El audio de Elena aún resonaba en las paredes de la habitación cuando la vecina, con un gesto decidido, tiró el celular sobre el sofá. El contraste entre la traición sonora de la marcianera y la presencia carnal de esta mujer frente a mí rompió mi última resistencia.
El Preludio
Me puse de pie y la tomé por la cintura. La seda de su bata se sentía fría, pero su piel debajo estaba hirviendo. Empezamos con un beso hambriento, cargado de la rabia que me había provocado el audio. Ella me rodeó el cuello con sus brazos, y pude sentir la aspereza de sus manos, manos de mujer que trabaja, pero que saben exactamente dónde presionar.
— "Eso... olvídate de la otra", susurró entre besos, mientras sus dientes mordisqueaban mi labio inferior.
Fuimos retrocediendo hasta su cama, una tarima alta que crujía con cada movimiento. La recosté con lentitud y, con un movimiento suave, desaté el nudo de su bata. Al abrirse por completo, su cuerpo quedó expuesto bajo la luz mortecina: sus pechos maduros, la línea de su vientre y ese rastro de vello que la hacía ver tan real, tan terrenal.
El Juego de la Humedad
Al principio, como ella misma admitió, los nervios y el alcohol la tenían algo "seca". Empecé a recorrer su cuerpo con la boca, bajando desde su cuello hasta el centro de su feminidad. Ella arqueaba la espalda, soltando suspiros profundos. Usé mis dedos y mi lengua con una paciencia casi quirúrgica, decidido a que se olvidara de cualquier otra cosa que no fuera mi contacto.
— "Papi, me vas a volver loca... nadie me lo hace con tanta calma", gemía ella, mientras sentía cómo, poco a poco, su cuerpo empezaba a reaccionar, humedeciéndose bajo mi estímulo hasta que el sonido de la fricción se volvió rítmico y líquido.
Poses y Provocación
Cuando sentí que estaba lista, la puse en una pose que nunca había intentado: la hice apoyarse sobre sus hombros, elevando sus caderas con un par de almohadas, dejando sus piernas abiertas de par en par hacia el techo. Era una vista impresionante; su cuerpo maduro se entregaba por completo.
Antes de entrar, ella me agarró de la nuca y me acercó a su rostro. Sus ojos estaban inyectados en deseo.
— "¿Sabes cuántos me miran en la quinta cuando paso con mis jeans apretados?", me dijo con una voz sucia, cargada de una picardía que superaba a la de Elena. "Los maridos de mis amigas me siguen con la mirada, el carnicero me regala carne con tal de verme el escote... todos me desean, todos quieren probar a la 'matadita', pero yo hoy solo quiero que me rompas tú".
La Penetración
Entré en ella con un movimiento firme. El ajuste fue perfecto, una sensación de calor envolvente que nos hizo soltar un gruñido al unísono. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, tirando de mí para que no quedara ni un milímetro de espacio.
— "¡Eso! Así... dale como el chibolo le da a tu amiga", soltó sin anestesia, usando el morbo para encendernos más. "Tómame a mí mientras piensas en ella, que yo me encargo de que no quieras volver a Wilson nunca más".
Cambiamos de ritmo. La puse de espaldas, apoyada en sus manos y rodillas, en una pose que resaltaba la firmeza de sus glúteos. Al verla así, con su melena revuelta y su piel brillando por el sudor, la imagen de la marcianera se fue borrando. La vecina hablaba sin parar, frases cortas y crudas, contándome cómo se imaginaba este momento cada vez que me veía pasar por su calle.
El acto se volvió una danza de sudor y sonidos húmedos. Cada embestida era una respuesta al audio que habíamos escuchado. Ella se giraba para mirarme, con los ojos entrecerrados, disfrutando de ser la dueña de mi atención.
— "Dime que soy mejor que ella... dime que mi culooooooooo te gusta más que sus marcianos", me pedía, mientras sus uñas se clavaban en mis muslos.
En ese momento, en esa habitación de Barrios Altos, el mundo exterior desapareció. No había hijos policías, ni esposos durmientes, ni chibolos aprovechados. Solo estábamos nosotros dos, quemando los restos de una obsesión en el fuego de un encuentro que prometía repetirse.
El sueño profundo me venció tras el agotamiento, pero la vigilia en Barrios Altos es traicionera. A través de la delgada pared de quincha y la cortina de la habitación, una voz familiar me sacó de la inconsciencia como un balde de agua fría. Era Elena.
Me quedé petrificado bajo las sábanas, sintiendo el cuerpo de la vecina aún tibio a mi lado. Ella también estaba despierta, con los ojos muy abiertos, poniéndome un dedo en los labios para que no hiciera ni un ruido. Afuera, en la pequeña salita, Elena hablaba con una excitación que nunca le había escuchado en Wilson.
El Relato de la Marcianera
— "¡Ay, flaca, no sabes lo que ha sido!", decía Elena, y se escuchaba el sonido de una silla arrastrarse. "Ese chibolo me ha dejado sin piernas. Me llevó a ese telo de Abancay, el que tiene los espejos en el techo, y apenas cerró la puerta me quitó el vestido de un solo tirón".
Se escuchó el sonido de un encendedor. Elena estaba fumando, su voz sonaba relajada, satisfecha, casi triunfal.
— "Me puso contra el espejo, flaca... quería que me viera mientras me daba. Me decía: 'Mira cómo te pones, tía, mira cómo tiemblas'. Y yo me veía ahí, con mis leggings por los tobillos y él agarrándome del pelo... ¡Uf! Me ha dado por todos lados. Me hacía poner de rodillas en la alfombra y me decía que me portaba como una chiquilla, no como la señora que vende marcianos".
Detalles Crudos
La vecina me miró en la oscuridad de la cama con una sonrisa de suficiencia, disfrutando de mi humillación silenciosa mientras Elena seguía descargando sus confidencias.
— "Lo mejor fue cuando me sentó en el lavatorio del baño", continuaba Elena, soltando una risotada. "Hacía un frío... pero con lo que él me estaba haciendo, yo sentía que me incendiaba. Me decía cosas que ni mi marido en treinta años me dijo. Me decía que mis marcianos eran dulces, pero que yo era pura miel abajo... Me ha dejado marcas en los muslos, mañana no sé cómo voy a salir a vender con este calor sin que se me note lo pecadora que he sido".
La Tensión Final
— "¿Y el otro? ¿El que te buscaba en Wilson?", preguntó la vecina con una malicia que me hizo sudar frío.
— "¿Ese? Ese es un caballero, pues", respondió Elena con un tono de desprecio que me dolió en el orgullo. "Mucha vuelta le daba al asunto. El chibolo no pregunta, el chibolo va de frente a la fruta. A ese joven le faltó mano... o quizás le faltó ver lo que tú y yo sabemos: que a las señoras como nosotras nos gusta que nos traten con fuerza, no con cariñitos".
Se escuchó el roce de ropa. Elena se estaba acomodando.
— "Bueno, ya me voy, que Ricardo se despierta por su medicina y mi hijo el policía llega de la guardia. Mañana te cuento el resto, que todavía me duele todo de tanto que me ha dado".
Escuché la puerta de la calle cerrarse. El silencio que quedó en la habitación de la vecina era sepulcral, solo roto por mi respiración agitada. La vecina se giró hacia mí, apoyando su barbilla en su mano, mirándome con burla.
— "¿Escuchaste, ¿no? La 'merca' ya fue probada y aprobada por otro", me susurró al oído. "Ahora... ¿vas a quedarte llorando por ella o vas a demostrarme a mí que Elena se equivocó y que tú también sabes ser un animal cuando quieres?".
La vecina, tras despedir a Elena, regresó a la cama con una mirada cargada de un morbo eléctrico. Se subió sobre mí, su bata abierta revelando su cuerpo maduro, y comenzó a besarme con una agresividad renovada por el relato de su amiga.
— "Ahora me toca a mí borrarte esos gemidos de la cabeza", susurró, bajando sus manos hacia mi pelvis.
Estaba empezando a llevarme al clímax, moviéndose con una cadencia experta que me hacía olvidar el mundo, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose de golpe nos congeló. No fue un forcejeo; alguien tenía la llave.
El Intruso en la Sala
— "¡Negra! Ya llegué por lo mío, sé que estás despierta", gritó una voz de hombre, gruesa y autoritaria.
La vecina se puso pálida, pero no de miedo, sino de una excitación que la hizo temblar. Se puso la bata a medias y me susurró: "Ni se te ocurra salir de aquí... es el 'Gordo' Lucho, el proveedor de hielo de Elena".
Me quedé en la penumbra del cuarto, con la cortina apenas entreabierta. Vi entrar a un hombre macizo, con el torso sudado y una cadena de oro que brillaba bajo la luz de la sala. No hubo saludos románticos. Él la agarró del cabello nada más verla y la jaló hacia el centro de la habitación.
El Encuentro en la Sala
— "Me han dicho que Elena anda con un chibolo... pero yo sé que tú estás más necesitada que ella", dijo el hombre con una crudeza que me dejó mudo.
La tiró sobre la mesa de madera donde antes habíamos estado tomando. Ella no se resistió; al contrario, soltó un gemido de anticipación mientras se aferraba a los bordes de la mesa. El tipo se bajó el pantalón sin ceremonias.
— "¡Dale, Lucho! Que para eso te pago el hielo puntual", gritó la vecina con una voz que no le conocía, una voz sucia y desesperada.
Paso a Paso en la Penumbra
Desde mi escondite, fui testigo de una escena animal. El hombre la penetró con una fuerza bruta, haciendo que la mesa de madera golpeara rítmicamente contra la pared. El sonido era seco, carnal, mezclado con el jadeo pesado del tipo.
— "¡Mira cómo te gusta, vieja bandida!", decía él mientras le daba nalgadas que resonaban en todo el departamento. "¿Elena sabe que su proveedor de confianza te da así de duro? ¿Sabe que mientras ella está con su chibolo, tú te estás comiendo esto?".
— "¡A ella no le digas nada, infeliz! ¡Sigue, sigue, que me estás partiendo!", respondía la vecina, con la cabeza echada hacia atrás, viendo hacia mi dirección con los ojos en blanco, disfrutando de que yo, el "caballero" de Wilson, estuviera viendo cómo un hombre de verdad la dominaba.
Diálogos Sucios y Revelaciones
El "Gordo" Lucho no se callaba nada. Entre embestida y embestida, soltaba detalles que me revolvían el estómago: — "Elena me pidió que le guardara unos marcianos 'especiales' para el chibolo, pero yo sé que a ella le gusta que le den como te estoy dando a ti... la otra noche en el depósito la dejé temblando, ¡temblando!".
La vecina, en lugar de molestarse, se excitaba más con la idea de compartir al hombre con su amiga. — "¡Entonces llévame al cielo como la llevaste a ella! ¡Hazme sentir que valgo más que sus marcianos de m...!", gritaba, mientras el hombre aumentaba la velocidad, sudando sobre su espalda, en una danza de carne madura y deseo prohibido.
Finalmente, con un gruñido gutural que hizo vibrar el piso, el hombre se desplomó sobre ella, terminando la faena con una violencia que me hizo entender por qué Elena me consideraba poca cosa. Él se acomodó la ropa, le dio una palmada final en el trasero y salió de la casa sin mirar atrás, dejándola a ella jadeando, desparramada sobre la mesa, en un charco de sudor y satisfacción.
La vecina, tras unos minutos, se levantó con dificultad, se acomodó la bata y caminó hacia el cuarto. Se apoyó en el marco de la puerta, mirándome con una sonrisa de victoria amarga.
— "¿Viste, papito? Eso es lo que pasa en Barrios Altos cuando se apagan las luces. ¿Todavía quieres jugar a los novios o ya te diste cuenta de que aquí todos nos comemos entre todos?".