polo35
VIP MEMBER
- 988
- 3.291
- 229
- Registrado
- 22 Ene 2008
99%
- Registrado
- 22 Ene 2008
- Mensajes
- 988
- Puntos de reacción
- 3.291
- Puntos
- 229
18 Years of Service
Cofras que ironías nos da la vida. Es un triángulo amoroso en el que entre los tres se cuidan, aconsejan y ayudan. Muy pocas o quizá ninguna he leído sobre esto,.es más, ni en mis mejores sueños o ideales lo había imaginado. Nuevamente, te comento, es para escribir una novela. No ganarías el premio Nobel de Literatura pero de hecho que muchos lo leeriamos. Es más, parte de dicha novela ya la estamos leyendo.Sesenta y dos – DE MUJER A MUJER
(voz de Angie)
Con Nadia ya teníamos un lazo. No era solo cortesía familiar: nos habíamos vuelto amigas. Salíamos con los niños, nos mandábamos mensajes, compartíamos recetas, hasta hablábamos de series y de cosas sin importancia. Yo ya la sentía cerca, más cerca de lo que jamás hubiera imaginado al principio. Pero esa tarde, cuando me buscó para conversar, me dijo algo que nunca pensé que me contaría.
—Angie… —comenzó, dudando—, necesito pedirte un consejo.
La miré sorprendida. Estábamos tomando café en mi sala, con los niños jugando en el cuarto contiguo. Ella solía pedirme cosas sencillas: una receta, la dirección de una tienda. Pero esta vez vi en sus ojos algo distinto: vulnerabilidad.
—Hay un médico en una de las clínicas en las que trabajo… —dijo, bajando la voz—. Me está insinuando cosas. Muy directo. Me dice que no le importa que sea casada, que no le importa nada. Y yo… no sé cómo sacármelo de encima.
Por un segundo no supe qué responder. Ese era un terreno delicado. Jamás pensé que me confiaría algo tan íntimo, algo que podía incomodarla. Pero lo hizo. Y sentí que esa confianza no podía traicionarla.
—¿Y ya le dijiste algo claro? —le pregunté, conteniendo mi indignación—. Porque ese tipo de hombres solo entienden un límite firme.
—Lo esquivo —respondió—. Me hago la que no entiendo. Pero insiste. Y me da miedo que alguien lo note, que se arme un chisme. No quiero pasar por eso.
Tomé aire y puse mi mano sobre la suya.
—Mira, Nadia. No es tu culpa. No es vergüenza. No eres menos mujer por contarlo. Ese hombre es un atrevido. Y tienes todo el derecho de decirle “basta”. Hazlo mirándolo a los ojos. Claro, cortés, pero tajante. Y si no funciona… me avisas. Te acompaño yo misma a encararlo.
Ella se sorprendió y me regaló una media sonrisa, con los ojos húmedos.
—¿De verdad lo harías por mí?
—Por ti y por cualquier mujer que pase por eso —le dije con firmeza—. Nosotras tenemos que cuidarnos. Y yo te cuido.
Entonces, bajando la mirada, me dijo algo que me estremeció:
—A veces pienso que aún lo amo. A él, a tu primo. Pero me cuesta. Lo he tratado tan mal, lo he rechazado tantas veces… que ahora me da miedo que, si pido ayuda, ya sea demasiado tarde.
La miré en silencio. No esperaba esa confesión. Pero entendí. Entendí que Nadia, detrás de esa coraza de médica fuerte y profesional reconocida, tenía grietas profundas.
—Si lo amas, lucha por eso —le dije despacio—. Pero primero quiérete tú. No dejes que un extraño te robe la paz.
Nadia me abrazó. Fue un abrazo sincero, cálido. Me sorprendió, lo admito. Nunca pensé que llegáramos a este punto. Pero lo agradecí.
Cuando Nadia se marchó, cerré la puerta despacio y me quedé apoyada en ella unos segundos. Sentía todavía el calor de su abrazo, ese abrazo inesperado que me había conmovido. Miré hacia la sala, la taza de café aún a medio terminar, el eco de sus palabras rondando en el aire.
Yo no había pensado que ella me confiaría algo así. Nadia era la esposa, la madre de su hijo, la compañera de él. Y sin embargo me había buscado a mí, a mí, para contarme su miedo, su inseguridad, sus dudas. Era un honor extraño y también una carga.
Me fui al dormitorio, donde mi hija ya dormía. La miré en silencio, tan tranquila, y me senté en el borde de la cama. Cerré los ojos y dejé que todo lo dicho se revolviera dentro de mí.
¿No era irónico? Yo, aconsejando a Nadia cómo cuidar su matrimonio, cómo rechazar con firmeza a un acosador, cómo volver a sentirse segura. Y al mismo tiempo… yo era la mujer que compartía a ese hombre. La mujer que, cada sábado, lo recibía en mis brazos, desnuda, ardiente, feliz.
Me mordí el labio. No sentí culpa. No. Lo que sentí fue una oleada de ternura. Por ella, por mí, por él. Por lo enredado y extraño que era todo esto. Por el modo en que el universo había cruzado nuestras vidas, como si quisiera demostrarme que las historias no siempre son rectas, que el amor a veces se reparte en espacios insólitos.
Pensé en lo que me dijo: “Tengo miedo de que sea demasiado tarde”. Y me dolió. Porque yo también sé lo que es temer perderlo. Temí perderlo cuando era muy joven y lo dejé ir. Temí perderlo cuando me enamoré otra vez. Y cada vez que lo abrazo, todavía, hay una parte de mí que no se convence de que lo nuestro sea eterno.
Me miré en el espejo del clóset. Vi a una mujer que sonríe en su trabajo, que dirige equipos, que aparece en reportajes, pero que al mismo tiempo guarda un secreto enorme. Vi a una amante, a una amiga, a una madre. Y comprendí que todo eso soy yo, todo eso me sostiene.
Suspiré hondo y acaricié la cabecita de mi hija. Sentí paz. Porque sí, lo sigo eligiendo. A él. Aunque lo comparta. Aunque no lo tenga todos los días. Aunque lo tenga que aconsejar para que su esposa también sea feliz. Lo elijo.
Y esa certeza, extraña pero real, me devolvió la calma.
YO
Al día siguiente, apenas después de dejar a su hija en casa de mi madre, Angie me llamó con esa voz suya que, cuando estaba seria, no admitía evasivas.
—Primix… ¿puedes venir en la tarde a mi departamento? Necesito contarte algo.
No pregunté más. Sabía que, si me lo pedía así, era importante. Llegué poco después de las cinco de la tarde. Ella me esperaba en el comedor, con un café que apenas había probado. Sus ojos estaban más cansados que de costumbre. Pero apenas entré, yo tenía llave, se paró y me abrazó, nos dimos un beso largo, un beso de reencuentro, sin connotaciones eróticas, solo de amor, nos abrazamos con fuerza mientras nos besábamos. Luego de casi un minuto así, nos sentamos en el sillón de la sala, ella se acomodó acurrucándose sobre mí, como hacíamos siempre que estábamos solos, buscando el contacto físico, aunque supiéramos que no habría sexo, solo queríamos sentirnos.
—Ayer Nadia vino —me dijo, bajando la voz, como si su propia casa pudiera escucharla—. Me buscó para contarme lo que está viviendo con un colega… con Mario. Un médico que trabaja con ella en una de las clínicas.
Me relató, casi palabra por palabra, lo mismo que le había contado Nadia: las insinuaciones, la incomodidad, el miedo de ser acosada en su propio lugar de trabajo. Pero había algo más en la forma en que Angie lo decía: la incomodaba que Nadia se hubiera abierto con ella y no conmigo.
— ¿Y por qué no me lo dijo a mí? —pregunté, sorprendido. No pude evitar sentir una punzada.
Angie me sostuvo la mirada y luego la bajó.
—Eso mismo me pregunté, Primix. Yo traté de aconsejarla, de decirle que tenía que ponerte al tanto, que no era justo callárselo. Pero me dio la impresión de que no podía… que no sabía cómo.
— ¿Cómo que no sabía cómo? ¡Soy su esposo! —exploté.
Angie volteo la cara y mirándome me acarició el rostro, calmándome.
—Amor, no es que no seas importante. Es que se siente avergonzada. Me lo dijo… con lágrimas en los ojos. Que se siente culpable de cómo te ha tratado estos años, de lo distante que ha sido contigo. Que ahora le da vergüenza pedirte apoyo, como si recién ahora necesitara de ti. Por eso me buscó a mí. Porque conmigo no tiene esa historia de distancia, de reproches.
Sentí un peso extraño en el pecho. Una mezcla de enojo, tristeza y resignación. Me quedé callado un buen rato, mirando la ventana que teníamos al lado.
— ¿Y tú qué piensas de todo esto? —le pregunté finalmente.
Angie suspiró.
—Pienso que Nadia está arrepentida, Primix. De verdad. Se le notaba. Sentía el peso de haberte dejado solo tanto tiempo. Y ahora, con esto de Mario, se dio cuenta de lo vulnerable que es y de lo mucho que todavía necesita de ti.
Me quedé en silencio, apretando los labios. Ella me tomó la cara con sus dos manos y me obligó a mirarla.
—Amor… entiende algo. Ella puede arrepentirse, pero tú y yo sabemos lo que somos. Lo que tenemos. Esto no cambia nada entre nosotros. Yo no quiero que lleves ese peso como si fuera una traición hacia mí… o hacia ella. No lo es.
Me hundí en su abrazo. Angie tenía esa capacidad increíble de darme en calma, aun en medio de las tormentas. Y pensé: qué extraña era la vida. Mi esposa buscando consejo en mi amante. Y mi amante consolándome por los miedos de mi esposa.
Saludos