El martes llegó con una lluvia fina y persistente que convertía las calles de Lima en espejos negros y resbaladizos. Lupe pasó el día entero en una calma fingida: acompañó a Anny a la universidad en taxi porque “hoy hay mucho tráfico y no quiero que te mojes”, cocinó un tallarín rojo que sobró para tres días, lavó la loza con movimientos mecánicos. Cada vez que miraba el reloj, sentía un cosquilleo bajo el ombligo que subía y bajaba como una marea.
A las 8:30 pm se duchó otra vez. Esta vez se depiló con más cuidado, se puso aceite corporal con olor a coco que hacía que la piel brillara bajo la luz del baño. El vestido negro era el mismo, pero se lo puso con más intención: se ajustó el escote para que las tetas se marcaran un poco más, se subió el dobladillo un centímetro extra. Debajo, nada. Ni tanga, ni sostén. Se miró al espejo del pasillo, se pasó la mano por el culo desnudo bajo la tela y sintió cómo se mojaba solo con el roce.
Salió a las 9:45 pm. La lluvia había parado, pero el aire estaba pesado, húmedo. Caminó las cinco cuadras con el paraguas cerrado en la mano, sintiendo cada paso cómo el vestido se le pegaba a los muslos por la humedad. Pasó por la misma esquina de muchachos; uno silbó, otro dijo algo bajo que no entendió. Ella siguió caminando más rápido, el pulso acelerado.
Llegó al departamento de Kevin a las 9:58 pm. Tocó la puerta. Él abrió con una sonrisa lenta, solo en bóxer negro ajustado, el pelo húmedo como si acabara de ducharse. La miró de arriba abajo, los ojos deteniéndose en el escote y en el dobladillo del vestido.
—Viniste —dijo simplemente, y la jaló adentro.
Cerró la puerta con el pie. Esta vez no la besó de inmediato. La empujó contra la pared del pasillo, le levantó el vestido despacio, como si quisiera saborear el momento. Le abrió las piernas con la rodilla y metió la mano directamente entre ellas. Encontró el coño empapado, los labios hinchados.
—Estás chorreando desde que saliste de casa —susurró, metiendo dos dedos de golpe y curvándolos—. Dime que pensaste en mí todo el día.
Lupe jadeó, las manos en sus hombros.
—Todo el día… me toqué en el baño pensando en que me ibas a follar el culo…
Kevin gruñó, sacó los dedos y se los metió en la boca a ella para que probara su propio sabor. Luego la tomó en brazos y la llevó directo a la terraza. La lluvia había dejado charcos en el piso, el aire fresco y salado. La baranda estaba mojada; él la puso de espaldas contra ella, le subió el vestido hasta la cintura y le abrió las nalgas con las manos grandes.
—Primero te preparo —dijo.
Se arrodilló detrás, le lamió el culo despacio, la lengua rodeando el agujero, entrando un poco, saliendo. Lupe se agarró de la baranda, las piernas temblando.
—Kevin… méteme la lengua… así…
Él obedeció, metió la lengua profunda mientras con una mano le frotaba el clítoris. Con la otra se masturbaba lento, preparándose. Lupe gemía bajito, el sonido amortiguado por el tráfico lejano. Se corrió una primera vez solo con la lengua en el culo y los dedos en el clítoris, temblando, las rodillas flojas.
Kevin se levantó, se bajó el bóxer. La verga estaba dura, gruesa, brillante de saliva y precum. Escupió en la mano, lubricó bien la punta y el agujero de Lupe.
—Respira hondo. Relájate.
La penetró despacio al principio, solo la cabeza. Lupe soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer. Él se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, luego empujó más profundo, centímetro a centímetro. Cuando estuvo todo adentro, se detuvo otra vez.
—¿Estás bien?
Lupe asintió, jadeando.
—Muévete… despacio primero…
Kevin empezó a bombear lento, saliendo casi entero y entrando de nuevo. Cada embestida hacía que Lupe se arqueara más, las tetas rebotando bajo el vestido subido. Él le agarró las caderas, aceleró poco a poco. El sonido de carne contra carne se mezclaba con los gemidos de ella.
—Así… rómpeme el culo… métemela toda…
Kevin le metió una mano por delante, frotándole el clítoris mientras la taladraba por detrás. Lupe se corrió otra vez, fuerte, el culo apretando alrededor de la verga como pinza. Él gruñó, aceleró más, las embestidas profundas y rápidas.
—Voy a correrme dentro… ¿quieres que te llene el culo?
—Sí… lléname… dame todo…
Kevin se corrió con un gruñido animal, chorros calientes que llenaron su culo hasta rebosar. Se quedó dentro un rato, jadeando contra su espalda, besándole el cuello.
La sacó despacio, el semen escurriéndose por los muslos de Lupe. Ella se giró, se arrodilló en el piso mojado de la terraza y se la limpió con la boca, chupando lo que quedaba, saboreando el sabor amargo y salado. Kevin le acarició el pelo gris, respirando pesado.
—Eres increíble… —susurró.
Se quedaron en la terraza un rato más, sentados en las sillas, tomando cerveza fría que él sacó de la nevera. Lupe con el vestido arrugado, el semen todavía goteando por dentro. Hablaron poco: de cómo el viejo había llamado a Rosa otra vez, de cómo Anny seguía sin sospechar nada, de cómo esto ya no era solo sexo.
A la 1:45 am Lupe se levantó.
—Tengo que irme.
Kevin la acompañó a la puerta, le dio un beso largo, profundo.
—Mándame mensaje cuando llegues. Y el viernes que viene… traes el culo listo otra vez.
Ella sonrió leve, sin prometer nada.
Caminó de regreso bajo la luna menguante, el culo dolorido pero satisfecho, el coño todavía sensible. Entró por la puerta de atrás, se duchó en silencio y se metió a la cama.
Al día siguiente, mensaje de Kevin a las 8:12 am:
Kevin: Anoche me dejaste loco. Quiero verte el viernes. Trae lubricante. Vamos a hacer que grites más fuerte.
Lupe leyó el mensaje en la cocina, mientras Anny desayunaba cereal sin mirarla.
Sonrió para sí misma, respondió con un simple:
Lupe: Allá voy.
Y supo que el martes no había sido el pico. Había sido solo otro escalón más en una escalera que no veía el final.
El viernes llegó con un calor asfixiante en Lima, de esos que hacen que el aire se pegue a la piel y que el vestido negro de Lupe se convirtiera en una segunda piel húmeda antes siquiera de salir de casa. Anny había salido temprano a una exposición universitaria y le había dicho que volvería tarde, quizás a medianoche. Lupe no preguntó detalles; solo sintió un alivio culpable que le facilitaba la decisión.
A las 9:40 pm se miró al espejo una última vez. El vestido era el mismo, pero esta vez se había puesto un poco más de perfume en el cuello y entre los muslos, un aroma dulce y pesado que sabía que a Kevin le volvía loco. Nada debajo, como siempre. Se pasó la mano por el coño depilado, comprobando lo mojada que estaba ya solo de imaginar lo que vendría. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y salió por la puerta de atrás.
Las cinco cuadras fueron un tormento delicioso. El sudor le corría por la espalda, el vestido se le pegaba al culo y a las tetas, y cada paso hacía que los labios hinchados se rozaran entre sí. Pasó por la esquina de siempre; los mismos muchachos silbaron más fuerte esta vez, uno gritó “¡mamacita, ven para acá!”. Lupe no miró, pero sintió un escalofrío de excitación prohibida. Llegó al edificio a las 9:59 pm. Tocó la puerta.
Kevin abrió con una sonrisa que ya era promesa. Llevaba solo un bóxer negro, el cuerpo brillante de sudor, la verga ya dura marcándose contra la tela. No dijo nada. La tomó de la muñeca, la jaló adentro y cerró la puerta con llave.
Esta vez no hubo pasillo ni espera. La empujó directo contra la pared de la sala, le levantó el vestido de un tirón y le abrió las piernas con la rodilla. Metió la mano entre ellas, encontró el coño chorreando y gruñó bajito.
—Estás empapada… ¿te tocaste en el camino pensando en mí?
Lupe jadeó cuando él metió tres dedos de golpe.
—Todo el día… me metí los dedos en el baño pensando en que me ibas a romper el culo…
Kevin se rió oscuro, sacó los dedos y se los metió en la boca a ella para que chupara. Luego la levantó en brazos y la llevó a la terraza. La noche era clara, el mar negro brillando bajo la luna llena. La baranda estaba tibia por el calor acumulado del día. La puso de espaldas contra ella, le subió el vestido hasta el cuello y le abrió las nalgas con las manos grandes.
—Hoy sí te follo el culo como se debe. Traje lubricante… pero primero te preparo bien.
Se arrodilló detrás, le lamió el agujero despacio, la lengua entrando y saliendo, rodeando, chupando. Con una mano le frotaba el clítoris en círculos rápidos; con la otra se masturbaba lento, preparándose. Lupe se agarró de la baranda, las piernas temblando, gemía sin control.
—Kevin… méteme la lengua más profundo… así… hazme mojar más…
Él obedeció, metió la lengua todo lo que pudo mientras le metía dos dedos en el coño, bombeando al mismo ritmo. Lupe se corrió fuerte, un chorro caliente que le cayó en la barbilla a él. Kevin se levantó, se limpió la cara con el dorso de la mano y agarró el tubo de lubricante que había dejado en la mesa.
Se untó generosamente la verga, luego le puso lubricante en el agujero con los dedos, metiendo uno, luego dos, abriéndola despacio. Lupe respiraba pesado, las tetas subiendo y bajando.
—Relájate… voy a entrar entero.
La penetró despacio al principio: solo la cabeza, esperando que el anillo se abriera. Lupe soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer intenso. Él se quedó quieto, le acarició la espalda, le besó el cuello.
—Respira… buena puta… ya casi.
Empujó más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo todo adentro. Lupe temblaba, las uñas clavadas en la baranda.
—Ay… está muy grande… pero no pares…
Kevin empezó a moverse lento, saliendo casi entero y entrando de nuevo. Cada embestida hacía que Lupe se arqueara más, las tetas rebotando libres. Él aceleró poco a poco, las caderas chocando contra su culo con un sonido húmedo y rítmico. Le metió una mano por delante, frotándole el clítoris fuerte.
—Dime que te gusta que te rompan el culo… dilo.
—Me gusta… me encanta… rómpemelo… métemela toda… hazme correrme así…
Kevin aceleró más, embestidas profundas y rápidas. Le agarró el pelo gris con una mano, tirando la cabeza hacia atrás para besarla en la boca mientras la taladraba. Lupe se corrió otra vez, el culo apretando alrededor de la verga como una pinza, un orgasmo que la dejó temblando y gritando su nombre.
Él no paró. Siguió bombeando hasta que sintió que iba a explotar.
—Voy a correrme dentro… te voy a llenar el culo…
—Sí… lléname… dame todo…
Se corrió con un gruñido profundo, chorros calientes que llenaron su culo hasta rebosar, escurriéndose por los muslos de Lupe. Se quedó dentro un rato, jadeando contra su espalda, besándole el cuello sudoroso.
La sacó despacio, el semen goteando. Lupe se giró, se arrodilló en el piso de la terraza y se la limpió con la boca, chupando lo que quedaba, lamiendo la verga hasta dejarla limpia. Kevin le acarició el pelo, respirando pesado.
—Eres una puta increíble… no hay nadie como tú.
Se quedaron en la terraza hasta las 2 de la mañana. Tomaron cerveza fría, fumaron un cigarrillo que Kevin sacó de un cajón. Hablaron de todo y de nada: del viejo que seguía llamando a Rosa, de cómo Anny preguntaba cada vez menos dónde iba Lupe por las noches, de cómo esto ya no era solo follar, sino algo que los dos necesitaban.
A las 2:30 Lupe se levantó, se bajó el vestido arrugado, el culo dolorido pero satisfecho, el semen todavía dentro.
—Tengo que irme.
Kevin la acompañó a la puerta, le dio un beso largo, profundo, metiéndole la lengua una última vez.
—El próximo viernes… traes más ganas. Quiero probarte en la cama toda la noche.
Ella sonrió leve, sin prometer.
—Quizás.
Caminó de regreso con el cuerpo marcado, el culo ardiendo con cada paso, el coño todavía sensible. Entró por la puerta de atrás, se duchó en silencio y se metió a la cama.
Al día siguiente, mensaje de Kevin a las 9:17 am:
Kevin: Anoche me dejaste seco. Quiero verte el viernes que viene. Trae el lubricante tú esta vez. Vamos a hacer que grites hasta que los vecinos se quejen.
Lupe leyó el mensaje mientras preparaba el desayuno para Anny. Sonrió para sí misma, se tocó entre las piernas por encima del short.
Sabía que iba a ir.
El encuentro del viernes había sido más intenso, más crudo. Y el siguiente ya estaba escrito en su cuerpo. No había vuelta atrás.
El viernes llegó con un calor pegajoso que hacía que el asfalto de Lima oliera a goma quemada. Lupe se preparó con más cuidado que nunca. Eligió una mini falda negra de cuero sintético, tan corta que apenas le cubría la mitad del culo, ceñida como una segunda piel. Encima, una blusa blanca de tirantes fina, casi transparente bajo la luz, sin sostén: los pezones se marcaban claramente contra la tela. Nada abajo, como Kevin le había pedido en el último mensaje: “Mini putona, sin tanga, sin nada. Quiero verte llegar y saber que estás lista para que te folle en cualquier rincón”. Se miró al espejo del pasillo, se levantó la falda un segundo para confirmar: coño depilado, labios hinchados de anticipación, un hilo brillante ya asomando entre las piernas. Se puso tacones altos que no usaba desde hacía años y salió por la puerta de atrás a las 9:45 pm.
Caminó las cinco cuadras con el corazón en la garganta. La mini se le subía con cada paso, obligándola a bajársela disimuladamente. Un par de taxistas pitaron al pasar, un grupo de muchachos en la esquina soltó silbidos y comentarios groseros que la hicieron apretar los muslos. Llegó al edificio de Kevin a las 9:58 pm, subió las escaleras exteriores con las piernas temblando de excitación y nervios. Tocó la puerta.
Kevin abrió con una sonrisa confiada, pero antes de que pudiera decir nada, Lupe vio movimiento adentro. Su estómago se hundió.
Allí estaban Rosa y el viejo. Rosa sentada en el sofá con un short corto y una camiseta ajustada, sin sostén, las tetas grandes marcándose. El viejo —Agustín— en una silla al lado, con una cerveza en la mano, la bata abierta mostrando el pecho hundido y la verga ya medio dura bajo el bóxer. Los tres la miraron como si la estuvieran esperando.
Lupe se quedó congelada en el umbral.
—¿Qué carajo hacen aquí? —preguntó, la voz más aguda de lo normal.
Kevin se encogió de hombros, todavía sonriendo.
—Pensé que sería divertido. Rosa me escribió hace unos días, dijo que el viejo quería “reunir al grupo”. Vine a verte a ti, pero… bueno, ellos también vinieron.
Rosa se levantó, se acercó a Lupe con una sonrisa pícara y le dio un beso en la mejilla.
—Tranquila, amiga. Solo venimos a tomar algo. Nada más. El viejo insistió en que sería “como familia”.
El viejo levantó su cerveza en brindis.
—Mis reinas… juntas otra vez. Entra, Lupe. No seas tímida.
Lupe entró, pero se quedó cerca de la puerta. El ambiente ya estaba cargado: música baja de reggaetón, luces tenues, una botella de ron a medio beber en la mesa. Kevin sirvió un vaso para ella, se lo tendió.
—Toma. Relájate.
Se sentaron en la sala. Rosa se pegó al viejo en el sofá, le acarició el muslo sin disimulo. Kevin se sentó al lado de Lupe, le puso una mano en la rodilla, subiendo despacio por debajo de la mini. Lupe no la apartó de inmediato, pero su cuerpo estaba tenso.
Hablaron un rato: chismes del pueblo, del trabajo de Kevin, de cómo Anny seguía estudiando sin sospechar nada. El ron bajó rápido. Rosa se reía fuerte, el viejo contaba anécdotas sucias del pasado, Kevin le rozaba el coño por debajo de la falda con los dedos, despacio, sin que los otros vieran.
Pero cuando el viejo se levantó y dijo “¿por qué no pasamos a la terraza? Allí hay más espacio… y menos ropa”, Lupe sintió el nudo en el estómago apretarse hasta doler.
Rosa se levantó también, se quitó la camiseta sin pudor, quedando en short y tetas al aire.
—Vamos, Lupe. No seas aburrida. Solo un poco de diversión.
El viejo se acercó, le puso una mano en la cintura.
—Imagina… las tres juntas. Tú y Rosa chupándomela mientras Kevin te coge por detrás. O mejor… yo en tu culo, Kevin en tu coño, Rosa lamiéndote las tetas…
Lupe se apartó de golpe.
—No.
La palabra salió tajante. Todos se quedaron quietos.
—No vine por eso. Vine por Kevin. Solo por él. No voy a hacer una orgia con ustedes. No esta vez. Nunca.
Kevin frunció el ceño, pero no dijo nada. Rosa se encogió de hombros, volvió a ponerse la camiseta.
—Como quieras, amiga. Pero no te vayas todavía. Toma otro trago.
Lupe negó con la cabeza.
—Me voy.
Agarró su bolso, se bajó la mini lo mejor que pudo y salió sin mirar atrás. Bajó las escaleras casi corriendo, el tacón resonando en el metal. Caminó de regreso a casa con las piernas temblando, el coño todavía mojado pero el deseo convertido en rabia y confusión.
Entró por la puerta de atrás, se metió al baño y se miró al espejo. Lágrimas de frustración le rodaron por las mejillas. Se lavó la cara, se cambió a una camiseta larga y short de pijama, se metió a la cama al lado de Anny, que dormía profundamente.
No durmió mucho. Se pasó la noche preguntándose: ¿Rosa se quedó? ¿Se dejó llevar por el viejo y por Kevin? ¿Hicieron lo que el viejo quería? ¿O Rosa también se fue después?
Al día siguiente, mensaje de Rosa a las 10:12 am:
Rosa: Te fuiste rápido anoche. El viejo se puso pesado, pero Kevin lo calmó. Nos fuimos los tres a tomar más en un bar cerca. Nada pasó… al menos no conmigo. ¿Estás bien?
Lupe leyó el mensaje tres veces. No respondió de inmediato.
No sabía si creerle. No sabía si quería saber la verdad.
Solo sabía que, por primera vez, había dicho no. Y que eso, aunque doliera, le había devuelto un pedazo de control que no sabía que había perdido.
Pero el deseo por Kevin seguía ahí, latiendo. Y sabía que, tarde o temprano, volvería a caer. Solo que la próxima vez, sería en sus términos.
Después de que Lupe se fue dando un portazo —o más bien un cierre seco de la puerta principal—, el departamento quedó en un silencio incómodo por unos segundos. Rosa se quedó de pie en medio de la sala, la camiseta aún en la mano, las tetas al aire, mirando la puerta cerrada como si esperara que Lupe volviera a entrar arrepentida. Kevin se pasó la mano por el pelo, frustrado, la erección todavía marcándose bajo el bóxer. El viejo —Agustín— soltó una risa baja, ronca, y tomó un trago largo de su cerveza.
—Se puso brava la vieja —dijo el viejo, encogiéndose de hombros—. Pero no pasa nada. Hay más noche.
Rosa se bajó la camiseta despacio, cubriéndose de nuevo, pero no se sentó. Miró a Kevin primero, luego al viejo.
—¿En serio pensaron que iba a funcionar así? ¿Traerla y de repente orgía? Lupe no es como yo. Ella tiene límites.
Kevin se rió, pero sonó forzado.
—Pensé que con el ron y el morbo... se animaba. La otra vez conmigo estaba desatada.
El viejo se levantó, se acercó a Rosa por detrás y le puso las manos en las caderas, rozándole el culo con la verga semi-dura.
—No te preocupes por ella. Lupe volverá cuando se le pase el enojo. Siempre vuelve. Y tú... tú estás aquí.
Rosa se giró, le dio un beso corto en la boca al viejo, pero se apartó un paso.
—No esta noche, Agustín. No con este ambiente raro. Me voy a ir también.
Kevin frunció el ceño.
—¿En serio? ¿Las dos se van? Vine por Lupe, pero...
Rosa se rió, recogió su bolso del sofá.
—No seas dramático, chibolo. Tú y el viejo se pueden divertir solos si quieren. Yo me voy a casa. Mañana le escribo a Lupe para ver cómo está.
El viejo intentó agarrarla por la cintura otra vez, pero ella se zafó con una sonrisa.
—Tranquilo, papi. Otro día. Hoy no estoy de humor para tríos ni nada.
Kevin suspiró, se dejó caer en el sofá.
—Está bien. Nos vemos.
Rosa salió sin mirar atrás, taconeando por las escaleras exteriores. El viejo y Kevin se quedaron solos. El viejo se sirvió otro ron, se sentó al lado de Kevin y le dio una palmada en el muslo.
—Las mujeres... siempre complicadas. Pero mira el lado bueno: nos quedamos tú y yo. Podemos ver un partido, tomar, o... lo que sea.
Kevin lo miró de reojo, incómodo.
—No vine por ti, viejo.
Agustín se rió.
—Lo sé. Pero Lupe se fue, Rosa se fue. Y yo tengo una botella llena. Relájate.
Se quedaron un rato más: hablando de mujeres, del negocio que el viejo tenía en mente con Kevin (algo de contactos en construcción), tomando ron hasta que la botella se acabó. Nada sexual pasó entre ellos —el viejo no insistió, Kevin no dio pie—. Al final, Kevin se fue a dormir a su cama solo, frustrado y con la verga aún dura por la adrenalina no resuelta. El viejo se quedó en el sofá, roncando con la bata abierta.
Rosa llegó a su casa cerca de la 1 am. Se duchó, se metió a la cama y le escribió a Lupe un mensaje corto antes de dormir:
Rosa (1:12 am): Me fui poco después de ti. El viejo quiso seguir, pero no estaba de ánimo. Kevin se quedó con él, pero no pasó nada raro. Solo tomaron y hablaron ******. ¿Estás bien? Llámame mañana.
No hubo orgía. No hubo nada. Solo frustración, alcohol y un silencio pesado que ninguno quiso romper esa noche. El plan del viejo se había desarmado por completo cuando Lupe dijo "no". Y aunque Rosa y Kevin quedaron con ganas, ninguno cedió a la tentación de improvisar sin ella.
Al día siguiente, Lupe leyó el mensaje de Rosa y sintió un alivio mezclado con decepción. No sabía si creerle al 100%, pero prefería no preguntar más detalles. Por ahora, el "no" de esa noche le había devuelto algo de control. Pero el deseo por Kevin seguía ahí, latiendo en silencio, esperando el momento en que volviera a decir "sí".
La semana después del viernes fallido fue un silencio ensordecedor para Kevin. Empezó el sábado por la mañana con un mensaje simple:
Kevin (9:45 am): Lupe, ¿qué pasó anoche? Me dejaste con las ganas. Llámame cuando puedas.
No hubo respuesta. El domingo mandó otro:
Kevin (3:12 pm): ¿Estás bien? Si fue por el viejo y Rosa, lo siento. No volverá a pasar. Quiero verte solo a ti.
Nada. El lunes por la tarde llamó directo. El teléfono sonó varias veces y luego fue al buzón de voz. El martes llamó dos veces más, dejó un audio corto:
—Lupe, soy yo. No sé qué te molestó tanto, pero hablemos. No quiero que termine así. Llámame, por favor.
El miércoles y el jueves repitió el patrón: mensajes, llamadas, audios cada vez más cortos y frustrados. El viernes por la noche, cuando ya había pasado una semana exacta desde que Lupe salió de su departamento dando un portazo, Kevin llamó una última vez. Esta vez el teléfono ni siquiera sonó: directo al buzón. Lupe lo había bloqueado.
En casa, Lupe había tomado la decisión el domingo por la noche. Mientras Anny veía una serie en el sofá, ella se sentó al lado con el teléfono en la mano, miró los mensajes acumulados y, sin decir una palabra, bloqueó el número de Kevin. No fue por odio, ni por arrepentimiento total. Fue por cansancio. Por ver que su hija la miraba con ojos más tranquilos esos días, por notar que Anny había empezado a contarle cosas pequeñas de la universidad otra vez: un profesor gracioso, un examen que salió bien, planes de salir con amigas. Lupe sintió que, por primera vez en meses, estaba recuperando algo parecido a ser madre. Y no quería arriesgarlo por un polvo que, aunque la hacía sentir viva, también la dejaba vacía después.
Se dedicó a Anny con una intensidad casi obsesiva. Cocinar juntos los fines de semana, acompañarla a la biblioteca, sentarse a ver películas antiguas en la sala con palomitas. Anny lo notó, pero no preguntó. Solo sonrió más, habló más. Lupe no volvió a salir de noche. No contestó llamadas desconocidas. No abrió el chat de Rosa más que para respuestas cortas: “Todo bien por aquí”, “Anny está estudiando mucho”, “Sí, hablamos pronto”.
Kevin, frustrado y con la verga dura de recuerdos que no podía descargar, decidió no insistir más con Lupe. El sábado siguiente, una semana después del bloqueo, llamó a Rosa.
Kevin (11:08 am): Rosa, ¿qué pasa con Lupe? Me bloqueó. ¿Le dijiste algo?
Rosa (11:12 am): No le dije nada. Se cerró sola. Está en modo mamá full time. ¿Quieres que le hable?
Kevin (11:15 am): No. Mejor ven tú. Estoy solo en el depa. Trae cerveza.
Rosa no dudó mucho. Llegó esa misma tarde con una six-pack de Cusqueña y una sonrisa que no ocultaba nada. Entró como si nada hubiera pasado, se quitó los zapatos en la puerta y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas.
—No me digas que estás de bajón por Lupe —dijo ella, abriendo una cerveza y pasándole otra—. La vieja se cansó del juego. Pasa.
Kevin se sentó a su lado, tomó la cerveza y dio un trago largo.
—No es solo eso. Me dejó con las ganas esa noche. Y ahora… nada.
Rosa se rió bajito, se acercó un poco más.
—Pues aquí estoy yo. Sin dramas, sin bloqueos. ¿Quieres seguir con lo que empezó esa noche?
Kevin la miró fijo un segundo. Luego dejó la cerveza en la mesa, la tomó por la nuca y la besó fuerte. Rosa respondió igual, metiéndole la lengua, subiéndose a horcajadas sobre él. Se quitaron la ropa rápido: ella el short y la blusa, él el bóxer. Kevin la tumbó en el sofá, le abrió las piernas y se la metió de una, sin preámbulos. Rosa gimió alto, las tetas rebotando con cada embestida.
—Así… cógeme fuerte… como querías cogerme a ella…
Kevin la volteó, la puso en cuatro y la penetró por detrás, agarrándole las caderas. Le dio nalgadas fuertes, le metió un dedo en el culo mientras la taladraba. Rosa se corrió rápido, temblando, empujando hacia atrás. Él siguió hasta que se corrió dentro, llenándola, jadeando contra su espalda.
Se quedaron en el sofá un rato, sudados, tomando las cervezas que quedaban. Rosa se rió.
—Lupe se lo pierde. Pero no te preocupes… yo no me bloqueo fácil.
Kevin sonrió, pero en el fondo seguía pensando en Lupe. Rosa se quedó hasta la medianoche: volvieron a follar en la terraza, contra la baranda, bajo la luna. Ella se fue satisfecha, con el coño hinchado y una promesa de “nos vemos pronto”.
Kevin se quedó solo otra vez. Miró el teléfono, el chat bloqueado con Lupe. No intentó desbloquearlo. Solo apagó la luz y se durmió pensando en las dos mujeres que había perdido de formas distintas.
Mientras tanto, en casa de Lupe, ella y Anny cenaban pizza viendo una película. Anny reía con algo en la pantalla. Lupe la miró y sintió una paz extraña. No sabía cuánto duraría, pero por ahora era suficiente.
Rosa no le contó nada a Lupe. Y Lupe no preguntó. El silencio entre ellas se hizo más cómodo, más seguro. Kevin siguió en su mundo, Rosa en el suyo, y el viejo… el viejo seguía esperando una llamada que ya no llegaba.
La historia no terminó. Solo cambió de ritmo.
Kevin y Rosa empezaron a verse a escondidas casi de inmediato, como si el bloqueo de Lupe hubiera abierto una puerta que ninguno de los dos sabía que existía. Al principio fue casual: un mensaje de Kevin el lunes siguiente, preguntando si Rosa quería “tomar algo para desahogarse”. Ella respondió con un emoji de fuego y una dirección de un bar discreto en Surquillo. Se encontraron esa misma noche. Tomaron dos cervezas, hablaron de Lupe (de cómo se había cerrado, de cómo el viejo seguía mandando mensajes coquetos a Rosa pero ella los dejaba en visto), y terminaron en el departamento de él antes de la medianoche.
La primera vez fue rápida y urgente: Rosa se subió encima de él en el sofá, le bajó el bóxer con los dientes y lo cabalgó hasta que ambos se corrieron gritando. No hablaron mucho después. Solo fumaron un cigarrillo en la terraza y se despidieron con un beso que prometía repetición.
A partir de ahí se volvieron rutina secreta. Dos, tres veces por semana. Siempre en el departamento de Kevin, nunca en casa de Rosa ni en lugares públicos donde alguien pudiera verlos. Rosa llegaba con shorts cortos y blusas sueltas, se quitaba la ropa en la puerta y se dejaba llevar. Kevin la follaba en todas las posiciones que se le ocurrían: contra la pared del pasillo, en la cocina sobre la encimera, en la terraza con la baranda como apoyo, en la cama con las luces apagadas. Rosa gemía más fuerte que con el viejo, le pedía “rómpeme el culo como querías hacérselo a Lupe”, y Kevin obedecía: lubricante, dedos primero, luego la verga entera, embestidas profundas que la hacían temblar y correrse una y otra vez.
Se volvían adictos al secreto. Rosa le mandaba fotos desde el trabajo: una selfie con la blusa abierta en el baño de la oficina, caption “pensando en ti”. Kevin respondía con videos cortos de él masturbándose lento, diciendo su nombre. Ninguno mencionaba a Lupe más que de pasada. El viejo tampoco: Rosa lo mantenía en stand-by con excusas vagas (“estoy ocupada”, “tengo gripe”), y él dejaba de insistir después de un par de semanas.
Pasaron dos meses así. Encuentros furtivos, sexo crudo y sin compromisos, cervezas después para bajar la adrenalina. Rosa se sentía joven otra vez, Kevin se sentía deseado de verdad. Ninguno quería etiquetarlo.
Una noche de viernes —la misma rutina: Rosa llega a las 10 pm con una mini falda vaquera y una camiseta corta, sin sostén, sin tanga—, Kevin la recibe en bóxer y la lleva directo a la terraza. La pone en cuatro contra la baranda, le levanta la falda y se la mete en el coño primero, duro y rápido. Rosa gime, empuja hacia atrás, le pide “más fuerte, cabrón”. Él obedece, le agarra el pelo gris con una mano, le mete dos dedos en el culo con la otra. Se corren casi al mismo tiempo: ella temblando, él llenándola por dentro.
Se quedan jadeando un rato, todavía unidos. Kevin la abraza por detrás, le besa el cuello sudoroso. Luego, con la verga todavía semi-dura dentro de ella, le susurra al oído, voz ronca y baja:
—Rosa… quiero pedirte algo.
Ella se ríe bajito, todavía temblando del orgasmo.
—¿Qué, chibolo? ¿Quieres que te chupe otra vez?
—No. Quiero que hables con Lupe.
Rosa se tensa un poco, pero no se aparta.
—¿Para qué?
—Quiero verla de nuevo. Solo a ella. No con el viejo, no con nadie más. Solo nosotros dos. Dile que lo siento, que no volverá a pasar lo de esa noche. Que la extraño… que no es solo sexo. Que extraño cómo me miraba.
Rosa se queda callada un segundo largo. Luego se gira despacio, lo mira a los ojos mientras él todavía está dentro.
—¿Estás enamorado de ella?
Kevin baja la mirada.
—No lo sé. Pero no puedo sacármela de la cabeza. Y contigo… está bueno, está muy bueno. Pero no es lo mismo.
Rosa se ríe suave, casi con ternura. Se aparta despacio, el semen escurriéndose por sus muslos, y se sienta en la silla de la terraza.
—Eres un idiota romántico, Kevin. Lupe me bloqueó a mí también hace unas semanas. Dice que necesita espacio, que está con Anny. No contesta mis mensajes largos. Solo “bien, gracias” y emojis.
Kevin suspira, se sienta a su lado, desnudo y vulnerable.
—Entonces… ¿me ayudas?
Rosa lo mira fijo, toma una cerveza tibia de la mesa y da un trago.
—Puedo intentarlo. Le mando un mensaje diciendo que te vi, que estás hecho ******, que solo quieres hablar. Pero si me dice que no, no insisto. Y si acepta… no me metas en medio. Esto entre nosotros termina ahí.
Kevin asiente.
—Gracias.
Rosa se levanta, se arregla la falda, le da un beso corto en la boca.
—Esta fue la última vez, entonces. Hasta que hables con ella… o hasta que ella me diga que no quiere saber nada más.
Se va sin mirar atrás. Kevin se queda solo en la terraza, mirando el mar negro, la verga todavía húmeda de ella, el corazón pesado.
Al día siguiente, Rosa le manda un mensaje a Lupe:
Rosa (10:32 am): Lupe, sé que estás en modo mamá y lo respeto. Pero Kevin me pidió que te dijera algo. Está arrepentido de esa noche. Quiere verte, solo hablar. Nada más. Si quieres, le digo que no. Si no… dame luz verde y le paso tu número nuevo (porque sé que lo bloqueaste).
Lupe lee el mensaje en la cocina, mientras Anny desayuna. No responde de inmediato. Solo cierra el teléfono y mira por la ventana.
El secreto de Rosa y Kevin había durado lo que tenía que durar. Ahora dependía de Lupe si quería abrir esa puerta otra vez… o cerrarla para siempre.
Lupe tomó la decisión casi de golpe, como si hubiera estado esperando una excusa para escapar. Anny había recibido una beca corta para un programa de intercambio en España: tres meses en Madrid, clases de literatura y talleres de escritura creativa. Lupe, que nunca había salido del país, vio la oportunidad perfecta. Vendió unas joyas viejas, pidió un préstamo pequeño al banco y compró los pasajes. “Vamos juntas, hijita. Yo te acompaño. Será nuestro tiempo”. Anny lloró de emoción; Lupe sintió que, por fin, estaba haciendo algo correcto como madre.
Partieron a mediados de octubre. Lupe dejó la casa cerrada, le dio las llaves a una vecina de confianza y bloqueó casi todos los contactos en su teléfono. El viejo, Rosa, Kevin… todos quedaron atrás. Durante los tres meses, Lupe caminó por el Retiro, vio museos con Anny, aprendió a pedir café con leche en bares pequeños, se rio de verdad por primera vez en mucho tiempo. Anny floreció: escribió cuentos que leía en voz alta por las noches, hizo amigas españolas, dejó de mirar el teléfono cada cinco minutos. Lupe no volvió a mencionar a nadie del pasado. No necesitaba hacerlo. El silencio le sentaba bien.
Mientras tanto, en Lima, Rosa y Kevin se hicieron más amigos de lo que ninguno esperaba. Al principio fue por conveniencia: mensajes casuales, “¿cómo estás?”, “¿viste que Lupe se fue?”, “¿tomamos algo?”. Luego se volvieron hábito. Salían a bares baratos en Miraflores, caminaban por la costa de Barranco, follaban en el departamento de él sin promesas ni dramas. Rosa le contaba anécdotas del viejo (que seguía mandándole mensajes esporádicos, pero ella los ignoraba), Kevin le hablaba de sus días en obra, de cómo extrañaba a Lupe pero ya no tanto. Se volvían cómplices: sexo crudo, risas sucias, cervezas después. No era amor. Era compañía cómoda y caliente.
Una noche de noviembre, Rosa llegó al departamento de Kevin con una botella de pisco y ganas de desahogarse. “El trabajo me tiene harta”, dijo al entrar. Kevin la recibió con un beso largo, le quitó la blusa en la puerta y la llevó directo al sofá. La follada fue loca desde el principio: Rosa de rodillas chupándosela con ruido deliberado, Kevin agarrándole el pelo y empujando hasta la garganta; luego él la tumbó boca abajo, le abrió las nalgas y se la metió en el culo sin mucho preámbulo, lubricante de saliva y ganas. Rosa gritaba “más fuerte, cabrón, rómpeme”, y él obedecía, alternando agujeros, nalgueándola hasta dejarla roja. Se corrieron los dos al mismo tiempo, sudados y jadeantes.
Pero cuando Rosa se levantó para ir al baño, oyó voces en la sala. Kevin había abierto la puerta. Dos amigos suyos —Julián y Marco, muchachos de la obra, veintitantos, cuerpos de gimnasio y sonrisas confiadas— habían llegado sin aviso. Estaban sentados en el sofá con cervezas en la mano, mirando a Rosa salir desnuda, el culo marcado y el semen todavía goteando por el muslo.
Rosa se congeló un segundo, pero luego se rió fuerte.
—¿Esto es una emboscada, Kevin?
Kevin se acercó, todavía desnudo, y le pasó un brazo por la cintura.
—Vinieron a tomar. No sabía que llegarían tan temprano. ¿Te molesta?
Rosa miró a los dos chicos: Julián alto y moreno, Marco más delgado pero con ojos hambrientos. Se encogió de hombros.
—No me molesta. Pero si quieren ver show, que paguen con tragos.
Los cuatro terminaron en la terraza: cervezas, pisco, reggaetón bajito de fondo. Rosa se sentó en el regazo de Kevin, le besaba el cuello mientras los otros miraban sin disimulo. Julián le pasó un vaso, Marco hizo un chiste sucio. El alcohol subió rápido. Rosa se quitó la camiseta que se había puesto a medias, quedó en topless, tetas grandes brillando bajo la luz tenue. Kevin le metió la mano entre las piernas, frotándola despacio mientras hablaba con los amigos como si nada.
La noche se calentó más. Rosa se levantó, se acercó a Julián y le dio un beso en la boca, lengua incluida. Marco se unió, tocándole las tetas desde atrás. Kevin observaba, la verga dura otra vez. Rosa se arrodilló entre los tres, chupándolos por turnos: primero Kevin, luego Julián, luego Marco, alternando con las manos. Los gemidos llenaban la terraza.
Pero cuando Kevin la levantó y la puso en cuatro sobre la mesa baja, dispuesto a que los tres la turnaran, Rosa sintió algo raro. No era miedo. Era… vacío. Se apartó un segundo, se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Esperen.
Kevin la miró confundido.
—¿Qué pasa?
Rosa se puso la camiseta, agarró su bolso.
—Esto está bueno… pero no. No hoy. No con ustedes tres.
Los chicos se quedaron quietos. Kevin intentó agarrarla por la cintura.
—Rosa, relájate. Solo…
—No —cortó ella, voz firme—. Me voy.
Kevin se acercó más, le susurró al oído, voz baja para que los otros no oyeran:
—Quédate. Mañana hablamos. Quiero que seas mía… solo mía. Sin viejos, sin amigos. Solo nosotros.
Rosa lo miró fijo un segundo. Luego negó con la cabeza, suave pero decidida.
—No, Kevin. No soy de nadie. Ni tuya, ni de Lupe, ni del viejo. Me voy a casa.
Salió sin mirar atrás. Bajó las escaleras, llamó un taxi y se fue. En el asiento trasero, se miró en el reflejo de la ventana: pelo revuelto, labios hinchados, marcas en las tetas. Sonrió leve.
Al día siguiente, le escribió a Lupe —que ya estaba de vuelta en Lima desde hacía una semana, pero aún no se habían visto—:
Rosa (11:47 am): Volví a casa anoche. Kevin y sus amigos quisieron fiesta loca. Me fui antes de que pasara. Creo que ya no quiero esto. ¿Nos vemos para tomar café? Sin dramas. Solo amigas.
Lupe leyó el mensaje mientras Anny dormía la siesta. No respondió de inmediato. Pero guardó el teléfono con una pequeña sonrisa. El ciclo se estaba rompiendo. Y quizás, solo quizás, era hora de que todas empezaran de nuevo.
Los tres meses que Lupe estuvo en España fueron un vacío silencioso para Rosa. Al principio no lo notó tanto: seguía trabajando, saliendo con Kevin de vez en cuando, ignorando los mensajes esporádicos del viejo. Pero poco a poco, el silencio de Lupe se hizo pesado. Rosa le mandaba mensajes cada quince días —“¿cómo estás por allá?”, “Anny cómo va con los estudios?”, “te extraño, amiga”—, y siempre recibía respuestas cortas o nada. Lupe había cambiado el número al volver (o al menos eso parecía), y Rosa se quedó sin forma de contactarla directamente. El chat se congeló en un “llegamos bien, hablamos pronto” que nunca llegó.
Rosa empezó a darse cuenta de lo sola que estaba. Sus amigas del trabajo eran solo compañeras de oficina, no confidentes. No tenía con quién hablar de lo que realmente le pasaba: el morbo que la consumía, la culpa que le quedaba después de cada encuentro con Kevin, la nostalgia por las noches en que Lupe y ella se contaban todo sin filtros. Kevin era sexo y compañía, pero no era amiga. El viejo era un recuerdo tóxico. Y Lupe… Lupe se había ido sin mirar atrás.
Una tarde de enero, sola en su departamento con una botella de vino a medio terminar, Rosa abrió el chat bloqueado con Lupe y escribió un mensaje que nunca envió: “Me siento como ****** sin ti. No tengo a nadie con quien hablar de verdad”. Lo borró, lloró un rato en silencio y se sirvió otro vaso. Esa noche le escribió a Kevin:
Rosa (8:47 pm): Estoy aburrida y sola. ¿Estás en casa?
Kevin (8:49 pm): Sí. Ven. Traje amigos. Julián y Marco están aquí. Solo tomando. Si quieres compañía.
Rosa dudó cinco minutos. Recordó la noche en que se fue antes de que empezara la fiesta loca. Recordó cómo se sintió poderosa al decir “no”. Pero esta vez no quería decir no. Quería sentirse deseada, llena, distraída de la soledad que le carcomía el pecho.
Rosa (8:55 pm): Voy en 20. Prepárame un trago fuerte.
Llegó al departamento de Kevin con un short de jean cortísimo, una blusa blanca de botones abierta hasta el ombligo y tacones. Sin sostén, sin tanga. Kevin abrió la puerta con una sonrisa que ya conocía bien. Adentro, Julián y Marco estaban en el sofá con cervezas, música baja de fondo, luces tenues. Los dos la miraron como si hubieran estado esperando.
—Bienvenida, reina —dijo Julián, levantando su vaso.
Rosa entró, dejó el bolso en la mesa y se sentó entre Kevin y Marco. Kevin le pasó un ron con cola fuerte. Bebieron rápido. Hablaron ******: del trabajo, del calor de Lima, de anécdotas tontas. Rosa se reía más fuerte de lo normal, dejaba que las manos de Kevin le rozaran el muslo, que Marco le pasara el brazo por los hombros. El alcohol subió rápido.
Kevin fue el primero en besarla, profundo, lengua enredada. Rosa respondió, se subió a su regazo y empezó a frotarse contra él. Julián se acercó por detrás, le desabrochó la blusa y le agarró las tetas, pellizcándole los pezones. Marco se unió, le besó el cuello, le metió la mano por debajo del short y encontró el coño mojado.
Rosa no dijo que no esta vez. Se dejó llevar. Se arrodilló en el piso de la terraza, chupándolos por turnos: primero Kevin, profundo hasta la garganta; luego Julián, lamiéndole las bolas; luego Marco, alternando con la mano. Los tres gemían, le agarraban el pelo, le decían “qué puta buena eres, Rosa”.
Kevin la levantó, la puso en cuatro sobre la mesa baja. Le levantó el short hasta la cintura y se la metió en el coño de una embestida. Rosa gritó, empujando hacia atrás. Julián se puso delante, le metió la verga en la boca. Marco se arrodilló atrás, le lamió el culo mientras Kevin la follaba. Cambiaron posiciones: Rosa cabalgando a Julián, Kevin metiéndosela por el culo al mismo tiempo, Marco chupándole las tetas y masturbándose.
La follada fue larga y descontrolada. Doble penetración, turnos en cada agujero, semen en la cara, en las tetas, dentro. Rosa se corrió varias veces, gritando nombres, temblando, sudando. Los chicos se corrieron uno tras otro: primero Marco en su boca, luego Julián dentro del coño, Kevin al final en el culo, llenándola hasta que goteaba.
Se quedaron en la terraza hasta las tres de la mañana, exhaustos, riendo entre jadeos, tomando lo que quedaba de ron. Rosa se sintió llena, usada, viva. Pero cuando los chicos se fueron (Julián y Marco se despidieron con besos en la mejilla y promesas de “pronto repetimos”), y Kevin la abrazó por detrás en la cama, Rosa se quedó mirando el techo.
Kevin le besó el hombro.
—¿Estás bien?
Rosa asintió, pero no dijo nada. En su cabeza, una voz repetía: “Esto no es lo que quiero. No es Lupe. No es amistad. Es solo carne”.
A la mañana siguiente, se levantó temprano, se duchó en silencio y se fue sin despertar a Kevin. Le dejó una nota en la mesa:
“No me busques por unos días. Necesito pensar. Gracias por anoche, pero… ya no sé si esto soy yo”.
Caminó de regreso a casa con el cuerpo dolorido y el alma más vacía que nunca. Abrió el chat con Lupe —aún bloqueado— y escribió un mensaje que nunca enviaría:
“Te extraño más de lo que pensé. Vuelve pronto. O dime que no quieres volver a verme. Pero dime algo”.
Lo borró. Se metió a la cama sola y durmió hasta la tarde.
El ciclo seguía girando, pero Rosa empezaba a sentir que ya no quería ser parte de él. Quizás era hora de buscar algo diferente. O quizás solo era hora de esperar a que Lupe regresara… y decidiera por las dos.
Al día siguiente, Rosa se levantó tarde, con el cuerpo pesado y la cabeza latiéndole por el alcohol y la maratón de la noche anterior. Se miró en el espejo del baño: labios hinchados, marcas rojas en las tetas y en las caderas, un moretón sutil en el muslo donde alguien la había agarrado fuerte. Se duchó con agua caliente hasta que la piel se le puso roja, se puso ropa cómoda —leggings negros y una sudadera oversized— y decidió que ese sábado sería solo para ella.
Pasó la mañana limpiando el departamento: aspiró el piso, lavó la ropa acumulada, preparó un café fuerte y se sentó en el balcón a leer un libro que tenía pendiente desde hacía meses. No miró el teléfono hasta después del mediodía. Cuando lo hizo, tenía varios mensajes de Kevin:
Kevin (10:18 am): Anoche estuvo brutal. ¿Estás bien? Julián y Marco no paran de hablar de ti.
Kevin (11:45 am): Oye, ¿te animas este fin de semana? Julián dice que podemos ir a su casa, es más grande, tiene piscina y todo. Solo nosotros cuatro otra vez. Sin presión.
Kevin (1:03 pm): Rosa, responde. No me dejes en visto.
Rosa suspiró, tomó un sorbo de café frío y respondió:
Rosa (1:12 pm): Estoy bien. Solo necesitaba dormir. Lo de anoche estuvo intenso, pero no me arrepiento. Este fin de semana… sí, voy. Pero con una condición: si hay sexo, será solo con uno de ustedes. Decidan entre los tres quién va a ser. Yo elijo después de llegar, pero solo uno. Nada de turnos ni gangbang. Si no aceptan, no voy.
Hubo silencio unos minutos. Luego llegó la respuesta:
Kevin (1:18 pm): Aceptado. Hablamos con los chicos. Te aviso quién ganó el “sorteo”. 😈 Julián dice que su casa está lista para el sábado a las 9 pm. Trae lo que quieras ponerte… o no ponerte nada.
Rosa (1:20 pm): Perfecto. Nos vemos el sábado. Y Kevin… nada de sorpresas esta vez. Lo que pase, pasa conmigo y uno solo.
El resto del día Rosa lo dedicó a sus cosas: fue al supermercado, compró frutas y verduras, cocinó un lomo saltado para comer sola frente a la tele, llamó a su mamá para charlar de cosas banales. No pensó mucho en la noche que venía. O al menos eso se dijo a sí misma.
El sábado por la tarde se preparó con calma. Se depiló entera, se puso crema corporal con olor a vainilla, eligió un vestido corto rojo ceñido que apenas le cubría el culo, escote profundo y espalda descubierta. Debajo, tanga roja de encaje y sostén a juego —esta vez sí se puso algo, porque quería sentirse sexy pero con control—. Tacones negros altos. Se miró al espejo y sonrió: “Solo uno. Tú decides al final”.
Llegó a la casa de Julián a las 9:15 pm. Era un departamento amplio en La Molina, con terraza grande, piscina pequeña iluminada de azul y música suave de fondo. Kevin abrió la puerta con una cerveza en la mano, la besó en la boca sin decir hola y la hizo pasar.
Adentro estaban Julián y Marco: Julián en short de baño y camiseta, Marco con jeans y polo. Los tres la miraron con esa hambre que ya conocía bien. Había ron, cerveza, snacks en la mesa. Rosa se sentó en el sofá entre Kevin y Julián, aceptó un trago y dejó que la conversación fluyera: risas, anécdotas, comentarios subidos de tono que iban calentando el ambiente.
Después de tres rondas de tragos, Kevin le susurró al oído:
—Decidimos. Gané yo. Julián y Marco aceptaron que esta vez sea solo conmigo. Quieren verte, pero no tocan. Solo miran… si tú quieres.
Rosa miró a los otros dos. Julián asintió con una sonrisa torcida. Marco levantó su vaso en brindis silencioso.
Ella se levantó despacio, se quitó los tacones y caminó hacia la terraza. Los tres la siguieron. Se paró al borde de la piscina, se bajó los tirantes del vestido y lo dejó caer al piso. Quedó en tanga y sostén rojo, el cuerpo brillando bajo las luces azules.
—Solo tú, Kevin —dijo, mirándolo fijo—. Los demás miran. Y si me gusta… quizás después les deje ver más.
Kevin se acercó, la besó profundo y la llevó al borde de la piscina. La sentó allí, le abrió las piernas y se arrodilló en el agua poco profunda. Le quitó la tanga con los dientes, le lamió el coño despacio mientras Julián y Marco miraban desde las sillas, masturbándose lento. Rosa gimió, agarrándole el pelo, empujando contra su boca.
Luego Kevin se levantó, se quitó el short y la penetró allí mismo, de pie en el agua, embistiéndola fuerte mientras ella se agarraba de sus hombros. Los otros dos observaban en silencio, excitados pero sin tocar. Rosa se corrió primero, temblando, gritando su nombre. Kevin siguió hasta que se corrió dentro, llenándola, jadeando contra su cuello.
Después se sentaron todos en las sillas de la terraza, desnudos o semidesnudos, tomando lo que quedaba. Rosa se sintió poderosa: había marcado el límite, había decidido, y aun así había sido follada como quería.
Cuando se fue a las 2 am, Kevin la acompañó a la puerta.
—¿La próxima vez… solo nosotros dos?
Rosa sonrió, le dio un beso corto.
—Quizás. Pero por ahora… disfruta que te dejé ganar esta vez.
Se fue en taxi, con el cuerpo satisfecho y la cabeza más clara. No le escribió a Lupe esa noche. Pero guardó el teléfono con una certeza nueva: ya no necesitaba que alguien más decidiera por ella.
Kevin y Rosa empezaron a salir como amigos, sin la presión del sexo inmediato ni de los amigos de él. Al principio fue simple: mensajes casuales por la tarde, “¿salimos a tomar algo?”, “estoy aburrido, acompáñame a caminar por la costa”. Rosa aceptaba porque la soledad le pesaba y Kevin, a pesar de todo, era buena compañía cuando no intentaba empujar límites.
Durante varias noches se volvieron inseparables de una forma tranquila y cómplice. Paseaban por el Malecón de Miraflores al atardecer, tomaban cerveza en bares pequeños de Barranco, se sentaban en la playa oscura a hablar de todo: del trabajo de ella, de las obras de él, de cómo Lupe seguía sin dar señales de vida desde España, de lo vacío que se sentía Lima sin esa amistad que Rosa extrañaba tanto. Reían con estupideces, se contaban secretos tontos, se abrazaban al despedirse sin que pasara a más. Kevin dejó de mencionar orgías o amigos. Rosa empezó a relajarse con él.
Pero Kevin tenía un lado que no se apagaba del todo: le gustaba el riesgo, el morbo compartido, la idea de empujar a Rosa a hacer cosas que la sacaran de su zona segura. Y poco a poco, empezó a pedírselo, siempre en privado, siempre como un juego entre ellos dos.
La primera vez fue una noche de jueves, después de tomar en un bar de Surquillo. Estaban en el departamento de Kevin, sentados en la terraza con el último trago en la mano. Él la miró fijo y le dijo bajito:
—Quiero que hagamos algo loco… solo nosotros. Nada de amigos. Solo tú y yo controlando.
Rosa levantó una ceja, curiosa.
—¿Qué tienes en mente?
Kevin sacó el teléfono y abrió una app de videollamada anónima que usaba para contactos casuales.
—Haz una videollamada. Conéctate a un desconocido de mis redes. Alguien que no conozcas. Y mientras hablas con él… te sacas toda la ropa. Despacio. Le muestras todo. Yo miro desde aquí, sin que él me vea. Tú decides cuánto tiempo dura.
Rosa dudó, pero el ron y la adrenalina la empujaron. Aceptó. Kevin le pasó un contacto random de su lista —un tipo que ni siquiera recordaba bien—. La llamada entró. El desconocido apareció en pantalla: un hombre de unos 35, en su habitación, curioso. Rosa sonrió coqueta, empezó a hablar banalidades (“hola, ¿qué haces despierto tan tarde?”), y mientras charlaba, se desabrochó la blusa despacio, dejó caer los tirantes del sostén, se bajó los shorts. Quedó desnuda en la terraza, tetas al aire, coño expuesto a la cámara. El tipo se quedó mudo, excitado, pidiéndole más. Rosa se tocó un poco, gimió bajito para él, pero cortó la llamada después de cinco minutos. Kevin la miró con ojos brillantes, la besó fuerte y la folló allí mismo, contra la baranda, mientras le susurraba “eres una puta increíble”.
La segunda vez fue unos días después, en el tren eléctrico de Lima, hora punta. Kevin la acompañó como si fueran pareja normal. Estaban apretados en el vagón lleno. Él le susurró al oído:
—Quiero que dejes que un extraño te toque. El que elijas. Manosearte, puntearte, besarte de lengua. Yo miro desde dos pasos atrás. No intervengo. Tú controlas.
Rosa sintió el pulso acelerarse. Miró alrededor: un hombre de traje, unos 40 años, cerca de ella, mirándola de reojo. Se acercó un poco más, rozó su brazo “sin querer”. Rosa no se apartó. El tipo entendió la señal. Metió la mano por debajo de la falda corta que llevaba, le tocó el culo, luego el coño por encima de la tanga. Rosa abrió un poco las piernas, dejó que le metiera un dedo despacio. El tren se movía, la gente apretada, nadie notaba nada. El hombre se atrevió más: le bajó la tanga un poco, le punteó el clítoris, luego la besó de lengua cuando el vagón se detuvo en una estación. Rosa respondió el beso, gimió bajito contra su boca. Kevin observaba desde atrás, excitado, sin tocar. Cuando el tren arrancó de nuevo, Rosa se apartó, se arregló la falda y caminó hacia Kevin. Bajaron en la siguiente estación. En el departamento, él la folló como animal, preguntándole detalles mientras la penetraba: “¿te gustó su lengua? ¿te mojaste cuando te metió el dedo?”.
La tercera petición llegó una semana después, en una noche tranquila. Estaban en casa de Rosa esta vez, tomando vino en la sala. Kevin le dijo:
—Quiero que tu vecino vea. El de la ventana de enfrente. Ese que siempre mira cuando pasas. Cambia de ropa con la luz encendida, quítate todo despacio, duerme desnuda con las cortinas abiertas. Yo estaré aquí contigo, pero él no sabrá que estoy. Solo verá tu cuerpo.
Rosa sintió un escalofrío de vergüenza y excitación. Aceptó. Esa noche, con Kevin escondido en la oscuridad de la habitación, encendió la luz del dormitorio. Se paró frente a la ventana, se quitó la blusa despacio, el sostén, la falda, la tanga. Quedó desnuda, se miró al espejo como si se arreglara, se tocó las tetas, se pasó las manos por el cuerpo. Vio la silueta del vecino en la ventana de enfrente, inmóvil, mirando. Se metió a la cama, se acostó de lado con las piernas entreabiertas, la luz encendida un rato más antes de apagarla. Kevin la abrazó en la oscuridad, la penetró despacio mientras le susurraba “lo estás volviendo loco… y a mí también”.
Después de eso, Rosa se quedó callada un rato largo. Kevin la besó en el hombro.
—¿Te gustó?
Ella asintió, pero dijo bajito:
—Me gustó… pero cada vez necesito más. Y no sé si eso es bueno.
Kevin no respondió. Solo la abrazó más fuerte.
Los dos sabían que el juego seguía escalando. Y que, tarde o temprano, tendrían que decidir si paraban… o si seguían hasta romperse del todo.
Al día siguiente, mientras Rosa tomaba su café matutino en el balcón, el teléfono vibró con un mensaje de Kevin:
Kevin (9:22 am): Buenos días, reina. Anoche no paré de pensar en lo de la videollamada. Me encantó verte exponerte así. Tengo una idea más loca: invita al mismo desconocido (o a uno nuevo) a tu casa. Una cena simple. Pero no tengas nada puesto debajo de la mesa. Solo una bata o un vestido ligero que se abra fácil. Conócelo en persona. Habla, ríe, tómalo de la mano si quieres. Nada más. Solo cena y conversación. Yo escucho todo por teléfono (ponlo en altavoz o en llamada conmigo desde el principio). Quiero oír tu voz, sus preguntas, cómo te mira sin saber que estás desnuda debajo.
Rosa leyó el mensaje dos veces. Sintió un nudo en el estómago: excitación mezclada con rechazo inmediato. Respondió rápido:
Rosa (9:28 am): No, Kevin. Eso ya cruza una línea. La videollamada fue un juego. Invitar a un extraño a mi casa… no. No quiero.
Kevin no se rindió. Durante los siguientes días, los mensajes fueron constantes, siempre suaves, siempre insistentes, siempre envueltos en halagos y promesas de control:
Kevin (día 2, 11:47 am): Solo cena. No tienes que tocarlo. Solo verte deseada por alguien que no sabe nada de ti. Yo estaré en la llamada, escuchando cada palabra. Seré tu sombra. Tú mandas.
Kevin (día 3, 7:15 pm): Piensa en lo mojada que te pusiste con la videollamada. Imagina eso pero real: él sentado frente a ti, oliendo tu perfume, mirándote a los ojos mientras sabe que debajo de la mesa estás desnuda para mí. No para él. Para mí.
Kevin (día 4, 2:03 am): No te pido que lo folles. Solo que lo invites. Que sientas esa adrenalina de tenerlo en tu espacio, vulnerable pero intocable. Yo escucho todo. Si en cualquier momento quieres que corte, dices “buenas noches” y se va. Tú tienes el poder.
Rosa contestaba con negaciones cortas al principio: “No”, “Ya te dije que no”, “Para con eso”. Pero Kevin era paciente. Cada día volvía con una variante más suave, más tentadora, más centrada en el control que ella tendría. Le mandaba audios susurrando cómo se pondría duro solo de oírla hablar con el desconocido, de imaginarla sentada con las piernas cruzadas ocultando su desnudez, de saber que todo era por él.
El día 6, Rosa cedió.
No fue un “sí” entusiasta. Fue un “está bien… pero solo cena. Nada más. Y tú escuchas todo desde el principio hasta el final. Si digo que pare, paras la llamada o le digo que se vaya. Y si me siento incómoda, se acaba”.
Kevin respondió casi al instante:
Kevin (8:41 pm): Perfecto. Elige el día. Yo te paso el contacto del tipo de la videollamada (se llama Diego, 37 años, trabaja en marketing, vive cerca). Dile que es una cena casual para conocerse mejor después de la llamada. Ponte lo que quieras por fuera… pero nada debajo. Te llamo cuando llegue y pongo altavoz. Estaré en silencio todo el tiempo. Solo escuchando.
Rosa tardó dos días en escribirle a Diego. Le mandó un mensaje corto y coqueto: “Hola, ¿te acuerdas de mí de la videollamada? Me quedé con ganas de charlar en persona. ¿Te animas a una cena en mi casa este viernes? Nada formal, solo vino y conversación”.
Diego aceptó rápido. Demasiado rápido.
El viernes por la tarde Rosa preparó todo: mesa para dos, pasta con salsa de tomate, ensalada, una botella de vino tinto. Se duchó, se perfumó, se puso un vestido negro largo hasta los tobillos pero con escote profundo y tela fina. Debajo: absolutamente nada. Se miró al espejo, se levantó el vestido para confirmar: coño expuesto, pezones duros contra la tela. Sintió un escalofrío de vergüenza y excitación.
A las 8 pm llegó Diego. Rosa abrió la puerta sonriendo, lo hizo pasar, le dio un beso en la mejilla. Lo sentó a la mesa, sirvió vino, puso música suave. Antes de empezar a comer, le dijo con voz casual:
—Oye, tengo una amiga al teléfono que quiere escuchar nuestra charla. Es un juego tonto. ¿Te molesta si pongo altavoz?
Diego se rió, intrigado.
—No, para nada. Suena divertido.
Rosa marcó a Kevin. Contestó al primer tono. No dijo nada. Solo se quedó en silencio, escuchando.
La cena transcurrió normal al principio: hablaron de trabajo, de Lima, de gustos. Diego era educado, simpático, hacía preguntas sobre ella. Rosa se reía, cruzaba y descruzaba las piernas bajo la mesa, sintiendo el aire fresco en su coño desnudo. Kevin escuchaba cada palabra, cada risa, cada pausa.
En un momento, Diego estiró la mano y le rozó los dedos.
—Eres más linda en persona —dijo.
Rosa sonrió, no retiró la mano.
—Gracias. Tú también.
La conversación se calentó un poco: comentarios sobre la videollamada, sobre lo que le había gustado ver. Diego se acercó más, le acarició el brazo. Rosa no se apartó. Bajo la mesa, abrió un poco las piernas, sintiendo el aire y la mirada de él que bajaba disimuladamente al escote.
Kevin seguía en silencio. Rosa sabía que estaba ahí, oyendo todo. Eso la mojaba más que cualquier toque.
La cena terminó. Diego se levantó para irse. En la puerta, la besó en los labios, suave al principio, luego con lengua. Rosa respondió un segundo, luego se apartó con una sonrisa.
—Fue lindo conocerte. Buenas noches.
Cerró la puerta. Esperó a oír los pasos alejarse por el pasillo. Luego tomó el teléfono.
—¿Seguiste escuchando todo?
Kevin respondió, voz ronca:
—Todo. Cada palabra. Cada beso. Me puse duro solo de oírte.
Rosa se apoyó en la puerta, se levantó el vestido y se tocó despacio.
—Ven mañana. Quiero que me folles sabiendo que él estuvo aquí… y que tú lo oíste todo.
Kevin solo dijo:
—Mañana a las 9. Prepárate.
Rosa colgó, se fue a la cama desnuda y se masturbó pensando en la voz silenciosa de Kevin al teléfono, en la lengua de Diego, en el poder que había sentido al decidir hasta dónde llegar.
El juego seguía. Pero ahora, Rosa sentía que era ella quien ponía las reglas. O al menos, eso quería creer.
Rosa despertó el domingo con la cabeza pesada y el teléfono en silencio. La noche anterior había sido un torbellino de sensaciones —el vino, la cena, la voz de Diego, el silencio atento de Kevin al teléfono—, pero ahora solo quedaba el eco de su propia excitación y una extraña inquietud. Se estiró en la cama, revisó el teléfono: nada. Ni un mensaje de Kevin, ni un “buenos días”, ni un “qué tal anoche”. Bloqueó la pantalla y se levantó.
Llamó a Kevin esa misma mañana, alrededor de las 11. Sonó varias veces y saltó el buzón de voz. Rosa frunció el ceño, dejó un audio corto:
—Kevin, ¿estás bien? Anoche estuvo… intenso. Llámame cuando puedas.
No respondió. Pasó el día en casa, limpiando, viendo series, intentando no mirar el teléfono cada cinco minutos. Al atardecer volvió a llamar. Otra vez buzón. Mandó un mensaje:
Rosa (6:42 pm): ¿Estás ocupado? Quiero saber qué pensaste de anoche. Contéstame, por favor.
Nada.
El lunes fue igual. Llamada al mediodía: buzón. Mensaje por la tarde: leído y sin respuesta. Rosa empezó a sentir un nudo en el estómago que no era solo ansiedad. Era algo más oscuro: la sensación de haber sido usada para su propio juego y luego descartada. El martes llamó dos veces. Buzón las dos. Mensaje largo al final:
Rosa (8:19 pm): Kevin, no me dejes en visto. Si te molestó algo de la cena con Diego, dímelo. Si te excitó tanto que no sabes qué decir, también dímelo. Pero no desaparezcas. No soy de las que ruegan, pero merezco una respuesta.
Silencio absoluto.
Los días siguientes fueron un calvario lento. Rosa seguía con su rutina —trabajo, mercado, gimnasio por las tardes—, pero cada vez que el teléfono vibraba, el corazón le saltaba. Siempre era otra persona. Kevin se había convertido en un fantasma. El miércoles y jueves fueron iguales: llamadas ignoradas, mensajes leídos pero sin respuesta. Rosa empezó a dudar de todo: ¿había ido demasiado lejos? ¿Se había sentido incómodo escuchando a Diego? ¿O simplemente se había aburrido después de conseguir lo que quería?
Llegó el sábado por la tarde. Rosa estaba en la cocina preparando un café cuando el teléfono vibró. Era un mensaje de Diego, no de Kevin:
Diego (4:37 pm): Hola Rosa, ¿cómo estás? Me quedé con ganas de verte de nuevo. ¿Te animas a tomar algo esta noche en tu casa? Traigo vino y buena charla. 😉
Rosa se quedó mirando la pantalla. El pulso se le aceleró. No era Kevin. Era Diego. El desconocido que había estado en su mesa, que la había besado en la puerta, que había visto su escote y había imaginado lo que había debajo. Y ahora quería volver.
Rosa sintió una mezcla de rabia, curiosidad y un morbo traicionero que no quería admitir. Kevin la había dejado en silencio durante toda la semana. La había empujado a ese límite y luego había desaparecido. ¿Por qué no iba a responderle a Diego? ¿Por qué no iba a seguir jugando su propio juego?
Tecleó despacio, con los dedos temblando un poco:
Rosa (4:45 pm): Amor, Diego me llamó. Dice que viene a verme a tomar esta noche. ¿Qué le digo?
Lo envió al chat de Kevin. Esperó. Los minutos pasaron. Nada. Ni leído. Ni respuesta. Rosa miró el mensaje enviado, sintió una punzada de humillación y, al mismo tiempo, una liberación extraña.
Volvió a escribir, esta vez sin pensar demasiado:
Rosa (4:52 pm): No contestas desde hace días. Si no dices nada, asumiré que no te importa. Y si no te importa… entonces yo decido.
Envió. Esperó otros diez minutos. Silencio absoluto.
Rosa respiró hondo, abrió el chat con Diego y escribió:
Rosa (5:03 pm): Ven a las 8. Trae el vino. Nada más. Solo charla y tomar.
Diego respondió casi al instante:
Diego (5:04 pm): Perfecto. Ahí estaré. 😏
Rosa apagó el teléfono, se miró al espejo del pasillo. Se quitó la ropa de casa, se puso un vestido corto negro —el mismo de la cena anterior—, sin nada debajo. Se perfumó el cuello, los muslos, el escote. Se sentó en el sofá y esperó.
A las 8 en punto sonó el timbre.
Rosa abrió la puerta. Diego entró con una botella de Cabernet y una sonrisa confiada. La besó en la mejilla, luego en los labios, suave pero directo. Rosa respondió el beso un segundo más de lo necesario.
Se sentaron a la mesa. Abrieron el vino. Charlaron. Rieron. Diego le rozó la mano, luego el muslo bajo la mesa. Rosa no se apartó. Abrió un poco las piernas, dejó que su mano subiera. Diego encontró piel desnuda y sonrió contra su boca.
—¿Otra vez sin nada debajo? —susurró.
Rosa le mordió el labio inferior.
—Otra vez.
Diego la besó más fuerte, le metió la mano entre las piernas, la tocó despacio mientras ella gemía bajito. Rosa cerró los ojos, pensó en Kevin por un segundo —en su silencio, en su ausencia—, y luego dejó de pensar.
Esa noche no hubo videollamada. No hubo testigos. Solo Rosa y Diego en su sofá, en su cama, en su terraza. Él la folló despacio al principio, luego fuerte, en cada posición que se les ocurrió. Rosa se corrió varias veces, gritando su nombre, olvidando por un rato que Kevin había sido quien la empujó hasta ahí.
Cuando Diego se fue a las 3 de la mañana, Rosa se quedó sola, desnuda en la cama, mirando el techo. Tomó el teléfono y abrió el chat con Kevin. El mensaje de las 5:03 pm seguía sin leído.
No escribió nada más.
Solo apagó la luz y durmió.
Al día siguiente, el silencio de Kevin seguía ahí. Pero Rosa ya no lo esperaba. Había decidido que, si él no respondía, ella seguiría adelante. Con Diego. O con quien quisiera. Sin pedir permiso.
El juego había cambiado de manos. Y esta vez, Rosa era la que movía las piezas.