Ese día de julio del 2025 amaneció con esa luz rara de Lima que no decide si es invierno o solo un mal humor pasajero. A las seis y pico ya estaba despierto, no por obligación, sino porque podía darme ese lujo: todavía no entraba al laboratorio, todavía estaba en esa franja de calma donde uno cree que la vida por fin se está portando bien.
Nadia me había dicho la noche anterior que intentaría pasar por la casa al mediodía, antes de irse al laboratorio en la tarde, para ordenar el cuarto y acomodarlo para su a su sobrina, explicarle reglas, horarios, todo eso. Lo decía con su tono de siempre: práctico, eficiente, como si la casa fuera un pequeño hospital y ella la jefa de guardia. Su hermana había pedido que la recojamos del aeropuerto, porque Allison nunca había venido sola a Lima, es más solo había venido tres o cuatro veces y siempre con sus padres.
—No te preocupes —le dije a Nadia, cuando me lo pidió—. Yo la recojo. Total, tengo tiempo.
Y lo dije con sinceridad. Me parecía lo correcto. Familia de Nadia. Mi familia, también, como le había dicho a Angie sin titubeo… aunque el “sin titubeo” era más bonito en la frase que en la vida real.
Me fui al aeropuerto temprano. Llegué con esa sensación de explorar: el nuevo Jorge Chávez tenía un poco más de un mes de inaugurado, es enorme, me pareció que caminaba y caminaba y no terminaba de llegar al terminar de arribos, pero seguía siendo una mezcla de sueño y ansiedad; gente que se abraza fuerte, gente que no se abraza nada, gente que llega y gente que se va como si el mundo fuera un aeropuerto permanente.
No veía a Allison desde hacía… ¿cuánto? Siete, ocho años, fácil. La última vez que habíamos ido a Trujillo, ella todavía era una adolescente. En mi cabeza se había quedado con esa imagen: una chica tímida, de educación estricta, correcta hasta en la forma de decir “buenos días”. Pero uno sabe que la memoria es tramposa: se queda con una versión antigua de la gente, como si el tiempo no tuviera derecho a cambiarla.
Me paré cerca de la salida de llegadas, mirando rostros pasar como diapositivas. El vuelo aterrizaba a las siete.
Al comienzo salió mucha gente. El vuelo parecía no terminar nunca. Familias enteras, turistas cansados, ejecutivos con paso rápido. Después el flujo se hizo más lento… y luego casi nada. El área de llegadas empezó a vaciarse y yo seguía sin verla. Esa ansiedad pequeña, absurda, comenzó a crecerme en el pecho.
Como tenía su número, le escribí rápido:
“Estoy con casaca de cuero negro, jean y camisa blanca. Cerca dl letreo de Cuzqueña en la columna central.”
No pasó ni un minuto cuando, entre los pocos pasajeros que quedaban, vi una mano levantarse con naturalidad. No agitándose. No buscando desesperadamente. Simplemente alzándose con la certeza de que yo la iba a ver.
Y entonces caminó hacia mí.
Con esa seguridad que me recordó inmediatamente a Nadia. No en el físico —aunque había ecos— sino en la forma de avanzar. Paso firme. Espalda erguida. Ritmo constante. Pero en Allison había algo distinto. Más sutil. Más eléctrico.
Aparentemente tranquila. Casi serena. Pero con un “no sé qué” que obligaba a que las miradas se quedaran medio segundo más de lo necesario. No era exagerada. No hacía nada deliberado. Simplemente caminaba… y el espacio se organizaba alrededor suyo.
Su cuerpo se movía con naturalidad, la cintura marcando apenas el compás, las piernas firmes sosteniendo cada paso con equilibrio perfecto. El cabello, oscuro con reflejos cálidos bajo la luz del aeropuerto, acompañaba el movimiento como si supiera que estaba siendo observado. Y esos ojos —grandes, marrón intenso— no buscaban aprobación; parecían medir el entorno con una calma casi divertida.
Cuando ya estuvo cerca, la vi bien.
La piel clara con pecas sutiles que suavizaban su expresión. Las cejas definidas que enmarcaban una mirada profunda. Los labios bien delineados que sostenían una media sonrisa difícil de interpretar: ¿dulzura? ¿picardía? ¿ambas?
Pero más allá de la ropa, más allá de los detalles, lo que me impactó fue su presencia.
Esa presencia rara que no depende del vestido, ni del maquillaje, ni de la postura ensayada. Algo que simplemente está ahí. Como si llevara una luz interna que no se apaga, aunque ella finja no notarlo.
Y entendí que ya no estaba esperando a una sobrina que no veía hace años.
Estaba frente a una mujer que sabía exactamente cómo ocupar el lugar donde pisa.
—¡Hola, tío! —dijo apenas estuvo frente a mí.
Y lo dijo con una naturalidad desconcertante, como si nos hubiéramos visto la semana pasada y no después de tantos años. No hubo distancia, ni timidez, ni ese pudor incómodo de los reencuentros largos. Dio un paso al frente y me abrazó con cariño genuino, cálido, envolvente. No pude evitar sentir un par de pechos duros y redondeados debajo de esa ropa. Su perfume —suave, femenino, con algo fresco— quedó suspendido entre nosotros unos segundos más de lo necesario.
Se separó apenas para mirarme de arriba abajo, inclinando ligeramente la cabeza, evaluándome con una sonrisa viva en los ojos.
—Estás más guapo de lo que te recordaba.
Lo dijo sin malicia evidente, pero con esa sinceridad desarmante que parecía una característica suya. Sostuvo la mirada un instante más, como midiendo mi reacción, y luego sonrió con dulzura, casi divertida.
—¿Y la tía Nadia? —preguntó mientras acomodaba su cabello detrás de la oreja.
Le expliqué que no había podido ir por temas de trabajo, que estaba en el laboratorio y que lamentaba no poder recibirla personalmente. Alison asintió con comprensión inmediata, sin dramatizar.
—Claro… ella siempre ha sido así, súper dedicada —dijo con afecto real.
Tomé su maleta y caminamos juntos hacia el estacionamiento. A mi lado, su presencia era serena, pero intensa. Hablaba con soltura, con una mezcla curiosa de cercanía y elegancia natural.
En el auto, mientras avanzábamos entre el tráfico lento del aeropuerto, comenzó a contarme de su vida con una confianza sorprendente. Me habló de sus padres, de cómo estaban, de los cambios en casa, de sus estudios y del esfuerzo que le había significado llegar hasta ese momento.
—Trujillo está complicado, tío… muy inseguro —dijo mirando por la ventana—. Por eso quiero hacer el internado en Lima. Siento que acá hay más oportunidades… más tranquilidad también.
Cuando hablaba, sus manos acompañaban suavemente sus palabras; gestos delicados, medidos, pero expresivos. Sus ojos brillaban al describir sus expectativas, esa mezcla de ambición y entusiasmo juvenil que todavía no conoce el desgaste.
Luego giró hacia mí con una expresión más suave.
—Gracias por lo de tu casa… de verdad. Si logro ingresar, significa mucho saber que puedo quedarme con ustedes.
La forma en que lo dijo no fue solemne, sino íntima. Sus ojos sostuvieron los míos unos segundos más, transmitiendo gratitud sincera. Había en su mirada algo transparente, pero al mismo tiempo difícil de descifrar.
A medio camino, el clima dentro del auto se volvió más cálido. Alison se quitó la casaca con un movimiento natural, sin prisa, y quedó con una blusa ligera de escote pronunciado. Pude comprobar que era bastante bien despachada de la delantera, no eran exageradamente grandes, pero eran redondos y mi mano hubiese tenido dificultades para cubrir uno de ellos por completo. El gesto fue simple, cotidiano, pero reveló la armonía de su figura, las líneas suaves de su cuerpo, la naturalidad con la que habitaba su propia presencia.
No había provocación explícita en ella —o al menos no consciente—, pero resultaba imposible no notar la feminidad plena que emanaba. Esa belleza serena, esos rasgos definidos, esa seguridad tranquila que parecía no necesitar aprobación.
Yo seguía escuchándola hablar de sus planes, de los hospitales donde quería postular, de sus sueños, pero por momentos me sorprendía observando la forma en que sonreía, la curva sutil de sus gestos, preguntándome en silencio cuánto de esa mujer segura había nacido con ella… y cuanto no era natural. Me llamaba la atención la forma redondeada de sus pechos, más parecían operados que naturales.
Pero me contuve, ella seguía siendo la sobrina que venía llena de ilusiones. Pero también era evidente que había llegado alguien más. Una presencia nueva. Una energía difícil de ignorar.
Y el viaje recién comenzaba.
—Quiero el internado en un hospital bueno —dijo—. Si se puede, el Militar o el de la FAP.
Lo dijo como quien dice un objetivo serio. Sin pose, pero con hambre.
—Pero sé que es difícil —agregó—. Pocas vacantes. Poquísimas. Así que… donde se pueda.
Mientras conducía por la línea amarilla, traté de recuperar la compostura. Hablamos de su mamá, de Nadia, de los años que uno no ve a la gente, pero igual los quiere como si se hubieran visto ayer. En un momento, quizá porque el trayecto da para confesiones chiquitas, deslizó un comentario que no era exactamente importante… pero que decía mucho de ella.
—Estoy por terminar con mi enamorado—soltó, como quien comenta el clima.
—¿Ah, sí? —pregunté con neutralidad, sin meterme demasiado.
—Sí… es buen chico, pero… plano —dijo, y la palabra le salió seca—. Sin aspiraciones. Yo no puedo estar con alguien así.
No lo dijo con dolor. Lo dijo con decisión. Y ahí volví a pensar lo mismo: esta ya no es la chica tímida que yo recordaba.
Cuando llegamos a la casa estacioné afuera, frente a la mi puerta, dentro del condominio. Bajé primero y saqué sus maletas del maletero. Allison, en cambio, no se movió de inmediato. Se quedó unos segundos observando el lugar con atención, como si quisiera absorber cada detalle antes de entrar.
El condominio estaba silencioso a esa hora. Diez casas alineadas con orden casi simétrico —cinco a cada lado—, fachadas similares, jardines cuidados, ese aire de tranquilidad que siempre me había gustado.
Ella dio unos pasos lentos, mirando alrededor.
—No lo recordaba tan bonito… —dijo con una sonrisa leve—. Y tan tranquilo.
Había algo en su forma de observar: no era simple curiosidad, era una mirada minuciosa, casi intuitiva, como si midiera el espacio, como si necesitara entender el territorio antes de habitarlo. Caminaba despacio, girando la cabeza, registrando detalles pequeños: las plantas, la amplitud de la calle interna, el silencio limpio del lugar.
Entramos.
La conduje hasta su habitación, que aún no estaba completamente arreglada. Nadia había dejado lo esencial preparado, pero todavía faltaban algunos detalles por acomodar. Ella no pareció incomodarse. Al contrario, recorrió el espacio con esa misma atención concentrada.
Le mostré el baño, ubicado entre su habitación y la de mi hijo, y luego el pasillo donde estaba mi escritorio, justo frente a ambos cuartos.
—Desde aquí trabajo —le expliqué—. Si necesitas algo, normalmente estoy ahí.
Allison asintió mientras observaba todo con detenimiento. Pasó la mano suavemente por el respaldo de una silla, miró la distribución de las puertas, la distancia entre los espacios, la luz que entraba por la ventana. Parecía reconocer el lugar más que descubrirlo, como si estuviera trazando mentalmente un mapa invisible.
Había en su actitud una mezcla curiosa de tranquilidad y dominio, una forma serena de apropiarse del entorno sin invadirlo.
—Me gusta —dijo finalmente—. Se siente… cómodo.
Su mirada volvió a encontrarse con la mía con esa expresión dulce y segura que la caracterizaba.
—¿Quieres desayunar algo? —le pregunté—. Debes venir cansada del viaje.
Aceptó con una sonrisa agradecida, pero enseguida agregó:
—Sí… pero primero quisiera darme un baño, si no es molestia.
Lo dijo con naturalidad, acomodándose el cabello detrás de la oreja, como si ya se sintiera en confianza dentro de la casa. Asentí indicándole el baño, y ella tomó una de sus maletas con movimientos tranquilos, entrando a su nueva habitación con esa misma presencia serena que parecía transformar cada espacio en algo propio.