Esperas a que todos en la oficina se vayan, buscas el espacio, le das un silbido, y con disimulo, deja sus papeles en su escritorio y se acerca. Vas acercándote. Ella también. Tal vez en casa a ambos nos esperan. Pero no puedo evitar rosar sus pies enfundados en nylon. Le gusta, se sonroja. Yo me excito. Siento como me fluye la sangre. Mientras ella deja que mi mano se deslice por sus piernas, por sus pies. Hasta que no puedo más. Le subo la pierna al escritorio y empiezo a lamer sus pies, con sandalias y todo. Ella respira rápido, se muerde los labios. No se quita las gafas de medida para ver que le deslice la lengua por cada rincón. Luego, viene el momento de que mi mano encuentra su clítoris. Se lo masajeo hasta que ella empieza a gemir, se moja, y pide que introduzca el miembro. Timbra el teléfono. Es su esposo para decirle que no se demore. Que no sabe si está en el trabajo o se ha ido con sus amigas. Luego le pregunta por mí. Sabe de mis antecedentes. Sabe de la anterior secretaria. Ella le dice que está con sus amigas, y que van a comer un ceviche. Ella cuelga. Se escuchan los claxones de los carros. Le rompo la pantimedia y empiezo a besar. Beso negro.
-Mi esposo se va a dar cuenta.
-Te compro un par al salir. Te llevo.
-Llévame al hotel. Vamos. Métela.
El primer round es en la oficina. El segundo es el rincón.