Aventuras en Apurímac ( Varios entregables Abancay, Andahuaylas, Curawasi).

Vendedora de dulces

Fue generosa, siempre me daba la yapita, yo le decía bromas y de a poco en casi una semana fuimos consumiendo lo que ella mismo necesitaba. No le creía que estaba sola pero si paraba mucho en su puesto habitual de vender dulces. No eran deliciosos, yo le daba la propina a esta clarona, de unos 30 años. Soltera y sin mucho conocimiento, cruda y realista. No se necesito mucho floro, ella quiso y procedimos a la acción.

Faltando dos días para regresarme le dije espero volverte a ver, pero no esperes me dice, vamos a pasear hoy en la noche, no se no tengo tiempo pero haré un esfuerzo. Me escape de mi familia. Nos encontramos en la plaza principal, salimos sin rumbo. Le dije y a donde vamos, no se dime tu. Tengo frío, me dice, me abrazas, ya estaba ya.

Compré comida y vino, le dije, si vamos a tu casa, no, mejor vamos a la tuya, imposible. Vamos a ver a donde nos lleva este camino. Era obvio que ambos queríamos, ella cruzaba su lengua y sus labios se iban mojando, su mirada era mas profunda. Ya cuando entramos al hostal no puso peros, le dije de corazón, me gustas pero ya se que aquí es el principio y final, no hay vuelta atrás. Puedo visitarte, me dice, le respondo, lo dudo pero ojala, sería genial. Seguimos el paso. Pero todo con calma, fue distinto, hasta interesante. Pasamos a cenar, yo abrí la botella de vino, tomé varios vasos y ella uno. Me dijo fue rico, voy a lavarme. Vino en ropa interior, algo antigua, algo monse pero que importaba. Conversamos, contamos chistes, historias, el silencio nos unió. Nos fuimos acercando, besando, tocando y se volteo mientras yo acariciaba sus nalgas no tan apetitosas pero en ese instante era mi tesoro. Se lo quité y empecé el mete y saca que me fue sorprendiendo por sus fuertes alaridos, casi quejidos y saliendo como granizo de esa cuca que no estaba lubricada, no como quería, raspaba, apretaba y cuando el ñaño quería aire, ella no dejaba para hacerme venir como pocas veces me sucedió.....................



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No pensé pero merezco

Un verano que trajo su vuelta. Nos vimos cerca de mi ex trabajo, no recordaba como estaba, no la reconocí, cuando la vi en Abancay estaba mas delgada pero su trato es lo que me impactó y pese al tiempo no cambió. Una sonrisa, un buen gesto, educada siempre distinguida. Le dije para ir a la playa, que me dice, estas loco, no, le respondo, Siempre me gusta ir, era tarde, casi noche y las garúas vendrían. Me aceptó, fuimos, la pasamos lindo, trivialidades y como no tenía mucho que hacer ( sabía que allí no se daría nada), le invité al día siguiente, me pregunta si no trabajo, si, le dije ( lo que siempre respondo cuando ya no trabajo para alguien-sector público), soy consultor y asesor, es probable que entre a una universidad, pero para que no siguiera en eso, cambie radicalmente de tema, puse en el celular algo urbano y luego medio remix trance electrónico, mix rock 80s, algo que tenga su cuerpo cerca. Si, es verdad, al inicio me bajonee, porque me quedé con el pensamiento de hace casi un año cuando su buenas nalgas me dejaron drogui, pero su trato es tan bello que compensa.

Bailamos algo, me dice si siempre soy así de loco y me salió mi floro dulzón, cursi, fresa de aquellos primeros años cuando volví de Brasil en el 2001 y chateaba a ful ( cuantas flacas vi, besé, follé y me amisté), si, y sobre todo con una belleza como tu, le respondí, volví a tener su atención. Fue en eso que acaricié su largo cabello bien tratado y ese jean color acero se manchaba de tanto manoseo y besos de lengua, la volteo y beso el culote por encima del pantalón, ella gemía, ella quería pero entró en razón y me cortó todo. Insistí y quedamos en vernos en la misma playa al día siguiente para bañar, comer y por supuesto sin decirlo, devorarla a ella.

Me llamó una hora antes de vernos y me quedé helado, me dijo que tuvo un inconveniente, le rogué a morir, menos mal que se pudo, no fue temprano como pensé pero llegó un par de horas de retraso, estaba con una ropa de baño algo grande color rojo anaranjado, tuve que disimular, estaba con la erección a mil, le invité unas chelas europeas, se empiló. En el recorrido largo en taxi, fuimos tonteando, cantando y contando chistes. Nada carnal. Ya en la playa nos fuimos a bañar, tomamos algo y conversamos. Volvimos al mar, el sol decía ve directo sin ser presumido ni escandaloso y fue así que comí casi todo dentro del mar, sus pechos caídos pero gorditos, mientras pasaba lengua allí, mis manos iban a manosear, apretar y escarbar entre su cuca y nalgas, ella se excitaba mas y mas, y solo dijo aquí no, vamos a un hotel. Asuuuuuuuuuu, esperar que venga, no correrme de la inspiración, pero ella mandaba.

Llegó el auto, era puro paleteo, no nos alejamos mucho, fuimos a una habitación que nos dejará ser libres, ese coño húmedo pedía guerra y sino sería ahora, jamas. En la primera penetrada como pedía, y yo iba e iba, fuerte y duro, ella ordenaba mas fuerte, mas duro, apura carajo, se desató, era otra y yo solo su pupilo, me vine. Luego me fui a lavar, tomé algo, la vi echada, algo dormida, la fui acariciando, le insistí para uno mas, le besé el ano y aunque no quise, no pregunté, ese orificio coquetón había que conocerlo y ya..................


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El Viento del Mariño: Reencuentro en el Valle de la Eterna Primavera

Dos años son una eternidad cuando se lleva el calor de Abancay en la sangre y la humedad de Lima en los pulmones. Al cruzar el abra y descender hacia el valle, el aire cambió; ya no era el frío aséptico de la capital, sino ese aliento tibio que huele a anís, a tierra fértil y a retama.

Durante el viaje en Cruz del Sur, meditaba lo que me ocurrió en mi anterior viaje de hace dos años, en esa época estaba convaleciente, recién con una enfermedad al colon que nacía y ahora ya sabiendo todo y analizado médicamente, hay mejores ánimos.

Esa vez se me pasaron varias pajaritas, pendejitas, bandidas, ahora vengo a arrasar con todo.

Mi padre un setentón sabio con experiencia y títulos que trabaja en un negocio con sus hermanos, me esperaba, sus sermones, su frialdad, pero a la vez sus buenos consejos.

Harta comida, pedidos, apoyos y algunas tertulias en relación a mi pasado y a mis estudios actuales.

Una tarde conocí a Elena, joven, soltera, cholita potable, trigueña, de arranque nos hicimos patas, conversamos mucho y yo la veía con ojos de cazador y a ella no le sabía a mal ser la víctima, la presa.

Como mi viejo en todo sentido me controlaba, yo tenía las horas contadas, se me ocurrió pasear por el rio, ella aceptó de inmediato y nos fuimos como niños exploradores.

Sus labios sabían a fruta madura, a los capulíes que recolectábamos de niños, pero con una intensidad nueva, madurada por la espera. El murmullo del río Mariño parecía acompañar el ritmo de nuestras respiraciones, que se volvían erráticas, compitiendo con el silencio de la tarde.

Cada caricia era un reclamo: "¿Por qué tardaste tanto?", decían sus manos en mi cuello. "Ya estoy aquí", respondía mi piel contra la suya. Fue un encuentro de contrastes: la delicadeza de los besos en el lóbulo de la oreja y la fuerza de los cuerpos que se anclan el uno al otro para no volver a perderse. En el clímax, bajo la sombra del imponente nevado que nos vigilaba desde la ventana, Abancay volvió a ser mía, y yo volví a ser parte de su tierra, fundido en el abrazo de quien nunca dejó de esperarme.











El aire de Abancay tiene una densidad distinta cuando la lluvia de verano amenaza con desplomarse sobre el valle. Ella se llama Elena, tiene 32 años y una seguridad que solo da la madurez de quien sabe exactamente lo que provoca. Su piel es del color del trigo tostado por el sol andino, y sus ojos, oscuros y líquidos, guardan una malicia inteligente. Llevaba un vestido de lino blanco, ligero, que se pegaba a sus muslos con el viento, dejando adivinar que debajo no había más que su propia naturaleza.

—"Hace demasiado calor para seguir caminando", me dijo, mientras se soltaba el cabello oscuro que le caía como una cascada sobre los hombros. "El Mariño está cerca, y conozco un recodo donde el agua es mansa y los sauces nos esconden".

Caminamos hacia la orilla, bajo un sol que quemaba con una intensidad casi violenta. El miedo a ser vistos era un ingrediente más, una descarga de adrenalina que hacía que el pulso me retumbara en las sienes. Cualquier comunero, cualquier caminante podría asomar por la ladera, pero a ella parecía no importarle; al contrario, esa exposición alimentaba su fuego.

Al llegar a la orilla, entre piedras lisas y el murmullo salvaje del río, Elena no esperó. Se desabrochó el primer botón del vestido mientras me sostenía la mirada, fija, desafiante.

—"Mírame bien", susurró con una voz ronca, cargada de una suciedad elegante. "Dos años imaginando cómo me ibas a poseer entre estas piedras. No quiero delicadezas, quiero que me quites hasta el aliento".

Se quitó el vestido con un movimiento fluido. Estaba desnuda, gloriosa, con sus senos firmes apuntando al cielo y ese vello púbico oscuro y húmedo que contrastaba con la blancura de su vientre. Se acercó a mí, sus manos calientes bajaron directo a mi bragueta, deshaciendo el nudo de mi cordura.

—"Estás tan duro que pareces de piedra, como el nevado", me dijo al oído, mientras su lengua trazaba el contorno de mi oreja. "Dime qué me vas a hacer. Dime todas las porquerías que pensaste pensando en mí".

Sus palabras eran crudas, directas. Me obligó a arrodillarme sobre la hierba mojada mientras ella se mecía frente a mi rostro. El erotismo era puro, sin filtros. Cuando la penetré, el sol estaba en su cenit, y el contraste entre el calor de su cuerpo y el frío del agua que salpicaba nuestras piernas era una sinestesia de placer.

—"¡Más fuerte, carajo!", jadeó, enterrando sus uñas en mis hombros. "Hazme sentir que has vuelto, que esta tierra y yo somos tuyas".

El ritmo era frenético. El miedo a ser descubiertos nos obligaba a sofocar los gritos, lo que hacía que cada embestida se sintiera más profunda, más prohibida. De pronto, el cielo, caprichoso como solo es en Apurímac, se oscureció. En segundos, las nubes estallaron en una lluvia torrencial. Las gotas gordas y frías golpeaban nuestras espaldas calientes, creando un vapor que nos envolvía como una cortina natural.

El sexo se volvió una lucha elemental. El barro, el agua del río, la lluvia en nuestras bocas y el sudor de dos años de ausencia se mezclaron en un solo fluido. Ella se giró, apoyando sus manos en una piedra grande y lisa, ofreciéndome su espalda mojada.

—"Rómpeme. No dejes nada para mañana", gritó entre el estruendo del agua.

Sus diálogos se volvieron más oscuros, celebrando cada centímetro de invasión, describiendo con palabras gráficas y febriles cómo sentía que mi virilidad la reclamaba. El clímax llegó junto con un rayo que iluminó el valle, un estallido sordo que nos dejó exhaustos, entrelazados entre las raíces de un sauce, mientras el río seguía su curso, indiferente a la tempestad de carne y deseo que acababa de ocurrir en su orilla.

Estábamos empapados, sucios de tierra y gloria, con el corazón galopando bajo la lluvia que empezaba a amainar, devolviéndonos el silencio de un Abancay que, por fin, volvía a ser nuestro hogar.

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Trámites de Sangre y Fuego en la Eterna Primavera

Había salido de la tienda de mi padre con el pretexto del depósito. El sol de Abancay caía como plomo derretido sobre la calle Real, y yo llevaba el fajo de billetes para mi hijo en Lima apretado en el bolsillo, como un recordatorio de mi otra vida. Pero Elena me interceptó antes de llegar al banco. No necesitó decir mucho; solo esa mirada de "cholita" empoderada, de mujer que conoce su terreno, y un gesto con la cabeza hacia el callejón de su casa.

—"Deja que el banco espere, Iván", me soltó con esa voz que te recorre la columna como una descarga. "Tu hijo tendrá su dinero, pero tú... tú te vas a quedar sin alma hoy".

Entramos a su cuarto. Era un espacio cargado de su olor: una mezcla de jabón de glicerina, sábanas limpias y ese aroma a hembra en celo que me tenía trastornado desde que bajé del bus hace una semana. Cerró la puerta y el sonido del pestillo fue como el disparo de salida.

Ella no es de las que esperan. Se me vino encima, sus manos pequeñas pero fuertes fueron directo a mi cinturón mientras me acorralaba contra la pared de adobe.

—"Mírame, carajo", me ordenó, mientras me bajaba los pantalones con una urgencia violenta. "Mírame bien mientras te saco lo de 'padre responsable' y te dejo solo como el hombre que me hace gritar".

Elena se arrodilló. Su boca, caliente y experta, me recibió con un hambre que me hizo jurar en arameo. Sus ojos me buscaban desde abajo, desafiantes, burlones, mientras sus dedos jugaban con mis testículos, tensos por la acumulación de ganas. El erotismo era sucio, crudo. Ella hablaba entre tomas, describiendo con palabras gráficas lo que quería hacerme, lo mucho que le gustaba el sabor de mi deseo y cómo pensaba dejarme seco antes de que pudiera volver a la tienda de mi viejo.

—"Hoy no vas a depositar nada que no sea dentro de mí, Iván", susurró, poniéndose de pie y lanzando su ropa a un rincón con un desprecio absoluto por las formas.

La subí a la cama de un movimiento. Su cuerpo era una sinfonía de curvas firmes, piel canela y una humedad que ya empapaba sus muslos. Me puse encima, sintiendo el calor de su vientre contra el mío.

—"Métela ya, no seas cobarde", me provocó, abriendo sus piernas con una fuerza que me sorprendió. "Lléname de una vez, ponme a parir con esa cosa que tienes. Quiero que me dejes doliendo, que cada vez que camine por la plaza mañana me acuerde de cómo me rompiste hoy".

Cuando entré, el gemido que soltó no fue de dolor, sino de una satisfacción animal. El ritmo no fue lento. Fue una embestida tras otra, un choque de carne contra carne que hacía que la cama de madera chillara como si estuviera viva. Le di la vuelta, obligándola a morder la almohada mientras yo la poseía por detrás, viendo cómo sus nalgas firmes se estremecían con cada golpe.

—"¡Eso es, así me gusta, como un perro!", gritaba ella, sin importarle que los vecinos o mi propio padre pasaran por la calle. "Dime qué me estás haciendo, Iván. Dime qué tan puta me sientes ahora mismo".

El lenguaje se volvió una cloaca de placer. Le dije todo lo que su cuerpo me provocaba, cómo su piel de serrana ardiente me hacía olvidar a mi hijo, a Lima y hasta mi propio nombre. La lluvia empezó a golpear el techo de calamina, creando un estruendo que ocultaba nuestros gritos. Era un caos de sudor, olor a sexo puro y esa desesperación de saber que mis vacaciones se acaban y ella es el único vicio que no quiero dejar.

Llegamos juntos en una explosión que me dejó temblando, vaciándome en ella con la misma furia con la que el Mariño baja en temporada de crecida. Me quedé sobre ella, escuchando su respiración agitada y el rugir de la lluvia.

Yo creía, acabamos, pero ella dijo, no chiquito, mínimo 3 polvos, me dejas bien seca y luego te me vas.

Se arquea, menea la cola, endurece sus senos, me los pone, lamo, muerdo y refriego mi pinga.

Ella va gozando, se toca, pasa dedo mojado a su cucota y empieza a gemir y jadear.

Pide más y más, hacemos el 69, nos quedamos buceando el uno del otro buen rato, hasta que dice méteme todo tu pedazo.

Brama, se inquieta, se corre, se sobrepone, se suelta, me la mama y la endurece para cabalgarme, damos vuelva, le doy fuerte y jalo el cabello, hasta que estalla y dice, amorrrrrrrrrrrrrrrrrrr, para, me vengooooooooooo.

—"Ahora ya puedes ir al banco, Iván", me dijo con una sonrisa cínica mientras se limpiaba el sudor de la frente. "Pero dudo que tus piernas te respondan".

Me vestí despacio, sintiendo el peso del dinero en el bolsillo y el peso de su marca en mi piel. Salí a la tarde de Abancay, con el olor de Elena pegado a mi ropa, sabiendo que mañana volvería por más, porque esa cholita me tiene más amarrado que cualquier negocio familiar.







Ese domingo el aire de Abancay tenía un sabor a victoria prohibida. Engañar al viejo no fue fácil; tuve que fingir esa cara de hijo responsable, dándole un abrazo de despedida mientras le aseguraba que el viaje a Curahuasi era para despejar la mente y ver unos temas del negocio. Pero en cuanto doblé la esquina hacia el paradero de los autos, la responsabilidad se convirtió en lujuria pura.

Ahí estaba Elena, esperándome con una mochila pequeña y esa mirada de gata que sabe que tiene a su presa asegurada. Llevaba unos jeans tan ajustados que parecían pintados sobre sus nalgas redondas y una blusita de seda roja, sin sostén debajo, donde sus pezones se marcaban como dos diamantes rebeldes ante el fresco de la mañana.

Subimos al auto. Pagué los cuatro asientos para que nadie nos jodiera el espacio, para que el viaje de una hora y media fuera nuestro primer campo de batalla. En cuanto el chofer arrancó y puso un huayno a todo volumen, Elena se me abalanzó.

—"Tres días, Iván... tres días donde te voy a exprimir hasta el tuétano", me susurró al oído, mientras su lengua trazaba el contorno de mi oreja y su mano bajaba directa, sin escalas, a mi entrepierna.

El auto serpenteaba por las curvas de la carretera, y con cada giro, la mano de Elena apretaba más fuerte mi pija sobre el pantalón. No le importaba el chofer, no le importaba nada. Se subió encima de mí, aprovechando el espacio vacío, y empezó a frotar su intimidad húmeda contra mi pierna mientras me besaba con una furia que sabía a café y a pecado.

—"Siente cómo estoy por ti, carajo", jadeaba, obligándome a meter la mano por debajo de su blusa para apretar sus senos calientes. "Dime qué me vas a hacer en cuanto lleguemos al hotel. Dime qué tan puta quieres que me porte".

Llegamos a Curahuasi, la capital del anís, pero el único aroma que me importaba era el de su sexo. Nos registramos en un hotel alejado, de esos que tienen vista al valle, pero paredes gruesas. En cuanto la puerta de la habitación se cerró, la ropa voló por los aires.

Día 1: El Reclamo Animal Elena se quedó solo con unas medias de liga negras que había escondido bajo el jean. Se puso en cuatro sobre la cama, mirando hacia la ventana que daba al imponente cañón del Apurímac. —"Rómpeme aquí mismo, Iván. Quiero que el sol de Curahuasi vea cómo me llenas", me gritó. La pose era humillante y gloriosa a la vez. Sus movimientos eran rítmicos, desesperados; ella misma se abría las nalgas con las manos para que yo pudiera ver cómo mi virilidad entraba y salía de su cuerpo empapado. El lenguaje era una cloaca: nos insultábamos de placer, celebrando cada embestida, cada fluido que manchaba las sábanas blancas.

Día 2: La Lluvia y el Descaro Amaneció lloviendo, un diluvio que nos encerró en una burbuja de sudor y olor a sexo. Ella sacó de su mochila un conjunto de lencería de encaje negro, transparente, que apenas cubría lo esencial. Ese día experimentamos todo. La puse sobre la mesa de noche, con sus piernas al hombro, mientras ella me pedía que le hablara sucio, que le dijera todas las cosas que un "hijo de familia" no debería ni pensar. —"Soy tu perra de vacaciones, Iván. Úsame, escúpeme, hazme lo que quieras", decía mientras se masturbaba frente a mí, con los ojos en blanco, pidiéndome que me corriera en su cara. Y así lo hice, marcándola como mi propiedad en esa tierra ajena.

Descansamos, y mientras fui a comprar comida y trago.

Al regresar la veo igual de ardiente, menea, mueve las caderas, me mira con deseo y empezamos de nuevo.

Yo aceptaba todo, pero no sus celos, que empezarían cuando me llamaban o escribían.

Sin embargo, supe tranquilizarla y de nuevo, la llevo a mi pene, hace que me venga, Una leve siesta y termino en sus nalgas, mete hasta la ñata, boca, dedos y su cuca se inunda.

Día 3: El Éxtasis Final El último día, antes de volver al control de mi padre, el erotismo se volvió casi religioso. Elena propuso hacerlo en la ducha, bajo el agua caliente, donde el vapor hacía que su piel canela brillara como el oro. Me cabalgó con una fuerza que me dejó sin aliento, moviendo sus caderas en círculos, exprimiendo cada gota de mi energía. —"Llevate mi olor a Lima, Iván. Que cuando estés con tu mujer o en el banco, sientas mi leche y mi sudor en tus dedos", sentenció con una sonrisa triunfal.

Fueron 72 horas de poses acrobáticas, de gemidos que rebotaban en las paredes y de un lenguaje tan descarado que nos habría hecho arder en el infierno. Salimos del hotel exhaustos, vacíos, con el alma sucia y el cuerpo bendecido por el exceso. De regreso a Abancay, en el auto, ella solo me tomó la mano y me guiñó un ojo, lista para volver a ser la "cholita" recatada frente a mi padre, mientras yo todavía sentía el fuego de sus entrañas quemándome la piel.





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El regreso a Abancay fue como bajar de una borrachera de tres días. El silencio de la casa de mi padre, el olor a madera y el ritmo del negocio familiar me obligaron a poner una máscara de frialdad. Me aislé. No le respondí las llamadas a Elena, necesitaba limpiar mis pulmones de su aroma a anís y sexo desenfrenado. Pero el diablo no duerme, Iván, y en Curahuasi, en un descuido de esos tres días de fuego, mis ojos cruzaron con los de Marisol.

Marisol era distinta. Tenía unos 40 años, Mas experta, más sabia, más loca por la pinga. Habíamos intercambiado números en un momento en que Elena subió al cuarto por más agua. Al segundo día de mi aislamiento en Abancay, recibí el mensaje: "Estoy aquí, Iván. Vine a ver a mi tía, pero solo tengo libre de 3 a 5 de la tarde".

El riesgo era doble: mi padre vigilándome como un halcón y Elena, que si se enteraba, era capaz de quemar la tienda con nosotros adentro. Pero la adrenalina es el mejor lubricante.

El Encuentro Furtivo: Relato de un Reloj en Contra

Eran las 3:15 p.m. Le dije a mi padre que iba a ver un repuesto al otro lado de la ciudad. Tenía exactamente 105 minutos antes de que el viejo empezara a sospechar. Marisol me esperaba en un pequeño cuarto alquilado cerca al terminal.

En cuanto entré, el contraste me golpeó. Si Elena era fuego volcánico, Marisol era una brasa que quema lento. Llevaba una falda y una blusa de algodón que dejaba ver sus hombros bronceados. No hubo preámbulos. El tiempo era nuestro verdugo.

—"Tienes poco tiempo, ¿no?", me dijo mientras me empujaba contra la cama. Su voz no era sucia como la de Elena, era una urgencia dulce pero implacable.

Se levantó la falda. No llevaba ropa interior. Esa visión de su piel limpia, joven, contrastando con el recuerdo de la lujuria oscura de Elena, me puso la sangre a hervir. Me desabroché el pantalón con la desesperación de un condenado.

—"Házmelo rápido, Iván. Hazme sentir que valió la pena el viaje", susurró, abriéndose de piernas y ofreciéndome su centro rosado y húmedo.

El sexo fue una carrera contra el reloj. La pose era básica pero intensa: yo de pie, ella al borde de la cama con las piernas enredadas en mi cintura. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con el tic-tac de mi reloj mental.

—"¡Ay, Iván! ¡Duro, así!", jadeaba ella, enterrando sus dedos en mis glúteos.

El erotismo radicaba en lo prohibido de la brevedad. Cada minuto contaba. A las 4:10 p.m., la tensión llegó a su límite. La puse de espaldas, su falda levantada cubriéndole la cara, y la poseí con una fuerza que buscaba exorcizar tanto a Elena como el miedo a mi padre. Ella gritaba bajito, mordiendo la almohada, mientras yo le susurraba cosas que me hacían sentir un desgraciado, pero un rey a la vez.

—"Eres mía por estas dos horas, Marisol. Nadie más te va a tocar como yo", le decía, mientras sentía cómo sus músculos internos me apretaban, pidiendo más.

A las 4:35 p.m. nos vaciamos en un orgasmo violento y silencioso. No hubo tiempo para mimos. Nos vestimos entre jadeos, limpiándonos el rastro del otro con una toalla húmeda. Ella se arregló el cabello frente al espejo, volviendo a ser la chica inocente de Curahuasi.

—"Nos vemos, Iván. Si me buscas, ya sabes dónde encontrarme", me dijo con una sonrisa cómplice antes de salir.

Llegué a la tienda de mi padre a las 4:55 p.m., sudado, pero con la mirada fija. El viejo levantó la vista de sus cuentas. —"Te demoraste, hijo". —"Había tráfico, papá. Pero ya conseguí lo que buscaba", respondí, mientras sentía el hormigueo en la pija y el peso de un nuevo secreto que me quemaba la piel.






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Sábado: El Incendio Final con Elena (La Veterana del Fuego)

El sábado fue para Elena. Sabía que con ella no había medias tintas. Llegué a su casa con una botella de cañazo del bueno y un hambre que solo se sacia con batalla. Comimos un picante de cuy que nos dejó la sangre hirviendo y empezamos a tomar, dejando que el alcohol soltara los demonios.

—"Hoy te vas a ir de aquí sabiendo quién es la dueña de esa pija, Iván", me retó ella, tirando la copa al suelo y abriéndose de piernas sobre la mesa de madera.

La sesión duró cuatro horas. El erotismo se volvió oscuro, descarado. La ropa fue arrancada como si estorbara para la guerra. Elena, en su borrachera de deseo, empezó a pedirme lo prohibido. La puse en cuatro, con la cara contra el colchón, y sin lubricantes más que su propia saliva y mis ganas, decidí marcarla por donde nunca olvida un hombre.

—"¡Hazlo, carajo! ¡Rómpeme!", gritaba ella mientras sentía la invasión. El lenguaje fue de una suciedad extrema; nos insultábamos con una devoción animal. La penetración anal fue violenta y profunda. La dejé "herida", como tú dices, sintiendo cómo sus músculos se desgarraban de placer y dolor. Al terminar, no podía ni caminar derecho; se quedó coja, temblando, con el rastro de mi virilidad goteando por sus muslos.

—"Me has dejado mal, Iván... pero qué rico me has dejado", susurró exhausta, mientras yo me vestía con la satisfacción de haber domado a la fiera más grande de Apurímac.


Domingo: El Sacrificio de Marisol (La Dulzura Profanada)

El domingo, mientras mi padre creía que yo estaba en misa de despedida, me deslicé al cuarto de Marisol. Ella me esperaba con esa frescura que contrastaba con el sudor rancio de la noche anterior. Pero no hubo ternura. El saber que era mi última tarde me dio una energía oscura.

Fueron otras tres horas de un "follar" incesante. Marisol, que parecía tímida, se transformó. La puse en poses que ella nunca había imaginado: colgada de mi cuello mientras yo caminaba por el cuarto, o contra la ventana para que el sol de la tarde iluminara su desnudez.

—"No te vayas a Lima, quédate a vivir dentro de mí", me decía con los ojos en blanco, mientras yo le hablaba sucio, comparando su estrechez con la libertad del río.

La dejé vacía, escurrida. Su cama era un campo de batalla de sábanas revueltas y olor a sexo joven. Al igual que con Elena, no tuve piedad. Me aseguré de que cada centímetro de su cuerpo recordara el peso del mío. Cuando salí de su cuarto, ella apenas pudo levantarse para decirme adiós, con las piernas flácidas y la mirada perdida en el techo.


Lunes: El Regreso del Conquistador

El lunes por la mañana, en el terminal de buses de Abancay, el aire estaba fresco. Mi padre me dio un abrazo fuerte, orgulloso del "hijo ejemplar" que lo ayudó toda la semana.

—"Vuelve pronto, Iván. El negocio te necesita", me dijo el viejo. —"Vuelvo pronto, papá", respondí con una sonrisa cínica, sintiendo el cansancio glorioso en los lomos.

Subí al bus. Mientras el vehículo trepaba las curvas hacia la sierra alta camino a Lima, miré por la ventana. Allá abajo quedaban dos casas, dos mujeres que se conocían de vista en el mercado, que se saludaban con respeto, pero que nunca sabrían que el mismo hombre las había "reventado" el mismo fin de semana.

Iba feliz. El fajo de billetes para mi hijo seguía en el bolsillo (o lo que quedó tras los hoteles), pero mi ego iba más inflado que las llantas del bus. Me acomodé en el asiento, cerré los ojos y todavía podía sentir en mis manos la mezcla del perfume de Elena y la piel de Marisol. Había cumplido: apoyé a mi viejo, cumplí con mi hijo y, sobre todo, me coroné como el dueño absoluto de los suspiros y los dolores de cadera de las dos mujeres más ardientes de Abancay.
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Mariana, faltando tan poco para acabar la carrera, manda todo a la porra por verga:



El ambiente en la habitación de Mariana en Lima estaba cargado de una tensión que solo ella podía sentir. A través de la pantalla del celular, el rostro de Carlos se veía lleno de una resignación triste, pero comprensiva. Él estaba en la plaza de Abancay, con el ruido de las motos y el viento del valle de fondo.

La Conversación​

— "Entiéndeme, Carlos," —decía Mariana, forzando una voz firme—. "Es el último esfuerzo. La tesis me tiene loca y las prácticas en la constructora son de lunes a sábado. Si bajo ahora, voy a perder el ritmo. El próximo año, cuando ya esté titulada, todo será distinto. Te lo prometo."

Carlos suspiró, acomodándose la gorra.— "Está bien, amor. Duele, ya son diez años pasando el verano juntos, pero te espero. Tu futuro es lo primero. Solo prométeme que te cuidarás..."

El Quiebre​

En ese preciso instante, la puerta del cuarto de Mariana se abrió. Mateo entró con total confianza, dejando las llaves sobre la mesa y acercándose a ella sin ver la pantalla del celular.

"¿Con quién hablas a estas horas, reina? Ya está lista la cena, deja eso un rato", dijo Mateo, apoyando una mano en el hombro de Mariana.

El silencio que siguió fue sepulcral. A través del altavoz, el murmullo de Abancay pareció detenerse.

"¿Mariana? ¿Quién es él? ¿Con quién estás?", la voz de Carlos cambió por completo. Ya no era la voz del novio dulce, sino la de alguien que acababa de sentir un golpe seco en el pecho.


La Encrucijada de Mariana​

Mariana sintió que el aire se escapaba de la habitación. Tenía dos realidades frente a ella:

  • A su lado: Mateo, confundido, mirando el celular y dándose cuenta de que había interrumpido algo importante.
  • En la pantalla: Carlos, a 900 kilómetros de distancia, con los ojos bien abiertos, esperando una explicación que justificara por qué un extraño llamaba "reina" a su novia de toda la vida en la intimidad de su cuarto.
"Carlos, yo... es un compañero de la pensión...", alcanzó a balbucear ella, mientras Mateo fruncía el ceño, notando por primera vez que el nombre en la pantalla no era el de una "tía" o una "amiga".



















La tensión en la habitación de Lima era asfixiante. Mariana cortó la llamada con Carlos casi a la fuerza, dejándolo con la duda sembrada en el corazón allá en Abancay. Se volteó hacia Mateo y, tratando de salvar la situación, le soltó la mentira a medias: "Es solo un amigo del colegio, un poco intenso, ya sabes cómo son en los pueblos". Pero no le dijo que ese "amigo" era el hombre con el que planeaba su vida hasta hace unos meses.

Mateo, sintiendo que la adrenalina de la interrupción le había abierto una puerta, sacó unas cervezas. "Para los nervios", dijo. El alcohol y el calor de la noche limeña hicieron lo suyo.

El Encuentro​

Sentados en el pequeño sofá, la conversación se volvió un susurro. Mariana llevaba una licra amarilla ajustada que resaltaba su figura, y Mateo un short deportivo. Los besos empezaron suaves, pero pronto subieron de tono. Las manos de Mateo empezaron a explorar, bajando con decisión hasta que, por encima de la tela de la licra, empezó a acariciar su zona íntima.

Mariana sintió un escalofrío. La culpa de los diez años con Carlos chocaba de frente con el deseo nuevo que sentía por Mateo.

"No, espera... no somos nada, Mateo. No sigas", dijo ella, tratando de apartar su mano, aunque su cuerpo no respondía con la misma firmeza.— "Solo un ratito, quédate así...", insistió él, acercándose a su cuello.— "No, amor... no, bebe. Así no", respondió ella, usando esos términos que la traicionaban. "Si quieres, declárate bien, no quiero que sea solo algo de una noche".

La Pregunta Crucial​

Mateo se detuvo, pero no quitó la mano del todo. La miró fijamente a los ojos, con la respiración agitada, buscando la verdad que Mariana intentaba esconder tras sus estudios y su tesis.

"Está bien, hagamos las cosas bien. Pero mírame y dime la verdad... ¿Yo te gusto? ¿O solo me estás usando para olvidar lo que dejaste en tu tierra?"











El silencio de la noche en Lima se rompió con el chirrido de una puerta mal cerrada. Carlos había viajado más de catorce horas, sin dormir, con el corazón en la mano y una pequeña bolsa con quesos y panes de Abancay como regalo. No avisó; quería que su sorpresa fuera el motor para arreglar lo que sentía que se estaba rompiendo.

Subió las escaleras de la pensión con cuidado. Al llegar al cuarto de Mariana, vio que la puerta estaba entreabierta, apenas arrimada. Una luz tenue salía del interior.

El Choque de Realidades​

Carlos empujó la madera suavemente, esperando verla dormida o estudiando frente a la computadora. Pero lo que vio le congeló la sangre.

Allí, sobre la cama donde tantas veces hablaron por videollamada, estaba Mariana. No había libros ni tesis. Ella estaba en pose de perrito, entregada por completo, mientras Mateo, su compañero, la sujetaba con fuerza por la cintura, arrimándola contra él en un ritmo frenético que delataba una intimidad de mucho tiempo.

El sonido de la respiración agitada de ambos inundaba el cuarto. Mariana tenía la mirada perdida en la pared, con esa licra amarilla que ahora estaba a medio bajar, revelando la traición en su forma más cruda.


El Estallido del Silencio​

Carlos soltó la bolsa que traía. El golpe de los quesos contra el piso fue lo único que pudo articular.

"¿Mariana?" —fue lo único que salió de su boca, en un hilo de voz quebrado.

El tiempo se detuvo. Mariana giró la cabeza con el rostro desencajado, el sudor brillando en su frente y los ojos desorbitados al ver al hombre con el que había compartido diez años parado en el umbral de su nueva vida. Mateo se detuvo en seco, aún sosteniéndola, mirando al extraño que acababa de arruinar el momento.

Los diez años de promesas, los veranos en el Pachachaca y el plan de una vida juntos en el valle se derrumbaron en ese segundo, bajo la luz amarillenta de un cuarto de alquiler en Lima.



















El viaje de Carlos fue una mezcla de ilusión y cansancio. Las catorce horas de bus desde Abancay se pasaron imaginando la cara de Mariana al verlo. No le dijo nada a nadie; quería que fuera perfecto. Al llegar a Lima, el aire húmedo lo recibió, y él, con su mochila llena de esperanzas, se dirigió directo a la habitación de ella.

El Camino hacia el Dolor​

Al llegar, se sorprendió al ver la puerta de la calle apenas ajustada. "Qué descuidada es mi chica", pensó con una sonrisa, creyendo que el destino le facilitaba la sorpresa. Subió las escaleras con el corazón palpitando, pisando con la punta de los pies para no hacer ruido. Se acercaba al cuarto, visualizando el abrazo que se darían después de tantos meses.

Pero, a medida que se acercaba, unos gemidos rítmicos y agudos empezaron a filtrarse por la madera. Carlos se detuvo en seco. El frío le recorrió la espalda. Se asomó apenas por la rendija de la puerta.


La Escena de la Traición​

Lo que vio fue una puñalada directa al alma. Mariana estaba de espaldas, en cuatro patas sobre la cama. Llevaba puesto un hilo dental diminuto que desaparecía por completo entre sus nalgas, dejando su piel totalmente expuesta. Detrás de ella, Mateo estaba agachado, fundido con ella, poseyéndola con una fuerza que Carlos nunca se atrevió a usar por respeto.

Cada embestida hacía que Mariana arqueara la espalda y soltara gritos que Carlos jamás le había escuchado:

"¡Te amo, Mateo! ¡Qué rico lo haces, sigue, no pares!" —gritaba ella, aferrada a las sábanas.

Mateo, jadeando y sin detenerse, le soltó la pregunta más cruel:— "¿Dime quién es mejor? ¿Tu enamorado de Abancay te la tira mejor que yo?"

Mariana, en el clímax del placer y la traición, respondió sin dudar:— "No, bebe... él es un tonto. Tú me abriste hoy, tú me haces sentir mujer. Te amo a ti..."


La Huida en Silencio​

Carlos sintió que el mundo se desvanecía. No gritó, no golpeó la puerta, no tuvo fuerzas ni para reclamar. El dolor fue tan agudo que lo dejó mudo. Sus manos temblaban mientras retrocedía paso a paso, alejándose de esa habitación que ahora olía a engaño.

Bajó las escaleras como un fantasma. Al salir a la calle, el ruido de los carros y la indiferencia de Lima lo golpearon. Las lágrimas empezaron a caer, calientes y amargas, manchando su casaca. Caminó sin rumbo por varias cuadras, sintiendo que los diez años de su vida se habían quedado tirados en esa cama.

Con el alma rota y buscando un ancla para no volverse loco, sacó su celular. No llamó a su madre, ni a sus amigos. Buscó el número de Lucía, su ex enamorada de la adolescencia, la única persona que conocía su pasado antes de Mariana.

Cuando ella contestó con un "¿Aló, Carlos? ¿Qué pasó?", él solo pudo romper en llanto y decir:— "Lucía... me mataron. Mariana me mató aquí en Lima..."














La noche en ese cuarto de Lima se convirtió en un universo aparte para Mariana y Mateo, ajenos por completo al rastro de dolor que Carlos dejó tras la puerta. Para ellos, fue la noche en que dejaron de esconderse y se entregaron a una química que venía acumulándose entre clases y cafés.

Una Noche de Descubrimiento​

La pasión no se detuvo tras ese primer encuentro. Se movieron con una libertad que Mariana nunca había experimentado en el valle.

  • La Intimidad del Movimiento: Pasaron por diferentes momentos; desde la intensidad de ella guiando el ritmo sentada sobre él, buscando el contacto visual constante, hasta posturas donde la entrega era total y el cansancio parecía no existir. Se buscaban en cada rincón de la cama, explorando cada centímetro de piel con una curiosidad nueva.
  • El Lenguaje del Deseo: Entre besos y respiraciones entrecortadas, las palabras fluían sin filtro. Mateo le susurraba lo mucho que la había deseado desde el primer día de clases, alabando su figura en esa licra que terminó hecha un nudo en el suelo. Mariana, liberada del peso de su "vida perfecta" en Abancay, le confesaba que nunca se había sentido tan deseada y tan mujer como en sus brazos.

Lo que se Decían​

Mientras afuera la ciudad seguía su curso, dentro la conversación era un pacto de complicidad:

Mateo: "No puedo creer que te estuvieras guardando todo esto, Mariana. Eres fuego."

Mariana: "Es que contigo es distinto, Mateo... No tengo que pretender ser la niña buena de casa. Contigo solo soy yo."
Hablaron de lo que vendría después de la tesis, de quedarse juntos en Lima, de los viajes que harían. Mariana evitaba mencionar el nombre de Carlos, borrándolo de su mente con cada caricia de Mateo. Se sentían los dueños del mundo, convencidos de que ese "amor de verano" era en realidad el inicio de algo imparable.


El Contraste del Alba​

Mientras ellos se quedaban dormidos, abrazados y agotados por el esfuerzo de toda la noche, a kilómetros de allí, la vida de Carlos se fragmentaba. Mientras Mariana susurraba promesas al oído de su nuevo amante, Carlos veía amanecer desde la ventana de un bus o un parque, dándose cuenta de que la mujer que amaba ya no existía, o quizás, nunca había sido suya de verdad.



















La mañana del mensaje​

Aquel amanecer, después de que Mateo se quedara profundamente dormido a su lado, Mariana sintió una pizca de esa culpa residual. Tomó su celular y le escribió a Carlos: "Amor, me quedé dormida estudiando, recién despierto. Te extraño mucho, ya falta menos para vernos".

No sabía que, en ese mismo instante, Carlos leía el mensaje mientras estaba sentado en el malecón con Lucía. Ella le sostenía la mano mientras él lloraba de rabia, viendo cómo Mariana seguía mintiendo con una naturalidad aterradora. Carlos no respondió. Bloqueó el número y, por primera vez en diez años, decidió que Mariana estaba muerta para él.

El vacío total​

Pasaron las semanas y el silencio de Carlos, que al principio Mariana interpretó como "un berrinche de pueblo", se volvió preocupante. Pero lo peor estaba por venir. Mateo también empezó a alejarse. Tras obtener lo que quería esa noche y notar la intensidad de Mariana, él comenzó a no contestar las llamadas, a poner excusas de "trabajo" y a evitarla en los pasillos de la facultad.

Mariana pasó de la euforia al abandono total. En Abancay, nadie le daba razón de Carlos; sus amigos no le contestaban y su familia solo decía que él estaba "de viaje por trabajo en la selva".

El refugio en el profesor​

Desesperada, con la tesis estancada y sintiéndose sola en una ciudad que ahora le parecía hostil, Mariana buscó consejo. Se acercó al Ingeniero Valer, un profesor de Abancay que enseñaba en Lima y que conocía a ambas familias.

— "Ingeniero, por favor, necesito que me ayude," —le dijo Mariana en su oficina, con los ojos hinchados—. "Carlos no me habla hace meses, desapareció. Y aquí en Lima... las cosas no están bien. Siento que todo se me está viniendo abajo."

El profesor, que ya había escuchado rumores de lo que pasó en el verano a través de sus contactos en el Colegio de Ingenieros de Apurímac, la miró con una mezcla de lástima y severidad.

— "Mariana, las noticias vuelan de la sierra a la costa más rápido que el viento," —le respondió el profesor acomodándose los lentes—. "Carlos estuvo aquí, en Lima, hace meses. ¿Tú de verdad crees que nadie se dio cuenta de lo que pasaba en ese cuarto?"

Mariana sintió que el piso desaparecía. El profesor sabía algo.



















El Ingeniero Valer no era como Mateo. Era un hombre mayor, con una presencia imponente y esa seguridad que dan los años de experiencia en las obras más grandes del país. Las asesorías de tesis, que empezaron en la biblioteca, pronto se trasladaron al estudio privado del ingeniero los sábados por la noche, un lugar lleno de planos, libros de cálculo y el aroma a café cargado.

El Refugio en la Academia​

Durante semanas, Valer fue el único que mantuvo a Mariana a flote. Carlos seguía siendo un fantasma que no respondía, y Mateo ya era solo un recuerdo amargo que ella cruzaba en los pasillos de la facultad sin siquiera mirarlo. El ingeniero, con una paciencia infinita, corregía sus gráficos y la impulsaba a terminar.

"Eres brillante, Mariana. No dejes que los problemas del corazón arruinen una carrera que te ha costado tanto", le decía él, mientras sus manos se rozaban accidentalmente al señalar un error en el presupuesto de la tesis.


La Noche del Quiebre​

Sucedió un viernes de lluvia intensa en Lima. Mariana estaba agotada, con la presión de la entrega final y el vacío emocional de sentirse sola en la capital. El ingeniero le sirvió una copa de vino para "relajar los nervios del cálculo".

Estaban sentados frente al monitor, muy cerca. Él le explicaba la resistencia de materiales, pero su voz se volvió más baja, más profunda. Mariana lo miró, buscando en él la figura protectora que ya no tenía, y encontró una mirada que no era de profesor, sino de hombre.

El silencio se prolongó demasiado. Fue un impulso eléctrico. Se besaron.

Fue un beso lento, cargado de una tensión que ambos habían reprimido bajo la máscara de "profesor y alumna". Para Mariana, fue el impacto de sentir una fuerza distinta; para el ingeniero, fue la confirmación de un deseo que juró no cruzar. Al separarse, ambos quedaron en shock, con la respiración entrecortada y los planos de la tesis esparcidos por la mesa.

"Esto no debió pasar, Mariana...", susurró el ingeniero, aunque no se alejó.— "Lo sé, ingeniero... pero es la primera vez en meses que no me siento sola", respondió ella, sintiendo que un nuevo capítulo, mucho más complicado que el anterior, se abría en su vida.


Las Consecuencias​

Este beso lo cambiaba todo:

  • La Tesis: Ahora el apoyo del ingeniero ya no era puramente académico.
  • El Secreto: Si en la facultad o en Abancay se enteraban de que Mariana estaba con un profesor prestigioso y mayor, el escándalo sería total.
  • El Pasado: Carlos seguía sin aparecer, pero la sombra de su traición en verano seguía ahí, marcando cada paso que Mariana daba hacia lo prohibido.
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El Ingeniero Valer intentó mantener la compostura tras aquel beso, pero el daño ya estaba hecho. Se volvió distante, evitaba su mirada en los pasillos y sus correos sobre la tesis eran estrictamente técnicos. Sin embargo, para Mariana, ese rechazo no hizo más que encender una obsesión. Después de haber perdido a Carlos y ser ignorada por Mateo, no estaba dispuesta a dejar que el hombre que ahora admiraba se le escapara de las manos.

El Juego de Seducción​

Mariana empezó a usar su ventaja. A las clases del ingeniero asistía con faldas que apenas cubrían lo necesario y blusas de seda que dejaban adivinar mucho bajo las luces del aula. Se sentaba en primera fila, cruzando las piernas lentamente, viendo cómo Valer perdía el hilo de su explicación cada vez que sus ojos se cruzaban.

Una tarde, al finalizar la última clase, Mariana esperó a que todos salieran. Con un movimiento decidido, cerró la puerta del salón y giró el pestillo. El silencio en el aula era absoluto, solo roto por el zumbido de los fluorescentes.

"Ingeniero, no puede seguir huyendo" —dijo ella, acercándose al escritorio con pasos lentos y seguros—. "Yo sé que me quieres. Ven a mi casa esta noche... te extraño. Mira cómo estoy por ti."

Sin dejar de mirarlo a los ojos, Mariana deslizó sus manos bajo su falda. Con un movimiento fluido y desvergonzado, se despojó del calzón y lo dejó caer sobre los planos que el profesor tenía extendidos. El ingeniero se quedó petrificado, con la respiración contenida, viendo la prenda allí, como una bandera de rendición o de guerra. No dijo nada, no se movió, simplemente la vio salir del salón con una sonrisa triunfal.


El Hechizo del Aroma​

Cuando el eco de los tacones de Mariana se perdió en el pasillo, Valer sintió que el aire volvía a sus pulmones. Sus manos temblaban mientras guardaba sus cosas, pero no pudo evitarlo. Como impulsado por una fuerza primitiva, tomó la pequeña prenda que ella había dejado.

Al acercarla a su rostro, el mundo se detuvo. El aroma era embriagador: una mezcla salvaje de perfume dulce, sudor juvenil y esa esencia eléctrica del deseo que Mariana desprendía. Era el olor de la tentación pura, un aroma que prometía el olvido de toda su ética profesional y su vida ordenada.

En ese momento, el Ingeniero Valer supo que estaba perdido. El recuerdo de su esposa, de su prestigio y de su moral en Abancay se desvaneció frente a la fragancia de esa mujer que lo estaba arrastrando al abismo.


El Encuentro Inevitable​

Esa noche, la lluvia volvió a caer sobre Lima, pero esta vez el ingeniero no se quedó en su estudio. Condujo hasta el departamento de Mariana, con el olor de ella todavía impregnado en sus sentidos.

Al abrir la puerta, Mariana lo esperaba. No hubo palabras de reproche ni explicaciones académicas.

  • Él entró con la urgencia de quien ha estado sediento por años.
  • Ella lo recibió con la seguridad de quien sabe que ha ganado la partida.












La noche en el departamento de Mariana se convirtió en un campo de batalla donde la ética profesional y el pasado quedaron sepultados bajo una pasión frenética. El Ingeniero Valer, un hombre que siempre se había regido por el cálculo y la estructura, se desmoronó ante la juventud indomable de Mariana.

Una entrega sin límites​

No hubo preámbulos. Desde la entrada, el deseo acumulado explotó. Se poseyeron en la sala, contra la pared, sobre la mesa llena de libros de ingeniería que terminaron volando por los aires. Mariana lo guiaba con una intensidad que lo dejaba sin aliento, y él, redescubriendo una vitalidad que creía perdida, la recorría con una urgencia casi violenta.

  • En la cocina: Bajo la luz fría de los fluorescentes, sobre el granito, el contraste era total. Ella, con su piel canela brillando de sudor, y él, perdiendo el control que tanto le había costado construir en su carrera.
  • En el dormitorio: La cama fue testigo de horas de movimientos rítmicos y gritos que no temían ser escuchados. Se buscaron en todas las posiciones imaginables, agotando sus cuerpos pero alimentando un hambre que parecía no tener fin.

El espejismo del amor​

Cuando el sol de Lima empezó a filtrarse por las cortinas, el cansancio los encontró entrelazados entre sábanas desordenadas. En ese silencio post-coital, la mente empezó a jugar sus trucos.

Mariana lo miraba y, por primera vez, sentía que había encontrado a alguien "de verdad", un hombre con poder y sabiduría que la hacía olvidar el vacío que dejaron Carlos y Mateo. "Esto es amor", se decía a sí misma, convencida de que su destino era estar al lado de un hombre como él.

El Ingeniero Valer, acariciando el cabello de su alumna, sentía que ella era su "segunda oportunidad". Creía que ese fuego no era solo físico, sino una conexión profunda que le devolvía el sentido a su vida gris. "La amo", pensaba, ignorando que estaba arriesgando su familia, su prestigio y su paz.

La burbuja a punto de estallar​

Ambos estaban inmersos en una mentira compartida. Creían que lo que sentían era un sentimiento noble, cuando en realidad era una mezcla de deseo prohibido, soledad y una profunda necesidad de validación.

Mientras ellos se juraban amor eterno entre besos al amanecer, el mundo real seguía girando:

  • En Abancay, los rumores sobre la "desaparición" del ingeniero los fines de semana empezaban a llegar a oídos de su esposa.
  • En la facultad, el comportamiento de Mariana ya no pasaba desapercibido para sus compañeros.







El ambiente en la facultad se volvió una olla a presión. Mariana ya no era la alumna aplicada que soñaba con volver a Abancay; ahora era una mujer consumida por una ilusión que rayaba en la obsesión.

El acoso silencioso​

En cada clase de Hidráulica o Estructuras, Mariana se sentaba en el mismo lugar, devorándolo con la mirada. Mientras el Ingeniero Valer intentaba explicar integrales complejas, ella lo miraba fijo, con los ojos brillantes, mordiéndose el labio inferior hasta dejarlo rojo, recordándole con ese gesto lo que pasaba en la intimidad de su departamento.

Los papelitos empezaron a aparecer entre los planos que ella le entregaba:

"Mi cuca no olvida cómo la dejaste la otra noche. Te extraña y está mojadita esperándote..."
Valer, aterrado de perder su prestigio y su familia, nunca respondía. Guardaba los papeles con manos temblorosas y huía del salón apenas sonaba el timbre, esquivando a Mariana como si fuera una enfermedad.


La explosión en el pasillo​

Tras un mes de silencio y evasivas, Mariana no aguantó más. Lo acorraló en un pasillo vacío al final de la jornada.

"¡Eres un cobarde, Valer!" —le gritó, con las lágrimas a punto de brotar—. "Me usaste, me tiraste como a cualquier cosa después de hacerme sentir que me amabas, y ahora huyes como un niño. ¡No vales nada!"

El ingeniero, pálido, solo atinaba a mirar a los lados, temiendo que alguien escuchara. Su cuerpo lo traicionaba: sentía un miedo atroz a la denuncia, pero a la vez, verla así, empoderada y furiosa, le despertaba un deseo oscuro de volver a poseerla. Pero el miedo fue más fuerte, y se fue sin decir palabra, dejándola destrozada.


El testigo en las sombras​

Lo que ninguno de los dos sabía es que Renzo, un alumno callado del tercio superior que siempre se quedaba estudiando hasta tarde, los había visto. Los vio salir del departamento de ella hace semanas, vio el beso en la oficina y, ahora, había escuchado los gritos en el pasillo.

Renzo siempre había sentido algo por Mariana, una admiración silenciosa que se transformó en dolor al ver cómo se humillaba por un hombre mayor.

Esa noche, cuando Mariana salió de la facultad llorando y caminando sin rumbo bajo la garúa limeña, Renzo se acercó con un paraguas.

"Mariana... no te hagas esto" —le dijo con voz suave—. "Yo lo sé todo. Vi cómo ese viejo te trata. Tú no mereces ser el secreto de nadie."

Mariana lo miró sorprendida. En su vulnerabilidad, se dejó abrazar. Renzo se convirtió en su paño de lágrimas, escuchando cada detalle de su despecho, mientras por dentro, él empezaba a maquinar cómo usar esa información: ¿Para protegerla a ella o para destruir al profesor que tanto envidiaba?.















La noche en el bar fue el bálsamo que Mariana necesitaba. Entre cervezas y música suave, la intensidad tóxica de la facultad y el desprecio del Ingeniero Valer empezaron a desvanecerse. Renzo fue el caballero perfecto: la escuchó sin juzgar, le secó las lágrimas y, a diferencia de Mateo o el profesor, nunca intentó propasarse a pesar de que ella, por el alcohol, estaba vulnerable.

El Amanecer de un Nuevo Plan​

Cuando Renzo la dejó en la puerta de su departamento al despuntar el alba, solo le dio un beso en la frente y le pidió que descansara. Mariana entró a su cuarto, se tiró en la cama y, con el celular aún en la mano, le escribió a su mejor amiga de confianza:

"Amiga, no vas a creer lo que pasó. Renzo me acompañó toda la noche. Me tuvo a su merced, pudo cogerme si quería y no lo hizo... me respetó. Creo que él es el indicado, el hombre de verdad que tanto buscaba."
La respuesta de su amiga no tardó en llegar, cargada de realismo:

"Cuidado, Mariana. Estás herida y despechada. No confundas respeto con amor. Además, ese chico sabe demasiado... no juegues con fuego."

La Estrategia de Mariana​

Pero Mariana ya no escuchaba razones. Una idea peligrosa empezó a germinar en su cabeza. Ya no quería al inmaduro de Mateo ni al cobarde del Ingeniero Valer. Ahora quería engatuzar a Renzo, pero no por amor real, sino para demostrarse a sí misma que aún tenía el control y, quizás, para usarlo como su escudo (o su arma) contra el profesor.

Empezó un cambio radical en su comportamiento:

  • En la facultad: Dejó de acosar al profesor. Ahora, cuando se cruzaba con Valer, lo ignoraba por completo y se colgaba del brazo de Renzo, riendo fuerte para que el ingeniero sintiera el golpe del desprecio.
  • El trato con Renzo: Se volvió la mujer "ideal". Le llevaba café a la biblioteca, estudiaba con él y le daba pequeñas muestras de afecto, siempre manteniéndolo en el límite del deseo.

El Cazador Cazado​

Renzo, aunque inteligente, estaba cayendo en la red. Se sentía el protector de la chica más deseada de la carrera. Sin embargo, en el fondo de su mente, la información que poseía sobre la aventura de Mariana con el profesor seguía ahí, guardada como una carta bajo la manga.

Una tarde, mientras estudiaban solos en un aula vacía, Mariana se acercó a su oído y le susurró:— "Renzo, eres el único que me hace sentir segura. ¿Por qué no vienes hoy a mi casa? Esta vez... no quiero que solo hablemos."

Ella pensaba que lo tenía bajo su control total, pero no se daba cuenta de que Renzo, el "paño de lágrimas", también tenía sus propios planes y que el Ingeniero Valer, desde lejos, los observaba con una mezcla de celos asesinos y terror de que su secreto explotara.















La llegada de Carlos a Lima no fue con flores ni con perdones, sino con una frialdad que Mariana no esperaba. Él no le dio explicaciones de su desaparición, simplemente entró en su vida de nuevo como un huracán. Esa noche, la habitación se llenó de una intensidad cruda; se poseyeron con una fuerza que mezclaba los diez años de historia con el rencor de los meses de silencio. Carlos la tomó con una autoridad que nunca antes había mostrado, culminando esa entrega total corriéndose tanto en su zona íntima como en su espalda y nalgas, dejándola agotada y confundida.

La Propuesta Indecente​

Mientras recuperaban el aliento, Carlos soltó la bomba que cambiaría las reglas del juego para siempre. Ya no era el chico dulce de Abancay; Lima y el dolor lo habían transformado en alguien más oscuro.

— "Amor... ¿te gustaría que hiciéramos cosas locas?" —soltó él, mirándola fijamente.— "¿Cómo qué?" —respondió Mariana, asustada.— "No sé... que yo salga con otra, o tú con otro."

Mariana saltó de la cama, indignada: — "¡Eso jamás! ¡Yo te amo a ti!"— "Entonces me voy," —dijo Carlos, empezando a vestirse con total indiferencia.

Desesperada por no perderlo otra vez, Mariana le rogó, llorando, que no se fuera. La manipulación de Carlos fue perfecta. Él aceptó quedarse, pero bajo una condición que parecía un contrato de control absoluto.


El Pacto del Control​

Carlos se sentó al borde de la cama y le dictó las reglas:

  1. Transparencia Total: "Si conoces a alguien o alguien te busca (pensando en Renzo o el profesor), me dirás absolutamente todo."
  2. Visto Bueno: "No saldrás a solas con ningún chico hasta que yo lo apruebe. Yo decido quién se te acerca y quién no."
  3. El Juego de Carlos: "Y si yo decido que ese chico me sirve para nuestras 'cosas locas', tú tendrás que obedecer."
Mariana, nublada por el miedo a la soledad y la culpa de lo que hizo en el pasado, aceptó: "Ok, acepto... pero no me dejes".


La Doble Vida de Mariana​

Ahora Mariana está atrapada en una red peligrosa:

  • Por un lado, tiene a Renzo, el chico "bueno" que ella quería engatusar y que ahora Carlos quiere usar como su primer experimento.
  • Por otro, el Ingeniero Valer, que sigue observando desde la facultad con terror y deseo.
Al día siguiente, Mariana va a la facultad con una marca en el cuello que Carlos le dejó a propósito. Se encuentra con Renzo, quien la mira preocupado, pero ella ahora tiene que reportar cada palabra que hable con él a Carlos por mensaje de texto en tiempo real.
















La fiesta fue el escape perfecto. Entre tragos y música, Mariana conoció a Ricardo, un abogado de 35 años, de esos que visten bien y hablan con una seguridad que intimida. Bailaron pegados, sintiendo la electricidad de lo nuevo, pero como no hubo besos ni nada concreto, Mariana decidió callar. "Ojos que no ven, corazón que no siente", pensó, rompiendo la primera regla del pacto con Carlos.

El Reencuentro Inesperado​

Una semana después, la casualidad (o el destino) jugó su carta. Mariana bajó a dejar la basura a la esquina de su departamento en Lima. Estaba en pijama, con el cabello algo revuelto y sin una gota de maquillaje, pero esa naturalidad fue lo que detuvo a Ricardo, que pasaba por ahí en su camioneta.

— "¿Mariana? ¿La chica de la fiesta?" —preguntó él, bajando la luna.

El reconocimiento fue instantáneo. Ella, sintiendo una descarga de adrenalina por lo prohibido, no lo dejó ir. Lo invitó a subir "por un café rápido".


En el Departamento: El Momento de la Verdad​

Ya arriba, el ambiente se transformó. Ricardo no perdió el tiempo. Mientras Mariana servía el café, él se acercó por detrás, rodeándole la cintura. El abogado, acostumbrado a tomar lo que quiere, empezó a besarle el cuello con una intensidad que hizo que a Mariana se le doblaran las rodillas.

— "Me dejaste loco desde la fiesta, Mariana... No he dejado de pensar en ti," —le susurró él, buscando su boca.

Ricardo estaba alocado, sus manos empezaron a subir por el borde de su pijama y ella, llevada por el deseo y el despecho acumulado contra Carlos, estuvo a punto de ceder. Estaba lista para dejarse llevar en el sofá, cuando una imagen mental la golpeó como un balde de agua fría: el rostro de Carlos y su advertencia.


El Freno de Mano​

"¡Espera! ¡No!" —dijo ella, apartándolo bruscamente, con la respiración agitada.

Ricardo se quedó desconcertado, con la camisa a medio desabotonar.— "¿Qué pasa? Estábamos bien..."

"No puedo... todavía. Tengo que... tengo que pedir permiso," balbuceó ella, sintiéndose ridícula pero aterrada de las consecuencias.

Mariana recordó el pacto: "Si conoces a alguien, me dirás todo... no saldrás hasta que yo apruebe todo". Sabía que si Carlos se enteraba de que el abogado estaba ahí sin su permiso, la furia de su enamorado sería total.


La Llamada Peligrosa​

Con Ricardo mirándola como si estuviera loca, Mariana tomó su celular y se encerró en el baño. Sus dedos temblaban mientras buscaba el número de Carlos.

"Amor... hola," dijo con voz quebrada apenas él contestó. "Hay un chico aquí... un abogado que conocí en la fiesta. Está en mi casa ahora mismo. Quiere... quiere estar conmigo. ¿Qué hago? ¿Me das permiso?"

El silencio al otro lado de la línea fue eterno, solo se escuchaba la respiración pesada de Carlos, quien desde algún lugar de Lima o quizás de camino a verla, estaba procesando que Mariana estaba cumpliendo el pacto de la manera más cruda posible.

















Carlos, con una voz gélida y calculadora, le soltó por el teléfono: —"Hoy no, Mariana. Mañana te diré qué vamos a hacer con él. Déjalo con las ganas". Ella colgó, sintiendo que el corazón se le salía por la boca.

Salió del baño e intentó poner una excusa torpe para que Ricardo se fuera. Pero el abogado, que no era ningún tonto y olía la debilidad, no se movió del sofá. Se levantó lentamente y la acorraló contra la pared.

El Desborde del Deseo​

—"¿Permiso? ¿A quién le pides permiso, Mariana?" —le susurró él mientras la besaba con una fuerza que la dejó sin aire.

Ricardo empezó a puntearla con agresividad, pegando su pelvis contra la de ella. Mariana sintió el bulto del abogado, duro y prominente, marcándose a través de su pantalón de vestir contra su pijama delgada. En ese segundo, el pacto con Carlos, la fidelidad y el miedo se esfumaron. El instinto ganó. Mariana se volvió loca; el contacto de ese hombre mayor, seguro y hambriento, la hizo humedecerse al instante.

La Entrega Prohibida​

Se olvidó del celular, de las reglas y de las consecuencias. Se deshizo de la pijama en un segundo. Ricardo la cargó, llevándola a la cama mientras ella le mordía el cuello, desesperada por sentirlo.

  • La Intensidad: Ricardo la tomó con la experiencia de un hombre que sabe dónde tocar. La puso en el borde de la cama y, sin más preámbulos, la penetró con una embestida que hizo que Mariana soltara un grito ahogado. No era el sexo mecánico con Mateo ni la timidez de Carlos; era una posesión total.
  • El Goce: Ella se aferraba a su espalda, enterrando las uñas mientras él la sacudía con un ritmo violento. Ricardo la giraba, la ponía de espaldas, la levantaba, buscándola por todos lados. Mariana gemía el nombre de Ricardo, disfrutando de la adrenalina de estar rompiendo el pacto más sagrado en el mismo cuarto donde horas antes había jurado obediencia.

El Clímax de la Traición​

El abogado la llevó al límite. En el momento final, él la sujetó fuerte por el cabello, obligándola a mirarlo mientras terminaba. Ricardo se corrió dentro de ella con una descarga caliente y abundante, un sello de victoria sobre el cuerpo de la chica que supuestamente "tenía que pedir permiso".

Se quedaron en silencio un momento, con el olor al acto impregnado en las sábanas. Ricardo se vistió, le dio un beso frío en la frente y se fue, dejándola sola con su secreto.


La Mañana Siguiente​

Mariana se quedó mirando el techo, sintiendo el rastro de Ricardo en su cuerpo. De pronto, el celular vibró. Era un mensaje de Carlos:

"Ya lo decidí. Hoy a las 4 p.m. dile al abogado que venga. Quiero estar ahí y que él te use mientras yo miro. No me falles, Mariana."
Mariana palideció. Lo que Carlos quería como "primera vez" del pacto, ella ya lo había hecho a escondidas y cargaba con la evidencia de la eyaculación de Ricardo todavía en su interior.
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Mariana sentía el corazón latirle en la garganta. La evidencia de lo que acababa de hacer con el abogado todavía estaba fresca en sus sábanas y en su piel, y la idea de que Carlos estuviera presente físicamente para ver cómo se repetía la escena la aterraba; no solo por el miedo a ser descubierta en su mentira, sino por la vergüenza de cruzar ese límite visual.

Con los dedos temblorosos, le escribió a Carlos intentando negociar, usando su voz más dulce y sumisa por mensaje de voz:

"Amor... no así todavía, por favor. Vamos poco a poco, me da mucha vergüenza que me veas así de frente con un extraño. Lo que podemos hacer, si tú quieres, es que tú escuches todo por el celular. Yo dejo la llamada abierta sin que él sepa, y tú escuchas cómo me hace de todo... así estarás conmigo todo el tiempo. ¿Sí, amor? Hazlo por mí..."

El Plan de la Traición Doble​

Carlos, después de unos minutos de silencio que a Mariana le parecieron siglos, aceptó. Le excitaba la idea de tener el control auditivo, de ser el "director" oculto de la escena.

Mariana llamó a Ricardo. El abogado, que se había quedado con ganas de más, aceptó volver esa misma tarde. Ella preparó el escenario:

  • Limpió el rastro de la mañana para no dejar pistas.
  • Colocó el celular escondido estratégicamente debajo de la almohada, con la llamada hacia Carlos activa y el micrófono en alta sensibilidad.

La Función para Carlos​

Cuando Ricardo llegó, no perdió el tiempo. Él creía que Mariana estaba simplemente desesperada por él; no imaginaba que cada gemido, cada golpe de sus cuerpos y cada palabra sucia estaba siendo transmitida en tiempo real al oído del enamorado despechado en Abancay.

"Te extrañé... no puedo creer que me llamaras tan rápido de nuevo", decía Ricardo mientras la lanzaba a la cama.

Mariana, sabiendo que Carlos estaba al otro lado de la línea, empezó a actuar de forma más exagerada.

  • Para Ricardo: Ella era una fiera entregada, pidiéndole que la tomara con fuerza, arqueando la espalda y gritando de placer.
  • Para Carlos: Ella estaba cumpliendo el pacto, "sacrificándose" y dándole el show que él pidió, mientras le susurraba frases al aire que solo Carlos entendería como una señal de obediencia.

El Clímax en el Auricular​

La cogida fue salvaje. Ricardo la puso en cuatro, justo encima de donde estaba el celular oculto. Carlos podía escuchar perfectamente el sonido húmedo de la penetración, los jadeos roncos del abogado y cómo Mariana gritaba: "¡Sí, así, tócame ahí, hazme tuya!".

Lo que Carlos no sabía, mientras se excitaba escuchando desde la distancia, era que Mariana no estaba fingiendo el placer. Ella estaba disfrutando de Ricardo por segunda vez en el día, usando el "permiso" de su novio para liberar toda la tensión que acumulaba desde que dejó Abancay.

Al terminar, Ricardo se fue satisfecho, y Mariana tomó el celular con la respiración entrecortada.

"¿Escuchaste todo, amor? ¿Te gustó lo que me hizo?" —susurró ella, mientras por dentro sentía el terror de que Carlos hubiera notado que ella ya sabía exactamente qué posiciones le gustaban al abogado.
















La Evidencia de la Traición: El Relato​

Carlos no solo escuchó la llamada en vivo; él grabó cada segundo. En su celular, en Abancay, ahora tiene una carpeta oculta llena de archivos que son la prueba de la perdición de Mariana.

1. Los Audios del Deseo:Carlos reproduce los audios una y otra vez. Se escucha el roce de las sábanas contra el micrófono escondido, el sonido rítmico y húmedo de los cuerpos chocando, y los gritos de Mariana que no suenan a fingimiento. En los audios se oye a Ricardo decir: "Dime que eres mía, Mariana, dime que este viejo te hace sentir más que cualquiera", y la respuesta de ella, entre gemidos: "Sí, Ricardo... más, hazme lo que quieras". Carlos siente una mezcla de náusea y una excitación oscura al tener esa intimidad grabada.

2. Los Pantallazos del Pacto:Para humillarla más, Carlos empieza a enviarle a Mariana capturas de pantalla de sus propias conversaciones.

  • Captura 1: Mariana diciéndole "Solo te amo a ti", justo antes de que se escuche en el audio cómo se entrega al abogado.
  • Captura 2: El registro de la llamada de 45 minutos de duración, donde Carlos pone: "Te escuché gozar más de la cuenta. Me mentiste, te gustó demasiado".

El Giro del Poder​

Mariana recibe las capturas de pantalla y los fragmentos de audio que Carlos le reenvía para torturarla psicológicamente. Ella se ve a sí misma expuesta, su voz y sus gemidos convertidos en archivos digitales que Carlos usa como un látigo.

"Mira este pantallazo, Mariana," le escribe Carlos. "Aquí es cuando él te puso en cuatro y tú gritaste su nombre. No me digas que fue por obediencia. Ahora me perteneces más que nunca, porque si estos audios llegan a la facultad o a tu famili















Mariana cruzó una línea de la que ya no había retorno. Al verse grabada, chantajeada y juzgada, algo dentro de ella se rompió: el miedo se convirtió en un cinismo absoluto. Si Carlos quería convertirla en un objeto de su juego de control, ella usaría ese mismo juego para devorar el mundo a su antojo. Decidió que, ya que su reputación pendía de un hilo en manos de su ex, se daría el lujo de vivir todas las vidas que Lima le ofrecía.

El Despertar de una Cazadora​

Mariana comenzó a llevar una doble y triple vida con una maestría aterradora. Aprendió a compartimentar sus emociones y sus amantes, usando a cada uno para un propósito diferente:

  • El Abogado Ricardo (El Lujo y el Placer): Lo mantenía cerca para los fines de semana. Él le daba cenas en restaurantes caros de Miraflores y un sexo maduro y demandante que la hacía sentir poderosa. A Carlos le decía que Ricardo era un "mal necesario" para mantener sus contactos legales.
  • El Ingeniero Valer (El Poder y la Tesis): Volvió a seducirlo, pero esta vez desde una posición de dominio. Sabía que el profesor le tenía miedo, así que lo usaba para asegurar su título y para tener encuentros rápidos en la oficina de la facultad, sabiendo que el riesgo de ser atrapados la excitaba más que el acto mismo.
  • Renzo (El Refugio y la Imagen): Lo mantenía como el "novio oficial" frente a sus compañeros. Renzo, cegado por su belleza, le servía de chofer, le hacía los trabajos y era el paño de lágrimas que ella usaba para limpiar su imagen de "chica buena".

La Red de Mentiras y los Reportes a Carlos​

Para mantener a Carlos tranquilo en Abancay, Mariana perfeccionó el arte del relato pornográfico. Cada vez que estaba con uno de sus amantes, cumplía con el pacto de enviarle audios o descripciones, pero con un giro: mentía sobre sus sentimientos.

A Carlos le juraba por mensaje: "Amor, lo hice con el abogado, pero cerré los ojos pensando en ti. Me dolió, fue asqueroso, solo lo hago porque tú me lo pides". Mientras tanto, segundos antes, ella había estado disfrutando plenamente. Mariana descubrió que podía gemir de placer para el amante de turno y, al mismo tiempo, grabar un audio de "sufrimiento" para su extorsionador.


El Peligro de la Omnipotencia​

Mariana se sentía invencible. Caminaba por la facultad con una sonrisa enigmática, sabiendo que tenía a tres hombres poderosos y a un ex novio psicópata comiendo de su mano. Sin embargo, el castillo de naipes empezó a tambalearse:

  1. Ricardo empezó a sospechar de las llamadas constantes de Mariana y de por qué siempre dejaba el celular encendido durante el sexo.
  2. Carlos comenzó a notar que los audios de Mariana sonaban "demasiado profesionales", como si ella estuviera disfrutando más de la cuenta del castigo que él le imponía.
  3. Renzo encontró por casualidad un pantallazo de una conversación de Mariana con el Ingeniero Valer donde ella le decía: "Prepárate para hoy, deja la puerta abierta".
"En el valle de Abancay dicen que el que mucho abarca, poco aprieta, pero en las noches de Lima, Mariana aprendió que el que mucho miente, termina por creerse sus propias verdades."
a en Abancay, tu vida se acaba."








1. El engaño de la primera vez (Con Ricardo)​

En la cama: Ricardo la embiste con fuerza en el sofá de cuero. Mariana muerde el cojín para no gritar de puro goce, sintiendo cómo el abogado la domina por completo.El audio para Carlos: "Amor... dolió mucho. Sus manos son frías y me dio asco sentirlo cerca. Lloré mientras pasaba, te juro que solo imaginaba tu cara en Abancay para no desmayarme del horror".

2. El escritorio del profesor (Con Valer)​

En la oficina: El Ingeniero Valer la tiene contra la ventana. Mariana mira las luces de Lima y se siente la reina de la ciudad, disfrutando del riesgo de ser vistos.El mensaje para Carlos: "Hoy el viejo me obligó en su oficina. Me sentí tan sucia, amor. Tuve que cerrar los ojos con fuerza. Siento que me muero por dentro cada vez que me toca para aprobarme la tesis".

3. La "venganza" con el alumno (Con Renzo)​

En el cuarto: Renzo la trata con una ternura que la hace arder. Ella lo guía, pidiéndole más velocidad, entregada a la energía juvenil del chico.El audio para Carlos: "Renzo es un tonto, amor. No sabe ni lo que hace. Es aburrido y solo dejo que me toque porque tú dices que así lo controlamos. Extraño tus manos, las de él no me hacen sentir nada".

4. El perfume de la traición​

En la ducha: Mariana se baña después de una tarde intensa con un desconocido de una fiesta. Sonríe al recordar cómo la dejó exhausta.El mensaje para Carlos: "Me estoy bañando con agua helada para quitarme su olor. Me da náuseas oler a otra persona que no seas tú. Mi cuerpo te pertenece, aunque ahora esté manchado por tus órdenes".

5. La mentira de los ojos cerrados​

Durante el acto: Ricardo la besa por todo el cuerpo. Mariana tiene los ojos bien abiertos, observando cada detalle, fascinada por el físico del abogado.El audio para Carlos: "No le vi la cara ni una vez. Mantuve los ojos cerrados pensando en nuestra plaza en Abancay. Si lo miraba, me ponía a llorar de la culpa. Te amo solo a ti".

6. La complicidad fingida​

Después de la acción: Mariana está abrazada a su amante, compartiendo un cigarrillo y riendo de un chiste interno.El mensaje para Carlos: "Ya se fue. Corrí a lavarme la boca porque me daba asco hablarle. Qué difícil es fingir que me gusta estar con estos tipos, solo tú me conoces de verdad".

7. El bulto del pecado​

En la fiesta: Mariana siente a un chico punteándola en la oscuridad de la discoteca. Se deja llevar, moviéndose al ritmo de la música con placer evidente.El audio para Carlos: "Amor, un tipo se me acercó y no supe cómo sacármelo. Me sentí tan vulnerable. Le mandé el audio de cómo me hablaba para que veas que solo te cuento la verdad a ti".

8. La sumisa perfecta​

En el departamento: Mariana prepara el celular para grabar. Le pide al abogado que sea rudo, porque sabe que ese sonido excita a Carlos.El mensaje para Carlos: "Mira cómo me dejó los brazos de morados, amor. Me duele todo. Es un animal, pero lo aguanto porque tú me pediste que lo tuviera contento. ¿Viste qué buena soy?".

9. El sabor del engaño​

Cenando con Ricardo: Mariana disfruta de un vino caro y mariscos, sintiéndose glamurosa y deseada.El mensaje para Carlos: "Estoy aquí comiendo con este tipo y la comida me sabe a ceniza. Daría todo por estar comiendo un chicharrón contigo en el mercado. Te extraño tanto que me duele el pecho".

10. La tesis del deseo​

Con el profesor: Mariana se sienta en las piernas de Valer. Ella tiene el control, ella es la que dicta las reglas del juego sexual esa tarde.El audio para Carlos: "El profesor me tiene amenazada con la nota. Tuve que ceder hoy de nuevo. Siento que me quemo de la vergüenza, amor. Perdóname por ser tan débil".

11. El "sacrificio" nocturno​

Medianoche: Mariana regresa de un encuentro furtivo, con el cabello alborotado y una sonrisa satisfecha que borra apenas entra a su casa.El mensaje para Carlos: "Recién llego de cumplir lo que me pediste. Estoy agotada de tanto llorar. No sé cuánto más mi alma podrá aguantar estos sacrificios que me pides".

12. La reina de las dos caras​

Frente al espejo: Mariana se mira, se ve más hermosa que nunca, radiante por tanta actividad sexual y adrenalina.El audio final para Carlos: (Con voz entrecortada y fingiendo un sollozo) "A veces me miro al espejo y no me reconozco, amor. Siento que este cuerpo ya no es mío, sino un envase que tú usas. Pero si eso te hace feliz, seguiré siendo tuya y de nadie más... aunque me maten por dentro".








El Chat de la Confesión​

Mariana: Amiga, a veces me asusto de mí misma. Ayer, mientras el abogado estaba encima de mí, dándome con todo, yo cerré los ojos y le escribí mentalmente a Carlos: "Sigo pensando en ti aunque tenga la pinga de otro". Se lo dije después por audio y me sentí poderosa.

Claudia: Mariana, qué fuerte... ¿Por qué le dices eso? O sea, estás con el otro, gozando (porque yo sé que gozas), pero le sueltas eso a Carlos. Es perverso, amiga. ¿Por qué lo haces?

Mariana: No lo sé... es como si al decirle eso, el sexo con el abogado no contara. Como si mi cuerpo fuera un hotel donde cualquiera se hospeda, pero la dueña sigue siendo de Carlos. Si le digo que pienso en él, siento que no lo estoy traicionando del todo, ¿entiendes?


Las 3 razones de la perversidad de Mariana​

Según lo que ella le explica a su amiga, esta frase nace de tres lugares muy oscuros:

1. El Control del Dolor (Masoquismo emocional)​

Mariana sabe que esa frase destruye a Carlos, pero también lo excita. Al decirle que tiene "la pinga de otro" dentro, ella le restriega su realidad en la cara, pero lo "suaviza" con el "pienso en ti". Es una forma de mantenerlo amarrado al dolor. Ella disfruta sabiendo que él se imagina la escena mientras lee que ella lo "ama".

2. La Desconexión Corporal​

Para Mariana, decir eso es una herramienta de supervivencia. Si ella acepta que disfruta con el abogado o con Renzo por ellos mismos, entonces es una "infiel común". Pero si dice que "piensa en Carlos", se convierte en una "mártir". Es la perversidad de usar el sentimiento más noble (el pensamiento/amor) para justificar el acto más carnal con un extraño.

3. El Orgullo de la "Poseída"​

Hay un tinte de soberbia. Mariana le está diciendo a Carlos: "Tengo el poder de tener a quien quiera físicamente, pero tú eres el único que habita mi mente". Es una forma de decirle que él es el dueño del "trofeo" que otros están usando.


La Respuesta de la Amiga (El choque de realidad)​

Claudia: Mira, Mariana, te voy a ser sincera. Tú dices que es por "amor" o por "lealtad", pero eso es pura perversidad. Lo dices porque te excita el riesgo. Te gusta sentir que engañas a los dos al mismo tiempo: al que tienes encima porque no sabe que piensas en tu ex, y a Carlos porque no sabe que, mientras le escribes eso, estás sintiendo el orgasmo de tu vida con el otro.

Mariana: Tal vez tengas razón, Claudia... Me gusta sentir que mi mente es un lugar donde Carlos entra, pero mi cuerpo es un parque de diversiones donde yo decido quién sube. Decirle eso es mi forma de tener el control de todo.


El Impacto en Carlos​

Carlos recibe ese mensaje y se rompe. Por un lado, siente un odio profundo al imaginar la anatomía de otro hombre en su mujer, pero por otro, el ego se le infla al creer que ella, en el momento más íntimo, lo prefiere a él. Es un círculo vicioso de codependencia y degradación.








Momento 1: La Capitulación del Dolor (Con Ricardo)​

Ricardo la tiene en el borde de la cama, exigiéndole una entrega que ella nunca había experimentado en Abancay. El sonido de los impactos es seco, rítmico. Mariana, con el sudor corriéndole por la espalda y el celular grabando a centímetros de su cara, siente que el límite de su cuerpo se rompe.

El audio para Carlos:

—"Amor... por favor, escucha... me duele, te juro que me duele porque me está reventando el poto, no tiene compasión. Pero amor... siento que voy a explotar. ¿Puedo gozar, Carlos? ¿Me das permiso de gritar su nombre para que sepa que me está rompiendo? Dime que sí, porque ya no aguanto más... ¡ahhh!"

Momento 2: La Humillación Anatómica (Con el "Turista")​

Mariana ha conocido a un tipo nuevo en un bar de Miraflores, un hombre de gran envergadura que la intimida y la atrae por partes iguales. Antes de que él se quite la ropa, ella le manda una foto de espaldas a Carlos, con el hombre al fondo.

El mensaje para Carlos:

—"Amor, mírale el tamaño. Tengo miedo. No quiero hacerlo porque la tiene tres veces más grande que tú... de verdad, Carlos, me va a lastimar. Pero a la vez... me pica todo de solo verlo. ¿Me das permiso de que me quiebre hoy? ¿Quieres escuchar cómo me abre por completo algo que tú nunca pudiste llenar así?"

Momento 3: El Juicio Final (Con el Ingeniero Valer)​

En la oficina de la facultad, tras una jornada de intensidad prohibida, el profesor la tiene sometida, llevándola a un estado de agotamiento total. Valer, cegado por el ego, le hace la pregunta prohibida mientras la posee. Mariana, con el auricular oculto en su cabello, transmite la respuesta a Carlos en tiempo real.

El audio en vivo para Carlos:

—"Amor... escúchalo, me está dejando sin culo y sin vagina, no tiene piedad. Me acaba de preguntar al oído si me tira mejor que tú... tiene esa voz ronca de hombre que sabe lo que hace. ¿Qué le digo, amor? ¿Le digo la verdad? ¿Le digo que sí, que me está haciendo sentir cosas que contigo eran solo juegos de niños? Dime qué responderle antes de que me corra en la cara..."

El Cierre: La Destrucción de Carlos​

Carlos, al otro lado de la línea en Abancay, recibe estos impactos como puñaladas de fuego. Está destruido, pero su adicción a la humillación de Mariana es tan grande que no puede cortar la comunicación. Mariana ha ganado: ahora ella es la que tiene el látigo, usando su propio cuerpo como el escenario donde Carlos ve morir su hombría cada noche.

Ella cuelga, limpia el rastro de sus amantes con una toalla, se mira al espejo y sonríe. Ha dejado de ser la víctima de un chantaje para convertirse en la dueña de un harén de sombras, donde Carlos es solo el espectador que paga la entrada con su propio dolor.








El Regreso a Abancay​

Mariana regresó a la sierra con el aura de quien ha sido devorada por la ciudad y ha aprendido a disfrutarlo. Carlos la recibió con una mezcla de hambre y odio, una necesidad tóxica de recuperar lo que "le pertenecía". Se encerraron en la misma habitación de siempre, pero el aire ya no era puro; olía a los hoteles de Lima, al perfume del abogado y al sudor del profesor.

Se entregaron con una furia desesperada. Carlos la poseía intentando borrar el rastro de los otros, marcándola, queriendo reclamar cada centímetro de su piel. Mariana lloraba y le pedía perdón entre gemidos:— "Perdóname por todo, amor... perdóname por dejar que me hicieran esas cosas... solo soy tuya", susurraba ella, mientras se arqueaba bajo él.


La Epifanía de la Traición​

En el clímax del acto, cuando Carlos sentía que finalmente la tenía de vuelta, el celular de Mariana, arrojado sobre la mesa de noche, empezó a vibrar con una insistencia violenta. La pantalla iluminó la penumbra del cuarto. Carlos, sin detener su ritmo, bajó la vista y leyó un nombre que jamás había visto: "Dante - El Negro".

Mariana, lejos de asustarse o esconderlo, se detuvo un segundo. Miró a Carlos a los ojos con una expresión que él no reconoció: era una mirada cargada de una picardía diabólica.

Mientras Carlos seguía dentro de ella, ella se pasó la lengua por los labios de manera lenta, saboreando el momento, y con una mano tomó el celular. Miró la pantalla y luego miró la cara desencajada de su enamorado.


La Propuesta Final​

Con la voz entrecortada por el esfuerzo físico de Carlos, pero con una frialdad que congeló el ambiente, Mariana le soltó la frase que destruyó lo poco que quedaba del alma de su pareja:

"Amor... es Dante. Me está llamando porque dice que ya llegó a la plaza y me está esperando. ¿Le contesto? ¿Quieres que le diga que ya termino contigo y que voy para que me detone como tú no puedes?"
Carlos se quedó petrificado, unido a ella físicamente pero a años luz de distancia emocionalmente. Mariana soltó una risita suave, una burla final, y deslizó el dedo por la pantalla para contestar la llamada, dejando que el sonido de la voz del otro hombre inundara la habitación.

En ese instante, Carlos comprendió que ya no tenía una mujer, sino un monstruo de placer que él mismo había ayudado a crear. Mariana ya no pedía permiso; ahora ella le ofrecía el espectáculo de su propia destrucción como el regalo final.
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