Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (7 Viewers)

El reencuentro en Lima

El aeropuerto Jorge Chávez estaba repleto, como siempre en diciembre. Entre maletas, abrazos y gente que iba y venía, vi a lo lejos a mi hermano empujando un carrito lleno de maletas, con su esposa y sus dos hijos detrás. A unos pasos, mi hermana aparecía tomada de la mano de su esposo, cargando en brazos a su pequeña.

—¡Hermano! —grité levantando la mano.

Él giró, me reconoció al instante y nos fundimos en un abrazo fuerte, de esos que borran los años de distancia.

—¡Al fin, carajo! —me dijo con voz entrecortada, dándome unas palmadas en la espalda—. Ya era hora de volver.

—Hermano, ¡estás igual! —le respondí, riendo.

Mi hermana me abrazó enseguida.
—¡Qué emoción verte! —dijo con lágrimas en los ojos—. Te extrañaba tanto.

—Y yo a ti, hermanita —le contesté, apretándola fuerte—. ¡Mira a esta belleza! —dije alzando la vista hacia su hija, que se escondía tímida detrás de ella.

Nadia apareció en ese momento, saludando cordialmente a todos. Ayudamos con las maletas, dividiéndonos: yo en mi camioneta, ella en su auto.

Camino a la casa de mamá

En la camioneta, los niños iban atrás, excitados por el viaje. Mi hermano se reía mientras trataba de controlarlos.

—Han estado contando los días, ¿sabes? —me dijo—. Están fascinados con la idea de pasar la Navidad en Lima.

—Pues prepárense, porque Angie ha hecho todo un plan —comenté, lanzándole una mirada significativa.

—¿Angie? —preguntó, sorprendido—. ¡Ah, de eso tenemos que hablar más tarde! Me dijo casi como un susurro.

Mientras tanto, mi cuñada observaba por la ventana.
—Lima ha cambiado mucho, ¿no? Hay más edificios, más tráfico… aunque el tráfico nunca cambia.

Reímos todos. Ellos no regresaban a Lima desde que emigraron.

Cuando estacionamos frente a la casa, los niños salieron corriendo antes que nosotros. La puerta ya estaba abierta y ahí estaba Angie, con su sonrisa amplia, vestida con sencillez, pero con un brillo especial en los ojos. A su lado, mi madre los esperaba apoyada en la baranda, y doña Celia, sostenía a mi hijo y la hija de Angie. La madre de Angie, sonreía de oreja a oreja frente a esa escena.

—¡Tía! ¡Abuela! —gritaron los niños corriendo hacia ellas.

Mi madre abrió los brazos emocionada, recibiendo a todos con lágrimas contenidas.
—¡Al fin están aquí, mis hijos! —exclamó, abrazando primero a mi hermana, luego a mi hermano.

—Mamá… —dijo mi hermano, acariciándole el rostro—. Qué lindo estar de nuevo en casa.

Angie, mientras tanto, saludaba con besos y abrazos a todos, acomodando a los niños, dando indicaciones para dejar las maletas en los cuartos ya preparados.

—Todo está listo —dijo con calma—. Los dormitorios ya tienen ropa de cama limpia, toallas y espacio para las maletas. Solo instálense y siéntanse en casa.

Mi hermana, mirando alrededor, comentó admirada:
—¡Qué lindo está todo! Se nota el cariño que han puesto.

—El cariño de Angie —acoté, orgulloso, y ella me devolvió una mirada cómplice.

Doña Celia sonrió desde la sala, abrazando a uno de los niños.
—Ahora sí, esta casa está completa.

La sala se llenó de voces, risas, maletas apiladas y abrazos cruzados. Era el reencuentro que tanto habíamos esperado. Y yo, en medio de todos, no podía dejar de pensar que nada de eso habría sido posible sin la entrega silenciosa y meticulosa de Angie.

La emoción de todos era tan grande que nadie pensó en cocinar algo elaborado. Entre risas y sugerencias, mis hermanos, al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo de antemano, dijeron:

—¡Pollo a la brasa!

Media hora después, la mesa de mamá se llenó pronto del aroma inconfundible: pollos dorados, papas fritas, ensaladas frescas y cremosas salsas. El comedor vibraba de voces, de risas, de niños correteando entre las sillas, y de la emoción contenida de mamá, que no se cansaba de repetir:

—¡Qué felicidad tenerlos aquí! No saben lo que significa para mí verlos otra vez en esta casa.

—Mamá —dijo mi hermana, acariciándole la mano—, tú eres el motivo de todo esto.

—Sí, mamá —añadió mi hermano, abrazándola por los hombros—. Todo lo hacemos por ti.

Comimos con gusto, y la conversación pronto se volvió un viaje a Canadá. Mis hermanos contaban con entusiasmo los logros alcanzados en esos años lejos de casa.

—La clínica en Ontario ya está consolidada —explicó mi hermana—. Al principio era solo de mi esposo, pero… —miró a mi hermano y sonrió—, este hombre no se quedó de brazos cruzados.

Él río, bajando un poco la mirada con modestia.
—Diez años ahí, metiéndole el hombro. Y hace poco entré como socio. Ya tengo el 25% de las acciones.

—¡Qué orgullo, hermano! —dije, golpeándole la espalda con cariño.

—¡Bravazo! —añadió Angie, que escuchaba con genuino interés—. Eso es de admirar.

—¡Felicitaciones cuñado! Añadió Nadia.

Los niños de ellos, emocionados, hablaban de sus escuelas en Canadá.
—¡Mi profe es de India! —dijo el mayor de mi hermano—. Y en mi salón hay chicos de todas partes.

—Ya no quieren hablar español en casa —intervino mi cuñada, entre risas—. Se burlan de nosotros cuando les decimos que nos “congelamos”.

Las carcajadas llenaron la mesa. La conversación saltaba de un tema a otro: anécdotas de viajes, comparaciones entre la Navidad en Lima y la Navidad en Ontario, recuerdos de infancia.

Al terminar de comer, mientras la mesa se llenaba de vasos vacíos y huesos de pollo, noté algo curioso. A un costado, en uno de los sillones, Nadia y Angie estaban conversando como dos amigas de toda la vida. Reían, se tomaban de las manos por momentos, compartiendo anécdotas que las hacían estallar en carcajadas.

—¿Y entonces qué pasó con la decoración de la mesa? —preguntaba Nadia, entre risas.

—¡Que tu esposo se puso necio! —respondía Angie, mirándome de reojo con picardía—. Pero igual la compré, ya me conoces.

—¡Así eres tú! —le decía Nadia, divertida—. Obstinada y generosa al mismo tiempo.

Se reían juntas, y la complicidad entre ellas se sentía sincera. No había tensión, no había distancia, sino una amistad que había crecido con el tiempo y que ahora brillaba frente a todos.

Mi hermano, que las observaba desde el otro extremo de la mesa, me hizo un gesto levantando las cejas, como preguntando: ¿Y eso? Yo solo le respondí con una media sonrisa y un movimiento de cabeza que quería decir: después te cuento.

La velada continuó tranquila. Los niños jugaron hasta agotarse, mamá parecía rejuvenecida con tanta compañía, y la mama de Angie y doña Celia, se sumaron a las conversaciones con la serenidad que siempre las caracterizaba.

A las diez de la noche, decidimos retirarnos. Angie y su madre salieron primero, llevando a su niña de la mano, rumbo a su departamento que estaba a pocas cuadras. Yo salí un poco después con Nadia y nuestro hijo, que dormía en la parte trasera de la camioneta. Nadia nos seguía en su auto.

Ya en el departamento, mientras acomodábamos al niño en su cama, Nadia me dijo con un tono cálido, sin reproches:
—Lo bien que ha organizado todo Angie… de verdad, impresionante.

La miré, sonriendo, y le respondí sin dudar:
—Sí, tienes toda la razón. Se ha encargado de todo.

Me fui a la ducha. El agua caliente caía sobre mi espalda cuando, de pronto, vi entrar a Nadia. Estaba desnuda, con la piel aún tibia del verano limeño. Se acercó sin decir nada, me rodeó con los brazos y me besó en la boca.

Sentí cómo mi cuerpo respondía de inmediato, mi erección creciendo inevitablemente y comencé a acariciarlo los senos. Pero entonces, ella detuvo mis manos suavemente y me susurró:

—No quiero hacer el amor… perdóname. Solo quiero sentirte, sentir tu piel, y decirte que te amo.

No era un rechazo ni una excusa. Era un gesto íntimo, vulnerable. La abracé bajo el agua, comprendiendo que lo que me pedía era ternura, no sexo.

Esa noche lo entendí con claridad: en situaciones similares, cada una de las mujeres de mi vida me pedía algo distinto. Angie en la ducha me pedía fuego, entrega, complicidad absoluta. Nadia me pedía calma, contención, cercanía sin exigencias. Y yo… yo sentía que amaba a ambas, de maneras diferentes, pero con la misma intensidad.

La Nochebuena, 24 de diciembre de 2023

La casa de mamá olía a especias, a pavo recién salido del horno y a guirnaldas nuevas. Angie había estado desde temprano supervisando cada detalle. Nadia había llegado con ensaladas y aperitivos, y entre las dos, increíblemente, habían logrado una complicidad que sorprendía a todos. Mi madre, aunque con la presión un poco inestable, se veía feliz, sentada en su sillón preferido, disfrutando de la algarabía.

La mama de Angie, siempre discreta, había llegado con Angie y su nieta. Desde hacía años, era parte de nuestras fiestas, una tía más, con la calma serena de quien ha aprendido a valorar la compañía sobre todo lo demás.

Los niños fueron los primeros en adueñarse de la sala. Mi hijo, con sus cinco años, corría de un lado a otro con la hija de Angie, de tres, riendo sin parar. Sus voces se mezclaban con las de los hijos de mis hermanos, que intentaban enseñarles a los más pequeños algunos juegos de Canadá.

—¡Mira, tía, así jugamos en la nieve! —decía la mayor, fingiendo lanzar bolas invisibles de algodón.

Los pequeños respondían lanzándose cojines del sillón, desatando carcajadas generales.

—Van a desarmar la sala —bromeó mi cuñado, tratando de atraparlos sin éxito.

—Déjalos —dijo mamá con ternura—. Hace tiempo que esta casa no tenía tantas risas juntas.

En la cocina, Angie y Nadia hacían el último repaso de la mesa. Las dos, lado a lado, reían como amigas de toda la vida.

—Angie, estas velas están preciosas —decía Nadia, acomodándolas—. Nunca se me hubiera ocurrido usarlas en dorado y verde.

—Tu mantel blanco las resaltó perfecto —respondía Angie—. Al final, entre las dos hemos hecho un gran equipo.

Por momentos se tomaban de las manos, celebrando algún detalle bien logrado, o compartían una mirada cómplice que sorprendía incluso a mí. Yo las observaba de lejos, maravillado de esa armonía improbable, y al mismo tiempo sintiendo en el estómago esa mezcla de gratitud y vértigo.

Mi hermano mayor, que no perdía detalle, me miró desde el otro lado del comedor. Levantó las cejas con expresión inquisitiva, como diciendo: ¿Qué está pasando aquí? Yo, con una media sonrisa, solo moví la cabeza en un gesto que prometía explicaciones después.

La cena fue un festín. El pavo jugoso, las ensaladas, los postres que había preparado la mamá de Angie, los vinos y las espumantes que ella misma había comprado. Todos comíamos con gusto, mientras las conversaciones se entrelazaban:

—En Canadá, la Navidad empieza más temprano —decía mi hermana—. Los niños ya están en pijamas cuando damos los regalos.

—¡Aquí nunca! —respondió mamá, riendo—. Aquí los niños esperan hasta medianoche, aunque se caigan de sueño.

—Eso no ha cambiado —añadí, sonriendo.

Doña Celia intervenía de vez en cuando con comentarios suaves, siempre atentos, siempre maternales.
—Lo importante es que se junten, donde sea. Eso es lo que queda.

A las once y media, los niños ya estaban impacientes. Corrían alrededor del árbol iluminado, preguntando cada cinco minutos cuánto faltaba.

—¿Ya son las doce? ¿Ya son las doce? —gritaba mi hijo, jalándome del brazo.

—Todavía, campeón, paciencia —le respondí, riendo.

Finalmente, al dar la medianoche, los abrazos se multiplicaron. Mis hermanos se fundieron con mamá en un llanto emocionado. Yo abracé fuerte a mis hijos, y después a Nadia, que me miró con ojos húmedos y me dijo bajito:
—Gracias por esta Navidad.

Angie se acercó enseguida, y la vi abrazar a Nadia con la misma ternura. Esa imagen —las dos mujeres que comparten mi vida, unidas en un gesto sincero— me atravesó el pecho.

Cuando Angie me abrazó, muy fuerte, me dijo al oído muy bajito:

—Feliz navidad mi amor.

—Feliz navidad mi amor, le contesté en el mismo tono.

Cuando nos separamos, nuestras miradas se cruzaron por segundos, había ese brillo pícaro y cómplice en sus ojos, me dio ganas de besarla en la boca, pero me contuve.

Después vinieron los regalos: muñecas, carritos, ropa nueva. Los niños gritaban de emoción, abriendo cajas, corriendo de un lado a otro. El comedor era un caos alegre.

En medio de todo, mis ojos buscaron a Angie. Ella también me miraba, con esa chispa que decía más que cualquier palabra. Fue un instante breve, casi imperceptible para los demás, pero suficiente para sentir que éramos cómplices, que todo lo que había ocurrido hasta llegar ahí tenía sentido.

Mi hermano volvió a mirarme, esta vez con una sonrisa irónica, como diciendo: Ahora entiendo algo… pero no del todo.

La noche terminó pasada la una, con brindis y promesas de repetir. Angie ayudó a recoger la mesa con Nadia, riendo juntas como si fueran hermanas. Mi madre, agotada pero feliz, se retiró a descansar temprano, bendiciendo a todos una y otra vez.

Cuando finalmente salimos, el aire fresco de la madrugada nos envolvió. Me quedé con la sensación de haber vivido una Navidad distinta, única: la familia reunida, mamá feliz, mis hermanos de regreso… y esa armonía imposible, pero real, entre Nadia y Angie, que de algún modo me confirmaba que mis dos mundos podían convivir, al menos por una noche.


 
La conversación con mi hermano

Un par de días después de la Navidad, mi hermano me llamó temprano.
—Oye, ¿y si nos vemos a solas? —me dijo con su tono directo—. Quiero conversar contigo tranquilo.

Quedamos en una cafetería cerca de mi trabajo. Era mediodía, el lugar estaba lleno de oficinistas, pero logramos encontrar una mesa en la esquina, donde el ruido se volvía murmullo.

Apenas nos sentamos, él no dio rodeos.
—Mira, hermano… ya sabes que yo siempre supe lo de Angie. No hoy ni ayer. Desde que estabas enfermo, ¿te acuerdas? Tú mismo me contaste cuando fui a tu departamento después y vi sus cosas que trataste de esconder.

Asentí, recordando aquellos días difíciles en los que, inevitablemente, le abrí el corazón.

—Sí —le respondí—. Fue inevitable contártelo, además necesitaba hablarlo con alguien.

Él sonrió, con esa media burla fraterna.
—Y yo te dije: tengan cuidado, no se les vaya a ocurrir tener hijos, porque al final hay un vínculo familiar. ¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo.

—Pero igual, se les veía bien. En ese tiempo no estabas casado, y yo lo entendí.

Me reí, bajando un poco la mirada.
—Después, cuando se fue a Madrid, yo sabía que ustedes seguían comunicándose, me pareció bien, porque más allá de lo que vivieron, seguían siendo más que familia, buenos amigos.

Él se quedó callado un momento, tomando un sorbo de café. Luego me miró fijamente y sonrió.
—Todo eso lo sabía, hermano. Pero ahora dime, ¿sigues con Angie?

Me quedé callado unos segundos, bajando la mirada, pensando cómo responder a esa pregunta tan directa.

Mi hermano no esperó mi respuesta y preguntó más directamente:

—¿Siguen tirando? ¿Siguen siendo pareja?

—Si, le dije finalmente. Retomamos la relación unos meses después de que ella regresó de Madrid.

Él se quedó mirando el techo unos segundos, luego bajó la mirada y mirándome me dijo:

—Eso era lo que sospechaba desde hace tiempo, parece que lo de ustedes es muy fuerte, es más que sexo por lo visto. Pero finalmente si tú sabes manejarlo y tu conciencia está en paz, yo te apoyo en lo que decidas. Lo que me sorprende ahora es otra cosa: la relación que tienen Nadia y Angie… ¡las dos! Ver a Nadia y a Angie como amigas, riéndose juntas, hasta tomándose de las manos. Eso sí que no me lo esperaba.

Yo asentí, respirando hondo.
—Se fue dando poco a poco. Empezaron a coincidir en reuniones, en temas de la casa de mamá… y lo de la apendicitis fue clave. Cuando operaron a Angie, Nadia estuvo pendiente, la asistió. Eso creó un lazo entre ellas. Y no es algo que yo pueda evitar. Al contrario, creo que es hasta más seguro.

Él me miró unos segundos en silencio y luego soltó una carcajada que atrajo la mirada de la mesa de al lado.
—¡Hermano! ¡Tú puedes con las dos, claro no se te vaya a ocurrir hacer un trio!

Me reí también, aunque con un dejo de nerviosismo.
—No es así de fácil…

—Claro que no —me interrumpió, poniéndose serio un instante—. Ten cuidado. Es un tema peligroso, tú lo sabes.

Asentí en silencio.

—Pero si decides seguir así, tienes que cumplirles a las dos —añadió, con ese estilo suyo, directo y sin anestesia.

Me quedé callado unos segundos, revolviendo el café. Finalmente le dije con honestidad:
—Con Nadia no están bien las cosas en lo sexual. No fluye como antes. Pero igual… lo haré.

Él se recostó en la silla, sonriendo con picardía.
—Entonces ándate con cuidado, hermanito. Porque cuando una mujer siente que no la cumples, lo nota.

Le expliqué que en cierta forma si le cumplía a Nadia, que ella quería más ternura que sexo, que con una vez cada tres o cuatro meses, ella estaba tranquila.

—Y que va a pasar cuando supere su pena, su tristeza, ¿cuándo su libido vuelva al 100%?

—Si eso llegara a suceder tendré que tomar vitaminas y comer mucho marisco para cumplirle a las dos, dije con una sonrisa.

Nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos como cuando éramos adolescentes contándonos secretos que no podíamos decirle a nadie más. Él jugaba con la cuchara de su café, yo giraba el vaso de agua entre mis manos, evitando por un instante su mirada. En ese silencio entendí algo: mi hermano no me juzgaba, tampoco me alentaba ciegamente. Solo quería que estuviera consciente de los riesgos, y que, si ya había decidido caminar en ese filo, lo hiciera con la cabeza fría.

Entonces levantó la vista, sonrió con esa mueca pícara suya y, con un tono jocoso pero cargado de admiración, me dijo:
—Hermano… eres un suertudo. Las dos son mujeres muy bellas, tremendas hembras que tienes a tu lado. Con el respeto que se merecen, claro… pero las dos están que dan la hora. Si no te esmeras, ¡te las quitan en un dos por tres!

Solté una carcajada, inclinándome hacia atrás en la silla. Él me observaba entre divertido y serio, como midiendo cuánto iba a reconocer de su comentario. Me encogí de hombros y le di la razón.
—Tienes toda la razón —respondí, mirándolo directo a los ojos—. A cada una le doy lo que necesita. Y las dos, cada una a su manera, están contentas.

Él rio fuerte, levantando la taza como en un brindis improvisado, y me dio una palmada en el hombro.
—Eso es, hermano. Si vas a estar en esa jugada, hazlo bien.

Yo asentí en silencio, con la sonrisa aún en los labios, sintiendo que esa complicidad entre hermanos, hecha de bromas y verdades a medias, me daba un alivio extraño: el de no estar completamente solo en mi secreto.

Al despedirnos, me abrazó fuerte y me dijo al oído:
—Lo único que importa es que seas feliz, y que no lastimes a nadie. Acuérdate de eso.

Camino a la oficina estaba con la sensación de haber recibido un consejo duro, pero necesario. Y también con el alivio de saber que, al menos, en mi hermano tenía un cómplice silencioso, alguien que, aun con sus bromas, entendía la magnitud de lo que vivía.
 
Los días después de Navidad pasaron entre visitas, compras y sobremesas interminables en casa de mamá. Mis hermanos ya habían fijado su regreso a Canadá para el 4 de enero, así que quisimos aprovechar hasta el último momento juntos. Fue mi hermana quien lanzó la idea primero, con la espontaneidad que siempre la caracterizaba:

—Oye, ¿y por qué no hacemos la fiesta de Año Nuevo aquí mismo, en la casa de mamá?

—¡Claro! —respondió mi hermano enseguida—. Nada de restaurantes ni clubs. Aquí, en familia, como debe ser.

Yo asentí, con una sonrisa. Era lo que todos queríamos. Además, el 2 de enero sería el cumpleaños de Angie, así que era la oportunidad perfecta para celebrarlo también, aunque sin demasiada pompa que llamara la atención.

Desde ese momento, los preparativos se convirtieron en el tema de cada conversación. Angie y Nadia, que ya habían demostrado en Navidad una coordinación sorprendente, se pusieron manos a la obra.

—Yo me encargo de la decoración —dijo Angie, entusiasmada, mostrando en su cuaderno los esquemas de luces, guirnaldas y arreglos florales—. Quiero algo alegre, con dorados y plateados.

—Y yo veo los piqueos y las ensaladas —añadió Nadia, revisando mentalmente su agenda—. Eso sí, sin complicarme mucho, porque el 31 salgo tarde de la clínica.

—No te preocupes, yo cubro lo que falte —respondió Angie con una sonrisa cómplice, y las dos se tomaron de las manos como cerrando un pacto.

Los niños estaban igual de emocionados. Mi hijo y la hija de Angie corrían por la casa diciendo que querían globos de colores, serpentinas y bengalas. Los sobrinos mayores, más tranquilos, ofrecieron encargarse de la música y de algunos juegos para entretener a los pequeños.

—Yo hago la playlist —dijo el hijo mayor de mi hermano, enseñando su celular lleno de canciones—. Tiene que haber de todo: salsa, pop, rock clásico.

—Y también villancicos, que no los hemos cantado —agregó mi hermana riendo.

Doña Celia, siempre presente, ofreció preparar un postre especial.
—Un suspiro limeño bien grande, para cerrar con dulzura el año —anunció, y todos la aplaudimos.

Mamá, aunque algo cansada, se mostraba feliz de verlos a todos tan activos.
—Lo único que quiero —dijo con voz emocionada— es que esta casa reviente de alegría el 31. Que no falte nada y que celebremos como cuando ustedes eran chicos.

El día 30, ya teníamos prácticamente todo listo. Angie había pedido las flores y había conseguido unos centros de mesa sencillos pero elegantes. Nadia había confirmado el catering de algunos piqueos fríos. Mi hermana ayudaba con la logística de los regalos de cumpleaños para Angie: nada muy ostentoso, pero pensado con cariño.

—No puede pasar desapercibido —me dijo con complicidad—. Esa chica se merece un reconocimiento.

Yo sonreí, agradecido en silencio.

La expectativa iba en aumento. Los niños hablaban sin parar de las bengalas y los juegos artificiales, mis hermanos planeaban brindar con pisco antes de la medianoche y mamá sonreía cada vez que veía la sala decorada poco a poco.

Esa víspera del 31, la casa respiraba fiesta. Y aunque todos lo vivían como la despedida de mis hermanos antes de su regreso, para mí era algo más: la oportunidad de ver a toda mi familia unida, y de celebrar de paso el cumpleaños de Angie, la mujer que había hecho posible que esa unión se sintiera tan real.

La fiesta seguía pasada la medianoche. Eran cerca de las dos de la mañana cuando sonó el celular de Nadia. Se apartó un momento para contestar y enseguida vino hacia mí con gesto serio.

—Me tengo que ir —dijo rápido, apenas rozándome los labios con un beso—. Emergencia en la clínica, hay un parto complicado.

No hubo tiempo para más. Tomó su cartera, me sonrió con cariño y salió a toda prisa.

La casa, poco a poco, empezaba a desarmarse. Mamá ya se había retirado a dormir, agotada pero feliz. Doña Celia y la mamá de Angie, tras ayudar un rato más, también se despidieron discretamente. Los niños dormían en los sofás y cuartos improvisados desde hacía un buen rato. Mi hermano, con más ron con coca cola del necesario, se había dejado caer en un sillón, medio dormido, medio despierto. Mi hermana y mi cuñada bailaban por momentos, y luego se sentaban a conversar en la sala, riendo bajito. La música seguía, pero en volumen bajo, casi un acompañamiento.

Yo estaba en la cocina con Angie, recogiendo platos sucios y copas vacías. Ella, con un vestido corto que resaltaba su figura, se inclinaba sobre la mesa mientras ordenaba. De pronto, me lanzó una mirada cómplice y, con voz baja, me susurró:

—No me haces el amor desde antes de Navidad… malvado.

Abrí los ojos, sorprendido, sintiendo el calor inmediato recorrerme el cuerpo.

—El martes me escapo —le dije sonriendo—. Así celebramos el mismo día de tu santo.

Ella negó con la cabeza, acercándose peligrosamente.

—No quiero que me lo hagas ahora —dijo, con ese tono provocador que me volvía loco.

—¿Aquí mismo o en la sala? —le respondí en broma, como retándola.

—Arriba —me dijo, con los ojos brillantes.

Se asomó por la puerta de la cocina, verificando que todos seguían distraídos. Regresó enseguida, me tomó de la mano y me susurró:

—Vamos.

Salimos por la puerta que daba a la cochera y subimos la escalera de caracol que llevaba al segundo piso. Entramos en una de las habitaciones casi vacías, llena de cajas apiladas. La penumbra nos envolvió, y apenas cerramos la puerta, ella se arrodilló frente a mí. Sus manos firmes sacaron mi pene que ya estaba semi-erecto y lo metió en su boca tibia, su entrega fue total. Sentí cómo el deseo me arrasaba, la urgencia de esos días contenidos explotando en pocos minutos. Ella se tomó todo lo que salió, limpiando mi pene con su lengua.

Luego se puso de pie, me dio un beso aun con sabor a mi semen, me dio la espalda y se apoyó contra la pared, levantándose el vestido sin dudar. Mi erección no había decaído, más aún al ver su trasero con su hilo jalado a un lado, ofreciéndome entrada franca. La penetré de espaldas, con fuerza, mientras ella ahogaba sus gemidos mordiendo su antebrazo. El cuarto silencioso se llenó solo de nuestros jadeos, el roce rápido, intenso, casi salvaje.

—¡Dios, Primix…! —susurró entrecortada, temblando.

Su orgasmo llegó rápido, fuerte, con un estremecimiento que la recorrió de pies a cabeza. Sus piernas se doblaron un instante, y tuve que sujetarla de la cintura para que no cayera. Yo también exploté nuevamente unos segundos después, pegado a su espalda, mientras ambos reíamos en medio de la tensión de escondernos.

Nos quedamos unos segundos abrazados contra la pared, respirando agitados, hasta que ella se giró y me besó con fuerza.

—Lo necesitaba… —me confesó con voz ronca, aun temblando. Luego sonrió con picardía—. Pero igual me debes lo que me prometiste para mi cumpleaños.

Reímos juntos, arreglándonos rápido. Al bajar, ella se adelantó para asomarse hacia la sala.

—Todo ok —me dijo bajito—. Siguen en lo mismo, nadie notó nada.

Volvimos a la cocina como si nada, retomando los platos y las copas, pero con la sonrisa cómplice de dos amantes que acababan de vivir un secreto más. Unos minutos más tarde ella con esa sonrisa picara que me encanta me dijo que iba al abaño, mi semen comenzaba a salir de su vagina y el hilo que llevaba de ropa interior no podría evitar que le chorreara por las piernas.

Eran cerca de las tres de la mañana cuando Angie me pidió que las llevara de regreso a su departamento. La pequeña dormía profundamente en sus brazos, y Angie, aún con el vestido corto de la fiesta, me miró con esa mezcla de cansancio y felicidad que solo ella podía transmitir.

—Gracias, Primix —me dijo en voz baja, mientras acomodaba a la niña en el asiento trasero, junto a su madre que dormitaba—. Ha sido una noche hermosa.

El camino estaba despejado, las calles silenciosas después del bullicio de Año Nuevo. Mientras manejaba, le escribí un mensaje rápido a Nadia: ¿Cómo va todo en la clínica?

Su respuesta llegó al instante: Todo ok. Termino en un rato. Mejor nos encontramos en casa.

Dejé a Angie en la puerta de su edificio. Miró a su madre profundamente dormida en el asiento de atrás. Se inclinó hacia mí, me besó suave en los labios y susurró:
—Nos vemos pronto, Primix… y no te olvides de lo que me prometiste para mi cumpleaños.

Sonreí, acariciándole el rostro antes de verla entrar con su hija dormida en brazos y su madre que despertada a la fuerza caminaba bostezando.

Seguí mi camino hacia mi departamento. Justo al estacionar, vi llegar el auto de Nadia. Bajó aún con el uniforme de la clínica, el cansancio dibujado en su rostro, pero con una sonrisa al verme.

—Al final todo salió bien —me dijo apenas entramos juntos al ascensor.

En casa, el silencio era total. Llevé a mi niño a su dormitorio. Dejamos las cosas a un lado y fuimos directo al baño. Ella abrió la ducha, dejó que el agua caliente corriera y me tomó de la mano. Entramos juntos, bajo el chorro que borraba poco a poco el cansancio de la madrugada.

No hubo urgencia ni pasión desbordada, solo caricias largas, besos suaves, el contacto de la piel húmeda buscando consuelo. Como otras veces, era su manera de decirme que me amaba, que necesitaba sentirme cerca sin necesidad de llegar más lejos.

—Te amo —susurró apoyando la frente en mi pecho, dejando que el agua nos envolviera.

La abracé fuerte, besándole el cabello mojado.
—Yo también te amo —le respondí.

Y así, entre caricias tranquilas y silencios compartidos, dejamos que la madrugada se deshiciera, cerrando una noche de Año Nuevo que había sido fiesta, complicidad, y también intimidad en sus formas más distintas.


 
Dos amores

Rompo otra vez la línea narrativa para hacer una reflexión muy actual.

A veces, cuando entro a la ducha con Nadia y simplemente nos abrazamos, sin palabras, sin intención de ir más allá, me quedo pensando en lo que somos ahora. El agua cae sobre nuestros cuerpos y solo hay silencio, besos tranquilos, respiraciones que se acompasan. No hay sexo; solo un calor distinto, el del afecto que sobrevive a los años, al dolor, a los vaivenes de la vida.

Y mientras la tengo entre mis brazos, pienso inevitablemente en lo que fue y en lo que sigue siendo. Han pasado casi dos años desde aquella primera vez en que, después de tanto rechazo y frialdad, nos volvimos a tocar como si estuviéramos redescubriendo la piel. Desde entonces, ha habido acercamientos, ternura, incluso deseo. Pero la verdad es que ahora, cuando ella se recuesta sobre mí en la ducha y me dice “te amo”, yo le respondo con sinceridad.

Sí, la amo. No es un reflejo automático ni una frase vacía. Lo siento, de verdad.

Y también amo a Angie.

A veces me pregunto si eso se puede, si realmente uno puede amar a dos personas sin mentirse, sin traicionar. Pero lo que siento no entra en moldes. Con Angie es un amor que me nace desde el alma y el cuerpo, visceral, encendido, íntimo. Un amor que nació quizá desde su niñez y mi adolescencia, casi sin darnos cuenta y que ha sobrevivido a todo lo que nos ha pasado. Un amor que vive en el deseo, en la complicidad, en la libertad de ser sin máscaras. Es fuego y ternura, silencio y carcajada. Un amor que late incluso cuando no estamos juntos.

Con Nadia, en cambio, es un amor distinto. Nació de conocernos poco a poco, en un momento de mi vida en la que yo pensaba que no estaba abierto al amor, en el que andaba picando de mujer en mujer. La pasión llegó después de la atracción y en su momento fue llama intensa, tuvimos años en el que el sexo era grandioso y frecuente, más aún porque había mucho amor entre nosotros.

Pero el tiempo, la muerte de nuestra hija y el abismo que se abrió después lo transformaron en otra cosa. Ella fue mi casa, mi familia, el sostén cotidiano. Lo sexual, aunque ha vuelto poco a poco, ya no es el motor. Es apenas una forma esporádica y casi anecdótica de recordar que seguimos vivos, juntos, intentando.

Con ella el amor es más tranquilo, más puro si se quiere. No necesita del fuego. Es el amor de quien comparte la historia, la rutina, la crianza, el silencio de los domingos y las risas de nuestro hijo. Un amor que sostiene y acompaña, que se volvió esencial en su calma.

Por eso, cuando digo “te amo”, en cualquier contexto, a cualquiera de las dos, lo digo de verdad. No miento, no actúo, no finjo. Son dos amores diferentes, corriendo en paralelo, sin anularse, sin pisarse. Uno me da alas; el otro me da raíces.

Y aunque sé que para muchos eso suena contradictorio o imposible, yo ya aprendí a vivir con ello. Aprendí que el corazón no es una caja cerrada, sino un espacio amplio donde caben todas las formas del amor que nos sostienen.

Así que cuando lean más adelante que le digo a una o a la otra “te amo”, créanme: cada palabra es cierta. No es un reflejo, ni un compromiso, ni una rutina. Es, simplemente, mi verdad.
 
Conejo, cada vez que retomo tu historia encuentro algo nuevo y me identifico con la evolución que has tenido en tus relaciones paralelas.
Mis mejores deseos para ti y adelante con el relato.
 
Setenta – EL CUMPLEAÑOS DE ANGIE

Había preparado algo especial para ella. No quería un regalo ostentoso ni algo que pudiera llamar la atención de los demás, sino un detalle personal, discreto, que le hablara de nuestro amor. Había mandado a hacer un dije pequeño, en forma de infinito, con nuestras iniciales grabadas en la parte trasera. Lo envolví en una cajita sencilla, pero cuando se lo entregué esa tarde, sus ojos brillaron más que con cualquier joya.

—Es perfecto, Primix… —susurró, besándome despacio—. Eres perfecto para mí.

Habíamos reservado una suite con jacuzzi. Desde que entramos, la atmósfera fue distinta: velas encendidas, música suave y el murmullo del agua invitándonos a dejar el mundo afuera.

Nos desnudamos entre besos largos y urgentes, y nos hundimos en la espuma cálida del jacuzzi. Ella se sentó sobre mí, moviéndose con un ritmo lento al principio, disfrutando de la sensación del agua corriendo sobre su piel y mi boca besando, lamiendo y succionando sus senos. Me miraba directo a los ojos, mordiendo su labio inferior, como si quisiera grabar cada gesto. Al principio no la penetré, mi pene jugaba con sus labios vaginales, deslizándose por fuera, chocando con su clítoris y la entrada de su vagina. Eso nos calentaba más. El agua salpicaba alrededor, y el eco de nuestros jadeos se mezclaba con el burbujeo del jacuzzi. Después de más de 10 minutos de jugar así, ella se movió lo justo para que mi pene entrara suavemente en su vagina, los movimientos al principio lentos, se fueron haciendo más rápidos y más intensos. Su orgasmo fue rápido, vibrante, con un grito ahogado en mi hombro, y yo la abracé fuerte, sintiendo que esa entrega era un regalo tanto como el que llevaba en su cuello. Yo no había llegado aún, lo reservaba para la cama. Después de un rato, abrazados en el jacuzzi, salimos y nos secamos.

Después, envueltos en toallas, nos dejamos caer en la cama. Le serví el champagne y brindamos por su cumpleaños, por nosotros, nos tomamos toda la botella brindando.

Esta vez la pasión fue más lenta, más tierna. Ella se tumbó boca arriba y me recibió con los brazos abiertos, dejando que nuestros cuerpos se fundieran en un ritmo suave, casi reverente. Entre susurros, me confesó algo que me dejó sin palabras:

—A veces pienso… qué pasaría si tuviera un hijo contigo.

Me detuve un instante, mirándola sorprendido.
— ¿Y cómo lo justificarías? —le pregunté, acariciando su mejilla y sin salirme de su coño.

Ella sonrió con picardía, pero también con una pizca de melancolía.
—Inseminación artificial —respondió, riendo bajito. Luego me besó, como si quisiera borrar cualquier sombra de tristeza.

—Pero ahora ya no… —añadió después, con un suspiro—. Cumplo 38, Primix. Es solo una fantasía.

Yo le besé la frente, y seguimos haciendo el amor con ternura, como si esa confesión hubiera reforzado aún más nuestro lazo.

Poco a poco el ritmo aumentó y cuando la puse piernas al hombro, entre jadeos ella llegó nuevamente al clímax, yo seguí dándole, ella ya tenía el trasero levantado, haciéndome entrar más, cuando vio que yo estaba por llegar al clímax, comenzó a gritar entre jadeos:

—Así Primix… dame duro… lléname de ti… hazme un hijo!!

Lo dijo justo cuando eyaculé al fondo de ella.

Cuando nuestras respiraciones se fueron calmando le dije:

—Graciosita estas, ¿no? Mientras le mordía suavemente uno de sus pezones.

—¿Yo??? Dijo haciéndose la inocente

—Si tú, más te vale que esa T esté bien puesta.

—Tranquilo amor, solo bromeo, yo tampoco estoy ya para criar un hijo pequeño, con “nuestra” hija, me basta y sobra.

La besé y me sentí feliz de escuchar que dijera nuestra hija, refiriéndose a su hija, la niña ya me decía papá y mi hijo y Nadia lo aceptaban con naturalidad.

Después de casi media hora, entre risas, exploramos la suite y reparamos en ese sillón erótico, de formas curvas, que parecía hecho para el juego. Ella fue la primera en subirse, deslizándose como si lo hubiera usado toda la vida. Me miró con ojos desafiantes.

—A ver, Primix, demuéstrame qué tal cabalgador eres.

La tomé de la cintura y la penetración fue intensa, con sus movimientos perfectamente acompasados al diseño del sillón. Cada curva del mueble potenciaba su entrega: arqueaba la espalda, gemía sin contenerse, y me miraba de reojo, encendida. Yo la sujetaba fuerte, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada embestida, hasta que el orgasmo la recorrió de nuevo, rápido, eléctrico, dejándola exhausta.

Terminamos riendo, sudados, cayendo juntos en la alfombra como si hubiéramos corrido una maratón. Ella se acurrucó en mi pecho, aún jadeante.

—Eres mi mejor regalo, Primix —me dijo con voz ronca pero amorosa—. No necesito nada más.

Ya agotados después de la intensidad del jacuzzi, la cama y el sillón “potro”, nos miramos y reímos como cómplices de una travesura infinita. Angie, aún con el dije colgando en su cuello, me tomó de la mano y me llevó al baño.

—Falta nuestro final —susurró, abriendo la ducha.

El agua tibia nos envolvió y volvimos a tocarnos sin prisa. No hubo urgencia, solo caricias largas, besos húmedos, el placer de sentirnos piel contra piel. La apoyé contra la pared de azulejos, y ella me rodeó con los brazos, dejando que el agua resbalara sobre nosotros como una purificación después del fuego.

Nos besamos mucho, lento, con la intensidad de quienes saben que cada encuentro puede ser el último. La pasión ya se había saciado, pero el deseo de estar pegados permanecía intacto. Era nuestro ritual: cerrar cada sesión con la ternura ardiente de la ducha. Cuando la penetré ella se pegó más a mí, estábamos frente a frente, tenía que doblar las piernas pues ella es un poco más baja que yo. Eso hacía que cada embate Angie lo sienta profundo, nuestros orgasmos llegaron intensos, uno detrás de otro.

Salimos aun besándonos, envueltos en toallas, riendo como dos adolescentes. La acompañé hasta su departamento, me regaló una última mirada de complicidad antes de entrar.

De regreso, mientras conducía por la ciudad, con la mente todavía caliente por lo vivido, cuando me asaltó el pensamiento.

¿Y si alguna vez Angie se hubiera embarazado de mí? ¿Qué hubiese hecho?

La idea me atravesó con fuerza. Siempre habíamos sido cuidadosos, pero el cuidado nunca es infalible. El deseo, la urgencia, el fuego que nos consumía… alguna vez, cuando usábamos aun preservativos, habíamos estado cerca del límite. Y aunque era una posibilidad remota, seguía siendo real.

¿Qué habría pasado?

Imaginé sus ojos brillando con un hijo nuestro en brazos, el amor desbordado en su sonrisa. Y a la vez, el peso insoportable de la explicación imposible: las miradas, las preguntas, la condena de los demás.

Me respondí en silencio, con un nudo en la garganta:
Habría sido hermoso… pero también una catástrofe.

El dramatismo de la idea me dejó helado. La amaba intensamente, de una forma que desafiaba la lógica, pero traer un hijo al mundo con ella significaba exponerlo todo, arriesgarlo todo.

Todavía estamos en edad fértil, pensé, sintiendo un escalofrío en la espalda. No es imposible. No lo ha sido nunca.

Cerré los ojos un instante en el semáforo y me escuché a mí mismo, como si dialogara con mi propia conciencia:
—Si pasara… ¿qué haría? ¿Qué le diría a Nadia, a mamá, a mis hermanos? ¿Y Angie? ¿Soportaría todo por mí? ¿Alguien se creería lo de la inseminación artificial? ¿Y si sale igual a mí?


Tragué saliva, apretando fuerte el volante. La imagen de Angie, riendo con su hija de tres años en brazos, me dio un dolor punzante en el pecho. Era felicidad pura, pero también un recordatorio brutal: habíamos tentado al destino más de una vez.

Sacudí la cabeza, como queriendo despejar el aire denso de mi cabeza. La probabilidad era baja, casi nula… pero el riesgo siempre estaba ahí, como una sombra que nos acompañaba en cada encuentro.

Cuando estacioné en casa, me quedé unos segundos dentro del auto, respirando hondo. El amor por Angie era mi mayor certeza, y al mismo tiempo, el origen de mis mayores miedos.

Esa idea me siguió rondando dos días enteros. En el trabajo, manejando, incluso en la ducha, la imagen volvía: Angie con un hijo mío en brazos, su sonrisa emocionada, mi vida hecha pedazos.
Era una posibilidad lejana, sí, pero no imposible. Y esa remota posibilidad bastaba para quitarme el sueño.

El tercer día, durante la instalación de un nuevo ecógrafo en la clínica, tuve la oportunidad de preguntarle a uno de los médicos que supervisaba la prueba. Era un ginecólogo mayor, de esos con calma de oficio y mirada que lo lee todo antes de hablar.

Aproveché un momento en que revisaba los comandos del equipo y, tratando de sonar casual, le solté:
—Doctor, una consulta. Tengo… bueno, una pareja —evité decir “mi novia” de entrada—, y usa la T de cobre. Quería saber, ¿qué tan segura es realmente?

El médico levantó la vista del monitor y me miró un segundo más de lo necesario. Luego sonrió, sin juzgar, pero con esa curiosidad profesional que nunca descansa.
—¿Tu pareja? —repitió, como para confirmar.
—Sí —dije, aclarando la voz—, mi novia.

Él asintió despacio, con una media sonrisa que no supe si era comprensión o sospecha.
—Mira, con la T de cobre puedes estar tranquilo. Es de los métodos más efectivos que existen. Su eficacia está por encima del 99%, siempre que esté bien colocada, claro.
—¿Tan alta? —pregunté, tratando de disimular el alivio.
—Tan alta —confirmó—. No depende de que se “olvide tomar algo” o de un error humano. Es un método puramente mecánico, actúa en el útero, impide la fecundación y, en el rarísimo caso de que ocurra, también evita la implantación.

Yo asentía, como si estuviera tomando nota mental.
—¿Y el riesgo de embarazo?
—Prácticamente nulo —dijo, girándose otra vez hacia la pantalla—. Más fácil que falle un preservativo usado correctamente a que falle una T bien puesta.

—¿Y el tiempo de uso? —quise confirmar.
—Diez años —respondió sin dudar—. Aunque a los cinco se suele revisar por rutina. Mientras esté bien posicionada, puedes dormir tranquilo.

Me reí, con un alivio disimulado.
—Eso necesitaba oír, doctor. Gracias.
—De nada —respondió, sonriendo de medio lado—. Aunque, a tu edad, hablar de “novia” suena a que hay historia detrás.

No supe si reírme o cambiar de tema. Me limité a encoger los hombros.
—Historias siempre hay, doctor —dije, y él volvió a sonreír, con esa expresión de quien entiende más de lo que uno dice.

Mientras él volvía al ecógrafo, me quedé mirando el monitor apagarse. Sentí una calma que hacía días no tenía. El riesgo existía, sí, como todo en la vida, pero era mínimo. Y por primera vez en tres noches, pude respirar con cierta paz.

Angie estaba protegida. Nosotros también.
El amor, al menos por ahora, seguía a salvo del azar.

Esa misma noche, después de cenar, la llamé. Hablamos un rato de cosas sueltas, hasta que el tema que me venía rondando volvió solo.

—Amor —le dije, con la voz más seria de lo habitual—, quiero pedirte algo.

—¿Qué pasa, Primix? —preguntó, notando mi tono.

—Estuve conversando con un médico en la clínica, por trabajo… bueno, aproveché para preguntarle sobre la T de cobre. Me dijo que es muy segura, más del 99%. Pero igual me gustaría que la revisaras, solo para estar tranquilos.

Angie suspiró al otro lado del teléfono, con ese aire paciente y dulce que solo ella tenía conmigo.
—Primix… apenas la tengo dos años y un poquito más. Falta muchísimo para revisarla.

—Sí, lo sé, pero igual. No está de más una ecografía de control, solo por precaución —insistí.

Hubo un breve silencio. Luego ella río bajito.
—¿Sabes lo curioso? Nadia me ofreció hace unos meses ser mi ginecóloga de cabecera. Imagínate, yo sentada frente a ella, hablándole de mi T de cobre… ¿cómo le explicaría que tengo un método anticonceptivo si, en teoría, no tengo pareja?

Yo también reí, aunque por dentro sentí un pequeño escalofrío ante la sola idea.
—No, ni pensarlo. Mejor no te metas en eso. Te voy a recomendar a alguien de confianza. Una amiga mía, también ginecóloga. Conoce a Nadia, pero no te va a relacionar conmigo. Le diré que eres una amiga, que el apellido es coincidencia.

—¿Y si pregunta algo raro? —replicó, divertida.
—Nada, amor. Le dices que tu pareja vive fuera, o que prefieres no hablar del tema. Ya sabes manejarlo.

Angie suspiró de nuevo, más suave esta vez.
—Está bien, tontín. Iré, solo para que te quedes tranquilo. Pero de verdad no hace falta.

—Sí hace —le dije, sonriendo al escuchar su tono cariñoso—. Porque no quiero volver a pensar cosas que me quiten el sueño.

—Te entiendo —dijo—. Y te prometo que iré. Solo dime el nombre.

—Se llama María Teresa Rojas. Está en San Borja, trabaja bien, y es discreta.

—Perfecto. Iré la próxima semana —respondió, con esa mezcla de dulzura y humor—. Así te relajas y dejas de hacer matemáticas de probabilidad amorosa.

Nos reímos los dos. Después hubo un silencio breve, de esos cómodos, llenos de ternura.
—Gracias, amor —le dije.
—No me agradezcas, Primix. Solo me cuido por ti.

Colgamos, y me quedé mirando el teléfono unos segundos. Esa era la esencia de lo nuestro: amor, complicidad, humor, y un pacto silencioso que nos mantenía a flote, cuidándonos mutuamente sin pedirlo en voz alta.

Por primera vez en varios días, dormí tranquilo.
 
La despedida en el aeropuerto

El 4 de enero amaneció con un aire distinto. Era día de despedida. Desde temprano la casa de mamá estuvo movida: maletas listas, niños corriendo entre los pasillos, mi madre con esa mezcla de alegría y tristeza que solo conocen las madres cuando tienen que dejar ir a sus hijos.

Nadia estaba de guardia en la clínica, así que no podía acompañarnos. Me despedí de ella en casa, y salí rumbo a la casa de mamá en mi camioneta. Angie también había llegado en su auto, lista para acompañarnos en la caravana.

—Listo, Primix —me dijo con una sonrisa breve, tratando de disimular la nostalgia—. Vamos detrás de ti.

Mi hermano y mi hermana subieron con sus familias, las maletas apiladas hasta casi no dejar espacio. Los niños, entre risas y bostezos, se acomodaron en los asientos traseros. Mamá abrazó a cada uno en la puerta de la casa antes de dejarlos partir.
—Cuídense mucho, mis hijos —les dijo con la voz temblorosa—. Me llaman apenas lleguen.

En la camioneta, durante el camino al aeropuerto, mi hermano miraba por la ventana en silencio. Luego se giró hacia mí y sonrió.
—Gracias por todo, hermano. Esta ha sido una Navidad distinta… muy especial.

—Lo mismo digo. Ya viste lo feliz que estaba mamá —le respondí, sintiendo un nudo en la garganta.

Atrás, los niños discutían sobre qué regalo había sido el mejor.
—¡El carrito rojo es mío! —gritaba el hijo de mi hermano.
—¡No, el mejor fue la muñeca! —respondía mi sobrina, riendo.

Cuando llegamos al Jorge Chávez, el movimiento típico de enero nos envolvió: maletas, despedidas rápidas, el ruido de los anuncios por los parlantes. Angie estacionó cerca y vino a ayudarnos con las maletas, como una más de la familia.

Mi hermana la abrazó fuerte.
—Gracias, Angie. Sin ti nada habría salido así de bien.

Ella sonrió, apenas bajando la mirada.
—Lo hice con mucho cariño.

Los niños corrieron a darle un último abrazo a la tía Angie y luego a mi.

Mi hermano me abrazó fuerte.
—Ya hablaremos más luego, hermano. Tú sabes de qué —me dijo al oído, con esa complicidad suya.

Yo asentí, sabiendo exactamente a qué se refería.

En medio de la agitación, busqué la mirada de Angie. Ella también me buscó, y en ese instante, entre el bullicio de maletas y abrazos, hubo un segundo de complicidad: un “aquí estoy”, un “lo hicimos bien”.

Finalmente, mis hermanos y sus familias desaparecieron rumbo al embarque. Angie se quedó tomada de mi brazo.

Nos quedamos un rato mirando desde el vidrio cómo mis hermanos, con sus familias, desaparecían tras las puertas de migraciones.

Al quedarnos solos, Angie se apoyó en mí, entrelazando su brazo con el mío. Tenía esa mirada traviesa que conocía bien.

—Tengo un antojo, Primix —me dijo, apretándome suavemente el brazo.

—¿Cuál? —pregunté, pensando en algo de comer.

Me miró directo a los ojos, sonriendo con malicia.
—Tú. Me has vuelto adicta a ti. Llévame a un hotel… tenemos tiempo, ¿sí?

Sonreí, sintiendo el calor recorrerme.
—Claro que sí. Vamos.

Cada uno en su auto, salimos rumbo a Pueblo Libre. Minutos después estábamos entrando a un hotel discreto, donde la urgencia pudo más que el cansancio de la jornada.

El deseo estalló apenas cerramos la puerta de la habitación. Nos desnudamos entre besos. Ella se recostó de espaldas en el borde de la cama, y me recibió con las piernas entreabiertas, la mirada fija en mí. La primera posición fue intensa, yo de pie, ella arqueada hacia atrás, apoyando los hombros en el colchón, entregada por completo mientras me aferraba las muñecas.

Después la giré sobre su vientre, y en esa segunda posición, medio de rodillas sobre el borde, se apoyaba en los codos mientras yo la tomaba por la cintura. Sus gemidos, ahogados contra la sábana, eran pura música.

Finalmente, la senté al filo de la cama, con sus piernas rodeándome, abrazándome fuerte, y la penetración se volvió más íntima, más profunda, con su rostro a centímetros del mío, besándonos entre jadeos.

El orgasmo de ella fue rápido, explosivo, con un estremecimiento que la dejó temblando entre mis brazos. Yo me derrumbé contra su pecho, ambos riendo, sudados, con la adrenalina aun latiendo.

En el descanso después del sexo, ella seguía acariciándome el cabello, tranquila, cuando decidí contarle:

—A fin de mes… o a más tardar la primera semana de febrero, tengo que viajar a Arequipa. La empresa va a abrir una sucursal allá, y me toca implementar todo. Ya tenemos la gente seleccionada, pero me toca cerrar detalles. Voy a estar una semana.

Ella abrió los ojos, brillándole la mirada.
—¿Y si me llevas? —me dijo sin pensarlo.

—¿Tienes vacaciones? —pregunté con cautela.

—Me sobran —respondió enseguida—. En casa diría que viajo por trabajo. Nadie sospecharía.

Me quedé en silencio unos segundos, mirándola, hasta que sonreí.
—Bueno, armémoslo.

Ella se abrazó a mí emocionada.
—¡Primix, otra vez! Como cuando fuimos al Colca… ¿te acuerdas?

—Sí, claro que me acuerdo. Pero no podremos repetir el viaje completo al Colca. Tengo que trabajar de lunes a viernes. Regresaría viernes en la noche o sábado en la mañana. Es un viaje laboral, Angie, no puedo justificar quedarme más.

Ella frunció un poco los labios, pero enseguida asintió.
—Está bien, pero igual vamos a disfrutarlo muchísimo. Yo me encargo de armar mi coartada. Diré que viajo al extranjero, así ni tu mamá ni la mía y menos Nadia sospechan nada.

La abracé fuerte, besándola. Su entusiasmo me contagiaba, y ya podía ver en sus ojos la ilusión de la escapada.

Volvimos a hacer el amor dos veces más esa mañana. La segunda, más lenta, explorando cada rincón de su cuerpo como si el tiempo nos perteneciera. La tercera, rápida y juguetona, como si quisiéramos despedirnos de la ansiedad de las fiestas y abrir la puerta a lo que venía: nuestra semana secreta en Arequipa.

Al final, agotados y riendo, supimos que ese viaje sería otra de nuestras historias inolvidables.
 
Setenta y uno – AREQUIPA OTRA VEZ

El domingo en la tarde, el aeropuerto Jorge Chávez tenía ese bullicio de fin de semana: familias regresando de la playa, viajeros de negocios adelantando el lunes, estudiantes cargados de mochilas. Nosotros caminábamos juntos, Angie y yo, entre las filas interminables, con la naturalidad de una pareja cualquiera.

Habíamos comprado los pasajes uno al lado del otro. Cuando llegamos al counter, entregué mi documento y, sin titubear, dije:
—Estamos viajando juntos, con mi esposa.

El agente sonrió y no hizo más preguntas. Angie me tomó del brazo, cómplice, y con esa sonrisa que era mitad ternura, mitad picardía, susurró:
—Tu esposa… cómo me gusta escucharlo, aunque sea en secreto.

Ya en la sala de embarque, compartimos un café. Ella sacó de su bolso una carpeta con folletos turísticos de Arequipa que había impreso de entusiasmo.
—Mira, Primix, si nos queda tiempo libre, podemos caminar por el centro, la plaza, volver a ese restaurante donde probamos el rocoto relleno…

La miré con cariño, aunque le recordé con calma:
—No sé cuánto tiempo libre voy a tener. Arranco temprano el lunes con las coordinaciones de la sala.

—Ya lo sé —me respondió, acomodándose el cabello detrás de la oreja—. Pero, aunque sea una noche… aunque sea una comida juntos afuera, me basta.

El vuelo despegó con puntualidad. Desde la ventanilla vimos cómo la costa limeña desaparecía y, poco a poco, las nubes nos abrieron camino hacia los Andes. Angie me apretaba la mano cada tanto, como si aquel viaje fuera no solo un escape, sino una reafirmación de lo nuestro.

Al aterrizar en Arequipa, la luz del atardecer bañaba los volcanes con tonos dorados y violetas. Ella apoyó la cabeza en mi hombro, murmurando emocionada:
—Es igual de hermoso que la primera vez…

En el hotel, todo estaba ya coordinado. Había avisado con antelación que llegaría acompañado de mi esposa, y al registrarnos no hubo preguntas incómodas. Angie firmó el papel como si lo hubiera hecho toda la vida.

—Bienvenidos, señor y señora —nos dijo el recepcionista, entregándonos las llaves.

Subimos en silencio, con esa sensación eléctrica de estar jugando un papel prohibido y delicioso al mismo tiempo. Al entrar a la habitación, Angie me abrazó fuerte.

—Gracias por traerme, Primix. Esto es un sueño.

—Nos lo merecemos —le dije, besándola.

Nos dimos un momento para reportarnos, Primero llamé a Nadia, a contarle que ya estaba en el hotel y que todo estaba ok, descansaría temprano le dije, estaba cansado y al día siguiente empezaría temprano, luego hable con mi hijo y me despedí de los dos con un beso. Angie me miraba con una mirada de amor sentada en la cama.

Ella llamaría más tarde pues se supone que había viajado a Buenos Aires, donde estaba la oficina central de su área y eran casi 6 horas entre el vuelo y el llegar al hotel.

Esa noche, antes de empezar la semana laboral, lo celebramos como solo nosotros sabíamos hacerlo: primero con una entrega intensa en la cama, casi como un bautizo de nuestro “hogar” en Arequipa; luego con caricias largas en la ducha, nuestro ritual de siempre, prometiéndonos que cada minuto que nos dejara la rutina sería nuestro.

Ella se quedó dormida en mis brazos, con la respiración tranquila y una sonrisa en los labios. Yo, en cambio, pensaba en la agenda del lunes y en cómo, a pesar de todo, Angie había encontrado la manera de estar conmigo también en este viaje.

Eran casi las ocho de la noche cuando el estómago empezó a reclamar. Yo estaba revisando unos papeles de trabajo, Angie hojeaba distraída una revista en la cama.

—Vamos a buscar algo de comer —le dije, levantándome.

—¡Vamos! —respondió enseguida, con esa sonrisa cómplice que me derretía.

Nos vestimos sencillos, casi como dos turistas más, y salimos a caminar. El hotel quedaba a unas ocho cuadras de la plaza. El aire fresco de Arequipa nos recibió con esa mezcla de tradición y modernidad: calles de sillar iluminadas por faroles, gente paseando con calma, familias entrando y saliendo de restaurantes.

En el camino encontramos una sucursal de La Alemana, y sin pensarlo entramos. Ella pidió unas salchipapas que devoró con entusiasmo, yo opté por una hamburguesa jugosa.

—Esto sí es comida de verdad —bromeó Angie, riéndose mientras chupaba un poco de mostaza de su dedo.

—La gourmet de la noche —le respondí, haciéndola reír más fuerte.

Después seguimos hacia la plaza, que brillaba iluminada, con la catedral como testigo imponente. Caminamos despacio, tomados de la mano, a veces abrazados. Angie sacó su celular y empezó a tomar fotos.

—Con el mío no —le advertí—. Es peligroso, Nadia podría ver algo.

—Ya lo sé, Primix —me dijo, sonriendo traviesa—. El archivo secreto queda en mi celular.

Posamos frente a la catedral, nos hicimos selfies riendo, y luego simplemente guardamos los teléfonos para caminar en silencio, disfrutando de estar ahí, de la simpleza de ese momento.

En un cruce, Angie se detuvo un instante y miró alrededor.
—¿Te acuerdas? —me dijo bajito—. Hace muchos años caminábamos por estas mismas calles, pero temerosos de que algún familiar nos viera.

Yo asentí, recordando aquellos días.
—Sí… algún tío, los primos, cualquiera podía aparecer.

—Y ahora —añadió, apretándome fuerte el brazo—, ya nada nos importa. La ciudad ha crecido, y esa posibilidad es remota.

Regresamos al hotel caminando abrazados, como si estuviéramos celebrando no solo el viaje, sino el camino recorrido.

Al entrar en la habitación, nos desnudamos sin palabras. El deseo nos encontró otra vez, pero ahora más tranquilo, más íntimo. Hicimos el amor en la cama, con la ternura de quienes saben que esa primera noche marcaría el inicio de algo más grande. Después de hacernos un 69, Ella me recibió con la espalda arqueada, los suspiros suaves que pronto se volvieron gritos ahogados en mi cuello. Yo la besaba en cada rincón, sintiendo cómo su cuerpo se rendía al mío una vez más.

Después, agotados, nos acomodamos abrazados. Ella se dio vuelta, dándome la espalda, y yo la rodeé con los brazos, pegándome a su calor.

—¿Sabes? —le susurré— Hace años que no pasábamos una noche juntos.

Ella sonrió, acariciando mi mano sobre su cintura.
—Y ahora no será una… serán cinco —me respondió con dulzura—. Regresamos el sábado en la mañana, Primix. Tenemos toda una semana para nosotros.

Cerré los ojos, besando su hombro desnudo, con la certeza de que esa semana sería más que trabajo o placer: sería una nueva huella en nuestra historia secreta.

Eran las diez de la noche y yo ya dormía profundamente cuando sentí a Angie incorporarse de golpe.

—¡Mi mamá! —dijo en un susurro angustiado.

Me desperté sobresaltado.
—¿Qué pasa?

—Debo llamarla… —respondió, buscando su celular.

Se sentó en la cama y marcó el número. La escuché hablar con voz suave, tranquila, como si quisiera disipar la preocupación de su madre:
—Ya estoy en Buenos Aires, mamá. ¿Todo bien… la niña duerme?... No te preocupes. Descansa.

Cuando cortó, me miró y asintió.
—Todo bien —me dijo, volviendo a echarse a mi lado.

La abracé fuerte, sintiendo cómo poco a poco recuperaba la calma. El silencio nos envolvió unos minutos, hasta que le confesé:
—No puedo dormir… se me quitó el sueño.

Ella giró hacia mí, con una sonrisa traviesa en la penumbra.
—Yo sé cómo relajarte…

Sus caricias comenzaron suaves, y pronto se convirtieron en una entrega apasionada. Primero me complació con ternura y picardía, metiéndose mi pene en la boca, sentí como crecía dentro de ella, hasta que no pude contener más la respiración. Entonces se montó sobre mí, cabalgándome con fuerza, perdiéndose en su propio placer hasta llegar a un orgasmo intenso que la estremeció entera. Yo la volteé enseguida y ella se rindió boca abajo en la cama, aferrándose a las sábanas mientras la amaba con urgencia. Unos minutos después, me dejé ir también, fundido en un beso profundo.

Agitada, con el cabello revuelto y una sonrisa satisfecha, me miró a los ojos y dijo en voz baja:
—Ahora sí vas a dormir relajadito.

Nos abrazamos de nuevo, ella dándome la espalda. Apenas cinco minutos después sentí una paz tremenda, cerré los ojos y caí rendido, envuelto en su calor.

A las cinco de la mañana desperté. Ella seguía entre mis brazos, respirando con calma. La besé en el cuello para sacarla de su sueño.

—¿Tan temprano, Primix? —protestó dulcemente.

—Toca mañanero… —le susurré.

Sonrió con los ojos aún cerrados y se entregó de nuevo. Esta vez fue lento, íntimo, solo en misionero, mirándonos de frente mientras la luz gris de la madrugada se filtraba por la ventana. Al terminar, me abrazó fuerte y dijo entre risas suaves:
—Había olvidado lo rico que es amanecer juntos… y con un buen mañanero.

La besé en la frente.
—Quédate en la cama.

Me duché, bajé al comedor a tomar un café rápido, y subí de nuevo a recoger mi maletín. Ella dormía otra vez, envuelta en las sábanas, con la serenidad de una niña.

Le dejé una nota en la mesa de noche:

Te amo. Trataré de regresar temprano. Cuéntame por WhatsApp qué harás durante el día.

La miré una última vez antes de cerrar la puerta. Ese amanecer, más que cualquier otra cosa, me recordó lo que era vivir con ella como si el mundo fuera solo nuestro.
 
Después del intenso amanecer, me fui al trabajo dejando a Angie aún dormida, con la nota sobre la mesa de noche. Cuando despertó, el sol ya se filtraba por la ventana del hotel. Se desperezó con calma, leyó mi mensaje, y sonrió al ver mis letras torcidas en el papel.

Se quedó unos minutos abrazada a la almohada, disfrutando del silencio. Luego pidió un café a la habitación y lo tomó en la terraza, mirando los volcanes a lo lejos.

Por un instante pensó en sus tíos, en sus primos que vivían en Arequipa. Hacía tiempo que no los veía. Pero enseguida se recordó a sí misma: “Estoy en Buenos Aires”. Esa era la versión oficial. Si se cruzaba con alguien de la familia, todo se vendría abajo. Suspiró, y decidió que no podía arriesgarse.

—Hoy soy solo yo, Primix y esta ciudad —se dijo en voz baja.

Bajó a caminar hacia el centro. La mañana era clara, fresca, con ese aire seco de los Andes. Recorrió tiendas de artesanía, tocó telas, compró un par de chalinas para su madre y su hija, y algunos recuerdos pequeños que luego justificaría como compras en “el extranjero”.

Se sentó en una cafetería de la calle San Francisco. Pidió un jugo de papaya arequipeña y sacó el celular. Me mandó una foto del vaso brillante, con un mensaje corto:
Pienso en ti a cada sorbo. No sabes lo feliz que me siento de estar aquí contigo. Hoy seré una turista más.

Pasó el mediodía en la plaza, observando turistas, tomando fotos que guardaba como tesoros privados. Miraba la catedral y recordaba nuestras caminatas antiguas, las veces que temimos cruzarnos con un conocido. Ahora, en medio de cientos de desconocidos, se sentía invisible y libre.

Después de almorzar sola en un restaurante sencillo, decidió volver al hotel. Subió, se quitó los zapatos y se tumbó en la cama a leer. Cada tanto miraba la puerta, imaginando el momento en que yo volvería.

Me escribió otra vez por WhatsApp:
Ya estoy en la habitación. No quiero salir más. Te espero. Esta ciudad me encanta, pero lo que más me emociona es que cada noche me harás tuya.

Cerró el celular y se acurrucó en las sábanas, con una sonrisa tranquila, mientras pensaba en los días que aún nos quedaban.

Mi llegada
Cuando regresé al hotel esa tarde, la encontré en la cama, enredada en la colcha, con el cabello suelto y un gesto de calma en el rostro. Al verme entrar, se iluminó.

—¿Ya terminaste? —preguntó, con un entusiasmo que no podía esconder.

—Por hoy sí —le respondí, dejando el maletín a un lado.

Me acerqué y me recibió con un abrazo largo, profundo. En su voz no había reproche por las horas sola, solo gratitud de volver a encontrarnos.

—Te extrañé —susurró, rozándome los labios.

—Y yo a ti —respondí, dejándome hundir en su calor.

Nos quedamos un rato así, abrazados en silencio. Yo todavía olía a oficina, a papeles y reuniones; ella olía a café y a descanso. La mezcla nos hizo reír.

—¿Cenamos algo? —le pregunté, acariciándole el rostro.

—Sí, pero ligero. No quiero salir mucho… prefiero guardarme para ti.

Pedimos algo sencillo al servicio del hotel: una crema de verduras, pan caliente, un par de jugos. Lo comimos en la habitación, sentados frente a frente, riéndonos como adolescentes escondidos.

—¿Sabes lo que pensé hoy? —me dijo Angie mientras partía el pan en trozos pequeños.
—¿Qué?
—Que hace años yo caminaba por estas calles con miedo a cruzarme con alguien conocido… y ahora lo único que siento es libertad. Porque contigo, aunque nos escondamos, soy libre.

No supe qué responder. Solo le tomé la mano, agradecido.

Después de cenar, decidimos salir a caminar un poco. La ciudad estaba tranquila, el aire fresco acariciaba nuestras mejillas. Caminamos dos o tres cuadras, tomados de la mano, hasta encontrar un pequeño parque iluminado. Nos sentamos en una banca y ella se recostó en mi hombro.

—Me encanta estar aquí contigo, Primix —me dijo bajito—. Prométeme que recordaremos esta semana siempre.

—Te lo prometo.

De regreso al hotel, hicimos las respectivas llamadas. Yo a Nadia y Angie a su madre. La complicidad entre nosotros nos permitía hablar sin problemas como si estuviéramos realmente solos.

Luego, el deseo ya estaba encendido. Apenas ella cortó la llamada con su mamá, nos besamos con urgencia, como si todo el día hubiera sido un preludio. Nos fuimos desvistiendo entre risas y empujones suaves hasta caer en la cama.

La primera entrega fue rápida, voraz, llena de la tensión acumulada. Ella me recibió con gemidos contenidos, aferrada a mi espalda, hasta que la intensidad la hizo temblar bajo mí.

Luego, en la calma postcoital, nos quedamos abrazados, ella dándome la espalda, mi brazo rodeando su cintura. La escuché suspirar profundo.
—Hace mucho que no me sentía tan feliz.

—Y apenas es el primer día —le respondí, besándole el cuello.

La vi cerrar los ojos con una sonrisa. Minutos después, dormía en paz. Y yo, mirándola, supe que esa semana nos marcaría para siempre.

El martes volvió a empezar con nuestro ritual mañanero. Al abrir los ojos la vi aún dormida, su respiración tranquila, el cabello suelto sobre la almohada. La besé suavemente en el cuello y ella sonrió entre sueños, girándose hacia mí. Nos dejamos llevar, como si fuera lo más natural del mundo: el sexo mañanero, suave al principio, creciendo poco a poco hasta encendernos del todo. Era nuestra manera de despertar juntos, de reafirmar que estábamos ahí, los dos, lejos de Lima y de todo lo demás.

Después me metí a la ducha. Cuando salí, Angie estaba despierta, esperándome tendida sobre la cama, magníficamente desnuda, con esa mezcla de picardía y ternura que me dejaba sin aliento.

—Qué ganas de hacértelo de nuevo… —le dije, contemplándola.

—Ven… provócame —me respondió, con la voz cargada de deseo.

Me acerqué, la toqué, le besé los senos, pero suspiré resignado.
—No puedo, amor. La hora me gana.

Ella hizo un puchero encantador, y yo le besé la frente antes de vestirme.

—Bajo a tomar desayuno y me voy a la oficina. Hoy regreso temprano. Ya está todo listo para la inauguración. Mañana será un día pesado, la inauguración empieza a las siete de la noche, así que vendré tarde.

—¿Y yo qué hago mientras? —preguntó, alargando la palabra “qué” con coquetería.

—Descansa. Te hace falta.

Angie se acomodó en la cama, estirándose perezosa.
—Buena idea. Tengo ganas de dormir y ver tele todo el día. La vida en Lima no me lo permite. Aquí sí puedo.

Sonreí, acariciándole el rostro.
—Me encanta la idea. Vengo como a las cuatro… anda pensando qué hacemos.

Ella, en lugar de responder con palabras, se tomó los pechos con las manos y los levantó, mirándome con descaro.
—¿Cómo que qué hacemos? —dijo con sonrisa traviesa.

—Aparte de eso —reí—, pensemos en algo distinto… aprovechemos la tarde.

—Está bien, pensaré en algo interesante —respondió, haciéndome un gesto juguetón.

La besé una vez más y salí rumbo al trabajo, con la certeza de que la tarde nos iba a regalar otro capítulo inolvidable.

Volví al hotel a las cuatro y un poco más, como le había prometido. Subí con una mezcla de cansancio y ansiedad, y al abrir la puerta la encontré esperándome: Angie estaba envuelta en una bata ligera, con el cabello aún húmedo y una sonrisa que me desarmó.

—Pensé que te demorarías más —dijo, acercándose para besarme.

—Te prometí que venía temprano. ¿Y qué sorpresa tienes? —pregunté, dejándome guiar por su mano tibia.

Ella abrió la bata y dejó al descubierto un conjunto de lencería nuevo, negro, elegante, que resaltaba cada curva de su cuerpo.
—¿Esto te parece interesante, Primix?

—había pensado en salir y hacer algo en la calle, pero esto está mejor.

El cansancio del día se borró de golpe. La besé con hambre contenida, y en segundos estábamos enredados en la cama. La primera entrega fue intensa, con ella sobre mí, marcando el ritmo con movimientos firmes, mirándome directo a los ojos mientras gemía mi nombre. Su orgasmo fue rápido y vibrante, arqueando la espalda y apretándome contra ella.

Me dejé llevar por su ritmo, pero cuando sentí el calor de la urgencia, un pensamiento fugaz me atravesó: ¿Y si alguna vez Angie quedara embarazada de mí? Siempre había estado la certeza de que ella se cuidaba con la T de cobre, siempre. Pero en medio de esa entrega absoluta, recordé que el riesgo, por mínimo que fuera, existía. Y un hijo nuestro sería tanto un milagro como un terremoto.

Sacudí la idea en segundos, dejándome arrastrar otra vez por el deseo. La giré sobre la cama y la tomé de espaldas, con ella apoyada en los codos, entregándose con gemidos ahogados. Yo ya no pensaba, solo sentía.

Al final, agotados, nos quedamos abrazados. Ella, recostada sobre mi pecho, acariciaba con suavidad la línea de mi mandíbula.
—Te extrañé todo el día —me dijo bajito.

—Y yo a ti —respondí, besándole la frente.

Hubo un silencio breve, lleno de ternura. Entonces sonrió, mirándome con picardía.
—Mañana es tu inauguración, ¿no? Pues hoy quiero que me agotes… para que mañana te concentres en tu trabajo.

Reímos los dos, y la tarde se extendió en nuevas caricias, besos y otra entrega, más lenta y profunda, como si quisiéramos tatuarnos en la piel que estábamos juntos en esa ciudad.

Esa noche dormimos temprano, casi a las 9 de la noche, ya dormíamos desnudos, abrazados.

El amanecer del miércoles fue distinto. Esta vez no fui yo quien la buscó: fue ella quien me despertó. Entre sueños sentí su mano deslizándose bajo las sábanas, y cuando abrí los ojos, Angie estaba inclinada sobre mí, entregada a complacerme con la boca. Su cabello me rozaba el abdomen, sus ojos brillaban al mirarme desde abajo.

—Buenos días, Primix… —susurró con picardía, antes de continuar.

Me dejé llevar, acariciándole el rostro, hasta que no pude más. Entonces ella subió sobre mí y me cabalgó con fuerza, marcando el ritmo con un movimiento perfecto, como si quisiera arrancarme cada suspiro. Su orgasmo llegó con un gemido largo, que apagó mordiéndose el labio. Yo la abracé, dejándome arrastrar con ella hasta estallar, fundidos en un beso profundo.

Después, recostados aun jadeando, me acarició el pecho.
—Hoy voy a salir en un city tour —me dijo—. Quiero ver el valle. Aunque sea arequipeña, hay zonas que nunca conocí… y otras que han cambiado mucho.

—Disfrútalo, amor —le respondí, besándole el hombro—. Yo voy a estar corriendo todo el día con la inauguración.

Ella sonrió, cerrando los ojos de nuevo unos minutos.
 
A media mañana le envié por WhatsApp la foto de una de las invitaciones oficiales a la inauguración.

📲 Yo: [foto de la invitación]
📲 Angie: ¿Y esto? 🤔

Unos segundos después apareció la respuesta.

📲 Yo: Jajaja 😂 Una doctora de Tacna que no vendrá. Aquí nadie la conoce… así que ahora eres tú 😏

📲 Yo: Voy al hotel a las 5 a ponerme el terno 👔 y nos venimos juntos.

📲 Angie: 😳😳 ¡Nooo! No tengo ropa para eso 😅

📲 Yo: Descuida, amor ❤️ Te compro algo si quieres… pero lo que quiero es que me acompañes 🥂

📲 Angie: Está bien 😌, tranquilo, yo salgo a comprar algo, pero me encanta la idea de acompañarte.

📲 Yo: Te amo 😘

📲 Angie: Y yo a ti, Primix 😍

A las cinco en punto entré a la habitación del hotel. Angie acababa de salir de la ducha, con el cabello húmedo cayéndole por la espalda. Su piel brillaba todavía con el vapor.

Me detuve en la puerta, mirándola.
—Si tuviéramos tiempo… te haría el amor ahora mismo. Estás demasiado hermosa sin ropa.

Ella rio bajito, secándose con la toalla.
—Siempre piensas lo mismo, Primix.

Me acerqué a besarla, pero me contuve. Teníamos la agenda ajustada. Entré directo a la ducha, y cuando salí, el aire se me cortó: Angie estaba frente al espejo, terminando de arreglarse con un vestido negro ceñido que marcaba cada curva. Sus labios rojos, su cabello suelto y brillante. Una visión que me dejó mudo.

—Dios… —fue lo único que pude decir.

Ella giró despacio, disfrutando mi reacción.
—Más tarde, esto es tuyo, tontín. Es más, siempre ha sido tuyo. Pero hoy… más tarde te lo comes.

Sonreí, todavía absorto, hasta que reaccioné y me vestí de saco y corbata. Cuando me abotoné la camisa, ella me miró de arriba abajo y murmuró con picardía:
—Tú también estás muy… comestible.

Nos reímos, pero al salir del hotel la tensión cambió de tono. En el taxi rumbo a la oficina que íbamos a inaugurar, le hablé en serio:
—Amor, recuerda que en el evento tienes que aparentar ser la doctora invitada. No podremos estar juntos más allá del saludo de cortesía.

Ella asintió, apretándome la mano antes de soltarla.
—Lo sé, Primix. Esta noche seré tu sombra elegante. Nadie sospechará.

Miré sus ojos brillando con ilusión y complicidad. Por dentro, solo pensaba que estaba más orgulloso de ella que de la sala de ventas que íbamos a inaugurar.

Bajamos una cuadra antes, le di un beso y caminé más rápido que ella para llegar un poco antes.

La inauguración fue sobria, elegante. Veinte invitados, entre médicos, directivos locales y colegas; cuatro miembros del staff que estrenaban la nueva oficina. Todo salió según el plan: discursos breves, un brindis de honor y el recorrido por las instalaciones.

Angie, impecable en su vestido negro, jugaba a la perfección el papel de “la doctora invitada”. Se presentó con educación, sonrió lo justo, y supo mantenerse en un segundo plano sin llamar demasiado la atención hacia nosotros como pareja.

Yo me limité a saludarla con formalidad:
—Buenas noches, doctora.
—Buenas noches, ingeniero —me respondió, inclinando apenas la cabeza.

Tuve que contener la risa. El disfraz funcionaba demasiado bien.

Al terminar el acto oficial, nos trasladamos al restaurante Chicha para cenar. Angie se deslizó con maestría entre los invitados. Parecía moverse con naturalidad en un entorno corporativo que, en teoría, no era el suyo. Cuando nos sentamos, lo hizo frente a mí, sin forzar la situación, como si fuera casualidad.

No hablamos más que lo justo durante la cena. Cada intervención suya era medida, respetuosa, siempre con un aire de profesionalismo que sostenía su personaje. Pero a mí me costaba concentrarme: verla ahí, radiante, actuando con tanta soltura, me llenaba de orgullo y de un deseo contenido difícil de manejar.

Lo más curioso era observar cómo los hombres de la mesa se esforzaban por disimular sus miradas. Angie eclipsaba el ambiente. Su belleza no era solo física; era la seguridad, la elegancia con la que llevaba el vestido, la manera en que sonreía. Y eso que había otras tres mujeres jóvenes muy bonitas entre las invitadas, pero ninguna tenía esa mezcla de magnetismo y serenidad que ella irradiaba.

Yo bebía un sorbo de vino, fingiendo escuchar a un médico que me hablaba de cifras y proyecciones, mientras por debajo de la mesa mi pie buscaba el suyo. Ella, sin levantar la vista, me respondió con un leve roce que me hizo arder por dentro.

Esa cena fue una prueba de fuego: mantener el papel, resistir las ganas de tomarla de la mano, de decir que esa mujer espectacular era mía.

Sabía que, al regresar al hotel, después de tanto autocontrol, la noche sería de los dos.

La cena en Chicha había sido larga, llena de risas y conversaciones formales, pero bajo la mesa nuestros pies jugaban a un idioma secreto que ninguno más entendía. La tensión creció tanto que apenas nos despedimos de los invitados, supimos que el resto de la noche sería solo nuestro.

En el ascensor del hotel, esa contención se rompió: nos besábamos con hambre, sin importarnos las cámaras de seguridad o los espejos que nos devolvían la escena. Yo la arrinconé suavemente contra la pared, ella me rodeó el cuello con los brazos y nos devoramos a besos, mientras mis manos exploraban sus nalgas por debajo del vestido, hasta que las puertas se abrieron.

Al entrar a la habitación, la tomé de la cintura y lentamente bajé el cierre de su vestido negro. El sonido del cierre fue como una provocación. El vestido cayó deslizándose hasta el suelo, y Angie quedó solo con su hilo, sus curvas iluminadas por la luz tenue de la habitación.

Yo comencé a desnudarme, sin poder quitarle los ojos de encima. De pronto, la vi inclinarse sobre la maleta.

—¿Qué buscas, amor? —le pregunté, intrigado.

Ella no respondió de inmediato. Apenas unos segundos después, se dio la vuelta con una sonrisa traviesa y me mostró una bolsita negra en la mano. Dentro, un pequeño frasco de lubricante y un plug anal.

Me quedé inmóvil, sorprendido.
—¿De dónde sacaste ese tesoro? Pensé que ya se había perdido… ¿Es el que compramos en Miami, ¿verdad?

Ella asintió, caminando hacia mí con pasos lentos, sensuales, como una gata segura de lo que quería.
—El mismo —susurró—. Lo guardé todos estos años. Era un recuerdo de lo que vivimos antes de separarnos… y hoy ese recuerdo cobra vida.

Se acercó aún más, hasta que nuestras respiraciones se confundieron. Me puso la bolsita en la mano y se pegó a mi cuerpo desnudo.

—Es nuestro secreto, Primix. Y esta noche quiero que me lo recuerdes todo.

La besé con furia contenida, sabiendo que esa noche sería distinta: no solo pasión, sino también la resurrección de un recuerdo que había esperado años para volver a encenderse.

La bolsita negra quedó en mis manos como un secreto rescatado del pasado. Angie me miraba con esos ojos brillantes, mezcla de picardía y ternura, mientras yo abría el cierre. Saqué el pequeño plug, brillante bajo la luz tenue, y el frasco de lubricante.

—No puedo creer que lo hayas guardado todos estos años —le dije, acariciándole el rostro.

—Era un recuerdo de ti… de nosotros —susurró, rozando mis labios—. Hoy quiero que ese recuerdo cobre vida.

Caímos en la cama besándonos, bajé a sus senos y cuando me aseguré de que sus pezones erectos delataban sus ganas, bajé hasta su vagina, ella gemía y se arqueaba cuando le metía los dedos y la lengua.

Entre gemidos me pidió que la penetre, pero antes de hacerlo unte el plug con lubricante y levantándole las piernas, se lo introduje en el ano. Luego la penetré piernas al hombro, ella se estremeció.

Mientras me movía dentro de ella, sentí al plug en su ano, mi pene registraba esa sensación y sus gritos de placer lo confirmaban. Ella no duró mucho serian 3 o 4 minutos cuando reventó en su orgasmo y se mojó mucho más. Seguí dándole unos minutos más hasta que sentí mi pene hincharse y eyaculé en el fondo de su vagina. Nos quedamos así por un buen rato, sintiéndonos mientras nuestras respiraciones y corazones se calmaban.

Nos quedamos como 15 minutos abrazados, ella seguía con el plug en su trasero.

Nos besamos lento, profundo, mientras mis manos recorrían su espalda desnuda. Ambos sabíamos lo que seguía, le saqué el plug y le apliqué un poco del lubricante y jugué primero con suavidad, despacio, dejándola acostumbrarse a las sensaciones. Sus gemidos se mezclaban con risas nerviosas, y su respiración se volvía cada vez más agitada.

—Me encanta verte así… —dijo en voz baja, cerrando los ojos, entregándose a la sensación.

Después de un rato, se tumbó boca abajo sobre la cama, arqueando la espalda con un gesto de rendición absoluta. Giró apenas el rostro hacia mí, sus labios rozando la sábana.

—Soy toda tuya, Primix… —susurró—. Hazme tuya como aquella vez en Miami… y más.

Me acomodé sobre ella, besando lentamente su espalda, acariciando cada curva, hasta fundirme en ella. Entré lento, pero de un solo impulso hasta que todo mi pene estuvo dentro de su culito. Angie se aferró a la colcha, sus gemidos apagados contra la almohada, dejándose llevar con una entrega total. Cada movimiento era profundo, intenso, cargado de años de deseo contenido.

El orgasmo la sacudió con fuerza, su cuerpo temblando bajo el mío. Yo la sujetaba de la cintura, intentando alargar la sensación, hasta que finalmente me dejé arrastrar con ella, besándola en la nuca mientras ambos nos derrumbábamos exhaustos.

Quedamos tendidos, pegados, su respiración aún agitada. Angie giró apenas el rostro, con una sonrisa rendida.
—¿Ves, Primix? Nunca se perdió… solo estaba esperando este momento.

La abracé fuerte, besándole el hombro, y comprendí que ese pequeño “tesoro” era más que un juguete: era un símbolo de lo nuestro, de todo lo que habíamos dejado atrás y ahora recuperábamos, más intensos que nunca.

Cuando abrí los ojos, esa mañana del jueves, la primera imagen fue ella: Angie dormía desnuda a mi lado, el cabello desordenado sobre la almohada, la respiración tranquila. Giré un poco y vi, sobre la mesa de noche, el plug apoyado sobre un trozo de papel higiénico y el tubo de lubricante casi vacío. Era el testimonio silencioso de lo que habíamos vivido la noche anterior.

Me levanté con cuidado, sin despertarla, y caminé hacia la ducha. Pero cuando estaba a punto de cerrar la puerta, escuché su voz adormilada y sensual:

—Caballero… ¿a dónde va sin amar a su mujer?

Me volví y la encontré mirándome con una sonrisa pícara, los ojos aún medio cerrados.

—Pensé que habías quedado hecha trapo con lo de anoche —le dije, riendo.

Ella se estiró despacio, mostrando las marcas del cansancio delicioso que nos había dejado la noche anterior.
—Sí, estoy molida… —admitió con voz ronca—. Pero nunca me canso de ti. Venga para acá y cumpla con sus deberes.

No pude resistir. Volví a la cama y me incliné sobre ella, acariciando su rostro y besándola despacio. Esta vez la tomé con suavidad, consciente de que su cuerpo estaba sensible. Mis movimientos fueron lentos, delicados, buscando más ternura que fuerza.

Ella me recibió con un suspiro profundo, cerrando los ojos. Sus caderas se movían apenas, acompañando mi ritmo suave. Yo también lo sentía distinto: el glande algo inflamado por la intensidad de la noche anterior, lo que me obligaba a medir cada embestida. Pero esa lentitud nos envolvió en un erotismo diferente, más íntimo, cargado de emoción.

—Así está perfecto… —murmuró Angie, acariciándome la espalda—. Me encanta cuando eres tierno.

Me incliné a besarla en la boca, alargando cada movimiento hasta que su respiración se volvió temblorosa. Su orgasmo llegó más callado, con un estremecimiento profundo que la dejó abrazada a mí, besándome sin soltar.

Al final quedamos enredados, riendo bajito. Yo le acariciaba el cabello húmedo de sudor y ella, con los ojos brillantes, susurró:
—Ahora sí, caballero, puede ir a ducharse.

Me levanté de nuevo, pero esta vez con la certeza de que la mañana ya estaba marcada por ese amor tranquilo, profundo, que ni el cansancio ni el dolor podían apagar.

Yo bajé temprano a desayunar y salí rumbo a la oficina con el maletín en la mano, mientras Angie se quedó en la habitación, arropada en las sábanas, sonriendo medio dormida.

—Hoy no me muevo de aquí hasta tarde —me dijo cuando la besé en la frente para despedirme.

En la oficina, el ritmo fue exigente. Había reuniones con proveedores, reportes que revisar, contratos que firmar y llamadas con Lima para ajustar los últimos números de la nueva sala. La tensión se sentía, pero después de dos días intensos de trabajo, todo estaba prácticamente listo.

A media mañana revisé mi celular. Un mensaje de Angie me esperaba:
📲 “Buenos días, Primix ❤️. Estoy viva, pero sigo molida 😅. Hoy será día de cama, tele y pedir room service. Me lo merezco 😌✨.”

Me reí en silencio y le respondí:
📲 “Descansa, amor. Yo llego más tarde… pero llego con hambre 😏.”

Ella se quedó en el hotel todo el día. Desayunó tarde en la habitación, vio series en la televisión y se quedó dormida un par de horas por la tarde. El cansancio acumulado de Lima, del trabajo, de la niña, se deslizaba de su cuerpo como si Arequipa le estuviera regalando un descanso que nunca podía darse en casa.

A las cuatro, me escribió otra vez:
📲 “Pedí un lomo saltado. No estaba como el de Lima, pero rico. Te extraño😘.”

Volví al hotel pasadas las siete. Al abrir la puerta, la vi en pijama, descalza, con el cabello recogido y una sonrisa tranquila. Nada de vestidos elegantes, nada de maquillaje: solo Angie, mi Angie, la mujer que se sentía segura de mostrarse tal cual.

—Hoy soy solo yo —me dijo, levantándose de la cama para abrazarme—. Sin disfraces, sin lencería, sin maquillaje. ¿Me sigues queriendo así?

—Más que nunca —le respondí, besándola en los labios.

Cenamos juntos en la cama, compartiendo lo que había dejado de su almuerzo y un postre que pedí de la carta. Hablamos poco, riéndonos de cosas simples, recordando anécdotas del pasado. No hubo urgencia de hacer el amor esa noche: solo nos abrazamos desnudos bajo las sábanas, acariciándonos en silencio, dejándonos llevar por la ternura hasta que nos venció el sueño.

Era un respiro necesario, un paréntesis antes del cierre de la semana que sabíamos volvería a ser intensa.

El viernes amaneció distinto. Eran apenas las cinco de la mañana cuando abrí los ojos y la vi ahí, desnuda, tranquila, con el cabello desordenado sobre la almohada. La urgencia me golpeó de inmediato: no haber hecho el amor el día anterior me tenía con las ganas contenidas. La besé en el cuello y ella despertó con una sonrisa somnolienta.

—Qué madrugador que eres, Primix —murmuró, medio dormida.

—Ya no aguanto, amor… —le respondí, acariciándola.

No hubo más palabras. La tomé con ternura y empezamos en misionero, mirándonos de frente, lento al inicio y luego más intenso. Ella gemía suave, apretándome contra su pecho. Después la giré en cuatro, y en esa posición se entregó con todo, sujetando las sábanas, hasta que los dos nos dejamos ir casi al mismo tiempo.

Agitados, reímos abrazados.
—Vamos a tomar un desayuno rico —le dije, aún sin soltarla.

—¿A dónde, Primix? ¿Al mercado de San Camilo? —preguntó, adivinando.

—¡Claro! —respondí—. Tienes razón. ¡Vamos!

Nos bañamos rápido, nos vestimos y casi a las seis de la mañana ya estábamos en un taxi rumbo al mercado. El aire frío de Arequipa nos despertaba del todo. En San Camilo, el bullicio de las caseras preparando los puestos llenaba el ambiente de aromas y colores.

—Mira, Angie, los jugos.

Nos acercamos y pedimos dos gigantes, de papaya arequipeña, leche y cerveza negra. Con pan con chicharrón, todavía caliente, fue un desayuno perfecto. Ella reía como una niña, con jugo en los labios, mientras me decía:
—Esto sí que es vida.

Recorrimos algunos pasillos y compramos pan de tres puntas, queso, mantequilla, y tres de botellas de anís Najar, suficientes para todos: mi madre, la casa de Angie y la mía. Salimos cargados de bolsas, con esa satisfacción de haber cumplido un ritual sencillo pero imprescindible.

En el taxi de regreso al hotel, Angie apoyó la cabeza en mi hombro.
—Oye, ¿y hasta qué hora trabajas hoy?

—Solo hasta la una —le respondí—. Ya todo está listo, hoy cierro temprano.

Ella abrió los ojos emocionada.
—No puede ser que estemos en Arequipa y no hayamos comido nada rico.

—Ya sé a dónde vas…

—¡Claro, Primix! A la Nueva Palomino. Yo vengo a Arequipa a comer lo lomo saltado, mira tú… —dijo imitando el acento, riéndose.

Reímos juntos y asentí.
—Perfecto, amor.

—Entonces, te espero lista —me dijo, dándome un beso antes de que bajáramos en el hotel.

Yo me fui a la oficina con el corazón ligero, sabiendo que la tarde nos esperaba con más sabor arequipeño y, seguramente, otra noche para recordar.
 
El almuerzo en La Nueva Palomino fue un festín. Angie pidió su plato favorito, ese adobo arequipeño con pan de tres puntas, mientras yo me rendí ante un rocoto relleno con pastel de papa que todavía humeaba. Entre risas y brindis con chicha de jora, compartimos bocado tras bocado, disfrutando no solo de la comida sino de la sensación de estar juntos sin apuros.

—Esto sí que es Arequipa, Primix —me dijo Angie, dándome un trozo de pan en la boca.

—Y tú sí que eres felicidad —le respondí, haciéndola reír.

Después del almuerzo decidimos hacer un tour por el Convento de Santa Catalina. Caminamos entre los pasillos de sillar, las celdas coloridas y los patios llenos de buganvillas. Angie tomaba fotos con su celular, a veces en silencio, a veces comentando que de niña nunca imaginó volver allí de adulta, y menos aún de mi mano.

—¿Sabes? —me dijo mientras pasábamos por un pasillo estrecho—. Alguna vez soñé con recorrer estas calles en pareja, pero jamás pensé que sería contigo… y así, en secreto.

Le apreté la mano.
—Los secretos a veces son los tesoros más grandes.

Seguimos caminando hasta caer la tarde por las calles del centro, la plaza iluminada y el aire fresco de enero acompañándonos. Cuando volvimos al hotel eran cerca de las siete.

Angie subió a la habitación mientras yo me quedé en la recepción, cerrando la cuenta. Revisé con cuidado que solo se facturara lo mío: habitación, desayunos, consumos vinculados a mi nombre. Los gastos de Angie los pagué por separado, en efectivo, para no dejar huellas. No quería sorpresas al día siguiente: nuestro vuelo era a las 10:30, y salíamos del hotel a las 9:00. Todo debía estar bajo control.

Al subir, abrí la puerta justo cuando ella entraba a la ducha. Me sonrió de reojo, traviesa.

—¿Y usted, caballero, se va a quedar mirando o piensa acompañarme?

No lo pensé dos veces. Dejé todo a un lado y me metí con ella bajo el agua tibia. Los cuerpos se buscaron de inmediato, pegados contra la pared húmeda. Nuestros besos se volvieron urgentes, casi desesperados, como si supiéramos que era la última noche en esa ciudad.

La pasión nos arrastró primero ahí, en la ducha, con las manos resbalando, las respiraciones agitadas y el eco de nuestros gemidos mezclados con el agua cayendo. Después seguimos en la cama, desnudos y agotados, entregándonos otra vez, más lento, más profundo, como queriendo alargar la despedida. Solo hicimos el amor en misionero, no necesitábamos más, nos llenamos de besos y ella me abrazaba con desesperación, mientras mi pene resbalaba dentro de ella.

Cuando finalmente nos rendimos al sueño, ella me dio la espalda, yo la abracé fuerte y pensé en silencio: Nuestra última noche en Arequipa… pero no la última de nosotros.

El despertador sonó a las seis, pero ya estábamos despiertos. Habíamos dormido poco, y sin embargo el deseo nos sorprendió de nuevo. Angie se movió entre las sábanas, buscándome con su calor, y yo no pude resistir.

—¿De verdad quieres más? —le pregunté, acariciándole el rostro con ternura.

—Siempre quiero más de ti, Primix —susurró, con esa voz ronca de amanecer.

Comenzamos despacio, mirándonos de frente, besándonos suave, como si quisiéramos memorizar cada gesto. La penetración fue lenta, acompasada, con sus manos acariciando mi espalda y mi boca perdida en su cuello. Pero pronto, el ritmo se aceleró. Sus gemidos crecieron, sus uñas se clavaron en mis hombros, y yo dejé que la urgencia me arrastrara. Terminamos furiosamente, jadeando, con los cuerpos enredados y el corazón desbocado.

Quedamos un momento inmóviles, con la respiración entrecortada, riéndonos como dos adolescentes que habían estirado la noche más de lo debido.

—Ahora sí —dijo ella, besándome en la frente—. Estoy lista para regresar.

Después de la ducha rápida y el equipaje listo, bajamos al lobby a las nueve. El check-out fue sencillo: la cuenta ya estaba cerrada desde la noche anterior. Tomamos un taxi al aeropuerto, y en menos de media hora ya estábamos en la sala de espera, con nuestras maletas de mano a un costado.

Allí, mientras el murmullo de los altavoces se mezclaba con el ruido de viajeros apurados, Angie me miró con un gesto serio.

—Primix… ¿has estado llamando a Nadia? —preguntó, con voz suave pero cargada de preocupación.

La miré a los ojos y asentí.
—Sí. Todos los días. Desde la oficina, para no incomodarte.

Ella bajó la vista unos segundos, pensativa, y luego volvió a mirarme.
—No me incomoda… —dijo con sinceridad—. Sé que es lo que debes hacer.

Le tomé la mano y apreté con firmeza. No hicieron falta más palabras: entendíamos los dos que ese equilibrio frágil, esa doble vida, exigía gestos pequeños de cuidado, de respeto.

Cuando abordamos el avión y Arequipa quedó atrás, Angie apoyó la cabeza en mi hombro.
—Fue como una luna de miel, Primix… aunque nadie más lo sepa.

—Y así debe ser —le respondí, acariciándole el cabello—. Solo nuestro secreto.

El vuelo a Lima partió puntual a las 10:30. En silencio, con su mano entrelazada a la mía, sentí que aquella semana había sido más que un viaje: había sido la confirmación de que, a pesar de todo, nuestro amor encontraba siempre la manera de existir.

El vuelo aterrizó puntual en Lima. Apenas crucé la puerta de salida del aeropuerto, el peso de la rutina volvió a instalarse sobre mis hombros. Embarque a Angie en un taxi y la despedí con un beso y una mirada cómplice, cada uno tomó su camino en silencio, como tantas otras veces. El secreto volvía a guardarse.

En casa, Nadia me recibió con un gesto cariñoso. Me abrazó y me besó en la mejilla con naturalidad.
—¿Cómo te fue en Arequipa? —preguntó mientras me ayudaba con la maleta.

—Bien. Intenso, mucho trabajo, pero todo salió como esperábamos. La nueva sala de ventas quedó lista —respondí, cuidando cada palabra, relatando lo justo.

Ella sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Me alegra, sabía que lo ibas a sacar adelante.

Entonces apareció mi hijo, corriendo hacia mí con los brazos abiertos. Me lancé a recogerlo en el aire, y él estalló en carcajadas.
—¡Papá, papá! Te extrañé un montón.

Lo abracé fuerte, sintiendo cómo me llenaba el corazón con su alegría. En esos instantes, el contraste era brutal: de la pasión secreta en Arequipa al calor familiar de mi hogar, todo en cuestión de horas.

Cenamos juntos esa noche, con Nadia preguntando pequeños detalles del viaje y mi hijo narrando, entre risas, lo que había hecho durante mi ausencia. Yo asentía, participaba en la conversación, y en el fondo sonreía: porque en medio de mis dos mundos, ambos me reclamaban como suyo.

Y ahí, en la rutina de Lima, cerraba una semana que en mi memoria quedaría marcada como nuestra luna de miel escondida.



 
Sesenta y dos – CONVERSACIONES CON NADIA

Una semana después de regresar de Arequipa, una noche, desde mi cuarto, escuché a Nadia hablar por teléfono usando el altavoz. Reconocí de inmediato la voz del otro lado: era Angie. Ya no me sorprendía; esa complicidad entre ellas se había vuelto frecuente, casi un hábito. Pero lo que sí me inquietó fue el tono de la conversación: suave, largo, con silencios que pesaban más que las palabras.

Al día siguiente Angie me escribió: “Me reuniré con Nadia el viernes. ¿Igual nos vemos el sábado?”
Por supuesto —le respondí sin pensarlo.

El viernes, Nadia salió puntual, como a las siete de la noche. Me dijo con naturalidad que se vería con Angie para tomar un café. Yo me limité a asentir, como si fuera lo más común del mundo, aunque por dentro la ansiedad me carcomía.

Regresó cerca de las diez. Entró sonriente, con esa calma que a veces me confundía, y vino directo hacia mí. Me dio un beso cariñoso, de esos que parecían un ritual de reconciliación improvisada, como si quisiera sellar con afecto cualquier vacío de la semana.

No hablamos mucho. Subimos juntos, repetimos ese pequeño ritual íntimo que de tanto en tanto volvía: caricias apresuradas, un beso más largo de lo habitual, la sensación de que todo estaba en orden.

El sábado llegué primero al hotel. Esa complicidad de siempre me hacía sentir como en casa: la recepción nos reconocía, las paredes guardaban secretos, y la habitación se convertía en un refugio donde el mundo dejaba de existir.

Cuando Angie entró, lo hizo con esa sonrisa traviesa que era a la vez un saludo y una provocación. Apenas cerró la puerta, se dejó caer en mis brazos, y nuestros cuerpos se buscaron sin palabras. La ropa fue desapareciendo como si estorbara, y el deseo, acumulado durante días, nos empujó a un ritmo tan natural como urgente.

Hicimos el amor con la confianza de quienes ya no tienen que disimular nada frente al otro: ella se entregó con esa mezcla de ternura y fuego que me desarma siempre, y yo me perdí en su piel, en sus gestos, en el sonido ahogado de su placer. Fue un reencuentro de esos que parecen detener el tiempo.

Después, nos quedamos echados, aún entrelazados, con la respiración volviendo poco a poco a su cauce. Yo jugueteaba con su cabello, ella dibujaba círculos distraídos sobre mi pecho. Un silencio largo nos envolvía, pero no era vacío: estaba cargado de lo que ella todavía no me había dicho.

—Angie… —murmuré al fin, acariciándole el rostro—. Cuéntame. ¿De qué hablaron tú y Nadia esa noche?

Ella suspiró, se acomodó contra mí, y con los ojos cerrados respondió en voz baja:
—Te lo voy a contar todo…

Angie se acomodó contra mí, todavía desnuda, con la respiración serena después de nuestro encuentro. Sus dedos jugaban con los míos, y yo no podía resistir más la curiosidad.

—Cuéntame —le dije, mirándola a los ojos—. ¿Qué hablaron tú y Nadia?

Ella suspiró, como si necesitara coraje para soltarlo, y luego empezó a narrar, imitando hasta los tonos de la conversación.

—Bueno… llegamos al café, pedimos un cappuccino y un té. Al inicio fue como siempre: hablamos de los niños, de cómo están creciendo tan rápido, de lo mucho que se parecen en algunas cosas. Después pasamos al trabajo; ella me contó de la clínica, de lo cansado que está siendo todo con las guardias, y yo le conté un poco de la oficina, de lo rutinario. Todo normal, como dos amigas que se ponen al día.

Hizo una pausa, se acurrucó más cerca de mí y siguió.

—Pero después, Nadia me miró con esa cara seria suya, y me dijo: “¿Sabes? Siento que tu primo está trabajando en nuestra relación. Lo noto distinto. Está más atento, más presente, como que se esfuerza. Y eso me hace bien, me hace sentir que todavía me ama, a pesar de la distancia física que a veces tenemos.”

Yo tragué saliva. Angie continuó, palabra por palabra, como si la voz de Nadia estuviera allí mismo, entre nosotros.

—También me confesó: “Todavía no me siento lista para hacer el amor con él. No sé por qué… es como si me costara, como si hubiera un bloqueo. Antes tenía miedo de quedar embarazada, y eso siempre me daba vueltas en la cabeza. Ahora ya no tanto, pero igual siento esa barrera… como si no pudiera soltarme.”

Angie me miró entonces, con ternura, acariciándome la cara.

—Eso fue lo que me dijo. Estaba convencida de que tú la amas, de que estás luchando por mantener la relación viva. Ella lo siente. Pero al mismo tiempo, reconoció que algo dentro de ella todavía no encaja, que no se atreve a dar el paso de entregarse de nuevo.

Se quedó callada un instante, y luego añadió en voz más baja:

—Me pareció honesta, ¿sabes? No la vi resentida ni fría, la vi más bien confundida, pero agradecida de sentirte cerca.

Me quedé en silencio unos segundos después de escucharla. Acariciaba su brazo mientras la procesaba palabra por palabra. No podía negar que algo en mí se removió: escuchar de la boca de Angie lo que Nadia pensaba era como asomarme a un espejo deformado.

—Entonces… —dije al fin, con una media sonrisa irónica—, ella siente que yo sigo trabajando por la relación.

Angie asintió suavemente, sus ojos fijos en los míos.

—Sí, eso dijo. Que te siente cerca, que le respondes.

Yo llevé la mirada al techo. Una parte de mí sintió un alivio extraño, porque en el fondo me esforzaba por no descuidar lo que Nadia y yo habíamos construido. Pero otra parte se llenó de una punzada de contradicción: estaba allí, desnudo, al lado de la mujer a la que realmente deseaba, con quien acababa de hacer el amor.

—Y no se equivoca… porque sí la amo. A mi manera, pero la amo. Es un amor distinto, Angie. Con ella es la vida compartida, los años, la familia, el cariño profundo… pero sin el deseo, sin lo sexual. Esa parte ya no está, o al menos no nace de mí.

Me giré hacia ella, tomándole la mano.

—En cambio, contigo… contigo también es amor. Pero aquí sí está todo: el deseo, la piel, la entrega, la complicidad. Tú eres la única con quien siento ese fuego. El único lugar donde me reconozco entero. Además tu eres mi mejor amiga, mi confidente, contigo puedo abrir mis más íntimos secretos, sabiendo que no me juzgaras, que solo me aconsejarás desde el amor.

Angie apoyó su frente en la mía, sus ojos brillaban con una mezcla de ternura y orgullo.

—Eso quería oír —me susurró—. Que no soy solo deseo para ti, que también soy amor.

—Lo eres —le respondí sin dudar—. Te amo, Angie. Y también amo a Nadia, pero distinto. Contigo hay algo que me quema por dentro, algo que me hace sentir vivo. Contigo es completo.

La abracé con fuerza, como si temiera que mis propias palabras se evaporaran si no las sostenía entre mis brazos. Ella se acomodó contra mi pecho, y en ese silencio compartido entendí que había dicho una verdad que ya no podía retirar.

Angie permaneció unos segundos en silencio, abrazada a mi pecho. Sentí cómo su respiración se acompasaba, lenta, como si mis palabras hubieran despejado un peso que llevaba dentro.

Levantó la cabeza, me miró de cerca, con esos ojos suyos que parecían querer atravesar cualquier máscara.

—Gracias por decírmelo así —murmuró—. Necesitaba escucharlo de tu boca. Yo lo intuía, lo sentía, pero… sabes cómo soy, siempre necesito que me lo digas.

Le acaricié la mejilla y sonreí.

—No eres solo deseo, Angie. Eres amor. Mi amor. Y el único lugar donde sigo sintiéndome completo y confiado.

Ella suspiró, y esa sonrisa leve se dibujó en sus labios, esa que aparecía solo cuando estaba en paz conmigo. Se acomodó de nuevo a mi lado, enredando sus piernas con las mías, como si quisiera asegurarse de que no había distancia posible entre los dos.

—Ahora estoy tranquila —me dijo en voz baja—. Porque sé dónde estoy parada en tu vida, y eso me basta.

La abracé más fuerte, y permanecimos así, acariciándonos en silencio, sabiendo que, a pesar de lo complejo, habíamos encontrado una certeza: ese amor, distinto al de Nadia, era solo nuestro.

Angie se acurrucó otra vez en mi pecho, jugando con mis dedos. La sentí más liviana, como si la tensión se hubiera disuelto.

—Bueno… —dijo al cabo de un rato—, también hablamos de otras cosas. Nadia me contó que a veces siente que tú y ella están en una especie de rutina cómoda, como un matrimonio que se sostiene más por la costumbre que por la pasión.

La miré sin interrumpirla.

—Pero me lo dijo sin tristeza —aclaró Angie—. Más bien con alivio, porque reconoce que ya no hay presión. Que lo sexual no está, sí, pero que eso no significa que no haya cariño. Ella lo interpreta como una nueva etapa… distinta, pero válida.

Bajó la voz, como si confesara algo delicado.

—Primix, al comienzo me fue difícil entender, pero ahora tengo claro que puedas amar a las dos. Tienes un corazón tan grande que alcanza para ambas. Y yo soy feliz con lo que me das, soy consciente que yo te dejé en un momento, pero pude recuperarte, aunque ya no eras solo para mí, lo entiendo, así me tocó y lo acepto.

Me apretó la mano con suavidad, antes de añadir:

—Y lo que más me sorprendió fue cuando dijo que, a pesar de todo eso, se siente agradecida contigo. Que nota tu esfuerzo, tus gestos, tu forma de estar pendiente, y que eso le da seguridad. Que la sigues amando, aunque sea de otra manera.

Angie levantó la mirada, buscándome.

—¿Te das cuenta? Ella lo siente así. Y yo necesitaba saber qué lugar ocupo yo en tu vida… ahora lo sé.

La besé despacio, como confirmando con mis labios lo que ya le había dicho.

Angie me miró en silencio después de soltar esas últimas palabras. Sus ojos brillaban distintos, no con ansiedad ni dudas, sino con calma. Yo le acaricié la mejilla, bajé por su cuello y ella se estremeció suavemente.

Se inclinó para besarme, lento al principio, como probando cada gesto. Pero el beso fue creciendo hasta volverse una confesión en sí mismo: un “te creo”, un “te pertenezco”, un “me basta”.

Nuestros cuerpos volvieron a encontrarse, sin la prisa de la primera vez, sino con la ternura de quienes se saben amados. Ella se entregó más todavía, sin reservas, mirándome a los ojos mientras lo hacía, como si buscara confirmación en cada movimiento. Yo la estrechaba contra mí, consciente de que esa entrega no era solo deseo, sino la expresión de la tranquilidad que por fin sentía.

La hice mía con suavidad, con paciencia, con la certeza de que no había nada que demostrar, solo amor que dar. Y Angie respondió con la misma intensidad, fundiéndose conmigo en un ritmo sereno, como si su cuerpo quisiera grabar en mí cada palabra que me había confiado minutos antes.

Cuando al fin nos detuvimos, exhaustos y en paz, quedó recostada sobre mi pecho, respirando hondo, dibujando con un dedo líneas invisibles sobre mi piel.

—Ahora sí —susurró—, me siento completa. Me siento amada.

La besé en la frente y cerré los ojos, con la sensación de que aquella mañana no solo habíamos hecho el amor, sino que habíamos sellado una verdad que ya no necesitaba explicarse más.

Terminamos, como tantas veces, en la ducha. El agua tibia resbalaba sobre nuestros cuerpos mientras nos acariciábamos, despacio, con la misma calma y ternura de la entrega anterior. Fue un segundo acto sin urgencia, lento, tranquilo, donde cada beso y cada abrazo parecían decirnos lo que las palabras ya no alcanzaban. Yo la sentía distinta: más segura, más mía, más convencida de lo que compartíamos.

Al salir, entre toallas y vapor, nos vestimos sin apuro. Angie me observaba en silencio, con esa sonrisa suya que mezcla picardía y gratitud. Y de pronto, sin dejar de mirarme, dijo en voz baja:

—Primix, realmente tengo mucha suerte de tenerte… aunque tenga que compartirte. Finalmente, hasta en eso, el Universo, Dios, me permite compartirte con una buena mujer. Gracias.

Me quedé quieto unos segundos, con la camisa en la mano, sintiendo cómo sus palabras me atravesaban. La abracé fuerte.

Me quedé un instante en silencio, apretándola contra mí. Sus palabras me habían golpeado hondo, porque resumían toda la paradoja de lo nuestro: la dicha y la renuncia, el amor y la espera, la entrega y la compartida.

Le besé la frente, la mejilla, los labios, y le dije despacio, mirándola fijo:

—La suerte es mía, Angie. Porque me amas sin condiciones, porque me aceptas como soy, con todo lo que eso implica. Tú eres mi fuerza, mi deseo, mi certeza. Y aunque el mundo nos pida compartir, en mi corazón eres única.

Ella cerró los ojos, dejó escapar un suspiro y sonrió, tranquila.

Nos quedamos abrazados unos segundos más, como si no quisiéramos que el momento acabara. Y al salir de la habitación, con esa sensación de plenitud, comprendí que cada encuentro con ella era una reafirmación: Angie no solo era mi amante, era el amor que le daba sentido a mi vida.
 
Sesenta y tres – LA PASTILLA AZUL (O LA AMARILLA)

Una noche de jueves, nos habíamos escapado a un nuevo hotel, siempre nos gustaba varias, para conocer nuevos hoteles y para despistar.

Esta vez estábamos en un hotel de Lince, de esos en los que escuchas gemidos, tacones y puertas todo el rato.

Ya habíamos hecho el amor dos veces aquella noche. Yo había inventado la excusa de una cena de trabajo para escaparme con ella al hotel, y el tiempo se nos había pasado entre caricias, risas y besos. El cuerpo todavía vibraba, pero mi pene descansaba, flojo, sobre su mano. Angie lo tomaba entre sus dedos, como jugando con un trofeo rendido.

—Primix… —me susurró con esa voz suya que a veces era miel y a veces reto—. ¿Nunca pensaste en tomar la pastillita esa que dicen?

La miré, entre sorprendido y divertido.
—¿El Viagra?

—Ese mismo… —contestó sonriendo mientras lo agitaba suavemente, como retándolo a volver a la vida—. ¿Tú crees que lo necesitas?

—¿Yo? —me hice el ofendido—. Claro que no.

Ella se rio bajito y me besó el pecho.
—Ya sé que no… —me dijo—. Pero imagínate, con eso serías súper Primix.

Sus ojos brillaban entre picardía y ternura, como si me tentara con la idea, más por juego que por necesidad. Yo la miré en silencio unos segundos, acariciando su cabello, pensando si acaso no era solo una provocación o si en verdad quería que lo probáramos algún día.

La miré con media sonrisa. Ella todavía jugaba con mi sexo, y aunque parecía rendido, bastó que su lengua se asomara juguetona para que la sangre volviera a encenderme.

—¿Que si lo necesito? —le dije mientras me colocaba sobre ella—. Te voy a mostrar si lo necesito o no.

Y volví a penetrarla, más lento al principio, luego más intenso, hasta que sus uñas se clavaron en mi espalda.

—¿Te parece poco? —le susurré al oído con cada embestida.
—Mmmm… —soltaba gemidos cortos entre risas nerviosas—. Lo quiero más duro.

Entonces la tomé con fuerza, con esa rabia dulce que solo ella sabía despertar en mí. Cada movimiento era una respuesta a su provocación.

—¿Así? ¿Todavía piensas que necesito pastillitas?
—Hazlo por mí… —me dijo entre jadeos—. No porque las necesites, sino porque me da curiosidad…

Ese “curiosidad” me desarmó. En medio del vaivén, con su cuerpo temblando bajo el mío, sentí que no se trataba de inseguridad ni de reclamo, sino de juego, de ganas de explorar juntos. Y esa complicidad, más que la pastillita azul, era el verdadero afrodisíaco.

La tomé de la cintura, pegándola más a mí, sintiendo cómo me recibía entera. Cada vez que le preguntaba “¿así? ¿te parece poco?”, ella respondía con risas entrecortadas y gemidos que me incendiaban.

—Sí, Primix… más… no pares…

Su cuerpo se arqueaba como si quisiera fundirse conmigo. Me pidió que la llevara al límite, y yo lo hice, sin medir tiempo ni fuerzas, como si aquella noche se tratara de demostrar que la pastillita azul no podía competir con lo que ella provocaba en mí.

Su risa juguetona se fue transformando en un lamento dulce, en súplicas susurradas, hasta que finalmente se entregó del todo. Se abandonó en mis brazos, con el rostro hundido en mi cuello, mientras su respiración temblaba como si acabara de correr un maratón.

Yo, exhausto pero embriagado de su rendición, me quedé sobre ella, sintiendo sus piernas aún abrazadas a mi cintura.

—¿Todavía tienes curiosidad? —le murmuré, besándole la frente.

Ella rio, débil, vencida, acariciándome la mejilla.

La apreté contra mí, seguro de que esa noche había ganado la única batalla que importaba: la de hacerla sentir tan mía que ninguna pastilla del mundo podría mejorar lo que ya teníamos.

Durante la semana la invité a almorzar. No todo era sexo, no todo era hotel; muchas veces nos encontrábamos para compartir un café, caminar un rato o simplemente conversar. Ese mediodía, entre platos y miradas cómplices, el tema volvió a aparecer.

—Primix —me dijo de pronto, sonriendo como si recordara un secreto—, ¿pensaste en lo de la pastillita?

La miré a los ojos.
—Angie… ¿de verdad quieres?

Ella apoyó el codo en la mesa y con la mano sostuvo su rostro, divertida.
—Sí. Y si después no puedo ni caminar… no me importa —rio—. Quiero ver cómo es. No es por ti, es pura curiosidad.

Yo me quedé un segundo en silencio, revolviendo el tenedor en el plato. Era imposible no contagiarme de su entusiasmo, pero también sabía que no era cualquier cosa.

—Ok —le respondí—. Pero voy a consultar con un médico. Esas cosas no se hacen así nomás.

Ella estiró la mano por debajo de la mesa y me apretó la pierna con un gesto pícaro.
—Hazlo, Primix. Quiero ver cómo se siente tu pene con esa pastillita.

Su sonrisa me dejó claro que ya lo había decidido por los dos: la curiosidad se había instalado, y tarde o temprano íbamos a darle lugar.

Unos días después aproveché que estaba visitando a un médico amigo. Había pedido mi ayuda porque no sabía manejar bien unos equipos, y entre la conversación se me ocurrió soltarle la inquietud. Por supuesto, no le dije que era por Angie. Nunca. Le dije que era por mi esposa, que tenía esa curiosidad.

—¿Pero tienes problemas de erección, de disfunción eréctil? —me preguntó directo.

—No, no —respondí rápido, casi ofendido—. Simplemente curiosidad. Ella me ha pedido que vea cómo es.

El doctor me miró en silencio un instante, como calibrando si le decía la verdad o no. Luego sonrió con complicidad.
—Bueno, mira, la pastilla funciona. Te voy a explicar.

Me habló de los efectos secundarios: dolor de cabeza, rubor, presión baja, palpitaciones. Nada grave si se usaba bien. Me preguntó por mi salud cardiovascular, si tenía antecedentes de hipertensión, problemas cardíacos, angina. Le respondí lo que correspondía, con tranquilidad.

—Entonces sí, creo que la puedes tomar sin problema —dijo finalmente, dándome un par de indicaciones prácticas—. Media hora antes, con un poco de agua, nunca con alcohol en exceso, y solo si de verdad la vas a usar.

Yo asentía, como un estudiante frente al maestro. Sentía una mezcla rara de nerviosismo y expectativa. Mientras hablaba, me repetía a mí mismo que aquello no era por necesidad, que no estaba fallando. Era otra cosa: un juego, una travesura compartida, una curiosidad de Angie que yo estaba dispuesto a complacer.

Un par de días después, mientras almorzábamos de nuevo, le conté lo que me había dicho el médico. Angie me escuchaba con la seriedad de una niña traviesa que planea una aventura.

—Me explicó todo, los efectos, las precauciones… —le dije mientras movía la copa de agua entre las manos—. Me preguntó si tenía problemas de erección. Obviamente le dije que no, que era pura curiosidad tuya.

Ella se rio bajito, mordiéndose el labio.
—¿Y entonces?

—Entonces me dijo que sí, que lo puedo probar sin problema. Pero que escoja bien. Así que dime, ¿con cuál lo probamos? ¿Tadalafilo o sildenafilo?

Angie se quedó pensativa unos segundos, como si estuviera evaluando un examen.
—Sildenafilo —me dijo al fin, con voz decidida—. Solo para probar.

Yo asentí, sonriendo.
—Ok. Pero hay que hacerlo bien. Buscar una oportunidad en que tengamos toda una mañana… o toda una tarde. Para sacarle el jugo a la pastillita.

Ella levantó la ceja, divertida.
—Exacto, Primix. No vamos a desperdiciar la inversión.

Nos reímos los dos, como si hubiéramos sellado un pacto secreto. Desde ese momento, quedó pendiente: un espacio de tiempo largo, sin interrupciones, solo para los dos… y para la curiosidad que ella había sembrado.

Unos días después, volvimos encontrar nuestros cuerpos, esta vez fue distinta, un rapidin en su casa. Yo no veía a su hija, mi ahijada —nuestra hija, como siempre la sentíamos— hacía como dos semanas y quise pasar a verla. Justo coincidió que su mamá había salido con su hermano, el que vive en Lima, y Angie estaba sola con la bebé.

Me quedé jugando con la niña un buen rato. Una hora, tal vez. Hasta que se durmió plácida en su cama. Ya me estaba despidiendo cuando Angie me tomó de la mano y me jaló hacia su cuarto. No hubo palabras, apenas una mirada cargada de deseo. Y ahí, con la ropa medio puesta y medio quitada, terminamos haciéndolo en su cama, rápido, urgente, como dos adolescentes robando minutos.

Por supuesto, no tenía conmigo la pastilla: la había dejado escondida en el carro. Pero no hizo falta. Cuando terminamos, sudorosos, respirando todavía entrecortados, me incliné sobre ella y le dije:

—¿Ya ves? No necesito pastillas.

Ella sonrió, exhausta, con los ojos aún brillantes.
—Sí, Primix… pero si así eres sin pastilla, quiero ver cómo eres con pastilla. Así que no te escapas.

Nos quedamos unos segundos mirándonos, todavía enredados entre las sábanas, hasta que la risa nos ganó. Quedamos en buscar un sábado, posiblemente el siguiente, en el que pudiéramos escaparnos toda la mañana o toda la tarde. Un tiempo solo para nosotros… y para por fin poner a prueba esa curiosidad suya.



 
La semana se nos hizo eterna. Cada día, entre llamadas y mensajes, Angie encontraba la forma de recordarme el plan. “No te olvides de la pastillita”, me decía en clave, como si habláramos de un secreto prohibido. Yo solo respondía con un “tranquila” o un emoticón cómplice, aunque por dentro sentía esa mezcla rara de nervios y ansiedad adolescente.

El viernes por la noche revisé todo como si fuera un ritual. La pastilla, que tenía escondida en el carro, la puse dentro de mi billetera. Preparé la coartada con Nadia, todo arreglado.

Sabía que no era solo sexo; era cumplir una fantasía suya, complacer su curiosidad, demostrarle que hasta en eso estaba dispuesto a acompañarla.

Quedamos en vernos temprano, a las nueve, en un hotel discreto que conocíamos bien.

Esa noche apenas pude dormir. Me daba vueltas en la cama, pensando en cómo reaccionaría, si se notaría la diferencia, si en verdad valdría la pena. Me repetía lo que me dijo el médico: “media hora antes, con medio vaso de agua, dos horas después de cualquier comida, sin alcohol”. Todo estaba claro.

El sábado amaneció con un sol tímido, y mientras manejaba hacia el hotel, con la pastilla guardada como un amuleto, sentía que el corazón me latía más rápido de lo normal. No sabía si era por los efectos secundarios anticipados… o porque Angie me esperaba, con esa sonrisa que siempre convertía la curiosidad en un destino inevitable.

Tomé la pastilla unos quince minutos antes de llegar al hotel. Había calculado que, entre llegar, registrarme y ese juego previo que siempre nos regalábamos, se cumpliría de sobra la media hora. Pero a los diez minutos ya empecé a notar algo extraño: la cara me quemaba, no intensamente, como si tuviera calentura, como si me hubieran encendido un fuego ligero debajo de la piel.

Cuando Angie llegó unos minutos después, me encontró en el baño mirándome al espejo.
—Mira mi cara —le dije, señalando mis mejillas encendidas.

Ella me observó y estalló en risa.
—¿Qué tienes? Estás como tomate.

—Tu pastillita, pues —respondí, medio serio, medio divertido.

—¿Y tienes algún otro problema? ¿Palpitaciones, mareo, algo más?

—No, solo esto.

—Ah, entonces no importa —contestó acercándose para besarme, como si aquella rojez fuera parte del juego.

Nos dejamos caer en la cama entre besos ansiosos. Yo podía sentirlo: la erección llegó más rápido de lo normal, casi automática, como si mi cuerpo hubiera decidido adelantarse a mis pensamientos. Y no solo eso: la sentía distinta, más dura, más grande, las venas marcadas con una fuerza inusual.

Cuando por fin nos desnudamos, lo confirmé. Mi pene estaba más turgente que nunca. Tan firme que hasta me resultaba un poco doloroso, como si el cuerpo estuviera empujando sus propios límites.

Angie me miró, primero sorprendida, luego con esa sonrisa traviesa que siempre me desarmaba.
—Wow, Primix… ahora sí entiendo la fama de la pastillita azul.

Y con esa frase comenzó la verdadera prueba.

Ella se quedó observando mi erección como si fuera la primera vez que la veía. La rodeó con su mano y sonrió, incrédula.
—Primix… esto parece un arma —me dijo, alzándola suavemente como si la estuviera amenazando con un cuchillo.

Yo me reí, pero la imagen me encendió aún más.
—Cuidado, que dispara fuerte —contesté.

Angie lo movía lentamente de un lado a otro, jugando con esa firmeza que parecía no tener fin. Sus manos jugaban con mi pene, rodándolo, acariciándolo, lo movía hacia abajo y cada vez que lo soltaba volvía a erguirse como un resorte.

Me lancé sobre ella con la misma urgencia de siempre, pero notaba algo distinto: no había pausa, no había vacilación.

Le besaba los senos, la acariciaba, jugaba con su vagina húmeda. Mi cuerpo respondía con una fuerza renovada, casi automática.
—¡No pares! —me pidió apenas entré en ella, con un tono más agudo que otras veces.

Cada embestida la hacía reír y gemir al mismo tiempo.
—¿Ves? —le dije, apretando sus muñecas contra la cama—. ¿Todavía dudas de la pastillita?
—No… —respondió, arqueando la espalda—. Ahora quiero ver cuánto me aguantas.

Cuando hicimos una pausa, Angie volvió a tomarme con la mano, sudorosa, como si lo examinara.
—Esto es un peligro público —susurró, acercándolo a su boca, pero sin llegar a rozarlo—. Te juro que siento que podría partirme en dos.

Yo la miraba, encendido, y solo le dije:
—Entonces ríndete, porque no pienso guardarla todavía.

Ella se lo metió en la boca, no es que estuviera más grande, sino que estaba más duro, más tieso, Angie lo sintió cuando lo metió hasta el fonde de su garganta y se atoró.

—Esta piedra Primix, se siente como un palo, de dijo mientras lo presionaba suavemente con sus dientes, como probando su dureza.

Ella se dejó caer de espaldas, abierta, como si aceptara la amenaza, y yo me lancé otra vez sobre ella, empujando más hondo, más duro, hasta que su cuerpo tembló en un espasmo de placer que la hizo morder la almohada.

Seguí dándole por un buen rato y cuando sentí que estaba a punto de llegar al punto de no retorno, pare, me salí de ella y comencé a besarla, a acariciarla, a tocarla toda, a pesar de esa pausa, mi pene no caía, seguía muy duro. Luego bajé a su vagina y le hice varios minutos de sexo oral, ella gritaba de placer, cuando sentí que estaba por llegar, la penetré nuevamente y le di muy duro, mi pene la perforaba sin piedad. Ella estalló de placer y fue como que se rindió, yo seguía dándole, ella era como una muñequita de trapo, solo se dejaba hacer, se abandonó a mi voluntad.

Después del primer estallido, cuando la llené de mi semen, después de casi 40 minutos de sexo intenso, pensé que mi cuerpo pediría descanso, como siempre. Pero no: mi pene seguía erguido, implacable, como si no hubiera pasado nada. Angie, que ya había reaccionado después de la relajación de su primer orgasmo, me miraba con una mezcla de sorpresa y miedo divertido.
—¿Otra vez? —me preguntó, jadeando.
—Claro —le dije, entrando de nuevo en ella sin darle tiempo a reponerse.

La segunda ronda fue más intensa, más larga. Ella se retorcía bajo mí, con la piel ardiendo y los gemidos escapándosele en oleadas. Cuando al fin llegué, 5 poses y casi media hora después, seguí duro, sin caer. Yo estaba tan agitado como Angie, pero mi pene seguía duro como una roca.

—Primix… esto es de locos —susurró, riendo y mordiéndose el labio—.

No hubo espacio para dudas: descansamos no más de 5 minutos y me lancé a la tercera. Esta vez la penetración fue más pausada, más profunda, como si quisiera explorar cada rincón de su cuerpo. Ella ya no contaba los minutos, contaba los orgasmos. Fueron tres, claros, potentes, uno tras otro, hasta que casi una hora después de haber empezado esta tercera ronda, me rogó con la voz quebrada:
—Basta… no puedo más.

Yo había retenido mi eyaculación tres o cuatro veces, con su pedido aceleré el ritmo y un par de minutos después la llené nuevamente. Mi pene seguía en erección, todavía firme, como si la pastilla me negara la posibilidad de rendirme. Finalmente me dejé caer a su lado, abrazándola. Mi pene tardó un par de minutos en bajar, y aun así no fue como siempre; seguía a medio camino, latente, como esperando otra oportunidad.

Angie, empapada en sudor, con el cabello pegado a la frente, me abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Esto ha sido una locura, Primix —me dijo, todavía agitada—. Sin pastilla ya eres increíble… pero con esto, eres inhumano.

Yo reí, besándole el cuello.
—Entonces… ¿satisfecha con el experimento?
—Más que satisfecha —me respondió—. Pero prométeme que no lo vas a usar siempre. Porque si no, me matas.

Nos quedamos en silencio, respirando juntos. Yo, aún impresionado por lo que la pastillita había provocado; ella, rendida, abrazada a mi pecho, convencida de que la curiosidad había valido la pena.

Cuando se suponía que ya todo había terminado, después de esa hora salvaje, me senté al borde de la cama. La miraba ahí, desnuda, prendida todavía, con el cuerpo brillando de sudor. Ella estaba con las piernas flexionadas y abiertas sobre la cama, como ventilando su conchita que había recibido más de dos horas de perforación inmisericorde.

—Nos vamos —le dije, como quien pone punto final.

Ella giró la cabeza hacia el reloj y, con una sonrisa traviesa, respondió:
—Recién estamos un poco más de dos horas…

¿Para qué lo dijo? Ese comentario fue gasolina en el fuego. Me incliné sobre ella y comencé a hacerle sexo oral, lento, profundo, saboreando cada reacción. Su vagina estaba inundada de mi semen y su lubricación. Sentí cómo su cuerpo volvía a encenderse y, casi en paralelo, mi pene recuperaba la dureza. No tan inmediato como al comienzo, pero sí con una fuerza renovada.

La penetré otra vez, le daba en diferentes posiciones y cuando sentía que estaba por llegar, paraba, la besaba, le acariciaba los senos y volvía a la carga. Fueron dos rondas seguidas, casi una hora más de locura. Ella gemía, reía y me golpeaba suavemente en el hombro, agotada pero incapaz de pedirme que parara.

Cuando finalmente nos derrumbamos en la cama, Angie me miró con los ojos entrecerrados y la voz apenas un hilo:
—Ahora sí me mataste… ¡Qué bárbaro!

Se levantó con las justas, tambaleándose. Notó lo que yo también había percibido: en la última eyaculación, el sexto disparo, ya no había tanta fuerza, no tanta abundancia de semen como al inicio. Pero igual había sido un clímax brutal. Ella había llegado cuatro o seis veces, ya habíamos perdido la cuenta.

Estábamos los dos extasiados por lo vivido, echados uno al lado del otro, mirando el techo y tomados de la mano. A un lado de la cama, una mancha de humedad sobre las sábanas, delataba el lugar donde habíamos hecho el amor la última media hora, la mezcla de semen y lubricación habían empapado las sábanas notoriamente.

— Angie, le dije, eres una mujer fuera de serie, a veces me pregunto cómo puedes ser tan tierna y amorosa y a la vez tan salvaje y atrevida en la cama.

—Solo contigo Primix, nunca he sido así con nadie más, contigo me siento libre de hacer lo que me provoque y de darte gusto en lo que me pidas.

—Y eso por qué? Pregunté sabiendo la respuesta, pero me gustaba oírlo.

Ella apretó más mi mano y volteó el rostro hacia mí, tomando mi cara con su otra mano para que voltee a verla.

—Porque eres un regalo de la vida Primix, tú fuiste prácticamente mi primer hombre, el primer hombre que me enseñó a amar, física y emocionalmente, y por mis decisiones, te perdí… Pero la vida me trajo a ti nuevamente y me dio la oportunidad de tenerte nuevamente… Y ahora sé que con nadie más podría sentir todo lo que tú me haces sentir, te amo con locura Primix y sé que tú también a mí, y aunque deba compartirte, no quiero que lo nuestro termine nunca, nunca, nunca, ¿lo entiendes?

— Lo entiendo mi Angie, yo también te amo con locura y tampoco quiero perderte otra vez.

Me incorporé para besarla, nuestras bocas se unieron en un beso dulce, pero el contacto de nuestros cuerpos volvió a calentarme y mi pene, volvió a responder, ella me sintió.

—Primix! ¡¡Ese muchacho de abajo no se cansa!!

Me puse sobre ella y la penetré nuevamente, ella acusó el recibo con un gemido.

Mientras comenzaba a moverme lentamente dentro de ella, Angie decía entre gemidos —Esto es demasiado! Me vas a dejar sin caminar… No pares Primix. Lo hicimos lento, fueron casi 20 minutos de caricias, jadeos, penetraciones profundas en misionero, piernas al hombro y terminamos en perrito. Yo sentí que había eyaculado prácticamente solo un par de pequeños chorros, pero igual fue un orgasmo intenso.

Nos fuimos a la ducha juntos, tuve que ayudarla a pararse, las piernas las tenía adoloridas. Con el agua cayendo como un bálsamo sobre los dos. Pero ahí tampoco se salvó, nos besamos y a los pocos segundos mi pene nuevamente listo para entrar en ella: la tomé de nuevo, apoyándola contra la pared, mientras ella reía y me susurraba que estaba loca por mí, pero que era un salvaje.

Cuando por fin salimos del baño y nos dejamos caer en la cama, todavía estábamos jadeando. Angie se acomodó de lado, con las piernas flojas, riéndose entrecortado mientras trataba de recuperar el aliento.

—Primix… —me dijo, con la voz ronca y los labios hinchados de tanto beso—. Ocho veces tú… y yo, no sé, seis o siete… ¡nuestro récord!

Yo solté una carcajada, acariciándole el cabello húmedo.
—Yo ya perdí la cuenta, amor.

Ella me miró con esos ojos brillantes de satisfacción y sorpresa.
—Primix, esa pastilla… yo pensé que solo te la ponía dura, pero… te hizo durar más.

Negué con la cabeza, divertido.
—No, amor. Duramos más porque yo paro, sigo… cuando siento que voy a llegar, me salgo, cambio de ritmo. Lo que hace la pastilla es que, en ese momento, aunque me detenga, no se baja. Y cuando terminamos, sigue erecto un rato. Y si llegara a bajar porque pasa un tiempo… apenas me besas, vuelve a estar listo. En realidad, sí, te la pone dura… pero no es que te haga durar más.

Ella abrió la boca en un gesto de asombro.
—Uf… Wow… —murmuró, todavía con el pecho subiendo y bajando rápido—. Entonces es tu resistencia… y la pastilla. ¡Qué rico!

Me reí, dándole un beso en la frente.
—Para los dos fue algo nuevo. Nunca la había probado. Y sí, fue fuera de lo común.

Nos quedamos un rato así, abrazados, compartiendo un beso largo, esta vez más de amor que de pasión. El cuerpo ya no pedía más, estaba agotado, pero el alma se sentía llena.

Al final nos vestimos despacio, todavía con sonrisas cómplices y el eco de la hazaña en el aire. Cuando bajamos de la habitación a la cochera del hotel, Angie caminaba raro, con un bamboleo gracioso en las piernas, como si no pudiera controlarlas totalmente. Se apoyaba en mi brazo, riéndose de sí misma.

—Mira cómo me has dejado, Primix… —me susurró—. Y todavía pretendes que mañana camine normal.

Nos reímos juntos. Y mientras salíamos a la calle en mi camioneta, supe que ese día quedaría grabado para siempre entre nuestros secretos más salvajes y felices.

Al día siguiente, domingo la llamé temprano, antes que Nadia despierte, como hacia siempre los fines de semana. Quería saber cómo había amanecido después de la maratón. Apenas escuché su voz, supe la respuesta.

—Primix… —me dijo entre risas ahogadas—, no puedo ni caminar y me has dejado inflamada ahí abajo...

Se quejaba, pero en el fondo sonaba feliz, como una niña que había jugado demasiado y ahora pagaba las consecuencias.
—No son solo los genitales, mi vagina está inflamada ¿ah? —me explicó—. Son las piernas, los muslos… siento como si hubiera corrido una maratón en tacones.

Yo no podía contener la risa.
—Te advertí que la pastillita era peligrosa.
—¡Peligrosa para mí! —replicó—. Tú estás fresco, y yo estoy dos días adolorida.

—No creas, me arde un poco el glande, pero lo tuyo es más bravo.

—Y si la próxima probamos con la otra? ¿Con la que dura 36 horas?

—Tú quieres que del hotel te lleve a la clínica, le dije riendo.

—No pues, no me vas a tirar 8 veces en una mañana, nos escapamos un fin de semana y me lo haces 20 veces, pero en dos días…

—Suena provocativo…—le dije

—hay que planearlo bonito

—Si amor, una escapada, como las de antes

Hubo un pequeño silencio. Creo que ambos recordamos esos momentos.

—Te amo Primix

—Y yo a ti mi Angie.
 
Última edición:
Ese domingo la pasó casi todo el día en su cama, entre agua tibia, masajes de su propia mano y las risas que me mandaba por mensajes. Me contaba que cada vez que se movía un poco más de la cuenta, recordaba mi “arma letal” apuntándole y clavándola de nuevo.

Cuando su mama le preguntaba que le pasaba, le decía que el sábado había ido al gimnasio conmigo, para probar si se inscribía, y había exagerado en el ejercicio.

El lunes todavía caminaba raro. Me escribió desde la oficina:
“Todos creen que fui al gimnasio el fin de semana. Y en realidad… tú fuiste mi máquina de ejercicios.”

Yo me reí solo frente a la pantalla. Ella había quedado marcada, literalmente, por esa sesión épica.

—Entonces, ¿repetimos o no? —le escribí, tentándola.
—Sí… —respondió—. Pero dame un par de semanas para recuperarme. Si no, me voy a tener que comprar silla de ruedas.

—Mejor te doy un mes, porque la próxima pienso entrar en tu culito

—Nooo! Tengo que pensarlo, ese palo duro entrando en mi culito, me va a partir en dos, dijo riendo.

—Lo siento, le dije, harto lubricante y por lo menos dos polvos por ahí,

—A ti te doy lo que me pidas, amor…

La imaginé escribiendo eso con esa sonrisa maliciosa suya, y sentí que la complicidad estaba intacta. La pastillita azul había hecho su parte, pero lo que de verdad nos tenía adoloridos y felices era esa entrega total que solo sabíamos darnos el uno al otro.

Desde aquel sábado la “pastillita azul” se volvió un código secreto entre nosotros. No era solo un medicamento, era un recuerdo, una travesura compartida, un récord que sabíamos podíamos repetir.

Dos días después de nuestro récord, habíamos almorzado juntos y caminábamos rumbo a su oficina a unas 5 cuadras del restaurante, yo había dejado mi camioneta a la espalda de su edificio.

Angie caminaba un poco raro, me dijo que eran zapatos nuevos y le molestaban un poco.

—Si, le dije riéndome, caminas como ese día al salir de hotel

—Uff! Todavía me mojo al recordar esa mañana, pero me dejaste molida, dijo con voz sensual.

—Eso te pasa por tentar a la bestia.

Ella se reía, me abrazaba y me decía que me amaba, con esa mezcla de ternura y picardía que solo ella tenía.

Yo también había quedado con una enseñanza clara: no abusar. Recordaba las palabras de mi amigo el médico, y con seriedad le repetí:
—Esto lo guardamos para ocasiones especiales, Angie. No podemos volverlo costumbre.

—Sí, amor —me contestó—. Mejor así. Si no, acabaríamos muertos los dos.

Lo dijimos entre risas, pero en el fondo sabíamos que era verdad. No se trataba solo de resistencia, ni de récords. Era de cuidarnos, de hacer que cada experiencia se viviera al máximo sin perder el sentido.

Y ahí, en medio de esa reflexión, quedó flotando la otra promesa, la que habíamos lanzado medio en broma: “algún día, por atrás”. Ella misma lo cerró con una risa nerviosa y un suspiro profundo:
—Bueno, si llega el momento, aunque no camine una semana… sé que me vas a llevar a las estrellas.

Yo la abracé fuerte, sintiendo que más allá de la pastillita, más allá de los juegos, lo nuestro era un deseo que se renovaba cada día, un amor que encontraba siempre nuevas formas de desatarse.

La siguiente vez que hicimos el amor fue en un hotel, apenas una semana después. No hubo pastillita, solo nosotros y nuestras ganas. Como siempre, la entrega fue plena: besos, caricias, juego… y un par de rondas que nos dejaron satisfechos, respirando juntos en la penumbra.

Después de la segunda, Angie se giró hacia mí, con esa sonrisa traviesa que ya conocía bien.
—Creo que esto está bien… pero lo otro estuvo brutal. Estoy pensando seriamente en no esperar una ocasión especial.

Yo me acomodé sobre la almohada, la miré serio, aunque con una chispa en los ojos.
—Ah no, señora —le dije, marcando cada palabra—. Usted me disculpa, pero yo no quiero perder mi capacidad natural de erección hasta que sea necesario tomar esas cosas más seguido.

Ella se río, como niña a la que le acaban de negar un capricho. Entonces acerqué mi boca a la suya, la besé despacio, y cuando nos separamos le señalé los labios.
—Además, acá tengo mi viagra natural. ¿Para qué quiero más?

Angie soltó una carcajada que se convirtió en un gemido cuando me abalancé sobre ella de nuevo. Me abrazó fuerte, como si quisiera fundirse conmigo, y volvimos a hacerlo. Esta vez más duro, más intenso, con esa rabia dulce que solo despertaba en mí.

Y mientras su cuerpo temblaba bajo el mío, entendí que ni la pastillita azul ni ninguna otra podía competir con lo que de verdad nos sostenía: nuestra adicción y amor mutuo.
 
Sesenta y cuatro – EL VIAJE FAMILIAR

Era una de esas noches tranquilas de febrero, la quincena, cuando el calor todavía se pegaba a la piel y hasta la brisa de la ventana parecía tibia. Habíamos terminado de cenar, y yo todavía saboreaba el último sorbo de jugo cuando Nadia, con esa mirada que mezcla decisión y timidez, me dijo:

—Amor, ¿qué te parece si nos vamos de viaje? Vacaciones familiares.

Levanté la vista, sorprendido. —¿A dónde?

Ella se acomodó el cabello detrás de la oreja, gesto suyo cuando quería dar una noticia enredada en ilusiones. —Tengo una amiga que tiene la posibilidad de que un amigo suyo nos alquile una casa en Tumbes. A fin de mes.

—Sí, me parece bien —respondí casi sin pensarlo, porque sonaba a aire fresco, a playa, a descanso.

Nadia se levantó entusiasmada, rodeó la mesa y me dio un beso rápido pero sincero. —Gracias, amor, pensé que no aceptarías.

—¿Y por qué no iba a aceptar?

Se quedó un segundo en silencio. Su mirada se perdió en un punto invisible de la cocina y murmuró: —No me hagas caso. Cosas mías.

No insistí. La dejé en su pequeño misterio mientras me levantaba para ayudarla a lavar los platos. Ella tarareaba una canción cualquiera, feliz con la idea del viaje, y yo, con las manos bajo el agua, pensaba en otra cosa.

Una semana lejos de Angie.
Una semana sin verla, sin sus abrazos clandestinos, sin su risa cómplice. Sabía que lo entendería; Angie entendía cosas mucho más serias que esa. Pero igual, nos íbamos a extrañar. Nos íbamos a necesitar.

Y allí, con el agua corriendo y los platos alineados en el escurridor, me sorprendí contando los días que quedaban hasta fin de mes. No para el viaje a Tumbes, sino para ese momento inevitable en que tendría que decirle a Angie: no podremos vernos por unos días.

Dos días después, al salir del trabajo, me encontré con Angie en nuestro café de siempre. Ella ya estaba ahí, esperándome, con el pelo suelto y un café helado entre las manos. Apenas me senté, le conté lo de Nadia y la propuesta del viaje.

—Está bien, amor —me dijo, sonriendo con esa calma que a veces me desarma—. Anda. Es muy bueno que compartas con tu hijo… y con tu esposa.

—Pero… —dudé un segundo, bajando la voz— vamos a estar alejados una semana.

Ella me tomó la mano sobre la mesa, sus dedos cálidos, suaves. —Una semana pasa volando. Te voy a extrañar con locura, y así cuando regreses… te exprimo.

Me reí, pero en su mirada noté algo. No sé si eran celos, no sé si eran ganas de acompañarnos, o simplemente el miedo a quedarse sola en mi ausencia. No lo pensé mucho y solté:

—Amor, ¿y si le digo a Nadia que vayas con nosotros? Tú y la beba…

Ella sacudió la cabeza enseguida, casi divertida. —No, amor. Estaremos de buenas migas con Nadia, claro que sí, somos patas y lo que quieras… pero ella quiere ir con su amiga. ¿Qué hago yo ahí?

Me quedé callado. —Bueno, sí… tienes razón, ¿no?

Entonces Angie me miró fijamente, poniéndose seria de golpe. —Lo único que te pido —dijo, clavándome sus ojos café— es que me hagas el amor antes de irte.

—Oye, por supuesto —le respondí, inclinándome para darle un beso.

Ella sonrió, mordiéndose el labio. Y en ese instante entendí que lo que más le pesaba no era el viaje, ni Nadia, ni la casa en Tumbes… sino esa distancia inevitable que pronto nos iba a separar, aunque fuese solo por unos días.

Un par de días después de aquella charla con Angie vino a casa la amiga de Nadia. Sería quien nos acompañaría en el viaje. Yo la conocía de antes: doctora, un par de años menor que Nadia, mujer guapa, de esas que no pasan desapercibidas. Divorciada, con un hijo, cargaba en su mirada un aire de independencia y cierta melancolía que la hacía más atractiva.

Nos sentamos en la sala con unas tazas de café y empezamos a aterrizar los detalles. El viaje sería la última semana de febrero. Volaríamos hasta Tumbes, y de ahí contrataríamos una camioneta particular que nos llevara directo a Punta Sal, donde estaba la casa del amigo de ella. Pero antes habría que detenernos en la ciudad para comprar provisiones: frutas, carnes, agua, cervezas, todo lo que se necesitara. Porque la casa era eso, una casa. No un hotel. Allí íbamos a cocinar, a arreglárnoslas nosotros mismos.

El plan sonaba bien. Casi demasiado bien.

Esa misma semana compramos los pasajes, revisamos opciones de transporte, hicimos una lista de compras. Todo quedó listo. Y yo notaba a Nadia cada vez más entusiasmada con la idea de estas vacaciones, como si fuesen la pausa que necesitaba en medio de tantas tensiones.

La veía sonreír, ilusionada, con esa energía que pocas veces sacaba a flote, y pensaba que quizá este viaje iba a ser, para ella, mucho más que unos simples días de playa.

Faltaba poco más de una semana para el viaje y yo trataba de ver a Angie todo lo que podía. Era como si cada encuentro fuese un anticipo, un salvavidas antes del silencio inevitable. En esos días nos vimos hasta tres veces.

Una de ellas fue sencilla: un café rápido después del trabajo, apenas una hora para hablarnos del viaje, para repetirnos que nos amábamos y que nos íbamos a extrañar. Fue breve, pero intenso en lo invisible: esa mirada fija, ese apretón de manos que decía más que cualquier palabra.

Las otras dos… fueron inolvidables. Sesiones memorables en “la batería”, como solíamos llamar a nuestro refugio habitual. En una de esas noches, Angie, con esa picardía suya, me dijo que hubiese llevado la pastillita.

—¿Qué pasa? —le pregunté sonriendo.

—¿Me dejarías sin caminar otra vez? —me susurró—. Esta es una ocasión memorable… y no te voy a tener en una semana.

Me reí, pero la seguí. Ella todavía debajo de mí, abrazándome con una fuerza desesperada, me confesó en un susurro que le quebraba la voz:

—Una semana se me va a hacer demasiado triste.

Me conmovió la sinceridad en sus ojos, esa mezcla de miedo y ternura. No necesité más. Me entregué a ella otra vez, prácticamente sin salirme de la primera vez. No necesitaba pastillas para amarla así.

Y mientras la abrazaba, comprendí que no era el sexo lo que nos desesperaba perder… era ese instante, ese milagro de estar juntos, piel con piel, que ni un océano ni una semana podían reemplazar.
 
Un viaje familiar, sin la computadora, me impidió continuar con la historia. Espero que nos hayan extrañado.
Pronto actualizaré la historia.
 
Dale Conejo, la historia esta en su punto.
Saludos,
 
Y llegó el día del viaje. Era sábado por la mañana cuando estábamos en el aeropuerto: Nadia, nuestro hijo, su amiga y el hijo de ella, que tenía casi la misma edad que el nuestro. Todo parecía fluir en un ambiente familiar, como si fuera la postal perfecta.

El vuelo hacia Tumbes fue tranquilo, sin sobresaltos, salvo la última parte algo movida por la turbulencia. Pero lo realmente impactante fue el golpe de calor y humedad que nos recibió apenas bajamos del avión. El aire se pegaba a la piel como una sábana mojada; las camisas se adhirieron de inmediato al cuerpo, y hasta caminar parecía más pesado.

La Combi que habíamos contratado ya nos esperaba afuera. El chofer nos condujo directo a un Plaza Vea en la ciudad, donde llenamos el carrito con provisiones para toda la semana. Pensamos en todo: arroz, aceite, papas, camotes, algo de pasta, frutas y por supuesto varios six pack de cerveza y algo de pisco, ron y gaseosas para combinar. Un par de días de parrilla estaban en el plan, así que llevamos carne, carbón y condimentos. El pescado lo compraríamos allí mismo, fresco, cada mañana.

Con las bolsas organizadas, retomamos la ruta hacia Punta Sal. El camino, de casi dos horas, se hizo largo. Paramos a almorzar en un restaurante que, la verdad, no justificaba ni la fama ni el precio. El ceviche estaba correcto, pero lejos de lo que esperábamos.

Cuando finalmente llegamos a la casa, cerca de las tres de la tarde, el cansancio se mezcló con la emoción. Era una construcción sencilla pero acogedora, de madera y cemento, dos pisos, con techos altos y amplias ventanas. La playa se extendía apenas a unos pasos, brillante bajo el sol ardiente.

Nadia eligió para nosotros un dormitorio en el segundo piso, con un pequeño balcón que daba directo al mar. El balcón se compartía con las cuatro habitaciones que daban hacia ese lado de la casa. El sonido de las olas entraba sin pedir permiso, mezclado con la brisa salada.

Me apoyé en la baranda unos segundos, observando el horizonte. Y no pude evitar pensarlo: qué haría Angie por estar aquí… Imaginé sus manos sobre la madera tibia del balcón, su risa al sentir el viento en el rostro, sus labios buscándome bajo la excusa de mirar la playa. Y más aún, no pude dejar de pensar en lo que sería hacer el amor allí, como a ella le gustaba, con el mar como cómplice.

Respiré hondo. La realidad estaba a mi espalda, organizando maletas y llamando a los niños. Pero la otra realidad, la secreta, ardía en silencio dentro de mí.

El calor era realmente impresionante. Hacía muchos años que no iba a Tumbes y había olvidado lo pegajoso de su clima. Apenas nos instalamos, sentí que la ropa se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Dormir esa primera noche fue una tortura: a los diez minutos de ponerme el pijama ya estaba empapado en sudor. Terminé por rendirme, salir otra vez a la ducha y echarme en la cama con el ventilador apuntando directo. Nadia hizo lo mismo. Dormimos desnudos, pero sin tocarnos.

Nuestro hijo, por suerte, encontró rápido la sintonía con el hijo de la amiga de Nadia. Se llevaron tan bien desde el primer momento que ellos mismos pidieron dormir juntos. La casa tenía seis dormitorios en el segundo piso, una construcción amplia y generosa, así que no hubo problema. Al costado nuestro se quedó la amiga de Nadia y, en el siguiente, los chicos.

El día siguiente nos recibió con el mismo calor sofocante. Nos levantamos temprano y preparamos un desayuno abundante con todo lo que habíamos llevado. Todos vestíamos ya nuestros trajes de baño, pero el de la amiga de Nadia era… digamos, poco apropiado para unas vacaciones familiares.

Por delante la parte de arriba, solo cubría lo necesario para que no se vieran sus aureolas, pero dejaba todo lo demás al aire, sus senos, de tamaño mediano, resaltaban bajo esa breve tela, y la parte de abajo, igualmente era un breve triangulo que cubría lo necesario para no mostrar la línea de su vulva y por atrás, era un hilo que se escondía entre sus bien proporcionadas nalgas.

Nadia y yo nos miramos cuando la vimos aparecer en la cocina, pero no dijimos nada. La amiga de Nadia nos saludó con beso en la mejilla, muy alegre y despreocupada.

Como a las 9am apareció un señor del lugar, era le guardián de la casa. el mismo que nos había abierto la casa el día anterior. Traía pan fresco y nos ofreció ayudarnos con lo que necesitáramos: si algo faltaba, él podía ir a comprarlo a la tienda más cercana, a tres kilómetros, con su moto. Vivía justo enfrente, en una casita pequeña.

La jornada fue tranquila, bañándonos en la playa hasta quedar exhaustos, disfrutando del mar cálido y luminoso. Cocinamos como a las tres de la tarde, un almuerzo simple pero sabroso, y planificamos que al día siguiente iríamos al muelle cercano a comprar pescado fresco.

Después de almorzar, nos fuimos a descansar en las poltronas de la piscina, mientras los niños jugaban en la piscina de la casa.

Nadia y yo ya estábamos ahí, Nadia con su bikini que le resaltaba sus formas sin ser descarado como el de su amiga, estaba boca arriba y yo sentado en la poltrona de al lado, sentado, conversando.

A los minutos llegó su amiga, caminando con una sensualidad exagerada, Nadia no lo notó, pues me estaba viendo, pero yo sí vi que ese caminar no era natural.

—Hola chicos! Dijo, mientras se sentaba en la poltrona que estaba al lado de Nadia.

Comenzó a ponerse bloqueador en todo el cuerpo, pero cuando se lo ponía en la parte descubierta de sus pechos o en la parte interna de las piernas, lo hacía como jugando con sus manos, provocativamente.

—Yo no me he puesto! Dijo Nadia, inclinándose hacia su bolso y sacando el tubo de bloqueador —¿Amor me lo pones? Me dijo dándome el tubo.

— Claro, le dije

Comencé a ponérselo, primero por delante, le pasaba las manos untadas de bloqueador por todo su cuerpo, que a pesar de sus 46 años estaba aún firme. La tocaba con la confianza de esposos que ya conocen sus cuerpos y no tienen reparos en tocarse. Sentí que Nadia se estremecía ligeramente cuando le puse el bloqueador en los senos y las piernas y luego, cuando se volteo, en el trasero y la espalda. Su amiga nos miraba fingiendo que miraba hacia el mar.

—Tu esposo es un experto, dijo mirándome a los ojos —Creo que te lo voy a pedir prestado la próxima que quiera ponerme el bloqueador, dijo con un tono risueño que quería disfrazar esa insinuación como una broma inocente.

—Ay amiga, dijo Nadia en el mismo tono —Que loca eres.

Cuando la amiga terminó de ponerse el bloqueador, se echó boca abajo e hizo el ademan de soltarse el broche de la parte alta del breve bikini, lo intentó un par de veces y no pudo o fingió no poder.

—Algún voluntario que me ayude…

Dijo voluntario, no voluntaria o simplemente “alguien”.

Miré a Nadia haciéndole un gesto como diciendo, “hazlo tú”. Ella se incorporó y de una sola maniobra le soltó la tira. La amiga se acomodó y se extendió en toda la poltrona, echada así boca abajo, con la tira de arriba suelta y el hilo de la parte de bajo perdiéndose en sus nalgas, parecía totalmente desnuda.

Así pasamos la tarde, la amiga se acomodaba de vez en cuando boca arriba, con el bikini de arriba sobrepuesto, pero era tan pequeño que yo, que estaba semi-sentado leyendo un libro, a veces me ganaba con sus pezones brevemente al descubierto. Claramente estaba provocándome, Nadia dormía plácidamente.

Pero hacia las seis, el cielo cambió de golpe. Comenzó una lluvia torrencial que se prolongó sin tregua toda la noche. Todos entramos rápidamente a la casa, riéndonos. La amiga tapándose los pechos con uno de sus brazos. Nadia la ayudo a ponerse esa breve pieza de arriba, mientras yo entraba a la cocina a ver que cenábamos, para no ver lo que la amiga quería que viera.

A las nueve, agotados de tanto calor, agua y conversación, cada uno se recogió en su cuarto.

Yo no soportaba más la sensación de la ropa pegada al cuerpo. Me saqué el polo y me tendí en la cama, buscando el alivio del ventilador. Nadia también estaba echada, sin moverse demasiado, dejándose acariciar por el aire que apenas nos refrescaba. El ambiente era sofocante, denso, como si todo invitara al desvelo.

En un momento, Nadia se giró hacia mí. Me observó detenidamente, con esa mezcla de cansancio y curiosidad que surge en los silencios largos.

—Todavía conservas un buen cuerpo —me dijo, casi con sorpresa.

Me levanté un poco, sonriendo. —Nadia… ¿no lo ves todos los días?

Ella se rio suavemente. —Sí, pero no sé… así, sudado, se te ve diferente.

—Hazme sudar más seguido le dije, dándole un beso.

Ella solo sonrió.

—Tu amiga es bien resbalosa, le dije.

—Es loca, no creo que sea resbalosa, ella es así, en la clínica es igual, juega con todos, pero solo es eso su manera de ser divertida.

—No lo creo, le dije. Pero lo que me importa es que no te incomodes con eso.

—No me incomoda amor, porque si no me has sido infiel hasta ahora, y bajando el tono de voz, con todo lo que te he hecho, sé que ahora no lo serás, cuando las cosas están mejorando, ¿verdad?

Sentí esas palabras como una espina que se me clavó sin piedad.

—Claro que no, le dije dándole un beso, —Eso solo trae problemas.

El ruido de la lluvia seguía golpeando el techo como un tambor constante. Y en medio de ese calor insoportable, nuestras palabras quedaron flotando, cargando la habitación de un silencio distinto, más íntimo, más insinuante.
 
Pasaron varios minutos así, los dos echados uno al lado del otro, inmóviles para tratar de no sudar más. Nadia se sentó y se sacó el polo de pijama.

—No aguanto la ropa, dijo

—Tú también eres hermosa, aun sudada, le dije

Nadia se inclinó hacia mí y me besó. No era un beso cotidiano, era distinto, cargado de algo erótico que me tomó por sorpresa. Sus manos comenzaron a recorrerme el torso con suavidad, como si estuviera descubriéndome por primera vez. Yo le correspondí, besándola con la misma intensidad, acariciando su piel húmeda por el calor.

Cuando menos lo pensé, ya estaba quitándole ese short mínimo que apenas la cubría. En un instante, estábamos los dos desnudos, besándonos sin pausa. Su mano buscó mi pene que ya comenzaba a pararse, lo acarició por un momento y bajó a besarme el pecho y el abdomen, pensé que lo siguiente seria hacerme sexo oral, algo que no hacíamos desde hace mucho tiempo, con ella aun embarazada de nuestra hija.

Pero no, se detuvo ahí y se tendió sobre la cama, invitándome con un gesto que pocas veces le había visto. Me jaló sobre ella. La penetré suavemente, y sus gemidos comenzaron a mezclarse con el ruido de la lluvia golpeando el techo.

El sudor era un tercer cuerpo entre nosotros. Cada movimiento era un resbalón, una lucha por sostenernos en ese mar de humedad. Me salía de ella una y otra vez. Entre risas entrecortadas, le propuse cambiar de posición. Ella aceptó sin dudar. La abracé con fuerza, entrando en ella con las piernas al hombro y poco a poco fuimos aumentando el ritmo. Igual nuestros cuerpos mojados por el sudor que se había incrementado con el movimiento resbalaban, ya no me salía tan seguido, pero igual a veces mi pene resbalaba fuera de su vagina.

En una de esas salidas, cuando la quise penetrar nuevamente, mi pene resbaló y en vez de entrar en su vagina, entró brevemente en su culo, con la humedad de la lubricación y el sudor, entró con cierta facilidad casi hasta la mitad, pero me di cuenta de que no era el camino correcto, cuando sentí la resistencia de su culito virgen, nunca lo había hecho por ahí, además el grito de dolor fue la señal para retirarme de inmediato.

—Perdón, le dije.

—Dolió, me dijo mirándome a los ojos y acariciándome la cabeza.

—Estas bien? ¿Seguimos?

—Sí, pero ten cuidado

Era extraño y al mismo tiempo familiar. Como si hubiésemos retrocedido en el tiempo. Hacía años que no lo vivíamos así, con esa entrega, quizá desde antes de que muriera nuestra hija.

Para evitar un nuevo “Accidente”, la puse en cuatro patas y la penetré en perrito. Sus gemidos eran cada vez más altos. ¡Hace años que no escuchaba gozar a si a mi esposa! Cuando el orgasmo finalmente la atravesó, me aferré a su espalda. Fue un abrazo breve, apenas segundos, porque estábamos empapados de sudor y el calor nos expulsaba de la cama.

Paré un momento para que ella disfrutara su momento. Cuando retomé el movimiento, mis embestidas fueron primero suaves, luego más intensas, hasta que exploté dentro de ella, ambos quedamos exhaustos. El placer se confundía con la incomodidad de sentirnos chorreando, incapaces de encontrar alivio al fuego que nos ardía en la piel.

Nadia fue por unas toallas al baño. Nos secamos torpemente, aunque de nada servía: la piel seguía ardiendo. Nos secábamos y nos volvíamos a mojar en segundos. Afuera, la lluvia era un concierto constante. Salimos al balcón, todavía desnudos, y nos dejamos caer en dos poltronas. El aire húmedo nos envolvía, pero al menos la brisa era un respiro.

Pasaron veinte minutos hasta que sentimos que el calor y el sudor cedían un poco. Entonces, de pronto, la luz del balcón contiguo se encendió. Era la amiga de Nadia. Salió, justo cuando nos habíamos puesto las toallas encima, nos miró y, con una sonrisa pícara, comentó:

—¡Uf! ¡Horrible este calor! Pero… guau, ustedes están empapados. ¿Qué estaban haciendo? ¡Creo que divirtiéndose sin invitar a la amiga!

Nadia y yo nos miramos, y entre risas nerviosas respondimos al unísono:

—¡Nada! ¡Es el calor! No podemos dormir.

La situación era tan absurda que terminamos los tres charlando en los balcones hasta tarde.

Nadia estaba con los pechos al aire, pues no le dio tiempo de cubrirse toda cuando la amiga salió a nuestro encuentro y en un momento la amiga se sacó el polo y se quedó igual.

—No les importa verdad? Si ya ves unos puedes ver los otros dijo riéndose.

Nadia me miró entre desconcertada y risueña.

—Tranquila amiga. Mi esposo me es fiel, aunque vea las mejores tetas del mundo.

Otra espina, yo sabía que muy fiel, no era, pero esta vez sonreí y no le di importancia al tema, solo me acomodé mejor en la poltrona y dije:

—Si amor, con las tuyas me basta y sobra, dije para redondear la frase de Nadia.

Cerré los ojos para relajarme, sorprendiéndome a mí mismo de mi capacidad para mentir.

Conversamos hasta que el sueño nos venció. Cerca de las tres de la mañana regresamos cada uno, a nuestras habitaciones, todavía con esa mezcla de cansancio, calor y risa cómplice.
 

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