqué entre las botellas de vino que siempre guardaba en su casa. Había más de diez.
—Voy a dejar de traer vino, nunca lo tomamos.
Ella se rio, levantando las cejas como diciendo “pero siempre terminas trayendo”.

Finalmente, cuando llegó la pizza, bajé a recogerla y nos sentamos en la mesa de la sala. Solo llevábamos un polo cada uno; no necesitábamos más. Comimos, conversamos, nos reímos como adolescentes que comparten un secreto.

Al acabar, nos miramos con esa complicidad de siempre.
—Vamos a darnos una ducha —le dije.
—Por supuesto, Primix. Sin eso no te vas.

Pero no llegamos a la ducha. Cuando la vi caminar delante de mí, con ese trasero que se movía cadenciosamente, no pude resistir: la empujé suavemente hacia la cama.
—La del estribo —susurré.

Hicimos el amor una vez más, más lento, más romántico. Y duró más. Me di cuenta de algo: con los años, nuestro sexo había madurado con nosotros. Seguía siendo apasionado, pero se había vuelto más pausado, más saboreado. Yo demoraba más en llegar, y eso hacía que ella gozara más, que todo se prolongara. Y aunque a veces mi erección tardaba un poco más en volver después de cada encuentro, el coito en sí se había hecho más largo, más placentero.

Hasta en eso habíamos crecido juntos: en aprender a disfrutar de cada instante, a estirar el tiempo, a hacer del amor no solo un impulso, sino un viaje completo.

Cerca de las nueve de la noche, me incorporé y le dije, con una sonrisa cansada:
—Amor, ahora sí… vamos a la ducha.

Ella me miró de reojo, todavía envuelta en las sábanas.
—¿Y a qué hora vas a recoger a la bebé y a tu mamá? Le pregunté
—No te preocupes —me interrumpió—. Se van a quedar en la casa de tu mamá. Les dije que tenía una reunión, que venía tardísimo, que no iba a poder recogerlas a esa hora.

Me quedé un segundo en silencio.
—Ah… —sonreí con cierta tristeza—. Era el momento ideal para inventar algo y quedarme contigo toda la noche.

Ella se incorporó un poco, me miró de costado con esa mezcla de picardía y seriedad que me desarmaba.
—¿Y qué ibas a inventar, primix? Tú ya estás casado, ¿no te das cuenta?

Suspiré.
—Sí, tienes razón. Ya sé, le jalo mucho la cola al gato… pero igual quiero volver a hacer un viaje contigo, como el de Arequipa. Dormir contigo es distinto. Más allá del placer, es otra experiencia… nuestro amor se potencia. Yo también quiero eso.

Ella me acarició el rostro, con ternura.
—Ya tranquilo… —me dijo, cerrando los ojos un momento—. Hoy me has dejado exhausta. Solo quiero arroparme aquí, quedarme con tu recuerdo, con tu olor.

Nos besamos despacio, como si quisiéramos que ese instante durara horas. Luego entramos a la ducha, y claro, cumplimos con nuestra tradición: hicimos el amor una última vez, suave, intenso, como un ritual que sellaba cada encuentro.

Después me vestí lentamente. Ella, sentada en la cama, desnuda, me miraba en silencio. Esa imagen quedó tatuada en mí: su cuerpo iluminado por la lámpara tenue, sus ojos siguiéndome, ese gesto de querer retenerme sin pronunciar palabra.

¡Qué ganas de quedarme ahí, de quedarme con ella para siempre!

Pero finalmente tuve que irme. Nos besamos largamente en la puerta, con esa mezcla de despedida y promesa que ya era nuestra marca.

En el carro, mientras manejaba de regreso, repasaba lo que habíamos vivido esa tarde: los recuerdos, las fotos, los videos, las revelaciones del archivo secreto. Hacer el amor con esas imágenes frescas en la memoria había sido otra dimensión.

Y pensaba, sonriendo entre cansancio y deseo:
Angie nunca deja de sorprenderme. Siempre encuentra algo nuevo. Siempre hay una primera vez.
 
ANGIE

Cuando por fin cerré la puerta detrás de él y me quedé sola en la habitación, me tumbé sobre la cama todavía desordenada. Podía sentir en mi piel el eco de sus caricias, el peso de su cuerpo sobre el mío, el calor de todo lo que habíamos desatado esa tarde.

Compartir con él el archivo secreto fue como abrirle el corazón por segunda vez. Guardar esos mensajes, esas fotos, esos videos, no era solo un capricho mío: era la manera de asegurarme de que nada de lo nuestro se perdiera nunca. Y hoy, al mostrarle todo, sentí que le entregaba no solo recuerdos, sino mi vida entera, tal como la hemos vivido, sin filtros, sin borradores.

Volvimos a hacer el amor como tantas veces, pero distinto. Alimentados por las imágenes, por las voces, por todo lo que vimos en la pantalla. Fue como si cada orgasmo de hoy llevara la fuerza de todos los anteriores, como si el deseo se hubiera acumulado a lo largo de los años solo para estallar de nuevo.

Lo miré cuando se vestía y quise detenerlo, rogarle que se quedara. No lo hice. Ya aprendí que parte de nuestra historia es esta: el amor en silencio, escondido, pero tan real que duele.

Ahora, mientras cierro los ojos, lo siento más mío que nunca. Con el tiempo, nuestro amor no se desgasta: crece, se expande, se hace más profundo. Cada recuerdo guardado es una semilla que florece de nuevo cada vez que estamos juntos.

Me duermo con una sonrisa, pensando en todo lo que hemos vivido, y en lo que aún nos falta vivir. Porque sé que siempre habrá algo nuevo con él. Siempre habrá una primera vez.

YO

Llegué a casa casi a las diez y media de la noche. En el camino tuve que detenerme en un grifo; compré un par de cervezas. Se suponía que había estado bebiendo con los chicos del tenis, así que tenía que llegar con el aliento de la coartada. No quise manejar tomando, así que me quedé en la cochera y me las tomé allí mismo, rápido, frío contra la garganta. En verdad las necesitaba: no había jugado tenis, pero el ejercicio de la tarde había sido intenso.

Subí al departamento. Miré primero a mi niño dormido; ese respiro siempre me acomodaba el alma. Luego entré a la habitación. Nadia estaba despierta, viendo televisión, tranquila. Me recibió cariñosa, como venía siendo en las últimas semanas.

—Mi amor, ¿cómo te fue? —me preguntó.
—Bien, bien… uf, estoy medio adolorido, cansado. Hace tiempo que no jugaba.
—Sí pues, ¿cuándo fue la última vez que fuiste al tenis?
—Por lo menos seis meses.

—Ven acá, te hago unos masajes —me dijo, con una sonrisa que desarmaba reproches.

Me desnudé y me tendí boca abajo en la cama. Cuando empezó a masajearme, se inclinó sobre mí y comentó en voz baja:
—¿Estás recién bañado?

Por un instante me congelé.
—Bueno… no tan recién. Hace un par de horas terminamos. Nos tomamos unas cervezas ahí mismo en el club, y me bañé antes de salir —improvisé.
—Ah, ya… —respondió, olfateándome con sutileza—. Se te siente fresquito.

Rogué en silencio que esos masajes no se transformaran en otra cosa. Angie me había dejado exhausto y seco, y aunque tal vez hubiera podido responder, el cuerpo me habría delatado, si volvía a eyacular, posiblemente fueran unas cuantas gotas de semen aguado. Por suerte, la cosa no pasó de ahí.

Cuando terminó, me acarició el hombro.
—¿Ahora sí, relajado?
—Sí, gracias, amor.

Nos dimos un beso. Me puse el pijama y ella se echó a mi lado. Me tomó la mano con ternura y me dijo:
—Te amo.

La miré, y sin fingir, le respondí:
—Yo también te amo, Nadia.

—Sí… ¿a pesar de todo?.
—A pesar de todo —repetí.

Me abrazó con fuerza, y me sentí un poco mal. No porque mintiera —yo la amaba, de verdad—, sino porque venía de entregarme a otra mujer. Dos amores distintos, dos pasiones distintas. Cada una con su luz, con su sombra.

Mientras cerraba los ojos, recordé la tarde con Angie, la fuerza de esos recuerdos, la locura de nuestro archivo secreto. Y al mismo tiempo, sentí el calor del abrazo de Nadia, su cuidado, sus masajes.

Pensé que, de alguna manera, debía ver lo positivo: tenía la dicha de disfrutar del amor de dos grandes mujeres. Y esa noche, entre el cansancio y la contradicción, me dormí con esa certeza.
 
Sesenta y Siete – ENTRE ARGENTINA Y NOSOTROS

Era un sábado distinto. Habíamos decidido probar un hotel nuevo, de esos que aparecían comentados en este foro. Al final nos decidimos por una habitación temática árabe. Y cuando entramos, los dos quedamos maravillados: luces cálidas, alfombras que parecían traídas de un zoco, cojines en tonos rojos y dorados, un techo con arabescos que invitaba a perder la mirada.

Angie se paseaba por la habitación con la emoción de una niña descubriendo un tesoro. Se detenía en cada detalle: el espejo con marco de mosaicos, la cama con dosel, la lámpara colgante que proyectaba figuras en las paredes. Yo la miraba y sonreía: verla así, tan viva, era mi verdadera fantasía.

En un momento se volvió hacia mí, me abrazó fuerte y me besó con esa intensidad que solo ella sabía darle a un gesto. No hubo más palabras. Comenzamos a desnudarnos lentamente, entre risas y caricias. Hicimos el amor de pie primero, apoyados contra la pared, besándonos como si quisiéramos fundirnos en un solo cuerpo. Luego caímos en la cama amplia, y ahí nos entregamos con calma: un encuentro tranquilo, apasionado, lleno de besos largos, de miradas que hablaban más que cualquier frase.

—Te amo —me dijo, acariciándome el rostro.
—Yo también, Angie… eres mi todo —le respondí, perdiéndome en sus ojos.

La pasión se mezcló con ternura. Fue un sexo romántico, pleno, de esos donde cada movimiento llevaba detrás la certeza de la entrega. No solo era placer: era amor hecho carne.

Cuando terminamos, nos quedamos un rato quietos, recuperando el aliento. Yo la tenía entre mis brazos, y ella se acomodó sobre mi pecho, escuchando mis latidos. Cerró los ojos, como si buscara calma… pero no la encontraba del todo.

Al rato, se incorporó un poco, apoyó las manos a los lados de mi torso y comenzó a besarme de nuevo: el cuello, la barbilla, los labios. Su boca estaba tibia, ansiosa, pero en su gesto había algo distinto. Yo lo noté enseguida.

—Angie… —le pregunté suavemente, levantando su barbilla para mirarla a los ojos—. ¿Pasa algo? ¿Me quieres decir algo?

Ella guardó silencio unos segundos, evitando mi mirada. Yo ya la conocía lo suficiente: sabía que estaba anticipando algo importante.

Ella bajó la mirada y la movió nerviosa de un lado a otro, como buscando una salida invisible en las paredes del cuarto.
—No, no pasa nada, Primix… —dijo con una sonrisa que no le alcanzaba a los ojos—. Pienso en cosas… en nosotros.

Pero yo sentía que había algo más, un peso en su voz que no coincidía con la dulzura del momento. Entonces la tomé del rostro, con suavidad, acariciándole la mejilla.
—Amor, recuerda que nosotros nos contamos todo… hasta lo más doloroso. No puedes guardártelo.

Ella bajó la mirada otra vez, y sus labios temblaron apenas.
—Pero, Príncipe… en otro momento. Ahora estamos piel a piel, como siempre, como nos gusta.

—No, Angie —le respondí con firmeza, aunque sin dejar la ternura—. Ahora es el momento. Tú sabes que yo te he contado todo, hasta cuando hago un silencio, hasta lo que pasa con Nadia. Porque siento que lo nuestro no puede tener secretos.

Ella soltó una risita nerviosa, que se le escapó entre dientes.
—Sí, tienes razón, amor… hasta de la amiga resbalosa me has contado.

Tomó aire, un suspiro largo que parecía darle valor. Y entonces habló más seria, más despacio:
—Lo que pasa es que… en mi trabajo me tienen muy bien considerada. Tú sabes que el cargo que tengo es un mando medio, con bastante responsabilidad… y con bastante reconocimiento.

Me quedé en silencio, atento, mientras mi corazón latía con fuerza. Sabía que la frase que seguía iba a cambiar algo. Angie lo sabía también.

—Y… —continuó, mirando un punto fijo en la colcha—, me han hecho una propuesta.

Ella cambió el tono de su voz. Sus ojos se clavaron en mí, y en un susurro que me erizó la piel, dijo:
—Primix…

Sentí un vuelco en el pecho. Ese “Primix” marcando la X final siempre anunciaba algo serio, algo distinto.

—Me han propuesto… —empezó a decir, pero no la dejé terminar.
—¿Un ascenso?... ¿Un aumento de sueldo? —le pregunté, casi apurado, como queriendo escapar de lo que intuía.

Ella sonrió, con una mezcla de ternura y nervios.
—Sí… bueno, tiene que ver con eso.

—¿Entonces? —insistí, ya con la ansiedad dibujada en el rostro.

Angie bajó la mirada, respiró hondo, y en un hilo de voz me soltó:
—Me han propuesto… ser jefa de la oficina administrativa…

Hubo un silencio corto, un vacío en el aire. Y entonces, como si las palabras le costaran el doble, añadió:
—…de Buenos Aires.

Me congelé. Sentí que el corazón se me detenía en seco. La miré sin poder reaccionar, como si hubiera escuchado una sentencia que no terminaba de creer.

—¿Buenos Aires? —repetí incrédulo, como si la palabra me hubiera golpeado en seco.
—Sí… —confirmó, bajando un poco la voz—. Buenos Aires, Argentina.

No sabía si reírme o llorar. Sentí que el alma se me escapaba por la boca. En cuestión de segundos volvió a mí ese miedo antiguo, el temor de perderla, de vernos separados otra vez, de repetir la historia que tanto nos había dolido. Me quedé paralizado, sin aire.

—¿Y? —atiné a decir, con la voz temblorosa—. Supongo que es un ascenso, ¿no? O sea… es algo bueno.

—Sí, es bueno —asintió con calma—. Me pagan un poco más… bueno, bastante más. Como expatriada me cubren la casa, el departamento allá, parte del colegio de la niña… incluso, por supuesto, todos los gastos de traslado.

—Ah… —murmuré, tratando de sonreír, aunque por dentro sentía un vacío enorme—. Eso es bueno.

Ella me miró con ternura, y de pronto se le escapó una sonrisa traviesa.
—He dicho que no, tontín… ¿qué otra cosa podría decir?

El corazón me volvió al cuerpo de golpe. Sentí ganas de abrazarla, de apretarla tan fuerte que no hubiera forma de que se me escapara otra vez.

La abracé con fuerza, como si quisiera fundirme en ella, y la besé con tanta pasión que sentí que nuestras bocas se hicieron una sola. Cuando al fin nos soltamos, todavía con la respiración entrecortada, le pregunté casi con urgencia:

—Pero… ¿y por qué, Angie?

Ella me miró fijo, con los ojos húmedos.
—¿Cómo que por qué? Porque no te quiero perder, Primix. Ya te perdí una vez… y me dolió. Una vez te dejé por ir tras mis sueños.

—Bueno… pero los conseguiste —le respondí, intentando darle calma.

—Sí —suspiró—, los conseguí… en parte.

—Angie, no te arrepientas. Lo pasado, pasado está. Mira: tienes una hija maravillosa.

Ella bajó la mirada y su voz se quebró con una fuerza que me estremeció.
—Esa hija debió ser tuya.

Me quedé helado, sin palabras.
—Bueno… —atiné a decir, acariciándole el rostro—, pero como si no lo fuera, ¿no?

—Sí, lo sé… —dijo, mirándome con lágrimas contenidas—. Pero debió ser tuya. Y mira lo que mi padre nos dijo, lo que te dijo a ti, mejor dicho. Que él hubiese apoyado que estemos juntos… a lo mejor tú y yo estaríamos casados.

La apreté contra mí, con ternura y dolor al mismo tiempo.
—Angie, lo que pasó, pasó. No podemos saber qué hubiese sido mejor… lo que hubiese pasado o no. Lo único que importa es lo que tenemos hoy.

Ella respiró profundo, como queriendo afirmarse en sus propias palabras.
—Y cuando me lo propusieron, respondí que no. Les dije que yo tengo a mi madre a mi cargo, que no la puedo dejar sola. Que mi niña ya tiene un entorno aquí, su colegio, su familia, gente que la quiere… y que no podía sacarla de ese medio. Agradecí, y dije que no.

Me quedé en silencio, conmovido, agradecido, sintiendo cómo me ardían los ojos. Le tomé la cara entre mis manos y le susurré:
—Gracias, Angie. Por elegirme. Por elegirnos.
 
La tensión de la conversación se transformó en un deseo urgente. Nos besamos con ansias, primero los labios, después cada rincón del cuerpo. Mis manos recorrieron su piel ardiente, mientras las suyas se deslizaban por todo mi torso, bajando con suavidad, con esa maestría que siempre tenía para encenderme.

Ella me acariciaba todo el cuerpo, besando mi cuello, mi pecho, mi abdomen. Y de pronto, con decisión, se acomodó entre mis piernas y comenzó a darme sexo oral. Su boca cálida, húmeda, me envolvía con un ritmo perfecto, pausado y profundo. Yo gemía, acariciándole el cabello, sintiendo cómo cada movimiento me llevaba más cerca del límite.

—Angie… —jadeé—, me vas a hacer terminar…

En ese instante, se detuvo y, con una sonrisa cargada de deseo, se montó sobre mí. Fue distinto, casi solemne: se penetró despacio, mirándome a los ojos, tomándome de las manos como si quisiera sellar un pacto.

—Primix… —susurró entre gemidos—. No te voy a dejar nunca. Te lo dije, y te lo voy a cumplir.

Su cuerpo se movía sobre el mío con fuerza y ternura al mismo tiempo, y sus palabras me atravesaban más hondo que cualquier embestida. La miraba, la besaba, la sentía toda mía. Ella alcanzó el orgasmo en esa posición, arqueando la espalda, gimiendo con intensidad, y se dejó caer sobre mi pecho, aún unida a mí.

No quise moverme. Me quedé quieto, abrazándola, sintiendo su respiración acelerada sobre mi cuello. Mi pene aún dentro de ella, pero en calma, disfrutando esa unión sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido.

Después la volteé con suavidad y la tomé entre mis brazos. Esta vez la amé con toda la pasión, pero también con todo el amor que me desbordaba.
—Soy tuyo… —le susurraba mientras la hacía gemir—. Soy tuyo. Soy tuyo.

Ella me recibía con entrega total, repitiendo mi nombre entre jadeos, hasta que finalmente llegué dentro de ella, fundiéndonos en un clímax que fue tanto físico como emocional.

Nos quedamos abrazados, exhaustos, bañados en sudor y en esa certeza de pertenencia que no necesitaba más palabras.
 
ANGIE

Lo había pensado mucho antes de decirlo. Había repasado cada palabra, cada detalle, porque sabía que cualquier cosa mal dicha podía herirte, hacerte dudar, llenarte de miedo. Y aun así, cuando estábamos conversando, decidí probarte.

Quise ver tu reacción, Primix. Quise hacerte sentir, por un instante, que yo podía aceptar irme, que estaba frente a la posibilidad de dejarte. Y lo vi en tus ojos: la angustia, el dolor, esa mirada de desesperación que no pudiste esconder, como si el alma se te escapara de golpe. En ese momento supe que no podía jugar más. Que mi amor por ti no necesitaba pruebas.

Te dije la verdad: que había dicho que no. Que no me iba. Porque lo que más me importaba era quedarme contigo.

Cuando te sentí abrazarme con esa fuerza, entendí cuánto me necesitabas, cuánto me amas de verdad. Y entonces me entregué a ti con todo lo que soy. Cada impulso tuyo dentro de mí, cada embestida, la sentí como una declaración, como una promesa silenciosa de que lo nuestro es más grande que cualquier propuesta, más fuerte que cualquier distancia.

Y cuando mi orgasmo me atravesó, cuando caí sobre ti y me dejaste descansar en tu pecho, me sentí plena, realizada. Sentí que estaba completa contigo, que no me faltaba nada más.

Ese día confirmé que entre Argentina y nosotros, te elijo a ti. Siempre.

Un par de días después, mientras almorzábamos en un restaurante cerca de mi trabajo, la conversación volvió a lo que me había tenido inquieto desde aquel sábado.

—Angie… —le dije, mientras removía el tenedor en el plato—. ¿No crees que tu decisión, aunque ya esté tomada, pueda perjudicarte en tu trabajo? No sé… que piensen: “rechaza una propuesta así, entonces mejor la postergamos para más adelante”.

Ella me miró tranquila, con esa seguridad que me gustaba tanto.
—No, Primix, no. Esto no es una empresa peruana donde pueden hacer eso. Este es un organismo internacional. Aquí se respeta la visión de las personas. Decir que no, no me coacta en nada mi crecimiento. Por supuesto, ahora tendré que esperar otra oportunidad aquí en Perú… que es donde quiero quedarme contigo. Pero no, no tiene absolutamente ninguna inferencia. Tranquilo.

Sonreí, aliviado.
—Me parece bien. Es lo que valoro de estos organismos, que tienen otras políticas.

Mientras ella bebía un sorbo de agua, me animé a contarle lo que yo venía cargando en silencio.
—La verdad, las cosas en mi trabajo tampoco están del todo bien. La empresa fue comprada, hay movidas, rumores… Pero, bueno, yo estoy bien considerado todavía. Tengo casi veinte años ahí, casi el tiempo que tenemos juntos. Bueno, un par de años menos, serán dieciocho… Pero igual, estoy expectante de lo que pueda pasar.

Angie me escuchaba con esa atención de siempre, como si cada palabra mía fuera importante. Y al final me sonrió, apoyando su mano sobre la mía.

Quedamos en planear un viaje. Yo tenía algunos viajes de trabajo en agenda y ella empezó a revisar cuáles podrían coincidir. La ilusión de escaparnos juntos, de dormir una noche entera enredados, nos encendía más que cualquier plan turístico. No importaba tanto el destino como la certeza de que, mientras estuviéramos juntos, todo valía la pena.
 
Sesenta y ocho – LA VIDA CON NADIA

El frío limeño se había instalado con fuerza en la segunda quincena de junio del 2024. Las mañanas eran grises, húmedas, con esa neblina que no dejaba ver a dos cuadras de distancia. Las noches, aún más frías, eran una invitación a quedarse en casa, bajo las frazadas. Y en ese contexto, algo comenzó a cambiar con Nadia. Fue progresivo, comenzó con el viaje a Punta Sal a principios de año, pero poco a poco las cosas comenzaban a reacomodarse.

Me sorprendía verla más cariñosa, más cerca de mí. Se acurrucaba en el sofá mientras veíamos televisión, buscaba mi mano en medio de la conversación, incluso me pedía que la abrazara en la cama porque “se estaba helando”.

—Abrázame, amor mío, que estás calientito —me dijo una de esas noches, ya con tres frazadas encima.
—Tú también estás caliente —respondí, besándola en la frente.

Ella rio, tímida, y luego me besó en la boca con una intención que hacía mucho no sentía en ella. Esa noche terminamos haciéndolo, despacio, casi como un accidente, pero con ternura. Con ella no era la vorágine de besos y abrazos que había con Angie. Con Nadia lo hacíamos casi siempre solo en misionero, a veces terminábamos piernas al hombro. Por lo menos ya la sentía bien mojada, no como antes que al penetrarla recién se estaba mojando y a veces era hasta un poco doloroso para ella.

La verdad es que nuestra vida sexual seguía siendo anecdótica. Ya no era una o dos veces al año, ahora eran tres o cuatro, lo cual sonaba a mejora, pero en el fondo seguía siendo igual de esporádico.

Después, entre risas y jadeos, me dijo:
—¿Ves? No es tan difícil… deberíamos hacerlo más seguido.
—Cuando quieras, amor —le respondí, con una sonrisa que escondía más de lo que mostraba.

Ella me miró fijo, como esperando algo más de mí. Y fue ahí cuando añadí, casi en un susurro:
—Lo que pasa es que… después de tanto rechazo, mi mente todavía no se acostumbra a buscarte como antes.

Ella no respondió de inmediato. Solo me abrazó fuerte, como si quisiera borrar esas palabras con el calor de su cuerpo.

Y yo, en silencio, pensé en Angie, en lo distinto que era todo con ella, en cómo cada encuentro se volvía necesario, inevitable, vida misma.

Ella permaneció unos segundos en silencio, respirando hondo contra mi pecho. Sentí cómo su cuerpo temblaba levemente bajo las frazadas, no sé si por el frío o por lo que estaba a punto de decir.

—Perdóname… —susurró al fin, con la voz quebrada—. Perdóname por todos estos años de indiferencia. Yo sé que te hice sentir solo, y no era justo.

Me quedé callado, sorprendido. No esperaba esas palabras.

—No tienes que… —intenté decir, pero ella me interrumpió.
—Sí tengo que hacerlo. —Alzó la cabeza, los ojos enrojecidos—. Fue desde que murió nuestra hija… yo me rompí por dentro. Y no supe cómo volver a acercarme a ti. Me alejé, y cuanto más pasaba el tiempo, más me costaba volver.

El recuerdo me golpeó de lleno. Nuestra niña. Esa herida que nunca cerraba. Tragué saliva, pero ya era tarde: las lágrimas empezaban a brotarme sin control. Ella también lloraba.

Nos abrazamos fuerte, pegados bajo las frazadas, como dos náufragos que por fin se encontraban en medio de la tormenta. Lloramos largo rato, desahogándonos de todo lo que habíamos callado durante años: su dolor, el mío, nuestra incapacidad de mirarnos de frente y hablar de lo que nos había destrozado.

Entre sollozos, me dijo:
—No quería hacerte daño, amor mío. Era mi manera de sobrevivir… y te perdí a ti también.
—Yo nunca me fui… —alcancé a responder, con la voz hecha pedazos—. Pero sí, me dolió mucho tu distancia.

Seguimos así, llorando y acariciándonos el rostro, hasta que el cansancio nos venció. No hubo más palabras, solo un silencio distinto, un silencio que no pesaba, como si por primera vez en mucho tiempo hubiéramos compartido la carga del recuerdo.

Nos quedamos dormidos abrazados, con el rostro húmedo y el corazón abierto, sabiendo que ese momento de fragilidad compartida era, al menos, un pequeño puente hacia una reconciliación posible.

A la mañana siguiente nos despertamos aún abrazados y desnudos. Pero más que nuestros cuerpos, habíamos desnudado nuestras almas. Me sentí más ligero, y creo que ella también. Había un aire distinto en la habitación, como si la noche anterior hubiera limpiado algo que estaba atrapado entre nosotros hacía años.

Nadia se movió despacio, todavía con los ojos entrecerrados.
—Buenos días, amor mío —murmuró, acariciándome la mejilla.
—Buenos días, amor —le respondí, devolviéndole una caricia en la espalda.

Se quedó en silencio unos segundos, con esa expresión frágil que no solía mostrar.
—Gracias por no rendirte conmigo —dijo al fin—. Yo… yo sé que no ha sido fácil.
—Nunca lo fue —admití con voz baja—. Pero seguimos aquí.

Nos sonreímos sin necesidad de añadir nada más. Una ducha juntos, pero solo con el gesto mutuo de ayudarnos a jabonar, no pasó a más. Nos vestimos rápido, porque el reloj ya apremiaba, y bajamos a la cocina donde nuestro hijo esperaba con el uniforme a medio poner y cara de sueño.

—Papá, ¿me haces la leche? —pidió apenas me vio.
—Claro, campeón —respondí, dándole un beso en la cabeza.

Nadia sirvió pan tostado mientras yo mezclaba el cacao en la taza. Nos miramos de reojo, cómplices en una rutina que pocas veces habíamos compartido con tanto sosiego.

—Hoy tienes educación física, ¿no? —preguntó ella mientras lo peinaba.
—Sí, mamá. Pero hace frío, ¿puedo llevar el buzo debajo del short?
—Por supuesto —dijo ella sonriendo—. No quiero que te me resfríes.

Yo intervine mientras le alcanzaba la taza:
—¿Y si después te resfrías y no puedes jugar con tus amigos? Mejor abrigado, ¿eh?
Él río con la boca llena de pan.
—Está bien, papá.

Ese desayuno fue rápido, casi de trámite, pero tenía un sabor distinto. Había ternura en los gestos, como si todos supiéramos que la vida nos estaba dando un respiro.



 
Camino al trabajo, en el tráfico gris de Lima, no pude dejar de pensar en lo vivido. Sí, la noche anterior había sido importante, un punto de quiebre necesario con Nadia. Pero en el fondo, lo sabía: quien había sostenido este matrimonio no era ella ni yo. Fue Angie.

Angie me sostuvo cuando la tristeza me amenazaba, cuando el silencio de mi esposa se hacía insoportable. Me sostuvo no solo con su cuerpo, sino con sus palabras, con su risa, con su forma de devolverme las ganas de vivir. Incluso con su desprendimiento, abogando más de una vez por Nadia, recordándome que no podía rendirme por mi hijo, que tenía que ser fuerte.

“Primix, ella te quiere, solo está rota”, me había repetido tantas veces.
“Primix, tienes que estar ahí por él, por los dos”, me decía cuando yo solo quería desaparecer.

Ese desprendimiento suyo todavía no lo entendía del todo. ¿Cómo podía amar tanto a alguien que abogara por quien en teoría era su “rival”? ¿Cómo podía entregarse así, incluso defendiendo a la mujer que sin querer me había hundido en el vacío?

Y, aunque últimamente, Nadia estaba distinta, todavía me sentía a la defensiva. Lo notaba en gestos pequeños: en la forma en que me tomaba la mano sin pensarlo, en los besos que duraban un segundo más, en su risa al final del día. Había vuelto a ser cálida, cercana, más cariñosa. A veces me buscaba con ternura, otras con ese deseo que creí perdido.

¿Qué hubiese pasado si ella nunca hubiese cambiado tanto después de la muerte de nuestra hija?
Si no se hubiera encerrado en sí misma, si no me hubiera dejado afuera de su mundo durante tanto tiempo…
¿Habría vuelto a buscar a Angie? ¿La habría buscado siquiera?

Me quedé con la mirada fija, preguntándome si el amor que hoy tenía con Angie —tan pleno, tan profundo, tan cómplice— habría existido de igual manera si Nadia no se hubiera vuelto distante, si su tristeza no me hubiese empujado a buscar consuelo donde el alma encontraba refugio.

Quizás habría seguido con ella, con mi esposa, tratando de sostener la rutina, cumpliendo los roles de siempre. Quizás Angie habría seguido en mi vida, pero solo como un cariño callado, una complicidad emocional. No lo sé.

Y, sin embargo, al pensarlo, no sentí arrepentimiento. Solo una mezcla de gratitud y tristeza. Porque la vida no me había llevado por un camino lineal, sino por un laberinto donde el amor se partió en dos formas distintas de ternura. Una me sostuvo cuando el dolor me ahogaba; la otra ahora intentaba reconstruir lo que quedaba del pasado.

No me arrepentía de amar a Angie. Tampoco de haberle dado una nueva oportunidad a Nadia. Pero sí entendía, con un nudo en el pecho, que las cosas no se dieron porque alguien lo planeara, sino porque el dolor y la soledad son arquitectos silenciosos del destino.

Y ahí quedé, mirando el rojo del semáforo, con la certeza de que no había respuestas, solo caminos que nos llevan a donde el alma encuentra consuelo… aunque no siempre sea donde uno pensó quedarse.
 
La segunda quincena de junio de 2024 llegó envuelta en la típica garúa limeña: días grises, húmedos y fríos. Las temperaturas apenas se elevaban más allá de los 16 °C, alcanzando máximas de apenas 20 °C, lo que hacía que el abrigo fuera una necesidad cotidiana, incluso dentro de casa. Entre esa neblina persistente y un clima que invitaba al recogimiento, la calma entre Nadia y yo se hizo más tangible.

Cada mañana me encontraba con una caricia suya al despertar, sin palabras, solo un roce suave como si quisiéramos aferrarnos al calor que rebosaba de aquel momento íntimo, sin necesidad de más. El contacto se volvió una urgencia silenciosa: las manos que buscaban al otro, la cercanía en el sofá al ver el noticiero, el abrazo inesperado mientras nuestro hijo jugaba.

Una tarde, mientras Nadia conversaba con Angie por teléfono, me asomé al pasillo. Se veía tan natural: ellas dos, risueñas, compartiendo confidencias, sin imaginar que yo entendía ambos bandos de esa conversación floja y llena de afecto. Algo en mi interior murmuraba que esa cercanía creciente era un puente que yo no había buscado, pero que estaba firmándose sin querer.

Horas más tardes, mientras cenábamos solo bocados rápidos, nuestro hijo nos interrumpió con una pregunta:
—Papá, ¿puedo llevar mi chompa del Barza cuando salga mañana?
—Claro, campeón —respondí, levantándome para alcanzársela.
Nadia me lanzó una sonrisa cargada de ternura. Ella lo miraba con el brillo en los ojos que solo una madre sabe dar, mientras yo contenía la emoción de esa escena simple pero hermosa.

Entró licenciosa en mi mente: la imagen de Angie, tan presente aún en los bordes de mi vida. Vi entonces con claridad que quien había sostenido mi matrimonio, quien había velado porque yo no me derrumbara en la depresión que también enfrentó Nadia, había sido ella. Angie me mantuvo en pie, no solo con su cuerpo, sino con su amor y sus palabras, a veces defendiendo a Nadia, recordándome lo que no quería perder—el equilibrio por nuestros hijos.

De fondo, en esa Lima silenciosa, el país vivía su ritmo: la presidenta Dina Boluarte emprendía una visita de Estado a China a fines de junio para fortalecer acuerdos bilaterales, mientras tanto, en la escena local, las tensiones políticas avanzaban, con el Congreso cuestionado por medidas que amenazaban la independencia judicial. Yo no podía evitar sentir que, en paralelo, mi vida familiar también se tambaleaba y se reconstruía en silencio.

Y así, en medio de este ambiente íntimo y denso, fue que aquellos días transcurrieron: entre el frío que nos obligaba a buscar calor, la ternura que parecía estallar sin aviso, y la presencia callada de Angie como sostén invisible. La rutina reaparecía, pero algo había cambiado: la cercanía con Nadia se volvía menos tensa, menos cargada, más humana.
 
Era viernes por la noche y yo había inventado una excusa para poder estar con Angie. No era la primera vez, ni sería la última. Nos encontramos en el hotel de siempre, ese que ya tenía impregnado nuestros recuerdos, nuestras risas y nuestras confesiones. Allí donde tantas veces nos habíamos escondido del mundo y, a la vez, habíamos encontrado la verdad más intensa de nuestras vidas.

Apenas llegamos, nos fuimos desnudando mientras nos besábamos. Aun de pie, ella jaló una almohada y se arrodilló frente a mi dándome placer con su boca. Su lengua y sus labios sabían moverse sobre mi pene de tal forma que las oleadas de placer me recorrían como electricidad. Luego me empujó sobre la cama y se sentó sobre mi pene. No paró hasta sacarme un gran chorro de semen.

No habíamos descansado ni 10 minutos, ya en la cama abrazados, empezamos a besarnos nuevamente. Esta vez ella me montó en vaquera inversa, dándome la espalda y mostrándome su hermoso trasero mientras mi pene entraba y salía de su vagina. Angie gemía de placer mientras yo le acariciaba las caderas y le daba pequeñas palmadas en las nalgas, así llegó a su orgasmo, gritando de placer. Ella cayó hacia adelante, sujetándose de mis tobillos, aun con mi pene adentro de su vagina. Luego, extendió las piernas hacia atrás sin que mi pene se salga. Yo podía ver su vagina húmeda clavada por mi falo erecto.

Empezó a moverse sobre mí, primero lentamente, para que mi pene no salga de su vagina. Tenía que controlar mucho los movimientos para mantener al pene donde ella quería que esté, dentro de su coño húmedo. Nunca habíamos hecho esa posición, para mí era excitante verla moverse sobre mi pene, la visión de su vagina clavada y su ano invitándome a meterle un dedo, lo que hice, me calentaba mucho, unos 5 o 6 minutos después, estallé dentro de ella. Por la posición en la que estábamos, casi de inmediato casi todo mi semen salió de su vulva, chorreando sobre mi pelvis.

Después de un arto así, ella se paró de la cama, trajo una toalla húmeda y nos limpió.

Ahora estábamos tendidos en la cama, respirando con calma, todavía desnudos bajo las sábanas. Ella me acariciaba el pecho, distraída, y yo la miraba con esa mezcla de ternura y deseo que siempre me provocaba.

—Amor… —dije de pronto, rompiendo el silencio.
—¿Mmmm? —respondió ella, sin levantar la mirada, jugando con mis dedos.
—Hay algo que no te he contado.

Ella levantó la cabeza, curiosa.
—¿Qué cosa, Primix?

Tragué saliva. No era fácil. Lo había guardado para un momento especial, y me pareció que este, después de tanta entrega, era el adecuado.

—Las cosas con Nadia… están diferentes. Está más cariñosa, más amorosa. Hasta… hemos vuelto a hacer el amor algunas veces. No como antes, no seguido, pero… ya no es como antes.

Angie se quedó en silencio, con los labios apretados. Noté que apartaba un poco la mirada. Fue como si de pronto la bruma del invierno limeño se hubiera colado en la habitación.

—¿Y por qué me lo cuentas ahora? —me preguntó, sin enojo, pero con un dejo de incomodidad.
—Porque quería decírtelo en un momento así, cuando estuviéramos tranquilos, los dos solos, después de amarnos. No quería que lo supieras de manera apresurada.

Ella respiró hondo, se sentó en la cama, con la sábana cubriéndole apenas los muslos. Tenía esa expresión seria que pocas veces le veía, como cuando algo la tocaba de verdad.

—Amor… sí, me incomoda un poquito. No te voy a mentir. —Se detuvo, me miró con los ojos húmedos pero firmes—. Pero también lo entiendo. Eso tenía que pasar. No podía ser eterno. Ella tenía que darse cuenta del hombre que eres.

Yo estiré la mano y tomé la suya. Ella me la apretó fuerte, como reafirmando lo que decía.

—Realmente, sí, lo entiendo —continuó—. Yo sé que tú me vas a seguir queriendo, me vas a seguir amando, y yo te voy a seguir teniendo. Mientras eso ocurra, no me preocupo. Al contrario… —sonrió débilmente—, me alegra que te vaya bien con Nadia.

La miré sorprendido. Esa generosidad suya, ese desprendimiento, siempre me desarmaba.

—Eres increíble, Angie —le dije, besando su mano—. No sé cómo haces para dar tanto.
—Porque te amo, Primix. Y porque sé que nuestra historia es más fuerte que cualquier circunstancia.

Nos abrazamos otra vez, en silencio, sintiendo que esa noche habíamos sumado otra capa de verdad a lo nuestro. Ella con su aceptación, yo con mi confesión. Y aunque el mundo allá afuera seguía siendo complejo, en esa habitación, bajo la tenue luz amarilla, todo parecía tener sentido.

Nos habíamos quedado en silencio después de mi confesión, aún abrazados. Yo la sentía más tensa, como si por dentro librara una batalla entre la comprensión y el deseo de asegurarse de lo nuestro. Y entonces, sin previo aviso, me besó con una fuerza distinta, más profunda, como si quisiera sellar con su boca lo que acababa de decirme.

—Primix… —susurró sobre mis labios—. Quiero que nunca olvides quién soy yo para ti.

Se subió sobre mí con determinación. Ya no era la calma poscoital de antes, era un fuego distinto: cada movimiento, cada caricia, llevaba una intención de marcar territorio, de recordarnos que lo nuestro estaba hecho de pasión desbordada. Me abrazaba fuerte, gemía con más entrega, buscaba mi boca como si le faltara el aire.

—Contigo es diferente… siempre será diferente —me decía al oído mientras me movía sobre mí.

Era más apasionada, más intensa que nunca. Yo sentía esa necesidad suya de remarcar la distancia entre lo que tenía conmigo y lo que imaginaba que podía darme Nadia. En cada gesto, en cada jadeo, me repetía sin palabras: yo soy la que te enciende, yo soy la que te completa.

La tenía debajo mío, con las piernas al hombro. En un momento, con la respiración agitada, me susurró al oído:
—Quiero más… quiero todo contigo.

Tomó mi pene, lo sacó de su vagina y me guio con sus manos hacia atrás, para entrar en su culo, pidiéndome que intentara entrar. No teníamos lubricante, lo sabía, pero aun así lo intentó. Apenas comencé a deslizarme, cuando mi pene había entrado un poco menos de la mitad, su cuerpo se tensó con un gemido entre dolor y deseo.

—Sigue, amor… no pares —me pidió con los ojos cerrados, mordiéndose los labios.

Me detuve. La acaricié suavemente.
—No, amor… te duele. No quiero lastimarte.

Ella abrió los ojos, brillantes, con una mezcla de frustración y ternura.
—Es que quiero darte todo, Primix. No quiero que quede duda de lo nuestro.

—Amor no tienes que sufrir para darme placer, ni para demostrarme que me lo das todo

La abracé fuerte, besándola con calma, Salí de su trasero, tomé la toalla húmeda que aún estaba sobre el velador, limpié mi pene, lo último que quería es que ella tenga una infección vaginal y dejamos que la pasión encontrara otro cauce. La penetré vaginalmente y seguimos amándonos de manera más suave, más tierna, hasta que ambos nos rendimos exhaustos, envueltos en un sudor compartido que nos dejó temblando. Nuestros orgasmos habían sido uno detrás de otro, muy intensos.

Cuando ya nos habíamos calmado, Angie se acomodó sobre mí. Su boca rozaba la mía, sus pechos firmes se apoyaban contra mi tórax, y el calor de su piel me envolvía como una caricia infinita. La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la lámpara tenue del velador, y afuera se escuchaba el zumbido apagado de los autos en la avenida. El aire olía a sexo, a sudor y a la intimidad nuestra que siempre parecía eterna.

—Amor… —susurró con esa voz entrecortada que me derrite—. Quiero dártelo todo, como nadie te lo ha dado.

La miré a los ojos, brillantes todavía por el esfuerzo y la pasión.
—Yo lo sé, amor —le respondí, acariciándole el rostro—. Siempre me lo das todo.

Ella bajó la mirada un instante, como si buscara fuerzas, y volvió a alzarla con determinación.
—¿Y por qué no entraste atrás?

Solté una risa suave, intentando quitarle peso a la pregunta.
—Porque la última vez que lo hicimos sin lubricante te dolió tres días. ¿No recuerdas? Cada vez que ibas al baño me puteabas… —le dije entre risas, besándole el hombro.

Ella también rio, con esa mezcla de picardía y ternura que era tan suya.
—Sí pues, tienes razón. Pero… —acercó su boca más a la mía, susurrando casi en un gemido—, quiero sentir que me posees toda. Que no quede nada de mí sin entregarte.

Sus palabras me atravesaron. La abracé fuerte, recorriendo su espalda con mis manos.
—La próxima vez traemos lubricante… y todas las veces lo hacemos por ahí —le dije medio en broma, intentando aligerar el ambiente.

Pero ella me miró con seriedad, con una chispa ardiente en los ojos, y contestó de inmediato:
—Hecho. Es un trato.

Nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos fijo. Afuera, la garúa golpeaba suavemente los vidrios de la ventana. Ella apoyó su cabeza en mi pecho y comenzó a dibujar círculos lentos con sus dedos sobre mi piel.

—Primix… —murmuró—. No es solo el sexo. Es que contigo quiero vivirlo todo, probarlo todo, para que nunca olvides que soy yo la que te da esto.
—Amor, no hay manera de olvidarlo —le respondí, besándole la frente—. Tú eres la diferencia. Tú eres lo que nadie más puede darme.

Ella suspiró largo, y en ese suspiro sentí el peso de su entrega, la fuerza de su amor, y también la necesidad de marcar un territorio que nunca se había disputado, pero que igual quería asegurar.

En esa cama de hotel, con el frío limeño afuera y el calor de su cuerpo sobre mí, entendí que lo nuestro no era solo deseo: era la necesidad de trascender cualquier frontera, incluso las del propio cuerpo.

Nos quedamos en silencio un rato, enredados aún en la cama. Yo acariciaba su cabello, ella seguía dibujando figuras invisibles sobre mi pecho. Sabíamos que el tiempo corría: yo había inventado lo de la cena y no podía estirarlo demasiado.

—Amor, no nos podemos quedar —le susurré.
Ella frunció los labios, como una niña contrariada, y luego sonrió con picardía.
—Entonces, antes de irnos… una vez más.

Nos levantamos y fuimos a la ducha. El agua tibia corría sobre nuestros cuerpos pegados, borrando el sudor, mezclándose con la urgencia de volver a sentirnos. Allí la besé contra la pared, sus manos aferradas a mi cuello, mis labios recorriendo su piel mojada. Nos amamos rápido, intenso, con esa mezcla de apuro y deseo que solo aumentaba la tensión. El vapor empañaba los azulejos, y entre jadeos, alcanzamos otra vez ese clímax que nos dejaba temblando.

Salimos de la ducha riendo, secándonos a medias, vistiéndonos con la prisa de quien quiere detener el tiempo, pero sabe que no puede. Yo acomodé mi camisa frente al espejo mientras ella, ya lista, me miraba con esa mirada que decía más que mil palabras.

El camino a su departamento fue tranquilo. Lima estaba húmeda y gris, su garúa que apenas se sentía en el parabrisas. Ella iba en silencio, mirando por la ventana. Yo pensaba en cómo se le notaba la serenidad después de cada encuentro, como si su alma quedara en calma.

De pronto, giró hacia mí.
—Primix… —me dijo, con voz suave pero firme—. Cuando te digo que quiero dártelo todo, no me refiero solo a mi cuerpo.
—Ah, ¿no? —sonreí, queriendo aligerar el momento.
Ella me sostuvo la mirada.
—No. Dártelo todo es darte mis ganas de vivir, mis sueños, mi tiempo… darte la mejor parte de mí, la más vulnerable. Cuando estoy contigo, siento que no me guardo nada. Y eso es lo que me hace tuya de verdad.

Sus palabras me dejaron mudo. La miré un segundo, conmovido, y apreté su mano sobre la palanca de cambios.
—Amor… no sabes cuánto significa escucharte así. Y créeme, yo lo recibo todo. Y lo cuido, aunque a veces no lo sepa mostrar.

Ella suspiró, volvió a mirar por la ventana, y sonrió con un brillo melancólico.
—Mientras me sigas amando, no me importa lo demás. Lo que tengo contigo… no lo cambiaría por nada.

El auto avanzaba lento por las calles mojadas, y yo sentía que esa confesión quedaba suspendida en el aire, más fuerte que cualquier promesa.

Al llegar a su edificio, estacioné unos segundos frente a la puerta. El silencio se hizo pesado, como siempre en esas despedidas. Ella me miró con esa mezcla de ternura y tristeza que me partía en dos.

—Ya llegamos, amor —le dije, intentando que sonara ligero, aunque por dentro me costaba soltarla.

Se inclinó hacia mí y me besó. No fue un beso corto ni un adiós apurado: fue largo, profundo, casi doloroso, como si quisiera quedarse adherida a mis labios. Sentí sus manos en mi nuca, apretándome, reteniéndome un instante más.

Cuando por fin se separó, respiraba agitada. Me miró fijo, con esa chispa juguetona que nunca perdía.
—Primix… —susurró, rozando mi boca—. Para la próxima, quiero que lleves un tubo grande de lubricante. No quiero quedarme con las ganas.

Me reí, medio sorprendido por el cambio brusco de tono, y ella también soltó una risa nerviosa. El momento de confesión y ternura se transformaba otra vez en complicidad y deseo.

—Hecho —le respondí, acariciándole la mejilla—. Un tubo grande, como tú dices.
—Grande —repitió con picardía, bajando la voz—. Porque lo nuestro no se puede quedar a medias.

Nos dimos un último beso, más breve pero igual de intenso, y bajó del auto. La vi entrar, volteando a mirarme una vez más antes de perderse en el portal. Me quedé un rato quieto, con el corazón acelerado y una sonrisa que mezclaba amor, deseo y la certeza de que cada encuentro con ella me marcaba un poco más.

Encendí el motor y avancé despacio por la calle húmeda, todavía con el sabor de su despedida en mis labios y la promesa de la próxima vez latiendo en mi mente.

Cuando llegué a casa era casi medianoche. La garúa limeña mojaba el aire y el frío se me metía en los huesos, aunque en realidad venía con el calor del hotel todavía en la piel.

Abrí la puerta despacio. La casa estaba en silencio, solo la luz azulada de la televisión iluminaba el pasillo. Al entrar al dormitorio, vi a Nadia recostada contra las almohadas, con la frazada hasta el pecho y los ojos clavados en la pantalla. Netflix dejaba correr una película cualquiera, más de compañía que de interés.

—Llegaste, amor mío —dijo sin levantar mucho la voz.
—Sí, estaba larga la cena —respondí, besándole la frente.

Sin perder tiempo, me metí al baño. Abrí la ducha y dejé correr el agua unos minutos, como si el vapor fuera a borrar cualquier rastro de lo que había pasado horas antes. Me enjaboné rápido, repasando en mi mente las últimas palabras de Angie, su risa, su promesa del “tubo grande de lubricante”.

Cuando volví al dormitorio, me puse el pijama y me metí en la cama. Nadia apagó la tele, me tomó de la mano bajo las frazadas y me acarició los dedos en silencio. No dijo nada más. Yo tampoco. Cerré los ojos, y el sueño me venció en esa calma engañosa.
 

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