Cincuenta y Cinco – SOMOS COMPADRES, SEAMOSLO SIEMPRE
Era un sábado en su departamento. La mañana avanzaba lentamente, como si el tiempo nos hiciera un favor. Estábamos en su cama, en su departamento, solos. Los bebés, con mi madre. En teoría, yo estaba en el gimnasio y después haciendo unas compras que ya había comprado el día anterior para justificar mi ausencia. Angie también había dicho que se iba a hacer compras para su casa. Todo estaba calculado, todo encajaba, como si el universo conspirara, por fin, para darnos esas horas.
Ya nos habíamos amado dos veces. Dos veces intensas, devorándonos con el hambre del reencuentro, de la memoria, de los cuerpos que nunca se olvidaron. En la segunda vez, nuestros gemidos fueron inevitables. A esas alturas, poco importaba si algún vecino los oía. Éramos ella y yo. De nuevo. Piel con piel, alma con alma.
Estábamos enredados en la cama, sudorosos, tibios aún del esfuerzo, conversando de cosas cotidianas, sonriendo, acariciándonos con la calma de quienes ya no necesitan apurarse por nada. Ella apoyaba la cabeza en mi pecho, y yo pasaba la mano por su espalda desnuda, lenta, como repasando un mapa que conocía de memoria.
Entonces me vino ese impulso que me da a veces, esa necesidad de verbalizar lo que siento. La miré. “Angie... ¿sabes que cada vez te amo más?”
Ella no se movió de inmediato, pero su cuerpo se tensó con dulzura, como si mis palabras le hubieran entrado por la piel. “Yo también, Primix”, me respondió.
“No, no lo digo como una frase hecha... No es un cliché. Lo siento real, profundo. No sé si es porque somos más maduros, o porque esta vez ha sido más consciente, pero siento que te amo más que nunca.”
Entonces se incorporó un poco y me miró a los ojos. Nos conocíamos tanto, sabíamos leer las miradas, los silencios. “¿Qué me quieres decir, Primix?”, preguntó.
Respiré hondo. “A veces me da miedo que me vuelvas a dejar.” Le dije.
Ella me abrazó con fuerza, como si esa sola acción pudiera borrar ese miedo. “No, Primix. Te juro que no. No tengas ese temor. Sí, yo te dejé, es cierto. Pensé en mi futuro, en mi maestría, en construir algo por mí misma... pero ya no. Ahora ya tengo lo que quiero y me di cuenta de que lo que más quiero, eres tú.”
Se sentó en la cama, cruzó las piernas bajo la sábana. Su desnudez seguía siendo una obra de arte viva. Me era imposible no mirarla. “Mírame a los ojos”, me pidió. “Contigo soy feliz. Tengo a mi hija, tengo mi carrera, tengo independencia. ¿Qué necesidad tendría de irme otra vez? ¿Para qué buscar a alguien más si te tengo a ti? Ya te perdí una vez... ¿crees que quiero repetirlo?”
Yo asentía en silencio. Me sentía profundamente conmovido.
“Soy feliz contigo, aunque no te tenga todo el tiempo. Aunque tenga que compartirte...”
Esa palabra —compartirte— cayó como una piedra dulce. Me sacudió. “No quiero pensar que eres mi amante, Angie. No me gusta esa palabra. Es como si redujera todo esto a sexo furtivo. Y no es eso. Eres mi sobrina, mi mejor amiga, la mujer que me entiende, mi compañera de vida. Eres la mujer a la que le puedo contar todo, con quien puedo hacer el amor sin medida. Eso eres.”
Ella bajó la mirada, luego la volvió a subir con una ternura inmensa. “Entonces no soy tu amante. Soy tu mujer. Y no pienso dejarte. Ese es el precio que pago, ¿sabes? Haberme ido, haber creído que podía rehacer mi vida sin ti... Ese fue mi error. Pero ya no. Me basta con estar contigo. Aunque no sea todo el tiempo. Aunque tenga que ocultarlo.”
“Ese precio te hizo quién eres ahora, Angie. Y me alegra que así haya sido. Porque ahora tienes a tu hija.”
“¿Quién te dice?”, bromeó, levantando una ceja. “A lo mejor me hacía la loca y me embarazaba de ti antes...”
“¡Tu sí que eres loca!” —me reí, y ella se acurrucó contra mí como si todo lo anterior hubiese sido solo un preludio para ese momento.
“Quiero vivir así”, me dijo al oído. “Siempre contigo. Aunque sea en fragmentos.”
La besé despacio, con un beso lleno de agradecimiento, de amor, de deseo contenido y liberado a la vez. Mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo otra vez, esta vez con calma, como si estuviéramos haciendo el amor con el alma antes que con el cuerpo. La besé por todo su cuerpo, quedándome largo rato en sus pechos y luego en su vagina, cuando sus gemidos de placer eran más intensos, la penetré piernas al hombro. Menos de un minuto después ella estallaba en un largo gemido que delataba su orgasmo. Yo demoré algunos minutos más, quizá 7 u 8 dándole duro, ella entre gemidos decía mi nombre o “Te amo” cuando aumente el ritmo porque sentía que mi semen estaba a punto de explotar dentro de ella, Angie apretó su vagina, haciéndome llegar con la intensidad de un volcán en erupción. Me rodeó con sus piernas y nos dimos un beso largo, solo con los labios, mientras yo sentía como mi pene me mantenía erguido dentro de ella.
Nos besamos, nos acariciamos, y sin necesidad de hablar, volvimos a caer sobre las sábanas. Esta vez no fue un arranque de deseo, sino una afirmación de nuestro amor. Un pacto sellado entre jadeos y miradas.
Y cuando, después de una larga entrega, nos quedamos abrazados, aún desnudos, con la respiración calmándose lentamente, yo fui quien rompió el silencio.
—Recuérdame comprar un lubricante... Quiero volver a entrar en tu puerta trasera.
Ella se quedó quieta un segundo. Luego me miró. Esa mirada que me derretía. Esa mezcla de ternura y picardía que solo ella tenía. Se sentó sobre mi pubis, mi pene que ya no estaba erecto se acomodó entre sus labios vaginales. Se sonrió, con esa risa traviesa que me encantaba, y me dijo:
—Espérame un ratito, Primix.
Se incorporó desnuda, caminó descalza hasta la cómoda. Movió unas prendas con cuidado, con ese ritmo de quien sabe lo que está buscando. Y entonces lo sacó. Un tubo de lubricante. Lo levantó como si fuera un trofeo, me miró por encima del hombro y dijo:
—Sabía que me lo ibas a pedir en algún momento.
Yo me reí, encantado, con el corazón latiéndome fuerte.
—Tú estás en todas, ¿no?
—En todititas, Primix —me dijo, volviendo a la cama. Se echo a mi lado y dejó el tubo sobre la mesa de noche, como una promesa de lo que sucedería minutos después.
Estuvimos conversando de cómo sus amigas estaban vendiendo sus cosas en Madrid, el piso lo estaba alquilando y eso la tenía más tranquila.
La conversación se alternaba con besos y caricias, yo pasaba la mano suavemente por sus pechos y ella me acariciaba el abdomen y por momentos su mano llegaba hasta mi pene, lo que nos iba calentando de a pocos.
Como quien no quiere la cosa Angie se subió despacio sobre mí y nos besamos. Esta vez con más calma, con más conciencia, con una entrega suave pero profunda. Ella se montó sobre mí, me besó el pecho, el cuello, bajó por mi abdomen mientras con su otra mano aplicaba el lubricante en sí misma. Todo en silencio. Solo nuestras respiraciones, nuestros ojos conectados. Se volteó, apoyó sus brazos sobre las almohadas, me ofreció su espalda, su cuerpo. Me ofreció eso que sabía que era sagrado entre nosotros.
Cuando me acerqué, la penetré con cuidado. Entre suave, me pareció que su culito apretaba más que antes. Fui muy paciente para que ella lo disfrute tanto como yo. Sentí su cuerpo recibirme con amor, con confianza. Entraba lento, mientras le besaba el cuello y sus mejillas, ella solo gemía suavemente. Finalmente, mi pubis chocó con sus nalgas, sentí que estaba al fondo de su ano, todo mi miembro hundido en su trasero. Me quedé quieto. Estábamos profundamente unidos, y comencé a moverme con delicadeza, con reverencia, escuché su voz quebrada:
—Recuerda... Nadie más ha entrado aquí, Primix. Solo tú. Nadie más. Para mí, esto es lo más íntimo... lo más de mí... y solo te lo quiero dar a ti.
Me detuve un segundo. Coloqué mis manos en su cintura, la acaricié. Besé su espalda.
—Me encanta que seas asi, Angie. Gracias, por tanto.
Seguimos así, unidos, moviéndonos al mismo ritmo, con pausas para besos, para caricias, para susurros de amor. Su culito seguía apretando más que antes, era claro que nadie había entrado desde hace tiempo, o sea ese culito era solo mío, eso me calentó más, sentí que mi pene estaba más grueso que de costumbre, quizá por la excitación o quizá solo era una sensación por estar en un espacio tan apretado. Era difícil retrasar el orgasmo con esa sensación. Ella llegó primero, con un gemido contenido, tenso, profundo. Yo la abracé por detrás, aceleré apenas y finalmente sentí cómo el placer me sobrepasaba y la llenaba por dentro, mientras un grito breve se me escapaba también. Caí sobre su espalda, la abracé fuerte.
No quise salirme, era una sensación deliciosa quedarme dentro de ella después del orgasmo. Ya había olvidado esa sensación de conexión, de amor, cuando la pasión estaba satisfecha, surgía el sentimiento de estar dentro de la mujer que amaba y que me entregaba todo, era algo que podía ser más sublime que el mismo sexo.
Después de aquella entrega profunda y delicada, estábamos abrazados en silencio, con nuestros cuerpos todavía estremeciéndose suavemente por la intensidad de lo vivido. Angie estaba acurrucada en mi pecho, sentía su respiración cálida y tranquila rozando mi piel. La habitación parecía haber quedado suspendida en el tiempo.
Fue ella quien rompió ese silencio, levantando apenas la cabeza para mirarme con ojos brillantes, una lágrima dibujando lentamente un camino sobre su mejilla.
—Primix… yo no sé cómo demostrártelo más… —susurró con voz quebrada, cargada de ternura—. Pero soy solo tuya. No te voy a dejar… Nunca.
Sentí cómo mi corazón se encogía con fuerza ante esa confesión. Mis ojos también se humedecieron mientras mi mano se extendía para acariciar su rostro, secando con delicadeza aquella lágrima tímida.
—Lo sé, Angie —le respondí suavemente—. Me lo demuestras día a día, en cada gesto, en cada mirada. Perdona mis dudas… es solo que a veces siento que tanta felicidad puede escaparse de mis manos en cualquier momento.
Ella levantó un dedo suavemente hacia mis labios, callándome con dulzura.
—No digas eso, Primix. No lo pienses siquiera. Yo voy a estar contigo siempre. Siempre…
Volvió a recostar su cabeza sobre mi pecho, como buscando refugio. El silencio volvió a hacerse presente, pero esta vez más ligero, más cálido. Después de un par de minutos, como intentando romper esa tensión tan emocional que se había formado, Angie volvió a hablar con un tono mucho más juguetón:
—Oye… y ahora somos compadritos de verdad, ¿no? ¿O somos doble compadre?
No entendí de inmediato la broma. La miré extrañado y pregunté con sinceridad:
—¿Cómo es eso?
Ella levantó la cabeza para mirarme, sonriendo con picardía, sus ojos brillando con humor.
—Ay, tontito… ¿Ya te olvidaste de lo que decías?
Fruncí el ceño, tratando de recordar, mientras ella soltaba una carcajada suave, tapándose la boca divertida.
—¡Claro pues! ¿No decías siempre que éramos compadres porque tú me habías bautizado el chico?
Abrí los ojos sorprendido, y luego me eché a reír.
—¡No puedo creer que todavía te acuerdes de esa tontería, Angie!
Ella se reía también, acariciando mi pecho con suavidad.
—¿Cómo no me voy a acordar? Fue tan ridículo y gracioso que cada vez que lo recuerdo me vuelvo a reír sola. —Se apretó más fuerte contra mí, ya con tono serio y más emocional—. Pero ahora, Primix, sí somos compadres de verdad. Y no sabes lo feliz que me hace verte con mi hija… Nuestra niña.
Suspiré profundamente mientras acariciaba su espalda con lentitud.
—Sabes que la adoro, Angie. Para mí es un regalo. Es como si la vida hubiese querido compensarme con ella por la hija que perdí. La amo profundamente, aunque no sea de mi sangre.
Angie se incorporó un poco, conmovida profundamente, y susurró con voz dulce y vulnerable:
—Yo en algún momento tuve miedo, ¿sabes? Pensé que quizá no podrías aceptarla del todo porque no es tuya…
La miré directo a los ojos, tomando su rostro entre mis manos con toda la ternura del mundo.
—Esas son tonterías, Angie. Esa niña es tu hija. Y la amo como si fuera mía. Te lo dije una vez y te lo repito ahora: siento que el universo me devolvió a mi pequeña a través de la tuya. Para mí, no hay diferencia.
Vi cómo nuevas lágrimas se formaban en sus ojos mientras me miraba, radiante y profundamente emocionada.
—Primix, si quedaba algo para conquistarme… si quedaba un puntito que no habías alcanzado todavía, era ese: verte con mi hija. La ternura con que la tratas, el amor con que la miras… Me enamoras, Primix. Me haces amarte cada día más.
La emoción que sentí fue tan grande que no encontré palabras adecuadas. Solamente volví a abrazarla con fuerza, besándole la frente, respirando profundamente su olor, su calor. Ella me devolvió el abrazo con la misma intensidad.
—Primix, no puedo ser más feliz —susurró sobre mi pecho, cerrando los ojos lentamente—. Solo contigo puedo sentirme así de completa, así de feliz.
Nos buscamos nuevamente con las miradas y lentamente nos acercamos hasta que nuestras bocas se unieron en un beso profundo, suave, eterno. Un beso que sellaba todas nuestras promesas, todas nuestras dudas y todas nuestras esperanzas.
Ese beso duró mucho. Ese beso dijo todo lo que no podíamos expresar con palabras. Ese beso fue nuestra verdad más íntima y absoluta.
Y así, fundidos en ese momento perfecto, supimos ambos que lo nuestro no era un simple reencuentro. Era algo mucho más fuerte, más profundo. Era el amor de nuestras vidas que había resistido el tiempo, las distancias y los dolores.
La habitación todavía estaba impregnada de nuestro sudor, de ese olor inconfundible a deseo satisfecho. Nos habíamos entregado intensamente, y en la última ronda Angie se había dejado llevar conmigo en una forma que pocas veces habíamos repetido. Permanecimos recostados un buen rato, en silencio, respirando el mismo aire, como si no quisiéramos que el momento se terminara jamás.
Cuando por fin llegó la hora de alistarnos para salir, Angie se incorporó en la cama. Apenas lo hizo, dejó escapar un pequeño gemido.
—Primo… creo que no estaba acostumbrada a esta —dijo con media sonrisa, mientras se llevaba la mano a la cadera.
La miré y sonreí con ternura.
—Sí, Angie. Te sentí casi como la primera vez.
Ella bajó un poco la mirada y confesó:
—Te dije que no lo había hecho con nadie más que contigo… y ahora lo confirmo. —Se levantó, y aunque había un gesto de dolor en su movimiento, no era insoportable. Más bien parecía un fastidio leve que la hacía reírse de sí misma—. Además, creo que no había crecido.
—¿De veras? —le respondí, fingiendo sorpresa.
—Sí, tuve la misma sensación —dijo con un guiño.
Los dos soltamos una carcajada. Ese humor que nos salvaba siempre.
Fuimos a la ducha juntos, como tantas otras veces. Bajo el agua, todo era más ligero. Nos acariciamos con paciencia, con ternura. Nos enjabonamos mutuamente como si estuviéramos celebrando todavía lo que habíamos hecho. Entre risas y besos, Angie se dejó engreír y también me engrió, enredando sus brazos en mi cuello, buscando mis labios a cada momento.
Salimos sin apuro, secándonos con calma, mirándonos como si fuéramos amantes recién descubiertos, aunque ya sabíamos de memoria cada rincón del cuerpo del otro. Nos vestimos despacio, entre caricias y miradas largas que decían mucho más de lo que las palabras podían. En ese instante, yo sentía que éramos, sin exagerar, la pareja perfecta: enamorados, cómplices, sin barreras.
Antes de abrir la puerta, Angie me detuvo. Se colgó de mi cuello, me besó profundo, largo, con esa urgencia que siempre terminaba por quebrar mi voluntad.
—Te amo con locura, primo —me susurró, con una intensidad que me heló la piel y me encendió el corazón al mismo tiempo—. De verdad, te amo con locura.
La miré directo a los ojos, con la certeza de que lo que sentía no necesitaba adornos.
—Yo también, Angie. Estoy locamente enamorado de ti. Creo que este reencuentro nuestro era inevitable.
Quise seguir, confesarle todo lo que bullía dentro de mí, pero ella no me dejó. Puso su dedo sobre mis labios, y sin darme tiempo a decir nada más, me besó con esa mezcla de ternura y fuego que era suya. Y en ese beso, sin palabras, lo dije todo.
-