El juego prohibido con Shely – La visita de los bikinis
Era una tarde de sábado en 2019, yo solo en mi departamento de Pueblo Libre. Sonó el timbre y ahí estaba Shely, fresca como siempre, con esa sonrisa de niña traviesa que me desarma. Vestido corto veraniego, sandalias, bolso grande al hombro. "¡Amorcito! Vine rapidito... mi amiga me regaló un montón de bikinis nuevos, están en su carro afuera, pero tengo que probármelos ahora o los devuelvo mañana. ¿Me dejas usar tu cuarto?".
La dejé pasar, oliendo su perfume dulce norteño. Subimos al dormitorio, ella sacó uno por uno los bikinis del bolso —rojo, negro, azul turquesa, todos diminutos, brasileños, de esos que apenas cubren lo esencial—. "Ayúdame a ver cuál me queda mejor, papi", dijo con voz de niña, empezando a desvestirse delante mío sin pudor.
Se quitó el vestido lento, quedando en bragas y sostén negro. Su cuerpo trigueño, tetas grandes y pesadas, cintura marcada, culo redondo y carnoso. Se desabrochó el sostén, los pechos cayendo libres, pezones oscuros ya un poco duros por el aire acondicionado. Luego las bragas, girándose para que viera su culo perfecto, depilado como siempre. Desnuda total, se probó el primer bikini rojo: la parte de abajo se hundía entre sus nalgas, arriba apenas contenía sus tetas.
"¿Qué tal?", giró, contoneándose. Yo ya estaba duro, sentado en la cama mirándola. "Estás para comerte, Shely". Ella rio, acercándose, sentándose en mis piernas a horcajadas. "¡Ay, qué malo! Solo vine a probarme ropa...". Pero ya me besaba, lengua profunda, sus tetas apretadas contra mi pecho. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochando, sacándome la pija dura. "Mira cómo te pones por mí...".
Me apretó fuerte, masturbándome lento, mirándome con ojos de niña inocente. "Me gusta cuando se te pone así de dura...". Se arrodilló entre mis piernas, escupió en la punta, saliva caliente resbalando, y empezó a mamarme despacio, lengua girando alrededor del glande, tragando hasta la mitad, gimiendo como si disfrutara más ella que yo. Sus tetas rebotando con cada movimiento de cabeza, una mano masajeándome las bolas. "Mmm... rica tu pija, amor...".
Yo la agarraba del cabello, empujando suave. "Shely... puta... chúpamela toda". Ella gemía afirmativo, saliva chorreando por mi verga, pero de repente se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. "¡Otro día, amor! Tengo que devolverle los bikinis a mi amiga... está esperándome afuera". Se puso de pie, ajustándose el bikini rojo, sus pezones marcados en la tela fina.
La manosée toda mientras se probaba los demás: le apretaba las tetas por encima del top, metía dedos por debajo de la tanga, rozándole el coño ya mojado. Ella gemía, empujando contra mi mano, pero siempre con esa voz de niña: "¡Ay, no seas malo! Solo estoy probándome...". Terminó con el negro, el que más le marcaba el culo, y dijo: "Este me lo quedo... gracias, papi". Beso rápido y salió corriendo hacia la puerta.
La acompañé hasta el ascensor, todavía con la erección dolorosa. La vi bajar las escaleras corriendo, contoneando el culo en ese bikini cubierto apenas por el vestido corto. Llegó al carro estacionado a media cuadra —un SUV gris— y en vez de subir al asiento del copiloto, se acercó al conductor, un tipo alto, moreno, de unos 30, con polo ajustado. Se besaron fuerte, lengua y todo, sus manos en el cuello de él, el cuerpo pegado. Él le apretó el culo por encima del vestido.
No pude evitarlo. La llamé al celular. Contestó riendo, voz agitada.
"¡Ay, no molestes! Sí, es mi amigo... un amigo especial. Vamos a tirar, amor... toda la tarde y noche. No me llames más, ¿ya?". Colgó.
Intenté llamarla toda la noche: apagado o fuera de cobertura. Me imaginé todo: ella en el asiento trasero del carro, chupándole la pija a él, luego montándolo en un hotel no tan barato, gritando como conmigo pero con otro. Me masturbé dos veces pensando en eso, enojado y excitado a la vez.
Al día siguiente, domingo mediodía, mensaje suyo: "Ya estoy en el bus de vuelta a Chiclayo... ¿nos vemos la próxima?". La llamé enojado. Contestó con voz de niña dormida.
"¡Ay, amor! No te enojes... te cuento todo, pero no te pongas celoso, ¿ya?".
Y me contó con lujo de detalles, voz calmada, como si hablara del clima.
"Apenas subí al carro, nos besamos como locos. Me metió mano por debajo del vestido, me encontró mojada porque tú me habías calentado con tus dedos. Me dijo 'qué rica estás, Shely'. Fuimos a un hotel decente. Apenas cerramos la puerta, me quitó el bikini nuevo —el negro que me dejaste— y me chupó las tetas fuertes, mordiendo los pezones hasta que grité. Me puso en cuatro en la cama y me lamió el culo y el chocho desde atrás... nunca me habían hecho eso tan rico.
Después me monté encima, su pija es más gruesa que la tuya, amor... me llenó toda. Cabalgué como loca, mis tetas rebotando en su cara. Me corrió dos veces así. Luego me puso contra la pared, de pie, y me cogió fuerte, una mano tapándome la boca porque gritaba mucho. Me vine otra vez, chorros en el piso. Al final me llenó la boca... me gusta tragarme todo, ya sabes.
Dormimos un rato, y en la noche repetimos: en la ducha, anal un ratito —me dolía rico—, y otra vez en la cama hasta las 4 a.m. Me dejó mordidas en las tetas y el culo... mira, te mando foto".
Me llegó la foto: sus tetas marcadas, pezones rojos, chupones en el cuello.
Y al final, con voz dulce de niña: "Tú no debes enojarte, amor... tú me dejaste hace años, tú tienes a tu novia ahora... y yo soy libre. Me gusta culear con otros, me gusta que me cojan rico... pero contigo es diferente, contigo juego a ser tu putita. La próxima vez que venga, te chupo hasta el final, ¿ya? Besitos".
Colgó. Yo quedé duro otra vez, enojado, excitado, sabiendo que volvería a caer en su juego. Shely... siempre la misma. Libre, puta, y mía solo cuando ella quería.
La confesión del deportista y el Año Nuevo
Era enero de 2018, Shely acababa de volver de Chiclayo después de las fiestas de fin de año. Llegó a mi departamento sin avisar, como siempre, con una maleta pequeña y esa carita de niña que no ha roto un plato. "¡Amorcito! Feliz año nuevo... te traje regalitos de la playa", dijo abrazándome fuerte, sus tetas grandes apretadas contra mí, oliendo a sol y sal marina.
Nos sentamos en el sofá, yo con una cerveza, ella con un jugo —siempre fingiendo ser la sana—. Empezó a contarme "aventuras" del viaje, pero yo sabía que venía lo bueno. Le apreté la pierna, subiendo la mano por su short corto. "Dime la verdad, Shely... ¿qué hiciste en fin de año?"
Ella rio, voz de niña inocente, abriendo los ojos grandes. "¡Ay, no seas malo! Solo fui a la playa con amigas... pero... bueno, te cuento porque eres mi mejor pata". Se acomodó en mis piernas, rozándome "sin querer", y empezó la confesión, susurrando al oído mientras yo le manoseaba las tetas por debajo de la blusa.
"Conocí a un deportista en el gimnasio de Chiclayo... alto, musculoso, juega vóley profesional. Se llama Renato. Me invitó a viajar con él por fin de año... a Máncora y luego playa Pimentel en Chiclayo. Dije que sí porque... bueno, soy libre, ¿no?"
Yo ya estaba duro, apretándola más. "Puta... cuéntame todo".
Ella gemía bajito con mis dedos en sus pezones, pero seguía con voz angelical: "En el bus interprovincial de Chiclayo a Máncora... noche larga, el bus casi vacío atrás. Nos tapamos con una manta... me bajó el short, me metió dedos mientras yo le sacaba la pija... gruesa, amor, más venosa que la tuya. Me monté encima disimuladamente, el bus moviéndose... tiramos rico, él tapándome la boca porque gemía fuerte. Me corrí dos veces, él adentro... casi nos descubren porque el chofer frenó fuerte y la manta se cayó un poco. ¡Ay, qué vergüenza, pero qué rico!"
Siguió, excitada contando: "En la playa de Pimentel... fin de año, sol fuerte. Bikini nuevo, chiquito. Nos metimos al agua... él me quitó la parte de arriba debajo del mar, me chupaba las tetas mientras olas nos tapaban. Salimos y tiramos en la arena detrás de unas rocas... me puso en cuatro, mirando el mar, embistiéndome fuerte. Unos pescadores pasaron cerca... casi nos ven, tuvimos que correr semidesnudos a su auto. ¡Perdí la parte de arriba del bikini! Quedé con las tetas al aire corriendo, riéndome como loca. En el auto seguimos... me cogió en el asiento trasero, vidrios empañados, hasta que anocheció."
Yo la besaba furioso, metiéndole mano por debajo del short, encontrándola mojada. "Puta... te encanta engañar...".
"Sí... me encanta... pero contigo es diferente, eres mi pata".
Después de una semana, volvió a Lima "por trabajo". Llegó una noche, con cara de cansada, pero ojos brillantes. "Amor... te cuento más aventuras, pero solo como patas, ¿ya? Nada de sexo hoy". Se quedó a dormir, en mi cama, como si nada. Se quitó todo menos un calzoncito negro chiquito, tetas grandes libres, culo redondo rozándome "accidentalmente" toda la noche. Yo duro como piedra, intenté tocarla, besarla, pero ella me apartaba suave, riendo: "¡No, malo! Solo dormir... soy tu mejor pata, confío en ti". Se acurrucaba contra mí, su culo apretado contra mi pija, respirando caliente en mi cuello, pero nada más. Ella ganaba, dominaba el juego. Me dejó toda la noche excitado, sin dormir, sufriendo rico.
Al amanecer, antes de irse, se arrodilló en la cama, voz de niña: "Bueno... un regalito por ser buen pata". Me mamó despacio, escupiendo saliva caliente, tragando profundo, mirándome con ojos inocentes mientras sus tetas rebotaban. Me corrí en su boca, ella tragando todo, lamiendo limpio. "Rico desayuno... pero nada más, ¿ya?". Beso en la mejilla y se fue.
La acompañé a la puerta. Abajo esperaba un auto lujoso, un Mercedes negro, vidrios polarizados. Un tipo bajito pero elegante, traje caro, como de 40 años. Ella corrió, subió, y antes de cerrar la puerta lo besó fuerte, lengua visible. El auto arrancó rápido.
La llamé enojado. Contestó riendo: "¡Ay, amor! Es un ingeniero... cliente de la empresa. Nos vamos a desayunar... y a cachar como locos en su auto, ya sabes. No molestes, pata".
Semanas después, volvió. Otra noche en mi cama, contándome todo con lujo de detalles, voz calmada y pícara.
"Aquel día, apenas cerró la puerta del Mercedes... me metió mano, me subió el vestido, me encontró sin bragas porque iba preparada. Me bajó la cabeza al asiento y me chupó el coño mientras manejaba por la Costa Verde. Aparcó en un lugar oscuro... me quitó todo, me puso en el asiento trasero, piernas abiertas. Su pija no tan grande, pero sabe usarla... me cogió fuerte, me corrí gritando, él tapándome la boca con su corbata. Luego anal... lento al principio, porque me gusta que duela rica... me llenó ahí también. Repetimos en el capó del auto, yo encima, tetas al aire... casi pasa un patrullero, pero no nos vio. Fue loco, amor... gocé como nunca".
Al final, acurrucada contra mí otra vez (solo dormir, nada más), me dijo suave: "Tú no debes enojarte... tú me dejaste en 2010, tú tienes a tu novia ahora... y yo soy libre. Soy tu pata, tu mejor pata... pero nada de sexo exclusivo.
Shely siempre ganaba. Dominaba el juego, me tenía en sus manos... o en su boca, cuando quería. La puta libre que volvía por más
El juego prohibido con Shely – La aventura salvaje en Pimentel
Shely me lo contó toda esa noche por teléfono, su voz baja y ronca, entrecortada por risitas de niña traviesa, como si estuviera tocándose mientras revivía cada segundo. Yo en mi cama, solo, la pija dura en la mano, escuchando cómo se había follado a Renato en la playa de Pimentel aquel 31 de diciembre de 2017. "Amorcito... ¿seguro quieres todos los detalles? Vas a ponerte celoso... pero también duro, ¿verdad?", me provocó antes de empezar, y yo solo gemí un "sí" desesperado.
Llegaron a Pimentel al mediodía, el sol abrasador quemando la arena fina y dorada, el mar Pacífico rompiendo en olas suaves y constantes, el aire cargado de sal y olor a pescado fresco de los caballitos de totora que salían de la caleta. Renato la tomó de la mano y la arrastró directo al agua, sin perder tiempo. Shely llevaba ese bikini azul turquesa diminuto que le regalaron: la tanguita se hundía profundo entre sus nalgas carnosas y trigueñas, marcando el contorno de su chocho depilado; arriba, el top triangular apenas cubría sus areolas oscuras, sus tetas grandes y pesadas amenazando con desbordar con cada movimiento.
"Entramos al agua hasta el pecho, amor... olas rompiendo contra nosotros, el agua fresca rozándome los pezones que ya estaban duros como piedritas. Renato me agarró por la cintura gruesa, me pegó a su cuerpo duro de deportista, y me besó como animal: lengua invadiendo mi boca, mordiéndome los labios, una mano bajando directo a mi culo, separando las nalgas bajo la tanguita". Shely jadeaba recordándolo, yo oyendo su respiración acelerada al teléfono. "Me quitó el top despacio, debajo del agua... mis tetas flotando libres, pesadas, moviéndose con las olas. Me chupó un pezón fuerte, succionando como si quisiera leche, mordiendo hasta que dolía rico, mientras con la otra mano me apartaba la tanguita y me metía dos dedos gruesos adentro... curvándolos, golpeando mi punto G, haciendo que mis jugos calientes se mezclaran con el mar salado".
Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura musculosa, flotando, su coño rozando la pija dura de él bajo el short. "Sacó su pinga... gruesa, venosa, más larga que la tuya, amor... la cabeza hinchada rozándome la entrada. Me penetró ahí mismo, en el mar... despacio al principio, el agua resistiendo, pero una vez adentro... ¡me llenó toda! Embestía profundo, olas empujándonos, yo mordiéndole el hombro para no gritar. Me follaba con fuerza contenida, sus bolas golpeando mi culo bajo el agua... me corrí rápido, temblando entera, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes saliendo y perdiéndose en el océano. Él siguió, gruñendo contra mi cuello, hasta que se corrió dentro... chorros gruesos y calientes inundándome, sintiendo cómo me marcaba".
Salieron del agua jadeando, riendo nerviosos. Shely sin top —lo perdió en el fondo del mar—, tapándose las tetas grandes con los brazos, pezones erectos y rojos por los mordiscos, brillando de agua salada. Corrieron por la arena caliente hacia unas rocas grandes al norte de la playa, lejos del muelle y los pescadores con caballitos de totora. "Me tiró en la toalla extendida en la arena ardiente... el sol quemándome la piel, arena pegándose a mi espalda sudorosa. Me abrió las piernas en V, me quitó la tanguita empapada de un tirón y enterró la cara en mi coño... lamiendo salvaje, lengua plana contra mi clítoris hinchado, chupando sus propios jugos mezclados con el mar, metiendo la lengua adentro como si quisiera follarme con ella. Yo le agarraba el cabello corto, empujando su cabeza más profundo, arqueando la espalda, tetas rebotando al aire libre... ¡me vine en su boca, chorros fuertes salpicándole la cara!".
Renato no esperó. La puso en cuatro, culo carnoso en alto, arena pegándose a sus rodillas. "Me penetró brutal desde atrás... su pinga gruesa abriéndome de nuevo, embestidas fuertes y rápidas, sus bolas aplaudiendo contra mi clítoris. Una mano tirándome del cabello, obligándome a arquearme más, la otra pellizcándome los pezones colgantes. Me tiraba como perra en celo, diciéndome 'puta rica... esta papa es mía hoy'... yo empujaba hacia atrás, exigiendo más, gritando '¡Dameeeeeeeee más fuerte, Renato... rómpeme!'". Cambiaron a misionero en la arena: ella boca arriba, piernas sobre sus hombros anchos, él embistiendo profundo, casi doblándola en dos. Sus tetas rebotando violentas contra su propio pecho, él chupándolas con furia, dejando mordidas rojas. "Me vine otra vez, convulsionando, uñas clavadas en su espalda musculosa... él se corrió gruñendo, inundándome de nuevo, semen caliente rebosando y goteando por mi culo a la arena".
Pero el riesgo los excitó más. Unos pescadores pasaron cerca con sus redes, vieron movimiento detrás de las rocas y gritaron algo. "¡Corrimos como locos! Yo semidesnuda, tetas rebotando al aire, pezones duros y marcados, arena pegada a la piel sudorosa... Renato con el short a medio poner, pija aún semidura balanceándose. Reímos histéricos mientras corríamos al auto estacionado en el malecón, el sol cayendo ya".
En el auto —un SUV con vidrios polarizados—, no pudieron esperar. "Apenas cerramos las puertas, me tiró al asiento trasero... me abrió de piernas, enterró la cara en mi coño otra vez, lamiendo el semen suyo que chorreaba, chupando mi clítoris hasta que grité. Luego me monté encima, cabalgando como loca... mis tetas en su cara, él succionando pezones mientras yo subía y bajaba furiosa, su pinga golpeando profundo. Me corrí gritando, chorros empapando sus bolas y el cuero del asiento". Finalmente, la locura anal: ella de rodillas en el asiento, culo en alto, él escupiendo saliva en su ano apretado, entrando despacio. "Dolió delicioso al principio... pero luego embestía profundo, una mano frotándome el clítoris hinchado, la otra apretándome una teta. Me vine analmente, temblando entera, coño chorreando sin tocarlo... él se corrió adentro del culo, chorros calientes llenándome hasta rebosar".
"Pasamos la entrada de año en un hotel cerca, pero esa tarde en Pimentel fue la más loca... casi nos ven tres veces, amor... pero valió cada segundo". Shely terminó la confesión jadeando, como si se hubiera corrido recordándolo. "No te enojes... soy libre... pero tú siempre serás mi amigo favorito para contar estas cosas ricas".
Y yo, corriéndome solo en la cama escuchándola, sabiendo que era verdad pura. Shely... la puta más deliciosa que nunca fue mía del todo.
El juego prohibido con Shely – Otra aventura con Renato y la noche en su trabajo
Shely me llamó una semana después de contarme lo de Pimentel, su voz al teléfono era un susurro cargado de picardía, como si estuviera reviviendo el calor mientras hablaba. "Amorcito... ¿quieres saber de otra aventura con Renato? Fue unos días después de Año Nuevo, en Chiclayo... no pude resistirme, lo busqué en el gimnasio y terminamos follando como animales. Pero te cuento todo, detalle por detalle, porque sé que te pone duro escucharme... y no te enojes, eh, soy tu pata libre". Yo ya estaba excitado solo con su tono, imaginándola en su cama, tocándose mientras confesaba.
Todo empezó en el gimnasio donde lo conoció, un lugar grande en el centro de Chiclayo, con máquinas brillantes, olor a sudor y música reggaetón retumbando. Shely fue "a entrenar", pero en realidad a buscarlo. Llevaba un top deportivo ajustado que marcaba sus tetas grandes y pesadas, pezones oscuros visibles a través de la tela delgada por el sudor fingido; abajo, leggings negros que se pegaban a su culo redondo y carnoso, dejando poco a la imaginación. Renato la vio desde el área de pesas, su cuerpo atlético brillando de transpiración, músculos definidos tensos bajo la camiseta sin mangas. "Me miró como un depredador... me llevó a un rincón apartado, detrás de las máquinas de cardio, donde nadie pasaba".
Apenas se escondieron, él la empujó contra la pared fría del gimnasio, besándola con furia animal, lengua invadiendo su boca, saboreándola como si tuviera sed. Sus manos grandes y callosas subieron por su top, liberando una teta, amasándola fuerte, pellizcando el pezón erecto hasta que dolió delicioso. "¡Renato... aquí no... alguien puede vernos!", susurró ella con voz de niña asustada, pero empujando las caderas contra su entrepierna, sintiendo su verga bien gruesa endureciéndose bajo el short. Él rio ronco, bajando el top del todo, exponiendo ambas tetas al aire acondicionado, pezones duros como diamantes. "Cállate y déjame darte duro puta... sabes que te encanta el riesgo".
La volteó de cara a la pared, bajándole los leggings y la tanguita de un tirón, dejando su culo carnoso al aire, coño depilado brillando de humedad. Se arrodilló detrás, separando sus nalgas con manos firmes, y enterró la lengua en su ano apretado primero, lamiendo en círculos, metiéndola profunda mientras con dos dedos invadía su coño chorreante. Shely gemía ahogado, mordiéndose el brazo para no gritar, tetas aplastadas contra la pared fría, pezones rozando el metal. "¡Ah... Renato... tu lengua... me vas a hacer venir ya!". Él chupaba voraz, alternando entre ano y clítoris, succionando fuerte, sus dedos curvados golpeando su punto G hasta que ella convulsionó, corriéndose en chorros calientes que salpicaron sus botas de gym.
Sin darle respiro, Renato se puso de pie, sacó su pija venosa y gruesa —cabeza hinchada, brillante de presemen—, y la penetró de una embestida brutal desde atrás. Shely gritó bajito, sintiendo cómo la abría entera, su coño apretado envolviéndolo como un guante caliente. Él embestía salvaje, una mano tapándole la boca, la otra agarrando su cadera, tirando de ella para clavarla más profundo. "Puta caliente... este coño es mío... te follo mejor que tu ex, ¿verdad?". Ella empujaba hacia atrás, culo aplaudiendo contra sus muslos, tetas rebotando libres. "¡Sí... fóllame más... tu pinga me rompe... me encanta ser tu puta!".
Cambió de pose: la levantó contra la pared, piernas de ella envolviéndolo, penetrándola de pie con embestidas que la hacían rebotar. Sus tetas en la cara de él, él chupando un pezón mientras follaba, mordiendo fuerte, dejando marcas rojas. Shely se corrió otra vez, uñas clavadas en su espalda, chorros empapando sus bolas. "¡Me vengo... Renato... lléname!". Él gruñó, acelerando, hasta eyacular profundo, chorros calientes inundándola, rebosando por sus muslos.
Pero no pararon. Renato la llevó a los vestidores vacíos —era hora de cierre, pocos clientes—, y en una banca la puso a cuatro patas otra vez, culo en alto, embistiendo anal ahora. Lubricó con saliva y jugos de ella, entrando despacio al principio, su ano apretado resistiendo, pero luego follando profundo. Ella gritaba contra una toalla, tetas colgando y rebotando con cada embestida. "¡Duele rico... rómpeme el culo... soy tu putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!". Él pellizcaba sus nalgas, una mano bajando a frotar su clítoris hinchado, haciendo que se corriera analmente, temblando entera. Finalmente, se corrió en su boca, ella tragando todo, lamiendo limpio con ojos de niña satisfecha.
"Después de eso... me pidió que fuera a su trabajo esa misma noche. Es entrenador en un gimnasio privado de Chiclayo, grande, con sauna y todo. Me dijo 'arreglo todo para que nos quedemos solos... nadie sabrá, puta... toda la noche para follarte'". Shely aceptó, excitada por el riesgo.
Llegó a medianoche, el gimnasio cerrado, luces apagadas. Renato la esperó en la puerta trasera, la metió rápido. Había arreglado todo: cámaras desconectadas, alarma desactivada, puertas cerradas con llave. "Nadie viene hasta mañana... eres mía toda la noche", gruñó besándola contra la recepción, quitándole la ropa de un tirón. Shely quedó desnuda en segundos, tetas grandes libres, coño ya chorreando de anticipación.
Empezaron en las máquinas de pesas: la sentó en una banca inclinada, abrió sus piernas y la lamió voraz, lengua profunda en su coño, chupando clítoris hinchado como una fruta madura. Ella agarrada a las barras, arqueando la espalda, tetas rebotando con cada lamida. "¡Renato... tu boca... me vas a hacer squirt!". Y lo hizo: chorros calientes salpicando su cara, él bebiendo todo, gruñendo de placer.
La folló en la elíptica: ella de pie, inclinada, él detrás embistiendo profundo, el movimiento de la máquina sumándose a sus empujes. Sus bolas golpeando su culo, una mano amasando sus tetas colgantes, pellizcando pezones. Ella gritaba libre ahora, eco en el gimnasio vacío: "¡Más fuerte... rómpeme... tu pinga me llena toda!".
En la sauna, calor sofocante: sudor corriendo por sus cuerpos, ella montada encima en el banco de madera, cabalgando furiosa, tetas rebotando en su cara para que las chupara. Él mordiendo pezones, manos en su culo guiándola arriba y abajo. "Puta caliente... suda para mí... córrete en mi verga". Ella se vino temblando, chorros empapando sus muslos, el vapor haciendo todo más resbaloso y caliente.
Anal en la piscina interna: flotando en el agua tibia, ella con piernas abiertas, él entrando por detrás despacio, el agua lubricando. Embestidas lentas pero profundas, ella gritando eco en el techo: "¡Rómpeme el culo... me encanta tu pinga gruesa ahí!". Se corrió analmente, convulsionando en el agua.
Toda la noche así: en las colchonetas de yoga, 69 con ella chupando su pija venosa mientras él lamía su coño; en el spinning, sentada en la bici montándolo reverse cowgirl, culo rebotando; en los lockers, contra la puerta metálica fría, embestidas brutales hasta el amanecer.
"Salí al alba, amor... chueca, sufriendo, bien adolorida pero felices. Nadie supo... fue la follada más larga de mi vida". Shely terminó riendo: "No te enojes... soy libre".
Y yo, corriéndome solo al teléfono, sabiendo que volvería por más confesiones.