La señora de los marcianos

Estimado hasta ahora no entiendo porqué ni Milky ni Inkasex te contratan para una de sus películas,estás perdiendo dinero.
 
Men con mi vuelta a una institución pública mas el doctorado salen mas servicios de consultoría y asesoría. No es que me sobre ni falte a grana pero hasta aquí nada mas. Por otro lado veo que me sigues hasta en la sopa. Por si aca te lo aclaro eu dou so a mulher ( pode ser raimunda mais tem que ser natural, capicci?), Falou, veleu.

PDTA: Ya debutaste???.
 
es un cague de risa esas historias la fin de cuentas son aventuras
 
buen relato o mejor dicho buenos relatos, ah y rebuenas fotos, saludos maestro grindo doido, bueno siempre has hembras que hacen historia en el ambiente cacheril y lo bueno que uno sale bien chevere y bien a gusto, saludos a los cofrades.
 
Gracias apreciado GYPSYMAN, Por estos días pude escribir algo como lo hice casi siempre en los últimos 4 años desde que ingrese a este bello y asombroso foro. Claro, que desde julio a noviembre se me complicó con el trabajo, casi 4 años volviendo a una institución pública, y aunque hubo y habrán algunos que atacan sin conocer, sin leer realmente y hasta en lo mas inverosímil aseverando que invento o copia los pseudo RREE, puedo comentar que estoy satisfecho con mi breve aporte. Lo que si debo admitir que en algunas ocasiones tirando e querido tener la computadora -no me acostumbro a hacerlo desde el celular-para casi narrar en vivo, tal vez algún día lo pueda hacer, un online de narración cuando cae la baba y entra la felicidad en esas damas ( para unos cuantos no agradables, para mi desde que es femenina en todo sentido, ya está) que están dispuestas a dejarse llevar, poner de su parte y con salsa, pimienta y comino salen faenas interesantes por lo menos para uno. En ese sentido muchas gracias por leerme y a todos los que lo hacen ( para los críticos mala leches igual. Cuando los perros ladran es señal que avanzamos..........
 
Gracias apreciado GYPSYMAN, Por estos días pude escribir algo como lo hice casi siempre en los últimos 4 años desde que ingrese a este bello y asombroso foro. Claro, que desde julio a noviembre se me complicó con el trabajo, casi 4 años volviendo a una institución pública, y aunque hubo y habrán algunos que atacan sin conocer, sin leer realmente y hasta en lo mas inverosímil aseverando que invento o copia los pseudo RREE, puedo comentar que estoy satisfecho con mi breve aporte. Lo que si debo admitir que en algunas ocasiones tirando e querido tener la computadora -no me acostumbro a hacerlo desde el celular-para casi narrar en vivo, tal vez algún día lo pueda hacer, un online de narración cuando cae la baba y entra la felicidad en esas damas ( para unos cuantos no agradables, para mi desde que es femenina en todo sentido, ya está) que están dispuestas a dejarse llevar, poner de su parte y con salsa, pimienta y comino salen faenas interesantes por lo menos para uno. En ese sentido muchas gracias por leerme y a todos los que lo hacen ( para los críticos mala leches igual. Cuando los perros ladran es señal que avanzamos..........

Excelentes relatos es por eso que entro a este foro, para despejar la mente y ejercitarla, bien mister espero que siga contando su relatos, saludos.
 
Ya pronto volvemos con todo ( foto y narración). Mientras me viene a la mente como una conocida de la marcianera la ampayamos en el auto rana. Era un diciembre como en esta fecha pero hace un par de años atrás, regresábamos de almorzar, plan 2 pm y algo mas, compramos unos marcianos y mientras esperaba el vuelto, escucho el ohhhhhh, ahhhhhhhhhhhhhh, si bebe, si mi amorrrrrrrrrrrrrr, que rico y tanta parafernalia, de sapo miro al auto mas cercano con una ventana algo abierta pude chismear y mirar que era la amiga de la tía, esa que se hizo pasar por casi santa y en su mundo puede desplayarse, desbandarse y darle al placer infinito. Su voz es inigualable, solo vi su rostro y montada sobre un tío que la hizo vibrar y morir de pasión. Regrese con mi grupo, no dije nada, llegué a mi oficina, me fui al baño y se la dediqué a esos bandidos..........
 
Otra marcianera, mas pendeja, mas querida por muchos:


El sol de Lima en el verano de 2025 no tenía piedad. El asfalto de la avenida hervía y el aire se sentía como un vapor denso que pegaba la camisa al cuerpo. Fue en medio de ese bochorno que la vi por primera vez: Doña Elena, una mujer que parecía desafiar el paso del tiempo con una sonrisa serena y un carrito de tecnopor lleno de marcianos de fruta natural.

El Encuentro en el Umbral

Elena rondaba los 42 años, pero su piel tenía la textura canela de quien ha sabido cuidarse del sol. Ese día vestía una blusa de algodón ligera que se transparentaba sutilmente por la humedad del ambiente. Mientras me entregaba un marciano de coco, nuestras manos se rozaron. Su tacto era frío por el hielo, pero su mirada, profunda y cargada de una experiencia que solo dan los años, disparó un calor distinto en mi pecho.

— "Estás sudando mucho, joven. Pasa a la sombra un momento", me dijo con una voz aterciopelada, señalando el pequeño zaguán de su casa, donde solía refugiarse entre venta y venta.

La Confidencia en la Sombra

Dentro, el ambiente era fresco y olía a fruta picada. Elena me contó, con una naturalidad, sobre su vida. Su esposo era un hombre de casi setenta años, alguien a quien ella respetaba y cuidaba, pero cuya chispa se había apagado hacía mucho tiempo. Sus hijos ya estaban en la universidad, dejándola en una casa grande que se sentía demasiado silenciosa durante las tardes de Lima.

"A veces una se siente como el hielo", confesó ella, mientras se pasaba un pañuelo por el cuello, "necesitando que alguien la derrita antes de volverse agua".

El Momento de Tensión

Me acerqué para agradecerle el gesto, y la cercanía fue eléctrica. Podía oler su perfume mezclado con el aroma del mango y la fresa. No hubo necesidad de muchas palabras. Sus manos, expertas y suaves, buscaron las mías. Había una urgencia contenida en ella, el deseo de una mujer madura que sabe exactamente lo que quiere y que no tiene tiempo que perder en rodeos.

Esa tarde, el carrito de marcianos se quedó olvidado en la entrada. En la penumbra de su sala, con el sonido lejano del tráfico de Lima como música de fondo, Elena me demostró que el fuego más intenso es el que se guarda bajo una apariencia de calma. Su madurez no era solo una cuestión de edad, sino una maestría en el arte de la seducción, entregándose con una pasión que solo alguien que ha esperado mucho tiempo puede desatar.





La vi luego de unos días, parecía que la conocía de tiempos, ya había confianza y más que eso. El sol de mediodía en la cuadra era insoportable, pero el verdadero calor emanaba de Elena. Ella sabía perfectamente lo que provocaba; se movía con una cadencia que hacía que el carrito de tecnopor pareciera un accesorio de pasarela. Llevaba unos leggings de lycra negra tan ajustados que cada paso era una declaración de intenciones, marcando unas curvas sólidas que no habían cedido ante el tiempo.

Me acerqué buscando algo frío, pero ella me recibió con una mirada que quemaba más que el pavimento.

El Juego de Palabras

— "Papi, te veo todo sofocado... ¿estás buscando algo que te refresque o algo que te ponga a sudar de verdad?", soltó con una sonrisa ladeada, apoyándose en el carrito de modo que sus caderas resaltaran aún más.

— "Un marciano, Elena. El calor no me deja ni pensar", respondí, tratando de mantener la compostura.

Ella soltó una carcajada ronca, muy limeña, muy pícara. Abrió la tapa del carrito y empezó a revolver entre el hielo seco.

— "Tengo de todo, mi amor. Tengo de coco, que es puro cremita... de mango, bien jugosito... o este de fresa, que está duro y en su punto, justo como te gusta que te los den, ¿no?", dijo mientras sacaba uno y lo deslizaba lentamente entre sus manos, limpiando las gotas de agua que escurrían por el plástico.

Confidencias y Picardía

— "Cuidado, Elena, que con esa lengua vas a derretir toda la mercadería", le bromeé.

— "¡Ay, ojalá fuera lo único que pudiera derretir!", exclamó ella, acomodándose el cabello. "Mi viejo ya está para el museo, pues, papito. Casi setenta años... a ese ya no se le descongela ni con microondas. Mis hijos ya son unos hombres, pararán en la calle, y yo aquí, con toda esta fruta madura desperdiciándose."

Se dio media vuelta para sacar un abridor de su bolsillo trasero, haciendo que el tejido de sus leggings se estirara al máximo, revelando una figura envidiable.

— "Mira este 'chupete'", dijo bajando la voz y acercándose a mi oído mientras me entregaba el dulce. "Está bien apretadito, hay que saber succionarlo con paciencia para sacarle todo el jugo. Yo misma los preparo en mi cocina... con mucho cariño y bastante mano. ¿Te imaginas cómo me muevo para que queden así de espesos?"

Me miró de arriba abajo, relamiéndose los labios con una naturalidad que me dejó mudo.

— "Si te gusta el sabor, mañana vienes por más. Pero ven más tarde, cuando ya esté guardando el carrito... ahí los marcianos salen con 'yapa' y los atendemos en privado, para que no te me deshidrates."



Al día siguiente: La Confianza

Volví a buscarla. Esta vez llevaba unos buzos de algodón gris que, aunque eran más sueltos, se marcaban de forma pecaminosa cuando se agachaba a buscar en el fondo del carrito.

— "¡Ya volviste! Te quedó gustando el sabor de ayer, ¿no?", me soltó con una risita pícara. — "Estaban buenos, pero hoy quiero probar algo diferente", le dije siguiéndole el juego. — "Uy, hoy he traído uno de leche con canela... está bien espesito, como para que te chupes los dedos. Mi viejo dice que me salen muy dulces, pero él ya no tiene fuerza ni para morder el hielo. En cambio, tú, te veo con buenos dientes".

Hablamos por veinte minutos. Me contó que a veces se sentía sola en esa casa tan grande de Barrios Altos, que su esposo era "buena gente" pero que ya "no le funcionaba el motor".

Una semana después: El Fuego Desatado

Siete días después, la confianza era total. Elena ya no me trataba como un cliente, sino como su cómplice de la tarde. Se puso unos leggings blancos que eran casi una provocación al delito; con el sudor, la tela se pegaba a su piel madura resaltando cada curva de su parte trasera.

— "Habla, mi rey. Te estaba esperando porque ya me estoy quedando 'seca' de tanto esperarte", me dijo bajando la voz mientras se acercaba a mi oído. El olor de su perfume mezclado con el aroma de las frutas me mareó. — "Estás más provocativa hoy, Elena. Vas a causar un choque en Wilson".

Ella se rio, apoyando su busto generoso contra el brazo del carrito, haciendo que su escote se pronunciara peligrosamente.

— "Es que el calor me pone... inquieta. Mira cómo estoy", dijo señalando las gotas de sudor que bajaban por su pecho. "Tantos años con un hombre que ya es puro hielo, una termina necesitando que alguien la muerda un poquito, ¿no crees? Estos marcianos están duros, pero yo estoy más suavecita donde no me da el sol".

Me miró de arriba abajo, relamiéndose los labios mientras apretaba un marciano de coco contra su mejilla para enfriarse.

— "Escúchame, papito... ya voy a terminar mi ruta. Mi esposo se duerme temprano viendo sus noticias y mis hijos salen los viernes. ¿Por qué no me ayudas a empujar el carrito hasta el depósito? Ahí estamos solitos, fresquitos... y te puedo invitar algo que no tengo en la lista de precios".



Elena me guiñó un ojo, se acomodó la tira del sostén que se le asomaba por el escote y empezó a empujar su carrito hacia una de las calles laterales que daban hacia el jirón Quilca.

— "Camina atrás mío, papito. Cuídame la espalda, no me vayan a arranchar el canguro", me dijo con una voz que era pura malicia.

La Caminata de Infarto

Ir detrás de ella era una tortura voluntaria. Elena caminaba con un movimiento de caderas rítmico, casi coreográfico. Sus leggings blancos eran de una tela tan delgada que, con el esfuerzo de empujar el peso del carrito, se estiraban hasta el límite. El espectáculo era total: la prenda se le metía sin pudor entre las nalgas, marcando perfectamente la línea de un hilo dental que apenas lograba contener su carne madura y firme.

Cada vez que el carrito encontraba un bache en la vereda, su trasero vibraba con una solidez que delataba años de caminatas por todo Lima. Ella sabía que yo la estaba devorando con la mirada; de vez en cuando, giraba la cabeza sobre su hombro y me pillaba, soltando una risita que me ponía los nervios de punta.

— "¿Te gusta el paisaje, no? Mira que mis hijos me dicen que me ponga ropa más suelta, pero yo les digo: 'Hijos, si Dios me ha dado esta mercadería, es para lucirla'", soltó con una carcajada ronca. "Mi viejo ya ni me mira, el pobre está más preocupado por su próstata que por su mujer. No sabe el tesoro que tiene en casa... todo esto desperdiciándose".

El Diálogo Prohibido

Llegamos a un callejón estrecho donde guardaba el carrito. El lugar estaba en penumbra, olía a humedad y a la esencia de vainilla de sus chupetes. Ella soltó el mango del carrito y soltó un suspiro largo, estirando los brazos hacia arriba, lo que hizo que su polo se levantara y dejara ver una cintura estrecha y la piel canela de su abdomen.

— "Uf, qué calor... siento que me estoy sancochando por dentro", dijo mientras se pasaba una mano por el cuello, bajando peligrosamente hacia el inicio de su pecho. — "Oye, tú... me has estado mirando todo el camino como si quisieras comerte el marciano con todo y plástico".

— "Es que vendes muy bien tu producto, Elena", le respondí, acercándome un paso.

— "Papi, mi producto es lo de menos. La que está para chuparse los dedos soy yo", me susurró, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo. — "Pero cuidado, que soy una mujer de su casa... aunque con este clima, a cualquiera se le olvida la decencia. Mira cómo tengo el pantalón, mojadito de tanto sudor. ¿Tú crees que alguien me ayude a refrescarme donde más me quema?".

Se dio media vuelta, apoyando las manos en el carrito y sacando el culo hacia atrás, dejándolo a centímetros de mi pelvis.

— "Mira cómo se me ha metido el calzón... me está partiendo en dos. ¿Por qué no me haces el favor de acomodármelo? O mejor todavía... ¿por qué no pruebas si el de coco está tan dulce como dicen que soy yo 'ahí abajo'?", dijo rozando su trasero contra mi pantalón con un movimiento circular que me dejó sin aliento.

La Provocación Final

Justo cuando la tensión era insoportable y mis manos buscaban su cintura, ella se zafó con una agilidad sorprendente, riendo con picardía mientras se acomodaba el cabello.

— "¡Ya, ya! No te me aceleres, que se te va a subir la presión como a mi marido", dijo guiñándome un ojo mientras cerraba el candado del depósito. — "Hoy solo te llevas el antojo. Mañana... mañana vienes a la misma hora, pero tráete algo para la sed, porque te aseguro que te voy a dejar seco. Mi esposo se va al médico y mis hijos no vuelven hasta la noche. ¿Te atreves a entrar a la cocina a ver cómo preparo la 'cremita'?".

Se alejó caminando hacia la avenida, dejándome ahí, con el corazón a mil y la imagen de sus leggings blancos grabada en la retina.
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El callejón de Quilca quedó sumido en un silencio denso, interrumpido solo por el goteo de algún caño viejo y el eco lejano de los cláxones de la avenida Wilson. Elena estaba ahí, apoyada contra la pared de ladrillos, con la respiración un poco agitada. La luz amarillenta de un foco mortecino bañaba su figura, resaltando la humedad que hacía que sus leggings blancos se volvieran casi una segunda piel, dejando ver las marcas de su lencería y la firmeza de sus piernas.

El Juego de la Seducción

Ella me miró de arriba abajo, relamiéndose los labios con esa picardía de mujer que sabe que tiene el control absoluto de la situación.

— "Papi, me estás mirando con una cara de hambre... ¿Qué pasa? ¿Te has quedado con las ganas de probar la fruta prohibida?", susurró, mientras se desataba la polera de la cintura, dejando ver sus caderas anchas y poderosas.

— "Elena, tú no vendes marcianos, tú vendes pecado", le respondí, dando un paso que eliminó cualquier espacio entre nosotros.

Ella soltó una risita ronca y se llevó una mano a la nuca, arqueando la espalda. El movimiento hizo que su busto, generoso y firme, rozara mi pecho a través de la delgada tela de su blusa.

— "Es que mi marido ya no sabe qué hacer con tanto fuego, pues amor. Él es como un helado que se quedó al fondo de la congeladora: duro, frío y sin sabor", dijo acercando su boca a mi oído hasta que sentí su aliento caliente. "En cambio yo... yo tengo el almíbar hirviendo. ¿Quieres sentir cómo quema?"

Tensión en la Penumbra

Sin previo aviso, Elena se dio media vuelta y volvió a apoyarse contra el carrito de tecnopor, dándome la espalda. Se inclinó hacia adelante como si buscara algo en el fondo, pero lo hizo con una lentitud calculada. El tejido de sus leggings se estiró al punto de volverse casi traslúcido, revelando la redondez de su trasero y cómo la prenda íntima se perdía entre su piel canela.

— "Ay, se me ha caído un marciano al fondo... ¿Me ayudas a buscarlo o te vas a quedar ahí parado como un poste?", dijo moviendo las caderas con un ritmo hipnótico que hacía que la tela vibrara.

Le puse las manos en la cintura y sentí su piel caliente. Ella soltó un suspiro largo, casi un gemido contenido, y echó la cabeza hacia atrás, buscando mi hombro.

— "Eso... agarra firme, que la mercadería es pesada", bromeó con la voz ya quebrada por el deseo. "Mis hijos creen que su mamá es una santa, pero si supieran cómo me pongo cuando un hombre joven me toca con esas manos... me dan ganas de olvidarme de que soy señora".

La Promesa del Mañana

Nuestras respiraciones se mezclaban en ese espacio estrecho. Sus manos buscaron las mías sobre sus caderas, guiándolas un poco más abajo, permitiéndome sentir la firmeza de sus muslos y el calor que emanaba de su cuerpo. El doble sentido ya no era necesario; la electricidad en el aire lo decía todo.

Justo cuando el ambiente estaba a punto de desbordarse, ella se giró rápidamente, poniéndome un dedo en los labios. Su mirada estaba cargada de una promesa líquida, de esas que no se rompen.

— "Escúchame bien... hoy me dejas así, con el caramelo en la puerta del horno", dijo con una sonrisa triunfal mientras se acomodaba los leggings que se le habían subido por el movimiento. "Mañana mi viejo se va a su control en el Rebagliati y mis hijos no aparecen hasta la cena. Te espero en mi casa, en Barrios Altos. Ahí no habrá carrito de por medio... solo tú, yo y una cama que hace tiempo no siente lo que es un verdadero terremoto".

Se dio media vuelta y salió alborotando la calle con su caminar, dejándome con la miel en los labios y la certeza de que el verano de 2025 en Lima apenas estaba empezando a calentar.



El viaje hacia Barrios Altos fue eterno. Cada minuto en el bus parecía una hora mientras recordaba la imagen de Elena en Wilson. Al llegar a la dirección que me dio, una casona antigua de techos altos y fachada desgastada, el corazón me latía con la fuerza de un motor fuera de borda. Toqué la puerta de madera pesada y, tras unos segundos que parecieron siglos, escuché el arrastrar de unas sandalias y el giro de la llave.

El Recibimiento

Cuando la puerta se abrió, el aire se me escapó de los pulmones. Elena no llevaba sus leggings de trabajo; estaba en "ropa de casa", pero eso era mucho más peligroso. Vestía un short de algodón gris sumamente corto, de esos que se usan para dormir, que dejaba al descubierto sus piernas torneadas y maduras, con esa suavidad que solo los años y las cremas saben dar. Arriba, una camiseta de tirantes blanca, sin nada debajo, que revelaba con total descaro cómo el frío del interior de la casa hacía de las suyas con su anatomía.

— "Puntualito me saliste... se nota que tenías sed", dijo con esa voz ronca, apoyándose en el marco de la puerta y dejando que su cadera sobresaliera, marcando la curva de su glúteo contra la madera.

En la Intimidad de la Sala

Me hizo pasar y cerró la puerta con doble vuelta. La casa estaba en penumbra, fresca, olía a canela y a limpio. El silencio era absoluto, confirmando que estábamos solos.

— "Mi viejo ya debe estar haciendo cola en el hospital y mis hijos... bueno, esos no asoman la nariz hasta tarde", comentó mientras caminaba hacia la cocina, dándome una vista privilegiada de cómo el short de algodón se ajustaba a cada uno de sus movimientos. "Pasa, no te quedes ahí como si fueras visita. Aquí hay confianza, ¿no?".

Se sentó en el borde de la mesa del comedor, cruzando sus piernas largas. El short, al ser tan ligero, se subió un poco más, revelando el inicio de su cadera canela.

— "¿Sabes? Toda la noche me quedé pensando en lo que me dijiste en el depósito", soltó de pronto, mirándome fijamente mientras jugaba con uno de los tirantes de su blusa. "Que yo era la fruta prohibida... A ver, acércate. Quiero ver si eres tan valiente de frente como lo eres en la calle".

El Desborde de la Tensión

Me acerqué hasta quedar entre sus rodillas. Elena puso sus manos en mis hombros; su tacto era cálido, húmedo.

— "Mira cómo me tienes, joven... hasta me he tenido que quitar el sostén porque sentía que me asfixiaba el calor", susurró, y pude ver cómo la tela blanca de su camiseta se tensaba sobre su pecho agitado. "Tanto tiempo vendiendo helados para terminar yo así, prendida en candela. Mi marido es un buen hombre, pero ya no sabe cómo tratar a una mujer que todavía tiene el motor rugiendo".

Deslizó una de sus manos por mi nuca, jalándome suavemente hacia ella. Sus muslos rozaron mis pantalones y pude sentir la firmeza de su carne madura.

— "Aquí no hay carrito, ni gente, ni Wilson... aquí solo estamos tú y esta señora que tiene ganas de que le enseñes que todavía está en su punto", me dijo al oído, mientras su otra mano bajaba con lentitud hacia mi cintura, enganchando sus dedos en mi correa. "Dime... ¿vas a seguir mirando la mercadería o finalmente vas a probar el dulce?".



El ambiente en la sala de Barrios Altos estaba en su punto más alto cuando el sonido de una llave girando en la cerradura nos hizo saltar. Elena, con una calma asombrosa que solo dan los años de experiencia, se acomodó la camiseta de tirantes y se alejó de la mesa con una sonrisa natural.

— "Debe ser mi viejo que regresó temprano", susurró guiñándome un ojo, sin un ápice de nerviosismo.

El Tercero en Discordia

Entró Don Ricardo, un hombre de unos 68 años, de caminar lento y mirada cansada, pero amable. Elena me presentó como "el hijo de una amiga de la infancia que buscaba unos consejos sobre el negocio de los marcianos". El señor, ajeno a la electricidad que aún flotaba en el aire, se mostró hospitalario.

— "Qué bueno que acompañes a mi Elenita, joven. Siéntate, vamos a tomar algo para este calor", dijo el hombre, sacando una botella de cerveza helada del refrigerador.

Pasamos una hora extraña. Tomamos los tres en la mesa del comedor. Ricardo hablaba de sus años mozos, mientras Elena, debajo de la mesa, rozaba su pie descalzo contra mi pantorrilla, mirándome con una intensidad que me hacía difícil sostenerle la conversación al esposo. Finalmente, el cansancio y el alcohol hicieron efecto en el señor. Sus ojos se cerraron y empezó a cabecear.

— "Ya ves, así es siempre", dijo Elena con un suspiro de resignación. "Ven, viejo, vamos a que descanses en tu cama".

El Retorno de la Depredadora

Pasaron diez minutos. Yo me quedé terminando mi vaso, escuchando el silencio de la casa, hasta que oí sus pasos de nuevo. Pero esta vez el sonido era distinto: el suave clic-clic de unos tacones pequeños sobre la madera.

Cuando Elena apareció en el marco de la puerta, casi me atoro con la cerveza. Se había quitado la ropa de casa y ahora lucía un babydoll de encaje negro totalmente traslúcido. Era una prenda corta, que apenas cubría lo esencial, dejando ver a través de la malla la piel canela de su vientre y la curva generosa de su busto. Pero lo más provocador era lo que se adivinaba debajo: un hilo dental rojo que se marcaba con fuego sobre sus caderas, creando un contraste pecaminoso con el negro del encaje.

— "¿Te asustaste, papito? El viejo ya está en el séptimo sueño, no lo despierta ni un temblor", dijo ella, acercándose a la mesa con un contoneo que hacía que el babydoll bailara sobre su cuerpo.

El Juego del Rechazo

Se sirvió un vaso, se sentó frente a mí y cruzó las piernas lentamente, dejando que el encaje se subiera hasta mostrar el inicio de su entrepierna.

— "Teníamos una conversación pendiente, ¿no?", susurró, pasando su lengua por el borde del vaso. "Mira cómo me he puesto para ti... esta ropa la tenía guardada hace años porque mi marido ya ni distingue los colores. ¿No te gusta cómo me queda el rojo?".

Se levantó y caminó hacia mi silla. Se inclinó sobre mí, apoyando su pecho contra mi hombro, permitiéndome oler su perfume a vainilla y sentir el calor que irradiaba su piel madura. Sus manos empezaron a recorrer mi cuello, bajando hacia mi pecho.

— "Elena... el señor está en el cuarto de al lado", le dije, tratando de mantener la cordura y apartando suavemente su mano. "No creo que sea el momento".

Ella soltó una risa burlona, cargada de picardía. Se alejó un paso, dándose una vuelta completa para que yo pudiera apreciar cómo el hilo rojo desaparecía entre sus nalgas firmes, resaltando su figura de infarto.

— "¡Ay, qué caballero me saliste!", exclamó, volviendo a sentarse y abriendo un poco más las piernas, desafiándome con la mirada. "Me encanta que te hagas el difícil... eso solo hace que me den más ganas de morderte. ¿Seguro que vas a despreciar este marciano de pura crema? Mira que mañana vuelvo a ponerme los leggings y me vas a estar persiguiendo por todo Wilson otra vez".

Me miraba con una mezcla de burla y deseo, disfrutando de mi incomodidad mientras se acariciaba el muslo con una mano, esperando a ver cuánto tiempo más podía yo resistir ese suplicio.
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Esa noche en Barrios Altos terminó con un portazo suave pero definitivo. Elena se quedó en el comedor, con su babydoll negro y su vaso de cerveza, mirándome con una mezcla de orgullo herido y diversión, mientras yo caminaba por el pasillo hacia la calle, escapando de una tentación que sentía que me iba a consumir.

El Reencuentro en la Calle

Pasó una semana exacta antes de que volviera a cruzarme con ella. Fue cerca de la Plaza San Martín. El sol de Lima seguía implacable y, desde lejos, divisé el carrito de tecnopor. Elena estaba rodeada; un grupo de obreros de una construcción cercana y un par de universitarios le hacían rueda.

Vestía unos leggings de color azul eléctrico que brillaban bajo el sol, marcando cada centímetro de su anatomía con una obscenidad natural. Ella se reía, bromeaba con todos, entregaba los marcianos con esa rapidez de quien domina la calle. Me acerqué, esperando su mirada pícara de siempre, pero cuando nuestros ojos se cruzaron, ella apenas me dedicó un asentimiento frío.

— "Atrás de la cola, joven. Hay gente esperando", me dijo con un tono profesional que me heló la sangre más que sus chupetes.

No hubo doble sentido, no hubo roces de dedos al darme el vuelto. Me trató como a un desconocido más. Compré un marciano de coco por inercia y me retiré, sintiendo que el terreno que había ganado se había evaporado.

El Mensaje de la Noche

A eso de las once de la noche, cuando el silencio de mi habitación me hacía pensar en lo que había dejado pasar en su casa, mi celular vibró. Era un mensaje de WhatsApp de ella.

Elena: "Como ya no compras, la mercadería se la lleva otro que sí tiene hambre, papito."

Antes de que pudiera responder, llegaron las imágenes. Eran pantallazos de una conversación que ella había tenido con un chico que no pasaba de los 22 años, un "chibolo" de esos que abundan por el Centro de Lima.

En los pantallazos se leía:

  • Él: "Tía, todavía me dura el sabor de la 'cremita' de hoy en tu cocina..."
  • Elena: "Ya viste que la tía cumple, no como otros que arrugan al final. ¿Mañana quieres de mango o prefieres que te dé otra cosa?"
  • Él: "Dame lo que quieras, pero ponte esos leggings blancos que se te transparentan todo cuando te agachas..."
Junto a los textos, Elena me envió una foto que me detuvo el pulso. Era una selfie frente al espejo de su habitación, la misma donde dormía el esposo. Estaba de espaldas, usando el mismo hilo dental rojo de la otra noche, pero esta vez se veía la mano de un joven apretando con fuerza una de sus nalgas maduras.

La Provocación Final

Debajo de las fotos, Elena escribió un último texto:

"Ya ves, rey... el que no aprovecha la oferta, pierde su lugar en la fila. Este chibolo no me dice que 'no es el momento', él simplemente viene y me quita el calor. Mañana si quieres me buscas en Wilson, pero solo para venderte marcianos de fruta, porque mi 'fruta especial' ya tiene quien la muerda todos los días."

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo una mezcla de celos y un deseo renovado, dándome cuenta de que Elena, con toda su experiencia, sabía exactamente qué botones apretar para hacerme sentir que, en el juego de la seducción limeña, yo acababa de perder por goleada.



Durante esa semana, decidí alejarme de la Avenida Wilson. Me refugié en la comodidad de lo conocido, saliendo con una exnovia para intentar sacar de mi cabeza la imagen de Elena y sus leggings imposibles. Sin embargo, Elena no estaba dispuesta a ser olvidada. Ella sabía que el rechazo de aquella noche en su casa no fue por falta de ganas, sino por duda, y decidió castigarme de la manera más cruel y excitante posible.

El Acoso Digital

Los mensajes empezaron a llegar siempre a la misma hora: pasada la medianoche, cuando el silencio de Lima se vuelve cómplice. Mientras yo estaba cenando o viendo una película con mi ex, mi celular vibraba con una insistencia que me ponía los nervios de punta.

Eran pantallazos de conversaciones cada vez más explícitos con el "chibolo". En ellos, el chico describía con lujo de detalles cómo la ropa de casa de Elena terminaba en el suelo de la cocina. Elena le respondía con una picardía que yo conocía bien, pero elevada al máximo nivel:

"Ya viste, flaquito... la señora todavía tiene sus trucos. El viejo duerme y nosotros nos damos el banquete. Mañana ven más temprano, que me he comprado unos leggings nuevos que se bajan con solo mirarlos."

Los Audios de la Discordia

Pero lo peor no eran los textos, sino los audios. Elena no decía una sola palabra en ellos. No había diálogos, solo el lenguaje universal de la pasión.

Al reproducirlos (siempre a escondidas), se escuchaba el sonido ambiente de su habitación en Barrios Altos: el ventilador girando a toda marcha y, por encima de eso, el sonido rítmico de la piel chocando contra la piel. Se escuchaban los jadeos profundos de Elena, esa respiración entrecortada de una mujer madura que finalmente está recibiendo la atención que su cuerpo reclama.

Eran gemidos roncos, llenos de una satisfacción que parecía burlarse de mi ausencia. En uno de los audios, se oía de fondo el chirrido metálico de una cama vieja y, de pronto, la voz del chico susurrando algo ininteligible que hacía que Elena soltara una risita ahogada, húmeda, antes de volver a perder el aliento en un suspiro largo.

La Tortura Visual

Para rematar la semana, me envió una ráfaga de fotos. No eran selfies posadas. Eran fotos "robadas" del momento:

  • Una foto de sus piernas torneadas en el aire, con el hilo rojo colgando de un solo lado.
  • Un primer plano de su cuello sudado, con una mano joven y marcada por el trabajo sujetándola con fuerza.
  • Y la última, la más dolorosa: ella de espaldas, apoyada contra el mismo carrito de marcianos, pero dentro de su depósito oscuro, con los leggings azules por las rodillas.
Debajo de todo ese material, solo un mensaje final:

"¿Viste, papito? El helado se derrite si no lo chupas a tiempo. Mi chibolo no me pregunta si el viejo está cerca, él solo viene a sacarme el jugo. Sigue con tu ex... ella será tiernita, pero yo soy la que sabe cómo dejarte seco. Ya me avisarás cuando te canses de comer poco y quieras volver por la verdadera yapa."

El contraste entre la rutina tranquila con mi ex y la tormenta de fuego que Elena me enviaba por el celular me estaba volviendo loco. Sentía que, aunque no la veía físicamente, ella estaba más presente que nunca, recordándome cada segundo lo que me estaba perdiendo por "caballero".



La noche de Barrios Altos tenía ese olor característico a humedad y calle antigua. El bar era un "hueco" de techos altos y luz mortecina cerca de la Plaza Italia. Pensé que no vendría, que el chibolo o su esposo la tendrían ocupada, pero a las once de la noche, la puerta de madera se abrió y el aire se llenó de su presencia.

El Encuentro en el Bar

Elena llegó con un look que me dejó mudo. Llevaba una casaca de cuero sintético negra abierta, y debajo, un body de encaje guinda tan ajustado que sus pechos parecían querer escapar con cada respiración. Pero lo que me liquidó fueron sus leggings de vinilo negro, con un brillo que bajo las luces del bar resaltaba cada músculo de sus nalgas y muslos.

— "Pensé que te habías quedado congelado con tu ex", soltó con esa voz de lija y seda mientras se sentaba a mi lado, cruzando las piernas con un sonido de fricción de vinilo que me erizó la piel.

Pedimos una jarra de cerveza. Ella estaba eléctrica, más pícara que nunca. Me hablaba al oído, rozando sus labios con mi lóbulo, contándome detalles de lo que el chico le hacía, solo para ver cómo se me tensaba la mandíbula. Sin embargo, por más que le buscaba la mano o intentaba robarle un beso, ella se apartaba riendo.

— "No, papito. Aquí no. Aquí hay mucha gente y yo soy una señora respetable", decía con sarcasmo mientras se tomaba el último trago de la jarra. "Vamos a caminar, que el encierro me pone mal".

El Paseo por la Penumbra

Salimos a caminar por las calles desiertas de Barrios Altos, rumbo a la zona de las quintas antiguas. El eco de sus tacones retumbaba en las paredes de adobe. El frío de la noche limeña hacía que el vapor saliera de nuestras bocas, pero ella irradiaba un calor animal.

De pronto, en un callejón oscuro cerca de una iglesia colonial, ella se detuvo en seco. Me acorraló contra la pared fría y húmeda.

— "Tú crees que me tienes controlada, ¿no?", susurró, pegando su cuerpo de vinilo contra el mío. "Me dejas plantada en mi casa y luego me llamas cuando te da la gana...".

Empezó a besarme con una urgencia que no tenía nada de romántica; era pura hambre. Sus manos, expertas, bajaron por mi espalda y se cerraron con fuerza sobre mis nalgas, pegándome a su pelvis. Podía sentir la dureza y la elasticidad de sus leggings contra mi cuerpo. El juego de poder había cambiado.

El Giro Inesperado

Justo cuando la situación estaba llegando al punto de no retorno, Elena se detuvo. Miró hacia la entrada del callejón y su rostro cambió por completo. Dejó de ser la depredadora y se puso pálida.

— "******... es él", susurró.

Pensé que era el esposo. O quizás el chibolo celoso. Pero de las sombras salió un hombre joven, vestido de civil, pero con un porte inconfundible. Caminaba con una mano en la cintura, cerca de lo que parecía ser una funda de cuero.

— "¿Mamá? ¿Qué carajo haces acá a esta hora?", gritó el tipo.

Era su hijo mayor, el que supuestamente nunca estaba en casa. Y lo peor: llevaba la placa de la Policía Nacional colgando del cuello. Se nos acercó con la mirada llena de furia, ignorándome a mí por un segundo para encarar a Elena, que intentaba cerrarse la casaca de cuero para tapar el encaje guinda.

— "Te dije que el viejo está mal en la cama y tú sales vestida como una... ¡Sube al carro ahora mismo!", ordenó el hijo, con una voz que no admitía réplicas.

Elena me miró por última vez. No había burla, ni deseo, solo una chispa de miedo y una humillación profunda. Se subió al patrullero encubierto sin decir palabra. El hijo se me acercó, me puso una mano en el pecho y me empujó contra la pared.

— "Si te vuelvo a ver cerca de mi vieja, te voy a sembrar tantas cosas que no vas a ver el sol en diez años. Desaparece".

Me quedé solo en el callejón, con el olor de su perfume aún en mi ropa y el sonido del motor alejándose. El "negocio de los marcianos" acababa de volverse un juego demasiado peligroso.
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El silencio de un mes fue absoluto. La amenaza del hijo policía pesaba como plomo, y Wilson se convirtió para mí en una zona prohibida. Sin embargo, Elena no era mujer de rendirse; ella sabía que yo seguía enganchado a su recuerdo de vinilo y encaje.

La Mensajera Extraña

Un martes por la tarde, el timbre de mi casa sonó con insistencia. Al abrir, me encontré con una mujer que parecía un enigma viviente. Tenía un cuerpo de infarto, envuelto en unos jeans tan apretados que hacían honor a la escuela de Elena, con unas curvas que parecían de una veinteañera. Pero al subir la mirada, su rostro contaba otra historia: una piel curtida, ojeras marcadas y una expresión de "matadita" por la vida.

— "Toma, de parte de Elena. Y no preguntes cómo llegué, en Barrios Altos todo se sabe", me dijo con voz ronca, entregándome un papel doblado.

Antes de que pudiera decirle algo, se dio media vuelta. Me quedé mirando cómo se alejaba; su caminar era provocativo, pero cuando intenté lanzarle un piropo para romper el hielo, ni siquiera volteó. "Cosa seria", pensé.

El Retorno de la Vecina

Pasó un mes exacto. La curiosidad me estaba matando hasta que la vecina volvió a aparecer. Esta vez no traía papeles. Vestía un vestido de hilo pegadísimo que transparentaba su ropa interior con cada rayo de sol. Se veía diferente, más animosa, con un brillo de malicia en los ojos.

— "¿Me vas a dejar afuera con este calor o me vas a invitar algo de tomar?", soltó apoyándose en el marco de la puerta.

La hice pasar. Abrí un par de cervezas y nos sentamos en la sala. La tensión era distinta a la de Elena; esta mujer, a quien llamaré "La Flaca", no andaba con rodeos de "señora respetable".

— "Tu amiga la marcianera está en otra, ¿sabes?", me dijo después del primer sorbo, cruzando sus piernas fibrosas. "Se ha vuelto loca con el chibolo ese. El hijo policía anda metido en la comisaría todo el día y el viejo Ricardo ya ni se entera si es de día o de noche".

Confidencias de Pasillo

La Flaca se acercó a mí, el alcohol empezaba a soltarle la lengua y la confianza. Me contó que en la quinta de Barrios Altos las paredes son de quincha y se escucha absolutamente todo.

— "El otro día me invitó a su casa para que la ayudara a picar fruta para sus chupetes, pero llegó el chibolo", narró bajando la voz y acercándose a mi oído. "Me pidió que me quedara en la cocina terminando el trabajo mientras ellos 'conversaban' en el cuarto del fondo. ¡Qué tal conversación, oye!".

La vecina empezó a describir cómo Elena, olvidándose de toda decencia, se entregaba al joven.

— "Se escuchaba el sonido de la piel golpeando, seco, fuerte... y ella, que suele ser tan reservada, gritaba como si la estuvieran matando. Se escuchaba cómo el chibolo le decía de todo, cosas sucias, y ella solo le pedía más. Yo estaba ahí, a metros de distancia, escuchando cómo le daban duro contra la pared de madera que vibraba hasta la cocina. Elena tiene ese fuego que tu no quisiste apagar, y ahora el chibolo se lo está cobrando todo junto".

La Flaca me miró fijamente, humedeciéndose los labios. El relato de lo que hacía Elena con el otro había cargado el aire de una electricidad pesada.

— "Dice Elena que pronto te dirá dónde verse... pero mientras tanto, yo me quedo con el antojo de saber por qué ella te buscaba tanto a ti", dijo ella, deslizando su mano por mi brazo con una intención que ya no dejaba lugar a dudas.



La frustración me carcomía. Esa noche con la vecina terminó en nada; ella se fue dejando el ambiente cargado de relatos ajenos, y yo me quedé con la cabeza dando vueltas. Al día siguiente, la ansiedad pudo más que la prudencia. Marqué el número de Elena, pero no hubo tono, solo esa grabación fría y metálica de la operadora: "El número que usted ha marcado no se encuentra disponible...".

La Persecución

No aguanté más. Tomé un taxi hacia Barrios Altos, decidido a buscar a la vecina para que me diera razones claras. Me bajé un par de cuadras antes para no llamar la atención del hijo policía. Caminaba pegado a las paredes de las casonas viejas cuando, al doblar una esquina cerca de la Av. Abancay, los vi.

Era Elena. No llevaba su carrito de marcianos, sino una cartera pequeña y un vestido de flores sumamente corto que se balanceaba peligrosamente con su caminar. Iba de la mano con el chibolo, un tipo flaco, de pelo corto y mirada altanera. Se reían. Él le dijo algo al oído y ella le propinó un manotazo juguetón en el brazo, soltando esa carcajada que yo tanto conocía.

Me quedé petrificado detrás de un poste de luz. Vi cómo se detenían frente a la fachada de un "telo" de mala muerte, uno de esos hoteles de paso con luces de neón parpadeantes. El chibolo pagó en la ventanilla sin soltarle la cintura, y Elena, con un movimiento de caderas que hizo que el vestido se le subiera hasta casi mostrar el hilo dental, entró con él con una naturalidad que me dolió más que cualquier desplante.

La Sorpresa de la Vecina

Me quedé ahí parado, como un tonto, mirando la puerta por donde habían desaparecido. Sentía una mezcla de rabia y una excitación amarga al imaginar lo que la vecina me había contado la noche anterior. De pronto, sentí un aliento cálido en mi nuca y una mano que se posaba con fuerza en mi hombro.

— "Te dije que la cosa estaba que quemaba, ¿no? Pero parece que te gusta sufrir viendo el menú sin poder comer", susurró una voz ronca.

Me giré sobresaltado. Era la vecina. Estaba apoyada contra la pared, con un cigarrillo en la mano y una mirada de suficiencia. Vestía unos jeans rotos que le quedaban como pintados y una blusa de gasa negra que dejaba ver su sostén de encaje.

— "¿Qué haces acá? Te van a ver y el hijo de Elena te va a meter al calabozo por acosador", me recriminó, pero con una sonrisa burlona.

— "Solo quería hablar con ella...", alcancé a decir.

— "Ella ya no habla, ella ahora solo grita... y ya viste quién la hace gritar", dijo señalando el hotel con la cabeza. "Ese chibolo no tiene miedo, tiene lo que a ti te faltó esa noche en su sala. Pero no pongas esa cara, que la calle está peligrosa y tú te ves muy... necesitado".

Me agarró del brazo con fuerza, clavándome las uñas de forma juguetona pero firme.

— "Ven conmigo. Mi casa está a la vuelta y yo no tengo hijos policías ni maridos durmientes. Si tanto te gusta escuchar historias de la marcianera, yo te puedo contar las mejores... mientras me ayudas a quitarme este estrés, que ver a esos dos entrar ahí también me ha dejado con la boca seca".

Me jaló hacia el callejón contrario, obligándome a quitar la vista del hotel donde Elena ya debía estar perdiendo la ropa. La vecina me miraba con esos ojos de "cara vieja" pero con una malicia que prometía que esa tarde no iba a terminar en simples cuentos.





Llegamos a su casa, un departamento pequeño en el segundo piso de una quinta, donde el olor a encierro se mezclaba con el de un incienso barato. La vecina me hizo señas para que me sentara en un sofá desvencijado y desapareció tras una cortina de cuentas.

— "No te vayas a ir, que ahora traigo la verdadera yapa", gritó desde el fondo.

La Bata y la Revelación

Cuando regresó, el ambiente cambió por completo. Se había quitado el vestido de gasa y ahora solo llevaba una bata de seda sintética color champagne, corta y mal amarrada. Con cada paso que daba, la tela se abría, dejando ver que, efectivamente, no llevaba absolutamente nada debajo. Su cuerpo era una contradicción fascinante: mientras su rostro se veía cansado, su piel era firme y su zona íntima, que se asomaba con descaro, estaba parcialmente depilada, dejando un pequeño rastro de vello que, lejos de apagarme, le daba un aire salvaje y natural que me encendió al instante.

Se sentó frente a mí, abrió una botella de pisco y sirvió dos vasos cortos.

— "Tú crees que Elena es una santa que recién ha despertado, ¿no?", dijo soltando una risita cínica mientras cruzaba las piernas, dejando que la bata revelara todo su muslo. "Esa marcianera tiene años en esto. Antes del chibolo hubo un cobrador de cúter, y antes un técnico de Wilson... Ella sabe que su marido ya es un mueble más, y usa sus marcianos para atraer a los que tienen hambre. A ti te vio especial, pero como te pusiste difícil, buscó carne fresca".

El Baile y la Seducción

Se puso de pie y empezó a moverse al ritmo de una salsa radiofónica que llegaba de la calle. Me bailaba cerca, rozando la seda de su bata contra mis rodillas, moviendo sus caderas de forma hipnótica.

— "Yo no quiero caer, de verdad... he venido por ella", le dije, aunque mi voz me traicionaba.

— "¿Por ella? Mira lo que te pierdes por seguir pensando en esa", respondió ella, acercando su cuerpo al mío hasta que pude sentir el calor que emanaba de su vientre. "Quieres pruebas, ¿no? Quieres saber que ahora mismo ella se está olvidando de tu nombre".

El Audio del Desengaño

Sacó su celular. Llamó a Elena por WhatsApp frente a mí. El teléfono timbraba y timbraba, pero nadie contestaba. Luego le envió un mensaje de audio: "Oye, loca, ¿dónde estás? Te estoy esperando para lo del negocio".

Pasaron cinco minutos de silencio tenso donde la vecina aprovechó para acariciar mi nuca con sus uñas largas. De pronto, el celular vibró. Un archivo de audio de 30 segundos.

— "Escucha bien, papito. Esto es lo que tanto extrañas", dijo ella dándole al play.

Al principio solo se escuchaba un ruido sordo, como de un celular vibrando sobre una mesa de madera. Luego, el sonido inconfundible de unos resortes viejos chillando con una violencia rítmica. Y entonces surgió la voz de Elena, pero no era la voz dulce con la que vendía marcianos. Era un grito gutural, de puro placer, seguido del jadeo pesado de un hombre joven que le decía: "¿Así querías, tía? ¿Así?". Elena solo respondía con gemidos desesperados, pidiéndole que no parara, con una entrega que me hizo sentir un vacío en el estómago.

La vecina apagó el audio y me miró a los ojos, con su bata abierta de par en par, mostrándome su cuerpo real, maduro y dispuesto.

— "Ya lo oíste. Ella está ocupada... muy ocupada. En cambio, yo, estoy aquí, solita y con ganas de que alguien me quite esta envidia que me ha dado de solo escucharla. ¿Vas a seguir perdiendo el tiempo o vas a dejar que esta vecina te enseñe lo que es bueno?".
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El audio de Elena aún resonaba en las paredes de la habitación cuando la vecina, con un gesto decidido, tiró el celular sobre el sofá. El contraste entre la traición sonora de la marcianera y la presencia carnal de esta mujer frente a mí rompió mi última resistencia.

El Preludio

Me puse de pie y la tomé por la cintura. La seda de su bata se sentía fría, pero su piel debajo estaba hirviendo. Empezamos con un beso hambriento, cargado de la rabia que me había provocado el audio. Ella me rodeó el cuello con sus brazos, y pude sentir la aspereza de sus manos, manos de mujer que trabaja, pero que saben exactamente dónde presionar.

— "Eso... olvídate de la otra", susurró entre besos, mientras sus dientes mordisqueaban mi labio inferior.

Fuimos retrocediendo hasta su cama, una tarima alta que crujía con cada movimiento. La recosté con lentitud y, con un movimiento suave, desaté el nudo de su bata. Al abrirse por completo, su cuerpo quedó expuesto bajo la luz mortecina: sus pechos maduros, la línea de su vientre y ese rastro de vello que la hacía ver tan real, tan terrenal.

El Juego de la Humedad

Al principio, como ella misma admitió, los nervios y el alcohol la tenían algo "seca". Empecé a recorrer su cuerpo con la boca, bajando desde su cuello hasta el centro de su feminidad. Ella arqueaba la espalda, soltando suspiros profundos. Usé mis dedos y mi lengua con una paciencia casi quirúrgica, decidido a que se olvidara de cualquier otra cosa que no fuera mi contacto.

— "Papi, me vas a volver loca... nadie me lo hace con tanta calma", gemía ella, mientras sentía cómo, poco a poco, su cuerpo empezaba a reaccionar, humedeciéndose bajo mi estímulo hasta que el sonido de la fricción se volvió rítmico y líquido.

Poses y Provocación

Cuando sentí que estaba lista, la puse en una pose que nunca había intentado: la hice apoyarse sobre sus hombros, elevando sus caderas con un par de almohadas, dejando sus piernas abiertas de par en par hacia el techo. Era una vista impresionante; su cuerpo maduro se entregaba por completo.

Antes de entrar, ella me agarró de la nuca y me acercó a su rostro. Sus ojos estaban inyectados en deseo.

— "¿Sabes cuántos me miran en la quinta cuando paso con mis jeans apretados?", me dijo con una voz sucia, cargada de una picardía que superaba a la de Elena. "Los maridos de mis amigas me siguen con la mirada, el carnicero me regala carne con tal de verme el escote... todos me desean, todos quieren probar a la 'matadita', pero yo hoy solo quiero que me rompas tú".

La Penetración

Entré en ella con un movimiento firme. El ajuste fue perfecto, una sensación de calor envolvente que nos hizo soltar un gruñido al unísono. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, tirando de mí para que no quedara ni un milímetro de espacio.

— "¡Eso! Así... dale como el chibolo le da a tu amiga", soltó sin anestesia, usando el morbo para encendernos más. "Tómame a mí mientras piensas en ella, que yo me encargo de que no quieras volver a Wilson nunca más".

Cambiamos de ritmo. La puse de espaldas, apoyada en sus manos y rodillas, en una pose que resaltaba la firmeza de sus glúteos. Al verla así, con su melena revuelta y su piel brillando por el sudor, la imagen de la marcianera se fue borrando. La vecina hablaba sin parar, frases cortas y crudas, contándome cómo se imaginaba este momento cada vez que me veía pasar por su calle.

El acto se volvió una danza de sudor y sonidos húmedos. Cada embestida era una respuesta al audio que habíamos escuchado. Ella se giraba para mirarme, con los ojos entrecerrados, disfrutando de ser la dueña de mi atención.

— "Dime que soy mejor que ella... dime que mi culooooooooo te gusta más que sus marcianos", me pedía, mientras sus uñas se clavaban en mis muslos.

En ese momento, en esa habitación de Barrios Altos, el mundo exterior desapareció. No había hijos policías, ni esposos durmientes, ni chibolos aprovechados. Solo estábamos nosotros dos, quemando los restos de una obsesión en el fuego de un encuentro que prometía repetirse.





El sueño profundo me venció tras el agotamiento, pero la vigilia en Barrios Altos es traicionera. A través de la delgada pared de quincha y la cortina de la habitación, una voz familiar me sacó de la inconsciencia como un balde de agua fría. Era Elena.

Me quedé petrificado bajo las sábanas, sintiendo el cuerpo de la vecina aún tibio a mi lado. Ella también estaba despierta, con los ojos muy abiertos, poniéndome un dedo en los labios para que no hiciera ni un ruido. Afuera, en la pequeña salita, Elena hablaba con una excitación que nunca le había escuchado en Wilson.

El Relato de la Marcianera

— "¡Ay, flaca, no sabes lo que ha sido!", decía Elena, y se escuchaba el sonido de una silla arrastrarse. "Ese chibolo me ha dejado sin piernas. Me llevó a ese telo de Abancay, el que tiene los espejos en el techo, y apenas cerró la puerta me quitó el vestido de un solo tirón".

Se escuchó el sonido de un encendedor. Elena estaba fumando, su voz sonaba relajada, satisfecha, casi triunfal.

— "Me puso contra el espejo, flaca... quería que me viera mientras me daba. Me decía: 'Mira cómo te pones, tía, mira cómo tiemblas'. Y yo me veía ahí, con mis leggings por los tobillos y él agarrándome del pelo... ¡Uf! Me ha dado por todos lados. Me hacía poner de rodillas en la alfombra y me decía que me portaba como una chiquilla, no como la señora que vende marcianos".

Detalles Crudos

La vecina me miró en la oscuridad de la cama con una sonrisa de suficiencia, disfrutando de mi humillación silenciosa mientras Elena seguía descargando sus confidencias.

— "Lo mejor fue cuando me sentó en el lavatorio del baño", continuaba Elena, soltando una risotada. "Hacía un frío... pero con lo que él me estaba haciendo, yo sentía que me incendiaba. Me decía cosas que ni mi marido en treinta años me dijo. Me decía que mis marcianos eran dulces, pero que yo era pura miel abajo... Me ha dejado marcas en los muslos, mañana no sé cómo voy a salir a vender con este calor sin que se me note lo pecadora que he sido".

La Tensión Final

— "¿Y el otro? ¿El que te buscaba en Wilson?", preguntó la vecina con una malicia que me hizo sudar frío.

— "¿Ese? Ese es un caballero, pues", respondió Elena con un tono de desprecio que me dolió en el orgullo. "Mucha vuelta le daba al asunto. El chibolo no pregunta, el chibolo va de frente a la fruta. A ese joven le faltó mano... o quizás le faltó ver lo que tú y yo sabemos: que a las señoras como nosotras nos gusta que nos traten con fuerza, no con cariñitos".

Se escuchó el roce de ropa. Elena se estaba acomodando.

— "Bueno, ya me voy, que Ricardo se despierta por su medicina y mi hijo el policía llega de la guardia. Mañana te cuento el resto, que todavía me duele todo de tanto que me ha dado".

Escuché la puerta de la calle cerrarse. El silencio que quedó en la habitación de la vecina era sepulcral, solo roto por mi respiración agitada. La vecina se giró hacia mí, apoyando su barbilla en su mano, mirándome con burla.

— "¿Escuchaste, ¿no? La 'merca' ya fue probada y aprobada por otro", me susurró al oído. "Ahora... ¿vas a quedarte llorando por ella o vas a demostrarme a mí que Elena se equivocó y que tú también sabes ser un animal cuando quieres?".





La vecina, tras despedir a Elena, regresó a la cama con una mirada cargada de un morbo eléctrico. Se subió sobre mí, su bata abierta revelando su cuerpo maduro, y comenzó a besarme con una agresividad renovada por el relato de su amiga.

— "Ahora me toca a mí borrarte esos gemidos de la cabeza", susurró, bajando sus manos hacia mi pelvis.

Estaba empezando a llevarme al clímax, moviéndose con una cadencia experta que me hacía olvidar el mundo, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose de golpe nos congeló. No fue un forcejeo; alguien tenía la llave.

El Intruso en la Sala

— "¡Negra! Ya llegué por lo mío, sé que estás despierta", gritó una voz de hombre, gruesa y autoritaria.

La vecina se puso pálida, pero no de miedo, sino de una excitación que la hizo temblar. Se puso la bata a medias y me susurró: "Ni se te ocurra salir de aquí... es el 'Gordo' Lucho, el proveedor de hielo de Elena".

Me quedé en la penumbra del cuarto, con la cortina apenas entreabierta. Vi entrar a un hombre macizo, con el torso sudado y una cadena de oro que brillaba bajo la luz de la sala. No hubo saludos románticos. Él la agarró del cabello nada más verla y la jaló hacia el centro de la habitación.

El Encuentro en la Sala

— "Me han dicho que Elena anda con un chibolo... pero yo sé que tú estás más necesitada que ella", dijo el hombre con una crudeza que me dejó mudo.

La tiró sobre la mesa de madera donde antes habíamos estado tomando. Ella no se resistió; al contrario, soltó un gemido de anticipación mientras se aferraba a los bordes de la mesa. El tipo se bajó el pantalón sin ceremonias.

— "¡Dale, Lucho! Que para eso te pago el hielo puntual", gritó la vecina con una voz que no le conocía, una voz sucia y desesperada.

Paso a Paso en la Penumbra

Desde mi escondite, fui testigo de una escena animal. El hombre la penetró con una fuerza bruta, haciendo que la mesa de madera golpeara rítmicamente contra la pared. El sonido era seco, carnal, mezclado con el jadeo pesado del tipo.

— "¡Mira cómo te gusta, vieja bandida!", decía él mientras le daba nalgadas que resonaban en todo el departamento. "¿Elena sabe que su proveedor de confianza te da así de duro? ¿Sabe que mientras ella está con su chibolo, tú te estás comiendo esto?".

— "¡A ella no le digas nada, infeliz! ¡Sigue, sigue, que me estás partiendo!", respondía la vecina, con la cabeza echada hacia atrás, viendo hacia mi dirección con los ojos en blanco, disfrutando de que yo, el "caballero" de Wilson, estuviera viendo cómo un hombre de verdad la dominaba.

Diálogos Sucios y Revelaciones

El "Gordo" Lucho no se callaba nada. Entre embestida y embestida, soltaba detalles que me revolvían el estómago: — "Elena me pidió que le guardara unos marcianos 'especiales' para el chibolo, pero yo sé que a ella le gusta que le den como te estoy dando a ti... la otra noche en el depósito la dejé temblando, ¡temblando!".

La vecina, en lugar de molestarse, se excitaba más con la idea de compartir al hombre con su amiga. — "¡Entonces llévame al cielo como la llevaste a ella! ¡Hazme sentir que valgo más que sus marcianos de m...!", gritaba, mientras el hombre aumentaba la velocidad, sudando sobre su espalda, en una danza de carne madura y deseo prohibido.

Finalmente, con un gruñido gutural que hizo vibrar el piso, el hombre se desplomó sobre ella, terminando la faena con una violencia que me hizo entender por qué Elena me consideraba poca cosa. Él se acomodó la ropa, le dio una palmada final en el trasero y salió de la casa sin mirar atrás, dejándola a ella jadeando, desparramada sobre la mesa, en un charco de sudor y satisfacción.

La vecina, tras unos minutos, se levantó con dificultad, se acomodó la bata y caminó hacia el cuarto. Se apoyó en el marco de la puerta, mirándome con una sonrisa de victoria amarga.

— "¿Viste, papito? Eso es lo que pasa en Barrios Altos cuando se apagan las luces. ¿Todavía quieres jugar a los novios o ya te diste cuenta de que aquí todos nos comemos entre todos?".
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El ambiente en Wilson parecía haber recuperado su brillo. Después de esa noche traumática en Barrios Altos, Elena apareció en mi puerta con los ojos llorosos y un paquete de marcianos de coco, mis favoritos. Me pidió perdón, juró que el chibolo fue solo un desliz por sentirse "vieja y olvidada" y que la vecina era una envidiosa que solo quería vernos separados. Esa tarde, en mi propia cama, nos entregamos con una furia acumulada que hizo que la espera valiera la pena. Durante tres semanas, el idilio fue perfecto: ella me visitaba después de su ruta, sudada, radiante, y me hacía sentir el hombre más afortunado de Lima.

Pero la paz en el Cercado dura poco.

El Veneno de la Vecina

Una tarde, mientras esperaba a Elena, mi celular vibró con una ráfaga de notificaciones. Era la vecina. No hubo saludos, solo una frase cargada de ironía que me heló la sangre:

Vecina: "Pobrecito... el 'caballero' cree que ya domó a la yegua. ¿De verdad le creíste el cuento de las lágrimas? Papi, Elena no vende marcianos, vende ilusiones, y tú eres su cliente favorito."

Los Pantallazos de la Traición

Antes de que pudiera bloquearla, empezaron a caer las pruebas. Pantallazos originales, con la foto de perfil de Elena y su número. Las fechas eran de hace apenas dos días:

  • Chat con el Chibolo: "Ya se fue el 'sanito', amor. Ven al depósito antes de que mi hijo empiece su ronda. Te extraño, el otro no tiene ni la mitad de tu fuerza..."
  • Chat con un nuevo contacto ("Sr. Méndez - Logística"): "Don Méndez, el jueves el viejo se va a provincia. Tráigame esa botella de vino que prometió y quédese a dormir, que la cama está fría."
El Audio de la Realidad

Lo que me terminó de destruir fue un audio que la vecina me envió, grabado seguramente mientras ella y Elena tomaban juntas en la quinta, riéndose de mí.

Voz de Elena (entre risas y el sonido de vasos brindando): "Ay, flaca, si supieras... el chico es un amor, me cuida, me cree todo. Me da una pena cuando me mira con esos ojos de perro fiel. Pero tú sabes, pues... el chibolo me da la adrenalina y el Sr. Méndez me pone la plata para la mercadería. Al 'caballero' lo tengo para los días tranquilos, para que me endulce el oído mientras yo le endulzo otra cosa. ¡Salud por los que creen en el amor de una marcianera!"

El Giro Final

La vecina remató con un último mensaje de texto:

Vecina: "Ella está contigo ahorita, ¿no? Fíjate en su cuello, debajo del cabello. Ese 'chupetón' no es de un marciano de fresa, se lo hizo el chibolo hoy a mediodía en el callejón de Quilca. No me des las gracias, solo me gusta que las cosas estén claras... por si te aburres y quieres volver con alguien que, al menos, te dice las verdades en la cara."

Justo en ese momento, escuché la llave en la cerradura. Era Elena, llegando con su sonrisa de siempre, su blusa ligera y ese aroma a fruta fresca que ahora me resultaba nauseabundo.





La pelea fue estrepitosa. No hubo espacio para sus lágrimas de cocodrilo ni para sus excusas sobre "la envidia de la gente". Le mostré los audios, le recriminé el engaño y la eché de mi vida. Bloqueé su número, evité la Avenida Wilson y traté de borrar el sabor de su "fruta natural" de mi memoria.

Pero en Barrios Altos, el morbo es un círculo vicioso del que no se escapa fácilmente.

El Video de la Perdición

Dos semanas después, cuando ya creía haber recuperado la calma, un número desconocido me envió un video por Telegram. Al abrirlo, el corazón me dio un vuelco. No era un audio ni un pantallazo; era una grabación nítida, hecha desde un ángulo alto en la sala de la vecina, probablemente escondida en algún estante.

En el video aparecía Elena, la "marcianera", vistiendo un enterizo de lycra roja que le marcaba cada curva. A su lado estaba la vecina, con un negligé negro que dejaba poco a la imaginación. Pero lo que me dejó mudo fue el hombre: un sujeto maduro, de unos 50 años, con aspecto de tener dinero y poder, sentado en el centro del sofá como un rey en su trono.

El Festín de los Tres

El video no tenía cortes. El hombre agarraba a Elena por la nuca mientras la vecina le desabrochaba la camisa. Los diálogos eran de una suciedad técnica, de gente que ya ha hecho esto muchas veces.

— "A ver, Elena... demuéstrame que eres mejor que tu vecina", decía el hombre con una voz profunda.

En el video se veía cómo Elena, con esa maestría que yo creía exclusiva para mí, se entregaba a él con una devoción absoluta. Lo más fuerte fue cuando el hombre las puso a las dos juntas. La vecina y Elena, que se decían amigas y luego se traicionaban, ahora se besaban y se acariciaban bajo la mirada del señor, compitiendo por su atención.

Detalles Crudos

El video mostraba paso a paso cómo el hombre las dominaba a ambas. Primero a Elena, contra la mesa de madera donde tantas veces ella me había jurado amor eterno. Se escuchaban los mismos gemidos que yo había oído en los audios, pero ahora con imagen: el enterizo rojo bajado hasta las rodillas, el contraste de la piel canela de Elena con las manos del extraño.

Luego, sin descanso, el tipo jalaba a la vecina y repetía la faena mientras Elena miraba jadeando, ayudando incluso al hombre a mantener a su amiga en posición. Era una coreografía de deseo y depravación donde no había rastro de la "señora de su casa" que vendía marcianos en Wilson.

— "¡Así nos gusta, jefe!", gritaba la vecina en el video. "¡Dales a las dos, que para eso somos las mejores de la quinta!".

El Mensaje Final

El video terminaba con las dos mujeres agotadas, riendo y tomando cerveza con el hombre. Unos segundos después, entró un mensaje de texto de la vecina:

"Ya lo viste con tus propios ojos, 'caballero'. Elena no es de nadie, y yo tampoco. Ese es el Sr. Méndez, el que pone la plata para los insumos... y para nuestros caprichos. ¿Todavía te duele el corazón o ya se te antojó un marciano doble? Si quieres, mañana te esperamos los tres... Méndez dice que le caería bien un 'chibolo' que mire mientras él termina con nosotras."

Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad de mi cuarto. La imagen de Elena en ese enterizo rojo, entregada a otro junto a su vecina, era el punto final a mi ingenuidad.
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