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Cuando salimos de la ducha, ella se envolvió en la toalla, se sentó en la orilla de la cama y me miró mientras yo me secaba, con una calma distinta. Ya no estaba “encendida”: estaba tranquila. Como si el episodio del colágeno hubiera terminado por fin.
—¿Y si vuelve? —preguntó.
—No vuelve —dije, firme—. Y si vuelve, se vuelve a topar conmigo.
Angie soltó una risa corta.
—Qué cavernícola.
—No. Qué lógico. —Me acerqué y le levanté la barbilla con los dedos—. A mí no me interesa asustar a un chico. Me interesa que aprenda el límite. Que entienda que un “no” es un muro, no una puerta.
Ella asintió, y por primera vez desde el susto en el parque de mi madre, la vi realmente liviana.
—Hoy en la mañana vi un mensaje —me dijo, ya más suelta—. Me confirmaron que pidió cambio de área.
—Listo —dije—. Caso cerrado.
—Caso cerrado —repitió ella, como si fuera un sello.
Nos quedamos un rato más, abrazados, ya sin prisa, oyendo el sonido lejano del hotel: puertas, pasos, algún gemido ahogado, vida ajena. Angie me acarició la mano y se quedó mirando nuestros dedos entrelazados como si fueran algo sagrado.
—Me da paz saber que tú estás —dijo.
—Y a mí me da paz que tú confíes así —le respondí—. Porque lo único que de verdad puede rompernos… no es un colágeno con ego. Es un descuido. Una tontería. Un segundo mal puesto.
—No va a pasar —dijo ella, seria—. Ya aprendí.
Yo le di un beso lento, sin hambre. Puro cariño.
—Así me gustas —le dije—. No por perfecta. Sino por consciente.
—¿Y si vuelve? —preguntó.
—No vuelve —dije, firme—. Y si vuelve, se vuelve a topar conmigo.
Angie soltó una risa corta.
—Qué cavernícola.
—No. Qué lógico. —Me acerqué y le levanté la barbilla con los dedos—. A mí no me interesa asustar a un chico. Me interesa que aprenda el límite. Que entienda que un “no” es un muro, no una puerta.
Ella asintió, y por primera vez desde el susto en el parque de mi madre, la vi realmente liviana.
—Hoy en la mañana vi un mensaje —me dijo, ya más suelta—. Me confirmaron que pidió cambio de área.
—Listo —dije—. Caso cerrado.
—Caso cerrado —repitió ella, como si fuera un sello.
Nos quedamos un rato más, abrazados, ya sin prisa, oyendo el sonido lejano del hotel: puertas, pasos, algún gemido ahogado, vida ajena. Angie me acarició la mano y se quedó mirando nuestros dedos entrelazados como si fueran algo sagrado.
—Me da paz saber que tú estás —dijo.
—Y a mí me da paz que tú confíes así —le respondí—. Porque lo único que de verdad puede rompernos… no es un colágeno con ego. Es un descuido. Una tontería. Un segundo mal puesto.
—No va a pasar —dijo ella, seria—. Ya aprendí.
Yo le di un beso lento, sin hambre. Puro cariño.
—Así me gustas —le dije—. No por perfecta. Sino por consciente.
