Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (6 Viewers)

El domingo busqué un espacio para llamar a Angie.

No fue por dramatismo. Fue por necesidad. Porque cuando algo queda flotando en el aire y nadie lo nombra, empieza a crecer. Y yo no quería que esa sombra se volviera un monstruo.

Me encerré un momento donde podía hablar sin que se escuchara. Marqué. Angie contestó rápido, pero ya desde el primer “hola” se le notaba el mismo temblor que yo tenía adentro.

—Hola, Primix… ¿todo bien? —preguntó, con una voz que intentaba sonar normal.

—Sí… —le dije—. Todo demasiado bien.

Hubo una pausa.

—¿A qué te refieres?

—A lo de ayer, Angie —solté—. Estabas demasiado emocionada. ¿Qué te pasó?

Del otro lado se escuchó su respiración. Como si buscara palabras que no le quemen.

—No sé, Primix… —dijo bajito—. Es que… el vino… y tú… me vuelven loca. Perdóname.

Me froté la frente con los dedos.

—Sí, amor, yo sé… —respondí—. Pero tienes que controlarte. Nadia no me ha dicho nada… y eso es lo que más me preocupa.

—¿No te dijo nada?

—Nada, Angie. Ni una palabra. Y yo no sé qué vio. No sé si te vio besándome… si te vio pegada a mí… si vio justo cuando te separaste… no lo sé. Pero no me ha dicho nada.

Angie tragó saliva, se notó en el silencio.

—A lo mejor no vio nada —dijo, intentando agarrarse de esa posibilidad como de un pasamanos.

—A lo mejor —concedí—. ¿Pero cómo saberlo? Yo no le voy a preguntar. No puedo llegar y decirle: “¿Me viste chapando con Angie?” Imagínate.

Angie se quedó callada.

—Amor… lo siento —dijo por fin, con una culpa auténtica—. Lo siento de verdad. Tengo que controlarme.

—Ya, Angie… ya —le respondí, bajando la voz—. Para el futuro, por favor. Contrólate. Y si no te vas a poder controlar… no tomes cuando estés en casa.

Ella asintió, aunque yo no pudiera verla.

—Sí… sí… —susurró—. Perdóname otra vez.

Yo respiré hondo y dije lo que de verdad me estaba comiendo.

—Ahora tenemos que ver cómo manejamos esto. Es una bomba de tiempo. Puede ser una bomba de mentira, de esas que solo hacen humo… y no pasa nada. Pero también puede ser una bomba atómica… y explota cuando menos lo pensemos.

—Sí, amor… vamos a pensar —dijo ella, nerviosa.

—Tranquila —le repetí—. Tranquila. Ya está. Ya pasó. Ahora… calma.

Cortamos.

Y yo me quedé con el teléfono en la mano como si fuera una granada sin seguro.

Pero el día… el día transcurrió normal.

Con Nadia todo fue normal. Demasiado normal. Cocinamos, vimos televisión en la tarde, un par de peliculas en Netflix. Ella se puso a ordenar papeles del laboratorio, yo avancé algunas cosas. En la noche preparamos una cena ligera. Nos duchamos juntos. Nos metimos a la cama. Nadia me abrazó, me dio un beso de buenas noches.

Nada.
Ni una palabra.
Ni una mirada sospechosa.

Todo parecía tan normal que justamente por eso me inquietaba.
 
Y llegó el lunes.

Yo estaba en la oficina, ya con la mente en modo cierre: documentos, pendientes, cosas que tenía que dejar caminando porque era mi última semana de trabajo. Estaba concentrado, tratando de no pensar en lo otro, cuando entró un WhatsApp de Angie:

“¿Te puedo llamar?”

Miré alrededor. Paredes. Puertas. Gente entrando y saliendo. La oficina siempre parecía escuchar.

Le respondí:

“Salgo en media hora. Mejor te llamo saliendo. Acá las paredes oyen.”

“Ok”
, me contestó.

Salí, subí al carro y la llamé de inmediato.

—¿Qué pasó? —le dije—. ¿Estás bien?

—Sí… —respondió ella—. Sí, Primix, pero…

Hizo un silencio.

Y ese silencio me erizó.

—Angie… habla.

—Nadia me llamó hace un rato —dijo por fin—. Quiere tomar un café conmigo.

Sentí como si el aire cambiara de densidad.

—¿Cómo? —dije, y me salió más fuerte de lo que quería—. ¿Nadia te llamó?

—Sí… —repitió—. Quería hoy día, pero… yo lo pateé para mañana. Quería conversar contigo antes.

Se me escapó un “Wow” real, de esos que no se pueden disimular.

—¿Aceptaste?

—Sí, claro que acepté —dijo, tratando de sonar firme, pero se le notaba el temblor—. Mañana, saliendo de trabajar, seis y media… siete. Cerca de mi trabajo.

Yo manejaba, pero mi cabeza iba a cien.

—Muy bien —dije—. Hay que escucharla. A ver qué dice.

Intenté agarrarme de una lógica.

—Pero yo creo que si hubiera visto algo… no te llamaría a ti —agregué—. Me lo diría a mí. O explotaría en casa. Debe ser otra cosa.

Angie no respondió de inmediato.

—Ay, no sé… —dijo al fin—. Estoy nerviosa. Si ayer hemos conversado de todo, que quiere hablar ahora?

—Ya, Angie… tranquila —le repetí como un mantra—. Tranquila. No es nada. No adelantes películas.

Cortamos.

Y yo me quedé conduciendo, con esa sensación incómoda de cuando uno quiere creer una versión… pero por dentro sabe que hay otra versión posible.

Esa noche, en casa, Nadia estaba… normal.

Nos reímos. Cenamos. En un momento, incluso me hizo una insinuación mientras lavábamos los platos, como si estuviéramos en una etapa bonita. No hicimos el amor esa noche. No por rechazo. Por cansancio. Por ruido mental.

Nos acostamos igual. Nos dimos un beso largo. De esos que parecen cerrar el día.

—Te amo —me dijo.

Y se quedó dormida recostada en mí, tranquila.

Todo, aparentemente, normal.

Pero yo, con los ojos abiertos en la oscuridad, solo podía pensar en el café del día siguiente. En la llamada de Nadia. En el silencio del sábado. En esa mirada rara.

Y en esa frase que me retumbaba como un tambor bajo:

La sospecha no necesita pruebas. Solo necesita tiempo.
 
ANGIE

Llegué a la cafetería quince minutos antes. No porque me guste la puntualidad —que sí—, sino porque no podía estar en ningún otro lugar con esa ansiedad rebotándome en el pecho.

Yo, que siempre me he sentido segura, decidida, de pronto estaba temblando como hoja. No era una reunión cualquiera. No era una cita de trabajo. Era Nadia.

Nadia no solo era la esposa de mi Primix. Era mi amiga. Y eso hacía que todo se sintiera… una doble traición.

Me senté cerca de la ventana, de espaldas a la pared. Manías de gente que quiere ver la puerta. Pedí un café antes de que ella llegara, solo para tener algo que hacer con las manos. Y mientras removía el café con una cucharita que hacía un ruido ridículamente fuerte en mi cabeza, me reproché otra vez lo del sábado.

Qué estupidez, Angie.
Qué beso más tonto.
En esa casa, además.


Esa casa era sagrada. No por los muebles, ni por las paredes. Por lo que significaba: el lugar donde el mundo “normal” de mi Primix respiraba. Y yo… yo había metido mi incendio ahí.

Entonces la vi.

Entró por la puerta con esa elegancia sobria que tiene cuando sale del trabajo: paso firme, mirada atenta, el bolso colgando con autoridad. Y a mí, como por reflejo, se me acomodó la cara sola.

Sonreí. Le levanté la mano para que me viera.

Ella me reconoció al instante y su expresión se suavizó.

Se acercó y nos abrazamos como veníamos abrazándonos últimamente: ese abrazo de amigas que parece inocente, pero que tiene cariño real.

—¡Hola, Angie! —me dijo, y me dio un beso en la mejilla.

—¡Hola, Nadia! —respondí—. ¡Qué guapa estás!

—¡Ay, tú también! —dijo, con esa falsa modestia que ya es tradición entre mujeres que son amigas.

Nos sentamos. Pedimos café, unas galletitas. Y yo traté de que mis manos no delataran la culpa.

Fue Nadia la que empezó. Se acomodó la taza entre los dedos, como si el calor le diera valor.

—Ay… perdóname que te saque de tu trabajo, de tus cosas —dijo—. Pero quería hablar algo contigo.

—Claro —respondí, intentando que mi voz sonara tranquila—. Me llamó la atención, porque estuvimos el domingo en tu casa hablando de todo… y aun así quisiste verme a solas.

Nadia bajó un poco la mirada, le dio un par de vueltas al café con la cucharita, como si el remolino la ayudara a ordenar lo que venía.

—Es que hay cosas que prefiero no hablar en la casa —dijo.

Yo asentí, tragando saliva.

—Te escucho.

Y entonces levantó la vista. Y lo que vi ahí no fue a la doctora segura. Vi a la mujer.

—¿Sabes qué siento? —dijo, muy despacio—. Siento que tu Primix tiene necesidades que yo no puedo cubrir… por más que quisiera.

Mi corazón dio un salto de alivio y de pánico al mismo tiempo.

—¿Cómo así? —pregunté, fingiendo sorpresa, como si no supiera de qué hablaba.

Nadia se rio nerviosa.

—Ay… me da vergüenza contarte esto… pero tú eres mi mejor amiga.

Dios mío, pensé. Justo eso.

—Cuéntame, Nadia —dije, y lo dije de verdad—. Estoy acá para escucharte.

Ella tomó aire, y luego lo soltó como si se rindiera.

—La semana pasada… hicimos el amor —dijo—. Y yo tenía muchas ganas. No sé de dónde me vinieron, porque normalmente no las tengo. Y lo hicimos como hace tiempo no lo hacíamos…

Bajó la voz, casi en susurro:

—Incluso le hice… sexo oral.

Sentí un golpe sordo, no de celos, sino de realidad. Aun así, me obligué a mantener la cara firme.

—¿Y qué tiene eso de malo? —pregunté—. Eso es normal en las parejas.

Ella negó con la cabeza.

—Sí… pero no se lo hacía desde… desde cuando estaba embarazada de mi niña.

Ahí su voz se quebró un poquito, apenas. Yo le sostuve la mirada, tomé las manos suavemente.

—¿Le gustó? —pregunté.

—Claro que le gustó —dijo, y luego soltó una frase que me heló—. Pero siento que desperté al monstruo.

Fruncí el ceño, con cuidado.

—¿A qué te refieres?

—Que ahora… como que él puede querer más —dijo—. Y yo ya no tengo tantas ganas. Esa noche fue especial… yo estaba agradecida. Lo vi tan valiente con lo de la renuncia… quería demostrarle que lo amaba… pedirle perdón por tantas cosas… pero ya pasó. Estos días he querido volver a… y no me nace. No tengo ganas. Y me da miedo…

Me miró, con ojos húmedos.

—¿Qué pasa si desperté su instinto y ahora él busca hacerlo con otra mujer?

Ahí, por dentro, yo solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Ok. No soy yo. No todavía. No directamente.

—¿Con otra mujer? —repetí, como si fuera una idea lejana—. Mira… por lo que conozco a mi Primix, lo dudo sinceramente.

—¿Y qué hará con su necesidad entonces? —insistió—. Los hombres tienen más necesidad que nosotras. Eso es fisiológico.

Yo levanté un hombro, intentando que mi respuesta sonara práctica, no demasiado opinóloga.

—No sé, Nadia… se masturbará, supongo.

Ella hizo una mueca, como si esa palabra le diera rabia y vergüenza a la vez.

—Ay, no sé… —dijo—. Perdóname que sea tan sincera, pero hasta a veces…

Se quedó a medias.

—Nadia… acá estamos entre amigas —le dije, apretándole un poco las manos—. Dímelo.

Y entonces lo dijo.

—Hasta a veces pensé que podía tener algo contigo.

Sentí que se me subió el calor a la cara. No podía permitir que me delatara. No podía.

—¿Conmigo? —pregunté, abriendo los ojos con la mejor actuación de mi vida.

—Sí —dijo—. No sé… a veces los veo tan unidos, con tanta confianza, tanta intimidad… que mi cabeza… se va.

Mi cerebro corrió a mil por segundo. ¿Lo del sábado? ¿Lo vio? ¿Lo sospecha? ¿Está tanteando?
Me vi a mí misma, por un microsegundo, diciendo la verdad y viendo cómo el mundo se quebraba en la mesa. La mamá. Los niños. La familia. La casa. Primix.

No.

Nadia siguió, y ahí supe que : el sábado estaba en su cabeza.

—Mira… el sábado, cuando bajé las escaleras… los vi tan cerca uno del otro.

Yo sentí el esfuerzo físico de mantener la cara estable. Una parte de mí quiso vomitar de culpa.

Sonreí, suave, como quien entiende un malentendido.

—Sí, pues —dije—. Justo yo me estaba parando para ir a la cocina, y él… me estaba acercando la copa… quedamos cerca. Fue incómodo, de hecho.

—Sí… sí… —Nadia asintió rápido—. Yo también pensé eso. Pero se les veía tan… ¿cómo decirlo? Tan bien.

Bajó la mirada.

En ese instante, yo tomé sus manos con firmeza. No como estrategia, sino como acto de amor real. Porque Nadia, con toda su vida “correcta”, tenía una herida abierta.

—Nadia —le dije—. Esto ya me lo has preguntado otras veces y te lo repito: yo amo a tu esposo… como mi familia, como mi mejor amigo. Como mi primo, como mi tío, como mi sangre. Haría cualquier cosa por él, y lo he demostrado porque me ha cuidado desde que yo era niña. Ahora él cuida de mi hija como si fuera suya… y yo te agradezco a ti también por permitir que eso suceda. Pero… no lleves las cosas a otro lado.

Tragué saliva. Y rematé, mirándola directo.

—Entre mi Primix y yo no puede haber nada más. Yo respeto tu matrimonio.

Nadia levantó la mirada. Y ahí vi algo que me rompió: alivio.

Se le llenaron los ojos. Una lágrima se escapó.

—Perdóname por pensar esa tontería —susurró.

Y yo, por dentro, me sentí una basura. Porque acababa de mentirle a mi mejor amiga con una facilidad que me asustó.

Pero ¿qué podía hacer? ¿Decirle que yo también era su mujer en la intimidad? ¿Decirle que yo lo tenía, que yo lo sostenía, que yo lo encendía? ¡Decirle que conmigo hacia el amor todas las semanas y nunca menos de tres veces en una sesión? No. Eso no era una verdad: era una detonación.

Hubo un silencio que no fue incómodo. Fue… humano.

Nadia respiró hondo.

—Perdóname, Angie —dijo—. Son tonterías mías. Lo que pasa es que tengo miedo de perderlo. Y sé que el sexo importa. Y no tengo con quién hablarlo. Es más, en mi locura, alguna vez he pensado que, si él va a tener una aventura fuera del matrimonio, seria mejor contigo, antes que, con una extraña, pero son ideas absurdas, ustedes son familia, por más que sea en cuarto grado, son familia.

—Está bien —respondí—. Para eso somos amigas. Mientras trataba de procesar, el que haya pensado que si mi Primix tenia algo, que fuera conmigo… ¡Dios dame fuerza para no soltar toda la verdad!!

Y lo dije con el corazón, aunque me ardiera.

—Y sí… yo también tendría ese temor —agregué—. Pero conociendo a mi Primix, dudo que él mire para otro lado.

Nadia asintió, más calmada.

—Creo que tienes razón —dijo—. Y perdóname por dudar de ti… de ustedes. Yo entiendo que el amor de ustedes es fuerte, pero es un amor filial. Él te quiere y te cuida mucho. Y tu familia es tan tradicional… que yo sé que eso no podría darse, ¿no?

—No —respondí rápido—. Eso jamás podría darse. Imagínate.

Y mientras decía eso, mi cabeza me traicionó con imágenes: su cama, el sillón en la casa de su mamá cuando él aún no se casaba, los inicios, las primera vez que lo tuve dentro. El origen del incendio. Me estremecí por dentro.

Qué fácil es mentir cuando una mentira protege a todos, pensé con horror.

La conversación, por suerte, cambió. Hablamos de trabajo, de horarios, de la vida. Reímos de cosas pequeñas. Terminamos el café, las galletas. Salimos conversando, ya más ligeras, como si hubiéramos pasado por un túnel.

Nuestros autos estaban cerca. Nos despedimos con un abrazo grande y un beso en la mejilla.

—Gracias por confiar en mí, Nadia —le dije.

Ella me apretó los brazos.

—Gracias a ti, Angie —respondió—. No tengo a nadie más con quien hablar estas cosas. Gracias por escucharme.

Me subí al auto.

Ahí, recién ahí, solté el aire. Alivio… y culpa. Una mezcla amarga.

Me quedé un segundo con las manos en el volante, mirando la nada. Mis ojos se mojaron, por culpa, por alivio, por todo.

Así es esto, me dije. Si no miento, explota todo.
Mi relación con mi mamá.
Mi relación con mi Primix.
Nuestras vidas.

Agarré el celular y le escribí a mi Primix por WhatsApp:

“Ya terminé. ¿Te puedo llamar?”

Me respondió al rato:

“Estoy en una reunión hasta muy tarde. Mejor nos vemos mañana. Almorzamos. Quiero que me lo cuentes en persona.”

Leí el mensaje y sentí que el corazón, por fin, me bajaba de la garganta al pecho.

Guardé el teléfono.

Y arranqué.

Con esa sensación rara de haber salvado el día… a costa de romperme un poquito por dentro.
 
ANGIE

Llegué a la cafetería quince minutos antes. No porque me guste la puntualidad —que sí—, sino porque no podía estar en ningún otro lugar con esa ansiedad rebotándome en el pecho.

Yo, que siempre me he sentido segura, decidida, de pronto estaba temblando como hoja. No era una reunión cualquiera. No era una cita de trabajo. Era Nadia.

Nadia no solo era la esposa de mi Primix. Era mi amiga. Y eso hacía que todo se sintiera… una doble traición.

Me senté cerca de la ventana, de espaldas a la pared. Manías de gente que quiere ver la puerta. Pedí un café antes de que ella llegara, solo para tener algo que hacer con las manos. Y mientras removía el café con una cucharita que hacía un ruido ridículamente fuerte en mi cabeza, me reproché otra vez lo del sábado.

Qué estupidez, Angie.
Qué beso más tonto.
En esa casa, además.


Esa casa era sagrada. No por los muebles, ni por las paredes. Por lo que significaba: el lugar donde el mundo “normal” de mi Primix respiraba. Y yo… yo había metido mi incendio ahí.

Entonces la vi.

Entró por la puerta con esa elegancia sobria que tiene cuando sale del trabajo: paso firme, mirada atenta, el bolso colgando con autoridad. Y a mí, como por reflejo, se me acomodó la cara sola.

Sonreí. Le levanté la mano para que me viera.

Ella me reconoció al instante y su expresión se suavizó.

Se acercó y nos abrazamos como veníamos abrazándonos últimamente: ese abrazo de amigas que parece inocente, pero que tiene cariño real.

—¡Hola, Angie! —me dijo, y me dio un beso en la mejilla.

—¡Hola, Nadia! —respondí—. ¡Qué guapa estás!

—¡Ay, tú también! —dijo, con esa falsa modestia que ya es tradición entre mujeres que son amigas.

Nos sentamos. Pedimos café, unas galletitas. Y yo traté de que mis manos no delataran la culpa.

Fue Nadia la que empezó. Se acomodó la taza entre los dedos, como si el calor le diera valor.

—Ay… perdóname que te saque de tu trabajo, de tus cosas —dijo—. Pero quería hablar algo contigo.

—Claro —respondí, intentando que mi voz sonara tranquila—. Me llamó la atención, porque estuvimos el domingo en tu casa hablando de todo… y aun así quisiste verme a solas.

Nadia bajó un poco la mirada, le dio un par de vueltas al café con la cucharita, como si el remolino la ayudara a ordenar lo que venía.

—Es que hay cosas que prefiero no hablar en la casa —dijo.

Yo asentí, tragando saliva.

—Te escucho.

Y entonces levantó la vista. Y lo que vi ahí no fue a la doctora segura. Vi a la mujer.

—¿Sabes qué siento? —dijo, muy despacio—. Siento que tu Primix tiene necesidades que yo no puedo cubrir… por más que quisiera.

Mi corazón dio un salto de alivio y de pánico al mismo tiempo.

—¿Cómo así? —pregunté, fingiendo sorpresa, como si no supiera de qué hablaba.

Nadia se rio nerviosa.

—Ay… me da vergüenza contarte esto… pero tú eres mi mejor amiga.

Dios mío, pensé. Justo eso.

—Cuéntame, Nadia —dije, y lo dije de verdad—. Estoy acá para escucharte.

Ella tomó aire, y luego lo soltó como si se rindiera.

—La semana pasada… hicimos el amor —dijo—. Y yo tenía muchas ganas. No sé de dónde me vinieron, porque normalmente no las tengo. Y lo hicimos como hace tiempo no lo hacíamos…

Bajó la voz, casi en susurro:

—Incluso le hice… sexo oral.

Sentí un golpe sordo, no de celos, sino de realidad. Aun así, me obligué a mantener la cara firme.

—¿Y qué tiene eso de malo? —pregunté—. Eso es normal en las parejas.

Ella negó con la cabeza.

—Sí… pero no se lo hacía desde… desde cuando estaba embarazada de mi niña.

Ahí su voz se quebró un poquito, apenas. Yo le sostuve la mirada, tomé las manos suavemente.

—¿Le gustó? —pregunté.

—Claro que le gustó —dijo, y luego soltó una frase que me heló—. Pero siento que desperté al monstruo.

Fruncí el ceño, con cuidado.

—¿A qué te refieres?

—Que ahora… como que él puede querer más —dijo—. Y yo ya no tengo tantas ganas. Esa noche fue especial… yo estaba agradecida. Lo vi tan valiente con lo de la renuncia… quería demostrarle que lo amaba… pedirle perdón por tantas cosas… pero ya pasó. Estos días he querido volver a… y no me nace. No tengo ganas. Y me da miedo…

Me miró, con ojos húmedos.

—¿Qué pasa si desperté su instinto y ahora él busca hacerlo con otra mujer?

Ahí, por dentro, yo solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Ok. No soy yo. No todavía. No directamente.

—¿Con otra mujer? —repetí, como si fuera una idea lejana—. Mira… por lo que conozco a mi Primix, lo dudo sinceramente.

—¿Y qué hará con su necesidad entonces? —insistió—. Los hombres tienen más necesidad que nosotras. Eso es fisiológico.

Yo levanté un hombro, intentando que mi respuesta sonara práctica, no demasiado opinóloga.

—No sé, Nadia… se masturbará, supongo.

Ella hizo una mueca, como si esa palabra le diera rabia y vergüenza a la vez.

—Ay, no sé… —dijo—. Perdóname que sea tan sincera, pero hasta a veces…

Se quedó a medias.

—Nadia… acá estamos entre amigas —le dije, apretándole un poco las manos—. Dímelo.

Y entonces lo dijo.

—Hasta a veces pensé que podía tener algo contigo.

Sentí que se me subió el calor a la cara. No podía permitir que me delatara. No podía.

—¿Conmigo? —pregunté, abriendo los ojos con la mejor actuación de mi vida.

—Sí —dijo—. No sé… a veces los veo tan unidos, con tanta confianza, tanta intimidad… que mi cabeza… se va.

Mi cerebro corrió a mil por segundo. ¿Lo del sábado? ¿Lo vio? ¿Lo sospecha? ¿Está tanteando?
Me vi a mí misma, por un microsegundo, diciendo la verdad y viendo cómo el mundo se quebraba en la mesa. La mamá. Los niños. La familia. La casa. Primix.

No.

Nadia siguió, y ahí supe que : el sábado estaba en su cabeza.

—Mira… el sábado, cuando bajé las escaleras… los vi tan cerca uno del otro.

Yo sentí el esfuerzo físico de mantener la cara estable. Una parte de mí quiso vomitar de culpa.

Sonreí, suave, como quien entiende un malentendido.

—Sí, pues —dije—. Justo yo me estaba parando para ir a la cocina, y él… me estaba acercando la copa… quedamos cerca. Fue incómodo, de hecho.

—Sí… sí… —Nadia asintió rápido—. Yo también pensé eso. Pero se les veía tan… ¿cómo decirlo? Tan bien.

Bajó la mirada.

En ese instante, yo tomé sus manos con firmeza. No como estrategia, sino como acto de amor real. Porque Nadia, con toda su vida “correcta”, tenía una herida abierta.

—Nadia —le dije—. Esto ya me lo has preguntado otras veces y te lo repito: yo amo a tu esposo… como mi familia, como mi mejor amigo. Como mi primo, como mi tío, como mi sangre. Haría cualquier cosa por él, y lo he demostrado porque me ha cuidado desde que yo era niña. Ahora él cuida de mi hija como si fuera suya… y yo te agradezco a ti también por permitir que eso suceda. Pero… no lleves las cosas a otro lado.

Tragué saliva. Y rematé, mirándola directo.

—Entre mi Primix y yo no puede haber nada más. Yo respeto tu matrimonio.

Nadia levantó la mirada. Y ahí vi algo que me rompió: alivio.

Se le llenaron los ojos. Una lágrima se escapó.

—Perdóname por pensar esa tontería —susurró.

Y yo, por dentro, me sentí una basura. Porque acababa de mentirle a mi mejor amiga con una facilidad que me asustó.

Pero ¿qué podía hacer? ¿Decirle que yo también era su mujer en la intimidad? ¿Decirle que yo lo tenía, que yo lo sostenía, que yo lo encendía? ¡Decirle que conmigo hacia el amor todas las semanas y nunca menos de tres veces en una sesión? No. Eso no era una verdad: era una detonación.

Hubo un silencio que no fue incómodo. Fue… humano.

Nadia respiró hondo.

—Perdóname, Angie —dijo—. Son tonterías mías. Lo que pasa es que tengo miedo de perderlo. Y sé que el sexo importa. Y no tengo con quién hablarlo. Es más, en mi locura, alguna vez he pensado que, si él va a tener una aventura fuera del matrimonio, seria mejor contigo, antes que, con una extraña, pero son ideas absurdas, ustedes son familia, por más que sea en cuarto grado, son familia.

—Está bien —respondí—. Para eso somos amigas. Mientras trataba de procesar, el que haya pensado que si mi Primix tenia algo, que fuera conmigo… ¡Dios dame fuerza para no soltar toda la verdad!!

Y lo dije con el corazón, aunque me ardiera.

—Y sí… yo también tendría ese temor —agregué—. Pero conociendo a mi Primix, dudo que él mire para otro lado.

Nadia asintió, más calmada.

—Creo que tienes razón —dijo—. Y perdóname por dudar de ti… de ustedes. Yo entiendo que el amor de ustedes es fuerte, pero es un amor filial. Él te quiere y te cuida mucho. Y tu familia es tan tradicional… que yo sé que eso no podría darse, ¿no?

—No —respondí rápido—. Eso jamás podría darse. Imagínate.

Y mientras decía eso, mi cabeza me traicionó con imágenes: su cama, el sillón en la casa de su mamá cuando él aún no se casaba, los inicios, las primera vez que lo tuve dentro. El origen del incendio. Me estremecí por dentro.

Qué fácil es mentir cuando una mentira protege a todos, pensé con horror.

La conversación, por suerte, cambió. Hablamos de trabajo, de horarios, de la vida. Reímos de cosas pequeñas. Terminamos el café, las galletas. Salimos conversando, ya más ligeras, como si hubiéramos pasado por un túnel.

Nuestros autos estaban cerca. Nos despedimos con un abrazo grande y un beso en la mejilla.

—Gracias por confiar en mí, Nadia —le dije.

Ella me apretó los brazos.

—Gracias a ti, Angie —respondió—. No tengo a nadie más con quien hablar estas cosas. Gracias por escucharme.

Me subí al auto.

Ahí, recién ahí, solté el aire. Alivio… y culpa. Una mezcla amarga.

Me quedé un segundo con las manos en el volante, mirando la nada. Mis ojos se mojaron, por culpa, por alivio, por todo.

Así es esto, me dije. Si no miento, explota todo.
Mi relación con mi mamá.
Mi relación con mi Primix.
Nuestras vidas.

Agarré el celular y le escribí a mi Primix por WhatsApp:

“Ya terminé. ¿Te puedo llamar?”

Me respondió al rato:

“Estoy en una reunión hasta muy tarde. Mejor nos vemos mañana. Almorzamos. Quiero que me lo cuentes en persona.”

Leí el mensaje y sentí que el corazón, por fin, me bajaba de la garganta al pecho.

Guardé el teléfono.

Y arranqué.

Con esa sensación rara de haber salvado el día… a costa de romperme un poquito por dentro.
Buen relato, como siempre.
Entonces, lo que dijo su señora esposa cuenta como aprobación, no? :p
 
Pero Nadia no terminó ahí.

Esa misma tarde, Nadia quiso —sin decirlo así— cerrar todas las puertas que su duda había abierto. Yo sabía que se iba a ver con Angie; ella misma me lo había comentado por encima, como quien menciona una cita médica más.

—Voy a tomar un café con Angie —me dijo antes de salir.

Yo hice lo que mejor sé hacer cuando estoy escondiendo un incendio: normalidad.

—¿Ah, sí? —le respondí, liviano—. Pero si el domingo estuvo acá.

—Sí… pero quería conversar unas cosas —dijo, sin mirarme mucho.

—Ya —dije yo, tragándome el resto.

Nada era normal en eso, pero mi cara tenía que serlo.

Esa noche, cuando llegó a casa, nuestro niño ya estaba dormido. La casa tenía ese silencio de rutina: luces tenues, un olor suave a el perfume del ambientador y a cocina apagada. Yo estaba en la sala, sentado, leyendo un libro, esperando, con el corazón haciéndome el ridículo como si tuviera veinte años.

Apenas cerró la puerta, la vi caminar hacia mí rápido, con paso decidido. No colgó el bolso con calma, no se detuvo a mirar el celular. Me vio… y vino.

Se me lanzó a los brazos.

Me abrazó fuerte, como si yo fuera un poste en medio del agua.

—¿Qué pasa, amor? —le dije, apretándola también—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió—. Estoy bien… estoy muy bien.

Pero su voz no sonaba “bien”. Sonaba ansiosa, vibrante, como si adentro tuviera un temblor.

Me separé apenas para mirarla.

—¿Qué tal con Angie? —pregunté, fingiendo casualidad, pero con la garganta seca.

Nadia parpadeó lento, como si eligiera el camino.

—¿Me puedes servir una copa de vino? —me dijo.

Yo fruncí el ceño.

—¿Vino?

—Sí, claro —respondió, casi impaciente, y se sacó los zapatos ahí mismo, en medio de la sala, como quien llega a su refugio.

Fui a la cocina y saqué la botella de vino blanco del refrigerador, la de siempre. Serví una copa para ella y, por inercia, otra para mí.

Cuando volví, Nadia ya estaba sentada en el sillón, acomodándose como si quisiera meterse dentro de mí: se recostó en mi regazo con esa confianza antigua de esposa que vuelve a su lugar.

Tanto que casi bota mi copa.

—¡Ay!… casi te mojo —le dije, sujetando el vaso a tiempo.

Se rio, pero era una risa nerviosa.

—Perdón —murmuró.

Brindamos. No sé por qué brindamos. Pero lo hicimos.

—Salud —dijo ella.

—Salud —respondí yo.

Y ahí, sin más, me fui al centro del asunto.

—Bueno… ¿me vas a contar?

Nadia se tomó la copa como si fuera agua. La vació en dos tragos, respiró hondo y se incorporó. Se sentó derecha. Me miró directo a la cara.

—Amor… ¿sabes de qué he hablado con Angie hoy día?

—No —le dije—. Por eso te pregunto.

Se quedó mirándome un segundo, como midiendo mi reacción.

—He hablado de sexo —dijo, y lo soltó así, seco, sin adornos—. De nosotros.

Sentí que se me tensaban los hombros.

—¿De nosotros? —repetí, sorprendido de verdad.

—Sí —insistió—. Porque soy consciente de que yo no te doy todo el sexo que tú quisieras.

Me quedé callado un segundo, no por culpa, sino por desconcierto. Yo venía de otra película en la cabeza: sospechas, domingo, escalera, mirada rara. Y ella me estaba llevando a un lugar distinto… o al mismo, pero por otra puerta.

—¿Y hablas eso con Angie? —pregunté, cuidando el tono.

—Sí —dijo, bajando un poco la mirada—. Porque es mi mejor amiga. Necesitaba hablarlo con alguien de mujer a mujer.

—Ya… ok —respondí—. ¿Y qué piensas tú?

Nadia respiró hondo.

—No sé qué pensar. Por un lado, ese día… lo hicimos como hace tiempo no lo hacíamos… y siento que te desperté algo. Como si ahora quisieras más… y yo… yo no sé si puedo.

Me miró con un miedo honesto, sin drama.

—¿Tú qué piensas, amor?

Yo dejé la copa en la mesa de centro. La miré con calma.

—Yo pienso que sí… me gustaría tener más sexo contigo, definitivamente —dije—. Te deseo. Eres una mujer hermosa. Eres mi esposa. Te amo. Pero no quiero forzar las cosas, Nadia. No quiero que lo hagas sin ganas.

Vi cómo se le aflojaban los ojos, como si esa frase le quitara un peso del pecho.

—Yo te agradezco eso —me dijo—. Porque tú podrías decir “hagámoslo igual” y listo.

Yo negué con la cabeza.

—No. Jamás haría eso. Esa no es mi manera de ver las cosas. El sexo obligado… eso no es amor, es solo físico. Y yo a ti te amo.

Nadia se quedó un segundo en silencio, como si le doliera algo que no quería nombrar. Luego dijo:

—Y le conté a Angie mis dudas…

—¿Qué dudas? —pregunté, aunque ya lo intuía.

Nadia apretó los labios.

—Que como yo no puedo satisfacerte siempre… me daba miedo que estés mirando hacia otro lado.

A mí se me escapó una risa corta, no por burla, sino por incredulidad.

—Nadia… tú me conoces lo suficiente para saber que eso no es posible.

—Sí, sí lo sé… —dijo rápido—. Pero a veces me entra la duda.

Y ahí vino lo que yo estaba esperando desde el sábado, pero disfrazado con vino y ternura:

—Y también… —hizo una pausa—. También le dije a Angie que a veces pensé que ustedes podían haber tenido algo. No sé… en el pasado… o que podría pasar…

—¿Yo con Angie? —pregunté, despacio.

Nadia asintió, bajando la mirada, avergonzada.

Yo le tomé la barbilla con delicadeza y le levanté el rostro para que me mirara a los ojos.

—Angie es mi sobrina —le dije—. Nos decimos Primos por la edad, por la costumbre, por esa forma rara de cariño que tenemos… pero es mi sobrina. Yo la vi crecer, Nadia. Yo la cuidé desde que era chiquita. La quiero como una hermana menor. Jamás se me ocurriría tener algo con ella.

Nadia me miró, buscando verdad.

—Yo creo que ella me lanza un sopapo si yo se lo insinuara, tu sabes lo brava que es —rematé, intentando meter un poco de humor para aflojarle el pecho.

Nadia soltó una risa mínima, como un hilo de aire.

—Ay… soy una tonta a veces.

—No —le dije—. Entiendo tu incertidumbre. Pero no te preocupes. Yo ya me acostumbré a este ritmo.

Ella me miró con duda.

—¿Seguro?

—Seguro —respondí—. Sí, me gustaría más, claro. Pero con que sea de vez en cuando y como esa última vez… intensa, bonita… estoy bien. El sexo es importante, pero hay otras cosas en la vida.

Mientras decía eso, por dentro me ardía una verdad que no podía pronunciar: dices eso porque tienes otra bombera que te apaga el incendio todas las semanas. Me dio vergüenza de mí mismo, pero no cambié el tono.

—Si un día te nace más… en buena hora. Si no… no te castigues.

Nadia respiró, como si por fin le devolvieran el aire.

—Y Angie… ¿qué te dijo? —pregunté, empujando suave, como quien quiere cerrar el círculo.

—Me dijo que estás lejos de mirar a otro lado —respondió—. Que te conoce. Que… que me tranquilice. Y me repitió lo de siempre: que ustedes se quieren como familia.

Yo asentí.

—Nadia… deja de dudar de Angie. No es la primera vez que me lo preguntas. Y te voy a decir algo, para que lo entiendas bien.

Ella abrió los ojos, como si yo fuera a confesarle un pecado mortal.

Yo mantuve el tono natural, como si hablara de cualquier cosa.

—Cuando yo vivía en la casa de mi madre después de mi divorcio… Angie a veces bajaba el fin de semana con ropa muy suelta, como cualquiera en su casa. A veces incluso se le marcaban los pezones en sus polos sueltos, y sí, llamaba la atención, porque uno es hombre y ve. Pero nunca la deseé. Nunca pensé en “levantármela”, ni nada parecido.

Nadia se quedó quieta.

—Nos hemos quedado solos muchas veces —seguí—. Mi mamá se iba, o estaba en su cuarto. Angie y yo podíamos estar viendo televisión, cada uno en su espacio. Y nunca pasó nada. Si no pasó en ese momento, cuando yo era más joven y ella estaba ahí, tranquila, normal… menos va a pasar ahora.

Vi el alivio bajar por su cara, como si le soltaran una cuerda del cuello.

Nadia bajó la mirada y sacudió la cabeza.

—Soy una tonta… ¿cómo puedo desconfiar de ustedes?

Yo le acaricié el cabello.

—No eres tonta. Solo tienes miedo. Pero es mejor hablarlo que guardarlo. Si te quedas con la duda, se vuelve veneno.

Nadia levantó la vista.

—No lo voy a volver a hacer —dijo, seria.

—Está bien —respondí—. Y si nos ves cercanos, riéndonos, agarrándonos las manos en broma… es porque hay confianza. Porque Angie es familia. Pero no significa más.

Nadia asintió, y entonces me besó. Un beso largo. No de deseo; de perdón. Como diciendo: te creo… me calmo… vuelvo a casa.

Yo me sentí fatal. No por ella, sino por mí. Por lo fácil que me estaba saliendo sostener esa mentira como si fuera una verdad doméstica.

Pero también entendí algo cruel: era la única manera de conservar todo tranquilo. Estable. De calmar a Nadia y su sospecha.

Lo del domingo —la escalera, ese beso torpe, esa mirada— no lo mencionó. Ni una palabra. Parecía que Angie ya había cerrado esa puerta con ella.

Aun así, yo sentí que al día siguiente tenía que hablar con Angie cara a cara. No por culparla. No por controlarla. Sino porque en esto, cuando una puerta se cierra, otra siempre queda entornada.

Esa noche no pude dormir de inmediato cuando me metí en la cama con Nadia. Ella me abrazó y se quedó dormida acurrucada a mí, pero yo pensaba en cómo había podido fabricar la historia de cuando vivía en la casa de mi madre y veía televisión con Angie, decirle a Nadia que a pesar de estar solos no pasó nada, cuando en realidad ahí empezó todo, con una película, un tarro de helado y un roce casual de mi mano en uno de sus senos. Recordé como fue ese primer beso y vino a mi la sensación dulce que sentí al meter mis dedos por primera vez en la vagina húmeda de Angie… Me sentí culpable por tener esos pensamientos, teniendo a mi esposa acurrucada en mi pecho, pero después reflexioné, que, si la vida me había puesto en esas circunstancias, yo había sabido aprovecharlas y disfrutar del amor de dos mujeres, sin que a ninguna le robé una caricia para dársela a la otra, a pesar de que a veces me costaba mantener la ecuanimidad, había sabido salir bien librado de esto… hasta ahora por lo menos.
 
Al día siguiente programé campo. Mi última salida al campo, así llamábamos a trabajar con los vendedores. No porque fuera estrictamente necesaria, sino porque necesitaba aire… y libertad. Y, sobre todo, un espacio donde nadie escuchara, donde la oficina no se metiera con su ruido, y donde yo pudiera ver a Angie sin el reloj clavado en la nuca.

Habíamos quedado a las tres de la tarde. Tarde a propósito. La idea era simple: que ella no regresara al trabajo y que pudiéramos conversar con calma, sin prisa, sin excusas.

Nos fuimos a ese restaurante de pastas que a ella le encantaba. Un lugar cálido, con luz suave, con olor a pan recién hecho y salsa de tomate que se te queda pegada en la memoria. Nos sentamos en una mesa discreta, medio escondida, como si la ciudad entera no tuviera derecho a vernos la cara cuando estábamos así: serios, atentos, pensando.

Al comienzo hablamos de lo normal. El tráfico. La comida. El trabajo de ella. Mi última semana. Cosas ligeras, como quien tantea el agua antes de meterse.

Yo solo le dije una frase, al pasar:

—Nadia también habló conmigo.

Angie no se sorprendió. Solo bajó la mirada un segundo y asintió como si ya lo supiera.

Comimos. Ella pidió su pasta como siempre, yo algo más simple. No hablamos de lo grande. No todavía. Era como si los dos quisiéramos llegar al postre para recién ahí permitirnos lo amargo.

Cuando el mozo se llevó los platos y nos preguntó por postre, Angie respiró distinto.

Pidió algo dulce, algo con chocolate, de esos postres que siempre la hacen sonreír, aunque esté preocupada.

Y ahí, cuando nos dejaron solos otra vez, me miró fijo.

—Primix… quiero contártelo —dijo.

Su voz no era teatral. Era la de alguien que está decidiendo ser valiente.

—Aunque ya creo que sabes más o menos de qué se trata… pero quiero contártelo yo.

Asentí, sin interrumpirla.

Entonces Angie me contó, paso por paso, cómo había sido el café con Nadia. Cómo empezó como un “tema de pareja”, cómo Nadia terminó confesándole su miedo, su sensación de que no podía cubrirme “todo”, el temor de que yo mirara para otro lado… y finalmente la frase que a Angie le había quemado por dentro: esa sospecha de que podía haber algo entre nosotros y peor aún, que si yo algún día sacaba los pies del plato, Nadia prefería que sea con Angie.

Mientras Angie hablaba, yo veía su cara. No era solo nervios. Era culpa. Era esa culpa limpia y fea de cuando uno le miente a alguien que te quiere.

Cuando terminó, yo le conté lo mío. La llegada de Nadia a casa. El abrazo fuerte. El vino. Las palabras tal como las recordaba. Sus dudas. La confesión que yo solté para tranquilizarla. La forma en la que ella pareció desinflarse, aliviada.

Nos miramos un instante largo.

Y ahí, sin necesidad de decirlo de golpe, lo dijimos los dos:

Era feo mentir así.

Ella a su mejor amiga.

Yo a mi esposa.

Pero era eso… o dinamitarlo todo.

Era eso… o romper la estabilidad que habíamos construido como se construyen las cosas frágiles: con cuidado, con horarios, con silencios, con una logística que ya era casi una segunda naturaleza.

Angie bajó la mirada al postre, como si la crema le respondiera algo.

—La que la cagó fui yo… con ese beso.

Yo no quise suavizarla. No era momento de apapachos. Era momento de límites.

—Sí —le dije, directo—. De verdad la cagaste con ese beso.

Angie cerró los ojos un segundo, aceptándolo sin discutir.

—Te lo prometo, Primix… no vuelve a pasar —dijo—. Tengo que controlarme. Tengo que tomar menos cuando estoy en tu casa.

Se quedó callada un instante y luego agregó, casi con vergüenza:

—Tengo muchas ganas de ti, tú sabes… siempre. Pero… hay lugares y lugares.

Ahí sí le toqué la mano, suave. No para disculparla, sino para sostenerla.

—Eso —le dije—. Hay lugares y lugares.

Me incliné un poco hacia ella.

—Cuando estamos en un hotel… desátate. Amémonos. Llénate de vino si quieres —sonreí apenas—… aunque después no sé cómo vas a manejar.

Angie soltó una risa bajita, mínima, como si necesitara esa grieta para respirar.

—Pero no en la casa, Angie —continué—. Ni en mi casa, ni en la de mi madre, ni en tu departamento si algún día toca… porque está la familia alrededor. Y eso es peligroso. No es un juego. Es nuestras vidas.

Ella asintió rápido.

—Sí… lo entiendo. Lo juro.

Acordamos volver a lo de antes: prudencia. Silencios bien puestos. Cariño medido cuando hay terceros. Y en casa… vino con moderación. Sin excusas.

Terminamos el postre. Pedimos la cuenta. Salimos del restaurante más tranquilos, como cuando uno por fin le pone nombre a una amenaza y deja de imaginarla como monstruo.

Caminamos hacia los autos en silencio, pero era un silencio distinto: no tenso, sino resuelto.

Cuando llegamos a su auto, Angie abrió la puerta, se apoyó un segundo en el marco y me miró con esa picardía que le volvía apenas se sentía a salvo.

—Es tu última semana de trabajo, ¿no? —dijo—. ¿Qué tal si hacemos una cenita mañana… o pasado?

Yo sonreí. Ahí estaba mi Angie otra vez: la que no se asusta, la que convierte un problema en plan, la que te guiña el ojo como si el mundo no pudiera tocarla.

—El jueves —le dije—. El viernes va a ser medio loco porque es el último día… y quiero entregar todo tranquilo.

—Hecho —respondió, feliz, y antes de cerrar la puerta me remató con un guiño—. Entonces el jueves… nos desatamos. Nos dimos un beso en la mejilla, como dos buenos amigos que se despiden.

Cerró la puerta.

Y el sonido del cierre fue como una promesa. Una promesa peligrosa, sí.

Pero promesa al fin.
 
Noventa y cinco – ANGIE LA VANIDOSA

Esa semana habíamos quedado para vernos el jueves. Mi última semana de trabajo, mi última “cena” creíble para salir de casa y volver tarde sin levantar sospechas. Todo estaba calculado como reloj suizo… hasta que Angie decidió declararle la guerra a una cana.

El día anterior, a media tarde, me llegó un WhatsApp suyo.

Un selfie.

Pero no era un selfie normal, de esos donde posa la cara y te dispara esa sonrisa que parece hecha para desarmarte. No. Era un selfie raro, apuntando más al cabello que a los ojos. Como si el protagonista del mensaje no fuera ella… sino su pelo.

“Mira, Primix… me están saliendo canas 😩”

Me reí solo, en la sala, con el teléfono en la mano. Angie tenía un pelo precioso, castaño claro, brillante, con esa textura suave que a mí me encantaba acariciar. Si había canas, eran mínimas. Había que ponerse en modo detective para encontrarlas.

Le contesté con lo obvio, pero con picardía:

“Te ves hermosa. Olvídate de esas canas, ni se notan. Además abajo no hay ni una cana”

Dos horas después, como si mi mensaje hubiera sido gasolina en vez de calma, llegó su respuesta:

“Me voy a pintar el pelo. Y abajo solo hay una rayita de vello púbico, que cana puede haber ahí?”

Le mandé una carita de sorpresa. De esas que dicen: ¿Perdón? ¿Qué?

“¿Qué? ¿Cómo que te vas a pintar el pelo?”

“Sí. Me voy a pintar el pelo.”


Yo insistí, medio en broma, medio en serio:

“¿Vas a ser rubia? ¿O prefieres pelo negro?”

Me apuré en poner lo que de verdad pensaba:

“Yo prefiero tu pelo natural.”

Su respuesta fue breve. Y definitiva.

“No está decidido.”

A los segundos:

“Me pintaré el pelo porque estas canas ya cada vez se notan más.”

Yo solté un suspiro de resignación. Porque cuando a Angie se le mete una idea, no hay Primix, ni Vaticano, ni Naciones Unidas que la detengan.

“Bueno… si vas a elegir, probemos rubio.”

Y rematé con mi humor de siempre, el que a veces me sale más rápido que prudente:

“Pero no muy amarillo tampoco. No parezcas una rubia tonta.”

Error.

Me respondió con una carita enojada que parecía una amenaza:

😡

“No te preocupes. Se va a ver natural.”

Yo me rendí.

“Ya. Confío.”

Pero en el fondo, yo ya me imaginaba el drama: Angie frente al espejo, revisándose cada milímetro, buscando aprobación como si el mundo se fuera a caer por una canita.


 
El jueves llegué al hotel un poco antes que ella. Había llevado una botella de vino, como me lo pidió. La metí en la hielera repleta de hielo que había pedido con anticipación, como quien cumple un ritual. Me senté un momento en la cama, mirando la puerta, esperando el sonido de su llave… y cuando finalmente entró, lo primero que miré fue su cabello.

Ni siquiera voy a fingir.

Era más claro que su tono natural, sí. Pero no era ese rubio amarillento de “soy otra persona y no lo decidí”. Era un rubio bonito, cálido. Un rubio oro suave, manejable, que le iluminaba la cara.

Angie caminó un par de pasos y, como si estuviera en una pasarela invisible, giró un poco la cabeza.

—¿Qué tal mi pelo? —me dijo, con esa mezcla suya de coquetería y exigencia—. ¿Te gusta?

—Sí —le respondí, sincero—. Te queda bonito.

Su sonrisa fue instantánea. Victoria total.

Nos besamos. Largo. De esos besos que hacen que la puerta del mundo se cierre sola.

Y en medio del beso… yo lo sentí: un olor distinto. No feo. Solo… raro. Un olor químico, leve, como algo recién aplicado. No dije nada. No iba a pinchar el globo en el primer minuto.

Nos desnudamos sin apuro. Y esa tarde hicimos el amor con una suavidad especial, como si el cuerpo de ambos estuviera buscando paz. Solo una posición, misionero, piel con piel, respiración con respiración. Angie me abrazaba fuerte, como si en vez de deseo tuviera también un hambre de calma.

Y cuando llegó el orgasmo, yo hundí la cabeza junto a la suya, buscando su cuello, su mejilla, su boca… y ahí el olor se sintió más fuerte.

No dije nada. No por miedo, sino por instinto: no se mata la música en el mejor compás.

Después nos quedamos un rato pegados, besándonos lento, acariciándonos con esa ternura que a veces pesa más que el sexo.

Y cuando por fin nos separamos, yo solté lo que tenía guardado.

—Tu pelo huele raro —le dije.

Angie se incorporó de inmediato, como si la hubiese acusado de un crimen. Se jaló un mechón y lo olió.

—¿Ah, sí? —dijo—. No huele a nada.

—Claro… tú ya estás acostumbrada —respondí—. Lo tienes todo el día encima. Pero el tinte huele raro. ¿Qué tinte usas?

Angie encogió los hombros, tranquila.

—No sé, en la peluquería me lo han puesto.

Me miró con una ceja levantada.

—¿Huele feo?

—No… no es feo —aclaré rápido—. Es solo un olor… raro. Olor a tinte, supongo. Nunca lo había sentido antes.

Angie se rio, relajándose.

—Bueno pues tendrás que aguantar un par de días hasta que se vaya…

Me miró con malicia, como cuando se le ocurre una travesura.

—O si no… probemos posiciones en las que mi cabeza no se acerque a la tuya.

Yo la miré, fingiendo severidad.

—Graciosa.

Ella se mordió el labio, divertida.

—¿Qué? Estoy dando soluciones.

Me acerqué y le di un beso corto, como un sello.

—No te vas a escapar —le dije—. Ni con tinte, ni con canas, ni con nada.

Angie sonrió con esa vanidad adorable que la hacía tan ella.

—Entonces… aguanta, Primix —susurró—. Porque esta rubia… recién empieza.



Nos quedamos conversando con el alma abierta, como nos pasaba siempre después de amarnos. Esa zona tibia en la que uno suelta las defensas y empieza a decir verdades pequeñas: dudas, miedos, ideas ridículas, deseos que no se dicen en la calle.

Yo la acariciaba despacio, con una mano que no buscaba “provocar”, sino recordarnos. Era cariño. Era esa manera silenciosa de decir estás acá, estoy acá, esto es real.

Mi mano bajó por su abdomen, y Angie soltó una risa bajita, casi perezosa.

—Ya estás otra vez… —murmuró, sin quejarse, más bien como quien se deja querer.

Yo seguí, y cuando llegué al borde de su cintura, me acordé del rubio. Del pelo nuevo. De su guerra personal contra dos canitas que yo ni había visto.

—Oye… —dije con solemnidad de científico—. Si vas a ser rubia, tienes que pintar todo.

Ella me miró con esa cara de ¿ya vas a empezar?

—¿Qué cosa “todo”?

Yo hice un gesto vago con la mano, como quien señala un mapa prohibido.

—Pues… eso. Si arriba es rubio, abajo tiene que combinar, ¿no?

Angie ya no se depilaba totalmente, desde hace unos dos años, se dejaba una delgada línea de vello púbico que terminaba justo donde estaban grabadas nuestras iniciales en un pequeño corazón, muy discreto, como para que solo pueda verse con mucha atención.

Angie me dio un pellizco suave en el brazo.

—¡Tontonazo! ¿Cómo me voy a pintar ahí?

—Yo te pinto si quieres —solté, campante, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Angie abrió los ojos con falsa seriedad.

—A ver… ¿y tú sabrás pintar?

—No sé —dije—. Aprenderé. Para que seas “natural”.

Ella se incorporó un poco, ya con su cara de fiscal que no compra excusas.

—Además… eso solo lo ves tú. ¿Quién más va a ver si está del mismo color o no?

Me quedé callado un segundo. Tenía razón. Un argumento impecable, de esos que te dejan sin réplica.

—Buen punto —admití, levantando las manos—. Me ganaste.

Angie sonrió, satisfecha… pero la broma le encendió algo. No de deseo: de inseguridad.

Se levantó de la cama y fue al espejo. Se miró de frente, giró apenas el rostro para ver cómo le caía el color. Luego se miró de perfil. Después, como si el espejo fuera juez, empezó a examinarse con una atención que me dio ternura y rabia a la vez.

Era raro verla así. A Angie le gustaban los espejos… sí. En hoteles, sobre todo, porque nos gustaba vernos juntos, vernos vivos. Le gustaba verme moverme detrás de ella cuando le hacia el perrito o verse cabalgándome y gozando. Pero verla mirarse sola, con esa cara de evaluación, era distinto. Más frío.

—¿Qué tanto te miras? —le pregunté, apoyándome en el codo.

Ella suspiró, sin dejar de observarse.

—Ay, no sé, Primix… ya estoy cerca de los cuarenta y creo que se me está cayendo todo.

—¿Otra vez con eso? —le dije, sin paciencia—. Eres una mujer hermosa. No se te “cae” nada.

Pero Angie, obstinada, se tomó con las manos como acomodándose, como buscando “subir” lo que ella sentía que bajaba.

—Mira… —dijo—. Antes estaban más… no sé… más arriba.

Yo me levanté, agarré el celular y caminé hacia ella.

—Ya, ven —le dije—. Basta de torturarte.

Entré al drive donde guardábamos fotos antiguas. Pasé un par de verificaciones, contraseñas, y esa paranoia digital que teníamos para todo lo nuestro. Busqué una carpeta específica: Colca.

Ahí estaba. Ese viaje donde el mundo parecía lejos y nosotros éramos jóvenes y nos creíamos invencibles.

Encontré una foto donde se le veía el rostro y el cuerpo con claridad, la luz limpia, sin filtros, sin artificios. Otra de perfil.

Se las mostré.

—Mira —le dije, pegándome a su lado—. Están iguales.

Angie acercó la cara al teléfono, como si fuera perito.

—No recordaba estas fotos… —susurró.

—Claro, son del Colca.

Ella comparó una y otra. Volvió a mirarse al espejo, volvió a mirar la pantalla.

—En esta de perfil se ven más paradas —insistió, como abogada de su propia inseguridad.

Yo le besé la sien, suave.

—Angie… han pasado años. Has vivido, has trabajado, has tenido una hija. El cuerpo cambia un poco, sí. Y aun así… estás preciosa.

Ella hizo un gesto de duda.

—Tú también las usas seguido, ¿no? Por eso las mantienes firmes —me dijo, intentando devolverme la inseguridad como pelotazo.

Me reí.

—Yo lo que mantengo firme es mi devoción por ti —respondí, y ella me miró como si quisiera reírse, pero el miedo todavía le hacía resistencia.

—¿Y qué vas a hacer? —le pregunté—. ¿Te vas a operar?

Angie reaccionó de inmediato, como si le hubiera ofrecido una ofensa.

—No, no, no. Operarme no.

Se quedó pensando, mirando su reflejo.

—Pero creo que… contra mis buenas costumbres… voy a tener que volver a usar sostén.

—Si te sientes cómoda, úsalo —le dije.

—No creo que me sienta cómoda —admitió—. Ya me acostumbré a andar libre.

—Entonces no te preocupes —respondí—. No hagas algo que odias solo por pelearte con el tiempo.

Angie siguió mirándose, girando la cintura, levantando un poco el mentón, como si buscara un ángulo donde la vida no avanzara.

Hasta que, de pronto, como si le cayera una idea encima, se volteó.

Me miró distinto.

Volvió a la cama y se acercó gateando, con esa mezcla suya de niña traviesa y mujer seria.

Yo me recosté, y ella quedó encima, cerca, mirándome fijo.

—¿A ti te gusto? —preguntó, sin broma.

—Me encantas.

—¿Te gustan mis pechos?

—Me vuelven loco.

—¿Te gustan mis nalgas?

—Me fascinan.

Angie se quedó quieta un segundo, y su cara cambió. Ya no era vanidad. Era una conclusión íntima, honesta.

—Entonces está bien —dijo, con una calma preciosa—. Mientras a ti te guste… el resto no importa.

Lo dijo como quien por fin se da permiso de descansar.

Yo le acomodé un mechón rubio detrás de la oreja.

—Exacto —le dije—. Y ni siquiera es “gustar” de deseo. Es que te miro y… me da paz. Me da orgullo. Me da ganas de cuidarte.

Angie sonrió, y se le humedecieron los ojos un poquito, de esos brillos que aparecen cuando una frase te toca donde estabas sensible.

—Ya… —susurró—. Ya entendí.

Nos besamos. Largo. Sin apuro. Y el mundo se quedó afuera otra vez.

Y lo que vino después fue nuestro, sin discursos, sin espejo, sin canas, sin rubios, sin nada que medir: solo piel, respiración y esa certeza que a Angie le había hecho falta escuchar.

Que el tiempo podrá hacer lo que quiera con el calendario…
pero conmigo no tenía nada que negociar.

Nos quedamos un rato respirando cerca, como si el mundo estuviera en pausa. Yo empecé a besarla, a acariciarla con esa calma que viene cuando uno ya no tiene prisa, cuando ya no se está “buscando” placer sino reafirmación.

Cuando me acomodé sobre ella, Angie me miró con esa sonrisa ladina, medio broma, medio amenaza.

—Cuidado con el olor de mi pelo… no te vayas a bajar —dijo, apretando apenas los labios para no reírse.

Yo me acerqué a su cuello, como quien ignora la provocación y va directo a lo esencial.

—Lo que me gusta es el olor de tu piel —le susurré—. Ese es el olor que me deja loco… tú.

Ella soltó un “ah…” bajito, no como queja, sino como rendición. Y se me quedó mirando con esos ojos que a veces parecen tranquilos, pero por dentro están encendidos.

Lo de su pelo no me importó. No era un mal olor. Era simplemente el rastro del tinte, la huella de su vanidad cariñosa, esa obsesión suya por mantenerse impecable, aunque yo se lo repitiera mil veces: no tienes que demostrarme nada.

Y, sin embargo, me excitaba un poco… verla así de consciente de sí misma, de su apariencia, de su poder. Mi Angie. Mi mujer. Esa mezcla de coqueta y firme, de niña traviesa y adulta que te pone en tu sitio con una mirada.

Cuando bajé a besar y lamer sus senos, le dije lo ricos que estaban, lo duros que se ponían sus pezones y ella sintió como su cuerpo respondía a mis estímulos.

Le hice el amor lentamente, disfrutando cada centímetro de su cuerpo, que para mí había cambiado para bien, era más mujer, más apasionada, más mía.

Nos quedamos juntos un buen rato, con besos largos, con caricias que no eran apuro sino lenguaje. Después, como siempre, terminamos en la ducha, haciendo el amor una vez más, cerrando el ritual con agua tibia, risas cortas y ese silencio cómodo que solo existe cuando uno se siente en casa dentro del cuerpo del otro.



 
Estimado Conejo, siempre sigo tu historia con Angie, y justo esta parte llamó mi atención "Angie ya no se depilaba totalmente, desde hace unos dos años, se dejaba una delgada línea de vello púbico que terminaba justo donde estaban grabadas nuestras iniciales en un pequeño corazón, muy discreto, como para que solo pueda verse con mucha atención".
Pueden contar la historia del tatuaje, sería interesante saber cuándo se lo hizo y si fue antes de que se vaya a España o ya en su segunda parte de la relación.

Asimismo, luego de leer su historia completa, me puse a pensar, ¿Y si tuvieran un hijo juntos?
Ambos se aman y el tiempo pasa, pronto Angie ya no podrá volver a ser madre. Si fuera yo, si quisiera tener un hijo con la mujer que amo, aunque no sea dentro de mi matrimonio. No sé, piénsenlo.
Saludos,
 
ESTOY ESPERANDO MI CAPITULO DE HOY... QUE SEAN ANTES DE LA 1.30PM X FA QUE ES HORA DE MI ALMUERZO.. VAMOS TIGER
 
Estimado Conejo, siempre sigo tu historia con Angie, y justo esta parte llamó mi atención "Angie ya no se depilaba totalmente, desde hace unos dos años, se dejaba una delgada línea de vello púbico que terminaba justo donde estaban grabadas nuestras iniciales en un pequeño corazón, muy discreto, como para que solo pueda verse con mucha atención".
Pueden contar la historia del tatuaje, sería interesante saber cuándo se lo hizo y si fue antes de que se vaya a España o ya en su segunda parte de la relación.

Asimismo, luego de leer su historia completa, me puse a pensar, ¿Y si tuvieran un hijo juntos?
Ambos se aman y el tiempo pasa, pronto Angie ya no podrá volver a ser madre. Si fuera yo, si quisiera tener un hijo con la mujer que amo, aunque no sea dentro de mi matrimonio. No sé, piénsenlo.
Saludos,

Cofra @dalymanu, sabemos que eres uno de nuestros más fieles seguidores y eso nos gusta mucho. El tatuaje, Angie se lo hizo justo antes de irse a España, claro en ese momento aun no sabiamos que se iria del todo. Aqui puedes leer eso: https://perutops.com/foro-relax/threads/mi-sobrina-amante.521599/post-5788826

En cuanto a tener un hijo con Angie, es una pregunta valiente. Y no la esquivamos.

Cuando nos planteas: “¿Y si tuvieran un hijo juntos?”, no estámos hablando solo de biología. Estamos hablando de legado, de amor, de tiempo que pasa. Y sí, lo hemos hablado. Muchas veces. No como fantasía ligera, sino como conversación seria, adulta, incómoda a ratos.

No todo lo que conversamos entra en la novela. Hay decisiones que pertenecen más al silencio que a la tinta. Pero esta merece una respuesta honesta.

Yo le pregunté, hace ya un tiempo, directamente a Angie si quería otro hijo. Sin rodeos. Evaluamos todas las excusas posibles: desde la posibilidad médica —inseminación— hasta escenarios menos planificados, como ocurrió con su primera hija, decir que un novio o salñiente como dice ahora, la embarazó y la dejó, con la verguenza social que esto podia significar. Pretextos que barajamos para ocultar que el padre sería yo. No fue un tema tabú. Fue un tema real.

Pero la verdad es más simple de lo que parece.

Ella es feliz con su hija. Profundamente feliz. Y a mi hijo lo siente también suyo. No como reemplazo. No como compensación. Sino como parte natural de su vida. Y yo… yo veo a su hija como mía. La he cargado desde pequeña, la he corregido, la he consolado, la he llevado al colegio. Soy su figura paterna. No simbólica. Real.

Aquí entra Nadia. Porque esto no es una historia de dos personas aisladas. Nadia quiere a la hija de Angie. Angie quiere a mi hijo. Los niños se crían como hermanos. Y nosotros, los adultos, hemos construido una dinámica que, desde afuera, podría parecer frágil, pero desde dentro funciona.

¿Sería posible tener un hijo juntos? Biológicamente, sí. Incluso yo estuve dispuesto a asumir ese riesgo, aun sabiendo que implicaría ocultamientos complejos. Pero el punto no era si podíamos. Era si debíamos.

Y llegamos a la conclusión —hace tiempo— de que no aportaría más felicidad de la que ya tenemos. Nuestro equilibrio es delicado. Nuestra forma de amar ya desafía suficientes límites. Introducir un nuevo vínculo biológico no necesariamente fortalecería lo que ya está construido; podría tensionarlo.

Además, Angie se acerca a los 40. Y aunque hoy la maternidad a esa edad es posible, no era una carrera contra el reloj. No decidimos desde el miedo a perder la oportunidad. Decidimos desde la plenitud.

No necesitamos otro hijo para validar nuestro amor.
No necesitamos una prueba genética para confirmar lo que sentimos.

A veces, amar también es saber hasta dónde cruzar.
 
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ESTOY ESPERANDO MI CAPITULO DE HOY... QUE SEAN ANTES DE LA 1.30PM X FA QUE ES HORA DE MI ALMUERZO.. VAMOS TIGER
Perdona la tardanza!! Yo recien puedo sentarme a la computadora. Aqui va una nueva entrega.
 
Al salir del hotel, ya en la cochera, con esa luz fría que vuelve todo más real, la miré y sentí una ternura rara. De esas que te dan ganas de hablar bonito, aunque no seas poeta.

—Angie… tú no eres hermosa solo por tu cuerpo, por tu cabello, por tus ojos —le dije, despacio, mirándola de verdad—. Es tu manera de ser. Tu manera de caminar. Tu manera de hablar. Tu presencia. Eso es lo que me vuelve loco.

Ella me miró como si le estuviera dando una caricia por dentro.

—Donde vas, marcas presencia —seguí—. Y eso es lo que realmente importa. Porque con los años la piel se arruga, los pechos bajan, el cuerpo cambia… pero tu presencia no se cae. Eso es tuyo.

Angie se quedó quieta un segundo, y cuando ya estábamos junto a los autos, me tomó la cara con las dos manos y me besó largo, con una mezcla de amor y orgullo.

—Sí, Primix —dijo al separarse—. Yo sé que eso es así…

Hizo una pausa mínima y, con toda la seriedad del mundo, soltó la bomba:

—Pero igual… cuando se caigan a los cincuenta o a los sesenta, me las opero. Yo no voy a ir por ahí con las tetas chorreando.

Me quedé mirándola un segundo… y no me salió nada más que reírme.

—Qué vanidosa te estás volviendo…

Angie alzó la barbilla, como si estuviera firmando un decreto.

—Vanidosa no. Mujer. Una mujer siempre tiene que mantenerse bella… para que su hombre siempre la mire.

Yo negué con la cabeza, divertido.

—¿Te has dado cuenta de que cuando tú tengas sesenta y quieras operarte, yo voy a tener setenta… y a lo mejor ya no puedo hacerte el amor?

Angie me apuntó con el dedo, como profesora autoritaria.

—No puedes… pastillita azul —dijo, y me guiñó el ojo—. Vas a ver cómo vas a poder.

—Ok, ok —me rendí, levantando las manos—. Ya no hablemos más del tema.

Me acerqué y le di un beso corto, de esos que son un pacto.

—Te amo.

—Yo también —respondió ella, suave, sin chiste esta vez.

Nos dimos otro beso, uno más largo, y luego nos separamos, cada uno hacia su auto, con esa sensación dulce y peligrosa de saber que el mundo allá afuera seguía igual… pero nosotros, por dentro, acabábamos de reafirmarnos otra vez.
 

Noventa y seis – EL COLAGENO

Ya corría la primera semana de julio.

Yo ya había entregado el cargo. Oficialmente, ya no trabajaba en esa empresa. Y, aun así, el último día —cuando le dejé a la señora toda la documentación, la laptop, el teléfono y hasta la paciencia que me había quedado— me pidió, otra vez, que lo pensara.

Fue en su oficina, con la misma postura de siempre: espalda recta, ceño listo para fruncirse, y esa necesidad suya de tener la última palabra, aunque el partido ya se hubiera acabado.

—Ingeniero… piénsalo una vez más —me dijo—. ¿Realmente te quieres ir?

Yo le respondí como se responde cuando uno ya aprendió que discutir es perder aire.

—Señora, con todo respeto… usted estas últimas dos semanas ha vuelto a ser la misma persona. La que grita, la que vocifera, la que pone nerviosa a toda la oficina.

Ella se defendió con su argumento favorito, el que usaba como escudo para no mirar lo demás:

—Pero a ti no te grito.

—No —le dije—. A mí no. Pero grita. Y ese ambiente… es malo para todos. Para mí también. Yo no quiero trabajar escuchando gritos como banda sonora.

Me miró como si quisiera decirme “exagerado”, pero no lo dijo. No pudo. Porque hasta ella, por primera vez, parecía saber que ahí había algo que no se arreglaba con un Excel.

Me agradeció “por mi trabajo”, con esa forma fría de agradecer que no calienta a nadie. Y luego, como quien no quiere soltar del todo, soltó una propuesta:

—Podrías apoyar de vez en cuando. Capacitar a la fuerza de ventas. Hacer alguna presentación puntual. Te pagamos por servicio.

La verdad, la propuesta no era mala. No por ella. Por mí.

—Está bien —le respondí—. Mientras no tenga un trabajo que me lo impida, puedo apoyar por fuera. Pero mínimo venir a la oficina… lo estrictamente necesario.

Así quedamos.

Salí ese día sin euforia y sin pena. Más bien con una sensación rara: como cuando uno se quita un zapato apretado y recién se da cuenta de cuánto le dolía.
 
La primera semana en casa me volvió a dar lo mismo que me había dado meses atrás: sensación de gato encerrado.

No por Nadia. Ni por el niño. Era yo. Mi cabeza. Mi costumbre de estar “en movimiento”. De tener agenda. De tener llamadas. De sentir que el día “avanza”.

Nadia llegaba a golpe de cinco o seis. A veces más tarde si se quedaba en el laboratorio o en la clínica. Y yo, entre recoger al niño o esperar que ella aparezca con él, me quedaba varias horas solo. La casa, en silencio, tiene una forma extraña de ponerte frente a ti mismo.

Ese martes, Angie me escribió:

“Primix, almorcemos.”

Así, sin vuelta. Como se hacen las cosas importantes.

Nos encontramos cerca de su trabajo, en un sitio práctico para que ella pudiera volver rápido. Un almuerzo de esos que parecen “logísticos”, pero en realidad son oxígeno.

Angie llegó con su rubio nuevo y esa energía suya de mujer que camina como si el mundo le debiera espacio. Se sentó frente a mí, dejó la cartera a un costado y me miró con ternura.

—¿Cómo va el desempleado más guapo de Lima? —me soltó, burlona.

—Gato encerrado —le dije—. Me despierto, hago cosas, ordeno… y a las once siento que son las siete de la mañana, tengo el día por delante y no sé qué más hacer.

Angie se rio.

—Eso te pasa por ser hiperactivo. Tú no descansas, tú solo cambias de tipo de estrés.

Pedimos comida. Conversamos de lo cotidiano: mi última entrega, sus pendientes, el niño, su mamá. Cosas suaves. Hasta que Angie, de pronto, bajó un poco la voz como quien va a abrir una puerta.

—Te voy a contar algo… pero no te pongas celoso.

Yo levanté la ceja. Esa frase es gasolina.

—A ver… —dije—. ¿Qué pasó?

Angie sonrió como si estuviera a punto de reírse de mí.

—Hay un chico en la oficina que… ¿cómo decirlo? Me pretende.

Yo me quedé mirándola. No por desconfianza. Por reflejo.

—¿Cómo así “te pretende”? —pregunté—. Cuéntame.

Angie apoyó el codo en la mesa, como si estuviera contando una anécdota graciosa.

—Tranquilo, Primix. Es un bebé. Un practicante. Tiene como seis meses con nosotros y le han renovado seis más porque es bueno.

—¿Y por qué dices que te pretende?

—Al comienzo pensé que era amable porque yo soy la gerente del área —me explicó—. Ya sabes, caerle bien a la jefa, hacerse notar. Pero últimamente empezó con detalles… chocolatito, galletita, y un día me trajo una flor.

Yo solté una risa corta, incrédula.

—¿Una flor? ¿A su jefa?

—Ahí lo paré —me dijo Angie—. Le dije: “Perdóname, pero eso no es un obsequio que le puedes hacer a tu jefa.”

—¿Y qué te dijo? —pregunté, más curioso que celoso, porque lo que me divertía era imaginar la escena.

Angie rodó los ojos, imitando al chico.

—Me la soltó así, sin filtro, como son ahora. Que yo le gustaba. Que le parecía una mujer “muy hermosa y empoderada”. Y que quería salir conmigo “a ver qué pasaba”.

Yo negué con la cabeza, divertido.

—Qué valiente el colágeno.

Angie se rio.

—Exacto. El colágeno.

—¿Y esto cuándo ha sido? —pregunté.

—La semana pasada. No te lo conté en el hotel porque tú estabas concentrado en mi tinte y en vacilarme con lo que te decía que todo se me cae.

—Eso fue un servicio social —le dije—. Tenía que humillarte un poco para que no te operes a los cuarenta y uno.

Angie me pateó la pantorrilla por debajo de la mesa.

—Tonto.

Luego se puso seria.

—Pero ya me lo ha dicho tres veces, Primix. Y por más que le he dicho que no… insiste.

—¿Y qué piensas hacer?

Angie suspiró, y ahí salió la preocupación real.

—No sé. Ya lo frené dos veces, pero le quedan cinco meses en mi área. No quiero que esto se vuelva incómodo. Ni que el chico se pique. Ni que invente cosas. Ya sabes cómo es la gente.

Ahí yo la miré con calma, y le dije lo que pensaba sin dramatizar.

—Primero: tú no has hecho nada. Segundo: si insiste, lo vuelves a parar con firmeza. Y tercero… si quieres, usamos el viejo truco.

Angie arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—Yo te recojo un día. Nos damos un beso, nos ven. Que le quede clarísimo que tienes pareja. Y se acabó el cuento.

Angie se quedó pensando. Porque la idea era efectiva… y peligrosa.

—Podría ser —dijo—. Pero implicaría explicaciones. En este trabajo, la gente cree que yo no tengo pareja. Y si de pronto aparezco con uno… empiezan las preguntas.

—¿Y? —le dije—. Que pregunten. Tú no tienes que rendirle cuentas a nadie.

Angie sonrió, pero esa sonrisa ya venía con plan.

—Déjame ver cómo lo manejo… —dijo, bajando la voz—. Pero sí: creo que me lo puedo sacar de encima.

Le tomé la mano un segundo, como quien afirma sin palabras.

—Tú decide. Yo estoy para lo que tu decidas.

Angie apretó mi mano y me miró con esa seguridad recién recuperada.

—Además —dijo, con una chispa traviesa—… si el colágeno supiera quién eres tú de verdad, se desmaya.

Yo me reí.

—No lo mates, Angie. Está joven. Todavía le falta sufrir para aprender.

Angie soltó una carcajada y se acomodó el pelo, orgullosa de su rubio.

—Ya, Primix. Yo lo freno. Pero si se pone pesado… te llamo.

Y ahí, en medio de un almuerzo simple, entendí algo raro:

Yo estaba sin trabajo… pero no estaba “sin nada”.

Tenía a mi casa esperándome, sí.

Y tenía a Angie, con su rubio nuevo, su vanidad adorable… y un practicante enamorado que, sin querer, acababa de recordarme que mi mujer —mi Angie—tenía poder para incendiarle la cabeza a cualquiera.

Y eso, lejos de preocuparme… me dio una risa tranquila.

Porque yo sabía algo que el colágeno no iba a saber jamás: que Angie podía parecer “empoderada” desde fuera… pero que, por dentro, conmigo, era todavía más peligrosa.

Y esa historia —lo presentía— recién se estaba calentando.
 
Pasaron los días y, aunque yo seguía disfrutando esa paz rara de no tener jefa encima, la casa también empezaba a sentirse… demasiado quieta. El silencio tiene una virtud: te descansa. Pero también tiene un defecto: te obliga a escucharte.

Yo, que nunca he sido de quedarme mirando la pared, empecé a moverme. Networking, llamadas, cafés, mensajes. Y también volví a mi vitrina favorita: LinkedIn.

Publiqué un par de reflexiones. Luego dos más y así comencé a publicar algo cada dos o tres días. Eran esas reflexiones que uno escribe con honestidad y sin disfraz: lo que aprendí, lo que haría distinto, lo que ya no toleraría. Sin dramatizar. Sin escupir veneno. Pero dejando claro que estaba activo, vigente, con hambre de reto.

Y un día sonó el teléfono.

Un amigo. De esos amigos de trabajo que no se quedan en “hola, cómo estás” y desaparecen. Habíamos trabajado juntos en una empresa anterior, hacía como diez años. Él era de los buenos: directo, inteligente, con olfato.

—Oe… ¿te interesaría la industria farmacéutica?

Yo me quedé un segundo en silencio, como si me hubieran dicho “¿te interesa volver a correr?” después de un tiempo de caminatas.

—¿Industria farmacéutica? —repetí—. Sí, claro.

—Mira… en vez de vender equipos, vendes medicinas. Tu experiencia en marketing y ventas es recontra valiosa. Yo creo que podrías aportar. Hay una vacante de gerente de ventas en mi laboratorio. Él había saltado a esa industria hace tres años.

Se me enderezó la espalda solo con escucharlo. No por el cargo. Por el cambio de cancha. Por el reto.

—¿Y tú qué eres ahí? —pregunté.

—Gerente de marketing.

Sonreí.

—¿Trabajaríamos bien juntos?

—¿Qué te parece?

—Me gusta —le dije sin dudar—. Me gusta el reto. Y trabajar contigo sería buenísimo. Siempre hicimos buena dupla.

—Ya. Entonces envíame tu CV ahorita mismo. Pero, además, mándalo a este correo de RR.HH. —me dictó una dirección—. Igual yo lo voy a meter directo con el gerente general.

Ahí sí, me subió la emoción. De esa que te pone la sangre un poquito más rápida.

—Listo —le dije—. Te lo mando en diez minutos.

—Eso. Y me avisas cuando lo mandes.

Colgué con una sonrisa que no me cabía en la cara. Me sentí… útil de nuevo. En pista.


Lo primero que hice fue llamar a Nadia.

Ella estaba en su mundo médico-laboratorio, y aun así contestó con esa eficiencia suya de siempre.

—¿Amor? ¿Pasó algo?

—No, no. Buenas noticias —le dije—. Me llamó un amigo. Me habló de una vacante en un laboratorio. Gerente de ventas.

Hubo una pausa breve. Como si a Nadia se le hubiera prendido una luz de “modo práctico”.

—Claro, amor —me dijo—. Se gana bien. Ya no como antes, pero igual se gana bien en los laboratorios. Y si entras con un cargo alto… hasta carro te pueden dar.

Me reí.

—Ya estás viendo el carro.

—No estoy viendo el carro —respondió, seria—. Estoy viendo que vuelvas a estar donde te corresponde. Tú no eres para estar encerrado en casa peleándote con el silencio.

Me dejó tibio por dentro. Por apoyo. Por equipo.

—Gracias —le dije—. Te aviso cómo avanza.

—Mándalo ya —ordenó, con amor—. Y si te piden entrevista, te acompaño con lo que necesites.

Colgué y respiré hondo.

Después llamé a Angie.


Angie contestó rápido, como si me hubiera estado esperando.

—¿Primix?

—Me llamó un amigo —le dije—. De hace años. Me ofreció una oportunidad… en la industria farmacéutica.

—¿En serio? —su voz cambió al instante, se le notó la alegría—. ¡Ya ves! Te dije. Te va a salir algo mejor. Algo que sí te mereces.

—Gerente de ventas —agregué.

—¡Ay, qué rico! —soltó—. Eso es para ti. Tú en ventas eres… peligroso. —Y no vas a tener que aguantar a la vieja pulgosa renegona.

Angie se rio con ganas.

—¿Cómo sabes que es pulgosa? —le dije, siguiéndole el juego.

—No sé —respondió—. Pero igual: vieja pulgosa renegona.

Me reí.

—¿Y cómo vas con el colágeno?

Angie soltó un suspiro teatral, como quien está harta pero divertida.

—Ahí está. Sigue haciéndose el importante. Busca mil pretextos para pasar por mi oficina, para llevarme un papel, “para consultarme una cosita” … Ya no me trae regalitos, pero está ahí dando vueltas.

—Bueno —le dije—. Ya sabes… si necesitas a los bomberos, me avisas y voy con mi manguera.

Hubo un silencio mínimo, y después su voz bajó de tono, traviesa.

—Mmm… con tu rica manguera…

—Esa manguera solo es para ti —le dije—. No es para que la vaya mostrando.

—¡Ah! —dijo, riéndose—. ¿Y quién te ha pedido que la muestres?

—No seas resbalosa.

—Ya, amor, no te preocupes —remató, como quien cierra un tema—. ¿Nos vemos esta semana?

Yo miré el calendario mentalmente, sin necesidad de abrir nada.

—Va a tener que ser sábado. Ya no puedo salir a cenar.

—Ya, ya —dijo—. Yo separo mi sábado.

—En la mañana. Como que voy al tenis.

Angie hizo ese sonido suyo, mezcla de risa y maldad.

—Mmm… qué rico. Vamos a jugar tenis con tus bolitas… con tus pelotitas.

—Ya, malcriada —le dije—. Siga trabajando. —Chao, amor.

—Te amo —me dijo, suave, sin broma esta vez.

—Yo también, mi ángel —respondí—. Te amo.

Y colgamos.

Yo me quedé mirando el celular unos segundos. No por nostalgia. Por gratitud. Porque mientras una parte de mi vida se rearmaba con trabajo y futuro… la otra parte seguía ahí, firme: el amor en sus dos formas, el apoyo, la complicidad.

Y esa mezcla extraña —tan mía, tan nuestra— me hizo pensar:

Ok. Vamos. Que venga lo que tenga que venir.
 
El miércoles por la mañana decidí volver al gimnasio después de mucho tiempo.
La verdad es que todo el ejercicio que hacía últimamente era sobre y debajo de Angie… o a veces detrás de ella. Igual mantenía la membresía activa —una mezcla de costumbre y coartada—, por si algún día alguien preguntaba por mis “mañanas deportivas”.

Los chicos del gimnasio se sorprendieron al verme aparecer.
—¡Pensé que te habías cambiado de sede! —me dijo el entrenador.
—No, solo cambié de disciplina —le respondí con una sonrisa que él no entendió.

El sexo intenso con Angie me mantenía en buena forma.
No estaba tan duro como parecía —ni el cuerpo ni la voluntad—, pero aguanté bien las máquinas, sudé bastante, y hasta me sentí orgulloso de haber sobrevivido a la caminadora sin desmayarme.
Salí del gimnasio relajado, con esa sensación que da haber hecho algo por uno mismo, y emprendí el regreso a casa.
Vivía a seis cuadras, así que prefería caminar.

A medio camino sonó el celular.
Un número desconocido. Y como estaba buscando trabajo, contestaba todo.

Me detuve frente a una bodega y entré. En Lima ya no se puede contestar el teléfono en plena calle sin tentar la suerte.
El bodeguero me reconoció, le hice un gesto pidiendo silencio, y contesté justo cuando la llamada estaba por cortarse.

—¿Hola?
—Sí, buenos días, con el señor… —la voz femenina dudó un instante— con el señor XX
—Sí, soy yo.
—Le hablamos del Laboratorio YYY. Soy la secretaria del gerente de Recursos Humanos. ¿Podría atenderlo un momento?

Evalué la situación. Estaba en la calle, pero el local era tranquilo.
No podía darme el lujo de decir “llámeme luego”.
—Por supuesto —respondí.

Esperé unos segundos mientras sonaba una musiquita breve y, enseguida, escuché una voz grave, ronca, de fumador empedernido. El bodeguero, que me conocía años, entendió el tema de la llamada y me hizo pasar a su cubil, detrás del mostrador y me ofreció su silla, le agradecí y el discretamente cerró la puerta.

—Señor XX?.
—Sí, buenos días. ¿Con quién tengo el gusto?
—Soy el licenciado Arguedas, gerente de Recursos Humanos del laboratorio YYY. ¿Tiene unos minutos?
—Claro que sí.

Empezó a hacerme preguntas: experiencia, trayectoria, logros, manejo de equipos, presupuestos, productos.
Curiosamente, alternaba temas de marketing y ventas.
Mi amigo me había dicho que el puesto era para ventas, pero las preguntas cruzaban las dos áreas.

También quiso saber un poco sobre la familia. Le conté que mi esposa era médico, sin mencionar el nombre del laboratorio donde trabajaba —aprendí que, si no te preguntan, no digas—.
Hablé de mi hijo, evité mencionar a mi hija fallecida; no era momento ni espacio para eso.

La conversación fluyó bien. Profesional.
Al final me preguntó si podía asistir a una entrevista presencial la próxima semana, con él y con el gerente general.
Parecía tener urgencia en contratar.

—Por supuesto —le dije de inmediato.
—Perfecto —respondió—. Mi secretaria lo llamará para coordinar la cita, probablemente para la próxima semana.

Nos despedimos cordialmente. Corté la llamada con el corazón latiendo fuerte, inflamado de alegría.
Sentía que esa oportunidad podía ser mía.
Salí de la bodega agradeciendo al bodeguero por prestarme su refugio telefónico, él me deseo suerte y me despedí. Caminé a casa como quien vuelve de firmar un contrato, aunque aún no tuviera nada firmado.

Apenas llegué, llamé a mi amigo.

—¡Oye, me llamaron! —le dije emocionado.
—Perfecto —me respondió—. Sabía que iban a hacerlo. ¿Qué te preguntaron?
—De todo, hermano. Ventas, marketing, liderazgo.
—Claro —dijo él—. Te cuento algo. Yo soy gerente de marketing, pero la verdad soy más de ventas. Lo que le propuse a mi jefe es que me pasen a ventas y contratemos a alguien que maneje marketing, pero que también sepa de ventas para trabajar coordinados.
—Ah, por eso la entrevista cubre las dos áreas.
—Exacto. El gerente general odia que ventas y marketing vivan peleados. Quiere dos cabezas que se entiendan.
—Perfecto —le dije—. Ya sabes que yo en marketing y ventas soy un tigre.
—Sí, por eso pensé en ti. Te van a llamar otra vez. Probablemente la entrevista sea lunes o martes.

Colgamos y yo me quedé un rato mirando el techo, sonriendo solo.
Era la primera vez en meses que sentía dirección.

Me duché, preparé el almuerzo y pasé la tarde buscando información del laboratorio.
Leí sobre sus productos, su estructura, hasta busqué los nombres de los ejecutivos en LinkedIn para conocer sus perfiles y preparar mis respuestas.

A las seis de la tarde, el día seguía redondo.
Nadia tenía guardia esa noche en la clínica, así que recogería a nuestro hijo más tarde.
Yo me disponía a ir por él a casa de mi mamá, donde siempre pasaba las tardes jugando con la hija de Angie.

Justo cuando agarré las llaves del carro, sonó el celular otra vez.
Era Angie.

—¿Angie? ¿Todo bien? —pregunté.
—Amor… —me dijo bajito, con tono nervioso—, el colágeno.

—¿Qué pasa con el colágeno?
—Está en la casa de tu mamá.

—¿Cómo? —dije sin entender—. ¿Qué hace ahí?

—No lo sé. Creo que me ha seguido. Tocó el timbre, la señora Celia salió y el tipo le preguntó por mí.
—¿Y qué le dijo Celia?
—Que yo estaba ocupada. Pero subí al segundo piso y lo vi parado al otro lado del parque. ¡Está ahí! No sé qué espera.

—¿Y si piensa que vives ahí?
—Eso mismo creo. Seguro me ha seguido y como siempre me ve venir, seguro piensa que es mi casa.

Respiré hondo.

—¿Y qué vas a hacer?
—Quiero que vengas. Vamos a ejecutar el viejo plan, como tú dijiste.

Su voz sonaba entre molesta y asustada.

—Ok —le dije—. Estoy saliendo.

—Tranquilo, cuando estés cerca me avisas. Yo salgo como si fuera a comprar algo, y caminamos juntos. Así lo enfrentamos. Que vea que tengo pareja.

—¿Pareja o esposo? —le pregunté en tono cómplice.
—Novio. Suena mejor. Menos compromiso, más impacto.
—Perfecto.

—Mi novio de muchos años —añadió—.

—Listo —respondí—. Ejecutemos el plan. Salgo para allá.

Colgué, tomé las llaves del carro y, mientras bajaba las escaleras, sonreí de lado.
Porque sí, era un problema…
pero de esos problemas que uno espera resolver personalmente.



 
Salí de casa con la adrenalina trepándome por la nuca, como si el aire de Lima se hubiera vuelto más espeso de golpe. El cielo estaba gris —ese gris que no llueve, pero amenaza— y la ciudad tenía ese ruido de fondo permanente: motores, bocinas, vendedores, un perro ladrando a la nada.

Manejé hacia la casa de mi mamá con el cuerpo en automático y la mente en modo cálculo. No por miedo. Por control. Porque esto, aunque fuera un “practicante”, ya había cruzado una línea que no se cruza.

A una cuadra, apagué cualquier impulso de llegar hasta la puerta. Me estacioné antes, pegado al sardinel, como un tipo cualquiera que vino a hacer un trámite cualquiera. Bajé del carro, cerré sin hacer ruido, y caminé el resto con el celular en la mano.

Marqué a Angie.

—¿Dónde estás? —le pregunté bajito, sin saludo, sin rodeos.

—Arriba… en el segundo piso —susurró—. Lo veo. Está al otro lado del parque, cerca del poste. Creo que está esperando que yo salga en carro.

—Perfecto —dije—. No te muevas todavía. Yo estoy en la esquina.

Me asomé apenas. El parque estaba a media cuadra: una explanada con dos bancas, un árbol torcido y un farol que todavía no prendía. Y ahí, como si estuviera “casualmente” esperando a alguien, estaba él: joven, flaco, con el celular en la mano, mirando cada cierto tiempo hacia la reja de la casa.

El colágeno.

Le escribí a Angie un mensaje rápido:

“Sal. Lado derecho. No mires. Camina normal.”

Pasaron veinte segundos eternos.

Y entonces el portón se abrió.

Angie salió.

No salió apurada. Salió con una calma que no era calma, era actuación perfecta. Como si fuera a la bodega, como si fuera a comprar pan, como si el mundo no tuviera bombas escondidas.

Lo más brillante fue que el tipo no se dio cuenta.
Porque él seguía mirando la casa como si esperara ver un carro arrancar. Su cerebro solo estaba preparado para esa escena: Angie saliendo, buscando llaves, abriendo puerta, encendiendo motor. No para verla caminando, viva, suelta, inteligente.

Ella avanzó por la vereda y dobló por la esquina opuesta a la que él estaba mirando.

Yo ya la esperaba ahí, pegado a una pared, con una postura neutra. Cuando la vi venir, me cambió algo en el pecho. No por romanticismo; por esa sensación seca de “nadie me la va a tocar”.

Angie llegó, y lo primero que hizo fue cogerme la mano.

Fuerte.

Como si la mano fuera un ancla.

—Estoy temblando —me dijo, sin mirarme, con la vista al frente.

—No tiembles —le contesté—. Respira. Ya llegué.

Ella apretó más.

Caminamos dos pasos, y ahí decidí que la mano no alcanzaba. La abracé por los hombros, la pegué a mí, no con ternura de novela… sino con esa firmeza que le da sentido a la escena: “ella no está sola”.

—Así —le dije—. Que se entienda bien.

Angie exhaló. Y caminamos.

Al acercarnos, el practicante por fin nos vio. Su cara hizo un movimiento raro: primero confusión, luego cálculo, luego esa incomodidad de quien se da cuenta de que lo han descubierto con las manos en la masa.

Angie no esperó a estar cerca. Se plantó a tres metros y lo llamó por su nombre —ese detalle, decirle el nombre, fue una bofetada sin manos.

¿Qué haces acá?

Él abrió la boca, la cerró, miró alrededor como si la calle pudiera salvarlo.

—Yo… yo solo quería hablar —dijo.

Angie soltó una risa breve. Sin humor. Sin cariño.

—¿Hablar? —repitió, y su voz fue hielo—. Te dije tres veces que no quiero nada contigo. ¿Qué parte no entendiste?

El tipo intentó recuperar dignidad:

—Licenciada, yo… es que usted me gusta, yo pensé…

—No pienses por mí —lo cortó Angie—. Yo ya te respondí.

Ahí entré yo.

No levanté la voz. Lo hice peor: hablé despacio, claro, como quien lee una sentencia.

—Buenas tardes. Soy el novio de Angie.

El chico me miró con una mezcla de rabia y vergüenza. Como si yo fuera el obstáculo, no su propio error.

—Yo no sabía que tenía pareja —murmuró.

—No necesitas saberlo para respetar un no —le dije—. Y mucho menos para venir a buscarla a un lugar familiar.

Angie, al costado, no se movía. Yo sentía su respiración, rápida, contenida. Y esa respiración me confirmó que esto no era “un chico insistente”: era una situación que ya le había reventado la tranquilidad.

—Yo solo quería conversar un ratito —insistió él—. No estoy haciendo nada malo.

Lo miré fijo.

—Te equivocas. Lo que estás haciendo se llama acoso. Y es ilegal.
No solo por seguirla. También por venir a buscarla fuera del trabajo, a un lugar donde están niños, donde hay familia, donde ella tiene derecho a estar tranquila.

El tipo tragó saliva. Se le desarmó el cuello, la postura, el personaje.

—Yo… yo no la seguí… yo solo… yo vi que venía por acá y…

—Eso es seguir —le dijo Angie, dura—. Y te voy a decir algo: si me vuelves a buscar, lo escalo. Recursos Humanos, tu universidad, donde sea. No porque me dé gusto… sino porque ya me cansaste.

El chico intentó defenderse con ese orgullo adolescente:

—Pero yo solo… yo no he hecho nada…

Yo di un paso adelante, sin soltar a Angie, y ahí sí le dejé clara la línea.

—Mira. Te lo voy a decir sin adornos:
más allá de la denuncia que corresponde, te las vas a ver conmigo si sigues acosando a mi mujer. No porque yo sea “machito”.
Sino porque lo que tú haces no es romanticismo, es invasión. Y eso se corta aquí.

El silencio quedó suspendido un segundo. Un segundo largo, cinematográfico, como cuando la calle se apaga y solo escuchas tu propia sangre.

El practicante bajó la mirada.

—Ya… ya entendí. Perdón —dijo, casi sin voz.

Angie lo remató sin crueldad, pero sin piedad:

—No es “perdón” y ya. Es te vas. Y te vas ahora.

Y ahí el tipo, por fin, se quebró por completo. Dio un paso atrás, luego otro, como si el suelo se hubiera vuelto incómodo.

—Disculpen… de verdad… —balbuceó.

—Buenas tardes —dije.

Y salió disparado.

Literal: caminó rápido primero, y luego casi trotó, mirando por encima del hombro como si le quemara la nuca. Se metió por una calle lateral y desapareció.

Angie se quedó mirando hacia donde se fue. Sus hombros subían y bajaban. Yo la apreté un poco más contra mí, esta vez sí con ternura.

—Ya —le dije al oído—. Ya está.

Ella soltó el aire, como si recién se permitiera vivir.

—Me dio tanta rabia —murmuró—. Y tanta vergüenza. Y miedo… miedo de que se vuelva más loco.

—No va a volver —le dije—. Y si vuelve, se escala. Sin culpa. Sin pena.

Angie se giró hacia mí y, por un segundo, vi algo más allá del susto: vi esa gratitud silenciosa que no se dice con palabras.

—Gracias, Primix.

—No me agradezcas —le respondí—. Solo… no te vuelvas a quedar sola con esto. Me llamas. Siempre.

Angie asintió, tragando el nudo.

Y en ese instante, el parque volvió a ser parque: un niño corriendo, una pelota rebotando, una vecina pasando con bolsa de pan. Como si no hubiera pasado nada.

Pero nosotros sabíamos que sí.

Y mientras caminábamos de regreso hacia la casa, Angie todavía con mi brazo alrededor, le dije:

—Recuerdas lo que jugamos en este parque?

—Claro! A que me secuestrabas y me llevabas a tu casa para violarme… de solo recordar lo que hicimos, me estoy mojando…

—Pero mira, ahora ya han podado los arbustos, ya no podríamos hacer ese juego sin que nos vieran de las casas y los edificios…

—Igual me puedes violar cuando quieras, me dijo mordiéndose el labio inferior.

—El sábado te voy a dar duro, lleva lubricante que te quiero violar por todos lados.

Caminamos unos pasos más, nos dimos un beso y ella encaminó a la casa de mi madre, yo caminé lentamente hasta mi camioneta que estaba a una cuadra, para hacer tiempo.

Cuando finalmente llegué a la casa de mi madre —diez minutos después, como si el mundo no hubiera temblado— entré con paso normal, con la respiración ya controlada y la cara puesta en “un día cualquiera”.

La sala olía a lonche: pan, algo dulce, y ese perfume suave de rosas que siempre había en la casa de mi mamá. Los niños seguían en lo suyo, felices, ajenos al pequeño thriller que acabábamos de filmar en la esquina.

Angie estaba en la cocina, acomodando unas tazas como si no hubiera pasado nada.

—Hola, Angie —dije, con voz neutra, casi aburrida.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla, correcto, familiar, el beso que se da “porque uno llega”.

Ella me respondió igual… pero sus ojos me lanzaron un mensaje que no necesitaba subtítulos: “te debo una vida… y me estás salvando la piel”.

Me hizo un guiño mínimo, apenas un parpadeo con intención.

Yo no le devolví nada. Ni guiño, ni sonrisa, ni complicidad.

Porque ahí estaba mi madre, en su territorio, con esa intuición de madre que no pregunta, pero registra. Estaba de espaldas, sí… pero en estas casas la gente “no mira” y lo ve todo.

—¿Ya llegaste? —escuché la voz de mi mamá desde la sala.

—Sí, mamá —respondí—. Vine por el enano.

Y me quedé ahí un rato. Lo suficiente para que todo volviera a su ritmo: los niños riéndose, una puerta abriéndose, la televisión de fondo, una taza que suena contra el plato.

Angie siguió moviéndose en la cocina con una calma impecable. La mamá de Angie hablaba con mi mamá como si nada. Yo hice un par de comentarios tontos, de esos que sirven para llenar el aire y no dejar que el silencio se ponga sospechoso.

Hasta que llegó el momento natural de salida.

—Ya, hijito, llévatelo pues —dijo mi mamá—, que después se te hace tarde.

—Sí, ma —respondí, agarrando a mi niño y su mochilita.

Angie también se preparó para irse. Su mamá llamó a su niña, le acomodó el abrigo. Todo normal. Todo demasiado normal.

Salimos casi al mismo tiempo.

Ellas hicieron pasar a la mamá y a la niña a la cochera. Angie abrió la puerta del carro, las acomodó con cuidado, como siempre, con esa eficiencia de mujer que maneja su mundo sin drama… aunque por dentro le estuviera ardiendo.

Mi carro estaba afuera.

Yo ya estaba por abrir mi puerta cuando Angie se acercó con un gesto práctico, como si se hubiera acordado de algo.

—Oye… —dijo en voz alta, mirando hacia mi madre, asegurándose de que sonara cotidiano—, ¿me haces un favor?

Mi madre estaba cerca, y ese “favor” era la coartada perfecta.

Angie se acercó un paso más, solo lo suficiente para que yo escuchara su voz verdadera, la que no se usa en público.

—Gracias, amor… de verdad, gracias.

Yo mantuve la cara en modo neutral, pero la miré apenas, como si le estuviera respondiendo una tontería doméstica.

—El sábado me agradeces —le dije, suave, con una sonrisa mínima—. Acá, disimula. Ya hemos quedado.

Ella apretó los labios, conteniendo una risa nerviosa, y asintió.

—Sí, no te preocupes… el sábado voy a ser muy agradecida.

Se alejó, cerró la puerta de su carro y se subió. Me miró una fracción de segundo por el retrovisor antes de arrancar… y en esa mirada corta estaba todo lo que no habíamos dicho.

Yo subí al mío, arranqué también, y mientras los dos carros tomaban rumbos distintos, sentí ese cansancio raro que dejan las escenas tensas cuando terminan bien.

El peligro había pasado.

Pero la regla quedaba escrita, con fuego:

en la casa, ni un milímetro de error.
 
Llegó el sábado. A las nueve en punto yo ya estaba ahí, con esa mezcla rara de ansiedad y calma que solo te da Angie: la certeza de que algo va a pasar… y el miedo delicioso de no saber qué tan lejos te va a llevar.

Había desayunado ligero, por instinto. Porque mi cuerpo ya la conocía: cuando Angie se ponía “así”, el día no era una cita… era una prueba de resistencia con premio.

La vi entrar al hotel como si no caminara: desfilaba. Faldita corta, zapatillas, polo blanco que insinuaba lo suficiente como para que a uno se le olvidara hasta el apellido. Chaleco por el frío. Y esa cara de chiquilla traviesa… pero con los ojos de mujer que sabe exactamente lo que hace.

Nos encontramos en la cochera.

—Llegaste puntual, ah —me dijo, como si me estuviera evaluando.

—Estoy en modo deportista, pues —le respondí—. Disciplina.

Ella se rio bajito, y subimos juntos. Mientras yo cancelaba la habitación, ella fue avanzando con naturalidad. La recepcionista apenas nos miró. No preguntó nada. Ya nos tenía archivados en la memoria, como si fuéramos parte del mobiliario del hotel.

La alcancé cuando estaba llegando a la puerta.

Entramos.

Y apenas cruzamos, Angie se dio la vuelta y me besó. Un beso largo, con hambre, con esa manera suya de abrazarte como si el mundo no existiera fuera de sus brazos. Cuando por fin me soltó, yo la tenía agarrada de la cintura. Ella me miró directo a los ojos:

—¿Sabes que te amo, no?

—Claro que lo sé.

—¿Pero sabes cuánto?

—Muchísimo.

Angie negó con la cabeza, como si yo hubiera dicho una tontería.

—Esa palabra se queda corta… Te amo con locura. Y esta mañana te lo voy a demostrar.

—Uy… qué miedo —dije, teatral.

—No te burles —se rio—. Estoy abriendo mi corazón.

Yo le acerqué la boca al oído, con esa confianza que ya era parte de nosotros.

—Bueno, amor… hoy quisiera que me abras algo más que tu corazón.

Angie soltó una carcajada suave, se dio media vuelta y, coqueta, me lanzó la frase como quien lanza un fósforo encendido:

—Ábreme lo que quieras.

No me dio tiempo de pensar. La abracé por la espalda y empecé a besarle el cuello, las mejillas, esa línea donde ella se eriza con solo sentir mi aliento. Le fui quitando el chaleco con calma, luego el polo, como quien desenvuelve un regalo que se ha ganado con paciencia.

Ella, en cambio, fue directa conmigo. Me desarmó con manos rápidas, seguras, como si tuviera prisa… pero no por apuro, sino por ganas.

Y ahí se notó lo que me había prometido: esa mañana no era solo pasión. Era intención.

Angie me empujó suavemente hacia la cama, sin violencia, sin apuro. Me hizo sentarme y se quedó frente a mí, a la distancia exacta para que yo la viera completa. Su mirada era felina y dulce a la vez.

—Hoy no quiero que te me pierdas —me dijo—. Hoy quiero que estés aquí… conmigo.

Me tomó la cara con ambas manos y me besó despacio, marcando un ritmo distinto: uno que no se trataba de “llegar”, sino de saborear. Sus besos bajaron, se detuvieron donde sabía que me derrumbaba, y sus manos —esas manos de Angie que a veces parecen suaves y a veces parecen órdenes— me fueron guiando, como diciendo: “déjate cuidar”.

Yo la miraba y me reía por dentro: la misma mujer que hace un día me pedía “disimular”, ahora se convertía en incendio a puerta cerrada.

Ella tomó la iniciativa sin necesidad de hablar tanto. Me empujó a respirar más lento. Me pedía con sus gestos que la mire. Que no me vaya a la cabeza, que no me escape. Se movía con una seguridad preciosa, pero también con una ternura extraña, como si su objetivo fuera doble: disfrutar ella… y asegurarse de que yo me sienta deseado, elegido, celebrado. Mi pene entraba y salía de su boca, gotas de su saliva caian en mi pelvis, ella lo succionaba y lo lamia con frenesí.

—¿Así? —me preguntó en un susurro, buscando mi aprobación como quien pide permiso para seguir jugando.

—Así… —respondí—. Así me matas.

—Entonces no me detengas —dijo, y sonrió.

Lo que siguió fue de esos momentos en los que el tiempo deja de ser tiempo. Angie marcaba el paso, subía y bajaba la intensidad, alternaba el juego con caricias que eran casi una disculpa por todo lo difícil de la semana. A ratos me miraba como si me estuviera leyendo, y a ratos me callaba la boca con un beso, como diciendo: “hoy no pienses, hoy siente”.

Poco a poco se fue moviendo, sin sacar mi pene de su boca, hasta colocarse sobre mí, ofreciéndome su mojada conchita haciendo el 69. Yo la busqué con ansiedad, mis labios jalaban sus labios vaginales y su conchita ligeramente abierta y brillante me llamaban a meter mi lengua ahí.

Nos hicimos un buen rato de sexo oral mutuo, fue un 69 delicioso, tomándome mi tiempo para lamerle su delicioso coño por completo y luego concentrándome intermitentemente en rozarle el clítoris con la lengua. Pude oír cómo aumenta su excitación y, al cabo de un minuto, me pide que le meta el dedo y, luego pidió dos, dice que se va a correr. Tengo la boca y la barbilla cubiertas de sus fluidos mientras gime y jadea de placer.

Cuando ella se recuperó, se dio la vuelta y se sentó sobre mi grueso pene, se lo metió hasta el fondo y comenzó a moverse cada vez más rápido.

Yo la agarraba de la cintura, la pegaba a mí, y ella se reía bajito, orgullosa de su propio efecto.

—Te dije que te lo iba a demostrar —murmuró, con la frente pegada a la mía.

Y sí.

Lo demostró.

Ella volvió a llegar al orgasmo, esta vez con un suspiro intenso que ahogo los gemidos que le antecedieron. Luego se echó en la cama y abrió mucho las piernas invitándome a entrar nuevamente en ella, algunos minutos después, con sus piernas rodeando mi cuello, le llene de semen su rico y apretado coño.

Cuando por fin nos quedamos quietos, con la respiración hecha trizas y el cuerpo rendido, Angie se acomodó sobre mi pecho, escuchándome como si mi corazón fuera una música privada.

—¿Ves? —dijo, con voz suave—. No era broma.

Yo le acaricié el cabello, ese cabello recién teñido que aún olía un poco a cambio, a decisión, a vanidad deliciosa.

—No era broma —le confirmé—. Y yo… yo también estoy loco por ti.

Angie levantó la cabeza apenas, me besó como quien firma un contrato, y se quedó ahí, quieta, abrazándome con ese silencio suyo que no es vacío: es pertenencia.

—Ahora sí —susurró—. Ahora sí te agradezco.

Y nos quedamos un rato así, respirando juntos, sabiendo que afuera seguía la vida… pero adentro, por unas horas, el mundo era solo nuestro.

Cuando el aire volvió a su sitio —cuando ya no nos faltaba el oxígeno y el corazón dejó de sonar como tambor de guerra— me quedé mirándola un rato, con esa calma post–tormenta que a veces parece más íntima que el propio incendio.

—Oye… —le dije, como quien abre una conversación seria en medio de sábanas revueltas—. ¿Y el practicante?

Angie se incorporó un poco, apoyó el mentón sobre el pecho, y esa postura suya —medio felina, medio niña— me dejó claro que estaba a punto de contarme un chisme con lección incluida.

—Ay, pobrecito… —dijo—. Al día siguiente no sabía ni cómo mirarme. Evitaba pasar por mi oficina, cambiaba de ruta, se quedaba calladito… como si yo lo fuera a morder.

—Después del susto, cualquiera —comenté.

—Y en la tarde me enteré de que pidió cambio de área. Seguramente el lunes ya estará en otro lado.

La miré con una mezcla de alivio y rabia tardía.

—Bueno… se lo buscó. Qué pena, porque el chico podía ser bueno, pero… criterio, cero. ¿Cómo se le ocurre aparecerse en casa ajena? Y encima la casa de mi mamá.

Angie frunció la nariz, como indignada de manera elegante.

—Es que esa educación no te la da la universidad, Primix. Eso te lo enseñan en casa. Está bien que a alguien le guste una persona. Eso es normal. Pero tiene que aprender a respetar el “no”.

Se quedó un segundo en silencio, y cuando volvió a hablar ya no era chisme: era preocupación real.

—Si eso hace conmigo… que soy mayor, su jefa… ¿te imaginas lo que podría hacer con una chiquilla de su edad que le diga que no?

—Sí… —dije, más serio—. Eso sí es peligroso. Hay gente que no entiende un límite. Y un “no” no es una invitación a insistir.

Ella asintió, firme. Y en ese instante, con la luz de la ventana entreabierta cayéndole en la piel y su mirada tan clara, pensé: qué mujer. No solo por el cuerpo. Por la cabeza. Por la brújula.

La miré un rato más —desnuda, tranquila, magnífica— y se me escapó la travesura.

—¿Tú crees que yo sé respetar un “no”? —pregunté, alzando una ceja.

Angie se rio como si yo fuera un niño grande.

—¿Y qué me vas a hacer?

Me acerqué un poco, con voz de conspiración.

—Lo que te dije que te iba a hacer en el parque…

Ella abrió los ojos y se llevó una mano a la boca, fingiendo horror, teatral.

—¡No! ¡Por favor! ¡No me hagas eso! ¡No, no, no, no, no!

—Ay, ya… —dije, disfrutando su actuación—. Muy tarde. Te tengo aquí calatita en mi cama… sin escapatoria.

Angie se tapó con la sábana como si fuera un escudo inútil, y con voz de novela antigua soltó:

—¡Yo soy una mujer de su casa! ¡No puedes abusar de mí!

Yo me apoyé a su lado, lento, acorralándola con el cuerpo sin tocarla todavía, solo con la presencia.

—¿Qué podrás hacer ahora, Caperucita?

Ella apretó la sábana contra el pecho y, en un susurro que era risa y provocación al mismo tiempo:

—¡No, lobo… no me comas!

Y ahí, listo… me terminé de perder.

Me lancé sobre ella, pero no con prisa: con esa alegría brutal que da la confianza. La llené de besos, primero en la cara, en la frente, en las mejillas, como si la estuviera marcando con cariño; luego bajé despacio, saboreando su cuello, buscando esa zona donde siempre se le quiebra la respiración.

Angie seguía “resistiéndose” por puro juego.

—¡No! —decía, entre carcajadas—. ¡Auxilio!

—Nadie te va a salvar —le murmuré—. Acá no hay parque. Acá no hay testigos.

—¡Peor! —se rio—. ¡Qué indecente!

Pero su risa ya era otra cosa: la risa que se rompe en suspiros.

Poco a poco, esos “no” teatrales se le fueron convirtiendo en síes silenciosos. Sus manos dejaron de empujarme para empezar a buscarme. Me rodeó el cuello, me jaló hacia ella, y la sábana se convirtió en un estorbo que terminó en el piso como cae la ropa cuando ya no hace falta ninguna excusa.

—Ya… ya está —susurró, mirándome fijo—. Ya me comiste.

—Todavía no —le respondí—. Recién estoy empezando.

Y nos fuimos amando así: primero como juego, como risa, como provocación; y después… como nosotros de verdad. Con esa manera de decir “te amo” sin decirlo, pegados, respirándonos, encontrando el ritmo que solo existe cuando dos personas se conocen de memoria. Bajé hasta sus tetas, y sosteniendo una con cada mano, las llevé a mi boca. Me deleité lamiendo, chupando sus pezones, besándole todos los senos, de arriba abajo,

La pasión nos ganó sin necesidad de apurarse.

Cuando baje a su conchita, ella se rindió, se dejó hacer, solo abrió mucho las piernas, mientras yo le besaba su delicioso coño, buscando su clítoris, ese punto donde ella estalla de placer. Cuando la tuve respirando muy agitadamente, le metí un dedo en la vagina y otro en el culo, ella se estremeció, pero no dijo nada. Cuando la sentí a punto de reventar, me incorporé y me senté en la cama, apoyando mi espalda en la cabecera.

Ella estaba tan concentrada en su placer que solo se dio cuenta cuando me vio sentado ahí, sosteniendo el tubo de lubricante.

No hubo palabras, pero lo entendió. Se incorporó me puso lubricante en el pene erecto que la amenazaba como un cañón y se puso más lubricante en el culito.

—Ahora si caperucita, siéntese en el falo de su lobo. Ella me miró un par de segundos mordiéndose el labio con esa coquetería que me desarma y sin decir nada, se colocó sobre mí, dándome la espalda. Con una mano se sostenía de una de mis piernas y con la otra guiaba mi pene hacia la entrada de su culo. Se lo fue metiendo de a pocos. Cuando finalmente estuvo totalmente sentada sobre mi pene, comenzó a moverse lentamente, primero en círculos, luego de atrás para adelante, iba alternando estos movimientos mientras yo la agarraba de la cintura y de raro en rato jugaba con sus tetas.

El rito fue volviéndose más frenético cuando sentí que su excitación la acercaba al orgasmo, una de mis manos se quedó masajeando sus tetas y la otra bajó a buscar su clítoris, cuando lo encontré lo estimule suavemente no más de 30 segundos y ella estallo en un grito que debe haberse escuchado hasta la calle, su orgasmo fue muy intenso.

Se quedó ahí, respirando agitadamente, casi vencida por el orgasmo, si mi brazo de la mano que juagaba con sus tetas no la sostuviera, se iba para adelante, estaba totalmente laxada.

La levanté suavemente para echarla boca abajo, tratando de que mi pene siga en su culo, pero en el movimiento se salió, ella solo emitió un breve gemido. Cuando la tuve boca abajo en la cama, me puse sobre ella y le coloqué la punta de mi pene en la entrada de su culito, que estaba ligeramente abierto, entre un poco.

—Sigo? Le pregunté

Ella no respondió, solo movió su cabeza levemente afirmando.

Se lo enterré todo, despacio, pero de un movimiento continuo. Cuando sentí que se lo había enterrado hasta las bolas, comencé a moverme lentamente, fui aumentando el ritmo, mirándole el rostro a ver si había algún gesto de dolor o algo que me indicara que parara. Su expresión solo era de placer, sus gemidos comenzaron a crecer nuevamente y yo comencé a moverme frenéticamente hasta que le llené el culo de semen.

Nos quedamos así, unidos, pegados, respirando juntos, yo apoyaba mi peso sobre mis codos para no aplastar su delicado cuerpo. Ella buscó mi boca u nos besamos suavemente, casi rozando nuestros labios.

Cuando finalmente me salí de ella, me recosté a su lado. Y en medio de esa derrota feliz, Angie me besó fuerte, como sellando el pacto de siempre, y me dijo al oído, sin broma esta vez:

—Te dije que esta mañana te lo iba a demostrar.

Yo la abracé más, como si con eso pudiera guardarla un rato más en el pecho.

—Y lo estás logrando… —le murmuré—. Con intereses.

Nos quedamos un rato quietos, pegados, con esa calma que llega cuando el cuerpo ya dijo lo suyo y el alma recién empieza a hablar. Angie seguía encima de mí, respirando lento, con la mejilla apoyada en mi pecho, como si ahí fuera su lugar natural.

—Primix… —murmuró, casi sin voz—. Ya… ya me calmé.

Yo le acaricié el cabello —ese rubio nuevo que todavía tenía olor a promesa— y le besé la frente.

—No te tenías que probar nada —le dije—. Pero… gracias por confiar así.

Ella levantó la mirada. No era sonrisa de juego, era otra cosa: una serenidad tímida, de mujer que acaba de dar algo que no se da por deporte.

—Es que contigo… —dijo—. Contigo no me siento usada. Me siento cuidada.

Esa frase me apretó por dentro. Me hizo sentir hombre, sí, pero sobre todo me hizo sentir responsable. De ella. De lo que somos. De lo que se sostiene en silencio.

Nos amamos una vez más, sin apuro, como reafirmando lo anterior, pero desde otro lugar: más suave, más atento, con esa delicadeza que no es “bajita” sino profunda. Sin prisa, sin demostraciones… como si estuviéramos diciéndonos “estoy aquí” a cada respiración.

Y cuando el sudor se enfrió un poco y el cuarto recuperó su silencio, Angie me miró con esa cara suya de niña traviesa que se acuerda que el mundo sigue existiendo.

—Ducha —ordenó, como si fuera jefa.

—Sí, señora —le respondí—. Pero hoy sin informes.

Se rio, me jaló de la mano, y terminamos bajo el agua tibia, pegados, besándonos con paciencia, riéndonos entre gotas que caían como si la mañana quisiera borrarlo todo para dejarnos limpios por dentro. Ella apoyó la frente en mi hombro, y ahí, sin mirar, me dijo:

—Gracias por lo del jueves… por lo de tu mamá… por llegar así, sin preguntar, sin hacer drama. Me sentí… protegida.

—Eso era lo que necesitabas —le respondí—. Y lo que mereces.

Angie se quedó callada un segundo, como tragándose una emoción.

—Yo soy fuerte, Primix… —dijo al fin—. Pero contigo me permito descansar.

Y esa confesión fue el verdadero cierre. No el agua. No el hotel. No el cuerpo. Eso.



 

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