Historias de madres solteras ( 80s-actual) varios entregables

Rosa solo provocaba a Chang con su hija pero de lejos, nunca en vivo:

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Rosa siempre había sido clara en ese punto: Valeria era intocable. “No, doctor, ni lo pienses. Mi hija no es para ti. Las fantasías en la cama están bien, pero en la realidad no”, le decía cada vez que, entre copas y gemidos, Chang se atrevía a preguntar si algún día podría conocerla. Rosa se ponía seria de golpe, lo empujaba un poco y cambiaba de tema. La línea estaba trazada.

Sin embargo, no tenía reparos en torturarlo con fotos. Cada enero traía material nuevo y más atrevido. Este año fueron fotos en la playa de Paracas: Valeria en un bikini negro diminuto, el agua hasta las rodillas, las tetas firmes y altas casi escapando de la parte de arriba, gotas de mar corriendo por la piel bronceada, el culo perfecto marcado en la tela mojada. Rosa las mostraba en la cama, después de una sesión intensa, mientras le masturbaba lento la verga aún sensible.

“Mira lo que nunca vas a tocar, doctor…”, susurraba, pasando las fotos una a una. “Acá se le ve todo el culito… acá los pezoncitos rosados casi salen… ¿te gusta mi hija, verdad, perverso?”

Chang se volvía loco, se corría rápido entre los dedos de Rosa mientras veía esas imágenes prohibidas.

Otra noche le mostró fotos en la cama de Valeria misma: la hija posando frente al espejo del cuarto, en ropa interior blanca transparente, luz suave de la lámpara, pezones visibles, una mano cubriendo apenas el sexo depilado, mirada inocente pero provocadora. Rosa las había tomado a escondidas cuando Valeria se probaba lencería nueva. “Esto es lo más cerca que vas a estar de ella”, decía Rosa, montándose encima y penetrándose despacio mientras él miraba la pantalla. “Pensas en ella mientras me coges a mí”.

Una noche de mediados de enero, todo cambió por casualidad.

Rosa recibió una llamada tarde, cerca de las once. Chang la oyó hablar bajito en la cocina: “Sí, claro… en media hora estoy ahí… no, no hay problema, Vale ya está grande”. Colgó y volvió al dormitorio con cara de apuro.

“Tengo que salir, doctor. Un amigo de toda la vida está en Lima solo esta noche y necesita… compañía”. Le guiñó el ojo con picardía. “Te quedas tranquilo. Mañana temprano mi hija va a pasar por el hospital a dejarte un regalo que le pedí que te trajera de Huánuco. Café especial, artesanal. No la hagas esperar mucho, ¿eh?”.

Chang sintió que el corazón se le subía a la garganta. ¿Valeria en el hospital? ¿Delante de todos? No dijo nada, solo asintió.

A la mañana siguiente, durante la ronda de visitas, una residente le avisó: “Doctor Chang, hay una señorita esperándolo en la cafetería del hospital. Dice que es personal”.

Bajó casi corriendo.

Allí estaba ella. Valeria en persona, más hermosa de lo que cualquier foto podía capturar. Vestido corto de verano, sandalias, cabello suelto, bolso al hombro. Las tetas altas marcándose bajo la tela ligera, piernas largas cruzadas, sonrisa tímida pero cálida.

“Hola, doctor Chang. Mi mamá me pidió que le trajera esto”, dijo extendiendo una bolsita con café molido y una tarjeta escrita a mano por Rosa.

Chang la invitó a sentarse. “Gracias, Valeria. ¿Quieres tomar algo? Yo invito el desayuno, por lo menos”.

Ella aceptó. Se sentaron en una mesa apartada de la cafetería. Chang no podía dejar de mirarla: la voz suave, los gestos delicados, el aroma fresco que traía. Hablaron de todo un poco: los estudios de ella, el trabajo de Rosa, el clima de Huánuco versus Lima.

En un momento de silencio, Chang se atrevió.

“Tu mamá me ha mostrado fotos tuyas… en la playa, muy lindas. Tienes porte de modelo, ¿sabías? Hay agencias que pagan muy bien por sesiones fotográficas. Ropa, catálogo, cosas así. Si alguna vez te interesa, conozco gente seria en el medio”.

Valeria se sonrojó un poco, pero sus ojos brillaron de curiosidad.

“¿En serio?, mi madre siempre dice que soy fotogénica, pero nunca pensé… ¿Pagan bien de verdad?”

“Mucho”, respondió Chang, conteniendo la respiración. “Si quieres, puedo darte contactos. O incluso… podríamos hacer unas pruebas simples, solo para ver cómo sales en cámara profesional. Tengo un amigo fotógrafo de confianza”.

Valeria sonrió, mordiéndose el labio inferior exactamente como Rosa lo hacía cuando estaba excitada.

“Me gustaría probar. Siempre me dicen que debería aprovechar mi cuerpo mientras soy joven”.

Chang sintió que la verga se le endurecía bajo la mesa. Imaginó por un segundo esas sesiones: Valeria en lencería, en bikini, posando para él, luces suaves, cuerpos cercanos…

“Perfecto. Le comento a tu mamá y vemos cómo organizamos”, dijo con voz calmada, profesional.

Se despidieron con un abrazo breve pero cargado. El perfume de Valeria se le quedó impregnado toda la mañana.

Cuando Rosa volvió esa noche al departamento, Chang le contó el encuentro. Esperaba celos, reproches. Pero Rosa solo sonrió con malicia.

“¿Te gustó mi hija en vivo y en directo, doctorcito? ¿Se te paró viendo esas tetas perfectas de cerca?”

Chang confesó que sí.

Rosa se acercó, le bajó el cierre y empezó a masturbarlo lento.

“Bueno… tal vez, solo tal vez, deje que hagas esas ‘pruebas fotográficas’. Pero con una condición: yo estoy presente. Y después… me cuentas todo lo que sentiste viéndola posar. Cada detalle. Y me tiras pensando en ella”.

Chang se corrió en segundos, solo con la promesa.





El secreto del Dr. Chang – La grieta

Chang avanzaba por el pasillo desierto del pabellón antiguo. El aire acondicionado zumbaba lejano, pero allí dentro olía a desinfectante viejo mezclado con algo más cálido, más humano. Un aroma dulce, almizclado, que reconoció al instante: el perfume barato de rosa que Rosa siempre se ponía detrás de las orejas y entre los pechos.

La puerta del consultorio 12 estaba entreabierta. De adentro salía un sonido húmedo, rítmico: piel contra piel, un chapoteo suave y constante, como carne caliente chocando con carne caliente. Acompañado de jadeos entrecortados, respiraciones pesadas, un gemido femenino ahogado contra una palma.

Chang se acercó sin hacer ruido. El corazón le martilleaba en los oídos.

Por la rendija vio todo.

Rosa estaba inclinada sobre el escritorio metálico, el vestido floreado subido hasta la cintura, arrugado en un rollo alrededor de sus caderas anchas. Las bragas blancas, empapadas, colgaban de un solo tobillo. Sus nalgas grandes, brillaban de sudor; cada vez que Salazar empujaba, la carne temblaba en ondas suaves y se enrojecía por el impacto. El olor llegó hasta Chang: sexo crudo, sudor salado, el jugo dulce y espeso de Rosa que chorreaba por sus muslos gruesos y salpicaba el suelo de linóleo.

Salazar, con la bata blanca abierta y los pantalones bajados, la sujetaba por las caderas. Sus dedos se hundían en la carne blanda, dejando marcas rojas. Embestía con fuerza, profundo, el sonido de sus bolas golpeando el clítoris hinchado de Rosa era obsceno, húmedo, constante. Cada penetración hacía que los pechos pesados de ella se balancearan hacia adelante, rozando el escritorio frío; los pezones oscuros, gruesos y erectos, se arrastraban contra la superficie dejando rastros húmedos de transpiración.

Rosa tenía la mejilla pegada al escritorio, los ojos cerrados, la boca abierta en un grito silencioso. Salazar le tapaba los labios con una mano; Chang podía ver cómo ella lamía la palma del médico, chupaba sus dedos para no gritar. El sudor le corría por la espalda, se acumulaba en la hendidura del culo y brillaba cuando Salazar se retiraba un poco, dejando ver la verga gruesa, venosa, cubierta de crema blanca, entrando y saliendo del coño abierto y rojo de Rosa.

El olor era abrumador: el aroma metálico del sudor masculino, el perfume floral ahora mezclado con sexo puro. Chang sintió que se le endurecía la verga de golpe, dolorosamente, presionando contra la tela del pantalón.

Escuchó las voces, bajas y roncas.

Salazar, jadeando: “Estás más apretada que nunca, Rosa… ese yuyo tuyo me va a matar”.

Rosa, entre gemidos ahogados: “Métemela toda… rómpeme… apúrate que después tengo que ir con Chang”.

Salazar soltó una risa baja y aceleró. El sonido se volvió más rápido, más húmedo. Las nalgas de Rosa temblaban con violencia; cada embestida hacía que un chorrito de jugos salpicara los muslos de Salazar. Ella levantó una mano, se agarró del borde del escritorio hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

“Me vengo… me vengo… ¡ahora!”, susurró con voz quebrada.

Su cuerpo se tensó, las piernas gruesas temblaron, su cuca se contrajo visiblemente alrededor de la guasa de Salazar. Un chorro caliente salió disparado, empapando las bolas del médico y goteando al suelo. El olor se intensificó: dulce, salado, animal.

Salazar gruñó, empujó hasta el fondo y se quedó quieto. Chang vio cómo las venas del cuello se le marcaban, cómo las bolas se contraían mientras se vaciaba dentro de ella en pulsos largos. Rosa suspiró largo, satisfecho, y movió las caderas en círculos lentos para ordeñarlo hasta la última gota.

Cuando Salazar se retiró, un hilo espeso de semen mezclado con jugos de Rosa se estiró entre ellos y cayó al suelo. La pepa de ella quedó abierta, rojo, palpitante, chorreando blanco por los labios mayores. El aroma era ahora más fuerte: semen caliente, papa recién follada, sudor de dos cuerpos.

Rosa se incorporó despacio, las tetas todavía fuera del escote, pezones duros y brillantes de saliva. Se bajó el vestido con calma, se limpió los muslos con un pañuelo de papel que sacó del bolso. Salazar se subió el cierre, le dio una palmada suave en el culo.

“La próxima semana repetimos, gordita”.

Rosa sonrió, le dio un beso rápido y profundo, lengua incluida. “Cuando quieras, doctor. Pero ahora me voy, que mi otro doctor me espera con la verga dura”.

Salieron sin verlo.

Chang se quedó allí, respirando agitado, la imagen grabada a fuego en la retina, el olor impregnado en la nariz, el sonido de aquellos jadeos resonando en sus oídos. La verga le latía dolorosamente, una mancha húmeda ya en los boxers.

Esa noche, cuando Rosa llegó al departamento, oliendo todavía a sexo ajeno —ese aroma mezclado que Chang ahora reconocía perfectamente—, él no dijo nada.

La desnudó con furia contenida, le abrió las piernas en el sofá y la penetró de una sola embestida brutal. Rosa gritó de sorpresa y placer.

“¡Qué te pasa hoy, doctor!”, jadeó mientras él la embestía como poseído.

Chang no respondió. Solo cerró los ojos y vio una y otra vez la escena: Salazar llenándola, su semen chorreando, el coño de Rosa abierto y usado por otro.

Y se corrió dentro de ella más fuerte que nunca, gruñendo contra su cuello, marcándola como suya, aunque sabía que ya no lo era del todo.





El secreto del Dr. Chang – El fin del fuego

Desde aquella tarde en el consultorio 12, algo se quebró en Chang.

Al principio fue sutil: ya no la recogía en la terminal con la misma ansiedad, ya no le escribía mensajes calientes durante el día. En el departamento, el sexo seguía siendo intenso, pero ahora había una distancia fría en sus ojos. La penetraba con furia, como castigándola, pero después se daba vuelta y dormía sin abrazarla. Rosa lo notaba todo.

“¿Qué te pasa, doctor? Ya no eres el mismo”, le preguntó una noche, acariciándole el pecho después de correrse.

Chang solo murmuró: “Nada. Cansancio del hospital”.

Pero Rosa sabía. Las mujeres como ella sienten cuando el deseo se contamina de resentimiento.

Y entonces empezó a verse más con Salazar.

Al principio fueron encuentros rápidos en el consultorio, como aquel que Chang vio. Luego citas en telúrico del momento, de la avenida Canadá, tardes enteras en las que Salazar la follaba sin prisa: la ponía contra la ventana con vista a la ciudad, la hacía gritar sin taparle la boca, la llenaba una y otra vez hasta que ella quedaba temblando y satisfecha como nunca.

Salazar era más joven, más grueso, más bruto. La hacía sentir deseada sin complicaciones. Pero en el fondo, Rosa sabía que no era amor. Era solo sexo puro, venganza contra el silencio de Chang, y aunque no se explicaba si lo amaba,

Porque ella, a pesar de todo, amaba a Chang. Lo amaba desde aquel congreso en Huancayo, por su ternura disfrazada de seriedad, por cómo la hacía reír en la cama, por esa “pinga juguetona” que, aunque no era la más grande, sabía exactamente dónde tocarla para volverla loca.

Una noche de finales de enero, Rosa había bebido demasiado. Pisco con una amiga en un bar de Barranco, luego sola en el departamento que Salazar le había alquilado para sus encuentros. Estaba borracha, nostálgica, caliente y dolida.

Sacó el celular. Abrió la cámara frontal. Se quitó toda la ropa menos las bragas rojas que Salazar le había rasgado esa tarde. Se sentó en la cama deshecha, piernas abiertas, el chocho todavía hinchado y rojo de la última follada. Se tomó varias fotos: una con los dedos separando los labios mayores, mostrando el interior cremoso y lleno de semen reciente; otra metiéndose tres dedos mientras se mordía el labio; otra de sus tetas pesadas con marcas de chupones frescos en los pezones.

Seleccionó las cuatro más explícitas y se las envió a Chang por WhatsApp, a las 2:17 a.m.

El mensaje iba acompañado de un audio largo, voz pastosa y ronca por el alcohol y los gritos de horas antes:

“Doctorcito… mira estas fotos, mirá bien… Esto es tener una verga gruesa que te parte al medio, que te llena hasta que no cabe más… mira cómo me dejó la bulba, rojo, abierto, chorreando… esto es lo que pasa cuando uno se aleja, cuando uno se pone frío…

Pero ¿sabes qué, Eduardo? Pese a todo… pese a esta pinga grande que me hace gritar como loca… yo extraño la tuya. Tu pinga más chica, sí, más chica pero juguetona… esa que me rozaba justo ahí, en ese puntito que solo tu conoces… la que me hacía reír cuando me la metías despacito y me decías ‘tranquila, gordita, te voy a hacer volar suave’.

Extraño cuando me besabas toda la panza, cuando me chupabas las tetas como si fueran lo más rico del mundo… extraño despertarme y verte mirándome como si fuera la única mujer en Lima.

Salazar me coge rico, sí… me coge como animal… pero no me hace el amor como tú. Y yo te amo, carajo. Te amo, aunque seas un idiota que se alejó sin decir por qué.

Mira las fotos otra vez… tócate pensando en mí… pero sabes que este coño que tanto te gusta ahora lo tiene otro. Y si no vuelves a ser el de antes… va a seguir teniéndolo.

Buenas noches, mi amor. O lo que sea que quede de nosotros.”

Chang recibió los mensajes en su casa, acostado junto a su esposa que dormía plácidamente. Abrió las fotos en la oscuridad del baño, la luz del celular iluminando su cara tensa.

Vio cada detalle: el coño de Rosa abierto como nunca, brillando de jugos ajenos; los dedos de ella hundidos hasta el fondo; las marcas moradas en sus tetas que no eran suyas. Escuchó el audio dos veces, tres, con la mano temblando.

Se masturbó allí mismo, de pie frente al espejo, corriéndose en silencio mientras miraba las fotos y escuchaba la voz borracha de Rosa diciendo que lo amaba.

Pero no respondió.

Al día siguiente, Rosa despertó con resaca y arrepentimiento. Vio que Chang había visualizado todo a las 2:25 a.m., pero no había escrito nada. Ni un “visto”. Nada.

Se sentó en la cama, todavía desnuda, el cuerpo dolorido del sexo con Salazar. Lloró un rato, en silencio.

Luego le mandó un último mensaje de texto, sobria ya:

“Perdón por lo de anoche. Estaba borracha. Pero todo lo que dije es verdad. Te amo, Eduardo. Si quieres hablar, estoy. Si no… este enero fue el último.”

Chang leyó el mensaje en el hospital, durante una pausa entre cirugías. Miró el techo un rato largo.

No respondió.

Rosa tomó el bus de regreso a Huánuco dos días antes de lo planeado. No se despidieron.

El Dr. Chang volvió a su vida ejemplar: hospital, casa, esposa, hijos. Todo en orden.

Pero cada noche, en secreto, abría aquellas fotos y el audio. Se tocaba pensando en Rosa abierta para otro, en su voz diciendo que lo amaba pese a todo.

Y se corría con una mezcla de dolor y placer que nunca había conocido.

El fuego se había apagado.

O quizá solo había cambiado de forma.





El secreto del Dr. Chang – La última traición

Rosa, con esa mezcla de rencor y nostalgia que solo las mujeres como ella saben llevar, decidió dar un paso más.

A través de redes sociales encontró a María, la esposa de Chang. Comentó fotos antiguas, dio like a publicaciones familiares, mandó mensajes inocentes: “Qué lindos tus hijos, señora”, “Tu esposo es un gran médico, lo conozco del hospital”. María, ingenua y amable como siempre, respondió con calidez. En poco tiempo se hicieron “amigas” virtuales.

Un día Rosa escribió: “Estoy en Lima por unos días, me gustaría conocerte en persona. Tengo un amigo médico muy simpático, el Dr. Salazar, ginecólogo del Dos de Mayo. Podríamos salir los cuatro a cenar, ¿qué dices?”

María, que rara vez salía y siempre se quejaba de que Chang trabajaba demasiado, aceptó encantada. “Eduardo casi nunca tiene tiempo libre, pero esta vez lo convenzo”, respondió.

La cena fue en un restaurante de Miraflores con vista al mar. Mesa para cuatro. Rosa llegó radiante: vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas generosas, escote profundo, perfume fuerte. Salazar, elegante, atento, con esa sonrisa de conquistador profesional. María, sencilla y confiada, con un vestido discreto. Chang, tenso desde el momento en que vio a Rosa entrar del brazo de Salazar.

Los tragos empezaron suaves: vino blanco, luego pisco sour. Rosa y Salazar llevaban la conversación con facilidad. Contaban anécdotas del hospital, reían fuerte, se tocaban “sin querer” el brazo. María se sentía halagada por la atención del ginecólogo joven y guapo. Chang bebía en silencio, observando cada gesto.

Después del tercer round de piscos, Rosa empezó a “sentirse mal”. “Ay, me dio sueño de golpe… tanto viaje me tiene agotada”, dijo con voz pastosa, apoyando la cabeza en la mesa. En minutos parecía profundamente dormida, respirando pesado.

María también había bebido más de lo habitual. Las mejillas rojas, risa fácil. Salazar la miraba con interés descarado.

“Pobrecita Rosa”, dijo Salazar. “Mejor la llevamos a descansar. Tengo una suite reservada aquí arriba en el hotel del restaurante, por si alguien se pasaba de copas. Podemos subirla ahí”.

Chang frunció el ceño, pero no dijo nada. Ayudaron a Rosa a levantarse —ella fingiendo estar semi-inconsciente— y subieron al ascensor. María iba tomada del brazo de Salazar, riendo de cualquier tontería que él decía.

En la suite había dos habitaciones comunicadas. Dejaron a Rosa en una de ellas, “dormida” sobre la cama king size, vestido subido un poco mostrando los muslos gruesos.

Salazar sirvió más tragos en el salón. “Una última copa, por la nueva amistad”, propuso.

María aceptó. Chang también, aunque ya sentía el alcohol quemándole las venas.

Media hora después, María empezó a cabecear. “Me siento mareada… nunca bebo tanto”, murmuró.

Salazar, con mucha calma y naturalidad, la tomó del brazo. “Ven, María, mejor te acuestas un rato en la otra habitación. Eduardo y yo cuidamos de Rosa aquí”.

Chang abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. El alcohol, los celos, una curiosidad morbosa lo paralizaron.

Salazar acompañó a María al cuarto contiguo. Cerró la puerta, pero no del todo. Dejó una rendija abierta, apenas unos centímetros.

Chang se quedó en el salón, mirando la puerta. Escuchó risas bajas, la voz suave de Salazar: “Tranquila, María… solo te ayudo a recostarte… así, despacio… qué linda eres”.

Luego silencio. Luego un susurro: “¿Nunca te han dicho lo hermosa que eres? Tu marido tiene suerte…”.

Un jadeo suave de María. “No… no deberíamos…”.

Pero la voz ya era débil, entregada.

Chang se acercó a la rendija. Vio lo suficiente: Salazar besándola en el cuello, María con los ojos cerrados, dejándose caer en la cama. Las manos de él subiendo por el vestido, María sin resistirse. Pero sonó algo, nadie sabe ni de donde y volvieron a sus cuartos y María se quedó sola.

En la otra habitación, Rosa abrió un ojo. Sonrió en la oscuridad. Todo había salido exactamente como lo planeó.

Chang se quedó allí, mirando por la rendija, la verga endureciéndose contra su voluntad mientras escuchaba los gemidos ahogados de su propia esposa en brazos de Salazar.

Rosa, desde su cama, susurró apenas audible: “Ahora estamos a mano, doctorcito…”.

Y Chang, por primera vez en su vida, no supo si llorar, gritar o unirse.



El secreto del Dr. Chang – La amistad que no fue

Después de aquella noche en la suite de Miraflores, María no dijo nada. Ni a Chang, ni a nadie. Solo llegó a casa al día siguiente con una sonrisa tímida, un leve moretón en el cuello cubierto por un pañuelo, y una excusa vaga: “Me pasé de copas, Eduardo, pero fue divertido conocer gente nueva”. Chang, que había visto y oído todo desde la rendija, no preguntó. El silencio entre ellos se volvió más denso, pero superficialmente, la vida siguió: cenas familiares, fines de semana en el parque, la rutina impecable.

María, sin embargo, no olvidó a Salazar. Al principio fue inocente: un mensaje de WhatsApp de cortesía, “Gracias por cuidarnos esa noche, doctor. Fue un gusto”. Él respondió con encanto profesional: “El placer fue mío, María. Si necesitas algo de salud femenina, ya sabes dónde estoy”. Ella se sonrojó al leerlo, pero guardó el número.

Semanas después, en marzo, María empezó a sentir dolores leves en la zona baja. Ansiosa por discreción —nunca había confiado del todo en los colegas de Chang—, le escribió a Salazar: “Doctor, ¿podría recomendarme un ginecólogo en privado? Algo confidencial”. Él contestó al instante: “Mejor yo mismo, María. Pasa por mi consultorio privado en San Isidro. Primera consulta gratis, por ser amiga”.

El primer café —o lo que pretendía serlo— fue en abril, después de la consulta. María salió del consultorio con un diagnóstico benigno (estrés, nada más) y una receta. Salazar la invitó a un café cercano, “para que no manejes con el estómago vacío”. Se sentaron en una terraza soleada de Larcomar, con vista al mar. Él pidió lattes con vainilla; ella, un capuchino simple.

Hablaron de todo menos de medicina. Salazar era un maestro: preguntas sobre sus hijos (“Qué orgullo deben ser”), anécdotas divertidas del hospital (“Tu esposo es el mejor cirujano, pero yo soy el que hace reír a las pacientes”), halagos sutiles (“Tienes una sonrisa que ilumina el consultorio, María”). Ella rio, se sintió viva por primera vez en años. El café duró dos horas. Al despedirse, un beso en la mejilla que duró un segundo de más.

Mayo trajo el segundo café. Esta vez en un local más íntimo, en Surco, cerca de la casa de María. “Pasé por aquí de casualidad”, mintió él en el mensaje. Ella aceptó porque “era de camino al supermercado”. Pidieron expresos cortos y croissants. La conversación se volvió personal: María confesó su soledad en las largas noches de guardia de Chang; Salazar habló de su divorcio reciente (“A veces uno se pierde en la rutina”). Sus manos se rozaron al pasar el azúcar. Ninguno se apartó rápido.

Junio, el tercero. Un brunch dominical en un café orgánico de Miraflores. “Traje a los niños al malecón, ¿te animas a unirte?”, le escribió ella, rompiendo su propia regla de discreción. Salazar llegó con flores silvestres “para la mesa”. Compartieron avocado toast y jugos verdes. Los niños jugaron cerca; los adultos hablaron de sueños postergados. Al final, un abrazo largo en el estacionamiento, su mano en la curva de su espalda baja.

Julio y agosto fueron un torbellino de “cafés casuales”: uno en la librería de un mall, con libros de poesía que Salazar le recomendó (“Lee esto pensando en mí”); cada vez, un toque más: un roce de rodillas bajo la mesa, un dedo trazando el borde de su taza, un “¿Sabes que eres más guapa sin maquillaje?” que la hacía bajar la mirada, sonrojada.

Chang notaba el brillo nuevo en los ojos de María, los mensajes que borraba rápido, las salidas “con amigas” que duraban horas. Pero no decía nada. El resentimiento de enero se había convertido en una resignación amarga. Sabía de Salazar; lo veía en los pasillos del hospital, con su sonrisa de depredador. Una vez, en el ascensor, sus miradas se cruzaron: Salazar guiñó un ojo. Chang solo apretó la mandíbula.

Meses después, en octubre, lo inevitable sucedió.

Era un viernes de garúa. María había “ido a un café con una vecina”, pero Chang, terminando temprano una cirugía, decidió pasar por la casa.

No entró. Se quedó afuera, en el auto, escuchando la nada. Le escribió a María y no le respondió, pero algo le dijo que estaba con Salazar.

Y en efecto, estaban en el mismo café de siempre, los esperó en su auto, ni bien salieron, los siguió.

Fueron a un hospedaje cercano pero discreto.

Adentro, en la habitación 207 —cama king con sábanas blancas, luz tenue de lámparas de lava—, lo inevitable se desplegó sin prisa.

Salazar la besó contra la puerta, suave al principio, desatando el moño de su cabello castaño. María gimió bajito, las manos temblorosas en la camisa de él. “No sé si debería…”, murmuró, pero ya se dejaba caer.

“Shh, déjame cuidarte como mereces”, respondió él, voz ronca, besándole el cuello mientras le subía el vestido por los muslos. La llevó a la cama, la desvistió despacio: el vestido cayó, revelando un cuerpo maduro pero firme, pechos medianos con pezones oscuros ya erectos por el frío y la anticipación, bragas simples de algodón que él bajó con dientes.

María se abrió para él, nerviosa pero ansiosa. Salazar se arrodilló entre sus piernas, besó el interior de sus muslos, inhaló su aroma limpio, femenino, mezclado con jabón de lavanda. La lamió despacio, lengua plana contra el clítoris hinchado, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde ella jadeaba. “Dios, Mario… nunca…”, susurró ella, arqueando la espalda, las manos enredadas en su cabello.

Él se desnudó, la verga gruesa y venosa saltando libre. María la miró con ojos grandes, la tocó con timidez. “Es… grande”, dijo, y él rio suave: “Te va a gustar, María. Relájate”.

La penetró lento, centímetro a centímetro, hasta que ella gritó de placer mezclado con un leve dolor. Embestía rítmico, profundo, las caderas de él chocando contra las de ella en un vaivén húmedo. María se corrió primero, convulsionando alrededor de él, uñas clavadas en su espalda, un gemido largo y liberador que nunca había soltado con Chang.

Salazar la volteó, la puso de rodillas —su posición favorita— y la tomó por detrás, agarrando sus caderas estrechas, una mano enredada en su cabello. “Dime que te gusta”, gruñó. “Sí… sí… más…”, respondió ella, empujando hacia atrás, el culo blanco enrojeciéndose por los palmazos suaves.

Se corrió dentro de ella con un rugido bajo, llenándola caliente y espeso. María se derrumbó, exhausta, besándolo con una pasión nueva, prohibida.

Chang encendió el motor y se fue. No lloró. Solo sintió un vacío frío, como si el último hilo que lo ataba a su vida ejemplar se hubiera cortado.

María llegó a casa dos horas después, oliendo a cache rico e infiel y a hombre ajeno, con una sonrisa culpable que no borraría. “El café se extendió”, dijo.

Chang, desde el sofá, solo asintió. “Está bien”.

El secreto de todos se había completado. Y en el silencio de la casa, nadie mencionaría nunca lo inevitable.

El Dr. Chang siguió operando, sonriendo a pacientes, besando a su esposa en la mejilla. Pero por dentro, ya no era el mismo hombre.

El fuego se había extinguido por completo. Solo quedaban cenizas.
 
El secreto del Dr. Chang – El despertar de María

María siempre había sido la esposa perfecta. Ama de casa dedicada, madre atenta, compañera silenciosa de un marido exitoso. Sus días transcurrían en una rutina cómoda pero asfixiante: preparar desayunos, llevar a los niños al colegio, limpiar la casa impecable, esperar a Eduardo con una cena caliente y una sonrisa cansada. En la cama, el sexo era mecánico, predecible: luces apagadas, posiciones básicas, un beso rápido antes de dormir. Chang era un buen hombre, pero después de 25 años, el fuego se había reducido a brasas tibias. Ella se sentía invisible, como un mueble más en esa casa grande de San Borja.

Todo cambió con aquella cena en Miraflores. Rosa era exótica, exuberante, con sus curvas y su risa abierta; Salazar, en cambio, era el tipo de hombre que hacía que una se sintiera viva con solo una mirada. Durante la cena, mientras los piscos fluían, María notó cómo él la observaba: no con lástima, sino con deseo genuino. “Tienes unos ojos preciosos, María”, le dijo en un momento, y ella sintió un cosquilleo que no recordaba desde sus días de novia. Cuando Rosa “se durmió” y Salazar la acompañó a la habitación, María no opuso resistencia. El alcohol ayudó, pero en el fondo sabía que era algo más: curiosidad, necesidad de sentirse deseada.

Aquella noche en la suite fue un torbellino borroso. Salazar la besó con una pasión que Chang nunca había mostrado, sus manos expertas explorando su cuerpo como si fuera un tesoro recién descubierto. La penetró con una lentitud tortuosa, haciéndola gemir por primera vez en voz alta, sin vergüenza. Se corrió dos veces, temblando en sus brazos, y al amanecer se sintió culpable pero renovada. “Esto no cambia nada”, se dijo en el taxi de vuelta a casa. Pero ya había cambiado todo.

Los cafés empezaron como una excusa. Después de la consulta en abril, sentada en la terraza de Larcomar con el latte en la mano, María se abrió por primera vez. Le contó a Salazar sobre su juventud postergada por el matrimonio temprano, sobre cómo soñaba con viajar a Europa pero nunca lo hacía porque “Eduardo está ocupado”. Él escuchaba, realmente escuchaba, con esos ojos oscuros fijos en los suyos. “Eres una mujer increíble, María. Mereces más que rutinas”, le dijo, y ella sintió un calor subiendo por su cuello. Al despedirse, el beso en la mejilla fue eléctrico; olió su colonia fresca, sintió la barba incipiente rozando su piel.

En mayo, el segundo café en Surco fue más íntimo. María se arregló más de lo habitual: un poco de maquillaje, un vestido que acentuaba su figura delgada pero curvilínea. Sentados en una esquina apartada, hablaron de soledades compartidas. “Mi divorcio me dejó vacío”, confesó Salazar, tomándole la mano sobre la mesa. “Pero conocerte a ti… me da esperanza”. María retiró la mano despacio, pero el roce dejó una marca invisible. Esa noche, en la cama con Chang, cerró los ojos e imaginó que eran las manos de Salazar las que la tocaban. Se corrió en silencio, mordiéndose el labio, y por primera vez sintió culpa real.

Junio trajo el brunch dominical. María llevó a los niños como escudo, pero en el fondo quería verlo. Salazar jugó con ellos, los hizo reír con chistes tontos, y ella lo miró con una admiración nueva. “Eres bueno con los niños”, le dijo. Él sonrió: “Imagina si tuviéramos uno nuestro…”. Fue una broma, pero el pensamiento la excitó. Al abrazarlo en el estacionamiento, sintió su cuerpo firme contra el suyo, la erección sutil presionando su vientre. Esa tarde, sola en casa, se masturbó pensando en él: dedos hábiles frotando su clítoris, imaginando su lengua allí abajo, caliente y experta.

Los meses siguientes fueron una escalada de deseo reprimido. En julio, en la librería, Salazar le regaló un libro erótico disfrazado de poesía. “Léelo y dime qué piensas”, susurró. María lo devoró en secreto, excitándose con cada página, tocándose en el baño mientras Chang operaba. En agosto, en el rooftop, el atardecer pintó el cielo de naranjas, y él le rozó la rodilla bajo la mesa. “Quiero besarte ahora mismo”, murmuró. Ella no dijo no; solo bajó la mirada, el coño húmedo bajo la falda.

Para octubre, María ya no podía negar lo inevitable. Se sentía viva, deseada, pero también aterrorizada. Amaba a Chang —o al menos la idea de él—, pero Salazar la hacía sentir mujer de nuevo. “Solo una vez”, se prometió en el mensaje que le envió: “Café hoy?”. Él la citó directo en el motel, y ella fue.

Adentro, el deseo explotó. Salazar la desnudó con urgencia, besando cada centímetro de su piel: los pechos sensibles, el vientre plano, los muslos temblorosos. La lamió hasta que ella gritó, arqueándose contra su boca, corriéndose en olas que nunca había experimentado. Luego la penetró, grueso y profundo, embistiendo con un ritmo que la volvía loca. “Dime que me quieres”, gruñó él. “Te quiero… Mario… fóllame más…”, jadeó ella, clavándole las uñas en la espalda, empujando las caderas para recibirlo entero.

Se corrió otra vez, sintiendo su semen caliente inundándola, y en ese momento no pensó en Chang, ni en los niños, ni en la culpa. Solo en el placer puro, prohibido.

Después, acostada en sus brazos, María lloró un poco. “¿Qué estamos haciendo?”, susurró. Salazar la besó en la frente: “Viviendo, María. Finalmente viviendo”.

Llegó a casa con el cuerpo dolorido y el alma en conflicto. Besó a Chang en la mejilla, preparó la cena, sonrió a los niños. Pero por dentro, sabía que no podía parar. Salazar la había despertado, y ahora el fuego era suyo.

Chang, desde el sofá, la miró un segundo de más. “¿Todo bien?”, preguntó.

“Sí, amor. Todo bien”, mintió ella.

Pero nada estaba bien. O quizá, por primera vez, todo lo estaba.













El secreto del Dr. Chang – La noche sin retorno

Era mediados de noviembre de 2025. El Dr. Chang había sido enviado en comisión a Arequipa por una semana: un congreso médico sobre avances en cirugía torácica. Partió con su maleta impecable, besó a María en la mejilla y le prometió llamarla todas las noches. “Cuídate, amor. Te extraño ya”, le dijo ella, con esa sonrisa inocente y linda que siempre lo había cautivado. María, con su cabello castaño recogido en una coleta sencilla, ojos grandes y expresivos, y una figura delgada pero femenina —pechos medianos que se marcaban sutilmente bajo sus blusas recatadas—, era la imagen de la pureza doméstica. Nunca había sido de fiestas, ni de excesos; su mundo era la casa, los hijos y las charlas con vecinas.

Rosa, en cambio, olió la oportunidad desde Huánuco. Le escribió a María por WhatsApp: “¡Amiga! Escuché que Eduardo está de viaje. ¿Por qué no salimos a distraernos? Lima es aburrida solas”. María, que se sentía sola en esa casa grande, aceptó. “Bueno, pero algo tranquilo”, respondió con un emoji tímido.

Rosa llegó a Lima ese mismo martes, hospedada en un hotel boutique en Miraflores. Era maliciosa y seductora como siempre: gordita con curvas exuberantes, tetas grandes que desbordaban cualquier escote, culo carnoso que se movía con un contoneo deliberado. Su piel morena brillaba con aceites perfumados, y su risa ronca prometía aventuras prohibidas. “Vamos a bailar, María. Nada de sentarnos a tomar té. Te voy a sacar de esa concha tuya”, le dijo al recogerla en un taxi.

Se fueron a un club nocturno en Barranco, uno de esos lugares con luces neón, música salsa y reggaetón retumbando en las paredes. María llegó vestida inocente: un vestido azul claro hasta las rodillas, zapatos bajos, maquillaje mínimo. Rosa, en contraste, llevaba un top ajustado negro que dejaba ver el sostén de encaje y una falda corta que apenas cubría sus muslos gruesos. “¡Estás divina, amiga! Pero relájate, que esta noche vas a brillar”, le susurró Rosa al oído, pasándole un brazo por la cintura con un toque que era casi posesivo.

El club estaba lleno: cuerpos sudorosos moviéndose al ritmo, olor a alcohol y perfume barato. Pidieron mojitos —María solo uno al principio, pero Rosa insistió en el segundo—. “Bebe, que la vida es corta”, dijo Rosa con una sonrisa maliciosa, sus ojos brillando bajo las luces estroboscópicas. María rio nerviosa, sintiendo el calor del alcohol subiendo por sus mejillas, haciendo que sus ojos inocentes parecieran más grandes, más vulnerables.

Y entonces apareció Salazar. Como si lo hubiera planeado —y probablemente Rosa lo había invitado en secreto—. Entró con su traje casual: camisa abierta en los primeros botones, mostrando un pecho firme, pantalones ajustados que marcaban su figura atlética. “¡Qué casualidad!”, exclamó con esa sonrisa depredadora, besando a Rosa en la boca con un beso rápido pero profundo, y luego a María en la mejilla, demorándose un segundo de más. “María, qué placer verte fuera del hospital. Estás radiante”.

Rosa, maliciosa como siempre, lo tomó del brazo. “Ven, Mario, bailemos los tres. María necesita soltarse”. La arrastraron a la pista. La música era un reggaetón lento, pegajoso, con letras subidas de tono. Rosa se pegó a María por detrás, sus tetas grandes aplastándose contra su espalda delgada, manos en las caderas guiándola en un vaivén sensual. “Muévete así, amiga… siente el ritmo”, susurraba Rosa al oído de María, su aliento cálido y perfumado con mojito. María, inocente y sonrojada, intentaba seguir, pero sus movimientos eran torpes, lindos en su timidez.

Salazar se colocó delante, bailando cerca, muy cerca. Sus caderas rozando las de María, una mano en su cintura baja, la otra rozando “accidentalmente” el borde de sus pechos. “Eres una bailarina natural, María”, le dijo con voz ronca, sus ojos clavados en los suyos. Rosa, desde atrás, apretaba más, sus dedos gorditos hundiéndose en la carne suave de las caderas de María, bajando un poco hacia los muslos. “Relájate, linda… nadie mira. Solo nosotros tres”, murmuraba Rosa, su lengua rozando apenas el lóbulo de la oreja de María.

María sentía el calor subiendo: el sudor en su cuello, el roce de los cuerpos, el alcohol nublando su juicio. Era inocente, pero no ciega; notaba cómo Rosa la tocaba con malicia, cómo Salazar la devoraba con la mirada. Un beso robado de Rosa en su cuello —“solo jugamos, amiga”— hizo que María jadease bajito. Salazar aprovechó para pegar su erección contra su vientre, bailando más lento, sus manos bajando a apretar su culo sutilmente. “Te ves tan linda cuando te sueltas”, le susurró él, mientras Rosa reía bajito y le pellizcaba un pezón por encima del vestido.

La seducción era un juego coordinado: Rosa maliciosa, empujando a María hacia el deseo con toques juguetones y susurros sucios; Salazar seductor, con su presencia dominante, rozándola donde más la hacía temblar. María, linda e inocente, se dejaba llevar, sus ojos grandes brillando de excitación y confusión, el coño húmedo bajo el vestido por primera vez en público.

A las 3 a.m., el club empezaba a vaciarse. Salieron tambaleantes, riendo. Salazar las llevó en su auto lujoso —un BMW negro con asientos de cuero—. Primero dejó a Rosa en su hotel. Ella besó a María en la boca, un beso profundo y húmedo que dejó a la inocente esposa jadeando. “Diviértete, amiga. Te lo mereces”, le guiñó Rosa con malicia antes de bajar, contoneando su culo carnoso hacia la entrada.

Solo quedaban Salazar y María en el auto. Él condujo despacio por las calles oscuras de Miraflores, la mano derecha en el muslo de ella, subiendo poco a poco. “No puedo dejar de pensar en ti desde esa cena”, confesó con voz grave. María, sonrojada y excitada por la noche, no lo detuvo. “Yo… tampoco”, murmuró, su voz temblorosa.

Aparcó en un callejón discreto cerca del malecón. La besó con urgencia, lengua explorando su boca inocente. Le subió el vestido, dedos hábiles apartando las bragas húmedas, frotando su clítoris hinchado hasta que ella gimió contra su boca. “Dios, María… estás tan mojada”, gruñó él, metiendo dos dedos profundo, curvándolos para golpear ese punto que la hacía arquearse.

La folló locamente en el asiento reclinado: la verga gruesa entrando de una embestida, María gritando de placer y sorpresa, sus piernas delgadas envolviéndolo. Embestía con furia, el auto meciéndose, sus tetas medianas rebotando libres del vestido, pezones duros que él chupaba con avidez. María, ya no tan inocente, empujaba hacia arriba, arañándole la espalda, corriéndose una y otra vez con chorros calientes que empapaban el cuero. “Más… Mario… ¡fóllame más!”, jadeaba ella, perdida en el éxtasis.

Salazar se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola caliente y espeso, besándola mientras ambos temblaban.

La dejó en su casa a las 4 a.m., con el vestido arrugado y el cuerpo marcado por la pasión. María entró en silencio, se miró al espejo: ojos brillantes, labios hinchados, una sonrisa secreta.

Chang llamó esa noche desde Arequipa. “¿Todo bien, amor?”. “Sí, Eduardo. Todo perfecto”, respondió ella, tocándose el muslo donde aún sentía el calor de Salazar.

El secreto había cruzado un nuevo umbral. Y María, la linda e inocente, ya no volvería a ser la misma.







El secreto del Dr. Chang – La primera vez de María

El auto de Salazar, un BMW negro con asientos de cuero que olían a nuevo y a colonia masculina, se detuvo en un callejón oscuro cerca del malecón de Miraflores. La lluvia de noviembre repiqueteaba contra el techo, creando un ritmo hipnótico que ahogaba los sonidos de la ciudad. María, sentada en el asiento del copiloto, sentía el corazón latiéndole en el pecho como un tambor descontrolado. Su vestido azul claro estaba arrugado por el baile, sus piernas delgadas cruzadas con nerviosismo, y un calor traicionero subía por su vientre. Salazar apagó el motor y se volvió hacia ella, sus ojos oscuros brillando bajo la luz tenue de un farol lejano.

“María... no puedo dejar de pensar en ti desde que te vi esa noche en Miraflores”, murmuró él, su voz ronca y grave, como un susurro prohibido. Extendió la mano y rozó su rodilla, subiendo despacio por el muslo interno, deteniéndose justo donde el vestido empezaba a subir. “Dime que sientes lo mismo... dime que no soy el único que se muere por besarte”.

María tragó saliva, sus ojos grandes e inocentes clavados en los de él. El alcohol aún zumbaba en su sangre, pero era más que eso: era el roce de Rosa en la pista, los toques maliciosos, la seducción compartida que la había dejado húmeda y confundida. “Yo... Mario, no sé... estoy casada. Eduardo está en Arequipa, pero... esto no está bien”. Su voz temblaba, pero no apartó la pierna. En cambio, la abrió un poco más, involuntariamente, invitando.

Salazar sonrió, esa sonrisa depredadora que la hacía sentir deseada por primera vez en años. Se inclinó más cerca, su aliento cálido contra su cuello. “No pienses en él ahora, María. Piensa en ti. En lo que quieres. En cómo te sientes cuando te toco... así”. Su mano subió más, rozando el borde de sus bragas de algodón, sintiendo el calor y la humedad que se filtraba a través de la tela. “Estás mojada, ¿verdad? Dime la verdad... ¿te excitó bailar conmigo? ¿Sentir a Rosa atrás, tocándote?”

María jadeó bajito, cerrando los ojos un momento. “Sí... sí, me excitó. Nunca había sentido algo así. Rosa... ella me tocaba y tú me mirabas... me hacía sentir... viva. Pero Mario, por favor... no sé si puedo...”. Su voz se quebró, pero su cuerpo la traicionaba: sus caderas se movieron ligeramente hacia su mano, pidiendo más.

“Shh, tranquila, linda. No haremos nada que no quieras. Solo... déjame besarte. Solo un beso”. Se acercó más, sus labios rozando los de ella con ternura al principio, pero luego profundizando, su lengua abriéndose paso en su boca inocente, explorando con urgencia. María gimió contra él, sus manos subiendo a su pecho, sintiendo los músculos firmes bajo la camisa. El beso se volvió feroz: lenguas enredadas, saliva mezclada, respiraciones agitadas empañando las ventanas.

“Oh, Dios... Mario... esto es una locura”, susurró ella cuando se separaron un segundo, pero ya estaba perdida. Salazar reclinó el asiento con un clic, tirando de ella para que se montara a horcajadas sobre él. El vestido se subió solo, exponiendo sus muslos pálidos y las bragas ahora empapadas.

“Eres tan hermosa, María. Tan inocente... pero mira cómo respondes. Quiero hacerte sentir cosas que nunca has sentido”. Sus manos subieron por su espalda, bajando el cierre del vestido con destreza. El top cayó, revelando sus pechos medianos, pezones oscuros y erectos por el frío y la excitación. Salazar los miró con hambre, luego se inclinó y tomó uno en la boca, succionando suave al principio, luego mordisqueando con los dientes.

“¡Ah! Mario... eso... duele un poco... pero... no pares”. María arqueó la espalda, presionando su pecho contra su boca, sus manos enredadas en su cabello. “Nunca... Eduardo nunca me hace esto así... tan... intenso”.

Salazar soltó una risa baja contra su piel, cambiando al otro pezón, lamiendo en círculos. “Él no sabe lo que se pierde. Eres una diosa, María. Déjame bajarte esto...”. Sus dedos engancharon las bragas y las bajaron despacio, rozando su clítoris hinchado en el proceso. María gimió fuerte, el sonido rebotando en el auto confinado.

“Por favor... tócame... allí”. Su voz era un ruego, inocente y desesperado. Salazar obedeció, metiendo un dedo entre sus labios mayores, sintiendo el calor apretado y húmedo. “Estás tan apretada... tan lista para mí. Dime, María, ¿quieres que te folle? ¿Quieres mi verga dentro de ti?”

María se sonrojó furiosamente, pero el deseo era más fuerte. “Sí... sí, Mario. Quiero... quiero que me folles. Pero... sé gentil... no soy como Rosa... soy... inexperta en esto”.

“No te preocupes, linda. Voy a ser gentil... al principio”. Bajó su cierre, sacando su verga gruesa y venosa, ya dura y latiendo. María la miró con ojos grandes, tocándola con timidez, su mano pequeña envolviéndola. “Es... grande. Más que... la de Eduardo”.

Salazar gruñó de placer ante su toque. “Te va a gustar. Monta despacio... así”. La guió por las caderas, bajándola sobre él. La cabeza rozó su entrada húmeda, luego entró centímetro a centímetro, estirándola. María gritó, mitad dolor, mitad placer. “¡Oh, Dios! Es... demasiado... pero... sigue...”.

“Así, María... muévete... arriba y abajo”. Sus manos en sus caderas la guiaban, embistiendo desde abajo con ritmo lento. El auto se mecía ligeramente, la lluvia intensificándose afuera. María empezó a mover las caderas por instinto, sus pechos rebotando, pezones rozando su camisa.

“Me... me gusta... Mario... más rápido... por favor”. Su voz era un jadeo, inocente pero exigente. Salazar aceleró, una mano bajando a frotar su clítoris en círculos. “Vas a correrte para mí, ¿verdad? Dime que te estás corriendo en mi verga”.

“Sí... sí... me vengo... ¡Mario!” María se convulsionó, su coño apretando alrededor de él, chorros calientes empapando sus muslos. Gritó su nombre, uñas clavadas en sus hombros.

Salazar no aguantó más. “Yo también... María... te voy a llenar...”. Embestidas furiosas, luego se vació dentro de ella con un rugido, chorros gruesos y calientes inundándola. Se quedaron así un minuto, jadeando, besándose con lentitud post-orgasmo.

“Fue... increíble”, murmuró ella, apoyando la cabeza en su pecho. “Pero... ¿qué dirá Eduardo? ¿Qué somos ahora?”

“Shh, no pienses en eso ahora. Somos... lo que quieras que seamos”. La besó en la frente, ayudándola a vestirse.

La dejó en su casa a las 4 a.m., con un último beso profundo en el auto.

Al día siguiente, María se despertó tarde, el cuerpo dolorido pero satisfecho. Los niños ya estaban en el colegio —había dejado notas para la niñera—. Se miró al espejo: labios hinchados, un chupón en el cuello que cubrió con maquillaje, el coño aún sensible y húmedo de recuerdos. Se sentía culpable, pero también empoderada. “Fue solo una vez”, se dijo, pero sabía que mentía.

Chang llamó a mediodía desde Arequipa. “¿Cómo va todo, amor? ¿Los niños bien?”

“Sí, Eduardo... todo perfecto. Solo... extrañándote”. Su voz era cálida, pero en su mente revivía la noche: los gemidos, los toques, la verga de Salazar llenándola.

Por la tarde, un mensaje de Salazar: “Anoche fue mágico, María. ¿Repetimos pronto?”

Ella respondió: “Sí... pronto”. Y sonrió para sí misma, tocándose el muslo donde aún sentía su calor.

Rosa le escribió también: “¿Y? ¿Te divertiste después de dejarme? Cuéntame todo, amiga”. María rio, respondiendo con detalles jugosos, sintiéndose parte de un mundo nuevo.

Chang regresaría en dos días, pero María ya había cambiado. El secreto crecía, y el fuego, una vez encendido, no se apagaría fácilmente.



El secreto del Dr. Chang – La mañana de las locuras

Al día siguiente, Salazar se reportó enfermo al hospital con una excusa vaga: “Fiebre alta, doctor. No puedo moverme”. Colgó el teléfono y sonrió en la oscuridad de su departamento en San Isidro —un lugar moderno, minimalista, con vistas a la ciudad y una cama enorme que había visto muchas aventuras—. Estaba solo, como siempre después de sus conquistas, pero esta vez esperaba con ansiedad. Le había mandado un mensaje a María a las 8 a.m.: “Ven a mi casa. Tengo el día libre. Quiero verte... y más”. Ella respondió casi al instante: “Llego en una hora. Los niños en el colegio”.

María llegó puntual, nerviosa pero excitada. Tocó el timbre con mano temblorosa, su vestido sencillo de algodón blanco ocultando la lencería nueva que había comprado en secreto —roja, de encaje, para sentirse menos inocente—. Salazar abrió la puerta en bata, sin nada debajo, su cuerpo atlético brillando con una fina capa de sudor de la anticipación. “Entra, linda. Hoy es solo para nosotros”.

Apenas cerró la puerta, la besó con furia, empujándola contra la pared del pasillo. Sus manos subieron por sus muslos, levantando el vestido, encontrando las bragas ya húmedas. “Anoche en el auto fue solo el comienzo”, gruñó contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. María jadeó, sus ojos grandes cerrándose de placer. “Mario... los niños... la casa...”. Pero él la calló con otro beso, bajando las tiras del vestido para exponer sus pechos, chupando los pezones con avidez hasta que se endurecieron como piedrecitas.

La llevó al dormitorio, tirándola en la cama king size con sábanas de satén negro. “Hoy vamos a hacer locuras que nunca has probado, María. Cosas que tu marido ni sueña”. Ella se sonrojó, inocente pero curiosa, asintiendo mientras él le quitaba el vestido por completo. Quedó en lencería roja, el contraste con su piel pálida haciendo que Salazar se endureciera al instante. Se quitó la bata, su verga gruesa saltando libre, y se arrodilló entre sus piernas.

Primero la lamió despacio, lengua plana contra su clítoris, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para golpear su punto G. María gritó, arqueando la espalda, sus manos agarrando las sábanas. “¡Mario! Eso... nunca... oh Dios!”. Él sonrió contra su coño, agregando un tercer dedo y chupando con más fuerza hasta que ella se corrió en chorros, empapando su barbilla.

Luego vino la primera locura: la puso de rodillas en la cama, culo en alto, y la penetró por detrás —doggy style, pero con un twist—. Agarró sus caderas delgadas y embistió profundo, una mano bajando a frotar su clítoris mientras la otra le pellizcaba los pezones. “Muévete contra mí, linda... empuja ese culito”. María, que nunca había estado en esa posición con Chang (siempre misionero, luces apagadas), se sintió expuesta y viva. Empujó hacia atrás, gimiendo fuerte, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.

“Más... Mario... ¡fóllame más fuerte!”. Él obedeció, palmadas suaves en su culo blanco que lo enrojecían, luego metió un dedo húmedo en su ano virgen, solo la punta, haciéndola gritar de sorpresa y placer nuevo. “¿Te gusta eso? ¿Tu marido te ha tocado ahí?”. “No... nunca... ¡pero no pares!”. Se corrió otra vez, temblando, su coño contrayéndose alrededor de su verga.

Cambiaron a reverse cowgirl: ella montada de espaldas, bajando sobre él despacio, sus tetas rebotando mientras él la guiaba por las caderas. Salazar metió las manos por delante, una frotando su clítoris, la otra amasando sus pechos. “Mírate en el espejo, María... mira qué puta linda eres”. Ella miró el espejo frente a la cama, viéndose a sí misma cabalgando salvaje, y el morbo la hizo correrse de nuevo, gritando su nombre.

Luego, la posición más loca: la levantó contra la pared, piernas envueltas alrededor de su cintura, penetrándola de pie con embestidas brutales. Sus bolas golpeando su culo, sudor corriendo por sus cuerpos. María clavó las uñas en su espalda, mordiéndole el hombro. “¡Sí! ¡Más verga, Mario! ¡Me haces mejor que mi marido!”. Él gruñó, acelerando hasta que se corrió dentro de ella, llenándola caliente.

Exhaustos, cayeron en la cama, pero no pararon. Salazar sacó un vibrador de la mesita —un juguete grueso y curvo que nunca había usado con ella—. Lo untó en sus jugos y lo metió despacio mientras la chupaba. María convulsionó, corriéndose múltiples veces, gritando cosas que nunca había dicho: “¡Tu pinga me hace gozar más que la de Chang! ¡Amo a mi marido, pero tú me follas como una puta!”.

De repente, el teléfono de María vibró en el bolso. Era Chang. “Amor, llegué antes. Estoy en casa. ¿Dónde estás?”.

María, aún jadeando, con Salazar besándole el cuello, contestó con voz temblorosa: “Hola, Eduardo... estoy con una familia que me invitó a un café. Vuelvo pronto”. Colgó rápido, riendo nerviosa. “Dios, Mario... casi nos pilla”.

Siguieron: ahora en 69, ella chupando su verga por primera vez —torpe al principio, pero ansiosa—, lamiendo el glande mientras él le metía la lengua en el coño y el dedo en el culo. “Trágatela toda, linda... así...”. María gemía alrededor de su carne, corriéndose en su boca.

El teléfono sonó de nuevo. Chang: “Amor, ¿dónde estás? Ya pasó una hora”. Ella, con la verga de Salazar en la mano, respondió: “Aún en el café, Eduardo. La charla se extendió. Vuelvo en un rato”. Colgó y se montó encima de él, cabalgando furiosa.

La tercera llamada llegó mientras Salazar la follaba en misionero pero con sus piernas sobre sus hombros, penetrando más profundo que nunca. María vio el teléfono vibrar, pero no contestó. Estaba corriéndose otra vez, gritando: “¡Más verga! ¡Sí, me haces mejor que mi marido!”.

Salazar, malicioso, sacó su propio teléfono y grabó un audio rápido sin que ella lo notara al principio. “Dime, María... ¿cómo se llama tu marido?”. Ella, perdida en el placer, jadeó: “Chang... Chang es mi marido a quien amo... pero tu pinga me hace gozar más... ¡fóllame, Mario!”.

Minutos después, mientras María se vestía temblorosa, Salazar envió el audio anónimamente a Chang desde un número bloqueado.

Chang, en casa preparando café, recibió el audio. Lo reprodujo, y su mundo se derrumbó: la voz de María pidiendo más verga, confesando que lo amaba pero que otro la hacía gozar más. Reconoció la voz, pero no la del hombre. Lloró en silencio, el teléfono temblando en su mano.

María llegó a casa media hora después, oliendo a sexo y perfume ajeno. “Hola, amor. Qué sorpresa que volviste temprano”. Lo besó en la mejilla.

Chang no dijo nada. Solo la miró, el secreto pesando más que nunca.

Pero en su mente, el audio se repetía una y otra vez. El fuego había consumido todo.


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El secreto del Dr. Chang – La venganza fría

El audio llegó como un puñal en la oscuridad. Chang lo reprodujo una y otra vez en su estudio, solo en la casa de San Borja, mientras María dormía arriba, ajena a todo. La voz de su esposa gimiendo, pidiendo más verga, confesando que lo amaba pero que otro la hacía gozar más. “Chang... Chang es mi marido...”. El nombre salió de sus labios entre jadeos, y algo se rompió dentro de él. No era solo traición; era humillación absoluta. Rosa, Salazar, María... todos habían jugado con él como un títere.

Esa noche, Chang no durmió. Planeó. Frío, calculador, como en una cirugía delicada. Decidió vengarse de todo y de todos. No con violencia; con precisión quirúrgica. Destruiría sus vidas desde las sombras, usando su posición, sus contactos, su inteligencia.

Primero, la hija de Rosa: Valeria. Recordaba bien al fotógrafo que le había mencionado en aquellas sesiones de “pruebas fotográficas” que nunca se concretaron. Un tipo joven, talentoso, con estudio en Lima, pero raíces en Huánuco. Chang lo llamó al día siguiente, fingiendo interés profesional: “Soy el Dr. Eduardo Chang, amigo de Rosa. Quiero contratarte para un proyecto en modelaje internacional. ¿Puedes venir a mi oficina en el hospital?”.

El fotógrafo, llamado Diego, llegó entusiasmado. Chang lo interrogó sutilmente sobre sus trabajos, y sacó el tema de Valeria: “He visto fotos de una modelo tuya... delgada, tetona, de Huánuco. Podría ser perfecta para una campaña en Europa”. Diego mordió el anzuelo. Chang financió una sesión privada en Lima, invitando a Valeria bajo pretexto de “oportunidad única”. Valeria, ambiciosa y bella como siempre —delgada, con tetas firmes y altas heredadas de su madre, cintura estrecha y piernas largas—, posó con naturalidad: bikinis, lencería, poses sensuales que volteaban cabezas.

Pero Chang no se involucró directamente. Pagó a Diego para que la cortejara. “Enamórala. Llévala a cenar, hazla sentir especial. Te doy el dinero”. Diego, atraído por la belleza de Valeria desde la primera sesión, lo hizo. Flores, cenas románticas en restaurantes caros, besos apasionados en el malecón. Valeria cayó: “Eres diferente a los chicos de Huánuco”, le dijo una noche, montándolo en su departamento, sus tetas perfectas rebotando mientras gemía su nombre.

Pronto fueron pareja oficial. Chang financió todo en secreto: viajes, regalos. El golpe maestro: un contrato falso en Milán para una agencia de modas. Diego llevó a Valeria a Europa —París, Roma, Madrid—. Fotos en Instagram: Valeria en la Torre Eiffel, besando a Diego bajo el Arco del Triunfo, su cuerpo delgado y sensual en bikinis en la Costa Amalfitana.

Rosa se enteró por las redes. Vio las historias de su hija: feliz, enamorada, lejos. Llamó a Valeria llorando: “¿Quién es ese? ¿Cómo pasó tan rápido?”. Valeria respondió fría: “Mamá, es mi vida. Diego me trata como reina. Vamos a vivir en Europa un tiempo”. Rosa colgó, sollozando en su casa de Huánuco. Su hija, su orgullo, robada por un fotógrafo que Chang había manipulado. Lágrimas calientes corrieron por su cara morena, sus tetas pesadas temblando con cada sollozo. “¿Cómo? ¿Por qué?”, se preguntaba, ignorando que Chang estaba detrás.

A Rosa, Chang le reservó un golpe más personal. Reunió fotos y videos que había guardado en secreto: Rosa con Salazar en el consultorio, follando como animales; Rosa borracha enviándole imágenes paganas, desnudas, procaces, todo lo sucio que hizo; incluso capturas de sus chats subidos de tono. Las envió anónimamente al director de su colegio en Huánuco, con un mensaje: “Profesora involucrada en conducta inmoral. Ver adjuntos”. El escándalo estalló. La despidieron al día siguiente: “No podemos tener esto en una institución educativa”. Rosa, desempleada, lloró más, su vida en ruinas.

Peor aún: Chang filtró las fotos en redes sociales. Cuentas falsas publicaron todo: Rosa tetona y culona en poses explícitas, con Salazar. Los haters llegaron en tropel. Comentarios crueles: “Puta de provincias”, “Gorda infiel”, “¿Eso enseña en clases?”. Rosa, que tenía perfiles públicos por su trabajo como profe, vio su muro inundado de insultos. Bloqueaba uno, aparecían diez. Lloraba sola en su cama, el cuerpo abundante temblando, recordando las noches con Chang. “¿Por qué me pasa esto?”, gemía, sin saber que era él.

Finalmente, Salazar. Chang usó su influencia en el hospital. Reunió evidencias: testigos de sus aventuras en consultorios (incluyendo la de Rosa), quejas de pacientes manipuladas, incluso un informe falso de acoso. Lo presentó al colegio médico y al ministerio de salud. “Conducta deshonrosa dentro y fuera del trabajo: adulterio con esposas de colegas, sexo en instalaciones públicas, manipulación de pacientes”. El proceso fue rápido. Lo despidieron del Dos de Mayo. Luego, inhabilitado: no podía ejercer por cinco años. Finalmente, le quitaron el título de doctor temporalmente, pendiente de investigación ética.

Salazar, arruinado, llamó a María llorando: “Me jodieron, amor. No sé quién, pero alguien me destruyó”. María, aterrorizada, cortó todo contacto. Chang, desde su escritorio, sonrió por primera vez en meses.

El Dr. Eduardo Chang volvió a su vida ejemplar: operaciones perfectas, familia unida en apariencia. María nunca supo de su venganza; solo sentía culpa y distancia.

Pero en las noches, Chang abría las fotos de Valeria en Europa, imaginando su cuerpo perfecto con Diego. Y se masturbaba en silencio, saboreando la victoria amarga.

El secreto había terminado. Solo quedaba el vacío de la venganza consumada.













La vida de Valeria en Europa – Un sueño hecho realidad

Valeria, la hija bella y esbelta de Rosa —delgada como un junco, con piernas largas, cintura estrecha y esos pechos firmes y altos que heredó, pero perfeccionó—, dejó atrás Huánuco y Lima para embarcarse en una aventura que parecía sacada de un cuento. Gracias al contrato que Diego, su novio fotógrafo, consiguió en Milán (financiado en las sombras por la venganza de Chang), cruzó el Atlántico a finales de 2025. Europa la recibió con brazos abiertos: luces, cámaras, moda y un amor apasionado que la hacía brillar.

Su primera parada fue París, la ciudad de la luz. Valeria posó en sesiones fotográficas al amanecer frente a la Torre Eiffel, con vestidos etéreos que flotaban al viento, su silueta delgada destacando contra el icono parisino. Aprendió a caminar con confianza por las calles empedradas, probando croissants en cafés escondidos y besando a Diego bajo la lluvia fina.

corazón de la moda. Valeria desfiló en la Fashion Week de otoño-invierno, luciendo diseños de casas emergentes: vestidos ajustados que realzaban sus curvas perfectas, tops que dejaban entrever su escote generoso sin ser vulgar. Caminaba por las pasarelas con gracia natural, volteando cabezas de scouts y diseñadores. Diego la fotografiaba backstage, capturando su risa contagiosa y sus ojos brillantes. Vivían en un apartamento loft con vistas a la Duomo, noches de pasión en camas king size, explorando posiciones nuevas inspiradas en la libertad europea.

Roma fue puro romance: paseos por el Coliseo al atardecer, helados en la Fontana di Trevi, sesiones en bikini en terrazas con vistas eternas. Valeria se sentía libre, lejos de las rutinas de Huánuco, su cuerpo delgado y tetona convirtiéndose en musa de fotógrafos locales.

En Madrid, el amor con Diego floreció más. Atardeceres en el Parque del Retiro, tapas y vino tinto, besos apasionados bajo cielos anaranjados. Valeria publicaba en Instagram stories de su vida lujosa: balcones de hoteles boutique con vistas a plazas históricas, desayunos en cama con champagne, su piel bronceada brillando al sol mediterráneo.

imaginó: castings en agencias top, fiestas con modelos internacionales, noches de sexo intenso con Diego en suites con balcones abiertos al cielo europeo. Hablaba con su madre esporádicamente, enviando fotos inocentes, ajena al dolor de Rosa. “Mamá, Europa es un sueño. Diego me hace tan feliz”.

Para finales de ese año, Valeria era una modelo en ascenso: contratos pequeños pero prometedores, un portafolio creciente, y un amor que la anclaba. Europa la transformó: más confiada, más sensual, más lejos de los secretos tóxicos de Lima.

Su vida era glamour puro, amor joven y libertad absoluta. Un nuevo capítulo, lejos de las sombras del pasado.







El regreso de Valeria – Un año después

Diciembre del mismo año. Valeria regresó a Lima un año exacto después de su partida triunfal a Europa. El sueño se había roto: Diego, el fotógrafo que la llevó al viejo continente, la engañó con una modelo italiana durante una sesión en Roma. Las peleas constantes, los celos, la distancia emocional terminaron en una separación dolorosa pero definitiva. Valeria, con el corazón hecho pedazos, pero con un portafolio impresionante y algo de dinero ahorrado, tomó un vuelo de regreso desde Madrid. Bajó del avión en el Jorge Chávez con una maleta grande, cabello negro largo suelto hasta la cintura, figura delgada y elegante marcada en un jean ajustado y una blusa que realzaba sus pechos firmes y altos. Más madura, más sofisticada, con un acento mezclado y una mirada que ya no era la de la chica inocente de Huánuco.

Primero intentó reconciliarse con su madre. Rosa, que había sufrido su propio infierno —despedida, humillada en redes, sola y amargada—, la recibió en su pequeño departamento en Lima (había vendido todo en Huánuco para empezar de nuevo). Pero la conversación explotó rápido.

“¡Te fuiste con ese fotógrafo sin decir nada! ¡Me dejaste sola cuando más te necesitaba!”, gritó Rosa.

Valeria, herida pero firme, respondió: “Mamá, era mi oportunidad. Tú siempre me dijiste que aprovechara mi belleza. Diego me prometió el mundo... y me lo dio, hasta que me traicionó. Pero no voy a volver a Huánuco a esconderme”.

La pelea fue intensa: platos volando, acusaciones de abandono, Rosa culpándola por su propia ruina sin saber el rol de Chang. Valeria se fue esa misma noche, maleta en mano, sin mirar atrás.



Sola en Lima, sin amigos cercanos (muchos se habían distanciado durante su año en Europa), Valeria recordó al único contacto estable que tenía: el Dr. Eduardo Chang. Él siempre había sido amable en aquellos encuentros casuales años atrás, ofreciéndole consejos sobre modelaje. Buscó su número en viejos mensajes y le escribió: “Doctor Chang, soy Valeria, la hija de Rosa. Acabo de volver a Lima y... las cosas con mi mamá están complicadas. ¿Podríamos tomar un café? Necesito consejo”.

Chang, cuya venganza ya estaba consumada y cuya vida era un vacío ordenado, aceptó de inmediato. La curiosidad —y un viejo deseo reprimido— lo impulsó. Se encontraron en un café en Miraflores, con vistas al mar, mesas elegantes y aroma a café premium.

Valeria llegó radiante: vestido elegante que acentuaba su figura delgada y tetona, maquillaje sutil que resaltaba sus ojos grandes, perfume europeo caro. Chang la miró embobado; era aún más hermosa que en las fotos que había visto manipular.



Hablaron horas. Valeria le contó todo: el glamour de Europa, las pasarelas, el amor tóxico con Diego, la pelea con Rosa. “Mi mamá me culpa de todo, pero yo solo quería volar”. Chang escuchaba, ofreciendo consejos paternales, pero con un brillo en los ojos. “Eres una mujer fuerte, Valeria. Lima te necesita. Y si necesitas un amigo... aquí estoy”.

Los cafés se volvieron habituales: paseos por Larcomar, cenas discretas, Chang ayudándola a reconectar con agencias locales de modelaje usando sus contactos. Valeria se abrió: confidencias sobre su soledad, su cuerpo que ahora manejaba con confianza europea. Chang, por primera vez en años, sintió algo vivo: deseo puro por esa versión madura de la fantasía que Rosa le había negado.

Se hicieron amigos cercanos. Valeria lo veía como un mentor protector; Chang, como la venganza final —o quizá un nuevo comienzo.

Rosa, al enterarse por redes (fotos inocentes de Valeria en Lima), lloró de rabia y dolor. Pero ya era tarde.

El ciclo se cerraba, pero con un giro inesperado. Valeria en Lima, amiga del hombre que destruyó a su madre... sin saberlo.
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El secreto del Dr. Chang – La relación prohibida

El regreso de Valeria a Lima marcó un punto de inflexión en la vida del Dr. Eduardo Chang. Lo que empezó como una amistad casual, nacida de la necesidad y la curiosidad, se transformó rápidamente en algo más profundo, más intenso, cargado de deseo reprimido y venganza sutil. Chang, con su vida ejemplar en ruinas emocionales —esposa distante, secretos acumulados—, encontró en Valeria un bálsamo inesperado. Ella, por su parte, veía en él un ancla en medio del caos: un hombre maduro, estable, que la escuchaba sin juzgar, a diferencia de la furia de su madre.

Los primeros encuentros fueron inocentes, casi paternales. Cafés en Miraflores, donde Valeria hablaba de Europa con ojos brillantes: “Doctor, París era mágica... las luces, las pasarelas... pero Diego me rompió el corazón. Me siento perdida aquí”. Chang asentía, su mirada fija en su figura delgada, en cómo sus tetas firmes se marcaban bajo blusas ajustadas, en sus piernas largas cruzadas con gracia. “Llámame Eduardo, Valeria. Eres una mujer fuerte. Te ayudo con contactos en agencias locales”. Le consiguió audiciones, la acompañaba a sesiones fotográficas, posando como su “asesor”.

Pero la química creció sutilmente. Una noche, después de una cena en un restaurante italiano —pasta alfredo, vino tinto—, Valeria se abrió más. “Mi mamá me odia por irme... dice que la abandoné. Pero usted... usted me entiende”. Chang puso su mano sobre la de ella, un roce eléctrico. “Rosa es complicada, Valeria. Yo la conocí bien... pero tú eres diferente. Eres pura luz”. Ella sonrió, mordiéndose el labio inferior —un gesto heredado de Rosa, pero más inocente—, y no retiró la mano.

La transición a lo físico fue inevitable, cargada de tensión prohibida. Una tarde en el departamento de Chang —su esposa en un viaje con “amigas” (en realidad, un encuentro discreto con Salazar, aunque Chang ya no le importaba)—, Valeria llegó para “revisar fotos de una sesión”. Se sentaron en el sofá, álbum en mano: imágenes de ella en lencería europea, cuerpo perfecto curvándose en poses sensuales. “¿Qué piensa, Eduardo? ¿Estoy lista para Lima?”, preguntó con voz ronca, su rodilla rozando la de él.

Chang sintió el calor subir. “Eres más que lista... eres irresistible”. Se inclinó, besándola despacio al principio, labios suaves contra los suyos carnosos. Valeria jadeó, sorprendida pero no resistiéndose. “Eduardo... mi mamá... usted la conocía...”. Él la calló con otro beso, más profundo, lengua explorando su boca dulce. “Olvídate de ella. Esto es nuestro”.

La pasión explotó. Chang la levantó con facilidad —su cuerpo delgado y liviano en sus brazos—, llevándola al dormitorio. La desnudó despacio: el vestido cayó, revelando lencería negra ajustada, pechos altos y firmes desbordando el sostén, pezones rosados erectos por la anticipación. “Eres perfecta... mejor que en cualquier foto”, murmuró él, enterrando la cara entre sus tetas, succionando un pezón mientras su mano bajaba por su vientre plano hasta el coño depilado, húmedo y apretado.

Valeria gimió, arqueando la espalda. “¡Eduardo! Nunca... con alguien como usted... tan experimentado”. Él la tumbó en la cama, besando cada centímetro: cuello, pechos, ombligo, muslos internos. Bajó la cabeza entre sus piernas, lamiendo su clítoris hinchado en círculos lentos, metiendo dos dedos curvados para golpear su punto sensible. “¡Oh, Dios! Diego nunca... así... ¡me vengo!”. Se corrió temblando, chorros calientes en su boca, piernas envolviéndolo.

Chang se desnudó, su verga juguetona —no la más grande, pero hábil— endurecida. La penetró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su coño joven y apretado envolviéndolo. “Muévete conmigo, Valeria... así”. Ella empujó las caderas, montándolo lento al principio, luego más rápido, sus tetas rebotando hipnóticas. “¡Más fuerte! ¡Fóllame como a mi mamá... pero mejor!”. Chang gruñó, embistiendo con furia, venganza y deseo mezclados: imaginando a Rosa viendo esto, sufriendo.

Cambiaron posiciones: ella en cuatro, culo perfecto en alto, él penetrándola por detrás, palmadas suaves en sus nalgas firmes. “Dime que soy mejor que Diego”, jadeó él. “¡Sí! ¡Mucho mejor... tu pinga me llena perfecto... me hace gozar como nunca!”. Se corrió otra vez, contrayéndose alrededor de él, hasta que Chang explotó dentro, llenándola caliente.

Después, exhaustos en las sábanas revueltas, Valeria se acurrucó contra su pecho. “Esto... ¿qué significa, Eduardo? Mi mamá me mataría si supiera”. Él la besó en la frente, sonriendo en la oscuridad. “Significa que eres mía ahora. Rosa ya no importa”.

La relación se profundizó: citas secretas, noches enteras de sexo exploratorio —anal por primera vez, con lubricante y cuidado, ella gritando de placer nuevo; juguetes que Chang compraba, vibradores en su clítoris mientras la follaba; roleplays donde fingía ser su “papito” protector—. Valeria se mudó a un departamento que él le alquiló, modelando de día, amándolo de noche. “Te amo, Eduardo... eres mi todo”, le decía entre gemidos.

Rosa, al enterarse por rumores —fotos filtradas de ellos en un café, manos entrelazadas—, estalló en llanto y rabia. Llamó a Valeria: “¡Puta traidora! ¡Con Chang, el hombre que me destruyó!”. Pero Valeria colgó, bloqueándola. “Él me hace feliz, mamá. Supéralo”.

Chang, en su venganza final, encontró paz perversa: la hija de su examante en sus brazos, gimiendo su nombre, mientras Rosa sufría sola.

El secreto evolucionó: de traición a posesión. Y Lima, testigo silencioso, vio nacer un amor prohibido, erótico y eterno.

















El secreto del Dr. Chang – Noches sin fin

Desde que Valeria se instaló en el pequeño departamento de Miraflores que Chang le alquiló (a nombre de una empresa fantasma para que nadie preguntara), sus vidas se entrelazaron por completo. Él llegaba todas las noches, sin excepción. A veces a las 9, después de la última consulta; otras a medianoche, tras una cena familiar fingida con María. Valeria lo esperaba siempre: luz tenue, música suave, un camisón de seda que apenas cubría su cuerpo delgado y perfecto, o directamente desnuda bajo una bata abierta.

La primera noche en el departamento fue un ritual de posesión. Apenas cerró la puerta, Chang la tomó contra la pared del pasillo, besándola con hambre acumulada de años. Le subió el camisón, encontró que no llevaba nada debajo, y la penetró de pie, profundo y rápido, sus tetas firmes rebotando contra su pecho. Valeria envolvió las piernas alrededor de su cintura, gimiendo: “¡Eduardo... cada noche así... hazme tuya siempre!”. Él la llevó en brazos hasta la cocina, la sentó en la encimera fría y siguió embistiéndola mientras le chupaba los pezones rosados, hasta que ambos se corrieron temblando, sus jugos chorreando por los muslos de ella.

Desde entonces, hicieron el amor en todas partes.

En la ducha, por las mañanas tempranas cuando él se escapaba antes del amanecer. Agua caliente cayendo sobre sus cuerpos, Valeria de rodillas chupándolo despacio, mirándolo con esos ojos grandes mientras la lengua giraba alrededor del glande. Luego él la ponía contra los azulejos, penetrándola por detrás, una mano frotando su clítoris, la otra amasando sus tetas altas. “¡Más fuerte... rómpeme...!” gritaba ella, corriéndose en chorros que se mezclaban con el agua.

En el balcón, noches de luna llena. Valeria montada encima de él en una silla de mimbre, moviéndose lento, sus pechos rebotando libres al aire limeño. La ciudad abajo, luces parpadeando, y ellos expuestos al riesgo de ser vistos. Chang agarraba su culo firme, guiándola arriba y abajo, mordiéndole el cuello mientras ella gemía bajito: “Me encanta que me folles donde todos podrían vernos... soy tu puta, Eduardo”.

En el auto, regresando de cenas secretas. Aparcaban en playas oscuras de la Costa Verde o en estacionamientos subterráneos. Valeria se montaba a horcajadas en el asiento del copiloto, cabalgándolo con furia, sus tetas perfectas en la cara de él. Él succionaba un pezón mientras con la mano libre metía dos dedos en su ano lubricado —una práctica que ella aprendió a amar en Europa y perfeccionó con él—. “¡Sí... métemelos ahí mientras me coges... me vengo... me vengo otra vez!”.

En la cocina, preparando cenas improvisadas que nunca terminaban. Valeria inclinada sobre la isla, culo en alto, mientras él la tomaba por detrás, embistiendo profundo y lento, una mano en su cabello tirando suave. Ella empujaba hacia atrás, exigiendo más: “¡Dame toda tu pinga... lléname como solo tú sabes!”. Terminaban con él corriéndose dentro, y ella girándose para chuparlo limpio, saboreando la mezcla de ambos.

En el sofá, viendo películas que nunca veían completas. Ella boca abajo, él encima, penetrándola anal —su posición favorita ahora—. Valeria había aprendido a relajarse completamente, a disfrutar esa plenitud prohibida. “¡Más profundo... rómpeme el culo... soy toda tuya!” gritaba, corriéndose solo con esa penetración, su coño chorreando sin ser tocado.

Incluso en lugares públicos, el riesgo los excitaba más. Una vez en el ascensor de un hotel boutique, pararon entre pisos y él la folló rápido contra la pared, su mano tapándole la boca para silenciar sus gemidos. Otra vez en un cine vacío, ella sentada en su regazo, moviéndose disimuladamente mientras la película proyectaba sombras sobre sus cuerpos unidos.

Todas las noches eran distintas, pero siempre intensas. Chang exploraba cada rincón de su cuerpo joven y perfecto: lamía su coño depilado hasta que ella se corría múltiples veces, la hacía squirt en las sábanas, le enseñaba posiciones nuevas —el puente, la carretilla, el loto—. Valeria, con su experiencia europea y su deseo insaciable, lo sorprendía: lo montaba reverse cowgirl mirándose en el espejo, lo chupaba hasta el fondo de la garganta, pedía que la atara suave con corbatas y la follara sin piedad.

“Te amo, Eduardo... cada noche contigo es mejor que todo un año en Europa”, le susurraba después, acurrucada en su pecho, sudorosa y satisfecha.

Él la besaba en la frente, sabiendo que esta era su victoria definitiva: la hija de Rosa, gimiendo su nombre todas las noches, entregada por completo, mientras la madre sufría en silencio.

Y así, noche tras noche, en todas partes de Lima, Chang y Valeria hacían el amor como si el mundo fuera a acabarse al amanecer. Un amor prohibido, adictivo, eterno.





El secreto del Dr. Chang – El cierre definitivo

Tres meses de puro fuego. Desde enero hasta marzo de 2027, Chang y Valeria vivieron una luna de miel secreta en Lima. Todas las noches eran suyas: en el departamento de Miraflores, en hoteles discretos, en la playa de noche, en el auto bajo la lluvia. Sexo intenso, variado, adictivo. Valeria, con su cuerpo joven y perfecto, se entregaba sin reservas; Chang, con su experiencia, la llevaba a orgasmos múltiples, explorando cada fantasía que ella traía de Europa y que él convertía en realidad.

Para celebrar esos tres meses, Chang tomó vacaciones largas —la primera vez en años— y llevó a Valeria de regreso a Europa. Un viaje de lujo: París, Roma, Venecia. La vestía como princesa: vestidos de diseñador que realzaban sus curvas delgadas y tetonas, joyas discretas, tacones que la hacían caminar con una sensualidad que volteaba cabezas en cada ciudad.

La noche más inolvidable fue en París. Al atardecer, subieron al Arco del Triunfo. Esperaron hasta que los últimos turistas bajaron y las cámaras de seguridad giraron. Escondidos en un rincón oscuro de la terraza superior, con la ciudad iluminada a sus pies, hicieron el amor como locos. Valeria contra la barandilla, el vestido subido hasta la cintura, bragas apartadas; Chang penetrándola por detrás, una mano tapándole la boca para silenciar sus gemidos, la otra frotando su clítoris. El viento frío contrastaba con el calor de sus cuerpos, el riesgo de ser descubiertos los excitaba más. “¡Eduardo... aquí... con todo París viendo... fóllame más fuerte!”, susurraba ella entre jadeos. Se corrieron casi al mismo tiempo, él llenándola caliente mientras las luces de la Torre Eiffel parpadeaban a lo lejos.

De regreso al hotel —una suite con vistas al Sena—, exhaustos y riendo como adolescentes, se ducharon juntos y cayeron en la cama king size. Valeria, acurrucada contra su pecho, tomó su mano y la puso sobre su vientre plano.

“Eduardo... tengo que contarte algo”. Su voz era suave, nerviosa, pero feliz. “Estoy embarazada. Dos meses. Es tuyo”.

Chang no dudó ni un segundo. La miró a los ojos, besó su frente, sus labios, su vientre. “Valeria... cásate conmigo. Ahora. Aquí. O donde quieras. Quiero que seas mi esposa, la madre de mis hijos”. Ella lloró de emoción, asintiendo. “Sí... sí, mi amor. Te amo”.

Al día siguiente, de vuelta en Lima, Chang actuó con la frialdad quirúrgica que lo caracterizaba. Llamó a María a la sala de la casa. Ella entró desprevenida, con su sonrisa habitual.

“María, sé todo. Sé que me engañaste con Salazar. Tengo pruebas: audios, mensajes, testigos”. Su voz era calma, sin rabia. “No te pido explicaciones ni reproches. Solo quiero el divorcio. De mutuo acuerdo, limpio. Si no aceptas... te denuncio por adulterio, presento las pruebas y peleo la custodia de los hijos. Tú decides”.

María palideció, lágrimas cayendo en silencio. Sabía que no tenía defensa. “Acepto, Eduardo. De mutuo acuerdo”. En tres meses, el divorcio fue firmado: bienes divididos justamente, custodia compartida de los hijos ya grandes, sin escándalos públicos.

Lo que Chang no esperaba fue que María, liberada de la culpa y la rutina, se acercara de nuevo a Salazar. Al principio como amigos: cafés para hablar del divorcio, apoyo mutuo. Salazar, aún recuperándose de su ruina profesional (trabajaba ahora en una clínica privada pequeña), la escuchaba con la misma seducción de siempre. Los cafés se convirtieron en cenas, las cenas en noches juntos. El deseo renació, más maduro esta vez. Se enamoraron de verdad, sin secretos ni apuros. Un año después, se casaron en una ceremonia íntima en la playa. María encontró, por fin, la pasión y la compañía que siempre había buscado.

La única que no encontró felicidad fue Rosa. Sola, desempleada, humillada por las redes y abandonada por su hija, cayó en la desesperación. Conoció a un hombre encantador pero peligroso: un estafador profesional que la envolvió con promesas de dinero fácil. Rosa, cansada de la pobreza, aceptó ayudarlo: servir de señuelo en timos bancarios, falsificar documentos, distraer a las víctimas. Al principio ganaba algo, suficiente para sobrevivir. Pero la policía los atrapó en un operativo grande. Rosa terminó detenida, procesada por asociación ilícita y estafa. Condenada a varios años de prisión.

Desde su celda, Rosa lloraba en silencio, recordando los eneros con Chang, las fotos de su hija feliz en Europa, su vida destruida. Nadie la visitaba.

Chang y Valeria, mientras tanto, se casaron en una ceremonia sencilla pero elegante en Miraflores. Ella, embarazada de cinco meses, radiante con un vestido blanco que realzaba su belleza; él, por primera vez en décadas, genuinamente feliz. Tuvieron un hijo sano, luego una hija. Valeria siguió modelando esporádicamente, pero su mundo era su familia.

El Dr. Eduardo Chang cerró el ciclo: de la traición al amor verdadero, de la venganza a la paz.

Y en Lima, los secretos finalmente se apagaron.
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La primera vez que vi a Carla fue en una reunión legal. Mi colega abogado, un tipo confiable llamado Marcos, me la presentó como "una amiga de la familia, madre soltera y toda una dama". Ella estaba allí por un trámite legal menor, algo sobre una herencia familiar que Marcos manejaba. Carla tenía unos 40 años, morena de piel aceitunada y fogosa, con curvas que no pasaban desapercibidas: ni gorda ni flaca, solo lo justo para que sus caderas anchas y sus pechos generosos se movieran con una gracia natural bajo su blusa ajustada. Su cabello negro caía hasta los hombros, y sus ojos oscuros, enmarcados por pestañas largas, prometían misterio. Era coqueta cuando le convenía: una sonrisa juguetona, un roce casual en el brazo que te hacía sentir especial. Pero si no le caías en gracia, oh Dios, se volvía odiosa, con respuestas secas y miradas que cortaban como cuchillos.

Al principio, parecía la encarnación de la decencia. Hablaba de su hija, una adolescente en segundo de secundaria, con un orgullo maternal que rayaba en lo santurrón. "Mi niña es mi todo", decía, cruzando las manos sobre el regazo como una virgen en una pintura renacentista. "Trabajo duro en una oficina de contabilidad para darle lo mejor, sin ayuda de nadie". Marcos no mencionó nada raro; solo que era "una mujer fuerte, independiente". Me atrajo de inmediato. Empezamos a salir casualmente: cenas, paseos por Lima, besos robados en el carro. En público, era una santa: recatada, conversadora sobre temas triviales, siempre con un aire de vulnerabilidad que me hacía querer protegerla. Pero algo no encajaba. Sus ausencias repentinas, mensajes evasivos a medianoche. Decidí investigarla un poco, nada invasivo al principio: un vistazo a sus redes, preguntas discretas a conocidos comunes. Lo que descubrí me dejó helado.

Carla tenía una doble vida que ni Marcos sospechaba. De día, era la madre soltera ejemplar, vestida con faldas hasta la rodilla y blusas abotonadas, llevando a su hija al colegio católico en el distrito. Pero de noche, o en sus "reuniones de trabajo", se transformaba en una fiera desinhibida. Salía con varios hombres a la vez, sin importarle nada: ejecutivos, vecinos, incluso tipos que conocía en bares. No por dinero directo, sino por favores. Y lo peor: en el colegio de su hija, se enredaba con profesores y directores para que "casi no le cobren nada". Descuentos en la mensualidad, exenciones por "dificultades económicas", todo a cambio de encuentros clandestinos. Uno de los profesores, un cuarentón casado, le había confesado a un amigo mío que Carla era "imparable en la cama, pero loca como una cabra". Otro director, un tipo mayor, la describía como "una diosa que te devora y luego actúa como si nada". Ella lo manejaba todo con una fachada de decencia impecable: nadie sospechaba porque en público era la viuda intachable, la madre devota. Pero en privado, su personalidad se partía en dos: de santa a depredadora en un chasquido.

Una noche, decidí confrontarla, pero en lugar de eso, terminamos en un hostal discreto en el centro de la ciudad. Habíamos estado besándonos en el carro, sus manos expertas desabrochando mi camisa mientras susurraba promesas calientes. "Ven, mi amor, déjame mostrarte lo que una mujer de verdad puede hacer", ronroneaba, su voz ronca y fogosa. En la habitación, se despojó de su ropa con una lentitud torturante: su blusa cayó revelando pechos firmes, coronados por pezones oscuros que se erguían al aire fresco. Sus caderas se mecían al ritmo de una música invisible mientras se quitaba la falda, dejando ver unas piernas tonificadas y un tanga negro que apenas cubría su intimidad. Era coqueta al máximo: se acercó gateando sobre la cama, sus ojos clavados en mí con un hambre primitiva. "Tócame aquí", murmuró, guiando mi mano a sus curvas, su piel caliente y suave bajo mis dedos. Me montó con una pasión desbocada, sus caderas girando en círculos lentos y profundos, gimiendo como si el mundo se acabara. "Más fuerte, sí, así... eres mío esta noche", jadeaba, sus uñas clavándose en mi espalda mientras su cuerpo se arqueaba en éxtasis.

Pero entonces, en medio de nuestro arrebato, su teléfono sonó. Lo ignoró al principio, concentrada en el ritmo de nuestros cuerpos unidos, su sudor mezclándose con el mío. El teléfono insistió. Con un suspiro irritado, lo tomó de la mesita, sin bajarse de mí, como si nada. Miró la pantalla y una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. Contestó, su voz cambiando de gemido a tono juguetón. "Ay, profesor, ¿cómo está? ¿Otra vez llamando a estas horas?" Hizo una pausa, escuchando, y luego soltó una risa grosera, chabacana, como de burdel barato. "¡Cómo me pide que vaya sin calzón a verlo! Puedo tratarlo rico, bonito, sensual... pero nada más, ¿eh? Soy una madre soltera decente". La risa se volvió carcajada vulgar, mientras su mano libre me acariciaba el pecho, manteniéndome excitado. Colgó y tiró el teléfono, volviendo a su transformación: "Ese viejo baboso del colegio de mi hija. Siempre quiere favores para no cobrarme la pensión completa. Pero ahora, mi amor, volvamos a lo nuestro". Me besó con ferocidad, su doble personalidad en pleno: la santa que fingía límites, la loca que no tenía ninguno.

Desde esa noche, supe que Carla era un torbellino impredecible. A veces, en nuestras citas, era odiosa si algo no le gustaba: me regañaba por llegar tarde, con una frialdad que helaba. Otras, se volvía fogosa y coqueta, susurrando fantasías mientras sus caderas se presionaban contra mí en público. Su doble vida continuaba: investigué más y encontré mensajes en su teléfono con al menos tres hombres más esa semana, incluyendo un director que le prometía becas para su hija a cambio de "visitas privadas". Ella lo justificaba todo: "Soy soltera, tengo que sobrevivir. Mi hija merece lo mejor, y si mi cuerpo abre puertas, ¿por qué no?" En la cama, era insaciable: me cabalgaba con una energía animal, sus pechos rebotando, sus gemidos hacían temblar las paredes en el hostal. "Dame más, fóllame como si fuera tuya para siempre", exigía y decretaba. Pero al amanecer, volvía a ser la madre decente, vistiéndose con prisa y hablando de la escuela como si nada.

Carla era un enigma erótico, una mujer que te atraía al abismo con su fuego y te repelía con su locura. La dejé eventualmente, pero esa noche en el hostal, con su risa chabacana resonando mientras su cuerpo me devoraba, quedó grabada en mi memoria como un secreto prohibido.

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Era un mes agitado en el bufete, con casos que me absorbían por completo. Carla y yo seguíamos viéndonos de forma intermitente, pero su doble personalidad me mantenía en vilo: un día era la madre soltera tierna y recatada, al siguiente, una fiera coqueta que me devoraba en la intimidad de un hostal barato. No sabía nada de su enredo con el profesor del colegio de su hija hasta que todo estalló, justo cuando tuve que viajar por trabajo a Arequipa por una semana. Ella no lo sabía al principio, o al menos fingía no saberlo, pero su obsesión por verme se volvió asfixiante.

Todo empezó sutilmente, semanas antes de mi viaje. Carla me había mencionado de pasada a un "profesor amable" que ayudaba con la educación de su hija, una adolescente de unos 15 años en segundo de secundaria. "Es un hombre dedicado, siempre dispuesto a dar una mano extra", dijo una vez con una sonrisa inocente, mientras cenábamos en un restaurante modesto de Miraflores. No le di importancia. Pero investigando un poco más tarde, descubrí que este profesor, un tipo de unos 45 años llamado Eduardo, alto, con gafas y un aire intelectual que ocultaba un lobo depredador, la había estado cortejando con maestría. Salieron varias veces durante ese mes, siempre cuando yo estaba ocupado o "no me contaba", como si su doble vida fuera un secreto bien guardado.

La primera salida fue inocente, o al menos eso parecía. Eduardo la invitó a un café después de una reunión de padres en el colegio. Carla, con su morenez fogosa y sus curvas tentadoras, se presentó con una blusa escotada que acentuaba sus pechos generosos, y una falda que abrazaba sus caderas anchas. Él, con su voz grave y educada, la halagó: "Señora Carla, su dedicación como madre es inspiradora. Me gustaría discutir cómo puedo apoyar más a su hija... y quizás a usted". Ella rio coquetamente, tocando su brazo con fingida casualidad, y aceptó. Ese café se extendió a una caminata por el parque, donde él rozó su mano, y ella, transformándose de santa a seductora, dejó que sus dedos se entrelazaran. "Profesor, es usted tan atento", murmuró, inclinándose para que él oliera su perfume floral y sensual.

La segunda cita fue más osada, una semana después. Eduardo la llevó a un bar discreto en Barranco, bajo pretexto de "conversar sobre becas". Allí, con luces tenues y música suave, él pidió vinos y comenzó a cortejarla abiertamente. "Carla, una mujer como usted merece ser adorada", le dijo, sus ojos recorriendo su cuerpo: sus pechos subiendo y bajando con cada risa, sus caderas meciéndose al ritmo de la conversación. Ella, coqueta cuando le convenía, jugó el juego: "Ay, profesor, no sea tan halagador. Soy solo una madre soltera luchando por salir adelante". Pero sus acciones decían otra cosa; dejó que su rodilla rozara la de él bajo la mesa, y cuando él le besó la mano, ella suspiró con un gemido apenas audible. Esa noche terminaron en el carro de él, besándose con pasión: sus labios carnosos devorando los de Eduardo, sus manos explorando su pecho mientras él deslizaba las suyas por sus muslos tonificados. "No aquí, profesor... no soy de esas", mintió ella, pero su cuerpo se arqueaba hacia él, prometiendo más.

La tercera salida, a mediados del mes, fue en un restaurante italiano. Eduardo ya era audaz: le envió flores al trabajo de Carla con una nota que decía "Para la mujer más cautivadora que he conocido". Ella, empecinada en su doble vida, aceptó la invitación. Vestida con un vestido rojo ceñido que realzaba su figura ni gorda ni flaca, sus caderas balanceándose al caminar, entró al lugar con una sonrisa maliciosa. Cenaron, y él la cortejó con detalles: "Tu piel morena es como chocolate derretido, Carla. Quiero saborearte entera". Ella rio groseramente, chabacana, pero en voz baja: "Profesor, qué cosas dice. Pero si me trata rico, quizás le deje probar un poco". Esa noche, en un telito cercano, se entregaron por primera vez. Carla se transformó: se quitó el vestido lentamente, revelando lencería negra que acentuaba sus pechos firmes y sus caderas anchas. Montó a Eduardo con ferocidad, sus gemidos rugían en la habitación mientras sus uñas arañaban su espalda. "Cógeme fuerte, profesor, hazme olvidar todo", jadeaba, su cuerpo sudado y fogoso moviéndose en ritmos salvajes.

Y así continuaron durante el mes: salidas secretas, mensajes eróticos que yo descubriría después. Todo culminó cuando yo viajé. Carla, empecinada en verme, me llamó una noche, su voz ronca y exigente: "Ven ahora, mi amor. Necesito sentirte dentro de mí, en el acto". Le dije que estaba lejos, en Arequipa por trabajo. Su tono cambió: "Si no vienes, te arrepentirás. No me hagas enojar, o verás de lo que soy capaz". Era una amenaza velada, como las muchas que me había hecho antes –celos irracionales, advertencias de "terminar todo"– pero nunca le dije nada, por miedo a perderla o por el morbo de su locura.

Al día siguiente, en la noche, me llamó de nuevo. Su voz era juguetona, pero se oían risas de fondo, masculinas y cómplices. "Estoy en un hostal lindo, lujoso, mi amor. Y no estoy sola... estoy con el profesor". Se escucharon murmullos: Eduardo diciendo "Eres tan hermosa, Carla, mi diosa morena". Ella rio, chabacana: "Ay, profe, qué lindo eres. Ven, bésame aquí". Más risas, sonidos de besos húmedos, gemidos suaves. "Te estoy diciendo la verdad para que sepas", me gritó ella. "Él me trata rico, bonito, sensual... mejor que tú". Apagó el celular abruptamente. Me quedé pensando, el corazón latiendo fuerte: ella me había amenazado tantas veces, pero yo callaba, atrapado en su red. Le escribí mensajes furiosos, la llamé una y otra vez, pero nada. Silencio.

Al día siguiente, me llamó como si nada: "Mi amor, ¿qué pasó? Le dije como que pasó, tú te fuiste a culear con otro. No bebe, me dice. Todo lo soñaste, estuve en casa con mi hija, viendo tele. Debes estar estresado por el viaje". Su voz era la de la santa, inocente y maternal. Pero ya no le creí. En adelante, la empecé a seguir discretamente: la vigilaba desde mi carro cuando salía del trabajo, espiaba sus rutinas. Una noche, entré a su casa mientras ella se bañaba –tenía una llave que me había dado en un momento de confianza. La vi a través de la puerta entreabierta: su cuerpo desnudo bajo el agua, el jabón resbalando por sus pechos generosos, sus caderas anchas girando mientras se enjabonaba la intimidad con movimientos lentos y sensuales. Gemía suavemente para sí misma, tocándose con deleite, sus dedos explorando sus pliegues húmedos. "Ah, sí... como el profe me hace", murmuró, y supe que fantaseaba con él.

Aproveché para mirar su celular en la mesa. Los mensajes con Eduardo eran groseros y eróticos, un torrente de lujuria: fotos de ella en lencería, sus pechos expuestos con pezones erectos; él respondiendo con imágenes de su miembro duro. "Te extraño, Carla. Quiero cogerte en el colegio, cuando todos se vayan", le escribía él. Ella respondía: "Sí, profe, lo haremos ahí. Me coges rico en el escritorio, me abres las piernas y me penetras profundo hasta que grite. Te regalaré el hilo que llevaré puesto, se irá con mi olor para que te pajees siempre oliéndome". Terminaba con emojis de risas y diablitos, su lado chabacano en plena exhibición. Más abajo: "Soy decente, pero contigo soy tu puta fogosa". Reía en los audios, grosera y sin pudor.

Salí de allí temblando de excitación y celos. Carla era un volcán: su doble vida me consumía, pero el morbo de saberlo todo me ataba a ella. Esa noche, solo en mi hotel, me masturbé pensando en sus curvas, en cómo Eduardo la poseía, y en cómo yo volvería para reclamarla... o para unirme al caos.







Al día siguiente, después de esa llamada perturbadora donde Carla me negó todo y fingió que lo había soñado, intenté mantenerme ocupado en Arequipa con reuniones de trabajo, pero mi mente no dejaba de girar alrededor de ella. Su doble vida me obsesionaba: la madre soltera decente que se transformaba en una depredadora sexual sin pudor. Me había llamado por la mañana temprano, su voz dulce y maternal, como si nada hubiera pasado. "Mi amor, ¿cómo amaneciste? Te extraño tanto... anoche soñé contigo, fuimos a un lugar romántico". Mentía con una naturalidad que me erizaba la piel, pero no le dije nada sobre mis sospechas ni sobre los mensajes que había visto en su celular. Solo respondí vagamente, prometiendo volver pronto. Poco sabía que esa misma tarde, su error me abriría una ventana aún más profunda a su locura erótica.

Carla, como siempre, empezó su día con su rutina de santa: llevando a su hija al colegio, vestida con una falda plisada hasta las rodillas y una blusa blanca abotonada hasta el cuello, el cabello recogido en un moño severo que la hacía parecer una secretaria conservadora. Pero una vez que dejó a la niña en la puerta, su transformación comenzó. Regresó a casa, una modesta vivienda en un barrio de clase media en Lima, y se preparó para su "cita" secreta con el profesor Eduardo. Primero, se duchó con agua caliente, enjabonando su cuerpo moreno y curvilíneo con un gel de vainilla que dejaba su piel suave y perfumada. Salió del baño envuelta en una toalla, mirándose al espejo con una sonrisa maliciosa. Su figura ni gorda ni flaca era un arma: caderas anchas que se mecían como un péndulo hipnótico, pechos generosos que desafiaban la gravedad, y una cintura que se curvaba invitando a ser rodeada por manos ansiosas.

Se sentó frente al tocador y comenzó a maquillarse con precisión experta, sabiendo que su coquetería era su poder. Aplicó una base cremosa que uniformaba su tez aceitunada, resaltando el fuego en sus ojos oscuros. Delineó sus párpados con un lápiz negro grueso. Sus pestañas, ya largas, recibieron capas de máscara que las curvaban hacia arriba, como invitaciones silenciosas. En los labios, optó por un rojo intenso, mate, que prometía besos apasionados y marcas en la piel ajena. Se empolvó las mejillas con un rubor rosado que simulaba un rubor natural de excitación, y finalizó con un fijador que hacía que su maquillaje durara horas, incluso en el calor de un encuentro prohibido.

Para vestirse, eligió con cuidado, transformándose en la versión fogosa de sí misma. Se puso un conjunto de lencería negra: un sostén push-up que elevaba sus pechos, haciendo que parecieran aún más voluptuosos, con encaje que rozaba sus pezones sensibles. Abajo, un hilo dental mínimo, apenas una tira de tela que se hundía entre sus glúteos redondos y firmes, dejando su culo expuesto y tentador. Sobre eso, un vestido corto y ajustado de color negro, con escote en V que mostraba el valle entre sus senos, y una falda que apenas cubría la mitad de sus muslos tonificados. Zapatos de tacón alto rojo, para acentuar el balanceo de sus caderas. Finalmente, roció su perfume favorito: una fragancia intensa de jazmín y almizcle, con notas de vainilla y sándalo que se adherían a su piel morena como un velo erótico. Olía a seducción pura, a noches prohibidas y cuerpos entrelazados; un aroma que invadía los sentidos y hacía imposible olvidarla.

Salió de casa en su carro viejo pero confiable, dirigiéndose al colegio de su hija. Era tarde, después de clases, cuando el edificio estaba casi vacío. Aparcó discretamente en una calle lateral y caminó hacia el salón de Eduardo, sus tacones resonando en los pasillos desiertos. Su corazón latía con anticipación; estaba caliente, excitada por la transgresión de follar en un lugar tan "santo" como un aula escolar. Entró al salón, cerrando la puerta tras de sí. Nadie más: solo pupitres alineados, un pizarrón con ecuaciones a medio borrar, y el escritorio del profesor en el fondo. Se sentó en el borde del escritorio, cruzando las piernas para que su falda subiera, revelando más piel. Sacó su celular, pensando en Eduardo, y escribió el mensaje: "Profesor, ya estoy en su salón pero no hay nadie. Vengo caliente para mamársela y que me dé duro. Quizás si se porta bien, me debuta el ano". Para rematar, se levantó la falda, se giró y tomó una foto de su culo: las nalgas redondas y morenas enmarcadas por el hilo negro, la tela desapareciendo entre ellas, su piel brillando bajo la luz fluorescente. Presionó enviar... pero en su prisa, seleccionó mi contacto por error. El mensaje llegó a mí en Arequipa, con la foto adjunta, mientras yo estaba en una reunión. Mi teléfono vibró, y al verlo, el mundo se detuvo: su culo perfecto, invitador, y esas palabras crudas que confirmaban todo.

Minutos después, Eduardo llegó al salón, cerrando la puerta con llave. La vio allí, posada como una diosa erótica, y sus ojos se iluminaron con lujuria. "Carla, mi amor prohibido, ¿qué haces aquí tan temprano? Dios, luces espectaculares". Se acercó, inhalando su perfume almizclado que lo envolvió como una niebla seductora. Ella se levantó, presionando su cuerpo contra el de él, sus pechos aplastándose contra su pecho mientras lo besaba con hambre, su lengua invadiendo su boca. "Profesor, no aguanto más. Huelo a deseo por usted... mire cómo me vestí: este vestido para que me lo arranque, este maquillaje para que me bese hasta borrarlo". Él gimió, sus manos bajando a sus caderas anchas, apretándolas con fuerza. "Eres una fogosa, Carla. Tu perfume me vuelve loco, como tu culo en esa foto que me enviaste... espera, ¿me la enviaste? No la recibí aún".

Ella rio chabacana, grosera, su lado loco emergiendo: "Ay, profe, qué despistado. La envié, pero da igual... mírelo en vivo". Se giró, subiéndose la falda para mostrarle el hilo dental, meneando las nalgas frente a él. "Venga, tóqueme. Estoy caliente, mi coño palpita por su verga". Eduardo no se hizo rogar: la empujó contra el escritorio, besando su cuello perfumado mientras sus dedos exploraban bajo el vestido. "Carla, eres una puta santa... me la mamarás aquí, en mi salón, como una alumna traviesa". Ella se arrodilló, desabrochando su pantalón con manos expertas, liberando su miembro erecto. "Sí, profe, se la mamo rico. Mire mis labios rojos envolviéndola... ah, qué dura está". Lo tomó en su boca, chupando con avidez, su lengua girando alrededor de la cabeza mientras gemía vibraciones que lo hacían temblar. "Mmm, sabe a hombre de verdad... déme duro después, rómpame".

Él la levantó, sentándola en el escritorio, abriéndole las piernas. "Te daré duro, Carla. Tu olor me enloquece, ese perfume mezclado con tu excitación... voy a follarte hasta que grites". Le quitó el hilo dental de un tirón, guardándolo en su bolsillo con una sonrisa lasciva: "Para pajearme después, oliéndote". Penetró en ella con un empujón profundo, sus caderas chocando contra las de ella en un ritmo frenético. "Ah, sí, profe... cójame fuerte, como un animal. Quizás hoy me debute el ano... sí se porta bien, le dejo entrar por atrás". Él jadeaba, sudando: "Eres loca, Carla, pero me encanta. Tu culo es perfecto, moreno y apretado... te daré por ahí, te abriré despacio hasta que pidas más". Ella clavaba sus uñas en su espalda, sus pechos rebotando con cada embestida, su maquillaje comenzando a correr por el sudor. "Sí, debúteme... soy su madre soltera decente, pero aquí soy su zorra fogosa. Más rápido, profe, lléneme".

El encuentro duró casi una hora: posiciones variadas sobre el escritorio, contra la pared, incluso en una silla de pupitre donde ella lo montó con ferocidad, sus caderas girando en círculos mientras susurraba: "Sienta mi perfume en su piel, profe... cada vez que huela jazmín, se acordará de cómo me folla". Al final, exhaustos y satisfechos, él la besó: "Eres adictiva, Carla. Mañana repetimos". Ella rio groseramente: "Si me da más descuentos para mi hija, sí". Salió del salón ajustándose el vestido, su maquillaje deshecho pero su perfume aún intacto, dejando un rastro de escándalo.

Mientras tanto, yo en Arequipa, con el mensaje y la foto en mi teléfono, me quedé paralizado. Su error lo confirmaba todo: su doble vida, su locura. Le escribí furioso, pero no respondió. Esa noche, solo en el hotel, la imagen de su culo en hilo me atormentaba, excitándome a pesar del enojo. Carla era un veneno dulce, y yo estaba enganchado.
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La noticia le cayó como un balde de agua fría. Yo había planeado regresar a Lima al día siguiente, pero el caso legal que asesoraba se complicó de forma inesperada: un testigo clave cambió su declaración, hubo que rehacer varias piezas del expediente y el juez pidió una audiencia extraordinaria. Le escribí a Carla por la tarde: “Mi amor, surgió una emergencia con el caso. Me tengo que quedar una semana más. Lo siento mucho, te compensaré cuando vuelva.”

No hubo respuesta inmediata. Luego, a las 8:17 pm, me llamó. Contesté esperando quejas, reproches o al menos un “está bien, cuídate”. En cambio, solo escuché su respiración agitada durante unos segundos. “¿Carla? ¿Estás ahí?” Silencio. Luego, con voz fría y cortante: “Ah… ya veo.” Y colgó sin decir más.

Me quedé mirando la pantalla, inquieto. Sabía que eso no era normal en ella. Cuando se enojaba solía descargar una avalancha de mensajes, insultos, amenazas o súplicas. Ese silencio era peor.

Al día siguiente, cerca de las 11 de la mañana, mi teléfono empezó a vibrar sin parar. Eran pantallazos, uno tras otro. No venían con texto, solo imágenes y archivos de audio. Abrí el primero con el estómago revuelto.

Era una foto tomada desde arriba: Carla de rodillas frente a Eduardo en lo que parecía la misma habitación del hostal lujoso donde me había llamado días antes. Su boca rodeaba el miembro del profesor, los labios rojos estirados, los ojos levantados hacia él con expresión de entrega total. El profesor tenía una mano enredada en su cabello negro, guiándola. En el fondo se veía la cama deshecha y una botella de vino a medio tomar.

El siguiente pantallazo era un diálogo de WhatsApp:

Carla (02:14 am): profe ya estoy mojada solo de pensarlo… venga rápido que quiero su pinga adentro toda la noche

Eduardo (02:16 am): Llego en 10 min. Prepárate sin calzón como te gusta.

Carla (02:17 am): ya estoy sin nada… el hilo que me puse hoy lo guardé para usted

Luego venían audios. El primero duraba 3:42 minutos. Se escuchaba la respiración pesada de Carla, gemidos entrecortados y el sonido inconfundible de piel chocando contra piel. “Ah… sí, profe… cójame más fuerte… así… ay, me va a romper…” La voz de Eduardo, ronca: “Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te coja como puta mientras tu ‘marido’ está lejos.” Carla soltó una risa jadeante, chabacana: “Cójame, cácheme como mi pareja no sabe… profe, si él acaba conmigo, ¿usted me mantendrá?” Una pausa, solo se oía el golpeteo rítmico y los gemidos de ella. Luego la voz del profesor, burlona: “Otro será el cornudo. Yo solo te la empujo.” Ambos estallaron en risas escandalosas, groseras, casi histéricas, mientras seguían follando. “¡Cornudo y don nadie tu marido!” gritó él entre carcajadas. Carla, sin dejar de gemir: “¡Sí, don nadie! ¡Empújame más, profe!”

El siguiente audio era aún más largo: 7:18 minutos. Se escuchaban cambios de posición, la cama crujiendo, Carla suplicando “por el culo, profe, métamela despacito… sí… así… ay Dios, me la está debutando…”. Gemidos agudos, llanto de placer, y de nuevo risas compartidas cuando él le decía: “Mañana vas a caminar toda adolorida y tu ‘pareja’ ni se va a enterar.” Ella respondía entre jadeos: “Mejor… así me acuerdo de usted todo el día.”

Había más fotos: una de Carla boca abajo en la cama, el culo en alto, con marcas rojas de palmadas recientes y semen visible entre sus nalgas. Otra de ella montándolo, los pechos rebotando, el maquillaje corrido por el sudor y las lágrimas de placer. Una selfie de ambos después, ella con la cara pegada a la de él, lengua afuera, él haciendo la señal de la victoria.

El último mensaje del día llegó a las 3:47 pm: una foto de Carla recién bañada, envuelta en una sábana blanca del hostal, el cabello mojado, los labios hinchados por los besos y otra cosa. Debajo escribió solo: “Esto es lo que pasa cuando me dejas sola una semana más. Disfruta tu viaje, cornudo.”

No había emojis. No había “te amo” ni “perdóname”. Solo esa frase seca y cruel, seguida de silencio.

Me quedé mirando la pantalla durante largos minutos, con el corazón latiendo en los oídos. Una mezcla de rabia, humillación y, para mi vergüenza, una erección incontrolable que me recordaba lo enfermo que era todo aquello. Sabía que Carla era un torbellino destructivo. Lo había sabido desde la primera noche en el hostal cuando contestó al profesor mientras me montaba. Pero verlo tan crudo, tan explícito, tan burlón… era otra cosa.

No le contesté ese día. Ni al siguiente. Solo guardé los pantallazos y los audios en una carpeta oculta. No por venganza. No por morbo. Sino porque, en el fondo, sabía que esa evidencia era lo único que me quedaba para protegerme cuando, inevitablemente, ella decidiera destruirme del todo.

Y mientras tanto, en algún hostal lujoso de Lima, Carla y su profesor seguían riéndose de mí, follaban toda la noche y planeaban la próxima “clase particular” en el salón vacío del colegio.






Un mes después de que Carla me enviara aquellos pantallazos y audios, regresé a Lima. No le escribí ni la llamé. Me dediqué a trabajar, a salir con amigos, a intentar sacármela de la cabeza. Ella tampoco dio señales de vida. Pensé que todo había terminado.

Una noche, cerca de las once, sonó mi teléfono. Era ella. Contesté.

—Hola… —su voz estaba pastosa, arrastrada. Se notaba que había bebido bastante—. ¿Estás ahí?

—Sí.

Silencio largo. Luego, entre sollozos y hipo:

—Te extraño… mucho. Quiero verte. No aguanto más.

Mantuve la calma.

—Carla, si quieres hablar, primero acepta que me engañaste siempre. Que me fuiste infiel desde el principio, que te reías de mí con otros hombres. Dilo claro.

Otra pausa. Se escuchaba su respiración agitada.

—…sí. Te engañé. Te engañé muchas veces. Mañana te cuento todo. En un café. Por favor, ven.

Colgó sin esperar respuesta.

Al día siguiente fui. Llegó con los ojos hinchados, el maquillaje corrido, vestida con polo grande que parecía haber dormido con ella puesta. Se sentó frente a mí y, sin preámbulos, empezó a llorar.

—Todo lo que viste… era cierto. Con el profesor, con otros. Lo hice porque… no sé. Me sentía sola, necesitaba atención, dinero para mi hija, descuentos en el colegio… Al principio era solo eso, pero después se volvió adictivo. Me gustaba sentirme deseada, poderosa. Me reía de ti porque era más fácil que admitir lo que era.

Hizo una pausa, limpiándose la cara con la manga.

—El profesor me dejó. Volvió con su mujer. Me dijo que yo era “demasiado problema”. Ahora estoy sola otra vez. Quiero volver contigo. Sé que te hice ******, pero… te extraño de verdad. Eres el único que me aguantó tanto.

La miré fijamente.

—No sé, Carla. Déjame pensarlo.

Sus ojos se abrieron de golpe. La expresión cambió en un segundo: del llanto a la furia.

—¿Qué? ¿Me dejas pensando? ¿Después de todo lo que te conté?

Se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás. El café se derramó sobre la mesa. Con un movimiento rápido me dio una cachetada fuerte que resonó en todo el local. Varias personas voltearon.

—¡Eres un idiota! —gritó—. ¡Te vas a arrepentir de esto! ¡Nunca vas a encontrar a nadie como yo!

Salió dando portazos, dejando el café pagado y a mí con la cara ardiendo y la gente mirándome.

Una semana después supe, por comentarios sueltos de conocidos comunes, que Carla había cambiado de objetivo con una velocidad brutal.

Se hizo “amiga” del director del colegio de su hija: un hombre casado de unos 50 años, con buena posición, reputación intachable y una esposa que trabajaba en una oficina cercana. Desde el primer día fue descarada. Empezó a llegar al colegio con escotes pronunciados, faldas cortas, maquillaje cargado y perfume que se sentía a metros. Le mandaba mensajes subidos de tono al director delante de todos, le tocaba el brazo en los pasillos, se reía fuerte cuando él pasaba cerca.

La esposa se enteró rápido. Una tarde fue a la casa de Carla y le armó un escándalo en la puerta: gritos, insultos, empujones. Carla no se achicó; le respondió con burlas y hasta le dio un empujón de vuelta. La policía tuvo que intervenir. A pesar del escándalo público, el director no cortó el lazo. Al contrario: empezaron a verse más abiertamente.

Los veían en restaurantes, en bares, en parques. Una vez, en un centro comercial, los vieron besándose en un pasillo, él con la mano metida dentro de la blusa de ella. Otra vez, en un auto estacionado en una calle oscura cerca del colegio, con los vidrios empañados y movimientos evidentes. Nada les importaba.

El colegio estalló en rumores. Los padres se quejaron. La junta directiva abrió una investigación. Al final, despidieron al director por “conducta inapropiada y daño a la imagen institucional”. A Carla la señalaron como la causante y la presionaron tanto que tuvo que dejar de alquilar la casa donde vivía. Los vecinos, que ya murmuraban desde hacía tiempo, se organizaron para que la dueña terminara el contrato.

Carla se fue a provincia, a una ciudad pequeña en el norte donde tenía familia lejana. Se llevó a su hija, que ya había terminado el año escolar, y empezó de cero. Pero no pasó ni un mes cuando empezaron a llegar mis llamadas.

La primera fue una noche de sábado. Sonó el teléfono a la una de la mañana.

—Hola… soy yo —su voz estaba baja, casi susurrante—. Estoy sola. Mi hija está durmiendo en la otra habitación. No tengo a nadie aquí. Te extraño… mucho.

No dije nada.

—Sé que te hice daño. Pero aquí estoy peor. No tengo trabajo decente, vivo de lo que me manda mi hermana. Pienso en ti todo el tiempo. Quiero volver a Lima… contigo. Por favor.

Le dije que lo pensaría.

Las llamadas siguieron: casi todas las noches, a veces ebria, a veces llorando, a veces suplicando con voz dulce. Me contaba que había intentado rehacer su vida, que había salido con un par de hombres del pueblo, pero “no eran como tú”. Que el director la había bloqueado después del despido. Que se sentía vacía.

Una noche me dijo:

—Vente un fin de semana. Solo para hablar. Te pago el pasaje. Quiero que me abraces… que me hagas el amor como antes. Te extraño dentro de mí.

Yo escuchaba en silencio. No le decía que sí, pero tampoco le colgaba del todo.

Ella interpretaba cualquier pausa como esperanza.

—Dime que sí… dime que me vas a perdonar. Soy una ******, lo sé, pero contigo era diferente. Contigo sentía algo real.

No le contestaba. Solo dejaba que hablara, que se desnudara por teléfono con palabras, que me contara cómo se tocaba pensando en mí, cómo se arrepentía.

Y mientras tanto, yo seguía mi vida en Lima, con la carpeta de pantallazos y audios guardada en el fondo del disco duro, como un recordatorio de quién era realmente Carla.

Sabía que tarde o temprano volvería a aparecer en persona, con su perfume almizclado, sus caderas anchas y su mirada de santa que se transforma en zorra en segundos. Y sabía que, cuando eso pasara, tendría que decidir si la dejaba entrar otra vez… o si finalmente cerraba la puerta para siempre.









Un tiempo luego, justo en estas fechas de fin de año que siempre traen recuerdos amargos y promesas rotas. Yo ya había reconstruido mi vida: un ascenso en el trabajo, salidas con amigos, incluso alguna cita ocasional que no pasaba de lo superficial. Carla se había convertido en un eco lejano, un capítulo cerrado que solo aparecía en sueños ocasionales o cuando veía una morena de caderas anchas caminando por la calle.

Entonces, una tarde de sábado, me llegó un mensaje de un número que no tenía guardado, pero que reconocí al instante por el tono:

“¿Sigues vivo, mi bello cacherito que me perdonó siempre? Jaja. Estoy de vuelta en Lima. Necesito verte. Por favor. No te imaginas lo que ha sido este año.”

No respondí de inmediato. Pasaron dos días. Me escribió otra vez, esta vez con voz nota de audio: llorosa, ebria, arrastrando las palabras.

“Te extraño tanto… No aguanto más. Mi hija ya está en tercero de secundaria, está bien, pero yo… yo estoy hecha ******. Vuelve conmigo. Te juro que cambié. Por favor, dame una oportunidad.”

Le contesté seco:

“Si quieres hablar, ven. Pero no sola. Trae a una amiga. Tomamos algo en un bar tranquilo. Si pasa algo entre nosotros, ella se va. Nada de dramas. ¿Entendido?”

Su respuesta llegó en segundos:

“Sí, mi amor. Lo que tú digas. Traeré a mi prima, es discreta. Seré tu esclava esta noche. Haré de todo por ti. Lo que quieras. Pero no me dejes otra vez. Por favor.”

Quedamos en un bar discreto en Miraflores, uno de esos con luces bajas, música suave y mesas apartadas. Llegué primero, pedí un whisky en las rocas y esperé. A las 9:15 entró ella.

Carla había cambiado un poco: el cabello más corto, con mechas castañas que le daban un aire más sofisticado, pero seguía siendo la misma morena fogosa. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba sus caderas anchas y sus pechos generosos, tacones altos, maquillaje impecable: labios rojos intensos, ojos delineados que prometían pecado. Olía a su perfume de siempre, jazmín y almizcle, pero más fuerte, como si se hubiera bañado en él. A su lado iba una chica joven, de unos 25 años, morena clara, delgada, con jeans y blusa escotada: la prima, supongo. Se veía nerviosa, pero sonreía.

Se sentaron frente a mí. Carla me miró con ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar.

—Gracias por recibirme… —susurró—. No sabes cuánto te necesitaba.

Pedimos tragos. La prima pidió un ron con cola y se mantuvo callada al principio, solo observando. Carla empezó a hablar: de su año en provincia, de lo sola que se sentía, de cómo había intentado rehacer su vida con un tipo del pueblo que resultó un borracho, de cómo pensaba en mí todas las noches. Lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no era teatro; era real, o al menos lo parecía.

—Hice cosas horribles… lo sé. Te humillé, te engañé, me reí de ti. Pero era porque estaba rota por dentro. Ahora solo quiero ser tuya. De verdad. Seré lo que tú quieras. Tu esclava. Haré de todo. Chúpamela aquí mismo si me lo pides. Déjame demostrarte.

La prima se puso roja, miró al suelo. Yo me mantuve serio.

—Bebe —le dije—. Y relájate.

Pasaron dos rondas más. La conversación se volvió más íntima. Carla se acercó, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. Su mano subió por mi muslo, lenta, discreta. La prima fingía mirar el celular, pero se notaba que estaba atenta.

—Dime qué quieres —susurró Carla al oído—. Puedo ir al baño contigo ahora. O llevarte a un hostal. O… si prefieres, mi prima puede mirar. O participar. Lo que sea. Solo no me dejes.

La miré fijo.

—Si pasa algo esta noche, tu amiga se va. Sin dramas. ¿Entendido?

—Sí… sí, mi amor.

Llamé la cuenta. Salimos los tres. En la calle, paré un taxi. Le dije al chofer una dirección: un hostal discreto que conocía, no muy lejos.

En el auto, Carla se pegó a mí. Me besó el cuello, mordió suave mi oreja. Su mano bajó a mi entrepierna, masajeando por encima del pantalón.

—Siente cómo te extraño… —murmuró—. Estoy mojada desde que te vi.

La prima iba callada atrás, mirando por la ventana.

Llegamos al hostal. Pedí una habitación con jacuzzi. Subimos. La prima se quedó en la puerta, incómoda.

—Prima… espera abajo en el lobby. Si necesito algo te llamo —dijo Carla, con voz dulce pero firme.

La chica asintió y se fue.

Entramos. Apenas cerró la puerta, Carla se arrodilló frente a mí.

—Déjame demostrarte —susurró—. Seré tu puta, tu santa, tu esclava. Lo que quieras.

Se desabrochó el vestido lentamente, dejándolo caer. Llevaba lencería negra, la misma que usaba antes: sostén que elevaba sus pechos, hilo dental que desaparecía entre sus nalgas. Se giró, apoyó las manos en la pared y meneó el culo.

—Tócame… castígame si quieres. Pégame. Fóllame hasta que llore. Pero no me dejes.

La tomé por las caderas, la giré y la besé con fuerza. Ella gimió en mi boca, sus uñas clavándose en mi espalda. La llevé a la cama, la puse de rodillas.

—Chúpamela —ordené.

Lo hizo con devoción: lenta al principio, lamiendo desde la base hasta la punta, mirándome con ojos suplicantes. Luego más profundo, hasta que sus labios tocaron mi pubis, gimiendo vibraciones que me hicieron cerrar los ojos.

—Te amo… —murmuró entre chupadas—. Soy tuya. Para siempre.

La puse boca abajo, le quité el hilo dental y la penetré de una embestida. Gritó de placer y dolor mezclado.

—Más fuerte… castígame… soy una mala puta… pero solo tuya ahora.

La follé con rabia contenida, sus caderas chocando contra mí, sus gemidos llenando la habitación. Le di palmadas en el culo que dejaban marcas rojas. Ella pedía más.

—Dime que me perdonas… dime que soy tuya…

No le dije nada. Solo seguí, hasta que ambos llegamos al clímax, ella temblando debajo de mí, yo derramándome dentro de ella con un gruñido.

Después, se acurrucó contra mi pecho, llorando bajito.

—No me dejes… por favor. Haré lo que sea. Seré perfecta.

La miré en silencio.

—Veremos —fue lo único que dije.

Ella sonrió entre lágrimas, como si eso fuera suficiente promesa.

Pero en el fondo, ambos sabíamos que el ciclo volvería a empezar. Carla no cambiaba. Solo cambiaba de máscara. Y yo… yo aún no sabía si quería romper el ciclo o simplemente disfrutarlo hasta que se rompiera solo.

Fin de año otra vez. Y ella, una vez más, en mi cama.


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Un año después de aquel encuentro en el bar, donde Carla me rogó y se entregó como una esclava en el hostal, las cosas no duraron. Al día siguiente, después de esa noche de pasión donde le di de alma, sexo loco y salvaje con rabia y ella gimió suplicando perdón, le dije que no estaba listo para volver. Se fue furiosa, amenazando como siempre, pero esta vez no llamó de nuevo. Pasaron meses de silencio, y yo seguí adelante. Hasta que, como un fantasma recurrente, reapareció, con mensajes ebrios y promesas de cambio. Le puse la condición: trae a una amiga, tomamos, y si pasa algo, ella se va. Aceptó, trayendo a su prima, y así empezó todo.

La prima se llamaba Sofia. Tenía 25 años, morena clara con piel suave como la seda, delgada, pero con curvas sutiles que invitaban a explorar: pechos medianos pero firmes, cintura estrecha que se ensanchaba en unas caderas redondas y un culo prieto que se marcaba bajo sus jeans ajustados. Su cabello era largo y liso, negro azabache, cayendo hasta la mitad de la espalda. Ojos grandes y marrones, con un brillo inocente que contrastaba con la forma en que mordía su labio inferior cuando se ponía nerviosa. Esa noche vestía simple pero sexy: jeans pitillo que abrazaban sus piernas largas y tonificadas, una blusa escotada blanca que dejaba ver el valle entre sus senos, con un sostén de encaje asomando sutilmente. Zapatos planos, nada ostentoso, y un perfume ligero a flores frescas, como jazmín mezclado con vainilla, que se mezclaba con el almizcle más intenso de Carla. Sofia era callada al principio, una chica de barrio que trabajaba en una tienda de ropa, pero sus miradas hacia mí eran curiosas, casi hambrientas, como si supiera el juego, pero no se atreviera a unirse.

En el bar, mientras Carla hablaba y rogaba, Sofia bebía su ron con cola en silencio, pero noté cómo sus ojos se posaban en mí cuando Carla se acercaba demasiado. Después de la segunda ronda, Carla ya estaba coqueteando abiertamente: su mano en mi muslo, susurrando promesas. Pero yo, con un morbo creciente, miré a Sofia y dije:

—¿Y tú qué piensas de todo esto?

Ella se sonrojó, pero sonrió tímidamente.

—Mi prima es loca… pero si te hace feliz, yo apoyo.

Carla rio, chabacana como siempre: “Ay, prima, no seas tonta. Si él quiere, hasta te presto para que lo convenzas”. Fue una broma, pero el aire se cargó de tensión. Pagué la cuenta y salimos. En el taxi al hostal, Carla se pegó a mí, besándome el cuello, pero yo tomé la mano de Sofia en el asiento trasero y la apreté suavemente. Ella no la retiró.

Llegamos al hostal, una suite con jacuzzi y cama king size. Carla le dijo a Sofia que esperara abajo, pero yo intervine:

—No. Que suba. Si va a ser testigo, que lo sea de todo.

Carla frunció el ceño, pero vio mi expresión y cedió, quizás pensando que era parte de su “esclavitud”. Subimos los tres. La habitación era cálida, con luces tenues y un espejo grande frente a la cama. Carla se lanzó primero: se arrodilló, desabrochándome el pantalón, chupándome con devoción mientras gemía “soy tuya, mi amo”. Sofia se sentó en una silla al lado, mirando con los ojos muy abiertos, las piernas cruzadas como si intentara contenerse.

Pero el morbo creció. Mientras Carla me mamaba, profunda y salivada, con sus labios rojos dejando marcas, miré a Sofia y le dije:

—Ven. Acércate.

Ella dudó, pero se levantó. Se paró al lado, y yo extendí la mano, tocando su blusa, rozando sus pechos por encima de la tela. Carla levantó la vista, pero en lugar de enojarse, rio groseramente: “Ay, prima, únete. Muéstrale lo que vales para que me perdone”.

Sofia, temblando un poco, se quitó la blusa. Sus pechos eran perfectos: redondos, con pezones rosados y erectos bajo el sostén de encaje. Se desabrochó los jeans, revelando unas bragas blancas simples, pero mojadas ya en el centro. Era delgada, pero follaba como una diosa reprimida: se acercó gateando a la cama cuando se lo pedí, besándome mientras Carla seguía chupando. Sus besos eran suaves al principio, tímidos, pero pronto se volvieron hambrientos, su lengua explorando mi boca con una pasión que contrastaba con su inocencia aparente.

La puse a las dos de rodillas: Carla, la experta, mamando profundo y gimiendo vulgaridades como “te la chupo hasta que me tragues tu leche, amo”; Sofia, más novata, lamiendo los costados, chupando mis bolas con delicadeza, sus manos temblorosas pero ansiosas. Las comparé en silencio: Carla era fogosa, agresiva, tragando hasta la garganta con arcadas; Sofia era sensual, lenta, saboreando cada centímetro como si fuera un dulce prohibido.

Las desnudé por completo. Carla, con su cuerpo curvilíneo de 40 años, pechos generosos colgando pesados, caderas anchas listas para ser agarradas. Sofia, delgada y juvenil, piel tersa, culo prieto que se contraía al tocarlo, coño depilado y rosado, ya goteando. Las puse una al lado de la otra en la cama, de espaldas, y las penetré alternadamente. Primero a Carla: entré de golpe, fuerte, como castigo, sus paredes apretadas y húmedas envolviéndome mientras gritaba “¡Sí, fóllame duro, castígame!”. Sus caderas se movían en círculos salvajes, chocando contra mí con un ritmo animal, su culo rebotando con cada embestida.

Luego a Sofia: más despacio al principio, su coño estrecho y virgen en comparación, apretando como un puño caliente. Gimió suave, “Ahhhhhhh …”, pero pronto se soltó: arqueó la espalda, empujando hacia atrás, follándome ella a mí con movimientos fluidos y sensuales. Era como una bailarina: sus caderas giraban en espirales, su culo prieto contrayéndose rítmicamente, haciendo que cada penetración fuera un placer prolongado. “Más… por favor…”, suplicaba, su voz dulce contrastando con los gemidos guturales de Carla.

Las follé en posiciones variadas: a Carla de perrito, azotando su culo hasta dejarlo rojo, mientras ella lamía el coño de Sofia; Sofia encima de mí, cabalgándome con lentitud torturante, sus pechos rebotando en mi cara para que los chupara, sus pezones duros como piedras. En un momento, las puse a las dos a lamerse mutuamente: Carla devorando el coño de Sofia con lengua experta, chupando y mordiendo hasta que la prima gritaba de placer; Sofia, más tímida, lamiendo los pezones de Carla mientras yo las cachaba por turnos. El jacuzzi se volvió parte: las metí al agua caliente, follándolas bajo las burbujas, el vapor mezclándose con sus perfumes y el olor a sexo. Sofia se vino primero, temblando en mis brazos, su coño contrayéndose alrededor de mi polla mientras gritaba “¡Sí… me corro!”. Carla la siguió, montándome en el agua, sus pechos chapoteando, gritando vulgaridades como “¡Lléname, amo, hazme tu puta eterna!”.

Al final, exhaustos, nos tumbamos en la cama y al rato se fueron.

Luego la cité solo a Sofía, antes de empezar a culear, le dije:

—Mándale un audio a tu prima. Dile que hemos cachado y bien rico.

Sofia, aún jadeante, sonrió maliciosamente. Sacó su celular y grabó: “Prima… lo siento, pero él me folló mejor que a ti. Su polla es adictiva… escucha cómo gemí”. Adjuntó un pantallazo de una foto que tomamos: ella montándome, sus pechos expuestos, mi mano en su culo.

Yo agregué un audio mío: “Carla, esto es por todas las veces que me humillaste. Ahora Sofia y yo te enviamos esto. Disfrútalo”.

Se lo mandamos. Carla respondió al instante con mensajes furiosos: “¡Hijos de puta! ¡Me las pagarán!”. Pero seguimos: audios de Sofia gimiendo mientras la follaba de nuevo esa noche, pantallazos de sus tetas cubiertas de mi semen, mensajes como “Prima, él me da lo que tú no pudiste conservar”.

Desde esa noche, Sofia y yo empezamos algo: nos veíamos regularmente, follábamos con pasión –ella era incansable, flexible, siempre pidiendo más con esa voz dulce–, y cada vez le enviábamos a Carla pruebas: un video corto de Sofia chupándome en el carro, un audio de sus gemidos en mi departamento, pantallazos de chats eróticos donde le describía cómo me cabalgaba hasta el agotamiento.

Carla, la madre soltera, se volvió loca con cada envío: amenazaba, suplicaba, pero no podía parar de responder. Era nuestro juego de venganza, y Sofia, la prima inocente convertida en cómplice, follaba aún mejor sabiendo que la estábamos torturando a distancia.



La noche en mi departamento con Sofia fue una explosión de deseo acumulado. Apenas entramos, cerré la puerta y la empujé contra la pared del pasillo. Sofia jadeaba ya, sus pechos medianos subiendo y bajando rápido bajo la blusa escotada. Le arranqué los botones con un tirón, dejando sus tetas al aire: pezones rosados duros como piedritas, perfectos para morder. Los chupé fuerte, tirando de ellos con los dientes mientras ella gemía bajito:

—Ay, ******… me vas a romper los pezones… chúpamelos más, cabrón… me encanta que me los muerdas.

La bajé los jeans de un jalón junto con las bragas blancas empapadas. Su coño depilado estaba brillante de jugos, el clítoris hinchado asomando entre los labios rosados. Metí dos dedos de golpe y ella se arqueó contra la pared:

—Puta madre… sí… mételos hasta el fondo… estoy chorreando desde el bar… fóllame con los dedos primero, hazme correrme como perra.

La masturbé rápido, el sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo llenando el pasillo. Ella se agarraba de mis hombros, clavándome las uñas:

—Más rápido… sí… asiiiiiiiiiiiiiii, ¡ay, mierdaaaaaaaaaaaa! ¡Me corro, me corro!

Un chorro caliente le salió de su cuca mojándome la mano y el piso. Se le doblaron las rodillas, pero la sostuve y la llevé a la cama arrastrándola de la cintura.

La puse de rodillas en el colchón, culo en pompa. Su culo prieto era una obra de arte: redondo, firme, con dos cachetes que se separaban solos cuando se inclinaba. Le di una palmada fuerte que resonó:

—Este culito virgen de cogidas salvajes va a quedar marcado hoy… abre las nalgas, puta.

Ella obedeció con las manos temblorosas, separando sus glúteos y mostrando el ano rosado y el coño chorreando.

—Métemela ya… no aguanto… quiero tu verga hasta el fondo del coño… rómpeme, cabrón.

La penetré de un empujón seco. Su cuca era estrecha, caliente, como si me estuviera tragando entero. Empezó a mover las caderas hacia atrás, follándome ella a mí:

—Puta que rico… sí… dame duro… métemela hasta los huevos…¡Me estás partiendo en dos!

La follé como animal, agarrándola de las caderas, embistiendo con fuerza. Cada choque hacía que sus tetas rebotaran salvajemente. Ella gritaba sin filtro:

—Más fuerte… ¡rómpeme la vulva! ¡Soy tu puta esta noche! ¡Lléname de leche caliente, ¡Quiero sentir cómo me inundan el útero!

La puse boca arriba, le abrí las piernas en V y volví a entrar. Ahora podía verla la cara: ojos en blanco, boca abierta, lengua afuera como perra en celo.

—Mírame mientras me follas… ¿te gusta mi carita de puta? ¿Te gusta ver cómo me corro otra vez? ¡Mira cómo me palpita el clítoris… chúpamelo mientras me das verga!

Bajé la cabeza y le lamí el clítoris hinchado mientras seguía embistiéndola. Ella se agarró el pelo con las dos manos y gritó:

—Ay, ******… sí… chúpame el chocho… méteme la lengua… ¡me vengo otra vez! ¡Me estoy corriendo en tu boca y en tu polla al mismo tiempo!

Su vagina se contrajo en espasmos violentos, apretándome tan fuerte que casi me hizo eyacular. Me salí justo a tiempo, la giré de nuevo y le metí la pichula entre las tetas. Ella las apretó con las manos y empezó a pajearme con ellas:

—Dame tu leche en las tetas… pinta mis pezones… quiero oler a ti toda la noche… ¡semen caliente, cabrón, dámelo ya!

Eyaculé fuerte: chorros gruesos y calientes le cubrieron las tetas, el cuello y hasta la barbilla. Ella se relamió los labios, recogiendo con los dedos y chupándolos:

—Mmm… qué rico sabe… me encanta tu leche… soy adicta a tu semen ahora.

Nos quedamos jadeando un rato. Luego, todavía desnudos y sudados, tomamos el celular.

Sofia grabó el primer audio, con mi polla aún semi-dura rozándole los labios:

—Prima… escúchame bien, zorra… tu ex me acaba de follar como nunca te folló a ti. Me hizo correrme tres veces… su verga me llega hasta el fondo… y mira cómo me dejó las tetas llenas de leche.

Adjuntó una foto: sus pechos cubiertos de semen, pezones brillantes, cara sonriente con lengua afuera.

Yo grabé el segundo:

—Carla, esto es lo que pasa cuando me dejas plantado en un bar. Tu prima me chupó, me montó, y ahora está llena de mí. Escucha cómo gime cuando la vuelvo a follar.

Sofia gimió al fondo mientras yo la penetraba de nuevo lentamente:

—Ah… sí… grábalo… dile a Carla que su prima es mejor puta que ella…

Enviamos todo: audios de gemidos, pantallazos de su coño chorreando, fotos de su culo rojo por las palmadas, mensajes de texto que decían:

Sofia: Prima, lo siento… pero él me hace gritar como nunca. Su verga es adictiva. Ya no te necesita.

Yo: Carla, disfruta el show. Tu prima es mi nueva esclava. Tú ya fuiste.

Carla respondió al instante en el chat de Sofia (porque yo la tenía bloqueada):

“¡Hijos de puta! ¡Malditosssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss ¡Voy a hacer que se arrepientan! ¡Los voy a destruir!”

Al día siguiente supimos cómo se vengó. Carla, en plena rabia etílica, llamó a dos amigos suyos: un par de tipos grandotes, tatuados, de esos que conocía de bares de mala muerte. Los llevó directo a un telito de cinco horas en Surco. Sofia me contó después (porque Carla le mandó fotos y audios para herirla):

Se los chupó a los dos al mismo tiempo, arrodillada en la cama, alternando pollas: una en la boca, la otra en la mano. Gemía vulgar:

—Vengan, putos… métanmelas por todos lados… quiero dos vergas a la vez… ¡cójanme como puta barata!

Uno la puso de perrito y la penetró por el coño mientras el otro le metía la polla por la boca. Luego la doble penetración: uno en el culo, otro en el coño. Carla gritaba y reía al mismo tiempo:

—Puta madre… sí… rómpanme los dos agujeros… ¡llénenme de leche los dos! ¡Que mi ex se pudra sabiendo que me cojo a dos a la vez!

Se vinieron dentro de ella, uno en el culo y otro en el coño. Carla se quedó tirada en la cama, semen goteando de ambos agujeros, riendo histérica:

—Esto es por dejarme plantada, cornudo… ahora soy la reina de las putas.

Pero al final, sola en la habitación del motel, mandó un audio llorando a Sofia:

—Prima… me duele todo… pero no me arrepiento… dile que se joda… aunque lo extraño…

Yo ya la tenía bloqueada en todo. No vi nada en tiempo real. Solo supe por chismes y por lo que Sofia me contaba entre risas y celos.

Lo que Carla no esperaba era que, en su furia, volvió con Marcos, mi amigo abogado. Él me lo confesó semanas después, en una cerveza:

—Hermano… Carla me buscó. Está desquiciada. Me contó todo: lo del bar, lo de Sofia, lo de los dos amigos… y me pidió que la follara para desquitarse. La llevé a mi casa y… joder, es una bestia.

Me describió detalles que me quemaron por dentro: Carla arrodillada en su sala, chupándole la polla con la misma devoción que me daba a mí, tragando hasta las arcadas:

—Marcos… cógeme como él nunca supo… métemela por el culo… quiero sentirme llena.

La cachó en el sofá, en la cocina, en la ducha. Carla gritaba:

—Soy tu puta, abogado… lléname el coño… hazme olvidar a ese cornudo…

Marcos me dijo que se sentía culpable, pero que no podía parar: “Es adictiva… cuando se pone en modo zorra, no hay quien la detenga”.

Me dio celos feroces, pero los tragué. Acepté que Carla ya no era mi problema. Seguí con Sofia: follábamos casi todas las noches, ella montándome con sus movimientos sensuales, gimiendo dulce:

—Détonameeeeeeeeeee más… soy mejor que ella… mi coño te aprieta más…

Y luego vinieron sus amigas (que eran también de Carla): Lucía, con tetas grandes y culo redondo, que nos hacía tríos donde lamía el semen de Sofia de mi polla; Daniela, delgada y flexible, que se dejaba follar en posiciones imposibles mientras Sofia le chupaba el clítoris; y más chicas del grupo, morenas fogosas, coquetas, que terminaban en orgías donde los gemidos se mezclaban, los cuerpos sudados se pegaban, y yo follaba a varias a la vez, penetrando un coño mientras otra me chupaba, otra me besaba, y Sofia siempre al centro, susurrándome:

—Somos mejores que Carla… ella se quedó atrás… ahora tú eres nuestro rey.

Carla, al enterarse por el boca a boca, se volvió loca de celos. Intentó mandar mensajes desde números nuevos, audios llorosos y furiosos, pero yo ya no respondía. Su círculo era ahora mío. Ella, la madre soltera loca, quedó fuera, rumiando su rabia en un departamento alquilado barato, mientras yo vivía rodeado de sus ex-amigas, follándolas sin remordimientos, sabiendo que cada gemido era una puñalada indirecta a ella.





Las noches se convirtieron en un juego enfermizo de celos, morbo y venganza a distancia. Carla, bloqueada en mi teléfono, encontró la forma de colarse de nuevo: llamaba a Sofia todas las noches, justo antes, durante y después de follar con Marcos, mi amigo el abogado. Y yo, para no quedarme atrás, hacía exactamente lo mismo: llamaba a Carla (desde el teléfono de Sofia, porque ella no me tenía bloqueado allí) antes, durante y después de tirar con Sofia y sus amigas. Era un duelo de audios, gemidos y vulgaridades que nos mantenía a todos enganchados como adictos.

Todo empezó una semana después de que Carla se enterara de que follaba con Sofia y el grupo de sus ex-amigas. Sofia me mostró la primera llamada entrante una noche, mientras estábamos desnudos en mi cama, ella todavía con mi semen goteando entre las piernas.

—Mira… es Carla otra vez —dijo Sofia, riendo maliciosa—. Quiere hablar conmigo “de familia”.

Contestamos en altavoz.

La voz de Carla sonó ronca, excitada, como si ya estuviera tocándose:

—Prima… dile a ese cornudo que estoy con Marcos ahora mismo… voy a montarlo toda la noche para que se muera de celos.

Se escuchaba el sonido de un beso húmedo al fondo y la voz de Marcos: “Ven aquí, zorra… abre las piernas”.

Carla soltó una risa chabacana:

—Escucha bien, Sofia… Marcos me está lamiendo el coño ahora mismo… ahhh, sí… méteme la lengua hasta el fondo, abogado… dile a mi ex que tu lengua es más larga que su verga.

Sofia y yo nos miramos, excitados a pesar de todo. Sofia se subió encima de mí, metiéndose mi polla dura de un solo movimiento mientras hablaba al teléfono:

—Prima… qué rico te come el chocho Marcos, ¿no? Pero escucha esto…

Empezó a cabalgarme fuerte, sus tetas rebotando, gimiendo al teléfono:

—Ah… sí… me está follando ahora mismo… su verga me llega hasta el útero… ¡más profundo, cabrón! ¡Dile a Carla que me estás partiendo el coño!

Carla gritó del otro lado:

—¡Puta traidora! ¡Marcos, métemela ya! ¡Quiero que escuchen cómo me coge de verdad!

Se oyó el sonido inconfundible de una penetración fuerte, seguido del grito de Carla:

—¡Sí, joder! ¡Métemela hasta los huevos! ¡Marcos me está rompiendo el coño mientras tu ex escucha, Sofia! ¡Ahhh… me voy a correr ya!

Sofia aceleró el ritmo, sus caderas chocando contra mí con fuerza:

—Prima… escúchame correrme… ¡me estoy viniendo en su vergotaaaaaaaaaaa! ¡Soy su puta ahora! ¡Me llena de leche caliente!

Los gemidos de ambas se mezclaron por el altavoz: Carla gritando “¡Lléname, Marcos! ¡Inúndame el coño!” y Sofia temblando encima de mí, su coño apretándome en espasmos mientras se corría.

Después del orgasmo, Carla jadeaba al teléfono:

—Esto es todas las noches… voy a llamar antes de que Marcos me folle, mientras me folle y después de que me deje el coño chorreando… para que sepan lo que se perdió el cornudo.

Y así fue. Todas las noches.

Antes: Carla llamaba a las 10 pm en punto. —Prima… estoy en tanga nada más… Marcos llega en 5 minutos… ya estoy mojada solo de pensar en su verga… voy a chupársela hasta que me ahogue… dile al cornudo que se pajee pensando en mí.

Durante: Llamaba en pleno acto, altavoz encendido. Se escuchaba el golpeteo rítmico, los gemidos de Marcos y los gritos vulgares de Carla: —¡Marcos, cógeme más fuerte! ¡Dile a mi ex que tu poronga me llega más adentro que la suya nunca! ¡Ahhh… sí… rómpeme el culo también! ¡Métemela por atrás mientras piensan en nosotros!

Después: Llamaba exhausta, voz rota, semen goteando: —Prima… Marcos me acaba de dejar el coño y el culo llenos… estoy tirada en su cama con las piernas abiertas… escucho cómo chorrea su leche… dile al cornudo que soy la puta más feliz del mundo.

Pero nosotros contraatacábamos igual.

Yo llamaba a Carla desde el teléfono de Sofia, justo cuando empezaba con Sofia y las amigas.

Antes: —Carla… Sofia y yo estamos desnudos… Lucía y Daniela vienen en camino… vamos a hacer una orgía… cuatro coños para mí solo esta noche.

Durante: Altavoz encendido mientras follaba a varias. Se escuchaba a Sofia gimiendo: “¡Fóllame el culo mientras Daniela me chupa el chocho!” Lucía gritando: “¡Métemela hasta el fondo, cabrón! ¡Soy más puta que Carla nunca fue!” Yo gruñendo: “Escucha cómo las hago gritar, Carla… sus coños aprietan más que el tuyo… ¡me estoy corriendo en las tetas de Sofia ahora mismo!”

Después: Llamaba con las chicas jadeando al fondo: —Carla… acabamos de terminar… tengo el cuerpo cubierto de sus jugos y mi semen… Sofia está lamiendo la leche de las tetas de Daniela… dile a Marcos que sus coños son míos ahora.

Carla respondía siempre con más rabia y más vulgaridad:

—¡Cornudo de ******! ¡Marcos me acaba de follar el culo hasta que lloré de placer! ¡Me dejó el ano abierto y chorreando! ¡Nunca vas a tener un coño como el mío otra vez!

Pero su voz temblaba de celos. Se notaba que se tocaba mientras escuchaba.

Una noche, en pleno acto con Sofia y dos amigas más, Carla llamó justo cuando yo estaba penetrando a Lucía por detrás mientras Sofia y Daniela se lamían mutuamente.

Puse altavoz y seguí follándolas.

Carla gritó:

—¡Escuchen, putas! ¡Marcos me está comiendo el culo ahora mismo! ¡Su lengua me está metiendo hasta el fondo mientras me pajeo el clítoris! ¡Me voy a correr en su cara!

Sofia, con la boca llena de la pepa de Daniela, respondió jadeando:

—Prima… qué rico te come el culo… pero mira… yo estoy chupando el chocho de Daniela mientras él me mete los dedos por atrás… ¡ahhh… me está preparando el ano para su verga!

Lucía, empalada en mi guasa, gritó:

—¡Carla, zorra vieja! ¡Siente cómo me está rompiendo el coño! ¡Su verga me llega más profundo que Marcos a ti nunca!

Los gemidos se mezclaron en una sinfonía obscena: Carla corriéndose al otro lado del teléfono, nosotras cuatro en mi cama corriéndonos al mismo tiempo, cuerpos sudados, coños chorreando, semen volando.

Al final, Carla jadeaba:

—Esto no termina… todas las noches… hasta que uno de los dos se rinda…

Pero ninguno se rendía.

Era odio, deseo y morbo puro.

Y así seguimos: noches de llamadas, gemidos, vulgaridades y sexo telefónico cruzado.

Carla follada por Marcos.

Yo follado por Sofia y sus (sus ex) amigas.

Y todos escuchando cómo el otro disfrutaba más.

Un duelo erótico sin final.



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Morena fogosa, mas joven, mas pendeja:


La primera vez que la vi fue hace un año exacto, en diciembre de 2024. Yo paseaba a mi perro, un labrador negro grande y juguetón que siempre atraía miradas, y ella salía del gimnasio del barrio, con el cabello aún húmedo por la ducha, una sudadera ajustada y leggings negros que marcaban cada curva de sus caderas anchas y su culo redondo, firme, de esos que se mueven con cada paso como si tuvieran vida propia. Morena intensa, piel canela brillante por el sudor, unos 30 años bien llevados, cara bonita con ojos grandes y labios carnosos que sonreían fácil. Me miró al perro primero.

—Qué lindo perrito —dijo, agachándose a acariciarlo—. ¿Cómo se llama?

—Max —respondí, y ella se rio suave, mirándome por primera vez.

—Hola, Max… y hola a ti también.

Solo eso. Un saludo casual, pero desde ese día empezó a repetirse. Cada tarde, al mismo horario, ella salía del gym y yo pasaba con Max. Al principio solo saludaba al perro, se agachaba, le rascaba las orejas, y me decía “qué bien cuidado está”. Pero poco a poco empezó a hablarme a mí: del clima, del barrio, de lo caro que estaba todo. Era simpática, coqueta sin esfuerzo, con esa risa ronquita que te hacía querer escucharla más.

Una tarde lluviosa la acompañé hasta su casa, según ella “porque Max quiere caminar más”. Vivía en un edificio modesto de tres pisos, departamento pequeño pero ordenado. Me dijo que la esperaba su hija de 15 años, que la tuvo muy joven, a los 15 ella misma. “La tuve con un chico que conocí en el colegio, pero no duró nada. Ahora recibo lo justo de manutención y ya”. Se despidió con un beso en la mejilla, rozando apenas la comisura de mis labios, y dijo:

—Qué bello perro tienes… y qué lindo dueño.

Sonrió con picardía y entró.

Con las semanas nos hicimos amigos de barrio. Le pedí su número “por si Max se pierde y aparece por aquí”, pero en realidad porque quería seguir hablando con ella. Se llamaba Valeria. Salíamos a pasear por las tardes: yo con Max, ella con ropa deportiva o jeans ajustados que marcaban su culo nalgón, caderas que se balanceaban hipnóticamente. Me contaba sus penurias: buscaba trabajo estable (era mesera en un restaurante de día, pero le pagaban poco), su hija adolescente estaba en plena rebeldía, el padre mandaba lo mínimo y desaparecía meses. “A veces pienso en volver con él”, me confesó una vez, bajando la mirada. “Es el papá de mi niña… y aunque es un irresponsable, al menos me da estabilidad”.

Le dije que lo pensara bien, pero respeté su decisión. Me dijo que por respeto a él no debíamos vernos más. Cambié de ruta con Max. Durante meses no la vi. El barrio se sentía vacío sin su risa, sin el vaivén de sus caderas al caminar.

Hasta que, a finales de diciembre de 2025, justo antes de Navidad, la vi salir del gym. Estaba distinta: ojos rojos, como si hubiera llorado, el cabello suelto y desordenado, la cara hinchada. Me vio, dudó un segundo, pero se acercó directo a Max, se agachó y lo abrazó fuerte, como si necesitara aferrarse a algo.

—Hola, guapo… —le susurró al perro, pero su voz temblaba.

Luego me miró a mí.

—Hola… cuánto tiempo.

La acompañé. Caminamos mucho, en silencio al principio. Max iba feliz entre nosotros. Finalmente habló:

—Volví con él… y fue un desastre. Me engañó otra vez, me dejó sin nada, y encima mi hija lo defendió. Estoy hecha ******.

Llegamos a su edificio. Se detuvo en la puerta.

—¿Quieres subir? Solo charlar… mi hija está en su cuarto con audífonos, ni se entera. No va a pasar nada, ¿verdad? Solo hablamos.

Dudé, pero dije que sí.







Cuando Valeria me invitó a subir a su departamento, el aire ya estaba cargado de tensión. Había algo en su forma de mirarme, en cómo sus ojos grandes y oscuros se clavaban en los míos, que decía más que sus palabras. “Solo charlaremos, ¿no?”, había dicho, pero su voz temblaba de deseo, y yo sabía que ninguno de los dos creía en esa excusa. Subimos al tercer piso en silencio, con Max, mi labrador, quedándose abajo en el pequeño patio del edificio. El departamento era pequeño, con un sofá desgastado en la sala, una mesa con restos de comida rápida y un pasillo estrecho que llevaba a dos puertas cerradas: una, supuse, era el cuarto de su hija de 15 años.

Valeria cerró la puerta tras nosotros y me ofreció agua, pero apenas puso el vaso en mis manos, se sentó a mi lado en el sofá, tan cerca que su muslo grueso, envuelto en esos leggings negros ajustados, rozaba el mío. Olía a sudor limpio del gym mezclado con un perfume barato de vainilla que se pegaba a la piel. Sus caderas anchas se desbordaban en el asiento, y el top deportivo dejaba entrever la curva de sus tetas medianas pero duras, apretadas como si quisieran escapar. Su cabello negro, suelto y todavía húmedo, caía en mechones desordenados sobre sus hombros morenos.

Habló un rato de su ex, de su hija, de lo rota que se sentía, pero sus palabras se desvanecían mientras su mano subía por mi brazo, rozando con las uñas. “Gracias por estar aquí… no sé qué haría sin ti”, susurró, y antes de que pudiera responder, se inclinó y me besó. Sus labios carnosos eran suaves, cálidos, con un leve sabor a chicle de menta. El beso empezó lento, casi tímido, pero en segundos se volvió feroz: su lengua invadió mi boca, buscando la mía, mientras sus manos tiraban de mi nuca, pegándome más a ella.

La atraje hacia mí, mis manos bajando instintivamente a sus caderas anchas. Apreté esa carne firme, caliente, sintiendo cómo se moldeaba bajo mis dedos. Ella gimió bajito contra mi boca, subiéndose a mi regazo sin romper el beso. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho, y su culo nalgón, redondo y perfecto, se acomodó sobre mi entrepierna, ya dura bajo el pantalón.

—Siente cómo me pones… —murmuró, moviendo las caderas en círculos lentos, frotándose contra mi erección—. Llevo meses imaginándote dentro de mí… cada vez que te veía con tu perro, me mojaba pensando en esto.

La levanté del sofá, sus piernas rodeándome la cintura. Era ligera a pesar de sus curvas generosas. La llevé al pasillo, lejos del cuarto de su hija, y la puse contra la pared. Le arranqué los leggings de un tirón, junto con las bragas negras que llevaba: un tanga mínimo que apenas cubría su coño depilado. Su culo quedó al aire, dos cachetes morenos, redondos, tan firmes que rebotaban solos al tocarlos. Los abrí con las manos, revelando su ano rosado y apretado, y más abajo, su coño brillante, chorreando jugos que le corrían por los muslos.

—Puta madre… mira cómo estoy… —jadeó, mirando hacia atrás con ojos vidriosos—. Tócame el coño… méteme los dedos… quiero sentirte ya.

Metí dos dedos de golpe, entrando fácil por lo mojada que estaba. Su coño era caliente, apretado, las paredes palpitando alrededor de mis dedos. Los moví rápido, curvándolos hacia arriba para tocar su punto G. Ella se tapó la boca con una mano para no gritar, pero sus gemidos salían igual:

—Ay… ******… sí… más rápido… me vas a hacer correrme…

El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo llenaba el pasillo. Su culo temblaba con cada movimiento, y sus jugos me empapaban la mano. De repente, su cuerpo se tensó, sus piernas se cerraron, y se vino con un gemido ahogado:

Un chorro caliente salió de su ******, mojándome la muñeca y goteando al suelo. Se le doblaron las rodillas, pero la sostuve contra la pared, besándole el cuello mientras ella jadeaba.

—Eres una puta en celo… —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

—Soy tu puta… —respondió, girándose para mirarme—. Chúpame la cuca ahora… quiero tu lengua dentro.

La puse en el suelo, de espaldas contra la pared, y me arrodillé. Su coño olía a sexo puro: dulce, salado, con un toque de su perfume de vainilla. Abrí sus labios con los dedos, revelando su clítoris hinchado, rosado, brillando de jugos. Lamí despacio al principio, saboreándola, luego más rápido, chupando el clítoris como si fuera un caramelo. Ella se agarró de mi cabello, empujándome contra su pelvis:

—Ay… sí… chúpame el chocho… méteme la lengua hasta el fondo… ¡come mi coño, cabrón!

Sus caderas se movían, follándome la cara. Metí la lengua lo más profundo que pude, sintiendo sus contracciones, mientras mis manos apretaban su culo nalgón, abriéndoselo para rozar su ano con un dedo. Ella gritó bajito:

—Puta madre… sí… tócame el culo también… méteme un dedo ahí…

Le metí un dedo en el ano, despacio, lubricado por sus propios jugos. Estaba apretado, caliente, y ella se arqueó más:

Se vino en mi boca, sus jugos chorreando por mi barbilla, su cuerpo temblando entero. La levanté, la giré, y la puse de rodillas en el suelo del pasillo. Me desabroché el pantalón, sacando mi polla dura, palpitante, con la punta ya mojada de pre-semen.

—Mírala… —le dije, acercándola a su cara—. Chúpamela como buena puta.

Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios carnosos. Se la metió entera de un solo movimiento, hasta la garganta, con arcadas suaves. Saliva le corría por la barbilla, sus ojos llorosos mirándome desde abajo:

—Qué rica verga… me encanta chupártela…

Agarré su cabello y empujé, cachándole la garganta despacio, luego más rápido. Ella gemía vibraciones que me hacían cerrar los ojos, chupando con fuerza, lamiendo las bolas cuando se la sacaba. “Te la chupo mejor que cualquier otra, ¿verdad?”, balbuceaba, escupiendo en mi polla para lubricarla más.

La puse contra la pared de nuevo, levantándole una pierna. Su coño estaba abierto, chorreando, listo. Entré de golpe, hasta el fondo. Ella gritó, tapándose la boca:

La embestí fuerte, sus nalgas rebotando con cada empujón, el sonido de piel contra piel resonando en el pasillo. Sus tetas, ahora libres del top deportivo, saltaban salvajes, los pezones oscuros duros como piedras. Los apreté, pellizcándolos, mientras ella gemía:

—Más duro… cógeme como puta… soy tuya… ¡ahhh… me estás partiendo en dos!

Cambiamos posición: la puse en cuatro, en el suelo, su culo nalgón en alto, abierto para mí. Le di una palmada fuerte que dejó una marca roja:

—Abre el culo… quiero verte el ano mientras te follo.

Ella obedeció, separando las nalgas con las manos, mostrando su ano rosado y su coño chorreando. Entré en su coño otra vez, embistiendo con furia, mi pelvis chocando contra sus cachetes:

Ella empujaba hacia atrás, follándome ella a mí:

—Dame duro… rómpeme… quiero que me dejes bien adolorida, herida, coja, cansada… ¡fóllame como si fuera tu zorra!

Nos quedamos pegados, jadeando, sudados. Se giró, me besó lento, sus labios hinchados por el sexo.

—No le digas a nadie… —susurró, con una sonrisa pícara—. Pero vuelve mañana. Mi hija sale al colegio a las 7… y te quiero otra vez.

Me limpié rápido, salí del departamento con el corazón a mil, el olor de su coño y su perfume pegados a mi piel. Valeria, la madre soltera del gym, había pasado de ser una conocida a mi obsesión más caliente en una sola noche.



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Luego de ese primer encuentro en el pasillo de su departamento, donde probé por primera vez su cuerpo moreno, curvilíneo y durito, Valeria y yo entramos en un torbellino de deseo que duró casi un mes entero. Era como si hubiéramos abierto una caja de Pandora: cada noche, o al menos cuatro o cinco veces por semana, yo llegaba tarde, alrededor de las 11 pm, cuando su hija ya estaba dormida en su cuarto con la puerta cerrada y los audífonos puestos. Golpeaba suave en la ventana de su habitación (ella vivía en el primer piso del edificio, con una reja que quitaba rápido para dejarme entrar). Valeria me esperaba ansiosa, con la luz tenue de una lámpara de noche, y apenas entraba, cerrábamos la puerta con llave y nos lanzábamos al sexo duro y parejo, sin preliminares largos, solo pasión cruda y animal.

Al principio, los encuentros eran en su cama, un colchón viejo pero cómodo, con sábanas blancas que terminaban empapadas de sudor y fluidos. Valeria se transformaba de la madre soltera cansada del día a una fiera volcánica: me recibía con besos hambrientos, sus labios carnosos devorando los míos, mientras sus manos bajaban directo a mi pantalón para sacar mi polla dura. “Ven… métemela ya… no aguanto más”, jadeaba, abriéndose de piernas en la cama, su coño moreno y depilado ya chorreando jugos. La penetraba de golpe, fuerte, embistiendo como loco, sus caderas anchas chocando contra mi pelvis con un ritmo frenético. Ella gritaba bajito, tapándose la boca para no despertar a su hija: “¡Sí… rómpeme el coño… dame duro. Era multiorgásmica: se venía una y otra vez, su cuerpo temblando en espasmos, y a veces se meaba de placer, un chorro caliente saliendo de su coño mientras la follaba, mojando las sábanas. “Ay… ******… me estoy meando… no pares… me corro otra vez”, gemía, sus uñas clavándose en mi espalda. Al final, cuando eyaculaba dentro de ella, me tomaba la leche con la boca: se arrodillaba, chupaba mi polla hasta la última gota, lamiendo los restos de su propio jugo mezclado con mi semen, y luego me besaba, pasándome el sabor salado en un beso sucio y profundo. “Qué rico sabe tu leche… soy adicta a ti”, susurraba, con una sonrisa chabacana.

A veces, los fines de semana, su hija no estaba: la mandaba a dormir con una tía o la abuela, y entonces Valeria se ponía más creativa y volcánica. Me esperaba sola, con la casa para nosotros, vestida (o casi) para matar: un hilo dental chiquito, negro o rojo, que apenas cubría su coño y desaparecía entre sus nalgas redondas y firmes. Se ponía tacones altos, un top ajustado que marcaba sus tetas duras con pezones erectos, y me bailaba en la sala, moviendo las caderas anchas en círculos sensuales, su culo nalgón rebotando al ritmo de una música baja que ponía en su celular. “Mírame… ¿te gusta mi culo? Ven, siéntate… te voy a dar un baile privado”, decía con voz ronca, sentándose encima de mí en el sofá, frotando su yuyo mojado contra mi erección a través del pantalón. “Siente cómo estoy caliente… este hilo está empapado por ti”. Se quitaba el top lentamente, dejando sus tetas al aire, y las apretaba contra mi cara para que las chupara: “Muerde mis pezones… hazme gritar”. Luego se giraba, se inclinaba, y se sentaba en mi polla, tragándosela entera por la cuca que no paraba de correrse, gritar, gemir, jadear e implorar más y más pincho.

Durante ese mes, Valeria era un volcán conmigo: fogosa, agresiva, siempre pidiendo más duro, más profundo, gritando vulgaridades como “¡cógeme como puta! ¡rómpeme mi panocha!”. Pero también tenía momentos dulces: después del sexo, se acurrucaba contra mi pecho, besándome suave, susurrando “eres lo mejor que me ha pasado… no me dejes”. Conmigo era una mezcla perfecta: dulce en los besos finales, volcánica en la cama.

Sola, Valeria se vestía simple y práctica: jeans holgados o leggins de gym, sudaderas grandes que ocultaban sus curvas, cabello recogido en una cola, sin maquillaje, como la madre soltera agotada que era, cuidando a su hija y buscando trabajo. Pero conmigo, se transformaba: lencería sexy (hilos chiquitos, babydolls transparentes), tacones, maquillaje cargado con labios rojos y ojos delineados, para verse como una diosa erótica.

Con su ex, era diferente: me contó una vez, después de sexo, que con él se vestía más “decente” al principio (faldas hasta la rodilla, blusas abotonadas), pero en la cama era volcánica al extremo, gritando y pidiendo anal sin lubricante, dejando que la azotara hasta dejarle moretones. Era más dulce con él en público (por la hija), pero volcánica en privado, como si el odio acumulado se convirtiera en pasión tóxica.

Luego de ese mes de sexo loco y rico cada fin de semana (y entre semana), todo cambió. Una noche, después de follarla hasta que se meó tres veces de placer, Valeria se puso seria, acurrucada en la cama.

—Mi ex me llamó hoy… dice que, si no voy a verlo, me quitará a la hija. Que tiene pruebas de que soy una mala madre o algo.

Le dije que lo denunciáramos, que yo hablaría con él, que la ayudaría con abogados si era necesario.

—No… no quiero problemas. Iré yo sola. Hablaré con él y lo arreglo.

Intenté convencerla, pero fue firme: “No hables con él, por favor. Podría empeorar todo”. Acepté a regañadientes, pero esa noche que ella lo vio en su propio cuarto (él la citó en un motel discreto, no en su casa), no me dejó ni ir ni llamarla. “Espera hasta mañana… te cuento todo”, me escribió antes de apagar el teléfono. Pasé la noche en vela, imaginando lo peor, celoso y preocupado.

Al día siguiente, me llamó llorando: “Lo vi… hablamos… pero no pasó nada. Solo discutimos. No volveré con él”. Pero su voz temblaba, y supe que mentía. Con su ex, Valeria era más volcánica que nunca: se vestía provocativa para él (faldas cortas, escotes profundos, sin sostén para que sus tetas duras se marcaran), y en la cama era una fiera, gritando “¡cógeme duro, ¡rómpeme como antes!”, dejando que la detonara sin condón, tragando su semen con hambre. Era dulce con él en los momentos tiernos (por nostalgia y la hija), pero volcánica en el sexo, como si el rencor avivara el fuego. Conmigo era más equilibrada: dulce en la conexión emocional, volcánica en la pasión, pero sin la toxicidad.

Desde entonces, seguí viéndola, pero el fantasma de su ex siempre estaba ahí, amenazando con romper nuestro secreto.







El encuentro con el ex de Valeria ocurrió exactamente una semana después de que ella me dijera que “tenía que ir a hablar con él”. Me lo contó todo al día siguiente, pero con detalles que se fueron escapando en pedazos durante las siguientes noches, cuando volvía a su cama y el sexo se mezclaba con confesiones entre jadeos. Ella no quería contármelo todo de golpe, como si temiera que me alejara, pero yo insistía, y entre besos y embestidas, las palabras salían.

Esa noche que lo vio, Valeria se preparó como si fuera a una cita de venganza o reconciliación. Se vistió distinta a como lo hacía conmigo: nada de hilo dental ni lencería provocativa. Optó por algo “decente pero sexy”, como ella misma lo llamó: una falda negra ajustada hasta la rodilla que marcaba sus caderas anchas y su culo nalgón sin ser vulgar, una blusa blanca de botones que dejaba entrever el encaje negro del sostén (sin sostén push-up, pero sus tetas duras se marcaban igual), tacones medianos y el cabello suelto con ondas naturales. Se maquilló suave: labios nude, ojos delineados, pero con un toque de rubor que le daba un aire vulnerable. “Quería que viera que soy madre, que soy seria… pero también que siga siendo yo”, me confesó después, mientras se sentaba encima mío en su cama y me frotaba el coño mojado contra mi polla.

Se encontraron en un motel discreto en las afueras del barrio, uno de esos con estacionamiento privado y habitaciones que no preguntan nombres. Él la esperaba en el lobby: un tipo de su misma edad (alrededor de 30), moreno, alto, con barba descuidada y una camiseta ajustada que mostraba que seguía yendo al gym. No era guapo, pero tenía esa presencia de “chico malo” que a Valeria siempre la había enganchado. Se saludaron con un abrazo incómodo, ella rígida al principio, él con una sonrisa de quien sabe que todavía tiene poder.

Subieron a la habitación 207. Valeria me describió el lugar con detalle: cama king con sábanas blancas arrugadas, una lámpara roja tenue, un espejo grande frente a la cama, olor a desinfectante barato mezclado con cigarrillo viejo. Se sentaron en la cama a hablar. Al principio fue discusión: él le reprochaba que “no lo dejaba ver a la niña”, que “estaba criando a su hija con cualquiera”, que “si no volvía con él, iba a pelear la custodia”. Valeria le respondió fuerte: “No me amenaces. Tú me dejaste sola con ella. Yo me rompo el lomo trabajando y tú mandas migajas”. Él se acercó, le tomó la mano, cambió el tono a dulce: “Valeria… te extraño. Somos padres. Podemos intentarlo de nuevo. Por la niña”.

Ella me dijo que en ese momento sintió nostalgia, no amor. Nostalgia de cuando eran jóvenes, cuando él la cogía en moteles parecidos y ella se sentía deseada sin complicaciones. Él se inclinó y la besó. Ella dudó un segundo, pero respondió. El beso se volvió intenso: lenguas enredadas, manos de él subiendo por sus muslos bajo la falda, apretando su culo nalgón con fuerza. “Me estás mojando otra vez, puta”, le susurró él, y Valeria se rio bajito, chabacana: “Siempre me mojabas fácil, cabrón”.

Se desnudaron rápido. Valeria se quitó la blusa y la falda, quedando en sostén negro y tanga. Él le arrancó el sostén de un tirón, dejando sus tetas duras al aire, pezones oscuros erectos. Se los chupó fuerte, mordiendo, mientras sus dedos bajaban a su coño: “Estás chorreando… sigues siendo mi zorra”. Ella gimió, abriendo las piernas: “Cállate y cógeme… pero no pienses que esto significa algo”.

La puso de rodillas en la cama, le bajó el tanga y la penetró por el coño de un empujón. Valeria gritó: “¡Puta madre… sí… dame duro!”. Él la folló como animal, agarrándola de las caderas anchas, embistiendo con fuerza, sus nalgas rebotando contra su pelvis. “Te extraño este culo… sigue siendo el mejor”, gruñía él. Ella empujaba hacia atrás, follándolo ella a él: “¡Rómpeme, cabrón! ¡Cógeme como antes… pero no creas que vuelvo contigo!”.

La giró boca arriba, le abrió las piernas en V y volvió a entrar. Valeria se masturbaba el clítoris mientras él la embestía: “Más profundo… sí… me estás llegando al fondo… ¡me voy a correr!”. Se vino rápido, temblando, su vagina apretándolo fuerte.

Ella se quedó callada. Luego se levantó, se limpió con una toalla del baño, se vistió y le dijo: “No. Esto fue solo sexo. No vuelvas a amenazarme con la niña o te denuncio”. Salió del motel sin mirar atrás.

Me lo contó toda la noche siguiente, cuando volví a su cuarto. Estaba más volcánica que nunca: me recibió con un hilo rojo chiquito, bailándome en la sala, sentándose encima mío y frotando su coño mojado contra mi polla. “Hoy quiero que me folles más duro que él… que me hagas olvidar su verga”, me susurró, montándome salvaje, sus tetas rebotando en mi cara.

Con él era volcánica pura: gritos, azotes, anal sin preliminares, como si el odio y la nostalgia se convirtieran en sexo tóxico. Conmigo era volcánica también, pero con dulzura al final: después de corrernos, se acurrucaba, me besaba suave y me decía “contigo me siento segura… no me dejes”. Era dulce conmigo en los momentos post-sexo, como si yo fuera el refugio que su ex nunca le dio.

Pero después de esa noche con él, Valeria cambió sutilmente. Seguimos tirando casi a diario, pero ella empezó a mencionar más a su hija, a la estabilidad, y yo sentía que el fantasma del ex seguía ahí, listo para reaparecer.









Después de ese mes de sexo loco y apasionado, donde Valeria me recibía cada noche en su cuarto con su cuerpo moreno y curvilíneo temblando de anticipación, todo se derrumbó como un castillo de arena. Al principio, sus excusas eran sutiles: “Hoy no puedo, mi hija tiene tarea y se queda despierta hasta tarde”, o “Estoy cansada del trabajo, mejor mañana”. Pero yo notaba el cambio: sus mensajes se volvían más cortos, sus besos menos hambrientos, y en las pocas veces que nos veíamos, hablaba más de su ex, de cómo “la niña lo extraña” o “quizás deba darle una oportunidad por ella”. Intenté retenerla: le decía que la ayudaría con todo, que podíamos denunciarlo si la amenazaba, pero Valeria sacudía la cabeza, sus ojos grandes y oscuros llenos de duda. “Es complicado… él es el padre. No quiero que mi hija crezca sin él”. Una noche, después de follarla suave en su cama (ella encima, moviendo las caderas anchas en círculos lentos, gimiendo “sí… dame tu leche dentro…”), me lo dijo directo: “No podemos seguir. Él me llamó otra vez, dice que cambia, que quiere familia. Por respeto a él y a mi hija, no debemos vernos más”. Me besó una última vez, dulce y triste, y me empujó hacia la ventana. “No me busques, por favor. Es lo mejor”.

La respeté, o al menos lo intenté. Cambié de ruta con Max, evité el gym donde la veía salir, borré su número. Pero el deseo no se iba: soñaba con su culo nalgón rebotando contra mí, con sus tetas duras en mi boca, con cómo se venía multiorgásmica, meando de placer y tragando mi leche con esa sonrisa chabacana. Pasaron semanas de tortura, hasta que una tarde de diciembre de 2025, no pude más. Fui a su edificio, con Max como excusa, pero solo para verla de lejos. La puerta principal estaba entreabierta, como si alguien hubiera olvidado cerrarla. El corazón me latió fuerte. Subí las escaleras sigiloso, Max atado abajo. La puerta de su departamento también estaba entreabierta, un descuido que gritaba problemas. Me acerqué, oyendo voces del fondo: gemidos ahogados, risas, sonidos de piel contra piel. Era su cuarto. Me pegué a la pared del pasillo, el corazón en la garganta, y escuché todo. No entré, pero lo que oí me quemó por dentro.

Valeria estaba con él, su ex. La habitación estaba iluminada por una lámpara tenue, y por la rendija de la puerta entreabierta (ella siempre dejaba un resquicio por si su hija necesitaba algo), pude oír cada detalle, cada gemido, cada palabra vulgar. Valeria estaba cargada de deseo reprimido: su voz ronca suplicando más, su cuerpo entregado como nunca. Él, el ex, era un cabrón vulgar, sin filtros, tratándola como objeto mientras le lavaba el cerebro para que me olvidara.

Empezó con besos ruidosos, chupones que sonaban como succiones. Valeria jadeaba: “Ay… sí… bésame más… te extrañé tanto”. Él reía grosero: “Cállate, puta… abre la boca y chúpame la verga ya”. La empujó a la cama, se bajó los pantalones, y ella se arrodilló. Oí el sonido de su boca tragando: arcadas suaves, saliva chorreando. Valeria gemía con deseo: “Qué rica… me encanta chupártela… métemela hasta la garganta”. Él gruñía: “Trágatela toda, zorra… eres mi puta otra vez… olvídate de ese cornudo con el perro… no volverás con él, ¿verdad?”. Ella, con la boca llena, murmuraba “No… soy solo tuya… cógeme como quieras”.

La levantó y la puso en misionero primero: la penetró de golpe, embistiendo fuerte. Valeria gritaba de placer: “¡Sí… dame duro… me estás rompiendo el coño!”. Él era vulgar: “Cállate y abre las piernas más… este coño es mío… ¿quién te folla mejor, yo o ese pendejo?”. Ella, volcánica, respondía entre gemidos: “Tú… tú me das más duro… ¡fóllame, cabrón!”. Cambiaron a perrito: él la agarró de las caderas anchas, embistiendo desde atrás, su culo nalgón rebotando con cada empujón. “Mira este culo… siempre fue mío… no volverás con ese idiota, ¿verdad? Di que eres solo mía”. Valeria, cargada de deseo, su voz ronca y temblorosa: “Sí… no volveré con él… soy tuya… solo tuya… ¡rómpeme el culo con tu verga!”. Él azotaba sus nalgas, dejando marcas rojas y ordenando que se moviera mas rápido y le apriete para venirse.

Cambió a ella encima: Valeria lo montó con ferocidad, sus caderas anchas girando en círculos, sus tetas duras rebotando en la cara de él. “¡Sí… me corro… dame más!”. Él gruñía: “Móntame, puta… esta concha es mía para siempre… olvídate de ese cornudo… di que no volverás con él”. Ella, en éxtasis, gritaba: “No volveré… soy solo tuya… ¡me vengo otra vez!”. Finalmente, la puso de rodillas para el final: eyaculó en su boca, chorros calientes que ella tragó entera, chupando hasta la última gota. “Trágatela toda, zorra… buena puta”. Valeria gemía con deseo: “Qué rica leche… me encanta tragármela… soy tuya”.

Oí todo, paralizado en el pasillo, el deseo y los celos quemándome. Salí sin que me vieran, pero esa noche supe que Valeria había elegido: volcánica con él, dulce en sus mentiras, pero lejos de mí para siempre.




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Al día siguiente, me dejó el audio definitivo: “No me busques… me mudé con él. Mi hija se queda con mi mamá por ahora. No me sigas. Adiós”. Y el silencio cayó como una losa.

Pero un mes después empezaron los audios nocturnos, confesiones de una mujer atrapada en un infierno que ella misma había elegido.







Valeria, después de ese encuentro tóxico con su ex que escuché a escondidas, se hundió en un pozo de confusión y rabia. Me dejó ese audio definitivo, mudándose con él y dejando a su hija con su madre temporalmente, pero su vida con él se volvió un infierno rápido: amenazas constantes, celos enfermizos, y esa forma vulgar de tratarla como objeto. “Soy su puta, pero me siento atrapada”, me había confesado en uno de esos audios nocturnos que me enviaba a escondidas, su voz temblorosa de deseo reprimido y lágrimas. Un mes después, los audios se volvieron más desesperados: “No aguanto más… él me obliga a coquetear con sus amigos, a vestirme con minis que dejan ver mis hilos, a bailar para ellos en fiestas caseras… me manosearon en una casa alejada de Lima, pero no pasó nada más porque él lo controlaba todo. Soy la atracción, pero me siento sucia”. En uno de los últimos, jadeaba como si se tocara: “Pienso en ti mientras él me folla… pero tengo que irme de aquí”.

Y así fue. Valeria conoció a una bailarina en una de esas fiestas que su ex organizaba. Se llamaba Luna, una chica de 25 años, rubia teñida con piel clara, delgada, pero con curvas atléticas de tanto bailar en clubes nocturnos. Luna era extrovertida, con una risa contagiosa y un tatuaje de una luna creciente en la cadera que asomaba por sus shorts cortos. Valeria, vestida con una mini roja que apenas cubría su culo nalgón, bailaba en el centro de la sala como siempre: moviendo las caderas anchas en círculos sensuales, su hilo negro asomando cuando se inclinaba, sudando bajo las luces estroboscópicas. Los amigos de su ex la miraban con hambre, uno rozándole el muslo, otro pellizcándole el culo, pero Luna se acercó bailando a su lado, protegiéndola con su cuerpo.

“Tranquila, hermana… no dejes que te toquen si no quieres”, le susurró Luna al oído, con una sonrisa solidaria. Valeria, ingenua y coqueta como siempre, rio bajito: “Gracias… es que mi novio… él me obliga”. Luna la miró fijo, sus ojos verdes brillantes: “Novio? Ese cabrón no te merece. Vamos a tomar algo y hablamos”. Se escaparon a la cocina, donde Luna le dio un trago fuerte: “Soy bailarina en un club del centro… veo chicas como tú todo el tiempo, atrapadas con idiotas. ¿Por qué no te vas?”. Valeria, con su voz tierna y media niña, confesó todo: su ex, la hija, el miedo. “No sé… soy sumisa con él, pero me siento mal”. Luna la abrazó: “Ven conmigo. Mañana nos vamos lejos. Tengo una amiga en Arequipa que nos puede ayudar. Seremos libres”.

Al día siguiente, Valeria hizo las maletas a escondidas. Vestida simple, como la madre soltera que era: jeans holgados que ocultaban sus curvas, sudadera grande, cabello recogido, sin maquillaje. Dejó una nota a su ex: “No me busques. Me voy con mi hija”. Recogió a la niña de la casa de su madre, y las tres (Valeria, su hija y Luna) tomaron un bus nocturno a Arequipa, una ciudad lejana, con montañas y un aire fresco que prometía un nuevo comienzo. Allá, Luna las instaló en un departamento compartido con otras bailarinas: pequeño pero alegre, con música siempre sonando y ropa sexy regada por el suelo.

En Arequipa, Valeria empezó a trabajar en un café de día, vestida recatada: faldas hasta la rodilla, blusas abotonadas, como una mamá dulce y tierna que cuidaba a su hija adolescente. Pero por las noches, influenciada por Luna, salía a bares con ella, vestida más coqueta: minis ajustadas que marcaban sus caderas anchas, tops escotados que dejaban ver el valle de sus tetas duras, tacones que acentuaban su culo nalgón. Era ingenua en ese nuevo mundo: coqueteaba sin darse cuenta, con sonrisas tímidas y risas de niña, sumisa cuando un chico la invitaba a bailar, pero tierna al rechazar avances: “No… soy mamá soltera, no busco nada serio”.

Allí conoció a Mateo, un chico bueno de 25 años, menor que ella, estudiante de ingeniería en la universidad local. Lo vio en un bar donde Luna bailaba con amigas, y él era el único hombre solo, bebiendo una cerveza, con una sonrisa limpia y ojos claros que no miraban con lujuria. Valeria, vestida con una mini negra y top rojo que acentuaba sus curvas morenas, se acercó ingenua: “Hola… ¿estás solo? Yo soy Valeria, nueva en la ciudad”. Mateo se sonrojó: “Sí… soy Mateo. ¿Quieres sentarte? Pareces perdida”. Charlaron horas: ella le contó de su hija, de su escape de Lima (sin detalles del ex), coqueteando sutilmente con toques en el brazo y risas de niña. Él era tierno: “Eres valiente… me gustaría verte de nuevo”.

Salieron un tiempo: tres meses de citas inocentes. Mateo era bueno, respetuoso, llevándola a parques, cafés, cine con su hija a veces. Valeria se vestía dulce para él: vestidos floreados hasta la rodilla, sandalias planas, maquillaje natural, como una niña ingenua y sumisa que necesitaba protección. “Eres tan lindo… me haces sentir segura”, le decía tierna, besándolo suave en la mejilla. No pasaba nada: ni sexo, ni toques profundos. Valeria vivía traumada por su ex: “No estoy lista… él me hizo daño”, le confesaba sumisa, con ojos de niña asustada. Mateo respetaba: “No hay prisa… te quiero así”.

Hasta que una noche de copas, en un bar con música salsa, todo cambió. Valeria se desenvuelve mejor con alcohol: se vistió coqueta esa vez, ingenua pero tentadora: mini jean que subía al caminar, dejando ver el borde de su hilo blanco, top ajustado sin sostén, sus tetas duras marcándose con cada movimiento, tacones altos que acentuaban su culo nalgón, cabello suelto y maquillaje con labios rojos. Tomaron shots: “Uno más… me siento viva”, reía ella, coqueta, sentándose en su regazo por primera vez, frotándose sutilmente. Mateo, excitado: “Valeria… estás preciosa… pero no te obligo a nada”. Ella, ingenua y sumisa, pero con su libido despertando: “No… quiero… pero tengo miedo”. Bailaron pegados: sus caderas anchas contra su entrepierna, su culo rozando su polla dura. “Siente cómo me pones…”, susurró él. Ella, media niña: “¿Sí? ¿Te gusto tanto?”.

Volvieron a su departamento (Luna cuidaba a la hija). En la cama, Valeria dijo no al principio: “No estoy lista… soy traumada”. Pero su lado sexual, su libido, cayó ante el joven menor: se besaron intensos, sus manos bajando a su polla. “Tócame… pero suave”, susurró sumisa. Mateo le quitó la mini, vio su hilo empapado: “Estás mojada…”. Ella, coqueta y tierna: “Por ti… métemela despacio… soy como una niña virgen otra vez”. La penetró lento, su coño apretado tragándolo: “Ay… sí… eres tan grande… cógeme tierno” y a la vez “Más duro… rómpeme… ¡soy tu puta ahora!”. Se vino multiorgásmica, tragando su leche al final con besos sucios. “Te quiero… pero fóllame siempre así”, dijo tierna, acurrucada como niña.

Después de tres meses de salida inocente, esa noche liberó su deseo: ingenua y sumisa al inicio, coqueta y volcánica al final, encontrando en Mateo un equilibrio que su ex nunca le dio.







Valeria y Mateo siguieron saliendo durante tres meses en Arequipa, en un ritmo lento y dulce que contrastaba con el caos que ella había dejado en Lima. Mateo era paciente, tierno, siempre con esa sonrisa tímida que la hacía sentir segura, como si fuera la primera vez que alguien la miraba sin exigirle nada. Valeria, con su trauma todavía latiendo bajo la piel, se mantenía en una frontera delicada: coqueta pero ingenua, sumisa en los pequeños gestos, tierna como una niña que teme romperse si la tocan demasiado fuerte.

Salían a caminar por el centro histórico, tomaban helados en la Plaza de Armas, veían atardeceres en el mirador de Yanahuara. Ella se vestía sencilla pero femenina: vestidos floreados que caían suaves sobre sus caderas anchas, sandalias planas, el cabello suelto con ondas naturales, un toque de brillo en los labios carnosos y un perfume suave de vainilla que se pegaba a su piel morena. Mateo la tomaba de la mano con cuidado, como si temiera asustarla, y ella se dejaba llevar, apoyando la cabeza en su hombro cuando se sentaban en un banco. “Eres tan bueno conmigo…”, le susurraba a veces, con voz de niña, y él se sonrojaba: “Solo quiero que te sientas bien, Vale… no hay prisa”.

Pero la tensión crecía poco a poco. En las despedidas, los besos en la mejilla se volvían más largos, los abrazos más apretados. Ella sentía cómo su cuerpo respondía: los pezones se endurecían bajo la tela del vestido, el coño se humedecía solo con oler su colonia fresca. Mateo lo notaba también: sus manos temblaban cuando la abrazaba por la cintura, su respiración se aceleraba cuando sus caderas anchas rozaban su entrepierna. “Te deseo tanto… pero no quiero presionarte”, le confesó una noche en el portal de su casa. Valeria, con los ojos brillantes, le acarició la mejilla: “Yo también te deseo… pero tengo miedo. Mi ex me dejó rota… no sé si puedo ser normal otra vez”.

La noche que todo cambió fue en una fiesta de cumpleaños de Luna, en un bar pequeño con terraza y luces cálidas. Había alcohol, reggaetón suave de fondo y un ambiente relajado. Valeria se permitió soltarse un poco más: se puso una mini negra ajustada que subía peligrosamente al moverse, dejando ver el borde de su hilo blanco, un top escotado que marcaba sus tetas duras sin sostén, y tacones que acentuaban el balanceo hipnótico de su culo nalgón. Se maquilló con labios rojos intensos y delineador que hacía sus ojos más grandes y vulnerables. Mateo no podía quitarle los ojos de encima: “Estás… preciosa”, balbuceó, y ella rio coqueta, ingenua: “¿De verdad? No estoy acostumbrada a que me miren así… sin querer nada a cambio”.

Bebieron shots de pisco sour, bailaron pegados. Valeria, con el alcohol calentándole las venas, se desenvuelve mejor: se movía contra él con sensualidad natural, sus caderas anchas rozando su entrepierna dura, su culo nalgón presionando contra su verga. “Siento cómo te pones…”, le susurró al oído, con voz tierna y media niña. Mateo, rojo, la abrazó por la cintura: “No puedo evitarlo… te deseo desde el primer día”. Ella, sumisa y coqueta, se mordió el labio: “Yo también… pero tengo miedo de que me hagas daño”. Él la besó suave, lento, en medio de la pista: “Nunca te haría daño, Vale… solo quiero cuidarte”.

Volvieron caminando a su departamento, de la mano, el silencio cargado de electricidad. Luna había salido con amigas, la hija dormía en casa de una tía. Entraron, cerraron la puerta. Valeria, ingenua y temblorosa, se quedó parada en la sala: “No sé si estoy lista… pero quiero intentarlo contigo”. Mateo se acercó despacio, le acarició la mejilla: “Solo lo que tú quieras. Si dices no, paramos”. Ella asintió, con ojos de niña: “Bésame… despacito”.

El beso empezó tierno: labios suaves, lenguas tímidas, manos en la cintura. Pero el deseo de Valeria, reprimido durante meses, se desató como una ola. Lo besó con hambre, su lengua explorando su boca, sus manos bajando a su cinturón. “Te quiero dentro… pero suave al principio… soy como una niña otra vez”, susurró, sumisa. Mateo la levantó en brazos con cuidado, la llevó a la cama. Le quitó la mini despacio, revelando su hilo blanco empapado: “Estás tan mojada…”. Ella, coqueta y tierna: “Por ti… solo por ti”.

Se desnudaron mutuamente. El cuerpo de Valeria era un sueño: piel morena brillante, tetas duras con pezones oscuros erectos, caderas anchas que invitaban a agarrar, culo nalgón redondo y firme. Mateo lo besó todo: sus pezones, su ombligo, el interior de sus muslos. Cuando llegó a su coño, lamió suave el clítoris hinchado: “Sabes tan dulce…”. Valeria gimió, arqueándose: “Ay… sí… chúpame despacito… me haces temblar”. Él la devoró con ternura, la lengua girando en círculos lentos, metiéndose dentro de su coño caliente. Ella se vino suave al principio, un orgasmo tierno que la dejó jadeando: “Me corro… despacito… qué rico me haces sentir”.

Luego ella se arrodilló, tomó su polla dura con manos temblorosas: “Es tan bonita… quiero probarla”. La lamió con inocencia coqueta, chupando la punta, luego más profundo, gimiendo: “Mmm… sabe rico… quiero tragármela toda”. Mateo gimió: “No tienes que…”. Ella, sumisa y tierna: “Quiero… por ti”. Se la chupó con devoción, mirándolo con ojos de niña mientras saliva le corría por la barbilla.

Mateo la acostó, le abrió las piernas con cuidado. “¿Estás segura?”, preguntó. Ella asintió, con voz de niña: “Sí… métemela despacito… quiero sentirte”. Entró lento, centímetro a centímetro, su coño apretado tragándolo entero. Valeria gimió largo: “Ay… qué grande… me llenas toda…”. Él se movió suave, besándole el cuello, los pechos, susurrando: “Eres hermosa… te quiero tanto”. Ella, tierna al principio, empezó a mover las caderas: “Más… más rápido… no me rompas, pero cógeme rico”.

El ritmo creció: embestidas profundas pero cariñosas, sus tetas rebotando suave, su culo nalgón apretando contra la cama. Valeria se vino otra vez, temblando: “Me corro… despacito… ay, Mateo…”. Él siguió, besándola: “Voy a correrme… ¿dónde?”. Ella, coqueta y sumisa: “En mi boca… quiero tragarte”. Se arrodilló, lo chupó hasta que eyaculó: chorros calientes que ella tragó entera, lamiendo los restos con lengua tierna. “Qué rico sabe tu leche… me encanta”, susurró, besándolo después con la boca llena de su sabor.

Se acurrucaron, ella sobre su pecho: “Gracias por ser tan dulce… contigo me siento segura… como una niña otra vez”. Mateo la abrazó: “Te quiero, Vale… y voy a cuidarte siempre”.

Esa noche, después de tres meses de espera, Valeria se entregó por completo: ingenua, coqueta, sumisa y tierna, pero con su libido volcánica despertando en brazos de un chico bueno que la trataba como princesa, no como puta. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió amada de verdad.



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Valeria, después de esa noche tierna y liberadora con Mateo en Arequipa, empezó a descubrir un lado de sí misma que había estado dormido durante años. El sexo con él no era solo físico: era dulce, lento, lleno de caricias y susurros. Mateo la trataba como una princesa, besándole cada centímetro del cuerpo con reverencia, lamiéndola hasta que se venía temblando de placer suave, penetrándola despacio para que sintiera cada centímetro, y terminando siempre dentro de ella o en su boca, con besos profundos después. “Eres perfecta… te quiero tanto”, le decía él, y Valeria, ingenua y tierna, se acurrucaba contra su pecho sintiéndose amada por primera vez sin condiciones.

Pero esa dulzura despertó en ella una adicción nueva: el sexo se volvió su forma de sentirse viva, deseada, segura. Con Mateo, que estudiaba ingeniería y tenía horarios intensos (clases, proyectos, exámenes), no podían verse todos los días. A veces pasaban cuatro o cinco días sin tocarse, y Valeria empezaba a sentir un vacío que la consumía. Se masturbaba pensando en él, en cómo tragaba su leche con ternura. “Te extraño dentro de mí…”, le escribía en mensajes nocturnos, y él respondía con voz notas tiernas: “Pronto, mi amor… te extraño también”. Pero la espera la volvía loca: su libido, antes reprimida por el trauma, ahora era un fuego constante. Se volvía adicta al orgasmo, al calor de un cuerpo encima del suyo, a sentirse llena.

Tres meses después de esa primera vez, Valeria decidió volver a Lima. Su hija la extrañaba mucho, y la madre de Valeria insistía en que regresara para estabilizar la vida familiar. Mateo la acompañó al aeropuerto, llorando los dos en el abrazo de despedida. “Vuelvo en vacaciones… te espero”, le dijo él. Valeria lloró en el avión, pero al llegar a Lima sintió un alivio extraño: volver a su ciudad, a sus calles, a su rutina. Pero el vacío sexual no se fue. Su ex ya no estaba en escena (había desaparecido después de que ella se fue), pero el deseo seguía ahí, latiendo fuerte.

En Lima, trabajando de nuevo como mesera en un restaurante del centro, conoció a otro chico: se llamaba Diego, 28 años, mesero en el mismo lugar, moreno, alto, con una sonrisa confiada y manos grandes. Diego era directo, pero no agresivo: la invitaba a salir, la hacía reír con bromas tontas, la miraba con deseo, pero sin presionar. Salieron varias veces: cine, cevicherías, caminatas por el malecón. Valeria se vestía coqueta pero ingenua: minis ajustadas que marcaban sus caderas anchas, tops que dejaban ver el borde de sus tetas duras, tacones que acentuaban su culo nalgón. Diego la besaba en las despedidas, profundo pero respetuoso, y ella sentía el fuego subiendo: su coño se mojaba solo con su aliento en el cuello.

Un día, después de un turno largo, Diego la invitó a su departamento “solo para tomar algo”. Valeria aceptó, nerviosa pero excitada. Se sentó en su sofá, con un mini jean que subía al cruzar las piernas, dejando ver su hilo blanco empapado. Diego se acercó, la besó suave: “Eres hermosa… no quiero apresurarte”. Ella, sumisa y tierna, respondió: “Tengo miedo… mi ex me dejó rota… pero contigo me siento bien”. Se besaron más intenso, sus manos bajando a sus tetas, apretándolas suave por encima del top. Valeria gimió bajito: “Tócame… pero despacito…”.

Diego le quitó el top, besó sus pezones oscuros hasta que se endurecieron como piedritas. Bajó la mano bajo su mini, rozó su hilo empapado: “Estás tan mojada…”. Ella, coqueta y media niña: “Por ti… me pones así”. Le quitó la mini y el hilo, abrió sus piernas: su coño moreno y depilado brillaba de jugos. Diego lamió suave, girando la lengua en su clítoris: “Sabes dulce… déjame hacerte sentir bien”. Valeria se arqueó, gimiendo tierna: “Ay… sí… chúpame despacito… me haces temblar”. Se vino suave.

Luego ella lo desnudó, tomó su verga dura: “Es tan bonita… quiero probarla”. La chupó con ternura, lamiendo la punta, luego más profundo, gimiendo: “Mmm… sabe rico…”. Diego la levantó, la llevó a la cama: “¿Estás segura?”. Ella, ingenua y sumisa: “Sí… métemela despacito… quiero sentirte”. Entró lento, su coño apretado tragándolo entero. Valeria gimió largo: “Ay… qué rico… me llenas toda…”. Él se movió suave, besándola: “Te quiero, Vale… voy despacio”. Pero el deseo de Valeria, adicto ya al sexo, se desató: “Más… más rápido… no me rompas, pero cógeme rico…”.

Folló con pasión tierna: embestidas profundas, sus tetas rebotando suave, su culo nalgón apretando contra la cama. Se vino dos veces, temblando: “Me corro… despacito… ay, Diego…”. Él eyaculó dentro de ella, chorros calientes que la llenaron. Se acurrucaron, ella sobre su pecho: “Gracias por ser tan dulce… contigo me siento segura… como una niña otra vez”.

Pero al día siguiente, Valeria me llamó (había desbloqueado mi número en un impulso). Su voz era tierna, casi de niña: “Necesito hablar contigo… no quiero sexo, solo consejo”. Nos vimos en un café del centro. Estaba vestida sencilla: jeans, sudadera, cabello recogido, sin maquillaje, como la mamá dulce que era. Me contó todo: Mateo en Arequipa (lo extrañaba), su adicción al sexo que la asustaba, y ahora Diego. “Con él me siento bien… es tierno, me hace sentir deseada sin presión… pero tengo miedo de entregarme del todo. ¿Debería dejarme llevar? ¿O mejor no? No quiero volver a romperme”.

La miré, sintiendo un nudo en el pecho: “Valeria… si te hace sentir segura y amada, dale una oportunidad. Pero escúchate a ti misma. No te entregues por miedo o por necesidad. Tú vales mucho más que eso”.

Ella asintió, con ojos de niña: “Gracias… siempre fuiste bueno conmigo”. Me abrazó fuerte, un abrazo tierno y largo, y se fue. No volvimos a vernos físicamente, pero de vez en cuando me llegaba un mensaje: “Estoy bien… con Diego todo va lento y dulce… gracias por el consejo”. Y yo, con el recuerdo de su cuerpo moreno y curvilíneo, de sus gemidos tiernos y volcánicos, supe que había cerrado un capítulo. Valeria, la madre soltera adicta al placer, ahora buscaba algo más: amor, no solo sexo. Y quizás, con Diego, lo estaba encontrando.







Valeria y Diego siguieron saliendo en Lima durante varios meses más después de esa primera noche de copas donde ella se entregó por completo, liberando su libido reprimida en un torbellino de pasión tierna y desatada. Al principio, fue como un sueño: él la trataba con una dulzura que la hacía sentir segura, como una niña protegida en brazos de un príncipe, pero pronto Valeria se dio cuenta de que lo que sentía por él era una mezcla complicada. Se enamoraba, sí: de sus besos suaves, de cómo la escuchaba hablar de su hija sin juzgarla, de cómo la hacía reír con chistes tontos en las caminatas por el malecón. “Diego es bueno… me hace sentir viva otra vez”, me confesó una vez por mensaje, su voz en el audio temblando de emoción. Pero en el fondo, sabía que era más sexo que amor profundo. Su adicción al placer había despertado con fuerza: cada cita terminaba en su departamento o en el de él, con horas de cuerpos entrelazados, sudados, explorando límites que con Mateo nunca había tocado. “Con él es fuego puro… me hace correrme hasta que tiemblo, pero no sé si es amor o solo lujuria”, me dijo en uno de esos consejos que me pedía, su voz ronca como si se tocara al recordarlo.

Diego, con sus 28 años, era un amante atento pero cada vez más audaz: la besaba con hambre, sus manos grandes recorriendo sus curvas morenas como si fueran un mapa que conocía de memoria. Valeria se volvía volcánica con él: multiorgásmica, tragando su leche con besos sucios y profundos. Pero una noche, después de tres meses de esa relación intensa, Diego quiso ir más allá. Fue una noche bella y dolorosa, como ella misma la describió cuando me lo contó todo, semanas después, en un café del centro de Lima. Se sentó frente a mí, vestida recatada con jeans y sudadera, pero sus ojos brillaban con una mezcla de vergüenza y excitación al revivirlo. “Fue mágico y aterrador… me hizo llorar, sangrar, pero también me dio un placer que nunca sentí. Te lo cuento porque confío en ti… y porque necesito desahogarme”.

Todo empezó con una cena romántica que Diego planeó para celebrar sus tres meses. La invitó a su departamento, un lugar pequeño pero acogedor en Miraflores, con velas en la mesa, música suave de salsa romántica de fondo y una botella de vino tinto. Valeria se preparó con esmero, sabiendo que esa noche podría ser especial: se depiló todo el cuerpo con cuidado, dejando su coño moreno liso como seda, su ano rosado expuesto y vulnerable. Se puso un vestido ceñido negro, de tela elástica que abrazaba sus caderas anchas y su culo nalgón como una segunda piel, sin sostén para que sus tetas duras se marcaran con cada movimiento, y sin calzón, solo para sentir el roce del aire en su intimidad ya húmeda de anticipación. Se maquilló con labios rojos intensos que invitaban a besos, ojos delineados en negro para resaltar su mirada ingenua y coqueta, y se perfumó con una fragancia dulce de jazmín y vainilla que se adhería a su piel morena como un velo seductor. “Me sentía sexy… como una mujer nueva, pero también como una niña nerviosa”, me contó, mordiéndose el labio al recordar.

Llegó a su casa puntal, el vestido ceñido subiendo un poco al caminar, dejando ver el inicio de sus muslos gruesos. Diego abrió la puerta, vestido casual con camisa abierta que mostraba su pecho moreno, y la miró con ojos hambrientos: “Dios, Valeria… estás para comerte entera”. La besó suave en la puerta, sus labios rozando los de ella con ternura, pero pronto el beso se volvió erótico: lenguas enredadas, sus manos bajando a su culo nalgón, apretándolo fuerte. “No traes nada abajo… qué puta tierna eres”, susurró él cachondo, metiendo un dedo entre sus nalgas para rozar su coño ya mojado. Ella gimió bajito, coqueta y sumisa: “Quería sorprenderte… tócame más… pero despacito, amor”.

Cenaron entre risas y copas de vino, pero el deseo flotaba en el aire. Diego la miró fijo: “Quiero hacer algo especial esta noche… algo que nunca has hecho”. Valeria se sonrojó, ingenua: “¿Qué? Me das miedo… pero confío en ti”. Él sacó un lubricante de la mesa de noche, un gel transparente y fresco: “Quiero entrar por atrás… pero solo si quieres. Te prometo que iré despacio, como una caricia”. Ella dudó, tierna como una niña: “Nunca lo hice… soy virgen ahí… me da miedo que duela”. Él la besó suave, erótico: “Te quiero tanto… déjame mostrarte placer nuevo. Si duele, paro. Seré tierno, pero cachondo por ti”.

Se mudaron a la cama. Valeria se quitó el vestido lentamente, quedando desnuda: su piel morena brillante bajo la luz de las velas, tetas duras con pezones erectos, coño depilado goteando jugos que le corrían por los muslos. Diego la admiró: “Eres una diosa… ese culo nalgón me vuelve loco”. La besó todo el cuerpo: cuello, tetas (chupando pezones hasta que gimió), ombligo, muslos. Llegó a su coño, lamiéndolo suave: “Sabes tan dulce… abre las piernas más, mi amor”. Ella se arqueó, sumisa: “Ay… sí… chúpame despacito… me haces temblar”. Se vino tierna, un orgasmo suave que la dejó jadeando.

Luego la giró boca abajo, besándole el culo nalgón con ternura: “Relájate, mi niña… voy a prepararte”. Echó lubricante fresco en su ano rosado, masajeándolo con un dedo: “Siente cómo entra despacio… qué apretado estás”. Valeria gimió, coqueta: “Ay… es raro… pero rico… mételo más”. Él añadió un segundo dedo, moviéndolos lento, erótico: “Qué caliente estás por atrás… imagínate mi polla ahí… te voy a llenar de placer”. Ella, tierna pero cachonda: “Sí… pero despacito… no me rompas, amor”.

Cuando estuvo lista, él se lubricó la polla dura, la punta goteando pre-semen: “Ahora, mi amor… relájate y empuja hacia atrás”. Entró despacio, centímetro a centímetro, el ano virgen de Valeria estirándose dolorosamente. Ella lloró: “Ay… duele… despacito… me estás rompiendo”. Sangró un poco, un hilo rojo mezclado con lubricante, pero el placer crecía: “Sí… duele rico… métela más…”. Él demoró, entrando y saliendo lento, susurrando tierno: “Eres valiente, mi niña… siente cómo te lleno… qué apretado y caliente”. Diálogos eróticos y cachondos: “Tu culo me aprieta como un guante… eres mi puta tierna ahora”. Ella, entre lágrimas y gemidos: “Sí… cógeme el ano… duele pero me gusta… más profundo, amor… hazme tuya por atrás”.

Aceleró suave, embistiendo con ternura, sus tetas rebotando contra la cama. Valeria se vino anal, un orgasmo intenso que la hizo llorar de placer: “Ay… me corro por el culo… ¡qué rico, amor!”. Él eyaculó dentro, chorros calientes inundándola: “Toma mi leche… te quiero tanto”. Se acurrucaron, él besándole las lágrimas: “Fue bello… doloroso pero bello, ¿verdad?”. Ella, tierna: “Sí… me hiciste mujer completa… gracias por ser dulce”.

Valeria se enamoró más de Diego, pero sabía que era más sexo: “Con él es fuego tierno… me hace adicta, pero no sé si es para siempre”. Me lo contó todo en ese café, con detalles que me ponían duro: el lubricante fresco, el dolor mezclado con placer, sus lágrimas y su orgasmo final. “Fue mágico… pero duele recordarlo”. Y yo, escuchando, supe que Valeria había encontrado un equilibrio que yo nunca le di.





Valeria me citó una tarde de febrero en el mismo café del centro donde nos habíamos visto antes. Llegó puntual, vestida sencilla, pero con ese aire coqueto que nunca perdía: jeans ajustados que marcaban sus caderas anchas y su culo nalgón, una blusa blanca abotonada que dejaba entrever el encaje negro del sostén, cabello suelto con ondas naturales y un toque de perfume de vainilla que me golpeó al sentarse frente a mí. Sus ojos grandes estaban un poco hinchados, como si hubiera llorado, pero su sonrisa era tierna, casi de niña culpable.

—Gracias por venir… necesitaba hablar con alguien que me conoce de verdad —dijo bajito, jugueteando con la cucharita del café—. No sé a quién más contarle esto.

Empezó contándome lo de Diego: cómo se había enamorado de él, de su dulzura, de cómo la hacía sentir segura. Pero luego su voz bajó más, casi un susurro.

—Hace unos días… no pude verlo. Tenía un examen importante y me canceló la cita. Me dolió, pero lo entendí. Luego, esa misma noche, vi en sus historias de Instagram que estaba en un bar con una chica. No sé si pasó algo, pero se veían muy cercanos: ella le tocaba el brazo, reían… Me rompió el corazón. Me sentí traicionada, usada. Toda esa adicción al sexo que desperté con él… de repente me sentí vacía.

Hizo una pausa, tomó un sorbo de café, y siguió.

—Esa noche estaba sola en casa. Mi hija estaba con mi mamá. Me sentía triste, caliente, furiosa. Y entonces… vino el vecino. Se llama Carlos, tiene 35 años, vive en el departamento de al lado. Siempre me saludaba amable, me ayudaba con las bolsas del mercado. Esa noche golpeó la puerta: “Valeria, ¿todo bien? Te oí llorar”. Abrí sin pensar. Estaba vestida con una bata corta, nada debajo, el cabello desordenado. Lo dejé pasar.

Valeria bajó la mirada, pero su voz se volvió más ronca, cargada de deseo al recordar.

—Nos sentamos en el sofá. Me abrazó para consolarme, y yo… no sé qué me pasó. Estaba tan herida, tan caliente por dentro. Lo besé primero. Fue un beso desesperado, con lágrimas. Él se sorprendió, pero respondió. “¿Estás segura?”, me preguntó tierno. Yo, sumisa y coqueta como siempre: “Sí… necesito sentir algo… hazme olvidar”.

Lo llevó a su cuarto. Se quitó la bata despacio, quedando desnuda frente a él: piel morena brillante bajo la luz tenue de la lámpara, tetas duras con pezones oscuros erectos, coño depilado ya chorreando jugos por los muslos, culo nalgón invitando a ser agarrado. Carlos la miró con hambre: “Dios… eres perfecta”. La besó todo el cuerpo: cuello, tetas (chupando pezones hasta que ella gimió bajito), ombligo, muslos. Llegó a su coño y lo lamió con devoción: lengua girando en el clítoris hinchado, metiéndose dentro, saboreando sus jugos dulces. Valeria se arqueó: “Ay… sí… chúpame despacito…

Luego ella se arrodilló, tomó su polla dura (gruesa, venosa, con la punta goteando): “Es tan rica… quiero probarla”. La chupó con ternura al principio, lamiendo la punta, luego más profundo, gimiendo: “Mmm… me llena la boca… quiero tragármela toda”. Carlos gimió: “Eres una diosa… chúpamela así”.

La puso en la cama, de espaldas, y la penetró por el coño de golpe. Valeria gritó de placer: “¡Puta madre… sí… métemela toda… rómpeme!”. Él la folló fuerte pero cariñoso, embistiendo profundo, sus caderas anchas chocando contra su pelvis, su culo nalgón rebotando con cada empujón. “Qué coño tan apretado… me estás ordeñando”,

Luego la giró boca abajo, besándole el culo nalgón: “Quiero probar tu ano… ¿me dejas?”. Valeria dudó, tierna: “Soy virgen ahí… me da miedo”. Pero el deseo ganó: “Despacito… con mucho lubricante”. Él sacó gel, lo aplicó generoso en su ano rosado y en su polla. Entró centímetro a centímetro, doloroso al principio: ella lloró: “Ay… duele… pero no pares…”. Sangró un poco, un hilo rojo mezclado con lubricante, pero el placer creció: “Sí… duele rico… métela más…”. Él demoró, entrando y saliendo lento, susurrando: “Eres valiente, mi niña… qué apretado estás… te voy a llenar de placer”.

Aceleró suave, embistiendo con ternura, sus tetas rebotando contra la cama. Valeria se masturbaba el clítoris: “Ay… me corro por el culo… ¡qué rico!”. Él eyaculó dentro, chorros calientes inundándola: “Toma mi leche… te quiero tanto”. Se acurrucaron, ella llorando de placer y dolor: “Fue bello… doloroso pero bello… gracias por ser dulce”.

Valeria me miró en el café, con ojos brillantes: “Fue sexo rico… muy placentero. Me hizo sentir viva otra vez. Pero no sé si fue amor o solo necesidad. Con Diego me sentía segura, con Carlos fue puro fuego. ¿Qué hago? ¿Sigo con Diego, o me dejo llevar por esto que me hace sentir tan mujer?”.

Yo, escuchando cada detalle con el corazón apretado, solo pude decir: “Valeria… haz lo que te haga sentir completa. No te conformes con menos que eso”.

Ella sonrió, tierna y coqueta: “Gracias… siempre fuiste mi confidente”. Me abrazó fuerte, y se fue, dejando el perfume de vainilla y el eco de sus gemidos en mi cabeza.





Valeria me citó de nuevo en ese mismo café del centro, pero esta vez llegó más tarde, casi al anochecer. El lugar estaba casi vacío, solo un par de mesas ocupadas por parejas que hablaban bajo. Ella se sentó frente a mí con los ojos brillantes, un poco hinchados, como si hubiera llorado antes de venir. Vestía jeans ajustados que marcaban sus caderas anchas y un suéter holgado que ocultaba sus tetas duras, pero su perfume de vainilla me llegó fuerte, como siempre, y supe que debajo de esa ropa sencilla seguía siendo la misma mujer volcánica.

—Gracias por venir otra vez… —susurró, jugueteando con la cucharita—. No sé con quién más hablar esto. Me siento sucia, pero también… viva.

Empezó contándome lo de Diego: cómo se había enamorado de su dulzura, pero que el sexo era el centro de todo. “Me hace sentir amada… pero sé que es más lujuria que amor profundo. Con él me corro hasta que me tiembla el cuerpo, pero después me quedo pensando si soy solo su puta favorita”. Hizo una pausa, bajó la voz más: “Y esa noche que no pude verlo… me enteré que estuvo con otra. Lo vi en sus historias: una chica rubia, risueña, tocándole el brazo. Me dolió tanto que sentí como si me arrancaran algo. Me sentí usada, traicionada… y caliente al mismo tiempo. No sé qué me pasa”.

Tomó aire y siguió, con la voz ronca, casi como si reviviera el momento mientras hablaba.

—Esa misma noche estaba sola en casa. Mi hija con mi mamá. Lloraba en el sofá, pero también me tocaba pensando en él… en cómo me follaba despacito por atrás la primera vez, cómo me hizo llorar y sangrar, pero también correrme tan fuerte. Estaba mojada, furiosa, necesitada. Y entonces golpearon la puerta. Era Carlos, el vecino. “Valeria, ¿estás bien? Te oí llorar”. Abrí sin pensar, con la bata corta, nada debajo. Se me veía todo: las tetas duras marcándose en la tela, los pezones duros, el hilo empapado asomando cuando me movía.

Carlos entró, alto, moreno, con manos grandes y una sonrisa amable que se volvió hambrienta al verme. Me abrazó para consolarme, pero yo lo besé primero. Fue un beso desesperado, con lágrimas: lengua en su boca, mis manos bajando a su cinturón. “¿Estás segura?”, me preguntó, con voz ronca. Yo, sumisa y coqueta: “Sí… necesito sentir algo… hazme olvidar a ese cabrón. Fóllame como si fuera tuya esta noche”.

Lo llevé al cuarto. Me quité la bata despacio, quedando desnuda frente a él: piel morena sudada, tetas duras con pezones oscuros erectos, coño depilado chorreando jugos por los muslos, culo nalgón invitando a ser agarrado. Carlos me miró con hambre: “Joder… qué cuerpo tienes… eres una puta diosa”. Me besó todo: cuello, tetas (chupando pezones hasta que gemí: “Ay… sí… muerde… hazme daño”), ombligo, muslos. Llegó a mi coño y lo lamió con devoción: lengua girando en mi clítoris hinchado, metiéndose dentro, saboreando mis jugos dulces. Yo me arqueé: “Ay… ******… chúpame el chocho… méteme la lengua hasta el fondo… me estás haciendo temblar”.

Se vino rápido, un orgasmo tierno que me dejó jadeando: “Me corro… despacito… qué rico me comes”. Luego yo me arrodillé, tomé su polla dura (gruesa, venosa, la punta goteando pre-semen): “Qué rica verga… quiero probarla”. La chupé con ternura al principio, lamiendo la punta, luego más profundo, gimiendo: “Mmm… me llena la boca… quiero tragármela toda…”. Carlos gimió: “Eres una diosa chupando… trágatela hasta la garganta, puta tierna”.

Me puso en la cama, de espaldas, y me penetró por el coño de golpe. Grité de placer: “¡Puta madre… sí… métemela toda… rómpeme el coño!”. Me folló fuerte pero cariñoso, embistiendo profundo, mis caderas anchas chocando contra su pelvis, mi culo nalgón rebotando con cada empujón. “Qué coño tan apretado… me estás ordeñando la verga”, gruñía él. Yo, volcánica: “Más duro… cógeme como puta… me voy a correr…

Luego me giró boca abajo, besándome el culo nalgón: “Quiero probar tu ano… ¿me dejas?”. Yo dudé, tierna: “Soy virgen ahí… me da miedo…”. Pero el deseo ganó: “Despacito… con mucho lubricante… no me rompas”. Él sacó gel, lo aplicó generoso en mi ano rosado y en su polla. Entró centímetro a centímetro, doloroso al principio: lloré: “Ay… duele… despacito… me estás rompiendo”. Sangró un poco, un hilo rojo mezclado con lubricante, pero el placer creció: “Sí… duele rico… métela más…”. Él demoró, entrando y saliendo lento, susurrando: “Relájate, mi niña… qué apretado estás… te voy a llenar de placer”.

Aceleró suave, embistiendo con ternura, mis tetas rebotando contra la cama. Me masturbaba el clítoris: “Ay… me corro por el culo… ¡qué rico!”. Él eyaculó dentro, chorros calientes inundándome: “Toma mi leche… te quiero tanto”. Nos acurrucamos, yo llorando de placer y dolor: “Fue bello… doloroso pero bello… gracias por ser dulce”.

Valeria me miró en el café, con ojos brillantes: “Fue sexo rico… muy placentero. Me hizo sentir viva otra vez. Con Diego me sentía segura, con Carlos fue puro fuego. No sé qué hacer… ¿Sigo con Diego, o me dejo llevar por esto que me hace sentir tan mujer? ¿O busco algo más?”.

Yo, escuchando cada detalle con el corazón apretado, solo pude decir: “Valeria… haz lo que te haga sentir completa. No te conformes con menos que eso”.

Ella sonrió, tierna y coqueta: “Gracias… siempre fuiste mi confidente”. Me abrazó fuerte, y me sorprendió, me dijo que soy el único que la valora y nunca pidió nada por eso.

Me dice, ven, te tengo un regalo.

Subimos a su cuarto.

Entramo y no veo nada.

Cuando me doy la vuelta, ella está en hilo negro con sus tetotas al aire.

Esto es para ti, pero queda aquí y nadie debe saber……………………..




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