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21 Years of Service
El domingo busqué un espacio para llamar a Angie.
No fue por dramatismo. Fue por necesidad. Porque cuando algo queda flotando en el aire y nadie lo nombra, empieza a crecer. Y yo no quería que esa sombra se volviera un monstruo.
Me encerré un momento donde podía hablar sin que se escuchara. Marqué. Angie contestó rápido, pero ya desde el primer “hola” se le notaba el mismo temblor que yo tenía adentro.
—Hola, Primix… ¿todo bien? —preguntó, con una voz que intentaba sonar normal.
—Sí… —le dije—. Todo demasiado bien.
Hubo una pausa.
—¿A qué te refieres?
—A lo de ayer, Angie —solté—. Estabas demasiado emocionada. ¿Qué te pasó?
Del otro lado se escuchó su respiración. Como si buscara palabras que no le quemen.
—No sé, Primix… —dijo bajito—. Es que… el vino… y tú… me vuelven loca. Perdóname.
Me froté la frente con los dedos.
—Sí, amor, yo sé… —respondí—. Pero tienes que controlarte. Nadia no me ha dicho nada… y eso es lo que más me preocupa.
—¿No te dijo nada?
—Nada, Angie. Ni una palabra. Y yo no sé qué vio. No sé si te vio besándome… si te vio pegada a mí… si vio justo cuando te separaste… no lo sé. Pero no me ha dicho nada.
Angie tragó saliva, se notó en el silencio.
—A lo mejor no vio nada —dijo, intentando agarrarse de esa posibilidad como de un pasamanos.
—A lo mejor —concedí—. ¿Pero cómo saberlo? Yo no le voy a preguntar. No puedo llegar y decirle: “¿Me viste chapando con Angie?” Imagínate.
Angie se quedó callada.
—Amor… lo siento —dijo por fin, con una culpa auténtica—. Lo siento de verdad. Tengo que controlarme.
—Ya, Angie… ya —le respondí, bajando la voz—. Para el futuro, por favor. Contrólate. Y si no te vas a poder controlar… no tomes cuando estés en casa.
Ella asintió, aunque yo no pudiera verla.
—Sí… sí… —susurró—. Perdóname otra vez.
Yo respiré hondo y dije lo que de verdad me estaba comiendo.
—Ahora tenemos que ver cómo manejamos esto. Es una bomba de tiempo. Puede ser una bomba de mentira, de esas que solo hacen humo… y no pasa nada. Pero también puede ser una bomba atómica… y explota cuando menos lo pensemos.
—Sí, amor… vamos a pensar —dijo ella, nerviosa.
—Tranquila —le repetí—. Tranquila. Ya está. Ya pasó. Ahora… calma.
Cortamos.
Y yo me quedé con el teléfono en la mano como si fuera una granada sin seguro.
Pero el día… el día transcurrió normal.
Con Nadia todo fue normal. Demasiado normal. Cocinamos, vimos televisión en la tarde, un par de peliculas en Netflix. Ella se puso a ordenar papeles del laboratorio, yo avancé algunas cosas. En la noche preparamos una cena ligera. Nos duchamos juntos. Nos metimos a la cama. Nadia me abrazó, me dio un beso de buenas noches.
Nada.
Ni una palabra.
Ni una mirada sospechosa.
Todo parecía tan normal que justamente por eso me inquietaba.
No fue por dramatismo. Fue por necesidad. Porque cuando algo queda flotando en el aire y nadie lo nombra, empieza a crecer. Y yo no quería que esa sombra se volviera un monstruo.
Me encerré un momento donde podía hablar sin que se escuchara. Marqué. Angie contestó rápido, pero ya desde el primer “hola” se le notaba el mismo temblor que yo tenía adentro.
—Hola, Primix… ¿todo bien? —preguntó, con una voz que intentaba sonar normal.
—Sí… —le dije—. Todo demasiado bien.
Hubo una pausa.
—¿A qué te refieres?
—A lo de ayer, Angie —solté—. Estabas demasiado emocionada. ¿Qué te pasó?
Del otro lado se escuchó su respiración. Como si buscara palabras que no le quemen.
—No sé, Primix… —dijo bajito—. Es que… el vino… y tú… me vuelven loca. Perdóname.
Me froté la frente con los dedos.
—Sí, amor, yo sé… —respondí—. Pero tienes que controlarte. Nadia no me ha dicho nada… y eso es lo que más me preocupa.
—¿No te dijo nada?
—Nada, Angie. Ni una palabra. Y yo no sé qué vio. No sé si te vio besándome… si te vio pegada a mí… si vio justo cuando te separaste… no lo sé. Pero no me ha dicho nada.
Angie tragó saliva, se notó en el silencio.
—A lo mejor no vio nada —dijo, intentando agarrarse de esa posibilidad como de un pasamanos.
—A lo mejor —concedí—. ¿Pero cómo saberlo? Yo no le voy a preguntar. No puedo llegar y decirle: “¿Me viste chapando con Angie?” Imagínate.
Angie se quedó callada.
—Amor… lo siento —dijo por fin, con una culpa auténtica—. Lo siento de verdad. Tengo que controlarme.
—Ya, Angie… ya —le respondí, bajando la voz—. Para el futuro, por favor. Contrólate. Y si no te vas a poder controlar… no tomes cuando estés en casa.
Ella asintió, aunque yo no pudiera verla.
—Sí… sí… —susurró—. Perdóname otra vez.
Yo respiré hondo y dije lo que de verdad me estaba comiendo.
—Ahora tenemos que ver cómo manejamos esto. Es una bomba de tiempo. Puede ser una bomba de mentira, de esas que solo hacen humo… y no pasa nada. Pero también puede ser una bomba atómica… y explota cuando menos lo pensemos.
—Sí, amor… vamos a pensar —dijo ella, nerviosa.
—Tranquila —le repetí—. Tranquila. Ya está. Ya pasó. Ahora… calma.
Cortamos.
Y yo me quedé con el teléfono en la mano como si fuera una granada sin seguro.
Pero el día… el día transcurrió normal.
Con Nadia todo fue normal. Demasiado normal. Cocinamos, vimos televisión en la tarde, un par de peliculas en Netflix. Ella se puso a ordenar papeles del laboratorio, yo avancé algunas cosas. En la noche preparamos una cena ligera. Nos duchamos juntos. Nos metimos a la cama. Nadia me abrazó, me dio un beso de buenas noches.
Nada.
Ni una palabra.
Ni una mirada sospechosa.
Todo parecía tan normal que justamente por eso me inquietaba.
