Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (4 Viewers)

Cuando salimos de la ducha, ella se envolvió en la toalla, se sentó en la orilla de la cama y me miró mientras yo me secaba, con una calma distinta. Ya no estaba “encendida”: estaba tranquila. Como si el episodio del colágeno hubiera terminado por fin.

—¿Y si vuelve? —preguntó.

—No vuelve —dije, firme—. Y si vuelve, se vuelve a topar conmigo.

Angie soltó una risa corta.

—Qué cavernícola.

—No. Qué lógico. —Me acerqué y le levanté la barbilla con los dedos—. A mí no me interesa asustar a un chico. Me interesa que aprenda el límite. Que entienda que un “no” es un muro, no una puerta.

Ella asintió, y por primera vez desde el susto en el parque de mi madre, la vi realmente liviana.

—Hoy en la mañana vi un mensaje —me dijo, ya más suelta—. Me confirmaron que pidió cambio de área.

—Listo —dije—. Caso cerrado.

—Caso cerrado —repitió ella, como si fuera un sello.

Nos quedamos un rato más, abrazados, ya sin prisa, oyendo el sonido lejano del hotel: puertas, pasos, algún gemido ahogado, vida ajena. Angie me acarició la mano y se quedó mirando nuestros dedos entrelazados como si fueran algo sagrado.

—Me da paz saber que tú estás —dijo.

—Y a mí me da paz que tú confíes así —le respondí—. Porque lo único que de verdad puede rompernos… no es un colágeno con ego. Es un descuido. Una tontería. Un segundo mal puesto.

—No va a pasar —dijo ella, seria—. Ya aprendí.

Yo le di un beso lento, sin hambre. Puro cariño.

—Así me gustas —le dije—. No por perfecta. Sino por consciente.



 
Nos vestimos sin apuro. Ella volvió a ponerse su faldita como si fuera una bandera. Me miró al espejo, se acomodó el pelo, y volvió con esa sonrisa de “yo ya volví a ser yo”.

En la puerta, antes de salir, me abrazó fuerte, con el cuerpo entero, como quien no se despide de un hombre: se despide de una idea de seguridad que necesita llevarse en el pecho.

—Gracias, amor —susurró—. Por cuidarme sin hacerme sentir pequeña.

—Yo no te cuido porque seas pequeña —le dije al oído—. Te cuido porque eres mía… y porque eres valiosa. Y porque a veces, incluso las mujeres imponentes como tú, merecen que alguien las cubra del viento.

Me dio un beso largo.

—Ya… —dijo, recuperando su humor—. Ahora sí: el colágeno que se vaya a suplementar su autoestima a otro lado.

—Amén —me reí—. Y tú, a trabajar.

—Y tú, a conseguir tu nuevo empleo.

Nos despedimos en la cochera con esa naturalidad que solo tienen los que se han jurado cosas sin decirlas. Y mientras ella se iba, me quedó una certeza limpia: esta vez no fue solo deseo. Fue orden. Fue paz. Fue cerrar un peligro pequeño antes de que se vuelva tragedia.

Y así se cerró el capítulo del colágeno.
 

Noventa y siete – NUEVO EMPLEO, NUEVA CANCHA, NUEVOS RUMBOS

La llamada llegó un lunes a media mañana, de esos en los que el tiempo parece estirarse como chicle cuando estás desempleado y con el ego en modo “no me fallen, por favor”.

—Buenos días, ¿con el señor X? —la voz de la secretaria sonó amable, pero con esa eficiencia clínica de quien vive entre agendas y urgencias.

—Con él mismo.

—Le habla del laboratorio Y ¿podría acercarse a una entrevista presencial esta semana?

Sentí que el pecho me hacía “clic”. No era emoción: era foco. Como si alguien hubiera prendido la luz de una cancha a oscuras.

—Por supuesto —respondí, y juro que soné más tranquilo de lo que estaba—. Dígame día y hora.

Colgué y me quedé un segundo mirando la pared, como si la pared tuviera que aplaudirme. No aplaudió. Pero yo sí me sonreí. Porque esa llamada no era una entrevista: era una puerta.

Y yo ya estaba con la mano en el picaporte desde hace días.


Me preparé como si fuera a rendir un examen final. No de esos en los que pasas con “lo que te acuerdas”, sino de los que te cambian el destino.

Me metí a revisar todo: historia del laboratorio, portafolio, líneas terapéuticas, presencia en el mercado, a qué médicos visitaban, qué tipo de fuerza de ventas tenían, qué decían sus representantes en LinkedIn, qué publicaba el gerente general (si es que publicaba algo), hasta cómo hablaba el gerente de recursos humanos en entrevistas viejas.

Y, como si eso no fuera suficiente, hice algo que me daba risa por dentro: ensayé.

Con Nadia, por un lado.

Con Angie, por otro.

No juntas, por supuesto. Eso sería una reunión de directorio que termina en incendio.



 
La profesora privada

Nadia se lo tomó en serio. Se sentó conmigo una noche, después de acostar al niño, con una libreta y un lapicero como si yo fuera residente de primer año y ella mi instructora.

—A ver —me dijo—. Dime qué entiendes por “venta” en medicamentos.

—Que vendes… moléculas con apellido bonito —le respondí, buscando que se riera.

—No te hagas el gracioso —me cortó, aunque se le movió una comisura—. Esto no se vende como un televisor. Acá hay ética, hay evidencia, hay confianza, hay seguimiento. Y no, no me hables de “convencer”, háblame de sustentar.

Ahí entendí algo clave: el lenguaje.

Yo venía de vender equipos. Y en equipos, por más técnico que seas, siempre hay una parte de negociación dura: comité, presupuesto, ROI, mantenimiento, repuestos, garantías, firma.

—Lo mío era convencer a un comité de gastar trescientos mil dólares —le dije—. ¿Qué tan distinto puede ser esto?

Nadia me miró con esa calma que tienen los médicos cuando están por darte una mala noticia con ternura.

—Es distinto en la forma… pero similar en el fondo. Tú sabes vender valor. Solo que acá, amor, el valor no se mide solo en plata. Se mide en decisiones clínicas. Tienes que saber sustentar tus productos con data clínica y medicina basada en evidencia.

Y de pronto me sentí… en casa. Porque eso sí lo entendía: el lenguaje del valor real.

—Te van a preguntar por visita médica —continuó—. Por segmentación. Por cobertura. Por fidelización. Por cómo manejas un equipo de representantes. Y por ética, siempre.

Yo asentí como alumno aplicado, y por dentro pensé: “Qué ironía… mi esposa enseñándome a entrar a un mundo donde ella ya camina sin pedir permiso”. La veía en pijama, suelta, sin maquillaje, pero con ese lenguaje formal que adoptaba cuando estaba en su fase de médico.

Cuando terminamos la lección, casi a las 11 de la noche, me acerque a ella:

—Cómo puedo pagar estas valiosas lecciones? Me insinué

—Que tal un masaje con final feliz?, como dicen ahora.

—Hecho.

Ella subió a nuestra habitación. Yo fui a la cocina, serví dos copas de vino y subí.

Nadia estaba en la ducha, me desnudé y entre con ella. La enjaboné, la acaricié, ella se dejaba engreír como una gatita mimosa, se recostaba en mí, ponía su cabeza en mi hombro, pegaba su cuerpo al mío…

Cuando salimos, después de secarnos, ella se echó en la cama, me dijo que la crema corporal estaba en su puerta del ropero, junto a sus perfumes. La busqué y me acerqué a ella. Se veía muy hermosa, echada a lo largo de la cama, con los brazos y las piernas extendidas, empecé con un suave masaje en sus hombros, bajé a sus senos, se los masajeé suavemente, siempre humedeciendo mis manos con la crema, ella cerró los ojos y disfrutó el momento, sus pechos aun tenían esa dureza que cuando estaba de pies, hacia que no se le cayeran más de lo que se espera para su edad, sus pezones y sus aureolas pequeñas hacían juego, con la forma ligeramente redondeada de sus pechos. Baje a su abdomen, su contextura siempre fue delgada, pero con una cintura ligeramente marcada. Casi no tenía grasa abdominal, a pesar de que no hacia ejercicio. Ella siempre me decía que era por el trajín diario y sus genes.

Segui bajando, siempre con crema que calentaba previamente en mis manos, acaricié su pubis, sin tocar sus genitales, quería eso para el final, masajeé el interior de sus muslos, ella seguía con sus ojos cerrados, su respiración era lenta, relajada. Masajeé todas sus piernas, largas y bien torneadas. Llegue a sus pies, cuidadosamente arreglados, ella dedicaba mucho tiempo a cuidar y pintar sus uñas, tanto de pies y manos, raramente iba a la pedicura, prefería hacerlo ella misma. Sus pies eran largos y delicados, se los acaricié por largo rato, yo sabía que eso la relajaba mucho.

Le pedí que se de la vuelta, cuando lo hice, vi su forma perfecta, donde su trasero sobresalía sin ser exagerado, justo para resaltar en su esbelto cuerpo. Aquí comencé al revés, Comencé por los pies, poniendo crema en las plantas de sus pies y subiendo por sus pantorrillas. Cuando llegué a su trasero, me saqué el short que me había puesto saliendo de la ducha y me puse sobre ella, pero sin apoyar mi peso en su cuerpo. Mi pene ya estaba semi erecto, lo recé intencionalmente en su trasero y ella que seguía con los ojos cerrados esbozó una leve sonrisa. Ahí le masajeé el trasero, sus nalgas eran ligeramente redondeadas. La verdad ya no tenían la dureza de cuando la conocí, pero se mantenían aun su lugar sin ningún tipo de ayuda.

Mientras le ponía crema en sus nalgas y la masajeaba, por momentos, veía la entrada de su ano, ese era el único territorio al que no me había dejado entrar. Solo entré una vez, hace años, antes de nuestro alejamiento por la muerte de nuestra hija. Estaba muy mojada, yo la tenia piernas al hombro, dándole duro, y en una de esas mi pene se sale de su vagina, yo intenté embocarla sin mirar y con tanta lubricación, mi pene chocó en su perineo y en vez de irse hacia arriba a su entrada vaginal, se fue hacia abajo hacia su ano y con el impulso que llevaba se lo metí más de la mitad de un solo golpe. Le dolió muchísimo. Nunca quiso intentarlo a las buenas.

Cuando terminé con sus nalgas, seguí con su cintura, y luego con su espalda, ahí me tomé buen tiempo, eso le gustaba mucho, yo no le daba un masaje así desde que ella estaba embarazada de nuestra hija y siempre me pedía que me quede mucho rato en sus espalda y hombros. Eso hice, pero cuando ya estaba en sus hombros, iba rozando mi pene en su cuerpo, para que terminara de ponerse duro y para que ella se vaya calentando. Cuando finalmente terminé el masaje, me paré a dejar la crema en su sitio y lavarme las manos, pues si le metía un par de dedos en la vagina, la crema le podía arder. Cuando salí del baño y me puse nuevamente de rodillas sobre ella, mi intención era penetrarla así, de espalda, pero antes me acerqué a besarla.

Le di un beso en la mejilla y cuando me moví para buscar sus labios, me di cuenta de que estaba profundamente dormida. Dudé por un momento si la penetraba, o la dejaba dormir. Si la penetraba de hecho despertaría al sentirme adentro, pero cortaría ese descanso profundo en el que estaba. Ella tenía días duros y normalmente dormía no más de las 10.30pm. Ese día se había quedado hasta más de las 11 por ayudarme con mi estudio y cuando terminé el masaje, eran unos minutos pasada la medianoche. Decidí que la mejor manera de agradecerle su dedicación, era dejarla descansar, más aún si se había relajado tanto con el masaje.

La tapé y me metí a la cama desnudo, la abracé y así me dormí cuidando su sueño.



 
La otra entrenadora

Angie, en cambio, me entrenó distinto. No en conceptos: en presencia.

Me llamó la tarde del día siguiente, cuando yo estaba revisando mi CV por décima vez (como si pudiera cambiar mágicamente con mirarlo fijo).

—A ver, amor —me dijo—. ¿Qué vas a hacer cuando te pregunten por el punto flaco?

—¿Cuál? ¿Si ya no estoy tan flaco?

—No te hagas el gracioso. Tu punto flaco es que nunca has vendido medicinas.

Ese sí me pesaba. Porque yo sabía vender. Pero también sabía que hay palabras que suenan como “no tengo experiencia” aunque uno tenga experiencia de sobra.

—Voy a decir la verdad —le respondí—. Que no he vendido medicamentos, pero que he vendido soluciones clínicas complejas. Que he gestionado ciclos largos. Que he liderado equipos. Que sé construir estrategia comercial.

—Eso —dijo Angie—. Y rematas con esto: “Lo técnico se aprende. Lo estratégico se trae.”

Me quedé en silencio.

—¿Quién te enseñó esa frase? —pregunté.

—Yo misma, pues, Primix —respondió, y pude imaginar su sonrisa orgullosa—. ¿O crees que yo nací sabiendo hacerme respetar en una entidad internacional?

Me reí.

—Ya, ya. Me la llevo.

—Y otra cosa —agregó, ya más suave—. Tú no vas a pedir trabajo. Tú vas a ofrecerte como solución. Camina como solución, habla como solución, siéntate como solución.

Hablamos casi una hora, consejos, tips, ensayos, preguntas simuladas, sentí que afilaba mi perspicacia y mi agudeza para contestar y derrumbar objeciones.

Esa fue su clase. No de ventas. De cancha.


La entrevista

El día llegó. Me puse camisa, saco, zapatos bien lustrados. Me perfumé con moderación (moderación: esa palabra que en mí solo existe cuando Nadia está cerca). Salí temprano, porque Lima te puede robar la vida en un semáforo.

Llegué con diez minutos de sobra. Me senté en la recepción, espalda recta, mirada tranquila. Por dentro, el corazón como tambor de procesión.

Primero fue el gerente de recursos humanos. Voz ronca, cara de “ya he visto de todo”, y ojos que escanean.

—Cuénteme de usted —me dijo.

Y ahí empezó mi partido.

Le hablé de liderazgo, de crecimiento, de equipos, de números, de estrategia, de crisis. Le hablé de calle, de mercado, de cómo se construye disciplina comercial sin ahogar a la gente. Le dije lo que yo era: un tipo que no solo sabe vender, sino sostener equipos para que vendan sin odiar su trabajo.

Luego llegó el gerente general. Más directo. Menos sonrisa. Más bisturí.

—Usted no viene de farma —soltó, sin anestesia.

—No —respondí, sin excusas—. Pero vengo de decisiones clínicas de alto valor. De ciclos largos. De comités. De contratos grandes. De convencer con evidencia. Y cuando me toque aprender farma, lo voy a aprender rápido. Porque lo que no tengo en moléculas, lo tengo en método.

Me miró fijo.

—¿Y qué le hace pensar que puede dirigir ventas de medicamentos?

Ahí respiré. Y pensé en la frase de Angie.

—Porque lo técnico se aprende —dije—. Lo estratégico se trae. Y yo traigo estrategia, ejecución y manejo de equipo. Además, si entro, mi curva de aprendizaje va a ser agresiva: me voy a meter al campo, a entrenar, a acompañar, a escuchar. Yo no voy a dirigir desde un escritorio.

Lo vi levantar levemente la ceja. Era poco, pero era algo.

Salí de ahí con la sensación de haberlo dejado todo. No perfecto. Pero sólido. Con esa satisfacción rara de cuando sabes que hiciste tu parte y ya no depende de ti.


La semana del silencio

Y entonces vino lo peor: esperar.

Pasaron días sin noticias. Yo le escribía a mi amigo, y él solo me decía:

—Siguen entrevistando… todavía no deciden.

Eso me descolocó. Porque yo ya había pasado por todos los filtros importantes. Recursos Humanos. Gerencia General. ¿Quién más?

No había nadie más arriba. No existía un “siguiente nivel”. Y sin embargo, la decisión no llegaba.

Esa semana fue extraña. Como caminar con traje sin saber si es para entrar a la fiesta o para que te digan “gracias por venir”.

Me mantuve ocupado: networking, llamadas, LinkedIn, revisar el mercado, preparar mi discurso, pensar escenarios. Por momentos me sentía invencible. Por momentos, un niño esperando nota.

Nadia me sostenía con calma.

—Si es para ti, llega —me decía—. Y si no llega, igual te va a llegar algo mejor.

Angie me sostenía con fuego.

—Te van a llamar, Primix —me decía—. Tú les convienes. Y si no te llaman, que se jodan… otro laboratorio va a tener suerte.

Yo me reía, pero por dentro me alimentaba de esas dos voces. Cada una a su manera. Cada una empujándome hacia adelante.

Y así terminó esa semana: con mi cabeza llena de planes… y el teléfono en la mesa, mirándome como si supiera algo que yo no.

La cancha era nueva.

Yo ya estaba listo.

Solo faltaba que alguien pite el inicio del partido.



 
El miércoles yo ya me había resignado a la idea de que, quizá, esa oportunidad no iba a salir.

No es que uno se rinda —uno no se rinde—, pero hay un punto en el que tu cabeza, por salud, te dice: ya está, ya lo intentaste, ahora muévete a otra cosa. Y justo cuando estaba en ese plan —en ese plan de “ok, mañana me meto de lleno a otra búsqueda”— sonó el teléfono.

Un número desconocido.

Y como estaba en modo cazador… contesté.

—Buenos días, señor XXX —me dijeron del otro lado, con voz de secretaria, clara y entrenada—. ¿Podría acercarse hoy a una entrevista presencial?

Yo parpadeé, como si la pregunta hubiera caído del techo.

—Sí, claro, por supuesto —respondí rápido, casi por instinto, sin dar chance a que se arrepientan—. ¿Hoy a qué hora?

—A las cuatro —dijo—. Con el gerente general y con el gerente de Recursos Humanos.

“Hoy”. “A las cuatro”.

Colgué y me quedé mirando el celular como si fuera un artefacto explosivo.

Me reí solo, de nervios.

—Ya, carajo… otra vez a la cancha —murmuré.

Me cambié con una disciplina casi militar. Camisa impecable, zapatos limpios, cinturón… ese cinturón que solo uso cuando quiero que el mundo entienda que voy en serio. Me miré al espejo un segundo, no por vanidad, sino por confirmación: estás presentable, estás entero, estás listo.

Llamé a Nadia. Me contestó con ese tono rápido de médico que vive con el tiempo prestado.

—Amor, me llamaron. Hoy día. Cuatro de la tarde.

—¿Otra entrevista? —preguntó, y yo sentí cómo se le encendía el radar.

—Sí. Con el gerente general.

—Perfecto —dijo—. Respira. No te aceleres. Tú sabes lo que vales. Y si te preguntan de medicamentos, diles lo mismo que me dijiste: vender equipos caros es convencer a comités… esto lo aprendes rápido.

—Tú vas a ser mi profesora privada —le dije, tratando de alivianar.

—Yo te enseño lo que quieras —respondió con una risa breve—, pero primero trae la chamba, señor gerente.

Después llamé a Angie. No debía llamarla a cualquier hora, y menos si estaba trabajando, pero la necesitaba. Ella contestó bajito, como si ya supiera que yo iba a soltar una bomba.

—¿Qué pasó, Primix?

—Me llamaron hoy. Otra entrevista. Cuatro.

Hubo un silencio cortito, como de alegría contenida.

—Ya ves… —dijo al final—. Te dije. Tú estás hecho para otra liga. Hoy vas tranquilo, con la frente arriba. No vayas a mendigar nada. Vas a negociar con clase.

—Eso es lo que me da miedo —le dije—. Que por dentro estoy… uff.

—Por dentro puedes estar hecho gelatina —me dijo—. Pero por fuera eres acero. Así te quiero.

Colgué y me puse a esperar el momento como se espera un examen final: repasando mentalmente, ajustando frases, anticipando preguntas.

A las tres y veinte ya estaba saliendo.

A las tres cuarenta, estacionando.

A las tres cincuenta… sentado en la recepción, diez minutos antes, como a mí me gusta: sin correr, sin llegar sudado, sin que el cuerpo te traicione con esa vibra de desesperado.

La recepcionista me pidió el DNI, me ofreció agua.

—Gracias —dije—, agua está bien.

Y ahí me quedé, con el vaso en la mano, mirándolo sin tomarlo todavía, porque cuando estás nervioso haces esas estupideces: sostienes cosas para no sostenerte a ti mismo.

Miraba el reloj cada tanto, fingiendo que no miraba el reloj.

Hasta que me llamaron.

—Señor XXX, por favor.

Me paré con calma, respiré, y caminé como si ese pasillo fuera mío.

La sala era sobria. Una mesa grande. Un ventanal que dejaba entrar una luz fría. Dos hombres sentados, papeles, una laptop abierta. Y a un costado… mi amigo.

Ahí lo vi.

Y lo saludé como debía.

Sin delatar nada.

Como si fuera un contacto más.

Porque, por más que yo lo quisiera, ese no era el momento de sonrisas cómplices. Ese era el momento de jugar bien.

—Buenas tardes —dije, firme—. Mucho gusto.

—Buenas tardes —respondió el gerente general, seco, directo.

—Señor XXX —agregó el gerente de RR.HH., con voz ronca de fumador—. Tome asiento.

Nos dimos la mano. La mano del gerente general era dura, de esas manos que no te saludan: te miden.

Mi amigo me dio la suya también, neutro.

Me senté.

Abrí mi carpeta con calma, sin apuro. Que se vea que yo no vine a improvisar.

El gerente general empezó.

—Señor XXX, nosotros hemos visto su perfil. Su experiencia es fuerte… pero hay algo que nos interesa: usted no solo hace ventas. También hace marketing.

—Sí —respondí—. He trabajado ambos frentes. Y, sobre todo, me gusta que estén alineados.

—Explíqueme cómo alinearía ventas con marketing en un laboratorio —soltó él.

Y ahí comenzó el partido.

Me preguntó de estrategias, de posicionamiento, de qué haría en los primeros noventa días, de cómo leería el mercado, de cómo haría para que la fuerza de ventas no se convierta en un ejército sin brújula.

Yo respondí sin humo. Sin grandilocuencias.

Con ejemplos.

Con estructura.

Con esa calma que se construye con años y golpes.

A ratos el gerente de RR.HH. intervenía con preguntas más filudas, más de “persona”: liderazgo, manejo de conflictos, presión, métricas, reportes.

—¿Cómo trabaja usted con equipos que no confían entre sí? —me preguntó.

—Primero bajo el ego a la mesa —respondí—. Porque acá no hay “mi área” y “tu área”. Hay negocio. Hay pacientes. Hay marca. Si cada uno jala su cuerda, se rompe el barco.

El gerente general no sonreía, pero asentía con microgestos. Eso me bastaba. Yo conozco ese tipo de hombres: cuando no te interrumpen, es porque te están escuchando.

Después me soltó la pregunta que yo esperaba.

La que me incomodaba.

—Usted viene de equipos médicos. ¿Cómo se siente vendiendo medicamentos?

Yo no dudé, pero tampoco inventé.

—Le soy sincero: no he vendido medicamentos —dije, mirándolo de frente—. Pero sí he vendido decisiones clínicas complejas. Equipos que cuestan cien mil, doscientos mil, trescientos mil dólares. Y no se venden con labia: se venden entendiendo al médico, al comité, al dolor del paciente, la evidencia, el flujo, el retorno, el riesgo. Eso lo sé hacer.

Hice una pausa breve, para que no suene a justificación.

—Y lo que no sé, lo estudio —agregué—. Soy de los que llegan temprano y se van tarde cuando hace falta. Pero con método.

Ahí vi a mi amigo bajar un poquito la barbilla, como aprobando. Discreto.

El gerente de RR.HH. hizo tres preguntas más. Rápidas. Directas.

Y el gerente general cerró la carpeta despacio, como si la entrevista ya estuviera madura.

Entonces, los tres intercambiaron una mirada que yo no pude leer del todo, pero que olía a decisión.

—Espere un momento —dijo el gerente general—. Volvemos en unos minutos.

Se pararon los tres.

Mi amigo también.

Salieron por una puerta lateral.

Y me dejaron ahí.

El silencio se me cayó encima.

Yo respiré.

Intenté no imaginar cosas.

Pero es imposible.

Porque en ese minuto no hay paz: hay película.

Y yo, ahí sentado, con la espalda recta, me repetía por dentro, como una oración:

Tranquilo. Ya jugaste. Ya respondiste. Ya hiciste lo tuyo. Ahora solo espera.


La puerta se cerró detrás de ellos y el silencio se volvió espeso.

Yo me quedé sentado, con el vaso de agua intacto, la espalda recta, y esa sensación rara de estar en pausa… como cuando el árbitro levanta el brazo y tú no sabes si es falta a tu favor o tarjeta para ti. Miré el reloj sin mirarlo. Respiré. Me obligué a no ensayar frases en la cabeza porque esas frases siempre salen con sabor a ensayo.

Pasaron tres minutos. Cinco. Ocho.

Y de pronto, la puerta volvió a abrirse.

Entraron los tres: el gerente general primero, el de Recursos Humanos detrás, y mi amigo al costado, otra vez con cara de “colega correcto”, como si no me conociera de años. Se sentaron. Y el de RR.HH. acomodó un papel sobre la mesa como si estuviera alineando una decisión.

—Señor XXX —dijo, con esa voz de fumador que parecía venir con una nube propia—, mire… tenemos una propuesta que podría parecerle un poco extraña.

No cambié la cara. Por dentro me subió un cosquilleo eléctrico, pero por fuera me quedé con el gesto neutro de quien está escuchando un reporte.

—Lo escucho —respondí, calmado.

El licenciado hizo un gesto mínimo hacia el costado, hacia mi amigo.

—Acá el señor González… que creo que usted lo conoce.

Yo asentí apenas, sin delatar nada. Un “sí” correcto. Sin sonrisa.

—Él actualmente está en Marketing —continuó—, pero nos ha planteado que se siente más cómodo en Ventas. Y en ese contexto, él mismo nos propuso un movimiento interno: pasar a Ventas y que ingrese una persona que lidere Marketing… pero que entienda ventas de verdad.

Se detuvo medio segundo, como para que la idea haga contacto.

—Por eso nos gusta su perfil, señor XXX. Porque usted maneja ambas áreas.

Yo respiré lento. Sabía lo que venía. Y lo mejor era responder como se responde a una oferta seria: sin euforia, sin urgencia. Con aplomo.

—La pregunta es directa —remató RR.HH.—: ¿le interesaría la posición de Marketing?

Hice lo que correspondía: miré un punto neutro de la mesa, como si estuviera calculando. Dos segundos. Tres. Lo justo para que parezca una decisión. No una ansiedad.

La verdad… yo ya lo tenía decidido desde que escuché “maneja ambas áreas”.

Levanté la vista.

—Sí —dije—. Claro que sí.

Y lo dije con la seriedad que se exige cuando uno entiende el peso de un cargo.

—Marketing me queda muy bien. Manejo las dos áreas y, como les comenté hace un momento, sé alinearlas. Y… —miré apenas al señor González, sin regalarle complicidad— ya hemos trabajado juntos. Hemos hecho buen equipo. Creo que podríamos repetirlo, incluso mejor.

El de RR.HH. abrió la boca para seguir, pero el gerente general lo cortó con una decisión limpia, casi elegante.

Se puso de pie.

—Muy bien, ingeniero.

Extendió la mano.

—Bienvenido a la empresa.

Yo me paré también. Le di la mano con firmeza. Sin apretar de más, sin debilidad.

Él siguió, sin perder tiempo:

—Yo me retiro, tengo una reunión. Los señores le explican condiciones y el proceso de incorporación. ¿Cuándo estaría disponible?

Yo respondí al instante, por reflejo:

—De inmediato.

Vi que el licenciado Arguedas (RR.HH.) levantó la ceja, como diciendo así me gusta.

—Perfecto —dijo el gerente general, pero ya caminando hacia la puerta—. Coordinen y avanzamos.

Salió.

La puerta se cerró.

Y recién ahí sentí el golpe real en el pecho: ese alivio brutal que no te deja gritar, pero sí te deja respirar por primera vez en días.

Me quedé sentado con el de RR.HH. y con González. Y ahí, por fin, mi amigo dejó caer el personaje: la comisura de su boca se le subió apenas, como quien dice te lo dije sin decirte.

El de RR.HH. tomó la palabra:

—Ahora sí, ingeniero. Condiciones.

Me habló claro, sin vueltas de los beneficios. Eran hasta mejores que los de la empresa donde estuve casi 20 años.

Yo escuchaba y por dentro me daban ganas de pararme y abrazar a alguien, como si me hubieran devuelto el oxígeno. Pero uno no abraza gerentes de RR.HH. como si fueran primos en Año Nuevo. Me mantuve como debía: serio, agradecido, sin sobreactuar.

—Me parece un paquete muy competitivo —dije—. Y les voy a demostrar que lo vale. Que lo gano.

El licenciado Arguedas asintió, satisfecho.

—Tema de fecha —agregó—. Tenemos que hacer algunos movimientos internos… por feriados de julio, procesos, papeleos. Yo diría: dos semanas. Primera semana de agosto, ¿le calza?

Yo hice un cálculo rápido. Feriados. Tiempo. Logística mental.

—Perfecto —respondí—. Para mí está bien.

Nos dimos la mano.

Formal.

Correcto.

Y cuando ya salíamos, González me acompañó hasta recepción. Ahí, lejos de la mesa y del protocolo, soltó el aire como quien por fin puede ser humano.

Me abrazó.

—Buena, cholo. Lo hiciste.

Yo le devolví el abrazo, fuerte, breve.

—Sí, carajo —susurré—. Gracias por pasarme la voz. Gracias por empujar esto.

Él sonrió con esa cara de “por algo te elegí”.

—No, contigo lo hacemos bien. Por eso quería que postularas. Mira: hoy día o mañana te llega la carta formal. Tu dirección está en el CV. Ya estás adentro. Tranquilo.

Salí.

Me subí a mi carro.

Y ahí sí… sin que nadie me vea, se me escapó una sonrisa enorme. De esas que te estiran la cara, aunque quieras disimular.

Fue difícil decidir a quién llamar primero.

Pero lo justo era lo justo.

Llamé a Nadia.

Contestó rápido, bajito. Sonaba a hospital. A pasillo. A gente alrededor.

—¿Amor? ¿Qué pasó?

—Me dieron el trabajo —le dije.

Hubo un microsegundo de silencio… y luego un gritito ahogado, controlado.

—¡Ay! —dijo—. ¡Qué buena noticia! Estoy en junta médica… pero esto hay que celebrarlo. Voy a tratar de salir temprano.

Yo cerré los ojos un segundo, como si esa frase me ajustara una correa en el pecho y me dejara respirar mejor.

—Te amo —le dije.

—Yo también, amor. Te lo mereces.

Colgué.

Y llamé a Angie.

Me contestó casi de inmediato, como si estuviera esperando esa llamada desde la mañana.

—¿Y?

—Listo —le dije—. Me lo dieron.

—¡Primix! —se le quebró la voz de felicidad—. Yo sabía. Yo sabía que lo ibas a lograr. ¿Cuándo festejamos?

Yo solté una risa.

—Entre mi hijo, mi esposa… y tus festejos… voy a quedar trapo.

—Te vas a acostumbrar —dijo ella, feliz—. Te lo voy a cobrar con intereses.

—El sábado, quizá —le dije—. Coordinamos.

—Claro, cuando tú puedas. Ay, Primix… qué feliz soy por ti.

Colgué.

Y manejé hacia la casa de mi madre.

A ella no le había contado el drama completo. No valía la pena cargarle el corazón con esas cosas. Menos con su arritmia, con su edad, con esa fragilidad que te obliga a hablar suave, como si cada palabra fuera una ola.

Me senté con ella, despacio.

—Mamá… voy a cambiar de trabajo. Me voy a un laboratorio farmacéutico.

Se le iluminó la cara con esa alegría humilde que solo tienen las madres: una alegría sin preguntas, sin condiciones.

Le conté lo esencial, con calma. Sin exagerar, sin agitarla.

Y me quedé ahí hasta la tarde, hasta que llegó Angie a recoger a su niña.

Cuando la vi entrar, sentí el impulso animal de acercarme y abrazarla como se abraza lo que te sostiene… pero ahí estaban los niños, estaba su mamá, mi mamá, estaba la vida mirando.

Ella me vio.

Y yo vi en sus ojos esas ganas de tirarse encima mío.

Se contuvo.

Sonrió como si nada.

Como si fuéramos exactamente lo que todos creían que éramos.

Y cuando me acerqué a saludarla, todo fue correcto: mejilla, saludo, distancia prudente.

Le conté lo mismo que a mi madre, con palabras neutras:

—Me estoy cambiando de trabajo. Un laboratorio.

Angie sonreía con esa sonrisa doble: la que los demás ven… y la que solo yo entiendo.

Como diciendo, por dentro:

Sí, claro. “Cambiándote”. Y ganando la vida otra vez.



 
La noche de ese miércoles dormí, pero no descansé.

El cuerpo estaba rendido, sí, pero la cabeza seguía en modo “no la vayas a salar”. Como si el universo fuera de esos que te dan un caramelo y después te lo cobran con intereses.

Al día siguiente, apenas amaneció, me levanté con esa ansiedad ridícula de adolescente esperando respuesta de mensaje. Me hice un café fuerte, de esos que no te despiertan: te empujan. Prendí la laptop. Actualicé el correo. Nada. Me hice el que no me importaba. Volví a actualizar. Nada.

“Ya, ya… que llegue cuando tenga que llegar”, me dije, fingiendo madurez.

A las 10:47 a.m. entró.

Asunto: Propuesta laboral – Laboratorio YYY.

Sentí un golpe tibio en el pecho, como si por fin me aflojaran un nudo que llevaba amarrado desde que renuncié. Abrí el correo con cuidado, como si fuera frágil.

Leí.

Y todo lo que me habían dicho ahí estaba: ordenado, formal, bonito… como cuando por fin te ponen por escrito lo que tu corazón ya celebró. Cargo: Gerente de Marketing. Fecha tentativa de incorporación: primera semana de agosto (pasando feriados). Beneficios: EPS al 100% para mi familia directa. Bono anual. Posibilidad de auto al segundo año. Proyección regional.

Me quedé mirando la pantalla dos segundos, quieto, para que el momento se me quede grabado. Y luego solté una risa bajita, solo. De alivio, de orgullo, de “carajo, sí”.

Imprimí la carta. La leí en papel, como si el papel la hiciera más real. La firmé donde correspondía. Escaneé. Respondí con un correo impecable, agradeciendo, confirmando aceptación y disponibilidad.

Antes de enviarlo, respiré hondo.

Y ahí recién me permití una frase, en voz baja:

—Ahora sí, ya estás parado, huevón.

Cuando mandé el correo, sentí que el mundo se acomodaba un milímetro a mi favor.

Llamé a González. Contestó al segundo.

—¿Llegó? —preguntó, sin saludos.

—Llegó.

—Listo entonces —dijo—. Ya estás. Ahora sí, te voy a exprimir… pero con cariño.

—Con cariño nomás, porque si no me voy otra vez —le respondí.

Se rio.

—Ya, ya. Bienvenido. Y prepárate: acá se trabaja con presión, pero con respeto. Nada de brujas vociferando.

Me quedé con esa frase dando vueltas: con respeto.

Era lo único que yo quería.


El brindis en casa

Ese mismo día, Nadia llegó tarde. Su día venía con su propio cansancio colgándole de los hombros. Yo ya había bañado a mi niño, le había dado de cenar, y lo había dejado dormido con esa tranquilidad absoluta de los chicos que no saben nada del mundo adulto… por suerte.

Cuando escuché la llave en la puerta, fui a su encuentro como quien ya no puede guardarse una noticia.

Entró, dejó la cartera, se sacó los zapatos con ese suspiro que es mitad agotamiento, mitad “sobreviví”.

—Amor… —me dijo, y en su voz ya había un “¿qué pasó ahora?”—. ¿Todo bien?

Yo saqué la hoja impresa de la propuesta, doblada, como si fuera un documento secreto de Estado.

—Llegó.

Se quedó mirándome. Luego miró el papel. Luego me volvió a mirar.

—¿Llegó qué?

—La carta. La formal.

Y ahí su cara cambió. No fue una sonrisa inmediata. Fue primero un ablandamiento en la mirada, como si por fin le quitaran una preocupación de la espalda. Y después sí: la sonrisa.

—Ay… gracias a Dios.

Me abrazó fuerte. Fuerte de verdad. Y en ese abrazo sentí algo que hacía tiempo no sentía así: un “estamos juntos” sin grietas, sin duda, sin ese hielo invisible que nos había acompañado tanto tiempo.

—¿Brindamos? —me preguntó, secándose una lágrima con el dorso de la mano como si le diera vergüenza que la alegría también la haga llorar.

—Brindemos —le dije.

Saqué el vino blanco del refrigerador. No el de “vamos a emborracharnos”, sino el de “esto merece un gesto”.

Serví dos copas. Volví a la sala.

Ella levantó la suya.

—Por ti —dijo—. Por tu valentía. Por tu carácter. Por no dejar que nadie te pisotee más.

Yo choqué mi copa con la suya.

—Por nosotros —corregí—. Porque si yo pude soltar, también fue porque en casa… había sostén.

Nadia me miró con esa mezcla rara de orgullo y ternura que te deja sin defensas.

—¿Y cuándo empiezas?

—Primera semana de agosto. Me han dado margen por feriados y cambios internos.

—Perfecto —dijo, ya pensando como médica y como esposa—. Así respiramos. Nos organizamos. Y tú llegas con energía.

Yo me reí.

—Mira quién habla de energía.

Ella me dio un golpe suave con la mano en el pecho.

—No te burles. Hoy estoy cansada, pero estoy feliz.

Nos sentamos. Hablamos un rato bajito, como para no despertar al niño. Yo le conté detalles del paquete, y ella, con la mente quirúrgica, me hacía preguntas de EPS, coberturas, letras pequeñas, como si estuviera revisando un consentimiento informado.

—Esto está muy bien —sentenció al final—. Me alegra tanto… tanto.

Se quedó en silencio un segundo, apretando su copa con las dos manos.

—¿Sabes qué me gusta? —dijo—. Que te veo otra vez con… luz. Eso me faltaba. Verte con ganas.

Yo la miré.

—Yo también lo estaba extrañando.

Brindamos otra vez. Y esa noche no hubo grandes discursos. Solo un abrazo largo en la cocina mientras lavábamos dos vasos, una caricia simple en la espalda, y un “descansa” dicho como se dice cuando de verdad lo sientes.

Nos duchamos juntos, caricias, besos, solo amor, sin sexo, como teníamos costumbre.

Antes de dormir, Nadia me apretó la mano en la oscuridad.

—Estoy orgullosa de ti —susurró.

Yo le besé la frente.

—Y yo estoy agradecido contigo.

Y ahí, en ese silencio, se sintió que algo se cerraba. No perfecto. No mágico. Pero real: una etapa terminaba.



 
El sábado del “cobro” (voz de Angie)

Yo llevaba dos días sonriendo sola.

De esas sonrisas idiotas que te salen mientras manejas, mientras haces cola, mientras respondes correos. Y tú te das cuenta y te dices: ya, Angie, contrólate, pero el cuerpo no obedece porque el cuerpo ya celebró.

Primix tenía trabajo nuevo. Trabajo bueno. Trabajo de verdad. Y yo… yo sentía que algo en mí también se ordenaba. Como si ese miedo de “¿y ahora qué?” se me hubiera ido del pecho.

El sábado me arreglé con calma. No como cuando vas a una reunión familiar donde tienes que actuar. No. Con calma de mujer que va a ver a su hombre.

Me puse algo sencillo, pero con intención. Un vestido que me quedaba bien, pegado al cuerpo, marcando lo necesario para encenderlo, el pelo recogido a medias, perfume suave. Y en la cartera… nada de tonterías. Solo lo necesario.

Cuando llegué al hotel, lo vi desde lejos.

Él estaba parado, mirando el teléfono, como quien se hace el tranquilo, pero por dentro está contando segundos. Y me dio risa. Porque yo lo conozco. A mí no me engaña.

Me acerqué sin correr, pero con el corazón apurado.

—Hola, señor gerente —le dije, bajito.

Él levantó la vista y se le iluminó la cara con esa alegría contenida que a mí me derrite.

—Hola, señora cobradora.

—Hoy vengo sin recibo por honorarios —le respondí—. Hoy vengo a cobrar en especie.

Él soltó una carcajada. Me tomó por la cintura y me dio un beso rápido, discreto, de esos que no despiertan sospechas, pero sí despiertan todo.

Subimos.

Apenas cerramos la puerta, se me salió lo que me había contenido toda la semana. Lo abracé fuerte, pegándome a él, como si necesitara comprobar que estaba ahí, entero, real, sin esa nube del trabajo tóxico encima.

—Estoy tan orgullosa de ti —le dije, sin broma.

Él me miró serio.

—Tú me sostuviste.

—Yo te empujé —corregí—. Tú caminaste.

Nos quedamos un segundo mirándonos, como si ese logro fuera algo sagrado. Y después… bueno, después la vida hizo lo que siempre hace con nosotros: mezcló ternura con hambre, emoción con risa, y esa urgencia bonita de tocarnos como si fuera la primera vez.

No voy a decir detalles, porque yo también tengo pudor cuando quiero. Pero sí voy a decir lo importante: esa mañana no fue solo deseo.

Fue alivio.

Fue celebración.

Fue mi manera de decirle: ya pasó, amor… ya pasó.

Entre caricias, en un momento me quedé mirándolo, y le dije lo que me salía del alma:

—Yo tenía miedo, ¿sabes?

—¿De qué? —me preguntó.

—De que te quiebren. De que un mal trabajo te robe la paz. Y… —me costó decirlo, pero lo dije— de que eso nos arrastre a nosotros también.

Él me besó la frente.

—No me quiebran. No si tú estás.

Me quedé callada, porque esas frases no se responden con palabras. Se responden con cuerpo, con abrazo, con quedarse. Solo lo abrace y le hice el amor, con ternura, como aliviando el alma, además del cuerpo.

Más tarde, ya tranquilos, me acurruqué contra su pecho y le dije:

—Ahora sí te voy a pedir algo.

—Ajá… —dijo, sospechando.

—Que cuando empieces, no te pierdas. Que no te vuelvas solo trabajo. Que sigas siendo tú.

Él me acarició el pelo.

—Te lo prometo. Y tú también prométeme algo.

—¿Qué?

—Que no vuelvas a asustarme como con lo del colágeno.

Yo hice un puchero.

—Ya aprendí. Ya entendí. Hay lugares y lugares.

Él sonrió.

—Eso.

Me reí bajito.

—Además… el colágeno ya se fue. Desapareció. Pidió cambio. Ni me mira.

—Bien —dijo él—. Que siga haciendo práctica… pero de respeto.

Nos quedamos en silencio un rato. Y yo pensé algo que no le dije en voz alta, pero que me quemaba bonito por dentro:

Qué suerte la mía… amar a un hombre que se planta.

Cuando nos fuimos, ya en la cochera, le agarré la cara con las dos manos.

—Te amo, Primix —le dije, sin chiste.

Él me miró con esa calma nueva.

—Yo también, Angie.

Y ahí, en ese beso de despedida, yo sentí que cerrábamos el capítulo del colágeno de una vez: no por humillación del chico, sino porque nosotros nos habíamos reafirmado.

Él estaba conmigo. Yo estaba con él.

Y la vida… por una vez… nos estaba dejando respirar.



 

Noventa y ocho – LA INTERNA


Hasta ahora casi no he hablado de la familia de Nadia. No porque no exista, ni porque yo la haya querido borrar del relato, sino porque esta historia —la que cuento aquí— siempre ha sido, sobre todo, sobre Angie y yo. Nadia ocupa un lugar enorme, sí, pero su mundo familiar había quedado en los márgenes, como un paisaje que uno sabe que está ahí, aunque no lo describa.

Pero para entender lo que viene, tengo que abrir esa puerta.

Nadia es la mayor de dos hermanas. Su mamá era peruana; su papá, libanés. Llegó del Líbano escapando de la guerra civil, como llegan muchos: sin plan, sin glamour, con esa urgencia silenciosa de salvarse y empezar de nuevo donde se pueda. De esa mezcla nació la belleza particular de Nadia: ojos profundos, almendrados, de un color difícil de precisar, con una intensidad que a veces parece más árabe que andina… y otras veces, al revés. Una belleza exótica, de esas que no necesitan nada para imponerse.

Su hermana menor también es guapa, no lo voy a negar. Pero mi Nadia, incluso en silencio, se lleva los laureles.

La vida no les fue suave. Primero murió el padre —era bastante mayor que la madre—, un infarto que llegó sin aviso, como llegan esas cosas que parten una casa en dos. Y nueve años después falleció la mamá. Para entonces ellas ya estaban en sus veintitantos. Jóvenes, sí, pero ya lo suficientemente adultas como para entender que la palabra “huérfanas” no es una tragedia literaria: es un cambio de piel.

Ambas estudiaron buena parte de sus carreras trabajando para sostenerse, los padres solo les dejaron una modesta casa, que vendieron para cambiar de barrio. La hermana menor se casó con un médico. Ella es contadora. Y se fueron a vivir a Trujillo. Allá hizo su vida y formó su familia. Por eso Nadia, en Lima, siempre tuvo una soledad particular: no era estar sola, era no tener tribu cerca. Sus lazos fuertes estaban lejos —en Trujillo— y el resto, disperso: algunos pocos familiares por el lado peruano en el Callao (una tía, un par de primos que he visto contadas veces) y la mayor parte del lado libanés viviendo lejos, como una raíz que se siente, pero no se toca todos los días.

La hermana de Trujillo tiene una única hija, la única sobrina directa de Nadia. Se llama —bueno, su nombre viene después—, pero lo importante es esto: nació el 5 de octubre de 1999, y en 2025 está por cumplir 26 años.

Yo la conocí cuando recién empezaba mi historia con Nadia, en el Año Nuevo del 2016. En ese momento ella tenía dieciséis. Y aunque ya era adolescente, yo la recuerdo como una niña: dócil, tímida, bonita, correcta. De esas chicas que hablan poco y miran mucho, educadas en una familia estricta donde las normas no se discuten. Tanto Nadia como su hermana heredaron esa disciplina árabe-libanesa: el respeto, la estructura, la idea de que la palabra “familia” no es un sentimiento, sino una regla.

Hasta ahí, el cuadro era simple: Nadia en Lima, con poca familia cerca; su hermana en Trujillo con su esposo médico y su hija; y un pasado de pérdidas que las volvió fuertes, exigentes, a veces demasiado correctas.

Lo que yo no imaginaba —lo que uno nunca imagina— es que esa sobrina, la misma que yo recordaba callada y bien criada, estaba a punto de entrar a nuestra casa… y con su sola presencia iba a mover cosas que yo creía completamente bajo control.
 
Esa quincena de julio me encontró raro… en paz.

Después de meses de incertidumbre, por fin tenía el empleo asegurado. La noticia había llegado hacía pocos días y todavía se sentía como un alivio físico, como cuando aflojas la mandíbula después de mucho tiempo sin darte cuenta de que la tenías apretada.

Con esa tranquilidad nueva, me dediqué a cosas simples. Arreglos de la casa. Ordenar cajones que llevaban años pidiendo auxilio. Armar pequeñas rutinas con nuestro hijo. Incluso empecé a leer otra vez, pero sin esa ansiedad de “tengo que aprenderlo todo ya”. Leía en plan relax, como quien calienta motores, sabiendo que en agosto —cuando entrara al laboratorio— la vida iba a agarrar ritmo de nuevo. Y aunque yo ya sabía de ventas y marketing como para escribirlo de memoria, este salto tenía algo distinto. Un rubro nuevo, otra cultura, otro tablero. Quería llegar fino.

Una noche, más o menos por la mitad del mes, estábamos con Nadia en la cama, antes de dormir. Ese momento nuestro que, aunque parezca mínimo, era casi ritual: luz baja, la casa callada, ella con el pelo suelto, yo con la espalda descansando por fin, y una conversación que siempre empezaba con algo sencillo y terminaba metiéndose en todo.

Estábamos hablando de qué hacer por Fiestas Patrias.

La verdad es que no nos gusta viajar en esas fechas. El feriado largo en el Perú es una especie de trampa: todo está lleno, todo sube, todo se vuelve apurado. Los hoteles te cobran como si te estuvieran vendiendo un pedazo de playa en cuotas, las carreteras se vuelven una procesión, y hasta la comida —por más increíble que suene— se pone mala, escasa, hecha al apuro. Viajar en julio es como querer descansar en medio de una feria.

Así que planeábamos cosas cercanas. Algo en casa, una salida corta, quizá un almuerzo sin complicaciones. Nadia incluso, con esa naturalidad suya que a veces todavía me sorprende, propuso invitar a Angie. Lo dijo como quien dice “invitemos a alguien querido”, sin cargarlo de nada más.

—Podemos hacer algo cerca… o armar algo en la casa… o, si quieres, en la casa de tu mamá —me dijo—. Algo tranquilo.

Estábamos barajando ideas cuando, de pronto, como quien no quiere la cosa, Nadia giró el tema con una suavidad sospechosa. Me miró de lado, con esa expresión que le conozco: cuando tiene algo que quiere decir, pero no sabe cómo soltarlo de golpe.

—Amor… ¿te acuerdas de Allison?

Me tomó un segundo ubicarla, aunque el nombre me sonaba.

—¿Allison? —repetí—. ¿Tu sobrina?

—Sí —dijo—. La hija de mi hermana. La que estudia medicina.

Ah, claro. La recordé de inmediato. No por haber estado presente en mi vida, sino por la sensación que me había dejado: una chica correcta, de familia estricta, siempre bien puesta, siempre tímida, siempre con esa educación que parece hecha de “sí, tía” y “no, gracias”.

—Sí, claro —le dije—. ¿Cómo le va?

Nadia soltó una respiración corta, como quien ordena mentalmente lo que va a decir.

—Bien… súper bien. Ya terminó la carrera, bueno, los estudios académicos —me explicó—. Ha estado buscando internado en Trujillo, pero allá hay pocas plazas… muy pocas. Y está viendo hacerlo en Lima. Dice que acá el nivel es más exigente, más académico… y que hay más opciones.

—Tiene sentido —dije, casi por inercia—. Si quiere una plaza buena, Lima abre más puertas.

Nadia asintió, pero yo sentí que todavía no había llegado al punto.

—Ayer hablé con mi hermana… —continuó— y me preguntó si era posible que Allison se venga a quedar con nosotros.

Lo dijo calmada, pero no como una orden. Como una pregunta que venía con cuidado. Como si, por fin, hubiese encontrado el momento adecuado para ponerla sobre la mesa.

Yo no me sorprendí. La casa era grande. Teníamos habitaciones libres. La propuesta era lógica.

—Amor… —le dije, sin pensarlo demasiado— no tienes que justificar nada. Es tu familia. Claro que puede venir.

Ella se relajó un poquito, pero aún faltaba algo.

—¿Por cuánto tiempo vendría? —pregunté.

Nadia se acomodó en la almohada y miró hacia arriba, como calculando.

—Ahorita quiere venir para averiguar lo de los internados… ver requisitos, trámites, entrevistas, todo eso. Estará… no sé… quince días, un mes… no creo que más. Y de ahí regresa a Trujillo. Seguramente entre octubre y noviembre es cuando ya se postula, cuando se define.

Yo asentí, tranquilo. Hasta ahí no había conflicto. Era simple. Era familia. Y no era mucho tiempo

Pero Nadia bajó la voz. Y ese gesto —ese bajar la voz en la cama— ya es una señal en sí misma. Como si lo que venía después no fuera un dato, sino una consecuencia.

—Y si ingresa… —dijo, casi avergonzada— probablemente se queda todo el próximo año… porque el internado empieza en enero y termina en diciembre.

Ahí hubo un silencio.

No por molestia, ni por rechazo. Fue un silencio de mente rápida: yo imaginando de golpe una casa con cuatro personas, rutinas nuevas, una joven adulta viviendo con nosotros, horarios de hospital, madrugadas, visitas, reglas… y yo, en paralelo, arrancando trabajo, con la vida tomando otra forma. Fue un segundo —quizá dos— pero a veces el pensamiento hace su película completa en una respiración.

Nadia no me apuró. Me dejó ahí, con el cálculo.

—Bueno… —dije al fin, sin tener todavía medida exacta de lo que significaba, pero fiel a lo que sentía—. Sí. Dile que venga. No hay problema. Le acomodamos un cuarto abajo y ya. Tranquila. Creo que es una muchacha tranquila, mientras se adapte a las reglas de la casa, no debería haber problema, ¿no?

Nadia me miró con alivio. Con ese alivio que tiene algo de gratitud y algo de orgullo: como si yo hubiese pasado una prueba invisible.

—Si, yo creo que podría ser más una compañía que un problema. Mi hermana me dijo… —agregó— que nos puede dar algo para ayudar con los gastos.

Ahí sí fui tajante. No por generosidad teatral, sino porque me parecía una falta de estilo aceptar dinero por recibir a la familia de mi esposa, más aún en el momento en que mi vida laboral empezaba a estabilizarse.

—No, no, no —le dije—. Eso sí que no. Ya conseguí un buen empleo. Tú ganas bien. Yo voy a ganar bien. Tu hermana es tu hermana. No paga un centavo.

Nadia sonrió apenas.

—Lo único que sí —continué— es que la chica sea responsable, que respete las reglas de la casa, que nos haga caso. Y que su mamá le mande plata para sus cosas personales si quiere, para sus gastos de estudio y sus gustos… pero acá todo lo demás está cubierto.

Nadia no dijo nada por un instante. Solo me miró con una emoción contenida, como si esa frase hubiera sellado algo.

Se acercó, me abrazó, me dio un beso lento.

—Gracias, amor —susurró.

—Nada que agradecer, mi vida —le respondí, acariciándole el pelo—. Es tu familia… es mi familia.

Nos dimos un último beso y apagamos el día.

Pero mientras el sueño empezaba a caer, yo sentí, en algún lugar del pecho, una intuición pequeña, casi ridícula: esa decisión tan simple —tan correcta— iba a traer algo más que una huésped.

Iba a traer movimiento.
 
Esa quincena de julio me encontró raro… en paz.

Después de meses de incertidumbre, por fin tenía el empleo asegurado. La noticia había llegado hacía pocos días y todavía se sentía como un alivio físico, como cuando aflojas la mandíbula después de mucho tiempo sin darte cuenta de que la tenías apretada.

Con esa tranquilidad nueva, me dediqué a cosas simples. Arreglos de la casa. Ordenar cajones que llevaban años pidiendo auxilio. Armar pequeñas rutinas con nuestro hijo. Incluso empecé a leer otra vez, pero sin esa ansiedad de “tengo que aprenderlo todo ya”. Leía en plan relax, como quien calienta motores, sabiendo que en agosto —cuando entrara al laboratorio— la vida iba a agarrar ritmo de nuevo. Y aunque yo ya sabía de ventas y marketing como para escribirlo de memoria, este salto tenía algo distinto. Un rubro nuevo, otra cultura, otro tablero. Quería llegar fino.

Una noche, más o menos por la mitad del mes, estábamos con Nadia en la cama, antes de dormir. Ese momento nuestro que, aunque parezca mínimo, era casi ritual: luz baja, la casa callada, ella con el pelo suelto, yo con la espalda descansando por fin, y una conversación que siempre empezaba con algo sencillo y terminaba metiéndose en todo.

Estábamos hablando de qué hacer por Fiestas Patrias.

La verdad es que no nos gusta viajar en esas fechas. El feriado largo en el Perú es una especie de trampa: todo está lleno, todo sube, todo se vuelve apurado. Los hoteles te cobran como si te estuvieran vendiendo un pedazo de playa en cuotas, las carreteras se vuelven una procesión, y hasta la comida —por más increíble que suene— se pone mala, escasa, hecha al apuro. Viajar en julio es como querer descansar en medio de una feria.

Así que planeábamos cosas cercanas. Algo en casa, una salida corta, quizá un almuerzo sin complicaciones. Nadia incluso, con esa naturalidad suya que a veces todavía me sorprende, propuso invitar a Angie. Lo dijo como quien dice “invitemos a alguien querido”, sin cargarlo de nada más.

—Podemos hacer algo cerca… o armar algo en la casa… o, si quieres, en la casa de tu mamá —me dijo—. Algo tranquilo.

Estábamos barajando ideas cuando, de pronto, como quien no quiere la cosa, Nadia giró el tema con una suavidad sospechosa. Me miró de lado, con esa expresión que le conozco: cuando tiene algo que quiere decir, pero no sabe cómo soltarlo de golpe.

—Amor… ¿te acuerdas de Allison?
Cófrade, revise bien el nombre de la sobrina. No sé si es error de redacción, pero por ahí se le ha colado otro nombre...
 
Cófrade, revise bien el nombre de la sobrina. No sé si es error de redacción, pero por ahí se le ha colado otro nombre...
Muchas gracias por la observación Cofra, ya lo corregi. en esto de tener que cambiar los nombres para mantener la historia, se me escapó el nombre real.
 
Dos días después de esa conversación con Nadia, estaba en el hotel de siempre con Angie.

Sábado por la mañana. Lima todavía tenía ese sol que se asoma con flojera, y yo había salido de casa con la coartada del tenis como quien se pone un uniforme: sin orgullo, pero con oficio. Angie llegó poco después. Y fue una de esas veces raras en las que no nos devoramos en la puerta, ni nos arrancamos la ropa a besos como adolescentes desesperados. Fue distinto. Fue mejor.

Nos dimos un beso lento. Largo. De esos que no apuran nada, que se quedan un segundo más solo para sentir. Fue un largo rato en que nos besábamos y acariciábamos de pie, preguntándonos como estábamos, que había hecho ayer, y diciéndonos que nos amábamos. Yo tenía a Angie abrazada por su cintura y ella me acariciaba el rostro y jugaba con lo pelo. Luego, mientras dábamos algunos pasos hacia la cama, la ropa fue desapareciendo con naturalidad, como si fuera parte de una conversación que el cuerpo ya sabía de memoria.

Yo me eché boca arriba, desnudo, dejando que el silencio nos envolviera un instante. Angie, también desnuda, se sentó sobre mí con una calma que me derritió. Mi pene semi erecto, quedó delante de su pelvis, ella lo acariciaba, más que para calentarlo, para quererlo, para engreírlo. No estaba buscando nada todavía. No venía con prisa, ni con hambre. Venía con presencia. Y esa presencia… esa forma de estar encima de mí sin hacer nada, solo mirándome, acariciándome, era un previo más íntimo que cualquier urgencia.

Mi cuerpo reaccionó igual, traicionero y feliz, porque verla así —tan ella— era suficiente para encenderlo todo. Pronto mi pene estaba al fierro y ella solo lo seguía acariciando, como si se tratará de una mascota a la que quieres engreír. Yo ya quería que se lo metiera en la vagina, o en su boca. Pero ella no fue por ahí. Me acarició el pecho, me acomodó el cabello con una ternura casi doméstica, y empezó a hablarme de su trabajo, de sus cosas… como si estuviéramos en el sillón de casa, solo que desnudos y en la cama de un hotel.

—Te felicito otra vez, Primix —me dijo, y sus ojos tenían ese brillo suyo, orgulloso—. Te lo mereces. Vas a destrozar.

Me reí, pero me quedé mirándola, porque a Angie le sale la fe como si fuera algo natural.

—En serio… te van a valorar. Te van a querer. Y vas a ascender rápido, ya verás.

Yo le conté lo que sabía hasta ese momento, todavía en modo “me estoy enterando”.

—Parece que hay opciones de crecimiento regional… —dije—. Hay cargos con sede acá, pero algunos… están en Colombia. Y creo que hay una gerencia regional, de otra área, en Argentina… todavía estoy viendo.

Su cara cambió apenas. Frunció el ceño como una niña desconfiada.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó, clavándome la mirada—. ¿Qué te pueden mandar a otro país?

—No lo sé —dije—. No creo que sea algo inmediato. Pero existe la posibilidad en los próximos meses o años, supongo.

Angie se acomodó sobre mí, como si necesitara afirmarse para decir lo que venía, y soltó una frase que me dio risa y, al mismo tiempo, una punzada.

—Bueno, señor… usted entra a su cargo regional si quiere. Pero con sede en Perú.

—¿Y eso? —sonreí.

Ella me señaló con un dedo, como acusándome de algo inevitable.

—Porque tú te puedes mudar con Nadia y con mi sobrino… —dijo con toda seriedad, y luego bajó la voz, teatral— ¿pero yo qué pretexto pongo para mudarme contigo?

Me reí con ganas. Esa Angie que, incluso en medio del amor, sabe meter la verdad con humor.

—Ya veremos, amor —le dije, acariciándole la cintura—. No te preocupes por eso ahora.

Y ahí, entre caricias que no buscaban acelerar nada, entre un beso y otro beso que nos iba calentando por dentro, le conté lo de la sobrina de Nadia.

—Oye… y hablando de casa… —dije— Nadia me pidió algo.

Angie se quedó quieta un segundo, atenta.

—Su sobrina —continué—. Va a venir a quedarse con nosotros un tiempo.

Ella parpadeó, curiosa.

—¿Sobrina? —repitió—. ¿Nadia tiene sobrina?

—Sí. Hija de su hermana de Trujillo. Se llama Allison.

El nombre le sacó una sonrisa pequeña, casi sin darse cuenta.

—Allison… —dijo—. Ya. ¿Y por qué viene?

Le expliqué: Que estaba terminando los estudios de medicina y quería hacer el internado en Lima y vendría primero por unos días a averiguar las sedes y requisitos, luego regresaría a postular, y si le salía la plaza, se quedaría todo el siguiente año con internado en Lima.

Angie me escuchó con una atención rara. No parecía molesta… todavía.

Y entonces, con esa intuición de mujer que no necesita pruebas, soltó la pregunta como quien deja caer una piedra al agua para ver cuánto tarda en hundirse.

—¿Y la sobrinita… qué tal es?

Yo no entendí al inicio por dónde iba. Pero pronto caí en su intención. Sonreí, siguiendo el juego.

—Es bonita —dije sin mayor énfasis, porque era un dato objetivo, no una intención.

Angie, que hasta ese momento me había estado acariciando el pene, ya totalmente erecto, con cariño —sin prisa, sin buscar— apretó un poco más. Lo suficiente para que yo hiciera una mueca.

—¡Au! —protesté, riéndome—. ¿Qué tienes?

Ella alzó una ceja.

—Me puedes decir cómo es, pues… —insistió—. ¿Bonita cómo? ¿De esas que se creen mucho? ¿O de su casa?

—Tranquila —le dije, tomándole la cara con una mano—. Es de su casa. Bien educada. Siempre la vi tranquila… demasiado tranquila, en realidad.

—Ah, ya… —dijo, pero su tono no se relajó del todo—. Cuidado con la sobrinita.

—¿Por qué? —pregunté.

Angie me miró con esa sonrisa peligrosa suya, la de “te voy a pinchar donde te duele, pero con amor”.

—Porque tenemos antecedentes… —dijo, y hizo una pausa deliciosa— de alguien que tiende a… tirarse a su sobrina.

Se rio antes que yo respondiera. Y en su risa yo entendí perfectamente a qué se refería. Me dio un beso corto.

—No se…—le respondí—habrá que hacer una evaluación de esa sobrina…

—Tontonazo —susurró, con esa ternura burlona que me vuelve loco.

La conversación se fue a otros temas, pero el cuerpo ya estaba haciendo su propia agenda. Angie empezó a moverse despacio, como si la música estuviera dentro. Me besó la boca, la mandíbula, el cuello… y cada beso era una forma de decir “estoy aquí” sin necesidad de palabras.

Cuando por fin nos buscamos de verdad, ella vio una gota de líquido preseminal en la punta de mi pene y sin decir nada, lo lamio para tomarse esa gotita de placer, a mí me estremeció de placer. Luego ella buscó mi falo erecto con sus caderas. Ya conocíamos nuestros cuerpos tan bien, que no necesitó de sus manos para que mi pene entre en su vagina, ella solo hizo un par de movidas lentas y mi miembro la encajó a la perfección. Fue lento. Amoroso. Sin urgencias. Como si el mundo afuera pudiera esperar.

Primero me envolvió encima de mí, marcando el ritmo con esa suavidad que desespera y encanta. Nos besábamos a cada rato, como si el beso fuera el hilo que nos mantenía unidos. Yo la abrazaba fuerte, no para poseerla, sino para sentir que era real. Sus pechos apretados contra el mío me daban placer extra. Ella me miraba como si me estuviera guardando, como si quisiera memorizarme. Ella me cabalgó por buen rato, a momentos suave, por momentos frenética, por ratos con su pecho contra el mío, por ratos erguida como una amazona que lucha para que el caballo no la lance, como subiendo y bajando el nivel para prolongar el placer.

Luego cambiamos sin romper la ternura, como quien gira una página con cuidado. Angie se acomodó coca arriba, jalándome sobre ella, pegada, y ahí el movimiento se volvió más íntimo todavía: respiraciones compartidas, manos entrelazadas, su frente rozando la mía por momentos, mi boca buscándola como si tuviera miedo de perderla. La penetré en misionero, después de un rato ella me envolvió con sus piernas, yo aceleré el ritmo, sus gemidos me decían que estaba gozando mucho esa posición.

No hubo prisa. Solo amor. De ese amor que duele un poco porque sabe que no puede quedarse. La penetraba primero lento, por ratos rápido y por ratos me salía de ella, le chupaba las tetas o bajaba hasta su conchita húmeda a buscar su clítoris, luego la volvía a penetrar. Eso alargaba el juego, la hacía llegar a la cumbre del placer y permitía que yo no llegara tan rápido. En un momento, mis movimientos eran tan rápidos que ya no me rodeaba con sus piernas, estas estaban a un lado de mis caderas y en el espejo, yo veía como sus piecitos en el aire, se movían como marionetas con cada embestida que le daba.

Su orgasmo no tardó en llegar, el mío demoró unos tres o cuatro minutos más, mientras ella ya solo recibía mis embates con los ojos cerrados, como queriendo prolongar su placer.

Cuando terminamos, nos quedamos abrazados largo rato, con el corazón bajando de a pocos y el silencio volviendo a entrar como si pidiera permiso. Angie apoyó la mejilla en mi pecho y dijo, bajito, casi como una promesa:

—Yo quiero tu vida… pero, aunque no pueda tenerla toda… quiero sentir que me eliges.

Yo le besé el pelo, la frente, y no respondí con discursos. Solo la apreté un poco más.



 

La conversación, después, se fue por otros lados.

Como siempre pasaba cuando dejábamos de “hablar del problema”, empezábamos a hablar de la vida: su trabajo, los chicos, el cansancio que se acumula, aunque uno no quiera, los planes que no se dicen en voz alta. Angie me contaba pequeñas cosas con esa energía suya que parece alegría, pero que en el fondo siempre tiene un poco de batalla. Yo le respondía, a veces bromeando, a veces serio, disfrutando ese privilegio que teníamos: hablar desnudos, sin escenario, sin ropa que nos defienda, sin el mundo encima.

Y mientras hablábamos, el cuerpo nos iba llevando de vuelta.

No fue una explosión. Fue una escalera.

Primero una caricia que se quedó un segundo más de lo normal. Después un beso en la comisura de la boca que no se retiró a tiempo. Luego la risa de Angie —esa risa que me enciende más que cualquier prenda— y su forma de subirse sobre mí como quien no está pidiendo permiso, sino recordándome una verdad.

Nos volvimos a buscar con una vehemencia distinta. No la lentitud de la primera vez de la mañana, sino algo más profundo: una necesidad de quedarse, de afirmarse, de decir “esto existe” aunque el resto del mundo no lo sepa.

Angie me abrazaba con fuerza, como si el contacto fuera una forma de no pensar. Se pegaba a mí con todo el cuerpo, y yo sentía ese temblor suyo que aparece cuando se rinde de verdad, cuando deja de jugar a la mujer segura y vuelve a ser mi Angie, la que se derrite cuando cree que nadie la está mirando.

La segunda vez fue más intensa. Más de “nosotros”. Hubo besos largos, esos besos que no son beso sino respiración compartida. Hubo silencios donde solo se escuchaba el aire entrando y saliendo, y un momento en que ella me miró fijo, con los ojos húmedos, y me dijo bajito:

—No me sueltes.

Y yo la apreté más, porque a veces lo único que puedo ofrecerle es fuerza.

Después vino la ducha, como siempre. Ese ritual nuestro. El agua caliente cayendo como si quisiera borrar cualquier culpa, el vapor llenando el baño, la piel resbalándose con esa facilidad que vuelve todo más animal y más tierno a la vez. Ahí Angie se transforma: se vuelve traviesa, se ríe, se pega a mí por detrás, me muerde el hombro como si fuera una firma. Yo la giro, la dejo contra la pared un segundo, la penetro, la beso con hambre, y ella me devuelve el beso con esa mezcla perfecta de dulzura y descaro. Esos polvos generalmente eran rápidos, pero esta vez nos tomamos tiempo. Ella jadeaba, yo acelero y bajo el ritmo, cuando finalmente sentimos que el agua comenzaba a enfriarse, tuvimos que terminar para no enfriarnos.

Salimos del baño riéndonos, empapados, con la habitación oliendo a champú y a nosotros. Nos secamos sin apuro. Ella se puso la ropa primero, yo después. Pero antes de salir, cuando ya estábamos casi listos, Angie tomó la delantera hacia la puerta.

Caminaba delante de mí, como si ya estuviera entrando en su “modo normal”. Y de pronto se detuvo, volteó, y me abrazó del cuello.

No un abrazo cualquiera. Se me pegó con todo el cuerpo, como una liana. Me apretó fuerte, el rostro contra mi pecho, y levantó la mirada con una seriedad que me hizo gracia… y un poco de alerta.

—Quiero ver una foto de tu sobrina.

Me reí.

—No tengo —le dije.

—Consígueme —respondió, sin soltarme—. No quiero que nada más te hagas el sueco.

—¿Qué foto voy a tener, Angie? —le dije—. No es mi sobrina directa.

—Me entiendes perfecto —insistió—. Quiero verla.

Yo intenté restarle drama.

—Ya no estés celosa, chiquilla.

Ella se echó un poquito hacia atrás, todavía abrazándome, y me miró como si yo fuera un caso clínico.

—No es celos… —dijo, aunque sonó exactamente a celos—. Es que… no sé. Me escarapela la idea de que tengas a una chica joven en tu casa.

—¿Qué quiere decir eso? —le pregunté, sosteniéndole la mirada—. ¿Que no confías en mí?

Ahí Angie se quedó quieta. Se le apagó un poco la sonrisa. Como si la pregunta le hubiera tocado una fibra que no quería admitir.

Pasaron dos segundos largos. Y luego, con una honestidad que a veces me enternece, soltó el aire y dijo:

—Tienes razón… sí, yo confío en ti. —Me acarició el pecho con la mano, suave—. No me importa si se te aparece la sobrina calata… yo confío en ti. Perdóname, mi amor.

Yo me reí, pero no la solté. Al contrario: la abracé fuerte. Fuerte de verdad.

—Oye… —protestó, riéndose entrecortado—. Me estás dejando sin aire.

—No me importa —le dije, apretándola un poco más—. Así sientes cuánto te amo. Y esto es por chiquilla malcriada.

La solté al fin y, con esa confianza de años, le di un palmazo en el trasero, más de broma que de otra cosa.

—Y pórtese bien —le dije.

Angie se rio, coqueta como siempre. Se acomodó el cabello y me lanzó esa mirada que es puro veneno dulce.

—¿Siempre me porto bien… no te consta?

Nos quedamos mirándonos un instante, con esa electricidad que nunca se va del todo. Le di un último beso, corto, sellando el tema.

—Ya —le dije—. Vamos.

Y salimos.
 
Ese día de julio del 2025 amaneció con esa luz rara de Lima que no decide si es invierno o solo un mal humor pasajero. A las seis y pico ya estaba despierto, no por obligación, sino porque podía darme ese lujo: todavía no entraba al laboratorio, todavía estaba en esa franja de calma donde uno cree que la vida por fin se está portando bien.

Nadia me había dicho la noche anterior que intentaría pasar por la casa al mediodía, antes de irse al laboratorio en la tarde, para ordenar el cuarto y acomodarlo para su a su sobrina, explicarle reglas, horarios, todo eso. Lo decía con su tono de siempre: práctico, eficiente, como si la casa fuera un pequeño hospital y ella la jefa de guardia. Su hermana había pedido que la recojamos del aeropuerto, porque Allison nunca había venido sola a Lima, es más solo había venido tres o cuatro veces y siempre con sus padres.

—No te preocupes —le dije a Nadia, cuando me lo pidió—. Yo la recojo. Total, tengo tiempo.

Y lo dije con sinceridad. Me parecía lo correcto. Familia de Nadia. Mi familia, también, como le había dicho a Angie sin titubeo… aunque el “sin titubeo” era más bonito en la frase que en la vida real.

Me fui al aeropuerto temprano. Llegué con esa sensación de explorar: el nuevo Jorge Chávez tenía un poco más de un mes de inaugurado, es enorme, me pareció que caminaba y caminaba y no terminaba de llegar al terminar de arribos, pero seguía siendo una mezcla de sueño y ansiedad; gente que se abraza fuerte, gente que no se abraza nada, gente que llega y gente que se va como si el mundo fuera un aeropuerto permanente.

No veía a Allison desde hacía… ¿cuánto? Siete, ocho años, fácil. La última vez que habíamos ido a Trujillo, ella todavía era una adolescente. En mi cabeza se había quedado con esa imagen: una chica tímida, de educación estricta, correcta hasta en la forma de decir “buenos días”. Pero uno sabe que la memoria es tramposa: se queda con una versión antigua de la gente, como si el tiempo no tuviera derecho a cambiarla.

Me paré cerca de la salida de llegadas, mirando rostros pasar como diapositivas. El vuelo aterrizaba a las siete.

Al comienzo salió mucha gente. El vuelo parecía no terminar nunca. Familias enteras, turistas cansados, ejecutivos con paso rápido. Después el flujo se hizo más lento… y luego casi nada. El área de llegadas empezó a vaciarse y yo seguía sin verla. Esa ansiedad pequeña, absurda, comenzó a crecerme en el pecho.

Como tenía su número, le escribí rápido:
“Estoy con casaca de cuero negro, jean y camisa blanca. Cerca dl letreo de Cuzqueña en la columna central.”

No pasó ni un minuto cuando, entre los pocos pasajeros que quedaban, vi una mano levantarse con naturalidad. No agitándose. No buscando desesperadamente. Simplemente alzándose con la certeza de que yo la iba a ver.

Y entonces caminó hacia mí.

Con esa seguridad que me recordó inmediatamente a Nadia. No en el físico —aunque había ecos— sino en la forma de avanzar. Paso firme. Espalda erguida. Ritmo constante. Pero en Allison había algo distinto. Más sutil. Más eléctrico.

Aparentemente tranquila. Casi serena. Pero con un “no sé qué” que obligaba a que las miradas se quedaran medio segundo más de lo necesario. No era exagerada. No hacía nada deliberado. Simplemente caminaba… y el espacio se organizaba alrededor suyo.

Su cuerpo se movía con naturalidad, la cintura marcando apenas el compás, las piernas firmes sosteniendo cada paso con equilibrio perfecto. El cabello, oscuro con reflejos cálidos bajo la luz del aeropuerto, acompañaba el movimiento como si supiera que estaba siendo observado. Y esos ojos —grandes, marrón intenso— no buscaban aprobación; parecían medir el entorno con una calma casi divertida.

Cuando ya estuvo cerca, la vi bien.

La piel clara con pecas sutiles que suavizaban su expresión. Las cejas definidas que enmarcaban una mirada profunda. Los labios bien delineados que sostenían una media sonrisa difícil de interpretar: ¿dulzura? ¿picardía? ¿ambas?

Pero más allá de la ropa, más allá de los detalles, lo que me impactó fue su presencia.

Esa presencia rara que no depende del vestido, ni del maquillaje, ni de la postura ensayada. Algo que simplemente está ahí. Como si llevara una luz interna que no se apaga, aunque ella finja no notarlo.

Y entendí que ya no estaba esperando a una sobrina que no veía hace años.

Estaba frente a una mujer que sabía exactamente cómo ocupar el lugar donde pisa.

—¡Hola, tío! —dijo apenas estuvo frente a mí.

Y lo dijo con una naturalidad desconcertante, como si nos hubiéramos visto la semana pasada y no después de tantos años. No hubo distancia, ni timidez, ni ese pudor incómodo de los reencuentros largos. Dio un paso al frente y me abrazó con cariño genuino, cálido, envolvente. No pude evitar sentir un par de pechos duros y redondeados debajo de esa ropa. Su perfume —suave, femenino, con algo fresco— quedó suspendido entre nosotros unos segundos más de lo necesario.

Se separó apenas para mirarme de arriba abajo, inclinando ligeramente la cabeza, evaluándome con una sonrisa viva en los ojos.

—Estás más guapo de lo que te recordaba.

Lo dijo sin malicia evidente, pero con esa sinceridad desarmante que parecía una característica suya. Sostuvo la mirada un instante más, como midiendo mi reacción, y luego sonrió con dulzura, casi divertida.

—¿Y la tía Nadia? —preguntó mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja.

Le expliqué que no había podido ir por temas de trabajo, que estaba en el laboratorio y que lamentaba no poder recibirla personalmente. Alison asintió con comprensión inmediata, sin dramatizar.

—Claro… ella siempre ha sido así, súper dedicada —dijo con afecto real.

Tomé su maleta y caminamos juntos hacia el estacionamiento. A mi lado, su presencia era serena, pero intensa. Hablaba con soltura, con una mezcla curiosa de cercanía y elegancia natural.

En el auto, mientras avanzábamos entre el tráfico lento del aeropuerto, comenzó a contarme de su vida con una confianza sorprendente. Me habló de sus padres, de cómo estaban, de los cambios en casa, de sus estudios y del esfuerzo que le había significado llegar hasta ese momento.

—Trujillo está complicado, tío… muy inseguro —dijo mirando por la ventana—. Por eso quiero hacer el internado en Lima. Siento que acá hay más oportunidades… más tranquilidad también.

Cuando hablaba, sus manos acompañaban suavemente sus palabras; gestos delicados, medidos, pero expresivos. Sus ojos brillaban al describir sus expectativas, esa mezcla de ambición y entusiasmo juvenil que todavía no conoce el desgaste.

Luego giró hacia mí con una expresión más suave.

—Gracias por lo de tu casa… de verdad. Si logro ingresar, significa mucho saber que puedo quedarme con ustedes.

La forma en que lo dijo no fue solemne, sino íntima. Sus ojos sostuvieron los míos unos segundos más, transmitiendo gratitud sincera. Había en su mirada algo transparente, pero al mismo tiempo difícil de descifrar.

A medio camino, el clima dentro del auto se volvió más cálido. Alison se quitó la casaca con un movimiento natural, sin prisa, y quedó con una blusa ligera de escote pronunciado. Pude comprobar que era bastante bien despachada de la delantera, no eran exageradamente grandes, pero eran redondos y mi mano hubiese tenido dificultades para cubrir uno de ellos por completo. El gesto fue simple, cotidiano, pero reveló la armonía de su figura, las líneas suaves de su cuerpo, la naturalidad con la que habitaba su propia presencia.

No había provocación explícita en ella —o al menos no consciente—, pero resultaba imposible no notar la feminidad plena que emanaba. Esa belleza serena, esos rasgos definidos, esa seguridad tranquila que parecía no necesitar aprobación.

Yo seguía escuchándola hablar de sus planes, de los hospitales donde quería postular, de sus sueños, pero por momentos me sorprendía observando la forma en que sonreía, la curva sutil de sus gestos, preguntándome en silencio cuánto de esa mujer segura había nacido con ella… y cuanto no era natural. Me llamaba la atención la forma redondeada de sus pechos, más parecían operados que naturales.

Pero me contuve, ella seguía siendo la sobrina que venía llena de ilusiones. Pero también era evidente que había llegado alguien más. Una presencia nueva. Una energía difícil de ignorar.

Y el viaje recién comenzaba.

—Quiero el internado en un hospital bueno —dijo—. Si se puede, el Militar o el de la FAP.

Lo dijo como quien dice un objetivo serio. Sin pose, pero con hambre.

—Pero sé que es difícil —agregó—. Pocas vacantes. Poquísimas. Así que… donde se pueda.

Mientras conducía por la línea amarilla, traté de recuperar la compostura. Hablamos de su mamá, de Nadia, de los años que uno no ve a la gente, pero igual los quiere como si se hubieran visto ayer. En un momento, quizá porque el trayecto da para confesiones chiquitas, deslizó un comentario que no era exactamente importante… pero que decía mucho de ella.

—Estoy por terminar con mi enamorado—soltó, como quien comenta el clima.

—¿Ah, sí? —pregunté con neutralidad, sin meterme demasiado.

—Sí… es buen chico, pero… plano —dijo, y la palabra le salió seca—. Sin aspiraciones. Yo no puedo estar con alguien así.

No lo dijo con dolor. Lo dijo con decisión. Y ahí volví a pensar lo mismo: esta ya no es la chica tímida que yo recordaba.

Cuando llegamos a la casa estacioné afuera, frente a la mi puerta, dentro del condominio. Bajé primero y saqué sus maletas del maletero. Allison, en cambio, no se movió de inmediato. Se quedó unos segundos observando el lugar con atención, como si quisiera absorber cada detalle antes de entrar.

El condominio estaba silencioso a esa hora. Diez casas alineadas con orden casi simétrico —cinco a cada lado—, fachadas similares, jardines cuidados, ese aire de tranquilidad que siempre me había gustado.

Ella dio unos pasos lentos, mirando alrededor.

—No lo recordaba tan bonito… —dijo con una sonrisa leve—. Y tan tranquilo.

Había algo en su forma de observar: no era simple curiosidad, era una mirada minuciosa, casi intuitiva, como si midiera el espacio, como si necesitara entender el territorio antes de habitarlo. Caminaba despacio, girando la cabeza, registrando detalles pequeños: las plantas, la amplitud de la calle interna, el silencio limpio del lugar.

Entramos.

La conduje hasta su habitación, que aún no estaba completamente arreglada. Nadia había dejado lo esencial preparado, pero todavía faltaban algunos detalles por acomodar. Ella no pareció incomodarse. Al contrario, recorrió el espacio con esa misma atención concentrada.

Le mostré el baño, ubicado entre su habitación y la de mi hijo, y luego el pasillo donde estaba mi escritorio, justo frente a ambos cuartos.

—Desde aquí trabajo —le expliqué—. Si necesitas algo, normalmente estoy ahí.

Allison asintió mientras observaba todo con detenimiento. Pasó la mano suavemente por el respaldo de una silla, miró la distribución de las puertas, la distancia entre los espacios, la luz que entraba por la ventana. Parecía reconocer el lugar más que descubrirlo, como si estuviera trazando mentalmente un mapa invisible.

Había en su actitud una mezcla curiosa de tranquilidad y dominio, una forma serena de apropiarse del entorno sin invadirlo.

—Me gusta —dijo finalmente—. Se siente… cómodo.

Su mirada volvió a encontrarse con la mía con esa expresión dulce y segura que la caracterizaba.

—¿Quieres desayunar algo? —le pregunté—. Debes venir cansada del viaje.

Aceptó con una sonrisa agradecida, pero enseguida agregó:

—Sí… pero primero quisiera darme un baño, si no es molestia.

Lo dijo con naturalidad, acomodándose el cabello detrás de la oreja, como si ya se sintiera en confianza dentro de la casa. Asentí indicándole el baño, y ella tomó una de sus maletas con movimientos tranquilos, entrando a su nueva habitación con esa misma presencia serena que parecía transformar cada espacio en algo propio.
 
En esta oportunidad no citaré ningún párrafo, para no dejar evidencia si es que luego se quiere reescribir alguna descripción.
Porque es posible que alguien tenga problemas en el próximo encuentro.
Por ello, revisaré desde el domingo, las noticias policiales en "El Trome", o en su defecto, los obituarios en "El Comercio".

Gracias por compartir la historia, a lo largo de todo este tiempo.
Un abrazo y hasta siempre!
 

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