El proceso de Juana en Ruán

La Torre «Juana de Arco» en Ruán, donde estuvo prisionera durante el juicio.
El primer cambio que la joven Doncella, ahora ya esposada, pudo notar fue el lugar donde la aprisionaron y el trato que recibió, que fue el de prisionera de verdad. Juana fue encerrada en una celda bastante oscura de forma hexagonal dentro de una torre. Esta celda tenía una pequeña abertura que ejercía de ventana y adjunta otra celda menor que servía de letrina. Mientras una comunidad de eclesiásticos comenzaba a mover hilos para preparar los puntos básicos de la acusación de Juana, con ánimo de venganza como después quedaría impreso años después en las diversas declaraciones de algunos de los miembros. Buena parte de los miembros del proceso de Juana estarían comprados, según documentos que han sobrevivido. Estos estaban dirigidos por el obispo de Beauvais,
Pierre Cauchon.
Mientras Juana era vigilada por cinco hombres:
Jean Baroust,
Nicholas Bertin,
Julian Floquet,
William Mouton y
William Talbot; sabiendo que ya había intentado escaparse dos veces, y que era una verdadera prisionera de guerra muy cara. El proceso comenzaría el
9 de enero de
1431, después de ser pasada finalmente a jurisdicción de la
Inquisición de la Iglesia, tal y como reclamaban la Universidad de París y Cauchon desde hacía meses con el apoyo de muchos teólogos seis días antes. Un proceso que pasaría a la posteridad y que convertiría a Juana en la heroína nacional por el modo como se desarrolló y el final de la joven y la leyenda de la que hoy en día todavía se intenta distinguir la realidad de la fantasía, como acostumbra a pasar en estos casos. Juana no estuvo presente en estas diez sesiones preliminares que hubo hasta su aparición frente sus acusadores el
21 de febrero del mismo año.
Pero antes de su entrada en escena, hay que destacar las condiciones en las que se vio sumergida la joven Doncella. La vigilancia por parte de cinco hombres no fue pasiva.
Ana de Borgoña, duquesa de Bedford, tuvo que amonestar y suplantar dos de los hombres, por los intentos de violación a que sometieron a Juana, que hasta aquel momento todavía seguía siendo una Doncella, ya que la misma Anna la sometió a un examen médico el
13 de enero donde una de las testadoras,
Ana Bavon corroboró su virginidad.
Juana iría vestida con ropa de hombre, la que enfadaba a sus jueces, pero se cree que esta vez lo hizo para protegerse de los intentos de violación. Teóricamente era más prudente llevar a la prisionera, como ella misma pidió, a ser recluida en un ambiente femenino para evitar las ambiciones de ciertos hombres. Esta petición no la quisieron entender los jueces que se encabezonarían en obviar las reglas excepcionales de
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) por ejemplo, en la que contemplaba ciertas excepciones en caso de necesidad a la hora de vestir. Así pues, nunca fue aceptada la petición de la joven.
Ya en materia judicial, se dice que el proceso empezó con diez sesiones preliminares el nueve de enero, que se sucedieron durante los siguientes días:
- Enero: Los días 9, 13, 23
- Febrero: 13, 14, 15, 16, 19 (mañana) 19 (tarde), 20.
En estas sesiones se presentaron las pruebas de la acusación. Para los jueces estaban a punto de interrogar a un personaje peligroso, de la que creían que se regía por fuerzas diabólicas u ocultas, en clara referencia a las visiones y las voces. Una especie de insumisa y hereje, lo que no deja de sorprender sabiendo de la religiosidad de «la Pucelle». Naturalmente estaban preparando meticulosamente un proceso de Inquisición. Para los teólogos se trataba de una causa en materia de disciplina y teología muy importante. Y así en las sesiones preliminares comenzaron exponiendo las causas de que se le acusaba, principalmente herejía y el asesinato, al que ella declararía que había preferido llevar el estandarte para no tener que matar a nadie. Ante esto Juana prácticamente no podía hacer nada, ni tan sólo apelando a la autoridad del
Papa de
Roma ni al
Concilio de Basilea.
El día
20 de febrero, Juana fue advertida que finalmente al día siguiente haría ya su primera intervención en el juicio. Ella pidió que hubiera paridad en cuanto al número de representantes franceses como ingleses. Ya sabia, pues, que seguramente no tomaría parte en el proceso más imparcial y objetivo de todos. También pidió asistir a misa antes de comenzar el juicio, peticiones que fueron ignoradas.
El oficial
Jean Massieu escolta el día
21 de febrero finalmente a Juana hacia la capilla real del Castillo. Al principio le hicieron jurar que diría la verdad a lo cual ella se resistió como tantas otras veces; la primera vez aludiendo que no sabía de qué se le interrogaba: «Ignoro la materia del interrogatorio». Finalmente Cauchon le hizo prestar juramento haciendo referencia a las materias relacionadas con la fe. Así se iniciaría entonces el interrogatorio de identidad.
Los jueces vieron pronto que a pesar del origen humilde de la joven doncella y su educación tradicional y típica del campo, no estaba falta de inteligencia. Ya lo demostró con la resistencia que ofreció sólo comenzar. A lo largo del proceso (decidido en sesiones privadas y públicas), Juana poco a poco manejaría con más precisión la dialéctica y el modo de expresar sus voces. La teórica desventaja de la que partía en un inicio era que estaba poco habituada al manejo de la dialéctica y de los conceptos. En cuanto al trato, los jueces estuvieron lejos de tratarla con menosprecio, tanto por su origen o formas, ya que eran conscientes de a quien tenían delante y de la importancia de aquel proceso; no se esperaban que llegara a ofrecer tanta resistencia como les podía haber parecido a priori.
Hay diferentes partes dentro del interrogatorio, es decir, diferentes temáticas dentro de las preguntas que le hicieron. Ella demostró un arraigo muy profundo en sus tesis y convicciones además de misticismo al que intentaron contradecir mediante la introducción de algunas trampas en sus formulaciones, refiriéndose a las señales, las voces, los cultos, la personalización de los tres santos que se le presentaban, el gusto por vestir como un hombre
trampas en las que ella no cayó precisamente por la firmeza de su voluntad permitiéndose incluso pedir a los jueces más credibilidad en sus acusaciones. Juana resistiría hasta el extremo sobre la certeza de que las palabras de las voces que escuchaba ocultaron una misión que llevó hasta donde estaba ahora, en un juicio.
Juana también fue interrogada sobre la iglesia militante de la cual los jueces decían representarla el
15 de marzo. A esto, Juana respondió no saber qué era y los jueces, próximos a la desesperación, creyeron que estaba negando la jerarquía eclesiástica y que ella se presentaba como si fuese una mediadora entre Dios y la gente terrenal, lo cual venía a decir ella cuando afirmaba que había sido enviada por Dios. No obstante, se le explicaron las diferencias entre la
Iglesia militante y la
Iglesia triunfante.
Juana de Arco es interrogada por el cardenal de Winchester en su prisión (
1824) de
Paul Delaroche en el
Museo de Bellas Artes de Ruán.
El
24 de marzo es cuestionada sobre el tema de la ropa femenina, al que ella respondió que aceptaría llevar un vestido si se la devolvía a su pueblo con su madre. Además pidió permiso para asistir a misa el día siguiente, que era el
25 de marzo,
domingo de ramos. Esta petición le sería denegada, pero ella respondería que si era su mayor deseo estaría de todos modos, mas que seguía los designios de Dios a la hora de vestir como un hombre.
Entre los días
27 de marzo y
28 de marzo,
Thomas de Courcelles hace la lectura de los 70 artículos de la acusación de Juana, a los que habría que responder y que después serían resumidos en doce el
5 de abril. Estos 70 artículos suponían la acusación formal hacia «la Pucelle» buscando ya la condena. Tras lo que se llevaba de juicio, notarios y asesores dudaron de la culpabilidad de Juana y de la forma de llevar adelante el proceso y fue el momento en que propusieron recurrir al Papa, a la que estuvo de acuerdo Juana. Ante el peligro que suponía para los jueces que el Papa los desacreditara, rechazaron la propuesta.
El mismo 27 de marzo se le propone entrar en la Iglesia militante, y escuchar los consejos de los asesores del proceso. Al último le dio las gracias pero se remitía a los consejos de Dios, superiores. Sobre la Iglesia militante, la rechazo del siguiente modo: «
y tengo la firme creencia que no he faltado a nuestra fe cristiana. Por lo que no deseo pertenecer». Esta cuestión se le volvería a presentar unos cuantos días después, el
31 de marzo y rechazó igualmente la propuesta. Una de las frases recurrentes de Juana, cuando sobreponía Dios como motivo principal para justificar una acción cualquiera, era la expresión: «¡Dios primer servido!».
Como ya se ha comentado, los setenta artículos se resumieron en doce. Este proceso ocupó tres días, del dos al cuatro de abril de 1431, y el día 5 son transmitidos a consulta, pero no a la acusada. Los cambios que se quisieron reintroducir fueron omitidos. El
escriba Guillaume Manchon declaró en el proceso de nulificación que efectivamente se habían propuesto una serie de cambios que no se aceptaron, la cual cosa pudo demostrar. El mismo día 5 Juana comienza a perder salud a causa de ingerir alimentos venenosos lo que le hace vomitar. Aquello alertó Cauchon y a los ingleses, que trajeron un médico. La querían mantener viva, sobre todo los ingleses porque la querían ejecutar públicamente. Durante la visita del médico,
Jean dEstivet acusó a Juana de haber ingerido los alimentos envenenados siendo consciente para suicidarse.
Aguanta este proceso enfermizo aproximadamente hasta el
18 de abril, cuando finalmente ella se ve en peligro de muerte y pide la confesión y la
Eucaristía. Así reclama que su cuerpo sea incinerado y dejado en un
camposanto. Si eso no se produce encomienda su cuerpo a Dios. De todos modos, Juana tendría que seguir la larga agonía unas semanas más todavía, y no de manera médica, porque poco a poco se fue recuperando. Se trataba de la evolución del proceso, que llegaba al último mes. Tras la enfermedad, Juana volvió a participar en una sesión el
2 de mayo.
Aquel mismo día, el 2, hubo un enfrentamiento previo. El hecho es que tenía que responder sobre los doce artículos de la acusación. Le habían pedido si quería corregir o mejorar algún aspecto sobre la deliberación de los jueces, ella respondió: «Leed vuestro libro» y seguidamente: «Yo me atengo a Dios, mi Creador, de todo; yo lo quiero de todo corazón». Después añadió: «Yo me atengo a mi juez, Él: Él es el Rey del Cielo y de la Tierra». De este modo, en presencia del obispo y de 63 testigos, el arzobispo de
Évreux, J. De Chatillon, procedió a la lectura de los artículos a la espera de algún comentario de Juana. Pero después de hacer la lectura no obtuvieron ninguna respuesta más y de este modo se la llevaron otra vez a la celda.
Después del proceso que había habido y ya consciente de cuál podría ser su devenir, Juana entró en una fase bastante más cerrada, de la que fue una prueba el día 2 de mayo. Probablemente a estas alturas Juana ya había dicho todo lo que tenía que decir y sabía que la sentencia sería definitiva, por lo que no tenía ninguna opción de escapatoria. El día
9 de mayo Juana es conducida a la cámara de torturas donde se le enseñan los instrumentos como prueba de fuerza, después ella hizo la siguiente afirmación: «Verdaderamente, si vosotros me arrancaseis extremidad por extremidad y separaseis mi alma de mi cuerpo yo no os diría nada. Y si dijera alguna cosa, después declararía que me lo hicisteis decir a la fuerza».
Después encontraron poco provechoso someterla a tales máquinas de tortura. De todos modos, el sábado
12 de mayo se hizo una votación entre los jueces en la que resultó ganadora, por 11 votos a 3, la opción de no torturarla. Los tres que votaron a favor de la tortura fueron
Aubert Morel,
Thomas de Courcelles y
Nicolas Loisileur. El caso de este último es curioso, ya que antes de comenzar el proceso a la joven Doncella, junto con un otro compañero (que era
Jean dEstivet), la intentaron estafar del siguiente modo: se hicieron pasar por gente de su tierra «natal» y Loisileur se hizo pasar por un confesor para extraer toda la información posible a Juana. Esta no cayó en la trampa y no pudieron aportar nada interesante en la maquinaria previa al proceso de Juana.
Llegados a este punto del juicio, los ingleses acabaron con la paciencia que les había hecho pasar con discreción hasta aquel momento. El Conde de Warwick dijo en Cauchon que el proceso se estaba alargando demasiado. Incluso el primer propietario de Juana, Jean de Luxembourg se presentó en la celda de Juana. Fue un momento muy tenso que podría haber acabado mal, pero seguidamente apareció Warwick para calmar los ánimos. Jean le hizo la propuesta de que pagaría para liberarla si ella prometía no atacar más a los ingleses. Ella le respondió del siguiente modo: «En nombre de Dios, vos os estáis mofando de mí, pero sé muy bien que no tenéis ni el poder ni el valor para hacer eso». Después de unas cuantas discusiones más, Juana le acabó diciendo: «Sé que estos ingleses me quieren muerta, porque creen que después de mi muerte se harán con el reino de Francia. Pero antes había 100.000 Godones [palabra en argot para denominar a los ingleses] más de los que hay ahora presentes, los cuales no podrán conseguir ahora el Reino». El Conde de Stafford, enseguida puso su daga en el cuello de la Pucelle, pero fue cuando Warwick intervino.
[editar] La fase final: los últimos días de Juana
Las cosas se acelerarán a partir del
23 de mayo. Juana recibió la enésima amonestación de parte de Pierre Cauchon, acompañado por el vice-inquisidor y diversos miembros más, en una cámara del Castillo de Ruán donde pretendían que Juana claudicara. Además sirvió como una advertencia de la muerte cercana que le esperaba. Le pidieron que aceptara el veredicto de la Universidad de París y de los jueces por el bien de ella, pero esta se rehusó alegando que no tenía nada más que decir. «
si yo estuviera en el fuego, incluso seguiría sin decir nada más, y querría mantener todo lo que he dicho en el proceso hasta la muerte. No tengo nada más que decir».
Estas serían las jornadas en las que puede que los jueces eclesiásticos se mostraran más de acuerdo con su fe, es decir, un poco más caritativos y le advirtieron con toda sinceridad que por una vez les hiciera caso sino quería acabar entre las brasas. Esta fue la amonestación suavizada, después de leerle los escritos que habían redactado la gente de la Universidad de París, con gran violencia. Finalmente, aquel día se hizo una convocatoria que tendría lugar el día siguiente al lado del cementerio de Saint Ouen; se trataba de una sesión pública.
Un día después, el
24 de mayo, Juana fue trasladada cerca de la
abadía de Saint Ouen, al cementerio que había al lado. Loisileur, uno de los que había apostado fuerte por su tortura, se mostró esta vez también bastante caritativo y cuando llegaron le hizo el siguiente comentario «Juana, créeme, si quieres tu vida se puede salvar. Toma este vestido de mujer y haz todo aquello que se te diga; de otro modo estás en peligro de muerte» después de estas súplicas, y mientras los ingleses se frotaban las manos habiendo conseguido reunir una masa de gente; todos escucharon el pequeño sermón por parte
Guillaume Erard, que leyó unos pasajes de Juan, concretamente los 15:6. Seguidamente comenzó a blasfemar contra el rey de Francia, Carlos VII, dirigiéndose directamente a Juana, que después de ver cómo el hombre repetía una y otra vez las críticas con soberbia apuntándola con el dedo, no se mordió la lengua y respondió interrumpiéndolo: «No habléis de mi rey. Te reto a decir y jurar, en mi vida, que él es el más noble de todos los cristianos, quien mejor estima la fe y la Iglesia, y no es como tú dices»
En aquel momento, Juana había cortado el sermón de Erard, que quedó atónito y se puso nervioso. Juana hizo otra referencia a Dios, que era por qué lo hacía todo pasando por el Papa de Roma. Acto seguido, Pierre Cauchon se dispuso a leer la sentencia, en la que le declaraban hereje y la excomulgaban a la vez que la enviaban a la justicia secular. Un hecho que no ha de extrañar, ya que la iglesia difícilmente cometía los delitos de sangre fruto de las Inquisiciones directamente. Antes enviaban a los presos a la justicia secular, como en este caso.
Pero Massieu se levantó, y delante de la presencia de los ingleses, se acercó a Juana y le suplicó que firmara unos papeles, teóricamente la sentencia de abjuración. Ella no sabia qué era eso que le pedían, pero la urgencia corría y firmó con una cruz en un círculo, según se cree. El documento no ha quedado para la posteridad y las informaciones son controvertidas. Al principio se creyó que fue un documento de decenas de líneas, pero más tarde, Massieu diría que iba de seis a ocho líneas. En cualquier caso, Juana había salvado su vida por el momento aunque renunciando a todas sus creencias, según había firmado, y así, además, aceptaba vestirse otra vez de mujer. Una de las teorías que podrían barajarse es que en la transcripción del juicio Cauchon hubiera cambiado la sentencia de abjuración larga por la corta. De todos modos, Juana acabaría siendo llevada hacia la celda otra vez. Pero antes Cauchon tendría un enfrentamiento con los ingleses a quienes no les gustó nada aquel último gesto de los clérigos, y acusaron a Cauchon de favorecer a Juana mientras él lo negaba. Llegaron a decirle: «El rey ha malgastado el dinero en ti». Warwick le dice a Cauchon que puede llegar a ser contraproducente para los ingleses este suceso, ya que ella ahora podría escaparse. Pero rápidamente alguien le comenta: «Señor mío, no os preocupéis, la volveremos a capturar». Naturalmente nadie quedó demasiado contento con lo que había sucedido aquel día. Los ingleses no habían obtenido el golpe definitivo que buscaban y mientras la Iglesia sabia que había abierto una puerta a la clemencia. Al saber lo que había firmado, Juana tampoco quedaría nada contenta, ya que no podría soportar el peso de haber negado todo aquello en que siempre había creído y que le había movido a viajar por toda Francia.
Pero el día
28 de mayo, Juana apareció otra vez vestida con ropa de hombre, la que llevaba antes de volverse a poner la de mujer. Este hecho se cree que es debido a que fue forzada a ponérsela a causa de los ingleses, que habrían entrado en su celda; la habrían desnudado antes de mediodía según Massieu y le habrían dejado la ropa de hombre al lado, con lo cual no pudo hacer más que ponérsela. Rápidamente alguien llamó a los jueces, y estos pudieron comprobar visualmente el hecho. Remitiéndonos a lo que ella dijo, alegó que había reprendido el hábito de hombre, porque lo prefería y que lo había hecho por propia voluntad. Dijo que prefería morir antes que continuar así, mas reafirmó que lo habían dicho sus voces y su misión; Santa Catalina y Santa Margarita. Ella realmente sería condenada si negaba estas revelaciones.
Condenada por reincidencia, no hubo más que hacer; se dice que después de que Cauchon comprobara de primera mano que Juana se había sentenciado cambiándose nuevamente de ropa, al bajar de la torre, dejó caer una frase a un Warwick triunfante: «
Farewell [adiós], alegraos, ya está hecho». Implicando así a Warwick en la trama que habían urdido los ingleses para provocar la sentencia definitiva. Juana había sido sorprendida con ropa corta, una capa y otras piezas masculinas. Un día después, el
29 de mayo, llegaría a la capilla del Arzobispo en Ruán, la última deliberación.
Como declaraciones más destacadas,
N. De Vendères la condenó por hereje a la justicia secular; rogando que esta la tratara más dulcemente de lo que se merecía.
Gilles, abad de
Fécamp, la acusó de reincidente, de recaída, de hereje y también apeló por el buen trato a la justicia secular.
J. Pinchon simplemente dijo que era reincidente y que el resto era cosa de los teólogos.
[editar] Muerte

Estatua de
Juana de Arcoen
Compiègne (
Francia)
Place du Vieux Marché (Plaza del Viejo Mercado), Ruán, 30 de mayo de 1431. Previamente, Juana había sido escuchada en confesión por
Jean Totmouille y
Martin Ladvenu y le habían administrado los sacramentos de la
Comunión. Juana hizo una pequeña declaración que se puede interpretar de modo que ella podía haber sido violada o como mínimo agredida físicamente el día 27, cuando la desnudaron para que no tuviera más remedio que vestirse como un hombre. Ladvenu (que después declararía que Juana había muerto injustamente a su parecer) le acababa de decir que sería ejecutada en la hoguera, ella comenzó a jalarse el cabello duramente, totalmente desesperada. Al poco rato, entró en la cámara Cauchon. Juana, desesperada, arremetió contra él con duras palabras «Yo muero a través tuyo». Pero él respondió que su muerte estaba en sus propias manos. Pero con habilidad (aún estando destrozada y terriblemente desesperada) apeló a que si la hubiera aprisionado en una prisión eclesiástica como ella reclamó, con gente competente, no habría pasado nada. Entonces apareció en la cámara el hermano
Pierre Maurice al que Juana se dirigió en busca de consuelo, pidiéndole donde estaría aquella misma noche. Él le preguntó si aún creía en Dios, y entonces ella afirmó que con la buena voluntad de Dios, aquella noche ya estaría en el paraíso: «Sí, con la ayuda de Dios, estaré en el paraíso», tal como le habían prometido los ángeles el
1 de marzo. De este modo, la joven doncella de no más de 19 años perdió el miedo y se preparó para el reto definitivo.
Juana será escoltada esposada hacia una plaza llena de gente. Unas diez mil personas más mil soldados ingleses, todos expectantes, a las nueve de la mañana de aquel día. Iba vestida de blanco y llevaba algunos detalles en recuerdo de Jesús. En el centro había una hoguera montada; una plataforma con una estaca en el medio a la cual sería atada, con un montón de ramitas de madera para poder calar fuego a sus pies. Delante de esta había una mesa con una inscripción en la que se decía que Juana, la que a sí misma se hacía llamar la Pucelle, había cometido una serie de delitos y de pecados.
Mientras se acababa de preparar la plataforma,
Nicholas Midi (el autor de los doce artículos de la acusación) comenzó a leer un sermón al que Juana guardó silencio. Éste acabó con la siguiente frase: «Juana, ve en paz, la Iglesia ya no te puede proteger más y te libra a las manos del brazo secular». Juana, en aquel momento arrodillada, realizó unas plegarias a Dios con contrición, penitencia y fervor de fe. Invocó además de a Dios, a la Virgen María, la Santísima Trinidad y todos los ángeles del paraíso. Asimismo, también invocó el perdón por los males que hubiera podido causar. Estuvo una media hora aproximadamente, según Jean Massieu. Algunos jueces y algunos ingleses incluso lloraron viendo que no era más que una buena chica. Finalmente, un soldado inglés acabó una pequeña cruz con dos palos que ella besó repetidamente.
Le tocó a Massieu acompañarla los últimos metros junto con el hermano Martin. Ella siguió rezando y rogando a San Miguel y a otras criaturas celestiales. En aquel momento, Cauchon dijo que Juana era enviada a la justicia secular, por enésima vez «Como miembro podrido, te hemos desestimado y lanzado de la unidad de la Iglesia y te hemos declarado a la justicia secular». Si bien en aquel momento se podía esperar una sentencia secular; esta nunca fue pronunciada si es que alguna vez fue elaborada. Juana fue puesta sobre la hoguera y antes de ser quemada, un soldado inglés interrumpió con un grito de fondo gritando «¡Sacerdote! ¿Nos dejarás acabar el trabajo antes de la hora de la cena?». Entonces un alguacil dio la orden de ejecución y el verdugo la llevó a la estaca. Llevaba un papel clavado en la parte superior con las palabras «hereje, reincidente, apóstata, idólatra».
Como último deseo, Juana reclamó que los Sacerdotes alzasen una cruz delante de sus ojos hasta que ella muriese, para que así acabara sus últimos momentos acompañada de Dios. El hermano
Isambard de la Pierre fue a buscarla a
Saint Sauveur, la iglesia más cerca y volvió bajo las risas de los ingleses, mientras ella invocaba Santa Catalina, Margarita y Miguel. Juana entonces gritó: «Ruán, Ruán, ¿puedes sufrir por ser el lugar de mi muerte?». Pierre subió a la plataforma y alzó la cruz, y ya entre las llamas, ella todavía le pidió que bajara para que no se llevara ningún disgusto, pero siempre con la cruz alzada, para que fuese lo último que ella viera. Así lo hizo y Juana se perdió entre las llamas. Pero todavía pudo gritar la palabra «¡Jesús!» varias veces.Se dice que antes de que muriera la Pucelle, Cauchon se acercó a ella, y Juana gritó: «Yo moriré por su culpa, si yo me hubiese entregado a la iglesia y no a mis enemigos, yo no estaría aquí». Con un fogonazo del verdugo, Juana sería rápidamente reducida a cenizas.
Al secretario del rey de Inglaterra,
John Tressart, se le escuchó exclamar «Estamos todos perdidos, porque ha sido quemada una buena y santa persona». Después diría que pensó que ahora su alma quedaría en las manos de Dios. Parece ser, según diversos testimonios como Massieu, que de Juana quedó su corazón, intacto y lleno de sangre. El propio verdugo,
Geoffroy Therage muy consternado fue a buscar a Ladvenu e Isambard de la Pierre a una taberna y así lo demostró diciendo que había quemado una santa. Se contó que sus restos se lanzaron al Sena. Algún soldado inglés, también afligido, afirmó haber visto el alma de la joven marchándose del cuerpo, y algún otro afirmó haber visto el reflejo de Jesús, como otros dijeron también haber visto salir una paloma.
Durante estos últimos días de Juana, un compañero de armas de ella llamado
Gilles de Rais planeó un ataque con un contingente de mercenarios a Ruán para rescatar a la Doncella. Sin embargo se demoró demasiado y solo pudo llegar para contemplar sus cenizas. Este hecho dejó consternado a Gilles y se considera la razón principal de sus subsecuentes trastornos (murió decapitado acusado de secuestrar, violar y asesinar al menos a 200 niños y niñas el 26 de octubre de 1440).
[editar] Biografías /