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21 Years of Service
Los días siguientes en Punta Sal fueron una mezcla de rutina playera y calor sofocante. Los niños se levantaban temprano, como si la energía del sol los arrastrara desde la primera hora. Apenas desayunaban ya estaban corriendo hacia la arena, jugando con los baldes y enterrándose hasta la cintura. Mi hijo se llevaba de maravilla con el hijo de la amiga de Nadia; parecían amigos de toda la vida.
Las mañanas pasaban entre chapuzones en el mar y largas caminatas por la orilla. El calor era un enemigo constante, pero también nos obligaba a vivir afuera, a aprovechar la playa como si la casa fuera apenas un refugio para dormir y cocinar.
A la hora del almuerzo, nos organizábamos como un pequeño campamento: parrilla en el patio alguna vez, arroz con pescado fresco comprado en el muelle otra. La amiga de Nadia cocinaba bien, y Nadia parecía disfrutar de esa complicidad femenina. Yo las veía conversar, reírse, compartir confidencias, mientras yo me hacía cargo de los chicos o de encender el carbón.
Desde esa noche en el balcón, la amiga tomaba sol en Toples, solo la primera vez que lo hizo le dijo a Nadia mientras se sacaba el bikini de arriba:
—Amiga no te importa que me lo saque, ¿no? Total, tu marido ya las vio…
Nadia me miró, yo me encogí de hombros, era la verdad no me importaba.
—Tranquila amiga, imaginaremos que estamos en Saint Tropez.
—Qué bueno, tú también deberías sacártelo, así te bronceas más parejo.
Nadia solo se rio y siguió sin moverse. Yo la conocía, ese no era su estilo.
Era una convivencia sencilla, sin grandes lujos, pero con esa sensación de pausa que dan las vacaciones. Las tardes las pasábamos en la piscina de la casa, o simplemente echados en las hamacas, mirando cómo el cielo cambiaba de azul intenso a naranja quemado.
Pero en medio de todo eso, yo tenía mi propio secreto. Aprovechaba cada momento de silencio —cuando Nadia estaba con su amiga, cuando los chicos se entretenían solos— para enviarle mensajes a Angie. A veces era apenas un “te extraño”, otras veces un recuerdo íntimo de lo que habíamos vivido en la batería antes de viajar. Ella siempre respondía rápido, como si estuviera esperando que sonara mi mensaje. No quise darle detalles de la noche caliente con Nadia o de la amiga resbalosa, se lo contaría, como nos contamos todo, pero en persona.
“Una semana pasa volando, amor, pero me muero por tenerte”, me escribió una tarde en que yo fingía leer un libro en la terraza. Me quedé mirando esas palabras en la pantalla mientras, al fondo, los niños reían en el agua y Nadia hablaba animada con su amiga. Era como vivir dos realidades paralelas: la de la familia, la convivencia, el sol y la arena; y la de Angie, secreta, vibrante, palpitando en cada palabra que cruzábamos.
Y yo, entre el ruido de las olas y el zumbido de los ventiladores en la noche, no podía dejar de pensar que el verdadero regreso no iba a ser a Lima, sino a sus brazos.
Una mañana decidimos volver al muelle cercano a comprar pescado fresco. El mar estaba calmo, y las embarcaciones pintadas de azul y verde se mecían suavemente, como si descansaran después de la faena. Los pescadores ofrecían su mercadería directamente desde las cajas de plástico rebosantes: corvinas, lenguados, hasta un par de meros que parecían bestias marinas. El olor a sal, a redes mojadas y a pescado recién sacado era tan fuerte como auténtico.
Mientras Nadia discutía precios con un pescador y los chicos jugaban cerca con los restos de redes, noté la mirada de la amiga de Nadia. No era una mirada casual: era intensa, fija, con un brillo casi descarado. Sus ojos me seguían como si quisiera devorarme ahí mismo, entre cajas de hielo y escamas brillantes.
Yo hice lo único que podía hacer: fingir indiferencia. Revisé un lenguado, pregunté por el precio de unas conchas, sonreí sin darle importancia. Pero la sensación estaba ahí, tan clara como el sol que nos caía encima.
No dije nada. Guardé silencio y me limité a cargar las bolsas de pescado que acabábamos de comprar.
Mientras caminábamos de regreso a la camioneta, ella todavía me lanzaba miradas de reojo, insinuantes. Yo, por dentro, pensaba en Angie. Si supieras, amor, que incluso aquí, lejos de ti, tu recuerdo es lo único que me sostiene…
Nadia, feliz con la compra, planeaba ya el almuerzo. Los niños corrían delante de nosotros. Y yo, cargando las bolsas húmedas, sentía el peso doble: el del pescado fresco… y el de aquella tensión muda que me rehusaba a reconocer.
Esa tarde preparamos ceviche, pescado frito con ensalada y un poderoso chilcano con los espinazos y un par de cangrejos, que nos dejó satisfechos y relajados
Estábamos en la piscina, descansando después de almuerzo. Los niños chapoteaban divertidos en el agua. Como a las 4pm, Nadia se paró de la poltrona y dándome un beso, me dijo que se iba a recostar a la cama, quería poner los dos ventiladores a funcionar para refrescarse, el sopor en el área de la piscina era fuerte aun a esa hora.
La amiga dormía o fingía dormir en una de las poltronas adyacentes.
Yo decidí entrar la sala a escuchar música con mis audífonos, ahí estaba más fresco y podía ver a los niños a través de las mamparas de vidrio que daban a la piscina. Por rato cerraba los ojos disfrutando una buena canción y de rato en rato los abría para asegurarme que los niños estuvieran bien.
En una de esas, cuando abro los ojos para ver a los niños, encuentro a la amiga parada frente a mí, mirándome fijamente. Estaba con las tetas al aire, como tomaba el sol desde aquella noche en el balcón y un bikini breve en la parte de abajo. Me saque los audífonos.
—Vamos a la playa? Me dijo.
—La verdad no me provoca, además los niños se están divirtiendo en la piscina.
—Los niños se pueden quedar ahí, acompáñame, tengo ganas de mar.
—Ni hablar, siempre hay que echarles un ojo. ¿Porque no vas sola?
—Y quien me va a cuidar, me dijo con voz coqueta.
—Ya estas grandecita para cuidarte sola, además este mar es una taza, casi no hay olas ni corrientes.
Y me volví a colocar los audífonos y cerré los ojos, dando por terminada la conversación.
Cuando escuché que se marchó, entreabrí los ojos y la vi pasar por la piscina rumbo a la pequeña puerta de madera que daba a la playa. Me paré y cuando ella salió, me acerque al muro que daba hacia donde ella había caminado y la observe escondido, quería ver que hacía y asegurarme que el mar seguía tranquilo. La vi poner la toalla en la arena y sacarse el bikini de abajo, así totalmente desnuda se metió al mar, solo un chapuzón breve y luego se echó a tomar el sol sobre la toalla, totalmente desnuda, tal como vino al mundo. A esa hora y en general todo el día era muy raro que pasara gente por ahí. Me pregunté si yo la hubiese acompañado, ¿Habría hecho lo mismo?
Estaba pensando en eso, cuando escuché la voz de mi hijo, llamándome desde la piscina para que me meta con ellos, corrí los 15 o 20 pasos que me separaban de la piscina, me di un clavado y me puse a jugar con ellos. Media hora después yo seguía jugando con los chicos, cuando la amiga regresó, con la toalla envuelta en la cintura, los pechos descubiertos y la breve pieza del bikini en la mano. Solo me miró por un instante y se paró al borde la piscina.
Su hijo le pedía que se metiera con nosotros, ella dudó unos segundos. Luego dejó caer la toalla sin pudor, yo estaba en el agua mirándola, tenía el pubis con un pequeño triangulo de vello, bien cuidado, se puso el bikini de abajo y se lanzó al agua. Claramente más que jugar con su hijo, quería jugar conmigo, me echaba agua, se me acercaba buceando, en una de esas se salió del agua tan cerca mío que quedó a centímetros de su cara, sentí sus pechos rozar el mío, me aparté y desde ese momento no soltaba a mi hijo, jugando con él, enseñándole a nadar o cualquier cosa que se me ocurriera para que la resbalosa no se vuelva a acercar tanto. Diez minutos después, se dio cuenta que conmigo no pasaría nada en esa piscina, salió diciendo que quería darse un baño para sacarse la arena, como si en la piscina ya no lo hubiese hecho y caminó hacia las escaleras que llevaban al segundo piso.
Esa noche en la cena, ya estábamos todos en la mesa. Nadia lucia radiante, el descanso le había caído bien. Todo transcurrió como si nada hubiese pasado, como si ese juego de insinuaciones de la tarde no hubiese sucedido.
Ya era viernes. Habíamos pasado una semana bonita. Nada de roces, nada de tensiones familiares, solo calor, playa y risas. Aunque, claro, yo sí había sentido otra cosa: la mirada insistente de la amiga de Nadia. Sus insinuaciones, sus tetas al aire todo el día. Era descarada, como si quisiera devorarme con los ojos. Se me insinuaba con gestos pequeños, como cuando se echaba de tal forma que dejaba ver más de la cuenta. No sabía si Nadia no lo notaba o si prefería hacerse la desentendida, pero yo sí me daba cuenta.
Esa mañana, mientras yo preparaba el carbón para la última parrilla de la semana, la amiga se me acercó demasiado. Venia como todos los días, solo con una breve ropa de baño en la parte inferior, otro color, otro corte, pero igualmente mínimo para no parecer totalmente desnuda. Las tetas al aire ya era lo cotidiano en ella. Se acercó como para ver lo que estaba haciendo y rozó uno de sus pechos con mi brazo derecho. Lo sentí firme.
—Tienes buenos músculos —me dijo con una sonrisa insinuante—. ¿Vas al gimnasio?
La verdad es que no pisaba uno hacía más de un año, pero recordé las veces en que, al salir con Angie, inventaba que “iba al gimnasio”. Igual seguía pagando la mensualidad para que la coartada no tenga grietas. Sonreí y no respondí mucho, solo le dije que sí, sin mayor explicación. Me aparté, cambié de lugar y la dejé ahí, con su mirada clavada en mí. No pasó de eso, pero supe que, si yo hubiera querido, las cosas podrían haber tomado otro rumbo.
Las mañanas pasaban entre chapuzones en el mar y largas caminatas por la orilla. El calor era un enemigo constante, pero también nos obligaba a vivir afuera, a aprovechar la playa como si la casa fuera apenas un refugio para dormir y cocinar.
A la hora del almuerzo, nos organizábamos como un pequeño campamento: parrilla en el patio alguna vez, arroz con pescado fresco comprado en el muelle otra. La amiga de Nadia cocinaba bien, y Nadia parecía disfrutar de esa complicidad femenina. Yo las veía conversar, reírse, compartir confidencias, mientras yo me hacía cargo de los chicos o de encender el carbón.
Desde esa noche en el balcón, la amiga tomaba sol en Toples, solo la primera vez que lo hizo le dijo a Nadia mientras se sacaba el bikini de arriba:
—Amiga no te importa que me lo saque, ¿no? Total, tu marido ya las vio…
Nadia me miró, yo me encogí de hombros, era la verdad no me importaba.
—Tranquila amiga, imaginaremos que estamos en Saint Tropez.
—Qué bueno, tú también deberías sacártelo, así te bronceas más parejo.
Nadia solo se rio y siguió sin moverse. Yo la conocía, ese no era su estilo.
Era una convivencia sencilla, sin grandes lujos, pero con esa sensación de pausa que dan las vacaciones. Las tardes las pasábamos en la piscina de la casa, o simplemente echados en las hamacas, mirando cómo el cielo cambiaba de azul intenso a naranja quemado.
Pero en medio de todo eso, yo tenía mi propio secreto. Aprovechaba cada momento de silencio —cuando Nadia estaba con su amiga, cuando los chicos se entretenían solos— para enviarle mensajes a Angie. A veces era apenas un “te extraño”, otras veces un recuerdo íntimo de lo que habíamos vivido en la batería antes de viajar. Ella siempre respondía rápido, como si estuviera esperando que sonara mi mensaje. No quise darle detalles de la noche caliente con Nadia o de la amiga resbalosa, se lo contaría, como nos contamos todo, pero en persona.
“Una semana pasa volando, amor, pero me muero por tenerte”, me escribió una tarde en que yo fingía leer un libro en la terraza. Me quedé mirando esas palabras en la pantalla mientras, al fondo, los niños reían en el agua y Nadia hablaba animada con su amiga. Era como vivir dos realidades paralelas: la de la familia, la convivencia, el sol y la arena; y la de Angie, secreta, vibrante, palpitando en cada palabra que cruzábamos.
Y yo, entre el ruido de las olas y el zumbido de los ventiladores en la noche, no podía dejar de pensar que el verdadero regreso no iba a ser a Lima, sino a sus brazos.
Una mañana decidimos volver al muelle cercano a comprar pescado fresco. El mar estaba calmo, y las embarcaciones pintadas de azul y verde se mecían suavemente, como si descansaran después de la faena. Los pescadores ofrecían su mercadería directamente desde las cajas de plástico rebosantes: corvinas, lenguados, hasta un par de meros que parecían bestias marinas. El olor a sal, a redes mojadas y a pescado recién sacado era tan fuerte como auténtico.
Mientras Nadia discutía precios con un pescador y los chicos jugaban cerca con los restos de redes, noté la mirada de la amiga de Nadia. No era una mirada casual: era intensa, fija, con un brillo casi descarado. Sus ojos me seguían como si quisiera devorarme ahí mismo, entre cajas de hielo y escamas brillantes.
Yo hice lo único que podía hacer: fingir indiferencia. Revisé un lenguado, pregunté por el precio de unas conchas, sonreí sin darle importancia. Pero la sensación estaba ahí, tan clara como el sol que nos caía encima.
No dije nada. Guardé silencio y me limité a cargar las bolsas de pescado que acabábamos de comprar.
Mientras caminábamos de regreso a la camioneta, ella todavía me lanzaba miradas de reojo, insinuantes. Yo, por dentro, pensaba en Angie. Si supieras, amor, que incluso aquí, lejos de ti, tu recuerdo es lo único que me sostiene…
Nadia, feliz con la compra, planeaba ya el almuerzo. Los niños corrían delante de nosotros. Y yo, cargando las bolsas húmedas, sentía el peso doble: el del pescado fresco… y el de aquella tensión muda que me rehusaba a reconocer.
Esa tarde preparamos ceviche, pescado frito con ensalada y un poderoso chilcano con los espinazos y un par de cangrejos, que nos dejó satisfechos y relajados
Estábamos en la piscina, descansando después de almuerzo. Los niños chapoteaban divertidos en el agua. Como a las 4pm, Nadia se paró de la poltrona y dándome un beso, me dijo que se iba a recostar a la cama, quería poner los dos ventiladores a funcionar para refrescarse, el sopor en el área de la piscina era fuerte aun a esa hora.
La amiga dormía o fingía dormir en una de las poltronas adyacentes.
Yo decidí entrar la sala a escuchar música con mis audífonos, ahí estaba más fresco y podía ver a los niños a través de las mamparas de vidrio que daban a la piscina. Por rato cerraba los ojos disfrutando una buena canción y de rato en rato los abría para asegurarme que los niños estuvieran bien.
En una de esas, cuando abro los ojos para ver a los niños, encuentro a la amiga parada frente a mí, mirándome fijamente. Estaba con las tetas al aire, como tomaba el sol desde aquella noche en el balcón y un bikini breve en la parte de abajo. Me saque los audífonos.
—Vamos a la playa? Me dijo.
—La verdad no me provoca, además los niños se están divirtiendo en la piscina.
—Los niños se pueden quedar ahí, acompáñame, tengo ganas de mar.
—Ni hablar, siempre hay que echarles un ojo. ¿Porque no vas sola?
—Y quien me va a cuidar, me dijo con voz coqueta.
—Ya estas grandecita para cuidarte sola, además este mar es una taza, casi no hay olas ni corrientes.
Y me volví a colocar los audífonos y cerré los ojos, dando por terminada la conversación.
Cuando escuché que se marchó, entreabrí los ojos y la vi pasar por la piscina rumbo a la pequeña puerta de madera que daba a la playa. Me paré y cuando ella salió, me acerque al muro que daba hacia donde ella había caminado y la observe escondido, quería ver que hacía y asegurarme que el mar seguía tranquilo. La vi poner la toalla en la arena y sacarse el bikini de abajo, así totalmente desnuda se metió al mar, solo un chapuzón breve y luego se echó a tomar el sol sobre la toalla, totalmente desnuda, tal como vino al mundo. A esa hora y en general todo el día era muy raro que pasara gente por ahí. Me pregunté si yo la hubiese acompañado, ¿Habría hecho lo mismo?
Estaba pensando en eso, cuando escuché la voz de mi hijo, llamándome desde la piscina para que me meta con ellos, corrí los 15 o 20 pasos que me separaban de la piscina, me di un clavado y me puse a jugar con ellos. Media hora después yo seguía jugando con los chicos, cuando la amiga regresó, con la toalla envuelta en la cintura, los pechos descubiertos y la breve pieza del bikini en la mano. Solo me miró por un instante y se paró al borde la piscina.
Su hijo le pedía que se metiera con nosotros, ella dudó unos segundos. Luego dejó caer la toalla sin pudor, yo estaba en el agua mirándola, tenía el pubis con un pequeño triangulo de vello, bien cuidado, se puso el bikini de abajo y se lanzó al agua. Claramente más que jugar con su hijo, quería jugar conmigo, me echaba agua, se me acercaba buceando, en una de esas se salió del agua tan cerca mío que quedó a centímetros de su cara, sentí sus pechos rozar el mío, me aparté y desde ese momento no soltaba a mi hijo, jugando con él, enseñándole a nadar o cualquier cosa que se me ocurriera para que la resbalosa no se vuelva a acercar tanto. Diez minutos después, se dio cuenta que conmigo no pasaría nada en esa piscina, salió diciendo que quería darse un baño para sacarse la arena, como si en la piscina ya no lo hubiese hecho y caminó hacia las escaleras que llevaban al segundo piso.
Esa noche en la cena, ya estábamos todos en la mesa. Nadia lucia radiante, el descanso le había caído bien. Todo transcurrió como si nada hubiese pasado, como si ese juego de insinuaciones de la tarde no hubiese sucedido.
Ya era viernes. Habíamos pasado una semana bonita. Nada de roces, nada de tensiones familiares, solo calor, playa y risas. Aunque, claro, yo sí había sentido otra cosa: la mirada insistente de la amiga de Nadia. Sus insinuaciones, sus tetas al aire todo el día. Era descarada, como si quisiera devorarme con los ojos. Se me insinuaba con gestos pequeños, como cuando se echaba de tal forma que dejaba ver más de la cuenta. No sabía si Nadia no lo notaba o si prefería hacerse la desentendida, pero yo sí me daba cuenta.
Esa mañana, mientras yo preparaba el carbón para la última parrilla de la semana, la amiga se me acercó demasiado. Venia como todos los días, solo con una breve ropa de baño en la parte inferior, otro color, otro corte, pero igualmente mínimo para no parecer totalmente desnuda. Las tetas al aire ya era lo cotidiano en ella. Se acercó como para ver lo que estaba haciendo y rozó uno de sus pechos con mi brazo derecho. Lo sentí firme.
—Tienes buenos músculos —me dijo con una sonrisa insinuante—. ¿Vas al gimnasio?
La verdad es que no pisaba uno hacía más de un año, pero recordé las veces en que, al salir con Angie, inventaba que “iba al gimnasio”. Igual seguía pagando la mensualidad para que la coartada no tenga grietas. Sonreí y no respondí mucho, solo le dije que sí, sin mayor explicación. Me aparté, cambié de lugar y la dejé ahí, con su mirada clavada en mí. No pasó de eso, pero supe que, si yo hubiera querido, las cosas podrían haber tomado otro rumbo.
