Sobrina de mi amigo quiere algo mas que grana

Encuentro inesperado

Una amiga pequeña, golosa y entusiasta de la sobrina. La veía seguido venir a estudiar, su cabello amarrado, su ropa vieja y nada actualizada, pasaba desapercibida pero a fin de ciclo la vino a buscar para ir a una fiesta. Vino totalmente cambiada, con un vestido plateado, unos tacos y en una cuando se sentó se le vio el forro negro algo grande que me hizo vibrar. La empece a ver con otros ojos. Un día me quedé en casa de la familia de mi hijo, estuve con el cuñado de mi mujer y sube la amiga, me dice, te llaman para cenar, yo estaba con una chela, esperando que venga mi amigo que se había ido a comprar. Le dije, ven, brinda conmigo, me mira sorprendida, pese a todo me hizo caso. Estaba con ropa ancha, yo picado, me brillaba todo, le fui hablando como padre pero con ojos de enamorado. Me preguntó porque no vivo allí, a que me dedico y si soy feliz, le devolví las preguntas, se puso triste, fui alegrando su corazón, y sentí sus pechos, allí me di cuenta de la grandeza y que no tenía experiencia. Le dije si conocía a alguien que me ayudará con mis labores, si, me respondió, yo te aviso y se fue.

Luego de varios días, me llama ella me dice que consiguió a alguien, cual es la dirección y que día debe ir, se los di y espere a la mañana siguiente. Cuando tocan mi puerta era ella, le dije, hola y tu amiga?, no se, ya vendrá, me dijo que la esperara, bueno, entra, le conteste. De nuevo estaba con ropa ancha, ocultaba todo, casi todo, mas o menos esos melones que me esta enloqueciendo. Ingresamos y me dijo y si yo trabajo para ti, pero sabes hacerlo, tienes experiencia, no, me dice, pero tu me puedes enseñar. Bueno, está bien, te probaremos. La miraba con unas ganas y ella se daba cuenta, pasaba la lengua, cruzaba las piernas, se tocaba el cabello y me iba animando.

Empezó en pocos días, me acompañaba a reuniones, ver casos y nos quedábamos a veces hasta tarde. Una noche me dijo que tenía que hacer algo temprano al día siguiente, si podía quedarme en mi casa, claro, le dije. Le preparé un cuarto y cuando la veo en el baño, estaba en ropa interior como se querían escapar sus tetotas, me dijo, te gusto, claro, pero, no dije mas, se me acerca, me besa, se agacha, me apreta, me muerde fuerte y lame la verga. Me dice este será nuestro secreto. Vamos a la cama, ella moviendo su regular culito y ese forro grande que esta empapado, esa cuca pelada y que todavía aprieta. En un par de rounds nos vinimos, gemía, se movía, era ansiosa, era divina pero pedilona. Al inicio le daba sus gustos, pero la economía estaba baja, le pagaba un mínimo y siempre quería mas. Me daba vueltas la mocha para expectorarla, sin embargo en las noches nos veíamos y como galopaba, montaba, toomaba la leche, todo eso me hacía dudar..........

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Sobrina de una prima

Ella la había tenido durante mucho tiempo, prácticamente era su madre ya que sus verdaderos padres vivieron en el extranjero, luego se separaron y mas complicado que los vieran. La madre a veces llegaba y la veía pero mas parecía su amiga que otra cosa. La tía viene a ser una prima lejana que ni apellidos tenemos pero todo empezó hace varios años atrás cuando la vi y me invita a su casa donde estaban sus hijas y la nombrada. Cerca de una familiar, voy a un almuerzo que se volvió tono, duró dos días completos, yo solo duré uno porque el estómago no me ayudaba ni la cabeza. Conocía a la fulanita, cuerpo de madura, pero cara de niña y pensamiento todavía mas infantil, de unos 20 años. No pasó de un hola tío y bailar un par de canciones.

Luego de otras temporadas mientras tomaba un jugo super helado y con el tiempo corto porque daba varias charlas, me llama alguien, voz femenina, voz agradable, dulce y tierna, hola tiíto me dice, volteo pero no hay nadie, la misma voz me dice, aquí arriba, estaba en una especia de galería, la espero y baja, me saluda con mucho cariño, casi como si de toda la vida nos conociéramos. Me entusiasmé, estaba con un short jean al cuete, buen rabo, su mirada era mas traviesa, de aquella niña bella quedaba poco, había malicia, mas recorrido. Me dijo que era madre soltera y que estaba buscando trabajo, si puede me avisa, por joder le dije y si te vienes a Lima, puede ser pero llevo a mis hijos, bueno, vamos paso a paso, contactaré a unos amigos, si te pagan bien, le pagas a una niñera y tu te vienes hasta tener tu depa y todo en orden, que te parece?. Genial, me abrazó fuerte, sentí sus pezones algo erectos y ambos húmedos por el calor nos fue inyectando adrenalina. Que vas a hacer tío, no me digas así, solo ........... a ya, me voy a una charla, bueno y si te acompaño, y tus hijas?, a le digo a una amiga que las cuide, de paso así conozco tu trabajo, no solo hago eso pero me agrada tu decisión.

Nos fuimos y ella alejada se puso a conversar con alumnos y a tomar nota. Acabamos y nos fuimos a comer un ceviche y tomar chelas, luego a un karaoke y la noche se hizo propicio para olvidarnos de todo, insisto no hay lazos sanguíneos pero el que tanto me diga tío me cortaba, me hacía retroceder.

No me digas, así, mejor dime amor, jajajaja, se ríe y me da un palmada en el muslo, me lancé y la besé, se aparte se pone algo seria, disculpa. no debí hacerlo, eres linda y el trago y tu trato, soy un idiota, toma para tu taxi, me voy. Noooooo, espera, quizás te confundiste por mi reacción o acciones, se enfrió todo.

Pese al mal momento, paramos una mototaxi y la llevé a su casa, ya cuando íbamos a abajar, y dime, me dice, igual viajaré para trabajar con tus amigos, claro, me abraza y me dice, quedará esto entre nosotros, no me soltaba, yo me puse fuerte pero su olor hizo que mi verga se erectara, la fui besando y ella cedió, rozamos lenguas y fui botando gotitas de semen, paramos otra moto y nos fuimos a conocernos a fondo y forro..........


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La madre de su amiga

Un día de semana que visitaba a mi filinho, me encuentro con la sobrina de mi pareja y un par de amigas, al rato llega una señora, algo gruesita con mirada seria pero cuando de pronto me la presentan y me dicen que ella se quedara a esperar a la cuñada de mi señora para comprarle ropa, la cosa cambió. Sus hijas y la sobrina se fueron a ver un trabajo. El tiempo pasaba y la doña se desesperaba porque no llegaban ellas ni mi cuñada.

Le dije si quería algo, no gracias, me responde fría. Pasó una hora, no le quedó que hacerme la conversa, la vi levantarse y ese jean se le fue metiendo en ese buen rabo, que delicia de panorama. No lo pensé dos veces, me fui a comprar unas cervezas y piqueos, si ella aceptaba bien y sino igual. Al retornar le invité, me dijo que no. Yo me fui a la azotea, me quedé hasta casi acabar, bajo para ir al baño y ella me dice, y no me invitas, pero si ud no quiso, le respondo. Es que ya me dio sed, le di la única que tenía y fue fluyendo todo.

Me dijo que es madre soltera, que vive cerca y hace de todo por darle lo mejor a sus hijas.

Cuando ya me entonaba, ella era mas cordial, sonrisa por aquí, agarrada de cabello, ya empezaba a dejar la puerta abierta para un posible flirteo, llega la cuñada, se la llevó y me quedé con las ganas.

Vino mi hijo con sus primitas, jugamos y ya era hora de irme, al salir y caminar al paradero a buscar un taxi, me la encuentro a la doña con varias bolsas, me puede ayudar, me dice, claro. Caminamos y llegamos a su casa, sus hijas estaban allí con la sobrina que me miro feo y me dijo, mucho cuidado. No le respondí. Al rato la madre les dice que la cena está listo. En eso me lleva a la cocina y me dice que compre cervezas, subo a la azotea, y allí me espera ella, no dije mas. Volé, las pulsaciones me ganaban, la transpiración, me dije nada puede salir mal. Compré como pa no regresar. Toqué el intercomunicador, era ella, me dice que haga lo que acordamos.

Camino varias escaleras, es un edificio antiguo sin ascensor, casi trapo y llego, era amplia, había un cuarto, no entré, me voy casi hacia la parte frontal, abro una helena y la espero. Llega la doña, estaba con un buzo apretado, se pintó los labios, vino bien putona. Tomamos mirando el vacío, pocas palabras y por fin sus labios con los míos, que rico besaba, babeaba, mordía y lamía con estilo y ganas. Le empecé a tocar la bulba por encima de la ropa y me dijo en voz baja, aquí no, vamos a ese cuarto, no dije mas, ya allí pude conocer esos pechereques tan carnosos, llenos de vida y su papita que no aprieta pero hace la fiesta.............

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La sobrina que llega del norte con su pareja y las historias locas que sucederán:



Llegué a casa de Iris esa tarde de viernes, como siempre, con una bolsa de frutas del mercado para disimular que en realidad venía a quedarme el fin de semana. Iris vive en San Juan de Miraflores, en una casa modesta pero acogedora, con nuestro hijo pequeño correteando por el patio y su hermana menor, con su marido y sus dos chiquillos, ocupando el piso de arriba. Yo vivo solo en un departamentito en Surquillo, pero los fines de semana son para Iris y el crío. Ese día, al entrar, noté un revuelo extra: maletas en la sala, risas femeninas y un olor a perfume dulce que no era el de Iris.

—Iris, ¿qué pasa aquí? —pregunté, dejando la bolsa en la cocina.

Ella salió de la habitación, con su blusa floja y jeans ajustados que le marcaban las caderas anchas, esas que tanto me gustan apretar. Me dio un beso rápido en la boca, pero con lengua suficiente para recordarme por qué vengo.

—Llegó mi sobrina Meliza con su pareja. Vienen de Piura a comprar mercadería para su negocio de ropa. Se quedan hasta el domingo.

Meliza. No la conocía en persona, solo por fotos en el Facebook de Iris. Tenía 28 años, madre de una niña que se había quedado en Piura estudiando —o eso decían, porque la chiquilla no había salido bien en el colegio y preferían dejarla con la abuela para que no perdiera más tiempo—. Meliza era la típica piurana: piel canela, cabello negro largo y ondulado, ojos grandes y una sonrisa que prometía problemas. Cuando la vi salir del baño, secándose el pelo con una toalla, me quedé tieso. Llevaba un short de jean cortísimo, de esos que se suben por los muslos y dejan ver el inicio de las nalgas, y una camisola blanca sin sostén, con los pezones marcándose levemente contra la tela fina. Era insaciable, decían las chismosas de la familia, pero yo no imaginaba cuánto.

—Hola, tío Ruben —me dijo con esa voz ronquita, extendiendo la mano, pero acercándose lo suficiente para que su perfume me envolviera. Su pareja, Manuel, un joven de su edad, flaco y de trato humilde.

—Bienvenidos —respondí, intentando no mirar cómo Meliza se inclinaba para acomodar una maleta, dejando que la camisola se abriera un poco y mostrara el valle entre sus tetas redondas y firmes.

La cena fue normalita: arroz con pollo que Iris preparó, charlas sobre el viaje en bus desde Piura, cómo el negocio de ropa iba viento en popa vendiendo en mercados y online. Pero ya en la noche, cuando Iris les prestó el cuarto de huéspedes —el que está al lado del nuestro—, empezó el show. La casa es vieja, las paredes delgadas como papel. Manuel y Meliza se metieron temprano, diciendo que estaban cansados del viaje. Iris y yo nos acostamos. Pero a los diez minutos, se escuchó todo: gemidos ahogados al principio, luego más fuertes. Meliza no disimulaba: "Sí, así, más duro, Manuel... ay, qué rico..." Iris se rio bajito contra mi pecho, y yo sentí cómo se me ponía dura la pichula solo de imaginarla a ella montada sobre él, con esas caderas moviéndose rápido.

—No seas cochino —me susurró Iris, pero su mano bajó por mi boxer y empezó a acariciarme, sincronizándose con los ruidos del cuarto de al lado. Terminamos follando en silencio, pero con la mente en ellos. O al menos la mía en Meliza.

El sábado lo pasamos en casa, ellos saliendo a comprar en Gamarra —el paraíso de la ropa barata en Lima—. Volvieron cargados de bolsas: jeans, polos, bikinis que Meliza insistió en mostrarle a Iris. "Mira, tía, este para la playa mañana. ¿No es divino?" Y se lo probaba por encima de la ropa, girando para que viéramos cómo le quedaba el tanga rojo contra sus shorts. Manuel la miraba con orgullo, pero yo notaba sus ojos celosos cuando Meliza coqueteaba con el vecino que pasó a saludar. Esa noche, otra vez los ruidos: golpes contra la pared, ella gimiendo como si estuviera en una película porno.

El domingo amaneció soleado, perfecto para la playa. Iris propuso ir a Agua Dulce, no muy lejos de San Juan. Empacamos toallas, protector solar, una neverita con cervezas y sandwiches. Iris se puso un bikini entero negro, conservador pero sexy, con un pareo atado a la cintura que se transparentaba un poco con la luz. Yo, short de baño azul y camiseta sin mangas. Manuel llevaba bermudas holgadas y una camiseta de fútbol, pero Meliza... ay, Meliza. Salió con un short blanco diminuto, de esos que se pegan al cuerpo y dejan ver la silueta de su atractivo y hasta lujurioso ropa de baño debajo, y un top que apenas le cubría los pechos, dejando el ombligo al aire. "Para el camino", dijo, guiñándome un ojo cuando Iris no miraba.

En el taxi camino a la playa, Meliza se sentó atrás conmigo y Manuel adelante con Iris. El tráfico era un infierno, y cada bache hacía que sus tetas rebotaran. Se quejó del calor y se abanicó con la mano, subiéndose el top un poco más, mostrando el borde del bikini debajo. Manuel volteaba de vez en cuando, pero ella charlaba conmigo: "Tío Ruben, ¿tú vas mucho a la playa? Se te nota el bronceado". Y su mano rozaba mi rodilla "por accidente" cuando el carro frenaba. Llegamos sudados, pero excitados —al menos yo—.

En la playa, nos instalamos bajo una sombrilla alquilada. Iris se quitó el pareo y se untó crema, pidiéndome que le hiciera la espalda. Sus nalgas redondas, marcadas por el bikini, me tentaban, pero mis ojos iban a Meliza. Ella se despojó del short con un movimiento lento, como un striptease casual: el bikini era pequeño de color negro que desaparecía entre sus cachetes firmes y redondos, bronceados por el sol piurano. El top del bikini era triangular, apenas cubriendo sus pezones duros por la brisa. Se untó crema ella sola al principio, pasándose las manos por los muslos internos, subiendo peligrosamente cerca de la parte debajo luego por el abdomen tonificado —marcas de maternidad leves que la hacían más real, más caliente—. "Manuel, ayúdame atrás", dijo, girándose y arqueando la espalda, empujando el culo hacia él. Manuel le untó crema, pero sus manos eran torpes, celosas. Ella gemía bajito: "Mmm, qué rico, amor... más abajo".

Yo me quité la camiseta, mostrando mi pecho peludo, y me metí al agua con Iris para disimular la erección. Jugamos un rato: ella me salpicaba, yo la cargaba en el agua, sintiendo sus tetas contra mi pecho. Pero entonces, Meliza y Manuel se unieron. Ella corría hacia el mar, tetas rebotando, nalgas temblando. En el agua, empezaron los juegos: salpicadas, empujones. Meliza se subía a los hombros de Manuel para "luchar" contra Iris en los míos, pero en realidad era una excusa para frotarse. Sus muslos alrededor del cuello de Manuel, el bikini mojado pegado a su cuca que debe ser sabrosa, visible cuando se inclinaba. Una vez, al caer, su mano "accidental" rozó mi pene bajo el agua. Me miró con ojos pícaros: "Uy, perdón, tío".

Todo iba "bien" hasta que apareció él. Un tipo alto, de unos 30, con cuerpo atlético, short de baño ajustado, se acercó directo a Meliza, que estaba saliendo del agua, chorreando, el bikini transparente por la humedad, pezones erguidos como botones.

—Meliza, ¿eres tú? ¡Cuánto tiempo, flaca! —dijo, dándole un abrazo que duró demasiado, sus manos bajando por su espalda hasta casi tocarle el culo.

Ella se rio fuerte, esa risa gutural que hacía vibrar todo. "¡Kevin! ¿Qué haces en Lima? Pensé que estabas en Trujillo". Kevin, un viejo amigo de la secundaria en Piura, ahora empresario: tenía varias tiendas de ropa online, una agencia de modelos y hasta un bar. Charlaron animados, ella coqueteando con toques en el brazo, él mirándola de arriba abajo sin disimulo. Manuel se acercó, tenso, presentándose con un saludo frío.

Kevin propuso: "Oye, Meliza, estoy buscando gente para mi empresa de ropa virtual. Vendemos online, y tú con tu experiencia en Piura serías perfecta. Te espero el lunes por la oficina en Miraflores para una entrevista".

Meliza abrió los ojos grandes, emocionada. "¡Sí! Suena genial. Manuel, amor, ¿puedo quedarme un día más?" Manuel frunció el ceño: "No, el domingo volvemos. Tengo trabajo el lunes en el almacén". Ahí empezaron los celos. Manuel la tomó de la cintura posesivamente, pero Meliza se zafó con una sonrisa. "Solo es una entrevista, no seas celoso. Kevin es un viejo amigo".

El resto de la tarde fue puro fuego. Kevin se quedó con nosotros, "por los viejos tiempos". Jugamos voley en la arena: Meliza saltando, tetas botando, culo flexionándose. En una jugada, cayó sobre Kevin, riendo, su cuerpo pegado al de él, caderas contra caderas. Manuel la miró furioso, pero no dijo nada. Luego, en el agua otra vez: juegos eróticos disfrazados. Meliza y Kevin se salpicaban, él la cargaba en brazos "para no ahogarla", sus manos en sus muslos, dedos rozando el tanga. Ella le susurraba al oído, riendo, mientras Manuel nadaba cerca, algo nervioso.

Cuando volvió, Meliza estaba sentada al lado de Kevin, piernas cruzadas pero abiertas lo suficiente para que se viera el bulto del coño contra el tanga mojado. Hablaban de la entrevista: "Ven sola, flaca, así hablamos tranquilos". Ella asentía, mordiéndose el labio. Las miradas eran puro sexo: Kevin devorándola con los ojos, ella respondiendo con pestañeos y toques "inocentes" en su muslo.

Al atardecer, volvimos a casa. En el taxi, Meliza se sentó entre Kevin —que insistió en acompañarnos— y Manuel. La tensión era palpable: ella rozando la pierna de Kevin, Manuel apretándole la mano fuerte. Esa noche, en el cuarto, los gemidos de Meliza fueron más fuertes, pero sonaban diferentes, como si estuviera provocándolo. "Sí, Manuel, pero imagínate si fuera más grande... ay, no, para". Iris y yo follamos salvaje, ella susurrándome: "Creo que mi sobrina va a pecar con Kevin el lunes, y tú lo sabes". Asentí.



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El lunes por la mañana, Meliza se levantó temprano en la casa de Iris en San Juan de Miraflores. Iris ya había salido a dejar al niño en el colegio, y yo me había ido a mi trabajo en Surquillo, aunque la verdad es que apenas podía concentrarme pensando en lo que podría pasar. Manuel había tomado el bus de regreso a Piura el domingo por la noche, con la cara larga y un beso forzado de despedida. "Llámame cuando termines la entrevista", le dijo, pero Meliza solo sonrió con esa media sonrisa que prometía que no iba a obedecer del todo.

Se vistió con cuidado, como si supiera que no era solo una entrevista de trabajo. Eligió un vestido corto de tela ligera, color vino tinto, con escote en V que dejaba ver el inicio del canalillo y se ajustaba a la cintura antes de abrirse en una falda que apenas le llegaba a medio muslo. Debajo, un tanga negro de encaje diminuto —el mismo que había usado en la playa— y un sostén push-up que le subía los pechos hasta casi desbordar. Tacones altos negros, pelo suelto con ondas naturales, un toque de labial rojo intenso y perfume dulce en el cuello y entre los senos. Se miró al espejo del baño, se acomodó el vestido subiendo un poco el escote para que se viera más piel, y salió rumbo a Miraflores en un taxi.

Kevin le había mandado la ubicación por WhatsApp: un edificio moderno en la avenida Larco, a pocas cuadras del Parque Kennedy, en pleno corazón comercial. No era una oficina gigante como las de las grandes marcas; era más bien un espacio boutique, de esos que tienen vidrieras amplias con maniquíes vestidos con lo último en moda urbana y sexy, luces LED suaves y un aire acondicionado que olía a vainilla y tela nueva. La empresa se llamaba algo como "TrendVibe" o "ModaClick" —Kevin manejaba varias marcas online de ropa para mujeres jóvenes, lencería, sportswear y hasta swimwear que vendían por Instagram y su propia web.

Llegó a las 10:30, puntual. La recepcionista, una chica de unos 22 con piercing en la nariz y pelo teñido de rosa, la miró de arriba abajo y sonrió.

—Meliza, ¿verdad? Kevin te está esperando en la sala de reuniones del fondo. Pasa nomás.

Meliza caminó por el pasillo, tacones resonando en el piso de porcelanato. Pasó por un open space con chicas jóvenes atendiendo chats de clientes, embalando paquetes y probándose ropa frente a espejos grandes. Todas la miraron: algunas con envidia, otras con curiosidad. Ella sintió esa electricidad familiar, la de saber que está siendo observada.

Kevin la recibió en una sala con pared de vidrio esmerilado, mesa larga de madera clara, sillones cómodos y un perchero con varias prendas colgadas: un body de encaje negro, un conjunto de lencería rojo con ligueros, un vestido bodycon plateado que parecía hecho para salir de noche. Él estaba de pie, camisa blanca con los primeros botones abiertos mostrando pecho depilado y bronceado, pantalón chino ajustado y esa sonrisa confiada de siempre.

—Meliza, reina, qué puntual. Ven, siéntate —dijo, acercándose para darle dos besos en las mejillas, uno más cerca de la comisura de los labios de lo que sería "profesional". Su mano rozó su cintura al guiarla al sillón.

Empezaron hablando de trabajo. Kevin le explicó el puesto: community manager + modelo ocasional para las redes + ventas en vivo por TikTok e Instagram. "Tú tienes el perfil perfecto: experiencia vendiendo en Piura, cuerpo que vende solo con mirarte, y esa actitud que hace que la gente compre sin pensarlo". Meliza se rio, cruzando las piernas de forma que la falda se subiera un poco más, dejando ver el borde del muslo.

—Suena bien. ¿Cuánto pagan? —preguntó, inclinándose hacia adelante, el escote abriéndose lo justo para que Kevin pudiera ver el encaje negro del sostén.

—Básico de 2,500 soles, más comisiones por ventas en vivo y bonos. Si te portas bien, en tres meses puedes estar en 5,000 o más. Y viajes... a veces mandamos a las chicas a Trujillo o Piura para grabar contenido.

Mientras hablaba, Kevin se levantó y fue al perchero. Sacó el body de encaje negro.

—Para que te hagas una idea, esto es lo que vendemos. ¿Te animas a probártelo? Es parte de la "prueba de imagen". Queremos ver cómo luce en alguien real, no en maniquí.

Meliza arqueó una ceja, pero no dijo que no. Se puso de pie, despacio, y empezó a desabrochar el vestido por atrás. El cierre bajó con un sonido suave, la tela cayó a sus pies revelando el tanga diminuto y el sostén que apenas contenía sus pechos. Kevin no disimuló: la miró de pies a cabeza, deteniéndose en las curvas de sus caderas, en el piercing del ombligo, en cómo el tanga se metía entre sus nalgas firmes.

Meliza... sigues igual de peligrosa que en el colegio —murmuró, acercándose con el body en la mano.

Ella se lo puso sin prisa. La tela era elástica, se pegaba como segunda piel. Los tirantes finos, el escote profundo que dejaba ver casi todo, la parte de abajo que cubría justo lo necesario, pero marcaba el monte de Venus y se metía entre las piernas. Se giró frente al espejo de la sala, arqueando la espalda, empujando el culo hacia afuera.

—¿Qué tal? —preguntó, mirándolo por el reflejo.

Kevin se acercó por detrás, sus manos en sus caderas "para ajustar" la prenda.

—Perfecto. Mira cómo resalta tus curvas... esto se va a vender como loco si tú lo muestras en vivo.

Sus dedos subieron un poco por los costados, rozando el borde del encaje. Meliza no se movió, solo respiró más profundo, dejando que sus pechos subieran y bajaran. Él se pegó más, su erección evidente contra su culo a través del pantalón.

—Kevin... esto es una entrevista, ¿no? —dijo ella con voz ronca, pero sin apartarse.

—Es una entrevista completa —respondió él, bajando una mano por su abdomen, deteniéndose justo encima del tanga—. Si aceptas el puesto, hay beneficios extras... para las que se comprometen de verdad.

Meliza se giró despacio, quedando frente a él. Sus pechos rozaron su camisa. Lo miró a los ojos, mordiéndose el labio inferior.

—¿Y qué tengo que hacer para "comprometerme"?

Kevin sonrió, deslizó una mano entre sus muslos, rozando el encaje ya húmedo.

—Demostrar que puedes vender... y que te gusta vender.

La besó entonces, fuerte, lengua invadiendo su boca mientras sus dedos apartaban el tanga y entraban en ella. Meliza gimió contra sus labios, abriendo las piernas un poco más, apoyándose en la mesa. Él la levantó sin esfuerzo, sentándola en el borde, abriéndole las piernas. Bajó el body lo justo para liberar sus pechos, chupando un pezón mientras sus dedos la penetraban más profundo.

—Ay, Kevin... así... —susurró ella, agarrándole el pelo.

Él se arrodilló, le quitó el tanga de un tirón y enterró la cara entre sus piernas. Lengua experta, lamiendo el clítoris hinchado, succionando, metiendo dos dedos mientras con la otra mano le pellizcaba un pezón. Meliza se arqueó, gimiendo fuerte, sin importarle si las chicas de a lado escuchaban. Se corrió rápido, temblando, apretándole la cabeza con los muslos.

Kevin se levantó, se bajó el cierre y sacó la verga dura, gruesa, ya goteando. La penetró de un solo empujón, profundo, llenándola. La mesa crujió con cada embestida. Meliza le clavó las uñas en la espalda, jadeando:

—Más duro... como en la playa, pero sin Manuel mirando...

Follaron así unos minutos, salvaje, sudorosos. Él la giró, la puso de espaldas, embistiéndola por detrás mientras le agarraba las tetas y le mordía el cuello. Meliza empujaba hacia atrás, buscando más, hasta que él se corrió dentro, gruñendo, llenándola.

Se quedaron quietos un momento, respirando agitados. Kevin le besó el hombro.

—El puesto es tuyo. Empiezas el jueves. Trae más de estos vestidos... y no uses tanga debajo la próxima vez.

Meliza se rio, bajándose del escritorio, acomodándose el body.

Salió de la oficina con las piernas temblorosas, el vestido puesto de nuevo, pero sin tanga —lo dejó en el bolsillo de Kevin como "souvenir"—. En el taxi de vuelta a San Juan de Miraflores, le mandó un audio a Iris:

—Tía... conseguí el trabajo. Y créeme, la "entrevista" fue... intensa. Esta noche te cuento todo. Y dile a Rubén que se prepare, porque voy a necesitar desahogarme.

Cuando llegó a casa, Iris la esperaba en la cocina con una sonrisa cómplice. Yo llegué media hora después, y las dos me miraron con esa cara de "tenemos chisme". Meliza se acercó, me dio un beso en la mejilla demasiado cerca de la boca y susurró:

—Tranquilo, tío... el lunes fue solo el comienzo.





Esa noche, después de que yo llegara a casa de Iris y cenáramos algo rápido —un ceviche que trajeron de la esquina—, Meliza se quedó en la sala con Iris mientras yo me hacía el distraído lavando los platos en la cocina. Podía oír todo, por supuesto; las paredes eran delgadas y ellas hablaban en voz baja pero intensa, como si supieran que yo estaba escuchando. Meliza se había cambiado a algo más cómodo: un pijama corto de satén rosa, con shorts que se subían por los muslos y un top con tirantes finos que dejaban ver el contorno de sus pezones duros por el aire fresco de la noche limeña. Iris estaba en su bata de casa, floja, con nada debajo excepto unas panties, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, sorbiendo una cerveza fría.

Meliza se sentó a su lado, jugueteando con el borde de los shorts, subiéndoselos un poco más sin darse cuenta —o quizás sí—. Empezó la charla con un suspiro largo, como si estuviera descargando un peso.

Meliza: Tía Iris, ay, no sabes qué día tuve. La entrevista... fue increíble. El trabajo es lindo, de verdad. Kevin me explicó todo: sería como community manager, manejando las redes, vendiendo ropa online, haciendo lives en Instagram y TikTok. Dice que gano básico 2,500 soles, más comisiones por cada venta que genere en los en vivos. Y lo mejor, tía, es que puedo hacerlo remoto desde Piura. Solo tengo que venir a Lima una vez al mes para fotoshoots o reuniones. Imagínate, con eso mantengo el negocio allá con Manuel, pero gano el triple. La hija podría ir a un mejor colegio, y hasta comprar esa moto que Manuel quiere para las entregas. Suena perfecto, ¿no?

Iris: (riendo bajito, dándole un sorbo a la cerveza y mirándola con ojos cómplices) Ay, sobrina, se te nota en la cara que "increíble" es poco. Siéntate bien y cuéntame todo, sin filtros. ¿Qué pasó en esa oficina? Porque llegaste con las mejillas rojas y las piernas temblando, como si hubieras corrido una maratón... o algo más. Y ese Kevin, el de la playa, ¿eh? El que te miró como si quisiera comerte entera. Dime, ¿fue solo charla de trabajo o hubo... extras?

Meliza: (sonrojándose, pero con una sonrisa pícara, cruzando las piernas y rozando accidentalmente la rodilla de Iris) Tía, eres terrible, siempre vas al grano. Bueno, sí... fue más que charla. Kevin me pidió que me probara una prenda, un body de encaje negro, de los que venden. Me dijo que era para ver cómo lucía en alguien "real". Me quité el vestido ahí mismo, delante de él, y, sus ojos... me recorrieron toda, como si me estuviera follando con la mirada. Me ayudó a ajustarlo, sus manos en mis caderas, bajando por los costados... y de pronto, sentí esa cosquilla abajo, sabes, esa humedad que te traiciona. Me besó, tía, un beso de esos que te dejan sin aliento, con lengua profunda, y sus dedos... ay, metió dos de una, directo al grano, mientras me chupaba los pezones. Me corrí en su boca, temblando como una hoja.

Iris: (abriendo los ojos grandes, pero con una risa gutural, poniéndole una mano en el muslo a Meliza para "consolarla", pero dejándola ahí un segundo de más) ¡Meliza! Eres una diablita. ¿Y Manuel? Pobre, se fue celoso a Piura y tú aquí, dejándote coger en una mesa de oficina. Cuéntame detalles, mujer, no me dejes a medias. ¿Cómo fue? ¿Grande? ¿Duro? Rubén siempre dice que los ex son como un imán, te jalan de vuelta. Pero dime, ¿valió la pena? Porque si el trabajo es bueno, pero el polvo mejor... ¿qué vas a hacer?

Meliza: (riendo nerviosa, pero excitada al recordarlo, subiéndose el top un poco para "arreglarlo", dejando ver más escote) Tía, fue... intenso. Kevin me levantó en la mesa, me abrió las piernas como si fuera suya, y me entró de un solo empujón. Gruesa, tía, no como Manuel que es más delgado pero constante. Esta era... llenadora, me estiraba toda por dentro, y embestía fuerte, con golpes que me hacían gemir alto. Me dio vuelta, me folló por detrás, agarrándome las tetas y mordiéndome el cuello. Se corrió dentro, caliente, y yo... ay, me vine otra vez solo de sentirlo. Pero ahora... no sé qué hacer. El trabajo es perfecto, gano bien, lo hago desde Piura, pero Kevin es mi ex, tía. De la secundaria, cuando éramos chiquillos y nos metíamos en problemas. Sentí cosas, no solo sexo. Como si reviviera esa chispa. Creo que, si lo vuelvo a ver, me acuesto con él de nuevo. No quiero arruinar lo de Manuel, él es bueno, me quiere, es el padre de mi hija. Pero la paga es muy buena, tía, ¿qué hago? ¿Vuelvo a verlo? ¿Cómo me resisto si solo de pensarlo me mojo?

Iris: (acercándose más, su mano subiendo un poco por el muslo de Meliza, rozando la piel suave, con voz ronca y cargada de experiencia) Mmm, sobrina, eso suena a tentación pura. Mira, yo con Rubén... no es perfecto, pero el sexo nos mantiene unidos. Si Kevin te hace sentir así, viva, caliente, ¿por qué resistirte del todo? El trabajo es trabajo, y si puedes hacerlo remoto, genial. Ve a las reuniones, haz los fotoshoots, pero pon límites... o no. Imagínate: vas a Lima una vez al mes, te quedas aquí, y de paso... un polvito rápido en la oficina. Manuel no se entera, tú ganas plata, y todos felices. Pero si quieres resistir, usa trucos: piensa en tu hija cuando lo veas, o lleva un vibrador para desahogarte antes. O... cuéntame, ¿qué sientes exactamente? ¿Es solo la verga o algo más? Porque si es amor viejo, eso es peligroso.

Meliza: (respirando más rápido, dejando que la mano de Iris se quede, incluso abriendo un poco las piernas para sentir el roce) No es solo la verga, tía, aunque... ay, era deliciosa, me llenaba hasta el fondo, y cómo me lamía, lengua experta en el clítoris, succionando hasta que exploté. Pero, es más: me hace sentir deseada, poderosa. Con Manuel es rutina, lo hacemos en el cuarto, luces apagadas, misionero y listo. Con Kevin... es aventura, riesgo. Creo que, si lo veo de nuevo, en un photoshoot, probándome lencería delante de él, con luces y cámara, me va a tocar "para ajustar" y yo... me voy a rendir. Me imagino: yo en un conjunto rojo, tanga de hilo, él detrás de la cámara, diciéndome "arquea la espalda, muéstrame más", y luego... sus manos en mis nalgas, separándolas, metiendo dedos mientras me besa el cuello. ¿Cómo resisto eso, tía? Dime, ¿tú con Rubén has tenido tentaciones? ¿Cómo lo manejas?

Iris: (sonriendo maliciosa, su mano ahora masajeando suavemente el muslo interno de Meliza, cerca del borde del short, sintiendo el calor) Ay, sobrina, todas tenemos tentaciones. Con Rubén... una vez un vecino me coqueteó fuerte, y casi caigo. Pero lo hablé con Rubén, y terminamos follando pensando en eso. Quizás haz lo mismo: dile a Manuel que Kevin es ex, pero que es solo trabajo. O... úsalo para avivar la chispa con él. Cuando vuelvas a Piura, fóllatelo pensando en Kevin, gime más fuerte, pídele que te haga como en la oficina. Y para resistir... mastúrbate antes de verlo. Imagínate: en el baño de la oficina, dedos adentro, pensando en su verga, para que cuando lo veas estés "satisfecha". O lleva condones, por si no resistes. Pero honestamente, Meliza, si la paga es buena y el polvo mejor... ¿por qué no disfrutar? La vida es corta, y tú con ese cuerpo... úsalo. Mira, si quieres practicar "resistencia", cuéntame más detalles. ¿Cómo te corriste? ¿Gritaste? Eso me ayuda a darte consejos... picantes.

Meliza: (gimiendo bajito al sentir el masaje, subiéndose el short un poco más, revelando el borde del tanga húmedo) Tía, eres mala... pero sí, grité, tía, no pude evitarlo. Me tenía de espaldas, embistiendo profundo, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos, la otra pellizcándome el pezón. Sentí esa ola subiendo, la cuca apretándolo, y exploté, temblando, mojándolo todo. Después, me dejó sin mi calzoncito se lo quedó de souvenir. Ahora pienso en eso y... mira, tía, estoy mojada solo de contarlo. ¿Qué hago si en el próximo encuentro me pide probar más ropa? ¿Me resisto diciendo "no, Kevin, soy casada"? O... ¿dejo que me la meta otra vez? La plata me hace falta, pero esa chispa... ay, tía, abrázame, que estoy confundida y caliente.

Iris: (abrazándola fuerte, sus pechos rozándose a través de la tela fina, susurrándole al oído) Ven aquí, sobrina. Resiste si puedes, pero si no... disfruta en secreto. Yo te cubro aquí en Lima. Y si necesitas desahogarte... Rubén está en la cocina, pero shhh, esto queda entre nosotras. Mañana decides, pero por ahora, relájate.





Meliza se despertó esa mañana de martes con una decisión tomada: volvería a ver a Kevin. Después de la charla caliente con Iris la noche anterior, había llamado a Manuel por video, contándole todo con lujo de detalles —o casi todo—. Le dijo que había conseguido el trabajo, que era remoto desde Piura, pero que necesitaba una segunda "entrevista" para conocer al equipo. Manuel, en su casita en Piura con la niña durmiendo al lado, se puso celoso al instante: "¿Con ese Kevin? ¿El de la playa? Meliza, amor, no me jodas, sé que te miró como perra en celo". Ella se rio, pero su voz salió ronca: "Ay, Manuel, no seas así. Es solo trabajo, pero sí... me hace sentir deseada. Ayer me culeo en la oficina, duro, me llenó toda. Pero es por la plata, amor, para nosotros". Manuel respiró fuerte, su mano bajando por debajo de la cámara: "Joder, Meliza, me pones celoso pero cachondo. Prométeme que no lo dejas entrar otra vez". Ella mordió su labio: "Lo intento, pero si pasa... te cuento todo después, y me follas pensando en eso cuando vuelva". Terminaron la llamada con Manuel masturbándose, gimiendo su nombre, y Meliza tocándose en la cama de huéspedes, imaginando a ambos.

Manuel la llamó temprano, antes de que saliera: "Amor, ¿estás segura? Ese tipo te quiere follar de nuevo, lo sé". Meliza, ya vistiéndose, respondió con voz juguetona: "Sí, Manuel, pero resisto. Piensa en mí trabajando, ganando para la familia". Él gruñó: "Si te toca, dile que eres mía. Llámame cuando termines".

Para la "entrevista", Meliza eligió un vestido superapretado, de tela negra semitransparente que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Era corto, llegando apenas a medio muslo, con escote profundo que mostraba el valle entre sus tetas redondas y firmes, empujadas por un sostén de encaje rojo. Debajo, un tanga mínimo del mismo color, que se marcaba contra la tela cuando caminaba. El vestido era tan ceñido que sus nalgas se contoneaban con cada paso, y la transparencia dejaba adivinar las curvas de su coño depilado y los pezones endurecidos por la excitación. Se pintó los labios rojo pasión, se soltó el pelo ondulado y se puso tacones altos que alargaban sus piernas bronceadas. Al mirarse en el espejo, sintió un cosquilleo: "Asuuuuuuu, parezco una puta de lujo... pero me encanta".

Salió de la casa de Iris en San Juan de Miraflores y tomó un taxi hacia Miraflores. En el trayecto, Manuel llamó de nuevo: "Amor, ¿ya vas? No dejes que te mire mucho". Ella susurró: "Sí, en el taxi. Tranquilo, celoso... me pones caliente con tus llamadas". Al bajar en la avenida Larco, el sol pegaba fuerte, haciendo que el vestido se transparentara más. Caminó las dos cuadras hasta la empresa, tacones resonando, caderas meneándose. Los hombres en la calle no disimularon: un obrero silbó: "¡Mamacita, qué culo! Quisiera ser tu calzón chiquito para estar pegado siempre a ese culazo rico, oliéndote todo el día". Otro, un tipo en moto: "¡Nena, con ese vestido se te ve todo! ¿Quieres que te meta la lengua por atrás hasta que grites?". Un tercero, más sucio: "¡Puta, ábrete las piernas que te quiero chupar esa vagina que se marca, te lo lleno de leche caliente!". Meliza sintió una mezcla de molestia —"qué asquerosos"— y calor subiendo por su entrepierna. Sus pezones se endurecieron más, rozando la tela, y notó humedad en el calzón. Aceleró el paso, pero el roce de la tela contra su piel la ponía más caliente: "Joder, me molestan... pero imagino si Manuel oyera esto, se pondría loco".

Entró al edificio de "TrendVibe", la recepcionista —la misma chica de pelo rosa— la miró con envidia: "Kevin te espera en la sala grande. Vas... vestida para matar". Meliza sonrió: "Gracias, flaca". Kevin la recibió con esa sonrisa depredadora, ojos devorándola de inmediato. Llevaba camisa ajustada, pantalón que marcaba su paquete, y la abrazó fuerte: "Meliza, reina, qué vestido... se te ve todo, me estás provocando desde la puerta". Ella se rio: "Es para impresionar al equipo". La "entrevista" fue rápida: Kevin la presentó al personal virtualmente, por Zoom. Eran cuatro chicas jóvenes, dos en Lima y dos remotas: una community manager flaca con tattoos, otra diseñadora curvilínea, y dos vendedoras piuranas como ella. "Chicas, esta es Meliza, nuestra nueva estrella. Vendrá una vez al mes para shoots, pero el resto remoto desde Piura". Las chicas la saludaron efusivas: "¡Bienvenida! Con ese cuerpo, vas a vender todo". Meliza posó un poco, girando: "Gracias, chicas. Estoy emocionada... y lista para mostrar lo que tengo". Kevin, a su lado, rozó su muslo "accidental": "Sí, Meliza tiene mucho que mostrar".

Al salir de la sala, el teléfono vibró: Manuel. Meliza contestó bajito, caminando por el pasillo con Kevin atrás, mirándole el culo. "Amor, ¿ya terminaste?". Ella: "No, amor, sigo en la entrevista. Me están presentando al equipo, es virtual, pero hay que charlar detalles". Manuel, voz tensa: " Meliza, no dejes que Kevin te toque. Recuerda que eres mía". Ella mordió su labio, sintiendo la mano de Kevin en su cintura guiándola: "Sí, amor, lo recuerdo... pero él es profesional. Te llamo después". Colgó, y Kevin susurró al oído: "Celoso tu maridito, eh? Ven, vamos a comer algo para celebrar tu bienvenida".

Fueron a un restaurante cercano, un lugar chic con mesas al aire libre. Meliza se sentó cruzando las piernas, el vestido subiéndose, mostrando muslos suaves. Pidieron ceviche y pisco sours. Kevin coqueteaba sin parar: "Meliza, con ese vestido transparente... se te marcan los pezones, reina. Me dan ganas de chuparlos aquí mismo". Ella se rio, rozando su pie bajo la mesa: "Kevin, compórtate... aunque sí, están duros por el frío... o por ti". Él bajó la voz: "Ayer te tiré rico, ¿verdad? Te corrías gritando. Quiero repetirlo". Meliza sintió su ropa interior bien empapada: "Shhh, fue un error.... Manuel no lo sabe todo". Manuel llamó de nuevo en medio del almuerzo: "Amor, ¿sigues ahí?". Ella, con la mano de Kevin en su rodilla bajo la mesa: "Sí, amor, comiendo con el equipo. Detalles de contrato. No seas celoso". Manuel: "Te oigo rara, ¿estás mojada pensando en él?". Ella susurró: "Un poco... te amo". Colgó, y Kevin rio: "Pobre, déjalo sufrir. Oye, tengo un departamento cerca con piscina privada. Vamos a refrescarnos... el sol quema".

Meliza dudó, pero el pisco y el calor la convencieron: "Bueno, pero solo un rato. No traje ropa de baño". Kevin sonrió malicioso: "Allí tengo bikinis de muestra, reina. O... nada, si prefieres". En el taxi al departamento —un penthouse lujoso en Miraflores con vista al mar—, Kevin la besó en el cuello: "Hueles a sexo, Meliza. Ese tanga debe estar empapada que rico". Ella gimió bajito: "Sí... por los piropos de la calle y por ti". Llegaron, el departamento era moderno: piscina infinita en la terraza, solárium con tumbonas. Kevin sacó un bikini mínimo de la colección: tanga rojo hilo y top triangular. "Pruébatelo". Meliza se cambió en el baño, pero dejó la puerta entreabierta. El tanga se metía entre sus nalgas, el top apenas cubría sus pezones. Salió contoneándose: "¿Qué tal? Se me ve todo...".

Kevin, ya en short de baño, paquete marcado: "Joder, perfecta. Ven al agua". Se metieron, el agua fresca contra su piel caliente. Jugaban: salpicadas, roces "accidentales". Kevin la pegó contra el borde: "Meliza, quítate el top... deja que te chupe esas tetas". Ella arqueó la espalda: "Kevin... no debo, Manuel...". Pero sus manos subieron, desatando el top, liberando sus pechos redondos, pezones erguidos. Él los chupó, lengua girando, succionando fuerte: "Mmm, ricos, duros para mí". Meliza gimió: "Ay, sí... muerde un poco". Su mano bajó al short de él, sacando la verga dura: "Grande... me la metiste ayer tan profundo". Lo masturbó bajo el agua, mientras él metía dedos en su bikini, frotando el clítoris hinchado: "Mojada, puta... ábrete más".

El teléfono sonó en la tumbona: Manuel. Meliza salió chorreando, tetas al aire, contestó: "Amor... sigo en el trabajo". Manuel: "Te oigo agitada, ¿qué pasa?". Ella, con Kevin acercándose por detrás, rozando su verga contra su culo: "Nada, amor... discutiendo contratos. Calor aquí".

Manuel: "Meliza, no mientas. ¿Te está tocando?". Ella gimió bajito cuando Kevin apartó su calzón y rozó la punta: "No... ay, amor, te llamo después". Colgó, y Kevin la penetró despacio: "Sí, miente a tu maridito mientras te cacho lico". La embestía como si nunca había cachado, como sudaban, como jadeaban, como se retorcían del placer, agua salpicando, ella empujando atrás: "Más duro... lléname como ayer". Se corrió gritando, apretándolo, y él la llenó, gruñendo.

Después, tumbados, Meliza suspiró: Que rico me las has metido, ningún hombre me hizo gozar tanto como tú.

Manuel llamó de nuevo, pero ella no contestó aún, disfrutando de su nuevo amante.




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Después de ese encuentro ardiente en el departamento de Kevin, Meliza tomó un taxi de vuelta a San Juan de Miraflores, con las piernas aún temblorosas y una sonrisa satisfecha en los labios. El sol de la tarde limeña se filtraba por la ventana, calentando su piel, pero nada se comparaba con el fuego que aún latía entre sus muslos. El vestido negro semitransparente se pegaba a su cuerpo sudoroso, marcando las curvas de sus pechos llenos y sus nalgas redondas, y el tanga rojo —ahora empapado y estirado— rozaba su coño sensible con cada movimiento del carro. Se sentía sucia, viva, deseada... y un poco culpable, pero no lo suficiente como para arrepentirse.

Apenas entró a la casa de Iris, el teléfono vibró en su bolso: era Manuel, llamando por enésima vez. Iris estaba en la cocina, preparando un jugo de maracuyá, con su bata floja que dejaba entrever sus pechos maduros y sus caderas anchas. Me miró a mí (Rubén), que estaba en la sala fingiendo ver la tele, y arqueó una ceja como diciendo "esto se va a poner bueno". Meliza se sentó en el sofá, cruzando las piernas de forma que el vestido se subiera un poco más, revelando la piel bronceada de sus muslos internos, y contestó la llamada con voz inocente, como si nada hubiera pasado.

Meliza: (con tono dulce y calmado) ¿Aló, amor? Sí, ya estoy en casa de la tía. Perdón por no contestar antes, el celular estaba en silencio durante la reunión, no quería interrupciones. Fue una entrevista larga, con el equipo virtual, charlando de contratos y eso.

Manuel: (voz tensa, celosa, desde Piura, donde se oía el ruido de la niña jugando de fondo) Meliza, te llamé como cinco veces. ¿Qué carajo estabas haciendo? Ese Kevin... no me digas que te quedaste sola con él. Suenas rara, amor, agitada. ¿Pasó algo? Dime la verdad, ¿te tocó? ¿Te besó? No me mientas, que me pongo loco aquí solo.

Meliza: (riendo bajito, rozándose el muslo disimuladamente, sintiendo el residuo de la humedad de Kevin) Ay, Manuel, no seas paranoico. Nada pasó, amor. Fue todo profesional. Me presentó al equipo por Zoom: unas chicas simpáticas, dos de Piura como yo. Hablamos de cómo voy a hacer lives vendiendo lencería y ropa sexy desde casa. La paga es buena, como te dije, y remoto. Kevin fue amable, pero nada más. Después fuimos a almorzar con el grupo, por eso no contesté. Estaba comiendo ceviche y discutiendo bonos. Tranquilo, celoso... te extraño, ¿sabes? Cuando vuelva a Piura, te voy a compensar por estos celos tontos.

Manuel: (respirando fuerte, como si estuviera apretando el teléfono) Meliza, no me convences. Ese tipo te miró en la playa como si quisiera devorarte. Y tú con ese vestido... ¿qué te pusiste hoy? No me digas que fuiste provocativa, amor, solo de imaginarte ahí, con él cerca, me hierve la sangre. Prométeme que no pasó nada, que no te dejó mojadita como ayer me contaste. Si me entero de algo, te juro que voy a Lima y lo parto.

Meliza: (mordiéndose el labio, sintiendo un cosquilleo al recordar, pero mintiendo con voz firme) Te lo juro, amor, nada. Solo trabajo. El vestido era normalito, negro, ajustado pero decente. No seas así, Manuel. Piensa en la plata: con esto pagamos las deudas y le compramos a la niña ese uniforme nuevo. Te amo, ¿ok? Mañana vuelvo a Piura, y allá te demuestro cuánto. Besos, mi celoso.

Colgó antes de que Manuel pudiera insistir más, y soltó un suspiro largo, recostándose en el sofá. Iris salió de la cocina con dos vasos de jugo, se sentó a su lado y le pasó uno, mirándola con esa expresión cómplice que solo una tía como ella podía tener. Iris llevaba la bata entreabierta, dejando ver el borde de sus panties blancas y el valle entre sus tetas, que subían y bajaban con su respiración. Yo, desde la sala, me hice el sordo.

Iris: Bueno, sobrina, ya colgaste al pobre Manuel. Se oía furioso, eh. ¿Le dijiste que nada pasó? Porque tu cara dice otra cosa. Ven, cuéntame todo, sin filtros. ¿Qué te hizo ese Kevin hoy? Detalles, mujer, que anoche me dejaste caliente con lo de la oficina. ¿Repitieron? ¿Fue más loco que ayer?

Meliza se rio, bebiendo un sorbo de jugo, y se acomodó más cerca de Iris, sus muslos tocándose. Bajó la voz, pero lo suficiente para que yo oyera desde la cocina —o eso creí—. Sus ojos brillaban con esa mezcla de excitación y picardía, y empezó a contar, gesticulando con las manos, como si reviviera cada toque.

Meliza: Ay, tía, no sabes... decidí ir, total Manuel ya está en Piura, y la plata es tentadora. Le conté anoche por video lo de ayer, los detalles sucios, y se puso celoso pero cachondo, masturbándose mientras le decía cómo Kevin me llenó. Pero hoy le mentí, como oíste. Nada pasó, le dije. Pobre, si supiera... La "entrevista" fue rápida, me presentó al equipo por Zoom: unas flacas lindas, hablando de lives y ventas. Pero después, Kevin me invitó a almorzar, y de ahí... a su departamento. Tiene un penthouse en Miraflores, tía, con piscina infinita y vista al mar. Dijo "vamos a refrescarnos", y yo, con el pisco en la cabeza, acepté. "No traje bikini", le dije, y él sacó uno de muestra: tanga rojo hilo, que se me metía todo entre las nalgas, y top triangular que apenas me cubría los pezones.

Iris: ¡Meliza! Eres una loca. Cuéntame, ¿qué pasó en la piscina? ¿Te quitó todo? Detalles, sobrina, quiero imaginarlo. ¿Te besó? ¿Te tocó abajo?

Meliza: Sí, tía... nos metimos al agua, fresquita contra mi piel caliente. Empezamos jugando: salpicadas, roces. Él me pegó contra el borde de la piscina, sus manos en mi cintura, bajando por mis caderas. "Quítate el top", me dijo, y yo... lo desaté, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras por el agua y por él. Me los chupó, tía, lengua girando alrededor, succionando fuerte, mordisqueando hasta que dolía rico. Yo gemía, agarrándole el pelo, empujando mis pechos contra su boca. "Mmm, Kevin, sí... chupa más duro", le decía.

Iris: Ay, sobrina, qué rico suena. ¿Y abajo? ¿Te metió dedos? Cuéntame cómo te sentía, mojada ya, ¿no?

Meliza: Mojadísima, tía. Desde la calle, con esos piropos sucios que me decían: "Quisiera ser tu calzón para olerte el culo todo el día", "Ábrete que te chupo el coño hasta que chorrees". Me molestaban, pero me ponían caliente. En la piscina, Kevin metió la mano en la cuca y ano, apartó el bikini, y rozó mi clítoris hinchado con el pulgar, círculos rápidos mientras metía dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace explotar. "Estás empapada, puta", me susurraba al oído, mordiéndome la oreja. Yo le saqué la verga del short: gruesa, venosa, ya dura y goteando. La masturbé bajo el agua, sintiendo cómo palpitaba en mi mano.

Iris: Y que mas sucedió.

Meliza: Sí, tía... me giró al borde de la piscina, agua salpicando. Apartó el calzón a un lado y me entró despacio al principio, estirándome toda, llenándome hasta el fondo. "Sí, Kevin, más profundo", gemía yo, empujando mi culo contra él. Embestía fuerte, golpes secos que hacían que mis tetas rebotaran, agua chorreando por mi cuerpo. Una mano en mi clítoris, frotando rápido, la otra pellizcándome un pezón. Me corrí gritando, tía, el coño apretándolo como un puño, temblando toda. Él gruñó y se corrió dentro, caliente, llenándome de leche que goteaba por mis muslos cuando sacó la verga.

Iris: Ay, sobrina, qué loco y rico... eres una diosa. Manuel se muere si sabe. ¿Y después? ¿Te quedaste?

Meliza: Después nos tumbamos, desnudos, al sol. Me besó todo el cuerpo, lamiendo el sudor y el agua. "Vuelve pronto, reina, para más….y más de esto", me dijo. Yo solo asentí, tía, porque quiero repetirlo. Pero a Manuel... nada, como oíste. Le dije que no contesté por el trabajo. Pobre, está celoso allá en Piura, pero eso me pone más caliente.






Mientras Meliza seguía en Piura, resistiendo (o fingiendo resistir) la tentación de llamar a Diego, en Lima Iris y yo convertimos esos tres días de aislamiento en un maratón de sexo obsesivo, donde cada detalle que ella me contaba sobre los pecados de su sobrina se convertía en combustible para follar más duro, más sucio, más profundo. Y el tema que más nos ponía a mil era el anal: cómo Kevin había preparado a Meliza en Tumbes, cómo la había abierto despacio, cómo ella había gemido pidiendo más mientras le metía la verga gruesa por el culo hasta el fondo. Iris lo repetía como un mantra, y cada vez que lo hacía, yo me ponía más salvaje.

El viernes por la noche, después de la primera ronda en la cocina, Iris se levantó temblando, con mi leche chorreándole por los muslos internos. Se fue al dormitorio y volvió mas sensual y provocativa.

La puse de cuatro en la cama, culo en pompa, las nalgas separadas con mis manos. Iris se arqueó, empujando hacia atrás, el coño ya brillante de humedad. Le unté lubricante frío en el ano apretado, el dedo índice entrando despacio, girando para relajar el anillo. “Cuéntame más del anal de Meliza”, le dije, metiendo el dedo hasta el nudillo. Ella jadeó: “Kevin le metió saliva primero… lamiéndole el culo en círculos, lengua profunda… luego el plug chiquito, lo empujó despacio mientras le frotaba el clítoris… Meliza gemía ‘ay, Kevin, me estás abriendo el culo… mételo más’… y cuando estuvo dentro, lo dejó vibrando un rato, moviéndolo adentro y afuera…”.

Saqué el dedo y tomé el plug más pequeño. Lo presioné contra su ano, girándolo suave. Iris empujó hacia atrás: “Sí… como a ella… despacio, amor… imagínate que es Meliza la que grita”. El plug entró con un pop suave, la base quedando plana contra sus nalgas. Lo moví despacio, entrando y saliendo, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris hinchado. Ella se corrió rápido, temblando, el ano apretando el plug como un puño. “Joder, Iris… tu culo se cierra igual que el de tu sobrina… ¿crees que Manuel la follaría así si supiera?”. Ella rio entre gemidos: “No… él es vainilla… pero nosotros… ay, sácalo y méteme el siguiente”.

Cambiamos al mediano, más grueso. Le unté más lubricante, lo presioné contra el ano ya relajado. Entró más lento, Iris gimiendo alto: “Más… como Kevin… me está estirando… imagínate si Manuel los pilla, ve a su mujer con el culo lleno de plug mientras Kevin la mira… ¿qué le diríamos? ‘Es terapia de pareja’…”. Lo metí hasta el fondo, girándolo, y empecé a reventarle la papita con dos dedos mientras el plug vibraba dentro. Iris se corrió otra vez, squirteando un chorro caliente que mojó las sábanas. “Ahora el grande… el de la joya…”. Lo tomé, el más ancho, la joya rosa brillando. Lo lubricé bien y lo presioné. Iris arqueó la espalda, empujando: “Despacio… ay, me abre… Kevin le dijo ‘relájate, puta, tu culo es mío esta noche’… Meliza lo aceptó todo…”. Entró con esfuerzo, el ano dilatándose alrededor, hasta que la base quedó pegada a sus nalgas. La joya rosa asomaba entre sus cachetes como un diamante prohibido.

La dejé así un rato, moviéndolo suave, mientras le chupaba el clítoris. “¿Te imaginas a Meliza caminando con esto puesto? En el hotel, yendo a la fiesta swinger con el culo lleno… y luego Kevin se lo saca y la folla por atrás en la piscina”. Iris gemía sin control: “Sí… y si Manuel llama ahora… no contestamos… que piense que estamos durmiendo… mientras yo tengo el culo lleno pensando en mi sobrina puta…”. La penetré vaginal mientras el plug seguía dentro, doble penetración con mi verga y el juguete. Cada embestida hacía que el plug se moviera adentro, presionando contra mi polla a través de la pared delgada. Nos corrimos al mismo tiempo, yo llenándole el coño, ella apretando el plug tan fuerte que casi lo expulsa.

El sábado y domingo fue igual: tres días sin salir, sin contestar llamadas (Manuel insistió, Iris silenció el teléfono con una sonrisa malvada: “Que sufra un poco, como cuando Meliza no le contesta”). Cada sesión empezaba con Iris contándome más detalles del anal de Tumbes: cómo Kevin la había puesto de lado, una pierna en alto, lubricante chorreando, metiéndosela despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que Meliza pedía “más duro… rómpeme el culo, lléname de leche caliente”. Iris recreaba todo: se ponía de lado en la cama, yo la lubricaba bien, y la penetraba anal despacio, sintiendo cómo su ano me apretaba como un guante caliente. “Más profundo… como a ella… imagínate si la encontramos así, con Kevin embistiéndole el culo mientras grita… ¿qué haríamos? ¿Mirar? ¿Unirnos?”. Cada vez que decía eso, yo embestía más fuerte, agarrándole las tetas, mordiéndole el cuello: “La veríamos cojear después… y nos pondríamos a mil… corrámonos otra vez”.

El domingo por la tarde, exhaustos pero insaciables, Iris se puso el plug grande otra vez, se sentó en mi regazo en el sofá y empezó a moverse lento, el ano tragando el juguete mientras mi verga entraba en su coño. “Mira lo que hizo mi sobrina… se dejó abrir el culo tres noches seguidas… y nosotros aquí, practicando… si Manuel pregunta por qué no contestamos, le decimos que estábamos ‘descansando’… pero la verdad es que estábamos follando anal pensando en cómo Meliza se entrega… en cómo ese Diego podría meterle la verga por atrás algún día…”. Nos corrimos una última vez, ella temblando encima mío, el plug vibrando adentro, mi leche mezclándose con la suya.
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Meliza regresó a Piura esa mañana de miércoles, en un bus nocturno que la dejó exhausta, pero con una sonrisa secreta en los labios. El viaje de Lima a Piura fue largo, pero su mente estaba llena de recuerdos calientes: la piscina de Kevin, su verga llenándola, el agua salpicando mientras gemía. Manuel la esperaba en la terminal con la niña en brazos, besándola posesivamente en la boca como si quisiera borrar cualquier rastro de otro. "Te extrañé, amor. ¿Todo bien en el trabajo?", preguntó él, su mano bajando a su culo en un apretón celoso. Ella asintió, rozando su entrepierna disimuladamente: "Sí, Manuel, solo reuniones. Ahora soy oficial: community manager remota. Vamos a ganar bien". Esa noche, en su casita modesta en un barrio de Piura, follaban salvaje para "celebrar". Meliza le contó partes editadas: cómo Kevin era "amable", pero omitió los detalles sucios. Manuel, aún celoso, la penetró duro en la cama, gruñendo: "Eres mía, Meliza, no de ese cabrón". Ella se corrió pensando en ambos, gimiendo alto para que los vecinos oyeran.

Los siguientes tres meses pasaron en una rutina caliente pero estable. Meliza trabajaba desde casa, en el comedor convertido en oficina: laptop abierta, haciendo lives en Instagram y TikTok vendiendo lencería y ropa sexy de TrendVibe. Se probaba las prendas frente a la cámara, contoneándose, mostrando escotes y curvas que hacían volar las ventas. "Chicas, este body negro se pega como segunda piel, miren cómo resalta mis tetas... imagínenlo en ustedes", decía con voz ronca, mordiéndose el labio. Manuel la veía a veces, poniéndose duro: "Amor, pareces una estrella porno". Follaron más que nunca; los celos lo mantenían encendido. Él volvía del almacén, la encontraba en tanga probando muestras, y la follaba contra la mesa, sus manos en sus caderas: "Muéstrame cómo vendes, puta mía". Todo iba bien: pagaron deudas, compraron juguetes para la niña, hasta una moto para entregas. Meliza chateaba con Kevin por WhatsApp "profesional", pero con emojis pícaros: "Listo el live, jefe 😉". Él respondía: "Bien, reina, pero extraño darte duro". Ella resistía... o eso creía.

Hasta que, un jueves por la tarde, tres meses después, Kevin la sorprendió con un mensaje: "Reina. Te necesito en Lima este fin de semana urgente. Viernes a domingo. Te mando el pasaje". Meliza sintió un cosquilleo en su vulva solo de leerlo. Le dijo a Manuel: "Amor, debo ir a Lima por trabajo. Fotoshoots y reuniones. Vuelvo el lunes". Él frunció el ceño, celoso de nuevo: "Con Kevin, ¿eh? No me jodas, Meliza. Prométeme que no pasa nada". Ella lo besó, frotándose contra su verga dura: "Nada, amor. Solo trabajo. Te mando fotos". Pero era mentira. Kevin no la llevaba a Lima; el pasaje era a Tumbes, una escapada secreta a un hotel boutique en la playa, lejos de ojos conocidos. Nadie lo sabía: ni Manuel, ni Iris, ni Rubén. Solo ellos dos, para un fin de semana de sexo sucio, loco y sin límites.

Llegó el viernes al atardecer. Kevin la esperaba en el aeropuerto de Tumbes, con un auto alquilado, sonrisa depredadora y una erección visible en sus jeans ajustados. La besó en la boca apenas subió: "Reina, tres meses sin culearte... voy a destrozarte". El hotel era un paraíso discreto: suites con vista al mar, piscina privada en la terraza, jacuzzi y camas king size con sábanas de seda. Nadie preguntaba; era para amantes. Meliza se cambió en el baño: un vestido rojo ceñido, corto hasta las nalgas, escote que mostraba sus tetas empujadas por un sostén de encaje negro, tanga a juego que se metía entre sus cachetes. Kevin la miró hambriento: " Meliza, pareces una puta de lujo". Esa primera noche, jugaron sucio en la suite. Él sacó lencería fina de la maleta: un babydoll transparente con ligueros y medias de red. "Póntelo, reina". Ella se lo puso despacio, girando frente al espejo, arqueando la espalda para que viera cómo el hilo desaparecía en su culo. Empezaron con juegos locos: él la ató a la cama con corbatas de seda, vendándole los ojos. "Ahora eres mi puta sumisa", gruñó, lamiéndole el cuello, bajando por sus tetas, chupando pezones duros hasta que dolían. Metió dedos en su coño mojado: "Mira cómo chorreas, Meliza. Di que extrañaste mi pichula". Ella gemía: "Sí, Kevin, la extrañé... cáchame duro y sucio". Él la penetró de golpe, embistiendo como animal, una mano en su garganta: "Toma, puta, siente cómo te estiro". Se corrió dentro, pero no paró: sacó un vibrador de la maleta, lo metió en su cuca mientras le lamía el culo, lengua profunda en su ano apretado. "Ay, Kevin... sí, lame mi culo sucio", jadeaba ella, corriéndose en chorros. Follaron hasta el amanecer, cuerpos sudorosos, sábanas manchadas de semen y jugos.

El sábado, Kevin la sorprendió con disfraces. "Hoy jugamos roles, reina". Sacó un disfraz de enfermera sexy: mini falda blanca que apenas cubría su culo, top abierto con cruz roja, medias blancas y tanga de encaje con abertura. Él se puso de doctor: bata abierta, sin nada debajo, verga semi dura colgando. "Paciente, te voy a examinar", dijo, sentándola en el jacuzzi burbujeante. La "examinó" con dedos: metiendo tres en su coño, frotando el clítoris mientras le chupaba las tetas. "Estás enferma de calentura, puta. Toma tu medicina". La folló en el agua, levantándola contra la pared, embistiendo profundo mientras el agua salpicaba. "Sí, doctor... cúrame con tu verga gruesa", gemía ella, clavándole uñas en la espalda. Después, cambiaron: ella de policía sexy, esposas de juguete, falda de vinilo negra cortísima, top con placa que dejaba pezones al aire, botas altas. Lo esposó a la cama: "Estás arrestado". Le chupó la verga despacio, garganta profunda, escupiendo saliva sucia: "Traga mi pene, oficial", gruñía él. Lo cabalgó al revés, culo hacia su cara, rebotando fuerte, su yuyo chorreando por su verga. "Mira mi culo tragándotela, Kevin... ay, sí, pellízcame los cachetes". Se corrieron juntos.

Esa noche, más lencería: un corset rojo que apretaba sus tetas hasta desbordar, tanga con perlas que rozaban su clítoris al caminar, y un plug anal de joya que él insertó: "Para prepararte". Follaron anal: él lubricándola con saliva y aceite, metiéndola despacio al principio, luego duro, mientras vibraba un dildo en su coño. "Toma por el culo, Meliza... qué apretado, puta". Ella gritaba de placer-dolor: "Sí, rómpeme el culo, llénalo de leche".

El domingo, la última noche, Kevin la invitó a algo más loco: "Reina, hay una fiesta swinger en un club privado aquí en Tumbes. Vamos a ver, nada más. No participamos, solo miramos... para inspirarnos". Meliza dudó, pero el morbo la ganó. Se vistieron elegantes, pero hot: ella con un vestido negro de malla transparente, sin sostén, pezones visibles, falda slit que mostraba muslo hasta la cadera, tanga negro mínimo y tacones. Él de traje negro, camisa desabotonada. El club era discreto, luces tenues, música sensual, parejas y grupos follando en salas abiertas. Llegaron con antifaces: el de ella plateado, cubriendo ojos, pero dejando boca libre. Se sentaron en un sofá, bebiendo champagne, mirando: una mujer chupando dos vergas, un trío con doble penetración, gemidos por todos lados. Kevin la tocaba por debajo: dedos en su tanga, frotando: "Mira eso, Meliza... imagínate nosotros ahí". Ella se mojaba: "Ay, Kevin... es sucio, pero caliente". No participaron; solo miraron, excitados. Pero en un descuido —Kevin fue al baño—, un chico alto, musculoso, con antifaz negro y verga marcada en pantalones, se acercó. "Eres la más hot aquí", susurró, deslizando un papel en su mano: su número. "Llámame si quieres jugar de verdad". Meliza lo guardó en su bolso, corazón latiendo, sin decirle a Kevin ni a nadie. Regresaron al hotel a tirar mas y más.

El lunes, Meliza volvió a Piura, con el cuerpo adolorido pero satisfecho, el número secreto en su bolso. Manuel la recibió celoso pero ignorante: "Cuéntame todo, amor". Ella mintió: "Solo trabajo en Lima". Pero esa noche, follaban, y ella gemía más fuerte, imaginando futuros pecados.
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Los seis meses siguientes al fin de semana en Tumbes fueron una mezcla de rutina doméstica y fuego reprimido para Meliza. Volvió a Piura con el cuerpo marcado por los juegos locos de Kevin: moretones suaves en las tetas de las mordidas, un cosquilleo constante en el coño por las penetraciones salvajes, y el número del chico del antifaz guardado en su celular como un secreto culpable. Pero decidió enfocarse en el trabajo y en Manuel. Las ventas online iban viento en popa; hacía lives diarios desde el comedor, probándose lencería fina que Kevin le mandaba por courier: bodies de encaje que se pegaban a sus curvas, tangas con aberturas que dejaban el clítoris expuesto, corsets que empujaban sus pechos hasta casi desbordar. "Chicas, miren cómo este tanga rojo se mete entre mis nalgas... ideal para noches calientes", decía en cámara, girando para mostrar su culo redondo y firme, sintiendo cómo se mojaba solo de imaginar a Kevin viéndola.

Lo aprendido con Kevin lo puso en práctica con Manuel, y al principio lo volvió loco. Esa primera noche de regreso, Meliza se cambió en el baño: un babydoll transparente negro que dejaba ver sus pezones duros y el tanga mínimo. Salió contoneándose, se sentó a horcajadas sobre él en la cama mientras veían TV. "Amor, hoy jugamos diferente", susurró, besándole el cuello mientras le bajaba el boxer. Manuel abrió los ojos grandes: "¿Qué te pasa, Meliza? ¿El viaje te volvió salvaje?". Ella no respondió; le chupó la verga despacio, garganta profunda como Kevin le había enseñado, escupiendo saliva sucia para lubricar, masajeando sus bolas hinchadas. " Amor... nunca me la chupaste así", gimió él, agarrándole el pelo. Lo cabalgó al revés, culo hacia su cara, rebotando fuerte para que viera cómo su coño tragaba su verga entera. "Mira, Manuel... siente cómo aprieto", jadeaba ella, metiéndose un dedo en el culo para intensificar. Él se corrió rápido, llenándola, pero ella no paró: sacó un vibrador que había comprado online (inspirada en Tumbes) y lo usó en su clítoris mientras lo montaba de nuevo. "Ay, Meliza... esto es nuevo, me gusta, pero...eres una puta caliente ahora". Follaron hasta el amanecer, sucios, sudorosos, con ella gimiendo alto: "Sí, amor, rómpeme la papa como si fueras mi jefe".

Al principio, Manuel estaba encantado. Cada noche, Meliza innovaba: una vez lo ató con corbatas a la cama, vendándole los ojos, y le lamió el ano mientras le masturbaba la verga: "Siente mi lengua en tu culo sucio, amor... ¿te gusta?". Él gruñía: "Sí, Meliza... pero no estoy acostumbrado a esto todas las noches". Otra vez, disfraz de enfermera sexy que había pedido de la tienda: mini falda blanca, top abierto, y lo "examinó" con dedos en su próstata mientras lo chupaba. "Doctor, estás enfermo de calentura... toma mi medicina", decía ella, sentándose en su cara para que le lamiera el coño mojado. Manuel se corría explosivo, pero después confesaba: "Me sorprende, amor, me pone a mil, pero... no soy como ese Kevin. No puedo hacerlo loco todos los días, me agota". Meliza lo entendía; bajaba el ritmo, pero seguía provocándolo: tangas sin entrepierna bajo la falda en la cena, rozando su pie contra su verga bajo la mesa con la niña durmiendo. El sexo era mejor que nunca, pero Manuel notaba su cambio: "Estás más insaciable, Meliza. ¿Qué te enseñaron en Lima?". Ella sonreía: "Solo ideas del trabajo, amor".

Durante esos seis meses, no vio a Kevin en persona. Solo chats profesionales, aunque cargados de insinuaciones: "Buen live, reina. Ese body te queda para follar", le mandaba él. Ella respondía: "Gracias, jefe ". El trabajo fluía: ventas récord, bonos que pagaban la moto y mejoras en la casa. Manuel estaba contento, los celos se calmaron, y la rutina familiar los unía: fines de semana en la playa con la niña, folladas rápidas en el baño mientras ella jugaba afuera. Pero Meliza sentía un vacío; extrañaba la adrenalina sucia de Tumbes, los juegos prohibidos.

Hasta esa noche de jueves, estresada por un live fallido —la conexión se cortó mientras se probaba un conjunto de lencería roja con ligueros, dejando a las clientas colgadas—. Manuel llegó del trabajo, besándola: "Amor, mis papás nos invitaron al campo este fin de semana. Vamos con la niña, a desconectar". Meliza suspiró, masajeándose las sienes: "Ay, Manuel, estoy cansada. El trabajo me mató hoy. Ve tú con la chiquita, yo me quedo a descansar. Necesito un fin de semana sola para recargar". Él dudó: "Segura? No quiero dejarte". Pero ella insistió, besándolo profundo: "Sí, amor. Ve y diviértete. Yo me porto bien". Manuel partió el viernes temprano con la niña, dejándola sola en la casa. El silencio era delicioso al principio: baño largo, música alta, pero por la noche, aburrida en la cama con el celular, sacó el número del chico del antifaz. "Por curiosidad", se dijo, marcando. El corazón le latía fuerte; recordaba su cuerpo musculoso, el antifaz negro, la verga marcada en los pantalones.

Contestó una voz grave, sexy: "¿Aló? ¿Quién es?". Meliza tragó saliva: "Soy... la chica de la fiesta swinger en Tumbes, la del vestido negro. Me diste tu número". Él rio, ronco: "¡La diosa del antifaz plateado! Pensé que no llamarías. Soy Diego. ¿Quieres salir? Tengo un yate en la playa, podemos... jugar". Meliza sintió un calor subiendo por su coño, imaginando: él follándola en la cubierta, mar agitado, manos fuertes en sus tetas. Pero dijo: "No, Diego... estoy casada, fue curiosidad. No puedo". Él insistió: "Ven, nena, solo una copa. Te veo en mis sueños, con ese culo perfecto bajo la malla. Imagínate: yo chupándote la cuca en la arena, metiéndotela profundo mientras gimes". Ella se tocó el tanga húmedo: "No... no insistas". Colgó, pero el teléfono vibró de nuevo: Diego llamando. No contestó, pero mandó un mensaje: "Piensa en mí, diosa. Mi verga dura para ti". Toda la noche, llamadas insistentes: a las 11 pm, medianoche, 2 am. Cada vez, voz sucia: "Nena, ábrete las piernas y tócate pensando en mí follándote el culo. Ven, te lleno de leche". Meliza no salió, se quedó en casa masturbándose con el vibrador, imaginando a Diego embistiéndola en el yate, su antifaz quitado revelando ojos hambrientos. "Joder, ¿por qué no?", se preguntaba, corriéndose fuerte. El sábado, más llamadas: "Dime dónde estás, voy por ti. Te ato, te lamo todo, te meto dos dedos en el coño mientras chupo tu clítoris". Ella colgaba, pero la duda crecía: el morbo de lo desconocido, lo prohibido. El domingo, antes de que Manuel volviera, una última llamada: "No te veo este fin de semana, pero sé que me quieres. Guarda mi número, diosa. La próxima, participamos de verdad". Meliza borró las llamadas, pero no el número. Cuando Manuel llegó, la besó: "¿Todo bien, amor?". Ella sonrió, rozando su verga: "Sí... extrañé follar loco". Esa noche, lo montó salvaje, pensando en Diego, gimiendo más alto. La duda la carcomía: ¿llamaría algún día?





Un mes después de esa llamada inicial que había dejado a Meliza con el coño palpitando y la duda carcomiéndola, era un día caluroso en Piura, de esos que te pegan la ropa al cuerpo desde las 10 de la mañana. Meliza estaba en el comedor convertido en oficina, haciendo un live corto vendiendo bikinis de la nueva colección de TrendVibe, cuando le entró un mensaje de WhatsApp de la central de Lima: “Meliza, urgente: paquete grande de muestras para fotoshoots. Cliente VIP en Piura quiere entrega hoy mismo. No hay repartidor disponible, ¿puedes ir tú sola? Dirección adjunta. Gracias, equipo”.

Ella suspiró, mirando la pila de pedidos pendientes. Manuel estaba en el almacén hasta las 8 pm, la niña en clases de tarde. “Bueno, rápido y vuelvo”, pensó. Se cambió sin pensarlo mucho: un buzo gris ancho de algodón (de esos que usan para estar en casa), holgado en las caderas pero que igual marcaba sus tetas grandes sin sostén debajo —los pezones se insinuaban levemente cuando se movía—, short deportivo negro corto debajo, zapatillas y pelo recogido en una coleta alta. Nada sexy, nada provocativo; solo cómoda para salir a entregar y volver a casa a preparar la cena. Agarró las llaves de la moto nueva y salió.

La dirección era un local comercial discreto en las afueras de Piura, cerca de la avenida Sánchez Cerro, un depósito que parecía de importaciones. Aparcó, bajó la caja grande de cartón (pesaba lo suyo, llena de lencería y ropa de playa) y tocó el timbre. La puerta se abrió y ahí estaba él: Diego. Alto, musculoso, camiseta negra ajustada marcando pectorales y brazos tatuados, jeans oscuros que delineaban un paquete impresionante, sonrisa confiada y esos ojos que la habían mirado detrás del antifaz en Tumbes. Meliza se quedó congelada, la caja casi cayéndosele de las manos.

Diego: (sonriendo lento, devorándola con la mirada, aunque el buzo la cubriera) ¿Meliza? La diosa del antifaz plateado… qué sorpresa. Pensé que nunca me llamarías, pero el destino es cabrón, ¿no? Pasa, reina, déjame ayudarte con eso.

Meliza sintió un calor instantáneo subiendo por su cuello hasta las mejillas, y más abajo, un cosquilleo traicionero entre las piernas. El buzo ancho no disimulaba cómo sus pezones se endurecían al instante. Entró al depósito: un espacio amplio con estanterías de ropa, luces LED tenues, aire acondicionado fresco que le erizó la piel. Diego cerró la puerta detrás de ella, el clic resonando como una sentencia.

Meliza: (voz temblorosa, intentando sonar profesional) ¿Tú… trabajas aquí? No sabía… solo vine a entregar el paquete. Es de TrendVibe, para un cliente VIP.

Diego: (acercándose, tomando la caja de sus manos y rozándole los dedos deliberadamente) El cliente VIP soy yo. Compré al por mayor para mi negocio de eventos. Pero la verdad… quería verte. Te busqué en redes después de Tumbes, pero no supe cómo contactarte… hasta que vi tu nombre en el pedido. Coincidencia perfecta.

La miró de arriba abajo, deteniéndose en el buzo holgado que igual dejaba ver la curva de sus caderas y el contorno de sus tetas libres. Meliza tragó saliva, sintiendo cómo el short deportivo se humedecía contra su coño depilado.

Diego: (bajando la voz, acercándose hasta que su aliento le rozaba el cuello) ¿Sabes cuánto pensé en ti esa noche? En cómo te movías en esa malla transparente, culo perfecto, tetas rebotando… quise arrancarte el vestido ahí mismo. Y ahora estás aquí, en mi territorio, sola… con ese buzo que no esconde nada de lo que hay debajo.

Meliza retrocedió un paso, pero chocó contra una estantería. El roce de su espalda contra las cajas la hizo jadear bajito.

Meliza: Diego… estoy casada. Tengo una hija. Esto no puede… solo vine por el paquete.

Diego: (sin moverse, pero su mano subiendo despacio por su brazo, rozando el borde del buzo) Lo sé. Y también sé que no borraste mi número. Que te masturbaste pensando en mí ese fin de semana que tu marido se fue al campo. Iris me contó… no, mentira, lo adivino en tus ojos. Estás mojada ahora mismo, ¿verdad? Debajo de ese short deportivo, tu coño está chorreando por el morbo de que te encontré.

Meliza no negó. Su respiración se aceleró, pezones duros rozando la tela del buzo. Diego se acercó más, su erección presionando contra su muslo a través de los jeans.

Diego: Esta noche hay una disco nueva en el malecón, música latina, luces bajas… bailamos, nos rozamos, y vemos qué pasa. Sin promesas, sin dramas. Solo tú y yo, sudando, moviéndonos… y si quieres más, mi departamento está a dos cuadras.

Meliza sintió el pulso en el clítoris. Quería decir no, pero su cuerpo gritaba sí.

Meliza: (susurrando) No puedo… Manuel… ¿qué le digo?

Diego: (sonriendo, metiendo la mano bajo el buzo, rozándole la cintura desnuda) Inventa algo. O no le digas nada. Pero ven. A las 10 pm, en la entrada de La Noche. Ponte algo que me vuelva loco… o ven con lo que tengas, que igual te arrancaría todo.

Meliza salió del depósito con las piernas temblando, la caja entregada, pero la cabeza hecha un torbellino. En la moto de regreso a casa, el viento le pegaba en la cara, pero solo sentía el calor entre las piernas. Al llegar, Manuel ya estaba en la ducha. Ella se encerró en el baño de visitas, se quitó el buzo y el short: el tanga estaba empapado, una mancha oscura en la entrepierna. Se masturbó rápido, dos dedos adentro, pensando en Diego rozándola en la pista, su verga dura contra su culo mientras bailaba. Se corrió mordiéndose el labio para no gemir.

Esa noche, después de la cena, Meliza fingió una llamada: era “Carla”, una compañera de los lives, supuestamente. Habló alto para que Manuel oyera.

Meliza: ¿Carla? ¿En serio? ¡Feliz cumpleaños, loca! Claro que voy… ¿a las 9:30? Perfecto, paso por tu casa y salimos juntas. No, Manuel no puede, tiene que quedarse con la niña… sí, nos vemos.

Colgó, miró a Manuel con cara de inocente.

Meliza: Amor, es el cumpleaños de Carla, la que me ayuda con los empaques a veces. Quiere salir a bailar un rato, nada heavy. ¿Te molesta si voy? Vuelvo temprano.

Manuel frunció el ceño, celoso como siempre, pero asintió: “Bueno… pero no te pases, eh. Y contéstame el celular”. Meliza lo besó profundo, rozándole la verga para calmarlo: “Te amo, celoso. Nada pasa”.

A las 9:15, Carla (una amiga real de confianza que Meliza había llamado esa tarde y le había explicado todo con medias verdades: “Es un cliente importante, necesito ir a una reunión de negocios disfrazada de salida”) llegó en su auto. Meliza se cambió rápido en el baño: un vestido negro corto y ceñido que había comprado para un live, escote profundo que mostraba el inicio del canalillo, falda que apenas cubría la mitad del muslo, tanga negro de encaje y tacones altos. Se pintó los labios rojo sangre, soltó el pelo ondulado y salió.

Carla: (riendo bajito en el auto) ¿Y esto? ¿Cliente o amante?

Meliza: (sonrojada) Calla… solo voy a bailar. Gracias por cubrirme.

Carla la dejó en la puerta de la disco La Noche. Meliza entró, luces estroboscópicas, reggaetón fuerte, cuerpos pegados en la pista. Diego la esperaba en la barra, camisa negra abierta dos botones, jeans ajustados, una cerveza en la mano. La vio y su mirada se oscureció de deseo.

Diego: (acercándose, mano en su cintura baja, casi en el culo) Meliza… viniste. Y vestida para matarme. Ese vestido… se te ve todo.

La tomó de la mano y la llevó a la pista. Bailaron pegados desde el primer tema: perreo lento, sus caderas moviéndose contra las de él, su verga dura presionando contra su culo a través de la tela fina. Diego le susurraba al oído: “Siento cómo te mojas… tu coño está caliente contra mi pierna… ¿quieres que te lleve a mi depa y te folle como en tus fantasías?”. Meliza gemía bajito, arqueando la espalda, empujando su culo contra él.

Meliza: No… no aquí… llévame a tu depa… fóllame toda la noche… pero no pares de tocarme…





Diego estacionó el auto en el estacionamiento subterráneo de su edificio, un condominio moderno en una zona residencial tranquila de Piura, lejos de ojos curiosos. Meliza apenas había pronunciado palabra en el trayecto; su mano seguía entre sus muslos, rozando el tanga empapado, mientras Diego conducía con una mano en el volante y la otra metida bajo su vestido, dedos curvados dentro de ella, moviéndose lento para mantenerla al borde sin dejarla caer del todo.

Subieron en el ascensor en silencio absoluto. Apenas se cerraron las puertas, Diego la empujó contra la pared espejada, le levantó una pierna alrededor de su cintura y la besó con violencia: lengua invadiendo su boca, dientes mordiendo su labio inferior hasta sacarle un gemido ahogado. Su mano libre bajó la cremallera del vestido por detrás, dejando que la tela se abriera como una flor oscura. Los pechos de Meliza quedaron libres, pezones duros y oscuros apuntando hacia él. Diego los agarró con ambas manos, apretándolos fuerte, pellizcando los pezones hasta que ella arqueó la espalda y soltó un “ay, ricooooo…”.

Diego: (voz ronca, casi un gruñido) Tres meses pensando en esto… en cómo te iba a romper esta noche. Tu marido en casa con la niña, y tú aquí, coño chorreando para un extraño que conociste en una fiesta swinger.

El ascensor se abrió en el piso 12. Diego la cargó en brazos como si no pesara nada —sus piernas alrededor de su cintura, vestido abierto por delante, tanga a un lado—, y caminó por el pasillo hasta su puerta. La abrió sin soltarla, la cerró de un portazo y la llevó directo al sofá de cuero negro en la sala amplia, con ventanales que daban a la ciudad iluminada.

La dejó caer de espaldas, el vestido ya arrugado alrededor de la cintura. Diego se arrodilló entre sus piernas abiertas, le arrancó el calzon de un tirón —la tela rasgándose con un sonido seco— y enterró la cara entre sus muslos. Su lengua atacó directo: lamiendo el clítoris hinchado en círculos rápidos, succionando fuerte, metiendo la lengua dentro del coño empapado mientras con dos dedos la abría más. Meliza gritó, agarrándole el pelo, empujando sus caderas contra su boca.

Meliza: (jadeando, voz rota) Sí… chúpame así… más profundo… joder, Diego… me vas a hacer squirtear en tu cara…

Él metió tres dedos de golpe, curvándolos hacia arriba, frotando el punto G con fuerza mientras la lengua no paraba en el clítoris. Meliza se corrió en menos de un minuto: cuerpo convulsionando, un chorro caliente salpicando la boca y la barbilla de Diego. Él no se apartó; lamió todo, tragando sus jugos, murmurando contra su coño: “Qué rica puta… chorreas como en mis sueños…”.

Se levantó, se quitó la camisa y los jeans en segundos. Su verga salió libre: gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum, más larga y ancha que la de Manuel. Meliza la miró con hambre, se lamió los labios y se puso de rodillas frente a él en el sofá.

Meliza: (tomándola con ambas manos, masturbándola lento) Quiero tragármela toda… como nunca le he hecho a mi marido…

Bajó la boca despacio: lengua plana recorriendo la vena del tronco, lamiendo el precum salado de la punta, luego abriendo los labios y tragándola hasta la garganta. Diego gruñó, agarrándole la cabeza con ambas manos, follando su boca con embestidas controladas pero profundas. Saliva chorreaba por la barbilla de Meliza, lágrimas en los ojos por el esfuerzo, pero no paraba: succionaba fuerte, masajeaba las bolas con una mano, metía un dedo lubricado con su propia saliva en el ano de él para intensificar.

Diego: (gimiendo) … qué boca… trágatela entera, puta… así… hasta que te ahogues en mi verga…

La sacó de la boca con un pop húmedo, la levantó y la llevó a la habitación. La tiró boca abajo en la cama king size, culo en pompa. Diego se arrodilló detrás, separó sus nalgas con las manos y escupió directo en su ano apretado. Metió un dedo, luego dos, girándolos para abrirla.

Diego: ¿Te gusta por el culo, reina? ¿Kevin te abrió bien en Tumbes? Porque esta noche te voy a follar el culo hasta que no puedas caminar.

Meliza empujó hacia atrás, gimiendo: “Sí… métemela… quiero sentirte entero por atrás…”.

Diego tomó lubricante de la mesita, se untó la verga y el ano de ella. Presionó la cabeza contra el anillo apretado, entró despacio: centímetro a centímetro, sintiendo cómo se dilataba alrededor de su grosor. Meliza jadeaba, agarrando las sábanas: “Despacio… ay… eres más grande… me estás rompiendo…”. Cuando estuvo todo adentro, Diego se quedó quieto un segundo, dejándola adaptarse, luego empezó a moverse: lento al principio, embestidas profundas que la hacían gemir alto, luego más rápido, golpes secos que hacían rebotar sus nalgas.

Una mano bajó a su clítoris, frotando círculos rápidos; la otra le agarraba una teta desde atrás, pellizcando el pezón. Meliza se corrió otra vez, ano apretando la verga como un puño, gritando: “Me corro… por el culo… sí… lléname…”.

Diego no aguantó más: aceleró, embistiendo salvaje, gruñendo: “Toma mi leche, puta… en tu culo casado…”. Se corrió profundo, chorros calientes llenándola, saliendo un poco por los bordes cuando sacó la verga. Meliza quedó temblando, ano dilatado y rojo, semen blanco goteando por sus muslos.

Se tumbaron exhaustos, pero no pararon. Media hora después, Diego la puso de lado, una pierna en alto, y la penetró vaginal mientras le metía dos dedos en el culo ya abierto. Luego la montó ella encima, cabalgándolo al revés para que viera cómo su verga entraba y salía de su coño hinchado. Finalmente, en la ducha: agua caliente cayendo, él la levantó contra la pared y la folló de pie, una mano en su garganta, la otra frotando su clítoris. Se corrieron juntos otra vez, ella gritando su nombre, él llenándola de nuevo.

Cuando terminaron, eran las 4 de la mañana. Meliza se miró al espejo: pelo revuelto, marcas rojas en el cuello y tetas, muslos brillantes de semen y jugos, ano sensible al caminar. Diego la besó suave por primera vez: “Vuelve cuando quieras, reina. Esto apenas empieza”.

Meliza salió del departamento con las piernas temblando, el vestido arrugado y sin tanga (lo dejó en el bolsillo de Diego como souvenir). En el taxi de regreso, el celular vibraba: 12 llamadas perdidas de Manuel. Sabía que tendría que mentir… pero el coño aún palpitaba, lleno de Diego, y sonreía.
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