Prima golosa y amiga mucho mas:
Mi prima Valeria siempre ha sido de las que no se guarda nada. Desde que éramos adolescentes me contaba sus aventuras sin filtro, y cuando empezó a salir con tipos más grandes que ella, las historias se volvieron mucho más subidas de tono. Pero hace unos meses me presentó a alguien que realmente me dejó con la boca abierta: su amiga Carla.
Carla es de esas mujeres que entran a un lugar y todo el mundo se queda mirando. Curvas marcadas, culo redondo que parece desafiar la gravedad y una cara de niña mala que sabe perfectamente lo que provoca. Lo más loco no era su físico, sino cómo hablaba de su matrimonio: su esposo sabía que ella le ponía los cuernos y, en lugar de armar un drama, parecía disfrutarlo. Según Carla, él se ponía duro solo de imaginarla con otro, y ella se encargaba de contarle cada detalle con lujo de detalles para que se corriera después sin tocarla.
Una noche, cerca de las 2 de la mañana, me llegó un mensaje suyo:
“Estás despierto, primo? 😈”
Antes de que pudiera responder ya me había mandado tres fotos.
La primera: Carla de espaldas, con una licra negra brillante pegada al cuerpo como segunda piel, el hilo del tanga apenas visible entre sus nalgas. El culo se le marcaba perfecto, redondo, lleno. Se veía que acababa de salir de algún lugar.
La segunda: un close-up de su entrepierna. La tela negra estaba húmeda, brillante, y había un hilo blanco espeso que se escapaba por el borde del hilo, bajando por el interior de sus muslos.
La tercera era un video corto.
En el video se escucha la puerta de la casa abriéndose. Carla entra con paso lento, tacones resonando en el piso. Lleva la misma licra negra ajustadísima, top deportivo negro también, pelo suelto y cara de recién follada. Se ve agotada, satisfecha, con las mejillas sonrojadas.
Su esposo aparece en cuadro, sentado en el sillón, ya en boxers, con una cerveza en la mano. Se nota que estaba esperando.
—¿A dónde fuiste, Carla? —pregunta con voz grave, pero sin enojo. Más bien con curiosidad morbosa.
Ella se acerca despacio, se para frente a él y se da media vuelta para que le vea bien el culo.
—Fui a ver a mi amigo… —responde con voz dulce y provocadora.
Él suelta una risa baja.
—¿El que te folla siempre?
Carla se muerde el labio inferior y asiente lentamente.
—Siii, amor… ese mismo.
Se agacha un poco, apoyando las manos en las rodillas, y empuja el culo hacia atrás. Entonces se ve claramente: un hilo grueso de semen blanco caliente empieza a escaparse por el borde del hilo de la licra. Primero sale despacio, como si el cuerpo todavía lo estuviera soltando, y luego cae más rápido, atravesando la tela fina y brillante. Se desliza por el interior del muslo, dejando un rastro brillante y espeso.
El esposo se queda mirando, hipnotizado. Se le ve cómo se le marca la verga bajo el bóxer.
—¿Te llenó bien rico? —pregunta, casi susurrando.
Carla se gira, se acerca a él y se sienta a horcajadas sobre sus piernas.
—Ufff… me dejó rebosando, amor. Mira…
Se levanta un poco y con dos dedos aparta el hilo de la licra. Más semen caliente sale de golpe, espeso, blanco, mezclándose con sus propios jugos. Se ve cómo le chorrea por el culo y cae sobre el muslo del esposo.
Él suelta un gemido largo, agarra fuerte las caderas de ella y la besa con desesperación mientras le mete la mano por debajo de la licra, sintiendo lo mojada y llena que está todavía.
El video se corta ahí, pero el último fotograma es brutal: Carla mirándome directo a cámara (o sea, a mí), con una sonrisa sucia, los labios entreabiertos y un hilo de semen todavía colgando del borde de la licra.
El mensaje que vino después fue corto:
“¿Quieres ser el próximo que me deje así? 🫦”
Y me mandó su ubicación.
Carla y yo nos encontramos en un café discreto esa tarde, después de que me enviara esas fotos y el video que me dejaron sin aliento. Se sentó frente a mí con una sonrisa juguetona, vestida con un top ajustado que marcaba sus curvas y una falda corta que dejaba ver sus piernas cruzadas de manera provocadora. "Te contaré todo, paso a paso, como me lo pediste", dijo con voz baja y ronca, inclinándose hacia adelante para que solo yo pudiera oírla. Sus ojos brillaban con esa mezcla de picardía y excitación que me tenía enganchado.
"Imagínate la escena", empezó, mordiéndose el labio inferior mientras sus dedos jugaban con el borde de su taza de café. "Llego a casa alrededor de las 2 de la mañana, después de una noche intensa con mi 'amigo'. Llevo puesta esa licra negra ajustadísima, la que se pega a mi piel como si fuera pintada. Estoy sudada, con el pelo revuelto, y siento cómo todo mi cuerpo palpita todavía. Abro la puerta despacio, y ahí está mi esposo, Marco, sentado en el sillón del living, con las luces bajas y una cerveza en la mano. No dice nada al principio, solo me mira de arriba abajo, notando cómo camino un poco torpe, como si mis piernas todavía recordaran lo que acababa de pasar."
Hizo una pausa para tomar un sorbo, y yo noté cómo su pecho subía y bajaba más rápido al recordar. "Me acerco a él, y él me pregunta con esa voz calmada pero cargada de morbo: '¿Dónde estuviste, Carla?'. Yo me paro frente a él, giro un poco para que vea mi culo bien marcado por la licra, y le respondo: 'Fui a ver a mi amigo... el que me folla siempre'. Él se ríe bajito, se acomoda en el sillón y me dice: 'Cuéntame todo, amor. Paso a paso. Quiero saber cómo te dejó así'."
Carla se inclinó más cerca, su aliento cálido contra mi oído. "Empiezo por el principio. Le cuento cómo mi amigo me recogió en su auto, me llevó a un motel discreto en las afueras. 'Me besó en el cuello nada más entrar', le digo a Marco, mientras me siento en sus piernas, sintiendo cómo ya se le está poniendo dura debajo de mí. 'Me arrancó la blusa y me chupó los pezones hasta que me dolían de lo duro que los mordía'. Marco gime y me agarra la cintura, pero yo sigo: 'Luego me puso de rodillas, amor. Me metió su verga en la boca, profunda, hasta que me ahogaba. La chupé como una puta, saboreando cada centímetro, mientras él me jalaba el pelo y me decía lo buena que soy para eso'."
Sus ojos se cerraron un momento, como reviviendo el relato. "Mientras le cuento, siento cómo el semen de mi amigo empieza a escaparse. Está caliente todavía, espeso, y la licra es tan fina que no lo contiene. Le digo a Marco: 'Mira, amor, aquí está la prueba'. Me levanto un poco y aparto el hilo de la licra. Sale un chorro blanco, bajando por mi muslo, y otro goteando del culo, porque mi amigo me folló por atrás también. Le cuento eso con detalle: 'Me puso a cuatro patas en la cama del motel, me lubricó el culo con su saliva y me entró despacio al principio, pero luego me dio fuerte, amor. Me azotaba las nalgas mientras me decía que soy su puta favorita. Me llenó el culo hasta que no podía más, y luego me dio la vuelta y me folló la cuca hasta corrernos juntos'."
Carla se rió softly, cruzando las piernas con un movimiento que me distrajo. "Marco está que arde en ese punto. Me pide más detalles: '¿Cómo te corriste, Carla? ¿Gritaste su nombre?'. Yo le respondo: 'Sí, amor, grité su nombre mientras me venía, con su verga clavada profunda. Me dejó rebosando, mira cómo sale ahora...'. Y ahí, en el living, con el semen chorreando por mis piernas, Marco me besa con desesperación, me mete los dedos para sentir lo mojada que estoy, y se corre en sus pantalones solo de oírme. Le encanta, ¿sabes? Es su fetiche: saber que otro me usa y me deja marcada para él.".
Carla se inclinó aún más sobre la mesa del café, su voz bajando a un susurro conspirador que me hacía sentir como si estuviéramos solos en el mundo. "Desde la grabación, ¿eh? Bueno, te lo cuento como si fuera una novela caliente, paso a paso, con todos los detalles sucios que imaginas. Imagina la escena: el celular apoyado en la mesita de noche, la cámara enfocando la cama deshecha de Diego, y Marco al otro lado de la pantalla, mirando en silencio, su verga probablemente ya en la mano mientras ve cómo otro me usa como su juguete personal".
En el departamento de Diego, la luz tenue de una lámpara de mesita ilumina la habitación desordenada: ropa tirada por el piso, condones abiertos en la mesa, el aire cargado de olor a sudor y excitación. Carla yace boca arriba en la cama, las piernas abiertas en V, el tanga rojo hecho a un lado, exponiendo su cuca depilada y reluciente de jugos. Diego, el flaco con cara de niño malo, se arrodilla entre sus muslos, su verga dura y venosa apuntando directo a ella. "Mira qué rica estás, Carla", dice él con voz ronca, frotando la cabeza de su polla contra su clítoris hinchado. "Parece que tu coño me estaba esperando toda la noche". Ella se ríe, un sonido gutural y provocador, sabiendo que Marco ve cada roce. "Sí, papito... mi coño siempre está listo para una verga nueva. ¿Vas a llenarme o solo vas a jugar?".
Diego empuja despacio al principio, abriéndola centímetro a centímetro, y Carla arquea la espalda, gimiendo alto: "¡Ahhh, sí... entra profundo, flaco! Mi marido siempre dice que soy una puta que necesita ser estirada". Él se ríe, pensando que es solo juego de roles, pero Carla lo dice con doble sentido, imaginando la cara de Marco endureciéndose al oírlo. "Tu marido debe ser un cornudo feliz si te deja salir así", responde Diego, embistiendo más fuerte ahora, sus caderas chocando contra las de ella con un ritmo salvaje. La pose es misionero clásico pero intenso: él le agarra las muñecas por encima de la cabeza, clavándola al colchón, mientras sus tetas rebotan con cada empujón. "Mira cómo te abro, puta... tu coño chupa mi verga como si no quisiera soltarla".
Carla gira la cabeza ligeramente hacia la cámara, mordiéndose el labio con una sonrisa sucia, y susurra lo suficientemente alto para que Marco lo lea en sus labios: "Amor, mira cómo me folla este extraño... su verga es tan dura, me llega hasta el fondo". Diego la voltea entonces, poniéndola a cuatro patas, sus nalgas redondas alzadas hacia él. "Ahora por atrás, Carla... quiero ver cómo ese culo traga mi polla". Él escupe en su ano, frota con el dedo para lubricar, y entra despacio, pero pronto acelera, azotándole las nalgas que se enrojecen. "¡Joder, qué apretado! ¿Tu marido te folla así o solo mira?". Ella gime, empujando hacia atrás: "Mi marido mira... y se pone cachondo sabiendo que otros me dejan el culo rebosando. ¡Más fuerte, flaco! Fóllame como si fuera tuya".
El lenguaje es crudo, cargado de dobles sentidos: cada "follar" que dice Carla es un guiño a Marco, cada "puta" una invitación para que él imagine. Diego cambia de pose, la pone de lado, una pierna alzada sobre su hombro, penetrándola profundo mientras le chupa un pezón. "Eres una zorra casada, ¿verdad? Vienes a mi casa a que te llene de leche". Carla jadea: "Sí... lléname, papito. Mi coño necesita tu semen caliente... mi marido lo limpiará después con la lengua". Se corren casi juntos: Diego gruñe, empujando una última vez, y chorros espesos salen de él, rebosando de su cuca y goteando por el culo. Carla tiembla, su orgasmo la hace apretar alrededor de él, milkando cada gota.
Diego se desploma a su lado, jadeando, sin idea de la audiencia. Carla toma el celular disimuladamente, enfoca el close-up: su coño abierto, rojo, con semen blanco saliendo en hilos espesos, bajando por sus muslos. Envía el frame a Marco con un mensaje: "Mira lo que me hizo tu reemplazo temporal, amor. Venía sin calzón... ahora vengo con extra". Apaga la llamada, se viste rápido y se despide de Diego con un beso: "Fue rico, flaco... quizás repitamos".
De vuelta en casa, Marco la espera con los ojos brillantes. "Amor, ¿vienes sin calzón?", pregunta nada más verla. Carla asiente, levanta el vestido y deja que vea el desastre: semen seco en los muslos, cuca todavía hinchada. "Sí... y con un regalito dentro". Él la folla ahí mismo, en la entrada, mientras ella le repite cada detalle sucio, cada pose, cada gemido, hasta que se corren juntos, mezclado todo en un caos caliente.
Carla termina el relato en el café, lamiéndose los labios. "Y eso no es todo... tu prima Valeria vio parte de la grabación esa noche. Pero esa es otra historia para después". Me mira expectante, como si la siguiente escena pudiera ser la nuestra.
Carla se rió con esa risa baja y traviesa que me ponía la piel de gallina, inclinándose de nuevo sobre la mesa del café como si estuviera compartiendo un secreto estatal. "Ah, tu prima Valeria... esa sí que es una caja de sorpresas. Te dije que no es tan santa, ¿verdad? Bueno, prepárate, porque lo que hizo esa noche en la disco conmigo y Lorena fue el comienzo de todo. Y cómo me enteré de que ella tira con el consentimiento de su esposo... uff, eso fue un descubrimiento caliente que todavía me hace mojar cuando lo pienso".
Se acomodó en la silla, cruzando las piernas despacio, y empezó el relato con esa voz ronca que parecía salida de una película porno. "Volvamos a esa noche en el bar. Las tres: yo, Lorena y Valeria, tu prima. Ella llegó vestida con un top blanco ajustado que marcaba sus tetas redondas y una falda vaquera corta que dejaba ver sus muslos firmes. Siempre ha sido guapa, con esa cara inocente y el culo que parece tallado, pero esa noche se veía especialmente cachonda. Bebimos shots de tequila, bailamos como locas, y pronto los tipos empezaron a rondarnos".
Hizo una pausa, sorbiendo su café mientras me miraba fijamente. "Valeria se enganchó con un chico del bar: moreno, musculoso, de esos que parecen modelos de gym. Se besaron en la pista, manos por todos lados. Yo estaba con Diego, el flaco que te conté, pero vi cómo Valeria se lo llevaba a un rincón oscuro. Ahí empezó lo bueno. Ella se pegó a él, frotándose contra su verga dura bajo los jeans, y le dijo al oído: 'Quiero que me folles ahora mismo, pero mi esposo no puede enterarse... o sí?'. El tipo se rió, pensando que era broma, pero ella lo agarró de la mano y lo sacó al baño de mujeres".
Carla se mordió el labio, reviviendo el momento. "Lorena y yo nos colamos detrás, curiosas como perras. Desde la puerta entreabierta vimos todo: Valeria lo empujó contra la pared, se arrodilló y le bajó el cierre. Sacó su polla gruesa, venosa, y se la metió en la boca como una experta. Chupaba profundo, con gargantas abiertas, gimiendo mientras él le jalaba el pelo. 'Sí, mamámela toda, prima', le dije en mi mente, pero ella estaba en su mundo. El chico gemía: 'Joder, qué puta eres... ¿tu esposo sabe que chupas vergas extrañas?'. Valeria levantó la mirada, con la boca llena: 'Mi esposo... uff, le encanta cuando le cuento. Se pone duro imaginándome así'".
Yo tragué saliva, imaginando la escena, y Carla continuó con detalles sucios. "Luego la levantó, le subió la falda y le apartó el tanga negro que llevaba. La puso contra el lavabo, le abrió las piernas y la penetró de un solo empujón. Valeria gritó ahogado: '¡Ahhh, sí, fóllame fuerte! Mi coño necesita verga dura... mi marido me folla bien, pero tú me abres más'. Él embestía como loco, azotándole el culo, y ella empujaba para atrás, diciendo cosas como: 'Lléname, papito... quiero llegar a casa goteando tu semen para que mi esposo lo pruebe'. Se corrieron rápido: él gruñó y le soltó chorros calientes dentro, rebosando por sus muslos. Valeria se vino temblando, apretándolo con la vagina, y luego se lamió los dedos con la mezcla de jugos".
Carla se rió softly. "Salieron del baño como si nada, pero Lorena y yo lo vimos todo. Después, en el taxi de vuelta, Valeria nos confesó: 'Chicas, mi esposo sabe todo. Es nuestro juego. Le cuento cada detalle y nos follamos como animales después'. Ahí me enteré: Valeria es como yo, una casada que tira con consentimiento. Su marido, un tipo tranquilo de oficina, se excita con las historias. Esa noche, cuando llegó a casa, le contó lo del baño paso a paso: cómo el extraño la chupó primero, cómo la folló contra el lavabo, cómo le dejó el coño lleno. Su esposo se puso duro al instante, la lamió limpia y la folló repitiendo: '¿Te gustó su verga más que la mía, puta? Cuéntame otra vez cómo te corriste gritando'".
Terminó con una mirada pícara. "Desde entonces, Valeria y yo compartimos aventuras. A veces grabamos para nuestros maridos... o para nosotras. ¿Quieres que te cuente la vez que follamos juntas con un tipo? Porque esa sí que fue salvaje". Sus ojos prometían más, y el café se sentía como preludio a algo real.
Carla y Valeria habían planeado esa noche como un secreto compartido, un pacto de lujuria que ninguna de las dos confesaría a sus esposos de inmediato. Todo empezó en un club underground en las afueras de la ciudad, un lugar donde la música retumbaba como latidos acelerados y el aire estaba cargado de humo y deseo. Carla, con su vestido rojo ajustado que marcaba cada curva de sus caderas anchas y tetas firmes, y Valeria, tu prima, con un top negro translúcido y shorts de jean que apenas cubrían su culo redondo y jugoso, entraron al local como depredadoras. Sabían lo que querían: dos anónimos, sin nombres, sin compromisos, solo cuerpos calientes para una noche de desenfreno. Y lo grabarían todo, para revivirlo después, o quizás para mostrar a sus maridos cuando el morbo las invadiera.
En la pista de baile, no tardaron en atraer miradas. Dos tipos se acercaron: uno alto y musculoso, con piel morena y tatuajes en los brazos, el otro más delgado pero con una mirada feroz, cabello corto y una sonrisa sucia que prometía rudeza. No hubo presentaciones; solo roces en la oscuridad. Carla se pegó al musculoso, frotando su culo contra su entrepierna mientras bailaban, sintiendo cómo su verga se endurecía contra la tela fina de su vestido. "Siento que quieres follarme ya", le susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó: "Te voy a romper esa cuca aquí mismo si no salimos". Valeria, meanwhile, tenía al delgado besándola en el cuello, sus manos bajando por su espalda hasta apretar su culo. "Eres una puta caliente, ¿verdad? Te voy a llenar hasta que chorrees", le dijo él, y ella respondió con una risa: "Prueba si puedes con esto".
Decidieron ir a un motel cercano, uno de esos lugares baratos con camas grandes y espejos en el techo. Carla sacó su celular y lo puso en modo grabación, apoyándolo en una mesita para capturar todo el ángulo amplio. "Esto es para nosotras", dijo a Valeria con un guiño, pero en realidad sabía que terminaría en manos de sus maridos. Los anónimos no preguntaron; solo se quitaron la ropa con prisa. El musculoso agarró a Carla por la cintura, la tiró en la cama y le arrancó el vestido de un tirón, dejando sus tetas al aire, pezones duros como piedras. "Mira qué zorra... sin sostén", dijo él, chupando uno mientras metía la mano entre sus piernas, apartando el tanga y frotando su clítoris mojado. Carla gimió: "Sí, chúpame fuerte, cabrón... mi coño está ardiendo por verga extraña".
Valeria, al lado, ya estaba de rodillas frente al delgado. Le bajó los pantalones y sacó su polla, larga y curva, palpitando. "Uff, qué rica... voy a tragármela toda", dijo ella, metiéndosela en la boca hasta la garganta, baboseando y gimiendo mientras él le jalaba el pelo. "Chupa, puta... como si fuera la de tu marido, pero mejor". El delgado grababa con su propio celular, enfocando cómo Valeria lo deepthroat, lágrimas en los ojos pero sonrisa en los labios. "Graba bien, que quiero verme después", dijo Valeria entre chupadas, lamiendo las bolas y subiendo la lengua por el tronco.
Los anónimos intercambiaron miradas y decidieron compartir. El musculoso levantó a Carla y la puso a cuatro patas al borde de la cama, abriéndole las nalgas. "Mira este culo... perfecto para follar", dijo, escupiendo en su ano y metiendo un dedo para lubricar. Carla jadeó: "Sí, métemela por atrás primero... estírame". Él entró despacio, pero pronto embistió fuerte, sus caderas chocando contra sus nalgas con un slap slap rítmico. "¡Ahhh, joder! Me estás rompiendo el culo, cabrón... más profundo!". Al mismo tiempo, el delgado tenía a Valeria sentada en su cara, lamiéndole la cuca mientras ella frotaba sus tetas. "Lame bien, flaco... mi clítoris necesita tu lengua sucia". Valeria grababa desde arriba, capturando cómo su lengua entraba y salía, sus jugos chorreando por su barbilla.
Cambiaron poses. Ahora, las dos mujeres se pusieron una al lado de la otra en la cama, de espaldas, culos alzados. Los anónimos se posicionaron detrás: el musculoso detrás de Valeria, el delgado detrás de Carla. "Vamos a follarlas como perras", dijo el musculoso, penetrando a Valeria por la vagina de un empujón. Ella gritó: "¡Sí, métela toda! Mi coño te chupa, ¿lo sientes?". El delgado entró en Carla por el ano, fuerte y sin piedad. "Uff, qué apretado... eres una anal adicta, ¿verdad?". Carla empujaba para atrás: "Fóllame el culo hasta que me dejes abierta... mi marido ama cuando llego así". Las cámaras capturaban todo: los gemidos sincronizados, los culos rebotando, el sudor brillando bajo la luz.
Pero lo mejor vino cuando decidieron el doble. "Queremos que nos follen a las dos a la vez", dijo Carla, mirando a Valeria con complicidad. Los anónimos sonrieron sucios. Primero, pusieron a Carla boca arriba en la cama, el musculoso se acostó debajo de ella, metiéndole la verga por el ano mientras ella abría las piernas. "Entra despacio... ahhh, sí, lléname el culo", gimió Carla. Entonces el delgado se posicionó encima, penetrándola por la vagina. "Doble penetración, puta... siente cómo te abrimos". Carla gritaba de placer: "¡Joder, me están rompiendo! Dos vergas dentro... mi coño y culo llenos... fóllenme fuerte!". Ellos embestían alternados, uno entra mientras el otro sale, frotándose dentro de ella a través de la pared fina. "Siente eso, zorra... nuestras pollas juntas en ti". Valeria grababa de cerca, enfocando cómo las vergas entraban y salían, jugos y lubricante chorreando.
Cambiaron a Valeria. Ella se montó sobre el delgado, metiéndose su polla por la vagina, frotándose contra él. "Sí, papito... tu verga me llega profundo". El musculoso se acercó por atrás, lubricó su ano y entró despacio. "Relájate, puta... voy a follarte el culo mientras tu amiga graba". Valeria jadeó: "¡Ahhh, sí! Dos dentro... me están estirando toda... más rápido!". Los anónimos aceleraron, embistiendo en sincronía, sus bolas chocando. "Mira cómo te follamos, prima... eres una doble puta como yo", dijo Carla, grabando el close-up: las vergas deslizándose, el ano y vagina de Valeria abiertos, gemidos guturales. "Fóllenme como animales... llénenme de leche!", gritaba Valeria, corriéndose primero, su cuerpo temblando mientras apretaba las dos vergas.
Los anónimos no aguantaron más. Primero el delgado se corrió en la vagina de Valeria, chorros calientes saliendo a presión. "Toma mi semen, puta... rebosa". Luego el musculoso en su ano: "Uff, te dejo el culo lleno... chorreando". Semen blanco espeso salía de ambos agujeros, bajando por sus muslos mientras ellos seguían empujando. Carla capturó todo: el goteo, los gemidos post-orgasmo, las vergas saliendo cubiertas de jugos.
Pero no pararon. Intercambiaron mujeres. Ahora Carla con el delgado por la vagina y el musculoso por el ano. "Otra ronda, zorras", dijo el musculoso. Carla se posicionó, gimiendo al sentirlos entrar: "Sí... dos vergas juntas otra vez... me van a dejar destruida". Embistieron salvaje, lenguajes sucios volando: "Siente cómo te abrimos, Carla... tu coño chupa mi polla mientras el culo traga la otra". Ella respondía: "Fóllenme duro... soy su puta doble... mi marido se correrá viendo esto". Valeria grababa, metiendo un dedo en su propia cuca llena mientras veía.
Valeria de nuevo: el musculoso debajo por la vagina, el delgado por el ano. "Cambien... quiero más leche", dijo ella. Entraron fuerte, follando en ritmo: "Toma, prima... dos pollas estirándote". Valeria gritaba: "¡Sí, cabrones! Llenen mis agujeros... semen caliente por todos lados!". Se corrieron casi al unísono, llenándola hasta rebosar. Semen chorreando de ano y vagina, mezclándose en un charco en la sábana. Las cámaras capturaron el final: las dos mujeres exhaustas, culos y cucas abiertos, semen goteando, besándose entre ellas con risas sucias.
Cuatro páginas de puro caos caliente, grabado para siempre. Carla y Valeria se vistieron, intercambiaron números con los anónimos por si repetían, y se fueron, sabiendo que sus maridos gozarían después.
El marido de Valeria, Andrés, siempre había sido el tipo tranquilo que fingía no notar nada. Sabía que su esposa salía mucho con “las amigas”, volvía tarde, a veces con el pelo revuelto y un olor a perfume de hombre que no era el suyo. Pero hasta ese momento, todo quedaba en la zona gris del “quizás”. Él prefería creer que eran sus paranoias, que Valeria era solo una mujer sociable y coqueta. Sin embargo, las sospechas se habían vuelto más pesadas en las últimas semanas.
Valeria llegó esa noche a casa pasadas las once. Llevaba un vestido negro corto que se le subía al caminar, tacones altos, y una sonrisa de quien acaba de hacer algo prohibido. Se quitó los zapatos en la entrada, dejó el bolso en la mesa y fue directo a la cocina a servirse un vaso de agua. Andrés estaba en el sofá viendo televisión con el volumen bajo. No dijo nada al principio, solo la miró de reojo mientras ella bebía.
—¿Dónde estabas? —preguntó al fin, voz neutra, pero con un filo que ella reconoció al instante.
—Con Carla y Lorena, amor. Ya te dije en la tarde que íbamos a tomar algo —respondió Valeria, sin girarse, fingiendo naturalidad mientras se lavaba las manos en el fregadero.
Andrés se levantó despacio. Caminó hasta la cocina y se paró detrás de ella. Le puso una mano en la cintura, pero no era un gesto cariñoso. Era posesivo.
—Hueles diferente —dijo en voz baja—. A colonia de hombre. Y a sudor… no de baile.
Valeria se giró con una risa suave, intentando desviar.
—Ay, amor, en el bar había un montón de gente. Alguien me habrá rozado, no sé. Estás paranoico.
Él no sonrió. Sus ojos bajaron al cuello de ella, donde había una marca roja pequeña, apenas visible, pero suficiente para que el estómago de Andrés se contrajera.
—¿Y esto? —preguntó, tocando la marca con el pulgar—. ¿Te rozó tan fuerte que te dejó marca?
Valeria se apartó un poco, cruzando los brazos.
—Andrés, por favor. No empieces. Fue un mosquito, o me raspé con algo. ¿De verdad vas a armar drama por esto?
Él respiró hondo, intentando calmarse. Pero algo dentro de él ya había decidido no dejarlo pasar.
—Dame tu celular —dijo de repente.
Valeria se tensó.
—¿Qué? No. ¿Por qué?
—Porque quiero ver tus mensajes. Solo eso. Si no tienes nada que esconder, no hay problema.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Amor, estás exagerando. No voy a darte mi celular como si fuera una niña castigada.
Andrés no insistió más con palabras. Simplemente extendió la mano, palma hacia arriba, esperando. El silencio entre ellos se volvió pesado.
Valeria suspiró, sacó el teléfono del bolso y se lo entregó, pero antes activó el modo avión y bloqueó las notificaciones. Andrés lo tomó, abrió WhatsApp y fue directo a la conversación con Carla. Había mensajes recientes, pero nada explícito. Fotos de ellas tres en el bar, risas, copas. Parecía normal.
Entonces llegó la notificación que no esperaba.
El teléfono vibró en su mano. Un mensaje nuevo de un número sin nombre guardado:
“Jajaja qué rico estuvo hoy, nena. Todavía siento tu culo apretándome. ¿Cuándo repetimos? 😈”
Andrés se quedó helado. Valeria vio su cara cambiar y trató de quitarle el celular.
—Dámelo, Andrés. Es un error, seguro me escribieron al número equivocado.
Pero él ya había abierto el chat. Había fotos. No muchas, pero suficientes. Una selfie de Valeria en un baño, el vestido subido, tanga a un lado, lengua afuera y guiño. Otra de un tipo moreno, torso desnudo, verga dura en primer plano. Y un video corto: Valeria de rodillas, chupando con ganas, mirando a cámara y diciendo: “Esto es para ti, papi… dile a mi marido que soy una buena puta”.
Andrés levantó la mirada. No gritó. No rompió nada. Solo habló con una voz fría que Valeria nunca le había oído.
—Llama a tu “amigo”. Ahora. Ponlo en altavoz.
Valeria palideció.
—Andrés, por favor…
—Llama. O lo hago yo.
Ella tembló. Tomó el celular con dedos temblorosos y marcó. El tipo contestó al segundo tono.
—¿Ya extrañas mi verga, putita? —dijo la voz al otro lado, risueña y confiada.
Valeria cerró los ojos. Andrés le hizo un gesto con la cabeza: habla.
—Hola… soy yo —dijo ella, voz quebrada.
El tipo se rió.
—¿Qué pasa, nena? ¿Tu cornudo te cachó? Jajaja, dile que gracias por prestarme ese culo tan rico. Todavía tengo tu olor en los dedos.
Andrés tomó el celular de un movimiento suave.
—Soy el cornudo —dijo con calma—. Y sí, la caché. Ahora escúchame bien: no vuelvas a tocarla. Ni a escribirle. Ni a pensar en ella. Porque la próxima vez no voy a ser tan educado.
Hubo un silencio del otro lado. Luego una risa nerviosa.
—Tranquilo, hermano… solo fue un polvo. No pasa nada.
Andrés colgó sin responder.
Valeria estaba llorando en silencio, sentada en el borde del sofá, abrazándose las rodillas.
Andrés se quedó de pie frente a ella, mirándola fijamente.
—No voy a pedirte explicaciones. Ya las vi. Pero quiero que me digas una cosa, y quiero la verdad.
Ella levantó la vista, ojos rojos.
—¿Qué?
—¿Te gustó más que yo?
Valeria tragó saliva. Asintió despacio.
—Sí… me gustó. Mucho.
Andrés respiró hondo. No había rabia en su cara, solo una tristeza profunda mezclada con algo más oscuro.
—Entonces no finjas más que eres la esposa perfecta. Si quieres seguir siendo una puta… vas a serlo en esta casa también.
Se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos.
—Y la próxima vez que salgas a que te follen… vas a venir aquí y me vas a contar todo. Con detalles. Mientras yo te follo. Porque si voy a ser cornudo, al menos quiero disfrutar el espectáculo.
Valeria lo miró, sorprendida. No esperaba eso. Pero algo en su interior se encendió.
—¿De verdad quieres eso?
Andrés se agachó hasta quedar a su altura.
—Sí. Quiero verte rota, llena de otro, y que me lo cuentes mientras te cojo encima de su semen. ¿Puedes con eso?
Ella asintió despacio, con una sonrisa temblorosa y excitada.
—Puedo… y más.
Andrés la besó entonces. Un beso duro, posesivo, que sabía a derrota y a nuevo comienzo. Esa noche no hubo gritos. Solo sexo crudo, lento, con confesiones susurradas al oído mientras él la penetraba y ella le contaba, entre gemidos, cómo el otro la había abierto, cómo la había llenado, cómo había gritado su nombre mientras se corría.
Y cuando terminaron, exhaustos y pegajosos, Andrés le dijo una sola cosa antes de apagar la luz:
—Mañana me cuentas lo de Carla también. Porque sé que no estás sola en esto.
Valeria sonrió en la oscuridad.
—Te lo contaré todo, amor. Todo.
Valeria pasó esa semana como si el mundo se hubiera detenido. No salió con nadie, ni siquiera contestó mensajes de Carla ni de Lorena. Se quedó en casa, trabajando desde el computador en la sala, con el teléfono en silencio. Andrés llegaba del trabajo, cenaban juntos en un silencio extraño, casi respetuoso. No había gritos, no había reproches. Solo miradas largas y preguntas que se quedaban en el aire.
Por las noches, cuando él se dormía, Valeria se quedaba despierta mirando el techo. Pensaba en todo: en el baño de la disco, en las grabaciones, en cómo Andrés la había follado esa noche después de la llamada, con una mezcla de rabia y deseo que la dejó temblando. No sabía si él la perdonaba, si la odiaba o si simplemente había decidido aceptar lo que ella era. Pero no hablaban del tema. Era como si los dos hubieran hecho un pacto tácito de no tocar la herida todavía.
Andrés, por su parte, la observaba. No le preguntaba nada. No revisaba su celular de nuevo. Solo la miraba cuando ella no se daba cuenta: cómo se movía por la casa en pijama, cómo se recogía el pelo, cómo se mordía el labio cuando leía algo en la pantalla. A veces, en la cama, la abrazaba por detrás sin decir nada, y ella sentía su erección contra su culo, pero no pasaba de ahí. Era como si él estuviera esperando algo. O probándola.
Pasó un mes.
Valeria había vuelto a su rutina: trabajo, casa, gimnasio temprano, nada más. No había salido de fiesta, no había respondido mensajes subidos de tono, no había visto a nadie. Hasta que una tarde de sábado, alrededor de las 7 pm, su teléfono vibró con un número que no tenía guardado, pero que reconoció al instante.
Era Iván.
El mismo Iván que la había follado en su auto hacía meses, el que la había dejado goteando en el asiento trasero mientras grababa un video corto para “recordar”. El que después se había convertido en un polvo ocasional, rápido y sucio, hasta que ella decidió cortar porque las cosas se estaban poniendo demasiado intensas.
El mensaje era simple:
“Sal, estoy en el auto afuera de tu casa. Negro, vidrios polarizados. Ven.”
Valeria se quedó mirando la pantalla con el corazón en la garganta. Estaba en la cocina preparando café, con leggings grises y una camiseta holgada, sin sostén, el pelo suelto. Miró por la ventana de la sala: sí, ahí estaba el auto negro estacionado al frente, luces apagadas, motor encendido. No había duda.
Se le aceleró el pulso. Sintió un calor inmediato entre las piernas, ese cosquilleo traicionero que siempre aparecía cuando recibía un mensaje de él. Pero esta vez era diferente. Ahora había Andrés. Ahora había una especie de acuerdo tácito, una línea que no sabía si podía cruzar sin hablarlo primero.
Se quedó parada en medio de la cocina, teléfono en la mano, dudando.
Opciones que le pasaban por la cabeza:
- Contarle a Andrés. Ir a la habitación donde él estaba viendo fútbol, sentarse a su lado y decirle: “Amor, Iván está afuera. Me escribió. Quiere que salga”. Y ver qué pasaba. Quizás él le dijera que no. Quizás le dijera que sí, pero con condiciones. Quizás se excitara tanto que la follara ahí mismo antes de dejarla ir.
- Pedirle permiso. Mandarle un mensaje a Andrés (aunque estuviera en la misma casa): “Amor, Iván me escribió. Está afuera. ¿Puedo salir con él?”. Pero eso la hacía sentir como una niña pidiendo autorización, y una parte de ella se resistía a eso.
- Ir sin decir nada. Salir por la puerta de atrás, subirse al auto, dejar que Iván la llevara a donde quisiera, y después lidiar con las consecuencias. Era lo más fácil y lo más peligroso. Porque si Andrés se daba cuenta (y él se daba cuenta de todo últimamente), no sabía qué iba a pasar.
El teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje de Iván:
“No me hagas esperar, putita. Sé que estás mojada solo de leerme. Baja ya.”
Valeria cerró los ojos un segundo. Sintió cómo su tanga se humedecía. Maldita sea.
Caminó hasta la ventana de la sala, entreabrió la cortina apenas lo suficiente para ver el auto. Las luces del tablero se encendieron un segundo: Iván estaba ahí, mirando hacia la casa, con una sonrisa que ella conocía muy bien.
Entonces escuchó pasos detrás. Andrés entró a la sala, con una cerveza en la mano.
—¿Todo bien? —preguntó, voz tranquila.
Valeria se giró despacio, todavía con el teléfono en la mano. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él lo oiría.
—Andrés… —dijo, y su voz salió más temblorosa de lo que quería—. Iván está afuera. Me escribió. Quiere que salga.
Andrés no se movió. Solo dio un sorbo largo a la cerveza, mirándola fijamente.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó al fin.
Valeria tragó saliva.
—No sé… Quiero ir. Pero no quiero que estés mal. No quiero mentirte más.
Él dejó la cerveza en la mesa, se acercó despacio y se paró frente a ella. Le levantó la barbilla con dos dedos, como aquella noche.
—Mírame —dijo.
Ella levantó la vista. Los ojos de Andrés eran oscuros, intensos, pero no había rabia. Había algo más: deseo crudo, curiosidad morbosa, y una especie de rendición.
—Si sales —dijo él—, vas a volver aquí. Directo. Sin ducha. Sin cambiarte. Vas a entrar por esa puerta con su olor en ti, con su semen donde sea que te lo haya dejado. Y me vas a contar todo. Con detalles. Mientras yo te follo encima de él. ¿Entiendes?
Valeria sintió un escalofrío que le bajó por la espalda hasta la entrepierna.
—Sí… lo entiendo.
Andrés la besó entonces. Un beso lento, profundo, posesivo. Cuando se separó, le dijo una sola cosa más:
—Ve. Pero no tardes mucho. Te quiero aquí antes de la medianoche.
Valeria asintió, con la respiración entrecortada. Fue al dormitorio, se puso unos jeans ajustados y una blusa ligera, sin sostén, sin tanga. Se miró al espejo un segundo: cara sonrojada, labios hinchados del beso, ojos brillantes de excitación.
Bajó las escaleras, abrió la puerta principal y salió.
El auto negro seguía ahí. Iván abrió la puerta del copiloto desde adentro.
—Sube, puta —dijo con esa voz ronca que ella recordaba tan bien.
Valeria subió. Cerró la puerta. El auto arrancó despacio.
Mientras se alejaban de la casa, Valeria miró por la ventana hacia atrás. La luz de la sala seguía encendida. Andrés estaba ahí, de pie, mirando cómo se iba.
Y ella supo que, cuando volviera, no iba a haber vuelta atrás.
La noche apenas empezaba.
Valeria salió de la casa con el corazón latiéndole en la garganta. Cerró la puerta principal con cuidado, casi sin hacer ruido, y caminó rápido por la acera hacia el auto negro. La noche estaba fresca, pero ella sentía calor por todo el cuerpo: en la cara, en el pecho, entre las piernas. Los jeans ajustados le rozaban la piel sensible y, sin tanga debajo, cada paso le recordaba lo expuesta que estaba.
Iván abrió la puerta del copiloto desde dentro sin bajarse. La miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta y peligrosa que siempre la desarmaba.
—Sube, putita —dijo con voz grave, palmeando el asiento—. Pensé que te ibas a hacer la difícil.
Valeria no respondió. Se deslizó al asiento, cerró la puerta y el olor de él la golpeó de inmediato: colonia fuerte, cigarrillo viejo, cuero del auto y ese aroma masculino que ella asociaba con sexo rápido y sucio. Iván arrancó sin esperar. El motor ronroneó y el auto se alejó despacio de la casa. Valeria miró por el retrovisor: la luz de la sala seguía encendida. Andrés estaba ahí, probablemente mirando cómo se iban.
—¿Tu cornudo te dejó salir? —preguntó Iván mientras metía la mano derecha entre sus muslos sin pedir permiso.
Valeria abrió las piernas un poco más por instinto.
—Le dije que estabas afuera. Me dijo que volviera antes de medianoche… y que volviera con tu semen en mí.
Iván soltó una risa baja y satisfecha.
—Buen cornudo. Me cae bien.
Sus dedos encontraron la costura de los jeans y presionaron justo donde ella ya estaba mojada. Valeria dejó escapar un gemido suave.
—Sin calzón, ¿eh? —dijo él, frotando más fuerte—. Sabía que vendrías preparada.
Ella se mordió el labio y asintió.
—Quería que me sintieras fácil… que me pudieras follar rápido si querías.
Iván giró en una calle secundaria oscura, apagó las luces delanteras y estacionó en un callejón estrecho entre dos edificios abandonados. El lugar olía a humedad y basura, pero a Valeria no le importó. El peligro la excitaba más.
—Baja el asiento —ordenó él.
Valeria obedeció. Reclinó el asiento del copiloto hasta quedar casi acostada. Iván se desabrochó el cinturón y el pantalón en segundos. Sacó su verga ya dura, gruesa, con venas marcadas y la punta brillante de pre-semen.
—Mírala —dijo, agarrándosela y sacudiéndola frente a su cara—. Esta es la que te hace gritar cuando tu marido no está.
Valeria se lamió los labios.
—Sí… me encanta cómo me abres.
Iván no esperó más. Se inclinó sobre ella, le bajó el cierre de los jeans con un movimiento brusco y tiró de ellos hacia abajo junto con los zapatos. La dejó en camiseta y descalza, piernas abiertas, cuca expuesta y brillante de excitación. Metió dos dedos sin aviso, removiendo adentro con fuerza.
—Estás empapada, zorra. ¿Pensaste en mí todo el mes?
—Todo el mes… me masturbaba pensando en cómo me llenaste la última vez —confesó ella, jadeando.
Iván sacó los dedos y se los metió en la boca a ella.
—Prueba lo puta que eres.
Valeria chupó sus propios jugos con gemidos ahogados. Iván se acomodó entre sus piernas, apoyó una rodilla en el asiento y la penetró de un solo empujón. Valeria arqueó la espalda y soltó un grito corto.
—¡Ahhh, joder… sí! Métela toda.
Él empezó a bombear fuerte, sin preámbulos. El auto se mecía con cada embestida. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenaba el espacio.
—Mira cómo te cojo, Carla —gruñó él, confundiendo los nombres en el calor del momento—. Tu marido debe estar en casa pajeándose imaginando esto.
Valeria se rió entre gemidos.
—Se llama Andrés… y sí, probablemente lo esté haciendo ahora mismo.
Iván la volteó con rudeza, poniéndola de rodillas en el asiento, cara contra el respaldo. Le abrió las nalgas y escupió directo en su ano.
—¿Quieres por atrás también?
—Siiii… métemela por el culo, Iván. Quiero sentirte en los dos agujeros.
Él empujó la cabeza de su verga contra el ano apretado. Entró despacio al principio, pero cuando ella se relajó, embistió hasta el fondo. Valeria gritó de placer y dolor mezclado.
—¡Dios… me estás rompiendo! Más… más fuerte!
Iván le agarró el pelo y tiró hacia atrás mientras la follaba anal con violencia. Con la otra mano le metió tres dedos en la vagina, follándola por ambos lados al mismo tiempo.
—Dos agujeros llenos, puta… ¿te gusta?
—Siiii… me encanta… fóllame como una zorra… déjame rebosando para mi marido.
Iván aceleró, sus bolas golpeando contra ella. El auto olía a sexo, a sudor, a ella. Valeria se corrió primero: su cuerpo tembló, apretó los dedos y la verga en su culo, gritando su nombre. Iván no aguantó más. Se salió del ano y la penetró de nuevo por la vagina, descargando chorros calientes y espesos dentro de ella. Empujó profundo mientras se vaciaba, gruñendo.
—Ahí tienes… todo mi semen para que tu cornudo lo limpie.
Valeria se quedó jadeando, temblando, con el semen chorreando por sus muslos y goteando en el asiento. Iván sacó la verga y le dio una palmada fuerte en el culo.
—Limpia —ordenó.
Ella se giró, se arrodilló en el espacio estrecho y se metió su verga en la boca, chupando los restos de semen y sus propios jugos. Lo hizo lento, mirándolo a los ojos, saboreando todo.
Cuando terminó, Iván le dio un beso brusco.
—Buena puta. Ahora vuelve con tu marido. Dile que Iván te dejó bien servida.
Valeria se subió los jeans con las piernas temblorosas, el semen todavía caliente dentro de ella, chorreando un poco por la tela. Se bajó del auto, cerró la puerta y caminó hacia la casa.
La luz de la sala seguía encendida.
Entró. Cerró la puerta detrás de ella. Andrés estaba de pie en medio de la sala, sin camisa, con los pantalones desabrochados y la verga ya dura en la mano.
—Llegaste —dijo con voz ronca.
Valeria se acercó despacio, oliendo a sexo, a Iván, a todo lo que acababa de pasar.
—Volví… con su semen dentro —susurró.
Andrés la agarró por la cintura, la besó con hambre y la llevó directo al sofá.
—Ahora cuéntame todo —dijo, bajándole los jeans de un tirón—. Cada detalle. Mientras te follo encima de él.
Valeria se sentó a horcajadas sobre él, guiando su verga hacia su cuca llena y abierta.
Y empezó a contar. Entre gemidos, entre empujones, entre besos sucios. Le contó cómo Iván la penetró en el auto, cómo la folló por el culo, cómo la llenó por delante. Cómo gritó su nombre mientras se corría. Cómo le chupó la verga después, limpiando todo.
Andrés la follaba más fuerte con cada detalle, sintiendo el semen de otro mezclarse con el suyo, empujando profundo, marcándola de nuevo.
Cuando se corrieron juntos, exhaustos y pegajosos, Andrés la abrazó por detrás y le susurró al oído:
—La próxima vez… quiero verlo.
Valeria sonrió en la oscuridad, todavía temblando.
—Te lo prometo, amor. La próxima vez… te lo grabo todo.