De ciber amiga a pareja y todo

CAPÍTULO 8 — La Confesión que Nunca Llegó Completa


El vino corría lento, como si también él supiera que estábamos jugando con fuego.
Ella se acomodó en el sofá, estiró las piernas, se pasó una mano por el cabello… y empezó de nuevo.


Ese juego suyo:
ese arte oscuro de provocarme sin tocarme,
de encenderme sin acercarse,
de destruirme con una frase bonita.


—Dijo arrastrando las palabras, ya tibias por el alcohol— estoy pensando en ti.


—¿Ah, sí? —respondí intentando sonar indiferente, pero fallando.


Ella sonrió, cómplice.


—Sí… y me estoy recorriendo todo el cuerpo… como si fueras tú.


Mi respiración cambió un segundo.
Ella lo notó. Siempre lo notaba.


—No deberías decirme eso —susurré.


—¿Por qué? —se hizo la inocente—. Si tú me conoces… siempre fui así contigo.


Y sí… lo había sido.
Ese era su talento: entrar en mi mente, mover cables, encender luces que yo había apagado hacía años.


Se acercó, me puso la mano en la rodilla.


—A veces pienso… —dijo mirándome como si leyera dentro de mí— que si yo no te provocara… tú simplemente desaparecerías.


—No es verdad.


—¿Ah, no? —alzando una ceja—. ¿No me soñabas antes de que volviera? ¿No te quedabas pensando si yo iba a tocar tu puerta?


No respondí.
Ella lo tomó como una victoria.


Siguió tomando.


De pronto, sin avisar, cambió de tono.
Ese giro sutil que siempre me alertaba de que algo más profundo estaba por salir.


—Tragó saliva— ¿si te dijera algo… tú no te irías, verdad?


—Depende de qué me digas.


—No… —negó con la cabeza, torciendo la boca— tú siempre decías que querías la verdad.
Vamos a ver si es cierto.


Me enderecé.
Sentí que una sombra pasaba por su rostro.


Ella bajó la voz.


—Amor… —y esa palabra dolió— si te dijera que… que no todo fue un juego…


Se detuvo.
Miró su copa.
La giró.
Tomó un trago.


—Si te dijera que una vez… sí le hice caso a mi amiga…
que una vez… sí salí con alguien…


Mi estómago se cerró.
Ella vio mi reacción.
Y lejos de callar, siguió.


—¿Qué me dirías?


No supe qué responder.


Porque en su voz había algo distinto.
No era provocación.
No era broma.
No era ese coqueteo cruel de antes.


Era culpa.
Era miedo.
O tal vez… era otra cosa:
esa necesidad suya de romperme un poco para asegurarse de que yo seguiría ahí.


Respiré hondo.


—Te diría que… —busqué las palabras como si estuvieran escondidas bajo la mesa— que ya pasaron muchos años.
Que no soy el mismo.
Y que tú tampoco.


Ella me miró como si no esperara esa respuesta.


—¿No te dolería? —susurró.


—Claro que sí.


—¿No te enojarías?


—Claro que sí.


—Entonces… —dio un paso más hacia el abismo— ¿me dejarías?


Ese era el verdadero miedo.
El de ella.
El de siempre.
El que manejaba todo su caos.


Mi voz salió más firme de lo que esperaba.


—No lo sé, Shely. No puedo prometerte que no.


Ella se encogió un poco.
Como si mis palabras fueran un golpe suave pero certero.


Se recostó en mi hombro.
Su voz tembló.


—Yo nunca quise hacerte daño.
A veces… solo… no sabía cómo ser contigo.


La abracé despacio.
No porque quisiera consolarla del todo, sino porque entendí esa parte rota en ella.


Pero en el fondo, mientras la escuchaba respirar, un pensamiento me atravesó:


¿Fue verdad lo que dijo… o era otra pieza de su juego interminable?


Y peor aún…


¿Yo quería la verdad… o prefería seguir viviendo en el enigma de ella?


Porque a veces, perderla dolía.
Pero conocerla por completo…
quizá dolía más............


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**CAPÍTULO 9 — El Juego Que Nunca Debió Ir Tan Lejos

(versión subliminal, sin detalles explícitos)

Ella seguía apoyada en mi hombro, jugando con mis dedos, mirándome con ese brillo que siempre escondía algo.
Y de pronto, sin aviso, volvió al mismo ritual perverso de nuestra juventud.

—Susurró con voz frágil— ¿me das permiso?

—¿Permiso de qué? —aunque ya sabía a dónde iba.

Sonrió. Esa sonrisa suya, la peligrosa, la que podía abrir heridas antiguas con un simple gesto.

—Permiso de hacerlo con otro…

Yo respiré hondo.

—Shely… no sigas con eso.

—Pero esta vez —dijo clavando los ojos en mí— quiero que escuches todo.

Ahí me quedé en silencio. No porque aceptara el juego…
sino porque en ese instante supe que algo estaba a punto de romperse.
En ella, en mí… o en los dos.

Ella tomó el teléfono, lo puso en altavoz.
No sé si era un archivo, una llamada, un recuerdo o un truco.
Lo único cierto fue que la realidad cambió de forma.

El sonido empezó.

Primero, ruido de calle.
Un paradero.
Buses, motores, pasos.
Gente hablando lejos.

Luego ella.
Su voz.
La reconocí de inmediato.

—Ya… estoy aquí —decía con un tono nervioso, casi infantil.

Un auto se detuvo.
Puerta que se abre.
Silencio.

Muchos minutos en silencio.
Tan largos que empezaron a incomodar.
Respiraciones.
Movimientos leves.
Alguien acomodándose.

Luego dos risas.
Cortas.
Cercanas.

Ella y él.

Mi estómago se cerró sin que pudiera evitarlo.

Caminan.
Se oye grava bajo los zapatos.
Un perro ladra a lo lejos.

—Por acá —dice él.

—¿Estás seguro? —pregunta ella.

La puerta de algún lugar.
Un timbre viejo.
Un pasillo.

Entonces todo se vuelve confuso.
Sus voces se escuchan cerca, pero no claras.
Un murmullo.
Un forcejeo suave.
No violento… pero tampoco dulce.

—Ya pues —dice él.

—No —responde ella—. Ahí no…

—Entonces ¿dónde?

—No sé… espera…

Minutos.
Eternos.
Incomprensibles.

Los sonidos parecían acercarse y alejarse como un péndulo.
Una respiración agitada.
Una risa nerviosa.
Un “ya” susurrado.
Un “no sé” tembloroso.

Y luego…

Un espacio vacío.
Un silencio demasiado denso.

Después de ese silencio, vinieron sonidos apagados, entrecortados, inentendibles, no por ser explícitos, sino porque parecían más emocionales que físicos.
Como si estuvieran peleando internamente, no solo entre ellos.
Como si algo en esa escena no fuera placer… sino una mezcla turbia de miedo, impulso, confusión y deseo de fuga.

Hasta que finalmente, sin palabras claras, sin frases completas…
se consumó algo.

No lo que yo pensé.
No lo que imaginaba.
Algo distinto.
Algo más confuso.
Más humano.
Más oscuro.

Algo que jamás pensé que ella me dejaría escuchar.

El audio terminó.
O tal vez ella lo cortó.
Nunca supe.

Shely apagó el teléfono.

Quedó en silencio.
Descalza.
Temblando apenas.

Y me miró como si esperara que yo me derrumbara, o que la abrazara, o que hiciera las dos cosas a la vez.

—Susurró— ahora dime…
¿me das permiso?

La pregunta no era un juego.
No esta vez.
Sonaba a un pedido de perdón, una provocación, y un grito de auxilio… todo junto.

Yo no pude responder.
No supe si lo que había escuchado era real,
si había pasado hace años,
si era una grabación editada,
si era una trampa,
si era una confesión
o si simplemente era otra forma suya de atarme a ella.

Shely se acercó, me rozó la mejilla con la punta de los dedos.

—Dime algo, amor…

Pero yo solo podía mirarla con una mezcla de dolor, sorpresa y algo más profundo:

un presentimiento de que nada de esto era lo que parecía.
Y que lo peor… aún no comenzaba.
 
LA AMIGA DE KAREN


CAPÍTULO 1 – Cuando la tentación toca la puerta

Llevaba meses intentando reconstruir mi vida después de la ruptura con Karen. Todo avanzaba razonablemente… hasta que apareció Micaela, su amiga inseparable y, para colmo, prima política de su ex.

Micaela era la típica persona cuyo carisma hacía que hasta el perro del vecino le sonriera. Cada vez que se reían juntos, Luigui sentía que el universo era un bromista cruel.

Un día, ella llegó a dejarle unos documentos que Karen le había pedido entregar (porque la vida no conoce la palabra discreción). Entró a su sala, se quitó los lentes y dijo:

—Solo vengo un minuto, ¿ya? Te prometo que no desordeno tu vida… más de lo que ya está.

La miré con deseo, ese cuerpo, esos labios, esa forma de andar y luego lo comprobaría, pero por dentro pensó: “Ya comenzó el incendio…”

Y así empezó todo:
cercanía, bromas, complicidad, y ese peligroso terreno donde dos personas que no deberían cruzar ninguna línea empiezan a retroceder lentamente hasta el borde del precipicio.


CAPÍTULO 2 – Manual para NO caer (y fallar en el intento)

Necesitaba reglas. Así que hice una lista:

  1. No verla a solas.
  2. No conversar después de las 10 pm.
  3. No responder si manda audios con risa coqueta.
  4. Recordar que es la prima de mi ex.
  5. Recordar que es la prima de mi ex.
  6. Recordar que es la prima de mi ex. (Sí, tres veces)
Pero Micaela tenía una habilidad natural: aparecer justo cuando él había logrado paz mental.

Una tarde, en tono de burla, ella dijo:

—¿Sabes? Mi prima aún cree que tú estás llorando por ella…
—¿Qué? ¡No estoy llorando!
—O sea… no dije que lloras. Dije que ella cree que lloras.

Y se rieron, y la tensión subió, y las reglas empezaron a verse como servilletas arrugadas.

Y sin querer o no, ella dejaba algo para tentarme.



Venía en minifalda, se ataba las amarras, se abría de piernas, le veía la tanga grande, pero a la vez dejaba ver algo de su raja peladita. Que miedo, que dolor, que ardor.

Me temblaba todo y no podía disimular.



Otro día estaba con un short jean al “Cuete”, que apretado, sonreía y parecía que decía:” Cuando me comes”.


CAPÍTULO 3 – Señales, advertencias y una sombra detrás

Una noche, mientras conversaban en la sala, la electricidad falló por unos segundos.
Un corte de luz breve… pero con un detalle inquietante:

Vi a contraluz, una silueta detrás de Micaela. No supo si era reflejo, paranoia o exceso de café.

—¿Viste eso? —pregunté.
—¿Qué cosa? —respondió ella, sin notar nada extraño.

Ahí empezó todo lo raro.

Desde ese día:

  • La puerta de la casa se abrió sola dos veces.
  • El celular reprodujo un audio viejo de Karen… que juraba haber borrado.
  • Micaela decía que se le erizaba la piel cada vez que entraba a su sala, “como si alguien no quisiera que estuviera aquí”.
Y mientras parecían cosas raras en su casa, al andar, cerca de ella.

Empezó a haber algo rico, chateábamos hasta tarde.

Cierta madrugada sin querer jugamos, le dije ponte de pie y estaba en ropa interior, incluso noté algo sudadita su almeja.

Porque transpiras, le pregunté.

Es que hace mucho calor y estuve ejercitándome.

Hummmm, una delicia, ya la tenía empalmado, me puse de pie bien erecto, ella dijo, ooo, y eso, que pasó.

Es que me tienes así….


CAPÍTULO 4 – Susto y pasión

Me vino a ver al día siguiente.

Y ya sabíamos para que.

No pasaron ni dos minutos y ya estábamos cogiendo de lo rico.

Como gemía y transpiraba y pedía y se saciaba y todo era mas y mas

Y yo no sabía de donde sacar fuerzas.

Íbamos bien cuando sonó fuerte como si azotaran la puerta, se cayó algo y vimos una sombra.

Casi desnudos salimos de la habitación, de esa casa especial, aterradora y donde todos sucumbimos……………





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Tantas locuras y a veces de la nada en mi casa o donde sea. Ella todo lo prohibido la pone a mil.
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El juego prohibido con Shely – La confesión en el baño

Aquella tarde en la casa de mi madre fue solo el comienzo de una serie de confesiones que Shely me soltaba en momentos de calor, siempre jugando a ser la niña inocente mientras sus palabras y su cuerpo decían todo lo contrario. Ella llegaba de Chiclayo con excusas laborales —"Vine por un curso de ventas" o "Tengo una entrevista en Lima"—, pero ambos sabíamos que era para vernos, para revivir ese morbo que nos unía desde 2009. Después de dejarla por infiel en 2010, nos convertimos en amigos con beneficios, pero ella amaba confesar sus "pecados" mientras follábamos, haciéndose la niña buena que "solo juega", pero sus ojos y sus gemidos contaban la verdad.

Recuerdo una de esas visitas, unos meses después de la vez en el baño. Era 2012, ella había venido "por trabajo", pero esa noche llegó a mi departamento en Pueblo Libre con un vestido corto floreado, sandalias altas y esa sonrisa juguetona que me ponía loco. Apenas cerró la puerta, me besó con urgencia, su lengua dulce invadiendo mi boca, sus tetas grandes presionando contra mi pecho. "Te extrañé, amorcito... pero solo un poquito, eh", dijo con voz de niña, mordiéndose el labio inferior como si fuera inocente.

La llevé al sofá, sentándola en mis piernas, y empecé a besarle el cuello, bajando por el escote. Ella se arqueaba, gimiendo bajito, sus manos desabotonando mi camisa. "Shely... dime la verdad... ¿con quién me engañaste esta vez?", le pregunté, mi mano subiendo por su muslo, rozando sus bragas húmedas.

Ella rio, fingiendo sorpresa, abriendo los ojos grandes como una niña pillada en una travesura. "¡Ay, no! ¿Yo? ¿Engañarte? Si soy una santa, papi... solo vengo a verte a ti". Pero su cuerpo la delataba: empujaba las caderas contra mi mano, mojándose más. La giré, poniéndola boca abajo en el sofá, subiéndole el vestido y bajándole el hilo, uno de tantos que le regalé cuando estaba conmigo. Su culo redondo y carnoso quedó expuesto, brillando bajo la luz. La penetré despacio desde atrás, sintiendo su cuca apretada y caliente envolviéndome.

"¡Ah! Sí... así... pero no me preguntes cosas malas, que soy una niñita buena", jadeó ella, empujando hacia atrás para que entrara más profundo. Yo aceleré, agarrando sus caderas, embistiendo con fuerza. "Dime... ¿te gusta ser puta? ¿Te gusta engañarme con otros?"

Ella gemía, la cara contra el cojín, pero giró la cabeza para mirarme con ojos traviesos. "¡Nooo! Soy buena... pero... sí, me gusta ser puta... me encanta engañarte... ¡ah, más fuerte!". Sus palabras salían entrecortadas, su voz fingiendo inocencia, pero su ****** que explotaba chorreando jugos calientes. "Engañé con mi jefe... en Chiclayo... es un tipo casado, pinga gruesa... me coge en la oficina después de horas... me pone contra el escritorio y me llena... ¡como tú ahora!".

Yo perdía el control, la taladraba más rápido, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. "¡Puta... dime si te gusta el pene ajeno... sí me traicionaste antes y después de venir aquí!". Ella gritaba bajito, arqueando la espalda, sus tetas rebotando libres del vestido. "¡Sí! Me encanta el pene... grande, chico, cualquiera... te traicioné antes de venir... ayer, con un amigo de la universidad... me invitó a comer y luego nos besamos en su auto hasta que me corrí en su cara... y después de irme de aquí, volveré con él... ¡o con otro! Me gusta exhibirme... posar en fotos para ellos... ¡soy una puta, papi, pero tu putita favorita!".

Sus confesiones me volvían loco. La volteé, poniéndola encima, montándome como una amazona. Sus tetas grandes balanceándose cerca de mi cara, pezones oscuros y duros que chupé con avidez. Ella cabalgaba furiosa, su ****** bien empapada apretándome como un puño caliente, gimiendo: "¡Sí... chúpame... pero no le digas a nadie que soy mala... soy tu niñita... pero me encanta que me cojan otros... imagina que estoy con dos... tú y mi jefe... ¡me vengo, me vengo!".

Se corrió temblando, chorros calientes empapando mis bolas, y yo exploté dentro de ella segundos después, llenándola hasta que rebosaba. Quedamos jadeando, ella acurrucada en mi pecho, fingiendo inocencia otra vez. "Era juego, amor... no es verdad... solo para excitarte". Pero ambos sabíamos que sí lo era. Había culeada, y se iría igual.

Pasaron los años, y cada visita era similar. En 2015, vino "por un seminario", pero confesó en medio del sexo en mi cama: "Te engaño con un taxista... me lleva gratis si le chupo la pinga en el carro... me gusta ser puta... ¡sí, antes de venir me cogí a un vecino... y mañana con mi primo... me exhibo en la playa con bikinis diminutos... te traiciono porque me excita!". Cachábamos como animales, ella haciéndose la niña: "¡No soy mala... solo juguetona... ah, más!".

En 2018, en un hotel de Miraflores, mientras la detonaba en cuatro contra la ventana abierta, con la ciudad abajo, me soltó: "Me gusta engañarte... soy puta de corazón... te traicioné con tres esta semana... un compañero de trabajo, un ex, un desconocido del bar... me encanta el pene... grande, curvo... me exhibo en fotos nudes que mando... ¡sí, antes y después de verte... tiré con otro anoche... y mañana con dos a la vez!". Sus gemidos eran altos, su coño chorreando, pero al final: "Era mentira, papi... soy tu angelita".

La última vez, en 2022, vino "por negocios". En mi auto estacionado en un parque oscuro, ella montada encima, cabalgando lento y sensual, sus tetas en mi cara. "Dime... ¿te gusta ser puta? ¿Me engañas con quién?". Ella rio, voz de niña: "¡Ay, no preguntes! Pero... sí... me encanta ser puta... engañarte me moja... te traiciono con mi jefe nuevo... me coge en el baño del trabajo... y con un amigo ¿sabes? Ese de la universidad... me exhibo en la calle, faldas cortas... te traicioné ayer.... ¡me vengo imaginándolos!".

Al final, exhausta, me miró con ojos traviesos y dijo: "Me das permiso de hacer cosas ricas... pero no oirás, no te contaré... gozaré rico... imaginaré que estoy con los dos... contigo y con él... ¡o con tres!". Rio como niña, besándome. "Es juego... ¿verdad?".

Pero sabíamos que no. Shely, mi ex, mi amiga, mi amante... siempre la puta juguetona que volvía por más prohibido.
 
El juego prohibido con Shely – La visita de los bikinis

Era una tarde de sábado en 2019, yo solo en mi departamento de Pueblo Libre. Sonó el timbre y ahí estaba Shely, fresca como siempre, con esa sonrisa de niña traviesa que me desarma. Vestido corto veraniego, sandalias, bolso grande al hombro. "¡Amorcito! Vine rapidito... mi amiga me regaló un montón de bikinis nuevos, están en su carro afuera, pero tengo que probármelos ahora o los devuelvo mañana. ¿Me dejas usar tu cuarto?".

La dejé pasar, oliendo su perfume dulce norteño. Subimos al dormitorio, ella sacó uno por uno los bikinis del bolso —rojo, negro, azul turquesa, todos diminutos, brasileños, de esos que apenas cubren lo esencial—. "Ayúdame a ver cuál me queda mejor, papi", dijo con voz de niña, empezando a desvestirse delante mío sin pudor.

Se quitó el vestido lento, quedando en bragas y sostén negro. Su cuerpo trigueño, tetas grandes y pesadas, cintura marcada, culo redondo y carnoso. Se desabrochó el sostén, los pechos cayendo libres, pezones oscuros ya un poco duros por el aire acondicionado. Luego las bragas, girándose para que viera su culo perfecto, depilado como siempre. Desnuda total, se probó el primer bikini rojo: la parte de abajo se hundía entre sus nalgas, arriba apenas contenía sus tetas.

"¿Qué tal?", giró, contoneándose. Yo ya estaba duro, sentado en la cama mirándola. "Estás para comerte, Shely". Ella rio, acercándose, sentándose en mis piernas a horcajadas. "¡Ay, qué malo! Solo vine a probarme ropa...". Pero ya me besaba, lengua profunda, sus tetas apretadas contra mi pecho. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochando, sacándome la pija dura. "Mira cómo te pones por mí...".

Me apretó fuerte, masturbándome lento, mirándome con ojos de niña inocente. "Me gusta cuando se te pone así de dura...". Se arrodilló entre mis piernas, escupió en la punta, saliva caliente resbalando, y empezó a mamarme despacio, lengua girando alrededor del glande, tragando hasta la mitad, gimiendo como si disfrutara más ella que yo. Sus tetas rebotando con cada movimiento de cabeza, una mano masajeándome las bolas. "Mmm... rica tu pija, amor...".

Yo la agarraba del cabello, empujando suave. "Shely... puta... chúpamela toda". Ella gemía afirmativo, saliva chorreando por mi verga, pero de repente se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. "¡Otro día, amor! Tengo que devolverle los bikinis a mi amiga... está esperándome afuera". Se puso de pie, ajustándose el bikini rojo, sus pezones marcados en la tela fina.

La manosée toda mientras se probaba los demás: le apretaba las tetas por encima del top, metía dedos por debajo de la tanga, rozándole el coño ya mojado. Ella gemía, empujando contra mi mano, pero siempre con esa voz de niña: "¡Ay, no seas malo! Solo estoy probándome...". Terminó con el negro, el que más le marcaba el culo, y dijo: "Este me lo quedo... gracias, papi". Beso rápido y salió corriendo hacia la puerta.

La acompañé hasta el ascensor, todavía con la erección dolorosa. La vi bajar las escaleras corriendo, contoneando el culo en ese bikini cubierto apenas por el vestido corto. Llegó al carro estacionado a media cuadra —un SUV gris— y en vez de subir al asiento del copiloto, se acercó al conductor, un tipo alto, moreno, de unos 30, con polo ajustado. Se besaron fuerte, lengua y todo, sus manos en el cuello de él, el cuerpo pegado. Él le apretó el culo por encima del vestido.

No pude evitarlo. La llamé al celular. Contestó riendo, voz agitada.

"¡Ay, no molestes! Sí, es mi amigo... un amigo especial. Vamos a tirar, amor... toda la tarde y noche. No me llames más, ¿ya?". Colgó.

Intenté llamarla toda la noche: apagado o fuera de cobertura. Me imaginé todo: ella en el asiento trasero del carro, chupándole la pija a él, luego montándolo en un hotel no tan barato, gritando como conmigo pero con otro. Me masturbé dos veces pensando en eso, enojado y excitado a la vez.

Al día siguiente, domingo mediodía, mensaje suyo: "Ya estoy en el bus de vuelta a Chiclayo... ¿nos vemos la próxima?". La llamé enojado. Contestó con voz de niña dormida.

"¡Ay, amor! No te enojes... te cuento todo, pero no te pongas celoso, ¿ya?".

Y me contó con lujo de detalles, voz calmada, como si hablara del clima.

"Apenas subí al carro, nos besamos como locos. Me metió mano por debajo del vestido, me encontró mojada porque tú me habías calentado con tus dedos. Me dijo 'qué rica estás, Shely'. Fuimos a un hotel decente. Apenas cerramos la puerta, me quitó el bikini nuevo —el negro que me dejaste— y me chupó las tetas fuertes, mordiendo los pezones hasta que grité. Me puso en cuatro en la cama y me lamió el culo y el chocho desde atrás... nunca me habían hecho eso tan rico.

Después me monté encima, su pija es más gruesa que la tuya, amor... me llenó toda. Cabalgué como loca, mis tetas rebotando en su cara. Me corrió dos veces así. Luego me puso contra la pared, de pie, y me cogió fuerte, una mano tapándome la boca porque gritaba mucho. Me vine otra vez, chorros en el piso. Al final me llenó la boca... me gusta tragarme todo, ya sabes.

Dormimos un rato, y en la noche repetimos: en la ducha, anal un ratito —me dolía rico—, y otra vez en la cama hasta las 4 a.m. Me dejó mordidas en las tetas y el culo... mira, te mando foto".

Me llegó la foto: sus tetas marcadas, pezones rojos, chupones en el cuello.

Y al final, con voz dulce de niña: "Tú no debes enojarte, amor... tú me dejaste hace años, tú tienes a tu novia ahora... y yo soy libre. Me gusta culear con otros, me gusta que me cojan rico... pero contigo es diferente, contigo juego a ser tu putita. La próxima vez que venga, te chupo hasta el final, ¿ya? Besitos".

Colgó. Yo quedé duro otra vez, enojado, excitado, sabiendo que volvería a caer en su juego. Shely... siempre la misma. Libre, puta, y mía solo cuando ella quería.



La confesión del deportista y el Año Nuevo

Era enero de 2018, Shely acababa de volver de Chiclayo después de las fiestas de fin de año. Llegó a mi departamento sin avisar, como siempre, con una maleta pequeña y esa carita de niña que no ha roto un plato. "¡Amorcito! Feliz año nuevo... te traje regalitos de la playa", dijo abrazándome fuerte, sus tetas grandes apretadas contra mí, oliendo a sol y sal marina.

Nos sentamos en el sofá, yo con una cerveza, ella con un jugo —siempre fingiendo ser la sana—. Empezó a contarme "aventuras" del viaje, pero yo sabía que venía lo bueno. Le apreté la pierna, subiendo la mano por su short corto. "Dime la verdad, Shely... ¿qué hiciste en fin de año?"

Ella rio, voz de niña inocente, abriendo los ojos grandes. "¡Ay, no seas malo! Solo fui a la playa con amigas... pero... bueno, te cuento porque eres mi mejor pata". Se acomodó en mis piernas, rozándome "sin querer", y empezó la confesión, susurrando al oído mientras yo le manoseaba las tetas por debajo de la blusa.

"Conocí a un deportista en el gimnasio de Chiclayo... alto, musculoso, juega vóley profesional. Se llama Renato. Me invitó a viajar con él por fin de año... a Máncora y luego playa Pimentel en Chiclayo. Dije que sí porque... bueno, soy libre, ¿no?"

Yo ya estaba duro, apretándola más. "Puta... cuéntame todo".

Ella gemía bajito con mis dedos en sus pezones, pero seguía con voz angelical: "En el bus interprovincial de Chiclayo a Máncora... noche larga, el bus casi vacío atrás. Nos tapamos con una manta... me bajó el short, me metió dedos mientras yo le sacaba la pija... gruesa, amor, más venosa que la tuya. Me monté encima disimuladamente, el bus moviéndose... tiramos rico, él tapándome la boca porque gemía fuerte. Me corrí dos veces, él adentro... casi nos descubren porque el chofer frenó fuerte y la manta se cayó un poco. ¡Ay, qué vergüenza, pero qué rico!"

Siguió, excitada contando: "En la playa de Pimentel... fin de año, sol fuerte. Bikini nuevo, chiquito. Nos metimos al agua... él me quitó la parte de arriba debajo del mar, me chupaba las tetas mientras olas nos tapaban. Salimos y tiramos en la arena detrás de unas rocas... me puso en cuatro, mirando el mar, embistiéndome fuerte. Unos pescadores pasaron cerca... casi nos ven, tuvimos que correr semidesnudos a su auto. ¡Perdí la parte de arriba del bikini! Quedé con las tetas al aire corriendo, riéndome como loca. En el auto seguimos... me cogió en el asiento trasero, vidrios empañados, hasta que anocheció."

Yo la besaba furioso, metiéndole mano por debajo del short, encontrándola mojada. "Puta... te encanta engañar...".

"Sí... me encanta... pero contigo es diferente, eres mi pata".

Después de una semana, volvió a Lima "por trabajo". Llegó una noche, con cara de cansada, pero ojos brillantes. "Amor... te cuento más aventuras, pero solo como patas, ¿ya? Nada de sexo hoy". Se quedó a dormir, en mi cama, como si nada. Se quitó todo menos un calzoncito negro chiquito, tetas grandes libres, culo redondo rozándome "accidentalmente" toda la noche. Yo duro como piedra, intenté tocarla, besarla, pero ella me apartaba suave, riendo: "¡No, malo! Solo dormir... soy tu mejor pata, confío en ti". Se acurrucaba contra mí, su culo apretado contra mi pija, respirando caliente en mi cuello, pero nada más. Ella ganaba, dominaba el juego. Me dejó toda la noche excitado, sin dormir, sufriendo rico.

Al amanecer, antes de irse, se arrodilló en la cama, voz de niña: "Bueno... un regalito por ser buen pata". Me mamó despacio, escupiendo saliva caliente, tragando profundo, mirándome con ojos inocentes mientras sus tetas rebotaban. Me corrí en su boca, ella tragando todo, lamiendo limpio. "Rico desayuno... pero nada más, ¿ya?". Beso en la mejilla y se fue.

La acompañé a la puerta. Abajo esperaba un auto lujoso, un Mercedes negro, vidrios polarizados. Un tipo bajito pero elegante, traje caro, como de 40 años. Ella corrió, subió, y antes de cerrar la puerta lo besó fuerte, lengua visible. El auto arrancó rápido.

La llamé enojado. Contestó riendo: "¡Ay, amor! Es un ingeniero... cliente de la empresa. Nos vamos a desayunar... y a cachar como locos en su auto, ya sabes. No molestes, pata".

Semanas después, volvió. Otra noche en mi cama, contándome todo con lujo de detalles, voz calmada y pícara.

"Aquel día, apenas cerró la puerta del Mercedes... me metió mano, me subió el vestido, me encontró sin bragas porque iba preparada. Me bajó la cabeza al asiento y me chupó el coño mientras manejaba por la Costa Verde. Aparcó en un lugar oscuro... me quitó todo, me puso en el asiento trasero, piernas abiertas. Su pija no tan grande, pero sabe usarla... me cogió fuerte, me corrí gritando, él tapándome la boca con su corbata. Luego anal... lento al principio, porque me gusta que duela rica... me llenó ahí también. Repetimos en el capó del auto, yo encima, tetas al aire... casi pasa un patrullero, pero no nos vio. Fue loco, amor... gocé como nunca".

Al final, acurrucada contra mí otra vez (solo dormir, nada más), me dijo suave: "Tú no debes enojarte... tú me dejaste en 2010, tú tienes a tu novia ahora... y yo soy libre. Soy tu pata, tu mejor pata... pero nada de sexo exclusivo.

Shely siempre ganaba. Dominaba el juego, me tenía en sus manos... o en su boca, cuando quería. La puta libre que volvía por más





El juego prohibido con Shely – La aventura salvaje en Pimentel

Shely me lo contó toda esa noche por teléfono, su voz baja y ronca, entrecortada por risitas de niña traviesa, como si estuviera tocándose mientras revivía cada segundo. Yo en mi cama, solo, la pija dura en la mano, escuchando cómo se había follado a Renato en la playa de Pimentel aquel 31 de diciembre de 2017. "Amorcito... ¿seguro quieres todos los detalles? Vas a ponerte celoso... pero también duro, ¿verdad?", me provocó antes de empezar, y yo solo gemí un "sí" desesperado.

Llegaron a Pimentel al mediodía, el sol abrasador quemando la arena fina y dorada, el mar Pacífico rompiendo en olas suaves y constantes, el aire cargado de sal y olor a pescado fresco de los caballitos de totora que salían de la caleta. Renato la tomó de la mano y la arrastró directo al agua, sin perder tiempo. Shely llevaba ese bikini azul turquesa diminuto que le regalaron: la tanguita se hundía profundo entre sus nalgas carnosas y trigueñas, marcando el contorno de su chocho depilado; arriba, el top triangular apenas cubría sus areolas oscuras, sus tetas grandes y pesadas amenazando con desbordar con cada movimiento.

"Entramos al agua hasta el pecho, amor... olas rompiendo contra nosotros, el agua fresca rozándome los pezones que ya estaban duros como piedritas. Renato me agarró por la cintura gruesa, me pegó a su cuerpo duro de deportista, y me besó como animal: lengua invadiendo mi boca, mordiéndome los labios, una mano bajando directo a mi culo, separando las nalgas bajo la tanguita". Shely jadeaba recordándolo, yo oyendo su respiración acelerada al teléfono. "Me quitó el top despacio, debajo del agua... mis tetas flotando libres, pesadas, moviéndose con las olas. Me chupó un pezón fuerte, succionando como si quisiera leche, mordiendo hasta que dolía rico, mientras con la otra mano me apartaba la tanguita y me metía dos dedos gruesos adentro... curvándolos, golpeando mi punto G, haciendo que mis jugos calientes se mezclaran con el mar salado".

Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura musculosa, flotando, su coño rozando la pija dura de él bajo el short. "Sacó su pinga... gruesa, venosa, más larga que la tuya, amor... la cabeza hinchada rozándome la entrada. Me penetró ahí mismo, en el mar... despacio al principio, el agua resistiendo, pero una vez adentro... ¡me llenó toda! Embestía profundo, olas empujándonos, yo mordiéndole el hombro para no gritar. Me follaba con fuerza contenida, sus bolas golpeando mi culo bajo el agua... me corrí rápido, temblando entera, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes saliendo y perdiéndose en el océano. Él siguió, gruñendo contra mi cuello, hasta que se corrió dentro... chorros gruesos y calientes inundándome, sintiendo cómo me marcaba".

Salieron del agua jadeando, riendo nerviosos. Shely sin top —lo perdió en el fondo del mar—, tapándose las tetas grandes con los brazos, pezones erectos y rojos por los mordiscos, brillando de agua salada. Corrieron por la arena caliente hacia unas rocas grandes al norte de la playa, lejos del muelle y los pescadores con caballitos de totora. "Me tiró en la toalla extendida en la arena ardiente... el sol quemándome la piel, arena pegándose a mi espalda sudorosa. Me abrió las piernas en V, me quitó la tanguita empapada de un tirón y enterró la cara en mi coño... lamiendo salvaje, lengua plana contra mi clítoris hinchado, chupando sus propios jugos mezclados con el mar, metiendo la lengua adentro como si quisiera follarme con ella. Yo le agarraba el cabello corto, empujando su cabeza más profundo, arqueando la espalda, tetas rebotando al aire libre... ¡me vine en su boca, chorros fuertes salpicándole la cara!".

Renato no esperó. La puso en cuatro, culo carnoso en alto, arena pegándose a sus rodillas. "Me penetró brutal desde atrás... su pinga gruesa abriéndome de nuevo, embestidas fuertes y rápidas, sus bolas aplaudiendo contra mi clítoris. Una mano tirándome del cabello, obligándome a arquearme más, la otra pellizcándome los pezones colgantes. Me tiraba como perra en celo, diciéndome 'puta rica... esta papa es mía hoy'... yo empujaba hacia atrás, exigiendo más, gritando '¡Dameeeeeeeee más fuerte, Renato... rómpeme!'". Cambiaron a misionero en la arena: ella boca arriba, piernas sobre sus hombros anchos, él embistiendo profundo, casi doblándola en dos. Sus tetas rebotando violentas contra su propio pecho, él chupándolas con furia, dejando mordidas rojas. "Me vine otra vez, convulsionando, uñas clavadas en su espalda musculosa... él se corrió gruñendo, inundándome de nuevo, semen caliente rebosando y goteando por mi culo a la arena".

Pero el riesgo los excitó más. Unos pescadores pasaron cerca con sus redes, vieron movimiento detrás de las rocas y gritaron algo. "¡Corrimos como locos! Yo semidesnuda, tetas rebotando al aire, pezones duros y marcados, arena pegada a la piel sudorosa... Renato con el short a medio poner, pija aún semidura balanceándose. Reímos histéricos mientras corríamos al auto estacionado en el malecón, el sol cayendo ya".

En el auto —un SUV con vidrios polarizados—, no pudieron esperar. "Apenas cerramos las puertas, me tiró al asiento trasero... me abrió de piernas, enterró la cara en mi coño otra vez, lamiendo el semen suyo que chorreaba, chupando mi clítoris hasta que grité. Luego me monté encima, cabalgando como loca... mis tetas en su cara, él succionando pezones mientras yo subía y bajaba furiosa, su pinga golpeando profundo. Me corrí gritando, chorros empapando sus bolas y el cuero del asiento". Finalmente, la locura anal: ella de rodillas en el asiento, culo en alto, él escupiendo saliva en su ano apretado, entrando despacio. "Dolió delicioso al principio... pero luego embestía profundo, una mano frotándome el clítoris hinchado, la otra apretándome una teta. Me vine analmente, temblando entera, coño chorreando sin tocarlo... él se corrió adentro del culo, chorros calientes llenándome hasta rebosar".

"Pasamos la entrada de año en un hotel cerca, pero esa tarde en Pimentel fue la más loca... casi nos ven tres veces, amor... pero valió cada segundo". Shely terminó la confesión jadeando, como si se hubiera corrido recordándolo. "No te enojes... soy libre... pero tú siempre serás mi amigo favorito para contar estas cosas ricas".

Y yo, corriéndome solo en la cama escuchándola, sabiendo que era verdad pura. Shely... la puta más deliciosa que nunca fue mía del todo.



El juego prohibido con Shely – Otra aventura con Renato y la noche en su trabajo

Shely me llamó una semana después de contarme lo de Pimentel, su voz al teléfono era un susurro cargado de picardía, como si estuviera reviviendo el calor mientras hablaba. "Amorcito... ¿quieres saber de otra aventura con Renato? Fue unos días después de Año Nuevo, en Chiclayo... no pude resistirme, lo busqué en el gimnasio y terminamos follando como animales. Pero te cuento todo, detalle por detalle, porque sé que te pone duro escucharme... y no te enojes, eh, soy tu pata libre". Yo ya estaba excitado solo con su tono, imaginándola en su cama, tocándose mientras confesaba.

Todo empezó en el gimnasio donde lo conoció, un lugar grande en el centro de Chiclayo, con máquinas brillantes, olor a sudor y música reggaetón retumbando. Shely fue "a entrenar", pero en realidad a buscarlo. Llevaba un top deportivo ajustado que marcaba sus tetas grandes y pesadas, pezones oscuros visibles a través de la tela delgada por el sudor fingido; abajo, leggings negros que se pegaban a su culo redondo y carnoso, dejando poco a la imaginación. Renato la vio desde el área de pesas, su cuerpo atlético brillando de transpiración, músculos definidos tensos bajo la camiseta sin mangas. "Me miró como un depredador... me llevó a un rincón apartado, detrás de las máquinas de cardio, donde nadie pasaba".

Apenas se escondieron, él la empujó contra la pared fría del gimnasio, besándola con furia animal, lengua invadiendo su boca, saboreándola como si tuviera sed. Sus manos grandes y callosas subieron por su top, liberando una teta, amasándola fuerte, pellizcando el pezón erecto hasta que dolió delicioso. "¡Renato... aquí no... alguien puede vernos!", susurró ella con voz de niña asustada, pero empujando las caderas contra su entrepierna, sintiendo su verga bien gruesa endureciéndose bajo el short. Él rio ronco, bajando el top del todo, exponiendo ambas tetas al aire acondicionado, pezones duros como diamantes. "Cállate y déjame darte duro puta... sabes que te encanta el riesgo".

La volteó de cara a la pared, bajándole los leggings y la tanguita de un tirón, dejando su culo carnoso al aire, coño depilado brillando de humedad. Se arrodilló detrás, separando sus nalgas con manos firmes, y enterró la lengua en su ano apretado primero, lamiendo en círculos, metiéndola profunda mientras con dos dedos invadía su coño chorreante. Shely gemía ahogado, mordiéndose el brazo para no gritar, tetas aplastadas contra la pared fría, pezones rozando el metal. "¡Ah... Renato... tu lengua... me vas a hacer venir ya!". Él chupaba voraz, alternando entre ano y clítoris, succionando fuerte, sus dedos curvados golpeando su punto G hasta que ella convulsionó, corriéndose en chorros calientes que salpicaron sus botas de gym.

Sin darle respiro, Renato se puso de pie, sacó su pija venosa y gruesa —cabeza hinchada, brillante de presemen—, y la penetró de una embestida brutal desde atrás. Shely gritó bajito, sintiendo cómo la abría entera, su coño apretado envolviéndolo como un guante caliente. Él embestía salvaje, una mano tapándole la boca, la otra agarrando su cadera, tirando de ella para clavarla más profundo. "Puta caliente... este coño es mío... te follo mejor que tu ex, ¿verdad?". Ella empujaba hacia atrás, culo aplaudiendo contra sus muslos, tetas rebotando libres. "¡Sí... fóllame más... tu pinga me rompe... me encanta ser tu puta!".

Cambió de pose: la levantó contra la pared, piernas de ella envolviéndolo, penetrándola de pie con embestidas que la hacían rebotar. Sus tetas en la cara de él, él chupando un pezón mientras follaba, mordiendo fuerte, dejando marcas rojas. Shely se corrió otra vez, uñas clavadas en su espalda, chorros empapando sus bolas. "¡Me vengo... Renato... lléname!". Él gruñó, acelerando, hasta eyacular profundo, chorros calientes inundándola, rebosando por sus muslos.

Pero no pararon. Renato la llevó a los vestidores vacíos —era hora de cierre, pocos clientes—, y en una banca la puso a cuatro patas otra vez, culo en alto, embistiendo anal ahora. Lubricó con saliva y jugos de ella, entrando despacio al principio, su ano apretado resistiendo, pero luego follando profundo. Ella gritaba contra una toalla, tetas colgando y rebotando con cada embestida. "¡Duele rico... rómpeme el culo... soy tu putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!". Él pellizcaba sus nalgas, una mano bajando a frotar su clítoris hinchado, haciendo que se corriera analmente, temblando entera. Finalmente, se corrió en su boca, ella tragando todo, lamiendo limpio con ojos de niña satisfecha.

"Después de eso... me pidió que fuera a su trabajo esa misma noche. Es entrenador en un gimnasio privado de Chiclayo, grande, con sauna y todo. Me dijo 'arreglo todo para que nos quedemos solos... nadie sabrá, puta... toda la noche para follarte'". Shely aceptó, excitada por el riesgo.

Llegó a medianoche, el gimnasio cerrado, luces apagadas. Renato la esperó en la puerta trasera, la metió rápido. Había arreglado todo: cámaras desconectadas, alarma desactivada, puertas cerradas con llave. "Nadie viene hasta mañana... eres mía toda la noche", gruñó besándola contra la recepción, quitándole la ropa de un tirón. Shely quedó desnuda en segundos, tetas grandes libres, coño ya chorreando de anticipación.

Empezaron en las máquinas de pesas: la sentó en una banca inclinada, abrió sus piernas y la lamió voraz, lengua profunda en su coño, chupando clítoris hinchado como una fruta madura. Ella agarrada a las barras, arqueando la espalda, tetas rebotando con cada lamida. "¡Renato... tu boca... me vas a hacer squirt!". Y lo hizo: chorros calientes salpicando su cara, él bebiendo todo, gruñendo de placer.

La folló en la elíptica: ella de pie, inclinada, él detrás embistiendo profundo, el movimiento de la máquina sumándose a sus empujes. Sus bolas golpeando su culo, una mano amasando sus tetas colgantes, pellizcando pezones. Ella gritaba libre ahora, eco en el gimnasio vacío: "¡Más fuerte... rómpeme... tu pinga me llena toda!".

En la sauna, calor sofocante: sudor corriendo por sus cuerpos, ella montada encima en el banco de madera, cabalgando furiosa, tetas rebotando en su cara para que las chupara. Él mordiendo pezones, manos en su culo guiándola arriba y abajo. "Puta caliente... suda para mí... córrete en mi verga". Ella se vino temblando, chorros empapando sus muslos, el vapor haciendo todo más resbaloso y caliente.

Anal en la piscina interna: flotando en el agua tibia, ella con piernas abiertas, él entrando por detrás despacio, el agua lubricando. Embestidas lentas pero profundas, ella gritando eco en el techo: "¡Rómpeme el culo... me encanta tu pinga gruesa ahí!". Se corrió analmente, convulsionando en el agua.

Toda la noche así: en las colchonetas de yoga, 69 con ella chupando su pija venosa mientras él lamía su coño; en el spinning, sentada en la bici montándolo reverse cowgirl, culo rebotando; en los lockers, contra la puerta metálica fría, embestidas brutales hasta el amanecer.

"Salí al alba, amor... chueca, sufriendo, bien adolorida pero felices. Nadie supo... fue la follada más larga de mi vida". Shely terminó riendo: "No te enojes... soy libre".

Y yo, corriéndome solo al teléfono, sabiendo que volvería por más confesiones.
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La visita del ingeniero

Un mes después de sus locuras con Renato, Shely apareció de nuevo en mi puerta, un sábado por la tarde en febrero de 2018. Tocó el timbre con esa impaciencia suya, y cuando abrí, ahí estaba: short jean cortísimo marcando su culo redondo y carnoso, blusa escotada que dejaba ver el borde de un sostén rojo de encaje, tetas grandes empujando la tela, cabello suelto con olor a shampoo de coco, y esa sonrisa de niña traviesa que me desarma siempre.

"¡Amorcito! Te extrañé... vine porque necesito tu consejo, pero primero... fóllame rico, que estoy caliente desde el bus". Ni hola completo. Me jaló adentro, cerrando la puerta con el pie, besándome con lengua profunda, sus manos bajando directo a mi pantalón, apretándome la pichula por encima de la tela hasta ponerme duro en segundos. "Mmm... ya estás listo para mí, papi...".

La llevé al dormitorio casi arrastras, quitándole la blusa de un tirón, liberando sus tetas pesadas que cayeron libres, pezones oscuros ya erectos. Me arrodillé, chupándolos fuerte, mordiendo suave mientras ella gemía bajito, voz de niña: "¡Ay, sí... chúpame las tetitas... soy tu niñita caliente!". Bajé sus shorts y la tanguita roja empapada, encontrándola casi sin pelos cuca brillando de jugos. La tiré en la cama, abrí sus piernas gruesas y enterré la cara: lengua plana contra su clítoris hinchado, chupando voraz, metiendo dos dedos curvados adentro, golpeando su punto G. Shely arqueaba la espalda, tetas rebotando, agarrándome el cabello: "¡Amor... tu boca... me vas a hacer venir ya... sí, así... lámeme todo!".

Se corrió rápido, temblando, chorros calientes salpicándome la cara, gritando mi nombre con esa voz ronca que pone cuando pierde el control. Luego me montó, cabalgando furiosa, su coño apretado envolviéndome entero, subiendo y bajando con fuerza, tetas grandes aplaudiéndose contra mi pecho. "¡Fóllame duro... tu pija me llena rico... pero espera, te cuento algo mientras tiramos!". Yo embestía desde abajo, agarrando su culo carnoso, pellizcando, pero ella seguía con esa risa pícara.

"No te enojes, amor... pero mi amiga me presentó a un ingeniero para trabajar... un puesto bueno en una constructora en Chiclayo. El tipo es mayor, como 45, casado, pero descarado total. Me dijo que vaya a su casa esta tarde... 'para la entrevista final'. Y el muy sinvergüenza soltó: 'Si no me cachas rico, no te contrato'. ¡Ay, amor! ¿Voy o no voy? Tú me conoces... ¿podré darle mi mejor sexo? ¿O me va a follar él a mí como puta?".

Sus palabras me volvieron loco de celos y excitación. La volteé, poniéndola en cuatro, culo en alto, penetrándola brutal desde atrás, embestidas fuertes que hacían aplaudir su carne. "¡Puta... vas a ir, ¿verdad? ¡Vas a chuparle la pija al ingeniero por un trabajo!". Ella empujaba hacia atrás, gimiendo fuerte: "¡Sí... voy a ir... soy puta, amor... me encanta que me propongan eso! ¡Imagíname arrodillada chupándole su pinga... tragando todo para que me contrate... ah, fóllame más fuerte pensando en eso!".

La follé como animal: una mano tirándole del cabello, la otra frotándole el clítoris hinchado, su coño chorreando jugos por mis bolas. Cambiamos a misionero, piernas de ella sobre mis hombros, doblándola, penetrando profundo hasta el fondo. Sus tetas rebotando violentas, yo chupando un pezón, mordiendo. "¡Dime que vas a ser su puta... que le vas a dar tu mejor sexo!". Ella gritaba, uñas clavadas en mi espalda: "¡Sí... le voy a dar lo mejor... mi boca experta, mi coño apretado, mi culo si quiere... voy a correrme con él como loca... pero pensando en ti, amor... ¡me vengo, me vengo!".

Se corrió convulsionando, coño ordeñándome, chorros empapando las sábanas. Yo exploté adentro, llenándola caliente, gruñendo contra su cuello. Quedamos jadeando, sudorosos, ella riendo con voz de niña satisfecha.

"¿Entonces qué hago, amor? ¿Voy a la casa del ingeniero? Tú me conoces... sé que podré darle el mejor sexo de su vida... mi boca tragando profundo, mi ****** cabalgándolo hasta que suplique, mi culo apretado si se porta bien... ¿me das permiso?

La miré, aún dentro de ella, y solo pude gemir: "Ve... puta... ve y cuéntame todo después".

Ella rio, besándome suave. "Sabía que dirías eso... eres mi lover favorito para estas cosas. Te llamo mañana con detalles... besitos".

Se vistió rápido, contoneando el culo marcado por mis manos, y se fue. Yo quedé en la cama, excitado y destruido, sabiendo que esa noche Shely sería la puta del ingeniero... y al día siguiente me contaría todo para torturarme rico.

Shely... siempre ganando el juego.





La “entrevista” con el ingeniero

Shely me lo contó todo al día siguiente, por teléfono, su voz todavía ronca de tanto gritar la noche anterior, riendo como niña traviesa mientras yo la escuchaba en la oficina, la pija dura bajo el escritorio, imaginando cada segundo. "Amorcito... fui, claro que fui. ¿Cómo no iba a ir si el descarado me dijo que tenía que cacharlo rico para contratarme? Te cuento todo, detalle por detalle, porque sé que te encanta... y no te enojes, eh, soy libre".

Llegó a la casa del ingeniero —un tipo llamado Gustavo, 45 años, casado, calvo pero cuerpo cuidado, casa grande en un condominio privado de Chiclayo— a las 7 de la tarde. Vestido corto negro ajustado, escote profundo mostrando el borde de un sostén rojo de encaje, tanguita, tacones altos que marcaban sus piernas trigueñas y su culo carnoso con cada paso. "Me abrió la puerta en polo y jeans, mirándome de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando. 'Pasa, Shely... la entrevista será... intensa', dijo con voz grave, cerrando la puerta y poniéndole seguro".

Empezaron en la sala, sofá de cuero blanco, luces tenues. Gustavo sirvió vino tinto, sentados cerca. "Hablamos de trabajo al principio... el puesto de asistente administrativa, buen sueldo, beneficios. Pero sus ojos no se despegaban de mis tetas. Me rozaba la pierna 'sin querer', su mano subiendo despacio por mi muslo. Yo fingía ser la niña inocente: 'Doctor, estamos para hablar del trabajo, ¿no?'. Pero ya estaba mojada, amor... mi cuca ya quería guerra y estaba palpitando bajo la tanguita".

No tardó en atacar. La tomó por la cintura, besándola fuerte, lengua profunda, saboreando el vino en su boca. Shely le correspondió, gimiendo bajito, sus manos bajando a la bragueta de él, sintiendo la pija endureciéndose. "Me quitó el vestido de un tirón, quedé en sostén rojo y tanguita, tetas grandes desbordando. Me empujó al sofá, me abrió de piernas y enterró la cara entre mis muslos... me apartó la tanguita con los dientes, lamió mi coño depilado como hambriento, lengua plana contra mi clítoris hinchado, chupando fuerte, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos para golpear mi punto G. Yo le agarraba la cabeza calva, empujando contra su boca: '¡Ay, doctor... qué rico entrevista... lámame más!'".

Se corrió rápido la primera vez, chorros calientes salpicando su cara, temblando en el sofá de cuero. Gustavo se limpió la boca riendo: "Buena candidata... pero falta probar más". Se quitó la ropa, pija promedio, pero gruesa, venosa, cabeza hinchada brillando de presemen. Shely se arrodilló, voz de niña: "Déjeme mostrarle mis habilidades orales, jefe...". Lo mamó despacio al principio, lengua girando alrededor del glande, escupiendo saliva caliente que chorreaba por sus bolas, luego tragando profundo hasta la garganta, gimiendo como si disfrutara más ella. Él le agarraba el cabello, follándole la boca: "Puta rica... trágatela toda... así te contrato".

La levantó, la puso en cuatro en el sofá, culo carnoso en alto, y la penetró de una embestida. "¡Me llenó toda, amor! Embestidas fuertes desde el principio, sus bolas aplaudiendo contra mi clítoris, una mano tirándome del cabello, la otra amasando mis tetas colgantes, pellizcando pezones hasta que dolían rico. Me follaba como dueño, diciéndome 'puta... este coño es para mí ahora... vas a trabajar y a cacharme cuando quiera'. Yo empujaba hacia atrás, gritando: '¡Sí, jefe... fóllame... contrátame como tu puta personal!'".

Cambió de pose: la sentó encima, reverse cowgirl, ella cabalgando furiosa, culo rebotando contra sus muslos, tetas grandes aplaudiéndose al aire. Él le metía un dedo en el ano lubricado con jugos, preparándola. "Me vine otra vez, amor... chorros empapando sus bolas, gritando su nombre". Luego anal: la puso boca abajo en el sofá, culo en alto, entrando despacio al principio, su ano apretado resistiendo, pero luego embistiendo profundo. "Dolió delicioso... me folló el culo fuerte, una mano frotándome el clítoris, la otra tapándome la boca porque gritaba como loca. Me corrí analmente, temblando entera, coño chorreando sin tocarlo".

Pasaron a la cocina: la sentó en la isla de granito frío, piernas abiertas, penetrándola misionero, pero profundo, sus tetas rebotando contra el borde. Él chupaba pezones, mordiendo, dejando marcas rojas. "Me vine otra vez, chorros salpicando la encimera". Luego en las escaleras hacia el segundo piso: la folló de pie, una pierna de ella arriba, embestidas rápidas y salvajes.

Subieron al dormitorio principal —cama king size con sábanas de seda, espejo en el techo—. Ahí la locura total: 69 primero, ella chupándole la pija venosa mientras él lamía su coño y ano alternando; luego la ató suave con su corbata a la cabecera, follándola misionero con piernas sobre sus hombros, doblándola en dos, penetrando hasta el fondo. "Me corrí múltiples veces, amor... gritando, chorros empapando las sábanas de seda". Anal de nuevo, en cucharita, él detrás abrazándola, embistiendo lento pero profundo, una mano frotándole el clítoris hasta que se vino temblando.

Al final, en el baño de la suite: ducha caliente, él contra la pared de vidrio, ella montándolo, agua corriendo por sus cuerpos sudorosos, tetas aplastadas contra su pecho. Se corrió dentro del coño una última vez, chorros calientes mezclándose con el agua.

"Salí a las 5 a.m., amor... coño y culos adoloridos, tetas marcadas, pero con el contrato firmado. Me dijo 'Estás contratada.... Le di mi mejor sexo, como te dije... mi boca experta, mi coño apretado, mi culo entregado... gozamos como locos toda la noche".

Al final de la confesión, riendo como niña: "No te enojes... soy así, ninfómana, libre y loca por garrote... pero tú siempre serás mi pata para contar estas cosas ricas. ¿Me extrañaste?".



La videollamada equivocada y la presentación familiar

Era marzo de 2018, un viernes por la noche. Yo estaba solo en mi departamento, tomando una cerveza y viendo una serie, cuando de repente entró una videollamada de Shely. Acepté sin pensar... y me quedé helado.

En la pantalla apareció ella, en su cuarto en Chiclayo, luz tenue de lámpara, sentada en la cama con una camisita de dormir roja transparente, tetas grandes casi al aire, pezones oscuros marcados en la tela fina, tanguita roja visible cuando se movía. Pero no estaba sola en la llamada: el ingeniero, Gustavo, estaba conectado también. Shely no se había dado cuenta de que me había agregado por error al grupo.

"¡Gustavito, mi jefe rico!", empezó ella con voz melosa y de niña coqueta, girando la cámara para que él viera todo. "Mira cómo me puse para ti... ¿te gusta mi camisita nueva? Es para que me extrañes hasta el lunes en la oficina". Se levantó un poco, contoneando el culo carnoso, bajando la cámara para mostrar sus muslos gruesos y la tanguita hundida entre las nalgas. "Te extraño tu pinga gruesa, jefe... desde la 'entrevista' no puedo dejar de pensar en cómo me llenaste toda la noche...".

Gustavo, en su pantalla, rio con voz grave: "Puta caliente... muéstrame más, Shely. Ábrete para mí". Ella obedeció, sentándose de nuevo, abriendo las piernas frente a la cámara, apartando la tanguita con dos dedos, mostrando su coño depilado ya húmedo y brillante. "Mira cómo estoy... mojada pensando en ti... en cómo me cogiste en tu cama, en la cocina, en la ducha... ¿te acuerdas cuando me llenaste el culo y grité tanto?".

Se tocaba despacio, dedos rozando su clítoris hinchado, gimiendo bajito: "Jefe... quiero que me folles otra vez pronto... en la oficina, en tu carro, donde quieras... soy tu puta contratada". Gustavo se masturbaba en su cámara, pija gruesa en mano: "Eso, toca esa conchita rica... la próxima vez te ato y te cojo toda la noche otra vez".

Yo miraba todo en silencio, la pija dura como piedra, celoso y excitado, sin decir nada porque no quería que se dieran cuenta del error. Shely siguió coqueteando descarada: se quitó la camisita, tetas grandes libres, amasándolas fuerte, pellizcando pezones para él. "Mira mis tetas... ¿te acuerdas cómo las chupaste hasta dejarme marcas? Quiero tu boca otra vez... y tu leche en mi cara...". Se metió dos dedos adentro, follándose despacio frente a la cámara, gemidos altos: "¡Gustavo... me vengo pensando en ti... sí, jefe...!".

Se corrió temblando, chorros visibles en la cámara, gritando su nombre. La llamada duró casi 30 minutos de puro coqueteo y masturbación mutua. Al final, Gustavo se corrió en su pantalla, gruñendo: "Buena puta... el lunes te cojo en la oficina". Shely rio, besando la cámara: "Sí, jefe... soy toda tuya".

Colgaron. Dos minutos después, mensaje de Shely: "¡Ay nooooo! ¡Te mandé la llamada por error! ¿Viste todo? Perdón, amor... pero no te enojes, eh". No respondió más esa noche.

Al día siguiente, sábado, apareció en mi puerta otra vez, con cara de niña arrepentida, pero ojos brillantes. Vestido corto blanco, escote profundo, olor a perfume dulce. "Amorcito... perdón por lo de anoche... fue un error tonto. Pero... te excitó, ¿verdad? Sé que sí". Me jaló adentro, besándome fuerte, mano directa a mi pija: "Mira cómo te pones solo recordando...".

La follé rápido en el sofá, ella montada encima, tetas rebotando libres, coño chorreando desde el principio. Mientras cabalgaba, me soltó la bomba, voz entre gemidos: "Gustavo... el ingeniero... me dijo que me va a presentar a su familia el próximo fin de semana... cena en su casa, con esposa e hijos. Dice que soy 'especial' y quiere que me conozcan. Pero... ese mismo día quedé con Renato para ir a la playa otra vez... ¡ay, amor, ¡qué hago!".

Yo embestía desde abajo, agarrando su culo fuerte, pellizcando: "¡Puta... vas a ir con los dos, ¿verdad? Primero follas con Renato en la playa y luego cena familiar con el ingeniero...".

Ella gemía alto, acelerando el ritmo, tetas aplaudiéndose contra mi cara: "¡Sí... eso quiero! Por la mañana con Renato... me va a follar en la playa como la otra vez, en el mar, en la arena... me va a llenar toda... y en la noche cena formal con Gustavo, fingiendo ser la novia perfecta... pero con el coño todavía lleno de Renato... o de los dos si me da tiempo. ¿Qué hago, amor? ¿Voy con Renato primero y luego a la cena? ¿O cancelo uno? Tú me conoces... ¿podré manejar a los dos en un día?".

Se corrió gritando, coño apretándome como puño, chorros empapándome. Yo exploté adentro, llenándola caliente, imaginándola usada por ambos.

Al final, jadeando en mi pecho, rio con voz de niña: "Tú decides, amor... ¿me das permiso para los dos?.

Y yo, perdido en su juego otra vez, solo pude decir: "Ve con los dos... puta... y cuéntame todo después".

Shely rio, besándome: "Sabía que dirías eso... eres la mejor pata para estas locuras".

Se fue contoneando, moviendo esas caderas bien despachadas y listas para el follaje.

El día doble: Renato y Gustavo

Shely me lo contó todo dos días después, llegando a mi departamento un domingo por la mañana, con cara de agotada, pero ojos brillantes de vicio puro. Vestido corto blanco manchado de arena en el dobladillo, cabello desordenado, olor a sal y sexo impregnado en la piel, mordidas leves en el cuello cubiertas apenas por el cabello suelto. "Amorcito... no te enojes, pero hice lo que me dijiste... los dos el mismo día. Renato por la mañana, Gustavo por la noche. Fue... loco, rico, agotador. Te cuento todo, detalle por detalle, porque sé que te vas a poner duro solo oyéndome".

Empezó con Renato, el deportista. Quedaron a las 8 a.m. en Pimentel otra vez —la misma playa extensa, arena dorada, muelle al fondo, caballitos de totora saliendo al mar—. Renato la recogió en su SUV, besándola fuerte apenas subió, mano directa bajo su bikini nuevo (verde esta vez, diminuto, tanguita hundida entre nalgas). "Me llevó a una zona más apartada, cerca de las rocas del norte, donde casi no pasa gente temprano. Apenas bajamos, me quitó el pareo, me dejó en bikini, tetas grandes desbordando el top, y me besó contra el auto, lengua profunda, mano apretándome el culo carnoso".

Bajaron a la playa caminando de la mano, pero el deseo explotó rápido. En el agua hasta la cintura, olas suaves rompiendo, Renato le quitó el top otra vez —"para no perderlo esta vez", rio él—. Sus tetas libres flotando, pezones duros por el agua fresca y el sol naciente. "Me chupó las tetas fuertes, mordiendo pezones, succionando como si quisiera dejar marcas. Con la mano bajó la tanguita, me metió dedos... tres esta vez, amor, curvándolos adentro mientras olas nos empujaban. Yo gemía contra su boca, tetas aplastadas contra su pecho musculoso".

La penetró en el mar, ella envuelta en sus piernas, flotando: su pija gruesa entrando profundo, embestidas lentas pero potentes, agua resistiendo cada movimiento. "Me follaba con fuerza contenida, bolas golpeando mi culo bajo el agua... me vine rápido, temblando, chorros calientes mezclándose con el mar. Él siguió, gruñendo, hasta llenarme... semen caliente inundándome mientras una ola nos tapaba".

Salieron jadeando, ella sin top otra vez —"lo guardé en el bolso esta vez"—, tetas grandes rebotando al aire mientras corrían a las rocas. Allí la locura: la puso en cuatro en una toalla sobre la arena caliente, penetrándola brutal desde atrás. "Embestidas salvajes, amor... su pija abriéndome entera, bolas aplaudiendo contra mi clítoris, una mano tirándome del cabello, la otra pellizcando mis tetas colgantes. Arena pegándose a mis rodillas sudorosas, sol quemándome la espalda... empujaba hacia atrás como perra, gritando '¡fóllame más, Renato... rómpeme!'".

Cambió a misionero en la arena: ella boca arriba, piernas sobre sus hombros anchos, él doblándola, penetrando hasta el fondo. Sus tetas rebotando violentas, él chupando un pezón, mordiendo fuerte. "Me vine otra vez, chorros salpicando la toalla... él se corrió adentro, inundándome de nuevo". Luego anal rápido: ella sentada encima reverse, bajando despacio sobre su pija lubricada con jugos y saliva, culo carnoso rebotando mientras él frotaba su clítoris. "Me vine analmente, temblando entera... él llenándome el culo caliente".

Pasaron la mañana así y al final en el auto antes de dejarla. "Me dejó en el centro de Chiclayo a las 2 p.m., amor... como duele, quema, que delicia.

Ducha rápida en casa, cambio de ropa —vestido elegante negro, lencería fina debajo, maquillaje perfecto fingiendo ser la "novia formal"—, y a las 7 p.m. cena en casa de Gustavo con su familia. Esposa, dos hijos adolescentes, suegros. "Fingí ser la asistente perfecta, amor... sonrisa inocente, hablando de trabajo, comiendo ceviche y arroz con pato. Pero debajo de la mesa... mi coño todavía chorreaba Renato, semen seco en mis muslos, ano sensible rozando la silla. Gustavo me rozaba la pierna 'sin querer', mirándome con ojos de depredador, sabiendo que después me follaría".

La familia se acostó temprano. Gustavo la llevó a su estudio "para hablar de trabajo". Apenas cerró la puerta, la atacó: besos furiosos, quitándole el vestido, encontrándola sin bragas —"preparada para ti, jefe"—. La puso contra el escritorio, lamiéndole el coño: "Saboreó a Renato sin saberlo, amor... lamió todo, chupando fuerte mi clítoris hinchado, metiendo lengua adentro. Yo gemía bajito para no despertar a la familia: '¡Jefe... lámeme... soy tu puta!'".

La penetró en el escritorio, embestidas profundas, una mano tapándome la boca. "Me folló fuerte, tetas rebotando contra papeles, él mordiendo mi cuello. Me vine rápido, chorros empapando el escritorio". Anal en el sofá del estudio: ella en cuatro, él entrando despacio, luego brutal. "Me llenó el culo otra vez... dos cargas en un día, amor... Renato y Gustavo". Final oral: ella chupándolo hasta tragarse todo, limpiando su pija con lengua.

"Salió a las 2 a.m., amor... destruida pero feliz. Dos hombres en un día... Renato salvaje en la playa, Gustavo prohibido en su casa con la familia durmiendo. ¿Qué hago la próxima? ¿Sigo con los dos?".
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El juego prohibido con Shely – La noche entera con Don Luis

Shely me lo contó todo al día siguiente, llegando a mi departamento un lunes por la tarde, con cara de agotada total: ojos brillantes, pero ojeras leves, cabello suelto oliendo a shampoo caro, mordidas rojas en el cuello cubiertas por una bufanda fina, y un caminar lento, como si le doliera rico entre las piernas. Vestido corto gris que marcaba sus curvas, tetas grandes sin sostén rebotando suave con cada paso. "Amorcito... no te enojes, pero fui con Don Luis... toda la noche, como me pidió. Vestida puta total, como él quería. Fue... intenso, largo, loco. Te cuento todo, detalle por detalle, porque sé que te vas a poner duro imaginándome".

Salió de la cena con Gustavo directo a casa de Don Luis, en un barrio residencial antiguo de Chiclayo, casa grande con jardín, todo oscuro menos la luz del porche. Se vistió como él ordenó: minifalda roja cortísima que apenas cubría su culo carnoso, top escotado negro sin sostén, tetas grandes desbordando, pezones marcados en la tela fina, tanguita negra mínima que se hundía entre las nalgas, tacones altos rojos que la hacían contonear como puta profesional. Sin bragas debajo del top, coño depilado al aire bajo la falda corta.

Don Luis abrió la puerta en bata, ojos devorándola. "¡Mira qué puta rica viniste, Shely! Justo como te pedí... entra, niña". La jaló adentro, besándola fuerte contra la puerta apenas cerró, lengua profunda invadiendo su boca, manos grandes y venosas subiendo directo por la minifalda, encontrándola sin bragas. "¡Puta preparada! Mojada ya... ¿pensando en mí todo el día?". Ella gemía contra su boca, voz de niña: "¡Don Luis... no sea malo... vine para que calle, nada más!".

Pero él rio ronco, quitándole el top de un tirón, liberando sus tetas grandes y pesadas, pezones oscuros erectos por el aire acondicionado y la excitación. Las amasó fuerte, pellizcando pezones hasta que dolieron rico, mordiendo uno mientras con la otra mano metía dos dedos gruesos en su coño chorreante. "¡Ah... sí... pero despacio, Don Luis... tengo miedo que alguien sepa!". Él la llevó a la sala, sofá grande de cuero, luces tenues.

La sentó en sus piernas, bata abierta, su pija vieja pero gruesa y venosa ya dura. "Chúpamela primero, puta... como aquella vez en el jardín". Shely se arrodilló, voz de niña inocente: "Solo para que calle, ¿ya?". Lo mamó despacio al principio, lengua girando alrededor de la cabeza hinchada, escupiendo saliva caliente que chorreaba por sus bolas arrugadas, luego tragando profundo hasta la garganta, gimiendo como si disfrutara. Él le agarraba el cabello canoso, follándole la boca: "¡Trágatela toda, niña... eres la misma puta de antes!".

La levantó, la puso en cuatro en el sofá, minifalda subida, culo carnoso al aire. La penetró de una embestida, su pija gruesa abriéndola entera. "¡Me llenó toda, amor! Embestidas lentas pero profundas, experiencia de viejo... sabía exactamente dónde golpear. Una mano amasando mis tetas colgantes, pellizcando pezones, la otra frotándome el clítoris hinchado. Yo empujaba hacia atrás, gritando bajito: '¡Don Luis... fóllame... pero no diga nada a nadie!'".

Cambió de pose: la sentó encima, cabalgando, tetas grandes rebotando en su cara para que las chupara y mordiera, dejando marcas rojas. "Me vine la primera vez así, temblando, chorros empapando sus bolas arrugadas". Luego anal: la puso boca abajo en el sofá, lubricando con saliva y jugos de ella, entrando despacio al principio. "Dolió rico... su pija gruesa abriéndome el culo, embistiendo lento, profundo, una mano frotándome el clítoris hasta que me vine analmente, gritando contra el cojín".

Subieron al dormitorio: cama king size con sábanas de seda, espejo en el techo. Ahí la locura total: misionero con piernas sobre sus hombros, doblándola, penetrando hasta el fondo mientras la besaba con lengua vieja pero experta. "Me chupaba las tetas fuertes, mordiendo pezones, dejando moretones... me vine múltiples veces, chorros empapando las sábanas". Anal en cucharita: él detrás, abrazándola, embistiendo lento pero profundo, mano frotando clítoris. "Me vine otra vez, temblando entera... él se corrió en mi culo, chorros calientes llenándome".

Pasaron a la cocina a media noche: la sentó en la isla de granito frío, piernas abiertas, lamiéndole el coño y ano alternando, saboreando su propio semen. Luego la penetró de pie contra la nevera, embestidas rápidas. "Me vine gritando, chorros salpicando el piso". Oral final en la sala otra vez: ella chupándolo hasta tragarse todo, lamiendo bolas arrugadas.

Toda la noche así: rondas lentas y fuertes, recordando aquella follada en el jardín años atrás, él llamándola "niña puta" mientras la follaba en cada rincón. Al amanecer, exhausta, coño y culos adoloridos, tetas marcadas de mordidas, salió con promesa de silencio.

"Don Luis cumplió... no dijo nada. Pero me dejó destruida, amor... un viejo que sabe follar como pocos. ¿Qué hago si me pide repetir para seguir callando?".

Shely rio al final, montándome en la cama para "compensarme": "No te enojes... soy libre... pero este viejo me puso caliente con los recuerdos".

Siempre la misma Shely... enredada en secretos que la excitan más.



El mes entero con Don Luis y el chantaje

Shely no podía creer lo que Don Luis le proponía esa noche después de la cena familiar en casa de Gustavo. En el estudio, aun jadeando por la follada rápida que le había dado contra el escritorio —su pija gruesa aun chorreando dentro de su coño apretado, tetas grandes marcadas por sus mordidas—, él la miró con ojos de lobo viejo y le dijo: "Niña... esto no puede ser solo una noche. Quiero más. Diles a todos que te vas a Lima a estudiar una capacitación por un mes entero... pero en realidad vendrás conmigo a mi casa de playa en Pimentel. Un mes entero para follarte como puta mía, día y noche. Nadie sabrá. ¿Aceptas?".

Shely, con las piernas temblando, coño adolorido pero mojado de nuevo solo con la idea, fingió dudar como niña inocente: "¡Don Luis... un mes? ¿Y mi trabajo? ¿Mi familia?". Pero en el fondo ya estaba excitada: imaginando sus manos expertas tocándola, excitándola, haciendo que se corriera rápido como siempre. Él sabía su cuerpo mejor que nadie —años de experiencia en putas como ella—. "Acepto... pero prométame que nadie sabrá".

Días después, Shely mintió a todos: a Gustavo le dijo por mensaje "jefe, me voy a Lima por capacitación laboral un mes... no podremos vernos". A Renato: "Amigo, estoy ocupada en Lima, besos". A su familia: "Papá, me voy a capacitar para un mejor trabajo". Solo yo supe la verdad, porque me lo confesó por teléfono riendo: "Amor... voy a follar un mes entero con Don Luis... prepárate para los detalles cuando vuelva".

Llegó a la casa de playa de Don Luis en Pimentel —una villa lujosa con piscina privada, vistas al mar Pacífico, muelle propio y habitaciones con camas king size—, vestida puta como él le pidió: minifalda negra que apenas cubría su culo carnoso, top escotado sin sostén, tetas grandes desbordando, tanguita roja mínima, tacones altos. Él la recibió en bata abierta, pija semidura visible, y la besó fuerte contra la puerta de entrada, mano bajando directo a su coño: "Bienvenida, puta... un mes para destrozarte".

El primer día fue un torbellino de sexo salvaje. Apenas entró, la desnudó en la sala: quitó el top de un tirón, tetas grandes cayendo libres, pezones oscuros erectos por la anticipación. La arrodilló en el piso de mármol frío, y ella le mamó despacio, lengua girando alrededor de la cabeza venosa, escupiendo saliva caliente que chorreaba por sus bolas arrugadas, tragando profundo hasta la garganta. Él le agarraba el cabello, follándole la boca: "Trágatela toda, niña... como la puta que eres". Shely gemía, tetas rebotando con cada movimiento, coño mojándose solo con el sabor de él.

La llevó a la piscina al atardecer: agua tibia, luces subacuáticas iluminando sus cuerpos. La penetró flotando, ella envuelta en sus piernas, pija gruesa entrando profundo, embestidas lentas pero potentes. Sabía tocarla: una mano frotando su clítoris hinchado en círculos precisos, la otra pellizcando pezones erectos. "¡Don Luis... me vas a hacer venir ya... sabe excitarme tan rápido!". Se corrió temblando, chorros calientes mezclándose con el agua, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él siguió, gruñendo, hasta llenarla.

Noche en la cama king: fantasías sexuales que él susurraba al oído mientras la follaba. "Imagina que soy tu papá follándote a escondidas... o que tu jefe Gustavo nos ve y se une... te cojo con otro, niña... dos pijas llenándote". La ponía en cuatro, embestidas brutales, mano tirando de su cabello, la otra metiendo dedos en su ano lubricado. Shely gritaba: "¡Sí... fóllame como puta... imagino dos pijas... me corro rápido con usted!". Él sabía el ritmo: lento al principio para excitarla, luego rápido para hacerla explotar. Se corrió en su boca, ella tragando todo.

Los días se volvieron un maratón erótico. Mañanas en la playa privada: follaban en la arena caliente, ella en cuatro con culo en alto, él embistiendo mientras olas lamían sus pies, tetas grandes colgando y rebotando, arena pegándose a su piel sudorosa. "Me excitas tan rápido... toque mi clítoris así... ¡me vengo!". Chorros salpicando la arena.

Tardes en la piscina: anal bajo el agua, ella flotando de espaldas, él entrando por detrás, mano frotando clítoris expertamente, haciendo que se corriera en minutos. Fantasías: "Imagina que soy Renato follándote... o tu ex de niñez viéndonos... te cojo con todos tus amantes, puta". Shely se ilusionaba más cada día: "Don Luis... me trata como reina... me hace venir tan rápido... creo que me estoy enamorando".

Noches en la cama: posiciones locas, él sabiendo cada punto: misionero con piernas sobre hombros, penetrando profundo mientras lamía tetas, mordiendo pezones hasta el dolor rico; reverse cowgirl con ella cabalgando, él metiendo dedos en ano; 69 con ella chupándolo mientras él lamía coño y clítoris, haciendo que se corriera en su boca. Fantasías intensas: "Te ato y te follo con juguetes... imagino que eres mi hija prohibida... o que tu familia nos pilla". Shely se venía rápido siempre, chorros empapando sábanas, gritando su nombre.

Un mes entero así: sexo tres, cuatro veces al día, en todas partes —cocina, balcón con vista al mar, auto en la cochera—. Don Luis la excitaba con toques precisos: dedos expertos en clítoris, lengua en pezones, palabras sucias al oído. Shely se ilusionó total: "Don Luis... lo dejo todo por usted". Dejó a Gustavo: mensaje frío "jefe, renuncio... no más citas". A Renato: "Amigo, se acabó". A todos menos a su ex de niñez, un tipo llamado Pedro, que apareció de repente.

Pedro, ex de la secundaria, la grabó a escondidas: espiándola en Pimentel, video de ella follada en la playa con Don Luis, tetas rebotando, gemidos altos. Chantaje: "Shely... tengo video tuyo como puta con el viejo. Dame plata o lo mando a tu familia y al ingeniero". Shely lloró, pero pagó, temblando. "Amor... Pedro me tiene grabada... ¿qué hago? Es mi amigo de niñez... pero ahora me chantajea".

Shely se ilusionó con Don Luis, dejándolo todo por él, pero el chantaje de Pedro la dejó vulnerable. "Es rico... pero peligroso", me confesó, jadeando mientras me follaba para "desahogarse".

Shely... siempre en el centro de sus propios torbellinos eróticos.





El chantaje de Pedro

Shely me lo contó toda una noche de abril de 2018, llegando a mi departamento temblando, ojos rojos de haber llorado, pero con esa mezcla de miedo y excitación que siempre la traiciona. Vestido corto gris arrugado, tetas grandes marcadas por mordidas de Don Luis aún visibles en el escote, olor a sexo viejo y perfume barato. "Amorcito... Pedro me tiene agarrada... mi ex de la niñez, el que fue mi primer noviecito en el colegio. Me grabó todo con Don Luis en Pimentel... y ahora me chantajea. Te cuento todo, porque eres el único que me entiende sin juzgar".

Pedro era un tipo de su barrio en Chiclayo, ex compañero de primaria y secundaria, su "primer amor" a los 14: besos robados en el recreo, manoseos inocentes detrás del colegio. Se separaron cuando ella se mudó, pero él nunca la olvidó. Ahora, 30 años, casado con hijos, trabajando de vigilante en una empresa de seguridad, la vio por casualidad en Pimentel durante su mes con Don Luis.

"Una tarde que follábamos en la playa privada de la villa... yo en cuatro en la arena, Don Luis embistiéndome fuerte por detrás, tetas colgando y rebotando, gritando como loca porque me venía rápido como siempre con él... Pedro estaba espiando desde unas rocas. Tenía el celular grabando todo: mi culo carnoso aplaudiendo contra sus caderas, mis gemidos altos '¡Don Luis... rómpeme... lléname!', chorros salpicando la arena cuando me corrí, él corriéndose adentro con gruñidos. Grabó como 10 minutos... hasta cuando me volteó y me folló anal, yo temblando y viniéndome otra vez".

Pedro la confrontó dos días después, mensaje anónimo primero con un clip corto: ella gritando el nombre de Don Luis, coño chorreando visible. "Shely... qué puta te has vuelto. Tengo todo grabado. Si no quieres que lo mande a tu papá, a tu familia, a Gustavo el ingeniero, a Renato... y lo suba a redes... paga".

Shely entró en pánico. Llamó a Pedro llorando: "¡Pedro... por favor! Éramos amigos de niños... no hagas eso. Fue un error... borrálo". Él rio frío: "Amigos de niños... y tú mi primer amor que me dejó. Ahora veo qué puta eres con viejos. No borro nada... pero si me das plata, callo. 5000 soles primero... y tal vez más después".

Ella pagó el primer chantaje: transfirió desde su cuenta, temblando. Pero Pedro no paró. Segunda llamada: "No es solo plata, Shely... quiero verte. Ven a mi casa... o mando el video completo". Ella fue, aterrorizada, pero con ese morbo suyo. Casa humilde en Chiclayo, esposa e hijos fuera. Pedro la recibió con el video en el celular, reproduciéndolo: ella gimiendo como puta en la playa.

"¡Mira qué rica te ves... gritando con el viejo metiéndotela por el culo! Siempre fuiste puta, Shely... desde niña ya me calentabas". La besó fuerte, mano bajando a su culo, apretando. Shely resistió al principio: "¡Pedro... no! Solo vine para que borres...". Pero él la empujó al sofá, quitándole la blusa, tetas grandes libres. "No borro nada... pero si me cachas rico como a él... tal vez no mando más".

La folló ahí mismo: la puso en cuatro como en el video, penetrándola fuerte, reproduciendo el audio de sus gemidos con Don Luis de fondo. "¡Escucha cómo gritabas con el viejo... ahora grita conmigo!". Shely, entre miedo y excitación, se dejó: coño mojándose, empujando hacia atrás. "¡Pedro... no... pero... sí... fóllame!". Él embestía brutal, mano frotando su clítoris como sabía de adolescentes, haciendo que se corriera rápido. "¡Me vengo... Pedro... no mandes el video!".

Se corrió adentro, gruñendo: "Buena puta... pero el video queda. Pagarás más... plata y sexo cuando quiera".

El chantaje siguió semanas: plata cada 15 días, y visitas "para verificar". Pedro la follaba en su casa, en moteles, reproduciendo el video mientras la penetraba: "Mira cómo te cogía el viejo... ahora soy yo el que te llena". Shely pagaba y follaba, aterrorizada, pero viniéndose rápido como siempre. "Me excita el riesgo, amor... pero tengo miedo que lo mande".

Al final, Pedro subió la apuesta: "Quiero que dejes al viejo... o mando todo". Shely, ilusionada con Don Luis, lloró, pero no dejó. Pedro mandó un clip corto a un grupo familiar anónimo... caos empezó.

Shely me contó todo jadeando en mi cama: "Pedro me tiene... me folla cuando quiere, me saca plata... pero me corro rápido con él también, como con Don Luis. ¿Qué hago, amor? Soy libre... pero atrapada".

Shely... siempre pagando caro sus juegos prohibidos.
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Mas puta que nunca junto a sus amigas y compinches:



Era un lunes de esos en los que Lima parece un horno lento, pero la playa de Asia estaba casi desierta: solo unas cuantas sombrillas dispersas, el mar grisáceo rompiendo suave contra la arena, y el viento salado que apenas aliviaba el calor pegajoso. Yo, Gabriel, estaba estacionado en mi viejo Hyundai al borde del aparcamiento, fumando un cigarro para matar el tiempo, cuando vi llegar el carro de Carmela: un Fiat rojo algo abollado, con Shely al volante. Mi ex, esa mujer que me había dejado hace años pero que seguía apareciendo como un vicio imposible de quitar.

Shely bajó primero, con ese bikini azul eléctrico que le apretaba las tetas grandes y redondas, dejando ver el piercing en el ombligo y las curvas de sus caderas anchas. El bottom era un tanga mínimo, de esos que se meten entre las nalgas y dejan poco a la imaginación; su piel morena brillaba con aceite solar, y el pelo negro suelto le caía hasta la mitad de la espalda. Me miró con esa sonrisa ladina que siempre significaba problemas.

—Gabriel, papi… ¿listo para el paseo? —dijo, acercándose con un contoneo deliberado, sus tetas rebotando ligeramente con cada paso—. Carmela viene conmigo. Vamos a buscar a Saul, el chibolo que nos tiene locas a las dos.

Carmela bajó del lado del copiloto, algo tímida. Era más joven, unos 22, con un cuerpo delgado pero curvilíneo: tetas medianas pero firmes en un bikini verde oliva que contrastaba con su piel clara, el top de triángulo que apenas cubría los pezones rosados que se marcaban un poco por el frío del aire acondicionado. Su bottom era más conservador, de talle alto, pero se le pegaba al coño depilado, delineando todo. Pelo castaño en una cola de caballo, cara de niña ingenua con ojos grandes y labios carnosos. Me saludó con una mano tímida.

—Hola, Gabriel… Shely me dijo que nos acompañarías.

Shely se rió bajito, abriendo la puerta trasera de mi carro y empujándome adentro con ella, como si fuéramos novios de nuevo.

—Claro que sí, Carmi. Gabriel es el mejor para estas cosas. Sube adelante, yo me quedo atrás con él un rato… para “ponernos al día”.

Carmela obedeció sin chistar, respetuosa como siempre con Shely. Era ingenua, sí: creía que Shely era su mentora, su amiga mayor que la guiaba en todo, sin sospechar que mi ex era una maestra en manipular situaciones para follarse a quien quisiera. Saul estaba esperándonos en el otro extremo de la playa, cerca de unas rocas apartadas donde nadie iba un lunes. Shely me había contado el plan por WhatsApp la noche anterior: “Las dos lo queremos, pero yo me lo follo primero. Tú entretén a Carmela en el carro. Es virgen en estas cosas, no va a sospechar. Y de paso… quizás la calientas un poco para mí después. 😈”

Apenas arrancamos, Shely se pegó a mí en el asiento trasero. Su mano subió por mi muslo, rozando mi verga que ya se ponía dura bajo el short de baño negro.

—Extrañé esto, Gabriel… tu polla gruesa latiendo por mí —susurró, mordisqueándome la oreja mientras Carmela conducía, mirando fijo al frente—. Recuérdame lo que me hacías cuando éramos novios: metérmela por detrás hasta que gritaba tu nombre.

Tragué saliva, mirando de reojo a Carmela por el retrovisor. Ella tarareaba una canción de radio, ajena a todo.

—Shely… no aquí —murmuré, pero mi mano ya estaba en su muslo, subiendo hasta rozar el borde del tanga húmedo.

Ella se rió, abriendo las piernas un poco más.

—Aquí mismo. Tócame, papi. Siente lo mojada que estoy pensando en Saul. Su verga es larga, venosa… me la imagino abriéndome el coño mientras Carmela espera inocente.

Sus dedos se metieron en mi short, agarrándome la polla y masturbándome despacio, untando el precum por el glande. Gemí bajo, y Carmela giró la cabeza un segundo.

—¿Todo bien atrás?

—Perfecto, Carmi —dijo Shely con voz ronca, sin soltarme—. Solo charlando de viejos tiempos.

Llegamos al punto de encuentro. Saul estaba ahí, alto y atlético, con un short rojo que marcaba su paquete impresionante, torso desnudo tatuado en el pecho y brazos, pelo corto y una sonrisa de depredador. Bikini no, pero su cuerpo brillaba de sudor, oliendo a sal y colonia barata.

—Shely… Carmela… y tú debes ser Gabriel —dijo, abrazando a Shely primero, sus manos bajando disimuladamente a sus nalgas—. Listas para el chapuzón?

Carmela se sonrojó, mirando al suelo.

—Yo… no sé si meterme al agua. Hace frío.

Shely vio su oportunidad.

—Carmi, quédate con Gabriel en el carro. Él te cuida. Saul y yo vamos a dar una vuelta por las rocas… a “buscar conchas”. Vuelvo pronto.

Carmela asintió, ingenua como siempre.

—Ok, Shely. Ten cuidado.

Shely me guiñó un ojo antes de irse de la mano con Saul, desapareciendo detrás de las dunas bajas. El carro se quedó en silencio tenso. Carmela se sentó adelante conmigo, las manos en el regazo, el bikini verde marcando sus pezones endurecidos por el nerviosismo.

—Shely es genial, ¿verdad? —dijo ella, rompiendo el hielo—. Siempre sabe qué hacer.

Asentí, mi polla todavía medio dura por el toque de Shely.

—Sí… es experta en eso.

Pasaron cinco minutos. Diez. El sol pegaba en el parabrisas, haciendo que el carro se calentara. Carmela se abanicaba, sus tetas subiendo y bajando. Me pilló mirándola.

—¿Qué pasa, Gabriel? ¿Estoy… rara?

—No, para nada. Estás preciosa en ese bikini. El verde te queda perfecto… resalta tus curvas.

Se sonrojó más, pero no se apartó cuando mi mano rozó su rodilla “accidentalmente”.

—Gracias… Shely me lo prestó. Dice que me hace ver sexy.

—Lo hace —murmuré, subiendo la mano un poco—. ¿Alguna vez has… probado con alguien?

Ella negó con la cabeza, mordiéndose el labio.

—No… soy algo tímida. Shely dice que debería soltarme más.

El momento se tensó. Mi celular vibró: mensaje de Shely.

Foto: ella de rodillas en la arena, detrás de una roca, con la polla de Saul en la boca. Gruesa, venosa, brillando de saliva. Texto: “Ya me la estoy comiendo toda. Sabe a sal y sudor. Me está agarrando del pelo, empujando hasta la garganta. Gimo como puta. ¿Celoso? Mantén a Carmela ocupada… quizás tócala un poco. Está mojada por Saul, pero tú puedes usarla primero.”

Mi verga se endureció al instante. Carmela notó mi erección contra el short.

—Gabriel… ¿eso es por… mí?

Asentí, atrevido por el calor y la excitación.

—Un poco. Shely me dejó caliente antes de irse. ¿Quieres… tocar?

Ella dudó, pero su mano temblorosa se acercó, rozándome por encima de la tela.

—Es… grande.

La animé, guiando su mano dentro del short. Sus dedos inexpertos me agarraron, masturbándome torpemente pero con entusiasmo.

—Así… más rápido, Carmi. Imagina que es la de Saul.

Ella gimió bajito, cerrando los ojos.

Mientras tanto, detrás de las rocas, Shely ya estaba montada en Saul. Él la había tirado en la arena, le quitó el tanga de un tirón y le lamió el coño hinchado, metiendo la lengua profundo mientras ella se retorcía.

—Joder, Saul… chúpame más… mete los dedos… ábreme para tu verga —gemía Shely, agarrándole la cabeza.

Saul obedeció, metiendo dos dedos curvos, frotando su punto G hasta que ella squirteó un poco en su boca. Luego la puso en cuatro, escupió en su ano y le metió la polla en el coño de un empujón seco.

—Eres una puta caliente, Shely… más apretada que Carmela se imagina —gruñó él, bombeando fuerte, sus bolas golpeando contra sus nalgas.

Shely gritaba sin control, el eco perdido en el mar vacío.

—Fóllame más duro… rómpeme el coño… lléname de leche… quiero que Carmela huela tu semen en mí cuando vuelva.

Él la besó sucio, lengua profunda, mordidas en el cuello, mientras la follaba sin piedad. Cambiaron posiciones: ella encima, rebotando en su verga, tetas saltando; luego él detrás, metiéndosela por el culo despacio al principio, luego brutal.

—Duele… joder, duele rico… métemela toda, Saul… hazme tuya.

Se corrió dentro de su culo, chorros calientes que la llenaron, goteando por sus muslos mientras ella temblaba en un orgasmo múltiple.

De vuelta en el carro, la tensión con Carmela escalaba. Ella me chupaba ahora, torpe pero ansiosa, su boca caliente alrededor de mi glande.

—Sabe… salado —murmuró, lamiendo.

La detuve antes de correrme.

—Espera… Shely vuelve pronto. No queremos que nos pille.

Justo entonces, Shely apareció, caminando coja, el bikini desajustado, marcas rojas en las nalgas y cuello, semen seco en el interior de los muslos. Saul la seguía, satisfecho.

—Listos para irnos? —dijo Shely, sentándose atrás conmigo, su mano yendo directo a mi erección—. Buen trabajo con Carmi, Gabriel. Vi cómo la tocabas. Esta noche… te pago en el depa. Con ella mirando, si quieres.

Carmela arrancó, ingenua, pero con una chispa nueva en los ojos. El carro olía a sexo y promesas. Y yo solo podía pensar en lo que vendría después.
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El regreso siguió en ese silencio denso y cargado, como si el aire dentro del Hyundai estuviera hecho de promesas sucias y deseo reprimido. Shely conducía con una mano en el volante y la otra descansando en el muslo de Saul, rozándolo de vez en cuando con las uñas largas, mientras él miraba por la ventana con esa sonrisa satisfecha de quien ya había cobrado su parte. Carmela y yo atrás, sin tocarnos, pero sintiendo cada movimiento del carro como una caricia indirecta. El olor a sexo seguía impregnado: semen seco en las piernas de Shely, sudor, sal marina y el almizcle caliente de su coño usado.

Mi celular vibró de nuevo. Mensaje de Shely, sin que nadie en el carro lo notara.

Foto 1: close-up de su mano sosteniendo la verga semi-dura de Saul, todavía brillante de saliva y semen, con sus dedos alrededor del tronco venoso. Texto: “Mira lo que me dejó. Todavía gotea un poco. Me lo metió hasta el fondo del culo hace diez minutos.”

Foto 2: ella sentada en el asiento del conductor ahora, piernas abiertas lo justo para que se viera el tanga azul corrido a un lado, coño hinchado y rojo, un hilo blanco espeso escapando lento por el perineo hacia el asiento. Texto: “Siento cómo me chorrea todavía. Cada bache de la carretera me hace apretar y sale más. Mañana te cuento todo con detalles, papi. Cómo me agarró del pelo, cómo me folló la cara hasta que tosí, cómo me puso en cuatro y me abrió el ano con saliva y fuerza bruta. Cómo me corrió adentro tres veces y me dejó temblando.”

Luego un mensaje de voz corto, que escuché con el volumen bajo y auricular:

[Audio: voz ronca, entrecortada por la respiración] “Gabriel… esta noche duermo sola, necesito descansar el coño y el culo que me dejó hecho ******. Pero mañana… mañana voy a tu depa y te cuento todo mientras te monto despacio. Te voy a describir cada empujón, cada gemido, cómo olía su verga, cómo sabía su leche mezclada con la mía. Y si quieres… Carmela está caliente por ti. La vi mirándote todo el camino, apretando los muslos cada vez que te veía duro. Si te la quieres tirar, hazlo. Es ingenua, pero está mojada pensando en lo que Saul me hizo. Dile que yo le dije que sí, que yo quiero verte follarla mientras pienso en cómo me usaron hoy. Mañana te espero con el culo limpio y listo para que me reclames… sin condón, sin piedad. ¿Trato?”

No respondí de inmediato. Miré a Carmela de reojo. Ella tenía la vista fija en el retrovisor, donde se veía el perfil de Shely sonriendo mientras conducía. Sus pezones seguían duros bajo el bikini verde, y noté cómo cruzaba y descruzaba las piernas, inquieta.

Shely giró la cabeza un segundo, me miró por el espejo y me guiñó un ojo. Luego volvió a la carretera, como si nada.

Saul rompió el silencio por primera vez en media hora.

—Buen paseo, ¿no? —dijo con voz grave, riendo bajito.

Shely soltó una carcajada ronca.

—El mejor. Mañana repetimos… pero con más público.

Nadie contestó. Carmela soltó un suspiro tembloroso, casi un gemido ahogado, y se mordió el labio inferior.

Llegamos a Lima con el cielo ya naranja oscuro. Shely estacionó frente a mi edificio, pero no apagó el motor.

—Bájate, Gabriel —dijo casual—. Carmela y yo seguimos a dejar a Saul. Mañana… ya sabes. Te escribo temprano.

Bajé sin decir mucho. Saul me dio un choque de puños seco, como colegas.

—Nos vemos, brother.

Carmela me miró desde atrás, ojos grandes y brillantes.

—Chau, Gabriel… gracias por… todo.

Shely se inclinó hacia la ventana del copiloto.

—Pórtate bien esta noche, papi. Descansa esa verga… porque mañana te voy a hacer trabajar duro. Y si decides invitar a Carmela… avísame. Quiero fotos.

El carro se alejó despacio. Yo me quedé en la vereda, el celular todavía caliente en la mano, el olor de Shely pegado a mi piel, y la promesa de mañana latiendo en mi entrepierna como un pulso vivo.

Subí al depa solo. Me tiré en la cama, abrí las fotos otra vez y me masturbé lento, imaginando su relato de mañana: cada detalle sucio, cada gemido que me iba a contar mientras me montaba, mientras Carmela —quizás— miraba o participaba.

Mañana iba a ser inolvidable. Pero esta noche… solo quedaba el eco de lo que había pasado, y la espera que me ponía más duro que nunca.













Shely se acomodó más cerca en el banco del parque, su muslo pegado al mío, el calor de su piel traspasando el jean ajustado. Dio otro trago largo a la botella de agua, se limpió la boca con el dorso de la mano y bajó la voz aún más, como si el parque entero pudiera oírnos.

—No fue exactamente cómo te dije antes, Gabriel… mentí un poquito para no sonar tan puta de entrada. La verdad es que anoche tuve que fingir una crisis para sacarme a Carmela de encima. Estaba pegajosa, nerviosa pero excitada, y no paraba de preguntar “¿estás bien?, ¿quieres que me quede?”. Saul y yo ya nos mirábamos con ganas de devorarnos sin testigos.

Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió, los ojos brillando con esa mezcla de vergüenza y orgullo sucio.

—Estábamos en el depa apenas quince minutos después de dejar tu edificio. Saul me tenía contra la pared del pasillo, jeans a medio bajar, tanga a un lado, metiéndome tres dedos mientras me mordía el cuello. Yo gemía fuerte, adrede, para que Carmela oyera desde la sala. De pronto me “desmayé” un poco —fingí que me dolía el estómago, que me mareaba por el sol de la playa—. Me tiré al piso dramática, mano en la panza, cara de dolor.

“¡Shely! ¿Qué te pasa?” —gritó Carmela, corriendo hacia mí.

Saul se hizo el preocupado al instante.

“Joder, parece que le cayó mal algo… o el calor. Carmi, ayúdame a levantarla.”

La subimos al sofá. Yo fingí que respiraba agitada, que me dolía mucho el abdomen. Saul sacó el celular.

“Voy a llevarla a urgencias por si es apendicitis o algo. Carmela, tú quédate aquí o ve a tu casa, no queremos que te preocupes más.”

Carmela dudó, ojos grandes, preocupada de verdad.

“Pero… ¿y si necesita algo? Puedo ir con ustedes.”

“No, Carmi —le dije yo, voz débil—. Ve a descansar. Saul me cuida. Mañana te escribo.”

Ella insistió un rato, pero Saul la convenció: “Mejor ve a tu casa, yo la llevo al hospital y te aviso”. Carmela se fue casi llorando, abrazándome antes de salir. “Cuídate, Shely… avísame cualquier cosa.”

Apenas cerró la puerta, Saul y yo nos miramos y estallamos en risas bajas. Me levanté de un salto, le bajé el short de golpe y me arrodillé ahí mismo en la sala.

“Ahora sí, huevón… detóname como quieras. Toda la noche. Sin interrupciones.”

Saul me agarró del pelo, me puso de rodillas y me metió la verga hasta la garganta de una. Tosí, saliva cayendo por la barbilla, pero seguí chupando como loca: lengua en la base, succionando el glande hinchado, metiéndomela hasta que me golpeaba la campanilla. “Así, puta… trágatela toda… ayer en la playa me la chupaste rico, pero ahora quiero verte babear.”

Me levantó, me tiró en el sofá boca abajo, me abrió las nalgas con las dos manos y escupió directo en mi ano. “Mírate… todavía gotea mi leche de antes. Estás abierta, lista para más.” Me metió la verga en el culo despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos tocaron mis nalgas. Grité, uñas clavadas en el cojín.

“Duele… auuuuuuuuuuu, duele rico… métemela más hondo, Saul… rómpeme el culo…”

Empezó a bombear fuerte, ritmo animal: salía casi toda y entraba de golpe hasta el fondo. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran contra el sofá, que mi coño chorreara jugos por los muslos. Me corrió adentro del ano primero —chorros calientes que sentí palpitar profundo—. Salió, me giró, me puso las piernas en los hombros y me folló el coño sin parar. “Tu coño está hinchado por mí… aprietas como virgen… voy a llenarte otra vez.”

Me corrí dos veces así: la primera temblando, squirteando un poco sobre su abdomen; la segunda gritando su nombre mientras me pellizcaba los pezones. Cambiamos al dormitorio. Me puso en cuatro en la cama, me ató las manos con mi propia tanga a la cabecera y me folló por detrás alternando agujeros: coño, culo, coño, culo. Cada vez que cambiaba, escupía más, metía dedos para abrirme. “Eres mi puta personal ahora… dime que quieres mi leche en todos lados.”

“Sí… lléname… quiero oler a ti toda la semana… córrete en mi boca después…”

Lo hicimos hasta las cuatro de la mañana. En la ducha: me apoyó contra la pared, agua caliente cayendo, me folló de pie por el culo mientras me ahogaba con besos. En la cocina: me sentó en la encimera, me abrió las piernas y me comió el coño hasta que me corrí en su boca, luego me penetró ahí mismo, huevos golpeando contra el borde de mármol. En el balcón —con la ciudad dormida abajo—: me puso de espaldas a la baranda, me levantó una pierna y me metió la verga profunda mientras me tapaba la boca para que no gritara demasiado.

Al final, exhaustos, nos tiramos en la cama. Yo con semen goteando de los dos agujeros, piernas temblorosas, ano rojo e hinchado, coño sensible al roce. Saul se durmió abrazándome por detrás, verga semi-dura pegada a mis nalgas.

Shely hizo una pausa, respiró hondo y sacó el celular.

—Esta mañana, mientras Saul dormía, Carmela me escribió. Mira.

Me mostró el chat:

Carmela (8:42 AM): Shely… ¿estás bien? ¿Qué pasó en el hospital? Me preocupé toda la noche.

Shely (9:15 AM): Todo bien, Carmi. Falsa alarma, fue el estómago. Gracias por preocuparte ❤️

Carmela (9:20 AM): Menos mal… oye… anoche cuando te fuiste con Saul… vi cosas. Y oí. Si vas a seguir haciendo tus cochinadas con él, no cuentes conmigo para nada. No soy así. No quiero saber más.

Shely (9:25 AM): Tranquila, Carmi. No pasa nada. Si te incomoda, lo entiendo. Pero… ¿y si te digo que Gabriel está loco por ti? Él me contó que te miró todo el día ayer. Si quieres soltar un poco, él es perfecto. Te trata bien, te hace sentir rica… y yo no me meto. Al contrario, me excita imaginarlo follándote.

Carmela (9:40 AM): …no sé. Me da vergüenza. Pero… sí me gustó cuando lo toqué en el carro. Es lindo. ¿De verdad le gusto?

Shely (9:42 AM): Muchísimo. Si quieres, le digo que te escriba. O mejor: ve a su depa hoy. Dile que yo te mandé. Te va a comer a besos y a follarte rico, despacio al principio, después como tú quieras. Sin presiones. Y si te animas… yo quiero fotos o un videíto. Solo para mí 😈

No respondió más. Pero sé que está pensando.

Shely guardó el celular, se acercó hasta que su aliento me rozó la oreja.

—Entonces, Gabriel… hazme el favor. Tírate a Carmela. Fóllatela bien, hazla gritar tu nombre, hazla correrse como nunca. Quiero que me deje en paz con sus dramas de niña buena. Dile que yo te dije que sí, que quiero que la uses. Y cuando termines… mándame un audio contándome cómo gemía, cómo apretaba tu verga, cómo se corrió pensando en lo que Saul me hizo a mí.

Me puso la mano en la entrepierna, apretó suave sobre la erección que ya tenía.

—O… si prefieres empezar conmigo ahora mismo… el baño del parque está a dos pasos. Me bajo los jeans, me abro para ti y te dejo reclamar lo que Saul usó toda la noche. Elige, papi. Pero haz algo… porque estoy mojada solo de contártelo.

El parque seguía tranquilo, pero entre nosotros el aire ardía. Ella esperaba, ojos fijos en los míos, labios entreabiertos, lista para lo que decidiera.
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Al día siguiente, miércoles por la mañana, el celular me despierta con el tono que Shely siempre pone cuando está con resaca o con ganas de armar quilombo: un reggaetón que se corta de golpe cuando contesto.

—Gabriel, papi… ¿ya te levantaste o sigues soñando con la carita inocente de Carmela? —su voz sale rasposa, con ese tonito entre culpita y cachonda que me pone la verga tiesa al instante.

—Estoy despierto, Shely. ¿Qué pasó anoche? Saul me contó que te fuiste con Marco.

Se ríe bajito, como si le diera risa el drama que ella misma arma.

—Ay, sí… Marco me agarró en el bar de Barranco y no pude resistirme, Gabriel. Después de fingir que me sentía mal para sacarme a Carmela de encima como si fuera una mosca molesta, me fui directo con él a su depa en Surco. Me tenía loca desde que entramos. Me tiró en el sofá, me arrancó el vestido negro de un jalón, me chupó las tetas hasta dejarme los pezones morados e hinchados, y me metió la verga sin condón directo al coño. Me puso en cuatro, papi… me abrió el culo con saliva y me la clavó hasta los huevos. Gritaba como loca: “¡Más duro, Marco… rómpeme como antes, ¡cabrón!”. Se corrió adentro dos veces, chorros calientes que sentí palpitar profundo, y después me hizo chupársela limpia mientras me metía tres dedos en el coño y me hacía squirtear sobre el piso. Terminamos en la ducha, él detrás mío, metiéndomela por el ano mientras el agua caliente caía y me ahogaba los gemidos. Me dejó goteando por todos lados… olía a él toda la mañana, Gabriel. Fue rico… pero extraño cómo tú me reclamas después, cómo me haces gritar más fuerte.

Yo me quedo callado, la verga latiendo contra el bóxer, imaginándome todo. Ella suspira hondo.

—Fue una noche de ****** y placer, papi. Pero extraño tu verga gruesa abriéndome como solo tú sabes. ¿Vienes a verme hoy?

Antes de que pueda responder, se escucha un portazo fuerte al fondo de la llamada. Voz de hombre gritando:

—¿Con quién ****** hablas, Shely? ¿Con el huevón de Gabriel otra vez? ¡Dame el teléfono!

Es Saul. Ella grita de vuelta:

—¡Cállate, Saul! ¡No es tu problema con quién hablo, celoso de ******!

Se arma el peo total: se escuchan golpes, cosas cayendo al piso, ella insultándolo de “pendejo posesivo” y él gritándole que es una “puta mentirosa que se abre con cualquiera”. La llamada se corta de golpe con un ruido seco, como si hubieran tirado el celular.

Me quedo mirando la pantalla, corazón acelerado. Media hora después me llega un audio de Shely, voz llorosa pero todavía caliente:

—Gabriel… Saul se puso loco, me rompió un vaso contra la pared y se fue dando portazo. No quiero estar sola hoy. Pero… ve a ver a Carmela primero. Ella me escribió anoche que te vio salir de su depa esa vez. Sabe que nos vemos a escondidas… y está dolida. Dice que no quiere ser el segundo plato de nadie.

Llego al edificio de Carmela en Miraflores como a las dos de la tarde. Toco el timbre. Ella abre la puerta solo una rendija, ojos rojos de llorar, bata puesta, pelo revuelto.

—Gabriel… no quiero verte ahora. Sé que sigues con Shely. Me usaste para desquitarte de ella, ¿no? Anoche fue rico, me hiciste sentir cosas que nunca… pero no soy su repuesto. Vete, por favor.

Intento hablar, ponerle la mano en la puerta, pero ella cierra suave, sin portazo, pero definitivo. Me quedo ahí parado como un huevón en el pasillo, sintiendo el vacío en el pecho.

Pasan tres semanas. Nada de Carmela, solo mensajes fríos: “Estoy bien, no te preocupes”. Shely desaparece unos días, después vuelve con audios casuales: “Estoy bien, papi… Saul y yo terminamos mal, pero ya pasó”. Yo me mantengo distante, laburando, saliendo con los patas, tratando de olvidar el enredo limeño de ******.

Hasta que llega el sábado por la madrugada, 3:40 AM. Llamada entrante: Shely. Contesto y se escucha música a todo volumen, reggaetón pesado, risas y gritos de fondo.

—Gaaabrieeel… papi… ven a buscarme ya a La Rambla, estoy en la disco de abajo… estoy re calata, ven rápido que estoy mojadísima…

Voz de borracha perdida, pero sexy como siempre. Llego en taxi veinte minutos después. La veo en la pista central y se me cae la baba: licra de látex blanco puro, ajustadísima, como pegada al cuerpo. El material es tan brillante y ceñido que se le transparenta todo: el calzón negro de encaje debajo, el hilo metido profundo entre las nalgas, los pezones duros marcándose clarito sin sostén. Tacones altos negros, pelo suelto revuelto, labios rojos brillantes de gloss. Está desatada total: bailando sola en el centro, caderas moviéndose lento y provocativo, manos subiendo por su cuerpo, apretándose las tetas, bajando hasta rozarse el coño por encima de la licra, mirándome fijo mientras se muerde el labio.

Me ve, sonríe como diabla y camina hacia mí meneando todo. Se pega a mi cuerpo, me besa con lengua profunda, oliendo a trago, perfume caro y sudor de baile.

—Papi… baila conmigo… mira cómo estoy… toda empapada por ti…

Me agarra las manos y las pone en sus nalgas duras. Bailamos pegados, ella frotándose contra mi verga tiesa, susurrándome al oído con voz ronca:

—Te extrañé, Gabriel… Saul me jodió la cabeza, pero tú eres el que me hace correr rico de verdad…

Bailamos dos temas más, ella cada vez más descontrolada: me besa el cuello, me mete la mano por dentro del pantalón y me masturba disimuladamente en la pista oscura, mientras la gente mira, pero a ella le vale verga.

—Vamos a mi casa ya… quiero que me rompas esta licra con tu verga…

Salimos. En el taxi, se sube a mi regazo, se frota contra mí, me besa como desesperada, metiéndome la lengua hasta la garganta.

Llegamos a su depa en Surco y apenas cierra la puerta, se quita los tacones de una patada. Pero justo entonces le suena el WhatsApp. Lo abre sin pensar. Es Saul. Audio largo. Ella lo pone en altavoz, todavía pegada a mí.

—Shely… sé que estás con Gabriel ahora, puta. Pero antes de que te lo folle… quiero que sepas que anoche me tiré a Carmela. En su depa. Me llamó llorando por ti, por Gabriel… y terminé consolándola con la verga. La puse en cuatro, le metí hasta el fondo del coño, la hice gritar mi nombre mientras le agarraba las tetas. Está rica, apretada… y me dijo que le encantó más que contigo. Así que disfruta tu noche, zorra… porque yo ya estoy disfrutando la mía.

Shely se queda helada un segundo. Luego suelta una risa nerviosa, pero los ojos le brillan de rabia y calentura mezcladas.

—Mira este conchatumadre… —murmura—. Pero ¿sabes qué, Gabriel? Me pone más caliente todavía. Ven… fóllame ahora mismo. Hazme olvidar a los dos. Métemela sin condón, por el culo primero… quiero que me dejes marcada como tuya de una vez.

Se da vuelta, se apoya en la pared del pasillo, se baja la licra blanca hasta las rodillas. El calzón negro está empapado, el ano rosado visible y palpitante. Se abre las nalgas con las manos.

—Aquí estoy, papi… toda abierta para ti. Hazme gritar más fuerte que Carmela gritó con Saul. Rómpeme, lléname… hazme tuya.

La cojo contra la pared, la levanto por las nalgas, le meto la verga de un empujón seco en el coño primero, luego cambio al culo. Ella grita sucio todo el tiempo:

—Más duro… rómpeme el culo… lléname como Marco no pudo… como Saul no sabe… ¡soy tuya, Gabriel!

En el sofá, en la cama, en la ducha… alternando agujeros, mordidas en el cuello, nalgadas que le dejan la piel roja. Al final, exhaustos, se queda dormida pegada a mí, licra blanca todavía a medio bajar, semen goteando por sus muslos y por la sábana.

Yo miro el techo, pensando en Carmela, en Saul, en este enredo de ****** limeño… y me doy cuenta de que, al final, Shely siempre termina ganando. Pero esta vez… no sé si quiero seguir jugando.








Un mes después del quilombo con Saul y Carmela, las cosas con Shely se calmaron de una forma rara, casi pacífica. Ya no era el desmadre de antes: menos celos, menos gritos, menos “quién se la está tirando a quién”. Nos veíamos casi todos los días, pero no como pareja ni como follamigos full time. Era más… amistad con derecho a culear cuando pintaba. Llegaba a su depa después del laburo, nos tirábamos en el sofá a ver Netflix, comíamos ceviche de delivery, hablábamos ****** de la vida, de los patas, de lo jodido que está Lima con el tráfico. Y de vez en cuando, sin planearlo, terminábamos en la cama: ella encima moviéndose despacio, yo agarrándole las nalgas, metiéndosela suave hasta que gemía bajito mi nombre y se corría temblando. Nada de anal salvaje ni de tríos locos. Era sexo tranquilo, casi cariñoso. A veces ni siquiera terminábamos: nos quedábamos abrazados, ella con la cabeza en mi pecho, yo oliendo su pelo a shampoo de vainilla.

Yo pensé que eso era lo que queríamos los dos: calma después de tanto drama. Ella me decía cosas lindas, “Gabriel, eres el único que me entiende de verdad”, “contigo no tengo que fingir”. Y yo le creía, porque después de todo el enredo con Marco y Saul, parecía que por fin había aterrizado.

Pero las señales empezaron a aparecer, chiquitas al principio. Me decía que estaba trabajando hasta tarde en la Cámara de Comercio por un proyecto nuevo. Que se había inscrito en un curso de marketing digital los jueves y sábados. Que no vaya a su casa porque sus viejos estaban de visita y no querían visitas. Que estaba cansada, que tenía mucho estrés. Yo no sospechaba nada grave; Shely siempre ha sido medio misteriosa con su tiempo, y yo no soy de los que controlan. Le creía.

Hasta que un viernes por la noche, pasadas las 10, me llega un audio y un mensaje en WhatsApp. El audio primero:

[Audio de Shely, voz baja, casi susurrando, con ruido de calle de fondo] “Alexis… papi… te espero a la vuelta de mi casa. Hay un hotelito cerca, el que queda en la cuadra de atrás, el que tiene luces rojas en la entrada. No demores porque están mis padres en casa y no puedo entrar contigo. Ven ya, estoy calientísima pensando en ti… trae condones por si acaso. Te amo.”

Me quedo mirando el celular como huevón. Alexis. No Gabriel. Alexis.

El mensaje de texto que viene después: “Alexis amor, apúrate que ya estoy mojada. Habitación 204, sube directo. No toques timbre. 😈”

El corazón me late fuerte, pero no de celos al principio. De confusión. ¿Quién ****** es Alexis? ¿Y por qué Shely le dice “papi” y “te amo” en un audio que claramente se mandó al número equivocado?

Me subo al carro sin pensarlo dos veces. Conduzco hasta su cuadra en Surco, pero no voy directo al hotel. Me estaciono a dos cuadras, en una calle oscura, y camino. Llego a la vuelta de su casa, donde dice que me espera. Y ahí está ella: parada bajo un poste de luz, con un vestido negro corto que le llega a medio muslo, tacones altos, pelo suelto, maquillaje cargado. Está mirando el celular, impaciente, mordiéndose el labio.

No me ve. Yo me quedo en la sombra, a unos 15 metros. Entonces llega un carro negro, un Toyota Corolla nuevo. Baja un pata: alto, flaco, lentes, camisa blanca bien planchada, cara de niño bueno que estudia mucho. Se acerca a ella, la abraza por la cintura, la besa en la boca lento, con lengua. Ella le pasa las manos por el cuello, se pega a él, le susurra algo al oído y se ríen bajito.

Se van caminando de la mano hacia el hotel de luces rojas. Entran. Yo me quedo ahí, mirando la puerta como idiota, sintiendo cómo se me revuelve todo adentro.

Media hora después, me llega otro audio suyo. Esta vez sí me lo manda a mí, a Gabriel:

[Audio, voz agitada, fondo de cama crujiendo] “Gabriel… papi… perdón por lo de hoy. Me equivoqué de chat. Estaba con un amigo del curso… Alexis. Es solo sexo, nada serio. No es como contigo. Ven mañana a mi casa, mis viejos ya se fueron. Te extraño… quiero que me reclames.”

No respondo. Borro el audio. Me subo al carro y manejo de vuelta a mi depa en silencio. La cabeza me da vueltas: el mes de “amistad pura”, las mentiras del curso, el trabajo en la Cámara, los “no vayas a casa”. Todo era para verse con este Alexis, el chico estudioso que conoció en una conferencia.

Al día siguiente no le escribo. Ella me manda varios mensajes: “¿Estás bravo?”, “Papi, fue un error”, “Ven y hablamos”. Yo no contesto.

Pero sé que en algún momento voy a caer. Porque con Shely siempre caigo. Y cuando caiga, va a ser para reclamarla de la forma que más duele: metiéndosela hasta el fondo, haciéndola gritar mi nombre mientras le recuerdo que, al final, el que la rompe de verdad soy yo. No Alexis, no Saul, no Marco. Yo.

Pero esta vez… esta vez voy a hacerla esperar un poco más. Que sienta lo que es quedarse con las ganas.
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Pasaron los días y yo seguí sin hacerle caso a Shely. Ni un mensaje, ni un audio, ni una llamada. Nada. La dejé en visto con sus “perdón papi”, “fue un error”, “ven y hablamos”. Quería que sienta el vacío, que se dé cuenta de que no soy el huevón que siempre corre cuando ella chasquea los dedos. Me puse a laburar más, salí con los patas, me tiré unas chelas en Barranco, traté de sacármela de la cabeza. Pero Shely es Shely: siempre sabe cómo meterse de nuevo.

Llega el viernes por la noche, como a las 11:30. Estoy en el carro de un pata, manejando por la Costa Verde rumbo a una fiesta en Chorrillos. Al lado mío va una chica que acabo de conocer esa misma tarde en un bar: morena clara, pelo largo teñido de rubio, top corto y jeans ajustados. Se llama Valeria, o algo así, no recuerdo bien. Estamos riéndonos de una estupidez, ella con la mano en mi muslo, yo con una birra en la mano libre. El ambiente está caliente, la música a todo volumen.

Entonces vibra mi celular. WhatsApp. Shely.

Primero una foto: ella sentada en un sofá de algún local, falda negra corta subiéndose por los muslos, piernas cruzadas de forma provocativa. La falda se le ha subido lo justo para que se vea el borde de una tanga roja de encaje, el hilo metido entre las piernas. Se ve el contorno del coño depilado marcándose contra la tela. Texto debajo: “Mira lo que te estás perdiendo, Gabriel… estoy calientísima y tú no vienes”.

Segunda foto, segundos después: misma pose, pero ahora se ha jalado la falda hacia arriba del todo. La tanga corrida a un lado, dedos separando los labios del coño pelado, rosado e hinchado, brillando de humedad bajo la luz tenue del lugar. Se ve clarito el clítoris asomando, un hilo de jugo bajando por el interior del muslo. Texto: “Si no vienes ya, voy a tirar con cualquiera que me invite una copa. Estoy en La Rambla otra vez. Ven, papi… o me voy con el primero que me mire”.

De fondo se escucha una risa de mujer, aguda y burlona. Su amiga, seguro la misma que siempre anda con ella en las salidas. “¡Mándaselo, Shely! ¡Que vea lo que se pierde el huevón!”.

Me quedo mirando las fotos en la pantalla, la verga endureciéndose contra el jean a pesar de todo. Valeria se da cuenta, se ríe y me aprieta el muslo más fuerte.

—¿Problemas en el paraíso, Gabriel? —dice juguetona.

—No es nada —respondo, pero apago la pantalla y sigo manejando. No le contesto a Shely. Ni un visto. Nada.

La noche sigue: llegamos a la fiesta, bailamos, tomamos, Valeria termina besándome en un rincón oscuro, metiéndome mano por encima del pantalón. Pero yo estoy distraído, pensando en esas fotos, en Shely sentada ahí con el coño al aire, esperando que caiga como siempre.

A la 1:30 AM, Shely deja de mandar mensajes. El celular se apaga. O lo apaga ella. No hay más fotos, no hay audios, no hay “¿dónde estás?”. Silencio total. Me imagino lo peor: ella en la disco, bailando pegada a algún pata cualquiera, terminando en un baño o en un carro, gimiendo como puta mientras otro la usa.

Llego a mi depa pasadas las 4 de la mañana. Solo. Valeria se quedó en la fiesta con sus amigas. Me tiro en la cama, borracho y con la cabeza hecha ******. Intento dormir, pero no puedo. Cada rato miro el WhatsApp: último visto a las 00:47. Offline desde entonces.

Hasta que a las 6:12 AM, cuando ya está amaneciendo gris sobre Lima, llega un audio largo. Voz de Shely, ronca de llorar, entrecortada, con ruido de fondo de un taxi o un carro moviéndose.

[Audio, voz temblorosa, sollozos] “Gabriel… papi… perdóname… lo hice. Me fui con un desconocido de la disco. No sé ni cómo se llama… alto, tatuado, olor a colonia barata. Me invitó una copa, me dijo que estaba linda, y yo… yo estaba tan caliente, tan enojada contigo por no venir… que lo seguí al baño del local. Me levantó la falda, me bajó la tanga y me metió los dedos mientras me besaba el cuello. Gemí fuerte, Gabriel… como puta. Después me llevó a su carro, estacionado atrás. Me puso en el asiento de atrás, me abrió las piernas y me la metió sin condón. Me folló duro, papi… me agarró del pelo, me tapó la boca para que no grite mucho. Se corrió adentro, sentí los chorros calientes llenándome el coño… y yo me corrí también, temblando, pensando en ti todo el tiempo. Después me bajó y se fue. Me dejó ahí, con la falda arrugada y el semen goteándome por las piernas. Estoy en un taxi volviendo a casa… llorando como idiota. Te extraño, Gabriel… perdóname. No quiero a nadie más. Solo a ti. Por favor… contéstame.”

El audio termina con un sollozo ahogado. El mensaje de texto que viene después: solo un corazón roto y un “te amo”.

Me quedo mirando el techo, el celular en la mano, la verga todavía dura por las fotos de antes y por imaginar la escena. Rabia, celos, calentura, todo mezclado. No le contesto. No todavía.

Pero sé que mañana, o pasado, voy a caer. Porque con Shely siempre caigo. Y cuando caiga… va a ser para reclamarla de la forma más sucia posible: haciéndola llorar de placer mientras le recuerdo que, al final, el único que la llena de verdad soy yo. No un desconocido de disco, no Alexis, no nadie. Yo.

Pero por ahora… la dejo sufrir un rato más. Que sienta lo que es quedarse con las ganas y el arrepentimiento.







El sábado amanece pesado, con esa neblina gris de Lima que parece meterse debajo de la piel. No dormí nada. Las palabras de Shely en el audio me rebotan en el cráneo como martillazos: "se corrió adentro", "se fue", "pensando en ti". La rabia me quema, pero es una rabia enferma, mezclada con una excitación que me asquea de mí mismo.

Me levanto, me pego una ducha helada tratando de sacar el rastro de Valeria y el olor a tabaco de la fiesta, pero no puedo sacarme la imagen de Shely en ese baño, entregándose a un aparecido solo por despecho, por provocarme.

El Juego del Silencio

Pasan las horas. El celular vibra cada tanto. No lo abro, pero veo las notificaciones en la pantalla de bloqueo:

  • 10:15 AM: "¿Estás despierto? Por favor, dime algo."
  • 1:30 PM: "No he parado de llorar. Me siento sucia, Gabriel. Ven a verme, por favor."
  • 4:00 PM: Una foto de sus ojos hinchados, rojos, sin maquillaje. Se ve demacrada, real.
A las 7 de la noche, el orgullo me gana, pero la necesidad de marcar territorio es más fuerte. No le escribo. Simplemente le mando mi ubicación en tiempo real. Ni una palabra. Solo el punto azul moviéndose en el mapa de su celular.

El Encuentro en el Depa

Media hora después, escucho el timbre. Es un toque desesperado, rítmico. Abro la puerta y ahí está ella. Lleva una polera ancha que le queda grande y unos leggings negros, nada que ver con la Shely producida de anoche. Se ve pequeña, vulnerable.

En cuanto cierro la puerta, se me tira encima. No me besa, solo esconde la cara en mi cuello y empieza a sollozar. —Perdóname, fui una estúpida, no sé qué me pasó... —balbucea contra mi piel.

Yo no la abrazo. Me quedo rígido, sintiendo el calor de su cuerpo. —¿Te dolió? —le pregunto con la voz fría, cortante.

Ella se separa un poco, mirándome con miedo. —¿Qué? —Lo que te hizo ese tipo en el carro. ¿Te dolió o te gustó que te agarrara del pelo? —la tomo de la barbilla con fuerza, obligándola a sostener la mirada—. Porque según tu audio, estabas bien entregada.

La Reclamación

Shely tiembla. Veo cómo se le dilatan las pupilas. El ambiente en la sala cambia; ya no es tristeza, es esa tensión eléctrica que siempre nos termina destruyendo.

—Fue horrible porque no eras tú —dice ella en un susurro, acercando su boca a la mía—. Lo hice para que me odies, para que sientas algo por mí, aunque sea asco. Pero me moría porque fueras tú el que me estuviera rompiendo la falda.

La agarró de la cintura y la acerco con brusquedad. La rabia que acumulé durante días explota. —Me dijiste que se corrió adentro, ¿no? —le susurro al oído, mientras mi mano baja con firmeza por su espalda—. Pues ahora vas a aprender de quién eres de verdad. No me importa quién te tocó anoche, Shely. Hoy voy a borrar cada rastro de ese imbécil.

La tiró sobre el sofá, el mismo donde seguramente se tomó la foto de la tanga roja. Ella no se resiste; al contrario, abre las piernas buscando mi contacto, con esa mirada de devoción y culpa que me vuelve loco.

—Llora todo lo que quieras —le digo mientras me desabrocho el cinturón—, pero esta noche vas a gritar mi nombre hasta que no te quede aire. Mañana puedes volver a ser la niña arrepentida, pero ahora... ahora eres mía.





El ambiente en el chat de Carmela es un incendio. Shely no solo no está arrepentida, sino que está reviviendo el morbo de la noche anterior con una precisión que dejaría a Gabriel enfermo si llegara a leerlo.

Aquí tienes la reconstrucción de la verdad, filtrada a través de la complicidad sucia de las dos amigas.


Chat de WhatsApp: Shely & Carmela (Sábado, 11:20 AM)

Shely:
Amiga, sigo con las piernas temblando. No tienes idea de lo que fue ese animal en el carro. 🥵 Carmela: ¡Cuenta todo! ¿De verdad te fuiste con el que te fichó en la barra? ¿El de los tatuajes en el cuello?

Shely: Ese mismo. Se llama Christian, pero qué ****** importa el nombre. Estaba riquísimo, olía a perfume caro mezclado con pucho. En cuanto vio que Gabriel no me contestaba, me pegué a él y dejó que le perreara hasta que sintió que yo estaba empapada. Carmela: JAJAJA ¿Y Gabriel? ¿Le mandaste las fotos mientras el otro te tocaba?

Shely: ¡Claro! Le pedí a Christian que me tomara la foto de la tanga roja mientras me abría las piernas en el sillón del reservado. Él se cagaba de risa, me decía: "¿A quién quieres poner celoso, mami? Mira que hoy te voy a dejar bien marcada". Carmela: ¡Qué perra! ¿Y se fueron directo al estacionamiento?

Shely: [Audio, 1:15]: (Se oye a Shely suspirando, con voz excitada) "Gorda, no llegamos ni al asiento de adelante. Me tiró en el asiento de atrás del Audi, me arrancó la falda y me dejó solo con la tanga de encaje puesta. Me puso en cuatro, agarrándome del pelo con una mano y con la otra me bajó el hilo hacia un lado. Me decía: 'Así te gusta, ¿no? Que te usen como a una puta mientras tu novio te mira por el celular'. Amiga, me la metió en seco, sin asco. Yo gritaba como loca porque el carro retumbaba. El tipo era una bestia, me dio por todos los huecos, me puso las piernas al hombro y me daba tan duro que sentía que me iba a desarmar. Me dejó el cuello lleno de chupones, por eso ahora estoy con polera de cuello alto frente a Gabriel."

Carmela: ¡Nooo! ¿Y se corrió adentro como le dijiste al idiota de Gabriel en el audio? Shely: [Foto: Una mancha seca y blanquecina en el muslo de Shely, tomada anoche en el taxi] Shely: Mira eso. Me dejó empapada, Carmela. Se vino adentro dos veces. La segunda me dijo: 'Para que te acuerdes de mí cuando estés con el otro'. Me goteaba por las piernas mientras me subía la falda para irme. Me sentía tan puta, me encantó. 💦😈

Carmela: ¿Y cómo grabaste el audio llorando? Parecías una actriz de novela, yo casi me la creo.

Shely: [Audio, 0:48]: "Ay, gorda, puse el modo 'víctima' apenas me subí al taxi. Me froté los ojos hasta que se me pusieron rojos y puse voz de que me habían roto el alma. Le dije que 'me obligaron', que 'estaba enojada', toda esa ****** que a los hombres les encanta escuchar para sentirse los salvadores. Le dije que el tipo era un 'desconocido de colonia barata' para que no sospeche que en realidad era un tipo que está diez veces mejor que él y que me hizo acabar tres veces seguidas."

Carmela: Eres una genio del mal. ¿Y Gabriel ya te buscó?

Shely: Lo tengo aquí mismo, al costado. Se cree el rey porque me "perdonó" y me dio una revolcada esta mañana para 'marcar territorio'. Si supiera que mientras él me daba, yo cerraba los ojos y me acordaba del tatuado agarrándome del cuello en el asiento de atrás del Audi... me falta poco para estallar de la risa.

Carmela: Cuídate que no te vea el celular, Shely. Ese hombre te mata si se entera de que el "desconocido" te dio la mejor noche de tu vida.

Shely: Que lo intente. Por ahora, que me siga comprando cosas y me pida perdón por haberme "dejado sola". Mañana le pido que me lleve de shopping para 'quitarme la depresión'. ¡Hablamos luego! 💋💅


La Escena en el Cuarto

Gabriel sale del baño, secándose el pelo, mirando a Shely con una mezcla de lástima y deseo posesivo. Ella bloquea el celular a la velocidad de la luz, lo deja debajo de la almohada y le lanza una mirada de "perrito apaleado", estirando los brazos hacia él.

—Ven, mi amor... todavía me siento mal —miente ella, con la voz suave.

Gabriel se acerca, convencido de que su "hombría" ha ganado la batalla, sin saber que en la memoria de Shely (y en el chat de Carmela) todavía quema el recuerdo del semen de otro hombre enfriándose en su piel.



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La doble vida de Shely se ha vuelto una adicción. Durante el día, le dice a Gabriel que tiene clases, que va al gimnasio o que está con su mamá "recuperándose del trauma". En realidad, se toma el Metropolitano o un Uber directo al depa de Christian en Miraflores.

Mientras Gabriel se mata trabajando para "engreírla" y que ella olvide lo que pasó, el chat con Carmela arde con la verdad.


Chat de WhatsApp: Shely & Carmela (Martes, 3:15 PM)

Shely:
Amiga, no puedo caminar. Christian es un animal. Me tiene en su cama desde la 1. 🥵 Carmela: ¡No te creo! ¿Otra vez allá? ¿Gabriel no sospecha nada?

Shely: Ese huevón me acaba de mandar un yape de 200 soles "para que me compre un helado con mi mamá". Si supiera que estoy usando su plata para el taxi que me trae a que me rompan todo... jajaja. Carmela: ¡Qué mala eres! 😂 ¿Y el tatuado qué tal? ¿Sigue igual de intenso?

Shely: [Audio, 0:55]: (Se escuchan gemidos de fondo y el sonido de nalgadas rítmicas) "Gorda... (respira agitada)... me tiene en cuatro contra el ventanal que da a la calle. Me puso sus esposas de cuero y me está jalando el pelo mientras me dice que soy su perra de día. Me hizo ponerme la lencería que me compró Gabriel el mes pasado, la blanca de encaje... ya está toda estirada. Me gusta que este tipo no tiene sentimientos, me usa, me voltea, me la mete por todos lados y no me pregunta cómo estoy. Es el alivio perfecto para la intensidad de Gabriel."

Carmela: [Captura de pantalla]: Mira lo que publicó Gabriel en sus historias. Una foto de ustedes dos diciendo "Mi guerrera, superando todo juntos". ¡Me muero de risa! Shely: Ay, pobre... me da un poco de pena pero se me pasa rápido cuando Christian me agarra del cuello.

Shely: [Foto]: Una imagen de primer plano de la espalda de Christian, llena de tatuajes, y la mano de Shely aferrada a sus hombros, con las uñas enterradas. Se nota que ella está debajo de él. Shely: Mira este lomo, Carmela. Gabriel es un niño pechoño al lado de esto. Christian me hace cosas que al otro le daría asco pedirme. Me hizo tragármelo todo hace un rato y luego me obligó a besarlo. Es un asco rico.


El Giro Inesperado: La Noche de la Traición Total

Son las 11:30 PM. Shely ya regresó al depa de Gabriel. Se bañó tres veces para quitarse el olor a Christian, se puso su pijama de seda más inocente y se metió en la cama con Gabriel. Él la abraza, le besa la frente y le susurra que "todo va a estar bien".

Pero Shely dejó el celular en vibrador debajo de la almohada. De pronto, siente una vibración larga. Videollamada de Christian.

Ella entra en pánico, pero la adrenalina la domina. Se levanta de la cama con cuidado, diciendo que va por un vaso de agua. Se encierra en el baño, abre la ducha para que el ruido tape todo y contesta.

Christian (en la pantalla): "Mami, me dejaste con ganas. Ponte en cuatro frente al espejo, quiero verte mientras me la jalo pensando en cómo te dejé la cara hoy."

Shely, excitada por el riesgo de tener a Gabriel a solo diez metros, se sube el pijama, se baja la trusa y se apoya en el lavatorio del baño, mostrándole todo a la cámara.

Shely (susurrando): "Mira, Christian... mira cómo me dejaste de hinchada. Mi novio está en el cuarto de al lado... si supiera que me estoy tocando por ti ahorita..."

De pronto, la puerta del baño se abre. No tiene llave. Es Gabriel.

Se queda congelado. Ve a Shely en una pose ultra erótica, tocándose frente al celular, y llega a ver en la pantalla a un tipo tatuado masturbándose mientras le dice guarradas.

El silencio es sepulcral. Shely se queda pálida, con los dedos todavía ahí abajo. Gabriel no grita. No llora. Su mirada se vuelve oscura, algo en él se rompe, pero no de la forma que Shely esperaba. Se acerca lentamente, le quita el celular de la mano y mira a Christian a los ojos a través de la pantalla.

—No cuelgues, imbécil —dice Gabriel con una voz que Shely nunca le había escuchado—. Mira bien lo que le voy a hacer a mi mujer ahora que sé lo que le gusta.

Gabriel tira el celular sobre el mostrador, dejando la cámara encendida para que Christian vea todo, y agarra a Shely por la cintura con una violencia posesiva que la hace mojar el piso al instante.














El Juego de Sombras de Gabriel

Gabriel no confrontó a Shely después de verla en el baño. Se retiró en silencio, con el corazón hecho piedra y una idea fija: venganza. Al día siguiente, contactó a Carmela. Sabía que ella era el punto débil. Con un poco de presión y seducción, la citó en un hotel de paso en Lince. Carmela, que siempre le tuvo ganas al "novio de su amiga", no tardó en soltar toda la verdad a cambio de que Gabriel la hiciera suya.

Ahora, mientras Shely cree que engaña a Gabriel con Christian, Gabriel se folla a Carmela para sacarle cada detalle de los movimientos de Shely.


Chat de WhatsApp: Shely & Carmela (Jueves, 4:20 PM)

Shely:
[Foto: Shely de rodillas en una cama deshecha, con marcas de manos en las nalgas y el rímel corrido] Shely: Amiga, Christian me destruyó hoy. Me tuvo tres horas seguidas. Me hizo ponerme un outfit de colegiala que trajo él y me dio hasta que me salieron lágrimas. Me encanta que sea tan animal, me trata como basura y yo le pido más. 🥵

Carmela: [Escribiendo desde la cama de un hotel, mientras Gabriel duerme a su lado] Carmela: ¡Qué fuerte, Shely! Estás hecha una adicta. ¿Y Gabriel? ¿Te ha llamado?

Shely: [Audio, 0:50]: (Voz cansada, se escucha el encendedor de un cigarro) "Nada, gorda. Va una semana que casi ni me habla. Me dice que tiene mucho trabajo, que se queda tarde en la oficina. Me manda besos por texto pero se siente frío. Lo extraño, Carmela... suena estúpido después de lo que acabo de hacer con Christian, pero extraño que Gabriel me abrace. Christian me llena el cuerpo, pero Gabriel es el que me hace sentir que soy alguien. Me da miedo que esté sospechando."

Carmela: Ay, no creo. Debe estar ocupado de verdad. Tú aprovecha mientras puedas, que el tatuado te tiene bien atendida. ¿Qué más te hizo hoy?

Shely: [Audio, 1:10]: "Me puso en el borde de la mesa del comedor, con las piernas abiertas al máximo. Me dijo que quería ver cómo me entraba cada centímetro. Me decía cosas asquerosas, Carmela... que era su perra de alquiler, que mi novio era un cornudo que no sabía lo que tenía en casa. Y yo me venía solo de escucharlo. Me llenó la boca, me hizo tragarme todo... pero cuando terminé, me sentí vacía. Necesito ver a Gabriel, necesito que me toque él para sentirme limpia otra vez, aunque sea mentira."


La Traición de Carmela (Minutos después)

En cuanto Shely deja de escribir, Carmela bloquea el chat y le muestra el celular a Gabriel, que ya se despertó.

—Mira lo que dice tu "princesa" —dice Carmela con una sonrisa maliciosa, mientras se horcajadas sobre él—. Dice que el otro la trata como basura y ella ama cada segundo. Dice que te extraña porque la haces sentir "limpia".

Gabriel lee los mensajes, viendo las fotos de Shely entregada al tatuado. Siente una náusea caliente, pero la transforma en energía oscura. Agarra a Carmela del pelo y la pega a él.

—Que siga extrañándome —gruñe Gabriel—. Que siga llenándose de ese imbécil. Cuanto más sucia esté, más me va a rogar cuando decida aparecer. Y tú, Carmela... vas a seguir contándome todo. Cada foto, cada audio que te mande, me lo pasas a mí primero.


El Cierre de la Semana

Viernes noche. Shely llega al departamento de Gabriel. Está agotada, con el cuerpo molido por los encuentros con Christian, pero con una necesidad desesperada de afecto. Encuentra a Gabriel sentado en la sala, a oscuras, con una botella de whisky.

—Hola, mi amor... te extrañé tanto esta semana —dice Shely, acercándose para besarlo, con esa voz de niña buena que ha perfeccionado.

Gabriel recibe el beso, pero no cierra los ojos. Siente el olor de otro hombre en el cuello de ella, a pesar del perfume. La abraza con fuerza, casi lastimándola.

—Yo también te extrañé, Shely —miente él, mientras imagina las fotos que Carmela le pasó hace una hora—. Me han contado que has estado muy... "ocupada" tratando de superar tus traumas.

Shely se pone rígida en sus brazos. El corazón le da un vuelco. —¿Quién te dijo? —pregunta con un hilo de voz.

Gabriel sonríe en la oscuridad, una sonrisa que Shely no puede ver. —Nadie, mi vida. Solo presiento que necesitas que te cuide más. Anda a bañarte, te espero en la cama.

Shely camina al baño, temblando de alivio y culpa. No sabe que Gabriel ya no la ve como su novia, sino como un objeto de estudio, y que su "mejor amiga" está en ese mismo instante guardando un video de ella y Gabriel para usarlo cuando la bomba explote.





La dinámica se vuelve un laberinto de traiciones. El desprecio de Gabriel ha calado hondo en Shely, quien no soporta el silencio de su novio ni la rudeza vacía de Christian.

El Quiebre con el Tatuador

Chat de WhatsApp: Shely & Christian (Lunes, 10:00 AM)

Shely:
Christian, no vengas hoy. Me aburrí. Me tratas como a un mueble y ya no me basta. Christian: No me jodas, mami. Tú misma pedías que te diera como a rata. ¿Ahora te pones sentimental? Shely: No es eso. Solo que me das asco. Quédate con tu colonia barata y búscate a otra para tu carro. Bloqueado.

El Ruego a Gabriel

Shely corre al departamento de Gabriel. Lo encuentra arreglándose para salir, oliendo delicioso, impecable. Ella se le lanza a los pies, llorando de verdad. —Gabriel, por favor, mírame. Sé que he estado distante, pero te necesito. No puedo vivir con este frío entre nosotros. Gabriel la mira desde arriba, con una indiferencia que quema más que el fuego. —Tengo cosas que hacer, Shely. No todo gira en torno a tus dramas. Quédate si quieres, pero yo salgo —le dice sin siquiera tocarle el pelo.

La Persecución y el Descubrimiento

Shely, con la sospecha quemándole las entrañas, espera a que él salga y lo sigue en un taxi. Cuando ve que el carro de Gabriel se estaciona frente al edificio de Carmela, el mundo se le viene abajo. Lo ve entrar con una llave propia. La traición de su mejor amiga es el golpe final.

El Nuevo Objetivo: "Javi" de las Redes

Llenas de odio y despecho, Shely abre un chat que tenía archivado: Javier, un tipo de Instagram que le venía dando like a todo hace meses. Un tipo perfil bajo, pero con una mirada de "yo sé lo que te falta".

Chat de WhatsApp: Shely & Javier

Shely:
¿Sigue en pie lo de vernos? Estoy en la calle y necesito desaparecer. Javier: Sabes que sí, reina. Pero yo no soy como los demás. Si vienes a mi depa en San Isidro, es para que seas mía bajo mis reglas. Shely: No sabes cuánto deseo que alguien me mande de verdad hoy. Dame la dirección.

El Encuentro: Javi vs. El Tatuador

Pasan tres días en los que Shely "desaparece" para Gabriel. Javi la hace esperar, le calienta la cabeza con audios de voz profunda: "Te voy a enseñar lo que es un hombre de verdad, Shely. Ese tatuado solo te usó, yo te voy a consumir".

Cuando por fin llega el jueves por la noche, Shely llega al depa de Javier. Él la recibe con un whisky en la mano, vestido de negro, impecable.

Javier: Llegas tarde, perra. Quítate la ropa. No quiero verte con nada que me recuerde a los otros dos idiotas.

El Acto (Paso a paso):

  1. La Humillación Inicial: Javier no la besa. La obliga a desnudarse frente a él mientras él sigue tomando su whisky. La inspecciona como a una mercancía. "Tienes marcas de otros, Shely. Me voy a encargar de borrarlas con las mías".
  2. La Posesión: La lleva a una silla de cuero. No usa la cama. La sienta sobre él, pero la controla del cuello. El lenguaje es crudo: "Dime quién te la mete mejor, Shely. Dime que Gabriel es un cornudo y que Christian es un principiante".
  3. La Técnica Superior: A diferencia de la fuerza bruta del tatuador, Javier conoce cada punto. La penetra con una lentitud que la hace desesperar, para luego acelerar con una precisión que hace que Shely pierda el sentido.
  4. El Final: La pone de espaldas contra el ventanal, mostrándole a la ciudad lo que le está haciendo. "Mira Lima, Shely. Todos creen que eres una niña bien, pero solo yo sé cómo te gusta que te llenen el coño". Se corre en su espalda, escribiendo su inicial con el semen caliente.
El Audio a Carmela (La venganza comienza)

A las 3:00 AM, Shely, todavía en la cama de Javier y con el cuerpo vibrando, le manda un audio a Carmela.

Shely [Audio, 1:20]: (Voz ronca, triunfante) "Sé que te estás follando a Gabriel, Carmela. Quédatelo. Disfruta de las sobras de mi novio mientras yo me follo a un hombre que lo hace ver como un niño de pecho. Me acaba de dar la mejor noche de mi vida, me ha dejado tan llena que no puedo ni cerrar las piernas. Dile a Gabriel que gracias por el descuido, porque me presentó indirectamente a alguien que me hace gritar de verdad. Besitos, 'amiga'."

Shely bloquea a Carmela y se abraza a Javier, sabiendo que ahora la guerra es de todos contra todos.

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La situación en Lima se ha salido de control. El círculo de traiciones se cerró de la manera más cruda posible, dejando a Gabriel en el fondo de un pozo que él mismo ayudó a cavar.

El Colapso de Gabriel y Carmela

Gabriel, asqueado por la culpa y por la misma Carmela (que no dejaba de compararlo con Christian para herirlo), decide terminar con ella el sábado por la tarde.

—Ya no puedo más con esto, Carmela. Me das asco y yo me doy asco. Se acabó —le dice Gabriel mientras recoge sus cosas del depa de ella.

Carmela, herida en su orgullo, estalla en risas histéricas. —¡Vete a la ******, Gabriel! ¡Vete a buscar a tu "princesa"! Te apuesto lo que quieras a que ella ya encontró quién le llene los huecos que tú dejaste vacíos por andar jugando al espía. ¡Lárgate!

El Intento de Reconciliación

Gabriel, desesperado y con el ego roto, le escribe a Shely esa misma noche.

Gabriel (WhatsApp, 11:45 PM): "Shely, perdóname. Me volví loco. Lo de Carmela fue un error, una forma de vengarme, pero te extraño. Necesito que hablemos. Por favor, dime dónde estás."

La respuesta no llega en texto. Llega un archivo de video de 4 minutos y 20 segundos.


El Video: La Degradación Total

Gabriel abre el video con las manos temblorosas. Lo que ve lo deja sin aire. No es un cuarto de hotel barato; es un loft industrial de lujo.

La Escena: Shely está en el centro de una cama inmensa, totalmente desnuda, llevando solo un collar de cuero negro. A sus lados están Christian (el tatuador) y Javier. Se nota que Shely los ha convocado a ambos para el acto final de su venganza.

  1. El Inicio: El video empieza con Shely mirando a la cámara con una sonrisa perversa. "Mira, Gabriel... como tú no te decidías, busqué quiénes me atendieran doble". Christian la agarra del pelo mientras Javier le besa el cuello con violencia.
  2. La Doble Penetración Vaginal: Christian y Javier se posicionan. Shely está de espaldas, con las piernas abiertas al límite. Con una coordinación mecánica y sucia, ambos se introducen en su vagina al mismo tiempo. Se escucha el sonido de la piel chocando y los quejidos de Shely, que no son de dolor, sino de una satisfacción animal que Gabriel jamás pudo sacarle. El lenguaje es brutal: "¿Ves cómo te estiramos, puta? Ni con diez como tu novio te llenas así", gruñe Christian.
  3. El Clímax Morboso (DP): La cámara se acerca. Javier la voltea y la pone en cuatro. Christian se posiciona atrás, en su vagina, mientras Javier, con una frialdad técnica, se lubrica y entra con fuerza en su ano. Shely grita, arqueando la espalda, con los ojos en blanco. El video muestra el detalle crudo de ambos trabajando a la vez, estirando su cuerpo al máximo. El contraste de los tatuajes de uno y la piel limpia del otro sobre el cuerpo de Shely es una imagen que Gabriel nunca podrá borrar de su mente.
  4. El Final: Ambos se corren al mismo tiempo, uno adentro y otro sobre su cara. Shely queda tendida, bañada en el rastro de los dos, mirando a la lente con desprecio.

El Mensaje Final

Debajo del video, llega un audio de Shely. Su voz suena ronca, vacía de cualquier afecto.

Shely [Audio, 0:30]: "Ahí tienes tu respuesta, Gabriel. Mientras tú perdías el tiempo con la idiota de Carmela, yo aprendí lo que es que te posean de verdad. Me llenaron por todos lados, literalmente. No me busques más. Ahora soy yo la que tiene la llave de mi propia vida... y la llave de sus departamentos. Quédate con tu soledad y con el recuerdo de ese video, porque es lo más cerca que vas a estar de mi cuerpo otra vez."

Gabriel suelta el celular. La pantalla se apaga, pero la imagen de la doble penetración sigue quemándole las pupilas. Se queda solo en su departamento, escuchando el silencio de una Lima gris, sabiendo que perdió a Shely para siempre de la forma más humillante imaginable.
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