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Estimados cofrades ,desde la horrible trinchera del frente Europeo le saludas Walia le envío una fuente de primera de la alimentación de la primera guerra Mundial. FUENTE DE REFERENCIA Blog :Sargento, ¿qué comemos hoy? La comida en el frente. Fuente ww.cienciahistorica.com-DeJesús G Barcala
Ración de un soldado británico en la PGM.
Durante las primeras semanas del conflicto, los ejércitos tuvieron pocos problemas para suministrar los alimentos necesarios al personal en el frente. Los planes de batalla estaban completamente detallados e incluían a los sistemas logísticos, con su propio personal, medios de transporte, e incluso las zonas en las que actuarían. Todo ello, considerando que ambos bandos pensaban que la guerra no duraría más que unas cuantas semanas y que los chicos estarían de vuelta en casa “antes de que las hojas cayeran”.
La dieta diaria asignada a un soldado británico en 1914 consistía de lo siguiente:
560 gramos de carne fresca o congelada, o 450 gramos de carne enlatada o salada.
560 gramos de pan, o 450 gramos de galletas o harina
115 gramos de bacon (tocino ahumado)
85 gramos de queso
20 g. de té
115 g. de mermelada o confitura
85 gramos de azúcar; 15 g. de sal; 1 g. de pimienta; 2 g. de mostaza (semilla)
225 g. de vegetales frescos o 56 g. de vegetales deshidratados
15 ml. de jugo de limón (en caso de que no hubiese vegetales frescos)
70 ml. de ron (a la discreción del comandante)
hasta 56 g. de tabaco por semana (a la discreción del comandante).
Para los alemanes, la dieta asignada en 1914 era la siguiente:
750g de pan, o 500g de galletas de campaña, o 400g de galletas de huevo
375g de carne fresca o congelada, o 200g de carne en conserva
1,500g de patatas, o 125-250g de vegetales, o 60g de vegetales deshidratados, o 600g de patatas y verduras deshidratadas mezcladas.
25g de café, o 3g de té; 20g de azúcar; 25g de sal
Dos puros y dos cigarrillos o 30 g. de tabaco para pipa; 70 ml. de licor, 240 ml. de vino o 425 ml. de cerveza (a discreción del comandante).

Todo cambió cuando los primeros ataques y contraataques se neutralizaron mutuamente y le guerra llegó a un punto muerto, y la fuerza devastadora de las armas modernas obligaron a los ejércitos a parapetarse en las trincheras. Los frentes se ampliaron y un mayor número de fuerzas tuvo que ser reclutado para al menos mantener la igualdad con el enemigo. El problema fue que, como habíamos visto, las reservas de recursos estaban planificadas para tan sólo los primeros meses, y hacia el segundo año de la guerra, los encargados de los suministros tuvieron que hacer recortes en las raciones para poder alimentar a todos los soldados.
En 1916, la ración británica de carne se redujo a 175 gramos, las tropas en la retaguardia ya sólo recibían carne 4 ó 5 días por semana y la mayoría consistía en la célebre carne enlatada conocida como bully beef importada de Uruguay (conocida en Estados Unidos como Spam). Antes de que terminara el año, la ración de pan quedó en la mitad del original, e incluso se tuvo que empezar a hornear pan con harina de nabos, ya que los suministros de trigo provenientes de los Estados Unidos se habían visto mermados por los ataques submarinos alemanes en el Atlántico. En 1917, la dieta básica de las tropas en las trincheras se había reducido a una sopa de guisantes y harina de nabo con trocitos de carne de caballo, y los cocineros se vieron obligados a añadir a sus recetas vegetales como cardos y hierbajos que encontraban en los campos aledaños para darle algo se sustancia a sus guisados. Peor aún, cada cocina regimental contaba sólo con dos grandes ollas que utilizaban para todo y la transportaban al frente en cualquier tipo de contenedor disponible, incluidos las latas de combustible, transmitiendo toda clase de sabores a la comida que, además, llegaba fría a su destino, cuando llegaba. También se hizo famoso el Maconochies, una sopa enlatada de zanahorias y nabos, que calentada en el mismo bote era “aceptable” según los soldados, pero fría era incomible. Cuando las cosas se pusieron más feas en el frente y las líneas de suministro no alcanzaban las trincheras, algunos hambrientos incluso tuvieron que comer ratas.
Para los franceses el menú tampoco estaba para tirar cohetes, y eso probablemente dolía más a los soldados de una nación orgullosa de su cultura gastronómica. Durante la Batalla de Verdún y, a pesar de la interminable entrada de camiones con suministros por la “Vía Sagrada”, era tal el número de hombres
que pronto aparecieron carencias nutritivas en los soldados. Entonces, un incauto político, con la intención de confundir al enemigo, afirmó en una entrevista que los soldados franceses comían dos veces al día. Pronto le llegaron 200.00 cartas de los soldados burlándose y quejándose de tamaña aseveración. Los alemanes no comían mejor, pero al menos su situación no era tan desesperada como la que sufría la población civil en el “frente doméstico”. En el invierno de 1916-1917, debido en parte al bloqueo marítimo impuesto por Gran Bretaña pero también porque las lluvias de otoño habían estropeado la cosecha de la patata, se desató un hambruna en la que perecieron más de medio millón de alemanes, y los que sobrevivieron, tuvieron que hacerlo rebuscando en los campos cualquier cosa que se pudiera comer, dando lugar al “Invierno de los Nabos”.
La hambruna provocó huelgas y protestas a lo largo de toda Alemania. El tejido industrial y agrícola, que ya sufría por la falta de hombres, terminó por colapsarse, y con él la cohesión social y la estabilidad política, siendo una de las razones por las que en 1918 el Alto Mando decidió pedir al gobierno la rendición. Pero todos los países contendientes pedían ya la hora, y nadie sabe qué hubiese sucedido si la guerra dura algunos meses más. Irónicamente, algunos de los productos tan criticados por los soldados en las trincheras, se volvieron muy populares a su regreso a casa, una muestra más de que el hombre no sólo es capaz de adaptarse a cualquier alimento, sino que termina por cogerle gusto
Ración de un soldado británico en la PGM.Durante las primeras semanas del conflicto, los ejércitos tuvieron pocos problemas para suministrar los alimentos necesarios al personal en el frente. Los planes de batalla estaban completamente detallados e incluían a los sistemas logísticos, con su propio personal, medios de transporte, e incluso las zonas en las que actuarían. Todo ello, considerando que ambos bandos pensaban que la guerra no duraría más que unas cuantas semanas y que los chicos estarían de vuelta en casa “antes de que las hojas cayeran”.

La dieta diaria asignada a un soldado británico en 1914 consistía de lo siguiente:
560 gramos de carne fresca o congelada, o 450 gramos de carne enlatada o salada.
560 gramos de pan, o 450 gramos de galletas o harina
115 gramos de bacon (tocino ahumado)
85 gramos de queso
20 g. de té
115 g. de mermelada o confitura
85 gramos de azúcar; 15 g. de sal; 1 g. de pimienta; 2 g. de mostaza (semilla)
225 g. de vegetales frescos o 56 g. de vegetales deshidratados
15 ml. de jugo de limón (en caso de que no hubiese vegetales frescos)
70 ml. de ron (a la discreción del comandante)
hasta 56 g. de tabaco por semana (a la discreción del comandante).

Para los alemanes, la dieta asignada en 1914 era la siguiente:
750g de pan, o 500g de galletas de campaña, o 400g de galletas de huevo
375g de carne fresca o congelada, o 200g de carne en conserva
1,500g de patatas, o 125-250g de vegetales, o 60g de vegetales deshidratados, o 600g de patatas y verduras deshidratadas mezcladas.
25g de café, o 3g de té; 20g de azúcar; 25g de sal
Dos puros y dos cigarrillos o 30 g. de tabaco para pipa; 70 ml. de licor, 240 ml. de vino o 425 ml. de cerveza (a discreción del comandante).

Todo cambió cuando los primeros ataques y contraataques se neutralizaron mutuamente y le guerra llegó a un punto muerto, y la fuerza devastadora de las armas modernas obligaron a los ejércitos a parapetarse en las trincheras. Los frentes se ampliaron y un mayor número de fuerzas tuvo que ser reclutado para al menos mantener la igualdad con el enemigo. El problema fue que, como habíamos visto, las reservas de recursos estaban planificadas para tan sólo los primeros meses, y hacia el segundo año de la guerra, los encargados de los suministros tuvieron que hacer recortes en las raciones para poder alimentar a todos los soldados.
En 1916, la ración británica de carne se redujo a 175 gramos, las tropas en la retaguardia ya sólo recibían carne 4 ó 5 días por semana y la mayoría consistía en la célebre carne enlatada conocida como bully beef importada de Uruguay (conocida en Estados Unidos como Spam). Antes de que terminara el año, la ración de pan quedó en la mitad del original, e incluso se tuvo que empezar a hornear pan con harina de nabos, ya que los suministros de trigo provenientes de los Estados Unidos se habían visto mermados por los ataques submarinos alemanes en el Atlántico. En 1917, la dieta básica de las tropas en las trincheras se había reducido a una sopa de guisantes y harina de nabo con trocitos de carne de caballo, y los cocineros se vieron obligados a añadir a sus recetas vegetales como cardos y hierbajos que encontraban en los campos aledaños para darle algo se sustancia a sus guisados. Peor aún, cada cocina regimental contaba sólo con dos grandes ollas que utilizaban para todo y la transportaban al frente en cualquier tipo de contenedor disponible, incluidos las latas de combustible, transmitiendo toda clase de sabores a la comida que, además, llegaba fría a su destino, cuando llegaba. También se hizo famoso el Maconochies, una sopa enlatada de zanahorias y nabos, que calentada en el mismo bote era “aceptable” según los soldados, pero fría era incomible. Cuando las cosas se pusieron más feas en el frente y las líneas de suministro no alcanzaban las trincheras, algunos hambrientos incluso tuvieron que comer ratas.
Para los franceses el menú tampoco estaba para tirar cohetes, y eso probablemente dolía más a los soldados de una nación orgullosa de su cultura gastronómica. Durante la Batalla de Verdún y, a pesar de la interminable entrada de camiones con suministros por la “Vía Sagrada”, era tal el número de hombres
que pronto aparecieron carencias nutritivas en los soldados. Entonces, un incauto político, con la intención de confundir al enemigo, afirmó en una entrevista que los soldados franceses comían dos veces al día. Pronto le llegaron 200.00 cartas de los soldados burlándose y quejándose de tamaña aseveración. Los alemanes no comían mejor, pero al menos su situación no era tan desesperada como la que sufría la población civil en el “frente doméstico”. En el invierno de 1916-1917, debido en parte al bloqueo marítimo impuesto por Gran Bretaña pero también porque las lluvias de otoño habían estropeado la cosecha de la patata, se desató un hambruna en la que perecieron más de medio millón de alemanes, y los que sobrevivieron, tuvieron que hacerlo rebuscando en los campos cualquier cosa que se pudiera comer, dando lugar al “Invierno de los Nabos”.La hambruna provocó huelgas y protestas a lo largo de toda Alemania. El tejido industrial y agrícola, que ya sufría por la falta de hombres, terminó por colapsarse, y con él la cohesión social y la estabilidad política, siendo una de las razones por las que en 1918 el Alto Mando decidió pedir al gobierno la rendición. Pero todos los países contendientes pedían ya la hora, y nadie sabe qué hubiese sucedido si la guerra dura algunos meses más. Irónicamente, algunos de los productos tan criticados por los soldados en las trincheras, se volvieron muy populares a su regreso a casa, una muestra más de que el hombre no sólo es capaz de adaptarse a cualquier alimento, sino que termina por cogerle gusto






















