Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (13 Viewers)

Cuando llegué a casa, pasadas las tres de la tarde, algo me desconcertó. Nadia estaba distinta. No sé si fue mi sensación, o si realmente había en su rostro un aire más amable, incluso luminoso. Me recibió con un beso en la mejilla —algo que en otras épocas hubiese pasado desapercibido, pero que ahora se sentía como un gesto enorme—. Estaba jugando con nuestro hijo en la sala. Apenas me vio, él corrió hacia mí y trepó a mis brazos con esa energía suya que me desarma.

Me puse a jugar con él y, de rato en rato, notaba que Nadia me miraba. Pero ya no era esa mirada inquisidora, ni dura, ni distante. Era otra cosa. Una cordialidad inesperada. Una especie de tregua. Y en mí comenzó a crecer una extraña incomodidad: acababa de estar con Angie, había hecho el amor con ella cuatro veces esa mañana, y aún sentía en la piel y en la memoria su olor, su calor, sus besos. Pero al mismo tiempo, estaba ahí, frente a mi esposa, y ella parecía abrir una puerta que hacía mucho estaba cerrada.

Pasamos así un par de horas, entre juegos y conversaciones ligeras, hasta que fue ella la que, rompiendo todo pronóstico, me propuso:

—¿Qué te parece si hoy salimos a comer afuera?

La miré con sorpresa, y ella lo notó.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no puedes salir con tu esposa y tu hijo?

—Por supuesto que sí, me encanta la idea —respondí con una sonrisa nerviosa—. Solo que… es raro. Últimamente no eres tú la que suele pedir estas cosas.

Me tomó la mano y me dijo, con una voz que hacía mucho no escuchaba en ella:

—La verdad, me estoy dando cuenta de que te he tratado muy mal. Que te he tenido abandonado. Que es un milagro que no te hayas ido con otra mujer. Quiero que entiendas que mi dolor es profundo, pero que tengo que superarlo. Y que tú finalmente eres parte de ese dolor… lo compartes conmigo, no eres el culpable.

Sentí un nudo en la garganta. No era lo que esperaba escuchar. Me nació abrazarla, aunque dentro de mí aún ardía el recuerdo de la piel desnuda de Angie sobre mí. Pero fue un abrazo sincero, extraño, raro, lleno de contradicciones.

Esa noche salimos a cenar pizza. Fue una velada sorprendentemente agradable: disfrutamos de nuestro hijo, reímos, conversamos como hacía mucho no lo hacíamos. Por momentos hasta parecía que recuperábamos algo de lo perdido. Y cuando llegamos a casa, después de dejar a nuestro hijo dormido en su dormitorio, fue ella la que me buscó.

Yo sentí miedo. Sí, miedo. No por ella, sino por mí. Temía no poder responder después de lo que había pasado en la mañana con Angie. Había entregado todo mi cuerpo, todo mi deseo, cinco veces esa mañana. ¿Qué me quedaba para darle a Nadia? Yo sabía que, si se tratara de Angie, tranquilamente lo hacíamos un par de veces más sin problema, ella sabía encenderme, sabia encontrar el punto donde siempre respondía, pero Nadia… Nadia era solo de echarse y dejarse hacer…

Pero respondí. Lo hicimos. No fue espectacular. Como siempre, yo llevé la iniciativa, pero esta vez ella estuvo un poco más participativa, un poco más entregada, hubo algunos besos, caricias y algunos gemidos de Nadia que me decían que por lo menos estaba disfrutando algo, no como otras veces que era un silencio total... Y en medio de ese acto extraño, cargado de sombras, pensé en el contraste: con Angie todo era fuego, locura, pasión, gemidos que remecían la habitación; con Nadia, en cambio, todo era tibieza, un ejercicio por cumplir, aunque esa noche ella al menos intentaba estar presente.

Cuando terminé, mi cuerpo me delató: la eyaculación fue débil, mínima, apenas un reflejo físico después de lo vivido horas antes. Nadia no pareció notarlo. Yo sí. Y me sentí vacío.

Me dormí inquieto. Nunca me había pasado esto: estar con dos mujeres en un mismo día. Con una, la pasión y la entrega absoluta, haciendo el amor 5 veces en algo más de tres horas; con la otra, mi esposa, una tibia reconciliación que no lograba borrar el vacío5 o 6 minutos y todo estaba terminado. Me costó dormir, atrapado en esa dicotomía que se estaba volviendo mi vida: el amor ardiente con Angie y la rutina vacía con Nadia.

Y, aun así, mientras cerraba los ojos, pensaba que quizá esto se repetiría más seguido. Que, de alguna manera, por cruel que sonara, ese sería el equilibrio que me permitiría seguir caminando.
 
A la mañana siguiente me desperté como siempre, a las cinco en punto. Traté de quedarme un rato más en la cama, pero fue inútil. Ya estaba acostumbrado a ese horario, mi cuerpo respondía solo, como si fuese un reloj de trabajo incrustado en la piel. Me quedé quieto, con los ojos en el techo, escuchando la respiración pausada de Nadia a mi lado.

Me parecía increíble lo que había pasado la noche anterior. No es que hubiese sido una explosión de pasión, ni mucho menos, pero algo había cambiado: ella había dado el primer paso, me había buscado, y eso no ocurría desde hacía años. Recordarlo me producía una extraña mezcla de alivio y desconcierto.

Pensé: ¿y si Nadia de pronto volviera a ser la mujer de antes? Aquella que, en los primeros años, hacía el amor conmigo casi todos los días; o la que, poco antes de la tragedia con nuestra hija, aún se dejaba llevar dos o tres veces por semana. Esa idea me parecía surrealista. No sabía si yo podría, o incluso si quería, regresar a ese ritmo con ella.

El domingo transcurrió tranquilo. Nadia estaba de buen humor. Reía más, conversábamos, hasta buscaba compartir comentarios ligeros, casi como antes. De pronto, había momentos en que una sombra le nublaba los ojos, una mirada perdida, o respondía con esa dureza a la que me había acostumbrado, pero parecía darse cuenta y corregirse al instante. Era como si también ella estuviera luchando con su propio reflejo, tratando de enmendarlo.

Yo, en silencio, pensaba seriamente en contárselo a Angie. No podía guardármelo. Su consejo de mujer siempre me había servido, y nuestra confianza era tan grande que me parecía absurdo callar algo así. Dudaba, claro. No sabía cómo lo tomaría. Pero Angie me había ofrecido su comprensión total, me había dicho muchas veces que lo importante era la sinceridad, que nada debía quedar oculto entre nosotros. Y si lo que había ocurrido había sido algo más que un acto casi mecánico, que un deber marital, como ella misma lo llamaba, entonces tenía que decírselo.

Lo que me inquietaba era que, lo de la noche anterior, aunque lejos de ser comparable con lo que yo vivía con Angie, no fue del todo mecánico. Había ahí una pequeña chispa, una llamita tenue. Tal vez apenas perceptible, pero estaba. ¿Qué significaba eso? No lo sabía. Lo único que entendía era que, en este pacto de apertura total con Angie, la verdad debía primar.

Decidí contárselo en persona, la próxima vez que nos viéramos. Tenía claro que, si de algo se sostenía este amor prohibido, era de la sinceridad absoluta. Y en medio de esa contradicción —haber tenido sexo con mi esposa después de hacer el amor con Angie cinco veces el mismo día— me repetía que lo único que podía mantenerme en pie era no ocultarle nada a ella.
 
Cincuenta y seis – CONFESIONES DESPUES DEL AMOR

Habíamos pasado casi dos horas en su departamento. Desde el momento en que cerramos la puerta, ya no hubo tregua. Me arrastró contra la pared, me desnudó con ansias y me devoró a besos. Hicimos el amor desde la sala hasta su habitación. Tres polvos intensos, con posiciones distintas, con su risa juguetona mezclada con mis gemidos contenidos. Terminamos exhaustos, jadeando, los cuerpos sudorosos y pegados.

Ahora estábamos desnudos, tendidos en la cama, con la ventana abierta dejando entrar el aire húmedo de Lima. Angie se había acurrucado sobre mí, su respiración todavía agitada, su pierna sobre mi cadera, jugando con mis dedos como siempre lo hacía en esos instantes de paz.

Yo la miraba, tan mujer, tan mía. Y pensé: si no le digo ahora, no voy a tener nunca el valor.

Respiré hondo.

—Amor… —dije, acariciándole el cabello— hay algo que tengo que contarte.

Ella levantó la cabeza, con esos ojos grandes y oscuros que me penetraban siempre como cuchillos dulces.

—¿Qué pasa, primix? ¿Qué es eso que te tiene tan pensativo toda la semana? —me preguntó.

Me quedé callado unos segundos. No quería romper el momento, pero sabía que debía hacerlo.

—Es sobre Nadia… —dije al fin.

El silencio se hizo más espeso. Angie no se apartó. Solo me miró fijo, como esperando el resto.

—Ella… cambió un poco conmigo, últimamente. Más amable, más cercana. Incluso el sábado pasado me invitó a salir a cenar, con nuestro hijo. Fue extraño, pero se sintió… como si quisiera recuperar algo.

Angie seguía callada, pero me acariciaba el pecho, animándome a seguir.

—Esa noche, después de mucho tiempo, fue ella la que me buscó en la cama. —Hice una pausa, tragué saliva—. Tuvimos sexo, Angie.

Sus ojos parpadearon, apenas. No apartó la mano.

—¿Y? —me dijo con calma, casi en un susurro.

—No fue lo mismo de siempre. No fue tan frío, ni tan mecánico como antes… porque al menos ella participó un poco más. Pero, aun así, Angie… fue como cumplir con un deber. Nada más. Y aunque me sorprendió que ella tomara la iniciativa, yo sentía que no estaba con ella… que estaba contigo en mi cabeza.

Ella suspiró, bajó la mirada por un instante. Luego la volvió a levantar con un brillo húmedo.

—Primix… gracias por decírmelo. Por no guardártelo.

—Tenía miedo —confesé—. No quería que pienses que esto nos ensucia, que lo nuestro pierde valor. Yo… me sentí raro, hasta culpable de estar con las dos el mismo día. Pero contigo… contigo es otra cosa. No hay comparación.

Ella me besó despacio, con ternura.

—Yo ya sabía que algo así podía pasar —me dijo—. Y te lo dije: si tienes que cumplir con tu esposa, hazlo. Yo no soy tu carcelera. Sé lo que somos, sé lo que sentimos. Y sé que lo que tenemos es único.

Me estremecí.

—¿Y no te duele?

—Claro que me duele, amor. —Me acarició la cara con la palma de su mano—. Pero prefiero que seas sincero, que me lo cuentes así, con tu voz, con tus ojos puestos en mí. Y, además, ¿sabes qué pienso? Que, aunque tu cuerpo haya estado con ella, tu alma y tu pasión siempre están aquí. Conmigo.

Me mordí los labios, conmovido.

—Angie… —le dije, y la abracé fuerte— eres demasiado para mí.

Ella sonrió, se subió sobre mí y, con un movimiento lento y sensual, se dio la vuelta y puso su vagina a la altura de mi cabeza y mientras se metía mi pene en su boca, me dijo ahora hazme sentir ahí abajo que eres mío y yo soy tuya. Ese fue el 69 más Glorioso que le hice a Angie, cargado de entrega, de amor y de pasión, la hice llegar al orgasmo solo con mi lengua y mis dedos.

Luego se dejó caer en la cama, de espaldas y mirándome volvió a tomarme dentro de ella. La penetré piernas al hombro y mientras le daba toda mi pasión ella entre gemidos me dijo:

—Demuéstrame —susurró—, demuéstrame que soy la única.

Y una vez más, esa tarde, lo fuimos todo.

Desde la voz de Angie

Al principio, cuando lo escuché, sentí que la sangre se me helaba. “Con Nadia”. Bastó que pronunciara su nombre con esa calma para que mi corazón se llenara de un vacío que me dolió en el pecho. No era rabia, no era furia… era miedo.
Miedo de que, en algún momento, él eligiera quedarse con ella. Miedo de que lo cotidiano, lo seguro, lo correcto, pesara más que lo nuestro.

Lo miré y asentí con la cabeza, como si nada. Pero por dentro, mi mente era un torbellino. ¿Y si me lo quitan? ¿Y si un día decide que soy solo un capítulo prohibido en su vida y regresa al libro de su familia?
Ese miedo me atravesó como un rayo.

Pero él siguió hablando. Con esa sinceridad que siempre me desarma. Me miraba directo a los ojos, como si quisiera grabar en mí que estaba diciendo la verdad.
“Fue ella quien me buscó, Angie. No fue como lo nuestro, ni de lejos. Fue solo… cumplir.”

Yo lo escuchaba, y poco a poco sentí cómo ese miedo se iba diluyendo. Su voz no temblaba, sus ojos no se desviaban. Había amor en cada palabra, en cada caricia que me daba en el cabello mientras me contaba lo que había pasado. Era cierto: su cuerpo podía haber estado con Nadia, pero su alma seguía aquí, conmigo.

Respiré hondo. Y me descubrí tranquila. Más que tranquila, segura. Porque lo que teníamos nosotros era otra cosa, algo que no se podía comparar.

—Primix —le dije en voz baja, acariciándole la mejilla—, no me voy a engañar. Por un momento me dio celos. Por un momento tuve miedo de perderte. Pero al escucharte, al mirarte… sé que no te voy a perder. Que, aunque duermas a su lado, tu vida, tu amor, tu pasión están conmigo.

Él me abrazó fuerte, como si quisiera meterme dentro de su piel. Sentí su pecho temblar, su respiración entrecortada.

—No quiero que sufras, Angie —me dijo.

—No lo haré —susurré, y lo besé—. Porque aquí estamos tú y yo. Contra todo.

No sé en qué momento dejé de pensar y simplemente me entregué al impulso de mi cuerpo. Sonreí, juguetona, y me trepé sobre él. Sentía su piel caliente bajo la mía, sus manos firmes en mis caderas, como recordándome que era suya. Me moví despacio, disfrutando de esa tensión que nos mantenía encendidos, y entonces quise más. Quise que no quedara ni una duda de lo que éramos, de lo que significábamos.

Me incliné hacia adelante, mis cabellos rozándole el pecho, y con un susurro cargado de picardía le dije:

—Ahora… hazme sentir que soy tuya.

Nos acomodamos en esa entrega que era casi un ritual. Yo lo sentía todo, lo saboreaba todo. Hicimos el 69 de una forma que no recordaba, con pasión, con furia, pero con mucho amor. Era fuego y era ternura. Y cuando mis gemidos se escaparon sin poder contenerlos, entendí que no había nada más verdadero que ese instante: mi cuerpo vibrando solo para él, sus caricias diciéndome sin palabras que no había nadie más en su mundo.

Caí rendida en la cama, exhausta y dichosa, mirándolo a los ojos como si quisiera detener el tiempo. Él se inclinó sobre mí, me sostuvo las piernas, y yo abrí mi alma al mismo tiempo que mi cuerpo. Lo recibí con toda la pasión que me habitaba. Y mientras me llenaba de él, mientras cada embestida me arrancaba un suspiro, le dije casi llorando entre gemidos:

—Demuéstramelo… demuéstrame que soy la única.

Y me lo demostró. No con palabras, sino con la manera en que me amó esa tarde: intensa, furiosa y tierna a la vez. En ese instante no éramos dos amantes clandestinos, éramos todo. Éramos lo único que importaba.

Al final, recostados, desnudos y entrelazados, lo sentí. Esa calma, esa serenidad de saber que, aunque el mundo se interpusiera, mientras estuviéramos juntos, nada más importaba.
 
ANGIE

La puerta se cerró con ese ruido tan común, pero esta vez me dolió un poquito más. Siempre me dolía cuando te ibas. Nos despedimos con esa mirada que decía mucho más que un beso furtivo, y luego cada uno siguió su camino.

Cuando regresé al departamento con mi niña, el silencio era distinto. Mi hija dormía ya, cansada de tanto jugar, rendida en su cama pequeña. La cubrí con la manta, le acaricié el cabello y me quedé un momento mirándola respirar. Esa paz inocente me conmovía.

Pero al dar la vuelta, mis ojos se toparon con mi cama aún destendida. La sábana arrugada, las huellas de nuestros cuerpos, ese aroma inconfundible que mezclaba tu piel con la mía. Me senté al borde. Toqué la sábana como si quisiera atrapar un poco más de ti, de tu calor, de tu presencia.

Y me invadió la reflexión.

Soy tu amante, sí. Lo sé. No me lo escondo. Vivo con la consciencia de que no puedo tenerte solo para mí. De que, cuando salgas por esa puerta, vuelves a otra casa, a otra vida, a otra cama. Y sin embargo, aquí estoy. No por resignación, sino por elección. Porque cuando estoy contigo, sé que no hay espacio para nadie más en tu corazón. Porque cuando me miras a los ojos, siento esa certeza profunda de que soy la única. Y eso, aunque compartida en la rutina, me basta en el alma.

Hubo un instante, mientras nos amábamos, en que recordé mis propias dudas. Esa vocecita que me pregunta a veces si un día decidirás quedarte allá, con tu esposa, con tu familia “oficial”. Y sentí un miedo punzante, casi insoportable. Pero luego, cuando me hablaste con esa sinceridad tuya, cuando me contaste de tu vacío allá, de tu lucha interna, entendí que no, que no me ibas a perder. Que, aunque cumplas con tus deberes, tu entrega real está aquí, conmigo.

Miré otra vez a mi hija. Me sentí madre, mujer, amante, todo a la vez. Y me descubrí tranquila. No sola. Porque sola es quien no ama, y yo amo con todo lo que soy. Me di cuenta de que el mundo puede juzgar, que muchos jamás entenderían esta historia. Pero en mi pecho, en mi piel aun vibrando por ti, solo había certeza.

Lo que tenemos no es un error. Es nuestra verdad. Y aunque no pueda vivir contigo a tiempo completo, aunque tenga que compartirte, sé que nuestra unión es más fuerte que cualquier ley, que cualquier costumbre, que cualquier moral prestada.

Me acosté finalmente en la cama, abrazando la almohada que aún tenía tu olor. Cerré los ojos y sonreí. Sí, esto es lo que tengo que hacer. Sí, esto es lo correcto para mí.

Y me dormí con la paz de saber que, aunque el mundo no lo entienda, yo encontré mi lugar. Y ese lugar eres tú.
 
Cincuenta y siete – MITADES INCOMPLETAS

Podría decirse que todo volvió a su lugar con una rapidez que todavía me sorprende. Como si el tiempo —ese villano silencioso que tantas veces nos ha separado— hubiera decidido darnos una tregua. Con Angie recuperamos la complicidad de antes, como si esos casi 8 años de separación solo hubieran sido una pausa prolongada. Todo volvió. Las risas, las caricias, el lenguaje secreto que solo los dos entendíamos. Volvimos a ser los de siempre. Pero mejores. Más adultos. Más conscientes. Más nuestros.

Y esta vez había algo más que nos unía: nuestros hijos.

Ver a mi hijo —ya con cuatro años y algunos meses, tan despierto, tan lleno de preguntas— jugar con la hija de Angie, que apenas tenía un poco más de dos años pero que ya lo seguía con una mezcla de admiración y rebeldía, era simplemente hermoso. Los dos crecían como hermanos. Compartían tardes enteras en la casa de mi madre. Se reían con las mismas caricaturas, peleaban por el mismo juguete, se dormían en el mismo sillón. Y nosotros, Angie y yo, los mirábamos como si el destino nos estuviera diciendo: “Aquí tienen una nueva oportunidad. No la arruinen”.

Nuestros encuentros se volvieron parte de una rutina cuidadosamente orquestada. Solo en su departamento. Los sábados por la mañana, cuando dejábamos a los niños en casa de mi madre con la excusa de hacer compras o de tener cosas pendientes. A veces los sábados por la tarde, cuando Nadia tenía guardia o salía con sus amigas del hospital. Incluso, en alguna ocasión, entre semana, robando dos horas antes de que yo recogiera a los niños. Esos momentos eran nuestros. Breves, pero intensos. Sin interferencias. Sin relojes. Sin mundo.

Ella me recibía en la puerta con esa sonrisa cómplice, ese brillo en los ojos que me desarmaba. Y yo llegaba a ella con todo el deseo acumulado de los días que no podíamos vernos. Hacíamos el amor como si nos costara respirar separados. Con ternura, con hambre, con piel, con alma. A veces en silencio. A veces entre risas. A veces con lágrimas. Como si nuestros cuerpos fueran un refugio, como si hacer el amor fuera también una forma de volver a casa.

Y sin embargo, yo aún cargaba con algo. No era exactamente culpa. Era más bien una sombra. Un eco de todo lo que estaba mal en mi otra vida. Porque en casa, con Nadia, la relación había mutado en una especie de convivencia funcional. La cordialidad había regresado en parte, es cierto. Ya no había discusiones violentas ni puertas cerradas con rabia. Incluso habíamos logrado volver a reír con algunas tonterías. Pero el afecto profundo… el deseo… eso ya no vivía ahí.

A veces, mientras bañaba a mi hijo o servía la cena, pensaba en Angie. No en un impulso sexual, no como un escape, sino como un anhelo cálido. Como quien piensa en alguien que te completa. Luego, al acostarme junto a Nadia, en esa cama compartida que se había vuelto un territorio neutral, el vacío se hacía más evidente. Si ella se acercaba a mí —algo muy raro, pero no imposible— mi cuerpo dudaba. Tenía que sobre estimularme para responder. Y más de una vez, para poder cumplir, tuve que pensar en Angie. En su piel. En su forma de mirarme cuando llego. En su manera de decir mi nombre cuando la penetro suave y profundo.

Me dolía hacerlo. Pero me dolía más fingir que todo estaba bien.

Mientras tanto, los sábados eran otra cosa. El cuerpo de Angie me reconocía apenas lo tocaba. Sus piernas me enredaban. Su voz susurraba promesas. Y yo me sentía vivo. Con ella no necesitaba pensar en nadie más. No necesitaba esforzarme por tener una erección, ni buscar palabras amables para que el acto no fuera mecánico. Todo fluía. Como antes. Como siempre.

Después del sexo, solíamos quedarnos un rato abrazados, hablando bajito. A veces en silencio, solo escuchando nuestras respiraciones, o los sonidos lejanos de la calle. Hablábamos de los niños, de sus logros, de las pequeñas gracias que hacían. Angie se emocionaba contándome cómo la pequeña empezaba a decir frases completas, cómo pedía ver a su "tío" o cómo imitaba a su "hermanito". Yo también le contaba sobre mi hijo, de cómo había aprendido a escribir su nombre, de las cosas que decía sobre su mamá y sobre la “tía Angie”, como la llamaba con cariño.

Vivíamos una vida paralela, clandestina, pero profundamente verdadera.

Y mientras tanto, vivíamos. Con intensidad. Con cuidado. Con la certeza de que cada sábado robado era un sábado ganado al tiempo, a la culpa, al mundo.
 
Cincuenta y ocho – INTIMIDAD ASALTADA

Era un viernes de marzo, caluroso y pegajoso. Angie me llamó a las 8:17, con esa voz que yo ya reconocía como la mezcla exacta de prisa y travesura.

—Se me cayó la reunión que tenía en el ministerio del ambiente —dijo Angie—. Tengo libre hasta el mediodía ¿Te animas?

Miré mi agenda, hice cuentas en dos segundos y sentí ese hormigueo que solo da lo imprevisto.

—Dame treinta minutos y estoy en tu puerta.

—Te espero. Y… trae muchas ganas que quiero gritar como para que las vecinas se mueran de envidia.

Colgué con la sonrisa clavada. Moví fichas: reacomodé visitas, pasé un informe para la tarde, dejé listo el pretexto de “recorridos técnicos”. El cuerpo se me adelantó a la cabeza: ese latido acelerado que no entiende de horarios ni de planillas. Lo nuestro siempre tuvo algo de fuga hermosa; pero vernos en plena mañana, en día de trabajo, con la ciudad despierta, tenía un sabor nuevo.

Aseguramos primero lo importante. Su niña se quedaría, como cada mañana, con mi madre y la señora Celia; mi hijo ya estaba en el colegio. Todo en orden. Cuando Angie abrió, la luz de las nueve de la mañana caía en diagonal por la sala, dejando polvo dorado en suspensión. Traía una blusa sencilla y el cabello recogido, pero los ojos… los ojos eran de conspiración.

—Llegaste rápido, Primix.

—El tráfico se aparta cuando me ve enamorado.

—Tonto. Entra.

Cerró la puerta con el seguro interno. Apenas la oí, la abracé; la mañana olía a su perfume y a café. Fue un beso que no pidió permiso: apurado, dulce, urgido, con el mismo idioma de siempre. Su espalda contra la pared, mis manos encontrándola como si la casa reconociera nuestros pasos. Le acaricié los senos por encima de la blusa, los sentí claramente pues ella no usaba sostén hace tiempo, y noté sus pezones erectos, claro signo de que me deseaba. Bajé mis manos y le levanté la falda, acariciaba sus muslos y sus nalgas mientras ella me besaba y sus manos buscaban el cierre de mi pantalón, parecíamos dos adolescentes que buscan comerse en cualquier rincón. Le dije que vayamos a su dormitorio y en dos respiros ya estábamos ahí.

No hubo ceremonia. La prisa tenía belleza. Me quitó la camisa con el gesto experto de quien ha repetido ese rito mil veces y aún le estremece. Yo la levanté por la cintura, ella enredó las piernas a mi alrededor y caímos sobre la cama riéndonos, sin dejar de besarnos. La mañana tiene su propio modo de encender los cuerpos: todo vibra distinto, como si el resto del mundo estuviera trabajando por nosotros.

—No mires la hora —susurró—. Hoy el reloj es nuestro.

Mientras ella se desabotonaba la blusa y me dejaba ver esos pechos hermosos, yo le sacaba la falda. Se quedó solo con su breve hilo que no tapaba casi nada, me quité la ropa rápidamente y ella se sentó en la cama, tomando mi pene que la apuntaba como un cañón, con sus manos. Lo acarició con ternura hasta que se lo metió en la boca. El placer era indescriptible. Mientras ella lo succionaba y lamia, yo jugaba con sus senos. Después de un buen rato haciendo eso, la puse en cuatro patas al filo de la cama y la penetré suavemente, cuando estuve al fondo, me quedé quieto, ella solo emitió un leve gemido y a los pocos segundos comenzó a moverse, en un ritmo cadencioso y calculado como para que mi pene entre y salga de su vagina, desde estar en el fondo hasta casi salirse, pero siempre calculando para que esto no ocurra, ella ya tenía calculado el movimiento para que mi miembro la recorra sin salirse.

Cada vez el ritmo era más acelerado, Yo con una mano le acariciaba la espalda y las nalgas y con la otra jugaba con el asterisco de su culo, eso la calentaba más.

Angie comenzó a gemir cada vez más fuerte, en serio pensé que alguna ama de casa estaría masturbándose en su cocina mientras preparaba el almuerzo, al escuchar los gritos de placer de Angie.

Ella llegó al clímax así, en perrito, con su trasero entregado a mi placer y su cuerpo pegado a la cama.

Cuando sentí que ella había terminado de gozar, la puse boca arriba al filo de la cama y la volví a penetrar, primero con sus piernas a mis costados, pero ella sola las puso sobre mis hombros, provocando que la penetración sea muy profunda, sentía que en cada embestida chocaba con la entrada de su útero y ella se estremecía de placer gritando como una desaforada. decía mi nombre, me pedía más, que le dé más duro, hasta que un segundo orgasmo la hizo cambiar esas palabras por un largo grito de placer, pocos segundos después, yo llegue al clímax, llenándola con mi semen.

Me quedé un buen rato dentro de ella, con mi cabeza apoyada en la suya, mientras Angie me acariciaba y besaba. Luego nos echamos uno junto al otro sobre la cama. No hablamos, solo nos sentíamos, abrazados y dándonos algún beso.

La segunda vez fue lenta, de exploración. La sentí abrirse a mi ritmo y yo al suyo. Comenzó y terminó en misionero, solo iba variando el ritmo, desde algo muy lento cuando la penetré hasta un ritmo acelerado cuando sentí que mi leche quería abrirse paso hacia su vagina. Luego nos volvimos a quedar quietos, mirándonos y riéndonos de nada. Entre un abrazo y otro, el silencio se llenó de nuestras respiraciones y de esa risa corta que se nos escapaba cuando la ansiedad se nos adelantaba a los movimientos.

Bajamos a tomar agua en la cocina. Nos miramos como adolescentes que han faltado a clases.

—¿Has notado que en la mañana todo sabe más… prohibido? —dijo, apoyando el vaso en el mármol.

—Y más perfecto —le respondí—. Como si el día nos hubiera hecho un hueco para existir.

—Ven —me tomó la mano—. Aún tenemos tiempo.

Volvimos al cuarto. Afuera, la ciudad rugía con normalidad. Adentro, la cama era un país sin fronteras.

Estábamos besándonos y acariciándonos, calentándonos para el tercer round cuando sonó el intercomunicador.

— Esperas a alguien? Le dije

— No, se supone que a esta hora no estoy. Debe ser algún vendedor o los evangelistas, me respondió riendo.

Volvió a sonar el intercomunicador.

— Quieres que baje a abrir y ver quién es? Le pregunté

— Y si es alguna vecina chismosa interesada en saber porque tanto grito de pasión? Además, te ve eso, señalando mi pene erecto, y va a querer entrar a la fiesta.

Angie me jaló sobre ella y guio mi cabeza hacia uno de sus senos que ya estaba con el pezón duro y erecto.

Un ruido llegó como un rasguño, algo lejano y extraño. Primero un golpe seco, luego un arrastre metálico. Nos quedamos quietos, aún enredados, tratando de descifrar si era un ruido de la calle o dentro del edificio, jamás imaginamos que podría ser del departamento.

—¿Escuchaste? —preguntó Angie, con cara entre asustada y sorprendida.

—Sí.

Otro golpe. Esta vez más cerca, como si algo forcejeara con una madera.

Me levanté y activé desde el velador el monitor de las cámaras. En la pantalla apareció la imagen de la puerta del departamento: dos hombres, gorras bajas, uno hacía palanca en la puerta, el otro vigilaba con el celular en la mano. El portero, en ninguna parte.

—******… —dije en voz baja.

Angie se cubrió con la sábana. Le vi la respiración entrecortada, esa mirada que reconoce el peligro verdadero.

—No bajes —alcanzó a decir, sujetándome del antebrazo—. Por favor, no bajes.

—Voy a ahuyentarlos, nada más. No voy a jugar al héroe.

Me puse la camisa y el pantalón rápidamente.

Recordé —con una punzada de torpeza— que mi arma estaba en el auto. Legal, con licencia, sí; inútil, ahora. Respiré hondo. Fui a la puerta del departamento, y golpeé fuerte, con toda la caja torácica, como si la casa hablara por mí.

—¡Hey! ¿Qué pasa carajo? ¡Ya llamamos a Serenazgo! Yo había entrado a la aplicación de las cámaras desde mi celular.

Silencio de un segundo, y luego las siluetas en la pantalla retrocedieron. Uno soltó la palanca, el otro miró hacia los lados, y ambos se perdieron en la escalera. Abrí apenas la puerta y grité por el pasadizo, para que retumbara en el edificio:

—¡Portería!

Tardó. Subió el nuevo portero, joven y desordenado, con cara de susto mal disimulado. Le mostré el celular donde estaba viendo las cámaras. Asintió sin saber muy bien qué hacer. Los ladrones habían pasado corriendo por su lado y el no supo que hacer.

—Revise la cochera. Y llame al administrador ahora —le dije, con esa voz que uno no sabía que tenía hasta que algo se la exige.

Cerré. Volví al cuarto. Angie seguía sentada en la cama, con las manos temblorosas apretando la sábana contra el pecho.

Me senté a su lado. La abracé. Sentí su pulso en el cuello.

—Ya se fueron —le dije al oído—. Ya está.

—¿Y si yo hubiese estado sola con la niña? —preguntó, y la pregunta quedó flotando con un filo que no admitía respuestas fáciles.

La apreté más. No era un abrazo sexual, era un abrazo de salvavidas.

—No vas a estar sola. Hoy mismo cambiamos chapas, ponemos una barra interna en la puerta, y dos cámaras afuera. Otra cámara en la cochera, parece que entraron al edificio por ahí. Y yo… —respiré—. Yo me organizo para pasar más seguido cuando salgas o cuando vuelvas. ¿Sí?

Asintió sin hablar. Se le humedecieron los ojos, pero no lloró. Ese temblor breve, esa valentía en puntas de pie, me partió un poco por dentro.

—Te iba a decir que hoy me habías regalado un día perfecto —susurró, haciendo un intento de sonrisa—. Y míranos, con el corazón en la boca.

—Sigue siéndolo —le respondí—. Perfecto no es que nada pase. Perfecto es que, pase lo que pase, nos tengamos.

Se rio con ese gesto mínimo que yo aprendí a leer como “me desarmas” y me besó el cuello. Yo todavía sentía la adrenalina como un zumbido debajo de la piel. La pegué a mí. Su cuerpo, aun desnudo, buscó el mío, no con el vértigo de hace un rato, sino con esa necesidad antigua de afirmarnos vivos.

—Quiero que me hagas olvidar ese ruido —dijo, muy bajito—. Hazme olvidar que alguien quiso entrar en nuestra casa.

Déjame revisar que todo está bien abajo, le dije, mientras le daba un beso en la frente. Antes de salir del cuarto voltee a mirarla y la vi asustada, pero seguía siendo hermosa, la sabana le cubría un pecho y el otro asomaba tímidamente, dejándome ver parte de su aureola, era como para regresar y hacerle el amor en ese momento, pero tenía que asegurarme que los delincuentes no hayan dañado la chapa y que la puerta tenga seguridad.

Bajé al primer piso del departamento, empujé la puerta varias veces para verificar la resistencia. El pestillo aún estaba firme, la chapa no había cedido. Solo había quedado el daño superficial de la madera, un recordatorio visible de lo cerca que habían estado de vulnerar nuestra intimidad. Respiré hondo y probé girar la llave dos veces, abriendo y cerrando. Todo funcionaba. Por ahora, estábamos seguros.

Subí de nuevo, intentando que Angie no notara la tensión que me apretaba el estómago. La encontré sentada en la cama, envuelta en la sábana, con esa mirada expectante.

—¿Y? —preguntó, casi en un susurro.

—No rompieron nada importante —le respondí—. Solo arañaron la madera, pero la chapa está firme, la cerradura intacta. La puerta sigue protegiéndonos. Ya hablé con el administrador y el portero. Confirmado que los ladrones entraron por la cochera cuando un vecino descuidado no la cerró al salir con su auto. Tocaron varios timbres y como nosotros no contestamos, pensaban que no había nadie.

Ella dejó escapar un suspiro largo, como si todo su miedo hubiera estado contenido en un solo pulmón. Me abrió los brazos y volví a meterme bajo la sábana, pegándome a su calor.

—Primix —dijo con voz temblorosa, pero dulce—, prométeme que siempre vas a cuidarnos.

—Siempre —le contesté, besándola en la frente—. Pase lo que pase.

Angie se quedó quieta cuando le confirmé que la puerta estaba bien, pero su cuerpo todavía temblaba levemente. La sensación de haber sido vulnerada, de que alguien pudo irrumpir en su refugio, no se borraba con un par de palabras. La abracé fuerte, envolviéndola en mis brazos. Sentí cómo se aferraba a mí, cómo hundía su rostro en mi cuello como buscando allí la certeza que la casa y la vida no le daban.

—Quiero que me hagas olvidar ese ruido —susurró—. Hazme sentir que aquí estoy segura.

La besé con suavidad primero, como calmándola, pero de a poco ese beso se volvió más profundo, más necesitado. Ella me abrió los labios con los suyos, se dejó caer sobre mí con un impulso ansioso. Podía sentir en su respiración que no solo era deseo: era alivio, era gratitud, era la certeza de que en mi cuerpo encontraba su escudo.

Me desnudó lentamente, casi en silencio, como si hasta los movimientos quisieran borrar lo ocurrido. La recosté sobre la cama, sus ojos me buscaban, brillantes, húmedos, no de lágrimas, sino de esa mezcla de miedo vencido y deseo despertado.

Me aferré a su cuerpo como quien protege un tesoro, acariciándola con paciencia, recorriendo su piel con mis labios. Ella me recibió con gemidos suaves, con manos que se enredaban en mi cabello como diciéndome “no me sueltes, no me dejes ir”.

Quise amarla de una forma diferente, que sienta que está protegida, que mi cuerpo sea su refugio. La comencé a besar desde la boca, hacia el cuello, bajé por sus pechos, su abdomen, su pubis, me quedé un rato en su vagina húmeda, besándola y metiendo mi lengua, jugando con su clítoris y sus labios vaginales, luego bajé por su entrepierna, hasta sus pies, ella solo gemía suavemente, como una gatita que tímidamente se va soltando, tomé sus delicados pies y los aparté hacia los lados, para hacerle sitio a mi cuerpo, me puse sobre ella y la penetré lentamente mientras nos mirábamos a los ojos.

Cuando finalmente la penetré, fue distinto a otras veces. No hubo juego ni prisa. Fue un vaivén intenso pero cadencioso, cargado de ternura y de necesidad. Ella me abrazaba con fuerza, arqueando la espalda, mordiéndose los labios. Me repetía bajito, como si fuera un mantra:

—Aquí sí estoy segura… aquí sí estoy a salvo.

Cada empuje era una afirmación, cada gemido una liberación. Sus piernas se aferraban a mis caderas, como si quisiera fundirse conmigo, borrar con mi cuerpo el eco de ese ruido en la puerta.

Su orgasmo llegó intenso, largo, acompañado de un grito ahogado que tapó con mi boca. Yo la seguí al poco tiempo, descargando todo en ella, con la misma furia con la que quería borrar cualquier rastro de miedo.

Después nos quedamos abrazados, sudorosos, enredados en las sábanas. Angie apoyó la cabeza en mi pecho y con un hilo de voz me dijo:

—Primix… cuando estoy contigo, no hay nada que pueda asustarme.

Nos quedamos dormidos casi por una hora.

Al mediodía bajé a hablar nuevamente con el administrador y a revisar la cochera. Huellas de una palanca en el marco, un foco quemado en el pasillo, la puerta lateral con el pestillo flojo. Puro “ya lo vemos”, puro “mañana mismo”, puro “disculpe, señor”. Les dejé claro que “mañana mismo” era hoy. Me preguntó si pondría la denuncia. Rápidamente pensé que no habría como explicar que yo estuviese en el departamento a esa hora. Le dije que no, pero que debían reforzar las medidas de seguridad del edificio.

Llamé a un cerrajero de confianza. Quedamos que al día siguiente instalaría todas las medidas de seguridad.

Salimos del departamento, nos despedimos con un beso en la cochera, ella aún estaba asustada, se le notaba en la mirada, pero ya se había vuelto a vestir como la funcionaria de un organismo internacional, era realmente elegante y hermosa.
 
Al día siguiente, sábado, estuve temprano en el departamento de Angie. A Nadia le había contado el incidente, como que sucedió cuando Angie estaba sola en su departamento, a donde casualmente había regresado por unas cosas que había olvidado. Por supuesto, yo no aparecía en la escena hasta el mediodía que pude ir a ayudarla.

El cerrajero llegó puntual a las 9am. Yo había llegado 15 minutos antes y encontré a Angie en la cochera que regresaba de la casa de mi madre de dejar a la bebé. En tres horas quedó instalada una cerradura multipunto, una barra de seguridad por dentro y un refuerzo en la bisagra. Encargué una cámara extra para el rellano y otra con sensor de movimiento hacia el espacio en la cochera donde estacionábamos nuestros autos. Esas las instalarían por la tarde.

Cuando todos los trabajos estuvieron listos, como a las 4pm nos sentamos en el sillón a tomar una cerveza helada.

—No quiero volver a sentir ese vacío —dijo—. A veces olvido que la ciudad puede ser cruel.

—Y a veces la ciudad olvida que nosotros también sabemos cuidarnos —le contesté, sonriendo.

Nos quedamos un rato en el sillón con la segunda cerveza en la mano y la luz de la tarde entrando limpia por las ventanas. El calor de marzo hacía que el aire se sintiera espeso, húmedo, pero también había una calma rara, como si todo lo que habíamos hecho durante el día —chapas, alarmas, cámaras, refuerzos— nos hubiera dado una nueva sensación de control.

Ella estaba recostada, con la cabeza en mi regazo. Llevaba puesta una blusa ligera, casi transparente, y yo podía ver la curva de sus senos, el contorno claro de sus pezones. Me miraba de lado, con esa mezcla de picardía y ternura que me volvía débil.

—No te imaginas lo que daría porque estés aquí todos los días —dijo de pronto, en voz baja, casi como un susurro. —Las chapas y alarmas son seguridad… pero nada como tu presencia.

Yo tragué saliva. Su frase me atravesó. La besé en la frente y murmuré:

—¿Realmente tú crees que eso podría ser posible? Tú sabes que no.

Ella parpadeó, como si recién se diera cuenta de lo que había dejado escapar. Sus labios se torcieron en una sonrisa frágil.

—Sí, amor, tienes razón… —suspiró—. A veces simplemente dejo volar mi imaginación. Pero de verdad… tú me das mucha seguridad.

Le acaricié el cabello, sintiendo su vulnerabilidad en cada palabra.

—Yo siempre voy a estar contigo, Angie —le dije con firmeza—. Quizá no físicamente, pero siempre voy a estar contigo. Y si me necesitas, apenas pueda, acá voy a estar.

Ella cerró los ojos, apretándose más contra mi pecho. Me abrazó fuerte, como si quisiera asegurarse de que no desapareciera. Y ahí, en ese gesto, se derrumbó un poco. No la guerrera, no la amante ardiente, no la mujer siempre firme: sino Angie, la mujer que también necesitaba que alguien la sostuviera.

Intenté pararme después de unos minutos, pero no me dejó.

—Quédate un rato más… —me pidió, con una voz suave, casi infantil—. Ya son casi las cinco. ¿Por qué no vamos juntos a la casa de tu madre a recoger a los niños? Podemos quedarnos un rato ahí. Me dijiste que Nadia tiene guardia hoy.

—Perfecto —le respondí.

Ella subió al dormitorio para cambiarse de ropa, después de todo el día en ropa cómoda de trabajo. Yo la escuché abrir cajones, y de pronto su voz me alcanzó desde arriba:

—Amor… me voy a dar una ducha… ¿vienes?

No necesitaba más explicación. Dejé la cerveza a un lado, subí, me desnudé y la alcancé en la ducha. El agua fría caía sobre nuestros cuerpos, refrescándonos, y allí nos amamos otra vez, pegados contra los azulejos, riendo y jadeando, sintiendo que esa tarde calurosa se transformaba en un recuerdo eterno.

Al salir, nos vestimos tranquilos, sin apuro, mirándonos a los ojos con esa complicidad que era más fuerte que cualquier cerrojo o alarma. La verdadera seguridad estaba ahí: en nosotros dos, en esa vulnerabilidad compartida, en sabernos uno para el otro, aunque el mundo insistiera en ponernos límites.

Al salir del departamento, cuando cerré la puerta, eché un vistazo a la cámara del pasillo. El monitor devolvió mi espalda alejándose. Pensé, sin decirlo: “que el próximo ruido que escuchemos sea el de nuestros latidos”. Y bajé las escaleras con esa certeza abrigándome por dentro.

Caminamos juntos hacia el carro, con esa complicidad que nos envolvía siempre, aunque nadie la notara. En el trayecto, ninguno de los dos habló demasiado. Era como si ambos necesitáramos procesar lo que acababa de pasar, guardar ese recuerdo en un rincón secreto de nuestras memorias.
Al llegar a la casa de mi madre, la fachada que teníamos para la familia volvió a su lugar. Los niños corrieron hacia nosotros con gritos de alegría. Mi madre nos recibió con la calidez de siempre, con su sonrisa amplia y un abrazo para cada uno.

Nos acomodamos cada cual en su espacio: yo me quedé a conversar con mi madre en el comedor, mientras Angie, casi de inmediato, se fue a la sala que los niños habían convertido en un cuarto de juegos. Se tiró al piso con ellos, entre bloques, peluches y libros de tapa gruesa, y comenzó a inventar historias, a imitar voces, a hacerlos reír a carcajadas.

Yo la miraba de reojo mientras respondía las preguntas de mi madre. No podía evitarlo. Angie tenía esa capacidad única de transformarse en segundos. Afuera, en su mundo profesional, era otra mujer. Una profesional de prestigio, reconocida en el Perú y también en Washington. Había llegado a un nivel que no cualquiera alcanzaba: un puesto de responsabilidad en la oficina del Banco Mundial en Lima, con cerca de quince personas reportándole directamente. Su trabajo era demandante, su agenda estaba llena de reuniones, informes, proyectos internacionales. Tenía un doble reporte: debía responder tanto a sus jefes locales como a los de Estados Unidos. La veía brillar con firmeza, inteligencia, capacidad de liderazgo. Había salido en reportajes televisivos dando declaraciones sobre programas y políticas. Yo sabía, y me enorgullecía, de que la consideraban una mujer en ascenso.

Y sin embargo, ahí estaba en ese momento, revolcándose en la alfombra con dos pequeños, jugando a construir torres que derrumbaba adrede para escuchar sus risas, haciéndose la payasa para que la imitaran. Una mujer que podía hablar con soltura de economía internacional y, al mismo tiempo, ponerse a inventar canciones tontas con bloques de colores en la mano. Esa dualidad me fascinaba.

Horas antes la había tenido desnuda en mis brazos, gimiendo mi nombre, exigiendo pasión y entrega. Una amante ardiente, generosa, insaciable, capaz de desarmarme con una sola mirada y de incendiarme con un solo roce. Y ahora, esa misma mujer parecía casi una niña, con el cabello recogido a la ligera, la blusa algo arrugada, concentrada en que los niños se sintieran felices y seguros.

Yo me sentía el hombre más afortunado del mundo. Era como si la vida me hubiese regalado varias mujeres en una sola: la profesional de éxito que crecía cada día más en su trabajo, la madre devota y juguetona, y la amante apasionada que se entregaba sin reservas.

El contraste me abrumaba, pero también me llenaba de gratitud. Miré a mi madre, que escuchaba atenta mientras yo le contaba alguna anécdota banal del trabajo, y luego volví a mirar a Angie. Y pensé que quizás nadie más podría entender lo que yo sentía en ese instante: ese privilegio inmenso de compartir la vida, el deseo y los sueños con una mujer tan completa.

La contemplación de Angie, jugando con los niños, me llenaba de orgullo y deseo. Pero mientras observaba esa escena, algo dentro de mí me llevó también a pensar en Nadia. No como rival, ni como sombra, menos aun comparándolas, sino como la otra mujer que también formaba parte de mi vida.

Nadia era distinta, sí. Con sus durezas, sus silencios, sus momentos de frialdad. Pero también era una mujer admirable. Una médica brillante, respetada por sus colegas, reconocida por sus pacientes. Tenía una disciplina férrea, un amor profundo por su profesión, y aunque muchas veces esa entrega la alejaba de mí, nunca dejó de ser ejemplo de compromiso. Había en ella una fuerza interior que yo sabía que no era común, esa capacidad de sostenerse aun cuando la vida la había golpeado con la tragedia más dura.

Y entonces me descubrí sintiéndome afortunado. Porque, más allá de las carencias en lo romántico o lo sexual, yo tenía a mi lado una mujer que me enseñaba con su ejemplo. Que, con todas sus contradicciones, seguía siendo madre amorosa, médica entregada, y compañera de ruta en la crianza de nuestro hijo.

Me quedé en silencio un instante, entre las risas de Angie con los niños y los recuerdos de las noches tranquilas con Nadia. Y pensé que, a mi manera, la vida me había puesto frente a mujeres extraordinarias. No era sencillo, no era perfecto, pero era lo que me había tocado vivir. Y en medio de la confusión, del deseo, de las contradicciones, lo cierto es que me sabía privilegiado por tenerlas a ambas en mi historia.

Esa noche, ya en silencio en mi casa, me descubrí pensando en todo lo que estaba viviendo. Angie, con su risa contagiosa, con esa manera de hacerme sentir joven, vivo, deseado. Con ella todo era pasión, complicidad, ternura y fuego en la misma medida. Era mi refugio, mi desahogo, mi amor prohibido y al mismo tiempo el más verdadero.

Y Nadia… mi esposa, madre de mi hijo, mujer fuerte y brillante que había soportado tragedias que nos habrían derrumbado a cualquiera. No siempre era fácil amarla; a veces su dureza me hería, su frialdad me helaba. Pero también sabía que era una mujer admirable, una médica de prestigio, una madre amorosa y, en su forma extraña, una compañera que todavía estaba ahí.

Sentí un leve conflicto en el pecho, ese que aparece cuando la razón y el deseo parecen chocar. Pero al mismo tiempo, noté que dentro de mí iba encontrando un equilibrio: Angie era el amor ardiente, el deseo renovado, la complicidad secreta, mi mejor amiga y confidente. Nadia era la familia, la estabilidad, la mujer que me había acompañado en caminos oscuros.

Me recosté mirando el techo y respiré hondo. Comprendí que no había que compararlas, porque eran incomparables. Cada una ocupaba un lugar distinto en mi vida, y en esa dualidad, tan imperfecta y tan humana, comenzaba a hallar mi centro.

No era paz completa. Todavía había sombras, dudas, un poco de miedo. Pero esa noche, al menos, sentí que podía sostenerme en pie. Y que, mientras ellas siguieran ahí, cada una a su manera, yo seguiría avanzando.

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Al día siguiente, sábado, estuve temprano en el departamento de Angie. A Nadia le había contado el incidente, como que sucedió cuando Angie estaba sola en su departamento, a donde casualmente había regresado por unas cosas que había olvidado. Por supuesto, yo no aparecía en la escena hasta el mediodía que pude ir a ayudarla.

El cerrajero llegó puntual a las 9am. Yo había llegado 15 minutos antes y encontré a Angie en la cochera que regresaba de la casa de mi madre de dejar a la bebé. En tres horas quedó instalada una cerradura multipunto, una barra de seguridad por dentro y un refuerzo en la bisagra. Encargué una cámara extra para el rellano y otra con sensor de movimiento hacia el espacio en la cochera donde estacionábamos nuestros autos. Esas las instalarían por la tarde.

Cuando todos los trabajos estuvieron listos, como a las 4pm nos sentamos en el sillón a tomar una cerveza helada.

—No quiero volver a sentir ese vacío —dijo—. A veces olvido que la ciudad puede ser cruel.

—Y a veces la ciudad olvida que nosotros también sabemos cuidarnos —le contesté, sonriendo.

Nos quedamos un rato en el sillón con la segunda cerveza en la mano y la luz de la tarde entrando limpia por las ventanas. El calor de marzo hacía que el aire se sintiera espeso, húmedo, pero también había una calma rara, como si todo lo que habíamos hecho durante el día —chapas, alarmas, cámaras, refuerzos— nos hubiera dado una nueva sensación de control.

Ella estaba recostada, con la cabeza en mi regazo. Llevaba puesta una blusa ligera, casi transparente, y yo podía ver la curva de sus senos, el contorno claro de sus pezones. Me miraba de lado, con esa mezcla de picardía y ternura que me volvía débil.

—No te imaginas lo que daría porque estés aquí todos los días —dijo de pronto, en voz baja, casi como un susurro. —Las chapas y alarmas son seguridad… pero nada como tu presencia.

Yo tragué saliva. Su frase me atravesó. La besé en la frente y murmuré:

—¿Realmente tú crees que eso podría ser posible? Tú sabes que no.

Ella parpadeó, como si recién se diera cuenta de lo que había dejado escapar. Sus labios se torcieron en una sonrisa frágil.

—Sí, amor, tienes razón… —suspiró—. A veces simplemente dejo volar mi imaginación. Pero de verdad… tú me das mucha seguridad.

Le acaricié el cabello, sintiendo su vulnerabilidad en cada palabra.

—Yo siempre voy a estar contigo, Angie —le dije con firmeza—. Quizá no físicamente, pero siempre voy a estar contigo. Y si me necesitas, apenas pueda, acá voy a estar.

Ella cerró los ojos, apretándose más contra mi pecho. Me abrazó fuerte, como si quisiera asegurarse de que no desapareciera. Y ahí, en ese gesto, se derrumbó un poco. No la guerrera, no la amante ardiente, no la mujer siempre firme: sino Angie, la mujer que también necesitaba que alguien la sostuviera.

Intenté pararme después de unos minutos, pero no me dejó.

—Quédate un rato más… —me pidió, con una voz suave, casi infantil—. Ya son casi las cinco. ¿Por qué no vamos juntos a la casa de tu madre a recoger a los niños? Podemos quedarnos un rato ahí. Me dijiste que Nadia tiene guardia hoy.

—Perfecto —le respondí.

Ella subió al dormitorio para cambiarse de ropa, después de todo el día en ropa cómoda de trabajo. Yo la escuché abrir cajones, y de pronto su voz me alcanzó desde arriba:

—Amor… me voy a dar una ducha… ¿vienes?

No necesitaba más explicación. Dejé la cerveza a un lado, subí, me desnudé y la alcancé en la ducha. El agua fría caía sobre nuestros cuerpos, refrescándonos, y allí nos amamos otra vez, pegados contra los azulejos, riendo y jadeando, sintiendo que esa tarde calurosa se transformaba en un recuerdo eterno.

Al salir, nos vestimos tranquilos, sin apuro, mirándonos a los ojos con esa complicidad que era más fuerte que cualquier cerrojo o alarma. La verdadera seguridad estaba ahí: en nosotros dos, en esa vulnerabilidad compartida, en sabernos uno para el otro, aunque el mundo insistiera en ponernos límites.

Al salir del departamento, cuando cerré la puerta, eché un vistazo a la cámara del pasillo. El monitor devolvió mi espalda alejándose. Pensé, sin decirlo: “que el próximo ruido que escuchemos sea el de nuestros latidos”. Y bajé las escaleras con esa certeza abrigándome por dentro.

Caminamos juntos hacia el carro, con esa complicidad que nos envolvía siempre, aunque nadie la notara. En el trayecto, ninguno de los dos habló demasiado. Era como si ambos necesitáramos procesar lo que acababa de pasar, guardar ese recuerdo en un rincón secreto de nuestras memorias.
Al llegar a la casa de mi madre, la fachada que teníamos para la familia volvió a su lugar. Los niños corrieron hacia nosotros con gritos de alegría. Mi madre nos recibió con la calidez de siempre, con su sonrisa amplia y un abrazo para cada uno.

Nos acomodamos cada cual en su espacio: yo me quedé a conversar con mi madre en el comedor, mientras Angie, casi de inmediato, se fue a la sala que los niños habían convertido en un cuarto de juegos. Se tiró al piso con ellos, entre bloques, peluches y libros de tapa gruesa, y comenzó a inventar historias, a imitar voces, a hacerlos reír a carcajadas.

Yo la miraba de reojo mientras respondía las preguntas de mi madre. No podía evitarlo. Angie tenía esa capacidad única de transformarse en segundos. Afuera, en su mundo profesional, era otra mujer. Una profesional de prestigio, reconocida en el Perú y también en Washington. Había llegado a un nivel que no cualquiera alcanzaba: un puesto de responsabilidad en la oficina del Banco Mundial en Lima, con cerca de quince personas reportándole directamente. Su trabajo era demandante, su agenda estaba llena de reuniones, informes, proyectos internacionales. Tenía un doble reporte: debía responder tanto a sus jefes locales como a los de Estados Unidos. La veía brillar con firmeza, inteligencia, capacidad de liderazgo. Había salido en reportajes televisivos dando declaraciones sobre programas y políticas. Yo sabía, y me enorgullecía, de que la consideraban una mujer en ascenso.

Y sin embargo, ahí estaba en ese momento, revolcándose en la alfombra con dos pequeños, jugando a construir torres que derrumbaba adrede para escuchar sus risas, haciéndose la payasa para que la imitaran. Una mujer que podía hablar con soltura de economía internacional y, al mismo tiempo, ponerse a inventar canciones tontas con bloques de colores en la mano. Esa dualidad me fascinaba.

Horas antes la había tenido desnuda en mis brazos, gimiendo mi nombre, exigiendo pasión y entrega. Una amante ardiente, generosa, insaciable, capaz de desarmarme con una sola mirada y de incendiarme con un solo roce. Y ahora, esa misma mujer parecía casi una niña, con el cabello recogido a la ligera, la blusa algo arrugada, concentrada en que los niños se sintieran felices y seguros.

Yo me sentía el hombre más afortunado del mundo. Era como si la vida me hubiese regalado varias mujeres en una sola: la profesional de éxito que crecía cada día más en su trabajo, la madre devota y juguetona, y la amante apasionada que se entregaba sin reservas.

El contraste me abrumaba, pero también me llenaba de gratitud. Miré a mi madre, que escuchaba atenta mientras yo le contaba alguna anécdota banal del trabajo, y luego volví a mirar a Angie. Y pensé que quizás nadie más podría entender lo que yo sentía en ese instante: ese privilegio inmenso de compartir la vida, el deseo y los sueños con una mujer tan completa.

La contemplación de Angie, jugando con los niños, me llenaba de orgullo y deseo. Pero mientras observaba esa escena, algo dentro de mí me llevó también a pensar en Nadia. No como rival, ni como sombra, menos aun comparándolas, sino como la otra mujer que también formaba parte de mi vida.

Nadia era distinta, sí. Con sus durezas, sus silencios, sus momentos de frialdad. Pero también era una mujer admirable. Una médica brillante, respetada por sus colegas, reconocida por sus pacientes. Tenía una disciplina férrea, un amor profundo por su profesión, y aunque muchas veces esa entrega la alejaba de mí, nunca dejó de ser ejemplo de compromiso. Había en ella una fuerza interior que yo sabía que no era común, esa capacidad de sostenerse aun cuando la vida la había golpeado con la tragedia más dura.

Y entonces me descubrí sintiéndome afortunado. Porque, más allá de las carencias en lo romántico o lo sexual, yo tenía a mi lado una mujer que me enseñaba con su ejemplo. Que, con todas sus contradicciones, seguía siendo madre amorosa, médica entregada, y compañera de ruta en la crianza de nuestro hijo.

Me quedé en silencio un instante, entre las risas de Angie con los niños y los recuerdos de las noches tranquilas con Nadia. Y pensé que, a mi manera, la vida me había puesto frente a mujeres extraordinarias. No era sencillo, no era perfecto, pero era lo que me había tocado vivir. Y en medio de la confusión, del deseo, de las contradicciones, lo cierto es que me sabía privilegiado por tenerlas a ambas en mi historia.

Esa noche, ya en silencio en mi casa, me descubrí pensando en todo lo que estaba viviendo. Angie, con su risa contagiosa, con esa manera de hacerme sentir joven, vivo, deseado. Con ella todo era pasión, complicidad, ternura y fuego en la misma medida. Era mi refugio, mi desahogo, mi amor prohibido y al mismo tiempo el más verdadero.

Y Nadia… mi esposa, madre de mi hijo, mujer fuerte y brillante que había soportado tragedias que nos habrían derrumbado a cualquiera. No siempre era fácil amarla; a veces su dureza me hería, su frialdad me helaba. Pero también sabía que era una mujer admirable, una médica de prestigio, una madre amorosa y, en su forma extraña, una compañera que todavía estaba ahí.

Sentí un leve conflicto en el pecho, ese que aparece cuando la razón y el deseo parecen chocar. Pero al mismo tiempo, noté que dentro de mí iba encontrando un equilibrio: Angie era el amor ardiente, el deseo renovado, la complicidad secreta, mi mejor amiga y confidente. Nadia era la familia, la estabilidad, la mujer que me había acompañado en caminos oscuros.

Me recosté mirando el techo y respiré hondo. Comprendí que no había que compararlas, porque eran incomparables. Cada una ocupaba un lugar distinto en mi vida, y en esa dualidad, tan imperfecta y tan humana, comenzaba a hallar mi centro.

No era paz completa. Todavía había sombras, dudas, un poco de miedo. Pero esa noche, al menos, sentí que podía sostenerme en pie. Y que, mientras ellas siguieran ahí, cada una a su manera, yo seguiría avanzando.

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Excelentes relatos cofra @Conejo_Loco. Se podría decir que los astros lo favorecieron y estaba marcado para vivirlas. Es una experiencia digna de relatar, hasta de escribir una novela con ella, ¿Lo ha pensado? Se que se da en muchos casos, pero con esas experiencias vividas entre uds, creo que ninguna.
Saludos
 
Antes de compartir esta historia aqui, se lo conté a Angie y ella estuvo de acuerdo. Hoy en la mañana tuvimos uno de nuestros encuentros y le conté que ya habia comenzado a contarla, quizo verlo. me dijo que ella pensaba que haria solo un resumen, pero estaba maravillada de la forma detallada en que lo estaba contando y que queria que siga haciendolo. Solo me pidio dos cosas:

- Que lo escriba primero en word, no directamente aqui, para que ella pueda verlo, no para censurarlo, pues con ella no tenemos secretos y lo que está aqui es lo que nos pasó,sino para completarlo y enriquecerlo con sus recuerdos.

- Que le dejen comentarios que ella leera cuando estemos juntos.

En un rato dejaré una entrega mas que escribimos juntos esta mañana y de ahi haré un pequeño parentesis para que ella pueda completar lo que sigue.
Pro de pros 👌 Gracias x el relato esta padrisimo
 
Excelentes relatos cofra @Conejo_Loco. Se podría decir que los astros lo favorecieron y estaba marcado para vivirlas. Es una experiencia digna de relatar, hasta de escribir una novela con ella, ¿Lo ha pensado? Se que se da en muchos casos, pero con esas experiencias vividas entre uds, creo que ninguna.
Saludos

Gracias por tus palabras cofra @polo35. Lo que en un comienzo parecía algo imposible de resolver sin dejar a una de ellas, poco a poco fue alineándose y logré tener la fortuna de tenerlas a las dos en mi vida.
Lo de la novela lo he penado más de una vez, lo hemos conversado con Angie y siempre llegamos a la misma conclusión: Hay un alto riesgo de que se nos identifique y eso sería un gran problema.
 
Cincuenta y nueve – LA PREGUNTA IMPOSIBLE

Hacia la segunda mitad del 2022, Nadia comenzó a cambiar. O al menos, eso parecía. Su carácter, que antes era filoso, cortante, endurecido por la pérdida y la tristeza, se volvió más tranquilo. Ya no había gritos. Ya no había discusiones por todo. Volvimos a tener pequeñas conversaciones. Breves, casi superficiales, pero sin tensión. Risas ocasionales. Comentarios cómplices sobre nuestro hijo, sobre alguna noticia absurda o sobre el hospital o la clínica. Y en medio de todo eso, una sensación nueva… o quizás vieja… pero que ya casi había olvidado: calma.

Sin embargo, no era una calma íntima. Era más bien una paz pactada. Un armisticio. Algo funcional. Vivíamos como compañeros de cuarto que se tratan con respeto. Y en ese contexto, Nadia también comenzó a mostrar más de su mundo espiritual.

Me hablaba con entusiasmo de sus lecturas, de los talleres online que seguía con un maestro colombiano que canalizaba ángeles, de los pactos del alma, de los contratos energéticos, de vidas anteriores. Al principio, yo solo escuchaba. Por respeto. Porque veía que, al menos, eso le devolvía cierta alegría. Pero luego, no pude evitar mi naturaleza lógica, mi mente de ingeniero. Quise entender, más que aceptar.

—Pero ¿quién escribió eso? —le preguntaba—. ¿Y esa persona cómo sabe que es así? ¿Quién se lo dijo?

No lo hacía para destruir sus creencias. Lo hacía porque genuinamente necesitaba encontrarle una raíz racional a todo.

—No todo se puede probar con lógica —me decía, con esa superioridad que a veces usaba cuando creía haber alcanzado una revelación espiritual que yo no podía comprender—. La ciencia no tiene todas las respuestas.

—Correcto —le decía—. Pero al menos se esfuerza por hacer preguntas inteligentes. Yo solo quiero entenderlo, no negarlo. Pero si todo lo que lees lo das por cierto solo porque está impreso, ¿no es igual a creer en cualquier religión sin cuestionarla?

A veces esas conversaciones se tensaban. Pero no llegaban al conflicto. Ella ya no reaccionaba con rabia. Solo con decepción o condescendencia. Como si pensara: “Pobre, todavía no despierta”.

Y en el fondo, yo agradecía que al menos hubiera encontrado algo que le diera consuelo. Aunque fuera en esas fantasías, en esos gurús de YouTube que hablaban en voz pausada y miraban fijamente a la cámara como si estuvieran poseídos por una verdad cósmica.

Pero nuestra vida sexual… eso sí seguía en coma.

Yo ya no la buscaba. La verdad, ni lo pensaba. Estaba plena y completamente satisfecho con el sexo que tenía con Angie. Y no solo era sexo. Era pasión, complicidad, juego, ternura. Era una danza de pieles donde ambos sabíamos exactamente cómo tocarnos, cómo entregarnos. Con Nadia, en cambio, todo eso estaba muerto. Lo que sucedió hace algunos meses, cuando ella me buscó, no se había repetido. Fue un vaso de agua en el desierto, una excepción que no tuvo continuación. Yo la busqué un par de veces después de eso, más por las apariencias, y para variar, fui rechazado, de forma más amable que antes, pero igual rechazado.

Hubo un tiempo en que, por rutina, o por mantener las apariencias, intentaba buscarla, aunque fuera unas tres o cuatro veces al año. Pero ahora… ni eso.

Nadia no se daba cuenta. O fingía no hacerlo. Quizá porque ella tampoco sentía deseo. Quizá porque, como tantas otras cosas en nuestra vida, la sexualidad se había transformado en una obligación difusa, innecesaria.

Y sin embargo, un día de agosto, mientras conversábamos sobre cualquier trivialidad en la cocina, me sorprendió con una pregunta que no supe responder de inmediato:

—¿Y qué pasó con tu libido?

—¿Mi qué?

—Tu libido, tus ganas —repitió, mientras servía el té—. Antes por lo menos intentabas algo. Ahora nada. ¿De pronto ya no te gusto? ¿O ya no te interesa el sexo? ¿O quieres que sea siempre yo la de la iniciativa, como la última vez?

Me quedé mirándola. Pensé en Angie. En nuestras tardes de sábado. En su risa desnuda. En su entrega. En cómo me decía “hazme tuya” mientras me miraba a los ojos. Y volví a mirar a Nadia, que esperaba una respuesta con gesto neutro, pero con una inquietud real en la mirada.

—Es que… me cuesta —le dije—. Me cuesta porque me he sentido rechazado tantas veces. Y la aquella vez… no sé si te acuerdas… te burlaste de mí. Y eso… eso no se olvida tan fácil.

Ella no dijo nada. Solo apretó los labios.

—¿Estás con alguien? —preguntó, sin levantar la voz.

—No —le dije, mirándola a los ojos—. Pero piensa esto: no quieres tener sexo conmigo, pero tampoco quieres que lo tenga con nadie más. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Convertirme en monje? ¿Masturbarme?

No hubo discusión. No hubo reclamos. Solo silencio. Un silencio largo. Denso.

A partir de entonces, empecé a buscarla de vez en cuando. Más por cubrir apariencias que por deseo real. De esas veces, quizá una o dos terminamos teniendo relaciones. Relación es una palabra generosa. Era yo el que tenía que hacer todo. Ella no participaba. No besaba. No gemía. A veces ni abría los ojos. A lo más su respiración se agitaba, lo raro es que se mojaba como antes, quizá un reflejo mecánico, quizá si lo disfrutaba, pero se reprimía… Y para poder mantener una erección, muchas veces tenía que pensar en Angie. En su olor. En su lengua. En su espalda arqueada.

Esa era mi tragedia íntima. Esa era la dicotomía que me desgastaba. Vivir con una mujer que me respetaba, pero no me tocaba y por otro lado amar a una mujer que no era mi esposa, pero que me hacía sentir vivo.

Una tarde salí de la oficina sin rumbo. No había quedado con Angie. No tenía pendientes urgentes. Solo tenía… tiempo. Tiempo para mí. Tiempo para pensar. Para ordenar lo que venía sintiendo desde hace semanas, quizá meses. Tomé la Costa Verde y me estacioné frente al mar, en una de esas playas solitarias por Magdalena, donde el invierno cubre todo de una melancolía espesa, como si incluso las piedras quisieran llorar.

Apagué el motor y me quedé en silencio. El mar delante de mí parecía un espejo gris, infinito, moviéndose con la calma de agosto en Lima. Ese cielo bajo, pesado, era como si me cubriera también a mí.

Pensé en lo que estaba logrando. Sí, estaba encontrando mi centro. Entre tanto dolor y contradicciones, había logrado sostener algo parecido a un equilibrio: Angie y yo, con nuestra pasión y complicidad intactas; Nadia y yo, con un espacio más calmado, una convivencia que, aunque no ardía, se mantenía en pie. Pero todavía había un punto que no lograba resolver: la sexualidad con mi esposa.

Me costaba —me dolía— fingir que la buscaba, sabiendo que lo más probable era que me rechazara, como tantas veces antes. Y cuando de casualidad se daba, la sensación era mecánica, como cumplir con un trámite. Sí, me descargaba físicamente, pero quedaba vacío. No había esa chispa, no había vida.

Y, sin embargo, yo sabía que la amaba. A mi manera, sí, la amaba. Porque era la madre de mi hijo, porque había compartido conmigo alegrías y dolores profundos, porque la había visto crecer como profesional brillante, admirada en su clínica, reconocida en su especialidad. Esa mujer era también parte de mí.

El mar rugía despacio, como recordándome que el tiempo pasa y que nada permanece. Me pregunté entonces cómo manejarlo. Cómo sostener estos dos mundos sin que ninguno se derrumbara. Cómo lograr que Angie siguiera sintiéndose segura, amada, única, y que Nadia no percibiera en mí un desinterés que la hundiera aún más en sus propias culpas y silencios.

Al final, yo también quería estar tranquilo. Yo también quería sentir que estos dos universos podían coexistir, aunque sé que para muchos sería impensable.

Respiré hondo. El aire salado me llenó los pulmones y cerré los ojos. Sí, estaba encontrando mi centro, pero todavía había zonas grises, lugares incómodos en mi corazón que no sabía cómo ordenar.

Encendí el motor. Era hora de volver. No a elegir, no a resolverlo todo, sino a seguir sosteniendo este equilibrio frágil que, de alguna manera, también me daba sentido.

Finalmente, en el camino a casa, entendí que con Nadia no tenía sentido insistir en el sexo. ¿Para qué? Cada intento era un recordatorio de la distancia que existía entre nosotros, de lo que se había perdido. Sí, quizás de vez en cuando tendría que buscarla, como por compromiso, para que no sienta que ya no la deseaba en absoluto, pero ya no sería lo esencial.

Decidí reconstruir nuestra relación desde otro lugar: el del romance apagado, pero posible. El del detalle cotidiano. El de la ternura discreta que todavía podía ofrecerle. Sería más cariñoso, más atento, más esposo. Que ella sintiera que estaba ahí, que no la había abandonado, aunque en lo profundo ambos supiéramos que ya no éramos lo que fuimos.

Con Angie, en cambio, era otra historia. Ahí estaba la pasión, la entrega, la intimidad verdadera. Ella no era solo mi amante, era mi mejor amiga, la mujer que conocía cada gesto mío, cada palabra que no decía. Con ella podía ser yo mismo, sin reservas, sin máscaras. Podíamos probarlo todo, decirlo todo, hacer lo que quisiéramos sin miedo. Con ella, la sexualidad era fuego, complicidad, confianza, un pacto secreto que nos unía más allá de cualquier frontera.

Con Nadia sería el marido amoroso, el padre responsable, el compañero en la vida diaria. Con Angie, el hombre apasionado, el amante total, el cómplice eterno.

Dividí mi cuerpo. Dividí mi atención. Egoísta, quizá. Pero era la única manera de sostenerlo todo sin perderme a mí mismo.

La sexualidad con Nadia pasaría a ser apenas un adorno, una anécdota más en nuestra convivencia. Con Angie, en cambio, seguiría siendo la esencia, el núcleo de nuestra entrega. Y entre esas dos realidades, yo iba encontrando mi centro: el equilibrio imposible que, sin embargo, me permitía seguir caminando.

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El sábado siguiente, la vida me recordó cuán frágil eran los planes. Madrugué como siempre, inventando el pretexto de ir al gimnasio antes de pasar por el taller para ver las lunas polarizadas de la camioneta. Era la coartada perfecta para encontrarme con Angie a las nueve. Así habíamos quedado, ella dejaría a su bebe en la casa de mi madre diciendo que iba de compras toda la mañana y me esperaría en su departamento. Me metí a la ducha, y al salir, con la toalla ceñida a la cintura, me encontré con una sorpresa: Nadia estaba despierta.

Me miró unos segundos, como evaluándome, y sin palabras me jaló hacia la cama. Me besó apenas dos veces y se echó de espaldas. No hubo juego, no hubo caricias previas. Solo la orden tácita de que cumpliera.

Me esforcé por excitarme. Lo logré, y por lo menos esta vez gimió un poco, se movió un poco. No era la mujer que conocí, ni siquiera la que alguna vez se entregaba con pasión. Pero al menos no fue la estatua indiferente de tantas otras ocasiones. Fue sexo. Nada más.

Al terminar, me levanté en silencio, con esa mezcla de alivio y vacío. Me volví a duchar. Me vestí. Y antes de salir, sorprendentemente, me dio un beso en la boca, deseándome un buen día. Algo que no ocurría desde antes de que nuestra hija muriera. Ese simple gesto, casi doméstico, me dejó una incomodidad extraña en el pecho.

Manejando hacia el departamento de Angie, sentía el peso de ese beso. Me sentía que traicionaba algo, que algo ya no encajaba en el plan perfecto para esa mañana.

Cuando Angie abrió la puerta, todo cambió. Estaba luminosa, alegre, con esos besos dulces que desarman y ese abrazo que me devuelve la vida. Pero me conoce demasiado.

—¿Qué pasa, amor? —preguntó, acariciando mi rostro.

Me senté con ella en el sillón y le conté lo ocurrido esa mañana. No con detalles innecesarios, pero con la honestidad que nos habíamos prometido.

Angie escuchó en silencio, sin un solo gesto de reproche. Cuando terminé, se limitó a decir:

—¿Y cuál es el problema?

—El problema es que me siento mal —respondí—. No por ti, sino por mí. No quiero entrar en tu cama después de haber estado con ella. Tú eres otra cosa. Tú eres mi verdad.

Ella me tomó la mano, y con esa calma que siempre me salva, dijo:

—Primix, eso puede pasar. Yo lo acepto. Te lo dije: yo no te comparto por debilidad, te elijo con todo.

Hizo una pausa, y con esa picardía suya que rompía la tensión, sonrió y me preguntó:

—¿Y te bañaste después de…?

Me reí, medio avergonzado.

—Claro.

—Entonces, todo está bien. Ven, dame un beso, tonto.

El beso encendió el fuego. En minutos estábamos desnudos en ese mismo sillón, fundidos en una entrega distinta, real, apasionada. Lo que con Nadia había sido casi mecánico, con Angie era un torrente de vida. Lenguas, gemidos, susurros, piel contra piel. Ella me montaba como si quisiera borrar cualquier duda que me rondara, y yo la penetraba con la fuerza de quien reafirma una promesa.

Subimos luego al dormitorio, exhaustos y vibrando todavía. Ella se sentó en la cama, cruzó las piernas y me miró con seriedad.

—Mira, amor, si de verdad crees que esto está mal, terminémoslo. Yo lo aceptaría. No me gustaría, pero lo aceptaría. Pero decide. Porque yo no quiero perderte.

La escuché y me estremecí. No era un reclamo. Era amor puro, sin cadenas. Y fue ahí cuando entendí que Angie estaba dispuesta a sostenerme incluso en mis contradicciones, que su amor era más grande que mi culpa.

Me acerqué, la abracé con fuerza, la besé con desesperación y le susurré al oído:

—Soy un tonto, amor. Perdóname. Te necesito para seguir entero.

Ella me respondió con un gemido suave, se aferró a mí, y volvimos a hacer el amor. Esta vez sin prisa, con ternura, con un cariño que iba más allá del deseo. Un acto de reafirmación. Un “somos uno” sin palabras.

Ella me abrazó aún más fuerte. Sentí que literalmente me absorbía el pecho, como si me metiera dentro de ella.

—Yo estoy acá para ti, Primix —me susurró con la voz temblorosa—. Tú dime qué quieres que haga y yo lo hago. Qué quieres que no haga y no lo hago. Pero no quiero perderte. Te prefiero compartido antes de vaciar mi vida. Puedo hacer cualquier sacrificio con tal de que estés a mi lado.

La abracé con todo lo que tenía. Ese abrazo se transformó en un beso. Y ese beso en una caricia. Y esa caricia en un ritual lento, profundo, diferente.

Hicimos el amor una vez más, como hace mucho no lo hacíamos. Fue lento. Fue hondo. Fue como redescubrirnos desde adentro. Sentía cómo su vagina envolvía mi sexo con esa suavidad caliente que me volvía loco. Sus brazos me jalaban hacia ella, me aferraban como si no quisiera dejarme ir nunca más. Cada gemido que brotaba de su garganta era una promesa, una confesión, una ofrenda.

Yo me entregué sin reservas. Y cuando ella llegó, cuando su cuerpo se arqueó en ese orgasmo largo, líquido, estremecido… lo supe. Supe que ese era nuestro momento de quiebre. Que ahí se había sellado algo. Y cuando yo la seguí, segundos después, fue como si todo lo anterior —las dudas, la culpa, el miedo— se desvaneciera. Como si la vida nos dijera: “Este es el camino. Este. No otro”.

Nos quedamos abrazados, sudorosos, temblando todavía. No hablamos. No hacía falta. Nos miramos en silencio, con los ojos vidriosos. Yo pasé la mano por su rostro, como si quisiera memorizar cada línea, cada curva.

Ese fue el instante.

El instante que marcó el resto de nuestras vidas hasta el día de hoy.

Habíamos hecho el amor tres veces ya. El cuerpo pedía pausa, pero el alma seguía despierta. La piel aún ardía, y sin embargo estábamos ahí, echados, respirando lento, con esa sensación de plenitud que solo nos daba estar juntos. Yo sabía que todavía quedaba cuerda para una o dos más, pero decidí aprovechar ese intervalo para contarle lo que había reflexionado en la playa, frente al mar, en soledad.

—Amor… —le dije acariciándole el pelo húmedo de sudor— el otro día estuve pensando, allá en la Costa Verde, mirando el mar. Y entendí que tengo que encontrar mi centro. Que con Nadia lo que puedo reconstruir es lo romántico, el cariño, los detalles. No insistir más en el sexo. Que lo nuestro, lo que vivo contigo, es lo que me sostiene vivo. Pero… me asusta esta dualidad.

Angie levantó la cabeza de mi pecho, me miró con esos ojos brillantes, y sonrió.

—¿O sea que te fuiste a hacer terapia gratis al mar? —me dijo, burlona—. Y sin avisarme, ¿eh? Yo también quería terapia.

Reímos los dos, pero ella siguió, más seria:

—Mira, primix, yo sé que para ti esto es un dilema. Pero para mí no. Yo ya elegí. Elegí estar contigo, aunque tenga que compartirte. Y si con ella decides dar cariño y no sexo, mejor todavía… menos competencia.

Me reí nervioso.

—No lo digas así, que me asustas.

Ella me mordió suavemente el hombro.

—¿Por qué, amor? ¿Qué temes? ¿Que un día te diga que quiero turnos? Lunes, miércoles y viernes para mí, martes y jueves para ella… y el sábado lo sorteamos.

—¡Angie! —exclamé, fingiendo alarma.

Ella se rio con ganas, tapándose la boca como si estuviera diciendo una travesura. Luego, más seria, me tomó la cara con ambas manos.

—Escúchame, Primix. Yo no estoy jugando cuando te digo que eres mi hombre. Eres mi amor, mi amante, mi amigo, mi todo. Y sí, me duele a veces, me punza pensar que estás con ella. Pero ¿sabes qué? Me da más miedo perderte que compartirte. Ese es mi miedo real.

La miré a los ojos, conmovido. Ella se acercó y me besó con ternura.

—Así que deja de torturarte —susurró contra mis labios—. Yo te quiero aquí, así, desnudo, sudado, diciéndome que soy tuya. Lo demás… ya veremos cómo se acomoda.

Se echó de nuevo a mi lado, pegada a mí, y con esa picardía que le salía incluso en los momentos más serios, agregó:

—Eso sí, la próxima vez que quieras filosofar en la playa, me llevas. Porque seguro que con mi bikini rojo reflexionas más rápido.

Nos reímos. El peso que me agobiaba se hizo más ligero. Ella tenía ese poder. Convertía mis culpas en sonrisas, mis miedos en abrazos, mis dudas en deseo.

Y así, entre risas y silencios, sentí que Angie acababa de darme, otra vez, el permiso de ser feliz con ella.

Apenas terminó de decirme aquellas palabras que me aliviaron el corazón, Angie no me dejó reaccionar. Se subió encima de mí con determinación, sus piernas firmes sujetando mis costados, su mirada encendida y tierna a la vez. No había dudas en sus ojos. Era ella la que estaba guiando la escena.

—Hoy no quiero que pienses —me susurró con voz grave, acariciándome el rostro con la yema de los dedos—. Solo quiero que sientas. Quiero que estés tranquilo.

Me besó con hambre y con dulzura al mismo tiempo. Me mordió el labio, me acarició el pecho con sus manos cálidas y bajó lentamente, sin darme tiempo a tomar la iniciativa. Me dejé llevar. Ella marcaba el ritmo, me estimulaba con una mezcla de ternura y fiereza que me desarmó por completo.

Antes que yo pudiera hacer algo, ella ya tenia mi pene semi erecto en su boca, Mi miembro creció rápidamente con sus besos, sus lamidas y el calor de su boca.

—Eres mío —dijo con una media sonrisa mientras me miraba directo a los ojos, moviéndose con cadencia y control absoluto—. Solo yo puedo darte esto.

Y era verdad. El fuego que encendía en mí era único, distinto, imposible de comparar con nadie. Siguió haciendo eso, que ella sabía que me volvía loco, yo me senté en la cama, para acariciar sus nalgas, pero ella, me empujó contra el colchón con la fuerza de su deseo. Tomaba mi cuerpo con la seguridad de una mujer que sabe lo que quiere y lo reclama sin titubeos. Yo era suyo, y ella me lo hacía sentir en cada movimiento, en cada beso, en cada palabra jadeante.

—No te preocupes más, amor —dijo entre gemidos, apretando mis manos contra la cama para que no pudiera moverme—. Yo me encargo. Yo te voy a dar la calma. Quiero ser feliz contigo, ¿lo entiendes?

Se sentó sobre mi y guio sus caderas para introducirse mi falo que ya estaba como roca, dentro de su vagina.

La intensidad fue creciendo, y mientras ella se entregaba también buscaba mi entrega, esa fusión en la que no existía nada más que nuestros cuerpos buscándose una y otra vez. Su orgasmo llegó con fuerza, casi como un grito de afirmación. Yo la seguí segundos después, dejándome arrastrar por su dominio, por su amor expresado con cada fibra de su piel.

Cuando nos desplomamos juntos, jadeando y empapados de sudor, ella me abrazó fuerte, pegando su frente a la mía.

—Ya está —dijo sonriendo, todavía con la respiración agitada—. Ya ves… todo está bien. Solo confía en mí.

Y yo, rendido, entendí que Angie no solo era mi amante: era mi refugio, mi fuerza, la mujer que sabía cómo sostenerme cuando mis dudas me hacían tambalear.

Quedamos recostados, todavía con el sudor en la piel y los latidos acelerados. Angie se acomodó sobre mi pecho, con la cabeza apoyada justo debajo de mi barbilla, y yo la envolví con mis brazos.

El silencio duró un par de minutos, un silencio lleno de calor, de roce de piel, de respiraciones que poco a poco iban encontrando su ritmo. Fue ella quien lo rompió.

—Primix… —susurró, dibujando círculos en mi pecho con la punta de su dedo—. ¿Ya entendiste lo que quise decirte?

—¿Qué cosa? —pregunté, sabiendo que me ponía a prueba, que quería arrancarme la respuesta desde mi centro.

Levantó la cabeza y me miró con esa intensidad que no necesitaba adornos.

—Que no tienes que preocuparte más. Que quiero ser feliz contigo. Que todo esto que somos… ya es nuestro. Nadie nos lo puede quitar. Ni tus dudas, ni tus culpas, ni nadie.

La besé suavemente en los labios. Ella sonrió, con esa picardía suya que siempre mezclaba ternura y fuego.

—Cuando hago el amor contigo, no es solo placer —continuó, con la voz aún ronca—. Es mi manera de recordarte que soy tuya. Que soy la única que puede darte esto. Lo mío no lo comparto, aunque te compartas. ¿Lo entiendes?

La miré fijamente, acariciándole la mejilla.

—Lo entiendo, amor. Y lo siento aquí —dije, apretándola más fuerte contra mí.

Angie rio bajito, como para aliviar el peso de lo que acababa de decir.

—Además, no te conviene dudar mucho, ¿ah? Porque cuando dudo yo… te exprimo tres o cuatro veces seguidas como hoy. Y después no digas que no te advertí.

Me reí, la besé en el cuello, y ella soltó un gemido juguetón.

—Prométeme algo —me pidió, sería otra vez—. Que cuando estés conmigo, no te vas a perder en pensamientos. Que vas a estar aquí, conmigo. Yo te doy calma, te doy fuego, te doy todo. Solo quédate.

La abracé fuerte, cerré los ojos y sentí que esa mujer me estaba dando no solo su cuerpo, sino su certeza. Y en ese momento, sí, me dejé de preguntas. Solo estaba ella, solo estaba yo, y el eco de su voz diciéndome:

—Eres mío, y yo soy tuya.

Angie se levantó desnuda, con esa naturalidad suya que me volvía loco. Salió del dormitorio y sentí sus pasos ligeros bajando la escalera hacia la cocina y regresó con dos vasos de agua.

—Toma, caballero, hidrátese —me dijo en tono burlón, mientras me alcanzaba un vaso y se dejaba caer sobre la cama.

La miré un instante, con el vaso en la mano, y la felicidad me desbordó. No pude contenerme: lo dejé sobre la mesa de noche, la tomé en brazos y la levanté como si fuera una niña. Angie soltó una carcajada, sorprendida.

—¡Primo! ¡Me vas a romper la espalda! —gritó riéndose, abrazándose fuerte a mi cuello.

—Me importa un carajo la espalda —le respondí, besándola en la boca con la urgencia de un adolescente—. Solo quiero que sepas que no existe, no puede existir otra mujer como tú.

Ella me apretó contra su cuerpo, jugando, mordiéndome el labio con picardía. Después escondió la cara en mi hombro y murmuró entre risas:

—Me encanta cuando me miras así… como si de verdad yo fuera única.

—Porque lo eres —le dije, girando con ella en brazos, haciéndola reír aún más, hasta que caímos juntos de nuevo en la cama.

Nos besamos como dos chiquillos que acaban de descubrir el amor, entre cosquillas, empujones suaves y esa complicidad que era nuestra marca registrada. El sexo nos unía, sí, pero esos momentos de juego, de ternura, de risa compartida, eran la prueba de que lo nuestro era mucho más grande.

Esa tarde lo entendí con una claridad brutal: Angie no solo era la amante ardiente que me llevaba al límite, era también la mujer que me hacía sentir vivo, joven, completo. Incomparable.


.
 
Las siguientes semanas, la vida fue cobrando un ritmo... digamos, normal. Una rutina que, en otras circunstancias, me habría parecido imposible. Pero ahora la habitaba con serenidad. Ya no sentía esa confusión, ese vértigo moral que me había carcomido durante tanto tiempo. Estaba claro —tan claro como el cielo de verano que a veces mirábamos con Angie desde su ventana— que podía llevar mi relación con Nadia sin afectar la que tenía con Angie, y viceversa.

Era como si, por fin, hubiera aceptado que esa era mi forma de amar. Una forma irregular, sí. Pero profunda. Y verdadera.



 
Sesenta: LA AMISTAD PELIGROSSA

Lo único que me seguía haciendo un poco de ruido —no culpa, no ansiedad, solo una vibración sutil en el fondo del pecho— era verlas juntas. Nadia y Angie. Conversando, riendo. En esas reuniones familiares en casa de mi madre, donde por alguna razón coincidían. No muchas veces, pero las suficientes como para hacerme notar algo imposible de ignorar: entre ellas había nacido una especie de amistad.

No era una cortesía pasajera. No eran esas sonrisas falsas que se sostienen por compromiso. Era genuina. Nadia buscaba a Angie más de lo que Angie buscaba a Nadia. A veces la llamaba por teléfono “para saber de la niña”, para preguntar “cómo iba en el trabajo”, para invitarla a tomar un café cuando coincidían cerca de la clínica.

Al principio pensé que era curiosidad, que Nadia quería hurgar en los detalles que yo nunca contaba. Pensaba que quería saber más del periodo en el que Angie y yo habíamos vivido en la casa de mi madre, de mi juventud, de esos tiempos en los que Angie me conocía, pero Nadia no. Pero pronto entendí que no. Había algo real ahí. Le interesaba escucharla.

Recuerdo una tarde en la casa de mi madre, mientras yo conversaba con ella en la sala, que Nadia apareció de pronto con Angie en la cocina. Reían a carcajadas, como adolescentes que comparten un secreto. Cuando entré, se callaron de golpe, pero la complicidad seguía en el aire.

—¿Y ahora de qué se ríen? —pregunté, con una media sonrisa.

—De ti, seguro —dijo mi madre, divertida desde el comedor.

Nadia me miró y contestó:

—De los hombres en general, no te preocupes.

Angie solo bajó la mirada, todavía sonriendo, y siguió acomodando los platos.

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que lo que compartían no era solamente simpatía. Era como si hubiesen encontrado una en la otra un espejo raro, una sensibilidad parecida. Quizá era la maternidad, quizá el dolor que cada una cargaba en silencio. No sé. Pero se entendían.

Nadia me preguntaba por Angie más seguido de lo normal:

—¿Cómo está tu prima? ¿Cómo le va en el trabajo?
—Bien —respondía yo, intentando no sonar demasiado interesado.

Pero por dentro me daba vueltas la cabeza. Esa amistad, ¿era una bendición o una amenaza?

Me parecía un contraste brutal: Nadia, con su disciplina, su racionalidad médica, su visión científica que en los últimos años había derivado hacia el misticismo; y Angie, con su pasión ardiente, con su ternura envuelta en fortaleza, con su ascenso firme en el trabajo y su capacidad para reírse de la vida.

Las veía juntas, jugando con los niños en la alfombra, y por un momento pensaba: “si ellas supieran todo… si supieran lo que hay detrás de estas coincidencias, lo que compartimos en secreto, lo que me une a las dos de maneras tan distintas”.

Era surrealista.

No sentía culpa. Eso ya lo había dejado atrás. Pero sí había algo que me sacudía. Una pregunta sin respuesta: ¿cómo sostener dos mundos que, en apariencia, comenzaban a entrelazarse por sí solos?

Y entonces entendí algo: tal vez no eran enemigas. Tal vez, sin saberlo, se estaban cuidando la una a la otra… y cuidándome a mí.

Unos días después estábamos en la sala de su departamento, habíamos ido ahí después del trabajo, los niños jugando en el cuarto contiguo. Yo la miraba de reojo mientras ella ordenaba unos papeles, y de pronto solté lo que llevaba días rumiando.

—Amor… ¿te has dado cuenta de lo bien que te llevas con Nadia?

—(Ríe suave) Claro, ¿y qué? —me contestó, encogiéndose de hombros—. Es una buena mujer. Tiene su carácter, pero me cae bien.

—Ese es el problema —le dije, bajando la voz—. Que se llevan demasiado bien. Y yo… no te voy a mentir, me da ansiedad. Siento que en cualquier momento se te puede escapar algo, un gesto, una palabra… y todo se viene abajo.

Ella dejó los papeles a un lado, me miró fijo, con esos ojos que siempre me desarmaban.

—¿Tú crees que soy tan tonta? —me dijo con una sonrisa pícara—. Si no me has atrapado tú en veinte años, ¿tú crees que me voy a delatar yo sola?

Me reí, pero la ansiedad seguía ahí.

—Claro que te he atrapado, le dije. Te he atrapado de todas las formas posibles… Ya hablando en serio, no es que desconfíe de ti… es que no puedo evitar pensarlo. A veces te miro hablar con ella, y me digo: “un segundo de descuido, una mirada de más, y todo se arruina”.

Angie se acercó, me tomó la cara entre sus manos, y con voz suave me susurró:

—Primix… tranquila tu cabecita. Yo jamás voy a poner en riesgo lo nuestro. Si hablo con Nadia, es porque sé manejarlo. Y además… ¿sabes qué? —se inclinó para besarme lento, casi rozando mis labios—. Ella jamás verá en mis ojos lo que ves tú. Eso es solo tuyo.

Me quedé callado, sintiendo cómo esa frase me recorría el cuerpo entero.

Ella, como siempre, rompió la tensión con humor:

—Además, si me pongo nerviosa, lo único que hago es pensar en ti desnudo. Créeme, eso no se me escapa en una conversación con tu esposa.

Reímos juntos. Yo la abracé fuerte, apretando su cintura contra mí, y ella me besó con esa mezcla de dulzura y picardía que la hacía única.

El escritorio de Angie tenía ese aire de orden elegante, con papeles bien apilados, su laptop en un costado, y la silla giratoria que tantas veces la había visto trabajar hasta tarde. Esa tarde, sin embargo, la oficina dejó de ser oficina.

Nos besábamos con urgencia, sin palabras, apenas dejando escapar algún gemido ahogado que ahogábamos con la boca del otro. Yo la apoyé contra el borde del escritorio; los papeles se deslizaron al suelo, pero a ninguno le importó.

—Shhh… —susurró ella, con una risa nerviosa—. Los niños están en la habitación de al lado.

Ese riesgo nos encendía aún más. El saber que, a unos pocos metros, ellos reían con bloques, peluches y cuentos de cartón, mientras nosotros conteníamos nuestra propia risa y nuestros propios gritos, hacía que todo fuera más eléctrico.

Los besos continuaron, sus pechos, libres debajo de su blusa, me provocaban, le levanté la falda y metí mi mano en su vagina húmeda, ella gimió suavemente.

—Que haces loco, los niños…

No pudo decir más, yo solo había bajado mi cierre para que mi miembro erecto se liberara y la penetré ahí, sin miramientos, al borde del escritorio.

El movimiento era intenso, rápido, casi desesperado, pero el silencio lo volvía aún más ardiente. Ella me miraba fijamente, mordiéndose el labio para no gritar, y yo, jadeando contra su cuello, me obligaba a mantener el control. Cada roce era una descarga contenida.

El placer se mezclaba con la ansiedad de ser descubiertos. Ese era el combustible secreto: lo prohibido a metros de lo cotidiano.

Fue rápido, fue intenso. Cuando todo terminó, nos quedamos unos segundos abrazados, sudorosos, respirando en silencio, como si cada inhalación fuera un secreto compartido. Ella se rio bajito, apoyando la frente en mi pecho.

—¿Te das cuenta? —susurró—. Aquí mismo, donde firmo informes y hago cuentas… ahora quedan nuestras huellas.

Unos segundos después, escuchamos los pasos apresurados de los niños, que venían corriendo desde el cuarto de juegos. Angie se arregló rápido el cabello, yo subí el cierre de mi pantalón y nos lanzamos una última mirada cómplice. Esa mirada que decía: otra vez lo hicimos, otra vez vencimos al tiempo y al espacio.

La puerta se abrió y apareció la hija de Angie con un bloque de construcción en la mano:

—¡Mamá, se cayó la torre!

Detrás venía mi hijo, acusándola con el dedo:

—¡Pero fue ella! Yo no hice nada.

Angie, con el rostro todavía encendido, se agachó para mirarlos con fingida severidad:

—¿Quién atentó contra la torre más grande del mundo? Esto es un crimen arquitectónico.

Los niños soltaron una carcajada y empezaron a hablar al mismo tiempo, señalándose mutuamente. Yo me reí también, agradecido de que su inocencia no entendiera nada de lo que acababa de ocurrir.

Entonces, mi hijo me miró fijamente y dijo con naturalidad:

—¿Y tú por qué estás sudando, papá?

Angie me lanzó una mirada cómplice que parecía decir: “A ver cómo sales de esta”. Me pasé la mano por la frente y respondí con un suspiro exagerado:

—Porque ayudé a la tía Angie a mover unas cajas muy pesadas del escritorio. ¡Uf, casi me rompo la espalda!

La hija de Angie frunció el ceño y replicó con picardía infantil:

—¡Mentira! No hay cajas ahí.

Y estallamos todos en risas. La tensión desapareció. Terminamos en el piso de la sala, ayudando a reconstruir la torre caída con los bloques.

Mientras los niños reían, competían y nos daban instrucciones sobre cómo colocar cada pieza, yo pensaba en lo extraordinario del momento: hacía apenas minutos, Angie había sido mi amante secreta, vibrante, apasionada… y ahora era la madre juguetona, divertida, cómplice. Yo, en cambio, me debatía entre dos mundos, pero en ese instante lo único que importaba era la risa compartida, el secreto guardado y la certeza de que, aunque todo fuera un poco loco, funcionaba.
 
El cumpleaños de Angie llegó casi sin darnos cuenta. El 2 de enero del 2023, lunes. Comienzo de año, comienzo de semana, pero más que nada, comienzo de otra etapa para ella. Cumplía 37. Y lo celebramos en casa, con una pequeña cena familiar. Nada extravagante, pero sí especial. Estábamos mi madre, Nadia, Angie, la Sra. Celia, yo… y por supuesto los niños, que correteaban por la sala, jugando con los globos que la abuela había inflado con tanto esmero. También vino el hermano de Angie, ese que vivía en Lima desde hacía unos años, y que siempre la hacía reír con sus anécdotas y sus ocurrencias algo pasadas de tono.

La mesa estaba servida con cariño. Un mantel claro, platos blancos, una botella de vino que mi madre había guardado para una ocasión “especial pero tranquila”, como ella misma dijo. Se sirvieron unas pastas al horno, una ensalada fresca y una torta de chocolate con nueces que había llevado Angie, diciendo que era "de una pastelería buenísima cerca de su casa", aunque sospechábamos que la había hecho ella misma.

Todos estábamos relajados. Felices. En paz.

Pero lo que más me llamó la atención esa noche fue ver a Nadia y a Angie sentadas juntas, conversando como viejas amigas. En un momento se alejaron un poco del grupo, se quedaron en el rincón más iluminado del comedor, riendo, compartiendo historias de los niños, de recetas, de cosas triviales. Pero lo hacían con una complicidad que me desconcertaba. Solo ahí, en esos momentos de charla ligera, yo veía a Nadia casi como era antes. Libre. Risueña. Feliz. Hasta más bonita se le veía. Su rostro se relajaba, su mirada se iluminaba. Y Angie… Angie la miraba con respeto. Con empatía. Como si cuidara ese vínculo con la misma delicadeza con la que cuidaba todo lo nuestro.

Yo observaba en silencio. Con una copa de vino en la mano y una sensación difícil de nombrar. No era celos. Tampoco era remordimiento. Era, quizás, una especie de asombro. Un asombro mudo y agradecido. Por estar viviendo esta escena que, en otro tiempo, me habría parecido impensable.

A las diez y media cantamos el feliz cumpleaños. La bebé de Angie, ya con poco más de dos años, se unió al canto con esa entonación desordenada y dulce que solo tienen los niños. Mi hijo la ayudaba a aplaudir, y juntos soplaron la vela con Angie, que se agachó para que ambos pudieran ayudarla. Fue una escena hermosa. Uno de esos cuadros que uno guarda en la memoria con la esperanza de que nunca se borren.

Después de los abrazos, los brindis y el último trozo de torta, cuando ya se iban despidiendo los invitados, Angie y yo cruzamos una mirada. Solo una. Y bastó.

Había amor. Había luz. Había algo más grande que todos los enredos y que todas las dudas. Y esa noche, al acostarme, sentí que —por un rato, al menos— todo estaba en su lugar.

El sábado siguiente al cumpleaños, lo teníamos claro. Era nuestro día. Nuestra verdadera celebración.

Volvimos a ese hotel que tantas veces nos había recibido en silencio, cómplice de nuestras escapadas, de nuestras reconciliaciones, de nuestros aniversarios escondidos. Ese hotel era parte de nuestra historia. De nuestras memorias más carnales y dulces. Por eso decidimos celebrar ahí los 37 años de Angie. A solas. Como más nos gustaba.

Desde que subimos al auto, el ambiente ya estaba impregnado de deseo. Angie me acariciaba la pierna mientras conducía, se acercaba a mi oído y me susurraba que había estado pensando en mí toda la semana. Que no había dejado de imaginar lo que íbamos a hacer. Yo le tomé la mano, la besé despacio, y en el semáforo antes del hotel, la miré y le dije:

—Hoy te pienso devorar, amor. Será un Feliz cumpleaños salvaje.

Ella solo sonrió, esa sonrisa suya tan suya, mezcla de picardía y ternura.

Apenas cerramos la puerta de la habitación, no hubo tiempo para desvestirnos con delicadeza. Nos fuimos quitando la ropa como quien arranca el hambre. Yo le subí el vestido por las caderas mientras la besaba contra la pared, ella me desabrochó la camisa con desesperación, y así, a medio vestir, comenzamos a besarnos y tocarnos como si el tiempo no existiera. Como si la espera hubiera sido eterna.

Nuestros cuerpos se buscaron de pie, al borde de la cama. La empujé con suavidad contra mí, mientras le bajaba el hilo que apenas cubría su deseo. La penetré con fuerza, sosteniéndola en mis brazos, sintiendo cómo se aferraba a mis hombros, gimiendo mi nombre con la boca entreabierta. Fue un primer encuentro intenso, explosivo, donde el deseo acumulado de días se descargó sin reservas.

Después caímos sobre la cama, aún jadeantes. Ella se acomodó bajo mí y volvimos a hacer el amor, esta vez más lento, más profundo. En misionero, besándonos entre cada embestida, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba para recibirme, cómo me decía con los ojos lo que sus labios no alcanzaban a expresar.

Luego se giró y me ofreció su espalda, su cuerpo perfecto, y la tomé en cuatro, con pasión y entrega. La acaricié, le besé el cuello, le dije lo hermosa que era, lo afortunado que me sentía de tenerla. Ella movía las caderas con ritmo, con precisión, como si supiera exactamente lo que necesitaba darme. Nuestros cuerpos se entendían sin palabras.

Finalmente, se subió sobre mí. Me montó como solo ella sabía hacerlo. Mirándome fijamente, apoyando sus manos en mi pecho, cabalgándome con intensidad, con deseo, con amor. La vi estremecerse, convulsionar de placer, y cuando ella alcanzó el clímax, supe que no podía resistir mucho más. La tomé de la cintura, me aferré a sus caderas y llegué también, profundo, intenso, liberador.

Nos quedamos abrazados, cubiertos apenas con la sábana, con la respiración aún agitada.

—Feliz cumpleaños, mi amor —le dije, acariciando su mejilla sudada.

Ella sonrió con ternura, me besó en la frente y me susurró:

—Esta es la mejor celebración que he tenido. Y tú… tú eres el mejor regalo de todos.

Saqué entonces una pequeña caja de mi mochila. Era un regalo sencillo, pero lleno de significado: una cadena de plata con un dije en forma de infinito, con nuestras iniciales diminutas grabadas en los extremos. No era oro ni tenía piedras preciosas. Pero era eterno. Como lo que yo sentía por ella. Había otra pulsera con la misma figura.

Angie lo tomó con los ojos brillosos, lo besó y se lo puso en la muñeca, envolviéndolo tres veces.

—Ahora estamos atados, Primix. Por siempre —me dijo.

Nos quedamos toda la mañana en el hotel. Hicimos el amor tres veces más, sí, pero también conversamos, nos reímos, comimos algo liviano, nos acariciamos sin apuro. Era nuestro espacio. Nuestro refugio.

En un momento, ya a media mañana, le dije:

—Angie, de verdad me sigue sorprendiendo lo bien que te llevas con Nadia. No me lo esperaba. Pero lo valoro.

Ella se acomodó sobre mi pecho, jugueteando con mis dedos.

—Sí… yo tampoco lo busqué, te juro. Simplemente fluyó. No sé cómo pasó. Supongo que... no sé, conectamos desde otro lugar. No me cuesta verla como una mujer que sufrió, como una madre... y ya no me genera ruido.

—¿Y no te hace sentir mal? ¿Incómoda?

—No —dijo segura—. Ya aprendí a separar lo nuestro de la familia. Lo que tenemos tú y yo es tan fuerte, tan nuestro, que no lo comparo con nada. No me complico. No te vayas complicando tú tampoco, ¿sí?

Le sonreí.

—No, no, para nada. Solo quería saber cómo te sentías. Por mí… pueden ser grandes amigas, aunque suene raro.

Nos reímos. Ella me abrazó con fuerza, y yo sentí, otra vez, que había vuelto a casa. Que todo lo que había pasado en estos años —el dolor, las pérdidas, las dudas— nos había llevado a ese momento. A ese amor maduro, imperfecto y verdadero.

-

Y así, entre sábanas desordenadas, miradas cómplices y caricias sin final, sellamos uno de los días más significativos de nuestras vidas.
 
Antes de continuar con la historia de ese fin de semana, y a pedido de la hinchada, voy a dejarles la version de Angie sobre como surgió lo nuestro y como ocurrio nuestra primera vez. Pero primero un breve parrafo de lo que yo creia en ese momento.
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Yo pensaba que ella bajó esa tarde de sábado dispuesta a todo, sabía que no había ninguna posibilidad de que mi madre llegara, además cuando estábamos solos, yo cerraba con pestillo la puerta que da a la calle, apagaba el motor de la puerta levadiza de la cochera y le ponía cerrojo, prendía el cerco eléctrico que estaba sobre el muro interior y aseguraba todo el exterior de la casa, como lo hacía todas las noches, pero al estar solo en casa o solo con ella, lo hacía en el día, porque la casa era grande y Angie en su cuarto y yo en el mío, no escuchábamos lo que pasaba afuera. Si por casualidad mi madre llegaba de improviso, tendría que tocar el timbre para que le abra.

Por otro lado, su actitud coqueta y hasta provocativa desde que dio esos golpecitos en la puerta y la abrió sin esperar que le diga que pase (ella dice que yo le di pase, en eso no hemos logrado ponernos de acuerdo), so pretexto de ver una peli, era otro indicio. Una más, bajar sin llevar nada bajo su polerón y por cómo se sentó junto a mi en la cama, cosa que nunca había hecho. Todo eso me llevaba a pensar que ella quería que pasara lo que pasó.
Yo pensaba que ella no se daba cuenta de cómo la miraba cuando salía arreglada a trabajar, más aún cuando se arreglaba para salir con el ponja, era una belleza realmente, pero juro que no la veía con ojos lujuriosos, la admiraba, me gustaba lo que veía, realmente era disfrutar lo bella que se veía, pero mi libido aún estaba muy apagada como para pensar en otra cosa. Cuando se paseaba por la casa con los polos sueltos, si me provocaba verle los pezones marcados o a veces no se notaban los pezones, pero si la redondez de sus pechos. Alguna vez pensé en que rico se la comería el ponja, creyendo en ese tiempo, que teniendo ese bombón el ponja se lo estaba comiendo a tope.

Luego cuando hemos conversado de esto en varias ocasiones, ella me dio su versión. Aquí haré una licencia y dejare de escribir en primera persona.
Lo que continua es una transcripción de lo que Angie me dejó en un audio anoche, Es literal, solo estoy copiando lo que ella grabó, el audio está dirigido a mi, aunque ella me lo envio para que lo publicara aqui. No he cambiado eso para que sea fiel reflejo de su recuerdo.
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Yo nunca planeé que esa noche pasara lo que pasó entre nosotros. Pero si soy sincera, tú siempre ocupaste un lugar muy especial en mi mundo. Recuerdo que cuando venías a Arequipa con tus padres, yo te veía como alguien inalcanzable: alto, atractivo, con ese aire de seguridad que me fascinaba desde niña. En secreto, con mis amigas bromeábamos diciendo que tú eras mi “novio limeño”, el que me mandaba cartas imaginarias y me hacía suspirar solo con su recuerdo.

Con el paso de los años, tus visitas se hicieron menos frecuentes, pero tú seguiste presente. Tal vez porque formabas parte de esos primeros recuerdos que se quedan grabados para siempre. Cuando empecé a descubrir mi cuerpo y lo que sentía, no entendía mucho lo que pasaba, solo sabía que había algo en ti que me encendía la imaginación. Comencé a masturbarme a los 13 años, y tú siempre estabas en esas fantasías. Mis amigas y yo hablábamos a escondidas, compartíamos lo poco que sabíamos, y de vez en cuando alguna traía una revista de adultos, robada a sus padres, pero tú seguías ahí, como el centro de esas primeras emociones que no tenían nombre todavía.

Después, claro, vinieron dos chicos en mi vida en Arequipa, con ellos nunca pasé de besos y por ahí algún toqueteo juguetón. Apenas llegada a Lima, a los tres meses después de cumplir 18 años, tuve una relación con un chico japonés, con él fue mi primera vez… Yo llegue a esa ocacion con algo de miedo por lo que iba a pasar, pero con una gran ilusión por lo que había leído en esas revistas románticas y lo que había fantaseado, se haría realidad. Fue la primera gran desilusión. Nada se pareció a lo que había soñado. Ni la ternura, ni la emoción, ni siquiera el deseo. El japones se desnudo, espero a que yo me desnudara, me hizo una seña para que me recueste en la cama y me penetro apenas dandome un beso. Dolio, pero mas en el alma que en el cuerpo. Cinco minutos despues el ya estaba vistiendose y diendome que me vista porque teniamos que irnos. Pensé que tal vez era así, que la realidad no tenía por qué parecerse a las historias que había leído o a lo que me había imaginado de niña.

Cuando tu madre me dijo que vendrías a vivir con nosotras, sentí una punzada extraña. Por un lado, tristeza al saber que tu matrimonio había llegado a su fin, pero por otro, una emoción que no podía evitar. Tenerte cerca, bajo el mismo techo, verte cada mañana y cada noche, hizo que esas emociones que creía dormidas volvieran a despertar. Y con ellas, también regresaron mis pensamientos sobre ti. Pero esta vez eran diferentes… más intensos, más reales. Ya tenía más noción de lo que era el sexo, sabía lo que deseaba, aunque no me atreviera a decirlo.

No sabía qué futuro nos esperaba, ni siquiera si podía haber uno. Pero lo que sí supe, desde el primer momento en que volviste a mi vida, fue que algo dentro de mí ya no iba a ser igual.

Ya faltaban menos de tres días para que te mudaras con nosotras, y aunque en la superficie todo parecía girar en torno a la logística, a la habitación que ocuparías o como nos acomodaríamos a tus horarios, por dentro… por dentro yo era un torbellino de emociones. Sabía que eso marcaba el cierre definitivo de tu historia con tu esposa, y no podía evitar sentir pena. Ustedes habían compartido una vida, y yo los había visto —al menos por un tiempo— felices.

Pero junto con esa tristeza, surgía otra cosa. Algo más profundo, más inquietante. Era una mezcla de expectativa, de cosquilleo bajo la piel. Ibas a estar ahí, en casa, a unos pasos de mi cuarto. Iba a escuchar moverte por los pasillos, sentir tu presencia cerca. Cada noche, cada mañana, compartiendo el mismo techo. Y esa cercanía me desvelaba.

Sin querer, comencé a revivir esas fantasías de niña, pero ahora teñidas de nuevas sensaciones, de una curiosidad más madura. Ya no era solo imaginarte como “mi novio limeño”; ahora había algo más carnal, más complejo. Mis pensamientos se volvieron más intensos, más íntimos… y sí, más culposos también.

Por las noches, cuando todo estaba en silencio, me dejaba llevar por esas imágenes que me venían sin pedir permiso. Cerraba los ojos y eras tú el que me rozaba la piel en la penumbra. En mis fantasías, lo que más abundaba era yo comiéndome tu pene, besándolo sin cesar y saboreando el sabor de tu semen, esas fantasías volvieron a mí por las noches, en sueños y a veces me despertaba pensando que habían sido reales. A veces me reprochaba por ello, porque no sabía si aún quedaba algo por salvar entre tú y ella. Pero incluso sabiendo eso, no podía evitarlo.

Una noche, dos días antes que llegaras, estuve con el japonés y, por curiosidad o por testar mi deseo, traté de imaginar que eras tú. Quería saber si mi cuerpo respondía distinto, si había algo real en lo que sentía por ti. Pero no. Fue aún más vacío que antes. Me sentí más lejos de mí misma, más desconectada… y me dolió. Porque entendí que mi deseo por ti no era solo físico, era algo que venía de años atrás, algo que se había ido construyendo en silencio, sin que tú lo supieras.

El viernes antes de que llegaras, ordenamos tu dormitorio, lo limpiamos, lo arreglamos. Ya eran como las once de la noche cuando mi tía cansada me dijo, ya mañana continuamos. ¿Pero a qué hora llega mañana? No se me dijo ella, solo me dijo que venía el sábado. ¿Y si viene temprano? Mejor yo me quedo terminando. Anda duerme tia. Ese día me quedé hasta las dos de la mañana cuidando que hasta el último detalle esté bien hecho para que tú encuentres tu habitación lo mejor posible. No sé cómo me levanté al día siguiente a las 7 de la mañana para estar lista cuando tu llegaras, pero al final apareciste cerca de la 1 pm.

Cuando llegaste aquella tarde, recuerdo que abrí la puerta de la calle y mi corazón dio un pequeño salto. Estabas ahí, con los hombros caídos, el rostro tenso, los ojos algo opacos… no eras tú. O al menos, no eras ese tú que yo recordaba de antes, seguro, radiante, lleno de luz. Estabas abatido. Traías contigo solo un par de maletas, unas cajas y dos amigos que te ayudaban a cargar el peso, aunque claramente el más pesado lo llevabas dentro. Y yo no sabía cómo aliviarte.
Te saludé con una sonrisa que intentó ser cálida, pero que se sintió torpe. Me limité a rozarte el brazo con los dedos al pasar, un gesto casi imperceptible, pero necesario, como para recordarte que no estabas solo, aunque hubiese querido abrazarte y llenarte de besos tiernos que aliviaran tu dolor.

Tu madre se mostró serena, práctica como siempre, guiándolos al cuarto que sería tuyo, como si todo fuese solo una reorganización más del hogar. Pero yo… yo sentía el temblor interno de alguien que está a punto de vivir algo que no sabe cómo manejar.

Tenías la mirada perdida mientras abrías tus cajas. Vi cómo sostenías algunos objetos con demasiada lentitud, como si no supieras dónde ponerlos, o tal vez no quisieras aceptar que ahora te pertenecían solo a ti. Yo parada detras tuyo, esperando tus ordenes para aliviarte ese suplicio. Cada vez que te cruzabas con tu madre, forzabas una sonrisa que se notaba dolorosa, de esas que uno ensaya cuando quiere fingir que todo está bien… y no lo está.

Quise abrazarte. Quise sentarme junto a ti, tomarte la mano y decirte que todo pasaría. Pero no podía. No delante de ella, no tan pronto. Así que me limité a estar cerca, a ayudarte a ordenar tus cosas, a ofrecerte una taza de té que aceptaste con un suspiro y un “gracias” que apenas se escuchó. Aun hoy, mientras grabo este audio y recuerdo esos momentos, se me escapa una lágrima pensando en lo destruido que estabas.

Esa noche, ya cuando tus amigos se habían ido y el silencio llenaba la casa, me quedé despierta en la sala, no subi a mi cuarto, escuchando los pasos suaves que dabas por el pasillo, los pequeños golpes de las cajas al moverse, los suspiros que se colaban por debajo de la puerta. Y fue ahí, en medio de esa quietud, donde supe que algo estaba a punto de cambiar entre nosotros. No sabía cuándo, ni cómo… pero lo sentí.

Cuando por fin subi a mi habitación y mientras intentaba dormir, me abrazaba la emoción silenciosa —casi culpable— de saberte tan cerca, de imaginar que cada día a partir de ese momento, íbamos a compartir no solo un espacio… sino algo más, aunque aún no tuviera nombre.

Los días comenzaron a pasar, y con ellos, también los silencios, las rutinas compartidas, los saludos apurados al cruzarnos en la cocina, las miradas furtivas cuando pensabas que no te observaba. Durante esas primeras semanas, traté de convencerme de que todo volvería a ser como antes, como en mi infancia, cuando eras solo mi amor platónico, una ilusión lejana, inofensiva, que vivía en mi imaginación pero que jamás cruzaba el umbral de la realidad.

Te veía caminar por la casa con el cuerpo algo vencido, como si llevaras un peso que aún no sabías cómo soltar. A veces me sorprendías tarareando algo mientras preparabas café, otras te encerrabas en tu habitación con la puerta entreabierta, y yo pasaba lento, esperando ver tu silueta recostada en la cama o inclinada sobre el escritorio. Era extraño. Estabas ahí, a pocos pasos de mí, pero a la vez tan lejos… inaccesible.

Intentaba distraerme, recordarme que tú venías de una ruptura, que estabas procesando algo profundo. Me repetía que yo no debía cruzar ciertos límites, que no podía confundir el cariño con el deseo, la cercanía con la esperanza. Que todo esto era temporal. Pero el corazón tiene su propia forma de pensar, y yo… yo no podía evitarlo.

Con cada día que pasaba, comenzaba a notarte distinto. No sé si eras tú el que cambiaba, o era yo. Tal vez ambos. Empecé a escucharte más, a detenerme en las cosas que decías al pasar: tus frases distraídas, tus pausas largas, esa forma tuya de mirar hacia abajo cuando algo te dolía, pero no lo decías. Y sin darme cuenta, dejé de fantasearte solo en la intimidad de mis noches. Ahora también lo hacía con los ojos abiertos, mientras cocinaba, mientras me duchaba, incluso mientras te escuchaba hablar con tu madre desde el comedor.

Y aunque en mi interior algo gritaba que era imposible, que tú jamás me mirarías así, que yo era solo tu sobrina, una muchacha más joven, sin historia, sin derecho… había otra parte de mí que empezaba a dudar. Que empezaba a preguntarse qué pasaría si algún día nuestras miradas se quedaban quietas, si nuestros cuerpos se rozaban por accidente y no retrocedían.

Pero cada vez que la idea se volvía más nítida, más concreta, yo misma la reprimía. Me decía que no, que era absurdo, que no debía alimentar algo que no tenía futuro. Era como tener un deseo escondido bajo llave… aunque cada día la llave parecía estar más cerca de mis dedos.

Hasta que comencé a notar que me mirabas con mas atención. Tu creías que yo no me daba cuenta, pero tus ojos me seguían y a veces se perdían por segundos en mis pechos que se delineaban debajo de los polos holgados que usaba, Un día de invierno, los pezones se me habían marcado en el polo y cuando nos cruzamos en la cocina, tus ojos se clavaron, ahí. Yo seguí barriendo como si nada pasara, pero disfrutaba de tu secreto deseo.

Fue entonces que, sin proponérmelo del todo, empecé a cambiar sutiles detalles. De pronto, el cabello lo llevaba suelto con más frecuencia, la ropa cómoda seguía siendo la misma, pero escogía los colores con más cuidado, los tejidos más suaves que marcaran mejor mis formas, los movimientos más conscientes. Nada que pudiera parecer evidente. Todo lo contrario. Solo pequeñas insinuaciones envueltas en la cotidianidad.

Y aun así, cada gesto tenía detrás la intención secreta de llamar tu atención, de colarme en tu pensamiento, de hacerte pensar en mí más allá de lo que debías. Lo hacía con una mezcla de deseo y miedo, porque, aunque me llenaba de ilusión la idea de acercarme a ti, también sentía que estaba caminando una cuerda invisible entre lo posible y lo prohibido.

A veces me reprochaba por ello. Me decía que no debía sentir lo que sentía, ni hacer lo que hacía. Pero bastaba verte pasar junto a mí, con la mirada algo ausente, el alma herida y el cuerpo cansado, para que quisiera quedarme ahí, cerca, aunque fuera en silencio, solo para acompañarte. Porque, aunque no lo dijera en voz alta, lo sabía: algo se estaba moviendo entre nosotros. Y no era imaginación.

Lo comencé a hacer más seguido, y tú siempre caías, te gustaban mis tetas. Imaginaba que en la soledad de tu habitación te masturbabas pensando que me las tocabas y que eyaculabas sobre ellas, ahora se que eso no sucedia porque aun no entendía que tu libido estaba atrapada por tu pena.

Cuantas tardes de sábado y domingo estábamos solos en tu habitación, porque mi tía había salido a una reunión o a pasear con sus amigas, yo antes de bajar, me estimulaba los pezones para que estén bien parados y así provocarte más, pero tú siempre, muy respetuoso, solo me veías de reojo, nunca mas que eso.

Así llegó ese día en el que todo comenzó. Yo en la mañana te sentí cuando subiste a poner tu ropa en la lavadora, escuché tus pasos. Yo acababa de salir de la ducha, me estaba cambiando. Escuché el sonido de la máquina que ya comenzaba a mover la ropa. Yo estaba recién con mi ropa interior puesta. ¿Y qué pasa si salgo?, como que no escuché nada, como que no me di cuenta de que estabas ahí. Como que iba al baño porque me había olvidado algo y tú me veías así, solo en ropa interior. Oh, sorpresa. Ay, disculpa, ¡perdón! Me volvería a meter a mi cuarto. ¿Qué pasaría? ¿Me seguirías? Fantaseaba que me seguías y me hacías el amor o que me abrazabas ahí en el patio, me besabas intensamente contra la pared y me desnudabas furiosamente. Esos pensamientos no duraron más de cinco segundos. ¿Dije estás loca? Ubícate, es tu primix. Escuché tus pasos bajando la escalera. Terminé de cambiarme y me fui a la calle.

Cuando regresaste esa tarde, tu auto en la cochera me confirmó lo que ya sospechaba: estabas en casa. No te escuché moverte mucho, así que asumí que te habías encerrado en tu cuarto, quizá descansando o simplemente tratando de desconectarte un poco del mundo. Yo también había tenido un día agitado; entre las compras en Gamarra y las calles llenas, lo único que quería era llegar, soltar todo y sentirme cómoda.

Subí con mis bolsas, bajé a servirme un té y volvi a subir. Nada de escucharte. Me acomodé un rato en mi habitación con ese libro que llevaba días queriendo terminar. A eso de las cinco y media, me di cuenta de que necesitaba soltar la tensión del día. Entré a la ducha, me dejé envolver por el agua caliente y respiré profundo. Fue una pausa para mí, una tregua breve en medio de pensamientos que no lograba ordenar del todo.

Ese día, entre las cosas que había comprado, estaba ese polerón suavecito que me pareció perfecto para dormir. habia comprado cuatro de diferentes colores. Los elegí más por instinto que por necesidad, como si algo me dijera que esa noche no quería sentirme una más, sino distinta. No me maquillé, no me peiné, solo me perfumé sutilmente con una colonia que me arrullaba al dormir, pero había algo en mí que se sentía un poco más viva, más consciente.

Cuando bajé a tu habitación con ese polerón nuevo —que técnicamente era mi pijama, por eso no tenía nada más debajo— no tenía un plan. Solo una mezcla de nervios, curiosidad y algo que no sabía cómo nombrar. Tal vez necesitaba verte. Tal vez solo quería estar cerca. Tal vez, muy dentro de mí, sabía que algo estaba por cambiar. Pero juro que no bajé con la intención de hacer el amor ese día contigo, tú que me conoces tan bien, ahora sabes que, si yo hubiese querido hacer el amor esa noche, habria llevado una caja de condones, no sé dónde la escondería, pero habría bajado preparada.

Toqué suavemente la puerta de tu habitación. No sabía si estabas dormido, si querías estar solo, pero igual lo hice. Como quien se deja guiar más por el pulso del corazón que por la lógica. Me dijiste que pase casi de inmediato. Tus ojos estaban algo cansados, como si la tarde te hubiera pesado más de lo normal, pero, aun así, me sonreíste. Una de esas sonrisas que no se dan con la boca, sino con el cuerpo entero. Sentí que mi estómago se apretaba un poco.

Entré y me senté en el sillón al lado de tu cama. Te dije que había estado en Gamarra, que el tráfico estaba imposible, que compré algunas cosas para el verano que ya comenzaba a sentirse más fuerte. Me miraste con atención, y no dijiste nada sobre el polerón, pero tu mirada se detuvo un segundo más de lo normal en la forma en que caía sobre mi cuerpo y en especial en mis pezones. Yo fingí no notarlo. A esas alturas, lo nuestro era una danza silenciosa de gestos medidos y emociones contenidas.

Te pedí el helado, y antes de que terminaras de decirme ¡claro!, ya estaba camino a la cocina, dude en coger una taza y la cuchara, al final solo fue la cuchara, no se porque, pero esa decisión cambio todo.

Iba a sentarme en el sillón, pero en el último segundo, pensé que era incomodo para los dos que me estes pasando el tarro una y otra vez y que tu comerías más helado que yo, por eso me subí a tu cama sin pedir permiso, pero no termine de poner mi rodilla en el colchón, cuando pensé, ¿Que hago?? este es territorio vedado para mi!! Pero al siguiente segundo, cuando vi solo tu mirada que me recorría de arriba abajo pero no me decías nada, me senté a disfrutar del helado, la película y tu cercanía.

Me senté en tu cama como si fuera lo más natural del mundo, aunque por dentro todo mi cuerpo vibraba. El colchón cedió un poco bajo mi peso, y sentí el calor de tu presencia más cerca de lo que jamás había imaginado en voz alta. No dijiste nada, pero esa forma tuya de mirarme, tan fija, tan silenciosa, decía más de lo que las palabras hubieran podido articular sin romper la magia del instante.

Entre cucharadas de helado y escenas de la película que apenas registrábamos, algo flotaba en el aire, como una electricidad suave, delicada… pero insistente. Yo fingía estar concentrada en la pantalla, pero cada vez que tú te movías un poco, cada vez que tu brazo se acercaba al mío por casualidad, me sentía como si el tiempo se detuviera.

Me sorprendía a mí misma por estar ahí, en tu cama, con una cercanía que nunca había creído posible. ¿Cómo habíamos llegado hasta ese momento? Era como si el universo hubiera estado preparando esa escena durante años, tejida en silencios, miradas furtivas y pensamientos que nunca nos atrevimos a decir.
Y sin embargo, ahí estábamos.

No necesitábamos hablar de lo que estaba pasando. Había algo mucho más profundo que las palabras: una emoción que se venía gestando desde nuestra adolescencia, disfrazada de juego, luego de distancia, y finalmente de resignación. Pero esa noche… algo empezaba a romperse, o a florecer. Y aunque aún no sabíamos qué sería, ambos lo sentíamos.

Con la siguiente película, que vimos, la conexión fue más íntima, ya no había la mesita del helado entre nosotros y yo te sentía más cerca, casi dentro de mi corazón. Algunas escenas de esa película me recordaron a mi terminada relación con el japonesito, por eso lloré. En realidad, lo terminé porque él no me llevaba a sus reuniones de amigos y menos de familia, me tenía como medio oculta, con las justas dos amigas del trabajo y un amigo del ponja, sabían lo nuestro. Al parecer al ser hijo de japoneses radicados en el Perú, sus padres querían que se relacione y se case con una chica de su colonia. Me cansé de querer que me de mi lugar y mandé al carajo al ponja, aunque eso también me golpeo un poco. Además que reconocí que en parte lo terminé porque él no podía luchar contra lo que yo solo imaginaba contigo, pero la verdad es que no quería que te des cuenta.

Nunca pensé que te ibas a voltear en esa penumbra y darte cuenta de las lágrimas, que no eran muchas, pero que brotaban de mis ojos sin poder contenerlas. Por eso te miré. Pero no sé, esa mirada fue diferente, fue especial. Tú me miraste con unos ojos que antes no había visto en ti. Los dos segundos que demoró mientras acercabas tu boca a la mía, sentí que la sangre me subió a la cabeza de golpe y y no podía creer lo que estaba a punto de pasar hasta que sentí tus labios suavemente sobre los míos. En ese momento perdí todo el control, en ese momento solo quise besarte y abrazarte.

Cuando tu lengua comenzó a explorar la mía, sentí como mi vagina comenzaba a mojarse. Recordé que no llevaba nada abajo y tus manos cada vez subían más, pero no quería detenerte. Por eso cuando comenzaron a explorar mis nalgas, simplemente me abandoné, abrí un poco las piernas y sentí tu mano ahí, firme, cálida y pensé que sea lo que tenga que ser.

Yo también quería en algún momento que me penetres, ansiaba tenerte dentro de mí. Cuando te vi arrodillado en la cama con esa enorme cosa erecta, me asusté un poco. Yo lo había imaginado muchas veces en mi boca, lo había imaginado muchas veces dentro de mí, pero la verdad que no pensé que fuera tan grueso, solo pensé en ese momento ¿me cabrá todo eso? ¿Eso me va a doler? Era por lo menos el doble de grueso que la del japonés, y más larga también. recordé que si la del japones me habia dolido la primera vez, con eso me matabas, pero segui adelante.

No sé cómo pude reaccionar a último momento y recordar de que tú eras un hombre cien por ciento fértil. Lo habías comentado en alguna reunión con tu madre, que todos los exámenes te habían salido bien a ti y por supuesto yo no quería quedar embarazada.

Algo me trajo a la mente el recuerdo de las únicas enseñanzas que mi madre me dio acerca de sexo. Primero, que debía hacerlo cuando yo quisiera, no cuando alguien me obligara o me presionara. Nadie me estaba obligando, yo quería hacerlo contigo ¡y mucho! Y segundo, que pase lo que pase y sea donde sea, siempre debía hacerlo con preservativo. Por eso te detuve, aunque ansiaba sentirte dentro de mí.

Cuando te detuviste, te quedaste como no sabiendo qué hacer, vi ese enorme cañón frente a mí y lo único que me provocó fue cumplir una de mis tantas fantasías, una de mis tantas noches en las que al masturbarme te imaginaba dentro de mi boca. La verdad que tuve que abrir la boca más de lo que había pensado, porque ese grueso pene tuyo no me entraba, me cabía con las justas en la boca. Ahora si me entra sin problema, no porque me haya crecido la boca o porque se te haya reducido el pene, sino que ya aprendí a manejarlo, pero en ese momento era muy torpe aún.

El resto ya lo contaste muy bien. Solo te puedo decir ahora, como te lo he dicho más de una vez, que el sabor de ese semen nunca más te lo he vuelto a sentir. Era un sabor tan intenso, tan concentrado. Lo entendí cuando tú me explicaste después, que tenías muchos meses sin eyacular. Se había concentrado todo tu ser en ese tremendo cañonazo que me pegaste. Sabes que he probado muchas veces más tu semen, siempre me encanta, tiene sabor a ti, pero nunca ha sido tan intenso como en esa vez. ¡No sé si fue por ser la primera vez o porque ahora ya no dejo que se te junte tanto semen! -Risas de Angie-. Nunca más deje que se te juntara tanto, ni cuando retomamos esta maravillosa relación después de la larga separación que tuvimos hace algunos años.

Sigue contando nuestra historia. Todo lo demás lo has descrito muy bien.

Quiero terminar, pidiéndole a los chicos que nos leen, que no cuestionen lo que vivimos, pueden preguntar y hasta cuestionar algunas cosas, pero no el fondo de nuestra relación. Yo te amo profundamente a pesar de que debo compartirte, así soy feliz y no necesito nada mas, tu me das todo lo que necesito. Y no crean que es nada material, gracias a ti, estudié lo que quise, y ahora soy exitosa en mi profesión, puedo mantenerme sola, no necesito que ningún hombre me mantenga, pero tus detalles, tu pasión y tu protección no los podría encontrar en nadie mas, así que chicos, no cuestionen eso, soy feliz con mi Primix y ahora que lo estamos contando, una nueva emoción nos invade, solo disfrútenlo.
Que hermosa historia. Aveces leer estas historias que no solo trate del mete y saca , son hermosas, lo hacen únicas y especiales, gracias x compartir tus historias
 
Que hermosa historia. Aveces leer estas historias que no solo trate del mete y saca , son hermosas, lo hacen únicas y especiales, gracias x compartir tus historias

Gracias @Froyyrz, por tus palabras, nos inspira a seguir compartiendo lo vivido.
 
Sesenta y uno – LO QUE EL AMOR SOSTIENE

Ese año 2023, fue especialmente importante para Angie. Recibió un ascenso que no solo representaba un reconocimiento profesional, sino también una reivindicación personal. La valoraban, y no era para menos. Su carácter, su firmeza, su lucidez natural para resolver problemas, su experiencia previa en España, su maestría… todo eso se unía con su inteligencia emocional y una capacidad de liderazgo que no tenía que forzar. Era brillante, y su entorno lo sabía.

El día que me lo contó, una tarde en su departamento, salió de la cocina con una copa de vino en cada mano y una sonrisa contenida que no podía disimular.

—Primix… —dijo, y esperó a que la mirara bien a los ojos—. Me ascendieron.

Dejé todo lo que tenía en las manos. Me acerqué, la abracé como si hubiese ganado una batalla en nombre de los dos. Porque eso era: una victoria compartida.

—Esto hay que celebrarlo, pero en serio —le dije.

Y no hizo falta decir nada más. Ambos sabíamos dónde.

Reservé para el día siguiente el hotel donde habíamos celebrado tantas cosas importantes desde que volvimos a estar juntos.

Esa tarde de sábado llegamos tomados de la mano, cómplices, como dos adolescentes en una aventura secreta.

Apenas cruzamos la puerta, nos besamos con hambre. Mi casaca voló, su vestido resbaló por sus caderas. En el pequeño pasillo de la habitación la tomé de la cintura, la pegué contra la pared y comenzamos a hacer el amor con la urgencia de quienes se desean de verdad. Su cuerpo ya estaba húmedo, receptivo, ansioso. Angie me guio adentro de ella con un movimiento firme de caderas.

—Así… así quiero celebrarlo —susurró entre gemidos.

Luego fuimos a la cama. Primero en misionero, lento, profundo, mirándonos a los ojos. Después ella se giró, poniéndose en cuatro con esa naturalidad que solo nace del deseo verdadero. Me recibía con cada embestida, con gemidos dulces, temblando bajo mis manos. Finalmente, se montó sobre mí, con la determinación de una mujer que toma el control de su placer. Sus caderas se movían rítmicas, sabias. La vi cerrando los ojos, mordiéndose el labio, estremecerse y gritar mi nombre al llegar. Yo la seguí un par de minutos después, tomándola de la cintura mientras ella aún temblaba.

—Feliz ascenso, mi amor —le dije, acariciándole el rostro.

—Tú eres mi mejor celebración —respondió con una sonrisa agotada y plena.

La habitación del hotel se había impregnado de ese aroma que mezcla deseo con ternura. La luz tenue filtrada por las cortinas y la piel de Angie aún tibia contra la mía marcaban el ritmo de esa tarde que parecía no querer acabarse.

Después del primer encuentro, en el que nos desnudamos casi sin darnos cuenta, como si nos despojáramos de todo lo demás, nos quedamos un rato abrazados, besándonos lento. Su cuerpo respiraba en mi pecho. Yo acariciaba sus brazos, sus caderas, su espalda. La miré y le dije:

—Hoy quiero que sea especial, como tú lo eres para mí.

Ella me besó sin palabras, pero con una intensidad que me confirmó que lo sentía igual.

Nos fuimos envolviendo otra vez. Esta vez, ella se puso de espaldas, apoyada sobre sus brazos, le puse lubricante en su ano y me lo puse en mi pene. Me coloqué encima, y lentamente fui entrando en ella por atrás. La sentí tensarse primero, luego relajarse. Yo sabía cómo hacerlo, cómo ir al ritmo que ella necesitaba. Nos conocíamos tanto. El vaivén comenzó suave, hasta que su cuerpo empezó a moverse conmigo, a gemir quedito, a entregarse. La acariciaba, le susurraba al oído, le decía cuánto me gustaba, cuánto la amaba. Pero nuestra posición favorita no era esa.

—Quiero verte —me dijo con esa voz dulce y decidida.

Nos giramos. Ella se recostó boca arriba y levantó las piernas, apoyándolas sobre mis hombros. Le puse una almohada debajo de las caderas. Entré de nuevo, despacio, mirándonos a los ojos. Esa era nuestra manera más profunda de amarnos. Ella se estimulaba el clítoris mientras yo la penetraba, mientras nuestros cuerpos se unían completamente. La besaba con devoción, mientras ella se mordía los labios y temblaba bajo mi cuerpo.

—No pares... así... —murmuraba con los ojos cerrados.

Y de pronto, la vi estremecerse. Su cuerpo entero se arqueó, sus piernas temblaron en mis hombros, y un gemido ahogado y largo salió de su pecho. Alcanzó un orgasmo intenso, prolongado, de esos que le hacían llorar a veces. Yo la seguí segundos después, entregándome por completo, fundido con ella, sintiendo que nada en el mundo se le parecía a ese instante.

Nos quedamos abrazados, sudorosos, en silencio, respirando hondo, como si estuviéramos en un pequeño universo privado donde nada podía hacernos daño.

Después de un rato, mientras jugábamos con nuestros dedos entrelazados, Angie me contó algo que la tenía pensativa.

—¿Sabes que hay una vecina en el piso de abajo que pregunta mucho por ti?

—¿Por mí? —le dije, levantando la ceja.

—Sí. Es una de esas que siempre se mete donde no la llaman. Medio chismosa. Me ha preguntado varias veces quién eres tú. Me la he cruzado en las escaleras y en el pasillo. Es joven, más o menos de mi edad. Siempre me mira raro cuando tú vienes o cuando salimos juntos.

—No la ubico bien —le dije, pero mientras hablaba, recordé vagamente a una mujer con ojos inquisitivos que solía ver en la cochera. Siempre parecía escanearme.

—Te has cruzado con ella. Te mira de pies a cabeza cada vez que llegas. Me preguntó directo: “¿Él es tu novio?”. Estuve a punto de decirle que sí, pero pensé en tu mamá, en Nadia, en que alguna vez podrían venir al depa… y entonces no me pareció buena idea.

—¿Y qué le dijiste?

—Que eras mi primo. Que eras el padrino de mi hija. Que por eso venías tanto.

—¿Y te creyó?

—Hizo una mueca, como diciendo “ya, claro”, pero no dijo nada más.

Me reí.

—La mejor forma de callar a un chismoso es ignorarlo.

—Sí, pero igual hay que estar atentos. Afortunadamente, el Sr. León, el portero de antes, ya no está. Se jubiló hace meses. El si nos conocía como novios. Ahora hay otro joven que no sabe nada de la historia. Eso al menos juega a nuestro favor.

—Claro que sí. Pero igual, si alguna vez se complica, cambiamos de estrategia. Lo importante eres tú. Nosotros.

Angie me besó otra vez. Y volvimos a entregarnos el uno al otro, como si todo lo demás fuera solo ruido de fondo. Como si la historia —la nuestra— pudiera seguir tejiéndose en esa habitación, en ese sábado sin prisa, en ese amor que nos sostenía cuando el mundo parecía derrumbarse.

Nos quedamos toda la tarde ahí. Hicimos el amor tres veces más, la última como siempre en la ducha. Esa tarde conversamos de todo y ambos sentimos esa paz que nos quedaba cuando satisfecho el deseo físico, nuestras almas se encontraban.

Cuando finalmente dejé a Angie en la puerta de su edificio, nos despedimos como siempre, con un largo beso, cuando ella bajó, pude ver a la vecina chismosa asomando a su ventana, mirando con atención hacia donde estábamos. Creo que por el ángulo en el que estábamos y por las lunas polarizadas, no pudo ver nada, a lo más su curiosidad morbosa estaría preguntándose porque nos demoramos tanto en despedirnos. La verdad no quería darle más importancia de la que tenía, una vecina chismosa y envidiosa.
 
Sesenta y dos – DE MUJER A MUJER

(voz de Angie)

Con Nadia ya teníamos un lazo. No era solo cortesía familiar: nos habíamos vuelto amigas. Salíamos con los niños, nos mandábamos mensajes, compartíamos recetas, hasta hablábamos de series y de cosas sin importancia. Yo ya la sentía cerca, más cerca de lo que jamás hubiera imaginado al principio. Pero esa tarde, cuando me buscó para conversar, me dijo algo que nunca pensé que me contaría.

—Angie… —comenzó, dudando—, necesito pedirte un consejo.

La miré sorprendida. Estábamos tomando café en mi sala, con los niños jugando en el cuarto contiguo. Ella solía pedirme cosas sencillas: una receta, la dirección de una tienda. Pero esta vez vi en sus ojos algo distinto: vulnerabilidad.

—Hay un médico en una de las clínicas en las que trabajo… —dijo, bajando la voz—. Me está insinuando cosas. Muy directo. Me dice que no le importa que sea casada, que no le importa nada. Y yo… no sé cómo sacármelo de encima.

Por un segundo no supe qué responder. Ese era un terreno delicado. Jamás pensé que me confiaría algo tan íntimo, algo que podía incomodarla. Pero lo hizo. Y sentí que esa confianza no podía traicionarla.

—¿Y ya le dijiste algo claro? —le pregunté, conteniendo mi indignación—. Porque ese tipo de hombres solo entienden un límite firme.

—Lo esquivo —respondió—. Me hago la que no entiendo. Pero insiste. Y me da miedo que alguien lo note, que se arme un chisme. No quiero pasar por eso.

Tomé aire y puse mi mano sobre la suya.

—Mira, Nadia. No es tu culpa. No es vergüenza. No eres menos mujer por contarlo. Ese hombre es un atrevido. Y tienes todo el derecho de decirle “basta”. Hazlo mirándolo a los ojos. Claro, cortés, pero tajante. Y si no funciona… me avisas. Te acompaño yo misma a encararlo.

Ella se sorprendió y me regaló una media sonrisa, con los ojos húmedos.

—¿De verdad lo harías por mí?

—Por ti y por cualquier mujer que pase por eso —le dije con firmeza—. Nosotras tenemos que cuidarnos. Y yo te cuido.

Entonces, bajando la mirada, me dijo algo que me estremeció:

—A veces pienso que aún lo amo. A él, a tu primo. Pero me cuesta. Lo he tratado tan mal, lo he rechazado tantas veces… que ahora me da miedo que, si pido ayuda, ya sea demasiado tarde.

La miré en silencio. No esperaba esa confesión. Pero entendí. Entendí que Nadia, detrás de esa coraza de médica fuerte y profesional reconocida, tenía grietas profundas.

—Si lo amas, lucha por eso —le dije despacio—. Pero primero quiérete tú. No dejes que un extraño te robe la paz.

Nadia me abrazó. Fue un abrazo sincero, cálido. Me sorprendió, lo admito. Nunca pensé que llegáramos a este punto. Pero lo agradecí.

Cuando Nadia se marchó, cerré la puerta despacio y me quedé apoyada en ella unos segundos. Sentía todavía el calor de su abrazo, ese abrazo inesperado que me había conmovido. Miré hacia la sala, la taza de café aún a medio terminar, el eco de sus palabras rondando en el aire.

Yo no había pensado que ella me confiaría algo así. Nadia era la esposa, la madre de su hijo, la compañera de él. Y sin embargo me había buscado a mí, a mí, para contarme su miedo, su inseguridad, sus dudas. Era un honor extraño y también una carga.

Me fui al dormitorio, donde mi hija ya dormía. La miré en silencio, tan tranquila, y me senté en el borde de la cama. Cerré los ojos y dejé que todo lo dicho se revolviera dentro de mí.

¿No era irónico? Yo, aconsejando a Nadia cómo cuidar su matrimonio, cómo rechazar con firmeza a un acosador, cómo volver a sentirse segura. Y al mismo tiempo… yo era la mujer que compartía a ese hombre. La mujer que, cada sábado, lo recibía en mis brazos, desnuda, ardiente, feliz.

Me mordí el labio. No sentí culpa. No. Lo que sentí fue una oleada de ternura. Por ella, por mí, por él. Por lo enredado y extraño que era todo esto. Por el modo en que el universo había cruzado nuestras vidas, como si quisiera demostrarme que las historias no siempre son rectas, que el amor a veces se reparte en espacios insólitos.

Pensé en lo que me dijo: “Tengo miedo de que sea demasiado tarde”. Y me dolió. Porque yo también sé lo que es temer perderlo. Temí perderlo cuando era muy joven y lo dejé ir. Temí perderlo cuando me enamoré otra vez. Y cada vez que lo abrazo, todavía, hay una parte de mí que no se convence de que lo nuestro sea eterno.

Me miré en el espejo del clóset. Vi a una mujer que sonríe en su trabajo, que dirige equipos, que aparece en reportajes, pero que al mismo tiempo guarda un secreto enorme. Vi a una amante, a una amiga, a una madre. Y comprendí que todo eso soy yo, todo eso me sostiene.

Suspiré hondo y acaricié la cabecita de mi hija. Sentí paz. Porque sí, lo sigo eligiendo. A él. Aunque lo comparta. Aunque no lo tenga todos los días. Aunque lo tenga que aconsejar para que su esposa también sea feliz. Lo elijo.

Y esa certeza, extraña pero real, me devolvió la calma.

YO

Al día siguiente, apenas después de dejar a su hija en casa de mi madre, Angie me llamó con esa voz suya que, cuando estaba seria, no admitía evasivas.
—Primix… ¿puedes venir en la tarde a mi departamento? Necesito contarte algo.

No pregunté más. Sabía que, si me lo pedía así, era importante. Llegué poco después de las cinco de la tarde. Ella me esperaba en el comedor, con un café que apenas había probado. Sus ojos estaban más cansados que de costumbre. Pero apenas entré, yo tenía llave, se paró y me abrazó, nos dimos un beso largo, un beso de reencuentro, sin connotaciones eróticas, solo de amor, nos abrazamos con fuerza mientras nos besábamos. Luego de casi un minuto así, nos sentamos en el sillón de la sala, ella se acomodó acurrucándose sobre mí, como hacíamos siempre que estábamos solos, buscando el contacto físico, aunque supiéramos que no habría sexo, solo queríamos sentirnos.

—Ayer Nadia vino —me dijo, bajando la voz, como si su propia casa pudiera escucharla—. Me buscó para contarme lo que está viviendo con un colega… con Mario. Un médico que trabaja con ella en una de las clínicas.

Me relató, casi palabra por palabra, lo mismo que le había contado Nadia: las insinuaciones, la incomodidad, el miedo de ser acosada en su propio lugar de trabajo. Pero había algo más en la forma en que Angie lo decía: la incomodaba que Nadia se hubiera abierto con ella y no conmigo.

— ¿Y por qué no me lo dijo a mí? —pregunté, sorprendido. No pude evitar sentir una punzada.

Angie me sostuvo la mirada y luego la bajó.
—Eso mismo me pregunté, Primix. Yo traté de aconsejarla, de decirle que tenía que ponerte al tanto, que no era justo callárselo. Pero me dio la impresión de que no podía… que no sabía cómo.

— ¿Cómo que no sabía cómo? ¡Soy su esposo! —exploté.

Angie volteo la cara y mirándome me acarició el rostro, calmándome.
—Amor, no es que no seas importante. Es que se siente avergonzada. Me lo dijo… con lágrimas en los ojos. Que se siente culpable de cómo te ha tratado estos años, de lo distante que ha sido contigo. Que ahora le da vergüenza pedirte apoyo, como si recién ahora necesitara de ti. Por eso me buscó a mí. Porque conmigo no tiene esa historia de distancia, de reproches.

Sentí un peso extraño en el pecho. Una mezcla de enojo, tristeza y resignación. Me quedé callado un buen rato, mirando la ventana que teníamos al lado.

— ¿Y tú qué piensas de todo esto? —le pregunté finalmente.

Angie suspiró.
—Pienso que Nadia está arrepentida, Primix. De verdad. Se le notaba. Sentía el peso de haberte dejado solo tanto tiempo. Y ahora, con esto de Mario, se dio cuenta de lo vulnerable que es y de lo mucho que todavía necesita de ti.

Me quedé en silencio, apretando los labios. Ella me tomó la cara con sus dos manos y me obligó a mirarla.
—Amor… entiende algo. Ella puede arrepentirse, pero tú y yo sabemos lo que somos. Lo que tenemos. Esto no cambia nada entre nosotros. Yo no quiero que lleves ese peso como si fuera una traición hacia mí… o hacia ella. No lo es.

Me hundí en su abrazo. Angie tenía esa capacidad increíble de darme en calma, aun en medio de las tormentas. Y pensé: qué extraña era la vida. Mi esposa buscando consejo en mi amante. Y mi amante consolándome por los miedos de mi esposa.
 

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