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21 Years of Service
El sábado amaneció con un sol tímido filtrándose por las ventanas de madera de la cabaña. La chimenea ya apagada, las botellas vacías junto a las mantas revueltas en el suelo, y el aire impregnado de ese aroma de madera, humo y piel.
Yo me desperté primero. Angie seguía dormida, hecha un ovillo entre las frazadas, la boca ligeramente entreabierta, los párpados pesados, el cabello revuelto y la respiración profunda. Parecía una niña después de un largo juego… o una fiera después de una batalla.
Cuando por fin se movió, soltó un gemido largo, arrugó la cara y se tapó los ojos con el antebrazo.
—Ay… me duele todo —dijo con la voz ronca.
—¿Todo? —pregunté sonriendo, apoyado sobre un codo, mirándola.
—La cabeza… el trasero… las piernas… hasta los brazos. ¿Qué hemos hecho?
—¿No te acuerdas?
—Casi nada —respondió, sin abrir los ojos.
Me reí en voz baja y comencé a contarle: que casi se tomó dos botellas de vino ella sola, que bailó descalza fuera de la cabaña con una chalina como si fuera un velo, que tuve que traerla de vuelta mientras ella se reía a gritos, que insistió en bailar Contigo de Sabina una y otra vez… y que hicimos el amor como nunca, apasionadamente, sin filtros.
—¿Tanto así? —dijo, al fin abriendo los ojos.
—Tuviste varios orgasmos con sexo anal, Angie. Me pediste que te hiciera de todo. Gritabas sin pudor. En un momento te olvidaste del lubricante. Fue hermoso.
Ella me miró, incrédula. Me incorporé un poco y saqué la cámara. Le mostré unas fotos que había tomado en medio del caos: una donde ella, medio desnuda, con el cabello alborotado, alzaba una copa de vino frente a la chimenea, riendo. Otra, recostada sobre la manta, con los ojos entrecerrados, en una pose que decía todo. Otra que le tomé mientras ella me cabalgaba y otra más cuando me la mamaba.
Le conté nuestro polvo en la cama, como había disfrutado con el vibrador en su vagina mientras le daba por el culo.
—¡Qué horror! —se tapó la cara con ambas manos, roja de vergüenza—. ¿Todo eso he hecho yo? ¿Esa soy yo?
—Sí, amor. Esa eres tú. Y yo… pienso lo mejor de ti. Pienso que eres libre, auténtica. Eso me enamora más.
Ella me miró, emocionada, con una sonrisa tímida y los ojos aguados.
—Gracias por cuidarme… y por no juzgarme.
—Gracias a ti por confiar tanto en mí.
La abracé con ternura, nos quedamos así un buen rato. No había apuro. No había reloj.
La mañana avanzó lenta. No salimos. Ella no podía caminar bien. Se quejaba entre risas de cada paso que daba.
—Eres un salvaje —me decía, entre risas y quejidos. Te voy a granputear cada que vaya al baño las próximas dos semanas…
—Fuiste tú quien me pidió que no tuviera piedad —le recordaba, divertido.
Bajamos a la sala con las mantas aún arrugadas. No hacía frío, así que no encendimos la chimenea. Calenté los restos de la carne en la sartén de la pequeña cocina. Comimos ahí mismo, en el sofá, compartiendo un mate tibio, envueltos en las frazadas como si aún estuviéramos al pie del fuego.
Angie se recostó sobre mí y leímos juntos. Ella tenía un libro que había traído, pero a ratos se dormía, a ratos se reía. Ya hacia el mediodía, cuando el dolor fue cediendo, quiso salir a caminar otra vez. Pero la salida no duró mucho. A mitad del camino, entre risas y gestos de molestia, dijo:
—Mi amor… creo que aún estoy demasiado destruida.
—Regresemos a la cabaña —le dije, abrazándola por la cintura.
Caminamos lento, bajo ese cielo limpio de la sierra, de regreso a nuestro refugio, sabiendo que lo mejor del día sería simplemente volver a estar en nuestra cabaña, solos, otra vez.
La tarde del sábado fue diferente. Después de la tormenta de la noche anterior, habíamos decidido tomarnos el día con calma. La caminata breve que dimos al mediodía nos sirvió para estirar un poco el cuerpo, pero el descanso era lo que más necesitábamos. Ya en la cabaña, la tarde comenzó a enfriar lentamente, así que me adelanté a encender la chimenea. Esa mezcla de leños crepitando, la luz cálida y las frazadas sobre el sillón creaban un ambiente perfecto, casi mágico.
Angie estaba recostada en mi regazo, en ese lugar que había hecho suyo. Su cuerpo tibio, apenas cubierto por una camiseta ligera y unos shorts suaves, se ajustaba perfectamente al mío. Sus piernas dobladas, su respiración lenta, y el vaivén de sus dedos sobre mi pecho me hacían sentir una plenitud difícil de describir.
Abrimos la última botella de vino. El ambiente no pedía otra cosa. No había necesidad de palabras, pero yo tenía algo dando vueltas en la cabeza desde la noche anterior. Había escuchado lo que me dijo, en ese estado entre risas, deseo y copas, y no podía dejarlo pasar como si hubiese sido un simple desvarío.
—Amor… —le dije mientras acariciaba su mejilla con el dorso de la mano— ¿te acuerdas lo que dijiste anoche? Eso de que querías vivir conmigo antes de cumplir treinta…
Ella levantó la mirada, como si hubiera recordado algo que prefería mantener guardado. Me observó en silencio unos segundos, luego bajó los ojos y asintió lentamente.
—Sí… sí me acuerdo.
—¿Era el vino o era de verdad?
—Era de verdad —respondió sin titubear, pero con un tono suave—. Más que un sueño, es un proyecto… solo que no sabía cómo decírtelo. Me salió así, entre copas, pero lo pienso. Lo siento. No quiero presionarte, pero sería lo mejor que me podría pasar en la vida.
Yo no decía nada, simplemente la escuchaba, con el corazón latiendo fuerte.
—Te imaginas, tú y yo, juntos —continuó—. Echándonos a la espalda todo lo que digan. No sé cómo lo haríamos… el gran problema es la familia. Tu mamá… mis padres… mis hermanos… tu hermana en Canadá. Ya los primos, que digan lo que quieran, pero los más cercanos... eso me asusta.
La abracé con fuerza, sin hablar aún. Solo después de unos segundos, con la voz más serena que pude reunir, le dije:
—Y también me dijiste que querías tener dos hijos conmigo…
Angie me miró de frente, sin sonreír, con esa expresión suya que mezclaba ternura y valentía. Se incorporó apenas, recostó la frente en mi pecho.
—Sí —susurró—. Sé que tú en su momento querías tener hijos… Y a veces pienso que, si alguien va a ser el padre de mis hijos, ese alguien deberías ser tú. ¿Te imaginas? Un pequeño tú, una pequeña yo… o dos como tú, o dos como yo… da igual, mientras sean nuestros.
Me acarició el pecho con su dedo, como si escribiera algo invisible en mi piel. Cerré los ojos por un momento, tragando saliva.
—Tendrían mis apellidos… —le dije, como buscando una excusa para no emocionarme demasiado—. Porque tu primer apellido es igual que mi segundo. Nuestros hijos se apellidarían exactamente igual que yo.
Ella se quedó en silencio, como imaginándolo.
—Sí… ¿no? Hasta eso me suena lindo.
—Amor, me gusta tu idea —le respondí—. Yo también lo he pensado alguna vez. No sé cómo lo haríamos, pero si lo logramos, sería lo más hermoso. Vamos a dejarlo como un plan. No una presión. No una promesa. Solo un plan. Paso a paso. Sin arriesgar lo que ya tenemos.
—Sí, mi amor. Vamos con calma —me dijo—. Mira cómo hemos llevado estos cinco años. Nadie sospecha. Nadie se ha enterado, salvo tu hermano, y por un descuido. Hemos aprendido a vivir esto. A ser felices en secreto… y aquí, en esta cabaña, somos una pareja normal. Aunque al volver todo cambie, tú y yo seguimos siendo nosotros.
La abracé con fuerza, con todo el cuerpo. Sentí su piel, su calor, su fe en nosotros. Minutos después, sentí cómo su respiración se hacía más profunda, más pausada. Se había dormido sobre mí, como una niña que acababa de confiar su último secreto. Yo cerré los ojos también. Y aunque no dormí, comencé a imaginar cómo sería esa vida futura. Si lo imposible se hacía posible. Si algún día, lo que hoy ocultábamos, podía brillar a la luz del día.
Aquella noche, el silencio de la cabaña era casi sagrado. Después de un día cargado de emociones, el cuerpo pedía descanso y ternura. Yo preparé un salteado de verduras sencillo, con lo poco que nos quedaba. Cenamos frente a la chimenea, en la misma alfombra donde horas antes habíamos vivido uno de los encuentros más intensos de nuestra historia. Nos quedamos ahí un par de horas más, abrazados, conversando de cosas sin importancia, en paz. Solo abrimos una lata de cerveza cada uno. Ya no queríamos más licor, solo seguir saboreando el calor del fuego, el murmullo del bosque, y la cercanía de nuestros cuerpos.
Subimos al cuarto. Angie caminaba con lentitud. La noté incómoda en cada escalón de la escalera de madera. No dije nada en ese momento, pero mis ojos seguían cada uno de sus movimientos. Cuando se sentó en la cama y luego se volvió a poner de pie casi de inmediato, soltó una exclamación breve pero sincera:
—¡Ay… me duele! ¿Qué me has hecho?
Me acerqué de inmediato, preocupado.
—Échate, amor… déjame revisarte.
Sin dudarlo, se echó boca abajo, con la confianza absoluta que solo se logra después de años de conocerse piel a piel. Le subí lentamente el polerón que usaba como pijama y vi, efectivamente, que la piel en la entrada de su ano estaba enrojecida, ligeramente inflamada, con algunas pequeñas grietas. Había sido una noche intensa… y su cuerpo lo acusaba.
Le tomé una foto con el celular y se la mostré. Se rió, a pesar del ardor evidente.
—¡Qué me has hecho! —dijo entre carcajadas.
—¿Qué nos hemos hecho? —respondí, con ternura—. Ese es el precio de la pasión… y del vino.
No teníamos cremas ni nada más que el lubricante que habíamos usado antes. Pensé que, tal vez, eso podría aliviar un poco. Tomé un poco entre mis dedos y con la mayor delicadeza posible, lo apliqué. Ella, aunque adolorida, se relajó. Cerró los ojos, confiada. Solo dejó escapar un pequeño “auch” al final, pero no se quejó.
Después se giró y me tomó de la mano. Nos besamos despacio, acariciándonos. Nos habíamos excitado otra vez, solo me saqué el pantalón, ella estaba con ese polo grande remangado sobre sus pechos, pero cuando me puse sobre ella, intentando continuar, al penetrarla, me susurró:
—Me duele, amor… pero sigue, sigue si quieres.
—No —le dije con firmeza, apartándome—. No se trata solo de mí. Si a ti te duele, no hay forma. No esta noche. No así.
Ella me miró, enternecida, con los ojos húmedos de cansancio y ternura.
—¿Por qué me cuidas tanto? ¿Por qué eres así conmigo?
Quise decirle tantas cosas. Que la amaba. Que la admiraba. Que cada centímetro de su cuerpo era un regalo, y no podía permitirme hacerle daño, ni siquiera por deseo. Pero no me salieron palabras. Solo la abracé y la atraje sobre mi pecho.
Nos quitamos la ropa por completo, como ya era nuestra costumbre, y nos envolvimos en las frazadas gruesas, acurrucados. Su cabeza sobre mi pecho, mi mano acariciando su espalda. Así, nos quedamos dormidos, entre el crujido suave de la chimenea y la certeza profunda de sabernos amados.
El Regreso
El domingo amaneció con esa luz suave que tienen los días en la sierra, cuando el sol entra sin apuro por entre los troncos de una cabaña y uno quisiera que el tiempo se quedara detenido. No habíamos puesto alarma. No hacía falta. Nos habíamos dormido temprano la noche anterior, exhaustos, pero en paz.
Angie fue la primera en abrir los ojos. Yo la miré desde mi lado de la cama. Tenía el cabello un poco revuelto, la cara descansada, los ojos algo hinchados del vino y del sueño profundo. Sonrió apenas me vio, como si cada mañana conmigo fuera un pequeño regalo. Se estiró un poco y murmuró:
—Ya se acabó, ¿no?
—Solo este viaje. Lo nuestro recién empieza —le respondí, acariciándole la mejilla.
Nos levantamos sin apuro. El pan serrano se había acabado, así que desayunamos con lo último que teníamos: café caliente y queso andino, que aún conservaba su sabor intenso. Nos sentamos un rato más en el sillón frente a la chimenea apagada. No hacía tanto frío, pero sí lo suficiente como para acurrucarnos bajo una manta ligera y contemplar el paisaje por la puerta entreabierta.
Ella todavía caminaba un poco raro, con ese andar entre gracioso y dolido que le quedaba después de jornadas tan intensas. Pero ya no se quejaba, solo sonreía y hacía bromas.
—No me puedo sentar bien ni en el auto —dijo riéndose.
Mientras ella descansaba en el sillón, yo me encargué de guardar todo, de cargar el Mazda con nuestras maletas, las botellas vacías, los restos del carbón, y por supuesto, la bolsita negra que habíamos traído con nuestros juguetes. No se quedaría atrás.
Antes de partir, nos tomamos varias fotos. Selfies con la cabaña de fondo, otras con ella semidesnuda, una que me tomó mientras me vestía —“para tu colección”, dijo—, y algunas más donde simplemente estábamos juntos, abrazados, sonriendo, sintiendo que ese viaje había sido más que una escapada: había sido un pacto silencioso de amor.
A eso de las once de la mañana, salimos. Yo me detuve un momento antes de cerrar la puerta y le dije:
—Prometamos volver.
—Sí, amor. Siempre —me dijo, cogiéndome la mano con fuerza.
El camino de regreso fue silencioso por ratos, con la música suave de fondo, mientras los paisajes iban deslizándose por las ventanas como una despedida lenta. Al pasar Santa Rosa de Quives, Angie rompió el silencio:
—Amor… ¿te acuerdas de que te hablé del programa de rotación en provincias en el trabajo?
—Sí, claro. ¿Vas a postular?
—No, aún no puedo. Pero mis papás no saben eso. ¿Qué te parecería si les digo que postulé y entré? Que desde enero tengo que viajar una semana al mes…
La miré de reojo, ya intuyendo lo que venía.
—¿Y esa semana…?
—La paso contigo, tontín. Me mudo una semana al mes contigo. Trabajo en mi tesis en el depa, me quedo a tu lado, sin tener que inventar salidas cada noche.
—Eres brillante —le dije riendo—. Eres la estratega oficial de esta historia.
Ella me besó la mejilla y volvió a su asiento, feliz. Había logrado abrir una nueva puerta para nosotros.
Llegamos a Lima pasadas las dos. El sol caía tibio sobre la ciudad. Fuimos directo al departamento. Apenas entramos, ambos sentimos ese pequeño alivio: estábamos en casa. O por lo menos, en nuestra casa por unas horas más.
Pedimos chifa por delivery. Comimos sin hablar mucho, intercambiando miradas, caricias, sonrisas. Luego nos metimos a la cama. No era una despedida brusca, pero sí tenía ese sabor de cierre, de “hasta pronto”. Aunque Angie ya estaba mucho mejor, aún caminaba con cierto fastidio.
Nos miramos, y sin palabras comenzamos a acariciarnos. No fue un encuentro salvaje. Fue un reencuentro suave, lento, lleno de ternura. Nuestros cuerpos se reconocían, pero no se apresuraban. Quería que ella se sintiera bien, que ese último encuentro fuera una caricia para el alma, no una exigencia para el cuerpo. Y así fue. La abracé desde atrás, acariciando lentamente su vientre mientras la penetraba con dulzura, besando su cuello, murmurándole lo feliz que me hacía.
—Gracias, amor —me dijo entre suspiros.
—Gracias a ti, por todo —le respondí.
Terminamos abrazados, con su cabeza sobre mi pecho. Una pequeña siesta de media hora nos envolvió sin darnos cuenta. El reloj fue quien nos sacó de ese rincón perfecto. Era hora de llevarla a la casa de mi madre.
Ella se vistió con esa mezcla de pereza y resignación. Yo la ayudé con el cierre de la mochila, le acomodé el cabello. Salimos al auto sin decir mucho. El regreso a la rutina no necesitaba explicaciones.
La dejé en el parque, a unos metros de la casa, como siempre. Se bajó con suavidad, caminando un poco más despacio de lo normal. Aún se notaba el fastidio en su cuerpo, esa ligera incomodidad que le recordaba todo lo vivido. La vi caminar con ese vaivén leve y encantador, mientras yo seguía con la mirada cada paso.
Habíamos vivido cinco años de amor secreto. Y cada uno de esos días, cada uno de esos viajes, eran la prueba de que lo imposible podía ser posible.
Yo me desperté primero. Angie seguía dormida, hecha un ovillo entre las frazadas, la boca ligeramente entreabierta, los párpados pesados, el cabello revuelto y la respiración profunda. Parecía una niña después de un largo juego… o una fiera después de una batalla.
Cuando por fin se movió, soltó un gemido largo, arrugó la cara y se tapó los ojos con el antebrazo.
—Ay… me duele todo —dijo con la voz ronca.
—¿Todo? —pregunté sonriendo, apoyado sobre un codo, mirándola.
—La cabeza… el trasero… las piernas… hasta los brazos. ¿Qué hemos hecho?
—¿No te acuerdas?
—Casi nada —respondió, sin abrir los ojos.
Me reí en voz baja y comencé a contarle: que casi se tomó dos botellas de vino ella sola, que bailó descalza fuera de la cabaña con una chalina como si fuera un velo, que tuve que traerla de vuelta mientras ella se reía a gritos, que insistió en bailar Contigo de Sabina una y otra vez… y que hicimos el amor como nunca, apasionadamente, sin filtros.
—¿Tanto así? —dijo, al fin abriendo los ojos.
—Tuviste varios orgasmos con sexo anal, Angie. Me pediste que te hiciera de todo. Gritabas sin pudor. En un momento te olvidaste del lubricante. Fue hermoso.
Ella me miró, incrédula. Me incorporé un poco y saqué la cámara. Le mostré unas fotos que había tomado en medio del caos: una donde ella, medio desnuda, con el cabello alborotado, alzaba una copa de vino frente a la chimenea, riendo. Otra, recostada sobre la manta, con los ojos entrecerrados, en una pose que decía todo. Otra que le tomé mientras ella me cabalgaba y otra más cuando me la mamaba.
Le conté nuestro polvo en la cama, como había disfrutado con el vibrador en su vagina mientras le daba por el culo.
—¡Qué horror! —se tapó la cara con ambas manos, roja de vergüenza—. ¿Todo eso he hecho yo? ¿Esa soy yo?
—Sí, amor. Esa eres tú. Y yo… pienso lo mejor de ti. Pienso que eres libre, auténtica. Eso me enamora más.
Ella me miró, emocionada, con una sonrisa tímida y los ojos aguados.
—Gracias por cuidarme… y por no juzgarme.
—Gracias a ti por confiar tanto en mí.
La abracé con ternura, nos quedamos así un buen rato. No había apuro. No había reloj.
La mañana avanzó lenta. No salimos. Ella no podía caminar bien. Se quejaba entre risas de cada paso que daba.
—Eres un salvaje —me decía, entre risas y quejidos. Te voy a granputear cada que vaya al baño las próximas dos semanas…
—Fuiste tú quien me pidió que no tuviera piedad —le recordaba, divertido.
Bajamos a la sala con las mantas aún arrugadas. No hacía frío, así que no encendimos la chimenea. Calenté los restos de la carne en la sartén de la pequeña cocina. Comimos ahí mismo, en el sofá, compartiendo un mate tibio, envueltos en las frazadas como si aún estuviéramos al pie del fuego.
Angie se recostó sobre mí y leímos juntos. Ella tenía un libro que había traído, pero a ratos se dormía, a ratos se reía. Ya hacia el mediodía, cuando el dolor fue cediendo, quiso salir a caminar otra vez. Pero la salida no duró mucho. A mitad del camino, entre risas y gestos de molestia, dijo:
—Mi amor… creo que aún estoy demasiado destruida.
—Regresemos a la cabaña —le dije, abrazándola por la cintura.
Caminamos lento, bajo ese cielo limpio de la sierra, de regreso a nuestro refugio, sabiendo que lo mejor del día sería simplemente volver a estar en nuestra cabaña, solos, otra vez.
La tarde del sábado fue diferente. Después de la tormenta de la noche anterior, habíamos decidido tomarnos el día con calma. La caminata breve que dimos al mediodía nos sirvió para estirar un poco el cuerpo, pero el descanso era lo que más necesitábamos. Ya en la cabaña, la tarde comenzó a enfriar lentamente, así que me adelanté a encender la chimenea. Esa mezcla de leños crepitando, la luz cálida y las frazadas sobre el sillón creaban un ambiente perfecto, casi mágico.
Angie estaba recostada en mi regazo, en ese lugar que había hecho suyo. Su cuerpo tibio, apenas cubierto por una camiseta ligera y unos shorts suaves, se ajustaba perfectamente al mío. Sus piernas dobladas, su respiración lenta, y el vaivén de sus dedos sobre mi pecho me hacían sentir una plenitud difícil de describir.
Abrimos la última botella de vino. El ambiente no pedía otra cosa. No había necesidad de palabras, pero yo tenía algo dando vueltas en la cabeza desde la noche anterior. Había escuchado lo que me dijo, en ese estado entre risas, deseo y copas, y no podía dejarlo pasar como si hubiese sido un simple desvarío.
—Amor… —le dije mientras acariciaba su mejilla con el dorso de la mano— ¿te acuerdas lo que dijiste anoche? Eso de que querías vivir conmigo antes de cumplir treinta…
Ella levantó la mirada, como si hubiera recordado algo que prefería mantener guardado. Me observó en silencio unos segundos, luego bajó los ojos y asintió lentamente.
—Sí… sí me acuerdo.
—¿Era el vino o era de verdad?
—Era de verdad —respondió sin titubear, pero con un tono suave—. Más que un sueño, es un proyecto… solo que no sabía cómo decírtelo. Me salió así, entre copas, pero lo pienso. Lo siento. No quiero presionarte, pero sería lo mejor que me podría pasar en la vida.
Yo no decía nada, simplemente la escuchaba, con el corazón latiendo fuerte.
—Te imaginas, tú y yo, juntos —continuó—. Echándonos a la espalda todo lo que digan. No sé cómo lo haríamos… el gran problema es la familia. Tu mamá… mis padres… mis hermanos… tu hermana en Canadá. Ya los primos, que digan lo que quieran, pero los más cercanos... eso me asusta.
La abracé con fuerza, sin hablar aún. Solo después de unos segundos, con la voz más serena que pude reunir, le dije:
—Y también me dijiste que querías tener dos hijos conmigo…
Angie me miró de frente, sin sonreír, con esa expresión suya que mezclaba ternura y valentía. Se incorporó apenas, recostó la frente en mi pecho.
—Sí —susurró—. Sé que tú en su momento querías tener hijos… Y a veces pienso que, si alguien va a ser el padre de mis hijos, ese alguien deberías ser tú. ¿Te imaginas? Un pequeño tú, una pequeña yo… o dos como tú, o dos como yo… da igual, mientras sean nuestros.
Me acarició el pecho con su dedo, como si escribiera algo invisible en mi piel. Cerré los ojos por un momento, tragando saliva.
—Tendrían mis apellidos… —le dije, como buscando una excusa para no emocionarme demasiado—. Porque tu primer apellido es igual que mi segundo. Nuestros hijos se apellidarían exactamente igual que yo.
Ella se quedó en silencio, como imaginándolo.
—Sí… ¿no? Hasta eso me suena lindo.
—Amor, me gusta tu idea —le respondí—. Yo también lo he pensado alguna vez. No sé cómo lo haríamos, pero si lo logramos, sería lo más hermoso. Vamos a dejarlo como un plan. No una presión. No una promesa. Solo un plan. Paso a paso. Sin arriesgar lo que ya tenemos.
—Sí, mi amor. Vamos con calma —me dijo—. Mira cómo hemos llevado estos cinco años. Nadie sospecha. Nadie se ha enterado, salvo tu hermano, y por un descuido. Hemos aprendido a vivir esto. A ser felices en secreto… y aquí, en esta cabaña, somos una pareja normal. Aunque al volver todo cambie, tú y yo seguimos siendo nosotros.
La abracé con fuerza, con todo el cuerpo. Sentí su piel, su calor, su fe en nosotros. Minutos después, sentí cómo su respiración se hacía más profunda, más pausada. Se había dormido sobre mí, como una niña que acababa de confiar su último secreto. Yo cerré los ojos también. Y aunque no dormí, comencé a imaginar cómo sería esa vida futura. Si lo imposible se hacía posible. Si algún día, lo que hoy ocultábamos, podía brillar a la luz del día.
Aquella noche, el silencio de la cabaña era casi sagrado. Después de un día cargado de emociones, el cuerpo pedía descanso y ternura. Yo preparé un salteado de verduras sencillo, con lo poco que nos quedaba. Cenamos frente a la chimenea, en la misma alfombra donde horas antes habíamos vivido uno de los encuentros más intensos de nuestra historia. Nos quedamos ahí un par de horas más, abrazados, conversando de cosas sin importancia, en paz. Solo abrimos una lata de cerveza cada uno. Ya no queríamos más licor, solo seguir saboreando el calor del fuego, el murmullo del bosque, y la cercanía de nuestros cuerpos.
Subimos al cuarto. Angie caminaba con lentitud. La noté incómoda en cada escalón de la escalera de madera. No dije nada en ese momento, pero mis ojos seguían cada uno de sus movimientos. Cuando se sentó en la cama y luego se volvió a poner de pie casi de inmediato, soltó una exclamación breve pero sincera:
—¡Ay… me duele! ¿Qué me has hecho?
Me acerqué de inmediato, preocupado.
—Échate, amor… déjame revisarte.
Sin dudarlo, se echó boca abajo, con la confianza absoluta que solo se logra después de años de conocerse piel a piel. Le subí lentamente el polerón que usaba como pijama y vi, efectivamente, que la piel en la entrada de su ano estaba enrojecida, ligeramente inflamada, con algunas pequeñas grietas. Había sido una noche intensa… y su cuerpo lo acusaba.
Le tomé una foto con el celular y se la mostré. Se rió, a pesar del ardor evidente.
—¡Qué me has hecho! —dijo entre carcajadas.
—¿Qué nos hemos hecho? —respondí, con ternura—. Ese es el precio de la pasión… y del vino.
No teníamos cremas ni nada más que el lubricante que habíamos usado antes. Pensé que, tal vez, eso podría aliviar un poco. Tomé un poco entre mis dedos y con la mayor delicadeza posible, lo apliqué. Ella, aunque adolorida, se relajó. Cerró los ojos, confiada. Solo dejó escapar un pequeño “auch” al final, pero no se quejó.
Después se giró y me tomó de la mano. Nos besamos despacio, acariciándonos. Nos habíamos excitado otra vez, solo me saqué el pantalón, ella estaba con ese polo grande remangado sobre sus pechos, pero cuando me puse sobre ella, intentando continuar, al penetrarla, me susurró:
—Me duele, amor… pero sigue, sigue si quieres.
—No —le dije con firmeza, apartándome—. No se trata solo de mí. Si a ti te duele, no hay forma. No esta noche. No así.
Ella me miró, enternecida, con los ojos húmedos de cansancio y ternura.
—¿Por qué me cuidas tanto? ¿Por qué eres así conmigo?
Quise decirle tantas cosas. Que la amaba. Que la admiraba. Que cada centímetro de su cuerpo era un regalo, y no podía permitirme hacerle daño, ni siquiera por deseo. Pero no me salieron palabras. Solo la abracé y la atraje sobre mi pecho.
Nos quitamos la ropa por completo, como ya era nuestra costumbre, y nos envolvimos en las frazadas gruesas, acurrucados. Su cabeza sobre mi pecho, mi mano acariciando su espalda. Así, nos quedamos dormidos, entre el crujido suave de la chimenea y la certeza profunda de sabernos amados.
El Regreso
El domingo amaneció con esa luz suave que tienen los días en la sierra, cuando el sol entra sin apuro por entre los troncos de una cabaña y uno quisiera que el tiempo se quedara detenido. No habíamos puesto alarma. No hacía falta. Nos habíamos dormido temprano la noche anterior, exhaustos, pero en paz.
Angie fue la primera en abrir los ojos. Yo la miré desde mi lado de la cama. Tenía el cabello un poco revuelto, la cara descansada, los ojos algo hinchados del vino y del sueño profundo. Sonrió apenas me vio, como si cada mañana conmigo fuera un pequeño regalo. Se estiró un poco y murmuró:
—Ya se acabó, ¿no?
—Solo este viaje. Lo nuestro recién empieza —le respondí, acariciándole la mejilla.
Nos levantamos sin apuro. El pan serrano se había acabado, así que desayunamos con lo último que teníamos: café caliente y queso andino, que aún conservaba su sabor intenso. Nos sentamos un rato más en el sillón frente a la chimenea apagada. No hacía tanto frío, pero sí lo suficiente como para acurrucarnos bajo una manta ligera y contemplar el paisaje por la puerta entreabierta.
Ella todavía caminaba un poco raro, con ese andar entre gracioso y dolido que le quedaba después de jornadas tan intensas. Pero ya no se quejaba, solo sonreía y hacía bromas.
—No me puedo sentar bien ni en el auto —dijo riéndose.
Mientras ella descansaba en el sillón, yo me encargué de guardar todo, de cargar el Mazda con nuestras maletas, las botellas vacías, los restos del carbón, y por supuesto, la bolsita negra que habíamos traído con nuestros juguetes. No se quedaría atrás.
Antes de partir, nos tomamos varias fotos. Selfies con la cabaña de fondo, otras con ella semidesnuda, una que me tomó mientras me vestía —“para tu colección”, dijo—, y algunas más donde simplemente estábamos juntos, abrazados, sonriendo, sintiendo que ese viaje había sido más que una escapada: había sido un pacto silencioso de amor.
A eso de las once de la mañana, salimos. Yo me detuve un momento antes de cerrar la puerta y le dije:
—Prometamos volver.
—Sí, amor. Siempre —me dijo, cogiéndome la mano con fuerza.
El camino de regreso fue silencioso por ratos, con la música suave de fondo, mientras los paisajes iban deslizándose por las ventanas como una despedida lenta. Al pasar Santa Rosa de Quives, Angie rompió el silencio:
—Amor… ¿te acuerdas de que te hablé del programa de rotación en provincias en el trabajo?
—Sí, claro. ¿Vas a postular?
—No, aún no puedo. Pero mis papás no saben eso. ¿Qué te parecería si les digo que postulé y entré? Que desde enero tengo que viajar una semana al mes…
La miré de reojo, ya intuyendo lo que venía.
—¿Y esa semana…?
—La paso contigo, tontín. Me mudo una semana al mes contigo. Trabajo en mi tesis en el depa, me quedo a tu lado, sin tener que inventar salidas cada noche.
—Eres brillante —le dije riendo—. Eres la estratega oficial de esta historia.
Ella me besó la mejilla y volvió a su asiento, feliz. Había logrado abrir una nueva puerta para nosotros.
Llegamos a Lima pasadas las dos. El sol caía tibio sobre la ciudad. Fuimos directo al departamento. Apenas entramos, ambos sentimos ese pequeño alivio: estábamos en casa. O por lo menos, en nuestra casa por unas horas más.
Pedimos chifa por delivery. Comimos sin hablar mucho, intercambiando miradas, caricias, sonrisas. Luego nos metimos a la cama. No era una despedida brusca, pero sí tenía ese sabor de cierre, de “hasta pronto”. Aunque Angie ya estaba mucho mejor, aún caminaba con cierto fastidio.
Nos miramos, y sin palabras comenzamos a acariciarnos. No fue un encuentro salvaje. Fue un reencuentro suave, lento, lleno de ternura. Nuestros cuerpos se reconocían, pero no se apresuraban. Quería que ella se sintiera bien, que ese último encuentro fuera una caricia para el alma, no una exigencia para el cuerpo. Y así fue. La abracé desde atrás, acariciando lentamente su vientre mientras la penetraba con dulzura, besando su cuello, murmurándole lo feliz que me hacía.
—Gracias, amor —me dijo entre suspiros.
—Gracias a ti, por todo —le respondí.
Terminamos abrazados, con su cabeza sobre mi pecho. Una pequeña siesta de media hora nos envolvió sin darnos cuenta. El reloj fue quien nos sacó de ese rincón perfecto. Era hora de llevarla a la casa de mi madre.
Ella se vistió con esa mezcla de pereza y resignación. Yo la ayudé con el cierre de la mochila, le acomodé el cabello. Salimos al auto sin decir mucho. El regreso a la rutina no necesitaba explicaciones.
La dejé en el parque, a unos metros de la casa, como siempre. Se bajó con suavidad, caminando un poco más despacio de lo normal. Aún se notaba el fastidio en su cuerpo, esa ligera incomodidad que le recordaba todo lo vivido. La vi caminar con ese vaivén leve y encantador, mientras yo seguía con la mirada cada paso.
Habíamos vivido cinco años de amor secreto. Y cada uno de esos días, cada uno de esos viajes, eran la prueba de que lo imposible podía ser posible.