La Vecina de Enfrente: El Fin del Secreto y las Aventuras Salvajes
Era una noche, el aire aún cargado de ese frío invernal que te hace buscar calor en cuerpos ajenos. Carla y yo habíamos convertido nuestro vicio en rutina: folladas intensas en moteles, autos o mi garaje, siempre a escondidas de Laura. Esa noche, ella llegó a mi casa alrededor de las diez, vestida como una puta lista para ser devorada: falda de cuero negra corta que apenas cubría su culo firme, botas altas hasta los muslos que alargaban sus piernas bronceadas, y una blusa roja semitransparente sin sostén, tetas operadas rebotando con cada paso, pezones oscuros marcándose como invitaciones obscenas. Llevaba el pelo rubio suelto, labios pintados de rojo brillante, ojos azules llenos de lujuria.
Apenas entró, me empujó contra la puerta, mano bajando directo a mi bragueta. “Tengo el coño empapado todo el día pensando en tu verga gruesa. Fóllame ya, hazme gritar como una perra”. La besé duro, lengua entrelazada, saliva chorreando, mientras le bajaba la falda. No llevaba tanga: coño rasurado e hinchado, jugos ya goteando por sus muslos. La puse contra la pared del living, le abrí las piernas y la penetré de pie, embestidas salvajes que hacían que sus tetas rebotaran contra mi pecho. “Sí, cabrón, rómpeme el coño, lléname de leche caliente”, gemía ella, uñas clavadas en mi espalda.
Estábamos en pleno: ella de espaldas, culo en pompa, yo embistiéndola por atrás, bolas golpeando su clítoris, chapoteo sucio llenando la habitación. De repente, la puerta se abrió de golpe. Laura. Mi vecina, la intocable, entró sin llamar –tenía la costumbre de pasar por mi casa sin aviso para charlar o pedir ayuda laboral–. Vestía casual pero sexy: jeans ajustados que marcaban su culo tremendo y caderas anchas, una camiseta blanca ceñida que dejaba ver el encaje negro de su sostén push-up, tetas medianas empujadas hacia arriba, pelo castaño suelto, labios rosados curvados en shock inicial que se transformó en furia.
—¿Qué carajo? —gritó, ojos verdes ardiendo—. ¿Con Carla? ¿Mi amiga? ¿A escondidas, vecino de ******?
Carla se separó de mí, coño chorreando jugos por las piernas, falda arrugada en la cintura, tetas fuera. Intentó cubrirse, pero Laura la miró con desprecio. Yo me subí los jeans, polla aún dura y brillante de sus fluidos, balbuceando excusas.
—Laura, no es lo que piensas… —empecé.
—Cállate, traidor —siseó ella, acercándose, rostro enrojecido de rabia y algo más, quizás excitación reprimida—. Pensé que eras mi amigo platónico, mi confidente. Y te estás follando a mi amiga a mis espaldas. Bien, disfrútala. Pero desde hoy, no me hables más. No cruzaré la calle para contarte nada. Lo haré más rico y salvaje con varios, y nunca más te lo contaré. Te vas a quedar con las ganas de imaginar mi coño chorreando para otros.
Dio media vuelta y se fue, portazo resonando. Carla se vistió rápido, murmurando “lo siento, guapo, pero no quiero problemas con ella”. Esa fue la última vez que follamos. Laura cumplió: dejó de hablarme. Saludaba seco si nos cruzábamos, pero nada más. Los ruidos nocturnos seguían –gemidos sucios, golpes rítmicos–, pero ahora sin detalles verbales. Sin embargo, empecé a espiarla más: desde mi ventana, vi sus aventuras salvajes, ampliadas por mi imaginación y lo que podía oír o ver. Y una vez, los vi cerca en un auto, follando duro y salvaje como animales.
Aventura 1: El Trío con los Ejecutivos en su Casa (Principios de Marzo)
Una semana después del descubrimiento, vi llegar a dos hombres a su casa alrededor de las nueve: altos, enternados, trajes caros –uno moreno con barba, el otro rubio con gafas, ambos con relojes de lujo, probablemente colegas de su firma–. Laura abrió la puerta vestida para seducir: lencería negra de encaje transparente, sostén que apenas contenía sus tetas firmes, pezones rosados visibles, tanga diminuta que se perdía entre sus nalgas redondas, medias de red hasta los muslos, tacones rojos altos. Pelo suelto, labios pintados de rojo puta.
Entraron al living, luces tenues. Desde mi ventana con binoculares (sí, me había convertido en un voyeur obsesionado), vi cómo Laura se arrodilló entre ellos, desabrochando sus braguetas. Sacó dos pollas gruesas: la del moreno venosa y curva, la del rubio recta y larga. “Chúpenmela, putos. Quiero sus vergas en mi boca”, imaginé que decía, basada en sus historias pasadas. Alternaba: chupando profundo al moreno, garganta húmeda tragándose todo, saliva chorreando por sus bolas peludas, mientras masturbaba al rubio. Luego cambiaba, succionando fuerte, lengua girando alrededor de las cabezas hinchadas. Los tipos gemían, “sí, zorra, trágatelas hasta el fondo”.
La pusieron en el sofá: uno la penetró por el coño –embestidas salvajes, sus caderas anchas rebotando, jugos chorreando por las sábanas–, mientras el otro le follaba la boca, polla metida hasta las amígdalas. Laura gritaba amortiguado, “más duro, rómpanme como a una puta barata”. Cambiaron: doble penetración –uno en el coño, el otro en el culo, su cuerpo temblando entre ellos, tetas rebotando con cada embestida sincronizada. Oí sus gemidos a través de la ventana abierta: “Sí, llénenme los dos agujeros, chorreen semen caliente dentro de mí”. Vinieron dentro, semen rebalsando por su coño y culo, goteando por sus muslos claros mientras ella se corría gritando, clítoris frotado por sus propios dedos.
Se fueron a medianoche, Laura sola en la cama, tocándose el coño usado, gimiendo bajito como si supiera que la observaba.
Aventura 2: La Orgía en el Hotel con Clientes
Laura viajó por trabajo a un congreso en la ciudad vecina. La seguí en redes (había hackeado sutilmente su perfil privado para ver stories). Publicó fotos inocentes de la conferencia, vestida de ejecutiva: traje pantalón gris ceñido que marcaba su culo tremendo, blusa azul con escote sutil, tacones negros. Pero esa noche, en el hotel de lujo, invitó a tres clientes: hombres maduros, bien vestidos, con aires de millonarios.
Imaginé los detalles basados en lo que oí de sus llamadas previas (escuchaba desde el jardín): Llegó a la suite vestida con un vestido rojo escotado, tetas casi fuera, falda corta subiendo por sus muslos carnosos. Los recibió con champagne, luego se desnudó lento: sostén rojo cayendo, tetas libres, pezones duros; tanga bajada, coño hinchado expuesto. “Fóllenme como animales, putos. Quiero sus vergas en todos mis agujeros”.
Uno la puso de rodillas, follándole la boca salvaje, polla gruesa ahogándola, saliva chorreando por su barbilla. Los otros la lamían: uno el coño, lengua profunda en sus pliegues mojados, succionando el clítoris; el otro el culo, metiendo dedos en su ojete apretado. “Sí, laman mi coño chorreante, métanme la lengua hasta el fondo”, gemía ella.
La montaron en la cama: uno debajo, penetrándola el coño, embestidas desde abajo que hacían rebotar su culo; otro por atrás, rompiéndole el culo con empujones brutales; el tercero en la boca, follándola la garganta. Poses rotando: ella encima de uno, cabalgando polla en el coño, culo abierto para el segundo, boca succionando al tercero. Gemidos obscenos: “Más fuerte, llénenme de semen espeso, háganme chorrear como una puta”. Vinieron en cadena: coño, culo y boca llenos, semen goteando por su cuerpo claro, muslos temblando mientras ella se corría múltiples veces, chorros de jugo salpicando las sábanas.
Volvió al barrio al día siguiente, fresca como siempre, pero con un brillo en los ojos que decía “follé más salvaje que nunca”.
Aventura 3: El Gangbang en la Fiesta Privada
Una noche de sábado, vi un auto lujoso recogerla: vestida con un mini vestido plateado brillante, escote hasta el ombligo dejando ver sus tetas sin sostén, pezones rosados endurecidos por el frío, falda tan corta que al subir al auto se vio su tanga negra diminuta. Iba a una fiesta privada de altos ejecutivos.
Allí, según lo que imaginé de sus patrones: rodeada de cinco hombres, todos enternados y cachondos. Laura en el centro de la habitación, desnudándose: vestido al piso, cuerpo escultural expuesto, caderas anchas invitando. “Vengan, putos, úsenme como su puta personal”.
Se arrodilló en círculo, chupando vergas alternadamente: bocas profundas, gargantas tragando, saliva y pre-semen chorreando por su rostro. “Tráguenselas todas, zorra”, decían ellos. La levantaron, la pusieron en una mesa: uno follándola la pepa de misionero, embestidas que hacían temblar sus tetas; otros turnándose en su boca y manos. Luego, gangbang total: doble en coño y culo, vergas en boca, manos masturbando las restantes. Poses salvajes: ella suspendida entre dos, pichulas en coño y culo; otra en boca; nalgueadas rojas en su culo tremendo. Gemidos: “Sí, rómpanme, llénenme todos los agujeros de leche caliente y espesa”. Chorros de semen por todas partes: cara, tetas, coño, culo, muslos goteando mientras ella gritaba orgasmos múltiples, cuerpo convulsionando.
El Encuentro en el Auto: Follando Duro y Salvaje
Una tarde de abril, salí a caminar y los vi cerca del barrio, en un estacionamiento semi-oculto detrás de un supermercado. Laura en su auto con un tipo nuevo: moreno musculoso, camisa abierta mostrando pecho depilado. Ella vestida de gym: leggings grises sudados pegados a su culo y coño, top deportivo empapado marcando tetas y pezones. Él la besaba duro, manos en sus tetas, pellizcando pezones.
Vi todo: ella se subió al asiento trasero, se bajó los leggings, coño expuesto chorreando. Él sacó su polla enorme, venosa. Laura se montó encima, cabalgando salvaje: culo rebotando, tetas fuera del top saltando, gemidos audibles “sí, cabrón, fóllame duro, rompe mi coño con esa verga gorda”. Movimientos frenéticos: arriba y abajo, caderas girando, jugos salpicando el asiento. Cambiaron: ella de cuatro en el asiento, culo en alto, él embistiéndola por atrás, nalgueadas resonando, “toma, puta, por ser tan ninfómana”. La folló el culo, ano apretado tragándose la polla, gritos de “más profundo, lléname el ojete de semen”. Explotó dentro, semen chorreando por sus muslos mientras ella se corría tocándose el clítoris.
Me escondí, masturbándome en las sombras, con el corazón roto pero la polla dura. Laura seguía intocable para mí, pero sus aventuras... joder, eran más salvajes que nunca.
La Vecina de Enfrente: El Trío Enfermo y el Giro Final
Era la madrugada, alrededor de las tres de la mañana, cuando mi teléfono vibró en la mesita de noche como un zumbido insistente. Estaba medio dormido, polla semi-dura de un sueño sucio con Laura y Carla turnándose para chupármela, cuando vi su nombre en la pantalla: Laura. No me había hablado en meses, desde esa noche en que nos pilló a Carla y a mí follando en mi casa. Contesté con voz ronca, corazón latiendo fuerte.
—Vecino... necesito verte. Ahora. Ven a casa. Es urgente —susurró ella, voz temblorosa pero cargada de algo caliente, como si estuviera tocándose mientras hablaba.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunté, ya levantándome, polla endureciéndose solo de oírla.
—Solo ven. Te espero... desnuda.
Colgó. Me vestí rápido: jeans viejos sin boxers debajo, camiseta gris ajustada que marcaba mi pecho, zapatillas sin calcetines. Crucé la calle en la oscuridad, el barrio silencioso como un cementerio, mi polla palpitando de anticipación. Toqué el timbre, y Laura abrió la puerta en segundos. Joder, qué visión. Vestida —o casi— con una bata de seda roja abierta por delante, dejando ver su lencería negra: sostén de encaje que empujaba sus tetas medianas hacia arriba, pezones rosados duros y visibles a través de la tela fina, tanga diminuta que se perdía entre sus caderas anchas y su culo tremendo, medias de red hasta los muslos carnosos, pies descalzos con uñas pintadas de rojo. Pelo castaño revuelto, labios hinchados como si hubiera estado besando a alguien, ojos verdes brillando con una mezcla de rabia y deseo enfermo.
—Pasa, traidor —dijo, tirando de mi camiseta para meterme dentro, cerrando la puerta con un portazo.
El living estaba tenue, velas encendidas, olor a perfume y sexo reciente. Y allí, en el sofá, estaba Carla. La rubia puta que había sido mi vicio secreto. Vestida similar: lencería roja fuego, sostén push-up que hacía que sus tetas operadas parecieran globos listos para explotar, pezones oscuros endurecidos marcándose, tanga empapada ya visiblemente mojada entre sus piernas largas, botas altas negras que gritaban "fóllame como una perra". Pelo rubio suelto, labios rosados curvados en una sonrisa maliciosa.
—¿Qué carajo? —murmuré, pinga dura como piedra al verlas juntas otra vez.
Laura se acercó, rozando sus tetas contra mi pecho, mano bajando a mi bragueta. “Te extrañé, vecino. Pero nos traicionaste. Ahora vamos a arreglarlo... los tres. Un trío enfermo, loco, para que nunca más quieras follar con otra”. Carla se levantó, caderas balanceándose, culo rebotando ligeramente, y se pegó a mi espalda, manos en mi cintura. “Sí, guapo. Vamos a follarte hasta que no puedas más. Pero con reglas”.
Me llevaron al dormitorio: cama king size con sábanas de seda negra arrugadas, espejos en las paredes para ver todo desde todos los ángulos. Laura me empujó a la cama, se subió encima mío a horcajadas, bata cayendo al piso, tetas casi fuera del sostén. “Primero, míranos de nuevo, pero esta vez te unís”. Carla se acercó, besando a Laura en la boca: beso profundo, lenguas sucias entrelazadas, saliva chorreando por sus barbillas. “Sí, puta, bésame mientras él mira”, gimió Carla, mano bajando al coño de Laura, rozando sobre la tanga negra. Laura arqueó la espalda, “tócame más, zorra, haz que mi coño chorree para él”.
Carla le bajó la tanga a Laura, coño rosado hinchado expuesto, jugos brillando en la luz de las velas. Se arrodilló entre sus muslos, lengua fuera, lamiendo lento el clítoris en círculos, luego succionando fuerte. Laura gemía mirando mis ojos, “mira cómo me lama la pepa, vecino. Su lengua está metida profundo, saboreando mis jugos calientes”. Yo me saqué la camiseta, jeans abajo, polla libre gruesa y venosa, masturbándome lento. Carla metió dos dedos en el coño de Laura, moviéndolos rápido, chapoteo obsceno, “qué mojada estás, perra. Tu concha chupa mis dedos como una puta hambrienta”.
Cambiamos: Carla se recostó en la cama, botas altas aún puestas, tanga roja bajada, coño rasurado chorreando. Laura se colocó encima en 69, coño en la cara de Carla, lengua lamiéndole el clítoris mientras Carla le devolvía el favor, ano y coño alternados. “Sí, lame mi ojete, puta, méteme la lengua hasta el fondo mientras te chupo el clítoris hinchado”, gritaba Laura. Movimientos sincronizados: caderas girando, tetas rebotando, jugos salpicando sus rostros. Vinieron gritando: Laura primero, cuerpo temblando, “me corro en tu boca, zorra”; Carla después, chorros de jugo mojando las sábanas.
Ahora me tocaba. Laura se acercó gateando, tetas colgando, y me chupó la polla profunda, garganta húmeda tragándose todo. “Qué verga rica, vecino. Te la voy a ordeñar hasta que me llenes la boca”. Carla se unió, lamiendo mis bolas peludas, succionando fuerte mientras Laura chupaba la cabeza. “Compartámosla, puta. Quiero su leche salada en mi lengua”. Alternaban: Laura tragando profundo, Carla lamiendo el tronco, saliva chorreando por mis bolas.
Las puse a las dos de cuatro en la cama, culos en alto lado a lado. Penetré a Laura primero: coño apretado y caliente, embestidas salvajes desde atrás, bolas golpeando su clítoris. “Sí, fóllame duro, vecino, rompe mi coño con esa verga gorda”, gritaba ella, empujando hacia atrás, culo tremendo rebotando. Carla se masturbaba mirando, “dale, cabrón, hazla gritar mientras me toco el coño mojado”. Cambié a Carla: su coño más apretado, embestidas brutales, nalgueadas rojas en su culo. “Más fuerte, rómpeme, lléname como a una perra en celo”, gemía ella.
Poses locas: Laura encima mío, cabalgando polla en el coño, culo rebotando, tetas en mi cara para chupar pezones duros; Carla sentada en mi boca, coño frotándose contra mi lengua, “chúpame el clítoris, vecino, lame mis jugos mientras ella te monta”. Movimientos frenéticos: Laura subiendo y bajando rápido, coño chorreando por mi polla; Carla girando caderas, jugos mojando mi barba. “Somos tus putas, vecino. Fóllanos enfermo”, decían.
Doble penetración: Carla debajo, polla en su coño; Laura encima, sentándose en mi cara mientras Carla me cabalgaba. Luego, anal: Laura de espaldas, culo virgen para mí esa noche, escupí en su ojete rosado, lo abrí con dedos, penetré lento. “Joder, duele rico, métemela toda, rompe mi culo”, gritaba. Carla lamiéndole el coño mientras yo embestía, “sí, puta, siente su verga en tu ojete mientras te chupo”.
Gemidos constantes: “Más profundo, cabrón”; “Lléname de semen espeso”; “Somos adictas a tu polla”. Vinimos en cadena: yo explotando en el culo de Laura, semen chorreando por sus muslos; ellas corriéndose tocándose mutuamente.
Jadeantes, sudados, en la cama, pactamos. Laura se acurrucó en mi pecho, Carla al otro lado. “No más traiciones”, dijo Laura, mano en mi polla flácida. “Código: solo los tres. No follamos con otros. Si rompemos, se acaba todo”. Carla asintió, besándome el cuello. “Sí, guapo. Solo nosotros. Tu verga es nuestra, nuestros coños son tuyos. Pacto enfermo: trío eterno, salvaje, sin outsiders”.
Asentí, excitado por la exclusividad. “Pacto sellado. Solo follamos locos entre nosotros”.
Pero el giro vino al amanecer. Mientras dormíamos entrelazados, el teléfono de Laura vibró. Lo miré somnoliento: un mensaje de un número desconocido: “Anoche fue épico con esos cinco. ¿Repetimos pronto? Tu coño sigue chorreando mi semen”. Laura se despertó, vio que lo leí, y sonrió fría. “El pacto era para ti, vecino. Nosotras... jugamos diferente”. Carla rio, besándola. “Sí, guapo. Te usamos para reconciliarnos. Ahora vete. El trío fue una vez... y nunca más”. Me echaron, desnudo y confundido, cruzando la calle con el corazón roto y la polla traicionada. El pacto era una mentira; ellas seguían sus aventuras, juntas o separadas, y yo quedé fuera para siempre.