Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (2 Viewers)

En los días siguientes noté a Angie inquieta, preocupada por dónde viviría. La situación era temporal en la casa de mi madre, y ella sentía que la bebé, a pesar del cariño y apoyo que recibía, representaba una carga adicional. Angie seguía siendo la mujer fuerte e independiente que siempre había conocido, y no quería depender demasiado de nosotros.

Una tarde conversamos sobre su situación. Su voz reflejaba cansancio y algo de desesperación, especialmente cuando tocó el tema del cuidado de la niña. Le sugerí la solución más sencilla y lógica: la niñera que cuidaba a mi hijo en la casa de mi madre podía cuidar también a la bebé, pagándole un poco más. Angie, fiel a sí misma, insistió en compartir los gastos. No quería depender de nadie, ni siquiera de mí.

Entonces aproveché para plantearle la propuesta que llevaba días madurando:

—El departamento se desocupa a fin de mes —le dije—. Nuestro departamento.

Angie guardó silencio un momento. La escuché respirar profundo al otro lado del teléfono. Sabía lo que eso significaba para ambos.

—Nuestro departamento… —repitió con nostalgia, pero también con una firmeza que me tranquilizó.

Me preguntó si no me incomodaría a mí. Yo le devolví la pregunta con suavidad. Acordamos que los recuerdos eran hermosos y podían manejarse con cariño y madurez. Finalmente, le aseguré que podría instalarse allí tan pronto el inquilino entregara el lugar, posiblemente en un par de semanas más.

Le mencioné también que debía conversarlo con Nadia, aunque sabía que no tendría objeciones, total el departamento lo compré antes de casarme y era mío, era solo por cortesía. Angie insistió en pagar alquiler; me negué en un principio, yo no quería cobrarle, pero al verla tan firme en su decisión, acordamos tratar el tema más adelante, sin prisas.

Cuando colgamos, sentí alivio y también satisfacción al saber que Angie seguía siendo esa mujer fuerte, independiente, pero que aceptaba mi ayuda. Era una manera de mantenernos cerca. Tal vez no como antes, pero sí lo suficiente para caminar juntos nuevamente, aunque fuera por un tiempo diferente, en otra etapa de nuestras vidas.


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Cincuenta y uno– AGUA BENDITA, RECUERDOS ARDIENTES

ANGIE

Cuando él me contó que su esposa le había aceptado ser la madrina del bautizo, no supe qué sentir. Me dijo que se lo había planteado de forma directa, sin rodeos, como hacía tiempo no hablaban. Que al principio ella se mostró incrédula, pero que luego aceptó con sinceridad. Me dijo que le alegró escucharla decir: “Angie es una mujer extraordinaria, te quiere mucho y tú la quieres mucho”. Y que no terminó la frase, pero que con ese “sí, sí, sí, dile que sí” supo que no solo hablaba de mí, sino de nosotros.

Eso me removió algo por dentro.

Queríamos hacer el bautizo antes de que mis padres regresaran a Arequipa. Lo organizamos rápido, a toda máquina. Por suerte, su mamá conocía a un cura que nos ayudó con las charlas. Comprimimos lo que normalmente toma días en apenas cuatro o cinco horas. Fue una ceremonia sencilla, íntima, pero sentida. Yo llevaba un vestido crema, sencillo, elegante. Sentía que había vuelto a respirar después de meses. Mi hija estaba preciosa. El vestido blanco que le puse era perfecto. Su carita redonda, sus ojos brillando, sus pequeñas manitos agarradas a mi dedo. Mi milagro.

Cuando llegamos a la iglesia, vi a mi Primix bajarse del auto junto a Nadia. Me sorprendí. No porque no esperara que fuera, sino porque… ¡qué guapa estaba! Vestida con elegancia, arreglada con sutileza. Me pareció verla como aquella mujer por la que alguna vez sentí celos lejanos, aunque siempre supe que era muy distinta a mí. Pero ese día brillaba. Como si, por un instante, el dolor se hubiera retirado.

El bautizo fue cálido, familiar. Mi Primix sostenía la vela con la solemnidad de un padre. Y cuando el sacerdote dijo mi nombre, su nombre y el de Nadia como padrinos, sentí una emoción tan extraña… como si todos los hilos invisibles de nuestras vidas se hubieran trenzado nuevamente. La niña lloró justo cuando el agua tocó su cabeza. Luego se calmó en mis brazos. Yo la miraba y pensaba: ojalá crezcas libre de todos estos enredos que nosotros hemos tejido.

Después del bautizo, hicimos una pequeña recepción en la casa de su madre. Había comida casera, flores frescas en la mesa del comedor, alegría sincera en los rostros de todos. Mis padres estaban radiantes. Los hermanos de mi Primix llamaron desde Canadá por videollamada y brindaron desde allá, emocionados por conocer —aunque sea virtualmente— a su sobrina recién bautizada. Fue uno de esos días que se quedan grabados en la memoria como una fotografía emocional, con luz cálida y sonrisas genuinas.

YO

Cerca del final de la tarde, mientras ya se servían los postres, mi madre me tomó del brazo y me dijo en voz baja:

—Hijito, anda a traer ese pisco especial que guardamos arriba. El de Ica, ¿te acuerdas? El que me regalaron en mi santo. Están en las cajas del cuarto de arriba, creo que quedaron junto a las cosas de Angie. Que sea una celebración completa, pues.

Asentí y subí al segundo piso. El cuarto de depósito tenía de todo: cajas de recuerdos, maletas viejas, adornos navideños, cosas de Angie que había guardado ahí cuando volvió de Madrid. Me costó un poco encontrar las botellas. Revolví entre cartones y bolsas hasta que, finalmente, las vi al fondo de una repisa. Justo cuando me disponía a bajar, me entró una llamada de uno de mis vendedores. Era una consulta urgente de cierre de venta. Me tomó varios minutos resolver el tema.

Mientras tanto, abajo, mi madre comentaba con aire ligero:

—Angie, anda a ver por qué demora tanto este muchacho. Seguro que no encuentra nada. Ya sabes cómo son los hombres para buscar...

Angie subió sin cuestionar. Me encontró en el cuarto justo en el momento en que colgaba el teléfono.

—¿Primix? ¿Qué pasó? ¿Por qué te demoras tanto?

—Primero no encontraba las botellas —dije, un poco avergonzado—. Y después me entró una llamada de trabajo. Ya sabes cómo es...

Ella vio las botellas en el piso. Se agachó para recogerlas justo cuando yo me agachaba también. Y pasó lo inevitable: nuestras manos se rozaron. Ella tomó las botellas primero, pero al pararnos quedamos frente a frente. A centímetros. Tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban. Nuestros rostros casi se tocaban. Nuestras miradas se anclaron, fijas, inmóviles.

Fue un segundo eterno.

Una invitación sin palabras.

No pude resistir.

La besé.

No fue un beso de lengua ni un contacto torpe. Fue un beso suave, con la boca entreabierta. Un beso con memoria. Un beso con historia. Un beso que no buscaba el cuerpo, sino el alma. Duró apenas unos segundos. Pero fue intenso. Vibrante. Como aquellos que nos dábamos cuando todo era nuestro.

Sentí que ella también se estremecía. Su cuerpo se tensó levemente, como reconociendo una emoción antigua. Nos separamos rápido. Sin escándalo. Sin dramatismo. Pero con el pulso acelerado.

—Perdón… —le susurré, bajando la mirada.

Ella pareció contener el aliento. Bajó la vista un momento, como dudando. Luego me miró con una media sonrisa, suave, apenas dibujada.

—Me moría de ganas —dijo, sin titubeo.

—Yo también —le confesé.

—Pero esto no debe pasar.

—No… no debe pasar —repetí, aunque ninguno de los dos parecía creerlo del todo.

—Bajemos antes que nos extrañen a los dos —dijo, medio en broma, medio en serio.

Y así lo hicimos. Bajamos con la misma calma con la que subimos. Nadie sospechó nada. Todo en orden.

—Seguro que no encontraba nada este chico —dijo mi madre al vernos.

—No, tía —respondió Angie, levantando las botellas con una sonrisa pícara—. Pero ya, acá están.

Y la reunión continuó como si nada. Risas, brindis, postres, fotos. Pero entre Angie y yo… las miradas cruzadas se hicieron frecuentes. Pequeñas pausas. Largas conexiones de pupilas que decían más que mil palabras. Era como saborear en silencio ese beso robado. Disfrutarlo sin tocarlo. Agradecerlo sin repetirlo.

Un beso que no debió ser, pero fue.

Y quedó flotando entre nosotros, como un suspiro guardado.

ANGIE

A mediados de enero, finalmente me mudé al departamento. Nuestro departamento. Aunque no lo dijera en voz alta, me costaba no pensarlo así. Él se había encargado de hablar con el inquilino, de coordinar todo. Y cuando me entregó las llaves, sentí que algo dentro de mí —algo que no sabía que seguía dormido— se removía.

El lugar estaba semi amoblado. Lo justo para empezar una vida nueva. Cuando crucé la puerta con mi bebé en brazos, una ráfaga de aire cálido me envolvió. No era por el clima. Era el aire de los recuerdos.

El sillón estaba en el mismo lugar. Ese sillón… cuántas veces me había rendido en él, desnuda, entregada, entre gemidos y risas, en cuerpo y alma. El balcón, cómplice de mis gritos ahogados en la madrugada, cuando él me pedía que me callara y yo no podía. La mesa de la cocina, que había sido testigo de desayunos improvisados, de discusiones tontas, de reconciliaciones dulces con café y pan con mantequilla y también de algunos encuentros en los que cada embestida de mi primix hacia que la mesa y yo tembláramos.

Me quedé en silencio recorriéndolo con la vista, y él lo respetó. Me dejaba procesar a mi manera.

—¿Te molesta estar aquí? —me preguntó en voz baja.

—No —le respondí, con firmeza—. Me da nostalgia… pero también me da fuerza. Es un buen lugar para empezar.

Él asintió. Mientras yo seguía recorriendo el espacio con la bebé en brazos, él sacó la caja de la cuna nueva y comenzó a armarla. Lo vi agachado, concentrado, con los labios apretados como siempre que se concentraba en algo. Me conmovió verlo así, haciendo espacio para mi hija. Para nuestra hija, aunque nadie más lo supiera.

Cuando terminó, me hizo una seña con la cabeza para que la colocara ahí. Me acerqué, me incliné con cuidado y la acosté en la cuna, dormida como un ángel. Pero al retroceder, sin querer, choqué con él. Mi trasero se hundió suavemente contra su pelvis. Él estaba parado justo detrás de mí. Sentí su cuerpo. Firme. Caliente. Pude sentir su pene, aunque no estaba erecto.

No me moví.

—Perdón, caballero —le dije, sin girarme del todo, solo echando un vistazo por encima del hombro.

Él no dijo nada. Me sostuvo la mirada. Vi en sus ojos algo que reconocí de inmediato. Era deseo. Contenido. Callado. Pero vivo. Se quedó quieto. Estuvo a punto de besarme. Lo sentí. Lo supe. Yo también lo deseaba. Pero él retrocedió un paso, riéndose, como quitándole peso al momento. Y seguimos el recorrido por el departamento, fingiendo normalidad, aunque ambos sabíamos que algo acababa de pasar.

—Voy a instalar un sistema de cámaras —me dijo—. Así puedes ver a la bebé desde cualquier parte. Incluso desde tu trabajo. O desde el baño. O desde la cocina.

—¿Me vas a vigilar? —le pregunté en tono burlón.

—No, Angie. Tú vas a tener la clave. No tienes por qué dármela. Yo quiero tu privacidad.

Me quedé callada un momento. Luego lo miré con suavidad.

—No Primix… yo quiero que tú me cuides. Quiero sentirme segura sabiendo que tú también puedes acceder a esas cámaras. Ten la clave, igual que yo. ¿O ya te olvidaste lo que me dijiste cuando querías sentir a mi hija como tuya? Ayúdame a cuidarla.

Lo vi tragar saliva. Pero yo sabía que ese “ayúdame a cuidarla” tenía doble sentido. En el fondo, también significaba “cuídame a mí”. “Mírame a mi”. “Quédate cerca, aunque no lo diga”.

El resto de la tarde fue un juego silencioso. Él me mostraba pequeños cambios, cosas que había arreglado, detalles nuevos que había implementado desde que yo me fui a España. Y todo el tiempo, aunque no se dijera, el aire entre nosotros estaba cargado. Como si las paredes del departamento guardaran el eco de nuestros suspiros pasados.

Yo lo noté. Noté que él intentaba ser correcto. Que luchaba contra sus ganas. Que su libido, dormida tanto tiempo en la frialdad de un matrimonio que ya no lo tocaba, estaba despertando.

Y sí… lo noté también por el bulto leve, pero evidente, que se marcaba en su pantalón cada vez que estábamos cerca. Como cuando me agachaba para buscar algo y él se apartaba disimuladamente. Como cuando rozábamos sin querer en el pasillo.

Yo no dije nada. Pero lo sabía.

Y en vez de incomodarme… me dio ternura. Me dio ganas.

Lo quise besar. Lo quise todo.

Pero no era el momento.

Él no se atrevió.

Yo tampoco.

Y sin embargo, todo en ese departamento gritaba que todavía nos teníamos.

Solo hacía falta que uno de los dos dijera: “Aquí estoy.”

Volver a trabajar me devolvió un poco de mí. Era abril cuando empecé en la oficina de Lima, en el mismo organismo internacional donde estuve en Madrid, aunque el sueldo no era igual, bastaba para vivir tranquila y seguir avanzando. Me sentía afortunada. No solo por el puesto, sino porque no estaba sola.

Una semana después de firmar contrato, fuimos juntos al banco. Aquella cuenta donde por años se habían depositado los alquileres del terreno en Ica —que habíamos comprado juntos cuando apenas soñábamos con una vida compartida— seguía a su nombre. Nunca la había tocado. Le dije que quería convertirla en mancomunada. No hubo discusión. Solo asintió con esa mirada de “esto ya lo sabíamos”, y lo hicimos. Así, como quien cierra un pacto antiguo que nunca murió del todo.

Las mañanas tenían su rutina: él pasaba temprano por mi departamento, con su hijo ya vestido y algo somnoliento. Yo salía con mi niña en brazos, siempre con una sonrisa distinta. Subíamos todos al auto. Él manejaba con una calma que me encantaba. Y atrás, en sus sillitas, nuestros hijos intercambiaban ruiditos, gestos, risas, incluso sin hablar bien. Se entendían, como si ya se conocieran de antes. Yo lo miraba de reojo. Él a veces también me miraba por el retrovisor. Nadie decía nada, pero lo sentíamos.

Dejábamos a los niños en la casa de su madre, y luego él me llevaba al trabajo. A veces hablábamos de cosas triviales, otras de sueños rotos y de cómo habíamos sobrevivido. Siempre sentí que esos trayectos eran un regalo.

Las tardes eran similares. Él me recogía, íbamos por los niños. A veces nos quedábamos un rato en casa de su madre, otras en mi departamento. Cuando la señora Celia estaba y su mamá no, aprovechábamos. Los niños jugaban, nosotros tomábamos un café y hablábamos. De todo. De nada. De nosotros.

Había algo más. Lo sabía. Lo sentía. Cada vez que lo llamaba para "arreglar algo en casa", él sabía que no se trataba solo de un cuadro torcido o un enchufe flojo. Claro que yo podía hacerlo. Pero necesitaba verlo ahí. Verlo caminar por mi sala, sentarse en el sillón que había sido nuestro, usar sus herramientas con esa seguridad tranquila. Era un pretexto, sí. Pero también era una caricia para el alma.

A veces, al agacharse, me rozaba sin querer. O al pasarle un destornillador, nuestras manos se tocaban más de lo necesario. Yo lo sentía. Él también. Y no era solo deseo. Era nostalgia, era complicidad, era un juego de seducción. Era todo lo que habíamos sido y que seguía ahí, escondido bajo la superficie.

Un día, mientras él colocaba una repisa, me acerqué a ayudarlo. Él estaba subido en una pequeña escalera. Me quedé justo detrás. Sentí su calor. Cuando bajó, sin querer, quedamos muy cerca. Demasiado. Me miró. Lo miré. Fue apenas un segundo. Nuestros hijos jugaban en la alfombra, riéndose de cualquier cosa. Y nosotros ahí… conteniéndonos.

—Angie, no debería venir tan seguido, ¿no? —me dijo medio en broma.

—No, sí deberías —le respondí—. Eres necesario. No solo para los arreglos. Lo sabes.

Él bajó la mirada. La tensión era palpable. Pero nuestros hijos eran nuestro muro de contención.

Después de dejarme por la noche, a veces me mandaba un mensaje. “Hoy te veías hermosa.” O simplemente, “me encantó verte reír.” Yo respondía con algo igual de sencillo. Pero cargado.

Estaba casado. Yo lo sabía. Él también lo recordaba cada vez. Pero algo en nosotros seguía vivo, incluso cuando fingíamos que no.


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Cincuenta y dos – JUEGOS DE SEDUCCION

YO

Era una tarde tranquila de junio del 2021. Una de esas tardes en que no había planes ni urgencias. Solo la rutina deliciosa de bañar a mi hijo, cambiarlo, darle de comer y esperar que el sueño le gane temprano. Nadia tenía guardia de noche, así que yo podía tomarme un respiro sin culpa. Angie también estaba libre. Nada de trabajo, nada de informes.

Pasé por ellos como de costumbre. Los niños ya se reconocían con ternura. Mi hijo, de poco más de tres años, hablaba con esa media lengua deliciosa que aún no terminaba de despegarse de la infancia. La hija de Angie lo seguía con la mirada, lo señalaba, balbuceaba. Eran cómplices, sin saberlo. Dos mundos nuevos creciendo en paralelo. En el asiento trasero, cada uno en su sillita, parecían parte de un universo que habíamos construido con cuidado. Por momentos sentía que éramos una familia… distinta, incompleta, secreta. Pero familia al fin.

Esa tarde fuimos al departamento de Angie. Ya era como mi segunda casa. O como mi otro hogar. Los niños jugaron sobre la alfombra. Había bloques, peluches, libros de tapa gruesa. Yo me senté en el sillón, ese viejo testigo de tantas noches compartidas con Angie, donde habíamos hecho el amor más veces de las que podíamos contar. Ahora, en cambio, estábamos vestidos, sentados como dos amigos cercanos, mirando cómo jugaban nuestros hijos, compartiendo anécdotas del trabajo, del estrés, de las compras, del futuro.

De pronto, comenzó a hacer frío. Lima y su humedad maldita. Angie se levantó con ese aire ligero que siempre tenía cuando sabía que estaba tramando algo.

—Voy por unas mantas para cubrirlos —dijo, sin mirarme del todo.

Pasaron unos minutos y volvió con una manta delgada y otra más gruesa. Se agachó para tapar a los niños, con esa ternura que me conmovía, y cuando terminó, se giró hacia mí con esa sonrisa ladeada que siempre escondía más de lo que mostraba.

—Ya no tengo más mantas, primix… y está haciendo frío.

Lo dijo con un tono que parecía inocente, pero que los dos sabíamos que no lo era. Me quedé mirándola, sonriendo con los ojos entrecerrados, esperando el golpe final de su picardía.

Y lo soltó, como si nada:

—Aunque… ¿sabes? Quizá ya no necesito tantas mantas. Tenemos casi dos horas de grabación de las otras veces en que nos “calentamos” sin necesidad de abrigos.

Me guiñó el ojo. Recordé esos momentos de pasión que habíamos grabado hace años, cuando se nos dio por hacer de actores porno caseros.


Yo me quedé en silencio, mirándola fijo, sintiendo cómo se me encendía la sangre. Ella se sentó a mi lado en el sillón, pegándose apenas, lo suficiente para que su perfume me llegara, pero cuidando que los niños, que jugaban entre peluches y bloques, no se dieran cuenta.

—Son nuestros tesoros —susurró, con la voz suave y provocadora, como si estuviera contándome un secreto que nadie más en el mundo podría escuchar—. Solo tú y yo sabemos dónde están, y solo tú y yo podemos verlos.

La forma en que lo dijo me atravesó. No era solo el recuerdo de esas noches grabadas, era la promesa silenciosa de que cada encuentro era único, irrepetible, y que aun así queríamos volver a verlo una y otra vez.

—Eres mala —le dije entre dientes, intentando no reírme.

Ella se mordió el labio, como siempre hacía cuando quería provocarme, y respondió bajito:

—No, primix… solo soy tuya.

Tuve que tragar saliva. Quise besarla ahí mismo, hundir mi rostro en su cuello, volver a empezar el incendio. Pero estaban los niños, a pocos metros, riendo y peleando por un bloque de colores.

Nos quedamos quietos. Jugando a aguantarnos. Con las miradas incendiadas y el cuerpo en tensión. La manta que cubría a los pequeños no era nada comparada con el calor que nos ardía por dentro.

Le respondí con una sonrisa y los ojos entrecerrados. Sabía que estaba bromeando, provocando, como siempre.

Una semana antes habíamos instalado las cámaras en todo el departamento, sala, cocina, escritorio, los dos dormitorios, hasta el balcón, solo los baños se salvaban, ella quería tener control de todo lo que pasaba en su casa, incluyendo si teníamos esos encuentros ardientes y furtivos que aún no habían sucedido, pero era claro que pasarían en cualquier momento. Eso me encendió aún más. Aun no pasaba nada entre nosotros, pero cualquier cosa que pasara, quedaría registrada.

—Ven acá —le dije con voz suave—, yo te abrigo.

Y se metió conmigo bajo la manta delgada, pegando su cuerpo al mío como en los viejos tiempos. Apoyó la cabeza en mi pecho. Su perfume era casi el mismo. Ese que me transportaba. Nos quedamos así, abrazados, mientras los niños jugaban a un metro de distancia.

Sentí su calor, y también cómo la nostalgia, el deseo y la ternura se mezclaban peligrosamente en mi cuerpo. Un cosquilleo en la entrepierna empezó a delatarme. Me moví un poco para disimular, pero ella ya lo había notado.

Me miró de reojo, con esa sonrisa cómplice de quien conoce tu cuerpo más que tú mismo.

—¿Todavía sigue la sequía? —susurró.

—Peor que nunca —le dije, sin evitar reír.

—Sí, ya me di cuenta… estás como un burro en primavera —remató, con una risa suave, juguetona, mordaz.

Le di un leve empujón con el hombro, fingiendo molestia, pero ambos sabíamos que el juego nos mantenía vivos. Era un cariño erótico disfrazado de broma, una manera de tocarnos sin tocarnos, de rozarnos el alma sin romper lo que no debía romperse.

Seguimos abrazados un rato más. Ella me frotó el pecho con su mano, de forma lenta, como quien dibuja sobre una página conocida. Yo respiraba hondo, sintiendo el aroma de su cabello, mientras nuestros hijos seguían jugando, ajenos al huracán silencioso que había entre nosotros.

Esa tarde no pasó nada… y pasó todo.



 
Las cosas con Nadia seguían igual. O peor. Las peleas ya no eran a gritos, pero el silencio dolía más. Podíamos pasar días sin cruzar más de dos frases que no tuvieran que ver con nuestro hijo o las cuentas del mes. Éramos dos compañeros de piso que compartían la crianza, pero no la vida.

El sexo, simplemente, no existía. Cada intento mío por reactivar algo, por reavivar, aunque sea una chispa, terminaba en excusas, evasivas o, lo que era peor, en un muro de indiferencia.

Una noche, después de ver televisión en completo silencio, me animé.

—Bueno… ¿y cuándo nos escapamos tú y yo? Aunque sea una noche… algo diferente. Como antes.

Nadia ni siquiera me miró. Sus ojos seguían fijos en la pantalla.

—Ajá… sí, en un día de estos —dijo como quien aplasta una mosca con una servilleta vieja—. Espérate, pues… ya veré, ya veré…

—Siempre estás “viendo”, Nadia. Siempre hay algo —dije bajando el tono, sin ánimo de pelea, pero con decepción.

Ella soltó un bufido.

—¿Y qué quieres? ¿Que esté con ánimos todo el día después de trabajar, y correr con todo?

—No, no quiero que estés con ánimos todo el día. Solo quiero que estemos bien. Que volvamos a tocarnos, a reírnos, a mirarnos como antes.

Ella por fin me miró. Pero esa mirada… era la misma con la que uno observa una pared sucia que no sabe cómo limpiar.

—Yo no puedo forzarme. ¿Quieres que finja, o qué?

—No, quiero que me desees. Aunque sea un poco. Que me abraces sin que sea porque me duele la espalda. Que me beses sin que lo tome como un milagro.

No dijo nada más. Se paró y se fue al baño. Cerró la puerta. Se quedó ahí más de media hora. Cuando salió, ya estaba con pijama largo y cuello alto. Y se metió en la cama sin una palabra más.

A veces, cuando me acercaba para acariciarla, simplemente se giraba hacia la pared.

—¿Estás bien? —preguntaba yo.

—Sí, solo estoy cansada.

—¿Siempre estás cansada, Nadia? ¿No te cansas de estar cansada?

Silencio.

Otras veces me ignoraba por completo, como si yo fuera el ruido blanco de la casa. Un adorno.

Y, sin embargo, conocía toda mi rutina con Angie. Sabía que pasaba por su departamento, que dejábamos a los bebés con mi madre, que muchas veces me quedaba un rato más con Angie para “arreglarle algo”, “acomodarle algo”, “hacer tiempo” o para que los niños jueguen.

—Qué bueno que nuestro hijo tenga con quién jugar —me dijo una vez, con una sonrisa que me pareció sincera—. La bebé de Angie le hace bien. Se ven tan lindos juntos.

—Sí, se hacen compañía —respondí sin mirar mucho.

—Y tú también te haces compañía, ¿no?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Solo digo que me alegra que puedan estar los tres en casa de tu mamá… o donde sea. Siempre es bueno que los niños estén juntos.

Lo dijo sin rencor. Sin reclamo. Pero con una distancia helada, como quien deja caer una verdad disfrazada de frase amable.

Algunas noches, cuando ella se cambiaba en el baño con la puerta cerrada, me preguntaba si aún me consideraba parte de su vida íntima. Ya ni siquiera la veía desnuda. Era como si la vergüenza hubiera vuelto entre nosotros… o algo peor: la desidia.

Una vez se lo dije. Apenas la vi salir con su bata, le solté:

—¿Ya no puedo ni verte cambiarte?

Ella se encogió de hombros.

—Es que no me siento cómoda. Nada más.

—¿Cómoda? ¿Conmigo? ¿Tu esposo?

—Sí, tú mismo. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

Había noches en las que me quedaba mirando el techo preguntándome si eso era lo que merecía. Si ese era el precio por no haberme ido antes. Si esa tibieza silenciosa era la forma más educada que tenía Nadia de decirme que todo se había acabado.

Pero aun así… no me iba. Me lo decía Angie también, cuando conversábamos en la terraza del departamento mientras los niños jugaban en el family room.

—No te divorcies, Primix. No por ahora. Tu hijo te necesita. Y Nadia… bueno, tal vez solo necesita tiempo.

—No seas tan optimista, Angie. Esto ya está muerto. Sí, perfecto, no me voy a divorciar. No quiero destruir nada. Pero esto ya no es un matrimonio. No lo es.

Ella me miraba con esa ternura suya, como si quisiera abrazarme con la mirada.

—Entonces no lo destruyas, pero tampoco te destruyas tú —me decía—. Acompaña. Ama a tu hijo. Respira. Y cuando sea el momento… lo sabrás.

Yo solo asentía. Y agradecía tenerla cerca. Porque cuando todo en mi casa era distancia, ella seguía siendo el lugar donde me sentía acogido.

Y eso… eso ya era todo.

Era una tarde de septiembre. Sábado. Nadia, para no variar, había pedido turno extra en la clínica. Guardias eternas que parecían hechas a la medida para evitarnos. Iba a estar hasta el domingo a las seis de la mañana. Yo, en cambio, decidí hacer algo simple, algo que no necesitara planificación ni pretextos: almorzar en casa de mi madre con Angie y los bebés. La señora Celia había salido a visitar a unos familiares, así que íbamos a quedarnos hasta tarde, esperando que regresara.

Los niños jugaban en la sala, mi madre sentada en el sillón, embobada con ellos, como siempre. Le iluminaban los ojos. Entre risas, gritos y carritos de plástico, parecía que todo tenía sentido. Yo salí un rato con Angie a la cochera. Ella se sentó en una de esas sillas de fierro acolchadas que siempre teníamos a la mano, y yo me puse a limpiar el carro. No era necesario, pero era una excusa para estar un rato afuera, para conversar.

Cuando terminé, me apoyé en el capot, sudando apenas. Angie había jalado un banco pequeño y había puesto las piernas en alto. Esas piernas… esas que tantas veces habían estado en mis hombros, entre mis brazos, envolviéndome. No podía evitar mirarla. Ella lo sabía. Se dejó mirar. Jugaba con ese poder que siempre había tenido sobre mí.

La conversación iba entre lo cotidiano y lo irrelevante. Las vacunas, la leche en polvo, los pañales, la niñera, el trabajo. Hasta que, de pronto, sin que lo esperara, su voz cambió de tono.

—Primix… —dijo bajito, mirándome fijo—. ¿Alguna vez has pensado que tú y yo podríamos volver a ser lo que éramos?

Me enderecé un poco. Fruncí el ceño. Sabía perfectamente a qué se refería, pero igual pregunté.

—¿Te refieres a ser… amantes?

Ella asintió con una sonrisa tenue.

—Sí, amantes —repitió con una calma que me desarmó.

Había una tele encendida dentro de la sala, los niños chillaban felices. Mi madre comentaba algo en voz alta, pero allá dentro nadie nos escuchaba. Aun así, bajamos la voz, como si lo que estábamos hablando tuviera peso sagrado.

—¿Y estarías dispuesta a eso, Angie? ¿Sabiendo que soy casado? Tú ya pasaste por algo así, ¿no? Creo que no te gustó mucho…

Ella me sostuvo la mirada. Sin rabia. Sin dolor. Solo con una claridad abrumadora.

—Sí. Pero contigo es diferente. Por estar contigo… haría cualquier cosa.

—¿Estás segura?

—Primix… los dos somos adultos. Sabemos cómo estás con Nadia. Sabemos que tomaste la decisión de quedarte por tu hijo, no por amor. No por pasión. Y yo… yo estoy sola. Yo también tengo ganas, pero no quiero estar con nadie más. Estoy decepcionada de los hombres.

—¿De todos los hombres? —pregunté, sin sarcasmo, pero con el corazón encogido.

—De todos, menos de ti —me dijo con una voz tan dulce, tan firme, que tuve que bajar la vista un segundo—. No me importaría ser “la otra”, si eres tú. Si lo eres tú, Primix, yo volvería a ser la mujer que te espera con el corazón y el cuerpo abiertos.

Nos quedamos en silencio. Largo. La miraba. Me miraba. Y lo sabíamos: estábamos al borde. Otra vez. En el mismo precipicio. Como aquella vez en noviembre del 2005, cuando todo comenzó sin que nadie lo planeara. Ahora, en cambio, lo hablábamos como adultos. Como dos personas que sabían lo que significaban las palabras que nos decíamos.

—Qué loco, ¿no? —le dije con una media sonrisa—. Mira cómo hemos madurado. Hace15 años… fue espontáneo. Salvaje. Inesperado. Jamás lo hablamos. Simplemente pasó.

Ella se rio, bajando los pies del banco y cruzando los brazos.

—Y ahora lo analizamos como si fuera una fusión de empresas.

—Sí… —suspiré—. Como si fuéramos responsables. Como si todavía creyéramos que esto se puede controlar.

Ella se acercó un poco, me miró fijo, con esa mirada suya que me quitaba el aire.

—Ya, tontín… no le pongas la parte trágica. Solo te digo lo que siento. Solo te digo que… no me importaría. Porque sigo sintiendo que te amo. Y que me haces bien. Y que te deseo… ¿Eso está mal?

—No, Angie. No está mal. Pero también me muero de miedo.

—¿Miedo a qué?

—A no poder dejarte más. A confundirme. A perderte otra vez. A perderme yo.

Ella se quedó callada. Me tomó la mano.

—Primix… no te vas a perder. Ya lo hiciste. Lo hicimos los dos. Ahora podemos… simplemente encontrarnos. No te estoy pidiendo que elijas. Te estoy pidiendo que no renuncies a lo que sientes. Nada más.

Nos miramos una vez más. Podía jurar que, si estiraba la mano y la tocaba, todo se desataba. Pero no lo hice. No ahí. No con nuestros hijos riendo en la sala. No con mi madre a unos metros de distancia.

—Tenemos que hablar más tranquilos —le dije finalmente.

Ella asintió.

—Sí… pero por favor, no ignores lo que sientes. Porque yo ya no puedo.

Y yo tampoco. Aunque todavía fingiera lo contrario.
 
Las cosas con Nadia seguían igual. O peor. Las peleas ya no eran a gritos, pero el silencio dolía más. Podíamos pasar días sin cruzar más de dos frases que no tuvieran que ver con nuestro hijo o las cuentas del mes. Éramos dos compañeros de piso que compartían la crianza, pero no la vida.

El sexo, simplemente, no existía. Cada intento mío por reactivar algo, por reavivar, aunque sea una chispa, terminaba en excusas, evasivas o, lo que era peor, en un muro de indiferencia.

Una noche, después de ver televisión en completo silencio, me animé.

—Bueno… ¿y cuándo nos escapamos tú y yo? Aunque sea una noche… algo diferente. Como antes.

Nadia ni siquiera me miró. Sus ojos seguían fijos en la pantalla.

—Ajá… sí, en un día de estos —dijo como quien aplasta una mosca con una servilleta vieja—. Espérate, pues… ya veré, ya veré…

—Siempre estás “viendo”, Nadia. Siempre hay algo —dije bajando el tono, sin ánimo de pelea, pero con decepción.

Ella soltó un bufido.

—¿Y qué quieres? ¿Que esté con ánimos todo el día después de trabajar, y correr con todo?

—No, no quiero que estés con ánimos todo el día. Solo quiero que estemos bien. Que volvamos a tocarnos, a reírnos, a mirarnos como antes.

Ella por fin me miró. Pero esa mirada… era la misma con la que uno observa una pared sucia que no sabe cómo limpiar.

—Yo no puedo forzarme. ¿Quieres que finja, o qué?

—No, quiero que me desees. Aunque sea un poco. Que me abraces sin que sea porque me duele la espalda. Que me beses sin que lo tome como un milagro.

No dijo nada más. Se paró y se fue al baño. Cerró la puerta. Se quedó ahí más de media hora. Cuando salió, ya estaba con pijama largo y cuello alto. Y se metió en la cama sin una palabra más.

A veces, cuando me acercaba para acariciarla, simplemente se giraba hacia la pared.

—¿Estás bien? —preguntaba yo.

—Sí, solo estoy cansada.

—¿Siempre estás cansada, Nadia? ¿No te cansas de estar cansada?

Silencio.

Otras veces me ignoraba por completo, como si yo fuera el ruido blanco de la casa. Un adorno.

Y, sin embargo, conocía toda mi rutina con Angie. Sabía que pasaba por su departamento, que dejábamos a los bebés con mi madre, que muchas veces me quedaba un rato más con Angie para “arreglarle algo”, “acomodarle algo”, “hacer tiempo” o para que los niños jueguen.

—Qué bueno que nuestro hijo tenga con quién jugar —me dijo una vez, con una sonrisa que me pareció sincera—. La bebé de Angie le hace bien. Se ven tan lindos juntos.

—Sí, se hacen compañía —respondí sin mirar mucho.

—Y tú también te haces compañía, ¿no?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Solo digo que me alegra que puedan estar los tres en casa de tu mamá… o donde sea. Siempre es bueno que los niños estén juntos.

Lo dijo sin rencor. Sin reclamo. Pero con una distancia helada, como quien deja caer una verdad disfrazada de frase amable.

Algunas noches, cuando ella se cambiaba en el baño con la puerta cerrada, me preguntaba si aún me consideraba parte de su vida íntima. Ya ni siquiera la veía desnuda. Era como si la vergüenza hubiera vuelto entre nosotros… o algo peor: la desidia.

Una vez se lo dije. Apenas la vi salir con su bata, le solté:

—¿Ya no puedo ni verte cambiarte?

Ella se encogió de hombros.

—Es que no me siento cómoda. Nada más.

—¿Cómoda? ¿Conmigo? ¿Tu esposo?

—Sí, tú mismo. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

Había noches en las que me quedaba mirando el techo preguntándome si eso era lo que merecía. Si ese era el precio por no haberme ido antes. Si esa tibieza silenciosa era la forma más educada que tenía Nadia de decirme que todo se había acabado.

Pero aun así… no me iba. Me lo decía Angie también, cuando conversábamos en la terraza del departamento mientras los niños jugaban en el family room.

—No te divorcies, Primix. No por ahora. Tu hijo te necesita. Y Nadia… bueno, tal vez solo necesita tiempo.

—No seas tan optimista, Angie. Esto ya está muerto. Sí, perfecto, no me voy a divorciar. No quiero destruir nada. Pero esto ya no es un matrimonio. No lo es.

Ella me miraba con esa ternura suya, como si quisiera abrazarme con la mirada.

—Entonces no lo destruyas, pero tampoco te destruyas tú —me decía—. Acompaña. Ama a tu hijo. Respira. Y cuando sea el momento… lo sabrás.

Yo solo asentía. Y agradecía tenerla cerca. Porque cuando todo en mi casa era distancia, ella seguía siendo el lugar donde me sentía acogido.

Y eso… eso ya era todo.

Era una tarde de septiembre. Sábado. Nadia, para no variar, había pedido turno extra en la clínica. Guardias eternas que parecían hechas a la medida para evitarnos. Iba a estar hasta el domingo a las seis de la mañana. Yo, en cambio, decidí hacer algo simple, algo que no necesitara planificación ni pretextos: almorzar en casa de mi madre con Angie y los bebés. La señora Celia había salido a visitar a unos familiares, así que íbamos a quedarnos hasta tarde, esperando que regresara.

Los niños jugaban en la sala, mi madre sentada en el sillón, embobada con ellos, como siempre. Le iluminaban los ojos. Entre risas, gritos y carritos de plástico, parecía que todo tenía sentido. Yo salí un rato con Angie a la cochera. Ella se sentó en una de esas sillas de fierro acolchadas que siempre teníamos a la mano, y yo me puse a limpiar el carro. No era necesario, pero era una excusa para estar un rato afuera, para conversar.

Cuando terminé, me apoyé en el capot, sudando apenas. Angie había jalado un banco pequeño y había puesto las piernas en alto. Esas piernas… esas que tantas veces habían estado en mis hombros, entre mis brazos, envolviéndome. No podía evitar mirarla. Ella lo sabía. Se dejó mirar. Jugaba con ese poder que siempre había tenido sobre mí.

La conversación iba entre lo cotidiano y lo irrelevante. Las vacunas, la leche en polvo, los pañales, la niñera, el trabajo. Hasta que, de pronto, sin que lo esperara, su voz cambió de tono.

—Primix… —dijo bajito, mirándome fijo—. ¿Alguna vez has pensado que tú y yo podríamos volver a ser lo que éramos?

Me enderecé un poco. Fruncí el ceño. Sabía perfectamente a qué se refería, pero igual pregunté.

—¿Te refieres a ser… amantes?

Ella asintió con una sonrisa tenue.

—Sí, amantes —repitió con una calma que me desarmó.

Había una tele encendida dentro de la sala, los niños chillaban felices. Mi madre comentaba algo en voz alta, pero allá dentro nadie nos escuchaba. Aun así, bajamos la voz, como si lo que estábamos hablando tuviera peso sagrado.

—¿Y estarías dispuesta a eso, Angie? ¿Sabiendo que soy casado? Tú ya pasaste por algo así, ¿no? Creo que no te gustó mucho…

Ella me sostuvo la mirada. Sin rabia. Sin dolor. Solo con una claridad abrumadora.

—Sí. Pero contigo es diferente. Por estar contigo… haría cualquier cosa.

—¿Estás segura?

—Primix… los dos somos adultos. Sabemos cómo estás con Nadia. Sabemos que tomaste la decisión de quedarte por tu hijo, no por amor. No por pasión. Y yo… yo estoy sola. Yo también tengo ganas, pero no quiero estar con nadie más. Estoy decepcionada de los hombres.

—¿De todos los hombres? —pregunté, sin sarcasmo, pero con el corazón encogido.

—De todos, menos de ti —me dijo con una voz tan dulce, tan firme, que tuve que bajar la vista un segundo—. No me importaría ser “la otra”, si eres tú. Si lo eres tú, Primix, yo volvería a ser la mujer que te espera con el corazón y el cuerpo abiertos.

Nos quedamos en silencio. Largo. La miraba. Me miraba. Y lo sabíamos: estábamos al borde. Otra vez. En el mismo precipicio. Como aquella vez en noviembre del 2005, cuando todo comenzó sin que nadie lo planeara. Ahora, en cambio, lo hablábamos como adultos. Como dos personas que sabían lo que significaban las palabras que nos decíamos.

—Qué loco, ¿no? —le dije con una media sonrisa—. Mira cómo hemos madurado. Hace15 años… fue espontáneo. Salvaje. Inesperado. Jamás lo hablamos. Simplemente pasó.

Ella se rio, bajando los pies del banco y cruzando los brazos.

—Y ahora lo analizamos como si fuera una fusión de empresas.

—Sí… —suspiré—. Como si fuéramos responsables. Como si todavía creyéramos que esto se puede controlar.

Ella se acercó un poco, me miró fijo, con esa mirada suya que me quitaba el aire.

—Ya, tontín… no le pongas la parte trágica. Solo te digo lo que siento. Solo te digo que… no me importaría. Porque sigo sintiendo que te amo. Y que me haces bien. Y que te deseo… ¿Eso está mal?

—No, Angie. No está mal. Pero también me muero de miedo.

—¿Miedo a qué?

—A no poder dejarte más. A confundirme. A perderte otra vez. A perderme yo.

Ella se quedó callada. Me tomó la mano.

—Primix… no te vas a perder. Ya lo hiciste. Lo hicimos los dos. Ahora podemos… simplemente encontrarnos. No te estoy pidiendo que elijas. Te estoy pidiendo que no renuncies a lo que sientes. Nada más.

Nos miramos una vez más. Podía jurar que, si estiraba la mano y la tocaba, todo se desataba. Pero no lo hice. No ahí. No con nuestros hijos riendo en la sala. No con mi madre a unos metros de distancia.

—Tenemos que hablar más tranquilos —le dije finalmente.

Ella asintió.

—Sí… pero por favor, no ignores lo que sientes. Porque yo ya no puedo.

Y yo tampoco. Aunque todavía fingiera lo contrario.
Donde hubo fuego cenizas quedan.
Así como lo contabas cofra conejo, tarde o temprano se iba a dar la situación. Yo creo que Angie es una mujer de armas tomar y dispuesta todo.
 
Donde hubo fuego cenizas quedan.
Así como lo contabas cofra conejo, tarde o temprano se iba a dar la situación. Yo creo que Angie es una mujer de armas tomar y dispuesta todo.

Asi es mi estimado @polo35 , era algo inevitable, aunque yo todavía en ese entonces luchaba con lo que no había forma de ocultar, el deseo y el sentimiento. Angie cuando se propone algo, no para hasta conseguirlo. -
 
Cincuenta y tres – ABISMOS SILENCIOSOS

En los últimos tiempos, Nadia había comenzado a buscar respuestas en lugares que nunca imaginé que exploraría. Su evolución hacia el misticismo no era algo súbito, sino progresivo, como si quisiera aferrarse a algo que llenara el hueco insoportable que nos dejó la muerte de nuestra hija. Yo intentaba ser comprensivo, en serio que sí. Pero me costaba. Empezó con libros de autoayuda, luego con textos cabalísticos, después la Torá. Hablaba de energías, de karma, de reencarnación. Escuchaba a gurús de YouTube con túnicas y acentos extraños. Me hablaba de vidas pasadas, de “contratos espirituales” y de que “elegimos ser padres de un alma fugaz”. La escuchaba. La respetaba. Pero también pensaba: ¿dónde quedó la médica científica que alguna vez admiré?

Ese viraje empezó a notarse también en su entorno. Poco a poco iba comentando estas ideas en su trabajo, con sus colegas, con sus enfermeras. Yo conocía a varios de ellos, los había tratado en reuniones sociales o cuando la recogía en épocas más ligeras de nuestra vida. Y con el tiempo, algunos me lo dijeron en voz baja: “tu esposa está entrando en una onda rara, mística… ya no es la doctora que buscaba siempre la última publicación, el último congreso, la tecnología más avanzada”. Lo decían con extrañeza, incluso con decepción. Y a mí me daba miedo. No solo porque podía estar afectando su imagen personal, sino porque ponía en riesgo su prestigio profesional, su autoridad como especialista reconocida.

Intenté hablarlo con ella. Una noche le dije, con calma, que estaba preocupado, que sentía que podía costarle la credibilidad en su campo. Pero ella me cerró la puerta de un modo frío, casi hiriente: “tú no eres iniciado, por eso no entiendes”. Lo mismo decía de quienes la cuestionaban en su trabajo: que no estaban “relacionados”, que no tenían la visión para comprender lo que ella había descubierto. Era su manera de callarme, de callarlos, y de blindarse en un mundo nuevo que parecía darle paz a ella… pero a mí me alejaba más.

Yo sabía que todos buscamos cerrar el duelo de distintas formas. Pero a veces me parecía que ella no quería cerrar nada, sino quedarse atrapada ahí, como si el sufrimiento le diera sentido. Como si ya no supiera vivir sin él.

Este año —año cruel, silencioso, lento— solo habíamos tenido sexo una vez. Aquella única vez fue casi un accidente. Una noche cualquiera, un roce en la cama después de hablar de cualquier cosa banal —creo que fue de cuentas, de trabajo, ni siquiera lo recuerdo con claridad—, y de pronto estábamos ahí, enredados sin intención verdadera. No hubo besos largos, no hubo caricias que invitaran a perderse; simplemente sucedió.

Yo avancé, y ella se dejó. Como si no quisiera discutir, como si aceptara solo por evitar el silencio incómodo que nos venía envolviendo en esos días. Hubo un momento incluso en el que sentí que me apuraba, que quería que todo terminara pronto, como quien pasa la página de un trámite incómodo.

Sí, tuve una descarga. Mi cuerpo la necesitaba, porque la tensión y el dolor acumulados eran demasiado. Pero al terminar, me invadió un vacío más hondo que el que traía antes. Me sentí hueco, como si hubiéramos perdido no solo a nuestra hija, sino también la esencia de lo que habíamos sido como pareja. No quedaba ternura, no quedaba fuego. Solo ese silencio de dos cuerpos que se usaron y se dejaron caer en la cama, sin mirarse, sin reconocerse.

Y en ese instante, lo supe: hubiera preferido no haberlo hecho. Porque ese intento de acercamiento no me devolvió nada, solo me recordó todo lo que habíamos perdido.

Y yo, a pesar de todo, todavía me resistía a dar el paso con Angie. Me sentía dividido, como si traicionar a Nadia en la cama fuera equivalente a traicionar la memoria de nuestra hija. No era una cuestión moral. Era algo más visceral. Algo que me pesaba en el pecho. Pero al mismo tiempo, sabía que, si no lo hacía, iba a terminar en los brazos de cualquier desconocida. Y eso sí que no podía permitirme.

La noche en que me convencí de que ya no había retorno fue apenas una semana después de aquella conversación con Angie en la cochera. Esa noche Nadia no tenía guardia. Había tenido consulta hasta las siete y llegó a casa algo cansada, pero de buen humor. Jugamos con el bebé, cenamos, vimos algo en la tele. Parecía una noche normal, como las que solíamos tener antes.

A las diez ya estábamos en la cama. Yo me acerqué a ella con cuidado. Le hablé bajito, la acaricié despacio. No me rechazó. Me dejé llevar por esa mínima esperanza. Poco a poco, fui quitándole el pijama. Besé sus pechos, le acaricié las caderas. Ella estaba ahí, sí, pero ausente. No decía nada. No respondía. Ni una mano sobre mi cuerpo. Ni una mirada. Ni un gemido.

Me sentía como si estuviera con una estatua o con una muñeca inflable. Como si lo único que importara fuera el acto físico. No había deseo. No había vida.

Me puse sobre ella, intentando entrar, pero la erección, ya debilitada por la tensión y la frialdad, simplemente no se sostuvo. Se cayó.

Intenté estimularme con la mano, torpemente. Ella lo notó.

—¿Qué pasa? —preguntó sin emoción—. ¿No se te para?

Lo dijo con sorna. Como si no fuera su cuerpo el que había ignorado el mío.

—Nadia… es que no haces nada —le dije frustrado—. Ayúdame, participa un poco.

—¿Pero si tú eres el que tiene ganas? —respondió encogiéndose de hombros—. Deberías estar listo. ¿O es que ya estás tirando por otro lado?

Eso fue el tiro de gracia.

—Tú eres imposible —le dije, con la voz quebrada entre la ira y la decepción—. No haces nada. ¿Tú crees que esto es mecánico? ¿Crees que se trata solo de “tener ganas”?

—No te justifiques. Si no puedes o no quieres, no te justifiques conmigo.

Se sentó, se vistió de espaldas, y se echó a dormir sin decir una palabra más.

Yo me quedé ahí, desnudo, mirando el techo, sintiendo el peso de todo lo que se había roto.

Recordé otra noche. Otra cama. Otro cuerpo. El de Angie, hace años, cuando yo estaba destrozado por los trámites de divorcio. Esa vez, tampoco pude mantener una erección. Pero ella no se burló. Me abrazó. Me acarició. Me dijo: “No pasa nada, mi amor. Estamos juntos. Eso es lo que importa”. Me estimuló con dulzura. Me besó como quien repara una herida. Y finalmente tuvimos una de las noches más apasionadas que recuerdo.

Qué diferencia, pensé. Qué abismo entre una mujer que ama, y una que simplemente está ahí.

Esa noche no dormí. Me quedé pensando. Rumiante. Dolido. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Qué estaba esperando? ¿Una resurrección milagrosa del deseo con una mujer que ya no me tocaba ni con la mirada?

Al día siguiente, después de una larga caminata solo por la mañana, tomé una decisión. Era eso o matar lentamente mi sexualidad. Mi deseo. Mi capacidad de amar.

Yo tenía apenas cuarenta y cinco años. Estaba en buena forma física. No podía resignarme a la castidad forzada. Y mucho menos cuando tenía a Angie ahí, deseándome, amándome, esperándome.

Ambos sabíamos que nos deseábamos. Ambos sabíamos que lo nuestro no se había muerto. Y por primera vez, en mucho tiempo, sentí algo parecido a esperanza. Sí, tal vez íbamos a ser amantes. Tal vez íbamos a vivir en los márgenes. Pero al menos iba a volver a sentirme vivo.

Y eso, después de todo lo vivido, era suficiente para jugármela.

La conversación en la cochera había sido como una chispa. Una que no prendió fuego de inmediato, pero que dejó encendido algo muy adentro. Ella no solo no me rechazó como lo hacía Nadia. Me ofreció su complicidad. Su cuerpo. Su amor. Todo, incluso a sabiendas de mi situación, sin exigir nada, sin ataduras. Y yo… ya no podía seguir escapando de eso.

Entonces, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo llegar a ese reencuentro sin que fuera una cita pactada? No quería que sonara como una transacción. Ni como un acuerdo táctico. "Angie, acepto. ¿Cuándo? ¿Dónde?" No. Así no. No quería ensuciar lo que habíamos construido con espontaneidad, con deseo genuino. Lo nuestro no había nacido de una planificación. Había nacido de miradas, de silencios, de tardes que se nos escapaban de las manos. Así quería que volviera a suceder.

Durante varios días le di vueltas al tema. Pensaba en escenarios. En excusas. En cómo provocarlo sin parecer desesperado. Hasta que me di cuenta de la paradoja: si quiero que sea espontáneo… ¿por qué lo estoy planeando tanto?

Y entonces decidí lo más sensato: dejarlo fluir.

Así que solté la tensión. Me dije: sigamos con nuestra vida como hasta ahora. Recoger a los bebés, conversar con ella en su sala, mirar cómo nuestros hijos jugaban como si fueran hermanos, ayudarla a colgar un cuadro o a arreglar una toma de corriente. Provocarnos sin provocarnos. Rozarnos por accidente. Mirarnos por segundos de más.

Sabía que iba a pasar. Que, en algún momento, sin buscarlo, sin pactarlo, sin forzarlo… iba a suceder. Porque ya no había barreras. Porque el corazón ya estaba abierto. Y porque el deseo, ese deseo que nunca murió, ya no estaba atado.

Lo dejé fluir.



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Cincuenta y tres – ABISMOS SILENCIOSOS

En los últimos tiempos, Nadia había comenzado a buscar respuestas en lugares que nunca imaginé que exploraría. Su evolución hacia el misticismo no era algo súbito, sino progresivo, como si quisiera aferrarse a algo que llenara el hueco insoportable que nos dejó la muerte de nuestra hija. Yo intentaba ser comprensivo, en serio que sí. Pero me costaba. Empezó con libros de autoayuda, luego con textos cabalísticos, después la Torá. Hablaba de energías, de karma, de reencarnación. Escuchaba a gurús de YouTube con túnicas y acentos extraños. Me hablaba de vidas pasadas, de “contratos espirituales” y de que “elegimos ser padres de un alma fugaz”. La escuchaba. La respetaba. Pero también pensaba: ¿dónde quedó la médica científica que alguna vez admiré?

Ese viraje empezó a notarse también en su entorno. Poco a poco iba comentando estas ideas en su trabajo, con sus colegas, con sus enfermeras. Yo conocía a varios de ellos, los había tratado en reuniones sociales o cuando la recogía en épocas más ligeras de nuestra vida. Y con el tiempo, algunos me lo dijeron en voz baja: “tu esposa está entrando en una onda rara, mística… ya no es la doctora que buscaba siempre la última publicación, el último congreso, la tecnología más avanzada”. Lo decían con extrañeza, incluso con decepción. Y a mí me daba miedo. No solo porque podía estar afectando su imagen personal, sino porque ponía en riesgo su prestigio profesional, su autoridad como especialista reconocida.

Intenté hablarlo con ella. Una noche le dije, con calma, que estaba preocupado, que sentía que podía costarle la credibilidad en su campo. Pero ella me cerró la puerta de un modo frío, casi hiriente: “tú no eres iniciado, por eso no entiendes”. Lo mismo decía de quienes la cuestionaban en su trabajo: que no estaban “relacionados”, que no tenían la visión para comprender lo que ella había descubierto. Era su manera de callarme, de callarlos, y de blindarse en un mundo nuevo que parecía darle paz a ella… pero a mí me alejaba más.

Yo sabía que todos buscamos cerrar el duelo de distintas formas. Pero a veces me parecía que ella no quería cerrar nada, sino quedarse atrapada ahí, como si el sufrimiento le diera sentido. Como si ya no supiera vivir sin él.

Este año —año cruel, silencioso, lento— solo habíamos tenido sexo una vez. Aquella única vez fue casi un accidente. Una noche cualquiera, un roce en la cama después de hablar de cualquier cosa banal —creo que fue de cuentas, de trabajo, ni siquiera lo recuerdo con claridad—, y de pronto estábamos ahí, enredados sin intención verdadera. No hubo besos largos, no hubo caricias que invitaran a perderse; simplemente sucedió.

Yo avancé, y ella se dejó. Como si no quisiera discutir, como si aceptara solo por evitar el silencio incómodo que nos venía envolviendo en esos días. Hubo un momento incluso en el que sentí que me apuraba, que quería que todo terminara pronto, como quien pasa la página de un trámite incómodo.

Sí, tuve una descarga. Mi cuerpo la necesitaba, porque la tensión y el dolor acumulados eran demasiado. Pero al terminar, me invadió un vacío más hondo que el que traía antes. Me sentí hueco, como si hubiéramos perdido no solo a nuestra hija, sino también la esencia de lo que habíamos sido como pareja. No quedaba ternura, no quedaba fuego. Solo ese silencio de dos cuerpos que se usaron y se dejaron caer en la cama, sin mirarse, sin reconocerse.

Y en ese instante, lo supe: hubiera preferido no haberlo hecho. Porque ese intento de acercamiento no me devolvió nada, solo me recordó todo lo que habíamos perdido.

Y yo, a pesar de todo, todavía me resistía a dar el paso con Angie. Me sentía dividido, como si traicionar a Nadia en la cama fuera equivalente a traicionar la memoria de nuestra hija. No era una cuestión moral. Era algo más visceral. Algo que me pesaba en el pecho. Pero al mismo tiempo, sabía que, si no lo hacía, iba a terminar en los brazos de cualquier desconocida. Y eso sí que no podía permitirme.

La noche en que me convencí de que ya no había retorno fue apenas una semana después de aquella conversación con Angie en la cochera. Esa noche Nadia no tenía guardia. Había tenido consulta hasta las siete y llegó a casa algo cansada, pero de buen humor. Jugamos con el bebé, cenamos, vimos algo en la tele. Parecía una noche normal, como las que solíamos tener antes.

A las diez ya estábamos en la cama. Yo me acerqué a ella con cuidado. Le hablé bajito, la acaricié despacio. No me rechazó. Me dejé llevar por esa mínima esperanza. Poco a poco, fui quitándole el pijama. Besé sus pechos, le acaricié las caderas. Ella estaba ahí, sí, pero ausente. No decía nada. No respondía. Ni una mano sobre mi cuerpo. Ni una mirada. Ni un gemido.

Me sentía como si estuviera con una estatua o con una muñeca inflable. Como si lo único que importara fuera el acto físico. No había deseo. No había vida.

Me puse sobre ella, intentando entrar, pero la erección, ya debilitada por la tensión y la frialdad, simplemente no se sostuvo. Se cayó.

Intenté estimularme con la mano, torpemente. Ella lo notó.

—¿Qué pasa? —preguntó sin emoción—. ¿No se te para?

Lo dijo con sorna. Como si no fuera su cuerpo el que había ignorado el mío.

—Nadia… es que no haces nada —le dije frustrado—. Ayúdame, participa un poco.

—¿Pero si tú eres el que tiene ganas? —respondió encogiéndose de hombros—. Deberías estar listo. ¿O es que ya estás tirando por otro lado?

Eso fue el tiro de gracia.

—Tú eres imposible —le dije, con la voz quebrada entre la ira y la decepción—. No haces nada. ¿Tú crees que esto es mecánico? ¿Crees que se trata solo de “tener ganas”?

—No te justifiques. Si no puedes o no quieres, no te justifiques conmigo.

Se sentó, se vistió de espaldas, y se echó a dormir sin decir una palabra más.

Yo me quedé ahí, desnudo, mirando el techo, sintiendo el peso de todo lo que se había roto.

Recordé otra noche. Otra cama. Otro cuerpo. El de Angie, hace años, cuando yo estaba destrozado por los trámites de divorcio. Esa vez, tampoco pude mantener una erección. Pero ella no se burló. Me abrazó. Me acarició. Me dijo: “No pasa nada, mi amor. Estamos juntos. Eso es lo que importa”. Me estimuló con dulzura. Me besó como quien repara una herida. Y finalmente tuvimos una de las noches más apasionadas que recuerdo.

Qué diferencia, pensé. Qué abismo entre una mujer que ama, y una que simplemente está ahí.

Esa noche no dormí. Me quedé pensando. Rumiante. Dolido. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Qué estaba esperando? ¿Una resurrección milagrosa del deseo con una mujer que ya no me tocaba ni con la mirada?

Al día siguiente, después de una larga caminata solo por la mañana, tomé una decisión. Era eso o matar lentamente mi sexualidad. Mi deseo. Mi capacidad de amar.

Yo tenía apenas cuarenta y cinco años. Estaba en buena forma física. No podía resignarme a la castidad forzada. Y mucho menos cuando tenía a Angie ahí, deseándome, amándome, esperándome.

Ambos sabíamos que nos deseábamos. Ambos sabíamos que lo nuestro no se había muerto. Y por primera vez, en mucho tiempo, sentí algo parecido a esperanza. Sí, tal vez íbamos a ser amantes. Tal vez íbamos a vivir en los márgenes. Pero al menos iba a volver a sentirme vivo.

Y eso, después de todo lo vivido, era suficiente para jugármela.

La conversación en la cochera había sido como una chispa. Una que no prendió fuego de inmediato, pero que dejó encendido algo muy adentro. Ella no solo no me rechazó como lo hacía Nadia. Me ofreció su complicidad. Su cuerpo. Su amor. Todo, incluso a sabiendas de mi situación, sin exigir nada, sin ataduras. Y yo… ya no podía seguir escapando de eso.

Entonces, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo llegar a ese reencuentro sin que fuera una cita pactada? No quería que sonara como una transacción. Ni como un acuerdo táctico. "Angie, acepto. ¿Cuándo? ¿Dónde?" No. Así no. No quería ensuciar lo que habíamos construido con espontaneidad, con deseo genuino. Lo nuestro no había nacido de una planificación. Había nacido de miradas, de silencios, de tardes que se nos escapaban de las manos. Así quería que volviera a suceder.

Durante varios días le di vueltas al tema. Pensaba en escenarios. En excusas. En cómo provocarlo sin parecer desesperado. Hasta que me di cuenta de la paradoja: si quiero que sea espontáneo… ¿por qué lo estoy planeando tanto?

Y entonces decidí lo más sensato: dejarlo fluir.

Así que solté la tensión. Me dije: sigamos con nuestra vida como hasta ahora. Recoger a los bebés, conversar con ella en su sala, mirar cómo nuestros hijos jugaban como si fueran hermanos, ayudarla a colgar un cuadro o a arreglar una toma de corriente. Provocarnos sin provocarnos. Rozarnos por accidente. Mirarnos por segundos de más.

Sabía que iba a pasar. Que, en algún momento, sin buscarlo, sin pactarlo, sin forzarlo… iba a suceder. Porque ya no había barreras. Porque el corazón ya estaba abierto. Y porque el deseo, ese deseo que nunca murió, ya no estaba atado.

Lo dejé fluir.



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Buena decisión cofra, con las vivencias y sentimientos que se profesaron y aún estaban vigentes, era mejor dejarlo fluir. Total, iba a caer por su propio peso, además Angie ya le había dicho todo claro para que ud no se confunda jajaja ella estaba más fluida que ud.
 
Buena decisión cofra, con las vivencias y sentimientos que se profesaron y aún estaban vigentes, era mejor dejarlo fluir. Total, iba a caer por su propio peso, además Angie ya le había dicho todo claro para que ud no se confunda jajaja ella estaba más fluida que ud.

Ja, Ja, ¡Ja! Claro que si mi estimado @polo35, ella la tenía clara, el que se resistía era yo. Me hacia el difícil, ja, ja, ¡ja! La verdad es que en ese tiempo me preocupaba mucho de que me descubrieran, que nos descubrieran, ya no solo era la familia, era mi esposa, fue todo un proceso hacerme a la idea de retomar esa relación que hervía por dentro.
 
Ja, Ja, ¡Ja! Claro que si mi estimado @polo35, ella la tenía clara, el que se resistía era yo. Me hacia el difícil, ja, ja, ¡ja! La verdad es que en ese tiempo me preocupaba mucho de que me descubrieran, que nos descubrieran, ya no solo era la familia, era mi esposa, fue todo un proceso hacerme a la idea de retomar esa relación que hervía por dentro.
Jajaja buenaaaa cofra, de todas maneras el sentimiento o las emociones no se pueden ocultar cuando se es genuino. Me parece que ambos nunca cerraron del todo esa puerta, pq lo vivido de forma intensa es difícil olvidar y sacarlo del propio ser. Aún así Angie sabía que si ella daba el primer paso, ud caia redondito jajaja
Las damas son más astutas que nosotros, no lo olvide, ellas nos escogen, nosotros no. Y encima, nos hacen creer que somos los conquistadores jajaja
Bueno es mi teoría con una trayectoria de muchísimas mujeres, amantes, colágenos, en fin. Purita experiencia. Saludos
 
Jajaja buenaaaa cofra, de todas maneras el sentimiento o las emociones no se pueden ocultar cuando se es genuino. Me parece que ambos nunca cerraron del todo esa puerta, pq lo vivido de forma intensa es difícil olvidar y sacarlo del propio ser. Aún así Angie sabía que si ella daba el primer paso, ud caia redondito jajaja
Las damas son más astutas que nosotros, no lo olvide, ellas nos escogen, nosotros no. Y encima, nos hacen creer que somos los conquistadores jajaja
Bueno es mi teoría con una trayectoria de muchísimas mujeres, amantes, colágenos, en fin. Purita experiencia. Saludos

Totalmente de acuerdo, generalmente son ellas las que escogen y nos invitan a dar el primer paso, asi nos sentimos ganadores.
 
Noviembre llegó con el aire dulce de las celebraciones. La bebé de Angie estaba por cumplir su primer año, y junto con mi madre habían organizado una pequeña reunión en casa. Una fiesta sencilla, con globos, dulces, niños correteando… una excusa perfecta para celebrar la vida. Para celebrar la familia. Para celebrar, quizás, lo que no podíamos decir.

Una semana antes, Angie me pidió que la acompañara al Mercado Central para comprar los cotillones, los regalitos, la decoración. Yo acepté encantado. Salimos temprano, 9:30am, pensando que así evitaríamos el tumulto, pero no calculamos lo que significaba moverse por Lima un 31 de octubre. Ese día, además de Halloween, se celebraba el Día de la Canción Criolla, y el centro de la ciudad hervía con una mezcla de fiesta, caos y desorden organizado. Había escenarios que la municipalidad estaba montando en distintas plazas, calles cerradas por las previas de los conciertos y por las intervenciones criollas, vendedores ambulantes con banderitas, guirnaldas y sombreros de paja, y multitudes que iban y venían como si el centro fuera un gigantesco hormiguero.

Por Abancay era imposible avanzar. Cada esquina estaba tomada por policías que desviaban el tránsito, los carros se amontonaban, y nosotros quedamos atrapados en un embotellamiento que parecía no tener salida. Lo curioso es que, lejos de fastidiarnos, esa interrupción se transformó en algo nuestro. Pasamos casi tres horas dando vueltas en vano, avanzando a paso de tortuga entre bocinazos y vendedores que se acercaban a las ventanas ofreciendo desde caramelos hasta discos piratas de música criolla. A veces, el sonido de las guitarras y cajones que venían de algún ensayo en la plaza llegaba hasta nosotros, como un telón de fondo que le daba cierto aire de celebración al tedio del tráfico.

Y ahí estábamos, los dos, encerrados en el auto, pero riéndonos como adolescentes. Conversábamos de todo y de nada, de la reunión del sábado, de qué regalitos les gustarían más a los chicos, de recuerdos viejos que nos hacían soltar carcajadas. En un momento, Angie apoyó su mano sobre la mía sin decir nada. Fue un gesto simple, pero lleno de sentido. Yo la miraba, ella me miraba, y sin necesidad de palabras nos sonreíamos como si ese contacto bastara para que el tiempo pasara más rápido. Cada tanto, alguno de los dos hacía un comentario absurdo solo para provocar la risa del otro, como cuando señalé a un tipo disfrazado de diablo que intentaba cruzar entre los autos y le dije que ahí estaba la prueba de que el tráfico limeño era un infierno. Angie se dobló de risa.

Al final, volvimos con las manos vacías, sin haber comprado nada de lo que habíamos planeado, pero con la sensación de haber ganado algo más valioso: horas de complicidad en medio del caos limeño. Así era con ella. No importaba si no lográbamos llegar al destino, ni si el tráfico nos jugaba en contra, porque cada minuto juntos —incluso los más inútiles— se convertía en un recuerdo.

Cuando finalmente llegamos a su departamento, después de dar vueltas inútiles por el centro y volver con las manos vacías, detuve el carro frente a su puerta. Ella no se bajó de inmediato. Se quedó mirándome con esa sonrisa ladeada que me confunde, como si estuviera a punto de decirme algo travieso.

—Primix… —susurró, inclinándose apenas hacia mí—. Al final no compramos nada.

—No —le respondí, también bajando la voz, atrapado en la intimidad de ese pequeño habitáculo—. Pero no me importa. Me encantó igual.

Ella se rio suave, con ese sonido que me enciende más que cualquier caricia, y apoyó su mano sobre la mía en la palanca de cambios. No había necesidad de ese gesto, pero lo hizo despacio, consciente de que me estaba tocando.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —dijo con un brillo juguetón en los ojos—. Que hablas de nosotros como si fuera lo más natural del mundo.

Yo la miraba, perdido en ese vaivén que ella generaba sin esfuerzo. Su perfume llenaba el aire, y el calor de su piel parecía subir desde esa mano apoyada sobre la mía hasta mi pecho.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —me atreví a preguntarle, con un dejo de picardía.

Ella levantó un dedo y lo puso suavemente sobre mis labios, impidiéndome seguir. Ese simple roce me atravesó como un rayo.

—Shhh… —me dijo, con un tono cargado de insinuación—. No hoy… no aquí.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra. Ella me sostenía la mirada, desafiándome, sabiendo que estaba jugando conmigo. Y justo antes de abrir la puerta, se inclinó y me dio un beso en la mejilla, pero tan cerca de la boca que el borde de sus labios rozó mi piel. Fue un contacto breve, pero suficiente para que todo mi cuerpo se tensara.

—Gracias por el paseo —susurró contra mi oído, con una voz cargada de malicia—. Me encantó.

Se apartó apenas, pero yo seguía sintiendo su calor. Abrió la puerta con calma, sabiendo que yo la estaba mirando. Y antes de bajar, me lanzó esa última sonrisa peligrosa que me dejó sin aire.

Ella caminaba hacia la puerta del edificio, moviéndose con esa cadencia que me robaba el aire. El vaivén de sus caderas era un imán, y yo, quieto en el asiento, me sentía prisionero del deseo.

Me ardía la piel por bajarme del carro y alcanzarla, por girarla contra la pared y besarla como si nunca la hubiera soltado. Pero el freno no era solo el qué dirán ni la moral de manual. Era más íntimo, más doloroso.

Porque, aunque mi matrimonio hacía mucho tiempo que era una desgracia, aunque hacía años que no existía amor verdadero en esa casa, todavía me pesaba el hecho de estar casado. Todavía me repetía que no estaba bien cruzar esa línea. Que sería una traición —no a Nadia, ni siquiera a lo que quedaba de nosotros— sino a la memoria de lo que habíamos perdido juntos. A la memoria de nuestra hija.

Y al mismo tiempo, un temor más hondo me atravesaba: el miedo a volverme a enganchar con Angie, como hace años. Porque sabía que, si le daba un beso, uno solo, no iba a ser un juego ni un desliz. Iba a ser un enganche total, una entrega absoluta. Y si por alguna razón volvía a perderla, yo no iba a sobrevivir a una segunda vez.

La vi detenerse un instante antes de entrar, girar apenas la cabeza y regalarme esa sonrisa que parecía inocente, pero que me quemaba por dentro. Y en ese momento lo entendí: si la besaba, ya no había regreso. Ese beso sería una promesa, una cadena, un destino.

Por eso me quedé quieto. Por eso apreté los dedos contra el volante como si pudiera contener el huracán que tenía dentro. Y por eso, mientras ella desaparecía tras la puerta, supe que me había mentido otra vez: que por más que intentara frenarme, ya estaba perdido en ella.

Encendí el carro y avancé despacio por las calles atiborradas, todavía con la imagen de ella en mi retina. Su figura alejándose, ese beso a medias en la mejilla, ese perfume que parecía quedarse flotando en el aire, prendido de mi piel.

El tráfico me envolvía, pero no me distraía. Iba casi en automático, como si mis manos supieran el camino a casa, mientras mi cabeza se quedaba atrapada en la puerta de su edificio, en sus labios demasiado cerca, en esa sonrisa que me partía la voluntad.

Y entonces empezaba la pelea dentro de mí.
—Estás casado —me repetía—. No puedes hacer esto. Aunque tu matrimonio sea una ruina, aunque ya no quede amor, aunque Nadia y tú sean solo dos extraños que comparten un techo… sigues casado. Y cruzar esa línea es traicionar algo, aunque no sepas exactamente qué.

Pero otra voz me mordía por dentro:
—¿Qué más traición que seguir mintiéndote a ti mismo? ¿Qué más deshonesto que callar tu deseo, cuando sabes que tarde o temprano va a estallar de otra forma, con alguien que no sea ella, con alguien que no te importa?

Sentí un nudo en el pecho. No era solo Nadia lo que me detenía. Era Angie. Era el recuerdo de la primera vez que la tuve y la perdí. Ese abismo de vacío en el que me hundí cuando se fue. Ese miedo atroz de que, si me dejaba llevar ahora, si la besaba, si la hacía mía otra vez, ya no habría marcha atrás. Sería una entrega total, un enganche sin retorno. Y si el destino decidía volver a arrancármela, yo no resistiría una segunda vez.

Los semáforos pasaban, y yo sentía que manejaba dentro de un túnel de pensamientos. Mis dedos golpeaban el volante, no por impaciencia con el tráfico, sino para contener el temblor que me recorría.

Quise convencerme de que había hecho lo correcto, de que frenar era lo sensato. Pero en el fondo sabía que me estaba mintiendo. Porque, aunque no la había besado, aunque había contenido el huracán, ya estaba perdido. Perdido desde que me miró en silencio en medio del tráfico, desde que puso su mano sobre la mía sin razón alguna.

La verdad era cruel: no había vuelta atrás. Aunque todavía no hubiera un beso, aunque mi cama siguiera compartida con otra mujer, mi corazón ya estaba decidido. Y mientras doblaba por la avenida rumbo a mi casa, me sorprendí murmurando en voz baja, como una confesión que nadie debía escuchar:

—Ya eres mía otra vez, Angie… y yo, inevitablemente, vuelvo a ser tuyo.

Abrí la puerta de casa con la llave que siempre parecía más pesada de lo normal. El sonido metálico en la cerradura fue como un aviso: el mundo de Angie quedaba atrás, y ahora entraba al terreno del hielo.

El pasillo estaba en penumbras. Solo la luz azulada del televisor encendido iluminaba la sala. Nadia estaba en el sofá, con una manta sobre las piernas y el control remoto en la mano. No giró la cabeza cuando entré.

—Hola —solté casi en automático, con esa voz que buscaba un eco.

—Hola —respondió sin mirarme, sin mover un músculo del rostro, como si la palabra se hubiera escapado más por obligación que por voluntad.

Caminé hacia la cocina, dejé las llaves en el frutero vacío, me serví un vaso de agua. El silencio era denso, casi pegajoso. No había preguntas, ni siquiera un “¿cómo te fue?”. Solo el ruido lejano de algún programa que ni siquiera parecía estar mirando.

Me acerqué un poco más, con la esperanza absurda de que al menos me mirara, de encontrar un destello de interés. Pero sus ojos seguían fijos en la pantalla, con esa expresión plana que ya se había vuelto rutina.

—¿Cenaste? —pregunté, forzando una conversación.

—Sí —contestó sin levantar la vista.

Y ahí se acabó. Ni una palabra más. Ni un gesto. Ni siquiera la cortesía de preguntar si yo lo había hecho.

Me dejé caer en el sillón del lado opuesto, y por un instante imaginé qué distinto habría sido si en lugar de volver a esta casa me hubiera quedado atrapado en el tráfico con Angie toda la tarde. Si ese atasco interminable hubiese sido mi única realidad, sin este silencio envenenado como cierre.

La miré de reojo. Seguía inmóvil, como una estatua. Yo, en cambio, sentía el cuerpo vibrando todavía con el eco de su perfume, de la forma en que Angie se despidió, de esa sonrisa que casi me quiebra la voluntad. El contraste me dolió en la piel: de un lado, la chispa que incendiaba hasta el tráfico más tedioso; del otro, este frío que ni con todas las mantas del mundo podría calentar.

Subí a la habitación sin insistir más. El “hola” de Nadia ya era el techo de nuestra convivencia. Y mientras me tendía en la cama, con la espalda hacia su lado vacío, lo entendí con una claridad brutal: no era solo que quisiera a Angie. Era que con ella me sentía vivo. Aquí, en cambio, estaba sobreviviendo.

Esa noche no hubo nada distinto a tantas otras. Nadia entró al cuarto con un libro bajo el brazo, se acomodó en su lado de la cama y empezó a leer en silencio. Yo me cambiaba despacio, casi con la esperanza de algún gesto, de algún comentario, de un puente que rompiera la distancia. Nada.

Cuando el sueño la venció, cerró el libro, apagó la lámpara y, con voz apagada, dijo:
—Hasta mañana.

Se dio la vuelta, me dio la espalda, y en menos de un minuto ya respiraba con el ritmo pesado del sueño. Era la misma rutina de siempre: ignorarme, ignorarnos, como si lo único que nos uniera ya fuese la costumbre.

Me quedé despierto un rato más, en silencio. Y en algún momento me dormí también. Pero lo que vino después no fue descanso, sino un recuerdo. Más que soñar, reviví. Me encontré en esas escenas del pasado, en los encuentros de hace años, en esa tensión cargada de deseo y prohibición.

Me desperté de golpe, cerca de las cuatro de la mañana, con una erección intensa, como si el sueño hubiese sido real, demasiado real. Abrí los ojos y ahí estaba: mi esposa de espaldas, inaccesible, intocable. Sabía que intentar algo con ella sería inútil; lo había intentado tantas veces antes. Lo que quedaba entre nosotros era rutina, no deseo.

Me giré hacia el techo, con el pulso acelerado, con esa sensación amarga de vacío. Y ahí, inevitable, apareció Angie en mi mente. La imaginé junto a mí, en ese mismo instante, cómo habría reaccionado ella, cómo habría jugado con esa erección, cómo habría hecho de esa madrugada algo ardiente en lugar de frustrante. Me descubrí sonriendo apenas, con los ojos fijos en la oscuridad, sintiendo que la verdadera traición no era pensar en Angie… la verdadera traición era vivir así, apagado, al lado de alguien que ya ni me miraba.
 
Cincuenta y cuatro – REGRESO AL PARAISO OCULTO

Durante toda esa semana, cada instante de pausa era un golpe directo a la memoria. Trabajando en la oficina, revisando cifras, planificando, incluso en medio de una reunión… bastaba un respiro, una distracción mínima, para que su recuerdo irrumpiera sin permiso. Cuando manejaba rumbo a casa, el semáforo en rojo, el tráfico lento de Lima era suficiente para que su imagen apareciera: su sonrisa, su voz, ese gesto de poner la mano sobre la mía sin ningún motivo.

No era solo deseo carnal, aunque la deseaba con una intensidad que me quemaba por dentro. Era otra cosa. La pensaba como mujer, sí, pero también como cómplice, como esa presencia que me llenaba de calma y de vértigo al mismo tiempo. Me sorprendía preguntándome qué estaría haciendo en ese momento, si estaría sonriendo, si pensaba en mí, si recordaba también ese beso en la mejilla que casi se transformó en algo más. Y mientras más lo pensaba, más lo sentía crecer dentro de mí: no era solo lujuria, era amor en expansión, invadiéndome sin pedir permiso.

Y entonces empecé a contar los días. El sábado se convirtió en una especie de faro al que me aferraba. Sabía que ella me esperaba para las compras, para esa excusa de salir juntos, y esa certeza me mantenía respirando. A pesar de que hablábamos tres, a veces cuatro veces por teléfono en la semana, no era suficiente. Al colgar, quedaba una ansiedad muda, como una vibración en el cuerpo que no se apagaba. La espera me calaba en los huesos, me recorría la piel, y se transformaba en una carga erótica que me desbordaba.

Era un fuego extraño, porque no se consumía: se acumulaba. Y cuando me sorprendía imaginando cómo sería volver a verla, no eran solo escenas de pasión las que me invadían, sino también pequeños detalles: su risa, el brillo de sus ojos cuando me mira como si no existiera nadie más, la forma en que caminaba alejándose, sabiendo que yo la seguía con la mirada.

Así pasaron los días, con la mente atrapada entre los números del trabajo y las fantasías con ella. Y mientras más luchaba por distraerme, más fuerte regresaba su presencia. Era inevitable: cada minuto de espera se volvía una provocación. Y yo, después de tanto tiempo, sentía una ansiedad que creía extinguida en mí. Una ansiedad viva, erótica, emocional, como la de un adolescente que vuelve a descubrir el amor.

Ese sábado me levanté temprano. Nadia estaría fuera de casa todo el día. Sali al departamento de Angie, la recogí con su hija. Dejamos a los bebés con mi madre y partimos al mercado central a eso de las 9:30. Nadia tenía consulta en la mañana y guardia en la tarde. Yo conocía bien el lugar, en dos horas teníamos todo listo: globos, serpentinas, vasitos con dibujos, guirnaldas, unas bolsas de dulces. Pero Angie quiso pasar también por una galería a comprar algunas cosas para su casa: artículos de limpieza, pilas, un mantel nuevo. Ya al mediodía estábamos regresando.

—Primix, ¿podemos pasar primero por el depa a dejar las cosas que no son de la fiesta? Si no, voy a tener que estar cargando todo eso después… —me pidió.

—Claro que sí —le respondí, sin pensarlo demasiado. Ni yo ni ella dijimos nada más. Solo nos miramos.

Estacionamos en la cochera. Desde el maletero fuimos separando los bultos: los de la fiesta y los del departamento. Eran varios, no pesaban tanto, pero ocupaban espacio. Subimos en dos viajes. El primero juntos. El segundo, ella se quedó en el depa y yo regresé por lo que faltaba.

Cuando cerré la puerta al regresar, sentí el silencio. Esa especie de vacío lleno. De promesa.

Angie estaba en la cocina.

—¿Una cervecita para mi cargador favorito?

—Por supuesto —dije, y me apoyé en la encimera mientras la veía moverse. Era como si el tiempo se hubiese detenido.

Me pasó la botella. Brindamos.

—le dije—. ¡Por nosotros! Me salió espontáneo

—Por nosotros —repitió ella, mirándome de esa forma que siempre me desarmaba.

Nos la tomamos de un solo trago. Teníamos sed. Calor. Ganas. No solo de cerveza.

—¿Otra?

—Sí, claro —le dije.

Ella fue al refrigerador, sacó las botellas. Me pasó una, pero esta vez se acercó más de la cuenta. Quedamos tan cerca, tan peligrosamente cerca. Nos miramos. Fueron solo segundos. Ella dio el paso.

Me besó.

Un beso como los de antes. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si nuestros cuerpos se hubieran estado esperando desde siempre. Nuestras lenguas se encontraron sin permiso. Mis manos bajaron a su cintura, la traje hacia mí. La sentí pegada, caliente, viva.

Pero ella se detuvo. Retrocedió un poco. Bajó la mirada.

—Perdón, Primix. Tú todavía no me has dicho si quieres esto.

Yo la miré. Estaba hermosa. Mi Angie. Mi amor. Mi historia.

La tomé de la cintura y la acerqué de nuevo.

No le respondí con palabras. El beso fue la respuesta. Ella lo entendió. Me abrazó por el cuello, se entregó. Mis manos, de su cintura, bajaron a sus caderas, a sus nalgas. Se pegó a mí con una necesidad que reconocía. Sentí sus pechos contra mí y la llama se desató. Fuimos caminando mientras nos besábamos hacia el sillón. Ese sillón que nos había visto tantas veces desnudos, tantas veces entregados.

Ella se dejó caer suavemente. Yo la sostuve. Me puse sobre ella. Le besé el cuello, el escote, los hombros. Tenía un polo blanco con un nudo en la cintura. Se lo fui quitando. Ella, entre risas y jadeos, me desabotonó la camisa. Me besaba el pecho. Nos desnudábamos despacio. Como quienes no tienen prisa. Como quienes ya han hecho esto mil veces, pero saben que esta vez es especial.

Me detuve un segundo a contemplarla. A besar su vientre, sus senos, sus muslos. Ella gemía suave. Me susurraba “te amo”, “esto es tuyo”, “te esperé tanto”.

Cuando la tuve totalmente desnuda, me detuve a observarla, era tan hermosa, los años y la maternidad la habían hecho madurar, tenía las caderas un poco más anchas, los pechos seguían firmes, una muy ligera línea en la barriga delataba que los años y el embarazo habían dejado una leve huella, pero seguía siendo perfectamente hermosa y sensual. Ya no tenía el pubis totalmente depilado, ahora tenía una delgada línea de vello púbico, muy fino, casi un adorno y ahí estaba el tatuaje muy pequeño sobre esa línea, con nuestras iniciales sutilmente grabadas sobre su piel.

Yo me sentí un poco cohibido, pues reparé que mi pubis, si bien es cierto ya no era la selva que Angie conoció en nuestros primeros encuentros, tampoco estaba depilado como a ella le gustaba, yo lo afeitaba de vez en cuando, pero la crema depiladora no la volví a usar desde que ella se fue. Angie no le prestó importancia a ese detalle.

Cuando la penetré, entre suave, pero de un solo empuje. No nos movimos. Nos quedamos así, unidos. Respirando el mismo aire, con los ojos cerrados. Era como si por fin estuviéramos en casa. Su calor y su humedad me reconocieron y los reconocí, volvía a ese lugar donde tanto placer y tanta felicidad había encontrado, entre las piernas de Angie.

Pero me detuve y me salí.

—Angie, no te estás cuidando…

—Primix —me interrumpió—, me puse la T hace semanas. Desde aquella conversación en la cochera. Y bajando sutilmente la voz, añadió, porque sabía que esto iba a pasar…

—Eres una diablilla!! Le dije

La volví a penetrar. Esta vez sin culpa. Sin miedo. Solo amor.

Hicimos el amor en posición misionero, en ese sillón, con las piernas entrelazadas, con las bocas buscándose una y otra vez. Quise que fuera lento, profundo, con muchos besos, con muchos abrazos. Como si quisiéramos coser nuestros cuerpos. Como si no quisiéramos volver a separarnos nunca más. Me costó muchísimo no llegar antes que ella, tenía muchas ganas acumuladas, mucha pasión contenida.

Ella llegó primero. Se estremeció entera, me dijo “sí”, “sí”, “sí” entre suspiros. Yo llegué después, mirándola a los ojos.

Cuando abrí los míos, ella lloraba.

—¿Qué pasa, amor?

Sí, le dije amor.

—Es que esto… no sabes cuánto lo he esperado, Primix. No sabes cuánto lo he deseado.

—Este es tu lugar —me repetía, con los brazos aferrados a mí.

—Este es tu lugar —volvía a decirme—. Aquí es donde debes estar.

Y por un instante, por ese instante, supe que todo estaba bien. Que la vida, con sus vueltas, con sus golpes, nos volvía a juntar. No para volver a empezar. Sino para continuar lo que nunca se rompió.

Nos quedamos así, desnudos, entrelazados en ese sillón que ya conocía nuestros cuerpos de memoria. Angie se había puesto sobre mí, recostada con suavidad, con su mejilla sobre mi pecho. Yo sentía cómo su corazón comenzaba a acompasarse con el mío, cómo su respiración ya no era jadeo, sino calma. Suave. Tibia. Verdadera.

Y yo… yo sentía que no había pasado el tiempo. Que nunca nos habíamos dejado. Que su cuerpo nunca dejó de ser mío, y el mío, suyo. En ese momento, esa piel me hablaba más que cualquier palabra.

—Primix… —dijo de pronto, en un susurro.

—¿Sí, Angie?

—¿Te puedo confesar algo?

—Siempre, Angie. Tú y yo no tenemos secretos.

—Nunca… —dijo, y se detuvo un segundo—. Nunca nadie me ha hecho sentir lo que tú me haces sentir. He tenido orgasmos, sí, no te voy a mentir. Pero nunca como contigo. Nunca como los tuyos.

La apreté más fuerte contra mi pecho. La besé en la cabeza, la acaricié.

—Tampoco tú, Angie… —le dije con voz temblorosa—. Nadie. Solo tú.

Ella continuó, como si necesitara soltar todo lo guardado.

—Y hay algo más… nunca quise que un hombre eyaculara dentro de mí. Nunca lo deseé. Salvo … ese idiota de Javier, y ni siquiera fue deseado, ni completo, creo que algo debió salir antes que se retirara, porque del Espíritu Santo no me embaracé. Fue torpeza, supongo. No fue como contigo.

—No te arrepientas de eso —le respondí mientras acariciaba su espalda—. Mira a la hija hermosa que tienes. Es un milagro.

—Sí… sí, lo sé. Pero solo tú… solo tú has dejado todo de ti dentro de mí. Tu vida… tu calor… tu esencia. Solamente tú. Y para mí eso significa mucho, Primix.

Me conmovió profundamente. Sentí un nudo en la garganta. Entendí que, para ella, ese acto físico era también una declaración espiritual. Un “eres mío”, un “esto es sagrado”.

—Gracias por decirme esto, Angie. De verdad. Me encanta estar así contigo… Pero tenemos que hablar pronto. Esto que ha pasado… ha cambiado las cosas. No me arrepiento de nada, pero tenemos que ver cómo manejarlo. Ahora no es como antes. No solo es mi madre, la familia. Ahora también está… mi esposa.

—Sí, lo sé, Primix. Lo sé. Y lo he pensado horas, días… semanas enteras. No me importa ser la otra, si eso significa estar contigo. No me importa compartirte, porque sé que tu corazón… tu corazón sigue siendo mío. Si algún día tienes que cumplir con ella… por compromiso, por rutina… hazlo. Yo no voy a reclamar. Porque sé que siempre vas a regresar a mí. A este cuerpo. A este amor.

Nos dimos otro beso largo. Un beso de agradecimiento, de reconocimiento, de ternura. Luego nos quedamos callados, envueltos en esa atmósfera tibia, con el sonido lejano de la ciudad filtrándose por la ventana.

—Tenemos que irnos —dije, rompiendo el momento con suavidad—. Si no, no vamos a tener lista la fiesta para las cinco.

Nos reímos bajito. Angie se sentó en el sillón, desnuda, buscó su ropa entre los cojines y el piso. Yo también me vestí. Antes de terminar, ella fue al baño. Volvió con una toalla húmeda, como lo hacía antes. Se arrodilló frente a mí y me limpió con la delicadeza que solo tiene quien ama de verdad.

—Sigues siendo mi Angie —le dije—. Más mujer, más hermosa. Pero la misma.

Nos dimos besos mientras terminábamos de vestirnos. Nos reíamos, como dos adolescentes que acaban de escapar de la escuela para hacer travesuras.

Ya con todo listo, dimos un último vistazo al departamento. Nos aseguramos de que no hubiera huellas de nada. Nada fuera de lugar. Nada que pudiera delatarnos.

Ya en la puerta, justo antes de salir, ella se detuvo.

—Te quiero decir algo más —dijo con tono serio.

—Estamos en día de confesiones, parece. Le dije con una sonrisa mientras le daba otro beso.

—Sí, amor… —y me miró a los ojos—. Nunca, nadie, me hizo sexo anal. Solo tú. Ese lugar solo ha sido tuyo. Y sigue siéndolo. Cuando quieras… cuando quieras volver a tenerlo, es tuyo.

Me quebró.

No por el acto en sí. Sino por lo que representaba. Por la entrega. Por la confianza. Por la forma en que me miró cuando lo dijo. Me conmovió hasta las lágrimas. La abracé con fuerza. Sentí mis ojos humedecerse y caer en su cabello. Me sentía feliz, agradecido con la vida, la tenia nuevamente en mis brazos y en mi corazón.

—Angie… te amo.

—Yo también, Primix. Te amo.

Bajamos al auto. Salimos con las bolsas de cotillón, con los adornos, con el corazón desbordado. Nos mirábamos con esa sonrisa tonta de los que saben que han hecho algo hermoso, algo prohibido, pero profundamente deseado.

Quien nos viera, hubiera pensado que solo éramos dos primos, contentos por los preparativos de una fiesta infantil. Y quizás sí. Lo éramos.

Pero también éramos mucho más.

Éramos dos personas que volvieron a encontrarse.


.
 
La fiesta había cobrado vida apenas los niños comenzaron a llegar. El patio de la casa de mi madre se llenó de risas, globos y vocecitas entusiastas que corrían de un lado a otro con gorritos de papel, serpentinas y dulces en las manos. La bebé de Angie, con su vestido color crema y ese lazo rosado que le adornaba el cabello, era el centro de todas las miradas. Gateaba con curiosidad entre las piernas de los niños mayores, sonriendo cada vez que alguien se le acercaba. Angie la seguía de cerca, atenta pero feliz, como si toda la ternura del mundo se le hubiera condensado en los ojos.

Yo la observaba desde la esquina del patio, donde ayudaba a mi madre a repartir las bolsas de golosinas. Había algo en la forma en que Angie reía con las otras mamás, en cómo cuidaba a su hija, en cómo su mirada me buscaba de vez en cuando… que me estremecía. Y esa mezcla entre ternura y deseo seguía latiendo en mí desde lo que habíamos vivido esa mañana. Cada vez que me acercaba a ella para ayudar con algo —una bandeja, una silla, una caja de jugos—, nuestras manos se tocaban fugazmente y esa electricidad volvía, sutil y peligrosa pero deliciosa.

A las siete de la noche, cuando ya varios invitados se habían marchado, apareció Nadia. Llevaba el cabello recogido en una trenza suelta, el rostro algo cansado, pero traía una sonrisa forzada que usaba últimamente como escudo. Se acercó directamente a nuestro hijo, que jugaba con dos niños del nido, y lo levantó entre risas. Le besó las mejillas con ese amor de madre incondicional que todavía la mantenía de pie, pese a todo.

Después fue hacia Angie. Le tendió un regalo con una sonrisa más genuina esta vez.

—Qué bonita decoración… está precioso todo, de verdad. ¿Tú lo hiciste?

—Ay, gracias —respondió Angie con dulzura—. Bueno, entre los tres, ya sabes cómo es tu esposo con los globos… —y ambas rieron con complicidad.

Me acerqué y saludé a Nadia con un beso en la mejilla. Ella me miró un segundo, con esa forma que tiene de escanearme sin decir nada, y luego volvió la atención a la bebé.

Yo… yo me sentía raro.

No era exactamente culpa. No era remordimiento. Pero algo se me revolvía dentro, como un nudo que no sabía por dónde desatar.

Había hecho el amor con Angie esa misma tarde. La había desnudado. La había besado. La había penetrado. La había hecho gemir mi nombre. Y ahora estaba ahí, sentada junto a mi esposa. Conversando. Riéndose. Compartiendo torta de cumpleaños.

Y yo en medio.

Intenté concentrarme en la fiesta, en los niños, en mi hijo riendo con la cara manchada de chocolate. Pero cada tanto mis ojos volvían a ellas. A Angie que me miraba de reojo con ternura. A Nadia que me trataba con esa indiferencia elegante que se había vuelto parte de nuestra rutina. Ella no sospechaba nada. No tenía por qué hacerlo. Y, sin embargo, había algo en la escena que me parecía surreal. Como si el mundo entero supiera, menos ella.

Me convencí a mí mismo, como lo había hecho antes, de que esto era necesario. De que mi hijo necesitaba crecer con su padre y su madre juntos. Que no podía permitirme un segundo fracaso. Que mi matrimonio —aunque muerto en la cama— debía sostenerse al menos por fuera. Y que con Angie… con Angie había reencontrado una parte de mí que ya creía perdida.

Ella me devolvía la vida.

Y de algún modo, pensé, esa vida podría oxigenar también lo que quedaba en casa. Aunque ya no fuera amor. Aunque ya no fuera deseo. Quizá, simplemente, fuera equilibrio. Y estabilidad.

No lo entendía del todo. Pero así funcionaba.
 
Dos días después, el martes, Angie y yo nos vimos. El día anterior habíamos acordado vernos en su departamento luego del trabajo. No era una visita más. Sabíamos que esta vez íbamos a conversar sobre nuestra nueva “aventura”. Lo habíamos dicho así, con esa palabra simple, pero cargada de trasfondo. Conversar. Porque después de todo lo vivido, después de ese reencuentro en el sillón, era necesario ponerle palabras a lo que ya era evidente en nuestros cuerpos. Había que hablar. Había que definir.

Cuando la dejé en su oficina esa mañana, tras dejar a los bebés con mi madre, le dije mientras el semáforo nos detenía por unos segundos:

—Amor… (volvimos a decirnos: amor). Conversamos en la tarde en tu depa, antes de recoger a los bebés, ¿te parece?

Ella sonrió, como si esa frase le hubiera devuelto algo que necesitaba escuchar.

— Si claro

—Perfecto —le dije—. Planeamos todo. ¿Te recojo a las cuatro?

—Cuatro en punto. No te atrases. Que tenemos que organizar… nuestra vida secreta —dijo entre risas. Luego me dio un beso en la mejilla, que me encendió más que un beso en la boca con juego de lenguas.

Esa forma tan ligera, tan espontánea que tenía de tomarse incluso las cosas importantes, me desarmaba.

Y así fue. A las cuatro, puntual, ya estaba en la puerta de su oficina. Cinco minutos después, subía al auto. Estaba hermosa, ligera, sonriendo. En el camino conversamos como siempre, como si no cargáramos sobre los hombros una historia clandestina y profunda. Pero ambos sabíamos que esta tarde no iba a ser como las otras.

Llegamos al edificio. Entramos a su departamento. Era nuestro refugio, nuestro espacio. Apenas cerramos la puerta, Angie se volvió hacia mí, me abrazó fuerte. Me besó como si no me hubiese visto en semanas. Yo le respondí con la misma urgencia.

—Caballero… —susurró entre risas mientras me abrazaba con fuerza—. Creo que para poder conversar las cosas bien… tenemos que estar piel a piel, como antes lo hacíamos.

—Por supuesto, señorita… perdón, señora —le dije provocándola, sabiendo lo que eso le molestaba.

—¡No me digas así! Me siento vieja… —me dijo, haciendo un puchero encantador.

—Entonces… eres la señora y la señorita más hermosa del mundo —le respondí, con total sinceridad.

Subimos al dormitorio. No hubo pausas. Apenas entramos, comenzamos a besarnos de nuevo. Las ropas caían una tras otra. Se desnudaba con esa naturalidad que siempre la había caracterizado. Desnuda, era más mujer que nunca. Me envolvió con su cuerpo, con sus besos, con su olor, con su deseo.

Yo tenía una fuerte erección desde que subíamos las escaleras hacia el departamento, sabiendo que esa conversación, comenzaría y terminaría teniendo sexo, el sexo magnifico, cargado de amor y erotismo, que nosotros hacíamos. Y entonces, sin previo aviso, se arrodilló frente a mí. Me miró con esa mezcla de picardía y ternura que solo ella tenía. Sus manos firmes. Su boca suave. Volví a sentir esa sensación que solo ella me provocaba. Me estremecía. Me elevaba. No había perdido su destreza. Al contrario, parecía aún más segura, más experta. Mi pene entró suavemente en su boca, sentí como su lengua jugaba con mi glande, poniéndome más aduro aun y provocándome oleadas de placer que me hacían cerrar los ojos, para solo concentrarme en el placer que me daba Angie. Por momentos sacaba mi pene del calor de su boca y lo lamia con devoción, llevaba su lengua desde la punta de mi pene hasta mis testículos, yo abría los ojos para verla, así, magnifica, deliciosa, a pesar de que ella estaba aún vestida.

Cuando estuve a punto de perder el control, la levanté con suavidad. La llevé a la cama. Mientras la besaba, la comencé a desnudar. La verdad había perdido un poco de práctica, pero igual lo hice rápidamente. Ella, igual que hace muchos años, no usaba sostén, sus pechos seguían siendo firmes, ya no tan duros, quizá hasta ligeramente más redondeados, fruto de la maternidad. Mientras hacíamos eso ella seguía masajeando mi pene. Cuando estuvo totalmente desnuda, me quité lo que me quedaba de ropa. Ella se echó suavemente en la cama y abrió las piernas, volverla a ver así desnuda y ansiosa de tenerme dentro, me recordó todo lo que sentía por ella, la pasión, el amor, el deseo… Me puse sobre ella y después de besarle los senos, bajé hasta su vagina, esa línea de vello púbico era tan sutil… le besé la vulva, ella se mojó de inmediato, gimiendo y apretando mi cabeza contra su sexo. Luego fui subiendo hacia sus pechos y después a su boca, así besándola, con el juego de nuestras lenguas enredadas, la penetré. Y si, ese era mi lugar, esa sensación húmeda y cálida me envolvían, no solo era mi pene envuelto en su vagina, era todo mi cuerpo envuelto por ella. Hicimos el amor como antes, pero con la madurez de ahora. Cuando sus gemidos comenzaron a acelerarse, la puse piernas al hombro, entre hasta el fondo, Angie abrió los ojos muy grandes y con sus manos en mis nalgas me jalaba hacia si como tratando de que entrara hasta donde ya no se podía entrar más. Jugamos con nuestros cuerpos. Retrasamos el clímax, nos provocamos, nos besamos. Hubo miradas, hubo mordidas, hubo caricias profundas. Ella llegó primero, como tantas veces. Y unos minutos después, yo. Fue intenso. Fue largo. Fue necesario.

Cuando todo terminó, no nos separamos. Nos quedamos abrazados en la cama, desnudos, entrelazados. Ella se acomodó sobre mi pecho. Puso su mejilla sobre mi piel. Yo acariciaba su espalda. Sentía su respiración aún agitada. Su calor. Su olor. Su entrega. Mi corazón comenzaba a calmarse, pero seguía latiendo al mismo ritmo que el suyo.

En ese silencio lleno de significado, ella se abrazó más fuerte a mí. No decía nada. Disfrutaba el momento. Lo saboreaba. Yo fui quien rompió el silencio, con algo que venía pensando desde antes.

—Amor… —le dije suavemente—. ¿Cómo vamos a hacer ahora?

Ella levantó un poco la cabeza, me miró sin dejar de abrazarme.

—¿A qué te refieres?

—A nosotros… Ya no podemos hacerlo como antes. En mi casa… en la casa de mi madre. No puedo venir tan seguido aquí. No puedo quedarme tanto rato contigo… con la bebé. Todo es más visible ahora.

Ella suspiró. Su mirada cambió un poco. No de tristeza, sino de realidad.

—No sé qué decirte… —dijo—. La bebé todavía es pequeñita. Quizá con ella sí podamos… pero sí… creo que tendremos que buscar otras opciones.

—Hoteles —dije yo con una sonrisa resignada.

—Sí… creo que sí —repitió, con esa misma sonrisa de quien sabe que amar también requiere logística.

Nos besamos una vez más. Y volvimos al abrazo. Estábamos desnudos, pero ya no era solo el deseo lo que nos unía. Era esa sensación de haber vuelto a casa. De pertenecer.

Esa tarde, mientras aún yacíamos desnudos en la cama, con las piernas entrelazadas y el cuerpo cálido por el amor recién hecho, comenzamos a hablar en serio. No era una conversación fría ni logística; era una conversación de amantes verdaderos, de esos que se saben necesarios el uno para el otro.

—Tenemos que vernos, amor… la mayor cantidad de veces posible —le dije acariciándole el cabello mientras ella dibujaba círculos con su dedo en mi pecho.

—Sí… aquí en mi departamento, cuando la bebé duerma, o cuando esté con tu mamá… —me respondió—. Podemos aprovechar los sábados en la mañana… decir que vamos de compras… o que cada uno tiene algo que hacer…

Sonreímos. Sabíamos que no sería fácil, pero también sabíamos que lo queríamos. Que lo necesitábamos.

—Y si no se puede… buscamos un hotel —dijo, mirándome con esa mezcla de picardía y decisión que tanto me excitaba.

—Sí… yo trataré de coordinar los horarios. Para mí lo más complicado es mi hijo. Llevarlo, traerlo, cuidarlo…

—Lo sé, mi amor… lo sé. Pero vamos a encontrar la forma.

Ella me besó suavemente. Un beso dulce, largo, que se convirtió en un roce de labios, en un aliento compartido. Y sin decir nada más, su cuerpo volvió a buscarme. Ambos sentíamos esa urgencia, como si quisiéramos soltar todas las ganas acumuladas, recuperar todos los años en los que no habíamos hecho el amor.

Se deslizó hacia abajo, con su boca, con sus manos, con su mirada cargada de deseo. Cuando me tomó entre sus labios, sentí esa electricidad familiar recorrerme la columna. Era experta. No solo por técnica, sino por amor. Sabía exactamente cómo tocarme, cómo moverse, cómo dejarme al borde… y luego acariciarme con ternura para no dejarme caer aún. Era delicioso verla inclinada sobre mí, introduciendo y sacando mi pene en su boca, mientras su hermoso trasero levantado, era una invitación.

Cuando me tuvo completamente preparado, subió sobre mí. Se acomodó con suavidad, mirándome a los ojos, tomándome por los hombros. Su cuerpo me recibió cálido, húmedo, profundo.

Comenzó a moverse lentamente, con movimientos circulares, como si buscara sincronizar nuestros ritmos. Me besaba, me tomaba del rostro, ponía sus senos con sus pezones turgentes, alternadamente en mi boca, mientras me susurraba cosas al oído.

—Te extrañé tanto… —me decía entre gemidos suaves.

La intensidad fue creciendo. Sus caderas comenzaron a marcar un ritmo más fuerte, más urgente. Me cabalgaba con pasión, como si quisiera recuperar cada día, cada semana, cada año que no nos habíamos tenido.

Gemía mi nombre. Se apretaba contra mí. Se rendía.

Cuando su cuerpo se sacudió en un orgasmo profundo, se dejó caer sobre mi pecho, rendida. Jadeante. Con el corazón a mil. La abracé con fuerza. Besé su frente. Sentía cómo su respiración se iba calmando. Cómo se abandonaba, completamente mía.

—Estás bien… —le susurré.

—Estoy completa —respondió en voz baja.

Esperé unos minutos, mientras acariciaba su espalda y su trasero, y luego la giré suavemente. La puse de espaldas, apoyada sobre las almohadas. Se dejó hacer. Sabía lo que venía. Me acomodé detrás de ella, tomé sus caderas con firmeza y la penetré nuevamente.

El vaivén de nuestros cuerpos llenó la habitación de sonidos rítmicos. Mis manos buscaban sus senos, su vientre, su cuello. Ella gemía, se ofrecía, se abandonaba a mí.

Mis movimientos se volvieron más intensos, más profundos. Sabía que me acercaba. Ella lo sentía también. Me apretó con fuerza con su cuerpo, como si me quisiera dentro de ella para siempre.

—Lléname, amor… —me dijo sin mirar atrás, entre suspiros entrecortados.

Y así fue. Llegué, con un gemido largo y profundo, abrazado a su cuerpo, descargando toda mi pasión, todo mi amor, dentro de ella.
 
Estábamos aún desnudos, recostados sobre la cama, disfrutando de ese momento de quietud después de haber conversado lo importante y de hacer el amor por segunda vez. Angie jugaba con sus dedos sobre mi pecho, dibujando círculos imaginarios, cuando de pronto bajó la mano hasta mi vientre, pasando suavemente por mi abdomen hasta llegar a mi pubis.

Se quedó un momento pensativa y luego soltó una risita traviesa.

—Primix… creo que no ha habido un buen mantenimiento allá abajo, ¿no?

—¿A qué te refieres, Angie? —le pregunté, fingiendo extrañeza.

Ella se incorporó un poco, me miró directamente a los ojos, con esa sonrisa que siempre anticipaba alguna ocurrencia traviesa.

—Es que… hay unos pelitos que estorban un poco, ¿no crees? Te noto muy… ¿descuidado?

Yo había tenido el detalle de afeitarme ligeramente desde nuestro último encuentro, pero no había retomado todavía aquel ritual completo con crema depiladora que Angie me enseñó hace tantos años.

—Bueno… digamos que últimamente no ha habido nadie a quien le preocupe cómo anda esa zona, Angie —le respondí en broma, encogiéndome ligeramente de hombros.

Ella soltó una carcajada suave y luego me miró con expresión de complicidad.

—¿Me puedo encargar yo?

La miré sorprendido y divertido. Aquella propuesta me llevó instantáneamente al pasado, cuando Angie, siendo aún una chiquilla traviesa de veinte años, se había empeñado en depilarme totalmente por primera vez, con toda la delicadeza y ternura del mundo. Ahora, quince años después, estaba frente a mí la misma mujer traviesa y atrevida, aunque mucho más madura y segura de sí misma.

Mi primera reacción mental fue rápida: ¿Cómo le explicaría algo así a Nadia si se llegara a dar cuenta? Durante todos estos años juntos, ella nunca había visto mi pubis completamente depilado, solo algún que otro recorte ocasional. Pero al instante, otro pensamiento cruzó mi cabeza con una resignación fría: a Nadia realmente le importaba poco cómo estuviera, ya fuera vestido o desnudo. Probablemente ni siquiera lo notaría. Y si lo notaba, ya inventaría algo.

Sonreí decidido, miré a Angie con complicidad y asentí.

—Sí, señorita. Me someto a sus manos expertas.

Ella se incorporó con rapidez, emocionada como una adolescente.

—¡Perfecto! Espérame aquí —me dijo alegre, dándome un beso rápido en la boca antes de bajar de la cama—. Te voy a dejar impecable.

Salió desnuda y ligera de la habitación, con aquella gracia femenina que siempre me fascinaba. Minutos después regresó con un pequeño neceser. traía crema depiladora, una toalla pequeña, un bol con agua tibia y una cuchilla suave. Era como volver a vivir uno de aquellos rituales de nuestra juventud.

Se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas, desplegando con cuidado todo su material, mirándome con una sonrisa radiante.

—Ahora, quédate quietecito, Primix. No quiero hacerte daño… aunque estoy segura de que me recuerdas como una experta en estas cosas.

—Imposible olvidarlo, Angie —le respondí divertido.

Recortó con una tijera los vellos más altos y luego, mientras extendía con cuidado la crema sobre mi pubis, la observaba concentrada en su tarea, delicada, amorosa. Había tanta ternura en sus gestos, tanta dedicación. Me miraba de vez en cuando, riendo tímidamente al cruzar nuestras miradas.

—¿Sabes, Primix? —me dijo de pronto, con tono melancólico—. Esto también lo he extrañado. Estos pequeños momentos… estas tonterías tan nuestras. Me hacen sentir tan conectada a ti…

Yo le acaricié suavemente el rostro con el dorso de mi mano.

—Yo también, Angie. Son momentos que nadie más puede entender. Son tuyos y míos, solamente nuestros.

Terminó su trabajo lentamente, retirando con cuidado la crema y la cuchilla. Luego, humedeció la toalla pequeña en agua tibia y limpió suavemente la zona hasta dejarla impecable. Cuando terminó, me miró con orgullo y satisfacción.

—Listo, Primix. Como nuevo… como a mí me gusta.

La acerqué suavemente a mí y la abracé, besándole la frente.

—Gracias, Angie. Me encanta que sigas siendo así.

—¿Así cómo? —preguntó divertida, acariciando mi pecho.

—Así… traviesa, dulce, atrevida. Esa mezcla que siempre me enamoró de ti.

Ella suspiró, recostando su cabeza sobre mi hombro. Su voz sonó suave y dulce cuando volvió a hablar.

—Es que para ti siempre voy a ser la misma Angie, Primix. La que te conoció siendo una chiquilla… y que sigue siendo solo tuya después de tantos años.

Y así, abrazados, disfrutando de esa intimidad que no se comparte con cualquiera, entendí una vez más por qué Angie era tan especial para mí. Podía ser una mujer madura, hecha y derecha, pero aún conservaba esa esencia de la niña traviesa y dulce que se adueñó para siempre de mi corazón.
 
En las semanas siguientes, comenzamos a buscar espacios. Espacios para vernos. Para amarnos. Para volver a sentirnos como antes. No fue fácil al inicio. No teníamos la libertad de antes, pero sí la determinación. Y esa determinación nos volvió creativos.

Algunas veces era en su departamento, como aquella mañana inolvidable. Aprovechábamos cuando su hija dormía, o cuando la dejábamos con mi madre. A veces la recogíamos primero, y cuando se dormía, nos deslizábamos lentamente en la intimidad, cuidando cada ruido, cada movimiento, como dos adolescentes en casa ajena.

Los sábados se volvieron nuestras mejores oportunidades. Yo solía ir al gimnasio por las mañanas, pero empecé a "cambiar de gimnasio", por el gimnasio sobre y debajo de Angie. Era casi un chiste interno. Algo divertido dentro de nuestra logística. Nos reíamos de eso. Así fuimos encontrando un ritmo. Un nuevo compás en esta danza secreta que solo nosotros dos sabíamos bailar.

Cada vez nos necesitábamos más. Cada vez nos amábamos más. Volvíamos a encontrarnos en cada beso, en cada caricia, en cada gemido contenido. Poco a poco esa pasión —ese fuego que alguna vez parecía apagado— renacía con fuerza, como si hubiese estado esperando el momento exacto para reaparecer. Solo vernos, solo rozarnos, era suficiente para encendernos.

Yo, al comienzo, confieso que me sentía extraño cuando llegaba a casa y estaba Nadia. O cuando ella llegaba más tarde. No fue tan fácil acostumbrarme. No era la culpa lo que me incomodaba, al menos no como se entiende normalmente. Era más bien una mezcla de vértigo, de transgresión, de conciencia de estar caminando una línea fina. Me costaba mirar a los ojos sin pensar en lo que había hecho horas antes. Pero con el tiempo, fui aprendiendo a lidiar con ese peso. Me convencí a mí mismo de que, quizás, era la única forma de sostener mi matrimonio, al menos de cara al mundo.

Y lo cierto es que funcionó. Poder entregarme con Angie, liberar esa tensión, esa ansiedad que la falta de intimidad me producía, me hizo más tolerante en casa. Más paciente. Pude escuchar con más calma los discursos místicos de Nadia, sobre el Torá, la cábala, las energías del universo. Comenzó a adoptar una actitud de guía espiritual conmigo, de “profesora” del alma. Pero no me invitaba con dulzura, sino que me arrastraba con presión hacia su nuevo mundo de ideas esotéricas. Antes yo tenía una cara de fastidio cuando escuchaba esas cosas. Ahora, la escuchaba con atención, y hasta hacia preguntas y si, algunas cosas me resonaban, ya no parecía todo tan fantasioso.

Me di cuenta de que al encontrar nuevamente me centro, mi pasión y el amor de Angie, yo mismo era más tolerante, más comprensivo con mi esposa. Iba encontrando nuevamente mi equilibrio.

Yo, que la había conocido tan científica, tan académica, no podía entender cómo había llegado ahí. Pero traté de comprender. Entendí que era su forma de sublimar el dolor, de explicar lo inexplicable. De sobrevivir. Y aunque no compartía esa ruta, la respetaba. Creo que ella también sintió mi cambio, quizá no lo podía explicar, pero comenzó a ser menos dura conmigo, menos fría, más cercana, pero no una cercanía física, y menos una cercanía sexual. Era la cercanía de quien se creía mi maestra en esas creencias.

Lo que sí me removía era la cercanía entre Angie y Nadia. Se llevaban bien, conversaban como amigas. Nadia nunca sospechó. Y eso, en lugar de tranquilizarme, a veces me hacía sentir culpable. Pero después lo entendí: era mejor así. Era bueno que Angie y Nadia se lleven bien. Angie era lo suficientemente inteligente como para no hablar de más. Yo la observaba y me sorprendía de su templanza, de cómo podía mirar a Nadia a los ojos después de haber hecho el amor conmigo unas horas antes. Y esa situación se dio más de una vez. Un par de horas después de habernos amado con furia, con pasión, esa misma Angie que había recibido mi cuerpo entre sus piernas, conversaba alegremente con mi esposa.

Una tarde que nos vimos después del trabajo, después de haber hecho el amor dos veces casi sin parar, le pregunté si no se sentía mal con eso.

—Al comienzo sí —me confesó—. Me sentía incómoda. Me costaba. Pero comprendí que lo que pasa entre tú y yo es nuestro. Y que lo que yo comparto con ella es otra cosa. Si me dejo consumir por la culpa, no podría mirarte, no podría seguir.

Me explicó que entendía su parte en esta historia. Que sabía que al irse a España dejó una puerta abierta. Y que Nadia, de alguna forma, ocupó ese espacio. Que ahora, años después, esa puerta se volvió a abrir… y ella la había vuelto a entrar en mi vida, pero que esta vez debería compartirme con otra persona. Me reiteró que, si yo debía cumplir sexualmente con Nadia, ella lo entendería. Su desprendimiento y madurez no dejaban de asombrarme.

Estábamos recostados, todavía con el calor del último encuentro ardiendo en nuestras pieles. Angie, desnuda sobre mí, jugaba con mi pecho con la yema de sus dedos, como dibujando círculos invisibles. Yo me había quedado callado, mirando el techo, perdido en un pensamiento que no podía apartar.

Ella lo notó enseguida, como siempre.

—¿En qué piensas, Primix? —preguntó con voz suave, besándome el cuello.

Suspiré.

—En que… hace seis meses no tengo relaciones con Nadia. —me quedé en silencio un segundo, midiendo mis palabras—. Y me pregunto si no le parecerá sospechoso que nunca la busque.

Angie levantó la cabeza, me miró a los ojos con esa mezcla de ternura y picardía que me desarmaba.

—Amor… hazlo. Cúmplele. Que piense que todo sigue igual. Al final, tú y yo sabemos la verdad. —me besó suavemente, rozando apenas mis labios—. Ella solo tendrá un cuerpo cansado, un deber cumplido. Yo tengo tu alma, tu pasión, tus ganas.

Me quedé mirándola, atrapado en sus palabras.

—¿Y si no puedo? —confesé con voz baja—. Después de hacerte el amor como lo hacemos, después de darte todo de mí, no sé si sea capaz de responder con ella. Físicamente, digo. Es como si mi cuerpo ya supiera que solo es contigo.

Angie sonrió, esa sonrisa traviesa que siempre me encendía.

—Eso es porque tu cuerpo ya me pertenece, Primix. —se subió un poco más sobre mí, presionando su cadera contra la mía, provocándome otra vez—. Pero si alguna vez necesitas… finge, cúmplele, descárgate. Yo sabré que, en cada beso contenido, en cada caricia apurada, en cada penetración mecánica… estás pensando en mí.

—Eres mala —le dije, sonriendo, aunque con el corazón encogido.

—Soy tuya —me corrigió—. Y tú eres mío. Aunque el mundo no lo entienda.

Nos besamos otra vez, despacio, como sellando ese pacto silencioso. Yo la abracé fuerte, y mientras sentía su piel húmeda y tibia contra la mía, pensé que era verdad: no importaba si cumplía con Nadia por costumbre o por rutina. El verdadero amor, la verdadera vida, el verdadero fuego… estaba ahí, entre nosotros dos.
 
Salí del departamento de Angie todavía con el eco de sus palabras rondando en mi cabeza: “Hazlo, Primix, cúmplele. Yo sabré que es solo un deber”. La había escuchado con atención, incluso con gratitud, porque en esa frase había amor, había comprensión, había complicidad. Pero también había un peso.

Esa tarde habíamos hecho el amor cuatro veces. Cuatro. Cada encuentro había sido una explosión de deseo, de ternura, de entrega. Cada orgasmo suyo era una reafirmación de que ella me pertenecía y yo le pertenecía a ella. Y ahora, apenas unas horas después, debía pensar en acostarme con Nadia para mantener la fachada, para que todo pareciera normal.

Me dije a mí mismo que lo haría. Que esperaría un día, quizá dos, para recuperar fuerzas, pero que lo intentaría. Al fin y al cabo, era lo que correspondía. Era lo que un marido “normal” debería hacer.

Pero al amanecer siguiente, cuando me desperté a las cinco como de costumbre y la vi allí, de espaldas, envuelta en ese pijama grueso de invierno que parecía una coraza, todo propósito se desvaneció. Su respiración era lenta, tranquila, pero su cuerpo parecía un muro. No había nada en mí que buscara tender la mano, acariciar, despertar el deseo. No encontré motivación. Cerré los ojos otra vez y me quedé mirando el techo. El recuerdo de Angie fue lo único que me mantuvo vivo en ese silencio helado.

Así transcurrió la semana. Cada mañana repetía la misma escena: el cuerpo de mi esposa a mi lado, distante, envuelto en telas que me alejaban aún más. Y yo, con la duda en el pecho, con esa voz interna que me decía que debía cumplir, que debía buscarla. Pero no podía. Me resultaba imposible. Angie ocupaba mis pensamientos, mis sentidos, mis deseos.

Recién diez días después de aquella conversación con Angie reuní el valor —o la resignación— para acercarme a Nadia. Lo hice con cierta torpeza, con la sensación de estar representando un papel. Me acerqué en la cama, le acaricié suavemente el hombro, busqué su boca con un beso tímido, como tanteando un terreno que ya no me pertenecía. Ella me sonrió con amabilidad, pero enseguida buscó un pretexto, una excusa ligera y casi cariñosa: el cansancio, el dolor de cabeza, el niño que se despertaría pronto. Lo hizo con esa cortesía distante que dolía más que un rechazo abierto.

Fingí decepción, como correspondía. Suspiré, me di la vuelta y cerré los ojos como si me costara aceptar su negativa. Pero en el fondo, muy en el fondo, me sentí aliviado. Ya cumplí, pensé. Ya había hecho mi parte: mostrar la intención, salvar las apariencias.

Y, sin embargo, ese alivio estaba teñido de tristeza. Porque la verdad era que no la extrañaba. No me dolía no tenerla. Lo que dolía era constatar que la intimidad entre nosotros había muerto, que lo que hacíamos —o intentábamos hacer— no era amor ni sexo, sino un trámite, un recordatorio de lo que alguna vez existió y ya no quedaba.

Esa noche, mientras Nadia dormía profundamente a mi lado, volví a mirar el techo en la oscuridad. Y otra vez apareció Angie en mi mente. Sus ojos brillantes, su piel tibia, su risa entre jadeos, su manera de aferrarse a mí como si el mundo se fuera a acabar. La diferencia era abismal. No había comparación posible.

Ahí comprendí, con dolor y con certeza, que ya no podría volver atrás. Que lo que vivía con Angie no era un escape, no era un capricho. Era mi verdad. Lo único que me hacía sentir vivo.
 
En esas primeras semanas, nos debatíamos. Entre el deseo y el recato. Entre las ganas de comernos vivos y la conciencia de estar haciendo algo que, incluso, podría ser penado por ley. Pero más allá de eso —porque la ley era lo de menos— sabíamos que era peligroso. Que las familias estaban involucradas nuevamente. Que el vínculo sanguíneo volvía a rodear nuestra historia de sombras.

Lo hablamos. Más de una vez.

—Yo quiero seguir contigo, Primix —me dijo—. Quiero que nos sigamos amando. Quiero disfrutarte. Pero sí… a veces siento esa culpa ahí, rondándome…

—Yo también, Angie. No es una culpa por lo que hacemos. Es porque sé que, si esto se supiera, haría sufrir a gente que queremos. A mi madre, a tu mamá, a Nadia, incluso a nuestros hijos.

—Entonces lo que nos toca —me dijo, tomando mi mano—, es amarnos con cuidado. Con respeto. No respeto a la ley. A la gente que queremos. Que no se enteren. Que no sufran.

—Te amo, Angie.

—Yo también, Primix. Y estoy aquí para ti.

Así fuimos creando una nueva normalidad. Una rutina donde el amor era clandestino, sí. Pero también limpio, honesto entre nosotros. No pedíamos nada que no estuviésemos dispuestos a dar. Nos teníamos. Eso era suficiente.

Con el paso de los días, empecé a darme cuenta de que el equilibrio emocional con Nadia no se basaba ya en la pasión o la intimidad, sino en una rutina estable donde la crianza de nuestro hijo, las tareas compartidas y las decisiones domésticas marcaban el ritmo. Conversábamos, sí. Pero nuestras charlas se limitaban a lo funcional, a lo práctico. Había cierta cordialidad, casi como la de dos compañeros de trabajo bien organizados.

Y eso no me molestaba tanto. Porque mientras tanto, en silencio, sin decirlo abiertamente, ella me iba cediendo espacios. O quizás simplemente le dejaban de importar. Como el tema del auto. El Mazda que había comprado con Angie doce años atrás ya no tenía el mismo rendimiento. Yo lo había cuidado, lo había llevado siempre a sus mantenimientos, primero en concesionario, luego en un taller muy bueno de confianza. Pero el carro ya cumplía su ciclo. Lo pensé bien, y decidí que era momento de cambiarlo. Podía dar el inicial con lo que me darían por el Mazda y sacar un crédito corto. No más de dos años.

Cuando se lo comenté a Nadia, apenas levantó la vista del celular. “Bueno, cámbialo, si quieres hazlo”, me dijo sin más. Le pregunté si quería acompañarme a ver modelos. “No tengo tiempo, mándame fotos”. Nada más. No hubo interés. Ni una mínima señal de querer ser parte de esa decisión.

Días después, cuando le conté a Angie lo del cambio de carro, su reacción fue completamente diferente. Sacó una hoja y comenzó a hacer cálculos de inmediato, sin que yo siquiera lo sugiriera. “¿Cuánto es el crédito? ¿Cuánto te dan por el Mazda? ¿Cuánto puedes poner de inicial? Si lo haces bien, en un año lo terminas de pagar. No te metas en una deuda larga innecesaria”, me decía. Y era como tener una socia, una cómplice, una mujer que se preocupaba por mi futuro como si fuera el suyo.

Le dije medio en broma: “Entonces, ¿te vendo el Mazda?”. Y sin dudar, me respondió: “Sí. Para lo que yo necesito está perfecto. Además, ese carro tiene historia. Hemos hecho el amor ahí. ¿Te acuerdas?”. Claro que me acordaba. Lo recordábamos los dos.

Transamos un precio simbólico. Yo quería regalárselo, pero ella no aceptó. Fue firme. Como siempre. Angie jamás intentó aprovecharse de nuestra relación. Me pagaba un alquiler por el departamento, aunque yo le había dicho que el inquilino anterior pagaba menos, para que ella pagara ese monto reducido, depositando ese dinero en nuestra cuenta común, esa que habíamos abierto hace años para los ingresos de un terreno que habíamos comprado en Ica.

Cuando le propuse que me acompañara a ver los modelos, le brillaron los ojos. A ella sí le importaba estar ahí. A ella sí le importaba compartir ese proceso conmigo. Y fuimos, como pareja, como amantes que disimulaban ser primos, a recorrer concesionarios. Vimos Kia, Hyundai, incluso entramos a un concesionario Volvo solo por mirar, pues ni los mejores cálculos de Angie me decían que podría pagarlo si meterme en una deuda larga y voluminosa. Finalmente me decidí por una Mazda CX-5 roja. “Esa es tu camioneta”, me dijo. “Esa te representa. Y nos representa”.

Y ahí fue cuando me di cuenta: Nadia había comenzado a ceder espacio sin saberlo. Sin quererlo. Con cada decisión donde mostraba indiferencia, Angie ocupaba más espacio. Emocional. Práctico. Real. No solo era el sexo, espacio que Nadia había cedido a quien sea hace tiempo, era la emoción, el sentimiento de pertenencia, el hacerme saber que no estaba solo... Y con esa manera natural, genuina, de participar en mi vida, Angie se convertía nuevamente en mi compañera. La diferencia era tan evidente. Con Nadia todo era una cesión, una renuncia. Con Angie, todo era una construcción. Una alegría compartida.

En esos días, el equilibrio emocional que intentaba mantener con Nadia tenía cada vez menos que ver con el amor y más con la funcionalidad. En cambio, con Angie, el amor renacía, se fortalecía. Había momentos de culpa, por supuesto. Momentos donde la cercanía entre ambas me incomodaba profundamente. Me parecía peligroso. Pero también entendí que, en cierto modo, esa cercanía protegía el secreto. Nadia confiaba en Angie. Nunca sospecharía.

Esa noche, después de ducharme, entré al dormitorio secándome el cabello con la toalla. Nadia estaba en la cama, recostada contra la cabecera, con las gafas puestas y un libro de esos autores que se creen el gurú de la vida eterna y los pactos de almas, entre las manos. No levantó la vista de inmediato, pero cuando lo hizo, lo hizo con un gesto extraño, una mezcla de burla y reclamo.

—¿Y tú? —me dijo de pronto, clavándome la mirada por encima del marco de sus lentes—. ¿Por qué estás tan tranquilo?

Me quedé en silencio unos segundos, sin entender. Me acomodé el pelo mojado, mirándola de reojo.

—¿Tranquilo? ¿A qué te refieres?

Ella cerró el libro con un golpe seco y lo dejó sobre la mesa de noche.

—A que ya no estás detrás mío. Ya no insistes. Ya no buscas… satisfacerte.

Me sorprendió su tono. Sonaba burlón, casi acusador.

—Perdón, ¿me estás hablando en serio? —repliqué, conteniendo la molestia—. Porque la última vez que te busqué, hace un par de meses, me rechazaste. Y no fue la primera ni la segunda vez. ¿Qué pretendes? ¿Qué me arrastre detrás de ti esperando a ver si esta vez sí aceptas? Déjame un poquito de dignidad, Nadia.

Ella arqueó una ceja, casi desafiante.

—¿Ah, dignidad? ¿O será que ya estás tirando por otro lado?

La acusación me golpeó en seco. Respiré hondo y bajé la voz, con un tono cansado.

—Mira, Nadia. No quiero pelear. No quiero discusiones inútiles. La verdad es que hace mucho tiempo que tú no quieres nada conmigo. Y yo tampoco puedo estar como un perrito faldero viendo cuándo se te antoja.

Hice una pausa, buscándola con la mirada.

—Yo tengo ganas, claro que sí. Y si tú las tienes también, aquí estoy. Cerramos la puerta y te demuestro que todavía te deseo.

Ella esbozó una sonrisa fría.

—Así suena como un trato. Un pacto.

—Llámalo como quieras —le contesté—. Pero también toma la iniciativa. Estoy todas las noches a tu lado. Si quieres algo, búscame tú. Y deja de insinuar que estoy mirando hacia otro lado, porque si alguien tuviera razones para sospechar, soy yo. Porque eres tú la que siempre me rechaza.

Nadia bajó la mirada, incómoda. La máscara de seguridad se le resquebrajó un instante. Parecía aceptar, en silencio, que el tiro le había salido por la culata.

A la mañana siguiente, desperté como siempre, a las cinco en punto. La vi dormida a mi lado, de espaldas, y me repetí lo que había dicho la noche anterior: “Aquí estoy”. Decidí intentarlo.

Me acerqué, la acaricié suavemente. Protestó por lo bajo, medio dormida.

—Es temprano… —murmuró.

—Lo sé —le dije al oído—, pero te deseo.

Pese a sus quejas, se dejó hacer. Como tantas otras veces, fui yo quien hizo todo. Ella apenas se movió, se echó de espaldas y se limitó a apartar el pantalón del pijama. No hubo besos, no hubo caricias. Apenas una rendija de intimidad.

La penetración fue breve, sin la intensidad ni la complicidad que debería tener. A los pocos minutos terminé. Ella ni siquiera respondió al beso que le di después. Se giró y volvió a quedarse dormida, como si nada hubiese ocurrido.

Me levanté en silencio, me metí a la ducha y al salir ya estaba profundamente dormida otra vez. Entré al baño y al salir de la ducha, me vestí en silencio y vi a Nadia aún dormida, de espaldas, con su pijama puesto a medias, como si nada hubiera ocurrido. Viéndola así con su piel expuesta, aunque sea solo de la cintura para abajo, seguía siendo hermosa, una belleza distinta a la de Angie, pero hermosa, aunque apagada por el dolor que la consumía.

El cuarto estaba impregnado de un silencio pesado, casi incómodo. Lo que habíamos tenido minutos atrás no fue un acto de amor ni de deseo; fue una transacción muda, un trámite físico que me dejó con la sensación de haber cumplido una obligación. No podía evitar comparar la intensidad de los orgasmos con Angie, donde eyaculaba profusamente al punto de que, si me quedaba un buen rato dentro de ella, el semen y su lubricación terminaban mojando la sabana, con el que tuve con Nadia, breve, solo dos o tres chorros cortos, yo sentí que lo que había eyaculado no era ni la mitad de lo que eyaculaba dentro de Angie y la intensidad del placer ni siquiera a eso llegaba. Me sentía vacío, más solo que antes.

Mientras terminaba de abrochar mi camisa, me vino esa punzada amarga en el pecho: ¿cómo habíamos llegado hasta aquí? Lo que alguna vez fue pasión y ternura ahora era solo rutina, resignación y cuerpos que apenas se rozaban sin tocarse de verdad.

Pero al salir de la habitación, cerrando la puerta con cuidado, fue inevitable: mi mente voló hacia Angie. Su risa ligera, su manera de mirarme directo a los ojos después del amor, esa ternura cargada de deseo que me hacía sentir vivo. Recordarla fue como respirar después de haber estado bajo el agua.

El vacío que Nadia me dejaba se llenaba, poco a poco, con la certeza de que Angie existía en mi vida. No era solo su cuerpo, aunque lo deseaba con locura. Era la complicidad, la forma en que me entendía con solo un gesto, la manera en que convertía cada instante —incluso los más cotidianos— en algo especial.

Y ahí lo comprendí: mi equilibrio se había vuelto eso, un péndulo extraño entre dos mundos. En casa, la calma funcional, el deber cumplido, la rutina sin alma. Y con Angie, la vida en carne viva: el amor, la pasión, la risa, el desahogo.

No era justo. Lo sabía. Pero era lo único que me mantenía en pie.
 
Cincuenta y Cinco – SOMOS COMPADRES, SEAMOSLO SIEMPRE

Era un sábado en su departamento. La mañana avanzaba lentamente, como si el tiempo nos hiciera un favor. Estábamos en su cama, en su departamento, solos. Los bebés, con mi madre. En teoría, yo estaba en el gimnasio y después haciendo unas compras que ya había comprado el día anterior para justificar mi ausencia. Angie también había dicho que se iba a hacer compras para su casa. Todo estaba calculado, todo encajaba, como si el universo conspirara, por fin, para darnos esas horas.

Ya nos habíamos amado dos veces. Dos veces intensas, devorándonos con el hambre del reencuentro, de la memoria, de los cuerpos que nunca se olvidaron. En la segunda vez, nuestros gemidos fueron inevitables. A esas alturas, poco importaba si algún vecino los oía. Éramos ella y yo. De nuevo. Piel con piel, alma con alma.

Estábamos enredados en la cama, sudorosos, tibios aún del esfuerzo, conversando de cosas cotidianas, sonriendo, acariciándonos con la calma de quienes ya no necesitan apurarse por nada. Ella apoyaba la cabeza en mi pecho, y yo pasaba la mano por su espalda desnuda, lenta, como repasando un mapa que conocía de memoria.

Entonces me vino ese impulso que me da a veces, esa necesidad de verbalizar lo que siento. La miré. “Angie... ¿sabes que cada vez te amo más?”

Ella no se movió de inmediato, pero su cuerpo se tensó con dulzura, como si mis palabras le hubieran entrado por la piel. “Yo también, Primix”, me respondió.

“No, no lo digo como una frase hecha... No es un cliché. Lo siento real, profundo. No sé si es porque somos más maduros, o porque esta vez ha sido más consciente, pero siento que te amo más que nunca.”

Entonces se incorporó un poco y me miró a los ojos. Nos conocíamos tanto, sabíamos leer las miradas, los silencios. “¿Qué me quieres decir, Primix?”, preguntó.

Respiré hondo. “A veces me da miedo que me vuelvas a dejar.” Le dije.

Ella me abrazó con fuerza, como si esa sola acción pudiera borrar ese miedo. “No, Primix. Te juro que no. No tengas ese temor. Sí, yo te dejé, es cierto. Pensé en mi futuro, en mi maestría, en construir algo por mí misma... pero ya no. Ahora ya tengo lo que quiero y me di cuenta de que lo que más quiero, eres tú.”

Se sentó en la cama, cruzó las piernas bajo la sábana. Su desnudez seguía siendo una obra de arte viva. Me era imposible no mirarla. “Mírame a los ojos”, me pidió. “Contigo soy feliz. Tengo a mi hija, tengo mi carrera, tengo independencia. ¿Qué necesidad tendría de irme otra vez? ¿Para qué buscar a alguien más si te tengo a ti? Ya te perdí una vez... ¿crees que quiero repetirlo?”

Yo asentía en silencio. Me sentía profundamente conmovido.

“Soy feliz contigo, aunque no te tenga todo el tiempo. Aunque tenga que compartirte...”

Esa palabra —compartirte— cayó como una piedra dulce. Me sacudió. “No quiero pensar que eres mi amante, Angie. No me gusta esa palabra. Es como si redujera todo esto a sexo furtivo. Y no es eso. Eres mi sobrina, mi mejor amiga, la mujer que me entiende, mi compañera de vida. Eres la mujer a la que le puedo contar todo, con quien puedo hacer el amor sin medida. Eso eres.”

Ella bajó la mirada, luego la volvió a subir con una ternura inmensa. “Entonces no soy tu amante. Soy tu mujer. Y no pienso dejarte. Ese es el precio que pago, ¿sabes? Haberme ido, haber creído que podía rehacer mi vida sin ti... Ese fue mi error. Pero ya no. Me basta con estar contigo. Aunque no sea todo el tiempo. Aunque tenga que ocultarlo.”

“Ese precio te hizo quién eres ahora, Angie. Y me alegra que así haya sido. Porque ahora tienes a tu hija.”

“¿Quién te dice?”, bromeó, levantando una ceja. “A lo mejor me hacía la loca y me embarazaba de ti antes...”

“¡Tu sí que eres loca!” —me reí, y ella se acurrucó contra mí como si todo lo anterior hubiese sido solo un preludio para ese momento.

“Quiero vivir así”, me dijo al oído. “Siempre contigo. Aunque sea en fragmentos.”

La besé despacio, con un beso lleno de agradecimiento, de amor, de deseo contenido y liberado a la vez. Mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo otra vez, esta vez con calma, como si estuviéramos haciendo el amor con el alma antes que con el cuerpo. La besé por todo su cuerpo, quedándome largo rato en sus pechos y luego en su vagina, cuando sus gemidos de placer eran más intensos, la penetré piernas al hombro. Menos de un minuto después ella estallaba en un largo gemido que delataba su orgasmo. Yo demoré algunos minutos más, quizá 7 u 8 dándole duro, ella entre gemidos decía mi nombre o “Te amo” cuando aumente el ritmo porque sentía que mi semen estaba a punto de explotar dentro de ella, Angie apretó su vagina, haciéndome llegar con la intensidad de un volcán en erupción. Me rodeó con sus piernas y nos dimos un beso largo, solo con los labios, mientras yo sentía como mi pene me mantenía erguido dentro de ella.

Nos besamos, nos acariciamos, y sin necesidad de hablar, volvimos a caer sobre las sábanas. Esta vez no fue un arranque de deseo, sino una afirmación de nuestro amor. Un pacto sellado entre jadeos y miradas.

Y cuando, después de una larga entrega, nos quedamos abrazados, aún desnudos, con la respiración calmándose lentamente, yo fui quien rompió el silencio.

—Recuérdame comprar un lubricante... Quiero volver a entrar en tu puerta trasera.

Ella se quedó quieta un segundo. Luego me miró. Esa mirada que me derretía. Esa mezcla de ternura y picardía que solo ella tenía. Se sentó sobre mi pubis, mi pene que ya no estaba erecto se acomodó entre sus labios vaginales. Se sonrió, con esa risa traviesa que me encantaba, y me dijo:

—Espérame un ratito, Primix.

Se incorporó desnuda, caminó descalza hasta la cómoda. Movió unas prendas con cuidado, con ese ritmo de quien sabe lo que está buscando. Y entonces lo sacó. Un tubo de lubricante. Lo levantó como si fuera un trofeo, me miró por encima del hombro y dijo:

—Sabía que me lo ibas a pedir en algún momento.

Yo me reí, encantado, con el corazón latiéndome fuerte.

—Tú estás en todas, ¿no?

—En todititas, Primix —me dijo, volviendo a la cama. Se echo a mi lado y dejó el tubo sobre la mesa de noche, como una promesa de lo que sucedería minutos después.

Estuvimos conversando de cómo sus amigas estaban vendiendo sus cosas en Madrid, el piso lo estaba alquilando y eso la tenía más tranquila.

La conversación se alternaba con besos y caricias, yo pasaba la mano suavemente por sus pechos y ella me acariciaba el abdomen y por momentos su mano llegaba hasta mi pene, lo que nos iba calentando de a pocos.

Como quien no quiere la cosa Angie se subió despacio sobre mí y nos besamos. Esta vez con más calma, con más conciencia, con una entrega suave pero profunda. Ella se montó sobre mí, me besó el pecho, el cuello, bajó por mi abdomen mientras con su otra mano aplicaba el lubricante en sí misma. Todo en silencio. Solo nuestras respiraciones, nuestros ojos conectados. Se volteó, apoyó sus brazos sobre las almohadas, me ofreció su espalda, su cuerpo. Me ofreció eso que sabía que era sagrado entre nosotros.

Cuando me acerqué, la penetré con cuidado. Entre suave, me pareció que su culito apretaba más que antes. Fui muy paciente para que ella lo disfrute tanto como yo. Sentí su cuerpo recibirme con amor, con confianza. Entraba lento, mientras le besaba el cuello y sus mejillas, ella solo gemía suavemente. Finalmente, mi pubis chocó con sus nalgas, sentí que estaba al fondo de su ano, todo mi miembro hundido en su trasero. Me quedé quieto. Estábamos profundamente unidos, y comencé a moverme con delicadeza, con reverencia, escuché su voz quebrada:

—Recuerda... Nadie más ha entrado aquí, Primix. Solo tú. Nadie más. Para mí, esto es lo más íntimo... lo más de mí... y solo te lo quiero dar a ti.

Me detuve un segundo. Coloqué mis manos en su cintura, la acaricié. Besé su espalda.

—Me encanta que seas asi, Angie. Gracias, por tanto.

Seguimos así, unidos, moviéndonos al mismo ritmo, con pausas para besos, para caricias, para susurros de amor. Su culito seguía apretando más que antes, era claro que nadie había entrado desde hace tiempo, o sea ese culito era solo mío, eso me calentó más, sentí que mi pene estaba más grueso que de costumbre, quizá por la excitación o quizá solo era una sensación por estar en un espacio tan apretado. Era difícil retrasar el orgasmo con esa sensación. Ella llegó primero, con un gemido contenido, tenso, profundo. Yo la abracé por detrás, aceleré apenas y finalmente sentí cómo el placer me sobrepasaba y la llenaba por dentro, mientras un grito breve se me escapaba también. Caí sobre su espalda, la abracé fuerte.

No quise salirme, era una sensación deliciosa quedarme dentro de ella después del orgasmo. Ya había olvidado esa sensación de conexión, de amor, cuando la pasión estaba satisfecha, surgía el sentimiento de estar dentro de la mujer que amaba y que me entregaba todo, era algo que podía ser más sublime que el mismo sexo.

Después de aquella entrega profunda y delicada, estábamos abrazados en silencio, con nuestros cuerpos todavía estremeciéndose suavemente por la intensidad de lo vivido. Angie estaba acurrucada en mi pecho, sentía su respiración cálida y tranquila rozando mi piel. La habitación parecía haber quedado suspendida en el tiempo.

Fue ella quien rompió ese silencio, levantando apenas la cabeza para mirarme con ojos brillantes, una lágrima dibujando lentamente un camino sobre su mejilla.

—Primix… yo no sé cómo demostrártelo más… —susurró con voz quebrada, cargada de ternura—. Pero soy solo tuya. No te voy a dejar… Nunca.

Sentí cómo mi corazón se encogía con fuerza ante esa confesión. Mis ojos también se humedecieron mientras mi mano se extendía para acariciar su rostro, secando con delicadeza aquella lágrima tímida.

—Lo sé, Angie —le respondí suavemente—. Me lo demuestras día a día, en cada gesto, en cada mirada. Perdona mis dudas… es solo que a veces siento que tanta felicidad puede escaparse de mis manos en cualquier momento.

Ella levantó un dedo suavemente hacia mis labios, callándome con dulzura.

—No digas eso, Primix. No lo pienses siquiera. Yo voy a estar contigo siempre. Siempre…

Volvió a recostar su cabeza sobre mi pecho, como buscando refugio. El silencio volvió a hacerse presente, pero esta vez más ligero, más cálido. Después de un par de minutos, como intentando romper esa tensión tan emocional que se había formado, Angie volvió a hablar con un tono mucho más juguetón:

—Oye… y ahora somos compadritos de verdad, ¿no? ¿O somos doble compadre?

No entendí de inmediato la broma. La miré extrañado y pregunté con sinceridad:

—¿Cómo es eso?

Ella levantó la cabeza para mirarme, sonriendo con picardía, sus ojos brillando con humor.

—Ay, tontito… ¿Ya te olvidaste de lo que decías?

Fruncí el ceño, tratando de recordar, mientras ella soltaba una carcajada suave, tapándose la boca divertida.

—¡Claro pues! ¿No decías siempre que éramos compadres porque tú me habías bautizado el chico?

Abrí los ojos sorprendido, y luego me eché a reír.

—¡No puedo creer que todavía te acuerdes de esa tontería, Angie!

Ella se reía también, acariciando mi pecho con suavidad.

—¿Cómo no me voy a acordar? Fue tan ridículo y gracioso que cada vez que lo recuerdo me vuelvo a reír sola. —Se apretó más fuerte contra mí, ya con tono serio y más emocional—. Pero ahora, Primix, sí somos compadres de verdad. Y no sabes lo feliz que me hace verte con mi hija… Nuestra niña.

Suspiré profundamente mientras acariciaba su espalda con lentitud.

—Sabes que la adoro, Angie. Para mí es un regalo. Es como si la vida hubiese querido compensarme con ella por la hija que perdí. La amo profundamente, aunque no sea de mi sangre.

Angie se incorporó un poco, conmovida profundamente, y susurró con voz dulce y vulnerable:

—Yo en algún momento tuve miedo, ¿sabes? Pensé que quizá no podrías aceptarla del todo porque no es tuya…

La miré directo a los ojos, tomando su rostro entre mis manos con toda la ternura del mundo.

—Esas son tonterías, Angie. Esa niña es tu hija. Y la amo como si fuera mía. Te lo dije una vez y te lo repito ahora: siento que el universo me devolvió a mi pequeña a través de la tuya. Para mí, no hay diferencia.

Vi cómo nuevas lágrimas se formaban en sus ojos mientras me miraba, radiante y profundamente emocionada.

—Primix, si quedaba algo para conquistarme… si quedaba un puntito que no habías alcanzado todavía, era ese: verte con mi hija. La ternura con que la tratas, el amor con que la miras… Me enamoras, Primix. Me haces amarte cada día más.

La emoción que sentí fue tan grande que no encontré palabras adecuadas. Solamente volví a abrazarla con fuerza, besándole la frente, respirando profundamente su olor, su calor. Ella me devolvió el abrazo con la misma intensidad.

—Primix, no puedo ser más feliz —susurró sobre mi pecho, cerrando los ojos lentamente—. Solo contigo puedo sentirme así de completa, así de feliz.

Nos buscamos nuevamente con las miradas y lentamente nos acercamos hasta que nuestras bocas se unieron en un beso profundo, suave, eterno. Un beso que sellaba todas nuestras promesas, todas nuestras dudas y todas nuestras esperanzas.

Ese beso duró mucho. Ese beso dijo todo lo que no podíamos expresar con palabras. Ese beso fue nuestra verdad más íntima y absoluta.

Y así, fundidos en ese momento perfecto, supimos ambos que lo nuestro no era un simple reencuentro. Era algo mucho más fuerte, más profundo. Era el amor de nuestras vidas que había resistido el tiempo, las distancias y los dolores.

La habitación todavía estaba impregnada de nuestro sudor, de ese olor inconfundible a deseo satisfecho. Nos habíamos entregado intensamente, y en la última ronda Angie se había dejado llevar conmigo en una forma que pocas veces habíamos repetido. Permanecimos recostados un buen rato, en silencio, respirando el mismo aire, como si no quisiéramos que el momento se terminara jamás.

Cuando por fin llegó la hora de alistarnos para salir, Angie se incorporó en la cama. Apenas lo hizo, dejó escapar un pequeño gemido.

—Primo… creo que no estaba acostumbrada a esta —dijo con media sonrisa, mientras se llevaba la mano a la cadera.

La miré y sonreí con ternura.

—Sí, Angie. Te sentí casi como la primera vez.

Ella bajó un poco la mirada y confesó:

—Te dije que no lo había hecho con nadie más que contigo… y ahora lo confirmo. —Se levantó, y aunque había un gesto de dolor en su movimiento, no era insoportable. Más bien parecía un fastidio leve que la hacía reírse de sí misma—. Además, creo que no había crecido.

—¿De veras? —le respondí, fingiendo sorpresa.

—Sí, tuve la misma sensación —dijo con un guiño.

Los dos soltamos una carcajada. Ese humor que nos salvaba siempre.

Fuimos a la ducha juntos, como tantas otras veces. Bajo el agua, todo era más ligero. Nos acariciamos con paciencia, con ternura. Nos enjabonamos mutuamente como si estuviéramos celebrando todavía lo que habíamos hecho. Entre risas y besos, Angie se dejó engreír y también me engrió, enredando sus brazos en mi cuello, buscando mis labios a cada momento.

Salimos sin apuro, secándonos con calma, mirándonos como si fuéramos amantes recién descubiertos, aunque ya sabíamos de memoria cada rincón del cuerpo del otro. Nos vestimos despacio, entre caricias y miradas largas que decían mucho más de lo que las palabras podían. En ese instante, yo sentía que éramos, sin exagerar, la pareja perfecta: enamorados, cómplices, sin barreras.

Antes de abrir la puerta, Angie me detuvo. Se colgó de mi cuello, me besó profundo, largo, con esa urgencia que siempre terminaba por quebrar mi voluntad.

—Te amo con locura, primo —me susurró, con una intensidad que me heló la piel y me encendió el corazón al mismo tiempo—. De verdad, te amo con locura.

La miré directo a los ojos, con la certeza de que lo que sentía no necesitaba adornos.

—Yo también, Angie. Estoy locamente enamorado de ti. Creo que este reencuentro nuestro era inevitable.

Quise seguir, confesarle todo lo que bullía dentro de mí, pero ella no me dejó. Puso su dedo sobre mis labios, y sin darme tiempo a decir nada más, me besó con esa mezcla de ternura y fuego que era suya. Y en ese beso, sin palabras, lo dije todo.



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