El Ingeniero Valer intentó mantener la compostura tras aquel beso, pero el daño ya estaba hecho. Se volvió distante, evitaba su mirada en los pasillos y sus correos sobre la tesis eran estrictamente técnicos. Sin embargo, para Mariana, ese rechazo no hizo más que encender una obsesión. Después de haber perdido a Carlos y ser ignorada por Mateo, no estaba dispuesta a dejar que el hombre que ahora admiraba se le escapara de las manos.
El Juego de Seducción
Mariana empezó a usar su ventaja. A las clases del ingeniero asistía con faldas que apenas cubrían lo necesario y blusas de seda que dejaban adivinar mucho bajo las luces del aula. Se sentaba en primera fila, cruzando las piernas lentamente, viendo cómo Valer perdía el hilo de su explicación cada vez que sus ojos se cruzaban.
Una tarde, al finalizar la última clase, Mariana esperó a que todos salieran. Con un movimiento decidido, cerró la puerta del salón y giró el pestillo. El silencio en el aula era absoluto, solo roto por el zumbido de los fluorescentes.
—
"Ingeniero, no puede seguir huyendo" —dijo ella, acercándose al escritorio con pasos lentos y seguros—.
"Yo sé que me quieres. Ven a mi casa esta noche... te extraño. Mira cómo estoy por ti."
Sin dejar de mirarlo a los ojos, Mariana deslizó sus manos bajo su falda. Con un movimiento fluido y desvergonzado,
se despojó del calzón y lo dejó caer sobre los planos que el profesor tenía extendidos. El ingeniero se quedó petrificado, con la respiración contenida, viendo la prenda allí, como una bandera de rendición o de guerra. No dijo nada, no se movió, simplemente la vio salir del salón con una sonrisa triunfal.
El Hechizo del Aroma
Cuando el eco de los tacones de Mariana se perdió en el pasillo, Valer sintió que el aire volvía a sus pulmones. Sus manos temblaban mientras guardaba sus cosas, pero no pudo evitarlo. Como impulsado por una fuerza primitiva, tomó la pequeña prenda que ella había dejado.
Al acercarla a su rostro, el mundo se detuvo.
El aroma era embriagador: una mezcla salvaje de
perfume dulce, sudor juvenil y esa esencia eléctrica del deseo que Mariana desprendía. Era el olor de la tentación pura, un aroma que prometía el olvido de toda su ética profesional y su vida ordenada.
En ese momento, el Ingeniero Valer supo que estaba perdido. El recuerdo de su esposa, de su prestigio y de su moral en Abancay se desvaneció frente a la fragancia de esa mujer que lo estaba arrastrando al abismo.
El Encuentro Inevitable
Esa noche, la lluvia volvió a caer sobre Lima, pero esta vez el ingeniero no se quedó en su estudio. Condujo hasta el departamento de Mariana, con el olor de ella todavía impregnado en sus sentidos.
Al abrir la puerta, Mariana lo esperaba. No hubo palabras de reproche ni explicaciones académicas.
- Él entró con la urgencia de quien ha estado sediento por años.
- Ella lo recibió con la seguridad de quien sabe que ha ganado la partida.
La noche en el departamento de Mariana se convirtió en un campo de batalla donde la ética profesional y el pasado quedaron sepultados bajo una pasión frenética. El Ingeniero Valer, un hombre que siempre se había regido por el cálculo y la estructura, se desmoronó ante la juventud indomable de Mariana.
Una entrega sin límites
No hubo preámbulos. Desde la entrada, el deseo acumulado explotó. Se poseyeron en la sala, contra la pared, sobre la mesa llena de libros de ingeniería que terminaron volando por los aires. Mariana lo guiaba con una intensidad que lo dejaba sin aliento, y él, redescubriendo una vitalidad que creía perdida, la recorría con una urgencia casi violenta.
- En la cocina: Bajo la luz fría de los fluorescentes, sobre el granito, el contraste era total. Ella, con su piel canela brillando de sudor, y él, perdiendo el control que tanto le había costado construir en su carrera.
- En el dormitorio: La cama fue testigo de horas de movimientos rítmicos y gritos que no temían ser escuchados. Se buscaron en todas las posiciones imaginables, agotando sus cuerpos pero alimentando un hambre que parecía no tener fin.
El espejismo del amor
Cuando el sol de Lima empezó a filtrarse por las cortinas, el cansancio los encontró entrelazados entre sábanas desordenadas. En ese silencio post-coital, la mente empezó a jugar sus trucos.
Mariana lo miraba y, por primera vez, sentía que había encontrado a alguien "de verdad", un hombre con poder y sabiduría que la hacía olvidar el vacío que dejaron Carlos y Mateo. "Esto es amor", se decía a sí misma, convencida de que su destino era estar al lado de un hombre como él.
El Ingeniero Valer, acariciando el cabello de su alumna, sentía que ella era su "segunda oportunidad". Creía que ese fuego no era solo físico, sino una conexión profunda que le devolvía el sentido a su vida gris. "La amo", pensaba, ignorando que estaba arriesgando su familia, su prestigio y su paz.
La burbuja a punto de estallar
Ambos estaban inmersos en una mentira compartida. Creían que lo que sentían era un sentimiento noble, cuando en realidad era una mezcla de
deseo prohibido, soledad y una profunda necesidad de validación.
Mientras ellos se juraban amor eterno entre besos al amanecer, el mundo real seguía girando:
- En Abancay, los rumores sobre la "desaparición" del ingeniero los fines de semana empezaban a llegar a oídos de su esposa.
- En la facultad, el comportamiento de Mariana ya no pasaba desapercibido para sus compañeros.
El ambiente en la facultad se volvió una olla a presión. Mariana ya no era la alumna aplicada que soñaba con volver a Abancay; ahora era una mujer consumida por una ilusión que rayaba en la obsesión.
El acoso silencioso
En cada clase de Hidráulica o Estructuras, Mariana se sentaba en el mismo lugar, devorándolo con la mirada. Mientras el Ingeniero Valer intentaba explicar integrales complejas, ella lo miraba fijo, con los ojos brillantes,
mordiéndose el labio inferior hasta dejarlo rojo, recordándole con ese gesto lo que pasaba en la intimidad de su departamento.
Los papelitos empezaron a aparecer entre los planos que ella le entregaba:
"Mi cuca no olvida cómo la dejaste la otra noche. Te extraña y está mojadita esperándote..."
Valer, aterrado de perder su prestigio y su familia, nunca respondía. Guardaba los papeles con manos temblorosas y huía del salón apenas sonaba el timbre, esquivando a Mariana como si fuera una enfermedad.
La explosión en el pasillo
Tras un mes de silencio y evasivas, Mariana no aguantó más. Lo acorraló en un pasillo vacío al final de la jornada.
—
"¡Eres un cobarde, Valer!" —le gritó, con las lágrimas a punto de brotar—.
"Me usaste, me tiraste como a cualquier cosa después de hacerme sentir que me amabas, y ahora huyes como un niño. ¡No vales nada!"
El ingeniero, pálido, solo atinaba a mirar a los lados, temiendo que alguien escuchara. Su cuerpo lo traicionaba: sentía un miedo atroz a la denuncia, pero a la vez, verla así, empoderada y furiosa, le despertaba un deseo oscuro de volver a poseerla. Pero el miedo fue más fuerte, y se fue sin decir palabra, dejándola destrozada.
El testigo en las sombras
Lo que ninguno de los dos sabía es que
Renzo, un alumno callado del tercio superior que siempre se quedaba estudiando hasta tarde, los había visto. Los vio salir del departamento de ella hace semanas, vio el beso en la oficina y, ahora, había escuchado los gritos en el pasillo.
Renzo siempre había sentido algo por Mariana, una admiración silenciosa que se transformó en dolor al ver cómo se humillaba por un hombre mayor.
Esa noche, cuando Mariana salió de la facultad llorando y caminando sin rumbo bajo la garúa limeña, Renzo se acercó con un paraguas.
—
"Mariana... no te hagas esto" —le dijo con voz suave—.
"Yo lo sé todo. Vi cómo ese viejo te trata. Tú no mereces ser el secreto de nadie."
Mariana lo miró sorprendida. En su vulnerabilidad, se dejó abrazar. Renzo se convirtió en su
paño de lágrimas, escuchando cada detalle de su despecho, mientras por dentro, él empezaba a maquinar cómo usar esa información: ¿Para protegerla a ella o para destruir al profesor que tanto envidiaba?.
La noche en el bar fue el bálsamo que Mariana necesitaba. Entre cervezas y música suave, la intensidad tóxica de la facultad y el desprecio del Ingeniero Valer empezaron a desvanecerse.
Renzo fue el caballero perfecto: la escuchó sin juzgar, le secó las lágrimas y, a diferencia de Mateo o el profesor, nunca intentó propasarse a pesar de que ella, por el alcohol, estaba vulnerable.
El Amanecer de un Nuevo Plan
Cuando Renzo la dejó en la puerta de su departamento al despuntar el alba, solo le dio un beso en la frente y le pidió que descansara. Mariana entró a su cuarto, se tiró en la cama y, con el celular aún en la mano, le escribió a su mejor amiga de confianza:
"Amiga, no vas a creer lo que pasó. Renzo me acompañó toda la noche. Me tuvo a su merced, pudo cogerme si quería y no lo hizo... me respetó. Creo que él es el indicado, el hombre de verdad que tanto buscaba."
La respuesta de su amiga no tardó en llegar, cargada de realismo:
"Cuidado, Mariana. Estás herida y despechada. No confundas respeto con amor. Además, ese chico sabe demasiado... no juegues con fuego."
La Estrategia de Mariana
Pero Mariana ya no escuchaba razones. Una idea peligrosa empezó a germinar en su cabeza. Ya no quería al inmaduro de Mateo ni al cobarde del Ingeniero Valer. Ahora quería
engatuzar a Renzo, pero no por amor real, sino para demostrarse a sí misma que aún tenía el control y, quizás, para usarlo como su escudo (o su arma) contra el profesor.
Empezó un cambio radical en su comportamiento:
- En la facultad: Dejó de acosar al profesor. Ahora, cuando se cruzaba con Valer, lo ignoraba por completo y se colgaba del brazo de Renzo, riendo fuerte para que el ingeniero sintiera el golpe del desprecio.
- El trato con Renzo: Se volvió la mujer "ideal". Le llevaba café a la biblioteca, estudiaba con él y le daba pequeñas muestras de afecto, siempre manteniéndolo en el límite del deseo.
El Cazador Cazado
Renzo, aunque inteligente, estaba cayendo en la red. Se sentía el protector de la chica más deseada de la carrera. Sin embargo, en el fondo de su mente, la información que poseía sobre la aventura de Mariana con el profesor seguía ahí, guardada como una carta bajo la manga.
Una tarde, mientras estudiaban solos en un aula vacía, Mariana se acercó a su oído y le susurró:—
"Renzo, eres el único que me hace sentir segura. ¿Por qué no vienes hoy a mi casa? Esta vez... no quiero que solo hablemos."
Ella pensaba que lo tenía bajo su control total, pero no se daba cuenta de que Renzo, el "paño de lágrimas", también tenía sus propios planes y que el Ingeniero Valer, desde lejos, los observaba con una mezcla de celos asesinos y terror de que su secreto explotara.
La llegada de
Carlos a Lima no fue con flores ni con perdones, sino con una frialdad que Mariana no esperaba. Él no le dio explicaciones de su desaparición, simplemente entró en su vida de nuevo como un huracán. Esa noche, la habitación se llenó de una intensidad cruda; se poseyeron con una fuerza que mezclaba los diez años de historia con el rencor de los meses de silencio. Carlos la tomó con una autoridad que nunca antes había mostrado, culminando esa entrega total
corriéndose tanto en su zona íntima como en su espalda y nalgas, dejándola agotada y confundida.
La Propuesta Indecente
Mientras recuperaban el aliento, Carlos soltó la bomba que cambiaría las reglas del juego para siempre. Ya no era el chico dulce de Abancay; Lima y el dolor lo habían transformado en alguien más oscuro.
— "Amor... ¿te gustaría que hiciéramos cosas locas?" —soltó él, mirándola fijamente.— "¿Cómo qué?" —respondió Mariana, asustada.— "No sé... que yo salga con otra, o tú con otro."
Mariana saltó de la cama, indignada: — "¡Eso jamás! ¡Yo te amo a ti!"— "Entonces me voy," —dijo Carlos, empezando a vestirse con total indiferencia.
Desesperada por no perderlo otra vez, Mariana le rogó, llorando, que no se fuera. La manipulación de Carlos fue perfecta. Él aceptó quedarse, pero bajo una condición que parecía un contrato de control absoluto.
El Pacto del Control
Carlos se sentó al borde de la cama y le dictó las reglas:
- Transparencia Total: "Si conoces a alguien o alguien te busca (pensando en Renzo o el profesor), me dirás absolutamente todo."
- Visto Bueno: "No saldrás a solas con ningún chico hasta que yo lo apruebe. Yo decido quién se te acerca y quién no."
- El Juego de Carlos: "Y si yo decido que ese chico me sirve para nuestras 'cosas locas', tú tendrás que obedecer."
Mariana, nublada por el miedo a la soledad y la culpa de lo que hizo en el pasado, aceptó:
"Ok, acepto... pero no me dejes".
La Doble Vida de Mariana
Ahora Mariana está atrapada en una red peligrosa:
- Por un lado, tiene a Renzo, el chico "bueno" que ella quería engatusar y que ahora Carlos quiere usar como su primer experimento.
- Por otro, el Ingeniero Valer, que sigue observando desde la facultad con terror y deseo.
Al día siguiente, Mariana va a la facultad con una marca en el cuello que Carlos le dejó a propósito. Se encuentra con Renzo, quien la mira preocupado, pero ella ahora tiene que reportar cada palabra que hable con él a Carlos por mensaje de texto en tiempo real.
La fiesta fue el escape perfecto. Entre tragos y música, Mariana conoció a
Ricardo, un abogado de 35 años, de esos que visten bien y hablan con una seguridad que intimida. Bailaron pegados, sintiendo la electricidad de lo nuevo, pero como no hubo besos ni nada concreto, Mariana decidió callar. "Ojos que no ven, corazón que no siente", pensó, rompiendo la primera regla del pacto con Carlos.
El Reencuentro Inesperado
Una semana después, la casualidad (o el destino) jugó su carta. Mariana bajó a dejar la basura a la esquina de su departamento en Lima. Estaba en
pijama, con el cabello algo revuelto y sin una gota de maquillaje, pero esa naturalidad fue lo que detuvo a Ricardo, que pasaba por ahí en su camioneta.
— "¿Mariana? ¿La chica de la fiesta?" —preguntó él, bajando la luna.
El reconocimiento fue instantáneo. Ella, sintiendo una descarga de adrenalina por lo prohibido, no lo dejó ir. Lo invitó a subir "por un café rápido".
En el Departamento: El Momento de la Verdad
Ya arriba, el ambiente se transformó. Ricardo no perdió el tiempo. Mientras Mariana servía el café, él se acercó por detrás, rodeándole la cintura. El abogado, acostumbrado a tomar lo que quiere, empezó a besarle el cuello con una intensidad que hizo que a Mariana se le doblaran las rodillas.
— "Me dejaste loco desde la fiesta, Mariana... No he dejado de pensar en ti," —le susurró él, buscando su boca.
Ricardo estaba
alocado, sus manos empezaron a subir por el borde de su pijama y ella, llevada por el deseo y el despecho acumulado contra Carlos, estuvo a punto de ceder. Estaba lista para dejarse llevar en el sofá, cuando una imagen mental la golpeó como un balde de agua fría:
el rostro de Carlos y su advertencia.
El Freno de Mano
—
"¡Espera! ¡No!" —dijo ella, apartándolo bruscamente, con la respiración agitada.
Ricardo se quedó desconcertado, con la camisa a medio desabotonar.— "¿Qué pasa? Estábamos bien..."
—
"No puedo... todavía. Tengo que... tengo que pedir permiso," balbuceó ella, sintiéndose ridícula pero aterrada de las consecuencias.
Mariana recordó el pacto:
"Si conoces a alguien, me dirás todo... no saldrás hasta que yo apruebe todo". Sabía que si Carlos se enteraba de que el abogado estaba ahí sin su permiso, la furia de su enamorado sería total.
La Llamada Peligrosa
Con Ricardo mirándola como si estuviera loca, Mariana tomó su celular y se encerró en el baño. Sus dedos temblaban mientras buscaba el número de Carlos.
—
"Amor... hola," dijo con voz quebrada apenas él contestó.
"Hay un chico aquí... un abogado que conocí en la fiesta. Está en mi casa ahora mismo. Quiere... quiere estar conmigo. ¿Qué hago? ¿Me das permiso?"
El silencio al otro lado de la línea fue eterno, solo se escuchaba la respiración pesada de Carlos, quien desde algún lugar de Lima o quizás de camino a verla, estaba procesando que Mariana estaba cumpliendo el pacto de la manera más cruda posible.
Carlos, con una voz gélida y calculadora, le soltó por el teléfono: —"Hoy no, Mariana. Mañana te diré qué vamos a hacer con él. Déjalo con las ganas". Ella colgó, sintiendo que el corazón se le salía por la boca.
Salió del baño e intentó poner una excusa torpe para que Ricardo se fuera. Pero el abogado, que no era ningún tonto y olía la debilidad, no se movió del sofá. Se levantó lentamente y la acorraló contra la pared.
El Desborde del Deseo
—"¿Permiso? ¿A quién le pides permiso, Mariana?" —le susurró él mientras la besaba con una fuerza que la dejó sin aire.
Ricardo empezó a
puntearla con agresividad, pegando su pelvis contra la de ella. Mariana sintió el bulto del abogado, duro y prominente, marcándose a través de su pantalón de vestir contra su pijama delgada. En ese segundo, el pacto con Carlos, la fidelidad y el miedo se esfumaron. El instinto ganó. Mariana se volvió loca; el contacto de ese hombre mayor, seguro y hambriento, la hizo humedecerse al instante.
La Entrega Prohibida
Se olvidó del celular, de las reglas y de las consecuencias. Se deshizo de la pijama en un segundo. Ricardo la cargó, llevándola a la cama mientras ella le mordía el cuello, desesperada por sentirlo.
- La Intensidad: Ricardo la tomó con la experiencia de un hombre que sabe dónde tocar. La puso en el borde de la cama y, sin más preámbulos, la penetró con una embestida que hizo que Mariana soltara un grito ahogado. No era el sexo mecánico con Mateo ni la timidez de Carlos; era una posesión total.
- El Goce: Ella se aferraba a su espalda, enterrando las uñas mientras él la sacudía con un ritmo violento. Ricardo la giraba, la ponía de espaldas, la levantaba, buscándola por todos lados. Mariana gemía el nombre de Ricardo, disfrutando de la adrenalina de estar rompiendo el pacto más sagrado en el mismo cuarto donde horas antes había jurado obediencia.
El Clímax de la Traición
El abogado la llevó al límite. En el momento final, él la sujetó fuerte por el cabello, obligándola a mirarlo mientras terminaba.
Ricardo se corrió dentro de ella con una descarga caliente y abundante, un sello de victoria sobre el cuerpo de la chica que supuestamente "tenía que pedir permiso".
Se quedaron en silencio un momento, con el olor al acto impregnado en las sábanas. Ricardo se vistió, le dio un beso frío en la frente y se fue, dejándola sola con su secreto.
La Mañana Siguiente
Mariana se quedó mirando el techo, sintiendo el rastro de Ricardo en su cuerpo. De pronto, el celular vibró. Era un mensaje de Carlos:
"Ya lo decidí. Hoy a las 4 p.m. dile al abogado que venga. Quiero estar ahí y que él te use mientras yo miro. No me falles, Mariana."
Mariana palideció. Lo que Carlos quería como "primera vez" del pacto, ella ya lo había hecho a escondidas y cargaba con la evidencia de la eyaculación de Ricardo todavía en su interior.