Venezolanos con Peruanas (12 Viewers)

Estaba trabajando como personal de limpieza en un edificio de departamentos en una zona de clase media en Lima. El lugar era decente, con familias y profesionales. Todo iba tranquilo, pero había una señora, Hellen, q me tenía entre ceja y ceja. Desde q llegué, me jodía con comentarios xenófobos. Decía cosas como: “Está prohibido contratar extranjeros, tienen q avisar a los propietarios si van a meter venecos aquí”. Así, sin filtro, la maldita me decía “veneco” a la cara, con un desprecio q me hervía la sangre. Yo no le contestaba, solo le decía q hablara con el encargado, pero por dentro me comía la arrechera. Y el esposo no se quedaba atrás, ni me respondía el saludo y cuando necesitaba un favor me trataba de veneco. Hellen era cuarentona, casada, con un hijo adolescente. Era de esas mujeres q se cuidan mucho: blanquita, pelo castaño liso, no muy baja, como 1.65, con un cuerpazo de gimnasio q no pasaba desapercibido. Cada mañana, cuando yo estaba limpiando, ella salía rumbo al gym con unos leggings tan apretados q marcaban cada curva de su culazo. Sus tetas, bien paradas, también se notaban bajo esas blusas deportivas. La verdad, me ponía a mil, pero sus comentarios me hacían odiarla al mismo tiempo. Yo la saludaba por educación, y ella apenas me devolvía un “hola” seco, con una mirada de superioridad q me daban ganas de mandarla al carajo.

Un día, le llegó un mueble de Ripley, una cosa para sus plantas, pero justo tuvo que salir por una emergencia. Llamó al conserje para q dejara pasar a los repartidores, y estos subieron, dejaron la caja en la puerta de su depa y se fueron, porque no había nadie para recibirla. Su esposo estaba trabajando, y su hijo, en el colegio. Cuando Hellen llegó, se encontró con el mueble en la puerta y no le quedó de otra que pedirme ayuda. Yo, q estaba trapeando cerca, acepté, aunque por dentro me reía de la ironía: la señora que me despreciaba ahora necesitaba al “veneco”. Entré a su depa, un lugar bien puesto, con muebles caros, fotos familiares en las paredes y un olor a perfume caro. Metí la caja, la abrí y armé el mueble donde me indicó. Mientras trabajaba, noté que me miraba diferente, no con su usual desprecio, sino con una curiosidad q no le había visto antes. Me agradeció, y por primera vez fue amable, casi cordial. Me dijo: “Gracias, Javier, te pasaste”. Hasta me ofreció un vaso de agua. Pero la cosa no quedó ahí. Mientras armaba el mueble, se me cayó un poco de tierra de las macetas en la ropa, hasta por dentro del pantalón. Ella lo notó y me dijo: “Estás sucio, lávate si quieres, te traigo una toalla”. Me señaló el baño de servicio. Cerré la puerta pero me olvide poner seguro, me quité el polo y empecé a sacudirlo. También me bajé el pantalón para limpiarme bien, porque la tierra se me había metido hasta los boxers. Justo en ese momento, Hellen abrió la puerta sin tocar. Me vio en boxers, con mi bulto bien marcado, y se quedó congelada. Fueron unos segundos eternos hasta que reaccionó, me dio la toalla y dijo, nerviosa: “Aquí tienes”, antes de cerrar la puerta rápido. Salí del baño, y ella me ofreció una gaseosa y 10 soles de propina. Al despedirme, me soltó: “Gracias, es bueno saber que hay venecos buenos”. Mano, me calentó la sangre con ese comentario, pero a la vez me puso a mil ver cómo se le salía el interés por los ojos. Por dentro pensé: “Te la voy hacer pagar, maldita”.
Ufff cofra debe ser rico cacharse a una madura q antes lo trató con desprecio. No demore mucho con la continuación
 
Buen inicio continúe
 
Buen relato lo bueno es que saliste ganado
 
Atrasé a un chamo pingon.

Durante la pandemia en fb parejas conocí a Marilis, una mujer de aprox 38 venezolana, conversando un poco le comenté que estudiaba terapia física y rehabilitación y si talvez le interesaba que pueda practicar con ella.
Quedamos en que si, me invito a su depa por San Miguel, yo era de Los Olivos, cuando llegué me comentó que vivía con su esposo venezolano, que era chófer para una empresa courrier, comenzamos con algunos ejercicios de estiramiento y calentamiento.
Mientras conversábamos entre ejercicios, se me ocurre decirle que también busco modelo para masajes y me dijo que si, pero no había llevado ningun aceite o crema, a lo que ella me dice que tenia vaselina, le dije que no lo había intentado, pero podríamos probar.
Entro a su cuarto y me dijo que se iba a preparar, cuando entre estaba boca abajo, totalmente desnuda y le dije si tenia toalla para taparla, me dijo que si, pero que estaba mojada, entonces empecé con el masaje, íbamos conversando mientras que iba por la espalda, hasta que llegue a su trasero, que como buena venezolana lo tenia gordito y cacheton, continúe con los masajes y en eso se me ocurre preguntarle como asi es que tiene vaselina, de curiosidad claro está, me dice que lo usa con su marido ya que tiene una vergasa, jajajaja me reí y le dije que provecho entonces, pero me dijo que de nada sirve que la tenga grande si no la sabe usar.
Ya en ese tono de conversacion, le digo que se de la vuelta para continuar, sin pudor alguno se dio la vuelta y me mostró sus tetas, que no eran tan grandes pero bonitas, comencé a amasarlas y yo ya estaba carpa, había ido con un short y ya se notaba la ereccion, ella se dio cuenta y me dijo que debería quitarme el short para estar iguales (creo que ella desde un inicio quería cogerme) le hice caso y ahí me tienes a mi con mi polo, con la pinga afuera y con medias, medio cómica la situacion pero ahi estábamos, comienzo a bajar y acariciarle el clitoris, ni bien empece a sobarle el botoncito empezó a humedecer todo, no aguante y le puse mi pinga en la boca, se lo tragaba todo (no soy dotado, me mide 16cm).
Por primera vez vi un squirt, primero me asuste porque fue un chorro fuerte, me dijo que siga que estaba rico, obedecí y ya tenia la leche en el glande, le dije si tenia condones y me dijo que no, porque solo cogia con su marido ahí, me paltie y ya me iba a ir, pero recordé que tenia un condon en mi billetera (de cuando era? No lo sé) lo saqué y me puse a cogerla, primero de misionero, ella se agarraba las piernas para que entre mas profundo y yo con mi dedo gordo le sobaba el clitoris, la escuchaba gemir tipo vaca, parecía que se le iba el alma y en una que me estoy acomodando sacándole mi pinga para volver a meterselo, siento como un chorro cae en mi pecho y bufó como si estuviera a punto de fallecer, no me veía, solo miraba el techo y me asusté, le pregunté si estaba bien y comenzó a volver en si, me preguntó si había acabado y le dije que no, que aun no me corría, la puse en perrito, le estaba taladrando pero se caía para adelante, sus piernas no le estaban aguantando, cuando la tenia en perro pude ver que su ano estaba chambeado, pensé en intentar por ahí, pero solo tenia un forro, asi que le dije que se subiera encima.
En ese momento conocí a Tongo y Oscar avilés, me llevó al cielo, le comía las tetas, mientras que le nalgueaba el culo, me encantó, sinceramente no iba a durar mucho, pero lo di todo, cuando ya estaba por correrme le dije y me pidió que la bañe (yo tengo un problema, boto bastante leche y salen como balas) y le dije que si, cuando comencé a botar todo el engrudo, le cayó en el ojo, las tetas, la boca, el cabello le deje espeso, parecía como si hubiese estado almacenando medio litro, caí morido.
Me loqueo cuando se echo a mi lado y comenzó a sobarse el rostro con mi leche, me enfermaba esa mujer.
Nos pusimos a conversar y me dijo que su marido la tenia bien grande, pero que esta había sido la mejor, sino la única buena cogida, no se si creerle, pero no seguimos viendo durante pandemia ocasionalmente, hasta hace 3 años que se fueron para usa.
La despedida fue buena, pero la contaré en otra ocasión, si es que les agradó este pequeño testimonio.
Yo también he estado con chamas que han tenido pareja pero siempre ellas te dicen que están solteras más adelante tú te das cuenta que no es cierto , pero siempre se quedan pidiendo más
 
Estaba trabajando como personal de limpieza en un edificio de departamentos en una zona de clase media en Lima. El lugar era decente, con familias y profesionales. Todo iba tranquilo, pero había una señora, Hellen, q me tenía entre ceja y ceja. Desde q llegué, me jodía con comentarios xenófobos. Decía cosas como: “Está prohibido contratar extranjeros, tienen q avisar a los propietarios si van a meter venecos aquí”. Así, sin filtro, la maldita me decía “veneco” a la cara, con un desprecio q me hervía la sangre. Yo no le contestaba, solo le decía q hablara con el encargado, pero por dentro me comía la arrechera. Y el esposo no se quedaba atrás, ni me respondía el saludo y cuando necesitaba un favor me trataba de veneco. Hellen era cuarentona, casada, con un hijo adolescente. Era de esas mujeres q se cuidan mucho: blanquita, pelo castaño liso, no muy baja, como 1.65, con un cuerpazo de gimnasio q no pasaba desapercibido. Cada mañana, cuando yo estaba limpiando, ella salía rumbo al gym con unos leggings tan apretados q marcaban cada curva de su culazo. Sus tetas, bien paradas, también se notaban bajo esas blusas deportivas. La verdad, me ponía a mil, pero sus comentarios me hacían odiarla al mismo tiempo. Yo la saludaba por educación, y ella apenas me devolvía un “hola” seco, con una mirada de superioridad q me daban ganas de mandarla al carajo.

Un día, le llegó un mueble de Ripley, una cosa para sus plantas, pero justo tuvo que salir por una emergencia. Llamó al conserje para q dejara pasar a los repartidores, y estos subieron, dejaron la caja en la puerta de su depa y se fueron, porque no había nadie para recibirla. Su esposo estaba trabajando, y su hijo, en el colegio. Cuando Hellen llegó, se encontró con el mueble en la puerta y no le quedó de otra que pedirme ayuda. Yo, q estaba trapeando cerca, acepté, aunque por dentro me reía de la ironía: la señora que me despreciaba ahora necesitaba al “veneco”. Entré a su depa, un lugar bien puesto, con muebles caros, fotos familiares en las paredes y un olor a perfume caro. Metí la caja, la abrí y armé el mueble donde me indicó. Mientras trabajaba, noté que me miraba diferente, no con su usual desprecio, sino con una curiosidad q no le había visto antes. Me agradeció, y por primera vez fue amable, casi cordial. Me dijo: “Gracias, Javier, te pasaste”. Hasta me ofreció un vaso de agua. Pero la cosa no quedó ahí. Mientras armaba el mueble, se me cayó un poco de tierra de las macetas en la ropa, hasta por dentro del pantalón. Ella lo notó y me dijo: “Estás sucio, lávate si quieres, te traigo una toalla”. Me señaló el baño de servicio. Cerré la puerta pero me olvide poner seguro, me quité el polo y empecé a sacudirlo. También me bajé el pantalón para limpiarme bien, porque la tierra se me había metido hasta los boxers. Justo en ese momento, Hellen abrió la puerta sin tocar. Me vio en boxers, con mi bulto bien marcado, y se quedó congelada. Fueron unos segundos eternos hasta que reaccionó, me dio la toalla y dijo, nerviosa: “Aquí tienes”, antes de cerrar la puerta rápido. Salí del baño, y ella me ofreció una gaseosa y 10 soles de propina. Al despedirme, me soltó: “Gracias, es bueno saber que hay venecos buenos”. Mano, me calentó la sangre con ese comentario, pero a la vez me puso a mil ver cómo se le salía el interés por los ojos. Por dentro pensé: “Te la voy hacer pagar, maldita”.
esta historia se ve prometedora
 
Desde ese día que me vio en bóxer algo cambió. Hellen empezó a tratarme mejor. Me saludaba con una sonrisa, me miraba más de lo necesario. Una mañana, mientras cambiaba un foco en el pasillo de uno de los pisos, subido en una escalera metálica, me acomodé el guevo. Cuando levanté la vista, ahí estaba ella, mirándome fijo, justo cuando tenía la mano en el bulto. Se puso nerviosa, me saludó rápido y se fue, pero su cara roja la delató. A partir de ahí, se puso más coqueta, con sonrisas y miradas q decían más q sus palabras.

Unos días después, me llamó por la mañana, cuando su esposo estaba trabajando y su hijo en el colegio. Me dijo q necesitaba ayuda para mover unas macetas grandes en su departamento, q quería cambiarlas de lugar. Acepté, sabiendo q había algo más detrás. Entré a su casa, moví las macetas, y después me invitó un refresco. Mientras lo tomaba, empezó con las preguntas de siempre: cuánto tiempo llevaba en Perú, cómo me iba, si tenía familia. Luego, se puso más personal y me preguntó si tenía pareja. Le dije q no. Entonces me salió con q tenía unos polos q su esposo ya no usaba y q me los podía regalar. Le dije: Tu esposo es más bajo q yo, no creo q me queden. Ella insistió: Pruébatelos, por si acaso. Era obvio q buscaba otra cosa. Se fue a su habitación y regreso con los polos. Estaba por señalarme el baño para cambiarme, pero yo de una me quité el polo delante de ella, y Hellen se quedó mirándome como si fuera un postre. “Ustedes los venecos son bien agarrados, se ve que vas al gimnasio”, Me arrecho q todavía me trate de veneco pero la forma en q me lo dijo, con una voz coqueta q no le conocía, me ponía a mil y le dejaba pasar esoscomentarios. Luego soltó otra: Lo bueno de ti es q no tienes cara de malandro. Y remató: Ustedes los venecos tienen fama de hacerse muchos tatuajes. Mientras hablaba, se acercó y tocó un tatuaje en mi hombro, dejando su mano más tiempo del necesario. El ambiente estaba cargado, eléctrico. Sentí su mano temblar un poco, y no me aguanté más. Le agarré el brazo, la jalé hacia mí y la besé con fuerza. Ella me correspondió, metiéndome lengua, pero de repente se hizo la digna y me empujó. “Estás loco, aquí en mi casa no podemos hacer eso”, dijo, con voz temblorosa. Le propuse ir a otro sitio, pero se puso en plan de señora decente: “No! Soy casada, no puedo hacerle esto a mi esposo”.

No le hice caso. La arrechera y la calentura me ganaron. La agarré de nuevo por la cintura y la besé otra vez, esta vez más intenso. Ella ya no puso resistencia, se le fue la pose de digna. Estábamos en la cocina, y la fui llevando hacia el pasadizo que daba a los dormitorios. Me paró y dijo: Q haces?. Yo, con toda la confianza, le respondí: “Te llevo a tu cuarto”. Ella se rió, nerviosa, y soltó: “Estás loco, ustedes los venecos son bien confianzudos”. Mano, entre sus comentarios, su actitud de señora fina y mi guevo a punto de reventar, me llegó al carajo. Le dije, con tono firme: “No soy veneco, soy venezolano. Y si quieres, te lo hago aquí mismo sobre el mostrador o en el suelo”. La agarré de nuevo, le metí un beso profundo y le apreté ese culazo que traía en los leggings. Ella gemía, pero todavía decía: “Esto no está bien, estoy cometiendo un error”. No le hice caso. Le metí mano por encima de los leggings, y ya estaba mojadísima, la tela se le hundía en la pepita de lo dilatada que estaba. De repente, como si se hubiera decidido, me jaló hacia la lavandería, un cuarto pequeño al lado de la cocina. Cerró la puerta con seguro, y nos seguimos besando como locos. Le arranqué el polo y el sostén, dejando al aire unas tetazas blanquitas, con pezones rosados e hinchados. Se las chupé, se las apreté, hasta le di un par de nalgadas en las tetas, y ella lo disfrutaba, aunque seguía con su rollo: “Para, esto no está bien”. Pero sus manos me hundían la cabeza en sus pechos, contradiciendo sus palabras. La puse contra la pared, me paré frente a ella y le dije: “Baja”. Se hizo la difícil, como si fuera mucho para ella. Le agarré el pelo y la hice arrodillarse. “Baja el pantalón, perra”, le dije, sin filtro. “Vas a saber lo que es un guevo venezolano, no como el de tu marido”. Hellen obedeció, me bajó los joggers y los boxers, y cuando vio mi guevo, se quedó con la boca abierta. Abrió grande, intentando metérselo todo, pero apenas podía con la mitad. Escupía, ensalivaba, lo masturbaba con la mano y lo volvía a chupar. Manos, ver a esa señora q me humillaba tanto, ahora arrodillada, mamándome el guevo, fue una revancha brutal. Le decía: “Así te quería ver, perra perucha, arrodillada ante un ‘veneco’. Ahora prueba un guevo venezolano de verdad”. La agarré de la cabeza y le follé la boca, duro, sin piedad. Ella se atragantaba, tosía, sacaba el guevo para tomar aire, pero lo volvía a meter, como poseída. Le di un par de cachetadas con mi guevo en la cara, y ella misma lo agarró para golpearse con él, como si quisiera más.

Tiré un cubrecama que había en la lavandería al suelo, la agarré y la tiré encima. Le arranqué los leggings, le abrí las piernas y le comí la pepita, q estaba empapada, rasurada. Era rosadita, suave con un olor que me volvía loco. La perra se retorcía, gimiendo fuerte, pidiéndome a gritos que le metiera el guevo. Le dije: “Ruégame perra, pide por mi guevo”. Ella, ya sin orgullo, me dijo: “Te lo ruego, métemelo”., me metí entre sus piernas y se lo metí de una, duro, sin contemplaciones. Helen gritaba como loca, y yo me saqué el polo y se lo tiré en la cara para q se callara un poco. La puse en cuatro, le di con todo, nalgueándole ese culazo hasta dejarlo rojo. Le decía: “Te gusta, perra? Así te coge el ‘veneco’ que tanto desprecias”. Ella, ya entregada, gemía: “Nunca me han cogido así, mi marido no tiene esa pinga q tu tienes”. Le jalaba el pelo, la trataba como mía, y ella se vino, mojando todo el cubrecama con un squirt que me puso a mil. “Esto es lo que hace un guevo venezolano, no como el de tu marido”, le dije. Ella, entre gemidos, confesó que el de su esposo era pequeño, que nunca la había hecho gritar así. La cogí de lado, apretándole las tetas, besándola, escupiéndole en la cara mientras le decía: “Eres una puta peruana, como tantas que quieren guevo venezolano grande”. Ella se vino otra vez, temblando, y en medio de su orgasmo le dije: “Te voy a hacer un hijo venezolano, maldita perucha”. Le solté toda la leche dentro, llenándole la pepita. Terminamos empapados en sudor, ella me abrazó y me besó, todavía temblando. Le pregunté si le gustó, y me dijo: “Me encantó, nunca me habían cogido así”. La miré fijo, le agarré el cuello y le dije: “Ahora eres mi perra, y me vas a hablar con respeto, entendiste?”. Ella, todavía jadeando, respondió: “Sí, mi amor, soy tuya”.
 
Buen relato exitante continúe relatando
 
Desde ese día que me vio en bóxer algo cambió. Hellen empezó a tratarme mejor. Me saludaba con una sonrisa, me miraba más de lo necesario. Una mañana, mientras cambiaba un foco en el pasillo de uno de los pisos, subido en una escalera metálica, me acomodé el guevo. Cuando levanté la vista, ahí estaba ella, mirándome fijo, justo cuando tenía la mano en el bulto. Se puso nerviosa, me saludó rápido y se fue, pero su cara roja la delató. A partir de ahí, se puso más coqueta, con sonrisas y miradas q decían más q sus palabras.

Unos días después, me llamó por la mañana, cuando su esposo estaba trabajando y su hijo en el colegio. Me dijo q necesitaba ayuda para mover unas macetas grandes en su departamento, q quería cambiarlas de lugar. Acepté, sabiendo q había algo más detrás. Entré a su casa, moví las macetas, y después me invitó un refresco. Mientras lo tomaba, empezó con las preguntas de siempre: cuánto tiempo llevaba en Perú, cómo me iba, si tenía familia. Luego, se puso más personal y me preguntó si tenía pareja. Le dije q no. Entonces me salió con q tenía unos polos q su esposo ya no usaba y q me los podía regalar. Le dije: Tu esposo es más bajo q yo, no creo q me queden. Ella insistió: Pruébatelos, por si acaso. Era obvio q buscaba otra cosa. Se fue a su habitación y regreso con los polos. Estaba por señalarme el baño para cambiarme, pero yo de una me quité el polo delante de ella, y Hellen se quedó mirándome como si fuera un postre. “Ustedes los venecos son bien agarrados, se ve que vas al gimnasio”, Me arrecho q todavía me trate de veneco pero la forma en q me lo dijo, con una voz coqueta q no le conocía, me ponía a mil y le dejaba pasar esoscomentarios. Luego soltó otra: Lo bueno de ti es q no tienes cara de malandro. Y remató: Ustedes los venecos tienen fama de hacerse muchos tatuajes. Mientras hablaba, se acercó y tocó un tatuaje en mi hombro, dejando su mano más tiempo del necesario. El ambiente estaba cargado, eléctrico. Sentí su mano temblar un poco, y no me aguanté más. Le agarré el brazo, la jalé hacia mí y la besé con fuerza. Ella me correspondió, metiéndome lengua, pero de repente se hizo la digna y me empujó. “Estás loco, aquí en mi casa no podemos hacer eso”, dijo, con voz temblorosa. Le propuse ir a otro sitio, pero se puso en plan de señora decente: “No! Soy casada, no puedo hacerle esto a mi esposo”.

No le hice caso. La arrechera y la calentura me ganaron. La agarré de nuevo por la cintura y la besé otra vez, esta vez más intenso. Ella ya no puso resistencia, se le fue la pose de digna. Estábamos en la cocina, y la fui llevando hacia el pasadizo que daba a los dormitorios. Me paró y dijo: Q haces?. Yo, con toda la confianza, le respondí: “Te llevo a tu cuarto”. Ella se rió, nerviosa, y soltó: “Estás loco, ustedes los venecos son bien confianzudos”. Mano, entre sus comentarios, su actitud de señora fina y mi guevo a punto de reventar, me llegó al carajo. Le dije, con tono firme: “No soy veneco, soy venezolano. Y si quieres, te lo hago aquí mismo sobre el mostrador o en el suelo”. La agarré de nuevo, le metí un beso profundo y le apreté ese culazo que traía en los leggings. Ella gemía, pero todavía decía: “Esto no está bien, estoy cometiendo un error”. No le hice caso. Le metí mano por encima de los leggings, y ya estaba mojadísima, la tela se le hundía en la pepita de lo dilatada que estaba. De repente, como si se hubiera decidido, me jaló hacia la lavandería, un cuarto pequeño al lado de la cocina. Cerró la puerta con seguro, y nos seguimos besando como locos. Le arranqué el polo y el sostén, dejando al aire unas tetazas blanquitas, con pezones rosados e hinchados. Se las chupé, se las apreté, hasta le di un par de nalgadas en las tetas, y ella lo disfrutaba, aunque seguía con su rollo: “Para, esto no está bien”. Pero sus manos me hundían la cabeza en sus pechos, contradiciendo sus palabras. La puse contra la pared, me paré frente a ella y le dije: “Baja”. Se hizo la difícil, como si fuera mucho para ella. Le agarré el pelo y la hice arrodillarse. “Baja el pantalón, perra”, le dije, sin filtro. “Vas a saber lo que es un guevo venezolano, no como el de tu marido”. Hellen obedeció, me bajó los joggers y los boxers, y cuando vio mi guevo, se quedó con la boca abierta. Abrió grande, intentando metérselo todo, pero apenas podía con la mitad. Escupía, ensalivaba, lo masturbaba con la mano y lo volvía a chupar. Manos, ver a esa señora q me humillaba tanto, ahora arrodillada, mamándome el guevo, fue una revancha brutal. Le decía: “Así te quería ver, perra perucha, arrodillada ante un ‘veneco’. Ahora prueba un guevo venezolano de verdad”. La agarré de la cabeza y le follé la boca, duro, sin piedad. Ella se atragantaba, tosía, sacaba el guevo para tomar aire, pero lo volvía a meter, como poseída. Le di un par de cachetadas con mi guevo en la cara, y ella misma lo agarró para golpearse con él, como si quisiera más.

Tiré un cubrecama que había en la lavandería al suelo, la agarré y la tiré encima. Le arranqué los leggings, le abrí las piernas y le comí la pepita, q estaba empapada, rasurada. Era rosadita, suave con un olor que me volvía loco. La perra se retorcía, gimiendo fuerte, pidiéndome a gritos que le metiera el guevo. Le dije: “Ruégame perra, pide por mi guevo”. Ella, ya sin orgullo, me dijo: “Te lo ruego, métemelo”., me metí entre sus piernas y se lo metí de una, duro, sin contemplaciones. Helen gritaba como loca, y yo me saqué el polo y se lo tiré en la cara para q se callara un poco. La puse en cuatro, le di con todo, nalgueándole ese culazo hasta dejarlo rojo. Le decía: “Te gusta, perra? Así te coge el ‘veneco’ que tanto desprecias”. Ella, ya entregada, gemía: “Nunca me han cogido así, mi marido no tiene esa pinga q tu tienes”. Le jalaba el pelo, la trataba como mía, y ella se vino, mojando todo el cubrecama con un squirt que me puso a mil. “Esto es lo que hace un guevo venezolano, no como el de tu marido”, le dije. Ella, entre gemidos, confesó que el de su esposo era pequeño, que nunca la había hecho gritar así. La cogí de lado, apretándole las tetas, besándola, escupiéndole en la cara mientras le decía: “Eres una puta peruana, como tantas que quieren guevo venezolano grande”. Ella se vino otra vez, temblando, y en medio de su orgasmo le dije: “Te voy a hacer un hijo venezolano, maldita perucha”. Le solté toda la leche dentro, llenándole la pepita. Terminamos empapados en sudor, ella me abrazó y me besó, todavía temblando. Le pregunté si le gustó, y me dijo: “Me encantó, nunca me habían cogido así”. La miré fijo, le agarré el cuello y le dije: “Ahora eres mi perra, y me vas a hablar con respeto, entendiste?”. Ella, todavía jadeando, respondió: “Sí, mi amor, soy tuya”.
Jajajajaa las primeras historias tenían un tono realista , esta última si te fuiste al espacio , regresa a tus primeros relatos , ya te pareces al tipo que tiene su pareja venezolana y se coge a toda la familia de ella , demasiada fantasía .
 
Desde ese día que me vio en bóxer algo cambió. Hellen empezó a tratarme mejor. Me saludaba con una sonrisa, me miraba más de lo necesario. Una mañana, mientras cambiaba un foco en el pasillo de uno de los pisos, subido en una escalera metálica, me acomodé el guevo. Cuando levanté la vista, ahí estaba ella, mirándome fijo, justo cuando tenía la mano en el bulto. Se puso nerviosa, me saludó rápido y se fue, pero su cara roja la delató. A partir de ahí, se puso más coqueta, con sonrisas y miradas q decían más q sus palabras.

Unos días después, me llamó por la mañana, cuando su esposo estaba trabajando y su hijo en el colegio. Me dijo q necesitaba ayuda para mover unas macetas grandes en su departamento, q quería cambiarlas de lugar. Acepté, sabiendo q había algo más detrás. Entré a su casa, moví las macetas, y después me invitó un refresco. Mientras lo tomaba, empezó con las preguntas de siempre: cuánto tiempo llevaba en Perú, cómo me iba, si tenía familia. Luego, se puso más personal y me preguntó si tenía pareja. Le dije q no. Entonces me salió con q tenía unos polos q su esposo ya no usaba y q me los podía regalar. Le dije: Tu esposo es más bajo q yo, no creo q me queden. Ella insistió: Pruébatelos, por si acaso. Era obvio q buscaba otra cosa. Se fue a su habitación y regreso con los polos. Estaba por señalarme el baño para cambiarme, pero yo de una me quité el polo delante de ella, y Hellen se quedó mirándome como si fuera un postre. “Ustedes los venecos son bien agarrados, se ve que vas al gimnasio”, Me arrecho q todavía me trate de veneco pero la forma en q me lo dijo, con una voz coqueta q no le conocía, me ponía a mil y le dejaba pasar esoscomentarios. Luego soltó otra: Lo bueno de ti es q no tienes cara de malandro. Y remató: Ustedes los venecos tienen fama de hacerse muchos tatuajes. Mientras hablaba, se acercó y tocó un tatuaje en mi hombro, dejando su mano más tiempo del necesario. El ambiente estaba cargado, eléctrico. Sentí su mano temblar un poco, y no me aguanté más. Le agarré el brazo, la jalé hacia mí y la besé con fuerza. Ella me correspondió, metiéndome lengua, pero de repente se hizo la digna y me empujó. “Estás loco, aquí en mi casa no podemos hacer eso”, dijo, con voz temblorosa. Le propuse ir a otro sitio, pero se puso en plan de señora decente: “No! Soy casada, no puedo hacerle esto a mi esposo”.

No le hice caso. La arrechera y la calentura me ganaron. La agarré de nuevo por la cintura y la besé otra vez, esta vez más intenso. Ella ya no puso resistencia, se le fue la pose de digna. Estábamos en la cocina, y la fui llevando hacia el pasadizo que daba a los dormitorios. Me paró y dijo: Q haces?. Yo, con toda la confianza, le respondí: “Te llevo a tu cuarto”. Ella se rió, nerviosa, y soltó: “Estás loco, ustedes los venecos son bien confianzudos”. Mano, entre sus comentarios, su actitud de señora fina y mi guevo a punto de reventar, me llegó al carajo. Le dije, con tono firme: “No soy veneco, soy venezolano. Y si quieres, te lo hago aquí mismo sobre el mostrador o en el suelo”. La agarré de nuevo, le metí un beso profundo y le apreté ese culazo que traía en los leggings. Ella gemía, pero todavía decía: “Esto no está bien, estoy cometiendo un error”. No le hice caso. Le metí mano por encima de los leggings, y ya estaba mojadísima, la tela se le hundía en la pepita de lo dilatada que estaba. De repente, como si se hubiera decidido, me jaló hacia la lavandería, un cuarto pequeño al lado de la cocina. Cerró la puerta con seguro, y nos seguimos besando como locos. Le arranqué el polo y el sostén, dejando al aire unas tetazas blanquitas, con pezones rosados e hinchados. Se las chupé, se las apreté, hasta le di un par de nalgadas en las tetas, y ella lo disfrutaba, aunque seguía con su rollo: “Para, esto no está bien”. Pero sus manos me hundían la cabeza en sus pechos, contradiciendo sus palabras. La puse contra la pared, me paré frente a ella y le dije: “Baja”. Se hizo la difícil, como si fuera mucho para ella. Le agarré el pelo y la hice arrodillarse. “Baja el pantalón, perra”, le dije, sin filtro. “Vas a saber lo que es un guevo venezolano, no como el de tu marido”. Hellen obedeció, me bajó los joggers y los boxers, y cuando vio mi guevo, se quedó con la boca abierta. Abrió grande, intentando metérselo todo, pero apenas podía con la mitad. Escupía, ensalivaba, lo masturbaba con la mano y lo volvía a chupar. Manos, ver a esa señora q me humillaba tanto, ahora arrodillada, mamándome el guevo, fue una revancha brutal. Le decía: “Así te quería ver, perra perucha, arrodillada ante un ‘veneco’. Ahora prueba un guevo venezolano de verdad”. La agarré de la cabeza y le follé la boca, duro, sin piedad. Ella se atragantaba, tosía, sacaba el guevo para tomar aire, pero lo volvía a meter, como poseída. Le di un par de cachetadas con mi guevo en la cara, y ella misma lo agarró para golpearse con él, como si quisiera más.

Tiré un cubrecama que había en la lavandería al suelo, la agarré y la tiré encima. Le arranqué los leggings, le abrí las piernas y le comí la pepita, q estaba empapada, rasurada. Era rosadita, suave con un olor que me volvía loco. La perra se retorcía, gimiendo fuerte, pidiéndome a gritos que le metiera el guevo. Le dije: “Ruégame perra, pide por mi guevo”. Ella, ya sin orgullo, me dijo: “Te lo ruego, métemelo”., me metí entre sus piernas y se lo metí de una, duro, sin contemplaciones. Helen gritaba como loca, y yo me saqué el polo y se lo tiré en la cara para q se callara un poco. La puse en cuatro, le di con todo, nalgueándole ese culazo hasta dejarlo rojo. Le decía: “Te gusta, perra? Así te coge el ‘veneco’ que tanto desprecias”. Ella, ya entregada, gemía: “Nunca me han cogido así, mi marido no tiene esa pinga q tu tienes”. Le jalaba el pelo, la trataba como mía, y ella se vino, mojando todo el cubrecama con un squirt que me puso a mil. “Esto es lo que hace un guevo venezolano, no como el de tu marido”, le dije. Ella, entre gemidos, confesó que el de su esposo era pequeño, que nunca la había hecho gritar así. La cogí de lado, apretándole las tetas, besándola, escupiéndole en la cara mientras le decía: “Eres una puta peruana, como tantas que quieren guevo venezolano grande”. Ella se vino otra vez, temblando, y en medio de su orgasmo le dije: “Te voy a hacer un hijo venezolano, maldita perucha”. Le solté toda la leche dentro, llenándole la pepita. Terminamos empapados en sudor, ella me abrazó y me besó, todavía temblando. Le pregunté si le gustó, y me dijo: “Me encantó, nunca me habían cogido así”. La miré fijo, le agarré el cuello y le dije: “Ahora eres mi perra, y me vas a hablar con respeto, entendiste?”. Ella, todavía jadeando, respondió: “Sí, mi amor, soy tuya”.
Hola parcero Javicho, la verdad estoy esperando la continuación del relatos con la señora Hellen. Muy interesante sus relatos, la verdad lo felicito, en mi caso también tengo muchas aventuras que me gustaría plasmar en est página, pero no tengo la paciencia y el tiempo, para hacerlo. Saludos desde Colombia parcerito.
 
Hola parcero Javicho, la verdad estoy esperando la continuación del relatos con la señora Hellen. Muy interesante sus relatos, la verdad lo felicito, en mi caso también tengo muchas aventuras que me gustaría plasmar en est página, pero no tengo la paciencia y el tiempo, para hacerlo. Saludos desde Colombia parcerito.
Gracias mano. La verdad q no he tenido tiempo pero ya pienso ponerme al día. Cuente su experiencia mano. Que tal le ha ido con las peruanas?
 
Después de esa primera cogida en la lavandería, donde le hice tragar su orgullo xenófobo y le llené la pepita de leche venezolana, Hellen cambió por completo. La perra que antes me decía “veneco” con desprecio ahora me buscaba como una adicta. Al día siguiente, me mandó un mensaje al WhatsApp que le había pedido antes de irme: “Gracias por la ayuda de ayer. ¿Puedes venir mañana a ‘mover’ unas cosas?”. Mano, era obvio que quería más guevo. Y así empezó: nos veíamos casi todos los días por la mañana, cuando su marido salía a trabajar y su hijo al colegio. Al principio, siempre en la lavandería o en la cocina, rápidos y discretos, para no arriesgar. Le daba duro, la ponía en cuatro, le nalgueaba ese culazo blanquito hasta dejarlo rojo, y ella gritaba como puta, pidiendo más. “Eres mi macho venezolano”, me decía ahora, en vez de sus comentarios xenofobos de ******. Se había enganchado mal, cofras. Me mandaba mensajes todo el día: “¿Qué haces? ¿Con quién estás?”. Hasta me celaba si me veía hablando con otras propietarias en el pasillo. “No te metas con esas perras, tú eres mío”, me soltaba, con una cara de celosa que me ponía a reír por dentro. Mano, la señora fina y xenófoba ahora era mi perra sumisa, rogándome por guevo y vigilándome como si fuéramos novios.

Yo aprovechaba esa obsesión para someterla más. Cada vez que nos veíamos, le recordaba quién mandaba. “Si me celas tanto, vas a tener que darme más”, le decía mientras le follaba la boca en la lavandería. Ella se hacía la difícil al principio, pero cedía rápido. Intenté meterle el guevo por el culo desde la segunda vez, pero siempre se negaba: “No, eso no, me va a doler, es muy grande”. Mano, se ponía nerviosa, pero yo veía que le daba morbo la idea. La iba preparando: le metía dedos en el ano mientras le comía la pepita, la ensalivaba bien, y ella gemía como loca, mojándose más. “Algún día me lo vas a dar”, le decía, y ella respondía: “Tal vez, pero no ahora”. Sus celos me daban más poder. Un día, me pilló hablando con una vecina joven y me mandó un mensaje furioso: “¿Quién era esa puta? ¿Te la quieres tirar?”. Le respondí: “Si me celas así, vas a tener que darme lo que quiero, tu culito, para que no busque en otra parte”. La perra me sorprendió con su respuesta: “Lo haré pero no mires a otras”. Ahí supe que la tenía en mis manos. Aproveché para empujar más. “Si quieres que sea solo tuyo, lo haremos en tu habitación matrimonial. Ahí me das todo, incluido ese culito que me has negado tanto”. Ella se resistió al principio: “Estás loco, en la cama de mi marido no, es demasiado”. Pero sus celos la traicionaron. “Si no, me busco otra peruana que sí me dé lo que quiero”, le dije, y la perra cedió. “Está bien, pero solo una vez, y despacio”.

Mano, era una mañana como cualquier otra: marido en el trabajo, hijo en el colegio. Entré a su departamento, y esta vez me llevó directo al dormitorio principal. El lugar era lujoso, con una cama king size, sábanas blancas impecables, fotos de su familia en la mesita de noche y un espejo grande en la pared opuesta. Olía a su perfume y al de su marido, lo que me ponía más arrecho: iba a profanar su cama matrimonial con mi guevo venezolano. Cerró la puerta con seguro, temblando un poco de nervios y excitación. “Hazme tuya, pero cuídame”, me dijo, con esa voz de sumisa que ahora usaba. La besé duro, le arranqué la blusa y el sostén, dejando sus tetazas rosadas al aire. Se las chupé, mordisqueando los pezones hinchados hasta que gemía. “Quítate todo, perra”, le ordené, y ella obedeció, quedándose desnuda, con su culazo blanquito y su pepita ya mojadita. La tiré a la cama, boca abajo, y empecé por atrás. Le abrí las nalgas y le comí el ano, metiendo lengua profunda, ensalivándolo bien. Ella se retorcía: “Ay, se siente raro, pero rico… no pares”. Le metí un dedo, luego dos, abriéndola despacio mientras le sobaba el clítoris con la otra mano. “Vas a darme este culito virgen, ¿verdad? Después de tanto hacerte la difícil”, le dije. Ella, ya caliente, murmuró: “Sí, mi amor, tómame, pero despacio”.

Me puse de rodillas detrás de ella, me escupí el guevo y lo froté contra su ano. “Relájate, perucha, y recuerda: esto es por celarme tanto”. Empujé la cabecita, y entró lento, con ella gimiendo de dolor y placer mezclado. “¡Ay, duele, es muy grueso!”, gritó, pero no me detuvo. Le di tiempo, moviéndome suave, metiendo centímetro a centímetro hasta que entró la mitad. Mano, su ano era apretadísimo, como un guante caliente, y verla ahí, en la cama de su marido, entregándome lo que le había negado tanto, fue arrechísimo. Empecé a bombear más rápido, agarrándola de las caderas, y ella se acostumbró, gimiendo más fuerte: “Si!!! así, dame más”. Le metí una nalgada, dejando mi mano marcada en su nalga blanquita. “Te gusta, ¿eh? Ahora eres mi puta completa”. La puse en cuatro, jalándole el pelo, y le di con todo, follándole el culo mientras le metía dedos en la pepita. Ella se vino como loca, temblando, con un squirt que mojó las sábanas de su marido. “¡No pares, lléname el culo!”, gritaba, ya sin vergüenza.

La volteé, le abrí las piernas y seguí dándole por el ano en misionero, mirándola a los ojos mientras le escupía en la cara. “Mírate, perra, dándome el culo en la cama de tu esposo porque me celas como una loca”. Ella, con los ojos vidriosos de placer, me dijo: “Soy tuya, Javicho, solo tuya, hazme lo que quieras”. Le di duro, sintiendo cómo su ano se contraía alrededor de mi guevo, hasta que no aguanté más. “Toma leche venezolana en tu culito, puta”, le dije, y le solté todo adentro, chorros calientes que la llenaron. Ella se vino otra vez, abrazándome, besándome como si fuera su amante de toda la vida. Terminamos exhaustos, con mi leche chorreándole del ano, manchando las sábanas. “Nunca me habían hecho algo así… me encantó”, confesó, todavía temblando. Le agarré el cuello y le dije: “Ahora sí eres mi perra total, y si me celas más, te voy a castigar peor”. Ella sonrió: “Sí, mi macho, lo que digas”. Desde ese día, Hellen se enganchó aún más, celándome por todo, pero obedeciéndome como una sumisa. Mano, qué revancha: de xenófoba a mi puta personal.
 
Faltan videos y fotos cofra
 
Buen relato cpntinue
 
Después de esa mañana en su cama matrimonial, donde le abrí el culito virgen con mi guevo venezolano, llenándoselo de leche mientras gritaba como una zorra en celo, Hellen se volvió una adicta total. Mano, la perra no podía pasar un día sin rogarme por más. Me mandaba mensajes a cada rato, con fotos de su pepita chorreando o su ano dilatado, suplicando: “Javicho, ven y relléname, no aguanto sin tu guevo”. Sus celos se pusieron peor; si me veía charlando con cualquier vecina, me bombardeaba: “¿Quién era esa puta? ¿Le quieres meter el guevo a ella también? Recuerda que soy tuya, solo tuya”. Yo me reía por dentro, pero usaba esa obsesión para dominarla más. “Si me celas tanto, vas a tener que darme más, perucha. Mañana me das la boca hasta que te tragues toda mi leche, y te grabo gimiendo mi nombre”, le respondía, y ella cedía como una sumisa, accediendo a todo lo que le pedía. Nos veíamos casi a diario, siempre en su departamento, variando los lugares: cocina, sala, baño, y sobre todo, esa cama king size donde dormía con su marido. Cada cogida era más morbosa, más sucia, porque sabía que la estaba convirtiendo en mi puta personal, profanando su vida de señora fina con mi guevo venezolano marcándola por dentro y por fuera.



Un día, por ejemplo, llegué temprano y la encontré esperándome en la puerta con solo una bata abierta, sus tetazas rosadas al aire, los pezones hinchados y duros como piedras, y su pepita ya mojadita, con gotas de jugo resbalando por sus muslos blanquitos. “Entra rápido mi amor, antes de que los vecinos vean”, me dijo, jalándome adentro con manos temblorosas de excitación. La tiré contra la pared de la entrada, le abrí la bata de un tirón y le metí mano directo en la pepita, que chorreaba como una fuente abierta, mis dedos hundiéndose en esa carne caliente y húmeda, sintiendo cómo su clítoris palpitaba bajo mi pulgar. “Estás empapada, perra, ¿pensando en mi guevo todo el día, imaginando cómo te reviento el culito?”, le pregunté, metiéndole dos dedos profundo mientras le chupaba los pezones hinchados, mordisqueándolos con los dientes hasta que se ponían rojos y sensibles, haciendo que su cuerpo se arqueara contra la pared. Ella gemía fuerte, con la voz ronca: “Sí, Javicho, no puedo dejar de pensar en cómo me abres el culito con tu guevo grueso, estirándome hasta el límite… hazme tuya, rómpeme”. La llevé a la sala, la puse de rodillas en el sofá y le follé la boca sin piedad. Le agarraba el pelo con fuerza, hundiendo mi guevo hasta la garganta, sintiendo cómo sus labios se estiraban alrededor de mi tronco venoso, haciendo que se atragantara y babeara saliva espesa que goteaba por su barbilla y caía sobre sus tetazas. “Trágatelo todo, puta xenófoba, siente cómo te lleno la boca con guevo venezolano”, le decía, y ella lo chupaba con más ganas, escupiendo sobre la cabeza hinchada para lubricarlo, lamiendo mis huevos pesados y arrugados como una actriz porno desesperada por leche. Luego la puse en cuatro sobre el sofá, le abrí las nalgas blanquitas con las manos, exponiendo su ano rosado y ya un poco dilatado de tanto uso, le metí el guevo por el culo de una sola estocada, sin lubricante extra, solo con su saliva y sus jugos. Gritó de dolor al principio: “¡Ay, duele, es tan grueso, me estás partiendo el ano!”, pero se acostumbró rápido, moviendo el culazo hacia atrás para que entrara más profundo, sus nalgas carnudas rebotando contra mis caderas con cada embestida. Le di con furia, nalgueándola hasta dejarle las marcas rojas de mis manos impresas en la piel, mientras le decía: “Mueve ese culo, perucha, como la puta que eres. Tu marido ni idea de que te estoy reventando el ano en su casa, sintiendo cómo tu hueco apretado me exprime el guevo”. Se vino tres veces seguidas, mojando el sofá con squirts explosivos que salpicaban como chorros calientes, oliendo a puro sexo crudo y vicio, y yo le solté la leche adentro, chorros espesos y calientes que la llenaban hasta rebosar, goteando por sus muslos temblorosos. Terminamos sudados, con mi leche chorreándole por las piernas y manchando el piso, y ella me besaba con la boca aún hinchada: “Eres mi dios, venezolano, nadie me ha hecho sentir así, con el ano ardiendo y lleno de tu semilla”.



Y hablando del marido, un día el mamaguevo me trató como ****** por un tema de mi trabajo. Era una tarde que yo estaba trapeando el lobby, y el tipo bajó furioso porque supuestamente había dejado un pasillo sucio el día anterior (mentira, era impecable, pero el cabrón buscaba excusa). Me gritó delante de todos: “Oye, veneco, ¿para qué te pagan? Este edificio parece un chiquero desde que contrataron extranjeros como tú. Limpia bien o hablo con tu supervisor”. Mano, me hervía la sangre, pero me callé porque no quería perder el empleo. Por dentro pensé: “Si supieras cómo le reviento el culo a tu mujer todos los días, hijo de puta”. Esa noche le conté a Hellen por mensaje, y la perra se puso nerviosa: “No le hagas caso, mi amor, él es así”. Pero yo lo usé para mi venganza. Al día siguiente, le dije: “Por cómo me trató tu marido, hoy vas a pagar tú, perucha. Vamos a la cama matrimonial, y me das todo, más sucio que nunca”.



Llegué arrecho como nunca, y Hellen me abrió la puerta con cara de culpable, pero excitada, su pepita ya húmeda bajo la falda. La llevé directo a la habitación, la tiré a la cama donde dormía con ese mamaguevo, y le arranqué la ropa con brusquedad, dejando sus tetazas rebotando libres y su culazo al aire. “Hoy te voy a tratar como la puta que mereces por ese marido tuyo”, le dije, escupiéndole en la cara. Empecé comiéndole la pepita, metiendo lengua profundo en sus pliegues rosados y jugosos, lamiendo su clítoris hinchado como una fruta madura mientras le metía tres dedos en el ano para abrirlo, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mis nudillos, lubricadas por su propio flujo. Ella gritaba: “¡Sí, castígame, soy tu perra, hazme sufrir de placer!”. La puse boca abajo, le abrí las nalgas con fuerza, exponiendo su ano palpitante, y le escupí directo en el hueco, frotando la cabeza de mi guevo contra él, sintiendo el calor y la humedad. “Esto es por tu marido, perucha. Dile adiós a tu culito”, le dije, y se lo metí de una, duro, hasta el fondo, sintiendo cómo su ano virgen se estiraba al límite alrededor de mi tronco grueso y venoso. Gritó de dolor mezclado con placer: “¡Me estás partiendo, es demasiado grueso, me arde el ano!”, pero se mojó más, empujando hacia atrás como una perra en celo. Le di con rabia, follándole el ano como un animal salvaje, jalándole el pelo para arquearle la espalda y nalgueándola fuerte, dejando moretones morados que tardarían días en desaparecer. “Grita mi nombre, puta, para que tu marido lo sienta en el alma”, le ordenaba, y ella obedecía: “¡Javicho, mi venezolano, revuélveme el culo con tu guevo, hazme sangrar de placer!”. Le metí el guevo en la pepita un rato, alternando con estocadas profundas que la hacían chorrear jugos por los muslos, lubricando más el ano para volver a reventárselo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada cambio. La perra se vino en squirts interminables, chorros calientes y pegajosos que salpicaban hasta el piso, oliendo a puro vicio animal, mientras su ano se contraía espasmódicamente alrededor de mi guevo. “Tu marido ni te toca así, ¿verdad? Él con su pichulita pequeña, incapaz de hacerte gritar”, le decía, y ella confesaba entre gemidos roncos: “No, mi amor, solo tú me haces esto… lléname, hazme tu depósito de leche”. La volteé, le abrí las piernas en misionero anal, mirándola a los ojos vidriosos mientras le escupía en la boca abierta y le apretaba el cuello con fuerza, sintiendo su pulso acelerado bajo mis dedos. “Trágate mi saliva, perra, y toma leche venezolana por el culo”, le gruñí. Le solté todo adentro, chorros espesos y calientes que la llenaron hasta rebosar, goteando por sus nalgas y manchando las sábanas con un olor a pescado y lujurioso. Ella me exprimió con su ano, viniéndose otra vez en un orgasmo violento, temblando y besándome con la boca aún llena de mi saliva, su cuerpo convulsionando como si la estuviera electrocutando de placer. Después, nos quedamos ahí, con el olor a sexo impregnando la habitación como un perfume prohibido. Le dije: “Limpia esto tú misma, perucha, y dile a tu marido que el ‘veneco’ te vengó”. Desde ese día, Hellen se volvió aún más sumisa, y yo seguí usándola como mi revancha personal. Mano, qué rico fue convertirla en mi puta adicta, marcándola con moretones y leche cada vez que podía.



Pero la vida da vueltas. Un día el marido ascendió en la empresa. Le subieron el sueldo bastante, y empezaron a buscar casa nueva. Hellen me lo contó con cara de tristeza: “Nos mudamos en dos meses a una casa grande en La Molina, con jardín y todo… ya no vas a poder venir tan fácil”. Yo le dije: “Tranquila, perra, siempre voy a encontrar la forma de darte guevo”. Los últimos meses en el viejo departamento fueron una locura: cogíamos como si se acabara el mundo, con sesiones maratónicas donde la dejaba exhausta, el ano rojo e hinchado, la pepita chorreando y las sábanas empapadas en squirts. La última vez que estuvimos en la cama matrimonial la dejé destrozada: la até con las correas de su marido, le metí el guevo por el culo hasta el fondo en una pose invertida, sintiendo cómo su hueco se abría y cerraba alrededor de mi tronco, le hice squirt tres veces seguidas con mis dedos vibrando en su clítoris mientras empujaba, y le llené el ano de leche espesa mientras le decía: “Llévate esto puesto a tu casa nueva, para que recuerdes quién es tu dueño, y cada vez que sientas el ardor, pienses en mí”.



Se mudaron. Al principio seguíamos viéndonos una o dos veces por semana: ella inventaba “salidas al gym” o “ir al centro comercial” y nos encontrábamos en hostales baratos de la Panamericana o en el estacionamiento subterráneo de un mall. La cogía en el asiento trasero de su camioneta nueva, con vidrios polarizados, metiéndole el guevo por el ano mientras ella se sobaba el clítoris y gemía contra el vidrio empañado; o en cuartos de hora en hostales donde pagaba ella, dejándola con el culo chorreando leche y marcas de dientes en las tetas. Siempre anal, siempre duro, siempre con ella rogándome que la marcara más profundo, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba con orgasmos que la dejaban jadeando por minutos. Pero poco a poco la distancia y la nueva rutina hicieron que los encuentros bajaran: de dos veces por semana a una, luego cada quince días, después una vez al mes.



Hoy, años después, todavía nos vemos de vez en cuando. Cada cierto tiempo me llega su mensaje clásico: “Javicho, tengo ganas de mi dosis venezolana… ¿puedes?”. Quedamos en algún hostal de siempre, ella llega con su ropa de señora fina, pero en diez minutos ya está de rodillas mamándome el guevo como la primera vez, abriendo la boca al máximo para tragar mi tronco venoso, baboseando y atragantándose mientras me mira con ojos lujuriosos, pidiéndome que le reviente el culo y le deje leche adentro para llevársela a su casa nueva, a su marido exitoso y a su hijo que ya están grande. La última vez, hace como tres meses, la tuve en cuatro en una cama de hostal, dándole duro por el ano mientras le jalaba el pelo con fuerza, sintiendo cómo su hueco apretado me succionaba el guevo, nalgueándola hasta que sus nalgas blanquitas se pusieran rojas y ardientes, y le decía: “¿Te acuerdas cuando me decías veneco, perra?”. Y ella, gimiendo entre estocadas profundas que la hacían temblar: “Sí, mi amor… y ahora no puedo vivir sin tu guevo venezolano, sin sentir cómo me estiras y me llenas hasta el tope”. Entré hasta el fondo, sintiendo su ano contraerse en espasmos, y le solté toda la leche bien adentro, chorros calientes que rebosaron y gotearon por sus muslos, dejando un charco en las sábanas baratas del hostal. Esa es la historia real con Hellen: de xenófoba que me humillaba a puta secreta que, años después, todavía me busca de vez en cuando para que le recuerde quién manda. Y así seguimos, pana… cada cierto tiempo, un hostal, su culo abierto y mi guevo llenándola como el primer día.
 
Con una foto real de la señora Hellen y las evidencias este relato sería más elegante ,
 
Buen relato continúe
 
Cofra chamo están buenos sus relatos, y este de la milf Hellen de lo mejor. Así sacando calculo, cuantas peruanas se ha cachado?
 
Cofra chamo están buenos sus relatos, y este de la milf Hellen de lo mejor. Así sacando calculo, cuantas peruanas se ha cachado?
fácil se le pasa la mano y termina
 
Tengo muchas experiencias con peruanas, vivo en Perú desde el 2018. Obviamente no todas han sido así de interesantes, ni contaré todas, cuento las mas arrechas. Igual si hay más venezolanos o peruanas q quieran compartir su experiencia lo pueden hacer por acá.
 

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