- 11.027
- 8.227
- 159
- Registrado
- 3 Oct 2009
Máximo Nivel
- Registrado
- 3 Oct 2009
- Mensajes
- 11.027
- Puntos de reacción
- 8.227
- Puntos
- 159
16 Years of Service
Todo lo que empieza termina y, al igual que hace veinte siglos todos los caminos que se preciasen conducían a Roma, todas las tramas de esta primera temporada tenían que desembocar en el asesinato de Cayo Julio César, que marca el fin de una era, el inicio de otra guerra civil en la sangrienta historia de la metrópoli, la caída de la República de Roma y, claro, la segunda temporada de la serie, donde trataremos con detalle sus consecuencias.
Antes que nada, Julio César murió en los idus de marzo, es decir, en unos días de buenos augurios que tenían lugar a mediados del tercer mes. Si este último capítulo de la temporada se llama «las calendas de febrero» es porque va a reservarse para el final los acontecimientos más importantes que no se reducen solo al asesinato del dictador y nos va a relatar con detalle la forma en que llegamos a ellos. Decíamos en la entrada anterior que estos últimos dos episodios de Rome podían considerarse como una entidad única. Si Los despojos suponía el planteamiento del relato y nos dejaba con un nudo en la garganta (tras el combate de Pullo y Voreno en la arena, la traición definitiva de Bruto), ahora Bruno Heller puede permitirse dedicar el principio del capítulo a explorar las consecuencias de lo sucedido, dejar que el guiso coja algo de sabor removiendo la marmita con presagios, sazonarlo con cucharadas del Pullo más auténtico y dejar los ingredientes bien situados para que la ebullición final, el desenlace de la temporada entera, resulte más explosivo.
Habíamos dejado a nuestros legionarios victoriosos en la arena, después de que Lucio Voreno interviniera en favor del condenado Tito Pullo, desobedeciendo órdenes directas de César. Su acción los ha convertido a los dos en héroes y ha puesto a la plebe de su parte, como evidencian el teatro y las pintadas callejeras. Pullo está malherido en una casa de curación de Avernum, pero comprende al instante que su fama no durará más que unos días y, por supuesto, no duda en regresar a Roma para cobrarse su diezmo de celebridad, alcohol y mujeres. Por su parte Voreno, después de bendecir sus nuevos terrenos comiéndole la boca en público a su esposa (y provocando la envidia de los presentes y buena parte de los espectadores), está muy preocupado por lo que César les hará: no en vano su intervención ha puesto de manifiesto ante el público que el dictador respalda los asesinatos cometidos por Tito Pullo.
Sin embargo, ninguno de los dos debería preocuparse en exceso por ello. El decidido apoyo popular de que gozan significa que César no puede actuar directamente contra ellos. Más bien al contrario: decide nombrar senador a Voreno. Con ello y con los cien nuevos senadores recién instituidos no esclavos ni libertos, pero sí galos y celtas la serie ilustra el descontento que César está sembrando entre la clase política romana. Históricamente, por aquel entonces el senado no era ya más que una cámara de legitimación para las decisiones que tomaba unilateralmente el dictador: medidas populistas, construcción de fastuosos edificios públicos (por eso últimamente parece que Roma esté siempre en obras), juegos y desfiles en los que insinúa sin arrogársela una condición regia.
Como de costumbre, Rome se toma licencias históricas, aunque las elige siempre con tino para favorecer la narración. Sin ir más lejos, la conspiración que terminó con la vida de Julio César estaba orquestada por más de cincuenta senadores y no por el grupete de cinco que nos muestra la serie. Pero sí se centra en los más importantes: Bruto, por supuesto, y también Casio (quien lo orquestó todo, incluida la participación de Bruto) y Servilio Casca (quien asestó la primera puñalada). En lo que la serie sí se ciñe a la historia es precisamente en lo que no es historia, es decir, en los huecos que deja toda narración de unos hechos. Cierto es que Rome reclama para sus personajes ficticios Pullo y Voreno algunas suposiciones o detalles poco claros; en este mismo capítulo, la trama familiar de Voreno es responsable directa de la muerte del dictador. Pero otras muchas ambigüedades históricas se quedan como ambigüedades, lo cual es muy de agradecer. Por ejemplo, las intenciones últimas de Cayo Julio César: ¿pretendía volver a ser un rey como los de antaño? Sabemos que, en la práctica, ejercía casi como tal, pero rechazó la corona en varias ocasiones. ¿Lo hizo de cara a la galería o de verdad veía su dictadura como una especie de estado de excepción, tras el cual devolvería todo el poder al Senado? Nunca lo sabremos, y la excelente actuación de Ciarán Hinds se encarga de que, a mí al menos, me encante que así sea.
Sobre la conspiración de senadores y el asesinato del dictador poco hay que decir que no se haya discutido ya hasta aburrir, de modo que me contentaré con resaltar la forma en que Bruno Heller entrelaza esta trama con las de sus legionarios semificticios. Ya desde el segundo capítulo sabíamos que Niobe, esposa de Lucio Voreno, había tenido un hijo con su amante y cuñado mientras Voreno capitaneaba soldados en la Galia. Aunque Voreno creía que el niño era su propio nieto, hijo de su hija, los espectadores no éramos los únicos que sabíamos la verdad: Tito Pullo y Octavio están en el ajo desde que torturaron y mataron a Evander en el quinto episodio. Octavio se lo cuenta a su hermana para evitar hablarle de la enfermedad de César, y esta se lo relata a Servilia en el noveno. Lo que parecía un cotilleo sin importancia cobra ahora un peso increíble, ya que César no va a ninguna parte sin su flamante nuevo senador y guardaespaldas. Si hay que matar al cónsul, antes habrá que alejar de él a Lucio Voreno y Servilia sabe cómo hacerlo.
Y es de ese modo como llegamos a las dos grandes tragedias que marcan el final de la primera temporada. Lucio Voreno abandona a César a su suerte, corriendo hacia casa para pedir explicaciones a su esposa después de enterarse de que tiene unos cuernos bastante considerables. Marco Antonio, que históricamente corrió hacia el senado para evitar que César cruzara su umbral, en la serie se ve retenido a sus mismas puertas, en uno de los giros irónicos que tanto gustan a los creadores de Rome. Y César muere en el senado. Y es Bruto quien le da la puntilla, en efecto, como planeaba Casio para que la acción recordase a la de su antepasado lejano, que planeó la expulsión del último rey de Roma. Sí, César Muere. Sí, recibe más cuchilladas que un tonto. Por eso tiene sentido que el guión de Rome, igual que ha hecho en anteriores ocasiones, no se deje llevar por la tendencia a las últimas palabras grandilocuentes: César está tan perforado que no puede decir nada en absoluto, y mucho menos una frase como el «¿Tú también, Bruto?» que le atribuyó Shakespeare. Muere solo, tirado en el suelo y sin dignidad alguna. La frase de marras maldito Heller, qué bien hace estas cosas acabará en boca de Bruto a principios de la segunda temporada. Pero ya hablaremos de ello cuando corresponda.
La segunda gran tragedia, claro, es el drama familiar de Voreno. Despechado, lloroso y casi irracional, escucha la confesión de su esposa y echa mano de un cuchillo, confirmando así los temores que había tenido Niobe desde el principio. Sin saber qué otra cosa puede hacer, Niobe decide suicidarse, pensando que con sus últimas palabras que ella sí pronuncia puede salvar la vida de su hijo bastardo. Salta al vacío y termina así con la vida familiar del clan Voreno. Pobre Niobe. Y pobre Lucio, que termina esta primera temporada completamente destrozado mientras su amigo Tito Pullo, a quien nunca ha preocupado mucho la dimensión moral de sus actos, se reconcilia con su Eirene en una especie de espejo deformado que pone punto y final a la primera parte de su historia.




Enviar video



.jpg)
