La Dominicana ex de mi amigo:
Esta historia huele a ron añejo, a salitre de Boca Chica y al asfalto caliente de Lima. Es una mezcla de esa cadencia dominicana que te enreda el oído y la complicidad sucia de un grupo de amigos que creyeron haberlo visto todo hasta que ella llegó.
La Protagonista: Yaniris
Yaniris es el tipo de mujer que no camina, sino que desplaza el aire a su alrededor. Tiene 32 años, pero una piel morena clara que brilla como si acabara de salir del mar Caribe. Pelo rizado indomable, una boca grande que siempre parece estar burlándose de ti y unas curvas que desafían cualquier lógica limeña.
Beto, el más joven de nuestro grupo, se la trajo de Santo Domingo hace una década. Él era un ingeniero serio que se perdió en sus ojos, pero terminó asfixiado por sus celos volcánicos. El divorcio fue inevitable: Beto quería paz, y Yaniris... Yaniris solo conocía el fuego.
El Reencuentro: "La Ex-Amiga"
Verano de 2023. Beto llega a una de nuestras reuniones en una terraza de Miraflores. Para sorpresa de todos, no viene solo. Viene con Yaniris.
—Ya saben cómo es esto —dijo Beto, encogiéndose de hombros mientras servía whisky—. No podemos vivir juntos, pero tampoco sabemos estar lejos en Lima. Somos "amigos".
Yo la miré. Yaniris llevaba un vestido de lino blanco, tan fino que con el contraluz de la terraza se le adivinaba la silueta de los muslos. Me sonrió de lado, sabiendo exactamente qué estaba mirando.
—¡Ay, mi amor! —soltó ella con ese acento que te recorre la columna—. Qué serio te has puesto tú. ¿Es que los hombres en este barrio no saben saludar a una mujer de la isla?
Se acercó a mí y me dio dos besos. Olía a coco y a una fragancia cara que se me quedó pegada en la nariz. Al separarse, me rozó el brazo "accidentalmente" con su pecho firme. Beto se fue a hablar con los otros, acostumbrado a que ella fuera el centro de atención, pero yo vi el brillo de desafío en sus ojos.
La Confesión en la Cocina
A mitad de la noche, entré a la cocina por más hielo. Yaniris estaba ahí, sentada sobre la encimera, balanceando sus piernas largas.
—Beto me dijo que tú eras el más peligroso de sus amigos —me dijo, dándole un sorbo a su trago—. Que por eso nunca me presentaba antes. Tenía miedo de que "el fuego dominicano" encontrara la gasolina.
—Beto exagera —le respondí, acercándome hasta quedar entre sus piernas. Ella no se movió; al contrario, abrió un poco más el compás—. O quizás tiene razón. Diez años con él deben haber sido... tranquilos.
—¡Tranquilos! —soltó una carcajada ronca—. Beto es un niño. Él se cansó de mis celos, pero lo que no te cuenta es que solo me ponía así para que después me tuviera que callar la boca en la cama. Él no aguantaba el ritmo, mi amor. A las tres de la mañana ya me estaba pidiendo permiso para dormir.
Me puso una mano en la nuca. Sus dedos estaban fríos por el vaso, pero su piel quemaba.
—Dime una cosa... —susurró, pegando su frente a la mía—. ¿Tú también te cansas rápido o eres de los que aguantan hasta que sale el sol por el Callao? Porque yo tengo mucha hambre atrasada y este divorcio me ha puesto muy... creativa.
El Juego Sucio: Debajo de la Mesa
Regresamos con el resto, pero el ambiente ya había cambiado. Estábamos sentados en círculo. Yaniris se sentó a mi lado. Mientras Beto contaba anécdotas de Santo Domingo, ella comenzó su propio relato bajo la mesa.
Se quitó la sandalia y sentí su pie, experto y travieso, subiendo por mi pantalón. Sus dedos buscaban, presionaban, jugaban con una confianza que me hizo apretar los dientes.
—¿Te pasa algo? —preguntó Beto, notando que me quedaba en silencio. —No, solo... el picante de la comida —respondí, mientras Yaniris me miraba con una inocencia fingida, mordiéndose el labio inferior.
—Es que el ají de aquí es fuerte —dijo ella, con doble sentido, mientras su pie encontraba lo que buscaba y aplicaba una presión rítmica que me estaba volviendo loco—. Pero a veces lo que se necesita es un poco de sazón caribeña para que la sangre circule bien, ¿no creen?
La Noche que el Divorcio se Olvidó
Cuando la reunión terminó, Beto estaba un poco pasado de copas. —Oye, ¿la puedes llevar a su departamento? —me pidió—. Yo me quedo aquí terminando esto. Total, son "amigos", confío en ti.
Subimos a mi auto. En cuanto cerré la puerta, el perfume de Yaniris inundó el espacio cerrado.
El interior del auto se convirtió en una cápsula de calor caribeño en medio de la noche limeña. El olor a cuero del vehículo se mezcló de inmediato con el aroma a coco de su piel y el efluvio dulzón del ron que acababa de destapar.
El Preludio: Ron y Confesiones
—Espérate, mi amor... antes de arrancar, vamos a encender este motor como se debe —me dijo con esa voz que arrastra las "s" y te eriza la piel.
Sacó de su cartera una petaca de
Ron Barceló Añejo. El líquido era oscuro, denso. Tomó un trago largo, cerrando los ojos, y luego me la pasó. El alcohol me quemó la garganta, pero me encendió la sangre.
—Ponme algo que tenga peso, algo que se mueva —ordenó.
Puse una bachata vieja, de esas que suenan a barra de pueblo en Santo Domingo. Ella empezó a mover los hombros al ritmo, mientras me miraba con una fijeza depredadora.
—Tú no sabes lo que es pasar casi un año sin que un hombre de verdad te ponga la mano —me confesó, pasando la lengua lentamente por sus labios carnosos, dejando un rastro de humedad y brillo—. Beto es mi hermano, pero como hombre... ¡ay, Dios! Me dejó con una sequía que solo se cura con una tormenta.
La Provocación: El Hilo y la Transparencia
Se acomodó en el asiento del copiloto, echando el respaldo hacia atrás. El vestido gris, de una tela tan fina que parecía una segunda piel, se estiró sobre sus curvas. Con la luz de los postes de la calle entrando por el parabrisas, el espectáculo era obsceno: se traslucía perfectamente un hilo dental diminuto que se perdía en la abundancia de sus caderas.
—¿Tú estás viendo esto? —me preguntó, notando que mis ojos no se movían de su entrepierna—. ¿Tú sabes qué es eso? Eso es hambre, mi vida.
Cruzó las piernas con una lentitud tortuosa. El vestido se deslizó hacia arriba, y por un segundo, la tela gris se abrió lo suficiente para dejarme ver el borde de su
vagina perfectamente depilada, una piel canela impecable que contrastaba con el blanco del hilo.
—Mírame bien —susurró, desabrochándose los dos primeros botones del vestido—. Porque lo que vas a probar ahora no se encuentra en ningún barrio de Lima. Esto es fuego de la isla.
El Ataque: Pasión en el Asiento
No aguanté más. Estacioné en una calle oscura, debajo de unos árboles frondosos. Me abalancé sobre ella y el encuentro fue un choque de trenes. Yaniris no besaba, ella devoraba. Sus manos fueron directo a mi pantalón mientras sus piernas rodeaban mi cintura, ignorando la palanca de cambios que estorbaba entre nosotros.
—¡Dame, dame ahora! —jadeó contra mi cuello, mordiéndome con una fuerza que me hizo gruñir—. ¡Quítame este vestido que me estorba!
Logré bajarle los tirantes y sus pechos saltaron hacia afuera, firmes, con los pezones oscuros y erectos apuntando al techo del auto. Los tomé con la boca mientras ella arqueaba la espalda, golpeando su cabeza contra la ventana, dejando un rastro de vapor con su respiración agitada.
—¡Ay, carajo! —gritó, su acento dominicano volviéndose más rudo con la excitación—. ¡Así mismo! ¡Trátame como la diabla que soy!
El Clímax en la Penumbra
Con una agilidad que solo da la desesperación, ella se deshizo del hilo dental y se sentó sobre mí. El contacto de su piel húmeda y caliente contra la mía fue como una descarga eléctrica. Empezó a saltar con un ritmo frenético, sincronizada con la bachata que seguía sonando de fondo, sus rizos chocando contra el techo del auto.
—Dime que soy tu dominicana... ¡dime que no hay otra como yo! —me ordenaba, mientras sus uñas se enterraban en mis antebrazos.
El interior del auto estaba totalmente empañado. No se veía nada hacia afuera, pero por dentro era un campo de batalla. Yaniris se movía con una sabiduría milenaria, apretando, soltando, llevándome al límite con cada movimiento de su cadera. El olor a ron, sexo y perfume caribeño era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.
Cuando finalmente explotamos, ella se aferró a mi cuello con un grito sordo, temblando de pies a cabeza, mientras el resto del ron se derramaba sobre el asiento, sellando nuestro pacto de traición y placer.
El auto era un horno de vapor y hormonas. Las ventanas estaban tan empañadas que el mundo exterior había dejado de existir; solo quedábamos nosotros, el olor a cuero, el ron derramado y ese magnetismo animal que Yaniris desprendía por cada poro.
El Maratón en el Asiento Trasero
Pasamos al asiento de atrás para tener más espacio, aunque "espacio" es un decir. Ella se puso en cuatro, apoyando las manos contra el vidrio trasero, mirando hacia la calle oscura con una sonrisa de absoluta perversión.
—¡Dale, mi amor! ¡Métele con todo el peso de la isla! —gritaba mientras yo la tomaba desde atrás.
El vestido gris estaba hecho un nudo en su cuello. Su espalda se arqueaba como un arco tenso y sus nalgas canela chocaban contra mis muslos con un sonido rítmico, húmedo y sucio. Me corrí la primera vez dentro de ella, un espasmo largo que la hizo gritar contra el cristal. Pero Yaniris no tenía fondo.
—¿Eso es todo? —se burló, girándose y empujándome hacia el asiento—. ¡Un dominicano me hubiera dado tres antes de pedir agua! ¡Muéstrame que en Lima también hay hombría!
Cambiamos a la pose del misionero, con sus piernas subidas sobre mis hombros, exponiendo toda su profundidad. Me hundía en ella una y otra vez, viendo cómo su cara se transformaba, sus ojos en blanco, su boca entreabierta pidiendo más. Me volví a correr dentro de su concha, sintiendo cómo ella me apretaba con espasmos violentos que casi me sacan el alma.
El Ritual de la Leche
Después del segundo round, ella se deslizó hacia abajo. Con la luz tenue de un farol que apenas atravesaba el vapor del vidrio, la vi lamerse los labios, saboreando el rastro que quedaba.
—A mí no me gusta desperdiciar nada, mi vida —susurró.
Me tomó la pinga con una maestría que solo dan años de fuego caribeño. Me la mamaba con una succión rítmica, usando su lengua para recorrer cada vena, mirándome a los ojos con una fijeza que me ponía a temblar. Cuando sentí que la tercera carga venía en camino, intenté avisarle, pero ella no me dejó moverme. Me corrí directamente en su boca. Yaniris se tragó hasta la última gota, pasando la lengua por sus labios después como si hubiera probado el mejor manjar del mundo.
—Sabes a gloria, mi amor... —dijo, con la voz ronca por el esfuerzo—. Pero todavía te queda una bala en el cargador, yo lo sé.
La Llamada de Beto: El Clímax del Morbo
Estábamos en el tercer —o quizás cuarto— round. Yo estaba sentado y ella estaba sobre mí, de espaldas, saltando con una energía que parecía inagotable. En medio de los jadeos y el sonido de la piel chocando, el celular de ella, tirado en el piso del auto, empezó a vibrar y a iluminar la alfombra.
"BETO LLAMANDO" aparecía en la pantalla.
Yaniris soltó una carcajada diabólica. Se bajó de mí un segundo, agarró el teléfono y, sin dejar de mirarme, lo contestó. Pero en lugar de hablar, se arrodilló entre mis piernas y se metió la pinga en su boca con una urgencia brutal.
—¿Aló? ¿Yaniris? —se oía la voz de Beto por el altavoz, sonando un poco borracho y preocupado—. ¿Ya llegaste a tu casa? El amigo me dijo que ya habían salido hace rato...
Ella no podía responder. Estaba demasiado ocupada mamándome con un hambre feroz, haciendo sonidos de succión que eran imposibles de ocultar. Yo estaba petrificado, con la adrenalina a mil, viendo cómo ella disfrutaba el peligro.
—¿Yaniris? ¿Qué es ese ruido? —preguntaba Beto del otro lado—. ¿Estás comiendo algo? Te escucho raro... ¿Estás bien?
Ella se separó un segundo, con un hilo de baba colgando y una sonrisa de satisfacción pura. —
¡Ay, Beto! —dijo jadeando, tratando de controlar la respiración—.
Es que... me dio un hambre de camino y me paré a comprar un helado... ¡Está riquísimo, mi amor! No te preocupes, ya casi llego.
En cuanto colgó, lanzó el teléfono al asiento delantero y me miró con fuego en los ojos. —Tu amigo es un tonto —dijo antes de volver al trabajo—. ¡Ahora sácame ese helado de la boca y ponlo donde pertenece, que esta noche no termina hasta que el sol nos encuentre secos!