PARTE FINAL.
Eran las ocho y cuarto de la noche y ya había terminado el turno en la recepción de Mirelia. Se había quitado su traje de secretaria aplicada para enfundarse en el enterizo ceñido al cuerpo que usaban todas las féminas del sitio. A su costado estaba Isis, la bella gordita de ojos claros y mirada seductora. Estaba ligeramente subidita de peso pero su carisma la hacía deseable, de piel blanca, sus pechos rosados la hacían más apetecible. Ya alguna vez me había atendido con ella y me había deslizado su gusto por los tríos, fue en medio de una conversación cachonda, de esas que se hace para estimular la imaginación de la masajista y que la pone en mejor disposición de darse un lance redondo contigo en la camilla. Es una práctica que casi siempre me resulta cuando la mujer está un poco fría y necesitas entonarla para que se arreche.
Pero como estaba llegando un poco tarde, ya se estaban preparando para levantarse a otros dos parroquianos. Isis al verme se puso de pie y más solícita se acercó a saludarme.
- “Hola mi amor”. Me dijo, dándome un beso de medio labio en la boca.
- “Hola Isis”, le contesté. “¿Qué pasa con la Mirelia, ya se olvidó que tenían reserva conmigo?”, continué diciéndole.
- “No, es que ese tío está templado de ella. Le quiere sacar un depa y un viaje al Cusco”. Me dio como toda explicación de que ella no se nos uniera inmediatamente.
- “Ja, ja, ja. Puta si son bravas ustedes, eh”. Fue toda mi respuesta.
- “Ya pues si ustedes son iguales. Nos ofrecen de todo, regalos, joyas, muñecos, todo por meternos su rata. Y después de conseguido, nos cambian por otra. Nosotras nos aseguramos pues, qué nos vamos a conformar con un polvito, jejeje”.
Una lógica impecable y descarnada. Los hombres nos alocamos por el placer pasajero, en tanto estas jermitas con una racionalidad despiadada saben sacarle provecho a lo que tienen. Y que nosotros tanto “valoramos”.
- “Jajajaja”, volví a reirme. “Ya ricura, invítame una cerveza pues, he tenido una semana jodida y quiero relajarme bien hoy día”.
Mientras tomaba mi cervecita con Isis, estábamos sentados en un sofá al extremo de la habitación. El tercer parroquiano ya había emprendido tarea con otra de las chicas, así que solo quedábamos los cuatro. El tío templado que no tenía reparo alguno en demostrar su condición de flechado por Cupido, la Mirelia, Isis y yo. Podía haberme quitado a la habitación con Isis y agarrármela yo solito, pero quería fastidiarla a la Mirelia, le iba a aguar su plan. Puta qué pendeja, querer sacarle un depa al pobre tío, cuando ahí todo el que quería se la agarraba. También hay que tener solidaridad de género entre los caballeros. Abrase visto!!!
Pero para calentar la noche, me la iba paleteando a la Isis, esa flaca sí que quería. Me agarraba la pierna y me la sobaba hasta llegar a la punta del pájaro. Yo, con el anverso de la mano le acariciaba su pecho exuberante, esos montes que aparecían en la parte alta de su escote, en el cual también se exhibía una pequeña palomita, colgando de una cadenita dorada.
Ya eran cinco minutos que estaban el par de tórtolos conversando en la parte oscura de la sala, hasta que me empinché y dije hasta aquí nomás. Me puse de pie y me dirigí hacia ellos.
- “Mister, disculpe, pero tengo una reserva con esta flaquita, espérela o haga su reserva para otro día”. Le dije al tío que no cabía de su asombro por la forma en que los había abordado. Sin esperar respuesta, la tomé de la mano a Mirelia y le dije. “Ven mi amor”.
Caminé unos metros y me jalé también a Isis, me las llevé abrazadas de la cintura. Si ya con eso el tío no reaccionaba, necesitaba urgentemente un psicólogo. Isis nos dejó instalándonos y se fue a registrar la hora de entrada, quedando unos instantes solos los dos:
- “Felipe, ¿por qué has hecho eso?” Fue la queja de Mirelia, mientras me ayudaba a colgar la ropa que me quitaba.
- “Ya déjate de pendejadas. Isis me contó que lo estás bolsiqueando al tío. Aquí ganas bien, así que págate tu misma tus caprichos”. Le respondí con toda seriedad. “Además, si tú eres mía qué tanto coqueteas, con otros, eh….jajajaja” continué diciéndole ya semidesnudo y agarrándole de la cintura, pero en tono de cachondeo y fingiendo la actitud del marido celoso.
Después, me la chapé y se olvidó de todo. Sí pues, ella era mía. Aunque yo no le daba enrrolladitos del KFC, ni aritos de ocho cuartos, ni siquiera un Sublime de regalo. Allá los pelotas que no saben tratar a este tipo de mujeres.
En eso entró Isis, nos encontró aparrados. Nos miró a los dos y sí que se afectó. No era para menos. Ella había estado acompañándome, dejó a su cliente para estar conmigo, me había estado prácticamente masturbando, pero así y todo yo me aparraba con Mirelia. Me sentí entre cojudo y basura.
Yo la miré, abrí uno de mis brazos y con un gesto la atraje hacia mí. Se unió a nosotros, me abrazó y me dio un apasionado beso en la boca. Puta que ese beso sí me puso en erección.
Comencé entonces a desnudarlas a las dos en simultáneo. Era como si en el ambiente se respirase erotismo. Como si se contagiara solamente en el roce de nuestros cuerpos. Comencé a agarrarles los senos, sus ricas tetas que a ambas les había poseído por separado. Ahora las tenía a las dos juntas, ardiendo de celos, de esos sentimientos que enervan el alma pero también la pasión. Si se hubieran podido morder la una a la otra lo hubiesen hecho. Finalmente, la pasión sexual también es una guerra, una lucha por dominar el uno al otro y esa noche yo las haría ‘pelearse’ por mí.
“Vengan aquí”, les dije con toda autoridad. Estábamos los tres ya desnudos, calientes, cachondos, hervidos por el erotismo que circulaba a mil por hora en nuestras venas. Con cada una de mis manos tomé sus cabezas. Las junté a la mía y les dije:
- “Ustedes están aquí porque son mías, son mis mujeres. Y van a hacer lo que yo les diga, sino se van a la ******. ¿entienden?” Ellas, hipnotizadas por el poder de mi convicción, bajaron la cabeza. No estaban dispuestas a perderme así que harían lo que yo quisiera.
- “Isis, mámale las tetas”, le ordené con suavidad pero con convicción a la gordita, mientras le señalaba el cuerpo de Mirelia.
Y así lo hizo, con fervor, con pasión, como si se la estuviese devorando. Abría la boca y se metía casi todo el seno, como si se lo estuviese engullendo. Se lo chupaba, como si quisiera hacerle doler. “Ay”, gemía Mirelia, quien me miraba como diciendo que lo soportaba porque yo lo había ordenado. Después Isis le agarró gusto a la tarea, ya no solo se los metía a la boca, sino que también los chupaba, cada vez el odio se iba convirtiendo en placer.
Yo aprovechaba para meterle los dedos medios a sus apreciadas chuchitas. Las tenía ensartadas a las dos, de manera que las estimulaba donde sabía que más les gustaba, en su punto G. Ahí bailaba mi dedo, subía y bajaba, subía y bajaba, con el dedo les hacía la G por dentro (de ahí el nombre del punto). En segundos ya estaban todas mojaditas. Después, las puse frente a frente. E Isis tomó la iniciativa, se la chapó a la Mirelia. Fue un beso de pasión, sin amor, de posesión, de intento de dominio. Ahí estaban las dos mordiéndose mutuamente, intentando someter una a la otra con la fuerza de sus besos. Yo veía como sus lenguas se juntaban, como destilaban su saliva una dentro de la otras. Gemían mientras lo hacían, y se mojaban cada vez más. Se abrazaron y continuaron con su beso apasionado. Yo las dejaba, hacían justo lo que yo quería, que compitiesen, que demostrasen cuál era mejor amante que la otra.
Ambas eran un torbellino, se echaron en la colchoneta y se continuaron besando todo el cuerpo. Yo las miraba, estaba tan excitado como ellas, pero tenía en mi contra que los hombres eyaculamos más rápido que las mujeres, así que debía mantener la calma.
- “Chicas, así que son pendejas, con besitos nomás. Nada, quiero que hagan el 69”. Yo sabía que hace rato que querían dejar la torta para hacer algo más placentero, pero no debía dejar de ser el director de escena, sino perdía todo control del momento. Así que el par de hembras que tenía a mis pies, rotaron y cada una se coloco en el medio de las piernas de la otra y comenzaron a meterse lenguazos en sus vaginas.
Ya estaban mojadas totalmente, así que empezaron a sorberse todos sus líquidos. Sus lenguas bajaban y subían, con cada pasada se tragaban el líquido de su amante, y lo hacían con tal gusto, que me provocaba sacarlas para hacerles lo mismo. Pero no debía.
Isis que era la más desenfadada se prendió de la ****** de Mirelia y literalmente comenzó a comérsela. Ésta no dejaba de gemir, ahahahah. En eso se mojó en la cara de Isis. Yo me reí , pero ella al contrario la agarró con más ganas. Con su boca ubicada en la zona del clítoris comenzó a devorarla con los labios. Imagino que en ese momento debe haber tenido orgasmos múltiples que se habrá bebido todito, porque Mirelia no cesaba de gritar de placer. Ay, ay, aaaayaaaayaaaaay. Ella me miraba a mí y me decía “Mi amor, mi amor, qué rico”. No sé qué le pasaba pero sentía como si fuera yo quien se lo estaba haciendo. En ese momento, me estiró la mano como si quisiera tenerme, besarme, hacerme suyo. Pero yo me acordaba de lo que había visto en la sala de estar y sentía rabia de celos. La quería para mí solo y ver lo que ví había afectado mi orgullo de macho alfa. Así que ni ****** que le iba a dar su gusto. Así que con un gesto displicente le dije:
- “Ya estás contenta, ahora hazle tú la sopa a Isis”.
Mirelia estaba desconcertada, mi gesto le había afectado. No vivía el momento con el mismo efecto que Isis, así que para que no se cortara la noche, tenía que estimularla. Me puse en cuclillas delante de ella, y le enseñé mi pinga que estaba en total erección.
- “Mira, haste de cuenta que te estás comiendo esta morcilla cariñito”. Le dije, blandiendo el instrumento.
Para qué le dije, cerró los ojos y comenzó a pasarle de nuevo la lengua, se la metió a la concha. Comenzó a tomarle gusto en la misma medida que Isis gemía. El gemido tiene un gran poder erótico y es que es un símbolo de dominación sobre la otra persona. Más te domino, más placer siento en mi interior.
Isis se arqueaba de placer de la sopa de su contendora, ya le había agarrado el secreto, jugando con la lengua en la cabecita del clítoris, se lo metía a la boca y se lo chupaba, haciendo de cuenta que fuese una pinga. Eso le causaba un inmenso placer, al cual respondía agitando sus caderas y gimiendo como una poseída. AAAAyyyyyyy, aaaaayyyyy.
Ya estaba a punto de venirse la gordita cuando se me ocurrió reproducir lo que tantas veces había visto en las películas de lesbianismo, la pose de “las tijeras”. Pero no podía interrumpirlas abruptamente, así que comencé a besarle el ano a Mirelita. Le estaba haciendo el beso negro. Primero le pasé la punta de la lengua por los bordes, ahí estaba rosadita, con un pequeño orificio virgen, lo único que le quedaba así, jejeje. Traté de meterle el dedo, pero no se podía sí que estaba cerradita. Volteó y me dijo:
- “Mi amor ¿qué haces?”. Con una expresión de auténtica sorpresa.
- “Quiero reventarte, mamacita”. Fui mi única respuesta, plena de erotismo salvaje.
- “Jajaja”. Se rió y volvió a besarme, pensaba que me había recuperado.
Isis estaba extasiada del placer recibido, pero no había llegado al orgasmo aún y no merecía tal suerte, así que con ese alto sentido de justicia que orienta mi conducta (qué ‘florero’

le dije a Mirelita:
- “Cielo, no nos olvidemos de Isis”. Ella no dijo nada, estaba dispuesta a hacer lo que le ordenase.
- “Vengan, sientense frente a frente y pasen una de sus piernas sobre la otra en posición de tijeras cruzadas, como una X”. les dispuse. Isis sabía cuál era la pose que les pedía así que ella solita se encargó de armar la escena. “Ahora, levanten ligeramente sus caderas y frótense una contra la otra”. Fue lo que les dije finalmente.
Se miraron fijamente y comenzaron a hacerlo, al principio despacio, luego más rápido. Hasta que comenzaron a excitarse mutuamente.
- “Ah, ah, ah, ah”. Eran sus gemidos, se miraban ya excitadas, se pasaban la lengua por los labios, se deseaban mutuamente. Isis se saltó sobre la boca de Mirelia y comenzó a morderla. La lujuria estaba llegando a su éxtasis.
Yo estaba a mil, ya no aguantaba más, mi pinga estaba al tope de estallar y mientras ellas se divertían, no podía quedarme así. De manera que me acerqué mientras se sobaban y les dije,
- “Córranme la paja”.
Las dos me agarraron la pinga, una mano cada una, sobaban y sobaban, se excitaban cada vez más. La frotada mutua y cogerme la pieza daba resultados inmediatos. Los tres estábamos disfrutando. Yo estaba de pie al costado de ellas, sus manos una detrás de la otra no me dejaban ni respirar, sentía cómo cada segundo se iban llenando mis cavernas de lechada, trataba de contenerme. Ellas sentían las venas de mi pinga hincharse totalmente, presentían que el final estaba cercano, pero también se excitaban. Los tres estábamos a punto de llegar, ellas por su sobadera y yo por que cada vez sus fuerzas al jalarme la trola eran más excitantes. Y comencé a venirme.
- “Ah, ah, ah, qué rico carajo, chúpenmela, chúpenmela”. Les decía ya en plena acción de eyaculación. Pero no podían, de estrujarse entre sí y al ver mi eyaculación, su excitación también llegó al tope y nos vinimos los tres, uno tras el otro. Este coro ya era a tres voces.
Después se disputaban ambas por quien era la que se tomaba mi lechada.
- “Carajo, para ambas hay”. Les dije. Finalmente las dos habían probado ser mis mujeres, y siempre las tendría para mí.