Capítulo 1 – El viaje que no debía ocurrir
Lima, verano de 2015. El calor caía sobre los techos de Miraflores como una advertencia. La ciudad se sentía inquieta, entre las noticias de protestas por Tía María y los titulares de los nuevos escándalos políticos. En los balcones, la música de Gian Marco se mezclaba con el rumor del tránsito, y en la habitación de Fany, el ventilador giraba con pereza, empujando un aire tibio que olía a sal y perfume.
Abel había llegado sin anunciarse. No se veían desde hacía meses, pero bastó una mirada para que la tensión se instalara, densa, inevitable. Ella lo recibió con un gesto que mezclaba sorpresa y resignación. En su casa, el reloj de pared marcaba las seis de la tarde cuando él cruzó la puerta y dejó el maletín sobre el sofá. Ninguno habló del pasado, solo de aquel fin de semana que ambos sabían que no debían planear.
La conversación empezó entre tazas de café y risas contenidas. Fany hablaba de lo cansada que estaba de Lima, del tráfico, de los días idénticos. Abel, con voz más baja, le propuso escapar. “Un fin de semana, nada más. Chiclayo, sol, mar y silencio. Solo eso.” Ella lo miró largo rato, fingiendo pensar, aunque por dentro ya había dicho que sí.
La noche cayó con lentitud. Fany caminó hasta la ventana y abrió las cortinas. El reflejo de la ciudad se coló entre sus hombros desnudos y el brillo de sus pendientes. Abel la observó sin decir palabra. Había algo en su forma de moverse, en la naturalidad con que volvía a habitar su propio cuerpo, que lo desarmó.
La charla derivó en recuerdos: los viajes a Barranco, las películas de los domingos, las promesas que nunca cumplieron. Entre palabra y palabra, las distancias se deshicieron. Un roce en la mano, un silencio prolongado, una mirada que duró más de lo debido. La casa entera parecía contener la respiración.
El ventilador seguía girando, lento, como si midiera el ritmo de lo que estaba ocurriendo. Afuera, un mototaxi pasó por la avenida, y por un instante, Lima quedó muy lejos. En ese rincón del mundo, solo quedaban ellos dos, intentando entender por qué la vida siempre los traía de vuelta al mismo punto.
Esa noche, entre la penumbra y los murmullos del verano, decidieron que viajarían. Que nadie debía saberlo. Que el viaje sería su secreto. Chiclayo los esperaba con sus playas ardientes y su aire de complicidad. Pero ni Fany ni Abel imaginaban que aquel fin de semana, nacido de una nostalgia silenciosa, marcaría el comienzo de algo que los perseguiría durante años.
Solo les dijo a sus padres, apis, voy con la Andrea, así, respondieron, ya mi amor. Era un fin de semana, pero no, era su amigo, uno cariñoso, que, si bien era fotógrafo, lo conoció en una mañana de aventura, de trecking, de deporte de aventura, congeniaron rápido y como le gusta o como se dice, es de los suyos. Alto, morocho, pijón. Lo descubrió un viernes en que lo citó solo para tomar, pero tragos van, tragos vienen, y la tanga desaparece.
Cuando lo tuvo adentro, pidió chepa, no sabía cómo, esa noche entera le dieron duro como novatos. Ella bien reventada, detonada, es más, ni fue a trabajar. Ella por ese entonces laburaba con el papá, era su vendedora estrella de autopartes. Miles de historias empezarían a nacer con ese amante furtivo y el prototipo del semental que le dure, aunque igual, le daría forata, lo chotearía por muchas veces, ya que ella es fiel a sus infidelidades……………
Capítulo 2 – Arena y silencio
El sol de Pimentel los recibió con un resplandor que quemaba los párpados. Chiclayo tenía ese aire de provincia que mezcla rumor de mercado, olor a pescado fresco y risas de verano. Fany llevaba un vestido de lino blanco; Abel, una camisa abierta y una cámara colgada al cuello. Todo parecía improvisado, pero cada gesto tenía la precisión de una escena que ambos habían esperado.
Caminaron por la playa hasta donde las sombrillas se volvían manchas lejanas. Las olas rompían con pereza, dejando una espuma espesa que se adhería a los tobillos. Ella hablaba poco, él observaba todo. En el aire flotaban canciones de moda: “Photograph” sonaba desde una radio cercana, y algunos jóvenes jugaban vóley al ritmo del reguetón que recién comenzaba a dominar las tardes.
En un pequeño hospedaje junto al malecón, Fany y Abel se refugiaron del calor. El cuarto olía a madera y mar. En la mesa había dos vasos, una botella de pisco y la promesa de un día sin culpa. El reloj marcaba la hora sin que a ninguno le importara. El murmullo del mar se mezclaba con los sonidos del cuarto: los pasos sobre el piso de cerámica, las cortinas moviéndose como si también respiraran.
Esa tarde, cuando el sol cayó, salieron al malecón. Abel tomó una foto de Fany mirando el horizonte, el cabello revuelto por el viento, la mirada perdida en la línea del mar. La foto no fue publicada, ni guardada. Fue solo un instante suspendido, como su historia.
Ella vestía como casi siempre anticuada, no se porque, pero le encanta ropa ancha, casi de hombre. Tanga de dos piezas, pero algo matapasiones, color lila, una gorra, bloqueador, una toalla, sandalias y se fueron lejos. Era de día, mucho sol, transpirados, el empezó a jugar, a molestarla, le estiraba el tirante de la tanga, ella reía, ella lo miraba con cara de puchero, el se cagaba de riso, en eso, la atrae hacia ella, la abraza, mientras se comen a besos, la manosea, mueve sus nalgotas, estira mas la ropa de baño, mete mano por debajo, a su antojo, ella jadea, empiezan a desnudarse, se sientan, y ella lo mira, lo saca, lo estira, lo sopla, lo escupe y se lo traga en una. Dice, wowwwwwwwwwwww, una delicia, desde hoy será para mi sola. El solo sonríe, siguen en lo suyo y empiezan a hacerlo. Pese a la arena, el clima, se olvidan de medio mundo y sobre una piedra grande, la pone en 4 para darle con todoooooooooooooo…………
En la noche, caminaron por el centro de Chiclayo. La ciudad tenía vida propia: luces, ruido, niños corriendo, parejas riendo, vendedores gritando “¡chicharrón caliente!”. Pasaron por el parque principal, donde un grupo de músicos tocaba una marinera norteña. Fany se detuvo un segundo, tomó la mano de Abel y dijo: “Esto se siente como un recuerdo que aún no ha pasado”. Y lo fue.
Capítulo 3 – Regreso a Lima
El viaje de regreso fue silencioso. El bus avanzaba por la Panamericana mientras el cielo se teñía de gris. Fany apoyó la cabeza en el hombro de Abel, pero su mirada estaba en otra parte. Sabía que al llegar todo volvería a su sitio, que la rutina los devoraría y que el secreto empezaría a pesar.
En las noticias del bus, una voz hablaba de elecciones, de encuestas, de promesas. Lima los esperaba con su ruido, con su desorden, con su pasado. Fany fingía dormir; Abel miraba por la ventana sin decir palabra. Habían vivido algo que no se podía explicar sin destruirlo.
En eso a ella se le ocurre algo, no le dice, se levanta, estira, se da un masaje y se percata que como ya están cerca de casa, hay muchos asientos vacíos. Estira las piernas, y en eso le dice con la mirada y un leve gesto con el dedo que se levante su amante de turno. Ni corto ni perezoso, se pone atrás de ella y ayudados por el bamboleo del bus ya que iba entrando a varias curvas, aprovechan en sentirse cerca, penetrarla, gemir y el taparle la boca porque ella grita que le encanta lo que recibe…………..
Al llegar a la capital, ella lo despidió con un beso breve, casi formal. “Gracias por el viaje”, dijo, sabiendo que ninguna frase podría resumir lo que sentía. Abel asintió, la vio subir a un taxi y desaparecer entre el tráfico de Javier Prado.
Esa noche, en su departamento, Fany no encendió las luces. Se dejó caer en el sofá y miró el vacío. Las imágenes volvían una tras otra: la playa, la risa, el calor, la culpa. Tenía que contarle a su pareja, pero ¿cómo hacerlo sin destruir todo lo que aún quedaba en pie?
Capítulo 4 – Confesión y vértigo
El día amaneció turbio. Lima parecía cubierta por una neblina más densa que de costumbre. Fany decidió hablar. Lo citó en un café de Magdalena, uno de esos lugares donde nadie escucha y todos fingen no mirar. Su pareja llegó con gesto tranquilo, sin imaginar lo que venía.
Fany habló con la voz entrecortada. Dijo nombres, fechas, lugares. Mencionó a Chiclayo, la playa, el viaje. Él la escuchó sin interrumpirla, moviendo apenas la cucharita del café. El silencio que siguió fue largo, casi insoportable. Ella esperó insultos, lágrimas o reproches. Pero él solo dijo: “¿Por qué me lo cuentas?”. Fany no supo responder.
Salieron del café sin mirarse. Caminaron por el malecón, hasta donde el viento golpeaba con fuerza. Él tomó su mano, como si nada hubiera cambiado, y de pronto la atrajo hacia sí. Fue un gesto impulsivo, casi irracional. Entre el ruido del mar y los murmullos de la ciudad, se besaron. No había lógica, ni perdón, solo deseo y una necesidad desesperada de borrar lo ocurrido.
Esa tarde, en un rincón del parque, el mundo pareció desvanecerse. Fany comprendió que no se trataba de amor ni de culpa, sino de algo más profundo: el miedo a perder lo que ya se había perdido hacía tiempo.
Pero como todo en su vida, el dolor le dura poco, luego de olvidar a un ex, a otro, a unos cuantos, pese a quererlos, decirse, decirles, contarles a medio mundo que los amó, se aproxima a un nuevo ser………………
Capítulo 5 – Ecos del verano
Semanas después, Lima volvió a su ritmo. Fany seguía con su pareja, aunque algo en su mirada se había apagado. Abel desapareció de su vida sin despedidas. A veces, en las noches, ella pensaba en él, en el viaje, en el rumor del mar golpeando la arena.
El verano de 2015 terminó con lluvias prematuras y titulares sobre la inminente llegada del Fenómeno del Niño. En la televisión, las playas se mostraban vacías, y el país parecía prepararse para otra tormenta. Fany apagó el televisor, cerró los ojos y juró no volver a mirar atrás. Pero el sonido del mar seguía dentro de ella, como una voz que no se apaga del todo.
En algún lugar de la ciudad, Abel también recordaba. A veces creía oír su risa en los bares de Barranco o en el eco de una canción vieja. Ninguno volvió a hablar del viaje. Sin embargo, ambos sabían que aquel fin de semana en Chiclayo había sido más que una escapada. Fue un paréntesis de vida, un secreto que sobreviviría al tiempo, al silencio y a la culpa.
Y así, mientras la ciudad seguía su curso indiferente, las olas del norte seguían repitiendo, una y otra vez, la historia de Fany y Abel.