Después de esa mañana en su cama matrimonial, donde le abrí el culito virgen con mi guevo venezolano, llenándoselo de leche mientras gritaba como una zorra en celo, Hellen se volvió una adicta total. Mano, la perra no podía pasar un día sin rogarme por más. Me mandaba mensajes a cada rato, con fotos de su pepita chorreando o su ano dilatado, suplicando: “Javicho, ven y relléname, no aguanto sin tu guevo”. Sus celos se pusieron peor; si me veía charlando con cualquier vecina, me bombardeaba: “¿Quién era esa puta? ¿Le quieres meter el guevo a ella también? Recuerda que soy tuya, solo tuya”. Yo me reía por dentro, pero usaba esa obsesión para dominarla más. “Si me celas tanto, vas a tener que darme más, perucha. Mañana me das la boca hasta que te tragues toda mi leche, y te grabo gimiendo mi nombre”, le respondía, y ella cedía como una sumisa, accediendo a todo lo que le pedía. Nos veíamos casi a diario, siempre en su departamento, variando los lugares: cocina, sala, baño, y sobre todo, esa cama king size donde dormía con su marido. Cada cogida era más morbosa, más sucia, porque sabía que la estaba convirtiendo en mi puta personal, profanando su vida de señora fina con mi guevo venezolano marcándola por dentro y por fuera.
Un día, por ejemplo, llegué temprano y la encontré esperándome en la puerta con solo una bata abierta, sus tetazas rosadas al aire, los pezones hinchados y duros como piedras, y su pepita ya mojadita, con gotas de jugo resbalando por sus muslos blanquitos. “Entra rápido mi amor, antes de que los vecinos vean”, me dijo, jalándome adentro con manos temblorosas de excitación. La tiré contra la pared de la entrada, le abrí la bata de un tirón y le metí mano directo en la pepita, que chorreaba como una fuente abierta, mis dedos hundiéndose en esa carne caliente y húmeda, sintiendo cómo su clítoris palpitaba bajo mi pulgar. “Estás empapada, perra, ¿pensando en mi guevo todo el día, imaginando cómo te reviento el culito?”, le pregunté, metiéndole dos dedos profundo mientras le chupaba los pezones hinchados, mordisqueándolos con los dientes hasta que se ponían rojos y sensibles, haciendo que su cuerpo se arqueara contra la pared. Ella gemía fuerte, con la voz ronca: “Sí, Javicho, no puedo dejar de pensar en cómo me abres el culito con tu guevo grueso, estirándome hasta el límite… hazme tuya, rómpeme”. La llevé a la sala, la puse de rodillas en el sofá y le follé la boca sin piedad. Le agarraba el pelo con fuerza, hundiendo mi guevo hasta la garganta, sintiendo cómo sus labios se estiraban alrededor de mi tronco venoso, haciendo que se atragantara y babeara saliva espesa que goteaba por su barbilla y caía sobre sus tetazas. “Trágatelo todo, puta xenófoba, siente cómo te lleno la boca con guevo venezolano”, le decía, y ella lo chupaba con más ganas, escupiendo sobre la cabeza hinchada para lubricarlo, lamiendo mis huevos pesados y arrugados como una actriz porno desesperada por leche. Luego la puse en cuatro sobre el sofá, le abrí las nalgas blanquitas con las manos, exponiendo su ano rosado y ya un poco dilatado de tanto uso, le metí el guevo por el culo de una sola estocada, sin lubricante extra, solo con su saliva y sus jugos. Gritó de dolor al principio: “¡Ay, duele, es tan grueso, me estás partiendo el ano!”, pero se acostumbró rápido, moviendo el culazo hacia atrás para que entrara más profundo, sus nalgas carnudas rebotando contra mis caderas con cada embestida. Le di con furia, nalgueándola hasta dejarle las marcas rojas de mis manos impresas en la piel, mientras le decía: “Mueve ese culo, perucha, como la puta que eres. Tu marido ni idea de que te estoy reventando el ano en su casa, sintiendo cómo tu hueco apretado me exprime el guevo”. Se vino tres veces seguidas, mojando el sofá con squirts explosivos que salpicaban como chorros calientes, oliendo a puro sexo crudo y vicio, y yo le solté la leche adentro, chorros espesos y calientes que la llenaban hasta rebosar, goteando por sus muslos temblorosos. Terminamos sudados, con mi leche chorreándole por las piernas y manchando el piso, y ella me besaba con la boca aún hinchada: “Eres mi dios, venezolano, nadie me ha hecho sentir así, con el ano ardiendo y lleno de tu semilla”.
Y hablando del marido, un día el mamaguevo me trató como ****** por un tema de mi trabajo. Era una tarde que yo estaba trapeando el lobby, y el tipo bajó furioso porque supuestamente había dejado un pasillo sucio el día anterior (mentira, era impecable, pero el cabrón buscaba excusa). Me gritó delante de todos: “Oye, veneco, ¿para qué te pagan? Este edificio parece un chiquero desde que contrataron extranjeros como tú. Limpia bien o hablo con tu supervisor”. Mano, me hervía la sangre, pero me callé porque no quería perder el empleo. Por dentro pensé: “Si supieras cómo le reviento el culo a tu mujer todos los días, hijo de puta”. Esa noche le conté a Hellen por mensaje, y la perra se puso nerviosa: “No le hagas caso, mi amor, él es así”. Pero yo lo usé para mi venganza. Al día siguiente, le dije: “Por cómo me trató tu marido, hoy vas a pagar tú, perucha. Vamos a la cama matrimonial, y me das todo, más sucio que nunca”.
Llegué arrecho como nunca, y Hellen me abrió la puerta con cara de culpable, pero excitada, su pepita ya húmeda bajo la falda. La llevé directo a la habitación, la tiré a la cama donde dormía con ese mamaguevo, y le arranqué la ropa con brusquedad, dejando sus tetazas rebotando libres y su culazo al aire. “Hoy te voy a tratar como la puta que mereces por ese marido tuyo”, le dije, escupiéndole en la cara. Empecé comiéndole la pepita, metiendo lengua profundo en sus pliegues rosados y jugosos, lamiendo su clítoris hinchado como una fruta madura mientras le metía tres dedos en el ano para abrirlo, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mis nudillos, lubricadas por su propio flujo. Ella gritaba: “¡Sí, castígame, soy tu perra, hazme sufrir de placer!”. La puse boca abajo, le abrí las nalgas con fuerza, exponiendo su ano palpitante, y le escupí directo en el hueco, frotando la cabeza de mi guevo contra él, sintiendo el calor y la humedad. “Esto es por tu marido, perucha. Dile adiós a tu culito”, le dije, y se lo metí de una, duro, hasta el fondo, sintiendo cómo su ano virgen se estiraba al límite alrededor de mi tronco grueso y venoso. Gritó de dolor mezclado con placer: “¡Me estás partiendo, es demasiado grueso, me arde el ano!”, pero se mojó más, empujando hacia atrás como una perra en celo. Le di con rabia, follándole el ano como un animal salvaje, jalándole el pelo para arquearle la espalda y nalgueándola fuerte, dejando moretones morados que tardarían días en desaparecer. “Grita mi nombre, puta, para que tu marido lo sienta en el alma”, le ordenaba, y ella obedecía: “¡Javicho, mi venezolano, revuélveme el culo con tu guevo, hazme sangrar de placer!”. Le metí el guevo en la pepita un rato, alternando con estocadas profundas que la hacían chorrear jugos por los muslos, lubricando más el ano para volver a reventárselo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada cambio. La perra se vino en squirts interminables, chorros calientes y pegajosos que salpicaban hasta el piso, oliendo a puro vicio animal, mientras su ano se contraía espasmódicamente alrededor de mi guevo. “Tu marido ni te toca así, ¿verdad? Él con su pichulita pequeña, incapaz de hacerte gritar”, le decía, y ella confesaba entre gemidos roncos: “No, mi amor, solo tú me haces esto… lléname, hazme tu depósito de leche”. La volteé, le abrí las piernas en misionero anal, mirándola a los ojos vidriosos mientras le escupía en la boca abierta y le apretaba el cuello con fuerza, sintiendo su pulso acelerado bajo mis dedos. “Trágate mi saliva, perra, y toma leche venezolana por el culo”, le gruñí. Le solté todo adentro, chorros espesos y calientes que la llenaron hasta rebosar, goteando por sus nalgas y manchando las sábanas con un olor a pescado y lujurioso. Ella me exprimió con su ano, viniéndose otra vez en un orgasmo violento, temblando y besándome con la boca aún llena de mi saliva, su cuerpo convulsionando como si la estuviera electrocutando de placer. Después, nos quedamos ahí, con el olor a sexo impregnando la habitación como un perfume prohibido. Le dije: “Limpia esto tú misma, perucha, y dile a tu marido que el ‘veneco’ te vengó”. Desde ese día, Hellen se volvió aún más sumisa, y yo seguí usándola como mi revancha personal. Mano, qué rico fue convertirla en mi puta adicta, marcándola con moretones y leche cada vez que podía.
Pero la vida da vueltas. Un día el marido ascendió en la empresa. Le subieron el sueldo bastante, y empezaron a buscar casa nueva. Hellen me lo contó con cara de tristeza: “Nos mudamos en dos meses a una casa grande en La Molina, con jardín y todo… ya no vas a poder venir tan fácil”. Yo le dije: “Tranquila, perra, siempre voy a encontrar la forma de darte guevo”. Los últimos meses en el viejo departamento fueron una locura: cogíamos como si se acabara el mundo, con sesiones maratónicas donde la dejaba exhausta, el ano rojo e hinchado, la pepita chorreando y las sábanas empapadas en squirts. La última vez que estuvimos en la cama matrimonial la dejé destrozada: la até con las correas de su marido, le metí el guevo por el culo hasta el fondo en una pose invertida, sintiendo cómo su hueco se abría y cerraba alrededor de mi tronco, le hice squirt tres veces seguidas con mis dedos vibrando en su clítoris mientras empujaba, y le llené el ano de leche espesa mientras le decía: “Llévate esto puesto a tu casa nueva, para que recuerdes quién es tu dueño, y cada vez que sientas el ardor, pienses en mí”.
Se mudaron. Al principio seguíamos viéndonos una o dos veces por semana: ella inventaba “salidas al gym” o “ir al centro comercial” y nos encontrábamos en hostales baratos de la Panamericana o en el estacionamiento subterráneo de un mall. La cogía en el asiento trasero de su camioneta nueva, con vidrios polarizados, metiéndole el guevo por el ano mientras ella se sobaba el clítoris y gemía contra el vidrio empañado; o en cuartos de hora en hostales donde pagaba ella, dejándola con el culo chorreando leche y marcas de dientes en las tetas. Siempre anal, siempre duro, siempre con ella rogándome que la marcara más profundo, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba con orgasmos que la dejaban jadeando por minutos. Pero poco a poco la distancia y la nueva rutina hicieron que los encuentros bajaran: de dos veces por semana a una, luego cada quince días, después una vez al mes.
Hoy, años después, todavía nos vemos de vez en cuando. Cada cierto tiempo me llega su mensaje clásico: “Javicho, tengo ganas de mi dosis venezolana… ¿puedes?”. Quedamos en algún hostal de siempre, ella llega con su ropa de señora fina, pero en diez minutos ya está de rodillas mamándome el guevo como la primera vez, abriendo la boca al máximo para tragar mi tronco venoso, baboseando y atragantándose mientras me mira con ojos lujuriosos, pidiéndome que le reviente el culo y le deje leche adentro para llevársela a su casa nueva, a su marido exitoso y a su hijo que ya están grande. La última vez, hace como tres meses, la tuve en cuatro en una cama de hostal, dándole duro por el ano mientras le jalaba el pelo con fuerza, sintiendo cómo su hueco apretado me succionaba el guevo, nalgueándola hasta que sus nalgas blanquitas se pusieran rojas y ardientes, y le decía: “¿Te acuerdas cuando me decías veneco, perra?”. Y ella, gimiendo entre estocadas profundas que la hacían temblar: “Sí, mi amor… y ahora no puedo vivir sin tu guevo venezolano, sin sentir cómo me estiras y me llenas hasta el tope”. Entré hasta el fondo, sintiendo su ano contraerse en espasmos, y le solté toda la leche bien adentro, chorros calientes que rebosaron y gotearon por sus muslos, dejando un charco en las sábanas baratas del hostal. Esa es la historia real con Hellen: de xenófoba que me humillaba a puta secreta que, años después, todavía me busca de vez en cuando para que le recuerde quién manda. Y así seguimos, pana… cada cierto tiempo, un hostal, su culo abierto y mi guevo llenándola como el primer día.