Mi prima para otros y sus amigas para mi

Huuuummmm esos piecesitos me ponen. Provecho Master !!!!
 
Huuuummmm esos piecesitos me ponen. Provecho Master !!!!

Ta bom Mestre, los pies, las uñas, los labios, otra parte de lo tradicional que a muchos gusta ( pecho, bunda, buceta). Valeu, falou.
 
Una amiga veraniega

Un domingo cualquiera que no paso a mayores con exs o amiga, recibo una invitación de mi prima para ir a la playa, yo me decía hace 10 años iba corriendo, buen tubo, coquetasa, buena onda la nena y ahora muy rolluda y espesa. Pero mi estrella me acompañaba cuando llegué a su casa estaba con una señora, flaca, culona, de tez maso clara. Ordenada, culta y refinada, un buenos días y nos embarcamos al sur. La pasamos bien pero la doña no me daba cabida, estaba con un bikini a dos piezas donde sus caderas resaltaban mucho, mis ojos pegado en su ano y trasero me olvidaban de lo que ocurría a mi alrededor.

Ella comía, tomaba y loreaba de lo lindo con mi prima, yo era un acompañante mas, no me daba sagiro. Hasta que cuando retornamos, nos sentamos uno al lado de otro, de una conversa tonta, retrocedimos a nuestros años de gloria, y salió el tema del baile, quedamos en ir a una disco, mi pariente no pudo pero la señito si. Se concretó la fecha, fue un viernes, yo estaba sin trabajo, era mas fácil acudir, ella me dijo que de su laburo se pasaba al antro, estaba con un jean y zapatillas. No se le notaba tan chanchaso como la vez anterior. Sin embargo la pasamos genial, danza muy bien y es buena para la conversa.

La deje en su casa y allí quedo todo.

Un mes después me invita nuevamente pero esta vez ella hacia una fiesta en su casa, estaría mi prima y sus amistades. Lleve unos tragos y aunque no hubo mucha gente, la pasamos lindo. Nos quedamos los tres y mi prima se durmió. Seguimos tertuliando de lo lindo, siempre con los 80s y 90s, se acababan las botellas de vino, nos quedamos mirando y casi nos besamos cuando mi prima baja y dice que haría el desayuno.

Nuevamente quedamos en ir a pegar nuestros cuerpos con el son ochentero en ese local especial. La volví a esperar, esta vez demoró, estaba con una mini de algodón licrado, que rica se le veía, ni bien bailamos, nos besamos, sentí su aroma, su olor, su lengua, que delicia, y en cada movimiento de cintura la manoseaba, que nalgotas y ella a todo momento, para, nos van a ver, nos van a botar, ya nos vamos a mi casa y yo la silenciaba con mi lengua en la suya, le succionaba todo. Me corría de las ganas, cuando llegamos por fin campeoné.

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La vi antes de que ella me viera a mí. Estaba de perfil contra la ventana del café, con la luz de la tarde cayéndole de lado. El vestido gris perla se pegaba a su cuerpo como una segunda piel: cintura imposiblemente estrecha, caderas que se marcaban justo donde el tejido se tensaba, glúteos redondos y firmes que se notaban incluso sentada. Había perdido peso, mucho, pero no de forma enfermiza; era esa delgadez atlética, de quien entrena con disciplina casi obsesiva. Los brazos finos pero con venitas sutiles marcadas, hombros rectos, clavículas prominentes que el escote en V dejaba al descubierto. El cabello largo, lacio, con esas mechas caramelo que atrapaban la luz cada vez que movía la cabeza. Tacones negros de punta fina, piernas cruzadas de forma que el vestido subía lo justo para mostrar la curva del muslo sin llegar a ser indecente.


Me acerqué. Ella levantó la vista del celular y sonrió, esa sonrisa familiar que siempre tuvo, pero ahora con algo más: seguridad absoluta.


—Gael… qué sorpresa tan buena.


El abrazo fue breve, cálido. Su perfume llegó primero: algo caro, vainilla con fondo ahumado que se quedaba en la piel. Cuando se separó, su mano rozó mi antebrazo un segundo más de lo necesario, pero fue casual, como si no lo hubiera notado.


Nos sentamos. Pidió un latte de avena sin azúcar, voz suave pero firme. Yo un americano. Mientras hablaba, noté detalles que no podía ignorar:


  • Cómo se inclinaba ligeramente hacia adelante al escucharme, y el vestido se tensaba sobre los pechos, marcando los pezones sutilmente bajo la tela fina (no llevaba sostén, o era uno muy delgado).
  • Cómo descruzaba y volvía a cruzar las piernas despacio, el roce de las medias (sí, llevaba medias finas color piel) produciendo un sonido casi imperceptible.
  • Cómo se mordía el labio inferior sin darse cuenta cuando recordaba algo gracioso de la infancia, dejando un brillo húmedo en la boca.

Me contó de su consulta en dermatología estética: “Está yendo muy bien, tengo clientas que vienen de provincias”. La maestría en Medicina Estética en España: “Viajo cada tres meses, es agotador pero me encanta el nivel”. El departamento nuevo en Barranco: “Vista al mar, finalmente tengo mi espacio propio”. El Audi Q5 negro que vi estacionado afuera. El bolso Hermès colgado con descuido en el respaldo. No mencionó cómo pagaba nada de eso. Solo dijo, casi en un susurro:


—El divorcio me liberó. A veces uno se queda demasiado tiempo en algo que ya no le da… nada.


Lo dijo mirando la taza, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos. Luego levantó la vista y me miró fijo, como evaluándome. No era seducción directa. Era más bien… curiosidad. O constatación. Como si estuviera midiendo cuánto había cambiado yo también.


El mesero (veintitantos, mandíbula marcada, tatuaje asomando por la manga) le trajo el latte. Ella le sonrió de esa forma: mirada sostenida, cabeza ladeada, “gracias, qué rico se ve”. Él se quedó un segundo de más, tartamudeando algo sobre si necesitaba azúcar. Ella negó con la cabeza, lenta, y él se fue caminando hacia atrás, sin quitarle los ojos de encima.


Minutos después, un hombre de traje (cuarenta y pico, reloj caro, porte de quien maneja dinero) pasó cerca de nuestra mesa camino al baño. La miró. Ella lo notó. Cruzó las piernas de nuevo, esta vez más despacio, dejando que el vestido subiera un centímetro extra. El tipo se detuvo un instante, fingiendo ajustar la corbata, y ella le sostuvo la mirada dos segundos antes de volver a mí con naturalidad, como si no hubiera pasado nada.


El celular vibró. Lo tomó. Leyó. Sus pupilas se dilataron un poco, los labios se entreabrieron en una exhalación casi inaudible. Tecleó rápido, uñas largas haciendo clic-clic. Guardó el teléfono, pero ya no estaba del todo ahí. Su respiración era un poco más profunda, el pecho subiendo y bajando con más ritmo.


—Perdona, Gael… tengo que irme. Me reprogramaron una consulta privada urgente.


Se levantó. El vestido se ajustó de nuevo a todo su cuerpo al enderezarse. Me dio un beso en la mejilla, labios suaves rozando piel, y su mano se posó en mi nuca un instante, dedos enredándose apenas en mi pelo. Olía a deseo contenido, o quizás era mi imaginación.


—Tenemos que vernos pronto, primo. Me encanta que estés de vuelta en mi vida.


Pagó con tarjeta black, salió caminando con ese balanceo de caderas que parecía inconsciente pero no lo era. Afuera, el mismo hombre del traje gris oscuro esperaba junto al Audi. Le abrió la puerta del copiloto. Ella se subió, le rozó el brazo al pasar, y le dio un beso corto pero profundo en la boca antes de que cerrara la puerta. El auto se fue suave, sin prisa.


Me quedé solo en la mesa. El café se había enfriado. Tenía el pulso acelerado, una erección que dolía contra el jean, y la imagen grabada de sus piernas cruzándose, de su boca mordiéndose el labio, de cómo su cuerpo respondía a miradas que no eran la mía. No me había tocado, no me había insinuado nada directo. Pero toda la tarde había sido una exhibición lenta, sutil, de lo que ahora era capaz de provocar… y de lo que yo, por ser el primo, solo podía mirar.


Sabía que me escribiría. Tarde o temprano. Porque algunas tensiones no se resuelven en un café. Se acumulan.













Unos días después del café en Miraflores me llegó el mensaje: “Prima, este sábado es el cumple de Diego (el amigo de la uni que siempre organizaba las carnestolendas). ¿Vienes? Va a estar bueno, en su casa de Surco. Te paso la ubicación. Besos”.


Respondí que sí sin pensarlo mucho. Quería verla de nuevo, aunque fuera en grupo. La curiosidad me carcomía: quién era el tipo del Audi, cómo encajaba en su vida nueva.


Llegué temprano. La casa era grande, moderna, con jardín, piscina iluminada y música electrónica suave de fondo. Había como 40 personas: amigos de la facultad, colegas doctores, algunos con pinta de empresarios. Valeria llegó media hora después. Entró como si el lugar fuera suyo.


Llevaba un vestido negro corto, escote profundo en la espalda que dejaba ver la curva de la columna hasta casi el coxis, tela elástica que se pegaba a cada centímetro de su cuerpo delgado y tonificado. Tacones altos, pelo suelto, labios rojos mate. Se movía con esa confianza que solo da saber que todas las miradas están sobre ti.


Me vio y vino directo: abrazo fuerte, perfume invadiéndome, su pecho presionándose contra el mío un segundo más de lo familiar. “¡Qué bueno que viniste, Gael! Ven, te presento a la gente”.


Todo iba bien al principio. Bebimos, charlamos, reímos con anécdotas viejas. Ella era el centro: bailaba un poco con amigas, se inclinaba para servir tragos y el vestido subía por los muslos, se reía con la cabeza echada atrás dejando el cuello expuesto. Pero no me provocaba a mí; era para todos menos para el primo.


Entonces lo vi. El tipo del Audi. Alto, unos 45, traje sin corbata, reloj grande, sonrisa de quien está acostumbrado a mandar. Se acercó a ella por detrás mientras charlaba con un grupo, le puso una mano en la cintura baja —muy baja—, casi en el límite del culo, y le susurró algo al oído. Ella giró la cabeza, le dio un beso rápido en la comisura de la boca y siguió conversando como si nada. Nadie pareció notarlo raro. Era su hombre. El que pagaba el departamento, el auto, las maestrías, la ropa. El que la tenía “liberada” después del divorcio.


Se llamaba Martín. Lo presentó como “un amigo cercano” cuando nos cruzamos. Me dio la mano firme, mirada evaluadora, pero sin hostilidad. “Encantado, Gael. Valeria habla mucho de ti”. Mentira, seguro, pero sonó educado.


La noche avanzó. Mucho alcohol. Ron con cola, tragos fuertes. Yo no soy de beber tanto, pero el ambiente invitaba. En un momento me senté en un sofá del living, la cabeza me pesaba. Cerré los ojos “solo un segundo”. Me quedé dormido de verdad, o eso creí.


Desperté —o fingí despertar— cuando alguien me sacudió suavemente. Era Martín. “Ey, cuñado, estás frito. Vamos, te llevamos a tu casa. No te preocupes, Valeria insiste”.


Me ayudaron a levantarme. Valeria a un lado, Martín al otro. Subimos al Audi Q5 negro. Yo atrás, ellos adelante. Arrancaron suave por las calles de Surco hacia San Borja, donde vivo.


Al principio silencio. Luego música baja, reggaetón suave. Miré por la ventana fingiendo seguir dormido, cabeza apoyada en el vidrio, ojos entreabiertos.


Vi todo.


La mano de Martín en el muslo de ella, subiendo despacio por debajo del vestido. Ella no lo detuvo; al contrario, abrió un poco las piernas, dejando que los dedos se colaran más arriba. Él le apretó el interior del muslo, luego subió a la teta derecha: la tomó completa, amasó por encima de la tela, pellizcó el pezón hasta que ella soltó un gemidito bajo que intentó disimular con una tos.


Valeria giró la cabeza hacia atrás un segundo, como chequeando si yo seguía “dormido”. Cerré los ojos rápido. Siguió.


Le agarró la mano a ella y la llevó a su entrepierna. Ella abrió el cierre del pantalón sin dudar, sacó el pene ya duro y empezó a masturbarlo lento, con movimientos circulares en la cabeza. Martín respiraba pesado, una mano en el volante, la otra ahora dentro del vestido de ella, moviéndose rítmicamente. Se oía el sonido húmedo de sus dedos dentro de ella.


En un semáforo en rojo, él se inclinó y la besó fuerte, lengua profunda. Ella gimió contra su boca. Luego, sin decir nada, se acomodó en el asiento, levantó el vestido hasta la cintura —no llevaba nada debajo— y se subió encima de él, de espaldas al volante. El auto estaba en parking, luces apagadas en una calle secundaria que habían tomado “para acortar”.


Entró en ella de una sola embestida. Valeria ahogó un grito mordiéndose el labio. Empezaron a moverse: ella subiendo y bajando despacio al principio, luego más rápido, las caderas girando en círculos. Martín le agarraba las tetas por debajo del vestido, las sacaba, las chupaba fuerte mientras ella se apoyaba en el techo del auto para no golpearse la cabeza.


Yo seguía fingiendo dormir, pero veía todo por el retrovisor: su cara de placer, ojos cerrados, boca abierta; el pene de él entrando y saliendo, brillante; los gemidos que ya no intentaban ocultar. “Más duro… sí, así…”, susurraba ella. Él le daba palmadas en el culo que resonaban en el auto cerrado.


Se corrieron casi al mismo tiempo. Ella temblando, cabeza echada atrás; él gruñendo bajo, empujando profundo. Luego se quedaron quietos un minuto, respirando agitados. Ella se bajó, se acomodó el vestido, le dio un beso suave y dijo: “Ahora sí, llevémoslo a su casa antes de que despierte de verdad”.


Arrancaron de nuevo. Yo mantuve los ojos cerrados todo el camino. Cuando llegamos a mi edificio, me “despertaron” con cuidado. Me ayudaron a subir, me dejaron en la puerta. Valeria me dio un beso en la mejilla, inocente, y murmuró: “Duerme bien, primo. Gracias por venir al cumple”.


Cerraron la puerta. El Audi se fue.


Me quedé solo en el pasillo, con el olor de su perfume todavía en la ropa, la imagen grabada en la cabeza y una erección que no bajaba ni con agua fría. No sabía si sentirme traicionado, excitado o las dos cosas. Pero una cosa era clara: lo que vi no era para mí… y sin embargo, me había marcado para siempre.









El auto avanzaba lento por las calles oscuras de Monterrico, semáforos en rojo largos a esa hora de la madrugada. Yo seguía fingiendo dormir profundo: cabeza apoyada contra la ventana fría, ojos entreabiertos apenas una rendija, respiración lenta y fingida. El retrovisor era mi ventana secreta; el espacio entre los asientos delanteros, mi pantalla privada. Cada detalle se sentía amplificado porque no podía moverme, no podía tocarme, no podía hacer ruido. Solo mirar. Y el corazón me latía tan fuerte que temía que lo oyeran.


Martín apagó las luces delanteras en una calle secundaria, puso el auto en parking. El motor seguía ronroneando bajo. Silencio pesado, roto solo por la respiración de ellos dos volviéndose más pesada.


Valeria miró atrás primero. Un vistazo rápido, disimulado como si ajustara el espejo. Yo cerré los ojos al instante, inmóvil. Satisfecha (o eso creí), se giró hacia él. "No aguanto más verte así toda la noche", susurró, voz ronca por el alcohol y el deseo acumulado.


Martín no respondió con palabras. Su mano izquierda subió por el muslo de ella, dedos abriendo camino bajo el vestido negro. Se oía el roce de la tela contra la piel, el sonido sutil de las uñas largas rozando medias (sí, llevaba medias finas color carne que llegaban a medio muslo). Ella abrió las piernas despacio, casi en cámara lenta, como si supiera que cada centímetro que separaba sus rodillas era una provocación invisible. Los dedos de él desaparecieron bajo la falda; un segundo después, el sonido húmedo, inequívoco: dedos deslizándose dentro de ella, moviéndose en círculos lentos. Valeria soltó un suspiro largo, cabeza echada atrás contra el reposacabezas, labios entreabiertos. No gemía fuerte; eran jadeos contenidos, como si supiera que el "primo dormido" estaba a solo metros.


Miré por la rendija: su mano derecha ya estaba en la bragueta de Martín. Abrió el cierre con cuidado, sacó el pene erecto —grueso, venoso, la cabeza brillante de precúmulo bajo la luz azulada del dashboard—. Empezó a masturbarlo con movimientos precisos: palma envolviendo la base, pulgar frotando la cabeza en círculos, luego bajando y subiendo despacio. Martín gruñó bajo, una mano en el volante apretando fuerte, la otra ahora dentro del escote de ella. Sacó una teta completa, pezón rosado y duro, y lo pellizcó entre índice y pulgar. Ella arqueó la espalda, un gemidito escapando que intentó ahogar mordiéndose el labio inferior.


El riesgo me volvía loco. Si abría los ojos del todo, si respiraba más fuerte, si el auto se mecía demasiado… me descubrirían. Y sin embargo, no podía dejar de mirar. Cada detalle se grababa: el brillo de sudor en el cuello de ella, el modo en que sus caderas se movían sutilmente contra la mano de él, el pene latiendo en su puño.


Martín miró el retrovisor otra vez. Contuve la respiración. Sus ojos se detuvieron en mí un segundo eterno. ¿Me vio? ¿Sospechaba? Cerré los ojos, fingí un ronquido suave. Él rio bajito contra el oído de ella: "Está frito el primo. No se entera de nada". Valeria soltó una risita nerviosa, excitada. "Mejor. Así podemos… sin parar".


Se levantó el vestido hasta la cintura con una mano. No llevaba bragas ni tanga; solo las medias y el liguero negro. Su vulva depilada, labios hinchados y brillantes de excitación. Martín la guió: una mano en su cadera, la otra en su pene. Ella se subió encima de él, de espaldas al volante, rodillas apoyadas en los bordes del asiento. Bajó despacio: la cabeza abriéndola, centímetro a centímetro, un gemido ahogado cuando lo tomó entero. "Dios… qué rico te sientes", murmuró ella, empezando a moverse.


Subía y bajaba lento al principio, caderas girando en círculos para frotar el clítoris contra la base de él. El sonido era obsceno en el silencio del auto: chapoteo húmedo, piel contra piel, el roce de las medias contra sus muslos. Martín le sacó las tetas por completo, las amasó fuerte, chupando un pezón con la boca abierta, lengua lamiendo en círculos mientras ella aceleraba. Sus nalgas rebotaban contra sus muslos, el auto se mecía ligeramente con cada bajada. Vidrios empañándose por la respiración agitada de los dos.


Yo veía todo en el retrovisor: su cara de placer puro, ojos semicerrados, boca abierta en jadeos silenciosos; el pene entrando y saliendo, cubierto de sus jugos, brillando cada vez que salía; las manos de él abriendo su culo, dedos rozando el ano en círculos mientras ella se tocaba el clítoris con dos dedos, frotando rápido. "Más duro… fóllame como si nadie nos viera", susurró ella, voz temblorosa. Martín empujó desde abajo, embestidas cortas y profundas, el sonido de bolas golpeando contra ella resonando en el espacio cerrado.


El voyerismo era total: no solo los veía follar, los veía disfrutar sabiendo que yo estaba ahí, "dormido". Cada gemido de ella me llegaba directo al estómago, cada movimiento hacía que mi propia erección doliera contra el jean sin poder tocarme. Temía que un ronquido mal fingido, un movimiento involuntario, los alertara. Pero no paraban. Ella se corrió primero: cuerpo temblando, un grito ahogado que mordió en su propio antebrazo, coño apretando visiblemente alrededor de él en espasmos. Martín la siguió: gruñido gutural, empujando profundo una última vez, llenándola mientras ella seguía moviéndose lento, ordeñándolo.


Se quedaron quietos, jadeando. Un hilo de semen blanco escapó por el muslo interior de ella cuando se levantó. Lo limpió con un pañuelo del guantero, se acomodó el vestido. Le dio un beso lento, lenguas entrelazadas, y murmuró: "Eres adictivo… no sé cómo parar esto". Él rio: "No tienes que parar. Mientras el primo duerma, seguimos".


Arrancaron de nuevo. Yo mantuve la farsa hasta la puerta de mi edificio. Cuando me "despertaron", fingí confusión total. Valeria me besó la mejilla, labios todavía hinchados y calientes, aliento con olor a sexo y alcohol. "Duerme bien, Gael. Gracias por venir".


Entré solo. Me masturbé tres veces esa noche pensando en cada detalle que había visto sin que supieran. La tensión voyerista no se fue; se instaló. Ahora cada vez que la veía, cada mensaje, cada abrazo familiar… recordaba esa noche. Y quería más. Mucho más.



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Un sábado por la tarde decidí ir a su departamento en Barranco sin avisar mucho. Le escribí solo: “Prima, estoy cerca, ¿te caigo?”. Respondió rápido: “Ven, estoy sola. Trae algo de beber si quieres”. Llegué con una botella de pisco y unas limas. El portero me dejó subir sin problema; ya me conocía de la vez que me dejó en la puerta después del cumpleaños.

Valeria abrió la puerta descalza, con un short de algodón gris muy corto y una camiseta blanca oversized que le llegaba justo por encima de la mitad del muslo. Sin sostén, se notaba: pezones marcándose sutilmente contra la tela fina cuando se movía. El pelo suelto, recién lavado, oliendo a shampoo de coco. Me abrazó fuerte, pecho contra pecho, y me dio un beso en la mejilla que rozó la comisura de la boca.

—Pasa, Gael. Qué bueno verte. Justo estaba aburrida.

El departamento era tal como lo imaginaba: piso alto, ventanales enormes con vista al malecón y al mar gris de Lima en invierno. Balcón amplio, muebles minimalistas, una barra con luces LED. Pusimos música suave (R&B lento, The Weeknd de fondo), preparamos tragos: pisco sour bien helado. Nos sentamos en el sofá grande, charlando como si nada: de la familia, de su consulta, de mis cosas. Ella reía, se inclinaba hacia mí cuando contaba algo, el short subiéndose un poco por los muslos tonificados. Rozaba mi rodilla "sin querer" al cruzar las piernas. Todo normal, familiar… pero con esa electricidad de fondo que ya conocía.

En un momento, su celular vibró sobre la mesa de centro. Lo miró de reojo, sonrió para sí misma, una sonrisa pequeña y secreta. Tecleó rápido, guardó el teléfono y siguió conversando como si nada. Pero cinco minutos después, vibró otra vez. Esta vez lo tomó, leyó, y su expresión cambió: pupilas dilatadas, respiración un poco más profunda.

—Ay, perdona un segundo, Gael. Tengo que bajar un momento. Es… una entrega que esperaba. Vuelvo enseguida. Sírvete otro trago, ¿sí?

Se levantó, se puso unas zapatillas deportivas sin calcetines, agarró las llaves y salió sin más explicación. La puerta se cerró suave. Me quedé solo en el living, con el pisco en la mano y una curiosidad que me quemaba.

Me acerqué al balcón. Desde ahí se veía la calle abajo: el Audi Q5 negro estacionado justo frente al edificio, luces apagadas, motor encendido. Martín estaba al volante, mirando hacia arriba como esperando. Valeria salió del portal caminando rápido, pelo moviéndose con el viento del atardecer. Abrió la puerta del copiloto y se subió sin dudar.

No arrancaron. Se quedaron ahí, en el auto estacionado en plena calle, a la vista de cualquiera que pasara… pero a esa hora no había casi nadie. Desde el balcón (quinto piso, ángulo perfecto), veía todo con claridad: el parabrisas delantero, los asientos, sus siluetas.

De la nada, como si hubieran estado esperando ese momento exacto, empezaron.

Martín la tomó por la nuca y la besó fuerte, lengua profunda desde el primer segundo. Ella respondió igual: manos en su pelo, tirando un poco. Se besaban con hambre, como si no se hubieran visto en semanas. Él bajó la mano al short de ella, metió los dedos por debajo de la tela, directo al coño. Valeria abrió las piernas en el asiento, una rodilla contra el dashboard, la otra contra la puerta. Se oía nada desde arriba, pero veía los movimientos: los dedos de él moviéndose rápido dentro de ella, el short bajado hasta los tobillos en un tirón brusco.

Ella le abrió la bragueta casi al mismo tiempo. Sacó el pene ya duro, lo masturbó con la mano entera, apretando fuerte en la base. Martín gruñó (lo vi en su cara), le sacó la camiseta por encima de la cabeza de un solo movimiento. Tetas libres, pezones duros por el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta. Los chupó fuerte, alternando uno y otro, mordiendo lo justo para que ella arqueara la espalda y echara la cabeza contra el vidrio.

Valeria se subió encima de él sin quitarse el short del todo; solo lo bajó lo suficiente. Se acomodó, guió el pene con la mano y bajó de golpe. Entró entero en una embestida. Su boca se abrió en un gemido silencioso que vi desde arriba: cabeza echada atrás, ojos cerrados, manos apoyadas en el techo del auto para no golpearse. Empezó a moverse: subiendo y bajando rápido, caderas girando en círculos, culo rebotando contra sus muslos. Martín le agarraba las nalgas con las dos manos, abriéndola, dándole palmadas que hacían temblar la carne. El auto se mecía visiblemente, suspensiones crujiendo.

Desde mi posición, veía los detalles crudos: el pene entrando y saliendo, brillante de sus jugos; sus tetas rebotando con cada bajada; la cara de ella en éxtasis puro, mordiéndose el labio para no gritar; Martín empujando desde abajo, embestidas cortas y brutales. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos, frotando rápido mientras lo montaba. El vidrio del copiloto se empañó por la respiración de los dos.

No duró mucho. Ella se corrió primero: cuerpo temblando, un grito ahogado que mordió en el hombro de él, coño apretando visiblemente. Martín la siguió segundos después: empujó profundo, gruñó con la cara enterrada en su cuello, llenándola mientras ella seguía moviéndose lento para exprimirlo todo.

Se quedaron quietos un minuto, jadeando. Ella se bajó, se limpió con un pañuelo que sacó de la guantera, se puso la camiseta y subió el short. Le dio un beso lento, lenguas todavía entrelazadas, y salió del auto. Martín se acomodó la ropa, encendió las luces y se fue sin prisa.

Valeria entró al edificio. Yo volví rápido al sofá, me senté como si nada, tomé un trago grande para calmar el pulso y la erección que me dolía contra el pantalón.

Entró dos minutos después, pelo un poco revuelto, mejillas sonrojadas, olor a sexo y perfume mezclado.

—Perdona la demora, era una cosa rápida —dijo con una sonrisa inocente, sentándose a mi lado como si no hubiera pasado nada—. ¿Seguimos con los tragos?

Me miró fijo un segundo, como evaluándome. ¿Sabía que había visto? ¿O era solo paranoia mía?

Asentí, serví otro pisco sour, pero mi mente estaba en loop: la imagen de ella montándolo en el auto, de la nada, delante de cualquiera… y yo, el primo, mirando desde arriba como un puto voyeur.

La tensión entre nosotros se hizo más densa esa tarde. Cada roce "casual", cada mirada, cada risa… todo sabía a lo que acababa de ver. Y yo no sabía si quería confrontarla… o esperar a que pasara de nuevo.





Llegué al departamento de Valeria alrededor de las 5 de la tarde. Le había escrito solo “¿Estás en casa? Paso un rato”. “Claro, sube. Trae algo rico si quieres”. Fui con una botella de pisco Barsol y limas frescas. El portero me reconoció y me abrió sin preguntar.

Valeria abrió la puerta con una sonrisa perezosa, como si acabara de despertarse de una siesta. Vestía un conjunto muy casual pero jodidamente sexy sin esfuerzo: un short de algodón gris claro, de esos deportivos cortitos que apenas cubrían la mitad del culo, tela fina que se pegaba a las curvas de los glúteos y dejaba ver el contorno de las nalgas cuando se movía. Arriba, una camiseta blanca oversize de algodón suave, sin sostén evidente: los pezones se marcaban sutilmente contra la tela cada vez que se inclinaba o reía, y el escote holgado dejaba ver el inicio del canalillo y la piel bronceada del pecho. Descalza, uñas pintadas de rojo oscuro, pelo suelto y un poco ondulado por la humedad de Lima, oliendo a shampoo de vainilla y coco.

—Pasa, Gael. Qué bueno verte. Justo estaba vagueando.

Nos sentamos en el sofá grande del living, con vista al balcón y al mar gris. Pusimos música baja (R&B sensual, algo de SZA y The Weeknd), preparamos pisco sours bien helados. Charlando como siempre: familia, trabajo, anécdotas. Ella se sentaba con las piernas cruzadas, el short subiéndose por los muslos tonificados, rozando “sin querer” mi rodilla al gesticular. Todo inocente, familiar… pero con esa tensión de fondo que ya me era familiar.

El celular vibró sobre la mesa de vidrio. Lo miró, sonrió esa sonrisa secreta que ya conocía, tecleó rápido y lo dejó boca abajo. Siguió conversando. Diez minutos después, vibró otra vez. Esta vez leyó más tiempo, mordió el labio inferior un segundo, y su respiración cambió: más profunda, más lenta.

—Oye, perdona un ratito, Gael. Tengo que bajar un segundo. Es… una entrega que esperaba. No tardo.

Se levantó, se puso unas zapatillas blancas deportivas sin calcetines, agarró las llaves y el celular. Salió descalza casi, el short marcando cada paso. La puerta se cerró suave.

Me acerqué al balcón. Desde el quinto piso tenía vista perfecta: el Audi Q5 negro estacionado justo enfrente, motor encendido, luces apagadas. Martín al volante: camisa blanca de vestir con los primeros botones abiertos (se veía el pecho depilado y un collar de cadena fina), pantalón chino gris oscuro, reloj grande plateado en la muñeca izquierda. Pelo peinado hacia atrás, barba de tres días, expresión de quien espera con paciencia, pero con ganas.

Valeria salió del portal caminando rápido, pelo moviéndose con la brisa. Abrió la puerta del copiloto y se subió. No arrancaron. Se quedaron ahí, en plena calle, a las 6:30 pm, con luz todavía, pero poca gente pasando.

De la nada, empezaron.

Martín la tomó por la nuca con la mano derecha y la besó con fuerza, lengua invadiendo desde el primer segundo. Ella respondió igual: manos en su pelo, tirando un poco. Se besaban como animales. Él metió la mano izquierda por debajo del short, directo al coño; Valeria abrió las piernas en el asiento del copiloto, una rodilla contra el tablero, la otra contra la puerta. El short fue bajado de un tirón hasta los tobillos en segundos.

Ella le abrió la bragueta casi al mismo tiempo. Sacó el pene erecto (grueso, venoso, cabeza brillante), lo masturbó con la mano entera, apretando fuerte. Martín le sacó la camiseta por encima de la cabeza: tetas libres, pezones duros por el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta. Los chupó alternando, mordiendo lo justo para que ella arqueara la espalda y echara la cabeza contra el vidrio.

Primera posición: ella montándolo de frente. Se subió encima, rodillas en los bordes del asiento, guió el pene y bajó de golpe. Entró entero. Empezó a cabalgar rápido: caderas subiendo y bajando, culo rebotando contra sus muslos, tetas saltando con cada movimiento. Martín le agarraba las nalgas, abriéndolas, dándole palmadas que hacían temblar la carne. El auto se mecía visiblemente.

Cambiaron. Segunda posición: ella de espaldas a él, “reverse cowgirl”. Se giró, se apoyó en el dashboard con las manos, culo hacia Martín. Bajó de nuevo, pene entrando profundo. Movía las caderas en círculos grandes, luego hacia adelante y atrás, frotando el clítoris contra la base. Martín le agarraba la cintura con las dos manos, empujando desde abajo, embestidas cortas y brutales. Veía su cara en el retrovisor: ojos cerrados, boca abierta en jadeos silenciosos, pelo pegado a la espalda por el sudor.

Tercera posición: más apretada, más cruda. Martín reclinó el asiento del copiloto lo máximo posible. Ella se acostó boca arriba, piernas abiertas en V, una pierna sobre el respaldo, la otra contra la ventana. Él se inclinó encima, pene entrando y saliendo rápido, profundo. Le chupaba las tetas mientras empujaba, una mano en su clítoris frotando en círculos. Ella se mordía el antebrazo para no gritar.

Todo duró casi dos horas. No fue un polvo rápido; fue maratónico, con pausas cortas para besos profundos, para que ella le chupara un rato (la vi bajar la cabeza, pelo cayendo como cortina), para que él la lamiera entre las piernas mientras ella se apoyaba en el techo. El vidrio del copiloto se empañó completamente. El auto se mecía intermitentemente. A ratos paraban, se miraban riendo bajo, se besaban lento, y volvían a empezar.

Yo esperé en el balcón todo ese tiempo. Dos horas de puro voyerismo. Bebí pisco solo, directo de la botella, para calmar los nervios y la erección que no bajaba. Cada vez que pensaba “ya terminaron”, volvían. El sol se puso, la calle se oscureció, y seguían.

A las 8:30 pm aproximadamente, terminaron de verdad. Ella se corrió una última vez temblando, él empujó profundo y se quedó quieto. Se limpiaron con pañuelos, se vistieron rápido. Martín le dio un beso lento, le pellizcó el culo juguetón. Ella salió del auto, pelo revuelto, mejillas rojas, caminar un poco tambaleante.

Subió al edificio. Yo corrí al sofá, me senté, serví otro trago como si nada.

Sonó el timbre. El corazón me saltó a la garganta. Pensé: “Ya volvió, y ahora qué le digo”. Me acerqué a la puerta, miré por la mirilla.

No era ella. Era una vecina: mujer de unos 40, pelo corto, bata de casa, con una sonrisa amable.

—Buenas noches. Disculpa, ¿eres el primo de Valeria? Escuché ruido en el pasillo y pensé que era ella. ¿Está todo bien?

—Eh… sí, sí. Todo bien. Ella… bajó un momento.

—Ah, ok. Es que a veces se olvida las llaves. Si la ves, dile que le dejé un paquete en la portería.

Asentí, cerré la puerta. Me quedé ahí, apoyado en la madera, respirando agitado.

Cinco minutos después, Valeria entró. Short y camiseta de nuevo, pelo recogido en un moño desordenado, olor a sexo, sudor y perfume mezclado. Sonrió como si nada.

—Perdona la demora, amor. La entrega se complicó un poco. ¿Seguimos con los tragos?

Se sentó a mi lado, pierna rozando la mía, y me miró fijo un segundo más de lo normal. ¿Sabía? ¿O era solo mi paranoia?

La noche siguió. Pero yo ya no era el mismo.

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Sonó el timbre otra vez, justo cuando me estaba calmando en el sofá con el pisco en la mano. El corazón me dio un vuelco: “******, ahora sí es Valeria”. Me levanté, miré por la mirilla. No era ella.

Era la vecina: una mujer de unos 42 años, pelo corto castaño con mechas grises, ojos hinchados y rojos de llorar. Vestía una bata de casa floreada, descolorida por los lavados, con zapatillas de lana y un collar barato de perlas falsas. Parecía cansada, como si la vida la hubiera golpeado fuerte.

Abrí la puerta un poco, fingiendo normalidad.

—Buenas noches. ¿Eres el primo de Valeria? —preguntó con voz temblorosa, secándose una lágrima con el dorso de la mano.

—Sí, Gael. ¿Todo bien?

Ella suspiró profundo, miró al pasillo vacío y entró un paso sin que la invitara, como si necesitara desahogarse con cualquiera.

—Perdona que moleste, pero… vi que Valeria no estaba y pensé que eras un amigo. Estoy hecha ******, chico. Mi marido me dejó hace dos meses por una más joven, de 25, imagínate. Llevábamos 15 años casados, dos hijos, y ahora vivo sola en este edificio caro que ni puedo pagar. Trabajo en una oficina de contabilidad, pero el estrés me está matando. Duermo mal, lloro todo el día… ¿tú has pasado por algo así?

Me quedé ahí, escuchando. No supe qué decir al principio. Le ofrecí entrar un segundo, pero se quedó en la puerta. Contó detalles: cómo él la engañaba con mensajes que encontró en el celular, cómo el divorcio la dejó sin nada más que deudas, cómo se sentía invisible y no deseada. “A mi edad, ¿quién me va a querer? Solo sirvo para ser la mamá de mis hijos”. Lágrimas rodando, voz quebrada. Le di un abrazo torpe, le dije que era fuerte, que valía mucho, lo típico. Ella se calmó un poco, me dio las gracias y se fue diciendo: “Dile a Valeria que es afortunada de tener familia como tú. Buenas noches”.

Cerré la puerta, volví al sofá. Me serví otro pisco sour, pensando en lo irónico: la vecina rota por un divorcio, y Valeria viviendo lo opuesto, con su "arreglo" que la mantenía a flote. El alcohol me ayudaba a procesar lo que había visto en el auto, pero la erección no bajaba del todo.

Diez minutos después, oí el ascensor. La puerta se abrió. Valeria entró… con Martín detrás. Ella aún con el short gris corto y la camiseta blanca oversize (ahora un poco arrugada, con manchas sutiles de sudor en las axilas), pelo en un moño desordenado, mejillas sonrojadas. Martín: camisa blanca de lino con mangas arremangadas (se veían venas en los antebrazos), pantalón chino gris oscuro ajustado en la entrepierna (donde se marcaba un bulto evidente), zapatos mocasines negros sin calcetines, reloj plateado grande.

— ¡Sorpresa! —dijo Valeria riendo, como si nada—. Martín pasaba por aquí y le dije que subiera. ¿No te molesta, primo? Vamos a tomar un rato los tres.

Martín me dio la mano firme, sonrisa confiada. “Qué tal, Gael. Buena onda verte de nuevo”. Olía a colonia fuerte, mezclada con el olor a sexo reciente que traían del auto. Nos sentamos en el living: yo en el sofá solo, ellos en el otro, pegados. Preparamos más pisco sours, charlamos superficial: del tráfico en Lima, del clima nublado, de la fiesta del otro día. Valeria reía mucho, rozando la pierna de Martín "sin querer", inclinándose para que la camiseta se abriera y dejara ver más pecho. Martín le ponía la mano en la rodilla, subiendo un poco, pero disimulado. Bebimos tres rondas; el alcohol fluía, la tensión crecía. Yo fingía normalidad, pero mi mente repetía las imágenes del auto.

Después de una hora, Valeria se levantó estirándose, el short subiéndose por el culo.

—Chicos, estoy muerta. Martín, ¿me ayudas con algo en el cuarto? Gael, quédate, toma lo que quieras. Vuelvo en un rato.

Martín la siguió sin decir nada, solo una mirada de complicidad. Cerraron la puerta del dormitorio principal, al fondo del pasillo. Yo me quedé en el living, con la música baja y el pisco enfriándose. Al principio, silencio. Luego, sonidos: risitas bajas, el crujido de la cama.

Empezó suave: besos ruidosos, ropa cayendo al piso (oí el short deslizándose, la camiseta tirada). Luego, gemidos. Valeria jadeando bajo al principio: “Mmm… sí, tócalo”. Martín gruñendo: “Estás tan mojada todavía del auto, puta… te encanta que te folle en cualquier lado, ¿no?”.

El sexo se volvió duro y loco rápido. Oí todo desde el sofá, pared delgada: la cama golpeando contra la pared rítmicamente, piel contra piel chapoteando fuerte. Valeria gritaba sin contención: “¡Más duro, joder! ¡Fóllame como a tu perra!”. Jadeos profundos, ahogados, como si mordiera la almohada a ratos.

Primera pose: misionero brutal. Oí cómo él la penetraba de golpe: “Toma toda mi verga, Valeria… sientes cómo te abro, ¿eh?”. Ella: “¡Sí, papi! ¡Me estás rompiendo el coño!”. Embistes rápidos, cama crujiendo, ella jadeando entrecortado: “Ah… ah… ah…”. Gritos subiendo: “¡No pares, me vengo!”.

Cambiaron. Segunda pose: ella encima, cabalgando. Oí el cambio: “Sube, puta, muévete como sabes”. Valeria: “Te voy a ordeñar con mi coño apretado… mira cómo te monto”. Sonidos de rebotar, nalgas contra muslos, ella acelerando: “¡Joder, ¡qué rico! ¡Tu verga me llena toda!”. Jadeos locos, casi animales: “Oh dios… sí… más profundo…”. Él: “Aprieta más, perra divorciada… esto es lo que necesitas, no tu ex marica”.

Tercera pose: por detrás, doggy style salvaje. Oí cómo la volteaban: “Date vuelta, culo arriba”. Martín: “Te voy a dar por el culo también, ¿quieres?”. Ella: “¡No, hoy no… fóllame el coño primero! ¡Dame nalgadas!”. Palmadas resonando fuertes, piel roja imaginaria. Embistes profundos: “Toma, toma… sientes mis huevos golpeándote, ¿eh?”. Valeria gritando alto: “¡Sí, papi! ¡Me estás matando… ahhh… fóllame más duro, hazme gritar!”. Jadeos entrecortados, casi sollozos de placer: “¡Me corro otra vez… joder, sí!”.

Cuarta pose: contra la pared o el cabecero, de pie. Oí movimiento: “Levántate, contra la pared”. Él: “Abre las piernas, puta… te voy a clavar hasta que llores”. Ella: “¡Hazlo! ¡Quiero tu semen dentro… lléname como siempre!”. Golpes secos contra la madera, ella jadeando ronco: “Ah… ah… más… no pares… ¡soy tu puta mantenida!”. Gritos finales: “¡Me vengo… sí, córrete conmigo!”.

Duró como 45 minutos. Terminaron con un clímax loco: ambos gritando al unísono, cama temblando, silencio después roto por risas bajas y besos. Martín: “Eres una loca, Valeria… el primo debe haber oído todo”. Ella: “Shh… que se joda, es familia”.

Salieron media hora después, Valeria con una bata de seda roja corta (sin nada debajo, pezones marcándose), Martín con el pantalón y camisa desabotonada. “Perdona el ruido, Gael”, dijo ella guiñando un ojo. “Martín se va ya. ¿Quieres quedarte a dormir?”.

Asentí, pero mi mente estaba en llamas. Esa noche, solo en el sofá cama, me masturbé recordando cada grito, cada diálogo sucio. La tensión voyerista me tenía atrapado.









Después de que la vecina se fue y Martín subió con Valeria, la noche se volvió aún más densa. Tomamos tres rondas más de pisco sour en el living: ellos pegados en el sofá, yo enfrente fingiendo normalidad. Valeria con su short gris corto y camiseta blanca oversize (ahora con el cuello estirado por los tirones del auto), Martín con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, pantalón chino gris marcando la erección que no disimulaba. Rozaban piernas, manos en muslos, risas bajas. El alcohol hacía que todo pareciera inocente… hasta que no lo fue.

Valeria se levantó de golpe, estirándose con los brazos arriba (la camiseta subiéndose hasta mostrar el ombligo y el borde inferior de las tetas).

—Chicos, ya no aguanto más. Estoy ardiendo. Martín, ven al cuarto. Gael, quédate tranquilo, toma lo que quieras. No tardamos… o sí, quién sabe.

Martín la siguió con una sonrisa depredadora, mano en su culo al pasar por el pasillo. Cerraron la puerta del dormitorio. Al principio, silencio. Luego, el clic del pestillo. Y empezó.

Primero: besos ruidosos, ropa cayendo al piso con prisa. Oí el short deslizándose por sus piernas, la camiseta tirada contra la pared. Jadeos bajos: “Estás empapada todavía del auto, puta… te encanta que te cojan en cualquier lado, ¿verdad?”. Ella: “Sí, papi… y ahora quiero que me destroces aquí”.

Pose 1: Misionero salvaje contra el cabecero La cama empezó a golpear la pared con fuerza rítmica. Embistes profundos, rápidos. Valeria gritando sin filtro: “¡Más duro, joder! ¡Clávamela hasta el fondo!”. Martín: “Toma toda mi verga, perra… sientes cómo te abro el coño, ¿eh? Esto es lo que tu ex nunca te dio”. Ella jadeaba entrecortado: “¡Ah… ah… sí! ¡Me estás rompiendo… no pares, me vengo ya!”. Golpes secos, piel contra piel chapoteando fuerte. Gritos subiendo: “¡Córrete dentro, lléname!”. Terminaron esa ronda con ella temblando, un grito largo y ronco.

Pose 2: Cabalgada inversa (reverse cowgirl) brutal Cambio de ritmo. Oí cómo la volteaban: “Date vuelta, culo arriba… móntame como la puta que eres”. Valeria: “Te voy a reventar la verga con mi coño apretado… mira cómo te monto”. Sonidos de rebotar intenso: nalgas contra muslos, cama crujiendo como si fuera a romperse. Ella acelerando: “¡Joder, ¡qué rico! ¡Tu verga me llega al útero… más rápido, papi!”. Martín: “Aprieta más, divorciada mantenida… muévete como si te pagaran por esto”. Jadeos animales de ella: “Oh dios… sí… me corro otra vez… ¡ahhh!”. Palmadas resonando en su culo, carne temblando.

Pose 3: Perro (doggy style) contra la pared Oí movimiento: la levantaron de la cama. Golpes contra la madera del cabecero o la pared. “Apóyate en la pared, abre las piernas… te voy a dar por atrás hasta que llores”. Valeria: “¡Hazlo! ¡Dame nalgadas fuertes, quiero marcas!”. Embistes brutales: “¿Toma… toma… sientes mis huevos golpeándote el clítoris, puta?”. Ella gritando alto: “¡Sí, papi! ¡Me estás matando… fóllame más duro, hazme gritar como nunca!”. Palmadas secas, una tras otra. “¡Me vengo… joder, sí… no pares!”. Martín: “Aprieta ese coño… voy a llenarte otra vez”.

Pose 4: Piernas al hombro (full nelson modificado) La levantaron. Oí cómo la cargaban: “Levanta las piernas, te voy a clavar de pie”. Valeria jadeando: “¡Sí… sostenme… fóllame en el aire!”. Golpes profundos, cuerpo contra cuerpo. Ella: “¡Tu verga me está partiendo… más profundo, papi… quiero sentirte en la garganta!”. Martín gruñendo: “Eres mi puta personal… te pago todo para que me dejes usarte así”. Gritos ahogados: “¡Ah… ah… me corro de nuevo… lléname, córrete dentro!”. El sonido de sudor y fluidos goteando.

Pose 5: 69 agresivo en la cama Pausa corta, risas bajas. Luego: “Baja la boca, chúpamela mientras te lamo”. Sonidos de succión fuerte, gemidos ahogados. Valeria: “Tu verga sabe a mí… me encanta tragármela toda”. Martín: “Chúpala profundo, puta… mientras te meto la lengua en el culo”. Jadeos mutuos, gorgoteos, ella gimiendo con la boca llena: “Mmm… sí… me voy a correr en tu cara”.

Pose 6: Spooning intenso (de lado, penetración profunda) Volvieron a la cama. “Acuéstate de lado, pierna arriba… te voy a follar lento pero profundo”. Embistes lentos al principio, luego acelerando. Valeria: “¡Sí… justo ahí… me estás tocando el punto G… no pares!”. Martín: “Sientes cómo te abro desde este ángulo… vas a correrte sin tocarte”. Ella jadeando ronco: “¡Me vengo… ahhh… sí, papi… lléname otra vez!”.

Duró casi una hora y media. Terminaron con un clímax final loco: ambos gritando al unísono, cama temblando, silencio roto por respiraciones pesadas y risas bajas. Martín: “Eres una loca insaciable… el primo debe haber oído cada grito”. Valeria: “Que oiga… es familia, no pasa nada. Además, me prende saber que escucha”.

Salieron media hora después. Valeria con la bata de seda roja corta (abierta por delante, pezones visibles, muslos brillantes de sudor y semen), Martín con el pantalón puesto pero camisa abierta. Ella se sentó a mi lado en el sofá, pierna rozando la mía, olor a sexo invadiendo todo.

—Perdona el escándalo, primo —dijo con una sonrisa pícara—. A veces nos dejamos llevar. ¿Quieres otro trago… o prefieres irte a dormir?

Me miró fijo, como retándome. Yo tenía la polla dura como piedra, el pulso en la garganta, y la cabeza llena de cada pose, cada grito, cada diálogo sucio que había oído sin ver.

La noche no había terminado.
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La vecina se fue por fin, todavía con los ojos rojos y murmurando un “gracias por escucharme, Gael”. Cerré la puerta con cuidado, el eco del pasillo vacío. El departamento quedó en silencio por un momento, solo la música baja del living y el rumor lejano del mar contra el malecón de Barranco.

Martín y Valeria salieron del cuarto unos minutos después. Ella con la bata de seda roja corta, abierta por delante lo suficiente para que se viera el inicio de las tetas y el muslo brillante de sudor. Martín ya con la camisa abotonada a medias, pantalón puesto, pelo revuelto. Se despidieron en la puerta del living: un beso lento, lengua visible un segundo, mano de él en su culo apretando una última vez.

—Nos vemos mañana, preciosa —dijo él en voz baja—. Descansa… o no.

Valeria rio ronca, le dio un beso en la comisura de la boca y cerró la puerta detrás de él. El clic del cerrojo sonó definitivo.

Yo me había levantado del sofá y me fui al cuarto de invitados sin decir nada. No quería fingir más normalidad. Me senté en la cama individual, luces apagadas, solo la luz tenue del pasillo filtrándose por debajo de la puerta. El alcohol me pesaba en las venas, la cabeza daba vueltas con todo lo oído: los gritos, los diálogos sucios, las palmadas, los gemidos que todavía resonaban en mis oídos como un eco obsceno.

Pasaron unos minutos. Oí sus pasos descalzos por el pasillo. La puerta del cuarto de invitados se abrió despacio. Valeria entró, cerró detrás de ella. La bata seguía abierta, pezones duros por el aire fresco, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros, olor a sexo y perfume caro invadiendo el espacio pequeño.

Se acercó a la cama, se sentó al borde, a mi lado. No dijo nada al principio. Solo me miró en la penumbra, ojos brillantes, como evaluándome.

Luego, con voz suave pero ronca todavía por los gritos de hace rato:

—Primo… lo siento por lo que escuchaste.

Puse la mirada en el piso. No respondí de inmediato. Ella suspiró, se acercó más, su muslo rozando el mío. Puso una mano en mi rodilla, dedos cálidos, uñas largas rozando la tela del pantalón.

—No quería que oyeras todo eso. O… no sé, quizás sí. No lo planeé, pero pasó. Martín… él es el que me mantiene. Desde el divorcio. Me paga el departamento, el auto, las maestrías, la ropa, todo. A cambio de… esto. De ser suya cuando quiere. No es amor, Gael. Es un arreglo. Me da lo que necesito y yo le doy lo que quiere. Y a veces… es muy intenso. Como hoy.

Hizo una pausa. Su mano subió un poco por mi muslo, no agresiva, solo un roce lento, casi casual.

—Te vi en el café esa vez, y después en el cumpleaños… y supe que lo sospechabas. Pero oírlo todo… no sé si te dolió o te prendió. Dime la verdad, primo. ¿Te molestó? ¿O te excitó escuchar cómo me follaba así?

Su voz bajó a un susurro, cerca de mi oído. Olía a él todavía, a semen y sudor mezclado con su perfume.

—Porque si te excitó… no tienes que avergonzarte. Somos familia, pero ya no somos niños. Y yo… después de tanto tiempo, me gusta sentir que alguien me mira de verdad. Aunque sea escuchando desde el otro lado de la pared.

Me miró fijo. La mano se quedó quieta en mi muslo, pero el pulgar empezó a hacer círculos suaves, subiendo despacio hacia la entrepierna.

—Te contaré más si quieres. Quién es él exactamente, cómo empezó, cuánto me da… o cuánto me hace correrme. O… si prefieres, puedo callarme y simplemente… tocarte. Como nunca te toqué cuando éramos chicos.

Se inclinó un poco más. Sus tetas rozaron mi brazo por debajo de la bata abierta. Labios a centímetros de los míos.

—¿Qué quieres, Gael? Dime. Porque esta noche… no quiero que te vayas con solo lo que oíste.

El silencio se hizo pesado. Mi pulso latía en la garganta, la erección que no había bajado desde la fiesta ahora dolía contra el pantalón. Ella esperaba, paciente, con esa sonrisa pequeña y pícara que siempre tuvo… pero ahora cargada de algo mucho más oscuro.

La pelota estaba en mi cancha.























Se inclinó un poco más hacia mí en la penumbra del cuarto de invitados, su bata de seda roja abierta dejando ver la curva interna de sus tetas y el brillo sutil de sudor en su piel. Su mano seguía en mi muslo, pulgar haciendo círculos lentos que subían peligrosamente cerca de mi entrepierna. El olor a sexo reciente era abrumador, un recordatorio vivo de todo lo que había oído desde el living.

Yo tragué saliva, la voz me salió ronca:

—Cuéntame más, Valeria. Quiero saber todo. Quién es él de verdad… y cómo empezó esto.

Ella sonrió, esa sonrisa pícara y un poco culpable que siempre tuvo desde chicas. Se acomodó mejor en la cama, cruzando las piernas de forma que la bata se abrió más por abajo, mostrando el muslo interior y un atisbo de su vulva depilada, todavía hinchada por lo de hace rato. No lo cubrió; al contrario, parecía disfrutarlo.

—Ok, primo. Si quieres detalles… te los doy. Pero no me juzgues, ¿eh? Después del divorcio del segundo esposo —ese cabrón que me dejó con deudas y el ego hecho ******—, estaba perdida. Había terminado la residencia en dermatología estética, pero mi consulta en San Isidro iba lento. Clientas pocas, facturas acumuladas. Entonces apareció Martín.

Hizo una pausa, su mano subió un centímetro más por mi pantalón, rozando el borde de mi erección. Siguió:

—Es un empresario grande, de unos 48 años, dueño de una cadena de clínicas privadas en Lima y provincias. Lo conocí en un congreso médico en Arequipa, hace dos años. Él estaba buscando invertir en estética, y yo di una charla sobre tratamientos láser. Me acercó después, me invitó a cenar “para hablar de negocios”. Al principio fue profesional: me ofreció un puesto en su clínica principal, como consultora senior. Buen sueldo, horarios flexibles. Acepté porque necesitaba el dinero.

Sus dedos apretaron suavemente mi muslo, como enfatizando.

—Pero no tardó en escalar. En la primera semana, me invitó a su oficina privada. Me dijo que veía “potencial” en mí, que podía ayudarme a “mejorar”. Pagó mis operaciones estéticas: liposucción en abdomen y glúteos para quedarme más delgada y tonificada, implantes de pecho sutiles para que quedaran firmes pero naturales, tratamientos de botox y fillers en la cara para verme más joven. Todo en su clínica, gratis. Me sentía como una muñeca que él estaba moldeando, pero… me gustaba. Me hacía sentir deseada de nuevo.

Se inclinó más, su aliento cálido contra mi cuello. La mano ahora rozaba directamente mi polla por encima del pantalón, un toque ligero pero intencional.

—Luego vino lo grande: me compró este departamento en Barranco. Dijo que era “una inversión”, pero en realidad era para que viviéramos nuestros encuentros sin hoteles cutres. Vista al mar, tres habitaciones, jacuzzi en el baño principal… todo a mi nombre. El Audi Q5 negro fue lo siguiente: “Para que llegues a las consultas con estilo”, me dijo. Y las maestrías en España: él paga los módulos, los viajes en business class, el hotel cinco estrellas cuando voy. Todo a cambio de… disponibilidad. Cuando me escribe, bajo. Como hoy en el auto. O vengo aquí y me folla hasta que no puedo caminar derecho.

Sus ojos se oscurecieron, voz bajando a un susurro ronco. La mano empezó a masajear lento, arriba y abajo, por encima de la tela.

—Y ahora lo que quieres oír de verdad, ¿no? Cómo me lo hace. Es un animal, Gael. No como mis ex maridos, que eran suaves y predecibles. Martín me toma duro, como si quisiera marcarme. En el auto hoy, por ejemplo: me subió el short, me abrió las piernas y me metió los dedos directo, frotando el clítoris hasta que me mojé toda. Luego me monté encima, de frente primero, cabalgándolo rápido mientras me chupaba las tetas y me pellizcaba los pezones hasta que dolían de placer. Cambiamos a reverse: yo de espaldas, moviendo el culo en círculos para que entrara más profundo, él dándome palmadas que dejaban marcas rojas.

Apretó más mi polla, desabrochando el botón del pantalón con la otra mano, metiendo los dedos dentro para tocar piel directamente.

—En el cuarto hace rato… uf, fue loco. Empezó en misionero: me clavó de golpe, embistiendo como si quisiera romper la cama, gritándome “toma mi verga, puta mantenida”. Luego me volteó en doggy: culo arriba, nalgadas fuertes mientras me follaba por detrás, dedos en mi ano rozando sin entrar. Me cargó en full nelson, piernas al hombro, penetrándome en el aire hasta que grité su nombre. En 69 me lamió el coño y el culo mientras yo se la chupaba profunda, tragándome todo. Y al final, de lado en spooning, lento pero profundo, frotándome el clítoris hasta que me corrí tres veces seguidas.

Sus dedos ahora me masturbaban despacio, pulgar rozando la cabeza de mi pene, que ya goteaba precúmulo.

—Es adictivo, primo. Me dice cosas sucias: “Eres mi perra personal, te pago para que abras las piernas cuando quiera”. Y yo le respondo: “Sí, papi, fóllame más duro, lléname de leche”. Me hace sentir viva, deseada… algo que no tenía hace años.

Se acercó más, labios rozando mi oreja.

—Y ahora… viéndote así, excitado por lo que oíste… quiero que me digas qué quieres tú. ¿Que te siga contando? ¿O que te muestre cómo me gusta que me toquen?

Su mano aceleró el ritmo. El cuarto se sentía más caliente, la tensión entre nosotros explotando finalmente.
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Habían pasado siete u ocho años desde la última vez que vi a mi prima Valeria en una reunión familiar en Ate. En esa época era una chica normalita, un poco rellenita, con el pelo corto y siempre hablando de su residencia en medicina. Casada con el primer marido, un ingeniero que parecía aburrido de la vida.

La encontré por pura casualidad en un café moderno de Miraflores, de esos con ventanales enormes y mesas de madera clara. Estaba sentada cerca de la ventana, con las piernas cruzadas, mirando hacia la calle como si esperara a alguien. Llevaba un vestido tubo gris perla, ajustado pero elegante, de esos que marcan la cintura sin gritar. El escote era discreto, en V, pero dejaba ver justo el inicio del canalillo y la piel bronceada. El cabello ahora le llegaba casi a la cintura, liso, con mechas caramelo que brillaban bajo la luz. Más delgada, mucho más delgada: cintura de avispa, brazos definidos, piernas largas y tonificadas que se veían perfectas con tacones negros de aguja. Se notaba que iba al gym todos los días, probablemente crossfit o pilates reformer, porque tenía esa musculatura sutil pero marcada en abdomen y glúteos. Maquillaje impecable: labios nude mate, pestañas largas, cejas delineadas. Parecía una versión mejorada de sí misma.

Me acerqué. Ella levantó la vista del celular y sonrió, esa sonrisa familiar que siempre tuvo, pero ahora con algo más: seguridad absoluta.

—Gael… qué sorpresa tan buena.

El abrazo fue breve, cálido. Su perfume llegó primero: algo caro, vainilla con fondo ahumado que se quedaba en la piel. Cuando se separó, su mano rozó mi antebrazo un segundo más de lo necesario, pero fue casual.

Nos sentamos. Pidió un latte de avena sin azúcar, voz suave pero firme. Yo un americano. Mientras hablaba, noté detalles que no podía ignorar: cómo se inclinaba ligeramente hacia adelante al escucharme, y el vestido se tensaba sobre los pechos, marcando los pezones sutilmente bajo la tela fina (no llevaba sostén, o era uno muy delgado); cómo descruzaba y volvía a cruzar las piernas despacio, el roce de las medias produciendo un sonido casi imperceptible; cómo se mordía el labio inferior sin darse cuenta cuando recordaba algo gracioso, dejando un brillo húmedo en la boca.

Me contó de su consulta en dermatología estética: “Está yendo muy bien, tengo clientas que vienen de provincias”. La maestría en Medicina Estética en España: “Viajo cada tres meses, es agotador, pero me encanta el nivel”. El departamento nuevo en Barranco: “Vista al mar, finalmente tengo mi espacio propio”. El Audi Q5 negro que vi estacionado afuera. El bolso Hermès colgado con descuido en el respaldo. No mencionó cómo pagaba nada de eso. Solo dijo, casi en un susurro:

—El divorcio me liberó. A veces uno se queda demasiado tiempo en algo que ya no le da… nada.

El celular vibró. Lo tomó. Leyó. Sus pupilas se dilataron un poco, los labios se entreabrieron en una exhalación casi inaudible. Tecleó rápido, guardó el teléfono, pero ya no estaba del todo ahí.

—Perdona, Gael… tengo que irme. Me reprogramaron una consulta privada urgente.

Se levantó. El vestido se ajustó de nuevo a todo su cuerpo. Me dio un beso en la mejilla, labios suaves rozando piel, y su mano se posó en mi nuca un instante.

—Tenemos que vernos pronto, primo. Me encanta que estés de vuelta en mi vida.

Pagó con tarjeta black, salió caminando con ese balanceo de caderas. Afuera, un hombre alto de traje gris oscuro esperaba junto al Audi. Le abrió la puerta del copiloto. Ella se subió, le rozó el brazo al pasar, y le dio un beso corto pero profundo en la boca antes de que cerrara la puerta. El auto se fue.

Me quedé solo en la mesa. El café se había enfriado. Tenía el pulso acelerado, una erección que dolía contra el jean, y la imagen grabada de sus piernas cruzándose, de su boca mordiéndose el labio, de cómo su cuerpo respondía a miradas que no eran la mía.

Unos días después me llegó el mensaje: “Prima, este sábado es el cumple de Diego. ¿Vienes? Va a estar bueno, en su casa de Surco. Te paso la ubicación”.

Llegué temprano. La casa era grande, moderna, con jardín y piscina. Valeria llegó media hora después. Vestía un vestido negro corto, escote profundo en la espalda que dejaba ver la curva de la columna hasta casi el coxis, tela elástica que se pegaba a cada centímetro de su cuerpo delgado y tonificado. Tacones altos, pelo suelto, labios rojos mate.

Entonces lo vi. El tipo del Audi. Alto, unos 45, traje sin corbata, reloj grande. Se acercó a ella por detrás, le puso una mano en la cintura baja —muy baja—, y le susurró algo al oído. Ella giró la cabeza, le dio un beso rápido en la comisura de la boca. Se llamaba Martín. “Un amigo cercano”.

La noche avanzó. Mucho alcohol. Me quedé dormido en un sofá. Me “despertaron” Martín y Valeria. Me llevaron en el Audi Q5. Yo atrás, ellos adelante. Fingí dormir todo el camino.

Vi todo en el retrovisor: la mano de Martín en el muslo de ella, subiendo por debajo del vestido. Ella abrió las piernas. Él le apretó la teta, pellizcó el pezón. Le agarró la mano y la llevó a su bragueta. Ella sacó el pene y lo masturbó lento. En un semáforo en rojo, apagaron luces. Ella se subió encima de él, de espaldas al volante. Entró de una embestida. Cabalgó duro, tetas rebotando, culo contra muslos. Cambiaron: ella de frente, luego reverse. Se corrieron casi al mismo tiempo. Ella temblando, él gruñendo. Se limpiaron, arrancaron y me dejaron en casa.

Un sábado por la tarde fui a su departamento sin avisar mucho. Traje pisco y limas. Abrió descalza, short de algodón gris muy corto, camiseta blanca oversize sin sostén. Nos sentamos, tomamos, charlamos.

El celular vibró. Sonrió secreta. “Tengo que bajar un segundo, es una entrega”. Salió.

Desde el balcón vi el Audi abajo. Martín al volante, camisa blanca abierta, pantalón chino gris. Valeria se subió. No arrancaron. Empezaron de la nada: besos fuertes, mano de él en su short, dedos dentro. Ella le abrió la bragueta, masturbó. Se montó encima, cabalgó de frente, luego reverse, luego piernas abiertas en el asiento reclinado. Duró casi dos horas. Varias rondas, pausas, besos. Vidrios empañados, auto meciéndose.

Volvió. “Perdona la demora”. Seguimos tomando.

Sonó el timbre. Pensé que era ella volviendo. Era la vecina: mujer de 42, pelo corto, bata floreada. Triste, me contó su divorcio, infidelidad del marido, deudas, sentirse invisible. Lágrimas. La consolé, se fue.

Poco después entró Valeria con Martín. Tomamos los tres. Luego se fueron al cuarto. Sexo duro y loco. Gritos, jadeos, diálogos sucios. Poses: misionero brutal, reverse cowgirl, doggy contra la pared, full nelson en el aire, 69 agresivo, spooning profundo. “¡Fóllame más duro, papi!”, “Toma mi verga, puta mantenida”, “Lléneme de leche”. Duró hora y media. Terminaron gritando.

Salieron. Ella con bata roja abierta. “Perdona el escándalo”.

Yo me fui al cuarto de invitados. Ella entró después, cerró la puerta. Se sentó a mi lado en la cama.

—Primo… lo siento por lo que escuchaste.

Puso la mano en mi rodilla, subió despacio.

—Martín es el que me dio trabajo en su cadena de clínicas. Pagó mis operaciones: lipo abdomen y glúteos, implantes pecho, botox, fillers. Me compró este departamento en Barranco, el Audi Q5, las maestrías en España, todo. A cambio de disponibilidad. Cuando me escribe, bajo. Me folla duro, como animal. Me dice “toma mi verga, puta mantenida”, me da palmadas, me carga en el aire, me lame el culo mientras le chupo. Me hace correrme tres, cuatro veces. Es adictivo. Me hace sentir deseada.

Su mano ahora me masturbaba despacio por encima del pantalón, luego dentro.

—Y ahora… viéndote así, excitado por lo que oíste… quiero que me digas qué quieres tú. ¿Que te siga contando? ¿O que te muestre cómo me gusta que me toquen?

Sus labios rozaron mi oreja. La tensión explotó y de nuevo a empezar con la acción..............



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Prima golosa y amiga mucho mas:



Mi prima Valeria siempre ha sido de las que no se guarda nada. Desde que éramos adolescentes me contaba sus aventuras sin filtro, y cuando empezó a salir con tipos más grandes que ella, las historias se volvieron mucho más subidas de tono. Pero hace unos meses me presentó a alguien que realmente me dejó con la boca abierta: su amiga Carla.


Carla es de esas mujeres que entran a un lugar y todo el mundo se queda mirando. Curvas marcadas, culo redondo que parece desafiar la gravedad y una cara de niña mala que sabe perfectamente lo que provoca. Lo más loco no era su físico, sino cómo hablaba de su matrimonio: su esposo sabía que ella le ponía los cuernos y, en lugar de armar un drama, parecía disfrutarlo. Según Carla, él se ponía duro solo de imaginarla con otro, y ella se encargaba de contarle cada detalle con lujo de detalles para que se corriera después sin tocarla.


Una noche, cerca de las 2 de la mañana, me llegó un mensaje suyo:


“Estás despierto, primo? 😈”


Antes de que pudiera responder ya me había mandado tres fotos.


La primera: Carla de espaldas, con una licra negra brillante pegada al cuerpo como segunda piel, el hilo del tanga apenas visible entre sus nalgas. El culo se le marcaba perfecto, redondo, lleno. Se veía que acababa de salir de algún lugar.


La segunda: un close-up de su entrepierna. La tela negra estaba húmeda, brillante, y había un hilo blanco espeso que se escapaba por el borde del hilo, bajando por el interior de sus muslos.


La tercera era un video corto.


En el video se escucha la puerta de la casa abriéndose. Carla entra con paso lento, tacones resonando en el piso. Lleva la misma licra negra ajustadísima, top deportivo negro también, pelo suelto y cara de recién follada. Se ve agotada, satisfecha, con las mejillas sonrojadas.


Su esposo aparece en cuadro, sentado en el sillón, ya en boxers, con una cerveza en la mano. Se nota que estaba esperando.


—¿A dónde fuiste, Carla? —pregunta con voz grave, pero sin enojo. Más bien con curiosidad morbosa.


Ella se acerca despacio, se para frente a él y se da media vuelta para que le vea bien el culo.


—Fui a ver a mi amigo… —responde con voz dulce y provocadora.


Él suelta una risa baja.


—¿El que te folla siempre?


Carla se muerde el labio inferior y asiente lentamente.


—Siii, amor… ese mismo.


Se agacha un poco, apoyando las manos en las rodillas, y empuja el culo hacia atrás. Entonces se ve claramente: un hilo grueso de semen blanco caliente empieza a escaparse por el borde del hilo de la licra. Primero sale despacio, como si el cuerpo todavía lo estuviera soltando, y luego cae más rápido, atravesando la tela fina y brillante. Se desliza por el interior del muslo, dejando un rastro brillante y espeso.


El esposo se queda mirando, hipnotizado. Se le ve cómo se le marca la verga bajo el bóxer.


—¿Te llenó bien rico? —pregunta, casi susurrando.


Carla se gira, se acerca a él y se sienta a horcajadas sobre sus piernas.


—Ufff… me dejó rebosando, amor. Mira…


Se levanta un poco y con dos dedos aparta el hilo de la licra. Más semen caliente sale de golpe, espeso, blanco, mezclándose con sus propios jugos. Se ve cómo le chorrea por el culo y cae sobre el muslo del esposo.


Él suelta un gemido largo, agarra fuerte las caderas de ella y la besa con desesperación mientras le mete la mano por debajo de la licra, sintiendo lo mojada y llena que está todavía.


El video se corta ahí, pero el último fotograma es brutal: Carla mirándome directo a cámara (o sea, a mí), con una sonrisa sucia, los labios entreabiertos y un hilo de semen todavía colgando del borde de la licra.


El mensaje que vino después fue corto:


“¿Quieres ser el próximo que me deje así? 🫦”


Y me mandó su ubicación.



















Carla y yo nos encontramos en un café discreto esa tarde, después de que me enviara esas fotos y el video que me dejaron sin aliento. Se sentó frente a mí con una sonrisa juguetona, vestida con un top ajustado que marcaba sus curvas y una falda corta que dejaba ver sus piernas cruzadas de manera provocadora. "Te contaré todo, paso a paso, como me lo pediste", dijo con voz baja y ronca, inclinándose hacia adelante para que solo yo pudiera oírla. Sus ojos brillaban con esa mezcla de picardía y excitación que me tenía enganchado.


"Imagínate la escena", empezó, mordiéndose el labio inferior mientras sus dedos jugaban con el borde de su taza de café. "Llego a casa alrededor de las 2 de la mañana, después de una noche intensa con mi 'amigo'. Llevo puesta esa licra negra ajustadísima, la que se pega a mi piel como si fuera pintada. Estoy sudada, con el pelo revuelto, y siento cómo todo mi cuerpo palpita todavía. Abro la puerta despacio, y ahí está mi esposo, Marco, sentado en el sillón del living, con las luces bajas y una cerveza en la mano. No dice nada al principio, solo me mira de arriba abajo, notando cómo camino un poco torpe, como si mis piernas todavía recordaran lo que acababa de pasar."


Hizo una pausa para tomar un sorbo, y yo noté cómo su pecho subía y bajaba más rápido al recordar. "Me acerco a él, y él me pregunta con esa voz calmada pero cargada de morbo: '¿Dónde estuviste, Carla?'. Yo me paro frente a él, giro un poco para que vea mi culo bien marcado por la licra, y le respondo: 'Fui a ver a mi amigo... el que me folla siempre'. Él se ríe bajito, se acomoda en el sillón y me dice: 'Cuéntame todo, amor. Paso a paso. Quiero saber cómo te dejó así'."


Carla se inclinó más cerca, su aliento cálido contra mi oído. "Empiezo por el principio. Le cuento cómo mi amigo me recogió en su auto, me llevó a un motel discreto en las afueras. 'Me besó en el cuello nada más entrar', le digo a Marco, mientras me siento en sus piernas, sintiendo cómo ya se le está poniendo dura debajo de mí. 'Me arrancó la blusa y me chupó los pezones hasta que me dolían de lo duro que los mordía'. Marco gime y me agarra la cintura, pero yo sigo: 'Luego me puso de rodillas, amor. Me metió su verga en la boca, profunda, hasta que me ahogaba. La chupé como una puta, saboreando cada centímetro, mientras él me jalaba el pelo y me decía lo buena que soy para eso'."


Sus ojos se cerraron un momento, como reviviendo el relato. "Mientras le cuento, siento cómo el semen de mi amigo empieza a escaparse. Está caliente todavía, espeso, y la licra es tan fina que no lo contiene. Le digo a Marco: 'Mira, amor, aquí está la prueba'. Me levanto un poco y aparto el hilo de la licra. Sale un chorro blanco, bajando por mi muslo, y otro goteando del culo, porque mi amigo me folló por atrás también. Le cuento eso con detalle: 'Me puso a cuatro patas en la cama del motel, me lubricó el culo con su saliva y me entró despacio al principio, pero luego me dio fuerte, amor. Me azotaba las nalgas mientras me decía que soy su puta favorita. Me llenó el culo hasta que no podía más, y luego me dio la vuelta y me folló la cuca hasta corrernos juntos'."


Carla se rió softly, cruzando las piernas con un movimiento que me distrajo. "Marco está que arde en ese punto. Me pide más detalles: '¿Cómo te corriste, Carla? ¿Gritaste su nombre?'. Yo le respondo: 'Sí, amor, grité su nombre mientras me venía, con su verga clavada profunda. Me dejó rebosando, mira cómo sale ahora...'. Y ahí, en el living, con el semen chorreando por mis piernas, Marco me besa con desesperación, me mete los dedos para sentir lo mojada que estoy, y se corre en sus pantalones solo de oírme. Le encanta, ¿sabes? Es su fetiche: saber que otro me usa y me deja marcada para él.".



















Carla se inclinó aún más sobre la mesa del café, su voz bajando a un susurro conspirador que me hacía sentir como si estuviéramos solos en el mundo. "Desde la grabación, ¿eh? Bueno, te lo cuento como si fuera una novela caliente, paso a paso, con todos los detalles sucios que imaginas. Imagina la escena: el celular apoyado en la mesita de noche, la cámara enfocando la cama deshecha de Diego, y Marco al otro lado de la pantalla, mirando en silencio, su verga probablemente ya en la mano mientras ve cómo otro me usa como su juguete personal".


En el departamento de Diego, la luz tenue de una lámpara de mesita ilumina la habitación desordenada: ropa tirada por el piso, condones abiertos en la mesa, el aire cargado de olor a sudor y excitación. Carla yace boca arriba en la cama, las piernas abiertas en V, el tanga rojo hecho a un lado, exponiendo su cuca depilada y reluciente de jugos. Diego, el flaco con cara de niño malo, se arrodilla entre sus muslos, su verga dura y venosa apuntando directo a ella. "Mira qué rica estás, Carla", dice él con voz ronca, frotando la cabeza de su polla contra su clítoris hinchado. "Parece que tu coño me estaba esperando toda la noche". Ella se ríe, un sonido gutural y provocador, sabiendo que Marco ve cada roce. "Sí, papito... mi coño siempre está listo para una verga nueva. ¿Vas a llenarme o solo vas a jugar?".


Diego empuja despacio al principio, abriéndola centímetro a centímetro, y Carla arquea la espalda, gimiendo alto: "¡Ahhh, sí... entra profundo, flaco! Mi marido siempre dice que soy una puta que necesita ser estirada". Él se ríe, pensando que es solo juego de roles, pero Carla lo dice con doble sentido, imaginando la cara de Marco endureciéndose al oírlo. "Tu marido debe ser un cornudo feliz si te deja salir así", responde Diego, embistiendo más fuerte ahora, sus caderas chocando contra las de ella con un ritmo salvaje. La pose es misionero clásico pero intenso: él le agarra las muñecas por encima de la cabeza, clavándola al colchón, mientras sus tetas rebotan con cada empujón. "Mira cómo te abro, puta... tu coño chupa mi verga como si no quisiera soltarla".


Carla gira la cabeza ligeramente hacia la cámara, mordiéndose el labio con una sonrisa sucia, y susurra lo suficientemente alto para que Marco lo lea en sus labios: "Amor, mira cómo me folla este extraño... su verga es tan dura, me llega hasta el fondo". Diego la voltea entonces, poniéndola a cuatro patas, sus nalgas redondas alzadas hacia él. "Ahora por atrás, Carla... quiero ver cómo ese culo traga mi polla". Él escupe en su ano, frota con el dedo para lubricar, y entra despacio, pero pronto acelera, azotándole las nalgas que se enrojecen. "¡Joder, qué apretado! ¿Tu marido te folla así o solo mira?". Ella gime, empujando hacia atrás: "Mi marido mira... y se pone cachondo sabiendo que otros me dejan el culo rebosando. ¡Más fuerte, flaco! Fóllame como si fuera tuya".


El lenguaje es crudo, cargado de dobles sentidos: cada "follar" que dice Carla es un guiño a Marco, cada "puta" una invitación para que él imagine. Diego cambia de pose, la pone de lado, una pierna alzada sobre su hombro, penetrándola profundo mientras le chupa un pezón. "Eres una zorra casada, ¿verdad? Vienes a mi casa a que te llene de leche". Carla jadea: "Sí... lléname, papito. Mi coño necesita tu semen caliente... mi marido lo limpiará después con la lengua". Se corren casi juntos: Diego gruñe, empujando una última vez, y chorros espesos salen de él, rebosando de su cuca y goteando por el culo. Carla tiembla, su orgasmo la hace apretar alrededor de él, milkando cada gota.


Diego se desploma a su lado, jadeando, sin idea de la audiencia. Carla toma el celular disimuladamente, enfoca el close-up: su coño abierto, rojo, con semen blanco saliendo en hilos espesos, bajando por sus muslos. Envía el frame a Marco con un mensaje: "Mira lo que me hizo tu reemplazo temporal, amor. Venía sin calzón... ahora vengo con extra". Apaga la llamada, se viste rápido y se despide de Diego con un beso: "Fue rico, flaco... quizás repitamos".


De vuelta en casa, Marco la espera con los ojos brillantes. "Amor, ¿vienes sin calzón?", pregunta nada más verla. Carla asiente, levanta el vestido y deja que vea el desastre: semen seco en los muslos, cuca todavía hinchada. "Sí... y con un regalito dentro". Él la folla ahí mismo, en la entrada, mientras ella le repite cada detalle sucio, cada pose, cada gemido, hasta que se corren juntos, mezclado todo en un caos caliente.


Carla termina el relato en el café, lamiéndose los labios. "Y eso no es todo... tu prima Valeria vio parte de la grabación esa noche. Pero esa es otra historia para después". Me mira expectante, como si la siguiente escena pudiera ser la nuestra.




















Carla se rió con esa risa baja y traviesa que me ponía la piel de gallina, inclinándose de nuevo sobre la mesa del café como si estuviera compartiendo un secreto estatal. "Ah, tu prima Valeria... esa sí que es una caja de sorpresas. Te dije que no es tan santa, ¿verdad? Bueno, prepárate, porque lo que hizo esa noche en la disco conmigo y Lorena fue el comienzo de todo. Y cómo me enteré de que ella tira con el consentimiento de su esposo... uff, eso fue un descubrimiento caliente que todavía me hace mojar cuando lo pienso".


Se acomodó en la silla, cruzando las piernas despacio, y empezó el relato con esa voz ronca que parecía salida de una película porno. "Volvamos a esa noche en el bar. Las tres: yo, Lorena y Valeria, tu prima. Ella llegó vestida con un top blanco ajustado que marcaba sus tetas redondas y una falda vaquera corta que dejaba ver sus muslos firmes. Siempre ha sido guapa, con esa cara inocente y el culo que parece tallado, pero esa noche se veía especialmente cachonda. Bebimos shots de tequila, bailamos como locas, y pronto los tipos empezaron a rondarnos".


Hizo una pausa, sorbiendo su café mientras me miraba fijamente. "Valeria se enganchó con un chico del bar: moreno, musculoso, de esos que parecen modelos de gym. Se besaron en la pista, manos por todos lados. Yo estaba con Diego, el flaco que te conté, pero vi cómo Valeria se lo llevaba a un rincón oscuro. Ahí empezó lo bueno. Ella se pegó a él, frotándose contra su verga dura bajo los jeans, y le dijo al oído: 'Quiero que me folles ahora mismo, pero mi esposo no puede enterarse... o sí?'. El tipo se rió, pensando que era broma, pero ella lo agarró de la mano y lo sacó al baño de mujeres".


Carla se mordió el labio, reviviendo el momento. "Lorena y yo nos colamos detrás, curiosas como perras. Desde la puerta entreabierta vimos todo: Valeria lo empujó contra la pared, se arrodilló y le bajó el cierre. Sacó su polla gruesa, venosa, y se la metió en la boca como una experta. Chupaba profundo, con gargantas abiertas, gimiendo mientras él le jalaba el pelo. 'Sí, mamámela toda, prima', le dije en mi mente, pero ella estaba en su mundo. El chico gemía: 'Joder, qué puta eres... ¿tu esposo sabe que chupas vergas extrañas?'. Valeria levantó la mirada, con la boca llena: 'Mi esposo... uff, le encanta cuando le cuento. Se pone duro imaginándome así'".


Yo tragué saliva, imaginando la escena, y Carla continuó con detalles sucios. "Luego la levantó, le subió la falda y le apartó el tanga negro que llevaba. La puso contra el lavabo, le abrió las piernas y la penetró de un solo empujón. Valeria gritó ahogado: '¡Ahhh, sí, fóllame fuerte! Mi coño necesita verga dura... mi marido me folla bien, pero tú me abres más'. Él embestía como loco, azotándole el culo, y ella empujaba para atrás, diciendo cosas como: 'Lléname, papito... quiero llegar a casa goteando tu semen para que mi esposo lo pruebe'. Se corrieron rápido: él gruñó y le soltó chorros calientes dentro, rebosando por sus muslos. Valeria se vino temblando, apretándolo con la vagina, y luego se lamió los dedos con la mezcla de jugos".


Carla se rió softly. "Salieron del baño como si nada, pero Lorena y yo lo vimos todo. Después, en el taxi de vuelta, Valeria nos confesó: 'Chicas, mi esposo sabe todo. Es nuestro juego. Le cuento cada detalle y nos follamos como animales después'. Ahí me enteré: Valeria es como yo, una casada que tira con consentimiento. Su marido, un tipo tranquilo de oficina, se excita con las historias. Esa noche, cuando llegó a casa, le contó lo del baño paso a paso: cómo el extraño la chupó primero, cómo la folló contra el lavabo, cómo le dejó el coño lleno. Su esposo se puso duro al instante, la lamió limpia y la folló repitiendo: '¿Te gustó su verga más que la mía, puta? Cuéntame otra vez cómo te corriste gritando'".


Terminó con una mirada pícara. "Desde entonces, Valeria y yo compartimos aventuras. A veces grabamos para nuestros maridos... o para nosotras. ¿Quieres que te cuente la vez que follamos juntas con un tipo? Porque esa sí que fue salvaje". Sus ojos prometían más, y el café se sentía como preludio a algo real.



















Carla y Valeria habían planeado esa noche como un secreto compartido, un pacto de lujuria que ninguna de las dos confesaría a sus esposos de inmediato. Todo empezó en un club underground en las afueras de la ciudad, un lugar donde la música retumbaba como latidos acelerados y el aire estaba cargado de humo y deseo. Carla, con su vestido rojo ajustado que marcaba cada curva de sus caderas anchas y tetas firmes, y Valeria, tu prima, con un top negro translúcido y shorts de jean que apenas cubrían su culo redondo y jugoso, entraron al local como depredadoras. Sabían lo que querían: dos anónimos, sin nombres, sin compromisos, solo cuerpos calientes para una noche de desenfreno. Y lo grabarían todo, para revivirlo después, o quizás para mostrar a sus maridos cuando el morbo las invadiera.


En la pista de baile, no tardaron en atraer miradas. Dos tipos se acercaron: uno alto y musculoso, con piel morena y tatuajes en los brazos, el otro más delgado pero con una mirada feroz, cabello corto y una sonrisa sucia que prometía rudeza. No hubo presentaciones; solo roces en la oscuridad. Carla se pegó al musculoso, frotando su culo contra su entrepierna mientras bailaban, sintiendo cómo su verga se endurecía contra la tela fina de su vestido. "Siento que quieres follarme ya", le susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó: "Te voy a romper esa cuca aquí mismo si no salimos". Valeria, meanwhile, tenía al delgado besándola en el cuello, sus manos bajando por su espalda hasta apretar su culo. "Eres una puta caliente, ¿verdad? Te voy a llenar hasta que chorrees", le dijo él, y ella respondió con una risa: "Prueba si puedes con esto".


Decidieron ir a un motel cercano, uno de esos lugares baratos con camas grandes y espejos en el techo. Carla sacó su celular y lo puso en modo grabación, apoyándolo en una mesita para capturar todo el ángulo amplio. "Esto es para nosotras", dijo a Valeria con un guiño, pero en realidad sabía que terminaría en manos de sus maridos. Los anónimos no preguntaron; solo se quitaron la ropa con prisa. El musculoso agarró a Carla por la cintura, la tiró en la cama y le arrancó el vestido de un tirón, dejando sus tetas al aire, pezones duros como piedras. "Mira qué zorra... sin sostén", dijo él, chupando uno mientras metía la mano entre sus piernas, apartando el tanga y frotando su clítoris mojado. Carla gimió: "Sí, chúpame fuerte, cabrón... mi coño está ardiendo por verga extraña".


Valeria, al lado, ya estaba de rodillas frente al delgado. Le bajó los pantalones y sacó su polla, larga y curva, palpitando. "Uff, qué rica... voy a tragármela toda", dijo ella, metiéndosela en la boca hasta la garganta, baboseando y gimiendo mientras él le jalaba el pelo. "Chupa, puta... como si fuera la de tu marido, pero mejor". El delgado grababa con su propio celular, enfocando cómo Valeria lo deepthroat, lágrimas en los ojos pero sonrisa en los labios. "Graba bien, que quiero verme después", dijo Valeria entre chupadas, lamiendo las bolas y subiendo la lengua por el tronco.


Los anónimos intercambiaron miradas y decidieron compartir. El musculoso levantó a Carla y la puso a cuatro patas al borde de la cama, abriéndole las nalgas. "Mira este culo... perfecto para follar", dijo, escupiendo en su ano y metiendo un dedo para lubricar. Carla jadeó: "Sí, métemela por atrás primero... estírame". Él entró despacio, pero pronto embistió fuerte, sus caderas chocando contra sus nalgas con un slap slap rítmico. "¡Ahhh, joder! Me estás rompiendo el culo, cabrón... más profundo!". Al mismo tiempo, el delgado tenía a Valeria sentada en su cara, lamiéndole la cuca mientras ella frotaba sus tetas. "Lame bien, flaco... mi clítoris necesita tu lengua sucia". Valeria grababa desde arriba, capturando cómo su lengua entraba y salía, sus jugos chorreando por su barbilla.


Cambiaron poses. Ahora, las dos mujeres se pusieron una al lado de la otra en la cama, de espaldas, culos alzados. Los anónimos se posicionaron detrás: el musculoso detrás de Valeria, el delgado detrás de Carla. "Vamos a follarlas como perras", dijo el musculoso, penetrando a Valeria por la vagina de un empujón. Ella gritó: "¡Sí, métela toda! Mi coño te chupa, ¿lo sientes?". El delgado entró en Carla por el ano, fuerte y sin piedad. "Uff, qué apretado... eres una anal adicta, ¿verdad?". Carla empujaba para atrás: "Fóllame el culo hasta que me dejes abierta... mi marido ama cuando llego así". Las cámaras capturaban todo: los gemidos sincronizados, los culos rebotando, el sudor brillando bajo la luz.


Pero lo mejor vino cuando decidieron el doble. "Queremos que nos follen a las dos a la vez", dijo Carla, mirando a Valeria con complicidad. Los anónimos sonrieron sucios. Primero, pusieron a Carla boca arriba en la cama, el musculoso se acostó debajo de ella, metiéndole la verga por el ano mientras ella abría las piernas. "Entra despacio... ahhh, sí, lléname el culo", gimió Carla. Entonces el delgado se posicionó encima, penetrándola por la vagina. "Doble penetración, puta... siente cómo te abrimos". Carla gritaba de placer: "¡Joder, me están rompiendo! Dos vergas dentro... mi coño y culo llenos... fóllenme fuerte!". Ellos embestían alternados, uno entra mientras el otro sale, frotándose dentro de ella a través de la pared fina. "Siente eso, zorra... nuestras pollas juntas en ti". Valeria grababa de cerca, enfocando cómo las vergas entraban y salían, jugos y lubricante chorreando.


Cambiaron a Valeria. Ella se montó sobre el delgado, metiéndose su polla por la vagina, frotándose contra él. "Sí, papito... tu verga me llega profundo". El musculoso se acercó por atrás, lubricó su ano y entró despacio. "Relájate, puta... voy a follarte el culo mientras tu amiga graba". Valeria jadeó: "¡Ahhh, sí! Dos dentro... me están estirando toda... más rápido!". Los anónimos aceleraron, embistiendo en sincronía, sus bolas chocando. "Mira cómo te follamos, prima... eres una doble puta como yo", dijo Carla, grabando el close-up: las vergas deslizándose, el ano y vagina de Valeria abiertos, gemidos guturales. "Fóllenme como animales... llénenme de leche!", gritaba Valeria, corriéndose primero, su cuerpo temblando mientras apretaba las dos vergas.


Los anónimos no aguantaron más. Primero el delgado se corrió en la vagina de Valeria, chorros calientes saliendo a presión. "Toma mi semen, puta... rebosa". Luego el musculoso en su ano: "Uff, te dejo el culo lleno... chorreando". Semen blanco espeso salía de ambos agujeros, bajando por sus muslos mientras ellos seguían empujando. Carla capturó todo: el goteo, los gemidos post-orgasmo, las vergas saliendo cubiertas de jugos.


Pero no pararon. Intercambiaron mujeres. Ahora Carla con el delgado por la vagina y el musculoso por el ano. "Otra ronda, zorras", dijo el musculoso. Carla se posicionó, gimiendo al sentirlos entrar: "Sí... dos vergas juntas otra vez... me van a dejar destruida". Embistieron salvaje, lenguajes sucios volando: "Siente cómo te abrimos, Carla... tu coño chupa mi polla mientras el culo traga la otra". Ella respondía: "Fóllenme duro... soy su puta doble... mi marido se correrá viendo esto". Valeria grababa, metiendo un dedo en su propia cuca llena mientras veía.


Valeria de nuevo: el musculoso debajo por la vagina, el delgado por el ano. "Cambien... quiero más leche", dijo ella. Entraron fuerte, follando en ritmo: "Toma, prima... dos pollas estirándote". Valeria gritaba: "¡Sí, cabrones! Llenen mis agujeros... semen caliente por todos lados!". Se corrieron casi al unísono, llenándola hasta rebosar. Semen chorreando de ano y vagina, mezclándose en un charco en la sábana. Las cámaras capturaron el final: las dos mujeres exhaustas, culos y cucas abiertos, semen goteando, besándose entre ellas con risas sucias.


Cuatro páginas de puro caos caliente, grabado para siempre. Carla y Valeria se vistieron, intercambiaron números con los anónimos por si repetían, y se fueron, sabiendo que sus maridos gozarían después.



















El marido de Valeria, Andrés, siempre había sido el tipo tranquilo que fingía no notar nada. Sabía que su esposa salía mucho con “las amigas”, volvía tarde, a veces con el pelo revuelto y un olor a perfume de hombre que no era el suyo. Pero hasta ese momento, todo quedaba en la zona gris del “quizás”. Él prefería creer que eran sus paranoias, que Valeria era solo una mujer sociable y coqueta. Sin embargo, las sospechas se habían vuelto más pesadas en las últimas semanas.


Valeria llegó esa noche a casa pasadas las once. Llevaba un vestido negro corto que se le subía al caminar, tacones altos, y una sonrisa de quien acaba de hacer algo prohibido. Se quitó los zapatos en la entrada, dejó el bolso en la mesa y fue directo a la cocina a servirse un vaso de agua. Andrés estaba en el sofá viendo televisión con el volumen bajo. No dijo nada al principio, solo la miró de reojo mientras ella bebía.


—¿Dónde estabas? —preguntó al fin, voz neutra, pero con un filo que ella reconoció al instante.


—Con Carla y Lorena, amor. Ya te dije en la tarde que íbamos a tomar algo —respondió Valeria, sin girarse, fingiendo naturalidad mientras se lavaba las manos en el fregadero.


Andrés se levantó despacio. Caminó hasta la cocina y se paró detrás de ella. Le puso una mano en la cintura, pero no era un gesto cariñoso. Era posesivo.


—Hueles diferente —dijo en voz baja—. A colonia de hombre. Y a sudor… no de baile.


Valeria se giró con una risa suave, intentando desviar.


—Ay, amor, en el bar había un montón de gente. Alguien me habrá rozado, no sé. Estás paranoico.


Él no sonrió. Sus ojos bajaron al cuello de ella, donde había una marca roja pequeña, apenas visible, pero suficiente para que el estómago de Andrés se contrajera.


—¿Y esto? —preguntó, tocando la marca con el pulgar—. ¿Te rozó tan fuerte que te dejó marca?


Valeria se apartó un poco, cruzando los brazos.


—Andrés, por favor. No empieces. Fue un mosquito, o me raspé con algo. ¿De verdad vas a armar drama por esto?


Él respiró hondo, intentando calmarse. Pero algo dentro de él ya había decidido no dejarlo pasar.


—Dame tu celular —dijo de repente.


Valeria se tensó.


—¿Qué? No. ¿Por qué?


—Porque quiero ver tus mensajes. Solo eso. Si no tienes nada que esconder, no hay problema.


Ella soltó una risa nerviosa.


—Amor, estás exagerando. No voy a darte mi celular como si fuera una niña castigada.


Andrés no insistió más con palabras. Simplemente extendió la mano, palma hacia arriba, esperando. El silencio entre ellos se volvió pesado.


Valeria suspiró, sacó el teléfono del bolso y se lo entregó, pero antes activó el modo avión y bloqueó las notificaciones. Andrés lo tomó, abrió WhatsApp y fue directo a la conversación con Carla. Había mensajes recientes, pero nada explícito. Fotos de ellas tres en el bar, risas, copas. Parecía normal.


Entonces llegó la notificación que no esperaba.


El teléfono vibró en su mano. Un mensaje nuevo de un número sin nombre guardado:


“Jajaja qué rico estuvo hoy, nena. Todavía siento tu culo apretándome. ¿Cuándo repetimos? 😈”


Andrés se quedó helado. Valeria vio su cara cambiar y trató de quitarle el celular.


—Dámelo, Andrés. Es un error, seguro me escribieron al número equivocado.


Pero él ya había abierto el chat. Había fotos. No muchas, pero suficientes. Una selfie de Valeria en un baño, el vestido subido, tanga a un lado, lengua afuera y guiño. Otra de un tipo moreno, torso desnudo, verga dura en primer plano. Y un video corto: Valeria de rodillas, chupando con ganas, mirando a cámara y diciendo: “Esto es para ti, papi… dile a mi marido que soy una buena puta”.


Andrés levantó la mirada. No gritó. No rompió nada. Solo habló con una voz fría que Valeria nunca le había oído.


—Llama a tu “amigo”. Ahora. Ponlo en altavoz.


Valeria palideció.


—Andrés, por favor…


—Llama. O lo hago yo.


Ella tembló. Tomó el celular con dedos temblorosos y marcó. El tipo contestó al segundo tono.


—¿Ya extrañas mi verga, putita? —dijo la voz al otro lado, risueña y confiada.


Valeria cerró los ojos. Andrés le hizo un gesto con la cabeza: habla.


—Hola… soy yo —dijo ella, voz quebrada.


El tipo se rió.


—¿Qué pasa, nena? ¿Tu cornudo te cachó? Jajaja, dile que gracias por prestarme ese culo tan rico. Todavía tengo tu olor en los dedos.


Andrés tomó el celular de un movimiento suave.


—Soy el cornudo —dijo con calma—. Y sí, la caché. Ahora escúchame bien: no vuelvas a tocarla. Ni a escribirle. Ni a pensar en ella. Porque la próxima vez no voy a ser tan educado.


Hubo un silencio del otro lado. Luego una risa nerviosa.


—Tranquilo, hermano… solo fue un polvo. No pasa nada.


Andrés colgó sin responder.


Valeria estaba llorando en silencio, sentada en el borde del sofá, abrazándose las rodillas.


Andrés se quedó de pie frente a ella, mirándola fijamente.


—No voy a pedirte explicaciones. Ya las vi. Pero quiero que me digas una cosa, y quiero la verdad.


Ella levantó la vista, ojos rojos.


—¿Qué?


—¿Te gustó más que yo?


Valeria tragó saliva. Asintió despacio.


—Sí… me gustó. Mucho.


Andrés respiró hondo. No había rabia en su cara, solo una tristeza profunda mezclada con algo más oscuro.


—Entonces no finjas más que eres la esposa perfecta. Si quieres seguir siendo una puta… vas a serlo en esta casa también.


Se acercó, le levantó la barbilla con dos dedos.


—Y la próxima vez que salgas a que te follen… vas a venir aquí y me vas a contar todo. Con detalles. Mientras yo te follo. Porque si voy a ser cornudo, al menos quiero disfrutar el espectáculo.


Valeria lo miró, sorprendida. No esperaba eso. Pero algo en su interior se encendió.


—¿De verdad quieres eso?


Andrés se agachó hasta quedar a su altura.


—Sí. Quiero verte rota, llena de otro, y que me lo cuentes mientras te cojo encima de su semen. ¿Puedes con eso?


Ella asintió despacio, con una sonrisa temblorosa y excitada.


—Puedo… y más.


Andrés la besó entonces. Un beso duro, posesivo, que sabía a derrota y a nuevo comienzo. Esa noche no hubo gritos. Solo sexo crudo, lento, con confesiones susurradas al oído mientras él la penetraba y ella le contaba, entre gemidos, cómo el otro la había abierto, cómo la había llenado, cómo había gritado su nombre mientras se corría.


Y cuando terminaron, exhaustos y pegajosos, Andrés le dijo una sola cosa antes de apagar la luz:


—Mañana me cuentas lo de Carla también. Porque sé que no estás sola en esto.


Valeria sonrió en la oscuridad.


—Te lo contaré todo, amor. Todo.




















Valeria pasó esa semana como si el mundo se hubiera detenido. No salió con nadie, ni siquiera contestó mensajes de Carla ni de Lorena. Se quedó en casa, trabajando desde el computador en la sala, con el teléfono en silencio. Andrés llegaba del trabajo, cenaban juntos en un silencio extraño, casi respetuoso. No había gritos, no había reproches. Solo miradas largas y preguntas que se quedaban en el aire.


Por las noches, cuando él se dormía, Valeria se quedaba despierta mirando el techo. Pensaba en todo: en el baño de la disco, en las grabaciones, en cómo Andrés la había follado esa noche después de la llamada, con una mezcla de rabia y deseo que la dejó temblando. No sabía si él la perdonaba, si la odiaba o si simplemente había decidido aceptar lo que ella era. Pero no hablaban del tema. Era como si los dos hubieran hecho un pacto tácito de no tocar la herida todavía.


Andrés, por su parte, la observaba. No le preguntaba nada. No revisaba su celular de nuevo. Solo la miraba cuando ella no se daba cuenta: cómo se movía por la casa en pijama, cómo se recogía el pelo, cómo se mordía el labio cuando leía algo en la pantalla. A veces, en la cama, la abrazaba por detrás sin decir nada, y ella sentía su erección contra su culo, pero no pasaba de ahí. Era como si él estuviera esperando algo. O probándola.


Pasó un mes.


Valeria había vuelto a su rutina: trabajo, casa, gimnasio temprano, nada más. No había salido de fiesta, no había respondido mensajes subidos de tono, no había visto a nadie. Hasta que una tarde de sábado, alrededor de las 7 pm, su teléfono vibró con un número que no tenía guardado, pero que reconoció al instante.


Era Iván.


El mismo Iván que la había follado en su auto hacía meses, el que la había dejado goteando en el asiento trasero mientras grababa un video corto para “recordar”. El que después se había convertido en un polvo ocasional, rápido y sucio, hasta que ella decidió cortar porque las cosas se estaban poniendo demasiado intensas.


El mensaje era simple:


“Sal, estoy en el auto afuera de tu casa. Negro, vidrios polarizados. Ven.”


Valeria se quedó mirando la pantalla con el corazón en la garganta. Estaba en la cocina preparando café, con leggings grises y una camiseta holgada, sin sostén, el pelo suelto. Miró por la ventana de la sala: sí, ahí estaba el auto negro estacionado al frente, luces apagadas, motor encendido. No había duda.


Se le aceleró el pulso. Sintió un calor inmediato entre las piernas, ese cosquilleo traicionero que siempre aparecía cuando recibía un mensaje de él. Pero esta vez era diferente. Ahora había Andrés. Ahora había una especie de acuerdo tácito, una línea que no sabía si podía cruzar sin hablarlo primero.


Se quedó parada en medio de la cocina, teléfono en la mano, dudando.


Opciones que le pasaban por la cabeza:


  1. Contarle a Andrés. Ir a la habitación donde él estaba viendo fútbol, sentarse a su lado y decirle: “Amor, Iván está afuera. Me escribió. Quiere que salga”. Y ver qué pasaba. Quizás él le dijera que no. Quizás le dijera que sí, pero con condiciones. Quizás se excitara tanto que la follara ahí mismo antes de dejarla ir.
  2. Pedirle permiso. Mandarle un mensaje a Andrés (aunque estuviera en la misma casa): “Amor, Iván me escribió. Está afuera. ¿Puedo salir con él?”. Pero eso la hacía sentir como una niña pidiendo autorización, y una parte de ella se resistía a eso.
  3. Ir sin decir nada. Salir por la puerta de atrás, subirse al auto, dejar que Iván la llevara a donde quisiera, y después lidiar con las consecuencias. Era lo más fácil y lo más peligroso. Porque si Andrés se daba cuenta (y él se daba cuenta de todo últimamente), no sabía qué iba a pasar.

El teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje de Iván:


“No me hagas esperar, putita. Sé que estás mojada solo de leerme. Baja ya.”


Valeria cerró los ojos un segundo. Sintió cómo su tanga se humedecía. Maldita sea.


Caminó hasta la ventana de la sala, entreabrió la cortina apenas lo suficiente para ver el auto. Las luces del tablero se encendieron un segundo: Iván estaba ahí, mirando hacia la casa, con una sonrisa que ella conocía muy bien.


Entonces escuchó pasos detrás. Andrés entró a la sala, con una cerveza en la mano.


—¿Todo bien? —preguntó, voz tranquila.


Valeria se giró despacio, todavía con el teléfono en la mano. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él lo oiría.


—Andrés… —dijo, y su voz salió más temblorosa de lo que quería—. Iván está afuera. Me escribió. Quiere que salga.


Andrés no se movió. Solo dio un sorbo largo a la cerveza, mirándola fijamente.


—¿Y tú qué quieres? —preguntó al fin.


Valeria tragó saliva.


—No sé… Quiero ir. Pero no quiero que estés mal. No quiero mentirte más.


Él dejó la cerveza en la mesa, se acercó despacio y se paró frente a ella. Le levantó la barbilla con dos dedos, como aquella noche.


—Mírame —dijo.


Ella levantó la vista. Los ojos de Andrés eran oscuros, intensos, pero no había rabia. Había algo más: deseo crudo, curiosidad morbosa, y una especie de rendición.


—Si sales —dijo él—, vas a volver aquí. Directo. Sin ducha. Sin cambiarte. Vas a entrar por esa puerta con su olor en ti, con su semen donde sea que te lo haya dejado. Y me vas a contar todo. Con detalles. Mientras yo te follo encima de él. ¿Entiendes?


Valeria sintió un escalofrío que le bajó por la espalda hasta la entrepierna.


—Sí… lo entiendo.


Andrés la besó entonces. Un beso lento, profundo, posesivo. Cuando se separó, le dijo una sola cosa más:


—Ve. Pero no tardes mucho. Te quiero aquí antes de la medianoche.


Valeria asintió, con la respiración entrecortada. Fue al dormitorio, se puso unos jeans ajustados y una blusa ligera, sin sostén, sin tanga. Se miró al espejo un segundo: cara sonrojada, labios hinchados del beso, ojos brillantes de excitación.


Bajó las escaleras, abrió la puerta principal y salió.


El auto negro seguía ahí. Iván abrió la puerta del copiloto desde adentro.


—Sube, puta —dijo con esa voz ronca que ella recordaba tan bien.


Valeria subió. Cerró la puerta. El auto arrancó despacio.


Mientras se alejaban de la casa, Valeria miró por la ventana hacia atrás. La luz de la sala seguía encendida. Andrés estaba ahí, de pie, mirando cómo se iba.


Y ella supo que, cuando volviera, no iba a haber vuelta atrás.


La noche apenas empezaba.




















Valeria salió de la casa con el corazón latiéndole en la garganta. Cerró la puerta principal con cuidado, casi sin hacer ruido, y caminó rápido por la acera hacia el auto negro. La noche estaba fresca, pero ella sentía calor por todo el cuerpo: en la cara, en el pecho, entre las piernas. Los jeans ajustados le rozaban la piel sensible y, sin tanga debajo, cada paso le recordaba lo expuesta que estaba.

Iván abrió la puerta del copiloto desde dentro sin bajarse. La miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta y peligrosa que siempre la desarmaba.

—Sube, putita —dijo con voz grave, palmeando el asiento—. Pensé que te ibas a hacer la difícil.

Valeria no respondió. Se deslizó al asiento, cerró la puerta y el olor de él la golpeó de inmediato: colonia fuerte, cigarrillo viejo, cuero del auto y ese aroma masculino que ella asociaba con sexo rápido y sucio. Iván arrancó sin esperar. El motor ronroneó y el auto se alejó despacio de la casa. Valeria miró por el retrovisor: la luz de la sala seguía encendida. Andrés estaba ahí, probablemente mirando cómo se iban.

—¿Tu cornudo te dejó salir? —preguntó Iván mientras metía la mano derecha entre sus muslos sin pedir permiso.

Valeria abrió las piernas un poco más por instinto.

—Le dije que estabas afuera. Me dijo que volviera antes de medianoche… y que volviera con tu semen en mí.

Iván soltó una risa baja y satisfecha.

—Buen cornudo. Me cae bien.

Sus dedos encontraron la costura de los jeans y presionaron justo donde ella ya estaba mojada. Valeria dejó escapar un gemido suave.

—Sin calzón, ¿eh? —dijo él, frotando más fuerte—. Sabía que vendrías preparada.

Ella se mordió el labio y asintió.

—Quería que me sintieras fácil… que me pudieras follar rápido si querías.

Iván giró en una calle secundaria oscura, apagó las luces delanteras y estacionó en un callejón estrecho entre dos edificios abandonados. El lugar olía a humedad y basura, pero a Valeria no le importó. El peligro la excitaba más.

—Baja el asiento —ordenó él.

Valeria obedeció. Reclinó el asiento del copiloto hasta quedar casi acostada. Iván se desabrochó el cinturón y el pantalón en segundos. Sacó su verga ya dura, gruesa, con venas marcadas y la punta brillante de pre-semen.

—Mírala —dijo, agarrándosela y sacudiéndola frente a su cara—. Esta es la que te hace gritar cuando tu marido no está.

Valeria se lamió los labios.

—Sí… me encanta cómo me abres.

Iván no esperó más. Se inclinó sobre ella, le bajó el cierre de los jeans con un movimiento brusco y tiró de ellos hacia abajo junto con los zapatos. La dejó en camiseta y descalza, piernas abiertas, cuca expuesta y brillante de excitación. Metió dos dedos sin aviso, removiendo adentro con fuerza.

—Estás empapada, zorra. ¿Pensaste en mí todo el mes?

—Todo el mes… me masturbaba pensando en cómo me llenaste la última vez —confesó ella, jadeando.

Iván sacó los dedos y se los metió en la boca a ella.

—Prueba lo puta que eres.

Valeria chupó sus propios jugos con gemidos ahogados. Iván se acomodó entre sus piernas, apoyó una rodilla en el asiento y la penetró de un solo empujón. Valeria arqueó la espalda y soltó un grito corto.

—¡Ahhh, joder… sí! Métela toda.

Él empezó a bombear fuerte, sin preámbulos. El auto se mecía con cada embestida. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenaba el espacio.

—Mira cómo te cojo, Carla —gruñó él, confundiendo los nombres en el calor del momento—. Tu marido debe estar en casa pajeándose imaginando esto.

Valeria se rió entre gemidos.

—Se llama Andrés… y sí, probablemente lo esté haciendo ahora mismo.

Iván la volteó con rudeza, poniéndola de rodillas en el asiento, cara contra el respaldo. Le abrió las nalgas y escupió directo en su ano.

—¿Quieres por atrás también?

—Siiii… métemela por el culo, Iván. Quiero sentirte en los dos agujeros.

Él empujó la cabeza de su verga contra el ano apretado. Entró despacio al principio, pero cuando ella se relajó, embistió hasta el fondo. Valeria gritó de placer y dolor mezclado.

—¡Dios… me estás rompiendo! Más… más fuerte!

Iván le agarró el pelo y tiró hacia atrás mientras la follaba anal con violencia. Con la otra mano le metió tres dedos en la vagina, follándola por ambos lados al mismo tiempo.

—Dos agujeros llenos, puta… ¿te gusta?

—Siiii… me encanta… fóllame como una zorra… déjame rebosando para mi marido.

Iván aceleró, sus bolas golpeando contra ella. El auto olía a sexo, a sudor, a ella. Valeria se corrió primero: su cuerpo tembló, apretó los dedos y la verga en su culo, gritando su nombre. Iván no aguantó más. Se salió del ano y la penetró de nuevo por la vagina, descargando chorros calientes y espesos dentro de ella. Empujó profundo mientras se vaciaba, gruñendo.

—Ahí tienes… todo mi semen para que tu cornudo lo limpie.

Valeria se quedó jadeando, temblando, con el semen chorreando por sus muslos y goteando en el asiento. Iván sacó la verga y le dio una palmada fuerte en el culo.

—Limpia —ordenó.

Ella se giró, se arrodilló en el espacio estrecho y se metió su verga en la boca, chupando los restos de semen y sus propios jugos. Lo hizo lento, mirándolo a los ojos, saboreando todo.

Cuando terminó, Iván le dio un beso brusco.

—Buena puta. Ahora vuelve con tu marido. Dile que Iván te dejó bien servida.

Valeria se subió los jeans con las piernas temblorosas, el semen todavía caliente dentro de ella, chorreando un poco por la tela. Se bajó del auto, cerró la puerta y caminó hacia la casa.

La luz de la sala seguía encendida.

Entró. Cerró la puerta detrás de ella. Andrés estaba de pie en medio de la sala, sin camisa, con los pantalones desabrochados y la verga ya dura en la mano.

—Llegaste —dijo con voz ronca.

Valeria se acercó despacio, oliendo a sexo, a Iván, a todo lo que acababa de pasar.

—Volví… con su semen dentro —susurró.

Andrés la agarró por la cintura, la besó con hambre y la llevó directo al sofá.

—Ahora cuéntame todo —dijo, bajándole los jeans de un tirón—. Cada detalle. Mientras te follo encima de él.

Valeria se sentó a horcajadas sobre él, guiando su verga hacia su cuca llena y abierta.

Y empezó a contar. Entre gemidos, entre empujones, entre besos sucios. Le contó cómo Iván la penetró en el auto, cómo la folló por el culo, cómo la llenó por delante. Cómo gritó su nombre mientras se corría. Cómo le chupó la verga después, limpiando todo.

Andrés la follaba más fuerte con cada detalle, sintiendo el semen de otro mezclarse con el suyo, empujando profundo, marcándola de nuevo.

Cuando se corrieron juntos, exhaustos y pegajosos, Andrés la abrazó por detrás y le susurró al oído:

—La próxima vez… quiero verlo.

Valeria sonrió en la oscuridad, todavía temblando.

—Te lo prometo, amor. La próxima vez… te lo grabo todo.
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Valeria subió al auto con el pulso acelerado. Apenas cerró la puerta, Iván ya tenía la mano entre sus muslos, apretando con fuerza sobre la tela de los jeans. No hubo saludos largos ni rodeos. Él arrancó, condujo tres calles hasta un callejón oscuro y apagó el motor. El silencio del lugar solo se rompía por la respiración pesada de ambos.


—Quítatelos —ordenó él, voz ronca.


Valeria se bajó los jeans y la camiseta en segundos, quedando completamente desnuda en el asiento del copiloto. Iván se desabrochó el pantalón y sacó su verga ya dura, gruesa, con la punta brillante. La agarró del pelo y la bajó hacia su regazo sin decir nada más.


Ella abrió la boca y se la metió hasta la garganta de un solo movimiento. Chupó con hambre, lamiendo el tronco, rodeando la cabeza con la lengua, saboreando el pre-semen salado. Iván gruñó, empujándole la cabeza más profundo.


—Así, puta… trágatela toda como la zorra que eres.


Valeria gemía con la boca llena, las lágrimas le corrían por las mejillas del esfuerzo, pero no paraba. Le lamía las bolas, subía la lengua por toda la verga, volvía a chupar fuerte. Iván la dejó hacer un rato, disfrutando cómo se ahogaba, hasta que la levantó de golpe por el pelo.


—Sube —dijo.


Valeria se montó encima de él, apoyando las rodillas en el asiento. Agarró su verga con la mano y se la guió directo a la entrada de su cuca. Estaba empapada, los labios hinchados y resbaladizos. Bajó de golpe, tragándosela entera en una sola embestida. Soltó un grito ahogado.


—Joder… qué rica estás… —gruñó Iván, agarrándole las caderas y empujándola hacia abajo con fuerza.


Valeria empezó a moverse, subiendo y bajando, girando la cadera para que la verga le rozara todos los puntos sensibles. Sus tetas rebotaban frente a la cara de él. Iván las atrapó con la boca, chupando fuerte los pezones, mordiéndolos hasta hacerla gemir más alto.


—Fóllame más duro… —suplicó ella—. Quiero sentirte hasta el fondo.


Él la levantó de las caderas y la dejó caer con violencia una y otra vez. El auto se mecía, los vidrios se empañaban. Valeria se corrió primero: su cuerpo tembló, la vagina se contrajo alrededor de la verga como si quisiera exprimirla, y gritó su nombre mientras un chorro caliente le salía, mojando los muslos de Iván y el asiento.


—No pares… no pares… —jadeaba ella, todavía temblando.


Iván la volteó sin sacarla, poniéndola de espaldas contra su pecho, piernas abiertas sobre las suyas. Le abrió las nalgas con las manos y escupió directo en su ano. Metió dos dedos primero, abriéndola, preparándola.


—¿Quieres por atrás también?


—Siii… métemela en el culo… quiero los dos agujeros usados esta noche.


Iván sacó la verga de la vagina, la apoyó en el ano y empujó despacio al principio. Valeria se relajó, empujando hacia atrás. Cuando la cabeza pasó el anillo apretado, él embistió hasta el fondo. Ella soltó un grito largo, mezcla de dolor y placer intenso.


—Ahhh… sí… me estás rompiendo el culo… más profundo…


Iván la folló anal con fuerza, agarrándole las tetas desde atrás, pellizcándole los pezones mientras empujaba sin piedad. Con la otra mano le frotaba el clítoris, metiéndole tres dedos en la vagina al mismo tiempo. Doble penetración manual y anal. Valeria se volvió loca, moviéndose como poseída, gritando sin control.


—Fóllame… lléname los dos agujeros… quiero semen en el culo y en la cuca…


Iván aceleró, sus bolas golpeando contra ella. Se corrió dentro del ano con un gruñido animal, chorros calientes y espesos llenándola hasta rebosar. El semen salió a presión cuando se retiró, goteando por sus nalgas y cayendo al asiento. Valeria se vino otra vez solo de sentirlo, su cuerpo convulsionando, vagina y ano palpitando al mismo tiempo.


Se quedó jadeando encima de él un momento, temblando, con semen chorreando por todas partes. Iván le dio una palmada fuerte en el culo.


—Limpia.


Valeria se bajó, se arrodilló entre los asientos y se metió la verga en la boca otra vez. Chupó los restos de semen, sus jugos, el sabor fuerte de su propio culo. Lo hizo lento, mirándolo a los ojos, saboreando cada gota.


Cuando terminó, Iván le dio un beso brusco y le dijo:


—Vuelve con tu cornudo. Dile que Iván te dejó bien servida.


Valeria se vistió con las piernas temblorosas, el semen todavía caliente goteando por sus muslos y empapando los jeans. Se bajó del auto y caminó hacia la casa. Cada paso le hacía sentir cómo se movía dentro de ella, cómo se escapaba un poco más.


Entró. Cerró la puerta. La luz de la sala estaba encendida. Andrés estaba de pie en medio, sin camisa, pantalones desabrochados, verga dura en la mano, mirándola fijamente.


Valeria se acercó despacio, oliendo a sexo, a Iván, a todo lo que acababa de pasar.


—Volví… —susurró, voz ronca.


Andrés la agarró por la cintura, la besó con hambre salvaje, metiendo la lengua hasta el fondo de su boca. Saboreó el resto de Iván en sus labios y no se apartó. La llevó al sofá casi arrastrándola.


—Quítatelos —ordenó.


Valeria se bajó los jeans. El semen de Iván había dejado manchas húmedas en la tela y chorreaba por sus muslos hasta las rodillas. Andrés la miró, respirando pesado.


—Cuéntame todo —dijo, sentándose en el sofá y guiándola para que se sentara a horcajadas encima de él—. Cada detalle. Mientras te cojo.


Valeria se acomodó, agarró la verga de Andrés y se la metió despacio. Sintió cómo entraba en su vagina todavía abierta y llena del semen de Iván. Soltó un gemido largo.


—Llegué al auto… —empezó, moviéndose arriba y abajo—. Iván me metió la mano entre las piernas apenas subí… me frotó sobre los jeans… ya estaba mojada solo de verlo.


Andrés empujó hacia arriba, follándola profundo.


—Sigue.


—Me llevó a un callejón… me hizo bajar el asiento… me chupó la verga primero… me la metí hasta la garganta… me ahogaba… me jalaba el pelo… me decía puta mientras yo le lamía las bolas…


Andrés la agarró de las caderas y la hizo bajar más fuerte.


—¿Y después?


—Me monté encima… me la metí toda en la cuca… me folló fuerte… rebotaba encima de él… me chupaba las tetas… me mordía los pezones… me vine gritando… le mojé toda la verga…


Andrés aceleró, sintiendo la mezcla caliente dentro de ella.


—¿Y el culo?


—Después me puso de espaldas… me abrió las nalgas… escupió en mi ano… me metió la verga despacio… luego fuerte… me folló el culo mientras me metía dedos en la vagina… doble… me vine otra vez… él se corrió dentro del culo… sentí los chorros calientes… salió todo cuando se retiró… me chorreaba por las piernas…


Andrés gruñó, follándola más rápido, sintiendo el semen de Iván lubricando cada embestida.


—¿Y limpiaste?


—Sí… me arrodillé… me la metí en la boca otra vez… chupé todo… semen, mis jugos, mi culo… lo limpié entero… mirándolo a los ojos…


Andrés no aguantó más. La volteó boca abajo en el sofá, le abrió las piernas y la penetró de nuevo, esta vez sintiendo la mezcla de todo. Empujó profundo, marcándola, reclamándola.


—Eres mía… aunque te follen otros… sigues siendo mía —gruñó.


Valeria empujaba hacia atrás, gimiendo.


—Soy tuya… pero me encanta que me llenen… que vengas encima de otro… que me cojas sucio…


Se corrieron casi al mismo tiempo. Andrés se vació dentro de ella, mezclando su semen con el de Iván, empujando hasta el fondo. Valeria tembló debajo de él, orgasmo largo y profundo, apretándolo con todo el cuerpo.


Cuando terminaron, se quedaron pegados, jadeando. Andrés le besó la nuca y le susurró:


—La próxima vez… quiero verlo. En vivo. O grabado. No me lo ocultes más.


Valeria sonrió, exhausta y satisfecha.


—Te lo prometo, amor. La próxima vez… te lo doy todo.

















Valeria subió al auto negro con el corazón desbocado, el aire dentro cargado de esa tensión eléctrica que siempre sentía con Iván. Llevaba jeans ajustados azules que se pegaban a sus curvas, una blusa blanca ligera de tirantes finos sin sostén debajo —los pezones ya duros por la anticipación—, y zapatillas deportivas simples. Iván, con camisa negra abierta en los primeros botones mostrando su pecho depilado, pantalones cargo grises y una cadena de plata al cuello, la miró con ojos hambrientos nada más cerrar la puerta.


—Joder, Valeria, ¿vienes sin tanga? —preguntó él, metiendo la mano derecha directo entre sus muslos sobre la tela del jean, frotando con fuerza el área donde ya sentía el calor de su cuca.


Ella abrió las piernas un poco más, jadeando suave.


—Sí… quería que me sintieras fácil. Que me pudieras entrar sin perder tiempo.


Iván soltó una risa ronca, encendió el motor y condujo rápido hacia un callejón oscuro a unas cuadras de la casa. Apagó las luces y reclinó su asiento un poco.


—Quítate la blusa primero —ordenó, desabrochándose el pantalón y sacando su verga semi-dura, gruesa, con venas marcadas que ya empezaban a hincharse.


Valeria se sacó la blusa por la cabeza, dejando sus tetas al aire: redondas, firmes, pezones rosados y erectos. Iván las agarró con una mano, pellizcándolos fuerte.


—Mira qué tetas de puta… chúpalas tú misma mientras te toco.


Ella se inclinó, lamiendo uno de sus propios pezones mientras Iván le bajaba el cierre del jean. Metió la mano dentro, directo a su cuca depilada y mojada.


—Estás chorreando, zorra… ¿pensaste en mi verga todo el mes?


—Todo el mes… me masturbaba imaginando cómo me abrías —confesó ella, gimiendo cuando él metió dos dedos profundo, removiendo adentro con un ritmo rápido y circular.


Valeria sacó su celular disimuladamente del bolsillo del jean, lo puso en modo grabación de video y lo apoyó en el tablero, enfocando el asiento. "Para Carla", pensó. Nadie más sabría. Nadie, ni Andrés, ni Iván, ni el mundo. Solo su amiga, para que lo viera después y se calentaran juntas recordando.


Iván la levantó por las caderas, le bajó los jeans hasta los tobillos junto con las zapatillas, dejándola completamente desnuda. Se inclinó entre sus piernas abiertas y le chupó la cuca con hambre: lengua plana lamiendo de abajo arriba, succionando el clítoris hinchado, metiendo la lengua adentro como si la follara.


—Ahhh… sí, lame bien… mi clítoris necesita eso… —gimió Valeria, agarrándole el pelo y empujando su cara más profundo.


El video capturaba todo: los sonidos húmedos de su lengua, los gemidos de ella, cómo su cuca brillaba bajo la luz tenue del callejón.


—Ahora chúpame tú —dijo Iván, incorporándose y empujándole la cabeza hacia su verga ahora completamente dura.


Valeria se inclinó, se la metió en la boca hasta la mitad, chupando fuerte, subiendo y bajando con la mano ayudando en la base. Lamía la cabeza, rodeándola con la lengua, bajando a las bolas y succionándolas una por una.


—Trágatela toda, puta… hasta la garganta —gruñó él, empujándole la cabeza más abajo.


Ella lo hizo, ahogándose un poco, lágrimas en los ojos, pero excitada. Sacó el celular con la mano libre y tomó una foto rápida: su boca llena de verga, ojos mirando a cámara con expresión sucia. La envió a Carla con un audio rápido: "Mira esto, amiga… estoy chupando como loca. Te extraño en esto".


Iván la levantó de golpe.


—Montate —dijo.


Valeria se subió a horcajadas, guiando la verga a su entrada. Bajó despacio, sintiendo cómo la abría centímetro a centímetro.


—Ufff… qué gruesa… me estás estirando toda… —jadeó.


Empezó a moverse, subiendo y bajando, girando las caderas para que rozara su punto G. Iván le agarraba las tetas, pellizcándolas, y empujaba hacia arriba con fuerza.


—Rebota más, zorra… quiero ver cómo tus tetas saltan mientras te cojo.


Ella aceleró, el auto meciéndose, gemidos llenando el espacio. Sacó otra foto: su cuerpo encima de él, verga entrando en su cuca, tetas rebotando. Audio a Carla: "Me está follando la cuca ahora… mira cómo entro y salgo. Estoy chorreando todo el asiento".


Valeria se corrió fuerte: cuerpo temblando, vagina apretando la verga como un vicio, un chorro caliente saliendo y mojando los muslos de Iván.


—No pares… quiero más… —suplicó.


Iván la volteó con rudeza, poniéndola de rodillas en el asiento, cara contra el respaldo. Le abrió las nalgas y escupió en su ano.


—Ahora el culo… relájate.


Metió la cabeza despacio, Valeria empujando hacia atrás para ayudarlo. Cuando entró completo, empezó a embestir fuerte, slap slap contra sus nalgas.


—Ahhh… me estás rompiendo el culo… sí, más profundo… —gritó ella.


Iván le metió tres dedos en la cuca al mismo tiempo, follándola doble.


—Dos agujeros llenos… siente cómo te abro, puta.


Valeria grabó un video corto con el celular en la mano: el ángulo desde abajo, verga entrando en su ano, dedos en la vagina, sus gemidos altos. Lo envió a Carla con audio: "Mira esto, amiga… doble penetración… me está follando el culo mientras me mete dedos en la cuca. Me vengo otra vez… ahhh…".


Se corrió de nuevo, ano y vagina contrayéndose, cuerpo convulsionando. Iván aceleró, gruñendo.


—Te voy a llenar el culo… toma mi leche…


Se corrió dentro, chorros calientes y espesos rebosando, saliendo por los bordes y chorreando por sus muslos. Sacó la verga y la empujó de nuevo a la cuca, corriéndose un poco más ahí, mezclando todo.


—Ahora límpiala —dijo.


Valeria se giró, se arrodilló y chupó la verga cubierta de semen, jugos y el sabor de su ano. Lamía lento, saboreando, mirando a los ojos de Iván.


—Buena puta… traga todo.


Tomó una última foto: su boca alrededor de la verga, semen en los labios. Audio a Carla: "Limpieza final… sabe a todo lo que me hizo. Esto es nuestro secreto, amiga. Nadie más lo sabe. Me vengo solo de pensarlo".


Iván le dio un beso brusco y la dejó bajar. Valeria se vistió temblando, semen chorreando por sus piernas, empapando los jeans. Caminó a casa, sintiendo cómo se movía dentro de ella con cada paso, un secreto caliente que solo compartía con Carla a través de esos envíos y audios. Los esposos, nadie, jamás lo supieron. Era su pacto privado, su vicio oculto.


















Chat privado Carla → Valeria(hora aproximada: 21:47 – 22:19)


Carla (21:47)foto 1: selfie desde abajo, boca llena de verga de Iván, ojos mirando a cámara, saliva colgandoaudio 1 (0:12):“Amiga… mírame… estoy chupándosela toda… me la metí hasta la garganta y me está jalando el pelo… huele rico, sabe a verga caliente… te juro que me estoy mojando solo de pensar que tú lo estás viendo ahora… ¿te gusta?”


Valeria (21:49)JAJAJA perraaaa 😈😈estás loca… se ve que te la estás comiendo como si no hubiera mañana¿ya te la metió o solo chupando?


Carla (21:50)foto 2: jeans bajados hasta los tobillos, cuca abierta y brillante, dedos de Iván metidos hasta el fondoaudio 2 (0:18):“Ahorita me metió tres dedos… estoy chorreando amiga… me dice ‘qué puta mojada estás’… ya me bajó todo… estoy desnuda en el asiento del copiloto… el auto huele a sexo ya… espera que te mando cuando me la meta…”


Valeria (21:51)Diossss… qué rico se ve…tienes la cuca hinchada ya…grábame cuando te la meta por favor… quiero escuchar cómo gimes cuando te abre


Carla (21:54)video 1 (0:34): Valeria montada encima de Iván, subiendo y bajando lento al principio, luego más rápido, tetas rebotando, gemidos clarosaudio 3 (enviado con el video – 0:09):“Mírame amiga… me la estoy metiendo toda… ufff se siente tan gruesa… me llega hasta el fondo… estoy rebotando como loca… escúchame cómo gimo… ahhh sí Iván… cógeme más duro…”


Valeria (21:55)JAJAJAJA qué puta eres… se escucha cómo chapotea tu cuca…me estoy tocando viéndolo… sigue graba más


Carla (21:59)foto 3: close-up de la verga entrando y saliendo de su cuca, jugos brillando en el tronco, uñas de Valeria clavadas en los muslos de Ivánaudio 4 (0:15):“Me vine ya amiga… me corrí gritando… le mojé toda la verga y el asiento… ahora me está volteando… me va a meter por el culo… espera… te mando audio cuando me la esté metiendo…”


Valeria (22:00)SÍIIII grábame el momento que te la mete por atrás… quiero oír cómo abres el ano… porfa


Carla (22:04)video 2 (0:41): Valeria de rodillas en el asiento, Iván detrás, escupiendo en su ano, empujando despacio la cabeza, luego embistiendo fuerte. Gemidos altos, slap slap de nalgas, dedos en la cuca al mismo tiempoaudio 5 (0:11):“Ahhh… me la está metiendo por el culo amiga… duele rico… sí… más profundo… me está follando el culo mientras me mete tres dedos en la cuca… estoy temblando… escucha cómo chapotea… me voy a venir otra vez…”


Valeria (22:05)Madre mía… qué rico se ve… el ano abierto, semen chorreando ya…me estoy viniendo viéndolo… sigue sigue


Carla (22:09)audio 6 (0:22):“Se corrió dentro del culo… sentí los chorros calientes… me llenó toda… ahora se salió y me está metiendo otra vez por la cuca… me está dejando rebosando de los dos lados… ufff amiga… estoy temblando… semen caliente saliendo por el ano y la cuca… te juro que nunca me habían llenado así… te mando foto final”


foto 4 (22:10): close-up brutal – ano y cuca abiertos, semen blanco espeso chorreando por los muslos y cayendo al asiento, dedos de Valeria abriendo los labios para que se vea mejor el desastre


audio 7 (0:14):“Mira esto amiga… estoy destruida… semen por todos lados… me limpié la verga con la boca después… sabe a mi culo y a su leche… esto es nuestro secreto forever… ni Andrés ni nadie va a saber nunca… solo tú y yo… ¿te calentaste mucho?”


Valeria (22:12)Me vine dos veces viéndolo todo… estoy empapada aquí en la camaqué puta eres Carla… me encanta que me mandes esto…guarda todo en la carpeta secreta… cuando quieras repetimos algo así juntas


Carla (22:14)Ya estoy volviendo… con el culo y la cuca llenos…te amo perra 😈mañana te cuento cómo le conté a Andrés (versión editada jaja)


Valeria (22:15)Te espero… y graba cuando te coja él encima de la leche de Iván… eso sí quiero verlo también 🔥


Carla (22:16)Prometido… te mando audio cuando esté gimiendo encima de élbesos en la cuca 💋


Fin del chat.


Todo eso quedó guardado en una carpeta oculta de la galería de Valeria, protegida con contraseña, solo para ellas dos. Ni Andrés, ni Iván, ni nadie más supo jamás de esos audios, fotos y videos. Era su espacio privado, su vicio secreto compartido.

















Chat Privado: Carla ➔ Tú​

Hora: 16:20

Carla:
Oye... tengo que decirte algo, pero júrame por tu vida que no vas a decir que fui yo. No aguanto más el secreto, y menos siendo tu prima de quien hablamos.

Tú:¿Qué pasa, Carla? ¿De qué hablas?

Carla:[Captura de Pantalla enviada]

(En la captura se ve un chat de hace 10 minutos entre Carla y Valeria)Valeria: "Carla, dile a mi esposo que nos quedamos trabajando tarde en el centro. Me voy a ver con el chico del gimnasio en un hotel. No me esperen para cenar, ¡estoy que me muero de ganas! 😈🔥"
Carla:Mira eso... Lo acaba de mandar. Tu prima no tiene límites. Me usa de coartada todo el tiempo, pero lo de hoy ya es demasiado. Se fue a ver con un tipo mientras su marido cree que está conmigo terminando un informe.

Tú:No puede ser... ¿Valeria está haciendo eso ahora mismo?

Carla:[Captura de Pantalla enviada]

(En la captura se ve una foto que Valeria le mandó a Carla: Valeria frente al espejo de un ascensor, con un vestido verde muy corto y sin lencería que se note)Valeria: "Lista para el pecado. Deséame suerte, amiga. Mañana te cuento los detalles sucios. ¡Mírame este outfit!"
Carla:Ahí la tienes. Esa foto es de hace 15 minutos. Está en el hotel "Vista Azul". Me da asco cómo le miente a todo el mundo a la cara y luego llega a su casa como si fuera una santa. Solo te lo cuento porque me parece injusto, pero por favor, borra estos pantallazos en cuanto los veas.

















El Atuendo de Valeria​

Valeria lleva un mini vestido verde esmeralda de seda, tan corto que apenas cubre lo esencial al caminar. Es de tirantes finos, dejando al descubierto sus hombros y gran parte de su espalda. Bajo la seda, no lleva sujetador, lo que marca sutilmente su figura con cada movimiento.

Lo combina con unas sandalias de tacón de aguja negros que estilizan sus piernas, haciéndolas parecer infinitas, y una fina cadena de oro que descansa en su escote, llamando la atención hacia el brillo de su piel.


El Encuentro: Diálogos en Doble Sentido​

El instructor del gimnasio, a quien llamaremos Julián, la espera apoyado en la pared. Él todavía lleva su camiseta deportiva ajustada, marcando sus músculos, lo que genera un contraste rudo con la elegancia prohibida de Valeria.

Julián: (Recorriéndola con la mirada) "Parece que hoy el entrenamiento va a ser mucho más intenso de lo que planeamos en el gimnasio, Valeria. Te veo... muy preparada."

Valeria: (Cerrando la puerta con pestillo sin dejar de mirarlo) "Es que me quedé con ganas de más después de la última serie de sentadillas. Siento que todavía me falta trabajar un poco más la flexibilidad... y tú eres el mejor instructor para eso."

Julián: (Acercándose a ella, acortando la distancia) "Bueno, para los resultados que buscas, vamos a necesitar mucha resistencia. No quiero que te rindas a mitad del ejercicio."

Valeria: (Poniendo una mano sobre el pecho de él, sintiendo su ritmo cardíaco) "No te preocupes por eso. Sabes que me encanta llevar mi cuerpo al límite. De hecho, hoy vine sin nada que me estorbe... quiero que el contacto sea directo, para no perder la técnica."

Julián: (Bajando la mano hasta la cintura de ella, apretando la seda del vestido) "Me gusta tu enfoque. Vamos a empezar con un calentamiento profundo. Quiero ver qué tan rápido puedes perder el control bajo mi supervisión."

Valeria: (Susurrando cerca de su oído, mientras sus labios rozan su cuello) "Entonces deja de hablar y demuéstrame qué tan duro puedes entrenarme hoy. Recuerda que mi esposo cree que estoy 'trabajando horas extra'... así que asegúrate de que valga la pena el esfuerzo."


La tensión estalla cuando él la toma por la cintura y la levanta, haciendo que el vestido verde se suba aún más, mientras ella envuelve sus piernas alrededor de su cadera, lista para que el "entrenamiento" pase de las palabras a la acción.
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La atmósfera se vuelve densa. Lo que empezó como un juego de seducción de repente toma un matiz de peligro. Julián no es el tipo de hombre que acepta un "no" por respuesta, especialmente cuando ya tiene el deseo entre ceja y ceja.

El Desplante​

Valeria se separa de él, ajustándose el tirante del vestido verde. Mira su reloj con ansiedad.

Valeria: —Julián, en serio, no puedo. La cena es en una hora. Es con el jefe de mi esposo y un socio importante. Si no aparezco, o si llego con el maquillaje corrido y oliendo a ti, se acaba el juego para todos.

Julián: (La toma del brazo con firmeza, su voz baja una octava) —Me importa poco tu cena de negocios. Te dije que hoy te quería ver de espaldas. Tengo ganas de ese culo desde que te vi hacer pesas esta mañana. No me hagas esperar.

Valeria: —No me presiones... mañana, te lo juro. Mañana invento algo. Pero hoy tengo que ser la esposa perfecta.


La Amenaza y la "Sorpresa"​

Julián suelta su brazo, pero no se aleja. Saca su teléfono del bolsillo y muestra una sonrisa que hiela la sangre de Valeria.

Julián: —¿Sabes qué pasa, Valeria? Que a veces se me olvida que eres una mujer tan... "ocupada". Pero me acabo de acordar de algo. Tu esposo me mencionó que la cena es en el restaurante L'Étoile, ¿verdad?

Valeria palidece. El nombre del restaurante es correcto.

Julián: —Mira qué coincidencia. El dueño es cliente mío en el gimnasio. Me debe un par de favores. Mi "sorpresa" es esta: o te quedas aquí y me das lo que quiero ahora mismo, o me aparezco en esa cena.

Valeria: (Temblando) —¿Te has vuelto loco? ¿A qué irías?

Julián: —A saludarlos, por supuesto. A decirle a tu esposo lo dedicada que eres con tus "clases personalizadas". Y tal vez, solo tal vez, se me escape mostrarle el video que grabé la semana pasada... ese donde se ve perfectamente tu cara mientras te tengo contra la pared del vestidor.

Valeria siente que el aire le falta. La "sorpresa" no es solo su presencia, es la destrucción total de su fachada.

Julián: (Acariciando el borde del vestido verde) —Así que tú decides, preciosa. O te vas a esa cena ahora y te arriesgas a que yo llegue a los postres con mi teléfono en la mano... o te pones de rodillas en esa cama, me dejas hacer lo que quiera con tu culo, y te vas media hora tarde con una buena excusa. ¿Qué prefieres: un poco de dolor aquí, o el escándalo de tu vida allá?

Valeria mira la puerta, luego mira a Julián. El deseo de él se ha convertido en un chantaje brutal. Ella sabe que Julián es capaz de todo.



















El ambiente en el restaurante L'Étoile es de una sofisticación asfixiante. Valeria está sentada entre su esposo, Andrés, y el socio inversor, luciendo su vestido verde esmeralda que, bajo las luces tenues, parece una armadura de seda. Ella intenta mantener la compostura, pero sus manos tiemblan bajo la mesa.

De repente, lo ve entrar. Julián no lleva ropa deportiva; viste una camisa negra ajustada que resalta su porte imponente. Cruza el salón con una seguridad depredadora. Al pasar junto a la mesa, hace un breve contacto visual con Valeria, una chispa de malicia en sus ojos.

El Mensaje Silencioso​

Julián se detiene un segundo, fingiendo que busca el camino hacia los servicios. Al pasar justo por detrás de la silla de Valeria, se inclina sutilmente, como si fuera a recoger algo del suelo, y le susurra al oído con una voz que solo ella puede escuchar, cargada de una autoridad oscura:

"Cinco minutos. Te espero en el último cubículo. Si no vienes, la 'sorpresa' se la doy a tu esposo aquí mismo, frente a todos."
Sin mirar atrás, Julián camina hacia el pasillo de los baños con una sonrisa de suficiencia.


La Excusa Perfecta​

Valeria siente que el corazón le martillea en la garganta. Mira a Andrés, quien está concentrado explicando unos gráficos en su tablet al socio.

Valeria: (Con una voz suave y ligeramente forzada) —Cariño, discúlpame un momento. Siento un poco de calor, voy al tocador a refrescarme un poco la cara. No me tardo.

Andrés: (Sin despegar la vista de la pantalla, le da un apretón rápido en la mano) —Claro, amor. No tardes, que ya mismo traen el plato fuerte.

Valeria se levanta, sintiendo el peso de todas las miradas, aunque nadie sabe realmente lo que está ocurriendo. Camina con paso firme hacia el pasillo, sus tacones de aguja resonando contra el mármol, marcando el ritmo de su propia traición.


El Encuentro Prohibido​

Al entrar al baño, el aire está impregnado de un perfume costoso y el silencio es absoluto, roto solo por el sonido de la puerta cerrándose tras ella. Julián la está esperando, recostado contra el lavabo, con los brazos cruzados.

Julián: —Sabía que vendrías. El miedo es un excelente motivador, ¿verdad?

Él la toma bruscamente de la cintura y la empuja hacia el último cubículo, cerrando el pestillo con un golpe seco. El espacio es pequeño, lo que obliga a Valeria a pegarse completamente a él. Julián no pierde el tiempo; levanta la seda del vestido verde hasta su cintura.

Valeria: (Jadeando, entre el terror y la adrenalina) —Julián... tenemos que ser rápidos. Andrés está a diez metros de aquí... si alguien entra...

Julián: —Entonces asegúrate de no gritar demasiado cuando te ponga contra la pared. Me pediste una excusa para no ir al hotel, pero aquí no hay excusas. Te dije que hoy quería tu culo, y lo voy a tener mientras tu esposo paga la cuenta de la cena.

Valeria se apoya contra los azulejos fríos, sintiendo el contraste con el calor de Julián. Se muerde el labio inferior para ahogar cualquier sonido mientras él comienza a demostrarle quién tiene el control total, no solo de su cuerpo, sino de su vida entera en ese momento.



















El cubículo del baño se convierte en un universo claustrofóbico de deseo y poder. Julián la empuja contra el gran espejo que cubre la pared lateral, obligándola a enfrentarse a su propio reflejo bajo la luz blanca y cruda.

El Reclamo​

Julián se pega a su espalda, envolviéndola con su tamaño. Sus manos, grandes y ásperas por el gimnasio, bajan con violencia controlada hasta sus muslos, levantando la seda verde del vestido hasta dejarla totalmente expuesta.

Mira ese cuerpo, Valeria —le susurra al oído, mientras su aliento caliente le empaña el cuello—. Mírate bien. ¿Crees que ese idiota que está ahí fuera sentado sabe lo que tiene? No tiene ni idea.

Él la besa con furia, una mezcla de sabor a menta y posesión, mientras una de sus manos sube para apretarle la garganta con suavidad, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para que sus ojos no se despeguen del espejo. Con la otra mano, le propina un azote seco en la nalga derecha que deja una marca roja instantánea sobre su piel clara.

Mírate —repite, apretando ambas nalgas con una fuerza que le saca un gemido ahogado—. Hoy esto no le pertenece a tu contrato de matrimonio. Hoy este cuerpo es solo mío. Di quién manda aquí. Di que soy tu amo.

La Entrega​

Valeria, con la mirada nublada y la respiración entrecortada, ve en el espejo cómo Julián la huele, hundiendo su nariz en su cabello y luego en la curva de su hombro, inhalando su perfume mezclado con el sudor del miedo y la excitación.

Eres... eres mi amo, Julián —logra decir, con la voz quebrada.

Él sonríe con malicia en el reflejo. Sin mediar más palabras, la posiciona: la obliga a inclinarse hacia adelante, apoyando las palmas de sus manos en el cristal frío. El contraste entre el frío del espejo y el calor abrasador de Julián la hace estremecer.

Julián se desabrocha con rapidez y, con un empuje seco y profundo, la toma por completo. Valeria clava las uñas en el espejo, dejando marcas de vapor y dedos mientras él empieza una embestida rítmica y brutal. El sonido de los cuerpos chocando —ese slap constante contra el silencio del baño de lujo— es lo único que se escucha.

Eso es... —gruñe él, agarrándola del pelo para que no deje de mirar cómo él la posee en el reflejo—. Mírame cómo te abro. Mira cómo te lleno mientras tu esposo está a unos pasos preguntándose por qué tardas tanto.

Valeria cierra los ojos, pero él le ordena que los abra. Quiere que ella sea testigo de su propia traición. Cada vez que Julián embiste, el vestido verde se agita como una bandera de rendición. Ella está perdida en la sensación, sintiendo cómo el poder de Julián la reclama por completo, borrando cualquier rastro de la "esposa perfecta" que entró a ese baño minutos antes.



















El espacio reducido del cubículo parece hacerse aún más pequeño ante la intensidad de lo que ocurre. Julián, impulsado por una urgencia dominante, la sujeta por la cintura y la levanta con una fuerza que deja a Valeria sin aliento.

La Entrega Total​

Sin dejar de mirarla a través del espejo, la sienta directamente sobre su rostro, apoyando su espalda contra la pared fría. El vestido verde queda arrugado y subido, mientras él, con dedos expertos y hambrientos, aparta el hilo de su lencería hacia un lado, dejando su intimidad totalmente expuesta a su boca.

Valeria siente la humedad y el calor de su lengua de inmediato. Julián no es sutil; la succiona con una desesperación controlada, usando sus manos para abrirla más, mientras sus dedos se clavan en sus nalgas para mantenerla presionada contra él.

¡Ahhh! —Valeria suelta un grito agudo que rebota en los azulejos.

Presa del pánico por el sonido, se tapa la boca con ambas manos, hundiendo sus ojos en el reflejo del espejo. Lo que ve la deja hipnotizada: su propio cuerpo, elevado y sometido, con el vestido esmeralda hecho un desastre y el instructor del gimnasio devorándola con una ferocidad que su esposo jamás ha mostrado.

El Clímax en el Espejo​

Julián sube la intensidad, moviendo su lengua en círculos rápidos mientras introduce un dedo profundamente, buscando su ritmo. Valeria empieza a temblar violentamente; el contraste entre el riesgo de ser descubierta en el restaurante y el placer físico extremo la está llevando al borde.

Mírate, Valeria... mira cómo te deshaces —le susurra él entre jadeos, sin separarse de ella.

Sus piernas flaquean y su espalda se arquea. A través del espejo, ve cómo su rostro se transforma, sus ojos se ponen en blanco y el rubor sube por su pecho. No puede más. El orgasmo la golpea con la fuerza de una descarga eléctrica; se corre de manera explosiva, empapando el rostro de Julián mientras sus espasmos la obligan a apretar los muslos contra su cabeza.

Se queda ahí, jadeando contra su propia mano, con la mirada fija en el espejo, viendo cómo Julián saborea su victoria. Está completamente destruida, física y moralmente, marcada por el hombre que ahora la baja lentamente al suelo, recordándole con una mirada que, aunque regrese a la mesa, ahora le pertenece a él.


















Julián la sujeta con fuerza por las caderas, pegándola a él en un último esfuerzo coordinado y brutal. El sonido de los cuerpos chocando es lo único que llena el cubículo mientras él exhala un gruñido profundo. Valeria siente los chorros calientes y abundantes inundándola, desbordándose de su intimidad y empapando la tela del hilo que él aún sostiene hacia un lado. Es una marca de posesión absoluta que ella no puede ignorar.

Él se separa lentamente, dejando que el vestido verde caiga sobre el desastre. Se limpia la boca con el dorso de la mano, mirándola con una frialdad excitante.

Escúchame bien, Valeria —le susurra, mientras le acomoda un mechón de pelo con una brusquedad cínica—. Me voy ahora, pero esto no se queda aquí. Quiero que cuando llegues a tu casa, te metas a la cama con tu esposo así como estás. Ni se te ocurra bañarte.

Valeria lo mira con los ojos muy abiertos, todavía temblando.

Quiero que lo provoques, que dejes que te toque ahí abajo y sienta que estás empapada de mí —continúa Julián con una sonrisa malvada—. Y cuando meta los dedos y saque mi leche, cuando te pregunte: ‘¿De quién es esto? ¿Por qué estás así?’, lo vas a mirar a los ojos con esa cara de santa que tienes y le vas a mentir.

Él se acerca tanto que sus narices se rozan, obligándola a sostenerle la mirada en el espejo.

Le vas a decir: ‘Es tuyo, amor... es que te viniste tan fuerte anoche o hace un momento que ni cuenta te diste de lo que dejaste dentro’. Quiero que lo hagas sentir un rey mientras te revuelcas en mi semen. Y quiero que me lo cuentes todo por audio mañana por la mañana.

Julián le da un último apretón en la nalga, abre la puerta del cubículo y sale del baño con total indiferencia, dejándola sola frente a su reflejo. Valeria se queda ahí, con las piernas aún vibrando, sintiendo el calor de Julián bajando por sus muslos bajo la seda verde. Se mira al espejo, se limpia el rímel corrido con un dedo y respira hondo.

Tiene que volver a la mesa, sentarse frente a Andrés y fingir que el secreto que lleva hirviendo bajo su ropa no existe.



















Valeria regresa a la mesa con el corazón martilleando contra sus costillas, sintiendo cómo el vestido verde se adhiere a su piel húmeda, un secreto viscoso que quema en su interior con cada paso que da sobre sus tacones de aguja. Se sienta frente a Andrés, quien la mira con una mezcla de curiosidad y deseo, notando el brillo febril en sus ojos y ese ligero rubor que no logra ocultar. Durante el resto de la cena, ella apenas puede probar bocado; el aroma de Julián parece emanar de sus propios poros, mezclándose con su perfume en una fragancia embriagadora que solo ella reconoce. Cuando finalmente llegan a casa, la atmósfera en la habitación es eléctrica; Andrés la abraza por la cintura y ella, siguiendo las órdenes de su amo, lo conduce hacia la cama sin pasar por la ducha, manteniendo viva la marca de la traición bajo la seda esmeralda. Él la desviste con urgencia, dejando caer el vestido al suelo, y cuando sus manos bajan para acariciar la intimidad de Valeria, se detiene de golpe, sintiendo la humedad excesiva y el espesor de un fluido que no debería estar ahí. Andrés retira los dedos, observando a la luz de la lámpara el rastro blanco y brillante que se mezcla con los jugos de su esposa, y con la voz cargada de una sospecha instintiva le pregunta: "¿Qué es esto, Valeria? ¿Por qué estás tan mojada, de quién es este semen?". Ella, sintiendo una descarga de adrenalina pura al recordar el espejo del baño y la voz de Julián, sostiene la mirada de su esposo con una calma aterradora y le responde con un susurro cargado de falsa ternura: "Es tuyo, amor... lo que pasa es que estás tan potente últimamente que te viniste dentro sin darte cuenta, te dejaste llevar por las ganas y me llenaste toda, ¿acaso no sientes lo mucho que me deseas?". Andrés, confundido por el placer de escuchar esas palabras y por el ego alimentado por la mentira, deja de cuestionar y se lanza sobre ella, poseyéndola con una fuerza renovada sobre el rastro fresco de otro hombre, mientras Valeria cierra los ojos e imagina que son las manos de Julián las que la aprietan, cumpliendo hasta el último detalle el guion de la infidelidad que mañana mismo le relatará a su amante.



















La Secuencia de Audios​

Audio 1 (0:45) - Valeria:"Julián... no he podido dormir. Me acabo de despertar y lo primero que hice fue tocarme ahí abajo. Todavía estoy pegajosa. Te hice caso... no me lavé. Andrés me tomó anoche justo encima de tu leche, y fue tan fácil engañarlo. Me preguntaste cómo se sintió... se sintió sucio, se sintió perfecto. Estoy aquí ahora, con las piernas abiertas, metiéndome los dedos mientras me acuerdo de cómo me tenías en el espejo del baño."

Audio 2 (0:38) - Julián:"Qué perra eres, Valeria. Me estoy imaginando tu cara de santa mintiéndole mientras él te usaba. Yo también estoy en la cama ahora mismo, con el teléfono en una mano y mi verga en la otra. Cuéntame más... quiero saber qué sentiste cuando él metió los dedos en el desastre que yo te dejé. ¿Se lo tragó todo?"

Audio 3 (0:52) - Valeria:"Sí... se lo tragó. Cuando sintió tu semen en sus dedos, se quedó mudo un segundo. Tenías que haber visto sus ojos. Y yo, con la voz más dulce del mundo, le dije que era suyo, que estaba 'rebosando de amor' por él. En ese momento, mientras él me penetraba, yo solo cerraba los ojos y sentía tu olor, Julián. Me estoy frotando ahora mismo pensando en eso... estoy tan mojada que mis dedos resbalan. Te quiero dentro de nuevo."

Audio 4 (0:40) - Julián:"Sigue, no pares de tocarte. Imagina que mi mano está ahí contigo. Me encanta saber que ese idiota te estaba haciendo el amor mientras tú te estabas corriendo con el recuerdo de mi boca en tu culo. Muéstrame cómo gimes, Valeria. Quiero oír cómo te pones cuando te acuerdas de que eres mi esclava."

Audio 5 (1:10) - Valeria:(Se escuchan jadeos pesados y el sonido rítmico de la piel contra la piel)"Ahhh... sí, Julián. Me estoy imaginando que eres tú el que me está jalando el pelo ahora. Me estoy metiendo tres dedos y me duele de lo mucho que me abriste ayer. Estoy mirando el techo y veo tu cara. Soy tuya... soy tu puta favorita. Escucha cómo chapotea mi cuca... estoy chorreando otra vez solo de contarte cómo lo engañé."

Audio 6 (0:45) - Julián:"Eso es... gime para mí. Yo ya estoy a punto, Valeria. Estoy dándole duro, imaginando que estoy en tu cuarto ahora mismo, echándote a un lado y haciéndote lo mismo que anoche mientras tu esposo desayuna abajo sin saber nada. Eres una cínica y eso es lo que más me calienta."

Audio 7 (0:58) - Valeria:"¡Ahhh! ¡Julián! Me estoy viniendo... me voy a venir otra vez. Me estoy apretando los pezones y me imagino que me estás mordiendo. ¡Sí! Soy tuya, mi amo... Andrés no es nada, él no me conoce como tú. ¡Me estoy corriendo! ¡Ahhh!" (Se escucha un gemido largo y el sonido de ella estremeciéndose en las sábanas).

Audio 8 (0:35) - Julián:"Yo también... ¡maldita sea, Valeria! Me estoy viniendo ahora mismo... visualizando tu cara en ese espejo... ¡toma esto! ¡Es todo para ti!" (Se escucha su respiración entrecortada y un gruñido final de liberación).

Audio 9 (0:50) - Valeria:"Estoy destruida... me quedé sin fuerzas. Estoy empapada, Julián. El cuarto huele a mí, a ti y a él... es un asco maravilloso. Me encanta este secreto. Mañana en el gimnasio, quiero que me mires y sepas que todo esto que tengo aquí dentro es porque tú me lo ordenaste."

Audio 10 (0:42) - Julián:"Mañana te quiero con el mismo vestido verde, pero sin nada debajo. Prepárate, porque lo que te hice en el baño fue solo el calentamiento. Ahora descansa, limpia el desastre antes de que Andrés vuelva, y guarda el secreto como la buena perra que eres."


La sesión termina, pero la tensión queda flotando en el aire. Valeria se queda mirando el techo, sabiendo que su vida ahora es un juego de espejos donde el peligro es el único motor.



















El Giro del Destino​

Valeria, con la adrenalina todavía recorriéndole el cuerpo tras los audios, se viste a toda prisa con el vestido verde y sale de su casa decidida a reclamar a su amo en su propio terreno. Pero el destino tiene otros planes.


1. El Encuentro Inesperado: Valeria y Andrés​

Apenas Valeria dobla la esquina con su auto, el corazón se le detiene. Un vehículo conocido viene en dirección contraria y le hace cambio de luces. Es Andrés. Él baja la ventanilla con una sonrisa de extrañeza.

—"¿Amor? ¿A dónde vas con tanta prisa y tan arreglada a esta hora?" —pregunta él, mirándola de arriba abajo—. "Se me olvidó la tablet para la reunión y tuve que volver. Pero tú... ¿no tenías que quedarte en casa hoy?"

Valeria siente que el sudor frío le recorre la espalda. El vestido verde, el mismo de la noche anterior, es una prueba andante.—"Es que... me llamó Carla" —miente ella, apretando el volante con fuerza—. "Dice que tuvo un problema con el coche cerca del gimnasio y voy a auxiliarla. No me tardo, mi vida."—"Qué raro, pasé por el gimnasio hace diez minutos y no vi su auto" —responde Andrés, entrecerrando los ojos—. "Bueno, ve con cuidado. Te veo en la noche."

Andrés arranca, pero Valeria nota por el retrovisor que él se queda unos segundos estático, mirando cómo ella se aleja. La duda ha sido sembrada.


2. La Infiltrada: Carla en casa de Julián​

Mientras tanto, Julián llega a su apartamento, preparándose para recibir a Valeria como un trofeo. Abre la puerta de su habitación, pero se queda paralizado. Carla está sentada en su cama, fumando con una calma cínica.

—"Hola, Julián" —dice ella, soltando el humo lentamente—. "No pongas esa cara. Tenemos llaves compartidas desde hace meses, ¿o ya se te olvidó quién te presentó a Valeria en primer lugar?"

Carla se levanta, luciendo un conjunto de lencería negra bajo una gabardina abierta. Ella conoce perfectamente el juego de Julián porque ella fue la que le dio las reglas.—"Sé que la esperas a ella" —continúa Carla, acercándose y tocando la camisa de Julián—. "Sé que te la follaste en el baño del restaurante porque yo misma le dije a su esposo dónde cenaban para que el riesgo fuera mayor. Pero hoy no vas a estar con ella solo. Ella cree que es tu esclava, pero no sabe que yo soy la dueña de la correa."


El Choque de Trenes​

Minutos después, Valeria llega al edificio de Julián. Sube por el ascensor, con la humedad todavía entre sus piernas y el vestido verde arrugado por los nervios. Abre la puerta del apartamento con la llave que Julián le dejó en la maceta, entra a la habitación lista para arrodillarse... y se encuentra con la escena más brutal de su vida.

Julián está de pie, y Carla, su "mejor amiga", está abrazada a él, mirándola con una sonrisa de triunfo.

—"Llegas tarde, perra" —le dice Carla, sin soltar a Julián—. "Andrés casi te atrapa en la esquina, ¿verdad? Tranquila, pasa... cierra la puerta. Julián dice que hoy quiere vernos a las dos, pero con una condición: tú vas a mirar primero cómo me lo hace a mí, para que aprendas quién es la verdadera maestra del engaño."

Valeria se queda en el umbral, temblando. Su esposo sospecha, su mejor amiga la ha traicionado y su amante la mira como a un juguete más. El vestido verde esmeralda ahora parece una condena.



















El golpe de realidad es más doloroso que cualquier azote de Julián. Al ver a Carla allí, dueña de la situación y del hombre que ella creía haber "conquistado", la venda de lujuria y poder se le cae de los ojos de forma violenta. El vestido verde, que hace minutos era su armadura de seducción, ahora se siente como una piel sucia de la que necesita despojarse.

El Estallido​

Valeria no se arrodilla. Al contrario, se yergue con una rabia que le quema la garganta. Mira a Carla, su "amiga", la mujer con la que compartía secretos y que ahora la observa con una superioridad asquerosa.

"Son unos cerdos... los dos" —escupe Valeria, con la voz temblando pero cargada de veneno—. "Tú, Carla, que me empujaste a esto solo para reírte de mí a mis espaldas. Y tú, Julián... no eres más que un pobre infeliz que necesita humillar a mujeres para sentirse hombre. Me dan asco."

Antes de que alguno pueda responder, Valeria da media vuelta y sale del apartamento. Baja las escaleras corriendo, ignorando el ascensor, sintiendo que las paredes se le echan encima.

El Camino de Regreso​

Una vez en su auto, el silencio la golpea. Arranca y conduce sin rumbo, pero a las pocas cuadras, el llanto contenido explota. Son sollozos amargos, de esos que te sacuden los hombros y te impiden respirar. Se mira en el espejo retrovisor —el mismo espejo que antes usaba para admirar su pecado— y solo ve a una mujer rota, que puso en riesgo su hogar por una fantasía de control que resultó ser una trampa.

—"¿Qué he hecho?" —susurra entre lágrimas, golpeando el volante—. "Soy una idiota... Andrés no se merece esto."

El recuerdo de la cara de su esposo en la esquina, su mirada de confusión y confianza, le atraviesa el pecho como un cuchillo. Se limpia las lágrimas con fuerza, corre el rímel por toda su cara y toma una decisión. No puede confesarle la verdad absoluta porque sabe que lo destruiría, pero no puede seguir siendo la misma cínica de ayer.


El Regreso a Casa: La Redención​

Cuando llega a casa, Andrés está en la sala, todavía con la tablet en la mano, luciendo preocupado. Al verla entrar, desaliñada, con los ojos rojos y el vestido arrugado, se levanta de inmediato.

—"Valeria, ¿qué pasó? ¿Carla está bien? Estás hecha un desastre, amor..."

Valeria no espera. Camina hacia él y se desploma en sus brazos, llorando de nuevo, pero esta vez con un sentimiento de arrepentimiento genuino. Lo abraza con una fuerza desesperada, escondiendo la cara en su cuello.

"Andrés... perdóname" —dice ella con la voz ahogada—. "Perdóname por todo... por haber estado tan distante, por mis mentiras, por no valorarte como se debe. Me he portado muy mal contigo, he sido una tonta."

Andrés, desconcertado pero conmovido por la vulnerabilidad de su esposa, la acaricia con ternura, creyendo que se trata de alguna crisis emocional o del estrés.

—"Tranquila, amor... todos cometemos errores, lo que sea que haya pasado, lo arreglaremos."

Valeria lo mira a los ojos, con una determinación que él nunca le había visto. Se limpia la cara y, aunque el peso de su secreto la acompañará siempre, decide que este es el fin de la doble vida.

"No, Andrés. A partir de hoy, todo va a cambiar. Te lo juro por mi vida... a partir de hoy, voy a ser la mujer que tú te mereces. Se acabaron los juegos, se acabaron las excusas. Solo nosotros dos."

Esa noche, Valeria quema el vestido verde en la chimenea del patio. Mientras observa cómo la seda esmeralda se convierte en cenizas, siente que el vínculo con Julián y la traición de Carla se consumen con ella. El camino será difícil, y el fantasma de lo que hizo en el baño del restaurante vivirá en sus pesadillas, pero por primera vez en mucho tiempo, Valeria decide que prefiere la paz de la lealtad que la adrenalina del engaño.



















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