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Veintiséis – EL NUEVO DEPA
Con el paso del tiempo, nuestro amor secreto se fortalecía. Los sábados se volvieron rituales, con escapadas al hotel tras cenas o cine. Aprendimos a ser cuidadosos haciendo el amor en casa, siempre de madrugada y en silencio cuando estaba mi madre. En mayo, por mi cumpleaños, Angie me dio su regalo a su manera, en el hotel, cubiertos por sábanas tibias, tras días de espera.
En la segunda vez, Angie, generosa como siempre, me había dado una vez más su puerta trasera. Esta vez habíamos probado otra variante. En un sillón, yo sentado, ella me había cabalgado dándome frente, regalándome sus tetas, mientras mi pene le perforaba la vagina caliente y después que tuvo su orgasmo, y cuando recuperó el aliento, fue por el lubricante al maletín y se puso frente a mí, parada, dándome la espalda, sin decir nada, me dio el tubo y se inclinó en 90 grados. Sin decir más le puse el lubricante y ella se sentó suavemente sobre mi pene. Ya no había que entrar de a pocos, era suficiente entrar despacio, pero de un solo empuje, ella gemía, mientras mi pene la perforaba, se sentía muy apretado, pero ya no acusaba dolor. Yo le estimulaba los senos, mientras ella se movía en círculos o saltaba sobre mi pene, su culito seguía apretando mucho y era fácil que me hiciera llegar rápido, por eso bajé una mano a su vagina y le metí dos dedos, mientras a la vez le estimulaba el clítoris. Eso fue suficiente para que no mas de un minuto después, su orgasmo llegara intenso, con ese grito de placer que me estremecía. Un par de minutos después, yo le llenaba el culo con mi leche caliente.
Siempre me sorprendía cómo, con ella, cada entrega tenía un matiz diferente, cada gemido me abría una dimensión nueva de nuestro vínculo.
Estábamos acostados en la cama, después de ducharnos juntos, conversando, cuando se me ocurrió soltarlo. Así, como quien cambia de tema sin aviso:
—Amor —le dije—, yo ya tengo casi el 40% de lo que costaría un departamento. Mi idea siempre fue juntar lo más posible, pero creo que ya es momento de comenzar a buscar. ¿Qué te parece? ¿Me ayudas?
Ella me miró aún con los ojos húmedos del placer y sonrió.
—Por supuesto, amor. Yo sé que ese es tu plan. Claro que te ayudo.
Pero enseguida su rostro cambió, bajó la mirada con una tristeza leve.
—¿Y si te mudas...? Ya no te voy a tener conmigo.
La abracé, apoyé mi mano en su cadera.
—Amor, vamos a tener un nidito para nosotros. Solos, libres, como queramos. Podrás quedarte a dormir con cualquier excusa… y ahí, serás la reina.
Ella me miró en silencio, asintió despacio.
—Ok… ¿Y si empezamos a buscar juntos?
Quise que sintiera ese proyecto como nuestro. Le pregunté por zonas, le mencioné algunas: San Borja, Surco, Miraflores… Ella me escuchaba con una mezcla de ternura y temor. Sabía que el amor seguía, pero el futuro se acercaba.
—Yo veo lo del crédito —dije— y empezamos a buscar.
—¿Te puedo pedir algo? —dijo, jugando con las sábanas— Que tenga balcón… para cumplir mi fantasía muchas veces.
—Claro que sí, amor —le dije, abrazándola entre risas—. Vamos a buscar uno con balcón para que todo el barrio te escuche gritar.
Esa noche no hicimos el amor de inmediato. Nos quedamos abrazados, en silencio. Ella jugaba con los vellos de mi abdomen, yo la acariciaba. Hasta que le dije:
—Así me mude, aunque vivamos en casas distintas… tú y yo no nos vamos a separar nunca.
Ella levantó la cabeza, me miró con una mezcla de ternura y fuego. Le tomé el rostro con ambas manos, la besé despacio. Su boca, dulce y suave, se entregó como si entendiera lo que quería decirle sin palabras. El beso fue creciendo, se volvió más húmedo, más urgente.
Me incorporé y la giré con firmeza, sin dejar de besarla. Su cuerpo desnudo debajo del mío era una promesa. La tomé de la cintura y la puse en cuatro, sobre la cama, con las rodillas abiertas. La tomé con fuerza de las caderas, y la penetré profundo, de un solo empuje, haciéndola gemir contra la almohada. Su espalda se arqueó, y la sujeté con una mano del cuello, firme, pero con cuidado. Ella amaba cuando lo hacía así. Sentía que era completamente mía, que la tenía dominada y yo me perdía en esa sensación de pertenencia mutua.
—Eres mía, Angie. Siempre —le susurré al oído mientras embestía con fuerza, cada vez más profundo. Podía sentir su fondo cada vez que empujaba mi pene dentro de ella. Yo veía mi pene enterrarse en su vagina y la entrada de su culito, ligeramente rojo por la sesión de un rato antes.
Ella solo pudo decir mi nombre, entre gemidos entrecortados, mientras su cuerpo temblaba. La sentí llegar al clímax primero, con un espasmo intenso que la recorrió entera. Yo seguí un poco más, hasta que no pude resistir. Me corrí adentro, con una intensidad que me sacudió el cuerpo. Me quedé dentro de ella, temblando, jadeando. Apoyé la frente en su espalda.
—Nunca nadie va a hacerte sentir así —le dije, ronco.
Ella sonrió sin verme, respirando aún agitada.
Nos dejamos caer en la cama, sudados, agotados. Pero no se había terminado.
Minutos después, ya más tranquilos, la atraje hacia mí, me puse encima de ella con cuidado, y comencé a besarle el cuello, los pechos, el vientre. Lentamente. Ella abrió las piernas, yo bajé hasta su pozo y lamí su vulva, sabia a su lubricación y mi semen, volví a subir hasta sus pechos, cuando la besaba en la oreja ella abrió mucho las piernas y me recibió de nuevo. Esta vez fue lento, profundo, como si quisiéramos fundirnos. Ella me abrazó con las piernas, me acariciaba la espalda con ternura, y me decía al oído que me amaba, que no quería que nunca cambiara, que sentía que éramos uno solo.
Nos miramos a los ojos mientras hacíamos el amor. Era algo más que físico. Era una conversación de cuerpos, de almas. Ella volvió a llegar primero. Su orgasmo fue suave, pero largo, como una ola que la atravesó. Yo la seguí, y esta vez lo sentí también en el pecho, como si todo mi amor se hubiese condensado en ese momento, en ese gemido contenido. Era sublime como podíamos desearnos nuevamente, solo minutos después de haber terminado extasiados. Siempre queríamos más.
Después nos quedamos abrazados, en silencio. Yo con la cabeza en su pecho. Ella me acariciaba el cabello con una ternura que me hacía olvidar todo lo demás.
—Tú eres mi casa, amor —me dijo, bajito.
Y yo supe que, aunque me mudara, aunque la rutina cambiara, ese vínculo, ese fuego, esa entrega… nunca se iba a apagar.
Habían pasado ya varias semanas desde que la rutina retomó su curso. Una noche cualquiera —aparentemente—, Angie bajó a mi habitación. Iba con su ropa cómoda, como siempre, pero esa noche algo era distinto. Tal vez era la forma en que su polo marcaba sus pechos, tensos y visibles bajo la tela fina. Tal vez era su mirada, ese brillo silencioso que decía más que sus palabras.
Mi madre ya estaba en su cuarto, aún no dormía, así que Angie se sentó en el sillón con su aire inocente, las piernas cruzadas, la voz bajita.
—Amor —me dijo, casi en susurro—, me han invitado a una fiesta.
—¿Ah, sí? —respondí, cerrando el libro que tenía en la mano—. ¿De quién?
—Una chica de la universidad. Es su cumpleaños. Sus papás tienen harta plata, vive en San Isidro, por el golf.
—Ah, ya... estamos hablando de zona exclusiva —sonreí—. Por ahí hay edificios carísimos. Algunos depas llegan al millón de dólares, fácil.
—¿Así tanto? —preguntó, entre asombrada y emocionada.
—Sí. San Isidro no es cualquier sitio. ¿Y cuándo es?
—Este sábado.
—Perfecto. Vamos.
Ella me miró con esa mezcla de alivio y travesura, como quien ya había proyectado la noche entera en su mente. Lo entendí después: esa fiesta era más que una salida.
El sábado llegó y con él, su transformación.
Angie se vistió esa noche como nunca antes. Elegante. Sensual. Hipnótica. Su vestido era ceñido, lo justo para sugerir sin mostrar. La tela caía como un río sobre su cuerpo, con una abertura lateral que me hacía perder la concentración. Su espalda al descubierto, los labios rojo vino, el cabello suelto. Caminaba como si el mundo fuera su pasarela. Yo solo podía mirarla… y desearla.
Me esmeré también. Camisa almidonada, pantalón oscuro, colonia discreta. Tenía que estar a su altura. Y lo sabía: éramos una pareja que no iba a pasar desapercibida.
Decidimos ir en taxi. Estacionar en esa zona de San Isidro, y más por el Golf, era imposible. En el asiento trasero, nuestras manos se encontraron solas. Yo deslicé los dedos por su muslo, aprovechando esa generosa abertura del vestido. Ella solo me miró y sonrió, mientras se acomodaba nerviosa.
—Tranquilo, joven —susurró—. Que todavía no empieza la fiesta.
Nos bajamos frente a un edificio que parecía más un hotel de lujo que una residencia. Angie se quedó mirando hacia arriba.
—Wow… esto parece una película —dijo en voz baja.
—Sí —respondí tomándola de la mano—. Y tú, la protagonista.
Ella me miró de reojo, con ese brillo travieso que conozco de memoria.
—¿Te diste cuenta? Todos los departamentos tienen balcón… —susurró, mordiéndose el labio.
Yo no dije nada. Solo sonreí. Porque entendí. Y esa noche, ya no era solo una salida. Era una misión.
El portero, que ya tenía nuestros nombres en la lista, nos dejó pasar. Subimos en un ascensor brillante que reflejaba nuestras miradas cómplices. Me incliné hacia ella.
—No sé qué va a pasar esta noche —le dije—, pero ya se siente especial.
Ella solo me miró, callada… pero su sonrisa hablaba en otro idioma.
El departamento era enorme. Moderno, elegante, con esas luces cálidas que te hacen sentir en una película. Risas suaves, copas de vino, gente bonita hablando de viajes y política. Un DJ ponía deep house en una esquina. Pero todo eso desaparecía para mí cuando la miraba a ella.
Bailamos. Yo la tenía pegada, con mis manos en su cintura. El calor de su cuerpo atravesaba la tela. Su respiración comenzaba a ser la mía. Fue entonces que le susurré:
—Ven.
No preguntó. Solo me siguió. Caminamos entre la gente como si huyéramos de algo, o hacia algo. Riendo en silencio. Entramos por un largo pasillo en L. Una habitación estaba entreabierta. Entramos. Cerramos.
Oscuridad. Silencio. Solo la ciudad respirando al otro lado del ventanal.
Deslicé la puerta del balcón. Salimos. El aire frío nos golpeó con fuerza. Estábamos en un sexto piso. Frente a nosotros, el Golf. Más allá, Lima.
Angie se apoyó en la baranda.
—¿Aquí? —susurró.
—Aquí —dije yo, pegándome a su espalda.
Ella levantó una pierna, apoyándola en el metal. Yo alcé su vestido. No llevaba nada debajo.
—No sabes cuánto he pensado en esto —murmuré, bajándome el cierre del pantalón.
Ella se apoyó con ambas manos. Me abrí paso en un solo movimiento. Su boca mordió su propio puño para no gritar. Yo la sujeté por la cintura. El vaivén era corto, profundo, controlado. Las luces de la ciudad eran nuestros testigos. El viento mecía su cabello. Y su cuerpo. Y el mío. Y el deseo que no podía esperar.
Fue rápido, sabíamos que el tiempo no era nuestro aliado. El orgasmo llegó como un rayo mudo. Profundo. Salvaje. Me quedé dentro de ella unos pocos segundos más. Respiramos juntos. Apoyados en la baranda como dos fugitivos que acababan de robarle algo al mundo.
Nos arreglamos rápido. Ella se alisó el vestido, yo la camisa. Risas nerviosas. Volvimos al salón como si nada. Nadie nos notó.
Hasta que, un rato después, mientras tomábamos vino cerca de la barra de tragos, Angie se acercó con el rostro blanco.
—Mi calzón… lo dejé en el balcón.
—¿Qué?
—Cuando me lo quité sin que te dieras cuenta, antes de subir la pierna a la baranda, se me cayó. Y… lo olvidé.
Intentamos volver. Pero un grupo de señoras se había instalado a chismorrear justo en la entrada del pasillo. Era inaccesible.
Una hora después, en pleno pico de la fiesta, el DJ paró la música. Una mujer, la madre de la cumpleañera —elegante, cincuenta y tantos— se subió a una silla en medio del salón. En una mano tenía una copa. En la otra…
Un calzón rojo. Encaje. Con tiras.
El mundo se congeló.
—Encontré esto en mi habitación —dijo—. No es mío. Y dudo que sea de mi hija…
Alguien rio. Ella agregó:
—Tampoco es de una aventura de mi esposo. Él las tiene fuera de casa.
Explosión de risas.
—¿Alguna valiente? ¿O valiente acompañado?
Angie se aferró a mi brazo. No decía nada. Ni respiraba. Solo bajó la mirada, mientras su rostro ardía.
—Bueno… —dijo la señora— lo colgaré aquí. Por si la dueña quiere recogerlo al final.
Y lo dejó, como una bandera pirata, sobre el respaldo de la silla.
Nos fuimos poco después. En el ascensor no hablamos. Ya en la calle, Angie estalló en una carcajada.
—¡No puedo creerlo! ¡Tenía MI calzón en la mano!
—Y lo levantó como si fuera una ofrenda —dije, riendo—. Lo dejaste como souvenir.
—¿Y si alguien lo recoge? ¿Y si hacen pruebas de ADN?
—Que sepan que fue una noche perfecta.
Ella se detuvo. Me miró. Las luces del edificio se reflejaban en sus ojos.
—Gracias por cumplir mis fantasías, loco.
—Gracias por tenerlas, loca.
Y la besé. Riendo. Cansados. Culpables. Cómplices.
Caminamos por San Isidro en la madrugada, buscando un taxi, sabiendo que esa historia… nadie más la iba a contar.
Con el paso del tiempo, nuestro amor secreto se fortalecía. Los sábados se volvieron rituales, con escapadas al hotel tras cenas o cine. Aprendimos a ser cuidadosos haciendo el amor en casa, siempre de madrugada y en silencio cuando estaba mi madre. En mayo, por mi cumpleaños, Angie me dio su regalo a su manera, en el hotel, cubiertos por sábanas tibias, tras días de espera.
En la segunda vez, Angie, generosa como siempre, me había dado una vez más su puerta trasera. Esta vez habíamos probado otra variante. En un sillón, yo sentado, ella me había cabalgado dándome frente, regalándome sus tetas, mientras mi pene le perforaba la vagina caliente y después que tuvo su orgasmo, y cuando recuperó el aliento, fue por el lubricante al maletín y se puso frente a mí, parada, dándome la espalda, sin decir nada, me dio el tubo y se inclinó en 90 grados. Sin decir más le puse el lubricante y ella se sentó suavemente sobre mi pene. Ya no había que entrar de a pocos, era suficiente entrar despacio, pero de un solo empuje, ella gemía, mientras mi pene la perforaba, se sentía muy apretado, pero ya no acusaba dolor. Yo le estimulaba los senos, mientras ella se movía en círculos o saltaba sobre mi pene, su culito seguía apretando mucho y era fácil que me hiciera llegar rápido, por eso bajé una mano a su vagina y le metí dos dedos, mientras a la vez le estimulaba el clítoris. Eso fue suficiente para que no mas de un minuto después, su orgasmo llegara intenso, con ese grito de placer que me estremecía. Un par de minutos después, yo le llenaba el culo con mi leche caliente.
Siempre me sorprendía cómo, con ella, cada entrega tenía un matiz diferente, cada gemido me abría una dimensión nueva de nuestro vínculo.
Estábamos acostados en la cama, después de ducharnos juntos, conversando, cuando se me ocurrió soltarlo. Así, como quien cambia de tema sin aviso:
—Amor —le dije—, yo ya tengo casi el 40% de lo que costaría un departamento. Mi idea siempre fue juntar lo más posible, pero creo que ya es momento de comenzar a buscar. ¿Qué te parece? ¿Me ayudas?
Ella me miró aún con los ojos húmedos del placer y sonrió.
—Por supuesto, amor. Yo sé que ese es tu plan. Claro que te ayudo.
Pero enseguida su rostro cambió, bajó la mirada con una tristeza leve.
—¿Y si te mudas...? Ya no te voy a tener conmigo.
La abracé, apoyé mi mano en su cadera.
—Amor, vamos a tener un nidito para nosotros. Solos, libres, como queramos. Podrás quedarte a dormir con cualquier excusa… y ahí, serás la reina.
Ella me miró en silencio, asintió despacio.
—Ok… ¿Y si empezamos a buscar juntos?
Quise que sintiera ese proyecto como nuestro. Le pregunté por zonas, le mencioné algunas: San Borja, Surco, Miraflores… Ella me escuchaba con una mezcla de ternura y temor. Sabía que el amor seguía, pero el futuro se acercaba.
—Yo veo lo del crédito —dije— y empezamos a buscar.
—¿Te puedo pedir algo? —dijo, jugando con las sábanas— Que tenga balcón… para cumplir mi fantasía muchas veces.
—Claro que sí, amor —le dije, abrazándola entre risas—. Vamos a buscar uno con balcón para que todo el barrio te escuche gritar.
Esa noche no hicimos el amor de inmediato. Nos quedamos abrazados, en silencio. Ella jugaba con los vellos de mi abdomen, yo la acariciaba. Hasta que le dije:
—Así me mude, aunque vivamos en casas distintas… tú y yo no nos vamos a separar nunca.
Ella levantó la cabeza, me miró con una mezcla de ternura y fuego. Le tomé el rostro con ambas manos, la besé despacio. Su boca, dulce y suave, se entregó como si entendiera lo que quería decirle sin palabras. El beso fue creciendo, se volvió más húmedo, más urgente.
Me incorporé y la giré con firmeza, sin dejar de besarla. Su cuerpo desnudo debajo del mío era una promesa. La tomé de la cintura y la puse en cuatro, sobre la cama, con las rodillas abiertas. La tomé con fuerza de las caderas, y la penetré profundo, de un solo empuje, haciéndola gemir contra la almohada. Su espalda se arqueó, y la sujeté con una mano del cuello, firme, pero con cuidado. Ella amaba cuando lo hacía así. Sentía que era completamente mía, que la tenía dominada y yo me perdía en esa sensación de pertenencia mutua.
—Eres mía, Angie. Siempre —le susurré al oído mientras embestía con fuerza, cada vez más profundo. Podía sentir su fondo cada vez que empujaba mi pene dentro de ella. Yo veía mi pene enterrarse en su vagina y la entrada de su culito, ligeramente rojo por la sesión de un rato antes.
Ella solo pudo decir mi nombre, entre gemidos entrecortados, mientras su cuerpo temblaba. La sentí llegar al clímax primero, con un espasmo intenso que la recorrió entera. Yo seguí un poco más, hasta que no pude resistir. Me corrí adentro, con una intensidad que me sacudió el cuerpo. Me quedé dentro de ella, temblando, jadeando. Apoyé la frente en su espalda.
—Nunca nadie va a hacerte sentir así —le dije, ronco.
Ella sonrió sin verme, respirando aún agitada.
Nos dejamos caer en la cama, sudados, agotados. Pero no se había terminado.
Minutos después, ya más tranquilos, la atraje hacia mí, me puse encima de ella con cuidado, y comencé a besarle el cuello, los pechos, el vientre. Lentamente. Ella abrió las piernas, yo bajé hasta su pozo y lamí su vulva, sabia a su lubricación y mi semen, volví a subir hasta sus pechos, cuando la besaba en la oreja ella abrió mucho las piernas y me recibió de nuevo. Esta vez fue lento, profundo, como si quisiéramos fundirnos. Ella me abrazó con las piernas, me acariciaba la espalda con ternura, y me decía al oído que me amaba, que no quería que nunca cambiara, que sentía que éramos uno solo.
Nos miramos a los ojos mientras hacíamos el amor. Era algo más que físico. Era una conversación de cuerpos, de almas. Ella volvió a llegar primero. Su orgasmo fue suave, pero largo, como una ola que la atravesó. Yo la seguí, y esta vez lo sentí también en el pecho, como si todo mi amor se hubiese condensado en ese momento, en ese gemido contenido. Era sublime como podíamos desearnos nuevamente, solo minutos después de haber terminado extasiados. Siempre queríamos más.
Después nos quedamos abrazados, en silencio. Yo con la cabeza en su pecho. Ella me acariciaba el cabello con una ternura que me hacía olvidar todo lo demás.
—Tú eres mi casa, amor —me dijo, bajito.
Y yo supe que, aunque me mudara, aunque la rutina cambiara, ese vínculo, ese fuego, esa entrega… nunca se iba a apagar.
Habían pasado ya varias semanas desde que la rutina retomó su curso. Una noche cualquiera —aparentemente—, Angie bajó a mi habitación. Iba con su ropa cómoda, como siempre, pero esa noche algo era distinto. Tal vez era la forma en que su polo marcaba sus pechos, tensos y visibles bajo la tela fina. Tal vez era su mirada, ese brillo silencioso que decía más que sus palabras.
Mi madre ya estaba en su cuarto, aún no dormía, así que Angie se sentó en el sillón con su aire inocente, las piernas cruzadas, la voz bajita.
—Amor —me dijo, casi en susurro—, me han invitado a una fiesta.
—¿Ah, sí? —respondí, cerrando el libro que tenía en la mano—. ¿De quién?
—Una chica de la universidad. Es su cumpleaños. Sus papás tienen harta plata, vive en San Isidro, por el golf.
—Ah, ya... estamos hablando de zona exclusiva —sonreí—. Por ahí hay edificios carísimos. Algunos depas llegan al millón de dólares, fácil.
—¿Así tanto? —preguntó, entre asombrada y emocionada.
—Sí. San Isidro no es cualquier sitio. ¿Y cuándo es?
—Este sábado.
—Perfecto. Vamos.
Ella me miró con esa mezcla de alivio y travesura, como quien ya había proyectado la noche entera en su mente. Lo entendí después: esa fiesta era más que una salida.
El sábado llegó y con él, su transformación.
Angie se vistió esa noche como nunca antes. Elegante. Sensual. Hipnótica. Su vestido era ceñido, lo justo para sugerir sin mostrar. La tela caía como un río sobre su cuerpo, con una abertura lateral que me hacía perder la concentración. Su espalda al descubierto, los labios rojo vino, el cabello suelto. Caminaba como si el mundo fuera su pasarela. Yo solo podía mirarla… y desearla.
Me esmeré también. Camisa almidonada, pantalón oscuro, colonia discreta. Tenía que estar a su altura. Y lo sabía: éramos una pareja que no iba a pasar desapercibida.
Decidimos ir en taxi. Estacionar en esa zona de San Isidro, y más por el Golf, era imposible. En el asiento trasero, nuestras manos se encontraron solas. Yo deslicé los dedos por su muslo, aprovechando esa generosa abertura del vestido. Ella solo me miró y sonrió, mientras se acomodaba nerviosa.
—Tranquilo, joven —susurró—. Que todavía no empieza la fiesta.
Nos bajamos frente a un edificio que parecía más un hotel de lujo que una residencia. Angie se quedó mirando hacia arriba.
—Wow… esto parece una película —dijo en voz baja.
—Sí —respondí tomándola de la mano—. Y tú, la protagonista.
Ella me miró de reojo, con ese brillo travieso que conozco de memoria.
—¿Te diste cuenta? Todos los departamentos tienen balcón… —susurró, mordiéndose el labio.
Yo no dije nada. Solo sonreí. Porque entendí. Y esa noche, ya no era solo una salida. Era una misión.
El portero, que ya tenía nuestros nombres en la lista, nos dejó pasar. Subimos en un ascensor brillante que reflejaba nuestras miradas cómplices. Me incliné hacia ella.
—No sé qué va a pasar esta noche —le dije—, pero ya se siente especial.
Ella solo me miró, callada… pero su sonrisa hablaba en otro idioma.
El departamento era enorme. Moderno, elegante, con esas luces cálidas que te hacen sentir en una película. Risas suaves, copas de vino, gente bonita hablando de viajes y política. Un DJ ponía deep house en una esquina. Pero todo eso desaparecía para mí cuando la miraba a ella.
Bailamos. Yo la tenía pegada, con mis manos en su cintura. El calor de su cuerpo atravesaba la tela. Su respiración comenzaba a ser la mía. Fue entonces que le susurré:
—Ven.
No preguntó. Solo me siguió. Caminamos entre la gente como si huyéramos de algo, o hacia algo. Riendo en silencio. Entramos por un largo pasillo en L. Una habitación estaba entreabierta. Entramos. Cerramos.
Oscuridad. Silencio. Solo la ciudad respirando al otro lado del ventanal.
Deslicé la puerta del balcón. Salimos. El aire frío nos golpeó con fuerza. Estábamos en un sexto piso. Frente a nosotros, el Golf. Más allá, Lima.
Angie se apoyó en la baranda.
—¿Aquí? —susurró.
—Aquí —dije yo, pegándome a su espalda.
Ella levantó una pierna, apoyándola en el metal. Yo alcé su vestido. No llevaba nada debajo.
—No sabes cuánto he pensado en esto —murmuré, bajándome el cierre del pantalón.
Ella se apoyó con ambas manos. Me abrí paso en un solo movimiento. Su boca mordió su propio puño para no gritar. Yo la sujeté por la cintura. El vaivén era corto, profundo, controlado. Las luces de la ciudad eran nuestros testigos. El viento mecía su cabello. Y su cuerpo. Y el mío. Y el deseo que no podía esperar.
Fue rápido, sabíamos que el tiempo no era nuestro aliado. El orgasmo llegó como un rayo mudo. Profundo. Salvaje. Me quedé dentro de ella unos pocos segundos más. Respiramos juntos. Apoyados en la baranda como dos fugitivos que acababan de robarle algo al mundo.
Nos arreglamos rápido. Ella se alisó el vestido, yo la camisa. Risas nerviosas. Volvimos al salón como si nada. Nadie nos notó.
Hasta que, un rato después, mientras tomábamos vino cerca de la barra de tragos, Angie se acercó con el rostro blanco.
—Mi calzón… lo dejé en el balcón.
—¿Qué?
—Cuando me lo quité sin que te dieras cuenta, antes de subir la pierna a la baranda, se me cayó. Y… lo olvidé.
Intentamos volver. Pero un grupo de señoras se había instalado a chismorrear justo en la entrada del pasillo. Era inaccesible.
Una hora después, en pleno pico de la fiesta, el DJ paró la música. Una mujer, la madre de la cumpleañera —elegante, cincuenta y tantos— se subió a una silla en medio del salón. En una mano tenía una copa. En la otra…
Un calzón rojo. Encaje. Con tiras.
El mundo se congeló.
—Encontré esto en mi habitación —dijo—. No es mío. Y dudo que sea de mi hija…
Alguien rio. Ella agregó:
—Tampoco es de una aventura de mi esposo. Él las tiene fuera de casa.
Explosión de risas.
—¿Alguna valiente? ¿O valiente acompañado?
Angie se aferró a mi brazo. No decía nada. Ni respiraba. Solo bajó la mirada, mientras su rostro ardía.
—Bueno… —dijo la señora— lo colgaré aquí. Por si la dueña quiere recogerlo al final.
Y lo dejó, como una bandera pirata, sobre el respaldo de la silla.
Nos fuimos poco después. En el ascensor no hablamos. Ya en la calle, Angie estalló en una carcajada.
—¡No puedo creerlo! ¡Tenía MI calzón en la mano!
—Y lo levantó como si fuera una ofrenda —dije, riendo—. Lo dejaste como souvenir.
—¿Y si alguien lo recoge? ¿Y si hacen pruebas de ADN?
—Que sepan que fue una noche perfecta.
Ella se detuvo. Me miró. Las luces del edificio se reflejaban en sus ojos.
—Gracias por cumplir mis fantasías, loco.
—Gracias por tenerlas, loca.
Y la besé. Riendo. Cansados. Culpables. Cómplices.
Caminamos por San Isidro en la madrugada, buscando un taxi, sabiendo que esa historia… nadie más la iba a contar.
