Crónicas del Placer Mi Sobrina - Amante (18 Viewers)

Esa noche no hubo más. Pero el fuego estaba ahí, latente, esperando su momento.
La primera noche, con la mordida aún roja, entró al cuarto con una blusa ligera.
—Amor, ayúdame a subir el cierre —me pidió, dándome la espalda.
Yo me acerqué, procurando mantener el brazo con la marca siempre lejos de su vista. Cuando ella volteó para agradecerme, me acomodé rápido la camiseta.

Al segundo día, ya morado, Nadia salió de la ducha envuelta en la toalla. La dejó caer sin pensarlo, mientras buscaba ropa interior en el cajón.
Yo no sé ustedes, pero (y con las disculpas a Angie)....
Estoy mas pendiente del próximo encuentro con Nadia.
Sólo espero que el hielo se derrita por fin!
 
Yo no sé ustedes, pero (y con las disculpas a Angie)....
Estoy mas pendiente del próximo encuentro con Nadia.
Sólo espero que el hielo se derrita por fin!
Igual pienso cofrade y la intuición de que algo más pasa, pero no lo ve real por la afinidad de familia
 
Gracias por los comentarios caballeros, la historia aún tiene muchos giros.
 
Sesenta y cuatro – LA BENDICION DEL PADRE

La salud deteriorada

La salud del papá de Angie siempre fue una preocupación latente, silenciosa pero constante. Desde que le diagnosticaron insuficiencia cardíaca crónica, con una marcada hipertrofia ventricular izquierda, su vida transcurría con una mezcla de cuidados médicos, rutinas limitadas y mucha atención familiar. Al comienzo, fue mi hermano quien asumió su tratamiento con total entrega. Lo valoraba mucho, no solo como paciente, sino como el padre de una persona a la que también él había visto crecer con cariño y respeto.

Durante varios años, mi hermano, el cardiólogo, lo controló directamente, haciendo seguimiento estricto de su evolución clínica. Cuando se fue a vivir a Canadá, no lo dejó a la deriva. Le recomendó a un especialista de confianza en Lima, con quien se coordinaban evaluaciones anuales más profundas. Y además, buscó un colega en Arequipa, un cardiólogo serio, humano, que pudiera llevar el día a día del tratamiento. Así se armó una suerte de puente médico entre Arequipa, Lima y Ontario.

Mi hermano, a pesar de la distancia, seguía preguntando por él. Angie le enviaba los informes por correo o por WhatsApp. A veces incluso se hacían videollamadas para comentar cómo iban los resultados. Y cada vez que su padre venía a Lima, era Angie quien lo acompañaba a todas las citas, se sentaba con él en la sala de espera, anotaba las indicaciones, preguntaba todo lo necesario. También viajaba a Arequipa cuando sentía que su padre la necesitaba más de cerca, cuando los controles se espaciaban, o cuando alguna llamada la dejaba con el corazón inquieto.

Pero a pesar de todo ese cuidado, la salud de mi tío se fue deteriorando lentamente. Había días buenos, en los que salía a caminar por el parque cercano y hablaba con energía, y días grises, en los que la fatiga lo vencía sin aviso. Los médicos decían que, con los medicamentos adecuados y una vida tranquila, podía vivir muchos años más. Pero nosotros sabíamos que su cuerpo empezaba a cobrar facturas atrasadas.

Angie no lo decía en voz alta, pero lo sentía. Yo también lo sentía. Había algo en su manera de mirar a su padre, de quedarse un ratito más a su lado, de hacerle esas preguntas simples pero necesarias: “¿tomaste tus pastillas?”, “¿te dolió el pecho hoy?”, “¿te sentiste mareado?”. Ese cuidado era su forma de amar, de adelantarse a lo que el tiempo pudiera traer. Porque, aunque nadie lo decía, todos sabíamos que el corazón de su padre ya no era el de antes. Y que, tarde o temprano, algo iba a cambiar.

Fue a finales de junio del 2023. Una mañana como tantas otras en Arequipa. El papá de Angie se despertó temprano, como siempre. Desayunó con calma, pan con queso fresco y una taza de leche. Luego, como parte de su rutina diaria para mantener la circulación, se dispuso a salir a caminar una cuadra, como le había indicado el cardiólogo. Pero ni siquiera llegó a ponerse los zapatos. Cuando se agachó para atarse los pasadores, sintió un dolor fulminante en el pecho. Logró emitir un grito breve antes de desplomarse sobre el piso.

Su esposa corrió al oírlo caer. Lo encontró pálido, frío, con dificultad para respirar. Llamó inmediatamente a emergencias. La ambulancia llegó rápido, lo estabilizaron y lo trasladaron a una clínica. Había tenido un infarto agudo de miocardio. Lograron salvarlo, pero su estado era grave, y el pronóstico, reservado.

Angie recibió la llamada de su madre a eso de las 7:40 a.m., justo cuando íbamos camino a su oficina. Ese día habíamos dejado a los niños en la casa de mi madre, como era costumbre los lunes, para que la señora Celia los llevara al colegio, que quedaba muy cerca. A pesar de que Angie ya tenía su propio auto, el Mazda que me había comprado un tiempo atrás, prefería que yo la llevara. Decía que esos minutos en el auto eran su ratito de paz conmigo, su conexión antes del torbellino del día.

Yo estaba conduciendo cuando su celular sonó. Vi cómo su expresión cambió apenas escuchó la voz al otro lado.
—¿Qué pasó? —pregunté apenas colgó.
—Es mi papá… tuvo un infarto. Está en la clínica.

No lo dudé un segundo.
—Vamos, amor. Prepara lo que necesites. Yo llamo a mi mamá.
—Sí, por supuesto, Primix —dijo, con los ojos nublados—. De inmediato.

Regresamos al departamento. Mientras ella hacía una maleta rápida para su hija y llamaba a la aerolínea, yo hablé con mi madre. Le expliqué la situación. Sin dudarlo, dijo que también nos acompañaría.

También le escribí a Nadia. Al poco rato me llamó.
—¿Qué ha pasado?
—El papá de Angie ha tenido un infarto. Estamos viajando a Arequipa hoy en la tarde.
—¿Está muy grave?
—Sí. Lo estabilizaron, pero el pronóstico no es bueno.
—¿Vas a ir con tu mamá?
—Sí, vamos los tres… y la niña.
—¿Angie está bien?
—Está muy afectada.
—La voy a llamar.

Apenas colgó una nueva llamada con su madre, el celular de Angie volvió a sonar. Esta vez era Nadia.

Angie contestó con un hilo de voz:
—Hola, Nadia.

—Angie, acabo de enterarme… ¿cómo está tu papá? —preguntó Nadia con genuina preocupación.
—Mal… tuvo un infarto esta mañana. Está en la clínica, lo han estabilizado, pero está delicado.
—Lo siento mucho. De verdad. Si necesitas algo, lo que sea, cuenta conmigo, ¿sí?

Angie se emocionó al escucharla. Respiró profundo antes de responder:
—Gracias, Nadia… De verdad. Y quería preguntarte algo. ¿Te molestaría si mi Prímix viaja conmigo? Quiero que esté ahí, conmigo y con mi hija.

Hubo una pausa breve del otro lado. Pero la voz de Nadia fue firme, sincera:
—Por supuesto que no, Angie. Sé el cariño que los une… y el cariño que él le tiene a tu papá. Entiendo perfectamente.

Angie sonrió, con los ojos húmedos.
—Gracias. Gracias de corazón.
—Vayan tranquilos —añadió Nadia—. Yo me encargo del niño. Y de tu hija también. Me quedo con los dos. No se preocupen por nada.

Angie colgó y me miró, aliviada.
—Todo está bien. Nadia se queda con los niños. Y me dijo cosas muy lindas… Qué paz tener todo claro, ¿no?

Yo asentí, tomándole la mano.
—Sí, amor. Todo está en orden. Vámonos.

Me conmovió la nobleza del gesto. Había en esa respuesta una madurez que quizás no esperaba. Ambas eran mujeres generosas cuando realmente se trataba de cuidar a los que amaban.

Esa misma tarde, los tres estábamos en el avión rumbo a Arequipa: Angie, mi madre y yo. El silencio del viaje lo decía todo. Nadie hablaba mucho. Angie miraba por la ventana. Mi madre se mantenía serena, fuerte, como siempre. Yo sentía un nudo en el pecho. Temía no llegar a tiempo. Temía que el hombre que me había recibido tantas veces en su casa, como si fuera uno más de sus hijos, se fuera sin despedirse.

La clínica tenía ese olor tenue a desinfectante y a café recalentado que uno asocia con los pasillos de espera y las largas noches de incertidumbre. Apenas llegamos a la ciudad, fuimos directo a la clínica Arequipa. Angie, mi madre, y yo. El ambiente estaba cargado de ansiedad contenida, pero todos hacíamos esfuerzos por mantenernos serenos.

El padre de Angie estaba en una habitación individual. Lo habían estabilizado, pero la insuficiencia cardíaca y la hipertrofia habían dejado su cuerpo débil, rendido. Aun así, estaba lúcido. Hablaba bajo, pero con claridad. Su rostro había perdido algo de color, pero no de autoridad. Nos recibió con una sonrisa cansada, pero sincera. Angie lo abrazó con ternura, sin contener el llanto. Él la acarició en silencio. Luego saludó a todos, incluido a mí, con esa mezcla de afecto y complicidad que siempre nos había unido.

Pasaron las horas entre chequeos, visitas de médicos y pequeños intercambios entre quienes podíamos entrar por turnos. En un momento, ya entrada la noche, el padre de Angie, con un gesto suave de la mano, me llamó.
—Sobrino, ¿puedes quedarte un momento conmigo a solas?

Angie me miró. Yo asentí. Salieron todos con respeto. Me acerqué a su cama. Se tomó unos segundos para hablar, como si pesara cada palabra.

—Tú sabes que esto... esto no va a mejorar —dijo con una voz ronca pero firme—. No es pesimismo. Es solo que... cuando uno ya vivió lo suficiente, lo siente.

—Tío, no diga eso...

—Shhh —me interrumpió con suavidad—. Déjame hablar. No me queda mucho aliento. Quiero que me escuches bien.
Hizo una pausa, me miró a los ojos.
—Siempre supe que tú y mi hija se querían... más allá de lo que se puede decir, no solo como familia, sino como hombre y mujer. No lo juzgué. Nunca. Solo lo observé. ¿Desde cuándo? No lo sé. Tal vez desde que ella era adolescente. O tal vez recién ahora, con todo lo que han pasado, me ha quedado claro. Pero no me molesta. Al contrario.

Yo sentí que el aire me faltaba. No supe qué decir. Me quedé en silencio. Entonces él me tomó la mano.

—No me mientas, hijo. No quiero que lo niegues. Este viejo sabe más de lo que parece. Me hubiese gustado que algún momento aceptaran lo que sienten el uno por el otro y se hubieran casado, yo los hubiese defendido ante la familia, pero eso ya no se puede. Descansó un rato para tomar aliento.

Ahora ya estás casado y eso ya no se puede hacer, está bien, así es la vida. Solo prométeme que la vas a cuidar. Que no la vas a hacer sufrir. Que la vas a acompañar, y también a su hija. Porque si e alguien puedo confiar que lo hará bien, ese eres tú.

Yo asentí. Ya con los ojos llenos de lágrimas.
—Se lo prometo, tío. Le lo juro por lo más sagrado. Las voy a cuidar con todo lo que soy.

Él cerró los ojos un instante. Respiró hondo.
—Entonces me puedo ir tranquilo... —dijo, apenas audible—. Pero esto... esto queda entre tú y yo. Cuando salgas, si alguien pregunta, solo di que te agradecí por todo, por ser un buen hombre y por cuidar a mi hija… como familia que son. ¿Está bien?

—Sí, tío. Así será.

Me incliné, le besé la frente, y sentí su mano débil apretarme una vez más, como un sello, como un pacto. Me sequé los ojos con disimulo, respiré profundo y abrí la puerta.

—¿Todo bien? —preguntó Angie.

—Sí. Me dio las gracias por todo —respondí con voz firme—. Por haber estado cerca. Por haberlo querido como un segundo padre.

Angie me miró con ternura, como si supiera que algo más se había dicho. Pero no preguntó. Me abrazó con fuerza. Yo la rodeé con el brazo y sentí que acabábamos de recibir, sin decirlo, la bendición más silenciosa y poderosa de todas.

Pasé horas pensando en aquella conversación que tuve con el padre de Angie, cuando me pidió, con una lucidez tan serena como conmovedora, que cuidara de su hija. Sabía que se estaba despidiendo, y aunque quería aferrarme a alguna esperanza, algo en su mirada me decía que no habría marcha atrás. Decidí contárselo a Angie cuando las cosas se calmaran un poco.

Esa misma noche llegó Jaime, el hermano de Angie. Comandante de la policía, había estado en una misión especial en Tingo María. Al enterarse de la gravedad de su padre, tomó el primer vuelo a Lima y luego el último a Arequipa. Estaba agotado, pero quiso ver a su padre apenas llegara. Cuando lo vio, aún lúcido pero débil, lo saludó con un “aquí estoy, viejo, ya llegué”. Se abrazaron. Fue un momento silencioso y potente.

Nos habíamos quedado en la casa de su madre, y por supuesto, como nadie sabía lo nuestro, las habitaciones de ella y su madre estaban en el primer piso, y a mí me habían dado una habitación en el segundo. Me costó conciliar el sueño. Me revolvía en la cama, repasando las palabras del tío, sus gestos, su confianza… y el peso de esa promesa.

Eran casi las cinco de la mañana cuando escuché un grito. No un grito estruendoso, pero sí lleno de dolor. Salté de la cama y bajé corriendo las escaleras, con el corazón en la garganta. La puerta de la habitación de Angie estaba entreabierta. Entré sin dudar. Ella estaba sentada en la cama, temblando, con el teléfono aún en la mano. El rostro descompuesto. Los ojos desorbitados por el dolor.

—Angie… ¿qué pasó?

—Mi papá… —alcanzó a decir antes de romper en llanto—. Acaba de fallecer… me acaban de llamar de la clínica…

Me acerqué sin decir una palabra. Me senté a su lado y la abracé con fuerza. Lloró en mis brazos como nunca. No importaba si alguien nos veía, no en ese momento. Solo quería sostenerla. Sostener su dolor, su pérdida, su tristeza.

Al minuto entró su madre, también alertada por el grito y el llanto. Se quedó quieta un segundo al vernos, y comprendió todo sin necesidad de palabras. Se acercó a la cama, se sentó junto a Angie y yo las abracé a ambas. Ellas se aferraban la una a la otra, como dos partes de un mismo cuerpo herido.

Unos minutos después bajó Jaime. No había oído el grito. Estaba profundamente dormido, rendido tras el largo viaje y el agotamiento físico. Pero al vernos en esa escena —las tres figuras entrelazadas en la penumbra de la habitación—, lo entendió todo de inmediato. No preguntó. Solo se acercó, se arrodilló frente a su madre, le tomó la mano, y así nos quedamos en silencio, compartiendo el mismo dolor.

No tardamos en salir hacia la clínica. El cuerpo aún estaba ahí. Todo era trámite, suspiros, abrazos silenciosos. La mañana gris se hacía más fría con cada paso. Pero estábamos juntos. Unidos por la ausencia. Por el vacío recién abierto.

Esa mañana, el tiempo pareció detenerse. Aún no salía el sol. Yo llamé a Nadia apenas llegamos a la clínica, cuando le conté lo del fallecimiento del tío, ella me dijo:

—Voy para allá. No puedo dejar a Angie sola en esto. ¿Te parece bien?
—Claro, Nadia. Tú sabes que ella te aprecia mucho.
—¿Y los niños, los llevo?
—No, hablaré con la señora Celia, van a estar bien. No irán al colegio estos días, que los cuide en casa de mi madre, ahí estarán bien.
—Perfecto. Llego en el vuelo del mediodía.

La recogí en el aeropuerto, en el carro del tío. Al verme, no dijo una palabra. Se acercó y me abrazó. Un abrazo largo, sincero, de esos que ya no me daba desde hacía años. Lloró en mi hombro.

—No es justo —dijo—. Qué año más duro…

No supe qué contestarle. Solo la abracé más fuerte y le di un beso en la frente.

Cuando llegamos a la clínica, aún estaban en los trámites para liberar el cuerpo. Angie la vio y se acercaron en silencio. Se abrazaron con fuerza. Lloraron juntas. No se despegaron más. Nadia la sostuvo como si fueran hermanas. Como si compartieran una herida antigua. En todo el proceso del velorio y el entierro, estuvieron unidas, tomadas de la mano. Parecían familia directa.

Ver eso me conmovía. Me desarmaba. Había demasiadas emociones acumuladas en pocas horas: la conversación con el tío, su partida, la confesión tácita de que siempre supo lo nuestro… y ahora, ese gesto de solidaridad entre Angie y Nadia, que me hablaba de una humanidad más allá de los vínculos establecidos.

Durante el entierro, el dolor fue más agudo. El llanto de Angie partía el alma. La mamá se descompensó y Jaime y yo tuvimos que sostenerla mientras la llevábamos a sentarse. Yo apenas podía mantenerme sereno, sentía el corazón hinchado, desbordado.

Decidimos quedarnos dos días más. Yo había pedido vacaciones para toda la semana. Angie no estaba en condiciones de volver aún. Llamó a su jefe, quien la entendió de inmediato. Mi madre y Nadia regresaron al día siguiente del entierro. Se despidieron de nosotros en silencio, con abrazos sentidos. Yo me quedé con Angie para ayudar a ordenar la casa, a acompañar a su madre, a intentar darle algo de calma a todo ese caos.

Todo había sido tan repentino que, al volver a la casa, el desayuno de aquel día seguía servido en la mesa. El café frío. El pan duro. Como si el tiempo se hubiera congelado justo antes de romperse todo.

Jaime regresó a Lima temprano aquella mañana. Tenía que reincorporarse a su destacamento en Tingo María, dentro de la unidad que combatía el narcotráfico. No podía quedarse más tiempo en Arequipa: su equipo lo necesitaba. Se despidió con un abrazo largo, silencioso, de su madre y de Angie. A mí me dio una palmada en el hombro y me dijo, bajito, como quien reconoce algo sin decirlo del todo:

—Gracias por estar, hermano.

La casa comenzaba a recuperar el orden. El hermano menor de Angie, el que vivía en Arequipa, nos dijo que se llevaría a su madre unas semanas a su casa. Eso nos tranquilizó. Había sido todo tan vertiginoso, tan intenso, que no nos habíamos dado tiempo ni para asimilarlo.

Esa noche me costaba dormir. Estaba en la habitación del segundo piso, con la luz apagada. Aunque la cama era suave y cálida, me sentía incomodo. Pero no era eso lo que me quitaba el sueño. Era el cansancio emocional, el cúmulo de todo lo vivido. Las palabras del tío, su muerte, los abrazos, los silencios. Todo me pesaba en el pecho como una losa.

Y entonces, esos golpecitos suaves en la puerta.

No tuve que preguntar. Me levanté de inmediato. Al abrir, era ella. Angie. Con la cara cansada, el pelo suelto y una mirada casi infantil. Vulnerable. Triste.

—Amor… —me dijo apenas—. ¿Puedo dormir contigo?

Asentí sin decir nada. Sólo me aparté para dejarla pasar. Entró en puntas de pie, como si temiera romper el silencio, y al cerrarse la puerta tras ella, me abrazó. Era un abrazo distinto. No era uno de pasión ni de deseo. Era uno de necesidad. Uno de esos abrazos que uno da cuando se está al borde del abismo y solo se puede sostener en lo que ama.

La llevé conmigo hacia la cama, sin soltar su mano. Ya frente a ella, empezó a quitarse la ropa con movimientos lentos, casi automáticos, como si lo hiciera desde el alma. Yo también me desnudé. Y nos metimos bajo las cobijas, como si buscáramos protección. Como si el mundo quedara afuera, frío e injusto, y sólo allí, en esa cama prestada, existiera el calor.

Se acurrucó de espaldas, pegada a mí. Deslicé mi brazo por debajo de su cuello y con el otro la abracé por la cintura. Pasé mi mano por sus pechos, no con intención erótica, sino con la ternura de quien reconoce cada curva como parte de su hogar. Angie se acomodó más contra mí, y nuestras pieles, acostumbradas, se buscaron con naturalidad. Nuestros cuerpos no necesitaban palabras, se entendían.

Por un momento, ella llevó su mano a la mía y la apretó. Luego, sus dedos entrelazaron los míos. No dijo nada. Tampoco yo.

Después de unos minutos, sentí cómo su respiración cambiaba, se hacía más profunda. Pero no dormía. Sabía que no. Acaricié su cadera con suavidad, y ella se volteó lentamente para quedar de frente. Tenía los ojos abiertos, húmedos. Me besó, sin apuro, sin lujuria. Un beso lento, largo, de esos que se dan cuando el alma necesita tocarse con otra alma.

Nuestros cuerpos comenzaron a moverse con esa cadencia conocida, esa sincronía de quienes se han amado más allá del cuerpo. Nada fue urgente. Nada fue animal. Fue amor, puro amor. Hicimos el amor en silencio, como si estuviéramos honrando algo sagrado. Nos tomamos de las manos, ella se montó sobre mí con ternura, con lágrimas contenidas. La miraba mientras se movía y yo apenas le susurraba:

—Te amo.

—Y yo a ti… más que nunca —me respondió, con la voz quebrada, pero firme.

Cuando alcanzamos el clímax, no hubo gemidos ni jadeos. Hubo un suspiro compartido, un temblor suave, una lágrima que se deslizó por su mejilla y que yo limpié con los labios.

Después, simplemente nos quedamos abrazados. Yo la cubrí con mi cuerpo, y ella con el suyo me cubrió el alma.

Estuve tentado a contarle entonces lo que su padre me había dicho. A revelarle esa última conversación que sellaba lo que éramos. Pero la sentí todavía frágil, apenas sostenida por ese hilo que habíamos tejido esa noche. No quise cargarla con más peso. Decidí esperar.

Puse el despertador a las cinco de la mañana, para que pudiera regresar a su habitación antes de que su madre despertara. Esa madrugada no dormimos mucho, pero dormimos juntos. Y eso bastaba.

Al día siguiente, volamos de regreso a Lima. Llevábamos muchas cosas en el equipaje, pero sobre todo, llevábamos un lazo más fuerte.

Cuando finalmente regresamos a Lima, lo hicimos tomados de la mano. Angie aún lloraba en silencio, cada cierto tiempo. En el avión, con los ojos húmedos, me dijo:

—Primix… creo que me voy a llevar a mi mamá a Lima. No quiero que se quede sola en Arequipa. Mi hermano vive con su familia, en otra casa, y es pequeña. No sé si podrá estar pendiente de ella como se merece.
—Si tú crees que es lo mejor, yo te apoyo.
—¿No te parece una locura?
—¿Hablaste con ella?
—No aún. Quiero que se tranquilice un poco primero… luego se lo voy a plantear.

Cuando aterrizamos, mientras esperábamos el taxi que nos llevaría a casa de mi madre —donde había dejado mi camioneta— Angie me tomó de la mano otra vez y me dijo:

—Primix… si mi mamá acepta quedarse conmigo… ya no vamos a poder usar el departamento para estar juntos.
—Amor —le dije acariciándole la mejilla—, eso es lo de menos. Si tu mamá va a estar mejor, si tú vas a estar más tranquila, si tu niña va a tener a su abuela con ella… eso es lo que importa. Nosotros sabremos cómo acomodarnos. Empezaremos a ir más a hoteles. Lo importante es que tú estés bien.

Me miró con ternura, con una mezcla de amor, agotamiento y gratitud. Y entonces dijo en voz baja, con una sonrisa triste:

—Gracias, Primix. ¿Por qué serás así conmigo? ¿Por qué siempre me entiendes? ¿Por qué me apoyas tanto?
—¿Será porque te amo? —le dije—. ¿Será porque eres demasiado importante para mí?

Ella cerró los ojos por un segundo. Me besó la mano. Y así, en medio del dolor, volvió a nacer la certeza de ese amor que sostenía todo: nuestras ausencias, nuestras pérdidas, nuestras mentiras, y nuestras verdades más profundas.
 
Las dos semanas siguientes al entierro fueron un silencio necesario. Suspendimos nuestras salidas de los sábados sin hablarlo. Yo no se lo pedí y ella no me lo sugirió, pero sabíamos que lo mejor era que se diera ese tiempo. Angie necesitaba procesar su duelo, asimilar esa ausencia que pesaba como un ladrillo en el pecho. Aquella noche en Arequipa, cuando dormimos juntos, cuando hicimos el amor sin urgencia, sin deseo urgente, sino como quien se agarra de la vida, quedó flotando en mi memoria como un acto de amor silencioso, fue una búsqueda de refugio. Pero desde que regresamos, el deseo quedó en pausa. Todo giraba en torno a la rutina, a los niños, al trabajo… y al dolor.

Fue un miércoles por la tarde. Llegué como cada día a casa de mi madre para recoger a los niños. La señora Celia estaba en la sala con ellos, cuidándolos con ese cariño que le nacía natural, mi madre había salido con sus amigas.

Angie había llegado media hora antes, estaba sola en la cocina, con una taza de café entre las manos, pensativa, la mirada hacia la ventana, como si esperara una respuesta del cielo. Llevaba una blusa sencilla, el cabello recogido en una trenza. Hermosa, incluso en la tristeza.

Me acerqué con suavidad, cuidando que nadie estuviera mirando, y le di un beso corto, discreto, en los labios.

—Hola, Angie… ¿cómo estás hoy? —pregunté, acariciándole el brazo con ternura.

Ella esbozó una media sonrisa, apenas un asomo de luz entre la neblina de su tristeza.

—Bien, amor. Todavía dándole vueltas a todo… pero aceptando. Creo que ya aceptando.

—Piensa que tu papá está en paz. Que desde donde esté, te sigue cuidando. Donde no hay dolor, donde no hay angustias…

—Sí… eso quiero creer. Pero lo extraño, lo extraño mucho. Voy a echar de menos esas llamadas de cada semana, las bromas, sus consejos, las preguntas que siempre me hacía…

—¿Y qué te preguntaba?

—Nada especial… cómo iba el trabajo, cómo estaba la bebé… cómo estabas tú… cómo seguía tu mamá…

—¿Te preguntaba por mí?

—Sí. Muy frecuentemente.

Hice una pausa. Me serví una taza de café lentamente, como para darme valor. La miré con calma. Sentí que había llegado el momento.

—Angie —dije, con la voz baja pero firme—, quiero contarte algo que… que me dijo tu papá aquella vez en la clínica, cuando me pidió hablar a solas. ¿Te acuerdas?

Ella se enderezó de golpe en la silla. Dejó la taza sobre la mesa con manos temblorosas. Sus ojos se clavaron en los míos con intensidad, como si presintiera que lo que venía podía cambiarlo todo.
—Claro que me acuerdo. —Su voz era un susurro nervioso—. ¿Te dijo algo más de lo que me contaste? Yo sospechaba que había algo más, pero se me pasó preguntarte.

Asentí. Respiré hondo.
—Sí. Pero no quise decírtelo antes. Estabas demasiado frágil… y era mucha carga. Pero creo que ahora puedes recibirlo.

—Cuéntame… —pidió. Y en su tono había ansiedad, ternura y un miedo contenido.

Caminé hasta la puerta de la cocina, que daba a la sala. Los niños jugaban con plastilinas en la alfombra mientras la señora Celia tejía y miraba un programa de National Geographic, ajenos a lo que ocurría entre nosotros. Cerré suavemente la puerta de vaivén y volví hacia Angie.

—Me dijo… que desde hacía tiempo sabía que entre nosotros… que lo nuestro era más que una relación de primos o de tío y sobrina.

Angie frunció el ceño, con el corazón en la garganta.
—¿Cómo? No… no entiendo.

—Al principio yo tampoco —continué—. Pero me lo dejó claro. Me dijo que sabía que tú y yo nos veíamos como hombre y mujer. Que no sabía cuándo había comenzado… si desde la adolescencia, o cuando vivías en la casa de mi madre y yo llegué después de mi divorcio, o ahora que regresaste de España. Pero que no le importaba. Que lo había comprendido. Y que nadie mejor que yo para cuidarte.

Angie se llevó la mano a la boca, como si contuviera un grito. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—No… no me digas eso…

Me acerqué, tomándole las manos.
—Tranquila. No fue un reproche. Fue una bendición, amor. Me pidió que te cuide. Que nunca te haga sufrir. Que cuide también a tu hija. Me dijo: “Nadie mejor que tú para protegerlas. Prométemelo.” Y yo… yo se lo prometí.

Un sollozo se escapó de su garganta. Se levantó como impulsada por una fuerza mayor que ella y me abrazó con desesperación. Su llanto me empapó la camisa. Después, me besó. Fue un beso con lágrimas de alivio, de fe, de rendición.

Intentó sentarse sobre mis piernas, como si necesitara fundirse conmigo, pero yo le susurré con suavidad:
—Amor… no estamos solos.

Ella se detuvo, se rio nerviosa entre lágrimas.
—Ay, verdad… —dijo, con voz temblorosa—. Pero te amo tanto… ¿De verdad mi papá te dijo eso?

—Sí, amor.

—Ay, mi viejito… —murmuró, rompiendo otra vez en llanto—. ¿Y por qué no me lo dijo a mí?

—No lo sé. Tú sabes cómo era tu papá. Chapado a la antigua. Seguro pensó que era un tema entre hombres. Pero me lo dijo a mí. Me pidió que no se lo contara a nadie, ni siquiera a ti… pero no podía guardármelo. No contigo. Y agregó algo más: que, si nos hubiéramos casado, él nos habría defendido ante la familia. Pero como eso ya no podía suceder porque yo estaba casado… igual lo aceptaba, siempre y cuando cumpla mi promesa.

Ella hundió el rostro en mis manos, llorando con fuerza.
—Gracias, amor… gracias por decírmelo. ¡Ay, cómo me hubiera gustado decirle yo! Decirle cuánto te amo, cuánto me haces bien. Que contigo soy feliz. Que eres el hombre más tierno, más atento… que la que falló fui yo, cuando me fui…

—Ya, amor… —susurré, acariciando su cara húmeda—. No sigas por ahí.

Angie levantó la mirada, los ojos brillando entre lágrimas.
—Es que esto es demasiado grande, Primo. Que mi papá lo supiera. Que lo aceptara. Que te bendijera de esa forma… Yo sé que ahora él ya lo sabe todo, desde donde esté. Y yo ya no tengo dudas. Esto que sentimos, aunque el mundo lo prohíba, aunque las reglas digan que es imposible… es lo más hermoso que tengo. Es amor. Y tú… tú nunca me vas a soltar, ¿verdad?

Le tomé la mano con firmeza, mirándola directo a los ojos.
—Nunca, Angie. Nunca me voy a descuidar de ustedes. Ni de ti, ni de tu hija. La promesa a tu papá no es lo que me mueve a hacerlo, lo hago porque las amo, son mi familia, parte de mi, por eso no me costó prometérselo a mi tío. Lo hice con sinceridad, de corazón, con la seguridad de que lo voy a cumplir.

Ella asintió, mordiendo el labio, temblando. Me acarició el rostro con ternura, aún con lágrimas que corrían despacio por sus mejillas. Era más hermosa que nunca: quebrada y fuerte al mismo tiempo.

Me incliné, la besé en la frente y después en los labios, suave, con el peso de la promesa que se renovaba. Luego salí hacia la sala, donde los niños reían con sus bloques y plastilinas. Me lancé al suelo con ellos, como siempre. Esa era mi otra forma de amar, mi terapia diaria.

Desde la cocina, Angie me miraba con los ojos todavía húmedos, pero ahora iluminados. Y supe que ese instante quedaría grabado en nuestra historia como una segunda bendición: la de un padre que, incluso en silencio, nos había aceptado.


Volver a Lima no fue regresar a la normalidad. Era más bien un intento de reconstruir una rutina en medio de un terremoto emocional. Las tardes con los niños seguían igual. Las mañanas de trabajo también. Pero en casa, el aire tenía otro peso. Una brisa distinta, apenas perceptible, comenzaba a soplar entre Nadia y yo. No era viento de reconciliación, pero sí una forma de paz que cada vez era más distendida, más cercana.

Nadia, que durante mucho tiempo había sido exigente, crítica, como si todo lo que hiciera tuviera que pasar por un filtro de perfección espiritual y racional, comenzó a ceder en cosas pequeñas. Las correcciones seguían ahí, pero eran más suaves. Ya no eran juicios, eran más bien observaciones lanzadas al aire, a veces sin lógica ni sentido. Me corregía tonterías: cómo doblaba una servilleta, cómo ponía las llaves sobre la mesa. Y al minuto estábamos hablando como si nada. Como si esa pequeña descarga se diluyera en la conversación sobre el menú del colegio o el horario del niño.

Nuestro hijo, por entonces, ya había comenzado a decir frases completas. Un día, mientras jugaba con bloques en la alfombra, nos miró a ambos y dijo: “Mamá, papá, mírenme, soy un avión.” Y extendió sus bracitos, dando vueltas por la sala. Nos miramos. Sonreímos. Y ese gesto —tan simple, tan suyo— nos unió en algo que todavía era nuestro: él. Su ternura, su energía, su inocencia. Ese lazo era fuerte. Y lo seguía siendo.

Pero yo sabía que Nadia notaba los cambios. Notaba mi ausencia, incluso estando presente. Y no porque yo la tratara mal, ni siquiera porque la descuidara. Simplemente… mi mirada ya no se quedaba en ella. Estaba en otra parte.

Un día, sin rodeos, me lo dijo.

—A veces me gustaría… que me mires como miras a Angie.

Me detuve en seco. Estábamos en la cocina. Yo iba a sacar algo de la refrigeradora. Ella lo soltó como quien tira una piedra al agua y se queda esperando el eco. Me quedé de lado, sin saber si responder de inmediato.

—¿Perdón? —pregunté, aunque sabía perfectamente lo que había dicho.

Ella bajó la mirada. Su tono era sereno, pero había una tristeza que no sabía esconder.

—Con esa ternura… con ese cariño. Con ese compromiso que se nota. Que se siente. Entre ustedes.

La verdad… en ese momento sentí que tenía que decir algo. Que no podía simplemente negarlo o maquillar las cosas. Pero tampoco quería herirla. No quería destruir lo que aún quedaba.

Me acerqué y la abracé. Un abrazo honesto. Sin estrategia.

—Nadia… tú fuiste la que comenzó a alejarme. No sé si alguna vez te diste cuenta de cómo me hablabas, de cómo me corregías, de cómo me hacías sentir. Has cambiado un poco, sí… y lo agradezco. Pero aún a veces sigues siendo dura. Distante. Esto… lo que está pasando… es también una defensa. Una forma de sobrevivir. No quiero que te sientas celosa de Angie. Lo nuestro es distinto. Ella y yo… somos familia.

Dije eso último y por dentro me odié. Porque sabía que no era toda la verdad. Porque lo que sentía por Angie desbordaba cualquier definición. Pero no podía derrumbarle la única certeza que aún sostenía.

Ella asintió. No lloró. No discutió. Solo dijo:

—Sí… sé que he sido dura. Intentaré no serlo tanto. Lo prometo.

Volví a abrazarla. Le di un beso en la frente, como quien bendice una memoria compartida. Pero entonces, ella buscó mi boca. Me besó con ternura. Fue un beso largo. No pasional, pero sí intenso. El tipo de beso que dice todavía estoy aquí.

Nuestro hijo jugaba cerca, haciendo ruidos de coche, ajeno a todo. Y aunque parezca paradójico, o incluso inverosímil, en ese instante sentí que amaba a las dos. Que, de alguna forma inexplicable, era posible.

Con Angie era fuego. Era vértigo. Era ese amor que se lleva en la piel, que se reconoce en los silencios y se activa con una sola mirada. No era solo el sexo —aunque sí, era magnífico—, era la conexión. La complicidad. La sensación de pertenecer.

Con Nadia era distinto. Era un amor que tenía raíces, historia, heridas… y una promesa que alguna vez fue sincera. Había cariño. Había respeto. Y había un hijo que nos ataba con un lazo profundo.

Pero el sexo con ella seguía siendo un ritual. Rutinario. Sin matices. Siempre en la misma posición. Siempre por iniciativa mía. A veces sentía que respondía, pero no sabía si era deseo o deber. Yo también me preguntaba, en silencio, si valía la pena seguir fingiendo esa parte.

Y sin embargo… ahí estábamos. En esa escena casi doméstica. Ella, más suave. Yo, más ausente. Y nuestro hijo, llenando con su risa los huecos que dejaba el amor.
 
Sesenta y cinco – ALGO CAMBIÓ

Habíamos esperado toda la semana. Esa noche, en el hotel donde solíamos refugiarnos, el ambiente se volvió distinto desde el primer instante. Angie estaba más atrevida, más desinhibida. Sus besos eran largos, húmedos, casi desesperados, y sus manos recorrían mi cuerpo sin pausas, como si quisiera devorarme.

—Te quiero todo para mí… —murmuró con voz ronca, mientras se deslizaba sobre mi pecho con movimientos felinos.

La desnudez se volvió un lenguaje compartido. Cada caricia era fuego, cada roce de piel un recordatorio de lo mucho que nos habíamos contenido. Ella me tomó la cara entre las manos y me besó con tal fuerza que sentí que me robaba el aire. Se giró, se arqueó, me guio con la suavidad de quien sabe exactamente qué quiere.

El ritmo fue primero lento, como si quisiera saborear cada segundo, y luego más intenso, con embestidas firmes y gemidos que llenaron la habitación. Angie no se contuvo: me arañaba la espalda, me mordía el hombro, me pedía que no parara. Yo la sujetaba de la cintura, marcando el paso, mirándola a los ojos cada vez que me acercaba a perder el control.

—Más… más fuerte, amor… —suplicaba con lágrimas de placer en las mejillas.

Mi pubis la embestía, mientras mi pene la perforaba sin piedad, ella abría lo más que podía las piernas para dejarme entrar hasta donde ya no se puede avanzar más. Estaba muy mojada, el sonido de mi pene entrando y saliendo de su mojada vagina, nos calentaba más.

—Más… más… más… no pares!, ¡¡dame duro!!

Y yo obedecí, hasta que los dos estallamos en un clímax tan profundo que nos dejó temblando, enredados entre las sábanas empapadas de sudor, con la respiración rota y los corazones al borde del colapso.

Nos quedamos así, abrazados, en silencio largo, hasta que ella rompió el momento con un susurro.
—¿Sabes en qué pienso?

La miré sorprendido.
—¿En qué?

Sus ojos brillaban con lágrimas que no eran de dolor.
—En mi papá. En lo que me contaste… en lo que te dijo antes de morir. —Se mordió el labio, como si dudara en seguir—. Pensaba que ahora, cada vez que estoy contigo así… siento que lo hago con su bendición. Que desde donde esté, ya sabe que esto no es pecado ni locura. Que es amor.

Yo acaricié su cabello, conmovido.
—Eso fue lo que él quiso dejarme claro. Que no importaban las reglas ni las miradas. Que lo importante era que alguien te cuidara, que alguien te amara como yo lo hago.

Ella apoyó la frente en mi pecho y sollozó suavemente.
—Por eso esta vez me entregué sin miedo, sin reservas. Porque sé que no estamos solos. Que alguien a quien amaba con todo mi corazón sabía de nosotros y lo aceptó. Eso… me da una paz que nunca había sentido.

Le besé la frente y la estreché más fuerte contra mí.
—Entonces, amor… cada vez que estemos así, piensa en eso. En que no estamos rompiendo nada. Al contrario: estamos honrando lo que él vio en nosotros.

Ella levantó la cabeza, con lágrimas mezcladas con sudor, y me besó despacio, con una ternura infinita.
—Ahora sí sé que no hay vuelta atrás, Primix. Este amor es mi destino. Tú eres mi destino.

Nos quedamos en silencio, acariciándonos, con la respiración aún temblorosa. Y yo comprendí que aquella confesión, después del sexo, tenía más fuerza que cualquier otra: Angie ya no veía nuestra relación como un secreto culpable, sino como un legado bendecido.

Desde aquella noche en el hotel, algo en Angie había cambiado. No era solo deseo —eso ya lo teníamos desde siempre—, era una convicción que se sentía en cada gesto, en cada mirada. El recuerdo de las palabras de su padre se había convertido en su motor, en una fuerza que le daba seguridad para vivir nuestro amor sin reservas.

Lo noté la primera vez que volvimos a vernos a solas. Apenas cerré la puerta detrás de mí, se lanzó a mis brazos, me besó con una urgencia que no dejaba lugar a dudas.
—No quiero perder ni un minuto —me dijo, mientras me despojaba la camisa con torpeza.

Ya no había esa mezcla de miedo y picardía que antes la frenaba; ahora había determinación. Me tomaba de la cara, me guiaba, me mordía los labios con fuerza. Cuando la llevé a su cama, me abrazó con tal intensidad que parecía reclamarme, como si quisiera fundirse conmigo para no volver a separarse jamás.

—Eres mío —me dijo jadeando, con voz ronca y quebrada.
—Siempre lo he sido, amor.
—No, ahora más que nunca. —Sus ojos brillaban entre lágrimas y deseo—. No hay dudas. No hay culpas. Solo tú y yo.

Hacíamos el amor con un ritmo distinto: más largo, más intenso, como si quisiéramos dejar huellas en el cuerpo del otro. Sus manos me marcaban la espalda, sus piernas me apretaban con una fuerza posesiva, su voz me reclamaba cada vez que aminoraba el paso.

—Más, Primix… más… no pares.

En los días siguientes esa intensidad no disminuyó. Al contrario, crecía. Cada encuentro era un estallido que nos dejaba exhaustos y maravillados. Angie estaba más atrevida: probaba posiciones nuevas, me pedía que la tomara con fuerza, que no la soltara, que la hiciera suya sin miedo. Incluso el sexo anal se volvió más frecuente, más intenso y en nuevas posiciones. Y cuando el deseo nos agotaba, me abrazaba en silencio, con lágrimas de emoción.

—¿Sabes qué pienso cuando estamos así? —me susurró una mañana de sábado, desnuda sobre mi pecho.
—¿Qué?
—Que mi papá nos ve. Y que está tranquilo. Porque sabe que me amas como nadie más podría amarme. Y yo… yo no necesito nada más.

Esas palabras me atravesaban el alma. Entendí que para ella ya no era un amor prohibido: era su verdad, su destino, su vida. Y esa certeza la hacía más posesiva, más libre y, a la vez, más frágil.

Cada beso suyo, cada caricia, llevaba consigo un mensaje silencioso: no me sueltes nunca. Y yo, viéndola ahí, tan entregada y segura, sabía que jamás lo haría.
 
Wow cofrade que tal historia, el otro día me amanecí desde la medianoche hasta casi las 6 am leyendo sus historias. La parte en la que Angie se va a España y todo el proceso de desapego y soltar al otro fue bastante profundo, cosas inevitables que pasan en la vida y aunque duela en el alma, llega un punto en el que uno sabe que no tiene otra salida más que soltar.

Gracias a los dos por darse el tiempo de haber redactado tantos capítulos, tienen una historia muy extraordinaria, y seré uno más de los que les diga que deberían hacer un libro, apuesto a que sería un best seller mundial de todas maneras jaja. Entiendo cuando dicen que por privacidad no lo hacen, pero ahora que leí lo del papá de Angie quien se dio cuenta de todo, apuesto que la historia hubiera sido otra si no hubieran tenido miedo de hacer público su amor.

Apuesto también que tu mamá también lo sabe, más aún las mujeres que tienen un sexto sentido y madres aún más.

Espero que tengan todavía muchos capítulos más. Llegado a este punto nos dará pena el día en que llegue a su fin, pero bueno todo en esta vida tiene un final.

Gracias a Ud. Por entretenernos con su historia! Saludos!
 
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Wow cofrade que tal historia, el otro día me amanecí desde la medianoche hasta casi las 6 am leyendo sus historias. La parte en la que Angie se va a España y todo el proceso de desapego y soltar al otro fue bastante profundo, cosas inevitables que pasan en la vida y aunque duela en el alma, llega un punto en el que uno sabe que no tiene otra salida más que soltar.

Gracias a los dos por darse el tiempo de haber redactado tantos capítulos, tienen una historia muy extraordinaria, y seré uno más de los que les diga que deberían hacer un libro, apuesto a que sería un best seller mundial de todas maneras jaja. Entiendo cuando dicen que por privacidad no lo hacen, pero ahora que leí lo del papá de Angie quien se dio cuenta de todo, apuesto que la historia hubiera sido otra si no hubieran tenido miedo de hacer público su amor.

Apuesto también que tu mamá también lo sabe, más aún las mujeres que tienen un sexto sentido y madres aún más.

Espero que tengan todavía muchos capítulos más. Llegado a este punto nos dará pena el día en que llegue a su fin, pero bueno todo en esta vida tiene un final.

Gracias a Ud. Por entretenernos con su historia! Saludos!

Cofadre @the muchas gracias por tus palabras. Si es una historia que bien podría ser un libro, más aún si consideramos que aquí no está todo lo que hemos escrito. Esta oportunidad, que comenzó como un juego, se ha convertido en una especie de catarsis para los dos. Volver a recordar todo lo vivido, nos pone en perspectiva que lo vivido ha sido muchísimo.
Y si, la historia llegará a un punto en la que se detenga, no porque sea el fin, sino porque la historia alcanzará al presente y quizá ahi las publicaciones sean más espaciadas y casi en tiempo real.
Ahora mismo estamos escribiendo lo que vivimos el año pasado, ya casi para alcanzar el presente, pero en el punto que está lo publicado, aún faltan varias, muchas entregas. ¡¡Gracias por leernos!!
 
Sesenta y seis – DESPUES DE TODO, NOSOTROS

Durante semanas, Angie fue coordinando cada detalle desde Lima. Hablaba casi a diario con su madre, acompañándola a la distancia mientras ella decidía qué regalar, qué vender, qué guardar y qué finalmente dejar en la casa del hermano que vivía en Arequipa. Fue un proceso más lento de lo previsto, no solo por la logística sino por la carga emocional. Esa casa había sido su refugio por décadas, el lugar donde creció Angie, donde crio a sus hijos, donde veló a su esposo.

—Me da pena, hija, no lo voy a negar —le decía su madre al teléfono—. Pero no quiero quedarme sola aquí, en esta casa tan grande. Y además... me muero por ver crecer a mi nieta.

A quien más le costaba la idea era al hermano que se quedaba en Arequipa. Entendía que era lo mejor para su madre, pero le dolía perder esa cercanía diaria, esa rutina de almuerzos, visitas espontáneas y domingos en familia. Aun así, terminó cediendo, convencido por la seguridad y la alegría que implicaba el traslado.

Angie y su otro hermano, el que vivía en Lima, estaban totalmente decididos: lo mejor para su madre era estar cerca, en un entorno donde no le faltara compañía ni amor.

Pasaron tres meses entre cajas, decisiones y despedidas hasta que finalmente, como se había previsto, la madre de Angie llegó a Lima a mediados de noviembre. La recogimos en el aeropuerto, Angie y yo, entre abrazos, maletas y sonrisas contenidas.

La madre de Angie traía solo dos maletas medianas en la mano, pero apenas se subió al auto nos dijo:

—El camión debe estar llegando mañana o pasado. Son solo seis maletas más. Cosas importantes.

Yo me reí con disimulo, y en voz baja le dije a Angie:

—¿Seis maletas? ¿Todo eso en tu departamento?

—Shh —me contestó—. No digas nada. Mi mamá está ilusionada. Ya veremos dónde entra todo...

El trayecto hasta el departamento fue tranquilo. Ella miraba por la ventana con curiosidad, reconociendo Lima como si fuera otra ciudad. Y en efecto, lo era. Años atrás solo venía de visita breve. Esta vez, venía para quedarse.

Cuando llegamos, la reacción fue aún más emotiva. Había visto el departamento solo una vez, mucho tiempo atrás. Pero esta vez entró sabiendo que sería su nuevo hogar. Angie le había preparado una habitación en el primer piso con esmero: una cama amplia, una cómoda que habíamos traído de Arequipa, nuevas cortinas, una mesa de noche con flores frescas. Todo transmitía bienvenida.

—Ay, hijita... esto está hermoso —dijo mientras recorría el ambiente con los ojos brillosos—. Me has hecho sentir en casa desde el primer minuto.

El plan a mediano plazo era aprovechar los aires del departamento. Queríamos construir una terraza techada con un par de ambientes: uno para depósito y otro que funcionaría como el nuevo estudio de Angie. Así, la habitación que ahora usaba como estudio podría pasar a ser la de su hija, quien, con casi cinco años, ya estaba lista para dormir sola, especialmente con su abuela cerca.

Las dos mujeres se abrazaron en medio de la sala. Angie se aferraba a ella como si quisiera recuperar en un instante todos los años vividos lejos. La madre acariciaba la cabeza de su hija con ternura y orgullo. Las dos se sonreían con complicidad.

Yo las miraba desde el marco de la cocina, apoyado en la pared, con una taza de café aún caliente entre las manos. Sentía una mezcla extraña en el pecho: alegría, alivio, pero también cierta nostalgia. Ese nuevo comienzo, esa nueva etapa tan necesaria y merecida, también implicaba el cierre de algo que habíamos disfrutado hasta entonces: la libertad de nuestros encuentros íntimos, las tardes robadas, los almuerzos improvisados que terminaban con nosotros en la cama.

Ahora sabíamos que tendríamos que buscar otro lugar para seguir siendo “nosotros”. Pero lo importante, lo esencial, seguía intacto: el amor, la confianza, la complicidad que habíamos forjado. Y la paz que ahora rodeaba a Angie era suficiente para darle sentido a todo.

Vi cómo su madre se sentaba con la niña a mirar un libro de cuentos, mientras Angie iba a preparar algo para tomar. Ese pequeño cuadro familiar, lleno de ternura, me hizo sonreír.

A veces, la felicidad no llega con fuegos artificiales. Llega así: en forma de madre, de nieta, de taza servida, de planes que se cumplen. Y de silencios que ya no pesan.

Apenas dejamos a su madre instalada en el primer piso, en el cuarto que habíamos preparado para ella, Angie me tomó de la mano con disimulo y me susurró:
—Acompáñame arriba, necesito bajar una caja.

Antes de subir, se aseguró de que todo estuviera bajo control: su mamá seguía en la sala leyendo un cuento a su hija, ambas concentradas, sin notar nada. Entonces me jaló hacia las escaleras.

Al llegar al segundo piso, en cuanto llegamos al family room, Angie se lanzó sobre mí. Me rodeó con los brazos, pegó su cuerpo al mío y me besó con una pasión contenida que me dejó sin aliento.

—Angie… —atiné a decir entre sus labios—. Estás loca, tu mamá está abajo… ¿qué haces?

Ella sonrió con esa chispa en los ojos que siempre me desarmaba. Tomó mi mano que estaba en su cintura y la llevó suavemente hacia su pecho. Pude sentir su respiración acelerada, la calidez de su piel y cómo se estremecía al contacto.

—Primix… prométeme algo —me dijo casi al oído, con la voz temblorosa pero firme—. Prométeme que vamos a estar juntos como antes, que vamos a hacer el amor por lo menos una vez por semana, que vamos a buscar nuestros momentos, porque yo soy adicta a ti.

Reí nervioso, con el corazón desbocado.
—Eres una loca… claro que sí, también tengo ganas. Ya veremos, no te preocupes.

Pero ella no se conformó con esa respuesta. Me apretó más fuerte contra sí, sus ojos clavados en los míos, exigiendo.
—No es un “ya veremos”. Te lo estoy pidiendo de verdad. Prométemelo.

Sentí la urgencia en su voz, la necesidad detrás de esas palabras, y le respondí en un murmullo lleno de complicidad:
—Te lo prometo, amor.

Ella suspiró aliviada, me besó otra vez, largo y profundo, y luego, con una risa nerviosa, se apartó.
—Listo… ahora sí estoy tranquila.

Se acomodó la blusa con rapidez y me señaló la caja en la esquina.
—Agárrala, para disimular. Vamos abajo antes de que sospechen.

Yo cargué la caja, todavía con la adrenalina corriendo por mi cuerpo. Bajamos las escaleras como si nada hubiera pasado, pero el secreto de lo ocurrido arriba nos ardía por dentro como un fuego oculto que tarde o temprano volvería a encenderse.
 
La vecina

Con el paso de los días, la rutina comenzó a encontrar un nuevo equilibrio. La madre de Angie, ya instalada en su habitación del primer piso, se volvió parte del día a día. Era amable, conversadora, y rápidamente retomó su cercanía con mi madre, con quien mantenía una amistad sólida desde hacía décadas, desde que ambas eran novias de los que después fueron sus esposos. Esa confianza tejida en los años de juventud fue ahora nuestro mayor aliado.

Cada mañana, después de que Angie salía a trabajar y yo dejaba a los niños en casa de mi madre, la señora cruzaba unas cuadras y se instalaba en la cocina de mi casa materna. Se sentaba a conversar con mi madre mientras los niños jugaban cerca, compartían recetas, anécdotas, fotos. Era como si nunca se hubiese ido de Lima.

Esa rutina nos permitió —con los debidos cuidados— seguir disfrutando de algunos encuentros entre semana en el departamento de Angie. Todo se planeaba con precisión: primero, confirmábamos que su madre ya estuviera con la mía. Luego, Angie le decía por mensaje que, después del trabajo, pasaría a recogerla con el auto. Eso nos daba una o dos horas de libertad, que exprimíamos al máximo.

Al llegar al departamento, ni bien cerrábamos la puerta, la tensión acumulada se volvía deseo. A veces comenzábamos en la sala, con la ropa apenas desabrochada, entre besos hambrientos en el sillón. Otras veces íbamos directo al cuarto, donde nuestras ropas quedaban regadas por el pasillo como migas de pan. Hacíamos el amor con entrega, con ternura y urgencia. Cada gemido contenido era un acto de amor furtivo. Cada orgasmo, un triunfo contra el tiempo prestado. Una vez la urgencia de amarnos era tanta que lo hicimos en la cocina, donde entramos por un vaso de agua, los gritos de placer de Angie se filtraban por el tragaluz que daba a las otras cocinas del edificio. Nos tuvo sin cuidado si alguna vecina se masturbó escuchándonos gozar.

Y los sábados... Ah, los sábados eran otra historia. Si nuestras madres salían juntas a algún compromiso —una salida con las amigas de mi madre, un paseo al parque, una misa especial—, sabíamos que teníamos toda la mañana o toda la tarde, ahí lo más difícil era encontrar pretextos con Nadia para escaparme. Entonces no había prisa. Podíamos amarnos como antes. Entre pausas. Entre risas. Entre juegos.

Nos despertábamos temprano para salir de nuestras casas, solo para volver a quedarnos enredados en la cama de Angie o en algún hotel. Nos besábamos como si fuéramos amantes adolescentes redescubriendo cada rincón del cuerpo del otro. Angie a veces se ponía esa lencería negra que guardaba para “ocasiones especiales”, se sentaba a horcajadas sobre mí, y se movía lento, mientras me susurraba frases dulces y provocadoras al oído. Otras veces, solo se quedaba debajo de mí, con los brazos abiertos, como quien recibe y se rinde al mismo tiempo. Era plenitud. Era locura. Era casa.

Una tarde, después de uno de esos encuentros en los que terminábamos jadeando, sudados y satisfechos, me vestía todavía con el cuerpo vibrando. El cuarto olía a sexo, a ella, a mí, a nosotros. Angie estaba recostada de lado, apenas cubierta por la sábana, con una pierna asomando, la espalda desnuda, y ese gesto de sonrisa entre agotada y feliz que me desarmaba.

Mientras abotonaba mi camisa, aún con la respiración irregular y la sensación de su humedad en mis dedos, escuchamos un sonido de escoba arrastrándose en el pasadizo, afuera del departamento. No era la primera vez.

Salimos minutos después, como siempre con discreción, cuidando no hacer ruido al cerrar. Pero ahí estaba. La vecina del segundo piso. ¡Barriendo el pasadizo de nuestro tercer piso!!.

Barriendo. A esa hora. Ese tramo exacto. Una limpieza innecesaria porque el portero lo dejaba impecable cada mañana. Pero ella insistía. Siempre ahí. Siempre “barriendo” cuando salíamos.

Angie lo notó al mismo tiempo que yo. Me apretó la mano con fuerza disimulada, como diciendo ahí está otra vez. Bajamos las escaleras con serenidad ensayada, como si no viniéramos de revolcarnos con desesperación durante más de una hora.

Yo llevaba aún su olor en la piel. Y estoy seguro de que algo de mi olor quedó en su cuerpo también. La vecina lo supo. Tal vez lo olió. O lo intuyó.

Ella levantó la mirada un segundo. No saludó. Solo observó. Esa mirada no era inocente. Era una mezcla de morbo reprimido y envidia mal disimulada. Como si supiera perfectamente que estábamos escapándonos del mundo y, por eso mismo, deseaba tener algo que contar.

Nos fuimos sin mirar atrás. Cuando llegamos a la cochera en el sótano, Angie no aguantó y soltó una risa nerviosa.

—No puede ser —me dijo en voz baja—. Esa mujer nos huele.

Le di un beso corto, y le susurré en el oído:

—Lo que pasa es que quisiera estar en tu lugar... o en el mío.

Ella sonrió. Apretó los labios para no reírse más fuerte. Y mientras bajábamos, nuestras miradas se encontraron otra vez. Cargadas de deseo.

Esa mujer, que debía tener la edad de Angie, pero hablaba como una tía jubilada, se había convertido en una presencia incómoda. Era de esas personas que disfrazan su intromisión de cortesía. Charlaba con todos, pero especialmente con la madre de Angie. Le sacaba charla en la entrada del edificio, le preguntaba por la hija, por los nietos… por mí. ¿Quién era el hombre que venía seguido? ¿Vivía cerca? ¿Era primo, esposo, ex?

Peor aún, el nuevo portero no ayudaba. Era joven, inconstante, y tenía la lengua suelta. Ya no era como el viejo señor León, que había visto de todo y sabía guardar secretos. Este parecía disfrutar de contar lo que veía, como si el edificio fuera un reality show.

Una tarde, después de otro encuentro apasionado en el departamento de Angie, mientras ella se ponía una blusa y se acomodaba frente al espejo, se lo dije:

—Amor, ¿qué pasa si entre charla y charla, la chismosa le cuenta a tu mama que yo vengo por las tardes y algunos sábados?

Angie se detuvo. Se giró hacia mí con el rostro serio.

—No tengo cómo explicar eso —me dijo, con la blusa a medio abotonar—. Es cierto. O sea, ¿qué le diría? Que tú vienes a almorzar conmigo... ¿todos los sábados? ¿Sin ella?

Se quedó pensativa. Luego suspiró.

—Tienes razón, amor. Creo que ya es momento de volver a los hoteles.

Asentí mientras me acercaba a ella y la rodeaba con los brazos.

—Vamos a estar más tranquilos —le dije al oído—. Y además… así vas a poder gritar todo lo que quieras.

Angie soltó una carcajada, se apoyó en mi pecho y dijo:

—Ay, no ves que tú también gritas...

—Yo grito al final. Tú gritas todo el acto —bromeé.

Nos reímos como adolescentes atrapados. Luego la miré a los ojos. Ella me besó con dulzura. Y en ese instante supimos que, aunque los escenarios cambien, el deseo seguía intacto. El amor seguía intacto.
 
El Hotel

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que fuimos a un hotel. Desde que la mamá de Angie se había instalado en su departamento, nuestros encuentros pasaron a depender de maniobras, silencios, ventanas de tiempo. Hacer el amor en su casa se había vuelto riesgoso… y limitado.

Así que ese viernes, apenas salimos del trabajo, ella me escribió:
“Reservé el de siempre. Habitación 308. Te espero.”

Sentí un escalofrío de esos que recorren la espalda. Era como volver a esa complicidad adolescente. Como regresar al juego, a lo prohibido, a lo que era solo nuestro. Le había dicho a Nadia que tenía una cena de trabajo y eso me daba tiempo hasta las 11 o 12 de la noche para llegar a casa. Mi trabajo en ventas era muy flexible y exigente en horarios y Nadia lo sabía.

Llegué primero. Subí con la llave magnética que me había dejado en la recepción. Ella llegó unos minutos después. Vestía una blusa blanca con un escote apenas insinuado, un pantalón entallado y esa mirada de loba con hambre. Cerró la puerta sin decir nada. Solo me miró. El silencio era deseo condensado.

Se me acercó. No dijo nada. Me desabrochó la camisa mientras me besaba el cuello, luego la mandíbula, luego la boca. Bajó por mi pecho, mis abdominales, mi vientre. Me desabrochó el pantalón con una desesperación suave. Me devoró.

Yo me senté en el borde de la cama, jadeando, viendo cómo su boca me recorría, mientras sus manos me acariciaban como si reconocieran un mapa que sabían de memoria. Me hizo acabar en su boca. Yo quería detenerme, alargarlo, pero fue imposible. Ella sabía exactamente cómo hacerlo. Angie se puse de pie y saboreando las ultimas gotas de mi semen, me dijo, — hola, Amor, venia pensando en esto toda la tarde.

Cuando subió a la cama, se desnudó lentamente. Se montó sobre mí como una amazona. Primero mirándome de frente, con las manos sobre mi pecho, cabalgando con ritmo firme, controlado. Luego se volteó, y me regaló la visión más hermosa: su espalda, su cintura, sus caderas, su hermoso trasero deslizándose sobre mí. Se movía hacia atrás, sintiendo cómo nos fundíamos.

La sujeté de las caderas, la hice girar. La puse en misionero. Sus piernas subieron hasta mis hombros. Sus ojos se clavaron en los míos. Entré profundo. Ella gimió con fuerza. En cada embestida, se arqueaba. Sentí cómo su cuerpo temblaba, cómo se entregaba.
—Hazme tuya —susurró.
—Lo eres. Siempre lo has sido.

Cuando terminamos, sudados, agitados, nos recostamos abrazados. Encendimos la tele, pero no la mirábamos. Ella fue por un par de cervezas del minibar. Brindamos.
—Por nosotros —dijo.
—Por volver a sentirnos libres —le respondí.

Hablamos de los niños, del colegio, del trabajo, del nuevo pasatiempo de su hija con los puzzles. Nos reímos. Éramos más que amantes. Éramos dos cómplices en pausa.

Entonces, me besó otra vez. Bajó lentamente. Me besó el pecho, el abdomen, y volvió a jugar con su lengua. Mi pene creció en su boca. Me miraba desde abajo. Me provocaba. Se detuvo justo cuando estaba al borde. Subió sobre mí, esta vez cabalgándome con el torso erguido, las manos en sus pechos.
—Te amo —le dije.
Ella no contestó. Se limitó a sonreír, a moverse sobre mí hasta que ambos estábamos jadeando otra vez. Luego la tomé por la cintura y la giré. La puse en cuatro. La abracé por detrás mientras la embestía. Sus gemidos llenaron la habitación.
—Ahí… ahí… no pares, por favor…

La sentí llegar. Todo su cuerpo tembló. Me apretó con fuerza entre sus piernas. Yo llegué segundos después, hundido en ella, con la frente sobre su espalda.

Nos duchamos juntos. El agua tibia nos relajó, nos devolvió al mundo.

El silencio tenía el ritmo pausado de nuestras respiraciones. Estábamos desnudos, desarmados, tibios y satisfechos.

Angie se sentó al borde de la cama, cruzó las piernas con una naturalidad que me dejó sin palabras. Desde donde yo estaba, recostado contra las almohadas, tenía la vista perfecta: sus pechos todavía tensos, con los pezones erectos; su vientre subiendo y bajando con calma; su sexo húmedo, tibio, con restos de mí todavía ahí, como un testigo silencioso de lo vivido.

—Caballero… —dijo de pronto, sin mirarme, mientras jugaba con su cabello húmedo—. Concéntrese en mis ojos. Quiero contarle algo importante.

Me reí, ladeando la cabeza.
—Imposible —le respondí—. Eres una diosa, Angie. Más aún después de hacerte el amor. Me distraes con solo existir.

Ella sonrió y se lanzó sobre mí. Su cuerpo caliente se deslizó encima del mío. Me besó el cuello, la mejilla, me hizo cosquillas como si volviéramos a tener veinte años.

—¿De verdad soy una diosa? —me dijo, con esa mezcla suya de juego y verdad.

La miré.
—Por supuesto. Eres hermosa, sensual… pero después del amor tienes una luz especial. No sé, es como si brillaras distinto. Me cautivas.

Ella bajó la cabeza, se acomodó sobre mi pecho, su oreja justo sobre mi corazón.
—Ay, Primix… —murmuró—. Esos son tus ojos de amor.

—Sí —respondí, acariciándole la espalda lentamente—. Pero también son los ojos de un hombre que sabe lo que tiene. ¿Estás segura de que soy solo yo el que te mira así? Dime la verdad.

Ella guardó silencio unos segundos. Dibujó pequeños círculos sobre mi pecho con el dedo.

—Sí pues… justo de eso quería hablarte, pero tú no me dejas.

Le acaricié el cabello, sin apurarla. Esperé.

—Hay un tipo —dijo finalmente—. De otra área. No es de mi equipo. Me viene rondando hace semanas. Primero fue amable, correcto, con cosas del trabajo. Pero últimamente… cada vez más directo.

—¿Y tú?

—Yo he querido ser cortés. Le dije que tengo novio. Pero se enteró que soy madre soltera… y el imbécil cree que eso significa que estoy disponible. Como si las que criamos solas estuviéramos esperando que alguien nos rescate.

Me tensé un poco.

—¿Quieres que aparezca por ahí un día? Ya sabes… estrategia clásica: llegar en tu hora de salida, darte un beso frente a todos y que les quede clarito de quién eres.

Ella se río con ternura.
—No todavía. Si fuera necesario, sí, te lo pido. Pero déjame manejarlo sola, amor. Creo que… con todo lo vivido, ya aprendí a valerme por mí misma. Me encanta que me cuides. Me encanta saber que estás ahí. Pero quiero hacerlo sola esta vez. Y si no funciona, ahí sí… apareces tú y haces lo tuyo.

—Me parece perfecto —le dije, mientras deslizaba mi mano por su espalda baja, hasta acariciarle el comienzo de las nalgas—. Igual, si ese imbécil cruza la línea, me avisas. No porque seas madre soltera o no tengas pareja. Porque eres una mujer que merece respeto.

Ella levantó la cabeza, me miró.
—¿Y si me enamoro de él?

—Te mato —le dije en broma, y la besé.

Nos reímos. Ella volvió a su posición. Se quedó ahí, sobre mi pecho, dibujando figuras invisibles en mi piel.

—¿Y sabes qué me pasa contigo? —dijo, casi en susurro.

—¿Qué?

—Después de hacer el amor contigo… siento que no hay nada más importante en el mundo que estar aquí. Así. Solo los dos. Como estamos ahora.

La abracé fuerte. Mi mano se posó sobre su cintura, la atraje hacia mí.

—Entonces no te vayas nunca —le dije.

Ella no respondió. Solo me besó la clavícula, se apretó contra mí, y dejamos que el silencio, el cuerpo y el alma hicieran el resto.

Pero no habíamos terminado.

Ella se echó sobre la cama, boca arriba. Yo me acomodé a su lado y comenzamos a besarnos otra vez, esta vez más lento. Como si estuviéramos empezando de cero.

Ella se giró, me besó el cuello y bajó. Hicimos un 69 suave, lento. Ella gemía con la boca ocupada, yo con mi lengua en lo más íntimo de ella, sintiendo cómo se abría más y más. La hice llegar así, con mi boca, sintiendo el sabor de mi semen y su lubricación. Se arqueó, se estremeció, me abrazó con los muslos.

—Quiero montarte otra vez —dijo.

Y lo hizo. En vaquera inversa. Sus caderas se movían como olas. Yo veía su espalda, sus nalgas, sus muslos, el ritmo hipnótico de su cuerpo sobre el mío. Me detuve para mirarla, para grabarme esa imagen. Ella se dejó mirar. Sabía lo que me provocaba.

Finalmente, la tomé y la llevé al borde de la cama. Le abrí las piernas. Las subí a mis hombros.
—Ven —le dije.
Entré con firmeza. Esta vez fue lento, muy lento. Pero cada embestida era profunda, llena. Ella lloró. Literalmente. Lágrimas silenciosas mientras me decía:
—Nunca me dejes. Nunca.

Y cuando vino el orgasmo, fue mutuo. Nos fundimos. Quedamos exhaustos, entrelazados, con la piel empapada de sudor y ternura.

Nos dormimos un rato. Nos despertamos con los cuerpos aún tibios. Y nos abrazamos como si el mundo fuera un hotel y nosotros dos los únicos huéspedes.

Esa noche antes de irnos, lo hicimos una vez más en la cama y otra vez en la ducha, como ya se estaba haciendo costumbre.


Sábado por la tarde – El cuarto de juegos

Eran casi las dos y media. Habíamos almorzado temprano con mi madre, como casi todos los sábados que teníamos a los niños juntos. Angie se quedó un rato más en la cocina, ayudando a lavar los platos con mamá, mientras yo me tumbaba en el sofá unos minutos. Nadia llegó puntual, como a las dos, después de su media guardia. Había una ceremonia en la clínica, así que su salida fue antes de lo usual. Vino relajada, con el uniforme de médico aún puesto y el cabello recogido en una trenza floja. Se notaba que estaba algo cansada, pero su mirada se iluminó al ver a nuestro hijo correr hacia ella.

—¡Mami! —le gritó él, abrazándola con fuerza—. ¡Ya jugamos con dinosaurios y princesas!

—¿Ah, sí? ¿Y quién ganó? —preguntó ella, sonriendo.

—¡Empate! —interrumpió la hija de Angie, alzando los brazos con una energía contagiosa.

Después de un rato, nos fuimos todos al cuarto de juegos. Mi madre, feliz con la idea, llevó unas galletas y refrescos. El cuarto —que había sido el de Angie cuando yo me mudé de esa casa— ahora estaba transformado: la alfombra de colores cubría todo el piso; las paredes, forradas con láminas infantiles de animales, números y letras, hacían parecer que estábamos en un jardín de infancia. Había peluches, bloques, cuentos. En una esquina, una mesita con crayones y hojas ya coloreadas.

Angie y yo nos sentamos en el suelo, apoyados contra la pared. Nadia se acomodó en una de las sillas pequeñas, cruzando las piernas, mientras mi madre, como siempre, optó por su inseparable mecedora.

—Mira, papá —dijo mi hijo, mostrándome una figura hecha con bloques—. ¡Es un castillo con torre y todo!

—¡Y la princesa guerrera vive ahí! —añadió la niña, con una voz firme que nos hizo reír.

—¿Una princesa guerrera? —preguntó Nadia—. ¡Esa sí que sabe defender su castillo!

—¡Obvio! —respondió ella, con esa seguridad que sólo los niños tienen—. Tiene capa mágica y lanza fuego por los ojos. Y a veces mi primo es su dragón.

—¡No! Yo soy su escudero —corrigió él—. Pero también puedo ser dragón… si me das poderes.

—¡Toma! —dijo ella, extendiéndole un bloque azul—. Este es de poderes.

Nadia observaba con una mezcla de ternura y fascinación. Se volvió hacia mí y murmuró:

—Se llevan como hermanos. Es impresionante cómo se entienden.

—Lo son —le respondí, en silencio—. Lo son, aunque el mundo no lo entienda así.

Mi madre sonrió desde su mecedora. No dijo nada. Pero sus ojos estaban llenos de luz. Los observaba como si hubiese logrado una pequeña victoria en la vida.

Angie se acercó a su hija y le arregló un mechón de cabello que se le había pegado a la frente.

—¿Te conté que cuando eras bebé dormías aquí? —le dijo con una sonrisa—. Este cuarto era de mamá.

—¿Y tú también tenías dinosaurios? —preguntó la niña.

—No tantos como tú —respondió Angie—, pero sí tenía libros y muñecas.

Los niños comenzaron a dibujar, cada uno a su manera, compartiendo crayones, hablando entre ellos de cosas que solo ellos entendían. En un momento, nuestros hijos chocaron los puños en señal de “misión cumplida” y se tiraron al suelo a reír. Fue espontáneo, hermoso.

Yo miré a Nadia. Luego a Angie. Y, como si se hubieran dado cuenta, ambas se miraron. No fue una mirada tensa ni incómoda. Fue breve, limpia, con un dejo de orgullo compartido. Algo había ahí… tal vez respeto. Tal vez una aceptación silenciosa de que, aunque la vida se había desviado de lo esperado, algo hermoso había nacido de esa complejidad.

Me quedé observando la escena. Mis dos mujeres. Mis dos hijos. Mi madre, con esa expresión de abuela que ya ha vivido todo y aún quiere vivir un poco más.

No pensé en la mañana que acabábamos de pasar con Angie en el hotel, aunque estaba ahí, en mi cuerpo, en mi memoria. Había hecho el amor con ella tres veces, entre juegos, charlas, posiciones nuevas y antiguas, una conexión tan intensa como tierna. Pero ahora todo eso era solo un eco… y esté presente también tenía sentido. Lo uno no invalidaba lo otro.

Era una escena familiar. Inusual, sí. Pero funcional.
 
Sesenta y siete – EL REGRESO DEL FANTASMA

CONTADO POR LA VOZ DE ANGIE

Mis manos temblaban mientras leía:

Asunto: Perdóname

Angie,

No tengo ni idea de si vas a leer esto, pero me da igual, tenía que escribirte.

Desde que supe que tenemos una hija no pego ojo, tía. No dejo de darle vueltas a la cabeza, a lo gilipollas que fui por largarme así, como un crío asustado.

Me equivoqué, y bien. Pero desde entonces nada ha tenido sentido.

Quiero conocer a nuestra niña, aunque llegue tarde a su vida. Quiero que sepa que tiene un padre que la quiere con locura. Y también quiero verte a ti… porque, aunque pasen los años, tú sigues siendo la mujer de mi vida.

Respóndeme, por favor.




Asunto: Te necesito

Angie,

Han pasado días y nada… y aquí estoy otra vez.

No paro de pensar en vosotras. Estoy en Madrid, pero si hace falta me planto en Lima mañana mismo. Aunque lo que de verdad quiero es que vengas tú. Aquí tendríais todo: estabilidad, un hogar de verdad, un futuro de puta madre para la niña.

Ya no soy el mismo gilipollas de antes. Estoy dispuesto a currármelo, a demostrar que puedo ser el hombre y el padre que os merecéis.

Contéstame, lo que sea, joder.




Asunto: ¿Lo recuerdas?

Angie,

Hoy pasé por aquel café de Lavapiés donde nos sentábamos los domingos. Me quedé como un imbécil, acordándome de ti, riéndote con el pelo suelto, mirándome como si el resto del mundo no existiera.

¿Te acuerdas? Porque yo no he podido olvidarlo en la vida.

Me duele pensar que quizá no quieras ni verme, pero necesito creer que aún queda algo de lo nuestro.

No me digas que ya es tarde.




Asunto: No me quites esta oportunidad

Angie,

No me castigues más por lo que hice. Sé que la cagué a lo grande, pero si me niegas ver a mi hija, me estarás matando en vida.

Estoy dispuesto a lo que sea: mudarme a Lima, reconocerla, enfrentarme a quien haga falta. Lo único que te pido es que me dejes estar en su vida.

Ella tiene derecho a saber quién soy. Y tú… tú mereces saber que aún te quiero como el primer día.




Asunto: Dime que no es tarde

Angie,

Este va a ser mi último correo. Si no me respondes, entenderé que has cerrado la puerta para siempre.

Pero necesito que lo sepas: nunca he querido a nadie como a ti. Y desde que supe que tengo una hija, siento que sin vosotras estoy roto, incompleto.

Vuelve a Madrid. Vuelve conmigo. Haré lo que sea, moveré cielo y tierra para recuperarte.

No me digas que ya es tarde… porque en el fondo sé que tú también lo sientes.




Dejé el móvil sobre la mesa como si me quemara las manos. Había releído el último correo con los dientes apretados, sintiendo que cada palabra era un golpe seco en el pecho.

El corazón me latía desbocado, como si quisiera salirse de mi cuerpo. Una mezcla insoportable de rabia, desasosiego e impotencia me recorría de arriba abajo. ¿Con qué cara ese cabrón tenía el descaro de llamarme “la mujer de su vida” después de haberme dejado tirada justo cuando más lo necesitaba?

Me levanté del sofá tomé nuevamente el teléfono y empecé a caminar por la sala con el teléfono en la mano. Me temblaban los dedos, respiraba entrecortado, como si el aire me faltara. Quise bloquearlo, borrarlo de mi vida con un solo toque en la pantalla… pero no pude. Había algo en esas palabras que me encadenaba, que me obligaba a leer y releer, como si necesitara castigarme a mí misma.

—Hijo de puta… —susurré con los ojos húmedos, apretando los labios hasta hacerme daño.

Miré hacia el cuarto donde mi hija jugaba, ajena a todo. Su risa clara llenaba el aire mientras intentaba abrazar a una muñeca que apenas cabía entre sus bracitos de tres años. Esa risa me partió el alma. Porque ahí estaba la pregunta que me atormentaba desde el primer correo: ¿qué derecho tengo yo de negarle a mi hija conocer a su padre?

El recuerdo me golpeó como un mazazo: aquel día en que él desapareció. Yo con la prueba de embarazo en la mano, buscándolo desesperada, y él… nada. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una puta explicación. Solo silencio. Un silencio que dolió más que cualquier palabra cruel.

Sentí la contradicción desgarrándome por dentro. La cólera me empujaba a odiarlo con todas mis fuerzas. Pero la culpa, esa maldita voz interna que no se callaba, me repetía que quizá mi hija merecía saber quién era.

Me derrumbé en el sofá con el teléfono en la falda. Me tapé la cara con las manos y, por primera vez en mucho tiempo, lloré con una rabia vieja, contenida, que llevaba años escondida en lo más hondo.

La risa de mi hija volvió a sonar desde el cuarto. Alcé la vista con los ojos rojos y un nudo en el estómago.

—¿Y si un día me pregunta por él? —me dije en voz baja.

El silencio del departamento fue mi única respuesta.

Los días siguientes fueron una tortura. Cada mañana, al despertar, encontraba otro correo suyo esperándome, hasta en eso mintió, no había un último, todos eran como un recordatorio de todo lo que había querido enterrar. No tenía que abrirlo para sentir el nudo en la garganta: solo leer su nombre en la bandeja de entrada me revolvía el estómago.

Y, aun así, los abría. Los leía todos. Una y otra vez. Como si no pudiera evitarlo. Como si necesitara herirme para convencerme de que aquello no debía repetirse jamás.

Intentaba actuar con normalidad contigo, reírme, hablar de cosas cotidianas, pero dentro de mí todo era ruido. En las noches, cuando me abrazabas y yo apoyaba la cabeza en tu pecho, cerraba los ojos con la esperanza de que el sueño me apagara la mente. Pero era inútil: sus palabras seguían allí, ardiendo.

Un par de veces me propusiste vernos, escapar al hotel como solíamos hacerlo, y yo, con el dolor en el corazón, tuve que esquivarte. Inventaba excusas, fingía cansancio, cualquier cosa para no estar contigo en ese espacio donde siempre nos desnudábamos de todo, no solo del cuerpo. No podía mirarte a los ojos y llevar ese secreto clavado en mí. No quería verte hasta estar lista para contártelo. Y esa decisión me partía por dentro, porque lo único que quería era refugiarme en ti.

Varias veces estuve a punto de hablar. Abría la boca, buscaba la manera… y me detenía. Tenía miedo de tu reacción, de que pensaras que aún había algo en mí que respondía a él, que dudabas de mi lealtad, que me miraras distinto. No quería decepcionarte. Tú siempre me habías cuidado, siempre habías estado a mi lado pensando en lo mejor para mí y para mi hija. Y yo… yo no soportaba la idea de hacerte daño.

Pero también sabía que no podía callarlo para siempre. Cada vez que te veía jugar con nuestra niña, cada vez que la oía decirte “papá” con esa naturalidad que a mí me llenaba de ternura, me venía la pregunta: ¿tengo derecho a ocultarle esto?

Una noche, mientras la arropabas en la cama, antes de irte, y ella te abrazaba medio dormida, recordé a mi padre. Recordé como, antes de morir, te tomó de la mano y te pidió que cuidaras de mí. Aquella promesa se me clavó como una flecha en el pecho. ¿Cómo podía yo guardar silencio, sabiendo que habías prometido protegerme incluso de mí misma?

Entonces lo decidí. Tenía que contártelo. Costara lo que costara. Buscaría el momento oportuno, uno en el que pudiera mirarte a los ojos y decirte la verdad, aunque me temblara la voz.

Porque más allá de mi miedo, sabía que lo único que me quedaba era tu consejo. Y que, aunque me doliera, tu respuesta siempre estaría pensada en lo mejor para nosotras.

Ese sábado acepté verte en el departamento. Sentí que ya no podía alargarlo más, que si seguía guardando silencio iba a envenenarme por dentro. Cuando abriste la puerta y me abrazaste con esa familiaridad que siempre me calma, estuve a punto de echarme atrás. Pero no, esta vez tenía que hacerlo.

Nos sentamos en el sillón, todavía con la luz suave de la mañana entrando por la ventana, y entonces te miré a los ojos. El corazón me martillaba el pecho.

—Tengo algo importante que contarte… —te dije, bajando la voz casi hasta un susurro.

Tú me sonreíste con ese gesto tuyo que tantas veces me derritió, me besaste despacio y respondiste:

—Si es importante, mejor me lo cuentas piel a piel, como tenemos por costumbre.

La ternura de tus palabras me hizo temblar, pero también me dolió. No podía manchar lo nuestro con aquello. Negué despacio con la cabeza y apoyé la frente en tu pecho.

—No, amor… no vale la pena ensuciar nuestra intimidad con esto. Prefiero decírtelo así, aquí, acurrucada contigo.

Me acomodé en tu regazo, buscando tu calor como una niña que necesita refugio. Te abracé fuerte, cerré los ojos y respiré hondo. Podía sentir tu sorpresa, tu silencio expectante, pero también cómo tus manos se quedaron quietas en mi espalda, dándome ese permiso silencioso para soltarlo todo.

Y lo hice.

Te conté cada detalle, desde el primer correo hasta el último. Cómo cada mañana me encontraba con sus palabras en la bandeja de entrada, cómo la rabia y la impotencia me desgarraban, cómo intentaba borrarlo y no podía, cómo recordaba el día en que me dejó tirada con la prueba de embarazo en la mano, llorando sola.

Te hablé de la culpa que me atenazaba, de mi miedo a que algún día mi hija me preguntara por él, y de cómo cada correo suyo era como una herida nueva. Te dije también que por eso te había esquivado, que no pude ir contigo al hotel porque no soportaba la idea de mirarte a los ojos y guardar ese secreto.

Mientras hablaba, sentía mis lágrimas correr sin poder detenerlas, mojando tu camisa. Pero tú no me interrumpiste, no dijiste nada, solo me acariciabas el pelo en silencio, como si entendieras que necesitaba vaciarlo todo antes de escuchar tu voz.

Cuando por fin terminé, sentí que me había quitado de encima un peso insoportable. Y aunque el miedo a tu reacción seguía clavado en mi estómago, también me llenaba la certeza de que, pasara lo que pasara, estaba cumpliendo con la verdad.

Me quedé acurrucada en tu pecho, esperando.

Me quedé en silencio después de soltarlo todo. Sentía que me faltaba el aire, como si me hubieran arrancado algo del pecho. No quería levantar la cabeza, tenía miedo de encontrar en tus ojos enojo o decepción.

Pero cuando por fin hablaste, tu voz fue firme, clara, cargada de indignación.

—¡Qué hijo de puta! —dijiste apretando los dientes—. Aparecer ahora… ¿con qué cara? Después de haberte dejado sola, después de abandonar a tu hija… ¡y encima quiere que regreses a Madrid!

Te apartaste un poco para mirarme a los ojos, y en ese instante vi cómo tu rabia se mezclaba con ternura, como siempre.

—Escúchame, Angie —continuaste, acariciándome la mejilla—. Entiendo lo que sientes, y te lo digo en serio: no estás sola. Yo sé que eres valiente, que puedes enfrentarte a lo que sea… pero esta vez me dejas a mí. De esto me encargo yo.

Las palabras me atravesaron como un relámpago. Todo el peso, toda la tensión acumulada durante esas dos semanas, se me vino abajo de golpe. Empecé a llorar sin poder detenerme, a cántaros, como si por fin me hubieran dado permiso de soltarlo todo.

Te agarré con fuerza, hundí la cara en tu pecho y solté cada lágrima, cada sollozo, cada miedo que me había estado devorando en silencio. Lloré como hace mucho tiempo no lo hacía, sintiéndome vulnerable, pero sabiendo que nada me pasaría, porque estabas a mi lado, como siempre, entendiéndome, cuidándome, amándome. Sentí tus brazos envolverme, tu mano acariciando mi pelo, tu calor cubriéndome como un refugio.

—Tranquila, mi amor… —me susurrabas—. Ya pasó, ya está. Estoy aquí. Yo las cuido.

Lloré hasta quedarme sin fuerzas, hasta que mi cuerpo se rindió y lo único que quedó fue ese alivio dulce de sentirme cobijada en ti. Tus caricias me devolvieron la calma poco a poco, hasta que solo quedó el silencio de la habitación, interrumpido por mi respiración temblorosa.

Y ahí, entre tus brazos, supe que había hecho lo correcto al contártelo. Que, pase lo que pase, tú serías mi escudo.

YO

La escuché en silencio, sin interrumpirla, dejando que cada palabra saliera de sus labios como un desahogo necesario. Sentí la rabia subirme por dentro, la indignación de saber que ese desgraciado tenía la osadía de aparecer ahora, después de todo lo que le había hecho. Me mordí los labios, respiré hondo, y cuando terminé de escucharla, lo único que pude decir, con el corazón ardiendo, fue:

—¡Qué hijo de puta! ¿Con qué cara se atreve a escribirte ahora? Después de dejarte sola, de abandonar a tu hija… y encima quiere que regreses a Madrid.

Ella bajó la cabeza, como si esperara que mi enojo fuera también con ella. Pero no, yo solo podía verla como lo que era: una mujer valiente, que había cargado con un peso enorme en silencio. La abracé fuerte, le acaricié la cara y le hablé despacio, con la voz que solo ella conocía de mí:

—Mírame, Angie. Sé que eres valiente, lo sé mejor que nadie. Pero esta vez me dejas a mí. De esto me encargo yo. Tú y tu hija no van a cargar con esto solas.

Fue entonces cuando rompió a llorar, a cántaros, como si se derrumbara de golpe. La cobijé en mis brazos, la dejé llorar, la acaricié en silencio hasta que se vació por dentro. Supe entonces que no era el momento de hacerle el amor. Lo que ella necesitaba no era pasión, sino sentirse valorada, protegida, amada.

Le tomé la mano y le dije:

—Vamos, ven conmigo.

La llevé a pasear en el auto. Conduje hacia el sur, hasta una playa solitaria donde el mar parecía infinito. Caminamos descalzos por la orilla, el agua fría nos rozaba los pies y yo la abrazaba una y otra vez, la besaba suave, como si quisiera tatuarle en la piel que era mía.

—Eres mi vida, Angie —le susurré—. Nadie se va a meter contigo ni con tu hija mientras yo esté aquí.

Ella me miró con los ojos aún húmedos, pero con un brillo distinto, más sereno.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó.

—Conozco gente en Madrid —le dije con firmeza—. Puedo ubicarlo, averiguar qué quiere en realidad, por qué aparece ahora. Ese será el primer paso. Pero no te preocupes, no va a joderte.

Regresamos a su departamento al final de la mañana, con el mar aún en la piel. Apenas cerró la puerta, me tomó de las manos y me miró con una intensidad que pocas veces le había visto.

—Hazme el amor —me pidió en voz baja—. Quiero sentir que soy solo tuya. Que nadie puede hacerme daño mientras me ames.

La abracé sin decir nada, sabiendo que esas palabras eran la manera más pura de confiar en mí.

No lo pensé dos veces. La tomé de la mano y la guie hacia el segundo piso, hacia su dormitorio. Subimos despacio, como si cada peldaño marcara la transición de todo lo que había pesado en su alma hacia el refugio que íbamos a construir en ese instante.

Al entrar, la luz se filtraba por la cortina ligera, tiñendo el cuarto de un tono cálido. La recosté suavemente sobre la cama, y mientras lo hacía, no dejé de mirarla, como si quisiera grabar en mí la certeza de que ella era mía, de que nada ni nadie podría arrebatarme ese derecho que me daba su confianza.

Me incliné sobre ella y la besé con calma, sin prisa, como si el mundo se hubiera detenido. Sus labios temblaban, y no sabía si era por el deseo o por la emoción contenida, pero en ese temblor encontré su entrega. Deslicé mis manos por su rostro, por su cuello, como queriendo cubrirla con todo mi ser. La desnudé lentamente, llenándola de besos y de palabras amorosas.

Nuestros cuerpos se fueron encontrando despacio, sin urgencias, como si nos estuviéramos redescubriendo. Ella me rodeó con sus brazos y yo me acomodé sobre su cuerpo, protegiéndola con el peso de mi pecho, con la calidez de mi piel, con mi alma entera. No era solo deseo: era promesa, era certeza, era amor.

El ritmo de nuestro encuentro fue pausado, amoroso, lleno de caricias que parecían palabras mudas. Cada movimiento buscaba tranquilizarla, recordarle que estaba segura, que estaba conmigo. Sus ojos se humedecieron de nuevo, pero esta vez no eran lágrimas de dolor, sino de alivio.

La besé en los párpados, en la frente, en cada rincón donde su miedo aún quería esconderse. Y con cada beso sentí cómo se liberaba, cómo dejaba que yo la sostuviera no solo con mi cuerpo, sino con todo lo que soy.

Cuando llegamos casi juntos al clímax, no fue una explosión desbordada, sino una ola profunda y cálida que nos cubrió a los dos. Nos quedamos así, abrazados, con mi cuerpo aún sobre el suyo, respirando al mismo tiempo, como si nuestras almas hubiesen encontrado un mismo ritmo.

La abracé fuerte, cubriéndola con mis brazos, y le susurré al oído:

—Eres mía, Angie. Y mientras yo viva, nadie te hará daño.

Ella cerró los ojos y sonrió apenas, con esa sonrisa que guardaba siempre para mí.

Los días siguientes moví mis hilos en Madrid. Tenía varios amigos del colegio y de la universidad que habían emigrado a Madrid. Uno incluso era investigador privado. Amigos de confianza, gente discreta que sabe dónde mirar y a quién preguntar, empezaron a seguir el rastro de aquel fantasma que había vuelto a la vida de Angie con correos melosos.

No tardaron mucho. En menos de una semana ya tenía lo que necesitaba.

Me dijeron que estaba en la ruina. Que había perdido lo poco que tenía por su adicción al juego. Que las deudas lo tenían ahogado y que el alcohol se había vuelto su compañero habitual. El mismo tipo que había huido cobardemente cuando Angie más lo necesitaba, ahora se arrastraba entre bares y timbas, buscando una salida que no encontraba.

La pieza que faltaba llegó después: se había enterado de que Angie, en el Perú, era funcionaria del Banco Mundial, con una buena posición económica. Y allí encajaba todo. No era amor lo que lo había hecho reaparecer. Era el dinero. La posibilidad de recomponerse a costa de la mujer a la que había dejado rota.

Incluso me dijeron que llevaba meses saliendo con una chica más joven que él, a la que sangraba económicamente para sobrevivir. Y que ahora, cuando ya ni eso alcanzaba, había decidido escribirle a Angie, pintando de romance lo que en realidad era desesperación.

Leí los informes que me mandaron con una mezcla de indignación y alivio. Indignación porque ese desgraciado tenía la desfachatez de hablar de amor mientras lo único que quería era salvarse él mismo. Y alivio porque al fin tenía certezas, pruebas que me daban la razón para enfrentar todo esto con claridad.

Esa tarde, cuando Angie estaba más tranquila, decidí contarle lo que mis amigos en Madrid habían averiguado. No podía guardarlo, ella merecía saberlo todo.

La senté frente a mí, le tomé las manos y la miré a los ojos.

—Ya sé quién es en realidad —le dije con calma—. Mis amigos lo ubicaron. Está quebrado, lleno de deudas por el juego. Se ha hundido en el alcohol. Y lo peor… solo volvió porque supo que trabajas para el Banco Mundial. Cree que contigo puede arreglar su vida. Eso es lo que quiere, Angie. Dinero.

Ella abrió los ojos con rabia y tristeza, pero no parecía sorprendida. Como si, en el fondo, ya lo hubiera sospechado.

—Entonces nunca fue por amor, lo sabía… —susurró.

—Nunca. —afirmé con firmeza—. Y por eso mismo no vas a cargar sola con esto.

Ella me apretó las manos.

—¿Y qué piensas hacer con esa información?

La miré fijo, con toda la seguridad de la que era capaz.

—Tengo dos amigos allá. Uno de ellos lo conoces, el fortachón del gimnasio y la playa, Mario, ¿te acuerdas?

Ellos lo van a buscar y lo llevarán a un sitio donde nadie pueda darle la mano. Yo haré una videollamada frente a él. Y le diré bien claro que no estás sola, que soy tu novio, tu hombre, y que, si se atreve a mandarte un correo más, mis amigos se encargarán de recordarle la basura que es.

Angie me miró con una mezcla de alivio y miedo. Su voz tembló un poco:

—Me asusta que tus amigos se metan en problemas por mí… no quiero que nadie salga perjudicado.

La acaricié despacio, mirándola con ternura.

—Tranquila, mi amor. No va a pasar nada. Ellos saben cómo manejarlo, lo harán bien. Tú solo piensa en ti y tu hija. De lo demás me encargo yo.

Ella apoyó la frente en mi pecho y suspiró profundamente. Al cabo de unos segundos, asintió.

—Está bien —me dijo con un hilo de voz—. Confío en ti.

La abracé fuerte, sintiendo cómo su miedo empezaba a disolverse entre mis brazos. Y mientras la tenía así, pegada a mí, supe que ese era el paso necesario para cerrar de una vez por todas la puerta a ese fantasma.
 
El sábado siguiente llegué temprano al departamento de Angie. Eran algo más de las nueve de la mañana en Lima, pero yo sabía que en Madrid ya pasaban de las cuatro de la tarde. Mis amigos ya me habían confirmado: lo habían ubicado, lo habían llevado a un lugar apartado, sin testigos, donde nadie iba a tenderle una mano.

Angie estaba nerviosa, lo notaba en sus ojos, en la forma en que jugaba con sus dedos mientras esperaba. Me acerqué, le acaricié la mejilla y le sonreí con calma.

—Tranquila, amor. Esto lo hago por ti.

—Lo sé… —respondió en un susurro—. Solo me da miedo que tus amigos se metan en problemas por mi culpa.

—No va a pasar nada —le aseguré—. Ellos saben cómo manejarlo. Tú solo quédate conmigo.

Conecté la videollamada. Al otro lado apareció la imagen temblorosa del español, rodeado por mis dos amigos. Uno de ellos, el fortachón del gimnasio que Angie conocía, lo tenía sentado, con la cara desencajada. El otro sostenía el móvil.

El tipo intentó sonreír nervioso, pero la tensión se le notaba en cada músculo.

—¿Qué coño es esto? —balbuceó.

Yo lo miré a la cámara con toda la calma del mundo, con Angie sentada a mi lado, aferrada a mi mano.

—Escúchame bien tarado —le dije, con la voz firme—. Angie no está sola. Ella tiene a su hombre, y ese soy yo. Si vuelves a escribirle un solo correo, un mensaje, si intentas siquiera volver a meterte en su vida a través de otra persona, te vas a acordar de este momento.

El español tragó saliva, intentando mantener la compostura, pero sus ojos lo delataban.

—Yo… yo solo quería hablar, recuperar lo que…

Lo interrumpí alzando la voz:

—¡Mentira! Sé perfectamente quién eres y en qué estás metido. Sé que estás arruinado, que te has hundido en las deudas y que buscas aprovecharte de Angie. No lo voy a permitir. Además, no tienes ningún derecho sobre Angie y su hija, ¡tú las abandonaste, basura!

Hice una pausa y me incliné un poco hacia la pantalla.

—Ella no es tu salida, ni tu salvavidas. Y si vuelves a molestarla, mis amigos se van a encargar de recordarte lo basura que eres. ¿Ha quedado claro?

El silencio del otro lado fue brutal. Solo se escuchaba su respiración entrecortada y la voz del fortachón diciéndole al oído:

—Más te vale hacerle caso.

El tipo asintió, cabizbajo, derrotado.

Colgué la llamada y dejé el móvil sobre la mesa. Angie me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez no de miedo, sino de alivio.

Se lanzó a mis brazos, temblando, y me abrazó con todas sus fuerzas.

—Gracias… —murmuró contra mi pecho—. Gracias por cuidarnos así.

La apreté fuerte contra mí, besándole el cabello, y le respondí al oído:

—Ya está, amor. Se acabó. Nadie volverá a hacerte daño.

Sentí cómo todo el peso que había cargado durante semanas se deshacía en su cuerpo. Se apartó apenas un instante, me miró con los ojos brillantes, y sin decir nada me besó con una intensidad que me dejó sin aliento.

—Ven… —susurró, tirándome suavemente de la mano.

Me llevó a su dormitorio del segundo piso, ese espacio que tantas veces había sido refugio y esta vez sería escenario de su desahogo. Apenas cerró la puerta, se lanzó sobre mí como si el tiempo se acabara. Sus besos eran urgentes, su respiración entrecortada, sus manos me arrancaban la ropa con una ansiedad que no le había visto nunca.

—Te necesito ahora… —me dijo con la voz rota, entre rabia y deseo—. Necesito sentir que soy tuya, solo tuya.

Y entonces se desató.

Angie me hizo el amor con una intensidad salvaje, como si cada caricia fuera un grito de liberación, como si quisiera borrar con su cuerpo todas las huellas del miedo y la humillación que había cargado. Se entregó con furia y ternura al mismo tiempo, montando sobre mí, besándome hasta doler, arañándome la espalda, pidiéndome más en susurros entrecortados. Me cabalgaba con furia, como si quisiera clavarse mi pene más allá de la vagina.

No había pausa, no había calma. Era un torbellino de pasión y desahogo, y yo la acompañé en cada movimiento, sosteniéndola, respondiendo a su entrega con la misma fuerza. Llegamos juntos una primera vez, jadeando, sin soltarnos.

Pero Angie no se detuvo. Me besó con una sonrisa entrecortada, con los labios húmedos, y me susurró al oído:

—Otra vez… no me sueltes todavía.

Bajó hasta mi pene y lo volvió a levantar con su boca, lo dejo nuevamente duro y listo para ella.

Y volvió a hacerlo. Esta vez se echó de espaldas en la cama y me jaló para que me suba sobre su cuerpo desnudo. Más intensa, más salvaje, como si hubiera esperado demasiado tiempo para vaciarse de todo lo que llevaba dentro. Yo la cubría con mi cuerpo, con mi alma entera, asegurándome de que cada embestida fuera también una caricia, un recordatorio de que estaba protegida, amada, deseada.

La segunda vez fue aún más profunda, más desbordada, un clímax donde la pasión se mezcló con lágrimas de alivio. Luego se puso sobre mí y volvió a cabalgarme furiosa en medio de gemidos de placer. Finalmente, Angie se derrumbó sobre mí, agotada, con el cuerpo temblando y el corazón desbocado, y me abrazó fuerte, sin dejar espacio entre nosotros.

—Eres mío… —susurró con un hilo de voz—. Y yo soy tuya. Solo tuya.

La acaricié suavemente, besando su frente, y la sostuve contra mí hasta que su respiración volvió a calmarse. No era solo sexo, era la confirmación de que, después de tanto dolor, se había reencontrado consigo misma en mis brazos.

Después del torbellino de pasión y alivio, nos duchamos juntos en silencio, como si el agua se llevara la última sombra de todo lo que había pasado. Al vestirnos, ya más serenos, decidí marcar el número de Mario, mi amigo del gimnasio y de la playa, para que Angie pudiera escucharlo directamente.

—Hermano, todo listo —me dijo apenas contestó, con ese tono tranquilo que siempre tuvo. Luego su voz cambió, más bromista—. Ese cabrón hasta se orinó del miedo cuando le dijimos que no se metiera más.

Angie abrió los ojos sorprendida y luego, sin poder evitarlo, sonrió entre incrédula y agradecida.

—Gracias, Mario… de verdad —dijo acercándose al teléfono—. Te recuerdo de esas veces que nos juntábamos todos en la playa. No sabes cuánto te agradezco lo que has hecho.

Mario soltó una risa franca.

—Yo también me acuerdo, Angie. Siempre fuiste una mujer lista y guapa. Y este amigo mío tiene muchísima suerte de tenerte a su lado.

Ella bajó la mirada con una sonrisa tímida, y le respondió con dulzura:

—Gracias, Mario. Me emociona que digas eso. Me alegra que estés bien.

—Sí, llevo ya tres años en Madrid —contó él—. Con un socio español hemos montado un restaurante peruano. Va bastante bien, la verdad. Y ya sabes, cuando vengáis por aquí, estáis invitados.

Nos despedimos con cariño, Angie volvió a agradecerle, y al colgar sentí que en su rostro había una paz distinta, como si al fin todo estuviera en orden.

Me acerqué a ella, la abracé fuerte, y antes de irme le susurré al oído:

—La próxima vez que tengas un problema, no lo guardes dos semanas. Yo siempre voy a estar de tu lado, pase lo que pase.

Ella asintió, con los ojos brillantes, y me besó suave, como un sello de lo que habíamos vivido.

Al salir del departamento, sentí que esa puerta no solo se había cerrado para el fantasma de su pasado, sino que entre nosotros se había sellado algo más fuerte: la certeza de que éramos, contra todo, un solo frente.


 
Un sábado distinto

El sábado siguiente, nos citamos en un hotel nuevo. Angie lo había escogido. Me mandó la ubicación por WhatsApp, junto con una nota que decía: “No llegues tarde. Te quiero entero para mí.”

Era un hotel más moderno, elegante, con un cuarto amplio, buena ventilación, luces tenues, cama king y un jacuzzi redondo en una esquina, ya burbujeando cuando entramos. Apenas cerramos la puerta, me di cuenta de que algo estaba distinto. Angie no me besó de inmediato. Caminó al centro de la habitación, abrió su mochila con calma y sacó una pequeña bolsa.

—Espérame aquí —dijo, y entró al baño.

Yo me quité la casaca, las zapatillas, y me senté en la cama, ya sintiendo cómo el deseo me recorría. Escuché el agua de la llave, pasos. Y entonces salió.

Vestía un conjunto vino tinto con transparencias, delicado, con encaje en los bordes y tirantes finos. Era tan sensual como inesperado.

—¿Y esto? —le pregunté con la voz entrecortada por la sorpresa.

—Hoy no quiero medias tintas —dijo, mientras se subía a la cama a gatas, moviendo la cadera con provocación—. Hoy quiero que me hagas tuya en todas las formas posibles.

Me acerqué de rodillas sobre el colchón. La besé con intensidad, tomándola por la cintura. Mis manos bajaron por su espalda, jugueteando con las ligas, deslizándolas hasta soltar el sostén. Nuestros cuerpos se reconocían, pero cada vez era como si fuera la primera.

La hice recostarse. Empezamos con besos lentos, profundos. Mis labios bajaron por su cuello, sus pechos, su vientre. Ella se arqueaba suavemente, me acariciaba el pelo, me susurraba:

—Desnúdame, por favor.

La complací. Luego fue su turno. Me quitó la camisa, luego el pantalón. Se arrodilló y me besó lentamente. Mi pene jugaba con su lengua, con sus labios. Ella apretaba los labios y en cada movimiento de su boca las oleadas de placer eran intensas. Después se tumbó de espaldas, me jaló hacia ella, abrió las piernas con una mirada encendida y me guio entre sus muslos.

La penetración fue lenta, acompasada. En posición de misionero, la miraba a los ojos. Ella enredaba sus piernas en mi espalda, me pedía más, me pedía que no me detuviera. Le levanté las piernas hasta los hombros y sentí cómo se tensaba y se rendía con cada embestida.

—Así… así, mi amor… —susurraba—. Te extrañé tanto.

La volteé suavemente, la tomé por detrás. Ella arqueó la espalda, sus manos firmes sobre el colchón, su cabello cayendo por un costado. La penetración se volvió más profunda. Golpeábamos el ritmo del deseo sin pausa. Yo le hablaba al oído, ella gemía con fuerza contenida, buscando no gritar demasiado.

Nos detuvimos un momento. Ella se sentó sobre mí. Me montó con un vaivén hipnótico, apoyando sus manos en mi pecho, bajando y subiendo con movimientos amplios. Yo la miraba extasiado. Su cuerpo brillaba bajo la luz cálida del cuarto.

—Eres fuego, Angie.

—Y tú eres mío —dijo, lamiendo el borde de mis labios.

Nos abrazamos fuerte al llegar. Fue una explosión controlada, un clímax compartido que nos dejó jadeando.

Después, se tumbó de lado, mirándome, jugando con mis dedos.

Varios minutos en silencio, mientras nuestras respiraciones se calmaban, solo volteábamos a mirarnos o darnos un beso.

—Tengo que contarte algo —dijo, con un tono más serio.

—Dime, amor.

—¿Te acuerdas del tipo del trabajo? Ese que me invitaba a salir.

Asentí, ya sabiendo a dónde iba.

—Bueno… ya me cansé de sus indirectas. El otro día, después de una reunión, me acerqué y le hablé con calma, pero muy claro. Le dije: “Mira, sé que has sido amable conmigo, y lo agradezco. Pero estoy en una relación. Estoy enamorada. Y no me interesa otra cosa, menos con alguien del trabajo. Así que te pido, por favor, que ya no insinúes nada más.”

La miré con orgullo. Ella continuó:

—El tipo me dijo que no importaba, que, si era madre soltera, seguramente estaba libre para algo casual. Me ardió, pero no quise perder el control. Solo le repetí que no sabía nada de mi vida y que no iba a tolerar faltas de respeto. Espero que con eso haya entendido, pero si insiste, ahí entras tu.

—Claro que sí y muy bien hecho, mi vida —le dije, acariciando su mejilla—. Te admiro.

—Lo sé —susurró, y se inclinó para besarme.

—¿Y ahora? —le pregunté.

Ella me respondió solo con una mirada. Se puso de pie, buscó lubricante en su cartera. Se arrodilló sobre mí.

—Ahora yo te voy a demostrar cuánto te amo —dijo con voz grave, decidida—. Tú relájate… hoy, yo tengo el control.

Se sentó sobre mí de espaldas. Yo sentí cómo me guiaba, cómo con paciencia y entrega fue acomodándose, tomándome dentro de sí poco a poco. No hubo dolor, solo un gemido suave, ahogado, de conexión.

—Respira conmigo —me dijo—. Solo respira.

La sujeté de las caderas. Ella comenzó a moverse lentamente, con un vaivén firme, hipnótico, profundo. Se giraba apenas para ver mi expresión, mientras se tomaba los pechos con ambas manos. Era una danza de entrega y dominio.

—Eres mía —le dije al oído.

—Siempre —susurró, mientras aceleraba.

Sentí cómo ambos llegábamos al límite, era imposible no hacerlo, su culito aprisionaba mi pene erecto y en cada movimiento parecía que el semen quería explotar en su ano. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en mis muslos y se dejó llevar por la ola. Ella llegó un par de minutos después con un gemido largo y profundo, yo la seguí poco rato después, fue como un estallido silencioso, largo, envolvente.

Caímos juntos, entre jadeos, entre sudor, entre caricias que ya no pedían más.

Más tarde, mientras nos sumergíamos en el jacuzzi, nos miramos a los ojos en silencio.

—Eres la mujer más fuerte que conozco —le dije.

—Y tú el hombre que me enseñó a creer otra vez en el amor y en mí misma.

Nos besamos. Y dejamos que la espuma nos cubriera los cuerpos… y las heridas.

Habíamos hecho el amor intensamente esa mañana. Angie se había entregado con pasión, sin límites, como si todo el dolor y la rabia de las últimas semanas se hubiesen transformado en deseo y entrega absoluta. Ahora estábamos acurrucados, su cuerpo tibio descansando parcialmente sobre el mío, su cabeza apoyada en mi pecho.

Sentía su respiración pausada, tranquila, como si al fin hubiera encontrado calma. Le acariciaba el cabello en silencio, disfrutando de ese instante de quietud.

De pronto, su voz suave rompió el momento:

—Perdóname que toque el tema nuevamente… —susurró sin levantar la cabeza—. Pero igual, a veces se me viene a la cabeza y… ¿qué haría si un día mi hija me pregunta por su padre? ¿Qué le respondo?

Me quedé inmóvil unos segundos, sintiendo el peso de la pregunta en mi pecho. Acaricié su mejilla y respiré hondo, sabiendo que no podía darle una respuesta ligera.

La besé en la frente antes de hablar y le dije:

—Cuando llegue ese momento, si llega, no lo vas a enfrentar sola. Lo haremos juntos. Y lo que le diremos será la verdad, pero la verdad cuidada, la que no la hiera ni la confunda. Que su padre biológico no supo estar, pero que ella siempre tuvo a un hombre que la cuidó y la amó como si fuera su propia hija.

Ella alzó la vista hacia mí, con los ojos brillantes.

—¿De verdad lo ves así?

—Claro que sí —respondí sin dudar—. Porque yo la siento como mi hija. Y el día que te pregunte, podremos decirle que su papá no estuvo, pero que nunca le faltó amor. El nuestro.

Angie suspiró, se acomodó de nuevo sobre mi pecho y murmuró con voz quebrada:

—Entonces ya no tengo miedo.

La abracé con fuerza, y en ese silencio entendí que no habíamos cerrado solo un capítulo de su pasado: estábamos escribiendo, juntos, el futuro de esa niña.
 
Sesenta y Ocho – CALMA CON NADIA

Durante esos días, con Nadia también hubo un cambio sutil. No dramático, ni cinematográfico, pero sí perceptible. Su mirada ya no tenía esa dureza que durante mucho tiempo fue mi espejo diario. Sus palabras no eran cuchillas, ni sus silencios un muro. Había, más bien, un tono más amable, una cadencia más suave en sus gestos. De vez en cuando me tocaba la espalda por las mañanas, me daba un beso en la frente o me preguntaba si quería un té antes de dormir.

Era una calma rara. Tranquila. Casi como si ambos hubiéramos renunciado a exigirle al otro algo que ya no podía dar.

Seguía con su búsqueda mística. A diario me enviaba links por WhatsApp de charlas esotéricas, gurús con túnicas o acentos marcados que hablaban de energía cuántica, vibraciones, reencarnaciones. A veces los escuchaba un rato, por respeto, por curiosidad. No era mi mundo. Pero tampoco en el mío tenía las respuestas. Y aunque esos audios y videos no me devolvían a mi hija, tampoco hacían daño.

Una noche, mientras cenábamos los tres en casa —Nadia, nuestro hijo y yo— sentí esa extraña sensación de estar, por fin, en una mesa sin tensión. Nuestro hijo contaba, entre cucharadas, que su maestra le había dicho que dibujaba mejor que todos. Nadia reía y lo animaba. Yo solo lo miraba, embobado, como si la vida tuviera, al menos por ese rato, un sentido nuevo.

En un momento, cuando nuestro hijo fue a buscar un poco de agua, ella me miró.

—¿Te puedo decir algo? —preguntó.

—Sí… ¿por qué?

—Te noto más presente. Más cálido —dijo, sin ironía, sin acusación. Solo como una observación tranquila.

No supe qué responderle. Quizá lo estaba. Quizá el equilibrio frágil que venía construyendo —aunque no honesto del todo— me estaba volviendo menos irritable, más tolerante.

Nadia me sonrió. Una sonrisa leve, pero real. Y sin decir más, extendió la mano por debajo de la mesa y acarició la mía. No fue una caricia pasional, ni una súplica. Fue un gesto sereno. Un “aquí estoy”. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí culpa por no estar completamente ahí.


Durante esas semanas, noté también que ella ya no lanzaba sus frases cortantes. Había menos superioridad, menos corrección constante. A veces, sí, soltaba algún comentario innecesario: que, si había dejado la toalla mal doblada, que, si debía usar individual para comer una manzana, que no se podía tomar agua directamente de la botella. Cosas así. Pero lo decía con un tono casi cómico, sin agresividad.

Yo trataba de no engancharme. Solo cuando la paciencia se me agotaba, ponía un límite. Un “ya, Nadia, por favor” bastaba. Y ella retrocedía sin drama.

Nuestra convivencia empezó a parecerse a lo que alguna vez fue antes de las pérdidas. Hablábamos más. Reíamos a veces. Incluso me preguntaba con interés genuino cómo estaba Angie, cómo iba la bebé, si ya decía palabras. No siempre iba a casa de mi madre, así que no la veía seguido, pero su tono era de curiosidad sincera, no de amenaza ni de doble intención.


En cuanto al sexo, bueno… seguía siendo una anécdota en nuestra relación. La frecuencia se había estabilizado en tres o cuatro veces por año. Yo no insistía. Ella no buscaba. Pero cuando ocurría, al menos era en paz. Solíamos terminar en misionero, como siempre. Con algunos besos, algo de roce, alguna caricia rápida. Jamás hubo sexo oral. Ni anal. Ni una posición distinta, salvo raras excepciones que se abandonaban rápido. El cuerpo de Nadia parecía no querer explorar. Y yo ya no tenía el deseo de abrir esos caminos.

Pero no lo resentía. En esa etapa de mi vida, el sexo con ella era casi una rúbrica social, un acto de compromiso doméstico. No había pasión, pero tampoco rechazo. No había éxtasis, pero tampoco reproche.

Sentía que, en cierto modo, habíamos estabilizado las ruinas.

Y en esa estabilidad funcionábamos: por nuestro hijo, por la historia compartida, por ese respeto que, aunque muchas veces estuvo enterrado, había sobrevivido.

El orgasmo de Nadia

Esa noche habíamos estado conversando largo rato en la cama, como pocas veces. Nuestro hijo dormía ya hacía más de una hora, pero seguíamos hablando de él, de sus avances, de sus manías, de cómo había empezado a interesarse por el taekwondo. Ella, desde su celular, buscaba escuelas, referencias, beneficios. Yo la escuchaba mientras me rascaba la cabeza, medio incrédulo, medio divertido. “¿Taekwondo? ¿No es muy chico aún?”, le pregunté. Pero en internet todos los artículos coincidían: cuanto más pequeño empezaba, más desarrollaba disciplina, equilibrio, confianza.

—Quizá le haría bien —dijo Nadia—. A veces lo noto con mucha energía contenida. Necesita canalizarla.

Asentí. Me gustaba que estuviéramos en esa sintonía. Planeando juntos. Casi como una pareja. Hacía frío esa noche. Lima estaba húmeda. Las ventanas empañadas.

Ella se pegó a mí buscando calor. Me acomodé para abrazarla por detrás. Sentí su espalda tibia, su respiración lenta. Y entonces, sin mucho preámbulo, comenzó a acariciarme. Primero de forma suave, casi imperceptible. Luego con más intención. Se giró para mirarme. No dijo nada. Sus ojos hablaban.

No era lo usual. Entre nosotros el sexo venía precedido por largos intervalos de silencio, de indiferencia física. Pero esa noche hubo algo distinto. Algo en el aire. Algo que quizás habíamos guardado sin saberlo.

Respondí a su caricia. No podía rechazarla, y tampoco quise. Me acerqué a su cuello, lo besé. Su piel seguía oliendo igual que siempre. Familiar. Ella misma. Fui desabrochando su pijama con delicadeza. Ella me dejó hacer, sin palabras, con los ojos cerrados.

La desnudé, despacio. Luego me quité mi pijama. Nos quedamos frente a frente. La besé con ternura. Sus pechos, aún firmes, reaccionaron a mis caricias. Sus manos me rodeaban, no con ansiedad, sino con una búsqueda callada, casi de redescubrimiento. Esa belleza exótica fruto de su mezcla libanesa y peruana seguía ahí a pesar de la pena y el sufrimiento.

Se echó en la cama como solía hacer, ofreciéndose, dejándose llevar. Pero algo era diferente. Cuando la penetré, sentí su humedad, su cuerpo más receptivo que en muchas otras ocasiones. Cerró los ojos y dejó escapar un gemido corto, contenido.

Yo me movía despacio. Sin apuro. No había urgencia. No había fuego, pero sí un calor dulce, que nos envolvía. Poco a poco, sus gemidos fueron creciendo. Me abrazaba, me besaba el cuello. Sus manos se apretaban contra mi espalda.

No era común en ella. Pero esa noche, su cuerpo parecía liberarse. Se arqueaba hacia mí. Me recibía. Se entregaba. Y sin que lo esperara, sin que yo lo buscara, la sentí estremecerse. Su respiración se quebró. Sus muslos se apretaron contra los míos. La escuché gemir, gemir de verdad, no fingido, no contenido. Un orgasmo real. Largo. Profundo. Inesperado.

Me abrazó fuerte, como si algo se hubiera roto y recompuesto al mismo tiempo. Me besó la mejilla, el cuello, los labios. Me dijo algo que hacía años no escuchaba:

—Te amo.

No supe qué decir. Fue espontáneo. Raro. Cálido. No era un “te amo” como los de antes. Era otro. Uno tal vez más maduro. O tal vez simplemente un reflejo de un momento íntimo que la desbordó.

Yo la abracé. La besé con cariño. No con la pasión ardiente que tenía con Angie, pero sí con afecto. Con un reconocimiento sincero. Nos quedamos ahí, respirando juntos. No hablamos. Solo nos miramos.

Después de un rato, como era su costumbre, buscó su pijama. Yo también me puse la mía. Antes de meternos a la cama, fui a ver cómo estaba nuestro hijo. Dormía plácido, con su peluche abrazado. Le acomodé la frazada y regresé al cuarto.

Ella ya estaba casi dormida. Me acerqué, la besé en la frente. Se giró hacia mí, murmuró algo que no entendí del todo, y se acomodó en la cama.

Me acosté a su lado, mirando el techo por un rato, sintiendo que algo había cambiado. No era amor romántico. Tampoco era traición. Era vida. Era cuerpo. Era memoria.
 
Sesenta y nueve – EL REENCUENTRO NAVIDEÑO

La idea de reunirnos en Lima nació casi un mes antes de la navidad del 2023, en una llamada con mis hermanos desde Canadá. Los dos, médicos, estaban cada vez más inquietos por los informes sobre la presión de mamá. No siempre la tenía controlada, a veces se le subía o se le bajaba sin explicación, y aunque tomaba sus pastillas con disciplina, la preocupación era inevitable. Con sus 88 años todavía se mantenía lúcida, aunque la memoria a corto plazo ya la traicionaba a veces. Salía a la calle, con sus amigas, ahora ya casi siempre acompañada por la Sra. Celia, por precaución. Sentí en las voces de mis hermanos la misma mezcla de cariño y alarma que yo llevaba dentro, y de pronto se encendió la chispa: ¿por qué no hacer una Navidad todos juntos en la casa de mamá, después de tantos años? Todos estuvimos de acuerdo, esa navidad todos la celebraríamos en Lima.

Al siguiente sábado fuimos con Angie a un hotel. Era un lugar discreto al sur de la ciudad, recomendado por un amigo, y aunque por fuera no llamaba la atención, adentro tenía un aire inesperado. Apenas abrimos la puerta del cuarto, Angie se detuvo en seco.

—¡Primix…! —dijo en voz baja, sorprendida—. ¿Has visto?

Levantó la mirada al techo y soltó una risa nerviosa, mezcla de picardía y asombro. El cuarto estaba rodeado de espejos: en las paredes, en la cabecera de la cama… y uno enorme, perfectamente colocado en el techo, reflejando la cama entera.

—Alguna vez hemos visto espejos buenos, grandes —continuó, recorriendo la habitación con los ojos—. Pero nunca en el techo.

Se echó de espaldas sobre la cama, observándose en lo alto. Movió las manos, probando cómo se veía su propio gesto reflejado, y luego, con esa chispa juguetona que tanto me enloquecía, giró hacia mí.

—Primix… esta visión debe ser buena, ¿no? —susurró, mordiendo su labio inferior—. Nunca me había imaginado vernos ahí arriba.

Se levantó lentamente y caminó hacia mí con ese balanceo natural de sus caderas. Se acercó tanto que pude sentir su respiración en mi cuello.

—Quiero vernos en esos espejos —me dijo al oído.

La besé, y la tensión se transformó en urgencia. Nos fuimos desnudando. El espejo del techo nos devolvía cada movimiento, cada caricia. El beso fue intenso, húmedo, desesperado. Pronto estábamos desnudos sobre la cama, y el espejo del techo nos devolvía cada movimiento, cada gesto, cada gemido transformado en imagen. Angie se movía encima de mí con una cadencia perfecta, observando cómo sus curvas se dibujaban en el reflejo. No dejaba de mirar hacia arriba, excitándose más con cada vaivén, como si el espejo la desnudara aún más que yo. Sus pechos firmes resaltan en su figura mientras que su expresión de placer completaba la escena como en la mejor película erótica.

Su respiración se volvía jadeo, entrecortada por risas nerviosas, por palabras susurradas que eran puro deseo. En otro momento, apoyada contra la pared cubierta de espejos, mientras yo le daba por atrás, su vagina muy mojada me dejaba entrar y salir a una velocidad que ambos gemíamos de placer, llenando toda la habitación de nuestra pasión, mientras ella buscaba con los ojos esa repetición infinita de nuestros reflejos. Era evidente que le excitaba no solo el contacto, sino la visión de sí misma, de nosotros dos multiplicados.

Finalmente, entrelazados en la cama, haciendo el misionero, ella me rodeó con sus brazos, abriendo mucho las piernas para que yo entre hasta su fondo y no apartó la mirada del espejo del techo. El reflejo se volvió parte de la experiencia, como si estuviéramos haciendo el amor frente a una versión paralela de nosotros, una pareja idéntica atrapada en otro mundo. El reflejo mostraba la intensidad, la fuerza de nuestro encuentro, y ella gemía como si cada imagen la empujara más lejos, como si hiciera el amor no solo conmigo, sino con todas nuestras versiones reflejadas.

Al final, agotada, quedó tendida sobre mi pecho, aun vibrando, los labios húmedos contra mi piel. Sus ojos seguían fijos en el espejo de arriba, y con una sonrisa satisfecha, casi inocente, dijo en voz baja:

—Nunca pensé que verme así me encendería tanto… pero ahora quiero repetirlo.

No descansamos ni 10 minutos, cuando comenzamos a besarnos nuevamente, dos minutos después ella estaba prendida de mi pene, mamándolo en su mejor versión, verla así inclinada sobre mi y las formas de su espalda y su trasero reflejados en el espejo del techo y en el de la pared, me puso a mil.

Esta vez me montó dándome la espalda, me costaba decidir que me daba más placer, si sentirla saltar sobre mi pene, verla en el espejo del costado con su magnífica figura, que a sus 37 años estaba en todo el esplendor de su belleza, o verla en el espejo del techo, con sus pechos rebotando a cada movimiento y su cara de placer mirando a cada momento, nuestros cuerpos en ese espejo. Ella llegó al clímax así, montándome de espaldas, arqueo la espalda, mientras tres o cuatro espasmos la recorrían, luego se dejó caer de espaldas sobre mí.

La dejé que disfrute su momento, hasta que, de espaldas sobre mí, volteo la cara y buscó mi boca nuevamente. Nos besamos, luego la tomé por la cintura y la guie para que me ponga en perrito, ella apoyó la cara en la cama, mirando el espejo de la pared, mientras la penetraba de un solo golpe, gimió fuerte y comencé a darle primero, lento y luego fui subiendo la intensidad. Angie se agarraba con fuerza de las sábanas gimiendo, mientras no dejaba de buscar nuestra imagen en el espejo de la pared y luego en el del techo. así llegué al orgasmo, dándole de perrito y viendo nuestros cuerpos multiplicados en los espejos, un gran chorro de semen la inundo, ella acusó el recibo con un grito de placer. Después caímos rendidos sobre la cama, nos abrazamos y besamos lentamente, prolongando el placer con nuestro amor.


En la habitación, el sol se filtraba tímido entre las cortinas pesadas. Angie estaba envuelta en las sábanas, con el cabello suelto sobre la almohada. Me miró con esa sonrisa tranquila que reservaba para los momentos después del amor, cuando ya no había prisa y podíamos hablar sin máscaras.

Le conté lo que habíamos acordado con mis hermanos y que por supuesto ella como parte de la familia estaba invitada. Le encantó la idea, me dijo que ella estaba pensando en preparar algo para pasar la navidad en su casa, con mi madre, su madre, Nadia y los niños, pero que esta idea le parecía fantásticamente mejor.

Nos quedamos así abrazados un buen rato en silencio, esos silencios que no eran incomodos, eran la manera en que nos amábamos sin palabras.

—Primix —dijo suavemente después de un rato, acariciando mi pecho—, estuve pensando en lo de navidad…

Me quedé en silencio, dejando que ella hilara sus ideas.

—Si ellos vienen a Lima en diciembre, hay que hacer algo grande, especial. Hace años que no están todos juntos en la casa de tu mamá. —Se incorporó un poco, apoyándose en un codo—. Yo me encargo de organizarlo.

—¿Tú? —le pregunté, sonriendo con cierto escepticismo.

—Sí, yo. —Me miró con esa mezcla de ternura y determinación que me desarmaba—. Yo veo la cena, las compras, los detalles. No quiero que tu mamá se canse ni que se preocupe. Tú solo tienes que preocuparte de traerlos del aeropuerto.

—¿Y no es mucho para ti? —le dije, acariciándole el rostro.

—Para nada. Me hace feliz, Primix. Quiero que la familia esté tranquila, quiero que todos disfruten… y también quiero que tu mamá vea que puede contar conmigo.

Me quedé callado unos segundos, observándola. No era solo una promesa práctica, era una declaración de amor silenciosa, una manera de decirme que estaba dispuesta a ocupar un lugar aún más firme en mi vida.

Después de su ofrecimiento, la besé con fuerza. Esa mezcla de ternura y decisión me encendía tanto como su cuerpo. El abrazo se transformó en caricias, y pronto estábamos de nuevo enredados entre las sábanas. Hicimos el amor dos veces más esa mañana de noviembre, como si quisiéramos grabar cada instante en nuestra piel, como si el eco de los espejos del hotel aún nos siguiera.

Entre jadeos y risas cómplices, Angie quedó tendida a mi lado, respirando agitada, con la piel aún húmeda de sudor y la mirada encendida. Se acomodó sobre mi pecho, en silencio un momento, hasta que su voz salió suave, casi como una confesión:

—Primix… ¿y si le digo a Nadia que me ayude? —me miró fijamente, acariciándome el rostro con cuidado—. Para que no se sienta relegada, para que vea que también es parte.

Me quedé pensativo unos segundos, sorprendido por su generosidad, por esa capacidad de pensar incluso en medio de lo imposible.

—Sí —le respondí finalmente, acariciándole el cabello—. Díselo. Será mejor que se sienta incluida… aunque tú sabes que la verdadera organización será tuya.

Angie sonrió, besándome con dulzura, como si aquel acuerdo sellara no solo la Navidad, sino también un pacto más profundo entre nosotros.


En el depa de Angie, un martes de noviembre. Su mamá y la niña estaban en casa de mi madre.

Apenas cerré la puerta, Angie se lanzó contra mí. Su cuerpo se pegó al mío con fuerza y sus labios buscaron los míos en un beso largo, húmedo, de esos que me dejaban sin aire. Me empujó contra la pared con esa energía que aparecía cuando la dominaba el deseo, y en segundos me tomó de la mano y me llevó hasta el sillón. No hubo preámbulos: nos dejamos llevar por la urgencia, delatando las ganas acumuladas toda la semana.

Entre besos y risas nerviosas, mientras me cabalgaba con movimientos intensos, me susurró entrecortada, con la voz temblando de excitación:

—Ya compré las luces nuevas para la sala de tu mamá… —cerró los ojos un instante, gimiendo, y luego los abrió para mirarme directo—. Y encontré un mantel precioso para la mesa.

Yo la miraba incrédulo, sujetándola fuerte por la cintura mientras se movía sin pausa sobre mí.

—Te dije… —alcancé a responderle entre jadeos—, te dije que no gastaras nada.

Ella sonrió, inclinándose para besarme con avidez.

—Ya pues, Primix… —me contestó con esa picardía que me derretía—, es que quiero que todo se vea perfecto.

Seguimos hasta quedar rendidos, exhaustos, abrazados sobre el sillón, con el aire pesado en la sala y el eco de nuestros jadeos aun flotando.

Cuando ella se echó a mi lado, le di una palmada en el trasero a modo de suave reprimenda.

—Te las sabes todas, ¿¿no??

—Yo ¿Por qué Primix? Me dijo con cara de inocente.

—¡Me lo dices en plena cabalgata, cuando sabes que te voy a jalar las orejas!

Fue entonces cuando ella se levantó, desnuda, y caminó hasta su escritorio. Regresó con un cuaderno de tapas duras, prolijamente adornado con post-its de colores. Se acomodó a mi lado, y lo abrió como si me estuviera revelando un secreto.

—Mira —me dijo con una sonrisa orgullosa—. Ya tengo todo planificado.

Página tras página, Angie había dibujado cuadros y listas:

  • Logística: quién dormía en qué cuarto, qué muebles había que mover, qué decoraciones poner en cada espacio de la casa de mamá.
  • Decoración: un esquema con los colores de las luces, las guirnaldas, las flores para la mesa, hasta los manteles y servilletas.
  • Comida: un menú detallado con pavo, ensaladas, guarniciones y postres. Había señalado qué plato prepararía ella, qué podía adelantar la Sra. Celia, y qué se podría pedir con anticipación.
  • Presupuesto: una hoja entera con precios anotados, subrayados, sumas y restas, comparaciones entre mercados y supermercados.
—¿Ves? —me dijo, mostrándome con el dedo—. El pavo lo vamos a encargar en este lugar, pero los acompañamientos los preparo yo. Ya tengo apuntados los precios de todo: panetón, vinos, chocolates. Y aquí, los adornos que faltan.

Yo la escuchaba en silencio, todavía sorprendido por cómo podía pasar de la pasión más desenfrenada a esa meticulosidad casi profesional.

—Angie… —le dije, acariciándole el cabello mientras ella seguía mostrándome anotaciones—. Eres increíble.

Ella me besó rápido en el cuello y murmuró:

—No es solo por mí, Primix. Es por tu mamá. Quiero que se sienta feliz, tranquila, que no se canse. Y quiero que cuando tus hermanos lleguen vean todo perfecto.

Cerró el cuaderno con un golpe suave y lo dejó sobre el piso. Luego se volvió a acurrucar contra mí, y con una sonrisa que mezclaba cansancio y satisfacción, agregó en voz baja:

—Y no me digas nada por los gastos… que sé que al final voy a terminar poniendo más de la mitad, es lo que me corresponde, también es mi familia, ¿o no?

No supe si reír o protestar. Solo la abracé fuerte, pensando que tenía razón. Angie había hecho de esa Navidad suya, con la misma entrega con la que se entregaba a mí en cada encuentro.

Una semana después, nos habíamos citado en ese hotel de espejos donde todavía flotaba el recuerdo de la primera vez. Apenas cerramos la puerta, ya estábamos besándonos contra la pared, con esa urgencia que nos quemaba cada vez que pasaban algunos días sin vernos.

Cuando se echó desnuda en la cama, invitándome a entrar en ella, me dijo, que quería grabarnos, sin esperar, tomó su celular, puso la cámara y lo dejó sobre la cama.

El cuarto nos envolvía: espejos en el techo, en los muros, repitiendo nuestros cuerpos desnudos en un juego infinito. Angie se montó sobre mí en la cama con un ritmo hipnótico, mirándose de reojo en los reflejos. El vaivén de sus caderas parecía responder tanto a su placer como al espectáculo de verse multiplicada en cada ángulo. Teníamos tantas ganas que el clímax llegó rápido pero muy intenso.

Ella se inclinó sobre mí, jadeante, con la piel húmeda de sudor y el cabello cayéndole por el rostro.

—Me encanta verte así… —me susurró al oído con un gemido—, Gozando debajo mio.

El primer encuentro fue voraz. Después, exhaustos, nos dejamos caer abrazados. Pero apenas recuperamos el aire, volvió a provocarme: sus besos suaves se fueron volviendo insistentes, y en minutos estábamos otra vez perdiéndonos entre las sábanas. El segundo encuentro fue distinto: más lento, más largo, con miradas fijas hacia el espejo del techo, como si quisiéramos grabar cada instante en nuestras retinas y en su celular.

Ya rendidos, ella quedó desnuda sobre mi pecho, jugando con su dedo sobre mi piel. Suspiró y, con voz tranquila, empezó a hablar:

—Primix… hablé con Nadia.

Abrí los ojos, sorprendido.
—¿Sí? ¿Y qué pasó?

—Le conté que yo quería organizar todo lo de la Navidad, pero le dije también que quería que se involucrara, que no se sienta relegada.

Me quedé en silencio, acariciando su espalda mientras ella seguía.

—Y ¿sabes qué? Le encantó la idea. —Angie sonrió, con ese orgullo discreto suyo—. Me explicó que trataría de ayudar en lo que pueda, pero que su tiempo libre es muy poco.

—Suena a Nadia —respondí, medio riéndome, porque conocía perfectamente ese tono suyo: correcto, cordial, pero siempre marcando distancia.

—Sí, pero al menos está adentro —insistió Angie, levantando la cabeza para mirarme a los ojos—. Hará lo que pueda, y yo me encargo del resto. Lo importante es que todos se sientan parte, que tu mamá no se canse y que tus hermanos vean unión.

La abracé fuerte, besándola en la frente. En ese instante, tuve la certeza de que ella ya había tomado las riendas de todo, no solo de la organización, sino de la forma en que quería que esa Navidad se viviera.


 
Una tarde de noviembre, llamada en el camino

El día había sido largo, lleno de pendientes en la oficina. Apenas encendí el auto, sentí la necesidad de escucharla, como si solo su voz pudiera calmarme. La llamé, y a los pocos segundos la escuché contestar con ese tono suyo que siempre me arrancaba una sonrisa:

—Hola, Primix… justo estaba pensando en ti.

El ruido de la calle se mezclaba en la línea: claxon de combis, vendedores en las esquinas, motores impacientes. Aun así, su voz se abría paso como un refugio.

—Yo también pensaba en ti —le dije, mientras avanzaba por Javier Prado en hora punta—. Necesitaba escucharte.

Hubo un silencio breve, y luego su risa suave.
—Parecemos dos adolescentes, llamándonos apenas salimos del trabajo.

—No me importa. Eres lo único que quiero escuchar en este caos.

Se quedó callada un instante, y entonces me lo soltó:
—Tenemos un problema con la mesa del comedor de tu mamá.

—¿Qué pasó? —pregunté, enderezando el volante.

—Es muy pequeña para todos los que vendrán. Pero tranquila, ya hablé con Nadia. Ella ofreció traer una mesa plegable de la clínica. Entre las dos lo vamos a resolver.

Me sorprendió, y por un momento no supe qué decir.
—¿Tú y Nadia organizando juntas? Eso sí que no me lo esperaba, pensaba que te había dicho que colaboraría solo por compromiso.

—Cuando se trata de tu mamá, hasta lo imposible se puede —dijo con esa seguridad que me dejaba sin defensas.

—Angie… —susurré, bajando el volumen de la radio—, no sé cómo haces para que todo fluya.

—Porque lo hago por ti, Primix. Y porque necesito que todo salga bien, que la familia esté feliz. —Hizo una pausa y su voz se quebró apenas—. Pero también porque… me hace sentir más cerca de ti.

Tragué saliva, mirando el tráfico detenido frente a mí.
—Yo también necesito de ti, Angie. No tienes idea cuánto.

—Sí tengo idea —respondió rápido, como si no quisiera dejarme dudar—. Porque yo siento lo mismo. Todo el día espero este momento, aunque sea escucharte unos minutos en el carro, saber que estamos juntos, aunque no lo estemos físicamente.

Nos quedamos en silencio un rato, respirando, escuchando el ruido de fondo de nuestros autos como un recordatorio de que seguíamos en mundos paralelos. Y sin embargo, en ese instante, éramos uno.

—Te amo, Primix —me dijo de pronto, firme, sin miedo.

—Y yo a ti, mi vida —le respondí con la garganta apretada.

Colgamos minutos después, pero la sensación de tenerla conmigo siguió todo el camino a casa. Ese día entendí que más allá de los hoteles, de los encuentros secretos, lo que realmente nos sostenía era esa necesidad constante de escucharnos, de sabernos cerca.
Principios de diciembre 2023

Ese viernes de diciembre, salimos casi a la misma hora del trabajo. Yo manejaba rumbo al hotel en Lince y ella me llamó desde su auto. El tráfico limeño, con su bullicio de viernes por la tarde, nos acompañaba en la línea.

—Primix, ya tenemos fecha confirmada —me dijo con entusiasmo apenas respondí—. Tus hermanos llegan el 20 de diciembre. Mis hermanos ya coordinaban directamente con ella.

Sonreí al escucharla.
—Perfecto, justo a tiempo para que se acomoden antes de la Nochebuena.

—Y… —hizo una pausa breve, como midiendo sus palabras— me tomé la libertad de invitar a mi hermano.

—¿Tomarse la libertad? —le respondí de inmediato, con voz firme pero cariñosa—. Angie, no es una libertad, es tu derecho. Claro que tenía que estar invitado.

Ella suspiró, bajando un poco la voz.
—Igual no aceptó. Me dijo que ya habían quedado en pasarla con los papás de su esposa.

—Bueno… —traté de animarla—, lo importante es que lo intentaste. Y aquí lo que vale es que estés tú, mi vida.

Se quedó en silencio unos segundos, y luego me dijo con ternura:
—Eso me basta, Primix. Con estar contigo, me basta.

Llegamos casi al mismo tiempo al hotel. Yo acababa de estacionar, cuando ella entró a la cochera. Apenas cerramos la puerta de la habitación, los cuerpos se buscaron sin palabras, con la urgencia de los que cuentan los días para reencontrarse. Esa tarde lo hicimos dos veces, entre risas, caricias y la obsesión de mirarnos en los espejos. En la segunda vez, mientras le daba piernas al hombro, en un momento veía mi pene entrar y salir de su vagina, mientras ella gemía, su culito se abría ligeramente cada que la embestía, me provocó.

Después, recostados, Angie volvió al tema de la reunión. Me habló de la coordinación con mi hermana para los regalos de los niños, de cómo Nadia había prometido encargarse de la ensalada especial, de que el pavo ya estaba reservado. Yo la escuchaba, acariciándole el cabello, maravillado de cómo podía hablar con tanto detalle de servilletas y presupuestos después de haberse entregado con tanta intensidad.

La besé, y una tercera vez nos dejamos llevar. Fue entonces cuando, con la respiración agitada por la visión de su ano abriéndose y cerrándose cuando la penetraba piernas al hombro y la piel ardiendo, le pedí hacerlo de otra manera. Ella me miró sorprendida, dudó apenas un instante, y luego, vencida por la excitación, aceptó.

— Tú sabes que mi culito es tuyo, pero no traje el lubricante, me dijo.

No teníamos nada a la mano, ningún lubricante, y aun así ella, encendida, se puso en cuatro patas y me guio con cuidado. El inicio fue lento, con algo de incomodidad, no era tan fácil entrar solo con la lubricación de mi pene, pero sus susurros de aliento y sus manos apretando las mías me dieron la certeza de que lo deseaba también. Cuando finalmente se lo metí todo, ella me pidió que me quede quieto.

—Uff! así en seco se siente más grande, espera Primix, no te muevas.

Fue ella la que comenzó a moverse después de unos segundos logramos el ritmo, su respiración se mezcló entre placer y esfuerzo, y me miraba con esos ojos húmedos que decían más que cualquier palabra. Cuando ya me sentí muy excitado, comencé a moverme más rápido, ella ya gritaba de placer, le pregunté si le dolía y solo me dijo en medio de los gemidos y gritos, que no pare.

Al terminar, después de inundarle el culo con mi semen, quedé sobre ella, abrazándola fuerte. Angie Sonrió, agotada, y con voz suave me confesó:
—Te amo… aunque me hayas dejado un poquito adolorida.

Se lo saque y su ano estaba rojo, mi semen comenzaba a salir.

La abracé con ternura, besándole la frente.
—Te amo, mi vida. Gracias por darme tanto, en todo.

Ella cerró los ojos, acurrucándose en mi pecho. Afuera, la ciudad seguía rugiendo, pero en esa cama, envueltos en amor y complicidad, solo existíamos nosotros.

Cuando lo hicimos la última vez, en la ducha, como ya era nuestra costumbre, la sentí un poco incomoda cuando la penetré, pero ella no dijo nada. Seguimos hasta terminar.

Mientras nos vestíamos, le pregunté si le dolía.

—Si, más que doler, arde un poquito, pero estuvo rico, no te preocupes.

—A veces pienso que eres demasiado buena conmigo, mira como acabas por darme gusto.

Ella a medio vestir, se me acercó y rodeándome mi cuello con sus brazos, me dio un beso lento y largo, cuando se separó de mi boca, con nuestras caras aun a centímetros me dijo:

—Eres mi todo Primix, Siento que solo por mi hija y por ti soy capaz de todo—y cambiando a un tono menos serio, más sensual—Además eso me gusta, pero con lubricante es mejor.

Nos dimos otro largo beso, terminamos de cambiarnos y salimos de la mano de la habitación, sintiéndonos cada vez más enamorados.



 

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