Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (7 Viewers)

Treinta - Navidad sin ti

Era el primer sábado de diciembre, y el calendario marcaba con precisión la fecha: 1 de diciembre de 2007. Mis horarios ya no eran los de antes. Desde que había asumido el nuevo puesto, mis días eran impredecibles. A veces podía quedarme en casa hasta las nueve de la mañana, otras veces tenía que salir a las 6am para alcanzar a algún medico antes que ingrese al hospital, a veces regresaba para almorzar, pero también había sábados en los que simplemente no volvía hasta bien entrada la noche. No era sencillo, pero le encontrábamos la forma. Aprovechábamos cada segundo juntos como si fuera oro.

Estábamos en el hotel de siempre, nuestro nido, nuestra guarida secreta. Habíamos hecho el amor dos veces, con esa mezcla de pasión y ternura que solo nosotros entendíamos. Estábamos desnudos, enredados en las sábanas, sudados y sonriendo, cuando Angie me miró en silencio. Vi en sus ojos algo distinto. No era tristeza, no era culpa, era… nostalgia anticipada.

—Amor —dijo, con voz baja, casi temerosa—, mi papá me escribió. Va a venir con mi mamá a pasar Navidad con mi hermano... ya salió su ascenso. Va a ser capitán desde enero. Quieren celebrarlo con ellos y mi sobrinito. Y… quieren que yo me vaya con ellos a Arequipa cuando regresen. Solo serían 15, 20 días máximo. Quieren que me quede allá con ellos un tiempo.

Se quedó callada. Yo también. No era una sorpresa, pero igual sentí ese nudo en el estómago, el mismo que se siente cuando uno presiente una ausencia larga.

—¿Y tú quieres ir? —le pregunté, acariciándole el cabello, suave.

—Sí, los extraño. Pero también me duele alejarme de ti… no quiero estar tantos días sin verte, sin tocarte —dijo, con los ojos húmedos, sin llegar a llorar.

—Anda, mi amor. Tus padres te necesitan. Y yo te voy a esperar. Con cada parte de mí —le respondí con una sonrisa que no sabía si era de consuelo para ella o para mí—. Pero eso sí… tendrás que dejarme bien cargado de ti. Quiero que me quede tu aroma, tu sabor, tu piel, en cada poro.

Ella sonrió. Una sonrisa de esas que comienzan en los labios, pero terminan deslizándose por todo el cuerpo. Se acomodó, bajó lentamente entre las sábanas y, sin decir una palabra más, comenzó a besarme suavemente el pecho, el vientre, hasta llegar a mi miembro. Lo sostuvo con ternura y lo miró como si fuera la primera vez, como si quisiera grabarlo en su memoria para esos días sin mí. Lo besó, lo acarició con los labios, con la lengua, con una dulzura que solo ella sabía conjugar con la pasión.

Su boca se convirtió en mi templo. Yo cerré los ojos y me dejé llevar. Sentí su amor en cada movimiento, en cada roce de su lengua, en cada beso que le daba, en cada pequeño gemido que soltaba cuando mis manos la acariciaban mientras me entregaba todo su amor desde abajo.

Después de unos minutos, la subí sobre mí. Nuestros cuerpos se encontraron sin apuro, con la urgencia contenida de quien sabe que el tiempo corre en su contra. Ella cabalgó sobre mí con movimientos suaves, rítmicos, acariciándome con una de sus manos mis testículos, mientras con la otra se acariciaba uno de sus senos, como si me dijera sin palabras que no se quería ir, que quería quedarse dentro de mí, así, fundida, pegada, latiendo al mismo ritmo.

Nos miramos, nos besamos, lloramos sin lágrimas. Nos amamos con una delicadeza desesperada, como si quisiéramos poner en ese acto todo lo que viviríamos separados. Cuando ambos llegamos al orgasmo, yo un par de minutos después de ella, su cuerpo se estremeció sobre el mío, su cara se escondió en mi cuello, y solo susurró:

—Te voy a extrañar tanto…

—Y yo a ti, amor… cada segundo.

Nos quedamos abrazados, sin movernos. Escuchando nuestros corazones, respirando despacio. Preparándonos, sin querer, para el silencio de los días que vendrían.

El mes de diciembre volaba. Cada día que pasaba nos acercaba a esa despedida que los dos queríamos evitar, pero que sabíamos inevitable. Así que hicimos lo mejor que sabíamos hacer bien juntos: amarnos, cada vez que podíamos.

Mis horarios desordenados nos favorecían. A veces podía salir tarde de casa, y eso significaba que podíamos tener mañaneros intensos. Me escabullía a su cuarto, subía con cuidado mientras la casa dormía y la encontraba ya despierta, esperándome con la misma urgencia que yo traía. Hacíamos el amor una o dos veces antes de las ocho, antes que mi madre despertara. Era una rutina secreta, deliciosa. Una forma de contarnos al oído que nos íbamos a extrañar demasiado.

Y por las noches… cuando mi madre dormía, o cuando salía de casa, aquello se volvía un desborde. Era como si quisiéramos cargar de momentos nuestros cuerpos, como si nos dijéramos "por si acaso", "para no olvidar", "para que tu piel no se me borre". Nos devorábamos con ternura. Con hambre. Con nostalgia adelantada.

Los padres de Angie llegarían el viernes 21 de diciembre. Y como era tradición, se quedarían en mi casa. Mi madre no permitiría otra cosa, y el departamento del hermano de Angie, en uno de los nuevos edificios que se construían en Lince, a pesar de que ahora era oficial de policía y se había ganado su ascenso a capitán, seguía siendo un espacio pequeño, con apenas lo necesario.

El fin de semana anterior preparamos la habitación vacía del segundo piso. Esa misma que, tiempo atrás, habíamos dejado pendiente de inaugurar en nuestro juego de hacer el amor en cada habitación de la casa. Armamos la antigua cama de Angie, la que bailaba y sonaba como matraca, la armamos juntos, ajustando los pernos con cuidado para que no sonara tanto. Aunque, bromeábamos, esta vez no era para lo que uno pensaría. También armamos una segunda cama gemela, al costado, y le dimos vida a esa habitación polvorienta: limpiamos, acomodamos, decoramos un poco.

Pero, por supuesto, no íbamos a dejar pasar la oportunidad. Mi madre estaba abajo, entretenida en sus cosas, mientras nosotros, en esa habitación aún con olor a cera y madera vieja, no pudimos evitarlo.

Angie me miró, mordiendo el labio, y se acercó despacio, rozándome apenas. No necesitábamos palabras. Me apoyé contra la pared, ella se arrodillo frente a mí, sacó mi pene de mi pantalón de buzo, que ya estaba semi-erecto y se lo metió a la boca, sin preámbulos, sin los besos previos que siempre le daba, no había mucho tiempo. Lo metía y lo sacaba de su boca y de vez cuando le daba unas lamidas, sobre todo en el glande, donde ella sabía que me volvía loco. Cuando se aseguró que me tenía muy excitado y ella también estaba muy mojada, se paró, se sacó las zapatillas, el pantalón con su calzón de un solo movimiento y se subió sobre mí, rodeándome con sus piernas. La tomé de la cintura y entré en ella de pie, como tantas veces lo habíamos hecho, pero esta vez con la emoción de estar marcando territorio en otro rincón de nuestra historia.

Me di la vuelta para apoyarla a la pared. Nos movíamos con fuerza y silencio, como sabiendo que ese polvo no era uno más. Era una declaración. Entre gemidos ahogados, besos profundos, y sus tetas bailando en mi boca, ella se había levantado el polo para ofrecérmelas, nos fuimos fundiendo hasta llegar al orgasmo, el cuerpo de Angie temblando contra el mío, seguí dándole por un minuto o algo así, hasta que reventé dentro de ella. La bajé al piso, pero aún seguía en su interior, mi pene no bajaba su erección y la sentía toda. Estábamos parados, respirando agitadamente uno frente al otro, nuestras caras pegadas, mirándonos a los ojos. Era un momento de profunda conexión, no solo física, sino emocional.

Cuando recuperamos el aliento, aún abrazados, ella susurró entre risas contenidas:

—¡Check! Esta era la última.

Y yo, con una sonrisa cómplice, solo pude decir:

—Sí, amor… casa completada.

Nos dimos un beso, de esos lentos, con sabor a victoria. Saqué mi pene de su vagina, ella tomó su ropa y corrió al baño, regresó vestida y con una toalla humedecida, me limpió. Después nos vestimos, bajamos como si nada. Pero en nuestros cuerpos, en nuestras miradas, sabíamos que cada centímetro de esa casa ya tenía algo nuestro. Que cuando ella se fuera, quedaría su olor, su risa, su amor… en todas partes.

Los padres de Angie llegaron a Lima la mañana del viernes 21. Ella y yo fuimos juntos a recogerlos al aeropuerto. El trayecto de regreso fue de pura alegría. Angie les contaba emocionada sobre la universidad, sobre sus cursos, sus planes. Sus padres me preguntaron por mi nuevo trabajo; por supuesto, ya sabían todo por ella, pero querían oírlo directamente de mí. Fue una conversación cálida, llena de afecto. Yo sentía que ellos realmente me consideraban parte de la familia.

Al llegar a casa, mi madre los recibió con el cariño de siempre. Se instalaron en la habitación del segundo piso que con tanto esmero habíamos preparado días antes. Mi madre los había convencido de que no tenía sentido pasar Navidad en otro lugar: el departamento del hermano de Angie era pequeño y, además, la tradición en nuestra casa era fuerte.

Así que el 24, como cada año, nos reunimos en familia. El hermano de Angie llegó con su esposa —una mujer muy guapa, a quien el embarazo le había asentado maravillosamente— y con su hijo de casi dos años, un niño risueño que llenaba el ambiente de ternura.

Esa Nochebuena fue especial. Nos reímos, comimos, brindamos. Había una armonía que no se logra en todas las familias. Angie me agarraba la mano bajo la mesa, sonriendo, como diciendo “gracias por esto”. Y yo no podía sentirme más pleno.

Pero el viaje a Arequipa ya tenía fecha: el 27 de diciembre. Angie se iría con sus padres y no volvería hasta el 19 de enero. Veinte días. La separación más larga que habíamos tenido desde que estábamos juntos. Solo de pensarlo, algo se me apretaba en el pecho.

Los padres de Angie llegaron a Lima el viernes 21. Angie y yo los recogimos en el aeropuerto y, durante el trayecto, compartimos conversaciones cálidas sobre la universidad, mi trabajo y sus planes. En casa, mi madre los recibió con cariño y los instalamos en la habitación que habíamos preparado con esmero.

El 24 celebramos Nochebuena con su hermano, su esposa y su hijo de dos años, rodeados de armonía y alegría. La fecha del viaje de Angie a Arequipa ya estaba fijada: el 27 de diciembre. Serían veinte días de separación, la más larga desde que estábamos juntos, algo que me llenaba de incertidumbre.

Fue entonces que lo decidimos: el 26, el día previo a su viaje, nos escaparíamos por la tarde. Sus padres iban a visitar a un familiar y mi madre estaría ocupada con algunas diligencias. Era la excusa perfecta para una despedida solo nuestra.

A las tres en punto, salimos de casa y manejamos directo a nuestro hotel de siempre. Ni siquiera hablábamos mucho. Solo nos mirábamos, y era como si nuestros cuerpos ya supieran lo que venía.

Entramos a la habitación del hotel como si estuviéramos cruzando la frontera hacia un mundo que solo nos pertenecía a nosotros. Cerré la puerta y no pasaron más de dos segundos antes de que nuestras bocas se encontraran. Nos besamos con desesperación, con esa hambre acumulada de días y la certeza de que venía una separación larga.

Mis manos ya conocían su cuerpo, pero ese día era distinto. Cada caricia tenía un sabor a despedida, a promesa. Angie se dejó guiar hacia la cama sin dejar de besarme. Nos desvestimos casi a ciegas, como si nuestros cuerpos fueran más rápidos que nuestros pensamientos.

Ella se arrodilló frente a mí, al filo de la cama, tomó mi miembro con sus manos y comenzó a lamerlo con una entrega que me estremeció. Me miraba a los ojos, como si me dijera te amo en cada movimiento de su lengua. Su boca se movía con maestría, con pasión, con amor. Yo gemía bajo su control, acariciándole el cabello, el rostro, mientras me perdía en ese placer tan íntimo.

Cuando sentí que ya no podía más, la levanté suavemente y la puse sobre la cama. Me deslicé hacia abajo y fue mi turno. Me tomé mi tiempo en su sexo. Besé, lamí, succioné como si pudiera memorizar su sabor. Le metía la lengua y volvía a lamer, buscaba su clítoris y luego pasaba a su vulva. Ella se arqueaba, gemía mi nombre, se aferraba a las sábanas. Le hice el amor con la lengua, mientras mis manos acariciaban su trasero o sus senos, hasta que su cuerpo tembló de placer.

Después, nos fundimos en una primera penetración profunda, al filo de la cama, ella abrió mucho las piernas, una invitación a clavarla hasta el fondo. Luego de bombearla por buen rato así y cuando sus gemidos ya llenaban toda la habitación, cambiamos a la posición de perrito, su hermoso trasero era una invitación, yo le acariciaba el asterisco, mientras mi pene entraba y salía de su estrecha vagina. Cambiamos a cucharita. Nos movíamos con ritmo lento, acariciándonos el rostro, el pecho, los muslos. Después ella se subió encima mío, apoyando sus manos en mi pecho, cabalgándome con fuerza, con intensidad, con un vaivén que nos dejaba sin aliento.

Le pedí que se pusiera de espaldas. La penetré nuevamente en perrito, tomándola por la cintura, acercándola más a mí en cada embestida. Ella giraba apenas la cabeza para mirarme, y sus jadeos suaves, contenidos, eran lo más erótico del mundo.

Finalmente, terminamos uno sobre el otro, en misionero, besándonos sin parar. Yo ya casi no podía contenerme. Le dije al oído que no quería acabar, que quería seguir dentro de ella por siempre. Ella me apretó con sus piernas, me dijo que sí, que me quedara ahí, que terminemos juntos. Nuestros cuerpos se estremecieron casi al mismo tiempo. Un orgasmo largo, intenso, de esos que hacen temblar el alma.

Nos quedamos abrazados un rato, sudorosos, sin hablar. Nos mirábamos, nos besábamos en silencio. Angie me acariciaba la espalda con una ternura que me desarmaba.

—Te amo —me dijo al fin.

—Y yo a ti, mi vida. Cada vez más.

Después nos dimos una ducha corta. Sabíamos que aún nos quedaban horas en esa habitación. Y también sabíamos que haríamos el amor otra vez. Porque no importaba cuántas veces fuera. Nunca era suficiente.

Después de un breve descanso, aún desnudos, conversábamos en la cama, entrelazados. No queríamos vestirnos, no queríamos que esa burbuja perfecta que habíamos creado se rompiera. Angie jugaba con mi pecho, me miraba y me decía con picardía:

—Amor… ¿y si hacemos lo que hace tiempo no hacemos?

Le entendí de inmediato. Solo le respondí con una sonrisa y un beso profundo. Ella fue al bolso, sacó el pequeño frasco de lubricante que llevaba consigo, y se puso en posición, sobre la cama, de espaldas a mí, apoyando su pecho en la colcha, y regalándome su trasero que quedaba deliciosamente levantado, mirándome por encima del hombro.

—Despacio, mi vida. Vamos a disfrutarlo.

Yo me acerqué, tomándome todo el tiempo del mundo. La preparación fue parte del juego, del deseo contenido. Deslicé mis dedos con suavidad, la besé en la espalda, en el cuello, en la cintura. Le acaricie las nalgas, su piel era suave y su trasero firme. Ella suspiraba con los ojos cerrados, entregada. Después de lubricar su ano y mi pene, poco a poco, la penetré. Nos movimos lentamente al inicio, como si quisiéramos prolongar ese momento más allá de los sentidos. Ella se tomaba de los bordes de la cama, y yo sujetaba sus caderas, firme pero tierno, atento a cada gesto suyo.

El ritmo fue cambiando con el tiempo. Las respiraciones se hicieron más profundas, lo gemidos más altos, los cuerpos más calientes. Cambiamos de posición sin perder la conexión. Ella se acostó boca abajo y yo encima, abrazándola por la espalda, penetrándola con una suavidad que contrastaba con lo intenso del momento. No era solo deseo. Era algo más. Una mezcla de confianza, complicidad y amor.

No tuvimos prisa. Estuvimos así casi 15 minutos. Y aunque yo llegué al orgasmo, su cuerpo siguió pidiéndome y seguí moviéndome ahí. Ella alcanzó el clímax, dos veces, estremeciéndose entera, con una sonrisa entre los labios y una lágrima que le resbaló por la mejilla.

—Nunca pensé que algo tan intenso pudiera ser tan hermoso —me dijo, acurrucándose en mi pecho, después que terminamos y me salí de su culito.

Permanecimos en silencio, abrazados. Y luego, entre caricias suaves, empezamos a conversar. Hablamos de todo: del futuro, de nuestras familias, de lo que íbamos a hacer cuando regresara. El tiempo se detuvo. Era como si el reloj también respetara nuestra despedida.

Después de casi una hora de charla, risas y miradas, nuestros cuerpos volvieron a encontrarse. Fue distinto. Más pausado. Ella encima de mí, moviéndose lentamente, tomándome de las manos, besándome el cuello. Nos hicimos el amor una vez más, con una ternura feroz, como si quisiéramos tatuarnos el uno en el otro. No hubo apuro. Solo el deseo de sentirnos.

Cuando terminamos, fuimos juntos a la ducha. Nos enjuagamos el sudor, las emociones, pero no el amor. Nos vestimos sin hablar mucho. No hacía falta. Nos miramos en el espejo, tomados de la mano, y sabíamos que ese día lo llevaríamos grabado para siempre.

Regresamos a casa cerca de las nueve de la noche. En silencio. Pero con el corazón lleno. Nuevamente la rutina. Nos despedimos con un beso en el parque, yo fui a echar gasolina y entre a casa 25 minutos después que ella.

El 27 de diciembre comenzó antes de que saliera el sol. A las 4 de la mañana ya estábamos en el auto, camino al aeropuerto. Yo manejaba en silencio.

Al llegar, los acompañé hasta la zona de embarque. No podíamos despedirnos como acostumbrábamos. Nada de besos largos, de abrazos intensos, de esa mezcla de deseo y ternura que era nuestro lenguaje secreto. Esta vez tuvimos que contenerlo todo. Frente a sus padres, el protocolo pesaba más que el amor. Nos abrazamos fuerte, apenas un poco más de lo prudente. Le besé la mejilla con los labios temblando, y al oído le susurré:

—Te amo, te amo, te amo…

Ella me apretó más fuerte. Sentí su respiración acelerada en mi cuello, su pecho agitado. Antes de soltarme, me susurró también, con la voz rota:

—Te amo, te amo, te amo…

Cuando se alejó, con la maleta rodando detrás de ella y sus padres a cada lado, me volví a verla justo antes de que entraran al control de seguridad. Ella también volteó. Ahí lo vi. Una lágrima resbalando por su mejilla, rápida, silenciosa. No podía limpiársela. No podía abrazarla. Solo mirarla. Con todo el amor del mundo en los ojos.

El regreso a casa fue pesado. Silencioso. El amanecer en Lima parecía más gris sin ella. Todo estaba en su lugar, pero faltaba su voz, su risa, su cuerpo cálido a mi lado, su mano tomando la mia. Me tiré en la cama apenas llegué. El reloj marcaba las seis y media de la mañana. No pude dormir más.

Cuando llegó Año Nuevo, mis amigos me escribieron para salir, para ir a alguna fiesta. No tenía ganas. Me quedé en casa, con mi madre. Comimos las doce uvas, brindamos con champagne. A las doce, mi celular vibró.

Era Angie. Un mensaje.

Te amo, feliz año, mi vida. Contando los días para volver a ti.

Ese mensaje fue mi único fuego artificial esa noche. Me acosté temprano. No por sueño, sino por ausencia. Miré su foto antes de cerrar los ojos, y le susurré al silencio:

—Feliz año, amor… vuelve pronto.

Los días siguientes pasaron lentos. Nos escribíamos a cada momento. Desde que amanecía, hasta que nos íbamos a dormir. Nos contábamos todo: lo que comíamos, a dónde salía ella con sus padres, lo que yo hacía en el trabajo. Pero debajo de cada palabra, estaba el verdadero mensaje: te extraño.

En las noches hablábamos por teléfono. A veces eran llamadas largas, con risas, recuerdos, planes. Otras, con susurros más íntimos, confesiones cargadas de deseo y amor. Imaginábamos que nos hacíamos el amor por teléfono, como si nuestras voces pudieran tocarnos. A veces Angie hablaba bajito, escondida en su cuarto, mientras su madre dormía en la habitación contigua. Yo me imaginaba su piel desnuda entre las sábanas, su respiración, sus ganas.

Pero no era lo mismo. No tenerla cerca me dolía. Me refugié en el trabajo. Me llené de reuniones, de informes, de llamadas. Pero todo lo hacía con la mitad de mi alma. La otra estaba en Arequipa.

El 19 de enero, el vuelo de Angie llegó puntual, a las 8 de la noche. Yo ya estaba en el aeropuerto desde las 7, con la ansiedad colgada al pecho como una mochila. Caminaba de un lado al otro frente a la salida de vuelos nacionales, revisando cada minuto en la pantalla. Cuando por fin la vi aparecer entre los pasajeros que salían con sus maletas, mi corazón se aceleró como si hubiera estado esperando toda la vida por ese momento.

Apenas me vio corrió hacia mí. Yo también avancé, sin pensar en nada más. Nos abrazamos frente a todos, como si no existiera nadie más en ese aeropuerto. Fue un abrazo largo, apretado, y después un beso. Un beso profundo, de esos que nacen desde el alma, de esos que dicen te extrañé, te amo, no puedo más sin ti. No nos importó nada. Ni la gente que pasaba, ni las miradas. Éramos dos cuerpos reencontrándose, dos almas volviendo a casa.

—Estás hermosa —le susurré al oído.

—Y tú igual de guapo… pero con cara de urgido —bromeó, con esa sonrisa que me derretía.

Caminamos tomados de la mano hacia el estacionamiento. En cada semáforo de regreso a casa, nos dábamos un beso. Uno corto, otro más largo. Nos mirábamos y nos reíamos, como dos adolescentes enamorados.

Al llegar a casa, mi madre nos recibió con alegría. Abrazó a Angie, la llenó de preguntas, y nos sentamos un rato en la sala mientras ella le contaba todo: el viaje, Arequipa, sus padres, los primos, las comidas. Yo me hacía el sorprendido, aunque ya sabía cada detalle, pero fingía interés para no delatar que habíamos hablado todos los días, que nos habíamos deseado cada noche.

Poco después, mi madre se retiró a su habitación. Yo me quedé un rato más en la sala, esperando. A las 11 en punto, subí las escaleras en silencio. La puerta del cuarto de Angie estaba entornada. La empujé suavemente… y ahí estaba ella.

Desnuda. Bajo las sábanas, con la luz del velador encendida y una mirada que decía más que mil palabras.

—Sabía que vendrías —susurró.

—Te extrañe con locura.

Me quité la ropa sin apuro, con los ojos clavados en ella. Me metí en su cama, la abracé, sentí su piel caliente, su olor familiar, el ritmo acelerado de su respiración.

Comenzamos a besarnos con un hambre contenida por días. Su boca buscaba la mía con desesperación. Mis manos recorrían su cuerpo con precisión y ternura. Nuestros cuerpos se encontraron como dos piezas que habían estado separadas demasiado tiempo.

Hicimos el amor con una intensidad casi salvaje, pero llena de amor. Cada movimiento era una declaración, cada gemido una descarga de toda la espera. Ella se movía con pasión, con urgencia, como si me reclamara cada segundo de ausencia. Yo la tomé fuerte, seguro, adorándola con el cuerpo entero. Nuestros orgasmos con algunos minutos de diferencia fueron explosivos, liberadores.

Después, me puse de costado, aún dentro de ella, nos mirábamos, nos acariciábamos, ella de vez en cuando contraía los músculos de su vagina, como exprimiendo mi pene que aún conservaba algo de la erección. Nos fuimos quedando dormidos. Era como si nuestros cuerpos hubieran encontrado su refugio y no quisieran irse nunca más.

Me desperté a las dos de la mañana. Ella dormía profundamente, con una expresión de paz en el rostro. Le di un beso en la frente, me vestí en silencio, y bajé a mi habitación. Llevaba su olor en la piel, el sabor de su amor en los labios, y una felicidad enorme latiendo en el pecho.

Ella había vuelto. Y con ella, había vuelto todo lo que me hacía sentir vivo.
 
Treinta y uno – Aguas profundas

El verano había regresado, y con él, nuestras escapadas a la playa. La casa de mi buen amigo, ya casi nuestra segunda casa, nos esperaba con esa familiaridad que dan los años y la confianza. Era febrero. El sol comenzaba a calentar más temprano, las tardes eran eternas, y las noches, cálidas y ligeras como el viento que venía del mar.

Mi amigo, como siempre, nos tenía preparada “esa” habitación. Ya era nuestra. Nadie más la usaba. Angie entró con una sonrisa amplia, de esas que iluminan cualquier día. Abrió las cortinas, dejó caer su bolso en la cama y fue directo a mirar el mar desde la ventana. Yo la observaba y sentía que ese lugar era tan suyo como mío.

El primer día transcurrió como siempre: calor, brisa, arena en los pies, risas bajo el sol, juegos en el agua. En algún momento, mientras nos perseguíamos en las olas, Angie me abrazó por detrás, sus piernas rodeando mi cuerpo, y me susurró al oído:
—No quiero salir nunca de este momento, amor.
Yo solo la cargué y le di un beso largo, bajo el agua.

Poco a poco, la casa se fue apagando. El anfitrión se despidió con un bostezo exagerado. Otra de las parejas también se retiró, entre risas y besos. Nos quedamos solos con una pareja más joven: él, de complexión fuerte, con actitud de seguridad desbordante; ella, delgada, de sonrisa encantadora y movimientos sutiles, con un cuerpo pequeño pero armónico, de esos que llaman la atención sin escándalo.

La charla siguió, más distendida, más... atrevida. Entre copa y copa, las anécdotas se tornaron más personales, más íntimas. La risa de Angie era contagiosa, y yo me sentía cómodo, aunque notaba cómo la conversación iba subiendo de tono. Hasta que, sin mayor preámbulo, él lanzó la frase:

—¿Alguna vez han hecho un cuarteto?

Angie y yo nos miramos con una ceja levantada. Una de esas reacciones que no sabes si acompañar con risa o silencio. La novia sonrió, como quien ya conoce el terreno.

—Sí, los cuatro. Juntos. Sin secretos. Sin ataduras, en un cuarto de hotel… o una piscina como esta. —dijo él, señalando la piscina, como si fuera algo de todos los días.

Angie me miró rápido, no con miedo, sino con esa sorpresa que busca leer en el otro. Yo no dije nada por un momento. Solo los observamos. Pero no estaban bromeando. Iban completamente en serio.

Ante nuestra falta de respuesta, él insistió:

—Bueno… si eso les parece mucho, podemos hacer algo más simple. Un intercambio. Una noche tú con mi novia y yo con la tuya. Cada uno por su lado. Total, solo es sexo. No hay problema, ¿no?

Ahí sí solté una risa nerviosa, más por no saber bien qué decir que por querer participar del chiste. Ellos esperaban algo. Y fue entonces que hablé:

—Déjanos conversarlo. Es… nuevo para nosotros. No estaba en los planes.

Angie no habló, pero asintió. Su mirada, sin embargo, fue clara. Tampoco queríamos sonar ingenuos o mojigatos. Así que salimos por la tangente.

—Sí, sí, claro. —agregó ella—. Lo conversamos con calma y mañana les decimos.

Cambiamos de tema rápidamente, y al poco rato, nos despedimos.

Subimos a la habitación de la mano, en silencio. El pasillo, que a veces recorríamos entre risas o con algún beso robado, esta vez nos acompañaba con una calma densa. No era incomodidad entre nosotros, era más bien una pausa. Un instante de pensamiento interno. Ambos sabíamos que la propuesta que acabábamos de recibir no era algo que simplemente se evaporaría al cerrar la puerta.

Cuando entramos, ella soltó primero la mano. Se sentó al borde de la cama, mirándome.

—Amor… ¿tú te ves en un cuarteto? —dijo con voz suave—. Otra pareja y nosotros.

La miré directo a los ojos, sin rodeos.

—No, Angie. Ni que otro hombre te toque, ni que otra mujer me toque. No pasa por mi cabeza. ¿Por la tuya?

—No. —respondió rápido—. Pero te confieso algo. Cuando era más joven… cuando soñaba contigo, cuando me tocaba pensando en ti, antes de saber lo que era realmente el sexo… a veces fantaseaba. Una vez me imaginé con una amiga… y otro hombre, claro ese hombre eras tu. Un trío. Pero eso fue una fantasía. Un cuarteto… jamás.

La escuchaba con atención. No había juicio en mi mirada, solo ternura.

Mientras hablábamos, como era tan nuestro, nos íbamos desnudando de forma natural, casi sin notarlo. Ropa sobre la silla, zapatos cerca de la puerta, nosotros en la cama, frente a frente. Desnudos, vulnerables, verdaderos. No había morbo ni urgencia, solo sinceridad.

—¿Sabes qué creo? —le dije—. Que nuestros cuerpos no pueden compartirse. No porque no se pueda… sino porque lo nuestro es más que piel. Es más que sexo.

—Es amor —dijo ella—. Y eso no se comparte.

Nos besamos, suave, con la ternura de quien encuentra refugio en el otro. Y ahí, sin más palabras, nos entregamos.

Primero, en ese abrazo profundo, comencé a bajar a sus senos y seguí camino a su vulva, ya húmeda, ella se puso de costado y nos hicimos el 69, así de lado, no uno encima de otro, nos dimos placer con los labios, con las manos, con el aliento. Sentirla vibrar mientras yo también gemía fue una sinfonía de deseo mutuo. Ella decía —Esto es solo mío, ninguna otra mujer lo puede tener— mientras lo metía y sacaba de su boca.

Después ella se colocó sobre mí, me cabalgó lenta, rítmicamente, mirándome a los ojos, acariciando mi pecho, diciéndome en susurros que era su hombre. Que lo sería siempre. Yo le acariciaba el trasero con una mano y la otra jugaba con sus senos, ella gemía cada vez más rápido, cerraba los ojos y su expresión de placer me encendía más.

Terminamos abrazados, en misionero, llenos de besos, murmurándonos palabras de amor, de pertenencia.
—Eres mío —me decía—.
—Eres mía —le respondía—.

Y en esa afirmación sencilla cabía todo: la pasión, la lealtad, el respeto, el amor que no acepta dividirse.

Dormimos abrazados. La brisa de la madrugada entraba por la ventana, y nuestros cuerpos aún tibios descansaban después de tanto.

Al despertar, hicimos el amor nuevamente, esta vez más rápido, con urgencia de tomar el cuerpo del otro. Angie me hizo el sexo oral grandioso que siempre me daba, luego se echó y me jaló, la penetré en misionero, cuando la penetré ella se abrazó con fuerza a mi espalda y mientras le bombeaba, me decía, entre gemidos apagados, que era mía, solo mía… que había nacido para estar conmigo... que nunca … y su orgasmo cortó esa última frase. De ahí en adelante solo se dejó llevar hasta que llegue a mi clímax.

Cuando bajamos a la terraza, la mañana tuvo un aire extraño. No tenso, pero sí expectante. El desayuno fue cordial, pero breve. Nos mirábamos con esa complicidad silenciosa que tienen las parejas que ya han tomado una decisión. Y lo sabíamos: tarde o temprano, nos lo preguntarían. Las otras parejas, ni sospechaban lo que ocurría entre nosotros y los chicos del cuarteto.

Y sucedió, claro, cuando menos gente había alrededor. Fue en la piscina, cuando los demás estaban en el otro extremo, con sus vasos y conversaciones.

Se acercaron.

—¿Y chicos… lo pensaron? —preguntó ella, con una sonrisa amable pero directa.

Angie no dudó.

—Sí. Lo pensamos. Y decidimos que no. Les agradecemos, pero… lo nuestro no se comparte. Somos solo para nosotros.

Y al decirlo, se abrazó de mi cuello y me dio un beso que dijo todo.

Yo asentí.

—Gracias por la confianza, por la apertura… pero sí, lo nuestro es único. Y preferimos mantenerlo así, dije, sosteniendo lo dicho por Angie.

Ellos no insistieron. Sonrieron con cortesía. Cambiamos de tema. Y ahí quedó todo.

Por la tarde, nos despedimos del anfitrión, de su novia, y de los demás. Nadie más supo de esa propuesta. Nadie más supo de nuestra conversación.

Pero para nosotros fue más que una anécdota. Fue una confirmación. Una reafirmación de que lo que teníamos —ese fuego, ese amor, esa locura— no era transferible. No era negociable. Y no necesitaba más.

En la Panamericana, mientras sorteábamos el tráfico de verano, Angie rompió el silencio cómplice que llevábamos desde que salimos:

—Sabes que me hubiese gustado amor?

—Que mi vida, que locura se te ocurrió ahora

—Que cuando hicimos el amor anoche y esta mañana, hubiésemos soltado los gritos de placer más fuertes de nuestro repertorio… solo para que sepan como nos amamos y que no necesitamos a nadie más en nuestra cama.

—Si claro, le dije, ¡y el resto haciéndonos barra!

—Solo por eso no lo haría.

Nos reímos, ella tomó mi mano y continuamos el resto del camino conversando de otros temas, esos que nos unían, que nos hacían la pareja perfecta, como decía Angie.



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Treinta y dos - Gemidos delatores
Julio, 2008

Ese sábado tenía una reunión importante fuera de Lima. Un comité de compras de una clínica evaluaría dos equipos de alta tecnología médica que representábamos, y debía estar a las 10 de la mañana en el Hotel El Pueblo, en Santa Clara. Sabía que era una oportunidad importante para cerrar uno de los contratos más grandes del trimestre, pero lo único que tenía en la cabeza al abrir los ojos fue: necesito hacerle el amor a Angie antes de salir.

Llevábamos días sin poder estar juntos. Nos habíamos rozado, tocado, besado con urgencia a lo largo de la semana, pero siempre algo interrumpía. El trabajo, los estudios, los horarios cruzados, mi madre, la vida. Así que esa noche anterior, al despedirnos, le susurré al oído que subiría a su cuarto muy temprano, y ella simplemente sonrió y asintió en silencio.

Subí sin hacer ruido, un poco antes de las seis de la mañana. La casa estaba en absoluto silencio. Entré a su habitación. Cerré la puerta con cerrojo tras de mí. Dormía boca abajo, tapada hasta la cintura, completamente desnuda. La luz tenue del amanecer apenas delineaba la curva de su espalda.

Me desnudé despacio, con cuidado, tratando de no hacer ruido. El aire de julio estaba helado y mi cuerpo también. Cuando me metí en la cama, la abracé por la espalda, pegando mi pecho a su espalda desnuda. Se estremeció un poco.

—Hola amor… —susurró medio dormida— ¿Qué hora es?

—Un poco más de las seis —le respondí en su oído—. Hora de hacernos el amor.

Se giró hacia mí, buscó mi boca. El beso fue lento, profundo. Lo habíamos deseado tanto. Nos fundimos en un abrazo urgente, de esos que no se explican, solo se sienten. Deslicé mi cuerpo sobre el suyo, y ella me recibió con las piernas abiertas, abrazándome por la cintura con una necesidad acumulada.

La primera vez fue directa, intensa, con ritmo, casi sin palabras. Empezamos en misionero, yo cubriéndola completamente, sintiéndola toda. Luego me pidió que la hiciera de lado, una posición que nos encantaba porque podíamos vernos de perfil, tocarnos todo, pero con la intimidad de estar acurrucados. Ella explotó primero, como a los siete u ocho minutos, abrazándome el cuello, mordiendo mi hombro, casi sin gritar, pero temblando entera. Yo llegué poco después, jadeando su nombre, sintiendo cómo se arqueaba debajo de mí.

Nos quedamos ahí, juntos, acariciándonos, con esa dulzura que nos caracterizaba. Ese momento sagrado del después. Post-Sexo, post-batalla, donde solo había besos cortos, respiración acompasada, y palabras suaves como caricias.

Media hora después, cuando el amanecer ya era más claro y el reloj apuraba, fue ella quien me buscó. Me acarició el pecho, bajó lentamente hasta mi sexo, que ya daba señales de vida nuevamente. Lo tomó entre sus manos, lo besó, lo lamió y comenzó ese juego que dominaba tan bien con su boca.

Yo cerré los ojos, rendido. Le acariciaba el cabello mientras la guiaba suavemente. Cuando estuvo lista, se subió sobre mí, se lo introdujo lentamente, mientras me ofrecía una de sus tetas y me cabalgó, lentamente al inicio, luego con más ritmo. La sujeté de las caderas, disfrutando verla moverse sobre mí, jadeando, cerrando los ojos.

Luego la volteé con fuerza, riendo bajito los dos. Nos colocamos en posición de perrito, una de sus favoritas. Le sujeté la cintura mientras la penetraba con fuerza y cadencia, le acariciaba el asterisco, ella intentaba contener sus gemidos, lo sé, porque siempre lo hacía. Pero ese día, en medio de tanta intensidad, se le escapó un gemido largo, suave, casi lastimero… y fue ahí que…

Toc, toc, toc.

Nos congelamos.

—¿Estás bien, hija? —la voz de mi madre desde el otro lado de la puerta nos heló.

No puedo describir el tipo de pánico que sentimos. Mi corazón golpeaba en mi pecho como si hubiese corrido cinco kilómetros. Angie se tapó la boca con una mano.

Nos miramos, paralizados. Yo aun dentro de ella.

—¡Mi madre! —murmuré.

Angie reaccionó rápido.

—¡Métete debajo de la cama! —susurró con urgencia.

Salí de ella, y en mi apuro, me golpeé el pene erecto con una de las tablas al intentar entrar bajo la cama. Me mordí el labio del dolor, aguantando mientras ella se ponía la bata y se sobaba los ojos como si hubiera estado llorando.

Abrió la puerta.

—¿Qué pasa, hija? ¿Estás llorando?

—Sí, tía. Es que... extraño a mis papás. Me pasa a veces, no te preocupes.

—Ay, hijita… ¿quieres que me quede contigo un rato?

—No, no, estoy bien. Gracias, tía.

Mi madre suspiró.

—Bueno, subí a poner ropa en la lavadora. Me desperté algo mal. Creo que estoy un poco resfriada, sudé mucho en la noche.

—Yo la veo, tía, tranquila —dijo Angie rápidamente—. No te preocupes. En rato bajo a prepárate un té con Limón.

Mi madre la abrazó, no sé si dio cuenta que debajo de esa bata, Angie estaba totalmente desnuda, luego se retiró. Cerró la puerta, y Angie se quedó unos segundos en silencio antes de caminar hacia mí. Yo seguía bajo la cama, sobándome la entrepierna.

—¿Qué te pasó?

—Me golpeé. Me apuré y... ya sabes.

Ella soltó una carcajada silenciosa.

—Ven, amor… ven, que yo te curo.

Me tumbé sobre la cama mientras ella, con una ternura cómplice, me acariciaba, devolviéndome poco a poco la calma… y el deseo. Entre risas nerviosas y besos largos, nuestros cuerpos volvieron a unirse, esta vez con más dulzura. Había algo especial en esa mezcla de peligro, deseo y amor que nos envolvía. Terminamos lo que se quedó inconcluso, ella debajo mío, con las piernas al hombro, pero esta vez mordiendo la sabana para que ningún gemido delator nos vuelva a poner en evidencia.

Mientras me vestía para bajar y salir rumbo a mi reunión, Angie, desnuda en la cama, me miraba divertida.

—Te amo, ¿sabes? Pero casi morimos del susto —dijo, sonriendo con picardía.

—Sí —respondí, ajustándome la camisa—. Pero vaya forma de empezar el sábado.

Nos reímos los dos. Aún con la adrenalina en el cuerpo, sabíamos que ese momento sería inolvidable. Lo que vivimos, lo que arriesgamos y lo que compartimos… era solo nuestro.

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apucha k dolor brother te habra dado cuando te golpeastes ajaja ahi duele como mrd jajaja y vuelkta el susto porque casi los agarran o encuentran jaja buena brother excelente historia sigfue contando por favor
 
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¡Y encima estaba erecto, el dolor es más fuerte! hasta ahora de recordarlo, me duele.
 
Treinta y tres – EL ACOSADOR BURLADO

Era octubre de 2008 y todo parecía seguir su curso natural. Las rutinas, mis horarios sin patrón, las escapadas, los encuentros intensos. Pero había algo que inquietaba a Angie. Lo noté en sus silencios, en esa forma en que a veces se quedaba pensativa después de los abrazos o mientras hablábamos de cosas cotidianas. Hasta que un sábado por la mañana, en el hotel, después de hacer el amor, me lo dijo. Como hacíamos siempre cuando necesitábamos hablar de algo serio: piel a piel, sin máscaras, sin distracciones.

—Amor… necesito contarte algo —me dijo, recostada sobre mi pecho, dibujando líneas invisibles en mi abdomen con la yema de sus dedos.

—¿Qué pasa, mi vida?

—Hay un chico en la universidad... bueno, no es tan chico. Es compañero, ya sabes, de los mayores. Desde hace meses que me sigue molestando. No es grosero, pero es demasiado insistente. No le importa que yo tenga novio, y ha llegado a decirme cosas que… me incomodan.

Me incorporé un poco, serio.

—¿Qué tipo de cosas?

—Que podríamos tener un “affaire”, sin compromiso, que nadie se enteraría. Que yo no le diga nada a mi novio, y él no le dice nada a nadie. Que no hay problema con que tenga pareja. ¡Como si eso fuera un detalle sin importancia!

La rabia me subió en el pecho.

—¿Y quién es ese imbécil? Dame su nombre, amor. Yo mismo voy a buscarlo. Te aseguro que no vuelve a abrir la boca.

Ella me agarró la mano con firmeza.

—No, amor. Escúchame. Ya lo pensé bien. Quiero manejarlo yo.

—¿Estás segura?

—Sí. Ya otros pretendientes se alejaron cuando vieron que esto entre tú y yo era real, fuerte. Pero este tipo no. Él cree que todo es negociable, hasta la dignidad. Me subestima, piensa que soy una chica bonita que se puede convencer con unos elogios. Y no. Quiero que aprenda. Quiero que sienta lo que es ser rechazado con claridad, con inteligencia... y con un poquito de su propio veneno.

La miré con admiración. La mujer que tenía frente a mí no solo era mi amante, mi cómplice, mi amiga. Era fuerte, astuta y valiente. La besé suavemente en la frente.

—Entonces dime qué necesitas de mí.

—Solo tu apoyo. Confía en mí.

—Confío. Pero si necesitas que intervenga, aunque sea al final, tú solo dímelo.

Ella asintió, mirándome a los ojos.

—Lo haré. Pero quiero que esta vez sea yo quien se defienda. Que él entienda que no soy una cualquiera. Que no soy débil. Que no estoy disponible.

Angie se deslizó sobre mí con esa mezcla perfecta de dulzura y fuego que solo ella sabía conjugar. Su mirada lo decía todo: agradecimiento, deseo, pertenencia. Me besó con una pasión lenta, profunda, como si quisiera tatuarme con su boca lo que no hacía falta decir con palabras. Sus manos y su boca recorrieron mi cuerpo como un mapa que conocía de memoria, y al llegar a mi sexo, lo tomó con delicadeza, con reverencia, como si fuera algo que había que idolatrar. Lo lamio desde los testículos, lo besaba con amor, con devoción, después cuando lo metió en su boca, lo succionaba, apretaba los labios para hacerme sentir que estaba en el cielo. Lo pasaba por su boca entreabierta desde la base hasta el glande y luego se lo volvía a meter, mientras su mano acariciaba mis testículos.

Se subió sobre mi—Soy tuya —susurró al oído, mientras se acomodaba sobre mí, recibiéndome entera—. No hay nadie más, nunca lo habrá.

Se movía despacio al principio, con una entrega casi ceremonial. Yo la sostenía por la cintura, mirando cómo cerraba los ojos, cómo su boca se abría apenas en suspiros cada vez más cargados de placer. Nos besábamos entre movimientos, entre respiraciones agitadas. Nuestros cuerpos no necesitaban palabras para entenderse, estaban hablando un idioma que solo ellos compartían.

Se puso en perrito y cuando la penetré de un solo empuje, ella mordía la almohada para no gemir, para no gritar. Su orgasmo llegó varios minutos después, Cuando mi clímax llegó, fue un estallido contenido por días de deseo, de conversaciones profundas, de emociones cruzadas. Ella se abrazó a mí como si quisiera fundirse en mi piel. Yo la envolví, apretándola contra mi pecho, sintiendo su espalda arqueada por el placer.

Me salí, nos acurrucamos juntos. Nos quedamos así, en silencio, respirando juntos, nuestras piernas entrelazadas, su cabeza en mi hombro.

—Gracias por confiar en mí —me dijo, en voz muy baja, mientras me acariciaba el pecho con ternura.

—Gracias por ser tú —le respondí.

En ese abrazo no solo descansaban dos cuerpos exhaustos, sino dos almas que sabían, sin dudarlo, que se pertenecían más allá de cualquier amenaza, más allá de cualquier provocación.

Era martes siguiente por la noche. Estábamos en mi habitación, echados en la cama viendo una película que no seguíamos del todo, entre besos interrumpidos y caricias suaves bajo la frazada. La luz tenue del velador nos bañaba de un calor tranquilo. Angie estaba recostada sobre mi pecho, con el cabello suelto, descalza, con una camiseta que le quedaba grande, y en sus manos sostenía un sobre blanco.

—¿Sabes qué es esto? —me dijo, levantándose apenas, mirándome con una mezcla de triunfo y rabia.

Lo abrió despacio. Era un boleto de avión, Lima–Trujillo. El viaje estaba programado para el jueves por la mañana, regreso el domingo por la noche. Al costado, una copia de la reserva del hotel. Todo había sido pagado por él. Todo con la clara intención de pasar cuatro días a solas con ella. No era un secreto. El tipo había sido cada vez más directo con sus mensajes, más vulgar en sus propuestas. Le decía lo que quería hacerle en ese viaje, en qué posiciones, con qué intensidad. Ella me había mostrado todo. Y había soportado el asco en silencio, esperando el momento preciso.

—¿Y sabes qué pienso hacer con esto? —me dijo, mirándome fijamente.

Lo sostuvo con ambas manos y, sin quitarme la mirada, rompió el pasaje en dos. Luego en cuatro. Luego en más. Como si cada pedazo fuera una bofetada al descaro, una sentencia a la arrogancia de ese tipo. Sonrió, esa sonrisa suya que mezcla ternura con rabia contenida.

Yo la miré, orgulloso.

—Gracias por dejarme manejarlo a mi manera —me dijo, mientras dejaba los trozos sobre la mesa de noche.

Se metió de nuevo en la cama, nos cubrimos con la frazada. La película seguía corriendo, pero nosotros teníamos otra historia. Nuestras manos no podían estar quietas. Nos provocábamos con caricias suaves, lentas. Yo deslicé mis dedos por debajo de su camiseta, sintiendo la tibieza de su piel, sus pezones que ya comenzaban a ganar dureza. Ella buscó mi sexo por encima del short, acariciándolo despacio, con esa mezcla de juego y promesa. Nuestros labios se rozaban una y otra vez, sin apuro. Estábamos excitados, sí, pero no era solo deseo, era afirmación mutua.

—Eres mío, ¿no? —me dijo en un susurro.

—Y tú eres mía —le respondí, acariciándole la espalda.

Ella bajó hasta mi mazo que ya estaba duro, lo beso suavemente primero, y luego sin más se lo metió a la boca. Yo aguantaba los gemidos, mi madre dormía a pocos metros de donde ella se tragaba mi falo con devoción, alcancé uno de sus senos y se lo masajeaba. Varios minutos de ese entrar y salir de su boca fueron suficientes para para sentir que el semen estaba a punto de salir.

—Angie me vengo, dije con voz muy baja, mientras seguía conteniendo mis gemidos, hasta que estallé en la boca de mi Angie.

Ella recibió los tres o cuatro chorros de mi semen y se los tomó enteros. Luego, me dio ese beso que sabía a nosotros.

Su sonrisa y esa mirada dulce y picara me lo decía todo, así reafirmaba que era mía. Se acomodó el polo y se fue a su cuarto lanzándome un beso volado.

Llegó el jueves, por supuesto, ella no viajó, esa tarde el celular de Angie vibraba y vibraba sobre la mesa de noche, mientras ella me cabalgaba. Mi madre había ido al cine con sus amigas. Cuando la tuve en perrito, el celular seguía vibrando, lo ignoramos. Cuando finalmente alcanzamos el orgasmo, yo la tenía piernas al hombro, el celular volvía a vibrar después que había estado en silencio por algo de 5 minutos.

Estábamos abrazados y besándonos en ese momento post sexo, que tanto disfrutamos. Cuando Angie se separó de mi abrazo y tomando el celular dijo —Ya me aburrió este tipo.

Yo pensé que le contestaria y lo mandaría freír monos, pero mi Angie tenia un plan más malévolo y apagó el teléfono, no sin antes mostrarme, 15 llamadas perdidas y 9 mensajes de texto.

Durante los siguientes días, el tipo siguió llamando y enviando mensajes de texto, los primeros de preocupación. Preguntaba si le había pasado algo. Después comenzaron a ser de cólera, de rabia y hasta amenazantes.

El lunes el fulano trató de ubicar a Angie en la universidad, él estudiaba en otra facultad, pero Angie lo eludió. Recién por la noche, mientras estábamos en la cama de Angie después de hacer el amor dos veces, a la hora que mi madre ya dormía, ella le contestó el celular. El tipo estaba histérico, le reclamaba, ella lo cortó a la primera frase y le dijo que si quería conversaban al día siguiente. Lo citó en una calle a la espalda de la universidad, donde había una cafetería.


Angie

Desde que ese imbécil me empezó a insistir con el viaje a Trujillo, supe que tenía que ponerle un alto. No solo era su obsesión enfermiza disfrazada de galantería, sino esa forma suya de hablarme como si ya fuera suya. Como si con pagarme un pasaje y reservar un hotel pudiera comprarme. Pero yo ya había elegido, y no era él. Era mi hombre. Mi cómplice. Mi amor.

Planeamos la lección con cuidado. Bueno, más bien la planeé yo. Le dije que sí, que aceptaba su propuesta indecente. Que iría a Trujillo con él, pero un día después, porque tenía “pendientes que no podía postergar”. Mentira. Sabía que lo dejaría plantado. El pasaje lo rompí delante de él —de mi hombre, no del otro—, en nuestra habitación, con rabia, con alivio, con deseo. Porque lo que más me excitaba era que él confiaba en mí, que me había dejado decidir cómo ponerle punto final a esa historia. A mi manera.

Y así llegó el martes.

La noche tenía ese aire tibio de octubre, donde no hace frío, pero igual necesitas cubrirte. Me puse el suéter beige ajustado que tanto le gustaba, el que marcaba mis curvas con sutileza, no me puse sostén, hace tiempo que ya casi no los usaba, pero ese día fue al propósito, quería que el infeliz me vea provocativa pero lejana. La falda a juego era corta, y debajo llevaba unas medias finas, suaves, casi invisibles, que brillaban levemente bajo la luz de la calle. Las botas completaban ese look sobrio pero provocador. Me paré al lado del carro donde él me esperaba, su silueta apenas visible por las lunas oscuras. Recostada con naturalidad, como si simplemente esperara a alguien. Pero por dentro hervía.

Él llamó a las 7:30 en punto. “Estoy en la cafetería, no te veo”.
“Camina media cuadra —le dije—, estoy por ahí”.

Y apareció. Caminaba rápido, los hombros tensos. Se detuvo a un metro de mí, como una tormenta mal contenida.

—¿¡Dónde estabas!? —me gritó—. ¿Sabes lo que gasté por ti? ¡Lo que hice para ese viaje!

Me agarró del brazo. Instintivamente lo empujé.

—¿Y eso te da derecho a tocarme? —le solté, firme. Mi voz no temblaba. Yo tampoco.

Volvió a tomarme. Más fuerte. Me miraba con furia y frustración, como si yo le debiera algo.

—Esto te pasa por pensar que soy una más. Por creerte con derecho sobre mí —le dije, mirándolo sin pestañear—. Nunca lo tuviste. ¿Pensaste que con un pasaje y un cuarto de hotel ya estaba? Patético.

Lo vi descolocarse. Y entonces, como si el universo respondiera a mi energía, escuché la puerta del auto abrirse.

Él. Mi hombre. Se acercó con calma, con esa seguridad que me hacía sentir protegida y deseada al mismo tiempo. El idiota ni se dio cuenta hasta que lo tuvo al frente.

—¿Hay algún problema con ella? —preguntó él, con esa voz grave y serena.

El otro soltó mi brazo. Retrocedió como un niño sorprendido robando dulces. Balbuceó algo.

—¿Tú quién eres?

—Su novio, pedazo de imbécil —le respondió—. La próxima vez que la toques, o siquiera la sigas, te vas a ver conmigo.

Y ahí fue cuando vi su mano tomarlo por el cuello de la camisa. Sin gritar. Sin hacer escándalo. Pero con una autoridad tan brutal que hasta yo contuve el aliento.

—Con mi mujer nadie juega.

Lo soltó. El tipo se fue cabizbajo, sin mirar atrás, casi corriendo.

Yo subí al auto con el corazón desbocado. Tenía rabia, sí, pero también una mezcla de alivio, poder… y deseo. Me senté, cerré la puerta y lo miré.

—Gracias por estar ahí. Pero hoy fui yo quien lo enfrentó.

—Sí, mi amor —me dijo sonriendo—. Y me sentí más orgulloso de ti que nunca.

Lo miré. Y fue como si todo explotara dentro de mí. Toda la tensión, la adrenalina, la excitación contenida.

Deslicé mi mano sobre su muslo, lento. Sentí cómo su cuerpo se tensaba. Me incliné hacia él y le susurré al oído:

—Eso me puso caliente... Llévame a un hotel. Quiero que me hagas tuya. Solo tú sabes cómo.

Me besó como solo él sabía. Con hambre, con ternura, con deseo.

Y esa noche, en una cama conocida, pero con fuegos nuevos, me entregué a él como si fuera la primera vez. Lo desnudé con las manos y con los ojos. Él me amó lento y luego rápido, me besó cada rincón, me hizo suya sin preguntas. Yo lo recibí, lo abracé, lo monté, lo apreté contra mí como si se me fuera a escapar. Y cuando terminé, temblando, lo único que pude decirle fue:

—Solo tú puedes hacerme sentir así.

YO

30 minutos después, la habitación nos envolvía en penumbra. Cerramos la puerta y nos abrazamos como si hubiésemos estado separados días. El deseo no era solo físico. Era emocional. Era una reafirmación de quiénes éramos. De lo que teníamos.

Nos desvestimos entre caricias y roces. Ella me besó el pecho, bajando lentamente, mientras yo le acariciaba el cabello. Me tumbó sobre la cama y comenzó a amarme con la boca, con los labios, con la lengua. Yo le devolví ese amor de la misma manera, llevándola al borde del éxtasis con mis besos más íntimos.

Nos entrelazamos en la cama, nos amamos en varias posiciones, sin apuro, explorándonos como si fuera la primera vez. En el sillón, ella se sentó sobre mí, tomándome con fuerza, moviéndose con una cadencia que me dejaba sin aire. Luego la tomé de pie, de espaldas a la pared, tomándola por los senos, mientras la clavaba desde atrás, fuerte y profundo y finalmente volvimos a la cama, para terminar en un misionero que con el bombeo se transformó en piernas al hombro, ella llegó gritando, yo la seguí unos minutos después, también lancé un grito profundo, cuando solté todo mi semen en su cerrado coño. Quedamos exhaustos, transpirados, satisfechos.

—Soy tuya —me dijo en voz baja—. Y tú eres mío.

—Eso no cambia nunca —le respondí, besándola—. Lo nuestro no se rompe. Lo nuestro no se comparte.

Nos quedamos así, desnudos, abrazados, nuestros cuerpos enredados, nuestras almas reafirmadas.

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Treinta y cinco – Los años maravillosos

El 2009 fue un año tranquilo, igual que el 2008. No me detendré a contar cada encuentro, cada caricia, cada conversación secreta bajo las sábanas. A estas alturas de la historia, sería redundante. Lo cierto es que ese año nos consolidamos como pareja, aunque el mundo no lo supiera. Seguíamos con nuestras escapadas, nuestras rutinas compartidas y ese amor que solo parecía crecer, en lo cotidiano, en lo callado.

El nuevo curso de certificación que debía darse en noviembre se reprogramó para marzo del 2010, para integrarlo con el que se hacía para el equipo de la matriz, así que nuestro viaje a Miami iba a esperar un poco.

Lo más relevante vino hacia el final. Después de ahorrar durante más de un año —gracias a los buenos ingresos y al control casi obsesivo que tenía Angie sobre mis gastos— decidí que era momento de cambiar el auto. Mi viejo Peugeot, al que con cariño llamábamos el Peyot, ya pedía relevo. Tenía los fondos necesarios para completar el pago de un auto nuevo si lograba venderlo a un precio razonable, pero no era solo eso. También la embajada de Colombia, que aún alquilaba el departamento para su funcionaria, nos había pedido que el contrato lo extendiéramos hasta diciembre y que después ya no lo renovarían. Era el cierre de un ciclo por partida doble.

Así que vimos que enero del 2010 iba a traer cambios: cambiaría de auto… y también de casa.

Angie estaba emocionada. Imaginaba la libertad de un nuevo departamento solo mío —o más bien, nuestro, en lo emocional— donde podríamos estar más tranquilos. Pero también tenía dudas. ¿Nos veríamos igual de seguido? ¿Cómo manejaríamos los tiempos? Ya no estaríamos bajo el mismo techo.

Pero antes de pensar en los nuevos encuentros, estaba lo más importante: preparar a mi madre. No sería fácil. Ella estaba muy acostumbrada a mi presencia, a nuestras rutinas compartidas. Pero yo, a mis 32 años, sentía que había llegado el momento. Ya no era solo una cuestión de espacio o comodidad. Era una necesidad emocional. Un paso simbólico hacia recuperar mi vida adulta plena. Un nido propio.

Enero 2, 2010 – El cumpleaños de Angie

Había adoptado como tradición pedir vacaciones desde Navidad hasta los primeros días de enero. Quería asegurarme de estar a su lado el 2 de enero, el cumpleaños de mi Angie. Era un día especial para ella… y para mí también. Un recordatorio de lo afortunado que era de tenerla en mi vida.

Ese año no fue la excepción. Angie cumplía 23 y lo celebramos como más nos gustaba: en un hotel, lejos de todos, cerca de todo lo que sentíamos. La había sorprendido con un ramo de flores enorme, tan colorido y vibrante como ella. Y también con un nuevo celular —el suyo ya pedía descanso, y yo quería que estrenara algo tan útil como significativo.

Llegamos al hotel con esa ansiedad deliciosa que siempre nos acompañaba. Apenas cerramos la puerta, el deseo se apoderó de nosotros. Fue un encuentro intenso, casi urgente. Nos habíamos desnudado entre besos y risas, ella empujándome hacia la cama, yo levantándola entre mis brazos. Su piel era todo lo que necesitaba para sentirme vivo. Se ofrecía con amor, con ganas, con esa pasión que solo ella sabía entregarme. Mientras yo me terminaba de desnudar, ella se echó boca arriba con la cabeza fuera de la cama, colgando. Ven aquí, me llamo y abrió la boca. Yo introduje mi erecto miembro en su boca, lento primero, querida medir hasta donde podía meterlo sin atragantarla. Ella se lo tragaba todo. Me sostenía con un brazo sobre la cama y con el otro le estimulaba la conchita, ella abrió las piernas para que mi mano jugara libre ahí. Luego me puse sobre ella, en misionero y nos fundimos en movimientos profundos, pausados primero, después más intensos, como si quisiéramos tatuarnos el uno al otro en el cuerpo. Cuando terminamos, apenas nos separamos. Solo nos abrazamos fuerte, y minutos después, sin decir nada, volvimos a buscarnos. La segunda vez fue aún más entregada, más larga, con ese ritmo dulce que se da cuando ya no se busca el fuego, sino la permanencia del calor.

Después de ese doble estallido de amor, nos quedamos echados, cubiertos apenas con la sábana, con los dedos entrelazados. Ahí comenzó la conversación que ya veníamos postergando, esa que sabíamos que era inevitable.

—¿Entonces salimos la próxima semana a ver autos? —le pregunté.

—Sí. A mí me gusta el Kia que vimos la vez pasada —respondió, acariciándome el pecho—. Aunque los Mazda también se ven lindos.

—Lo que compremos será para movernos juntos —le dije—. Así que tiene que gustarnos a los dos.

Nos reímos. Era una conversación de pareja, de futuro compartido. De esas que sellábamos no con firmas, sino con caricias.

Hablamos también de lo otro, de lo más delicado. El departamento, nos sería entregado a fines de año. Pero habíamos querido hacerle algunas modificaciones y arreglos, por lo que recién estaría listo para fines de enero. Ya estaba todo encaminado para que yo me mudara allí.

—¿Tú crees que le duela a tu mamá? —me preguntó Angie, con dulzura.

—Sí —le dije, con sinceridad—. Pero es un paso que necesito dar. Y lo haré con el mayor respeto.

—Estoy contigo en todo, amor —susurró, dándome un beso en el hombro—. Y si necesitas ayuda para hablar con ella, lo hacemos juntos.

La miré, y en esos ojos vi que no solo era la mujer que amaba, sino también la que iba a caminar conmigo los nuevos caminos. En la vida.

La primera semana de enero de 2010 la dedicamos a recorrer concesionarias. Cambiar el auto era más que una compra. Era avanzar.

Fuimos primero a ver algunos modelos de Kia. El Cerato nuevo nos llamó la atención, especialmente el hatchback que acababan de relanzar con líneas más estilizadas. También estaba el Kia Rio, que aunque más modesto, tenía un diseño simpático. Angie decía que tenía “cara de auto sonriente”, y desde ese momento yo no podía dejar de ver la parrilla como una boca con dientes.

Después pasamos a Mazda. Ahí todo cambió. Vimos el Mazda 2, más compacto y juvenil… pero cuando llegamos al Mazda 3, fue como amor a primera vista. Había uno rojo, en realidad conchevino, entre rojo y guinda, intenso, brillante, con líneas afiladas y elegantes. Pedí una prueba de manejo. Lo conduje yo, claro, con Angie sentada a mi lado, observando cada detalle con esa mezcla de emoción y juicio práctico que solo ella tenía.

Cuando bajamos del auto, su mirada lo dijo todo.

—Es hermoso. Es el más bonito de todos. Y además… te queda —me dijo, sonriendo con ternura.

—¿Sí? —reí—. Porque si me queda a mí, también te tiene que quedar a ti.

Entonces, con ese gesto tan suyo, esa mirada que usaba cuando quería que le diga que sí a todo, me dijo:

—Con este... sí me enseñarás a manejar, ¿no?

Le acaricié la mejilla, entre divertido y conmovido.

—Por supuesto, amor. Apenas nos lo entreguen, la primera misión va a ser que aprendas a manejar.

No hubo más que pensar. Hicimos las gestiones, acordamos la transferencia de la inicial, Angie negoció algunos extras si pago adicional, lunas polarizadas y una cuponera de descuento para los primeros tres mantenimientos. Nos dijeron que la entrega seria para la última semana del mes. Salimos de ahí felices, como si hubiéramos adoptado una criatura.

Mientras caminábamos hacia la calle, ella se colgó de mi brazo. Íbamos bromeando, riéndonos, cuando de pronto dijo, casi al aire:

—Te imaginas cuando tengamos hijos… vamos a tener que buscar una SUV.

Se rio después, como queriendo disimular que era solo una broma. Yo también me reí. Pero por dentro… me quedé con ese sabor indefinido. ¿Lo dijo solo por decirlo? ¿Era una fantasía? ¿Un deseo que se le escapó?

Sabíamos que no podíamos vivir juntos. Sabíamos que no podíamos tener hijos. Era una realidad asumida. Y, sin embargo, esas palabras, por más que hayan salido envueltas en risa, se quedaron flotando en mi cabeza todo el camino de regreso.

Fueron unas semanas distintas. El Peugeot ya no estaba. Lo habíamos vendido unos días antes de cerrar el trato por el Mazda 3, y aún faltaban un par de semanas para que nos entregaran el nuevo auto. Mientras tanto, éramos peatones, algo que no nos pasaba desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo… nos hacía bien.

Una tarde, mientras el sol comenzaba a caer y las farolas del parque se encendían lentamente, caminábamos tomados de la mano cerca de casa. Angie, en silencio, parecía pensativa.

—¿Y ya sabes cómo se lo vas a decir? —me preguntó, sin mirarme, pero apretando un poco más mi mano.

—No del todo. Solo sé que tiene que ser pronto. El departamento estará listo a fines de mes, y no quiero que lo tome como algo repentino. Tampoco quiero que lo sienta como un abandono.

Nos sentamos en la banca del parque donde solíamos terminar nuestras caminatas. El murmullo de la ciudad se mezclaba con la brisa cálida de enero. Yo observaba la puerta de la casa, al otro lado, por si mi madre salía, le solitaria la mano a Angie y seria solo una conversación de primos.

—No va a ser un abandono, amor —dijo Angie con suavidad—. Además, yo me voy a quedar con ella. No va a estar sola. Yo la voy a cuidar. Soy su sobrina, su compañía. Y tú... tú vas a venir seguido… a vernos.

La miré. Me sonrió con ternura.

—La vamos a hacer sentir acompañada. No es que te vayas de su vida. Solo te mudas de casa, de rutina. Pero vas a seguir siendo su hijo. Eso no cambia.

—Gracias, amor —le dije con la voz algo quebrada—. Por entenderlo, por asumirlo conmigo, por quedarte con ella.

—No me cuesta —respondió—. La quiero. Le tengo cariño de verdad. Y además... eso también nos ayuda. En el papel, sigo viviendo ahí. Pero tú y yo vamos a tener más libertad en el departamento. Me quedaré contigo muchas veces. Y si invento bien mis historias, algunas noches también.

Solté una risa.

—Eres una conspiradora profesional.

—Soy tu cómplice, siempre. Pero no me gusta que ella se sienta sola. Sé que te va a doler dejarla. Por eso quiero que sepa que me tiene. Que no la voy a dejar.

Me acerqué a ella y la besé en la frente. La conversación no era fácil, pero la estábamos enfrentando juntos. Como tantas veces antes.

—¿Y si la llevamos a almorzar apenas nos entreguen el Mazda? —propuso—. Paseamos, la haces sentir parte de la nueva etapa. Así no lo siente como una despedida. Más bien, como una evolución.

—Me encanta —le dije, abrazándola—. Gracias por pensar en todo.

—Es que no es solo tu madre —susurró—. Es nuestra familia.
 
Treinta y cuatro – OLOR A NUEVO

Era un sábado radiante de verano. Recogimos el Mazda en la mañana. Angie se veía feliz, emocionada como niña con juguete nuevo. La vendedora nos recibió con una sonrisa amplia.

—Señor y señora (mi apellido) —dijo, sin saber lo que sus palabras provocaban por dentro—. Felicitaciones. Aquí tienen su nuevo Mazda 3.

Y le entregó las llaves… a Angie.

—¿A mí? —preguntó, sorprendida y encantada.

—Claro, señora. Usted fue la que cerró la negociación, ¿no?

Ella me miró con esa chispa de travesura en los ojos. Caminó con calma hacia el auto, me abrió la puerta con una reverencia juguetona.

—Suba, señor conductor. Esposito mío —dijo en voz baja, justo para que solo yo la oyera.

Ya adentro, me pasó las llaves, tocándome apenas los dedos al hacerlo. Era una de esas caricias mínimas que lo decían todo.

—Préndelo. Llévame a donde tú quieras —susurró.

El motor rugió suave, aterciopelado. El olor a nuevo llenaba el auto. La emoción era compartida, vibraba entre nosotros. Avanzamos despacio, como si no quisiéramos que ese primer paseo se terminara nunca.

Pero fue ella quien rompió el momento:

—Vamos al hotel, ¿sí? Quiero celebrar esto, pero desnuda, en una cama. Así, como lo celebramos todo.

—No hace falta que me lo repitas —le dije, sonriendo mientras tomaba la avenida rumbo a nuestro refugio.

La habitación del hotel nos recibió como siempre. Sabíamos que estábamos ahí para algo más que conversar. Angie se desnudó lentamente, con esa mezcla de ternura y deseo tan suya. Me miró desde la cama y me llamó con los ojos. Me acerqué y la abracé, la besé con la urgencia de los días que no habíamos podido tocarnos.

Nuestros cuerpos se reconocieron como siempre, con hambre, con cariño, con la costumbre dulce de saber dónde empezar y cómo seguir.

Ella se deslizó sobre mí, me acarició con su boca, con su lengua, con su aliento. Yo correspondí con la misma entrega. Nos dimos mucho sexo oral, mutuo, profundo, íntimo. Primero, ella se comió mi pene, en cuatro patas sobre mí, pero yo la fui guiando para que se ponga sobre mí e hicimos el 69. Nos conocíamos al punto que cada gemido era respuesta a un deseo, cada movimiento, una promesa cumplida.

Luego ella se montó sobre mi pelvis, sus manos entrelazadas con las mías. Sus caderas marcaban el ritmo de una melodía que solo nosotros conocíamos. Se dejó amar y me amó sin reservas, con los ojos bien abiertos, como queriendo memorizar cada segundo. Ella sabía moverse, provocaba mis sentidos, era sentirla ahí aprisionando mi pene con su vagina caliente y húmeda, pero a la vez verla gozar, verla estremecerse, tocándose los senos o regalándomelos para que se los bese o los amase con mis manos. Cuando alcanzó el orgasmo se arqueo hacia atrás, sin soltar mis manos entrelazadas con las de ella, luego se dejó caer sobre mí por unos segundos, pero rápidamente recuperó el ritmo hasta que sus movimientos provocaron el estallido de mi semen en su coñito.

Después, abrazados, entre respiraciones entrecortadas, nos besábamos, nos acariciábamos mientras recuperábamos el aliento.

Cuando nos calmamos, preparamos nuestro discurso para mi madre.

—Amor —dije—, empieza tú. Tú eres mejor con las palabras.

—¿Y si le digo que me voy contigo? —bromeó, acariciándome el pecho.

—No me ayudes —reímos—. No, en serio. Hoy debo hablar con ella. Le diré que es una etapa que debo vivir. Pero que tú te quedas con ella, que la vas a cuidar. Que no es un adiós.

—Y tú irás a verla seguido, como siempre.

—Claro. No es mudarme para alejarme. Es para crecer.

—Ya, pero dilo así. No te pongas solemne, que te tiembla la voz —me advirtió con una sonrisa traviesa.

Nos reímos. La tensión se disolvía entre caricias.

—¿Te ayudo a relajarte? —me susurró. Y sin darme tiempo a responder, su mano volvió a recorrerme.

La segunda vez fue distinta. Más intensa, más libre. Ella me jaló al espejo, me dio la espalda, y yo la tomé de pie, la luz del mediodía dibujando sombras sobre su piel. Los gemidos eran bajos, contenidos, pero plenos. Nos movíamos con fuerza, con pasión, con la certeza de que aquel momento era una celebración silenciosa de lo que estábamos por construir.

Al final, caímos sobre la cama, aún unidos, aún calientes. Ella me abrazó fuerte, con todo su cuerpo, como si quisiera fundirse conmigo.

—Estoy tan feliz —me dijo, con los ojos cerrados—. Y tan tuya.

Nos quedamos así, sin hablar más. El discurso ya estaba listo. Solo quedaba vivirlo. Juntos.

Llegamos a casa cerca de las tres. Yo manejando, Angie a mi lado, con esa sonrisa suya que combinaba perfectamente la felicidad con la picardía. Era como si el Mazda fuera suyo —y en parte lo era—, porque todo lo que construíamos, lo hacíamos juntos.

Mi madre nos esperaba desde la ventana. Había visto llegar el auto desde la sala. Apenas bajamos, Angie se adelantó con entusiasmo.

—¡Tía, mira! ¿Qué te parece? —le dijo con los ojos brillantes, como quien presenta algo que ha deseado por mucho tiempo. Nos demoramos porque fuimos a polarizar las lunas, dijo inventando una excusa que no habíamos planeado.

—¡Ay, hijita! —dijo mi madre, el escalón de la cocina a la cochera con esa mezcla de curiosidad y ternura—. Está precioso. Y huele a nuevo… Me da un poco de pena por el Peyote, pero... ya era hora, ¿no?

—Sí, tía. Fue duro, pero tu hijo ya necesitaba uno nuevo. Igual, el Peyote cumplió su misión —dijo Angie, mientras le abría la puerta para que lo viera por dentro. Yo contemplaba la escena maravillado.

Mi madre sonrió, aunque con un dejo de nostalgia. Acarició el asiento como si se despidiera del pasado.

—¿Y si pedimos algo de comer? —sugirió Angie—. Ya son más de las tres y tía no ha cocinado.

—Me parece perfecto, los estaba esperando y no me di cuenta de la hora —dije—. Hoy estamos de estreno.

Pedimos un pollo a la brasa, como tantas veces, y almorzamos en la mesa de siempre, los tres. Conversábamos entre risas, con ese ritmo familiar que solo da el tiempo compartido. Angie contaba cómo habíamos recibido el auto, las vueltas que dimos, cómo me insistió para que le enseñe a manejar.

—Con este sí aprendo —decía, haciendo pucheros falsos—. Ya me prometió clases el señorito.

—Y yo le voy a hacer pasar la prueba de la paciencia —añadí, riendo.

La mesa estaba animada, el ambiente distendido. Entonces supe que era el momento. Apoyé los codos en la mesa y la miré con cariño.

—Mamá… —comencé—. Tú sabes que a en unos días ya está todo listo en el departamento. Está arreglado, pintado, y… bueno, he tomado una decisión.

Ella dejó los cubiertos sobre el plato. Me miró en silencio.

—Creo que ya es momento de que me mude, mamá. Ya tengo treinta y dos años. Este tiempo contigo ha sido valioso, muy valioso. Pero también necesito mi espacio. No es por alejarme, es por crecer.

Mi madre no dijo nada al principio. Solo asintió, mirando su vaso. El silencio se instaló unos segundos, y fue entonces cuando Angie intervino con la naturalidad de siempre:

—Tía… —dijo con voz suave—. Yo me quedo contigo. Tú sabes que esta sigue siendo mi casa, y no pienso dejarte sola. Además, este viejito va a venir a visitarnos a cada rato. Lo vamos a tener más mimado que nunca.

Mi madre soltó una pequeña risa. Le acarició la mano a Angie con ternura y luego me miró.

—Sí, hijo… yo sabía que este momento iba a llegar. Me da un poco de pena, sí, pero también sé que tú ya has dado todo acá. Nos has regalado estos años. Esta casa fue de todos, como una familia. Pero claro… uno también debe tener su propio hogar.

Se levantó, rodeó la mesa y me acarició la cara.

—Solo prométeme que no te vas a alejar. Que vas a venir siempre.

—Eso ni se pregunta, mamá —le respondí, abrazándola.

Ella tomó la mano de Angie, la estrechó con fuerza.

—Yo me quedo con mi Angie. Ella me va a cuidar.

Angie asintió, conteniendo una emoción que le brillaba en los ojos.

—Claro que sí, tía. Te prometo que vamos a estar bien.

Ese almuerzo terminó con sonrisas suaves y muchas miradas que no necesitaban más palabras. Habíamos cerrado una etapa con amor, y abierto otra con la misma ternura.

Esa última semana de enero del 2010, el sol caía sin piedad, como queriendo secarnos por dentro, pero nosotros estábamos llenos de emoción. Por fin llegaba el día: la mudanza. El nuevo departamento —nuestro nuevo espacio— ya estaba listo, luego de los arreglos y mejoras que habíamos querido hacerle desde que la funcionaria de la embajada anunció su salida.

Todo lo que llevaba eran las cosas de mi cuarto: el juego de dormitorio que habíamos mandado a hacer juntos, el escritorio, la computadora, el televisor, aquel separador que alguna vez nos sirvió de cómplice en nuestras noches en casa. Me parecía mucho mientras estaba en mi antigua habitación, pero cuando lo descargamos en el nuevo departamento, se sintió escaso. Apenas bastó para armar un solo dormitorio. El escritorio lo pusimos en el primer piso, como un espacio de estudio para Angie.

La casa estaba vacía, sin cocina, sin sala, sin nada más. Nos habíamos gastado casi todo el dinero en la compra del Mazda y no habíamos reparado en lo básico. Pero no nos preocupaba. Estábamos juntos. Era nuestra casa. Nuestra historia.

Cuando los chicos del camión de mudanza se fueron, cerramos la puerta. Nos quedamos unos segundos en silencio, mirando la casa como si fuera una promesa recién cumplida. Angie, que siempre encontraba la forma de cambiarlo todo con una sonrisa ocurrente, me miró y dijo:

—Tenemos cama, tenemos casa, falta estrenar.

—¿Cómo que falta? —le dije, sorprendido—. Si ya lo hicimos en casi todos los rincones mientras lo ofrecíamos en alquiler.

—Sí, pero no en nuestra cama. Y no como ahora, ya instalados. Hoy es de verdad.

Nos miramos como en aquellas primeras veces. Subimos corriendo las escaleras. Se desnudó en el camino, tirando su blusa a un lado, su falda por el pasillo. Yo hice lo mismo. Nos reímos mientras nos perseguíamos, entre besos y toques rápidos, hasta que caímos en la cama, entre sábanas y un colchón que ya nos conocían.

Sus gemidos resonaban con eco, amplificados por los espacios vacíos del cuarto. Era como si la casa misma se enterara de nuestro deseo. Nos besamos con hambre, como si no nos hubiéramos visto en semanas. La recorrí con la boca, la acaricié con las manos, ella se entregaba como siempre, pero con un brillo especial en los ojos.

—Hazme tuya aquí, amor. Que esta casa sepa desde ahora quiénes somos.

Nos amamos largo rato, intenso, con varias pausas para acariciarnos, para besarnos, para reírnos. Finalmente, exhaustos, nos quedamos abrazados, aún desnudos, envueltos en el calor y el olor de nosotros.

—Hay que comprar un espejo, pero grande —me dijo, sonriendo, con la cabeza sobre mi pecho—. Uno que nos sirva para peinarnos... y para vernos cuando...

—Ya sé, cuando hagamos el amor. —Nos reímos.

—Exacto.

Nos levantamos aún desnudos, sacamos un cuaderno y un lapicero, y empezamos la lista de prioridades. Primero la cocina: refrigerador, cocina, muebles, platos, vasos. Luego la sala, el comedor. Luego el dormitorio: un espejo, una lámpara de lectura, una alfombra, detalles.

Yo ganaba bien, podía ahorrar el 20% de mi sueldo ajustándome un poco. No queríamos tarjetas de crédito ni deudas. Todo al contado. Angie era mi socia perfecta, mi contadora personal, organizada y previsora. Ella llevaba las cuentas. Lo anotaba todo.

En un momento, mientras escribía, se quedó pensativa.

—En la universidad me han propuesto prácticas preprofesionales. Serían pagadas.

—¿Y qué te parece? —le pregunté, acariciándole el muslo, relajado.

—Quiero hacerlo. Quiero aportar, sentir que también puedo construir esta casa contigo. Y también porque necesito experiencia.

—Me parece muy bien, mi amor. Solo te pido algo.

—¿Qué?

—Que no descuides tus estudios. Aún te falta mucho por delante, y lo estás haciendo bien.

Ella me miró con ternura. Me besó.

—Gracias por confiar en mí.

Y mientras yo seguía anotando cosas, ella me abrazó por la espalda, apoyando su barbilla en mi hombro.

—Somos un gran equipo, ¿no?

—El mejor —le respondí.

Y lo éramos.
 
La habitación estaba en penumbra, con apenas una lámpara tenue encendida en la esquina. Afuera, las luces del parque iluminaban la vereda con un resplandor suave, y del otro lado de la calle, algunos departamentos dejaban ver siluetas tras las cortinas cerradas. El murmullo lejano del tráfico y el canto de los grillos subrayaban la intimidad que flotaba en el aire.

Ella estaba parada en la ventana, desnuda, reconociendo el nuevo vecindario. Yo me acerqué a ella por detrás, la abracé desnudo, besándole suavemente la espalda mientras su cabello, algo desordenado, caía sobre sus hombros. Angie apoyó las manos sobre la baranda del balcón, miró hacia afuera, hacia la ciudad que no dormía del todo, y me dijo en voz baja:

—Quiero hacerlo aquí… ¿te atreves?

Mis manos recorrieron su cintura, la giré lentamente, nuestras bocas se buscaron en un beso húmedo, intenso, cargado de deseo. La llevé de nuevo a la cama, comenzamos ahí, como retomando el hilo de una danza que no queríamos que termine. Su cuerpo se movía sobre el mío con esa mezcla perfecta de ternura y pasión.

Pero fue ella la que volvió a sugerirlo. Se levantó, me tomó de la mano, y me llevó de regreso al balcón. La adrenalina del lugar, el riesgo, nos aceleraba el pulso. Ahí estábamos, en la oscuridad de un cuarto piso, con luces alrededor, con la posibilidad —real— de ser vistos. Bajamos la intensidad de la luz dentro del cuarto y dejamos las sombras jugar a nuestro favor.

Ella se apoyó en la baranda, y yo me acerqué por detrás, envolviéndola con mi cuerpo. La penetré de un solo golpe, hasta el fondo. Mis labios recorrieron su cuello, su espalda, sus hombros. Ella jadeaba, se mordía los labios para no hacer ruido, pero los gemidos escapaban, ahogados. El sonido del roce de nuestras pieles, su respiración entrecortada, mi nombre dicho casi como un rezo… todo se mezclaba con la emoción del riesgo. Estábamos en otro plano, entregados. Ella comenzó a arquearse cada vez más, empujando su trasero contra mi pelvis, mientras yo le acariciaba los senos. Su conchita apretaba tanto que no duré más de 5 minutos así y al llené de semen.

Pero ella me pedía más, que no pare y ahí sin sacársela, seguí bombeando, mi pene seguía duro, no cayo ni un ápice. Ese segundo encuentro fue más intenso, más profundo, más contenido. No queríamos correr. Queríamos grabar cada segundo, cada movimiento, en nuestra memoria. Ella se aferraba a la baranda, se arqueaba buscando más, y yo me perdía en ella. Hasta que su grito de orgasmo debe haberse escuchado en toda la cuadra, yo la seguí un par de minutos después.

Cuando todo terminó, aún entrelazados, sudorosos, con las piernas temblando por el placer, nos quedamos abrazados frente al balcón. Ella se apoyó en mi pecho, aun jadeando. Mis manos acariciaban sus pechos con calma, su respiración iba volviendo a su ritmo normal.

Entonces, sin mirarme, con los ojos perdidos en las luces del parque, lanzó al aire una frase suave, como si pensara en voz alta:

—¿Cómo haríamos… para que yo viva aquí contigo?

Me quedé en silencio. La pregunta me atravesó. Era un deseo y una declaración. Pero también traía consigo fantasmas: mi madre, su familia, la fachada que sosteníamos. Ella no esperó respuesta. Me miró, sonrió un poco y, con ese gesto pícaro y tierno tan suyo, dijo:

—¡Ay! Se me sale todo…

Y corrió al baño, dejando una estela de risas, de placer y de amor suspendido en esa nueva casa que ya empezaba a tener alma.

Nos dimos un baño, después de las 8pm, dejaba a Angie en el parque al otro lado de la casa, nos despedimos con un beso largo.

El domingo, al día siguiente de la mudanza, regresé a la casa de mi madre a visitarlas. Angie, por supuesto, ya estaba allí; la había dejado la noche anterior. Me recibieron las dos con cariño. Compartimos un desayuno sencillo pero alegre. Mi madre me preguntó qué tal había sido mi primera noche en el nuevo departamento, y Angie también me lo preguntó, con una sonrisa cómplice. Conversamos de muchas cosas, como familia.

En un momento fui a mi antiguo cuarto. Estaba vacío. Me había llevado todo el día anterior: el juego de dormitorio, los muebles, la computadora, el televisor. Al entrar, sentí un nudo en el pecho. La habitación ahora se veía desnuda, sin alma, pero para mí estaba llena de recuerdos. Recuerdos de nosotros: de nuestras primeras confesiones, nuestras primeras caricias, los días de peligro y deseo, el amor que fue creciendo entre esas paredes.

Mientras revivía todo eso en silencio, Angie entró. Me encontró ahí, parado en la puerta que da al jardín, con la mirada perdida. Se me acercó, me acarició la espalda, me abrazó por detrás. Me besó suave. "Te entiendo", me dijo, sin que yo tuviera que explicarle nada. Nos quedamos así unos minutos, compartiendo la nostalgia, compartiendo lo que habíamos vivido. Luego salimos a la sala. Me quedé con ellas hasta las cuatro o cinco de la tarde. Me despedí con un beso a ambas y regresé a mi nuevo hogar.

Durante los días siguientes no pudimos vernos. Mi trabajo se volvió especialmente exigente y nuestros horarios no coincidían. Aun así, no dejamos de escribirnos. Mensajes con deseo, con amor, con picardía. Nos calentábamos con palabras, con fotos, pero no podíamos vernos. La tensión crecía.

Fue el viernes por la noche que me sorprendió. Angie llegó a mi departamento con una mochila, feliz, misteriosa. Me abrazó fuerte y me dijo al oído: "Le dije a mi tía que tenía una fiesta y tareas en la universidad. Que volvía el sábado por la noche". Ya estábamos solos. Esa noche, después de una cena improvisada y muchas risas, terminamos en la cama. Hicimos el amor dos veces. En medio de ambos encuentros, mientras descansábamos desnudos, ella me habló del trámite de su visa, que ya estaba en marcha. Yo le conté que en marzo era el viaje a Miami, la última semana, y que estaba por comprar los pasajes. Estábamos tranquilos, ilusionados. Dormimos abrazados, como siempre, piel con piel.
La mañana del sábado despertamos con hambre, después de una noche de entrega intensa. El sol se colaba por la ventana del dormitorio y la casa aún olía a pintura, a madera nueva… a futuro.

Bajamos a preparar el desayuno con lo poco que teníamos: la hornilla eléctrica que había comprado días antes, una sartén, algo de pan, huevos y unos cuantos cubiertos descartables. Nos reíamos de nuestra precariedad improvisada. Cocinar con ella siempre era una aventura. Angie comenzó a mover las tostadas mientras yo rompía los huevos sobre la sartén. Jugábamos, nos robábamos besos, nos empujábamos con los codos, nos lanzábamos migas como niños.

Pero en un momento, en medio de esa risa ligera, mi humor cambió. Me distraje. El huevo se quemó un poco. Angie me miró.

—¿Qué te pasa? —me preguntó con ese tono dulce, pero perspicaz.

—Nada, solo estoy pensando en todo lo que tenemos que hacer —respondí, secamente.

—¿Otra vez con lo mismo? Amor, lo vamos a resolver, paso a paso.

—Sí, pero tú no ves todo lo que tengo encima. El viaje a Miami, los muebles, el refrigerador, la cocina, tu pasaje, tu visa… Yo no soy una máquina de billetes.

—¿Y tú crees que no lo sé? —me contestó, cruzándose de brazos—. ¿Que yo no estoy pensando en cómo ayudarte? ¡Estoy haciendo trámites, viendo mis cosas, cuidando hasta el último sol que gasto!

—A veces siento que tú confías demasiado en que todo saldrá bien, como si el dinero apareciera por arte de magia.

—Y yo siento que a veces no confías en que juntos podemos con todo. Como si esto fuera solo tu carga.

Hubo un silencio seco. La hornilla seguía encendida. Un olor tenue a pan quemado se mezclaba con la tensión. Nos miramos. Ambos sabíamos que no nos estábamos hiriendo, pero sí tocando un punto sensible. Entonces, bajamos la guardia, casi al mismo tiempo.

—Perdón —dije yo, bajando la mirada—. Me siento sobrepasado y no quiero que eso nos aleje.

—Perdón también —respondió, acercándose—. Yo quiero ayudarte en todo. Solo dime cómo.

Nos abrazamos. Largo. Firme. En ese abrazo se fue disolviendo todo.

—Hay muchas formas de ayudarte —le susurré al oído—. Pero ahora… quiero que me ayudes a olvidarme de todo.

—¿Aquí mismo? —me preguntó con una sonrisa pícara, mientras con una mano apagaba la hornilla.

—Aquí mismo —respondí.

Nos correteamos por la sala como adolescentes traviesos. Ella soltó su polo, yo el mío. Caímos sobre la madera, desnudos, hambrientos, pero no de comida. Ella me montó primero, de espaldas, guiando el ritmo con sus caderas. Luego la giré, tomándola por la cintura, y la penetré fuerte, profundo. Ella gemía mirando hacia el ventanal sin cortinas, sin preocuparse si alguien escuchaba.

El roce con el piso era intenso. Rodillas, codos, palmas. La madera ligeramente áspera. Nuestra respiración agitada. Nuestro sudor mojando las tablas.

Acabamos exhaustos, los cuerpos encendidos, felices. Nos echamos de espaldas, lado a lado, mirando el techo, jadeando, riendo.

—Mira tus rodillas —me dijo entre carcajadas—. Rojas como tomates.

—Tú no estás mejor —le dije—. Somos dos idiotas felices.

Y lo éramos.

Me quedé en silencio unos segundos, mirándola. Recordé algo. Me incorporé.

—Quédate aquí —le dije—. No te muevas.

Subí corriendo al dormitorio. Sobre la cómoda, estaba el pequeño sobre de papel que contenía su juego de llaves. Había cambiado la combinación de las chapas la semana anterior, quería que todo comenzara nuevo. Tomé el sobre y bajé.

Ella seguía ahí, desnuda, sentada con las piernas cruzadas, el pelo desordenado, los ojos brillantes.

Me senté junto a ella y le extendí el sobre.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Es tuyo.

Lo abrió y encontró las llaves.

—¿Las llaves?

—Las del departamento. La de abajo, la puerta del edificio, la de la cocina, y la principal.

Me miró. Sus ojos se humedecieron. Me abrazó fuerte. Muy fuerte. Me besó, me besó largo, como solo ella sabía.

—¿Estás seguro? —susurró.

—Nunca he estado más seguro —le dije—. Esta también es tu casa.

Nos quedamos ahí, abrazados, desnudos, con las llaves entre las manos. No teníamos todo. Pero lo teníamos todo.

Regresábamos a la casa de mi madre en el auto, con el corazón todavía latiendo lento después de un día intenso. Habíamos pasado la tarde recorriendo tiendas, viendo precios, soñando con una cocina equipada, una sala con muebles cómodos, una casa armada desde el amor. No habíamos comprado nada, porque sabíamos que ahora cada sol contaba. Pero fue una tarde bonita, de esas que te dejan una calma tibia en el pecho.

El carro rodaba lento por las avenidas de regreso, y el silencio que nos acompañaba era sereno. Angie iba recostada en el asiento, mirando por la ventana con la cabeza ligeramente apoyada en el vidrio. Yo la miraba de reojo, con ternura. Sabía que en unos minutos tendría que dejarla en casa, que no dormiría conmigo esa noche. Y me dolía.

Estacioné al otro lado del parque, como siempre, para no levantar sospechas. Me giré hacia ella.

—Amor… —le dije con suavidad.

Ella se volvió hacia mí, sus ojos brillaban bajo la tenue luz del poste cercano.

—Te quiero pedir disculpas otra vez. Por la discusión de esta mañana. No debimos pelear. Menos por dinero.

Ella me tomó la mano, apretándola.

—Mi amor, no pasa nada. Pero sí, tienes razón. No podemos pelearnos por eso. Hay cosas más importantes.

—Y tú eres la que lleva mis cuentas, la que me ayuda a organizarme, a ahorrar, a no derrochar. No sé qué haría sin ti. Yo solo quiero que no te sientas cargada.

—Cargada me sentiría si no pudiera ayudarte —me dijo, mirándome a los ojos—. Estoy aquí para eso. Para apoyarte. Para construir esto contigo.

—Sí —asentí—. Menos ahora que la vida nos sonríe. Pero si peleamos ahora, ¿qué será cuando venga algo realmente difícil?

—Prometamos que no vamos a pelear por dinero —me dijo entonces—. Nunca.

—Prometido —le respondí, y le besé la mano con cariño—. Todo lo resolveremos conversando. Como siempre.

Ella me miró con una sonrisa suave, de esas que me derretían.

—Y si se complica, puedo vender algunas cosas mías —añadió—. No pasa nada, amor. Lo importante es que estemos juntos.

Me emocionó. Sentí un nudo cálido en el pecho.

—No, preciosa. Solo con tu compañía haces más de lo que te imaginas. Eres mi cable a tierra, mi brújula.

Nos quedamos ahí, mirándonos, nuestras manos entrelazadas.

—Durante la semana revisamos con calma los precios y hacemos bien las cuentas —le dije—. Yo me encargo del pasaje, y si se puede, compramos algo para la cocina.

Ella asintió, acariciando mi mejilla con los dedos.

—Me muero de ganas de tener una cocina para cocinarte cosas ricas —dijo con voz dulce—. Aunque la hornilla eléctrica tiene su encanto.

Nos reímos juntos, como dos adolescentes que compartían un secreto. Luego se inclinó, me besó despacio, y abrió la puerta.

—Me voy antes de que la tía sospeche —dijo con picardía—. Pero gracias por este fin de semana. Me hace feliz estar contigo así, aunque sea a escondidas.

—Yo también, mi amor. Cada instante contigo vale todo.

La vi alejarse, caminar con paso ligero por la acera.



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Treinta y cinco: Miami

La primera semana de marzo llegó sin darnos cuenta. El viaje a Miami era en la última semana, pero ya todo giraba en torno a eso. Angie tenía su visa aprobada, había comenzado a separar su ropa, a pensar qué llevaría, qué compraría. Estaba emocionada, como una niña esperando su primera excursión. Había juntado algo de dinero con los alquileres de las tierras que administraba, y tenía mil planes: un par de blusas, unos zapatos nuevos, quizá un vestido para sorprenderme. Todo lo compartía conmigo, a veces mientras estudiaba sentada en mi escritorio, otras veces cuando la encontraba echada en mi cama, vestida solo con su ropa interior o, algunas veces, simplemente desnuda, como si supiera que esa imagen era mi verdadera bienvenida.

Yo viajaba el 21 de marzo, domingo. El curso en la casa matriz comenzaba el lunes 22 y se extendía hasta el viernes 26. No quería repetir el error de Panamá, así que decidí hablar con mi jefe. Él me escuchó con una sonrisa ladeada, como si ya supiera lo que iba a preguntarle.

—¿Otra vez con tu novia? —me dijo con tono cómplice—. ¿Todavía estás con ella?

—Claro que sí —le respondí sonriendo—. Tres años ya.

—Bueno, una joyita así no hay que dejarla escapar, amigo —me palmeó el hombro—. Pero mira, el curso es exigente. Mejor llévala al final. No se va a aburrir, y tú tampoco te vas a distraer. Además, si no habla inglés, se va a complicar sola por allá, por más que hay mucho latino.

Tenía razón. Cuando se lo conté a Angie esa noche, en el departamento, estuvimos de acuerdo. Ella ya me esperaba, como casi siempre cuando podía escaparse después de clases. Ya no tenía que avisarme, tenía su juego de llaves. La encontré con un café a medio tomar, los zapatos tirados a un lado, y su cuaderno abierto sobre el escritorio.

—¿Y bien? —me dijo apenas entré—. ¿Me llevas o no?

—Te llevo, pero el jueves 25. Así el viernes, cuando termine el curso, ya estamos juntos.

—¡Perfecto! —se le iluminó el rostro—. Así tengo el sábado y el domingo contigo... y Miami será nuestro.

Desde ese momento, todo fueron planes. Nos sentábamos en el sofá o en la cama con la laptop entre los dos, viendo playas, buscando los outlets más grandes, los que tenían mejores precios. Ella hacía listas, yo calculaba presupuestos. Nos reíamos, soñábamos. Y entre lista y lista, se deslizaba su mano por mi pierna, su boca me buscaba, y terminábamos amándonos en cualquier rincón.

Faltaba solo una semana para el viaje. Angie ya tenía listas dos maletas grandes; una prácticamente vacía, con su ropa medida al milímetro. Lo justo. Cada conjunto elegido con precisión, dejando espacio para lo que planeaba traer. La mía, a medio llenar. Ella ya tenía la estrategia armada. Miami iba a ser más que un viaje: una experiencia que nos marcaría.

Ese martes, previo al domingo de partida, llegué al departamento como a las 5pm con una noticia importante. Pero apenas crucé la puerta, noté algo distinto. No la vi en el escritorio, ni en la sala. Ella me había dicho que saliendo de clases iba al departamento.

El silencio era acogedor, pero extraño. Subí las escaleras con una sonrisa. Sabía que algo tramaba.

—Amor, estoy aquí arriba —dijo su voz desde la habitación.

Cuando entré, la vi de espaldas, apoyada en el marco del balcón. La cortina de tul se agitaba con la brisa. La luz del atardecer la bañaba con una calidez que resaltaba su figura. Llevaba un conjunto de lencería rosa que nunca le había visto. La tela fina y el encaje jugaban con la luz y su silueta. Angie, me hipnotizaba con esa visión de ensueño, su trasero y su espalda debajo de esas transparencias eran una tentación, se giró apenas, sonriendo con picardía.

—¡Guau! —dije casi sin aliento—. No te había visto eso. Te queda... increíble.

—Quería provocar a mi hombre —susurró, mientras caminaba hacia mí con pasos suaves, pero seguros.

La noticia que traía se volvió humo. Todo lo que quería decirle quedó atrapado en el fondo de mi garganta. Solo existía ella, su mirada, su piel, ese deseo que nos envolvía como la brisa que entraba por el balcón.

Me abrazó por la cintura y comenzó a besarme el cuello, a desabrocharme la camisa con lentitud, como si el tiempo estuviera de su parte. Cuando estuve desnudo, se arrodilló frente a mí, mirándome con esa ternura y fuego que solo ella sabía combinar. No fue un acto apresurado, fue una forma de decir: "soy tuya, aquí estoy, mírame". Acariciaba mi pene con cariño, después lo besó varias veces y finalmente lo metió en su boca. Su movimiento era lento, pero apretaba los labios para hacerme sentir un placer intenso.

Después, la llevé suavemente a la cama. No quise quitarle la lencería. Era parte del encanto, de ese juego callado que teníamos, donde la ropa no era un obstáculo, sino parte del deseo.

Hicimos el amor con calma, con esa mezcla de urgencia contenida y devoción silenciosa. Al filo de la cama la puse en perrito y yo de pie, la penetré solo haciendo un poco de lado el pantaloncito de encaje que la cubría. Ella gimió cuando sintió mi pene abrirse paso en su vagina. La habitación estaba iluminada por la luz que aún entraba del balcón, y nuestros cuerpos se movían al ritmo del amor y la confianza. Cuando ella alcanzó el orgasmo con tres gemidos que debió escuchar todo el edificio, la puse al filo de la cama, pero echada, mirándome, le puse las piernas al hombro y la penetré, mientras mi boca buscaba sus pechos y luego su boca, volvía a bajar a sus pechos mientras seguía bombeándola. No hubo prisas. Solo respiraciones entrecortadas, caricias largas y besos que decían más que mil palabras. Algunos minutos después, llegue dentro de ella, sintiendo mi semen inundarla.

Al terminar, aún abrazados sobre el filo del colchón, Angie me miró con esos ojos que siempre buscaban algo más que palabras y me susurró:

—¿Y cuál era esa gran noticia?

Me deslicé suavemente fuera de ella, y sin separarnos del todo, nos acomodamos entre las sábanas revueltas. Ella se acurrucó en mi pecho, con su pierna sobre la mía, y su brazo rodeándome como si no quisiera soltarme jamás.

—Ya, cuéntame —insistió, con ese tono coqueta pero firme que no dejaba espacio para evasivas.

—¿Te acuerdas de aquella reunión a la que tuve que ir al hotel El Pueblo, en Santa Clara? —le pregunté, mientras le acariciaba el cabello.

Ella pensó un par de segundos, hasta que una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¡Claro! —exclamó—. La vez que mi tía casi nos descubre… cuando estabas dentro de mí y tuviste que meterte debajo de la cama. ¡Y te golpeaste el pene! —añadió entre risas.

—Sí, esa misma vez —le dije, sonriendo también.

—¿Y qué pasó? —preguntó, ya intrigada.

—Bueno, esa venta que fui a negociar ese día... Se suponía que cerraba en un par de meses, pero se fue alargando más de medio año. Y finalmente salió. Y salió más grande de lo que esperábamos. La clínica va a renovar casi todo su equipamiento de tomografía y ginecología. Van a ser dos compras grandes, una ahora en marzo y otra en julio.

—¿Y esa venta es tuya? —preguntó, incorporándose un poco.

—Mía y de mi equipo. Pero yo he liderado todo el proceso, así que sí, es mi venta.

Angie sabía perfectamente cómo funcionaban mis comisiones. Ella había aprendido los números de mi mundo mejor que cualquier asistente contable. Su mirada se agudizó, como cuando resolvía un ejercicio en clase.

—¿Y eso qué significa? —preguntó, casi sin parpadear.

—Que la primera venta es al contado.

—¿Qué? —dijo, con los ojos como platos.

—Sí —repetí, disfrutando su reacción—. Pagaran al contado, a cambio de un pequeño descuento. Y la de julio también será así.

Angie hizo un cálculo mental veloz cuando le mencioné el monto estimado de la compra. Su cara se iluminó.

—¡Eso es un montón de plata! —dijo, riendo con esa mezcla de alegría y asombro que me encantaba.

—Sí, amor. Si todo sale como está planeado, regresando de Miami y con lo que me paguen a fin de mes, podemos comprar la cocina, la refrigeradora, parte de la sala… Y con la compra de julio y la grati, quizá terminamos de equipar la casa completa.

Ella se lanzó a mi cuello, me besó con ternura, y luego con pasión. Se separó apenas para decirme:

—Amor, no sabes qué orgullosa estoy de ti. Vas a llegar muy lejos en esa empresa. Eres increíble.

La miré, tocándole la mejilla con el dorso de la mano, y le respondí con voz suave:

—Sí, amor… pero lo que más me gusta de todo esto es que tú y yo vamos a llegar muy lejos.

La rutina que habíamos pactado funcionaba. Angie alternaba sus tardes y noches: un día se quedaba con mamá después de clases, el otro venía al departamento y se quedaba hasta las 8 o 9pm que yo la regresaba a casa. Así llevábamos las semanas, con mensajes, llamadas, encuentros fugaces, hasta que llegó ese sábado.

Yo había pedido que me compren el último pasaje del día. No tenía ningún interés en llegar temprano a Miami si no era con ella. A mamá le dije que volaba sábado en la tarde, para ir temprano a despedirme y no tener que regresar. Angie diría que se quedaría en casa de una amiga estudiando para un trabajo de grupo, hasta el domingo en la tarde. Así, tendríamos ese sábado y todo el domingo para nosotros.

Angie llegó al departamento pasadas las 4 de la tarde. Llevaba su mochila, la que supuestamente era para pasar el fin de semana con su amiga. Apenas cruzó la puerta, la fiesta fue inmediata. Nos abrazamos fuerte, como quien encuentra lo que más ama después de días. Nos besamos despacio al inicio, luego con más fuerza. Nos acariciamos. Las manos buscaban, los labios se reconocían.

—Te extrañé —le dije al oído.

—Yo también, amor. No sabes cuánto.

Nos sentamos en el piso de la sala, abrimos las maletas, revisamos los últimos detalles del viaje, reconfirmamos los papeles, pasaportes, lo que ella debía llevar, lo que compraríamos allá. Y entonces, como quien no puede seguir conteniendo las ganas, ella me miró y me dijo:

—Subamos. Quiero darte un poco de mí... por si me extrañas mucho allá.

No hubo necesidad de más palabras. Subimos tomados de la mano, cruzamos la puerta del cuarto casi corriendo. Ella dejó la mochila a un lado, yo me quité los zapatos sin siquiera desabrocharlos. Nos desvestimos como quien rasga envoltorios, como si nos esperáramos desde hace semanas.

En la cama, su cuerpo era una promesa cumplida. Me entregué a ella con el mismo deseo con el que se entrega quien ama y desea con la misma intensidad. Nos hicimos el amor con pasión, con hambre, con ternura. Nuestros cuerpos se hablaban, se decían cosas que no podíamos decir con palabras.

Ella cabalgaba sobre mí como quien no quiere despedirse, como quien graba su esencia en el alma del otro. Yo la sujetaba de la cintura, la miraba moverse y sentía que ahí, justo ahí, estaba todo lo que necesitaba para ser feliz. Después cambiamos, la abracé desde atrás, besándole el cuello, diciéndole lo mucho que la amaba, cómo la iba a extrañar.

Cuando terminamos, nos quedamos ahí, sudorosos, abrazados, su pecho subía y bajaba contra el mío. No hacía falta decir más. Esa era nuestra manera de prepararnos para el tiempo separados. No con tristeza, sino con intensidad. Dándonos todo lo que podíamos… antes del próximo reencuentro.

—No te olvides de mí allá —me dijo, sonriendo mientras jugueteaba con mis dedos.

—Imposible, amor. Estás en mí... siempre.

Esa tarde, luego de descansar un rato, nos sentamos en el piso de la sala con las hojas, libretas y una calculadora. Ya teníamos los precios de los artefactos y muebles que queríamos comprar. Habíamos hecho un trabajo minucioso: recorrimos tiendas por departamentos, distribuidoras grandes, incluso nos fuimos hasta el Parque Industrial de Villa El Salvador. Todo lo habíamos apuntado. Comparado. Analizado.

Angie, como siempre, era la contadora oficial del proyecto. Calculaba los ingresos que íbamos a tener hasta julio, incluyendo la gratificación y la comisión por la venta grande. Estableció prioridades con ese orden lógico y dulce que tenía: la cocina primero, la refrigeradora, utensilios básicos. Luego vendría la sala, el comedor, y los detalles que hacían del departamento un hogar.

—Con lo de abril y mayo compramos esto —me decía, mostrándome la hoja—. Y con la comisión de julio y la grati, terminamos de cerrar todo. Pero sin pasarnos de aquí. Me señalaba una cifra subrayada dos veces.

—Te juro que no sé cómo haces para tenerlo todo tan claro —le dije, admirado, acariciándole la pierna.

—Es que me importa, amor. Me importa construir contigo. Nuestra casa.

Por supuesto, entre cuentas y risas, nos encendimos. Esa tarde y noche hicimos el amor tres veces más. En la cama, sobre la alfombra, abrazados contra la pared. No necesitábamos nada más que nuestras pieles. No teníamos cocina, así que pedimos una pizza. Cenamos en el suelo, con las piernas cruzadas, como adolescentes jugando a ser adultos. Nos dormimos antes de las diez, rendidos, felices, con la sensación de que lo que estábamos construyendo juntos era real. Concreto. Nuestro.

Al día siguiente despertamos cerca de las ocho de la mañana, con los rayos del sol filtrándose por las cortinas. Por supuesto, nos amamos una vez más. Esa conexión que teníamos, esa chispa que no se apagaba. A veces bastaba una palabra, un susurro, una mirada. Nuestros cuerpos eran llamas siempre listas para encenderse.

Después, aún sudorosos, compartimos lo que quedaba de la pizza como desayuno improvisado. Nos reímos de la mezcla extraña entre deseo y hambre, entre ternura y deseo crudo. Y luego nos metimos juntos a la ducha, en ese baño todavía vacío, pero que ya sentíamos como parte de nuestro hogar.

—Amor —le dije, mientras el agua resbalaba por su espalda—, quiero hacerte el amor toda la mañana.

—¿Otra vez? —preguntó, coqueta.

—Sí, pero no como siempre. No varias veces. Quiero hacerlo toda la mañana, sin llegar. Prolongar el placer. Jugar a eso.

Ella se volvió hacia mí, con esa mezcla de picardía y sorpresa que tanto me encantaba.

—¿Sin llegar? ¿Tú? ¿De verdad?

—Sí. Tú puedes hacerlo cuantas veces quieras. Pero yo… quiero parar justo antes. Quiero quedarme con esa tensión. Y cuando finalmente llegue, va a ser una explosión que me llevare como recuerdo a Miami.

Ella me abrazó, mojada, tibia, hermosa.

—Me encanta la idea. Pero ¿aguantarás?

—Vamos a ver —le dije, acariciando su cintura. A lo mejor la que no aguanta eres tú…

Cerramos la ducha, nos secamos entre bromas y miradas cargadas. Bajamos a la cocina por un poco de agua, la bebíamos mirándonos a los ojos, como si lo que bebiéramos fuera un licor fino y nos provocábamos con los ojos. Cuando subimos de nuevo, pusimos una película, pero a los pocos minutos ya estábamos tocándonos, besándonos… empezando el juego. Solo piel contra piel. Suaves roces. Manos que se exploraban como si fuera la primera vez.

Primero vinieron los besos. Largos, profundos, sin destino. Luego las caricias. Recorrimos nuestros cuerpos sin prisa. Yo la besaba detrás de las orejas, ella me acariciaba el pecho, los brazos, los muslos. El tiempo se volvió líquido.

Ella jugaba con mi pene y mis testículos, los acariciaba, los estimulaba, mientras una de mis manos le acariciaba los senos y la otra exploraba su vagina.

Cuando finalmente la penetré por primera vez esa mañana, lo hicimos con delicadeza. Ella encima, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, sus pechos rozando mi torso. Iba y venía en movimientos suaves, hipnóticos. Cada vez se movía más rápido. Pero cuando sentí que el clímax me asediaba, la sujeté de las caderas, respiré hondo y me detuve.

—No —le dije con la voz entrecortada—. Aún no.

Sali de ella y comencé a jugar con sus tetas, a besarlas, a masajearlas, ella solo se dejaba llevar, mi pene solo tocaba la entrada de su vagina, sin llegar a entrar, ese juego la volvía loca. así la hice llegar a su primer orgasmo, Angie se excitaba mucho cuando le estimulaba los senos.

Cuando recupero el aliento, ella se bajó lentamente, me besó el pecho y se tumbó a mi lado, jadeando, feliz.

—Me gusta este juego —dijo—. Siento que te tengo más tiempo solo para mí.

La penetré en misionero, pero a un ritmo lento, me movía un rato y luego me detenía, ella apretaba mi pene con su vagina, tenía fuerza en esos músculos, porque yo sentía que lo exprimía. Mientras no me movía, le besaba el cuello, las orejas, bajaba a los senos y volvía a subir, luego me movía un rato más, hasta que sentía que debía parar para no llegar, así la tuve un buen rato.

Cambiamos de posición. Nos recostamos de lado, uno frente al otro, las piernas entrelazadas, nuestros sexos apenas rozándose, nuestras respiraciones sincronizadas. Nos miramos en silencio durante minutos, solo tocándonos, explorando el rostro del otro, el cuello, los hombros, como si nos estuviéramos memorizando. Le comencé a besar los senos, ella se retorcía de placer, mis manos entraron en la fiesta, boca en un pecho, mano en el otro, ella trataba de acariciarme el pene, pero no la dejaba, era su momento de placer y yo quería bajar mis aguas, Varios minutos así y ella estallo de placer, se estremeció con ese orgasmo tan diferente que alcanzaba cuando solo le estimulaba los pechos. Su segundo orgasmo, solo con sus senos.

Cuando retomamos, lo hicimos en el piso de parquet del dormitorio. Ella se apoyó en sus codos, con las rodillas separadas, y yo me arrodillé detrás. La penetración fue lenta, pausada, casi simbólica. La madera fría contrastaba con el calor de nuestros cuerpos. Las rodillas y las palmas comenzaron a arder, pero no nos detuvimos. Ella gemía en voz baja, conteniéndose, tratando de no entregarse tan pronto.

Llegó otra vez ahí, y cuando su cuerpo se sacudió ligeramente y cayó hacia adelante, yo me salí a tiempo. Respirando fuerte, me recosté a su lado, sintiendo el ardor en mis rodillas.

—Una más para ti —le dije, bromeando—. Y yo sigo invicto.

—Ya no sé si estás jugando conmigo o eres un santo.

—Estoy loco por ti. Eso es todo. Y quiero disfrutarte, sentir tu calor, tu humedad, verte gozar.

Volvimos a la cama. Ella me cabalgó, saltaba sobre mí, yo tenía una mano en una de sus tetas y con la otra buscaba su clítoris. Varios minutos así, hasta que sentí que, si no paraba, ahí acababa el juego. La puse en perrito, pero primero le besé el trasero, la espalda, quería bajar mi ritmo sin que ella se enfriara. La penetré en perrito, ella volteaba a verme con cara de estar gozando, con una mano acariciaba mi pecho, mientras yo la tomaba de las caderas. Ahí tuvo su tercer orgasmo.

Me senté contra el cabecero, ella estuvo jugando con mi pene, pero sin meterlo en su boca, solo lo acariciaba, un beso de vez en cuando… hasta que se sentó sobre mis piernas, sin prisa. Nos besamos mientras nos acariciábamos. Sus dedos jugaban con mi cabello, mis manos en sus caderas marcaban el ritmo. Volvió a enterrarse mi miembro y comenzamos otra vez. Pero antes de llegar, volvimos a detenernos.

Así pasaron los minutos, las horas.

Nos amamos sobre las escaleras, en la encimera de la cocina. Sobre el marco de la ventana, donde ella se apoyaba con las manos contra el vidrio y yo entraba desde atrás, controlando cada movimiento, cada impulso. Las pausas se volvían caricias, abrazos, silencios en los que recuperábamos el aliento.

Ella tuvo cuatro, cinco orgasmos. Tal vez más. Perdimos la cuenta. A veces llegaba mientras yo solo la acariciaba o le metía dos o tres dedos en la vagina. Otras veces, bastaba un beso profundo, una palabra al oído, una respiración entrecortada y acariciarle los pechos.

Yo, en cambio, bordeé el abismo siete u ocho veces. Y me detuve en cada una. A veces sentía que iba a estallar, que no podría más. Pero en ese estado suspendido, entre deseo y contención, algo dentro de mí se transformaba. Era como si estuviera acumulando energía. Como si cada retención alimentara una fuerza que me recorría entero.

Finalmente, cuando el sol se colaba a través de la cortina, volvimos a la cama. Ella se echó boca arriba, me miró, me abrió los brazos y las piernas y me recibió en su interior.

—Ahora sí —le dije con la voz ronca.

El ritmo fue suave al principio. Pero a medida que nuestros cuerpos volvían a reconocerse, se volvió más intenso. Yo ya no podía detenerme. La energía acumulada durante esas tres horas explotó dentro de mí como una ola que no encontraba dónde romperse.

Cuando finalmente llegué, fue un orgasmo como nunca antes. Profundo. Grueso. Un grito salió de mi pecho sin que pudiera evitarlo. No fue solo placer. Fue descarga. Fue conexión. Fue el alma gritando a través del cuerpo.

Ella lo sintió también. Me abrazó con fuerza y también soltó un gemido intenso. Estaba temblando. Nos quedamos así, respirando con dificultad, sudorosos, agotados, pero en paz. Nos quedamos en silencio, solo sintiendo nuestras respiraciones agitadas por varios minutos.

—Amor… esto tenemos que repetirlo —dijo con un hilo de voz—. Esto ha sido… fuera de serie.

Le besé la frente. No podía hablar. Solo podía abrazarla.

Y así, abrazados, dejamos que el tiempo siguiera su curso. Porque nosotros, en ese instante, habíamos detenido el mundo.

Finalmente, se nos acabó la tarde. Como todo lo bueno, como todo lo intenso. El reloj nos recordaba que debía estar en el aeropuerto a las ocho. Eran las cinco y aún estábamos en la ducha, no como la mañana, no con esa urgencia animal. Ahora solo nos acariciábamos, piel contra piel, como si nuestras manos quisieran guardar el recuerdo exacto del otro. Ya no quedaba deseo, quedaba amor. Amor que se pegaba en los poros, que pesaba en los párpados, que latía con fuerza.

Media hora después, íbamos en el auto. Ella, con su mochila al lado, sentada junto a mí con la tranquilidad de quien se sabe amada. Me miró de reojo, con esa sonrisa suya, y me jaló la oreja, suave, juguetona.

—Señorito —me dijo, con esa dulzura de amenaza tierna que solo ella dominaba—, usted me prometió enseñarme a manejar. Ya tenemos el carro hace dos meses y...

Me sentí culpable. Era verdad.

—Tienes razón, amor —respondí—. Pero es que hemos estado demasiado… "entretenidos" los fines de semana.

Ella soltó una risita, me miró con complicidad, esa mirada que siempre decía más de lo que permitía la boca.

—Sí, solo por eso te perdono. Pero regresando de Miami, sí o sí.

—Sí, mi amor —le prometí—. De todas maneras. Incluso me puedes llevar al aeropuerto y te quedas con el carro toda la semana.

Ella se hundió en el asiento, relajada, satisfecha, plena.

—Bueno —dijo, suspirando—, pero me has compensado bien esta tarde. Me quedo llena de ti.

La dejé como siempre, al otro lado del parque. Nos dimos un beso largo, uno de esos que parecen sellar pactos. Me abrazó con fuerza. Me pidió que me cuide, que intente llamarla. No teníamos WhatsApp en esos días. Los SMS internacionales eran caros y poco confiables. Pero yo le prometí que llamaría al departamento cuando ella estuviera ahí. Un día sí, un día no, como habíamos pactado. Que cuando estuviera en casa, llamaría al teléfono fijo y que mi madre me la pasara como si recién habláramos. Todo planeado. Así era nuestra vida: pasión y estrategia.

Se bajó. Caminó con paso tranquilo. Yo bajé la luna oscura del auto para verla alejarse. Apenas había avanzado unos veinte pasos cuando se detuvo y regresó a paso firme. Me sorprendí. Salí del auto pensando que algo pasaba.

La encontré unos metros más adelante. Se me colgó del cuello. Me abrazó tan fuerte que casi me dolió el alma.

—Te amo tanto —me dijo al oído—. Te voy a extrañar mucho.

Y ese beso… ese beso fue diferente. No fue despedida. Fue promesa.

Se soltó de mí, giró y se fue, esta vez sin mirar atrás.

Yo regresé a casa con el corazón partido en dos. Feliz por saber que tenía a mi lado a una mujer que me amaba de esa manera. Triste porque no la vería en varios días. Pero también, sereno. Porque sabía que la distancia no era un obstáculo, era solo la antesala del reencuentro.

En pocas horas estaría en el avión. Al día siguiente, en Miami. Y unos días más, Juntos. Por primera vez en Estados Unidos. Para ambos, sería una experiencia nueva. Y como todo lo nuevo con ella, estaba seguro de que se convertiría en un recuerdo imborrable.
 
A las diez en punto me recogió el taxi. Cuarenta minutos después estaba en el aeropuerto. Pasé migraciones. Doce y media de la noche, el avión despegaba. Rumbo a una nueva aventura.

Y ella, como siempre, viajaba conmigo. Aunque fuera desde la distancia.

El curso comenzó el lunes a las ocho en punto de la mañana. Aterrizamos casi a las siete, y tras un rápido traslado al hotel, apenas tuve tiempo de darme una ducha y cambiarme antes de entrar al aula. Por suerte, había dormido bien durante el vuelo. Me sentía despierto, enfocado, con la mente clara. Angie me había dejado lleno de amor y energía.

El hotel no era el gran edificio alto que imaginaba. Más bien era un complejo de tres pisos, ancho y extenso, rodeado de jardines, con una piscina en el centro y pabellones para las sesiones de formación. Estaba en Fort Lauderdale, a unos kilómetros del centro de Miami. Un lugar tranquilo, ideal para concentrarme en los cinco días intensos de capacitación.

Desde el primer día pregunté por la posibilidad de quedarme dos noches más, para pasar el fin de semana con Angie. Me confirmaron que sí, pero tendría que mudarme a otra habitación, ya que la que ocupaba estaba reservada desde el sábado. Acepté sin problema. Me asignaron una en el segundo piso, con mejor vista. Todo iba tomando forma.

La semana fue exigente, como me lo habían anticipado. Algunas clases eran en inglés, pero la mayoría en español. Nos habían dividido por idioma. Yo, como siempre, estaba decidido a destacar. Estudiaba cada tarde después del curso. Quería estar entre los primeros. Y lo estaba logrando.

El jueves, con las clases ya casi culminadas y habiendo aprobado todas las evaluaciones con muy buenas notas, salí del aula pasadas las siete de la noche. Fui directo a recoger el auto alquilado. Había reservado un modelo básico, algo sencillo. Pero al llegar al módulo de la agencia de Alamo, me informaron que el auto que había apartado no estaba disponible. Me pidieron disculpas con la cortesía propia de los norteamericanos y, para compensar, me ofrecieron escoger otro vehículo de una categoría superior… sin costo adicional.

Me llevaron a otro sector del estacionamiento. Ahí lo vi. Amarillo, reluciente, agresivo. Un Mitsubishi Eclipse del año. Lo señalé con una mezcla de duda y deseo:

—¿Puedo llevarme ese?

—Por supuesto —me respondió el joven con una sonrisa.

En pocos minutos firmé los papeles, pasé mi tarjeta de crédito y salí del lugar manejando un Eclipse prácticamente nuevo por el precio de un auto básico. No podía dejar de sonreír. Angie se iba a impresionar. Me la imaginaba feliz, sorprendida. Sabía que le gustaban los detalles inesperados. Esto era perfecto.

Llegué al aeropuerto con tiempo. Estacioné como pude, tratando de recordar en qué zona había dejado el carro, porque ese aeropuerto es inmenso, con niveles y niveles de estacionamientos. Me ubiqué frente a la puerta de llegadas internacionales, esperando con emoción. El vuelo ya había aterrizado, lo había visto en la pantalla. La gente comenzó a salir, una tras otra, familias enteras, parejas, ejecutivos. Pero Angie no aparecía. Pasaron cinco, diez, quince minutos.

Comencé a preocuparme. No tenía cómo comunicarme con ella. No tenía manera de saber si algo había pasado. ¿Se había retrasado en migraciones? ¿Había un problema con su maleta?

Veinte minutos después, cuando ya la sala estaba casi vacía, la vi. Arrastraba su maleta con una cara de fastidio. Apenas me vio, se transformó. Sonrió, soltó la maleta y corrió hacia mí. La abracé con fuerza. Nos besamos como si hubieran pasado meses desde la última vez. La sentí apretarse contra mí, llena de emoción y cansancio.

—¿Qué pasó, amor? —le pregunté.

—Te cuento, te cuento en el camino. ¡Vámonos!

La llevé al estacionamiento, algo desorientado al principio, dimos un par de vueltas hasta encontrar el carro. Cuando por fin llegamos, me adelanté unos pasos, hice una pequeña reverencia y le dije, con tono de broma:

—Bienvenida a su carruaje, señorita.

—¡Guau! —dijo ella al ver el auto—. ¿Y este carro? ¿Esto has alquilado? ¿Cuánto te ha costado?

Le conté la historia completa mientras salíamos del aeropuerto. Rio, se acomodó en el asiento y me dijo con esa sonrisa que tanto amaba:

—El universo se alinea, amor. Este viaje va a ser maravilloso.

Manejaba el Eclipse con dirección al hotel. La noche de Florida nos envolvía con su tibieza y esa promesa callada de que lo mejor aún estaba por venir. Y así era. Lo mejor recién comenzaba.

Camino al hotel, con el Eclipse deslizándose por la autopista bajo el cielo nocturno de Florida, Angie comenzó a contarme lo que había sucedido.

—No sabes lo que me pasó en migraciones —dijo, soltando una carcajada nerviosa.

La miré de reojo, esperando la historia controlando el velocímetro para no exceder el límite de velocidad. El camino estaba libre. Calculé que llegaríamos al hotel en unos cuarenta minutos, si no había contratiempos.

—Me tocó una morena en migraciones —empezó—. Casi no hablaba español. Y yo ya sabes… apenas mastico algo de inglés. Le dije que venía de turismo, que mi novio me esperaba, que tú estabas en un curso, que me quedaba solo tres días… le mostré el pasaje de regreso. Pero no sé qué entendió, mi inglés parecía un idioma africano.

—¿Y qué pasó? —pregunté, ya entre divertido y preocupado.

—Tres minutos después vinieron dos agentes de aduana. Enormes. Me sacaron del área de migraciones y me llevaron a un cuarto. ¡Un cuarto, amor! Me hablaban en inglés. No entendía nada. Creo que decían que sacara mis cosas, que me sacara la ropa, que iban a revisar mi maleta. Yo estaba en shock.

—¡Qué abuso! —reaccioné, apretando el volante.

—Sí… pero justo en ese momento apareció una agente de ascendencia mexicana. Hablaba español. Yo le conté todo, con calma, le expliqué que venía a verte, que estabas en un curso, que me quedaba poco tiempo. Le mostré todo de nuevo. Ella entendió perfectamente, fue amable. Y luego les explicó a los otros… y todos se mataron de la risa.

—¿Qué habían entendido?

—¡Que yo venía a quedarme! —dijo, riéndose ahora sí con ganas—. Que traía un encargo raro para ti y que ni sabía lo que llevaba. ¡Imagínate! ¡Traficante sin saberlo!

Yo también reí. El humor de Angie, incluso en situaciones tensas, era admirable.

—¿Y después?

—Igual me revisaron. Igual revisaron la maleta. Pero no había nada, claro. Me sellaron el pasaporte, me pidieron disculpas… y me dejaron salir.

La miré, sonriendo, y le tomé la mano sobre el freno de mano.

—Amor, creo que es hora de que empieces a aprender inglés en serio.

—Lo sé… —dijo, apoyando su cabeza en la ventana—. Ya me decidí. Apenas regresemos, busco un curso. Además, me va a servir un montón cuando empiece a trabajar. Ya no podemos depender de la buena voluntad de una mexicana.

—Te va a ir muy bien, mi amor. Tú aprendes rápido —le dije, besándole la mano—. Y con lo que te gusta hablar, vas a tener que hacerlo en todos los idiomas.

Ella soltó una carcajada suave. El Eclipse seguía devorando kilómetros, la ciudad se extendía a lo lejos con sus luces titilando. Angie estaba finalmente conmigo, en Miami, y a pesar de la odisea que había vivido, sonreía.

Llegamos al hotel cerca de la medianoche. El lobby estaba tranquilo, iluminado con luces cálidas y una música instrumental suave. Nos acercamos al mostrador, expliqué que mi acompañante se quedaría dos noches conmigo, luego pasaríamos a la habitación reservada. Todo fue sencillo y ágil.

Caminamos por un pasillo alfombrado, con paredes claras y cuadros impersonales. Íbamos de la mano, pero con prisa. Esa prisa que no se explica con palabras. No hablábamos, pero sabíamos. Las ganas latían desde el aeropuerto, desde el primer abrazo que nos dimos. No hacía falta más.

Apenas cerramos la puerta del cuarto, Angie me empujó hacia la cama con una fuerza juguetona, decidida. Me hizo rebotar sobre el colchón. Yo reí.

—Señorita —le dije, mirándola desde abajo—. ¿Qué le pasa? ¿Se desconoce? Estamos en Estados Unidos, la puedo denunciar por acoso…

—Te quiero comer —me dijo con los ojos brillantes, mordiéndose el labio inferior.

—¿Así? ¿Y no estás cansada del viaje?

—Sí… pero primero te quiero dentro de mí.

No había forma de resistirse a esa urgencia amorosa. A esa mirada que me atravesaba el pecho y me llegaba directo a la piel. Se arrodilló junto a la cama y comenzó a desnudarme con manos suaves, pero urgentes. Soltó mi cinturón, bajó mi pantalón. Sus labios no tardaron en buscarme. Yo solo me dejé caer sobre las sábanas, cerrando los ojos, acariciándole el cabello mientras su boca me llenaba de placer.

—¡Dios, Angie…! —murmuré, sintiendo cómo su lengua sabía exactamente dónde y cómo. Yo podría estar todo el día disfrutando de esa boquita y seguro ella también podría hacérmelo todo el día, lo disfrutaba tanto como yo.

Cuando no aguanté más, la tomé de la cintura y la subí sobre mí. Ella se desnudó sin pudor, dejándose ver entera, hermosa, entregada. Se montó con esa mezcla de hambre y ternura que solo ella sabía combinar. Se movía encima mío con el ritmo justo, sus caderas dibujaban círculos lentos y profundos, mientras me miraba con una intensidad que me quemaba por dentro.

—Te extrañé tanto, amor… —susurró, inclinándose a besarme—. Me hacías falta.

Yo la abracé fuerte, besé su cuello, su espalda. La abracé como si quisiera fundirme con ella. Luego la giré suavemente, me acomodé entre sus piernas, y la penetré con esa misma lentitud, pero con firmeza. La miraba a los ojos. Cada movimiento parecía eterno, cada gemido suyo era una confirmación de que sí, estábamos hechos el uno para el otro.

No hubo más posiciones esa vez. No nos hizo falta. El misionero fue suficiente. Ahí nos mirábamos, nos besábamos, nos decíamos cosas al oído. Ahí ella rompió en placer, su cuerpo se arqueó, se tensó, y luego se rindió completamente. Y un minuto después, o quizá más, yo también exploté dentro de ella. Fue un orgasmo lleno de emoción, más que de descarga física. Era el reencuentro. La reconexión. El amor en su forma más intensa.

Permanecimos abrazados, agitados, sin hablar. Solo respirando juntos, pecho con pecho, sintiendo cómo el corazón del otro se iba calmando.

Diez minutos después, cuando el sueño ya comenzaba a acariciarnos, ella murmuró:

—Ahora sí necesito una ducha…

La llevé al baño. Yo la bañé. Deslicé el agua tibia por su espalda, enjaboné su cuello, sus hombros, sus piernas, su vulva. Ella cerraba los ojos y se dejaba engreír. Sus labios dibujaban una sonrisa serena. Era de esos momentos en que ya no hace falta sexo, porque todo es amor.

Volvimos a la cama sin ropa. Nos metimos bajo las sábanas y nos abrazamos. Ella se acomodó sobre mi pecho, su cabello húmedo sobre mi piel. Nos quedamos así, en silencio. Respirando juntos. Sintiendo que todo estaba bien, porque al fin estábamos otra vez los dos.

El viernes era el último día del curso. Me desperté poco antes de las seis. La luz suave de la mañana se filtraba por las cortinas del hotel y, al girar, ahí estaba ella, Angie, dormida boca abajo, el cabello desordenado sobre la almohada, la espalda descubierta, su respiración pausada y profunda. Era imposible no acercarme. Deslicé mi mano por su cintura, la besé en el hombro, y como si lo hubiera estado esperando, abrió los ojos y sonrió. No dijimos nada. Nos besamos. Nos tocamos. Le hice el amor como quien se despide de una joya antes de salir a la batalla.

Ella se quedó dormida después, con esa paz que solo tiene una mujer amada. Me duché, me vestí y bajé a desayunar. El curso ese día terminaba al mediodía. La ceremonia de clausura era a las 4:30 p.m. Así que después del almuerzo me reuniría con Angie para contarle todo.

Cuando subí de nuevo a la habitación, alrededor de la una, la encontré sentada sobre la cama, las piernas cruzadas, con un libro de su universidad en la mano y el cabello recogido en una coleta alta. Estudiaba, como buena alumna, incluso en Miami.

—¿Qué haces, amor? —le pregunté, sorprendido.

—Estudiando un poco. Tengo examen apenas regresemos. Pero ya terminé por hoy… ahora soy toda tuya —me dijo, cerrando el libro con una sonrisa que derretía.

Le conté que aún tenía que bajar a la ceremonia de clausura. Ella ya imaginaba que tenía buenas notas, pero igual me animó:

—Seguramente tienes nuevamente el primer puesto. Si no lo tienes tú, no sé quién.

—Es posible —le dije, sonriendo—. Aunque hay gente muy buena en este grupo.

Almorzamos juntos en el comedor del hotel. Le presenté a algunos de los compañeros que aún no conocía de Panamá. Todos se mostraron cordiales, pero más de uno no podía evitar mirar a Angie con algo más que cortesía. No era solo su belleza. Era esa mezcla entre elegancia, seguridad y dulzura que la envolvía. Ella sonreía, conversaba con todos, pero su mano no se soltó de la mía en ningún momento. Era mi cómplice, mi pareja, mi orgullo.

Subimos a la habitación, solo pudimos conversar unos minutos y a las 4 bajé al salón de eventos del hotel. Y efectivamente, obtuve el primer puesto nuevamente. El gerente regional de capacitación me saludó con calidez:

—Segunda vez que ganas, felicitaciones. ¿No has pensado pasar al área de capacitación? Estamos formando un equipo para Sudamérica.

—Sí, podría considerarlo, pero ahora estoy disfrutando mucho las ventas —le dije con sinceridad.

—Bueno, ese es el problema —bromeó—. En ventas se gana mejor. Cuando te podamos pagar igual, hablamos.

Nos reímos. Hubo fotos, abrazos, despedidas. Algunos ya estaban con sus maletas listas para el vuelo nocturno. Otros partían al día siguiente. Yo, en cambio, tenía otro plan: un fin de semana con mi Angie.

Subí con la noticia en la boca, feliz de compartirla con ella. Cuando abrí la puerta, el aire pareció detenerse por un segundo.

Angie ya se había cambiado para salir. Estaba parada frente al espejo del cuarto, ajustándose un collar dorado sobre un vestido blanco largo, casi etéreo. El escote era profundo, elegante, y su falda de pliegues vaporosos dejaba entrever la silueta de sus piernas. Su cabello castaño oscuro estaba recogido con pulcritud, y sus ojos marrones resaltaban con un maquillaje sutil pero provocador.

—¡Guau! —dije sin filtro.

Ella giró apenas, con una media sonrisa.

—¿Muy exagerado para ir de compras?

—Exageradamente hermosa, más bien —le respondí, acercándome—. Vas a hacer que nadie mire los precios en el mall.

—Entonces, que me miren —dijo guiñando un ojo—. Tú solo cómprame un helado.

Esa tarde en el Dolphin Mall fue más de paseo que de compras. Caminamos sin apuro, tomados de la mano, curioseando y riéndonos de algunos modelos. Aun así, compramos un par de zapatillas cada uno. Angie eligió unas blancas con dorado, y yo unas negras en liquidación.

Lo que más nos impactó fueron los precios de los electrónicos. Estuve a punto de comprar el nuevo Samsung, pero Angie, con su calma habitual, me recordó nuestras prioridades y lo innecesario del gasto. Guardé la tarjeta y la abracé, agradecido.

Cerramos la tarde comiendo helado, sentados en una banca, riendo como adolescentes en una aventura. Las compras grandes vendrían al día siguiente. Llegamos al hotel casi a las 10, felices, cargados de un par de bolsas. Apenas entramos, fuimos directo a la ducha. El agua tibia encendió nuestro deseo; nos enjabonamos entre juegos, besos y caricias que terminaron fundiéndonos en una entrega intensa y natural.

Al salir, entre las toallas y las risas, me empujó suavemente hacia la cama. Apenas llegamos al borde, me abrazó y nos fundimos en un beso largo y húmedo, de esos que anuncian una entrega total.

Hicimos el amor ahí mismo, al filo del colchón. La primera posición fue ella echada en el borde, yo de pie frente a ella, besándola, penetrándola suavemente mientras ella se sostenía de mis hombros. Luego, la hice girar, con las manos apoyadas en el colchón y las rodillas en el suelo, mientras yo me arrodillaba tras ella. Finalmente, ella se echó de espaldas, medio cuerpo aún sobre la cama, las piernas extendidas hacia mí, y yo me incliné sobre ella, abrazados, perdidos el uno en el otro. Fue intenso, profundo, una de esas veces donde no importan los movimientos sino el deseo contenido que por fin se libera.

Después, aún entre respiraciones entrecortadas, nos envolvimos en la sábana, riéndonos, conversando. Ella sacó las bolsas y me mostró sus compras con una mezcla de picardía y sinceridad.

—Compré un par de juegos de Victoria’s Secret —dijo, sacando el delicado encaje de uno de ellos—. Son bonitos, pero la verdad es que en Gamarra encuentro cosas muy parecidas por una cuarta parte del precio.

Se encogió de hombros y sonrió.

—Pero quería darme el gusto. Estaban en oferta.

—Te los mereces todos, amor —le dije, abrazándola desde atrás mientras sostenía una de las prendas frente al espejo—. Aunque tú sin nada eres insuperable.

Nos miramos por el reflejo. Era cierto. Había una confianza absoluta entre nosotros. Una intimidad que iba más allá del cuerpo. Nos mostrábamos tal como éramos, sin filtros, sin vergüenzas. Ella volvió a guardar las cosas, me besó en la mejilla y dijo:

—Qué suerte la mía, tenerte.

—La mía, amor. Sin ti, todo esto no tendría sentido.

Y así, nos metimos a la cama, con nuestras pieles desnudas como pijama, nos fuimos quedando dormidos, abrazados una vez más, entre compras, planes y ese amor que no dejaba de crecer.

La mañana del sábado nos sorprendió aún desnudos, entre sábanas tibias, envueltos en esa quietud que solo se tiene cuando el mundo está en pausa. Apenas despuntaba la luz, pero ya podía sentir a Angie moverse suavemente a mi lado.

Pensé que simplemente buscaba una mejor posición para seguir durmiendo. Pero no. Sus movimientos eran más intencionales, más precisos. Unos segundos después, sentí cómo su mano buscaba con delicadeza el centro de mi cuerpo hasta que llegó a mi pene. Era su forma favorita de decirme “buenos días”. Su caricia tenía esa mezcla perfecta de ternura y deseo que tanto la caracterizaba. Bajó hasta mi pene y comenzó a besarlo, cuando se lo metió a la boca, no lo introdujo todo, solo hacia rápidos movimientos con sus labios en mi glande, no bajaba más, se concentró solo en la cabeza de mi pene, ya erecto, mientras me acariciaba los testículos. Su lengua y sus labios, solo se centraban en esa parte de mi pene, la más sensible, mientras ella sobaba sus pechos en una de mis piernas. Mientras lo hacía me miraba con unos ojos que delataban que lo disfrutaba tanto como yo.

Luego solo se echó boca abajo en la cama, era mi turno, la penetré desde atrás, apoyando mi pecho en su espalda, mientras le daba besos en la nuca, sus hombros y su boca. así le di buen rato, ella gemía, ponía los ojos en blanco y se agarraba con fuerza de la cama, hasta que la llené con mi explosión de placer.

Hicimos el amor con calma, sin apuro, sin prisa. Como si el reloj no existiera, como si el mundo se hubiera reducido a esa cama, a nuestra piel, a nuestros suspiros acompasados. No importaba cuántas veces lo hubiéramos hecho antes. Siempre había algo nuevo que descubrir, una forma distinta de tocarnos, de fundirnos, de entendernos sin palabras.

Después de una ducha rápida y muchas risas bajo el agua, bajamos a tomar desayuno. El plan era ir a la playa, así que regresamos a la habitación para cambiarnos. Angie entró al baño, y me pidió que no la siguiera, que quería darme una pequeña sorpresa. Me reí, ya sabía a qué se refería. Me puse mi ropa de baño mientras la esperaba, entretenido entre mis pensamientos.

Cuando ella salió del baño, me quedé inmóvil. Angie llevaba un bikini de rayas rojas y blancas, pequeño, atrevido, hecho a su medida. El top triangular realzaba con elegancia su busto, mientras que la parte inferior, con nudos a los lados, apenas cubría lo justo. Estaba espectacular, como siempre, pero más aún bajo la luz del sol que entraba filtrada por la ventana. Me sonrió, sabiendo perfectamente el efecto que tenía en mí.

—¿Te gusta? —preguntó con picardía, girando apenas para mostrarme todo el conjunto.

—Me encanta —le dije, con una sonrisa honesta—. Aunque no sé si voy a dejar que te metas al agua con eso.

Angie se rio y se puso un short de mezclilla con un polo blanco suelto. Salimos rumbo a Miami Beach, un viaje de 40 minutos desde Fort Lauderdale. Íbamos con música y las manos entrelazadas. Encontrar estacionamiento fue complicado; todo era nuevo para nosotros, desde el parquímetro hasta las zonas permitidas.

Finalmente, dejamos el auto y caminamos hacia la playa. El mar azul y el sol alto eran perfectos. Angie se tumbó en bikini con naturalidad; yo me recosté a su lado y la contemplé, agradecido de tenerla en mi vida.

Alrededor de las dos, con hambre, recogimos todo y buscamos un lugar distinto para comer. Encontramos un Checkers, una cadena rápida que no existe en Lima. Probamos hamburguesas, papas sazonadas y malteadas: grasoso, especiado, sabroso.

Al salir, vimos una tienda de Ross cerca del puerto. Aún teníamos tiempo. Nos miramos cómplices… y entramos.

Y fue la locura.

Angie se volvió literalmente loca entre los estantes. Blusas, vestidos, ropa interior, accesorios. Yo también me dejé llevar. Encontré polos, ropa deportiva, calzoncillos, un par de zapatos. Nos separamos. Cada uno tomó un carrito. Yo me fui al área de hombres, ella desapareció entre los pasillos de ropa femenina. Nos reencontramos casi 40 minutos después. Yo con una bolsa mediana, ella con un carrito que parecía al borde del colapso.

—Angie… —le dije, medio entre risas—, todo eso no entra ni en tu maleta, ni en la mía.

Recién ahí se detuvo a mirar su montaña de cosas. Se quedó en silencio unos segundos, como si recién aterrizara en la realidad. Empezó a sacar algunas prendas, a hacer cálculos mentales. Aun así, no soltó mucho.

Salimos de la tienda con varias bolsas. Yo con una bolsa grande con mis compras, pero además la ayudaba con las 4 bolsas que ella había comprado. Además, Ella iba con tres bolsas repletas de todo tipo de cosas. Una señora de la caja, muy amable, nos dijo en inglés con acento caribeño que, si hubiéramos venido por la mañana, habríamos encontrado aún más cosas, que el surtido era mejor. Nos miramos y supimos que eso no iba a quedar ahí.

En el hotel, Angie organizó las compras sobre la cama. Aún teníamos casi una maleta vacía. Nos dijeron que había otra tienda de Ross cerca, así que planeamos visitarla antes del vuelo.
 
Esa noche, rendidos pero conectados, nos dimos una ducha y nos acostamos. Solo hicimos el amor una vez, suave, íntimo. Un bálsamo que nos unía. Nunca me cansaba de ella, de su piel, de sentir que era mía. Todo comenzó con un beso largo, donde nuestras lenguas se entrelazaban, jugaban, nuestras manos buscaban el cuerpo del otro, acariciándolo, provocándolo. Angie se dio la vuelta suavemente, ofreciéndome su espalda, yo la penetré suavemente en cucharita, pero ese ritmo inicial se fue volviendo frenético, sus gemidos me invitaban a darle más duro, mientras la sujetaba de los senos.

Ella me jalo mientras se ponía boca abajo y se lo metí en esa posición, ella levantaba sus caderas para que su trasero se inclinara y yo pueda entrar más en su vagina. Le besaba el cuello, las orejas y ella buscaba mi boca. Dándole duro en esa posición ella mordía las sábanas cuando llegó al orgasmo. Seguí bombeándole, ella ya gritaba de placer, cuando finalmente lea llene con mi leche. Permanecimos unidos varios minutos, solo besándonos, acariciándonos. Finalmente nos abrazamos y dormimos muy juntos.

Despertamos entrelazados, con la luz de Florida entrando por la ventana. Como siempre, comenzamos el día amándonos. Era nuestra forma de decirnos “buenos días” con el cuerpo y el alma.

Después de una ducha rápida y un desayuno ligero en el hotel, nos dirigimos a la tienda de Ross Dress for Less que habíamos ubicado la noche anterior en Fort Lauderdale, cerca de Sunrise Boulevard. Esta vez, Angie ya iba decidida. Llevaba una lista mental de todo lo que había dejado la tarde anterior. Y yo… bueno, también me dejé tentar. Encontramos varias ofertas que no podíamos dejar pasar: ella salió con más ropa, accesorios, un par de sandalias, y yo con algunos polos y un nuevo reloj deportivo que me encantó.

Ya nos estábamos yendo, caminando por el estacionamiento, cuando Angie me jaló el brazo.

—Amor, espera… ¿vamos?

Señalaba con la mirada una tienda al otro lado del lote de parqueo. Me detuve. Leí el cartel: Sensual Secrets, un sex shop.

—¿Tú quieres entrar ahí? —le pregunté, con una sonrisa de sorpresa.

—Claro. ¿Por qué no?

Subimos al auto para acercarnos, estacioné cerca, con cierta curiosidad y, por qué no, con un poco de nervios. Nunca habíamos estado en una tienda así juntos. Entramos y quedamos fascinados. Angie parecía una niña en una tienda de caramelos. Había de todo: juguetes, lencería, aceites, artículos que solo había visto en películas. Para mí no era territorio completamente nuevo, pero nunca había comprado nada. Para Angie, en cambio, era todo un descubrimiento.

Nos reímos, nos sonrojamos juntos, hicimos comentarios en voz baja. Al final, salimos con una pequeña bolsa negra: dos anillos para el pene, un vibrador discreto, dos plugs anales de diferentes formas, un juego de esposas forradas para pies y manos y ocho tubos de lubricante que estaban en oferta. De camino al hotel, le dije:

—Tenemos que planear bien cuándo vamos a usar todo esto…

—Totalmente —me respondió con picardía—. Hoy ya no da tiempo… pero ya llegará el momento.

Regresamos al hotel para empacar. Organizamos todo cuidadosamente: cada prenda, cada regalo para mi madre, cada recuerdo del viaje. Tuvimos que usar una tercera maleta de mano que habíamos comprado esa mañana. A la una dejamos la habitación y guardamos las maletas en la recepción.

Fuimos a almorzar a una cadena que no conocíamos: Pollo Tropical. La comida era distinta, con sazón caribeña, sabrosa. Nos gustó.

A las cuatro estábamos de regreso en el aeropuerto. Entregué el auto en Alamo, todo rápido, sin contratiempos. Caminamos con nuestras dos maletas grandes, la mochila de Angie y la maleta de mano hasta el counter de la aerolínea. Hicimos check-in sin complicaciones, pasamos migraciones. El vuelo partía a las siete de la noche.

Una vez en el avión, sobrevolando Miami, comenzamos a conversar. Hablamos de todo lo vivido, de las compras, de las risas, de la playa, del hotel, de las nuevas experiencias. Angie me tomó la mano, me dio un beso suave y dijo:

—Gracias, amor. Gracias por este viaje. Ha sido perfecto.

Estábamos por quedarnos dormidos, cuando de pronto se incorporó y me dijo:

—¿Y si nos revisan las maletas en Lima?

—No llevamos nada que esté repetido ni en grandes cantidades —le dije—. Todo es de uso personal.

—Ya, pero… lo del sex shop —susurró—. Qué vergüenza si lo encuentran.

Reímos bajito. Le tomé la mano y le dije:

—Somos una pareja joven, amor. Podemos experimentar. El aduanero no tiene por qué opinar. Y además, solo tú y yo tenemos que rendirnos cuentas.

Ella se recostó en mi hombro y me besó.

—Tienes razón. A quien le tengo que dar explicaciones es a ti. Y tú me entiendes todo.

Poco después, se quedó dormida.

Despertamos cuando el capitán anunció el descenso en Lima. Seis horas de vuelo que se nos pasaron dormidos y abrazados. Recogimos las maletas. No hubo revisiones, ni preguntas, ni demoras. Salimos tranquilos.

Tomamos un taxi hasta mi departamento. Angie se quedó a dormir conmigo esa noche. A pesar del cansancio del viaje, antes de dormir hicimos el amor, como para sellar el regreso, como para volver a unirnos en nuestra ciudad.

Fue casi como si nuestros cuerpos se buscaran sin avisarnos. Nos metimos en la cama desnudos, siempre dormíamos así, pero cuando ella pegó su espalda a mi pecho, acomodándose para dormir, sintió mi pene un poco más grande que lo normal, comenzó a moverse, yo a besarla y a acariciarle los senos, poco a poco mi pene erecto ya jugaba con sus nalgas. Ella se movió buscando que mi pene erecto le encajara y entrara en su vagina, cuando lo consiguió, comenzamos a movernos, lento, pausado, casi como si fuésemos a dormir así, hasta que yo comencé a empujar mi pene más y más adentro suyo, ella se inclinó un poco más para que yo entre hasta el fondo, a los pocos minutos, yo estaba encima de ella, dándole duro y ella gimiendo agarrada de las sábanas con fuerza. No paramos hasta llenar su coño, fue un orgasmo que llegó lento pero potente. Luego solo nos colocamos como al principio, su espalda conta mi pecho, la abrace y dormimos profundamente hasta las cinco de la mañana.

La desperté con un beso y la llevé a casa de mi madre, sin ser visto. Ella entró como si nada solo con la maleta pequeña donde estaba su ropa y algunas compras. Yo regresé al departamento, me duché, me vestí, y salí a trabajar.

La vida continuaba. Pero nosotros habíamos regresado distintos. Más unidos. Más cómplices. Más enamorados que nunca.
 
Treinta y Siete – LA SOBRINA EJECUTIVA

Después del viaje a Miami, abril se convirtió en un mes de aterrizaje y organización. Con lo que cobré a fin de mes, tal como habíamos previsto en esas noches de pizza, cuentas y abrazos, compramos todo lo que teníamos planificado en esta primera etapa. La cocina ya estaba completa, con sus artefactos relucientes. El comedor, aunque modesto, era nuevo y elegante. El dormitorio ya tenía lo necesario para ser nuestro —aunque ella no viviera todavía conmigo, ambos lo sentíamos como un espacio compartido, como nuestro cuarto. Hasta el baño lucía como uno recién reformado, funcional y bien equipado.

Nos faltaba implementar la sala, algunos detalles decorativos y terminar de armar su escritorio, que seguía siendo una esquina amorosamente caótica con libros, lápices, su computadora y algún que otro papel suelto con fórmulas o apuntes. Todo eso quedaría para los próximos meses, cuando llegara el dinero fuerte de julio. Pero no había apuro. Angie se las había ingeniado para estirar el dinero como si fuese elástico. Era increíble cómo manejaba el presupuesto. Tenía una intuición financiera que yo no tenía, y una capacidad para priorizar sin que se sienta carencia. Ella no solo administraba el dinero, administraba nuestros sueños.

—Amor, tú pagas las cosas grandes —me decía con una sonrisa pícara—. Yo quiero poner, aunque sea los cubiertos. Quiero sentir que este hogar también lo construyo yo.

Y así era. Aunque seguía viviendo con mi madre, su presencia llenaba el departamento. Angie tenía llave y lo visitaba un día sí, un día no, generalmente después de clases. Algunas tardes yo llegaba y la encontraba estudiando, con una taza de café a medio tomar. Otras veces me recibía en la cama, con menos ropa que apuntes. Los fines de semana, sobre todo los sábados, eran nuestros. A veces lograba quedarse hasta el domingo, inventando alguna excusa creíble para mi madre, que seguía creyendo que la sobrina ejemplar dormía en casa de alguna amiga aplicada.

Era viernes por la tarde y el departamento estaba en silencio, bañado por la luz dorada que se colaba por las cortinas. Yo estaba en la sala, con un libro en una mano y una cerveza en la otra, cuando escuché el sonido familiar de la llave girando en la puerta. Apenas levanté la vista y la vi, sentí cómo se me iluminaba el día.

Angie estaba ahí, con esa sonrisa que me desarmaba. Llevaba puesta una minifalda gris de cuadros, un top blanco y una casaca de cuero negra. Se veía hermosa. Moderna. Fuerte. Me levanté sin pensar y la abracé apenas cruzó la puerta. Su cuerpo encajó en el mío como siempre.

—Hola, amor —me dijo con dulzura—. Me muero por una ducha. ¿Salimos a cenar después?

—Lo que tú quieras, mi vida.

Subió las escaleras con paso ligero. Yo me quedé unos minutos más en la sala, pero cuando escuché el agua correr, algo me empujó a seguirla. Entré al baño sin hacer ruido. Ella estaba bajo la ducha, de espaldas, el agua resbalando por su piel. Me acerqué sin decir nada y la abracé desde atrás. No hizo falta hablar. Nuestras manos comenzaron a recorrer el cuerpo del otro. Jabón, caricias, risas, miradas que calentaban más que el agua tibia.

No hicimos el amor ahí. Era más un juego, un preludio. Salimos envueltos en toallas, secándonos entre besos y empujones suaves. En el dormitorio, la cama nos recibió con la naturalidad de siempre. Me arrodillé frente a ella y comencé a besarla. Bajé con lentitud, con hambre y ternura, y me entregué por completo. Su vulva depilada me invitaba a lamerla y meter mi lengua ahí. Su cuerpo respondía como siempre: como una sinfonía afinada al milímetro. Mientras sus manos me acariciaban el cabello, su respiración se aceleraba. Cuando encontré su clítoris, que ya estaba hinchado y rosado, apliqué mi lengua ahí, eso la volvió loca. Mis manos amasaban sus senos mientras seguía lamiendo su vulva y su clítoris.

Luego subí y me puse sobre ella sin penetrarla aun,

—Amor —le susurré—. ¿Y si jugamos un poco más esta vez?

Ella me miró, curiosa, con esa chispa traviesa en los ojos.

—¿A qué te refieres?

Fui hasta el cajón y saqué la pequeña bolsa negra que habíamos traído de Miami. Angie se rio, divertida, como una niña que redescubre un juguete olvidado.

—¡Eso estaba ahí todo este tiempo?

—Esperando el momento perfecto —le dije, mostrándole el anillo vibrador.

Lo saqué, coloqué una de las baterías nuevas que venían en el paquete y lo encendí. Ella abrió los ojos sorprendida cuando se lo mostré ya vibrando.

—Quiero probarlo —me dijo, seria pero expectante.

Me lo puse con cuidado. Cuando me acerqué de nuevo a ella y la penetré con lentitud, vi cómo su expresión cambiaba. La vibración la sorprendió. Cerró los ojos, apretó los muslos y sus manos se aferraron a las sábanas.

—No te muevas... por favor, quédate quieto un momento —dijo entre suspiros—. Quiero sentir eso... solo eso. Mi pene estaba al fonde de ella y el anillo estimulaba directamente su clítoris.

Y así lo hicimos. Me mantuve dentro de ella, inmóvil, mientras el anillo hacía su magia. Ella se estremecía con cada vibración que se propagaba en su interior. Estuvimos así varios minutos, sus cuerpos entrelazados, apenas moviéndonos, besándonos, respirando juntos.

Poco a poco comencé a moverme, ella gemía fuerte cada que mi cuerpo chocaba con el de ella, yo prolongaba un poco el movimiento cuando estaba al fondo, para que sienta el vibrador en mi pene. No duró mucho, quizá tres o cuatro minutos y ella estallo en un orgasmo de esos que hacen que me clave las uñas en la espalda y su cuerpo tiemble de placer. La puse piernas al hombro para que sienta mas y le di hasta que un rato después, la llené de semen.

Cuando por fin nos dimos una pausa, estábamos agotados pero livianos. Angie apoyó su cabeza en mi pecho, todavía recuperando el aliento.

—¿Y si ahora sí salimos a cenar? —me dijo con una sonrisa pícara—. Pero no muy lejos... que quiero volver pronto a casa.

Después del primer encuentro con el anillo vibrador, salimos a cenar por los alrededores. Nada sofisticado. Unos anticuchos cerca del departamento, una cerveza, muchas miradas cómplices. Pero más que hambre de comida, teníamos hambre de volver a tocarnos. Angie no dejaba de acariciarme la mano bajo la mesa, de morderse el labio cuando nuestras miradas se cruzaban. No necesitaba decirlo: quería volver a casa.

Apenas cerramos la puerta del departamento, ya nos estábamos besando. Primero lento, luego con esa urgencia que solo nace entre dos cuerpos que se conocen demasiado bien. Caminamos hacia la sala sin despegarnos. Mi chaqueta cayó al suelo. Su falda quedó en el primer peldaño de la escalera. Seguimos desnudándonos entre besos, entre risas y jadeos, hasta que llegamos al dormitorio.

Ahí, ella se sentó en la cama y me miró con esa mirada suya que era mitad deseo, mitad ternura. Me acerqué y, sin decir nada, comencé a besarla. Bajé poco a poco, con mi boca marcando un camino de caricias hasta llegar a donde ya me esperaba húmeda y entregada. Abrió las piernas y la amé con la boca, despacio, sin apuro, vulva, clítoris, dos dedos dentro de su depilada conchita y la otra mano jugando con sus tetas, hasta que su espalda se arqueó y sus gemidos llenaron la habitación.

Cuando sus latidos empezaban a calmarse, me incorporé y saqué la bolsa negra con los juguetes. Ella se mordió el labio al verla.

—¿Otro? —preguntó, entre nerviosa y excitada.

—Sí, amor. Vamos a probar algo nuevo, si tú quieres.

Saqué uno de los lubricantes íntimos que habíamos comprado en Miami. Era de textura suave, sin olor, perfecto para lo que pensaba. Angie me miraba, respirando profundo. Se acomodó en la cama, en cuatro, sabiendo lo que venía. Pero esta vez no era solo sexo. Era una entrega absoluta, un acto de confianza y de amor.

Lubriqué con cuidado, acariciando su piel, relajándola. Tomé mi tiempo. Sentía su cuerpo vibrar bajo mis manos. Cuando finalmente me deslicé dentro de ella, con lentitud, Angie gimió con fuerza, hundiendo el rostro en la almohada. Y al mismo tiempo, tomé el pequeño vibrador de silicona y lo llevé a su otra entrada, encendiéndolo al mínimo y deslizándolo suavemente en su vagina.

—Dios... —susurró con la voz rota de placer—. No... no sabía que se podía sentir esto...

Sus manos apretaban las sábanas. Su cuerpo se movía con hambre, con entrega. Yo también estaba perdido en ella, para poder sostener el vibrador en su vagina, esta inclinado sobre su espalda, lo que aprovechaba para besarla. En sus sonidos, en su piel, en el estremecimiento de su espalda. El contraste de sensaciones la volvía loca, y yo la contemplaba con devoción, fascinado por su entrega, por su capacidad de sentir tanto y dejarme entrar en su mundo de placer.

Angie gemía sin inhibiciones, como si nada más importara, como si el mundo se resumiera en esa habitación, en ese instante. No sé si los vecinos escucharon. Tal vez todo el edificio. Pero a nosotros no nos importaba. Éramos dos cuerpos fundidos, dos almas que habían encontrado nuevas formas de tocarse.

Cuando finalmente llegamos al clímax, fue como una ola larga y profunda, que nos arrastró sin freno. Nos desplomamos en la cama, agotados, cubiertos de sudor, riendo y besándonos como si fuésemos adolescentes que acababan de descubrir algo mágico.

Angie se recostó sobre mi pecho, aún temblando.

—No sabía que se podía sentir así —susurró—. Nunca, nunca había sentido algo así. Es un placer doble, sentirme en mi trasero y el juguetito en mi vagina… eso es… es… ¡es demasiado placer!

La abracé fuerte.

—Te mereces sentir todo, mi amor. Porque tú me das todo.

Nos quedamos así, en silencio, con los latidos aún acelerados y las manos entrelazadas. Sabíamos que habíamos cruzado una nueva puerta en nuestra intimidad. Y detrás de esa puerta, lo que había era amor. Un amor libre, cómplice, absoluto.
 
Conduciendo el Deseo

Angie, tan ordenada y previsora como siempre, había insistido en que era hora de que aprenda a manejar. Ya lo habíamos postergado bastante, pero se estaba haciendo necesario.

Comenzamos los primeros ensayos un domingo por la tarde, dando vueltas por el parque que rodeaba la casa de mi madre. Angie, primero temerosa, fue agarrando el ritmo rápidamente. Tenía buena coordinación, aprendía escuchando y lo hacía con paciencia. Las primeras veces soltaba la palanca de embrague como si le diera miedo, o soltaba el embrague muy rápido y el carro saltaba. Yo hacía tripas corazón por mi caja de cambios, pero no quería que Angie se inhibiera. Al segundo día ya hacía los cambios con suavidad y solo un par de veces se le apagó el carro.

—¡Estoy manejando! —me dijo sonriendo mientras avanzábamos en segunda a lo largo del parque.

—Claro que estás manejando, amor. Aprendes muy rápido.

Durante dos fines de semana practicamos ahí. Pero ya era momento de llevarla a otro nivel. Le propuse salir a una playa del sur. Sería un viaje corto, tranquilo. Era quincena de abril, y como estábamos entrando al invierno, sabíamos que las playas estarían vacías.

El sábado salimos temprano. Angie llevaba un pantalón de algodón, un polo blanco y una casaca liviana. Yo también llevaba un buzo de algodón, una camiseta y Zapatillas. Nos detuvimos en una playa tranquila, Punta Negra. Yo había pasado algunos días de verano ahí porque mis padres tenían un amigo que tenía casa en esa playa. El lugar estaba silencioso, casi sin autos, perfecto para practicar.

Ella condujo durante tres horas. Prueba tras prueba, estacionamientos, retrocesos, giros cerrados. Y cada vez mejor. Manejaba de extremo a extremo, había una calle paralela a la calle principal, que iba desde la bajada a la playa, hasta donde termina el balneario, casi 30 cuadras.

Cuando dio la enésima vuelta, ya controlando perfectamente el auto, le dije,

—Ya estás lista amor, ahora solo a estudiar para el examen teórico y tienes tu brevete.

—Creo que te debo algo por estas clases —me contestó, con esa sonrisa que me derretía.

—¿Algo como qué?

—Una recompensa —me respondió bajando la voz, mientras con un gesto pícara se levantaba el polo, dejándome ver esas preciosas tetas que hace tiempo no conocían al sostén.

Nos estacionamos en una zona apartada de la playa El Revés, rodeada de casas de verano cerradas. Pusimos el auto mirando hacia el mar, justo al borde donde acababa la tierra y comenzaba la arena, para más seguridad.

Dentro del Mazda, el mundo se detuvo. Las lunas oscuras nos protegían, y la excitación de lo prohibido lo envolvió todo. Ella se inclinó sobre mí y sacó mi pene para metérselo a la boca, sin más preámbulos. Comenzó a lamerlo y mamarlo, cuando lo tuvo bien fierro, se pasó al asiento de atrás, mientras yo me sacaba el pantalón y la ropa interior. Cuando la alcance atrás, ella había hecho lo mismo, estaba solo con su polo, sentada en el asiento posterior. Me puse de rodillas entre sus piernas abiertas y le hice sexo oral, esa maravillosa conchita depilada, ya estaba muy mojada.

Luego, Angie se echó y me ofreció su vulva, con las piernas muy abiertas, una sobre la ventana posterior y la otra sobre el asiento del copiloto, entré en ella así, claro no era muy cómodo, yo estaba medio arrodillado, una pierna en el asiento y la otra en el piso, pero se la encaje toda. Angie gemía muy rico y me decía que siga, que no paré. Seguramente a estas alturas el Mazda se movía al ritmo de mis embates, pero igual seguí dándole hasta que estallé en el coño de mi mujercita.

Después de quedarnos un rato así abrazados, sudorosos, asomé la cabeza y limpié un poco la luna empañada. No había moros en la costa. Todo Ok.

Bajamos del auto y caminamos un rato por la arena. El sol tibio de un sunset de otoño tocaba su piel. No había nadie cerca, o eso creíamos. Caminamos un buen rato, hasta que vimos nuestro auto pequeño a lo lejos. Nos sentamos a contemplar el mar. Era una parte oculta de la playa, pues era la pendiente relativamente pronunciada que se forma al romper las olas. Estuvimos 15 minutos viendo como caía el sol y el día se iba apagando.

En ese momento la besé con ternura, deslicé mis dedos por su vientre y luego por sus muslos. Ella se entregó completamente. Nos besamos, le besaba los senos, ella gemía suavemente, me subí sobre ella, me bajé el pantalón lo suficiente para que mi pene erecto se liberara, ella se sacó el pantalón solo de una pierna y la penetré. Luego cambiamos, yo me eche en la arena y ella me montó, cuando me tuvo dentro se echó sobre mi pecho para besarnos, Nos amamos con calma, hasta que ella levantó su tórax para cabalgar con más ritmo, ya estaba bastante acelerada y me quería más al fondo, cuando levanta la cabeza, ve pasar a unos 20 pasos a dos pescadores. Le sonrieron, ella solo se volvió a echar sobre mí. Nos habían visto. Mas a ella que a mí. Angie se tapó el rostro entre risas, avergonzada.

—¡Que roche amor, me vieron las tetas!

—Tranquila, no nos conocen —le dije.

—Sí, pero igual qué roche —respondió riendo mientras se vestía echada de espaldas en la arena.

Regresamos al auto, riéndonos de la anécdota, contemplando el mar… hasta que sentimos el frio de la noche que ya se había instalado, aceleramos el paso. Cuando llegamos al auto, estábamos parados con la puerta delantera y trasera de su lado abiertas, tratando de limpiar toda la arena para no ensuciar tanto el auto. Angie se sacó el pantalón para sacudirlo y no pude evitarlo. La abracé por la espalda comencé a besarla y sobar mi pene, aun dentro de mi pantalón contra su trasero.

—Amor, me dijo, estamos fuera del auto…

—Ya nos vieron, no importa, además en esas casas no hay nadie… no me vas a dejar a medias…

—Y después dices que yo soy la golosa…

Mi pene ya estaba fierro otra vez, lo saqué del pantalón, le corrí un poco la tira del hilo que llevaba como calzón y se la metí sin misericordia. Angie solo soltó un gemido y se acomodó con las manos sobre el asiento delantero.

Varios minutos después, sentí como su cuerpo se estremecía con su orgasmo y seguí bombeando un rato hasta que yo también llegué al clímax.

Volvimos a Lima tranquilos, paramos a comer algo antes de dejarla en casa de mi madre. Esa noche dormiría ahí y saldría el domingo temprano, diciendo que iba de paseo con unas amigas, pero en realidad iría al departamento a estar conmigo.

Las prácticas de manejo continuaron los siguientes días en avenidas pequeñas y luego más grandes. Ella ya estaba lista. Tramitó todos los papeles para el brevete y unas semanas después, dimos el paso final.

El centro de exámenes estaba en Lurín. Angie insistió en dar el examen con el Mazda. No quiso alquilar otro. Le tenía cariño y confianza. Yo la acompañé. Estaba nerviosa, pero segura. La vi manejar como una profesional. Aprobó en su primer intento.

—¡Pasé! —gritó saliendo, abrazándome fuerte.

Regresamos felices. En el camino, ella me dijo:

—Quiero celebrarlo contigo. Vamos a un hotel, como antes.

—¿Volver al hotel? Pensé que ya no te gustaba —le dije bromeando.

—¡Me encanta! Solo que ahora ya tenemos casa... pero hoy quiero revivir eso. Tres veces —dijo guiñándome el ojo.

Fuimos al hotel de siempre. Antes, hicimos una parada rápida en una farmacia; sabíamos que esa tarde sería especial, necesitaríamos lubricante. Al llegar, no hubo apuro, ni urgencias. Era uno de esos momentos donde el deseo no era solo físico, sino también emocional, un reencuentro después de días intensos. Angie se movía con esa calma que me fascinaba, con esa seguridad que me desarmaba. Se desnudó lentamente, dejando caer cada prenda como si fuera parte de un ritual antiguo. Solo se dejó el polo blanco, ceñido, que le cubría apenas las caderas.

—¿Me amas? —preguntó, acercándose sin prisa, con los ojos bien clavados en los míos.

—Con locura —respondí, sintiendo ya su pubis rozar el mío.

—¿Eres mío?

—Totalmente, amor.

—¿Qué me harías?

—Todo… menos herirte. Eres mi joya —dije, con la voz bajando al tono más íntimo que tenía.

Ella sonrió, esa sonrisa que mezclaba picardía con ternura. Tomó mi miembro con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de su mirada, y tirando de mí, susurró:

—Entonces ven… y tómame.

Me llevó hasta la cama y se colocó de rodillas, apoyando las manos sobre el colchón. Su polo se levantó apenas, dejando al descubierto su espalda, su cintura, la curva perfecta de su trasero que me invitaba a perderme. Bajó la cabeza, se acomodó con esa entrega que solo se da cuando hay confianza total, cuando el cuerpo no teme, porque el alma sabe que está a salvo.

Me acerqué despacio, acariciando sus muslos, sus caderas, su espalda. Mi respiración ya estaba entrecortada, pero no había prisa. Su cuerpo era mi refugio, su silencio, mi guía. Me incliné sobre ella, besándole la nuca, el cuello, los hombros. Ella tembló apenas.

—Estoy aquí… contigo —le susurré.

Asintió en silencio, mordiéndose el labio, entregándose sin palabras, pero diciéndolo todo con el cuerpo. Mi mano buscó el frasco que habíamos traído. Ella lo oyó, lo sintió, se preparó. Su cuerpo hablaba por ella. No hacía falta decir más.

La penetré vaginalmente, con un ritmo lento, solo para calentarla más, mientras que lo colocaba el lubricante con suavidad, pero metiendo un poco mi dedo. Angie gimió.

—Debimos traer los juguetitos de Miami, le dije.

Ella solo dijo un aja, estaba con los ojos cerrados gozando lo que le hacía en el ano y sintiendo mi pene en su vagina. Puse mi pene en su entrada y jugué un momento ahí, no lo metía, solo lo sobaba, lo movía a través de la línea entre sus nalgas. Los gemidos de Angie me decían que iba por el camino correcto. Cuando finalmente lo puse nuevamente en la entrada de su culito y se lo empujé, ella soltó un gemido mas fuerte y se agarró con fuerza de las sábanas.

Lo hicimos con cuidado, con respeto, con amor. Porque eso era lo que marcaba la diferencia: no era una fantasía vacía, era una promesa de pertenencia mutua. Me movía primero con suavidad, siempre atento a sus expresiones y sus gemidos, quería que sean de placer, no de dolor. Aumenté el ritmo y ella comenzó a bramar, eras unos gemidos gruesos, una de sus manos soltó la sabana y fue a su vagina, ahí se volvió loca. Comenzó a moverse, yo me quedé quieto y era ella la que se movía para que mi pene entrara y saliera, se estremecía con cada golpe, mi pene se enterraba totalmente en su culito, lo que yo veía me calentaba más, hasta que ella dio un último grito de placer y se dejó caer en la cama.

Yo me eche sobre ella metiéndole nuevamente mi pene en su ano que estaba ligeramente abierto. Comencé a moverme ahí, cuidando de apoyarme en mis codos y rodillas, ella se agarraba con fuerza de mis brazos, abría la boca para soltar sus gemidos mientras cerraba los ojos de placer. Algunos minutos después, le llené el culo con mi semen. Caí sobre ella. Su aliento se mezclaba con el mío, sus gemidos que comenzaban a disminuir en volumen y frecuencia eran una canción solo para mí. Nuestros cuerpos se adaptaron, se encontraron, se fundieron en una danza silenciosa, intensa, llena de verdad.

Cuando me salí, nos abrazamos como quien no quiere dejar escapar nada. Ella escondió su rostro en mi pecho, y yo la abracé como si el mundo allá afuera no existiera. No hicimos el amor solo con el cuerpo. Lo hicimos con todo lo que éramos. Y en esa habitación, no quedaba espacio para dudas: éramos uno.

Después de darnos una ducha, hicimos el amor una vez más en la cama, la siguiente fue en el borde del sillón, cuando bajamos por unas cervezas, jadeando entre risas y caricias y la ultima, de pie en la ducha. Estábamos exhaustos, pero felices. Su brevete llegaría en diez días. Y ese sábado había quedado grabado como uno de esos días inolvidables.

—Gracias por enseñarme —me dijo ya casi dormida, abrazada a mí.

—Gracias por confiar —le respondí, acariciándole el cabello.

Dormimos así, como dos adolescentes después de una travesura. Como siempre, como nunca. Nos fuimos como a la 1 de la madrugada a “nuestra” casa, extrañábamos nuestra cama.
 
Treinta y ocho – LA SOBRINA EJECUTIVA II

Ya teníamos una dinámica que funcionaba: dos o tres veces por semana Angie iba al departamento después de clases y se quedaba hasta las 9 o 10 pm, yo la llevaba a casa de mi madre y la dejaba en el parque. Los fines de semana, por lo menos dos en el mes, se quedaba conmigo sábado y domingo y los otros por lo menos el sábado lo pasábamos juntos. Los domingos que no estaba con Angie, invariablemente yo visitaba a mi madre, salvo cuando ella pasaba los fines de semana donde mi hermano.

Pero esa rutina empezó a tensarse cuando Angie consiguió el nuevo trabajo.

Había sido recomendada por una de sus profesoras de la universidad. La empresa no necesitaba mayor presentación: una de las más grandes del Perú, con plantas en varias ciudades y marcas que llenaban las estanterías de cualquier supermercado. Postuló con la ilusión temblorosa de quien sabe que está dando un paso grande. Y cuando le dijeron que sí, que comenzaba el primero de mayo, la emoción fue tan grande como el vértigo que le siguió.

Su horario sería de 8 de la mañana a 1 de la tarde, y por la tarde seguiría con sus clases. Estaba en su último año de universidad. Los días se volverían intensos, con escaso margen para improvisar. Ya no era tan fácil escapar al departamento. Ya no siempre tenía tiempo para preparar trabajos en grupo. Muchas veces, por pura practicidad, tenía que quedarse en la casa de mi madre, donde podía reunirse con sus amigas de la universidad, hacer maquetas, coordinar presentaciones. Pero su corazón seguía latiendo por nuestro pequeño refugio, ese rincón que habíamos armado con tanto amor.

—Prefiero estudiar aquí, en tu departamento —me dijo una noche, mientras doblaba su ropa sobre la cama—. Aquí tengo la computadora, mi escritorio… y estás tú.

—Pero no puedes traer a tus amigas acá —le recordé.

—Lo sé. Por eso es tan difícil. A veces siento que estoy partida en dos. Quiero estar contigo, pero también quiero cumplir con todo lo demás.

Y lo hacía. Se multiplicaba sin quejarse. Llegaba cansada, con los ojos cargados y los pies adoloridos, pero con una sonrisa. Cuando podía, escapaba, aunque sea una hora. Y si lograba quedarse a dormir, lo hacía como quien recupera el aire que necesita para seguir nadando.

Verla así, tan decidida, tan incansable, me conmovía profundamente. Habíamos soñado juntos con esta etapa y ahora comenzaba a volverse real. Ella ya no era solo mi Angie. Era una profesional en formación, una mujer forjando su camino. Y aunque los días fueran más cortos para nosotros, sabíamos que estábamos construyendo algo sólido.

Pasaron los primeros meses de su nuevo trabajo y la nueva rutina. Ya estábamos acostumbrándonos a encontrar los pequeños espacios para estar juntos, para amarnos.

Ese fin de semana, Angie llegó al departamento arrastrando los pies, con el cabello algo alborotado y el buzo pegado al cuerpo por el calor del día. Eran cerca de las cinco de la tarde de un sábado cualquiera, pero para ella no lo era. Ese día había estado trabajando sin parar, ultimando detalles para la fiesta de aniversario de la empresa donde hacía sus prácticas. Apenas entró, dejó su mochila a un lado y se dejó caer boca arriba sobre la cama, cerrando los ojos.

—Amor… no voy a la fiesta. Estoy destruida.

Me acerqué y le acaricié la frente, que todavía estaba húmeda por el sudor.

—Amor, tú sabes que no puedes faltar. Es una de esas cosas que no perdonan en el mundo corporativo, y menos a los practicantes.

Ella no dijo nada, pero su mirada pedía descanso. La tomé de la mano, la ayudé a incorporarse. Le saqué con cuidado el buzo, el polo ancho que llevaba y noté que, como era costumbre últimamente, ya no usaba sostén. Solo tenía un calzoncito ligero. La abracé con ternura, como si quisiera absorber su cansancio, y la llevé a la ducha.

Abrí el agua, la dejé caer tibia, envolvente. Entramos juntos, como tantas veces. Yo la jaboné lentamente, con delicadeza. No con intenciones sexuales, no en ese primer momento. Era un ritual para limpiarla del día, del estrés, del sudor. Ella se dejó cuidar, recostando su cabeza en mi pecho mientras el agua nos cubría. Nuestros cuerpos se rozaban sin urgencia. Era un baño de ternura, más que de deseo.

Pero algo cambió cuando la toalla envolvió su cintura y nos secábamos en la habitación. Nos miramos a los ojos, aún sin palabras, y lo entendimos. No era cansancio lo que quedaba, era la necesidad de reconectar.

Nos tumbamos en la cama. Ella se subió encima de mí y comenzó a besarme, con lentitud, con hambre contenida. Su boca se movía sobre la mía con precisión y deseo. Bajó lentamente, besando mi cuello, mi pecho, hasta llegar más abajo, donde se tomó su tiempo. Me estremecí con su lengua, con sus caricias, con su entrega. Era su forma de decir que seguía ahí, con toda su pasión viva. Parecía como que Angie le hacia el amor a mi pene antes que a mí. Lo besaba, lo lamia, su lengua recorría desde los testículos hasta el glande y luego se lo metía en la boca y lo acariciaba con la lengua.

Después, se colocó encima mío. Con ese movimiento que dominaba tan bien, se movía despacio, marcando el ritmo. Sus tetas bailaban frente a mis ojos, por ratos me las daba, luego me las quitaba. Luego la tomé por la cintura y la giré, colocándola en misionero. La miraba a los ojos mientras nos movíamos como si fuéramos uno solo. No necesitábamos hablar. Nuestros cuerpos se entendían sin necesidad de palabras. después de un rato, la hice colocarse de lado, y me acoplé detrás suyo. En esa posición, sentí cada movimiento de su espalda, cada latido acelerado. Angie se arqueaba con cada embestida lenta y profunda. En esa posición terminamos y nos quedamos abrazados un buen rato.

Y al final, ya abrazados, volvimos al inicio: respirando juntos, sintiendo que todo volvía a estar bien entre nosotros.

—Gracias… —susurró, con la voz aún entrecortada—. Solo necesitaba esto para volver a sentirme viva.

—Siempre vas a tener un lugar para recargar fuerzas… te enchufo y te recargo —le respondí, riendo.

—Me encanta este cargador, me dijo dándole un beso a mi pene después de limpiarlo como casi siempre hacía, y fue a la ducha.

Angie salió del baño envuelta en un aroma a crema ligera y perfume floral. En la habitación, la luz tenue caía sobre el vestido mostaza que había colgado con cuidado desde la mañana. Yo estaba sentado en la cama, medio distraído con una revista, pero cuando levanté la mirada, el mundo se detuvo.

Se puso el vestido frente al espejo, y mientras lo alisaba sobre su cintura, mis ojos recorrieron cada curva, cada detalle. Era un vestido sencillo, de esos que no necesitan brillar porque quien lo lleva ya lo hace por sí misma. Ceñido al cuerpo, de tirantes delgados, largo hasta los tobillos, resaltaba su figura con una elegancia que rozaba lo etéreo.

—¿Y? —preguntó, con una mirada que ya conocía—. ¿Te gusta?

Yo la miré sin disimulo.

—Amor... si no estuviéramos con la hora, te volvía a desnudar y te comía aquí mismo.

Ella sonrió con picardía, giró sobre sí misma, dejando que el vestido siguiera la forma de su cuerpo.

—Otro vestido de Gamarra —dijo—, pero la gente va a pensar que es de boutique cara.

—Es que la modelo hace la diferencia —le respondí, mientras me levantaba para besarla.

Nos quedamos así, frente al espejo. Ella aplicándose los últimos toques de maquillaje con precisión. No necesitaba mucho. Su belleza era natural, y sabía cómo resaltarla sin exceso. El cabello suelto, liso y brillante, caía por su espalda como una seda oscura.

La llevé en el carro hasta la casona en Barranco donde sería la fiesta. En el camino, hablamos de lo que ya habíamos conversado: mantener una imagen discreta, no beber demasiado, no quedarse hasta el final. Ella asentía, escuchando con atención y cariño. Yo sabía que no necesitaba decirle esas cosas, pero igual se lo decía.

Cuando llegamos, la calle estaba iluminada por luces de colores, el sonido lejano de la música se filtraba entre los autos y los árboles. Había seguridad en la entrada, gente arreglada entrando de a pocos. Angie me dio un beso suave, de esos que prometen el reencuentro, y bajó.

La vi caminar hacia la puerta. Era imposible no mirarla. Deslumbrante, pero sin pretensión. Me quedé ahí, estacionado, unos segundos más, hasta que la vi desaparecer entre la gente.

Arranqué.

Llegué al departamento, me serví una cerveza, prendí la televisión, pero no tenía cabeza para seguir la película. Pensaba en ella. En cómo estaría, si se estuviese divirtiendo, si estuviese cansada. A las once y media ya me pesaban los ojos. Programé la alarma para las doce y media, por si llamaba antes de lo previsto. Me acosté sin cambiarme, esperando su llamada.

Y así me quedé dormido.

Doce y media sonó el despertador. Me senté en la cama, aún adormilado. Busqué el celular: ninguna llamada perdida. Prendí la televisión para hacer más ligera la espera. Pasaron los minutos. La una… nada. Una y cuarto… silencio. A la una y media ya estaba preocupado. La llamé. No contestó.

Pensé que tal vez la fiesta estaba más entretenida de lo que esperábamos. También imaginé a Angie, con esa forma tan suya de improvisar, decidiendo no despertarme y tomando un taxi. Pero algo no me cuadraba. La volví a llamar a la 1:45. Esta vez contestó.

—Amor, ¿qué pasó? —le dije de inmediato—. Mira la hora…

—Sí, amor, disculpa… —hizo un silencio incómodo—. Mi jefe me está jalando…

Sentí algo en su voz. Un fastidio disfrazado. O quizá una incomodidad. Era evidente que no estaba bien.

—¿Tu jefe?

—Sí, sí… Me está trayendo a la casa. ¿Puedes bajar?

—Por supuesto, te espero abajo.

Cortó. Me puse una casaca ligera. Afuera hacía frío. Bajé al primer piso y me quedé conversando con el señor León, el portero de las noches, mientras miraba a la calle, esperando ver un auto aparecer.

Quince minutos después, se estacionó frente al edificio un Mercedes Benz. No era nuevo, pero bien conservado. Se bajó un hombre mayor, cincuentón, calvo, con barriga prominente. Rodeó el auto y abrió la puerta del lado del copiloto.

Ahí estaba ella. Angie.

El tipo se acercó demasiado. Extendió la mano, como si no entendiera que había una línea invisible que no debía cruzarse.

—Un momento, don León —le dije, mientras abría la puerta del edificio.

Salí a la vereda y, antes de llegar, dije fuerte:

—Hola, amor.

Ella me vio y su rostro se iluminó como un faro.

—Hola, mi vida —dijo, aliviada, como quien por fin regresa a casa.

Se soltó de la mano del tipo, dio los pasos que nos separaban y me abrazó. Me besó con fuerza. Yo correspondí, sintiendo en ese beso una mezcla de rabia, alivio y amor. Bajé la mano a su cintura, la atraje más y la abracé, como diciendo “ya está, estás a salvo”.

El tipo se sobrepuso, incómodo.

—¿Tú eres el novio de Angie? —me preguntó, esforzando una sonrisa.

—Sí. Mucho gusto —respondí, sin dejar de mirarlo—. Gracias por traerla.

—Me tomé la atribución… no te molesta, ¿no?

—No, no se preocupe.

Nos dimos la mano. El gesto fue rápido y seco. Él subió a su auto y se fue.

Yo le puse mi casaca a Angie. Ella no llevaba abrigo. Nos despedimos de don León con un leve gesto y subimos en silencio.

En el departamento, mientras cerraba la puerta, le pregunté con calma:

—¿Qué pasó?

—No me dejaba salir, amor. Que “quédate un ratito”, que “tómate un trago”, que “cómo te vas a ir tan temprano”. Yo le decía que me esperaba mi novio, que ya me venían a recoger. Que estaba cansada. Pero insistía. Al final acepté porque… no sé, es mi jefe. Y sentí que no debía… Perdóname. No sé por qué me siento tan mal.

—Tranquila, cielo —le dije, acariciándole el rostro—. Esto es nuevo para ti. Pero no hiciste nada malo. Ese tipo sí me pareció más interesado de la cuenta, pero tú no tienes la culpa de ser quién eres.

Ella asintió, sin decir nada. Subimos al dormitorio. Se desnudó en silencio y entró al baño. Yo también comencé a quitarme la ropa. Era nuestra costumbre, dormir desnudos, piel con piel.

Al salir de la ducha, se echó a mi lado, me miró con los ojos húmedos.

—Hazme el amor —me dijo en voz baja—. Necesito sentir que soy tuya. Me he sentido mal con esto.

La miré. Le acaricié la mejilla.

—Tú no tienes la culpa de nada, Angie. Ser hermosa, tener esa aura que atrae, no es un pecado. Es parte de ti. Y yo lo amo… todo de ti.

La besé, bajé a su cuello, a sus pechos, a su sexo. Esa noche más que hacer el amor, la amé con la firmeza de quien quiere proteger. Y ella me amó como si su cuerpo entero fuera una disculpa, una necesidad de reafirmarse en mi vida.

Nos quedamos abrazados, respirando juntos, sabiendo que a veces el mundo se mete donde no debe, pero que mientras estuviéramos así, nada podría separarnos.

Angie se quedó conmigo aquella noche. La excusa, ensayada, era que había regresado con una compañera de trabajo a su casa, que vivía cerca del local de la fiesta, y desde ahí volvería a casa por la mañana.

A las nueve en punto, como todos los domingos, fui a visitar a mi madre. Deje a Angie dormida en el departamento, después de darle un beso en la espalda desnuda.

Mi madre me recibió en la cocina, ya metida entre ollas.

—¿Y Angie? —pregunté, disimulando el tono, después de saludarla con un beso en la frente.

—Ha tenido una fiesta anoche en su trabajo —respondió mientras removía algo en la olla—. Dice que se iba a quedar en la casa de una amiga que vive cerca del local. Debe estar llegando en el transcurso de la mañana.

—Ah, ok… Está fiestera la Angie —dije, bromeando.

—Sí. Últimamente tiene muchos “estudios”, muchos fines de semana que se queda fuera. Yo creo que no es solo eso… creo que por ahí hay algún enamorado escondido, pero bueno, todavía no me quiere decir nada. Supongo que querrá ver primero qué clase de persona es ese muchacho.

—Tiene 23 años ya, mamá —respondí con media sonrisa—. Quizá no quiere apurarse en presentártelo. A lo mejor sí me lo cuenta a mí, por confianza. Voy a interrogarla.

Nos reímos.

Estábamos terminando el desayuno cuando la puerta se abrió y apareció Angie, fresca, con jeans, un polo sencillo y una casaca ligera. Parecía recién salida de casa de una amiga... o al menos eso debía aparentar.

—¡Hola, tía! ¡Hola, primix! ¿Cómo están?

—Bien, bien —le respondí—. ¿Y tú? ¿Sigues de fiesta?

—Una fiesta de la compañía —dijo, restándole importancia—. Acabó tardísimo, menos mal que mi amiga vive cerca. A esa hora no quería tomar taxi sola.

—Está bien, hija —dijo mi madre—. Es bueno que tomes esas precauciones.

—Ya bajo, para acompañarlos. Ya tomé desayuno.

Un rato después bajó, más cómoda, ya sin casaca. Conversamos los tres. Nos contó un poco de la fiesta, del jefe que no dejaba de insistirle en que se quedara, que tomara un trago más. No mencionó nada del episodio en el que la dejo en mi departamento ni como los recibí yo. Mantuvo el tono general, discreto.

Mi madre, directa como siempre, la miró seria.

—Ten cuidado con esa gente, hija. Ese tipo debe ser casado, o divorciado, pero mayor. Si te quiere para algo, no es para casarse. Te quiere para sexo. No creas que va a ser otra cosa.

Angie abrió los ojos como siempre que mi madre soltaba esas verdades sin filtro. Ya la conocía, pero igual se sorprendía.

Pasamos el día tranquilos. Conversamos, compartimos. Angie estudió. Mi madre y yo charlábamos. No hubo tiempo para que estuviéramos a solas. Solo cuando me pidió que le ayudara a bajar unos libros a la mesa de la sala, hicimos tres viajes entre su habitación y el piso inferior. En cada viaje, como cómplices, nos robábamos un beso o un abrazo breve en su cuarto. Nada más. Todo medido. Mi madre estaba cerca.

En una de esas pausas, mientras la veía estudiando, me surgió una idea y la solté sin mucha planificación:

—Mamá, ahora que están ustedes dos solas, ¿por qué Angie no baja a un cuarto del primer piso? El mío está libre y así te acompaña. Estaría más cerca.

Ella me miró de inmediato, con aprobación.

—No es mala idea… ¡Hija! —llamó—. ¿Estás ocupada?

—No, tía, estoy leyendo.

—Ven un ratito. Tu primo está proponiendo algo.

Angie se acercó, levantando una ceja con cierta sospecha divertida.

—¿Qué estás tramando, primix?

—Te propongo que bajes a un cuarto del primer piso, donde dormía yo. Estás más cerca de mi mamá. Y así también no tienes que estar subiendo y bajando tus libros a cada rato.

—¿El cuarto grande? Ay, no, me voy a perder ahí. Mejor el pequeño.

—Cualquiera, hija —dijo mi madre—. Lo importante es que estés cerca. Si algún día me siento mal o quiero hablar contigo, solo te llamo.

Angie me miró como diciendo “lo lograste”. Yo sonreí. Por dentro, claro, pensaba: “Adiós a los polvitos rápidos en su cuarto”.

—¿Te gustaría hacerlo hoy mismo? —preguntó mi madre.

—Sí, sí, tía —respondió Angie, entusiasmada.

—¿Tienes tiempo, primix? —me preguntó ella, aun midiendo mis planes.

—Claro. Me puedo quedar más tiempo. No hay nadie que me espere en casa —dije con un tono juguetón.

La mudanza comenzó a las cuatro de la tarde. Entre cajas, ropa, libros y la complicidad disfrazada de rutina, sellamos otra etapa. Ella no vivía conmigo aún, pero el lazo era más fuerte cada día.

A las nueve ya habíamos terminado de bajar todo. El antiguo cuarto de mi hermana, ahora cuarto de planchado, se transformó en la nueva habitación de Angie. Ahí también tenía su baño, que compartía con el que había sido mi dormitorio. Siempre había sido así, pero ahora que lo pensaba, si hubiéramos hecho ese cambio antes, cuando yo aún vivía ahí, habríamos podido dormir juntos todas las noches. Bastaba cruzar el baño. Mi madre ni se enteraba. Se lo comenté entre risas mientras desmontábamos su cama, que fue lo más trabajoso de todo.

—¡Es que se me ocurrió a mí! —me dijo con esa sonrisa pícara que derretía.

—Debiste decírmelo antes… —le dije, fingiendo reproche mientras nos mirábamos con complicidad.

El cuarto no era tan amplio como el de arriba, pero lo acomodamos todo con cariño. La ventaja era clara: ya no tendría que salir al patio helado en invierno para ir al baño. Todo estaba más integrado, más cómodo… y también más cerca de mi madre, lo cual nos daba cierta tranquilidad.

Mientras subíamos y bajábamos cajas, nos dábamos besos furtivos, abrazos. En una de esas subidas, la tuve contra la pared. Le besé el cuello, bajé hasta sus senos. Ella se quedó quieta, tensa y encendida. Nos provocó hacer el amor ahí mismo, en ese descanso de escalera que tantas veces fue cómplice. Pero sabíamos que mi madre estaba abajo, esperando indicaciones, ordenando cosas. Así que reprimimos el deseo… como sabíamos hacerlo.

A las nueve y media, finalmente me despedí. Angie se quedó en su nuevo cuarto. La vi instalarse, acomodar su ropa, su escritorio. Se veía feliz. Y yo también lo estaba.

Cuando salimos a la cochera, le di una palmadita suave en el trasero.

—Te amo —me dijo, abrazándome.

—Yo te amo más —le respondí, como siempre.

—Mañana te visito… dijo coqueta

—Sí, claro, mañana nos toca —le dije entre risas.

Ella caminó de regreso a la cocina. Yo arranqué despacio el carro. La vi por el retrovisor. Era su casa. Era nuestra historia. Y seguía creciendo.



.
 
La situación en el trabajo se había vuelto cada vez más tensa. Angie comenzó a notar que las miradas del señor Smith no eran casuales, que los comentarios aparentemente amables tenían una doble intención. Primero fue una invitación a almorzar, luego un comentario sobre su blusa, después una pregunta indiscreta sobre su ropa interior, y finalmente frases ambiguas disfrazadas de elogios profesionales: "Una chica como tú puede llegar muy lejos aquí..." si sabe cómo ganarse la confianza adecuada".

Angie me lo contó una noche de miércoles, mientras cenábamos en el departamento. Angie tenía los ojos rojos, había llorado en el baño del trabajo, y aunque trataba de restarle importancia, yo sentía hervir la sangre.

—Amor —me dijo bajando la voz—, no sé si soy yo… pero siento que lo estoy provocando sin querer. Me pongo una blusa un poco ajustada y ya siento su mirada encima. Hoy incluso me dijo que podría recomendarme para una posición fija si me ganaba bien su respaldo.

—¡Angie! —respondí, con la voz algo más alta de lo usual—. No digas eso, por favor. No tienes la culpa de nada. No puedes andar por la vida escondiéndote porque un tipo no sabe respetar. No estás provocando a nadie, estás trabajando, estás vestida de acuerdo con los códigos de vestimenta de tu empresa. ¡Ese tipo es un acosador!

Ella bajó la mirada. Se sentía culpable, confundida, insegura. Nunca había estado en un entorno así. No era solo su primer trabajo en su carrera. Era su primera experiencia en el mundo corporativo real, con jerarquías, con dinámicas de poder.

La abrace, no quería que se sienta culpable ni llamarle la atención, solo que reaccionara.

—¿Y si hablo con él? —propuse—. Yo puedo ir a la empresa, recoger a mi novia como cualquier otro viernes. Y si lo veo, le dejo claro que no estás sola. Tú puedes reportarlo también a Recursos Humanos.

Ella me miró, en silencio, procesando.

Yo le propuse ayudarla. Le dije que lo mejor sería que denunciara a su jefe en Recursos Humanos. Pero Angie, aún con ese brillo de inteligencia y decisión, me respondió con la prudencia que le daban sus primeras semanas en el mundo corporativo:

—No tiene sentido, amor… Él es gerente. Yo soy solo una practicante. ¿Y si hay represalias? ¿Y si me botan?

Intenté convencerla. Le expliqué que estas empresas grandes suelen tener protocolos claros, que se cuidan mucho. Pero ella tenía miedo, y no quería que yo lo enfrentara directamente. No quería sentirse protegida como una niña. Quería resolverlo, pero a su manera. Así que ideamos un plan. Uno que nació de ella, con mi respaldo.

Ese viernes, Angie aceptó una de las tantas “invitaciones” del tipo a llevarla a casa. Sabíamos que él guardaba su auto en una cochera pagada por la empresa, a media cuadra de la oficina. Yo estacioné ahí también, más temprano, con nuestra cámara Canon SX30 en mano. Su lente largo era perfecto. Me escondí entre los autos y esperé.

A la hora pactada, los vi aparecer por la vereda de la cochera de la oficina. Venían caminando juntos, pero no como dos colegas. La distancia corporal lo decía todo. Él caminaba un par de pasos detrás de ella, con la mirada anclada descaradamente en su figura. Angie llevaba una blusa roja ceñida, de botones pequeños que marcaban perfectamente su silueta. El pantalón ajustado con un patrón de cuadros finos delineaba sus caderas y piernas con elegancia. En una mano llevaba su saco, en la otra, la cartera colgada al hombro. Se notaba que venía de un día exigente… pero no vencida.

La tensión entre ambos era palpable. El hombre —cincuentón, algo subido de peso, camisa azul clara mal fajada— la escaneaba de arriba abajo, sin disimulo. Caminaba con esa seguridad falsa de quien se siente con poder, de quien cree que todo está bajo control. Pero Angie… Angie caminaba con el cuerpo erguido, los pasos más rápidos que los de él, como queriendo llegar cuanto antes al final de esa incómoda escena.

Cuando llegaron al Mercedes gris que él había estacionado en la cochera, él le abrió la puerta con una sonrisa impostada. Se quedó esperándola, como si el gesto de “caballerosidad” borrara todas las miradas lascivas acumuladas durante el día. Pero Angie no subió.

Se quedó de pie, erguida. Respiró hondo. Se giró hacia él, lo miró con una calma que no venía de la sumisión, sino de la decisión. Esa calma que precede a la tormenta.

Lo que venía a continuación, era el verdadero propósito de esa caminata.

Yo me bajé del auto desde que ellos entraron a la cochera y me escondí cerca, detrás de una camioneta alta.

—Señor Smith —dijo con voz clara y controlada—, necesito hablar con usted. Y esta tiene que ser la última vez.

—¿Qué pasa, Angie? —preguntó él, fingiendo sorpresa.

—Lo que usted está haciendo es acoso. No se confunda. No es normal que me invite a salir, que me haga preguntas sobre mi ropa interior, que insinúe que para ascender tengo que hacerle “méritos”. No es normal, ni profesional.

Él se rio. Una risa condescendiente, empapada de poder mal aprendido.

—Vamos, Angie. Eres una chica linda. Todavía no entiendes cómo funciona este mundo. Yo te puedo ayudar. Pero ya sabes… una cosa por otra.

—¿Cuál cosa, señor Smith? ¿Sexo por ascensos? ¿Ese es su trato?

—Vamos… no eres tan niña. Ya tienes 23. Sabes lo que hombres y mujeres hacen…

Ella apretó los puños, pero no bajó la mirada.

—Escúcheme bien. Usted me vuelve a insinuar algo así, me vuelve a mirar con esa cara, me vuelve a decir algo fuera de lugar, y lo denuncio. Tengo pruebas. Tengo memoria. Y ya no tengo miedo.

Él se apoyó en su carro con aire desafiante.

—¿Ah sí? ¿Tú crees que alguien te va a creer? ¿Una practicante contra un gerente con 20 años aquí? Yo puedo destruirte. Puedo decir que tú te me insinuaste. Que tú buscabas algo.

Angie no respondió. Pero su mirada ya no era la de una chica insegura. Era la mirada de una mujer que había decidido no callarse nunca más. En ese momento, salí yo.

Comencé a caminar hacia ellos, cámara en mano. Él me vio y su expresión cambió de inmediato.

—Buenas tardes, señor Smith —le dije, firme.

—Ah… eh… buenas tardes. ¿Qué haces acá? ¿Por qué… estás filmando?

—Estoy registrando una conversación que involucra insinuaciones inapropiadas hacia mi novia. Todo lo que acaba de decir… está grabado.

—No, no, no. Todo es un malentendido. Esto no es lo que parece…

Angie se giró hacia él. Ya no temblaba. Su voz era firme, templada por el coraje.

—No mienta. Usted sabe exactamente lo que ha dicho. Lo escuchamos ambos. Si vuelve a insinuarse, si vuelve a acercarse, si vuelve a mencionar algo que no sea estrictamente profesional… esta grabación va directo a Recursos Humanos.

Smith tragó saliva. Miraba el lente de la cámara como si viera su carrera caer al vacío.

—¿Estamos claros? —insistió Angie.

El tipo bajó la cabeza.

—Sí… Angie. Entendido.

Ella no dijo más. Dio un paso hacia mí y me besó en la boca, un beso largo, sonoro, que lo dejó sin saber qué hacer. Nos abrazamos, caminamos hacia el Mazda tomados de la mano, riéndonos en voz baja. Pero no de burla. Era risa de alivio, de dignidad, de saber que habíamos ganado una batalla sin bajar la cabeza.

Ella había dado el paso. Yo solo había sido su sombra. Esa tarde, más que nunca, sentí que estaba al lado de una mujer increíble. Fuerte, valiente. Y mía.

Cuando llegamos al departamento, ella estalló. Se dejó caer en el sofá y rompió a llorar. Yo la abracé. Le di tiempo. Me buscó con sus brazos, nos sentamos juntos en la alfombra, como tantas veces. Sollozaba, no por debilidad, sino por el alivio, por la presión contenida.

—Lo necesitaba, amor —me dijo—. Tenía miedo… pero también me sentía sucia, como si yo hubiese hecho algo mal. Gracias. Gracias por estar.

—Siempre voy a estar, Angie —le respondí acariciando su rostro—. Nadie va a hacerte daño mientras yo esté aquí.

Nos besamos. Lento al comienzo. Fue creciendo como una ola que se había estado formando toda la semana. Nos fuimos desvistiendo entre caricias. Quería que olvidara cada mirada sucia, cada insinuación sucia de ese hombre. Quería que sintiera que su cuerpo era mío, pero desde el amor, desde el respeto, desde el deseo sincero.

Esa noche sentí que yo debía hacerme cargo de Angie, de amarla, de hacerla sentir la mujer más importante, más querida, más deseada y respetada. La tomé entre mis brazos y la puse suavemente en la cama, boca arriba.

Comencé por besarle sus delicados pies, sus uñas prolijamente pintadas y arregladas, los besé con devoción, luego subí por sus talones, sus pantorrillas, sus muslos, en cada tramo me detenía, besaba, lamia suavemente y seguía. Cuando estuve en la parte interna de sus muslos, los besé y les di discretas mordidas que Angie respondía con gemidos, salté su vulva al propósito, quería reservar lo mejor para el final, le besé todo el alrededor de su sexo, me entretuve en el perineo, besé su monte de venus y seguí por su abdomen, hasta llegar a sus pechos, ahí estuve buen rato hasta que su subí a su boca, ella ya estaba jadeando de placer, nos besamos con pasión pero lentamente, eran besos profundos pero no desesperados, nuestras lenguas jugaban suavemente, mientras mi pene muy duro a estas alturas, solo la punteaba en la entrada de su vagina.

Luego fui bajando más rápido hasta llegar a su vulva, ella tenía las piernas flexionadas y muy abiertas, invitándome a comerme su depilada conchita. Comencé solamente lamiendo, luego de un rato metí mi lengua todo lo que pude y finalmente me concentré en su clítoris. Angie me agarraba la cabeza con desesperación, apretándola contra sí, mientras gemía aceleradamente, ahí me concentré atento a algún signo que me dijera que era demasiado. Pero no fue demasiado o quizá si… hasta que su orgasmo llegó estremeciéndola, levantando la pelvis varias veces, las piernas le temblaron y su humedad inundó mi cara que estaba sumergida entre sus piernas.

Subí lentamente hasta quedar sobre ella. Mis ojos se encontraron con los suyos. Coloqué mi cuerpo sobre del suyo, llevé mi pene hasta la entrada de su vagina y, acariciando su rostro, le pregunté en voz baja, con toda la honestidad del mundo:

—¿Puedo?

Ella me miró con dulzura, con esa mirada que mezcla ternura, deseo y admiración.

—Claro que puedes, tontín. Eso es tuyo… ¿por qué preguntas?

—Porque tú eres mía solo en la medida en que quieras serlo. Tu cuerpo te pertenece. Si tú me lo regalas, yo entro. Quiero que eso te quede claro, Angie. Tú eres la dueña final de ti misma.

Ella se quedó en silencio un instante, como si cada palabra le hiciera eco en lo más profundo. Luego, acariciando mi mejilla con la yema de los dedos, respondió con la voz entrecortada pero firme:

—Amor… tú te has ganado cada centímetro de mí. No por derecho, sino por amor. Por respeto. Por cómo me miras, por cómo me cuidas, por cómo me haces sentir… Yo te entrego todo lo que soy porque tú y yo ya no somos dos. Somos uno. Gracias por recordármelo. Y sí… quiero ser tuya. Siempre. Quiero que me tomes cada vez que lo sientas, porque no hay nada más mío que darte todo de mí. Y mientras terminaba de decir eso, entré en ella, lento, pero hasta el fondo, me moví suavemente primero, como explorando por primera vez un territorio maravilloso, ella se apretaba con fuerza a mi cuerpo. Aceleré poco a poco el ritmo.

La besé con reverencia, como si selláramos un pacto antiguo y eterno. Lo hicimos despacio, con devoción. Nuestros cuerpos se acoplaron como si se buscaran desde antes de conocerse. Me moví con cuidado, con un ritmo que hablaba más de cariño que de prisa. Ella me recibía como si su piel hubiera sido hecha para eso, para mí. Sus manos me sostenían, sus piernas me rodeaban, y su aliento se mezclaba con el mío.

Unos minutos después, en esa entrega perfecta, sentí cómo todo mi amor se desbordaba dentro de ella. Cerré los ojos. Era mucho más que placer. Era pertenencia, era fe, era amor. Nos quedamos abrazados, respirando al mismo ritmo, con la certeza de que nada en el mundo podía quebrar lo que habíamos construido.

Esa noche nos volvimos a entregar con fuerza, con pasión, con hambre. Hicimos el amor, la segunda vez contra la pared, en la cama, sobre el piso.

La tercera vez, ella me pidió que la tomara analmente, me lo dijo al oído, entre jadeos cuando la tenía en misionero. después de aplicarle el lubricante ella se sentó sobre mí, introduciéndose mi pene en su culito, mientras lo guiaba con una de sus manos. Fue posesivo, fue intenso.

Esa noche quería entregarse toda. Y yo lo entendí. La amé como a nadie. Ella se abandonó por completo, se estremeció entre mis manos. Sus dedos apretaban los míos. Lo que primero fueron movimientos circulares, terminaron siendo sentones que hacían que su culo se tragara todo mi pene. No paró hasta que me sacó la última gota de leche.

—Ahora sí me siento tuya —susurró—. Solo tuya.

La abracé más fuerte.

—Y yo tuyo, amor. Para siempre.



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Treinta y nueve – SECRETOS FRATERNALES

Mi hermano, siete años mayor que yo, no era solo eso: era mi amigo, mi confidente. Desde niños, habíamos sido inseparables. Muy unidos. Las primeras enamoradas, las travesuras, los planes, las derrotas. Nuestros padres, nos legaron una enseñanza poderosa: los hermanos tienen que ser los mejores amigos. Y nosotros nos lo tomamos en serio.

Por eso, cuando comencé mi historia con Angie, supe que era el único secreto que no podía compartir con él. A veces, en los momentos de duda, pensaba: ¿y si se lo cuento a Augusto? (Así lo llamaré aquí, por confidencialidad) ¿Y si me ayuda a ver algo que yo no puedo ver? Pero cada vez que me acercaba a esa idea, retrocedía. Era un terreno tan delicado. También era su sobrina. Nuestra sobrina.
Desde que me mudé al nuevo departamento, Augusto, mi hermano, no dejaba de insistir en conocerlo. Estaba feliz por mí, orgulloso incluso. “Compadre, ¿cuándo me invitas a una chela ahí?”, me decía cada semana. Yo, claro, le respondía que me avise con tiempo. Pero no era por cortesía. Era por Angie.

Ella había dejado su esencia por toda la casa. Su taza con corazoncitos en la cocina, su cepillo, su secadora y cremas en el baño. Ropa interior —esa diminuta, la que a veces dejaba adrede entre mis cosas— metida en mi cajón. Cinco vestidos colgando entre mis camisas. El escritorio era prácticamente suyo: su laptop, sus cuadernos, sus apuntes de tesis. Si Augusto aparecía sin previo aviso, no había forma de esconder el universo de Angie en minutos.

Y así ocurrió.

Un sábado por la tarde. De esos que Angie le decía a mi madre que tenía fiesta con amigas para quedarse a dormir conmigo. Estábamos en la cama, desnudos, viendo una película, relajados tras dos rondas intensas de amor. La ropa aún estaba tirada por toda la sala desde que llegamos de hacer las compras. Entonces sonó el intercomunicador.

Fui hasta el family room, vi la pantalla y se me heló la sangre: Augusto.

—¡Cholo! Tuve una consulta por aquí cerca y traje unas chelas. ¡Ábreme! —dijo con su voz alegre de siempre.

—¡Angie! ¡Es Augusto! —grité. Ella, medio adormilada, saltó de la cama.

El pánico nos invadió. Ella corrió al baño. Yo me vestí como pude. Corrí por la sala escondiendo lo que encontrara: ropa interior, su taza, papeles del escritorio. Guardé lo que pude en el closet y debajo del sofá. Pero sabía que no todo iba a desaparecer.

Le abrí con mi mejor cara de tranquilidad fingida. Augusto me abrazó.

—Hermano, qué bien está esto. Te felicito —dijo mientras miraba a su alrededor con ese ojo clínico de médico observador.

Comenzó el “tour”: sala, cocina, comedor... y llegamos al escritorio. Yo ya sudaba. Noté que un libro de Angie seguía sobre el tablero, con su nombre en la primera página. Rogué que no lo notara. Subimos a la terraza. Y al entrar al dormitorio, vi que Angie había hecho la cama. Supuse que estaba escondida en el baño.

Augusto quiso abrir la puerta.

—¡Ni se te ocurra! —le dije rápido—. Acabo de usarlo… zona de guerra. En serio, no querrás entrar.

Él se rio.

Conversamos un rato, tomamos las cervezas. Hablamos de todo. Se fue con una sonrisa, diciendo: “Un día hacemos fiesta de solteros aquí, ¿ya?”. Yo asentí, incómodo. No sabía si lo decía en serio o con segunda.

Apenas se fue, subí corriendo. Revisé primero el baño. Y sí, ahí estaba Angie, escondida en la ducha. Esa ducha de vidrio pavonado donde igual se veía todo si uno se acercaba.

—¿Qué pasó? —me preguntó, saliendo con cara de susto—. ¿Lo notó?

—No lo sé… creo que algo sí. La taza la logré guardar, pero en la sala había un zapato tuyo… y en el escritorio había un libro con tu nombre. No me dijo nada, pero…

—¡Ay, el libro! —se lamentó—. Ese justo lo estaba leyendo...

—Lo tapé como pude… pero tú sabes cómo es Augusto. Si se dio cuenta, se lo va a guardar para decírmelo en otro momento, cuando menos lo espere.

Nos sentamos un momento en la cama, en silencio. Respirando el susto. Ella me abrazó fuerte.

—No pasó nada, amor. Ya está.

—Sí… pero casi. Casi todo se derrumba.

Después nos reímos nerviosos, comenzamos a sacar lo que habíamos escondido. Y poco a poco, el nudo en el pecho se deshizo. Volvimos a la cama, retomamos la película. Esa tarde terminó como muchas otras: con caricias, juegos, dos rondas más de amor y abrazos profundos.

El lunes por la tarde recibí un mensaje corto de Augusto:
“¿Nos tomamos un café hoy?”

Me sorprendió. Su tono era neutro, pero de inmediato intuí que tenía que ver con su visita al departamento. Acordamos encontrarnos en una cafetería cerca de su consultorio. Cuando llegó, me saludó con su habitual abrazo firme y cálido. Pidió su café sin apuro, como si fuera cualquier tarde.

Charlamos unos minutos sobre mamá, sobre su trabajo, sobre una cirugía reciente. Hasta que, sin mirarme directamente, dejó la taza sobre el platito y me soltó:

—Sabes que puedes confiar en mí, ¿no?

—Claro, siempre —respondí, aunque algo en mi estómago se contrajo.

—El sábado... vi algunas cosas raras. Una taza con corazoncitos en la cocina, un zapato de mujer asomando por el sofá. Al comienzo pensé que tenías a una chica y que estaban aprovechando bien el sábado. Hasta me sentí mal por interrumpir. Pero después… vi un libro en el escritorio. De Angie.

Lo miré. Sabía que no había forma de negarlo. Pero igual dudé. ¿Hasta dónde contar?

—¿Qué pasa entre tú y Angie? —preguntó, tranquilo, sin juicio, como quien quiere entender antes que condenar.

Respiré hondo.

—No fue planeado. Se dio solo. Fue algo inesperado… —traté de sonar casual, como si aún me sorprendiera a mí mismo. Le mentí con el tiempo. Le dije que llevábamos un par de meses. Omití que eran tres años. Y evité decir “enamorados”. Pero él fue al grano:

—¿Es solo sexo… o están enamorados?

Guardé silencio. El tipo de silencio que lo dice todo.

—Estamos enamorados —dije al fin, bajando la voz.

Él suspiró largo. Miró por la ventana, como buscando las palabras.

—Entonces no se diga más —dijo al fin—. Si fuera una aventura, solo sexo, te diría que pares en seco. Que no juegues con fuego. Pero si es amor… bueno, el amor no se elige.

Me tomó la mano como cuando éramos chicos y uno de los dos se sentía perdido.

—Tienes mi silencio. Y mi apoyo. Pero te lo digo como hermano mayor: ten cuidado. Que no se enteren mamá, los tíos. Y, por Dios, cuiden lo del embarazo.

Asentí. Me sentí chico otra vez. No juzgado, sino protegido por mi hermano mayor.

Al salir, caminamos juntos hacia su auto.

—Piensa en el futuro, ¿sí? No solo en el deseo. Angie es una mujer bella y brillante. No pongan en juego su vida por una decisión ciega. Si me dices que es amor, te creo. Solo asegúrate de que no sea confusión con las hormonas. El amor de verdad sobrevive, incluso cuando no hay piel.

—Lo sé, hermano. Gracias.

Nos abrazamos fuerte. Como dos que saben guardar secretos.

Esa noche, al volver al departamento, encontré a Angie en el escritorio, concentrada. La observé un momento. Me pareció más mujer que nunca. Más valiente, más real.

Me acerqué y le acaricié el hombro.

—Amor… tengo que contarte algo.

Ella me miró, y enseguida noté que su cuerpo se tensaba. Le conté lo que había pasado. Cada palabra, sin esconder nada. Cómo Augusto lo había intuido todo. Cómo me lo dijo. Cómo lo entendió. Cómo me apoyó.

—¿Podemos confiar en él? —me preguntó, bajito.

—Sí —respondí sin dudar—. No solo es mi hermano. Es mi mejor amigo. Nunca nos delataría. Jamás.

Ella suspiró. Una mezcla de alivio, vergüenza y ternura.

—Gracias por contarme —me dijo, y me abrazó—. Tenía miedo de que esto pudiera arruinarlo todo.

—No, amor. No lo va a arruinar. Ya no estamos solos.

—¿Qué voy a hacer cuando lo vea?

—Nada. Solo saber que ahora tenemos un cómplice.

—Ay, qué vergüenza.

—Tranquila, Angie. Esto no cambia nada. Solo nos hace más fuertes. Ya vístete que es tarde, te llevo a casa.

El Abrazo del Silencio (desde la voz de Angie)

Ese jueves por la tarde estaba en casa, como casi siempre. Vivir con la mamá de él se había vuelto parte de mi vida. No era solo una fachada. La cuidaba, la ayudaba, la acompañaba. Esa tarde estábamos viendo televisión en su cuarto —el único con TV en la casa— y conversábamos sobre sus amigas de juventud, esas historias que le encantaba contar. Yo la escuchaba entre risas, sabiendo que mi presencia le daba algo de compañía.

Entonces sonó el timbre.

Me levanté con naturalidad. Era común que trajeran algún encargo, o que viniera alguien a visitarla. Caminé hacia la puerta sin pensar… hasta que vi quién estaba del otro lado.

Era Augusto.

El hermano.

Me congelé.

—Hola… —le dije en automático, sintiendo que el alma se me salía del cuerpo.

Él me observó apenas un segundo, pero fue suficiente para que entendiera que ya lo sabía. No sonrió. No frunció el ceño. Solo me miró con una calma que me descolocó. Luego dio un paso adelante, levantó las manos, y las puso sobre mis hombros. Su tacto fue firme, pero respetuoso. Era como si quisiera decirme “estoy aquí, no tengas miedo”.

—Ya lo sé todo, Angie —me dijo con voz serena, cálida—. Tranquila. No tienes que decirme nada.

Sentí que el estómago me temblaba. Quise hablar, explicar, justificarme… pero no pude. Tenía la garganta cerrada. Los ojos me ardían. Solo lo miré, muda, expuesta.

—Me gusta la idea de que estén juntos —añadió, sin soltarme—. Solo les pido que se cuiden. Que se cuiden mucho. Esto que están viviendo es real, lo sé. Pero también es delicado.

Yo solo podía asentir. Me sentía desnuda, emocionalmente. Avergonzada, sí… pero también conmovida. Porque en sus palabras no había juicio. Había cuidado. Había humanidad.

Entonces, me abrazó.

No fue un gesto mecánico. Fue un abrazo verdadero. Grande. Cálido. Como el de un hermano mayor que entiende, aunque no comparta. Que protege, aunque no apruebe todo. Y ahí me quebré. Me entregué al abrazo y una lágrima se escapó sin permiso.

—Gracias… primo —susurré—. Me sentía tan culpable por todo esto. Pero amo a tu hermano. De verdad lo amo.

Se separó un poco. Me miró con ternura. Y me besó la frente.

—¿Y mi mamá?

—Está en su cuarto —le respondí, todavía con la voz temblorosa.

Él entró con la tranquilidad de siempre, saludó como si nada, como si ese momento en la puerta nunca hubiese existido. Yo me quedé sola por unos segundos, parada, mirando al vacío.

Y por primera vez desde que todo esto comenzó… sentí que no estábamos solos. Que alguien más nos había visto y, en lugar de darnos la espalda o de juzgarnos, nos tendía una mano.

Y eso, para mí… lo fue todo.
 
Cuarenta – NUESTRO QUINTO NOVIEMBRE

Era el último fin de semana de ese octubre del 2010. Regresábamos en el auto desde Cañete. Nos habíamos escapado ese sábado para almorzar en un restaurante que me habían recomendado. Nos encantaban esos viajes: huir de Lima, del bullicio, de las miradas, y caminar de la mano sin miedo, darnos un beso en público sin sobresaltos. Aunque sabíamos que en cualquier lugar podía aparecer un conocido, en esos pueblos del sur nos sentíamos un poco más libres.

El atardecer se filtraba por la ventana y la carretera se estiraba frente a nosotros cuando le dije:

—Amor… ¿te das cuenta de que este 10 de noviembre cumplimos cinco años?

Angie se acomodó, recostándose un poco más en el asiento. Sus labios dibujaron una sonrisa que se tornó nostálgica.

—Sí, amor, sí lo había pensado. Cinco años… ¿quién lo diría? —hizo una pausa—. Tú estuviste casado ese tiempo…

Apenas terminó la frase, se mordió el labio y me miró de reojo.

—Perdón… no debí tocar eso.

Le tomé la mano con suavidad, sin soltar el volante.

—Mi vida… ya no me duele. Y no voy a renegar de ese tiempo. Tuvo su lado bueno. Tú ya lo conoces. Pero se acabó. Y sí… mira, cinco años después, seguimos aquí. Felices. Juntos. Escondidos, sí, pero juntos.

Angie se abrazó de mi brazo. No se me tiró encima solo porque yo estaba manejando.

—Ay, amor… a veces me olvido de que contigo puedo hablar de lo que sea. Qué dicha.

—Y yo contigo, mi vida. Nunca me juzgas. No sabes cuánto vale eso en una pareja.

Hubo un silencio dulce. De esos que no incomodan, sino que cobijan.

—¿Y qué hacemos para nuestro aniversario? —le pregunté.

Angie sacó de la guantera el pequeño calendario de bolsillo que siempre teníamos en el carro. Lo revisó y arrugó la nariz.

—Cae miércoles. Y justo estoy en los últimos días del ciclo… exámenes, entregas. Va a ser bien difícil hacer algo grande ese día. Ni siquiera el sábado, amor, esas dos semanas son un infierno. Ya son mis últimos días en la universidad.

Lo dijo con angustia, como si me estuviera fallando. Le apreté la mano.

—Amor… parte del éxito de nuestra relación es que nunca nos hemos puesto reglas ni exigencias. Hacemos lo que queremos, cuando queremos. Y así debe ser. Ese día te robo un ratito. Comemos un helado, aunque sea. O si da tiempo, una carnecita por ahí. Algo sencillo, solo para decirnos que lo celebramos.

Ella sonrió, aliviada.

—Eso me gusta mucho.

—Y te propongo algo —le dije—. Pide vacaciones. Yo también las pido. Y cuando termines la universidad… nos escapamos. Tres días, cuatro, una semana. Lo que se pueda. Tú déjame eso a mí. Yo me encargo del destino.

Lunes por la tarde, primeros días de noviembre de 2010

Esa tarde llegué con una idea clara en la cabeza. Ya lo había averiguado todo, y estaba seguro de que a Angie le iba a fascinar.

Eran casi las seis de la tarde cuando llegué al departamento. Venía cansado, pero al abrir la puerta y verla ahí, todo se me olvidó. Angie estaba sentada en el escritorio, con su laptop encendida y varios apuntes esparcidos alrededor. Aún llevaba puesta su blusa blanca de la universidad, pero desabotonada, abierta por completo, dejándola cubierta apenas lo justo, con una naturalidad que me desarmó. Esa abertura me dejaba ver parte de sus pechos, y lo que no se veía se marcaba, ella hace tiempo que no usaba sostén.

La blusa le caía suave sobre los hombros, dejando entrever su piel, esa piel que conocía de memoria y que, sin embargo, me seguía sorprendiendo como la primera vez. Su cabello recogido en una trenza desordenada le daba un aire de estudiante aplicada, pero también de mujer segura, libre, mía.

—Hola, amor —me dijo, sin moverse de su sitio, con una sonrisa serena, agotada pero feliz de verme.

Yo me quedé unos segundos, detenido en la entrada, simplemente admirándola. Habíamos vivido tantas cosas juntos. La había visto en todos sus estados, en todos sus matices. Y, aun así, cada vez que la encontraba así —con esa mezcla de descuido y sensualidad, de inteligencia y entrega— me dejaba sin palabras.

—Te ves… perfecta —alcancé a decir.

Ella rio, bajando la mirada por un instante, como si no creyera del todo lo que mis ojos decían. Cerró su cuaderno, se estiró un poco y me dijo:

—Estaba esperando que llegues para descansar un rato… pero si me miras así, no sé si voy a poder descansar mucho.

Me acerqué, le acaricié el cabello, besé su frente. Era increíble cómo, después de tanto tiempo, seguíamos encontrando formas nuevas de desearnos. Y esa tarde, sin habernos tocado aún, ya sentíamos que el día apenas comenzaba.

Me acerqué a ella con la lentitud de quien no quiere espantar un sueño. Acaricié su mejilla, su cuello, y ella cerró los ojos. La blusa desabotonada dejaba ver su respiración agitada, su piel tibia, su entrega implícita.

—¿Seguro que quieres descansar? —le susurré, mientras me inclinaba a besarle el cuello.

—Contigo… nunca —me respondió con voz baja, dejando caer la blusa por completo de sus hombros.

La ayudé a quitarla con ternura. Angie se acomodó sobre la silla del escritorio, me atrajo hacia ella tomándome de la camisa. Yo me arrodillé frente a ella, acariciándole los muslos, besándolos con devoción. Ella se arqueó suavemente, en silencio, mientras mis labios trazaban un camino lento, seguro, que le arrancaba suspiros. Nuestros cuerpos se conocían, pero cada encuentro tenía un brillo distinto. Me comí su vulva, ella me la ofreció colocando las piernas en los brazos de la silla. Sus gemidos cada vez eran más intensos

—Eres todo para mí, amor —le dije, viéndola a los ojos.

—Y tú eres mi paz… y mi tormenta —susurró, acariciándome el cabello.

Se incorporó, yo me senté en la silla, ya totalmente desnudo, se subió sobre mí. Hicimos el amor en esa silla como si el tiempo no existiera, como si la ciudad fuera un murmullo lejano. Nos movíamos con un ritmo intenso y pausado a la vez, como si nuestras respiraciones marcaran el compás.

Cuando el deseo se hizo más fuerte, me incorporé y la subí sobre el escritorio, barriendo con cuidado sus apuntes. Angie se echó hacia atrás, apoyándose con los brazos, y me miró con esa mirada suya que me desarma. Volví a entrar en ella, despacio, profundo. Nos quedamos así, entre palabras, besos y jadeos entrecortados.

—Te amo —le dije, rozando sus labios.

—Hazme tuya… como siempre —me respondió, rodeándome con sus piernas.

Fue un encuentro lleno de pasión, de conexión pura. No solo estábamos compartiendo cuerpos, sino también todo lo que llevábamos dentro. Cada movimiento era una promesa. Cada suspiro, un pacto.

Cuando finalmente nos dejamos caer sobre el escritorio, agotados, nos quedamos abrazados un largo rato. Ella apoyó la cabeza en mi pecho, y yo acariciaba su espalda, agradecido por tenerla ahí, por sentirla mía sin que perdiera ni un gramo de su libertad.

—Gracias —me dijo, en voz apenas audible.

—Gracias a ti, por amarme así.

Después de ordenar el escritorio subimos al dormitorio, entramos juntos a la ducha. Bastaron unas caricias, unos besos en el cuello, el vapor llenando el ambiente, y ya estábamos enredados. Ya habíamos aprendido a leernos. Cuando solo eran caricias y besos, era porque disfrutábamos de la ducha y de nuestro contacto físico. Cuando esas caricias incluían acariciar senos, o su vulva o Angie jugaba un poco más con mi pene, eso era ganas de tener sexo, ahí, en la ducha, esta vez fue así. Yo le besé los senos con premura, me encantaba cuando sus pezones se ponían duros en mi boca.

Terminamos haciendo el amor de pie, en la ventana del balcón, con los cuerpos mojados, como le encantaba a ella. Esa mezcla de riesgo, libertad y deseo la encendía. La oscuridad de la noche nos protegía, pero su gemido fue claro, firme, lleno de placer. Ya no le preocupaba si alguien escuchaba. No había espacio para la vergüenza cuando se sentía tan libre.

Después de hacer el amor en el escritorio, aún con el cuerpo vibrando de lo que habíamos compartido, fuimos juntos a la ducha. El agua tibia nos relajó, nos lavó el sudor y el deseo con ternura. Nos abrazamos bajo el agua sin decir mucho. A veces las palabras sobraban. Al salir, nos secamos con calma, aún envueltos en esa complicidad serena que nos daba la certeza de estar en casa, el uno con el otro.

Nos dejamos caer en la cama, sin ropa, sin defensas, entrelazados. Respirábamos despacio, como si el mundo se hubiese detenido un momento solo para nosotros. El cansancio nos ganó. Cerramos los ojos… y nos quedamos dormidos.

Pasadas las nueve de la noche desperté. La miré dormida a mi lado, su pelo húmedo extendido sobre la almohada, una pierna encima de mí, su respiración tranquila. Me costaba despertarla, pero ya era hora.

—Amor… —le susurré mientras le daba pequeños besos en la frente y la mejilla—. Ya tengo que llevarte.

Ella abrió los ojos lentamente, los entrecerró otra vez, como si quisiera negar el reloj. Se abrazó a mí con flojera.

—¿Ya? —murmuró con voz de niña soñolienta.

—Sí, mi vida. Es día de semana. No puedes quedarte.

Nos vestimos sin apuro. Angie se puso unos jeans, una blusa ligera, se recogió el cabello aún húmedo. Bajamos al auto. El aire nocturno nos recibió con una calma que parecía prestada. Ella se acomodó en el asiento, apoyando la cabeza contra el vidrio. Yo tomé su mano y la apreté con ternura mientras avanzábamos por la avenida semivacía.

—Amor… ya tengo el plan para nuestro aniversario —le dije, rompiendo el silencio suave del viaje.

Ella se giró hacia mí de inmediato, animada, apoyando el mentón en su hombro.

—¿Sí? ¡Cuéntame!

—Una cabañita en la sierra de Lima. En Obrajillo.

—¿Obrajillo? Nunca había escuchado. ¿Dónde queda?

—Es un pueblo más allá de Canta, como a tres horas de Lima. Está al lado del río Chillón, rodeado de montañas. La carretera ya está asfaltada casi todo el trayecto. Tiene una vista hermosa de una catarata y un cielo limpio, lleno de estrellas. La cabaña tiene chimenea, parrilla, una salita rústica abajo y un dormitorio en la parte de arriba. Privacidad total. Aire puro, silencio. Solo tú y yo.

Angie se incorporó un poco, visiblemente emocionada.

—¿¡Tienes fotos!?

—Claro. —Saqué el celular, busqué las imágenes que había guardado y se las mostré mientras esperábamos en el semáforo.

Ella se fue acercando más, tocando la pantalla, agrandando las fotos con los dedos.

—¡Ay, amor, es precioso! ¡Mira esa cascada! ¡Y esa vista! ¡Me encanta! ¡Sepáralo ya!

—Ya lo hice —le dije, sonriendo—. Nos vamos el 24 y regresamos el 27.

—¿¡El 27 cae sábado!?

—Sí. Es después de tus exámenes finales.

Ella me miró como si le hubiese regalado el cielo.

—Te amo —dijo, con esa voz suya que me envolvía siempre.

—Y yo a ti, mi vida.

No hablamos más. El resto del camino fue en silencio, de esos que no pesan. Solo sus dedos jugando con los míos, y el eco de lo que vendría.

Cuando llegamos al parque de siempre, se quedó unos segundos más sentada en el auto. Me dio un beso largo, lento, de esos que sellan promesas. Bajó sin decir nada más. Yo me quedé mirándola mientras se alejaba.

Obrajillo nos esperaba. Y con él, un nuevo capítulo.


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Obrajillo – Día 1

La esperé puntual, como habíamos quedado. Eran las siete de la mañana y el sol apenas comenzaba a asomar entre los edificios. Angie apareció cruzando la vereda del parque, con una sonrisa tranquila, abrigada con un buzo claro y el cabello suelto, recién lavado. Esa sonrisa, esa paz en su rostro, siempre me anunciaba que estábamos por vivir algo grande.

—¿Lista para desconectarnos del mundo? —le dije, mientras le abría la puerta del auto.
—Más que lista. ¿Y tú? —preguntó, mientras se acomodaba con su mochila sobre las piernas.
—Contigo, siempre —respondí, acariciándole la pierna.

Ya teníamos todo cargado: ropa, vino, ron, cerveza, carbón, carnes, mantas... y, por supuesto, la pequeña bolsita negra que descansaba discreta en el fondo del maletero. Ese detalle nos hacía sonreír cada vez que lo recordábamos.

La carretera hacia Canta fue un deleite visual. A medida que nos alejábamos del bullicio limeño y dejábamos atrás Comas y Carabayllo, el paisaje comenzaba a abrirse. Campos verdes, cerros cubiertos de vegetación, casitas dispersas. Nos detuvimos un momento en Santa Rosa de Quives, en el santuario. Angie no había ido antes. Caminamos unos minutos, prendimos una vela, y ella pidió en silencio algo que no me quiso contar. Nos besamos ahí, frente al altar rústico, sin prisa, sin culpa.

Seguimos el camino. El Mazda se portaba como un campeón. Llegamos a Canta cerca del mediodía. Almorzamos en un restaurante sencillo, con un caldo espeso y caliente que nos reconfortó el cuerpo. Aprovechamos para comprar pan serrano, queso fresco y unas verduras para cocinar en la cabaña. Nos advirtieron que en Obrajillo el mercadito era más chico y con menos variedad.

La última parte del trayecto fue más rústica: un camino angosto y de tierra que subía y bajaba por entre árboles y campos. A las tres de la tarde, al fin, llegamos. La cabaña era incluso más linda que en las fotos. Hecha de troncos gruesos, con un aroma a madera que se impregnaba en la ropa. En la planta baja, la sala con techo alto tenía una chimenea de ladrillo y piedra en una esquina, una mesita de comedor de madera maciza, y al fondo una cocina pequeña con refrigeradora y lo básico.

La escalera también de madera llevaba al dormitorio tipo loft. Arriba, una cama grande con cobertores gruesos, una ventana que dejaba entrar la brisa del campo, y un balcón interior desde donde se podía ver toda la sala. Tenía una baranda rústica que le daba el aire acogedor de una cabaña de cuento. Aunque no podíamos ver la catarata desde la cabaña, el sonido era constante y relajante. Como si la naturaleza nos cantara.

—¿Es real esto? —preguntó Angie mientras recorría descalza la sala.
—Sí. Y es todo para nosotros, hasta el domingo.

Nos cambiamos de ropa, nos pusimos más cómodos y salimos a caminar un poco por los alrededores. La tierra húmeda, el olor a eucalipto, el cielo ligeramente nublado. Encontramos un camino que llevaba a la catarata, pero decidimos dejar la caminata larga para el día siguiente.

Regresamos justo antes de que oscureciera. Encendí la chimenea, Angie preparó una infusión. No teníamos prisa, ni presión. Solamente tiempo. El silencio se volvió una melodía.

Esa noche, entre besos largos y abrazos lentos, hicimos el amor dos veces. La primera, frente a la chimenea, sobre unas mantas gruesas y suaves que estaban en el sillón, las jalamos al piso y las convertimos en nuestra cama. Las llamas de la chimenea dibujaban nuestras sombras moviéndose en la pared. Era una sensación nueva, nuestros cuerpos desnudos, amándose, calentados por la chimenea. Los gemidos de Angie y mis jadeos se combinaban con el crepitar de la leña. Angie llegó al orgasmo cabalgándome intensamente. Yo llegué mientras le hacia el misionero con piernas al hombro.

La segunda, en la cama, con el sonido de la catarata como telón de fondo. No fue sexo rápido ni intenso. Fue una entrega suave, sin apuros. Ella me hizo mucho sexo oral, más de 7 o 8 minutos, estuve a punto de estallar en su boca, pero ella se detuvo justo antes del momento de no retorno y solo subió a besarme, mientras yo le acariciaba la espalda y el trasero. Luego se sentó sobre mi cara, ofreciéndome su sexo, húmedo y depilado, La besaba, metía mi lengua y buscaba su clítoris, ella se estremecía de placer. Después se sentó sobre mi pene duro y me cabalgó hasta tener su orgasmo, intenso, pero lento, no fue el estallido de gemidos de otras veces, este fue largo, un solo gemido que se prolongó por varios segundos, mientras se arqueaba sobre mí y tomaba mis manos con fuerza. Yo llegué haciéndole el perrito, entrando hasta el fondo de su vagina, mientras le daba suaves palmadas en el trasero y le acariciaba la entrada de su culito. Cuando terminé, me abracé a su espalda y solo le besaba el cuello y la espalda. Una manera de decirnos: estamos aquí, tú y yo, y nada más importa.

Nos quedamos dormidos abrazados, cubiertos con una manta gruesa, respirando al mismo ritmo.

El viernes nos despertamos sin reloj, sin prisa, con el murmullo del agua a lo lejos y el aroma a madera impregnado en cada rincón de la cabaña. Angie se giró aún somnolienta, me abrazó por la cintura y murmuró con voz ronca:
—No quiero levantarme nunca de esta cama.

Pero el hambre pudo más. Después de nuestro mañanero de buenos días, bajamos envueltos en mantas, y mientras ella ponía la mesa, yo preparé café. El pan serrano con queso, calentado ligeramente en la sartén, se convirtió en manjar. Abrimos la puerta de par en par. Frente a nosotros, el valle verde se abría como un susurro sereno de libertad. Solo nosotros dos. No existía el resto del mundo.

Más tarde, salimos a caminar. Bajamos por un sendero de tierra húmeda, cruzamos un pequeño riachuelo donde nos mojamos las manos, salpicándonos como dos niños. En un momento nos sentamos en una roca junto al agua, y Angie, con esa mezcla de travesura y decisión, dijo:
—Si no hiciera tanto frío, te juro que me desnudo para tus fotos.

—Eso tiene solución —le respondí con una sonrisa. Caminé de regreso a la cabaña y volví con la botella de ron. Solo bastaron dos copas. El frío aún se sentía, pero ya no la detenía. Angie se quitó la casaca, luego la blusa. Sus pezones, endurecidos por la brisa andina, se convirtieron en la imagen perfecta de su osadía. La fotografié con devoción, como si sus gestos fuesen parte de un ritual. Solo diez minutos duró la sesión, pero en mi mente se grabaron como eternidad.

Continuamos hasta la catarata. No podíamos verla desde la cabaña, pero ahí, frente a ella, con su estruendo imponente y su caída incesante, nos quedamos en silencio. Había gente, sí, pero bastaba mirarnos a los ojos para quedarnos solos.

En el pueblo almorzamos trucha recién pescada. Acompañamos con un mate de coca caliente, y regresamos caminando de la mano, pateando piedritas como adolescentes.

Por la tarde, ya en la cabaña, leímos un libro en voz alta. Angie apoyó su cabeza en mi pierna mientras yo leía. Sus dedos jugaban con los míos. Cerraba los ojos y sonreía. No necesitábamos nada más.

Al caer el sol, abrimos las cervezas. Preparé la parrilla. La carne chisporroteaba y el olor a humo y leña nos envolvía. La primera botella de vino cayó entre risas y carnes. Fue un buen acompañante de la parrilla ligera que preparé.

Habíamos cenado adentro, afuera estaba frio y la calidez de la chimenea nos acogía. Cuando terminamos de cenar, abrimos la segunda botella de vino y sonaba Sabina en el pequeño minicomponente que habíamos llevado, y cuando comenzó "Contigo", Angie me pidió bailar.
Bailamos despacio, pegados, sin soltarnos. Ella se movía con un ritmo sensual, con ese poder que solo ella tenía para hipnotizarme.

—Sírveme otro vaso, amor —dijo, casi susurrando.

—¿Estás segura? —le pregunté mientras llenaba su vaso con vino, no había copa en esa cabaña.

Seguimos bailando y besándonos, nos terminamos la segunda botella de vino, bueno Angie se la terminó, yo tomé solo un vaso medio lleno.

La chimenea chispeaba con destellos naranjas que iluminaban nuestros cuerpos a medias. Habíamos dejado unas mantas gruesas en el suelo. Afuera la noche caía helada, pero adentro todo ardía. Angie, ya bastante mareada por el vino y la calidez de nuestro refugio, se sostenía de mí, pues el equilibrio la traicionaba de rato en rato, riendo, Yo metí mis dos manos debajo de su pantalón, tomando sus nalgas para apretarla más a mí.

—No sabes cuánto te deseo esta noche —murmuró con la voz arrastrada por el vino, pero firme por el deseo.

—Como cuánto? Le respondí

—No te hagas el cojudo, tu hembra quiere que te la tires, huevón, mientras tomaba una de mis manos y la llevó debajo de su pantalón, hacia su vagina, que ya estaba muy mojada.

Esa manera de hablar me confirmó que Angie ya estaba borracha.

—Creo que ya estás borrachita amor…

—Sí. Esta noche quiero emborracharme contigo. Quiero soltarme, decir lo que me dé la gana, hacer lo que me provoque. Y tú… tú has conmigo lo que quieras.

Sus palabras me estremecieron. Había confianza en su voz. Había entrega.

—Yo te cuido, mi amor —le dije—. Siempre.

Bailamos y nos fuimos desnudando sin apuro. Cada prenda caía como parte de una ceremonia. Primero su chompa, su polo, luego el pantalón. Su piel brillaba con la luz tenue del fuego. Le besé los hombros, el cuello, los pechos. Ella me bajó el pantalón mientras reía, ya embriagada por el vino y por mí.

Esa noche, el deseo y el amor se mezclaron como el vino en nuestros labios. No hubo espacio para el pudor. Hubo caricias nuevas, besos hambrientos, gemidos sin contención. Usamos nuestros cuerpos como palabras. Nos hicimos promesas sin pronunciarlas.

Se puso en cuclillas y comenzó a darme una mamada con lamida de huevos, pero no estuvo ni un minuto y cayó sentada riendo, el vino había hecho su efecto y ya le costaba mantener el equilibrio.

No intentó pararse, solo se acomodó sobre las mantas, abrió mucho las piernas y me dijo:

—Porque no me estas tirando? Ven aquí, no seas maricón. Mientras se acariciaba la vulva.

Yo solo me reí, era una escena erótica, pero a la vez graciosa, ella mi Angie, tan dulce y correcta para el mundo con dos botellas de vino era una loba descarriada.

Me puse sobre ella y se la metí de golpe, ella lanzó un grito y se aferró a mí.

—Esto te haría un maricón? Le dije mientras la ponía piernas al hombro.

—Tu eres mi macho… amor… así dame duro… castígame por decirte maricón… decía mientras gemía a cada embestida.

Mientras le daba en esa posición, le chupaba las tetas o la besaba, ella solo gemía y pedía más y más.

En un momento levanté mi tórax y la tomé por los tobillos mientras ya le bombeaba a todo meter. Yo veía mi pene perforar su conchita depilada, entonces bajé una de mis manos y comencé a estimularle el clítoris mientras seguía clavándola a tope. Entre gemidos y casi gritando decía:

—Así carajo!!! … ¡¡¡Que rico me tiras!!!... ¡¡¡Me encanta tu pinga!!!... ¡Dame duro, amor!!... !!Soy tu hembra!!… ¡Soy tu…!!! Y ya no pudo continuar, un tremendo grito de placer me anunció que estaba teniendo un orgasmo. Ella solo se estremeció de placer mientras abría mucho los ojos y soltaba gemidos muy fuertes.

Cuando dejó de temblar, solo se abandonó, yo me puse totalmente sobre ella y Angie pasó sus piernas sobre mis caderas mientras comencé a bombearle nuevamente, ella solo disfrutaba, ya no decía nada, solo jadeaba y gemía, hasta que reventé de placer y le llené el coño de mi semen.

Nos habíamos amado con una intensidad primitiva, brutal y dulce. Entre mantas desordenadas y el calor danzante de la chimenea, nuestros cuerpos se habían fundido en un vaivén de placer que parecía eterno. Angie, borracha de vino y de mí, había sido un torrente desatado: gemía sin pudor, reía, me insultaba con amor, me suplicaba sin vergüenza. Cada palabra que soltaba –esas palabrotas que solo decía cuando estaba completamente libre– era como una confesión cruda de deseo. Y yo la amaba aún más por eso. Por esa honestidad desnuda.

Cuando por fin nuestros cuerpos se rindieron, me quedé sobre ella, temblando, jadeando, sintiéndola latir por dentro. Ella no me dejaba salir de su cuerpo, sus piernas me sostenían como un ancla suave, y yo tampoco tenía apuro. Era como que su cuerpo me pedía que no saliera de ella. Nunca lo hacía en realidad, salvo que fuera un rapidin en la ducha o en algún lugar incomodo, siempre me quedaba dentro de ella después de eyacular, era el placer después del placer, besarla, acariciarla o simplemente sentir nuestros cuerpos y nuestras respiraciones agitadas después del orgasmo, era parte de nuestro ritual, pero esa noche parecía que no me quería soltar nunca.

Sabíamos que ese instante posterior al clímax era un lugar sagrado. Respirar juntos. Fundirnos. No había palabras. Solo la leña crepitando, y el olor de nuestros cuerpos empapados en amor.

Pasaron varios minutos así. Al fin, me separé con delicadeza, con ese gesto que siempre hacíamos como si aún estuviéramos dentro de un sueño que no queríamos romper. Me senté sobre una de las mantas, apoyado en el sillón, y la jalé hacia mí. Angie se acomodó en mi regazo, desnuda, tibia, vulnerable, con el cabello revuelto y las mejillas encendidas por el vino. Se acurrucó como una niña cansada, su cabeza sobre mi pecho, sus brazos enredados a mi cuello.

—Amor… —susurró, dibujando mis labios con su dedo—. ¿Sabes lo que sueño?

—¿Qué sueñas, mi vida? —le respondí mientras le acariciaba lentamente el cabello.

Ella se acomodó un poco, su voz arrastrada, pastosa, hermosa.

—Más que un sueño… es un proyecto.

—Cuéntamelo —le dije, sin dejar de mirarla.

—Cuando cumpla treinta… —se detuvo, como si buscara la forma exacta—. Cuando cumpla treinta, yo quiero vivir contigo y si se puede, antes.

Mis manos se detuvieron por un instante. Ella levantó la mirada, con esos ojos brillantes y rojos por el vino.

—No me importa lo que digan. Ya veremos qué le inventamos a mi mamá, a mi papá, a tu mamá, a la familia… pero yo quiero vivir contigo. ¿Está claro?

—¿Así, nomás? ¿Con mentiras incluidas?

—Sí. Con amor y con planes, aunque sean raros. Tenemos años para pensarlo. Pero yo… quiero eso.

La miré en silencio, conmovido. Besé su frente con ternura y le susurré:

—Si encontramos la manera… a mí me encantaría. Te amo con locura, Angie. Sería el hombre más feliz del mundo si pudiera despertar contigo todos los días.

—Yo también te amo, tontito… —murmuró, con una sonrisa torpe.

Se incorporó apenas, apoyando una mano en mi pecho, como para mirarme con más claridad.

—¿Y sabes qué más?

—¿Qué más, mi vida?

—Me gustaría darte esos dos hijos que tú querías. Dos hijos tuyos.

Me quedé mirándola. No había borrachera en ese momento. Solo verdad.

—¿Estás hablando en serio?

—Muy en serio, amor. Sé que aún falta. Pero si algún día lo imposible se hace posible… quiero darte eso. Porque te amo. Porque tú… tú eres mi lugar.

No pude responder de inmediato. Solo la abracé. La apreté contra mí como si pudiera fundirme con ella. Le di un beso lento en los labios, uno sin prisa, sin lengua, sin urgencia. Un beso que decía: “sí, yo también quiero ese futuro contigo”.

Ella se volvió a acurrucar en mí, cerró los ojos, como si quisiera quedarse escuchando los latidos de mi corazón. Yo la cubrí mejor con una manta, y sentí su cuerpo desnudo hundirse suavemente en el mío. Afuera, la noche seguía. Pero dentro de la cabaña ya no había más que nosotros dos, y un sueño que empezaba a latir, tímido, pero vivo.

Cerré los ojos y comencé a imaginar una vida juntos. Con dos hijos. Con una casa donde no tuviéramos que escondernos. Con sus risas en el desayuno. Dije en voz baja:

—Si lo imposible se hace posible…

Y entonces, en ese rincón de la sierra, frente a la chimenea apagándose lentamente, sentí que, por primera vez, el futuro tenía un rostro hermoso. Y era el de ella.

Estuvimos así, más de media hora. Respirando juntos. Angie recostada en mi pecho, con los ojos cerrados y una media sonrisa dibujada en los labios. Parecía dormida, pero de pronto, con voz suave y ronca, dijo sin moverse:

—Amor… ¿me sirves más vino?

Le acaricié la mejilla con ternura.

—Angie, ¿más vino? Ya estás bien borrachita…

Ella se incorporó lentamente, con esa mirada brillante que le salía cuando el vino le soltaba la lengua y la vergüenza.

—¿Y? ¿Tienes algún problema con eso? ¿Me quieres emborrachar más… o no te atreves?

Solté una carcajada y le di una palmada en el trasero.

—No respondo de mí… si te emborrachas más, hago contigo lo que quiera.

Ella se acercó a mi cara, sus labios a milímetros de los míos, y me susurró con picardía:

—Tú siempre puedes hacer lo que quieras conmigo, amor. Tráeme más vino, carajo.

No podía negarme. Me levanté riendo y fui hasta donde estaban las botellas. Las dos primeras ya estaban vacías. Tuve que abrir la tercera. Le serví medio vaso, pero ella de inmediato protestó:

—¡Vaso lleno! ¡Tu hembra quiere chupar!

—Está bien, mi reina borrachita —le dije, llenándole el vaso con una sonrisa.

Yo me serví solo medio. Ella, apenas lo tuvo en las manos, bebió la mitad de un solo trago y se sentó a mi lado en el sillón, acurrucándose de nuevo bajo las mantas.

Pero la chimenea comenzaba a apagarse. Me levanté a poner más leña. El fuego revivió, las sombras danzaron otra vez en las paredes de troncos, y cuando regresé al sillón, Angie apuró el resto de su vino.

Con ese movimiento suyo tan felino, tan suyo, se inclinó hacia mí, deslizando las mantas, se paró y comenzó a besarme lentamente, con ternura juguetona. Nos besamos despacio, al principio, como tanteando los límites. Pero pronto, como ocurría siempre que estábamos solos y libres, todo se desbordó. Sus labios bajaron por mi cuello, su mano acariciaba mi pecho desnudo. No dijo nada. No hizo falta.

Se volvió a sentar un poco por la falta de equilibrio y tomó mi pene entre sus manos.

—Hola amiguito, le dijo a mi pene —Me gusta hacerte crecer en mi boca…

Y se lo metió a la boca sin decir más. Mi miembro rápidamente ganó tamaño y grosor en la boca de Angie, ella lo lamia y lo besaba, por momentos apretaba los labios y solo entraba y salía el glande, concentrándose donde más placer me daba. Yo le tomé la cabeza por detrás, enredando un poco de su cabellera en mis manos y comencé a moverle la cabeza a mi ritmo, metiendo mi pene hasta el fondo de su garganta, ella no se quejaba, solo apretaba los labios para darme más placer, aunque en algunas arremetidas parecía atorarse.

La ayudé a pararse y me eché en el sillón. Ella se puso sobre mí, montándome con decisión. Se movía con pasión, con fuerza, con todo el poder de su cuerpo entregado. Me miraba a los ojos y no tenía miedo de decir lo que sentía:

—¡Más fuerte, amor! ¡Así! ¡No pares, carajo!

Yo la sujetaba de la cintura, ayudándola en cada movimiento, pero era ella quien llevaba el ritmo, quien me guiaba en esa danza salvaje. Se inclinó hacia mí, y entre jadeos y gemidos me dijo:

—Tírame, tírame fuerte… ¡hazme tuya, huevón!

La besé con fuerza, y con una vuelta rápida, quedé sobre ella. Le levanté las piernas y entré profundamente de nuevo. Se arqueaba debajo de mí, sus manos arañaban mi espalda. Cada gemido suyo era una confesión de placer, un grito de libertad. La oí decir entre risas y gritos:

—¡Más rápido, ******, que me vengo otra vez!

Apuré el ritmo y algunos minutos después, la llevé al clímax, temblando, gritando con la voz rota, sudando, aferrada a mi cuello.

No fue todo. La giré, apoyándola sobre sus rodillas, y volví a entrar. Desde atrás, ella me ofrecía su cuerpo sin reservas. Su espalda brillaba con el reflejo del fuego. La tomé por las caderas, ella giraba la cabeza para mirarme, para provocarme con los ojos. Jadeaba sin pudor, sin miedo. Cuando sentí que la leche se venía sin control, le metí un dedo en el culo, ella no dijo nada, solo gimió y a los pocos segundos, eyaculé en su vagina.

Me quedé sobre su espalda, besándola y sintiendo su aliento agitado con sabor a vino.

Después de un rato, le dije que ya era hora de ir a la cama. Angie asintió, dócil, con esa mezcla de ternura y picardía que siempre aparecía cuando estaba pasada de copas. Le ofrecí mi mano y comenzamos a subir las escaleras de madera con cuidado. Tuve que sostenerla bien: el vino le había aflojado el cuerpo, y cada paso era un pequeño acto de equilibrio.

Cuando llegamos al dormitorio, ella se dejó caer sentada en el borde de la cama. Yo me acerqué a la pared a cerrar la ventana que estaba entreabierta, pero entonces la vi abrir el cajón y sacar, con una sonrisa traviesa, la pequeña bolsita negra que habíamos traído desde Lima.

La sostuvo en alto, la hizo sonar con ese tintineo tentador de los juguetes en su interior y, con mirada insinuante, dijo:

—¿Y esto? ¿Por gusto? ¿No ves que tu hembra está caliente? ¿Qué te pasa? ¿Qué necesitas?

Me detuve un segundo. Esa mezcla de provocación, ternura y entrega borracha me desarmaba. Bajé al primer piso a buscar la botella y los vasos. Cuando regresé, ella seguía ahí, moviendo la bolsita como si me retara, como si con cada sacudida dijera: “¿te atreves?”

Le serví un vaso de vino, generoso. Ella lo tomó con ambas manos y brindamos en silencio. Yo terminé el mío, que aún tenía desde hace rato, y me senté a su lado.

—Amor… —le dije, mientras la miraba a los ojos— todo este día he estado esperando este momento. Aquí, en la cama, te puedo hacer de todo.

Ella se tumbó boca abajo sobre la cama, moviendo suavemente las caderas.

—Soy tuya, amor… hazme lo que desees —susurró, hundiendo el rostro en la almohada.

La luz tenue de la habitación, el crujido leve de la madera, el rumor de la catarata a lo lejos y el calor que quedaba en nuestros cuerpos hacían que todo pareciera más íntimo, más intenso.

Saqué con calma los juguetes. Primero el lubricante, calentado con mis manos. Angie gemía apenas sentía mis dedos deslizarse por su piel. Le coloqué uno de los plug anales con extrema delicadeza, y sus suspiros se mezclaban con frases sueltas, entre excitación y vino. Este era el más pequeño, tendría unos 5 o 6 cms. y no tenía vibrador. La levanté de las caderas para tenerla en 4 patas sobre la cama, me puse detrás de ella y la penetré por la vagina.

Le comencé a bombear con fuerza, ella solo gemía y se agarraba con fuerza de las sábanas, en un momento tomé el plug y le daba vueltas suavemente, insertado en su culito, sus gemidos se transformaron en gritos de placer, mientras le daba palmadas en las nalgas. Cuando noté que se acomodaba con naturalidad, saqué el otro plug, ese tenía quizá unos 8 o 10 cms y tenía dos velocidades de vibración. Le saqué el pequeño y le introduje suavemente el más grande, con la vibración en la velocidad más baja. Angie solo bramaba de placer.

—******! ¡¡Que rico se siente eso!! ¡¡Así amor, no pares!!

Yo podía sentir como se mojaba y por momentos mi pene sentía el vibrador en su culo, o eso me parecía…

—Dame duro!! ¡¡Soy tu hembra!! ¡¡Cógeme ******!!

Yo le seguía dando hasta que sentí que si seguía me vaciaría en cualquier momento. Me detuve por un rato, mientras le besaba la espalda, el cuello y seguía jugando con el vibrador insertado en su culo.

Entonces le saqué el vibrador y le metí mi pene en el culo sin piedad, cuando entré me di cuenta de que ya no estaba tan lubricado, ella dio un grito intenso

—Ayyy!

—Te dolió? ¿Me salgo?, le dije

—No salgas, sigue, sigue carajo, ¡¡no ves que me estás reventando el culo y eso me encanta!!

—Aumenté el ritmo hasta que sentí que la leche se me venía de nuevo. Paré y la puse echada sobre la cama, al filo, yo seguía parado. Le levanté las piernas, y la volví a penetrar en el culo, mientras buscaba el otro vibrador en la bolsa. Cuando lo encontré, le puse un poco de lubricante y se lo metí en la vagina, con la velocidad máxima de vibración. Eso fue suficiente. No pasaron ni dos minutos y los gemidos de Angie se transformaron en gritos orgásmicos, de esos fuertes y guturales, que solo le salían cuando alcanzaba el orgasmo con el sexo anal.

Yo seguía bombeando. Sus manos apretaban las sábanas. Se arqueaba buscando más. Cada combinación de movimiento, cada vibración compartida parecía abrir una nueva dimensión en su cuerpo. Angie no se guardaba nada: gemía, hablaba sin filtros, decía lo que sentía sin vergüenza. Palabras sueltas, intensas, llenas de deseo. Palabras que no repetía en otro estado que no fuera ese, y que yo entendía como una declaración absoluta de confianza y libertad.

Yo también me perdía en ella. No por la borrachera, sino por la entrega. Sentía que era un privilegio estar con una mujer que se ofrecía con esa verdad, que me decía sin palabras “hazme sentir todo”. Y eso hice.

Varios minutos después, creo que Angie tuvo otro orgasmo, pero entre tanto grito y con lo mojada que estaba ya no podría decir si era otro o era el mismo orgasmo que se prolongó.

Seguí dándole sin piedad en ese culto que ya comenzaba a ponerse rojo, pensé en parar para ponerle más lubricante, pero ella no se quejaba, solo gemía y jadeaba y yo estaba muy acelerado como para detenerme en ese momento.

Ella estaba con las piernas muy abiertas al filo de la cama, yo insertado en su culo, bombeándole a 1,000 por hora, el vibrador en su máxima velocidad en su vagina, sus tetas que bailaban al ritmo de mis embestidas y la cara de placer de Angie… fue demasiado para retener la eyaculación una vez más, exploté en su culo, con una carga que la llenó por completo. Sentí que el placer me hizo temblar las piernas, me elevó y me volvió a traer a la tierra y fui consciente que amaba a esa mujer que me lo entrega todo, más que nunca.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Yo todavía en su culo, el vibrador encendido en su vagina, ella ya gemía suavemente. Me salí y vi que ese culito, realmente le iba a doler a la mañana siguiente, estaba muy rojo. Le saque el vibrador, ella no decía nada, el placer y el vino la habían dejado fuera de combate. La acomodé en la cama.

Bajé al baño para limpiarme y subí con una toalla húmeda. Le limpié el culo que estaba rebosante de lubricación y semen, lo mismo con su pubis. El frio de la toalla la despabilo un poco. Solo me miró y me dijo a media voz —Te amo Primix.

La noche se hizo lenta. Me eche a su lado, nos abrigue con las frazadas y la colcha, estábamos frente a frente, nos besábamos con los ojos cerrados, solo sintiéndonos. Hasta que el cansancio nos venció. Ella quedó de lado, con una pierna sobre mí, el rostro medio escondido en la almohada, y yo simplemente la abracé.

—Eres maravillosa, Angie —le dije, acariciando su espalda sudada, agradecido.

Ella solo murmuró algo que no entendí. Pero su cuerpo, relajado y tibio contra el mío, me decía todo.
 

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