De ciber amiga a pareja y todo

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Su cara y cuerpo es placer sin responder a su interrogante principal

Mientras el mundo sigue ella busca saciar su fuego, su sed, su hambre, su lado mas bajo y el resto no vaya a opacar su sensualidad y poder impresionante de atraer.

Y esa adrenalina necesita compañía, no puede con su genio ni su instinto asesino, se va y vuelve, se queda y ya está maquinando que hacer. Discutimos luego de almorzar, yo en el mueble y ella sube, mueve sus caderas, mira serio pero mira, está con esa mini jean que no me gusta, cada vez mas sucia y añeja, Subo a ver, está con las pesas de mi hermano, se echa, ejercita esos buenos glúteos, no quiero pero ya voy cayendo, ella sigue en lo suyo, se abre, corre algo de sudor, hasta escucho un gemido, se mueve, gira, se encorva, se estira y esa mini está casi en el cuelo, destaca esa tanga negra bien transpirada y esa raya que me saluda.

No puedo mas, y me subo sobre ella, levanto la ropa, giro la tanga, la menea, me dice si le gusto, si me atrae, si la quiero, calla perra, digo y muerdo sus cachetes, me sumerjo a bucear en ese orificio que no lo da pero invita, una tajada, una olfateada y ya los dos estamos en el vaivén del deseo y la traición, seguimos, recorrimos, nos jodemos y nos vinimos.

Cuando nos corremos por 4 vez me dice que esta vez yo tendré la llave de su cuerpo, que no saldrá como siempre, apaga su celular, no está para sus amigas, menos para la que odio porque siempre en lo bueno, aparece, ordena y se van a destruir hogares.

Yo solo tengo mi herramienta, mi conversa y estar con ella cuando mas sola se siente y ninguno de los ocasionales amantes puede y quieren un pedazo de su carne, de su cuerpo, devorar y botarla. Yo soy aquel que sabe entenderla, aceptarla y llego a una conclusión.

Si ese hilo hablara no tendría perdón......................... Somos palabras y silencios que saben trabajar y ella calla cuando el deseo manda.............


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Engreída, presumida y maliciosa.

Sobre esa cúspide insolente y voluminosa. Yo a lo lejos atado y maniatado, pedía clemencia y tu, tan sola tu con tu risa y estruendosa frase, a penas pude gritar cuando sentí todo tu cuerpo, tus caderas poderosas que casi quiebran mi maso y volviste a la carcajada fácil para morderme a tu placer. Momentos de mucha tensión, sudor y recuerdos hasta yo voltear la tortilla.

Hoy en día pienso si esas curvas alguna vez tuvieron dueño y cuando menos creo ni tu misma podías con tu genio.

Luego del jueguito te pusiste con la cola en pompa, empezaste a pajearme mientras yo mordía todo tu cuerpo, salía la leche, ya desatado me comías con esas muelotas, se declaraban la guerra tu lengua y la mía y volvíamos al campo de batalla. Miraba por el reflejo como te viroleabas, ponías los ojos en blanco, estabas en trance, sedienta de poder, de lujuria y de proseguir con tu mal, te sentaste, me pusiste el culo en la cara, te saque caca y lo limpié para pasar a succionarlo hasta que te vinieras y pidieras chepa.

Un trago nos volvía a la normalidad hasta que una llamada te ponía mas que atenta, yo cansado de tanta humillación, me importo un rábano quien era, te alce y di duro, con fuerza en cada embestida, eras mías si quiera esos minutos que se volvía una eternidad, mordía tus senos y los tocaba con suavidad, todo eso y mas hasta que gritaras, me corroooooooooooooooooooooooooooo.

El celular voló por los aires, te fuiste a bañar, volviste sensual y de nuevo a continuar la sesión, porque si algo tenía esta potra es que si ella decía, se hacía sino no había vuelta para atrás. No importaba el tiempo, la hora, la salud, a veces tarde muy tarde me llamaba y tenía que ir si o si, llegar a su casa era jodido, peligroso, por Habich, oscuro, susurrante, silbido del silencio alertándote que al llegar a ese último parque te podía ocurrir cualquier cosa.

Luego de un breve diálogo casi estudiado, no había trago ni tregua, ella con ropa ( pijama, buzo o algo flojo y suelto) me iba a comer, literal, se subía, se sentaba, se echaba, todo sobre mi cuerpo, se frotaba de una forma que se venía, se tenía que cambiar porque estaba empapada en sus flujos y quería mas. Nos íbamos a su camarote y aunque me golpeaba ya que abrazaba el techo, tenerla tan cerca, bien penetrada y como se venía, era la gloria................


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EL FANTASMA DE LIVIA

Dedicatoria
A quien nunca volvió.



Capítulo I – Ecos del Hi5 (2009)

Todo comenzó con una foto borrosa en Hi5. Livia tenía 24 años y esa mirada que parecía prometer y negar al mismo tiempo. Yo, Ariel, 34, escribí un mensaje sin esperar respuesta. Ella contestó con ironía y encanto, y en cuestión de días nuestras conversaciones se volvieron una rutina sagrada.

Había algo hipnótico en ella: una mezcla de ternura, malicia y fuego. Su forma de hablar era un juego de espejos; parecía conocer mis sombras mejor que yo mismo. Pero detrás de su coquetería había un temblor, una especie de ansiedad que disimulaba con risas y copas.

Me confesó que bebía poco, que no lo necesitaba… pero pronto supe que el alcohol era su disfraz favorito. En cada palabra suya había un desafío. En cada silencio, una trampa. En cada palabra, mensaje, audio y voz, era a veces un puñal y otras ese dolor se transformaba en orgasmos mutuos, de hecho, eso fue nuestro funeral y éxtasis total…….


Capítulo II – El Encuentro (2010)

Seis meses de mensajes bastaron para volver la espera insoportable. Nos vimos después de mi cumpleaños, en marzo. El aire de Nova olía a lluvia y nervios. Cuando la vi llegar, entendí que todo lo que había imaginado era una versión pálida de la realidad.

Esa noche, su risa llenó la habitación. Su presencia era un fuego sin pausa, una promesa que no sabía sostener. Durante seis meses intenté construir algo entre la ternura y el abismo, pero Livia siempre encontraba una grieta por donde escapar.

Las infidelidades llegaban como rumores, y luego como certezas. Su mejor amiga y su prima menor eran sus cómplices de fiestas interminables, las que le ofrecían compañía y excusas. Y yo, atrapado entre el deseo y el cansancio, terminé por rendirme.

Recuerdo como ayer viéndola con su buzo ancho, eso sí, siempre vestía así, ropa casi de hombre, tal vez para pasar desapercibida, lo que me dio vida, fuego, euforia, es que la fui convirtiendo, de la primera vez, sin maquillaje, ropa mata pasión, en especial sus calzones tipo enaguas, a pasar a hilos sensuales, depilarse, maquillaje de acuerdo a la ocasión y venirse con solo una palabra, ya cuando la penetraba o en sus juegos previos ella se venía a montones…………..


Capítulo III – Sombras Paralelas (2011–2015)

Intenté olvidarla. La dejé por la mujer que hoy es madre de mi hijo, y creí que ese sería el final. Pero los fantasmas no entienden de finales.

Livia aparecía y desaparecía con el mismo ritmo que las estaciones. Un mensaje, una mirada, un reencuentro. En cada visita, algo antiguo se reavivaba: la curiosidad, la rabia, la nostalgia de lo que no fue. Nos buscábamos sin propósito, como si ambos supiéramos que ese lazo era una ruina necesaria.

Ella seguía siendo la misma: brillante y caprichosa, con un magnetismo que dolía. Decía que me odiaba, pero me llamaba de madrugada solo para oír mi voz. Yo le respondía, aun sabiendo que ese hilo solo nos llevaba al pasado.

Segundos antes de correrse, de salir ese fluido fuerte, oloroso y mientras le comía sus pezones negros frondosos, oscuros llenos de puntitas, ella gritaba, me amas, me desearas siempre, nunca me olvidaras, siempre vendrás por esto, señalaba sus pechos. Fetiche de toda la vida…………….


Capítulo IV – El Juego del Peligro (2016–2018)

La última vez que la vi fue en mi casa. Mi madre estaba cerca, y Livia sonreía con esa malicia que solo ella sabía usar. Había algo en el riesgo que la excitaba más que cualquier promesa: el filo del descubrimiento, la adrenalina de lo prohibido.

La vestí con un hilo y babydoll turquesa, mientras se iba colocando cada prenda, yo chupaba, lamía, olía y el carrusel de pasión se volvió un orgasmo interminable, cuando se sentó y me daba nalgadas, me apretaba la cara con esas caderas amplias, anchas que en 4 se veía espectacular.

Era su manera de dominar el miedo: provocándolo. Su placer no era el acto, sino la posibilidad de ser sorprendida. Cada encuentro era un desafío, una escena clandestina en la que ninguno podía fingir inocencia.

Yo empezaba a cansarme. No de ella, sino de lo que me convertía cuando estaba a su lado: un hombre dividido entre el deseo y el arrepentimiento.


Capítulo V – La Voz y la Distancia (2019)

Con los años, el contacto físico se volvió escaso, pero su voz seguía buscándome. Las llamadas eran su nuevo escenario. Ella me hablaba con tono bajo, lento, casi ritual. Me pedía que la escuchara, que no interrumpiera. Era como si quisiera conservar una intimidad sin cuerpo, un eco de lo que fuimos.

Yo solía ceder, a veces por costumbre, otras por nostalgia. Pero en el fondo sabía que ella seguía jugando, que en cada palabra había una pequeña trampa emocional. Su voz se volvía un hechizo que me anclaba al pasado.


Capítulo VI – Silencio (2020)

Antes de la pandemia, me llamó una vez más. Su tono era urgente, casi suplicante. “¿Me escuchas, Ariel?”, dijo. Yo respondí con un cansancio que ya no podía ocultar. Cuando intentó revivir aquel juego de voces y susurros, algo dentro de mí se quebró.

Por primera vez, no quise seguirle el ritmo. Corté la llamada. El silencio que quedó fue abrumador, como si hubiera apagado una parte de mi historia.

Minutos después, llegó su mensaje: “Ya te jodiste. Hasta nunca.”

Desde entonces, no supe más de ella. Borró sus redes, desapareció del mapa. A veces creo que Livia no existió del todo, que fue solo una figura creada por mis deseos. Pero cuando el viento trae el olor salado de Puerto Espejo, su fantasma vuelve a mí, con la misma sonrisa que me prometía amor y desastre.

Y entiendo que algunos amores no se terminan: solo cambian de forma y nos siguen, invisibles, por el resto de la vida.


Epílogo – El eco final

A veces sueño con una sombra que atraviesa el umbral de mi puerta. No habla, no toca, solo observa. En su perfume hay sal, y en su mirada, un adiós detenido.

Despierto, y el eco de su nombre aún flota en el aire.
No sé si fue amor o espejismo, pero su rastro sigue aquí,
en cada silencio donde la memoria respira.

Donde huir era una razón para tener una parte de su vida, de su ser. Una parte de ella seguirá aquí con mis pensamientos, cogiendo como locos y embusteros……………
 
Capítulo I – El final que ya conocía (Lima, 2030 – 11:47 p.m.)

La noche estaba suspendida entre las calles sucias y extrañas y los jardines que me miraban con sigilo, con desprecio, ¿por qué?, no lo sé, y pensar que las recorrí mil veces, pero en ese instante me eran desconocidas y casi me pierdo. Mirando las luces anaranjadas del tráfico. La ciudad parecía un animal dormido, y él, su última respiración.
En la mesa había un vaso con vino y un cuaderno abierto. Sobre la hoja, escribió su nombre: Selena.
Era casi un acto reflejo, como quien traza un conjuro. Desde hacía años no pronunciaba ese nombre, pero esa noche el aire olía a ella: a perfume de verano, a melancolía y menta.

Escuchó pasos en el pasillo. Nadie vivía con él.
La figura apareció sin anunciarse, envuelta en el color de las sombras. Tenía un vestido vino, los labios entreabiertos y esa mirada que mezclaba ternura y amenaza.
“Llegué tarde, ¿verdad?”, murmuró. Con ese gesto a niña, pero oliendo a mujer que había pasado los límites.

No respondí. Sabía que no debía.
En el reloj, las agujas habían dejado de moverse. Se acercó, quiso tocarla, pero su mano solo rozó el aire. Entonces comprendió que todo estaba ocurriendo en un pliegue de su mente, en un sueño que insistía en regresar.

Ella sonrió. “No importa el tiempo. Siempre volvemos al mismo punto”.
Y en ese punto, recordé cómo todo había terminado: una llamada perdida, un adiós entre risas, un silencio que lo acompañó durante años.
Abrió el cuaderno, escribió con tinta temblorosa: Todo fue hermoso hasta el final. Las hojas avanzaron demasiado rápido, yo me veía anciano a paso lento e inseguro la tenía cerca y aunque esas caderas letales, esas piernas perfectas y precisas, estaban cerca, no podía ni sentirlas. Su frescura se iba con el tiempo y las horas que se convertían en segundos, me decían espera poco que te irás………………


Capítulo II – La mujer del recuerdo (Lima, 2020 – verano)

Era el tiempo de las máscaras y las videollamadas, cuando el mundo se escondía tras pantallas. De esa manera pasaba las tardes leyendo viejos libros de poesía y contestando mensajes sin importancia. Hasta que un día apareció ella: Selena.

En la imagen del chat, su sonrisa tenía algo de insolencia. Estaba en una terraza de Miraflores, el viento jugando con su cabello. Dijo que tenía treinta y tres años, que había dejado Chiclayo hacía tiempo, y que odiaba los domingos porque la hacían pensar demasiado.

Comenzaron a hablar cada noche.
De música, de películas, de los lugares que visitarían cuando todo terminara.
Su voz era un refugio. A veces se quedaban en silencio, y ese silencio parecía tener forma. Iba descubriendo poco a poco y aprendiendo a leer esos labios gruesos que se adueñaron de mi pene, esa lengua que supo mandar con sensualidad, grabo y finura y esas piernas que como tenazas doblaban todo mi ser tras un orgasmo.

Una tarde, ella le habló de su familia: de su abuela en José Leonardo Ortiz, del hermano menor que soñaba con ser marinero, de los amigos de universidad que aún le escribían desde Piura.
Cada detalle lo acercaba más a un mundo que no era suyo.
Y, sin embargo, se sintió dentro de él. Me fue contando sus historias, primero fuimos amigos, luego enamorados, después amantes y solo allí entendí, agradecí, le perdoné todo y alcancé momentos únicos en camas frías pero ideales para el pecado.

Cuando se vieron por primera vez, ella llevaba un vestido blanco y un colgante con forma de luna. Se saludaron torpemente, como si ambos supieran que estaban cruzando una frontera invisible.
Esa noche no hubo beso, pero sí promesa.
La promesa que siempre vuelve disfrazada de destino y yo de sentimiento, enlazados sin razones, pudimos fortalecer algo sin nombre ni apellido……………..


Capítulo III – La muchacha de Chiclayo (2005 – recuerdos del norte)

Antes de conocerla, la había soñado. O al menos, eso creía.
En ese sueño, Selena era una adolescente que caminaba por las calles cálidas de Chiclayo. Llevaba el uniforme del colegio Santa Ángela, un lazo azul y un cuaderno lleno de garabatos. Si cuando la conocí de 24 años era tan antifemenina, en los años de su adolescencia era mata pasiones totalmente, menos mal que nunca estuve allí, sino, el futuro jamás nos hubiera regalado una oportunidad.


La seguía el sonido de los mototaxis, el olor del pan recién hecho, la algarabía del mercado Modelo.

Ella reía con sus amigas mientras esperaban el colectivo rumbo a Pimentel.
Yo la veía desde lejos —aunque no había forma de que estuviera ahí— y se sorprendía reconociendo cada gesto.
El modo en que se mordía el lápiz, la forma en que cerraba los ojos al escuchar música.

Era un recuerdo imposible, una escena inventada por el corazón.
Pero había algo verdadero en esa ficción: la intuición de que sus caminos ya estaban escritos.
Selena soñaba con estudiar psicología, salir del país, vivir en Lima.
Yo, diez años mayor, aún no sabía que en algún futuro ella sería su herida más dulce.

Cada vez que el viento soplaba con olor a mango y sal, él creía escucharla reír.
Y comprendía que la memoria también puede viajar al pasado para inventar un amor que todavía no existe. Un extraño pero lleno de vorágines, de agresiones que matan el alma, que envenenan el corazón pero que también saben caminar a la par de flujos y encendiendo sus pechos en mi piel y casi levitación………….


Capítulo IV – Las voces del espejo (Lima, 2024 – madrugada)

Los años pasaron y las palabras se hicieron escasas.
Selena vivía en otro distrito, tal vez en otra vida.
Yo continuaba su rutina entre juicios, cafés fríos y libretas sin terminar. Pero cada noche, al cepillarse los dientes, veía su reflejo en el espejo del baño y juraba que alguien más respiraba con él.

A veces, la voz de ella emergía en el silencio:
—¿Todavía me piensas?
Y él respondía sin hablar: Siempre.

Una madrugada, creyó escuchar su risa en la radio. Otra vez, le pareció verla en una esquina de Barranco, vestida de azul.
Sus amigos le decían que debía dejar de escribirle a un fantasma.
Pero ¿cómo se abandona a alguien que vive en tus pensamientos?

Empezó a escribir cartas que nunca envió.
En una de ellas, recordó su último viaje juntos a Cusco. La lluvia los sorprendió en la Plaza de Armas, y ella, empapada, giró con los brazos abiertos, riendo.
“Si muero ahora, que sea riendo”, dijo.
Ariel cerró los ojos y deseó detener el tiempo.

Desde entonces, cada espejo, cada ventana, cada reflejo lo devolvía a ella.
Como si el amor no fuera recuerdo, sino un bucle donde todo se repite con distinto dolor. Un dolor necesario que solo ella y yo entendíamos, que solo dispuestos a darle la cara podríamos tener un segundo mas de arrancarnos las ropas, penetrarla en todas partes, volverla sucia y mundana, provocarme e irse con otro, satisfacer a unos y pensar en mí. Cosas locas, ilusiones vagas, pinceladas de amor y deseos que nos envolvieron hasta el hartazgo…………..


Capítulo V – Todo fue hermoso hasta el final (fuera del tiempo)

La escena vuelve como una marea.
Selena y mi persona estamos en un cuarto sin reloj, con cortinas que dejan pasar una luz suave. Afuera, el mundo no existe.
Ella se acerca, toma su rostro entre las manos y le susurra:
—Ya no me busques. Estoy aquí, pero no soy real.

Él sonríe, incrédulo.
—Si puedes hablarme, existes.

Se besan. El contacto es tibio, el aire se detiene.
Las palabras se diluyen en respiraciones. Todo parece flotar: la cama, los cuerpos, la memoria.
Durante un instante, creí que el tiempo ha regresado a corregir su historia.

Pero algo empieza a cambiar.
El cuarto se vuelve bruma, el tacto se convierte en viento.
Selena retrocede, difuminándose como una sombra que olvida su forma.

—Despierta —le dice—. Ya tuviste el final que querías.

Abrí los ojos. Está solo, el reloj marca las 11:47 p.m., igual que antes. Y es extraños, desde que lo recuerdo hasta hoy, siempre el 47, será que en esa conjugación descansaré para siempre……..


El vaso de vino sigue en la mesa, intacto.
Y en el cuaderno, una frase escrita con tinta seca:
“Todo fue hermoso hasta el final.”

Afirma, en voz baja, como quien se confiesa al universo:
“Quizá fue un sueño.
Pero los sueños, a veces, son la única forma en que el alma se despide.”

Fuera, la lluvia ha cesado.
Y el eco de su nombre flota, leve, como si aún respirara en el aire.
 
Capítulo I – La Discoteca (Lima, 2010 – 11:58 p.m.)

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La noche era un espejo roto. Tan cortado como mi sentimiento.
Las luces de la ciudad se mezclaban con mi ansiedad, con ese rumor interno que no sabía si era miedo o presentimiento.
Fui porque no soporté la idea de imaginarla entre otros.
Ella, mi desvelo, mi herida, mi calma y a la vez mi bello e inusual tormento.

La encontré en la discoteca, entre cuerpos y humo.
Su vestido guinda abrazaba su figura con el descaro de quien sabe que está siendo mirada.
Bailaba. No con uno, sino con varios. No era hermosa pero esa sensualidad desde el cabello hasta los pies, siempre sabía tentar, dominar y llevar a la cama.
Los cuerpos se rozaban al ritmo de una música que dolía.
Yo miraba desde lejos, quieto, con el corazón apretado y la mente hecha un nudo.
No era infidelidad lo que veía, era algo peor: la libertad que no incluía mi nombre. Era con ellos sí, contigo no, con ellos me sale, contigo me reprimo.

Cuando salió, la acompañaban su amiga y un hombre que no conocía.
La risa de ella era un golpe, un adiós sin palabras.
Encendí el motor y los seguí, con la luna como única testigo. El corazón en la boca, los sesos en la mano y la angustia que me sacaba la lengua.


Capítulo II – La Casa del Silencio (Lima, 12:47 a.m.)



El camino fue un hilo tenso que me sostuvo entre la razón y el abismo.
Los seguí sin saber qué buscaba: ¿una verdad o una excusa para dolerme más?

Llegaron a una casa con luces tenues.
Ella bajó primero. La vi hablar con el hombre y su amiga.
Sus gestos eran suaves, casi tiernos.
Parecía otro mundo, uno donde yo no existía. Se veía perfecta, sabia, contenta, esos labios y mirada eran distintas, que apetecible estaba, el dolor era inmenso, pero la arrechura dominaba.

Me quedé afuera, tras el parabrisas empañado, sintiendo el tiempo caer sobre mí.
La madrugada olía a perfume y traición inventada.
Dentro de mí, algo se rompía con lentitud. Y no solo sería su alma y cuerpo.


Capítulo III – El Umbral (1:23 a.m.)



La vi salir con los mismos acompañantes.
Rieron, caminaron sin prisa, y subieron a otro auto. Lo que sucedió de inmediato fue una mujer desbordada en pasión, esa boca era una inmensa ventana donde ingresa un mástil carnoso, venoso que en cada soplada y absorbida se venía y se proyectaba más y más.
Yo seguí, una sombra entre sombras.

Llegaron a su casa. La amiga se despidió con un gesto leve,
y solo quedaron ellos dos, mi amor y el desconocido.

Afuera, el viento jugaba con las hojas secas.
Dentro, las luces se apagaron una a una.
Me acerqué a la puerta, casi sin respirar.
No escuché palabras, solo el eco distante de algo que parecía latir.

No supe si era el corazón de ella, el mío o el de la noche. El silencio lo decía todo y la soledad mi fiel acompañante.














Capítulo IV – La Puerta (2:07 a.m.)




Apoyé la frente en la madera.
Del otro lado, se oían murmullos, respiraciones, un lenguaje que no se enseña.
Cerré los ojos y los celos se transformaron en imágenes,
como un incendio que no quema, pero arrasa. Sus gemidos se oían hacia la otra parte de la ciudad, esas nalgas carnosas y esos sentones de seguro serían bien aprovechados. Un falo que esté inerte, con vida o a media caña, siempre gozaría, mucho más que la doncella infiel que lo sabe, lo goza y te vuelve a atraer como imán.

Pensé en su piel, en su voz, en los días en que me decía que el mundo podía detenerse si la miraba.
Quise odiarla, pero el amor no entiende de mandatos.
Era poesía lo que escuchaba, aunque doliera.
Era deseo transformado en tormenta.
Y yo, el testigo invisible de mi propio final.


Capítulo V – La Eternidad de un Día (Amanecer)



Salió sola.
El cielo tenía ese tono gris que anuncia los finales.
Nos miramos sin palabras.

La encaré, con la furia y la ternura mezcladas.
Ella no negó ni explicó.
Solo me tomó de la mano, y en ese gesto entendí que no había respuestas, solo heridas que aún querían latir juntas.

Entramos a una sucia habitación que estaba cercana y a pocos centavos se ofertaba ya que ningún parroquiano en su sano juicio avanzaría. Busqué en cada rincón, pero no había nadie.
Solo el aroma de ella, suspendido en el aire.

Entonces, me miró.
Y fue como si el tiempo se rindiera, como si todo el dolor se disolviera en su respiración.
No hablamos, no hicimos promesas.
Solo nos quedamos ahí, tocándonos con la urgencia de quien intenta rescatar algo del naufragio. Los jadeos fueron intensos, inmensos, las imágenes de ambas traiciones nos desbordaron y fuimos afortunados de salir gloriosos e intactos.

Amamos como si el reloj hubiera muerto.
Veinticuatro horas sin medida, entre la rabia y el perdón, entre el fuego y la calma.
Y cuando el sol volvió a aparecer, supe que los celos, a veces, también son otra forma de amor que no sabe morir.
 
🌹 CRÓNICAS DE MI EX (SEGÚN ELLA MISMA)

Capítulo I: El arte de mentir con ternura


Siempre decía que la transparencia era el pilar de cualquier relación sana, pero las suyas parecían sonetos de seda. Sus mentiras no eran excusas burdas; eran actos de fe dramática. El arte no estaba en lo que ocultaba, sino en la calidez con la que lo envolvía. Que te envolvían como cada prenda cuando se pega a tu ser, entre tu virilidad y sus suculencias. Madre mía.

Su pareja, Marcos, un hombre demasiado correcto y metódico –programador de software con una vida estructurada en código binario– jamás sospechó. ¿Cómo iba a hacerlo? La ternura que ella desplegaba al despedirse era un escudo impenetrable.

Ella sabía fingir la migraña súbita, el "cansancio inexplicable" para salir dos horas antes del trabajo. Pero en realidad, ese tiempo extra no era para descansar; era para reunirse con la Inspiración, una amante más volátil e interesante que el tecleo de Marcos. Recuerdo que decía que no lo dejaría, porque ese jeep costoso y elegante, su depa en el último piso de una zona residencial y darle a veces su tarjeta, siempre la hacían pensar, aun cuando le tocaba una gran anaconda que devorar y para colmo comprometidos.

El ritual era seductor: a las 6:00 P.M., enviaba el mensaje obligatorio: "Llego tarde, amor. Día agotador. Te amo, perdóname". Cada palabra era una llave maestra hacia otro mundo: el de su libertad secreta, donde no tenía que ser la novia perfecta.

Ella no engañaba por un simple deseo físico; lo hacía por emoción, por la urgencia de sentir que sus movimientos seguían siendo impredecibles. Quería comprobar que aún controlaba el guion de su propia película, que su vida no se había convertido en un loop de algoritmos románticos. Y lo mejor de todo, nadie dudaba de ella, porque sus ojos, al besar a Marcos, siempre mostraban una profunda, aunque falsa, devoción.

Capítulo II: El amigo confiado

Javier era el espécimen perfecto: el amigo confiado, el pañuelo emocional que las mujeres confunden con un terapeuta gratuito. Él la ayudaba con los archivos, la escuchaba durante sus "crisis existenciales" y la consolaba con café y abrazos largos cuando discutía con Marcos. Era una figura segura, un puerto sin mareas, y eso, para ella, era un lienzo en blanco.

Lo invitaba a un café, sí, pero nunca en lugares concurridos. Siempre en ese pequeño rincón con poca luz, donde el roce de las rodillas bajo la mesa podía pasar por accidental. Sonreía entonces con esa mezcla de culpa y encanto que desarma al hombre más precavido. Ella inclinaba la cabeza, sus ojos de cierva herida se fijaban en él, y sus manos tocaban su antebrazo con la ligereza de una pluma.

El juego era sutil. Ella narraba sus penas con Marcos, pero siempre dejando pequeñas ventanas abiertas a la posibilidad: "Él es genial, sí, pero no entiende... esta conexión que tenemos, Javier". Él, pobre alma, pensó que estaba salvando un corazón roto; que era el héroe que llegaba para rescatar a la princesa de la torre de la previsibilidad.

Ella, en realidad, solo quería comprobar si todavía podía hacerlo latir, si su magnetismo seguía siendo lo suficientemente potente como para desencadenar el caos en la vida de un hombre bueno. Cuando en una de esas conversaciones la mano de Javier se detuvo demasiado tiempo sobre la suya, ella no la retiró. Lo miró fijamente, con una intensidad que era pura picardía. Él comprendió tarde que no era una víctima a la que se rescata, sino una depredadora disfrazada de heroína, y que él ya era parte del guion.

Capítulo III: El enamorado ideal

Su nuevo enamorado, Ricardo, era la antítesis de su vida anterior y de su propia naturaleza. Era el hombre que ella describía en sus posts de autoayuda: amable, atento, económicamente estable y, crucialmente, predecible. Parecía sacado de un catálogo de virtudes.

Ella lo eligió como un refugio, un lugar donde la estabilidad aplacaría su ansiedad crónica por el drama. Pero en esa perfección inquebrantable encontró el tedio más profundo. Lo que comenzó como un santuario se volvió una rutina exacta que asfixiaba su espíritu picaresco: flores los jueves (lirios, siempre lirios), cenas italianas los viernes, promesas de futuro los domingos. La pasión se había diluido en la comodidad.

Entonces, un martes anodino, en medio de una reunión de trabajo sobre balances y presupuestos, sintió un impulso primario, una sed de riesgo que Ricardo no podía saciar. Sin pensarlo dos veces, sin planear la traición, me escribió a mí.

Un mensaje simple, como una trampa invisible, que parecía una reflexión profunda, pero era un anzuelo perfectamente cebado: “¿Te pasa que hay personas que nunca terminan de irse?”

La seducción estaba implícita en la nostalgia, en la invitación al recuerdo. Y yo, que la conocía mejor que nadie, respondí con la misma fatalidad que nos había unido: “Solo las que dejaron algo sin cerrar.” Sabía que al teclear eso, acababa de firmar un nuevo contrato de caos. Lo que ella no sabía era que, para mí, esa respuesta era el inicio de mi propia venganza dulce.

Y a la mañana siguiente dijo que casi la pillan, porque la muy bandida había dejado su hilo al lado de un calzoncillo que no era de su pareja, estaban colgando como bandera, como trofeo, en su ducha, con el olor al que la hacía feliz en ese entonces. Mañosa entregada a esos placeres con y sin escándalo……………

Capítulo IV: El reencuentro y la verdad escondida

La cafetería era pequeña y estaba oculta bajo un toldo desgastado; la misma guarida donde solíamos escondernos del juicio del mundo y, lo que era peor, de nosotros mismos. Cuando apareció, llevaba un vestido color vino que era una declaración de intenciones. Parecía nerviosa, como si no supiera si debía hablarme en el idioma de la honestidad o en el dialecto de la seducción.

—Te he extrañado. Extraño nuestra forma de discutir, nuestra prisa, el caos —me dijo con la voz apenas audible, inclinándose sobre la mesa. La tensión era un cable a punto de romperse.

—Yo también, pero ya no sé a quién extraño —respondí, devolviendo el golpe con la misma ambigüedad letal—. A la mujer que fuiste conmigo o a la idea que tenías de ti misma.

Ella rió. Fue un sonido genuino, pero sus ojos no lo acompañaron. Había una sombra oscura detrás de su sonrisa, una calculadora emocional trabajando a máxima potencia.

La conversación se volvió un baile lento y peligroso sobre los límites que ella había cruzado. Hubo picardía en la mirada, una chispa que decía: "Aún podemos hacer esto". Y hubo dolor en mi voz, que decía: "No te atrevas".

Cuando se levantó para irse, su mano se detuvo en el marco de la silla. Me miró, con el rostro serio por primera vez en toda la tarde. Y soltó la bomba, esa frase final diseñada para ser una herida que nunca cicatriza:

—¿Recuerdas cómo empezó todo entre nosotros? No fue conmigo, en realidad... fue con alguien muy cercano a ti. Solo empezó a tocarse, mas balbuceaba, mas se mojaba, mas se corría, se mordía los labios, sacaba la lengua, yo quería participar y ella no dejaba. Gritó tanto que algo así dijo como” Te extraño manuuuu,,,,, manoooooooo”

Y se marchó. Su perfume quedó flotando en el aire de la cafetería, una mezcla embriagadora de jazmín y mentira, como si el pasado aún respirara entre nosotros. Me dejó allí, no solo roto, sino reprogramado, forzado a rehacer la historia.

Y me preguntaba, ella a pesar que a veces decía que de los dos hermanos que la maltrataban, les daba pena que sería de ellos, y nunca me los presentó, pero si a todas sus otras parejas.

Una vez le dije porque no se muda, o si yo le hago el pare al que la abolla, nunca dejó, cambió de tema y ahora todo hace ruido…

Tal vez su amor extraño, loco, enfermizo y destructivo, fue el primero, el cercano, el que desnaturaliza, la conoce y por eso siempre estuvo en ella……..



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Capítulo 1 – El viaje que no debía ocurrir

Lima, verano de 2015. El calor caía sobre los techos de Miraflores como una advertencia. La ciudad se sentía inquieta, entre las noticias de protestas por Tía María y los titulares de los nuevos escándalos políticos. En los balcones, la música de Gian Marco se mezclaba con el rumor del tránsito, y en la habitación de Fany, el ventilador giraba con pereza, empujando un aire tibio que olía a sal y perfume.

Abel había llegado sin anunciarse. No se veían desde hacía meses, pero bastó una mirada para que la tensión se instalara, densa, inevitable. Ella lo recibió con un gesto que mezclaba sorpresa y resignación. En su casa, el reloj de pared marcaba las seis de la tarde cuando él cruzó la puerta y dejó el maletín sobre el sofá. Ninguno habló del pasado, solo de aquel fin de semana que ambos sabían que no debían planear.

La conversación empezó entre tazas de café y risas contenidas. Fany hablaba de lo cansada que estaba de Lima, del tráfico, de los días idénticos. Abel, con voz más baja, le propuso escapar. “Un fin de semana, nada más. Chiclayo, sol, mar y silencio. Solo eso.” Ella lo miró largo rato, fingiendo pensar, aunque por dentro ya había dicho que sí.

La noche cayó con lentitud. Fany caminó hasta la ventana y abrió las cortinas. El reflejo de la ciudad se coló entre sus hombros desnudos y el brillo de sus pendientes. Abel la observó sin decir palabra. Había algo en su forma de moverse, en la naturalidad con que volvía a habitar su propio cuerpo, que lo desarmó.

La charla derivó en recuerdos: los viajes a Barranco, las películas de los domingos, las promesas que nunca cumplieron. Entre palabra y palabra, las distancias se deshicieron. Un roce en la mano, un silencio prolongado, una mirada que duró más de lo debido. La casa entera parecía contener la respiración.

El ventilador seguía girando, lento, como si midiera el ritmo de lo que estaba ocurriendo. Afuera, un mototaxi pasó por la avenida, y por un instante, Lima quedó muy lejos. En ese rincón del mundo, solo quedaban ellos dos, intentando entender por qué la vida siempre los traía de vuelta al mismo punto.

Esa noche, entre la penumbra y los murmullos del verano, decidieron que viajarían. Que nadie debía saberlo. Que el viaje sería su secreto. Chiclayo los esperaba con sus playas ardientes y su aire de complicidad. Pero ni Fany ni Abel imaginaban que aquel fin de semana, nacido de una nostalgia silenciosa, marcaría el comienzo de algo que los perseguiría durante años.

Solo les dijo a sus padres, apis, voy con la Andrea, así, respondieron, ya mi amor. Era un fin de semana, pero no, era su amigo, uno cariñoso, que, si bien era fotógrafo, lo conoció en una mañana de aventura, de trecking, de deporte de aventura, congeniaron rápido y como le gusta o como se dice, es de los suyos. Alto, morocho, pijón. Lo descubrió un viernes en que lo citó solo para tomar, pero tragos van, tragos vienen, y la tanga desaparece.

Cuando lo tuvo adentro, pidió chepa, no sabía cómo, esa noche entera le dieron duro como novatos. Ella bien reventada, detonada, es más, ni fue a trabajar. Ella por ese entonces laburaba con el papá, era su vendedora estrella de autopartes. Miles de historias empezarían a nacer con ese amante furtivo y el prototipo del semental que le dure, aunque igual, le daría forata, lo chotearía por muchas veces, ya que ella es fiel a sus infidelidades……………


Capítulo 2 – Arena y silencio

El sol de Pimentel los recibió con un resplandor que quemaba los párpados. Chiclayo tenía ese aire de provincia que mezcla rumor de mercado, olor a pescado fresco y risas de verano. Fany llevaba un vestido de lino blanco; Abel, una camisa abierta y una cámara colgada al cuello. Todo parecía improvisado, pero cada gesto tenía la precisión de una escena que ambos habían esperado.

Caminaron por la playa hasta donde las sombrillas se volvían manchas lejanas. Las olas rompían con pereza, dejando una espuma espesa que se adhería a los tobillos. Ella hablaba poco, él observaba todo. En el aire flotaban canciones de moda: “Photograph” sonaba desde una radio cercana, y algunos jóvenes jugaban vóley al ritmo del reguetón que recién comenzaba a dominar las tardes.

En un pequeño hospedaje junto al malecón, Fany y Abel se refugiaron del calor. El cuarto olía a madera y mar. En la mesa había dos vasos, una botella de pisco y la promesa de un día sin culpa. El reloj marcaba la hora sin que a ninguno le importara. El murmullo del mar se mezclaba con los sonidos del cuarto: los pasos sobre el piso de cerámica, las cortinas moviéndose como si también respiraran.

Esa tarde, cuando el sol cayó, salieron al malecón. Abel tomó una foto de Fany mirando el horizonte, el cabello revuelto por el viento, la mirada perdida en la línea del mar. La foto no fue publicada, ni guardada. Fue solo un instante suspendido, como su historia.

Ella vestía como casi siempre anticuada, no se porque, pero le encanta ropa ancha, casi de hombre. Tanga de dos piezas, pero algo matapasiones, color lila, una gorra, bloqueador, una toalla, sandalias y se fueron lejos. Era de día, mucho sol, transpirados, el empezó a jugar, a molestarla, le estiraba el tirante de la tanga, ella reía, ella lo miraba con cara de puchero, el se cagaba de riso, en eso, la atrae hacia ella, la abraza, mientras se comen a besos, la manosea, mueve sus nalgotas, estira mas la ropa de baño, mete mano por debajo, a su antojo, ella jadea, empiezan a desnudarse, se sientan, y ella lo mira, lo saca, lo estira, lo sopla, lo escupe y se lo traga en una. Dice, wowwwwwwwwwwww, una delicia, desde hoy será para mi sola. El solo sonríe, siguen en lo suyo y empiezan a hacerlo. Pese a la arena, el clima, se olvidan de medio mundo y sobre una piedra grande, la pone en 4 para darle con todoooooooooooooo…………

En la noche, caminaron por el centro de Chiclayo. La ciudad tenía vida propia: luces, ruido, niños corriendo, parejas riendo, vendedores gritando “¡chicharrón caliente!”. Pasaron por el parque principal, donde un grupo de músicos tocaba una marinera norteña. Fany se detuvo un segundo, tomó la mano de Abel y dijo: “Esto se siente como un recuerdo que aún no ha pasado”. Y lo fue.


Capítulo 3 – Regreso a Lima

El viaje de regreso fue silencioso. El bus avanzaba por la Panamericana mientras el cielo se teñía de gris. Fany apoyó la cabeza en el hombro de Abel, pero su mirada estaba en otra parte. Sabía que al llegar todo volvería a su sitio, que la rutina los devoraría y que el secreto empezaría a pesar.

En las noticias del bus, una voz hablaba de elecciones, de encuestas, de promesas. Lima los esperaba con su ruido, con su desorden, con su pasado. Fany fingía dormir; Abel miraba por la ventana sin decir palabra. Habían vivido algo que no se podía explicar sin destruirlo.

En eso a ella se le ocurre algo, no le dice, se levanta, estira, se da un masaje y se percata que como ya están cerca de casa, hay muchos asientos vacíos. Estira las piernas, y en eso le dice con la mirada y un leve gesto con el dedo que se levante su amante de turno. Ni corto ni perezoso, se pone atrás de ella y ayudados por el bamboleo del bus ya que iba entrando a varias curvas, aprovechan en sentirse cerca, penetrarla, gemir y el taparle la boca porque ella grita que le encanta lo que recibe…………..

Al llegar a la capital, ella lo despidió con un beso breve, casi formal. “Gracias por el viaje”, dijo, sabiendo que ninguna frase podría resumir lo que sentía. Abel asintió, la vio subir a un taxi y desaparecer entre el tráfico de Javier Prado.

Esa noche, en su departamento, Fany no encendió las luces. Se dejó caer en el sofá y miró el vacío. Las imágenes volvían una tras otra: la playa, la risa, el calor, la culpa. Tenía que contarle a su pareja, pero ¿cómo hacerlo sin destruir todo lo que aún quedaba en pie?


Capítulo 4 – Confesión y vértigo

El día amaneció turbio. Lima parecía cubierta por una neblina más densa que de costumbre. Fany decidió hablar. Lo citó en un café de Magdalena, uno de esos lugares donde nadie escucha y todos fingen no mirar. Su pareja llegó con gesto tranquilo, sin imaginar lo que venía.

Fany habló con la voz entrecortada. Dijo nombres, fechas, lugares. Mencionó a Chiclayo, la playa, el viaje. Él la escuchó sin interrumpirla, moviendo apenas la cucharita del café. El silencio que siguió fue largo, casi insoportable. Ella esperó insultos, lágrimas o reproches. Pero él solo dijo: “¿Por qué me lo cuentas?”. Fany no supo responder.

Salieron del café sin mirarse. Caminaron por el malecón, hasta donde el viento golpeaba con fuerza. Él tomó su mano, como si nada hubiera cambiado, y de pronto la atrajo hacia sí. Fue un gesto impulsivo, casi irracional. Entre el ruido del mar y los murmullos de la ciudad, se besaron. No había lógica, ni perdón, solo deseo y una necesidad desesperada de borrar lo ocurrido.

Esa tarde, en un rincón del parque, el mundo pareció desvanecerse. Fany comprendió que no se trataba de amor ni de culpa, sino de algo más profundo: el miedo a perder lo que ya se había perdido hacía tiempo.

Pero como todo en su vida, el dolor le dura poco, luego de olvidar a un ex, a otro, a unos cuantos, pese a quererlos, decirse, decirles, contarles a medio mundo que los amó, se aproxima a un nuevo ser………………


Capítulo 5 – Ecos del verano

Semanas después, Lima volvió a su ritmo. Fany seguía con su pareja, aunque algo en su mirada se había apagado. Abel desapareció de su vida sin despedidas. A veces, en las noches, ella pensaba en él, en el viaje, en el rumor del mar golpeando la arena.

El verano de 2015 terminó con lluvias prematuras y titulares sobre la inminente llegada del Fenómeno del Niño. En la televisión, las playas se mostraban vacías, y el país parecía prepararse para otra tormenta. Fany apagó el televisor, cerró los ojos y juró no volver a mirar atrás. Pero el sonido del mar seguía dentro de ella, como una voz que no se apaga del todo.

En algún lugar de la ciudad, Abel también recordaba. A veces creía oír su risa en los bares de Barranco o en el eco de una canción vieja. Ninguno volvió a hablar del viaje. Sin embargo, ambos sabían que aquel fin de semana en Chiclayo había sido más que una escapada. Fue un paréntesis de vida, un secreto que sobreviviría al tiempo, al silencio y a la culpa.

Y así, mientras la ciudad seguía su curso indiferente, las olas del norte seguían repitiendo, una y otra vez, la historia de Fany y Abel.



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Karen, cuñada del desprecio

Ella durante toda una vida me desprecio, nunca supe porque.

No era un ángel, no era un demonio pero si la caprichosa producto de su edad e inmadurez.

De talla algo baja, delgada, mirada altiva, trigueña con unos aires que mataban.

Hace unos días la traje con el recuerdo.

Su ira, enojo, odio, discriminación y repudio hacia mí, la trajo después de varios años.

Pude ver que a muchos embaucó, de nada le sirvió tener un rufián de pareja que la protegía en ese entonces.

Bueno, estuvo encarcelado y salía como volvía, ella no aprendía, el dinero de papaíto se iba y al final cayó conmigo.

Primero me dijo que es de mi vida, luego de su prima mi amor Shely para al final casi suplicar, pedí grana.

Le dije con un grito ensordecedor, no tengo y me fui.

Pero sus deudas debieron ser altas, yo me volví a negar.

Ella fue seduciendo, no se si tenía la ropa de años, pero me volvió los recuerdos.

Muchas veces mientras cogíamos con Shelly, imaginaba que a quien le insertaba todo mi vara, era a ella, a Karen Adriana.

Muchas pajas dedicadas.

Y en eso apareció, no se si fueron 10 u 8 años, pero mucho tiempo.

Algo había cambiado, la niña de rostro bello no era mas, pero el cuerpo todavía servía para el combate.

Llegó a mi casa, esa vez creo que ayudó, que yo tenía casi un año sin hacerlo.

Yo la traté con su mismo jarabe, tomaba y no le invitaba, cuando ella floreaba, yo la cortaba.

Fui enfático, dinero no hay, y ella, pero, pero, pero......

Cuando iba a balbucear, le tapé la boca, me puse atrás de ella, me sintió la respiración y una profunda erección.

Le fui contando cuantas veces me sentí humillado y ahora ella ocupa ese lugar.

Iba agachándome y la apreté conmigo, la mire y le dije, solo tengo 100 dólares, tómalos o déjalos.

Dijo un tibio, está bien, pero en adelante, vendrás a verme cuando quiera y harás lo que quiera, y ella ok.

Me daban muchas vueltas, muchos giros, muchos pensamientos obscenos y enfermos.

Ya se darían mas cosas.

Mientras, disfrutaría de ese manjar, realmente quise que fuera la primera vez.

Sin embargo, no desaprovecharía nada.

Luego de dos horas sin parar de atravesarla, venirme dentro y ella tragar lefa, me dijo, lo siento debo irme.

OK, le dije, pero recuerda, mañana a la misma hora, ok, me respondió.

Me olvidé que era cumpleaños de un gran amigo, lo fui a ver y estaba con dos flacas, estaban buenísimas, una era su conocida y la otra su amiga de ella.

Solo tomaba y le dijo, debo hacer, nada amigo, tu no sales, mas bien, dile a tu compromiso que venga.

Lo dude, pero acepté, le ordené a Karen que viniese, incluso, se maquille y arregle como la gran puta que es.

Lo hizo inmediatamente.

La presente ante los 3, la miraron con extrañeza, con asombro y basureándola con la mirada.

Los tragos salían y se acababan inmediatamente.

Los bailes eran el preámbulo para la fiesta romana.

En un momento al servir mas tragos, mi compa me dice tu amiga está buenísima, pásamela, sonreí y le dije mejor vamos a darle guerra los dos.

Y se cumplió.

Hasta hace menos de 3 días, ni si quiera imaginé verla y ahora haríamos cosas locas....................


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🖤 El Pozo de la Poetisa: Una Crónica de Amores Fugaces en Lima (2024)​





Capítulo 1: El Desgaste de Karen​



Todo tiene un antes y después, me había cansado de Karen. Lo que empezó con fuerza, como in ciclón, también te deja tempestad.
Y si bien ella llegaba con una energía que prometía satisfacción física y emocional sin fecha de caducidad. Me dio mucho, es cierto. Pero hacia mediados de 2024, el juego se había vuelto predecible. Yo estaba agotado de la manipulación constante que exigía mantener esa dinámica, y la obligación de ser siempre el motor de su existencia. Sentía que usaba el conocimiento de mis debilidades como combustible. El cansancio no era físico, sino del alma.

Me di cuenta de que mi interés se había esfumado. Necesitaba una tabla de salvación, o simplemente, una distracción más fresca y menos exigente. El agotamiento me empujó a buscar una salida, y esa salida tenía nombre y apellido.

Ya en la cama, en el lecho, en la levedad del ser, volaba mas que me hacía llegar y tener un orgasmo.

Era muy práctico, voluntariosos pero tediosos y se esfumó de mi.



Capítulo 2: El Triángulo Loco y la Presentación​



Karen, sintiendo que me alejaba, cometió el error de presentarme a una amiga: Julia.

Julia era distinta. Donde Karen era fuego explícito, Julia era humo denso, misterioso. Se sentía la tensión entre las tres casi de inmediato. Karen, en un intento desesperado por retenerme, nos propuso un juego loco. Una noche, en un departamento prestado en Lince (con sus luces de neón filtrándose por la ventana y el bullicio amortiguado de la Av. Arequipa), tuvimos algo que nunca se repetiría. Fue intenso, extraño y liberador a la vez.

Si bien, se parecían en lo locas, en su poco lenguaje, en lo pequeño era grandiosa.

Tal vez por filosofar o ser incorrectamente política, en atreverse a ser mas realista y dura con la realidad, tuvimos en que identificarnos.

Para mí, sirvió de puente. Después de esa noche, el foco se movió. Mi atención, que Karen había trabajado tanto en mantener, ahora se dirigía a Julia, atraído por el silencio y la complejidad que Karen no poseía.



Capítulo 3: La Prima Queda en la Sombra​



La transición fue inevitable y brutalmente rápida. Los mensajes a Karen se volvieron esporádicos, las llamadas se perdieron. Ella entendió que la dinámica de poder había cambiado. Ya no era la prima divertida y excitante; ahora era un obstáculo.

Dejamos de lado a Karen sin drama, sin grandes peleas; solo silencio. Ella se hundió en su propio círculo, sintiéndose utilizada (lo cual era cierto, aunque la sensación de agotamiento era mutua). Yo me quedé con Julia. La sensación de culpa era mínima; la adrenalina de lo nuevo era mucho mayor.



Capítulo 4: La Poetisa Oscura​



Julia me cautivó con su lado loco y contradictorio. Al principio, me juró que no era "viciosa", solo para soltar, con la mirada perdida: "Sí, a veces me drogo, pero es para ver la poesía del gris, no para escapar."

Efectivamente, no me contó toda la verdad. Con el tiempo, la verdad se hizo más turbia. Me confesó, con una calma desconcertante, que actuaba en "films de bajo monto", producciones que la llevaban incluso al extranjero por períodos cortos. Nunca vi sus créditos, ni me esforcé en buscarlos. Parecía un mundo aparte, una vida paralela que ella simplemente visitaba.

A pesar de esa vida sombría, Julia era una poetisa. Sus mensajes de texto, sus notas de voz, estaban llenos de pensamientos bellos y frases cursis. Podía citar a Vallejo en un momento y, al siguiente, describir el sabor de una droga.

"Nuestros encuentros son cometas. Están destinados a brillar furiosamente, no a anclarse en el tiempo."— Me escribió una vez.
Esa dualidad era lo que me mantenía. Yo era su ancla de normalidad, y ella era mi escape hacia lo desconocido.

Un porro luego de una buena excavación.

Cierta noche llegó con una amiga, olían a todo menos a algo bueno.

Sus risas contagiaban.

De tanto tomar casi morimos.

Nos deleitamos los 3 y fue un desbande que se repitió.

Pequeñas miniaturas que tienen tanta fuerza, tanto ego y mucha destreza.

Hacía mucho ejercicio para poder estar a la par de ellas pero no me negaba a la realidad.

Ellas sola la pasaban bien, yo les complacía en todo y me sentía joven con esas dos ninfas.

Capítulo 5: La Cita Que Nunca Fue y la Incertidumbre​



Corría el final de 2024. Un viernes, le escribí, citándola como de costumbre.

— ¿Vienes hoy?— Sí. Fui dulce. Fue distinta. Me contestó con un simple emoji de corazón, seguido de un verso que no recuerdo, algo sobre la luz de la tarde. Me pareció enamorada, o al menos, más vulnerable que nunca.

Llegó la hora, y pasó. Y una hora más. Le escribí, le llamé. Silencio total. Me cansé de llamarla durante varios meses. Mi orgullo y mi miedo se mezclaron.

Hasta que, a mediados de 2025, un tercero, un conocido de Karen (a quien hacía meses no veía), me soltó el golpe: Julia había tenido un accidente. Algo serio, algo que la había apartado del mundo. No quiso darme detalles.

Me dolió. Lloré solo, en silencio. No le dije a nadie, ni a Karen, ni a mis amigos. Mi luto era privado, un secreto por la poetisa de la dualidad.

El Doble de Julia:

Pero el mundo no siempre cierra sus capítulos.

Hace poco, este mismo año 2025, la vi. Estaba en un centro comercial en San Isidro. Se veía exactamente como Julia: la misma altura, el mismo cabello, incluso la misma forma de llevar un cigarrillo apagado en la mano. La llamé.

— ¡Julia!

Se giró. Me miró con una expresión vacía, profesional.

— ¿Disculpa? ¿Me conoces?— Soy yo... [mi nombre].

Ella frunció el ceño.

— Lo siento, creo que me confundes.

Se fue caminando con prisa. Nunca supe la verdad: ¿Era Julia, fingiendo no conocerme después del "accidente"? ¿O era su doble, una actriz de esos films de bajo monto, una mujer idéntica que deambulaba por Lima? La duda se quedó conmigo, un último y cruel verso de la poetisa oscura, dejando mi final sin respuesta.............


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💔 La Reaparición del Cometa: Volver al Mismo Lugar​





Capítulo 1: La Negación​



Era un martes de 2025. Meses después de ver a la supuesta "doble" en San Isidro, mi mente seguía enredada en la incertidumbre. Decidí ir a uno de nuestros antiguos puntos de encuentro: un pequeño bar en Barranco, conocido por sus luces tenues y su música jazz que siempre sonaba a despedida.

Llegué a la misma hora en que solíamos encontrarnos, casi como un ritual de dolor. Me senté en la misma mesa. Y entonces, entró ella.

No había duda. Era Julia. No su doble, no un fantasma de actriz: la forma en que se mordía el labio al buscar una mesa, la curva precisa de su cuello. Parecía cansada, pero su mirada tenía la misma densidad que me había atrapado un año antes.

Se acercó a mi mesa.

— Supongo que esto es inevitable. — Dijo, su voz una melodía rota, sin dar explicaciones.— ¿Qué pasó con el accidente? — Pregunté, la pregunta saliendo sin mi permiso.— Preguntas. Yo pensaba que habíamos acordado empezar sin peros y sin preguntas.

Asentí. El dolor, la rabia, la preocupación; todo se evaporó ante la pura adrenalina de tenerla de vuelta. La necesidad de Julia, ese escape hacia el caos ordenado, era más fuerte que cualquier lógica. Volvimos a empezar, sin reproches, como si el tiempo y el dolor no hubieran existido.



Capítulo 2: Las Noches de Adrenalina​



El reencuentro fue explosivo. Era como si hubiéramos acumulado una deuda de pasión durante todos esos meses de silencio. Las dinámicas eran las mismas, pero potenciadas por el miedo a una nueva pérdida.

Nuestras noches se convirtieron en maratones de intimidad, noches sin terminar de tanto prodigarnos amor y atención. El tiempo con Julia no era de descanso, era de pura adrenalina.

  • Podíamos pasar desde la medianoche hasta las seis de la mañana en una conversación intensa en la Costanera, viendo las luces del puerto y discutiendo sobre la filosofía de los poetas malditos.
  • Luego volvíamos al departamento, y la energía se volcaba a lo físico, a un frenesí que buscaba borrar el futuro y el pasado, centrándose solo en el presente inmediato, en el tacto, en la respiración acelerada.
Me daba cuenta de que, en Julia, el amor y la autodestrucción estaban indisolublemente unidos. Y yo era, voluntariamente, parte de ese ciclo vicioso.



Capítulo 3: La Poesía del Gris, Otra Vez​



Ella volvió a sus frases cursis y bellas, sus reflexiones poéticas sobre nuestra extraña relación.

"Somos dos fugas que se encontraron en un mismo punto ciego. No nos quedaremos, pero mientras estemos, seremos la única verdad."
Me contó, entre besos, que las filmaciones se habían detenido y que el "accidente" había sido una forma que tuvo de cortar lazos con una vida que la estaba consumiendo. Una mentira para desaparecer. Sus ojos, cuando decía esto, eran totalmente creíbles. Era una actriz, después de todo.

Empezamos a hablar de "algo serio". No de matrimonio o de hijos, sino de consistencia: de vernos todos los fines de semana, de un compromiso de exclusividad. Julia, la mujer que nunca se anclaba, de repente sonaba como si quisiera un puerto.

Pero yo solo quería coger, le insistí, ella empezó a parecerse a la prima de mi ex.

No se inmutaba y si miraba lo hacía con sorna.

Fui a encontrar su punto G, en medio de la calle, nos volvimos lobos hambrientos.

Era la primera vez, con mas fuerza y decisión.

Llegamos a un hotel, una noche entera, suficiente para dejarla sin alma ni cuerpo.

Cuando la penetraba con mas fuerza, miraba nuestros reflejos por el espejo, sonreía y veía mucha maldad y sacrificio.

Cada tres rounds me iba a bañar, era mucha transpiración.

Volvía a refrescarme, mucha agua helada, halls, ponía el ventilador, abría la ventana y ese aire me sacaba de allí.

Hasta que ella se envolvió en mi y me dio un placer de otras épocas, de tanto lamer mi verga me vine y le salpiqué en toda la cara.

La cargué y volvimos a tenerla en 4 patas, como gozaba mirar al espejo y yo en retroceso.............

Capítulo 4: La Promesa Rota y el Eco Final​



El clímax de la intensidad llegó cuando me prometió: "Quiero intentar tener algo real contigo. Sin escapes."

La promesa fue hecha un sábado por la noche, en medio de una lluvia limeña atípica. El sonido de la tormenta se colaba por la ventana mientras me decía que, por primera vez, no quería huir de algo bueno.

Nos despedimos con un amor profundo, lleno de esa adrenalina que solo ella podía generar, con la promesa de vernos el martes siguiente.

Llegó el martes. La esperé en el bar de Barranco, a la misma hora, en la misma mesa.

Esperé una hora. Luego dos. Llamé. Su número estaba inactivo.Llamé a su viejo contacto. Silencio.

Nunca más apareció.

Esta vez, no hubo terceros que me dijeran que tuvo un accidente. No hubo "dobles" que me confundieran en la calle. No hubo notas de despedida. Solo el silencio total, absoluto, y un eco de la adrenalina vacía.

Entendí entonces la última lección de la poetisa oscura: ella no era una mujer que volvía, sino un cometa en órbita perpetua. Su reaparición no fue un inicio, sino un último, glorioso despedida, una inyección final de esa energía intensa antes de que su órbita la alejara para siempre.

Me dejó con el dolor de la esperanza rota y la certeza de que, al final, la intensidad de nuestras noches y promesas no eran el "algo serio" que yo creía, sino solo una forma más dramática y dulce de decir adiós. La amé, y ella me dio la adrenalina de una vida vivida al borde, pero se fue como el humo denso: dejando solo un aroma a misterio y vacío.



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📘 “El Teatro de Shely y Karen”

La una pendeja – la otra mucho más.



CAPÍTULO 1 — El Regreso de un Nombre Prohibido

No sé qué fue más extraño: que Shely reapareciera después de tanto tiempo o que lo hiciera con un saludo tan suave, casi culpable.

Oye… ¿puedo verte? Necesito contarte algo sobre Karen.

Ese nombre. Karen.
La prima imposible.
La que siempre estuvo fuera de mi alcance y dentro de mis pensamientos.

Silencio entre los dos, quisiera hablarte, pero no estas y pese a llamarme amor. Hoy ya no me tienes más,

Cuando la vi entrar a la cafetería, algo no encajaba. Estaba nerviosa, sí, pero su ropa era demasiado elegante para una simple conversación triste. Y su perfume… intenso, envolvente. Como si quisiera marcar presencia.

Se sentó frente a mí y comenzó a relatar la historia que me derrumbaría horas más tarde: la transformación de Karen en una chica sin escrúpulos, las infidelidades, las locuras, el robo de las dos carteras, el caos moral.

Shely hablaba y lloraba como si su pecho escondiera un incendio.

Yo, ingenuo profesional, mordía cada palabra, cada gesto, cada lágrima.

No sabía que todo era parte de una obra maestra.

Yo quisiera consolarla, ir tras Karen, decir si vivo mil años yo te doy todo. Por ti podría quitarte esas manías, ganas, impulsos y maldad. Pero no, ni en tu lado mas extraño estoy.


CAPÍTULO 2 — El Relato Oscuro

Shely describió paso a paso cómo Karen había perdido el rumbo:

La vi cambiando… mintiendo por costumbre. Luego se volvió temeraria. Y lo de las carteras… eso fue el final. No era mi prima, era un fantasma con su cara.

Ella lloraba.
Yo la consolaba.
Y la cafetería parecía un teatro perfecto para una catarsis.

Pero había algo raro.

Cada vez que mencionaba a Karen, me miraba a los ojos más tiempo del necesario.
Cada vez que se limpiaba una lágrima, lo hacía demasiado lenta, como si supiera que la estaba observando.

Y su voz… quebrada, pero a ratos firme.
Demasiado firme.

No sé en quién confiar… pensaba que tú podrías escucharme, como antes.

Ese “como antes” tenía un filo emocional.
Y yo, como buen tonto, me acerqué justo donde ella quería.


CAPÍTULO 3 — La Verdad Oculta / La Intención Real

La noche avanzó y el tema cambió sin que me diera cuenta.
Del llanto pasamos a las risas nerviosas.
De las risas a las miradas largas.
De las miradas a… cercanías peligrosas.

Y ahí, cuando su mano rozó la mía con una precisión quirúrgica, entendí que la historia de Karen era demasiado perfecta para ser cierta.

Pero ya estaba metido.

Horas más tarde, en un ambiente más privado, Shely dejó caer la bomba:

Nada de lo que te conté es verdad…
Pausa.
Respiración tibia en mi oído.
Solo quería tenerte cerca otra vez.

Mi mente explotó.
Mi ego también, pero por razones distintas.

No sé si fue la nostalgia, la manipulación emocional o la debilidad de recordar lo que fui para ella, pero lo logró.
Sin necesidad de detalles explícitos, solo diré esto:
Shely consiguió exactamente lo que buscaba.
Y yo me dejé llevar, ingenuo en HD.

Después, mientras yo trataba de entender qué había pasado, ella solo sonrió como quien termina una jugada maestra:

No te enojes… es que tú siempre fuiste muy noble.

Noble.
Traducción: manipulable.

Pero aún no sabía que lo peor estaba por venir.

Dimos un paso y ella me abraza. Esa imagen de hace casi 20 años volvió. Me metí en su cuerpo y cuando me despierto esas caderas ya reposan en mi lienzo. Que sentones y en cada cruce de ideas, mi alma se siente volar, le pertenece y no me importa lo que vendrá.

Esas cachas no pierden el encanto, saben dominar la faena, me muerde, jadea, se ríe, menea la cola, me jala, estira, sola, escupe la verga. Es una experta mamona, no tiene que envidiar a muchas expertas.

En ese trance de sexo puro y descarado, vendemos las intenciones, nos poseemos, me vengo, se viene. No hay marcha atrás. Ya vuelvo a transpirar de tanto recordar y hasta una gotita blanca de nuevo cae. Que poder de esta pendeja caderona.


CAPÍTULO 4 — La Otra Emboscada

Tres días después, recibí un mensaje que me dejó en shock:

Karen.

Hola… Shely me dijo que querías hablar conmigo. ¿Nos vemos?

¿Hablar conmigo?
Yo jamás dije eso.

Pero el ego, ese animal ingenuo y hambriento, aceptó.

Cuando Karen apareció —más bella, más segura, más peligrosa de lo que recordaba— comprendí que había subestimado su inteligencia… y su intención.

La conversación fue una danza perfecta de medias sonrisas, silencios calculados y preguntas sutilmente hirientes.
Y sin tardar mucho:

Me dijeron que tú eres de los que ayudan… que tienes contactos.

Ahí lo vi.
El verdadero objetivo.
Lo mismo que Shely me había insinuado horas antes:
favores, contactos, puestos para amigos, promesas laborales envueltas en elogios falsos.

Dos primas.
Dos actuaciones.
Una misma estrategia.

Y yo, actor invitado sin sueldo.

Me usaron.
Y lo hicieron con arte.


CAPÍTULO 5 — La Revelación Final

Tiempo después, reflexioné con una mezcla de rabia y carcajada.

Les di mi tiempo, mis contactos, mis favores, mis ilusiones.
A una le creí cada lágrima.
A la otra, cada sonrisa.
A ambas… cada mentira.

Mi amor, mi alma, mi buena voluntad de empleado público improvisado.
Todo, todo se los entregué como quien paga una entrada a un show que ya sabía cómo iba a terminar.

Y sin embargo…
algo dentro de mí, esa parte masoquista que todos cargamos, agradecía haber sido testigo de semejante teatro psicológico.

Porque al final, lo único realmente sincero fue mi decepción.

Y mi risa.

Mi risa triste, absurda y liberadora.


La Trampa de Shely

Meses después, Shely volvió.
Con lágrimas nuevas.
Con excusas repentinas.
Con otra historia trágica inventada.

Pero esta vez yo reí.
Ella se quedó en silencio.

Ya no funciona, le dije.

Y por primera vez, Shely no supo qué decir.
Ni cómo manipularme.

Se fue derrotada, sin conseguir nada.
Y yo, por primera vez, gané sin hacer nada.

Pero la vi mas pendeja, mas segura, hasta diría que olía a sexo.

Mas de una vez venía hacía y si la encaraba, lloraba. El poder de esas lágrimas.

Hasta rota me la devolvieron y yo cicatrizando esas heridas, si, y las nalgueadas, las penetradas, las metidas de leche en esa garganta profunda bien que lo valieron.


Las Dos Ganaron

En la vida real…
no hay justicia poética.

Shely consiguió el favor para su “amigo”.
Karen también.

Ambas lograron lo que querían.
Ambas me apretaron emocionalmente como quien exprime un limón hasta dejarlo seco.

Y yo quedé solo, vacío, analizando mi estupidez como si fuera un caso clínico.

Incluso un ex compañero dice, será verdad o pura fanfarronería.

“Me las comí a las dos, duro y parejo, por sus dos frentes y con Shelly, la experta. Hasta le atamos su cuca a doble puntada”.

A veces la maldición te sigue así le cierres la puerta…………
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📘 “Veinticuatro Horas y Ninguna”




CAPÍTULO ÚNICO — La Noche que No Sé si Viví


Volvió sin avisar.
Sin un mensaje previo, sin un indicio, sin un maldito signo del destino.
Simplemente, Shely tocó la puerta un viernes a las seis de la tarde, como si nunca se hubiera ido, como si las mentiras, las manipulaciones y los silencios fuesen solo una nube pasajera.


Cuando abrí, ella sonrió. Esa sonrisa capaz de desordenar mi equilibrio emocional, financiero y físico en un solo movimiento.


Hola… ¿puedo entrar?


No dije que sí.
Pero tampoco dije que no.
Y eso bastó.


Entró con naturalidad, como si conociera la ruta exacta hacia mi perdición. Traía bolsas de comida, una botella de vino y un perfume que parecía diseñado exclusivamente para debilitar mis defensas.


Hoy quiero estar contigo. Las 24 horas. Sin escapar, sin excusas.
Me miró con firmeza.
Ahora sí… seremos pareja. En serio.


La frase cayó sobre mí como un trueno.
La quise creer, porque uno siempre quiere creer las mentiras bonitas, aunque ya conozca de memoria el truco detrás del telón.


Y así comenzó.


Comimos.
Bebimos.
Reímos.
Hablamos de cosas que nunca hablamos.
De sueños que nunca cumplimos.
De heridas que nunca cicatrizaron.


Y en medio de esa convivencia casi perfecta, había momentos… intensos. No descriptibles, pero sentidos. Una mezcla de cercanía, piel, tensión, entrega.
Hubo abrazos prolongados, caricias que parecían memorias, besos que parecían promesas, y un contacto que no tengo necesidad de describir porque basta con decir esto:


Shely estuvo conmigo.
Completamente.
Viva. Presente. Consumidora de mi alma.



Las veinticuatro horas se sintieron como un paréntesis en la vida real.
Un delirio amable.
Una fantasía con olor a perfume caro y arrepentimientos viejos.


A las seis de la tarde del día siguiente, ella apoyó su cabeza en mi hombro y dijo:


Viste? Era solo cuestión de tiempo… ahora sí, somos nosotros.


No recuerdo cuándo nos dormimos.
Solo recuerdo que su respiración sonaba cerca, cálida, pausada.




EL FIN QUE ROMPE TODO


Desperté con la luz entrando por la ventana.
Busqué su cuerpo a mi lado.


No estaba.


Al principio pensé que estaba en la cocina, o en el baño.
Pero la casa estaba en silencio.


Llamé su nombre.
Nada.


Revisé la puerta: cerrada.
Las ventanas: cerradas.
No había señales de salida.
No había indicios de entrada.


La casa entera, sin embargo, estaba llena de su aroma.
Ese perfume que jamás podría confundir.


Caminé hasta el baño para lavarme la cara y ahí… fue cuando me vi en el espejo.


Me quedé paralizado.


Mi cuerpo estaba rojo,
marcado,
arañado,
como si hubiera vivido una guerra íntima.
Como si alguien me hubiera sujetado, empujado, acariciado, castigado y devorado emocionalmente durante horas.


Marcas en el pecho.
En los brazos.
En la espalda.
Huellas de dedos.
Líneas rojas como firmas.


Y yo…
yo no recordaba cada detalle.


Mis manos temblaron.
El corazón también.


¿Estuvo aquí?
¿Fue real?
¿O fue un sueño disfrazado de deseo?


La única prueba eran las marcas.
Y su aroma…
ese aroma flotando por toda la casa, aferrándose a las cortinas, a las sábanas, a mi piel.


Un aroma que no podía inventar.
Un aroma que no podía soñar.
Un aroma que ella usaba y que nadie más tenía.


Me quedé frente al espejo, con la respiración temblorosa, tratando de reconstruir las últimas horas.


¿Había vuelto de verdad?
¿Había dormido conmigo?
¿Había cumplido su promesa?
¿O fue mi mente la que quiso creer tanto… que convirtió un recuerdo en una visita?


No lo sé.


Lo único cierto era esto:


Las marcas estaban ahí.
El perfume estaba ahí.
Ella no.



Y mientras trataba de entender si había sido un milagro, una mentira, un sueño o una visita fantasma, me di cuenta de lo más importante:


Shely tenía el extraño don de llegar cuando quería…
y desaparecer cuando más la necesitaba.



El resto…
el resto solo lo sabe ella.
O quizá ni ella..............
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CAPÍTULO 3 — La Noche de las Dos Muertes


Había decidido viajar.
No por placer, sino por agotamiento emocional.
Necesitaba distancia de Shely, de su perfume fantasma, de sus ausencias programadas, de sus promesas que se evaporaban como humo.


Curiosamente, justo cuando yo salía de la ciudad, ella también lo hacía.
Como si nuestras vidas fueran dos líneas paralelas incapaces de tocarse, pero condenadas a seguir una al lado de la otra.


Tres días después, a las once de la noche, mi celular vibró.


Era ella.
La misma Shely que no contestaba nunca cuando yo llamaba.


Al contestar, escuché su voz arrastrada, como si cada palabra costara trabajo.


Estoy borracha… —admitió sin vergüenza.
Y me acabo de enterar que mi ex… murió.


Me quedé rígido.


—¿Qué? ¿Cómo? ¿Estás bien?


No lo sé.
Una amiga me lo contó y… no sé si llorar, reír o vomitar.
Necesito hablar contigo. Hoy. No me cuelgues.


No colgué.
No podía.


Y así empezó una noche interminable.
Ella lloraba.
Luego reía.
Luego decía cosas incoherentes.
Luego cosas demasiado claras.


A ratos me decía que lo lamentaba.
A ratos confesaba que no.
Y entre una emoción y otra, su voz se volvía más suave.


No quiero estar sola. Quédate conmigo, aunque no estés aquí.


La acompañé desde mi habitación de hotel, viendo el techo, sintiendo su respiración cortada a través del teléfono.
Cada tanto me decía algo que me helaba:


Es extraño… siento como si tú estuvieras aquí, al lado, aunque sé que no estás.
Y cuando me duermo, siento que me miras.


La línea crepitaba, como si hubiera interferencia.
O como si alguien más escuchara.


A las cinco de la mañana, finalmente se quedó dormida.
Yo también.




CAPÍTULO 4 — El Encuentro o la Ilusión


Tres días después regresé.
Ella también.
Y, sorprendentemente, me escribió:


Nos vemos hoy. No quiero que se apague lo que sentimos esa noche.


“Lo que sentimos”…
La frase me dejó con un nudo por dentro.


Nos encontramos en un parque, o quizá eso creí.
Porque cuando la vi, algo no encajaba.


Estaba hermosa, sí.
Pero tenía un brillo extraño en los ojos, como si no estuviera completamente ahí, como si una parte de ella hubiera quedado atrapada en esa noche de la llamada.
Y lo más inquietante:


Tenía el mismo aroma que quedó impregnado en mi casa cuando supuestamente no había ido.


Me sonrió con una dulzura imposible.


Por fin.
Pensé que no vendrías.


Caminamos.
Hablamos.
Nos reímos como dos adolescentes que aún creen en los amores imposibles.
Jugamos con las manos.
Nos miramos con esa inocencia que uno solo tiene a los doce años, cuando todo parece eterno y nada realmente duele.


Por un instante, sentí que todo había valido la pena: las marcas, las dudas, las desapariciones, las contradicciones.


Pero mientras estábamos sentados en una banca, ella dijo algo que me perforó:


A veces siento que no soy yo… la que te llama.
A veces pienso que soy otra.



—¿Otra quién? —pregunté, con un escalofrío subiendo por la espalda.


Ella bajó la mirada.
Sonrió de forma extraña.
Una sonrisa no suya.


Nada… olvídalo.


Me tomó de la mano.
La apretó fuerte.
Demasiado fuerte.


Y dijo:


Quédate conmigo. Hoy sí.


La tarde se volvió noche sin que nos diéramos cuenta.
Pero cuando pestañeé, solo una vez…


shely ya no estaba.


Ni rastro.
Ni paso.
Ni sombra.
Ni aroma.


Como si nunca hubiera venido.
Como si yo hubiera imaginado todo.


Como si la Shely que me acompañó esa tarde…


no fuera la misma que me llamó llorando.
ni la misma que prometió volver.
ni la misma que negaba y afirmaba según la hora del día.



Como si hubiera… otra.


O como si ambas fueran la misma, pero no del todo humana.


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ChatGPT Plus​

CAPÍTULO 5 — La Muerte que No Era Ella

El día comenzó con un silencio extraño, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración. Me desperté tarde, con la cara pegada a la almohada y un dolor difuso en la nuca, como si hubiera pasado la noche entera luchando con mis propios fantasmas.
Encendí el celular. Y ahí estaba.

Una noticia. Una fotografía pixelada.
Un titular sencillo, cruel, definitivo:

“Mujer hallada sin vida en departamento de Lince. Investigaciones continúan.”
La imagen… Dios… era igual a Shely.
Misma edad.
Misma figura delgada.
Mismo cabello negro cayendo en oleadas.
Incluso los apellidos coincidían parcialmente.

Sentí que la sangre se me iba del cuerpo.
Me quedé paralizado, como suspendido en un instante que no debería existir.
Y por primera vez desde que la conocí —o creí conocerla— mi mente hizo algo que jamás pensé posible: la enterré.

Mentalmente.
Simbolicamente.
Como quien pasa una página que no quiere leer, pero igual la lee.

Durante un año aprendí a convivir con esa ausencia.
La veía en los pasillos de centros comerciales, en mujeres que se reían parecido a ella, en sombras que imitaban su manera de caminar.
Pero siempre era una ilusión.
Siempre terminaba siendo otra persona.
Otra vida.
Otra historia.

Y entonces, un día cualquiera, una tarde sin importancia… apareció.

O al menos alguien con su rostro, su voz, su forma de inclinar la cabeza cuando sonreía.
Llegó como si la muerte nunca la hubiera rozado.
Como si la noticia que me había destrozado fuera solo una broma macabra del destino.

Pero no me habló.
Ni siquiera me miró.
Pasó a mi lado con indiferencia absoluta, como si yo fuera solo un extraño en su camino.

—Shely… —susurré, casi sin voz.

No volteó.

Ese vacío me empujó a llamar a la única persona que podía mantenerme atado a la realidad: Karen.

Me contestó al primer timbrazo, como si hubiera estado esperando mi llamada desde siempre.

—¿Puedes verme? —le dije, sin explicar nada.

—Dime dónde —respondió ella, sin preguntar por qué mi voz estaba rota.

Nos vimos en un café pequeño, escondido entre edificios viejos.
Karen estaba distinta: segura, serena, como si hubiera hecho las paces con algo que yo aún no comprendía.
Nos sentamos, hablamos de todo y de nada.
Y de pronto, sin previo aviso, en un momento que no estaba escrito en ningún destino, ella se acercó.

Su mano rozó la mía.
Su mirada se clavó en mis ojos.
Y nos besamos.

Pero no fue un beso cualquiera.
Fue un beso de despedida y de bienvenida.
Un beso que cerraba una herida y abría otra.
Un beso que sabía a verdad después de años de ilusiones rotas.

Cuando nos separamos, Karen tenía lágrimas en los ojos.

—susurró—. Ella está viva.

No entendí al inicio.
Sentí que mi corazón se detenía y luego se estrellaba contra mis costillas.

—¿Qué… qué estás diciendo?

Karen tragó saliva, temblando.

—No puedo contarte todo —dijo—. Pero esa muerte… esa noticia… esa mujer… no era ella. Shely está viva. Muy viva. Más de lo que tú crees.

Y entonces agregó, casi en un hilo de voz:

—Y te ha estado buscando sin que lo notes.

El mundo se me desmoronó.
O quizá recién empezaba a construirse de nuevo.

Pero una cosa era cierta:

La historia no había terminado.
Ni de lejos................



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CAPÍTULO 6 — El Precio del Picante y el Amor Eterno


La noche del reencuentro fue un torbellino.
No sabía si estaba viviendo un presente real o un eco del pasado que se negaba a morir.
Pero ahí estaba ella: Shely, luminosa y caótica, sentada frente a mí como si nunca hubiera desaparecido.


Habíamos decidido cenar en un restaurante pequeño, de esos que tienen luces cálidas y mesas demasiado juntas. Ella eligió el lugar, por supuesto; siempre había tenido esa manía de llevarme a sitios donde la comida era un riesgo calculado.


Y como siempre, pidió todo lo más picante del menú.


—Tú sabes —me dijo sonriendo—, si no pica, no existe.


Yo solo asentí, intentando no pensar en lo que venía después. Porque conocía su historia, su tragedia personal:
adoraba el picante… pero su estómago no.


—Mira, luego no te quejes —le advertí.


—¿Yo? Jamás —rió con ese sonido dulce que me perforaba el pecho—. Además, si me duele… me cuidas.


La cena me costó caro, pero no por el precio —aunque el precio también dolió— sino por la manera en que cada plato era casi un castigo para ella misma.
Ceviche al rocoto.
Pollo a la brasa con una crema ají que ardía solo de mirarla.
Choros a la chalaca.
Y un cuarto de lomo saltado que parecía preparado por un demonio con una botella de Tabasco en cada mano.


Pero Shely comía con esa pasión que solo ella tenía.
Como si estuviera luchando contra el mundo y contra su propio cuerpo… y estuviera ganando.


El problema vino después.


Estábamos caminando hacia mi departamento cuando se detuvo en seco, con una expresión que reconocí al instante.


—Creo que… —dijo con voz temblorosa.


—¿Otra vez? —pregunté resignado.


Asintió, abrazándose el vientre.


—Te dije que era demasiado picante —murmuré.


—Pero estaba rico… —soltó, casi llorando de dolor.


La acompañé al baño en cuanto llegamos.
Ella cerró la puerta y yo solo escuchaba sus quejas, sus lamentos, esa mezcla de sufrimiento y terquedad que era tan… ella.


—No vuelvo a comer picante nunca más —se quejó desde adentro.


—Lo dices siempre —respondí.


—¡Pero esta vez es verdad!


Yo sonreí solo.
Era imposible enojarme con ella.


Cuando por fin salió, despeinada y agotada, parecía un gatito mojado.


—¿Estás mejor? —pregunté.


—No… —dijo con sinceridad brutal—. Pero quiero vino.


Y así, terminamos abriendo una botella.
Luego otra.
La noche se volvió cálida, suave, casi irreal.
Ella recostada sobre mí, murmurando cosas sin sentido, mezclando recuerdos con promesas, riéndose por cualquier cosa.


Y de pronto, sin que ninguno lo planeara, nos encontramos dándonos amor eterno.


No fue un momento perfecto.
No fue un cliché romántico.
Fue algo más:
una mezcla de nostalgia, deseo, heridas viejas y una necesidad desesperada de sentirnos vivos.


Shely me miró después, con sus ojos brillantes por el vino y por algo que no podía definir.

—Susurró—. Esta vez no quiero irme.


—No tienes que hacerlo —le dije, tomándole la mano.


—Prométeme que si desaparezco otra vez… me buscarás.


—Siempre —respondí, sin pensar.


Ella sonrió.
Una sonrisa triste.
Una sonrisa cargada de secretos.


Nos quedamos dormidos así, abrazados, como dos personas que se quieren demasiado o se destruyen sin darse cuenta.


Pero mientras cerraba los ojos, una duda me perforó el pecho:


¿En qué versión de Shely me estaba acurrucando?
¿La real?
¿La que volvió?
¿O un sueño más de mi mente cansada?



Afuera, la noche seguía.
Silenciosa.
Expectante.
Como si supiera que lo nuestro aún no había terminado.
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CAPÍTULO 7 — El Juego Viejo, Celos Nuevo


La noche estaba tibia, casi inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido para vernos repetir una historia que, para cualquiera más, ya estaría muerta.
Pero nosotros no.
Nosotros siempre volvíamos al punto exacto donde el pasado nos esperaba.


Habíamos terminado una botella de vino en su sala.
La luz amarilla hacía que su piel pareciera más cálida, más cercana, más peligrosa.
Ella estaba sentada frente a mí, con las piernas cruzadas, moviendo el pie con ese tic nervioso que sacaba cuando quería decir algo importante… o cuando quería jugar.


—Empezó con voz suave, casi musical—. ¿Te acuerdas… de cuando empezamos? Hace… ¿qué? ¿Veinte años?


Veinte.
La palabra me cayó como un golpe lento.
Saber que tanto tiempo había pasado y aún podía desarmarme con una frase.


—Claro que me acuerdo —respondí.


Ella sonrió como quien sabe que está abriendo una puerta peligrosa.


—Te gustaba cuando yo te decía… “amor, ¿me das permiso de salir?” —dijo imitando la vocecita infantil que usaba en esa época, un tono tan dulce que casi era cruel.


Me reí, aunque por dentro sentí una punzada.


—Sí, me acuerdo. Y yo siempre te decía: “dime con quién”.


—Ajá… —asintió, llevándose una copa a los labios—. Y yo… —puso un puchero exagerado, adorable y venenoso— yo te decía: “amor… me das permiso de salir con un amigo”.


La escena era una fotografía vieja volviendo a la vida.
Yo sentado, ella jugando con mis nervios como si fueran cuerdas de guitarra.


—Y tú —siguió— me decías… “así no se pide permiso”.


Yo asentí, viéndola moverse, viéndola volver a ser esa chica de hace veinte años.
La que era traviesa, impredecible, imposible de atrapar.


—Ibas subiendo el tono —continuó, riendo bajito—. “Dime como se debe decir”… decías.


Se acercó a mí, levantó mi barbilla con un dedo, como antes.


—Y yo… muy inocente, muy niña… “amor… me das permiso de salir con otro”.


Lo dijo tan suave, tan dulce, que dolió.


—Y tú nada… —susurró—. Insistías: “así no se dice”.


Yo me mordí el labio, recordando perfectamente la espina en el pecho, el ardor, el juego que en ese entonces me parecía emocionante… hasta que dejaba de serlo.


—Y yo seguía —dijo—. “Amor, me das permiso de pasar la noche con otro”… y tú… “dime cómo se debe decir”.


Soltó una carcajada suave, casi melancólica.


—Nos tirábamos así un buen rato. Horas. Y yo salía. Y cuando me llamabas en la noche… —me miró con los ojos entrecerrados— jamás te contestaba.


Yo tragué saliva.


—Y tú… te morías de celos.
Literal. Te morías.


La manera en la que lo dijo… no fue burla.
Fue constatación.
Fue como recitar un diagnóstico clínico.


Mientras la escuchaba, me di cuenta de que ese juego nunca fue inocente.
Ella lo sabía.
Yo lo sabía.
Pero ahí estábamos: repitiéndolo como si fuera un ritual que ninguno podía dejar atrás.


—¿Por qué estás recordando esto, Shely? —pregunté finalmente.


Ella me sostuvo la mirada.
Y por un segundo… hubo algo distinto.
No burla, no coquetería, no nostalgia.
Algo más oscuro.
Algo más profundo.


—Porque te conozco —dijo, acercándose un poco más—. Porque sé cómo te enredas conmigo.
Porque sé lo que te mata… y lo que te mantiene vivo.


Tomó mi copa y la chocó contra la suya.


—Y porque, amor…
—hizo una pausa larga, sonriendo—
no sé si esta vez me vas a dejar salir…


El aire se volvió denso.
El vino, más fuerte.
La noche, más incierta.


Y yo supe que el juego acababa de reactivarse.
Otra vez.
Como si nunca hubiera terminado.

Muchas veces le seguía la corriente, es verdad que a veces yo aburrido sin nada que preguntar o responder.
Me quedaba con dudas si ella era una juguetona, calentona o si había algo mas.

Eso si, cuando no eramos nada, solo ciber patas, ella a veces lloraba que su ex o su enamorada la dejaba y ella no quería pecar, pero que le quedaba.

Otras veces nos reíamos de sus huevadas.

Tiraban en el cine y ella me calentaba a morir, me decía siempre sin groserías: "Te gusta la huevadita".

Y algunos casos, ella y sus amigas, una en especial que le presentaba chicos nuevos, de su edad o menores pero con dinero, autos, como le encantaba follar en autos.

El............ Amor, me das permiso de follar en un auto.......
Yo le dije, que pendeja eres, jamás, y ella. Hay amor, es mentira, es broma y se cagaba de risa..........


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