La señora vendedora de figuritas
Lima, invierno de 2020. Las calles aún se debatían entre el miedo al virus y la pasión por la Copa América. En cada esquina de Jesús María y Lince, los niños (y no tan niños) buscaban completar el álbum, mientras los kioscos olían a alcohol en gel y nostalgia.
Ella se llamaba
Maritza, pero todos la conocían como
la señora de las figuritas. Tenía 42 años, piel canela y una sonrisa que desarmaba a cualquiera que se acercara con monedas en la mano. Su puesto improvisado frente a una bodega era un imán: la caja de cartón llena de sobres, el letrero que decía
“Cambia y gana tu figurita dorada”, y sus ojos, siempre atentos, siempre vivos.
A partir de ella, empecé a pensar y a decirme: “Yo siempre creí que, si veo una mujer en falda corta, me pongo como oso, pero ella con sus licras, me volvía loco”. Y es que, ella sabía que la miraban, no era que tenía unas curvas de infarto, pero ver como se le metía la ropa interior que de seguro sería grande, porque en alguna ocasión al agacharse, esa piel canela se notó mas por un gran borde de una tela barata de confección de mujer sin recursos, sin embargo, esa visión despertó el morbo por ella………….
Yo la conocí una tarde gris, buscando la número 187 —el escudo de Uruguay—, la única que me faltaba. Ella me miró de arriba abajo y soltó con picardía:
—Esa te la tengo, pero cuesta más… porque es especial.
Capítulo 1: La Tregua del Escudo Celeste
Lima, invierno de 2020
—Esa te la tengo, pero cuesta más… porque es especial —dijo Maritza, la vendedora de figuritas, con una picardía que me hizo dudar si estaba vendiendo cromo o una reliquia incaica.
Yo tenía 44 años, la barba mal afeitada y la angustia del coleccionista al límite. La número 187, el escudo de Uruguay, era mi Némesis.
—¿Más? ¿Cuánto, es más, Maritza? La gente hace cola —repliqué, señalando a un par de escolares impacientes que olían a sándwich de pollo y desinfectante.
Maritza se rio, ese sonido bajo y cálido que amortiguaba el ruido de los carros en la Avenida Salaverry. Metió la mano en un bolsillo secreto de su delantal, sacó la figurita y la sostuvo contra el sol nublado. Era perfecta.
—Diez soles —sentenció. Cinco veces su precio normal.
—¡Es un abuso! —protesté, pero ya estaba sacando el billete.
—Es una inversión, mi rey. Hoy te vas a casa con el álbum completo y yo me voy con pan para el fin de semana. Además, hay que bendecir la venta. Mira quién viene a darme una mano.
Señaló hacia la esquina. De una cúster bajaron tres figuras que inmediatamente atrajeron todas las miradas. No solo porque llevaban puestos barbijos de tela negra con el logo de la selección peruana, sino porque irradiaban esa energía juvenil y vibrante que la pandemia había intentado silenciar. Eran dos chicas de unos veinte años y una adolescente que parecía lista para regañar a cualquiera que intentara regatear.
—Ellas son mi ejército de apoyo, mi 'Selección'. Vienen de Huacho a pasar la cuarentena conmigo —explicó Maritza, con un orgullo evidente—. La más alta es mi sobrina,
Sofía, la artista. La de trenzas, mi prima
Brenda, la matemática. Y la más chiquita, mi sobrina
Estrella, la de la labia, la que te vende arena en el desierto.
Las tres se acercaron, saludando con una coordinación que parecía ensayada. Sofía, con una bolsa de lona que seguro contenía más que figuritas, me dedicó un asentimiento tranquilo. Brenda, con su cuaderno forrado, me miró con el desdén analítico de quien sabía exactamente cuántas figuritas necesitaría para completar
todos los álbumes del barrio. Estrella, sin embargo, se adelantó, me quitó el billete de diez soles de la mano antes de que pudiera dudar, y le entregó el escudo uruguayo a Maritza.
—Tío, apúrese con el cambio. Hoy se vende hasta el repechaje. ¡Y la 187 ya no existe! —declaró con voz teatral.
Las susodichas eran familiares de la doña, durante un tiempo no me expresó mucho de ellas y es que, todos como lobos hambrientos, afilando sus cuchillos le apuntaron la placa.
Todas eran suculentas, jóvenes, sumisas, de buena figura, pobretonas y muy humildes. Se nota en el gesto, en el saludo, en la expresión, casi diría que hasta su caminar indica que tienen poco o nulo recorrido.
Mientras Maritza me daba el cambio, noté que Sofía ya estaba pegando un cartel nuevo y pulcro sobre el improvisado letrero de cartón. Decía:
"Mercado de Fichajes de Figuritas - Análisis de probabilidad GRATIS con Brenda".
El negocio de Maritza, que hasta hoy era solo una caja y una sonrisa, acababa de ser profesionalizado. Y yo, que solo buscaba una figurita, sabía que la historia de la señora vendedora apenas estaba comenzando.
Sofía me hizo el habla, yo sabía que era por algo, creo que, a pesar de todo, ella quería surgir, me vio aprendiz, su mina de oro, yo le seguí la corriente. Aproveché los siguientes días, que Maritza estaba muy ocupada. Le di mi fono, me escribía sobre información donde conseguir las ilustraciones que me faltaban y yo de a pocos le sacaba, si está sola, le insistí tanto, que escuetamente me respondió que si……………..
Capítulo 2: La Estrategia de la Trenza y el Talento Oculto
Día Siguiente
Volví al día siguiente, no por la colección (que por fin estaba completa), sino por pura curiosidad sociológica. El puesto de Maritza había mutado. Ya no era una caja de cartón; ahora era una mesa plegable con tres secciones diferenciadas, un verdadero ‘centro de operaciones’.
En el centro, Maritza seguía siendo la ‘Gerente General’, la que tenía la magia de los sobres y la memoria prodigiosa para saber quién buscaba a qué jugador de Chile.
A su izquierda, la sección de Brenda, la prima matemática. Estaba armada con un cuaderno lleno de tablas de frecuencia, lápices de colores y una calculadora solar. Su trabajo era la
"Optimización de Intercambios".
—A ver, joven —le dijo a un señor de terno que parecía recién salido de un
Zoom corporativo—. Usted tiene tres repetidas del Grupo A y busca a la 102 de Colombia. La probabilidad de que la encuentre en un sobre es del 0.7%, es decir, necesita comprar cien soles. Pero el niño de allá tiene la 102. Yo le ofrezco un intercambio de tres por uno, más cinco soles de 'comisión por análisis de riesgo'.
El señor la miró con la boca abierta. Brenda no vendía figuritas; vendía eficiencia. El negocio fluía con una lógica ineludible.
Por otro lado, Sofía, la sobrina artista, había convertido el puesto en una galería de arte callejero. Había dibujado retratos a plumón de los jugadores más populares: el 'Orejas' Flores, Paolo Guerrero y hasta un Messi caricaturizado. Pero su verdadera contribución fue la
"Revalorización de la Repetida".
—Maritza, nadie quiere las de Ecuador, ni las regalas —había escuchado decir a Estrella.
Sofía tomó una decena de figuritas ecuatorianas y las pintó de dorado con un
sharpie, luego les pegó un pequeño
sticker de estrella encima.
—Ahora son las figuritas 'Premium Oro' de la suerte —explicó con tranquilidad, sin un ápice de ironía—. Cuestan el doble, pero dicen que te atraen al escudo que te falta.
Un niño se acercó y, sin dudar, compró dos. El arte de Sofía no solo era visual; era persuasión económica.
La que manejaba el flujo de gente y el mercadeo de guerrilla era Estrella, la más joven. Con su voz potente, organizaba colas, gritaba ofertas y, sin preguntar, se encargaba de la seguridad, espantando a cualquier adulto que se acercara solo a "mirar" sin comprar.
—¡El que no compre, no estorbe! ¡Aquí se mueve la economía, no la mirada! —vociferaba con una autoridad cómica.
La sinergia era perfecta. Maritza, el corazón y el proveedor. Brenda, el cerebro. Sofía, la creatividad. Y Estrella, la voz y el músculo. El negocio de las figuritas ya no era solo un puesto; era un pequeño imperio familiar que se reía del confinamiento.
Esa vez pude notar que como nunca, Maritza se puso alegrona con un venerable anciano. Al día siguiente vino en un auto lujoso, ella ingreso, me sorprendió, estuvieron tomando desayuno y esa fue mi oportunidad para hacer lo mismo con Sofía.
Días después ya la tuve de cerca, estaba con ropa ancha, pero se notaba buena figura, le hablé del amor, de proyectos, de negocios, de yo capacitarla. Una idea llevó a la otra y no fue que nos hicimos pareja, pero robarle un beso, probar su lengua, tener su aroma, manosearla algo en un parque cerca de mi casa, me dio derecho a mucho, a casi todo………….
Capítulo 3: La Amenaza del 'Tiburón de Surco'
Una Semana Después
El éxito siempre atrae envidia, y el pequeño imperio de Maritza no fue la excepción.
Una tarde, mientras Brenda explicaba la ley de grandes números a un taxista que buscaba el once ideal de Brasil, una figura alta y voluminosa se plantó frente al puesto, eclipsando el sol. Era un hombre con sobrepeso, camisa de franela a cuadros y una mirada de hiena. Era conocido en el mundo del coleccionismo limeño como "El Tiburón de Surco", un revendedor mayorista que se dedicaba a comprar figuritas a granel de distritos menos poblados para luego venderlas a precios inflados en la capital.
—Maritza, Maritza. Veo que el negocio te va bien. Demasiado bien para un puestito sin licencia —dijo el Tiburón con una voz aceitosa.
Maritza cruzó los brazos, su sonrisa se había endurecido.
—Es un emprendimiento familiar, señor. Y estamos en vía pública, como usted.
—Ah, sí, claro. Pero tengo contactos —insinuó, señalando un sobre abultado en su bolsillo—. Mira, te ofrezco un trato. Yo te doy toda mi 'basura' de repetidas, y tú me vendes los sobres sellados a precio de mayorista, me dejas 'descremar' lo bueno. O si no... bueno, el sereno de la esquina es un buen amigo mío. Tal vez mañana tu mesa no esté aquí.
Un silencio tenso envolvió el puesto. Sofía apretó el plumón que usaba para sus dibujos. Brenda cerró de golpe su cuaderno de estadísticas.
Fue Estrella quien rompió la tensión.
—¡Abuela! —gritó con voz fingida y dulce—. ¿No le vas a vender? ¡Es justo el señor que me dijeron que compra figuritas de fútbol, pero solo si tienen un precio
muy alto!
El Tiburón se giró, confundido por el grito de "Abuela".
—¿Tú eres la nieta de esta señora? —masculló.
—Soy su agente de ventas. Y mi abuela me dijo que no vendemos al por mayor a revendedores —dijo Estrella, alzando la barbilla—. Nosotras vendemos esperanza, señor. No especulación. Y con esa camisa de cuadros... ¿está buscando a la 10 de Paraguay? Porque la tengo, pero cuesta 20.
Estrella había cambiado repentinamente la moneda a dólares, subiendo el precio exponencialmente.
El Tiburón se quedó mudo. No era una vendedora, era una negociadora de mano dura. Miró a Maritza, que ahora sonreía ampliamente. Miró a Brenda, que lo evaluaba como un error estadístico. Miró a Sofía, que ya le dibujaba unos cuernos diabólicos en su caricatura. Sintió la presión combinada de las cuatro mujeres.
—Ya veremos, señora de las figuritas —gruñó, y se marchó, vencido por la audacia de una adolescente.
Cuando se fue, Maritza abrazó a Estrella. La batalla había sido ganada, no con sobornos, sino con pura astucia familiar.
A la mañana siguiente Sofía no vino, Brenda me atendió, pregunté por la matriarca o madrina, o tía, o dueña, y me dijo está con el señor…..( el venerable anciano), uy dije, un curuju, se me hizo. Brenda fue mas suelta, bromas van, bromas vienen, le di una buena propina, le dije ven a mi casa a limpiar. Llegó puntual, le invité un trago, le regale ropa, un hilo y allí empezamos a intimidar…………
Capítulo 4: La Fiebre del Cromo Dorado y el Desafío de Sofía
Días de Venta Frenética
Después de la visita del Tiburón de Surco, la fama del puesto de Maritza explotó. La gente venía no solo por las figuritas, sino por la experiencia: la precisión de Brenda, el arte de Sofía y la chispa de Estrella. Maritza había bautizado su negocio como
"La Tienda de las Cuatro Fantásticas del Álbum".
El boom llegó con el anuncio de la 'Figurita Dorada Edición Limitada', un cromo brillante y extremadamente raro que el fabricante había liberado para aumentar la pasión. Maritza sabía que quien consiguiera uno, se convertiría en leyenda del barrio.
Una mañana, Sofía llegó con una idea revolucionaria que había estado gestando. Había notado que la gente se frustraba mucho abriendo sobres solo para encontrar el mismo portero de Bolivia.
—Maritza, tengo que contarte algo. Estuve estudiando el papel —dijo Sofía, mostrando la parte interior de un sobre vacío—. Los sobres tienen una codificación microscópica en la textura del papel que indica si el paquete contiene una figurita 'clave' o solo 'relleno'.
Brenda se burló.
—Eso es una leyenda urbana, Sofía. No hay correlación estadística probada.
Mucho floro dijo un parroquiano. Ellas entendieron que mostrar las carnes, significaban que era negocio redondo. Ya en los días siguientes, decir, comentar que cada una tenía a 20 hombres detrás de ellas, era poco, menos mal que yo había avanzado con todas.
Sofía se puso celosa de que Brenda me diera mucha confianza, a propósito se fue con otro comprador, yo la saque a Brenda y nos fuimos, le regalé 50 soles, le dije, cuando puedas vas a mi casa, no, le dije, es para ti. Ya sabía que en cualquier momento aflojaba.
Esa misma noche me llama, me dice tengo tal figura, fui de inmediato, le ayudé a limpiar y cerrar el negocio. Le invité a cenar, yo me tomé mis chelas, me dijo estoy apoyando a una amiga a vender sus dulces, le di 100 por todo, ella me abrazó y terminamos cogiendo. No sé, pensé que sería mejor, creo que hice mal la jugada, era con Sofía. Pero para bien o mal, en adelante esta mujer me buscaba, me invitaba, me pedía, no se si se obsesionó, pero polvo gratis no se desaprovecha.
Capítulo 5: El Legado de las Cuatro y el Álbum de la Vida
Fin de la Copa América, verano de 2021
La Copa América terminó, y con ella, la fiebre del álbum. Las figuritas se agotaron, los goles se olvidaron y el verano limeño empezó a calentar.
Las primas y sobrinas de Maritza se preparaban para regresar a Huacho, pero la experiencia las había cambiado a todas. Brenda había conseguido una beca para un curso de Data Science en Lima, usando sus tablas de probabilidad como portafolio de trabajo. Sofía había vendido suficientes retratos y había ahorrado para comprar su primer set de óleos profesionales, soñando con una exposición. Estrella, con su experiencia en ventas, había decidido postular a un colegio de alto rendimiento, convencida de que su capacidad de negociación la llevaría a ser la líder de su promoción.
El último día, yo fui a despedirme de ellas. El puesto estaba semi-desmontado. Solo quedaba la mesa y Maritza, con una sonrisa más melancólica.
—Las vas a extrañar —le dije, comprando mi último sobre de “despedida”, que contenía un jugador repetido de Perú.
—Las extraño desde que bajaron del bus. Pero ellas necesitaban ver que podían ser más que 'las chicas de Huacho' —me dijo Maritza, acariciando el letrero de "Mercado de Fichajes"—. Yo les di el lugar, la oportunidad. Ellas le dieron el alma al negocio.
Maritza me entregó un pequeño regalo: una figurita laminada y brillante, que no era de la Copa América. Era una foto de ella junto a sus tres 'agentes' en el puesto, riendo a carcajadas. Debajo, un mensaje de puño y letra de Sofía:
“La mejor colección no es la de los cromos, sino la de la gente que se queda a tu lado”.
—Esa es la figurita que vale más que el escudo de Uruguay y que el dorado —me dijo Maritza, secándose una lágrima invisible—. La vida, mi rey, también se colecciona. Y mi álbum familiar, gracias a la Copa América, se completó con la gente más valiosa.
Ella me dio un abrazo. Yo me fui, con el corazón lleno de ese calor que solo el afecto sincero y una figurita muy especial te pueden dar. Maritza se quedó, mirando el horizonte, lista para el próximo campeonato, lista para la próxima aventura. Sabía que la señora vendedora de figuritas, y sus fantásticas aprendices, habían dejado una marca indeleble en el invierno de Lima.
Segundos después vino Brenda, estaba con otras damas entre chibolas y no tanto, me dijo son mas de su familia, aunque no todas cercanas. Me dijo sin asco, supe lo tuyo y de Sofía, ok, solo le respondí. Se dio una vuelta alrededor de donde estaba, me dijo, mira lo que te perdiste, de verdad, estaba mas buena, pero no pude hacer más.
Un par de años después Sofía me escribía para vernos, esta vez si hubo final feliz y ella la principal figura que me faltaba…………………..