grindo doido
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5 Years of Service
Rosa solo provocaba a Chang con su hija pero de lejos, nunca en vivo:
Rosa siempre había sido clara en ese punto: Valeria era intocable. “No, doctor, ni lo pienses. Mi hija no es para ti. Las fantasías en la cama están bien, pero en la realidad no”, le decía cada vez que, entre copas y gemidos, Chang se atrevía a preguntar si algún día podría conocerla. Rosa se ponía seria de golpe, lo empujaba un poco y cambiaba de tema. La línea estaba trazada.
Sin embargo, no tenía reparos en torturarlo con fotos. Cada enero traía material nuevo y más atrevido. Este año fueron fotos en la playa de Paracas: Valeria en un bikini negro diminuto, el agua hasta las rodillas, las tetas firmes y altas casi escapando de la parte de arriba, gotas de mar corriendo por la piel bronceada, el culo perfecto marcado en la tela mojada. Rosa las mostraba en la cama, después de una sesión intensa, mientras le masturbaba lento la verga aún sensible.
“Mira lo que nunca vas a tocar, doctor…”, susurraba, pasando las fotos una a una. “Acá se le ve todo el culito… acá los pezoncitos rosados casi salen… ¿te gusta mi hija, verdad, perverso?”
Chang se volvía loco, se corría rápido entre los dedos de Rosa mientras veía esas imágenes prohibidas.
Otra noche le mostró fotos en la cama de Valeria misma: la hija posando frente al espejo del cuarto, en ropa interior blanca transparente, luz suave de la lámpara, pezones visibles, una mano cubriendo apenas el sexo depilado, mirada inocente pero provocadora. Rosa las había tomado a escondidas cuando Valeria se probaba lencería nueva. “Esto es lo más cerca que vas a estar de ella”, decía Rosa, montándose encima y penetrándose despacio mientras él miraba la pantalla. “Pensas en ella mientras me coges a mí”.
Una noche de mediados de enero, todo cambió por casualidad.
Rosa recibió una llamada tarde, cerca de las once. Chang la oyó hablar bajito en la cocina: “Sí, claro… en media hora estoy ahí… no, no hay problema, Vale ya está grande”. Colgó y volvió al dormitorio con cara de apuro.
“Tengo que salir, doctor. Un amigo de toda la vida está en Lima solo esta noche y necesita… compañía”. Le guiñó el ojo con picardía. “Te quedas tranquilo. Mañana temprano mi hija va a pasar por el hospital a dejarte un regalo que le pedí que te trajera de Huánuco. Café especial, artesanal. No la hagas esperar mucho, ¿eh?”.
Chang sintió que el corazón se le subía a la garganta. ¿Valeria en el hospital? ¿Delante de todos? No dijo nada, solo asintió.
A la mañana siguiente, durante la ronda de visitas, una residente le avisó: “Doctor Chang, hay una señorita esperándolo en la cafetería del hospital. Dice que es personal”.
Bajó casi corriendo.
Allí estaba ella. Valeria en persona, más hermosa de lo que cualquier foto podía capturar. Vestido corto de verano, sandalias, cabello suelto, bolso al hombro. Las tetas altas marcándose bajo la tela ligera, piernas largas cruzadas, sonrisa tímida pero cálida.
“Hola, doctor Chang. Mi mamá me pidió que le trajera esto”, dijo extendiendo una bolsita con café molido y una tarjeta escrita a mano por Rosa.
Chang la invitó a sentarse. “Gracias, Valeria. ¿Quieres tomar algo? Yo invito el desayuno, por lo menos”.
Ella aceptó. Se sentaron en una mesa apartada de la cafetería. Chang no podía dejar de mirarla: la voz suave, los gestos delicados, el aroma fresco que traía. Hablaron de todo un poco: los estudios de ella, el trabajo de Rosa, el clima de Huánuco versus Lima.
En un momento de silencio, Chang se atrevió.
“Tu mamá me ha mostrado fotos tuyas… en la playa, muy lindas. Tienes porte de modelo, ¿sabías? Hay agencias que pagan muy bien por sesiones fotográficas. Ropa, catálogo, cosas así. Si alguna vez te interesa, conozco gente seria en el medio”.
Valeria se sonrojó un poco, pero sus ojos brillaron de curiosidad.
“¿En serio?, mi madre siempre dice que soy fotogénica, pero nunca pensé… ¿Pagan bien de verdad?”
“Mucho”, respondió Chang, conteniendo la respiración. “Si quieres, puedo darte contactos. O incluso… podríamos hacer unas pruebas simples, solo para ver cómo sales en cámara profesional. Tengo un amigo fotógrafo de confianza”.
Valeria sonrió, mordiéndose el labio inferior exactamente como Rosa lo hacía cuando estaba excitada.
“Me gustaría probar. Siempre me dicen que debería aprovechar mi cuerpo mientras soy joven”.
Chang sintió que la verga se le endurecía bajo la mesa. Imaginó por un segundo esas sesiones: Valeria en lencería, en bikini, posando para él, luces suaves, cuerpos cercanos…
“Perfecto. Le comento a tu mamá y vemos cómo organizamos”, dijo con voz calmada, profesional.
Se despidieron con un abrazo breve pero cargado. El perfume de Valeria se le quedó impregnado toda la mañana.
Cuando Rosa volvió esa noche al departamento, Chang le contó el encuentro. Esperaba celos, reproches. Pero Rosa solo sonrió con malicia.
“¿Te gustó mi hija en vivo y en directo, doctorcito? ¿Se te paró viendo esas tetas perfectas de cerca?”
Chang confesó que sí.
Rosa se acercó, le bajó el cierre y empezó a masturbarlo lento.
“Bueno… tal vez, solo tal vez, deje que hagas esas ‘pruebas fotográficas’. Pero con una condición: yo estoy presente. Y después… me cuentas todo lo que sentiste viéndola posar. Cada detalle. Y me tiras pensando en ella”.
Chang se corrió en segundos, solo con la promesa.
El secreto del Dr. Chang – La grieta
Chang avanzaba por el pasillo desierto del pabellón antiguo. El aire acondicionado zumbaba lejano, pero allí dentro olía a desinfectante viejo mezclado con algo más cálido, más humano. Un aroma dulce, almizclado, que reconoció al instante: el perfume barato de rosa que Rosa siempre se ponía detrás de las orejas y entre los pechos.
La puerta del consultorio 12 estaba entreabierta. De adentro salía un sonido húmedo, rítmico: piel contra piel, un chapoteo suave y constante, como carne caliente chocando con carne caliente. Acompañado de jadeos entrecortados, respiraciones pesadas, un gemido femenino ahogado contra una palma.
Chang se acercó sin hacer ruido. El corazón le martilleaba en los oídos.
Por la rendija vio todo.
Rosa estaba inclinada sobre el escritorio metálico, el vestido floreado subido hasta la cintura, arrugado en un rollo alrededor de sus caderas anchas. Las bragas blancas, empapadas, colgaban de un solo tobillo. Sus nalgas grandes, brillaban de sudor; cada vez que Salazar empujaba, la carne temblaba en ondas suaves y se enrojecía por el impacto. El olor llegó hasta Chang: sexo crudo, sudor salado, el jugo dulce y espeso de Rosa que chorreaba por sus muslos gruesos y salpicaba el suelo de linóleo.
Salazar, con la bata blanca abierta y los pantalones bajados, la sujetaba por las caderas. Sus dedos se hundían en la carne blanda, dejando marcas rojas. Embestía con fuerza, profundo, el sonido de sus bolas golpeando el clítoris hinchado de Rosa era obsceno, húmedo, constante. Cada penetración hacía que los pechos pesados de ella se balancearan hacia adelante, rozando el escritorio frío; los pezones oscuros, gruesos y erectos, se arrastraban contra la superficie dejando rastros húmedos de transpiración.
Rosa tenía la mejilla pegada al escritorio, los ojos cerrados, la boca abierta en un grito silencioso. Salazar le tapaba los labios con una mano; Chang podía ver cómo ella lamía la palma del médico, chupaba sus dedos para no gritar. El sudor le corría por la espalda, se acumulaba en la hendidura del culo y brillaba cuando Salazar se retiraba un poco, dejando ver la verga gruesa, venosa, cubierta de crema blanca, entrando y saliendo del coño abierto y rojo de Rosa.
El olor era abrumador: el aroma metálico del sudor masculino, el perfume floral ahora mezclado con sexo puro. Chang sintió que se le endurecía la verga de golpe, dolorosamente, presionando contra la tela del pantalón.
Escuchó las voces, bajas y roncas.
Salazar, jadeando: “Estás más apretada que nunca, Rosa… ese yuyo tuyo me va a matar”.
Rosa, entre gemidos ahogados: “Métemela toda… rómpeme… apúrate que después tengo que ir con Chang”.
Salazar soltó una risa baja y aceleró. El sonido se volvió más rápido, más húmedo. Las nalgas de Rosa temblaban con violencia; cada embestida hacía que un chorrito de jugos salpicara los muslos de Salazar. Ella levantó una mano, se agarró del borde del escritorio hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
“Me vengo… me vengo… ¡ahora!”, susurró con voz quebrada.
Su cuerpo se tensó, las piernas gruesas temblaron, su cuca se contrajo visiblemente alrededor de la guasa de Salazar. Un chorro caliente salió disparado, empapando las bolas del médico y goteando al suelo. El olor se intensificó: dulce, salado, animal.
Salazar gruñó, empujó hasta el fondo y se quedó quieto. Chang vio cómo las venas del cuello se le marcaban, cómo las bolas se contraían mientras se vaciaba dentro de ella en pulsos largos. Rosa suspiró largo, satisfecho, y movió las caderas en círculos lentos para ordeñarlo hasta la última gota.
Cuando Salazar se retiró, un hilo espeso de semen mezclado con jugos de Rosa se estiró entre ellos y cayó al suelo. La pepa de ella quedó abierta, rojo, palpitante, chorreando blanco por los labios mayores. El aroma era ahora más fuerte: semen caliente, papa recién follada, sudor de dos cuerpos.
Rosa se incorporó despacio, las tetas todavía fuera del escote, pezones duros y brillantes de saliva. Se bajó el vestido con calma, se limpió los muslos con un pañuelo de papel que sacó del bolso. Salazar se subió el cierre, le dio una palmada suave en el culo.
“La próxima semana repetimos, gordita”.
Rosa sonrió, le dio un beso rápido y profundo, lengua incluida. “Cuando quieras, doctor. Pero ahora me voy, que mi otro doctor me espera con la verga dura”.
Salieron sin verlo.
Chang se quedó allí, respirando agitado, la imagen grabada a fuego en la retina, el olor impregnado en la nariz, el sonido de aquellos jadeos resonando en sus oídos. La verga le latía dolorosamente, una mancha húmeda ya en los boxers.
Esa noche, cuando Rosa llegó al departamento, oliendo todavía a sexo ajeno —ese aroma mezclado que Chang ahora reconocía perfectamente—, él no dijo nada.
La desnudó con furia contenida, le abrió las piernas en el sofá y la penetró de una sola embestida brutal. Rosa gritó de sorpresa y placer.
“¡Qué te pasa hoy, doctor!”, jadeó mientras él la embestía como poseído.
Chang no respondió. Solo cerró los ojos y vio una y otra vez la escena: Salazar llenándola, su semen chorreando, el coño de Rosa abierto y usado por otro.
Y se corrió dentro de ella más fuerte que nunca, gruñendo contra su cuello, marcándola como suya, aunque sabía que ya no lo era del todo.
El secreto del Dr. Chang – El fin del fuego
Desde aquella tarde en el consultorio 12, algo se quebró en Chang.
Al principio fue sutil: ya no la recogía en la terminal con la misma ansiedad, ya no le escribía mensajes calientes durante el día. En el departamento, el sexo seguía siendo intenso, pero ahora había una distancia fría en sus ojos. La penetraba con furia, como castigándola, pero después se daba vuelta y dormía sin abrazarla. Rosa lo notaba todo.
“¿Qué te pasa, doctor? Ya no eres el mismo”, le preguntó una noche, acariciándole el pecho después de correrse.
Chang solo murmuró: “Nada. Cansancio del hospital”.
Pero Rosa sabía. Las mujeres como ella sienten cuando el deseo se contamina de resentimiento.
Y entonces empezó a verse más con Salazar.
Al principio fueron encuentros rápidos en el consultorio, como aquel que Chang vio. Luego citas en telúrico del momento, de la avenida Canadá, tardes enteras en las que Salazar la follaba sin prisa: la ponía contra la ventana con vista a la ciudad, la hacía gritar sin taparle la boca, la llenaba una y otra vez hasta que ella quedaba temblando y satisfecha como nunca.
Salazar era más joven, más grueso, más bruto. La hacía sentir deseada sin complicaciones. Pero en el fondo, Rosa sabía que no era amor. Era solo sexo puro, venganza contra el silencio de Chang, y aunque no se explicaba si lo amaba,
Porque ella, a pesar de todo, amaba a Chang. Lo amaba desde aquel congreso en Huancayo, por su ternura disfrazada de seriedad, por cómo la hacía reír en la cama, por esa “pinga juguetona” que, aunque no era la más grande, sabía exactamente dónde tocarla para volverla loca.
Una noche de finales de enero, Rosa había bebido demasiado. Pisco con una amiga en un bar de Barranco, luego sola en el departamento que Salazar le había alquilado para sus encuentros. Estaba borracha, nostálgica, caliente y dolida.
Sacó el celular. Abrió la cámara frontal. Se quitó toda la ropa menos las bragas rojas que Salazar le había rasgado esa tarde. Se sentó en la cama deshecha, piernas abiertas, el chocho todavía hinchado y rojo de la última follada. Se tomó varias fotos: una con los dedos separando los labios mayores, mostrando el interior cremoso y lleno de semen reciente; otra metiéndose tres dedos mientras se mordía el labio; otra de sus tetas pesadas con marcas de chupones frescos en los pezones.
Seleccionó las cuatro más explícitas y se las envió a Chang por WhatsApp, a las 2:17 a.m.
El mensaje iba acompañado de un audio largo, voz pastosa y ronca por el alcohol y los gritos de horas antes:
“Doctorcito… mira estas fotos, mirá bien… Esto es tener una verga gruesa que te parte al medio, que te llena hasta que no cabe más… mira cómo me dejó la bulba, rojo, abierto, chorreando… esto es lo que pasa cuando uno se aleja, cuando uno se pone frío…
Pero ¿sabes qué, Eduardo? Pese a todo… pese a esta pinga grande que me hace gritar como loca… yo extraño la tuya. Tu pinga más chica, sí, más chica pero juguetona… esa que me rozaba justo ahí, en ese puntito que solo tu conoces… la que me hacía reír cuando me la metías despacito y me decías ‘tranquila, gordita, te voy a hacer volar suave’.
Extraño cuando me besabas toda la panza, cuando me chupabas las tetas como si fueran lo más rico del mundo… extraño despertarme y verte mirándome como si fuera la única mujer en Lima.
Salazar me coge rico, sí… me coge como animal… pero no me hace el amor como tú. Y yo te amo, carajo. Te amo, aunque seas un idiota que se alejó sin decir por qué.
Mira las fotos otra vez… tócate pensando en mí… pero sabes que este coño que tanto te gusta ahora lo tiene otro. Y si no vuelves a ser el de antes… va a seguir teniéndolo.
Buenas noches, mi amor. O lo que sea que quede de nosotros.”
Chang recibió los mensajes en su casa, acostado junto a su esposa que dormía plácidamente. Abrió las fotos en la oscuridad del baño, la luz del celular iluminando su cara tensa.
Vio cada detalle: el coño de Rosa abierto como nunca, brillando de jugos ajenos; los dedos de ella hundidos hasta el fondo; las marcas moradas en sus tetas que no eran suyas. Escuchó el audio dos veces, tres, con la mano temblando.
Se masturbó allí mismo, de pie frente al espejo, corriéndose en silencio mientras miraba las fotos y escuchaba la voz borracha de Rosa diciendo que lo amaba.
Pero no respondió.
Al día siguiente, Rosa despertó con resaca y arrepentimiento. Vio que Chang había visualizado todo a las 2:25 a.m., pero no había escrito nada. Ni un “visto”. Nada.
Se sentó en la cama, todavía desnuda, el cuerpo dolorido del sexo con Salazar. Lloró un rato, en silencio.
Luego le mandó un último mensaje de texto, sobria ya:
“Perdón por lo de anoche. Estaba borracha. Pero todo lo que dije es verdad. Te amo, Eduardo. Si quieres hablar, estoy. Si no… este enero fue el último.”
Chang leyó el mensaje en el hospital, durante una pausa entre cirugías. Miró el techo un rato largo.
No respondió.
Rosa tomó el bus de regreso a Huánuco dos días antes de lo planeado. No se despidieron.
El Dr. Chang volvió a su vida ejemplar: hospital, casa, esposa, hijos. Todo en orden.
Pero cada noche, en secreto, abría aquellas fotos y el audio. Se tocaba pensando en Rosa abierta para otro, en su voz diciendo que lo amaba pese a todo.
Y se corría con una mezcla de dolor y placer que nunca había conocido.
El fuego se había apagado.
O quizá solo había cambiado de forma.
El secreto del Dr. Chang – La última traición
Rosa, con esa mezcla de rencor y nostalgia que solo las mujeres como ella saben llevar, decidió dar un paso más.
A través de redes sociales encontró a María, la esposa de Chang. Comentó fotos antiguas, dio like a publicaciones familiares, mandó mensajes inocentes: “Qué lindos tus hijos, señora”, “Tu esposo es un gran médico, lo conozco del hospital”. María, ingenua y amable como siempre, respondió con calidez. En poco tiempo se hicieron “amigas” virtuales.
Un día Rosa escribió: “Estoy en Lima por unos días, me gustaría conocerte en persona. Tengo un amigo médico muy simpático, el Dr. Salazar, ginecólogo del Dos de Mayo. Podríamos salir los cuatro a cenar, ¿qué dices?”
María, que rara vez salía y siempre se quejaba de que Chang trabajaba demasiado, aceptó encantada. “Eduardo casi nunca tiene tiempo libre, pero esta vez lo convenzo”, respondió.
La cena fue en un restaurante de Miraflores con vista al mar. Mesa para cuatro. Rosa llegó radiante: vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas generosas, escote profundo, perfume fuerte. Salazar, elegante, atento, con esa sonrisa de conquistador profesional. María, sencilla y confiada, con un vestido discreto. Chang, tenso desde el momento en que vio a Rosa entrar del brazo de Salazar.
Los tragos empezaron suaves: vino blanco, luego pisco sour. Rosa y Salazar llevaban la conversación con facilidad. Contaban anécdotas del hospital, reían fuerte, se tocaban “sin querer” el brazo. María se sentía halagada por la atención del ginecólogo joven y guapo. Chang bebía en silencio, observando cada gesto.
Después del tercer round de piscos, Rosa empezó a “sentirse mal”. “Ay, me dio sueño de golpe… tanto viaje me tiene agotada”, dijo con voz pastosa, apoyando la cabeza en la mesa. En minutos parecía profundamente dormida, respirando pesado.
María también había bebido más de lo habitual. Las mejillas rojas, risa fácil. Salazar la miraba con interés descarado.
“Pobrecita Rosa”, dijo Salazar. “Mejor la llevamos a descansar. Tengo una suite reservada aquí arriba en el hotel del restaurante, por si alguien se pasaba de copas. Podemos subirla ahí”.
Chang frunció el ceño, pero no dijo nada. Ayudaron a Rosa a levantarse —ella fingiendo estar semi-inconsciente— y subieron al ascensor. María iba tomada del brazo de Salazar, riendo de cualquier tontería que él decía.
En la suite había dos habitaciones comunicadas. Dejaron a Rosa en una de ellas, “dormida” sobre la cama king size, vestido subido un poco mostrando los muslos gruesos.
Salazar sirvió más tragos en el salón. “Una última copa, por la nueva amistad”, propuso.
María aceptó. Chang también, aunque ya sentía el alcohol quemándole las venas.
Media hora después, María empezó a cabecear. “Me siento mareada… nunca bebo tanto”, murmuró.
Salazar, con mucha calma y naturalidad, la tomó del brazo. “Ven, María, mejor te acuestas un rato en la otra habitación. Eduardo y yo cuidamos de Rosa aquí”.
Chang abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. El alcohol, los celos, una curiosidad morbosa lo paralizaron.
Salazar acompañó a María al cuarto contiguo. Cerró la puerta, pero no del todo. Dejó una rendija abierta, apenas unos centímetros.
Chang se quedó en el salón, mirando la puerta. Escuchó risas bajas, la voz suave de Salazar: “Tranquila, María… solo te ayudo a recostarte… así, despacio… qué linda eres”.
Luego silencio. Luego un susurro: “¿Nunca te han dicho lo hermosa que eres? Tu marido tiene suerte…”.
Un jadeo suave de María. “No… no deberíamos…”.
Pero la voz ya era débil, entregada.
Chang se acercó a la rendija. Vio lo suficiente: Salazar besándola en el cuello, María con los ojos cerrados, dejándose caer en la cama. Las manos de él subiendo por el vestido, María sin resistirse. Pero sonó algo, nadie sabe ni de donde y volvieron a sus cuartos y María se quedó sola.
En la otra habitación, Rosa abrió un ojo. Sonrió en la oscuridad. Todo había salido exactamente como lo planeó.
Chang se quedó allí, mirando por la rendija, la verga endureciéndose contra su voluntad mientras escuchaba los gemidos ahogados de su propia esposa en brazos de Salazar.
Rosa, desde su cama, susurró apenas audible: “Ahora estamos a mano, doctorcito…”.
Y Chang, por primera vez en su vida, no supo si llorar, gritar o unirse.
El secreto del Dr. Chang – La amistad que no fue
Después de aquella noche en la suite de Miraflores, María no dijo nada. Ni a Chang, ni a nadie. Solo llegó a casa al día siguiente con una sonrisa tímida, un leve moretón en el cuello cubierto por un pañuelo, y una excusa vaga: “Me pasé de copas, Eduardo, pero fue divertido conocer gente nueva”. Chang, que había visto y oído todo desde la rendija, no preguntó. El silencio entre ellos se volvió más denso, pero superficialmente, la vida siguió: cenas familiares, fines de semana en el parque, la rutina impecable.
María, sin embargo, no olvidó a Salazar. Al principio fue inocente: un mensaje de WhatsApp de cortesía, “Gracias por cuidarnos esa noche, doctor. Fue un gusto”. Él respondió con encanto profesional: “El placer fue mío, María. Si necesitas algo de salud femenina, ya sabes dónde estoy”. Ella se sonrojó al leerlo, pero guardó el número.
Semanas después, en marzo, María empezó a sentir dolores leves en la zona baja. Ansiosa por discreción —nunca había confiado del todo en los colegas de Chang—, le escribió a Salazar: “Doctor, ¿podría recomendarme un ginecólogo en privado? Algo confidencial”. Él contestó al instante: “Mejor yo mismo, María. Pasa por mi consultorio privado en San Isidro. Primera consulta gratis, por ser amiga”.
El primer café —o lo que pretendía serlo— fue en abril, después de la consulta. María salió del consultorio con un diagnóstico benigno (estrés, nada más) y una receta. Salazar la invitó a un café cercano, “para que no manejes con el estómago vacío”. Se sentaron en una terraza soleada de Larcomar, con vista al mar. Él pidió lattes con vainilla; ella, un capuchino simple.
Hablaron de todo menos de medicina. Salazar era un maestro: preguntas sobre sus hijos (“Qué orgullo deben ser”), anécdotas divertidas del hospital (“Tu esposo es el mejor cirujano, pero yo soy el que hace reír a las pacientes”), halagos sutiles (“Tienes una sonrisa que ilumina el consultorio, María”). Ella rio, se sintió viva por primera vez en años. El café duró dos horas. Al despedirse, un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
Mayo trajo el segundo café. Esta vez en un local más íntimo, en Surco, cerca de la casa de María. “Pasé por aquí de casualidad”, mintió él en el mensaje. Ella aceptó porque “era de camino al supermercado”. Pidieron expresos cortos y croissants. La conversación se volvió personal: María confesó su soledad en las largas noches de guardia de Chang; Salazar habló de su divorcio reciente (“A veces uno se pierde en la rutina”). Sus manos se rozaron al pasar el azúcar. Ninguno se apartó rápido.
Junio, el tercero. Un brunch dominical en un café orgánico de Miraflores. “Traje a los niños al malecón, ¿te animas a unirte?”, le escribió ella, rompiendo su propia regla de discreción. Salazar llegó con flores silvestres “para la mesa”. Compartieron avocado toast y jugos verdes. Los niños jugaron cerca; los adultos hablaron de sueños postergados. Al final, un abrazo largo en el estacionamiento, su mano en la curva de su espalda baja.
Julio y agosto fueron un torbellino de “cafés casuales”: uno en la librería de un mall, con libros de poesía que Salazar le recomendó (“Lee esto pensando en mí”); cada vez, un toque más: un roce de rodillas bajo la mesa, un dedo trazando el borde de su taza, un “¿Sabes que eres más guapa sin maquillaje?” que la hacía bajar la mirada, sonrojada.
Chang notaba el brillo nuevo en los ojos de María, los mensajes que borraba rápido, las salidas “con amigas” que duraban horas. Pero no decía nada. El resentimiento de enero se había convertido en una resignación amarga. Sabía de Salazar; lo veía en los pasillos del hospital, con su sonrisa de depredador. Una vez, en el ascensor, sus miradas se cruzaron: Salazar guiñó un ojo. Chang solo apretó la mandíbula.
Meses después, en octubre, lo inevitable sucedió.
Era un viernes de garúa. María había “ido a un café con una vecina”, pero Chang, terminando temprano una cirugía, decidió pasar por la casa.
No entró. Se quedó afuera, en el auto, escuchando la nada. Le escribió a María y no le respondió, pero algo le dijo que estaba con Salazar.
Y en efecto, estaban en el mismo café de siempre, los esperó en su auto, ni bien salieron, los siguió.
Fueron a un hospedaje cercano pero discreto.
Adentro, en la habitación 207 —cama king con sábanas blancas, luz tenue de lámparas de lava—, lo inevitable se desplegó sin prisa.
Salazar la besó contra la puerta, suave al principio, desatando el moño de su cabello castaño. María gimió bajito, las manos temblorosas en la camisa de él. “No sé si debería…”, murmuró, pero ya se dejaba caer.
“Shh, déjame cuidarte como mereces”, respondió él, voz ronca, besándole el cuello mientras le subía el vestido por los muslos. La llevó a la cama, la desvistió despacio: el vestido cayó, revelando un cuerpo maduro pero firme, pechos medianos con pezones oscuros ya erectos por el frío y la anticipación, bragas simples de algodón que él bajó con dientes.
María se abrió para él, nerviosa pero ansiosa. Salazar se arrodilló entre sus piernas, besó el interior de sus muslos, inhaló su aroma limpio, femenino, mezclado con jabón de lavanda. La lamió despacio, lengua plana contra el clítoris hinchado, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde ella jadeaba. “Dios, Mario… nunca…”, susurró ella, arqueando la espalda, las manos enredadas en su cabello.
Él se desnudó, la verga gruesa y venosa saltando libre. María la miró con ojos grandes, la tocó con timidez. “Es… grande”, dijo, y él rio suave: “Te va a gustar, María. Relájate”.
La penetró lento, centímetro a centímetro, hasta que ella gritó de placer mezclado con un leve dolor. Embestía rítmico, profundo, las caderas de él chocando contra las de ella en un vaivén húmedo. María se corrió primero, convulsionando alrededor de él, uñas clavadas en su espalda, un gemido largo y liberador que nunca había soltado con Chang.
Salazar la volteó, la puso de rodillas —su posición favorita— y la tomó por detrás, agarrando sus caderas estrechas, una mano enredada en su cabello. “Dime que te gusta”, gruñó. “Sí… sí… más…”, respondió ella, empujando hacia atrás, el culo blanco enrojeciéndose por los palmazos suaves.
Se corrió dentro de ella con un rugido bajo, llenándola caliente y espeso. María se derrumbó, exhausta, besándolo con una pasión nueva, prohibida.
Chang encendió el motor y se fue. No lloró. Solo sintió un vacío frío, como si el último hilo que lo ataba a su vida ejemplar se hubiera cortado.
María llegó a casa dos horas después, oliendo a cache rico e infiel y a hombre ajeno, con una sonrisa culpable que no borraría. “El café se extendió”, dijo.
Chang, desde el sofá, solo asintió. “Está bien”.
El secreto de todos se había completado. Y en el silencio de la casa, nadie mencionaría nunca lo inevitable.
El Dr. Chang siguió operando, sonriendo a pacientes, besando a su esposa en la mejilla. Pero por dentro, ya no era el mismo hombre.
El fuego se había extinguido por completo. Solo quedaban cenizas.
Rosa siempre había sido clara en ese punto: Valeria era intocable. “No, doctor, ni lo pienses. Mi hija no es para ti. Las fantasías en la cama están bien, pero en la realidad no”, le decía cada vez que, entre copas y gemidos, Chang se atrevía a preguntar si algún día podría conocerla. Rosa se ponía seria de golpe, lo empujaba un poco y cambiaba de tema. La línea estaba trazada.
Sin embargo, no tenía reparos en torturarlo con fotos. Cada enero traía material nuevo y más atrevido. Este año fueron fotos en la playa de Paracas: Valeria en un bikini negro diminuto, el agua hasta las rodillas, las tetas firmes y altas casi escapando de la parte de arriba, gotas de mar corriendo por la piel bronceada, el culo perfecto marcado en la tela mojada. Rosa las mostraba en la cama, después de una sesión intensa, mientras le masturbaba lento la verga aún sensible.
“Mira lo que nunca vas a tocar, doctor…”, susurraba, pasando las fotos una a una. “Acá se le ve todo el culito… acá los pezoncitos rosados casi salen… ¿te gusta mi hija, verdad, perverso?”
Chang se volvía loco, se corría rápido entre los dedos de Rosa mientras veía esas imágenes prohibidas.
Otra noche le mostró fotos en la cama de Valeria misma: la hija posando frente al espejo del cuarto, en ropa interior blanca transparente, luz suave de la lámpara, pezones visibles, una mano cubriendo apenas el sexo depilado, mirada inocente pero provocadora. Rosa las había tomado a escondidas cuando Valeria se probaba lencería nueva. “Esto es lo más cerca que vas a estar de ella”, decía Rosa, montándose encima y penetrándose despacio mientras él miraba la pantalla. “Pensas en ella mientras me coges a mí”.
Una noche de mediados de enero, todo cambió por casualidad.
Rosa recibió una llamada tarde, cerca de las once. Chang la oyó hablar bajito en la cocina: “Sí, claro… en media hora estoy ahí… no, no hay problema, Vale ya está grande”. Colgó y volvió al dormitorio con cara de apuro.
“Tengo que salir, doctor. Un amigo de toda la vida está en Lima solo esta noche y necesita… compañía”. Le guiñó el ojo con picardía. “Te quedas tranquilo. Mañana temprano mi hija va a pasar por el hospital a dejarte un regalo que le pedí que te trajera de Huánuco. Café especial, artesanal. No la hagas esperar mucho, ¿eh?”.
Chang sintió que el corazón se le subía a la garganta. ¿Valeria en el hospital? ¿Delante de todos? No dijo nada, solo asintió.
A la mañana siguiente, durante la ronda de visitas, una residente le avisó: “Doctor Chang, hay una señorita esperándolo en la cafetería del hospital. Dice que es personal”.
Bajó casi corriendo.
Allí estaba ella. Valeria en persona, más hermosa de lo que cualquier foto podía capturar. Vestido corto de verano, sandalias, cabello suelto, bolso al hombro. Las tetas altas marcándose bajo la tela ligera, piernas largas cruzadas, sonrisa tímida pero cálida.
“Hola, doctor Chang. Mi mamá me pidió que le trajera esto”, dijo extendiendo una bolsita con café molido y una tarjeta escrita a mano por Rosa.
Chang la invitó a sentarse. “Gracias, Valeria. ¿Quieres tomar algo? Yo invito el desayuno, por lo menos”.
Ella aceptó. Se sentaron en una mesa apartada de la cafetería. Chang no podía dejar de mirarla: la voz suave, los gestos delicados, el aroma fresco que traía. Hablaron de todo un poco: los estudios de ella, el trabajo de Rosa, el clima de Huánuco versus Lima.
En un momento de silencio, Chang se atrevió.
“Tu mamá me ha mostrado fotos tuyas… en la playa, muy lindas. Tienes porte de modelo, ¿sabías? Hay agencias que pagan muy bien por sesiones fotográficas. Ropa, catálogo, cosas así. Si alguna vez te interesa, conozco gente seria en el medio”.
Valeria se sonrojó un poco, pero sus ojos brillaron de curiosidad.
“¿En serio?, mi madre siempre dice que soy fotogénica, pero nunca pensé… ¿Pagan bien de verdad?”
“Mucho”, respondió Chang, conteniendo la respiración. “Si quieres, puedo darte contactos. O incluso… podríamos hacer unas pruebas simples, solo para ver cómo sales en cámara profesional. Tengo un amigo fotógrafo de confianza”.
Valeria sonrió, mordiéndose el labio inferior exactamente como Rosa lo hacía cuando estaba excitada.
“Me gustaría probar. Siempre me dicen que debería aprovechar mi cuerpo mientras soy joven”.
Chang sintió que la verga se le endurecía bajo la mesa. Imaginó por un segundo esas sesiones: Valeria en lencería, en bikini, posando para él, luces suaves, cuerpos cercanos…
“Perfecto. Le comento a tu mamá y vemos cómo organizamos”, dijo con voz calmada, profesional.
Se despidieron con un abrazo breve pero cargado. El perfume de Valeria se le quedó impregnado toda la mañana.
Cuando Rosa volvió esa noche al departamento, Chang le contó el encuentro. Esperaba celos, reproches. Pero Rosa solo sonrió con malicia.
“¿Te gustó mi hija en vivo y en directo, doctorcito? ¿Se te paró viendo esas tetas perfectas de cerca?”
Chang confesó que sí.
Rosa se acercó, le bajó el cierre y empezó a masturbarlo lento.
“Bueno… tal vez, solo tal vez, deje que hagas esas ‘pruebas fotográficas’. Pero con una condición: yo estoy presente. Y después… me cuentas todo lo que sentiste viéndola posar. Cada detalle. Y me tiras pensando en ella”.
Chang se corrió en segundos, solo con la promesa.
El secreto del Dr. Chang – La grieta
Chang avanzaba por el pasillo desierto del pabellón antiguo. El aire acondicionado zumbaba lejano, pero allí dentro olía a desinfectante viejo mezclado con algo más cálido, más humano. Un aroma dulce, almizclado, que reconoció al instante: el perfume barato de rosa que Rosa siempre se ponía detrás de las orejas y entre los pechos.
La puerta del consultorio 12 estaba entreabierta. De adentro salía un sonido húmedo, rítmico: piel contra piel, un chapoteo suave y constante, como carne caliente chocando con carne caliente. Acompañado de jadeos entrecortados, respiraciones pesadas, un gemido femenino ahogado contra una palma.
Chang se acercó sin hacer ruido. El corazón le martilleaba en los oídos.
Por la rendija vio todo.
Rosa estaba inclinada sobre el escritorio metálico, el vestido floreado subido hasta la cintura, arrugado en un rollo alrededor de sus caderas anchas. Las bragas blancas, empapadas, colgaban de un solo tobillo. Sus nalgas grandes, brillaban de sudor; cada vez que Salazar empujaba, la carne temblaba en ondas suaves y se enrojecía por el impacto. El olor llegó hasta Chang: sexo crudo, sudor salado, el jugo dulce y espeso de Rosa que chorreaba por sus muslos gruesos y salpicaba el suelo de linóleo.
Salazar, con la bata blanca abierta y los pantalones bajados, la sujetaba por las caderas. Sus dedos se hundían en la carne blanda, dejando marcas rojas. Embestía con fuerza, profundo, el sonido de sus bolas golpeando el clítoris hinchado de Rosa era obsceno, húmedo, constante. Cada penetración hacía que los pechos pesados de ella se balancearan hacia adelante, rozando el escritorio frío; los pezones oscuros, gruesos y erectos, se arrastraban contra la superficie dejando rastros húmedos de transpiración.
Rosa tenía la mejilla pegada al escritorio, los ojos cerrados, la boca abierta en un grito silencioso. Salazar le tapaba los labios con una mano; Chang podía ver cómo ella lamía la palma del médico, chupaba sus dedos para no gritar. El sudor le corría por la espalda, se acumulaba en la hendidura del culo y brillaba cuando Salazar se retiraba un poco, dejando ver la verga gruesa, venosa, cubierta de crema blanca, entrando y saliendo del coño abierto y rojo de Rosa.
El olor era abrumador: el aroma metálico del sudor masculino, el perfume floral ahora mezclado con sexo puro. Chang sintió que se le endurecía la verga de golpe, dolorosamente, presionando contra la tela del pantalón.
Escuchó las voces, bajas y roncas.
Salazar, jadeando: “Estás más apretada que nunca, Rosa… ese yuyo tuyo me va a matar”.
Rosa, entre gemidos ahogados: “Métemela toda… rómpeme… apúrate que después tengo que ir con Chang”.
Salazar soltó una risa baja y aceleró. El sonido se volvió más rápido, más húmedo. Las nalgas de Rosa temblaban con violencia; cada embestida hacía que un chorrito de jugos salpicara los muslos de Salazar. Ella levantó una mano, se agarró del borde del escritorio hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
“Me vengo… me vengo… ¡ahora!”, susurró con voz quebrada.
Su cuerpo se tensó, las piernas gruesas temblaron, su cuca se contrajo visiblemente alrededor de la guasa de Salazar. Un chorro caliente salió disparado, empapando las bolas del médico y goteando al suelo. El olor se intensificó: dulce, salado, animal.
Salazar gruñó, empujó hasta el fondo y se quedó quieto. Chang vio cómo las venas del cuello se le marcaban, cómo las bolas se contraían mientras se vaciaba dentro de ella en pulsos largos. Rosa suspiró largo, satisfecho, y movió las caderas en círculos lentos para ordeñarlo hasta la última gota.
Cuando Salazar se retiró, un hilo espeso de semen mezclado con jugos de Rosa se estiró entre ellos y cayó al suelo. La pepa de ella quedó abierta, rojo, palpitante, chorreando blanco por los labios mayores. El aroma era ahora más fuerte: semen caliente, papa recién follada, sudor de dos cuerpos.
Rosa se incorporó despacio, las tetas todavía fuera del escote, pezones duros y brillantes de saliva. Se bajó el vestido con calma, se limpió los muslos con un pañuelo de papel que sacó del bolso. Salazar se subió el cierre, le dio una palmada suave en el culo.
“La próxima semana repetimos, gordita”.
Rosa sonrió, le dio un beso rápido y profundo, lengua incluida. “Cuando quieras, doctor. Pero ahora me voy, que mi otro doctor me espera con la verga dura”.
Salieron sin verlo.
Chang se quedó allí, respirando agitado, la imagen grabada a fuego en la retina, el olor impregnado en la nariz, el sonido de aquellos jadeos resonando en sus oídos. La verga le latía dolorosamente, una mancha húmeda ya en los boxers.
Esa noche, cuando Rosa llegó al departamento, oliendo todavía a sexo ajeno —ese aroma mezclado que Chang ahora reconocía perfectamente—, él no dijo nada.
La desnudó con furia contenida, le abrió las piernas en el sofá y la penetró de una sola embestida brutal. Rosa gritó de sorpresa y placer.
“¡Qué te pasa hoy, doctor!”, jadeó mientras él la embestía como poseído.
Chang no respondió. Solo cerró los ojos y vio una y otra vez la escena: Salazar llenándola, su semen chorreando, el coño de Rosa abierto y usado por otro.
Y se corrió dentro de ella más fuerte que nunca, gruñendo contra su cuello, marcándola como suya, aunque sabía que ya no lo era del todo.
El secreto del Dr. Chang – El fin del fuego
Desde aquella tarde en el consultorio 12, algo se quebró en Chang.
Al principio fue sutil: ya no la recogía en la terminal con la misma ansiedad, ya no le escribía mensajes calientes durante el día. En el departamento, el sexo seguía siendo intenso, pero ahora había una distancia fría en sus ojos. La penetraba con furia, como castigándola, pero después se daba vuelta y dormía sin abrazarla. Rosa lo notaba todo.
“¿Qué te pasa, doctor? Ya no eres el mismo”, le preguntó una noche, acariciándole el pecho después de correrse.
Chang solo murmuró: “Nada. Cansancio del hospital”.
Pero Rosa sabía. Las mujeres como ella sienten cuando el deseo se contamina de resentimiento.
Y entonces empezó a verse más con Salazar.
Al principio fueron encuentros rápidos en el consultorio, como aquel que Chang vio. Luego citas en telúrico del momento, de la avenida Canadá, tardes enteras en las que Salazar la follaba sin prisa: la ponía contra la ventana con vista a la ciudad, la hacía gritar sin taparle la boca, la llenaba una y otra vez hasta que ella quedaba temblando y satisfecha como nunca.
Salazar era más joven, más grueso, más bruto. La hacía sentir deseada sin complicaciones. Pero en el fondo, Rosa sabía que no era amor. Era solo sexo puro, venganza contra el silencio de Chang, y aunque no se explicaba si lo amaba,
Porque ella, a pesar de todo, amaba a Chang. Lo amaba desde aquel congreso en Huancayo, por su ternura disfrazada de seriedad, por cómo la hacía reír en la cama, por esa “pinga juguetona” que, aunque no era la más grande, sabía exactamente dónde tocarla para volverla loca.
Una noche de finales de enero, Rosa había bebido demasiado. Pisco con una amiga en un bar de Barranco, luego sola en el departamento que Salazar le había alquilado para sus encuentros. Estaba borracha, nostálgica, caliente y dolida.
Sacó el celular. Abrió la cámara frontal. Se quitó toda la ropa menos las bragas rojas que Salazar le había rasgado esa tarde. Se sentó en la cama deshecha, piernas abiertas, el chocho todavía hinchado y rojo de la última follada. Se tomó varias fotos: una con los dedos separando los labios mayores, mostrando el interior cremoso y lleno de semen reciente; otra metiéndose tres dedos mientras se mordía el labio; otra de sus tetas pesadas con marcas de chupones frescos en los pezones.
Seleccionó las cuatro más explícitas y se las envió a Chang por WhatsApp, a las 2:17 a.m.
El mensaje iba acompañado de un audio largo, voz pastosa y ronca por el alcohol y los gritos de horas antes:
“Doctorcito… mira estas fotos, mirá bien… Esto es tener una verga gruesa que te parte al medio, que te llena hasta que no cabe más… mira cómo me dejó la bulba, rojo, abierto, chorreando… esto es lo que pasa cuando uno se aleja, cuando uno se pone frío…
Pero ¿sabes qué, Eduardo? Pese a todo… pese a esta pinga grande que me hace gritar como loca… yo extraño la tuya. Tu pinga más chica, sí, más chica pero juguetona… esa que me rozaba justo ahí, en ese puntito que solo tu conoces… la que me hacía reír cuando me la metías despacito y me decías ‘tranquila, gordita, te voy a hacer volar suave’.
Extraño cuando me besabas toda la panza, cuando me chupabas las tetas como si fueran lo más rico del mundo… extraño despertarme y verte mirándome como si fuera la única mujer en Lima.
Salazar me coge rico, sí… me coge como animal… pero no me hace el amor como tú. Y yo te amo, carajo. Te amo, aunque seas un idiota que se alejó sin decir por qué.
Mira las fotos otra vez… tócate pensando en mí… pero sabes que este coño que tanto te gusta ahora lo tiene otro. Y si no vuelves a ser el de antes… va a seguir teniéndolo.
Buenas noches, mi amor. O lo que sea que quede de nosotros.”
Chang recibió los mensajes en su casa, acostado junto a su esposa que dormía plácidamente. Abrió las fotos en la oscuridad del baño, la luz del celular iluminando su cara tensa.
Vio cada detalle: el coño de Rosa abierto como nunca, brillando de jugos ajenos; los dedos de ella hundidos hasta el fondo; las marcas moradas en sus tetas que no eran suyas. Escuchó el audio dos veces, tres, con la mano temblando.
Se masturbó allí mismo, de pie frente al espejo, corriéndose en silencio mientras miraba las fotos y escuchaba la voz borracha de Rosa diciendo que lo amaba.
Pero no respondió.
Al día siguiente, Rosa despertó con resaca y arrepentimiento. Vio que Chang había visualizado todo a las 2:25 a.m., pero no había escrito nada. Ni un “visto”. Nada.
Se sentó en la cama, todavía desnuda, el cuerpo dolorido del sexo con Salazar. Lloró un rato, en silencio.
Luego le mandó un último mensaje de texto, sobria ya:
“Perdón por lo de anoche. Estaba borracha. Pero todo lo que dije es verdad. Te amo, Eduardo. Si quieres hablar, estoy. Si no… este enero fue el último.”
Chang leyó el mensaje en el hospital, durante una pausa entre cirugías. Miró el techo un rato largo.
No respondió.
Rosa tomó el bus de regreso a Huánuco dos días antes de lo planeado. No se despidieron.
El Dr. Chang volvió a su vida ejemplar: hospital, casa, esposa, hijos. Todo en orden.
Pero cada noche, en secreto, abría aquellas fotos y el audio. Se tocaba pensando en Rosa abierta para otro, en su voz diciendo que lo amaba pese a todo.
Y se corría con una mezcla de dolor y placer que nunca había conocido.
El fuego se había apagado.
O quizá solo había cambiado de forma.
El secreto del Dr. Chang – La última traición
Rosa, con esa mezcla de rencor y nostalgia que solo las mujeres como ella saben llevar, decidió dar un paso más.
A través de redes sociales encontró a María, la esposa de Chang. Comentó fotos antiguas, dio like a publicaciones familiares, mandó mensajes inocentes: “Qué lindos tus hijos, señora”, “Tu esposo es un gran médico, lo conozco del hospital”. María, ingenua y amable como siempre, respondió con calidez. En poco tiempo se hicieron “amigas” virtuales.
Un día Rosa escribió: “Estoy en Lima por unos días, me gustaría conocerte en persona. Tengo un amigo médico muy simpático, el Dr. Salazar, ginecólogo del Dos de Mayo. Podríamos salir los cuatro a cenar, ¿qué dices?”
María, que rara vez salía y siempre se quejaba de que Chang trabajaba demasiado, aceptó encantada. “Eduardo casi nunca tiene tiempo libre, pero esta vez lo convenzo”, respondió.
La cena fue en un restaurante de Miraflores con vista al mar. Mesa para cuatro. Rosa llegó radiante: vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas generosas, escote profundo, perfume fuerte. Salazar, elegante, atento, con esa sonrisa de conquistador profesional. María, sencilla y confiada, con un vestido discreto. Chang, tenso desde el momento en que vio a Rosa entrar del brazo de Salazar.
Los tragos empezaron suaves: vino blanco, luego pisco sour. Rosa y Salazar llevaban la conversación con facilidad. Contaban anécdotas del hospital, reían fuerte, se tocaban “sin querer” el brazo. María se sentía halagada por la atención del ginecólogo joven y guapo. Chang bebía en silencio, observando cada gesto.
Después del tercer round de piscos, Rosa empezó a “sentirse mal”. “Ay, me dio sueño de golpe… tanto viaje me tiene agotada”, dijo con voz pastosa, apoyando la cabeza en la mesa. En minutos parecía profundamente dormida, respirando pesado.
María también había bebido más de lo habitual. Las mejillas rojas, risa fácil. Salazar la miraba con interés descarado.
“Pobrecita Rosa”, dijo Salazar. “Mejor la llevamos a descansar. Tengo una suite reservada aquí arriba en el hotel del restaurante, por si alguien se pasaba de copas. Podemos subirla ahí”.
Chang frunció el ceño, pero no dijo nada. Ayudaron a Rosa a levantarse —ella fingiendo estar semi-inconsciente— y subieron al ascensor. María iba tomada del brazo de Salazar, riendo de cualquier tontería que él decía.
En la suite había dos habitaciones comunicadas. Dejaron a Rosa en una de ellas, “dormida” sobre la cama king size, vestido subido un poco mostrando los muslos gruesos.
Salazar sirvió más tragos en el salón. “Una última copa, por la nueva amistad”, propuso.
María aceptó. Chang también, aunque ya sentía el alcohol quemándole las venas.
Media hora después, María empezó a cabecear. “Me siento mareada… nunca bebo tanto”, murmuró.
Salazar, con mucha calma y naturalidad, la tomó del brazo. “Ven, María, mejor te acuestas un rato en la otra habitación. Eduardo y yo cuidamos de Rosa aquí”.
Chang abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. El alcohol, los celos, una curiosidad morbosa lo paralizaron.
Salazar acompañó a María al cuarto contiguo. Cerró la puerta, pero no del todo. Dejó una rendija abierta, apenas unos centímetros.
Chang se quedó en el salón, mirando la puerta. Escuchó risas bajas, la voz suave de Salazar: “Tranquila, María… solo te ayudo a recostarte… así, despacio… qué linda eres”.
Luego silencio. Luego un susurro: “¿Nunca te han dicho lo hermosa que eres? Tu marido tiene suerte…”.
Un jadeo suave de María. “No… no deberíamos…”.
Pero la voz ya era débil, entregada.
Chang se acercó a la rendija. Vio lo suficiente: Salazar besándola en el cuello, María con los ojos cerrados, dejándose caer en la cama. Las manos de él subiendo por el vestido, María sin resistirse. Pero sonó algo, nadie sabe ni de donde y volvieron a sus cuartos y María se quedó sola.
En la otra habitación, Rosa abrió un ojo. Sonrió en la oscuridad. Todo había salido exactamente como lo planeó.
Chang se quedó allí, mirando por la rendija, la verga endureciéndose contra su voluntad mientras escuchaba los gemidos ahogados de su propia esposa en brazos de Salazar.
Rosa, desde su cama, susurró apenas audible: “Ahora estamos a mano, doctorcito…”.
Y Chang, por primera vez en su vida, no supo si llorar, gritar o unirse.
El secreto del Dr. Chang – La amistad que no fue
Después de aquella noche en la suite de Miraflores, María no dijo nada. Ni a Chang, ni a nadie. Solo llegó a casa al día siguiente con una sonrisa tímida, un leve moretón en el cuello cubierto por un pañuelo, y una excusa vaga: “Me pasé de copas, Eduardo, pero fue divertido conocer gente nueva”. Chang, que había visto y oído todo desde la rendija, no preguntó. El silencio entre ellos se volvió más denso, pero superficialmente, la vida siguió: cenas familiares, fines de semana en el parque, la rutina impecable.
María, sin embargo, no olvidó a Salazar. Al principio fue inocente: un mensaje de WhatsApp de cortesía, “Gracias por cuidarnos esa noche, doctor. Fue un gusto”. Él respondió con encanto profesional: “El placer fue mío, María. Si necesitas algo de salud femenina, ya sabes dónde estoy”. Ella se sonrojó al leerlo, pero guardó el número.
Semanas después, en marzo, María empezó a sentir dolores leves en la zona baja. Ansiosa por discreción —nunca había confiado del todo en los colegas de Chang—, le escribió a Salazar: “Doctor, ¿podría recomendarme un ginecólogo en privado? Algo confidencial”. Él contestó al instante: “Mejor yo mismo, María. Pasa por mi consultorio privado en San Isidro. Primera consulta gratis, por ser amiga”.
El primer café —o lo que pretendía serlo— fue en abril, después de la consulta. María salió del consultorio con un diagnóstico benigno (estrés, nada más) y una receta. Salazar la invitó a un café cercano, “para que no manejes con el estómago vacío”. Se sentaron en una terraza soleada de Larcomar, con vista al mar. Él pidió lattes con vainilla; ella, un capuchino simple.
Hablaron de todo menos de medicina. Salazar era un maestro: preguntas sobre sus hijos (“Qué orgullo deben ser”), anécdotas divertidas del hospital (“Tu esposo es el mejor cirujano, pero yo soy el que hace reír a las pacientes”), halagos sutiles (“Tienes una sonrisa que ilumina el consultorio, María”). Ella rio, se sintió viva por primera vez en años. El café duró dos horas. Al despedirse, un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
Mayo trajo el segundo café. Esta vez en un local más íntimo, en Surco, cerca de la casa de María. “Pasé por aquí de casualidad”, mintió él en el mensaje. Ella aceptó porque “era de camino al supermercado”. Pidieron expresos cortos y croissants. La conversación se volvió personal: María confesó su soledad en las largas noches de guardia de Chang; Salazar habló de su divorcio reciente (“A veces uno se pierde en la rutina”). Sus manos se rozaron al pasar el azúcar. Ninguno se apartó rápido.
Junio, el tercero. Un brunch dominical en un café orgánico de Miraflores. “Traje a los niños al malecón, ¿te animas a unirte?”, le escribió ella, rompiendo su propia regla de discreción. Salazar llegó con flores silvestres “para la mesa”. Compartieron avocado toast y jugos verdes. Los niños jugaron cerca; los adultos hablaron de sueños postergados. Al final, un abrazo largo en el estacionamiento, su mano en la curva de su espalda baja.
Julio y agosto fueron un torbellino de “cafés casuales”: uno en la librería de un mall, con libros de poesía que Salazar le recomendó (“Lee esto pensando en mí”); cada vez, un toque más: un roce de rodillas bajo la mesa, un dedo trazando el borde de su taza, un “¿Sabes que eres más guapa sin maquillaje?” que la hacía bajar la mirada, sonrojada.
Chang notaba el brillo nuevo en los ojos de María, los mensajes que borraba rápido, las salidas “con amigas” que duraban horas. Pero no decía nada. El resentimiento de enero se había convertido en una resignación amarga. Sabía de Salazar; lo veía en los pasillos del hospital, con su sonrisa de depredador. Una vez, en el ascensor, sus miradas se cruzaron: Salazar guiñó un ojo. Chang solo apretó la mandíbula.
Meses después, en octubre, lo inevitable sucedió.
Era un viernes de garúa. María había “ido a un café con una vecina”, pero Chang, terminando temprano una cirugía, decidió pasar por la casa.
No entró. Se quedó afuera, en el auto, escuchando la nada. Le escribió a María y no le respondió, pero algo le dijo que estaba con Salazar.
Y en efecto, estaban en el mismo café de siempre, los esperó en su auto, ni bien salieron, los siguió.
Fueron a un hospedaje cercano pero discreto.
Adentro, en la habitación 207 —cama king con sábanas blancas, luz tenue de lámparas de lava—, lo inevitable se desplegó sin prisa.
Salazar la besó contra la puerta, suave al principio, desatando el moño de su cabello castaño. María gimió bajito, las manos temblorosas en la camisa de él. “No sé si debería…”, murmuró, pero ya se dejaba caer.
“Shh, déjame cuidarte como mereces”, respondió él, voz ronca, besándole el cuello mientras le subía el vestido por los muslos. La llevó a la cama, la desvistió despacio: el vestido cayó, revelando un cuerpo maduro pero firme, pechos medianos con pezones oscuros ya erectos por el frío y la anticipación, bragas simples de algodón que él bajó con dientes.
María se abrió para él, nerviosa pero ansiosa. Salazar se arrodilló entre sus piernas, besó el interior de sus muslos, inhaló su aroma limpio, femenino, mezclado con jabón de lavanda. La lamió despacio, lengua plana contra el clítoris hinchado, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde ella jadeaba. “Dios, Mario… nunca…”, susurró ella, arqueando la espalda, las manos enredadas en su cabello.
Él se desnudó, la verga gruesa y venosa saltando libre. María la miró con ojos grandes, la tocó con timidez. “Es… grande”, dijo, y él rio suave: “Te va a gustar, María. Relájate”.
La penetró lento, centímetro a centímetro, hasta que ella gritó de placer mezclado con un leve dolor. Embestía rítmico, profundo, las caderas de él chocando contra las de ella en un vaivén húmedo. María se corrió primero, convulsionando alrededor de él, uñas clavadas en su espalda, un gemido largo y liberador que nunca había soltado con Chang.
Salazar la volteó, la puso de rodillas —su posición favorita— y la tomó por detrás, agarrando sus caderas estrechas, una mano enredada en su cabello. “Dime que te gusta”, gruñó. “Sí… sí… más…”, respondió ella, empujando hacia atrás, el culo blanco enrojeciéndose por los palmazos suaves.
Se corrió dentro de ella con un rugido bajo, llenándola caliente y espeso. María se derrumbó, exhausta, besándolo con una pasión nueva, prohibida.
Chang encendió el motor y se fue. No lloró. Solo sintió un vacío frío, como si el último hilo que lo ataba a su vida ejemplar se hubiera cortado.
María llegó a casa dos horas después, oliendo a cache rico e infiel y a hombre ajeno, con una sonrisa culpable que no borraría. “El café se extendió”, dijo.
Chang, desde el sofá, solo asintió. “Está bien”.
El secreto de todos se había completado. Y en el silencio de la casa, nadie mencionaría nunca lo inevitable.
El Dr. Chang siguió operando, sonriendo a pacientes, besando a su esposa en la mejilla. Pero por dentro, ya no era el mismo hombre.
El fuego se había extinguido por completo. Solo quedaban cenizas.
