Vuelve la charapa infiel, pendeja, pidiendo permiso pero esta vez con amigas mas ratas.
Estábamos en mi departamento de Lima, el aire acondicionado zumbando bajito porque el calor de enero era insoportable. María había llegado esa tarde directo desde Tarapoto, con esa maleta vieja que siempre trae y el olor a tierra mojada y perfume barato que me volvía loco. Tenía 52 recién cumplidos, pero el cuerpo de charapa seguía siendo un pecado: tetas grandes y pesadas que se movían como si tuvieran vida propia, culo redondo y firme, piel morena brillante de sudor y esa cintura que se estrechaba justo donde me gustaba agarrarla.
Yo, Rubén, 49 en ese entonces, la tenía contra la pared del pasillo porque no llegamos ni al cuarto. Le había bajado los jeans ajustados hasta las rodillas y la estaba cogiendo de pie, despacio al principio, sintiendo cómo se le mojaba más cada vez que le mordía el cuello. Ella gemía bajito, con esa voz ronca de serrana que se pone más grave cuando está caliente.
—Ay, Rubén… más adentro… así… —susurraba, clavándome las uñas en la espalda.
Y justo cuando empezaba a acelerar, cuando ya sentía que iba a explotar dentro de ella, suena su celular. Una, dos, tres veces seguidas. Vibrando fuerte sobre la mesita del living.
María se tensa, su coño se aprieta alrededor mío como si quisiera retenerme.
—Jodeee… —gruñe entre dientes, molesta—. ¡Asu ******! ¿Quién carajo es ahora?
Se estira como puede sin dejar que salga de ella, agarra el teléfono con una mano mientras con la otra se sostiene de mi hombro.
Mira la pantalla y su cara cambia. Primero frunce el ceño, después se le escapa una risita baja, cachonda y nerviosa a la vez.
—Es Carlos… —dice, mirándome fijo a los ojos—. El mismo Carlos… me está llamando tres veces seguidas… asu, pa’ qué será…
Yo sigo empujando, lento pero profundo, sin parar. Siento cómo se le humedece más solo de decir el nombre.
—¿Carlos? —pregunto con la voz ronca, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. ¿El que no ves hace tres años?
—El mismo… —responde ella, y su voz tiembla un poquito—. Dice que quiere verme… que no ha dejado de pensar en mí… que necesita hablar conmigo…
Deja el teléfono a un lado, pero no lo apaga. Vuelve a abrazarme por el cuello y empieza a mover las caderas contra mí, más fuerte, como si el mensaje la hubiera prendido todavía más.
—¿Y tú qué le vas a decir? —le pregunto, clavándola contra la pared con más fuerza, sintiendo cómo se le eriza la piel.
Ella suelta una carcajada corta, jadeante.
—No sé… —susurra pegada a mi boca—. Tal vez le diga que sí… que venga… que me coja como antes… que me meta esa verga gruesa que tenía… que me deje la concha hinchada…
Joder. Cada palabra me la ponía más dura.
—¿Te pone cachonda pensarlo? —le digo, agarrándole el culo con las dos manos, separándole las nalgas mientras la embisto.
—Mucho… —admite sin vergüenza, gimiendo más alto—. Me pone caliente saber que después de tres años todavía se muere por mí… que me quiere ver… que quiere volver a chuparme las tetas… a lamerme el culo… a llenarme de leche…
Se me queda mirando fijo, con los ojos brillosos de deseo.
—¿Te molesta, Rubén? ¿O te pone saber que estoy pensando en otro mientras me estás cogiendo?
Le meto la lengua en la boca, la beso con rabia, y le contesto entre besos:
—Me pone jodidamente caliente… Que seas tan puta… Que me lo digas así… Mientras te tengo adentro…
Ella se ríe bajito, se aprieta más contra mí y empieza a moverse como loca, cabalgándome de pie.
—Entonces cógeme fuerte… —me ordena—. Cógete a esta charapa de Tarapoto… Lléname toda… Porque mañana… tal vez le diga a Carlos que sí… y me vaya a su cama… y me deje marcar por él… mientras tú te quedas pensando en cómo me la estoy chupando…
Y yo, claro… la cogí con toda la rabia y las ganas del mundo. La hice gritar mi nombre mientras se venía temblando. La llené hasta que se le escurrió por los muslos.
Pero en mi cabeza, mientras me vaciaba dentro de ella, no podía dejar de imaginarla arrodillada delante de Carlos, con esa boca grande y caliente tragándosela entera, mirándolo con esos ojos de zorra que ponía cuando estaba en celo.
Porque a veces, lo más rico no es tenerla solo para ti… sino saber que es tan puta que te lo cuenta todo… mientras todavía te tiene dentro.
Estábamos todavía pegados contra la pared, yo dentro de ella hasta el fondo, los dos jadeando fuerte. El celular seguía vibrando en la mesita, pero ya no le prestábamos atención. María me tenía abrazado por el cuello, las piernas enroscadas en mi cintura, y de repente me mira con esos ojitos de niña buena, engreída, mimosa, como si estuviera pidiendo un helado.
—Rubén… ¿me das permiso para verlo? —susurra con voz dulce, casi infantil, moviendo la cadera despacito para seguir sintiéndome—. Por favor… solo un ratito… te prometo que después vuelvo contigo…
Yo sonrío, le muerdo el labio inferior y le contesto bajito, con voz ronca:
—No, mi amor… pídelo como la mujer puta que eres. Pídelo bien… o no te doy nada.
Se le cambia la cara al instante. Frunce el ceño, se le endurece la mirada y suelta un bufido molesto. Se aparta un poquito, pero sin dejar que salga de ella, y me clava los ojos con rabia cachonda.
—Ya ******… —gruñe, y la voz se le pone grave, serrana, sin filtro—. ¿Quieres que te lo diga así? Bien… Me das permiso para que me cepille, me detone y me pulverice con esa vergota de 30 centímetros que tiene Carlos… y no con tus 15 patéticos que me dan risa, huevón. ¿Qué dices? ¿Me das permiso o me engañas y cuando no te vea me lo culeo en su casa? Porque te juro que lo voy a hacer… voy a ir a su cama, me voy a arrodillar, le voy a chupar esa pinga enorme hasta que se me hinchen los labios, y después me voy a poner en cuatro para que me la meta toda hasta que me rompa… y voy a gritar su nombre mientras me llena de leche caliente… ¿Me das permiso o no, carajo?
Joder. Cada palabra me la puso más dura adentro de ella. Sentí cómo se le contraía el coño solo de imaginárselo. Le agarré la cara con una mano, la obligué a mirarme fijo y le contesté con voz baja, casi un gruñido:
—Te doy permiso, puta… Ve y que te destroce con esa vergota de 30 centímetros. Que te haga gritar como nunca te he hecho gritar a mí. Que te deje la concha roja, hinchada, chorreando… Pero cuando termines con él… vas a volver aquí, vas a abrir las piernas y me vas a dejar que te coja encima de su semen… vas a dejar que te meta mis 15 centímetros en esa concha usada y llena de otro… y me vas a contar con lujo de detalles cómo te la chupaste, cómo te la metió, cómo te corriste gritando su nombre… ¿Entendido, zorra?
Ella se ríe, una risa triunfal y cachonda a la vez. Me besa con fuerza, me muerde la lengua y empieza a moverse más rápido, más salvaje.
—Entendido, huevón… Voy a ir… voy a dejar que me destroce… Y cuando vuelva… te voy a hacer probar lo que queda de él… mientras me coges como el cornudo que eres…
Y seguimos así, follando con rabia, con morbo, con la promesa de que al día siguiente ella se iría a ver a Carlos… y yo me quedaría aquí, duro como piedra, esperando que volviera para contármelo todo.
Porque a veces lo más rico no es tenerla solo para ti… sino saber que es tan puta que te pide permiso para serlo… y te lo cuenta todo después.
Estábamos todavía jadeando, yo dentro de ella hasta el fondo, el sudor pegándonos la piel, cuando de repente suena otra vez el celular. Tres vibraciones fuertes, insistentes. María se ríe bajito, una risa triunfal y cachonda, y estira el brazo para agarrarlo sin sacarme de adentro.
Mira la pantalla, se le iluminan los ojos y contesta con ese dejo charapa tan suyo, dulce y arrastrado, como si estuviera hablando con un viejo amor:
—Aló… ¿Carlos? ¡Ay, milagro saber de ti, pues, carajo! ¿Cómo estás, mi amor? Tanto tiempo…
Se queda callada un segundo escuchándolo, y yo sigo moviéndome despacito, sin querer interrumpir el show. Ella me mira de reojo, con una sonrisa de zorra, y empieza a lorear como si yo no estuviera ahí, como si estuviera tomando café con una amiga.
—Sí, pues… aquí en Lima todavía… el calor está matando, ¿no? Ay, sí, el tráfico es una ******… ¿Y tú? ¿Sigues en lo mismo? ¿Ah, sí? Qué bueno, pues…
Y así sigue, hablando del tiempo, de la familia, de que Tarapoto está más verde que nunca, de que extraña el juane y el tacacho… Yo la miro incrédulo, todavía metido en ella, y ella me guiña un ojo mientras sigue charlando como si nada.
De pronto se suelta de mí despacito, me da un beso rápido en la boca y susurra:
—Espera un ratito, mi amor… no te muevas…
Se para, se sube los jeans a medias, agarra el teléfono y se va caminando al otro cuarto, el dormitorio. Deja la puerta entreabierta, pero no cierra del todo. Yo me quedo ahí, sentado en el sillón, con la verga todavía dura y palpitando, oyendo todo.
Al principio sigue la charla inocente:
—Sí, pues… el trabajo me tiene loca… ¿Y tú? ¿Sigues con esa moto que tenías? Ay, qué lindo…
Pero poco a poco la voz se le va poniendo más baja, más ronca. Empieza a hablar más despacio, con ese tono que pone cuando está caliente de verdad.
—Ay, Carlos… no me digas eso… me estás poniendo mala… ¿sí? ¿De verdad me extrañas tanto? ¿Extrañas mi boquita? ¿Mi puchita?
Se escucha cómo se ríe bajito, nerviosa y cachonda.
—Ay, sí… yo también extraño esa vergota tuya… esa de 30 centímetros que me partía en dos… me hacía gritar como loca…
Yo me quedo quieto, escuchando, con el corazón latiéndome en la garganta. Ella ya no disimula nada.
—Ven, pues… revuélveme el coño, mi amor… revuélveme la papa, la paloma… métemela toda, taladrame duro como antes… que me duela rico…
Se escucha cómo se le escapa un gemidito.
—Ay, sí… extraño que te derrames harto de leche en mi pucha… que me llenes hasta que chorree… que me dejes toda hinchada, toda marcada… por favor, Carlos… ven y cógeme… revuélveme el culo también, si quieres… hazme lo que quieras…
Y se escucha cómo se mueve, cómo respira agitada, cómo gime bajito mientras le habla.
—Imagínate… yo en cuatro, abriendo el culo para ti… metiéndomela hasta el fondo… gritando tu nombre… mientras tú me taladras sin parar… ay, sí… me corro solo de pensarlo…
Yo me quedo ahí, una hora entera, escuchando cómo le implora a Carlos que la destroce, que la haga venirse como nunca, que la llene de leche caliente. Ella gime, suspira, se toca… y yo solo escucho, duro como piedra, imaginándome todo.
Cuando por fin cuelga, sale del cuarto con la cara roja, el pelo revuelto, los jeans todavía a medio subir y una sonrisa de satisfacción.
Se me acerca, se sienta encima mío de nuevo, me agarra la verga y me la mete despacito.
—¿Escuchaste todo, huevón? —susurra pegada a mi oído, moviéndose lento—. Mañana voy a verlo… y cuando vuelva… te voy a contar cómo me reventó… cómo me dejó la pucha abierta y llena de su leche… Y tú me vas a coger encima de eso… ¿verdad que sí?
Yo solo asiento, la agarro fuerte de las caderas y empiezo a embestirla con rabia, mientras ella me cuenta al oído, palabra por palabra, lo que le va a pedir a Carlos mañana.
Porque esa charapa de 53 años sabe exactamente cómo ponerme loco… y cómo hacerme su cornudo favorito.
Al día siguiente, María se levantó temprano. Yo todavía estaba en la cama, medio dormido, cuando la vi preparándose frente al espejo del dormitorio. Se puso ese vestido rojo ajustado que le marcaba las tetas y el culo como si fuera una segunda piel, se pintó los labios de un rojo sangre y se roció perfume en el cuello y entre los pechos. Me miró por el espejo con esa sonrisa de zorra que me volvía loco.
—Voy a ver a Carlos, mi amor… —dijo con voz dulce, pero con ese deje charapa que siempre sonaba a promesa—. No me esperes despierto, ¿ya? Porque voy a tardar… mucho.
Se acercó, me dio un beso profundo, me metió la lengua hasta el fondo y me agarró la verga por encima del bóxer.
—Cuando vuelva… vas a oler a él en mí… vas a sentir cómo me dejó abierta… ¿te gusta la idea, cornudito?
Yo solo asentí, duro como piedra. Ella se rió bajito, me dio una palmada en la cara y se fue.
Pasaron las horas. Yo me quedé en casa, imaginando todo, tocándome pero sin correrme, guardando la leche para cuando volviera. Cada vez que miraba el reloj, me ponía más caliente.
Eran las once de la noche cuando escuché la llave en la puerta. Entró tambaleándose un poco, el pelo revuelto, el maquillaje corrido, el vestido arrugado y subido hasta la mitad del muslo. Olía a sexo, a sudor, a perfume barato y a semen. Se me acercó directo, sin decir nada, se paró frente a mí y se levantó el vestido.
No llevaba calzones.
—Mira… —susurró, abriéndose los labios del coño con dos dedos—. Mira cómo me dejó tu amigo Carlos…
Estaba hinchada, roja, brillante de jugos y de leche. Se le escurría un hilito blanco espeso por el interior del muslo. Me agarró de la mano y me llevó los dedos ahí.
—Tócala… siente cómo está… todavía caliente… todavía abierta… me la metió toda, Rubén… esa vergota de 30 centímetros me taladró hasta el fondo… me hizo gritar como nunca…
Se sentó en el sillón, abrió las piernas bien anchas y empezó a contarme, detalle por detalle, mientras se tocaba despacito.
—Llegué a su casa y ni hablamos mucho… apenas cerró la puerta me agarró, me besó con rabia y me bajó el vestido. Me puso de rodillas y me metió esa pinga enorme en la boca… me la hizo chupar hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas… me agarraba del pelo y me la empujaba hasta la garganta… decía “trágatela toda, charapa puta, que para eso viniste”…
Yo me arrodillé frente a ella, la miraba fijo mientras hablaba. Ella siguió:
—Después me levantó, me tiró en la cama boca abajo y me abrió el culo. Primero me lamió la pucha y el ojito… me metió la lengua hasta el fondo… y luego… ay, Rubén… me la metió toda de una… me dolió rico, me partió en dos… me taladraba duro, sin parar… me daba nalgadas, me decía “esta concha es mía, zorra… te voy a llenar hasta que no quepa más”…
Se le escapó un gemidito mientras se metía dos dedos.
—Y se corrió… tres veces… la primera dentro de la pucha… sentí cómo me llenaba caliente, cómo me desbordaba… la segunda me la sacó y me la derramó en la cara y las tetas… y la tercera… ay, la tercera me la metió por el culo… me abrió el ojito con esa vergota y me dejó llena de leche por atrás también… ahora estoy chorreando de él por todos lados…
Me miró con ojos brillantes.
—Ahora cógeme tú… métemela en esta concha usada… en este culo lleno de su semen… y siente cómo está flojita, cómo resbala… porque Carlos me dejó bien marcada, bien abierta… y tú vas a ser el que limpie el desastre, cornudo rico…
La agarré por las caderas, la puse en cuatro en el sillón y se la metí de una, sintiendo exactamente lo que me había dicho: estaba caliente, húmeda, resbalosa de semen ajeno. Cada embestida hacía un ruido húmedo, chapoteante. Ella gemía fuerte, empujando hacia atrás.
—Así… cógeme encima de su leche… siente cómo me sobra… cómo me sobra su corrida dentro de mí… ay, sí… métemela más… hazme correrme pensando en él…
Y se vino gritando, temblando, apretándome con fuerza mientras yo la llenaba también, mezclando mi leche con la de Carlos.
Cuando terminamos, se quedó tirada en el sillón, jadeando, con las piernas abiertas y todo escurriendo.
—Gracias por el permiso, mi amor… —susurró con una sonrisa satisfecha—. Mañana… tal vez lo vuelva a ver… ¿me dejas?
Yo solo asentí, besándole el cuello, oliendo a él en su piel.
Porque esa charapa de Tarapoto sabía exactamente cómo hacerme su cornudo… y yo no podía dejar de querer más.
La puerta se abrió con un clic suave, casi a medianoche. Yo estaba en el sillón del living, la luz tenue de la lámpara de mesa, un vaso de whisky a medio tomar en la mano, la verga dura desde hacía horas solo de imaginar lo que había pasado. El olor llegó antes que ella: una mezcla pesada de sudor, perfume barato, cigarrillo y, sobre todo, sexo crudo. Ese olor a semen fresco y a concha usada que se pega a la piel y no se va con nada.
María entró tambaleándose un poquito sobre los tacones altos que se había puesto para la ocasión. El vestido rojo estaba todo arrugado, subido hasta la mitad del muslo, una de las tiras caída por el hombro dejando al descubierto el sostén negro de encaje que se le había torcido. El pelo negro larguísimo, que normalmente llevaba suelto y brillante, estaba hecho un desastre: mechones pegados a la frente por el sudor, nudos en la nuca, rastros de semen seco en las puntas. El maquillaje corrido: rímel negro en las mejillas, labial rojo borrado a medias, como si alguien se lo hubiera limpiado con la verga.
Se quedó parada en la entrada un segundo, respirando agitada, mirándome con esos ojos brillosos y vidriosos de quien acaba de venirse muchas veces. Sonrió lenta, triunfal, como una reina que vuelve de la guerra.
—Hola, cornudito… —susurró con esa voz ronca, charapa, arrastrada—. ¿Me extrañaste?
Sin esperar respuesta, se acercó despacio, contoneando las caderas. Cada paso hacía que el vestido se subiera un poco más. Cuando llegó frente a mí, se paró con las piernas abiertas y se levantó el vestido con las dos manos, como si me estuviera mostrando un trofeo.
—Mira bien… —dijo, abriéndose los labios del coño con dos dedos—. Mira lo que me hizo tu amigo Carlos.
Estaba hinchada, roja como tomate, los labios mayores inflamados y brillantes. Un hilito espeso de semen blanco le bajaba por el interior del muslo izquierdo, mezclándose con sus propios jugos. El olor era intenso, almizclado, salado. Se notaba que la habían usado duro: marcas rojas de dedos en las caderas, chupones morados en el cuello y en las tetas que se veían por el escote bajo, y en el culo, cuando se giró un poco, vi huellas de nalgadas frescas, la piel todavía caliente y enrojecida.
Se sentó a horcajadas sobre mí, sin bajarse el vestido del todo. Sentí el calor de su concha abierta rozándome la verga por encima del pantalón. Estaba empapada, resbalosa, y cuando se movió un poco, sentí cómo algo caliente y espeso se me escurría sobre la tela.
—Te voy a contar todo… —susurró pegada a mi oído, mordiéndome el lóbulo—. Pero primero tócame… mete los dedos y siente cómo estoy por dentro…
Metí dos dedos sin pensarlo. Entraron fácil, sin resistencia, como si la hubieran dejado floja y llena. Estaba caliente, viscosa, y cuando saqué los dedos estaban cubiertos de una mezcla espesa de semen y crema. Ella se rió bajito.
—Esa es la tercera corrida que me dejó dentro… la primera me la metió en la pucha y se corrió gritando mi nombre… la segunda me la sacó y me la derramó en la cara, me dejó toda pintada… y la tercera… ay, Rubén… me la metió por el culo sin avisar. Me abrió el ojito con esa vergota de 30 centímetros, me dolió rico, me hizo llorar de placer… y se vació todo adentro. Todavía siento cómo me chorrea por atrás…
Me agarró la mano y se la llevó a la boca, lamió mis dedos cubiertos de semen ajeno, mirándome fijo.
—¿Sabes qué más? Me hizo gritar cosas que contigo nunca grito… me dijo “esta charapa puta es mía”, me puso en cuatro y me taladró hasta que me temblaban las piernas… me chupó las tetas mientras me cogía, me mordió los pezones hasta dejarlos morados… y cuando se corrió por tercera vez, me abrazó fuerte y me dijo que me extrañaba tanto que no podía parar de llenarme…
Se inclinó más, me besó con la boca abierta, y sentí el sabor salado de Carlos en su lengua.
—Ahora cógeme tú… —susurró—. Métemela en esta concha usada, en este culo lleno de su leche… siente cómo resbala, cómo estoy flojita… cómo me sobra su corrida… y córrete encima de todo eso, cornudo rico… mézclate con él…
La puse en cuatro sobre el sillón, le subí el vestido hasta la cintura y se la metí de una. Entró hasta el fondo sin esfuerzo, chapoteando en la mezcla caliente. Cada embestida hacía un ruido húmedo, obsceno. Ella gemía fuerte, empujando hacia atrás.
—Así… sí… cógeme encima de su semen… siente cómo me sobra… ay, Rubén… me dejó tan abierta que casi no te siento… pero sigue… lléname tú también… hazme correrme pensando en cómo me reventó…
Se vino temblando, apretándome con fuerza mientras gritaba el nombre de Carlos. Yo no aguanté más y me vacié dentro de ella, mezclando mi leche con la de él, sintiendo cómo todo se desbordaba y me chorreaba por los huevos.
Cuando terminamos, se quedó tirada boca abajo, jadeando, con las piernas abiertas y todo escurriendo por el sillón. Giró la cabeza y me miró con una sonrisa satisfecha, pícara.
—Gracias por el permiso, mi amor… —susurró—. Mañana… o pasado… creo que lo voy a volver a ver. ¿Me dejas otra vez?
Yo solo asentí, besándole la espalda sudada, oliendo a él en cada poro de su piel.
Porque esa charapa de Tarapoto de 53 años me tenía completamente atrapado… y yo no quería que parara nunca.
Al día siguiente, después de esa noche en que María volvió oliendo a Carlos por todos lados, le puse las reglas claras mientras desayunábamos en la cocina. Ella estaba sentada en la mesa, con una camiseta mía que le quedaba enorme, sin nada debajo, tomando café con esa cara de inocente que ponía cuando quería salirse con la suya.
—Escúchame bien, charapa… —le dije serio, mirándola fijo—. La próxima vez que salgas con Carlos, yo te voy a llamar tres veces. La primera me vas a decir que estás con tus amigas paseando, la segunda que sigues con ellas… y la tercera… vas a tener que mentirme en la cara mientras te lo estás cogiendo. ¿Entendido?
Ella se rió bajito, mordiéndose el labio, y me miró con ojos brillantes de morbo.
—Ay, Rubén… qué malo eres… —susurró, pero se le notaba la excitación—. Está bien… juguemos a eso. Pero no te enojes mucho, ¿ya? Porque me vas a poner más caliente todavía…
Y así pasó una semana después. María me dijo que iba a “salir con las chicas” a tomar algo en Miraflores. Se puso un vestido negro corto, tacones altos, y se fue con una sonrisa pícara.
A las 9:30 de la noche, le marqué la primera vez. Contestó rápido, voz dulce y normal.
—Aló, mi amor… ¿qué tal? —Todo bien… ¿dónde estás? —Ay, con las chicas, paseando por Larcomar… estamos tomando un traguito, riéndonos… te extraño, ¿ya? Más tarde te llamo.
Colgó. Yo sonreí, ya imaginando.
Media hora después, segunda llamada. Sonó un poquito más agitada, pero seguía fingiendo.
—Aló… Rubén… ¿qué pasa? —Nada… solo quería saber si seguías con las amigas. —Sí, pues… seguimos aquí, charlando… no seas celoso, huevón… te amo, ¿ya? Un besito.
Colgué y esperé. Sabía que la tercera iba a ser la buena.
A las 10:45, marqué de nuevo. Esta vez tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz estaba entrecortada, jadeante, como si estuviera haciendo esfuerzo por hablar normal.
—Aló… ¿Rubén? —¿Dónde estás, María? —Ay, amor… sigo con las chicas… estamos… estamos en un bar… ¿qué pasa?
Se escuchaba ruido de fondo: gemidos ahogados, el sonido inconfundible de piel contra piel, un golpe rítmico, como si la estuvieran taladrando duro. Y de pronto, la voz grave de Carlos al fondo:
—Dile que estás ocupadita, charapa… dile que estoy aquí culeándola rico…
María soltó una risita nerviosa, pero excitadísima.
—Calla, ******… —le susurró a él, pero se le escapó un gemidito—. Amor… estoy ocupadita… más tarde te llamo, ¿ya?
Yo, con la verga dura como piedra, le pregunté con voz ronca:
—¿Con quién estás, puta?
Y Carlos, sin importarle nada, gritó fuerte al teléfono:
—¡Conmigo, huevón! ¡Culeando rico a tu charapa!
Se escuchó cómo María le decía “calla, carajo” entre risas y gemidos, pero ya no podía disimular. El sonido de la pinga de Carlos entrando y saliendo de su cuca era clarísimo: chapoteo húmedo, nalgadas, su coño apretado recibiendo cada embestida. Ella jadeaba al teléfono:
—Ay… Rubén… te… te llamo después… ahhh…
Y de repente, los dos gritaron al unísono:
—¡Ahhhhhhhhh!
Un gemido largo, profundo, como si se hubieran venido juntos. Carlos gruñendo “toma toda mi leche, zorra”, y María temblando: “sí… lléname…”.
Yo, solo de oírlos, me vine en el pantalón sin tocarme. Me corrí más fuerte que ellos, sintiendo cómo la leche me chorreaba caliente por la pierna. Apagué el celular temblando, con el corazón a mil.
Una hora después, la puerta se abrió. María entró como si nada, con el mismo vestido negro, pero ahora arrugado, el pelo revuelto, los labios hinchados, marcas rojas en el cuello y un olor a sexo fresco que llenaba toda la casa. Se acercó al sillón donde yo estaba esperándola, se sentó a mi lado y me miró con cara de niña buena.
—Amor… ya llegué… ¿qué tal tu noche? —dijo con voz dulce, como si no hubiera pasado nada.
Yo la miré fijo, todavía con el pantalón manchado.
—¿Qué hiciste, María?
Ella se rió bajito, se acercó y me besó en la boca. Olía a semen.
—Nada, pues… estuve con las chicas… tomamos unos traguitos… bailamos un rato… no hice nada con Carlos, te juro… ¿por qué me miras así?
La muy descarada juraba que no había pasado nada. Me miró con ojitos inocentes, pero se le escapaba la sonrisa de zorra.
Yo le agarré la cara con una mano, la obligué a mirarme y le dije bajito:
—Te oí, puta… te oí corrernos los tres al mismo tiempo… sentí cómo te llenaba mientras me mentías por teléfono… y ahora vienes aquí a decirme que no pasó nada…
Ella se mordió el labio, se le encendieron los ojos de morbo y se subió encima mío.
—Ay, Rubén… ¿te viniste solo de oírme? Qué rico… —susurró, restregándose contra mí—. Entonces… ¿quieres que te cuente cómo me reventó? ¿O prefieres que te lo demuestre… con su leche todavía chorreándome por la pucha?
Y empezó a contármelo todo, detalle por detalle, mientras se quitaba el vestido y me dejaba oler, tocar y saborear lo que Carlos le había dejado.
Porque esa charapa de 53 años era una maestra en hacerme cornudo… y yo no podía pedirle más.
María se quedó ahí, sentada a horcajadas sobre mí en el sillón, el vestido negro todavía subido hasta la cintura, las piernas abiertas, el coño hinchado y chorreando una mezcla espesa de semen que se le escurría por los muslos y me mojaba el pantalón. Olía a sexo crudo, a Carlos, a traición y a morbo. Yo la tenía agarrada por las caderas, todavía jadeando por la corrida que me había provocado solo de oírla por teléfono, y ella me miraba con esa cara de niña buena que ponía cuando quería jugar al límite.
—Amor… —susurró, con voz dulce y temblorosa, como si estuviera a punto de llorar de arrepentimiento—. Te juro que no hice nada con Carlos… Solo estuve con las chicas, bailando, tomando… nada más. ¿Por qué me miras así? ¿No me crees?
Se inclinó hacia mí, me besó suave en los labios, pero yo sentía el sabor salado de él en su boca. La aparté un poco, la miré fijo a los ojos y le dije con voz baja, ronca:
—No me mientas más, María. Te oí. Te oí todo. Los gemidos, el chapoteo de su pinga en tu cuca, cómo te taladraba mientras me decías que estabas “ocupadita”. Escuché cuando Carlos gritó que te estaba culeando rico… y cuando los dos se vinieron gritando al mismo tiempo. Y yo… yo me corrí solo de oírlo, puta. Me vine más fuerte que ustedes dos.
Ella se quedó quieta un segundo, los ojos muy abiertos, como si la hubiera pillado con las manos en la masa. Luego, poco a poco, la cara de inocente se le fue borrando. Primero una sonrisita chiquita en la comisura de la boca, después una risita baja, nerviosa… y al final soltó una carcajada ronca, charapa, sin filtro.
—Ay, carajo… —dijo, echando la cabeza para atrás, todavía riéndose—. ¿De verdad te viniste solo de escucharnos? Qué rico, huevón… qué cornudo más lindo eres…
Se movió despacito encima de mí, restregando su concha usada contra mi verga, que ya volvía a ponerse dura.
—Está bien… ya no voy a fingir más —susurró, pegando su boca a mi oído—. Sí, estuve con Carlos. Toda la noche. Desde que salí de aquí.
Empezó a hablar lento, detalle por detalle, como si estuviera saboreando cada palabra.
—Llegué a su casa a las ocho y media. Ni hablamos. Apenas cerró la puerta me agarró del pelo, me besó con rabia y me bajó el vestido de un tirón. Me puso de rodillas en el living y me metió esa vergota de 30 centímetros en la boca… me la hizo chupar hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas, hasta que me dolió la mandíbula. Decía “trágatela toda, charapa zorra, que para eso viniste… que tu cornudo te está esperando en casa”.
Se le escapó un gemidito solo de recordarlo.
—Después me levantó, me tiró en el sofá boca abajo y me abrió el culo. Primero me lamió la pucha y el ojito… me metió la lengua hasta el fondo… y luego me la clavó toda de una. Me partió, Rubén… me taladró sin parar, duro, profundo… me daba nalgadas que me dejaron la piel roja… me decía “esta concha es mía, puta… te voy a llenar hasta que no quepa más… hasta que tu cornudo sienta el olor cuando vuelvas”.
Yo la escuchaba en silencio, sintiendo cómo se me ponía más dura con cada palabra. Ella siguió, moviéndose más rápido encima de mí.
—La primera vez se corrió dentro de la pucha… sentí cómo me llenaba caliente, cómo me desbordaba… la segunda me la sacó y me la derramó en la cara, en las tetas… me dejó toda pintada, toda marcada. Y la tercera… ay, la tercera fue por el culo. Me abrió el ojito con esa pinga enorme, me dolió rico, me hizo llorar de placer… y se vació todo adentro, hasta que sentí cómo me chorrea por atrás.
Se inclinó más, me besó profundo, metiéndome la lengua hasta el fondo, y yo saboreé el resto de él.
—Y cuando sonó tu llamada… la tercera… yo estaba en cuatro, él me la estaba metiendo hasta el fondo, taladrándome sin parar. Contesté para que escucharas… para que supieras exactamente lo puta que soy. Cuando Carlos gritó “conmigo, culeando rico”… yo casi me vengo solo de pensarte ahí, solo, escuchando… y cuando nos vinimos los dos gritando… ay, Rubén… fue la mejor corrida de mi vida. Porque sabía que tú te estabas viniendo conmigo… sin tocarte.
Se quedó callada un segundo, mirándome fijo, con los ojos brillosos de morbo y triunfo.
—Ahora dime la verdad, cornudito… —susurró, agarrándome la cara con las dos manos—. ¿Te dolió? ¿O te puso más caliente que nunca? Porque yo… yo no puedo parar. Quiero volver con él… quiero que me destroce otra vez… y quiero que tú me esperes aquí, que me llames, que me escuches gemir mientras me llena… y que cuando vuelva, me cojas encima de su leche, oliendo a él, sintiendo cómo me sobra.
Yo la miré, con el corazón latiéndome fuerte, y le contesté con voz ronca:
—Me dolió… y me puso jodidamente caliente. Quiero que lo vuelvas a ver. Quiero que me llames mientras te lo estás cogiendo… quiero oír cómo te revienta, cómo te llena… y quiero que vuelvas aquí para que te coja encima de todo eso. Porque esa es la puta que eres, María… y yo no quiero que cambies nunca.
Ella sonrió, una sonrisa grande, satisfecha, victoriosa. Se bajó del sillón, se puso en cuatro frente a mí, abrió las piernas y me mostró todo: la concha roja, hinchada, chorreando semen ajeno.
—Entonces ven… —susurró—. Cógeme ahora… mézclate con él… y mañana… cuando lo vuelva a ver… te prometo que te llamaré tres veces… y la tercera… vas a escuchar cómo me vengo gritando su nombre… mientras tú te vienes solo pensando en mí.
Y así lo hicimos. La cogí con rabia, con ganas, con amor enfermo, encima de la leche de Carlos, mientras ella me susurraba al oído que nunca iba a dejar de ser mi charapa puta… y yo nunca iba a dejar de ser su cornudo favorito.
Porque en ese juego de mentiras, confesiones y traiciones… los dos habíamos ganado.
Una semana después, un viernes por la noche, mi teléfono suena a eso de las 2:30 de la mañana. Era María, borracha perdida. Se le notaba en la voz: arrastrada, entrecortada, con ese deje charapa que se pone más grueso cuando ha tomado.
—Rubén… amor… ven a buscarme… estoy en el bar de Barranco… estoy caliente, huevón… ven y cógeme… te extraño… ven y métemela…
Yo estaba en casa, medio dormido, pero me desperté de golpe. Le contesté seco:
—No, María. Estoy cansado. Duérmete y mañana hablamos.
Se quedó callada un segundo, y después explotó.
—¿Qué? ¿No vienes? ¡Eres un huevón de ******! ¡Un cornudo inútil! ¡Si no vienes tú, voy a llamar a alguien que sí me coja como se debe!
Y colgó.
Cinco minutos después, me llega un audio de ella, todavía en el bar, con música de fondo y risas.
—Escucha esto, cornudo… —se ríe, y se escucha cómo marca otro número—. Aló… ¿Carlos? Sí, soy yo… estoy borracha, amor… ven a buscarme… ven y cógeme rico… como la última vez… méteme esa vergota… mi cornudo me dejó plantada… ven y revuélveme la pucha…
Se escucha la voz grave de Carlos al fondo, riéndose también.
—Charapa puta… ¿tu cornudo te choteó? Ja… ya voy, zorra… espérame que te voy a destrozar…
Y ella, entre gemidos y risas:
—Sí… ven… lléname… que Rubén no sirve para nada…
Ahí quedé yo, con el teléfono en la mano, duro como piedra pero furioso. Me quedé despierto toda la noche pensando en ella con él otra vez.
Pero pasó otra semana. Nada. Silencio total. Hasta que el sábado siguiente, a media tarde, me llegan una ráfaga de audios y fotos por WhatsApp.
Primero un audio largo, su voz ronca, cachonda, como si estuviera hablando bajito para que nadie la oyera.
—Rubén… escucha esto, mi amor… ¿te acuerdas de tu amigo Jorge? Ese alto, moreno, el que te presenté hace años antes de la pandemia… el que nos vio comiendo en el restaurante de San Isidro… pues… resulta que lo encontré en Facebook… y empezamos a hablar… y… ay, carajo… me mandó fotos… y yo le mandé también… mira lo que me escribió…
Luego me llegan pantallazos reales de la conversación con Jorge.
En el primero: Jorge le dice:
“María, qué rica estás todavía… me acuerdo de cómo te mirabas en esa foto que subiste… esas tetas grandes… ¿sigues con Rubén?”
Ella responde:
“Sí, pero él no me da lo que necesito… tú sí me ponías caliente cuando nos vimos… ¿te acuerdas? Me mirabas como si quisieras comerme ahí mismo…”
Jorge:
“Claro que me acuerdo… si me das chance, te cojo como nunca… te meto esta verga que tengo dura solo de verte…”
Y ella:
“Mándame foto… quiero ver…”
Y llega una foto de Jorge, en bóxer, con una erección impresionante. Ella responde con un audio:
—Ay, Jorge… qué rica… me encanta… ven y métemela… estoy mojada solo de verte…
Luego otro pantallazo: ella le manda una foto suya en tanga, de espaldas, mostrando el culo redondo y moreno.
“¿Quieres esto? Ven y rómpelo…”
Jorge:
“Mañana te recojo y te llevo a un motel… te voy a coger toda la noche… hasta que no puedas caminar…”
Y ella:
“Sí, amor… mañana… pero no le digas a Rubén… él es un cornudo y me encanta hacerle cornudo…”
Me llegan más audios de ella, hablando directo a mí:
—Rubén… ¿ves? Tu amigo Jorge me va a coger mañana… me va a llenar de leche… y yo voy a dejar que lo haga… porque tú no me das lo que quiero… ¿te pone caliente? Porque a mí sí… me pone cachonda saber que te estoy traicionando con alguien que tú conoces… con tu amigo…
Otro audio más bajo, casi susurrando:
—Te voy a mandar fotos mañana… mientras me la meta… vas a ver cómo me abre la pucha… cómo me hace gritar… y cuando termine, voy a volver a casa oliendo a él… y tú me vas a coger encima de su semen… como siempre…
Y termina con una foto final: un selfie de ella en la cama, desnuda, con las piernas abiertas, tocándose, y un texto:
“Mañana Jorge me va a destrozar… ¿me das permiso otra vez, cornudito? O me lo hago sin decirte nada… elige tú…”
Yo me quedé mirando la pantalla, con el corazón a mil, la verga dura y el estómago revuelto. Porque esa charapa de 53 años no paraba de subir la apuesta… y yo, como cornudo empedernido, solo podía decir sí.
Le contesté un audio corto:
—Hazlo, puta… ve con Jorge… y cuando vuelvas… cuéntamelo todo… con detalles… mientras te cojo encima de él.
Y así siguió el juego. Porque con María, cuanto más me traicionaba, más la quería… y más me ponía.
Al día siguiente, el domingo, María se levantó temprano, como si tuviera una cita importante. Yo estaba en la cocina tomando café cuando la vi salir del baño envuelta en una toalla, el pelo mojado y esa sonrisa de zorra que ponía cuando sabía que iba a hacer una travesura grande.
—Hoy me voy con Jorge, amor… —me dijo con voz dulce, pero con los ojos brillando de morbo—. Me va a recoger a las once. ¿Me das permiso? ¿O prefieres que te mande fotos mientras me lo cojo?
Yo la miré fijo, con la verga ya medio dura solo de oírlo.
—Ve, puta… —le contesté ronco—. Y cuando vuelvas… quiero detalles. Todo. Y fotos si puedes.
Ella se rió bajito, se acercó, me besó profundo y me metió la mano dentro del pantalón.
—Te voy a mandar audios… y cuando termine, voy a volver oliendo a él… a tu amigo Jorge… el que tú me presentaste hace años. ¿Te pone caliente saber que tu amigo va a llenar la concha que tú usas?
Asentí. Ella me dio un último beso y se fue a arreglarse.
A las once en punto, sonó el timbre. Yo me asomé por la ventana: un carro negro, Jorge al volante, alto, moreno, con esa pinta de tipo que sabe lo que quiere. María salió con un vestido corto azul, escote profundo, tacones altos. Subió al carro, le dio un beso en la mejilla y se fueron.
Me pasé el día en casa, esperando. A las dos de la tarde me llega el primer audio. Su voz agitada, de fondo se oye música suave y el ruido de un motor.
—Rubén… amor… estamos yendo al motel… Jorge me tiene la mano en el muslo… me está subiendo el vestido… ay… ya me metió un dedo… estoy mojada desde que lo vi… te mando foto…
Llega una foto: selfie desde el asiento del copiloto, el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, la mano grande de Jorge metida entre sus muslos, los dedos desapareciendo dentro de ella. Ella tiene la boca entreabierta, los ojos cerrados de placer.
Otro audio a las tres:
—Llegamos al motel… ya estamos en la habitación… Jorge me besó apenas entramos… me bajó el vestido de un tirón… me puso contra la pared y me está chupando las tetas… ay, carajo… me muerde los pezones… dice que siempre quiso cogerme… desde el día que nos presentaste…
Se escucha cómo jadea, cómo Jorge le dice algo al fondo: “Charapa puta… te voy a romper…”
Otro audio, más tarde, como a las cuatro:
—Estoy en cuatro… en la cama… Jorge me la metió toda de una… ay, Rubén… es gruesa… me llena toda… me está taladrando duro… me da nalgadas… me dice “tu cornudo no te coge así, ¿verdad?”… y yo le digo que no… que él es mejor… que me destroce…
Se escucha el sonido claro: piel contra piel, nalgadas fuertes, gemidos de ella cada vez más altos.
—Ay… sí… métemela más… revuélveme la pucha… lléname… quiero tu leche dentro…
Y de fondo, Jorge gruñendo: “Toma, zorra… toma toda…”
Otro audio, jadeante:
—Se corrió la primera vez… dentro… sentí cómo me llenaba caliente… ahora me tiene de espaldas… me está chupando el culo… me mete la lengua… y ya me está metiendo la verga por atrás… ay, Rubén… me abre el ojito… me duele rico… me dice que me va a dejar marcada… que cuando vuelva contigo vas a sentir su corrida en mi culo…
Más tarde, un audio largo:
—Segunda corrida… en la boca… me la sacó y me la derramó en la cara… en las tetas… me dejó toda pintada… ahora estoy encima de él… cabalgándolo… me agarra las tetas… me dice que soy la mejor puta que ha tenido… y yo le digo que sí… que contigo soy cornuda… pero con él soy su zorra…
Foto: ella encima de Jorge, las tetas rebotando, la cara llena de semen, sonriendo a la cámara.
Último audio a las siete de la tarde:
—Terminamos… me corrió por tercera vez… dentro de la pucha otra vez… estoy chorreando… toda hinchada… oliendo a él… ahora me voy a bañar un poquito y vuelvo a casa… espérame, cornudito… porque cuando llegue… vas a oler a tu amigo en mí… vas a sentir cómo me dejó abierta… y me vas a coger encima de su leche… ¿verdad que sí?
A las ocho y media, la puerta se abrió. María entró con el mismo vestido azul, pero ahora arrugado, el pelo revuelto, el maquillaje corrido, marcas de chupones en el cuello y en las tetas que se veían por el escote. Olía fuerte a sexo, a sudor, a semen fresco.
Se acercó directo, se paró frente a mí y se levantó el vestido.
—Mira… —susurró, abriéndose con los dedos—. Mira cómo me dejó Jorge… tu amigo… hinchada, roja, llena de su leche… todavía chorrea…
Se sentó encima mío, me besó y empezó a contarme todo con lujo de detalles, mientras se restregaba contra mi verga.
—Fue mejor que con Carlos… Jorge me cogió sin parar… tres corridas… me hizo gritar su nombre… me dijo que le encanta ser el amigo que te pone los cuernos… y yo le dije que sí… que me encanta traicionarte con alguien que conoces…
Y así, entre gemidos y confesiones, la cogí con rabia, sintiendo exactamente cómo Jorge la había dejado: floja, resbalosa, llena de él. Me vine dentro de ella, mezclando mi leche con la de mi amigo, mientras ella me susurraba al oído:
—Mañana… tal vez lo vuelva a ver… ¿me dejas, amor? Porque esta charapa puta no tiene suficiente… y tú eres el cornudo perfecto para aguantarlo todo.
Y yo, claro… solo asentí. Porque con María, cada traición era más rica que la anterior.
Al día siguiente, lunes por la mañana, María llegó a casa como si nada. Eran las nueve y pico, yo estaba en la cocina preparando café cuando escuché la llave en la puerta. Entró con el mismo vestido azul del día anterior, pero ahora todo arrugado, el pelo hecho un desastre, el maquillaje borrado a medias y un olor que no dejaba lugar a dudas: a sexo, a sudor, a semen seco y a perfume barato mezclado con alcohol.
Se me acercó con esa cara de niña buena, inocente, como si acabara de volver de una misa.
—Buenos días, amor… —me dijo con voz dulce, arrastrada, charapa—. ¿Dormiste bien?
Yo la miré fijo, todavía con la taza en la mano.
—¿Qué pasó anoche, María? ¿Con Jorge?
Ella se rió bajito, se encogió de hombros y se sentó en la mesa, cruzando las piernas como si estuviera en una entrevista de trabajo.
—Nada, pues… tomamos unos traguitos… hablamos… nos reímos… y al final nos fuimos a dormir en cuartos separados. Él se quedó en el motel, yo en otro cuarto. No pasó nada, te juro por mi mamá. ¿Por qué tan desconfiado, huevón?
La muy pendeja me lo dijo con toda la cara, mirándome a los ojos, como si yo fuera un idiota. Pero yo ya había recibido los audios y las fotos del día anterior… y sabía perfectamente que mentía.
Me acerqué, la agarré por la barbilla y la obligué a mirarme.
—No me mientas, zorra… Cuéntame la verdad. ¿Cómo te folló toda la noche Jorge?
Ella se quedó quieta un segundo, después soltó una carcajada ronca, triunfal.
—Ay, carajo… ¿de verdad quieres saberlo? Bien… siéntate, cornudito… porque fue una noche larga… y te voy a contar todo.
Se levantó, se sentó encima de la mesa de la cocina, abrió las piernas y se levantó el vestido. No llevaba calzones. Estaba hinchada, roja, con marcas de dedos en los muslos y un hilito seco de semen que todavía se le notaba en los labios mayores.
—Llegamos al motel a las tres de la tarde… apenas cerró la puerta me agarró del pelo y me besó con rabia… me bajó el vestido de un tirón y me puso contra la pared. Me chupó las tetas mientras me metía los dedos… ya estaba mojada desde el carro. Me dijo “desde el día que Rubén me te presentó quise cogerte, charapa puta… y hoy lo voy a hacer toda la noche”.
Se rió bajito mientras se tocaba despacito.
—Primera ronda: me puso de rodillas y me metió esa verga gruesa en la boca… me la hizo chupar hasta la garganta… me agarraba la cabeza y me la empujaba hasta que me ahogaba… después me levantó, me tiró en la cama boca abajo y me la clavó toda en la pucha… me taladró sin parar, duro, profundo… me daba nalgadas que me dejaron la piel roja… gritaba “toma, zorra… toma lo que tu cornudo no te da”… y yo le decía “sí… métemela más… revuélveme… lléname”.
Se le escapó un gemidito solo de recordarlo.
—Se corrió la primera vez dentro… sentí cómo me llenaba caliente, cómo me desbordaba… pero no paró. Me dio cinco minutos y me puso en cuatro otra vez. Segunda corrida: me la sacó y me la derramó en la cara y las tetas… me dejó toda pintada, toda marcada… me dijo “mírate en el espejo… pareces una puta de verdad”.
Yo la escuchaba en silencio, duro como piedra. Ella siguió:
—Tercera ronda: me abrió el culo… me lamió el ojito primero… me metió la lengua hasta el fondo… y luego me la metió despacito por atrás… me dolió rico, me hizo llorar de placer… me taladraba el culo mientras me chupaba el cuello… me decía “este culo también es mío ahora… tu cornudo va a sentirlo cuando vuelvas”… y se corrió por tercera vez adentro, hasta que sentí cómo me chorrea por atrás.
Se inclinó hacia mí, me besó y me metió la lengua hasta el fondo. Sabía a él.
—Después nos duchamos… pero en la ducha me volvió a coger… me puso contra la pared, me levantó una pierna y me la metió otra vez… cuarta corrida dentro de la pucha… me dejó temblando.
—Seguimos hasta las cinco de la mañana… me cogió en todas las posiciones… en la cama, en el sillón, en el piso… me hizo correrme como cinco veces… gritaba su nombre… le decía “sí, Jorge… cógeme… lléname… eres mejor que Rubén”… y él se reía y me decía “mañana le cuentas a tu cornudo cómo te dejé abierta… cómo te dejé llena de mi leche”.
Se bajó de la mesa, se puso en cuatro frente a mí en el piso de la cocina y se abrió el culo con las manos.
—Mira… todavía estoy hinchada… todavía chorrea un poquito de él… me dejó flojita, resbalosa… y nunca me dejó escucharte… porque cada vez que sonaba tu teléfono, él me lo quitaba y me decía “no contestes… que se quede pensando en cómo te estoy cogiendo”.
Se giró, me miró con ojos brillosos.
—Y ahora… ven… cógeme tú encima de todo eso… siente cómo estoy usada por tu amigo… cómo me sobra su corrida… y cuando me vengas… mézclate con él… porque esta charapa puta no tiene suficiente… y tú eres el cornudo que me aguanta todo.
La agarré por las caderas, se la metí de una y la cogí con rabia, sintiendo exactamente cómo Jorge la había dejado: caliente, floja, chorreando semen ajeno. Me vine dentro de ella mientras ella gemía bajito:
—Así… sí… cógeme encima de la leche de tu amigo… y mañana… tal vez lo vuelva a ver… ¿me dejas, amor?
Yo solo asentí, besándole la espalda sudada, oliendo a Jorge en cada poro de su piel.
Porque esa pendeja de 53 años sabía perfectamente cómo mentirme a la cara… y cómo hacerme su cornudo más feliz del mundo.
Era un jueves cualquiera, María me había invitado a su departamento en Surco a comer comida de la selva. “Ven, amor, te voy a hacer juane, tacacho con cecina y un patarashca que te vas a chupar los dedos”, me dijo por WhatsApp con emojis de fuego. Yo llegué puntual a las ocho, con una botella de vino tinto caro que había comprado para la ocasión.
Entré y el olor a selva me pegó de inmediato: plátano asado, ají, hierbas, todo eso que huele a Tarapoto y a ella. María estaba en la cocina con un delantal corto encima de un vestido floreado ajustado, el pelo recogido en una cola alta, moviendo las caderas al ritmo de una cumbia que sonaba bajito. Me abrazó fuerte, me besó con lengua y me sirvió un vaso de vino.
—Salud, cornudito… por las noches ricas —dijo guiñándome un ojo.
Tomamos mientras ella cocinaba. El vino entró fácil, entre risas, besos y manoseos. Me contó anécdotas de su juventud en la selva, yo le contaba tonterías del trabajo. Cada rato me acercaba por detrás, le subía el vestido y le metía mano por debajo del calzón. Ella gemía bajito, se restregaba contra mí, pero me decía “espera, amor… primero comemos, que la comida se enfría”.
Comimos en la mesa pequeña del balcón. El juane estaba perfecto, el tacacho cremoso, la cecina crujiente. Seguimos tomando vino, cada vez más sueltos. Terminamos el plato y ella me miró con ojos brillantes.
—Ahora sí… ven y cógeme como se debe.
No llegamos ni al dormitorio. La puse contra la pared del pasillo, le bajé el calzón de un tirón y se la metí de pie, despacio al principio, después más fuerte. Ella gemía ronco, charapa, clavándome las uñas en la espalda.
—Ay, Rubén… sí… métemela toda… cógeme rico…
Nos corrimos casi al mismo tiempo, yo dentro de ella, ella temblando y apretándome. Después nos quedamos abrazados un rato, jadeando, riéndonos. Tomamos el último trago de vino y yo me despedí, porque al día siguiente tenía que madrugar.
Bajando las escaleras del edificio, escuché su voz desde el balcón del segundo piso, hablando por celular. No pude evitar pararme en el rellano y escuchar.
—…sí, amor… mañana nos vemos… a la misma hora… en tu auto… traeme condones gruesos, que me encanta cuando me abres… te extraño esa vergota… chau, besitos…
Me quedé helado. Sabía que era Carlos. El corazón me latía fuerte, pero en vez de subir a confrontarla, bajé en silencio y me fui a casa.
Al día siguiente, viernes, decidí ir a verla a propósito. Le escribí que quería pasar a verla un rato. Me contestó rápido: “Ay, amor… estoy ocupada… mejor mañana”. Pero yo insistí, le dije que necesitaba verla, que extrañaba su olor. Al final cedió, pero cuando llegué a su puerta, me abrió solo una rendija.
—No entres, Rubén… estoy cansada… ven mañana.
Le rogué, le dije que solo quería abrazarla un rato. Ella se puso nerviosa, miró hacia adentro. Entonces saqué 200 soles del bolsillo.
—Ve a comprarme comida rica de donde sea… juane, tacacho, lo que quieras… pero rápido. Te espero aquí.
Le di el dinero y se fue. Me quedé en la puerta, pero en vez de esperarla adentro, me fui a la esquina y la vi salir. Se subió a un taxi y se fue. Volvió cuatro horas después, con una bolsa de comida de un restaurante de comida selvática. Me abrió la puerta con cara de inocente.
—Aquí tienes, amor… perdona la demora, había tráfico y la cola estaba larga.
Le pregunté qué había hecho. Me juró por su mamá que nada: fue directo al restaurante, pidió, esperó y volvió. Me abrazó, me besó y me dijo que me quería mucho. Yo fingí que le creía, comimos la comida y me fui.
Pero un par de meses después, una noche que estábamos en la cama, tomando vino y ya medio calientes, me miró fijo y me dijo bajito:
—Amor… ¿te acuerdas de ese día que te hice esperar cuatro horas y te dije que fui a comprar comida?
Asentí.
Ella sonrió, pícara, y empezó a acariciarme la verga despacito.
—Mentira… me encontré con Carlos. Me recogió en su auto a dos cuadras de aquí… nos fuimos a un estacionamiento subterráneo cerca del Jockey… y ahí mismo me cepilló.
Se me puso dura al instante. Ella siguió hablando mientras me la chupaba despacito.
—Subí al asiento de atrás… me bajó el calzón y me la metió toda de una… me tenía agarrada de las tetas, me mordía el cuello… me decía “tu cornudo te está esperando con hambre y yo te estoy llenando la pucha”… me taladró duro, sin parar… el auto se movía todo… yo gemía fuerte… me corrió dentro dos veces… la primera en la concha, la segunda me la sacó y me la derramó en las tetas… después me limpié con una toallita, compré la comida rapidito y volví como si nada.
Me miró con ojos brillosos.
—¿Te pone caliente saber que mientras tú me esperabas en la puerta, yo estaba en el auto de Carlos gritando su nombre y llenándome de su leche?
Asentí, ronco.
—Mucho… puta…
Ella se subió encima mío, se la metió despacito y empezó a moverse.
—Entonces cógeme pensando en eso… en cómo me reventó tu amigo en el auto… mientras tú me esperabas como cornudo bueno… y cuando me venga… grita el nombre de Carlos conmigo…
Y así lo hicimos. La cogí con rabia, con morbo, imaginándome todo. Me vine dentro de ella mientras ella gemía:
—Carlos… sí… lléname… Carlos…
Un par de meses después, una noche de esas en que el vino nos soltaba la lengua, María se acurrucó contra mí en la cama, todavía con el sabor de la última corrida en la boca. Me miró con ojos traviesos y empezó a hablar bajito, como si estuviera contando un secreto prohibido.
—Amor… ¿te acuerdas de ese viernes que te hice esperar cuatro horas con la comida? —susurró, acariciándome el pecho—. Te dije que fui al restaurante y que había cola… pero era mentira. Me encontré con Carlos… y me la cepilló en su auto. Te voy a contar todo, detalle por detalle… porque sé que te pone caliente.
Se acomodó mejor, abrió las piernas un poquito y empezó a tocarse despacito mientras hablaba. Yo ya estaba duro solo de oírla.
—Cuando salí de casa con los 200 soles que me diste, caminé dos cuadras y me subí al carro de Carlos que estaba esperándome en una calle lateral. Él tenía una sonrisa de ******, como si ya supiera que iba a cogerme. Apenas cerré la puerta me agarró del pelo y me besó con rabia, metiéndome la lengua hasta la garganta. “Charapa puta… tu cornudo te está esperando con hambre y yo te voy a llenar primero”, me dijo.
Se le escapó un gemidito solo de recordarlo.
—Nos fuimos directo al estacionamiento subterráneo del centro comercial más cercano… ese que está casi vacío a esa hora. Bajó al nivel -3, el más oscuro, y estacionó en un rincón donde no había cámaras. Apenas apagó el motor, me subió al asiento trasero de un tirón. Me bajó el calzón hasta los tobillos, me abrió las piernas y me metió dos dedos mientras me chupaba el cuello. Yo ya estaba chorreando… le decía “sí, amor… métemela ya… que Rubén me está esperando”.
Se rió bajito y siguió:
—Se bajó el cierre y sacó esa vergota de 30 centímetros… la tenía durísima. Me puso de espaldas en el asiento, me levantó las piernas y me la clavó toda de una. El carro se movió con la primera embestida… me taladró duro, sin piedad… me agarraba las tetas por encima del vestido, me mordía los pezones a través de la tela… yo gemía fuerte, el eco rebotaba en el garage. Decía “toma, zorra… toma lo que tu cornudo no te da… voy a dejarte la pucha abierta para que cuando vuelvas él sienta mi corrida”.
Otro gemidito, y se metió un dedo dentro mientras hablaba.
—Primera corrida: me la metió hasta el fondo y se vació dentro… sentí cómo me llenaba caliente, cómo me desbordaba por los muslos… el asiento quedó hecho un desastre. Pero no paró. Me dio vuelta, me puso encima de él… yo cabalgándolo como loca, las tetas rebotando en su cara… me chupaba los pezones mientras yo subía y bajaba… me dio nalgadas que resonaban en el carro. Segunda corrida: me la sacó y me la derramó en las tetas y la cara… me dejó toda pintada, toda marcada con su leche espesa.
Se inclinó y me besó, metiéndome la lengua para que sintiera el morbo.
—Y la tercera… ay, Rubén… me abrió el culo ahí mismo. Me puso en cuatro, con la cara contra el respaldo del asiento delantero… me lamió el ojito primero, me metió la lengua hasta el fondo… y luego me la clavó despacito por atrás. Me dolió rico, me hizo llorar de placer… me taladraba el culo mientras me decía “este también es mío ahora… dile a tu cornudo que te dejé el culo lleno”. Se corrió por tercera vez adentro… sentí cómo me chorrea caliente por atrás… el olor a sexo llenó todo el carro.
Se quedó callada un segundo, mirándome fijo.
—Después me limpié lo mejor que pude con unas toallitas que tenía en la cartera… me subí el calzón, me arreglé el vestido y me fui corriendo al restaurante selvático más cercano. Pedí la comida para llevar, esperé unos minutos y volví a casa como si nada. Cuando llegué, tú estabas ahí en la puerta, con cara de hambre… y yo oliendo a Carlos por todos lados, con su leche todavía chorreándome por dentro.
Se subió encima mío, se la metió despacito y empezó a moverse lento.
—¿Te imaginas? Mientras tú me esperabas como cornudo bueno… yo estaba en el asiento trasero gritando el nombre de Carlos, llenándome de su leche tres veces… y después volví a casa para que me comieras la comida que compré con su semen todavía dentro de mí.
Gemí fuerte y la agarré de las caderas, embistiéndola con rabia.
—Puta… zorra… cógeme pensando en eso… en cómo te reventó en el auto mientras yo te esperaba…
Ella aceleró, gimiendo ronco:
—Sí… Carlos… métemela… lléname… Carlos… y Rubén… cógeme encima de su leche… cornudito rico…
Y nos vinimos los dos gritando, yo mezclándome con el recuerdo de él, ella temblando de placer al contármelo todo.