Batalla de los Campos Cataláunicos
Batalla de los Campos CataláunicosParte de Invasión de los Hunos
Los Hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos, por
Alphonse de Neuville (183685)Fecha
20 de junio del
451LugarAlgún lugar del actual noreste francés, quizá cerca de la actual
Châlons-en-ChampagneResultadoGrandes pérdidas en ambos bandos. Victoria moral de Aecio y sus aliados, al romper el aura de invencibilidad de Atila
Beligerantes
Imperio Romano de Occidente
Visigodos
Francos
Alanos
Burgundios
SármatasHunos
Ostrogodos
Gépidos
Hérulos
TuringiosComandantes
Flavio Aecio
Teodorico
Atila
ValamiroFuerzas en combate30.00050.000 hombres
120-250.000 según fuentes antiguas30.00050.000 hombres
100-600.000 según los romanosBajasDesconocidas15.000 a 40.000 (según los romanos)
los más alcistas entre 160-300.000 muertos
[1]La
Batalla de los Campos Cataláunicos (también llamada
Batalla de Châlons, o
Batalla de Locus Mauriacus) enfrentó en el año
451 a una coalición
romana liderada por el general
Flavio Aecio y el rey visigodo
Teodorico I contra la alianza de los
hunos comandada por su rey
Atila. Esta batalla fue la última operación a gran escala en el
Imperio Romano de Occidente y la cumbre de la carrera de Aecio. Es considerada una de las batallas más importantes de la
Historia Universal.
El lugar donde se piensa que tuvo lugar la batalla fue en algún descampado en la margen izquierda del
río Marne, cerca de la ciudad de
Châlons-en-Champagne, actualmente en el norte
francés, aunque se desconoce la ubicación exacta. El enfrentamiento tuvo lugar durante los últimos días del mes de junio del año
451.
Contenido
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[editar] La tormenta llega del Este

Imperio Romano (amarillo) e Imperio Huno (naranja) en el
450.
El nombre de
Atila había llegado a todos los rincones de Europa. Algunos pueblos bárbaros enviaban emisarios con proposiciones de alianzas, mientras otros buscaban apoyo en el decadente Imperio Romano de Occidente. La cristiandad se había extendido por gran parte del continente; tanto el Imperio Romano de Oriente, como el de Occidente habían abandonado los antiguos cultos, al igual que diversos pueblos bárbaros que se habían romanizado y adquirido el cristianismo.
Las noticias de los saqueos y la destrucción que había sufrido el Imperio de Oriente a manos de Atila habían llegado a Occidente. El temor a que los hunos se dirigieran al Imperio de Occidente era una realidad, los militares los temían, y el pueblo también. No obstante, el emperador de Occidente,
Valentiniano III, había entablado negociaciones con Atila para destruir entre ambos el
Reino Visigodo de Tolosa, en la Galia.
Precisamente, esos mismos visigodos eran los que décadas atrás se habían visto obligados a cruzar el Danubio por culpa de la presión huna, los que habían derrotado a los romanos en Adrianópolis, los que habían vagado durante años asolando los Balcanes, los que habían saqueado Roma en el 410 y los que ahora ocupaban parte de la Galia. El emperador trataba de aliarse con los causantes primeros de que los visigodos hubieran dañado seriamente al Imperio.
Aunque las supuestas intenciones de Atila eran las de ayudar a los romanos, las reales eran muy distintas: adueñarse de la Galia. Cuando las huestes hunas se pusieron en marcha hacia la Galia el pánico cundió en el Imperio. Se temió lo peor, Atila, el poderoso bárbaro, el Azote de Dios, como lo llamaba la Iglesia católica, se dirigía hacia el Imperio de Occidente.
Atila se dirigía a la Galia con la excusa de expulsar a los visigodos de allí, pero sus auténticas intenciones eran la de apoderarse de los territorios del Imperio de Occidente. Aecio lo sabía y, haciendo gala de su habilidad diplomática, consiguió una alianza con los visigodos, sus antiguos enemigos, para luchar conjuntamente contra Atila. Mientras tanto, las fuerzas hunas habían llegado al norte de la Galia y habían comenzado a saquearla. Ciudades como Metz, Reims o Amiens fueron pasto de las llamas, y un ejército confederado de romanos, visigodos y un pequeño número de francos, alanos y otros pueblos iniciaron su camino hacia el norte, dispuestos a enfrentarse con el Azote de Dios y sus hordas.
El Imperio Romano era una sombra de lo que había sido. Corrupto, marchito y ajado tras siglos de existencia, agonizaba ante una avalancha de invasores que no podía frenar. Sin embargo no todo estaba perdido. Flavio Aecio, un general del ejército, el último romano de verdad, debía frenar a Atila.
[editar] Contendientes
En esta batalla se enfrentaron dos bandos en los que estaban integrados un gran número de pueblos de origen germánico. Por la parte huna,
Atila contaba con una gran cantidad de los jinetes de las estepas que habían conformado su pueblo, así como una gran cantidad de infantería de los reinos que le habían rendido vasallaje, como los
ostrogodos,
gépidos,
hérulos,
turingios y muchos más.
El ejército romano estaba comandado por el
magister militum Flavio Aecio, apodado por los historiadores como
«el último de los romanos», por sus denodados esfuerzos por defender un Imperio Occidental que se derrumbaba a pasos agigantados. Aecio buscó la ayuda de otros pueblos bárbaros, pues era consciente de que el ejército romano no podría frenar a la masa que se abalanzaba sobre las fronteras del Imperio y de que sus legiones no eran ni una sombra de lo que habían sido siglos atrás. El ejército romano estaba muy debilitado debido a demasiados factores. Las pagas no eran tan atractivas como lo habían sido en siglos anteriores, las tácticas e incluso el armamento se habían quedado anticuados en relación a los avances que habían obtenido los enemigos de Roma; con tantos y tan numerosos enemigos las posibilidades de morir habían aumentado enormemente y, en un imperio decadente, corrompido y empobrecido, la gloria por pertenecer al ejército había desaparecido. El Imperio de Occidente era incapaz de controlar sus fronteras, que se habían vuelto permeables a todo tipo de invasiones, y los emperadores se veían obligados a reclutar a los bárbaros que penetraban en el imperio, actuando como
foederati para tratar de impedir que otros bárbaros también se colasen. Aecio consiguió que además de las tropas romanas se unieran a él los
visigodos y
burgundios, los
francos y los
alanos.
[editar] La batalla que decidiría el futuro

Manuscrito del
siglo XIV que figura la batalla (Biblioteca Nacional de los
Países Bajos).
Fue en la actual Champaña, el 20 de junio del año 451 d.C, cuando los dos ejércitos se desplegaron uno frente a otro, en campo abierto. En un lugar con un nombre tan épico como el de los Campos Cataláunicos, que dan nombre a la ciudad de
Châlons (
Chatalan) y a la
Champaña (
Champs),
Atila, el caudillo bárbaro más temido de la Antigüedad y
Flavio Aecio, «el último romano», se batieron con sus ejércitos en la que fue la batalla más sangrienta hasta aquella fecha.
El ejército confederado romano fue el primero en desplegarse en el campo de batalla. Aecio desplegó a sus romanos en el ala izquierda, sobre una pequeña colina que dominaba el campo de batalla, y situó a los visigodos con su rey
Teodorico en el ala derecha. Entre ambos contingentes desplegó a los
alanos, en los que no confiaba demasiado, situándolos entre él mismo y
Teodorico para dificultar una posible retirada de estos.
Atila llegó a la llanura cuando el ejército confederado bajo el mando de
Flavio Aecio ya se había desplegado. Frente a él se encontraba el único ejército romano que podía frenar su penetración total en la
Galia, el ejército que debía destruir para que la totalidad del
Imperio Romano de Occidente fuera suya.
Pocos datos han trascendido sobre lo que ocurrió a continuación, y los que lo han hecho son confusos. Se sabe que
Atila y su horda huna se situaron en el centro de su ejército, que los ostrogodos hicieron lo propio a su izquierda, frente a los
visigodos de
Teodorico, y que el resto de pueblos bárbaros se desplegaron a la derecha. Probablemente la intención del rey huno era atacar a los alanos con tal energía que abandonasen el campo de batalla, pudiendo crear una desbandada. Con los
alanos huyendo el ejército de Aecio quedaría partido en dos, por lo que sería muy fácil rodearlo y destruirlo.
Atila sabía que se jugaba mucho en aquel combate. Había dado orden que no se cargara hasta que él no abriese fuego con sus arqueros hunos y así debió ocurrir. Durante unos momentos, tras la finalización del despliegue de su ejército, ambos bandos debieron quedarse en silencio, observando a los adversarios, hasta que el caudillo levantó la mano derecha y la bajó violentamente. A su orden los arqueros hunos lanzaron una andanada de flechas que instantes después impactó contra el ejército romano. En ese momento,
hunos,
ostrogodos,
gépidos,
hérulos, y los demás aliados cargaron contra el ejército confederado.
Atila, al frente de sus jinetes se lanzó contra los
alanos, mientras la infantería del conglomerado bárbaro chocaba con los soldados romanos de Aecio, que dominaban la colina y, por último, los
ostrogodos entablaban combate con los
visigodos.
La batalla se prolongó durante horas. Los
ostrogodos lucharon enconadamente contra los
visigodos, aunque las tropas de
Teodorico conseguían rechazarlos una y otra vez, mientras los
hunos causaban más y más bajas a los alanos. A pesar del temor de Aecio de una deserción masiva alana, tal hecho no se produjo. Los
alanos resistieron con valor y determinación las constantes acometidas de los salvajes jinetes hunos, aunque no podían evitar ir cediendo terreno poco a poco. Sobre la colina, los soldados romanos resistían sin demasiada dificultad a los descoordinados bárbaros que se lanzaban contra ellos de forma desordenada y se cansaban al subir el terraplén a la carga. Sin embargo la mayor presión la estaba ejerciendo
Atila en el centro del ejército confederado romano, sobre los alanos, cuyas filas comenzaron a titubear. En ese momento
Atila localizó a
Teodorico, el rey visigodo, combatiendo en primera fila contra los
ostrogodos. Sin pensarlo dos veces se lanzó a por él; su muerte sería desastrosa para la moral visigoda.
Teodorico y su guardia real se vieron atacados por la caballería huna, y tras un encarnizado combate el rey cayó muerto.
La muerte de
Teodorico no causó una desbandada visigoda. Su hijo,
Turismundo, fue nombrado rey en mitad del fragor del combate. Los
visigodos contraatacaron con renovadas energías contra los
ostrogodos, que fueron rechazados. En ese momento la batalla cambió de rumbo.
Atila, que había estado a punto de lograr la desbandada alana y otra posible retirada visigoda, se encontraba en este punto con una retirada ostrogoda y con los
alanos y
visigodos permaneciendo en el campo de batalla. Llegado este momento,
Turismundo reorganizó sus filas y ordenó atacar a los hunos.
A estas alturas de la tarde se había producido una sangría en el ala derecha del ejército de
Atila, que no había logrado abrir brecha en las filas romanas de la colina.
Atila percibió el peligro de la embestida visigoda por su izquierda, pues Aecio podía rodearlo por la otra ala. Vista la situación, el rey huno envió un jinete a su campamento portando la orden de que se hiciese una pira funeraria de inmediato. La batalla estaba perdida, y
Flavio Aecio asestaría el golpe definitivo en cualquier momento.
Reorganizó como pudo sus fuerzas y huyó del campo de batalla a su campamento, dispuesto a incinerarse antes que dejarse capturar. Si Aecio contraatacaba cercaría a los supervivientes en su propio campamento y podría aniquilarlos. Sin embargo ocurrió un hecho insólito: el general romano no ordenó el contraataque. No se sabe con exactitud cuál fue la razón que provocó tal actitud, pero se barajan varias posibilidades. Hay quien sostiene que
Turismundo, el nuevo rey visigodo proclamado en mitad de la batalla, rompió el acuerdo militar alcanzado por su padre con Aecio tras la retirada huna, abandonando los Campos Cataláunicos, por lo que Aecio, con un ejército reducido a casi la mitad no podría asestar el golpe final a
Atila. Sin embargo la razón más aceptada (propuesta por el historiador
Jordanes) es que Aecio temía que, con la destrucción de los
hunos, los
visigodos, muy poderosos en ese momento, se crecieran y trataran de hacer lo que los
hunos: tomar el
Imperio Romano de Occidente. E incluso se opina que el general romano no tenía intenciones de destruir al ejército huno con vistas de pactar una alianza en caso de que los
visigodos se revolvieran contra
Roma. El caso es que, por unas razones o por otras, Aecio no contraatacó y
Atila pudo retirarse a
Germania.
[editar] Desenlace
Aecio,
Turismundo y
Atila abandonaron el campo de batalla de
Châlons-en-Champagne dejando tras de sí tantos cadáveres (algunos estiman entre veinte y treinta mil), que según los contemporáneos las almas de los muertos siguieron luchando en el lugar durante varias noches y, durante generaciones, los campesinos de la zona siguieron desenterrando huesos y armas mientras labraban la tierra.
A pesar de las previsiones de
Flavio Aecio,
Atila no se dio por vencido.
Honoria, la hermana del emperador
Valentiniano III, le había pedido matrimonio al rey huno, y éste, deseoso de recibir parte del imperio, había aceptado. Aunque el emperador había desautorizado la petición de su loca hermana,
Atila exigía lo que creía que le pertenecía, por lo que al año siguiente, en el 452 d. C., los
hunos invadieron el norte de Italia sembrando la destrucción a su paso. Sin embargo, no llegaría mucho más lejos. El papa
León I acudió a hablar con él. Nadie sabe qué fue lo que le dijo, pero tras la entrevista y contra toda expectativa, se retiró de Italia con todo su ejército.
Atila se retiró tras el Danubio y en el año 453, en una orgía tras contraer matrimonio con la princesa goda
Ildico, murió por una hemorragia nasal. Lo cierto es que el caudillo las sufría con cierta periodicidad, pero en aquella ocasión, ebrio, se durmió boca arriba y se ahogó en su propia sangre.
La retirada de Atila y su muerte al año siguiente supusieron sendos reveses para la imagen de que gozaba Aecio ante
Valentiniano III, que sospechaba que su mejor general tenía aspiraciones al trono imperial. Aecio había apostado desde el principio de la invasión de Italia por una solución militar a pesar de lo reducido de sus fuerzas, pero Valentiniano III prefirió permanecer a la defensiva y resistir desde
Rávena; con la muerte de Atila en 453, el emperador occidental pensó que la habilidad negociadora y militar de Aecio ya no eran tan necesarias, ahora que había desaparecido el peligro de Atila. Por estas razones, y alentado por las habituales intrigas palaciegas, en el año 454, Valentiniano III lo mandó llamar a palacio, y luego de una intensa discusión, él mismo asesinó por sorpresa a Aecio atravesándole con la espada imperial. Al año siguiente, dos antiguos oficiales de Aecio asesinaron al emperador durante un desfile militar, seguramente a instancias del influyente y rico senador romano
Petronio Máximo, que aspiraba al trono.
Más tarde, «vengando la muerte del emperador», el vándalo
Genserico invadió y saqueó Roma, probablemente llamado a ello por la viuda de Valentiniano. Partió entonces hacia el norte de
África con un rico botín, que incluía algunos prisioneros ilustres, dejando a la ciudad humillada. Habían pasado seis siglos desde que en tiempos de la
Antigua república romana,
Cartago hubiese sido destruida hasta los cimientos. Ahora la nueva Cartago vengaba a la antigua.
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