La señora de enfrente

Había llegado pero no sabía como entrarle, hasta que se me ocurrió una cosa.

Aprovechando que llegó una prima con su madre y se iban a Cancún, solo estarían un día, una cosa iría con la otra. Le dije para que le pidiera información y su impresora a la vecina nueva. Tenía algunos datos pero si lanzo a la ovejita, sería mejor. Mi primita de 22 añitos, apenas a comido, pero esa cuca y culo pide a gritos romperla. A bajado varios kilos, le da duro a los fierros y hasta no se le nota la panza. La vi con ese triangulito marcado abajo y se me vino la leche por los ojos, la halague y para barajarla lo hice con mi tía. Me dio gana de decirle llévenme a ese pinche viaje, aunque sea de maleta, por lo menos de huele pedos. Que buenas cachas, ni modo no me ve como para pecar.

El otro plan si fue funcionando. La vecina una bien despachada cajacha, la ayudó, al día siguiente me lo dejó todo en bandeja, muy temprano fui a verla para imprimir unos documentos, estuve con mi prima y ella no sospechó. En un momento las dos se quedaron de espaldas y comparaba, de tin marin de do pingue, quien tiene la cacha mas grande y lista para sufrir. Ese aroma de la nueva del edificio es empalagador, hace agua a la boca. Me fui con ese pensamiento y esperando ella toque a mi puerta.

Me puse a escuchar jazz clásico, un trago maso ficho y algo en mi mente cochambrosa sabía que ella vendría. Dos días después me toca, me dice y tu primita. Ya se fue, viene en una semana, que pena. Pero quédate, te invito un licor, no gracias, solo vine por ella, me arrochó, me tenía en sus manos.

Se fue, yo seguí aguardando. Ya tocará con otras intenciones.

Esa noche casi no dormí, entre elaborar tareas y asesorar a un par de personas, se me pasó el tiempo con tantas ideas y bosquejos. La siguiente noche, estuve con la música y otros brebajes y dejé la puerta abierta, mi nuevo cachorro roncaba y en eso la veo pasar, estaba de vestido rojo elegante, pero se notaba que venía en tragos, le dije, vecina que lindo verla, sus ojos estaban algo en blanco, la boca manchada, si no fuera porque no olía a sexo, diría esta cogió y bien.

Se ríe, apenas camina, y entra al palacio de la lujuria. Tomamos, bailamos, siento sus pechos grandes, le muerdo la oreja, la hago sentir mi verga y ese blues se apodera de nuestros cuerpos. Que demonio para moverse, jalar la verga, tragar leche y sobre todo en los revolcones. No me esperaba su aguante y como se venía..................

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Magníficos relatos/ experiencias cofrade. Y las fotos están una mejor que la otra
 
De largo aliento y duración

Nena, ¿Puedo Abrazarte?

Lo siento
¿Es todo lo que no puedes decir?
Años pasados y todavía
Las palabras no llegan fácilmente
Lo siento mucho
Lo siento mucho
Perdóname
¿Es todo lo que no puedes decir?
Años pasados y todavía
Las palabras no llegan fácilmente
Como perdóname
Perdóname
Pero puedes decir: Cariño
Nena, ¿puedo abrazarte esta noche?
Tal vez si te dijera las palabras correctas
En el momento adecuado
Serías mía
Te amo
¿Es todo lo que no puedes decir?
Años pasados y todavía
Las palabras no llegan fácilmente
Como si te amo
Te amo
Pero puedes decir
Nena, ¿puedo abrazarte esta noche?
Tal vez si te dijera las palabras correctas
En el momento adecuado
Serías mía
Nena, ¿puedo abrazarte esta noche?
Tal vez si te dijera las palabras correctas
En el momento adecuado
Serías mía
Serías mía
Serías mía..................

Veníamos de una larga pausa, rabia de ella, error mío, en concreto 0 conversa y menos acción, apelando a mi creación y a este 14 de febrero, pude convencerla de salir, de que me escuchara, sería un día largo y si después de eso no aceptaba nada, me iba. Tenía dudas, miedos, algo de electrohouse y la lluvia de ideas se iba concentrando en pocas claras y precisas. Comida en un emblemático restaurante en la playa, caro, quizás no lo ameritaba pero yo si, luego de poco entendimiento y mas silencios largos, casi eternos en esos labios que deseaba a morir volver a comerlos, salimos a caminar. Por un momento parecía que todo era nuestro, ni la brisa inquietaba, no había pasos, ni huellas, ni la naturaleza impedía que nos acercáramos. Comenzamos con chelas, sentados, luego echados, y caminando pasamos al vino. Y de pronto le puse una canción, No fui tan cursi pero si sincera, seamos amigos, seguro?, me pregunta, si, ya no habrá amor, ni sexo, nada de eso, acostumbremos a nuestros cuerpos y pieles. Podrás verme con otro?, ella daba en la llaga, a todo dije que si, solo necesitaba su palabra, su aliento, le reiteré perdón, en si, no sabía porque tenía que hacerlo, es que ella es así, de la nada se va, y con esa fuerza e ímpetu, vuelve.

La vi casi levitar, el alcohol hacía efecto en mi, no se como me estaba embriagando, la veía, saltar, hacer figuras en la arena, en el agua y juraría que hasta en el mar. La ropa apoyaba eso, se le notó su hilo, volví a la vida, la toqué, ella empezo su show, niña, mujer madura, de nuevo infante, prohibida, pecaminosa y arriesgando todo. Y si yo estoy contigo, tu dejarías a todas?, no respondí, entonces, seremos lo que tengamos que ser sin ataduras ni peros y menos porqués, te parece?. Silencio, busqué una música instrumental distinta y que me abrace. Seguí bebiendo y me llevó a bañarme desnudo, retire toda envoltura y ella gritando que haces loco, no respondí. Algo me obligaba a hacer eso, ya de regreso todo fue razonado y pensado.

Casi a dos pasos de salir de la arena me besa y fue un impacto necesario, me aceleré mas que con el licor, me faltó la respiración. Besos extrensos, babeando, imagenes de amores ochenteros me invadían, me gobernaban, ella se entretenía mas con tocarme y apretarme la verga que con rozar mi lengua, yo estaba a punto de hacerlo cuando alguien grito y mató todo.

Para evitar contratiempos, nos fuimos a un hotel, lejos de ubicación, cercano en mis pensamientos y sentimientos. No hubo pausas, de inmediato se puso en 4 y nos quedamos así, cuanta fuerza desplegué, le escupía y siempre caía en su ano, mientras le apretaba las nalgas y la giraba cada cierto tiempo para devorar su lengua, ella fue gritando y gimiendo, a veces una mas que otra hasta que dijo no mas, me corro, muero amorrrrrrrrrrrrrrr. Tranquilidad para dos cuerpos ardientes que no tenían paz. Me bañé, luego ella, salimos y le dije, ya me perdonaste?, el hecho de coger no significa nada, gracias pero estas en evaluación..................

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Su amiga en una misa

Regresaba del mercado, me encontré con la doña y me dice si la puedo acompañar a una misa por el primer mes de fallecido del padre de su mejor amiga, claro, le respondí. Llegó el momento, tuve algo de flojera y casi no me cambie, camisa y jean. Ya en el lugar que nos costó llegar porque cerca había un concierto masivo y no había pase, luego de tantas peripecias llegamos al lugar. Se encontró con familia antigua, a mi me miraron feo, como no me conocen. Estuve perenne en la misa, pero sapeando, mi diablito miraba algún buen derriere que me llene los ojos. Ya en la comilona, se olvidaron de todo y hasta celebraron el cumple de una de las hijas del finadito. Me fui acercando y conociendo mas de la familia de mi amiga. Había de todo, viejas lloronas, otras chismosas y una que se me lanzaba pero ya estaba muy pasita.

Se me perdió la tía, luego la vi en ajetreos que creo que se dio un festín pero me dio igual porque yo también campeonaría.

En eso una flaca me llama esta con una gentita, te veo solo, ven para que no te aburras me dice, me invita un fallo y comenzó a circular una botella de vino que luego se multiplicó como la decena de personas que me rodearon. La jarana se estaba poniendo a full. Le timbre y envié mensaje a mi compañera pero nada. Me dice la fulana que me invitó a la tomadera si deseo me deja en mi casa, ya le contesté. Pensé que iríamos los dos, pero se subieron 3 flacas mas y un pata medio @Pepe Pino, de dudosa procedencia. Yo estaba en silencio, aburrido y olvidado de la doña. Ella apenas me contó de su vida, le calculo unos 50 años, morena, flaca, feita pero algo culona y mas tetona. Entradora, trabaja para el Estado y está sola hace tiempo según ella, sin hijos y le encanta viajar, tanto es así que me ingresó a un grupo de RRSS que se dedican a eso.

Cuando dejó a todos, me dice, ven, siéntate a mi lado no muerdo. Me rei y la quedé mirando, quizás era el trago pero me mandé y le bese en la nuca, espera bebe ya llegamos a mi casa. Quería pija a morir. Le seguí insistiendo y ella se paró en una calle poco trajinada, se agachó y me dio una mamada que de recordarlo se levanta el ñaño.

Se me salieron varias gotas y ella me dijo estas apuradito nene. Luego de unos minutos llegamos a su casa. Vieja y grande como ella. Subimos unas escaleras y no dejé que hablara. Duro y parejo y se tomó hasta la última gota que mis porongos brindaron...........

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uhmmmm buen relato cofrade maestro, como dice el dicho gallina vieja da buen caldo, y sobre todo con una buena yuca jajajajajaaja saludos.
 
Gracias apreciado Gyspiman, se ama a las veteranas y mas si vienen en falda. Facer o que. Valeu, falou. Buen día y que siga el checa.
 
Excelentes relatos a los que nos tiene acostumbrados cofrade gringo doido, por supuesto, excelentes fotos.
 
Gracias apreciado Potólogo. Cuantas féminas habremos visto los que pasamos la base 4 ( las épocas de barrio de los 80s), una mas tubona, sensual, sagirona que otra. Valeu, falou.
 
No era la señora, pero un tiempo se mudó una chibola

Era seria, eso quería hacer creer a toda la pipol en el condominio, delgada pero con algo de trasero, ya en confianza con su gente se dejaba llevar. Algunas veces la encontraba en la bodega mas cerca de casa, risueña, un par de esas veces le rocé su culito, no quise, se dio por el poco espacio para pasar. De allí en adelante me sonreía, pero tenía flaco o algunos que la asediaban. Eso si, mujer de carácter, de unos 25 años, trabajadora, en alguna rara vez chocábamos ambos paseando a nuestros perros, el suyo jamás pasó a los míos. Cuando eso sucedía, ni me miraba.

Ya con unos meses habituada a todo, una noche conversamos, nada profundo, sus pensamientos era su vida profesional. Yo atinaba, era monosílabo hasta que ella me dijo, tengo sed, quiero una cerveza helada. La acompañé, caminamos largo, casi 30 cuadras y fue fluyendo todo.

Cada vez que podía le veía el trasero, pese a que usaba ropa ancha, se le notaba que iba creciendo, como sus dudas, su personalidad y sus miedos.

Lo mas rico estaba por suceder, una tarde la vi en ropa interior limpiando, pensé que estaba soñando, se le veía pechos chicos pero paraditos y se le marcaba la cuca en forma de V, me emocioné como joven pajero, como cuando iniciaba con los dedos de furia. No se si dio cuenta, yo me enfocaba en su cuerpo. Fueron unos minutos y desapareció. Ya al día siguiente no supe como encararla, decirle o reaccionar. No fue fácil y tampoco la vi seguido, creo que pasaron muchas semanas y justo luego de un rico saludo con beso en el cachete, la vuelvo a ver pero de noche, de espaldas, estaba húmedas, estaba agitada, bailaba con sus auriculares, yo me dispuse a meterme una a su nombre.

Luego de estos episodios, le invitaba a salir, fui evidente, ansioso, la cagué, se dio cuenta o algo así y no supe de ella.

Pasaron un par de meses, la volví a encontrar en la bodega y me dijo, estuve de viaje, charlamos unos minutos y se fue educadamente. A la noche siguiente de nuevo, si, la vi pero en hilo, palammmmmmmmmmmmmmmm. Fue un deleite, me enloquecí tanto que fui a su casa, le toqué, no sabía como inventar una historia, ella salió en short bien apretado, este, necesito decirte algo pero no se si aquí, sorry me respondió, estoy full, si me ayudas, te escucho. Ok, le contesté.

Ya apoyándola a limpiar, se me fueron los argumentos. Luego me invita sangría, estuvimos buen rato y entre sonrisas y miradas, nos besamos, luego me dice, así te pones cuando me ves en ropa interior?....................

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interesante los relatos
 
☕ Capítulo 1: Doña Clarita

Piura, 1986
. En el barrio “El Molino”, todos sabían cuándo llegaba alguien nuevo… ¡porque doña Clarita lo descubría antes que nadie!

Era febrero, y el aire cargado de calor y promesas políticas se sentía espeso. La noticia del momento no era solo que el gobierno había cambiado la moneda de Sol a Inti—la gente bromeaba que, con tanta inflación, pronto necesitarían carretillas para llevar los billetes—, sino que el maestro jubilado, don Ramiro, recién llegado de Lima, se había mudado frente a la casa de Clarita. Ay Clarita, rica charapita o eso parecía, verla andar con licra, bien metida, ese calzoncito que luego olería…………….

Ramiro llegó en un camión destartalado, lleno de cajas de libros (la mayoría de autores que ya nadie leía, un lujo en medio de la crisis de papel) y con un rostro que, más que por el viaje, denotaba la zozobra económica. Piel blanca y modales tímidos, era el perfecto contraste con Clarita, una mujer de unos 38 años, piel canela, sonrisa traviesa 😏 y una mirada que podía hacer sudar hasta al heladero de la esquina. Y miradas van y vienen y ese hueco que te conviene…………………

Mientras Ramiro descargaba un viejo tocadiscos, Clarita, entre cortina y cortina, no paraba de mirar. El barrio, pendiente de si el gobierno mantendría congelados los precios de la leche, pan y demás viveres; decidió de inmediato concentrar su atención en lo verdaderamente urgente: el juego de miradas de los nuevos vecinos. Eso era, algo que necesitaba, le daba rubor pero a la vez, insistía que mas miradas, mejor me siento……………

—¡Ya verán, este limeño trae el Inti bajo el brazo, pero Clarita le va a cambiar la moneda! —comentó la tía Nena, ajustándose el pareo, mientras el barrio ya estaba haciendo sus apuestas sobre cuándo caería el primer Inti de amor. 💬🪞👀.


☕ Capítulo 2: El saludo mañanero y la escasez del aceite

La vida en "El Molino" se regía por el chismorreo y la lucha diaria contra la inflación. Cada mañana, Clarita salía a barrer la vereda con una blusa ajustada “sin querer queriendo” 😇, su falda floreada ondeando. Pero ese día, la conversación tenía que ver con algo más que el clima: la escasez de aceite de cocina y el alza en el precio de la gasolina, a pesar de las promesas oficiales de control. Un transeúnte decía: “ Alimentos faltan, pero pajas, no, miren a esa que va por allí ( Clarita) y como la mueve, ayyyyyyy Diosito como no ser su calzoncito para estar pegadito a su culito”.

—¡Buenos días, vecinito! 🌞—dijo Clarita, mientras hacía que se le cayera el recogedor justo al pie de Ramiro.

Ramiro, que venía del mercado con una bolsa de Intis arrugados y solo medio kilo de azúcar, nervioso, apenas atinaba a responder con un “¡Buenos días, doña Clarita!” y una sonrisa torpe 😅.

—¿Y usted, tan temprano, mi buen maestro? ¿Buscando el milagro? —inquirió ella, pícara.

—El milagro de encontrar aceite, doña Clarita. Dicen que ya ni con dólar MUC se consigue—respondió Ramiro, refiriéndose al tipo de cambio preferencial que era el terror de los importadores y la esperanza de los consumidores.

Las hermanas Querevalú, siempre atentas, se acercaron. —Doña Clarita, ya sabe usted que el aburrimiento es como el dólar: ¡siempre sube! Y a Ramiro le urge limpiar el suyo—dijo una.

Mientras la gente hacía cola en la panadería, Clarita barría y barría, pensando que limpiar su aburrimiento y la crisis económica del país requería de una estrategia mucho más contundente que un subsidio estatal 😜. Vestía una licra color ladrillo, algo desteñida, no sucia, porque era bien pulcra, si de pocas ideas, pero pícara como solo ella, con solo mirarte te ponía en pindinga y esos labios tan sensuales como la lengua que inspiraba a seguirla de cerca…………


🎶 Capítulo 3: El apagón del sábado y los suspiros sin noticiero

En 1986, los apagones en provincias eran una molestia recurrente, a veces por la precariedad de la red, otras veces por el eco de los atentados subversivos lejos de la calurosa Piura. Esa noche, el barrio se quedó a oscuras ⚡.

Los radios a pilas, los únicos que resistían al corte eléctrico, sonaban con las cumbias viejas de Armonía 10 y, en los noticieros que se colaban, el anuncio constante de la prórroga del Estado de Emergencia en Lima y Callao. Las velas daban sombras juguetonas 🕯️💃.

Clarita aprovechó el ambiente, pensó en el viejo dicho peruano: “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Cruzó la pista con una jarrita de limonada:

—Vecino, ¿quiere un poquito? Está heladita. Con este calor, y sin luz... ya ni se puede escuchar las noticias sobre la deuda externa 🍋😉. Y se preguntaba en silencio. ¿El sexo no puede estar lejos de la coyuntura, sino como se hace?

Ramiro, quien estaba terminando de leer un editorial sobre el proteccionismo económico, aceptó encantado. Entre risas y anécdotas, el maestro le habló de la vida en Lima, y Clarita le contó de la picaresca piurana para sortear las colas y conseguir leche.

Hablaron de la inflación, de los sueños rotos y de la esperanza que aún quedaba en el país, como si sus manos, que por poco se tocaban, pudieran arreglar el déficit fiscal. Hasta que una vela se apagó… y solo quedaron los suspiros, las risas bajitas y un “ay, Ramiro… ya no hablemos de política”, que se perdió entre grillos y palmeras 🌴💞. Ambos sin decir más, esperaban por fin juntarse, tenerse, olerse, ella ser penetrada, él, dejar su gotita en esa sabrosa puchita……………


🪗 Capítulo 4: El rumor del barrio y la confianza en el Inti

Al día siguiente, todo El Molino ya sabía que “la señora de enfrente” había pasado la noche conversando con el profesor. La noticia corrió más rápido que la devaluación del Inti.

Las comadres inventaban más que los noticieros, que a menudo eran acusados de censura selectiva por parte del gobierno:

—Dicen que le cantó “Cariñito” al oído... ¡y que le prometió que su amor no se devaluaría como la moneda! 🎵

—¡Y que le preparó arroz con leche con su toque secreto para que se olvide de la crisis! 🍚😆

Ramiro, el maestro, intentaba dar clases particulares de matemáticas para redondear su magro sueldo de jubilado (que el Estado apenas pagaba a tiempo), mientras Clarita, con su abanico y su sonrisa pícara, lo observaba. La gente del barrio bromeaba que él, que venía a enseñar a los niños la tabla de multiplicar, había aprendido la lección más importante con la vecina: que el mayor capital de un hombre es la confianza, aunque sea tan volátil como la economía nacional.

Clarita no confirmaba ni negaba nada. Solo decía: “El que nada debe, nada teme… y el que confía en el Inti, ya perdió”. Mientras le guiñaba el ojo a Ramiro desde la ventana, él supo que, si bien la situación del país era incierta, la economía de su corazón ya estaba totalmente controlada por la señora de enfrente 💅💫.

De allí en adelante, comenzó la cacería, el jolgorio, ella con la licra del día, esta vez negra para no dejar sospechas, un polo apretado, dejando presentes a sus senos ni grandes, ni chicos. Se fue a la plaza principal, se encontró con Don Ramiro, se hicieron los desatendidos, se miraron y no pasó más, dieron media vuelta, entraron al lugar del pecado. Ya cuando estuvieron frente a frente sobre la cama, y el le baja la pantaloneta, sacando su calzoncito algo grande, le dice, ufffffffffffffff, que ricura, tanto tiempo soñando con esto. Ella no respondió, solo sentarse y empezar a hablar con el cuerpo. No tenían mucho tiempo, unas horas, pero suficiente. Buenos polvos, ambos muertos, se desafiaron y se comieron. Que maravilla lo que ellos tuvieron…………….


🕊️ Capítulo 5: La procesión, el desenlace y la Moral de Barrio

Llegó mayo, mes de la Virgen 🌹. El barrio entero, en un acto de fe y costumbre que contrastaba con la convulsión política y social del país, salió en procesión. Velas, rezos y flores, una calma pasajera y necesaria.

Clarita y Ramiro caminaban uno frente al otro, con sonrisas disimuladas. La fe en la Virgen y el amor en el aire eran las únicas cosas en Perú que parecían no haber sido tocadas por la inflación.

Cuando la imagen pasó, Clarita, a modo de ofrenda y de declaración, dejó caer una flor blanca a sus pies 🌼.

Ramiro la recogió, y el gesto, sencillo y público, fue el final del juego. Todos entendieron: Clarita se había hecho con el "activo fijo" del barrio.

Desde ese día, El Molino no volvió a ser igual: las comadres tenían tema eterno, el "dólar Clarita" estaba por las nubes, y la señora de enfrente… seguía barriendo cada mañana, más radiante que nunca. Había vencido al aburrimiento, a la crisis y a la soledad, con el arma más piurana de todas: la picaresca del coqueteo, demostrando que, en tiempos de escasez, un amor nuevo es el mejor subsidio ✨💃.

🎉 Epílogo: Moral de barrio

En Piura, los amores se huelen antes de declararse, Se tienen aun sin tocarse……….

las risas se oyen antes que el trueno 🌦️, Y si llega la luz, una nueva querida a plenitud………..

y los secretos... ¡nunca duran más de una semana! El barrio lo sabe: La mejor forma de sobrevivir a una crisis es con un buen chisme y una vecina guapa 😜💬. O una casera, una dama que hace, olvida y prosigue con esa mirada que lo dice todo.


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La Vecina de Enfrente: Un Deseo Contenido

Era finales de diciembre de 2024, dos días antes de Año Nuevo, cuando vi llegar el camión de mudanzas a la casa de enfrente. La calle estaba tranquila, como siempre en este barrio suburbano donde todos nos conocemos de vista, pero nadie mete las narices en los asuntos ajenos. Yo, con mis 45 años, divorciado y trabajando desde casa como consultor, pasaba mucho tiempo en la ventana del estudio, fingiendo revisar correos mientras observaba el mundo pasar. Ese día, el mundo trajo algo que me puso la polla dura desde el primer vistazo.

Bajó del taxi una mujer de unos 35 años, piel clara como porcelana, talla media –alrededor de 1.65 metros–, con un cuerpo que gritaba pecado. Caderas anchas que se balanceaban como una invitación al infierno cada vez que caminaba, culo tremendo, redondo y firme, del tipo que hace que un hombre imagine agarrarlo con ambas manos mientras embiste desde atrás. Piernas largas y tonificadas, no flacas sino carnosas, con muslos que se rozaban sutilmente al andar, prometiendo un coño cálido y apretado entre ellas. Rostro agradable: ojos verdes grandes, labios carnosos naturalmente rosados, pelo castaño liso hasta los hombros, con un aire de elegancia que contrastaba con lo puta que parecía su figura. Vestía jeans ajustados que marcaban cada curva de su culo, una blusa blanca ceñida que dejaba ver el encaje negro de su sostén empujando sus tetas medianas pero firmes, y tacones altos que hacían que su culo se elevara como un trofeo.

Los mudadores descargaban cajas: trajes formales –faldas lápiz, blazers entallados, blusas de seda–, zapatos de oficina con tacones asesinos, y luego pilas de ropa de gimnasio: leggings negros que se pegaban como una segunda piel, tops deportivos que apenas contenían tetas rebotantes, zapatillas Nike último modelo. Quien no la conociera pensaría que era una dama de compañía, una escort de lujo con ese cuerpo escultural y esa ropa que gritaba "fóllame en la oficina o en el gym". Pero pronto supe que no: era una alta ejecutiva, no de mando medio sino de las que dirigen juntas directivas, viajan en business class y cierran deals millonarios. Lo deduje por los documentos que vi en una caja abierta accidentalmente: tarjetas de visita con logos de multinacionales, un maletín de cuero con iniciales doradas.

Al principio, apenas nos hablaba. Saludaba con un "buenos días" seco si nos cruzábamos en la calle, pero nada más. Vivía sola en esa casa grande, con ventanales que daban directo a mi ventana. Yo la espiaba sin vergüenza: por las mañanas, salía vestida de ejecutiva impecable –falda negra ajustada hasta las rodillas, blusa roja con escote sutil que dejaba imaginar pezones duros bajo la tela, chaqueta a medida que acentuaba su cintura estrecha y caderas explosivas, medias negras transparentes que hacían que sus piernas parecieran interminables. Llevaba un bolso de diseñador y un café en la mano, caminando con ese contoneo que hacía que mi polla se removiera en los pantalones. Por las tardes, volvía del gym: leggings grises sudados que se pegaban a su culo mojado, top deportivo empapado marcando sus tetas con gotas de sudor corriendo por el escote, pelo recogido en una cola alta, rostro enrojecido como después de una buena follada.

Pero lo que me ponía realmente caliente eran las noches. Al mes de mudarse, empezaron a llegar hombres. No cualquiera: tipos bien enternados, de traje y corbata, con autos caros –BMW, Mercedes–, pelo peinado, relojes de oro. Ejecutivos como ella, o tal vez clientes, amantes casuales. Llegaban alrededor de las nueve, entraban por la puerta principal sin disimulo, y entonces empezaban los ruidos. Al principio sutiles: risas bajas, música suave. Pero luego, gemidos. Fuertes, desinhibidos. "Sí, ahí... más duro", oía a través de la ventana abierta en las noches cálidas. Golpes rítmicos contra la pared –ella de cuatro, imagino, culo en alto, recibiendo embestidas salvajes mientras sus tetas rebotaban–. Grititos ahogados que se convertían en aullidos: "Detóname la cuca, lléname de leche". Yo me masturbaba en la oscuridad de mi habitación, poronga en mano, imaginando su coño chorreando jugos, su culo temblando con cada penetración, sus piernas envueltas alrededor de un desconocido mientras le chupaban la verga hasta tragarse todo.

Era una ninfómana, estaba claro. Quién no quisiera a esa mujer: tremendo culo que pedía ser nalgueado hasta enrojecer, piernas que se abrían como una flor húmeda, piel clara que se sonrojaba con el calor del sexo. La veía salir al día siguiente, fresca como una rosa, vestida de nuevo en su armadura ejecutiva –pantalón de traje negro ceñido que marcaba el contorno de su tanga, blusa azul con botones que amenazaban con saltar sobre sus tetas–, como si nada hubiera pasado. Pero yo sabía: esa puta elegante follaba como una bestia, coño insaciable, boca experta en succionar pollas hasta dejarlas secas.

Pasaron meses así: yo observándola, fantaseando con enterrar mi cara entre sus muslos, lamer su clítoris hinchado mientras ella gemía "sí, vecino, chúpame el coño mojado". Pero nunca crucé la línea. Hasta que un día de julio de 2025, una tormenta fuerte azotó el barrio. Rayos, viento, lluvia torrencial. Su casa se quedó sin luz –vi las ventanas oscuras–, y la mía también, pero yo tenía un generador portátil. Golpearon a mi puerta: era ella, empapada bajo un paraguas roto. Vestía shorts de gym cortos que se pegaban a su culo mojado, dejando ver el contorno de su coño rasurado, y una camiseta blanca transparente por la lluvia, tetas libres sin sostén, pezones duros y rosados marcándose como invitaciones obscenas.

—Disculpa... vecino —dijo, voz temblorosa pero firme, como en una junta de accionistas—. Se me fue la luz y no tengo cómo cargar el teléfono. ¿Puedo usar tu electricidad un rato? Soy Laura, por cierto.

La dejé pasar, oliendo su perfume mezclado con lluvia y sudor. Mi polla se endureció al instante, imaginando arrancarle esos shorts y follarla contra la pared. Pero me contuve. Le ofrecí una toalla, café caliente. Nos sentamos en la cocina a oscuras, solo con velas. Hablamos: ella era VP de finanzas en una multinacional, viajaba mucho, odiaba el barrio por lo chismoso, pero lo elegía por la tranquilidad. Yo le conté de mi divorcio, mi trabajo remoto. Rió con mis chistes tontos, sus tetas rebotando bajo la camiseta húmeda.

—Eres simpático —dijo, cruzando las piernas, shorts subiendo, muslos carnosos expuestos—. Pensé que eras un mirón, siempre en la ventana.

Reí nervioso. "Si supieras cuántas pajas me he hecho viéndote culear con esos tipos", pensé, pero dije: —Solo admiro la vista.

Desde esa noche, empezó la amistad. Venía a veces por las tardes, después del gym: leggings negros sudados que marcaban su camel toe perfecto, top ajustado con escote que dejaba ver gotas de sudor corriendo entre sus tetas. Charlábamos en el porche: de trabajo, de libros, de películas. Yo la miraba fijamente, polla dura bajo la mesa, imaginando chuparle los pezones mientras ella se tocaba el coño. Pero nunca pasé a lo carnal. Ella hablaba de sus "citas" con un guiño: "Anoche vino un colega... me dejó exhausta", y yo asentía, fantaseando con los detalles sucios –ella de rodillas, chupando verga gruesa, saliva chorreando, luego montándolo, culo rebotando mientras gemía "dame más, lléname el coño de semen caliente".

Una vez, en agosto, vino con un vestido veraniego: tela ligera amarilla, escote en V que mostraba el valle entre sus tetas, falda corta que volaba con el viento dejando ver muslos suaves y el inicio de su culo. Se sentó en mi sofá, piernas abiertas lo justo para que viera su tanga blanca. "Hace calor, ¿no?", dijo, abanicándose, tetas moviéndose. Hablamos de todo: sus viajes, mis hobbies. Me contó de su ninfomanía en confianza: "Necesito sexo como el aire, pero no con cualquiera. Solo con hombres que me hagan sentir viva". Yo tragué saliva, palpitando, pero respondí: "Entiendo. La amistad es mejor sin complicaciones".

Y así fue. Nos hicimos amigos: salidas a caminar, cafés, consejos mutuos. Ella traía vino algunas noches, vestida casual –jeans rotos que marcaban su culo tremendo, blusas sueltas sin sostén, pezones visibles–. Los ruidos seguían: gemidos sucios de "fóllame más duro, rompe mi coño", pero ahora los oía con una mezcla de celos y excitación platónica. Nunca crucé la línea. Era mi amiga, mi fantasía contenida. Y en eso radicaba el erotismo: el deseo sucio, eterno, sin consumar.



La Vecina de Enfrente: Confidencias Calientes

Después de esa noche, Laura –así se llamaba mi vecina de enfrente– empezó a cruzar la calle con más frecuencia. Al principio, eran visitas cortas: "Vecino, ¿me prestás el wifi? El mío se cayó otra vez". Yo la dejaba entrar, oliendo su perfume floral mezclado con el sudor fresco de su piel clara, y terminábamos charlando en la cocina. Ella, siempre impecable incluso en lo casual –un día con leggings grises de gym que se pegaban a su culo tremendo como una segunda piel, marcando el contorno de su tanga negra y el leve bulto de su coño rasurado; otro con una falda plisada azul que subía por sus muslos carnosos cuando se sentaba, dejando ver medias de red que gritaban ejecutiva sexy–. Yo, luchando por no mirarle las tetas medianas pero firmes, que rebotaban sutilmente bajo blusas de seda sin sostén, pezones rosados marcándose cuando el aire acondicionado la ponía fría.

Poco a poco, las charlas se volvieron confidencias. Laura era una alta ejecutiva en una firma de consultoría financiera, VP de operaciones globales, de las que viajan a Nueva York o Londres para cerrar deals de millones. En el trabajo, tenía fama de intocable: "La reina de hielo", me contó una vez riendo, mientras se servía un vino tinto en mi living. Vestía ese día un traje pantalón negro entallado, el tipo que acentuaba sus caderas anchas y hacía que su culo pareciera una escultura lista para ser follada. "En la oficina, soy la perra dura que no deja pasar nada. Grito en las reuniones si un informe está mal, despido a idiotas sin pestañear. Nadie imagina que por las noches me abro de piernas como una puta barata". Sus ojos verdes brillaban al decirlo, labios carnosos curvados en una sonrisa maliciosa, pero cuando intenté rozarle la mano, se apartó con gracia. "No, vecino. Somos amigos. Nada de eso conmigo".

La apoyaba en sus temas laborales. Venía estresada después de un día largo, aún con su blazer gris sobre una blusa blanca que dejaba ver el encaje de su sostén push-up, tetas empujadas hacia arriba como ofrendas. "Hoy tuve una junta de ******", decía, sentándose en mi sofá con las piernas cruzadas, falda subiendo lo justo para mostrar el inicio de sus muslos suaves. Yo le daba consejos: cómo manejar equipos, negociar contratos. "Eres genial, vecino. Me salvas el culo... literal", bromeaba, pero nunca literal. A cambio, me invitaba: "Ven a cenar conmigo esta noche. Pago yo". Íbamos a restaurantes caros del centro, ella vestida de diosa –un vestido negro ajustado con escote en V que exponía el valle entre sus tetas, tacones rojos que alargaban sus piernas tonificadas–. Pagaba todo: "Es lo justo, por escucharme". Pero si intentaba un beso al despedirnos, negaba con la cabeza. "No, cariño. Amigos. Mi cuquita no es para ti".

Lo que me volvía loco eran sus historias. Me las contaba sin filtro, como si yo fuera su confesor personal, mientras bebíamos en mi porche o en su casa –un lugar minimalista con ventanales enormes, cama king size visible desde el living, donde imaginaba sus folladas salvajes–. "Anoche vino un tipo de la competencia", empezaba, recostada en mi sofá con shorts deportivos cortos que se metían entre sus nalgas redondas, dejando ver la piel clara de su culo. "Un ejecutivo casado, polla gruesa como un brazo. Llegó con su traje Armani, pero en cinco minutos lo tenía desnudo, de rodillas, lamiéndome el coño mientras yo le pisaba las bolas con el tacón. 'Chúpame más profundo, cerdo', le dije, y él obedecía, lengua metida hasta el fondo, saboreando mis jugos calientes que chorreaban por sus mejillas". Yo tragaba saliva, polla dura bajo los pantalones, imaginando su coño hinchado, rosado y mojado, pero ella seguía como si nada, cruzando las piernas para que el short se tensara sobre su monte de Venus.

Otra vez, después de un viaje laboral, vino directamente de la oficina: falda lápiz gris que abrazaba sus caderas anchas, blusa roja desabotonada lo suficiente para ver el borde de sus pezones duros por el frío. "En el hotel de París, me cogí al CEO de la filial europea", confesó con voz ronca, sirviéndose whisky. "Un francés con verga curva que me hizo gritar. Me puso contra la ventana, falda arriba, tanga a un lado, y me embistió por atrás mientras mirábamos la Torre Eiffel. 'Fóllame el culo, dale duro nene, dalo con todoooooooooo', le supliqué, y él me lo abrió con saliva, metiéndomela centímetro a centímetro hasta que sentí sus bolas golpeando mi coño chorreante. Me llenó de semen espeso, tanto que goteaba por mis muslos mientras bajaba al lobby para la reunión matutina". En el trabajo, nadie sospechaba: era la profesional impecable, fama de intachable, cerrando contratos con mano de hierro. "Allí soy la jefa que todos temen. Nadie sabe que mi papita palpita todo el día pensando en la próxima pichula".

Me contaba planes futuros con detalles que me ponían al borde: "Mañana viene un proveedor nuevo. Alto, musculoso, con fama de follador. Lo invitaré a casa después de la cena de negocios. Imagino ya: yo en lencería roja, tetas fuera, de rodillas chupándole la verga hasta que me ahogue con su leche salada. Luego me montará en la cama, piernas en alto, embistiéndome el coño hasta que chorree jugos por las sábanas". Vestía para contármelo un top de gym empapado en sudor, pezones marcándose como balas, shorts que se metían en su raja, oliendo a excitación fresca. Yo la escuchaba, polla palpitante, ofreciéndole más vino, pero si sugería algo –"Laura, déjame tocarte"–, negaba: "No, vecino. Te cuento para desahogarme, no para que cachemos. Mi cuerpo es para ellos, no para ti. Somos amigos puros".

La amistad creció así: yo su soporte emocional y laboral, ella mi fuente de erotismo verbal. Me invitaba a eventos corporativos –"Ven como mi acompañante platónico. Pago el traje"–, donde la veía en acción: vestido de gala negro con espalda descubierta, culo tremendo moviéndose al ritmo de sus tacones, coqueteando sutilmente con colegas mientras yo observaba desde afar. Después, en el auto de vuelta, me contaba lo sucio: "Ese VP de ventas me miró las tetas toda la noche. Mañana lo llamo a casa. Quiero que me lama el clítoris mientras le meto un dedo en el culo, luego que me folle de pie contra la pared, semen chorreando por mis piernas". Su fama laboral intacta: "En la firma, soy la intocable. Nadie imagina que por las noches soy una ninfómana que se abre para cualquier polla dura".

Una noche vino llorando por un deal fallido. Vestía pijama corto: pantaloncitos rosados que apenas cubrían su culo redondo, top suelto sin sostén, tetas rebotando con cada sollozo, pezones visibles. La consolé con abrazos castos, consejos laborales. "Gracias, vecino. Eres el único que me entiende sin querer metérmela". Al día siguiente, me invitó a un spa –"Pago yo, por ayudarme"–. Allí, en batas, vi su cuerpo semidesnudo: piel clara brillante de aceite, muslos carnosos, culo perfecto asomando. Pero nada carnal. Esa noche, me contó: "Para celebrar, llamé a dos tipos del gym. Uno me reventó la cuca mientras el otro me metía la verga en la boca. 'Trágatela toda, puta', decían, y yo obedecía, saliva chorreando, coño empapado. Terminaron llenándome: uno en la garganta, el otro en el culo, semen caliente goteando por todas partes". Yo me masturbaba después, solo, recordando sus palabras.

Así siguió: invitaciones a viajes cortos –"Ven a la playa, habitación separada, pago todo"–, donde la veía en bikini mínimo, tetas casi fuera, culo mojado por el mar, contando "Anoche en el hotel me cogí al bartender. Polla enorme, me puso de cuatro en el baño, embistiéndome mientras me nalgueaba hasta enrojecer el culo". En el trabajo, su reputación impecable crecía: ascensos, premios. "Soy la ejecutiva modelo. Nadie sabe que mi coño es un pozo sin fondo de deseo sucio".

Nuestra amistad era un tormento erótico: yo su confidente, ella mi musa platónica. Nunca crucé la línea, pero sus historias me mantenían despierto, esperando algún día yo ser parte de ese culo de ensueño.

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La Vecina de Enfrente: El Límite del Deseo

Era una noche de noviembre de 2025, fresca pero cargada de electricidad, como si el aire supiera que algo sucio estaba por pasar. Laura me había invitado a su departamento por primera vez "de verdad", no solo para charlar en el porche o en mi casa. Dijo que necesitaba "desahogarse" después de una semana laboral infernal. Llegué con una botella de vino tinto caro que había comprado para impresionarla, vestido casual: jeans oscuros ajustados que marcaban mi polla semi-dura de anticipación, camisa blanca desabotonada en los primeros botones, mostrando un poco de pecho tonificado. Ella abrió la puerta con una sonrisa pícara, vestida para matar: un vestido negro de satén corto que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, escote profundo que dejaba ver el valle entre sus tetas medianas y firmes, pezones duros marcándose sutilmente bajo la tela fina sin sostén. El vestido era tan corto que al moverse se subía por sus muslos carnosos, revelando el inicio de sus piernas tonificadas y el borde de unas medias negras de encaje. Pelo suelto, labios pintados de rojo oscuro, ojos verdes maquillados que decían "mírame, pero no me toques... todavía".

—Pasa, vecino —dijo con esa voz ronca de ejecutiva que sabe mandar—. Qué bueno que trajiste vino. Hoy necesito emborracharme un poco.

Nos sentamos en su sofá de cuero blanco, grande y mullido, con vistas a la ciudad a través de los ventanales. El departamento era minimalista: luces tenues, una cama king size visible en el dormitorio adyacente, sábanas de seda arrugadas como si hubiera follado ahí hace horas. Abrimos el vino, brindamos. Hablamos de su trabajo: un deal que había cerrado esa tarde, despidiendo a un subordinado por ineficiente. "Soy una perra en la oficina", rio, cruzando las piernas, el vestido subiendo lo suficiente para mostrar el encaje de su tanga negra diminuta, el contorno de su coño rasurado asomando tentador. Yo tragaba saliva, polla endureciéndose, pero mantenía la compostura.

Después del segundo vaso, el tono cambió. Se inclinó hacia mí, tetas rebotando ligeramente, aliento cálido a vino en mi oreja.

—Vecino... ¿sabes qué me parecería excitante? —susurró, su mano rozando mi rodilla por un segundo—. Que participes en un trío conmigo. Imagina: yo, tú y otra mujer. O un hombre. Tú metiéndotela en mi coño mientras yo lamo otro... sería sucio, caliente.

Mi pinga saltó en los jeans. La miré, imaginando su culo tremendo rebotando mientras la embestía.

—Puede ser —respondí, voz ronca—. Pero no quiero que participes activamente. Quiero que veas. Que te sientes ahí, tocándote el coño mojado mientras yo follo a la otra. Que seas mi voyeur sucio, gimiendo de celos y deseo sin tocarme.

Ella se rio, mordiéndose el labio inferior, pezones endureciéndose visiblemente bajo el satén.

—Veremos, vecino. Me encanta la idea de verte follar... pero yo decido las reglas. Mi coño es mío para elegir quién lo toca.

Esa noche no pasó nada más. Nos besamos en la mejilla al despedirnos, pero su aroma –perfume mezclado con excitación– me dejó masturbándome furiosamente en casa, imaginando su coño chorreando mientras me veía follar.

Después de eso, la veía con más deseo que nunca. Cada mañana, cuando salía vestida de ejecutiva –falda lápiz gris ceñida que marcaba su culo redondo, blusa blanca con botones tensos sobre sus tetas, tacones altos que hacían clic-clac en la acera–, me saludaba con un guiño que decía "pronto". Por las tardes, del gym: leggings negros sudados pegados a sus muslos, top deportivo empapado que dejaba ver gotas de sudor corriendo entre sus tetas, pezones duros como piedras. Los ruidos nocturnos seguían: gemidos sucios de "sí, métemela más profundo, rompe mi culo", pero ahora los oía con un fuego nuevo, polla en mano, deseando ser yo el que la llenara de semen.

Pasaron unos días. Una tarde, mientras la ayudaba con un informe laboral en mi casa –ella sentada frente a mí en shorts vaqueros cortos que se metían en su raja, dejando ver la piel clara de sus nalgas, y una camiseta suelta sin sostén, tetas moviéndose con cada tecleo–, levantó la vista y dijo:

—Vecino, te voy a poner en práctica. Ese trío... lo voy a organizar. Prepárate para ver y ser visto. Mi coño palpita solo de pensarlo.

Reí nervioso, polla endureciéndose bajo la mesa.

—¿Cuándo? Quiero verte tocarte mientras yo follo a la otra, zorra.

—Paciencia —susurró, cruzando las piernas, shorts tensándose sobre su coño—. Un mes. Te invito a casa. Traeré a una amiga guapa, un poco menor que yo. Tú miras primero... y veremos si tocas.

Un mes después, me mandó un mensaje: "Ven a las 9. Trae vino. Y prepárate para lo sucio". Llegué puntual, corazón latiendo fuerte. Abrí la puerta y allí estaba Laura, vestida como una diosa puta: lencería roja de encaje transparente, sostén push-up que empujaba sus tetas hacia arriba, pezones rosados visibles a través de la tela, tanga diminuta que apenas cubría su coño hinchado, medias de red hasta los muslos, tacones negros altos que alargaban sus piernas carnosas. Pelo suelto, labios rojos, ojos ahumados.

—Bienvenido, vecino —dijo, besándome en la mejilla, su tetas rozando mi pecho—. Ella ya está aquí. Mi amiga Carla. 32 años, guapa, un poco menor que yo. Cuerpo de modelo: rubia teñida, tetas grandes operadas, culo firme, piernas largas.

Entré al living. Carla estaba en el sofá, vestida similar: lencería negra, sostén que dejaba ver sus pezones oscuros duros, tanga empapada ya, medias de encaje. Pelo rubio largo, labios carnosos pintados de rosa, ojos azules llenos de lujuria.

—Hola, guapo —dijo Carla, levantándose, caderas balanceándose, culo rebotando ligeramente—. Laura me contó de ti. Vamos a divertirnos.

Laura sirvió vino, nos sentamos. La tensión era palpable. Después del primer trago, Laura se acercó a Carla, sentándose a su lado.

—Primero, míranos, vecino —susurró Laura, su mano subiendo por el muslo de Carla—. Quiero que veas cómo nos tocamos.

Laura besó a Carla en la boca: beso profundo, lenguas entrelazadas, saliva chorreando por sus barbillas. Carla gimió, "sí, puta, bésame más", y bajó la mano al coño de Laura, rozando sobre la tanga roja. Laura se recostó en el sofá, piernas abiertas en V, tanga a un lado, coño rosado y mojado expuesto, clítoris hinchado brillando. Carla metió dos dedos, moviéndolos lento al principio, luego rápido, chapoteo de jugos llenando la habitación. "Joder, qué mojada estás, Laura. Tu coño chupa mis dedos como una puta hambrienta", dijo Carla. Laura gemía, "más profundo, zorra, hazme venir mirando a mi vecino".

Carla se arrodilló entre las piernas de Laura, lengua fuera, lamiendo el clítoris en círculos lentos, luego succionando fuerte. Laura arqueó la espalda, tetas rebotando fuera del sostén, pezones duros como balas. "Sí, chúpame el coño, Carla. Lame mis jugos calientes mientras él mira". Yo me masturbaba sobre los jeans, polla dura como piedra.

Luego cambiaron: Carla se puso de cuatro en el sofá, culo en alto hacia mí, tanga negra bajada, coño rasurado chorreando. Laura se colocó detrás, lamiéndole el ano y el coño alternadamente, lengua metida profundo. "Mira esto, vecino. Su culo sabe a miel sucia. Quiero que la folles después". Carla gritaba, "sí, Laura, méteme la lengua en el ojete, hazme chorrear".

Hicieron tijera: Laura sentada en el sofá, piernas abiertas; Carla encima, coños frotándose, jugos mezclándose en un chapoteo obsceno. Movimientos circulares, caderas girando, tetas rebotando, gemidos de "frota más fuerte, puta, siente mi clítoris hinchado contra el tuyo". Vinieron casi juntas: Laura primero, cuerpo temblando, "joder, me corro mirando tus ojos, vecino"; Carla después, chorros de jugo salpicando el sofá.

Laura, jadeante, me miró.

—Ahora tú, vecino. Fóllate a Carla. Pero a mí no me toques. Solo mira.

Carla se acercó gateando, tetas colgando, culo meneándose. Me desabrochó los jeans, sacó mi polla gruesa y venosa. "Qué verga rica", gimió, chupándola profunda, garganta húmeda, saliva chorreando por mis bolas. "Trágatela toda, zorra", le dije, empujando su cabeza.

La puse de cuatro en el piso, culo hacia Laura que se tocaba el coño mirando. Penetré a Carla de un empujón, coño apretado y caliente tragándose mi polla. Embestí fuerte, bolas golpeando su clítoris, ella gritando "sí, fóllame duro, rompe mi coño con esa verga gorda". Movimientos rítmicos: adentro y afuera, lento luego rápido, su culo rebotando con cada embestida.

Quise tocar a Laura: extendí la mano hacia sus tetas, rozando un pezón. Ella se apartó bruscamente.

—No, vecino. Nada de eso. Solo mira. Mi coño no es para ti.

Eso me cortó el rollo por un segundo, polla ablandándose un poco de la decepción, pero seguí con Carla. La cambié de pose: ella encima, montándome, tetas rebotando en mi cara, coño subiendo y bajando por mi polla, jugos chorreando por mis bolas. "Sí, cabálgame, puta", le dije. Laura se masturbaba furiosamente, dedos hundidos en su coño, "mira cómo la follas, vecino. Imagina que es mi culo el que rebota".

Carla vino gritando, coño contrayéndose alrededor de mi polla. Saqué y le llené la boca de semen espeso, ella tragando todo, "qué leche caliente, dame más".

Laura se levantó, ajustándose la lencería, coño aún mojado pero intocable.

—Fue caliente, vecino. Pero recuerda: amigos. Nada carnal conmigo.

Me fui esa noche con la polla satisfecha pero el deseo por Laura más ardiente que nunca. Sus historias seguían, pero ese límite... joder, lo hacía todo más sucio.











Después de esa noche, todo cambió de forma irreversible, pero no como yo esperaba. El trío con Carla había sido brutalmente caliente: verla a ella y a Laura tocándose, frotando coños mojados, lamiéndose los culos mientras gemían como putas en celo, y luego follarme a Carla con Laura masturbándose a un metro, mirándome con ojos hambrientos pero intocables… eso me dejó con la pija satisfecha y el alma jodida. Porque cuando quise tocarla —solo rozar sus tetas firmes, meterle un dedo en ese coño que tanto me había descrito en sus historias sucias—, ella se apartó con una sonrisa fría y dulce a la vez.

—No, vecino. Nada carnal conmigo. Nunca. Somos amigos, y eso es sagrado.

Me dolió más de lo que admití. Me cortó el rollo en seco, la polla se me ablandó un poco dentro de Carla, pero seguí embistiéndola hasta llenarle la boca de leche caliente mientras Laura se corría sola con los dedos hundidos en su coño rosado, gimiendo bajito “mira cómo la llenas, pero a mí no me tocas”. Me fui esa noche con un beso en la mejilla de Laura y un “gracias por ser tan bueno” que sonó a despedida de algo que nunca empezó.

Los días siguientes fueron raros. Laura seguía viniendo a casa: a veces con informes laborales para que la ayudara, vestida de ejecutiva impecable —falda lápiz negra que marcaba su culo tremendo, blusa blanca con los botones tensos sobre sus tetas, tacones que hacían clic-clac en mi piso—, y me contaba sus folladas nuevas con detalles obscenos: “Ayer en el hotel de Miami me cogí a dos inversionistas. Uno me folló el coño mientras el otro me metía la verga en la garganta hasta que tragué todo su semen espeso. Me dejaron goteando por las piernas en la suite”. Yo escuchaba, polla dura bajo la mesa, pero sin tocarla. Ella nunca volvió a mencionar el trío, como si hubiera sido un experimento que no repetiría conmigo.

Pero Carla… Carla sí cambió.

Al día siguiente del trío me mandó un mensaje privado: “Oye, guapo. Me gustó cómo me follaste. Laura es mi amiga, pero no me dijo que no podíamos vernos solos. ¿Café?”. Acepté.

Nos vimos en un bar discreto del centro, lejos del barrio. Carla llegó con un vestido corto rojo que apenas contenía sus tetas operadas, escote profundo que dejaba ver el encaje negro del sostén, falda subiendo por sus muslos largos y bronceados. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y el vestido se abrió lo justo para mostrar el inicio de su tanga roja empapada.

—Laura es una reina intocable —dijo con una sonrisa maliciosa, lamiéndose los labios—. Pero yo no. Me encanta tu verga gruesa. Quiero repetir… sin ella mirando.

Empezamos a vernos a escondidas. Al principio, cafés que terminaban en besos en el auto, su mano bajando a mi bragueta, apretando mi polla dura mientras gemía “quiero que me la metas ya”. Luego, moteles baratos en las afueras: habitaciones con espejos en el techo, sábanas baratas que terminaban empapadas de jugos y semen.

La primera vez solos fue en un motel de carretera, una semana después del trío. Carla entró primero, yo diez minutos después. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared, me bajó los jeans y se arrodilló. Sacó mi pene, ya dura como piedra, y se la metió hasta la garganta sin arcadas. “Qué rica verga. Me la voy a tragar entera”, murmuró con la boca llena, saliva chorreando por su barbilla, ojos azules mirándome mientras succionaba fuerte, lengua girando alrededor de la cabeza. La agarré del pelo rubio teñido y la embestí profundo, follándole la boca como si fuera su coño. “Trágatela toda, puta. Quiero verte ahogarte con mi leche”. Vino rápido, garganta contrayéndose, y exploté: chorros calientes y espesos que ella tragó gimiendo, algunas gotas escapando por las comisuras de sus labios carnosos.

La tiré en la cama, le arranqué el vestido. Tetas grandes rebotando libres, pezones oscuros duros como caramelos. Le bajé la tanga roja empapada, coño rasurado y rosado chorreando jugos por sus muslos. La puse de cuatro, culo en alto, y la penetré de un empujón brutal. “Sí, rómpeme todo con esa verga gorda”, gritó, empujando hacia atrás, culo rebotando contra mis caderas. Embestí fuerte, bolas golpeando su clítoris hinchado, chapoteo obsceno llenando la habitación. Le nalgueé el culo hasta dejarlo rojo, “toma, zorra, por ser tan puta”. Me pidió por atrás: “Métemela en el culo, quiero sentirte romperme el ojete”. Escupí en su ano apretado, lo abrí con dos dedos, y la penetré lento al principio, luego salvaje. Gritaba “más duro, lléname el culo de semen caliente”. Exploté dentro, semen rebalsando por sus nalgas, chorreando por sus muslos mientras ella se corría tocándose el clítoris.

Se volvió un vicio. Nos veíamos dos, tres veces por semana, siempre a escondidas de Laura y del barrio. Moteles, su auto en estacionamientos oscuros, incluso una vez en mi garaje cuando Laura no estaba. Carla llegaba vestida para follar: leggings negros que se bajaba hasta las rodillas, top deportivo que levantaba para dejar sus tetas fuera, o faldas cortas sin tanga para que pudiera penetrarla rápido. Me montaba en el asiento trasero, coño subiendo y bajando por mi polla, tetas rebotando en mi cara, gimiendo “fóllame más fuerte, vecino, hazme venir gritando”. O me chupaba la verga mientras yo conducía por carreteras secundarias, tragándose todo sin derramar una gota.

Duró un par de meses intensos: enero y febrero de 2026. Lejos de todos. Laura seguía cruzando la calle para charlar de trabajo, contarme sus folladas corporativas (“Hoy me cogí al nuevo director en el baño de la oficina, me llenó la boca de leche antes de la junta”), pero nunca sospechó nada de Carla y yo. Carla y yo éramos puro sexo sucio, sin promesas, sin celos. Solo vicio puro: chochos mojados, culos abiertos, bocas llenas de semen, gemidos ahogados en habitaciones baratas.

Una tarde de marzo, después de follarla en un motel por cuarta vez esa semana —ella de espaldas, piernas en alto, coño chorreando mientras la embestía y le llenaba el culo otra vez—, Carla se recostó en mi pecho, sudorosa, tetas pegadas a mi piel.

—Esto es adictivo, guapo —dijo, lamiéndose los labios—. Pero Laura me preguntó por qué ando tan contenta últimamente. Creo que sospecha algo.

Reí, polla aún semi-dura rozando su muslo.

—Que sospeche. Mientras no nos vea, seguimos.

Y seguimos. Porque el vicio era más fuerte que el miedo. Laura seguía intocable, mi musa platónica. Carla era mi puta secreta, mi escape sucio. Y en ese equilibrio enfermizo, éramos felices… o al menos, follábamos como si lo fuéramos.
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La Vecina de Enfrente: El Fin del Secreto y las Aventuras Salvajes

Era una noche, el aire aún cargado de ese frío invernal que te hace buscar calor en cuerpos ajenos. Carla y yo habíamos convertido nuestro vicio en rutina: folladas intensas en moteles, autos o mi garaje, siempre a escondidas de Laura. Esa noche, ella llegó a mi casa alrededor de las diez, vestida como una puta lista para ser devorada: falda de cuero negra corta que apenas cubría su culo firme, botas altas hasta los muslos que alargaban sus piernas bronceadas, y una blusa roja semitransparente sin sostén, tetas operadas rebotando con cada paso, pezones oscuros marcándose como invitaciones obscenas. Llevaba el pelo rubio suelto, labios pintados de rojo brillante, ojos azules llenos de lujuria.

Apenas entró, me empujó contra la puerta, mano bajando directo a mi bragueta. “Tengo el coño empapado todo el día pensando en tu verga gruesa. Fóllame ya, hazme gritar como una perra”. La besé duro, lengua entrelazada, saliva chorreando, mientras le bajaba la falda. No llevaba tanga: coño rasurado e hinchado, jugos ya goteando por sus muslos. La puse contra la pared del living, le abrí las piernas y la penetré de pie, embestidas salvajes que hacían que sus tetas rebotaran contra mi pecho. “Sí, cabrón, rómpeme el coño, lléname de leche caliente”, gemía ella, uñas clavadas en mi espalda.

Estábamos en pleno: ella de espaldas, culo en pompa, yo embistiéndola por atrás, bolas golpeando su clítoris, chapoteo sucio llenando la habitación. De repente, la puerta se abrió de golpe. Laura. Mi vecina, la intocable, entró sin llamar –tenía la costumbre de pasar por mi casa sin aviso para charlar o pedir ayuda laboral–. Vestía casual pero sexy: jeans ajustados que marcaban su culo tremendo y caderas anchas, una camiseta blanca ceñida que dejaba ver el encaje negro de su sostén push-up, tetas medianas empujadas hacia arriba, pelo castaño suelto, labios rosados curvados en shock inicial que se transformó en furia.

—¿Qué carajo? —gritó, ojos verdes ardiendo—. ¿Con Carla? ¿Mi amiga? ¿A escondidas, vecino de ******?

Carla se separó de mí, coño chorreando jugos por las piernas, falda arrugada en la cintura, tetas fuera. Intentó cubrirse, pero Laura la miró con desprecio. Yo me subí los jeans, polla aún dura y brillante de sus fluidos, balbuceando excusas.

—Laura, no es lo que piensas… —empecé.

—Cállate, traidor —siseó ella, acercándose, rostro enrojecido de rabia y algo más, quizás excitación reprimida—. Pensé que eras mi amigo platónico, mi confidente. Y te estás follando a mi amiga a mis espaldas. Bien, disfrútala. Pero desde hoy, no me hables más. No cruzaré la calle para contarte nada. Lo haré más rico y salvaje con varios, y nunca más te lo contaré. Te vas a quedar con las ganas de imaginar mi coño chorreando para otros.

Dio media vuelta y se fue, portazo resonando. Carla se vistió rápido, murmurando “lo siento, guapo, pero no quiero problemas con ella”. Esa fue la última vez que follamos. Laura cumplió: dejó de hablarme. Saludaba seco si nos cruzábamos, pero nada más. Los ruidos nocturnos seguían –gemidos sucios, golpes rítmicos–, pero ahora sin detalles verbales. Sin embargo, empecé a espiarla más: desde mi ventana, vi sus aventuras salvajes, ampliadas por mi imaginación y lo que podía oír o ver. Y una vez, los vi cerca en un auto, follando duro y salvaje como animales.

Aventura 1: El Trío con los Ejecutivos en su Casa (Principios de Marzo)

Una semana después del descubrimiento, vi llegar a dos hombres a su casa alrededor de las nueve: altos, enternados, trajes caros –uno moreno con barba, el otro rubio con gafas, ambos con relojes de lujo, probablemente colegas de su firma–. Laura abrió la puerta vestida para seducir: lencería negra de encaje transparente, sostén que apenas contenía sus tetas firmes, pezones rosados visibles, tanga diminuta que se perdía entre sus nalgas redondas, medias de red hasta los muslos, tacones rojos altos. Pelo suelto, labios pintados de rojo puta.

Entraron al living, luces tenues. Desde mi ventana con binoculares (sí, me había convertido en un voyeur obsesionado), vi cómo Laura se arrodilló entre ellos, desabrochando sus braguetas. Sacó dos pollas gruesas: la del moreno venosa y curva, la del rubio recta y larga. “Chúpenmela, putos. Quiero sus vergas en mi boca”, imaginé que decía, basada en sus historias pasadas. Alternaba: chupando profundo al moreno, garganta húmeda tragándose todo, saliva chorreando por sus bolas peludas, mientras masturbaba al rubio. Luego cambiaba, succionando fuerte, lengua girando alrededor de las cabezas hinchadas. Los tipos gemían, “sí, zorra, trágatelas hasta el fondo”.

La pusieron en el sofá: uno la penetró por el coño –embestidas salvajes, sus caderas anchas rebotando, jugos chorreando por las sábanas–, mientras el otro le follaba la boca, polla metida hasta las amígdalas. Laura gritaba amortiguado, “más duro, rómpanme como a una puta barata”. Cambiaron: doble penetración –uno en el coño, el otro en el culo, su cuerpo temblando entre ellos, tetas rebotando con cada embestida sincronizada. Oí sus gemidos a través de la ventana abierta: “Sí, llénenme los dos agujeros, chorreen semen caliente dentro de mí”. Vinieron dentro, semen rebalsando por su coño y culo, goteando por sus muslos claros mientras ella se corría gritando, clítoris frotado por sus propios dedos.

Se fueron a medianoche, Laura sola en la cama, tocándose el coño usado, gimiendo bajito como si supiera que la observaba.

Aventura 2: La Orgía en el Hotel con Clientes

Laura viajó por trabajo a un congreso en la ciudad vecina. La seguí en redes (había hackeado sutilmente su perfil privado para ver stories). Publicó fotos inocentes de la conferencia, vestida de ejecutiva: traje pantalón gris ceñido que marcaba su culo tremendo, blusa azul con escote sutil, tacones negros. Pero esa noche, en el hotel de lujo, invitó a tres clientes: hombres maduros, bien vestidos, con aires de millonarios.

Imaginé los detalles basados en lo que oí de sus llamadas previas (escuchaba desde el jardín): Llegó a la suite vestida con un vestido rojo escotado, tetas casi fuera, falda corta subiendo por sus muslos carnosos. Los recibió con champagne, luego se desnudó lento: sostén rojo cayendo, tetas libres, pezones duros; tanga bajada, coño hinchado expuesto. “Fóllenme como animales, putos. Quiero sus vergas en todos mis agujeros”.

Uno la puso de rodillas, follándole la boca salvaje, polla gruesa ahogándola, saliva chorreando por su barbilla. Los otros la lamían: uno el coño, lengua profunda en sus pliegues mojados, succionando el clítoris; el otro el culo, metiendo dedos en su ojete apretado. “Sí, laman mi coño chorreante, métanme la lengua hasta el fondo”, gemía ella.

La montaron en la cama: uno debajo, penetrándola el coño, embestidas desde abajo que hacían rebotar su culo; otro por atrás, rompiéndole el culo con empujones brutales; el tercero en la boca, follándola la garganta. Poses rotando: ella encima de uno, cabalgando polla en el coño, culo abierto para el segundo, boca succionando al tercero. Gemidos obscenos: “Más fuerte, llénenme de semen espeso, háganme chorrear como una puta”. Vinieron en cadena: coño, culo y boca llenos, semen goteando por su cuerpo claro, muslos temblando mientras ella se corría múltiples veces, chorros de jugo salpicando las sábanas.

Volvió al barrio al día siguiente, fresca como siempre, pero con un brillo en los ojos que decía “follé más salvaje que nunca”.

Aventura 3: El Gangbang en la Fiesta Privada

Una noche de sábado, vi un auto lujoso recogerla: vestida con un mini vestido plateado brillante, escote hasta el ombligo dejando ver sus tetas sin sostén, pezones rosados endurecidos por el frío, falda tan corta que al subir al auto se vio su tanga negra diminuta. Iba a una fiesta privada de altos ejecutivos.

Allí, según lo que imaginé de sus patrones: rodeada de cinco hombres, todos enternados y cachondos. Laura en el centro de la habitación, desnudándose: vestido al piso, cuerpo escultural expuesto, caderas anchas invitando. “Vengan, putos, úsenme como su puta personal”.

Se arrodilló en círculo, chupando vergas alternadamente: bocas profundas, gargantas tragando, saliva y pre-semen chorreando por su rostro. “Tráguenselas todas, zorra”, decían ellos. La levantaron, la pusieron en una mesa: uno follándola la pepa de misionero, embestidas que hacían temblar sus tetas; otros turnándose en su boca y manos. Luego, gangbang total: doble en coño y culo, vergas en boca, manos masturbando las restantes. Poses salvajes: ella suspendida entre dos, pichulas en coño y culo; otra en boca; nalgueadas rojas en su culo tremendo. Gemidos: “Sí, rómpanme, llénenme todos los agujeros de leche caliente y espesa”. Chorros de semen por todas partes: cara, tetas, coño, culo, muslos goteando mientras ella gritaba orgasmos múltiples, cuerpo convulsionando.

El Encuentro en el Auto: Follando Duro y Salvaje

Una tarde de abril, salí a caminar y los vi cerca del barrio, en un estacionamiento semi-oculto detrás de un supermercado. Laura en su auto con un tipo nuevo: moreno musculoso, camisa abierta mostrando pecho depilado. Ella vestida de gym: leggings grises sudados pegados a su culo y coño, top deportivo empapado marcando tetas y pezones. Él la besaba duro, manos en sus tetas, pellizcando pezones.

Vi todo: ella se subió al asiento trasero, se bajó los leggings, coño expuesto chorreando. Él sacó su polla enorme, venosa. Laura se montó encima, cabalgando salvaje: culo rebotando, tetas fuera del top saltando, gemidos audibles “sí, cabrón, fóllame duro, rompe mi coño con esa verga gorda”. Movimientos frenéticos: arriba y abajo, caderas girando, jugos salpicando el asiento. Cambiaron: ella de cuatro en el asiento, culo en alto, él embistiéndola por atrás, nalgueadas resonando, “toma, puta, por ser tan ninfómana”. La folló el culo, ano apretado tragándose la polla, gritos de “más profundo, lléname el ojete de semen”. Explotó dentro, semen chorreando por sus muslos mientras ella se corría tocándose el clítoris.

Me escondí, masturbándome en las sombras, con el corazón roto pero la polla dura. Laura seguía intocable para mí, pero sus aventuras... joder, eran más salvajes que nunca.









La Vecina de Enfrente: El Trío Enfermo y el Giro Final

Era la madrugada, alrededor de las tres de la mañana, cuando mi teléfono vibró en la mesita de noche como un zumbido insistente. Estaba medio dormido, polla semi-dura de un sueño sucio con Laura y Carla turnándose para chupármela, cuando vi su nombre en la pantalla: Laura. No me había hablado en meses, desde esa noche en que nos pilló a Carla y a mí follando en mi casa. Contesté con voz ronca, corazón latiendo fuerte.

—Vecino... necesito verte. Ahora. Ven a casa. Es urgente —susurró ella, voz temblorosa pero cargada de algo caliente, como si estuviera tocándose mientras hablaba.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —pregunté, ya levantándome, polla endureciéndose solo de oírla.

—Solo ven. Te espero... desnuda.

Colgó. Me vestí rápido: jeans viejos sin boxers debajo, camiseta gris ajustada que marcaba mi pecho, zapatillas sin calcetines. Crucé la calle en la oscuridad, el barrio silencioso como un cementerio, mi polla palpitando de anticipación. Toqué el timbre, y Laura abrió la puerta en segundos. Joder, qué visión. Vestida —o casi— con una bata de seda roja abierta por delante, dejando ver su lencería negra: sostén de encaje que empujaba sus tetas medianas hacia arriba, pezones rosados duros y visibles a través de la tela fina, tanga diminuta que se perdía entre sus caderas anchas y su culo tremendo, medias de red hasta los muslos carnosos, pies descalzos con uñas pintadas de rojo. Pelo castaño revuelto, labios hinchados como si hubiera estado besando a alguien, ojos verdes brillando con una mezcla de rabia y deseo enfermo.

—Pasa, traidor —dijo, tirando de mi camiseta para meterme dentro, cerrando la puerta con un portazo.

El living estaba tenue, velas encendidas, olor a perfume y sexo reciente. Y allí, en el sofá, estaba Carla. La rubia puta que había sido mi vicio secreto. Vestida similar: lencería roja fuego, sostén push-up que hacía que sus tetas operadas parecieran globos listos para explotar, pezones oscuros endurecidos marcándose, tanga empapada ya visiblemente mojada entre sus piernas largas, botas altas negras que gritaban "fóllame como una perra". Pelo rubio suelto, labios rosados curvados en una sonrisa maliciosa.

—¿Qué carajo? —murmuré, pinga dura como piedra al verlas juntas otra vez.

Laura se acercó, rozando sus tetas contra mi pecho, mano bajando a mi bragueta. “Te extrañé, vecino. Pero nos traicionaste. Ahora vamos a arreglarlo... los tres. Un trío enfermo, loco, para que nunca más quieras follar con otra”. Carla se levantó, caderas balanceándose, culo rebotando ligeramente, y se pegó a mi espalda, manos en mi cintura. “Sí, guapo. Vamos a follarte hasta que no puedas más. Pero con reglas”.

Me llevaron al dormitorio: cama king size con sábanas de seda negra arrugadas, espejos en las paredes para ver todo desde todos los ángulos. Laura me empujó a la cama, se subió encima mío a horcajadas, bata cayendo al piso, tetas casi fuera del sostén. “Primero, míranos de nuevo, pero esta vez te unís”. Carla se acercó, besando a Laura en la boca: beso profundo, lenguas sucias entrelazadas, saliva chorreando por sus barbillas. “Sí, puta, bésame mientras él mira”, gimió Carla, mano bajando al coño de Laura, rozando sobre la tanga negra. Laura arqueó la espalda, “tócame más, zorra, haz que mi coño chorree para él”.

Carla le bajó la tanga a Laura, coño rosado hinchado expuesto, jugos brillando en la luz de las velas. Se arrodilló entre sus muslos, lengua fuera, lamiendo lento el clítoris en círculos, luego succionando fuerte. Laura gemía mirando mis ojos, “mira cómo me lama la pepa, vecino. Su lengua está metida profundo, saboreando mis jugos calientes”. Yo me saqué la camiseta, jeans abajo, polla libre gruesa y venosa, masturbándome lento. Carla metió dos dedos en el coño de Laura, moviéndolos rápido, chapoteo obsceno, “qué mojada estás, perra. Tu concha chupa mis dedos como una puta hambrienta”.

Cambiamos: Carla se recostó en la cama, botas altas aún puestas, tanga roja bajada, coño rasurado chorreando. Laura se colocó encima en 69, coño en la cara de Carla, lengua lamiéndole el clítoris mientras Carla le devolvía el favor, ano y coño alternados. “Sí, lame mi ojete, puta, méteme la lengua hasta el fondo mientras te chupo el clítoris hinchado”, gritaba Laura. Movimientos sincronizados: caderas girando, tetas rebotando, jugos salpicando sus rostros. Vinieron gritando: Laura primero, cuerpo temblando, “me corro en tu boca, zorra”; Carla después, chorros de jugo mojando las sábanas.

Ahora me tocaba. Laura se acercó gateando, tetas colgando, y me chupó la polla profunda, garganta húmeda tragándose todo. “Qué verga rica, vecino. Te la voy a ordeñar hasta que me llenes la boca”. Carla se unió, lamiendo mis bolas peludas, succionando fuerte mientras Laura chupaba la cabeza. “Compartámosla, puta. Quiero su leche salada en mi lengua”. Alternaban: Laura tragando profundo, Carla lamiendo el tronco, saliva chorreando por mis bolas.

Las puse a las dos de cuatro en la cama, culos en alto lado a lado. Penetré a Laura primero: coño apretado y caliente, embestidas salvajes desde atrás, bolas golpeando su clítoris. “Sí, fóllame duro, vecino, rompe mi coño con esa verga gorda”, gritaba ella, empujando hacia atrás, culo tremendo rebotando. Carla se masturbaba mirando, “dale, cabrón, hazla gritar mientras me toco el coño mojado”. Cambié a Carla: su coño más apretado, embestidas brutales, nalgueadas rojas en su culo. “Más fuerte, rómpeme, lléname como a una perra en celo”, gemía ella.

Poses locas: Laura encima mío, cabalgando polla en el coño, culo rebotando, tetas en mi cara para chupar pezones duros; Carla sentada en mi boca, coño frotándose contra mi lengua, “chúpame el clítoris, vecino, lame mis jugos mientras ella te monta”. Movimientos frenéticos: Laura subiendo y bajando rápido, coño chorreando por mi polla; Carla girando caderas, jugos mojando mi barba. “Somos tus putas, vecino. Fóllanos enfermo”, decían.

Doble penetración: Carla debajo, polla en su coño; Laura encima, sentándose en mi cara mientras Carla me cabalgaba. Luego, anal: Laura de espaldas, culo virgen para mí esa noche, escupí en su ojete rosado, lo abrí con dedos, penetré lento. “Joder, duele rico, métemela toda, rompe mi culo”, gritaba. Carla lamiéndole el coño mientras yo embestía, “sí, puta, siente su verga en tu ojete mientras te chupo”.

Gemidos constantes: “Más profundo, cabrón”; “Lléname de semen espeso”; “Somos adictas a tu polla”. Vinimos en cadena: yo explotando en el culo de Laura, semen chorreando por sus muslos; ellas corriéndose tocándose mutuamente.

Jadeantes, sudados, en la cama, pactamos. Laura se acurrucó en mi pecho, Carla al otro lado. “No más traiciones”, dijo Laura, mano en mi polla flácida. “Código: solo los tres. No follamos con otros. Si rompemos, se acaba todo”. Carla asintió, besándome el cuello. “Sí, guapo. Solo nosotros. Tu verga es nuestra, nuestros coños son tuyos. Pacto enfermo: trío eterno, salvaje, sin outsiders”.

Asentí, excitado por la exclusividad. “Pacto sellado. Solo follamos locos entre nosotros”.

Pero el giro vino al amanecer. Mientras dormíamos entrelazados, el teléfono de Laura vibró. Lo miré somnoliento: un mensaje de un número desconocido: “Anoche fue épico con esos cinco. ¿Repetimos pronto? Tu coño sigue chorreando mi semen”. Laura se despertó, vio que lo leí, y sonrió fría. “El pacto era para ti, vecino. Nosotras... jugamos diferente”. Carla rio, besándola. “Sí, guapo. Te usamos para reconciliarnos. Ahora vete. El trío fue una vez... y nunca más”. Me echaron, desnudo y confundido, cruzando la calle con el corazón roto y la polla traicionada. El pacto era una mentira; ellas seguían sus aventuras, juntas o separadas, y yo quedé fuera para siempre.
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