Historias de madres solteras ( 80s-actual) varios entregables

Rubia abusiva mas ninfómana que la pm.



La Rubia Despampanante en su Día a Día

En pleno 2023, en San Borja, Lima, Valeria era la rubia que todos volteaban a mirar. 35 años, pelo rubio platino hasta la mitad de la espalda, ojos verdes de gata en celo, tetas grandes y naturales que se movían solas bajo las blusas, culo redondo y duro, piernas largas y un coño depilado que siempre llevaba marcado bajo los leggings.

De día era la profesional intachable: trabajadora freelance en comunicaciones digitales. Desde su departamento luminoso en San Borja, atendía reuniones por Zoom vestida impecable: blazer ajustado que marcaba sus tetas, camisa blanca con dos botones abiertos para que se viera el encaje del sostén, falda lápiz que abrazaba su culo. Hablaba con voz firme y sensual a la vez:

—Señores, la estrategia debe centrarse en TikTok e Instagram Reels para captar al público joven. Necesitamos contenido que genere deseo inmediato… que los haga querer clic, querer más.

Sonreía a la cámara, mordiéndose el labio sin que se notara demasiado, mientras por dentro pensaba: “Si supieran que anoche me folló un desconocido en el baño de un bar de Barranco…”.

Nadie sospechaba nada. Era mamá soltera de Mia, una niña de 10 años, y todas las noches salía a pasear a Luna, su golden retriever, por los parques de San Borja. Leggings negros que se metían entre los labios del coño, top deportivo que dejaba los pezones duros marcados, zapatillas blancas. Parecía la vecina perfecta.

—Buenas noches, qué lindo clima —decía con sonrisa angelical a los que se cruzaban, mientras sus ojos verdes escaneaban vergas bajo los pantalones.

Así disimulaba su lado puto: de día campañas y emails, de noche coqueteo descarado y folladas rápidas en cualquier rincón oscuro de Lima.

El Encuentro con los Perros

Una noche de verano húmedo en San Borja, 2023. Yo paseaba a Max, mi labrador negro, por el Parque de la Familia. De repente veo a esta rubia despampanante caminando con una golden y una niña corriendo adelante. Luna y Max se reconocieron al toque: olfateo, colas locas, juegos inmediatos.

Valeria se acercó riendo, agachándose para saludar a Max. Los shorts deportivos se le subieron y dejó ver medio culo perfecto.

—Uy, mira cómo se quieren estos dos… parece que ya son novios —dijo con voz ronca y sensual, enderezándose despacio para que viera bien sus tetas rebotando bajo el top.

—Sí, Max es un rompecorazones —contesté, ya con la mirada clavada en sus pezones marcados.

Me miró directo, mordiéndose el labio inferior.

—Yo soy Valeria. Esta es Luna, mi perrita, y allá va Mia, mi hija. ¿Y tú?

Intercambiamos nombres. Ella se acercó más, su perfume dulce invadiendo todo.

—Salgo todas las noches con ellas. Es mi forma de desconectar del trabajo. Soy freelance en comunicaciones… paso el día hablando de deseo, conversión… pero de noche necesito mi dosis real de adrenalina.

Rozó mi brazo “sin querer”.

—Suena intenso —dije, sintiendo cómo se me paraba.

Se rio bajito.

—Deberías venir más seguido… Luna parece que ya quiere jugar todos los días con Max… y yo no me quejo de la compañía.

Nos quedamos charlando media hora. Ella contoneando el culo cada vez que se movía, yo intentando disimular la erección.

—Dame tu número… por si los perros quieren verse otra vez —dijo al final, guiñándome el ojo—. O por si nosotros queremos tomar algo sin perros de por medio.

La Amistad y la Propuesta Abierta

Nos vimos casi todas las noches en el parque después de eso. Caminatas largas, Mia jugando, perros corriendo, nosotros hablando cada vez más cerca. Una noche nos sentamos en una banca apartada. Valeria cruzó las piernas, el legging marcando su bulbote.

—Mira, amor… me caes increíble. Tienes buena vibra, eres guapo, y se nota que tienes una verga rica debajo de ese pantalón —dijo directo, bajando la voz a un susurro cachondo—. Pero quiero ser clara desde ya: si esto avanza, tiene que ser abierto. No hago exclusividad.

Me miró fijo, lamiéndose los labios.

—De día soy la mamá responsable y la profesional que maneja campañas… pero de noche soy una puta en celo que necesita cachar con gente nueva de vez en cuando. Quiero que me folles tú, que me revientes este coño rico cuando quieras… pero también voy a dejar que otros me cojan. Me excita muchísimo contártelo después: llegar con la pepa bien mojadita, lleno de leche ajena y que tú me lo reclames duro.

Puso su mano en mi muslo, subiendo peligrosamente.

—¿Qué dices amor? Imagina: te cuento cómo un desconocido me metió la verga en el carro después de un bar, cómo me corrí gritando en su boca… y luego tú me follas sabiendo que soy una zorra compartida.

Tragué saliva, la verga dura como piedra.

—Palammmmmmmmm, Valeria… sí, creo, pero no se si esto dure.

Sonrió como una diablesa, apretando mi muslo.

—Perfecto, lindo, mi nuevo consentido… porque ya me muero por mamar esa pichulota tuya hasta sacarte hasta la última gota.

El Primer Sexo

Una noche de viernes, Mia estaba con la abuela. Valeria me invitó directo a su departamento después del paseo.

Apenas cerramos la puerta, Luna y Max al patio, ella se quitó el top de un tirón. Sus tetas grandes y firmes saltaron libres, pezones rosados duros como piedras.

—Ven aquí, amor… hace mucho calor esta noche —susurró, pegándose a mí y metiéndome la lengua hasta el fondo—. Te deseo desde la primera vez que te vi. Quiero sentir esa pijotaaaaaaaaaaa gruesa partiendo mi cucota en dos.

Le agarré las tetas con fuerza, chupando un pezón mientras ella gemía.

—Valeria… eres una puta rubia perfecta. Te voy a follar hasta que no puedas caminar.

Me empujó al sofá, me bajó el pantalón y sacó mi pinga bien dura.

—Mira esta pinga rica… más gorda de lo que imaginé —dijo arrodillándose, lamiendo desde los huevos hasta la cabeza—. Voy a mamártela hasta que me ahogues con tu leche… pero primero quiero correrme en tu boca.

Se quitó los shorts: sin hilo, su almeja bien depiladita chorreando jugos.

—Ábrete de piernas, zorra —ordené.

Se sentó en mi cara, frotando esa cuca que de lejos se veía re buena y de cerca más sabrosota contra mi lengua.

—Come rico, amor… méteme la lengua hasta el fondo… ahhh sí, así, chúpame el clítoris como un hombre experto y que sabe dar placer.

Se corrió fuerte, luego me vine en su boca, temblando entera.

—Ahora fóllame… métemela toda de una —suplicó, poniéndose en cuatro en el sofá.

La penetré hasta el fondo, agarrándole el pelo rubio.

—¡Sí, rómpeme esta concha, cabrón! ¡Más fuerte, dame toda esa verga hasta el útero!

La follé salvaje, azotándole el culo hasta dejarlo rojo.

—Eres una puta abierta… dime cuántos te has cogido esta semana.

—Dos, amor… uno en un intermedio del trabajo, me llenó el culo… otro en el gimnasio, en la ducha… pero ninguno como tú… ¡córrete dentro, lléname esta concha de zorra!

Nos corrimos juntos, ella gritando mi nombre mientras su coño apretaba mi verga.

Me salía a cántaros y ella lamía y relamía, que perra, que golosa y era el inicio.



Después del Sexo, la Realidad Abierta

Después de esa primera chifada brutal, todo parecía perfecto. Pero la relación abierta empezó a pesar. Valeria seguía disimulando de día: reuniones, campañas, mamá perfecta. De noche salía “con amigas” o “a correr”.

Una noche me llamó desde un bar en Miraflores, voz medio borracha y arrechona.

—Amor… estoy con un moreno que me tiene el coño empapado… su verga se marca durísima bajo el pantalón… ¿me das permiso para que me la meta aquí mismo en el baño?

Dije que no, ella sonrió, te estoy diciendo de verdad, no quiero pendeja.

Se enojó, colgó y no hablamos más.

Al día siguiente me mandó audio mientras se masturbaba:

—Ayer pese a que me cagaste el plan, pasó lo que tenía que pasar.

No mereces pero igual te cuento, me lo cogí tres veces, amor… primero me mamó el coño en el baño del bar, después en su carro me metió por el culo hasta que grité… al final en su depa me llenó la boca de leche espesa… fue rico, pero extraño tu verga reclamándome.

Las semanas pasaron. Cada vez más distante. Una noche en el parque la vi paseando a Luna… pero con otro tipo alto y musculoso, él acariciándole el culo disimuladamente mientras Mia no estaba.

Me acerqué. Ella sonrió como si nada.

—Hola, mira, te presento a Diego. Es… un amigo con derechos.

Diego me apretó la mano fuerte, sabiendo exactamente quién era yo.

Yo no, le dije, puse mala cara y los dejé.

Pese a que teníamos algo, la cosa se enfriaba, ambos los sabíamos.

Los perros seguían jugando cuando se cruzaban, pero nosotros… ya no. Valeria siguió siendo la rubia despampanante que disimulaba perfecto en San Borja: de día profesional intachable, de noche puta libre. Yo me quedé con el recuerdo ardiente de esa primera follada y la certeza de que, en una relación abierta, alguien siempre termina queriendo cerrar la puerta.



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Guiños, coqueteos y jadeos en el Gimnasio

Valeria empezó a ir al gym, justo cuando nuestra relación abierta estaba en su pico. Decía que era para "mantener el culo firme para ti, amor", pero yo sabía que esa rubia puta siempre buscaba excusas para coquetear. Su instructor era un moreno musculoso llamado Marco: 30 años, 1.85 de puro músculo, piel oscura, intimidaba a cualquiera, se podría decir que se sentía seguro, aunque en Lima con lo insegura que es, nadie se salva.

La primera clase, Valeria llegó con leggings negros ajustadísimos que se metían entre los labios de su chuchita depilada, y un top deportivo que dejaba sus tetas grandes rebotando libres. Marco la vio y se acercó con sonrisa de lobo.

—Bienvenida, Valeria. Soy Marco, tu instructor. Vamos a trabajar ese cuerpo rico que tienes.

Ella se mordió el labio, mirándolo de arriba abajo, deteniéndose en el bulto.

—Gracias, Marco. Quiero que me hagas sudar… mucho. Me gusta cuando un hombre fuerte me guía.

Durante la sesión, él la corregía tocándola: manos en su cintura, rozando su culo "sin querer".

—Baja más, Valeria… siente cómo se aprieta ese culito redondo… sí, así, perfecta.

Ella gemía bajito, como si fuera esfuerzo, pero era puara arrecha, bien descarada la condenada.

—Ahhh… Marco, me estás matando… pero me encanta cómo me tocas. Siento tu fuerza… y algo más duro presionando.

Al final de la clase, solos en el vestidor mixto, ella se inclinó a recoger la toalla, dejando el culo en pompa.

—Ups… se me cayó. ¿Me ayudas, instructor?

Marco se pegó por detrás, su verga dura contra su culo.

—Claro, zorra… pero si sigues provocándome, te voy a dar una clase privada que no olvidarás.

Valeria se giró, le agarró el paquete por encima del short.

—Mmm… qué verga gruesa sientes… ¿me das una probadita después del gym?

Esa noche me llamó, voz inocente.

—Amor, el instructor es un dios… pero tranqui, solo entrenamos.

La Primera Follada en el Gimnasio

Dos días después, Valeria me dijo que tenía "clase extra tarde". En realidad, se quedó sola con Marco en el gym vacío a las 10 pm. Entró al vestidor femenino, pero él la siguió.

—Valeria, hora de la clase especial… quítate esa ropita sudada.

Ella se desnudó despacio, quedando en tanga diminuta empapada.

—Mira cómo me tienes, Marco… mi papa chorreando por ti desde la primera vez.

Él se quitó todo: verga morena de 20 cm, gruesa, venosa, cabezona.

—Ven aquí, puta rubia… arrodíllate y mámame esta pinga hasta que te ahogue.

Valeria se puso de rodillas, lamiendo desde los huevos peludos hasta la punta.

—Mmm… qué rica verga negra… más gorda que la de mi novio… voy a tragármela toda, instructor.

La chupó como loca, babeando, metiéndosela hasta la garganta mientras él le follaba la boca.

—Así, zorra… chúpame los huevos también… joder, qué boca de puta tienes… vas a ser mi alumna favorita.

La levantó, la sentó en el banco y le abrió las piernas.

—Ahora te voy a comer ese coño depilado… mira cómo brilla de mojada.

Le metió la lengua profunda, chupando el clítoris como un experto.

—Ahhh… sí, Marco, cómetelo todo… méteme dedos… ¡tres, joder, estírame!

Se corrió en su cara, gritando.

—Ahora te voy a reventar… ponte en cuatro, puta.

La penetró de una embestida, agarrándole el pelo rubio.

—¡Sí, rómpeme esta concha, cabrón! ¡Dame toda esa verga negra hasta el fondo!

La folló brutal, azotándole el culo hasta dejarlo rojo.

—Eres una zorra casada, ¿no? ¿Tu novio sabe que te estoy partiendo?

—No… pero me encanta engañarlo contigo… ¡córrete dentro, lléname de leche caliente!

Se corrió rugiendo, inundándola.

Esa noche llegó a casa, me besó.

—Amor, qué cansada… el gym me mató.

Pero sentí el olor a sexo.

Imaginaba que la detonaron, no tenía pruebas pero ya vería como vengarme y hacerla sufrir.



Los Encuentros Diarios y los Relatos Cachondos

Valeria se volvió adicta. Iba al gym todos los días, follada por Marco en el vestidor, la sala de pesas o hasta en el sauna. Una tarde, después de una sesión, me llamó media jadeante.

—Amor… estoy en el gym todavía… Marco me está dando una clase intensa.

En realidad, estaba en el sauna desnuda, sentada en su verga.

—Cuéntame, puta… ¿qué te hace?

Marco la cabalgaba, tetas rebotando.

—Ahhh… me está corrigiendo la postura… sí, más profundo… joder, qué verga.

Colgó riendo.

Otra vez, me mandó audio mientras Marco la follaba por el culo en el baño.

—Amor… escucha cómo me revienta… ¡sí, Marco, métemela por el ojete, ¡rómpelo!

Gruñidos de él: “Toma, zorra infiel… este culo es mío ahora”.

Ella gemía: “¡Más fuerte, cabrón! ¡Quiero que me dejes el culo chorreando leche!”.

Al llegar a casa, se sentaba en mi cara.

—Come mi mi cuquita hambrienta y palpitante solo por ti, amor… está limpio, te juro.

Pero sabía a semen ajeno.

—Valeria… ¿me engañas?

Se rio, frotándose.

—No, amor… como crees, dijo la pendeja.

Me follaba contándome "fantasías": “Imagina que Marco me llena el coño todos los días… me hace su puta.

Me quitó las ganas.

No dije mas y me fui de su casa.



El Descubrimiento y la Orgía

Un mes después, fui al gym a sorprenderla. Entré al vestidor mixto y los encontré: Valeria en cuatro en el piso, Marco follándola por detrás, otro instructor (un blanco tatuado) metiéndole la verga en la boca.

— ¡Sí, quiero pinga de los dos! Marco, revuélveme la cuca con esa pinga negra… y tú, ¡métemela hasta la garganta!

Marco gruñía: “Toma, puta rubia… tu novio no sabe que eres nuestra zorra del gym”.

El otro: “Trágatela toda, perra… vas a chorrear leche por todos lados”.

Me quedé paralizado. Valeria me vio, pero no paró. Sacó la verga de la boca un segundo.

—Amor… únete… hay verga para todos… o mira cómo me revientan.

Me acerqué, excitado a pesar de todo. Me arrodillé y la besé mientras Marco la penetraba.

—Eres una puta infiel…

Terminó en orgía: yo follándola la boca, Marco el coño, el otro el culo.

— ¡Sí, los tres, llénenme todos los agujeros!

Nos corrimos juntos, bañándola en semen.

Después, se van todos y la pendeja me adula.

Ya quería safar, me llega un mensaje y empezaría el plan.



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La Invitación Navideña y la Cena Familiar

Una semana después de la orgía en el gym, donde vi a Valeria convertida en una puta llena de leche de tres vergas, me llamó con esa voz de niña cachonda que me ponía la pinga dura al instante.

—AmorcitOOO… te extraño tanto mi cornudo favorito. Ven esta noche a casa, es previa de Navidad. Preparé todo bien rico para ti… cenaremos con Mia, y después… te voy a mamar la verga hasta que me ahogues en leche.

Llegué al departamento en San Borja y quedé loco: guirnaldas rojas y doradas colgando por todos lados, luces parpadeantes que iluminaban todo como un puto burdel navideño, un árbol enorme lleno de bolas brillantes y estrellas, regalos falsos abajo para la foto. Olía a pino, canela y coño mojado disfrazado.

Valeria abrió la puerta con un vestido rojo de puta total: escote hasta el ombligo, tetas grandes casi saliéndose, falda tan corta que si se agachaba se le veía el culo entero.

—Papi… qué guapo vienes. Mia, mira quién llegó.

La niña corrió feliz. Cenamos pavo jugoso, vino caro. Bajo la mesa, Valeria me rozaba la pichula con el pie descalzo, sonriendo como una santa mientras servía.

—Amor, prueba esto… está bien caliente, como mi coño ahora mismo pensando en ti.

Después de la cena, llegó el ex: un tipo común. Valeria juraba que eran "solo amigos co-padres", que no se follaban desde hacía años.

—Mia, ve con papi a ver luces. Mami y el tío se quedan a… decorar más.

Mia se fue inocente. Valeria cerró la puerta y se giró como una zorra en celo.

—Al fin solos… ven, abre este champagne que te voy a emborrachar para que cachemos como se debe, como una perra toda la noche.

Sirvió copas, nos sentamos en el sofá bajo las luces del árbol que parpadeaban en su piel.

—Salud por mi cornudo consentido…

Brindamos y me metió la lengua hasta la garganta.

La Follada Salvaje Bajo el Árbol Navideño

Valeria me agarró la verga por encima del pantalón mientras me comía la boca.

Amor… ya la tienes dura como piedra… me encanta sentir esta pinga palpitando por tu puta rubia.

La empujé contra el sofá, le subí el vestido y vi que iba sin nada debajo: coño depilado brillando de jugos.

—Mira cómo estoy, huevón… empapada desde que llegaste. Tócame, méteme los dedos ya.

Le clavé tres dedos de golpe, revolviendo fuerte.

—Ahhh… sí, rómpeme la papa con la mano… estírame como la zorra que soy… ¡más profundo.

Se corrió rápido.

—Ahora cómetelo, amor… mete la cara en esta concha chorreante y lame todo.

Me arrodillé bajo el árbol, luces reflejándose en sus jugos, y le chupé el clítoris como loco mientras ella me agarraba el pelo.

— ¡Sí, come este coño rico, cabrón! ¡Méteme la lengua hasta el fondo… ahhh, voy a correrme otra vez en tu boca de cornudo!

Explotó temblando, inundándome la cara.

Se tiró al suelo, me bajó el pantalón y se metió la verga entera.

—Mmm… qué pinga rica… voy a mamártela hasta que me des leche espesa en la garganta.

Me la chupó babeando, huevos incluidos, mirándome con ojos de puta.

—Culeame ya… métemela toda bajo este árbol de ******.

La puse en cuatro frente al árbol, le agarré el pelo rubio y la empalé de una estocada brutal.

— ¡Sí, rómpeme la concha, sigue papi, vamos, duro y parejo, durooooooooooooo!

La caché como animal, azotándole el culo hasta dejarlo rojo navideño.

—Eres una puta mentirosa… dime qué vas a hacer mañana.

—Ahhh… mañana tengo entrevista de trabajo… pero… pero quizás me coja al vecino nuevo… ¡sí, córrete dentro, lléname esta concha infiel!

Exploté inundándola, ella gritando otro orgasmo.

Después, jadeando:

—Amor… estoy muerta… debo dormir temprano por la entrevista. Quédate si quieres, yo me voy a la cama.

Me besó y se fue contoneando el culo chorreando mi leche. Mentira cochina.

El Engaño Brutal con el Vecino – Toda la Noche

A la mañana siguiente, Valeria se arregló como una zorra de lujo: falda negra cortísima, blusa transparente sin sostén, pezones duros marcados, tacones de puta. Salió diciendo "voy a la entrevista, amor… cruza dedos".

Fue directo al departamento del vecino nuevo, Luis: moreno de 28, cuerpo atlético y varias le rogaban por sexo.

Tocó la puerta con una bandeja falsa.

—Hola, vecino… soy Valeria, traigo galletitas navideñas… ¿me dejas pasar un ratito?

Luis abrió, la miró y se le paró al instante.

Pase bella vecina.

Apenas cerró, Valeria se pegó a él, agarrándole la verga por encima.

—Mmm… qué bulto tienes bebe.

Le bajó todo: moría por esa nueva pichula.

Se arrodilló en el pasillo, lamiendo huevos, chupando profundo, ahogándose feliz.

—Así, puta vecina… mama esta pinga negra hasta que te salga baba por la nariz…

La levantó, le arrancó la ropa y la estampó contra la pared.

—Abre las piernas, putita voy a comerte esa chuchota hasta que pidas chepa.

Le metió la lengua y cuatro dedos, revolviendo brutal.

— ¡Sí, vecino, rómpeme con la mano! ¡Estírame para esa verga enorme… ahhh, me corro ya!

La llevó a la cama, la puso en cuatro y la penetró de una hasta el fondo.

Luis la follaba salvaje, azotando fuerte.

—Toma, puta infiel… tu novio cree que estás en una entrevista mientras te estoy detonando el coño… ¿te gusta engañarlo?

— ¡Me encanta! ¡Soy una putonasaaaaa mentirosa… córrete dentro, lléname de leche caliente!

Se corrió rugiendo, inundándola. Siguieron toda la noche: por el culo en la ducha, cabalgando en el sofá, 69 en la cocina, hasta doble penetración con un juguete. Valeria gritando como loca y golosa que es.





La Llamada Final Mientras Folla a Mis Espaldas

Valeria pasó días follando con Luis a escondidas, excusas de "trabajo navideño". Una noche, mientras yo esperaba como gil, me llamó jadeando.

—Amor… una preguntita hipotética mientras me toco pensando en ti… ¿qué pasaría si me estoy yendo con el vecino ahora mismo? ¿Me perdonarías si me está reventando la concha con su verga enorme?

Oí chap chap húmedo y gruñidos masculinos.

—Valeria… no, jamás te perdonaría.

Se rio como una puta en pleno orgasmo.

—Ah ya, amor… no te enojes, cornudito… era solo una preguntita tonta…

Colgó de golpe. En realidad, estaba en cuatro en la cama de Luis, él embistiéndola brutal por detrás mientras hablaba.

— ¡Sí, vecino, métemela más profundo justo cuando hablo con mi idiota! ¡Rómpeme mientras él cree que estoy sola!

Luis la azotaba, agarrándole las tetas.

—Toma, zorra casada… grita más fuerte para que tu cornudo imagine, aunque no sepa.

Valeria chillaba:

— ¡Joder, qué verga rica… más grande y dura que la suya! ¡Córrete dentro otra vez, lléname esta concha engañadora!

Colgó y siguió follando horas, y yo solo me la pase llamando a otras a ver si alguna caía, mientras ideaba algo para darle su merecido…………
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La Follada en Casa con la Hija Dormida

Al día siguiente de esa llamada traidora donde me cortó para seguir tirando como una loca con Luis, la crucé en el pasillo del edificio. La muy puta ni siquiera mencionó nada; solo me sonrió con esa cara de santa falsa, charlamos una hora de ****** sobre el clima y el trabajo, y se largó contoneando el culo como si nada. Pero esa misma noche, mientras Mia dormía profunda en su cuarto con la puerta cerrada, Valeria abrió la puerta principal a Luis vestida solo con una bata corta de seda roja que apenas le tapaba la mitad de los muslos, sin una puta prenda interior, tetas grandes y firmes libres bajo la tela fina, pezones rosados duros como piedras por la excitación anticipada, y coño depilado ya chorreando jugos espesos por el interior de las piernas.

Apenas Luis entró, cerrando la puerta con cuidado para no hacer ruido, Valeria se pegó a él como una perra en celo, metiéndole la mano directa por el pantalón, agarrando su verga morena que ya palpitaba.

—Shhh, cabrón hijo de puta… la niña duerme al lado en su cuarto, pero necesito esa pinga negra gruesa y venosa dentro de mí ya mismo… métemela sin hacer ruido o te mato aquí mismo.

Luis se sacó la verga de un tirón, y se lo hizo sin asco. Tremenda puta profesional.

—Arrodíllate ya, puta vecina traidora de ******… mama mi pichula gorda en silencio o te tapo la boca con mis huevos peludos hasta que te ahogues.

Valeria cayó de rodillas en el pasillo oscuro, abriendo la boca como una zorra profesional experimentada, metiéndose la cabezona hasta la garganta de una sola vez, babeando ríos espesos que caían por su barbilla y tetas, chupando con succiones lentas y profundas para no hacer sonido.

—Mmm…qué pingota deliciosa y caliente… huele a pura macho alfa… lame los huevos peludos, zorra, chúpamelos como si fueran caramelos dulces y salados, succiona fuerte.

Ella obedeció, lamiendo los huevos arrugados y pesados, metiéndoselos en la boca uno por uno mientras pajeaba la verga con mano experta, frotando el prepucio arriba y abajo.

Luis la levantó a lo bruto por el pelo rubio, la llevó al sofá de la sala y le abrió las piernas hasta casi partirla en dos, su bulbote depilado brillando bajo la luz tenue, labios hinchados y rojos, clítoris erecto como un botón, jugos espesos rebosando por los muslos internos.

Le metió la lengua hasta el fondo del agujero, lamiendo las paredes internas con movimientos circulares, cuatro dedos gruesos revolviendo como un taladro sin piedad, chupando el clítoris hinchado con succiones brutales y mordiscos suaves, aspirando los jugos como si fuera néctar.

—Ahhh… sí, vecino… estírame esa concha traidora con tus dedos callosos… méteme el puño entero si cabe, rómpeme despacio… no hagas ruido… ¡me corro, me vengooooooooooooooooooooooooooooo.

Luis la empaló de una estocada lenta pero hasta el fondo, huevos pegados al culo mojado, verga estirándola al máximo.

—Toma, zorra infiel asquerosa… siente cómo te parto el útero en silencio… aprieta esa concha caliente y húmeda alrededor de mi verga negra, ordeñándola como una vaca.

Valeria jadeaba contra su cuello sudoroso, uñas clavadas en su espalda musculosa: “¡Más profundo, hijo de puta… embiste lento pero fuerte… lléname de leche espesa y caliente mientras Mia duerme a metros… soy una madre puta y ninfómanaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Luis aceleró el ritmo poco a poco, huevos golpeando rítmicamente contra su clítoris, follándola con embestidas profundas y controladas, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de él.

Explotó a chorros calientes y potentes, inundándole el coño hasta que el semen blanco rebosó por los labios y goteó al sofá. Siguieron dos rondas más sin parar: primera, por el culo en la cocina. “¡Rómpeme el ojete apretado y virgen esta noche, métemela toda hasta que duela rico y delicioso… córrete en mi culo de zorra mientras pienso en mi cornudo durmiendo solo!”. Luis lubricó con saliva y jugos del coño, penetrándola centímetro a centímetro hasta el fondo, follándola con ritmo creciente hasta corrérsele dentro, dejando el agujero abierto, rojo e inflamado, semen chorreando por las nalgas. Segunda ronda: 69 en el piso de la sala, ella chupando su verga sucia de semen y jugos mientras él le comía el coño y culo usado, corriéndose mutuamente en la boca.

La Queja del Ex y la Follada Mientras Habla por Teléfono

Tres meses de engaños salvajes y sin remordimiento. Cada vez que nos veíamos: pura charla aburrida y superficial una hora, ni un beso robado, ni una follada rápida. Pero noches enteras con Luis reventándole los agujeros hasta dejarla rota, caminando coja al día siguiente.

Una tarde el ex la llamó hecho un demonio porque Mia soltó inocente: “Mami sale más de noche que está conmigo, siempre se va con amigos”.

—Hola, señorrrrrrrrrrrrr… ¿qué te pasa ahora con esa voz de histérico? Mia exagera como siempre, soy la mejor madre del año. Siempre preocupada y ocupada con darle una mejor vida a mi hija. No entiendo tu bronca.

El ex gritaba al auricular: “¡Estás dejando a la niña sola por andar de zorra callejera con quien sabe qué puto enamoradito o pendejo que de seguro te da duro!

Valeria llevó a Luis al cuarto de visitas, cerrando la puerta con llave, y se quitó la bata de un tirón, quedando desnuda, tetas rebotando libres, vagina pidiendo a gritos guerra y ya hinchado y mojado.

—Tranquilo señor, estoy aquí con Mia, durmiendo como un angelito bajo las cobijas… no es cierto una ****** lo que dice la niña.

Mientras hablaba con voz dulce y fingida, se arrodilló frente a Luis y se metió su pichulón entero hasta la garganta, ahogándose en baba espesa que caía por sus tetas.

—Mmm… señorrrrrrrrrrr escúchame bien… soy responsable total, cuido a Mia como nadie… ah, un segundo, se me cayó el fono.

Luis le follaba la boca a mas no poder. Valeria siguió con voz temblorosa y jadeos disimulados como toses: “Te juro por Mia que estoy en casa atendiendo todo como debe ser… ahhh… es que me pica la garganta de tanto hablar contigo…”.

Luis la puso en cuatro en la cama de visitas, le escupió en su papota bien hinchado y rosado, y la penetró de una hasta los huevos, huevos golpeando rítmicamente.

¡Todo bien aquí en casa… solo… ahhh… estoy haciendo ejercicios de respiración profunda para calmarme de tu histeria!”.

Luis embestía como un toro salvaje, huevos chapoteando contra su clítoris mojado: “Toma, putaaaaaaaaaaaaaa……………..

Valeria jadeaba al teléfono entre gemidos fingidos de tos y estornudos: “No seas paranoico de ******… ahhh… te llamo luego porque Mia se despertó… ohhhhhhhhhh, riégame tu leche amorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Luis rugió bajito y explotó inundándola de leche espesa hasta rebosar por los labios y goteando a la cama. Ella se corrió mordiendo la almohada con fuerza, me dejaste turuleca, que pija tienes amor.





La Visita a Mi Casa y la Follada en Mi Propia Cama

En el colmo de la putería traidora y sádica, Valeria llegó a mi casa un sábado por la tarde con bolsa de mercado llena, vestida con shorts tan metidos que se le marcaban los labios gordos de su panucha bien depilado y un top sin sostén, pezones duros como diamantes apuntando.

—Amor, te voy a cocinar algo rico que te va a poner la pinga dura como piedra… pero ve ya al supermercado a comprar vino caro tinto, velas aromáticas de vainilla, condones extra grandes y helado de vainilla para lamerlo de mi coño… demórate todo lo que puedas, quiero preparar una sorpresa caliente y húmeda.

Salí como un cornudo obediente y estúpido por hora y media. Días después, riendo como la zorra sádica que es, me confesó cada detalle explícito con lujo de perversión.

Apenas cerré la puerta principal, llamó a Luis: “Ven volando, tenemos tiempo de hacer la fiesta en mi papita.

Luis llegó en minutos, verga ya dura. Valeria lo recibió completamente desnuda en la puerta, cucota chorreando jugos por las piernas, tetas brillantes de sudor nervioso.

—Fóllame yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Lo mamó de pie en el pasillo, arrodillada como una esclava: “Mmm… qué verga negra deliciosa y venosa… más gorda y larga que la de mi idiota cornudo.

Lo llevó a mi cama, se puso en cuatro sobre mis almohadas favoritas: “¡Primero por el culo seco y sin lubricante, rómpeme el ojete apretado y rosado en su colchón favorito!”.

Luis le escupió en el agujero virgen esa noche y la sodomizó de una estocada brutal hasta el fondo, estirándola al límite: “Toma, golfaaaaaaaaaa, infiel asquerosa… este culo traidor y caliente es mío ahora… grita su nombre mientras te parto en dos como una puta barata”.

Valeria chillaba contra mi almohada, mordiéndola.

Cambió a deliciosa vagina, cabalgando como una loca poseída por el demonio, tetas rebotando salvajes: “¡Métemela hasta el útero en sus sábanas blancas, me vuelvo a venirrrrrrrrrrrrrrr. Delicia, que gran polvo bebe.





La Confesión Llorando – La Ninfomanía Declarada

Una noche apareció en mi puerta destrozada emocionalmente, llorando como una magdalena histérica, rímel corrido por la cara como una puta barata, blusa desabrochada dejando tetas grandes al aire con pezones duros por el frío y la excitación.

—Amor… no puedo más con esta ****** de vida… soy una enferma, una ninfómana, nadie me quiere ni valora. Necesito ayuda profesional.

Nunca la vi así.

Se tiró al sofá sollozando, piernas abiertas sin pudor, coño visiblemente hinchado y mojado bajo la falda corta.

—Durante tres putos meses me he estado cogiendo al vecino todas las noches como una perra en celo insaciable… en mi casa con Mia dormida inocente, en la tuya mientras comprabas como gil cornudo, en el ascensor como animales… soy una adicta a la verga dura y gruesa, amor… no paro ni aunque quiera, me trata un terapeuta pero sigo siendo una reverenda lame pichulas e insaciable que necesita polla 24/7.

Contó entre lágrimas y tocamientos disimulados: “Luis me revienta el coño depilado y el culo apretado cada día hasta dejarme rota y caminando coja… me corro gritando como loca mientras engaño a todos con placer sádico… estoy jodida de la cabeza, perdóname por favor.

La follé en el suelo como un animal rabioso, me importo un carajo todo, esa pendeja quiere pinga y yo le daría pero ya vendría el vuelto.





El Chico en el Tratamiento – “Nada Pasó, Te Juro”

Valeria empezó terapia de verdad en una clínica cara y discreta. Me contó de Pablo, 25 años, adicto igual que ella, pero juraba y re juraba que jamás pasó algo.

—Amor, conocí a Pablo en el grupo de terapia… guapo, cuerpo atlético, pero nada pasó, te lo juro por Mia… solo charlamos de nuestras adicciones sexuales.

Mentira asquerosa y sádica. En la segunda sesión, después del grupo, se quedaron solos en la sala de espera vacía y fría.

Pablo: “Que hermosa eres, y que cuerpito”.

Valeria se mojó hasta los muslos internos: “Y tú… se te marca el bulto enorme y venoso… ¿probamos a ver si nos controlamos o nos follamos como animales salvajes aquí mismo?”.

Se besaron con lengua agresiva y babosa, ella le bajó el pantalón en el baño de la clínica, sacando su verga joven y dura.

—Mmm… qué pinga rica y fresca… nada pasa, solo la chupo un rato para calmar mi concha ardiente.

Lo mamó y mamó y volvió a mamarlo hasta que la leche espesa y caliente maquilló todo su lindo rostro.

La folló como un salvaje descontrolado, huevos golpeando rítmicamente contra su clítoris: “Toma, pendeja, toma y goza como la loca de ****** que eres”.

Se corrieron rápido y fuerte, semen chorreando por sus piernas. Pero siguieron follando en cada sesión: en el estacionamiento con el auto meciéndose como loco, en salas vacías con riesgo de ser descubiertos, les importaba un comino.







La Follada Final con el Terapeuta y su Asistente

Valeria “mejoraba” por fuera, fingiendo avances, pero en sesiones privadas sedujo al terapeuta (45, serio, pero con verga siempre semi dura) y al asistente joven (28, cachondo con cuerpo tonificado).

Una sesión fingió crisis total y dramática: “Doctor… mi coño depilado arde todo el día como un fuego infernal… no aguanto más, ayúdeme a calmar esta concha enferma y chorreante”.

Se abrió las piernas bajo la falda corta.

El terapeuta tragó saliva audible: “Es su adicción hablando fuerte… controle el impulso, respire”.

Pero Valeria: “Tóqueme ya, doctorrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

El asistente entró, vio su chocho riquísimo y participó en una.

—Doctor… tratemos a esta puta como se merece, con verga terapéutica dura y profunda.

La desnudaron en el diván, terapeuta mamándole las tetas grandes y firmes.

Valeria gritaba sin control ni pudor: “¡Sí, los dos cabrones hijos de puta, cómanme como perros callejeros hambrientos… métanme puños si cabe, estírenme los agujeros hasta el límite!”.

El terapeuta la penetró primero en el diván: “Toma, puta adicta perdida.

El asistente por la boca: “Trágatela hasta ahogarte con baba espesa.

Cambió a doble penetración brutal y sincronizada: terapeuta reventándole su cuca que necesitaba tregua, hasta el fondo con embestidas potentes, asistente sodomizándola sin piedad, huevos golpeando.

Se corrieron bañándola en semen caliente y abundante: cara salpicada, tetas cubiertas, dentro de su cueva y culo chorreando. Juraron secreto profesional absoluto, limpiando con toallas. Valeria siguió yendo a “tratamiento” cada semana, cachando con ellos horas enteras en posiciones creativas, y a mí: “Estoy casi curada del todo, amor… pronto seré solo tu puta fiel y exclusiva”.
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Venganza inesperada con la nana de la ex, la puta de mi ex:




El Primer Encuentro que Encendió el Fuego

Era una tarde calurosa de verano en San Borja, Lima. Valeria me había invitado al departamento para “arreglar las cosas” después de una pelea más, pero yo ya sabía que era una excusa para seguir con sus aventuras. Llegué puntual, y quien abrió la puerta fue Rosa, la nana de Mia: 32 años, morena de piel canela suave y brillante como caramelo derretido, tetas grandes y naturales que empujaban contra el uniforme ajustado de empleada doméstica, culo redondo y firme que se contoneaba con cada paso, piernas gruesas y torneadas, y unos ojos negros profundos que parecían tragarse el alma. Su cabello negro largo recogido en una cola alta, labios carnosos pintados de rojo discreto, y un aroma a vainilla y sudor femenino que me golpeó de inmediato.

Valeria estaba en una llamada “de trabajo” en el estudio –seguramente coordinando con uno de sus amantes–, así que Rosa me recibió sola.

—Buenas tardes, señor… soy Rosa, la nana de la pequeña Mia. Pase, por favor, la señora está ocupada un momentito con una llamada importante. ¿Quiere sentarse en la sala? Le traigo un café helado, que con este calor uno se derrite.

Su voz era ronca, con ese acento costeño cálido y sensual que me erizó la piel. Me llevó a la sala, y al inclinarse para dejar el vaso en la mesa, el escote de su uniforme se abrió lo suficiente para que viera el valle profundo entre sus tetas grandes, pezones oscuros marcándose bajo la tela fina del sostén, y un leve olor a sudor dulce que me puso la verga dura al instante.

—Gracias, Rosa… eres muy amable. Valeria siempre habla bien de ti, dice que eres indispensable para Mia… y para la casa.

Ella sonrió con picardía, sentándose a mi lado en el sofá “para charlar mientras esperamos”, su muslo grueso rozando el mío deliberadamente.

—Ay, señor… la señora es buena patrona, me trata bien y paga a tiempo, pero trabaja demasiado. Yo cuido a Mia como si fuera mía, la quiero con el alma… pero a veces me siento sola aquí, limpiando todo el día, esperando que alguien me mire de verdad. Usted parece un hombre interesante… fuerte, atento… ¿viene mucho por acá? Porque si viene más seguido, yo estaría feliz de atenderlo.

Su mano rozó mi rodilla “sin querer”, pero se quedó ahí, apretando sutil.

—Vengo cuando Valeria me invita… pero ahora que te conozco, quizás venga más seguido. Eres guapa, Rosa… esos ojos negros me hipnotizan.

Ella se mordió el labio inferior, bajando la voz a un susurro ronco y cargado de deseo.

—Señor… no me diga eso, que me pongo nerviosa y caliente al mismo tiempo. Se rio y siguió con sus cosas.

Valeria salió de la llamada en ese momento exacto, interrumpiendo, pero el fuego ya estaba encendido. Rosa y yo intercambiamos números “por si necesito algo para Mia”. Esa misma noche, me mandó un mensaje: “Buenas noches, señor… soñé con su mirada y su mano en mi muslo. ¿Hablamos mañana? No se lo cuente a la señora… esto es nuestro secreto”.



El Coqueteo que Crece y Se Vuelve Insoportable

Con el tiempo, Rosa y yo nos hicimos “amigos” con mensajes diarios. Yo iba al departamento cuando Valeria no estaba –ella siempre “ocupada” con sus amantes–, y Rosa me recibía con sonrisas cada vez más audaces, roces intencionales y miradas que prometían todo.

Una tarde, sola con Mia en el parque, nos encontramos “por casualidad”. Mia jugaba en los columpios, y nosotros nos sentamos en una banca apartada, su mano en mi muslo desde el primer segundo.

—Señor… qué bueno verlo aquí. Mia me habla de usted todo el tiempo, dice que es el novio bueno de mami, pero yo sé que la señora no lo trata bien. Usted merece una mujer que lo adore siempre.

Yo la miré, rozando sus tetas “accidental” al ajustar su blusa.

—Rosa… eres dulce y caliente al mismo tiempo. Valeria me engaña con cualquiera, pero contigo… siento algo real y prohibido. Tu cuerpo me vuelve loco, esas tetas grandes que se marcan bajo el uniforme, tu culo redondo que quiero apretar hasta dejarte marcas, tu coño que imagino apretado y mojado solo para mí.

Ella se rio ronca, apretando mi verga por encima del pantalón disimuladamente, frotando lento.

—Ay, señor… no me diga eso en público, que me mojo al instante. Mi coño se pone caliente y chorreante solo con su voz grave. ¿Quiere tocar? Nadie ve aquí… métame la mano bajo la falda, sienta cómo estoy empapada por usted. Mis labios gordos ya están hinchados, mi clítoris duro como piedrita… toque, amor, sienta mis jugos espesos.

Le metí la mano despacio bajo la falda, dedos rozando su tanga empapada, clítoris hinchado y sensible, labios abiertos y calientes.

Rosa… estás chorreando como una fuente… qué coño caliente y apetitoso sientes… imagina mi verga gruesa abriéndote, embistiéndote lento al principio, luego fuerte y profundo hasta que grites mi nombre.

Ella jadeó bajito, frotándose contra mis dedos, muslos temblando.

— ¡Sí, señor… imagino su pinga gruesa y venosa partiéndome en dos, embistiéndome hasta el útero… mis tetas rebotando mientras me monta como una perra… mi culo apretado pidiéndole que me lo rompa… pero espere, Mia viene corriendo! Esta noche, cuando la señora salga otra vez “con amigas”, venga si.

Esa noche, Valeria salió “con amigas”, y yo fui. Rosa me recibió en lencería barata pero sexy: tanga roja diminuta empapada, sostén que apenas contenía sus tetas grandes.

—Señor… toque mis tetas… son naturales, pesadas y suaves… ¿le gustan? Muerda mis pezones, chúpelos fuerte hasta que duela rica y me moje más.

Le chupé las tetas, mordiendo pezones duros y oscuros.

—Ahhh… sí, señor… duele delicioso… marque mis tetas con sus dientes… ahora baje, coma mi coño… quiero su lengua dentro revolviendo, sus dedos estirándome… métame tres, cuatro… Ohhhhhhhhhhhhhhh.

La comí en el sofá, lengua profunda, dedos revolviendo brutal.

— ¡Sí, amor… estíreme con sus dedos gruesos… lame mi clítoris hinchado… voy a correrme en su boca, beber mis jugos calientes… ahhh, sí, más profundo!

—Ahora mámeme usted… qué pinga gruesa y venosa… trágatela toda, ahóguese con ella… fóllame la boca, amor… dame hasta que babeé como una puta.

La chupó profunda: “Mmm… sabe a hombre enfurecido… fóllame la boca, métemela hasta la garganta… quiero su leche espesa en mi estómago”.

Nos hicimos amigos con beneficios intensos y prohibidos, la venganza ardiendo cada vez más.



No lo Pensé y Solo se Dio la Venganza – La Primera Follada Salvaje y Sin Control

Una noche, Valeria me dejó plantado otra vez con una excusa barata, y la furia me consumió. Fui al departamento sin avisar. Rosa abrió la puerta, Mia dormida. No lo pensé: la besé con rabia pura, arrancándole el uniforme.

—Rosa… Valeria me engaña otra vez con su ******… pero tú… fóllame como venganza, hazme olvidar a esa puta traidora.

Ella me besó con hambre salvaje, quitándome la camisa y pantalón.

—Señor… No se si esta bien esto, pero es rico, es intenso, hace buen tiempo que nadie me tira tan rico como usted.

La tiré al sofá, le abrí las piernas de par en par: coño chorreando jugos espesos, labios hinchados y rojos.

La comí hasta que casi se desmaya.

—Ahora mámeme… qué pinga gruesa y venosa… trágatela toda, ahóguese con ella… fóllame la boca, amor… dame hasta que babeé y llore de placer.

Ella chupó profunda, garganta contrayéndose: “Mmm… sabe a rabia y deseo… fóllame la boca, embísteme hasta el fondo… ahógame con su verga… quiero su leche espesa en mi garganta”.

La penetré en cuatro salvaje y pedía mas la petisa, para ser tan pequeña como es golosa la condenada. De tal jefa, tal criada.

Follamos horas sin control: por el culo en la cocina contra la encimera: “¡Rómpeme el ojete apretado… duele delicioso… sí, embiste hasta el fondo, córrase en mi culo prohibido!”; cabalgando en la cama de Valeria: “¡Monte su verga… sienta mis tetas rebotando en su cara… Ohhhhhhhhh me corrooooooooooooooo, me dijo y cayó rendida la pendeja!



Es Más Ninfómana que la Patrona – La Adicción que Crece y Quema

Rosa resultó más ninfómana que Valeria. Cada noche que Valeria salía, Rosa me llamaba desesperada: “Señor… venga ya, mi coño arde por su verga… no aguanto más”.

Una vez, en la cama matrimonial de Valeria: “Fóllame aquí, venganza en su colchón… métemela por todos lados, rómpame como ella nunca”.

La follé salvaje: “¡Sí, amor… estíreme el coño con su pinga gruesa… ahora el culo… ahhh, doble con juguete… soy su puta ninfómana insaciable… más, no pare!”.

Gritaba: “¡Más, señor… no pare… córrese en mi cara, tetas, dentro, en mi culo… necesito verga constante, dura y profunda… soy peor que la patrona, necesito correrme diez veces al día!”.

Era insaciable: mamadas en el ascensor con riesgo de pillados: “Trágatela rápido… ahhh, córrese en mi garganta mientras subimos… deseo prohibido!”; folladas en el baño mientras Mia dormía: “¡Fóllame el coño y el culo en la ducha… rómpeme, amor… soy su ninfómana secreta!”.

Rosa jadeaba: “Soy más puta que la patrona… ella engaña, yo vivo para su verga… fóllame hasta romperme, amor… venganza eterna”.
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La Confesión de Rosa

Dos semanas después, después de follar en la cocina (la tenía apoyada en la mesa, penetrándola por atrás mientras sus tetas se aplastaban contra la madera), Rosa se sentó en mis piernas, todavía con mi verga dentro.

—Joven… tengo que contarle algo y no quiero engañarlo nunca.

—Dime, Rosa. Sabes que entre nosotros todo es sincero.

—Mi ex, el papá de mis hijos, me escribió. Dice que me extraña, que quiere verme. Me mandó mensajes sucios: “Rosa, quiero verte, quiero comerte ese culo rico como antes, quiero meterte la verga hasta que llores de gusto”. Yo no le he contestado, pero… la verdad es que me mojé leyéndolo. ¿Qué hago, joven? ¿Lo veo? ¿Y si lo veo y él me hace el amor? ¿Me enojaría usted? ¿Me dejaría de follar?

La moví despacito dentro de ella mientras hablaba.

—Rosa… dime exactamente qué sientes. ¿Quieres su verga otra vez?

—Ay, joven… sí quiero. Su verga es gruesa, curva, me llegaba hasta el fondo. Me hacía gritar como loca. Pero usted me folla con más cariño, más sucio, me escucha, me hace sentir deseada. Si lo veo, ¿me da permiso? Le prometo contarle todo: cómo me besa, cómo me chupa las tetas, cómo me mete los dedos en el culo mientras me dice “puta mía”. Y si me hace el amor… se lo cuento con lujo de detalles para que usted se excite y me folle más duro después. ¿Acepta, joven? ¿Puedo ser su puta honesta que se folla a otro y se lo cuenta todo?

Me excité tanto que la levanté y la follé de pie contra la pared.

—Ve, Rosa. Ve y déjate follar. Pero grábame un audio gimiendo, quiero escucharte mientras él te coge.

—Gracias, joven… voy a grabar todo. Usted va a oír cómo me dice “abre las piernas, Rosa” y yo le contesto “sí, papi, rómpeme como antes”.



La Propuesta del Ex

Al día siguiente Rosa llegó a mi departamento (ya teníamos llaves duplicadas). Venía con el pelo revuelto, los labios hinchados y un brillo en los ojos.

—Joven… pase lo que tenía que pasar. Entre, siéntese, que le cuento todo.

Se quitó la blusa, me mostró las tetas llenas de chupones morados.

—Mire lo que me hizo. Apenas nos vimos en el motel me dijo: “Quítate todo, Rosa, quiero ver ese culo que tanto extrañé”. Yo le contesté: “Primero bésame, papi, hace años que sueño con tu boca”. Nos besamos como locos, me arrancó la ropa, me chupó las tetas media hora, me mordió los pezones hasta que lloré de gusto.

Se bajó la falda, me mostró el coño rojo e hinchado, con restos de semen seco.

—Después me puso en cuatro y me dijo: “Este culo sigue siendo mío”. Me lamió el ojete, joven, me metió la lengua hasta el fondo mientras me decía “sabes igual de rica, puta”. Luego me metió la verga de un solo empujón. Me jalaba el pelo y gritaba: “Gime, Rosa, dime que este coño es mío”. Yo le contestaba: “Sí, papi, es tuyo, rómpelo”.

Se sentó en el sofá, abrió las piernas y se tocó mientras hablaba.

—Me cogió en todas las posiciones. Me corrí cuatro veces. Al final me dijo: “No me dejes otra vez, Rosa. Quiero seguir follando este cuerpo”. Yo le dije: “No te voy a dejar, pero tengo un amante joven que me folla todos los días, que me mete por el culo, que me hace chorros”. Él se excitó más y me contestó: “Cuéntame todo, puta. ¿Te llena de leche? ¿Te trata como zorra?”. Le conté cada detalle de nosotros. Y él me dijo: “Soy capaz de compartirte, Rosa. Que el joven te folle cuando quiera, que te use el culo, que te llene la boca… pero tú no me dejes a mí. Los dos podemos tenerte, podemos turnarnos, o los tres juntos si él quiere”. ¿Qué dice, joven? ¿Acepta? Me muero por tener dos vergas al mismo tiempo, una en la boca y otra en el coño, que me usen como puta compartida.

No aguanté más. La penetré ahí mismo, mezclando mi semen con el de él.

—Organízalo, Rosa. Quiero verte llena de dos vergas. Quiero que seas nuestra puta para siempre.



El Trío Vengativo

La noche llegó. Manuel, el ex de Rosa, llegó a mi departamento. Rosa nos recibió en bata transparente, tetas y culo a la vista.

—Buenas noches, mis dos hombres. Pasen, siéntense. Hoy esta puta es de los dos. ¿Quieren cerveza primero o vamos directo a comerme?

Manuel la miró de arriba abajo.

—Mira nada más qué golfita y cómo estás, Rosa. Enséñale al joven cómo me recibes siempre.

Rosa se arrodilló, le bajó el cierre a Manuel.

—Así, papi… mira, joven, esta es la verga que me destrozó por años. Mmm, qué rica está hoy.

Me miró y me dijo:

—Saquesé la suya también, joven. Quiero las dos en la boca.

Nos pusimos lado a lado. Rosa nos mamó alternando, primero a Manuel hasta la garganta, luego a mí, babeando.

—Ay, qué delicia… una verga joven dura como piedra y una verga madura gruesa y venosa. ¿Saben qué? Quiero que me chupen las tetas los dos al mismo tiempo.

Nos agachamos, cada uno una teta. Chupamos, mordimos, jalamos los pezones.

—Sigan, mis machos… así, más fuerte… me van a hacer correrme solo con las tetas.

Manuel levantó la cara.

—Ahora abre las piernas, Rosa. Quiero que el joven vea cómo te como el coño.

Rosa se sentó en el sofá, abrió sus muslos gordos.

—Cómeme, papi… enséñale cómo me haces gritar.

Manuel le lamió el clítoris, metió tres dedos, la hizo chorrear en menos de un minuto.

—Ahora tú, joven. Prueba este coño que acabo de preparar.

Yo la comí mientras Manuel le metía la verga en la boca.

—Joven, ¿verdad que sabe rico? Dile a Manuel: “Esta puta tiene el coño más dulce del mundo”.

—Manuel, esta puta tiene el coño más dulce del mundo.

Manuel se rio.

—Ahora vamos a partirla en dos. Rosa, ponte en cuatro.

Rosa obedeció, culo en alto.

—Manuel, métemela por el coño. Joven, usted por el culo. Quiero sentir las dos vergas rozándose adentro.

Entramos juntos. Rosa gritó de placer.

—¡Ay, Dios mío! ¡Me parten, me parten! Sientan cómo nos rozamos… más duro, mis dueños.

Manuel bombeaba fuerte.

—Dile al joven quién te folla mejor, puta.

—No puedo elegir… los dos me hacen correr… ¡me corro, me corro otra vez!

Yo le di nalgadas.

—Gime más fuerte, Rosa. Que todo el edificio sepa que eres nuestra puta compartida.

Manuel gruñó:

—Voy a llenarte el coño, Rosa… toma toda mi leche.

Yo agregué:

—Y yo te lleno el culo, para que te gotee por los dos lados.

Nos corrimos al mismo tiempo. Rosa tembló, chorros de jugo mojaron las piernas de Manuel.

Después, los tres sudados en la cama, Rosa en medio, cubierta de semen.

—Gracias, mis dos hombres. Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida. Cuando quieran repetimos. Pueden turnarse, pueden venir los dos, pueden traerme aquí o ir a mi cuarto… este cuerpo es de ustedes. Y joven… la niña Carla nunca se va a enterar lo bien que se vengó.

Nos reímos los tres. Me vengué de todos los engaños de mi ex… y encontré en su nana el sexo más rico, la compañía más tierna y la puta más entregada que jamás imaginé.
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El Permiso y la Primera Llamada – Coño Destrozado y Lleno de Leche

Rosa me llamó esa tarde, la voz temblorosa de cachonda, ya con la respiración agitada solo de pensar en lo que iba a pedirme.

—Joven… ay, ******, necesito que me dé permiso ya. Manuel me mandó fotos de su verga dura como fierro, toda babosa, diciendo: “Rosa, zorra, ven mañana que te voy a reventar ese coño peludo hasta que no puedas caminar”. Me puse tan mojada que tengo los calzones empapados desde hace horas. ¿Me deja ir, joven? ¿Me deja que me coja ese hijo de puta? Le juro por Dios que mientras me esté metiendo la verga voy a estar pensando en usted, en cómo me cacha más sucio, en cómo me hace chorrear como una puta barata.

Mi pinga ya estaba dura como piedra.

—Ay, joven… sí, mi dueño. Voy a tener su verga en la cabeza todo el tiempo que me esté cogiendo. Gracias por dejarme ser la puta más sucia del mundo.

Al día siguiente, 11:30 de la noche, el celular vibró. Era ella, voz rota, jadeando como si todavía la estuviera follando.

—Joven… acabamos de terminar la tercera corrida. Estoy tirada en la cama del motel, con las piernas abiertas, el coño hecho ******, rojo, hinchado, rebalsando semen espeso por todos lados. ¿Quiere que le cuente cómo me destrozó esta vez?

—Nose si debas.

Acepte, si?.

Ok.

—Entramos y ni llegamos a la cama. Me estampó contra la puerta, me levantó la falda y me metió dos dedos directo en el coño mientras me mordía el cuello como animal. Me dijo: “Mira cómo chorrea esta concha de puta, ya está mojada pensando en mi verga, ¿no?”. Yo le gemí: “Sí, papi, ven a romperla”. Me arrancó la tanga de un tirón, me puso de rodillas y me metió su pichulón hasta la garganta sin aviso. Me folló la boca como si fuera un coño, joven… me ahogaba, lágrimas y baba por todos lados, las bolas pegando en mi barbilla.

Me decía: “Mama bien, zorra vieja, que después te voy a llenar todos los agujeros”. Después me tiró a la cama boca arriba, me abrió las piernas hasta que casi me parte y me clavó la verga entera de una estocada. Ay, joven… sentí cómo me llegaba al fondo del útero, cómo me estiraba toda. Empezó a bombear como loco, agarrándome las tetas gordas, retorciéndome los pezones duros hasta que grité. Me decía al oído: “Este coño gordo sigue siendo mío, aunque te coja otro pendejo”. Yo le contestaba entre gemidos: “Sí, papi, rómpelo, pero pienso en mi joven que me hace chorrear más”. Me corrí dos veces seguidas, chorros que le salpicaban las bolas y la panza. Al final me puso las piernas en los hombros, me clavó hasta el fondo y se corrió gritando: “Toma toda mi leche caliente, puta, llenate el útero”.

Sentí cada chorro golpeando adentro, joven… me rebalsó tanto que ahora me chorrea por el culo. Estoy tocándome mi cuca llena mientras le hablo… ¿se está pajeando, joven? ¿Le gusta saber que tengo el yuyo hecho un desastre por otra guasa?

Me cansé de sus pendejadas aunque con la pija hinchada y a punto de ebullición.



La Segunda Llamada – Culo Reventado y Tragada de Leche

Cuatro días después, llamada a la 1 de la mañana. Rosa hablaba entre jadeos, como si le doliera hasta sentarse.

—Joven… hoy me rompió el culo como nunca. Estoy en el baño del motel, mirándome en el espejo: tengo el ojete rojo, abierto, ardiendo… no voy a poder cagar tranquilo en una semana. ¿Quiere saber cómo me dejó así esta verga hija de puta?

—Cuenta despacio.

—Llegamos y Manuel ya venía duro. Me dijo: “Hoy te voy a destrozar el culo, Rosa, hasta que llores como la puta que siempre fuiste. Yo le contesté temblando: “Sí, papi, rompéme el culo, pero sabe que cada vez que me meten algo por atrás pienso en la verga de mi joven”. Me puso de rodillas, me metió la verga en la boca y me la folló hasta que babeé toda.

Después me escupió en el ojete, me metió un dedo, dos, tres… me abría como podía mientras me decía: “Vaya qué apretado sigue este culo de zorra, voy a tener que forzarlo”. Me untó toda la verga con mi propia baba y me la clavó despacio… ay, joven, la cabeza gruesa me estiró tanto que grité como loca. Cuando entró entera empezó a bombear sin piedad, agarrándome las caderas gordas, dándome nalgadas que retumbaban en la pieza. Me decía: “Siente cómo te parto el culo, puta… este agujero es mío, aunque otro te lo use”. Yo lloraba de dolor y placer, joven… le gritaba: “Más duro, papi, reviéntame el ojete, pero pienso en cómo mi joven me lubrica y me mete la lengua primero”.

Me cogió el culo casi cuarenta minutos, cambiando posiciones: en cuatro, de cucharita, boca abajo con una almohada bajo la panza para que el culo quede más alto. Me corrí solo con el culo lleno, el coño chorreando sin tocarlo. Al final me sacó la verga sucia, me agarró del pelo y me metió toda en la boca: “Limpia tu culo de mi verga, zorra”. Me corrí otra vez mientras la chupaba. Se corrió en mi garganta, chorros espesos y calientes que tuve que tragar todo, me ahogaba, pero no me dejó sacar hasta la última gota. Ahora tengo el culo abierto, joven… me metí dos dedos y entra fácil. Estoy loca por que mañana me lo folle usted y mezcle su leche con lo que quedó de él.







La Tercera Llamada – Doble Penetración Salvaje y Baño de Leche


Seis días después, llamada a las 8:30 de la noche, voz bajita y temblorosa de tanto correrse.

—Joven… hoy fue lo más puerco que me han hecho en la vida. Manuel trajo un dildo negro enorme, más grueso que la verga de los dos juntos. Me dijo: “Hoy vas a sentir dos vergas adentro, puta inmunda, para que te prepares para cuando te cojamos los tres”. Yo ya estaba mojada y le dije: “Sí, papi, lléname los dos agujeros, pero la segunda verga en mi cabeza siempre va a ser la de mi joven favorito”.

—Los detalles preciosa, le dije.

—Empezó comiéndome el coño como loco, me metió la lengua hasta el fondo, me chupaba el clítoris hasta que chorreé en su cara dos veces. Me decía: “Qué rica esta concha chorreadora, puta”. Después me puso en cuatro, me metió la verga entera en el coño de una estocada mientras me clavaba el dildo en el culo sin lubricar. Sentí cómo me estiraban los dos agujeros al mismo tiempo, joven… me dolía tan rico que grité como poseída. Empezó a bombear la verga en el coño mientras empujaba el dildo con la mano, los dos al mismo ritmo. Me decía: “Mira cómo te parten en dos, zorra… esto es lo que vas a tener cuando traigas a tu pendejo”. Yo le gritaba: “Sí, papi, rómpanme, pero me corro pensando en la verga de mi joven rozando la tuya dentro de mí”. Cambió: me puso encima, yo cabalgando su verga en el coño, y él mismo me metía el dildo por el culo desde abajo, empujando los dos como si fueran uno. Sentía las dos cosas gruesas rozándose adentro a través de la pared finita, joven… me volvía loca, me corrí cuatro veces seguidas, chorros que le bañaban las bolas y el dildo. Al final me sacó todo, me puso de rodillas y me bañó entera: primero chorros en la cara, en la boca abierta, después en las tetas gordas, por último, me metió la verga en la boca y terminó de vaciarse en la garganta mientras yo me metía el dildo en el coño para seguir corriéndome.

Ahora manejo para casa con la cara pegajosa de semen seco, las tetas brillando de leche, el coño y el culo hechos papilla… pero feliz, joven. Cada vez que me corrí grité su nombre en silencio. Mañana vengo temprano para que me folle encima de todo esto, para que mezcle su leche caliente con la de Manuel y me deje chorreando por los dos lados como la puta más sucia que soy para usted.


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La Primera Vez que Me Dice Que No y el Desconocido de Internet (con más detalles de la llamada)

La llamada no se cortó ahí. Rosa volvió a marcar apenas veinte minutos después, la voz totalmente quebrada, entre sollozos de placer y jadeos ahogados. Se oía el ruido húmedo de carne contra carne de fondo, el crujido constante de la cama y la respiración pesada del pibe.

—Joven… ay, Dios mío… no aguanto más… me está cogiendo el culo ahora mismo mientras le hablo. Me tiene en cuatro, agarrándome las tetas gordas desde atrás, retorciéndome los pezones duros como piedras. La verga me entra y sale entera, joven… siento cómo me abre el ojete cada vez que empuja hasta el fondo. ¿Quiere oírlo todo? ¿Quiere que le cuente cómo este desconocido me está reventando el culo como si fuera la primera vez?

—Pon el altavoz otra vez, puta.

Ella obedeció temblando. El altavoz se activó y la voz del chico explotó clara, ronca y dominante:

—Escucha bien, cornudo… tu puta madura tiene el culo bien abierto ya. Mira cómo me traga la verga entera sin quejarse. Dile que soy más grueso, zorra. Decile que este ese ano es mío.

Rosa gimió alto, la voz rota:

—Joven… sí, es más gruesa… ay, papi, más profundo… me dice: “Siente cómo te estiro el culo, vieja inmunda, este agujero ya está flojo de tanto usarlo, pero igual te voy a llenar de leche caliente”. Me agarra del pelo y me tira la cabeza para atrás… me escupe en la boca mientras me bombea… ******, joven, me estoy corriendo solo con el culo lleno… chorro todo el coño sin tocarlo.

Rosa lloriqueaba, corriéndose otra vez:

—Sí, papi… sí, joven… óiganme… me estoy chorreando otra vez… ay, métamela hasta las bolas… lléname el culo, por favor… pero joven, usted sabe que este culo es suyo de verdad, que este pendejo solo me lo está preparando para usted. Cada embestida pienso en cómo usted me lubrica con la lengua primero, en cómo me hace llorar de placer de verdad.

El chico aceleró, gruñendo como animal:

—Toma, puta… toma guasa en el culo… y ahora te parto… ******, me vengo… toma toda mi leche espesa en el ojete… Me vengo, yo igual……..

Se oyó el rugido largo del chico que la estaba pasando de maravillas.

—Ay, joven… siento cada chorro golpeando adentro… tan caliente… me rebalsa ya por los muslos… me está sacando la verga sucia y me la mete en la boca ahora…

El sonido de succión húmeda llenó la llamada, Rosa ahogándose mientras chupaba:

—Mmmph… joven… sabe a mi culo y a su leche… me está metiendo los dedos en el coño otra vez mientras lo limpio… dice que me va a correr en la cara para que maneje a casa pegajosa como una puta barata.

—Dile a tu cornudo que ya van cinco corridas mías en esta zorra. Que el coño y el culo le chorrean semen por todos lados. Que las tetas las tengo marcadas de mordidas y el cuello lleno de chupones. Y que todavía no terminé… voy a cogerle la boca hasta que trague la sexta.

Rosa sacó la verga un segundo para hablar, voz babosa:

—Joven… es verdad todo… estoy destruida, marcada, llena… pero lo más sucio es que cada vez que me corro grito su nombre en la cabeza. Este pendejo me usa como un trapo, pero usted me domina de verdad. ¿Me espera esta noche con la verga dura? ¿Me va a castigar por dejar que un desconocido me reviente así? ¿Me va a meter la verga en el culo sucio y mezclar su leche con la suya?

—Ven esta noche, puta inmunda. Directo del motel a casa, sin ducharte, con toda la leche de ese hijo de puta chorreándote. Te voy a darte duro por los tres agujeros hasta que olvides cómo se llama ese pendejo… pero después me cuentas cada detalle otra vez mientras te cojo, porque eso es lo que más me pone: oír cómo mi nana se deja usar como la zorra más barata del mundo.

—Ay, sí, mi dueño… eso es lo que quiero. Él ya me está metiendo la verga en la garganta otra vez… me corro pensando en usted… le llamo cuando llegue a casa, rebalsando y lista para que me reclame.

La llamada terminó con los gemidos ahogados de Rosa tragando profundo y la risa satisfecha del desconocido. Yo ya no aguantaba más: me pajeé como loco imaginando cómo llegaría esa noche, sucia, usada, marcada por otro, pero rogando por mi verga para sentirse completa de nuevo.


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La Llamada de Despedida y la Confesión Más Sucia (con más detalles del engaño)

La llamada siguió después de que colgara el sollozo. No pude evitar marcarle de nuevo. Contestó al segundo tono, voz bajita, como si temiera que Manuel despertara en la pieza de al lado.

—Joven… ay, no cuelgue otra vez… necesito contarle todo con lujo de detalles, porque si no me voy a volver loca. El cuerpo no me aguanta más, mi dueño… estoy temblando entera, el coño y el culo me arden como si me hubieran prendido fuego, las piernas no me sostienen. Pero tengo que confesarlo completo antes de irme mañana.

—Habla despacio, y comieza perra.

Ella respiró hondo, y se oyó el sonido húmedo de sus dedos moviéndose adentro del coño.

—Manuel se fue a las 6 de la mañana, confiado, me dio un beso en la frente y me dijo: “Portate bien, gordita, que ya volvemos a ser nosotros”. Yo le sonreí como una hipócrita mientras ya tenía la ****** mojada pensando en su pichula.

A las 9 me escribió: “Estoy cerca, abre la puerta vestida solo con la bata”. Le abrí temblando… entró como dueño de casa, me agarró del cuello y me estampó contra la pared del pasillo. Me metió la mano directo bajo la bata, tres dedos en el coño sin aviso: “Ya venías pensando en mi verga mientras tu cornudo se rompía el lomo, ¿no?”. Yo le gemí bajito: “Sí, papi… métame los dedos más profundo… mi novio acaba de irse y ya estoy traicionándolo”.

Rosa jadeó fuerte mientras contaba, tocándose más rápido.

—Me llevó arrastrando hasta la cocina… me sentó en la mesada donde Manuel desayuna todos los días, me abrió las piernas y me comió el coño como un hambriento. Me chupaba el clítoris hinchado, me metía la lengua hasta el fondo: “Qué rica esta tu bulba mojadita… sabe a culpa y a calentura”. Me corrí en su cara en menos de dos minutos, chorros que le salpicaron al piso que Manuel lavó el sábado. Después me bajó, me puso de rodillas ahí mismo en la cocina y me metió la verga gruesa hasta la garganta… me folló la boca contra la heladera, las bolas pegando en mi barbilla, baba chorreando al suelo. Me decía: “Chupa bien, zorra infiel… imagínate si tu novio entra ahora y te ve tragando verga ajena en su casa”.

Se oyó un gemido largo de ella, como si se estuviera corriendo de nuevo solo de recordarlo.

—Después me cargó como si no pesara nada y me llevó al dormitorio… me tiró en la cama matrimonial, encima de las sábanas limpias que Manuel tendió ayer. Me abrió las piernas hasta que me dolieron las caderas y me clavó la verga entera de una estocada brutal. Empezó a bombear como loco, agarrándome las tetas gordas, mordiéndome los pezones hasta que grité: “Este chocho gordo ya está flojo de tanto abrirlo a escondidas… pero hoy te lo voy a llenar antes de que te vayas con tu cornudo”.

Yo le gritaba bajito para que los vecinos no oyeran: “Sí, papi… rómpeme más fuerte que mi novio… lléname el útero de leche ajena para que me vaya a la provincia preñada de otro”. Me corrí cinco veces seguidas solo con el coño, chorros que mojaban todo el colchón, las sábanas, las bolas de él… al final me puso boca abajo, culo en pompa, y me reventó el culo sin lubricar más que con mi propia baba. Me dolía tan rico que lloré de verdad, joven… me metía la verga entera curva hasta el fondo, nalgadas que retumbaban en la pieza: “Toma verga en el culo, puta casada… deseas más leche?”. Le contesté llorando: “Solo quiero más leche, papi… reviéntame el ojete antes de que vuelva mi novio”.

El sonido de sus dedos era ahora un chapoteo constante.

—Me corrió adentro del culo dos veces seguidas… sintiendo toda su leche.
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Silencio largo, solo sus jadeos y el chapoteo.

—El cuerpo no me aguanta más, joven… estoy destruida, me tiemblan las piernas, apenas puedo caminar al baño. Manuel llega en unas horas y voy a tener que fingir que estuve durmiendo la siesta mientras huelo a semen ajeno y tengo las sábanas manchadas de corrida y leche. Me voy mañana con él a la provincia… voy a intentar ser la mujer “normal” que él quiere. Solo voy a tener dos amantes allá: Manuel… y la memoria de todo lo que usted me dejó hacer. Porque nadie más me va a tocar. Se acabó la adicción… o eso quiero creer.

Un sollozo ahogado.

—Adiós de verdad esta vez, mi dueño. Gracias por convertirme en la puta más rota y feliz que existió. Cada vez que Manuel me folle de aquí en adelante, voy a cerrar los ojos y pensar en usted… en cómo me dejaba chorrear como una fuente, en cómo me reclamaba después de cada traición. Usted fue el mejor… y el peor. Bye, joven… no me llame más, por favor.

Colgó definitivamente.

Me quedé en la oscuridad de esa Navidad del 2025, corriéndome una última vez con su voz grabada en la cabeza, sabiendo que Rosa se llevaba consigo para siempre el coño y el culo llenos de la última traición, y un cuerpo que nunca más iba a aguantar ser “normal” después de todo lo que le permití ser.

Fin.
 
Historias de una madre soltera Arequipeña, la vecina, el nuevo amor, el amigo del amor y otras suculentas faenas:



El secreto de mamá

En una casa modesta del barrio de Miraflores, en Arequipa, vivía Rosa, una mujer de 42 años que había enviado a su única hija, Camila, a la universidad en Lima hacía ya cinco años. Desde que su esposo falleció en un accidente cuando Camila tenía apenas 17, Rosa se había dedicado por completo a criar a su hija y a sostener el hogar con su trabajo como profesora de primaria. Era una madre abnegada, de esas que sacrifican todo sin quejarse: las salidas con amigas, los viajes, incluso la idea de volver a enamorarse.

Durante años, Rosa repetía la misma frase cuando alguien le preguntaba si pensaba rehacer su vida: “Mi prioridad es Camila. No hay espacio para más”. Y lo creía de verdad. Hasta que llegó él.

Se llamaba Javier, tenía 45 años y era viudo también. Lo conoció por casualidad en una reunión de padres del colegio donde trabajaba. Al principio solo eran charlas breves sobre los alumnos, luego cafés después de las reuniones, y un día, sin que Rosa supiera muy bien cómo pasó, una cena que terminó con un beso tímido en la puerta de su casa.

Eso fue hace casi un año.

Desde entonces, Javier y Rosa se veían dos o tres veces por semana. Él la llevaba a caminar por el campo de Cayma, la invitaba a comer rocoto relleno en picanterías escondidas, y por las noches hablaban durante horas por teléfono. Rosa volvía a sentirse mujer, deseada, viva. Reía con ganas, se arreglaba más, compraba ropa que no fueran solo jeans y blusas cómodas. Pero nadie lo sabía. Ni sus hermanas, ni sus amigas del colegio, y mucho menos Camila.

Camila venía a Arequipa cada dos meses, los fines de semana largos. Rosa preparaba sus platos favoritos, lavaba su ropa, la llevaba al centro a comprar cosas. Y cuando su hija preguntaba, con esa curiosidad de veintidós años: “¿Y tú, mamá? ¿No te sientes sola?”, Rosa sonreía con esa calma suya y respondía: “Estoy bien, hijita. Tengo a mis alumnitos, a ti, la casa… ¿Qué más necesito?”.

Pero esa mentira empezaba a pesarle.

Una noche de viernes, Camila había llegado de sorpresa desde Lima. Rosa no esperaba a su hija hasta el día siguiente, así que Javier estaba en casa. Estaban en la sala, sentados en el sofá, viendo una película vieja, con las manos entrelazadas. Rosa sentía el corazón de Javier latir bajo su mejilla cuando escuchó la llave en la puerta.

Camila entró con su mochila al hombro, sonriente: “¡Sorpresa, maaa…!”. La sonrisa se le congeló al ver al hombre desconocido sentado junto a su madre.

Rosa se levantó de un salto, como si la hubieran pillado haciendo algo malo.

—Camila… hijita… este es Javier. Un… amigo.

Javier se puso de pie también, nervioso, extendiendo la mano.

—Mucho gusto, Camila. Tu mamá me ha hablado mucho de ti.

Camila los miró a los dos, alternando la vista. Vio la mano de su madre temblar ligeramente, vio cómo Javier la miraba con una ternura que no se podía fingir. Y de pronto entendió todo.

Esa noche, después de que Javier se despidiera con educación y se fuera, madre e hija se quedaron en la cocina. Camila preparó un té para las dos, en silencio.

Rosa no podía mirar a su hija a los ojos.

—Perdóname por no contártelo antes —dijo al fin, con la voz quebrada—. No sabía cómo hacerlo. Tenía miedo de que pensaras que estoy traicionando a tu papá, o que… no sé… que ya no te necesito tanto.

Camila dejó la taza sobre la mesa y tomó las manos de su madre.

—Mamá… ¿crees que yo quiero que estés sola para siempre? Papá se fue hace mucho tiempo. Tú tienes derecho a ser feliz. A que alguien te abrace, te escuche, te haga reír. Yo solo quiero verte bien.

Rosa sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Es que… han pasado casi once años, Camila. Once años sin permitir que nadie se acercara. Y de repente llegó él y… me da miedo perderlo por no saber hacer esto bien. Por no saber ser madre y mujer al mismo tiempo.

Camila sonrió con suavidad.

—Pues ya lo estás siendo. Y lo estás haciendo bien. Solo me hubiera gustado saberlo antes, para no entrar como un elefante en cachetina y asustar al pobre hombre.

Las dos rieron, un poco nerviosas, un poco aliviadas.

Al día siguiente, Javier volvió. Esta vez, Camila lo recibió con un abrazo y le dijo: “Bienvenido a la familia, Javier. Pero si le haces llorar, te las verás conmigo”.

Rosa miró a su hija y al hombre que había vuelto a darle color a sus días, y por primera vez en mucho tiempo sintió que todo estaba en su lugar.

Ya no tenía que elegir entre ser madre o ser mujer. Podía ser ambas cosas. Y su hija, su Camila rebelde y amorosa, acababa de darle permiso para ser feliz sin culpa.












La madre le cuenta a la Hija todo:



La conversación en la cocina se alargó hasta la madrugada. El té se enfrió, pero el aire entre madre e hija ardía de confidencias que nunca antes se habían atrevido a compartir.

Camila, con los ojos brillantes de curiosidad y cariño, insistió:

—Mamá, ya que estamos siendo sinceras… dime cómo es con él. En la intimidad. Quiero saber si de verdad te hace sentir deseada como mereces.

Rosa dudó un segundo, pero el vino de la cena y la liberación de haber confesado todo la empujaron a hablar sin filtros.

—Camila… es intenso. Muy intenso. La primera vez que nos acostamos, yo temblaba como una adolescente. Tenía miedo de que viera mi cuerpo después de tantos años, de que notara las marcas del tiempo, del parto, de la vida.

—¿Y qué hizo él?

Rosa cerró los ojos recordando, la voz bajando a un susurro cargado.

—Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro que descubría. Me dijo: “Rosa, cada marca en tu piel es una historia que quiero leer con la boca”. Cuando llegó a mis estrías, las recorrió con la lengua y murmuró: “Estas son las huellas de la mujer más fuerte y hermosa que conozco… y me ponen loco”. Yo lloré, Camila. Lloré mientras él bajaba más y más, hasta que su boca estuvo entre mis piernas y me hizo olvidar mi nombre.

Camila tragó saliva, emocionada y un poco impactada por la crudeza de su madre.

—¿Y tú qué sentiste?

—Sentí que volvía a ser deseada de verdad. Me abrió las piernas con manos firmes y me dijo: “Mírame, Rosa. Quiero verte la cara cuando te corras en mi boca”. Y lo hice… me corrí gritando su nombre, aferrándome a su cabello, temblando entera. Después me subió encima de él y me dejó marcar el ritmo. Me susurraba: “Muévete como quieras, amor. Tómame todo. Quiero sentir cómo me aprietas cuando estás a punto otra vez”.

Camila sonrió, con la voz ronca.

—Dios, mamá… eso es puro fuego.

Rosa asintió, el rostro encendido.

—Y cuando está dentro de mí… me agarra las caderas con fuerza y me dice cosas que me derriten: “Estás tan mojada por mí… tan caliente… me vuelves loco, Rosa. Quiero follarte hasta que no puedas caminar mañana”. Y yo le respondo, porque ya no me da vergüenza: “Entonces fóllame fuerte, Javier. Hazme tuya. Lléname”. Y él lo hace… me embiste profundo, me muerde el cuello, me aprieta los pechos hasta que gimo sin control. A veces me pone contra la pared, me levanta una pierna y entra de golpe mientras me dice al oído: “Esto es lo que me haces todas las noches pensando en ti… me pongo duro solo de imaginarte así, abierta para mí”.

Camila se abanicó con la mano, riendo.

—Mamá, me estás poniendo caliente a mí también. Ese hombre sabe lo que hace.

Rosa rio, pero con lágrimas en los ojos.

—Lo sabe… y me enseña a pedir lo que quiero. Una vez le dije: “Quiero que me tomes por detrás, fuerte, como si no pudieras controlarte”. Y él gruñó, me puso de rodillas en la cama, me abrió y entró tan profundo que grité. Me agarró el cabello y me dijo: “Así te gusta, ¿verdad? Sentirme hasta el fondo… ser mía completamente”. Yo solo podía gemir “sí, sí, más… no pares”.

Camila tomó la mano de su madre.

—Y después… ¿qué pasa después?

Rosa sonrió con ternura erótica.

—Después me abraza fuerte, sudorosos los dos, y me besa la espalda mientras dice: “Te amo tanto que duele. Gracias por dejarme amarte así”. Y yo me giro, lo beso y le digo: “Gracias a ti por despertarme otra vez”.

Al día siguiente, cuando Javier llegó a cenar, la tensión sexual flotaba en el aire. Camila los dejó solos otra vez “por un rato”.

Javier cerró la puerta de la sala y tomó a Rosa por la cintura, pegándola a él con urgencia.

—Anoche no dormí pensando en ti… en cómo te vi cuando Camila entró. Estabas sonrojada, hermosa, y yo con una erección que apenas pude disimular.

Rosa le mordió el labio inferior.

—Y yo pasé la noche tocándome pensando en ti… contándole a Camila lo que me haces en la cama.

Javier gruñó, apretándola más.

—¿Le contaste? ¿Todo?

—Todo. Cómo me comes, cómo me follas hasta que grito, cómo me haces correrse dos, tres veces…

Él la besó con hambre, metiendo la mano bajo su blusa.

—Dios, Rosa… ahora mismo quiero arrodillarme aquí y recordarte lo que te hago con la lengua.

Rosa jadeó contra su boca.

—Y yo quiero chupártela hasta que me des todo… pero espera… Camila está en la cocina.

Javier rio contra su cuello.

—Entonces esta noche, cuando se duerma… ven a mi casa. O me quedo aquí. Quiero follarte toda la noche, lento y fuerte, hasta que supliques que pare… y luego seguir.

Rosa lo miró con ojos encendidos.

—Trato hecho. Pero ahora bésame como si ya estuviéramos desnudos.

Y se besaron con una pasión que hizo temblar las paredes de la sala, sabiendo que por fin nada los detenía: ni la culpa, ni el miedo, ni los años. Solo el deseo ardiente de dos personas que se habían encontrado tarde, pero justo a tiempo.

Camila, escuchando desde la puerta, sonrió y pensó: “Mi mamá está más viva que nunca… y yo feliz de que así sea”.




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Una noche de confidencias

Era un viernes de diciembre en Arequipa, caluroso y con olor a jazmines en el aire. Javier había cancelado a última hora por un problema familiar, así que Rosa se quedó sola en casa, con el cuerpo inquieto y la mente llena de él. Camila había salido con amigas, así que decidió cruzar la calle y tocar la puerta de Marta, su vecina y confidente desde hacía años. Marta, una mujer de 48 años, divorciada y sin pelos en la lengua, siempre estaba dispuesta a una copa de vino y una buena charla.

Marta abrió con una sonrisa pícara.

—Ay, Rosa, cara de viernes frustrado. Pasa, pasa. Tengo un pisco sour ya preparado.

Se sentaron en la terraza trasera, bajo la luz suave de las guirnaldas. Dos copas, dos sillas juntas, y el silencio cómplice de dos mujeres que ya no necesitan fingir.

Después de la segunda copa, Marta la miró de reojo.

—Suéltalo, amiga. ¿Qué te tiene así, con los ojos brillando y las piernas cruzando y descruzando?

Rosa soltó una risa nerviosa, se mordió el labio y por fin habló.

—No pude verlo hoy… y estoy que me subo por las paredes. Necesito contarle a alguien o reviento.

Marta se inclinó hacia adelante, ojos brillantes.

—Cuéntame todo. Sin censura. Que yo soy tumba y además me encanta saber que alguien está viviendo lo que yo extraño.

Rosa respiró hondo, la voz bajando a un susurro cálido y cargado.

—Dios, Marta… este hombre me tiene loca. La última vez que estuvo aquí, apenas cerró la puerta me empujó contra la pared y me besó como si llevara meses sin probarme. Me levantó la falda con una mano, me metió los dedos sin aviso y me dijo al oído: “Estás empapada, amor… siempre lista para mí. ¿Me extrañaste tanto como yo a ti?”.

Marta soltó un gemido bajo.

—Sigue, sigue…

Rosa continuó, el rostro encendido.

—Yo solo pude jadear “sí… te necesito dentro ya”. Me bajó las bragas de un tirón, me dio la vuelta, me abrió con las manos y entró de una embestida profunda. Me agarró el cabello y me susurró cosas que me derriten: “Te amo tanto que quiero follarte hasta que olvides todo menos mi nombre. Quiero que sientas cada centímetro de mí marcándote por dentro”.

Marta se abanicó con la mano.

—Ay, Rosa… ¿y tú qué le dijiste?

Rosa sonrió con malicia y deseo.

—Le dije: “Entonces ven a cogerme duro, Javier. Hazme gritar. Lléname hasta que me corra temblando”. Y él lo hizo… me embestía fuerte, una mano en mi cadera, la otra apretándome un pecho. Me decía: “Así, amor… apriétame con ese coñito tan rico que tienes. Eres mía, Rosa, toda mía”. Yo me empujaba hacia atrás para sentirlo más hondo, gemía sin control: “Más… no pares… rómpeme si quieres”.

Marta soltó una carcajada ronca.

—Qué rico suena eso… ¿y después?

Rosa bajó aún más la voz, los ojos vidriosos de recordar.

—Después me llevó a la cama, me puso boca arriba, me abrió las piernas hasta que dolía deliciosamente y se hundió en mí despacio, mirándome a los ojos. Me decía cosas hermosas y sucias a la vez: “Mírame mientras te la meto, preciosa. Quiero ver cómo te corres por mí. Te amo tanto que cada vez que estoy dentro de ti siento que estoy en casa”. Yo le arañaba la espalda y le respondía: “Te amo más… hazme tuya toda la noche. Quiero despertarme mañana con tu semen todavía dentro”.

Marta soltó un suspiro largo.

—Dios mío, Rosa… eso es amor del bueno, del que moja y quema.

Rosa asintió, la voz temblando de emoción erótica.

—Y lo más lindo es que después de hacerme correr dos veces, me abraza fuerte, me besa la frente y me dice: “Gracias por dejarme amarte así, entera, sin miedo. Eres lo más hermoso que me ha pasado”. Y yo lloro un poquito, Marta… lloro de puro placer y de saber que alguien me desea con esta locura después de tantos años sola.

Marta le tomó la mano, apretándola.

—Llora lo que quieras, amiga, pero de felicidad. Ese hombre no solo te folla rico… te ama con todo. Y tú te lo mereces. Cada gemido, cada embestida, cada palabra sucia y dulce.

Rosa sonrió, los ojos húmedos pero brillantes.

—Hoy que no vino… me tocaba pensando en él. Me metí dos dedos imaginando que era él y me susurraba: “Córrete para mí aunque no esté ahí, amor. Quiero que grites mi nombre igual”.

Marta rio y levantó su copa.

—Brindemos por Javier, por sus manos, su boca y su verga que te tiene tan enamorada. Y brindemos por ti, Rosa, que volviste a ser mujer completa.

Chocaron las copas bajo las estrellas, dos mujeres riendo bajito, compartiendo el secreto delicioso de un amor que había llegado tarde, pero con toda la fuerza del mundo.

Y Rosa, por primera vez, sintió que no había nada de qué avergonzarse: solo deseo, amor y una vida que por fin ardía de nuevo.











Confidencias bajo las estrellas

Rosa ya no tenía filtros. El pisco, la noche cálida y la complicidad con Marta la habían desatado por completo. Hablaba con la voz ronca, los ojos brillantes, reviviendo cada palabra sucia que Javier le había soltado aquella primera vez.

El roce inesperado en la cocina

—Estábamos en la cocina, yo de espaldas, y él pegado como un perro en celo. Me subió la falda despacito y cuando llegó a mi culo me lo agarró con las dos manos como si fuera suyo desde siempre. Me dijo al oído, bien ronco: “Rosa, qué culo tan rico y frío tienes. Voy a calentártelo con mis manos hasta que me pidas que te meta algo más gordo”. Yo estaba paralizada, pero ya chorreaba mi papita. Él se dio cuenta porque metió los dedos por detrás y rozó la tanguita: “Ya estás empapada, zorra. Esta chuchita huele a hembra que lleva años sin recibir su buena detonada”. Yo solo gemí: “Javier…”. Y él: “¿Javier qué? Le supliqué: “Tócame mi cuca… méteme los dedos, por favor”. Él se rio y me metió dos de un golpe: “Toma, putona… toma mis dedos en tu cucota hambrienta. Escucha cómo chorrea… chap chap chap… este agujero está pidiendo verga gorda desde que te conocí”.

La exploración en el sofá

—Nos fuimos al sofá y ahí ya no hubo vuelta atrás. Me sentó encima de él, me abrió las piernas como si fuera una puta de carretera y miró mi tanga empapado: “Mira esta ******… todo mojado por mi culpa. Quítate esta tela o te la arranco con los dientes”. Me lo bajé temblando y él metió la cara directo: “Huele delicioso y ya se empapa, como mancha tu ropa, Rosa… necesitas lengua urgente”. Me lamió de abajo arriba como un animal: “Qué puta rica estás… esta ****** hinchada, estos labios gordos… voy a chuparte hasta que me ahogues”. Yo le agarraba la cabeza y le gritaba: “Chúpame el coño fuerte… méteme la lengua hasta el fondo, cabrón”. Él gruñía contra mi carne: “Te follo, te folloooooooooo… imagina que es mi verga gruesa partiéndote en dos”. Después metió tres dedos y me los clavó rápido: “Toma, golfita… te follo con la mano hasta que revientes.

La entrega en la cama

—En la cama se volvió un salvaje total. Me tiró sobre las sábanas, me abrió las piernas hasta que me dolía y se arrodilló: “Ahora te voy a comer esa panucha golosa y hambrienta como desayuno, cena y postre, puta mía. Abre bien ese agujero para que te meta la lengua hasta el útero”. Me chupó el clítoris como si quisiera arrancarlo, succionando brutal: “Qué clítoris tan duro tienes, voy a morderlo hasta que llores”. Yo le empujaba la cara: “Cómemelo más hondo… méteme la lengua y los dedos, rómpeme el bulbo”. Él levantó la cara toda brillante de mis jugos: “Sabes a puta en celo… a coño que necesita corrida urgente. Ahora te voy a hacer correrte en mi boca como una fuente de leche”. Metió cuatro dedos y me los clavó curvados hasta que exploté: “Me corro… me corro en tu cara bebeeeeeeeeeeeee…

Después me puso de rodillas: “Ahora chúpame la verga, Rosa. Quiero verte la boca llena hasta la garganta”. La saqué y estaba dura como hierro, goteando. Él me agarró el pelo fuerte: “Métetela toda, puta… hasta que te ahogues. Quiero follarte la boca como si fuera otra pepa”. Lo hice, saliva por todos lados, lágrimas en los ojos. Él gemía: “Así, putonasa… trágatela entera… voy a correrme en tu garganta si no paras”.

La unión completa y el éxtasis

—Cuando por fin me la metió… Dios, Marta. Me puso boca arriba, la punta en la entrada y me miró: “Mírame mientras te parto. Voy a meterte hasta los huevos”. Entró despacio al principio: “Qué vagina tan apretada… me aprietas como una puta virgen… este agujero es mío ahora”. Yo le arañaba: “Clávamela toda… rómpeme el coño con esa verga gorda.”. Él empezó a bombear como un animal: “Toma verga, Rosa… toma guasa hasta el fondo… te follo como la puta que eres en la cama”. Me puso en cuatro y me agarró las caderas: “Mira este culo rebotando… te lo clavo hasta que grites”. Me daba nalgadas fuertes: “Azótame más… azótame con todo o no puedes perro”. Él obedecía: “Te azoto porque eres mi puta, mi reina, mi esclavaaaaaaaaaa.

Yo gritaba: “Sí… soy tu puta… fóllame como a una puta barata”. Me puso encima: “Ahora cabalga … usa mi verga para correrte como una perra”. Rebotaba como loca: “Te siento en el útero… me vas a partir en dos”. Él me apretaba los pechos: “Córrete en mi verga… apriétame hasta que te inunde de leche caliente”. Nos corrimos juntos, él rugiendo: “Toma leche, puta… te lleno hasta que te chorree por las piernas”. Yo temblando: “Sí… dame toda tu leche… quiero irme a dormir llena de semen, bien detonada, bien reventada, papiiiiiiiiiiiii”.

Marta estaba con la respiración agitada, las mejillas rojas.

—Rosa… eso es puro sexo sucio del bueno. Palabras de puta y amor al mismo tiempo.

Rosa rio, exhausta pero radiante.

—Exacto. Y después, mi cuquita todavía palpitando y su leche resbalando por mis muslos, me abraza y me dice bajito: “Te amo tanto que hasta cuando te tiro como a una puta, te amo más”. Yo le respondo: “Y yo a ti… por darme mucho placer, bebe”.

Brindaron una vez más, la terraza testigo de una confesión que ardía sin vergüenza.
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Rosa dudaba como presentarle a Martha con Javier, pero se decidió porque no tenía más amistades.

Todo sucedió en una noche que Rosa quería quedarse en el barrio, pero Javier insistió en ir a bailar y fue allí que se toparon con Martha:





Era un viernes caluroso en Arequipa, uno de esos donde el aire parece cargado de promesas sucias. Rosa, Javier y Marta habían decidido salir a "El Ritmo", una discoteca del centro con luces neón parpadeantes, música salsa y reggaetón retumbando en las paredes, y un olor a sudor, perfume y alcohol que invitaba al pecado. Rosa vestía un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas maduras, el escote generoso dejando ver el encaje negro de su sostén, y tacones altos que la hacían caminar con ese balanceo sensual de madre soltera recién despertada al placer. Javier, guapo y dominante como siempre, llevaba una camisa negra ajustada que se pegaba a su pecho musculoso, pantalones oscuros que no ocultaban su paquete prominente, y un olor a colonia masculina que hacía que las mujeres lo miraran dos veces. Marta, la divorciada libre y provocadora, había elegido un top corto de lentejuelas plateadas que dejaba al descubierto su vientre plano y el piercing en el ombligo, una falda negra ajustada que subía peligrosamente con cada movimiento, y botas altas que gritaban "fóllame aquí mismo". Debajo, un tanga rojo mínimo que ya estaba húmedo solo de pensar en la noche.

Al principio, los tres bailaban juntos, riendo y bebiendo shots de pisco. Rosa se pegaba a Javier, frotando su culo contra su polla dura mientras él le agarraba la cintura y le susurraba al oído: "Estás tan mojada que pides guerra bebe". Marta los observaba, mordiéndose el labio, sintiendo un calor traicionero entre las piernas cada vez que Javier la rozaba accidentalmente. Pero cuando Rosa fue al baño —"Vuelvo en un minuto, cuídenme el trago"—, Javier tomó la mano de Marta y la arrastró a la pista con una mirada que era puro fuego.

La música cambió a un reggaetón lento y sucio, con letras sobre follar en la oscuridad. Javier la atrajo por la cintura, pegando su cuerpo al de ella con fuerza. Sus pechos se aplastaban contra el pecho de él, sus pezones endurecidos rozando la tela de la camisa. Marta sintió inmediatamente la polla de Javier endureciéndose contra su vientre, gruesa y palpitante a través de los pantalones.

—Eres todo un toro solo por bailar conmigo —susurró Marta al oído de Javier, mordiéndole el lóbulo con los dientes mientras sus manos bajaban por su espalda hasta rozar su culo firme.

Él gruñó bajito, su aliento caliente contra su cuello, y apretó sus caderas contra las de ella, frotando su verga dura a través de la falda.

—Claro que sí, provocadora… siento tu vagina caliente y mojado rozándome. Llevas toda la noche mirándome como si quisieras algo.

Marta jadeó, su mano bajando disimuladamente por el frente de él, rozando la longitud de su pinga con los dedos, sintiendo cómo palpitaba bajo la tela.

—Y tú me tocas como si Rosa no existiera. ¿Quieres que te la saque aquí y pasen cosas?

Javier la giró de golpe, pegando su espalda a su pecho, y deslizó una mano por debajo de la falda, rozando sus muslos internos hasta llegar al calzón empapado. Sus dedos se colaron por el borde, frotando sus labios hinchados.

—Estás chorreando como una perra en celo. Si no estuviera Rosa, te bajaría esa prenda íntima ahora mismo y te metería por detrás.

Marta arqueó la espalda, empujando su culo contra su erección, sintiendo cómo se frotaba entre sus nalgas.

—Hazlo, lindo… méteme un dedo en mi cuca ahora, rómpeme delante de todos. Quiero que me claves como se la empujas a Rosa, hijo de puta… que me abras el agujero hasta que llore.

Sus cuerpos se movían al ritmo, sudorosos, el deseo palpable en cada roce. Javier metió un dedo dentro de ella, bombeando suave pero profundo, mientras con la otra mano le apretaba un pecho por encima del top.

Imagina mi verga gorda partiéndote en dos, llenándote de leche caliente mientras Rosa nos ve.

Marta gemía bajito, sus caderas moviéndose contra su mano, el placer y la culpa mezclándose en un cóctel explosivo. Se tocaron así por minutos eternos, deseándose con una intensidad que quemaba: él mordiéndole el cuello, dejando marcas leves; ella arañándole los brazos, frotando su culo contra su pichulota hasta sentirla latir. Nadie dijo nada más, pero sus ojos se clavaban con promesas sucias: "Te voy a cachar algún día, puta" y "Dámela toda, huevón".

Cuando Rosa volvió, se separaron jadeando, sonrientes como si nada. Pero el deseo ya era un incendio incontrolable, esperando el momento para explotar.

La primera vez prohibida: Cuando Rosa viaja y el deseo explota

Días después, la emergencia familiar golpeó como un rayo. La abuela de Rosa en Lima, grave en el hospital. Rosa y Camila tomaron un bus nocturno, dejando Arequipa atrás. Rosa besó a Javier con lágrimas: "Te amo, cuídate". Él la abrazó: "Ve tranquila, amor. Te espero". Pero esa misma noche, el vacío lo ahogaba. Le escribió a Marta: "No aguanto estar solo. ¿Puedo pasar?". Ella respondió: "Ven".

Javier llegó con una botella de vino tinto, pero no era necesario. Marta lo recibió en la puerta con una bata de seda roja entreabierta, dejando ver sus tetas grandes y un bikini negro. Él entró y la empujó contra la pared inmediatamente, besándola con hambre salvaje, lenguas chocando como si quisieran devorarse.

—Al fin solos… llevo semanas queriendo romperte esa papita como te lo rompí con los ojos en la disco —gruñó Javier, metiendo la mano bajo la bata y arrancándole el bikini de un tirón.

Marta jadeó, abriéndole el pantalón y sacando su guasa dura, gruesa y venosa, ya goteando.

—Esta verga es más grande de lo que imaginaba. Dámela, ponla, métela, hijo de puta… métemela cruda, sin condón, como se la metes a Rosa cada noche.

Lo arrastró al sofá, se sentó en sus piernas y se empaló en su pinga de un solo movimiento, gritando de placer y dolor.

—Toma, zorra inmunda… siente cómo te parto con este pene que ama Rosa pero que ahora te está destrozando a ti —dijo Javier, agarrándole las tetas con fuerza, pellizcando los pezones hasta que ella lloró.

Marta rebotaba salvaje, a esas alturas ya chorreando jugos por sus muslos.

—Más fuerte… rómpeme como a una puta barata. Azótame el culo mientras me clavas esa verga hasta el útero, hijo de puta.

Él la azotó fuerte, dejando marcas rojas en sus nalgas, mientras embestía hacia arriba, golpeando profundo.

—Eres una perra sucia, Marta… traicionando a tu amiga. Toma pija… te bombeo esa papa hasta que revientes y me supliques leche.

La levantó como si no pesara y la llevó a la cama, tirándola boca abajo. Le abrió las piernas brutalmente y entró por detrás, follándola en perrito con embestidas animales.

Marta clavaba las uñas en las sábanas, empujando hacia atrás.

—Destroza mi vagina… métemela más hondo, rómpeme las tripas con esa verga asquerosa. Quiero que me dejes el agujero hinchado y lleno de tu semen sucio.

Javier la agarró del pelo, tirando su cabeza hacia atrás, y le escupió en la boca abierta.

—Abre la boca, perra… trágate mi saliva mientras te reviento. Eres una experta, lo sabía, contigo será rico todo, eres una perdida.

"Me corro… me corrooooooooooooooo.

Él rugió y se derramó profundo, chorros calientes llenándola hasta desbordar.

—Toma semen, hija de puta…goza.

No pararon ahí. Sudorosos y jadeando, se besaron con violencia, mordiéndose los labios hasta sangrar un poco. Javier la puso de rodillas en el piso y le dio su revancha.

—Chúpala, puta sucia… trágate mi verga hasta la garganta, ahógate con ella como la zorra que eres.

Marta succionó profundo, salivando, jugando como niña, lo devolvía todo, se la mamaba, se besaban y volvía a lamer, morder y hacer gárgaras de felicidad.

Se corrió en su garganta, obligándola a tragar todo.

—Trágatelo, perra… bebe mi semen como una puta adicta.

Luego, en la cama de nuevo, la abrió de piernas y le comió la cuca y se volvieron a dar tregua.

Marta le empujaba la cabeza, gimiendo: "Chúpame más hondo, hijo de puta… méteme la lengua en el agujero lleno de tu leche".

Se corrió en su boca, inundándolo.

Al amanecer, exhaustos, pero aún calientes, Javier la untó con lubricante y le folló el culo por primera vez, rompiéndola despacio al principio, luego brutal.

—Ahora tu culo, abre, abre con ganas que hoy te hago debutar y te vas coja.

Ella gritó de placer: "Si mi dueño, haz lo que quieras, hoy soy tu esclava sexual”.

Folló su ano sin piedad, azotándola, hasta darle harta leche espesa y como chorreaba.

—Toma leche en el culo, zorra inmunda… te lleno hasta que te salga por la boca.

Se durmieron abrazados, cuerpos marcados y olor a sexo por toda la casa. Al despertar, Marta le lamió la verga limpia y susurró: "Esto es solo el comienzo, ya lo veras bebe”.

Javier sonrió, ya duro otra vez: "Si acepta, las voy a destrozar a las dos”.

El secreto ardía, sucio y adictivo, esperando el regreso de Rosa para quemarlo todo o encender un trío infernal.
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La tentación de la noche

El coqueteo ya empieza fuerte


En la picantería, Javier presentó a Carlos con una sonrisa maliciosa.

—Martha, este es Carlos, mi amigo de años. El cabrón que siempre anda cazando coños divorciados como el tuyo. Carlos, ella es Martha… la zorra que escucha todos mis secretos sucios con Rosa y que tiene un culo que pide verga a gritos.

Carlos la miró de arriba abajo, lamiéndose los labios sin disimulo, y le tomó la mano besándola en el dorso mientras sus ojos se clavaban en su escote.

Javier no exageraba. Tienes unas tetas de puta cara y un cuerpo que grita “fóllame duro”. Encantado de conocerte… y ojalá pronto de follarte.

Martha rio.

—Vaya, qué directo, hijo de puta. Me gusta. Eres guapo y super directo, veremos como serás en el lecho.

Javier intervino riendo, pero con un brillo posesivo en los ojos.

—Cuidado, zorra… Carlos es un animal en la cama. Pero hoy es solo presentación.

La noche en casa de Martha: El alcohol suelta las lenguas sucias

En la terraza, las copas volaban. Marta con sus shorts apretados marcando un vaginón. Carlos ajustándose la verga cada vez que la miraba, Javier bebiendo como si quisiera olvidar la tensión.

Carlos soltó el primer golpe sucio:

—Martha, en serio… ese culo en esos shorts es criminal. Me dan ganas de azotártelo hasta que quede rojo y luego clavártela por detrás como a una perra.

Martha se abrió de piernas un poco, riendo.

—Eres un cerdo, cabrón… pero rico cerdo. Si no estuviera Javier aquí, quizás te dejaba probar mi culo.

Javier rio, pero seguía bebiendo fuerte: "Por las putas como ustedes". Pronto, el exceso lo tumbó. Se recostó en el sofá y empezó a roncar profundo, perdido en el sueño del borracho.

Marta y Carlos se miraron, el aire cargado de sexo.

—Pobre Javier… se pasó de copas otra vez —dijo Carlos, acercando su silla hasta que sus muslos se tocaron.

Martha cubrió a Javier con la manta, pero sus ojos ya estaban en la entrepierna abultada de Carlos.

—Sí, el cabrón no aguanta. Pero nosotros sí… ¿seguimos bebiendo?

—Beber… y algo más, creo.

Martha rio, cruzando las piernas para apretar su yuyo bien húmedo.

—Ay, Carlos, eres un adulador sucio. Me pones caliente, pero no. No es justo para Javier. Él te presentó como amigo, no como el vivazo que me quiere tirar.

Carlos se acercó más, su mano subiendo por su muslo interno.

Javier ronca como un cerdo y tú estás chorreando, lo huelo. Déjame hacértelo.

Rieron bajito, coqueteando fuerte. Carlos insistía:

—Vamos, linda… abre las piernas. Quiero probar tus manjares.

Martha lo empujaba suave, pero su respiración era agitada.

—No… eres guapo, tienes pinta de tener una verga rica, pero no te conozco. No cedo así. Javier confía en mí… y en ti.

Carlos la miró con ojos de depredador, su mano rozando el borde de sus shorts.

—Confía, atrévete, total el duerme y tu quieres probar mi pichula.

Coquetearon así largo rato: él diciendo "Quiero follarte el culo hasta llenártelo de leche, zorra"; ella respondiendo "Eres un pervertido hijo de puta, pero no… por respeto a Javier". Marta se levantaba a servir vino, moviendo el culo a propósito; Carlos se tocaba la verga por encima del pantalón, gruñendo "Mira lo que me haces, puta".

Hasta que… la resistencia se rompe en la cocina

Marta fue a la cocina por hielo, y Carlos la siguió como un lobo. La acorraló contra la encimera, pegando su verga dura contra su culo.

—No aguanto más, putita bella, te lo empujaré sin asco.

Martha jadeó, sintiendo la grosura contra sus nalgas.

—No, Carlos, no. Eres un hijo de puta insistente. No es justo… Javier está ahí fuera, confiando como un idiota.

Carlos le mordió el cuello, metiendo la mano por delante de los shorts, rozando su coño empapado.

—Solo la cabecita.

Ella intentó empujarlo, pero su cuerpo traicionaba: las caderas se movieron contra su mano.

Eres guapo, eres lindo, pero respeta, no me hagas caer por favorcito.

Carlos la giró, la besó brutal, lengua adentro, mientras le bajaba los shorts y el calzoncito bien mojadito hasta las rodillas.

Martha gimió en su boca, devolviendo el beso con hambre, sus manos bajando al pantalón de él y sacando su pichulota bien gruesa.

Métemela ya… rómpeme, reviéntame, destrózame, detóname, no pares huevón.

Carlos la levantó, le abrió las piernas y la penetró de una embestida profunda.

—Toma verga, siente mi fierro super caliente.

La folló duro y silencioso, tapándole la boca con la mano.

—Gime bajito, puta… no despiertes al idiota. Siente cómo te hago feliz, mucho mejor que ese.

Martha arañaba su espalda, mordiéndole el hombro para no gritar.

—Más fuerte, siiiiiiiii, mas fuerte amorrrrrrrrrrrrr.

Se corrieron casi al mismo tiempo: ella contrayéndose alrededor de su pija, él derramándose dentro en chorros abundantes.

—Toma semen, puta inmunda… te inundo el coño mientras traicionas a Javier.

Después, jadeando en la cocina, Marta le limpió la verga con la boca rápido.

Carlos sonrió, guardándola.

—Hasta la próxima, zorra… porque habrá próxima. Javier duerme, pero yo ya te abrí la almeja.

Salieron como si nada, Javier todavía roncando. El secreto acababa de multiplicarse otra vez, más sucio, más prohibido, y deliciosamente adictivo.


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La confesión de Martha – Miedo, vergüenza y la ruptura con Javier

—Javier… amor… tengo que contarte algo —dijo con voz quebrada, sentándose a su lado en el sofá, las manos temblando.

Él la miró frío, pero con la verga ya endureciéndose al verla vulnerable.

—Suéltalo, zorra. Sé que follaste con Carlos esa noche que me dormí. Lo huelo en ti, puta traidora.

Martha bajó la cabeza, vergüenza quemándole la cara, pero su coño traicionándola con humedad.

—Sí, lo hice. Mientras roncabas como un idiota, Carlos me acorraló en la cocina. Me besó, me metió los dedos en mi puchita empapada y me folló como un animal. Me clavó su verga gruesa hasta el fondo, azotándome el culo y llamándome puta sucia. Me corrí gritando bajito para no despertarte, y él me llenó de leche caliente que chorreaba por mis piernas. Lo siento… tenía miedo de decírtelo, vergüenza de ser esa zorra que traiciona al hombre que ama.

Javier se levantó furioso.

— ¡Puta inmunda! ¿Abriéndole tu cuca a mi amigo mientras yo duermo a dos metros? Eres una zorra barata, Martha… una perra que se moja por cualquier verga.

Martha lloró, arrodillándose frente a él, agarrándole la bragueta.

—Perdóname, por favor, vuelve a mí.

Javier la empujó lejos.

—No, zorra. Se acabó. Vuelvo con Rosa… ella es mi mujer verdadera, no una puta traidora como tú.

Salió dando un portazo, dejando a Martha sollozando.

El reencuentro con Rosa – Amor intenso y el error del celular

Javier, arrepentido y celoso, corrió a casa de Rosa esa misma noche. Ella lo recibió confundida, pero al ver su mirada desesperada, lo dejó pasar.

—Rosa… amor … te necesito. Olvidemos todo, fóllame como nunca.

Rosa, aún herida por la traición anterior, cedió al deseo. Lo besó con hambre, arrancándole la ropa.

—Hazme el amor.

Javier la llevó a la cama con ternura al principio, besándola despacio, lamiéndole los pezones hasta que se endurecieron como piedras. Luego, la intensidad subió: la abrió de piernas y le comió el coño como un hambriento, succionando su clítoris hinchado.

—Qué vagina tan rica y mojada, amor… sabe a miel, a puta mía. Córrete en mi boca, Rosa… inúndame con tu leche dulce.

Rosa gemía alto, agarrándole el cabello: "Chúpame más hondo … méteme la lengua hasta el útero". Se corrió temblando, chorros calientes en su cara.

Luego, Javier la penetró despacio pero profundo, embistiendo con pasión: "Te amo… siente mi verga gruesa partiéndote como nunca. Eres mía, solo mía.

Rosa arañaba su espalda: "Empuja más fuerte, rómpeme como si fuera la primera vez… lléname de tu semen caliente".

Se corrieron juntos, él derramándose dentro en chorros abundantes, abrazados en sudor y amor renovado.

Pero después, Javier se levantó para ducharse: "Vuelvo en un minuto, amor". Dejó su celular en la mesita. Rosa, curiosa, lo tomó cuando empezó a vibrar: llamadas insistentes de Martha. Contestó en silencio y escuchó un audio que Martha había enviado:

"Amor… lo siento tanto. Te amo a ti, Javier… fallé al hacerlo con Carlos, ese hijo de puta me clavó su verga en la cocina mientras dormías. Pero fue un error, mi cuerpo te extraña como la primera vez que me la metiste… ese roce en la cocina, tus dedos en mi culo frío, tu pichulota partiéndome entera. Haz lo que quieras conmigo, pídemelo amor… Vuelve, siiiiiiiii.

Rosa sintió ira quemándole el pecho, pero también un plan formándose: venganza fría y astuta.











La venganza sutil de Rosa: El baile y la primera entrega

El baile en la disco – Ritmo, calor y dudas entretejidas


Mientras Rosa pensaba como vengarse, Carlos la había convencido de ir a "El Ritmo", la discoteca del centro de Arequipa donde el aire vibraba con salsa y reggaetón, luces neón cortando la oscuridad como cuchillos de colores, y un olor a sudor perfumado que invitaba al abandono. Rosa llegó con miedos que le susurraban al oído: No lo hagas... esto es venganza, pero ¿y si te pierdes en el placer?

Vestía un vestido rojo vino que caía como una cascada sobre sus curvas maduras, el escote sutil revelando la suavidad de su piel, y tacones que elevaban su figura con gracia. Su cabello suelto ondeaba como un río negro, y un perfume a jazmín la envolvía, un aroma que era a la vez inocente y provocador.

Carlos la esperaba en la entrada, con una camisa negra abierta en los primeros botones, dejando ver el vello de su pecho firme, pantalones ajustados que marcaban su masculinidad, y esa sonrisa que era un verso erótico no pronunciado. La tomó de la mano con ternura, guiándola al interior donde la música latía como un corazón acelerado.

—Ven, Rosa... bailemos como si el mundo fuera solo nuestro —murmuró él, su voz cálida contra su oído, mientras la llevaba a la pista abarrotada.

Al principio, bailaron con distancia respetuosa, sus cuerpos moviéndose al ritmo de una salsa suave, las caderas girando como olas en un mar calmado. Rosa sentía el calor de la multitud, el sudor perlado en su cuello, y las dudas: ¿Es justo? Javier no lo sabe... pero él me traicionó primero. Carlos la atrajo poco a poco, su mano en su cintura baja, firme pero poética, como si escribiera versos en su piel.

—Sientes el ritmo en ti, Rosa... como un fuego sutil que despierta —susurró él, pegando su pecho al de ella, sus muslos rozándose en cada giro.

Ella jadeó bajito, sintiendo su aliento cálido en su cuello, su miembro endureciéndose contra su vientre a través de la tela fina.

—Carlos... esto es bello, como un poema en movimiento. Pero tengo dudas... miedos que me hacen temblar. No sé si debo dejarme llevar.

La música cambió a un reggaetón lento y sensual, con letras que hablaban de cuerpos entrelazados en la noche. Carlos la giró, pegando su espalda a su torso, sus manos bajando por sus caderas, apretando suave pero insistente. Rosa arqueó la espalda involuntariamente, su culo rozando su polla dura, un roce que era erótico y bello a la vez, como una danza prohibida.

—Siente cómo te deseo, Rosa... tu cuerpo es un verso que mi piel anhela recitar —dijo él, mordisqueando su lóbulo, su mano subiendo por su muslo bajo el vestido, rozando el borde de su tanga húmeda.

Ella gimió suave, el calor subiendo por su vientre: "Carlos... no aquí... es tan intenso, tan bello... pero mis miedos susurran que pare. No es justo... no está bien".

Bailaron así por horas, cuerpos sudorosos fusionándose, sus pechos rozando su espalda, sus caderas chocando en un ritmo que era puro erotismo poético. Carlos la besaba en el cuello, dejando marcas leves como pétalos caídos, mientras ella dudaba, pero se dejaba llevar un poco más cada vez. No pasó nada más en la pista —solo toques, besos robados y un deseo que ardía como una llama sutil—, pero al salir, el fuego ya era incontrolable.

La primera vez: El taxi, el descampado y la entrega bajo las estrellas

En el taxi de regreso, el alcohol de los piscos sours aún flotaba en sus venas, soltando inhibiciones como hojas en el viento. Rosa se sentó a su lado, su falda subiéndose levemente, exponiendo la suavidad de sus muslos. Carlos, con ojos hambrientos pero poéticos, tomó su mano y la besó, su lengua rozando su piel.

—Rosa... la noche nos envuelve como un manto de deseos —murmuró, su mano subiendo por su pierna, hurgando bajo la falda, dedos explorando el encaje húmedo de su tanga.

Ella jadeó, cerrando las piernas un instante: "Aquí no, Carlos... no está bien. El taxista nos ve... tengo miedos, dudas que me atan".

Pero su cuerpo traicionaba: las piernas se abrieron levemente, permitiendo que sus dedos rozaran sus labios hinchados, un toque bello y erótico que la hacía temblar.

—Solo un roce, amor... siente cómo tu esencia florece bajo mis dedos —susurró él, metiendo un dedo despacio, bombeando suave mientras se besaban con pasión, lenguas danzando como ríos en tormenta.

El taxista, un hombre mayor, miró por el retrovisor, su respiración agitada, excitado por el espectáculo sutil. Carlos notó y sonrió astuto.

—Llévanos a un lugar alejado, amigo... al descampado cerca del río, donde las estrellas sean testigos.

El taxi se desvío a un paraje oscuro, lejos de la ciudad, el Misti como sombra gigante en el horizonte. Salieron del auto, el taxista quedándose a distancia pero mirando con discreción. Carlos la llevó a la hierba suave, bajo un cielo estrellado que era un tapiz poético.

—Aquí, Rosa... lejos de todos, déjame hacerte mía como un sueño erótico —dijo él, besándola con ternura que se volvía pasión, sus manos desnudándola despacio, revelando su piel como un poema desvelado.

—No es justo, Carlos... no está bien... no me parece... no quiero —decía ella, su voz temblorosa, miedos saliendo como suspiros, pero su cuerpo se arqueaba, sus manos bajando a su polla dura, acariciándola a través de la tela.

Él la recostó en la hierba fresca, besando su cuello, bajando a sus pechos, lamiendo los pezones como frutos maduros.

—Tu cuerpo dice sí, Rosa... es bello, erótico, como un verso que se escribe en la piel —murmuró, bajando más, su lengua explorando su coño húmedo, lamiendo suave pero profundo, succionando su clítoris como una perla preciosa.

Ella gemía: "No... no quiero... pero sí... lame más hondo, Carlos... es tan bello".

Su cuerpo respondía: caderas elevándose, jugos fluyendo como néctar. Carlos se desnudó, su verga gruesa palpitando bajo la luna, y la penetró despacio, centímetro a centímetro, un ingreso poético que la llenaba como un río en su cauce.

—Siente cómo te completo, amor... como un fuego sutil que nos une —gruñó él, embistiendo lento pero profundo, sus cuerpos moviéndose al ritmo de la noche.

—No es justo... no está bien... mi cuerpo traiciona, pero no quiero —decía ella, pero sus uñas clavadas en su espalda, sus piernas envolviéndolo, pidiendo más.

Aceleraron, el erotismo bello volviéndose intenso: él mordiendo su cuello, ella arañando su pecho, corriéndose juntos bajo las estrellas, su semen caliente llenándola como un secreto poético.

—Toma mi esencia, Rosa... bello como tu venganza sutil —susurró él.

Ella, exhausta, lloró de placer y dudas: "Fue bello... pero ¿qué he hecho?". La venganza se había consumado, sutil e ingenua, en un lugar lejos de todos, donde solo las estrellas juzgaban.























La segunda cita y la noche de entrega total

Después de aquella primera vez bajo las estrellas —donde el aroma a tierra húmeda y jazmín silvestre se mezclaba con el sudor salado de sus cuerpos, y el sonido lejano del río susurraba como un cómplice—, Rosa no podía borrar las sensaciones de su piel. El tacto áspero de la hierba bajo su espalda, el calor pulsante de Carlos dentro de ella, el sabor metálico de sus besos urgentes... todo la perseguía en sueños, despertándola con el coño húmedo y el corazón lleno de dudas. ¿Fue bello? Sí... pero ¿es justo seguir? Javier duerme a mi lado ajeno, y yo huelo aún a otro hombre. Carlos, con su astucia poética, no la presionó, pero sus mensajes eran caricias sensoriales: "Recuerdo el sabor de tu esencia como miel bajo la luna, Rosa... tu piel suave como seda tibia contra mi lengua".

La segunda cita nació de esa añoranza sensorial, de noches donde Rosa se tocaba recordando el roce de sus dedos.

Las excusas: El aroma de la mentira sutil

Rosa, mirando a Javier con ojos que ocultaban tormentas, excusó con voz suave como algodón: "Amor, no puedo esta noche... Camila necesita ayuda con su examen, el estrés la tiene con los nervios de punta. Mañana te compenso, bebe mío... te daré mi cuerpo entero". Javier, besándola con sabor a confianza, aceptó: "Ve... pero mañana huelo tu coño mojado por mí". Rosa sintió el pinchazo de culpa como un aroma amargo en la garganta, pero el deseo por Carlos era más fuerte, un perfume que la envolvía.

La segunda cita: El hotel alejado y la sinfonía sensorial de una noche entera

Carlos la recogió al atardecer, el motor del auto ronroneando como un preludio. El camino al hotel "El Refugio del Misti" estaba perfumado por el incienso de los campos, el viento fresco entrando por la ventana y revolviendo el cabello de Rosa como dedos invisibles. Ella vestía un vestido negro de seda que se sentía como una caricia constante en su piel, el tejido rozando sus pezones endurecidos por la anticipación, la falda susurrando contra sus muslos. Debajo, lencería roja: tanga de encaje que se hundía entre sus nalgas, sostén que elevaba sus pechos con un tacto suave pero firme, y un perfume a vainilla y jazmín que emanaba calor de su cuello y muñecas.

Carlos conducía con una mano en el volante y la otra rozando su rodilla, su camisa blanca oliendo a sándalo y hombre limpio, los botones abiertos dejando escapar el aroma salado de su piel. "Rosa... el aire huele a ti esta noche, a deseo que se filtra como niebla", murmuró, su voz grave vibrando en su pecho.

Llegaron al hotel cuando el sol se hundía tras el Misti, tiñendo el cielo de rojos que olían a pasión contenida. La habitación era un santuario sensorial: velas parpadeantes que desprendían aroma a canela y vainilla, sábanas blancas de algodón egipcio suaves como plumas, una botella de vino tinto respirando en la mesa, su bouquet afrutado flotando en el aire cálido.

Carlos cerró la puerta y la besó contra la pared, sus labios sabiendo a vino anticipado y deseo, su lengua explorando su boca con lentitud poética pero hambrienta. El tacto de sus manos bajando por su espalda era firme, cálido, haciendo que la seda del vestido se arrugara como olas. Rosa sintió su aliento caliente en su cuello, el aroma masculino invadiéndola, su polla endureciéndose contra su vientre como una promesa palpitante.

—Rosa... tu piel huele a jazmín y mujer en celo... déjame saborearte entera esta noche —susurró él, mordisqueando su lóbulo, el sonido húmedo de sus besos resonando en la habitación silenciosa.

Ella jadeó, el miedo y el deseo mezclándose como sabores agridulces: "Carlos... es tan bello, el aroma de las velas, tu tacto... pero dudo... no sé si mi cuerpo debe rendirse así".

Él la llevó al balcón primero, el viento fresco acariciando su piel mientras se besaban con vista al volcán, sus manos subiendo bajo el vestido, rozando el encaje húmedo de su tanga. El olor a tierra lejana y noche se mezclaba con su excitación, un perfume erótico que la mareaba.

Dentro, la desvistió despacio: el vestido cayendo como una cascada negra al suelo, el sostén rojo revelando sus pechos pesados, pezones oscuros endurecidos por el aire acondicionado y el deseo. Carlos se quitó la camisa, su pecho firme oliendo a sudor limpio y colonia, vello suave invitando a sus dedos.

La recostó en la cama, las sábanas frescas contrastando con el calor de su boca bajando por su cuerpo: besos húmedos en el cuello que sabían a sal, lamidas en los pezones que resonaban con chupadas suaves, mordiscos que dejaban aroma a su aliento. Bajó más, el aroma de su coño húmedo llenando el aire como un perfume íntimo.

—Qué coño tan rico, Rosa... huele a deseo maduro, a miel caliente que chorrea por mí —gruñó él, apartando el tanga rojo y lamiendo sus labios hinchados, el sabor salado y dulce explotando en su lengua, su nariz inhalando su esencia mientras succionaba el clítoris como una fruta jugosa.

Rosa arqueó la espalda, el tacto de su lengua áspero y cálido, el sonido húmedo de sus lamidas resonando como una sinfonía erótica: "Carlos... lame más profundo... sabe a pecado bello... pero dudo... mi cuerpo tiembla".

La hizo correrse con la boca, sus jugos calientes inundando su lengua, el aroma intenso llenando la habitación. Luego, se desnudó, su polla gruesa palpitando, venas marcadas, cabeza brillando con pre-semen que olía a masculinidad pura.

La penetró en misionero, lento al principio, el tacto de su grosor estirándola deliciosamente, el sonido de piel contra piel empezando suave: "Toma mi verga, amor... siente cómo te abro el coño mojado, cómo huelo tu excitación en cada embestida".

Rosa gemía, el olor a sexo creciendo, sudor perlando sus cuerpos: "Más fuerte, cabrón... rómpeme con ese calor... es erótico, bello... pero no debería".

Cambió a ella encima: Rosa cabalgando, sus tetas rebotando con sonido suave, sus caderas girando oliendo a vainilla y deseo, el tacto de su pinga golpeando profundo: "Qué rico te mueves... aprieta mi pichula que es esclavo de tu cuca jefa".

En cuatro: él embistiendo por detrás, azotando suave su culo que resonaba con palmadas húmedas, el aroma a sudor y sexo intenso: "Toma verga hasta el fondo, Rosa... siente cómo te lleno, cómo tu culo huele a deseo".

Oral mutuo: ella lamiendo su polla, sabor salado y venoso, garganta profunda con sonidos húmedos; él comiéndola de nuevo, dedos en su ano untados con sus jugos.

Anal sutil: la untó con saliva cálida, entrando despacio, el tacto apretado y nuevo: "Siente mi verga en tu culo, amor... bello como un secreto que arde".

Toda la noche: múltiples corridas, cuerpos sudorosos oliendo a sexo y velas, sonidos de gemidos y piel chocando, tacto de sábanas arrugadas, sabor de besos salados. Pensaban quedarse al día siguiente —desayuno con aroma a café, más folladas lentas bajo el sol—, pero el teléfono sonó al alba: Camila, voz ansiosa: "Mamá... el examen es difícil, necesito que me ayudes a repasar hoy, por favor".

Rosa, con la vulva que estallaba, dolía, pero todavía palpitante y aroma a Carlos en la piel, dudó: "Debo ir... mi hija me necesita". Carlos besó su cuello sudoroso: "Ve, amor... pero nuestro poema sensorial continúa".

Rosa se fue, el cuerpo satisfecho pero el alma en dudas, la venganza sutil avanzando en aromas, tactos y sabores inolvidables.

































La tercera cita – Intensidad que quema como el volcán


Rosa ya no era la misma. Después de la segunda cita en el hotel —donde el aroma a canela de las velas se había mezclado con el olor intenso a sexo sudoroso, donde el tacto de las sábanas arrugadas aún le quemaba en la memoria, y el sabor salado de la piel de Carlos permanecía en su lengua como un pecado dulce—, las dudas seguían allí, pero más débiles, ahogadas por un deseo que crecía como lava lenta bajo el Misti. No debería... es venganza, pero cada vez duele menos y arde más. Carlos, percibiendo el cambio, propuso una tercera cita con una intensidad que él sabía que ella no rechazaría del todo: una cena privada en su departamento, con música, vino y la promesa tácita de una noche sin límites.

La excusa

Rosa excusó a Javier con la misma dulzura ingenua: "Amor, esta noche tengo migraña... el estrés de ayudar a Camila me dejó agotada. Mañana te compenso con todo mi cuerpo". Javier, besándola en la frente, oliendo su perfume sin sospechar: "Descansa, mañana si serás solo mía".

Carlos, por su parte, ignoró los mensajes desesperados de Martha —"Me muero sin verte".

Rosa llegó al departamento de Carlos al anochecer, el aire fresco de Arequipa rozando su piel como una caricia premonitoria. Vestía un vestido verde esmeralda de satén que se adhería a sus curvas como una segunda piel, el escote profundo dejando ver el valle entre sus pechos generosos, la falda corta revelando sus piernas suaves y bronceadas. Debajo, lencería negra: tanga de encaje que se hundía entre sus nalgas, sostén push-up que elevaba sus tetas con un tacto sedoso, y un perfume a rosas y almizcle que emanaba calor de su cuello, muñecas y entre sus muslos.

Carlos abrió la puerta con una camisa negra desabotonada hasta el pecho, pantalones ajustados marcando su paquete prominente, el aroma a sándalo y hombre recién duchado envolviéndola como una promesa. La música suave —salsa erótica con percusión profunda— resonaba en el salón, velas proyectando sombras danzantes en las paredes, y una mesa con cena ligera: rocoto relleno picante que olía a especias ardientes, vino tinto respirando en copas de cristal.

La cena: Intensidad que crece como fuego lento

Se sentaron cerca, las rodillas rozándose bajo la mesa, el tacto de su pierna contra la de ella enviando chispas. Carlos servía el vino, su mano rozando la de Rosa al pasarle la copa, el líquido rojo brillando como sangre de pasión.

—Rosa... esta noche el aire huele a ti, a rosas calientes y deseo contenido —murmuró él, su voz grave vibrando como el bajo de la música, sus ojos devorándola mientras comían, el picante del rocoto quemando sus lenguas y avivando el fuego interno.

Ella sentía el calor subiendo por su garganta, el sabor especiado mezclándose con el vino afrutado: "Carlos... todo es tan intenso... el aroma de las velas, el picante en mi boca... pero dudo aún. Mi cuerpo arde, pero mi corazón teme".

Él se acercó, su aliento cálido en su oreja, mordisqueando suave: "Deja que el fuego gane, amor... siente cómo tu coño se humedece solo con mi cercanía, cómo tu piel pide mis manos".

La cena se volvió caricias: él alimentándola con los dedos, su pulgar rozando sus labios, ella lamiendo el jugo picante de su mano, sabor salado y ardiente. El deseo creció como lava: besos en el cuello que olían a vino, manos bajando por su escote, rozando los pezones endurecidos bajo el satén.

La entrega

La llevó al sofá, la música envolviéndolos como un latido acelerado. La desvistió con intensidad creciente: el vestido verde cayendo como una hoja en otoño, revelando la lencería negra que contrastaba con su piel, el aroma a almizcle intensificándose con su excitación. Carlos se quitó la camisa, su pecho firme oliendo a sudor limpio y deseo, vello suave invitando a sus uñas.

La besó con hambre poética pero intensa: labios saboreando vino y picante, lengua invadiendo su boca con sonidos húmedos, manos apretando sus tetas, pellizcando pezones hasta que dolía deliciosamente.

—Qué tetas tan ricas, Rosa... duras y suaves, huelen a mujer en celo —gruñó él, bajando la boca, chupando un pezón con fuerza, el tacto áspero de su barba rozando su piel sensible.

Ella jadeó, el sonido resonando en la habitación: "Carlos... chupa más fuerte... es intenso, bello... pero no debería... sí, sí lo quiero".

Bajó más, el aroma de su coño llenando el aire como un perfume prohibido. Apartó el tanga negro, ya empapado, y lamió con intensidad: lengua plana recorriendo sus labios hinchados, succionando el clítoris con fuerza, dedos metiéndose profundo, bombeando con sonido húmedo y obsceno.

—Qué coño tan mojado y caliente, amor... sabe a miel picante, chorreas por mi lengua como una fuente —dijo él, el sabor salado y dulce explotando en su boca, su nariz inhalando su esencia mientras la hacía correrse, jugos calientes inundando su cara.

Rosa gritó, el orgasmo intenso como un volcán: "Me corro... lame todo, es tan bello y ardiente".

Luego, ella lo desnudó, su pinga gruesa palpitando, aroma a masculinidad pura, cabeza brillando con pre-semen salado. La lamió con intensidad: lengua recorriendo venas, succionando profundo, garganta apretando con sonidos húmedos.

—Toma mi boca, Carlos... taládrame la garganta, gimió ella, saliva chorreando por sus tetas.

Él la folló la boca con intensidad controlada, gruñendo: "Trágatela, puta mía... siente cómo palpita por tu coño".

La penetró en el sofá, intensidad máxima: misionero profundo, embestidas fuertes con sonido de piel chocando, sudor perlando sus cuerpos, aroma a sexo intenso llenando la habitación.

—Toma verga gruesa, Rosa... siente cómo te destrozo, cómo huelo tu deseo en cada golpe —gruñó él, acelerando, manos en su cuello suave.

Ella arañaba su espalda: "Más fuerte, rómpeme con intensidad... es erótico, bello... lléname de tu leche caliente".

Cambios: ella encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando con sonido suave, caderas girando oliendo a sudor y almizcle; en cuatro, él azotando fuerte su culo que resonaba, embistiendo hasta el fondo: "Qué culo tan rico... toma verga hasta las tripas, amor".

Anal intenso: la untó con sus jugos calientes, entrando profundo, tacto apretado y ardiente: "Siente mi pene en tu culo, Rosa... intenso como fuego volcánico".

Toda la noche: múltiples orgasmos, cuerpos sudorosos oliendo a sexo crudo y velas, sonidos de gemidos altos y piel chocando, tacto de sábanas empapadas, sabor de besos salados y semen. Se corrieron en boca, coño y culo, él derramándose abundante: "Toma mi leche caliente, puta mía... bébetela, siente cómo te lleno".

Al amanecer, exhaustos, pero aún entrelazados, Rosa susurró: "Fue intenso... bello... pero mis dudas quedan". Carlos besó su piel sudorosa: "El fuego crece, amor... y arderemos más".

La tercera cita había sido intensidad pura, dejando a Rosa marcada en cuerpo y alma, la venganza avanzando como lava inevitable.

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Historias de una rica charapa, amor, odio, traición, mas personajes y mucho ardor.
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La Amistad Oculta:

El Inicio Silencioso



Era 2015 en Lima, en mi departamento de Pueblo Libre. Yo, Raúl, un tipo de 35 años trabajando en una agencia de publicidad, vivía solo después de una ruptura. El edificio era tranquilo, con vecinos amables, incluyendo a mi madre que venía de visita los fines de semana desde Surco.

Teresa llegó como una sombra discreta. Una charapa de unos 30 años, morena, curvilínea, con ojos profundos y una sonrisa reservada. Limpiaba el edificio dos veces por semana, siempre con su delantal azul y el cabello recogido. Al principio, no hablaba mucho. "Buenos días, señor Raúl", decía secamente mientras barría el pasillo. Yo respondía con un gesto y seguía mi camino. No contaba nada de su vida. Ni una palabra sobre sus hijos, su origen en Iquitos o por qué había migrado a San Martín de Porres. Era como si su mundo se limitara a la escoba y el trapeador. Yo, curioso, intentaba romper el hielo: "¿De dónde eres, Teresa?" Ella solo sonreía y cambiaba de tema: "Del oriente, señor. ¿Quiere que limpie adentro hoy?"



La Amistad que Florece

Con el tiempo, le pedí que limpiara mi departamento más seguido. Pasó de dos a cuatro días por semana, trabajando más horas. Empezó a llegar temprano, preparando café mientras ordenaba. Ahí comenzaron las charlas reales. Una tarde, mientras doblaba ropa, soltó: "Tengo dos hijos, señor. Una niña de 10 y un niño de 7. Viven conmigo en San Martín, en una casita humilde cerca de la avenida Perú." Yo asentí, ofreciéndole un mate. "Suena duro criarlos sola." Ella se encogió de hombros: "Es lo que hay. Mi ex me dejó con deudas, pero soy fuerte, como el río." Mi madre, al visitarme, la conoció y se encariñó. "Teresa es una joya, Raúl. Trabaja como nadie." Empezaron a charlar de recetas loretanas, de cómo hacer juane en Lima. Teresa se hizo amiga de ambos: traía plátanos fritos para mi madre, me ayudaba con la compra en el mercado de Pueblo Libre. Nuestra amistad creció en confidencias.

Una noche, después de limpiar, se quedó sentada en el sofá. "Raúl, ¿puedo contarte algo? Nadie sabe, pero a veces no alcanza la plata. Los niños necesitan zapatos para el colegio." Yo, sin pensarlo, saqué unos soles: "Toma, para ellos." Así empezó: dinero para comida, ayuda con las tareas de los hijos por teléfono, incluso pagué una cuota escolar. Pero nadie sabía lo que pasaba entre nosotros. Una tarde, solos en mi departamento, me confesó: "Eres el único que me escucha de verdad." Nuestros ojos se cruzaron, y el roce de manos se volvió beso. "Teresa, esto... ¿está bien?" pregunté. Ella susurró: "Nadie lo sabrá. Solo nosotros." Desde entonces, salíamos en secreto: un beso robado en la cocina, una caricia mientras "limpiaba" el dormitorio.

Confesiones Íntimas y Ayudas

Nuestra relación se profundizó en diálogos eróticos y confesiones. Una noche, después de hacer el amor en mi cama, con el sudor aún en la piel, me confesó: "Raúl, en la selva, era salvaje. Mi ex me hacía sentir usada, pero contigo... es diferente. Me tocas como si fuera una diosa." Yo, excitado por sus palabras, respondí: "Dime qué te gusta, Teresa. Quiero oírte." Ella, jadeando, susurró: "Me encanta cuando me besas el cuello, cuando tus manos bajan despacio... hazme sentir viva." Ayudaba a sus hijos: les compré uniformes, libros. "Gracias, Raúl. Eres como un padre para ellos, pero sin que lo sepan."

Ella me presentó a familiares: una tía en San Martín, que me dio la mano con sospecha: "Teresa habla bien de ti, pero cuídala." Amigos suyos en el barrio, charapas como ella, me invitaban a ceviche: "¡Oe, Raúl! Ven a probar el verdadero ají de cocona." Todo era secreto. Mi madre pensaba que era solo amistad: "Teresa es tan buena, ¿verdad?" Nadie imaginaba las noches en que ella se escabullía a mi departamento, confesando deseos: "Quiero que me tomes fuerte, Raúl, como si el mundo se acabara." Yo respondía: "Eres adictiva, tu cuerpo... curvas perfectas, piel suave. Confiesa, ¿qué más sueñas?" Ella: "Sueño con tus labios en mis pechos, con gemir tu nombre sin miedo.", explayar diálogos, describir mejor y más a teresa, la confesión de que vio a su primo pero no paso nada, alguien los ve, una noche en que cita a Raúl y no llega será porque esta con alguien, su ex, su primo o alguien nuevo? relatos intensos, eróticos y tensión.





Susurros en la Sombra

Teresa era una visión que me cautivaba cada vez más. Su piel morena, suave como el cacao de la selva, brillaba bajo la luz tenue de mi departamento. Medía alrededor de 1.65 metros, con curvas pronunciadas que se acentuaban en sus caderas anchas y pechos generosos, siempre ocultos bajo blusas sencillas pero que no lograban disimular su forma voluptuosa. Su cabello negro azabache, largo hasta la mitad de la espalda, lo llevaba recogido en un moño práctico durante el trabajo, pero cuando se lo soltaba en nuestras noches secretas, caía en ondas salvajes que enmarcaban su rostro ovalado. Sus ojos, profundos y oscuros como el río Amazonas en la noche, transmitían una mezcla de vulnerabilidad y fuego latente. Su sonrisa, reservada al principio, ahora se abría en una curva sensual que revelaba dientes blancos y perfectos, con un leve hueco en el incisivo que le daba un toque único, casi pícaro. Caminaba con un balanceo natural, como si la selva aún corriera por sus venas, y su voz, ronca y acentuada con el dejo loretano, me erizaba la piel cada vez que susurraba mi nombre.

Nuestras conversaciones se volvieron un torrente de intimidades. Una tarde, mientras ella trapeaba la cocina con movimientos rítmicos que hacían ondear su falda, me acerqué por detrás y la abracé por la cintura. "Teresa, cuéntame más de ti. ¿Qué hacías en Iquitos antes de venir aquí?" Ella se giró lentamente, sus ojos clavados en los míos, y dejó el trapeador a un lado. "Raúl, en la selva era libre. Bailaba en las fiestas del pueblo, con el sudor pegado a la piel, sintiendo el ritmo del tambor en mis caderas. Pero la vida me trajo aquí... con mis hijos, sola." Su mano subió a mi pecho, trazando círculos suaves. "Contigo me siento viva de nuevo. ¿Quieres que te muestre cómo bailo?"

Asentí, hipnotizado. Se movió al ritmo imaginario de una cumbia amazónica, sus caderas girando en círculos lentos y provocadores, rozando mi cuerpo. "Mírame, Raúl. Tócame aquí", dijo, guiando mi mano a su cintura. "Siente cómo me muevo para ti." El beso que siguió fue feroz, sus labios carnosos devorando los míos, su lengua explorando con una urgencia que me dejó sin aliento. Caímos en el sofá, sus curvas presionadas contra mí. "Dime qué quieres, Teresa", jadeé. Ella, con los ojos entrecerrados, susurró: "Quiero que me beses el cuello, que bajes despacio por mi pecho... hazme gemir, Raúl. Tómame fuerte, como si fuéramos animales en la jungla."

Esa noche, después de un clímax intenso donde sus uñas se clavaron en mi espalda dejando marcas rojas, se acurrucó contra mí. Su cuerpo desnudo, aun temblando, era una obra de arte: pechos firmes con pezones oscuros que respondían a mi toque, vientre plano marcado por las estrías de la maternidad que la hacían aún más real, más deseable. "Raúl, tengo que confesarte algo", murmuró, su voz temblorosa. "El otro día vi a mi primo, el que vive en San Martín. Vino a visitarme... es de Iquitos también, fuerte, con esa mirada salvaje que me recordaba la juventud." Mi corazón se aceleró, un nudo de celos formándose en mi estómago. "¿Qué pasó, Teresa? Dime la verdad." Ella levantó la vista, sus ojos sinceros. "Nada, te lo juro. Solo hablamos de la familia, de los viejos tiempos. Me invitó a un trago, pero lo rechacé. Pensé en ti... en nosotros. No quiero perder esto." La besé con posesión, aliviado, pero con una semilla de duda plantada. "¿Segura? Porque si mientes..." Ella me silenció con un dedo en los labios. "Te lo prometo. Solo tú me haces sentir así."

La Mirada Indiscreta

La tensión crecía con cada encuentro. Nadie sospechaba, o eso creíamos. Mi madre seguía alabando a Teresa: "Es una mujer de oro, Raúl. Deberías invitarla a almorzar algún domingo." Yo sonreía, ocultando el secreto que ardía en mi interior. Pero una tarde, mientras Teresa "limpiaba" mi dormitorio —en realidad, yacíamos en la cama, sus piernas envolviéndome en un abrazo apasionado—, oímos un ruido en el pasillo. Ella se tensó, su cuerpo sudoroso pegado al mío. "Shh, alguien está afuera", susurré.

Era la vecina del piso de abajo, la señora Carmen, una chismosa empedernida que siempre husmeaba. Golpeó la puerta: "¿Raúl? ¿Estás ahí? Oí ruidos extraños." Teresa se vistió a prisa, su delantal azul arrugado, el cabello desordenado. Abrí la puerta con el corazón latiendo fuerte. "Sí, señora Carmen. Teresa está limpiando, nada más." Pero sus ojos agudos se posaron en Teresa, que salía del dormitorio con la escoba en mano, las mejillas sonrojadas y una marca roja en el cuello que no pasó desapercibida. "Ah, ya veo... limpiando. Bueno, cuídate, Raúl." Se fue, pero su mirada sospechosa me dejó un escalofrío. Esa noche, Teresa me confesó entre besos: "Si nos descubren, todo se acaba. Pero eso me excita más... el riesgo." La tomé con más fuerza, sus gemidos ahogados contra la almohada: "Raúl, más rápido... sí, así... ¡no pares!"

La Noche Traicionera

La duda se convirtió en tormenta. Una noche, Teresa me citó en mi departamento: "Ven a las 8, Raúl. Te prepararé algo especial. Quiero que me toques toda la noche, que exploremos cada rincón de mi cuerpo." Llegué puntual, con una botella de vino y el pulso acelerado por la anticipación. Pero las horas pasaban y ella no aparecía. Llamé a su celular: timbre tras timbre, sin respuesta. El pánico se mezcló con la ira. "¿Dónde estás, Teresa? ¿Con quién?"

Al día siguiente, llegó tarde al trabajo, con ojeras y una excusa floja: "Los niños se enfermaron, Raúl. Lo siento." Pero sus ojos evitaban los míos, y su perfume era diferente, un aroma masculino que no era el mío. Presioné: "Dime la verdad. ¿Estabas con tu ex? ¿O con ese primo tuyo?" Ella negó, pero su voz temblaba: "No, nada de eso. Fue... un amigo nuevo, del barrio. Solo hablamos, te lo juro. Me sentía sola, y tú estás tan ocupado." El celo me cegó. La acorralé contra la pared, mis manos en sus hombros. "Mientes. Puedo olerlo en ti." Ella, con lágrimas, confesó a medias: "Sí, estuve con mi primo. Vino borracho, insistió... pero no pasó nada físico. Solo besos, Raúl. Perdóname." La besé con rabia, arrancándole la ropa: "Eres mía, Teresa. Muéstrame que lo sientes." El sexo fue salvaje, tenso, lleno de mordidas y arañazos. Ella gemía: "Perdóname... tómame, castígame si quieres. Tus manos en mis caderas, fuerte... sí, así." Pero la confianza se resquebrajaba, y la tensión nos consumía como una llama incontrolable.

El Abismo de la Pasión

Nuestros encuentros se volvieron un ciclón de erotismo y desconfianza. Una noche, en su casita humilde de San Martín —arriesgándonos más que nunca—, me esperó con un vestido rojo ajustado que acentuaba cada curva de su cuerpo exuberante. "Raúl, olvídate de todo. Solo nosotros", susurró, guiándome a la cama. Sus manos exploraron mi cuerpo con maestría, bajando despacio: "Me encanta sentirte así, duro por mí. Dime qué sueñas, cuéntame." Yo, perdido en su toque: "Sueño con tus labios en mi piel, con enterrarme en ti hasta que grites." Ella se montó encima, moviéndose con un ritmo hipnótico, sus pechos rebotando, su sudor mezclándose con el mío. "Más profundo, Raúl... hazme tuya. Confiesa, ¿me deseas tanto como yo a ti?" Gemí: "Eres adictiva, tu cuerpo... curvas perfectas, piel ardiente. Pero no me traiciones de nuevo."

Sin embargo, la sospecha persistía. Vi mensajes en su teléfono: su ex preguntando por los niños, un "amigo" nuevo del mercado enviando corazones. La tensión nos empujaba a límites intensos: sexo en lugares prohibidos, como el ascensor del edificio, donde el riesgo de ser vistos nos excitaba. "Rápido, Raúl... alguien podría subir", jadeaba ella, sus uñas en mi espalda. Pero en el fondo, sabía que el secreto se desmoronaba, y la pasión se teñía de un oscuro presagio. ¿Cuánto más duraría antes de que todo explotara?
 
Palabras que Queman

La desconfianza no apagó el fuego; lo avivó hasta convertirlo en una hoguera incontrolable. Cada vez que Teresa llegaba a mi departamento, el aire se cargaba de electricidad. Cerraba la puerta con llave, dejaba caer el bolso y se acercaba despacio, con esa mirada felina que me desarmaba.

—Raúl… hoy necesito que me hables sucio —susurró una tarde, quitándose el delantal azul y quedándose solo con una blusa blanca ajustada que marcaba sus pezones endurecidos—. Dime todo lo que vas a hacerme antes de hacerlo.

La tomé por la cintura y la pegué contra la pared de la cocina. Mi boca rozó su oreja.

—Te voy a arrancar esa blusa de un tirón, Teresa. Voy a chuparte los pezones hasta que supliques que pare. Luego te voy a abrir las piernas aquí mismo, sobre la mesa, y te voy a lamer despacio… tan despacio que vas a temblar y a mojar todo.

Ella soltó un gemido bajo, sus manos bajando a mi cinturón.

—Sigue hablando… me encanta cuando me dices lo que vas a hacer con mi cuerpo —jadeó, desabrochándome el pantalón—. Dime cómo me vas a follar hoy.

—Te voy a poner de espaldas, te voy a bajar las bragas hasta los tobillos y te voy a meter los dedos primero… uno, dos… hasta que estés tan mojada que resbales. Y cuando estés rogando, te voy a penetrar de una sola embestida, fuerte, hasta el fondo. Vas a sentirme todo dentro de ti, Teresa. Vas a gritar mi nombre mientras te cojo contra la pared.

—Dios, Raúl… ya estoy mojada solo de oírte —confesó, su voz ronca, guiando mi mano bajo su falda—. Tócame… siente lo que me provocas.

Mis dedos encontraron su sexo caliente y empapado. Ella se mordió el labio, echando la cabeza hacia atrás.

—Más… dime más mientras me tocas.

—Eres una puta deliciosa, Teresa. Tu coño aprieta mis dedos como si no quisiera soltarlos. Quiero que te corras en mi mano ahora mismo, que me inundes… y después te voy a poner de rodillas para que me chupes hasta que no pueda más.

Ella se corrió con un grito ahogado, sus caderas moviéndose contra mi palma.

—Quiero tu polla en mi boca ya —dijo, arrodillándose sin esperar respuesta. Sus labios carnosos me envolvieron, su lengua girando alrededor de la punta—. Mmm… sabe a mí… dime cómo te gusta que te la mame, Raúl.

—Profundo, Teresa. Hasta la garganta. Mira cómo te follo la boca… eres tan buena chupando, carajo. Trágatela toda.

Ella obedeció, sus ojos clavados en los míos mientras me tomaban entero, gimiendo con cada embestida.

Confesiones en la Oscuridad

Una noche, después de una discusión por los mensajes que vi en su celular, terminamos en la cama reconciliándonos con furia. Ella encima de mí, moviéndose despacio, sus pechos balanceándose frente a mi cara.

—Habla conmigo mientras estoy dentro de ti —ordenó, su voz temblorosa de placer—. Dime lo que sientes.

—Siento tu coño apretándome como un guante caliente, Teresa. Estás tan mojada que resbalas… cada vez que subes y bajas me vuelves loco. Tus tetas… Dios, quiero morderlas.

Ella aceleró el ritmo, gimiendo.

—Muerde… hazlo fuerte. Y dime… dime si te gusta más cuando estoy arriba o cuando me pones debajo y me follas como animal.

—Me encanta verte así, cabalgándome como una diosa salvaje. Pero también quiero voltearte, abrirte las piernas y penetrarte hasta que llores de placer. Quiero que sientas cada centímetro, que me pidas más fuerte, más profundo.

—Hazlo ahora —suplicó, bajándose de mí y poniéndose a cuatro patas—. Tómame así… dime cosas sucias mientras me coges por detrás.

La penetré de un solo movimiento, agarrándola por las caderas. Sus gemidos llenaron la habitación.

—Tu culo es perfecto, Teresa… redondo, moreno, me vuelve loco. Te estoy tirando tan profundo que sientes mis huevos contra tu clítoris, ¿verdad? Dime lo puta que eres por mí.

—Soy tu puta, Raúl… solo tuya. Me encanta cuando me hablas así… cuando me dices que soy una zorra que no puede vivir sin tu verga dentro. Más fuerte… rómpeme.

Golpeé sus nalgas con la palma abierta, dejando marcas rojas. Ella gritó de placer.

—Vas a correrte otra vez, ¿verdad? Apriétame… quiero sentir cómo te corres con mi polla dentro.

—Sí… sí… ¡me estoy corriendo, Raúl! No pares… lléname, por favor… quiero sentirte explotar dentro de mí.

Nos corrimos juntos, sus paredes contrayéndose alrededor de mí, mi semen caliente inundándola mientras ella temblaba entera.

Después, sudorosos y jadeantes, se acurrucó contra mi pecho.

—Nunca me habían hablado así —confesó en voz baja—. Mi ex solo me cogía y ya. Tú… tú me haces sentir deseada, sucia y adorada al mismo tiempo.

La besé en la frente.

—Y tú me vuelves loco con cada palabra que sale de tu boca, Teresa. Cada gemido, cada “más fuerte” tuyo me enciende como nunca.

El Peligro de las Palabras

El riesgo aumentaba, pero también la intensidad de nuestras palabras. Una tarde en el ascensor del edificio —sabiendo que podía parar en cualquier piso—, me empujó contra la pared y metió la mano dentro de mis pantalones.

—Dime rápido lo que harías si estuviéramos solos ahora mismo —susurró, acariciándome.

—Te subiría la falda, te bajaría las bragas y te follaría de pie, aquí mismo. Te taparía la boca para que no grites cuando te corras.

Ella gimió bajito, acelerando el movimiento de su mano.

—Y yo te diría: “Cógeme más fuerte, Raúl… que alguien nos escuche y sepa lo puta que soy contigo”.

El ascensor se detuvo. Salimos corriendo a mi departamento, riendo nerviosos, y apenas cerré la puerta la tomé contra ella.

—Ahora sí… dime todo lo que quieras oír mientras te follo —ordenó, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura.

—Te voy a coger hasta que no puedas caminar, Teresa. Voy a hacer que grites mi nombre tan fuerte que los vecinos sepan exactamente quién te está dando placer. Eres mía… este coño es mío… y voy a llenarte hasta que chorree.

—Sí… sí… ¡dilo otra vez! —gritó mientras se corría, sus uñas clavándose en mi espalda.

—Mía… solo mía… y voy a correrme dentro de ti ahora mismo.

Nuestras palabras se volvieron el combustible de una pasión cada vez más peligrosa, más adictiva, más imposible de controlar. Cada diálogo erótico era una promesa, una amenaza, una confesión. Y aunque la desconfianza seguía allí, el deseo de oírnos decir obscenidades el uno al otro era más fuerte que cualquier duda.
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La Confesión Prohibida

Teresa llegó esa tarde a la casa de su amiga Marisol, en una callejuela de San Martín de Porres. Marisol era una charapa como ella, de Iquitos también, madre soltera de tres hijos, y la única persona en Lima con la que Teresa se desahogaba de verdad. Se sentaron en la sala pequeña, con el ventilador zumbando y un par de cervezas frías en la mesa. Los niños jugaban en el patio, lejos de las voces adultas.

Teresa tenía el rostro tenso, los ojos bajos, jugueteando con la etiqueta de la botella.

—Marisol… tengo que contarte algo, pero no me juzgues, por favor —empezó, la voz baja.

Marisol la miró con curiosidad, encendiendo un cigarro.

—Habla no más, comadre. Aquí entre nosotras no hay juicio. ¿Qué pasó?

Teresa respiró hondo.

—El otro día vino José… mi primo, el de Iquitos. El que está casado con la flaca esa de Comas. Dijo que venía a traer unas cosas de la familia, pero… ay, Marisol, se quedó una hora nomás porque tenía que irse con la esposa al cumpleaños de la suegra.

Marisol alzó una ceja.

—¿Y?

—Y en esa hora… me hizo de todo.

Marisol soltó el humo lentamente, sin apartar la vista.

—¿De todo, todo?

Teresa asintió, las mejillas ardiéndole.

—Llegó, me abrazó como siempre, pero esta vez no me soltó. Me dijo al oído: “Teresita, cuánto te extrañé, estás más rica que nunca”. Yo le dije que no, que tenía que irse, pero él… él me besó el cuello, me apretó contra la pared de la cocina. Yo le dije “José, para, estás casado”, pero él me contestó: “Solo un ratito, nadie se entera, como antes en la selva”.

Marisol abrió grande los ojos.

—¿Como antes? ¿Tú y él…?

Teresa bajó la voz aún más.

—Cuando éramos jóvenes, en Iquitos, pasó unas veces. Nada serio, puro juego de primos. Pero ahora… él me subió la falda, me bajó la pantaleta de un tirón y me metió los dedos ahí mismo, de pie. Yo estaba temblando, Marisol. Me decía: “Mira cómo estás de mojada, Teresita, todavía me deseas”. Yo quería empujarlo, pero… el cuerpo me traicionó.

—¿Y tú qué hacías?

—Al principio le dije que no, pero después… me dejé. Me puso sobre la mesa de la cocina, me abrió las piernas y me lamió mi pichito bien rico y despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me decía cosas sucias: “Qué rico sabe tu almeja, prima, más dulce que el aguaje”. Yo gemía como loca, agarrándole el pelo. Después me dio la vuelta, me bajó el vestido por los hombros y me chupó las tetas mientras me penetraba por detrás, fuerte, rápido. Me tapaba la boca con la mano para que los niños no oyeran desde el cuarto.

Marisol apagó el cigarro, impresionada.

—¿Y se corrió dentro?

—No… salió justo a tiempo. Me llenó la espalda, caliente, y después me limpió con un trapo de cocina como si nada. Me dio un beso en la boca y me dijo: “La próxima semana veo cómo dejo a mi esposa con la familia, y tú busca dónde dejar a tus hijas… porque todo el fin de semana estaremos juntitos, solos tú y yo. Te voy a coger hasta que no puedas caminar, Teresita”.

Teresa se cubrió la cara con las manos.

—Y yo… yo no le dije que no. Solo asentí.

Marisol se inclinó hacia adelante, seria.

—¿Y ahora qué piensas hacer, comadre?

Teresa levantó la mirada, los ojos brillando entre culpa y deseo.

—No sé, Marisol. Con Raúl es diferente… él me trata como mujer, me escucha, me ayuda con los niños. Pero con José es puro fuego, puro animal. Me hace sentir como cuando tenía 20 años, salvaje, sin pensar. Me dijo que va a traer juguetes, que me va a atar, que me va a hacer gritar toda la noche.

—¿Y tú qué sientes cuando piensas en ese fin de semana?

Teresa se mordió el labio.

—Me mojo solo de imaginarlo. Me imagino que me despierta con la boca entre las piernas, que me coge en todas las posiciones que se le ocurran, que me hace correrme una y otra vez hasta que me duela. Pero después… me da miedo. Miedo de que Raúl se entere. Miedo de que yo misma no pueda parar.

Marisol tomó un sorbo largo de cerveza.

—Mira, Teresa. Tú eres grande, sabes lo que haces. Pero pregúntate: ¿quieres una aventura que te queme por dentro unos días y después te deje cenizas? ¿O quieres algo que te dé calma, aunque no sea tan intenso? José es casado, tiene su vida. Te va a dar placer, sí, pero ¿te va a dar paz?

Teresa suspiró, mirando hacia la ventana.

—Es que… con José no hay pensar. Solo sentir. Me dice: “Tú eres mi hembra, prima, y yo tu macho”. Y yo me derrito. Me escribió ayer: “Ya estoy viendo cómo escaparme viernes, sábado y domingo. Prepara ese culito rico porque te lo voy a abrir despacito”. Y yo… le contesté con un emoji de diablito.

Marisol soltó una carcajada corta.

—Estás perdida, comadre.

Teresa sonrió con tristeza.

—¿Lo veo o no, Marisol? Dime la verdad.

Marisol la miró fijo.

—Si lo ves, que sea porque tú lo eliges con los ojos abiertos, no porque el cuerpo te domine. Pero si lo haces… asegúrate de que nadie salga más herido que tú. Porque los secretos así, tarde o temprano, explotan.

Teresa se quedó en silencio, la cerveza enfriándose en su mano. Afuera, los niños reían. Adentro, el deseo y la culpa libraban una guerra que aún no tenía ganador.





























El Fin de Semana Prohibido

Teresa finalmente dijo sí. Dejó a los niños con Marisol el viernes por la tarde, con una excusa de "curso de capacitación en provincia". José la recogió en un motel discreto en el centro de Lima, uno de esos con garaje privado y habitaciones temáticas. Pagó por dos noches, cerró la puerta y la miró con esa sonrisa lobuna que la derretía.

Apenas entraron, José la empujó contra la pared, sus manos grandes recorriéndole el cuerpo.

—Al fin solos, Teresita… tres días para hacerte mía como siempre quise —gruñó al oído, mordiéndole el lóbulo—. Vas a gritar tanto que vas a perder la voz.

Teresa jadeó, el corazón latiéndole fuerte.

—José… tenemos tiempo, despacio…

—No, prima. Llevo años esperando esto. Te voy a desnudar ya mismo.

Sus manos subieron por su blusa, arrancándola con urgencia, botones volando al piso. Besó su cuello mientras desabrochaba el sostén, liberando sus pechos generosos.

—Mira estas tetas… más grandes que antes, carajo. Perfectas para mi boca.

Bajó la cabeza y chupó un pezón con fuerza, succionando hasta que ella gimió alto.

—José… sí… así…

La volteó contra la pared, bajó el cierre de su falda y la dejó caer. Sus dedos se colaron bajo la pantaleta, encontrándola ya empapada.

—Estás chorreando, zorra. Sabía que me extrañabas.

Le bajó la pantaleta despacio, arrodillándose detrás de ella. Besó sus nalgas, las separó y pasó la lengua por su sexo desde atrás.

—Dios… José… tu lengua…

—Sabe rico tu coño, prima. Dulce como el camu camu. Abre más las piernas.

Ella obedeció, apoyando las manos en la pared. Él lamió despacio, de abajo hacia arriba, metiendo la lengua dentro, chupando su clítoris hasta que las rodillas le temblaron.

—Te voy a correr con la boca primero… quiero beberte toda.

Teresa gritó cuando el orgasmo la golpeó, sus caderas moviéndose contra su cara.

Después la llevó a la cama, la puso boca arriba y se quitó la ropa rápido. Su cuerpo fuerte, moreno, marcado por el trabajo en la selva, la erección gruesa apuntando hacia ella.

—Ahora te voy a coger despacio… para que sientas cada centímetro.

Se colocó entre sus piernas, rozó la punta en su entrada y entró de una sola embestida lenta pero profunda.

—Ay… José… estás tan duro…

—Tú estás tan apretada, prima… como la primera vez. Mírame mientras te follo.

Sus ojos se clavaron mientras él empezaba a moverse, profundo, rítmico, sus manos apretándole los pechos.

—Dime que te gusta… dime que eres mi hembra.

—Soy tu hembra, José… cógeme más fuerte… rómpeme.

Él aceleró, golpeando fuerte, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.

—Vas a correrte otra vez… apriétame esa verga con tu coño… sí… así… ¡carajo, qué rico!

Se corrieron juntos, él llenándola caliente, ella arañándole la espalda.

Pasaron la noche así: sexo salvaje en la cama, en la ducha, contra la ventana. Él la ató con su cinturón, la azotó suave, le metió dedos en todos lados mientras le susurraba obscenidades.

—Tienes el culo más rico que he visto… algún día te lo voy a abrir despacito.

Ella solo gemía, perdida en el placer.

Las Llamadas Inesperadas

Esa primera noche, el celular de Teresa vibró varias veces en el bolso. Era Raúl. Mensajes: “¿Dónde estás, amor? Te extraño.” “Llamé a tu casa, Marisol dijo que estabas en un curso. ¿Todo bien?” Una llamada que ella ignoró, demasiado ocupada con José chupándole los pechos mientras la penetraba por detrás.

Al día siguiente, sábado por la tarde, después de una siesta llena de caricias, Raúl volvió a llamar. Teresa, sudorosa y desnuda en la cama junto a José dormido, decidió contestar.

—Aló… hola, Raúl —susurró, saliendo al baño para hablar.

—Teresa, ¿dónde estás? Me tienes preocupado. Ayer no contestaste nada.

—Estoy… en un evento, amor. Un matrimonio de una prima lejana en Chosica. Hay mucha señal mala y fiesta toda la noche. Por eso no pude contestar anoche.

—¿Matrimonio? ¿Y por qué no me dijiste?

—Fue de última hora, Raúl. Me invitaron y pensé que era bueno distraerme. No te preocupes, mañana vuelvo.

—Te extraño tanto… quería verte hoy.

—Y yo a ti… pero mañana nos vemos, ¿ya? Besos.

Colgó rápido, el corazón latiéndole fuerte. José la esperaba en la cama, sonriendo.

—¿Era tu “jefe”? —preguntó con sorna.

—Shh… no hables de eso ahora.

Él la jaló de nuevo a la cama.

—Entonces déjame hacerte olvidar todo.

Pasaron el resto del día y la noche en un torbellino de sexo: en la tina llena de espuma, él la sentó en su regazo y la penetró mientras el agua chapoteaba; en el sillón, ella encima moviéndose como loca; de pie contra el espejo para que se vieran.

El Error Fatal

Domingo por la mañana. José había salido un rato a comprar desayuno y cigarros. Teresa, sola en la habitación, se metió a la tina llena de agua caliente, burbujas hasta el cuello, el cuerpo deliciosamente dolorido de tanto placer.

Tomó el celular para mandarle un mensaje caliente a José.

Escribió rápido, con una sonrisa pícara: “Amor, José… te espero desnudita en la tina, ven ya para hacer el amor otra vez. Quiero sentirte dentro mientras el agua nos moja todo.”

No revisó el destinatario. Dio enviar.

Segundos después, el horror.

El mensaje no fue a José.

Fue a Raúl.

El contacto “Amor 💕” era Raúl. José estaba guardado como “Primo José”.

Teresa miró la pantalla, el mensaje marcado como “entregado”.

—No… no… no…

Intentó borrar para ambos, pero Raúl ya lo había visto.

El celular vibró casi de inmediato.

Llamada entrante: Raúl.

Teresa salió de la tina temblando, el agua goteando al piso, el cuerpo desnudo y frío de repente.

Contestó con la voz quebrada.

—¿Raúl…?

Del otro lado, silencio primero. Luego una voz helada, rota.

—“Amor, José… te espero desnudita en la tina…”

Teresa cerró los ojos, las lágrimas cayendo.

—Raúl… puedo explicarte…

—No, Teresa. No hay nada que explicar. Todo el fin de semana mintiendo… con tu “primo”.

—Raúl, por favor…

—No me llames más. Nunca más.

Colgó.

Teresa se dejó caer al piso del baño, desnuda, temblando, el agua de la tina enfriándose como su mundo que acababa de derrumbarse en un solo mensaje equivocado.

José entró minutos después con una bolsa de desayuno, sonriendo.

—¿Lista para otra ronda, prima?

Ella lo miró con ojos vacíos.

—Se acabó todo, José. Se acabó.

















La Entrega Total

Después de la furia inicial del primer día, José decidió que el fin de semana sería para reclamar cada parte del cuerpo de Teresa que nunca había tenido del todo. El sábado por la noche, después de haberla hecho correrse tres veces solo con la boca y los dedos, la miró con ojos oscuros y hambrientos.

—Hoy te voy a abrir el culo, Teresita —dijo mientras le pasaba un dedo lubricado por entre las nalgas—. Llevo años soñando con metértela por atrás hasta que me supliques que pare… y después que no pare.

Teresa tembló, una mezcla de miedo y deseo recorriéndole la espalda.

—José… nunca me han hecho eso completo… solo dedos…

—Pues hoy vas a sentir una verga de verdad ahí dentro —gruñó él, besándole la nuca mientras la ponía boca abajo sobre la cama—. Relájate, prima… te voy a preparar tan bien que vas a rogármelo.

Empezó despacio. Mucho lubricante frío en sus dedos, masajeando el anillo apretado, entrando y saliendo con uno, luego dos dedos, abriéndola poco a poco mientras con la otra mano le frotaba el clítoris hinchado.

—Respira hondo… siente cómo te abro… este culito virgen va a ser mío.

Teresa gemía contra la almohada, el placer extraño y prohibido creciendo.

—José… me quema… pero… sigue… méteme más…

Cuando introdujo el tercer dedo, ella ya empujaba hacia atrás, el cuerpo rindiéndose.

—Estás lista, zorra… mira cómo te tragas mis dedos. Ahora viene lo rico.

Se colocó detrás, la punta gruesa y lubricada rozando su entrada trasera.

—Empuja hacia mí cuando entre… así… buena hembra…

La penetró despacio, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que ella jadeaba fuerte. Teresa sentía una presión intensa, un ardor que se convertía en placer profundo cuando él llegaba más adentro.

—Ay… Dios… José… me estás partiendo el culo…

—Y te encanta, ¿verdad? Apriétame… siente cómo te lleno por atrás.

Cuando entró hasta la base, se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara, luego empezó a moverse: lento al principio, luego más profundo, más rápido.

—Carajo… qué apretado estás… este culo me va a hacer correr rápido…

Teresa gritaba de placer, una mano entre sus piernas frotándose furiosamente.

—Métemela más fuerte… rómpeme el culo, José… hazme tu puta por atrás…

Él la agarró por las caderas y empezó a follarla con fuerza animal, los golpes resonando en la habitación.

—Toma… toma verga en tu ocote delicioso… dime que te gusta…

—Me encanta… me estoy corriendo… ¡sí, sí, sí!

El orgasmo la atravesó como un rayo, su ano contrayéndose alrededor de él hasta que José rugió y se corrió dentro, chorros calientes inundando su interior prohibido.

La Segunda Vez, Más Salvaje

El domingo por la mañana, después del mensaje fatal pero antes de que Raúl llamara, José la despertó con la boca entre sus piernas y un dedo ya lubricado en su ano sensible.

—Buenos días, prima… tu culo todavía está hinchado de anoche… pero hoy lo quiero otra vez.

Teresa, adormilada y excitada, se abrió de piernas sin protestar.

—Hazme lo que quieras… soy tuya este fin de semana.

La puso a cuatro patas frente al espejo del armario para que se viera.

—Mira cómo te cojo el culo… mira tu cara de puta mientras te meto toda la verga por atrás.

Le aplicó más lubricante, esta vez mezclado con su propia saliva, y entró más fácil que la noche anterior, pero igual de intenso.

—Estás más suelto hoy… pero sigues apretándome como una virgen.

Embestidas profundas, lentas, luego rápidas. Una mano en su pelo tirando hacia atrás, la otra azotándole las nalgas.

—Dime que te gusta más por el culo que por delante…

—Me gusta… me gusta tanto… José… me vas a volver adicta…

Él sacó la verga casi entera y volvió a meterla de un solo golpe, haciendo que ella gritara.

—Así… así… repítelo… ¿dónde te gusta más mi verga?

—En el culo… en mi culo… cógeme el culo hasta que no pueda sentarme…

José la folló sin piedad, alternando ritmos: lento y profundo, rápido y superficial, hasta que ella se corrió solo con la penetración anal, el cuerpo convulsionando.

—Ahora te lleno otra vez… toma mi leche en el culo, prima…

Se corrió con un gruñido largo, empujando hasta el fondo, quedándose dentro mientras palpitaba.

La Última Vez, en la Tina

Justo antes de que José saliera a comprar el desayuno (minutos antes del mensaje equivocado), Teresa lo provocó una vez más.

—Una última antes de que te vayas… pero esta vez en la tina.

Llenaron la bañera con agua caliente. Teresa se sentó en el borde, piernas abiertas, y José se arrodilló frente a ella.

—Primero te voy a comer el coño hasta que chorrees… luego te doy por atrás en el agua.

Cumplió. La hizo correrse con la lengua, luego la puso de espaldas, apoyada en el borde, y entró en su ano otra vez, el agua salpicando con cada embestida.

—Estás tan resbaloso por el lubricante y el agua… carajo, qué rico se siente cogerte el culo así.

Teresa gemía alto, el eco en el baño amplificando todo.

—Métemela toda… José… hazme sentir sucia… cógeme como la puta que soy…

Él la tomó por el pelo mojado, embistiendo fuerte.

—Eres mi puta anal, Teresita… este culo es mío cuando yo quiera… aunque tengas que mentirle a tu blanquito otra vez.

Ella se corrió una última vez, el placer tan intenso que casi se desmayó, mientras él se vaciaba dentro por tercera vez en menos de 24 horas.

Cuando José salió, Teresa se quedó en la tina, el cuerpo flotando, el ano palpitando, lleno de él… y escribió el mensaje que lo destruiría todo.

Nunca imaginó que el placer más intenso de su vida vendría seguido del dolor más grande.







Los Juguetes del Pecado

José había planeado más que solo su cuerpo para ese fin de semana. En una bolsa negra que sacó del maletero del carro antes de entrar al motel, traía su arsenal secreto: un vibrador grueso negro de 20 centímetros, un plug anal de silicona con base ancha y forma de gota, un dildo doble de 30 centímetros, lubricante comestible de fresa y unas esposas de cuero suave.

—Esto es para que no te olvides nunca de este fin de semana, Teresita —dijo con una sonrisa oscura mientras vaciaba la bolsa sobre la cama el sábado al mediodía—. Tu cuerpo va a aprender a disfrutar todo lo que yo quiera meterte.

Teresa sintió un escalofrío de anticipación al ver los juguetes.

—José… nunca he usado esas cosas… me da miedo y me excita al mismo tiempo.

—Perfecto. El miedo es lo que hace que te corras más fuerte.

La desnudó lentamente esta vez, besando cada centímetro que descubría, hasta dejarla completamente expuesta. La acostó boca arriba, le abrió las piernas y tomó el vibrador negro.

—Primero te voy a preparar con esto… quiero que estés tan mojada que resbales.

Encendió el vibrador en la velocidad más baja y lo rozó contra su clítoris. Teresa se arqueó al instante.

—Ay… Dios… eso vibra mucho…

—Todavía no has visto nada —gruñó él, subiendo la intensidad y metiendo la punta dentro de su sexo lentamente.

El vibrador grueso la abrió, vibrando dentro mientras él lo movía en círculos. Teresa empezó a gemir alto, las caderas levantándose solas.

—José… me va a hacer correrme… no pares…

—No te corras todavía —ordenó, sacándolo justo antes del clímax—. Ahora viene la parte rica.

Tomó el plug anal, lo cubrió generosamente con lubricante de fresa y lo presionó contra su ano.

—Respira… relájate… esto va a entrar despacito.

Lo empujó con cuidado, girándolo al mismo tiempo. Teresa jadeó cuando la parte más gruesa pasó el anillo.

—Ay… me llena… me abre…

—Buena hembra —susurró él, empujando hasta que la base quedó asentada—. Mira cómo te queda este culito con plug… ahora vas a sentirlo todo el día.

La puso a cuatro patas y volvió a meterle el vibrador por delante, esta vez a máxima velocidad, mientras con la otra mano movía el plug dentro y fuera lentamente.

—Siente las dos cosas… tu coño vibrando y tu culo lleno… dime cómo se siente.

—Se siente… sucio… rico… me estoy volviendo loca… José… voy a correrme…

—Hazlo. Córrete con los dos agujeros ocupados.

Teresa gritó, el orgasmo la atravesó como un relámpago, el plug apretado en su ano y el vibrador zumbando dentro de ella.

Después la volteó, le puso las esposas de cuero en las muñecas y las ató a la cabecera de la cama.

—Ahora vas a probar el doble —dijo, tomando el dildo doble—. Uno para tu coño, otro para tu culo.

Lo lubricó todo y lo colocó entre sus piernas. Entró primero en su sexo, luego presionó el otro extremo contra su ano ya preparado por el plug.

—Respira… te voy a llenar completa.

Cuando los dos extremos entraron, Teresa soltó un gemido largo y profundo.

—José… me estás partiendo… me llenas toda…

Él empezó a mover el dildo doble con ritmo lento y profundo, alternando entre un agujero y el otro.

—Mira cómo te entra por los dos lados… eres una puta de verdad ahora… dime que te gusta.

—Me encanta… me encanta que me llenes los dos agujeros… métemelo más fuerte…

José aceleró, el dildo entrando y saliendo con fuerza, mientras con la otra mano le pellizcaba los pezones y le chupaba el clítoris.

—Vas a correrte otra vez… y cuando lo hagas, voy a sacarlo y te voy a meter mi verga por el culo mientras vibras todavía.

Cumplió. Teresa se corrió violentamente, el cuerpo convulsionando. José sacó el dildo, le quitó el plug y la penetró analmente de una sola embestida.

—Ahora sí… mi verga en tu culo caliente y abierto… siente cómo te follo después de los juguetes…

La tomó con fuerza, profundo, sus manos apretándole las nalgas marcadas.

—Toma verga en el culo, prima… después de tenerlo lleno de plástico, ahora te toca la de verdad.

Teresa solo podía gemir y suplicar:

—Más… más… no pares… rómpeme el culo con tu verga…

Se corrió de nuevo solo con la penetración anal, y José la siguió, llenándola hasta que la leche caliente goteaba por sus muslos.

La Última Ronda en la Tina

Domingo por la mañana, antes de que saliera por el desayuno. Teresa ya estaba en la tina, el agua caliente hasta el pecho.

José entró con el vibrador y el plug.

—Una última antes de irme… pero esta vez con juguetes en el agua.

La sentó en su regazo, el agua salpicando. Encendió el vibrador y lo metió en su coño mientras le ponía el plug anal de nuevo.

—Siente cómo te lleno los dos agujeros en la tina… y ahora te cojo el culo con esto dentro.

La levantó un poco, sacó el plug y la penetró por atrás lentamente, el vibrador zumbando en su sexo.

—Ay… José… me estás matando de placer…

—Te cojo el culo mientras vibra tu raca… dime que eres mi puta.

—Soy tu puta… tu zorra… métemela toda… haz que me corra otra vez…

Él aceleró, el agua chapoteando, el vibrador zumbando, su verga entrando y saliendo de su ano con fuerza.

—Córrete, Teresita… córrete con los dos agujeros ocupados…

Ella gritó, el orgasmo tan intenso que casi pierde el conocimiento, mientras José se vaciaba dentro de su culo por última vez.

Cuando él salió, Teresa se quedó flotando en la tina, el cuerpo temblando, lleno de juguetes, semen y placer… y escribió el mensaje que lo cambiaría todo.

Nunca imaginó que el éxtasis más extremo de su vida vendría seguido de la caída más absoluta.
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El Regreso Amargo

Lunes por la mañana. Teresa bajó del bus en Lima con el cuerpo aún adolorido por el fin de semana salvaje en el motel. El ano le palpitaba levemente, un recordatorio constante de las penetraciones intensas de José, los juguetes que la habían abierto como nunca. Pero su mente era un torbellino de culpa y deseo. Raúl no respondía sus mensajes de disculpa, y ella no sabía cómo enfrentarlo.

La madre de Raúl, doña Elena, la había contratado recientemente para limpiar su casa en Surco dos veces por semana, después de que Teresa perdiera algunos turnos en el edificio por "enfermedad". Era una forma de mantenerla cerca, o eso pensaba doña Elena. Teresa llegó puntual, con el delantal azul y el cabello recogido, pero el rostro serio.

—Buenos días, Teresa. ¿Cómo estuvo tu fin de semana? —preguntó doña Elena con su sonrisa cálida, ofreciéndole un café.

—Bien —respondió Teresa secamente, sin mirarla a los ojos. Tomó la escoba y empezó a barrer el pasillo con movimientos mecánicos.

Doña Elena frunció el ceño.

—¿Todo en orden? Pareces cansada.

—Sí.

Monosílabos. Nada más. Teresa limpió la cocina, el baño, las habitaciones, sin una palabra extra. Evitaba cualquier charla, su mente en José y en cómo Raúl la había cortado. Terminó en dos horas, guardó las cosas y se dirigió a la puerta.

—Hasta el miércoles, doña Elena.

—Cuídate, hija.

Salió sin más. Raúl, que había estado observando desde la ventana de su departamento en Pueblo Libre —había ido a visitar a su madre esa mañana con una excusa—, decidió seguirla. Caminó a distancia, viéndola tomar un bus hacia San Martín. Bajó en la misma parada y la vio caminar hacia una esquina donde un hombre la esperaba: José, con su sonrisa lobuna y brazos abiertos.

Teresa se acercó y se besaron apasionadamente, sus cuerpos pegados, las manos de él bajando a sus caderas. Raúl se escondió detrás de un poste, el corazón latiéndole con furia. Vio cómo José le mordía el cuello, cómo ella gemía bajito y se frotaba contra él. No dijo nada. Solo se dio vuelta y caminó de regreso, el dolor convirtiéndose en rabia fría.

La Venganza en Brazos de Marisol

Esa misma noche, Raúl llamó a Marisol. La había conocido brevemente a través de Teresa, sabía que era su amiga cercana en San Martín. Le inventó una excusa: "Necesito hablar de Teresa, ¿puedes venir a un bar cerca?". Marisol, curiosa y siempre dispuesta a un trago gratis, aceptó.

Se encontraron en un bar oscuro en Pueblo Libre. Marisol era una mujer curvilínea como Teresa, pero con piel más clara, cabello rizado y una risa contagiosa. Bebieron cervezas, y Raúl soltó la historia: el mensaje equivocado, el fin de semana con José.

—Ella me traicionó, Marisol. Todo este tiempo.

Marisol, que sabía la verdad, pero fingió sorpresa, puso una mano en su brazo.

—Raúl, Teresa es complicada. Pero tú mereces mejor.

La conversación derivó en coqueteos. Marisol, atraída por su vulnerabilidad, lo invitó a su casa: "Mis hijos están con la abuela. Ven, hablemos más tranquilos".

Llegaron a su casita humilde. Apenas cerraron la puerta, Raúl la besó con rabia acumulada. Marisol respondió con igual intensidad, sus manos desabrochándole la camisa.

—Hazme lo que quieras, Raúl. Olvídate de ella esta noche.

La llevó al sofá, arrancándole la blusa y el sostén. Sus pechos eran grandes y suaves, con pezones oscuros que endurecieron al instante.

—Mira qué tetas tienes… voy a chuparlas hasta que gimas como loca.

Bajó la boca y succionó fuerte, mordiendo, mientras sus manos bajaban su falda y pantaleta.

—Raúl… sí… muérdeme… hazme sentir que me deseas más que a ella.

La abrió de piernas y metió dos dedos en su sexo ya mojado, bombeando rápido.

—Estás empapada… te voy a follar toda la noche, Marisol. Te voy a romper como ella me rompió a mí.

Ella jadeó, guiando su cabeza más abajo.

—Cómeme primero… lame mi coño hasta que me corra en tu boca.

Raúl obedeció, su lengua atacando su clítoris con furia, metiendo la lengua dentro mientras sus dedos abrían su ano apenas.

—Sabe rico… dulce… córrete, puta… córrete por mí.

Marisol gritó, corriéndose violentamente, sus caderas moviéndose contra su cara.

Luego lo montó en el sofá, bajando sobre su verga dura de un solo movimiento.

—Siente cómo te aprieto… cógeme fuerte, Raúl… usa mi cuerpo.

Él la agarró por las caderas y embistió hacia arriba, profundo y rápido.

—Eres más apretada que ella… tu coño me vuelve loco… dime que quieres mi verga toda la noche.

—Quiero tu verga toda la noche… fóllame el culo también si quieres… hazme tuya.

Cambió de posición: la puso a cuatro patas y lubricó su ano con saliva y lubricante que ella tenía en un cajón.

—Te voy a meterla por atrás… relájate.

Entró despacio, pero luego fuerte, follando su culo con rabia vengativa.

—Ay… Raúl… me partiste… cógeme el culo como un animal…

Gritaron juntos, corriéndose una y otra vez. Toda la noche: en la cama, en la ducha, en la cocina. Marisol le chupó la verga hasta tragarse todo, él la ató con una bufanda y la penetró con un vibrador que ella sacó de su mesita.

—Usa esto en mi coño mientras me coges por atrás… lléname los dos agujeros.

El placer fue interminable, exhaustivo, hasta el amanecer.

La Traición Revelada

Al día siguiente, martes, Marisol se encontró con Teresa en el mercado. Teresa estaba comprando verduras, el rostro marcado por el insomnio.

—Comadre… tengo que contarte algo.

Teresa la miró, sospechando.

—¿Qué?

—Raúl… anoche estuve con él. Toda la noche. Me folló como loco, Teresa. Me hizo de todo: oral, anal, juguetes… gritamos hasta el amanecer. Lo siento, pero después de lo que le hiciste, él necesitaba desahogarse.

Teresa sintió un golpe en el pecho, pero en vez de rabia, vino una liberación extraña.

—¿Y?

Marisol la miró sorprendida.

—No vas a pelear?

—No. Se acabó con Raúl. Voy a renunciar a trabajar en casa de su madre. Hoy mismo la llamo.

Y lo hizo. Llamó a doña Elena: "Lo siento, no puedo seguir. Razones personales". Colgó y sintió un peso menos.

La Amante Oficial

Teresa se volvió la amante oficial de José. Esa misma tarde, se encontraron en su casa, con los niños en la escuela. José la tomó en la cocina, pero ahora era oficial: no más secretos con él.

—Eres mía ahora, Teresita. Mi hembra para siempre.

La folló contra la mesa, intenso y salvaje como siempre.

Pero Teresa quería más: quería venganza sutil. Sacó su celular y lo puso a grabar.

—Grábame mientras me coges, José. Quiero que vean lo puta que soy contigo.

José sonrió, excitado.

—Hazlo… muéstrales cómo te rompo.

La grabación fue explícita: Teresa a cuatro patas, José penetrándola por detrás, primero vaginal, luego anal.

—Ay… José… métemela en el culo… fuerte… sí…

Usaron juguetes: el vibrador en su coño mientras él la follaba por atrás.

—Córrete para la cámara, prima… muéstrales tu cara de zorra.

Teresa se corrió gritando, el video capturando cada gemido, cada embestida. Tomó fotos: su cuerpo desnudo cubierto de semen, su ano abierto y goteando.

Se lo envió todo a Marisol: "Para que sepas cómo es el verdadero placer. Muéstraselo a quien quieras".

Marisol, sonriendo con malicia, se lo reenvió a Raúl esa noche: "Mira lo que perdiste. Teresa es de José ahora".

Raúl vio el video en silencio, el dolor convirtiéndose en resignación. Teresa había elegido su camino, y él el suyo. Pero el fuego de la pasión, una vez encendido, no se apagaba fácilmente.







La Venganza se Sirve Caliente

Raúl no podía borrar las imágenes del video que Marisol le reenvió. Teresa gritando, el culo abierto por José, los juguetes entrando y saliendo, su cara de placer absoluto mientras gemía “soy tu puta anal”. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Y eso lo volvía loco… pero también lo encendía de una forma oscura.

Decidió que no se quedaría con los brazos cruzados.

Esa misma semana, invitó a Marisol a su departamento en Pueblo Libre. No era solo sexo esta vez: era venganza pura.

—Quiero que grabemos todo, Marisol. Quiero que Teresa vea lo que se perdió. Cada corrida, cada grito tuyo.

Marisol, excitada por la idea y por el odio compartido, aceptó al instante.

—Hazme gritar más fuerte que ella, Raúl. Muéstrale que sabes follar mejor.

Empezaron en la sala. Raúl la desnudó lentamente frente a la cámara del celular apoyada en un trípode.

—Mira a la cámara y dile a Teresa lo que vas a sentir.

Marisol miró directo al lente, sonriendo con malicia.

—Teresa, comadre… vas a ver cómo Raúl me coge el culo mejor que tu primo a ti. Vas a ver cómo me corro de verdad.

Raúl la puso a cuatro patas en el sofá, el mismo donde una vez había follado a Teresa con ternura. Ahora era diferente: rudeza, rabia.

Le metió tres dedos en el coño de una vez, bombeando fuerte mientras le azotaba las nalgas hasta dejarlas rojas.

—Dime que soy mejor que él.

—Eres mejor… mucho mejor… José es un animal, pero tú… tú me haces sentir llena de verdad.

La penetró vaginalmente primero, profundo y rápido, agarrándola por el pelo.

—Córrete para la cámara… grita mi nombre.

Marisol gritó, corriéndose con violencia, el cuerpo temblando.

Luego sacó un vibrador grande que había comprado especialmente: más grueso que el de José.

—Esto va en tu coño mientras te cojo el culo. Quiero que sientas más que ella.

La preparó con lubricante, metió el vibrador encendido a máxima potencia y luego entró en su ano de una sola embestida.

—Ay… Raúl… me estás partiendo… sí… rómpeme el culo…

Folló su ano con fuerza, el vibrador zumbando dentro, sus manos apretándole las tetas.

—Dime que mi verga es más rica que la de José.

—Tu verga es más rica… más gruesa… me llena más… me corro otra vez… ¡Raúl!

Grabaron todo: anal doble con juguete, oral profundo hasta que ella se atragantó y tragó, sexo en la cocina contra la mesa donde Teresa solía doblar ropa, incluso en la cama de Raúl, donde él la ató y la hizo correrse cinco veces seguidas.

Al final, Raúl se corrió en su cara y pecho, marcándola.

—Sonríe a la cámara y dile adiós a Teresa.

Marisol, cubierta de semen, miró al lente.

—Adiós, comadre. Raúl es mío ahora. Y su verga… es mucho mejor.

Raúl envió el video completo a Marisol, quien se lo reenvió a Teresa esa misma noche con un mensaje: “Mira lo que te perdiste por abrirle las piernas a tu primo. Raúl sabe follar de verdad.”

La Contra-Venganza de Teresa

Teresa recibió el video mientras estaba en casa de José. Lo vio en silencio, el corazón latiéndole fuerte. Vio a Marisol gritando, el culo abierto por Raúl, el vibrador zumbando, su ex amiga tragándose todo.

En vez de llorar, sintió furia… y excitación retorcida.

—José… mira esto —le mostró el video—. Mi ex amiga y mi ex amante. Quieren venganza.

José vio el video entero, su verga endureciéndose.

—Esa Marisol está rica… pero tú eres más puta. Vamos a responderles con algo mejor.

Esa noche, en la casa de Teresa (los niños con la tía), montaron un espectáculo aún más extremo.

José trajo más juguetes: un dildo doble gigante, un plug anal vibrador, esposas, un látigo suave y una cámara profesional que había comprado.

—Vamos a grabar la cogida del año, prima. Vamos a hacer que se arrepientan de habernos provocado.

La ató a la cama, piernas abiertas en V, y empezó con el látigo: azotes suaves en las tetas, el coño, el culo, hasta dejarla marcada de rojo.

—Grita para la cámara… dile a Raúl lo que perdió.

Teresa miró al lente, los ojos llenos de fuego.

—Raúl… vas a ver cómo José me hace cosas que tú nunca te atreviste. Vas a ver cómo me corro de verdad.

José metió el plug vibrador en su ano, el dildo doble por delante y atrás al mismo tiempo, y la folló la boca mientras los juguetes zumbaban.

—Trágatela toda mientras te lleno los agujeros, zorra.

Teresa se atragantó, lágrimas de placer corriendo, corriéndose una y otra vez.

Luego la desató y la puso contra la ventana abierta, para que los vecinos pudieran oír si querían.

La penetró analmente de pie, fuerte, profundo, una mano tapándole la boca, la otra frotándole el clítoris.

—Córrete fuerte… que todo San Martín sepa que eres mi puta.

Ella gritó contra su mano, corriéndose tan fuerte que las piernas le fallaron.

La escena final: José corriéndose dentro de su culo, sacando la verga lentamente para que la cámara captara cómo goteaba, luego Teresa abriendo su ano con los dedos para mostrarlo lleno.

—Esto es lo que te perdiste, Raúl. Y esto es lo que Marisol nunca tendrá.

Enviaron el video a Marisol con copia a Raúl: “Gracias por el video. Aquí nuestra respuesta. Teresa es mía. Y siempre será más puta conmigo que con cualquiera.”

El Círculo Cerrado

Raúl vio el nuevo video y, por primera vez, no sintió rabia. Solo cansancio. Marisol intentó seguir, pero él la cortó.

—Se acabó, Marisol. Esto ya es demasiado.

Teresa, por su parte, se entregó completamente a José. Se volvió su amante oficial, sin esconderse. Iban a moteles, a playas lejanas, grababan todo, vivían en un torbellino de sexo salvaje y juguetes.

La venganza había empezado como fuego, pero terminó consumiéndolos a todos.

Raúl encontró paz en la soledad.

Marisol se quedó con el recuerdo de una noche intensa.

Y Teresa… Teresa por fin abrazó su deseo más oscuro, sin culpa, sin límites, solo placer puro al lado del hombre que la hacía gritar como nadie.

El secreto que empezó como una amistad oculta se convirtió en una guerra de cuerpos y videos… y al final, todos perdieron algo, pero Teresa ganó la libertad de ser quien realmente quería ser: la hembra salvaje de José, sin arrepentimientos.







Capítulo 31: La Propuesta en la Noche

Una noche, después de una sesión particularmente intensa en un hotel nuevo en Miraflores —José la había atado al cabecero con las esposas de cuero y la había hecho correrse cuatro veces solo con el plug vibrador y su boca—, estaban descansando desnudos en la cama king size. El aire acondicionado zumbaba bajo, sus cuerpos sudorosos pegados, José acariciando perezosamente las marcas rojas en las nalgas de Teresa.

Él le besó el hombro y susurró con voz ronca:

—Teresita… dime la verdad. ¿Te gustaría hacer un trío? Tú, yo… y otro hombre que te coja mientras yo miro y después me uno.

Teresa, aún con la respiración agitada y el ano palpitando por el plug que todavía llevaba dentro, giró la cabeza y lo miró con ojos brillantes.

—Sí, amor… sí me gustaría. Quiero sentir dos vergas dentro de mí al mismo tiempo. Quiero que me llenen toda, que me usen como la puta que soy contigo.

José sonrió con malicia, su erección volviendo a endurecerse contra la cadera de ella.

—Sabía que dirías eso. Y vamos a grabarlo todo. Vamos a enviárselo a tu ex blanquito para que vea lo lejos que has llegado sin él.

Teresa se mordió el labio, excitada por la idea.

—Hazlo. Quiero que Raúl vea cómo me corro con dos hombres a la vez. Quiero que se muera de celos.

Capítulo 32: La Semana de la Locura Grabada

Empezaron esa misma semana. José organizó todo: un amigo de confianza de Iquitos, Miguel, moreno, fuerte, con una verga gruesa que Teresa aprobó en fotos antes de aceptar. El primer encuentro fue en el mismo hotel.

Grabaron desde el principio.

Teresa entró al cuarto con lencería fina negra: un conjunto de encaje transparente que dejaba ver sus pezones duros y el coño depilado. Se arrodilló frente a los dos hombres ya desnudos y les chupó las vergas alternadamente, mirando a la cámara.

—Miren, Raúl… dos vergas ricas para mí sola. Algo que tú nunca me diste.

Miguel la levantó, la puso contra la pared y la penetró por detrás mientras José le follaba la boca. Luego la sandwich: José en su coño, Miguel abriéndole el culo despacio hasta entrar completo.

Teresa gritaba como nunca:

—¡Sí… los dos dentro… rómpanme… llénenme!

Se corrió tres veces seguidas, el cuerpo temblando entre los dos hombres. Al final, los dos se corrieron en su cara y pecho, marcándola mientras ella sonreía a la cámara, semen goteando.

El video fue enviado a Raúl esa misma noche con el título: “Noche 1 – Trío. Teresa ya no es la misma mujer que conociste.”

Raúl lo vio. No respondió. Pero Teresa sabía que lo había visto: la marca de “visto” en WhatsApp.

Noche 2

Lencería roja con ligas y tacones altos. Disfraces: Teresa vestida de colegiala traviesa. Esta vez José trajo a otro amigo, Carlos, un tipo más joven y tatuado. Los tres hombres la rodearon. La grabación mostró cómo la chuparon entre todos, cómo la penetraron por turnos en la boca, el coño y el culo. Doble vaginal por primera vez: José y Carlos dentro de su coño al mismo tiempo mientras Miguel le follaba la boca.

Teresa estaba completamente suelta, loca de placer, gritando cosas que Raúl nunca había oído de ella:

—¡Más vergas… quiero más… hagan de mí lo que quieran!

Noche 3

Disfraces de enfermera sexy. Cuatro hombres ahora: José, Miguel, Carlos y un nuevo, Luis. Teresa en el centro de la cama, piernas abiertas en esposas. La penetraron en todas las combinaciones posibles: doble anal (José y Miguel abriéndole el culo juntos lentamente hasta que gritó de placer doloroso), triple penetración (coño, culo y boca al mismo tiempo). Usaron todos los juguetes: vibrador en el clítoris mientras la llenaban, plug gigante, dildos dobles.

Teresa se corría sin parar, el cuerpo cubierto de sudor y semen, los ojos en blanco.

—Raúl… mira cómo me usan… nunca fui tan feliz.

Noche 4 a 7

Cada noche subía la apuesta. Lencería fina de encaje blanco, negro, rojo; disfraces de policía, diablita, conejita Playboy. Hasta seis hombres una noche, todos amigos de José, todos grabando desde distintos ángulos.

Teresa ya no tenía límites: doble anal constante, fist vaginal suave mientras la penetraban por atrás, bukkake final donde todos se corrían en su cuerpo y cara. Ella lamía el semen, se lo untaba en las tetas, miraba a la cámara y decía:

—Esto es lo que soy ahora, Raúl. Una puta de verdad. Libre. Loca. Feliz.

Cada video era enviado esa misma madrugada. Raúl los veía todos. Nunca respondió. Pero Teresa lo imaginaba: solo en su departamento, viendo cómo la mujer que una vez amó se convertía en el centro de orgías salvajes, más suelta y desinhibida que nunca, gritando de placer con varios hombres a la vez de formas que con él solo había soñado en sus fantasías más oscuras.

Sabía que lo estaba destrozando. Y eso, de alguna forma retorcida, era parte del placer.

Al final de la semana, Teresa y José volvieron a su rutina, pero algo había cambiado para siempre: Teresa había descubierto un lado de sí misma que ya no podía ni quería ocultar. Y aunque Raúl nunca escribió una palabra, el silencio gritaba más que cualquier respuesta.

La amistad oculta se había convertido en una leyenda de deseo sin frenos, y Teresa, por primera vez en su vida, se sentía completamente viva.

























La Invitación Inesperada

Una noche, después de la quinta sesión de la semana de locura, Teresa y José estaban en el hotel revisando los videos enviados a Raúl. Teresa, aún con el cuerpo marcado por mordidas y semen seco en la piel, se rio al ver que Raúl seguía viendo todo sin responder.

—Está destrozado, amor. Lo sé. Pero quiero más. Quiero que vea algo que realmente lo queme por dentro.

José, fumando un cigarro desnudo en la cama, alzó una ceja.

—¿Qué tienes en mente, prima?

—Marisol. Mi ex amiga. La que se acostó con Raúl para vengarse. Quiero traerla aquí. Quiero que participe en una orgía con nosotros. Que vea de cerca cómo me follan varios hombres… y que ella también se una. Y grabarlo todo para Raúl. Que vea a las dos mujeres que tuvo convertidas en putas delante de él.

José soltó una carcajada profunda.

—Eres diabólica, Teresita. Me encanta. Yo me encargo de convencerla.

Marisol Entra al Juego

José contactó a Marisol por mensaje, usando el número que Raúl le había dado en su aventura. Le envió fotos y fragmentos de los videos anteriores: Teresa siendo penetrada por cuatro hombres, gritando de placer, el culo y el coño llenos al mismo tiempo.

“Si quieres probar lo que Teresa está viviendo ahora, ven al hotel mañana. Sin compromiso. Solo placer. Y Raúl nunca tiene que saberlo… o sí, si tú quieres.”

Marisol, que había sentido celos al ver los videos que Teresa le enviaba, mordió el anzuelo. Siempre había sido curiosa, y la idea de superar a Teresa en su propio terreno la excitó.

Llegó al hotel la noche siguiente vestida con un vestido corto rojo que marcaba sus curvas generosas. En la habitación ya estaban José, Miguel, Carlos y Luis: cuatro hombres listos y desnudos bajo las batas.

Teresa la recibió con una sonrisa falsa y un abrazo.

—Comadre… qué bueno que viniste. Hoy vas a ver lo que es placer de verdad.

Marisol miró alrededor, nerviosa pero excitada.

—No sé si pueda con tantos…

Teresa la besó en la boca, profundo, lengua contra lengua, mientras José se acercaba por detrás y le subía el vestido.

—Puedes y lo vas a disfrutar. Raúl nunca te dio esto, ¿verdad?

La Orgía Grabada

Las cámaras estaban en todos los ángulos: trípode, celulares en manos de los hombres, incluso una GoPro en la cabecera.

Empezaron lento para calentar a Marisol. Teresa y ella se besaron desnudándose mutuamente, chupándose las tetas frente a los hombres. Teresa le metió dedos a Marisol mientras José le comía el coño a Teresa desde atrás.

—Mira, Raúl… tu ex amiga y yo juntas… lamiéndonos como putas.

Luego los hombres entraron en acción.

Primero Teresa y Marisol arrodilladas, chupando vergas alternadamente. Cuatro pollas duras para dos bocas. Se atragantaban, babeaban, se miraban mientras lamían huevos y shafts.

José puso a Marisol a cuatro patas y la penetró por detrás mientras Teresa se sentó frente a ella para que Marisol le comiera el coño.

—Come mi coño, comadre… mientras José te folla como a mí nunca te atrevió Raúl.

Marisol gemía contra el sexo de Teresa, el placer nuevo y abrumador.

Luego la combinación letal: Teresa en el centro de la cama, José en su culo, Miguel en su coño, Carlos en su boca. Marisol al lado, Luis penetrándola vaginalmente mientras chupaba las tetas de Teresa.

—Cambio —ordenó José.

Ahora Marisol en el centro: doble vaginal con José y Miguel estirándola al máximo, Luis en su boca, Carlos frotándole el clítoris con un vibrador. Teresa sentada en su cara, ahogándola en su coño mojado.

Marisol gritó como nunca en su vida, corriéndose tan fuerte que squirteó por primera vez, empapando la cama.

—Dios… sí… más… rómpanme…

La noche escaló: doble anal para las dos mujeres por turnos. Teresa primero, abierta por José y Carlos mientras Marisol lamía su clítoris. Luego Marisol, gritando de dolor-placer cuando Miguel y Luis la llenaron por atrás al mismo tiempo.

Usaron todos los juguetes: plugs vibradores en los culos mientras las follaban por delante, dildos gigantes que las dos mujeres se metían mutuamente, fisting suave de Teresa a Marisol mientras los hombres las penetraban.

Al final, un bukkake doble: Teresa y Marisol arrodilladas, bocas abiertas, lenguas fuera, mientras los cuatro hombres se corrían en sus caras, pechos y cabello. Las dos mujeres se besaron después, compartiendo semen, lamiéndose mutuamente.

Teresa miró a la cámara principal, semen goteando de su barbilla, Marisol a su lado igual de marcada.

—Raúl… mira a tus dos mujeres. Las que tuviste. Ahora somos putas de verdad. Juntas. Llenas de otros hombres. Y nunca volvimos a ser las mismas después de ti.

Marisol, jadeante, añadió con voz ronca:

—Gracias por dejarme ir, Raúl. Esto es lo que siempre quise.

El Silencio que Grita

El video, el más largo y explícito de todos, fue enviado esa misma madrugada.

Raúl lo abrió a las 4 a.m. Lo vio completo. Dos horas de orgía sin cortes: sus dos mujeres, las que había amado y follado, convertidas en el centro de una tormenta de sexo con cuatro hombres. Teresa más suelta y loca que nunca, Marisol descubriendo placeres que él nunca le había dado.

No respondió. Bloqueó los números. Apagó el celular.

Pero Teresa y José sabían, por fuentes comunes, que Raúl no salió de su departamento en días. Que pidió licencia en el trabajo. Que su madre lo visitaba preocupada.

La venganza final no necesitaba palabras.

Teresa siguió con José y sus aventuras. Marisol se convirtió en participante ocasional de las orgías, una nueva amiga en el placer.

Y Raúl… Raúl cargó para siempre con las imágenes de las dos mujeres que amó siendo más libres y deseadas sin él que nunca lo fueron con él.

La amistad oculta había terminado en una leyenda de deseo desatado, y nadie volvió a ser el mismo.















La Propuesta Oscura

Una mañana, después de una noche tranquila en la casita de Teresa en San Martín de Porres, José la abrazó por detrás mientras ella preparaba café. Los niños ya estaban en el colegio.

—Teresita… tengo una idea para que ganes más plata. Mi amigo Miguel, el que vino a las orgías, tiene contactos. Durante el día, sales con él, haces lo que te pida… una hora o dos, cobras bien. Por la noche, vuelves conmigo, solo mía. ¿Qué dices?

Teresa se giró, el corazón latiéndole fuerte. El dinero siempre era un problema: los niños necesitaban zapatos nuevos, la renta subía, las deudas del ex no desaparecían.

—¿Salir con él… cómo?

José sonrió, besándole el cuello.

—Como en las orgías, prima. Lo que ya sabes hacer tan rico. Pero cobrando. Mil, dos mil soles por hora. Fácil. Y nadie tiene que saberlo, solo tú y yo.

Teresa dudó un segundo, pensando en Raúl, en su vida anterior, en la mujer "decente" que fue. Pero el deseo y la necesidad ganaron.

—Está bien, amor. Pero solo de día. De noche soy tuya.

José la besó con posesión.

—Buena hembra.

El Comienzo del Secreto

Al principio, era como José dijo. Miguel la recogía por la mañana, la llevaba a moteles o casas discretas. Clientes normales: hombres casados, jóvenes con dinero, ejecutivos estresados. Una hora de sexo intenso: oral, vaginal, anal si pagaban extra. Teresa usaba lencería fina, se dejaba grabar si querían, cobraba en efectivo y volvía a casa con bolsos llenos de billetes.

No le contó a nadie. Ni a Marisol, ni a José los detalles. Por la noche, llegaba fresca, duchada, y José la tomaba con furia, como si quisiera borrar cualquier rastro de los otros.

—Eres mía, Teresita… solo mía de noche.

Y ella gemía, disfrutando la posesión.

Pero Miguel vio el potencial. Una mañana, después de una sesión con un cliente habitual, le dijo:

—Teresa, hay un nicho que paga más. Ancianos. Viejos con plata, solos, viudos. Pagan triple por una hora. Solo caricias, oral, penetración suave. Nada heavy. ¿Te animas?

Teresa dudó. Imaginó arrugas, cuerpos flácidos, olores a viejo. Pero triple… eso era mucho dinero.

—Una vez, para probar.

La Caída

La primera vez fue extraña pero tolerable. Un señor de 70 años, limpio, educado, en un departamento lujoso en San Isidro. Teresa lo masturbó, le hizo oral, lo montó despacio. Él lloró de emoción al correrse.

—Gracias, hija… hace años que no…

Cobró triple y se sintió poderosa.

Luego vinieron más. Miguel la llevaba por las mañanas a residencias, casas particulares. Ancianos de 65 a 85 años, algunos en silla de ruedas, otros vigorosos aún. Teresa se volvió experta: los bañaba, los masajeaba, les chupaba la verga arrugada hasta endurecerla, los montaba con cuidado o los dejaba penetrarla por detrás si querían "recordar la juventud".

El dinero llovía. Compró uniformes escolares nuevos, pagó deudas, hasta mandó plata a su madre en Iquitos. Pero no le dijo nada a José. "Solo clientes normales", mentía por la noche cuando él preguntaba.

Todo cambió una tarde.

Miguel la llevó a un departamento en Magdalena. Dos ancianos esperaban: gemelos de 78 años, hermanos viudos, ricos dueños de tierras en la sierra. Pagaban quíntuple por una hora juntos.

Teresa entró con su lencería negra fina, tacones, sonrisa profesional.

—Hola, papitos… ¿qué quieren hoy?

Los dos viejos, delgados pero con ojos brillantes, la miraron con hambre.

—Los dos a la vez, mami. Como en nuestros tiempos mozos.

Teresa dudó un segundo, pero el dinero…

Los desnudó, les chupó las vergas flácidas hasta ponerlas duras con esfuerzo y saliva. Uno la penetró vaginalmente en la cama mientras el otro le follaba la boca. Luego cambiaron: uno en su culo (suave, lento, pero entró), el otro en su coño.

Por primera vez con ancianos, sintió doble penetración. Los viejos jadeaban, sudaban, la llamaban "putita rica", "hembra joven".

Teresa, contra todo pronóstico, se excitó. El contraste de sus cuerpos viejos contra su piel morena joven, la prohibición, el dinero… se corrió fuerte, gimiendo alto mientras los dos la llenaban con semen aguado pero abundante.

—Ay, papitos… sí… cójanme los dos…

No vio que en la puerta entreabierta, José observaba todo.

Miguel lo había invitado "para que vea lo bien que trabaja tu hembra", pensando que le excitaría.

Pero José vio rojo.

El Abandono

José irrumpió en la habitación cuando los ancianos aún jadeaban satisfechos, ajustándose los pantalones.

—¡Teresa! ¿Qué ****** es esto?

Teresa se cubrió con la sábana, pálida.

—José… amor… yo…

Los viejos salieron rápido, murmurando excusas.

José la miró con asco y furia.

—Te dije clientes normales. No viejos decrépitos pagando por tu culo. ¿Dos a la vez? ¿Te corriste con ellos, verdad? ¡Puta barata!

Teresa lloró, arrodillada.

—Es por la plata, amor… para los niños, para nosotros…

José escupió al suelo.

—No quiero una prostituta que se abre de piernas por cualquiera con plata. Menos por viejos que podrían ser tu abuelo. Se acabó, Teresa. Búscate otro macho que banque tu ******.

Recogió su chaqueta y se fue, cerrando la puerta con fuerza.

Teresa se quedó sola en la cama ajena, semen secándose en sus muslos, dinero arrugado en el bolso, el cuerpo temblando.

Por primera vez desde que empezó todo, sintió vacío de verdad.

El dinero seguía llegando, los clientes ancianos aumentaron (los gemelos contaron la experiencia), pero José nunca volvió.

Teresa siguió prostituyéndose en secreto, más profesional, más fría. Las noches eran solitarias.

La hembra salvaje que José despertó ahora era libre… pero sola.

Y Raúl, allá lejos, nunca supo esta última parte de la historia.

La amistad oculta que empezó en un departamento de Pueblo Libre terminó en una cama pagada, con una mujer rica en dinero, pero pobre en todo lo demás.
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Las Noches Vacías

Las primeras noches sin José fueron las peores. Llegaba a su casita después de dejar a los niños en el colegio, cerraba la puerta y el silencio la aplastaba. Antes, aunque estuviera sola durante el día, sabía que por la noche él llegaría: la tomaría contra la pared, le diría “mi hembra”, la haría sentir deseada, poderosa.

Ahora la cama estaba fría. Se acostaba desnuda, como a él le gustaba, y se tocaba pensando en sus manos fuertes, en su voz ronca ordenándole “córrete para mí”. Se corría rápido, mecánicamente, pero después venía el llanto. Un llanto silencioso, de esos que ahogan en la almohada para que los niños no oigan desde el cuarto de al lado.

Te extraño, José… te extraño tanto que duele, pensaba mientras las lágrimas mojaban la funda. Pero también me odio por extrañarte. Tú me empujaste a esto. Tú me dijiste que saliera con Miguel. Y cuando lo hice demasiado bien, me abandonaste.

A veces miraba el celular esperando un mensaje que nunca llegaba. Bloqueado. De ambos lados.

El Dinero que No Calienta

El dinero seguía entrando. Más que nunca. Los gemelos contaron la experiencia y ahora tenía una lista de ancianos esperando turno. Algunos repetían, le pedían fotos, le escribían mensajes tiernos: “Eres un ángel, hija”. Otros eran más crudos: “La próxima quiero que me montes sin condón”.

Teresa aceptaba todo. Cobraba más por extras. Compró electrodomésticos nuevos, ropa bonita para los niños, hasta abrió una cuenta de ahorros. Pero cada billete que guardaba le recordaba el precio.

Una tarde, después de una sesión con un viudo de 82 años que lloró en sus brazos después de correrse por primera vez en años, Teresa se sentó en el bus de regreso y rompió a llorar en silencio. Una señora mayor le ofreció un pañuelo.

—¿Estás bien, hijita?

Teresa negó con la cabeza, sin poder hablar.

No, no estoy bien. Tengo plata en el bolso, pero me siento más pobre que nunca.

El Espejo que No Miente

Una noche, después de una sesión doble con dos ancianos que la dejaron exhausta y dolorida, Teresa se miró al espejo del baño del motel. Desnuda, marcas en las tetas, el culo rojo de azotes suaves que pedían “para recordar la juventud”.

Se miró a los ojos y habló en voz alta por primera vez:

—Teresa… ¿quién eres ahora? La que limpiaba departamentos con dignidad. La que Raúl miraba como a una diosa. La que José hacía gritar de placer salvaje.

Ahora soy la que se abre de piernas por plata. La que se corre con viejos porque el cuerpo responde aunque el alma esté muerta.

Se tocó el vientre, las estrías de los embarazos, las curvas que antes la hacían sentir poderosa.

—Este cuerpo me dio hijos hermosos… y ahora lo vendo por horas.

Las lágrimas cayeron sin control.

—Perdóname, mamá… perdóname, niños… perdóname, yo misma.

El Fondo del Pozo

Una mañana, Miguel la llamó con un cliente especial: un anciano de 87 años, enfermo terminal, que quería “una última vez hermosa” antes de morir. Pagaba diez veces lo normal.

Teresa aceptó. Fue al hospital privado, entró a la habitación con un vestido sencillo. El viejo, frágil, la tomó de la mano y lloró.

—Gracias por venir, hermosa. Solo quiero sentir una mujer una vez más.

Teresa lo besó suave, lo acarició, lo montó con delicadeza infinita. Él se corrió débilmente, llorando de gratitud.

Cuando salió, en el ascensor, Teresa se derrumbó. Lloró como nunca, un llanto profundo, animal, que asustó a la enfermera que entró en el siguiente piso.

Esa noche no volvió a casa. Se sentó en un parque oscuro hasta el amanecer, el bolso con el dinero en las piernas, sintiéndose más sola que nunca en la vida.

José se había ido. Raúl era un recuerdo lejano. Marisol, una traición pasada. Y ella… ella era una mujer rica en soles y pobre en todo lo demás.

La hembra salvaje que un día se sintió libre ahora solo sentía cadenas invisibles forjadas por su propia necesidad.

Y por primera vez, Teresa se preguntó si algún día volvería a sentir algo más que vacío cuando un hombre la tocara.













El Cliente que Cambió Todo

Teresa seguía con su rutina secreta. Miguel le pasaba clientes casi todos los días, y ella aceptaba con una resignación que se había vuelto costumbre. Una mañana de jueves, Miguel la llamó:

—Teresa, tengo uno nuevo. Joven, 22 años, universitario de buena familia en Miraflores. Paga bien, quiere discreción total. Solo una hora, en un hotel en San Isidro.

Teresa suspiró.

—Está bien. Mándame la dirección.

Llegó al hotel vestida elegante pero discreta: vestido negro ajustado, tacones bajos, cabello suelto. El joven la esperaba en la suite: alto, piel clara, cabello ondulado, ojos verdes intensos. Se llamaba Diego. Nervioso, pero educado.

—Hola… Teresa, ¿verdad? Gracias por venir.

Ella sonrió profesionalmente.

—Hola, Diego. ¿Primera vez con alguien como yo?

Él se sonrojó.

—Sí… quiero que sea especial. Sin prisa.

Empezaron formal. Teresa lo besó suave, le quitó la camisa lentamente, admirando su cuerpo joven y tonificado. Él la tocó con reverencia, como si fuera un tesoro.

—Tienes una piel increíble… eres hermosa.

Ella lo llevó a la cama, le hizo oral despacio, mirándolo a los ojos. Él gemía bajito, temblando.

—Teresa… por favor… quiero estar dentro de ti.

Ella se montó encima, moviéndose lento, sintiendo su juventud dura y ansiosa.

—Tranquilo, papi… disfruta.

Se corrió rápido, pero con intensidad, abrazándola fuerte.

Al final, le pagó el doble.

—Quiero verte otra vez. ¿Puedo llamarte directo?

Teresa dudó, pero aceptó. El dinero era bueno y él era… diferente. Respetuoso.

Del Cliente al Amante

Las citas se volvieron semanales. Diego la buscaba en hoteles de lujo, siempre pagaba generoso. Pero poco a poco, la formalidad se rompió.

Una tarde, después de una sesión intensa donde Teresa lo montó hasta que él suplicó, Diego la abrazó sudoroso.

—Teresa… no quiero que esto sea solo… transaccional. Me gustas de verdad. Tienes experiencia, sabes lo que quieres… y yo quiero aprender todo contigo.

Ella rio suave, acariciándole el pecho.

—Tengo casi el doble de tu edad, Diego. Soy madre, tengo una vida complicada.

Él la besó profundo.

—Por eso mismo. Eres real. No como las chicas de mi universidad que solo quieren fotos. Contigo me siento vivo.

Empezaron a verse sin dinero de por medio algunas veces. Cafés discretos, paseos en su carro por la Costa Verde. Él la escuchaba hablar de sus hijos (sin detalles de su trabajo), de su vida dura.

Una noche, en la cama después de que Diego la tomara por detrás con fuerza juvenil, jadeando “Teresa… tu culo me vuelve loco”, él le propuso:

—Quiero estar contigo sin condón. Te pago extra… o lo que quieras. Solo quiero sentirte de verdad.

Teresa sintió un calor olvidado. Hacía meses que no sentía deseo genuino.

—Está bien, papi… pero solo contigo.

La primera vez sin condón fue intensa. Diego entró despacio, gimiendo alto.

—Dios… estás tan caliente… tan mojada… voy a correrme dentro…

Ella se movió contra él, apretándolo.

—Córrete, Diego… lléname… hazme sentir joven otra vez.

Se corrió fuerte, inundándola, abrazándola como si no quisiera soltarla nunca.

La Propuesta que lo Cambió Todo

Las semanas pasaron. Diego se volvió adicto. La buscaba casi todos los días. Le pagaba no solo por el sexo, sino por tiempo: cenas, noches completas, hasta fines de semana cuando los niños estaban con la tía.

Una noche, en un departamento que él alquiló solo para ellos en Miraflores, después de una faena maratónica —primero oral mutuo, luego él lamiéndola hasta que squirteó por primera vez en años, después anal lento y profundo mientras le susurraba “tu culo es mío, Teresa… apriétame más”—, Diego la miró serio.

—Teresa… no quiero seguir pagando por horas. Quiero que vivas conmigo. Te mantengo. Te doy todo: departamento, plata para tus hijos, lo que necesites. Solo sé mía. Mi mujer, mi amante, mi todo.

Teresa se quedó helada. Lágrimas asomaron.

—¿Por qué yo, Diego? Tengo 38 años… tú podrías tener cualquier chica joven.

Él la besó suave, luego fuerte.

—Porque contigo soy yo mismo. Me enseñas, me dominas, me haces hombre de verdad. Tus curvas, tu experiencia… me vuelven loco. Y sé que tú también lo disfrutas conmigo.

Ella pensó en José, en la soledad, en el vacío. Y aceptó.

Vida Nueva, Placer Renovado

Se mudó a un departamento bonito en Surquillo que Diego pagó. Los niños creyeron que “un amigo generoso” ayudaba. Teresa dejó el trabajo con Miguel. Ahora solo era de Diego.

Las aventuras eran diarias, intensas, variadas.

Una mañana, Diego la despertó con la boca entre sus piernas.

—Buenos días, mi reina… abre las piernas para tu joven.

Ella gemía, agarrándole el pelo.

—Lámeme más profundo, papi… sí… hazme correr en tu boca.

Otra noche, en la ducha:

—Ponte contra la pared… voy a cogerte el culo sin lubricante, solo con saliva… dime que lo quieres.

—Sí… métemela por atrás… fuerte… rómpeme como solo tú sabes.

Él la penetró analmente, embistiendo rápido, agua cayendo.

—Tu culo aprieta tanto… voy a correrme dentro… toma mi leche caliente…

Salidas arriesgadas: en el carro estacionado en un mirador, ella montándolo en el asiento trasero.

—Muévete más rápido, Teresa… que nos vean si quieren… eres mi puta mayor.

O en el balcón del departamento de noche:

—Grita mi nombre… que los vecinos sepan que un joven te folla como nadie.

Teresa se sentía viva otra vez. Reía, gemía, se corría con facilidad. Diego la adoraba: le compraba lencería fina, juguetes nuevos, la llevaba de viaje corto a la playa donde follaban en la arena bajo la luna.

—Tú me enseñaste todo, Teresa… ahora yo te doy placer todo el día.

Ella lo abrazaba después, lágrimas de felicidad.

—Nunca pensé que un chico como tú me haría sentir mujer otra vez.

El Equilibrio Frágil

Teresa no le contó a nadie sobre su pasado completo. Diego sabía que había tenido amantes, que necesitaba dinero, pero no los detalles oscuros. Y ella quería mantenerlo así.

Por primera vez en años, Teresa dormía abrazada, se despertaba sonriendo, sentía deseo genuino sin culpa.

El joven de 22 años le había devuelto algo que creía perdido: la ilusión de ser deseada no por necesidad, sino por quien realmente era.

Y aunque sabía que la diferencia de edad algún día pesaría, por ahora… por ahora vivía el momento.

La amistad oculta que empezó en un departamento de Pueblo Libre había recorrido un camino largo y oscuro, pero al final, Teresa encontró un puerto inesperado: los brazos de un joven que la hacía sentir reina, aunque el precio fuera mantener algunos secretos enterrados para siempre.





















Las Noches que Arden

Diego y Teresa habían convertido el departamento en Surquillo en su propio paraíso privado. Cada día era una nueva aventura, y los diálogos entre ellos se volvían más calientes, más directos, como si las palabras fueran preludio inevitable del placer.

Una tarde, Diego llegó del universidad con los ojos brillando de deseo. Teresa estaba en la cocina, vestida solo con una bata corta de seda que apenas cubría sus caderas.

—Ven aquí, mi reina madura —dijo él, abrazándola por detrás y metiendo las manos bajo la bata—. ¿Ya estás mojada pensando en mí todo el día?

Teresa se rio ronca, presionando su culo contra la erección que ya sentía dura en sus pantalones.

—Siempre estoy mojada por ti, papi… desde que te vas por la mañana pienso en cómo me vas a follar cuando vuelvas. ¿Qué quieres hoy? ¿Mi boca, mi coño… o mi culo que tanto te gusta abrir?

Diego le mordió el cuello, bajando una mano entre sus piernas.

—Hoy quiero todo. Primero te voy a comer el coño hasta que me inundes la cara… dime que lo quieres.

—Ay, Diego… sí… lámeme despacio, méteme la lengua profunda… hazme gemir como la puta mayor que soy contigo.

La llevó al sofá, la abrió de piernas y enterró la cara entre sus muslos. Teresa gemía alto, agarrándole el pelo.

—Más… chúpame el clítoris fuerte… sí, así… ¡me estoy corriendo ya, papi! No pares… bébeme toda…

Diego lamió con avidez, tragando su humedad hasta que ella tembló entera.

Después, la puso a cuatro patas en el piso.

—Ahora te voy a meter los dedos en el culo mientras te cojo el coño… dime que lo necesitas.

—Métemelos, Diego… abre mi culo con tus dedos… fóllame fuerte, hazme sentir tu verga joven rompiéndome.

Entró sin condón, profundo, bombeando rápido mientras dos dedos lubricados abrían su ano.

—Estás tan apretada… tu coño me aprieta como una virgen… y tu culo… carajo, cómo me traga los dedos. Vas a correrte otra vez, ¿verdad?

—Sí… sí… más fuerte… rómpeme los dos agujeros… ¡córrete dentro, lléname de leche caliente!

Diego rugió, corriéndose abundante dentro de ella, el semen chorreando por sus muslos.

Juegos en la Ducha

Otra mañana, en la ducha. El agua caía caliente sobre sus cuerpos. Teresa enjabonaba el pecho tonificado de Diego, bajando despacio hasta su verga dura.

—Mira cómo te pones por mí… esta verga joven es adictiva —susurró, arrodillándose y tomándola en la boca.

Diego jadeó, apoyado en la pared.

—Chúpamela profundo, Teresa… trágatela toda… eres la mejor mamando que he tenido.

Ella obedeció, mirándolo a los ojos mientras se la metía hasta la garganta.

—Mmm… sabe a ti… dime qué más quieres, papi.

—Quiero cogerte el culo aquí mismo… contra los azulejos… sin lubricante, solo con jabón y mi saliva.

Teresa se levantó, se dio vuelta y arqueó la espalda.

—Métemela por atrás… despacio al principio… después fuerte, como animal.

Diego escupió en su ano, rozó la punta y entró lento, centímetro a centímetro.

—Dios… qué apretado estás… tu culo me vuelve loco… apriétame más, Teresa.

—Fóllame más rápido… rómpeme el culo… dime que soy tu puta madura favorita.

—Eres mi puta… mi hembra… este culo es mío para follar cuando quiera… voy a correrme dentro… toma… toma toda mi leche en el culo…

Se corrió con un gruñido, empujando profundo mientras ella se frotaba el clítoris y se corría con él.

En el Balcón, Sin Miedo

Una noche calurosa, en el balcón con vista a la ciudad. Teresa con lencería roja fina que Diego le había comprado, él detrás presionándola contra la baranda.

—Imagínate que nos ven, Teresa… los vecinos mirando cómo te cojo como una perra.

Ella jadeó, sintiendo su verga rozando su entrada.

—Que miren… que vean cómo un joven me folla mejor que nadie… métemela ya, Diego… sin condón, fuerte.

Él entró de una embestida, agarrándola por las caderas.

—Tu coño está chorreando… dime lo puta que eres por mí.

—Soy tu puta… cógeme más profundo… hazme gritar para que todo Surquillo oiga.

Diego aceleró, una mano tapándole la boca, la otra pellizcándole los pezones.

—Grita contra mi mano… córrete en mi verga… sí… apriétame… voy a llenarte hasta que chorree por tus piernas.

Teresa se corrió gritando ahogada, el cuerpo temblando, mientras él se vaciaba dentro con chorros calientes.

Después, sudorosos, se abrazaron mirando las luces de Lima.

—Nunca me canso de ti, Teresa… cada día te deseo más.

Ella lo besó, con lágrimas de emoción.

—Y yo a ti, papi… me haces sentir viva, deseada… como si los años no importaran.

La Faena que No Termina

En la cama, una madrugada después de horas de sexo. Diego encima, moviéndose lento dentro de ella.

—Dime qué sueñas cuando estoy dentro… —susurró.

—Sueño con que nunca pares… con que me cojas todo el día… boca, coño, culo… que me uses como quieras.

Él aceleró.

—Te voy a usar… ahora te volteo y te meto por atrás otra vez… dime que lo quieres.

—Sí… métemela en el culo… despacio… siente cómo te abro solo para ti… córrete dentro otra vez… marca tu territorio.

Se corrieron juntos, él inundándola por detrás, ella temblando de placer emocional y físico.

En los brazos de Diego, Teresa sentía que, por fin, el deseo venía con cariño, con futuro. Los diálogos calientes no eran solo palabras: eran la forma en que un joven de 22 años le devolvía a una mujer de 38 la certeza de que todavía podía ser amada, follada y adorada intensamente.

Y por ahora, eso era suficiente para sanar las heridas del pasado.





La Primera Escapada a la Playa

Diego sorprendió a Teresa un viernes por la tarde. Llegó al departamento con una maleta pequeña y una sonrisa pícara.

—Prepara bikini, toalla y nada más. Nos vamos a la playa todo el fin de semana. Solo tú y yo. Un hotelito en Punta Hermosa que encontré… con playa privada casi.

Teresa sintió una emoción que no experimentaba hace años. Besó a Diego con hambre.

—¿De verdad, papi? ¿Todo un fin de semana follándonos como locos junto al mar?

—Exacto. Quiero verte desnuda en la arena, mojada por las olas… y por mí.

Salieron al atardecer. En el carro, por la Panamericana Sur, Teresa ya empezó a provocarlo: bajó el asiento, se subió el vestido y se tocó despacio mientras él conducía.

—Mira cómo me mojo pensando en lo que me vas a hacer… acelera, Diego, quiero sentirte ya.

Él le miró el coño brillando bajo la falda.

—Quítate la pantaleta y ábrete más… quiero verte correrte antes de llegar.

Teresa obedeció, frotándose el clítoris rápido.

—Dime cosas sucias… hazme correrme con tu voz.

—Vas a ser mi puta de playa todo el fin… te voy a follar en la arena, en el agua, en el balcón del hotel… te voy a meter la verga por el culo mientras las olas nos mojan… córrete ahora, Teresa… córrete pensando en mi leche dentro de ti.

Ella gritó, corriéndose fuerte, empapando el asiento.

La Noche en la Arena

Llegaron al hotel boutique cuando ya era de noche. La playa estaba casi vacía, solo el sonido de las olas. Después de dejar las cosas en la habitación con balcón al mar, Diego la tomó de la mano.

—Ven… ahora.

Bajaron a la arena oscura. Teresa llevaba solo un bikini negro diminuto que Diego le había comprado. Él un short.

Se tumbaron detrás de unas rocas, lejos de las luces del hotel.

—Quítate el bikini… quiero verte desnuda bajo la luna.

Teresa se desató el top, los pechos grandes libres, pezones duros por la brisa marina.

—Ahora tú… quiero tu verga dura en mi boca con el sonido del mar.

Diego se bajó el short. Teresa se arrodilló en la arena fría y lo chupó profundo, el salitre en el aire mezclándose con su sabor.

—Mmm… sabe a mar y a ti… fóllame la boca, papi… úsame.

Él la agarró del pelo y embistió su garganta mientras las olas rompían cerca.

—Eres mi puta de playa… ahora ponte a cuatro… voy a cogerte mirando el mar.

Teresa se puso en posición, el culo alzado, la arena pegándose a sus rodillas.

—Métemela sin condón… moja la punta con saliva y rómpeme el coño aquí mismo.

Diego escupió en su entrada y entró de una embestida, profundo.

—Dios… estás ardiendo… el mar nos oye gemir… dime que te gusta que te folle en público.

—Me encanta… cógeme más fuerte… que las olas sepan que soy tu hembra… sí… así… voy a correrme ya…

Se corrió gritando, el cuerpo temblando mientras él seguía bombeando.

—Ahora el culo… quiero correrme en tu culo con la brisa del mar.

Teresa se lubricó con su propia humedad y la saliva de él.

—Métemela por atrás… despacio… siente cómo te abro en la playa.

Entró lento, el ano apretándolo fuerte. La arena fría bajo sus manos, el mar rugiendo.

—Tu culo me aprieta tanto… voy a correrme dentro… toma mi leche caliente mientras las olas nos bañan…

Se corrió con un rugido, llenándola, quedándose dentro mientras los dos jadeaban mirando las estrellas.

El Día en el Agua

Al día siguiente, playa casi sola. Nadaron desnudos en una caleta escondida. El agua fría contrastaba con el calor de sus cuerpos.

Diego la abrazó en el agua hasta la cintura.

—Siente cómo estoy duro otra vez… aquí nadie nos ve.

Teresa envolvió las piernas alrededor de su cintura.

—Métemela dentro del mar… fóllame flotando.

Él la penetró despacio, el agua facilitando el movimiento.

—Estás tan resbalosa… el mar nos mece mientras te cojo… dime que te gusta.

—Me encanta… muévete más rápido… hazme correr en el agua… sí… siento tu verga joven golpeando profundo…

Se corrieron juntos, abrazados fuerte, las olas llevándose sus gemidos.

Por la tarde, en una hamaca bajo una palmera, Teresa encima de él, moviéndose lento.

—Cabálgame, papi… siente cómo te aprieto con mi coño… dime que soy la mejor que has tenido.

—Eres la mejor… tu coño maduro me vuelve loco… rebota más fuerte… sí… voy a correrme dentro otra vez…

La Última Noche en el Balcón

La noche del domingo, en el balcón de la habitación con vista directa al mar. Teresa apoyada en la baranda, desnuda, Diego detrás.

—Una última faena antes de volver… te voy a follar el culo mirando las olas.

Ella se abrió con las manos.

—Métemela toda… fuerte… hazme gritar para que el mar se acuerde de nosotros.

Entró profundo, embistiendo con ritmo salvaje.

—Tu culo me traga entero… eres mi puta de playa eterna… córrete conmigo…

Teresa gritó su nombre, corriéndose intensamente mientras él la llenaba por detrás, el semen chorreando por sus piernas y goteando al piso del balcón.

Después, abrazados mirando el horizonte.

—Gracias, Diego… este fin de semana me hiciste sentir joven, deseada… viva.

Él la besó suave.

—Y tú me haces sentir completo, Teresa. Vamos a tener muchas playas más.

Regresaron a Lima bronceados, cansados y más unidos que nunca. Las aventuras en la playa se convirtieron en su ritual: cada mes, un fin de semana robado al mar, donde los diálogos calientes, las faenas intensas y el sonido de las olas borraban cualquier recuerdo del pasado doloroso.

Teresa, por fin, había encontrado no solo placer, sino paz en los brazos de su joven amante.





La Noche Loca en la Disco

Diego quería celebrar su cumpleaños 23 con algo inolvidable. Reservó una mesa VIP en una disco exclusiva en Larcomar, con vista al mar. Teresa, excitada por la idea, se preparó como nunca.

—Ponte lo más corto y sexy que tengas —le dijo él por teléfono—. Y nada de pantaleta. Quiero saber que estás desnuda debajo todo el tiempo.

Teresa sonrió pícara mientras se miraba al espejo. Eligió un minivestido negro ceñido, tan corto que apenas cubría la mitad de sus muslos, escote profundo que dejaba ver el borde de sus pezones si se inclinaba. Sin sostén, sin calzón. Solo tacones altos y perfume en puntos estratégicos.

Llegaron a la disco pasadas las 11. La música retumbaba, luces estroboscópicas, cuerpos sudados en la pista. Diego la tomó de la cintura apenas entraron.

—Estás para comerte aquí mismo —susurró al oído, su mano bajando disimuladamente al borde del vestido—. Siento que no traes nada debajo… ¿ya estás mojada, Teresa?

Ella se pegó a él, rozando su cadera contra la erección que ya crecía en sus pantalones.

—Desde que salimos de casa, papi… saber que me puedes tocar cuando quieras me tiene chorreando.

Bailaron pegados en la pista. Diego con una mano en su culo, levantando apenas el vestido para rozar su piel desnuda. Teresa movía las caderas como en la selva, restregándose contra él.

—Siente cómo estoy dura por ti —gruñó él, presionando su verga contra su coño a través de la tela—. Quiero metértela aquí mismo, entre toda esta gente.

Teresa jadeó, el vestido subiéndose peligrosamente.

—Hazlo… tócalo… méteme los dedos mientras bailamos.

Diego miró alrededor —la oscuridad y la multitud los protegían— y deslizó dos dedos entre sus piernas desde atrás. La encontró empapada.

—Carajo… estás inundada… abre más las piernas.

Ella lo hizo sutilmente, siguiendo el ritmo de la música. Los dedos de él entraron y salieron despacio, follándola con la mano mientras bailaban.

—Nadie se da cuenta… pero te estoy cogiendo en la pista… dime que te gusta.

—Me encanta… fóllame con los dedos más rápido… voy a correrme bailando, Diego…

Aceleró, el pulgar rozando su clítoris. Teresa se mordió el labio, corriéndose en silencio contra su mano, las piernas temblando.

El Baño de la Disco

No aguantaron más. Diego la tomó de la mano y la llevó al baño VIP unisex, cerró con pestillo.

Apenas dentro, la levantó contra la pared, el minivestido subiéndose hasta la cintura.

—Mírate… sin nada debajo, el coño brillando de mojado… te voy a follar aquí mismo.

Teresa envolvió las piernas alrededor de su cintura.

—Métemela ya… sin condón… fuerte, papi… que se oiga afuera.

Diego se bajó el cierre, sacó su verga dura y la penetró de una sola embestida profunda.

—Dios… estás ardiendo… tu coño me traga entero…

Embestía rápido, el sonido de piel contra piel mezclándose con la música lejana.

—Más fuerte… rómpeme contra la pared… dime que soy tu puta en la disco.

—Eres mi puta madura… te cojo en cualquier lado… apriétame más… voy a correrme dentro…

Teresa se corrió primero, gritando su nombre contra su hombro. Diego la siguió, llenándola caliente, el semen chorreando por sus muslos cuando la bajó.

No terminaron. Ella se arrodilló en el piso del baño, lamiendo su verga mezclada con sus jugos.

—Dame más… quiero tragarme lo que queda.

Lo chupó hasta endurecerlo otra vez, luego se dio vuelta contra el lavabo.

—Ahora el culo… métemela por atrás aquí… rápido antes de que alguien toque.

Diego escupió en su ano y entró fuerte.

—Tu culo me mata… tan apretado después del coño… córrete otra vez, Teresa…

Ella se frotaba el clítoris mirando su reflejo: cara de placer desatado, vestido arrugado, un joven follándola por detrás en un baño público.

—Córreme en el culo… lléname los dos agujeros esta noche…

Se corrió dentro otra vez, jadeando los dos.

Toda la Noche en el Hotel

Salieron de la disco pasadas las 3 a.m., sudorosos, oliendo a sexo. Tomaron un taxi al hotel cercano que Diego había reservado como sorpresa.

Apenas cerraron la puerta de la suite, Teresa se quitó el vestido de un tirón.

—Toda la noche soy tuya… hazme lo que quieras, papi… estoy loca por ti.

Diego la tiró a la cama, abrió sus piernas y la lamió como hambriento.

—Sabe a nosotros… a semen y a ti… córrete en mi boca otra vez.

Luego la puso a cuatro patas en la cama.

—Primero el coño otra vez… quiero sentir cómo chorrea mi leche de antes.

Entró profundo, bombeando salvaje.

—Estás tan resbalosa por mi semen… dime que te gusta que te llenen.

—Me encanta… cógeme como animal… después el culo otra vez…

Cambió de agujero, follándola analmente con fuerza mientras le metía tres dedos en el coño.

—Los dos llenos… siente cómo te follo los dos al mismo tiempo…

Teresa gritaba, corriéndose una y otra vez.

En la ducha del hotel, contra los vidrios:

—Otra vez en el culo… métemela parada… que el agua lave lo que chorrea.

Toda la noche: posiciones nuevas, oral profundo hasta que ella se atragantó y tragó, él corriéndose en sus tetas, en su cara, dentro de ambos agujeros.

Al amanecer, exhaustos en la cama, Diego dentro de ella lento una última vez.

—Feliz cumpleaños, papi… te doy mi cuerpo toda la noche como regalo.

Él la besó, moviéndose suave.

—El mejor regalo… eres la mujer más caliente que he tenido, Teresa… nunca me canso de follarte.

Se corrieron juntos una última vez, abrazados, el sol entrando por la ventana.

Durmieron hasta el mediodía, cuerpos marcados, sábanas manchadas, pero con una sonrisa de satisfacción absoluta.

La noche en la disco y el hotel se convirtió en una de sus anécdotas favoritas: la vez que Teresa, sin nada debajo de un minivestido, se dejó follar como loca en público y privado por su joven amante, perdiendo la cuenta de cuántas veces se corrió.

Y cada vez que recordaban esa noche, terminaban follándose otra vez, como si el deseo nunca se apagara.
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Un médico sin escrúpulos, pasará de la gloria a la crisis, del repudio popular a volver como el ave fénix. Todos vencerán, menos una.


El secreto del Dr. Chang

El Dr. Eduardo Chang era un pilar en el Hospital Nacional Dos de Mayo, en Lima. Con más de 20 años de servicio en esa institución pública, se había ganado el respeto de colegas, pacientes y autoridades. Era el médico ejemplar: dedicado, preciso en sus diagnósticos, siempre dispuesto a cubrir guardias extras y a formar a los residentes más jóvenes. Sus pacientes lo adoraban; muchos decían que tenía "manos de oro" para las cirugías delicadas. En las reuniones del hospital, su opinión pesaba, y más de una vez había sido propuesto para jefaturas que, por modestia, rechazaba.

En casa, la fachada era impecable. Casado hace 25 años con María, una ama de casa devota, y padre de dos hijos —un adolescente en el colegio y una hija universitaria—, el Dr. Chang llegaba puntual todas las noches, ayudaba con las tareas escolares y los fines de semana organizaba salidas familiares al parque o al centro comercial. Nadie sospechaba nada. Sus colegas lo envidiaban: "Chang tiene la vida perfecta", decían en los pasillos.

Pero cada enero, cuando Lima se llenaba de vacacionistas y el calor sofocante invitaba a escapar de la rutina, el Dr. Chang sentía un cosquilleo familiar. Era el mes en que ella llegaba.

La conocía desde hacía casi 15 años. Se habían encontrado en un congreso médico en Huancayo, donde ella, una profesora de secundaria en un colegio público de Huánuco, había asistido como acompañante de una amiga enfermera. Al principio, fue solo una conversación casual sobre la educación en provincias versus la salud urbana. Luego, cafés, mensajes esporádicos, y finalmente, lo inevitable.

Ella se llama Rosa. Vivía en Huánuco con su rutina de clases, correcciones y ferias escolares. Era separada, soltera. Aunque las malas lenguas decían que se veían y tiene una bella hija de quien muchos aman en silencio y el Dr, tendría algo más que amistad. Cada enero tomaba sus vacaciones completas para "descansar" en Lima. Se hospedaba en un pequeño departamento alquilado en Miraflores, cerca del mar, y allí se veían.

El primer encuentro de cada año era siempre el mismo: él la recogía en la terminal de buses, con excusa de "visita a un familiar lejano" para su esposa. Luego, días intensos de pasión contenida durante 11 meses. Paseos discretos por Larcomar, cenas en restaurantes escondidos, noches enteras en el departamento donde se entregaban sin prisas. Rosa era fuego puro: su piel morena de las alturas, sus curvas generosas, su risa contagiosa que contrastaba con la seriedad profesional de él.

"¿Y si un día nos descubren?", le preguntaba ella alguna vez, entre sábanas revueltas.

"Imposible", respondía él, besándola. "Soy demasiado cuidadoso".

En el hospital, enero era mes de vacaciones para muchos, así que sus ausencias pasaban desapercibidas. Regresaba a casa bronceado, con regalos para los hijos —"fui a la playa con amigos del trabajo"— y todo volvía a la normalidad.

Rosa regresaba a Huánuco a fines de enero, con el corazón lleno y el cuerpo satisfecho. Los mensajes se espaciaban: "Te extraño", "Cuídate", "El próximo enero será mejor".

Y así pasaba el año. El Dr. Chang seguía siendo el ejemplar profesional, el padre modelo, el esposo fiel en apariencia. Nadie sabía de su doble vida, de esa amiga cariñosa que llegaba como el verano, trayendo calor prohibido a su existencia ordenada.

Porque en el fondo, él sabía que enero era su escape, su secreto mejor guardado. Y mientras durara, no lo cambiaría por nada.







El secreto del Dr. Chang – Enero en llamas

Rosa era una mujer que no pasaba desapercibida, aunque nunca lo buscaba. Gordita de curvas generosas, con pechos grandes y pesados que se marcaban bajo las blusas holgadas que usaba para viajar, y un trasero redondo, firme, que llenaba por completo los jeans ajustados que se ponía cuando llegaba a Lima. Su piel era morena, tostada por el sol de las alturas de Huánuco, y tenía esa risa abierta, campechana, que hacía que cualquiera se sintiera a gusto a su lado apenas cruzaban dos palabras. Era agradable, conversadora, de esas mujeres que te cuentan su vida en la cola del mercado y te hacen reír con anécdotas de sus alumnos traviesos.

Pero cuando tomaba unos tragos —y Rosa tomaba con ganas cuando se sentía en confianza—, se soltaba de una manera que sorprendía hasta al mismo Chang. Se volvía atrevida, juguetona, loca en el buen sentido. Bailaba pegado, aunque no hubiera música, susurraba cosas subidas de tono al oído, y terminaba la noche arrastrándolo al departamento con urgencia, como si el tiempo de once meses separados se tuviera que recuperar en una sola noche.

Lo que muy pocos sabían —y Chang sí, porque Rosa se lo había contado en una de esas noches de confidencias post-sexo— era que tenía una hija de veintitrés años, Valeria, que vivía con ella en Huánuco y estudiaba educación en la universidad local. Valeria era todo lo contrario a su madre en silueta: delgada, alta, con piernas largas y cintura estrecha, pero había heredado los pechos grandes y firmes de Rosa. Era una belleza que volteaba cabezas en cualquier lado. En el colegio donde Rosa daba clases, los padres de familia bromeaban (medio en serio) sobre lo guapa que era la hija de la “profe Rosa”. En la universidad, tenía un séquito silencioso de pretendientes que no se atrevían a dar el paso. Era la tentación andante: ojos grandes, labios carnosos, cabello negro largo que le llegaba hasta la cintura.

Chang la había visto en fotos muchas veces. Rosa, orgullosa, se las mostraba en el celular: “Mira a mi Vale, acaba de graduarse del curso de inglés”, “Aquí en la fiesta de promoción”, “En la playa de Paracas el año pasado”. Y cada vez que Chang veía esas imágenes, sentía un calor distinto. Valeria posaba con naturalidad, pero sus escotes generosos, sus bikinis ajustados, esa mezcla de inocencia y sensualidad, lo ponían inquieto. Rosa lo notaba y, entre copas, lo provocaba.

“¿Te gusta mi hija, verdad, doctorcito?”, le decía con voz ronca, riendo, mientras le pasaba la mano por la entrepierna bajo la mesa del bar. “Todos la miran, todos la desean… hasta tú”.

Chang negaba con la cabeza, pero su cuerpo lo delataba. Y Rosa, en esas noches de tragos y desinhibición, lo llevaba más lejos. Entre besos y caricias, le susurraba fantasías: “Imagínate si un día Valeria viniera conmigo a Lima… te volverías loco, ¿no? Dos pares de tetas grandes para ti solo…”.

Nunca había pasado. Valeria nunca acompañaba a su madre en enero; prefería quedarse en Huánuco con amigas o viajaba a otros lados. Pero la idea quedaba flotando en el aire, como una promesa peligrosa que ambos alimentaban en la cama, cuando el alcohol y el deseo borraban cualquier frontera.

Rosa se entregaba con más intensidad esas noches, como si la sola mención de su hija la encendiera aún más. Se montaba encima de Chang, sus pechos pesados balanceándose cerca de su cara, su trasero grande aplastándose contra él, y le decía cosas que lo hacían perder el control: “Piensa en ella si quieres… pero fóllame a mí, que soy la que te tiene ahora”.

Y Chang se dejaba llevar. Cerraba los ojos y, por un instante, imaginaba a la hija delgada y perfecta debajo de él, pero era el cuerpo cálido, abundante y real de Rosa el que lo envolvía, el que lo hacía gemir hasta quedar exhausto.

Enero seguía siendo su mes. Rosa llegaba gordita, tetona, culona, campechana y loca en tragos. Traía consigo fotos de una hija que era pura tentación. Y aunque Valeria nunca cruzaba la puerta del departamento en Miraflores, su sombra estaba allí, en las palabras calientes, en los juegos prohibidos que solo ellos dos conocían.

El Dr. Chang regresaba a su vida ejemplar a fines de enero, más cansado que nunca, con el secreto más pesado sobre los hombros. Pero ya contaba los días para el próximo verano, cuando Rosa volviera… y quizá, solo quizá, algún año trajera a Valeria consigo.























El 2 de enero, como cada año, Chang estacionaba el auto a media cuadra de la terminal. El corazón le golpeaba el pecho cuando vio bajar a Rosa del bus: el vestido floreado pegado al cuerpo por el sudor del viaje, los pechos enormes temblando con cada escalón, los pezones marcados bajo la tela fina; el culo carnoso balanceándose lento, como si supiera que él la estaba devorando con la mirada desde lejos.

Subió al auto sin decir nada. Apenas cerró la puerta, Rosa metió la mano directa a su bragueta, lo apretó por encima del pantalón y sintió cómo ya estaba duro como piedra. “Once meses, doctor… once meses sin esta verga gruesa”, susurró con voz ronca mientras le bajaba el cierre y lo sacaba, masturbándolo despacio allí mismo, en pleno tráfico de Lima. Chang tuvo que morderse el labio para no gemir fuerte mientras manejaba hacia Miraflores.

En el departamento, ni siquiera llegaron al dormitorio la primera vez. Rosa lo empujó contra la puerta apenas entró, se arrodilló y se lo tragó entero de una sola embestida, hasta que la nariz le rozó el pubis. Las mejillas hundidas, los ojos lacrimosos mirándolo desde abajo, la lengua girando alrededor del glande cada vez que subía. Chang le agarró el pelo con fuerza y empezó a follarle la boca, profundo, sin piedad, hasta que sintió las arcadas de ella y se corrió con un gruñido animal, llenándole la garganta. Rosa tragó todo, lamió las gotas que se escaparon por la comisura y sonrió: “Primera de muchas, doctorcito”.

Después se desnudó despacio, como un ritual. Se quitó el vestido, el sostén blanco que apenas contenía las tetas pesadas, tenían vida, se bamboleaban y le decían cógeme, con areolas grandes y pezones gruesos ya duros como piedrecitas. Se bajó la tanga empapada y la olió delante de él antes de tirársela a la cara. Olía a sexo puro, a deseo acumulado. Se abrió de piernas en el sofá, los labios mayores gordos y oscuros separándose solos, mostrando el interior rosado, brillante, chorreando jugos. “Ven y come, ven y dame fuego, tanto tiempo y necesito tu herramienta”, ordenó.

Chang se hundió de rodillas y la devoró. Le lamió el clítoris hinchado en círculos rápidos, metió dos dedos gruesos y los curvó hacia arriba, golpeando ese punto que la volvía loca. Rosa gemía fuerte, le agarraba la cabeza y le aplastaba la cara contra su coño, moviendo las caderas como si lo estuviera montando. “Más lengua… métemela adentro… así, así… ¡me vengo, me vengo!” Y se corrió en espasmos violentos, chorros calientes salpicándole la cara mientras gritaba su nombre.

Cuando el alcohol entraba en escena —pisco puro, hielo, limón—, la noche se volvía un delirio absoluto.

Rosa se ponía de pie en la mesa del comedor, completamente desnuda, las tetas rebotando al ritmo de una cumbia que ponía en el celular. Se tocaba sin pudor: pellizcaba sus propios pezones hasta ponerlos rojos, metía tres dedos dentro de sí misma y los sacaba chorreando para chuparlos delante de él. “Mira amor cómo me preparo para ti, y a pesar que otros me buscan, yo solo sueño con tu pingota”, decía antes de bajarse y montarlo en el sillón.

Lo cabalgaba salvaje: arriba y abajo, rápido, las nalgas grandes aplaudiendo contra sus muslos, las tetas golpeándole la cara. Chang las atrapaba con la boca, mordía, succionaba, dejaba marcas rojas mientras ella gemía: “Más fuerte… márcame… soy tu puta, soy solo tuya y de nadie más”.

Y entonces empezaban las fantasías más oscuras, las que los llevaban al límite.

Rosa conectaba el celular al televisor y ponía una carpeta entera de fotos y videos de Valeria. Imágenes nuevas cada año: Valeria en lencería roja comprada para una sesión de fotos “artísticas”; Valeria en la ducha, agua corriendo por sus tetas firmes y altas, pezones rosados erectos por el frío; Valeria masturbándose en su cuarto —un video que Rosa había grabado a escondidas una noche que la oyó gemir— con las piernas abiertas, dedos delicados frotando su clítoris depilado, el coñito joven rosado y apretado contrayéndose mientras se corría en silencio.

Chang se volvía loco. La verga le latía dolorosamente mientras Rosa lo masturbaba lento, untando el líquido preseminal por todo el glande.

Rosa se ponía en cuatro frente al televisor, culo enorme en alto, y Chang la penetraba de una estocada brutal hasta el fondo. Ella gritaba de placer y dolor, empujaba hacia atrás para que entrara más profundo.

“¿Fóllame pensando que es ella… que estoy sosteniendo a Valeria abierta para ti, separándole esos labios rosados mientras yo te como y ellas nos ve o tú la quieres para ti?”.

Otras veces, Rosa se acostaba boca arriba, abría las piernas en V y le pedía que la penetrara mientras le chupaba el clítoris y le decía barbaridades de su hija, que muchos la desean, jóvenes y viejos, pobres y ricos y nadie la tendrá, se casará virgen y se irá lejos, porque ese es su sueño.

Chang perdía todo control. La embestía como un animal, sudor corriendo por la espalda, bolas golpeando contra el culo de Rosa, hasta que sentía que iba a explotar. Rosa lo apretaba con sus paredes internas, ordeñándolo, y le susurraba las palabras finales:

“Corréte adentro… lléname… me vengoooooooooooooo.

Y Chang se corría con un rugido, chorros gruesos y calientes inundando a Rosa, que se venía al mismo tiempo, contrayéndose alrededor de él, chorros de semen y líquido de ella, porque lo que mas amaba en esta vida Rosa era venirse y que le dieran muchos orgasmos.

Pasaban así noches enteras: sexo oral hasta que les dolía la mandíbula, anal lento y profundo con Rosa pidiéndole que la abra más y más y más.

Al amanecer, exhaustos, cubiertos de fluidos, Rosa le grababa un video final: se metía un dildo enorme —réplica exacta de la verga de Chang— mientras miraba fotos de Valeria y se corría gritando “para ti y para mi hija… las dos te esperamos el próximo enero”.

Cuando Rosa se iba el 31 de enero, Chang quedaba destruido físicamente, pero con la mente ardiendo. Volvía al hospital, al quirófano, a la vida ejemplar. Sonreía a su esposa, besaba a sus hijos.

Pero cada noche, solo en su consulta después de hora, abría los videos y se masturbaba furiosamente imaginando lo imposible: madre e hija de rodillas delante de él, tetas contrastantes —unas pesadas y maduras, otras firmes y jóvenes— rozándose mientras las dos lo chupaban al mismo tiempo, mirándolo con los mismos ojos, gimiendo las mismas palabras sucias.

El secreto era ya una adicción irreversible.

Y diciembre volvía a acercarse. Faltaban solo días para que Rosa llegara de nuevo.

Esta vez, en el último mensaje, había escrito algo distinto:

“Prepárate, doctor. Este enero no vengo sola.”

Chang leyó el mensaje una y otra vez, la verga endureciéndose solo con la posibilidad.

El fuego estaba a punto de volverse incendio real.

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